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LA POÉTICA DE UN AUSENTE MANUEL JOSÉ OTHÓN Y EL AUSENTISMO COMO PRÁCTICA DE SOCIABILIDAD PÚBLICA


LA POÉTICA DE UN AUSENTE MANUEL JOSÉ OTHÓN Y EL AUSENTISMO COMO PRÁCTICA DE SOCIABILIDAD PÚBLICA

JOSERRA ORTIZ


Manuel sigue escribiendo con rapidez febril. El actor debe mostrar gran agitación, como el hombre que está cumpliendo con un deber a fuerza. -Manuel José Othón, describiéndose en una carta a Adrián Aguirre


I.

Manuel José Othón fue un poeta ausente. Alejado de sus amigos y de los centros urbanos donde México se definía en la modernidad y formalizaba intuitivamente su despertar a la cultura y a la ciencia, el poeta pasó la mayor parte de sus años de madurez en un obligado exilio por pueblos y ciudades menores del norte de la República1. Su éxodo, vale la pena recordar, siempre fue más pueril que romántico, más una necesidad que un deseo. Con excepción de las ocasiones en que sirvió en la administración pública de su ciudad e incluso como diputado federal al servicio del régimen, su continua pobreza lo obligó a trabajar como juez y abogado por largas temporadas en las poblaciones más rudimentarias y rústicas, “en pos

Este ensayo espera no confundir el concepto histórico de Modernidad (Modernity), con la tendencia cultural conocida como modernismo. Sin embargo, siguiendo la tradición marxista de Marshall Berman, sí conviene en que el modernismo es una parte constitutiva de la Modernidad, y que debe estudiarse con relación a la modernización. Aludiendo a sus inclinaciones intelectuales por Marx, Berman propone la clarificación de “the relationship between modernist culture and the bourgeois economy and society—the world of “modernization”—from which it has sprung.” (90) Por lo demás, las ideas del ensayo operan sobre la suposición de que existen diferencias profundas[si, esto es lo que siempre se dice; es interesante pensar en las coincidencias, que son menos observadas pero enormes... ambas son poéticas de modernización en muchos sentidos, y comparten las angustias que estaban prontas ya a fines del XIX...] entre las escrituras modernistas europeas y anglosajonas, y lo que comúnmente se denomina modernismo hispanoamericano—aunque de ninguna forma se aborda este problema. La distinción, paradójicamente, no sirve para separar los ánimos y directrices estéticas de los escritores según su nacionalidad, sino para incluir a los hispanoamericanos—con sus especificidades—en el cambio ontológico que la modernidad sufrió durante la segunda mitad del siglo XIX. En su ensayo “Eurocentrism and Modernity”, Enrique Dussel da una razón pertinente que permite incluír a la América hispana en el mapa de la modernidad: “Modernity is, for many, an essentially or exclusively European phenomenon (...) Modernity includes a rational ‘concept’ of emancipation that we affirm and subsume (which) allows Latin America to also rediscover its ‘place’ in the history of Modernity (...)” (65-68) Por lo tanto, el papel de América Latina durante el desarrollo de la Modernidad y, sobre todo, durante el momento del cambio epistemológico de fin de siglo debe ser entendido, desde una perspectiva inclusiva y universalista, como una consciencia de época que se resume en la famosa cita de Karl Marx en Berman “To be modern is to be part of a universe in which, as Marx said, ‘all that is solid melts into air.’” (15) 1


del sacratísimo frijol y la divinísima tortilla” (Othón 1999, 238)2. Su situación no era, por lo tanto, muy diferente a la de otros literatos de su generación que debieron siempre de anteponer sus trabajos de tipo burocrático a sus impulsos literarios, como Amado Nervo o Manuel Gutiérrez Nájera. Sin embargo, a diferencia de ellos—y probablemente debido a que Manuel José Othón no habitaba en ninguna metrópoli—su figura pública llegó a entenderse como condición de su ausencia, misma que cobró pronto el sabor a destierro. En la cumbre de su carrera, el propio Othón contribuiría en esta figuración, insistiendo en la estampa de su “bucolismo.” A la crítica othoniana poco le ha interesado abundar en esta y otras particularidades de la biografía del poeta3. Las anotaciones sobre la lejanía de Manuel se caracterizan, casi exclusivamente, por el comentario lastimero de su pobreza, o, cuando mucho, por la oportunidad que esa situación le dio para apreciar los paisajes que después aparecerían en el “Himno de los bosques” o “La noche rústica de Walpurgis”. En la misma línea, la crítica ha procurado un Othón inocentón y abstraído, alejado ideológicamente de sus contemporáneos

Escribe Montejano y Aguiñaga en una nota del Epistolario: “Hacia 1890, después de andar –abogado de la legua, que decía él mismo—por Santa María del Río, Cerritos, Guadalcázar y Tula, Othón volvió a San Luis. Para entonces ya era un poeta y autor teatral de renombre. Inclusive en la metrópoli –en 1885, cuando María Servín presentó Después de la muerte—había recibido grandioso homenaje. A su regreso de Tula, Tamps., el poeta recibió singulares demostraciones de aprecio por parte de sus amigos potosinos, uno de ellos el gobernador Carlos Díez Gutiérrez, quien le dio empleo de agente del Ministerio Público y catedrático del Instituto Científico y Literario y, en 1892, lo llevó consigo a la capital en calidad de secretario particular.” (Othón 1999, nota 42) 2

Para la biografía de Manuel José Othón puede consultarse, con reservas, el Manuel José Othón y su ambiente, de Rafael Montejano y Aguiñaga, así como las introducciones de Peñalosa o Betancourt a cualquiera de sus volúmenes. Aunque el apropiamiento ideológico de Montejano pone en entredicho la veracidad de muchas de sus opiniones y comentarios, su libro es todavía la fuente más completa en cuanto a la cronología del poeta. Versiones resumidas de los mismos datos se encuentran en Acercamientos a Manuel José Othón, de Hugo Gutiérrez Vega, y El San Luis de Manuel José Othón, de Marco Antonio Campos. De entre todos, quizá los mejores y menos parciales de los estudios sean los de Baltasar Dromundo y Evodio Escalante. Por otro lado, la biografía no autorizada—y desprestigiada además por la crítica “oficial”—de Artemio de Valle Arizpe, Anecdotario de Manuel José Othón, resulta interesante para deducir el tipo de vida pública que llevaba el poeta. Probablemente exagerado, el Othón de Valle Arizpe es el más interesante de todos, por no decir que el más realista y humano. Gracias a este Anecdotario, existe la refrescante posibilidad de un Othón real, jovial, urbano y arrojado por completo a su época. El Othón de Valle Arizpe, a diferencia del beato e inocentón de Montejano y demás “oficialistas”, es borracho, distraído y humano; sus amigos, como él, son menos graves y más bohemios, y entre ellos ostenta el apodo de “Pedrote”. Cuando regresa de sus lejanías, se dedica al consumo indiscriminado de “torreones”, una especie de cocktail del que solamente él conocía la receta. Es un Othón de sed y apetito pantagruélicos, es verdad, pero que permite imaginar al hombre que sus estudiosos más serios han negado. 3


tanto política como estéticamente. Ambas distancias han sido entendidas en este primer siglo de othonismo, no sólo como obvias a la figura del poeta, sino sobre todo como decisiones personalísimas conscientemente elegidas por Othón para oponerse, categóricamente, al resto de poetas de diferentes edades y generaciones que escriben en el México de cambio de siglo. Asimismo, el comentario sobre la posición guardada por Othón con respecto a las ideas y preocupaciones del momento se ha empleado como el argumento fácil desde el cual separarlo completamente del movimiento cultural más característico de la época: el modernismo. Los estudios othonianos concluyen que a Othón no le interesaban ni la política, ni las novedades estéticas propuestas por los modernistas. Para ambos respectos existe un común acuerdo en el que el potosino es definido como poeta de absoluta y completa estirpe clásica. Sin embargo, ante afirmaciones como su ausencia de todo apetito político, nunca se han revisado las particularidades de los favores, trabajos y puestos de administración pública de los cuales disfrutó gracias al favoritismo con el que era tratado desde el círculo de poder político. En todo sentido se evidencia una urgencia crítica por simplificar al poeta, misma que tiende a apoyarse en la idea de que Othón desarrolló su personalidad pública con total inocencia o ingenuidad. Para aludir a esta pretendida inocencia, suele citarse su ido y traído prólogo a los Poemas rústicos de 19024, donde dice que “el artista debe ser sincero hasta la ingenuidad. No debemos expresar nada que no hayamos visto; nada sentido o pensado a través de ajenos temperamentos […]” (1997 Vol.1, 261) El resultado más grave de estas interpretaciones de su vida es que con la muleta de la candidez—que le ha dado el “carácter ingenuo y diáfano, distraído y soñador […](Montejano 1999, 7)—se han sincopado al poeta y su obra. José Rivera, por ejemplo, ha querido que “la poesía de Othón es como lo fue el poeta: sencilla, sosegada –aun la erótica-; sin exotismos ni exageraciones de contenido o forma; sobria y elegante, ingenua y pura.” (10) Esta sobriedad y elegancia con que se caracterizó desde pronto a la obra de Othón, llegó a la cúspide de la pretensión en una corta línea de Manuel Puga y Acal. Quien fuera director de la Revista

Poemas rústicos debería ser considerado como el único volumen válido de poesía de Manuel José Othón. Es, cuando menos, el único acreditado por el poeta en su madurez y plenitud creativa. Aunque la colección incluye algún poema de 1889, y otro más viejo, “Pulcherrima dea,”, que en 1879 había escrito con el nombre de “Venus,” Othón establece que su obra inicia en 1890. La decisión, más que un capricho, cobra sentido cuando se lee el prólogo. En la lectura de estos poema se nota, como ya dijo Joaquín A. Peñalosa que “es otro Othón el que canta ahora, no sólo distinto de la producción anterior, sino casi también de la que posteriormente escribiría. Libro casi sin pasado y apenas repetido por algún eco. Las cumbres suelen ser solitaria.” (Peñalosa en Othón 1997 Vol 2, 23) 4


Ilustrada, y amigo íntimo del poeta, llegó a decir que “[Othón] era de abolengo colonial y conservador, es decir, honrado y culto.” Desde esta afirmación, los othonistas más acreditados, como Montejano y Aguiñaga o Joaquín A. Peñalosa, han intentado que el conservadurismo político de Othón, se entienda únicamente como influyente de su voluntad estética, igualmente conservadora. Sus decisiones estilísticas—honradas y cultas—no les representan, ni les indican, una actividad sociocultural más amplia. Los comentarios sobre el apoliticismo de Manuel José, por otro lado, quedan bien resumidos en una nota de Marco Antonio Campos. En ella, por si fuera poco, se evidencia la simplicidad con que se acalla la verdadera dimensión de la actividad política del Othón: Pese a haber sido dos veces diputado (una local y otra federal), secretario del gobernador Carlos Díez Gutiérrez, y pese a ser amigo de excelencia de gobernadores como Bernardo Reyes y Blas Escontría, Othón no fue propiamente un hombre político. Nada más alejado de él que la militancia y el activismo partidistas. La política representó para él una forma de allegarse a algún dinero para la sobrevivencia diaria y de tener ese leve brillo que da la amistad de los hombres de poder. (45) Así como de la política, a Othón también se le ha retirado constantemente del movimiento cultural de su tiempo y generación. Sobre todo por cuestiones estilísticas—que no éticas, filosóficas o poéticas—que no deben, obligatoriamente, definir el espíritu renovador de las letras de su época. La relación causal de Othón con el modernismo es, sobre todo, paradójica. En varias ocasiones, el poeta se determinó contrario a la estética modernista, a la que atacó agriamente. Su profunda admiración de Salvador Díaz Mirón, por ejemplo, lo llevó a defender a Lascas de las comparaciones que, otros poetas como Juan B. Delgado, hacían entre su colega y el modernismo. Decía en este caso Othón que en los modernistas “todo es convencionalismo, rebuscamiento, prurito de ser únicos; no hay nada sincero ni espontáneo [...] no llegan a entenderse ni sentirse ni mucho menos explicarse.” (Othón 1999, 208) Aunque en opinión de Othón, los modernistas no son otra cosa que “vates histéricos de morbosa inspiración” (183), sin embargo, nunca dejó de publicar en las revistas más importantes del movimiento—la Revista Azul y la Revista Moderna—ni de cultivar la amistad y cercanía con algunos de los artífices más populares del movimiento. Escribió, por ejemplo, un sentidísimo poema a la muerte de su amigo Manuel Gutiérrez Nájera y, aunque más o menos enemistado


con Nervo—una enemistad además pública—a él envió uno de los primeros ejemplares de los Poemas rústicos. A pesar de su actitud, Othón comparte muchas de las angustias poéticas de sus contemporáneos más célebres. Como los modernistas, opone “un constante y ávido anhelo de renovación expresiva” al molde rígidamente “establecido, agotado, inerte o cadavérico, particularmente [de] algunos momentos del siglo XIX.” (Castillo 2-3) No se embarca, por supuesto, en las renovaciones más simples de los modernistas, como las correspondientes a las estructuras métricas, o a las que vinieron a enriquecer el idioma “con toda suerte de nuevos términos, castizos y extranjerizantes,” pero definitivamente si vio en el lenguaje la herramienta para hacerse de “sutiles acepciones y variado vocabulario selecto.” (3) De igual forma, Othón compartió un sentimiento de época que, probablemente, no debería creerse exclusivo del modernismo como movimiento cultural: el individualismo absoluto desde el cual romper con lo arcaico. Recuérdese aquí la significación que el modernismo tuvo para Manuel Machado: “El carácter de [el modernismo es] el individualismo absoluto. /Todos, sí, han roto con las normas de la retórica vieja, pero influido cada uno por tendencias distintas [...]” (Machado cit. en Santiáñez 95) En el México de cambio de siglo, la modernización puede verse como una negación de los precedentes anteriormente inmediatos. Por ejemplo, en los territorios de lo político, además de los de la cultura, México intenta—y lo logra—cambiar las formas y maneras que se habían continuado desde la consecución de la Independencia en 1821. La idea de “progreso”, que durante el Porfiriato tiene un linaje positivista, permea sobre la época, inculcando en todos sus habitantes la idea positiva de la evolución, entendida como una renovación surgida del cambio y la clausura del pasado—“¡Patria, Patria, alza tu frente /al sentir el dulce beso /que el bello sol del Progreso /te da en su luz refulgente!”, dice Othón en su “5 de mayo”. Manuel José es parte de ese espíritu de cambio, que en sus colegas más acreditadamente modernistas, se ha entendido como “un movimiento de renovación de raíces hispanoamericanas, que proclamó una extrema libertad en la forma de la composición poetica e introdujo en sus temas un carácter refinado y exótico.” (Martínez El modernismo, 11) La anécdota sobre las razones que lo llevaron a escribir el “Himno de los bosques” en 1891, ejemplifica perfectamente el deseo othoniano por la evolución y progreso de la literatura y sus motivos. “Dos felices azares coincidieron e influyeron para que Othón iniciara esta sinfonía de triunfo.”—dice Campos—y sigue


En una carta de 1891 al gobernador Díez Gutiérrez explica que el “poemita” (así lo llamó) nació luego de la lectura de un libro de Manuel Puga y Acal donde este “se quejaba de no encontrar en México un poeta que comprendiera, amara y describiera la naturaleza”. Othón leía el libro de Brummel cuando se hallaba “engolfado en la contemplación de los bosques vírgenes de nuestra tierra caliente”, es decir, la huasteca potosina. (62-63)5 El impulso de Othón por iniciar con su escritura “según [su] nuevo programa y [su] viejo creo,” (Othón 1999, 243), coincide con los deseos de negación y reacción contra la literatura anterior que de Onís vio en todos los poetas modernistas6. Ahora, si se cree necesario resolver la indeterminación sobre el estado y el lugar de su obra, puede servir entonces la resolución de Evodio Escalante: Situada entre la estabilidad del mundo antiguo y el devenir incesante de la Historia, la escritura de Othón, por más que a veces su escritura no parezca percatarse de ello, se vuelve una escritura en el tiempo, no sólo porque se asume

Por cierto que Valle-Arizpe salpica más está anécdota. Cuenta en su Anecdotario que Othón, habiendo abandonado la escritura del poema, fue invitado por Díez Gutiérrez a ir de cacería. Ahí “El Gobernador ordenó que le dieran a Manuel José todo el vino que apeteciera” a condición de que completara el Himno de los bosques. La condición era esta: “Por cada diez versos que hagas tienes una copa de aguardiente, ni una más ni una menos, y así te puedes tomar las que quieras [...] Ese poema lo hizo, precisamente, de tal extensión, para sacarle el mayor jugo posible a sus versos—jugo parral o de maguey—que, en el acto, trasmutaba en lo que a voces clamorosas le pedía su apetito.” (142-143) 5

Algunas consideraciones críticas sobre su lugar en el modernismo merecen, por lo tanto, una cercana revisión. Por ejemplo, el común tono de advertencia. “Considerado entre los precursores del modernismo, Othón es, sin embargo, uno de los autores que menos exhiben las características de esa tendencia literaria: sus versos se acercan mas a la corriente milenaria del clasicismo que a la inquietud por renovar las formas, manifiesta en los modernistas. Buscaba la perfección expresiva, pero dentro de esquemas tradicionales y formas consagradas […] Original y magnifico cantor de la naturaleza—al margen de las tendencias temáticas y formales predominantes en su tiempo—Manuel José Othón introdujo en sus poemas una exaltada interpretación subjetiva del paisaje” (Ramírez Gutiérrez 353) Ahora, esto tampoco es muy preocupante. Othón mismo quería alejarse de los modernistas, o lo que el entendía por poesía moderna. Pero de todas formas hay que matizar muchos comentarios hechos a la ligera. Anderson Imbert, en el espacio que dedica a Othón en su Historia de la literatura hispanoamericana dice de él: “Su tradición venía de tan lejos (Horacio, Virgilio, Garcilaso y Fray Luis de León), que pareció un solitario. (...) No innovó en las formas: al contrario, se complacía en remozar las del siglo de oro. Su rancio abolengo no lo dejó simpatizar con el estilo que se llamará “modernista”. Más aún: su tradicionalismo se convirtió en encono. El “modernismo” le parecía enemigo de la poesía. (...) Esta actitud polémica no quito grandeza a su poesía, pero la confinó a la historia de los estilos. A pesar de que su libro decisivo fue de 1902 (...) la definición de su obra completa es más clara en (el) periodo (de) 1880 a 1895 (¡!) Pero su eco resonaría en medio de los “modernistas”; y si “Idilio salvaje” aturdirá, en pleno “modernismo”, como poderosa voz.” (Anderson 316-318) 6


ella misma como contemporánea, con el mismo si no es que con mayor derecho que el de las otras escrituras modernistas, sino porque es evidente que se encuentra en ella –por debajo de los moldes “conservadores en que articula su mensaje—una notable apertura a las inquietudes de la época. (11) En definitiva, Othón se encuentra en la indeterminación, pero esta es una indeterminación necesaria. El estado y espacio de su obra evidencian que la renovación literaria sucedida a finales del siglo XIX, no ocurrió—ni se entendió—de forma sencilla. Lo que sí es evidente es que, sin ser el más prolífico autor de su momento, Othón y su poesía son lo suficientemente complejos y particulares para escapar a cualquier intento de catalogación simple. Por esta misma razón, las definiciones de su figura y de su obra deben convenirse desde un intención más comprensiva e inclusiva de aquél momento de cambio epistemológico en México: el Porfiriato. Para conseguirlo parece necesario replantear al poeta desde el lugar que él mismo se escogió—la lejanía—y observar ahí cómo y de qué forma participaba en el constructo social donde la poesía era leída: la metrópoli. Hay que recordar que, aunque emigrado a los pueblos del norte, la poesía de Othón fue leída, publicada y aplaudida en las ciudades donde él no estaba y a las que apenas visitaba; por lo tanto, debe entenderse que su producción jamás tuvo la intención de pertenecer a su mundo privado. Al contrario, el poeta siempre se apresuró por compartir por carta o publicar, así como a buscar la invitación para escribir y leer en honor de amigos y difuntos. Cuando su situación laboral lo obligó a no estar donde deseaba estar, su poesía se convirtió en el puente que lo salvó del olvido público. Esta actitud, por decirlo de algún modo, utilitaria—y no por eso debe invalidarse la calidad de su poesía—esta relacionada con una especie de conciencia política igualmente utilitaria, que desarrolló el poeta desde su juventud. Manuel entendió pronto en su vida que el arte, además de ser depositario de “todas las energías del corazón, del cerebro y de la vida”, y más allá de ser “amor a las cosas que están dentro y fuera de nosotros” (Othón 1997 Vol.2, 261-262), es también una herramienta útil en la persecución de amistad y prestigio. En la exploración de los paratextos que rodean su obra— cartas, dedicatorias, noticias, etc.—se descubre a un Othón absolutamente consciente de que para funcionar en la sociedad es necesaria la amistad y el favor de los políticos y poderosos. Al contrario del deseo popular, Manuel José siempre tuvo inclinaciones políticas bien definidas, y funcionó con respecto de ellas. Era, ante todo, un conservador activo que llegó a ser beneficiario—cliente, diría alguno—de favores políticos de parte de los que denomina


como “suyos,” poderosos de la talla del gobernador de Nuevo León, Bernardo Reyes, o de los gobernador Carlos Díez Gutiérrez y Blas Escontría. Un ejemplo que resulta indicadísimo para ilustrar su posición política, se extrae de una carta de 1903 a Juan B. Delgado, en la que habla de una estancia en Monterey: Procuraba estar allí a toda costa el catorce del presente, por ser el día de las elecciones de Gobernador, y aunque remotamente todavía podía tenerse una manifestación contraria; pero, como era de esperarse, todo salió a pedir de boca. No obstante yo estuve allí ese día con nuestro general [Reyes]—porque supongo que usted será de los nuestros—, y aunque pensaba volverme al día siguiente, él me detuvo uno más y regresé ayer. [...] pienso volver el mes entrante, cuando el Presidente venga a Monterrey a sacar el primer riel que se fabricará en el país [...] (Othón 1999, 238) Igualmente, desde muy pronto, Othón puso su pluma al servicio de estas convicciones políticas, de corte conservador, con poemas como el “Himno a Iturbide”, escrito expresamente para rendir homenaje en un acto dedicado al primer emperador del México independiente. Durante su carrera acompañó esta práctica con una agenda programática de dedicatorias, sentidas cartas y otra clase de favores a algunos de los actores políticos más importantes del Porfiriato, con quienes trabó profunda y sincera amistad. Ellos sobre todo— aunque no debe olvidarse el papel fundamental que jugaron en su vida los modernistas de la Revista Azul o la Revista Moderna—fueron los responsables de perpetuar la presencia del ausente, aludiéndolo o publicándolo en sus diarios, otorgándole favores políticos y, sobre todo, cooperando en la mitificación de su figura. Si, como se ha dicho, la crítica no ha querido considerar las consecuencias del retiro de Othón, mucho menos se ha interesado en analizar la participación que el propio poeta tuvo en la figuración de su personalidad pública. Hay que anotar, por lo tanto, que en el intríngulis de su servilismo político, Manuel José Othón aprovechó su ausencia para contribuir a la mitificación de su persona. Para crearse, finalmente, como ese actor de si mismo “que escribe con rapidez febril, como quien cumple con un deber a fuerza.” Llegó un momento en que sus entusiastas le construyeron una careta y Manuel, al ver los beneficios de la construcción, cooperó con la misma para garantizarse ese estado de permanencia en la sociedad de su tiempo que tanto le interesaba. Gran parte de su éxito se debe, precisamente, a que entendió como transformar su no presencia en presencia; no solamente deduciendo que el favor de los políticos e


intelectuales más importantes podría otorgarle prestigio, sino sabiendo que ciertas particularidades de su vida causaban mayor interés que otras. En esa dinámica, Othón sustentó la mayor parte de las estrategias con las que se movió en lo que, en palabras de Pierre Bourdieu, sería su campo literario; el del México porfiriano de cambio de siglo7.

Varios factores impulsan a determinar el espacio del Porfiriato, ocurrido entre 1876 y 1910, como un campo literario , según la definición de Pierre Bourdieu, encontrada más claramente en su libro The Rules of Art (202-204)—un universo social único institucionalizado y obediente de sus propias reglas[ESTA IDEA ES POTENCIALMENTE MUY BUENA. YO LA SACARÍA DE LA NOTA Y BUSCARÍA ENCAJARLA EN EL TEXTO DE ALGUNA MANERA; INCLUSO, SI TE PARECE QUE ES SUFICIENTEMENTE CENTRAL PUEDE ENTRAR MENCIONADA EN UN POSIBLE SUBTÍTULO AL TRABAJO]. Durante la dictadura de Porfirio Díaz terminó de definirse un microcosmos social, cuyas leyes internas respondían a los grandes cortes epistemológicos de la época en general, mediándolos y funcionando dentro de ellos. La íntima relación que guarda la posibilidad de este campo literario, con los factores históricos que permitieron su surgimiento, podría incluso indicar que se trata del primer campo literario mexicano, relacionado a gran escala con el avance cultural y artístico de toda la América hispana—ya independiente, o en vías de independencia, de la corona española, pero eso es algo que no se podría definir en este momento. En el caso de la literatura mexicana, este periodo está, sobre todo, íntimamente relacionado con un nuevo orden político, producido por el fin de las intervenciones extranjeras, los conflictos bélicos—que no los ideológicos—entre liberales y conservadores, y la institucionalización de la dictadura de Porfirio Díaz—que convino en la llamada Paz Porfiriana. La singularidad de este cronotopo en cuestión de producción literaria —extendido siempre hacia 1867—ya ha sido señalada como independiente de cualquier otro momento de la literatura nacional. Véase, por ejemplo, el artículo “Tres momentos de la cultura en México,” publicado hace más de tres décadas en Plural, por Gabriel Zaid. Más esclarecedor resulta el comentario de Carlos González Peña en su Historia de la literatura mexicana, donde además el académico mexicano emparienta las causas de esta literatura, con las particularidades del momento político e histórico que vivía el país. Durante esta época “México sufrió hondas transformaciones en los órdenes político, económico y social”—subrayaba Carlos González Peña—y “Por lo que hace a las letras, la situación creada las afectó en varios respectos. Señalemos uno tan sólo, el principal: habiendo dejado de absorber la vida pública al escritor, la labor intelectual se desarrolla aparte de la acción política, que, por lo demás, casi no existe. Al amparo de una paz prolongada, la literatura mexicana alcanza un intenso florecimiento.” (183) El fin de ese campo literario, se puede establecer fácilmente en el inicio de la Revolución mexicana. “De igual suerte que en nuestra historia política señala el término de una época, el año de 1910 marca de la conclusión de un ciclo en nuestra historia de las letras mexicana.” (188) Para 1910, la obra educativa de Justo Sierra, considerado un predecesor del modernismo, concluye con la apertura de la Universidad Nacional misma que, en más de un sentido, clausura la época del cientificismo positivista, dándole casa a una nueva generación de jóvenes estudiantes. Con ellos surge también una nueva revista, la Savia Moderna, fundada, entre otros, por los hermanos Henríquez Ureña y Alfonso Cravioto, quienes con este acto clausuraban las tentativas de resucitar la Revista Moderna. Es, más que simbólicamente, un acto de clausura de una época que, junto a otros actos de protesta, como una celebración en honor del aniversario de Barreda, el 20 de junio de 1908, “hace partir Antonio Caso una nueva época de la ideología mexicana.” (253). 7


II.

Para entender cómo operó Manuel José Othón desde su ausencia—su figuración como personaje público, las relaciones que estimuló con otros personajes de su tiempo—es importante, por lo tanto, obtener una comprensión general de las particularidades de su ambiente sociocultural. Cuáles eran las circunstancias en las que se vivía y producía la literatura en el México porfiriano. Si el objetivo es plantear y trazar las relaciones del individuo con su situación y circunstancias, la sociología de Pierre Bourdieu es de mucha utilidad. Sobre todo porque la teoría de campos de Bourdieu se articula a partir de su llamada teoría de la acción, misma que revisa la capacidad estratégica que tiene un individuo dentro de su campo—agente es el término que propone el sociólogo francés—para interactuar con las prácticas sociales que estructuran ese campo. En el caso de Othón, esta teoría facilita entender cómo y en qué sentido se desenvolvía social y profesionalmente un escritor profesional mexicano de finales del siglo XIX. De qué manera sucede su interacción como productor de literatura, y el constructo social en que la produce; y, ultimadamente, cómo es su relación con otras formaciones socioculturales con las que entra en contacto—o, inclusive, bajo las cuales se supedita—como el campo de poder. Una de las bondades de la sociología bourdeana es que permite, a través del concepto de habitus, introducir a un sujeto específico—Manuel José Othón, en este caso—sin caer en los idealismos romanticistas habituales en cierta crítica8. El modelo de Bourdieu consiente, sobre todo, Gran parte de la crítica othoniana se estaciona en la repetición de los lugares comunes en los que han abundado los comentaristas desde finales del siglo XIX. Poco, hasta la fecha, se ha hecho por ir más allá del panegírico, ocultando—quizá accidentalmente—rasgos de la personalidad y la vida de Othón que afectaron directamente su proceso creativo, sobre todo su definición como esteta en una época de revolución epistemológica en todos los sentidos del arte, la cultura, la política y el orden social de un país que despertaba a la burguesía. Esta conducta quizá se deba a la máxima de “restituirlo a su pueblo, al pueblo de la montaña y los campos”, arrojada por Jesús Urueta en la velada que el cuatro de enero de 1907 dedicó la Revista Moderna a la memoria de Othón. Obedeciendo a esa dinámica, los trabajos de Montejano, Peñalosa, Campos, Escalante o Btancourt destituyen al poeta del mundo real y socialmente activo Lo reducen, como hicieron López Portillo o Bravo en su momento, el ánimo bucólico de la 8


revisar la subjetividad y la programación con la que se mueve un agente cultural—esto es, el escritor específico dentro de su campo de producción. A la vez, obliga a operar sobre las bases de una arqueología historicista, de tradición meramente posestructuralista9. De esta manera pueden revisarse las dinámicas culturales de la período, obteniendo una necesaria visión panorámica o de conjunto. La intención de esta práctica es, sin duda, comprender la operatividad de la época, pues es en ese funcionamiento en que se suceden los diversos habitae de sus habitantes10. En última instancia, más allá del poeta, este tipo de estudio permitiría entender que la ideología de una época—en palabras de Foucault—“está en posición secundaria con respecto a lo que debe funcionar para ella como infraestructura o determinante económico, material etc.” (1980, 182) Finalmente, al entender cómo y cuáles son las estrategias sociales que lo relacionan—tanto como persona/figura (poeta), como a su poesía—con otros agentes propios de los campos literario y de poder, se podrá facilitar la comprensión de su agencia como mecanismo generador de una imagen que le permite, sobre todo, el hacerse de un lugar y capital simbólicos. La fuerza animadora que, dentro del campo, más fácilmente provee de capital simbólico es

poesía de su madurez, figurándolo como un poeta poco preocupado por su determinación como artista en un momento histórico de verdadera competitividad intelectual. Véanse también las entradas en las antologías que lo admiten, donde se le resume en un abstraído en la contemplación del paisaje, esclavo de la sierra y el bosque, condenado gustoso de la noche rústica de la que arrancó algunos de los versos más atinados de la literatura nacional. En este estudio, interesa sobre todo la idea de arqueología en la historia, propuesta por Foucault en La arqueología del saber. En contraposición del “uso ideológico de la historia,” Foucault propone una arqueología de posibilidades dentro del discurso historicista tradicional, fundado en la relatividad del saber histórico, para poder descubrir el sentido de los acontecimientos. Oponiéndose al estructuralismo más ortodoxo, el filósofo francés establece que en la historia puede explicarse el devenir, invalidando la idea de una historia continua, establecida siempre desde un espíritu de época y de mayor arraigo en las tradiciones hegeliana y marxista. Al contrario, el método arqueológico foucaultiano permite la “descripción intrínseca de un monumento.” (11-24) 9

El concepto fundamental para entender el modelo de Bourdieu, cómo es que ocurren las tomas de posición, la consecución de la distinción y la propiedad del capital simbólico es el de habitus, o “principio generador y unificador que retraduce las características intrínsecas y relacionales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir, un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y de prácticas” (1997, 19). En pocas palabras, el habitus es la mediación entre la acción y la estructura del campo. A través de él se suceden (y guían) todas las elecciones y decisiones de prácticas sociales tomadas por un agente. El habitus único y, por lo tanto, distintivo, del agente son las acciones que él toma para posicionarse y de su éxito dependerá, claro está, la consecución de capital simbólico. Es importante notar que el habitus no es proveído por el campo, de ninguna manera, sino que es el resultado de un proceso cognitivo de evaluación y reflexión durante el cual el agente decide cómo interactuar socialmente. El habitus, por lo tanto, es una decisión programática, tal vez no un disfraz o una máscara precisamente, pero sí un procedimiento estudiado para moverse en sociedad. 10


la distinción, instrumentalizada para obtener una posición jerárquica superior a la de los competidores. El campo literario funciona, precisamente, a partir de una dialéctica de la distinción, donde a toda acción de un agente, corresponde una reacción del campo, y donde cada acción es producto de una pretensión de distinción. (Bourdieu 1996, 126) El concepto de distinción, por lo tanto, nos facilita entender la idea de los “pares opuestos” que estructuran la dialéctica del Campo, pues es aquí donde los agentes buscan tomar una posición; ya sea que la heterodoxia se enfrente a la ortodoxia, que lo clásico se oponga a lo novedoso, que el compromiso social encare al arte puro, o que la vanguardia haga frente a la tradición, por mencionar sólo algunos. A final de cuentas, dentro del campo, el objetivo único de esta dialéctica distintiva es legitimar, social, cultural o artísticamente, al agente y entraña beneficios casi siempre directos. Sin embargo, esta legitimación no puede ser dada por los miembros del campo, sino que generalmente es proveída por instituciones que monopolizan el ejercicio de lo que Bourdieu llama “violencia simbólica”, uno de cuyos resultados es la confección, establecimiento o pertenencia a un canon11. Lo más interesante de este complicado análisis sociológico, es que refiere a una red de relaciones entre individuos actuando por ellos mismos, con distintas funciones dentro de su campo, así como a las relaciones entre cada uno y las estructuras que los rodean. Sobre todo con el campo de poder. La dinámica no es ni unilateral, ni bilateral, sino más bien una telaraña, donde la única moneda de cambio es este capital simbólico que, sin embargo, sí es único en su significación para los miembros del campo, pues para todos tiene el mismo valor. El capital simbólico—y cultural, para diferenciarse de otros capitales—puede ser entendido como una fuente de riqueza, en el mismo sentido que la teoría y práctica económica ha definido a los capitales físico, humano y natural. Es, por lo tanto, susceptible a explotarse, devaluarse o inflarse. Aunque muchas veces intangible, puede traducirse a lo tangible, aunque indudablemente resulta mucho más productivo analizarlo desde su condición etérea, porque en ella se representa mejor el valor intelectual o estimativo que adquiere el poseedor del capital cultural simbólico dentro de su gremio. Una explicación bastante clara de la expresión “violencia simbólica” de Bourdieu se encuentra en “La noción de violencia simbólica en la obra de Pierre Bourdieu: una aproximación crítica”, de J. Manuel Fernández. Es importante comprender la relación entre violencia y capital simbólicos, sobre todo porque el segundo es producto directo de una dialéctica violenta en la que, ante los ojos del sumiso, el agente dominador convierte su poder en carisma—en el sentido weberiano del término. Entendiendo que todas las relaciones dialécticas dentro de un campo tienen un vencedor, éste debe comprenderse como el carismático receptor del capital simbólico que estaba en juego. 11


La posesión de capital cultural simbólico permite, entre otras cosas, la ostentación, misma que es muy importante para entender las dinámicas de los agentes del campo literario durante el Porfiriato. Ser poeta en la época es, ante todo, un título. Su exhibición es la verificación de cierto estatus dentro de la sociedad o, cuando menos, dentro de su campo. El título de Poeta se obtiene en el reconocimiento público y, para conseguirlo, el agente debe resultar vencedor en esa dialéctica cuyas reglas son establecidas por los propios agentes del campo. En 1895, por ejemplo, Gutiérrez Nájera reglamenta que “Lo que se exige a un poeta (...) para ser considerado como gran poeta en la literatura propia, es lisa y llanamente que sea un gran poeta, es decir, que la luz que despide sea suya y no refleja.” (cit. en Martínez México, 739) La originalidad, de la que el mismo Othón presumirá en todo momento, sobre todo en el prólogo de sus Poemas rústicos, es una de esas distinciones en las que Bourdieu define la obtención de capital cultural simbólico, y no se puede dudar, primero, que Othón la promulgó y, segundo, que la obtuvo: ya desde temprano en la década de los 90, toda mención de su nombre en las prensas metropolitanas, es antecedida por el título de Poeta. Así pues, debe determinarse la importancia socio-simbólica de la ostentación para considerarla como lo que virtualmente era: un capital cultural simbólico. Entre las dinámicas de la burguesía, como se observa, la presunción juega un papel definitivo en las relaciones de poder y de dominación/sumisión, sobre las cuales se estructuran las prácticas sociales. Aquí cabe pensar en conceptos como “buena reputación” o “fama” de un agente, pues son productos de esta ostentación consciente de su lugar en el campo. Probablemente, la ostentación de tipo social en la época, está motivada por el mismo mecanismo de autoafirmación que Max Weber vio en los nobles feudales según apuntaba en Economy and Society. La ostentación como hermana del lujo, no es algo simplemente superfluo, sino que es vista como una necesidad definitoria del triunfo sobre los competidores. Poco a poco, en el transcurrir del campo literario del Porfiriato, esta ostentación se volverá parte de las motivaciones artísticas de los escritores, quienes querrán ser parte funcional del sistema aristocrático y oligárquico que permite el lujo sin reservas. Idealmente, el modelo bourdieano propone que, tomando en cuenta las relaciones entre los agentes y las de los agentes con sus propios habitae, así como las de estos y los campos a los que pertenecen, se trace una trayectoria. Ésta, lejos de ser una simple biografía, debe relatar las sucesivas posiciones ocupadas por un agente en su campo literario. Por el momento, no será completamente posible trazar esta trayectoria, pero vale la pena mencionarla, ya que incluye, no sólo las posiciones tomadas por el escritor, sino también las conocidas como “espacios posibles,”


es decir, todas aquellas que no tomó. La intención es explicar el génesis de los campos, así como el origen de los habitae de los agentes que funcionan en esas estructuras. La razón de este estructuralismo genético radica en que However great the effect of the field, it is never excercised in a mechanical fashion, and the relationship between positions and position-takings (notably works of art) is always mediated by the dispositions of agents and by the space of possibles which they constitute as such through the perception of the space of position-takings they structure. (1996, 256-57) Volviendo a la historia de la crítica othoniana, hay que anotar de nuevo el error tradicional que insiste en el poeta indiferente de la sociedad. Cuando se le quiere como un abstraído en la contemplación, forzándolo al ánimo de los que buscan el arte por el arte, se ignora tácitamente el elaborado plan identitario con el que Othón se concibió a sí mismo, y a sus obras de madurez. La cancelación de un trabajo de años que le parece menor, nimio y sin valor en un proyecto poético determinado y determinante—como lo expresó puntualmente en los Poemas rústicos indica a un poeta convencido de que se encuentra en medio de una práctica social constituida por la interdependencia de lo escrito, y los individuos que reciben el texto. En este sentido, el Othón “agente” funciona en su campo literario, no sólo a través de sus intenciones estilísticas, sino sobre todo por medio de determinadas estrategias que no pocas veces tuvieron un carácter casi político. Si se piensa en la forma con la que Othón abordó a su época para hacerse de capital simbólico, así como de un lugar preponderante dentro del campo, se pueden identificar cuando menos dos instancias muy significativas. Primeramente, desde temprano en su carrera, el poeta se ilegitimizará ante sus compañeros de campo por medio, entre otras cosas, de sus dedicatorias y la ostentación de su ideología política. Después, en el momento que sus obligaciones laborales lo llevaron lejos de los suyos, practicará lo que se denominaría como ausentismo social—o práctica social de la ausencia; el manejo en sociedad de su persona ausente que, mediante la ostentación de su título de poeta, dialogará con el campo de poder a través de prácticas de clientelismo político.


III.

En el terreno de la mera poesía, a diferencia de algunos de sus contemporáneos, tan ansiosos por innovar, desarticular y modernizar los modelos literarios, Manuel José Othón se distingue por enfrentarse directamente a los modelos poéticos precedentes. Su objetivo—bien logrado, según la estimación de la crítica—fue el de renovar los mismo discursos y estilos que el grupo de poetas modernistas pretendían eliminar. En esa actitud de no tan velado conservadurismo—significado, además, hacia los niveles de lo político y no sólo de lo literario—el potosino comenzó a trazar su relación con el campo de poder porfiriano. Aquí, el sitio ideal para entender a Othón es el de los paratextos, antes que hacia el interior de la obra. En ellos revela más evidentemente su habitus, así como las estrategias de toma de posición con las que se inserta en un espacio de posibilidades sociopolíticas y literarias. Por suerte, si de algo no ha pecado la crítica othonista, es de prescindir del individuo, lo que permite insertarlo más en el contexto de prácticas sociales de su campo. La primera de estas prácticas tiene que ver con el surgimiento en México de las “grandes empresas editoriales.” Si bien este “entusiasmo” se había originado “desde mediados del siglo, se robusteció en esta época de paz y con mayores recursos técnicos.” (Martínez México, 736) Las revistas y periódicos se convirtieron en las principales herramientas de difusión para los escritores— literarios, históricos o científicos—que comenzaron, por esta razón, a aprovecharse de la naciente idea de mercado editorial. Las publicaciones periódicas son, en todo sentido, el espacio preponderante de la práctica cultural de la época. La escritura se inscribe, así, abiertamente en una práctica de producción y consumo, ligada íntimamente al concepto de industria. Sobre cualquier otra razón, la imagen de una industria literaria, obliga a pensar que en el estudio del campo literario profriano, debe tomarse en cuenta una especie de sociología de la dinámica entre lectura y producción literaria. Pero, sobre todo, debe indicarse como esta dialéctica se inserta en una de las mayores preocupaciones del momento que es la de crear una literatura nacional. La importancia que esta preocupación proyecta en el agente del campo, tiene que ver, ante


todo, con los resultados positivos y palpables de la recepción de su obra; sus éxitos y sus fracasos. Si bien la determinación de una literatura nacional aparece ya como inquietud desde el momento en que Ignacio Manuel Altamirano funda la revista El Renacimiento, en 1867, la urgencia por su definición en relación con los productores de literatura, se afianzará en las discusiones literarias de finales de siglo. El verdadero escritor de valía, entre los compañeros de gremio, no sólo deberá ser original—en el sentido que mencionaba Gutiérrez Nájera y que repetiría Othón—sino también nacional, que no nacionalista. Las discusiones sobre la pertinencia de una literatura nacional comenzaron, según informó José López Portillo y Rojas en el prólogo a La parcela en 1898, en otro espacio del campo literario porfiriano: las academias. Dice López Portillo: el difunto Liceo Hidalgo, que de Dios goce, consagró años ha alguna de sus sesiones a discutir si México debería tener o no literatura especial. Si la memoria no nos es infiel, don Francisco Pimentel y Heras y don Ignacio M. Altamirano fueron los corifeos de una y otra tesis, y se engolfaron con tal motivo en eruditas discusiones haciendo votos el segundo por una literatura netamente nacional y el primero por la continuación de la hispana. (cit. en 737) La discusión entre Altamirano y Pimentel, por supuesto que es un reflejo de las discusiones más generales de la época. La intención de rompimiento contra todo lo peninsular, estructurada desde la idea de novedad y surgimiento manada del espíritu independentista, llegó a verse coronada finalmente con la aparición del modernismo que, según opinión general “aunque con dejos ocasionales de gongorismo (...) no fue a beber en fuentes españolas.” (Enríquez Ureña cit. en Martínez El modernismo, 10-11) Pero esta conquista del modernismo contra la influencia hispana—ya sea real o aparente—en México, cuando menos, es sólo el colofón de una teleología que sentó sus principios en los sentimientos emanados de la Restauración de 186712. Con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo, el 19 de junio de 1867, comienza el periodo que la historia oficial ha bautizado como la República Restaurada o de la Restauración, mismo que termina con la ascensión de Porfirio Díaz al poder en 1876, para dar paso al Porfiriato. La muerte del emperador espurio, conllevó a la estabilidad del gobierno liberal que, a la muerte de Benito Juárez en 1872, sería sucedido por Sebastián Lerdo de Tejada. El país entra así en un periodo de relativa paz, apenas interrumpida por levantamientos y enfrentamientos parcialmente aislados que, tras la victoria del Plan de Tuxtepec de 1876, comandado por los hermanos Díaz y Manuel González, serían totalmente sofocados hasta inicios del siglo XX. La reinstauración del modelo republicano, aunada a la prisa con la que se inicia la modernización del país, sobre todo en cuestión ferroviaria e industrial, permitieron una parcial desmilitarización que repobló las ciudades y permitió a los hombres de ingenio ajeno al mero mundo soldadesco, volver a las labores que interrumpieron cuando, en 1862, Benito Juárez perdió la centralidad del poder. Uno de ellos, el literato e intelectual guerrerense, Ignacio Manuel Altamirano habría de iniciar, en medio de esa nueva paz juarense— 12


Tras la caída del segundo imperio, México, doblemente independiente, quería definirse en sus propios términos y esta preocupación se extendió desde la segunda época de Juárez, hasta la institucionalización del Porfiriato. El campo literario porfiriano, que tiene su germen en los eventos de El Renacimiento y el Liceo Hidalgo—y que tendrá sus espacios cimeros en otras revistas, la Azul y la Moderna; y en otra academia, La mexicana de la lengua13—plantea el primer problema de su definición desde el lenguaje. Pimentel, el gran defensor de una literatura no nacional14, recordó en su Historia de la poesía en México de 1892 unas palabras de Altamirano que resultan, por lo demás, bastante significativas en cuanto a la intención de los tiempos: “así como en México había habido un Hidalgo, el cual en lo político nos hizo independientes de España, debía haber otro Hidalgo

que le pagó íntegramente sus sueldos atrasados de militar—, el resurgimiento del interés literario en el país. Con su retirada del campo de batalla y la política activa, Altamirano comienza en 1867 una fuerte actividad literaria que lo convertiría en el maestro y modelo de las generaciones de escritores que le siguieron, no exclusivamente por lo imperecedero y la calidad de su obra literaria, sino porque con la fundación de su revista El Renacimiento en 1869, propone un modelo para la convivencia de los dedicados a la literatura, así como para la masificación de todo lo que se producía en el medio. La pluralidad de nombres e ideas que se dan cita en El Renacimiento, son testigos de que, aunque el ánimo literario de México provenía de muy diversos lugares y situaciones ideológicas, existía un escenario en que todas las literaturas podían entonces convivir; “escritores viejos y jóvenes, liberales y conservadores: al lado de los jacobinos Ramírez y Prieto, los imperialistas Montes de Oca y Roa Bárcena; junto a Payno y Riva Palacio, Justo Sierra y Manuel Acuña.” (González Peña184) Ser escritor, por lo tanto, ya no fue más el saberse –o creerse—poseedor de un genio creativo, sino representarse como miembro activo de un grupo social específico que podía convivir más allá de los linderos ideológicos e idiosincrásicos. En palabras de Carlos Pereyra, “la verdadera amnistía [de la Restauración]se dio en las columnas de El Renacimiento, donde escribieron los que en la víspera se habían hostilizado en el campo de batalla.” (Pereyra cit. en González Peña 184) Más allá del ánimo gremial, el gran triunfo de El Renacimiento radica en la resurrección de la prensa libre en el país y, en cierto sentido, en el resurgimiento de la educación pues es el mismo Altamirano el que se dedicará a fundar la Escuela Normal de Profesores, y abogar por la constitucionalidad de la educación universal y gratuita. La Academia Mexicana de la Lengua se fundó en 1875. Desde su fundación irá asociando a todos aquellos considerados como los grandes escritores de México. Es interesante observar que su fundador y primer presidente, fue Sebastián Lerdo de Tejada, a la sazón presidente también de la República. Aunque surgida como correspondiente de la Real española, y consagrada a la conservación oficialista del lenguaje, la fundación de la Academia Mexicana es un indicio de la plena confianza que, desde el campo de poder, se le da a producción y salvaguarda de la literatura, protegiendo una de las fabricaciones culturales sin las cuales no puede funcionar la nación: el idioma. No es coincidencia, entonces, que la misma persona dirigiera, cuando menos durante un año, las políticas del país y del idioma. Como institución, la Academia sintetiza durante el resto del siglo a los más granado de la intelectualidad mexicana del momento. Othón, de hecho, fue miembro de número de esta academia desde antes de que terminara el siglo y sesionó con parte de lo más granado de la intelectualidad conservadora de la época. 13

14En

principio—anota José Luis Martínez—, discute Pimentel el concepto sobre literatura nacional que había expuesto Altamirano, afirmando que, de aceptar las modificaciones que el pueblo ha impuesto al castellano, llegaría a tener “una jerga de gitanos, un dialecto bárbaro, formado de toda clase de incorrecciones, de locuciones viciosas, cosa que no puede admitir el buen sentido, llamado en literatura buen gusto.” (Martínez 2001, 737)


respecto al lenguaje.” (Ibíd) En su toma de posición, Altamirano repite sin duda su credo político; el del liberalismo. Pimentel igualmente se mantiene como conservador en concordancia con su postura plítica en la lucha antagónica del momento. La división en dos bandos encontrados—liberales y conservadores—se prueba, por lo tanto, como no exclusiva del campo de poder. Al contrario, se extendió hacia el resto de los campos con los que se relaciona. La modernidad en México debió surgir en medio—o a pesar—de esta discusión en la que Pimentel perdió vigencia ante el empuje carismático de Altamirano, quien se convirtió en el gran maestro de las generaciones por venir. Los escritores y literatos mexicanos que escribieron durante el porfiriato, no fueron ajenos a esta discusión pues en ella surgieron sus posiciones con respecto del hecho literario y, por lo tanto, de su lugar en el campo. Por esta razón, es preciso recordar ahora lo que, en su momento, Pimentel tuvo a bien describir como el ideal una literatura nacional. En sus puntualizaciones, se entiende que la cuestión de la literatura nacional no fue solamente una discusión sobre el lenguaje, como pretendían él, Altamirano y todos los inmiscuidos en el Liceo Hidalgo. Fue ante todo una cuestión ideológica, más bien política, donde no se opusieron conceptos fundamentales de filología—por decirlo de algún modo—ni únicamente estéticos. Además, es sorprendente la cercanía que las especificidades de Pimentel mantienen con las pretensiones altamiranistas que llevaron al modernismo: 1ª. El autor mexicano ha de escribir en castellano puro, aunque siéndole permitido introducir algunos neologismo convenientes. El castellano es, de hecho, el idioma que domina en la República Mexicana, es nuestro idioma oficial, nuestro idioma literario. (...) 2ª. El escritor mexicano debe respetar las reglas del arte generalmente admitidas; pero bien puede proponer alguna nueva fundándola debidamente. 3ª. Al escritor mexicano no le es vedado pertenecer a alguna escuela literaria, como la clásica, romántica, ecléctica, idealista, realista, etcétera, pero sin imitar servilmente a ningún autor determinado. (Íbid) Manuel José Othón, en su momento, se situará también en uno de los bandos, el conservador, en el cuál no distinguirá entre sus ideas políticas y sus ideas estéticas. Las puntualizaciones con que Pimentel define lo que sería una literatura nacional—en el caso de su inevitabilidad—concuerdan, interesantemente, con las que utilizaba Othón para oponer la modernidad de su escritura contra las fabricaciones modernistas:


Los poetas [...], tienen obligación de expresarse correctamente en el idioma en que escriben; esto es muy fácil... relativamente, para los que conocen su lengua. Eso de que hay ideas modernas que no caben en el molde del idioma y que es necesario inventar palabras y giros que las contengan, son mamarrachadas de los ignorantes y de los escritorzuelos. Todo [...] cabe en el inmenso molde de la lengua castellana, que es uno de los más amplios que Dios ha concedido al verbo humano y, so pena de escribir disparates incomprensibles y vaguedades, nadie puede romper ese molde. Convengo en que es [...] preciso reformar y hacer progresar el idioma; pero esto se hace con su cuenta y razón y no a la trompa talega, como nuestros amigos los modernistas hispanoamericanos. (Othón 1999, 214) Esta oposición que desde el lenguaje mantiene Othón contra los modernistas, además del linaje conservador que lo emparienta con Pimentel, ilustra también la definitiva institucionalización del hecho literario, según ocurre en el Porfiriato. Sobre todo, porque el escritor se manifiesta exclusivamente como escritor. La idea de que quien escribe debe hacerlo desde una serie de reglas, ya sean impuestas por la tradición o creadas por él mismo, indica que existe un ente inamovible—la literatura—al que sus agremiados se aproximan con las herramientas que creen convenientes15. Las herramientas elegidas, diferencian únicamente las escrituras elegidas por cada quien, pero, indudablemente, no los distancian de la misma pretensión: hacerse del capital cultural simbólico que les otorgaría la distinción dentro del campo. Este capital cultural simbólico comienza entonces a materializarse en premios, criticas positivas o, finalmente, en la inclusión de los literatos distinguidos—los “grandes poetas”, en las palabras de Gutiérrez Nájera—en ciertos espacios que conceptúan a la actividad literaria. Lugares como las revistas y los periódicos, así como las academias, tertulias literarias y veladas

El objetivo del análisis de las obras culturales propuesto por Bourdieu consiste en hallar, primero, la relación entre dos estructuras: la de las obras (género, estilo, etc.) y las del campo que las produce. Lo que interesa aquí es evidenciar y entender la reciprocidad entre las reglas establecidas por el campo, literario en este caso, y las obras que surgen en él, para ver en que grado se obedecen o subvierten las mismas, con el objetivo último de distinguirse ante el Campo de poder. Y es que, desde la sociología cultural de Pierre Bourdieu, se sugiere que un campo específico y delimitado, es responsable de las obras que surgen de él. Responsable en el sentido que, por ejemplo, el lenguaje oficial o los modelos patrocinados y aplaudidos por los representantes del poder, serán los que imitará –o transgrederá– cualquier producción cultural que aspire a obtener cierto poder simbólico, o cuando menos a situarse en un lugar específico –y conveniente dentro del campo. La relación entre obra y campo de producción, por lo tanto, es eminentemente violenta, en el sentido que la primera intentará siempre desarticular la estructura del segundo, buscando transformar las relaciones entre las fuerzas que lo instituyen. 15


son los espacios en los que los agentes viven el campo literario y de donde, evidentemente, obtienen el capital simbólico que desean16. Los agentes distinguidos no son sólo productores de arte, sino que también poseedores de un estatus social que los acerca, o lo iguala, a los más prominentes miembros de la política y la sociedad burguesa. A pesar de que viviera alejado, Manuel José es habitante de esa época, y depende de ella porque ésta impone, indudablemente, esas reglas. La obediencia o desobediencia de éstas reglas es lo que define a los agentes de su campo. Para continuar con la revisión del caso particular de la producción de literatura en el México porfiriano, por lo tanto, deben tomarse en cuenta aspectos clave de su situación. La más importante, probablemente, es la condición que la literatura—ya entendida como institución social—generaba como práctica eminentemente burguesa. Hay que recordar que, a nivel mundial, es precisamente esta época en que la literatura termina de definirse tal y como se concibe ahora, sobre todo como un bien producido por una industria y regulado por un mercado. “Es decir—dice Roland Barthes—en el nacimiento del capitalismo moderno.” Igualmente la no sólo aparente institucionalización de la intelectualidad—aunada a veces a factores públicos como el clientelismo político o el mecenazgo de estado—es un factor que opera en la definición de la literatura, pues, como resultado de la modernización, “comienzan a multiplicarse las escrituras. En adelante, cada San Luis Potosí es una de las primeras ciudades de provincia que se embarca en la aventura periodística. Con la llegada a la ciudad de José Tomás Cuellar, “Facundo”, íntimo de Altamirano y cofundador de El Renacimiento, se diversifican las opciones de la prensa, cuando se funda La Ilustración Potosina. Esta revista, de ánimo más bien literario, al contrario de su coetánea y oficial La sombra de Zaragoza, comprueba la importancia que tiene la prensa como espacio de sociabilidad pública. “El movimiento literario sigue haciéndose sentir en los estados.”—escribe Altamirano desde su propia revista—“San Luis Potosí tiene ya su periódico de literatura, y un periódico muy bonito y que honraría a cualquier país.” Y continúa con un entusiasmo que refleja la novedad de esta clase de acontecimientos en aquél momento: “Redáctanle en primer lugar nuestro queridísimo amigo José Tomás Cuellar, uno de los fundadores de las “Veladas literarias” en México, y uno de los que han contribuido más eficazmente a desarrollar el amor a las bellas letras en la época actual, y a quien debemos en todas nuestras tareas y empresas la más entusiasta cooperación.” (Altamirano cit. en Betancourt Los poemas 5-6) Aunque el primer número de La Ilustración Potosina apareció el primero de octubre de 1869, cuando Manuel José Othón apenas tenía once años, sin duda fue el germen de los que, años más tarde, él mismo fundará y redactará siguiendo el ejemplo de que es en la prensa el primer lugar donde existen los literatos. Igualmente, esas “veladas” de las que Cuellar era no sólo asiduo, sino organizador, fomentan en San Luis el gusto por la tertulia de la que, de nuevo, Othón sería tan afecto. Sucede que en estos pocos años de la Restauración, con el resurgimiento de la prensa y, sobre todo, con la popularidad que adquiere el periodismo literario y cultural, comienza una socialización de la literatura que se extenderá y refinará a lo largo del resto del siglo, determinándose y definiéndose como el primer espacio del campo literario, al que seguirán las tertulias y reuniones literarias, que “[son] cordiales, entusiastas [y donde] domina […] un contagioso sentimiento de fraternidad” (182), hasta instaurarse, formalmente, las primeras “Sociedades” y “Academias”, con un espíritu más formal y regulado. 16


[escritura] se quiere el acto inicial por el que el escritor asume o rechaza su condición burguesa.” (Barthes) Las tomas de posición de los agentes—las estrategias con las que Othón intenta distinguirse—tienen que ver con este ánimo de época de definir la pertenencia al campo literario, desde la perspectiva de la total aceptación de sus términos, o la subversión de los mismos.


IV.

La vida pública de Manuel José Othón, su agencia en el campo literario, comenzó desde la escritura de sus primeros poemas en 1873. Desde pronto las estrategias con que intenta distinguirse tienen que ver con la publicitación de sus versos. A Othón le encantaba darse a conocer, siempre participó activamente en la vida pública de la poesía—certámenes, sociedades literarias, etc. De la misma manera, siempre tuvo un control muy preciso de la distribución de sus propios textos literarios. Por ejemplo, cuando joven, fundó y redactó una media docena de revistas literarias, de distribución tan precaria que se han perdido, pero que para principios de la década de 1880 le habían dado el entrenamiento suficiente para fundar el quincenario La voz de San Luis. Este periódico, que redactó junto a su eterno amigo Primo Feliciano Velázquez, fue también el lugar desde el que el poeta evidenció su credo político—el conservadurismo—, pues desde él planeó el “Homenaje a Iturbide”, para el cual escribió un Himno. En más de un sentido, Othón fue políticamente activo. Expresaba su filiación ideológica a través de su poesía, a través de composiciones específicamente escritas en inspiración de figuras como Iturbide o el propio general Díaz. Pero también, Othón tuvo la costumbre de dedicar algunas de sus composiciones a lo más granado de la sociedad conservadora de su tiempo. En esta dinámica, Othón buscó—y obtuvo muchas veces—el favor de los poseedores del poder político y, también, el de los poseedores del capital simbólico específico del campo literario. Cada personaje del porfiriato que aplaudió públicamente, o premió el genio literario de Othón con puestos de administración pública, había recibido antes de otorgarle el favor, algunas de las líneas más inspiradas del poeta potosino. Véanse los casos de su amistad con Blas Escontría, Carlos Díez Gutiérrez, Bernardo Reyes, por mencionar unos cuantos. Por supuesto que esta práctica no tenía nada de inocente. Hay momentos en su Epistolario en que puede seguirse muy de cerca, la dinámica utilitaria en la que Othón llega a entender su relación con los agentes del campo de poder. Por ejemplo, en una carta a Balbino Dávalos, poeta y


diplomático colimense a quien dedicó su poema “Pastoral”, Othón hace referencia a cierto favor político que le había pedido en relación con el presidente de la República, y le comenta que había recibido respuesta de Ignacio Mariscal, Secretario de Instrucción y Justicia de Porfirio Díaz. En esta carta, escrita en el lenguaje informal de los amigos, puede verse sobre todo la forma en que Othón utiliza a las amistades que, con su favor, lo distinguen en el campo literario, acercándolo al de poder: Según me dices, es un poco tarde para las gestiones que hago; pero debo decirte que no pude antes, porque creí poder ir yo personalmente a México y entonces ver a las personas de quienes pensaba valerme. No se pudo y entonces me resolví a escribir. Por lo demás, te diré que me he valido también de Blas Escontría, quien me ofreció recomendarme con todo empeño y eficacia [...] porque es íntimo amigo mío y me quiere bien. A él indiqué, como debía, que me había dirigido al señor Mariscal [...] pues pocas recomendaciones pesarán tanto en el ánimo del señor Presidente como la suya. Así lo creo yo, y el señor Mariscal me recomendó con interés y no dudo que el general Díaz lo atenderá debidamente. De manera, querido Balbino, que si no lo juzgas pesadez y disparatada importunidad, te agradecería mucho que vieras la manera de que el señor Mariscal volviera, como por vía de reuerdo, a decirle algo al señor general Díaz. [...] En fin, quisiera poder verte. Haré todo lo posible; y entretanto, sabes que soy siempre tuyo de corazón y que te quiero. (Othón 1999, 242) En esta explotación de favoritismos, en esta dinámica epistolar, en esta insistencia, a veces muy oblicua sobre la lejanía (“creí poder ir personalmente a México [...] No se pudo”), es que Othón se localiza y se distingue en el campo literario. Es en la relación del poeta con la metrópoli—el centro de producción, recepción y valoración de la literatura—en que decide el valor simbólico que desea obtener como agente literario. La muy temprana crítica othoniana— surgida en los primeros años de vida pública del poeta—entendió sobre todo el ostracismo de Manuel como inmerecido. Desde esa idea se le cultivó una imagen que lo acompañó durante sus años de gloria poética en vida—aproximadamente entre 1894 y 1906—misma que se ha reproducido en toda la crítica subsiguiente, hasta el día de hoy. Aún hay más: la figura que surgió del Manuel José Othón alejado, se acompasó convenientemente con el tema imperante en algunos de sus poemas más célebres, la naturaleza, resumiéndosele como vate pastoril, o simplemente como el mejor “cantor del paisaje”. El mismo poeta, probablemente consciente de lo que ocurría alrededor de su nombre, contribuyó a la figuración de sí mismo y, como puede apreciarse en sus cartas privada y


públicas, así como en otros documentos afines, abundó a veces en el bucolismo de su estampa. Esta es la que se podría llamar práctica de la ausencia como sociabilidad pública, pues con su actitud insistió en recordar su lejanía como un destierro, y los sufrimientos—generalmente anímicos e intelectuales—que su situación le producía17. “Supe de la publicación de sus libros”—le escribe a Rafael Delgado en 1905—“pero no los he leído”, porque hasta este desierto salvaje donde vivo, no llegan ni los ardorosos rayos del pensamiento, ni las divinas armonías del espíritu. Una que otra vez, acaso, suele llegar un eco perdido de cultura, porque la gente de acá ignora completamente que no sólo de pan vive el hombre. ¿Será usted tan compasivo y misericordioso con este triste desterrado y nostálgico del país del Arte, que le envíe para consuelo esas dos flores [Los parientes ricos y Cuentos y notas] de la tan lejana y tal vez perdida patria? (Othón 1999, 254) En este y otro tipo de conductas—como su oposición abierta al modernismo y los modernistas—Othón decide sus principales estrategias para obtener un lugar prominente en su momento histórico, que son además los primeros de verdadera competencia literaria en México. Aquella fue la primera época de auténtico auge en la vida literaria y cultural del país, y tuvo su cumbre en la aparición y disolución del movimiento modernista. La consciencia y consistencia de su figuración pública durante esta época—el gran poeta desterrado del país del arte, el único que tiene la capacidad de entender qué es la poesía—tendrá su colofón en el célebre prólogo de los Poemas rústicos, su obra de madurez y, en cierto sentido, su único volumen de poesía. Ahí, como artista, Othón determina que su lejanía no sólo debe entenderse como circunstancia física, sino sobre todo como una necesidad poética. Establece, también, que este alejamiento es sobre todo una condición intelectual que, a final de cuentas, está restringido a florecer solamente en el encuentro con otras mentes afines y, específicamente, habitantes de las metrópolis modernas: […] paréceme que el ideal estético de todas las épocas, y especialmente de la actual, es que el Arte ha sido y debe ser impopular, inaccesible al vulgo […], se Recuérdese que dentro de un campo literario, las estrategias con las que los agentes realizan sus “tomas de posición”, pueden ser específicas, como las cuestiones de estilo, o no específicas, como—principalmente en un momento como el Porfiriato—las políticas; e inclusive pueden tener ambos objetivos. La intención del agente es hacerse de la mayor cantidad de “capital simbólico específico” posible, definido por Bourdieau como cualquier propiedad (o “capital”) física, económica, cultural o social, que es distinguida por agentes sociales específicos, cuyas categorías de percepción son de tal naturaleza que les permiten conocerla, distinguirla y reconocerla, para conferirle algún valor. 17


debe componer [para las] inteligencias educadas, de almas accesibles [que] abundan, casi puede decirse, en los grandes centros de civilización donde la vida moderna ha hiperestesiado los nervios y los espíritus. (Othón 1999, 261262) Debe entenderse que las maniobras de Othón no son sólo el resultado de su absoluta comprensión sobre la necesidad de autorepresentación ante su sociedad. Son también consecuencia de una idea de época en que la producción de cultura comenzaba a determinarse bajo sus propios términos, donde el poeta reconoce la importancia de su determinación como constituyente de la ciudad/sociedad. En este orden de ideas, es necesario notar, primero, lo íntimamente ligados que están conceptos como producción artística o cultural, y vida citadina de la modernidad; y segundo, la relación que tienen ambos con el constructo administrativo de poder sociopolítico de la época. Sobre todo porque Othón no vive en la ciudad, pero sabe que culturalmente sólo puede operar desde ella y, después, porque en ella buscará siempre el favor político de los representantes del poder. De esta manera, se revela la conciencia del poeta de que sólo en la ciudad moderna es posible el mejoramiento del espíritu, mismo que, según expresa en su prólogo, está íntimamente ligado con ideas como la de civilización, modernidad y progreso operantes en su época y circunstancia. No se olvide que los años en que Manuel definió su proyecto poético, sucedieron durante la segunda etapa del Porfiriato, la primera época de verdadero auge metropolitano en la historia de México. En aquel momento, el avance económico del país, probablemente mucho más ficticio que real, se acompasaba con la idea de progreso—que en la práctica fue igualmente más ficticio que real—tanto en la industria como en la cultura, en imitación de modelos europeos no españoles. Estos son, entre otras cosas, los años del surgimiento de una clase intelectual sin ideales bélicos, misma que fue aprovechada por Porfirio Díaz para sus propios fines. Conocidos todavía hoy con el nombre de “los científicos”, estos primeros intelectuales mexicanos de posguerra surgieron bajo el ejemplo y el ala protectora de Ignacio Manuel Altamirano y su seminal revista El Renacimiento. En el sentido de análisis que interesa ahora, entre estos “científicos” se encuentran los agentes principales del campo literario en el que Othón escribe y se desenvuelve. Su delicada situación con respecto del campo de poder, al que indudablemente servían, ayuda sobre todo a determinar la existencia del campo literario como autónomo del campo de poder en sus operaciones, y no como uno de sus elementos constitutivos. Y es que, aunque no es demasiado


evidente, en algunos de estos agentes del campo literario se adivina la indeterminación en que sitúan su labor intelectual, en relación con los favores que les prestan las circunstancias políticas del país. Si cuando jóvenes habían sido entusiastas literatos de la Restauración, para el momento de la absoluta institucionalización del Porfiriato, sus carreras literarias habían pasado a un segundo término. Deseaban, sobre todo, ser parte funcional del régimen, transformar lo transformable, mejorar lo mejorable, pero esto nunca les fue permitido y, sin embargo, se conformaron. En opinión de Luis González, el dictador “los tratará como niños y los usará, casi siempre individualmente, muy rara vez como manada, en el desempeño de comisiones técnicas.” Este grupo será, únicamente “un apéndice decorativo y útil del poder. Decorativo porque el grupo contaba con las mejores plumas, los mejores oradores y las más exquisitas formas de comportamiento, útiles para mil cosas por su sabiduría y ambiciones.” (González 678) Aunque aparentemente fundamentada en una filosofía de tipo positivista—y esta idea habría que estudiarla con mucho más cuidado en otro lugar—y sustentada en este cuerpo establecido de “científicos”, la regencia de Díaz fue sobretodo un proyecto unipersonal. Durante el Porfiriato, regido bajo la máxima de “poca política y mucha administración”, la labor intelectual y cultural nunca se estableció como claramente ligada a la administración del poder público. Aunque muchos de los intelectuales más famosos del momento obtuvieron trabajos administrativos—incluso curules o puestos diplomáticos—como Justo Sierra, Amado Nervo, Gutiérrez Nájera o el mismo Manuel José Othón, esto no implica, sin embargo, que desde el circuito de poder comandado por Díaz se establecieron los pormenores de la producción cultural. La producción intelectual, artística y cultural de México se encontraba, como se ha dicho, en manos de esos hombres nacidos después de 1840 y antes de 1856 (González 672). Es, por lo tanto, la generación inmediatamente anterior a la de Othón la que determinaba las reglas del campo. La relación que mantiene Othón con algunos de estos hombres, sobrepasó los límites de la intimidad, haciéndose pronto parte fundamental de su vida pública. La amistad que cultivó el poeta con gente del prestigio de Bernardo Reyes o José López Portillo, demuestra que la simpatía mutua estuvo además contrapunteada por una dinámica de favoritismo y, por qué no, de clientelismo. “Hoy por la mañana me ofreció Flores Ayala, bajo su palabra de honor”—escribe Othón a su esposa—“que para el mes que entra tendría una colocación que darme.”, y continúa:


Sé que tiene mucho empeño, porque es muy leal y sincero, y en él confío absolutamente. A Eduardo Facha le dijo que estaba arreglando me dieran el registro público de la propiedad que es un empleo muy bueno y del todo independiente. (Othón 1999, 79) Flores de Ayala, secretario del general Carlos Díez Gutiérrez, el gobernador potosino a quien Othón dedicó el “Himno de los bosques,” cumplió su promesa y en 1884 el poeta obtuvo su primer cargo público. Así como Manuel José, los intelectuales y literatos más jóvenes buscaron siempre el favor del gobierno. Algunas veces, incluso, lo exigieron, pero la distancia entre el poder político y las manifestaciones culturales durante el porfiriato siempre estuvo muy bien determinada. Lo que si es cierto, a la luz de este mismo argumento, es que muchos de los intelectuales de la época entendían que, congraciándose con el círculo de poder, podían mejorar su situación laboral o económica y, sobre todo, establecerse como referentes intelectuales del momento. Lo que acontece en las ciudades mexicanas de fin de siglo es la estatización independiente de ambos campos, pero dibuja al mismo tiempo las relaciones que tendrían en sus prácticas y dependencias. La ligera, pero definitiva frontera entre ambos campos, llevará a algunos de los miembros del campo literario, a expresar su urgencia de reconocimiento y ayuda por parte del campo de poder. Gutiérrez Nájera, por ejemplo, determina que para que la cultura y la literatura de un país “evolucione” necesita de la protección del gobierno, porque “el gobierno lo es todo y debe intervenir en todo”. Al mismo tiempo, establece que esta ayuda y protección gubernamental en una sociedad moderna no tendría que condicionar la naturaleza del contenido literario. Argumentando que “en todas partes [el] auge de la carrera literaria se debe en gran parte a las medidas protectoras de los gobiernos,” menciona la independencia intelectual de “los periodistas americanos,” mismos que no abandonan el arte de sus letras, a pesar de que “tienen sueldo de ministros,” o que “las oficinas del Times ocupan una porción enorme de terreno.” Argumentando que la influencia del campo de poder es importante, especifica que debe ser sólo de carácter material y Aquí, más que en ninguna parte, necesitamos de esa protección, porque aquí, menos que en ninguna parte, puede abandonarse la marcha de las cosas a la simple iniciativa individual. […] Ahora pues, que la paz se ha cimentado y que la prosperidad comienza para México, es indispensable que el gobierno atienda con medidas justas y discretas al desenvolvimiento de las ciencias y las letras.


No puede negarse que [en México] el entusiasmo por las letras ha decaído grandemente. [Ahora] La literatura está entregada al brazo seglar que la ejecuta. Los que saben pensar y escribir, no piensan ni escribe más que de política. (375377) En la súplica de Gutiérrez Nájera permite ver que, en todo sentido, los agentes son conscientes de la independencia de acción que tienen hacia el interior del campo literario. Fijan, sin embargo, su mirada en los beneficios que la cercanía al campo de poder les produciría. En el caso de Othón, se nota que el poeta, acosado por una pobreza económica de la que no podía escapar, buscaba una posición de jerarquía que, si bien no podía traducirse en moneda corriente, sí podía obtener la forma de la gloria, la fama y el respeto. Síganse, por ejemplo, las noticias de los banquetes, festejos y nombramientos de los que es víctima el poeta en su natal San Luis Potosí, sobre todo a partir de 1902. Al revisar algunos documentos privados y públicos, como el contenido de ciertos diarios, se hace evidente esta concepción de autonomía de agencia que se tenía en el circuito productor de literatura. La institucionalización de la literatura, como práctica y producto cultural, tuvo repercusiones inmediatas en las prácticas individuales, tanto en las privadas como en las que se proyectaban hacia la sociedad. En el México finisecular ya se distinguen actitudes como la abierta competitividad entre escritores, y el deseo de reconocimiento—la apropiación de capital cultural simbólico—a través de la difusión de sus obras, y viceversa. Ambas actitudes que, a su vez, están íntimamente relacionadas con las manifestaciones de sociabilidad pública, como la formación de tertulias y sociedades literarias, así como el desarrollo de la industria del espectáculo y, sobre todo, la aparición de revistas, periódicos y suplementos culturales. Uno de los resultados más palpables de este ambiente, es la amplia difusión de la cultura que se vivirá en el periodo, y que mientras avanza el siglo será cada vez más profesional, masiva y efectiva. Esta difusión, “más amplia que en cualquiera otra de las anteriores épocas”, es el resultado de la dinámica burguesa que se vive de lleno en las metrópolis mexicanas. Con el transcurso de los años, esta sociedad logrará volverse más cosmopolita, a la vez que “ lejos de desnaturalizarse, [tendía] a mostrar más y más, en conjunto, una íntima, peculiar y definitiva fisionomía.” (188) En ella, uno de los títulos más prestigiosos para el productor de literatura era el de Poeta. Sobre todo porque la poesía fue la nota más importante de la literatura mexicana en el último tercio del siglo XIX. Othón, se consideró a sí mismo como un gran poeta, tal vez como el mejor. “Yo soy el primer poeta de México”—dice Valle-Arizpe que dijo Othón—“no lo puedes negar [Luis G.


Urbina]; Díaz Mirón el segundo, y tú el tercero, y si no te defiendo yo, pues entonces, ¿quién?” (61) Como se anotaba antes, ya desde Altamirano se aspiraba a la creación de una lírica nacional, de la que el romanticismo predominante se depurara. Aquél que se considerara poeta, debía ser único y original. “Limpio de sensiblería y falsedad la lírica”, el poeta debía fijarse “de nuevo en el mundo real,” lo que “dio principio la noble tendencia de sentir con sinceridad y expresar con verdad.” Esta sensibilidad de época va a se expresada casi con las mismas palabras por Othón en el prólogo de sus Poemas rústicos: “No debemos expresar nada que no hayamos visto nada sentido o pensado a través de lejanos temperamentos, pues si tal hacemos ya no será nuestro espíritu quien hable.” (Othón 1997 Vol.2, 261) Esta cercanía de Othón con el sentimiento estético de su época, influyó demasiado en la percepción y construcción que se tuvo de su persona. A los intelectuales y literatos del porfiriato, aunque muchas veces estaban comprometidos políticamente con alguna de las tendencias políticas de la época, se les quería entender como independientes de cualquier influjo ajeno a sus necesidades estéticas y de expresión. Othón, por ejemplo, aunque amigo de influyentes porfiristas—y beneficiario de ellos—fue señalado en más de una ocasión como víctima de un sistema disfuncional. Por sus circunstancias laborales, el poeta fue para algunos el mártir ejemplar de una sociedad incapaz de comprender cabalmente la importancia de la producción cultural en una nación que se suponía moderna. En este respecto, uno de los comentarios más contundentes fue expresado en 1894 por “Monaguillo”, en su columna “Palique” de la Revista Azul. El texto, reproducido el mismo año en El Estandarte de San Luis Potosí, alude primero a la amistad que el firmante sostenía con Othón—circunstancia que debe tenerse en cuenta cuando se lee que la mayoría de los comentarios sobre el poeta o su obra provenían, precisamente, de plumas amigas—para inmediatamente después recordar que la suya era una queja primeramente pronunciada por el autor del “Himno de los Bosques”. “Mi amigo Manuel Othón publicó, hace más de un año, una desconsoladora carta dirigida a un periódico de San Luis Potosí”—escribe Monaguillo—“en la que el distinguido dramaturgo se lamentaba de los escasos frutos recogidos en Méjico en la labor intelectual.” La queja de Othón se revela explícitamente económica: “aseguraba el Sr. Othón que su drama ‘Después de la muerte’ ha producido a las empresas teatrales más de CATORCE MIL PESOS, de 1884 a la fecha, sin que de esa cantidad haya recogido su autor un solo centavo.” Monaguillo, en su afán por explicar que la desgracia de Othón es, ante todo, la que comparten todos los escritores e intelectuales del país, provee entonces de una interesante lista


donde el potosino, quien apenas comenzaba con la escritura de sus poemas más acreditados, comparte ya el pedestal de las plumas más célebres del México de la Restauración y de la primera parte del Porfiriato. Al mismo tiempo, su columna establece—aunque muy veladamente—la idea de que entre los interesados se creía en la existencia de un circuito social—mínimo y exclusivo—donde se originaba, recibía y sustentaba la producción cultural. Este espacio cultural, el campo literario, aparece como establecido tanto en los límites metropolitanos como en la época. Al igual que Othón en su prólogo, Monaguillo, cree que solamente los “ciudadanos” son capaces de apreciar los frutos de las labores artísticas e intelectuales. Pero, yendo más allá que el poeta, el columnista de la Revista Azul entiende que este círculo social y citadino es obediente—si no es que absolutamente supeditado—de las circunstancias impuestas por el campo de poder, aún y que éstas representen un peligro para el artista. En México, donde “los editores no abundan [,] los publicistas acuden por lo general a la Secretaría de Fomento [...] Y aún el autor puede tener la certeza de que la marca de esta imprenta contribuirá poderosamente a alejar al lector.” Y sigue Hay ciudadano que al leer en la portada de un libro “Poesías”, y al final de la página, “Imprenta de Fomento”, suele pensar que aquello es un elogio al Gobierno, lo que literaria y anti-literariamente, es un grave delito para nuestro excelente público. Y de aquí se deduzca que nuestros publicistas lo que menos hacen es publicar. Una media docena de ciudadanos tendríamos el mayor placer en ver coleccionados los deliciosos humorismos de Manuel Gutiérrez Nájera, las poesías de Justo Sierra, los discursos de Bulnes […] Y no hay cuidado […] no seremos muchos en lamentarnos de estos vacíos. Por eso, por adaptación al medio, dan pruebas de cordura: Sierra, substituyendo sus versos por una obra de Historia Universal; Guitérrez Nájera, ocupando su curul en la Cámara; y Bulnes procurando llegar a un descubrimiento industrial. Si es importante leer en las palabras de Monaguillo las ideas que este ensayo ha comentado hasta el momento, es sobre todo para entender que, durante el Porfiriato, se han entendido los campos literario y de poder como independientes, pero relacionados. Pero también, para recordar el lugar que en este campo literario ocupa Othón para 1894 y, sobre todo, para entender la forma en que su situación laboral—su destino trashumante—era entendido como el producto del


extraño caso de un medio social en que las tendencias literarias están muy pronunciadas, y que, sin embargo, no sostiene al literato. En ninguna parte del mundo prodiga la prensa caudal tan inmenso de versos, pero en ninguna parte del mundo paga tan mal al poeta. La demanda, pues, existe: lo que no existe es el precio de la demanda. También hay falta de brazos y el jornal se arrastra raquíticamente en la República. Por lo demás, necesario será esperar épocas mejores, en las que el hombre de letras pueda hallar una recompensa a sus trabajos por otro medio que dando salida a su buena ortografía y letra inglesa en una oficina pública. Espere usted, amigo Othón, esa época. Pero, por su acaso, espérala usted sentado. (2) Con respecto de Othón, quejas como la de Monaguillo se reiterarán periódicamente en lo que resta del siglo. A punto de acabar 1899, por ejemplo, el poeta José María Facha rematará una de sus entregas tituladas “Por la semana” de El Estandarte, insistiendo en el sentimiento de injusticia que despertaba la situación de un Othón desperdiciándose en Ciudad Lerdo. Tal vez para justificar la situación del poeta, sus entusiastas comenzaron poco a poco a disociarlo de ese sistema fallido en el que la cultura no era prioritaria. Para quienes recibían la poesía de Othón antes de 1902—generalmente a través de sus cartas o sus colaboraciones en la prensa—la partida del poeta optó por significarse desde una actitud más bien de tipo romántico. De forma categórica, optando por el silencio de la pedestre realidad, quienes escribían sobre Othón—muchas de las firmas más notables de la época—decidieron que sus estadías en lugares como Santa María del Río, Guadalcázar, Tula o Ciudad Lerdo no perseguían satisfacciones laborales. Al contrario, como concluyó Luis G. Urbina en El Imparcial, Manuel “es un pastor de égloga (que) vive alejado de las ciudades y por lo mismo, no se ha contaminado de sus insanias. (Un) niño envejecido a quien no logró contaminar la maldad” (Urbina 2) En algunos casos, inclusive, hubo quienes idealizaron aún más el retiro del poeta, considerando su situación no como un exilio molesto e injusto, sino como una decisión benéfica organizada por el poeta mismo desde una necesidad estética. Por ejemplo, Bernabé Bravo, en un artículo titulado “El retiro de un poeta”, escribe que “Manuel José Othón, el laureado y muy querido poeta potosino, huyó desde hace mucho del mundanal ruido”, para luego justificar esta decisión como si fuera de tipo idílica, un retiro cuya única exigencia fuera de orden literario:


El sitio elegido está todo lo apartado que se necesita para que inoportunas visitas no interrumpan los dulces coloquios del vate con sus buenas amigas las musas. Fértil, pintoresco y de una tranquilidad casi sepulcral, ofrece espacio y comodidad sobrados para evocar recuerdos, observar la naturaleza, consultar autores y meditar sin tasa ni medida acerca de los grandes problemas que traen siempre al pensador de todos los siglos hondamente preocupado. (Bravo 2) Pero a pesar de la noción de Bravo, la situación en que sucedieron tales conversaciones “del vate con sus buenas amigas las musas” fueron, sobre todo, complicadas. Especialmente porque los verdaderos coloquios de Othón sucedían únicamente en los juzgados. Actitudes como estas son lo suficientemente ilustrativas para entender que, en el momento de su madurez creativa, Manuel José Othón había logrado consolidar una imagen pública en la que su faceta de poeta se superponía a cualquier otra particularidad de su vida privada. La imagen que de él se percibe le fue, ante todo, benéfica, pues en ella consiguió gran parte de su éxito inmediato, así como su fama postrera. Cabe, por lo tanto, la posibilidad de analizar cómo fue que Othón participó en esta figuración pública de su persona, las estrategias sociales con las que alimentó el mito que habría de eternizarlo en la figura del poeta bucólico mexicano por excelencia, del vate de la naturaleza.


IV. Conclusión

Estrictamente, Manuel José Othón es un poeta que nos queda por un único volumen y un puñado de poemas sueltos que fueron recolectados póstumamente. Sus poesías más famosas, “Himno de los bosques”, “Noche rústica de Walpurigs”, y “En el desierto. Idilio salvaje”, de obligatoria inclusión en las antologías de poesía modernista hispanoamericana más completas son, en definitiva, casi lo único que le merece sobrevivirle al tiempo. El resto de su obra—que se expande desde los terrenos de la poesía hacia el cuento, la crónica y, sobre todo, el drama— no posee el espíritu de genialidad e innovación que lo llevaron a ser el poeta favorito de Alfonso Reyes, o la fuente de inspiración que impulsó a Ramón López Velarde a dedicarle su primer libro. Es decir que, sin la obra que estrictamente lo destaca de sus contemporáneos, Othón no sería más que otro capítulo de mediocridad en la historiografía literaria mexicana El énfasis en esta aseveración casi oximorónica tiene un sentido analítico. Sobre todo porque resulta bastante curioso que, durante los años en que Othón escribe la poesía que lo hará definitivo—a partir de 1894—su figura como poeta indispensable estaba ya definida. La aseveración de que la significación completa de la obra de Othón es más clara en el periodo de 1880 a 1895, pronunciada por E. Amberson Imbert, debe tomarse con cuidado, sobre todo porque los poemas que formarán el grueso de los Poemas rústicos, los que “resonarían entre los modernistas” (317), no son los que coleccionó en sus volúmenes de 1880 y 1883 (Anderson Imbert se equivoca también al fechar el segundo libro en 1888), sino los que empiezan a escribirse partir de 1891, con el “Himno de los bosques”. El estatus de poeta se le imponía desde otra parte no estrictamente literaria. Convertido y romantizado en el imaginario popular en un poeta de tiempo completo— más estrictamente, en un literato—, Othón dejó pronto de ser un provinciano de escasos triunfos literarios—obtenidos, casi todos, en el terreno de la dramaturgia costumbrista—para convertirse en el poeta de primer orden que, en el plano de lo puramente creativo, no era


completamente antes de 1902. La obra que precede su salida de la capital potosina, un par de volúmenes de poesía publicados en los primeros años de la década de 1880, es en muchos sentidos anodina y, sobre todo, no adivina la maestría estética que alcanzaría el poeta alrededor de 1894. El mismo Othón lo sabía y, consciente de las deficiencias que presentaban sus primeros esfuerzos, prefirió anularlos, haciendo expreso su deseo que en los Poemas rústicos comenzara su obra lírica, misma que se compondría de otros tres volúmenes, ninguno de los cuales llegó a configurar, compilar o siquiera escribir18: Creo que todo el que se consagra seriamente a una labor intelectual, llegada la ocasión está obligado a presentar al público su obra, para que la aproveche, si digna es de aprovecharse, o para que la desdeñe, si debe ser despreciada por insuficiente y baladí. Fiel a mis principios, juzgo que ya es tiempo de cumplir este deber, puesto que he traspasado, con mucho, “la mitad del camino de la vida”. Abordo, pues, la tarea, y doy comienzo con el primero de los cuatro volúmenes de que consta mi obra lírica; que si Dios me concede calma y espacio, continuaré publicando la serie de mis trabajos de otro género. (Othón 1997 Vol.2, 261) Cuando Othón escribe este prólogo, han pasado casi veinte años desde la publicación de su último libro de poemas, Nuevas poesías (1883). Durante estas dos décadas, su producción fue leída —esporádica y lentamente—de forma exclusiva en periódicos y revistas, algunas veces incluso de forma meramente epistolar. En cierto sentido, la recopilación de su poesía— aparecida en ese único volumen de su adultez—se sugiere como el colofón de la definición de su prestigio y su figura pública como poeta. Un hecho se hace evidente: mientras su autoridad como poeta se acrecienta, su producción poética—o literaria en general—disminuye. Es decir que antes de convertirse en un gran poeta, Othón se consiguió la imagen de un gran poeta que, en su retiro, no se dedica más a despachar el juzgado, sino que “lee, se abstrae, trabaja con asiduidad, sostiene extensa correspondencia literaria, cultiva amistades selectas, envía valioso contingente a algunos periódicos, escribe una novela que ha intitulado ‘La Gleba’ [y] es algo dado a la caza (…)” (op.cit)

Escribe a Juan B. Delgado, su conducto en la edición del libro: “Por lo que toca a la publicación subsecuente de mis obras, en el forro de los Poemas rústicos, sólo se anunciarán las (obras) poéticas, de que hablo en el preámbulo, y estas son: Poemas internos—publicados casi todos-, Poemas del odio –inéditos casi todos—y Poemas brutales—del todo inéditos, pues aún tengo pocos escritos—.” (Othón 1999, 210) 18


Bien es cierto que su primer libro, Poemas (1880), lleva una amabilísima introducción de Victoriano Agüeros, impulsor de las letras y la historiografía literaria en México como pocos ha habido. El mismo Agüeros, autor de la seminal Biblioteca de autores mexicanos, dijo de Othón tras conocerlo que le pareció “una risueña esperanza para nuestra literatura [...] un escritor [...] un poeta que, con el tiempo, podría distinguirse en México.” (cit. en Peñalosa en Othón Vol.2, 17). Pero ni siquiera la temprana empatía de Agüeros—no menos ejemplar de la rapidez con la que Manuel José se hizo de una considerable y respetuosa recepción de su obra—podía asegurarle a un poeta que escribiría poco, a veces nada por largas temporadas de tiempo, el respeto constante y la admiración perenne de quienes fueron, en todo sentido, los artífices del cambio epistemológico más importante del México independiente, antes del advenimiento de la Revolución. José Ramón Ortiz Brown University


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*** La poética de un ausente. Manuel José Othón y el ausentismo como práctica de sociabilidad pública de Joserra Ortiz, un ensayo divulgativo en homenaje a los 160 años del natalicio de Manuel José Othón, se publicó de forma expedita el 14 de junio de 2018, a vistas de que en su ciudad natal nadie lo recordó; en fecha del onomástico igualmente de José Carlos Mariátegui, Gregorio Giraldi & Ernesto “Che” Guevara, y la celebración de Santa Digna de Córdoba, quien fue martirizada y muerta por hablar por ella misma ante un juzgado de hombres. “Quise entrar en tu alma, ¡y qué descenso qué andar por entre ruinas y entre fosas!”

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Ortiz, Joserra. La poética de un ausente  

Un ensayo sobre la manera en que el poeta Manuel José Othón, logró permanecer como actor público del campo literario modernista mexicano, a...

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Un ensayo sobre la manera en que el poeta Manuel José Othón, logró permanecer como actor público del campo literario modernista mexicano, a...