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NO QUIERO SER REINA Un nuevo libro en SoopBook

ELBA GERTRUDIS MAZZEO


Sobre este libro Este es un libro creado en SoopBook.es Si quieres ver el libro en formato web y poder disfrutar de las opciones ampliadas como comentarios, mapa de navegaci贸n, etc. puedes hacerlo a trav茅s del siguiente enlace: NO QUIERO SER REINA Licencia: cc-by-nc-nd Edici贸n 1 - 15 mayo 2013

Autor: ELBA GERTRUDIS MAZZEO ESCRITORA POESIA Y NOVELAS,PROFESORA DE PIANO,MAESTRA JARDIN DE INFANTES,COMERCIANTE,JUBILADA.


Presentaci贸n Un cuento infantil imaginario, sobre una historia que bien podr铆a ser real.


NO QUIERO SER REINA


EL REINO DE HUAPITO En un reino lejano‌ tan lejano que nadie conoce, existe


un fastuoso castillo donde habitan los reyes, sus tres hijitas, algunos familiares, la corte y los sirvientes. El rey tiene absoluto poder sobre su pueblo qué, en oposición con la opulencia del palacio real, viven humildemente trabajando los campos. Ellos manufacturan todo para abastecer a los soberanos y sus tropas, sean alimentos, o hilando sedas que luego se convertirán en telas recamadas en oro y pedrería preciosa para sus lujosas vestimentas. Los pueblerinos son gente simple y laboriosa. Saben conformarse con lo poco con que son retribuídos sin quejas ni lamentos. A su modo son felices, ya, que a la falta de radios, televisores, o cualquier producto electrónico, inventan canciones con sus rudimentarios instrumentos, alegrando sus horas de esparcimiento con sus danzas tradicionales. El pueblo tiene un nombre,”Huapito”, al que los campesinos optaron por llamar “Guapito”, tal vez pensando que su rey, se las daba de muyyy “guapito y prepotente”con ellos. El nombre de los reyes era: Adalberto Huapito 4º y su esposa, Alexia de Huapito. Tenían tres preciosas hijas con diferencia de dos años entre ellas. La mayor llevaba por


nombre Celene y tenía ocho años. La seguían Clarisa de seis, y la pequeña Melina de cuatro años. El rey Adalberto 4º era un hombre gallardo. Alto, delgado y muchas canas entre sus cabellos. Sus ojos tenían el color azul turquesa del mar en calma que rodeaba la isla del reino. Solía vestir ropas apropiadas a su linaje, ostentando joyas valiosas de la cabeza a los pies. Su esposa, la reina Alexia, era muy hermosa con sus cabellos dorados recogidos en la nuca, luciendo su corona de diamantes o de zafiros y brillantes. Sus ojos claros miraban con indiferencia la pobreza con que vivía su pueblo. Los reyes eran pródigos sólo con los miembros de la corte, que les rendían pleitecía para no perder sus favores. Los Huapito no sólo contaban con la herencia de sus antepasados, también poseían una mina de oro y piedras preciosas, donde trabajaban como esclavos un centenar de hombres del pueblo. Quien desobedecía al rey, era encerrado en las cárceles subterráneas del palacio, condenados a morir de hambre. La familia real vivía del ocio y el placer junto a sus cortesanos. Nadie del pueblo podía acercarse a palacio, que estaba rodeado de altas murallas, con un inmenso pórtico de herrería artística en calados en forma de


círculos imitando el sol.

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LAS TRES PRINCESITAS


Las tres princesitas vivían cada cual en su recámara con cuanto lujo pudiesen desear las niñas. Eran asistidas por doncellas personales que las aseaban, vestían y peinaban


sus sedosos cabellos. Recibían en forma permanente, las enseñanzas de las más eximias institutrices traídas de países lejanos, que permanecían recluídas cerca de ellas, para brindarles toda la educación digna de los reyes. Las tres princesas eran niñas muy bellas, pero por desgracia, podían disfrutar muy pocas cosas entre sí. Sólo los días domingo, los reyes las sacaban a cabalgar por las verdes campiñas que rodeaban el palacio, por no más de tres o cuatro horas. Cuando llegaba el momento de sentarse a merendar cerca del lago, sentían la felicidad de compartir juntas, riendo por cosas simples como ver el vuelo de una mariposa, o el sendero de hormigas cargando yuyitos más grandes que ellas mismas, rumbo al hormiguero. -¿Por qué no estamos más tiempo juntas…? – Le preguntó Clarisa a su hermana mayor. -No lo sé… es lo que dispone nuestro padre, el rey, – respondió Celene con ojos tristes. -¡Uf! Estoy aburrida de estar todo el día encerrada con las niñeras y las institutrices estudiando el proto… proto… no me sale… -¿Protocolo querrás decir? – Le aclaró Celene, que un par


de años mayor, ya tenía bastante experiencia para entender sus roles. -Sí… ¿por qué no podemos jugar como las niñas del pueblo? -Clarisa, ¿cómo te enteraste de eso? – le demandó Celene. -Escuché comentarios entre mis institutrices, una dijo: “pobres niñas ricas, nunca sabrán que es vivir la infancia como las niñas del pueblo. Ellas rien y juegan todo el tiempo, mientras estas se lo pasan bostezando.” -Yo también me aburro… – dijo Melina escuchando a sus hermanas -¡Silencio! Si escuchan nuestros padres no nos sacarán el próximo domingo… – ordenó Celene, viendo acercándose a ellas a la reina, su madre.

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CONSPIRACIONES

De regreso al palacio, las tres princesitas traían sus rostros arrebolados por el sol de la pradera. Sin demoras, eran otra vez confinadas a sus aposentos guiadas por las damas de mayor confianza de la reina, el día domingo tanto las doncellas como las institutrices, tenían su día libre para ir al pueblo. -Ya eres grande para que te bañen princesa Celene, hazlo sola y acuéstate a dormir, acá te dejo tu ropa limpia. – Le dijo la marquesa Yolanda con todo el fastidio que le


causaba atender a la pequeña, siendo ella una mujer algo mayor. Sin responderle una sola palabra, Celene hizo lo que la marquesa le ordenara, disfrutando el placer de sentirse libre en su intimidad, sin la mirada severa de esa mujer. Vestida con su delicado camisón de seda y encajes, sus cabellos húmedos cayendo sobre la espalda y los pies descalzos, Celene se introdujo en su lecho deseando dormirse lo antes posible. “Esta vieja nunca quiere contarme un cuento como lo hace mi doncella, Gloria me duerme con su dulce voz…” Pensó Celene dando vueltas en la cama. Así fue que escuchó sus pasos, y el resoplido de alivio de la marquesa Yolanda, advirtiendo el ingreso de la joven Gloria. -¡Al fin llegaste! Cada día soporto menos esto de hacerle guardia a su alteza, la princesa Celene, es tan presumida…- dijo Yolanda suponiéndola dormida. -No olvide que algún día será la reina de Huapito, además… yo no la veo presumida, es muy dulce… con un cuento se duerme rápido y yo también, ahí, en aquel diván… -¡Allá tú! ¡Hablaré con la reina para que me desligue de


esta responsabilidad! -¡Marquesa! ¿No teme que la echen del reino…? -Mira niña… estos reyes no durarán mucho en palacio y… cuidadito con lo que voy a decirte… que no salga de tu boca ¿eh? están conspirando contra ellos… piensan poner a esta niña tonta en reemplazo del rey. ¿Te imaginas a Celene con ocho años reina de Huapito? La tendrán de pantalla los duques de… quieren tener el poder de sus riquezas… calladita tú, ¿estamos? Si dices algo irás a los calabozos, ¿quedó claro? me marcho… -No, no… pierda cuidado marquesa… vaya a descansar… – dijo Gloria cerrando la puerta con doble vuelta de llave, mientras se acercaba al lecho donde Celene simulaba dormir. – Mi pobre niña rica… – murmuró acariciando sus largos cabellos, ignorando que la princesa había escuchado la conversación.

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ยกNO QUIERO SER REINA!


Llegaba la mañana del nuevo día, cuando Gloria despertó presurosa por vestirse con sus ropas apropiadas. Ya estaban por llegar las bandejas del desayuno para Celene y debía despertarla. Con un hermoso ramo de flores del campo se acercó a su lecho, ofreciéndole todo con el gran cariño que sentía por ella. -Despierte mi princesa, aquí tiene su desayuno y estas flores que recogí para usted del jardín de mis abuelos… -Qué lindas Gloria, gracias, eres tan buena… pero déjame dormir otro ratito… -Lamento apurarla princesa, tengo que vestirla y peinar sus largos cabellos antes que llegue su institutriz de turno… -¿No te parece que puedo hacerlo sola Gloria? Ya soy


bastante grande, ¿verdad? -Pero… es mi obligación Celene… -No te preocupes tanto… alcánzame lo que debo lucir hoy y luego me peinas… es cierto que no puedo sola con mis cabellos, son demasiado largos… dime… ¿no me los puedes cortar bien cortitos? -¡Ni se le ocurra alteza! Los reyes me despedirían del trabajo y… lo necesito… ¿por qué además? Tiene un cabello hermoso, espeso, largo… sedoso… mire que linda le queda la trenza y podemos inventar peinados… -¡Bah! ¿De qué me sirve con esta vida de encierro? La única bonita eres tú Gloria, sólo a tu lado soy feliz… al resto de mis maestras no las soporto. Mucha pleitecía pero me obligan a tragarme los libros todo el día… ¡soy una niña y quiero jugar! -¡Ay mi querida! Usted debe instruirse para ser reina algún día… -¡No quiero ser reina! – respondió llorosa la princesa Celene. -Tiene la obligación de saberse todo el protocolo, hoy


tiene idiomas, música… vamos, la acompaño hasta su escritorio, después del almuerzo tendrá una hora para compartir con sus hermanas algún juego… -¿Juegos? ¿Le llamas juegos a estar sentadas en esos horribles sillones custodiadas por las marquesas? -Bueno niña… es la vida que le tocó por ser hija de reyes. – Con marcado desgano, Celene marchó hacia la sala de estudios vestida de rosa. Su trenza larga y dorada caía sobre su ropa…

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COMPLOT ENTRE PRINCESAS

Todos los días cada una de las tres princesitas, tenía su consabida rutina. Algún que otro día compartían el almuerzo en el comedor de palacio junto a sus padres. Los reyes se sentaban en los lados opuestos de la cabecera de la imponente mesa, mientras que las niñas en sus lugares


ya designados, a los costados de la reina. Eran atendidas por sus ayas, que las ayudaban a no volcar nada sobre los manteles o sus ropas y a tomar los cubiertos como lo hace la realeza. Nadie pronunciaba una palabra. Los mayordomos servían, mientras que nadie levantaba los ojos del plato. “Algo no anda bien…” pensó Celene, sabiendo que no tenía permitido hacer preguntas. Con un gesto la reina ordenó retirar a las niñas después de los postres, que fueron conducidas al que llamaban, “salón de juegos,” donde permanecían no más de una hora, para continuar luego con sus estudios en sus recámaras por separado. El salón era tan suntuoso como el resto del palacio. Cortinados y sillones de terciopelo y bocado rojos, alfombras, adornos y columnas marmoladas, dejaban durmiendo en sus estuches a costosas muñecas de porcelana. Tampoco faltaban los juegos de té y algunos libros de cuentos, que no hacían la felicidad de las princesitas. Siempre había una marquesa solterona de turno para vigilarlas, que solían quedarse dormidas sobre los lujosos sillones del salón. -Escuchen… – dijo en voz baja Celene a sus hermanitas Clarisa y Melina. – Quiero escapar de este palacio horrible…


-¿Qué dices? ¿Escapar…? ¿Dónde irías y para qué? – Preguntó Clarisa. -¿Adonde vamos…? – Dijo la más pequeña sin entender a sus hermanas. -Tú te callas y escuchas Melina, anoche… escuché que la marquesa Yolanda le decía a Gloria, que quieren matar a nuestros padres y ponerme de reina a mí. Quieren usarme a favor de los conspiradores… hay traidores en palacio que desean todo el poder de papá… -No entiendo nada… ¿dices que quieren matar a mamá y papá…? – Preguntó Clarisa. -No quiero… – lloriqueó Melina que con sus cuatro años, mal podía entender algo de lo que hablaban sus hermanas. -Deja de lloriquear, vas a despertar a la marquesa y no podré terminar de comentarles mi plan. Si huyo sola las tomarán a ustedes como sucesoras al trono, ¿les gustaría eso? Si escapamos las tres, salvamos a nuestros padres de morir asesinados y nosotras… ¡viviremos en libertad! ¡basta de protocolos y encierro! -¿Estás segura de lo que dices Celene?


-Muy segura Clarisa, ya tengo un plan… dejaremos de ser princesas para convertirnos en niñas del pueblo. Voy a dejar abierto este ventanal porque esta noche… escuchen bien… tienen que hacer todo como les digo y calladitas…

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CORTANDO CABELLOS

Acostada en su lecho de princesa, Celene esper贸 hasta comprobar que Gloria estuviese bien dormida. Sin hacer


ruido se deslizó de la cama hasta llegar al vestidor. Al alcance de su mano estaba la tijera que usaba Gloria para algún menester. Ahora sería su arma favorita. Revisando su vestuario encontró el traje más oscuro y lo descolgó de su percha. La tijera hizo el trabajo; cuanto volado y adornos tenía los fue cortando, hasta llegar a sus cabellos. Su hermosa trenza, que no quiso Gloria desarmara aquella noche antes de dormir, yacía sobre el tocador… Se miró al espejo satisfecha, para nada parecía ya la princesa heredera al trono. Salió en puntillas de pie al encuentro con sus hermanas, esperando hubiesen cumplido con sus indicaciones, así supiera que la más difícil sería Melina. Las halló acurrucadas delante del cuarto de Clarisa y les preguntó… -¿Sus ayas no despertaron…? -La mía vino y se fue… como hace siempre esa gorda… – contestó la más pequeña. -Ya me comentó Gloria que está siempre en la cocina, por eso está así… pero… ¡no te cortaste el pelo como te indiqué! -¡Se lo dije, se lo dije! – exclamó Clarisa, – quise cortárselo yo pero no me deja…


-Tenemos que parecer las más feas del reino Melina y… con esos cabellos largos y tan lindo peinado van a descubrirnos… menos mal que traje la tijera, ven que te los corto yo. -¡No, no! ¡Me vas a hacer doler mala! -Calla niña tonta, vas a despertar a todo el palacio y entonces sí… te quedarás para ser reina y culpable de la muerte de nuestros padres… ven para acá… a ver… ¿te duele? – Le preguntó Celene mientras arrojaba sus mechones al piso. -Bueno… no… un poquito… me tironeaste… -Menos que cuando te peinaba tu niñera seguro. Vamos yá. Debemos escapar por la ventana del salón de juegos. ¿Recuerdan que la dejé abierta…? -¿Y por qué no salimos por la puerta? – Preguntó Clarisa. -¿No te fijaste nunca que está la guardia real? Vamos antes que descubran que no estamos durmiendo…

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EL ESCAPE

La primera en saltar por la ventana fue Celene. Clarisa ayudarĂ­a a Melina desde adentro, por ser la mĂĄs chiquita e


incapaz de trepar y dar un salto. Con firmeza en sus brazos delgaduchos, Celene la recibió en sus brazos, tapándole de inmediato la boca con su mano para evitar que su hermanita gritara. El último salto fue el de Clarisa y ya juntas, se abrazaron bajo la noche oscura, cómplice de su escape del palacio. -¿Y ahora… hacia dónde vamos…? – preguntó Clarisa. -Nos arrastraremos por el parque hasta llegar a la entrada principal para carruajes, yo sé hacia donde queda, luego veremos… -Tengo miedo… – balbuceó Melina. -Sabes que nosotras te cuidaremos, no hay nada que temer, ya pasó lo peor. – dijo Clarisa. -Es que tengo frío con el vestidito que me puse… -¿Por qué no buscaste otro más abrigado? Mira Clarisa, ni le cortó los volados como pedí. ¡Ay Melina! No estás en edad para entender nada… -Y qué se yo como se hace… tú ordenas como reina… yo soy chiquita aún…


-Bueno, ven que te abrazo para darte calor… pero cierra tu bocota, ¿entendido? Miren… ya llegamos al portón… los guardias parecen dormidos, no hagamos ruido para no despertarlos. Escuchen… ¿ven esos aros con forma de soles? por ahí debemos meter la cabeza. Escuché decir que por donde pasa la cabeza pasa todo el cuerpo y debemos hacer un esfuerzo. No quiero que digan ni un ¡ay! Clarisa va primero así ayudo a Melina desde adentro. Tratemos de salir rápido. -No me va a pasar la cabeza Celene… -Lo que no te va a pasar es tu panza gordita… creo que comes demasiado… -Y si tengo hambre ¿qué quieres tú, que sufra…? Me dan tantas cosas ricas en palacio… -¡Linda la haremos entonces…! En lo que no se me ocurrió pensar es en la comida… tendrás que aguantarte con lo que consigamos… no sé… mejor pensemos en escapar rápido primero…

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DORMIR EN EL BOSQUE

Con mucho esfuerzo lograron pasar por el calado del gran portal a la princesita Melina. A la luz de la luna, la pequeña observó algunos destrozos en su coqueto vestidito, que la hizo comenzar otra vez con sus quejas. Celene y Clarisa pasaron casi sin esfuerzo, sintiendo más temor a ser descubiertas por los guardias de palacio.


Como pequeñas ardillas salieron arrastrándose hasta el bosque cercano. La oscuridad se hacía más intensa bajo aquellos árboles inmensos, donde los buhos lanzaban sus horribles graznidos. Temerosas, sin emitir palabra alguna, cada cual pensó por su lado en sus preciosos cuartos en palacio… ¿cómo podía ser que se les hubiese ocurrido semejante disparate? El pueblo estaba cruzando el bosque y… ¿a oscuras…? De ningún modo lo intentarían, no les quedaba más remedio que dormitar bajo aquellas arboledas hasta el amanecer. -Celene… tengo mucho frío y sueño… – dijo Melina aferrándose al cuello de su hermana. -Yo también tengo sueño… me siento muy cansada… extraño mi lecho calentito… no sé si hicimos bien en escapar de este modo… – agregó Clarisa. -Algún día me lo agradecerán… podía haberme escapado sola… pero ya te lo expliqué, el castigo recaería sobre ti que eres mi sucesora… ¿olvidaste que quieren hacerles a nuestros padres? Yo sé que el palacio se revolucionará cuando sepan que desaparecimos, sus proyectos de matar a los reyes quedará en la nada… Huapito no puede quedar sin la dinastía de los reyes porque entrarían en conflictos con otros países… Bueno… ustedes dos no entienden mucho de estas cosas…


-Ya que sabes tanto, dime quienes conspiran contra nuestros padres… – dijo Clarisa. -No, no sé tanto… escuché a la marquesa Yolanda decirle a Gloria que los duques de… pero no pronunció nombre alguno… alguien quiere apoderarse del reino usándonos. Ven, ayúdame a llevar a Melina hasta aquel árbol para descansar, es pesada la gordita… -¿Ahí…? Nos subirán los bichos por el cuerpo… -Olvídate de eso y duerme como puedas… apenas salga el sol tenemos que seguir caminando… – respondió Celene durmiendo junto a sus hermanas en aquel lecho “irreal.”

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SIN DESAYUNO EN LA CAMA


El fresco de la noche las sumió en un sueño intranquilo. Apretujadas entre sí, fueron transmitiéndose el calor necesario para pernoctar, más por cansancio que por comodidad. Aquello en nada se parecía a sus cuartos de palacio, donde el lujo y la calidez las rodeaba. No despuntaba el sol cuando el canto de las aves silvestres llegó a sus oídos. Restregando sus ojos fueron despertando frente a la realidad. Aquello les pareció una pesadilla y se echaron a llorar… Pasada la descarga emocional, enjugaron sus lágrimas sintiéndose desorientadas. -Qué feas están… – balbuceó Melina observando a sus hermanas. Las dos princesas mayores se miraron, para luego observar a la pequeña que por cierto, no estaba mejor que ellas. Sin saber porqué, después del llanto las tentó la risa… -Parecemos pordioseras, – dijo Clarisa. – Estamos sucias, con nuestros cabellos cortos despeinados… ¡y miren nuestros vestidos! ¡rotosos y embarrados! -Mejor… nadie pensará que somos las princesas Huapito. Podremos llegar al muelle y escapar en alguna lancha


hacia otras tierras. – Dijo Celene, la más audaz. -¿Otras tierras…? ¿Acaso no iremos hacia otro castillo sin tantos protocolos…? -¡Tú y tus preguntas Clarisa! ¡Qué se yo si encontraremos un castillo! Tenemos que alejarnos rápido antes que nos encuentren… será mejor que corramos… -Tengo hambre… – dijo Melina tironeando del vestido de Celene. -Yo también, – agregó Clarisa. – Siento un vacío acá, en el estómago… -Bueno princesas… caminemos, tal vez encontremos quien nos convide con algo para desayunar… no se me ocurrió en traer comida… pensar que siempre dejé la bandeja repleta de alimentos en palacio… -Me voy a morir de hambre… – sollozó Melina. -Te vendrá bien perder unos kilitos gordita… -¡Qué mala eres Celene! Hablas así porque de tan flaca se te ven los huesos… Dándole un empujoncito en la espalda, Celene la obligó a


seguir la marcha. 9

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EL GRANERO

Mientras en palacio el escándalo crecía por la desaparición de las princesas, ellas caminaban a la deriva por las afueras del pueblo. Algunas casas humildes surgían entre arboledas y sembradíos, ignorando el hambre de las tres niñas al acercarse el mediodía. Fue entonces cuando Clarisa descubrió un granero solitario, tal vez encontrarían algo para comer en aquel lugar. Era un lugar oscuro, con apenas una ventanita que dejaba pasar algo de la luz del sol. -Revisen niñas… – ordenó


Celene sintiéndose reina sobre sus hermanas. – Es posible que guarden frutas aquí… allá, miren… ¿no son manzanas…? Las tres se avalanzaron sobre unos cajones colmados de frutas rojas, verdes y amarillas. Sin pensar si estaban limpias, peladas o servidas en copas de cristal cubiertas de miel, así las devoraron como al mejor manjar del mundo. -¡Ahhhh! ¡Qué ricas…! – Dijo Clarisa. -Tengo sed… quiero leche… – reclamó Melina. -De inmediato alteza, ahora le traigo una vaca para que beba de su ubre… – dijo Celene. -¡Qué asquerosa eres Celene! Dame agua al menos… -¿De dónde quieres que la saque…? Gracias si encontramos fruta… A ver… escucho pasos… creo que se acerca alguien… vamos a escondernos detrás de aquellos cajones y ni se les ocurra decir palabra, déjenme a mí… Un niño más alto que Celene cruzaba la rústica puerta. Estaba moreno por el sol, resaltando sus cabellos rubios. Vestía la típica ropa de los campesinos. Lo vieron


dirigirse directo hacia una estantería, que iluminó con una lámpara que pendía del techo. Las niñas lo observaron por momentos, hasta que Celene les hizo un gesto de guardar silencio. En voz baja les advirtió que sólo ella se le acercaría, para intentar ganar su confianza. -Hola… hola… no te asustes… busco ayuda… -¿Ehhhh? ¿Quién eres? ¿De dónde saliste tú? Ambos niños se miraron sin entender… sería Celene quien iniciaría el diálogo.

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MENTIRAS PIADOSAS

Después de la sorpresa del primer momento, el chico optó por escuchar a la niña, que a pesar de su mala trasa tenía delicados modales.


-Venimos caminando desde lejos… nuestros padres murieron… y… queremos cruzar hacia otra isla donde… tenemos parientes… – mintió Celene con gesto lastimoso. – Tenemos hambre y sed… si pudieras ayudarnos… -¿Tenemos…? Yo te veo a ti sola, ¿de qué hablas…? -No… no… ahí… detrás de esos cajones están mis dos hermanitas menores… tenemos miedo… unas personas nos buscan para encerrarnos en un colegio… ¡muyyy feo! -¿Acá? ¿En mi pueblo…? ¿De qué hablas? Nuestros colegios no son feos, llama a tus hermanas. Nunca escuché algo así. -No te enfades… te ruego que no nos delates por favor… ¡niñas! – Ante el reclamo de Celene, las dos princesitas salieron de su escondite asombrando al chico. Las vio tan blancas y rubias como a la mayor, pero también tan sucias y rotosas que daban pena. -¡Qué mala traza tienen por favor…! No parecen de este pueblo… aquí son limpitas… -Es que… venimos desde el otro lado… caminamos mucho… – dijo Celene.


-¿Del otro lado del palacio…? Nunca supe que existiese otro pueblo por ahí. Se dice que sólo hay bosques que pertenecen a los reyes y sus soldados cierran el paso a quien sea. -Ese pueblo está más allá de los bosques… – volvió a mentir Celene. -No sé porqué no te creo mucho niña. ¿No habrán escapado del palacio, verdad? Yo sé que los reyes tienen tres hijas, tres princesas herederas al trono… ¿Cómo comprueban que no son ustedes…? A ver… díganme sus nombres. -¡Primero di tú como te llamas! – Le demandó altiva la princesa Celene. -Mi nombre es Hugo y trabajo en los cultivos junto a mis padres, no tengo nada que ocultar como parece lo hacen ustedes tres. -Cuida tus palabras niño… ¿tu madre también trabaja? -Por supuesto, aquí trabajamos todos, del más grande al más chico y además estudiamos. Creo que estás abusando de mi paciencia con tu interrogatorio, yo pregunté primero por sus nombres y no respondiste. – Tras las palabras de


Hugo se instaló un breve silencio, Celene no podía decirle sus verdaderos nombres…

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HUGO


Después de pensar que responderle a ese niño campesino, Celene se dispuso a inventar nombres, frente a las miradas interrogativas de sus hermanas. -Yo… me llamo Clara… ella… Blanca y… y… a la chiquita le decimos Chiqui, a secas… -Bueno… no imagino que quieren hacer. No veo que traigan nada para sobrevivir, alimentos, abrigos… ¿cómo se las van a arreglar? -Tú… ¿nos ayudarías…? – Preguntó esperanzada Celene. Hugo era un niño de once años serio y fortachón. A pesar de su corta edad, no dudó en pensar que aquellas niñas de aspecto deplorable, necesitaban ayuda, y ofreció lo suyo. -Vengan a mi casa, mis padres las cuidarán. -¡No, no! ¡No saldremos de aquí hasta que anochezca! Alguien podría delatarnos… -No te entiendo Clara, (Celene) ¿quién las delataría a quién? -¡Ya te lo expliqué antes! ¿Tienes un bote, una lancha para viajar por el mar hasta la otra isla? Queremos alejarnos


de este pueblo, nos encontrarían en un abrir y cerrar de ojos… -Sí, en el muelle hay varias lanchas, ¿pero piensas viajar de noche en una lancha? -No nos queda otra solución… – respondió Celene mientras sus hermanas observaban. -Bueno… les traeré comida, agua, leche… espero que no me descubra mi mamá. Ellos se duermen pronto cansados del trabajo y saldré a escondidas… esta noche las llevaré hasta el muelle… tendrán que esperar… -¡Qué bueno eres Hugo! ¡Tendrías que ser príncipe como…! -¿Por qué no te callas Clar… Blanca? – la reprendió Celene recordando el cambio de nombres. – Vete Hugo… te esperamos… El niño salió pensando en lo extrañas que eran esas niñas, pero si era como decían, también él preferiría escapar antes de verse encerrado en un horrible colegio. Y así pasó la tarde… Cansadas de comer frutas, lo vieron regresar al anochecer con una olla de guiso y otros utensillos y alimentos. La primera en devorar lo que había


fue Melina, olvidando los protocolos del palacio.

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EL MUELLE

Hugo las observó comer como si nunca lo hubiesen hecho. Aquella no era la comida de palacio, pero a las princesitas les pareció muy rica y no dejaron sobras. Aquella cena les había renovado sus energías, algo muy conveniente para seguir huyendo. -¿Quedaron satisfechas? Cocina rico mi mamá…- dijo el niño orgulloso. – ¿Todavía quieren continuar con su plan? ¿vamos al muelle? -Seguro… sin perder más tiempo Hugo… y gracias… – murmuró Celene. -Tengo mucho frío… – fue la queja de Melina. -Vean… sobre aquella mesa hay varios abrigos en desuso, tomen lo que quieran, en el mar sentirán más frío que aquí.


– Les ofreció, y las niñas no se hicieron esperar para ir a revolver para encontrar algo de sus medidas. -Tienen feo olor… – protestó Melina. -Es cierto, pero cállate, bastante si sirven para protegernos del frío de la noche. – Contestó Celene mientras terminaban de cubrirse con ropas viejas. Cuando estuvieron listas, Hugo las guió por caminos solitarios hasta llegar al muelle. La luna, grande y luminosa les alumbró el lugar. Varias lanchas más grandes o más chicas, descansaban sujetas al amarradero. -No puedo darles cualquiera de estas lanchas, pertenecen a nuestros vecinos y ésta es de mi papá. Muchas veces salgo de pesca con él… es lindo… la que les puedo ofrecer es aquella, hace tiempo que está abandonada, porque el señor Carlo compró otra más grande, aquella, ¿la ven…? -Sí, sí… lo que sea… ¿dónde están los remos? – preguntó Celene saltando dentro de la lancha junto a sus hermanas. -No tiene remos porque funciona a motor. Espero sepas manejar, les suelto las amarras…


-¡No!!! ¿Cómo hago? – preguntó Celene mientras la lancha comenzaba a bambolearse por el oleaje y las niñas atinaron a sujetarse de donde podían. -¡Espera que te ayudo! – exclamó Hugo sin pensar y arrancando a tanta velocidad para poderla controlar, que salieron del muelle sin darle tiempo a descender.

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NAUFRAGIO

La brusca salida de la lancha aterrorizó a las niñas, y al mismo Hugo que poco entendía de como se dominaba el motor. Entre sacudones y gritos, siguieron por el mar sin rumbo, sintiendo que morirían ahogados. El agua saltaba sobre ellos en medio de un oleaje que se había tornado enbravecido y a lo único que atinaban, era a llorar abrazadas, mientras que Hugo intentaba aminorar la marcha sin lograrlo.


-¡Nos vas a matar! ¡Eres un torpe!!! – atinó a gritarle Celene. -¡No me grites niña tonta! ¡Linda la hicimos con tanta oscuridad! ¿Cómo voy a saber hacia dónde vamos? ¡Para qué me habré metido con estas locas! – Respondió, cuando de pronto se detuvo el motor. -¿Y ahora qué pasa? ¿Por qué detuviste la marcha…? – Preguntó Clarisa. -No lo sé… yo no hice nada… tal vez se quedó sin combustible… ¡qué se yo! Creo que vamos a la deriva… ¡ay! ni sé donde estamos… – contestó Hugo muy angustiado. En el segundo que una estrella errante cruzaba el cielo, ya no eran tres niñas las que lloraban, a ellas se sumaban los lagrimones de Hugo, el humilde chico del pueblo. Mecidos ahora por las olas en un mar calmo, la noche cerró sus ojos cansados de tanto llanto. El miedo descansaría entre ellos hasta el amanecer… Fue de pronto que una fuerte corriente marina los arrastró, dándole un terrible golpe a la pequeña nave contra un risco en el mar. Desprevenidos, los niños cayeron a las aguas entre más gritos y ahogos. Habiendo dormido abrazadas, Celene alcanzó a sujetar a la pequeña Melina con un brazo,


mientras que con su otra mano trató de aferrarse a la borda. Más allá, Hugo, buen nadador, intentaba salvar a Clarisa que su hundía en las aguas… -¡Sálvala Hugo! ¡Salva a mi hermana por favor…! – Clamó Celene sintiendo que ella no podría aguantar mucho más en esa situación. -¡Ya estoy contigo Clara! – Respondió el chico arrastrando a Clarisa para dejarla en una playa cercana, y volver al rescate de las que permanecían sujetas al bote. -¿No sábes nadar? – Le preguntó a Celene, a quien creía llamarse Clara, que tiritaba de frío y miedo. -¡No! ¿Qué crees…? Mi hermanita parece muerta… llévala y después vuelve por mí… creo que voy a ahogarme… -Estamos a un paso de la costa… pienso que podrías hasta llegar caminando a la playa… Sujétate que ya regreso para ayudarte a ti…

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DESPERTAR SOBRE LA PLAYA

Los cuatro cuerpecitos parecĂ­an fundirse entre las


blancas arenas de la playa. Aquellos niños estaban perdidos en una isla desconocida. El primero en despertar fue Hugo. Él era un niño fuerte; trabajar en el campo junto a sus padres y amigos, lo habían hecho rudo y habilidoso, así jamás se le hubiese ocurrido vivir aquella aventura, por querer ayudar a esas tres niñas desconocidas. Sentado sobre la arena, las observó dormir como si nada hubiese pasado. -¿Dónde estoy…? – preguntó Celene enderezándose, sintiendo como el sol quemaba sobre su blanca piel. -Parece que nos dimos un baño… ¿no recuerdas…? – contestó Hugo. -Un… un… ¿baño…? ¡Oh Dios! ¡Tengo arena por todo el cuerpo! ¡Mis hermanas! ¿Por qué no se mueven…? ¿Acaso murieron…? -¡Jajajaja! ¡Bah! Ni sé porqué río yo… estoy peor que ustedes… si salgo de esta mis padres van a molerme a palos… no… tus hermanas no están muertas… -¡Clarisa! ¡Melina! ¡Despierten yá! – Gritó Celene olvidando el cambio de nombres.


-¿Escuché bien…? Las llamaste Clarisa y Melina, ¿acaso tú tampoco te llamas Clara? -Perdona… después te explico… dime si sabes donde estamos… -¡Cómo voy a saber! ¡Entérate! ¡Estamos perdidos…! -¿Estamos perdidos…? – Preguntaron semidormidas las niñas junto a Celene, volviendo al llanto. -¡Basta ya! ¡Me cansaron con sus lamentos…! ¡Quién diablos me obligó a querer ayudarlas niñas tontas! ¡Mejor será pensar como salir de aquí, no veo ningún pueblo cerca! Al menos hubiésemos naufragado donde dijiste que tenías a tus parientes… Las princesas se miraron en silencio… por cierto, no esperaban encontrarse con una isla.

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VOLVER A SENTIR HAMBRE

Después de protestas y lamentos de unos contra otros, los cuatro niños quedaron en silencio como desconcertados. Acostumbradas al encierro de palacio, el sol ya no era agradable para las princesas. -Nos hace mal tanto sol… – le dijo Celene a Hugo, que la


miró con cara de enojo. -A mí no… paso el día entero bajo el sol trabajando la tierra con mi familia, no soy tan delicado como ustedes. -Vengan niñas, vayamos a la sombra de aquellos árboles… – dijo Celene. -¿Y qué comemos…? – preguntó Melina frente a la mirada desconcertada de los otros. ¿Qué podrían encontrar en aquella selva abandonada? -Ya vuelvo… – dijo Hugo introduciéndose en la espesura. Él era un niño de campo y sabía mucho sobre frutas silvestres. No pasó demasiado tiempo cuando lo vieron regresar, trayendo entre sus manos sobre una hoja de palmera, un montón de grosellas, rojas y dulces. Las niñas no se hicieron esperar para devorarlas, hasta que Clarisa le preguntó: -¿Tú no comes…? -Lo hice mientras las recogía princesa… – respondió con aire despectivo. -¿Por qué le hablas así? ¿Qué es eso de “princesa” y tu cara de asco? Te enojas con nosotras cuando tú nos


metiste en esa lancha inservible. – Le recriminó Celene. -¡Ah, claro! ¡Ahora soy yo el culpable de que quisieran escapar no sé de que demonios! ¿Por qué tenían que irse de mi pueblo niñas tontas? ¡Hubiesen vivido muy bien con mi familia! -Eso no es de tu incumbencia. ¿Qué obligación teníamos de quedarnos en tu casa? – Respondió Celene con sus énfasis de niña ilustrada, para ocupar algún día, el trono del reino de Huapito. -¿Incumbe…qué…? – preguntó Hugo desorientado. -Déjalo ahí, será mejor ir pensando en como salir de esta isla… -Eso pienso… y me prgunto… ¿por qué no pidieron hospedaje en el palacio Huapito…? Las tres princesitas se miraron atónitas. Hugo ni imaginaba la realidad…

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DIALOGANDO SOBRE SUS PADRES

El silencio se había instalado entre el cielo y la playa. Tan sólo el murmullo incesante del mar, llegaba hasta los niños náufragos. Advirtiendo las miradas sorprendidas de las niñas, Hugo se animó a iniciar el diálogo. Sentados bajo la sombra de las arboledas de la isla, sintiéndose perdidos, esperando tal vez un milagro que los rescatase de aquella desolación, bueno sería hablar de cualquier cosa… la familia tal vez…


-¿No les hubiese gustado vivir en palacio y que los reyes fuesen sus padres? -¿Qué estás diciendo? ¿Cómo se te ocurre…? – Le preguntó Celene temiendo ser descubierta por el niño. -No sé… sucede que hasta ahora no hemos hablado nada sobre nuestros padres… bueno… dijiste que los tuyos murieron… ¿cómo sucedió? -Prefiero no tocar ese tema Hugo… por mis hermanitas, ¿me entiendes…? Cuenta algo tú sobre los tuyos… sobre tu familia… -Sí, porque no, mis padres… son como todos los padres de mi pueblo. Trabajadores… a veces cansados… hay momentos en que los veo felices por nada… o enojados por todo… cantan cuando cosechan las frutas y rezongan si arrancan verduras. ¿Sáben qué dicen? -No… no se me ocurre… – contestó Celene. -¡Jajajaja! Dicen que la tierra está muy abajo y les duele la cintura agacharse para cortar vegetales… claro, es más fácil sacar frutas a los árboles… lo hacemos los chicos… -¿Y por qué se enojan…? – preguntó Clarisa.


-¿Por qué? Porqué sería… ¡con esos reyes avaros…! Les quitan todo lo que cosechan y apenas les dejan para comer… -¿Los reyes Huapito los mata de hambre? – volvió a preguntar Clarisa. -No… no tan así… no les permiten comprar radios o televisores… coches… esas cosas… igual mi pueblo sabe divertirse. Hacemos fiestas, todos ríen y cantan, los chicos jugamos. Mi pueblo sabe ser feliz con lo poco y ni imaginan los instrumentos que arman ellos mismos… yo tengo una flauta, me la hicieron con un trozo de caña de azucar… -Nos gustaría escucharte Hugo, – dijo Celene recordando a la orquesta estable del palacio real.

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DIALOGANDO SOBRE SUS PADRES


VUELVEN LOS ENOJOS

Como niños que eran, olvidaron pronto sus discrepancias, pidiéndole a Hugo que les cantase alguna canción. No se hizo rogar el jovencito, que por un rato, les alegró sus corazones. -Se terminó la fiesta, ¿qué les parece si nos internamos en la isla y vemos si existe algún pueblo? – Dijo el niño volviendo a la realidad. -Tienes razón, pero mira… estamos descalzas, en el mar


perdimos nuestros zapatos y caminar descalzas nos lastimará los pies. – Respondió Celene. -Tiene razón mi hermana, a mí ya me pinchan cosas de la arena… – asintió Clarisa. -¡Yo no camino más…! – protestó la pequeña Melina. -¡Ahhh! ¡Bueno…! ¡Las princesas tienen los pies delicados! -¡Termina de burlarte Hugo! ¡Tendré que decirte la verdad! ¡Yo soy Celene, futura reina del pueblo Huapito! ¡Las tres sí somos las hijas de los reyes y nos debes pleitecía! ¡Tendrías que incarte de rodillas frente a mí! -¡Jajajaja! ¿De rodillas alteza? ¿no quiere que le traiga una carroza? ¿Me siguen o se quedan acá…? -¿Cómo se te ocurre que caminemos descalzas por esa selva? Tú llevas bien atadas tus zapatillas veo… claro… el señor no se lastima… ¿y si nos ataca alguna alimaña…? – Le objetó Clarisa. -Mira niño del pueblo, tú te ves fortachón y por lo visto sabes nadar muy bien… – dijo Celene, – ¿por qué no nadas hasta la lancha y tratas de remolcarla hasta la orilla


para seguir viaje? -¿Qué traiga la lancha…? ¿Yo…? -¡Sí, tú, niño valiente! ¡Demuestra que puedes! – Lo azuzó nuevamente Celene. Mirando a la princesa con ganas de estrangularla, Hugo recapacitó sobre que no era mala la idea. En el peor de los casos se iría solo y las dejaría con sus caprichos y aires de princesas. Sin hacerse esperar se lanzó a las aguas del mar y nadó, y nadó… a la luz del día le resultaría fácil sacarla de aquel encontronazo con las rocas.

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¡ES MI PAPÁ!

Para el placer que le producía nadar al pequeño Hugo, el mar estaba en calma. Las olas rompían mansas sobre la orilla de la playa, donde las tres princesitas lo observaban perderse rumbo al risco, donde había encallado la vieja lancha. Brazada tras brazada, el niño pudo alcanzar el montículo de roca tapizado en resbaloso verdín. Sin inmutarse, trepó hacia lo más alto que pudo, sintiendo como el sol quemaba su cuerpo. Haciendo sombra con su mano sobre los ojos, observó a su alrededor… allá


quedaban las tres niñas como un punto lejano… luego observó la lancha. Realmente estaba tan destrozada, que sería imposible hacer algo con ella. Desanimado observó el ancho mar. Su color tan celeste como el mismo cielo, mostraba espacios verdosos y dorados… ¡Si no fuese que estaba perdido, qué lindo sería vivir en aquella isla solitaria! “No…” pensó, “¿cómo sobrevivirán esas chicas?” Revisó de una ojeada la lancha. No tenía nada que fuese de utilidad… ni una reserva de comidas… claro, ¡si estuvo abandonada por largo tiempo! Sin saber a que atenerse, pensó que lo mejor era regresar a la playa antes que atardeciera y le costaría mucho más nadar para seguir aguantando a esas niñas tan fastidiosas. Ya estaba dispuesto a regresar cuando escuchó el ulular de la sirena de algún barquito. Miró hacia el horizonte y lo vio. ¡Estaba seguro que era el lanchón de su papá! Trepó lo más alto que pudo sobre aquel peñasco agitando los brazos, mientras gritaba con todas sus fuerzas: -¡Aquí estoy papá…! ¡Vengan rápido…! ¡Papá, papá…! Desde el lanchón divisaron al niño con un catalejo y los dos hombres saltaron de alegría. El timón viró sin demoras hasta llegar al lugar donde Hugo, feliz por un


lado, temía al enojo de su padre. -¡Hijo! ¡Hijo! ¿Qué hiciste hijo? ¿Por qué…? – exclamó el hombre saltando de roca en roca para tomarlo entre sus brazos. Ya en la gran barcaza, Hugo le relató la historia de las niñas, y como su intención había sido ayudarlas. Eugenio, así se llamaba el padre de Hugo, miró a su amigo Omar que lo había acompañado en la búsqueda del niño, así como otros navegaban por otros lados, meneando la cabeza. -Hijo… ¿sábes que esas tres niñas son las princesas de Huapito…? -¿Lo dices de verdad papá…? -Si hijo mío… el rey envió a sus soldados a revisar casa por casa buscándolas. Nos puso en alerta ver que no habías dormido en tu cama anoche y no estabas por ningún lado. Al llegar al muelle y ver que faltaba esta vieja lancha, fue que se nos ocurrió que habías huído con ellas. Un presentimiento tal vez. ¡Qué alegría haberte encontrado!

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CONFESIONES


La lancha del papá de Hugo se acercó hasta donde pudo a la orilla de la playa, luego, descendió para llegar a nado y seguir caminando, hasta donde morían las olas junto a su hijo. Ahí se encontraban abrazadas y llorosas las tres princesas. -¡No se asusten! ¡Es mi papá y vino a salvarnos! – Gritó Hugo muy feliz. -¡No, no, váyanse! ¡Prefiero quedarme en esta selva antes que volver a…! -¿Al palacio…? – Le preguntó el hombre con cariño a Celene. -¿Qué dice usted señor…? – Preguntó ella. -No mucho… puedo decirte que los reyes están buscando desesperados a sus tres hijas… y… las tres princesas escaparon de palacio dejándoles sus doradas trenzas de recuerdo… a propósito… ¡qué cortitos llevan sus cabellos! -¡Entiendo que nos descubrió señor! Es cierto… yo soy Celene, heredera al trono… ellas, Clarisa y Melina… pero hay algo muy feo detrás de nuestra huída… y yo… ¡No quiero ser reina! – dijo volviendo a llorar


desconsolada, mientras sus hermanas la imitaban. -Tranquila niña… – dijo Eugenio acariciando la blonda cabeza. – Pienso que falta mucho para que llegues a ser reina y cuando seas grande pensarás diferente… -Es que no es así… -No entiendo… cuéntame si quieres el porqué de este tremendo escape… -Tiene que prometerme creer lo que voy a contarle señor… me parece que usted es un buen hombre… -¿Por qué no habría de creerte pequeña? Y sí… soy un humilde hombre, sin maldad… -Yo… escuché que la marquesa Yolanda le decía a Gloria, mi aya, que estaban urdiendo un plan para asesinar a mis padres, subirme al trono y usarme en su beneficio. Esos duques y marqueses son unos desalmados… no quiero que les pase algo malo a mis padres… – dijo acompañada del llanto convulsivo de sus hermanas. -Haya calma niñas… espero no sea como dices… vamos a ayudarte así los reyes Huapito no son muy pródigos con su pueblo… regresemos hacia mi hogar… – dijo sujetando


a las dos más pequeñas, mientras le encargaba a su hijo el cuidado de Celene…

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FIESTA DE REYES Y CAMPESINOS


(Al fin era cierto… ella es la princesa heredera Celene… y yo que la traté tan mal…) Pensó Hugo sentado en un rincón del lanchón de su padre, mientras miraba a la niña de soslayo. Tratando de contener su emoción, pensó en lo bonita que era, así desgreñada como estaba. ¡Cuanto más sería de hermosa vestida de princesa! Arribaron al muelle cuando el sol descendía sobre el horizonte. Todo el pueblo rodeaba la carroza real controlada por sus escoltas y soldados. Por primera vez, el rey Adalberto 4º y su esposa, la reina Alexia, olvidaron los protocolos corriendo a recibir a sus hijas entre sus brazos. Muchos ojos se llenaron de lágrimas y alegría a la vez. -¡Mamá! ¡Papá! – Gritaron las niñas temerosas de un castigo. -¡Hijas…! ¿Por qué hicieron esto? – Preguntó el rey sin dejar de besar sus cabecitas. -Majestad… si me lo permite… puedo relatarle la historia que me contó la princesa Celene. – Dijo el padre de Hugo frente a la atención que dispuso el rey con él, por haberle rescatado del peligro a las niñas. -No puede ser… – murmuró indignado el rey.


-Esto es inaudito… – protestó la reina. -Os lo juro padres míos… yo no deseaba que les hicieran daño y además… ¡no quiero ser reina! Tampoco Clarisa o Melina… queremos seguir siendo niñas como las del pueblo… -Hijas… no imaginan cuanto siento todo lo sucedido… voy a dejarlas al cuidado de los padres de este valiente niño por varios días… hasta que resuelva la conspiración y encierre en las cárceles a los culpables. Bendeciré a mi pueblo por haberme acompañado en esta desventura y ¡que comiencen los festejos! Sin preámbulos, las ayas se unieron a las madres del pueblo para acicalar a las princesitas. Largas mesas con los reyes felices a la cabeza, desbordaron de manjares traídos de palacio, compartiendo todos alegría y bienestar. Las tres princesas vestían de aldeanas, saltando y canturreando junto al resto de niños del pueblo. Para Celene, Clarisa y Melina, aquellos trágicos momentos de la huída quedaban atrás. Hugo observaba entre feliz y deprimido. Esa noche quedaría grabada para siempre en su memoria…


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LA DESPEDIDA


Después de la fiesta en el pueblo Huapito, el rey y la reina regresaron a palacio junto a sus más allegados y el ejército que los custodiaba. Adalberto 4º no demoró un segundo en investigar a su corte y, la primera en ser interrogada, fue la marquesa Yolanda. No hubo súplicas ni excusas para la mujer y los condes y marqueses complotados en su contra, que fueron confinados a los calabozos de los que nunca volverían a salir. Cuando el rey comprobó que su palacio había retomado el orden habitual, envió las carrozas con sus custodios a buscar a sus hijas, que habían permanecido un tiempo prudencial en la casa de los padres del niño Hugo, junto a sus ayas. Durante ese lapso de tiempo, el rey retribuyó a todos los campesinos con los beneficios que merecían, ganándose el afecto de todos, para alegría de las tres princesitas. -Trajeron sus trajes de princesas Celene, – dijo Gloria comenzando a quitarle el vestido de aldeana. – Ya es hora de despedirse de todos… -Qué pena… yo estaba muy feliz con ellos… El primero en verla salir del cuarto que le ofrecieran sus padres fue Hugo. Realmente era muy bella… más que princesa parecía un ángel vestida de blanco… y su


corazón tembló. -Ya te vas Celene… – le dijo inclinando su cabeza, mientras sus rubios cabellos caían sobre su frente ocultando sus sollozos. – Perdóname si te traté mal… no te creí… -No… soy yo quien debe disculparse contigo… sabes cuanto te quiero… -Tal vez no tanto como yo a ti… te prometo estudiar para llegar a ser un hombre importante algún día… quiero que te sientas orgullosa de mi… -Como seas siempre habré de valorarte. No quisiera volver a palacio, me gusta tu pueblo, tu gente, sus costumbres, risas, fiestas y juegos… el palacio no es así… ya sé que no cambiarán las costumbres de sus protocolos… ¿es qué no me entiendes…? -¿Qué debo entender princesa Celene…? -Yo… ¡no quiero ser reina! -Tu padre vivirá mucho tiempo y te pasará la vida… seguro te casarás con alguien de la realeza y cambiarás de opinión… sabrás como enfrentar tu destino sin tener que


escapar… Con lágrimas en sus ojos se despidieron con un dulce beso en las mejillas…

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Y EL CUENTO... ¡TERMINÓ!

No fue una despedida feliz… Mientras el pueblo agitaba sus pañuelos saludando a las tres princesitas, ellas y Hugo guardaban el recuerdo de una aventura, que pudo ser fatal…


Habían salido ilesos de todos los peligros, pasando por los miedos y el hambre, lo peor… sentirse perdidos en medio de la nada… Celene, Clarisa y Melina, regresaban a su palacio colmado de lujos y obligaciones. Sus dorados cabellos volverían a crecer, orlando sus rostros con bucles y trenzas que las hacían verse más hermosas aún. Sus coronas de princesas no debían desprenderse de sus cabezas privilegiadas… el protocolo lo ordenaba… En el pueblo… un niño soñador, estudiaba sentado bajo un árbol de manzanas sin poder evitar los recuerdos… Hugo se haría hombre escribiendo bellos cuentos de amor, sobre una orgullosa princesita de quien nunca revelaría su verdadero nombre. ELBA MAZZEO FIN

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NO QUIERO SER REINA