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MIS LECTURAS FAVORITAS 3ยบ A JOSE A. RENTERO ALCARAZ


“LA FLAUTA MÁGICA”

Mi madre me ha comprado una flauta. Todo el mundo sabe que una flauta es un tubo con agujeros (mi flauta tiene seis) que se tapan y se destapan para producir distintos sonidos que llamamos música. Todo el mundo sabe, también, cómo se toca la flauta, pero pocos son los que saben interpretar una canción. Yo, en el colegio, estoy aprendiendo. La profesora me dice que tengo facilidad para ello, y me pone de ejemplo para los otros compañeros de la clase. A mí me gustaría tocar ya “la flauta mágica” de Mozart, pero mi profesora dice que estoy algo verde. Yo le digo que, con seis años, Wolfgang Amadeus Mozart ya era capaz de interpretar seis tríos como segundo violín. El otro día, en casa, mientras mi madre preparaba la comida, yo ejercitaba con mi flauta. Estaba en mi habitación sentada en una alfombra hecha a mano que me trajo mi padre en un viaje que hizo a la India y tocando la flauta. Inventándome una melodía misteriosa. Con el solecito del mediodía me entró modorra. Dejé la flauta y me eché sobre la alfombra india. Me quedé dormida como un recién nacido. Me despertó la voz de mi madre, que me avisaba de que la comida estaba en el plato. Me sobresaltó su llamada. Me sorprendió su grito en mitad de un sueño. Estaba interpretando una canción con mi flauta, sentada sobre la alfombra. Iba vestida con una túnica dos tallas mayor y llevaba un turbante sobre mi cabeza. Una vaca, algo flaca, me miraba seria. A mi lado una cacerola se calentaba en una lumbre de ramas secas. De repente la tapadera se elevó unos centímetros y cayó al suelo. Unos hilos largos empezaron a surgir del interior de la cacerola, parecían serpientes blancas recién nacidas. Eran… eran espaguetis que se enderezaban queriendo saber quién estaba tocando la flauta. Se movían, se contoneaban oyendo la melodía que salía de mi flauta. - Hola, hija mía, deja de tocar, que ya están cocidos – me dijo mi madre, terminando de cortar trocitos pequeños de chorizo y jamón. Cuando me desperté del sueño y fui a la cocina a comer, ya sabía qué comida me estaba esperando en el plato; ¿a que tú también? Daniel Nesquens, Diecisiete cuentos y dos pingüinos. Ed Anaya


“El flautista de Hamelín” Hace mucho, muchísimo tiempo, en la ciudad de Hamelín, sucedió algo muy extraño: una mañana, cuando sus gordos y satisfechos habitantes salieron de sus casas, encontraron las calles invadidas por miles de ratones que caminaban por todas partes, comiéndose el grano de sus graneros y la comida de sus despensas. Nadie acertaba a comprender la causa de tal invasión, y lo que era aún peor, nadie sabía qué hacer para acabar con aquella plaga. Por más que pretendían acabar con ellas, parecía que cada vez acudían más y más ratones a la ciudad. Tal era la cantidad de ratones que, hasta los mismos gatos huían asustados. Ante la gravedad de la situación, los hombres de la ciudad, que veían peligrar sus riquezas, convocaron al Consejo y dijeron: "Daremos cien monedas de oro a quien nos libre de los ratones". Al poco se presentó ante ellos un flautista, alto y poco arreglado, a quien nadie había visto antes, y les dijo: "La recompensa será mía. Esta noche no quedará ni un sólo ratón en Hamelín". Dicho esto, comenzó a pasear por las calles y, mientras paseaba, tocaba con su flauta una maravillosa melodía que encantaba a los ratones, quienes saliendo de sus escondrijos seguían los pasos del flautista que tocaba incansable su flauta. Y así, caminando y tocando, los llevó a un lugar muy lejano, tanto que desde allí ni siquiera se veían las murallas de la ciudad. Por aquel lugar pasaba un caudaloso río donde, al intentar cruzarlo para seguir al flautista, todos los ratones murieron ahogados. Los hamelineses, al verse al fin libres de los ratones, respiraron aliviados. Ya tranquilos y satisfechos, volvieron a sus negocios, y tan contentos estaban que organizaron una gran fiesta para celebrar el feliz desenlace, comiendo excelentes carnes y bailando hasta muy entrada la noche. A la mañana siguiente, el flautista se presentó ante el Consejo y reclamó a los hombres de la ciudad las cien monedas de oro prometidas como recompensa. Pero éstos, liberados ya de su problema y cegados por su avaricia, le contestaron: "¡Vete de nuestra ciudad!, ¿o acaso crees que te pagaremos tanto oro por tan poca cosa como tocar la flauta?". Y dicho esto, los hombres del Consejo de Hamelín le volvieron la espalda dando grandes carcajadas. Furioso por lo que había pasado, el flautista, al igual que hiciera el día anterior, tocó una dulcísima melodía una y otra vez. Pero esta vez no eran los ratones quienes le seguían, sino los niños de la ciudad quienes, movidos por aquel sonido maravilloso, iban tras los pasos del extraño músico. Cogidos de la mano y sonrientes, formaron una gran hilera y siguieron al flautista. El flautista se los llevó lejos, muy lejos, tan lejos que nadie supo adónde, y los niños, al igual que los ratones, nunca jamás volvieron. En la ciudad sólo quedaron sus habitantes, sus graneros y sus despensas, protegidas por sus sólidas murallas y un inmenso manto de silencio y tristeza. Y esto fue lo que sucedió hace muchos, muchos años, en esta desierta y vacía ciudad de Hamelín, donde, por más que busquéis, nunca encontraréis ni un ratón ni un niño. FIN


LA FLAUTA MÁGICA Cuentan que en una aldea lejana vivía una muchacha que, al quedarse huérfana de padre y madre, trabajaba pastoreando los rebaños del pueblo. Salía con sus ovejas al amanecer y caminaba monte arriba en busca de una pradera verde. Mientras el ganado pastaba, ella, sentada en una piedra, se entretenía fabricando flautas de caña, con las que tocaba bellas melodías. Un día, cuando estaba ensimismada con su música, vio aparecer ante ella una figura resplandeciente: era un ángel que la miraba sonriendo. - Eres una niña buena. Pídeme lo que quieras y te será concedido. - Sólo deseo una cosa - dijo ella-: una flauta que haga bailar a todo el que la oiga. El ángel le entregó inmediatamente una hermosa flauta y desapareció. La pastora, muy contenta, empezó a tocar el mágico instrumento. Al instante, todas las ovejas y corderos empezaron a bailar al son de la música. Pero he aquí que el señor boticario, que había salido a cazar por aquellos parajes, escuchó a lo lejos la música. Inmediatamente empezó a sentir un extraño hormigueo en los pies y, sin darse cuenta, se encontró bailando sin poder detenerse. Bailó y bailó, jadeando de cansancio, hasta que la música cesó. - ¡Esto es cosa de brujería! - exclamó. Y corrió al pueblo, furioso, para denunciar a la pastora que lo había hechizado con su música. La pastora fue llevada ante el tribunal del pueblo y condenada a muerte por bruja. Cuando iba a cumplirse la sentencia, le preguntaron si tenía un último deseo. Ella rogó que le desataran las manos, porque sus muñecas estaban doloridas. - ¡No lo hagan! ¡No lo hagan o tendrán que arrepentirse! -gritó el boticario al ver que soltaban las ligaduras de la muchacha. Pero no lo oyeron y, si lo oyeron, no le hicieron caso. Entonces, el boticario rogó a un hombre que se encontraba a su lado: - ¡Átame bien fuerte a este árbol y aprieta bien la cuerda!. Al ver sus manos libres, la pastora sacó del bolsillo la flauta mágica y empezó a tocar una alegre melodía. Todos los que se encontraba en la plaza, hasta el verdugo y los soldados, empezaron a bailar. El boticario, atado como estaba, movía también los pies y la cabeza al compás de la música. Cuando la melodía se detuvo, la gente, encantada por el buen rato pasado, corrió a pedir al alcalde que perdonara a la pastora, y el alcalde, que también había estado bailando concedió el perdón con mucho gusto. Desde entonces, todo el pueblo bailó en las fiestas al son de la flauta mágica y la pastora vivió querida y respetada por todos. Anónimo


MÚSICA PARA LAS NUBES Había una vez un pequeñísimo país castigado por una larga sequía. Llevaba tanto tiempo sin llover que la gente comenzaba a pasar hambre por culpa de las malas cosechas. Coincidió que en esos mismos días un grupo de músicos cruzaba el lugar tratando de conseguir unas monedas como pago por sus conciertos. Pero con tantos problemas, nadie tenía ganas de música. - Pero si la música puede ayudar a superar cualquier problema - protestaron los músicos, sin conseguir ni un poquito de atención. Así que los artistas trataron de descubrir la causa de que no lloviera. Era algo muy extraño, pues el cielo se veía cubierto de nubes, pero nadie supo responderles. “Lleva así muchos meses, pero ni una sola gota han dejado caer las nubes”, les dijeron. - No os preocupéis, nosotros traeremos la lluvia a esta tierra – respondieron, e inmediatamente comenzaron a preparar su concierto en la cumbre de la montaña más alta. Todos los que lo oyeron subieron a la montaña, presa de la curiosidad. Y en cuanto el director de aquella extraña orquesta dio la orden, los músicos empezaron a tocar. De sus instrumentos salían pequeñas y juguetonas notas musicales, que subían y subían hacia las nubes. Era una música tan saltarina, alegre y divertida, que las simpáticas notas comenzaron a juguetear con las suaves y esponjosas barrigotas de las nubes, y tanto las recorrieron por arriba y por abajo, por aquí y por allá, que se formó un gran remolino de cosquillas, y al poco las gigantescas nubes estaban riendo por medio de grandes truenos. Los músicos siguieron tocando animadamente y unos minutos más tarde las nubes, llorando de pura risa, dejaron caer su preciosa lluvia sobre el pequeño país, con gran alegría para todos. Y en recuerdo de aquella lluvia musical, cada habitante aprendió a tocar un instrumento y, por turnos, suben todos los días a la montaña para alegrar a las nubes con sus bellas canciones. Pedro Pablo Sacristán


“GAGROBATZ” En lo más alto de las montañas, allí donde solo hay hielo, nieve y rocas, vivió en otro tiempo un monstruo enorme, malhumorado y absolutamente horrible llamado Gagrobatz. Gagrobatz vivía desde hacía más de tres mil años completamente solo en una cueva oscura y la mayor parte del tiempo le rugían las tripas. Todos los días tenía que comer rocas porque no había ninguna otra cosa, salvo un esquiador o una marmota de vez en cuando. Por culpa de las rocas, Gagrobatz tenía casi siempre dolor de estómago. Por ello, desde el amanecer hasta bien entrada la noche, esperaba al acecho a que algún ser vivo descuidado y sabroso se extraviara de su camino. Y en efecto, un día se dirigió un autobús de colegio, lleno de niños, al lugar en el que vivía Gagrobatz. El monstruo vio desde la lejanía cómo se iba encaramando. Se relamió y sonrió. Ese era un botín fácil. Solo tenía que empujar un gran pedrusco hasta el camino de los humanos. El resto sería entonces un juego de niños. Los ocupantes del autobús en ningún caso se figuraban que estaban en el menú de un horrible monstruo. Ellos cantaban “Se van los montañeros”, mientras que el conductor seguía su camino hacia la cima. Perplejo se quedó mirando la gran piedra que obstruía la calzada. -

¡Bueno, y ahora esto! gruñó y se rascó su gran cabeza.

¡Atención, damos la vuelta!- dijo en voz alta, dio un viraje espeluznante y se dirigió directamente a un túnel. ¿Qué es esto? pensó él entonces, antes de que todo quedara completamente oscuro. “Eso no estaba ahí hace un momento”. Pero ya era muy tarde. El malhumorado, horrible y siempre hambriento Gagrobarz no era estúpido. Se había colocado en la carretera con su gran boca abierta y la lengua fuera. Y así fue rodando el autobús junto con su preciado contenido directamente hacia su estómago vacío. -

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¡Ssssssssluc! – rugió el terrible Gagrobatz, eructo, pasó la lengua por su horrible boca y se fue sigilosamente de vuelta a la cueva a echarse una pequeña siestecilla para hacer la digestión. ¡Cielos! ¿Dónde estamos? – gritó la señorita Cantarela, la profesora de la clase devorada, desde lo más profundo de la tripa del monstruo. ¡Parece como si fuera una cueva de estalactitas o algo así! – exclamó refunfuñando el conductor del autobús y desempaquetó su bocadillo del desayuno- . De cualquier modo no se puede seguir. Esto no es una cueva, es un estómago – dijo María, la primera de la clase de Biología- ¿No has visto los dientes cuando entramos, señorita Cantarela? Cornelia Funke, Cornelia Funke cuenta cuentos. Ed. Edaf.


LOS DOS CONJUROS Había una vez un rey que daba risa. Parecía casi de mentira, porque por mucho que dijera "haced esto" o "haced lo otro", nadie le obedecía. Y como además era un rey pacífico y justo que no quería ni castigar ni encerrar a nadie en la cárcel, resultó que no tenía nada de autoridad, y por eso dio a un gran mago el extraño encargo de conseguir una poción para que le obedecieran. El anciano, el más sabio de los hombres del reino, inventó mil hechizos y otras tantas pociones; y aunque obtuvo resultados tan interesantes como un caracol luchador o una hormiga bailarina, no consiguió encontrar la forma de que nadie obedeciera al rey. Se enteró del problema un joven, que se presentó rápido en palacio, enviando a decir al rey que él tenía la solución. El rey apareció al momento, ilusionado, y el recién llegado le entregó dos pequeños trozos de pergamino, escritos con una increíble tinta de muchos colores. - Estos son los conjuros que he preparado para usted, alteza. Utilizad el primero antes de decir aquello que queráis que vuestros súbditos hagan, y el segundo cuando lo hayan terminado, de forma que una sonrisa os indique que siguen bajo vuestro poder. Hacedlo así, y el conjuro durará para siempre. Todos estaban intrigados esperando oír los conjuros, el rey el que más. Antes de utilizarlos, los leyó varias veces para sí mismo, tratando de memorizarlos. Y entonces dijo, dirigiéndose a un sirviente que pasaba llevando un gran pavo entre sus brazos: - Por favor, Apolonio, ven aquí y déjame ver ese estupendo pavo. El bueno de Apolonio, sorprendido por la amabilidad del rey, a quien jamás había oído decir "por favor", se acercó, dejando al rey y a cuantos allí estaban sorprendidos de la eficacia del primer conjuro. El rey, tras mirar el pavo con poco interés, dijo: - Gracias, Apolonio, puedes retirarte. Y el sirviente se alejó sonriendo. ¡Había funcionado! y además, ¡Apolonio seguía bajo su poder, tal y como había dicho el extraño! El rey, agradecido, llenó al joven de riquezas, y éste decidió seguir su viaje. Antes de marcharse, el anciano mago del reino se le acercó, preguntándole dónde había obtenido tan extraordinarios poderes mágicos, rogándole que los compartiera con él. Y el joven, que no era más que un inteligente profesor, le contó la verdad: - Mi magia no reside en esos pergaminos sin valor que escribí al llegar aquí. La saqué de la escuela cuando era niño, cuando mi maestro repetía constantemente que educadamente y de buenas maneras, se podía conseguir todo. Y tenía razón. Tu buen rey sólo necesitaba buenos modales y algo de educación para conseguir todas las cosas justas que quería. Y comprendiendo que tenía razón, aquella misma noche el mago se deshizo de todos sus aparatos y cachivaches mágicos, y los cambió por un buen libro de buenos modales, dispuesto a seguir educando a su brusco rey.


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