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La ingesta

Cruzaba la Plaza Roca, y pasé junto al banco donde estaba sentado él, el señor del banco de la Plaza, a quién de ahora en más me referiré como el Señor. Yo no atravesaba la Plaza con mucha frecuencia, todo lo contrario, pero desde que lo conocí, busqué primero las excusas para visitarlo, y después sencillamente comencé a hacerlo. Como decía, cruzaba la Plaza Roca y pasé junto a él sin siquiera dirigirle una mirada, y él, el Señor, soltó una frase. Con un tono calmo pero fuerte, aunque sin brusquedad, y seguro, pero sin soberbia, dijo: -Preguntame lo que quieras. Apenas sentí la frase me di vuelta, para ver si era yo el destinatario. Como vi que me miraba, desandé unos pasos y le pregunté: -¿Cómo? -Preguntame lo que quieras -repitió, usando el mismo tono. Lo miré con una mezcla de extrañeza y de curiosidad, porque no tenía la sombra de la malicia en la mirada, ni dentro de la voz la nota del engaño. Con un dejo de burla le pregunté: -¿Cuántos grados hace?


-Debe de hacer unos catorce sobre cero, pero no tiene importancia. Saber la temperatura a la intemperie es lo mismo que saber la hora en el ensueño. La reflexión me sorprendió, tal vez por haber prejuzgado que no podía provenir de un anciano en una plaza; quizás por su contundencia y espontaneidad. Asentí con la cabeza, y le pregunté si la reflexión era suya. Me contestó que no sabía, pero que sí la había descubierto. Sin comprender la diferencia, me despedí de él porque de verdad se me hacía tarde. Al rato ya lo estaba prejuzgando de nuevo. Me dije que ensayaba las respuestas. Igualmente, sentí deseos de volver a verlo ni bien me alejé de él. Ya no recuerdo si era esa semana o la siguiente cuando volví a pasar por la Plaza y a encontrarlo. No recordé el episodio al pisar el lugar, y probablemente lo hubiera atravesado con indiferencia varias veces aquél día, si no me hubiera vuelto a sorprender casi como la primera vez: -Pregúnteme lo que quiera. -Hola -dije, y quedamos en silencio. Él se encargó de romperlo. -Hoy hace más calor, pero no tanto. -Sí -le contesté. -¿Quiere usted saber la hora? ironizó. -Para qué, -le dije -si a lo mejor esto es un sueño. -¿A lo mejor? ¿Prefiere soñar? -Quizás dije, y festejé secretamente mi respuesta.


El Señor sonrió apenas. Luego dijo: -Si así fuese, si estuviese usted soñando, le convendría volar; los pies son propios del humano. En un sueño somos pura esencia que muta a voluntad, para pájaro o para avestruz. -¿Tenemos alma? -le arrojé, creyendo que lo encontraría con la guardia baja. -No lo sé -comenzó-, pero el común de la gente cada tanto se sorprende tras expresar verdades, y luego se esconde tras la excusa de que lo dicho le salió del alma. Esas verdades suelen ser sentencias dolorosas para su receptor, y las almas, si es que existen, son tan tímidas como imprudentes, por eso las pocas veces que se atreven a hablar, lo hacen con la rapidez del vómito. Vomitan palabras. Ahora bien: si vomitan palabras, para poder hacerlo, deben alimentarse. El Señor hizo un silencio. Me pareció que esperaba otra pregunta de mi parte. Concretamente ésta: -¿Y de qué se alimentan? -De experiencias -continuó. -Experiencias que condimentan con interpretaciones. -¿Interpretaciones? pregunté, para ver si me explicaba un poco más. -Sí. Pero si quiere llámelas especias. »Se sabe que las personas tienen gustos diferentes. Supongamos que existiese un mercado de experiencias, al cual las almas propiamente dichas, desvestidas de sus cuerpos, acudieran a diario en busca de experiencias, de acuerdo a sus bolsillos. Luego de elegir sus experiencias, pasarían por un puesto de las especias, ubicado


dentro del mismo mercado. Debería haber especias dulces, agridulces y saladas. Pero volvamos a las experiencias. Hay tantas, que sería necesario dividirlas en cuatro clases: experiencias altruístas, raras altruístas, raras egoístas y egoístas. ¿Me sigue?» -Sí, más o menos -le mentí. -Sientesé que se va a acalambrar dijo señalando el resto del banco. ¿Sigo? -Sí, sí -me apresuré a decir, temiendo que comenzara a explicarme todo de nuevo. El Señor continuó con mayor parsimonia. »Las más vendidas serían las egoístas, por una cuestión lógica: son las más baratas. Las raras egoístas tendrían casi el mismo precio, sólo un poco más. Las raras altruístas costarían, inexplicablemente, varias veces el valor de las egoístas y las raras egoístas juntas. Digo “inexplicablemente”, porque no sería así por un capricho de la lógica del mercado, ya que no serían las más ricas; todo lo contrario, y precisamente allí radicaría lo inexplicable: a casi nadie les gustarían, porque son desabridas, secas, aburridas. »Por último estarían las experiencias altruístas, que serían carísimas, y su sabor, verdaderamente desagradable para la gran mayoría de los paladares. Una elit debería consumirlas, para que su mercado no desaparezca, a pesar de sus tan altos costos. Esta elit afirmaría que las experiencias altruístas no saben mal, y que pueden ser sabrosas, si realmente se las sabe adherezar. Pero afirmar algo así casi siempre las convertiría en almas blancos de sarcasmos, ironías y desprecios por parte de las otras almas, que no podrían entender que, pudiendo comer mucho mejor, y costándoles tan poco hacerlo, prefiriesen cambiar toda su fortuna para comer tan mal. No podrían entender algunas por ignorar, otras por resistirse a creer que las experiencias altruístas


contienen altos valores nutritivos. Y lo más grave, fruto de esas mismas actitudes, es que las experiencias raras egoístas y las egoístas son terribles, ya que se componen (y esto es muy cierto) de vivencias placenteras, ingredientes que les dan ese sabor atractivo, innegable, y que muchas veces prescinden de adherezos; aunque, a largo plazo, son terribles para las almas, porque se componen, también, de ingredientes que no tienen nombre, y que afectan a los cuerpos de tal manera que estos comienzan, al principio imperceptiblemente, a emanar cierto hedor, o cierta fragancia, percepción que varía según el grado empático que se establezca entre las almas.» El Señor hizo una pausa y me miró. Yo estaba como hipnotizado por las baldozas de la Plaza. Cuando percibí el silencio de su pausa lo miré, me sonreía bonachonamente. Y volvió a hablar: -Ahora lo que usted quería saber. -Lo miré sorprendido, ya me había olvidado de mi pregunta. -Uno puede vomitar palabras luego de hacer una dieta basada en experiencias egoístas o altruístas. El vómito no es exclusivo de la ingesta de ninguno de los cuatro tipos de experiencias, sino del choque que se produce, tarde o temprano, entre dos o más almas de diferente alimentación. Si dos almas, A y B, se tratan, y una acostumbra alimentarse de experiencias raras egoístas, o egoístas, y la otra basa su dieta en experiencias raras altruístas, o altruístas, A, ineluctablemente, terminará por percatarse de qué clase de experiencias ha disfrutado B hasta el momento, y viceversa. Esto siempre genera una discusión que, en los mejores casos, comienza diplomática, pero si la charla se extiende demasiado, el tono de la misma necesariamente adopta


otros matices, y si las partes hablantes siguen discutiendo con el mismo vigor, es ineludible que la contienda verbal culmine en vómitos. -... -. -... -¿Cuándo vomitó palabras por última vez? -No me acuerdo, hace bastante -le respondí con una mueca. -O sea que viene comiendo bien. -...Sí -dije sonriendo, tratando de no reírme. -¿Y es alérgico a algún alimento? -No -le contesté, preguntándome por qué rama se iría esta vez. -Yo sí -me dijo muy serio. Y se quedó mirandome así, serio. -¿A cúal? -tuve que preguntarle. -A la bosta. No pude aguantar más y solté la carcajada. Pero él seguía serio. Cuando pude parar de reírme, le pregunté si tenía escrito ese discurso sobre las almas. -Tengo borradores contestó secamente. ¿Nunca lo publicó?


-No, es moralista. A ningún lector le agrada que le bajen línea, salvo que esas líneas lo dejen bien parado. -Es cierto murmuré, más para mí mismo que para el Señor. Pero luego me di cuenta de que me había soltado todo eso como si me conociera, sin correr el riesgo de bajarme línea. Por eso ahora se me da por pensar, y con bastante razón, que el Señor ya me conocía; es decir, que no sólo estaba enterado de que yo también escribo, sino que además me debía haber leído en alguna publicación. Aunque, por otro lado, nada de lo poco que yo he publicado o prestado ofrece una lectura tan ideológica como para que se diera cuenta de que pensamos parecido. Y además, ¿quién dijo que no quiso bajarme línea? A los pocos días lo encontré descansando en otra parte, en una placita triangular. Yo miraba las calles con la mirada perdida, siempre un poco por encima o por debajo de lo que alcanzaba a ver, apuntaba hacia un chico hamacándose y no entendía lo que estaba haciendo, porque no me interesaba entender nada, miraba cualquier cosa sin devolverle su importancia, como enfocando la realidad con las cejas o las pestañas y viendo sólamente lo desenfocado. También así era la atención que le prestaba al Señor; como si oyera los sonidos del ambiente y entendiera sin apresar lo que él expresaba. Yo había encontrado sobre un escalón una fotografía de medio cuerpo de una mujer madura. Apenas me detuve a contemplar su rostro, lo juzgué de una belleza acaso unánime, y con algo indecifrable cifrado en los ojos, unos tan oscuros como su color, que la tornaban bruscamente hermosa.


Subí los escalones con la fotografía todavía en la mano, pero apenas lo reconocí descansando más adelante, sentado a lo ancho de otros escalones y apoyado contra un lateral de cemento, la deslicé en un bolsillo. De repente, el viejo habló del amor, de su fuerza, tan enigmática como inevitable, y decía que el influjo de toda atracción sólo es superable por una atracción mayor. Que los rasgos físicos no alcanzan a influir definitivamente en los estados del ánimo, que siempre hay un trasfondo psíquico que determina ese magnetismo, y que se produce por empatía. Meti la mano en el bolsillo y la dejé tocando la fotografía. El viejo siguió hablando de un sentir que se transmite simétricamente, dando como ejemplos los abrazos, los besos, el tomarse de la mano y especialmente el coito. Pero que todo comenzaba siempre con un cruce de miradas. Entonces saqué la fotografía y me puse a mirarla. La miré a los ojos. -¿Qué es? -La encontré tirada - contesté, mostrándole la imagen. -¿Y por qué la guardaste? ¿La conocés? -No, pero me parece interesante. -¿Por qué? -No sé... Por los ojos. Es como usted dice, transmiten cierta fuerza. -Es mía. Lo miré sorprendido. Le pregunté: -¿Es pariente?


-No. -¿Su esposa? -No. -¿Una novia? -¿Qué entendés por novia? Pasó un tiempo hasta que respondí. -Alguien a quién queremos más que a una amiga... y que nos quiere más que a un amigo. -¿Por qué? -Y, porque... porque si no no sería nuestra novia, sería otra amiga o una conocida. -¿Y qué es lo que coloca a alguien por sobre la amistad? -Y, el amor. -O sea que los amigos no se aman. -Sí, también... Pero no tanto. -Entonces hay niveles en el amor. -Sí. -Por lo tanto habrá personas con las que nunca nos conformaremos siendo amigos, como la frase: la amistad entre el hombre y la mujer no existe, salvo que sea fea.


-¡Jajajajjajaj!... ¿Perojj... peroj, por qué las mujeres... las novias, después de las rupturas, se empeñan en ser nuestras amigas? Es como si para ellas sí fuera posible la amistad entre el hombre y la mujer, aun con el hombre que amaron. -Porque la mujer prefiere retenerlo de cualquier modo antes que perderlo. Pero el hombre no lo puede concebir. Lo que antes tuvo de una manera, prefiere no tenerlo más a tenerlo de otro modo inferior. »Esa foto es de la mujer que amé. Desde que nos separamos, nunca más la quise ver, a pesar de las ganas. Pero tuve que guardar la foto; es mejor si puedo verla sin que me vea. Puedo mirarla a los ojos, sin mostrarle los míos.


La ingesta