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Madeja

La tarde del diluvio Llovía a mares y la dichosa lista no aparecía por ningún lado. El campus de la Universidad de Madeja estaba inundado, y pasar de un barracón a otro suponía calarse hasta los huesos. Por eso decidí no buscar más y quedarme a esperar que acabase la sesión inicial del curso de capacitación pedagógica. Quienes hubiesen pasado la primera criba del proceso de selección de nuevos profesores debían asistir a ese curso de tres días. Pero como no encontraba la lista de admitidos ni viva ni muerta, yo no sabía si debía estar dentro o fuera del aula. Visto lo poco animado que parecía el profesor y que al entrar iba a mojar absolutamente todo, decidí quedarme afuera, en el banco bajo el alero del barracón donde se impartía la clase. Así estaría atento a cuando hicieran una pausa, para entrar y preguntar por la lista. Me senté a charlar con Rosa, mi novia. La palabra novia la repetía bastante a menudo en los últimos meses. Me había dado cuenta de que tenía mucho

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significado para mí porque en mis bastantes años de vida nunca me había animado a llamar así a ninguna mujer. Pero ahora, a Rosa, sí. La chica también se merecía que me hubiese embarcado en el proyecto de trasladarme a Madeja, una ciudad más bien poblacho perdida en medio de la selva y de la que Dios sólo se acordaba por las tardes, para mandarle un diluvio universal diario como el que nos tenía parapetados bajo el voladizo del barracón del campus. Hacía un mes que no nos veíamos, nos charlábamos ni nos toqueteábamos, así que nos dedicamos a esas tareas durante un rato. Rosa me estuvo relatando los ataques sin cuartel de los últimos pretendientes (o acosadores, según se vea) que le habían salido en Madeja. En un lugar tan caluroso y húmedo como aquél los bajos instintos siempre andaban bastante crecidos. Si a ello sumamos el machismo radical de la cultura local y el hecho de que Rosa, además de estar de buen ver, era la única profesional forastera que había llegado por allá en los últimos meses, pues no extrañaba que todo el que se tuviera por buen madejeño le echase los perros a la primera de cambio. Entre los candidatos a amante había de todo: solteros, blancos, comerciantes, indios, casados, guapos, cambas, taxistas, jóvenes, brasileños, atléticos, arrogantes, collas, viejos, funcionarios, cojos, simpáticos y feos. Lo que todos compartían era una confianza ciega en su porte, en su tremenda potencia sexual y en su dominio del arte de enamorar a la hembra que quisieran. Tan diestros se consideraban que no podían creer que Rosa no se derrumbase entre sus brazos a la media hora de haberlos conocido. Algunos se tomaban el rechazo deportivamente, otros insistían varias veces y, los menos, se ponían un tanto agresivos por sentirse heridos en su masculinidad de cuartel. Si la chica no quería con ellos se debía, sin duda, a que no le gustaban los hombres. Uno de los que llegó a esta conclusión fue Rodolfo. Se la gritó a Rosa un sábado a la noche, en Beatle, la discoteca principal y casi única de Madeja. –¡A ti, lo que te pasa es que eres una lesbiana de mierda!-, le chilló en medio de la pista de baile, después de abrazarle la cintura, lanzarse a besarla y verse rechazado. El estruendo de los altavoces garantizó que nadie más que la interesada oyese la frase, pero la

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cara del galán reflejaba un sentimiento indefinido entre la frustración y la ira que sí podían captar el resto de los bailarines. A Rodolfo no le cabía en la cabeza que la forasterita no cayese en la red que había tejido con tanta paciencia en un par de citas. Una, a cenar en un restaurante elegante y otra, a visitar una finca de sus padres, en la que los árboles de la selva hacía tiempo que habían desparecido para dejar sitio a unos pastos verdísimos y unas vacas blancas, inmensas y felices. Cualquier mujer debería estar encantada de que le cortejase un hombre buen mozo, rico y poderoso como él. De hecho, a su esposa la deslumbró en dos tardes; y a sus amantes, en menos. Rodolfo era diputado nacional, y todo lo que Madeja pretendiera obtener del parlamento debía pasar por sus manos. En éstas se solían quedar pegadas buenas cantidades del dinero que él administraba para comprar las voluntades de “esos corruptos que nos tienen cogidos por los huevos”, según la definición de Rodolfo. Su despacho, su curul, su departamento a cargo del partido, su secretaria y un par de sus amantes estaban en la capital, pero él pasaba en Madeja al menos tres semanas al mes. Así como su padre estaba en contacto diario con las reses, él no podía descuidar su fuente de ingresos. Los celulares, el Internet y los correveidiles sólo los utilizaba para asuntos secundarios, y sus negocios los trataba cara a cara, sin papeles y sin más testigos que los necesarios. A veces se acompañaba de un par de muchachotes brasileños, grandes, malencarados y muy negros, que cargaban pistola. Pero normalmente no le hacía falta tanto despliegue porque sus interlocutores sabían que tenía el arma definitiva: el poder. Así se lo dijo a Rosa a la salida del Beatle, lejos del ruido aunque no de las miradas de todos: –Cuídate, hermanita, que ya sabes que yo aquí mando mucho. Y ese novio tuyo, que no espere encontrar nunca un trabajo en Madeja, que aquí todo se sabe y se me deben hartos favores-. Cruzó a la acera de enfrente, a la entrada del karaoke, y se puso de charla con un hombre que debía ser de mucha confianza, pues le invitó a beber del pico de su botella. Mientras hablaba miraba a Rosa, que estaba despidiéndose de sus amigas para irse a dormir, ya que el único local que quedaba abierto a esas horas ahora tenía el cancerbero en la puerta. En ese momento apareció una moto, ya despacio, pues iba

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a aparcar en la entrada del karaoke. Conducía un chico joven que llevaba a una bonita morena atrás. Era Claudia, una de las amantes de Rodolfo, a la que Rosa conocía porque en Madeja se conoce todo el mundo. Antes de que la moto parase Rodolfo agarró a Claudia de su larga melena negra, la tiró al suelo de espaldas y la gritó que como le volviera a ver pavoneándose en la moto de otro, le daba una paliza de las buenas. Después levantó la cabeza, miró un momento pero fijamente a Rosa y entró en el karaoke, sin que nadie se atreviera a afearle la conducta ni a ayudar a la chica a levantarse del barro. A mí se me salían los ojos de las órbitas al oír aquella historia, pero no pude hacer ningún comentario porque, justo cuando Rosa terminaba de contármela, se abrió la puerta del aula y salieron algunos de los alumnos del curso de capacitación pedagógica. Me levanté aún mojado, me peiné un poco con las manos, y entré. El profesor estaba apagando la computadora con la que debía haber hecho una presentación, y a su lado se habían formado un par de grupitos de alumnos que charlaban. –Buenas noches-, le dije. –Mire, he estado afuera esperando que acabase la clase porque he llegado tarde y no quería interrumpir sin saber si yo debía estar aquí o no. Es que he presentado mi candidatura a la plaza de profesor de Redacción Periodística II y no sé si he pasado la primera selección, porque no encuentro la lista de admitidos. Tendrá usted una, para controlar la asistencia, ¿no?-. El profesor me miró como si no supiese de qué le estaba hablando, bajó la vista hacia la computadora, apretó un botón y me dijo: –No, yo no tengo la lista, sólo tengo esta hoja para que firmen los que han venido-, y me la alcanzó. La conversación atrajo a buena parte de los que estaban de charla en los dos grupos. No me extrañó pues yo ya estaba bastante acostumbrado a que, en cuanto se escuchaba mi acento extranjero, la gente se acercara e intentase pegar la hebra. Les expliqué mis cuitas a dos mujeres que se mostraban muy interesadas por lo que me pasaba. Ambas parecían algo mayores que yo. Una de ellas era guapa, me sacaba una cabeza y estaba bastante gorda, era blanca de ojos claros, vestía unos jeans, una polera y una gorra, hablaba con mucha corrección y yo ya la conocía de vista, pues habíamos coincidido un par de veces en el aeropuerto. Me dijo que ella se presentaba a Dirección de Empresas I, que la lista en la que figuraba su nombre

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estaba colgada en el tablón de anuncios del barracón de enfrente y que la lista de Redacción Periodística II también debería estar allí. Pero yo ya había mirado allá, y no estaba. La otra mujer era el antónimo de la primera. Bajita, mestiza de rasgos selváticos, bastante fea, con voz gritona, un vestido floreado y tacos altos. Opinó que la lista de admitidos a Redacción Periodística II seguramente estaba en aquel barracón pero dentro del despacho, que a esas horas, naturalmente, estaba cerrado. Si no, estaría en el vicerrectorado, en el segundo piso, en un panel que dice “Convocatorias”. – Pásese usted por aquí mañana por la mañana, que estará abierto, y si está admitido, asiste a la clase de la tarde y a la de pasado mañana, también-, me dijo. – Pero por si acaso, firme usted como si hubiese estado hoy en clase que, total, no se ha perdido gran cosa-. Y me extendió la lista ante la mirada un poco arisca del profesor, que debió sentirse algo dolido en su dignidad de enseñante. Rosa me esperaba dentro del aula, junto a la puerta, de charla con un militar algo entrado en años y que debía tener un alto rango, pues en el bolsillo de la camisa blanca llevaba un cartelito con su nombre y un par de insignias muy rimbombantes. Salvé a mi chica sólo treinta segundos antes de que el general, o capitán o teniente le invitase a cenar, a tomar una copa y luego a ir a su casa para declararle su amor eterno. Una vez afuera, nos quedamos un rato en la galería comprobando que seguía lloviendo más que cuando enterraron a Zafra. Lo de encontrar un taxi allí era de todo punto imposible. Entonces cruzamos brevemente nuestras opiniones sobre la evolución de las isobaras en las próximas horas y llegamos a la conclusión compartida de que podía seguir jarreando hasta pasado mañana. Así que mejor era ir andando a casa y mojarnos lo que fuera menester. Salimos del abrigo del voladizo del barracón y en unos treinta segundos los dos estábamos calados hasta los huesos. Como la noche era calurosa no nos importó nada, e incluso nos reímos e hicimos alguna broma un tanto cursilona, de ésas que se les permiten a las parejas que sólo llevan unos meses juntas. La verdad es que Rosa estaba muy guapa. La lluvia le había borrado lo poco de maquillaje que le quedaba, y el pelo se le pegaba a la cara, resaltándole los pómulos. También se le

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pegaba la polera blanca de algodón, y su pecho quedaba perfecto y evidente debajo de un brassier estampado con muñequitos de colores que le daba un aire adolescente y que a mi me gustaba mucho. Que los ni los taxis ni las moto-taxis se asomaran por el campus nos pareció algo bastante lógico cuando dimos tres pasos seguidos. El camino de tierra roja chillona se había convertido en un lodazal impracticable. El resto de la gente se había quedado en el barracón, quizás esperando a que el militar llamase un tanque que les sacase de allí, porque –no estando tan enamorados como nosotros estábamosresultaba bastante desagradable y peligroso caminar por el barro. A mi me habían regalado una semana antes unas botas de monte maravillosas, con toda la tecnología punta necesaria para que los pies de uno quedasen secos incluso cruzando el Amazonas a pie. Pero en ese momento estaban en casa, dentro de la maleta, no se fuesen a constipar. Las zapatillas de lona que llevaba, muy monas y muy propias para comerse un helado en un paseo marítimo del Mediterráneo en un mes de julio, ya estaban teñidas de color rojo y empezaban a deshacerse. Tras diez minutos de hablar poco y fijarnos mucho en dónde pisábamos, alcanzamos la avenida, que –aunque mal- estaba asfaltada. Lo primero que hicimos fue congratularnos de que no nos hubiese atacado ningún animal de los que abundan por esos campos, en especial las serpientes que en época de lluvias arrastra el río y que se pasean con mucha tranquilidad por los caminos como el que acabábamos de dejar. De repente, tras la cortina de agua apareció una camioneta destartalada con un cartel en el parabrisas e, instintivamente, sacamos la mano. Paró y se abrió el portón. En un espacio diseñado para albergar a diez pasajeros viajaban por lo menos dieciseis, todos tan empapados como nosotros, por lo que preferimos no subir y continuar con nuestro romántico paseo. –¡Se van a mojar!-, nos dijo, en plan profeta, el voceador, que cerró el portón y no se atrevió a sacar la cabeza para cumplir con su trabajo. A dos cuadras de casa paramos en un frial que tenía en la puerta una vitrina un tanto sucia, que contenía un pollo a la broaster de aspecto grasiento pero sabroso además de un par de moscas que buscaban calorcito y abrigo contra la lluvia. La niña que atendía nos miró como se mira a un náufrago que llama a tu puerta una

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noche de tormenta. Ya fuese por la sorpresa que le causábamos o por el bramido de la lluvia, nos costó hacerla entender que queríamos un par de presas de pollo para llevar, pero cuando conseguimos establecer comunicación nos obsequió con dos buenas pechugas, una ración de yuca frita, arroz, yajua y una sonrisa preciosa. Pagamos con un billete de diez pesos que tuve que despegar del bolsillo y que casi se me desintegra en la mano, y continuamos camino a casa.

La casa Lo que llamábamos “casa” no era más que una habitación con baño propio y cocina y lavadero compartidos. Estaba en el patio trasero de la casa de doña María, una señora mayor y enjuta, de pelo muy corto, con mucho brío y mucho amor por la plata. A simple vista parecía una antigua progre y, según contaba la vecindad, de joven tenía fama de marihuanera, roja y liberada en cuestiones de sábanas. Los años debieron hacerle sentar la cabeza porque, aunque siempre me tratase correctamente, a Rosa le reprochaba que yo me alojase en su habitación y la instaba a casarse cuanto antes mejor. Vivía con un sobrino adolescente que hablaba poco o nada, según la circunstancia, y que miraba a Rosa con ojitos de cordero degollado y a mi, como queriendo matarme o, al menos, darme una paliza. Doña María tenía las habitaciones más cotizadas de Madeja, pues estaban decentes, eran de obra y no de madera y quedaban cerca del mercado y de la plaza donde estaban la cancha de basket, el Beatle, el karaoke, la hamburguesería y el kiosco del alemán. Abrimos con cierta dificultad el candado de la puerta de reja, dimos unos saltitos en el zaguán para quitarnos unos pocos de los litros de agua que llevábamos encima y, rodeando la casa de doña María por la derecha, enfilamos la galería que llevaba al patio trasero, donde estaban los cuartos. Las habitaciones eran tres. Una, la que ocupaba Rosa y en la que yo me instalaba en mis frecuentes visitas a Madeja, a pesar del disgusto de doña María e imagino que de los comentarios de todo el barrio. En la de al lado vivía Carmen, una compañera de trabajo de Rosa con la que apenas intercambiábamos un saludo al cruzarnos. Era una chica rara, entre muy tímida y muy antipática, con aspecto de monja y rematadamente fea. Ella era la prueba viviente de que los madejeños disparaban a todo lo que se moviese porque,

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para mi asombro, cada noche salía con un hombre distinto y algunas veces no aparecía hasta el día siguiente. De todas maneras, disfrutamos poco de su compañía porque en cuestión de tres semanas debió encontrar un trabajo en otra ciudad, o el hombre de su vida entre tanto pretendiente, y se largó sin aclarárnoslo. En su lugar llegó Paulo, un brasileño alto, rubio, de ojos azules, fuerte y guapo. Era simpático, aunque la verdad es que se le entendía a duras penas. En Madeja era habitual escuchar y leer un idioma propio de la región que mezclaba el español y el portugués, pero lo que hablaba Paulo a casi todos nos resultaba inescrutable. A pesar de ello, su sonrisa joven y perfecta y lo bien que –como se le supone a un brasileño- bailaba y jugaba al fútbol, le procuraban la admiración e incluso el afecto de hombres y mujeres. Era evidente que a él también le gustaba Rosa, pero de una forma más romántica o más pueril que al sobrino de doña María. Y eso era un poco preocupante para mí, claro, porque Rosa no haría nunca caso al resto de pretendientes (y si le diese un arrebato, sólo sería para una noche), pero un chico tan educado, tan romántico y tan enamorado como Paulo sí parecía un peligro real. Además Paulo estaba, yo creo que sin saberlo, tocando la tecla correcta: el estómago de Rosa. Ella me describía con la cara iluminada los pantagruélicos desayunos a base de salgadinhos, cosinhas, tortillas y jugos de copoazú y tumbo a los que Paulo le invitaba en Estanislápolis, el pueblo brasileño al otro lado del puente. Y, además, Paulo era un chico inocente que tenía la sana costumbre, muy habitual en su pueblo, de pasearse medio desnudo por la casa y de tumbarse igual de poco vestido en la cama de Rosa, para charlar de sus cosas. El consuelo de la diferencia de edades no lo era tanto, sobre todo teniendo en cuenta que yo le llevaba a Rosa más años que los que ella le sacaba a Paulo. Imagino que el brasileño experimentaría una sensación parecida a la que a mí me provocaban en mi adolescencia los chicos que, siendo bastante mayores que mis amigos y yo, salían con las chicas del barrio que por edad nos correspondían a nosotros. Las llevaban a los bares que nos estaban prohibidos a los jovencitos, ya fuera por las ordenanzas municipales o por el precio de las cervezas, montadas en unas motos que entonces nos parecían la representación de la hombría y de la

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opulencia económica. Uno de aquellos ladrones de chicas vivía en mi mismo edificio, era cinturón negro de karate o no sé qué otro arte marcial y tenía un padre motero que no sólo no veía mal que su hijo condujese una Vespa, sino que se la compraba él mismo. Pero la ventaja de la edad se convirtió en poco tiempo en su perdición porque en cuestión de dos años, y también como herencia de su padre, se quedó calvo como un melón y echó una barriga que le apartó de los campeonatos de judo –o lo que fuera- y de las chicas que, por fin, empezaron a hacernos algo de caso, tampoco mucho. Al llegar a casa con el pollo, la yuca, el arroz y la yajua, me llevé un par de agradables sorpresas. Una, que había dejado de llover e incluso se empezaban a ver las estrellas. Otra, que Paulo –según nos contó doña María- había cometido la tontería de beber de un río a las afueras de Madeja y estaba amarrado al retrete de su cuarto desde por la mañana. Así que Rosa y yo cenamos, nos duchamos a base de alaridos por culpa de un agua que salía alternativamente y por propia voluntad muy fría o muy caliente, nos pusimos guapos y nos asomamos al cuarto del vecino brasileño. Creo que no supe controlar la sonrisa al preguntarle si se venía con nosotros a dar una vuelta y tomar un roncito. Se incorporó un poco en la cama y, con la cara blanca como el papel y un poco torcida, farfulló algo que esta vez sí que no había cristiano que lo entendiese, a excepción de la palabra “mierda”, una de las pocas en español que Paulo sabía vocalizar correctísimamente. Así que, sin más sobresalto que el que nos provocó uno de los odiosos gatos de doña María al dar un brinco desde una de las vigas del corredor hasta el suelo, a pocos centímetros de nuestros pies, salimos a la calle. Tras el diluvio se habían formado algunos charcos inmensos que daban fe de lo irregular de la pavimentación de las calles de Madeja, pero poco más había pasado. Asombraba el hecho de que todas las casas, incluso las de madera más carcomida, siguieran en pie y que los innumerables cables de la luz que cruzaban las calles sin ningún orden y se agolpaban por docenas en un mismo poste no hubiesen provocado un cortocircuito y un incendio de proporciones bíblicas. Dos cuadras más allá llegamos a la plaza del Seminarista, donde, como para provocar, se ubicaban casi todos los locales nocturnos de Madeja. Entre la rulote-

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hamburguesería y el chiringuito del alemán se habían formado cinco animados grupos. Dos de ellos los componían unos chicos jóvenes que hacían tonterías para llamar la atención de las risueñas adolescentes del tercer grupo. Los otros dos los formaban perros huesudos y sucios que rivalizaban duramente por los montones de basura que adornaban una de las esquinas de la plaza. Rosa y yo pasamos por delante de los perros, con cierta aprehensión y tapándonos la nariz. Practicamos el salto de longitud para salvar un par de charcos que en otras latitudes se considerarían ya lagunas, y entramos en el karaoke. El Karaoke del Caimán tenía dos ambientes: una terraza en la que se podía estar a gusto y tranquilo y una sala oscura, calurosa y húmeda en la que tanto los sobrios como los borrachos se lanzaban a los berridos, convencidos de ser la reencarnación de Julio Iglesias, José Luís Perales o Shakira. Los parroquianos estaban tan seguros de cantar como profesionales que más de una vez habían volado botellas y había saltado algún diente por una crítica o tan sólo una risita durante una actuación. Nos sentamos en la terraza, donde también había que soportar a Julio Iglesias, Perales y Shakira, pero los originales y a mucho menor volumen, y encargamos una botella de cerveza bien fría. Mientras esperábamos la bebida, por la puerta entraron diez kilos de maquillaje, veinte collares y pulseras, tres escandalosos escotes y tres enormes y bamboleantes traseros. Todo ello pertenecía a Jenny, Patty y Laura, que se acercaron a saludarnos. Con Rosa estuvieron bastante frías, mientras que a mi ni me miraron a la cara. Yo las consideraba amigas de Rosa, en especial a Jenny, por lo que me extrañó que pusieran tanta distancia. Cuando, a los treinta segundos, se fueron a la mesa del fondo, le pregunté a Rosa: –Y a esta Jenny, ¿qué le pasa? Anda que no he aguantado yo al borde de su niño para que ahora no me diga ni hola-. – No es que no te hagan caso-, me respondió Rosa, –es que se avergüenzan porque creen que te lo he contado-. –¿Que me has contado el qué?-. Bajó la voz para contestarme: –Que son putas-. Ahora que lo decía Rosa, es cierto que Jenny y sus amigas vestían unos modelitos que parecían muy caros para unas chicas empleadas mes sí, mes no, en las tiendas de la ciudad. –Yo ya me sospechaba algo raro-, continuó Rosa, –pero en Nochevieja

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fuimos a la piscina y estuvieron tomando de todo (e imagino que metiéndose de todo, también) sin pagar ni una copa. A una de ésas nos quedamos las cuatro solas, con otras dos amigas suyas, y entre risotadas se estuvieron repartiendo los hombres y discutiendo cuánto les iban a sacar. Yo no sabía si era broma, aunque si antes tenía dudas, ahora ya me asomaban las certezas. Nos volvimos a separar y yo me puse a bailar con un amigo de Juan Miguel, el de la oficina. Me dijo que cómo se me ocurría salir con esas chicas, que eran prostitutas, y que todo Madeja iba a creer que yo también lo era. Entonces me pareció bastante claro que si me invitaban a salir era porque yo aquí soy carne fresca y me utilizaban como cebo para los hombres. Cuando me hartaba de que sus amigos me acosaran y me iba para casa, ellas se los liaban y les sacaban la plata. Juan Miguel y los otros se iban a una fiesta en una casa, y yo me fui con ellos, sin despedirme de las chicas, que estaban desperdigadas y muy ocupadas, cada una bailando con uno. Como cuatro horas más tarde, a la puerta de Beatle, vi a Laura y a Patty colgadas del cuello del hermano del Gobernador, que es un viejo gordo de lo menos atractivo que te puedas imaginar, besándole las dos a la vez. Entonces cogieron una botella de güisqui y, mientras le metían mano, se subieron a su camioneta y se fueron hacia donde está su casa. Desde entonces procuro no verlas por la noche. No les he dicho nada, pero me parece que se imaginan por qué me he alejado. Si es que era todo muy evidente-.

El Beatle La historia me dejó casi tan asombrado como la del chulo de Rodolfo. Estuve de acuerdo con Rosa en que allá ellas lo que hicieran y en que eran una chicas majas, pero que era mejor que dejase de frecuentarlas –al menos, por las noches- si no quería que le colgaran el sambenito de que también ella era puta. De todas formas pensé, y se lo dije a Rosa, que era un poco absurdo que se buscasen los clientes en Beatle cuando allí había unas brasileñas de las que cortaban el hipo y con todo el aspecto de ser también garotas de programa. Un par de mulatas de ese tipo entraron en ese momento en Beatle. No pude evitar mirarlas, a ellas, a sus tacos altísimos y a sus cinturitas de avispa. El karaoke estaba justo enfrente del Beatle y controlábamos bien la puerta. Terminamos la cerveza, al

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tercer intento conseguimos que el camarero reparara en nuestra presencia, y le dijimos que nos cobrase. La cerveza costaba siete pesos, y le dimos un billete de diez. La respuesta fue la habitual en estas circunstancias: –Aaay, señor, ¿no tendrá usted sueltito?-, me dijo el camarero, mientras se hurgaba el bolsillo. –¡Pues mira, pues no tengo, no!- le contesté yo con cierto mal tono, aunque sabía que llevaba una moneda de cinco en el pantalón y que, tal vez, Rosa pudiera aportar otros dos pesos. Es que me ponía de mal café que en aquel país ningún comerciante tuviese cambio, ni siquiera cuando quedaban cinco minutos para que cerrase el local que había abierto diez horas antes. Llevar un billete de veinte en el bolsillo era ya un problema, y los había hasta de doscientos pesos. Alguna vez había pensado proponerle un estudio sobre el tema a Rosa, que era antropóloga y quizás pudiera encontrar un por qué cultural a esa aversión hacia las monedas. El camarero salió del local y al rato llegaba con las vueltas. Antes de irse no había pasado por la caja, así que estuve seguro de que no había cambiado más que el billete que yo le di y de que cinco minutos más tarde iba a tener el mismo problema con alguna de las otras tres mesas que estaban ocupadas en la terraza del karaoke. O tal vez no, quizás todo era una especie de confabulación nacional contra mi salud monetaria y mental, y para el resto de los mortales sí había cambios. Ésa era una buena explicación, porque si a todo el mundo le ponían los mismos problemas para pagar que a mí, no sé cómo sobrevivía, aunque fuera a trompicones, la economía del país. Al salir a la calle le expuse a Rosa mis recelos: si nos metíamos en el Beatle lo más probable era que nos encontrásemos con Rodolfo, y si esa tarde había empezado pronto a tomar ya estaría borracho, luego nuestros físicos corrían serio peligro. – Hoy toca viejoteca-, contestó ella, –y no creo que esté. Y si está, habrá venido con su esposa, por lo que andará tranquilito-. Abrí la oreja y me di cuenta de que la música que salía del Beatle sólo estaba muy alta, por lo que era cierto que hoy había viejoteca. Si hubiese sido discoteca y a la distancia que nos encontrábamos, los decibelios me hubiesen taladrado ya un tímpano o, al menos, me hubieran tirado de espaldas. Así que cruzamos la calle, volvimos a emular a Bob Beamon para salvar dos charcos y, con mucho cuidado para no ponernos de barro hasta las rodillas, entramos en el Beatle.

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Ciertamente, la viejoteca era bastante más soportable que la discoteca. El local se mantenía exactamente igual en las dos versiones de juerga nocturna: un largo y profundo escenario a la derecha, que esa noche acogía a la banda y las otras era el lugar donde los pinchadiscos perpetraban sus crímenes contra la música. En el centro, una pista muy amplia aunque casi siempre llena, rodeada en forma de U por dos filas de mesas que dejaban un pasillo por el que, las noches de viejoteca, circulaban los camareros y, en las de disco, se parapetaban los y las clientes para mirar y a veces tocar los cuerpos de quienes pasasen por allá. Aunque siempre se pudiese encontrar un poco de todo, la edad de la concurrencia también variaba de un ambiente a otro, con lo que yo –según el día- era de los más jóvenes o de los más viejos del local. Desde que se construyó el puente que lleva a Brasil, entre las comunidades de ambas orillas del río Chorque se habían multiplicado los intercambios, tanto económicos como de fluidos corporales. El Beatle era un lugar privilegiado para ambos. Las noches de viejoteca los contactos eran más discretos y, en bastantes casos, implicaban un acuerdo económico entre las partes. Los jóvenes de las otras veladas no recurrían tanto a la billetera y eran mucho más evidentes e incluso agresivos. Una de esas noches de discoteca cometí el error de abandonar el abrigo de nuestra mesa e ir yo solo a la barra, sumergiéndome en la multitud que abarrotaba el pasillo. No recuerdo bien si fue al tercer empujón o al cuarto pisotón cuando me encontré de frente a una chica pecosa y rubia, de ésas que son más fáciles de saltar que de rodear. Por su expresión de chica dura, por lo rosado de sus mejillas, por la musculatura de sus brazos y por su apretadísima camiseta con publicidad de una marca de piensos deduje que se había pasado la mañana persiguiendo vacas y que pretendía dedicar la noche a echar el lazo a otro tipo de ganado. Se dirigió a mí y me ofreció su lata de cerveza. Yo le dije que muchas gracias pero que estaba bebiendo ron con mi novia, y ella me contestó algo en un portugués muy parecido al chino. Alegué que me esperaban, que tenía que ir a la barra, y me di la vuelta. En ese momento pegué un grito, provocado por un pellizco en el culo muchísimo más fuerte, incluso, que los que en nuestra infancia nos daban los curas –por supuesto, en otras partes del cuerpo- para llamarnos al orden o para alentar nuestra

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memoria en los exámenes por oral. Volteé otra vez y la vaquera me lanzó un beso en plan Marilyn y se agarró el inmenso pecho izquierdo con la mano derecha, la que le dejaban libre la lata de cerveza y el cigarrillo. A pesar del atasco que había en el pasillo llegué a la barra en menos de diez segundos, sudoroso, dolorido y pensando que para volver a mi mesa no me importaba atravesar la pista, subirme al escenario o lo que fuera con tal de esquivar a la acosadora. Me costó como cinco minutos que el camarero reparase en mi presencia, a pesar de que estaba sirviendo a todo el que estaba a mi lado, y casi el mismo tiempo hacerle entender que quería dos cubalibres, cubas, cubatas, rones con Coca-Cola o como se diga en Madeja, que aún no me ha quedado claro. Una vez servido, emprendí la estimulante aventura de cruzar la pista de baile sin que se derramase más de la mitad de cada vaso. Había visto esa pista más llena, pero aquella noche tampoco estaba mal. El rato que me llevó alcanzar la mesa lo dediqué a contemplar amplísimos escotes que mostraban pechos que parecían ir a explotar en brassieres minúsculos y cinturitas mínimas que se meneaban espasmódicamente y dejaban paso a unos traseros redondísimos. Cuando al fin me senté a la mesa con Rosa, estaba un poco aturullado por la escandalera de la música, si a eso que ponían en el Beatle se le podía llamar música. Las noches de discoteca se repartían casi exclusivamente entre cumbias y regetón, el último grito en pachanga latinoamericana. Ambos estilos musicales consisten en poner en marcha una caja de ritmos chillona y desagradable y, sobre ella, construir rimas de alta intensidad poética. La que estaba de moda entonces rezaba: “no te quiero por tu labios, no te quiero por tu plata, si te quiero es por eso negro que tenés entre las patas”. Quizás fuese de la misma escuela estética que aquellas que decían “te compro a tu novia (que está buena y cocina muy bien, no como la mía, que es un desastre)” o “bendita sea mi madre por haberme parido macho”. De las paredes del local colgaban tres retratos de John, Paul, George y Ringo, y no sé si fueron alucinaciones pero yo juraría haberlos visto más de una vez con tapones en los oídos y las caras desencajadas. El ambiente empezaba a animarse verdad cuando, de repente, se apagaron la música y los focos de colores. Se encendieron unas luces blancas que deslumbraron

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a la concurrencia y se oyó la voz del pinchadiscos que, con el mismo tono que utilizaba para animar a los bailarines, para informar del título de una canción o para felicitar el cumpleaños a uno de los presentes, anunció que en ese momento ingresaba la policía en el local para comprobar que allí no había ningún menor. Tres agentes de poblados bigotes negros y cara de malos de película de bajo presupuesto, vestidos de verde oliva, con botas militares, pistolón y porra al cinto, aparecieron en la puerta. Yo pensé: –Ahora es el momento en el que alguien les tira un vaso y se monta el cirio, vas a ver-. Los policías se quitaron las gafas oscuras de pera (era noche cerrada) y, sin decir palabra, con paso lento, atravesaron la pista hasta la barra y volvieron por el pasillo entre las mesas. Los adolescentes que componían casi la mitad de la clientela ni les miraron, no huyeron en plan manada de bisontes ni intentaron esconderse en el baño. Siguieron tomando sus cervezas y charlando tranquilamente mientras reponían fuerzas después de tanto menear el solomillo. Cuando los guardianes de la Ley salieron otra vez a la calle, las luces bajaron y la música volvió a atronar.

La viejoteca Pero, afortunadamente, aquella noche tras el diluvio no tocaba discoteca sino viejoteca. La viejoteca era bastante más tranquila y esa noche en especial, pues llegamos un poco pronto. Quedaban un par de mesas vacías, y nos acomodamos en una que distaba un metro escaso de una torre de altavoces altísima. A nuestra derecha se sentaban tres hombres de casi cincuenta años, con aspecto de manejar plata y de estar bien aburridos. Mientras pedíamos nuestras bebidas a un camarero con camisa blanca y pajarita, aparecieron tres chicas jóvenes y atractivas que se sentaron a su mesa. Dos de ellas sacaron a bailar a dos de los hombres, mientras que la tercera pareja se quedó a pelar la pava tranquilamente. Nosotros nos dedicamos a ambas actividades, a ratos. La banda era brasileña, y nos deleitó con un amplio repertorio de pagode y forró. No es que fuese una música celestial pero, comparada con lo que se escuchaba allí en otros momentos, lo parecía. Todas las parejas a nuestro alrededor bailaban con destreza e incluso algunas eran dignas de que uno dedicase un rato a contemplarlas. Había mujeres muy elegantes, con tacos altos y vestidos largos y

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hombres no tan pintones pero correctamente planchados. Lo que en principio parecía un baile sencillo (“dos a la derecha y dos a la izquierda”, según las instrucciones de Rosa) se podía complicar hasta el arabesco, y los mejores danzarines deslizaban los pies y la cadera pista arriba y pista abajo. Rosa me culpaba siempre a mí de lo mal que bailábamos. Y en ciertos casos, como con el pagode, esa acusación era radicalmente falsa. Lo que pasaba era que ella no me entendía y constantemente elegía desplazarse al lado contrario hacia el que yo pretendía hacer una linda figura. Raramente conseguíamos terminar una canción, pero aquella noche era la primera que compartíamos desde hacía tiempo, y el pagode se baila muy pegado. Por eso llegamos a marcarnos cuatro piezas completas. Entre baile y baile volvíamos a la mesa, a besuquearnos un poco más y a controlar los progresos alcanzados por los señores y las chicas de la mesa vecina. A una de ésas, a Rosa se le apagó la preciosa sonrisa, que hacía juego con sus ojos achinados pero enormes y con su nariz pequeña y recta. Fue al terminar un arriesgado giro a derechas que yo había iniciado en el segundo compás de la tercera estrofa y que casi rematamos en el suelo. Me dijo: –Mira, ése es Rodolfo-, y señaló con un discreto gesto a un hombretón canoso y con buena planta que me miraba sin parpadear, apoyado en una columna, al borde de la pista. Lo primero que pensé es que me había pillado sin defensa, porque yo estaba muy lejos de mi vaso y no podía plantárselo en la cabeza antes de que él me metiera un puñete con esas manazas. Lo segundo que me vino a la mente, en consecuencia, fue que estaba más perdido que Carracuca. Entonces apareció mi salvadora. No llevaba capa ni antifaz, sólo era una mujer poquita cosa, que no le llegaba a Rodolfo a la barbilla, con el cabello rubio y lacio sujeto por una pinza, y sin pintar. –Tranquilo, que es su esposa- me informó Rosa. Le agarró por la cintura y lo arrastró a bailar. Aprovechamos la oportunidad para retirarnos cobarde pero prudentemente hacia nuestra mesa, no fuera a ser que a mí también me agarrara de los pelos y me tirara de espaldas al piso. La pareja de al lado seguía de charla íntima, mientras que los otros cuatro que habían venido con ellos ya se habían largado hacía rato: primero una pareja y luego, la otra. Nosotros nos terminamos las copas, que sabían incluso

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peor que cuando nos las sirvieron, y enfilamos la salida. A nuestra espalda, los músicos entonaban “sou, sou, sou traficante, sou o traficante do amooor”.

Las iglesias A la mañana siguiente me dio bastante gusto, la verdad, ver a Rosa arreglada y sentada al borde de la cama, diciéndome algo de lo que no me enteré. Sabía que después de que ella me besara y saliera por la puerta a trabajar a mí aún me quedaba un rato de dar vueltas entre las sábanas. Pero mi sueño era ligero y me lo interrumpieron el calor y las canciones de misa y de rock cristiano que llegaban desde el patio. Así que me levanté, saqué un batido de chocolate de la refrigeradora y me puse a beberlo frente al ventilador, a ver si me refrescaba un poco. Me acerqué a las ventanas de madera, abrí una de ellas y a través de la mosquitera vi muchas camisas blancas, pantalones negros y corbatas y calcetines del mismo color que, empapados, colgaban de las cuerdas de tender que atravesaban el patio. Todavía en calzoncillos saludé a uno de los mormones que ocupaban la tercera habitación del patio de doña María, la que quedaba frente a la nuestra. Como todas las mañanas, estaba en el lavadero, frota que te frota, a pesar de que había una lavadora automática, eficiente aunque bastante vieja. Pero los mormones no la utilizaban nunca: o eran incapaces de desentrañar el misterio de los seis botones que había que girar u oprimir para que la máquina marchase (no me extrañaría, pues a mí ese panel de mandos me daba, más que respeto, miedo) o era que su religión les llamaba a castigarse el cuerpo, en especial las manos y los riñones, diariamente. Porque era cierto que en Madeja casi siempre hacía un bochorno agobiante y se sudaba copiosamente pero, aún así, la afición de los mormones por la lavandería era algo enfermizo. Además, su esfuerzo resultaba a menudo baldío ya que, por culpa de los chaparrones, la ropa se acumulaba en las cuerdas y podía pasar allí tres o cuatro días sirviendo de portaviones para los mosquitos, hasta que se llegaba a secar. Entonces olía tanto a humedad y estaba tan llena de huevos de bichos que había que repetir el proceso una y otra vez. A parte de lavar con fruición, escuchar canciones de misa y rock cristiano a todo trapo, consumir horas de Internet en el cyber del mercado y almorzar y cenar diariamente en la chifa costrosa de enfrente, a los mormones no se les conocía otra

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actividad. Salían a por la mañana con su maletín y volvían a media tarde con la misma cara y el mismo peinado perfecto que al levantarse. Saludaban cortésmente, pero establecer un mínimo de conversación con ellos era totalmente imposible. Se metían en su habitación, mayor que la nuestra pero en la que tenían que estar como piojos en costura, y sólo salían a hacer la colada, por la mañana y por la noche. Esta limpieza obsesiva les costaría perder la habitación, pues doña María les echó con cajas destempladas un par de meses más tarde, acusándoles de haber montado un negocio ilegal en el patio su casa: una lavandería para mormones. La argumentación no era mala, pues es cierto que otros de su secta venían a menudo por allí y que, para ser una gente a la que se le supone austeridad, su fondo de armario a base de camisas blancas y pantalones negros parecía muy excesivo. Ahora, que los mormones les cobrasen a sus camaradas por hacerles la colada y cometieran el grave error de no darle una parte de los beneficios a la casera, es algo que requeriría una investigación más en detalle. Aún así, yo estaba convencido de que todo respondía a una sagaz maniobra financiera de doña María, un tiburón capaz de lo que fuese con tal de ganar más plata. Ya la había sorprendido en conversaciones con unas cooperantes suecas. Bueno, tampoco la sorprendí porque aquella entrevista fue de lo más público. En el zaguán de la casa estaban sentadas las dos extranjeras con doña María, el sobrino y dos amigotes suyos, mientras que al otro lado de la reja se agolpaban los cuatro empleados del lavadero de carros contiguo, los dos mozos del almacén de enfrente, el vecino de la derecha, el vendedor de helados y, al menos, cuatro o cinco hombres más que quién sabe dónde se habían enterado del notición de las gringuitas. Éstas respondían perfectamente al modelo de inquilino que le encantaba a doña María: uno a quien podía sacarle los pesos de la manera más rastrera pues, una vez traducidos a euros o a dólares, no merecían una bronca. Para solaz de la mitad masculina del barrio, las rubicundas suecas se instalaron al día siguiente a la marcha de los mormones. Estos se fueron sin protestar y sin siquiera intentar calmar a doña María. La opinión más extendida en la calle era que los mormones estaban en franca retirada

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y en pocos meses abandonarían definitivamente a su rebaño, por no poder resistir la competencia. El mercado de sectas protestantes estaba saturado en Madeja y en toda la región. Sólo en el centro la ciudad se podían contar cinco templos, todos ellos con nombres de lo más rebuscado: Congregación episcopaliana renovada de los versículos verdaderos, y cosas así. Frente a estos templos pasaban sin pararse las lujosas camionetas de los ganaderos y los traficantes de madera, pero los pobres eran carne de predicador y sí que entraban. Todas las tardes, y especialmente las de los sábados, se sentaban ante unas grandes pantallas en las que les mostraban vídeos de los líderes de su secta (norteamericanos o brasileños) gritando sus sermones en unos teatros lujosísimos y a unas audiencias treinta veces más ricas y más blancas que ellos. A los brasileños les entendían, pero a los gringos, ni papa. Aún así, a aquellos indígenas acostumbrados a permanecer hieráticos ante la muerte de un hijo u otros terribles sufrimientos, se les saltaban las lágrimas y se les abría el monedero en cuanto escuchaban uno de esos discursos. Incluso Colorada, que sí que estaba perdida en medio de la selva, tenía su iglesia pentecostal. Era una comunidad de no más de diez cabañas que el primer fin de semana de cada mes se convertía en lugar de encuentro para los que vivían dispersos por la foresta. El domingo que nosotros estuvimos por allá era, además, el inicio de la zafra de la nuez, por lo que el movimiento era mayor que nunca. Hasta la comunidad habían llegado dos camiones herrumbrosos con las cajas cargadas de campesinos sin tierra, harapientos y dispuestos a enfrentarse a un bosque asesino y a unos empleadores canallas con tal de ganarse unos miserables pesos. Ya se habían jugado el tipo cuando los camiones vadearon el río –muy crecido y revuelto por las lluvias- en una balsa de madera tirada por cuerdas y cuando los choferes se apostaron otra botella de alcohol de 96 potable a ver quién llegaba primero a Colorada. A un lado del camino, frente al bohío con un letrero que rezaba “Centro Comunal del Área de Colorada”, dos familias habían instalado sus tenderetes y ofrecían sus escasas y tristes mercancías a unos clientes que eran incluso más pobres que ellas. A su espalda estaba el prado en el que los jóvenes de la comunidad se iban a retar un partido de fútbol, otra barraca a medio caerse en la que se servían jugos de

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frutas y tragos fortísimos, y la iglesia de los pentecostales, con la puerta cerrada. El líder de la congregación vivía en Madeja y se pasaba por allá cada dos semanas. Ese domingo le tocaba abrir el templo pero, visto el ambiente de relajo general y la cantidad de forasteros que buscaban o trabajo en la zafra o agarrase la gran borrachera, prefirió dejarlo para otro día. Frente a aquella puerta conocí a Don Isaac. Había caminado cuatro horas desde su caserío, con su nieta, para asistir a la celebración religiosa. Cuando llegó se quedó mirando la fachada principal del templo, sin mover un músculo de la cara ni sudar una sola gota, a pesar del calor húmedo y pastoso. Luego anduvo hasta mí y, como yo tenía aspecto de extranjero, me preguntó si era el predicador brasileño que les habían prometido mandarles de Madeja hacía un mes. Le contesté que no, que yo era español y de cura, nada. Charlamos un poco y me dijo que, como no iba a haber servicio religioso, se volvía inmediatamente a casa, antes de que llegaran los músicos y comenzase el baile, una actividad que consideraba pecaminosa y desencadenante de innumerables aberraciones que él no quería ni podía presenciar. Tomó de la mano a su nieta, se tocó el ala de su sombrero de cowboy, me deseó la compañía de Dios y emprendió el mismo camino que le había traído hasta Colorada, ahora en dirección opuesta. Los mormones no tenían templo ni en Colorada ni en ninguna otra comunidad de la zona. Por eso no salían de Madeja y disponían de tanto tiempo para lavar ropa. Aquella mañana parecían especialmente desocupados, porque para cuando terminé de bañarme, de tender la cama y ordenar un poco el cuarto, ellos seguían refregando. Salí al patio, mejor vestido que otras veces –es decir, con jeans y zapatos en vez de bermudas y sandalias- pues pensaba pasarme por el vicerrectorado de la Universidad a ver qué había de la famosa lista de admitidos al concurso para docente de Redacción Periodística II. Dije: –Buen día-, me respondieron lo mismo y ahí terminó la conversación con los mormones.

El mercado Enfilé la galería con todos los sentidos bien alerta para repeler cualquier emboscada de los gatos de doña María. Finalmente el ataque no se produjo y pude salir a la calle sin ningún rasguño. El cielo estaba despejado y el sol caía a plomo,

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haciendo reverberar el asfalto. Los charcos de la noche anterior ya se habían secado y estaban formando las nubes que descargarían unas horas más tarde. No podía dejar de pensar que ese mismo proceso de evaporación, elevación, condensación y caída también se debía aplicar a los miles de litros de sudor que madejeños y visitantes producían a diario. Subí la cuesta que llevaba a la avenida principal y, para cuando llegué allí, ya estaba pegajoso de tanto transpirar. Me paré un rato, a la sombra, para observar el animado tráfico de la mañana. La mayoría de los vehículos eran motos, particulares o de servicio de taxi. Todas juntas hacían un ruido infernal sólo comparable a la música del Beatle, en especial cuando se ponían verdes los dos semáforos de la avenida, la mitad de los que había en toda la ciudad. Las motos transportaban tanto familias enteras –a veces hasta dos adultos y dos niños creciditos- como mercancías. Era muy común que el pasajero acarreara un par de botellones de agua, un mueble pequeño o algún animal, como un chancho o dos gallinas. El motorista no solía ir despacio ni mucho menos pero aún así las caídas eran mucho menos frecuentes que lo que, en cualquier otro lugar del mundo, dictarían la ley de la gravedad y la fuerza centrífuga. Anduve dos cuadras más y llegué al mercado. Era un horroroso edificio de dos plantas, de cemento sin embellecer y con una actividad frenética. En el piso alto estaban las carnicerías, un escenario perfecto para rodar toda una serie de películas gore, y las peluquerías, además del cybercafé y una papelería-libreríacopistería-tienda de regalos y de menaje que ocupaba un local de unos nueve metros cuadrados. A la vuelta de esta tienda quedaba un recoveco discreto en el que a cualquier hora del día uno se podía apostar hasta la familia a los dados. Yo observaba a los jugadores cautamente y sin acercarme, pues no cargaba cuchillo, un instrumento fundamental para manejarse en aquel ambiente. En el nivel de la calle había un imbricado y abigarrado zoco con tiendas de comestibles, de ropa y de electrodomésticos, droguerías y piñaterías. Al fondo se encontraba la feria de comidas, en la que se podía elegir entre cuatro puestos. Yo me senté, como siempre, en el de la señora Sara, que ya sabía que iba buscando un café negro pero con un poco de leche y dos empanadas de pollo. Pero esa mañana,

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como muchas otras, sólo quedaba masaco de yuca o de plátano y empanadas de queso. La última de pollo la estaba babeando un niño pequeño que se sentaba a mi izquierda, junto a su madre. Le miré y, en ese momento, se le escurrió la empanada, que rebotó en el banco corrido y cayó al suelo. En un acto reflejo me agaché y estiré la mano para recogerla, cuando un gruñido muy agresivo me hizo dar un brinco. Los dos segundos que la empanada llevaba en el piso le habían bastado a un perro muy flaco y medio pelado para echarle la zarpa encima y desplegar toda su dentadura –se le podían contar las caries- en una defensa a muerte de su desayuno. Así que me tuve que conformar con un par de empanadas de queso, mucho menos sabrosas y alimenticias que las de pollo, y el café, que me duró una media hora de lo ardiendo que estaba. Si antes del café ya sudaba a chorros, cuando lo terminé me entró una especie de golpe de calor que, afortunadamente, se me pasó en un minuto. Pagué y me senté en el banco un poco más allá a echarme un pitillo porque el chiringuito de la señora Sara, a pesar de estar a cielo abierto, no disponía de zona acotada para fumadores. Compartí el asiento con una familia que debía haber llegado de Galilea, una comunidad de indígenas convertidos al judaísmo que quedaba a dos días de Madeja, río arriba. La madre y las hijas iban vestidas como la virgen María, mientras que el marido llevaba la coronilla cubierta con un trapo y se había dejado crecer mucho los cuatro pelos del mentón que, bien retorcidos, formaban algo parecido a una barba.

El vicerrectorado Una vez fumado mi Camel de contrabando, algo seco y chisporroteante, salí a la calle y emprendí la cuesta arriba que llevaba a Brasil, pasando por la plaza Mayor de Madeja y por delante del vicerrectorado. Allí me quedé. El edificio no estaba nada mal para los estándares de aquella ciudad, y seguro que años antes había lucido mejor, cuando la humedad y el descuido aún no le habían causado los estragos que ahora se podían contemplar. Los tres pisos estaban pintados de blanco y se disponían alrededor de un patio que, de haber estado limpio y ordenado, hubiese tenido gracia. En él había una palmera tumbada, una fuente seca y descascarillada, unos bancos rotos y unos montones de porquería que bien podían ser los restos de la tormenta de la noche anterior. Las galerías de los tres

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pisos daban al patio, y en ellas se sucedían los despachos, casi todos con una hoja de papel escrita a mano y pegada a la puerta que hacía de cartel informativo. Puede que el vicerrectorado estuviese de mudanza. Al menos, eso parecía. Muy amablemente me dirigí al señor de la puerta, cambiando al hablar las ces por eses y poniendo los verbos y los sujetos en posiciones inverosímiles, en un intento bastante tonto, pero habitual en mí, de parecer lugareño. Aún así no me hice entender a la primera, y me costó un segundo intento arrancar una respuesta del ordenanza: –¡Oooh, para docente se ha postulado usted, señor!-, me contestó. –Es un gusto que vengan extranjeros a enseñar aquí. Es usted español ¿verdad?, ¿de dónde? ¿de El Ferrol?-. –No, de Madrid-, dije. –¡Ah!-, respondió seco, como decepcionado y sospechando que me había inventado una ciudad de la que él, que trabajaba en la Universidad, nunca había oído hablar. Me quedé con ganas de saber si es que tenía familia ferrolana o si es que era admirador del caudillo o qué, porque inmediatamente salió de su pecera y se retorció como un ocho para señalarme, a través del patio, un despacho del piso superior. –Allá se encuentra el negociado que usted busca, señor. Con gusto le acompañaría, pero no debo dejar el portón desasistido no sea que se persone el señor vicerrector, u otra autoridad académica de rango inmediatamente inferior, y requiera de mis servicios… usted se hará cargo y me dispensará, sin duda-. Le agradecí su ayuda y me dirigí a la escalera, pensando si aquel hombre tendría una librea escondida bajo el mostrador, si había asistido a un taller de prosopopeya aplicada a la atención al contribuyente, o si me estaba vacilando por no ser de El Ferrol. Llegué a la puerta señalada y llamé. Como nadie contestaba, abrí y entré. Era un despacho muy amplio, con dos grandes mesas dispuestas en ele. En una había un hombre de aspecto muy antiguo, que leía unos papeles que mantenía a escasos dos centímetros de sus gafas de culo de botella y que ni me miró ni me contestó cuando di los buenos días. En la otra, había una chica sentada en una silla de oficina y una mujer un poco mayor de pié, a su lado. Ojeaban un catálogo de moda de baño que no se molestaron en cerrar ni en esconder cuando les pregunté por la lista de admitidos al proceso de selección de docentes. Se me quedaron mirando como embobadas hasta que el señor dijo, con mal tono y sin levantar la vista del papel,

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que agarrase la puerta del fondo, atravesara dos habitaciones y a la tercera, estaba “Convocatorias”. Así lo hice. En el primer despacho, muy pequeño, había una humareda densísima y tres hombres jóvenes dándole golpes a la cpu de una computadora que echaba chispas por detrás. En el segundo, una señorita se limaba las uñas y otra estaba encaramada a una silla y dos cajones puestos del revés, intentando alcanzar unos archivadores de lo más alto de una estantería. Dudé si quedarme a recogerla en la caída, pero me pareció que eso sería una intromisión intolerable en la intimidad de la señorita, así que pasé al tercer despacho. Éste era la Secretaría del Departamento de Convocatorias, y estaba atendida por una chica diminuta y de ojos enormes y tristes, a la que pregunté por la lista de mis sofocos. –Un momento-, me respondió, y entró en otra oficina, que parecía ser la de su jefe. Al salir me dijo: –Si es tan amable de esperar un momento, la licenciada Yusmely (o algo parecido) le atenderá personalmente-. Me puse a mirar el patio hasta que, un minuto después, la secretaria me dio vía libre. Me sorprendí de que la licenciada Yusmely, responsable del buen desarrollo del proceso de selección de nuevos docentes, fuese la misma que la noche anterior me había dicho que firmase la lista de asistentes al curso de adaptación pedagógica, a sabiendas de que aquello era un fraude, pues yo no había estado en clase. Ni tan siquiera se había cambiado el vestido de flores, aunque sí los zapatos, pues parecía más alta que entonces. –Me va disculpar un momentito-, me dijo –que tengo que salir del despacho y ahorita vuelvo-. Me dejó solo en una habitación bastante reducida y sin ventanas, en la que había una estantería con libros turísticos de Madeja y su región y unos cuadritos con dibujos de niños muy cursis que recitaban poemas de amor en portugués. La mesa estaba llena de papeles sujetos con pinzas para que, aunque se arrebataran, no se volasen cada vez que les enfocaba el ventilador de pie. También había una computadora que no me resistí a mirar y que tenía abierta una tabla con los nombres y unos pocos datos de los que habíamos firmado en el curso de capacitación pedagógica. Al regresar me preguntó que en qué podía ayudarme. Yo le volví a contar la misma historia que ya le había contado en el campus, y ella me miró como si le estuviese

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hablando de la importancia de las legumbres en la dieta mediterránea. –Pues esa lista no está aquí, acabo de ir a buscarla y no está, no-, me respondió, luego sí se había enterado de lo que le decía. –Pero, ¿esto no es el departamento encargado de la selección de docentes?-, inquirí, más que enfadado, alucinado. –Sí lo es, pero nosotros no estamos llevando ese proceso, me dijo que era la asignatura ¿de?-. – Redacción Periodística II, la publicaron ustedes en su boletín, en diciembre-. – ¡Aaaah!-, fue su contestación, y volvió a mirarme como se mira a un semáforo en rojo cuando no se tiene prisa. El silencio era bastante incómodo y yo lo rompí con una audaz pregunta: –Bueno, si ustedes no llevan este tema, alguien lo llevará, ¿no?-. –Imagino que la carrera de Comunicación Social-. –Y ¿le importaría ponerme en contacto con ellos?-. –Pásese por el campus-, me recomendó. Desde hacía meses ya me estaba acostumbrando a armarme de paciencia en estos casos y a hacer cinco preguntas para obtener la información que se me debería dar de primeras, así que no me ofusqué y continué: –¿Y no tienen un número de teléfono donde se les pueda llamar y así me ahorro el viaje?-. –¡Aaay!, de ese departamento tengo unito no más, y no sé si se lo habrán cortado-. –Probaré, si no le importa-, concluí. La licenciada Yusmely salió otra vez de su despacho y algo le dijo a la secretaria de los ojos tristes, que se puso a revolver todos los papeles que tenía en la mesa. Al volver a entrar me pidió que esperara un momento y que la disculpara, que ella tenía que continuar con lo que estaba haciendo (la lista de asistencia), lo cual me pareció una gran idea para evitar otra conversación absurda. Cuando ya casi me había leído entera una revista sobre la biodiversidad de la región, entró la secretaria con un post-it, también conocido como moquillo, en el que había un número apuntado. –Aquí está el teléfono- dijo, sonriente y orgullosa de su eficacia. –Muchas gracias, pero ¿por quién pregunto cuando llame?-, fue mi contestación, que le borró la felicidad de la cara a la chica y la hizo volver a su escritorio. Otro bonito monográfico, éste sobre la ganadería de la zona, y el moquillo estaba de vuelta, con un garabato indescifrable debajo del número. La penúltima pregunta me sirvió para enterarme de que allí decía “Ingrid” y, la última, para obtener permiso para llamar desde el primer despacho de los que había visitado un hacía un rato.

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El mismo recorrido que antes, pero al revés. Las dos chicas del primer cuarto escudriñaban unos archivos y ambas estaban sanas y salvas, por lo que deduje que la peculiar fuerza de gravedad madejeña no se aplicaba sólo a los motoristas sino también a las funcionarias del vicerrectorado. El segundo despacho parecía más despejado de humo, la cpu había quedado abandonada en el suelo y los oficinistas no estaban. Salí rápido, con la sospecha de que, despavoridos, habían abandonado sus puestos ante la inminencia de una explosión. Entré en la primera oficina, donde ya no se encontraba el señor de las gafas y las chicas estaban muy concentradas examinando la sección “hombres” de la revista de bañadores. Les solicité el teléfono esgrimiendo el permiso de la licenciada Yusmely y una de ellas, muy atentamente, me pidió el número, marcó y me alcanzó el aparato. Pregunté por la licenciada Ingrid, me la pasaron, y ésta me explicó que el proceso de selección de un docente para Redacción Periodística II ya estaba cerrado, sin publicación de listas y sin que los candidatos asistieran al curso de capacitación pedagógica ni defendieran sus propuestas ante un tribunal, porque sólo se había presentado uno. –¿Cómo que sólo uno, si yo también envié mi solicitud?-, respondí sorprendido. –Pues yo las abrí ayer, en la Comisión, y sólo había un candidato que cumpliese los requisitos, así que le dimos la plaza-. Como el teléfono aquel se oía de pena y no creía que pudiese resolver el asunto en ese rato, conseguí que la licenciada Ingrid me diese cita para la tarde, a las tres en el campus, en su despacho: Dirección de la Carrera de Comunicación Social. Me despedí de las chicas y salí. El ordenanza de la puerta, a pesar de la enorme responsabilidad que pesaba sobre sus espaldas, no estaba en su garita. O había llegado una autoridad académica y le estaba cepillando la guayabera, o se había largado de viaje a El Ferrol, o se había cruzado al bar de enfrente a tomarse un aguardiente. Me inclino por la tercera opción.

La estación Eran las diez y media cuando salí del vicerrectorado y hasta la una no iba a almorzar con Rosa, así que disponía de toda una mañana para disfrutar de las 26


innumerables atracciones que ofrece una metrópolis como Madeja. A las once ya las había agotado todas: me había paseado por la plaza y había sopesado las grandes ofertas del almacén Chorque. Me gustaba aquel almacén porque suponía un reto para la agudeza visual y el olfato del cliente. Al revés que otras tiendas que piensan que sus compradores son medio tontos y hay que ponerles delante de las narices lo que quieren llevarse, el Chorque le daba a la rutina de la compra un encanto parecido al de la caza selvática. Había que tener paciencia, el instinto muy despierto y un poco de suerte para hallar la mercancía deseada. Cuando la encontraba, la ilusión que el cliente experimentaba era muchísimo mayor que si se la hubiesen dado con sólo preguntar. Así, llegaba a la caja henchido de la autoestima del cazador-recolectorlíder de la manada y pagaba con gusto, sin reparar en el precio. En la planta baja, rebuscando, se podía encontrar un poco de todo, desde un televisor de miles de pulgadas a un juego de parchís magnético para viajes, cebo para pescar, escobillas para el baño y alcohol de marca o del otro. La alta estaba exclusivamente dedicada a las modas, con especialidad en prendas femeninas, minúsculas, vaporosas, con colores chilloncísimos, de dudosa calidad y fabricadas en China o sus alrededores. No me pude resistir, y le compré a Rosa un bikini que cumplía con todas esas características. Tras la agotadora jornada de compras y agobiado por el calor sofocante, me paré en el carrito de la esquina y me bebí un jugo de copoazú bien fresco aunque carente de las mínimas garantías sanitarias. Como vi que no contraía una colitis inmediata, me entró un arrebato de actividad y decidí acercarme a la terminal de buses a informarme sobre los viajes a la capital. Agarré la calle que va paralela al río, con Estanislaópolis enfrente. Aquella ciudad parecía, a simple vista, mucho más desarrollada que Madeja. Tenía una avenida con árboles en el centro, todo bien pintadito, carriles bici que se respetaban, motoristas con casco y dos supermercados medianamente surtidos y limpios, lo que a este lado del Chorque sólo se veía por televisión. Pero todo era fachada, un ejercicio de hipocresía fronteriza para impresionar al vecino, porque bastaba salir de las cuatro calles del centro para encontrarse un desbarajuste similar al de esta orilla.

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Remontando el río llegué al paso fronterizo, dotado de sus banderas, sus puestos policiales respectivos, su dispositivo de vallas y rompemuelles y sus carteles informativos de los terribles castigos a los que se exponía todo aquel que contrabandease cualquier mercancía. Pero los vehículos y los peatones cruzaban todo aquel montaje como el que atraviesa el umbral de su casa, y yo nunca vi ni oí que a nadie le parasen ni para pedirle fuego. Como a trescientos metros del paso estaba la terminal de buses, bastante tranquila a esas horas, ya un poco tardías para viajar. Los autobuses, todos muy viejos, se alineaban a ambos lados de la calle. En medio de un barrizal estaba la oficina de la empresa, “Velocidad Amazónica” se llamaba, que era una cabaña de madera llena de carteles anunciadores de trayectos y de tarifas, tanto para pasajeros como para bultos. Me admiré de la gran sensibilidad que la compañía mostraba para con los discapacitados auditivos, porque esa misma información de los carteles era la que los choferes y sus ayudantes gritaban constantemente en medio de la calle. En las horas punta se montaba un guirigay ensordecedor entre los voceadores de los buses y los comerciantes de casi cualquier cosa que se agolpaban en la terminal. Se respiraba tranquilidad en ese tórrido mediodía. Sólo un autobús se alistaba para salir. Los pasajeros ya se habían amontonado en el interior (el pasillo iba lleno de gente que se agarraba como podía a los pasamanos) y la baca cargaba equipajes que llegaban a un metro de altura. El chofer y su ayudante, ambos con aspecto de acabar de salir o estar a punto de entrar en la cárcel, remataban la faena cargando dos bidones de gasolina y dos garrafas de gas en el maletero, justo debajo de los viajeros, por si quedaba alguna chance de que alguien sobreviviese a un no tan hipotético accidente. Con el bus sensiblemente escorado a babor, se subieron, arrancaron al tercer intento y emprendieron viaje. Quedaban tres autocares más estacionados en los arcenes. Seguramente no saldrían hoy, y si lo hacían sería para cubrir un trayecto corto. Sus carrocerías combinaban al menos cinco colores y muchos cromados, banderolas, bombillitas que no lucían, y abolladuras y rastros de óxido por todos lados. Los cristales traseros iban pintados con motivos religiosos o regionales o con declaraciones de

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amor. Lamenté como nunca haberme dejado la cámara de fotos en casa cuando me encontré con una trasera decorada con una alegoría en la que aparecía el globo terráqueo rodeado por unas cintas con leyendas, soles nacientes y pajarillos y, aun lado, el retrato de Ché Guevara y, al otro, el de Bin Laden. Me acerqué a la caseta de información y allí me encontré con un trabajador que presumí pluriempleado, pues tenía buena parte del cuerpo cubierta de grasa y porquería y aún blandía una llave inglesa en la mano izquierda. Mientras se frotaba los brazos con un trapo que le ensució aún más, me preguntó en qué podía ayudarme. Me interesé por los viajes a la capital, aunque no pensara realmente embarcarme en ninguno de ellos ya que sabía que tomaban, en el mejor de los casos, dos días de calamidades. De hecho, tenía un pasaje de avión para aquella misma noche. A pesar de que al informante (lo vi en su mirada) yo no le pareciese más que un gringo de ésos que se divierten mezclándose con los pobres durante las vacaciones, me atendió muy bien. Resumiendo sus explicaciones, me dijo lo que ya me sospechaba yo: que, tal como estaban los caminos por las lluvias, se sabía cuándo salían las flotas pero cuándo llegaban era algo que quedaba en manos de los dioses. –El martes partió una que pasó por Río Culebra hace dos días y, desde entonces, nadie sabe dónde se ha quedado trancada- me relató. Y me dio un consejo de veterano: –Si va a viajar, llévese agua, víveres, ropa y algo para los moscos, que de las fieras más grandes ya se ocupa el chofer-. No sé si se me relajaron los esfínteres del miedo que me dio aquel hombre o era que el enorme café de la señora Sara y el jugo de copoazú estaban haciendo sus efectos, pero lo cierto es que sentí unas ganas incontenibles de hacer un pis. Había un baño público una cuadra más abajo de los buses. Hice un somero cálculo de distancias y tiempos hasta casa, crucé los datos así obtenidos con la sensación de presión en la vejiga y me di cuenta de que, muy a mi pesar, no me quedaba más remedio que utilizar aquel mingitorio. Abordé casi con violencia a la señora de la puerta, corté su conversación con una amiga, aboné la tasa correspondiente y entré corriendo, sin siquiera coger el pliego de papel higiénico al que tenía derecho sin mayor cargo. Llegué justito, pero a tiempo. Una vez relajado me di cuenta de que

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aquel establecimiento, sin ser de lujo, estaba la mar de decente. Eché un cubo de agua en el retrete, me lavé las manos, y salí silbando y tan contento. Entonces vi el cartel que al entrar, con las prisas, había pasado por alto. Rezaba: “Proibido sacar àgua (H2O) de los banhos. Firmando: la direczión”. Por lo visto, el autor del aviso no dominaba ni el español ni el portugués y decidió recurrir al universal lenguaje de la química para hacerse entender. En la cuesta arriba que me llevaba de vuelta a la plaza del Seminarista me entretuve con ensoñaciones en las que veía a mí mismo vestido como Indiana Jones y guiando a los pasajeros del bus atascado a través de la selva. Cortaba troncos de un solo tajo, pasaba tigres a machete, me arrancaba flechas envenenadas del brazo y al final me besaba con Rosa, que me esperaba toda guapa en un claro del bosque, vestida de nativa, con flores en el pelo, un paquete de Camel en una mano y una jarra de jugo fresco en la otra. Así se me hicieron más llevaderos el camino y los diez minutos de plantón (poco, para lo que solía ser) que me dio mi chica en un banco de la plaza. Cuando ya me empezaba a enfadar un poco, Rosa dobló la esquina de karaoke, que al mediodía estaba subarrendado a una señora que daba comidas. Venía muy guapa aunque demasiado maquillada para mi gusto. Se había hecho una coleta alta que se movía como el rabo de una vaca, pero con mucha más gracia. Traía la cara un poco torcida, y presentí bronca. Seguro que me había citado en otro lado cuando salió de casa y yo, con lo dormido que estaba entonces, ni me había enterado. Se sentó a mi izquierda, me dio un beso desganado, y suspiró. –La Susana ésta es un mal bicho de mucho cuidado. Y tú, ¿de qué te sonríes?-, me dijo. No le confesé el peso que me había quitado de encima al oír que el objeto de sus iras no era yo sino su compañera de trabajo. –Pues me sonrío porque estoy feliz de estar aquí sentado con una chica tan linda, cosa que no le pasa a todo el mundo-, fue mi salida, que se vio recompensada por un beso de verdad y no como el aguachirlado de antes. Le di el bikini que le había comprado el almacén Chorque y la conversación se animó. Descartamos la sopa de maní que ofrecían en el karaoke-restaurante y nos fuimos para La Parrilla, a darnos a la carnaza. Cierto era que el mar quedaba a unas

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cuantas jornadas de viaje de Madeja pero, aún así, la afición de aquella gente por la chicha era asombrosa. Me hubiese gustado hacer un estudio sobre la incidencia de la gota y el colesterol en la zona. Pescado sí había, pues los ríos de allá eran enormes y los peces, en consecuencia, también. Incluso podrían estar ricos si no te los sirvieran tan refritos que diera un poco lo mismo si eran frescos, congelados o semiputrefactos. Pero el pescado no entraba en la dieta regular de los madejeños, que se mostraban mucho más aficionados a agarrar una vaca entera y echarla a las brasas. La Parrilla era fácil de ubicar. No había más que seguir la columna de humo que se elevaba sobre toda la ciudad y procedía de la enorme fragua de Vulcano situada fuera del local. El sistema era muy brasileño, “de a kilo”, lo cual quiere decir que uno se sirve de un buffet de ensaladas, pasta, arroces, plátano frito, yuca, farofa y caraotas, y luego se pasa por la parrilla a añadir la carne. El plato de fondo era fijo: pollo, chorizo y res. Todo estaba la mar de suculento, aunque los filetes a veces salieran un tanto correosos. Cuando a uno le rebosaba el plato a base de carne y contornos, se pasaba por una báscula en la que el encargado pesaba la comida y cobraba en consecuencia. Fui muchas veces a almorzar allí y aún así no me conseguí enterar de cómo lo hacían para no facturar lo mismo por un kilo de carne que por uno de arroz. La clientela ese día era de lo más variopinta. Dominaban los brasileños de diferentes colores y aspectos: la mayoría parecían recién salidos de las profundidades de la selva, mientras que unos pocos vestían como hombres de negocios. También había madejeños y algún extranjero disfrazado de cooperante, como una pareja de valencianos a los que Rosa conocía de algún acto social. No sé muy bien cómo sobrevivían en aquella ciudad, porque ambos eran vegetarianos. El contable de La Parrilla los miraba como con ganas de decirles una grosería cada vez que pesaban el plato con sólo verduritas, y él no sabía cómo cobrarles. Todas las mesas del local estaban presididas por una botella de dos litros de refresco: Coca-Cola y otros mejunjes desconocidos para mí y de colores vivos e insospechados. Sólo algunos días se tenía la suerte de que hubiese cerveza y del vino que tanto ayudaría a digerir aquella comida tan rotunda, allí nunca se había oído hablar.

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Rosa y yo cargamos nuestros platos de ensalada y nos acercamos a la parrilla. El responsable de los asados era un morocho bastante simpático y muy atractivo, hasta que sonreía y mostraba los estragos que tanto filete duro y la falta de una higiene diaria habían causado en su dentadura. Estaba muy flaco, ya que a él la sauna le salía gratis durante las cinco horas diarias que se pasaba frente a las brasas. Manejaba aquellos tremendos cuchillos como un pirata del Caribe y con cuatro tajos de cirujano te sacaba un par de bifes, tres muslos de pollo y dos chorizos, directamente a tu plato. Después de esa pantagruélica comida, y con el bochorno del mediodía, la siesta se convertía en una obligación. En la puerta de La Parrilla parqueaban los mototaxistas, a sabiendas de que un peatón recién almorzado en aquel restaurante podía caer redondo si se exponía a ese sol inclemente durante más de un minuto. Nos subimos cada uno en una moto y llegamos a casa en un santiamén, porque no estábamos a más de cuatro cuadras. Nos tumbamos en la hamaca dispuestos a aprovechar la media hora de sueño, cuando se desató un estruendo apabullante. Era el tradicional chaparrón de las dos de la tarde, que duró justo el rato que nosotros dormimos y, al menos, refrescó algo el ambiente.

La feria Al despertar, con la boca pastosa como si nos hubiésemos atizado un litro de aguardiente y tuviésemos un chaqui gigante, nos dimos una rica ducha al alimón y salimos a la calle. Rosa se dirigió otra vez a la oficina, y yo me marché hacia el campus de la Universidad, dispuesto a enfrentar a la licenciada Ingrid armado de todos mis encantos, de las fotocopias de mi solicitud a la universidad de Madeja y de todos mis títulos y certificados de trabajo, en una carpetilla. Preferí ir andando y así, durante el paseo, me iba preparando para la lucha dialéctica que se avecinaba. Tras la siesta general y el aguacero, la actividad había renacido en la avenida. El tráfico y el comercio estaban en su apogeo y me distraje mucho durante el trayecto. Pasé por delante del cuartel Nº 5 de la Fuerza Naval, que patrullaba los ríos de la región, y llegué a la enorme glorieta de la gasolinera. Allí mismo era donde Rosa y yo habíamos rechazado la camioneta la noche anterior, por lo que me sorprendí de lo mucho que cambian las cosas cuando se las ve con un poco de luz.

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Lo que entonces me pareció un lugar feo y canijo ahora se me presentaba como un espacio muy amplio, alfombrado de césped y con una enorme conjunto escultórico en el centro de la glorieta, que no era bonito pero impresionaba. Realizado con el mismo cemento que el mercado, representaba a un agricultor local y su perrillo, que guiaban un carro tirado por cuatro musculosos bueyes. Tanto el perro como su amo esbozaban un gesto de satisfacción, por lo que pensé que los sacos del carro debían contener la cosecha entera de aquel año, de nuez o de alguna planta con la que traficar en la frontera y que el agricultor y el perrillo ya habían probado, y por eso iban tan sonrientes. Frente a la gasolinera salía la calle que llevaba al campus, y en la esquina que ésta formaba con la glorieta estaba instalado el Gran Mundo King Kong. Llevaba allí un mes por lo menos, porque en mi anterior paso por la ciudad Rosa y yo ya lo habíamos visitado. Fue durante la mayor fiesta que nunca hubiese celebrado Madeja, con motivo de los cien años de su fundación. La municipalidad había echado toda la peseta en vino para garantizar la diversión de los vecinos y los visitantes. A través de la Oficina de la Primera Dama ofrecía concursos de canción infantil, pasacalles y un concierto nocturno a cargo de un grupo folklórico llegado de la capital para tan magno acontecimiento. La glorieta había quedado cortada al tráfico y allí era donde se instalaba el escenario para los músicos, junto a la gasolinera, frente al Mundo King Kong y bajo la atenta mirada del campesino de cemento y de su perro. Los madejeños recurrían una vez más a su paciencia infinita para aguantar las dos horas de retraso que ya llevaba el concierto, cuando Rosa y yo asomamos por allí. Entonces pareció que el asunto empezaba, pero no. En vez del grupo folklórico, aparecieron en escena dos locutores de la radio local, con sus mejores galas, sus voces de falsete y dos amplias sonrisas. Se empeñaron en entretener al público con concursos apasionantes. Primero ofrecieron una polera de la emisora a quien se llegara al escenario con un documento que demostrase que ese día cumplía años. Tras unos minutos embarazosos subió un fulano bastante borracho, al que le dieron la camiseta inmediatamente y sin mayores comprobaciones para evitarse un numerito en escena. Luego pidieron que alguien contase unos chistes y, para rematar la velada, una niña repelente entonó una romántica canción de homenaje a

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la ciudad. Ésta consiguió echarnos de allí a Rosa, a mí y a unos cuantos espectadores más. Nos fuimos a la feria, porque buscábamos emociones fuertes, pero no tanto como las que ofrecía el escenario. El Gran Mundo King Kong era un pequeño parque de atracciones. Aunque muy cutre, tenía prácticamente todo lo que un madejeño en fiestas podía buscar: autos de choque, tiro al blanco, un trencito chu-chú, una noria, un cacharro de ésos que te ponen cabeza abajo, la tracción estelar, La mujer que se transforma en King Kong, y, la de más éxito, las canchitas o futbolines. Nos acercamos a las canchitas y estaban a tope. Una de las mesas la ocupaban unos compañeros de trabajo de Rosa y sus amigotes. Les retamos a un partido que perdimos en la última bola por una decisión arbitral, más que polémica, escandalosa. La revancha fue también para ellos, y gracias a que Rosa acertó a meter un gol de rebote cuando miraba para otro lado que, si no, pasamos por debajo de la mesa. Nuestro orgullo estaba por los suelos y había que levantarlo. Por eso nos envalentonamos, en especial Rosa, cuando nuestros rivales alardearon de que nos habían pasado por la piedra a pesar de estar ligeramente mareados tras bajar del Twister, ése aparato que te ponía patas arriba. Inmediatamente nos dimos la vuelta y nos dirigimos hacia aquella máquina de tortura como kamikazes cegados de fidelidad hacia su emperador. Una vez lo vi de cerca, me empezaron a dar bastante miedo los engranajes chirriantes y oxidados, las soldaduras hechas con poco cariño y el general aspecto de abandono de la atracción, que parecía de principios del siglo pasado. Mis cautelas sirvieron de poco, y a los dos minutos estábamos en el primer asiento del convoy. Llegó el encargado y cerró la especie de jaula, girando unos hierros de lo más endeble y que, además, tenían holgura. No recé porque no sé y no me gusta, pero la situación merecía acordarse de todos los dioses de la Amazonía. Empezó el movimiento. El aparato era un péndulo gigante que iba hacia delante y luego hacia atrás, aumentando la velocidad y la altura, hasta que alcanzaba la vertical y te ponía cabeza abajo unos segundos. La segunda vez que llegaba arriba del todo pasaba los 180 grados y se volvía a lanzar a velocidad de vértigo, pero ahora el pasajero iba de espaldas a la marcha. Más idas y venidas durante unos minutos

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eternos, muchos gritos de todos menos yo, que estaba concentradísimo en que no me diera un colapso, y el maldito aparato se paró de a poquitos. Para salir de allí había que bajar la escalerilla de acceso sin matarse, cosa que, dado el mareo, se convirtió en la segunda atracción de la noche, y ésta gratis. Ambos teníamos el estómago en la oreja pero, de reconocerlo en público, nada. Por eso nos acercamos dando tumbos hacia La mujer que se transforma en King Kong, que era el plato fuerte de la feria y no podíamos dejarlo pasar. Pero habíamos llegado tarde o pronto, porque hasta una hora después no habría otro pase. –El señor mono se debe estar chupando sus caramelos de menta para recuperar el rugido- comentó otro espectador frustrado a mi derecha. La visita a La mujer que se transforma en King Kong, de todas formas, mereció la pena. La atracción en sí era una barraca de latón de no más de cuatro metros de ancho por seis de fondo y dos de alto, lo que incluía la zona destinada al público. Si el mono protagonista era un tití adulto o un gorila infante quizás se pudiese mover allí dentro para asustar a los espectadores pero, si era un poco más grande, imagino que toda la juerga consistiría en verlo tumbado en un catre o acurrucado en una esquina. Esto no son sino especulaciones porque, ya digo, no pudimos entrar. El cartel que ocupaba todo el frontispicio de la barraca mostraba a un fiero y enorme gorila dándose puñetazos en el pecho y a una supuesta maciza en bikini y con mirada sugerente. Claro que, para captar a ambos personajes, había que ser un fino saboreador de arte abstracto porque el cartelón parecía haber sido pintado por el mismo mono. Otro lacerante caso de explotación animal. Aparentemente decepcionados por no haber disfrutado de la atracción estelar pero, para nuestros adentros, muy contentos de poder respirar aire libre a ver si se nos pasaba el mareo, dejamos la feria y volvimos adonde la música. Otra niña como para sacarla a bofetadas –a ella y a su mamá, por educarla así- se desgañitaba intentando entonar otra oda a Madeja. Al concierto le calculamos una hora más de retraso, así que ambos argumentamos que estábamos muy cansados (pero no mareados) y nos fuimos a casa haciendo eses por el camino.

El campus

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Ahora la feria estaba vacía y silenciosa y, como tenían las bombillitas apagadas, sus artefactos perdían mucho empaque. Así que eché una mirada con melancolía –al Twister, con cierto odio- y seguí hacia el campus sin volver la vista atrás. Los barracones de la universidad, en cambio, ganaban mucho a la luz del día. Los edificios en sí no eran un prodigio de gracia, pero el jardincillo que los circundaba tenía un pase. Para ser esas horas de la tarde había poco movimiento. No indagué, pero imagino que los estudiantes, ejerciendo de tales, estarían todos en el bar salvo los cuatro gafotas de la biblioteca, y por eso las aulas mostraban un vacío rotundo. Me acordé de mis tiempos y del chalet que se debió comprar el concesionario de la cafetería de mi facultad gracias a los cafés con leche y los botellines míos y de mis compañeros, y tuve que contener una lágrima, pues en Madeja está muy mal visto que los hombres muestren en público que tienen corazoncito. Me personé en el edificio que la noche anterior estaba cerrado y que parecía ser el depositario del gran secreto de la lista de admitidos al proceso de selección. Entré, y consistía en una recepción-secretaría con dos mesas y unas estanterías semivacías, y dos despachos idénticos y simétricos. Ninguna de las tres personas que estaban allí me prestó la menor atención, a pesar de que diese las buenas tardes, carraspease y me pusiese a resoplar ostensiblemente delante del ventilador. Para que repararan en mi persona tuve que recurrir a un método expeditivo: darme un buen golpe contra un perchero. Entonces, apiadándose de mí, sí me preguntaron qué era lo que quería y me informaron de que la licenciada Ingrid ocupaba uno de esos dos despachos gemelos. Me hicieron entrar con las atenciones que merece un herido, e incluso me ofrecieron una silla y un vaso de agua. El despacho de la licenciada Ingrid estaba tan ordenado que denotaba cierta inactividad. La pared larga detrás de la mesa la habían decorado con un inmenso abanico japonés, espectacular pero ni bonito ni feo. Nos presentamos, y la señora o señorita Ingrid me transmitió su profundo pesar por lo que había pasado (yo pensaba que por el golpe contra el perchero, pero no): –Siento mucho lo de su solicitud, pero el proceso administrativo es precisamente eso, un proceso, y ya no se puede parar una vez puesto en marcha-, sentenció con mucha gravedad. –En su solicitud no se adjuntaban los documentos que acreditasen los méritos que esgrimía, así que ayer, en la Comisión, le dimos la

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plaza de Redacción Periodística II al otro candidato, que sí los había presentado. Por eso no hemos publicado ninguna lista, porque no hay concurso posible-. Pensaba la licenciada que había podido conmigo así, de primeras, y me miró con lo que yo interpreté como un gesto de condescendencia, aunque tenía un rostro de rasgos tan extraños que vaya usted a saber lo que realmente expresaba. Era rubia, no parecía teñida, con una cara redonda como una naranja pero de pómulos saltones y ojos rasgados. Estaba muy gorda, aunque tenía un aire saludable y dinámico. Pasé al contraataque: –Tiene usted razón, no envié los certificados de estudios ni de trabajo pero, como en la convocatoria no establecían plazos ni pedían ni fotocopias ni originales, pensé que mejor era traerlos ayer en mano para que los pudiesen cotejar. Mire que soy extranjero y reunir esa documentación no es fácil para mí-. –Claro, claro, lo comprendimos y por eso esperamos hasta ayer, a ver si enviaba usted los títulos, pero ya no pudimos retrasarlo más-, me argumentó. – También me podían haber llamado: me lo comunican, yo mando los papeles por encomienda, y ese mismo día hubiesen estado aquí-. –Sí, si lo pensé, pero es que los números de teléfono que figuran en su solicitud son de la capital, y yo no puedo llamar fuera de Madeja-, dijo, y sonrió. No me creí la excusa ni por asomo. Aquella señora o señorita era la directora de una carrera universitaria, ¿cómo iba a tener las llamadas limitadas sólo a aquel poblachón? –Pues es una pena-, continué medio resignado, –porque yo tenía mucha ilusión por ese puesto y, por este problema tonto de comunicación, no puede ser. Estoy seguro de que lo hubiese hecho bien-. Ella me echó algunas flores para consolarme, como que le hubiese encantado darme la plaza a mí, que nunca había tenido un docente de mi preparación, que tal y que cual, pero no había solución. Cuando ya me pensaba en irme, me dijo: –Lo que vamos a hacer es convocar una plaza nueva, de profesor de Teoría de la Comunicación, para julio. Usted se presenta y se la llevará, porque no creo que haya más postulantes-. Me pareció bien la propuesta, así tendría seis meses para prepararme un poco, que yo no tenía ni idea de dar clases y muy poquita de Teoría de la Comunicación. De repente, la cara de la licenciada Ingrid se puso aún más luminosa y redonda.

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Levantando los brazos y mostrando unas axilas depiladas a medias, me dijo: – ¡Pucha! Pero si tengo algo para usted: docente de Locución Radiofónica. Se nos pasó publicarlo en la convocatoria, pero está disponible. ¡Si lo quiere, se lo queda!-. Dudé sólo un momento y luego me acordé de los dos relamidos periodistas que la otra noche animaban las fiestas de Madeja y del estilo barroco y para mí casi ridículo de los que llevaba oyendo desde que llegué al país. También pensé que no podía ser tan sinvergüenza de impartir una materia de la que desconocía absolutamente todo, así se lo expliqué a la directora, y rechacé amablemente la oferta. –¡Venga, hombre, anímese, que eso no puede ser muy difícil!-, insistió la licenciada. –¡Olé con la directora!, ¡cómo se preocupa por la calidad de la enseñanza!-, fue lo que se me puso en la punta de la lengua durante un segundo. Volví a negarme educadamente. Ahora, el rostro de la licenciada mostraba cierta desilusión. Le propuse impartir algún seminario específico fuera de programa, pero para eso no había presupuesto o interés, así que ya me despedí definitivamente. Quedamos en mantenernos en contacto, y me dio sus teléfonos y su nombre: Ingrid Nakata Thomasson. Ya me expliqué lo de los extraños rasgos de su cara. –Mi padre es japonés y mi madre, danesa. Vinieron a esta región cuando la época del caucho. Con los años se divorciaron y se volvieron cada uno a su país. Yo me quedé, y ahora los almuerzos familiares de los domingos se han vuelto un poco complicados-, me contó. Aprovechando ese momento de confesiones íntimas le pregunté dónde estaba dirección la carrera de Derecho. –Eso está por allá-, me respondió, moviendo la mano hacia el Este y levantando la vista como si oteara un horizonte lejanísimo. Salí del despacho de la licenciada Ingrid y me detuve un momento en la antesala a despedirme de aquella gente que tan amorosamente me había atendido tras mi encontronazo con el perchero. Ya estaba a punto de largarme cuando me fijé en el cartel de la puerta contigua a la de la directora de Comunicación. Decía: “Coordinador de la Carrera de Derecho”. O ambos departamentos estaban muy mal avenidos, cosa habitual en las universidades, o la separación familiar había exagerado el concepto de lontananza que manejaban los Nakata Thomasson. Llamé a la puerta y entré.

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Un hombre de unos cuarenta y pocos años me dio la bienvenida y se identificó como Alfonso Díaz, coordinador de Derecho. Su físico se correspondía del todo con el nombre, así que el señor Alfonso podía ser perfectamente un conciudadano mío. Su mesa estaba tan ordenada como la de la otra coordinadora (pensé que debía trabajar igual de poco), y me llamó la atención que en todo el cuarto no hubiese una computadora. Volví a relatar mi historia por enésima vez en aquellos dos días y ofrecí mis servicios. Abrí la carpetilla de cartón que llevaba conmigo y que estaba ya un poco reblandecida del sudor de mis manos, y desplegué todos los títulos y certificados que me respaldaban. El coordinador los miró por encima y me dijo: – Muy interesante, muy interesante, nos sería usted útil aquí. ¿De qué podría dar clases?-. Tras el ofrecimiento de Locución Radiofónica me animé a venderme para lo que fuese. –Pues yo sé de relaciones internacionales, de derechos humanos, de cuestiones humanitarias, de teoría del estado, de ciencia política, de sociología…- y porque estuve un poco torpe que, si no, hubiese incluido arquitectura y urbanismo. –El inconveniente es que ahora no tenemos plazas libres, todas las asignaturas tienen ya un profesor. Lo que sí podemos hacer por ahora es organizar una serie de talleres o seminarios en los que usted nos hable de algo complementario a lo que enseñamos aquí-. Creí haber encontrado por primera vez en Madeja, si no un alma gemela, sí alguien que hablaba mi mismo idioma. Me animé mucho y le pedí al señor Díaz que por favor me enseñase los programas de sus asignaturas para hacerme una fotocopia y ver qué de diferente podía aportar yo. –Sí, sí, ahorita los miramos-, me contestó. – Pero, usted ¿cómo anda de Derecho Internacional Amazónico? A nosotros nos interesa mucho, claro-. Confesé que tenía nociones pero no era un experto en la materia, lo cual no constituía una mentira porque ahora ya sabía al menos, lo básico: que esa cosa existía. Entonces pasaron una llamada urgente desde la secretaría, el coordinador se disculpó y durante cinco minutos mantuvo una apasionada discusión sobre un disfraz de morsa, con alguien que, por el tono que adoptaba el señor Díaz, debía ser un niño muy pequeño. Se despidió con tres sonoros besos y volvió conmigo: –¿En qué estábamos?-, me dijo. Yo le contesté que en que me iba a conseguir los programas, y obtuve un –Ah, sí, ahora los consultamos, no se preocupe-.

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Ya veía abiertas las puertas de la excelencia académica, y comenté que me hacía mucha ilusión internarme por los procelosos caminos del conocimiento de la mano de lo más granado de la juventud madejeña. Continué con que había estudiado en varias universidades europeas y ésta sería mi primera experiencia académica en América, que demostraba ser aún tierra de promisión y de oportunidades para personas con inquietudes, y que a ver si me podían mostrar los dichosos programas para hacerme una idea de cómo podía coadyuvar yo al desarrollo intelectual del Continente. Él también parecía muy animado, y quiso concretar: – ¿De qué cree usted que podría montar un taller?- se interesó. Yo le volví a soltar la retahíla de especialidades que presuntamente dominaba y le pregunté qué era lo que más le convenía. –La sociología humanitaria ésa me parece muy adecuada. Redacte usted una propuesta, con el costo económico incluido, y me la manda-. Me dio un buen bajón, con esa respuesta. Don Alfonso, a pesar de su interés, parecía no tener ni idea de lo que le llevaba un rato hablando. Vamos, que lo mismo le hubiese dado que le ofreciera un curso sobre entomología de la prensa mexicana que otro sobre las repercusiones de las nuevas tendencias de la ciencia política en los métodos de cultivo de la papa lisa. Insistí, sin ninguna esperanza ya, en ver los programas de las asignaturas, y preparé la retirada: –Bueno, pues entonces quedamos en que yo redacto una propuesta detallada, se la hago llegar y, a partir de ahí, hablamos. Déme su dirección de e-mail y se la envío en un par de semanas-. –No, si yo no tengo ni computadora ni Internet-, me respondió, –tome mi número y me telefonea-. Ahora me empezaba a creer que la licenciada Ingrid no pudiese hacer más que llamadas locales y me entró la duda de si la universidad de Madeja se mantenía en contacto con la comunidad científica por tam-tam o por paloma mensajera. Antes de salir del despacho, el señor Díaz se ofreció a enseñarme la biblioteca, pero ya había tenido suficientes decepciones esa tarde y argumenté que debía ir al aeropuerto y andaba justo de tiempo, para largarme de allí inmediatamente.

El aeropuerto De lo deprimido que estaba, perdí momentáneamente el instinto de supervivencia y me subí en la primera moto-taxi que encontré, sin tomar la habitual precaución

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de mirar primero a los ojos del conductor para hacerme una idea aproximada de su grado de alcoholemia. Llegué entero a la oficina de Rosa, y todos me saludaron muy cariñosamente. Cuando estábamos a punto de marcharnos apareció el jefe, José Ramón, que pretendió entablar conversación. A Rosa le caía muy bien ese fulano, a pesar de que le debiese tres meses de sueldo y le mandase cada dos por tres a enfrentarse con los mosquitos de la selva y sus enfermedades a pesar de que, según el contrato, ella no debería de moverse de Madeja. Yo, sinceramente, no le encontraba la gracia a José Ramón. Ni a él ni a su jeep, uno de esos de la II Guerra Mundial, que pasaba siempre a más de sesenta kilómetros por hora por las calles de la ciudad y que ya había estado a punto de llevarme por delante un par de veces. Le dije que se me escapaba el avión y que teníamos que irnos, que otro día nos tomábamos una cerveza o incluso un ron en el Beatle. Salimos de la oficina y fuimos caminando y besuqueándonos hasta casa, que quedaba a tres cuadras de la oficina. Recogimos mi equipaje y salimos para el aeropuerto. Doña María estaba al acecho detrás de una de las columnas de la galería, como si sus gatos la hubieran iniciado en el arte de la guerra de guerrillas. –Aaah, ¿ya se va usted, don José?- me dijo con una gran sonrisa. –Pues sí, pero volveré pronto y, quizás, para establecerme-, contesté. –Pues en ese caso van a tener que aumentarme cien pesitos por los gastos de luz y de agua-. La fenicia de nuestra casera volvía mostrar que no descansaba nunca, que estaba siempre alerta para desplumar al extranjero. En la avenida paramos un taxi, éste de cuatro ruedas, que nos llevó al aeropuerto. Era de esos que llevaban el volante a la izquierda y el velocímetro y los demás relojes a la derecha, porque los importaban de quinta mano del Japón y tenían que hacerles una obra para cambiarles el volante y los pedales de lado. Que los controles quedasen lejos del puesto de conducción importaba poco, porque normalmente no funcionaban, y la velocidad, los kilómetros recorridos y el nivel de la gasolina los sopesaba el chofer a ojo de buen cubero. Casi nos accidentamos un par de veces en los cinco minutos de trayecto, porque el taxista estaba más atento a ver por el retrovisor cómo Rosa y yo nos besábamos que al desordenado tráfico y a las curvas llenas de barro.

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Al bajar en el aeropuerto nos costó deshacernos de una cuadrilla de niños que insistían en llevarme la mochila de mano –que contenía dos camisas, dos calzoncillos, el cepillo de dientes y las zapatillas medio deshechas por el aguacero de la noche anterior- hasta el mostrador de facturación, que quedaba a unos cinco metros de la entrada. Nos acercamos y saqué mi pasabordo. Por un momento pensé que en cierto sentido ése era mi día de suerte, porque otra vez empezó a jarrear justo cuando ya estábamos bajo la protección del edificio del aeropuerto. Bien equivocado estaba. Casi todos los demás estaban a resguardo, pero yo me había ido a parar justo debajo de una de las al menos seis goteras torrenciales que caían de aquella cubierta vieja y remendada por todos lados. Menos mal que la tarjeta de embarque se salvó y quedó seca y utilizable. Teníamos tiempo hasta que llegase el avión que, procedente de la capital, descargaba unos pasajeros y subía a otros y, sin ni siquiera revisar el nivel de aceite ni limpiar el parabrisas, emprendía el viaje de regreso. Nos sentamos en el bar a que yo tomase el último jugo de mi estancia en Madeja. Lo pidió Rosa y no recuerdo cómo se llamaba, tenía un color como de té oscuro y dos pepas grandes y negras, aún con un poco de carne, flotando dentro. Tuvimos que hacernos los locos porque el aeropuerto estaba lleno de conocidos; a simple vista: nuestro vecino Paulo, la pareja de cooperantes vegetarianos y la señora que daba comidas en el karaoke. Menos mal que Rodolfo no estaba por allí. No viajaría aquel día, o quizás sí. Como mandaba tanto, podía llegar al aeropuerto cuando le petase, que el avión le esperaba. Paró de llover, lo cual era un consuelo porque, si no, nos hubiésemos quedado en tierra. El avión que iba a tomar pertenecía a las FAR –Fuerzas Aerotransportadas Regulares, una compañía militar- y era de los de hélices, un Focker creo, bastante viejo y con mal aspecto. Todos decían que, aunque lento, era más seguro que los aviones a chorro y que, como volaba bajo, permitía disfrutar del paisaje. Sería muy estable y planearía estupendamente, pero que no pudiese volar cuando llovía era algo que a mí me hacía sospechar bastante. Los pasajes para civiles en las FAR salían mucho más baratos que los de las otras compañías, pero aún así no me tentaban lo más mínimo. Si ese día iba a volar con ellos era porque Rosa tenía un

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billete de sobra –le habían dejado tirada una semana antes- y teníamos que utilizarlo antes de que caducara. Rosa y yo tuvimos que separar nuestros labios porque Paulo se había sentado a nuestra mesa, sonriente y con mucho mejor color que la noche anterior. Él también viajaba a la capital, de turismo durante los tres días de vacaciones que le debían en el trabajo desde mayo. Saqué a colación el respeto que me daba viajar con las FAR y él alardeó de que había nacido en el Mato Grosso profundo y estaba muy toreado en lo que a sistemas de transporte antediluvianos respecta. Entonces, un estruendo mecánico llenó el aeropuerto. Era el avión, que ya corría por la pista y se acercaba a la puerta de embarque y desembarque. Cuando vio la nave, al brasileño se le pasó la chulería, se le borró la sonrisa, y su cara volvió a tomar el tono grisáceo del otro día. Nos levantamos y nos acercamos a la puerta de acceso a la pista. Paulo tuvo el detalle de adelantarse un poco y dejar que Rosa y yo nos dijésemos las últimas cosas bonitas de aquellos días y nos diéramos aún más besos. Nos despedimos como si me fuese a la guerra de Crimea, aunque ya sabíamos que iba a volver en un par de semanas. Se abrió la puerta y los cerca de treinta pasajeros salimos a la pista. Paulo iba musitando algo, yo creo que rezando, porque la verdad era que el aspecto del avión lo merecía. Me di la vuelta para mandarle un último beso a Rosa, pero ya se había ido. Seguramente no quería que la viese llorar, lo cual me pareció muy bien porque así tampoco yo tenía que esconder mis lágrimas. Tres horas más tarde estaba de vuelta en mi departamento de la capital, hablando por teléfono con mi chica y planeando la próxima visita a Madeja.

José Emperador, abril de 2006

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Madeja  

Me senté a charlar con Rosa, mi novia. La palabra novia la repetía bastante a menudo en los últimos meses. Me había dado cuenta de que tenía...

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