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Un minuto en la vida de la Humanidad - reflexiones-

Viernes 23 de abril de 2010 d铆a de San Jordi

Joan S. Al贸s

Reflexiones acerca de un minuto en la vida de la Humanidad

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El gran minuto

He recogido testimonios de la especie humana en que a menudo el “gran minuto” era un minuto pasado, perdido en el tiempo y en la memoria. Un gran minuto que nunca fue porque no se vivió así mientras acaecía. Para otros, quizá aún más triste, éste minuto decían que estaba por llegar, que se preparaban para vivirlo en un momento del futuro que les iba a compensar de tantos sinsabores. Al parecer algunos lo vivieron, otros se desesperaron y muchos murieron antes de conocerlo. Quizá el “gran minuto” fuera para ellos el de la muerte, aferrados a un esplendoroso más allá. Por lo que he aprendido en mi desembarco en la Tierra son muchas y variadas las creencias. Pero casi todas hablan de un pasado “perdido” y de un futuro que se “alcanzará “tras no pocas penalidades. Cuán pocos creen que el “gran minuto” es justamente el que viven, entre las cinco y las cinco y un minuto de la tarde de un 23 de abril del 2010 de la era cristiana. Éste o cualquier otro minuto que viven en el presente, porque el regalo está en él, en la propia vida. Y en sentirse por un momento formando parte de un minuto “grande”.

Joan S. Alós

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El ser humano y su equilibrio con la Naturaleza

O su desequilibrio. No cabe duda que como especie, la humana, es la que tiene un mayor impacto sobre la Naturaleza que le circunda. Y dicho impacto no tiene que ver únicamente con un cambio climático. Tiene que ver, sobretodo, con el grado de inmunización que ha conseguido respecto a otras especies y factores ambientales. Ha disminuido sensiblemente el número de hijos por familia y, sin embargo, el crecimiento de la población humana no tiene otros límites que el propio ser humano, de forma consciente o no, quiera imponerse. No hay especies animales ni vegetales, con excepción aún de algunos micro organismos, que signifiquen una amenaza seria para la evolución de la especie humana. Joan S. Alós

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Ni siquiera los cataclismos “minerales” de la propia Naturaleza tienen un efecto estadísticamente relevante sobre el número de seres humanos sobre el planeta. El “único” enemigo del ser humano es él mismo, ya sea de forma directa o por su alteración de cuanto le circunda. Visto así cada ser humano que nace es una “promesa” pero es, también, un rival y un “enemigo” en potencia. La lucha del ser humano por explotar y controlar la Naturaleza “visible” tiene mucho que ver con el éxito de su evolución, pero sin duda sus espectaculares avances respecto a la “invisible”, o microscópica, le llevan a la sensación de “inmortalidad”, con las secuelas inevitables de un control férreo de la natalidad y el dominio, si es preciso mortal, de unos sobre otros. Y un drástico replanteamiento de la divinidad y de las religiones. Y si profundizamos en un minuto, basta un solo minuto, veremos como muchos de estos rasgos están implícitos en él, aunque no se eleven al nivel de conciencia.

Joan S. Alós

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Acerca de la realidad y de las sensaciones La realidad es la que vivimos no la que nos cuentan los medios de comunicación ni otras personas, aunque nos afecten. Tendemos a simplificar la realidad circundante, de forma que la podamos “aprehender” con el mínimo esfuerzo; destacamos los elementos más funcionales y aquellos que son “noticia” en función de una expectativa previa. Esta simplificación afecta a los mecanismos del cambio, percibiéndolos, en general, como perturbadores. Esta simplificación está en el origen de la especialización pero también de una clasificación simplista, tribal o partidista, que puede llevar a la intransigencia.

¿Realidad o sensación?

La especie humana es capaz de expresar una gran variedad de sensaciones, pero la de “dominio” sobre el entorno, sobre uno mismo o sobre los demás, es fundamental. Dichas sensaciones no están necesariamente ligadas a una realidad “objetiva”: las actitudes, el estado de ánimo, son a menudo más poderosas que la situación de nuestro entorno. Las sensaciones suelen girar de forma “inconsciente” en torno a nuestros sentidos: tacto, vista, oído, Joan S. Alós

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gusto, olfato (lo que podríamos llamar nuestra parte “pagana”), más próximas a la empatía que las de tipo cultural. Y de forma más “consciente” (lo que podríamos llamar nuestra parte “religiosa”) giran en torno a nuestras creencias y valores culturales, haciéndonos percibir conceptos como “bien” y “mal” no necesariamente ligados a realidades “objetivas” como serían para “otras especies” su propia conservación . La sensación puede percibirse con mayor fuerza que la realidad y llevarnos a comportamientos “extremos” que se reflejan, por ejemplo, en el “arte” y en la “guerra”.

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¿Qué similitudes y qué diferencias podemos percibir entre los seres humanos?

Pese a la aparente diversidad de actividades y sensaciones que nos han sido transmitidas, las similitudes son mucho mayores que las diferencias. El “latido humano” está siempre presente en todas las manifestaciones, especialmente los sentimientos, las expectativas y la búsqueda de la felicidad como un estado de plenitud. Cierto también que se aprecia una diversidad en función de aspectos como sexo, edad, hábitat o profesión. Hombre y mujer se distinguen, se diferencian y en general se atraen como complemento más allá de lo biológico, pero con un fuerte componente químico que está en la misma base inconsciente de la

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atracción. Apuntamos, de forma provisional, una diversidad algo mayor en las mujeres tanto en la actividad como en la sensaciones que les produce. Hablar del amor es acaso un poco grandilocuente para el sexo masculino y en el femenino, en cambio, puede mezclarse de forma natural en una conversación a la vez que se habla de “lo bien que te quedan estos zapatos”. La edad matiza aquello que se observa y, sobre todo, como se percibe. A menor edad el impacto emocional es más fuerte, aún sin adquirir la riqueza de matices que dará la experiencia. Las expectativas parecen resucitarse cada viernes pero aún así, con la edad, se adquiere conciencia de que van quedando menos viernes. La edad rompe moldes, huye de imitaciones, la juventud quiere trazar su propio camino... exactamente igual que quisieron sus predecesores. Cada árbol da su flor por más que se asemeje a la de los árboles vecinos. El hábitat no deja de ser una variante de la transformación a la que hemos sometido a la Naturaleza. En el rural sometemos a especies vegetales y animales premiando a unas sobre otras. En el urbano a menudo eliminamos todo vestigio de la Naturaleza primigenia, salvo algunos ornamentos estéticos. También la densidad humana varia fuertemente de uno a otro. En el rural la sensación de anonimato es menor, la de dependencia del entorno más aceptada, aunque a veces uno pueda llegar a pensar que es difícil llegar a ser alguien si no es con la ayuda propagandística del hábitat urbano. En éste, en cambio, las expectativas pueden estar más exacerbadas, así como el sentido de independencia aunque se sea absolutamente dependiente para lo más elemental (alimentación, higiene, salud...). Y también en el hábitat urbano, es en donde este anonimato puede llegar a somatizarse hasta el punto de no llegar a sentirse alguien si no es con ayuda de medios artificiales.

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¿Qué emociones y sentimientos destacaríamos en el ser humano?

La capacidad de sentir, de emocionarse, es posiblemente la característica más distintiva de la especie humana. Cierto que posee una gran capacidad de raciocinio, pero cierto también que ninguna otra especie hace “tonterías”, todas siguen patrones de conducta y acaso la especie humana sea en este sentido la más transgresora.

La búsqueda de la paz, en tono menor la tranquilidad, sentirse en equilibrio, sin inquietud ni miedo, es una de las sensaciones más buscadas. Y a ello contribuye, por ejemplo, una sencilla siesta. No es tanto el cansancio físico de la actividad, que a menudo se practica como hobby, como el cansancio emocional, porque ser humano “cansa”. Crear expectativas de manera continuada, fijarse objetivos, plantearse retos, tender hacia un modelo a menudo alejado de uno mismo, pone al ser humano en tensión, estresado. Huida, refugio, búsqueda de seguridad, identificarse con la “tribu”, la práctica Joan S. Alós

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religiosa, la fe en lo divino y en lo humano...

La curiosidad, el ansia de saber y el ansia de experimentar, de sentir por uno mismo. El ser humano no se considera maduro hasta que ha superado una etapa, la adolescencia, que no viene tanto marcada por nuevos conocimientos intelectuales como por el sentir -descubrir- en uno mismo la inmensa variedad de sentimientos que caracterizan a la Humanidad. No se trata de nuevos sentimientos para la especie, ni siquiera muchas veces para el núcleo familiar; su finalidad es sencillamente sentirlos en carne propia. No cabe duda de que la curiosidad es el motor del cambio, del avance, de la ciencia, de la introspección... pero a la vez es la causante de una extrema vulnerabilidad. No perderse nada, saberlo todo, vivirlo todo, aprovechar lo efímero de la vida porque acaso, la vida no sea sino el gozo -o el desencanto- de lo efímero.

Compartir, dar, ser solidario, generoso, ayudar a los demás como expresión más sublime de solidaridad. No esperar a cambio más que la satisfacción de una labor altruista, acaso recibir la sonrisa de un niño, la admiración de una parte de la sociedad, actuar conforme a un credo, a unas creencias. Olvidarse de uno mismo para encontrarse en los demás. Las siglas ONG -organización no gubernamental- vienen a ser hoy en día la expresión de una donación no sujeta a leyes, contemplando al ser humano como una única especie a escala planetaria.

La expectativa que, de cumplirse, lleva a la alegría, al goce... y de no cumplirse lleva a la tristeza, a la frustración. Todas las especies tienen expectativas en el sentido de cumplir, de hacer lo necesario, para el bien de la especie: es algo innato. El ser humano, como individuo, siente también esta expectativa, pero como colectivo la diversifica en multitud de combinaciones hasta hacer un entramado del que queda prisionero. No basta con tener salud, seguridad y alimento para sentirse feliz. No basta con disfrutar sencillamente de lo que nos haya deparado el día de hoy, o este minuto

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compartido con la humanidad, nos inquieta qué sucedió ayer, qué sucederá mañana... La expectativa, la sanción social, la complejidad sin limites de la especie humana... si en cierto momento fuéramos capaces de distanciarnos de ella nos haría sonreír.

El amor. No es posible referirse al ser humano sin tener en cuenta el amor como, acaso, la más noble expresión de los sentimientos. Sin embargo prácticamente nadie, en este minuto, hace mención expresa del mismo. Parece un sentimiento envuelto en el velo del pudor, a menudo más tapado que el sexo. Pertenece a la esfera más íntima, a aquella de la que no se habla, menos aún si no se es mujer. Posiblemente el sentimiento de amor vaya también muy cargado de ciertas reacciones químicas, cuyas fórmulas varíen con el sexo y con el tiempo, entrando a formar parte de este entramado de lo “inexplicable” tan propio de la especie humana. “¿Qué haces? ¿qué te gusta?” son preguntas tópicas en la relación humana, pero no hemos oído “¿a quién amas?” ni siquiera en un día tan significado como el de San Jordi en que el caballero le regala un rosa roja -símbolo del amor- a su amada. Pero hay padres y madres esperando a sus hijos a la puerta del colegio y amigos y parejas compartiendo buenos momentos...

Y otros muchos sentimientos, emociones y sensaciones que han dejado su testimonio en este minuto. Un minuto sin duda más lleno de emociones que de hechos.

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Viernes

El viernes es como un agujero en el tejido del tiempo. Abre la puerta hacia una dimensión de ocio, de relax, de aficiones, de exploración, de descubrimiento de otro “yo” posible, de algo distinto y positivo, de un sueño que tal vez -este fin de semana sí- pueda convertirse en realidad. El viernes es un gran generador de expectativas que, cíclicamente, se van repitiendo cada siete días como las fases de la Luna. Ahí cabe vivir por un par de días lo que uno desearía que fuera ordinario, compartiéndolo -o no- con familia, niños o amigos. Pero también lo extraordinario: hacer algo totalmente distinto sea por caminos naturales, como el surf o la escalada, o artificiales como el alcohol o las drogas. Parece que el viernes sea el resorte que abre el mecanismo de compensación, el que nos ha de hacer olvidar pequeños o grandes sinsabores fruto de una semana rutinaria de tipo “laboral”, en la que

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todo está pautado. Más aún si el viernes es festivo, alargando el tiempo de compensación de dos a tres días. El viernes, en la cultura cristiana occidental, es una puerta abierta a la magia y al milagro. Lo extraordinario puede pasar, las emociones pueden fluir, uno puede sentirse feliz, realizado, querido... o cuanto menos intentarlo. Y si no es este viernes, si no es este “fin de”, habrá otro y el ciclo vuelve a comenzar. El viernes es por lo tanto una puerta abierta a la vulnerabilidad, a creer lo que uno quiera creer aún a sabiendas de que es muy difícil que se vaya a producir. Es una día perfecto para embaucadores, líderes dictadores, fabricantes de buenos y de malos sueños, de autopistas, atajos y muertes en la carretera. ¿No sería más sensato vivir en plenitud todos los días “grises” de la semana y que el viernes fuera un día más en este enriquecimiento continuado como seres humanos? Si más no, que unos días fueran de ensayo y el viernes de espectáculo, que unos y otros estuvieran positiva e indisolublemente ligados. Posiblemente la especie humana es la única que cree poder permitirse ser insensata. ¡Viernes! Si los días laborables nos conducen al cielo del viernes (thanks God today is Friday), éste nos conducirá inexorablemente al infierno del lunes tras el purgatorio del domingo por la tarde. Y, sin embargo, sabemos que el viernes no es viernes para todos, que nuestro derecho a disfrutar es sólo posible si otros muchos seres humanos trabajan. ¿Qué profunda falla hay en la especie humana que siempre precisa compensarse? Acaso el viernes no sea sino el arcano del paraíso perdido.

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Invitación Pero éstas, querido ser humano, no son sino mis reflexiones. A ti te vendrán otras al hilo, o no al hilo, de estas. ¿Te animas a compartirlas? Si hay algo hay de cierto en la especie humana es la inmensa necesidad que tenenos unos de otros, lo reconozcamos o no. Y créeme si te digo que muchos agradeceremos tu reflexión, por pequeña que sea. La editaré en las siguientes páginas para que todos podamos compartirla. Gracias por existir.

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Reflexiones en torno a la Humanidad