Issuu on Google+

R e v o l u c i ó n

a

D i a r i o

DOMINGO 12 DE ENERO DE 2014 / CIUDAD COJEDES

½ DÍA DEL

RAZÓN BELLEZA Y REVOLUCIÓN ensayo música cultura ideas arte narrativa poesía

DOMINGO Sonidos de la Casa

1/2 DÍA DEL DOMINGO 1

Camino del Río

Briznas al Viento

De atrás pa´lante

José Antonio Ramos Sucre

Tiempos Heroicos

Eduardo Mariño

Francisco Pérez Perdomo

José Antonio Ramos Sucre

Pág. 2

Pág. 3 y 4

EN LA MUERTE DE UN HÉROE JOSÉ ANTONIO RAMOS SUCRE

H

asta en la opinión de graves y aprobados autores eclesiásticos la guerra es plantel de virtudes y gimnasio de caracteres. Descubre y remunera el valor, que es un caso de la abnegación, que es un despecho de los hombres altos, inconformes con la realidad menguada. Generoso y original es el valiente; de allí su prisa en amparar y hospedar los ideales desairados. Del soñador es la sed del martirio, la curiosidad por la aventura, la exposición de la vida antes de la utilitaria vejez. El valor es en su alma, desterrada y superior, un artístico anhelo de morir. Temprana melancolía, fiebre dolorosa y oculta es de ordinario esa virtud radical del soldado. Huye por tanto de la frecuente exhibición, del alarde brutal y plebeyo, acompasándose con la disciplina y con la espera de lucidos lances. El valeroso es tranquilamente enérgico. El valor es timbre de las castas egregias, criadas para el torneo decoroso y gallardo. Copia el campo de batalla el palenque de los caballeros en el urgente peligro, en las ufanas banderas, en el duro pregón de los heraldos. También es el ejército una orden hidalga y abstinente. El valor es una de las tantas dotes hermosas y funestas. Lleva al sacrificio y a la muerte, apareja el desastroso escarmiento. Se perpetúa y repite por el ejemplo más que por la herencia insegura, ya que el valeroso está predestinado a perecer sin hijos, en verde juventud. Resentimiento y protesta del idealista, gravedad amarga, señoril entono, atrevimiento sereno, prenda infausta, era a un tiempo mismo el valor completo de Manuel Bermúdez. Se enfrentaba al enemigo en armas, a la naturaleza desatada, a la calamidad de la suerte. Debía su ánimo al ejemplo, porque nació en donde vegeta la energía varonil. Lo debía igualmente al linaje; con los brazos abiertos lo habrá reconocido por suyo José Francisco Bermúdez de Castro, el guerrero descomunal que en los muros humeantes de Cartagena cerró el paso a don Pablo Morillo con la espada del Cid. RAMOS SUCRE (2014)

de Richard Oviedo Mixta sobre cartón, 45 x 30 cm FOTO OMAR ESCALONA

Pág. 4

10

Dirección: Miguel Pérez Coordinación Editorial: Daciel Pérez Diseño y Diagramación: Luis Daboe Correo electrónico: mediodiadeldomingo@gmail.com @1/2díadeldomingo


2 1/2 DÍA DEL DOMINGO

CIUDAD COJEDES / DOMINGO 12 DE ENERO DE 2014

R e v o l u c i ó n

a

D i a r i o

Sonidos de la casa

De atrás pa’ lante FOTO EVARISTO JIMÉNEZ

EDUARDO MARIÑO

C

AAAAAM BURPIN TONNNNN, CAAAAAM BURPIN TONNNNN, CAAAAAM BURPIN TONNNNN... Todo el día en eso y dale charrasca loca para arriba y para abajo, pero Pablito no aprendía a tocar el cuatro. Sordo como las piedras en los cogollos del cerro, que se cansan de llevar sol y no se aprenden las canciones de la brisa, el laberíntico LA RE FA# SI del cuatro le jugaba en contra a sus esfuerzos. Y no era que alguien lo obligaba a lo que parecía una interminable tortura melódica, tampoco era el empeño de una madre ansiosa de lucir a su muchacho en el cotilleo del domingo antes ir a la iglesia, ni mucho menos el afán de un padre que cual Guatimocín quisiera escucharle la gracia a su bordón, a cambio de un brillante mediecito. Pablo hace mucho no vivía con sus padres, y a su abuela –más pendiente de los cochinos y las gallinas del patio, del maicito y los topochos, si el muchacho le arrancaba hasta los trastes al pobre cuatro le importaba tanto como podría interesarle una charla de astrología china. Es decir, nada. No, el empeño de Pablo tenía nombre y apellido: Carmen Padrón. Y como si fuera una vaina echá, como decía la abuela, en esas dos palabras también parecían cifrarse las cuatro martirizantes notas que no alcanzaba a conjugar en coherencia. CAAAAAM BURPIN TONNNN, CAAAAR MENPA DRONNNN. Que vaina Pablito, enamorado y con ganas de serenata, y el mocho e’ cuatro necio que no se dejaba pero para nada. Desde que la vio con su vestidito blanco, sentada con los piecitos al aire en la puerta de tranca de la vetusta manga de coleo, embelesada con los cantantes que trajeron para los carnavales, el afán del cuatro abarcaba sus ratos libres. Primero por raticos, apenas entre las pestañadas de la tarde o después de hacerle los mandados a la abuela Petra. Poco a poco la búsqueda de la sonoridad y el tono fue abarcando más tiempo: apenas soltaba las tareas de la escuela o lo dejaba quieto doña Petra, se embarcaba en la otra faena, apoyado en un manualito anaranjado que le había regalado su tío Evaristo una vez que vino de San Carlos. La del cuatro era una historia por sí misma. Una tarde lo consiguió guindado de la carama vieja de un venado en el cuarto de los peroles, como le daba a la

abuela por llamar un cuartico maltrecho, donde su difunto marido acumuló fervorosamente sus largos años de correrías río arriba y río abajo. Entre torrenteras y remansos, Evaristo el viejo había gobernado su canoa llevando y trayendo queso, cueros, telas, repuestos y vituallas de toda índole, comida seca y carne fresca de ganado, pesca y de cacería, y por supuesto, gente, cuentos, despechos e innumerables olvidos en forma de pasajes, que por las tardes de invierno, acompañaba de un guarapo caliente y la melancolía de sus cuatro cuerdas. Ese cuatrico, decía el viejo canoero, fue el regalo que me dejo un amigo – el único amigo que tuve, solía recalcar. Pero nunca daba más detalle, excepto que un hombre agradecido entrega hasta lo que más quiere, y se guindaba a cantarle otro pasaje a Petrica, “pa’ ver si me gano otro pocillo de guarapo”.

sin introducción, a cantar la María Laya, con la voz atiplada en los nervios y el corazón pegándole más brincos que un cacho en un empedrao.

Pablo no podía recordar esos momentos, “estarías en los fundillos de tu papa” decía Petra, quien le contaba a grandes rasgos como eran las cosas “en los tiempos de antes”, esa edad casi legendaria que no era tanto como medida ni tampoco distancia, y ni del todo memoria ni de todo el olvido, y en el que había ocurrido –o así lo percibía Pablito, todo lo que de interesante y maravilloso podía ocurrir en el mundo.

El idilio se extendió unas semanas que para Pablo fueron una vida. En la mañana tempranito le amanecía Carmen Padrón de ganchos para la escuela y en la tarde, se iban a la orilla del río y él le tremoleaba un pasaje lento que acompañaban silbidos y suspiros, besos de trompita y los dedos que se enredaban en los cabellos de la catirrusia, como le decía la abuela, irritando a Pablo que hacía un mohín y salía corriendo para el patio.

Y como todo esfuerzo tiene su recompensa, a los dos meses ya Pablito dominaba las tónicas y dominantes e incluso se arriesgaba a puntear simples tonadas apoyado en un silbido. Ilusionado tremoleaba entre suspiros lentos pasajes sin verso (pura música era lo que se escuchaba en el patio) que se iban con la brisa, derechito para casa de Carmen Padrón. Y visto que la primera canción del manual, que hablaba clarito de un amor maltratado y empezaba “así cual las brumas del mar...”, no parecía de buen augurio para una serenata (y mucho menos para una primera serenata, pensó), se la saltó como opción porque le resultaba una verdadera contrariedad que la primera canción del manual fuese un tema de despecho. “Vainas de viejos” pensaba Pablito y escogió la segunda, un pasaje, que era por otra parte algo más tradicional y que de alguna manera, se parecía a su empeño. Así salió una mañanita del sábado, ya con los últimos gallos pero sin que lo agarrara todavía la claridad de la mañana. Y en la ventana de la casita de Carmen Padrón, que él había meticulosamente identificado como la ventana de su cuarto, se lanzó de una y

Pero dio sus frutos la serenata. Por la ventana se asomó una sonrisa que se mantuvo toda la mañana en la escuela. Y aunque no se dijo nada más, la complicidad en la mirada de la niña era suficiente para Pablito, que por primera vez en varias semanas no pasó la tarde charrasqueando el cuatro, sino que se recostó en un chinchorro con el instrumento, soñando despierto con un paseo a la orilla de la laguna, recogiéndole flores de bora para una guirnalda. Ahí lo agarró la noche y doña Petra tan consentidora como era, no lo dejó dormir al sereno y como pudo metió muchacho y cuatro para la casa, a que siguiera soñando sus sueños enamorados.

Una mañana, sobrevino lo inevitable y Carmen Padrón no lo esperaba en la esquina. Curioso y con las notas agolpándose en el pulso de las sienes, se caminó rapidito las siete cuadras a la escuela, para encontrarla bonita y risueña, en un banquito con las otras muchachas. Pablo se arrimó con cautela, fiel al dicho de no arrinconarse, más no arrimarse donde se estorba, y no encontró más que indiferencia. En la tarde, al salir de clases la buscó y la llamó con un silbido que fue ignorado y dejado atrás con vehemencia coqueta. Apuradito la alcanzó en la esquina de la casa, tan sólo para escuchar algunas palabras duras y sentir en los ojos su desprecio. Como en un arrebato, entendió por qué la primera canción del manual era una de despecho, y que es que las canciones tristes son siempre las más necesarias para el corazón de un coplero. Llegando a la casa descolgó su compañero de penas de la carama en el cuartico y tocándolo de atrás pa’ lante, encontró la combinación perfecta de notas para empezar a aprenderse su primera canción de despecho: ¡HI POCRI TAAAAÁ!


R e v o l u c i ó n

a

D i a r i o

DOMINGO 12 DE ENERO DE 2014 / CIUDAD COJEDES

1/2 DÍA DEL DOMINGO 3

Camino del Río

José Antonio Ramos Sucre

FRANCISCO PÉREZ PERDOMO

E

ntre los escritores venezolanos, tal vez sea José Antonio Ramos Sucre el más admirado por las últimas promociones poéticas del país. De haber nacido antes, es probable que Rubén Darío lo hubiese incluido entres sus “raros”. Pero la rareza de Ramos Sucre no se manifiesta, como en muchos de los parnasianos y simbolistas franceses que seguramente leyó con devoción, en alguna señalada excentricidad sino en un consciente desarraigo. Desarraigo que en definitiva paga con su propia vida en 1930, en Ginebra, cuando se suicida apenas cumplidos los cuarenta años de su edad. Habitante de una sociedad hostil a todas las manifestaciones del arte y actor en un precario ambiente poético donde se propiciaba, por un lado, un retorno exterior a la versificación española más tradicional y, por el otro, se insistía aburridamente ya en las orquestaciones verbales y musicales de un modernismo degradado, Ramos Sucre ha debido ser visto sin ninguna duda, como un reto y un desafuero. (“Hay que leer prefiriendo, aconsejaba a su hermano Lorenzo, los autores mayores a los menores, Virgilio a Villaespesa”). Era de esperarse, pues, el silencio que se urdió en torno de su nombre. Darle paso hubiera implicado, colateralmente, la ruina de muchos prestigios literarios a la vez que el impulso de un movimiento poético mucho más audaz y menos provinciano. Estas dos posibilidades que insinuaban sus poemas, era lógico y natural, había que impedirlas a todo trance y con la mayor celeridad. El desencanto, la vigilia y la soledad se van apoderando del poeta. Como en su poema “El Extranjero”, fue él también un extranjero dentro de su propia tierra y, por eso, resolvió “esconderse para el sufrimiento”. Ramos Sucre, prefigurado ya en “El romance del bardo”, se convierte entonces el “topo”, pero también y afortunadamente en el “lince”, de la poesía venezolana, para citar los dos animales antípodas que en el poema “El herbolario” alientan su “sabiduría secreta”. El desarraigo y el exilio dentro de su propio país, a que lo condena el medio, van afirmando en Ramos Sucre a uno de los humanistas más sólidos de su tiempo. Antes de los cuarenta años, ya

(Fragmento)

Francisco Pérez Perdomo a sus 30 años.

FOTO CORTESÍA DE HTTP://FRANCISCO-PEREZ-PERDOMO.BLOGSPOT.COM

está en posesión de una cultura prodigiosa, acaso excesiva para su edad, y que no se constituye en peso muerto y árido sobre su imaginación creadora y la ahoga, sino que, al contrario, la estimula y la desencadena. No se trata de una erudición rígida y fría, sino de una erudición en movimiento y sabiamente integrada al contexto del poema. El acento narrativo que exhibe por fuera la poesía de Ramos Sucre ha llevado, a quienes mantienen una posición ortodoxa respecto a los conceptos de prosa y poesía, hasta negarle su condición de poeta. Pero para aquellos que prescinden de las contingencias exteriores y ornamentales, como el metro y la rima, por ejemplo, y se remontan a los mecanismos peculiares de la imaginación, ya que los elementos diferenciales entre prosa de creación y la poesía son más complejos y profundos de lo que parecen ser y no pueden derivarse de circunstancias externas, Ramos Sucre

Ramos Sucre resultaría no sólo un poeta sino uno de los más renovadores que haya producido la poesía latinoamericana

resultaría no sólo un poeta sino uno de los más renovadores que haya producido la poesía latinoamericana. Roland Barthes, el gran ensayista francés, ha hecho una diferencia bastante esclarecedora y perfectamente aplicable a lo que aquí queremos consignar. “La imaginación novelesca –ha dicho Barthes– es probable: la novela es lo que, en resumidas cuentas, podría ocurrir: imaginación tímida (incluso en la más desbordante de las creaciones), puesto que sólo se atreve a manifestarse bajo la garantía de lo real; por el contrario, la imaginación poética es improbable: el poema es lo que, en ningún caso, podría ocurrir, excepto precisamente en la región tenebrosa o ardiente de los fantasmas, que, por ello, él es el único capaz de designar; la novela procede por combinaciones aleatorias de elementos reales; el poema, por exploración exacta y completa de elementos virtuales”. En sus libros publicados, Ramos Sucre desafía las orientaciones poéticas que prevaleces para aquel momento entre nosotros. Frente a una poesía amarrada un tanto por las formalidades del metro, la estrofa, la rima, la gratitud de imágenes, el ritmo exterior, etc., Ramos Sucre opone una poesía de mayor osadía en los procesos visionarios. El poema se erige entonces en una estructura mucho más libre, no obstante mantener un excesivo rigor del lenguaje que crea, delimita y, ciñe esa estructura. La increíble reinvención del lenguaje, que explica y justifica en su escritura el uso constante de neologismos (“… en medio de una hierba prehensil”; “Una mujer de facciones imperfectas y de gestos apacibles obsede mis pensamientos”), así como su irreprochable construcción gramatical,

han suscitado espejismos y han inducido a pensar en una lógica en la poesía de Ramos Sucre, allí donde tal lógica no existe. En efecto, en la escritura de Ramos Sucre no se operan esas distorsiones del lenguaje, tan en boga a partir del Ulises de Joyce, que burlan y descalabran la sintaxis; al contrario, su lenguaje es uno de los más lúcidos y laboriosamente trabajados en la poesía venezolana de todos los tiempos. Pero si en su lenguaje no se provocan fracturas, en la concepción del poema Ramos Sucre sí rompe y anula todas las posibilidades de reconciliación con cualquier lógica que no sea la estrictamente poética. A su lenguaje sólo le exige la virtualidad y eficacia necesarias para generar y expresar esos extraños y delirantes universos que tanto le fascinan. Para abordar y hacer más directa y rápida su visión del mundo, Ramos Sucre ha eliminado de casi todos sus textos, excepto de los primeros, la partícula “que”, en sus distintas funciones gramaticales y, sin duda, ha logrado con ello un lenguaje más intenso, más cerrado y de mayor perfección formal. Acierta el poeta Eugenio Montejo cuando sostiene que Ramos Sucre al eliminar el “que relativo” le da mayor poder expresivo al verbo. “Todo verbo en el círculo de su acción, decía el fantástico escritor francés Villiers de L´Isle Adam, crea aquello que expresa”. Como Ramos Sucre a menudo busca hacer lo más impersonal posible el texto recurre casi siempre al adjetivo pospuesto al sustantivo, descargando de esta manera la frase de los contenidos subjetivos. Su adjetivación es suntuosa, solemne y muy precisa dentro de la intemporalidad e impersonalidad buscadas (“latitud excéntrica”; “ciencia irreverente”; “bosque entredicho”; “teogonía venerable”; “reino difunto”; “ciudades quiméricas”; “asceta absorto”). Y la utilización de verbos desusados, arcaicos e hiperbólicos dentro de la oración, aguza más sus extrañas atmósferas de misterio. La tradición oral y escrita ha consagrado el uso de ciertos verbos en determinadas frases. Ramos Sucre se subleva contra el uso inveterado, busca verbos sucedáneos, los rescata del olvido y


4 1/2 DÍA DEL DOMINGO

CIUDAD COJEDES / DOMINGO 12 DE ENERO DE 2014

Tiempos Heroicos

R e v o l u c i ó n

a

D i a r i o

Briznas al Viento

José Antonio Ramos Sucre A la demanda de Bolívar salió del Oriente el ejército más erra-

hasta su justificación en el celo regional, naturalísimo en aquellos

bundo. Hacia el Centro adelantóse soberbio, dispersando y des-

días, puesto que las provincias que más tarde constituyeron a Ve-

concertando al enemigo en combates sin cuento, que se prendían

nezuela, habían sido hasta entonces verdaderas naciones inde-

cual súbitos incendios. Sus jefes tenían nombres terríficos, de so-

pendientes, bajo la común regla de España. De los libertadores,

noridad bárbara: Bermúdez, Azcue, Arrioja. En ellos se cumplía

sólo Bolívar tuvo la visión de la patria grande, y quiso extender-

el concepto del heroísmo, cuya pauta nos dejó Homero, porque

la y la extendió, perturbada y efímera, entre dos océanos. Tal vez

jóvenes e infortunados eran a aquella hora los paladines como el

sentía la influencia de aquellos apóstoles generosos y delirantes

protagonista de la Ilíada. Avanza, el primero de todos, Santiago

de la humanidad, de la gran patria sin fronteras, que fueron tan

Mariño, que trae por la melena a un león: a José Francisco Ber-

frecuentes en el siglo diez y ocho. Los demás libertadores, por ra-

múdez, que del valor venezolano dio en toda su vida la más fiera,

zones de educación, estaban dispensados de acalorar tan vastos

avasallante muestra. La Libertad no contaba en sus filas caballero

ideales.

más espléndido que aquel infausto rival de Bolívar, pródigo en sacrificios, arrojado y apuesto como un Byron. Con una lira, habría sido imagen de Apolo. El más alto grado militar lo alcanzó de un vuelo este hombre, afortunado al principio de su carrera, como favorito de un hada: a los veinticuatro años era general, y precedía a Bolívar en redimir a Venezuela.

Laureano Vallenilla Lanz es quien considera a don Simón Bolívar en esta, su casi inédita faz de unificador. Por el apremio de su voluntad, por el ascendiente de su genio en el alma díscola de los tenientes, por el sacrificio de Piar, Venezuela es una sola nación, desde la escalera de Los Andes hasta donde el Orinoco rechaza con sus aguas el Atlántico. Él hermanó las huestes recelosas deba-

Después menguó por culpa de su insubordinación desatinada, y

jo de la bandera venezolana, rodeada de muerte en cien campos,

tal mengua en la historia ha sido injusta. El pretendido crimen de

como un ídolo complacido en hecatombes. E hizo más: adelanta-

su rebeldía es falta leve.

do en siglos a su época, depositó en el seno fecundo y misterioso

La desobediencia del joven caudillo encuentra su explicación y

(VIENE DE LA PÁGINA 3)

alcanza con ellos una mayor plenitud creadora (“…una difusa luz tildaba los vértices de cristal”; el caballero gentil “depone el sombrero”; “… la despoblación recuenta la visita de las epidemias errabundas”; “el aire de un cielo desvanecido soliviantaba el polvo…”; “…un llano roído por el fuego se traspintaba en su fisonomía rudimental”; “vivía sumido en la ventilación del problema de la gracia y el albedrío”; “la meditación orgullosa había desmedrado aceleradamente mi organismo”; “una amante pérfida me había sumergido en el deshonor”; “una lámpara inútil significaba la desidia”; “yo deseaba restablecerla en mi pensamiento”). En el proceso fabulador de

Ramos Sucre se establece una suerte de extraña corriente y reciprocidad entre lo real y lo imaginario, o viceversa, movilizándose lo inmóvil e inmovilizándose lo movible. Así, en el poema “La redención de Fausto”, lo lógicamente fijo, producto de la fantasía de un artista, adquiere movilidad y saltando de su abstracción , de su cautiva condición de entelequia, se contamina con la vida y se incorpora a la categoría fáctica cuando Fausto vuelve a su sano juicio, produciéndose, de esta forma, una oscilación que va desde la locura hasta la cordura y se revierte, y que, al final, hunde al lector en una profunda incertidumbre acerca de la veracidad y la determinación de estos, al parecer, extremos y contrapuestos estados menta-

de los tiempos el germen de futuras evoluciones grandiosas.

les. Igual cosa ocurre en “El remordimiento”. El gentilhombre que pinta el cuadro se hace de súbito culpable de una muerte figurada y, en consecuencia, suspende su trabajo creador. Y en el texto “La procesión”, un anciano se dirige a las siete mil estatuas de una basílica y éstas se bajan de sus pedestales y lo siguen por las calles con la mayor naturalidad. Pero si las abstracciones se hacen realidades y asumen el pleno goce de sus atributos como tales, en ciertos casos esas abstracciones modifican, deforman y condicionan las realidades, cercenándoles sus atributos. El personaje de estirpe maldororiana de “El talismán”, por ejemplo, es pacificado en la vida real

por el gran Alberto Durero, al sustituirle, en un cuadro, “el farol de ronda por un reloj de arena”. Y los disparos ficticios de unos fusiles sobre el “ludibrio de los sentidos” (se sueña que se dispara) hacen posible una emboscada en la realidad, en el poema “El capricornio”. Son las suyas, como hemos visto, figuraciones que corren a menudo en planos reales y paralelamente imaginarios, que se invaden y en última instancia se supeditan. Pero a veces estos planos, estas categorías, permanecen incólumes, estables en su existencia y lo real y lo imaginario se mueven sin subordinarse, no obstante sus intensas oscilaciones y relaciones. En el poema “La salva”, la orgía, hecho real

e inmediato (bastante posible), y la travesía marina, hecho imaginario, corren en planos paralelos; y el estampido del cañón de proa, estampido mental, que es capaz incluso de hacer polvo la “casa del esparcimiento infame”, no revoca o modifica, en el contexto del poema, la realidad de la orgía, sino que la ratifica y la acentúa. Es evidente que habrá de seguir viviendo en toda su integridad física, después del estampido, la pérfida sirena y todos los demás huéspedes. Lo mismo se observa en el poema “Carnaval”: los planos no se aniquilan a pesar de sus intensos cruzamientos. TOMADO DE: PÉREZ P., FRANCISCO “LECTURAS” (1994). ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA. CARACAS - VENEZUELA.


1/2 Día del Domingo Nº 10