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España y Argentina Dos orillas orillas unidas unidas por por millones millones de de letras letras Dos

EL LUNFARDO... el tango y Enrique Santos Discépolo Bastaría remontarnos a la Argentina del siglo XIX para comprender el fenómeno social que se fue gestando con la llegada de inmigrantes provenientes de cada rincón del mundo. El punto estratégico de conjunción fue la ciudad de Buenos Aires y su puerto, el que vio desembarcar las más heterogéneas culturas; idiomas y costumbres arraigados en el corazón de quienes dejaron su tierra natal para “probar suerte” en una América que prometía tan solo una esperanza. El paso del tiempo logró fusionar ese enorme bagaje con la propia idiosincrasia criolla, dando como resultado una atípica sociedad donde convivieron -y aun conviven- esas entrañables raíces. No podríamos definir al lunfardo como un idioma; simplemente es una especie de “jerga” que fue naciendo de deformaciones de vocablos pronunciados en todos los idiomas que coexistieron al mismo tiempo, junto a la ocurrente manera de hablar al “vesre” -o sea, “al revés”acompañada por gestos y un tono de voz que imprimía un estilo muy peculiar. Creció en el plano marginal, en los tradicionales “conventillos”, humildes viviendas que albergaban numerosas familias hacinadas en pequeñas habitaciones de los “arrabales” porteños. Luego fue trascendiendo aquellas paredes y salió a la calle, a otras ciudades y no tardó en ser adoptado por las clases bajas y medias bajas hasta instalarse en las expresiones culturales, artísticas y literarias. Y el tango no fue la excepción. Un género musical que fue ganando su espacio y protagonismo luego de ser considerado, en sus comienzos, como un baile inmoral y desvergonzado, propio de los suburbios. Grandes “filósofos de la calle”, los asiduos concurrentes a “cafetines” (bares convertidos en centros de reunión) necesitaron interpretar y exteriorizar sus sentimientos y vivencias. La tristeza, la desesperanza y el desengaño fueron los temas recurrentes. Una letanía de angustias y desconsuelos caracterizaron el espíritu del “varón” y “la percanta” (mujer o amante) y fue así que comenzaron a salpicar esas palabras en sus letras, ya convertidas en moneda corriente para todos, pintando personajes y situaciones que no hubiesen tenido la fuerza ni la representación conseguida si no fuese por la nostálgica y real manifestación a través del lunfardo. Innumerables escritores y músicos plasmaron en sus obras el sentir de una sociedad que buscaba identificarse. Hoy me centraré en uno de los exponentes que, en mi humilde opinión, fue y será uno de los más importantes íconos tangueros: ENRIQUE SANTOS DISCÉPOLO, más conocido con “Discepolín”. Nació en Buenos Aires, en el barrio de Balbanera, el 27 de foto: Juan Carlos Copes (Argentina)

marzo de 1901. Actor, dramaturgo y cineasta, se destacó como compositor y letrista de tangos, tales como: “Malevaje”, “Que vachaché” (qué vas a hacer), “Que sapa señor” (qué pasa señor), “Chorra” (ladrona), “El choclo”, “Canción desesperada”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Esta noche me emborracho”, “Uno” y el emblemático “Cambalache”, escrito en 1934, con una mirada casi profética que permanece vigente. Este fragmento de su tango “Yira... Yira...” es un fiel testimonio de un “decir” diferente y genuino. “Yira... Yira...” (gira o da vueltas) Cuando la suerte qu’ es grela, (...que es sucia) fayando y fayando (fracasando y fracasando) te largue parao; (te deje parado) cuando estés bien en la vía, (...abandonado en la calle) sin rumbo, desesperao; (...desesperado) cuando no tengas ni fe, ni yerba de ayer (ser tan pobre que no puede comprar secándose al sol; yerba para tomar mate y debe hacerla secar al sol para volverla a usar)

cuando rajés los tamangos buscando ese mango que te haga morfar... la indiferencia del mundo -que es sordo y es mudorecién sentirás.

(... se te rompan los zapatos) (buscando ese dinero) (que te haga comer)

Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada le importa... ¡Yira!... ¡Yira!...

Discépolo muere muy joven, a los 50 años, el 23 de diciembre de 1951. Su legado, junto al de tantos compositores, traspasaron el ámbito musical para formar parte del acervo cultural nacional. El lunfardo y el tango están estrechamente conectados, rescatando una época de nuestra historia que, sin dudas, forjó una huella imborrable que perdurará por siempre.

Diana PROFILIO, Escritora – Artista Plástica (Mar del Plata, Argentina)

Edicion12  

Revista Digital Cultural

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