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José Ramón Muñiz Álvarez

“LAS CAMPANAS DE LA MUERTE” “EL LIBRO DE LOS FRESNOS”

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José Ramón Muñiz Álvarez

“Las campanas de la muerte”


2010 © José Ramón Muñiz Álvarez: “El canto del autillo en la buhardilla” 2005 © José Ramón Muñiz Álvarez: “Los arqueros del alba” 2008 © José Ramón Muñiz Álvarez: “Los ballesteros de la tarde” 2008 © José Ramón Muñiz Álvarez: los lanceros del ocaso” 2013 © José Ramón Muñiz Álvarez: “Las mansiones del silencio”


Prólogo “El canto del autillo en la buhardilla”


Los troncos de los árboles, ya muertos, les sirven de mansión a los mochuelos que habitan lo profundo de los bosques. El cárabo es más tímido, si acaso, pues vuela sigiloso, entre los robles, cazando ratoncillos y batracios. En cambio, la lechuza y el autillo no temen instalarse en las buhardillas, de las casonas viejas de la aldea. El mes de abril, que suele ser lluvioso, también tiene sus tardes encendidas de sol y luz, de magia entre los árboles. Mas, al llegar el brillo del ocaso, se escuchan los autillos en los parques, que llaman al amor en plena noche. Los más supersticiosos tienen miedo, y dicen que convoca al aquelarre de brujas en los montes colindantes. De niño, en la buhardilla de la abuela, sentí la voz crispada del autillo, su grito lastimero, para algunos. Jamás pensé que fuera una criatura maligna cuyo grito desgarrado, volara, amenazante, con la brisa. Tal vez, al ser un niño, imaginaba que su llamada dulce, vivaracha, tenía el colorido de otros trinos. Los niños tienen grandes cualidades para formar su imagen de las cosas, a costa de ignorar tantos secretos. Y quiso mi inocencia caprichosa pensar que era el autillo, entre las sombras, como el cuclillo, oculto en la hojarasca. Difícil es, no en vano, ver cuclillos, por más que en primavera se les oye cantar entre las densas arboledas. No es raro en la niñez ser tan curioso, pues es, en esta edad, cada detalle como un descubrimiento inesperado. Por eso pregunté a la vieja anciana, de rostro bello y pelo blanquecino, pendiente del fogón en la cocina. Y dijo que era el pájaro del agua, criatura singular que, cada noche, las lluvias prevenía en su llamada. Y cuántas veces, siempre fantasioso, tomaba, en la mesilla de mi tío, cuartillas de papel, y dibujaba siluetas del autillo y la lechuza. Y viendo ya cercanos esos meses que llegan calurosos, en verano, por la ventana abierta, los buscaba. Mis ojos exploraban en la sombra los vuelos que rizaban en la nada sus grandes alas ricas en sigilo. La anciana falleció dejando un hueco que no podré llenar en muchos años, y no podré volver a la buhardilla: sus dueños la arreglaron y vendieron a nuevos propietarios que no quieren amar el canto viejo del autillo. Mas, al llegar abril, siempre lo escucho, y anima en mi a ese niño que otras veces hurgaba en los misterios de la sombra. El mundo cambia, y cambian los lugares, y pueblos de otras épocas lejanas se fueron transformando lentamente. Las villas de los viejos pescadores también han alterado su apariencia, tomando un aire acaso más urbano. Y es fácil recordar esas fachadas antiguas y las calles empedradas que fueron dando paso a otros ambientes. No son las mismas ya, tras tantos años, las vistas de rincones apartados donde se admiran altos edificios. Pero, según nos vamos, caminando, sin prisa, a las afueras, ese tiempo parece conservarse en el entorno. Los campos, las colinas, el arroyo, los densos eucaliptos en el monte se pueden contemplar igual que entonces. Llegado junio, en días despejados, es grato deambular cuando oscurece, mirar el sol, hundido en la distancia. Es bello deleitarse con nostalgias de tiempos que, si no fueron mejores, tal vez imaginamos más felices. Es la niñez que vuelve, es el momento de revivir al niño que no existe, pues lo hemos encerrado en lo profundo. Y, tras ponerse el sol, con sus dorados, sentado sobre un banco en San Antonio, descubro las estrellas en la altura. No hay duda de que es todo un


espectáculo, cuando la brisa baña ese montículo, borrando los rigores de la tarde. Y, entonces, encendiendo el cigarrillo, regreso por veredas que la luna me deja adivinar entre la sombra. En la estación existe un parque humilde, sereno, con sus sauces melancólicos, que lloran desde el brillo de la aurora. Allí se escucha el canto del autillo, quimérico y extraño, casi mágico, y entonces el recuerdo se hace intenso. La brisa ha refrescado el aire puro, y el grillo, en su concierto interminable, le da acompañamiento al viejo autillo. Llamando a los amores, el reclamo de la rapaz nocturna nos sugiere los sueños de las noches de la infancia. Poblado de dragones y de gárgolas, el mundo era tal vez más sugerente, mirado con los ojos de un chicuelo. También el mar, entonces, era abismo de rémoras, marrajos y piratas y las mansiones eran un castillo. Después se esconderá el viejo mochuelo, y el canto de los cárabos del monte se irá apagando allá, en lo más profundo. La Fuente de los Ángeles murmura, risueña en primavera, mientras canta feliz, entre las ramas, un jilguero. La calma llena el aire, y el paisaje se admira con el alba que despierta con claras llamaradas de alegría. Al fin se pueden ver, en cualquier parte, cuando el hurón se esconde y los raposos, el pardo de la piel de los tritones. No suelen esconderse en lo profundo del manantial alegre y vivaracho, donde los capturaban los muchachos. También, de niño, yo jugué a cazarlos en los abrevaderos de las bestias y en las corrientes claras de las fuentes. El canto del autillo se ha perdido, pero es posible ver, y las urracas, los cuervos y arrendajos recortan con sus alas cada soplo. El aire se hace amigo del cuclillo, del raro picachuelo y sus colores, bajo la vigilancia de la aurora. También acechan, rápido, el cernícalo y, fuerte, el poderoso ratonero, desde el tendido eléctrico, en los campos. Pasaron esos años tan idílicos de casas encantadas, de misterios, de juegos infantiles en el patio. Y entonces era bello el sol al alba, la lluvia en los cristales y los charcos formados en la vieja carretera. El universo entero se enseñaba cuajado de sutiles maravillas en los lugares más insospechados. El canto del autillo en la buhardilla, la luz de las estrellas en los cielos y el ruido de los grillos son promesa. Y el tiempo transcurrido se ha perdido, mas vuelve a suscitar, en la memoria, vivencias que conserva el alma vieja. Herido ya el espíritu cansado por una juventud tan agitada, la infancia sigue viva, sin embargo.


Primera parte “Los arqueros del alba”


Soneto I

Para María Dolores Menéndez López

El viento helado que rozó el cabello, Llenándolo de escarcha y de blancura, No osó matar su hechizo, su ternura, Sus luces, sus bellezas, su destello: Manchado de granizo fue más bello, Más puro que la nieve cuando, pura, Desciende de los cielos, de la altura, Tan diáfano que el sol luce en su cuello. Hiriéronla los años, la carrera, El rápido correr hacia el vacío, Más no perdió la luz de su alegría. Sus risas, floración de primavera, Fluyeron como, rápida en el río, El agua en su correr, helada y fría. Soneto II Un ángel vi de niño en la mirada De aquella anciana dulce y cariñosa, Más bella que la aurora perezosa Cuando apagó su voz de madrugada. En su cabello blanco la nevada Hirió el color luciente de la rosa, Y el pardo de sus ojos hizo hermosa De su mirar la luz, alma hechizada. De niño vi en su rostro la dulzura De aquella vieja a la que, agradecido, Besaba con amor en la mejilla. Su voz hablaba llena de ternura, Amable siempre, en tono suspendido, Mostrando, con amor, su alma sencilla. Soneto III La orilla alborotó un mar coralino Y el cielo asaltó, puro y despejado, Aquel caballo raudo que, embrujado, Pincel se hizo del aire cristalino. Y hallaste, al avanzar en el camino, Crepúsculos sin voz, un mar dorado, Y pudo descansar, ya fatigado, Tu aliento, firme ayer, hoy peregrino. La noche vino larga y duradera Con el amanecer, robando el día, Su luz, su brillo, toda la hermosura: Mi pecho será luz, y, dondequiera, Habrá de iluminarte cuando, fría, Te aceche, sin pudor, la noche oscura.


Soneto IV No oiréis correr de nuevo el arroyuelo Que, alegre, se lanzaba a su caída, Ni al dulce ruiseñor, cuya venida La bóveda alumbró del alto cielo. Dolores era hermosa como el vuelo Que alcanza las antorchas de la vida, Luciente como el alba que, encendida, Cuajaba en sus cabellos el deshielo. Mi espíritu poblaron las malezas Dejándome en las sombras misteriosas Que llenan hoy mis versos de tristezas. Sus ojos son estrellas luminosas, Sus luces, altas torres, fortalezas, Alegres sus sonrisas perezosas. Soneto V A cambio de tus besos silenciosos Un reino he de entregar, tierra olvidada, Aire sin voz, llegando a la morada De todos los misterios y reposos. Los guiños de tus ojos cariñosos Allí me encontrarán, alma cansada, Lleno de amor, de entrega fatigada De anhelos y de esfuerzos dolorosos. Habré llegado a ti desde la vida Para volverte vida entre mis brazos, Y habremos de emprender el largo viaje. Del sueño volverás del que, dormida, Pretenden despertarte mis abrazos, Que abrieron a tu amor tanto coraje. Soneto VI Heraldo de bondad fue su semblante, Más puro que la luz de la alborada, La gracia de su rostro, la mirada, Sincera siempre, bella a cada instante. En ella la ternura era constante, Más clara que el granizo y la nevada, Hermosa como el sol, jamás nublada La frente cuyo rostro hizo brillante. Más pura fue su piel que la azucena Que brota en primavera por los prados, Más cándida y más bella, siempre buena. Recuerdo que sus párpados cansados Tendían a cerrarse, aunque sin pena, Buscando sueños siempre reposados.


Soneto VII Un mar navegarás donde, brumosos, Negando al sol la luz, llama escarlata, Los vientos, sombra gris, noche insensata, El cielo cerrarán avariciosos. Después de los umbrales cavernosos Del sueño que en la noche se dilata, Tus ojos se abrirán, perla de plata, Buscando los paisajes luminosos. Y todo mostrará su luz dorada, El cielo, el sol, el mar y las orillas, Para escuchar tu voz, ayer callada. Risueñas nuevamente tus mejillas La brisa sentirán más que hechizada, La leña dando al alba y sus astillas. Soneto VIII El despertar más dulce y placentero Cubrió su rostro cuando, de mañana, Cruzaba, aventurero, su ventana El sol del mediodía pendenciero. Robábale los sueños su lucero, Valiente y atrevido, pues, lozana, La luz la despertaba, con desgana, Besándola, al llevarle aquel platero. Después iluminaba el cuarto oscuro Corriendo la cortina, que, luciente, Dejaba gala al oro y su belleza. Alzábase del lecho y, sin apuro, Serenos, de su boca, lentamente, Brotaban los bostezos con pereza Soneto IX Dejaste transcurrir la hora temprana, Palacio que en el sueño se escondía, Y vio volar la luz la brisa fría, Después de bien corrida la mañana. Manchada por la luz, halló lozana La risa que en tu rostro se encendía, Tan clara como el sol al mediodía, Que el cielo hizo del aire soberana. Montó, en un cielo lleno de belleza, La noche su corcel de madrugada, Las crines sujetando con firmeza. Mas no encontró más luz en tu mirada Que aquel amanecer vuelto en tristeza, Que el prado halló cubierto por la helada.


Soneto X No vueles, ruiseñor, hacia los cielos Que se hacen más azules en verano, Ni escapes, golondrina, de mi mano, Llevada por la brisa y sus desvelos. No corras, herrerillo, aunque tus vuelos Te dejen alcanzar lo más lejano, Ni escales, carbonero, el aire en vano De donde caen las nieves y los hielos. No partas, ave blanca, si tu nido Lo tienes junto a mí, donde la tierra Se alegra de tu voz y tu sonido. Amor serán los bosques y la sierra, Los árboles y el prado que, dormido, Se olvida de la helada que lo encierra. La aurora de la muerte Los prados humedecidos Que, besados por la helada, Con la misma madrugada Yacían adormecidos, Escucharon los gemidos Llegados del firmamento, Que, rozados del aliento De la aurora blanquecina, Apartaron la neblina, Densa en las alas del viento. Y aquella mancha de plata Que el sol trajo en su carruaje Iluminaba el paisaje, Mezclando al blanco escarlata, Que, aunque tímida, sensata, De agotarse temerosa, Rasgó la caricia hermosa Al rayar en la mañana, Como caricia temprana, Llena de luz, olorosa. El arroyo, sin apuro, Aún su cauce empobrecido, Murmuraba su sonido Al cruzar el valle oscuro, Siguiendo el curso seguro Que, en su descenso tranquilo, Avanzaba con sigilo Entre las cómplices sombras, Regando secas alfombras, Buscando mayor asilo. De las aguas transparentes,


Su curso lento, sencillo, Se saciaba el cervatillo Que bebió de las corrientes, Reflejándose en las fuentes Donde las juncias brotaban, Y en las alturas hallaban La copia de su hermosura, El sosiego y la frescura En las nubes que flotaban. Y entonces te despertaron De aquel sueño perezoso, Con el beso más gozoso Que jamás imaginaron, Los colores que llegaron A las alturas de un cielo Que alcanzaste, alzando el vuelo, Al nacer de la mañana, Donde la llama temprana La escarcha halló sobre el suelo. El alba despertaba El alba despertaba Sobre las sombras tristes, Y, oyendo su bostezo, Corrieron lentamente a las alturas Las llamas de aquel sol que se encendía Con paso lento, débil y cansado, Al tiempo que los mares, Rozados por la brisa, Dejaban que las olas se escapasen Como un caballo blanco por la sierra. El alba despertaba Sobre las sombras tristes, Y, oyendo su bostezo, Temblaron los rosales que la escarcha Rasgaba sin pudor, cuando, inclemente, Su hielo sobre el pétalo, lo hería Con un cuchillo fino, Acaso cristalino, Veloz, cada mañana de diciembre, Como un caballo blanco por la sierra. El alba despertaba Sobre las sombras tristes, Y, oyendo su bostezo, De nuevo salpicaron los arroyos Los prados, las orillas, los alisos Desnudos de las hojas de sus ramas Que, en tardes otoñales, Perdieron sin remedio, Llevándolas las brisas invisibles


Como un caballo blanco por la sierra. El alba despertaba Sobre las sombras tristes, Y, oyendo su bostezo, La luna y las estrellas retiraron Su luz hermosa, débil y cansada, Al tiempo que la noche se escondía, Volando hacia otros reinos, Fugaz como las horas Que corren como el viento, como el aire, Como un caballo blanco por la sierra. Soneto XI La luz sobre las sombras se deshizo Un viernes de noviembre donde, bella, En el fogón ardía una centella Que alzó la magia rara del hechizo. La lluvia dejó paso al invernizo Susurro de los vientos, su querella, Cansados de quejarse, pues aquella Más dura sonó en boca del granizo. Las lluvias y los vientos sacudieron Con toda su dureza los tejados, Luciendo, firmes, su perseverancia. Las brasas, sin embargo, resistieron A los chubascos, viendo preparados Viruta, carbón, leña en abundancia. Soneto XII Sus manos delicadas, temblorosas, Ya débiles, estaban siempre frías, Mas no sus ojos, cuyas alegrías Lucieron en el fuego de dos rosas. Sus piernas caminaban temerosas De algún tropiezo, pero ciertos días Andaba con soltura si, en las mías, Sus manos se apoyaban jubilosas. Y, júbilo febril, me dio el hechizo Que pueden dar los ángeles del cielo, Hasta que su sonrisa se deshizo. La luz del sol cortaba el blanco hielo Que el prado hirió, con nieves y granizo, Pincel de la mañana sobre el suelo. Soneto XIII El sol buscó un crepúsculo callado Detrás de las montañas y cordales, Las luces, las estrellas celestiales


Que al orto dan, desde su principado. El oro fue en los mares reflejado Y el vuelo alzaste, yendo a los cristales Del alba, cuyos brillos celestiales Ardieron en un cielo despejado. El árbol deshojado de tu risa Las noches desnudaron sin apuro, Las horas, las auroras y la brisa. Desnuda pudo verte el aire puro, Errante voladora tu sonrisa Donde cayó, a la noche, un sol oscuro. El brillo incandescente Dejad que nazca, En la lejanía, El brillo incandescente Que llena de colores las alturas, Y que, rompiendo las sombras, Corran los campos azulados del firmamento, Siempre a sus anchas, Los corceles de la mañana. Mas no venga la muerte en su galope. Corriente sobre corriente, Abrazarán las aguas de los mares. Corriente sobre corriente, Las de los lagos y arroyos. Corriente sobre corriente, Las de los montes, las de los valles. Y, pronunciando su claridad atrevida, Arrancarán la noche de un zarpazo, Hiriendo el cielo con sus relinchos, Con su alegría repentina, Llenando de bullicio Las horas que se desperezan. Mas no venga la muerte en su galope. Corriente sobre corriente, Alcanzarán los reinos que bostezan, Los de las sierras dormidas, Los del estanque, los de las playas. Y, pronunciando su claridad atrevida, Derrotarán las huestes de la noche, Borrando, a su paso, las estrellas, Dejando al aire las crines Lucientes como el oro Que vuelve a despertarnos. Mas no venga la muerte en su galope. Dejad que nazca, En la lejanía, El brillo incandescente Que llena de colores las alturas,


Y que, rompiendo las sombras, Corran los campos azulados del firmamento, Siempre a sus anchas, Los corceles de la mañana. Soneto XIV La sombra que borró su rostro bello Volviéndolo cenizas en la nada Negar quiere mi voz, cuando, callada, Se rinde al alumbrarla en un destello. La nieve que fue antorcha en su cabello Haciéndolo más claro, a la alborada, Recuerdo pudo ser, donde, apagada, Revive, al recordarla en todo aquello. Hirió su voz sin lucha el sinsentido Que arranca de los pechos el aliento Que ceden, quejumbrosos, su sonido. La muerte arrebató su sentimiento, Y el hielo sus rosales hizo olvido, Hiriéndola con fuerza el raudo viento. Soneto XV Prendieron las antorchas su belleza, Las luces, el color y la hermosura, Las llamas de una súbita ternura Que ardió sobre su frágil fortaleza. Voló un suspiro al aire y, sin torpeza, Cruzó el silencio triste, y su figura, Serena, fue buscando otra postura, Librando en su bostezo la pereza. Sus ojos se entreabrieron y miraron Con dulce claridad, nunca con prisa, Gozando de la siesta y su reposo. Las llamas de una estrella dibujaron La bella mariposa de su risa En su semblante dulce y cariñoso. Soneto XVI La espuma que rizaba tu cabeza Manchaba los cabellos blanquecinos, Hermosos como mares coralinos Que dejan en la costa su pereza. Tu rostro fue bandera de nobleza, Los ojos vivarachos, peregrinos, Atentos a los brillos cristalinos Del aire que enseñaba su pureza. Halló en tu pecho un rico posadero La luz de tu cariño y tu ternura,


Nacida de tu voz, raro lucero. Jamás bebió tu voz de la amargura Ni el brillo ardió en tus ojos sin esmero, Mas tu cabello heló la nieve pura. Soneto XVII De nuevo alejará las sombras muertas La alcoba de la noche mortecina, Las sábanas oscuras, la cortina Que ve las horas tristes y desiertas. Las luces de otro sol verán abiertas Los pórticos que aún cubre la neblina, Y lenta, temerosa, peregrina, La aurora cruzará sus anchas puertas. Un cielo despejado traerá el día Por donde vuela libre el aire sano, Extraño mensajero de alegría. Vendrá la luz del reino más lejano, Más no te encontrará en la brisa fría Ni el sol verá el bostezo más temprano. Soneto XVIII No escondas la mirada luminosa Que alcanza, vivaracha, la alegría, Que el brillo que se enciende cada día Envidia tu alborada generosa. Enséñanos tus ojos y, graciosa, Irrádianos de luz donde, sombría, Renace con tristeza, helada y fría, La aurora que despierta perezosa. Y muéstrate feliz, que tu sonrisa Compite con la luz de las estrellas Que guarda el cielo al alba siempre aprisa. No escondas tus miradas si son bellas, Enséñanos tu luz clara, imprecisa, Y olvida, si las tienes, las querellas. La lluvia de diciembre Mirad, tras los cristales, La lluvia de diciembre, Que vuelve, sin apuro, Manchando las mañanas, Las tardes y las noches con su beso Amargo, silencioso y peregrino, Sereno y apagado Como una pincelada que las sombras Dejaron en un lienzo Callado como el sueño del arroyo.


Mirad, tras los cristales, La lluvia de diciembre, Que vuelve, sin apuro, Dejando atrás el brillo Del fuego del crepúsculo temprano, Sereno, resignado, sentencioso, Cansado de agotarse, Ahogado entre las trenzas de la noche, Cuyas estrellas saben Del curso rumoroso del arroyo. Mirad, tras los cristales, La lluvia de diciembre, Que vuelve, sin apuro, Los recuerdos tristes De cómo la sonrisa de la abuela Se fue apagando, casi sin saberlo, Porque la edad la pudo, Porque los años fatigosos derrotaron Su vida malherida Por el cansancio amargo del camino. Soneto XIX Existe un sueño intenso y tan profundo Que sueña en él aquel que, adormecido, Sumerge su conciencia y, abatido, Exhala su suspiro más rotundo. El cielo alcanzó el oro en un segundo, Un reino de colores que, encendido, De músicas se llena y de sonido, El ánimo mudando en vagabundo. Allí reposas hoy, triste el aliento, La vida y la esperanza en lo lejano, También la luz, el oro ceniciento. Dejando sólo un eco del verano, Cayó del árbol, al correr del viento, El fruto generoso del manzano. Cruza las nubes valiente Vuela, mi amor, a la altura Y conquista el ancho cielo, Que, alcanzado de tu vuelo, Se rendirá a tu hermosura. Abre las alas y apura La brevedad de tu viaje. No temas, ve con coraje Donde habitan las estrellas, Brillos vagos y centellas Que alumbran hoy el paisaje. Cruza las nubes, valiente,


Y, en las lejanas mansiones, Corona sus torreones, Vuelve estandarte tu frente. Antes que verte doliente, Álzate, bella, en el viento. Se llama en el firmamento Y en el aire primavera, Aunque diciembre quisiera Quebrar tu voz y tu aliento. No te apartes del camino Cuando vayas a la altura, Mientras, lleno de amargura, Ves nuestro llanto vecino. En el aire peregrino Serás un gorrión pequeño. Regálate, pues, al sueño, Cuando, gala a tu belleza, Quiere ser oro y pureza, El sol que tomas por dueño. Soneto XX Fue el fruto silencioso del manzano De aquel color, al tiempo que dormía, La luz que despertó la brisa fría De aquel diciembre gris pero lozano. La luz del sol nacía en lo lejano Y el verde de los mares presumía De verse tan hermoso, pues el día, Madrugador, alzóse aún más temprano. La lumbre se apagaba en tu mirada, Rendida ya a la sombra, que, al acecho, Borrar quiso su hoguera resignada. Así calló tu voz, cedió tu pecho, Dejó de respirar y, derrotada, Un féretro de rosas fue tu lecho. Las campanas de la muerte. Dejad que, suave y sereno, Roce su mejilla hermosa El aire que la desposa Besando su rostro bueno, Aunque la llene el veneno Que le ha arrancado la vida, Que la lanzó a esta partida La edad, su sueño pesado, El tiempo que, fatigado, Abrazó la despedida. Dejad que, bello y tranquilo, Duerma su semblante hermoso,


Que disfrute del reposo Que, silencioso, vigilo, Porque se va con sigilo Aunque quiera retenerla, Que no puede detenerla La luz que, tras los cordales, Ve las galas matinales Que pudieron defenderla. Dejad que, afligido el pecho, Descanse el aliento herido Del dolor que ha consumido Su impotencia y su despecho, Porque, la sombra al acecho, No cabe esperar que acierte Los designios de la suerte El silencio que bosteza, Si marchitan la belleza Las campanas de la muerte. Dejad que, blanca y callada, Alcance la aurora bella La altura de aquella estrella Que admira la madrugada, Que ya la noche cansada Ve el despertar de los cielos Pues nieve derrite y hielos, El granizo blanquecino, Bullicioso en el camino Que alborotan los riachuelos. Dejad que, tierna y ligera, Tome su mano la brisa, Y, en el aire, su sonrisa Vuele libre donde quiera, Que otro palacio la espera Después de ese largo viaje Que hoy emprende en un carruaje Digno de llevarla encima, A otro lugar, otra cima, Otro reino, otro paisaje. Soneto XXI Rindió el bastión sus torres y su muro, Sus piedras y su fuerza, y, generoso, El cielo se hizo claro y espacioso, Soltando sus corceles sin apuro. La sombra desmintió su velo oscuro Dejando que bullera, luminoso, Un sol febril, acaso temeroso Del hielo de la noche, el aire puro. El mar halló el pincel que, con el día, Manchaba con sus fuegos el paisaje,


Llenándolos de luz y de belleza. Cansada de esperar, tu voz dormía, El alma presta, lista para el viaje, Helado el pecho, viva la tristeza Soneto XXII Recuerdo tu mirar, que, perezoso, A veces quejumbroso de la vida, Los párpados cerraba, si, dormida, Buscabas un descanso más gozoso. Sentada en la butaca, con reposo, Solías ver las horas, su partida, Corriendo a la aventura, y, aburrida, Salvabas un bostezo generoso. El sueño era en tus carnes un consuelo Que siempre tus plegarias suplicaron Aquellas tardes grises y otoñales. Soñabas, y tus sueños eran cielo, Descanso a los dolores que segaron Sonrisas, otras veces, con sus males. Soneto XXIII Dejaste este rincón cuando la aurora Lucía sus mayores hermosuras, Sus luces y sus galas, donde, oscuras, Las sombras la supieron vencedora. Llegaba la mañana que, sonora, Los pájaros halló en las espesuras, Alegres de encontrarte en las alturas, Un ángel resignado que no llora. Luciérnaga que brilla sin apuro El tiempo que se escapa traicionero, Los cielos liberó del viejo muro. Será llorar tu falta al mundo entero Buscar consuelo, como el aire puro, Allí donde se apaga tu lucero. Soneto XXIV Despierta en el recuerdo de tu aliento, Tu voz resuena, brilla la mirada, Canción de amor que llena la alborada Y el cielo corre, alada como el viento. Testigo de la luz de aquel momento Que pudo ver tu llama ilusionada, La tarde luminosa derramada Hallé en tu voz, tu amor, tu sentimiento. Partió, sin avisar, hacia otros mares, Acaso temeroso, fugitivo,


Tu espíritu, buscando otros lugares. Pudiera izar la vela estando vivo, Como un aventurero a los altares, Mi aliento hacia tu voz, volando esquivo. Soneto XXV No pierdas en el reino de lo oscuro La gracia de los besos pronunciados, Que fueron con cariño regalados Para aliviar tu rostro limpio y puro. La sombra del ocaso será un muro Que no podrán cruzar cuando, callados, Los diga tristes, débiles, cansados, Viajeros en el alba con apuro. En mí retengo todos los momentos Que no repetirá, al correr, la historia, Tesoro de mis horas y mis días. Tu ausencia cobra un mar de sentimientos, Mas no te borrará de la memoria Ni en penas ni en dolor ni en alegrías. La aurora alzó los ojos La aurora alzó los ojos Con un bostezo mágico, Cruzando las orillas Del mar desconocido, Y, entonces recordé aquel sol cobarde Que supo ser jinete en sus corceles, Cuando las rosas bellas Morían en sus manos, Marchitas del abrazo de la escarcha. La aurora alzó los ojos Con un bostezo mágico, Cruzando las orillas Del mar desconocido, Y, entonces recordé tu rostro bello, Llevado hasta los cielos por el alba, Que vino, con apuro, En esos días grises Que no avanzaron nunca en el camino. La aurora alzó los ojos Con un bostezo mágico, Cruzando las orillas Del mar desconocido, Y, entonces, la maldije por tu ausencia, Sabiendo reprocharle las mentiras Que arranca el desengaño De su ropaje bello, Tan claro como el aire que regresa.


Soneto XXVI Más triste, en el azul del firmamento, Volar podrá su risa, cuando, en vilo, La luz de la alborada enseñe el filo De su puñal callado y ceniciento. Los años correrán sobre el aliento Helado que escapó al aire tranquilo, Buscando hallar en él un nuevo asilo, Palacio levantado para el viento. Será encontrar su rostro en una estrella Al tiempo que la noche helada y fría Retira su corcel de madrugada. Y la recordaré, siempre tan bella, Amable, cariñosa cada día, Paciente en la vejez, tal vez cansada. Soneto XXVII Halló de madrugada aquel aliento Al deshojar las flores de la vida, El aire malherido que, dormida, Borró en tu rostro todo el sufrimiento. Un cielo azul, un nuevo firmamento Dejó volar tus alas, y, perdida, El cielo se hizo grande, pues, vencida, Tu voz esparció en él la luz del viento. La luz del sol rayó la lejanía, Gorrión dorado, rápido estandarte Que bellos horizontes encendía. Fue cruel la madrugada con besarte Cuando el azul del cielo descubría Un sol que iluminaba cada parte. Soneto XXVIII La luz del sol fue bella en tu mirada, Haciendo sus antorchas más sencillas, Mirándose en tus ojos, si es que brillas Más pura que el granizo y la nevada. Hermosas sobre el mar, a la alborada, Las luces enseñaron las orillas, Un ángel que, besando tus mejillas, Tu rostro arrebató de madrugada. Calláronse los labios, que, gozosos, Ardieron con la brisa un breve instante Para apagarse luego, silenciosos. Fue hechizo de coral, raro brillante, Puñal de plata y oro luminosos, Luciendo su belleza en tu semblante.


Los ruiseñores No veréis el arroyuelo Que, apurando su camino, Corre alegre y peregrino, Después de ver el deshielo, Si, libres los pies del suelo, Salta al abismo y, valiente, Deja volar su corriente Al lanzarse en la cascada, Desde la roca elevada Que cabalga, transparente. No hallaréis los ruiseñores Que, en la callada espesura, Cantan, con tierna dulzura, Su reclamo y sus amores, Desde que ven los albores Dibujarse en lo lejano, Cuando los valles, el llano, Los cordales y la sierra, Sienten que vive la tierra Y el sol se enciende lozano. Hoy nos falta la belleza De su aliento fatigado, De su mirar animado, Sus bostezos, su pereza, Al dejarnos con tristeza, Pues ella, llena de vida, Como una aurora encendida Que hubiera robado al cielo, Era luz, era consuelo, Rosa del tiempo vencida. Soneto XXIX En la constelación de tus mejillas, Hermoso carrusel, llama de plata, Vive una flor, sonrisa que desata Tu espíritu jovial, sus maravillas. Se suman las estrellas y así brillas En esa noche clara, pues, sensata, Vano de amor, la luna se dilata Con luces apagadas y sencillas. Y sigue vivaracho tu semblante Y prende tu sonrisa cariñosa, Amable a cada rato, a cada instante. Es la constelación que te hace hermosa, La noche clara y bella que, incesante, Mostró en tu rostro aquella mariposa.


Soneto XXX Las noches de los viernes otoñales Pasábamos las horas juntamente, Las brasas encendidas, llama ardiente, Dormida en las cenizas minerales. El viento acariciaba los cristales Buscando el fuego, cuya luz paciente Asaba las castañas lentamente, Detrás de aquellos viejos ventanales. La lumbre calentaba las estancias De la buhardilla vieja que habitaron Los brillos de los guiños de la abuela. El fuego alzó sus mágicas fragancias, Virutas que, al arder, iluminaron Las brasas del hollín que, libre, vuela. El mar alborotado El mar alborotado Dejó que, ensortijadas, Corriesen sus espumas, Bajo el color dorado que encendía La luz de la alborada silenciosa, Que vio el carruaje bello Que te arrastró hacia un cielo luminoso, Y fueron en mis ojos Las lágrimas brotando, Al ver el resplandor de la mañana. La muerte se hizo dueña De la sonrisa alegre de tu rostro, El oro y la hermosura Que ardían, a menudo, en tu retrato, Alegre como el fuego Que, sobre el horizonte, El aire iba poblando de colores, De luces encendidas que cerraban Los pórticos callados Del reino que hacen claro las estrellas. Por eso, cada día, Verás que, emocionado, Irá mi pensamiento Buscando las caricias de otras veces, Los besos encendidos de otro tiempo, Cuando, sin apurarse, Las horas navegaban los arroyos Del aire envejecido Que me hallará forzando Los remos de una barca hasta encontrarte.


Soneto XXXI Un brillo de emoción y de ternura Enciende la memoria en las entrañas, El mar donde, serena, al fin te bañas, Si no es el arroyuelo que murmura. El cielo azul se llena de dulzura, Naciendo el sol detrás de las montañas, Y, viva siempre en él, rosas extrañas Recoges sobre el viento que se apura. Si un guiño a tus sonrisas celestiales Es poco para hablar de tu belleza, Mis lágrimas serán raros cristales. Tu voz en mis adentros aún bosteza Con el amanecer cuyos puñales Rindieron hoy tu frágil fortaleza. Soneto XXXII Alumbra en su mirar la llama ardiente, Su brillo, su color más encendido, Un sol que se aventura, decidido, En un amanecer resplandeciente. Y busca una sonrisa que, inocente, Dejó volar al aire inadvertido El ángel de ternura que, vencido, Un astro es ya lejano, aunque luciente. La luz, el oro, el brillo es aderezo De aquel fanal que irradia, luminoso, Buscando los amores de su rezo. Y es dulce aquel suspiro silencioso, Y el beso y el sonido del bostezo Que ardieron con el tiempo perezoso. Soneto XXXIII La vida se encendía en tus luceros, Antorchas de cristal, cuya mirada Los vio nacer, corriente alborotada, De espumas, de corales y veleros. La densa oscuridad de los senderos Sus pórticos abrió con la alborada, Dejando que cruzasen su morada, Alegres, relucientes, los overos. Tus ojos, cuyo brillo luminoso Lució la magia bella de su embrujo, Hablaron con su fuego más hermoso. Y un rápido reflejo se produjo En tu mirar callado, silencioso, Tan bello como el oro en su dibujo.


Los palacios del sueño Para encontrar tu mirada, Parda como los castaños, Cansada ya de los años, He de encontrar la morada, La mansión deshabitada Donde reposa, tranquilo, El viento, cuyo sigilo No intentará despertarte, Temeroso de rozarte, Un viejo guardián en vilo. Y hallaré allí, silencioso, Un palacio que, ya en ruina, Duerme la larga rutina De su sueño caprichoso, Donde el tiempo, perezoso, Su curso ve detenido, Borrando el dulce sonido De la brisa sosegada Que dejó, de madrugada, Su singladura al olvido. Y, aunque el viaje será duro, Hora es ya de la partida, Llevándote de la vida A este extraño reino oscuro, Que alza en la altura ese muro De sombras y de tristeza Que, escondiendo la belleza, Quiere negar el aliento De la luz que fue alimento Del sol que se despereza. Y gozo serán mis brazos Tomando de tu cintura Lo que tu frágil figura Espera de mis abrazos, Para desatar los lazos De la noche que te encierra, Siendo valor en la guerra, Que, luchando con empeño, Quiero arrancarte del sueño Que de la luz te destierra. Y en las noches del camino Que jamás podrán vencerme, Sabré luchar, defenderme, Vencedor de tu destino, Cuando, al ver el sol vecino, Cure el dolor de tu herida, Y te devuelva la vida


Con el hechizo de un beso, Para emprender el regreso Del sueño en que estás dormida. Soneto XXXIV Las luces de un suspiro repentino Borraron su sonrisa y su fatiga, La cálida expresión que se prodiga En un recuerdo dulce y cristalino. Dejó de ser camino aquel camino De acuerdo con la ley que nos obliga, Y aquella voz que amaba por amiga Mezclóse a los inciensos del destino. Volando, alma de mar, a la deriva, Su espíritu partió a un lugar tranquilo, Quién sabe a qué región abandonada. Partió la noche, lánguida y esquiva, Cruzando los pasillos del sigilo Que halló la luz mostrando la alborada. La yegua soberana Alzóse irreverente La yegua soberana Que corre los espacios encendidos, Lanzándose, arrojándose a su antojo, Y, abriendo paso franco A la mañana nueva, No halló tus ojos bellos ni tu risa. Alzóse irreverente La yegua soberana Que corre los espacios encendidos, Dejándose llevar, hija del viento, Y, abriendo paso franco Al alba dulce y cálida, No halló tus ojos bellos ni tu risa. Alzóse irreverente La yegua soberana Que corre los espacios encendidos, Besando los palacios de la noche Y, abriendo paso franco Al sol del horizonte, No halló tus ojos bellos ni tu risa. Soneto XXXV El cielo despertaba silencioso, Cansado de dormir, triste y tranquilo, Dulce y feliz, al tiempo que el sigilo Dejaba en las estrellas su reposo.


Un verde transparente y luminoso Brillaba para el mar, lágrima en vilo, Luz sin calor, aurora sin estilo, Que halló su sueño siempre perezoso. Un beso que intentaba despertarla Rozó su piel, helada de los montes, Al tiempo que asomaba el nuevo día. Y en ella resbaló cuando, al tocarla, Lejano el sol, junto a los horizontes, Prudente, se ocultaba todavía. Soneto XXXVI Los labios de la abuela pronunciaron El vuelo de su risa, que, ligero, Lleno de amor, cruzaba el cielo entero Que sus mejillas bellas adornaron. Las rosas de la aurora despojaron Su rayo caprichoso, su lucero, Las sombras que tuvieron prisionero Un sol de cuyo sueño levantaron. Un alboroto mágico encontraron Su cándido mirar, su voz y el fuero Escrito en el cordal que dibujaron. Al ave quiso libre el halconero Por las colinas que en su boca alzaron Sus gracias y el cariño más sincero. Mansiones del alba No encontrarás la hermosura De los cielos hechizados Cuando enseñen sus bordados Luminosos en la altura. No verás la noche oscura, Si en silencio se convierte. Será el beso de la muerte Lo que sientas a deshora, Cuando la luz de la aurora Sobre los mares despierte. No hallarás la luz del día En un horizonte hermoso Cuando luzca, luminoso, El sol en la lejanía. No encontrarás la alegría De la mañana que nace. Será triste el desenlace Que traerá la madrugada, Justo cuando la alborada Sus negras sombras deshace. Y estarás sola y perdida


Cuando el hielo te apuñale, Cuando la noche te iguale Y huya, cobarde, la vida. Sentirás, aunque dormida, Que se te escapa el aliento. Y, callado, el firmamento Verá temblar las estrellas Cuando sus luces más bellas Vuelva en oro ceniciento. Luego un sol enamorado Lucirá con elegancia, Derramando su abundancia Sobre un mar apaciguado. Su luz habrá despertado Los más cálidos colores. Después vendrán los albores, Y, en los cielos, su belleza Anunciará la tristeza Que mengua sus resplandores. Y cruzará la mañana Las alturas espaciosas, Haciéndolas luminosas Con su sonrisa lozana. Y, agotándose temprana, Traerá la nieve su hechizo. Y nieve será, y granizo Que correrá por el suelo, Y mis ojos en el cielo Un rayo serán huidizo. Y buscarán tu ternura, Preguntándole a la brisa Por tu mágica sonrisa, Por tu gracia y tu dulzura. Y vendrá la noche oscura Y sus sombras apagadas, Y no faltarán veladas Para buscar en el cielo Los colores de tu pelo, Al tornar las alboradas. Déjate pues al sosiego Y duerme un sueño tranquilo Mientras llega, con sigilo, La muerte, su beso ciego. Ríndete al sueño que luego Se volverá silencioso. Busca ese mar en reposo Donde no corren las horas Y, esperando otras auroras, Protege el sueño gozoso.


Soneto XXXVII Las horas desnudó con su reflejo, Las sombras, las cenizas en la altura, Abriendo las cortinas, sombra oscura, El brillo de un relámpago bermejo. Las puertas derribó, mostró el espejo Luciente que, bordado de hermosura, Las brumas arrancó de la espesura, Dejando que corriera el oro viejo. Rompió la aurora y descubrió la helada Con una antorcha ardiente, aquella flecha Que ardió dando más luz a la alborada. Y el sueño derramó la senda estrecha Que, abierta al oro, dio la puñalada, Callando de la muerte la sospecha. Soneto XXXVIII El tiempo silencioso nos la enseña Al lado del fogón, donde, apartada, Alegre a veces, otras fatigada, Solía colocar la blanca leña. La suelo recordar siempre risueña, Más bella que la luz de la alborada, Hermosa como el oro, delicada, Estrella de bondad, alma que sueña. La suya era una casa acogedora, Humilde pero digna, aunque, sencilla, Su vida no gustara ningún lujo. También recuerdo, a veces, que la aurora Solía iluminarla en la buhardilla Y despertar su voz con su dibujo. Soneto XXXIX Mis labios, al rozarla, percibieron La escarcha de su piel, hilo de plata, El hielo que, en diciembre, se desata Sobre los bosques que se adormecieron. Mis labios, al rozarla, no quisieron, Huyendo la ventura tan ingrata, Saber que fue puñal la luz que mata, Si, al cabo, resignados, comprendieron. Mis labios, al rozarla, se asustaron Temiendo que ya hubiera sucedido, Sabiéndolo en la muerte que besaron. Y fue al rozar aquel ángel dormido Cuando, cobardes, necias, lo negaron Mis lágrimas, palabra del olvido.


Soneto XL Los sueños son secretos misteriosos Que nacen como el árbol y marchitan, Que corren, que se mueven, que se agitan En los salones viejos y espaciosos. Llegaste a los castillos silenciosos Del alma solitaria donde habitan, Y, alegres unos, en su alcoba gritan, Y, tristes otros, callan perezosos. Estás junto a los sueños, en mansiones Extrañas y es extraña la morada Y el polvo sobre sus habitaciones. Los ves en esa alcoba desolada Que llena con su polvo corazones Cansados de su voz deshabitada. Soneto XLI Será el recuerdo bello de tus manos Como un cristal vencido y tembloroso, Tu voz como un bostezo perezoso, Tus ojos como un sol, y más lozanos. Las nieves cubrirán montes y llanos Cuando el invierno llegue, silencioso, Y copie tu cabello luminoso Con tus pinceles suaves y tempranos. Después se deshará, con el deshielo, El fuego que bordó, con alegría, La nieve que hizo blancos los follajes. Será, al llegar el alba, blanco el cielo Y escarcha de la aurora, si es que, fría, Madruga, estrella azul, en sus paisajes. Soneto XLII Descansa en ese sueño silencioso Su espíritu, su voz y su alegría, Cubierta por la nieve, siempre fría, En la región del viento quejumbroso. No mostrará su rostro luminoso, Esclava de la noche, aunque podría, En el desierto gris, la luz del día, Por no turbar su sueño, su reposo. Podrán regar las flores encendidas Las lágrimas que brotan de mi pena, Besando el blanco mármol de los sueños. Descansan hoy sus horas encendidas, A veces lirio, a veces azucena, Oyendo allá mis versos halagüeños.


Soneto XLIII Quisiera, aunque fugaz, alzar un beso Al cielo en que levantas la morada, Y verte, estrella azul, de madrugada, Junto a un amanecer claro y travieso. El tiempo retener, tenerlo preso En la mansión que prende la alborada, Será sólo ilusión desengañada Del llanto y del dolor que te confieso. El alma, deshaciéndose la vida, Pretende ir hacia ti para adorarte Donde la luz se esconde dolorida. Mis manos no podrán acariciarte Junto a la sombra negra que, escondida, Negar pudo el derecho de besarte. Soneto XLIV No fue justa la vida con el brillo Luciente de sus ojos y su risa, Su voz, llevada al aire por la brisa, Su frente, verso bello, alto castillo. El suyo era el semblante más sencillo, Humilde como el alba que, imprecisa, Alumbra, estrella triste, en la cornisa Donde, al ocaso, el vuelo alzó el autillo. Las lluvias son torrentes sobre el prado Y, lento, se oye un eco silencioso: La noche del Erebo se ha cerrado. No fue justa la vida con su hermoso Semblante, ayer alegre y animado, Al regalar sus horas al reposo. Soneto XLV Luchando contra el viento y el granizo, Relámpago de luz a la alborada, Brotaba en el jardín de tu mirada, Risueño, como siempre, aquel hechizo. La luz de aquel crepúsculo rojizo Ardió sobre los campos y, callada, La noche llegó, triste y apagada, Y el blanco de los cielos se deshizo. Después de derrotar la lluvia fría, Abriendo las cortinas la andadura, Tu risa se hizo brillo de alegría. Y un ángel coronó con su hermosura La llama juvenil que se encendía, Bebiendo la emoción de tu ternura.


Segunda parte “Los ballesteros de la tarde�


Soneto I

Para Pilar Muñiz Muñiz

Fue el suyo el corazón más generoso Que nadie conoció sobre la tierra, Y más dulce fue el pecho que lo cierra En una urna de amor vuelta en reposo. No dejará jamás de ser hermoso, Más blanco que la nieve de la sierra, Este recuerdo grato que destierra La muerte hacia su imperio silencioso. Mas no podrá arrancar tanto cariño, Ni tanto amor ni fe, con insolencia, La ronda de la noche silenciosa. No robará el recuerdo de aquel niño Que ayer la vio y, llegada ya su ausencia, Su voz recuerda dulce y temblorosa. Soneto II Llegar al cielo quise en raudo vuelo Y el alma rescatar cuando ascendía, Mas no alcanzó la altura que quería El llanto de los suyos sobre el suelo. Las llamas derramó el sol en el cielo Como un cristal ardiente de alegría, Mas luego se apagaron, con el día, Sus ojos fatigados de desvelo. Así será que el horizonte hiera El rayo más temprano, el alba clara, Un nuevo despertar de primavera. Y, libre ya su voz, jamás avara, No será entonces sueño ni quimera Su voz cuando en el sol se reflejara. Soneto III Al cielo regresó el alma desnuda Dejándonos en estas soledades, Viajando más allá de las edades, Más lejos del lugar que un mar anuda. Sus labios se cerraron y, ya muda, Cerró los ojos, llenos de bondades, Y, faltos de certezas y verdades, Al verla así, voló libre la duda: Darále el sol más luz de la que hoy hubo, Si quiere, generoso, devolverle Con su rayo veloz el claro día. Su llama mayor brillo del que tuvo Alegre mostrará cuando encenderle La antorcha quiera el alba siempre fría.


La tarde silenciosa La tarde silenciosa La espalda volvió al sol que se ponía Con un bostezo hermoso: El mar estaba en calma Y el cielo despejado, Cuando llegó la tarde, Y el sol dejó escapar su raro overo Y los corceles bellos de su sueño. La tarde silenciosa La espalda volvió al sol que se ponía Con un bostezo hermoso: La paz llenó la brisa Y fue el calor cediendo, Cuando cayó el silencio, Y el sol dejó escapar su raro overo Y los corceles bellos de su sueño. La tarde silenciosa La espalda volvió al sol que se ponía Con un bostezo hermoso: La luz se iba perdiendo Allá en la lejanía, Cuando llegó la noche, Y el sol dejó escapar su raro overo Y los corceles bellos de su sueño. La tarde silenciosa La espalda volvió al sol que se ponía. Soneto IV Su vida derramó cuando la tarde El cielo fue vistiendo de tristeza, Febril ayer, alegre en su belleza, Ya tímido, ya triste, ya cobarde. Voló un gorrión entonces, y un alarde Le dio la luz del sol, vuelto en pereza, Al beso del crepúsculo que empieza A despojar su llama mientras arde. Y no borró su rostro la hermosura Ni su semblante por la edad herido La muerte que en sus fauces apresura. Del aire fue un suspiro consumido, Del raro aliento extraña quemadura, Su voz cansada, verso en el olvido. Soneto V Volvió a brillar el sol, la luz temprana, Mas no fue en su cansado cristalino,


Otrora alegre y frágil, peregrino, Como la luz se atreve a la mañana. La llama ardió, del cielo soberana, Y no cruzó su risa en su camino, Que ya es su lirio en el jardín vecino La antorcha que se yergue más lozana. No la hallaréis jamás donde risueña La visteis otras veces, que un lucero La arranca hacia el lugar en el que sueña. Las playas, los arroyos y aún entero Un ponto en las alturas ven por dueña Su voz sobre un altar más duradero. Soneto VI Despertará feliz la luz del día Atenta a la belleza del espacio Y el blanco del coral verán despacio Mezclarse en su curiosa algarabía; Mas no estarás tú ya donde solía La nieve decorar tu pelo lacio, El hielo del granizo, ese palacio De luces que, en tu boca, fue alegría; Que la sonrisa tierna, la mirada Y la expresión más dulce que la aurora, Durmió con el verano su invernada: Hoy vuela a ti, cansada y a deshora, La lírica más triste ayer usada, Donde los hielos guardan su demora. El crepúsculo callado La tarde cayó cansada Dominando la hermosura Que dio al cielo su figura Cuando nació la alborada. La belleza derramada Sobre el arroyo callado, Sobre el cielo despejado Y su sublime belleza, Sucumbió con la firmeza De un sol triste y derrotado: Los campos adormecidos Que, cubrieron las heladas, Hallaron las madrugadas Por el silencio vencidos: Los ocasos malheridos A los cielos derrotaron, Que, lentos, se resignaron A perderse entre las sombras Cuando negras las alfombras


Su hermosura desgarraron. Y partiste a lo lejano Con el ocaso y su overo, Para ver el mundo entero Una tarde de verano, Pues sobre un potro lozano Llegaste a la inmensa altura Donde bella tu ternura Feliz contempla los mares, Los campos y los altares De la sierra y su hermosura. Soneto VII Al sol diré que quiera darte amparo, A las estrellas que el palacio habitan De noches tristes, cuando allí crepitan Sus fuegos de color, su vuelo raro. Será el fulgor del sol tal vez más claro: Más brillarán los astros donde gritan Y más luz te darán donde levitan Sus cuerpos temblorosos sin reparo. Diré al cielo que acoja allá en la altura La cálida sonrisa, la mirada Que dijo, sin palabras, tu ternura. Ya no estarás aquí con la alborada Ni habremos donde hallar tanta dulzura, La llama de tu risa alborotada. Los arqueros de la tarde Las estrellas primerizas La vieron desde la altura, Cuando llegó su hermosura A un cielo vuelto en cenizas. Sobre las viejas calizas Y los montes con empeño, Durmió en el aire su sueño, Como el ángel que, cansado, Se alza al cielo, fatigado, Entre callado y risueño. Voló feliz y ligera A las mansiones sagradas Donde viejas alboradas Anuncian la luz primera, Donde la mira, a la espera La última estrella del cielo, Donde se desliza el vuelo De un sol triste y sin alarde Que, declinó, con la tarde, Llorando su desconsuelo.


Y nos deja la tristeza De la ausencia que deshizo Su dulce gracia, el hechizo Del mirar que con dureza, Con crueldad, con aspereza, Arrancó firme la muerte, Llenando de negra suerte Los ojos que, ya rendidos, Se cerraron, abatidos, En el silencio más fuerte. La hará el cielo ser lucero Entre sus muchas centellas, Cuando en su coro de estrellas Brille su fuego sincero. Allí será duradero El resplandor más lozano Que, en las tardes de verano Querrá iluminar la altura, Mostrándonos su figura, Como ofreciendo la mano. Será la aurora, sin ella, Menos clara y luminosa, Cuando la sala espaciosa Llene de luz su querella. Y la pradera más bella Dormirá bajo la helada, Cuando nazca la alborada En las sagradas mansiones Donde estrellas y blasones Tornan sus luces en nada. Soneto VIII Tu pecho se apagó cuando el semblante Sin luz buscó la luz que no encontraron Tus ojos cuando en vano la buscaron Temiendo no encontrarla en ese instante. La luz faltó, y buscaste delirante, Al tiempo que los labios se callaron, Tus ojos levemente se cerraron, Y no encontró tu pecho el aire errante. Hoy rozas, entre escarchas el granizo, La nieve que los valles más lejanos Esconde con su manto de tristeza. Qué rápido tu vida se deshizo, Qué frágiles cayeron los veranos, Qué pronto te dio el hielo su dureza. Soneto IX La tarde derrotó tu fortaleza


Y muerte dio a tus torres y castillos Después de que la sombra los anillos Del sol febril tomó con aspereza. Su espada, helada y triste, con dureza Tu pecho atravesó y, donde, sencillos, Volaban dos alegres herrerillos También tu alma voló, rica en belleza. Llamaron las campanas en la altura, Y alzaron con su largo recorrido La seca, amarga y triste singladura. Mil lágrimas oyeron su sonido, Mil lágrimas la paz de tu figura, Mil lágrimas tu amor desde el olvido. Alzó el mirar el alba Alzó el mirar el alba Con un bostezo claro, Mirando los arroyos Que corren por los campos, Y, entonces recordó que ya no estabas, Que no estaban aquí tus ojos viejos, Heridos por la vida, Heridos por los años Que por tu voz corrieron largamente. Alzó el mirar el alba Con un bostezo claro, Mirando los arroyos Que corren por los campos, Y, entonces recordó que ya no estabas, Que no estaban aquí tus labios tristes, Aquellos labios tristes Que ya no hablaban nunca Callados como el ángel de la noche. Alzó el mirar el alba Con un bostezo claro, Mirando los arroyos Que corren por los campos, Y, entonces, recordó que ya no estabas, Que no estaba ya aquí tu blanco pelo, Herido por las nieves Y por la escarcha herido, Después de que fue sueño tu mirada. Soneto X No morirá la voz de la esperanza Ni negará su fuego a quien lo quiera Al darle su más grata primavera A quien valiente espera y no la alcanza. No morirá la voz por la tardanza


Que el tiempo impone, pues, donde la espera Aguarda con paciencia una quimera, Muy pronto será dicha su bonanza. Que no podrá la daga de la muerte, Si fue tan poderosa al arrancarte, Negarme ahora el capricho de quererte. Será mi fe feliz con no olvidarte, Mi pecho lo será con no perderte, Será mi voz más clara al recordarte. Soneto XI Dejó el tiempo malvado en cada rizo El blanco más mortal y despiadado, Haciendo su cabello más callado, Más claro que la nieve y el granizo. Su rostro, que era joven, vio invernizo, Su piel halló vencida y derrotado Un rostro por los años ya cansado, Que, a fuerza de ser bello, se deshizo. Sus labios un suspiro sacudieron Dejándola en el lecho, ya rendida, Las tardes que por ella transcurrieron. Así cayó y así acabó su vida: Sus ojos y sus labios descendieron, Quedando para el sueño allí dormida. Soneto XII Heló el viento las fuentes del camino Que lloran ya su sueño y que, cuajadas, Recuerdan su alegría alborotadas En otro tiempo alegre y peregrino. Heló el viento, con ánimo mezquino, Las cumbres silenciosas que, nevadas, Aguardan nuevos meses, y calladas, El rayo esperan, siempre repentino. Los reinos alcanzó y los horizontes El beso de granizo que, no en vano, La sierra mira alegre, aunque dormida. Heló el viento la falda de los montes Los campos que, risueños en verano, Gimieron al partir de allí la vida. Soneto XIII Decid del sol que es fuerte su lucero Para que en él encienda la esperanza, Como un aliento alegre cuya danza La luz eleva allí donde la espero. Mas no digáis que, débil, su platero


Se extingue ya en la vieja lontananza, Su luz haciendo mísera mudanza Que niega su color al mundo entero. Ya brilla el sol, y en él una alegría, Que acá en la tierra rompe la tristeza Y da blanco color al alba fría. Allí la siento, llena de belleza, Corriendo entre los astros con el día, La vida dando a la naturaleza. Soneto XIV Hirió el sol la belleza de la helada, La escarcha y el granizo que, sagrado, El alba derritió y, alborotado, Dejó libre correr a su morada. El viento heló de nuevo a la invernada La lluvia que al ser ya cristal cuajado, Tranquila, silenciosa, en este estado, Dejó pasar feliz la madrugada. Y el sol volvió a nacer en lo lejano Y el rayo a deshacer la nieve bella, Si bien no fue como lo es en el verano. No pudo, en cambio, aquella vaga estrella El hielo deshacer del que ya cano, Ornó el cabello con mortal querella. Soneto XV Las rosas de la vida deshojaron Las horas sin clemencia, y el rocío Que trajo la mañana del estío Allí donde las noches la miraron. Rondó después la muerte, y la encontraron Los vientos de la tarde a su albedrío, En un callado y triste señorío Donde un mirar sincero alborotaron. Partió Pilar de donde la quería Aquel cariño bello de los suyos A una morada lóbrega y callada. La vida abandonó toda alegría, Segada por la tarde, ya avanzada, Que no le dio esperanza en sus arrullos. El brillo del ocaso Dejad que vuele En las lontananzas El brillo del ocaso Y llene de color el horizonte, Y que, quebrando el día,


La noche se cierna sobre el cielo, A sus anchas siempre, Con los corceles de la tarde. Alcanzará los llanos y montes. Y bosques y lagos. Y valles serán suyos, y arroyos. Y, rezando como las sombras rezan, Llegará la noche no esperada, Hiriendo el cielo como un potro airado, Con su tristeza repentina y amarga, Robando bullicio A las horas que bostezan. Alcanzará estanques y charcas. Alcanzará los mares y playas. Las calas serán suyas, los cantiles. Y, rezando Como las sombras rezan, Llegará la sombra rigurosa, Hiriendo el cielo, sus balconadas tomando, Con su amargura mezquina. Soneto XVI La cubre hoy ya la tierra desolada, Mas fue el oro del alba, la alegría Que enciende las antorchas donde el día Renace donde nace la alborada. Dichosa fue y fue dicha engalanada Que, llena de cariño se encendía, Los suyos contemplando a quien sabía Tan llenos del amor de su mirada. Partió en un carro bello hacia la nada, Serena al respirar, que, aunque partía, Seguía su mirada enamorada. Jamás bebió tu voz de la amargura Que, siempre por la dicha alborotada, Dejó de ser sin ser melancolía. Soneto XVII No pudo con la luz siempre lozana La muerte, al arrancarle, con despecho, El tiempo de la vida, sin derecho, Más claro que la claridad temprana. La tarde se besó con la mañana Y en muerte se tradujo sobre el pecho La sombra silenciosa que, al acecho, Tan fatua pareció primero y vana. Dejó, como si fuera una sortija Cuajada de luz bella y señorío, La joya de su amor y su ternura.


Cariño hizo su ser extenso río Que, al dar al mar su llanto, aunque lo aflija, La ausencia de su voz y su dulzura. La tarde de verano Corrió, lenta y tranquila, La tarde de verano, Llevando a sus jardines La luz que la alborada Dejó, con sus pinceles, en un cielo Alegre y cristalino, azul y claro, Como lo son, a veces, Los cielos de las tardes que el estío Regala a los mortales Que esperan la caricia de la brisa. Corrió, lenta y tranquila, La tarde de verano, De un sábado cualquiera Que derramó, vicioso, El tiempo con sus prisas, sus apuros, Llevándose a la nada El fuego de la vida bulliciosa De aquel semblante enfermo, Que a duras penas pudo darse cuenta De que se iba agotando Como las hojas de una flor marchita. Corrió, lenta y tranquila La tarde de verano, Llevándose con ella La luz del alba clara Que pude hallar aún, bella y valiente, Donde sus ojos claros y tranquilos Callaron al silencio su agonía, Al aire y al espacio, Cuando las horas tristes del crepúsculo Quisieron retrasarse, Sabiendo que era en vano su tardanza. Soneto XVIII Desde que el hielo hiere su cabello Y llena de granizo su hermosura, Desde que azota el viento su blancura Y mancha en él el alba su destello, Desde que se hace el banco algo más bello Y bella aun más parece su ternura, Desde que su sonrisa es la dulzura Y dulce es su mirar sobre su cuello, Desde que ya su voz, ayer risueña, Se esconde en el silencio de la nada


Y desde que su risa ha enmudecido, En vano aguardo yo la carcajada, En vano la mirada de que es dueña Y en vano de su voz otro sonido. Soneto XIX El oro del sol bello que renace Al alba que se arroja en mil cascadas, La plata que desatan las heladas Y el sol riega de luz que las deshace, La noche que contempla el desenlace Que al traste da con todas sus celadas, La llama que rompió las madrugadas Donde del astro rey la yegua pace, La estrella temblorosa que lo mira Desde la altura bella de los cielos Y, tímida parece que suspira, Ya no verán sus ojos, por los velos Cubiertos de ese sueño que respira La muerte que en su piel calzó deshielos. El pecho dolorido El pecho dolorido, Vencido, derrotado, Cansado de la ausencia Que llena, en el recuerdo, tu memoria, Quisiera ser el vuelo Del águila atrevida, Buscándote en la altura De los atardeceres que se siguen. Son ellos silenciosos Cuando, al llegar la noche, Se esconden las estrellas Que vieron, en invierno, tu partida, Al tiempo que las luces Del cielo se apuraban, Manchando el horizonte Del oro más hermoso y encendido. Y, en ellos es más puro El sueño de alcanzarte, De hacerte nuevamente Destello en la retina emocionada, Cobrando de la muerte La risa más hermosa, El gesto cariñoso Que en tu mirar febril se repetía. Tal vez las ilusiones Dispersen hoy las brumas Y dejen que mi vuelo


Te alcance más allá de lo pensable, Buscando, en lo lejano, El ángel silencioso De tu mirar tranquilo, Sereno como el brillo de dos soles. Soneto XX Tejió el dolor suspiros silenciosos Alzando el filo fuerte de su espada, Cortante como suele la nevada Llenar de hielo montes espaciosos. Tejió el dolor suspiros donde, hermosos, Vencer pudieron, antes de la helada, Sus labios una larga madrugada Que, a media tarde, trajo sus reposos. Y se apagó la lumbre donde bella Más clara pareció que el sol luciente Su mágica pupila, clara estrella. Cedió la vida y fuese lentamente, El feudo abandonando y la querella Que defender no pudo débilmente. Soneto XXI No olvidarán jamás su risa tierna Aquellos que con gala recibieron Su gracia, al contemplarla, y la quisieron Igual que ella los quiso, alma materna. El llanto los conduce y los gobierna, Callado pero firme, pues supieron Sin lágrimas llorarla y lo tuvieron Como un dolor discreto, herida interna. Y yace ya, mas tuvo ayer más vida, La rosa más templada y más ligera De cuantas vio la tierra, allí dormida. Será el sueño morada, aunque severa, De su sonrisa dulce y atrevida, Al apurarse triste dondequiera. Soneto XXII La hierba dormirá herida en el suelo Y pasarán los osos la invernada, Y, triste en el silencio de la nada, El mundo será niebla bajo el cielo: Podrán buscar las aves otro suelo Dormido en los secretos de la helada, De nuevo impertinente, y la nevada El bosque harán de blanco terciopelo. No quedarán más rosas ni más flores


Que al campo den su vida como antaño, Ni el sol verá en la tierra más colores. En cambio, no fue el viento quien el daño Dejó impreso en tu rostro y los temores: El beso fue estival, mediando el año. Soneto XXIII Rozar no pudo el hielo limpio y duro De aquella madrugada con empeño La aurora que, llenándonos de ensueño, Corrió feliz y rápida en su apuro. Rozar no pudo el cielo el aire puro Al verla despertar a un nuevo sueño Ni darle su mansión, de la que dueño Dejó un corcel hermoso pero oscuro. Al viento irá su voz, irá su aliento, Cruzando, con la tarde los espacios Que duermen ya la calma de su suerte. Será ilusión su voz en un momento Y luego será sueño en los palacios Del aire de la nada y de la muerte. Soneto XXIV Robaron la ambición de un sol valiente Que quiso derramarse con la vida, Que, abriendo del crepúsculo la herida, Corrió por los paisajes sanamente. Robaron su color, que, reluciente, Del sueño despertó al alba dormida, Llamándola al lugar donde, escondida, También se derramó como una fuente. Robaron un sol claro de altos vuelos, Su gracia, su belleza, su hermosura, Así como la luz la madrugada. Robaron los colores de los cielos, Sus claros, sus azules, la hermosura Que pronto diluyeron en la nada. Soneto XXV Rindióse el sol y, muerto en su torrente, Dejó volar su luz, que, ya sombría, Las brasas entregó a la noche fría Para ocultar después su bella frente. Desfalleció y rindió el bastión valiente La vida que en sus ojos se encendía, Sabiendo que moría con el día La fuerza de su espíritu doliente. Murió la brisa suave y la mañana


Vistió el color callado del olvido, Tras el coral febril que se hizo oscuro. Mas ya faltaba el brillo que, lozana, En su mirar buscó, si ya vencido, El aire que al rozarla fue más puro. Soneto XXVI Lucero hizo el color que hirió una estrella Brotando en las antorchas con holgura, Para, al llenar un vuelo de ternura Y luz, dejarla arder y arder en ella: Más clara pudo herir la luz más bella Con su puñal de sol y de hermosura, Que el cuarto iba llenando de blancura Quién sabe si la muerte o una querella. Más clara pudo herir, y hacerlo pudo Con besos traicioneros y engañosos Que el aire vicia si se queda mudo. Así Pilar los ojos aún hermosos Cerró al aire fatal, aire desnudo, Pincel sin luz de versos mentirosos. Soneto XXVII La luz cubrió su pelo y tornó helada La magia del cabello que igualaron Las nieves que su frente dibujaron, Y el tiempo con su rauda pincelada. Torrentes de alegría en su mirada Recordarán los años que volaron, Y el brillo que sus ojos alumbraron Como el color que vierte la alborada. También su risa bella se ha apagado Como un suspiro triste de mañana Que lento muere dado al aire cierto. Su pelo bello fue, si bien nevado, Y en su mirar hallé la luz temprana De la niñez febril trocada en un desierto. Soneto XXVIII Las llamas de la antorcha que prendías Con gana, en tus mirares perezosos, Del alba los corceles orgullosos Negaron cuando más los encendías. La luz que te envidió cuando los días, Quién sabe si enojados o envidiosos, Corrieron de la vida silenciosos Añora ya la llama que tenías. Silencio es tu mirada donde sueña


Con gozo del sosiego en un retiro Que la hace ser del cielo entero due単a: Silencio es tu mirada o es suspiro Que gime y se lamenta o se despe単a Sobre el espacio en blanco de un papiro.


Tercera parte “Los lanceros del ocaso�


Soneto I

Para Gervasio Muñiz Muñiz

Partió de nuevo el buque, y, como un beso, Siguió su estela hermosa dolorido, Un pensamiento triste ya advertido Pues este viaje emprende sin regreso. De nuevo marca el rumbo, si travieso, Parece alegre el viento que, encendido, Las velas llena al fin y oye el sonido Que causan, sin poder tenerlo preso. No volverá la nave que del puerto Volver a recordar algo quisiera, Mas sí será por todos recordado. Naufragará en el ancho desconcierto, No ya de tantos años de costera, Palacio a las espumas entregado. Soneto II El puerto abandonó y un sol ligero Lo vuelve a recordar, que, en su mirada, Alumbra el mar, la magia ensortijada Del ponto que esculpió su mar sincero. Dejó esta costa ya, viajó al lucero Que, coralina, vierte la alborada, Y en púrpura la enseña disfrazada Nos muestra, al despertar al mundo entero. Será, entre algas y conchas, sin apuro, Más larga que otras esta singladura Buscando el fondo, siempre más oscuro. No lo verá la aurora, cuando, pura, Sospechará su nombre, allí más puro, Haciendo de su sueño una armadura. Soneto III Será nieve la espuma que se crece En un templo de furia, será hechizo, Rumor será y un beso de granizo Si no es silencio al fin, donde amanece. Será la timidez, cuando se mece Callado entre los cielos e invernizo, Un sol que, sobre mares, se deshizo, Si no es la tarde débil que perece. Será tal vez el mar que, generoso, Sus extensiones muestra y su belleza, Eterno como el cielo y quejumbroso. Será el verso que, dicho con firmeza


El aire cortará cuando, alevoso, Pronuncie un pensamiento de tristeza. Soneto IV No quiso dar sus lágrimas al cielo Que al sol dejó, con tímida prudencia Llorar, desde su azul, aquella ausencia, Cruzando el horizonte por su suelo. Acaso despertó mayor desvelo La furia de los mares, su impaciencia, Queriendo darle paz en la aquiescencia De las profanidades de su suelo. Sonó una melodía contenida Y en un adiós sin voz, junto a las olas, Su voz cubrió una brava sacudida. Su espíritu, entre raras caracolas, Reposo halló, ya lejos de la vida, Donde la espuma teje sus cabriolas. El crepúsculo Desnudó el tiempo dorado Al crepúsculo, su hechizo, Mezclando un cielo rojizo Y un astro alegre y callado. Deshizo el cielo el bordado, Y, al declinar sin esmero, Descansó el sol, su lucero Durmió en paz donde, agitadas, Las olas dibujó airadas Sobre un extraño platero. Se hizo silencio y olvido El rumor que, con las olas, Ruido fue de caracolas, Mansión, palacio dormido, Y, en el cielo, malherido, Valiente acaso y entero, Cayó el sol y su sendero Borraron, desenfrenadas, Del mar las olas cansadas Sobre un extraño platero. Dibujo fue en las alturas Aquel potro desbocado Cuyo rayo derrotado Iluminó las llanuras, Las frondas, las espesuras, Y, renunciando a su fuero, Dejó de arder con esmero Y sus luces apagadas Reflejó el mar, hechizadas,


Sobre un extraño platero. Sueño halló por los paisajes, Sueño que, como oro viejo, Ardió en un raro reflejo Por recónditos parajes, Y, harto ya de tantos viajes, Inclinándose, sincero, Sin luz quedó el mundo entero Cuando se vieron doradas Las estrellas embrujadas Sobre un extraño platero. Soneto V La espuma alegre revolvió en los mares Aquel viento dichoso que bullía, Mirando a un cielo azul donde solía El sol vestir de ocaso sus altares. Las olas, con graciosos malabares, Las olas agitaron cuando el día, Perdido casi en sombra, renacía, Tejiendo sus crepúsculos lunares. El sol cayó y, unida al pensamiento, Quedaba la memoria lastimosa, Aireada por las brisas, por el viento. Cuajó el cristal la sombra silenciosa, Herido por la helada, cesó el viento, La noche llegó triste y perezosa. Soneto VI Halló el descanso, el sueño merecido, La paz halló, la calma en un torrente, Cruzando el mar, que, alzada de repente, El horizonte mira en el olvido. Es mar su pecho, que, en el mar dormido, El premio cobra en calma donde, hiriente, La espuma salta y corre irreverente, Como un sepulcro digno al ya vencido. El fondo es, sin embargo, ese remanso Donde se viste el agua para el sueño, Sus rizos disfrazando de descanso. Neptuno lo acogió y él es su dueño, Que halló la paz en un palacio manso Que el mar agita con más loco empeño. Soneto VII El puerto dejó atrás y el mar abierto, Como un aventurero entre las olas, Buscó, y el sol que agita sus cabriolas,


Buscando otros lugares, otro puerto. Las velas desplegó por un desierto Acuático de mares, donde, a solas, Buscar en lo profundo caracolas Pudiera el alma bajo un velo incierto. Al mar volvió, volvió al azul dormido, El alma, la materia que, a la espera. El fondo hallará bello y reposado. El puerto dejó atrás, viajó al olvido, Las velas desplegó hacia otra costera Donde acogió al ocaso el mar airado. Soneto VIII Al mar tornó de nuevo el marinero, Palacio de cristal donde, ya muerta, La luz sorprende entre la espuma incierta Que traza el sol que prende su sendero. La luz ardió del alba y un lucero Los cielos alcanzó donde, despierta, La voz de la mañana se concierta Con mares de silencio traicionero. Ardió la tarde y luego su camino Que el sol herido sigue, paso a paso, Alegre hizo llegar a su destino. Ardió después la noche, y el ocaso, Errante, silencioso y peregrino, Su torre dejó al sueño con retraso. Soneto IX No pudo consumir lo que la muerte No quiso para sí el ardiente fuego, Que el alma rescató de un reino ciego Su espíritu fugaz, libre a su suerte. No pudo consumirlo, fue más fuerte La sed de la ceniza, a cuyo ruego, Lo vio navegar mares de sosiego La calma que en los mares hoy se advierte. No pudo desatar de las espumas El alma aquella llama que, encendida, Con fuerza ardió, si no con tanto brío. Cruzar el mar podrá, volar las brumas, Gozar la libertad más atrevida, El aire atravesar a su albedrío. Soneto X La escarcha de su voz ecos extraños Halló en el aire donde aquel hechizo Su risa hizo volar como el granizo,


Herido del invierno de los años. Brotó alegre la fuente y en los caños De su sonrisa el hielo se deshizo, Y luego buscó el mar en cuyo rizo De espumas recibiera tantos daños. Susurran hoy del viejo marinero Las olas mil canciones en las calas; Del sol las canta en tierra su lucero. La aurora y el ocaso con sus galas Nos pintan su perfil, el cielo entero, Que quiere a las espumas dar sus alas. Soneto XI La herida en hielo ardió y la luz cobarde Que en verso alzó los mares que retrata, El ponto amó, por donde se dilata La llama de la altura donde aún arde. Fue el fuego de un torrente aquella tarde El que imprimió la luz bordada en plata, Un sol que tejió el cielo de escarlata, Reflejo en que cuajó con vano alarde. La costa el sol miró, que, vagabundo, Al declinar, un pájaro sin plumas, Aquel bajel halló de mundo a mundo. Las olas se encresparon, las espumas, Los besos de la brisa, y, moribundo, Dejó un rayo de sol sobre las brumas. Soneto XII Llegó a puerto el coral que se encendía, Antorcha al despertar de la alborada Que el cielo rompe, siempre alborotada. Como un lucero hermoso con el día. La noche un velo trajo en que dormía, Donde dejó la paz la brisa helada, La luz de las estrellas reposada Que el alba con su nueva luz rompía. Siguió la vida, en fin, y nuevos soles Traerán los ciclos a adornar el cielo, Que vestirán de nuevo su blancura. Allí hallaremos nuevos arreboles, Memoria allá en los mares y un consuelo, Sabiendo que lo abraza el agua pura. Los corceles de la tarde Lucieron gran hermosura Al recorrer viejos cielos Los corceles de la tarde,


Que, en un torrente, ligeros, Sobre cordales viajaron Y extensos mares vencieron, EnseĂąando su belleza Del mĂĄs claro y blanco acero. Les dio la aurora blancura, Los hizo el ocaso verso De corales encendidos, Encendieron sus reflejos Los paisajes al mirarlos Sobre la altura del cielo, La llamarada envidiando De los potrillos traviesos. Corrieron la altura toda Y la carrera vencieron Para en pĂşrpura vestirse, Para enterrarse en el cieno, En los velos que la noche, Haciendo oscuro el silencio, Y, dejando que, escondida, Teja la helada sus hielos.


Cuarta parte “Las mansiones del silencio”


Soneto I

Para José Álvarez Menéndez

Los charcos vio la helada como espejos del bello resplandor en que, sencillos, los rayos del sol vieron esos brillos que prestos dibujaron sus reflejos. La aurora llegó triste con bermejos que hirieron de la noche los castillos, guarida de la voz de los autillos que mudos se callaron a lo lejos. Y todo fue silencio de invernada en esas densidades que el enero quebró con la crueldad de su dureza. Preludio de la muerte alborotada, la nieve fue tan solo en el sendero que cruza ese paisaje de tristeza. Soneto II La altura alcanzar quiso el raudo viento que se agitó violento en raro rizo, sabiendo que, si en nieve se deshizo, primero fue el enero de su aliento. Halló un color oscuro el firmamento al ver cuajar la luz de su granizo en un lugar tomado del hechizo del aire del invierno ceniciento. La escarcha, no muy lejos del camino, miró el paisaje triste, que, callado, el sol besó con gran melancolía. Las nieves del enero mortecino supieron del paisaje derrotado que supo desbordar la brisa fría. El hielo de la escarcha El hielo de la escarcha que toma los caminos y sendas silenciosas que suelen lamentarse en estos días, palpita, temeroso, sabiendo, sospechando que llega el viento helado del enero con voces que preludian otra muerte. El hielo de la escarcha que toma las veredas y atajos olvidados que no verán ya más las hojarascas,


palpita, quejumbroso, sabiendo, suponiendo que llega el viento helado de la noche con voces que preludian otra muerte. El hielo de la escarcha que toma las colinas, los prados y los bosques que no sospecharán la primavera, palpita, doloroso, sabiendo, imaginando que llega el viento helado de otros reinos con voces que preludian otra muerte. El hielo de la escarcha que toma los jardines y parques apartados que no sabrán del alba que no llega, palpita, perezoso, sabiendo, lamentando que llega el viento helado de las nieves con voces que preludian otra muerte. El hielo de la escarcha que toma cada valle y acaso cada cumbre que duerme su letargo con paciencia, palpita, sentencioso, sabiendo, comprendiendo que llega el viento helado del granizo con voces que preludian otra muerte. Supo el vuelo de un vencejo Supo el vuelo de un vencejo, cruzando el aire temprano, dibujar, en lo lejano, el más encendido espejo; que, con su raro reflejo, bordó el oro, en su alegría, que el mismo cielo encendía sobre el cristal de la helada, donde, al brillar la alborada, quiso alzarse el nuevo día. Y, a quebrar la sombra oscura con los más claros pinceles, hirió, con puñales crueles, los corales de la altura. Y la callada espesura pudo ver la gallardía con que al fin la brisa fría de la noche en retirada pudo admirar la alborada que vio alzarse el nuevo día.


Y, galopando violento, vieron correr aquel rayo, un agitado caballo sobre las alas del viento. Porque, cayendo sediento donde la vida vivía, la muerte, con osadía, supo hallar allí guardada, que, al nacer de la alborada, supo alzarse el nuevo día. Porque fue un pincel mortal el que trazó su belleza, alzando la fortaleza de la gala matinal. Que siempre fue de coral la luz que la altura hería, que, por la senda sombría, escuchando su llamada, la muerte halló a la alborada donde se alzó el nuevo día. Y, con aire fatigoso, corrió aquel raro palacio el destello, en el espacio, con un bostezo gozoso. Y fue el eco silencioso que escucha la serranía esa muerte que vencía sobre la vida callada, porque, al nacer la alborada, quiso alzarse el claro día.

No fueron razonables No fueron razonables los ecos del silencio que vio perder la vida a quien dejó su aliento junto a un halo de sueños que se tejen en la nada y juegan a ser música de ausencias que se pierden sin remedio. Tampoco fueron justos los ecos de esperanza que hirieron con dureza al árbol que luchaba, debatiéndose, contra esos vendavales inclementes que no supieron nunca mostrarse con el mundo generosos. Mas esos temporales


que llegan repentinos, se van como vinieron, y, sin aviso alguno, con apuro, el aire deja su violencia amarga y vuelven esas horas de calma a estos terrenos desolados. Y entonces es momento de ver, en el camino, los árboles que mueren llevados por el golpe furibundo que suele arremeter con las tormentas, contento de arrancar los árboles del bosque de la vida. Soneto III No quiso confesar que estaba herido por ese mal que lleva hasta la muerte la voz de la esperanza, cuya suerte destierra con crueldades de su nido. Y, sin mostrarse triste ni abatido, guardaba su dolor, si, siendo fuerte, más duro que la dura piedra inerte, a nadie dijo el mal más escondido. Dejó ya este rincón su pensamiento, que el tiempo pudo ser menos avaro, haciendo su maldad más decidida: La clara bocanada que el aliento recibe al respirar el aire claro faltó al final, negándole la vida. Soneto IV Más altos vio la noche sus castillos sabiendo que, si el alma se derrama, no faltarán las manos de una dama que su color confunda con sus brillos: Pinceles de la aurora más sencillos, los traza con agrado alguna llama, si el alba se deshace en nuevo drama que corre con apuro sus pasillos. Las luces apagaron la hermosura Del mundo, su color siempre risueño, Su fuerza, su dulzura y su belleza. Y triste se hizo entonces la figura De aquella dama cruel cuyo beleño Veneno fue robado en la maleza. La luz burló del alba La luz burló del alba


que nace en los lejanos horizontes que ven nacer el sol del nuevo día, diciéndolo imposible, sabiendo que la muerte amiga es de las sombras que se esconden. La luz burló del alba que sabe de los prados escarchados que muestran los eneros de mañana juzgándolo difícil, sabiendo que la muerte amiga es de las sombras que se esconden. La luz burló del alba que quiebra los cristales de los cielos que sueñan inocentes otra aurora pensándolo mentira, sabiendo que la muerte amiga es de las sombras que se esconden.

Quiso ayer la noche oscura Quiso ayer la noche oscura enfrentarse con la vida, que, entre la nieve perdida, rápido el tiempo se apura. Entre la densa espesura de los bosques y la helada, donde reina la nevada del duro enero invernizo, junto al ruidoso granizo, viene la muerte callada. Quiso luego el rayo ardiente ver sus fuegos en el cielo, y, por deshacer el hielo, se reflejó en la corriente. Fue la llama incandescente la que trajo la alborada, cuya llama engalanada no vino con alegría, pues mostró, al nacer el día, aquella muerte callada. Y la mañana risueña la noche quebró profunda que en la maleza se inunda de la luz que se hace dueña. Y al tiempo que se despeña tanta luz enamorada, podréis ver la puñalada que ardió triste y dolorosa donde la vida gozosa


la muerte alcanzó callada. Que suele ser doloroso el paisaje de la muerte, si es que la quiere la suerte en ese reino brumoso. Porque el silencio brumoso siente que la madrugada viene, en la noche estrellada, con un eco de dolor, que abre paso, sin amor, a la muerte más callada. Que suele ser un espejo en la noche soberana esa voz de la mañana, cuando grita el oro viejo. Y es que el curioso reflejo que vio el alba alborotada era su llama cuajada de singular hermosura al romper la noche oscura, flor de la muerte callada. Abrir una ventana Abrir una ventana hubiera sido bello, tan bello como el vuelo de las aves que escapan de estos mares de amargura, sabiendo lo que viene tras esos meses tristes que se acercan. Abrir una ventana hubiera sido bello, tan bello como el sueño de los osos que buscan en las cuevas su letargo, sabiendo lo que viene tras esos meses tristes que se acercan. Abrir una ventana hubiera sido bello, tan bello como el llanto de las hojas que pierden su verdura en el otoño, sabiendo lo que viene tras esos meses tristes que se acercan. Abrir una ventana hubiera sido triste, tan triste como el canto del espíritu que vuela de este mundo a otros lugares, sabiendo lo que viene tras esos meses tristes que se acercan. Soneto V


Halló el color la helada en el camino que el alba ayer supuso fatigado, y a fuerza de saberlo derrotado, deshizo en él su brillo coralino. La luz supo del sol teñir en vino aquel tejido triste que, callado, en muerte convirtió su principado, castigo caprichoso del destino. Sus llamas esparció, llegando el día, la luz cuyo color llenó los cielos y el paso le negó a la brisa fría, Y vino enero lleno de deshielos, de ausencias, de febril melancolía, de escarchas esparcidas por los suelos. Soneto VI Un reino de silencio cubre el suelo que sueña la blancura de la helada, y acaso en las escarchas atrapada suspira la maleza bajo el hielo. Las horas se fugaron del deshielo y nuevamente vino una nevada a cumbres que la aurora alborotada admira con callado desconsuelo. Llorar el sinvivir más silencioso, soñar una esperanza en el vacío, viajar hacia los fondos abisales, también es soportar el doloroso lamento que, negando el albedrío, el alba trajo hasta estos ventanales. No supo despertar el marinero No supo despertar el marinero del sueño en que, sumido, soñaba con los mares de mundos olvidados detrás del horizonte. Amaba los lejanos arrecifes, los reinos coralinos, las costas más agrestes, y el faro que, en la noche, mostraba cada cabo. Mas supo navegar a todo trapo, buscar los reinos vírgenes, imperios alejados que nunca dijo a nadie, pues eran solo suyos. Sobre el paisaje dormido Sobre el paisaje dormido,


nació bella la alborada, cuya luz alborotada al cielo quiso encendido. Y, sabiendo ya rendido el baluarte silencioso, rozando el aire brumoso al capricho de su suerte, le dijeron de la muerte y del llanto doloroso. Y supo el cielo luciente de la muerte repentina, que callaba la neblina en su discreto torrente. Y el sonido de la fuente lo dijo al paraje hermoso, mientras halló, luminoso, que le dijo la mañana de la muerte soberana y del llanto doloroso. Y triste quebró la helada en el pétalo que, herido, supo mostrarse encendido ante la escarcha agotada. Porque la muerte callada, llegada al lugar gozoso, con un ánimo furioso, le dijo a los manantiales de sus callados puñales y su llanto doloroso. Los lánguidos acentos Los lánguidos acentos que quieren los otoños nos hablan de los árboles dormidos que saben contemplarse, no lejos del camino abandonado, en un espejo triste que forman las heladas a la orilla del aquel arroyo, firme en su derrota. Tal vez quiso el otoño, con aires juguetones, alzar la vista por el firmamento y ver cómo las aves, huyendo de los hielos primerizos, aspiran a otros climas acaso menos duros, alejados de un reino de ventiscas y tormentas. Los viejos castañares tal vez no sospecharon el rubio que se enciende en su hojarasca,


vencida, derrotada acaso moribunda, porque el aire parece que la quiere dejada sobre el suelo humedecido por barros que conocen las escarchas. Soneto VII No puede saber bien la despedida, sabiendo que es un viaje sin regreso hacer ese camino en el que, preso, se aparta tu suspiro de la vida. Tampoco sabe bien esa bebida amarga que la muerte torna beso, un vino venenoso que es exceso de muerte en tus pupilas decidida. No importa si es destino merecido el eco del silencio que ya aguarda a todo el que nació para la muerte. Y al fin te vas, con paso decidido, al sueño en que la vida se acobarda temiendo que su ausencia la despierte. Soneto VIII La muerte no tardó, y en su morada su beso dejó amargo, que, maldito, vidrió el mirar, tornando en su granito lo que era dicha y vida alborotada. Y no tardó la muerte que, apurada, su firma imprimir supo en el escrito del duelo que traslada al infinito la vida que respira desangrada. Corrió la madrugada cuando, fría, la voz en el cristal oyó del viento, llagada de la noche del paisaje. Y pudo despedir la luz del día la llama silenciosa del aliento callado al iniciar el largo viaje. Las lluvias del invierno regresaron Las lluvias del invierno regresaron a aquel paraje gris en el olvido: el verde malherido del helecho cedió al rojizo triste de la muerte, y el pardo del hayedo silencioso forjó su reino mágico y callado. Las hojas descendieron, derrotadas, tras un golpe de viento que, valiente, rasgó las hojarascas de los bosques,


las sierras olvidadas y las cumbres. Las lluvias del invierno regresaron a aquel paraje gris en el olvido: las nieves de las cimas, los granizos, supieron de la fuga a otras regiones, al ver que, en las alturas, los gorriones, las ánades, las ocas, las serretas buscaban un refugio más seguro, rincones apartados y apacibles, que libres de las lluvias y ventiscas, vivieran ignorantes de la helada. Las lluvias del invierno regresaron a aquel paraje gris en el olvido: rozó el aliento helado de las brisas aquel cristal, aquellos ventanales que hirieron, despertando de su sueño, las lágrimas calladas del espíritu que vuela más allá de la arboleda, que grita la venida del invierno que nunca perdonó la exuberancia que tuvo entre sus manos el verano. Las lluvias del invierno regresaron a aquel paraje gris en el olvido: qué duras soledades en el alma sospechan las poesías que se esconden en cofres de dolor y de amargura que dictan sus palabras arbitrarias al genio de los viejos escritores que saben describir sus impaciencias, su calma, su fatal melancolía, bañada de abandono y mezquindades. La herida alcanzó el espejo La herida alcanzó el espejo cuando, con su puñalada, los densos muros de sombra quiso romper la alborada. Y sus baluartes vencidos con luz rindió pura y clara, los paisajes de la noche, cuando la muerte ocultaban. Y el sol, entre resplandores, la luz tejió para el alba, encendiendo la hermosura en lienzos de llama clara. Y miró, desde la altura, a la luz de la mañana, los bosques el sol luciente, cuando la muerte acusaban. Y el raro brillo bermejo


la luz tejió para el alba, que dibujó en lo lejano el color de la mañana. Y miró el sol los paisajes que, tras la noche callada, bellos corales lucieron cuando la muerte acusaban. Halló el alba el espejo Tembló el aliento triste de la noche Y al fin la madrugada, con tristeza, Su ausencia dijo al aire, Cuando emprendió el camino de la nada. La luz del sol nació en la lejanía Y el alba reflejaron los destellos De su mirar vidriado, Cuando emprendió el camino de la nada. Y luego, con carácter vivaracho, Las horas se apuraron y, ligeras, Supieron su partida, Cuando emprendió el camino de la nada. Y arremetieron pronto los granizos, Las nieves, las heladas y los vientos Que no lo despidieron, Cuando emprendió el camino de la nada. Soneto IX El hielo en la mirada, mortecino, del sueño habló, que, roto en mil pedazos, la vida dejó atrás y sus abrazos el rumbo que le niega su destino. Y un hilo de dolor en el camino que supo desatar estrechos lazos, sonando ya los duros cañonazos de aquella lucha, abierto desatino. Dejó el invierno ya a la brisa fría sus alas liberar a otras mansiones, castillo en las alturas suspendido. Dejó ya la mañana el claro día volar a otro lugar, otras regiones, sendero de las aguas del olvido. Soneto X Su amor dejó la luz sobre los puertos, sabiendo ya cercana la alborada, y bella la miró, si, alborotada, la pudo ver con brillos más despiertos. Los oros de la aurora, acaso muertos,


la arena rozó al fin en la ensenada cobrando vida, donde, desatada, la espuma murmuraba sus conciertos. Quebrar pudo las grandes fortalezas rozando, con su aliento peregrino, los bosques y los campos, las malezas. Acaso fue el capricho del destino, si lejos de limar sus asperezas, su aliento quiso libre en el camino. Hoy falta la palabra Hoy falta la palabra que pudo errar el aire, cruzando los espacios, nacida de su voz, cuando vivía, pero este reino triste dejó, sin resignarse, entre la noche triste y la alborada. Su voz se apagó pronto, como ese sol temprano que afila los puñales, sabiendo que su beso es tan hermoso como un canto asesino que no tiene clemencia, entre la noche triste y la alborada. Dejó este reino amargo y el gris en que se viste para volar a un mundo poblado por colores luminosos, que ciegan pinceladas tan vivas como el viento, entre la noche triste y la alborada. Y se hace triste todo en el paisaje dulce, que sabe lamentarse, si acaso es que lamenta ya la pérdida, pues el paraje inerte parece despedirse, entre la noche triste y la alborada. Soneto XI El viento que recorre el mundo entero, las cumbres vio entre hielos poderosos, que el beso de la nieve hizo gozosos sus llantos a la puerta del cabrero. La helada que la noche hizo lucero, refleja, en sus cristales temblorosos, del alba los colores silenciosos que luce con su rayo pendenciero.


Nació la luz y trajo el desengaño que forma dio y color al nuevo día, dejando que se viera su desierto. Y oyó al nacer acaso el eco extraño que sabe bien que muere un todavía, si, siendo ya pasado, vive incierto. Buscad en los rincones Buscad en los rincones que quedan descubiertos: el viejo acantilado se adormece y escucha los rumores de las olas que cantan sus romances de tragedias en playas que no quieren un recuerdo. Buscad entre las sombras que guardan cada noche: las costas sienten siempre la tristeza de tantas nieblas como traen los mares, y esperan, impacientes, que amanezca, sabiendo que la luz querrá borrarlas; Buscad entre las sombras que guardan cada noche: las horas de silencio se suceden y el sábado aburrido quiere el sueño que traiga en su regazo los olvidos a esta quietud acaso insoportable. Soneto XII Murió el paisaje gris, cuando, invernizo, el brillo hirió el crepúsculo que ardía, tomando en las alturas la osadía del oro que en la sombra se deshizo. Mal pudo reflejar el raro hechizo que vio la luz del alba con el día, sabiendo que la nieve es nieve fría, si acaso no es torrente de granizo. Su huésped, si no quiso ser ultraje, quién sabe si capricho de la suerte, la muerte fue en el aire del camino. Y quiso, peregrino, que el paisaje supiese del capricho de la muerte, que en hielo tejer supo el desatino.


José Ramón Muñiz Álvarez

“El libro de los fresnos”


2005 © José Ramón Muñiz Álvarez: “Los arqueros del alba”

El granizo El granizo alborotado Descendió del alto cielo, Derramándose en un vuelo Sobre el prado, ya nevado, Y su sonido agitado Nos sorprendió, bullicioso, En el lecho silencioso Donde amantes, beso a beso, Callada tú, yo travieso, Lo escuchamos en reposo. Despertaba el nuevo día Sobre montañas y valles, Pero el granizo en las calles, Lleno de melancolía, Nos llenaba de alegría En el tálamo gozoso, En el lecho delicioso Donde amantes, beso a beso, Callada tú, yo travieso, Lo escuchamos en reposo. Sonaba tras los cristales Su desafinado ruido, Su desgarrado sonido, Sus canciones invernales, Rozando los ventanales De nuestro amor rumoroso, De nuestro palacio hermoso Donde amantes, beso a beso, Callada tú, yo travieso, Lo escuchamos en reposo. Así pasaron las horas, Así la aurora temprana, Que dio paso a la mañana Como todas las auroras, Todas ellas desertoras, Como el viento perezoso, Junto al castillo orgulloso Donde amantes, beso a beso, Callada tú, yo travieso, Lo escuchamos en reposo. Y por fin llegó la tarde, Y el crepúsculo y la noche, Y en un extraño derroche, Hizo el granizo un alarde,


Porque, tímido y cobarde, Se puso el sol tembloroso, Agotado, silencioso Donde amantes, beso a beso, Callada tú, yo travieso, Lo escuchamos en reposo. Soneto I Las alas de los cisnes se encresparon, Buscando un cielo azul, bello y hermoso, Y, allí, tú y yo, gozando del reposo Que tantos parques gratos nos negaron. Las horas del crepúsculo llegaron, Cubiertas por un halo misterioso, Y aquel lugar sereno y silencioso Los rayos de su luz iluminaron. Las aguas del estanque sosegadas, Los remos en la mano, con pereza, Miraron mis pupilas asombradas. Detrás de ti las flores, la maleza, Y, a la pared asidas, anudadas, Las hiedras de una vieja fortaleza. Soneto II Dormidos ya los viejos abedules, Me viste despertar en tu regazo, Soñando asido de tu suave abrazo, Mis ojos en los tuyos, tan azules. Mas no ha de ser así, no disimules, Que, siendo prisionero de tu brazo, Me asfixias, convirtiéndote en un lazo: El nudo que ocultaste tras los tules. El velo que lo tapa es tu belleza, Mas eres tú la muerte y no la vida, Que nunca en la dulzura hay aspereza.. El alma de mi cuerpo está dormida, Y así, soñando tanta ligereza, Se apaga entre tus brazos, ya vencida. Soneto III Las torres, por la hiedra sepultadas, Aún muestran su grandeza, no son ruina, Tesoros grises, piedra numantina, Tosco sillar, paredes olvidadas. Tus curvas, por los años trabajadas, Son jóvenes y bellas, mas camina, Que así sabrás que todo se termina:


También las horas viven condenadas. La gloria de los viejos monumentos Acaso crecerá si el tiempo corre: Su nombre no lo arrastrarán los vientos. Mas piensa ahora en el tuyo, no lo borre La muerte con sus brazos cenicientos, Que no has de compararte tú a una torre. Un beso Un beso de la boca De Afrodita Pudiera redimir a un solitario Que espera, sin amor, Los ojos dulces De una mujer hermosa que lo adore. Un beso de la boca De Afrodita Pudiera ser la cura del enfermo Que llora, en soledad, Sin unos labios Que vengan a librarlo de su sueño: El beso de una diosa es un regalo Que se ha de agradecer eternamente. Soneto IV Y quise nuevos mares de aventura, Bandera de esperanza, al ver el cielo, Y quise ser gorrión, alzar el vuelo, Y, halcón, volé, alcanzando más altura. Después quise la paz, la fuente pura, Caminos solitarios de consuelo, Y entonces encontré la nieve, el hielo, Cuajado de tristeza y de dulzura. Mil versos se quedaron en la pluma, La tinta prisionera en el tintero Y el alma fatigada del camino. El agua de la fuente se hizo espuma, Y, espuma de los mares, el sendero Me dio horizontes nuevos por destino. Soneto V Las salvas, los disparos noticieros, Las armas de los buques acallaron, Que polvo y telarañas las tomaron Después de tanto tiempo en astilleros. Sus fuegos, agresivos y guerreros, De pronto enmudecieron, se apagaron,


Y, desde que su estruendo no escucharon, Brillaron con más fuerza los luceros. No fueron un incendio de locura, Cañones del pirata más valiente, Las llamas con que ardió la madrugada: Rompió la luz, y aquella llama pura Quebró por fin, ya rota la alborada, La aurora te hizo paz indiferente. Soneto VI Las hiedras escalaban viejos muros, Subiendo, piedra a piedra, las almenas De aquel castillo triste, erguido apenas, Testigo de los tiempos más oscuros. Buscando en las alturas aires puros, Las cimas alcanzaban, y sus venas, Cubiertas de hojarascas, vieron llenas Sus firmes esperanzas, sin apuros. Belleza coronada por bellezas, Su cumbre aquellas hierbas alcanzaron, Y pronto la vistieron sus malezas. Allí los negros cuervos anidaron, Estirpes de lechuzas y rarezas Que en estos viejos muros habitaron. El sol, vencido, moría El sol, vencido, moría En el horizonte incierto, Cuando llegaban a puerto Las lanchas sin alegría, Y una música sombría Iban cantando los remos, Roncos, callados, blasfemos, Que evocaban la tristeza Al hundirse en la belleza De un mar que no conocemos. El sol, vencido, moría Al volver los pescadores, Atrevidos invasores De un reino negro, sin día, Que sólo el faro era vía, Sólo el faro era camino En ese mundo marino, Repleto de densidades, Donde las oscuridades Traen su hechizo femenino. El sol, vencido, moría Sin pompas y sin alarde,


Y, con él, también la tarde, Frágil, se desvanecía, Mientras una sinfonía Cantaban las caracolas Que, acordadas por las olas, Se juntaban al graznido De una gaviota sin nido Que lloraba siempre a solas. Soneto VII El vuelo del milano era ligero, Sobre el paisaje triste, dulce y pardo, Recuerdo de los sueños de algún bardo, Un paje, algún juglar o un escudero. El diestro cazador era certero: Certero cuando el sol, cansado y tardo, Murió con el crepúsculo, y el nardo Cedió a las rosas negras su sendero. El ave, ya sin vida, cayó al prado, Vencida por las flechas asesinas De un hábil cazador, pero inclemente. También fue nuestro amor un ser alado, Mas, como un cazador en las colinas, El hado lo abatió tan de repente. Soneto VIII La lluvia de la tarde se encendía Rozando fuertemente los cristales, Y, luego, los hermosos ventanales Sintieron que el granizo los hería. Granizo y lluvia, triste melodía, Cayeron en torrente, que, invernales, Las noches y los días, con sus males, Se hicieron de feroz melancolía. La leña que llenaba los desvanes La llama iba royendo, y sus chasquidos, Alegres en el aire, eran consuelo. Sentada en la butaca, sin afanes, Mirabas viejos cromos repetidos Y estampas de los ángeles del cielo. Los Grisones La altura en el cantón De los Grisones Parece más altura Y los picachos, Los riscos que acarician las estrellas


En esas noches limpias del verano, Parecen como espadas asesinas Que pujan por llegar al cielo mismo: Las rocas escarpadas Levantaron Aquel acantilado como un muro, Luchando contra el viento, sosteniendo Con fuerza las columnas de caliza, Amigas de las lluvias y las nieblas. Y, al fondo, Entre las nubes, cada valle, Cada lugar recóndito en el valle: Los prados, Que madrugan con las nieves; Los árboles, que duermen silenciosos, Y arroyos que murmuran y se lanzan En un salto mortal hacia el vacío. La altura en el cantón De los Grisones Parece más altura y sus picachos, Los riscos que acarician Las estrellas En esas noches limpias del verano, Parecen como espadas asesinas Que pujan por llegar al cielo mismo. Soneto IX Las nieves del invierno descendieron Con lenta majestad, siempre serenas, Y aquel lugar, manchado de azucenas, Lloró, mientras sus telas lo cubrieron. El hielo fue fraguando y se durmieron Las aves, los arbustos, las colmenas, Y, heridos por el viento, sus almenas Los árboles verdosos desprendieron. El hielo del invierno, ese cuchillo, La lanza cruel, el aire por el viento, Dejó un desierto sólo, y, a su paso, Marcharon la cigüeña, el cervatillo, Ranúnculos y flores, cuyo aliento Le dio su último beso a aquel ocaso. Soneto X No puede haber más gozo que mirarte, Sentir tu aliento fresco, ver tu risa, La fuerza de tus ojos, aire y brisa, Que vuelan en tu ser, bello estandarte. Tus ojos son blasón, alto baluarte,


Altiva fortaleza cuando pisa La roca del desdén, que tu sonrisa Dibuja con pinceles para el arte. Las noches son temor, sombras oscuras, Pensando en tu mirar, terrible hoguera Que quema el corazón más encendido. Los días son también la larga espera, Soñándote despierto en mis locuras, Si no es que, fatigado, estoy dormido. Soneto XI Son estas mis mansiones, donde, gratas, Las horas se me van, nunca despacio, Son estos mis jardines, mi palacio, Mis fuentes son y mis escalinatas. Tesoros son, y joyas no baratas, Tus ojos de rubí, jade o topacio, Tu cuerpo, tu cabello, nunca lacio, Ensortijadas horcas con que matas. Entonces, si eres parte de lo mío, Diré a la luz del sol que es también mía, Pues mía es la desdicha de tus quejas. Te dejo abandonar mi señorío: Si quieres libertad, ve con el día Y deja el oro bello de tus rejas. Soneto XII Las nieblas dominaron el paisaje Dormido en el silencio aletargado, Cristal de sueño, un hálito cansado Sin fuerza, sin bravura, sin coraje. Las nubes ocultaron el linaje De aquellas torres altas, y, nublado, Calló en silencio el monte, y el collado Guardó respeto a tal peregrinaje. Las nieblas escondieron la nobleza De aquellas enriscadas que ascendían, Largo puñal, corona de belleza. Torrentes de caliza descendían, Manchados de humedades y tristeza Que el cielo arrinconaban y rendían. Soneto XIII Las hojas de los arces se movieron, Tocadas por el aire humedecido, El aire del otoño, que, venido, Dejó morir las hojas que cayeron.


Las hojas de sus ramas desprendieron Su cuerpo, que ya pálido y vencido Tocó las hierbas verdes y, dormido, Su sueño las heladas desvistieron. Cantaban los arroyos: su sonido Fue como un canto fúnebre, y se oyeron Las voces de un paisaje conmovido. Los árboles, desnudos, se durmieron, Y, dando su follaje por perdido, Las hojas, en el aire se esparcieron. Soneto XIV Las hierbas ven al níscalo sagrado Que nace de la tierra, doloroso, Y así lo esconden, que es tesoro hermoso Su cuerpo de coral, bello y rosado, El llanto y el dolor de haber brotado Buscando el sol un día tan lluvioso Lo dejan fatigado, y, perezoso, Bosteza alegre, aun bien que está cansado. El níscalo es la sangre de la tierra, Que en ella tiene todo su linaje Su carne, al tiempo tierna y encarnada. Nació buscando al sol, el cielo en guerra, Y, oculto en las malezas del paisaje, Aguarda a que se acabe la otoñada. Buque de amor Buque de amor hacia Tus costas mágicas, Alma sin sombra, luna silenciosa, Busco tus playas, Busco tu belleza, Alma de mar, negándome la orilla. Eres el puerto para El barco verde Que halla esperanza donde ya no queda, Siempre luchando Con la marejada Que alza sus crestas sobre el cielo oscuro. Eres el faro que en la roca alumbra, Firme, asentado sobre el precipicio. Soneto XV El beso de los mares fue astillero De aquella vela triste, fatigada, Herida por los vientos, desgastada,


Tirando con paciencia del velero. En él, tu aliento vive prisionero, Tu boca caprichosa, tu mirada, Tu larga cabellera, desatada Al aire juguetón y traicionero. Tu voz fue en sueños la piratería De mares olvidados del Caribe, Que hoy cruza solamente el sol del día. El beso de los mares te recibe Y queda prisionera tu alegría En sueños que, al dormir, tu voz describe. Soneto XVI La lluvia es mensajera de tristeza Cuando, la tarde atenta a su concierto, Su ruido nos avisa, arte despierto, Sonata lastimera sin belleza. Después, granizo y nieve, su pereza La obliga a descansar, momento incierto, Heridos los paisajes, el desierto Que fue copioso en su naturaleza. Sentado junto al fuego, el alma triste, Me queda en tu memoria tu sonrisa, Desnuda ya, tan pura como el hielo. La lluvia vuelve y nada se resiste, Anuncio a la invernada, cuya prisa Me enfrenta ante el amargo desconsuelo. Soneto XVII Las luces del cabello se apagaron Al ver un sol sin ley, la frente airada, Mansión de luz, prisión de la alborada O cárcel donde, tristes, se agotaron. Los fuegos de tus ojos galoparon El brillo de tu piel, luz y nevada, Y, agreste su color, alborotada, Negó su luz a cuantos la miraron. La boca quiso el traje de la aurora Y púsose el vestido que, bermejo, Antorcha de hermosura, halló a deshora. El cuello, el busto, fueron un espejo En el arroyo donde el alma llora Y pierde la razón todo consejo. Alborada Dicen que la aurora es mujer: Su boca sonrosada nos despierta,


Sonrisa amable, cuando el horizonte Se empaña de colores luminosos. Las brisas de sus labios, en el aire, Nos rozan, juveniles, como el beso Que ofrece la dulzura de un amante. Dicen que la aurora es mujer: Sorprende a los pesqueros que navegan En esos mares llenos de belleza Y, a veces, de desgracias e infortunios. Los más madrugadores la saludan Y siguen, como siempre, su camino, Al tiempo que se extienden sus colores. Soneto XVIII Las minas que se encienden en tu cuello, La plata con el oro, ambos mezclados, Tal vez piedra caliza, acantilados, Montañas son, reflejo de un destello. Con el amanecer, sereno y bello, Enseñan siempre diáfanos los prados, Las flores blancas, lirios encarnados, Manchados por los oros del cabello. En ese cuello tuyo son granizos Y nieves y hasta escarchas invernizas, Embrujo acaso, mágicos hechizos, El blanco de los hielos, las calizas, Las nubes perezosas de tus rizos, La luz de los ocasos, sus cenizas. El libro de los fresnos El libro de los fresnos Es un cuaderno mágico y secreto Que nace en lo profundo del espíritu. Sus hojas son poesía Que llora las ausencias de la amada O el beso repentino del crepúsculo. A veces dulces lágrimas Se escapan de los párpados cansados Del triste corazón que en él escribe. Así los manantiales Podrán saciar la sed del caminante Que pierde el tiempo oyendo sus palabras. Soneto XIX Pudiste ser antorcha y ser nevada, Palabra sin verdad, mar inconstante, Ocaso bello, brújula inquietante,


Por ser una certera puñalada. Infierno y cielo, negra la mirada, Espejo de color, oro brillante, Bastión terrible, fuiste, en un instante, Prisiones de la noche más cerrada. La fiera vive en ti, garras de acero, Ataque del leopardo, fortaleza, Espíritu del aire traicionero. Mezclaste amor y fuego a tu belleza, Ballesta tu mirada, que el arquero Dispara con valor y con destreza. Soneto XX Los cauces desbordaron de tu frente En su galope rápido, aquel día, Las yeguas que bordaron la alegría Del rizo alborotado al sol ardiente. Arroyos de cristal, clara corriente, Cayendo por los riscos, pura y fría, Espuma fue en su rostro y luz del día, El agua de aquel mágico torrente. El sol nació, pintor de su blancura, Autor del lienzo claro de tu risa, Su gracia y su color, clara pintura. Las crines despeinó al nacer la brisa Y, rápida en tu frente, el agua pura, La luz del sol tu luna hizo precisa. Soneto XXI El buque de los mares de tus ojos Cruzó el espacio inmenso, las arenas, Las rocas, las escarchas, las cadenas Que unieron cielo y tierra a sus antojos. Buscándome, buscando mis despojos, Mis llantos, mis dolores y mis penas, Echaron sus raíces en las venas Para apagar su sed y sus enojos. Y hallóme enfermo y triste en este lecho De amarga soledad donde moría Envuelto en las penurias del despecho, Vencido por la sombra, siempre fría, Que hiende sus venablos sin provecho Y hiere con su cruel melancolía. Soneto XXII Dejad que vaya al aire la inocencia Si al aire pertenece, que su aliento,


Su voz febril, manchada por el viento No mancha con su blanca transparencia. Que vuele la verdad si la prudencia No quiere consentirla, pues, atento, El aire, siempre limpio, está contento De darle más amor con más paciencia. Más pura lucirá si va en sus alas La luz que aquí las sombras no quisieron, Y vestirá su luz mayores galas. Dejad que vuelva donde la nacieron, Que vuele a sus espacios, a sus salas, Y luzca los vestidos que le hicieron. Soneto XXIII Hacienda donde el sol duerme su sueño Es tu pupila, azul, pero brillante, Lucero que se asoma en un instante En un reino de sombra del que es dueño. Un rayo que cruzó, gorrión pequeño, El aire de la noche, estrella errante, Palabra de cristal, voz semejante, Alegre y marinera, se hizo empeño. Palacios en los pórfidos oscuros, Granitos bellos, siglos de belleza Que el aire embruja siempre con su hechizo, Tus ojos no son claros, pero, puros, Alegres brillan, muestran la tristeza Del ruiseñor que escapa del granizo. Soneto XXIV La espuma hirió en el mar aquel vencejo De luces y de sombras, cuando el día, Pincel azul, rasgó la brisa fría Como una flecha cae, venablo viejo. El alba vio cuando alcanzó el reflejo Que, alegre, en lo lejano se encendía, Corales, sierras, montes de alegría Que el cielo hizo más bellos en su espejo. El oro tuvo gracia soberana Al ser corona bella de la frente Que vino a hacer más clara la mañana. La espuma, el alba, el oro vio la fuente, El mar la sierra, donde la alazana La luz vertió en el agua transparente. Soneto XXV Diadema de la aurora en el momento


Que rompe en luz el sol, rara cascada, Su fuego y su color, que, iluminada, Incendio es de pasión, puro contento, No pudo ser más dulce que tu aliento El aire que corrió con la alborada, Ni pudo ser más blanca alborotada, Que quiso iluminar el firmamento. Tus voces, tus palabras, la impaciencia Un mar de caracolas enseñaron, Callado tu mirar, pura inocencia. Tus ojos, tus miradas, la vehemencia En ellos las estrellas condenaron, Envidia sombras de la ausencia.


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José ramón muñiz álvarez