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Patricia Majluf Ph.D. / Centro para la Sostenibilidad Ambiental, / Universidad Peruana Cayetano Heredia

Quien haya estado paseando por la playa últimamente, probablemente ha encontrado lobos marinos varados muertos y cientos de miles de aves guaneras volando de un lado a otro buscando comida. Pronto, es muy probable que la situación se ponga peor.

¿Qué pasó con las anchovetas? A la fecha, según el último informe del IMARPE, la población de anchoveta ha caído dramáticamente de las 9-10 millones de toneladas que habían a inicios de año, a menos de un millón y medio de toneladas. Con el nivel más bajo de anchoveta en el mar registrado desde los ochenta, y después de un año donde las condiciones oceanográficas han sido muy inusuales y variables, de darse un evento El Niño a fin de año como se espera - aunque sea débil – es muy probable que nuestras poblaciones de fauna marina sean muy afectadas. Las aves guaneras, los lobos y muchas especies del mar peruano dependen principalmente de la anchoveta para su alimentación. Por eso, cuando se da un Niño y la anchoveta se hace menos disponible o desaparece, uno de los efectos más visibles es la mortalidad masiva de estas especies. Peor aún cuando hay poca anchoveta durante todo el año como ha ocurrido este año. Según el informe de IMARPE, la disminución de la población de anchoveta ha sido sorpresiva. Este informe insistentemente asegura que esta situación no es producto de una sobrepesca. Que la repetida ocurrencia de lo que se denomina “Ondas Kelvin” – masas oceánicas de aguas cálidas que invaden el mar peruano disminuyendo la productividad del ecosistema y afectando a toda la red trófica, desde el plancton para arriba – es la causante de la reducción del stock de anchoveta. Sea como fuere, las consecuencias de esta disminución dependerán mucho de

cómo se responda a la misma. Si se respeta la recomendación de IMARPE de no abrir la pesca hasta que las condiciones oceanográficas se normalicen y el stock de anchoveta se recupere a niveles que permitan una extracción sostenible, el impacto puede ser de corto plazo. De lo contrario, si se decide permitir que se pesque con los niveles actuales, el impacto puede ser muy dañino y de largo plazo. Lo que queda actualmente son principalmente juveniles. De pescarse éstos, capturando una fracción importante de lo poco que en este momento queda en el mar, se puede afectar gravemente la posibilidad de recuperación del stock. En los ochenta, cuando después de un largo período de pesca excesiva, durante el fuerte Niño del 82/83, se siguió pescando hasta casi agotar lo poco que quedaba y, consecuentemente, el stock no se recuperó en más de 10 años, hasta entrados los noventa. Por otro lado, si se cierra la pesca de anchoveta pero se permite que la enorme flota industrial capture “lo que encuentre” para mantener la industria harinera andando, los efectos sobre las especies que sean afectadas por esta pesca oportunista pueden ser graves y muy difíciles de estimar. En el pasado, cuando no hubo o no se permitió la pesca de anchoveta para su protección, en su lugar se pescaron cientos de miles de toneladas de otras especies en su mayoría muy poco conocidas. Otras, como la sardina, el jurel y la caballa también fueron capturadas en estas cir-

cunstancias, llevando a que se haga harina de cientos de miles de toneladas de estos recursos reconocidos como muy valiosos para la alimentación popular. Por suerte hoy en día ya se ha prohibido el uso de estas especies para hacer harina. Pero, cuando la situación es crítica como ahora, muchas veces se permite lo que no se debería permitir. Esperamos que el gobierno evalúe bien las decisiones que se tomen para responder a esta crisis. Aunque el impacto social de cerrar nuestra más importante pesquería puede ser enorme, según lo que se decida ahora este impacto puede ser mayor o menor, afectando no solo a pescadores y a los trabajadores del sector, sino a gran parte del ecosistema. Lo ideal sería utilizar parte de las enormes reservas que tenemos en este momento, producto de los últimos años de gran crecimiento económico, para crear un fondo de emergencia que ayude a los pescadores y trabajadores a sobrevivir la crisis actual. Sobre todo considerando las inusuales condiciones de los últimos años y la incertidumbre que enfrentamos frente al Cambio Climático, debemos ahora ser extremadamente precavidos y responder de la manera más cauta posible. Por paliar un problema a corto plazo podemos crear un problema mucho mayor y a largo plazo. Esperemos que las actuales autoridades pesqueras respondan pensando no solo en las consecuencias políticas, sino en el bienestar a largo plazo de nuestra población y nuestro mar.

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Amalamar Segunda edición  
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