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Título: Cuentos siniestros para niños sombríos. Copyright © 2016 por Jean Paul Farell Baril. ISBN: Diseño de portada: Dawn - www.dragoart.com . Ilustraciones por: Dawn - www.dragoart.com . Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede utilizarse o reproducirse en forma alguna, sin la autorización por escrito del editor.

Cuentos siniestros para niños sombríos Jean Paul Farell


Prólogo Éstos son cuentos que he ido escribiendo para mis niños desde hace años; son fanáticos de las historias de terror. A los ocho años mi nena empezó a escribir sus propios cuentos. Y también son terroríficos Aclaro esto porque esta recopilación no son cuentos de lobitos y brujitas simpáticas. No son cuentos para niños delicados y miedositos. Son cuentos de terror para niños que disfrutan un buen monstruo o un susto. Vaya, niños dark. En algunos hay monstruos que sí se comen al niño, gente que sí muere y sí sale sangre cuando el sicópata los atrapa. Si la sensibilidad de sus niños no está a la altura recomiendo seleccionar con cuidado cuáles cuentos leerles. O cambiar de libro por algo de, no sé, ¿Disney?


Tres metros de alto .......................................................................47 Último Día .....................................................................................53 La venganza de los duendes..........................................................55 El monstruo bajo la cama ..............................................................57 Contenido Vampiro .......................................................................................... 4

La Muñeca .....................................................................................58 Por mi ventana ..............................................................................60

Aullidos ........................................................................................... 5

Locura ............................................................................................61

Fantasma ........................................................................................ 8

No le susurres al viento .................................................................62

Mamá ........................................................................................... 10

Hermanito .....................................................................................67

Naica ............................................................................................. 12 Bienvenido .................................................................................... 17 La historia del Arlequín................................................................. 18 Niebla ........................................................................................... 25 Huesos sangrientos ...................................................................... 28 Zombies ........................................................................................ 31 Xtabay ........................................................................................... 33 Una cabaña en el bosque ............................................................. 36 Tiempo.......................................................................................... 37 Pequeños valientes....................................................................... 40 El Castillo Negro............................................................................ 41 No es el viento .............................................................................. 46


Vampiro ¿Alguna vez has entrado a un cuarto, para encontrarte con un vampiro? No uno de esos vampiros elegantes y románticos de las novelas, sino una creatura tan horrible, corrupta y retorcida como su naturaleza. Una bestia agazapada como depredador sobre sus cuatro largas y huesudas extremidades, con piel gris y viscosa y ojos negros y muertos, tan negros como el abismo donde se originó. ¿Has visto cómo el monstruo puede cruzar el cuarto en lo que tarda un parpadeo, para plantarse frente a ti hasta que sientes el helado vaho de su aliento? ¿Has sentido cómo esos ojos te paralizan, mientras sujeta tu cabeza con sus largas garras, para inclinarla y descubrir el cuello? ¿Has sentido su lengua bífida y pegajosa mientras te recorre la cara, baja por la quijada hasta el cuello, buscando la arteria principal, la que lleva al cerebro? ¿Alguna vez has entrado a un cuarto para encontrarte de pronto con un vampiro? No uno de esos vampiros de las novelas que se alimentan de sangre, sino un demonio que se bebe tus recuerdos? O déjame preguntártelo de otra forma: ¿Alguna vez has entrado a un cuarto, y olvidado para qué fuiste?


Aullidos Estaba parado en el jardín mirando el cielo sin estrellas. La única luz era la delgada línea de la luna creciente. En unas pocas noches sería otra luna llena. ¿Sería otro doloroso fracaso para mí? Mi humor se puso oscuro como la noche sólo de pensarlo. El aire frío me mordía y me hacía sentir intranquilo con mis pensamientos. Mara me llamaría pronto. En esta época del mes siempre parecía vigilarme más de cerca. Su voz era ronca y seductiva siempre que me hablaba. Y aún era hermosísima después de todo este tiempo. Pero tendría que reunir el valor para preguntarle uno de estos días por qué ya no me mostraba el amor que alguna vez tuvimos. “Juan.” La voz ronca sonó como un ronroneo junto a mí. Y tan excitante. Ojalá yo tuviera un nombre que sonara bien con ese ronroneo, como, no sé, Nerón, o…. en fin... “¿Qué pasa, Mara?” “¿Por qué siempre sales a contemplar la noche, Juan?” “Sabes por qué, Mara. En unos días va a ser luna llena. Otra vez.” Era de verdad hermosa, y tentadora y seductora; y puesto que dejó de responderme, exasperante. Mara era un sueño mudo y elusivo. “Sabes, Mara…” “Olvídalo, Juan” ¡Esa voz sensual! "Pero…" “No va a pasar, Juan. Sabes lo que te ha estado pasando. Lo sabes, pero te rehúsas a admitirlo.” Aún cuando me recordaba otra vez mis fallas sus fabulosos ojos me hacían arder. “Antes me gustaba tanto


acurrucarme contigo cuando te ponías todo peludo. Más que acurrucarme, no podía quedarme quieta, me volvías loca. Pero ya no.” Yo todavía sentía la misma pasión por ella. “Pero yo aún siento lo mismo por ti. A mis ojos no has cambiado nada.” “Pero tú sí, Juan. Francamente, creo que es hora de decírtelo, estás viejo.” ¡Sopas! Así nada más. “Solías ser algo digno de verse. Y oírse. Todo ese delicioso pelaje para hundir mis dedos en él, ese profundo rugido y tu aullido que helaba la sangre. No era mi trabajo estar aquí, pero eras irresistible.” “Bueno, algunas cositas cambian, Mara. Tú también estás más vieja, pero aún sigues…” “Juan, soy una súcuba, no me hago vieja. Mi trabajo es seducir a chicos buenos y, en estos días, a chicas buenas también para que hagan cosas malas que los condenen. Es un acto sin fin en el que soy muy buena. Y parte de la descripción del puesto es que no envejezco. Soy eterna.” “¿Y yo no?” El impacto de lo que me estaba diciendo estaba empezando a colarse a través de mis autoengaños. “No, Juan, no lo eres. Puedes verlo suceder cada luna llena. Peor cada luna llena. Eres prácticamente calvo durante la luna llena. Ya no tienes esos grandes manojos de pelo. Casi pura piel. Como un xoloitzcuintle. ¡Yajjj! Y ese rechinido que llamas aullido. Solías anunciar terror en la noche, pero ahora…” “Pero todavía salgo a acech…” “Como la niña que perseguiste en el parque el mes pasado… y te enredaste todo con tu andadera. No puedes galopar tras una presa

cuando necesitas una andadera, Juan. No puedes ni siquiera aterrorizarlos cuando renqueas tras ellos en una andadera.” Esto se estaba poniendo molesto. Pésimo para mi ego. Solía ser un licántropo de clase mundial, pero no podía negar el incidente del parque. Vergonzoso. “Y la niña hasta se compadeció de ti. Tu víctima regresó y te ayudó a desenredarte de tu andadera y te sentó en la banca” Eso sí que es humillante para un hombre lobo - para cualquier villano, supongo, pero mucho más para un hombre lobo. “Entonces, ¿eso es todo para mí, Mara? ¿La vieja, rechinante, cojeante, calva y patética sombra de lo que fue un temible hombre lobo?” “Yo diría que sí, Juan. Cuando llegue la luna llena ya no iré contigo, me voy a quedar atrás, a recordar los buenos tiempos. La piel peluda apareciendo, las persecuciones, los ataques, el terror. Y los aullidos, Juan, los aterrorizantes aullidos.” Había un toque de emoción en su sensual voz. No sabía qué pensar de ello. La emoción no era su fuerte, siendo una demonia fría y calculadora, diría que hasta cruel. Aunque fuera de sangre caliente. ¿Y ahora qué? Estaba un tanto confundido si ya no podía ser un hombre lobo. “Creo que voy a ir a ver a Vlad. Ya debería estar levantado, es bastante noche.” “Por Dios, Juan, no vayas a desahogar tus problemas con el Conde, tiene sus propios problemas” “¿De verdad? ¿Como qué?” “Pues que se está haciendo viejo también. Fue a ver al científico loco en la Condesa. El Doc le sacó algunos dientes y ahora el Conde está preocupado porque no puede ver lo que el doctor le hizo.”


“Se puede ver en el espejo.” “Es un vampiro, Juan. Los vampiros no se reflejan en un espejo.” “Bueno, eso sí. Pero, ¿Y entonces?” “Le dio miedo salir anoche. Le da miedo atacar a su víctima con las encías y arruinar su escenita. No quiere avergonzarse como…. Pues como tú. Se está muriendo de hambre en casa.” “Entonces…” “No hay nadie, Juan. El Doc ya no deja ni salir a su monstruo; le ha reemplazado tantas piezas que ya no tiene dónde suturarlo. Cada vez que salía regresaba más incompleto. La banshee de la calle de atrás se quedó sin voz hace ya tiempo, ¿recuerdas? Y está tan senil que ya no sabe ni quién es. Patética, la llamaste tú cuando hablábamos de ella mientras te preparaba tu papilla. “ “Recuerdo eso…” “No hay nadie más. Tú generación ya no asusta, Juan. Los que quedan. Hoy el terror lo esparcen los narcos, los tratantes de esclavas y los extremistas islámicos. Se terminó, Juan. Tengo que buscar clientes nuevos.” De pronto yo ya no quería seguir hablando de lo que les pasa a los viejos monstruos. Era todo tan… deprimente. Una súcuba que ya sólo puedo mirar. Víctimas que ya no puedo perseguir. ¿Una bala de plata? Una niña con una cucharita de plata bastaría para cazarme hoy. La vejez es horrible. La vida es horrible. Hay días que sólo me dan ganas de… aullar.


Fantasma Me desperté con un escalofrío, Mi cabello empapado en sudor Mi pijama todo pegado al cuerpo Había una fuerte tormenta afuera Rayos, truenos y mucho viento Pero no fue eso lo que me despertó Me quedé un minuto en la cama Y entonces lo escuché otra vez "Corre", en un susurro ahogado. Me levanté de la cama despacio Mirando por todo mi cuarto Fue cuando vi la sombra. "Corre". No podía moverme ni respirar Sabía que eso no era una persona Sólo me quedé mirando, sin pensar Vi que la sombra alzó su mano Vi que me estaba señalando a mí Distinguí una cara, muy pálida Y una gran cortada en el cuello Su pijama empapado de sangre Dijo en voz muy baja "Atrás de ti" Cuando un rayo afuera en la noche Alcanzó a alumbrar su cara La reconocí de inmediato, era yo Sentí la mano tomarme desde atrás Y el cuchillo cortar mi cuello.


Mi fantasma susurrĂł llorando "Debiste correr... debĂ­ correr".


Mamá La primera vez que la vio fue la noche cuando despertó y la vio inclinada sobre él, en su cama. Esa piel blanca, los ojos vacíos, las largas filas de dientes como de reptil, simplemente se aterró; gritó con todas sus fuerzas, gritó y gritó hasta que sus papás encendieron la luz de su cuarto y lo tranquilizaron, diciéndole que era un sueño. En las noches siguientes, encontraba regalitos en su almohada y en su mesa de noche. Dulces, pequeños bocadillos. Él sabía que no eran de sus papás, ellos nunca lo dejarían comer esas cosas en la cama. Cuando iba a su cuarto a la hora de dormir, veía su cama abierta y su osito de peluche puesto allí, esperando a que lo abrazara como todas las noches. Cuando perdía algún juguete, no importaba dónde, siempre aparecía después sobre su almohada. Él sabía que era ella, que lo cuidaba tanto que empezó a decirle Mamá. Gracias por encontrar a Skippy, mamá. Gracias por el chocolate, mamá. Una noche se despertó de madrugada, con una acidez horrible y ganas de vomitar. Mamá estaba sentada junto a él, le dio unos tragos de agua, lo hizo acostarse de lado y se quedó acariciándole el cabello hasta que se durmió. Después de esa noche, mamá ya sólo le dejaba bocadillos sanos: frutas, pequeños emparedados, cosas así. A él le gustaban, sobre todo porque sabía que mamá lo hacía por su bien. Una mañana lo despertaron sirenas y gente, mucha gente caminando por la casa. Se asomó muy calladito desde arriba de la escalera para ver qué pasaba. Al parecer, un ladrón se había metido a la casa en la noche. Por suerte el tonto ladrón se había caído por la escalera y se rompió el cuello de una manera muy extraña. Él regresó a su cuarto muy tranquilo, porque sabía lo que había pasado


en realidad: mamá lo había protegido. Seguramente, también por eso el niño de secundaria que siempre lo había acosado en la escuela había dejado de ir, decían que estaba perdido. Claro que no se perdió, mamá se lo llevó a donde no le haga daño nunca más. Mamá lo cuidaba tanto. Una noche un dolor espantoso lo despertó; sentía que se quemaba por dentro. Pero mamá estaba allí, junto a él. Sólo que no estaba consolándolo, sólo lo miraba. No. Le había levantado el pijama y estaba muy atenta mirándole la barriga. Trató de levantarse pero mamá lo detuvo, no lo dejaba moverse a pesar del dolor que sentía. Sentía también cosas moviéndose en su barriga. No entendía lo que estaba pasando. Volteó la cabeza para llamar a sus papás y el grito se le atoró en la garganta; sus papás estaban allí, junto a la puerta de su cuarto, muertos. Un dolor aún más intenso lo hizo gritar, y mamá soltó una risita, mientras con sus garras le abría la barriga. Al final entendió; mamá no lo había estado cuidando a él, estaba cuidando a sus bebés.


Naica (La niña rata) Había una niña llamada Naica que vivía en un pueblo en Michoacán. Su papá se quedó sin empleo y no podía encontrar trabajo. La familia pasó tiempos difíciles y se vio obligada a vender su casa y mudarse a vivir a la capital y rentar un departamento en un edificio viejo y decrépito. A Naica le dio tristeza tener que despedirse de sus amigos en la escuela y les prometió que trataría de mantenerse en contacto con ellos. A Naica no le gustaba el ajetreo de la nueva ciudad en la que tenía que vivir. La gente parecía muy poco amigable y no había niños de su edad viviendo en el edificio. Cuando terminó el verano, empezó a temer lo que la vida le deparaba. Para tranquilizarla, sus padres le dijeron que todo estaría mejor una vez que empezara la escuela. Ella no estaba tan segura. En su primer día de clases, Naica esperaba poder hacer nuevos amigos. Sin embargo, descubrió que sus compañeros eran muy hostiles y desagradables. Cuando trataba de hablar con ellos, sólo le volteaban la cara y se apartaban de ella. Cuando trataba de unirse a algún juego siempre la rechazaban. Conforme pasaban los días, los niños de la escuela iban mostrando un odio cada vez más intenso contra la pobre niña. La acosaban implacablemente, burlándose de su cabello, su ropa y su acento. Le dijeron que su cara parecía la de una rata y la apodaron “la niña rata”. Trataba de explicarles a sus papás que estaba siendo acosada en la escuela, pero estaban muy ocupados tratando de resolver sus problemas económicos para ponerle mucha atención.


El acoso y abuso que sufría se iban poniendo cada vez peor y Naica no tenía ni idea de qué hacer al respecto. Algunos niños ya la golpeaban o pateaban y le decían groserías. Otros le robaban su almuerzo por la fuerza. Muchos le hacían bromas crueles, rompiéndole sus libros o rayando su escritorio. Se pasaba casi todos sus días de escuela tratando de evitar a sus compañeros. Un día el abuso llegó a ser demasiado para ella; sus compañeros la arrastraron a un arroyo sucio detrás de la escuela y la arrojaron dentro. Mientras estaba en el baño de la escuela tratando de limpiarse y secarse, la niña comenzó a trazar un plan. Para el final del día Naica ya tenía una idea para vengarse de todos los niños de la escuela que la atormentaban. De camino a la escuela, había visto una rata muerta junto a la acera por donde pasaba. Cuando iba de vuelta a casa, recogió la rata y se la llevó a casa. Cuando llegó y vio que sus papás no estaban, Naica tomó un molino de mano y metió la rata dentro. Dio vueltas a la manivela y molió la rata hasta que quedó como carne molida. Luego, hizo algunas albóndigas y las cocinó en una sartén. Como olía tan mal tuvo que usar muchas hierbas y aderezos. Cuando su asquerosa comida estuvo preparada, la empacó cuidadosamente y la metió en su mochila. Al día siguiente en la escuela, Naica esperó hasta la hora del almuerzo para ejecutar su horrible plan. En cuanto sonó la campana, fue al comedor de la escuela, se sentó sola en una mesa y sacó su lonchera, la abrió, puso su rata frita sobre la mesa y esperó. Pronto dos compañeras se acercaron y empezaron a molestarla e insultarla. Cuando las ignoró y tomó su horripilante almuerzo, se lo arrebataron y lo repartieron con los otros de la clase. Todo el mundo

le dio una probada. Todos sus compañeros se reían de ella y la llamaban niña rata. A Naica le costó mucho esconder su propia risa. Alrededor de una hora después, sus compañeros empezaron a sentirse mal. Uno a uno, empezaron a levantarse y a correr al baño. La maestra no tenía idea de lo que estaba pasando. Naica salió también corriendo y fue al baño para ver el resultado de su cocina. Todos los cubículos del baño estaban ocupados y podía oír sonidos de vómitos y diarreas. Algunas niñas bailoteaban y se tapaban la boca esperando ansiosamente que algún cubículo se desocupara. Algunas no pudieron soportarlo y comenzaron a sentarse a desahogar su diarrea en los lavabos. Cuando ya no había lavabos libres, una niña entró corriendo y vomitó sobre una niña que estaba sentada en un lavabo. Era un caos total. Naica sonreía con satisfacción. A la mañana siguiente las clases se suspendieron, aparentemente por una infección que había cundido por toda la escuela y que dejó a los alumnos seriamente enfermos. No volvieron a clases hasta el lunes siguiente. Para entonces, ya muchos de sus compañeros sospechaban lo que les había hecho. La volteaban a ver con caras de odio y murmuraban entre ellos. Sabía que era cuestión de tiempo para que alguien tomara represalias. Tenía que tramar otra estratagema pronto para reforzar su táctica de disuasión, sólo que no sabía qué. Durante el almuerzo, dos niñas se le acercaron. Ella esperaba que la insultaran o la golpearan, pero en cambio se disculparon con ella. “Todos estamos muy arrepentidos por cómo te hemos tratado, Naica,” le dijeron. “Esperamos poder compensarte.”


Las niñas le dijeron que sus compañeros la esperaban en el salón. Dijeron que querían disculparse y darle la bienvenida a su grupo. Aunque Naica no se fiaba de ellas, estaba tan ansiosa por ser aceptada que decidió acompañarlas a ver qué resultaba. La guiaron por los corredores pero, cuando pasaban frente a la puerta del sótano, las dos niñas la sujetaron de repente. Mientras la agarraban fuertemente, una de ellas abrió la puerta del sótano, y aunque Naica trató de resistirse, entre ambas la arrojaron a través de la puerta. Naica rodó por las escaleras y aterrizó de espaldas en el frío concreto del fondo. Escuchó la puerta cerrarse y el sonido del cerrojo cuando dieron vuelta a la llave. La entrada del sótano estaba en una parte de la escuela por donde pocos pasaban, así que sin importar cuán fuerte gritaba, nadie la escuchó. Tendida en el suelo y con todo el cuerpo adolorido, Naica lloró por un largo rato. Finalmente se controló y empezó a buscar alguna salida, pero las ventanas eran demasiado estrechas y demasiado altas para alcanzarlas. Estaba atrapada como u na rata en una ratonera. Frustrada, la pobre niña empezó a patear la pared. La pateó tan fuerte que en un punto su pie la atravesó – era sólo yeso. Se arrodilló y empezó a arrancar pedazos de yeso, haciendo el hoyo más y más grande hasta que pudo entrar. Metiendo su cabeza por el hoyo para mirar qué había, Naica vio que por alguna razón alguien había hecho una pared falsa. Había un pequeño espacio entre la pared real y la placa de yeso, con algunos cables y tuberías atravesando por allí. Era un pasaje muy estrecho que se abría a ambos lados, pero lo bastante ancho para que pudiera pasar, aunque apretada.

Naica sintió que era su única posibilidad de escape, así que se metió por el hoyo y se arrastró por el estrecho pasaje. Estaba oscuro y estaba asustada, pero se forzó a sí misma a seguir adelante. Avanzó por esquinas y pasajes por lo que le parecía un largo rato. Más adelante, vio una pequeña ranura de luz brillando a través del yeso. Rascó con sus uñas para hacerlo más grande. Asomándose por el pequeño orificio, se dio cuenta que estaba justo tras la pared de la oficina del director. Podía ver al director sentado en su escritorio y sin darse cuenta de que lo observaban. No estaba trabajando, no estaba haciendo nada; sólo estaba allí sentado mirando al vacío. Luego, se metió un dedo a la nariz, sacó un moco y se lo comió. “¡Iiiiu, que asco!” se rió Naica para sus adentros y siguió avanzando. Se siguió arrastrando y más adelante encontró otra ranura en el muro falso. Lo rascó para agrandarlo y acercó un ojo. Se dio cuenta que estaba en la sala de maestros. Podía ver a su maestra de inglés y su profesor de teatro. Estaban abrazados en un apasionado beso. “¡Waw! ¡Están teniendo un romance!” pensó. Más adelante, vio que el pasaje se inclinaba hacia arriba. En algunos lugares era casi vertical y le costó mucho trabajo subir. Supuso que estaría tras las paredes de las escaleras. Eventualmente llegó a otra ranura de luz. Miró por el pequeño agujero y le tomó un momento acostumbrarse a la luz. Se dio cuenta que estaba en el baño. Vio a su maestra de español sentada en el excusado y oyó un gran splash! “¡Qué asco!” dijo de nuevo. Siguió avanzando, confiada en que en cualquier momento hallaría una salida. Conforme avanzaba por el pasaje, se iba haciendo cada vez más angosto. Después de forcejear un rato para avanzar, llegó a


una esquina donde el pasaje daba vuelta en ángulo recto. Naica trató de pasar por el angosto espacio. Su cabeza, luego sus hombros y torso lograron pasar, pero su cadera se atoró en la vuelta. Trató con todas sus fuerzas de pasar, pero no tenía caso, la esquina era demasiado angosta. Cuando trató de echarse hacia atrás, se dio cuenta que ya no podía moverse ni un centímetro, ni hacia adelante ni hacia atrás. Su trasero estaba firmemente atorado entre tabicones de concreto. Trató de girar, retorcerse y jalonearse, pero sus esfuerzos fueron en vano. Estaba atrapada como una rata. “No lo puedo creer,” dijo Naica, “¡estoy atorada!” Empezó a sentir pánico y sentía que no podía respirar, estaba teniendo un ataque de claustrofobia. Se preguntó si se quedaría atrapada detrás de las paredes para siempre. La niña descansó por unos minutos, diciéndose a sí misma que tenía que permanecer calmada y tratar de pensar. Empezó a pensar en su mamá y su papá y en el hecho de que tal vez no los volvería a ver nunca. Sus ojos se llenaron de lágrimas. “¡Auxilio! ¡Auxilio!” gritó una y otra vez, pero nadie la escuchaba. En ese momento, Naica sintió algo rozar su pierna. Había un extraño y mohoso olor en el aire. Bajó su mano y tocó algo tibio y peludo; cuando sus dedos sintieron una larga cola sin pelo, gritó. “¡Ratas!” Al mismo tiempo, al menos tres o cuatro ratas empezaron a correrle por encima. Le corrieron por las piernas y se le subieron a la cabeza y la cara, sus pequeñas garras clavándosele en la piel. Sintió pánico de nuevo y sintió algo morderle la oreja. Naica empezó a manotear contra las escurridizas ratas, tratando desesperadamente de

alejarlas. Una rata empezó a mordisquearle el tobillo y Naica la pateó. Sus gritos histéricos resonaban por todo el pasaje, pero estaba tan profundo que nadie podía oírla. Estuvo allí por lo que le pareció una eternidad, defendiéndose de una manada de roedores hambrientos. Cada vez que creía haberlas ahuyentado, reaparecían por otro lado y la atacaban de nuevo. La cabeza le latía y todo su cuerpo le dolía. No tenía salvación. Casi enloquecida ya por el dolor y la desesperación, Naica logró atrapar una de las ratas y le retorció el cuello, luego puso el cuerpo debajo de su cabeza como un cojín para ya no golpearse contra el concreto. Las otras ratas se dispersaron de inmediato, parecían asustadas. Naica permaneció en ese hoyo por tres días, entre la vida y la muerte. A veces lograba dormir unos minutos. Cuando las ratas se acercaban demasiado, mataba una de ellas y se las arrojaba a sus compañeras para que huyeran de nuevo. Tenía que hacer del baño, pero allí atorada tuvo finalmente que hacerse encima. Acostada, atorada entre sus propios desechos, Naica abandonó todas sus esperanzas. “Por favor, por favor sólo déjame morir pronto,” pensó tristemente. Un olor horrible llenaba el pasadizo. Naica tenía hambre y se moría de sed. Todo lo que quería era algo de beber. Capturó a una rata que se acercó demasiado y se la llevó a la boca, le mordió el cuello y empezó a beberse la sangre de la rata. Pero la sangre de una sola rata no era suficiente, necesitaba más. Después de una semana, Naica estaba todavía tras las paredes. Sobrevivía atrapando ratas, bebiéndose su sangre y comiéndose su


carne. No tenía nada que hacer más que escuchar a las ratas. Llegó un momento en que creyó que podía entender lo que se chillaban entre ellas. Más semanas pasaron y podía escuchar los pensamientos de las ratas, podía llamarlas con su mente cuando tenía hambre y obedientemente venían, o conversaba con ellas sólo para entretenerse. Un día, cuando Naica despertó y se estiró notó que su cadera se movió un poco. Trató de retorcerse y dar la vuelta a la esquina. Había enflacado tanto que finalmente pudo desatorarse. Se arrastró por el pasaje hasta que llegó a otra ranura de luz. Golpeó y rascó con las uñas, que ya estaban largas como garras, hasta hacer un hoyo en la pared. Una brillante luz le quemaba los ojos y no la dejaba ver, pero ella siguió desesperadamente rascando y golpeando para agrandar el hoyo. Se arrastró por el hoyo y como una serpiente se escurrió hasta entrar al cuarto y caer al suelo. La maestra de Naica estaba al frente del salón y todos sus compañeros sentados en sus pupitres. De repente, oyeron golpes en el fondo del salón y todos voltearon a ver cuando la pared se abrió. Ladrillos y yeso cayeron por todos lados, y mientras miraban boquiabiertos, un par de manos con largas garras se asomaron por el hoyo y algo sucio y apestoso emergió de las profundidades. Apestaba como todas las letrinas del mundo, a carne podrida y a sangre seca. La cosa se escurrió a través del hoyo y después de unos segundos de arrastrarse se puso de pie en el piso del salón y se dieron cuenta que parecía una niña pequeña, con toda la cara y manos cubiertas de sangre seca y sus ropas rasgadas y llenas de excremento. Todos

empezaron a gritar de terror. Antes de que pudieran correr, o reaccionar de cualquier manera, un ejército de ratas surgió del agujero en la pared, un río de ratas que se dispersaban y atacaban a todos cubriéndolos por completo. “¡Mátenlos a todos!” gritó Naica mientras saltaba sobre una niña y la sujetaba del cuello. Enloquecida por el hambre, y escuchando a todas las pequeñas mentes de las ratas a su alrededor que pensaban sólo en morder y atacar, Naica hundió sus dientes en el cuello de la niña y se bebió su sangre. La niña gritó de terror y de dolor y la maestra corrió a tratar de salvarla, pero Naica saltó sobre la maestra y comenzó a morderla frenéticamente en todas partes, como una creatura salvaje y rabiosa. Los niños chillaban y gritaban mientras las ratas pululaban, los rodeaban y envolvían. Los salvajes roedores se escurrían por todas partes, arañando, mordiendo y comiéndose a sus aterrorizadas víctimas. Nadie sobrevivió. Los afilados dientes roían todo lo que encontraban. Cuando la policía llegó, tiempo después, ya todo había terminado. Encontraron todas las paredes, pisos y techos salpicados de sangre, los restos de los niños y maestros roídos hasta los huesos regados por todas partes. En medio de todo el caos, estaba una niña pequeña, sentada en el suelo royendo el cadáver de la maestra.


Bienvenido Nuestro tapete de la entrada dice BIENVENIDO en letras grandes. Sobresalen del hule negro como pequeñas agujas. Nos encanta nuestro tapete; ha estado en la familia desde que recuerdo. Cuando el extraño tocó a la puerta lo invitamos a pasar. Todos lo saludamos con sonrisas amables y conversamos con él, todos fuimos muy sociables. Le servimos refrescos y le preparamos unos bocadillos. Todos nos portamos amables y todo estuvo muy bien hasta que sus ojos se pusieron negros y le crecieron las orejas y los colmillos. No tuvimos alternativa. Lo encerramos en el estudio y quitamos el foco. Lo escuchábamos moverse por el cuarto; rompió muebles, adornos y ventanas. Tuvimos que sacar la escopeta y volarle la cabeza. Después sólo fue lo de costumbre: sacamos los cuchillos de caza y partimos su cuerpo en pedacitos, después regamos las partes por el bosque para alimentar a las criaturitas que viven allí. El invierno es duro en estas tierras, y hacemos lo posible por los animalitos. Estamos contentos de que le mostramos la tradicional hospitalidad de la familia, hicimos lo correcto. Después de todo, nuestro tapete de la entrada dice BIENVENIDO.


La historia del Arlequín Estaba de vacaciones en una pequeña villa de pescadores, caminaba por las callejuelas que llevan del malecón a la plaza principal cuando lo conocí. Al principio lo tomé por un indigente, con su barba y pelo largos y enredados y su ropa vieja. Vieja no sólo porque se veía tan desgastada como él, sino porque parecía de otro siglo, como si se hubiese disfrazado, hace muchísimos años, para una de esas ferias medievales. Cuando me vio, me tomó del brazo y me dijo, “Tengo que contarte mi historia”. Más que su mano, me detuvieron sus ojos – expresaban tal urgencia que tuve que detenerme. “¿Qué quieres?” Pregunté. “Necesito contarte mi historia,” dijo con más énfasis. Miré alrededor, creo que buscaba una excusa para huir de él, pero vi las mesas de un café en la plaza y por impulso le dije, “ven, te invito un café”. Nos sentamos y ordené dos cafés y un croissant para él. Él no dejaba de mirarme con una intensidad que empezaba a ponerme nervioso. ‘Seguro está loco,’ pensé. También pensé que más loco debía estar yo por sentarme a tomar un café con un loco de la calle. Pero algo en su intensidad me decía que tenía que escucharlo. En fin, lo peor que podía pasar era tomarme un café acompañado de una historia loca o aburrida. Mientras esperábamos yo trataba de sacarle plática preguntando sobre el pueblo, los pescadores, el faro. Él respondía


distraídamente y con respuestas cortas, para tratarse de alguien quien le urgía hablar con quien fuera, parecía un sujeto muy callado. Cuando el risueño mesero nos trajo la orden, me quedé mirando al viejo sin decir nada. Si tenía algo que decirme, ahora era el momento. Por fin empezó a hablar, tenía una voz clara y un acento que no pude identificar, pero de inmediato me di cuenta que no se trataba de un simple pescador o del loco del pueblo, además de que resultó un maravilloso narrador, cosa que no me esperaba. Esto fue lo que me contó: Me llamo Tristán, y soy marinero. Lo he sido desde el día que tuve edad para contratarme de grumete en un barco. Desde entonces, sólo estaba en tierra para esperar embarcarme de nuevo. Me dediqué al mar en cuerpo y alma hasta ser capitán de barco. Fui escogido para ser el capitán del Arlequín. ¿No lo conoce? ¿Nunca escuchó la historia del Arlequín? No, por su cara veo que no. Tal vez es algo que sólo los de aquí lo conozcan. El Arlequín era una nave de tres mástiles, esbelta y elegante, hecha por los navieros más destacados con tal pericia y arte, tan hermosa, que mucha gente vino desde lejos el día que la botamos. Todas las orillas del Cabo de las Tormentas rebosaban de gente, y se sentía un ambiente tan festivo que cualquiera diría que era la fiesta del patrono del pueblo. Tan pronto tocamos el agua, izamos todas sus velas y el Arlequín se lanzó hacia adelante tan ligero que parecía que volaba. Salimos como una exhalación por la entrada del puerto, pasamos frente al pueblo, junto al faro y en un abrir y cerrar de ojos estábamos en mar abierto. El Arlequín tenía que ser el barco más veloz del mundo, estaba seguro de ello.

Habiendo terminado las maniobras de puerto u una vez establecido nuestro curso, me paré en la proa, que siempre preferí a estar junto al piloto. De pie en el castillo de proa el mar se abría ante mí a todo mi alrededor, y aún después de tantos años en el mar no me cansaba de contemplarlo. Al anochecer y sin previo aviso, una violenta borrasca nos alcanzó con tal celeridad que apenas alcanzamos a arriar las velas y asegurar los aparejos. Mandé izar un tormentín para poder tener control del barco, pero el viento era ten violento que lo arrancó en un instante, y las botavaras crujieron de tal manera que decidí no izar otro, y mejor soportar la tormenta a la deriva. Las olas se alzaban muy por encima y barrían la cubierta, pero a pesar de ello y del fuerte viento el valiente Arlequín no escoraba en lo más mínimo, manteniéndose impertérrito ante los embates del mar. Los fuegos de San Telmo recorrían los aparejos y se proyectaban hacia arriba tan brillantes que parecíamos una enorme lámpara en el centro de la tempestad. El viento aullaba y gemía de tal manera que podía haber jurado que había voces en la tempestad, voces que gritaban, aullaban y lloraban en el viento. La tormenta parecía no tener fin, y la tripulación estaba agotada. Poco a poco la lluvia y las nubes fueron reemplazadas por nieve y niebla, y en varias ocasiones pudimos ver que pasábamos peligrosamente cerca de témpanos de hielo grandes como montañas. El frío se volvió tan intenso que con sólo pararse unos minutos en cubierta todo el calor del cuerpo se drenaba como succionado por el implacable viento. De pronto, tan repentinamente como había comenzado la tormenta se disipó, y en instantes el cielo estaba claro y sin una sola nube.


Estábamos en medio de un interminable campo de hielo y nieve hasta donde alcanzaba la vista detrás y a ambos lados de la nave. Al frente, y abarcando desde un horizonte al otro, había una cordillera de gigantescas montañas de hielo. No podía creer que la tormenta nos hubiera arrastrado a la Antártica en tan corto tiempo. Parecía imposible, y sin embargo allí estábamos indudablemente. Todos estábamos en cubierta contemplando el helado yermo, donde no se veía el menor rastro de vida, ni de plantas ni animales, mucho menos gente. Sin ninguna razón aparente todos volteamos la vista hacia arriba, para ver una pequeña mota blanca en medio del profundo azul del cielo. Mientras la contemplábamos la mota giraba y descendía hacia nosotros. Era un ave blanca, imagino que alguna clase de albatros, ya que la envergadura de sus alas era de más de tres metros. El cocinero de la nave era un hombre enorme, fuerte como un toro y negro como el ébano, cubierto todo su cuerpo de tatuajes, perforaciones y cicatrices que su tribu utilizaba Dios sabe para qué. Andaba siempre con el torso desnudo pues decía que sus tatuajes eran su ropa. Su nombre era Faraji. Al ver acercarse al ave, Faraji bajó corriendo a la despensa y subió con una macarela en cada mano, se paró en la baranda de estribor y las alzó en el aire ofreciéndoselas al ave. El gigantesco albatros se lanzó en picada y en un solo pase tomó ambos peces en su pico y los devoró. Giró una vez más alrededor del Arlequín y vino a posarse en la punta del palo de mesana. Una vibración empezó a sentirse en los pies, que provenía del hielo que aprisionaba al Arlequín. Escuchamos un pavoroso trueno y el hielo se partió – una gigantesca grieta que empezaba en la popa del

barco y se extendía hacia el horizonte, dividiendo el yermo de hielo con un canal que se agrandaba rápidamente. Pronto la nave flotaba libremente con sólo algunos trozos de hielo alrededor. Una brisa comenzó a soplar y a arreciar. Saliendo de mi estupor, comencé a dar órdenes, izando todo el velamen, dando vuelta al barco y apresurándonos a recorrer el canal, no fuera que le diera por cerrarse de la misma forma en que se abrió. De nuevo, con ese robusto viento en popa el Arlequín casi volaba, y para el final del día casi habíamos perdido de vista las montañas de hielo. Para la mañana siguiente ya estábamos en mar abierto. Vi a Faraji de nuevo parado en la baranda ofreciendo peces al albatros, con una enorme sonrisa en su cara tatuada. “Faraji,” lo llamé. “Estamos muy lejos de casa, y debemos racionar las provisiones para el largo viaje que nos espera. Por favor deja de alimentar a esa ave.” “No, bosi,” me dijo poniéndose muy serio. “El ave nos cuida. Algo muy malo siguió al barco cuando zarpamos, está debajo de nosotros a la sombra del barco y aún nos acecha. Sólo espera la oportunidad de devorar nuestras almas y arrastrar nuestros huesos a sus frías aguas. Pero el ave nos protege del mal. Debemos cuidar al ave, es nuestro ángel.” Con los años aprendí que cuando se pasan meses navegando, es conveniente respetar y tratar de complacer las enraizadas supersticiones que los marineros tienen. Ayuda a mantener la paz entre hombres inquietos y revoltosos. Como el resto de la tripulación de turno estaba muy pendiente de mi reacción, decidí dejarlos con su espíritu protector si eso levantaba la moral.


“También el ave se atendrá a las raciones, Faraji. No quiero que muramos de hambre en medio del mar.” Pasaban los días y el Arlequín devoraba leguas ayudado por el fuerte viento que aún se mantenía en la popa, pero estábamos todavía muy al sur y muy lejos de cualquier tierra civilizada. Además de Faraji, otros marineros salían a alimentar al albatros, que parecía nunca estar satisfecho. Aunque de alguna manera la despensa no parecía mermar, me enervaba la obsesión que todos habían desarrollado por el ave. “Los suministros se están terminando muy rápido y nos falta mucho por navegar, dejen de alimentar a esa maldita ave,” le dije un marino que le estaba ofreciendo un gran trozo de carne ahumada. “El guardián tiene hambre, capitán. Él nos protege y si necesitamos quitarnos la comida de la boca para complacerlo, es un sacrificio pequeño a cambio de nuestras almas.” El tono belicoso del marino, y las expresiones retadoras que el resto de la tripulación adoptó me enfurecieron enormemente, pero me contuve para no tomar alguna decisión precipitada y bajé a mi camarote. A la mañana siguiente estaba lejos de haberme tranquilizado. Por el contrario, mi cólera había crecido mientras trataba de decidir cómo cortar esa incipiente rebeldía de la tripulación. Al salir a cubierta, Faraji y una docena de marineros alimentaban al albatros a manos llenas, con grandes risas ante las maniobras que el ave hacía entre los aparejos para atrapar los bocados que le ofrecían. Era demasiado. Perdí los estribos y bajé a mi camarote, tomé mi ballesta, la armé y subí a cubierta. En el primer descenso que vi

hacer al ave hacia la mano de Faraji, apunté y disparé mi flecha, que atravesó al pajarraco justo en el pecho. En cuanto el ave cayó muerta sobre la cubierta, el viento que nos impulsaba cesó por completo. Otro viento, o una sensación de viento frío, me invadió y me heló hasta los huesos, aunque no tocó las velas ni por un instante. Todos se quedaron paralizados, pasando sus ojos de mí al ave muerta y de vuelta a mí. Faraji, con los ojos muy abiertos, dijo algo en su gutural idioma que por supuesto no entendí, pero después me señaló con su enorme mano y dijo: “Estás maldito, bosi. Maldito por siempre.” El cielo, antes tan brillante por la mañana, de pronto se veía oscuro y ominoso. Faraji desvió su vista de mí hacia algo más, algo detrás de mí que vio por sobre mi hombro. El blanco de sus ojos ya muy abiertos creció aún más, contrastando con su negro rostro de una forma que me causó escalofríos. Toda la tripulación se encontraba en cubierta, y todos volteamos a ver lo que había asustado a Faraji de tal manera. En el horizonte, parcialmente oculta por la línea del mar estaba la luna llena, pintada de rojo como si se tratara de una puesta de sol. Cruzando la faz de la luna estaba otro navío, una silueta negra contra la luna de fondo. Los marineros entraron en un pánico completo, unos se persignaban o rezaban, otros lloraban o gritaban histéricos. Yo no podía creer mi s ojos. Veía la silueta de aquella cosa contra la luna. A contraluz, podía ver las costillas del barco, su casco casi completamente podrido y deshecho. Eso no era una nave, sino el cadáver de un barco que simplemente no podía flotar, no debía estar a flote, mucho menos navegando. Boquiabierto vi al barco


girar y dirigirse hacia nosotros, sus velas casi transparentes como las alas de una libélula. Sin el menor rastro de viento ese espectro de barco llegó a nosotros con una velocidad imposible, y cuando lo tuvimos enfrente pudimos ver a su tripulación. Todos, excepto una, eran esqueletos. Esqueletos antiguos, ennegrecidos y agrietados manchados de moho, cosas que debían haber estado descansando en el fondo del mar hacía siglos. El capitán estaba en el centro de la cubierta jugando dados con una mujer. Una mujer vestida de negro, con labios pálidos y finos, con la piel blanca de un leproso y ojos muertos, Dios, esos ojos. De alguna manera ella se veía más muerta que los esqueletos que la rodeaban. El capitán de los malditos tiró los dados y ambos los contemplaron por un instante. La mujer alzó la cara y aulló, un sonido inhumano que resonaba y calaba en el alma más que en los oídos. El capitán y todos los esqueletos cayeron, huesos rodando por cubierta, formando pilas de restos que no debían haberse movido nunca. La nave muerta quedó por fin quieta y en silencio. Despacio se ladeó y empezó a hundirse mientras la mujer, tras dar una mirada a su alrededor, se giró hacia el Arlequín, alzó su pálida mano y me señaló con su dedo mientras el mar la cubría y acompañaba a su horrible nave al fondo del mar. En el momento que la aparición me señaló, toda mi tripulación cayó en cubierta. Muertos. Doscientos hombres, mis hombres, en un instante fulminados, tendidos en cubierta con los ojos abiertos y en blanco, todos mirándome. Un millón de millones de creaturas en el mar que seguían vivas, y también vivía yo. Alcé los ojos al cielo y traté de rezar, pero mi mente y mi corazón estaban vacíos y no hallé

plegaria alguna que rezar. Solo, totalmente solo en el ancho mar, tan perdido que ni Dios volteaba a verme. Una maldición que se llevó las almas de todos mis hombres, y aun así no tan terrible como la maldición en los ojos de un hombre muerto. Yo veía esa maldición en los ojos de doscientos hombres muertos. Pasaron días y días y aún me maldecían sus miradas, y aun así yo no moría. Solo, solo en el mar en un barco muerto. Solo, por días y noches sin fin, sin viento, sin ir a ninguna parte, rodeado por mis muertos. Pasaban los días y estaban igual que cuando murieron, sin descomposición, sin cambio alguno y mirándome. Por días y días veía con envidia las cosas vivas del mar, que nadaban y bailaban felices, pero evitaban la sombra del Arlequín. Cuando se acercaban, cesaban sus bailes y juegos y se escurrían deprisa a donde les diera el sol. Una noche contemplaba el reflejo de la luna en el agua, una luz verdosa y fosforescente que se movía y cambiaba de forma: no era la luz de la luna, sino un cardumen de creaturas brillantes, fosforescentes que surgían del fondo. Más y más creaturas subían y rodeaban el barco, haciendo formas de luz a mi alrededor hasta que cubrieron el mar hasta donde alcanzaba mi vista. Tan hermosa era la visión que me olvidé por un momento de mi soledad, de mi maldición y de mis muertos, sonreí al mar y sin pensarlo bendije a las creaturas por iluminarme. Bendije a todas las creaturas del mar y bendije a mis muertos. Sin darme cuenta una plegaria me vino a los labios y recé por mi tripulación. No recé por mi perdón, por mi maldición, por mi soledad, no recé por mi sino por los hombres que murieron por mi causa. Vi que sus ojos se cerraban y vi sus almas alzarse de la cubierta, como hilos de luz que subían y danzaban imitando las luces del mar, brillando entre los


aparejos e iluminando la noche. ¿Son entonces los fuegos de San Telmo las almas de marineros muertos en el mar, que acompañan a los barcos en las noches más oscuras? Contemplé con los ojos llenos de lágrimas las almas de mis muertos viéndolos subir y subir, por fin libres de la maldición que les causé, hasta que todos se hubieron ido. Estaba solo, solo en el mar pero ya me sentía en paz, ya no sentía esa mancha negra en mi alma que me invadió cuando, sin pensarlo, maté a un ángel. En el más absoluto silencio, en la más absoluta oscuridad de la noche escuché de pronto un golpe contra el casco del Arlequín. “Por las barbas de Poseidón,” dijo una voz. “¿Cómo puedes ser tan idiota para venir justo a chocar con un madero en medio de la nada?” Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, escuchaba la voz de alguien vivo. Me llené de emoción a tal grado que quedé paralizado, sin saber qué hacer. “¿Y cómo esperabas que lo viera?” Contestó otra voz. “Esto está más oscuro que la boca de un lobo. Mira que salir a pescar en semejante noche, y para complicarnos más no encender la lámpara porque eres demasiado tacaño para gastar un poco de aceite. Anda préndela antes que demos con una roca y allí sí que estaríamos fritos.” “Anda pues, ten la lámpara, como si nos fuera a… ¡PERO QUÉ DEMONIOS!” “Esto no es un madero, es un barco.” “¡Por las almas de todos los santos, Manuel, da la vuelta, da la vuelta, es un barco fantasma!”

Al escuchar esto salí de mi estupor, y no queriendo que aquellas personas se fueran dejándome solo de nuevo, hice lo que cualquier capitán habría considerado impensable: abandonar su nave. Sin detenerme a pensar ni por un momento, preocupado sólo por no volverme a quedar solo, corrí a la baranda, vi el pequeño bote de remos, y sin más salté, cayendo en medio de los dos ya asustados pescadores. Uno de ellos dio un alarido y se desmayó. El otro me contempló unos momentos con una expresión de absoluta incredulidad. Me miró fijamente, miró al Arlequín, me miró de nuevo, y después de unos instantes comenzó a reír. No una risa alegre, sino la risa histérica de alguien que, enfrentado con algo inconcebible, simplemente deja que su mente se apague. El pobre hombre se había vuelto loco. Allí de pie en el pequeño esquife, volteé a ver a mi querido Arlequín, y se me heló la sangre, estuve a un pelo de perder la cabeza también yo. La hermosa nave que salió de puerto hace no sé cuánto tiempo en su único viaje, era ya sólo un esqueleto. El casco se había podrido y deshecho casi por completo, quedando sólo las vigas de su armazón. Sus velas estaban tan viejas y gastadas que eran apenas una gasa casi transparente. Mi hermoso Arlequín era la viva imagen de aquel otro navío en el que viajaba la Muerte misma. Y al igual que aquel otro barco, vi a mi nave ladearse y empezar a hundirse. Mi intrépido Arlequín que, tras mantenerme a flote durante siglos y habiéndome dejado por fin en puerto seguro, se iba al fin a descansar en el fondo del mar como un héroe caído. Cuando mi nave se hubo hundido y las últimas ondas que dejó en el agua se hubieron disipado, miré por fin a mi alrededor. Reconocí de


inmediato el faro y las luces que veía en la distancia: estaba de vuelta en el Cabo de las Tormentas. Me senté en la banca del bote, tomé los remos y dirigí la proa hacia el pueblo que hacía tanto que no veía. Remé y remé acompañado de la cantaleta del pobre pescador, que repetía: “El diablo sabe remar. ¿A dónde me lleva el diablo? El diablo sabe remar.” En cuanto la quilla tocó tierra, salté del bote y me arrodillé en la arena, besando el suelo y llorando. Estaba en casa. No he vuelto a pisar un barco desde entonces. Sólo camino por el pueblo y sé con sólo verlos cuando alguien me escuchará. Tengo que contarles mi historia entonces, porque casi nadie me escucha nunca. … Al terminar su historia, el viejo marino se quedó callado por un largo rato, y vi que durante toda su narración ni siquiera había tocado su café y croissant, de tan concentrado que estaba en contarme su aventura. “El Arlequín,” murmuró para sí mismo, mirando hacia la bahía. Volteé la cabeza hacia donde él miraba, casi esperando ver el gran velero anclado allí. Pero claro, no estaba. Cuando volteé de nuevo a mirarlo, su silla estaba vacía. Miré alrededor de la plaza buscándolo, pero no se le veía por ninguna parte. Llamé al mesero y le pregunté si había visto a dónde se fue el capitán. “¿El capitán? “ Preguntó, visiblemente haciendo un esfuerzo por contener la risa. “El anciano que estaba aquí conmigo,” le dije.

“Señor, disculpe, pero llegó usted solo, y ha estado usted todo este tiempo hablando solo y mirando esa silla.”


Niebla El velo gris gira alrededor de mí, tan espeso que parece que podría estirar la mano y agarrarlo. Era un día soleado cuando entramos al bosque, o debería decir cuando tuvimos que huir al bosque, y a los pocos minutos la niebla empezó a aparecer. Al principio, eran sólo algunas cintas de niebla, escurriéndose entre los árboles mientras corríamos por nuestras vidas. Poco a poco se fueron entrelazando hasta formar una niebla casi sólida donde difícilmente veo en dónde pisar. En una niebla así, ya no es posible correr: el suelo del bosque está lleno de ramas, raíces y rocas que en cualquier momento pueden romper una pierna. Pero detenerse tampoco es una opción. Puedo oir a las creaturas atravesando la maleza persiguiéndonos, pero no podemos vernos entre nosotros. De hecho, no hay modo de distinguir si las formas que se mueven en la niebla son humanos o no. Todo lo que podemos hacer es avanzar a trompicones esperando que nos estemos alejando de las creaturas en lugar de ir hacia ellas. Puedo escuchar voces asustadas cerca, pero la niebla las deforma tanto que no entiendo lo que dicen o de dónde vienen. Entonces oigo el primer grito. Suena muy cerca y puedo ver formas moviéndose en la niebla apenas fuera de mi campo de visibilidad. De repente el grito se detiene. No se desvanece, sino que se detiene de golpe, entonces sé que las creaturas están entre nosotros. Busco en el suelo algo con qué defenderme, maldiciendo por haberme dejado sorprender mientras dormía. No hubo tiempo de reaccionar, ni siquiera tiempo de tomar el machete que siempre tengo cerca para casos como éste. Salieron en masa, de la nada e


invadieron el campamento en segundos, sin dejarnos otra opción que correr o morir. Ahora me parece que la opción era morir entonces o correr y morir en el bosque de todas formas, envueltos en una niebla tan espesa que parece sobrenatural. Y por lo que sé, sí lo es. Fui un hombre de ciencia alguna vez, pero desde que las creaturas aparecieron en mi vida me he cuestionado todo lo que alguna vez creí como cierto. El sólo hecho de que sepamos de su existencia las lleva a cazarnos implacablemente. Tuve la mala suerte de ver a las creaturas cazar a alguien en una de mis excursiones, y ahora soy yo quien huye de ellas. Tratar de ocultarme en la ciudad no sirve de nada, sólo aumenta el número de testigos y por lo tanto de víctimas, por eso nos ocultamos aquí. Al menos así no nos llevamos a amigos y familia con nosotros. Pero de todas formas las creaturas son cada vez más, y los humanos cada vez menos. Escucho otro grito y el sonido de alguien luchando por su vida. Entre la niebla alcanzo a ver varias formas que se precipitan hacia el lugar, y los gruñidos son reemplazados por un sonido húmedo y luego silencio. Sigo tanteando el suelo buscando algo, lo que sea para defenderme, y finalmente encuentro una rama gruesa y sólida, probablemente arrancada de un árbol en la última tormenta. No estoy seguro cuánto resistirá, pero seguro es mejor que nada. En cuanto me incorporo de nuevo, veo una figura corriendo hacia mí entre la niebla y me preparo para golpearla. Fuerzo la vista tratando de distinguir si es una creatura o uno de mis compañeros, pero no hay modo de distinguirlos, sólo es una sombra viniendo directo hacia mí,

y rápido. La observo con cuidado, cinco metros, tres y todavía no veo qué es. Por desesperación blando mi rama y le doy justo en la cabeza. Grita al caerse, y es cuando me doy cuenta que era humano; las creaturas nunca hacen sonido alguno, no importa qué estén haciendo. Me agacho para tratar de ayudarlo, pero al acercarme me doy cuenta que no tiene caso; todo un lado de su cabeza está aplastado y puedo ver sus sesos escurriendo entre la sangre. Me da náusea y estoy a punto de vomitar, pero veo más figuras alrededor de mi entre la niebla, así que no tengo tiempo de reflexionar, así que trato de reprimir el sentimiento de zozobra que me invade por lo que acabo de hacer. Levanto de nuevo mi arma, pero ya con menos seguridad. No quiero cometer otro error, matar a una persona cuando ya quedamos tan pocos. Mi mente funciona a toda velocidad, pero en círculos. ¿Es mejor golpear antes de estar seguro, y arriesgarme a matar a alguien más? ¿O la próxima vez que algo se acerque, debo esperar hasta estar seguro y arriesgarme a que me ataquen antes de poder reaccionar? Ninguna opción me gusta, pero son las únicas dos que me quedan. Otra forma se dirige hacia mí, pero, ¿Qué debo hacer? Ajusto el agarre de mis manos sobre la rama, pues siento cómo se va poniendo resbalosa con el sudor de mis manos. Grito hacia la figura, pero no hay respuesta. ¿Es porque es una creatura, o es alguien huyendo tan rápido que no tiene aliento para contestar? El silencio no me dice nada. Necesito decidir, pero mi cerebro sigue dando vueltas en círculo, ¿Arriesgarme a asesinar, o arriesgarme a que me


maten? ¿Cuál escojo? La niebla se retuerce y fluye entre los árboles y las sombras en la niebla. ¿Humano o creatura? ¿Creatura o humano? Vuelvo a gritar y de nuevo no hay respuesta. Ahora está a unos cinco metros de mí ¿Qué hago? Cuatro metros. Necesito decidir, pero no quiero cometer otro error. Tres metros. Mi mente me grita que haga algo, lo que sea, pero la indecisión me tiene paralizado. Dos metros. Es ahora o nunca. Un metro. ¡Aaaaaaahhhhhhhhhh!


Huesos sangrientos Había una bruja llamada Mextli que vivía en una cabaña muy al fondo del bosque. Era una mujer muy vieja, flaca como un esqueleto y jorobada. Si pelo tenía vetas grises y blancas, tenía un ojo amarillo y el otro café, y una larga nariz ganchuda - no era ninguna belleza. Pero no importaba, todos los pueblos de alrededor la conocían como la mejor bruja de la sierra, y siempre estaba dispuesta a ayudar a quien lo pidiera. La casa de Mextli estaba llena de hierbas, raíces y frascos de pociones y medicinas. Las paredes estaban casi cubiertas de libros de magia, de herbolaria y de muchas cosas más. Mextli era una de las pocas personas que sabían leer allí, su abuela le enseñó como parte de su entrenamiento de hechicera. El único amigo que la vieja Mextli tenía era un viejo, gruñon y enorme jabalí que vivía libre en los alrededores de su casa. Estaba tan acostumbrado a comerse los desperdicios de su cocina que la magia residual de tantos hechizos y pociones se le acumuló con el tiempo. Tal vez por esto, o porque sería una cruza de jabalí con alguno de esos cerdos de cría que escapan de las granjas del valle, el caso es que éste creció más grande que todos los cerdos o jabalíes, era robusto y musculoso y sus colmillos eran más largos que el brazo de la vieja bruja. Un leñador juraba haberlo visto caminando en dos patas como humano, sentarse en la mecedora de Mextli frente a su cocina y platicando alegremente con ella mientras cocinaban una poción. Nadie le creía al leñador, claro, porque los jabalíes no hacen


eso y además todos sabían que el hombre destilaba aguardiente para vender, pero casi todo se lo bebía él. La vieja Mextli llamaba Rufián al animal, y se quejaba en broma que siempre le robaba su basura. A Rufián no le importaba el nombre ni los regaños, él la seguía por el bosque cuando recogía sus hierbas y hasta la acompañaba a los pueblos cuando bajaba a los mercados a vender sus remedios. La gente estaba tan acostumbrada a ver a Rufián con la vieja Mextli que les pareció extraño un día que llegó al pueblo sin él. "¿Dónde está Rufián?", preguntó el hombre del mercado mientras le pagaba a Mextli su canasta de pociones. "No lo he visto desde ayer, y estoy muy preocupada. ¿Lo habrán visto por el pueblo?" "No creo que nadie lo haya visto, o yo me habría enterado. Estaré pendiente por si alguien sabe de él". "Es muy amable de su parte. Si lo ve, haga el favor de decirle que se vaya derechito a casa". Mextli se fue murmurando todo el camino de regreso. No era normal que Rufián desapareciera, especialmente en los días de ir al mercado. La gente del mercado guardaba sobras para él y el glotón jabalí no se perdía ni una visita. Llegó a su casa tan preocupada que de inmediato preparó una pociñon especial y la vació en un platón ancho y plano. "¿A dónde se fué ese viejo cerdo?", preguntó. El líquido se nubló y después empezó a mostrar imágenes. Vió al bueno para nada

cazador que vivía en la cañada, que más que a cazar, se dedicaba a capturar cerdos que escapaban de las granjas y huían al monte, aunque se decía que el muy pillo también los robaba de las granjas cuando no lograba cazar nada en la sierra. Lo vio capturar a Rufián en una trampa, lo vio sacrificarlo y después arrastrarlo con su caballo hasta su cabaña, donde lo destazó por completo. Lo vio poner toda la carne en su carreta y llevársela rumbo al pueblo. La última imagen que la poción le mostró fue la cabeza de Rufián junto a una pila de huesos sangrientos. La vieja Mextli se puso furiosa por la muerte de su único amigo, para ella era francamente un asesinato. Todo el mundo en la sierra y en los pueblos del valle sabía que Rufián era su amigo, y ese cazador robapuercos, truhan y asesino pagaría por haber sacrificado a su amigo como a un cerdo. La vieja Mextli se dedicaba a curaciones y bendiciones casi siempre, practicaba sólo magia blanca, pero también conocía los secretos oscuros. Sacó un viejo y polvoriento libro de detrás de uno de sus libreros, uno de los que su abuela le dio. Lo abrió junto al platón con la imagen de los huesos de Rufián, encendió velas alrededor y empezó a pronunciar una cantaleta en un idioma que ya nadie habla. Repitió y repitió el encantamiento hasta que un rayo plateado se formó en el platón y salió disparado hacia la cabaña del cazador. Cuando el rayo tocó la cabeza de Rufián, la cabeza rodó hasta tocar la pila de huesos y dijo: "Huesos sangrientos, huesos muertos, levántense y rondemos una vez más".


Inmediatamente los huesos se rearmaron para formar el esqueleto de un jabalí parado sobre sus patas traseras y la cabeza de Rufián en su lugar. Rufián miró alrededor y luego entró al cobertizo del cazador. Encontró varias pieles que usó para cubrirse, y se puso las garras de un oso enorme que cazó algún antepasado del cazador. Después se agazapó en el cobertizo a esperar a que regresara el dueño. Ya era de noche cuando el cazador detuvo su carreta frente al cobertizo. El caballo resopló asustado sintiendo la presencia de Rufián, y en cuanto el cazador lo desenganchó de la carreta salió despavorido y se adentró en los senderos del bosque. El cazador se extrañó de que su caballo, normalmente muy tranquilo, hubiera huido de esa manera, así que miró alrededor para ver qué podía haberlo asustado así. Vio un gran par de ojos mirándolo desde la penumbra del cobertizo. El cazador se enojó, creyendo que sería algún chiquillo de la zona jugándole una broma. "¿Qué demonios estás mirando?", dijo furioso. "Estoy viendo tu tumba", dijo Rufián dando un paso al frente. El cazador vio ahora las garras de oso que se había puesto Rufián, y le gritó, "¿Por qué tomaste mis garras de oso?" "Para cavar tu tumba", contestó Rufián, dando otro paso. Ahora el cazador lo pudo ver completo, la enorme cabeza de jabalí, el esqueleto cubierto con parches de pieles, y las enormes garras y colmillos brillando a la luz de la luna, tan grande así de pie que el cazador difícilmente llegaba al pecho del monstruo. El cazador lanzó un alarido, que se interrumpió cuando Rufián le saltó encima, lo destrozó y lo devoró.

Nunca más se volvió a saber del bueno para nada que vivía en la cañada. Al poco tiempo desapareció también el leñador, luego algunos pastores y excursionistas. Dicen en el pueblo que cuando hay luna llena no hay que acercarse a los bosques de la cañada, pues Rufián anda por el bosque en busca de humanos, y que les quita la carne para cubrir sus huesos sangrientos.


Zombies Atravesé la puerta y corrí a través del cuarto, saltando por encima del refrigerador, que obviamente no servía como barricada. No podía detenerme a comer lo que tuviera dentro, que a pesar de que apestaba a podrido hizo gruñir a mi estómago, después de varios días de no comer nada. Los gritos pidiendo piedad y los alaridos de dolor alrededor de mí me impulsaban a moverme más de prisa y me llenaban de energía a pesar del hambre. Estábamos en guerra. Me detuve frente a un pequeño baño - un ruido. Algo detrás de la cortina de la regadera. Mi miedo se intensificó y mi mente se llenó de las imágenes del enemigo. Bestias sin piedad con apariencia humana, devorando indiscriminadamente, sin posibilidad alguna de negociación ni misericordia. Zombies. Empezó como podría esperarse, con un virus. Los infectados eran casi una caricatura de tantas películas malas que había visto. No había rastros de humanidad en ellos, sólo una furia sin mente alguna, cuerpos retorcidos y un ansia interminable de comerse a otros. Nuestra generación estaba preparada para combatir a estos monstruos, matándolos de cerca o a distancia. La primera ola fue derrotada con facilidad. Pero no estábamos preparados para su adaptación. No estábamos preparados para las creaturas que surgieron cuando eliminamos a los zombies fácilmente reconocibles. No esperábamos un virus con inteligencia.


Al principio, infección y muerte eran exactamente lo mismo: una persona "moría" cuando sus ojos se ponían en blanco y empezaba a morder, no cuando le volabas la cabeza. La nueva cepa del virus todavía controlaba el cuerpo, pero dejaba las demás facultades intactas. Podrías haber matado a tu amigo, hasta a tu esposa o tus hijos si se convertían en un monstruo babeante y sin cerebro. Pero, ¿y si todavía había un alma detrás de esos ojos? ¿Y si seguían siendo humanos? ¿Y si lloraban, en su propia voz, si te pedían perdón mientras atacaban? Apuesto que dudarías antes de matarlos. Yo sí dudé. Y es por eso que ahora estoy aquí, viendo cómo mi brazo arranca la cortina del baño y mis manos sujetar a la pobre niña aterrorizada. Es por eso que sólo puedo llorar y pedir perdón mientras el virus usa mi boca para destrozar el cuello de la niña, y no puedo ni siquiera vomitar mientras sacia su hambre con el ya familiar sabor de la carne humana. Estamos en guerra, y yo soy el enemigo.


Xtabay Estoy escribiendo en mi computadora, muerto de miedo. Cada momento podría ser mi último. Mi amigo está aquí y él es la razón por la que mi vida está en peligro. Tal vez no parezca tener sentido, pero déjenme explicar. Todo comenzó esta mañana cuando un amigo mío irrumpió en mi casa y azotó la puerta tras él. Sus ojos estaban muy abiertos por el miedo y estaba parado con su espalda contra la puerta, respirando pesadamente. Le pregunté qué pasaba y me contó su historia: Había estado viviendo con su tía por un tiempo porque sus papás estaban en Yucatán, haciendo trabajo voluntario en la clínica de una pequeña comunidad en el sureste. La noche anterior, un hombre harapiento había llegado a la clínica, tropezándose. Estaba gritando en maya y parecía estar muerto de miedo. Lo llevaron a urgencias y lo sentaron en una banca. Mientras recuperaba el aliento, contó su historia en un español cargado de acento, y con algunas palabras en maya. Aseguraba que a su hermana la había matado algo que llamaba Xtabay, y en español sólo la llamaba La Muerte. Insistía que vendría ahora por él. Confundidos, le preguntaron quién o qué era esa Xtabay. Con una mirada de profundo terror, dijo que la Xtabay es La Muerte Blanca. Que es el alma de una joven que murió hace años. Murió por su propia mano, dijo, sola y sin amor. Odiaba tanto la vida que quería borrar todo rastro de sí misma del mundo. Tan grande es su deseo de eliminar completamente su memoria que regresó como un espectro vengativo que mata a todos los que saben de su existencia.


Es una joven, pero no realmente una joven, dijo. No está muerta, pero tampoco está realmente viva. Tiene unos ojos negros y fríos que lloran sangre. Se mueva sin que parezca que da un paso. Acecha a sus víctimas como una creatura salvaje, persiguiéndolas a través de valles, ríos y océanos, rastreándolos hasta donde sea que se escondan. Nunca te das cuenta que te persigue hasta que escuchas que llama a su puerta. Cantó una tonadilla maya, que les costó mucho trabajo hacer que les tradujera: Toca una vez por tu piel, que usará para parchar su propia carne en descomposición, Dos veces por tu pelo, que triturará entre sus dientes, Tres veces por tus huesos, que labrará para hacer dagas, Cuatro veces por tu corazón, que arrancará de tu pecho Cinco veces por tus dientes, que pulirá y guardará en un cofre Seis veces por tus ojos, que sacará de tu cráneo uno por uno, Siete veces por tu alma, que devorará entera. No importa a dónde vayas, la Xtabay te seguirá y escucharás su terrible llamado en tu puerta. Puedes tratar de huir, pero es más rápida que cualquier mortal. Si huyes cuando está tocando a tu puerta, te rastreará a donde vayas. El aterrorizado hombre estaba seguro que esta cosa había matado a su hermana. Había tratado de decirle a la policía, acerca de la Xtabay, pero no lo escucharon, diciendo que era un cuento de viejitas. Después trató de decírselo al cura, pero el cura inmediatamente le cerró la puerta de la iglesia en la cara. El cura había visto a la Xtabay siguiéndolo y no quería tener nada que ver con él.

Con la cara hundida entre sus manos, dijo que la Xtabay te sigue siempre y se entera si le cuentas a alguien la historia; entonces ataca. Te mata y después empieza a seguir la persona a la que le contaste. Después de contar su historia, el hombre salió corriendo de la clínica y se perdió en la noche. La tía recibió una llamada desde Yucatán más tarde esa noche, era la policía local. Le dijeron que a los padres de mi amigo los habían encontrado muertos afuera de la clínica. Los habían despedazado. La tía de mi amigo le llamó de inmediato a la escuela para darle las malas noticias. Llorando, le dijo que no entendía qué había pasado. Le contó toda la historia, del extraño hombre que había aparecido en la clínica horas antes de que sus padres fueran asesinados. Le contó la perturbadora historia de la Xtabay que él había contado. Cuando colgó, tardó un tiempo en asimilar lo que había pasado; casi no le parecía real. Salió de la escuela y fue a casa. Cuando llegó, encontró la puerta de su tía abierta de par en par, dentro había un rastro de sangre que llevaba a la cocina. Allí, en el suelo de la cocina, encontró el cadáver de su tía, destrozado y despedazado. Corrió sin detenerse ni voltear hacia atrás hasta llegar a mi casa. Cuando me contó la historia, yo no podía creerla. En un solo día, sus padres y su tía habían sido asesinados. Todo parecía demasiado exagerado. Pero antes de que pudiera decirle nada, ambos dimos un salto y nos helamos de terror cuando oímos que empezaban a tocar a la puerta. Hemos estado viéndola pos cosa de una hora, sin atrevernos a abrirla, y cada vez golpea la puerta más y más fuerte. Nunca para. Nunca se rinde. La Xtabay es inexorable. Tarde o temprano la puerta


cederá y nos hará pedazos. Creo que por ahora quiere asustarnos, quiere que peleemos, que nos culpemos mutuamente. Y yo lo hago, culpo a mi amigo, todo es su culpa. Nunca me debió haber contado la historia. Mientras escribo esto, con mi amigo a un lado, deseo muchas cosas. Desearía que la Xtabay hubiera matado a mi amigo antes de que llegara a mi casa. Si no me hubiera contado sobre ella, yo no estaría en peligro. Lamento haberlo conocido. Y lo lamento por ti también. Lamento haberte hecho leer esto. Lamento haberte contado de ella, porque ahora que sabes su historia, la Xtabay te encontrará e irá a tocar a tu puerta.


Una cabaña en el bosque Mi esposa me estaba sacudiendo suavemente. Me desperté un poco desorientado, sin reconocer el lugar, luego recordé, era la cabaña en el bosque que rentamos por un fin de semana. Todo estaba muy callado, los niños profundamente dormidos y la chimenea ya casi reducida a brasas. "Algo está haciendo ruido en el porche", me dijo. Luego lo escuché yo también: Rasquidos y golpeteos en la puerta. Encendí un quinqué y tomé mi hacha, luego abrí la puerta esperando ver un coyote o un tlacoache, pero era un niño como de 10 u 11 años. Se me quedó mirando por un momento y luego echó a correr hacia el sendero del bosque, así que lo perseguí. Corría como un venado asustado y mientras más nos adentrábamos en el bosque aumentaba más la distancia entre nosotros - me estaba dejando atrás. Después de mucho rato estaba a por abandonar la persecución, pero de pronto lo oí caer y rodar por las hojas del suelo. Apreté el paso y le salté encima, le puse mi hacha en el cuello para asustarlo aún más. "¿Por qué estabas rascando mi puerta?", le grité, "¿Qué estabas haciendo allí?" "Mis tíos y mis primos me dijeron que lo hiciera", tartamudeó muy asustado. "¿Y para qué?", le pregunté. "Para alejarte de la cabaña"


Tiempo Con tristeza miro el reloj de bolsillo que tengo en la mano. Brilla a la luz de la fogata, opaco y rayado. Se me escapa un suspiro. No sé hace cuánto fue hecho. Hace mucho lo encontré en una pila de chatarra, sucio y olvidado. Se suponía que lo fundieran, un recurso precioso en un mundo moribundo, pero no pude resistir salvarlo. Los hombres que trabajan en salvar nuestro paneta necesitaban los materiales desesperadamente, pero dejé que mi curiosidad me venciera. Eso fue hace treinta años, cuando el reloj era un pedazo de metal y el mundo aún tenía salvación. Eso es mucho tiempo para pensar en los errores que cometimos como raza. Ahora la oscuridad está en todas partes. Acecha a la vuelta de cada esquina, yace debajo de cada piedra, se escurre en cada grieta y se filtra en cada casa que aún quede en pie. Lo peor de todo es que el trono de la oscuridad está en el corazón de la humanidad. Con cada día que pasa, la esperanza se convierte en un simple mito y el mundo muere un poco más. El apocalipsis no fue un relámpago repentino y una explosión, no fue un gigantesco monstruo que surgió de las profundidades de donde fuera su hoar. El apocalipsis fue y sigue siendo pueblos en llamas, niños gritando, paisajes desiertos y guerras insensatas. Yo fui testigo de todo eso. "Has estado mirando ese reloj por mucho tiempo", dice Joaquín, extendiendo sus manos mugrosas hacia el fuego. Con cabello surcado de canas y con una sonrisa a la que le faltan dientes aquí y allá, le queda particularmente bien la etiqueta de sobreviviente. No


puedo decir lo mismo de mí; con miembros delgados y una rodilla mala, yo ya voy de salida de esta pesadilla. Es sólo cuestión de tiempo para que yo me extinga también, miro de Joaquín al reloj y no sé si temer o agradecer la idea. "Sólo estoy pensando, tarde o temprano tengo que usar esto". Sacudo el reloj y cascabelea como una maquinilla rota. "¡Ja! ¿Esa cosa vieja?" Se ríe y su carcajada se convierte en un fuerte ataque de tos, y maldice el aire tóxico en el que vivimos ahora. "Ya sé que dices que te hace viajar en el tiempo o algo así, pero yo no lo creo. Además, ¿De qué serviría regresar?". La verdad es que no tengo ningún plan. "Puedo intentarlo", le digo. "Joaquín, tiene que haber alguien que haga algo. Alguien que reaccione y cambie todo esto." Señalo vagamente los campos de ceniza alrededor; sólo la desesperación crece aquí ahora. No queda nada del mundo brillante que conocíamos excepto un cielo negro y la moribunda raza humana. "¿En el pasado? No. ¿Ahora? Menos," gruñe. "Inténtalo si quieres, pero no esperes campos soleados y margaritas cuando regreses. La destrucción que echamos a andar es una fuerza imparable." Sólo hay una cosa que puedo hacer: Giro la perilla del reloj para mover las manecillas hacia atrás, imaginándome un cobertizo lleno de cajas y nubes de polvo. Es un lugar que no me había pasado por la mente en muchos años y no esperaba verlo de nuevo. Es mi destino y la fuente de mi última burbuja de esperanza. Me doy cuenta que hacía mucho que no sentía esperanza y se me retuerce el estómago. La esperanza trae desilución invariablemente. ¿Qué estoy haciendo?

Cuando abro despacio los ojos, veo que sí lo logré. Bajo mis pies hay una gruesa capa de polvo y los viejos tablones rechinan debajo de la mugre. Un rayo de sol se cuela por una ventana por encima de mi hombro y la lave brisa se siente como una bendición sobre mi cara. El cobertizo. No había estado aquí en muchos años y cuando finalmente me asomo a la ventana mi corazón da un salto. Árboles. Árboles de verdad, no sólo troncos muertos cubiertos con las cenizas de dios sabe qué. Recuerdo de pronto que no estoy solo. Al otro lado del cobertizo un adolescente flacucho tiene la cabeza metida en un cofre lleno de fotografías antiguas. No me ha visto y mi corazón se acelera. ¿Qué le digo? Sabía que lo iba a encontrar aquí, pero habiendo venido sin un plan, sin pensarlo siquiera, empiezo de la única forma que se me ocurre. "Hola." Se da la vuelta tan rápido que me sorprende que no se rompiera el cuello. Alzo mis manos en señal de paz, pero no le doy tiempo de tenerme miedo y le pongo el reloj en la mano. "Escúchame," le digo antes de que reaccione. Se me cierra la garganta al ver el reloj en manos mucho más amables e inocentes que las mías. "Vengo del futuro y es un verdadero infierno. El mundo es una porquería cuarenta años en el futuro y es muy tarde para cambiarlo. Tienes un par de años antes que el cielo se ponga negro, los árboles mueran y las ciudades se desmoronen. Todo se va a convertir en sólo una sombra de lo que es hoy. Habrá guerras, bombas y mucha gente morirá."


Detesto la mirada en su cara; sus ojos verdes se mueven como los de un animal acorralado y trata de soltar el reloj, pero no se lo permito, cerrando a la fuerza sus dedos sobre él. Esta no debería ser su tarea y detesto dejársela así. "Quiero que lo detengas. Haz que alguien te escuche y no dejes que nadie te diga que estás equivocado. Llévalos a viajar por el tiempo si es necesario. Gira la perilla del reloj hacia adelante o atrás según a dónde quieras ir." "¡No sé viajar en el tiempo, ni siquiera con tu aparato, sólo tengo trece años!," me grita. doy unos pasos hacia atrás, soltando sus manos y el reloj. Mi estómago se retuerce y de pronto siento como si mi cuerpo estuviera hecho de plomo. "Si no haces algo, morirás en un mundo horrible y habrá muchísimo sufrimiento en el camino." Mi lengua se siente de piedra y ya no puedo hablar ni moverme. Me doy cuenta que sin el reloj ya no puedo viajar libremente en el tiempo; estoy regresando. "¿Quién eres?" el jovencito murmura eventualmente, temblando. Antes de que pueda responder, mi vista se nubla y algo parece sacudir mi cabeza desde adentro. Luego estoy junto a la fogata otra vez. "Pues sí desapareciste," dice Joaquín. Luego pregunta, "¿Dónde está el reloj?" "Cuarenta años en el pasado," poco a poco voy recobrando la sensibilidad de mis miembros. "¿Y alguien nos va a ayudar?" "Eso... eso espero" Joaquín me lanza una mirada penetrante que casi me quema la cara. Sabe que le oculto algo.

"¿A quién le diste el reloj?" Aprieto los ojos y trago saliva. Esto no le va a gustar, debí haberlo pensado mejor. "Muchacho," murmura en un tono de voz peligrosamente bajo. "¿A quién se lo diste?" "Me lo di a mí."


Pequeños valientes Aquí vienen otra vez, los pequeños valientes. Otra noche de Halloween, y otra vez los niños que vienen a demostrar que no tienen miedo. Los pisos de la vieja casa crujen bajo sus zapatitos. Sólo falta media hora para la media noche, así que tengo que trabajar rápido. Empiezo con su linterna, soplándole suavamente y haciéndola parpadear, pero esto sólo provoca algunas risitas nerviosas. Quince minutos para la media noche, tengo que esforzarme más. Floto hasta el techo, y con fuerza de voluntad hago que mi cuerpo se materialice. Esto duele mucho, pero no me dejan alternativa; hago que la sangre escurra por mi nariz y mis oídos, pero no me ven. Trato de golpear el techo con mis puños, pero ninguno voltea. "Dicen que la casa está embrujada, pero nada", dice uno. "Sí, qué mala broma", dice otro. Cinco minutos para la media noche; se me está terminando el tiempo. Con la última fuerza que me queda grito, tan fuerte que por fin voltean a verme. No por nada, pero puedo montar un muy buen espectáculo cuando me esfuerzo. Me balanceo en una horca, la sangre escurriendo, y hasta le caen algunas gotas al más flaquito. Los niños gritan aterrorizados, se echan a correr y se pierden en la noche, justo a tiempo. Debajo de mí, siento a la Cosa moverse, y puedo sentir su desilusión cuando los niños se van. Por ahora, se vuelve a dormir. Pero tal vez un día falle. Los pequeños serán demasiado valientes y no los asustaré a tiempo. Un día la despertarán, y si se alimenta, entonces ya nada la detendrá.


El Castillo Negro Estaba caminando un día Por el bosque buscando Cuando vi en mi camino Una sombra espectral Que me bloqueaba el camino A las moras que buscaba. "Quién eres, sombra?" Pregunté "¿Por qué te encuentro Ahora, en mi viaje?" La sombra no habló pero Señaló camino abajo Y sonrió una sonrisa de sombra. Donde señalaba pude ver Por el espacio entre los árboles Un castillo negro como la noche Siniestro sobre una colina Olvidé por completo las moras De tanta que era mi prisa Por alcanzar ese castillo. Cuando miré de nuevo La sombra se había ido Y estaba solo de nuevo Rápido seguí el camino


Para alcanzar el nuevo destino. El camino fue muy largo Para cuando llegué a la colina En donde esperaba el castillo La noche empezaba a caer. Cuando miré, de pronto creí Que el castillo se había ido Dejándome solo y perdido Al final de un oscuro camino. Cuando de pronto vi una flama Arder en una alta ventana, Vi que el castillo allí seguía Pero tan profundamente negro Como el oscuro cielo detrás. Pronto aparecieron las estrellas Y el contraste con la infinita Oscuridad del castillo contra ellas Parecía que un gran agujero Se había abierto revelando La oscuridad sin fin que yace Más allá de lo que conocemos. Subí la colina hasta llegar Hasta sus inmensas puertas

Y con el corazón palpitante Empujé suavemente y se abrieron Y entré al enorme patio. En él había una fuente Ahora seca, y más allá La puerta escarlata que seguro Me llevaría al interior De la misteriosa fortaleza Cuando me acerqué a la puerta Pude leer la inscripción En el contrafuerte del arco "Detrás está lo que conoces. Delante está lo desconocido, Pues lo que hay tras esta puerta Cambiará para ti todo. Si das un paso al frente Ya no habrá marcha atrás". En los alrededores del castillo Escuchaba aullidos de sabuesos Que invisibles cazaban sombras Por un bosque que no dormía Pues las hojas secas del suelo Y las ramas de los árboles Se movían y murmuraban Aunque no sentía ninguna brisa.


Toqué la puerta muy fuerte Con urgencia y con prisa De pronto no quería estar afuera. La puerta, alta y pesada Se abrió sola a un pasillo Largo, oscuro y vacío. "Está el señor de la casa?" Entre las sombras de la noche Le pregunté a la oscuridad Pero no vi persona alguna Aunque sí sentía sus presencias. Mirando alrededor y buscando Entré para salir del frío Y la puerta se cerró de un golpe De nuevo, sin la menor brisa. Llamé con voz suave y amable Sólo el silencio respondía Miré hacia dentro y busqué A lo largo y ancho del pasillo. El pasillo me miró de vuelta Y le murmuró algo al salón Que escuchaba acercarse mis pasos. Seguí entonces hasta el salón, Pero ni un alma me recibió

Y aunque busqué por el cuarto No encontré rastro de nadie. Salvo un viajo sacudidor Y algunos trastes sucios Y cenizas en la chimenea Y el sonido de sabuesos afuera Y una cena vieja en la mesa. Vi por la ventana que afuera La oscuridad se hizo más negra Y escuché el crujir del suelo Y olí el moho de la humedad Pasar junto a mi lado Desde la puerta a la escalera. El comedor le murmuró al pasillo Que pasó el mensaje al umbral El sótano susurraba por la pared Crujidos y gemidos todo alrededor. Las lámparas de pronto se encendieron Candelabros en el pasillo Y velas por toda la escalera Un escalofrío me congeló de miedo Cuando una ráfaga de viento Golpeó de pronto la puerta Y la escuché cerrarse. Uno, dos tres cerrojos.


Las escaleras crujieron Bajo pasos que no se veían Y aún no sé decir por qué, Tal vez por no estar solo Seguí los pasos hacia arriba. Había puertas abiertas Que daban a cuartos y baños A salones siempre vacíos Con crujidos y rechinidos El castillo vivo se reía. Al fin llegué a una puerta Que daba a una gran recámara Y vi una figura en la cama Cubierta con las cobijas. Era el señor del castillo. No le dije "¿cómo está?" Ni pregunté por su salud. Porque vi lo blanco de su cara Y lo seca que estaba su piel Su cuerpo casi un esqueleto. Asqueado y muerto de miedo Miré alrededor escuchando Cómo el sótano me hablaba Ahora con grandes tronidos Diciéndome que me fuera Antes que fuera muy tarde.

El cuerpo de la cama se levantó Y caminó tieso hacia mí Su reseca cara no se movió Pero entre sus dientes mohosos Con una nube de gas putrefacto Lanzó una gran carcajada Mientras ponía algo en mi mano. Eché a correr, tenía que salir Huir para siempre del castillo Pero siempre que cruzaba la puerta Estaba de vuelta en ese cuarto. Una y otra vez salí y volví, Seguí intentando huir hasta que vi Cómo el señor del castillo Se disolvió de nuevo En aquella brisa mohosa Que había seguido hasta aquí. El castillo quedó a oscuras Y ya nadie murmuraba alrededor, Sólo estaban los pasos y soplidos De los sabuesos invisibles Que sin cesar buscaban al amo Para salir a cazar de nuevo. Yo también recorría el castillo.


La gran puerta estaba cerrada Y las ventanas tapiadas Los pasillos nunca me llevaban Dos veces al mismo lugar Pero siempre a cuartos vacíos Oscuros, húmedos, antiguos y.... Solo, infinitamente solo. No me encontraron hasta después del otoño. O tal vez varios otoños, no sé, Aquí no hay días y noches. Un grupo de excursionistas que vieron Desde lejos las ruinas y entraron, Pasaron sobre los muros derruidos Que apenas guardaban la forma De la construcción que antes hubo Y entre escombros me encontraron Entre huellas de patas de sabuesos, Ya solamente una pila de huesos. Vieron mi mano que aún sostenía Un pequeño rollo de papel. El título de propiedad del castillo Y allí estaba mi nombre firmado Sobre la línea punteada de abajo Donde aceptaba el siniestro trato Que ofrecía el señor del castillo. Que prometía darlo a quien lo reclame.

"Este castillo que ha sido mío Durante más de dos mil años Le será dado en propiedad para hacer con él lo que le plazca A cualquier persona que se quede Y acompañe al castillo una noche. Para él será el palacio. Pero para aquellos que huyan O mueran aquí de miedo Sólo ruinas serán su casa. Sin salida. Para siempre.


No es el viento Tu cuerpo se hiela un momento Debe de haber sido el viento Volteas a ver todo tu trabajo Mil palabras, vieja pluma abajo Ves que el viento la mueve un poco Entonces tratas de prender el foco Pero la luz no parece servir Y decides mejor ir a dormir Pero notas mientras la ves La pluma se mueve otra vez Ahora ves la ventana cerrada No es el viento que hace nada Te acercas juntando tu valor Y notas la tinta roja de color Tu pluma, sola, acaba de escribir "Sรณlo es el viento, vete a dormir"


Tres metros de alto Mis abuelos vivían en Yucatán. Cada verano, mis papás me llevaban allá de vacaciones. Vivían en un pueblito muy pequeño y tenían un jardín enorme. Cuando llegábamos, mis abuelos me abrazaban y me hacían muchas fiestas. Como yo era su único nieto, me consentían muchísimo. La última vez que los vi fue el verano cuando tenía ocho años. Como siempre, tomamos un avión a Yucatán y luego fuimos en coche hasta la casa de mis abuelos. Estaban felices de verme y me dieron muchos regalos. Mis papás querían descansar unos días, así que se fueron a la playa y me dejaron con mis abuelos. Un día, estaba jugando en el jardín. Mis abuelos estaban dentro de la casa. Era un día de verano muy caluroso y me acosté en el pasto a la sombra de un árbol de aguacates. Observaba las nubes y disfrutaba de los rayos del sol a través de las ramas del árbol y de la suave brisa cuando escuché un sonido extraño. “Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga…” No sabía qué era y era difícil distinguir de dónde venía. Sonaba casi como alguien haciendo el sonido, como diciendo “Ga” una y otra vez en una voz muy grave y profunda. Estaba mirando alrededor, buscando de dónde venía el sonido, cuando noté algo por arriba de la barda que rodeaba el jardín. Era un sombrero de paja. No estaba puesto sobre la barda, sino detrás de ella. De allí es de donde venía el sonido.


“Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga…” Después, el sombrero comenzó a caminar, luego se detuvo y se elevó, como si la persona que lo llevaba se parara de puntillas para asomarse y pude ver una cara con unos ojos muy negros que me miraron fijamente. Era una cara de mujer, pero la barda era muy alta, casi tres metros de alto. Estaba sorprendido de lo alta que era esa mujer. Me pregunté si estaría usando zancos o algún tipo de zapatos de tacón gigantes. Después, se dio la vuelta y se alejó, y el sonido se fue con ella. Extrañado, me levanté y entré a la casa. Mis abuelos estaban en la cocina tomando café; siempre tomaban café cuando hacía calor. Me senté con ellos en la mesa y les conté lo que había visto. No me estaban poniendo mucha atención, hasta que mencioné el extraño sonido. “Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga…” Tan pronto como dije eso, ambos se quedaron helados de pronto. Los ojos de la abuela se abrieron muy grandes y se tapó la boca con la mano. La cara del abuelo se puso muy seria y me sujetó del brazo. “Esto es muy importante,” dijo con un tono muy serio. “Tienes que decirme si viste qué tan alta era.” “Tan alta como la barda del jardín,” le contesté, ya estaba empezando a asustarme. Mi abuelo me acosó con preguntas: “¿Dónde estaba parada? ¿Cuándo pasó? ¿Tú qué hiciste? ¿Estás seguro de que te vio?” Traté de contestarle todas las preguntas lo mejor que podía. De repente se paró, fue al pasillo y se puso a llamar por teléfono, aunque no alcanzaba a oír lo que decía. Volteé a ver a mi abuela y vi que estaba temblando.

Mi abuelo regresó y se le acercó a mi abuela. “Tengo que salir un rato,” dijo. “Tú quédate aquí con el niño. No le quites los ojos de encima ni por un segundo.” “¿Qué pasa, abuelo?” empecé a llorar. Me miró con una cara muy triste y me dijo, “le gustaste a Ox Hunab”. Después, se subió a su camioneta y se fue. Volteé a ver a mi abuela y le pregunté, “¿Quién es Ox Hunab?” “No te preocupes,” dijo con la voz temblorosa. “Tu abuelo va a hacer algo al respecto. No tienes de qué preocuparte.” Mientras esperábamos sentados en la cocina a que regresara el abuelo, me explicó lo que estaba pasando. Me dijo que había algo muy peligros rondando esa zona. Lo llamaban Ox Hunab por su altura. Ox Hunab en Maya significa tres metros de alto. Toma la apariencia de una mujer muy alta y hace ese sonido como “Ga… Ga… Ga…” en una voz grave como de un hombre en una caverna. Aparece con formas diferentes según quién la vea. Unos dicen haberla visto como una mendiga harapienta, otros como una mujer joven en un traje fúnebre. Lo único que nunca cambia es su altura y el sonido que hace. Se dice que hace siglos, fue capturada por los ahkin o sacerdotes mayas con la ayuda un Katun Holkan, una guardia de veinte guerreros. Lograron aprisionarla en un templo a las afueras del pueblo. La encerraron usando cuatro estatuillas llamadas “Kus” que colocaron al norte, sur, este y oeste del templo y no se suponía que pudiera salir de allí. Pero de alguna manera lofró escapar, cuando alguien por descuido derribó una de las estatuillas.


La última vez que se le vio fue hace 13 años. Mi abuela dijo que cualquiera que viera a la Ox Hunab estaba destinado a desaparecer en menos de dos días. Todo sonaba tan fantasioso que no sabía qué creer. Cuando mi abuelo regresó, venía con una mujer muy viejita a la que los abuelos sólo llamaban Ix Nuc, que significa la anciana. Ix Nuc me saludó y me puso en la mano un pedazo de amate arrugado y me dijo, “ten, toma esto y sujétalo bien”. Después se fue arriba con el abuelo. Me quedé solo en la conina otra vez con mi abuela. Tenía que ir al baño. Abuelita me siguió y no me dejó cerrar la puerta para no perderme de vista. De verdad me estaba asustando mucho con todo esto. Después de un rato, mi abuelo y la vieja Ix Chuc vinieron y me llevaron arriba a mi cuarto. Las ventanas estaban forradas de periódicos y les habían escrito un montón de runas y de ideogramas. Había un plato de sal en las cuatro esquinas del cuarto y una pequeña estatuilla de Ix Chel, la diosa de la luna, en el centro del cuarto en un pequeño altarcillo de madera. También había una cubeta de plástico azul junto a mi cama. “¿Para qué es la cuneta?” pregunté. “Es para que hagas pipí o popó,” me contestó el abuelo. Ix Nuc me sentó en la cama y me dijo, “pronto se pondrá el sol, así que escúchame muy bien. Tienes que quedarte en este cuarto hasta mañana en la mañana. No puedes salir de aquí bajo ninguna circunstancia hasta después de las 7 de la mañana. Tu abuelo y tu abuela no te van a hablar ni a llamar hasta entonces. Recuerda, no salgas del cuarto por ninguna razón hasta entonces. Tratará de

engañarte, pero si le dices su nombre tendrá que revelarse. Yo les voy a avisar a tus papás lo que está pasando.” Me lo dijo en un tono tan serio que lo único que podía hacer era decir que sí con la cabeza mientras me hablaba. “Tienes que seguir las instrucciones de Ix Nuc al pie de la letra,” me dijo mi abuelo. “Y no sueltes el pergamino que te dio. Y si pasa cualquier cosa rézale a Ix Chel, que es la madre protectora de los niños. Y asegúrate de ponerle llave a la puerta en cuanto salgamos.” Salieron todos del cuarto y, después de despedirme, cerré la puerta y le puse el seguro. Prendí la televisión y traté de verla por un rato, pero estaba tan nervioso que me sentía casi enfermo del estómago. La abuela me dejó papadzules y panuchos para que cenara, pero no podía ni comer. Me sentía como si estuviera en prisión y me sentía muy asustado, solo y triste. Me acosté en la cama a esperar, y de alguna forma me quedé dormido. Cuando desperté eran las 2 de la mañana. De pronto me di cuenta que lo que me despertó fue el sonido de alguien tocando en mi ventana. Toc… Toc… Toc… Sentí que toda la sangre se me iba a los pies y mi corazón dio un salto. Traté desesperadamente de calmarme, diciéndome que seguramente era el viento jugando con las ramas de un árbol. Le subí el volumen a la tele para ahogar el ruido. Después de un rato se detuvo. Entonces es cuando oí a mi abuelo llamarme. “¿Estás bien?” preguntó. “Si estás muy asustado no tienes que quedarte solo allí dentro. Puedo entrar y quedarme a acompañarte.”


Me levanté sonriendo y fui a abrir la puerta, pero de pronto me detuve. Tenía escalofríos y se me puso la piel de gallina. Sonaba como la voz de mi abuelo, pero de alguna manera, era diferente, como si me estuviera hablando dentro de una cueva. “¿Qué haces?” Preguntó el abuelo. “Ya puedes abrir la puerta.” Miré alrededor y otro escalofrío me recorrió la espalda. La sal en los platones se estaba poniendo negra. Me alejé de la puerta. Me temblaba todo el cuerpo. Me arrodillé frente a la estauilla de Ix Chel y apreté muy fuerte el amate que me dio la anciana. Empecé a rezar desesperadamente para que la diosa me cuidara y me ayudara. “Por favor sálvame de Ox Hunab,” le dije. Entonces oí la voz afuera de la puerta que decía: “Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga…” Empezaron a tocar otra vez en la ventana, luego golpeaban la puerta y otra vez a la ventana. Yo estaba paralizado de miedo y hecho un ovillo frente al ídolo, medio rezando y medo llorando durante el resto de la noche. Creí que no terminaría nunca, pero eventualmente amaneció y los ruidos se detuvieron. La sal en los cuatro platones parecía chapopote. Revisé mi reloj. Eran las 7:30 de la mañana. Abrí la puerta de mi cuarto con mucho cuidado. La abuela estaba esperando en el pasillo con Ix Nuc. Cuando me vio, la abuela se echó a llorar y me abrazó. “Estoy tan feliz de que sigas vivo,” me dijo. Bajé con ellos y me sorprendí de ver a mis papás en la cocina. Antes de siquiera poder saludarlos el abuelo me dijo, “Apúrate, tenemos que irnos ya.”

Salimos por la puerta del frente y había una van blanca esperando a la entrada del jardín. Varios hombres del pueblo estaban alrededor, mirándome y murmurando entre ellos, “ese es el niño.” La van tenía nueve asientos y a mí me pusieron en medio, rodeado de ocho hombres. Ix Nuc iba manejando. El hombre que iba a mi izquierda me miró y me dijo, “Vaya que estás en un problemita. Sé que tal vez tengas miedo. Sólo baja la cabeza y mantén los ojos cerrados. Nosotros no podemos verla, pero tú sí. No abras los ojos hasta que te hayamos sacado de aquí a salvo.” El abuelo iba adelante en su camioneta y el coche de papá nos seguía. Ya con todos a bordo nuestro pequeño convoy empezó a avanzar. Íbamos muy despacio, no más de 15Km/h. Después de un rato, Ix Nuc dijo, “Aquí es donde se pone difícil,” y empezó a murmurar en maya, si eran oraciones o hechizos no tengo idea. Entonces escuché la voz. “Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga…” Apreté fuerte el papel que Ix Nuc me había dado. Mantuve la cabeza abajo, pero lancé una mirada hacia afuera. Vi su vestido blanco ondeando en la brisa, avanzando a un lado de la camioneta. Era Ox Hunab. Estaba justo fuera de la ventanilla y estaba manteniendo el paso de los autos De pronto la vi agacharse y asomarse por la ventanilla. “¡No!,” casi grité. El hombre junto a mí me gritó, “Cierra los ojos!” Inmediatamente cerré los ojos tan fuerte como pude y apreté más el pergamino. Entonces empezó a golpear. Toc. Toc. Toc. Y la voz que sonaba cada vez más alto:


“Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga…” Los golpes se oían todo alrededor, cada vez más fuertes. Bum. Bum. BUM. Los hombres a mi alrededor estaban asustados, unos murmuraban entre ellos y otros rezaban. Ellos no podían verla, ni escuchaban la voz, pero sí oían los golpes sobre las ventanas y puertas dela camioneta. Ix Nuc rezaba cada vez más alto hasta que casi gritaba. La camioneta empezó a sacudirse como su hubiera sido atrapada por un tornado. Por el rechinar de las llantas me daba cuenta que a Ix Nuc le costaba trabajo mantener el control. Uno de los hombres detrás de mí empezó a llorar, ya muerto de pánico. La tensión era insoportable. De repente todo se detuvo. Abrí los ojos y vi que la carretera avanzaba entre sembradíos y la selva se había quedado atrás. Ix Nuc volteó a vernos y dijo, “Creo que ya estamos a salvo”. Todos los hombres alrededor de mí suspiraron aliviados. La van se orilló y todos se bajaron. Me pasaron al coche de mis papás. Mi mamá me abrazó y se le salían las lágrimas. El abuelo y mi papá abrazaron a los hombres y se despidieron de ellos, después se subieron a la van y se fueron. Ix Nuc se acercó a mi ventanilla y me dijo que le mostrara el pedazo de amate que me había dado. Cuando abrí la mano, vimos que se había puesto completamente negro. “Creo que ya vas a estar bien,” me dijo. “Pero sólo por si acaso, guarda muy bien esto por un tiempo, “ dijo dándome un nuevo pedazo de papel amate. Después de eso, nos fuimos directo al aeropuerto y los abuelos y la anciana nos acompañaron hasta el avión. Cuando despegamos mis padres suspiraron de alivio. Mi padre me contó que ya sabía de Ox

Hunab. Hace años su hermano, mi tío, le gustó a la monstruosidad. El chico desapareció y nunca volvieron a saber de él. Me dijo que hubo otras personas que le habían gustado pero sí sobrevivieron para contarlo. Todos tuvieron que irse de la península de Yucatán, y algunos hasta se mudaron a otros países, sin poder nunca regresar a su hogar. Casi siempre escoge niños como sus víctimas. Dicen que tal vez sea porque son más inocentes y le es más fácil engañarlos. Dijo que los hombres en la van eran todos parientes míos, y fue por eso que los sentaron a mi alrededor, y también mis abuelos y mis padres manejando al frente y detrás de la van. Todo fue para tratar de confundir a Ox Hunab el tiempo suficiente para huir. Les llevó un tiempo juntarlos a todos, y fue por eso que tuve que quedarme encerrado en mi cuarto toda la noche. Yo estaba feliz y agradecido de poder regresar a casa. Todo esto pasó hace más de diez años. No volví a ver a mis abuelos después de esa vez. Nunca he podido siquiera acercarme al sureste. Llamaba a mis abuelos por teléfono de vez en cuando para decirles que estoy bien. Conforme pasaron los años, traté de convencerme de que era sólo una leyenda, que todo lo que pasó no fue más que una complicada broma que alguien nos jugó. Pero en el fondo no estoy tan seguro. Mi abuelo murió hace dos años. Cuando se enfermó, no me permitió visitarlo y dejó instrucciones estrictas en su testamento de que yo no debía asistir al funeral. Eso fue muy triste para mí.


Mi abuela me llamó anoche. Me dijo que le habían diagnosticado cáncer, que estaba sola, que me extrañaba mucho y que quería verme antes de que su enfermedad la matara. “¿Estás segura, abuela?” Le pregunté. “¿No habrá peligro?” “Han pasado más de diez años,” dijo. “Todo eso pasó hace ya mucho tiempo. Ya está olvidado. Tú ya creciste y eres un hombre, estoy segura que no habrá ningún problema.” “Pero… ¿Y Ox Hunab?” Por un momento hubo silencio en la línea. Después escuché una voz grave y profunda, como la de un hombre en el fondo de una caverna repitiendo: “Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga… Ga…”


Último Día A todos les gusta el último día de clases, ¿cierto? Es un día lleno de potencial, de compartir los planes para las vacaciones y hasta hacer planes compartidos. También de despedidas, pero casi nunca tristes. Pero la emoción se me terminó muy rápido ese día. Verás, tengo una especie de poder, una habilidad. Cuando veo a las personas, puedo ver una especie de aura alrededor de ellos. Un borde brillante en su silueta coloreado dependiendo de cuánto tiempo les queda de vida. La mayoría de la gente que conozco tiene tonos de azul, lo que significa que vivirán una vida normal, les queda mucho tiempo. Algunos tienen tonos de amarillo o naranja, que he aprendido que significa algún accidente de auto o una tragedia similar. Algo que se los lleve "antes de su hora" como dicen. Lo más grave es cuando sus auras se vuelven rojas. De vez en cuando veo a alguien que es prácticamente un semáforo caminando. Esos son los que se suicidan o mueren asesinados, poco tiempo después. Me pone muy mal cuando veo a esos condenados, pero también he aprendido que no hay nada que yo pueda cambiar - cuando les toca les toca. Así que ese día que estaba sentado en el salón esperando a que llegaran todos, me impresionó mucho cuando el primer compañero que entró brillaba rojo como una hoguera. Conforme fueron llegando los demás vi que todos tenían ese intenso brillo rojo. Finalmente mientras miraba a mis compañeros alrededor alcancé a


ver mi reflejo en la ventana, también rodeado del brillo rojo, pero estaba muy aturdido para moverme. Nuestro profesor entró al salón y se detuvo a ponerle llave a la puerta, su aura tenía un tono verde, oscuro y enfermizo.


La venganza de los duendes (Cuento para asustar niños) Hace mucho, mucho tiempo Cuando Halloween era Samhain En octubre todos los años Los duendes venían a bailar aquí En lo profundo del bosque que había Entre los árboles, con la brisa Una dulce risa llevaba un mensaje Quédense adentro, niños y niñas Entrar al círculo de su danza Significaba perder la esperanza Comer la comida de estos traviesos Te aprisionaba en el país de las hadas Podían pasar más de cien años Sus amigos hechos viejos, o muertos Cuando el niño pidiera volver Todos los demás se habrían ido Así que un día una madre planeó Atrapar a los niños de los duendes Y así salvar a los que ellos robaron Esperó escondida en el verde bosque Y espió hasta ver a la reina hada Con una astuta trampa la atrapó Y la encerró mientras dormía


En un frasco, como a un bicho Entonces los niños quedaron libres Del hechizo de olvido de los duendes Y los trajo a todos a vivir con ella La reina hada durmió todo el día Pero en la noche cuando despertó Gritó tan fuerte que rompió las ventanas Asustada la mujer se llevó el frasco Y lo enterró hondo a la luz de la luna Y así, más de cien años pasaron Desde la fiesta de Samhain del bosque Y los campos se han vuelto pueblos Y el pueblo de aquí se hizo ciudad Siempre cambiando, construyendo, creciendo Un día, mientras crecía y cambiaba, Una máquina excavando rompió el frasco Y a la vieja hada por fin liberaron Y volvió a tomar su lugar como reina Ahora que Samhain ya es Halloween Buscó alrededor de todos los bosques De todos los parques De todos los árboles A la raza humana que la ofendió Quería venganza por 100 años de prisión Y por todos los bosques que ya no son

Cualquier niño humano les serviría Para las represalias de la reina Fey Ahora cada año justo en Halloween El mundo temerá a la reina de las hadas Pues sus duendes rondan en cada rincón Cazando niños y niñas a la menor ocasión Y entonces, si la leyenda es cierta Si no haces caso, Si te sales solo, El hada mala

¡VIENE POR TI!


El monstruo bajo la cama Papá y mamá mandaron a los niños a dormir. Ya en la cama, el nene dice: “Hermanita, ¿Revisas debajo de la cama, que no haya monstruos?” La nena se aguantó la risa, y para hacerlo sentirse mejor, se arrodilló en el suelo y se asomó bajo la cama. Y allí estaba el nene, hecho bolita y temblando de miedo. Le dijo: “Hermanita, escóndete aquí abajo, HAY UN MONSTRUO SOBRE LA CAMA!”


La Muñeca Entré a una vieja casona sin compañía No tenía qué hacer y me daba curiosidad Ese lugar abandonado por tanto tiempo. Recorrí el jardín, que parecía una selva Lleno de estatuas, aquí un ángel, allí un dragón. Seguía los restos de ladrillo de algún sendero Que tras varias vueltas, me llevó a la casona. Estaba cerrada, claro, pero buscando noté Una ventana rota que daba a un gran salón. Sin pensarlo siquiera y en un santiamén, entré Había muebles rotos, cortinas rasgadas Algo en el suelo que a lo mejor fue un tapete Todo se veía viejo, mohoso y sucio Mirando alrededor, por el rabillo del ojo Vi una vitrina grande, vieja y polvorienta En ella estaba una muñeca, con un vestido de encajes Que tenía un moño rojo, y con sólo un zapato Estaba parada en la repisa, mirándome fijamente Era la cosa más tenebrosa que he visto en mi vida Sólo le quedaba una parte de sus rizos rubios Una carita pintada, de porcelana agrietada Con ojos azules de vidrio, huecos y fríos Con ellos me miraba viendo todo lo que hacía Entrando y tocando mi mente, en sólo un momento Supo cada error, cada travesura y cada miedo míos


Me hizo sentir ganas de llorar y de pedirle perdón Por dejarla allí olvidada, por no haber jugado con ella Como si yo fuera la niña que la dejó abandonada En esa casa vieja, a solas y a oscuras En sus manitas tenía manchas de sangre Y su vestido estaba manchado y rasgado Parecía que había matado a alguien y me estaba esperando Una sonrisa malvada apareció en su cara No podía ni moverme, sus ojos me congelaron Levantó una manita y me saludó, yo empecé a temblar Di dos pasos atrás, pum, pas, bum, me tropecé Entonces la vi moverse, Dios, qué voy a hacer Como mosca atorada, entre los muebles rotos Cerré los ojos, sabía que iba a morir y grité y grité Traté de correr, tropecé y algo me dio en la cabeza Y caí boca abajo, sin vida, la muñeca me mató! Mamá me despertó, ‘mi amor, bebé, estabas gritando’ Tenía una venda en la cabeza; ‘Mamá, ¿qué me pasó?’ ‘Te caíste de la cama, y una lámpara te golpeó. Estabas teniendo una pesadilla’, dijo mamá, ‘Pataleabas y gritabas “¡la muñeca, la muñeca!” Pero ya no te asustes, ya estás bien y yo te cuido Y ya que la pides, para que te acompañe, ten tu muñeca’ Mamá salió del cuarto y cerró la puerta. Y me quedé a solas y a oscuras con la muñeca

Vi la carita pintada, de porcelana agrietada Me miró con sus ojos azules de vidrio Y una sonrisa malvada se dibujó en su cara...


Por mi ventana

Los niños ya se habían ido a dormir, y mi esposa leía en el baño como hace siempre. No sé por qué alcé la vista, pero cuando lo hice lo vi allí, asomado por mi ventana. Tenía su blanca frente recargada contra el cristal, sólo mirándome con esos grandes ojos rojos, sin iris. Lo vi alzar una mano enorme y blanca contra la ventana, y deslizar sus grandes garras negras arañando el cristal. Lo vi sonreír con una sonrisa más ancha que su cara, mostrándome sus afilados dientes y las negras encías. Lo vi soltar una carcajada antes de dar la vuelta y alejarse de la ventana. No sé qué me hizo alzar la vista, desde la banqueta de enfrente cuando regresaba de la tienda, pero lo vi allí, asomado en mi ventana.


Locura Dicen que la definición de locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes. Entiendo la lógica del dicho, pero está mal. Entré al edificio por una apuesta. Nunca me creí esas leyendas del hotel embrujado para empezar, y cuando uno de mis amigos me retó a subir por $200. Era muy simple, tenía que subir hasta arriba, al piso 14, y hacer señales con mi linterna desde la ventana. El edificio era viejo, sucio y casi en ruinas y claro, no había elevador, así que alegremente tomé las escaleras. $200 por 14 pisos era un buen trato. Había una placa en cada descanso de la escalera: piso 2, piso 3. Subía y subía, ya estaba jadeando cuando llegué al piso 10, pero hasta ahora, nada de fantasmas, ni caníbales, ni demonios. Dinero fácil. 11, 12, 13, 13... Me detuve y miré hacia abajo; seguramente debí haber contado mal, así que seguí subiendo. Piso 13. Subí otro piso; piso 13. Bajé uno, dos, tres pisos: Piso 13. Subí más de 10 pisos: piso 13. Y así he estado desde... desde que me acuerdo. Así que, de verdad, locura no es hacer lo mismo una y otra vez esperando resultados diferentes, sino saber que los resultados nunca, jamás van a cambiar. Es saber que todas las puertas llevan a esa escalera, que todas las escaleras llevan a ese piso. Locura es darte cuenta que ya nunca duermes. Es no saber si has estado haciendo lo mismo por días o por años. Locura, es cuando tu llanto se va convirtiendo en carcajadas.


No le susurres al viento No le susurres al viento Pues sopla lejos, y hondo Hasta la tierra de las sombras Donde duermen cosas malas El oír tu voz las despertaría Las haría salir arrastrándose No le susurres al viento Pues hay antiguos monstruos Que escuchan todo el tiempo Y si una palabra secreta Alcanza sus atentos oídos Puede sacarlos de su tumba A plagar el mundo con miedo No le susurres al viento Pues según me han contado Los demonios saben bien Dónde descansas tu cabeza Y cuando la noche devore al día En la oscuridad vendrán legiones A llevarse tu tierna alma No le susurres al viento Porque el mal espera allí Con sus garras ansiosas


Y sus oĂ­dos atentos SĂłlo escuchando y esperando A que un niĂąo descuidado Susurre sin saber No le susurres al viento Pues vienen bestias viscosas Con ojos que brillan Figuras delgadas y largas Como sombras en la tarde Por eso no puedes No debes Susurrarle nunca Al viento de la noche


Las Escaleras del Diablo (Parte 1) Hay un lugar en la Sierra Negra de Puebla que llaman "las escaleras del Diablo". Es una cañada donde cruza el puente de una carretera y también un puente del ferrocarril. En uno de los costados de la cañada están labradas unas escaleras que bajan desde la terraza de las vías del tren hacia más o menos la mitad de la cañada, y allí terminan. No llegan a ningún lado. Pero no significa que no sirvan para nada, las hicieron así a propósito. Desde tiempos prehispánicos, ese lugar tiene fama de "embrujado". No quedan historias de por qué en esos tiempos se creía eso, pero no hace falta; durante el virreinato, los tiempos de la revolución y aún hasta nuestros días se han contado tantas historias de ese lugar que cualquiera que lo conozca se mantiene tan lejos de ese lugar como sea posible. Las terrazas y las escaleras no son naturales, fueron construidas a finales de los 1800, cuando se construyó el ferrocarril que pasa por ahí. Cuando los primeros topógrafos visitaron el lugar, para tomar las medidas y trazar el paso de las vías, se dejó de saber de ellos. Se mandó un nuevo equipo, acompañado con fuerzas del comendador puesto que sospechaban de bandas de bandidos en la zona. Al investigar y según contaron los lugareños, parece ser que los topógrafos cayeron a la cañada cuando huían despavoridos de algo. Al preguntarles de qué estarían huyendo los ingenieros, los lugareños dijeron, "del diablo, tal vez" y fue todo lo que dijeron. Meses después, cuando las obras de las vías llegaron al lugar y se preparaban los cimientos para el puente que hoy cruza la cañada, hubo otro sospechoso accidente, donde un ingeniero y sus


ayudantes también cayeron a la cañada. Las fuerzas del Comendador acudieron otra vez a proteger a los trabajadores y asegurarse que el progreso pudiera seguir adelante. Cuando el batallón llegaba al lugar, se encontraron en medio del camino lo que parecía un cuerpo cubierto con una mortaja, pero los caballos se negaron a acercarse. Aún cuando los soldados desmontaron y trataron de pialar sus caballos para rodear el cuerpo, no hubo manera de hacerlos avanzar, y reaccionaron con tanto pánico que se volvieron difíciles de controlar. Al final, el batallón dio la vuelta y se hospedó durante la noche en la villa que está entre las colinas cercanas, lo que hoy es San Juan Ahuacatlán. Al día siguiente cabalgaron de nuevo al campamento de las cuadrillas del ferrocarril, y no hallaron el cuerpo, ni nada más que les impidiera el paso. Cuando con algo de vergüenza el capitán de la tropa le narró al capataz lo que había sucedido en el camino, el capataz por su cuenta le narró una retahíla de historias de espantos y de accidentes fatales que habían acosado a su cuadrilla desde que llegaran a la cañada. El sargento de la tropa, un hombre de Jijona bajito, fuerte como un toro y terco como una mula, como todos los de allá, llamó aparte al Capitán y al capataz y les dijo que el lugar estaba obviamente embrujado y que lo único cuerdo sería que todos se fueran y dejaran el lugar en paz con sus espectros. Pero puesto que su misión era asegurarse que ya nada interrumpiera las obras del tren, y eso sí era un soldado muy obediente, dijo que tenía una estrategia que los de Jijona usaban para los lugares embrujados. Al día siguiente comenzaron las obras. Empezando desde una terraza que se había tallado en la piedra para extraer el material

para el puente, labraron a punta de pico una larga escalera que bajaba en diagonal hasta casi la mitad del barranco y allí se detenía. La idea era, que los espíritus o lo que fuera que embrujara el lugar, se entretuvieran subiendo y bajando esas escaleras tratando de ver a dónde llegaban. Y aunque al principio hubo apariciones y otro extraño accidente fatal, una vez construidas las escaleras la cuadrilla pudo terminar de construir el puente y las vías del ferrocarril siguieron avanzando, dejando atrás las escaleras del diablo. Mientras se mantuvieran fuera de esa terraza y sus escalones, no volvieron a tener problemas. (Parte 2) Como ya dije, cualquiera que conozca la historia del lugar se mantiene bien alejado de ese paraje, pero en la época en que yo exploraba la Sierra Negra en busca de cuevas, yo no conocía la historia. Si no conoces el lugar, déjame decirte que es un paisaje hermoso. Una profunda cañada con paredes verticales de roca casi completamente cubiertas con helechos y orquídeas, con algunos árboles de amate que se sujetan milagrosamente de las paredes con sus raíces extendidas como telarañas sobre los muros para sostenerse. Al fondo del cañón corre un arroyo de agua clara que forma cascadas y pozas, y en general el lugar es tan bucólico que uno simplemente tiene que detenerse y explorar. Y tonto de mí, eso fue lo que hice. La mejor vista del lugar era una terraza justo debajo de donde pasaban las vías del tren, que además por ser plana y cubierta de un suave césped era un lugar perfecto para acampar, así que por supuesto me instalé en ese lugar. Habiendo terminado de montar el


campamento, estaba de pie en la orilla contemplando el paisaje al atardecer, y por supuesto preguntándome quién habría hecho esos escalones, y por qué nunca los terminaron. A la sombra de la cañada y de su maleza, los escalones están cubiertos de un brillante musgo verde y coloridos racimos de hongos. Se ven muy resbalosos, y como no llegan a ninguna parte no intenté bajar, sólo los contemplaba como parte del paisaje. De pronto una voz dijo detrás de mí, "a que no bajas". Volteé ligeramente espantado por lo repentino del sonido, y dije "¿disculpe usted?". Curiosamente no estaba seguro de si la voz me había hablado en español o en náhuatl, y viendo al que había hablado seguía sin estar seguro. Era un hombre viejo, pero como con todos los indígenas de esa zona, era difícil decir si era viejo de 40 años o de 100. Tenía los ojos tan negros y brillantes que parecía no tener pupilas. Iba descalzo, todo vestido de alguna clase de cuero negro y con la cabeza cubierta con una especie de tocado hecho con la piel y la cara de un oso negro. Usaba uno de esos bastones de caña que la gente de la sierra usa para caminar los senderos escabrosos, pero el suyo estaba rematado en la punta con cuentas, hilos y figuras de cuero de formas variadas. "Apuesto a que no puedes bajar hasta el final", dijo sin mirarme, viendo hacia la escalera. Lo contemplé unos segundos y luego miré hacia las escaleras y casi muero del susto. Allí estaba el señor Cabezadeoso, en el fondo de la escalinata. Miré de nuevo detrás de mí, y por supuesto él ya no estaba allí. Me quedé mirándolo unos segundos allá en la escalera, sin saber qué pensar y sin poder reaccionar.

"A que no llegas al final," insistió. "Te devuelvo tu alma si hallas el final." Me di la vuelta y corrí en un pánico ciego. La pared de esa terraza debe haber sido la escalada más rápida de mi vida. Corrí sin detenerme hasta llegar a San Juan Ahuacatlán y hasta el fondo de su iglesia, donde prácticamente me metí bajo el altar como un ratón asustado. Me quedé allí hasta recuperar el aire y tranquilizarme un poco, al salir tomé el primer autobús que pasó, sin importarme a dónde iba. Hasta donde sé, mi casa de campaña y todos mis tiliches siguen allí en esa terraza. Y allí seguirán, porque seguramente si alguien baja a la terraza a recogerlos, va a aparecer Cabezadeoso para ofrecerles un trato. "Claro, muchacho. Sólo tienes que encontrar para mí el final de esas malditas escaleras, y podrás llevarte lo que quieras. Menos tu alma."


Hermanito Detesto cuando mi hermanito tiene que irse. Mis papás me dicen todo el tiempo lo enfermo que está. Que yo tengo suerte de tener un cerebro donde todas las sustancias fluyen debidamente a sus destinos como ríos. Cuando me quejo de lo aburrida que estoy sin mi hermanito menor para jugar con él, tratan de hacerme sentir mal señalándome que su aburrimiento es seguramente mucho peor que el mío, considerando su encierro en un cuarto acolchonado en un manicomio. Siempre les ruego que le den sólo una última oportunidad. Por supuesto, lo hacían al principio. Él ha regresado a casa varias veces, cada vez por menos tiempo que la anterior. Cada vez, sin falla, todo comienza de nuevo. Los gatos del vecindario con los ojos sacados apareciendo en su cofre de juguetes, las navajas de rasurar de mi papá puestas en la resbaladilla del parque de enfrente. Las vitaminas de mi mamá cambiadas por tabletas de cloro. Mis papás tienen ahora mucho cuidado con eso de las "últimas oportunidades". Dicen que su enfermedad lo hace encantador, que es muy fácil para él fingir normalidad, y engañar a los doctores que lo cuidan para que crean que está rehabilitado. Que sólo voy a tener que aguantar mi aburrimiento si eso implica que esté a salvo de él. Detesto cuando mi hermanito tiene que irse. Tengo que fingir que me porto bien hasta que él esté en casa...

Cuentos siniestros para niños sombríos  

Recopilación de cuentos de terror para niños de 9 años o más. Ilustrado por Dawn.

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