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Como cuando sangran tus lágrimas Él, que no tenía más que su consultorio y una casa bien puesta, defendiendo los principios de la Iglesia cuando el catolicismo burgués de su mujer no había servido más que para obligarlo a buscar consuelo en las amantes. JULIO CORTÁZAR, Reunión, en Todos los fuegos el fuego, 1966.

Tan pronto como Corví se hizo dueña del milagro, fue más complicado cada atardecer quererla. Los peregrinos, trashumantes de todas las contexturas, matices y maneras de saludar y agradecer, llegaban en tropel los fines de semana, intrigados únicamente por el célebre letrero de guayacán, colocado en el desfiladero que daba inicio al pueblo de Cocabruna, y que había recorrido por entero las estribaciones de las cordilleras blanca y negra y los mares y desiertos del mundo, hasta los recodos más olvidados por la luz del día. ‹‹Cocabruna, hogar de la mujer que llora sangre cuando el sol se oculta››, leían los forasteros y emprendían el viaje menos recreativo de sus vidas hacia aquella comunidad aprisionada por las montañas. En aquel entonces se consideraba milagroso el hecho de emanar sangre de los ojos, pues los fundamentos religiosos eran tan intrincados y eminentes que no cabían dentro de las paredes de adobe de la iglesia, y optar por el desentendimiento no le venía mal a nadie. Ni siquiera a los sacerdotes. Un viernes, antes de que arriben las multitudes abigarradas de turistas, el padre De la Cruz solicitó a Corví una de sus excepcionales exhibiciones hemáticas. No sólo ella, sino también sus padres, se negaron rotundamente y amenazaban con denunciar al cura por despotismo clerical ante el mismo Vaticano, porque, en primer lugar, cada demostración fantástica de Corví valía su fabulosidad en cincuenta dólares (desde que tomó calibre internacional), y además porque la fragilidad de su cuerpo adolescente incitaba a prever a cualquiera de los riesgos que podía correr por una excesiva hemorragia. Argüían que bastaba con que la joven prodigiosa eche gala de sus dotes sangrientos una vez por semana, lo cual

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de por sí era ya demasiado, a tenor de que cada llanto de sangre le demandaba un pavoroso desgaste de tres litros, y hasta de cinco los sábados en que la concurrencia foránea exigía una exhibición profusa y prolongada, con su gran caudal de dólares y reales y pesos y yenes y riales y rupias en las manos. De allí que el párroco desistiera de cualquier laya de comprobación de la milagrosidad de la muchacha, y se abandonó a su confesionario y sermones dominicales más soporíferos para él que para sus oyentes. Era un sacerdote extraño, que incluso recibió las admoniciones de los padres de Corví con tanta extravagancia, que su ojo izquierdo miraba a la esposa casi desorbitándose, a la vez que sus labios trepidaban ante el esposo. Cuando las semanas transcurrían, no sólo eran los días los que pasaban y los turistas de lenguas y narices distintas los que alborotaban el pueblo a su paso, sino también era la voluntad del padre De la Cruz la que pasaba como una estrella fugaz moribunda. Sus pómulos se iban acentuando a medida que su mirada se tornaba cada tanto más esotérica, hasta que sus ojos terminaron por enmarcarse en un óvalo azabache de hosquedad. Se hizo más huraño, e incluso bordeó los límites de la misantropía. Los juegos y voceríos infantiles que tenían lugar en el patio afuera de la iglesia ya no volvieron a ser los mismos, y apenas si se oía una que otra risita esporádica pero callada al instante por las rabietas del cura, quien imponía el silencio con un resoplido de cobra que provenía desde su dormitorio, en lo más recóndito de la parroquia. Sólo una vez el padre De la Cruz se vio obligado a salir de su recinto a callar a los niños, y su reacción fue tan furibunda y pródiga en lisuras barbotadas, que a partir de entonces nunca más se percibió el más tenue ruido. No había quien no evite la calle Martínez-Gómez que se extendía frente a la iglesia; hasta los coloridos visitantes temían al monstruo descrito por la gente, y sólo las pisadas de quienes se veían obligados a caminar por allí y de las pocas beatas que asistían entre semana eran las únicas señales de vida por allí. Se especuló mucho acerca de la causa del trastorno del párroco. En cada recoveco de Cocabruna se tejían urdimbres por la gran incertidumbre, pero la versión menos desaforada y más aceptada fue la de que los padres de Corví terminaron por denunciar al padre ante el Sumo Pontífice. La credibilidad de

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esta hipótesis creció cuando de la noche a la mañana se comenzaron a avistar algunos hombres de togas olorosas a espliego junto con los extranjeros que llegaban ávidos por contemplar el milagro hemático de Corví. No se supo si por azar o por conocimientos religiosos, se les identificó a estos hombres como clérigos católicos desde que alguien notó sus cáligas en el momento en que uno de ellos se resbaló aparatosamente con un charco seco del llanto de Corví. Pero de cualquier manera la poderosa convicción generalizada del pueblo hizo que se tomará por cierta la versión supuestamente ratificada en dos ocasiones, y se creyó sin dudas que aquellos hombres eran, en efecto, emisarios del Vaticano que habían viajado una inverosímil miríada de millas náuticas y terrestres sólo para despojar al padre De la Cruz de los votos católicos.

Los padres de Corví no la alimentaban, sino que a vista de los turistas la cebaban como a un cerdo inapetente. Aún así nunca recayó en un principio de polifagia; antes bien, los ocasos posteriores a sus exhibiciones torrenciales ella se sentía tan carcomida y lánguida que en muy pocas ocasiones recordaba qué era lo que sucedía después de su ceremonia sangrienta. Su padre, Ébano Martínez, le relataba los hechos entre eructos y farfullos de borracho empedernido, pues apenas si se llevaban a la exangüe Corví en brazos a su cama, cuando ya se lanzaban al aire las primeras pirotecnias chinas que pregonaban el comienzo de la fiesta. Nadie se preocupaba por lavar el suelo ensangrentado; de todas formas el reguero grana se diluía y desaparecía en las suelas de los innumerables calzados y sandalias que bailaban a compás endemoniado. Era difícil ponerse de acuerdo con los turistas. Los pocos que hablaban pizcas de español eran muy tímidos y preferían que el dinero hable por ellos, así que no hubo quien se opusiera a los ritmos de cumbiamba y huayno que interpretaba la banda del pueblo vecino de Cocamalva. Como no había expertos ni dotados para la danza sudamericana, y como el propio Ébano Martínez hacía gala de tener dos pies izquierdos, el jolgorio musical se tornaba más ameno con los pasos de baile improvisados por los foráneos y, sobre todo,

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por la cantidad desmesurada de botellas de cerveza que pasaban la noche junto con los últimos ebrios y que desaparecían misteriosamente por la madrugada. Fue en una de esas noches de algazara desenfrenada en las que el nombre de Shahid-Amadís Kapoor empezó a adquirir resonancia. El señor Martínez, ebrio de felicidad y de ayacochupe, bailaba trastabillando con más empeño que coherencia en sus piernas, cuando entre el tumulto alrededor de la plaza decorada festivamente un agrimensor iraquí se despuntaba de risa jactándose de ser el único en haber visto a un fantasma con sus propios ojos, y de haber sobrevivido para contarlo. Aunque su esposa, Riz Gómez, intentó detenerlo del brazo y disuadirlo, don Ébano Martínez no pudo contener un instante más el estupor de las personas que rodeaban al iraquí y lo aplaudían como a un hombre sin igual. De inmediato y en dos zancadas estuvo al centro de la plaza, encarando al extranjero con su poncho de lanas genuinas de alpaca y sus ojotas empolvadas por el ajetreo de la juerga. Levantó el pecho con más vanagloria que orgullo. —Soy Ébano Martínez y Martínez, patrocinador de esta fiesta de extranjeros y el único hombre con los cojones suficientes para haber espantado a un alma en pena —dijo con voz tan alta que Corví despertó de su cama de mimbre. Ninguno de los presentes, salvo los nativos, pareció entender. Pero el caballero árabe, parado aún sin inmutarse a tres pasos del señor Martínez, hizo un ademán indescifrable con la mano hacia el lado oriente del tumulto, y enseguida un mancebo de piel tersa, el más hermoso que habría de pisar las tierras de Cocabruna, con un impecable turbante y de ojos refulgentes como las estrellas de la medianoche, compareció ante él y le susurró algo al oído. Sólo después de escuchar al jovencito, que parecía ser su hijo, el árabe clavó una mirada incontenible en su retador, mientras iba farfullando jeroglíficos orales al muchacho. Éste asintió y, de súbito, dijo en el más puro español: —El dignísimo caballero, hijo aqueménida por ascendencia paterna y de linaje sasánida por sangre materna, conocedor absoluto de cada grano de tierra de las montañas Zagros y facultado con la licencia de beberse el Tigris y el Éufrates íntegros el día en que no tenga qué beber, Shahid-Amadís Kapoor, lo reta a usted, osado aborigen, a un duelo árabe.

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De súbito, irascible por el desmerecimiento de su voluble orgullo, y más aún por las docenas de cervezas que traía encima, don Ébano Martínez sacó su revólver de calibre pequeño pero potente y erró un tiro a voluntad, que se rozó zumbando por el oído de Shahid-Amadís Kapoor. —Lo mismo huele un emperador muerto que un pordiosero —dijo. Fue como si el disparo errado de don Ébano Martínez hubiera sido más mortal que si hubiera atinado. El ambiente perdió todo aquello que lo pudiera convertir en parranda. La banda silenció, y el más leve resuello pudo haber sido considerado como una intromisión. Don Ébano Martínez, fiel a su presunción, se disponía a pedir los aprestos para la batalla a muerte, cuando ShahidAmadís Kapoor dio la vuelta con el desdén único de sus tenebrosas concavidades oculares y se retiró a paso lento y solemne, abriéndose camino entre las hordas estupefactas de rostros caucásicos, mongoloides, trigueños y negroides. Lo seguía, casi pisándole la cenicienta túnica de sinamay, el apuesto muchacho traductor. Años después se llegó a saber que sí era hijo del caballero iraquí, que se llamaba Amadís Kapoor y que sentía una extraña y obstinada pasión por adorar el sufrimiento. Cocabruna nunca volvió a ser lo mismo a partir de aquel sábado funesto. No volvió a verse infestada de foráneos. Nadie retornó. Don Ébano Martínez nunca estuvo tan alerta como esa noche, y desde entonces desconfió de sus espaldas y de sus propias yemas de los dedos, de modo que pasó la noche en vela sin despegar los ojos del umbral de la puerta de su casa, atormentado por el eventual atentado árabe. En los días siguientes no hubo mayor reacción o movimiento que el de las viraviras que anegaban el aire con sus pelusas blancas, pero a medida que eran más los días transcurridos desde el raro desafío árabe, mayor era la suspicacia que le despertaba todo cuanto le rodeaba. Hasta llegó a pensar que aquellas pelusillas color del alba podrían ser esporas ponzoñosas lanzadas al aire por Shahid-Amadís Kapoor con cualesquiera aparatos bélicos inventados en su país sólo para matar. Parecía que el método que estaba utilizando el iraquí consistía en aniquilar a su rival mortificándola con una esquizofrenia paciente. Don Ébano Martínez, a quien las ojeras cárdenas se le iban hacinando unas encima de otras, no volvió a tener la misma

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temeridad que tuvo para enfrentar al árabe, ni tampoco quiso volver a salir de su casa para comprobar qué tan cerca estaban de ser consumados los planes beligerantes. En cambio, endosó a unos jóvenes, amigos de Corví, la tarea de pararse en la entrada del pueblo cada fin de semana, y ver si discernían algún árabe de ojos hundidos e imponentes. Shahid-Amadís Kapoor no había vuelto desde la noche del sábado del duelo propuesto, pero su fragancia de almizcle de Medio Oriente era tan imperecedera que permanecía impregnada en cada eucalipto, los árboles más olorosos de la sierra. De allí que don Ébano Martínez hubiera mandado a traer de Guayaquil una guardia de nervudos y gigantes matones que no hicieran sino proteger exclusivamente la finca de los Martínez. Corví, por su parte, no entendía nada de lo que estaba acaeciendo en su propia casa. Era como si, por arte de birlibirloque, su padre se hubiera vuelto un loco paranoico y se hubieran formado diez negros centinelas, que sobrepasaban holgadamente los dos metros de altura, con las nubes brunas de la lluvia. Sin embargo, apenas le da daba importancia, pues aunque le llamó la atención el silencio intempestivo del sábado en que fue despertada por los aullidos roncos de su padre, sólo vivía pensando en aquella voz tan varonil como seráfica que escuchó anunciando la descripción genealógica de Shahid-Amadís Kapoor. Nunca se imaginó que aquella dicción sería la que advertiría a voz en cuello el inicio de la desgracia.

Quince días después del encuentro entre Shahid-Amadís Kapoor y Ébano Martínez y Martínez, comenzó la batalla en la que varias cabezas de Cocabruna perdieron a sus cuerpos. Momentos previos, se alzó en lontananza la misma voz angelical que Corví había oído desde su lecho. El joven Amadís Kapoor llegaba corriendo como alma que lleva el diablo, con los ojos desorbitados y el sudor resbalándosele por el cogote. Su inmaculado turbante se vislumbraba jaspeado de sangre que no era suya, pues el mancebo y su hermosura lucían intactos, nada magullados, y con apenas algunas manchas de polvo serrano en las mejillas. El tono de su voz prodigiosa iba perdiendo nitidez mientras se

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acercaba a galope entorpecido, y por momentos hasta tomó matices de tiple que casi ensordecía al pueblo ya congregado en el desfiladero de la entrada a Cocabruna. El jadeante muchacho no alcanzó sino a pronunciar con dificultad que su padre había regresado desde Iraq con una legión de hombres perfectamente armados e iracundos, y que por error habían devastado el pueblo cercano de Cocamalva hasta dejarlo en la más consumada desolación y hediondez mortífera. De inmediato el pueblo dio parte a don Ébano Martínez, recluido con mayor frenesí ya no en su habitación sino en el cuarto de baño, y se puso a disposición de sus órdenes, a sabiendas que no podría haber mejor coronel de batalla que él, y a sabiendas de que era todo cuanto podían hacer, porque las tentativas de escapatoria se suspendieron cuando se oyó el estruendo de la estampida al otro lado de la colina precedente al desfiladero. En el inicio del final de la alegría de aquella comunidad aprisionada por las montañas, don Ébano Martínez asumió su rol de caudillo, no tanto por valentía como por la resignación ante la desventura. Despachó la urgencia con celeridad, otorgándoles los pocos revólveres a sus vecinos, a quienes posicionó en los arbustos y matas del final de la quebrada, y quedándose con el único máuser tras los parapetos de la plaza, cerca a la estrecha entrada a Cocabruna. Tras de sí, dispuso a un grupo de hombres inermes, y los armó con cuchillos, machetes, lanzas afiladas y toda clase de enseres de cacería que encontraban a la mano. Por último, comisionó al resto de hombres y mujeres y jóvenes y niños y a los negros de Guayaquil la tarea de llevar a cabo en el momento preciso el plan secreto y del cual pendían las vidas de todos. El tiempo de espera se hizo largo e inacabable, irrespirable y repleto de ansiedad, crudo y luctuoso, cuando, bajando de la loma, aparecieron las primeros turbantes. Shahid-Amadís Kapoor arribó con casi trescientos hombres vestidos de túnica de batista y con los turbantes ensangrentados, al igual que el del joven Amadís Kapoor, con líquido vital ajeno. Corrían embriagados de una rabia y un rencor nunca antes vistos, hacia el final del desfiladero, dispuestos a acabar con cuanta forma de vida se les interponga en el camino, hasta que un fragor de cataclismo retumbó contra el suelo y continuó rebotando entre los pabellones

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auditivos de los pobladores. El plan secreto se había llevado a cabo con éxito. Una gigantesca roca, tallada desde las postrimerías de dos siglos anteriores con la destreza de un cirujano moderno, y que permaneció estancada en el pináculo de una de las laderas de la quebrada, cayó en seco aplastando los turbantes de casi cien hombres, dejando heridas de gravedad las de cincuenta e invalidando las extremidades de otros cincuenta. Los casi cien árabes que quedaron en pie, percudidos por la atmósfera de cal y tierra, avanzaron contumazmente y, pese a que la contienda fue dura y despiadada y atiborrada de gritos pegados al cielo de dolor, los hombres de Cocabruna lograron terminar con ellos con sus disparos de revólveres, sus objetos punzocortantes despedidos a tino limpio y sus piedras arrojadas desde lo alto de las laderas de la quebrada, contra los rifles orientales que se perdieron en la humareda y reaparecieron en el más allá. Sólo Shahid-Amadís Kapoor y diez iraquíes más escaparon con vida. En pleno enfrentamiento de sangre y sudor y polvo, don Ébano Martínez alcanzó a atisbar la ausencia de Amadís Kapoor, quien se encontraba absorto en el éxtasis de otra ceremonia sanguinaria. La milagrosa Corví omitió a conciencia las prohibiciones de sus padres, y emprendió una exhibición particular dirigida con exclusividad al joven y bello árabe, quien la notó dentro de su aposento milagroso y no dudó en pedírselo. Amadís Kapoor no imaginó que su pasión por la santidad del sufrimiento se desbordaría de locura al ver de cerca aquella manifestación inocente y a la vez cruenta. Observó cómo Corví, enajenada por la petición de la voz que le arrebata el sueño y parte de la vida, emanaba su típico reguero de sangre que salía por debajo de la puerta de su aposento especial en la parte trasera de la finca de los Martínez. Vio, en medio de si atónita respiración, cómo el hilo líquido y rojo interminable se apelotonaba a sus pies como deseando subir a sus borceguíes. Era un espectáculo tantas veces visto antes, tantas veces idolatrado sin verse más que una puerta de alcanfor macizo bajo la cual chorreaba el sendero bermellón. Pero también era como si la exclusividad de la misma, destinada en especial y particularmente para él solo, ensalzara la magnificencia de la ceremonia, a tal punto que Amadís Kapoor sintió desfallecer de enamoramiento por aquella muchacha santa que se asignaba a sí misma tanto suplicio fluyente. Y sólo una mujer de virtudes y

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características celestiales podría ser capaz de semejante demostración de estoicismo milagroso, al igual que las féminas beatíficas del Majábharata hindú, y sólo una mujer así podría ser digna de amar con tanto esmero. —Tu alma es un flor divina que cuanto más se autoflagela en la tierra más cerca del cielo ha de brotar —dijo Amadís Kapoor, sin poder contenerse. Corví sintió ahogarse por primera vez en su propia sangre. Irradiando los destellos cegadores del querer, deseó arrancar la aldaba con sus dientes amarfilados, destroncar la puerta a empellones, destruirla con el frenesí amoroso que sólo quienes se enamoran están en condiciones de experimentar, cuando recordó que aquella puerta había sido fabricada con fines meramente ceremoniales por su padre. No era una puerta, era una pared más, sólo que con una abertura horizontal a ras del suelo para que fluyera la sangre hacia el exterior. Al instante, giró y abandonó el aposento especial pintado de burdeos. Corrió a toda prisa al encuentro con el joven amor de su vida, a quien apenas conocía la voz, y sin detener la vista en el espléndido y bruñido vestido de la más delicada gamuza con encajes de muselina que yacía tendido en la cama de su madre, salió disparada por la puerta principal de la finca. Se lamentó para siempre jamás el momento en el que vio a su muchacho árabe de espaldas (cuyo derroche de hermosura se apreciaba hasta en esa posición), y no bien tomaba aire para proferir el llamado que lo haría voltear y embotarla con su perfecta belleza de dotes incluso griegos, cuando el pueblo se alzó en tantos vítores y salvas desaforadas, que en un santiamén ya se encontraban todos en el zaguán de la finca del nuevo coronel de guerra. Amadís Kapoor no tuvo idea de que al volver la cabeza un segundo antes de la irrupción de la muchedumbre, hallaría frente a sus ojos a la mujer por la cual era capaz de morir en vida.

Poco antes del amanecer del domingo, un mes después del planteamiento del duelo árabe, y dos semanas y un día luego del primer triunfo, se oyó en todo Cocabruna el último suspiro de doña Riz Gómez. Enseguida acudieron a su habitación cuantos pobladores fueron invitados por don Ébano Martínez en

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busca de auxilio, pues de un momento a otro la esposa decidió dormir en cuartos separados y se encerraba con una tranca de roble sólido. Fue un asesinato. La encontraron bocarriba y con un profunda incisión en el cuello, que según los más experimentados ebrios del pueblo, pudo ser causada únicamente por el filo una botella de cerveza quebrada. Los morenos de Guayaquil recibieron las órdenes directas y lacrimosas de don Ébano Martínez de levantar el cuerpo de su mujer con la más fina delicadeza e introducirlo por lo pronto en un pesado baúl del color de la melaza, no sin antes apelmazar el fondo con cojines y almohadas de organdí. El padre De la Cruz, que entonces estaba en el colmo de la demacración, lívido, perturbado y con los carrillos adheridos a los huesos, fue sacado de su pavoroso cautiverio y traído a rastras por las beatas para que le brinde los santos óleos al cadáver. No fue una buena idea, por cuanto el párroco poseía más fachas de muerto que la recién muerta, pero no hubo quien no se compadeció con la reseca lágrima que de sus ojos estaba a punto de caer al precipicio. Sin embargo, en el momento en que el cura se disponía a retirarse conmovido hasta el tuétano, se escuchó una voz partida, despechada y con la ira del desengaño y del agravio en la punta de la lengua. —¡Fuiste tú! ¡Tú, maldito! Era Corví. Se había liberado del encierro de precaución. Echando el alma por la boca y resollando de rencor, se abalanzó sobre el padre De la Cruz con un cuchillo de cocina empuñado en la mano. Fue imposible saber si Corví dio en el blanco, porque primero había que definir en dónde quiso clavar con tanto ahínco y vehemencia el filo de su arma blanca. Lo cierto fue que el padre De la Cruz perdió para siempre un ojo, el izquierdo, aquel que cerraba por la modorra de cuando en vez durante sus sermones, el que se encendía de una tonalidad de cinabrio la tarde en que despotricó en pos del silencio con una retahíla de lisuras entretejidas, y el mismo que se balanceaba casi desorbitándose al mirar a la ahora fallecida doña Riz Gómez. La insólita hemorragia incontenible no pudo competir con el gran aplomo que el cura demostró para soportar durante una hora entera el torrente rojo, hasta que por fin uno de los negros de Guayaquil optó por brindarle una cura de burro, y le

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atolló un tapón de corcho, siendo por el contrario el remedio más efectivo de todos los que habían intentado. Sobre el tremendo charco de sangre, no faltó quien se prestara para suspicacias con respecto a lo que gritó Corví antes de incrustarle al párroco el tuerto destino que desde entonces le esperaba. Pero inmediatamente nadie creyó que el padre De la Cruz tuviera algo que ver con la muerte de doña Riz Gómez, ni siquiera el desconsolado don Ébano Martínez, quien descompuesto en un charco de lágrimas casi tan extenso como el del hemático manantial del cura, recordó que éste quería tanto a la familia que incluso propulsó todos los medios posibles para darle el nombre de MartínezGómez a la calle que atravesaba el frontis de la iglesia, y que tiempo después se convirtió en un escampado de soledad. Aunque se llegó a saber que los supuestos emisarios del Vaticano no eran sino monjes de la orden de los franciscanos romanos, la incertidumbre se despejó en absoluto cuando, en efecto, los pobladores de Cocabruna, poco tiempo antes de morir en su mayoría, descubrieron por la misma Corví que el padre le había revelado el secreto al joven y bello Amadís Kapoor de que los llantos prodigiosos no eran más que artimañas elaboradas por un caño transversal que provenía de la parte trasera de la finca de los Martínez y que desparramaba por debajo de la puerta-pared de roble regueros de sangre de pollo y de cuantos animales hacían creer que Corví comía para no desfallecer por su presunto desangramiento sabatino. En realidad Corví se sentía desfallecer porque era tan inocente que la mentira la devoraba por dentro y no los litros de líquido vital emanados. Ningún nativo de Cocabruna ni los antiguos

pobladores de la desolada Cocamalva

desconocían el secreto, salvo el padre De la Cruz, que lo supo por investigaciones propias, pero lo escamoteaban en la más completa reserva para atraer turistas y sendos billetes de infinitos colores, casi tantos y tan inverosímiles como los del ópalo noble. Y es que nadie pudo haber previsto que, pese a su deslumbrante belleza de venada tierna, alguien fuera a enamorarse de Corví, pues espantaba a todo visitante la sola idea de conocer en persona a alguien que lloraba algo que no eran lágrimas. Era desquiciado tan sólo imaginar que un mancebo árabe de preciosidad sin igual acabaría por interesarse por Corví y, peor aún, por enviciarse de amor por ella.

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Desde el día en que Corví estuvo a solo un paso de conocer el rostro del hombre por quien sus suspiros tomaban forma humana, don Ébano Martínez la mantuvo a un hermético resguardo, reforzado además por el amparo de los morenos de Guayaquil, a excepción de los sábados al atardecer. Mientras que Amadís Kapoor vivía de la caridad infinita de las muchachas del pueblo no acostumbradas a ver tanta divinidad en un solo hombre. Se había celebrado el triunfo pundonoroso y se había lamentado a su vez la pérdida irreparable de los vecinos de Cocamalva, pero el padre de Corví estaba poseído por la convicción de que Shahid-Amadís Kapoor no echaría por tierra su orgullo, y se abalanzaría con mayor ímpetu en sus represalias y posteriores ataques. De allí que la muchacha de los milagros artificiales fuera subyugado bajo un severo régimen de encierro de precaución, el cual logró salvar solamente en el momento en que los morenos gigantes abandonaron sus puestos de centinelas y se aprestaron a ocuparse del cuerpo de Riz Gómez, el tiempo suficiente que Corví supo aprovechar e invertir en una atroz venganza. Y don Ébano Martínez no estaba dispuesto de ninguna manera a perder el caudal de ingresos que el embauque de su hija le proporcionaba. Mantuvo la ilusión de que después de la guerra con Shahid-Amadís Kapoor, los reparos y costos serían muy elevados, pero que no serían cantidades que la fama de su hija no pudiera resarcir.

La mañana del domingo en que doña Riz Gómez fue asesinada hubo tantos muertos más, que bien hubiera sido posible pensarse que la muerte le cayó a Cocabruna como una peste voraz. El padre De la Cruz, con la misma impersonalidad con la que se armó de arrojo para inmiscuirse un sábado en la finca de los Martínez y llevar de la mano a Amadís Kapoor a conocer la desalmada verdad, se iba alejando a paso de moribundo, con rumbo al desfiladero, cuando irrumpieron intempestivamente las hordas de ShahidAmadís Kapoor. Al ver al lánguido sacerdote con su hábito ensopado de sangre y su cavidad ocular tapada con un corcho, lo dejaron huir por una lástima inconmensurable. Así de enorme fue la compasión que sintieron por el pobre

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cura, y así de enorme fue también el furor con que se ensañaron con los cadáveres de los habitantes de Cocabruna, hasta erigir, al mismo estilo de Atila el huno, hacinamientos de cráneos en forma de montañas. Aunque no hubo tantas calaveras para lograr el cometido cruento, se compensó esto con la saña desaforada con que degollaban hombres y mujeres y niños. No hubo tiempo de intentar defenderse. Las armas eran insuficientes y más tardaron en asignarlas que en usarlas. Los únicos que portaban pistolas eran los morenos de Guayaquil, pero por cada disparo que hacían se desplomaban con las frentes hendidas dos negros gigantes. El estruendo de la devastación fugaz fue tan estridente que no se pudo creer que los cuerpos caídos de esos portentosos hombres de carbón y cobalto no produjeran ruido alguno, pues sólo se oían inclementes sables blandiéndose en el aire y rifles orientales y todo tipo de dolores que por la boca era muy difícil expresarlos en su integridad lacerada. Cuando yacían arrumados cientos de cuerpos inertes y cárdenos y alazanes, y no se respiraba en el entorno sino la fetidez inequívoca de quienes mueren abruptamente en el momento en que más vida tuvieron, hallaron al bello y joven y acongojado Amadís Kapoor de pie avistando la inmensidad exangüe y pestífera. No tuvo miedo de que lo mataran por accidente, pues a lo largo de toda su vida más le ha de haber herido el corazón la patraña milagrosa de Corví, que cualquier plomo urente o sable filudo. De pronto irguió la mirada para exigir auxilio al cielo que ya se infestaba de cuervos y buitres, y contempló, poseído por la magia de los sentimientos encontrados y las llagas apenas cicatrizadas, a la nunca antes tan bella Corví. Amadís Kapoor la veía sacudiéndose con los postreros trances de la vida, pugnando por no morir con la mentira anudándole la garganta, herida de bala en el pecho y cortada por el sable en el cuello. Supo leer sus tentativas por proferir alguna última palabra, y jamás estuvo tan convencido como entonces de que Corví dibujaba con la agonía de sus labios una figura que sólo él estaba en facultad de interpretar correctamente. Era un semicírculo. Ella esbozaba con fuerzas de flaqueza el semicírculo de su perdón, y esperaba que él lo completara a cabalidad con el otro semicírculo de sus disculpas aceptadas. Fue entonces cuando Amadís

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Kapoor se secó las lágrimas que insistían en suicidarse desde las comisuras de sus ojos, y sentenció con su silencio inmisericorde. Frente a la finca de los Martínez, no hubo más sobreviviente nativo que don Ébano Martínez. Lo que parecía el perdón de Shahid-Amadís Kapoor se tornó tétricamente en un aplazamiento, hasta que por fin llegó el momento decisivo. Los cuatrocientos mercenarios árabes se reunieron en torno al líder, en un corro cuyo silencio generaba más pavor que el estrépito de todos en plena acción bélica. Don Ébano Martínez se puso de pie con una valentía que jamás había sentido por sus venas, la misma que han de tener los vivos, instantes previos a su muerte. Shahid-Amadís Kapoor, impávido, formuló una pregunta en árabe. No hubo mercenario que no levantase el brazo, pero Shahid-Amadís Kapoor sólo eligió a uno de ellos. Entonces se oyó la traducción en un español difícilmente digerible, pese a que era el mejor usuario del idioma. —¿Sabe cómo se reconoce un alma en pena y se vive para contarlo? Don Ébano Martínez entendió, sin embargo, como lo hizo con la seráfica voz de Amadís Kapoor. —Percatándose de sólo una cosa: que no tiene piernas. El traductor mercenario susurró al oído del líder árabe, quien levantó la voz al decir una pequeña frase y pegó al cielo un grito de venganza saciada al extremo. Sólo entonces don Ébano Martínez cayó de bruces sobre la tierra que lo vio nacer y ahora lo veía agonizar. En el suelo, imposibilitado de ponerse en pie, fue rematado con dos certeros disparos en la frente. Shahid-Amadís Kapoor dio media vuelta y ordenó a sus hombres retirarse en la más absoluta de las diligencias silenciosas. Su joven y bello y acongojado y destruido hijo, Amadís Kapoor, caminó junto con él hasta la entrada de Cocabruna, que entonces fue para ambos la menos ansiada salida. Sin espantar a los cuervos ni a los buitres que destripaban ya a los caídos en batalla, ni evitar respirar la pestilencia de muerte al comienzo del día, Amadís Kapoor dejó huir una lágrima y farfulló traduciendo las palabras de su padre. —Las mismas que ahora no sentirás.

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Las mismas palabras que don Ébano Martínez no llegó a nunca a escuchar, como tampoco escuchó nunca aquellas que le confesaran que el padre De la Cruz dejó de ser un hombre para tornarse un alma con piernas por haberse enamorado de doña Riz Gómez, que la penitencia para su inevitable pecado escapaba de las manos de Dios y del diablo, que emprendió las tentativas de querer comprobar la milagrosidad artificial de Corví sólo por acercarse a la mujer que quería sin éxito amar, aunque se enteró de la farsa hemática el día que recogía botellas de cerveza en la madrugada y probó sin querer la sangre divina y comprobó que era de gallina o de cerdo, y que recolectaba los envases de vidrio sólo por el inocente deseo de venderlos y así procurarle a doña Riz Gómez dádivas que más que dinero costaban la propia sangre del padre que se desangraba de un amor desmesurado, prohibido y que castigaba pretendiendo morirse en vida, dádivas como el vestido magnífico de la más refinada gamuza con encajes de muselina que Corví halló en la cama de su madre, abnegados y pírricos y vanos esfuerzos por colgar el hábito que siempre quiso colgar y siempre quiso cambiar por la mediocre ilusión de amar y ser amado sin distingo ni condiciones ni represiones irrevocables, la misma que se volcó contra él en un vaivén de perdición donde más iban los amores desenfrenados que lo que venían las reciprocidades de doña Riz Gómez, quien por esa causa fue sacrificada a manos del padre De la Cruz e izada con el estandarte no correspondido, carmesí, y nuevamente no correspondido del país del querer amar, país que distaba sin embargo de cuantas millas náuticas y terrestres engrosaban la distancia para con la comunidad de Cocabruna, donde Corví, sin que el mismo joven y bello y acongojado y destruido y luego arrepentido por el resto de su contrita vida Amadís Kapoor lo advirtiera, había como nunca pudo y como nunca nadie vio en realidad emanado una pequeña y minúscula y pigmea, pero al fin y al cabo existente y abermellonada, gota de sangre por su ojo izquierdo, el que tenía bajo el otro a causa de la mala muerte que la puso de costado, y el mismo ojo izquierdo con que el padre De la Cruz nunca más habría de ver ni de lanzar a doña Riz Gómez una de esas miradas que se desorbitaban por la pasión inhibida, a la vez que sus labios trepidaban ante

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Ébano Martínez por la incontinencia de las palabras cuyas verdades él no llegó nunca a escuchar.

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Como cuando sangran tus lágrimas