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Arendt, Hanna (1996 [1954]): “La crisis de la cultura: su significado político y social”, en ARENDT, Entre pasado y futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política, Barcelona, Península. Desde hace mas de diez años hemos sido testigos de una preocupación aún creciente entre los intelectuales respecto del fenómeno, relativamente nuevo, de la cultura de masas. La propia denominación deriva de una expresión no mucho más vieja “sociedad de masas”. El hecho más significativo de la breve historia de ambas expresiones es que, mientras hace unos pocos años aún se usaban con un fuerte sentido reprobatorio —en el que estaba implícita la idea de que la sociedad de masas era una forma depravada de la sociedad y la cultura de masas una contradicción en sus términos—, hoy ya se han vuelto respetable tema de innúmeros estudios y proyectos de investigación, cuyo principal efecto, como señaló Harold Rosenberg, es “añadir a lo kitsch una dimensión intelectual”. Esta “intelectualización de lo kitsch” se justifica diciendo que, nos guste o no, la sociedad de masas va a seguir presente en un futuro previsible y, por consiguiente, su “cultura”, la “cultura popular no debe abandonarse al populacho”. Sin embargo, el problema consiste en si lo que es verdad para la sociedad de masas también lo es para la cultura de masas o, para decirlo de otra manera, si la relación entre sociedad de masas y cultura de masas será, mutatis mutandis, la misma que la relación de la sociedad con la cultura que precedió a esta etapa. La cuestión de la cultura de masas suscita ante todo un dilema distinto y fundamental: la muy problemática relación de la sociedad y la cultural. (...) La sociedad de masas nace cuando la masa de la población se ha incorporado a la sociedad. Como la sociedad en el sentido de “buena sociedad” abarcó todos los sectores de la población que disponían de medios y sobre todo de tiempo libre, es decir, de tiempo para dedicarlo a la “cultura”, la sociedad de masas indica sin duda la existencia de un nuevo estado de cosas, en el que la masa de la población está liberada del peso de un trabajo físico agotador que también dispone de bastante tiempo libre para la “cultura”. Por consiguiente, la sociedad de masas y la cultura de masas parecen fenómenos interrelacionados, pero su común denominador no es el carácter masivo sino la sociedad a la que se incorporaron las masas. Tanto histórica como conceptualmente, la sociedad de masas estuvo precedida por la sociedad y sociedad no es un término más genérico que la expresión sociedad de masas; también se le puede adjudicar una fecha y una descripción histórica: sabemos que es más antiguo que el giro sociedad de masas, pero no anterior a la época moderna. En realidad, todos los rasgos que la psicología de masas descubrió hasta ahora en el hombre masa: su incomunicación (que no es aislamiento ni soledad) independiente de su adaptabilidad, su excitabilidad y carencia de normas, su capacidad de consumo, unida a la incapacidad para juzgar e incluso distinguir, y sobre todo su egocentrismo y esa fatídica alienación ante el mundo que desde Rousseau se viene tomando por autoalienación, todos estos rasgos aparecieron antes en la buena sociedad, donde no se hablaba de masas en términos numéricos. Es probable que la buena sociedad, tal como la conocemos desde los siglos XVIII y XIX naciera en las cortes europeas de la época del absolutismo, en especial en la sociedad cortesana de Luis XIV (...). Sin embargo, la situación del individuo cambió mucho desde las etapas antiguas de la sociedad hasta los tiempos de la sociedad de masas. En la medida en que la sociedad se restringía a ciertas clases de la población, las posibilidades de sobrevivir que tenía el individuo frente a la presión social eran bastante buenas, y se basaban en la presencia simultánea, dentro de la población, de otros estratos no-sociales en los que podían refugiarse los individuos (...). Una buena parte de la desesperación de los individuos sometidos a las condiciones de la sociedad de masas se debe a que esas salidas de escape hoy están cerradas, porque la sociedad ya abarca todos los estratos de la población. (...) Si las cosas se hubieran quedado allí, si el reproche dirigido contra la sociedad de masas hubiese sido el de falta de cultura y de interés en el arte, el fenómeno que aquí tratamos habría sido mucho menos

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complicado de lo que en realidad es; (...) El núcleo de la cuestión está en que ese tipo de filisteísmo, que no consistía más que en ser inculto y vulgar, rápidamente tuvo un sucesor en otro desarrollo en el que, por el contrario, la sociedad comenzó a mostrar un interés excepcional en los llamados valores culturales. La sociedad empezó a monopolizar la cultura para sus propios fines, por ejemplo la posición y la condición sociales. Esto tenía una relación directa con la posición socialmente inferior de las clases medias europeas que, tan pronto como tuvieron la riqueza y el tiempo libre necesarios, se encontraron en medio de una ardua lucha contra la aristocracia, despectiva ante la vulgaridad de los que sólo sabían hacer dinero. En esa lucha por la posición social, la cultura pasó a desempeñar un papel muy amplio como una de las armas, si no la mejor, para el avance personal en la sociedad y para “autoeducarse” fuera de las regiones bajas, donde se suponía que estaba la realidad, para ascender hacia las regiones más elevadas, las no-reales, donde se consideraba que tenía su espacio propio la belleza y el espíritu. Esta huida de la realidad a través del arte y la cultura es importante no sólo porque dio a la fisonomía del filisteo cultural o educado sus rasgos más distintivos, sino también porque probablemente fue el factor decisivo en la rebelión de los artistas contra los patrones recién encontrados; todos ellos olían el peligro de que los expulsaran de la realidad, para mandarlos a una esfera de refinado lenguaje, en donde lo que ellos hacían hubiese perdido toda significación. (...). Sin duda, lo que se juega aquí, mucho más que el estado psicológico de los artistas, es la condición objetiva del mundo cultural que, en la medida que contiene cosas tangibles —libros y cuadros, estatuas, edificios y música— es continente y da testimonio de todo un pasado conocido de países y naciones y de la humanidad misma. En este sentido, el único criterio social y auténtico para juzgar esos objetos específicos de la cultura es su relativa permanencia y su final inmortalidad. En última instancia, sólo lo que perdura por siglos puede definirse como un objeto cultural. El núcleo de la cuestión es que, en cuanto se convirtieron en el objeto de un refinamiento social e individual y de la posición que al él se le acuerda, las obras inmortales del pasado perdieron su cualidad más importante y elemental, la de atrapar y conmover al lector o al espectador a lo largo del tiempo. La propia palabra “cultura” se volvió sospechosa, precisamente porque connotaba esa “búsqueda de la perfección” que para Matthew Arnold era idéntica a la “búsqueda de la dulzura y de la luz”. Las grandes obras de arte no son menos maltratadas cuando sirven a fines de autoeducación o autoperfección que cuando sirven a otros propósitos; mirar un cuadro para aumentar el conocimiento que se tenga acerca de un periodo determinado puede ser tan útil y legítimo como lo es usar un cuadro para tapar un agujero de la pared. En ambos casos el objeto de arte se usa para fines ulteriores. Todo es aceptable en la medida en que se sepa que esos usos, legítimos o no, no constituyen la adecuada relación con el arte. (...). En esta desintegración, la cultura, aún más que otras realidades se había convertido en lo que sólo entonces la gente empezó a llamar “un valor”, es decir, un bien social que podía ponerse en circulación y convertirse en dinero a cambio de todo tipo de valores, sociales o individuales. (...). En este proceso, los objetos culturales recibían el mismo trato que cualquier otro valor, eran lo que siempre habían sido: valores de cambio, y al pasar de mano en mano se desgastaban como monedas antiguas. Así perdieron la que su origen es la facultad peculiar de todos los objetos culturales: la facultad de captar nuestra atención y conmovernos. (...). La diferencia principal entre la sociedad de masas es quizá que la sociedad quería la cultura, valorizaba y desvalorizaba los objetos culturales como bienes sociales, usaba y abusaba de ellos para sus propios fines egoístas, pero no los “consumía”. Aun en sus mayor desgaste, esas cosas seguían siendo cosas y conservaban cierto carácter objetivo; se desintegraban hasta convertirse en un montón de escombros, pero no desaparecían. Por el contrario, la sociedad de masas no quiere cultura sino entretenimiento, y la sociedad consume los objetos ofrecidos por la industria del entretenimiento como consume cualquier otro

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bien de consumo. Los productos necesarios para el entretenimiento son útiles para el proceso vital de la sociedad aun cuando para la vida no puedan ser tan imprescindibles como el pan y la carne. Como se suele decir, sirven para pasar el rato, y el tiempo libre que se pasa por pasar no es tiempo de ocio, en sentido estricto —el tiempo en que estamos libres de todas las preocupaciones y actividades propias del proceso vital, y por consiguiente libres para el mundo y su cultura—, sino más bien tiempo sobrante, aún biológico en su naturaleza, después de haber cumplido con el trabajo y el descanso. El tiempo vacío que, se supone, llena el entretenimiento es un hiato en el ciclo biológicamente condicionado del trabajo, en el “metabolismo del hombre con la naturaleza”, como solía decir Marx. En las condiciones modernas, este hiato crece sin cesar; cada vez hay más tiempo libre que se ha de llenar con algún entretenimiento, pero ese enorme aumento de horas vacías no cambia la naturaleza del tiempo. Como el trabajo y el sueño, el entretenimiento es una parte indiscutible del proceso de la vida biológica, un metabolismo que siempre se alimenta de cosas devorándolas, ya sea durante la actividad o en el descanso, ya esté inmersa en el consumo o en la recepción pasiva de las diversiones. Los productos que ofrece la industria del entreteniendo no son “cosas”, objetos culturales cuyo valor se mide por su capacidad de soportar el proceso vital y convertirse en elementos permanentes del mundo, y no tendrían que juzgarse según esas normas; tampoco son valores que estén allí para ser usados o intercambiados: son bienes de consumo que tienen que ser agotados, como cualquier otro objeto de consumo. Panis et circenses, es verdad, van juntos; ambos son necesarios para la vida, para su conservación y recuperación, y ambos se desvanecen en el curso del proceso vital, es decir, hay que producirlos y ofrecerlos una y otra vez para que el proceso no se cierre para siempre. Las normas que para juzgarlos se apliquen han de ser la frescura y la novedad, y la medida en que hoy usamos esas normas para juzgar los objetos culturales y artísticos, cosas que —se supone— deben permanecer en el mundo incluso después de que lo hayamos dejado, indica con claridad hasta qué punto la necesidad de entretenimiento ha empezado a ser una amenaza para el mundo cultural. No obstante, el problema no nace en realidad de la sociedad de masas ni de la industria del entretenimiento que abastece las necesidades de esta sociedad. Por el contrario, la sociedad de masas al no querer cultura sino sólo entretenimiento, probablemente es menos amenazante para esta cultura que el filisteísmo de la buena sociedad.(...). En lo que se refiere a la productividad artística, resistir ante las tentaciones masivas de la cultura de masas, (...) no debería ser más difícil que soslayar las tentaciones más sofisticadas y los sonidos más insidiosos de los esnobs culturales en la sociedad refinada. Por desgracia, la cosa no es tan sencilla. La industria del entretenimiento se enfrenta a apetitos pantagruélicos y, como sus bienes desaparecen por el consumo, tiene que ofrecer nuevos artículos constantemente. En esta disyuntiva, los que producen para los medios masivos exploran todo el campo del pasado y del presente de la cultura con la esperanza de encontrar material adecuado. Además, ese material no se puede ofrecer tal como es, sino modificado para que sea entretenido, preparado para su fácil consumo. La cultura de masas se concreta cuando la sociedad de masas se apodera de los objetos culturales, y su peligro está en que el proceso vital de la sociedad (...) consuma literalmente los objetos culturales, los fagocite y destruya. Por su puesto no me refiero a la distribución masiva. Cuando los libros o las reproducciones de cuadros se llevan al mercado a precios bajos y se venden grandes cantidades, esto no afecta a la naturaleza de los objetos en cuestión. Pero su naturaleza se ve afectada cuando los objetos mismos sufren cambios como una nueva escritura, la condensación o resumen, la reproducción hecha sinceridad o la adaptación para el cine. Esto no significa que la cultura se difunda en las masas sino que se destruye la cultura para brindar entretenimiento. La consecuencia no es la desintegración sino el deterioro, y quienes lo promueven no son compositores populares sino un tipo de intelectuales especial, a menudo bien

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formados e informados, cuya única función es organizar, difundir y cambiar los objetos culturales para convencer a las masas de que Hamlet puede ser tan divertido como My Fair Lady, y quizá igualmente educativa. (...). La cultura se relaciona con objetos y es un fenómeno del mundo; el entretenimiento se relaciona con personas y es un fenómeno de la vida. Un objeto es cultural en la medida en que puede perdurar; su durabilidad es la antítesis misma de la funcionalidad, la cualidad que lo hace desaparecer de nuevo del mundo fenoménico una vez usado y desgastado. (...). Entre las cosas que no se producen en la naturaleza sino sólo en el mundo hecho por el hombre, distinguimos entre objetos útiles y obras de arte, que poseen, unos y otras, cierta permanencia variable: desde la durabilidad corriente hasta la inmortalidad potencial en el caso de las obras de arte; como tales, estas últimas se diferencian por una parte de los bienes de consumo, cuya duración en el mundo apenas excede el tiempo necesario para producirlos, y por otra, de los productos de la acción, como vicisitudes, hazañas y palabras, por sí mismas tan transitorias que apenas si sobrevivirían a la hora o al día en que aparecieron en el mundo, si no fuera porque el hombre las conserva primero en su memoria, porque de ellas hace relatos, después, con sus habilidades de productor. Desde el punto de vista de la mera durabilidad, las obras de arte (...) no se consumen como beines de consumo ni se desgastan como objetos, y además, deliberadamente se las aparta del proceso de consumo y uso y se las aísla de la esfera de las necesidades vitales humanas. Este alejamiento se puede lograr de muy diversos modos, y sólo donde se produce de verdad nace la cultura en su sentido específico. (...). Hablamos de cultura en el caso exclusivo de que esa supervivencia esté asegurada (...). Por esta causa, cualquier análisis de la cultura tiene que partir del fenómeno del arte. Mientras el carácter de cosa de todas las cosas con que nos rodeamos estriba en que tengan una forma para mostrarse, sólo las obras de arte están hechas con el fin único de su aspecto. (...). Pero para tomar conciencia del aspecto antes debemos tener la libertad de establecer cierta distancia entre nosotros mismos y el objeto. (...). Esta distancia no se concreta a menos que estemos en disposición de olvidarnos de nosotros mismos, de los cuidados, intereses y apremios de nuestras vidas; en este caso no nos apoderaremos de lo que admiramos sino que lo dejaremos ser, con su propio aspecto. En sus etapas iniciales, el problema de la sociedad era que sus miembros, aun cuando habían logrado liberarse de las necesidades vitales, no podían independizarse de las preocupaciones relacionadas con ellos mismos, de su condición y posición en la sociedad y de la forma en que ambas se proyectaban sobre sus personas (...). El problema relativamente nuevo de la sociedad de masas es quizá más serio, pero no por las masas mismas, sino porque, esencialmente, ésta es una sociedad de consumidores donde el tiempo de ocio ya no se usa para el perfeccionamiento personal o la adquisición de una posición social superior, sino para más y más consumo y más y más entretenimiento. (...). El resultado, por supuesto, no es la cultura de masas, que en términos estrictos no existe, sino el entretenimiento de masas, que se alimentas de los objetos culturales del mundo.

¿Cómo explicaría el fenómeno de la mercantilización de la cultura en nuestras sociedades modernas después de leer a Hanna Arendt?

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"La crisis de la cultura"  

Hanna Arendt

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