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Copyright © 2018 Julio Santos García & Patricia Pérez Redondo © Texto: Julio Santos García, 2017-2018 © Ilustraciones: Patricia Pérez Redondo, 2017-2018 Corrección de textos: Correcciones Ramos Maquetación y diseño: Julio Santos & Patricia Pérez Obra registrada en SafeCreative. Reservados todos los derechos. Queda prohibida cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual. Colección: Las aventuras de Txano y Óscar Título: El dragón de jade Número: 3 julioypatri@txanoyoscar.com www.txanoyoscar.com


El dragón de jade Ilustraciones Texto Patricia Pérez Julio Santos


Óscar Txano ¡Hola! Mi nombre es Txano y el de aquí al lado es mi hermano Óscar. Somos mellizos y en nuestra primera aventura un extraño meteorito verde nos convirtió en telépatas.

Sonia Raúl Ellos son Raúl y Sonia, nuestros superamigos. A los cuatro nos encanta cualquier cosa que suene a misterio y tenemos un cuartel general en la casa del arbol de nuestro jardín.


La más pequeña de la familia es nuestra hermana Sara-Li. Ella encontró a Maxi en una caja de cartón en la calle y convenció a mamá para traerla a casa. Nuestra pequeña amiga se llama Flash y es una ardilla muy especial.

Sara-Li

Flash

Maxi El del pelo rojo y la barbita rara es nuestro padre. Se llama Alejandro, pero todos le llaman Álex. Tiene una tienda de antigüedades en la ciudad.

Bárbara

Álex

Nuestra madre se llama Bárbara y es traductora. Cuando está enfadada, su nombre se queda corto.


En un monasterio de las montañas chinas de Wudang, un hermoso dragón de jade llevaba siglos olvidado en el fondo de un almacén. Una terrible leyenda acompañaba a la figura, pero los que conocieron su historia hacía siglos que habían desaparecido y ya nadie la recordaba.


Quizá si alguien hubiera prestado atención al almacén, habría podido escuchar el llanto del dragón lamentándose por su amargo destino. Pero un día, la tierra tembló en Wudang y cuando los equipos de rescate llegaron, entre los restos del monasterio encontraron el dragón milagrosamente intacto. El destino le daba otra oportunidad y Txano y Óscar iban a estar allí para ayudarle.


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Buscando misterios

Habían pasado ya más de dos semanas desde que inauguramos el Área 51, que es como habíamos llamado a nuestro cuartel general construido en lo alto del árbol del jardín. Era una sencilla cabaña de madera, pero para nosotros era un cuartel general en toda regla porque teníamos hasta ordenador central: un portátil que nos regalaron en nuestra anterior aventura y que conectábamos a internet aprovechando el wifi de casa. Poco a poco le íbamos añadiendo pequeños detalles que la hacían más cómoda, y algunos vecinos hasta nos habían dado muebles que pensaban tirar. Ya sabéis que Sonia y mi hermano Óscar son unos frikis de la tecnología y habían decidido usar parte del dinero de las recompensas que nos dieron por rescatar a los perros en instalar un sistema de alarma que se activaba si algo se movía a los pies del árbol.

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Incluso habían colocado dos minicámaras de vigilancia que nos permitían ver todo el jardín desde la pantalla del portátil.

En realidad, no hacían mucha falta porque podíamos ver lo mismo asomándonos por la ventana, pero a ellos les hacía ilusión. Hasta habíamos preparado un ascensor-cesta para Maxi, nuestra perrita, a la que le gustaba mucho pasar tiempo allí arriba.

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Cuando quería subir, se colocaba debajo del árbol y daba un par de ladridos. Entonces, nosotros le bajábamos la cesta y la subíamos tirando de una cuerda. Ya sé que se podía comunicar telepáticamente con Óscar o conmigo para avisarnos, pero había que reconocer que el sistema del ladrido era más efectivo porque Sonia y Raúl también se enteraban. Flash, nuestra ardilla, también pasaba el día en el Área 51, sobre todo con Óscar, pero cuando veía que estábamos demasiado liados con algo, se entretenía subiendo y bajando del árbol o se ponía a jugar con Maxi. Sonia y Óscar tuvieron que ajustar la sensibilidad del sistema de alarma para que no saltara cada vez que a Flash se le ocurría darse un paseo hasta el jardín. Mientras estábamos allí arriba, a veces hacíamos cosas juntos, pero otras, cada uno se dedicaba a lo que más le apetecía. Y esa mañana era uno de esos días en que cada uno estaba a lo suyo. Sonia estaba sentada delante del ordenador leyendo las últimas noticias del City News y buscando algo interesante en lo que pudiéramos meter la nariz. Raúl llevaba más de una hora practicando movimientos con una baraja de cartas para un nuevo truco de magia que estaba preparando.

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Y Óscar y yo estábamos afanados construyendo un brazo robot articulado con nuestras piezas de Lego Technic. —¡En esta ciudad no pasa nada! —murmuró Sonia después de ojear la web del periódico un buen rato—. Me he leído todas las noticias de la última semana y lo más misterioso que he visto han sido unas extrañas luces en una granja de las afueras que resultaron ser del tractor del vecino. Así no hay manera de resolver misterios. —¡Tranquila! —dijo Raúl sin dejar de mover las cartas entre sus manos—. Todos los equipos de superhéroes pasan temporadas sin trabajo. —¡Sí! Y cada vez que se quejan de eso, aparece un supervillano que les quita las ganas de quejarse —dijo Óscar sin levantar la cabeza de nuestro montaje. En ese momento, la alarma de movimiento en el jardín empezó a sonar. ¿Sería nuestro supervillano que, por fin, aparecía? Todos dejamos nuestras tareas y nos asomamos a la ventana. ¡Baaah! Era el microperro del vecino. Aunque de vez en cuando hacía cacas en nuestro jardín, no creo que llegara a la categoría de supervillano. Todos volvimos a nuestras cosas. Había que seguir esperando.

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—¡Hombre! Igual nos hemos pasado con lo de llamarnos «superhéroes», pero, por lo menos, tenemos el Área 51 —dije. —¡Pero tener un cuartel general no es suficiente! —respondió Sonia levantando la cabeza del ordenador. —Bueno, algo es algo. Que Spiderman tenía que apañarse con su dormitorio —dijo Óscar.

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—Para ser un equipo de superhéroes, necesitamos alguien a quien ayudar o un misterio que resolver, aunque sea pequeñito —dijo Sonia convencida—. A este paso, tendremos que empezar el colegio y seremos los superhéroes con más deberes del mundo. —¡Anda, no exageres! —la increpó Óscar mientras colocaba uno de los motores de nuestro engendro—. ¡Todavía nos quedan más de dos meses! ¡Ya verás como vamos a encontrar un montón de misterios antes de que terminen las vacaciones! —¡Mira por donde, igual vas a tener razón! —dijo Sonia recostándose en la silla sin quitar la vista de la pantalla—. ¡He encontrado algo que nos puede interesar! La última frase consiguió captar nuestra atención, y todos nos reunimos alrededor del portátil mirando el titular que nos señalaba: Sucesos extraños en el museo de Twin City. —He leído la noticia completa y los guardias aseguran que desde hace unos días, se escuchan sonidos extraños en las salas del museo. —¿Sonidos extraños? ¿Como mis tripas cuando tengo hambre? —dijo Óscar acariciándose la barriga. —Tus tripas no son un misterio —replicó Sonia.

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—Bueno, no creas. Habría que investigar cómo es capaz de meter ahí todos los espaguetis que se zampa —añadió Raúl simulando un tripón enorme con sus manos.

—¡Bueno, que nos liamos! —dijo Sonia retomando la noticia—. El tema es que cuando se acercan a investigar, no encuentran nada raro. Al parecer, ocurre desde que han colocado los objetos de una exposición sobre arte chino que se inaugura mañana. —¿Arte chino? —preguntó Óscar poniendo cara de haberse tragado un limón—. Creo que ya no suena tan interesante.

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—¡No seas burro! —le recriminó Sonia—. Según el artículo del periódico, la exposición incluye piezas únicas que nunca se han expuesto antes y alguna de ellas es de muchísimo valor. —¡Hombre! Tienes que reconocer que ir a ver una exposición de arte chino no es algo que suene a plan superdivertido —dijo Raúl mirándola. En ese momento, volvió a sonar la alarma. Otra vez había algo que se movía a los pies del árbol. Como fuera de nuevo el perro del vecino, se iba a enterar. —¡Chicooos, a comeeer! —se oyó la voz de nuestro padre. ¿Ya era mediodía? ¡Bufff! Entre una cosa y otra, se nos había ido la mañana. —¡Tengo un plan genial para vosotros! —nos gritó desde abajo mientras esperaba—. Os he conseguido entradas para una exposición de arte chino que se inaugura mañana en el museo de la ciudad. Te puedo asegurar que nadie saltó de alegría, aunque a Sonia, por lo menos, se le escapó una pequeña sonrisa.

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La leyenda del dragón (I) Nuestros amigos se quedaron a comer con nosotros como solían hacer muchos días. Después de un rato en la mesa, creo que nuestro padre ya se había dado cuenta de que ir a ver la exposición de arte chino no era lo que más nos apetecía en el mundo. Por si no lo he contado antes, nuestro padre tiene una tienda de antigüedades, y el arte oriental es una de sus debilidades aunque nadie más en nuestra casa la comparte. Ni siquiera nuestra hermana Sara-Li. Y eso que ella es china. —Veo que no os entusiasma demasiado la exposición —dijo mientras atacábamos ya el segundo plato—. Pero tenéis que tener en cuenta que la mayoría de las piezas que se exponen son de gran valor, y algunas de ellas es la primera vez que están a la vista del público.

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A pesar de la vista fija en los platos y el silencio, nuestro padre no se daba por vencido. Había que reconocer que le ponía ganas. —Cuando acabe la exposición pasarán muchos años hasta que se puedan volver a ver. ¡Es una ocasión única! —dijo tratando de trasmitirnos su entusiasmo, aunque Sonia era la única que le hacía un poco de caso.

—Papá, no te esfuerces —dijo Óscar, que ya estaba empezando a cansarse del tema—. Esas entradas se van a morir de viejas antes de que las usemos. —¡Hey! ¡Habla por ti chaval! —dijo Sonia—. A mí me apetece mucho ver esa muestra.

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—¡Bueno, vale! —dijo nuestro padre haciendo que claudicaba—. Entonces le doy su entrada a Sonia y las vuestras me las llevo para regalárselas a alguien… Parecía que había terminado, pero yo conocía ese tono y sabía que tenía un as en la manga. —Aunque es una pena que no vayáis a verla, porque no podréis conocer la leyenda que se cuenta acerca de un precioso dragón de jade que es la pieza más valiosa de la exposición. —Espera, espera —dijo Óscar—. ¿Una leyenda? ¿Un dragón? Haber empezado por ahí. Eso ya suena mejor. ¿Puedes contarnos más? —preguntó zalamero como si ahora fuera el tema más interesante del mundo. —¡Vaya, vaya! Igual las entradas ya no se mueren de viejas, ¿eh? —ironizó papá—. ¡Uy, qué tarde se me ha hecho! —dijo echando una mirada exagerada al reloj—. Me parece que el dragón y su leyenda van a tener que esperar hasta la noche. Aunque, no sé, igual para entonces ya he regalado las entradas —añadió con un poco de mala leche mientras se ponía de pie. —¡No, no, espera! —le atajó Óscar. Nuestro padre se volvió a sentar con los brazos cruzados haciéndose el interesante.

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—¡Bueeeno! —dijo mi hermano dejando las manos sobre la mesa—. Igual antes he estado un poquillo… —¿Petardo? ¿Listillo quizás? —apuntó papá sin dejarle acabar. —Iba a decir «borde»… y lo siento —terminó la frase mi hermano—. Pero no te lleves las entradas, que a lo mejor nos damos una vuelta por allí, ¿vale? —añadió poniendo ojitos de cordero. —Ya sabía yo que al final os interesaría —dijo nuestro padre levantándose—. Bueno, ahora me tengo que ir de verdad. Hasta la noche, chavales. Las entradas las tenéis en la nevera pegadas con un imán —añadió cuando ya salía por la puerta. —¡Vaya rollo! Nos quedamos sin saber de qué va la cosa hasta la noche —dijo Óscar mientras atacaba sus natillas. —Podemos buscarlo en internet —apuntó Sonia—. Si es una leyenda tan interesante, seguro que aparece. Después de terminar el postre a toda pastilla y ayudar a quitar la mesa, los cuatro nos fuimos al Área 51 a buscar información acerca del dichoso dragón. —¡Aquí está! —celebró Sonia al cabo de pocos minutos.

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Nos acercamos a la pantalla donde se veía una web con el título de La leyenda del dragón de jade y todos empezamos a leer:

«En una época en la que el liderazgo del emperador Xuanzong estaba en riesgo por las luchas internas, un joven capitán de la guardia llamado LongHao consiguió salvar la vida del monarca al recibir en su hombro un dardo envenenado que iba dirigido al corazón del soberano. Fue atendido por los médicos personales de Xuanzong y, aunque al final consiguió sobrevivir, el veneno era muy potente y dejó secuelas en todo su cuerpo. Después de varios meses de recuperación,

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tuvo que renunciar a seguir siendo soldado, pues se movía con dificultad. En premio a su valerosa acción, el emperador le ofreció un gran palacio en el territorio de donde provenía y puso frente a él dos cofres entre los que tenía que elegir. El monarca abrió los cofres. Uno de ellos estaba repleto de monedas de oro hasta arriba y el otro contenía la figura de un dragón esculpido en jade.

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El emperador sabía que el dragón era muy hermoso, el más hermoso que se había creado nunca, y mandó a dos sirvientes sacarlo de su caja para que Long-Hao pudiera admirarlo. De inmediato, el joven capitán quedó hechizado por los negros ojos del dragón y no pudo apartar su mirada de él. En el pedestal sobre el que se apoyaba, había una pequeña tablilla que decía: «No importa cuán grande sea la belleza exterior. Solo unos ojos tiernos pueden enseñarte la belleza interior. Y entonces, las mil estrellas del dragón te iluminarán.» El dragón era increíblemente bello y tenía algo especial. Sin embargo, el cofre de oro suponía tanta riqueza que, si era bien administrada y repartida, podía hacer que su pueblo nunca pasara necesidades. En uno de los cofres tenía la felicidad de su pueblo y en el otro, su propia felicidad. Pero Long-Hao no pudo soportar la idea de separarse del dragón y rechazó el cofre de oro. Cuando el joven capitán volvió a su tierra y ocupó su palacio, lo primero que hizo fue colocar la escultura en una habitación cerrada con llave, en la que solo él y sus más allegados podían entrar.

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Todos los días pasaba horas frente a su dragón, observando la maravillosa figura que, poco a poco, fue robándole el corazón. Pasaron los años y Long-Hao se fue volviendo huraño y desconfiado y no dejaba que nadie, ni siquiera su familia, entrara en la habitación por miedo a que se lo robaran. Una noche, uno de sus hijos, que también estaba obsesionado con el dragón desde que lo vio por primera vez, consiguió quitarle la llave del cuello a su padre mientras dormía y entró en la habitación prohibida para admirarlo. Quiso la mala suerte que Long-Hao se despertara sobresaltado y se diera cuenta de que no tenía la llave. Temiendo que le estuvieran robando su preciado tesoro, cogió su espada y se dirigió hacia allí. Cuando llegó, vio la puerta abierta y la silueta de alguien frente a la figura. Loco de rabia y sin decir una palabra, levantó su espada y atravesó con ella al ladrón que cayó a sus pies moribundo.»

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Txano y Óscar 3 - El dragón de jade (Cap.1-2)  

¡Hola! Mi nombre es Txano y mi hermano mellizo se llama Óscar. ¿Sabes dónde comienza esta historia? Pues en un lejano monasterio chino. Allí...

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