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Como la sección de violines sonando con fuerza, la textura de las hojas de unos lirios, aun sin flores, exhiben su capacidad para dotar de carácter a un espacio.

MÚSICA PARA LOS OJOS Durante la composición de su Tercera Sinfonía, obra de gigantescas proporciones e indescriptible belleza, Gustav Mahler comentaba a su confidente Natalie Bauer-Lechner cómo su partitura estaba dejando de ser música para convertirse, simple y llanamente, en sonidos de la Naturaleza. Hacía también referencia, en sus comentarios, a que de esa pureza natural iban emergiendo, paso a paso, formas más definidas en una escala de lo básico a lo espiritual: flores, bestias, el hombre, su espíritu… Mahler plasmó en su creación, y en esta obra en particular, los matices del arranque de una estación, el efecto de la brisa, el contraste entre los ciclos opuestos del año y un sinfín de detalles más, percibidos y sentidos en su entorno. Como figura del Romanticismo musical, fue capaz de plasmar en sus soundscapes -paisajes sonoros- la sinergia de todos estos fenómenos con el espíritu humano, con las sensaciones y emociones que las personas podemos llegar a experimentar. Se ha dicho tanto y tanto que el paisajismo, el jardín, son recreaciones, vínculos con la Naturaleza, que a menudo olvidamos su oposición esencial durante siglos. El paraíso -lugar cercado- se constituyó en Oriente Próximo y en Occidente como lugar de placer separado de la Naturaleza, como el locus amoenus donde no existe el peligro de bestias ni enemigos -en el Paraíso bíblico las fieras son mansas, no existe la enfermedad ni es necesario el trabajo para subsistir-, y donde es posible disfrutar sin temor ni preocupación. Dos relevantes figuras del paisajismo contemporáneo

británico, Guy Cooper y Gordon Taylor, han llamado a lo que hoy hacemos los paisajistas gestures aganist the wild, es decir, acciones en oposición a lo natural.

… son sin duda las plantas los instrumentos musicales con los que podemos crear acordes, ritmos, cadencias, contrastes o escalas que repercutan en nuestra esencia más humana.

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Es ese puente el que interesa, esa relación del basamento natural que nos es propio como humanos con aquello, más humano aun, que denominamos sensorial, emocional. Un poco al revés que Mahler, los jardineros utilizamos el sol, las nubes, la brisa, el aroma o el ciclo estacional para provocar no sólo lo bello, sino también un amplísimo acerbo de cualidades sensoriales. Y claro que el lugar, la orientación, la orografía y la arquitectura o la luz, entre otros factores, determinan nuestra acción, pero son sin duda las plantas los instrumentos musicales con los que podemos crear acordes, ritmos, cadencias, contrastes o escalas que repercutan en nuestra esencia más humana. Y esto es en verdad decisivo, ya que un acorde no tiene el mismo carácter, color o presencia si es emitido por los trombones de varas o por los violonchelos. Al alcance de todos nosotros existen hoy muchos ejemplos de lo que no se debe de hacer en un jardín: las mal llamadas rocallas que aparecen por doquier, el abuso de los áridos como sustitutos insultantes de mejores recursos, la masa de despropósitos en jardines municipales, después copiados hasta el absurdo. Pero también existen otras formas de hacer, quizá no tan evidentes pero tampoco ocultas, al alcance de todo aquel que quiera leerlas. Aquí, en el norte, parte de ese buen hacer, no nos cansa-


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El efecto de lo vernáculo, como si de una danza eslava se tratara, acompasado a una manera de hacer más de nuestros días y en sintonía con las formas de tratar a las praderas.

Dulce y suave efecto de un acorde cromático clásico que, como en una sinfonía de Haydn, no por familiar o cercano pierden su preciosista valor. HAGINA • La revista agraria de la cornisa cantábrica • 35


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remos de subrayarlo, descansa en la expresión vegetal, uno de los recursos, sino el más importante, de estimulación sensorial en cualquier jardín. En esa orquesta en la que los diferentes grupos de plantas conforman las distintas secciones acústicas -cuerda, metales, madera, percusión…el compositor de melodías paisajistas puede, según el entorno en el que esté trabajando, escribir un cuarteto de cuerda, una suite, una sonata, un concierto o una sinfonía. No existen obras “menores” ni géneros chicos, lo único que existe es el amplio, inmenso abanico de oportunidades para generar repertorios. Es necesario decir que no vale todo, existen normas, a veces no escritas, de comportamiento compositivo, y el argumento de que “es que a mí me gusta así” puede ser válido de puertas adentro, pero no mirado a través de las lentes del criterio. Hechas estas pequeñas reflexiones en clave musical nos queda, cada uno en la medida de sus posibilidades, trabajar con la expresividad inagotable que nos dan las plantas ornamentales. Las cubiertas cespitosas, uno de cuyos papeles principales es el de permanecer segada todo el año, puede también manifestarse como pradera alta, silvestre, rústica. Los tonos y formas de los arbustos, en esencia el grueso de la estructura de un jardín, son válidos tanto si muestran una pequeña forma redondeada como si se van a casi el tamaño de un arbolito de ramas horizontales y hojas variegadas. Arbustos que acentúan, incluso resaltan, el paso del invierno al verano o marcan también, a base de vivas coloraciones, las semanas que anteceden al frío. Y también arbustos tatuados con diseños de hoja no sólo interesantes per se, sino también y muy importante, por hacer destacar, contrastar, las plantas de su alrededor.

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En esa orquesta en la que los grupos de plantas conforman las distintas secciones acústicas (cuerda, metal, madera, percusión…) el compositor de melodías paisajistas puede, según el entorno en que esté trabajando, escribir un cuarteto de cuerda, una suite, una sonata, un concierto o una sinfonía.

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Bulbosas atentas a despedir el invierno, pero también dispuestas a dar sorpresas en verano, o a enfatizarlo. Plantas clásicas, las de siempre, utilizadas porque se asocian a la tradición residencial decimonónica o porque nos provocan el sabor del exotismo. Y al revés, gramíneas de uso contemporáneo, en exclusiva o formando parte de composiciones mixtas. Hierbas que hoy han añadido, si no abusamos de ellas, novísimos sonidos visuales que, recombinados con otros que ya conocemos, multiplican nuestras posibilidades de expresión en la cercanía del mar, en un suelo pobre e incluso en la sombra. Y todas esas vivaces a las que, porque nos demandan cuidados más elaborados, tenemos relegadas a un segundo plano. Si existe la posibilidad hay que hacerlas vibrar en los jardines, ya que nos dan color, ¡y qué colores!, que no conseguiremos de otras maneras. Vivaces que se han consolidado durante generaciones de jardinería atlántica y que, por lo tanto, no resultan un experimento sino que están de sobra probadas. Su resultado es espectacular siempre que las atendamos un mínimo. Instrumentos al fin -y no solo en el sentido musical de esa palabra- que están a nuestra disposición para que sobre ellos movamos nuestra batuta de paisajistas y jardineros. Instrumentos para crear, para componer melodías visuales que lleguen al alma de quienes quieran escucharlas. Y aunque no las escuchen, una bonita canción, aunque sea como fondo, como sonido ambiente, le gusta a todo el mundo. ! Texto y fotos: José Valdeón Proyectos de Jardín y Paisaje

Nuevos sonidos aportados por las gramíneas conforman nuevas melodías, en este caso combinados con los clásicos arpegios de vivaces que nos suenan desde siempre

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Altivos, vibrantes y conspicuos como las tubas en la sección de metales, arbustos novedosos o clásicos pueden convertirse en la base rítmica de una composición. A la deracha, al igual que hicieron Falla o Granados, la incorporación de melodías que resuenan en la memoria colectiva puede determinar el sesgo de un jardín. Debajo, un concierto barroco para órgano y trompeta sorprende por la amigable conjugación de instrumentos en principio tan dispares y lejanos.

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Plant Composition  

Reflexions over the art of combine plants in the garden

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