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España y Argentina Dos orillas orillas unidas unidas por por millones millones de de letras letras Dos

LOLA MORA, la escultora argentina por excelencia... Corría el año 1866 en el pueblito de El Tala, provincia de Salta, cuando el 17 de noviembre nacía Dolores Candelaria Mora Vega, más conocida como Lola Mora. Su historia gira entre inusitadas paradojas. De insuperable y brillante talento, ceñido a la osadía, debió convivir con las más ásperas y cerradas concepciones de una época, pues su condición de mujer no la habilitaba para desarrollar tal vocación; fue admirada y galardonada mientras sufría el descrédito, las calumnias y una dolorosa descalificación. Radicada en San Miguel de Tucumán, junto a su familia, fue gestando una profunda sensibilidad por el arte. Solo le restó acercarse al gran pintor italiano Santiago Falcucci, recién llegado a la ciudad, para comenzar a tomar clases de dibujo. Impecables retratos a carbonilla, de personajes públicos, la llevaron a adquirir una notoria popularidad local decidiéndose luego a viajar a Buenos Aires a fin de tramitar una beca y partir rumbo a Europa en busca de conocimientos. A pesar de los arraigados cánones sociales, gana “esa llave” que le permite abrir las puertas de Roma donde se conecta con el escultor Giulio Monteverde -considerado el nuevo Miguel Angel- y allí estudia los secretos de la escultura convirtiéndose en sobresaliente discípula. Ya su estilo, proveniente de la escuela neoclasicista y romántica italiana, se manifiesta: la utilización de mármol de carrara, granitos, bronce; la figura humana en su esplendor; dimensiones majestuosas como delicados y pequeños formatos; la belleza y finura de sus tallados y la perfección en cada detalle. Su fama trasciende realizando esculturas por encargo para Italia, España, Francia y Alemania. Sus pasos se van reflejando en la prensa argentina, noticias que desencadenan cierta sorpresa, y entonces llega el primer pedido oficial: dos bajorrelieves para la Casa Histórica de Tucumán, en conmemoración a aniversarios patrios.

La Fuente de las Nereidas

Su obra cumbre y a la vez más vapuleada es “La fuente de las Nereidas”, de 23 mts. de alto por 11 mts. de circunferencia, la que sería ubicada en la Plaza de Mayo de la ciudad de Buenos Aires. Durante un año y medio la construye en Roma. Al difundirse el boceto surge una notable incredulidad en torno a ella. ¿Cómo, una mujer, sería capaz de crear semejante fastuosidad? ¿Colgada de una silleta, podría esquirlar la piedra hasta moldearla? ¿Un tema mitológico, con figuras “libidinosas y obscenas”? Molesta por aquellas críticas, la transporta sin terminar conservando varios fragmentos para finalizarlos frente a quienes dudaban de su aptitud. El día de la inauguración, ante las autoridades y el pueblo, deja deslizar la lona que cubría la fuente y conecta el agua; la veneración y el desprecio se conjugaron por igual. Un artículo publicado por el escritor Leopoldo Lugones lo demuestra: “Sea como quiera, y con todos sus defectos que sería imperdonable callar [...] una obra en la cual hay tres estatuas de indiscutible mérito y cuya totalidad es bella, merece franco aplauso. El sexo de la autora, su juventud, sus estudios poco más que elementales en el género, y su cultura, indudablemente escasa como la de todas las argentinas, datos que, si no disculpan mamarrachos, suspenden las conclusiones severas, [...]”. Finalmente, la trasladaron a la Costanera Sur, lejos del centro cívico. No obstante, perseveró en su pasión pero varias de sus obras permanecieron arrumbadas o perdidas, por décadas, en los confines de alguna localidad; otras en colecciones privadas. Erigió mausoleos y monumentos, hoy rescatados. También incursionó en la cinematografía, en un invento para proyectar películas a la luz del día; e invirtió su capital en actividades mineras, ambas sin éxito. Enferma y sumida en la pobreza y el olvido, el gobierno le otorgó una pensión, en 1935, un año antes que falleciera. Desde 1998, el 17 de Noviembre se celebra -en su honor- el “Día del Escultor”. ¿Un poco tarde, no? “No pretendo descender al terreno de la polémica; tampoco intento entrar en discusión con ese enemigo invisible y poderoso que es la maledicencia. Pero lamento profundamente que el espíritu de cierta gente, la impureza y el sensualismo hayan primado sobre el placer estético de contemplar un desnudo humano, la más maravillosa arquitectura que haya podido crear Dios”.

Diana PROFILIO, Escritora – Artista Plástica (Mar del Plata, Argentina)

Edición nº10  

Revista Cultural Digital

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