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right of way Acompa単a a Two-way street

LAUREN BARNHOLDT


Sinopsis El camino hacia el desengaño toma un montón de vueltas. Estos son Peyton y Jace, se conocen estando de vacaciones. ¡Clic! Es increíble, es fácil, es romántico. Esto es lo auténtico. Excepto que no lo es. Porque cuando estás enamorado, no dejas de llamar un día. Y no guardas secretos. O mientes. Y cuando tu vida comienza a desmoronarse, se supone que tienes a la otra persona para apoyarte. Estos son Peyton y Jace de nuevo, separados, pero juntos en un viaje por carretera. Uno de ellos está mintiendo acerca del destino. Uno de ellos está simulando que no deja algo atrás. Ninguno de ellos está preparado para lo que viene en la carretera...


01 ~ Peyton El Viaje Traducido por Pamee

Sábado, 26 de junio, 10:03 a.m. Siesta Key, Florida

Soy una traidora a mi generación. En serio. Todo lo que escuchamos hoy en día es que se supone debemos ser mujeres fuertes y no depender de nadie más y bla, bla, bla. Y ahora miren lo que hice. —¿Estás segura de que no puedes venir? —digo al teléfono. Estoy en cuclillas detrás de unos arbustos fuera del club de yates Siesta Key, lo que no es para nada cómodo. Los arbustos son espinosos, y hay abejas volando por ahí, y el suelo está algo húmedo, lo que no tiene sentido. Pensé que nunca llovía en Florida, ¿acaso no lo llaman el estado del sol? —Lo siento —dice mi amiga Brooklyn al otro lado de la línea—. Lo siento tanto, pero no hay forma de que pueda ir ahora. Mis papás se enteraron, y enloquecieron. Y, honestamente, Peyton, creo que deberías olvidarte de todo. O sea, ¿qué pasa si mis papás llaman a tus papás? El corazón me salta a la garganta. —¿Los van a llamar? —No lo sé. Mi mamá dijo que no lo haría siempre y cuando te convenciera de que no fueras, pero nunca se sabe lo que va a hacer mi mamá. Es un peligro andante. Es verdad, la mamá de Brooklyn es un peligro andante. Una vez, el año pasado, vino a nuestra escuela gritando sobre la igualdad de las mujeres en el equipo de lucha.


Fue bastante ridículo, porque Brooklyn no es para nada atlética y ninguna chica había intentado entrar al equipo de lucha, pero su mamá había leído un artículo sobre el título noveno1 y se había alterado. —Pero, ¿qué se supone que haga? —pregunto—. Mis papás ya se fueron, no puedo llamarlos y decirles que no tengo cómo volver a Connecticut. Se enojarán. Brooklyn y yo lo teníamos todo planeado. Ella iba a volar a Florida desde Connecticut y se encontraría conmigo aquí, en Siesta Key, en la boda de mi tío. Luego íbamos a rentar un coche y conducir a Carolina del Norte, donde pasaríamos el verano. Era un plan de dos partes muy simple. Uno: ella toma un avión hasta aquí. Dos: rentamos un coche y vamos a Carolina del Norte. Dejemos a sus papás la tarea de arruinarlo todo. —Vas a tener que llamar a tu mamá o algo —dice Brooklyn—. Será horrible, sí, pero ¿qué más vas a hacer? No contesto. Los ojos se me llenan de lágrimas cálidas. Hay una abeja zumbando cerca de mi cara, pero ni siquiera me molesto en espantarla. De verdad, de verdad no quiero llamar a mis padres, y no solo porque van a estar cabreados, sino porque significará que tendré que ir a casa, y de verdad, de verdad no quiero hacerlo. Brooklyn suspira. —Mira —dice al fin—. ¿Puedes reservar un vuelo a Carolina del Norte de alguna forma? ¿Y quizá conseguir que alguien te lleve al aeropuerto? —No tengo tarjeta de crédito, y en realidad, tampoco tengo dinero. —¿Le puedes pedir ayuda a Courtney? —Podría preguntarle, supongo, pero no sé si tiene dinero.

Enmienda en el acta de educación superior, que dicta que ninguna persona en los Estados Unidos será, en base a su sexo, excluida de participar, ni se le negaran los beneficios, o será sujeta a discriminación en ningún programa educativo o actividad que reciba financiamiento federal. 1


Me pongo de pie y escudriño las mesas al aire libre en busca de mi prima. No veo su cabello oscuro en ninguna parte. Busco a su novio, Jordan, pero tampoco lo veo a él. De hecho, no reconozco a nadie. La mayoría ya abandonó el almuerzo y se fue a casa. La boda fue ayer, y las festividades ya terminaron. Supongo que podría llamar a Courtney, pienso mientras vuelvo hacia las mesas instaladas en el césped del club de yates, pero ¿se lo contaría a mis papás? ¿O a su papá? Quiero decir, confío en ella, pero… Mis ojos dejan de escudriñar la multitud y se detienen en la única persona que conozco y que sigue en el almuerzo, la única persona que no quiero ver: Jace Renault. Él alza la vista desde la mesa a la que está sentado, hablando con una pareja mayor que probablemente acaba de conocer. La señora se está riendo de algo que dice Jace, lo que no es para nada sorprendente. Jace es así de encantador. Agh. Intenta captar mi atención y yo me alejo rápidamente. —Brooklyn —digo—. Por favor, ¿puedes prestarme el dinero para el boleto de avión? Te lo devolveré, lo prometo. —Peyton, sabes que lo haría si pudiera, pero mi mamá me quitó la tarjeta de crédito. —No puedo creerlo —le digo—. Lo planeé tanto para que nadie se enterara, y ahora… Siento un golpecito en el hombro. Me doy la vuelta. Jace está ahí, con una sonrisa enorme en la cara. —Hola —me saluda. Me doy la vuelta y comienzo a alejarme de él. —¿Quién es ése? —pregunta Brooklyn. —No es nadie —contesto en voz bien alta, esperando que Jace capte el mensaje y se vaya. Pero por supuesto, no lo hace, simplemente comienza a seguirme mientras camino por el césped del club hacia mi habitación. No tiene problema en mantener el


ritmo, porque a mí me cuesta un poco caminar (se me resbalan los zapatos en el césped húmedo). —De verdad no deberías caminar por aquí —comenta—. No creo que los jardineros vayan a estar muy emocionados por todas las pisadas que estás dejando. —¿Quién demonios es ése? —pregunta Brooklyn—. ¿Es Jace? —No —contesto. —Sí, sí es. —No, no es. —¡Sí, sí es! —No. No. Es. —No, ¿no es qué? —pregunta Jace junto a mí. Ya me alcanzó. De verdad es una especie de mosquito del que no me puedo alejar. Sabía que habría alimañas y bichos en Florida, simplemente no esperaba que midieran más de metro ochenta y que fueran de la variedad humana. —Te volveré a llamar —le digo a Brooklyn, corto el teléfono y me giro—. ¿Qué quieres? —pregunto. Él se encoge de hombros —No lo sé —contesta—. Te vi mirándome y parecías molesta. —¡No te estaba mirando! —exclamo—. Estaba buscando a Courtney. —Me aliso el vestido—. Y no estoy molesta. —Courtney y Jordan se fueron hace un rato —me dice. —¿Sabes a dónde fueron? —le pregunto, con una sensación de desazón.


—No estoy seguro. —Se encoge de hombros como si no importara, y supongo que para él, es así. Él no es el que está varado en una boda en Florida sin ninguna forma de llegar a Carolina del Norte—. ¿Por qué? —No es de tu incumbencia. —Comienzo a caminar otra vez y miro mi teléfono, mientras busco entre mis contactos. Me pregunto si puedo llamar a alguien, alguien que esté dispuesto a ayudarme. ¿Por qué no me esforcé más en conocer a alguien en la boda? ¿Por qué no me hice amiga de una viejita agradable que fuera capaz de llevarme a alguna parte, de preferencia una viejita senil que estuviera demasiado ida para hacer preguntas? Porque estabas demasiado ocupada con Jace. —¿Necesitas un aventón o algo? —pregunta Jace. Suelto un bufido. —¿Qué es tan divertido? —Solo creo que es hilarante que de repente estés tan preocupado por mi bienestar después de lo que me hiciste anoche. —Peyton… —comienza él, con la voz más suave, pero no estoy de humor. —Detente —digo, alzando la mano—. No quiero oírlo, y no necesito un aventón, así que solo vete. —Entonces, ¿cómo vas a llegar al aeropuerto? —No voy al aeropuerto. —Dios, es tan fastidioso. ¿Cómo puede pensar que después de lo que pasó entre nosotros anoche entraría a un coche con él? ¿Está loco? Aunque, supongo que si pienso en ello, la verdad no es tan sorprendente. Cualquiera que sea tan apuesto como Jace, por lo general está completamente desconectado de la realidad. Es como si creyeran que su buena apariencia les da el derecho de ir por ahí diciendo lo que quieren decir, y haciendo lo que sea que quieran hacer. Como si el hecho de que midan más de metro ochenta y tengan hombros anchos,


cabello oscuro y hermosos ojos de un azul profundo les dé el derecho de salirse con la suya. —Si no vas al aeropuerto, entonces ¿a dónde vas? Sigo ignorándolo mientras avanzo por el césped con estos estúpidos tacones altos, intentando volver a mi habitación. Y él no deja de seguirme, y sigue sin tener ningún problema manteniendo el ritmo. Miro sus pies. Lleva deportivas, por supuesto que sí. Jace Renault nunca haría nada tan, ya sabes, educado como usar zapatos formales para una boda. Aunque técnicamente, lleva deportivas para el almuerzo después de la boda, aun así debería usar el atuendo adecuado, y el atuendo adecuado no incluye deportivas. Estoy tan concentrada mirando sus pies que no me doy cuenta de que mis propios pies se hunden más en el césped, así que cuando resbalo, estoy a mitad de camino al suelo antes de que sienta que sus brazos me atrapan por la cintura. Está tan cerca que puedo sentir su aliento en mi cuello mientras me levanta, lo que envía deliciosos escalofríos por mi columna. Me mira directo a los ojos y trago con fuerza. Si esto fuera una película, este sería el momento en que él me besaría, el momento en que me alejaría el cabello del rostro y rozaría sus labios suavemente contra los míos, mientras me dice que lo siente por todo lo que pasó anoche y en primavera, que puede explicarlo todo, que todo va a estar bien. Pero esto no es una película. Es mi vida. Así que en vez de besarme, Jace espera hasta que estoy de pie y dice: —Esos zapatos son bastante ridículos. —Estos zapatos —le digo—, costaron cuatrocientos dólares. —Bueno, te estafaron. —No te lo pregunté.


Me sigue todo el camino hasta mi habitación de hotel. ¿Qué problema tiene? Como si no tuviera suficiente con haberme pisoteado el corazón, ¿ahora tiene que seguir torturándome con su cercanía? Cuando llegamos a la habitación en la que me alojo, abro la puerta. —Bueno, gracias por acompañarme a mi habitación —le digo, toda sarcástica. Pero él no parece darse cuenta. De hecho, solo mira sobre mi hombro la sala de estar de mi habitación. —Jesús, Peyton —exclama—. ¿Cuánto tiempo planeas quedarte? ¿Unos meses? Sabía que eras de gustos caros, pero tanto equipaje es un poco loco, ¿no crees? —¡No soy de gustos caros! Él se encoge de hombros, como si dijera que soy de gustos caros y que todo el mundo lo sabe, así que no tiene sentido negarlo. Como si él supiera algo sobre mí y mis hábitos costosos (y sí, soy un poco de gustos caros, pero no de mala forma. Simplemente me gusta tener las cosas como me gusta). —Para mí parece bastante caro. —Entra a mi habitación, luego toma la botella de agua que el hotel me dejó en el escritorio, la abre y bebe un gran sorbo. —Me debes cuatro dólares. —Además, quería esa agua, pero no voy a decírselo. ¿Por qué darle la satisfacción? —¿No querrás decir que le debo cuatro dólares a tus padres? Entrecierro los ojos y extiendo la mano. —Dámelos. —Está bien —gruñe, busca en su bolsillo y saca un montón de billetes arrugados. —Quién diría que no tienes billetera —digo.


—Quién diría que notarías algo así, siendo de gustos tan caros. —Me sonríe con dulzura. —¡No soy de gustos caros! ¡Así que deja de decir eso! —Entonces, ¿por qué tienes un millón de bolsos para un viaje de fin de semana para una boda? Siento que la ira empieza a brotar en mi interior (es tan arrogante que no puedo ni soportarlo) y antes de saber lo que digo, le cuento. —Porque —le digo, preparándome para saborear la sorpresa que sé que cruzará su rostro—, voy a escapar.


El Viaje 02 ~ Jace Traducido por Pamee

Sábado, 26 de junio, 10:17 a.m. Siesta Key, Florida

Peyton Miller me odia y por una buena razón: me he comportado como un idiota con ella desde que nos conocimos. E incluso aunque sabía que estaba enojada conmigo por lo que había pasado anoche, incluso aunque sabía que me odiaba y que probablemente quería golpearme hasta dejarme sin sentido con esos ridículos zapatos que usaba, me levanté de la mesa y caminé hacia ella mientras estaba en esos arbustos. Quería explicarle lo que había pasado anoche, quería explicarle todas las razones que tenía para ser tan idiota. Pero cuando me acerqué a ella, se empezó a comportar como una mocosa, así que me imaginé que no era el momento. O eso, o simplemente me acobardé. Probablemente una combinación de los dos, lo que posiblemente fue lo mejor, ya que hay un millón de malditas razones para que las cosas entre Peyton Miller y yo no funcionen, incluso sin considerar el hecho de que me odia. Algunas de las razones son: 1. Es hermosa y no lo sabe. Es una característica bastante molesta en una chica, porque te hace desearla, pero al mismo tiempo no puedes ni odiarlas por ser engreídas, porque no lo son. 2. Es ridículamente inteligente, tan inteligente que a veces no puedo creerlo. De hecho, es una mezcla horrible de hermosa e inteligente. Un segundo estará tambaleándose por ahí con esos estúpidos zapatos de tacón que siempre usa, y al


siguiente estará debatiendo conmigo sobre si debería haber o no servicios de salud universales. 2ª. Es demasiado inteligente para aguantar mis cagadas y me llama la atención cuando puede. 3. Ahora mismo está intentando deshacerse de mí, incluso aunque intento ayudarla. 4. Me rompió el corazón. La número cuatro obviamente es la más grande. Es la única chica que me ha roto el corazón, y para mí es una sensación muy rara e incómoda. Me gusta ser el que rompe corazones. Bueno, no en realidad. A nadie le gusta romperle el corazón a alguien, pero a veces se debe hacer. Y si tengo la opción de romper un corazón o que me lo rompan a mí, bueno, díganme egoísta, pero acepto ser el rompecorazones. —¿Vas a escapar? —pregunto ahora. Camino por la habitación para que no pueda ver la sorpresa en mi cara, más que nada porque sé que quiere ver la sorpresa en mi cara. Quiere verme enloquecer como una niñita y hacerle todo tipo de preguntas que, enfrentémoslo, es lo que quiero hacer. Pero no quiero darle la satisfacción. En cambio, me dirijo al mini bar en el rincón y comienzo a buscar entre sus contenidos, hasta que encuentro una Snickers. Rompo el envoltorio y le doy un mordisco, luego le ofrezco la barra a Peyton. —¿Quieres un poco? Ella arruga la nariz. —Son las diez de la mañana. —¿Y? Nunca es demasiado temprano para un chocolate. —No comparto comida con las personas.


—¿Qué? ¿Te preocupan los gérmenes? Porque creo que es un poco tarde para eso después de lo que pasó anoche, ¿sabes? —Le doy una amplia sonrisa. —Vete —me ordena, apuntando hacia la puerta—. O voy a llamar a seguridad. —Ooooh, buena idea —le digo. Me dejo caer en su cama y le doy otra mordida a mi barra de dulce—. Y ¿qué les dirás? —Que un idiota fastidioso no quiere salir de mi habitación. Pongo los ojos en blanco. —Relájate —le digo—. Me iré. Me termino el resto de la barra y boto el envoltorio a la basura. Estoy a mitad de camino hacia la puerta, intentando pensar en una excusa para quedarme, cuando ella habla. —¡Espera! —dice—. Tienes que pagarme eso. Busco en mi bolsillo y saco más billetes, luego los dejo caer en el escritorio. —Deberías tener cuidado —le aconsejo—, si de verdad vas a escapar. Mi voz no tiene sarcasmo porque de verdad estoy preocupado por ella. No puede escapar. Apenas tiene experiencia de mundo, y dudo seriamente que esos tacones la vayan a proteger de cualquier ladrón y sinvergüenza que se pueda encontrar en carretera. —Sí, bueno —dice—. No tienes que preocuparte por mí. —Oh, no estoy preocupado por ti, solo… Me da una mirada y me silencia, luego se deja caer en la cama, se muerde el labio y se aleja el cabello del rostro. Un segundo después, comienza a llorar. Mierda. Odio cuando las chicas lloran, nunca sé qué hacer. Nunca se sabe si lloran por algo de verdad importante, o si están molestas porque no le entran los vaqueros.


Regreso y me siento junto a ella en la cama, asegurándome de que hay espacio entre nosotros. No puedo permitirme estar demasiado cerca de ella. Si estoy muy cerca, podría pasar algo. Pensar en acercarme a ella y que algo pase me hace pensar en la noche anterior, sobre lo que sí pasó, después de la boda, después del champán, después de que los dos estuviéramos solos. Y entonces, por supuesto, pienso en cómo terminó. —¿Qué pasa? —le pregunto con suavidad. —¿Qué pasa? —grita Peyton, se endereza y toma unos pañuelos de la mesita de noche—. Lo que pasa es que se supone que debería estar huyendo de casa, y a mi amiga, la que se suponía iba a ayudarme, la… la… ¡la descubrieron, y ahora tendré que llamar a mis papás y decirles lo que pasó! —¿Por qué tienes que llamar a tus papás? —pregunto. Ella me mira como si fuera estúpido. —¡Por eso! —Se pone de pie de un salto y comienza a pasearse por la habitación, como si tuviera tanta energía que no pudiera soportarla. Me siento un poco decepcionado de que ya no se siente a mi lado, pero probablemente es mejor así. De verdad no tengo autocontrol, y probablemente intentaría besarla. Es uno de mis defectos de personalidad, me refiero a la falta de autocontrol (aunque supongo que el hecho de que quiera besar a una chica que me rompió completamente el corazón y que me odia, también podría considerarse un defecto de personalidad). —¿Por qué por eso? —Porque pensaron que Brooklyn iba a volar a Florida y que íbamos a rentar un coche y conducir a Carolina del Norte y visitar universidades en el camino, y que luego volaríamos de vuelta a Connecticut la próxima semana. —Pero en realidad iban a escapar. —Sí —inhala—. Íbamos a pasar el verano en Carolina del Norte. Brooklyn conoce a un chico allí, y yo… —Se interrumpe y sacude la cabeza; obviamente no quiere decirme por qué iba a ir.


Me encojo de hombros. —Entonces, ¿por qué no llamas a tus papás y les dices que Brooklyn no pudo venir a buscarte y que no quieres ir sola? Diles que necesitas un boleto de avión para volver a casa. Puede que se molesten, pero no van a estar cabreados. No es tu culpa que ella se echara para atrás. Peyton apoya la espalda contra la pared y se desliza hasta quedar sentada en el suelo. —Pero entonces tendría que ir casa —dice. —¿Y? —¡Y! —Alza las manos y recuerdo otra razón de por qué no me gusta: es excesivamente dramática, incluso para una chica—. ¡Iba a escapar! —Sí, lo entiendo, pero el plan cambió, así que llama a tus padres. Puedes huir en otra ocasión. Ella suelta un bufido. —Como sea —dice—. Debería haber sabido que no entenderías. —¿Qué se supone que significa? —No importa —dice—. Solo vete. Lo que sea que la haya hecho querer confiar en mí, ya desapareció, y ha vuelto a su antigua versión malcriada. Razón número cinco de por qué las cosas entre nosotros no funcionarán: es inconsistente. Obviamente, tengo que dejar de hacer una lista con las razones de por qué las cosas no van a funcionar entre nosotros. Es algo deprimente, y en cierto punto, perderé la cuenta. —No, quiero saber qué quisiste decir con eso. —Que simplemente nunca tuviste que tratar con nada difícil en tu vida.


—He tratado con cosas difíciles —le digo, pero mientras digo las palabras, sé que son mentira. Mis padres están juntos, felizmente enamorados. No son ricos como los padres de Peyton, pero ganan lo suficiente como para que yo pueda comprar en Abercrombie de vez en cuando y conducir un Nissan Sentra (usado). Soy el alero en el equipo de básquetbol de la escuela. Nunca he tenido problemas para conseguir chicas, en realidad, y seré valedictorian2 mañana en mi graduación. Tengo que dar un discurso y todo; es tan estúpido y mamá está muy emocionada por todo. En realidad, le temo un poco al discurso. Todo el asunto de la graduación parece tan inútil, una gran farsa para hacerte sentir bien contigo mismo, cuando en realidad todos saben que el instituto es un engaño. —¿Oh, sí? —se burla Peyton—. ¿Cómo qué? —Me da una sonrisa afectada—. Me encantaría saber todos los tormentos que tienes que soportar. —Como si fuera a decirte. —Me pongo de pie, porque comienzo a ver que esto no tiene sentido. Peyton me odia, y no me voy a desvivir por una chica que me odia y que ni siquiera me agrada—. Pues, buena suerte. —Gracias. —Sigue sentada allí, el vestido un charco a su alrededor en el suelo. Se ve pequeña y vulnerable, y recuerdo cómo fue besarla anoche, cómo se sintió su cabello en mis manos, cuán suave era su piel. ¿Qué demonios pasa conmigo? Acabo de decir que estaba harto de ella, ¿y ahora estoy pensando en besarla de nuevo? Suspiro. —Mira —le digo, arrodillándome junto a ella—. Déjame llevarte a casa. Alza la vista, con los ojos brillantes. —¿Qué? —Yo te llevaré a casa. —¿Me llevarás a casa? Vivo en Connecticut. —Sé dónde vives —le contesto, poniendo los ojos en blanco.

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El mejor alumno de la clase, que da el discurso de despedida.


—¿Tienes coche? —pregunta. Asiento. —Sí. —¿Y conducirías toda esa distancia por mí? —No por ti. —Sacudo la cabeza—. Quiero visitar una universidad allí, de todas formas. Esto me da una excusa. Es mentira, por supuesto, pero no puedo dejarle saber que estoy desesperado por mantenerla junto a mí, que una vez que deje esta habitación, una vez que estemos separados, no sé cuándo la veré otra vez, y que no puedo ni soportar la idea. —Pero pensé que ibas a Georgetown en otoño. —¿Cómo supiste eso? —Facebook. —Se sonroja, pero alza la nariz al aire, toda altiva—. ¿Qué? — pregunta—. ¿No tengo permitido revisar tu perfil en Facebook? No es como si fuera privado o algo. —No importa si revisas mi Facebook. —Me encojo de hombros—. Y Georgetown no es definitivo. Otra mentira. —Entonces ¿me dejarás en algún lugar en el camino? —pregunta, mientras tironea el bajo de su falda con nerviosismo—. Porque como dije, la verdad no planeaba ir a casa. —No. —Sacudo la cabeza—. Te llevaré a casa, pero eso es todo. No me voy a involucrar en ningún tipo de plan de escape extraño. Tus padres me matarían, sin mencionar que estaría secuestrando a una menor. Ella rueda los ojos, ya limpiándose las lágrimas; vuelve a levantarse y se alisa el vestido.


—Está bien —acepta, y luego se muerde el labio—. Pero primero me tengo que cambiar. Cruza a la mitad de la habitación y comienza a buscar en su equipaje; saca ropa y la deja en la cama, hasta que encuentra lo que quiere y luego vuelve a empacarlo todo. —¿Tienes que llamar a tus papás o algo? —pregunta, camina al baño y cierra la puerta. Intento no pensar en lo que está haciendo allí: quitándose la ropa. —¿Llamar a mis papás? —Sí —grita a través de la puerta—, para decirles que no vas a ir a casa en un rato. —Oh, cierto. —¿Les molestará? —Mis padres no controlan mi vida —me burlo—. Estarán bien. Y las mentiras siguen saliendo.


03 ~ Peyton Antes Traducido por Annie Jim

Sábado, 22 de mayo, 12:23 p.m. Greenwich, Connecticut

Aquí están las razones de por qué odio ir de compras con mi mamá: 1. Ella siempre quiere que compre cosas que no me gustan. 2.Ella siempre insiste en que le enseñe cómo se me ve la ropa puesta, incluso cuando le digo que es horrible y no necesito ser vista fuera de la privacidad de mi probador. 3. Me hace sentir gorda. —Peyton, por favor dime que no necesitas la talla 8 —me llama mi mamá desde el vestidor frente a mí, estamos en Nordstrom, que es una de las peores tiendas para probarte ropa, porque tienen esta área donde puedes salir y girar alrededor, frente a un espejo de 4 caras. Eso simplemente está mal. —No necesito una talla ocho —respondo—. La seis me queda muy bien. —Abro la puerta y le extiendo el vestido a la vendedora, quien me guiña el ojo mientras lo quita de mi mano. —Estaré aquí en seguida con la ocho —articula. —Gracias —le susurro de vuelta con agradecimiento, ella está justo fuera de la vista cuando mi mamá sale de su vestidor.


—¿Qué opinas? —me pregunta, trae puesto un vestido negro ajustado que le llega justo por encima de la rodilla. No tiene mangas, pero con clase, con un cuello vuelto y un sexi patrón de zigzag impreso en la tela. —Te ves genial, mamá —le digo, y así es, el cuerpo de mi mamá es increíble, especialmente para alguien que tuvo dos hijos, por supuesto, ella trabaja muy duro en ello, con montones de Pilates, spinning, zumba y esos grupos de crossfit que están muy de moda ahora. Cada mañana a las 5, ella está afuera, vestida con licra, una toalla echada sobre el hombro, una botella de agua en la mano, lista para pasar las siguientes dos horas sudando en el gimnasio. Ella siempre trata de que vaya con ella, pero me niego. ¿Qué clase de persona loca se levanta a las 5 de la mañana? Hay peores cosas en el mundo que ser una talla ocho. —¿Pero crees que el negro es demasiado sombrío para una boda? —Se gira a un lado y otro, revisándose en el espejo, admirando la forma en la que se ve. Por décima vez desde que empezamos a comprar, deseo que mi hermana mayor Kira estuviera aquí, a Kira le interesa la moda, y ella siempre sabe qué decirle a mi mamá en estas situaciones, además Kira hace que las compras sean divertidas, se me une en rodar los ojos a espaldas de mi mamá y colamos la ropa que realmente queremos a la caja registradora. Pero Kira está en la universidad, así que estoy atascada respondiendo las preguntas de mi mamá yo sola. Realmente no sé mucho acerca de las reglas de la moda, pero sí sé que mi mamá espera que responda, incluso si no se de lo que estoy hablando, y también conozco lo suficiente para saber que, ya que estamos comprando para una boda en verano en Florida al aire libre, el negro podría no ser la mejor opción. —Bueno —digo lentamente—, es una boda de verano, y la ceremonia es al aire libre, así que tal vez deberías buscar algo un poco más brillante. Su cara decae por un momento, pero luego vuelve a sonreír —Tienes razón —dice—. Tal vez algo en mandarina. Aunque sería una pena no obtener este también, ¡siempre puedo encontrar un lugar para usar un vestidito negro!


—Se ríe como si fuera algún tipo de broma, y yo me río con ella, a pesar de que no es realmente divertido. La vendedora regresa sosteniendo una talla ocho del trémulo vestido gris que me acabo de probar, ella mira entre mi mamá y yo, nerviosamente, como si estuviera preocupada de que mi mamá la fuera a atrapar con un vestido más grande, pero mi mamá ya ha olvidado lo que pasó hace unos momentos. —Nora —dice, aunque el nombre de la vendedora es Nicole—. Nora, por favor búscanos algunos vestidos en colores brillantes, quiero mandarina, verde, rosa, amarillo… Pero nada durazno, opaca a mi hija. —Agita su mano a todos los vestidos que cubren el suelo y un banco del vestidor—.Y llévate estas cosas. Están todos mal ¡Mal, mal, mal! —Se ríe de nuevo. —Por supuesto —dice Nicole, corriendo al vestidor para recoger la ropa. —Creo que voy a salir y elegir algunas cosas yo misma —le grito a mi mamá. Ya estoy de vuelta en mi probador ahora, cambiándome a mis vaqueros y camiseta. Hay silencio del otro lado de la puerta, y puedo decir que he dicho algo incorrecto. —Cariño, tienen personas que hacen ese tipo de cosas por ti —contesta—. Se trata de Nordstrom, no JCPenney. —Lo sé —le digo, manteniendo voz ligera—. A veces me gusta hacerlo yo misma. —Está bien —dice. Pero puedo escuchar la decepción en su voz. La decepción que significa que no estoy haciendo lo que quiere. La decepción que últimamente parece estar dirigida a mí cada vez más. Salgo del aire bochornoso de los vestidores y voy de vuelta a la tienda, donde Nicole está ocupada revolviendo un aparador de vestidos de verano de color verde pálido. —Siento lo de mi mamá —le digo, poniendo los ojos en blanco—. Me gustaría poder decir que no es propio de ella, pero totalmente lo es.


Nicole sonríe. —Oh, no —dice—. No es ningún problema en absoluto. Siempre quiero hacer felices a mis clientes. Sonrío de nuevo, a pesar de que estoy segura de que es una respuesta completamente ensayada y que secretamente nos quiere estrangular y luego empezar a vagar por los pasillos, en busca de algo que sea brillante y divertido y que no me haga ver como una salchicha. Mi teléfono comienza a vibrar en mi bolso, y lo cojo. Courtney. Mi prima. Es su padre, el hermano de mi madre, quien se va a casar dentro de unas semanas. —Ey —digo—. ¿Qué hay? Courtney es un año mayor que yo, justo está terminando su primer año en la universidad de Boston. Su familia vive en Florida, así que nunca tuvimos la oportunidad de ser súper cercanas, pero aun así somos muy buenas amigas. Nunca es incómodo hablar con ella, y cuando la veo siempre pasamos un tiempo increíble. —Ey, Peyton —dice—. ¿Qué hay? —Solo estamos fuera, comprando para la boda de tu papá —respondo, observando cómo Nicole desaparece dentro del vestidor con un brazo lleno de conjuntos que seguramente mi mamá vetará. —¿Qué hay contigo? —No mucho —dice—. ¿Has encontrando algo bueno? —Aún no —respondo, me alejo unos pasos del probador, solo en caso de que mi mamá pueda oírme—. Estamos en Nordstrom y mamá actúa como si estuviera en Prada o algo parecido, sigue haciendo que la vendedora salga y busque cosas para ella. Courtney se ríe. —Eso suena como la tía Michelle.


—Sí, bueno, yo estoy eligiendo mis propias cosas, muchas gracias. —Bien por ti —dice Courtney, y se aclara la garganta—. Um, así que la razón por la que estoy marcando es porque necesito hablar contigo sobre algo. —Está bien —digo, mientras claro, Nicole sale del probador, con los brazos llenos con los vestidos que acababa de meter. Mi mamá, estoy segura, la mandó de vuelta, diciendo que ninguno estaba bien, sin siquiera probárselos. Juro que a veces pienso que hace cosas así solo para ser una diva. —Bueno —dice Courtney—. ¿Te acuerdas cuando salieron las invitaciones para la boda de mi papá? ¿Y tú me mandaste ese mensaje de facebook, preguntando si Jace vendría? Tan pronto como ella dice su nombre, mi corazón salta de mi estómago hasta mi garganta. —Sí —digo tratando de sonar indiferente—. Me acuerdo —Bueno, en ese momento dije no, porque mi papá me dijo que los Renault estarían fuera de la ciudad, y pensé que tendrían algún gran viaje a Europa planeado durante, como, años y como la boda de mi papá fue un poco en el calor del momento, era demasiado tarde para que ellos cancelaran. —Exacto —dije—. Recuerdo que me dijiste eso. Recuerdo todo lo que Courtney me dijo acerca del viaje de Jace a Europa, porque me acuerdo de todo lo referente a Jace. La forma en que su cabello descansa sobre su frente, la forma en la que su sonrisa se abre más de un lado que del otro, el modo en que le encanta debatir conmigo sobre todo, desde política hasta la diferencia entre McDonald’s y Burger King, la forma en la que olía como a menta y crema de afeitar, aunque cuando lo besaba su cara siempre parecía un poco rasposa. —Bueno, resulta que los Renault van a venir después de todo, algo acerca de que el dólar no es lo suficientemente fuerte y descifraron una forma de evadir los gastos de cancelación, o algo. —Courtney hace una pausa y mi mundo se detiene.


—¿Peyton? —pregunta—. ¿Estás ahí? —Sí. —Me lamo los labios resecos de repente y, a continuación, me siento allí en medio del suelo. —Escucha —dice Courtney—. Lamento soltártelo de repente, sé lo que se siente el tener que ver a un tipo por el que sientes una extraña fascinación. Si esto mismo me hubiera sucedido a mí y a Jordan hace un año, entonces hub… —No —miento, interrumpiéndola—. No es extraño. Está totalmente bien. Y, yo y Jace no somos como tú y Jordan. Esta parte, al menos, es cierta. Courtney y su novio Jordan estuvieron juntos como por meses, antes de que él rompiera con ella y le rompiera totalmente el corazón. Ellos volvieron a estar juntos después de eso, pero comparar lo que Courtney y Jordan tienen, con lo que Jace y yo tenemos (¿teníamos? ¿Nunca tuvimos? ¿Debimos haber tenido?) Es ridículo. Jace y yo solo nos vimos una vez, cuando estuve en Florida durante la Navidad. Y sí, fue la experiencia más intensa que haya tenido con un chico, pero aun así. Eso no es decir mucho, ya que vive a cientos de kilómetros de distancia. (Y ya que mi experiencia con los chicos es bastante limitada.) —Está bien —dice Courtney, sin sonar segura—. Pero si tú decidieras que no quieres venir a la boda, yo lo entendería completamente, y mi papá también, solo le diría que… —Oh, no —digo—. Está bien, lo prometo, aún iré. —Está bien —hace una pausa—. Bueno, solo pensé en hacértelo saber. —Gracias. —Así que, ¿qué hay de nuevo? —No mucho, solo estoy esperando que… —¡Ta-da! —grita mi mamá, y baila hasta el centro de la tienda. Lleva un vestido largo amarillo que es tan apretado que parece que le podría estar cortando la circulación.


La parte de abajo se ensancha, estilo sirena. El vestido se ve increíble en ella, pero no sé si es realmente apropiado para una boda. —¿Peyton? —pregunta Courtney. —Sí, estoy aquí —digo—. ¿Te puedo llamar después? —Claro. Cuelgo el teléfono y camino lentamente hacia mi mamá —Vaya —digo—. Es bastante… diferente. —¿Verdad? —alza la voz ahora, y puedo decir que es porque quiere que todos en la tienda empiecen a verla, lo que están haciendo, más o menos. No necesariamente de buena manera. —Nora, cariño ¿Crees que deba usar un sombrero con esto? Es entonces cuando me doy cuenta que Nicole está de pie detrás de ella, un poco aturdida. —Ummm... —Ella me mira para guiarse, sabiendo que mejor le da a mi mamá la respuesta que quiere. Asiento con la cabeza ligeramente. —Sí, definitivamente —dice Nicole, sonriendo—. Un sombrero resaltaría ese vestido de forma hermosa, y sería perfecto para una boda al aire libre. Mi mamá sonríe radiante. —Gracias, Noreen —dice—. ¿Podrías ir y escoger una variedad de sombreros para que me los pueda probar? Nicole se aleja corriendo. Mi mamá me mira, por fin se da cuenta de que no estoy sosteniendo ningún vestido. —¡Peyton! —dice—. ¡Ni siquiera has elegido un vestido!


Suspiro, de repente sintiéndome derrotada. Esta boda se está convirtiendo en una especie de fiasco. Quiero decir, vamos a evaluar la situación, ¿de acuerdo? En primer lugar, si soy completamente honesta, yo como que odio las bodas. Todas esas personas que celebran una pareja que la mayoría de ellos ni siquiera conoce realmente bien, y que probablemente se divorciarán en menos de diez años. Es más deprimente que feliz cuando realmente piensas en ello. En segundo lugar, voy a tener que comprar algún estúpido vestido que realmente no quiero, más que nada porque mi mamá quiere que lo tenga. Y en tercer lugar, Jace Renault va a estar allí. Jace Renault, el único chico que me he atrevido a dejar que me importase. Jace Renault, a quien solo he visto una vez en mi vida, y quien aun así, de alguna manera, logró romperme el corazón. —Mamá —intento—. Estaba pensando, tal vez debería quedarme en casa mientras ustedes van a Florida. Yo podría cuidar la casa y ustedes no tendrían que preocuparse en comprarme un boleto de avión. De esa manera… —¡Tú definitivamente no te quedarás en casa! —dice—. Este es un gran día para tu tío, y sé que se sentiría herido si no estuvieras allí. Suspiro. —Pero, mamá —le digo—.Voy a aburrirme tanto. Y tú y papá… —Peyton —dice ella—. Vas a ir. Y eso es definitivo. —Está bien —respondo. Considero agregar, Te arrepentirás, pero soy lo suficientemente mayor como para darme cuenta de que sería bastante inmaduro. Por supuesto, si pensara que haría alguna diferencia, lo diría de todos modos, inmaduro o no. Pero no la hará. Ella tomó una decisión, y eso es todo. Así que en vez de eso, camino hacia otro aparador de vestidos. Si voy a tener que ver a Jace Renault, también me aseguraré de verme increíble.


04 ~ Jace Antes Traducido por pamii1992 Corregido por Yann Mardy Bum

Sábado, 22 de mayo, 1:21 p.m. Sarasota, Florida

Estoy pasando el rato en la casa de mi amigo Evan cuando mi teléfono suena. En la pantalla brilla un número que no reconozco, así que dudo en contestar. Normalmente no contesto llamadas de números que no conozco. Casi nunca es una buena idea. Cobradores, chicas con las que no quieres hablar… esas son las personas que llaman de números bloqueados. Pero ya que Evan acaba de informarme que quiere saltar del techo de su casa hacia la piscina, y como no me siento con deseos de lidiar con eso, contesto. —¿Jace? —pregunta una voz de chica. —¿Quién es? —pregunto yo, decidiendo que es mejor no dar demasiada información todavía. —¿Quién es? —me pregunta Evan. Está ocupado poniendo un tipo de rampa del otro lado de la piscina. No tengo ni idea de porque necesita una rampa si se supone que va a saltar desde el techo, pero no importa. —¿Quién habla? —pregunto otra vez, haciéndole señas a Evan para que guarde silencio. Como si eso fuera a servir de algo. —Soy Courtney —responde ella. —Oh —digo yo, aliviado—. Hola, Courtney.


—¡Courtney! —Evan abandona su rampa y corre hasta donde estoy sentado en el patio. Agua fría gotea de su cabello, mojando el pavimento. Está mojado porque se lanzó a la piscina tan pronto como llegue, para así poder «averiguar cuan hondo terminaré». —Amigo —le digo, negando en su dirección—. No te ofendas, pero estás un poco asqueroso. —Courtney —dice Evan, quitándome el teléfono sin siquiera pedírmelo—. ¿Quieres venir? Estoy construyendo una rampa y voy a, ya sea hacer skateboard hasta mi piscina o saltaré del techo, y luego voy a mandar la cinta a MTV para que puedan… ¿Qué? No, soy Evan… Sí, ya sé que tienes novio, pero ¿no se supone que el idiota de Jordan rompió contigo? —Evan se ríe—. Claro, ¿y tú realmente crees que ha cambiado, eh?... Bueno, como sea. Si cambias de opinión, avísame. —Me avienta el teléfono y se tira otro clavado en la piscina. Agua helada vuela por los aires y aterriza sobre toda mi camisa. —Ey —le digo a Courtney—, lo siento. —No te preocupes —dice ella. Se puede decir que Courtney y yo somos amigos, sus padres y mis padres han sido mejores amigos como por cinco años. Y trataron de que nos liáramos cuando cumplimos catorce, pero no funcionó. Para nada. Probablemente porque simplemente no era correcto. Courtney es linda e inteligente, pero no congeniamos de esa forma. Aunque tampoco nos llevábamos mal, siempre hemos sido amigables. Pero tampoco somos del tipo de amigos que se llama así de la nada, por lo que debe haber algo de lo que quiera hablarme. —¿Qué pasa? —le pregunto. Me quedo en el patio pero me alejo lo más que puedo de la piscina. Necesito poder ver a Evan en caso de que necesite ser rescatado de alguna clase de situación desastrosa. —Esto te puede sonar raro —me dice Courtney—. Y en verdad, no quiero que pienses que soy una perra o que quiero meterme en tus asuntos…


—¿Tu mamá sigue enojada por lo de la fiesta de Navidad? —le pregunto con un suspiro. En verdad no quiero quedar en medio de todo eso otra vez. Los papás de Courtney se divorciaron hace poco, y se armó un gran escándalo porque mi mamá quería seguir siendo amiga de la mamá de Courtney, pero la mamá de Courtney dijo que no iba a ser amiga de mis padres a menos que dejaran de juntarse con el papá de Courtney. Y todo se complicó aún más cuando el papá de Courtney organizó una fiesta de Navidad, a la que mis padres asistieron, y la mamá de Courtney se enojó con ellos. Toda la situación es completamente ridícula, si me preguntan, lo cual por supuesto, nadie nunca hace. —No, no, no es por eso —dice Courtney—. Es que, mmm… mira, sé que no es de mi incumbencia, y eres libre de decirme que no es mi problema. Pero Jace, ¿qué paso entre tú y Peyton? —¿Peyton? —respiro profundamente por la nariz. No quiero pensar en Peyton. No quiero hablar de Peyton. Ni siquiera quiero escuchar su nombre. —Sí. —Nada pasó. —Me encojo de hombros, aun cuando Courtney no puede verme— . Apenas la recuerdo. ¿Qué es de su vida, por cierto? —Okkkkay —dice Courtney, aunque no suena para nada convencida. ¿Y quién la puede culpar? Ni siquiera me convenzo a mí mismo. —¡Ey! —Evan me llama desde algún lugar sobre mi cabeza—. ¡Aquí arriba! ¡Mírame! —Me cubro los ojos del sol con una mano y observo hacia el techo. Evan está ahí parado, usando un traje de baño y un par de visores verdes fosforescentes, con una enorme sonrisa en el rostro. —¿Qué diablos estás haciendo? —le pregunto—. ¿Estás loco? Bájate de ahí. —Ve por la cámara —me grita él, señalando al otro lado de la piscina donde dejó la cámara de video. —De ninguna manera —le digo, sacudiendo la cabeza—. Vas a abrirte la cabeza.


—¡Courtney! —grita él— ¡Este va por ti! —Y luego empieza a golpearse el pecho desnudo como si fuera Tarzán. —¿Qué está pasando? —pregunta Courtney, preocupada. —Nada —digo con un suspiro—. Es demasiado para explicártelo ahora. Pero, um, debo irme. ¿Necesitas algo más? —Sí —dice ella—. Sólo quería avisarte que Peyton va a venir a la boda. —Como sea —digo, encogiéndome de hombros otra vez. Aparentemente eso se está convirtiendo en lo mío. Encogerme de hombros sin que nadie me vea. Para mi propio beneficio. Me pregunto qué seguirá. ¿Sacudir la cabeza cuando quiera sacar un pensamiento de mi mente? Lo intento. Pero sigo pensando en Peyton. Su largo cabello, la forma en que muerde su labio cuando está pensando en algo, la forma en que su curvilíneo y perfecto cuerpo me hace querer abrazarla y protegerla. Dios mío. Todo esto por una chica que solo he visto una vez. —Entonces, ¿está todo bien? —pregunta Courtney—. ¿No te importa que ella venga? —Por supuesto que no —le miento—. Es tu prima. Y entonces algo se me ocurre. Si Courtney me llama para ver cómo me siento al respecto de que Peyton asista a la boda, probablemente también llamó a Peyton para preguntarle cómo se siente al respecto de que yo vaya a la boda. Tiene sentido. Es algo así como un código de chicas o algo similar. (El cual, por supuesto, jamás he entendido. Las chicas se la pasan hablando acerca del código de chicas, cuando son ellas mismas las que se apuñalan por la espalda a la primera oportunidad que tienen. Los chicos no son así. Mira a Evan, por ejemplo. Está en el techo, sin camiseta, usa visores verdes y se prepara para, posiblemente, matarse, y ¿qué estoy haciendo yo? Estoy aquí sentado, como un buen amigo, tratando de convencerlo de que no lo haga, pero al mismo tiempo estoy dispuesto a filmarlo todo si es que decide hacerlo. A eso se le llama ser un buen amigo.)


—¿Por qué? —le pregunto a Courtney—. ¿Qué dijo Peyton de mí? —Nada. —¿Nada? —Del techo, me llega un sonido de algo dando vueltas y luego, un montón de agua se desliza por el patio. —Sí —dijo simplemente Courtney—, nada. —¿Estás segura? —le pregunto acusadoramente—. ¿No dijo nada? —Solo dijo que no le importa si asistes. —¿Qué no le importa si yo voy? —Eso fue lo que dijo. —Quiero preguntarle a Courtney qué fue exactamente lo que Peyton dijo, pero me doy cuenta que escuchar que a Peyton no le importa es suficiente, especialmente si quiero proteger mi salud mental. —Bueno, lo que sea —le digo—. Iré a la boda. Y no tienes que preocuparte por Peyton ni por mí. —Genial —dice ella, sonando aliviada. Colgamos y miro hacia el techo con cautela. Aún cae agua, formando pequeños riachuelos en el patio, justo frente a mí. —¿Evan? —Lo llamo. —¿Sí? —Aparece sobre el techo, totalmente mojado, con una jarra de leche de plástico vacía en una mano. —¿Qué diablos estás haciendo? —Ya te dije —responde él—. Voy a saltar del techo y tú vas a filmarme. —Pero, ¿por qué estas chorreando? ¿Y porque tienes una jarra de leche en la mano?


—Porque —dice él, mirándome como si yo fuera el estúpido—. Necesitaba que mi cuerpo se acostumbrara al agua, mojarme. No puedo solo saltar sin saber en qué me estoy metiendo. Podría darme hipotermia o algo. —¿Así que trajiste una jarra de agua y te la echaste encima? —Una jarra de agua de la alberca —dice él, orgullosamente. —Pero ya te habías metido a la piscina —le digo yo—. ¿Por qué tuviste que mojarte otra vez? —pregunto. Frunce el ceño. —No lo sé. —Escucha —le digo—. Creo que deberías… Pero antes de que pueda detenerlo, salta del techo hacia el agua. Forma una enorme bomba de agua y me salpica completamente. Evan aparece del otro lado de la piscina. —Maldita sea —dice él—. ¡Qué emocionante! —Se impulsa por el borde, hacia el patio—. Eso fue solo para practicar, por supuesto. —Oh, por supuesto. —Exprimo la parte inferior de mi playera. —Ahora me vas a filmar, ¿verdad? —Él toma la cámara y me la entrega y luego empieza a caminar hacia la casa para volver a subirse al techo. Enciendo la cámara, y la pequeña luz roja empieza a parpadear. Suspiro. Tal vez, después de todo, ese maldito código de chicas sí tenga algo de razón.


05 ~ Peyton El Viaje Traducido por Pami1992 Corregido por Yann Mardy Bum

Sábado, 26 de junio, 10:47 a.m. Siesta Key, Florida

Jace obviamente está intentando que no escuche la conversación telefónica que tiene con su mamá, pero puedo decir que no le está funcionando. Una sinopsis de la conversación: Jace: Oh, hola, mamá. Solo quería avisarte que estoy con Peyton en su habitación de hotel. La cosa es que… Mamá de Jace: ¿Qué? ¿Estás con una chica en un hotel? ¿Qué haces ahí? ¡Sal en este mismo momento! Jace: No, no, está bien, no estamos haciendo nada. La cosa es, mamá, que sus padres la dejaron aquí, así que voy a llevarla hasta su casa. Mamá de Jace: Oh, está bien, cariño. Eso suena bien. ¿Dónde vive? Jace: En Connecticut. Mamá de Jace: ¡¿QUÉ?! (Empieza a enojarse incluso tal vez a maldecir.) En este punto, Jace sale de la habitación. Obviamente no puedo estar realmente segura de lo que su madre dice, porque escucho la conversación desde el baño, mientras


me cambio. Así que esa conversación es más o menos inventada. Pero aun así, es lo que imagino y probablemente tenga bastante razón. Me miro a mí misma en el enorme espejo que está montado sobre el lavabo, y me paso un cepillo por el pelo antes de cambiarme y ponerme un par de pantaloncillos y una blusa color rosa pálido. Respiro profundamente, una y otra vez, tratando de calmarme, y obligo a mi corazón a no latir tan deprisa. Todo saldrá bien, me digo a mi misma. Jace te va a llevar a donde sea que necesites ir, y luego puedes deshacerte de él en alguna parada o algo así y tomar un taxi hasta el lugar donde te vas a quedar en Carolina del Norte. Por supuesto, es algo raro irme sin Brooklyn, ya que no conozco a nadie en Carolina del Norte. Pero no hay forma de que pueda ir a casa. No ahora. Y tal vez nunca. Tomo mi bolso y lo recargo sobre el lavabo de mármol y saco un panfleto de un condominio en renta que el agente inmobiliario nos envió hace unos días. El condominio era uno de los pocos lugares que te permitían rentar si eras menor de veintiuno, e incluso Brooklyn tuvo que firmar el contrato ya que ella ya tiene dieciocho y yo aún no. «CREVE COEUR» dice en el frente del panfleto, y recorro las letras con mis dedos, sobre el nombre de mi nuevo edificio. “Creve Coeur” significa corazón roto en francés. Brooklyn y yo estuvimos de acuerdo que era un nombre raro para un complejo de condominios, especialmente uno que se anunciaba como “relajante y tranquilo; ¡muy cerca de la costa!” pero qué importa. De cierta forma, me quedaba bastante bien. Casi como una señal o algo así. Cuando se nos ocurrió el plan de escapar, Brooklyn acababa de terminar con su novio Trevor, con quien había estado un año y medio. Terminaron porque dijo que ya no tenían nada de qué hablar. Lloró en su habitación por dos días seguidos y yo la consolé, a pesar de que no pude averiguar cómo se había roto su corazón si ella había


sido la que terminó con él. Si estaba tan lastimada, ¿porque no simplemente lo llamaba y le decía que volvieran a estar juntos? No fue como con Jace y yo. Él había sido el que quiso terminar las cosas —no es que en realidad hubiera algo que terminar, en realidad no lo había— así que siempre sentí como si mi corazón roto fuera un poco más serio que el de Brooklyn. Nunca se lo dije. Y más a su favor, ella había estado con Trevor durante un año y medio, mientras que yo solo había visto a Jace, um, una vez. Lo cual es increíblemente penoso, si lo piensas. Que yo me hubiera emocionado tanto por un chico al que solamente había visto una vez. Pero leí algo muy interesante en un libro de autoayuda (no juzgues… pueden ayudarte bastante en ocasiones) acerca de cómo a veces la gente con la que no pasas mucho tiempo es la que puede terminar haciéndote más daño, porque puedes quedarte aferrado a la idea que tienes de ellos, lo opuesto a lo que son en realidad. No tienes el tiempo suficiente para conocerlos realmente y por eso te creas una fantasía de quienes son, y por lo tanto te creas toda clase de esperanzas y sueños de quien quisieras que fueran. Era un libro muy inteligente. Como sea, Brooklyn acababa de terminar con Trevor, e incluso si no entendía por qué estaba tan afectada, terminó resultando beneficioso para mí. Porque cuando se me ocurrió la idea de escaparme durante el verano, Brooklyn se unió inmediatamente, muy emocionada e incluso sugirió Carolina del Norte. Lo cual estaba bien para mí. No tenía preferencia sobre adónde ir, con tal de que estuviera muy lejos de Connecticut. Brooklyn conocía a un chico en Carolina del Norte, un chico que había conocido en unas vacaciones en Myrtle Beach hacía un par de años, un chico con el que, de alguna forma, aún estaba en contacto. Habían estado hablando un poco desde que rompió con Trevor, y pensé que buscaba algo con él para aliviar su corazón. Así que Carolina del Norte se convirtió en el plan, y dejé que Brooklyn creyera que quería ir para poder dejar de pensar en Jace. Ella aún no tiene idea de cuál es la


verdadera razón por la cual quiero irme de casa. Pensé en contarle, lo pensé. Pensé en contarle a Brooklyn, o a mi hermana, o incluso a mi padre. Pero no lo hice. No pude. —¿Peyton? —Jace toca la puerta del baño. Vuelvo a meter el panfleto de Creve Coeur en mi bolso. —¿Sí? —Abro la puerta. —¡Está todo listo! —dice con una sonrisa—. Estoy listo para llevarte de regreso a Connecticut. —¿Estás seguro? —Paso por su lado y entro a la habitación—. Porque no sonaba a que tu mamá estuviera de acuerdo con la idea. —Mi mamá está de acuerdo. —¿En verdad? Porque sonaba como si estuvieran peleando. —No peleábamos —dice él—. ¿Y por qué espiabas mi llamada? —No estaba espiando tu llamada. —Me siento en la cama y me pongo las sandalias que están en el suelo. En verdad quiero usar mis sandalias brillantes con un poco de tacón, pero probablemente no son apropiadas para el viaje que voy a emprender. Sin mencionar que no quiero que Jace piense que estoy tratando de impresionarlo. O que soy de gustos caros. —Si no espiabas, entonces ¿cómo sabes lo que mi mamá decía? —me pregunta Jace. —No lo sé con certeza —le digo—. Pero podía oír su voz desde el baño, así que pude captar la esencia de lo que te decía. —Ya soy todo un hombre —dice Jace, sacando pecho—. Puedo tomar mi auto cuando yo quiera. —¿Ah sí? —le pregunto—. ¿Y quién paga por ese auto? Jace me mira. —Lo que sea —dice—. Olvídalo. Ve a casa por tu cuenta.


Y ahí es cuando empiezo a sentir pánico. —Ey —le digo—. Mira, lo siento. — Pero se dirige hacia la puerta, y aunque no quiera, lo sigo. Lo agarro del brazo justo cuando está a punto de salir, y pequeñas chispas recorren mis dedos—. No te vayas. Él se detiene, y un segundo después, voltea hacia mí. —¿Dejarás de ser una malcriada? —Si —le digo—. Lo siento. —No es completamente cierto. Si estoy algo apenada por ser una idiota con él, pero al mismo tiempo, en verdad se lo merece. Por otro lado, solo porque haya roto mi corazón no significa que tenga que ser una perra. Debería superarlo, dos cosas malas no hacen una correcta, atrapas más abejas con miel o lo que sea y bla bla bla. Además, me guste o no, necesito que me lleve a Carolina del Norte. —¿Tregua? —digo, tendiéndole la mano. Él la toma, y envuelve sus dedos alrededor de los míos, haciendo que la electricidad que ya corría por mi cuerpo, se multiplique. —Tregua —me responde. Sostiene mi mano por más tiempo del necesario, y estamos ahí de pie, mirándolos el uno al otro, mi mano en la suya, y oh, dios mío, tengo tantas ganas de besarlo que es casi doloroso. —Peyton —me dice, mientras traza círculos con su dedo sobre mi mano, enloqueciendo a mi cuerpo de la mejor manera. Y por un segundo, pienso que me va a decir que lo siente, que no puede creer que me haya dejado ir, que piensa que deberíamos empezar de nuevo y tal vez incluso podríamos estar juntos, que se había equivocado y que si lo puedo perdonar. Pero entonces, suelta mi mano—. ¿Estás lista para irnos? Asiento, y se mueve hacia el cuarto para recoger las maletas que están en el suelo. Me siento como un globo que acaban de desinflar. Reacciona, Peyton, me digo a mi misma mientras me acomodo el bolso al hombro y sigo a Jace fuera de la habitación. Jace Renault no es para ti. Él solo trae problemas. Y pensar de otra manera, incluso por un segundo, solo te hará daño.


El Viaje 06 ~ Jace Traducido por Azhreik

Sábado, 26 de junio, 10: 59 a.m. Siesta Key, Florida

Peyton está sospechosa. Y no solo porque está escuchando mi llamada telefónica. Lo que, por cierto, no es de su incumbencia. Soy un hombre adulto. Si quiero llevar mi coche a Connecticut, no es de la incumbencia de mi mamá. Y no importa que mi mamá pague por mi coche. Ese es un hecho completamente insustancial. Tengo dieciocho, y el coche está a mi nombre. Lo que significa que si estuviéramos en un tribunal, no podría detenerme legalmente de hacer nada que quisiera hacer con él. Conozco mis derechos. Veo esos programas de leyes en la televisión (¿Qué? Son buenos. Y a veces no hay nada más, especialmente cuando me estoy saltando la escuela.) Por supuesto, mi mamá se puso como loca, mayormente porque tengo la graduación mañana por la noche y se supone que dé el discurso ya que soy el valedictorian. Y mi mamá se puso toda alocada y empezó a gritar porque creyó que no iba a llegar a tiempo para asistir. Y entonces le dije muy calmadamente que probablemente así sería. De todas formas nunca quise dar ese estúpido discurso de graduación. Fue ahí cuando empezó a gritar un poco más, y fue entonces cuando le colgué. Pero lo que sea. Peyton está sospechosa por un montón de razones, pero ahora mismo está sospechosa porque está huyendo. No conozco mucho sobre su vida familiar —nunca


deseó ponerme al tanto sobre esa clase de cosas, lo que es una historia completamente diferente— pero su mamá parece lo bastante agradable, si te gusta el tipo “Mamá que me gustaría seducir”. No es que quiera tirarme a su mamá —las maduritas no son realmente mi estilo, pero apuesto a que Evan estaría muy dispuesto. ¡Entonces por qué Peyton está huyendo? El verano justo antes de que empiece su tercer año. ¿Qué podría ser tan malo que no puede quedarse en casa durante un año más antes de marcharse a la universidad? Sé que tiene una casa bonita. Lo sé porque he visto fotografías; fotografías que ella me envió. Una es de ella y su amiga Brooklyn, sentadas junto a la chimenea en época navideña, usando sombreros de elfo, con los brazos una alrededor de la otra, sonriendo radiantes a la cámara. Y un par de, mm, fotos más arriesgadas que me envió en traje de baño junto a su piscina. Todo el lugar parece bastante agradable. Entonces, ¿cuál es su problema? ¿Sencillamente es una de esas chicas que descarta a la gente sin razones reales? ¿Tal vez ella y sus padres pelearon por algo tonto y ahora está huyendo? —Ten cuidado con esa —me instruye mientras cargo una de sus maletas en el maletero de mi coche—. Tiene un montón de cosas importantes dentro. —¿Sí? —digo, arrojándola al maletero—, ¿cómo qué? Me fulmina con la mirada y empieza a reacomodar todas sus bolsas, dejándolas igual. —Como mi computadora. —Oh —digo—. Claro, tu computadora. No queremos que tu contraseña de Twitter se pierda o algo, eso es seguro. —Lo siento —dice—. Pero ya no entro a Twitter. Twitter es el nuevo Myspace. Quiero decir, que 2011. —Arruga la nariz, como si estuviera hablando de algún estúpido sitio para preadolescentes en vez de un sitio multimillonario que se ha convertido en el centro de las redes sociales y ha cambiado nuestra cultura y el mundo para siempre. Que snob.


—Claro. —Asiento y cierro el maletero de golpe—. Bueno, entonces, no queremos que nadie tenga acceso a alguna de tus fotografías personales. Asiente, luciendo confundida por un segundo. Y entonces la comprensión le cubre el rostro. Me mira con horror. —Será mejor que las hayas borrado. —¿Borrado que? —Le dirijo una falsa mirada inocente, lo que parece enfurecerla. —Sabes de qué estoy hablando. —Durante un segundo, creo que va a estirar la mano o algo y exigirme que se las devuelva. Lo que sería ridículo. No puedes devolver una fotografía digital—. Esas fotografías que te envié. Saco mi teléfono y busco la de ella con el sombrero de elfo. —Oh, ¿te refieres a esta? —Rio entre dientes y sacudo la cabeza—. ¡Pero luces tan linda! Estira la mano hacia mi teléfono y me atrapa tan fuera de guardia que de verdad es capaz de quitármelo. He ganado campeonatos estatales de baloncesto, y esta chica, de alguna forma, es capaz de quitarme mi teléfono. Empieza a moverse entre las fotografías. —¡Voy a borrar la mía con sombrero de elfo! —anuncia. —Dame eso —digo, estirando la mano. La cosa es que sí borré sus estúpidas fotos en traje de baño un día después de que me las enviara, tal como me hizo prometer. Por supuesto, eso era cuando actuaba como un escolar enfermo de amor en lugar de como un hombre adulto que conduce su propio coche a donde quiera. —¡No! —dice—. No hasta que me asegures que borraste esas fotografías. Estiro la mano de nuevo hacia el teléfono, pero se aleja corriendo de mí, hasta el frente del coche. Ahora está parada frente al capo, y yo estoy en la parte trasera, intentando alcanzarla… es como una especie de juego nuevo, a mitad de luchitas y encantados. Una pareja mayor pasa y nos dirige miradas desaprobadoras, como si no pudieran creer lo que hace la juventud de Estados Unidos estos días.


—Peyton Miller —digo en voz muy alta—. ¡Será mejor que me devuelvas mi celular! Fue tu propia culpa el que me sextearas fotografías inapropiadas. Si no querías que las tuviera, no debiste haberlas enviado. La pareja mayor nos mira, horrorizados. Peyton me fulmina y luego sostiene mi teléfono sobre su cabeza, como si fuera a azotarlo. —¡Bájalo! —grito. —Ooh, ¿Qué pasa? —dice—. ¿Mamá y papá no te van a comprar otro? —¡No puedes sencillamente andar por ahí azotando las pertenencias de los demás! —digo. El hombre y mujer mayores ya se alejaron de nosotros y puedo escuchar que el anciano le pregunta a su esposa qué significa sextear. —Retira lo que dijiste sobre que sexteé contigo —dice Peyton. —Lo retiro. —Baja el teléfono—. Aunque sí lo hiciste. El teléfono vuelve a subir sobre su cabeza. —De acuerdo, de acuerdo —digo, extendiendo las manos en rendición—. Lo siento, tienes razón, no sexteaste conmigo. Baja el teléfono lentamente, dándome la oportunidad de retirar lo que acabo de decir. Pero no lo hago. —Bien —dice—. Porque una fotografía en traje de baño difícilmente cuenta como sextear. —Tiene la cara muy sonrojada, y noto que le avergüenza pensar en ello. Yo también estoy un poco sonrojado, al pensar en ello, aunque no porque esté avergonzado. Rodeo el coche hacia ella y extiendo la mano. Pero cuando llego allí, ella está mirando la pantalla.


—¿Esa es ella? —Ella me lo muestra y yo trago. Hay una fotografía de Kari en la pantalla, con el cabello todo rubio y salvaje en una coleta después de uno de sus juegos de lacrosse. —Sí —digo, quitándole el teléfono y metiéndomelo al bolsillo—. Esa es Kari. —Es bonita —dice Peyton. Durante un segundo, veo el destello de dolor en sus ojos, pero es tan rápido que me pregunto si me lo imaginé. —Gracias —digo, lo que no tiene sentido. ¡Por qué debería agradecerle por decirme que Kari es bonita? No es como si yo fuera responsable por la belleza de Kari. —¡Estás listo para irte? —pregunta Peyton. Me mira y mi corazón salta. Quiero explicárselo, sobre lo que sucedió anoche, sobre lo que sucedió durante Navidad, sobre Kari, sobre todo. Abro la boca, y ella rueda los ojos—. ¿Y bien? —exige—. ¿Estás listo o no? —Sí —contesto—. Estoy listo. Solo tengo que sacar mis cosas de mi habitación. Y a Héctor, también, por supuesto. Ella sacude la cabeza. —Héctor —murmura—. Él probablemente sea la única parte buena de este viaje.


Antes

07 ~ Peyton Traducido por Lickearocket

Sábado, 22 de mayo, 4:37 p.m. Greenwich, Connecticut

Una vez que Courtney me llamó y me informó que Jace iba a venir a la boda, después de todo, terminé de alguna manera con un vestido bastante sexi. Es de un increíble color turquesa y tiene caída al frente, hace que mis pechos luzcan más grandes de lo que ya son. Es ajustado y corto y tiene unas correas delgadas en la espalda y hace que mi cintura se vea diminuta. Empecé a coger vestidos de un lado a otro después de colgar el teléfono, sin siquiera mirar los precios. Y fue justo por eso que Nicole marcó el precio en la registradora antes de que me diera cuenta que elegí un vestido que costaba ochocientos dólares. Ochocientos dólares. Por un vestido. El vestido de mi madre solo costó quinientos. Por supuesto, su sombrero costó otros doscientos, así que terminó gastando setecientos, pero seguía siendo menos de lo que yo había gastado. Eso era mucho dinero por un vestido que probablemente solo nos pondríamos una vez. Después, por supuesto, tuvimos que comprar los zapatos, y para cuando nos fuimos del centro comercial, habíamos gastado casi dos mil dólares. —Mierda —dice Brooklyn desde mi cama mientras yo doy vueltas de un lado a otro. Es tarde y vino a inspeccionar mis compras—. Puede que sean los mejores ochocientos dólares que tu madre ha gastado.


—¿Tú crees? —Ahora que estoy en casa, estoy empezando a sentir que este vestido podría ser un poco escandaloso para una boda familiar. Eso, y quizá hace que mi trasero luzca grande. —Sí. —Brooklyn asiente—. Eres ardiente con ese vestido. —Gracias. —Paso las manos por el material reluciente, sin ser capaz de parar de preguntarme qué pensará Jace cuando me vea con él. Él siempre me decía cuánto le gustaba mi cuerpo. Pero eso pudo haber sido una mentira. Igual que todo lo que me dijo era una mentira. —Uh-oh —dice Brooklyn—. Estás pensando en él ¿verdad? —Pestañea, se acerca a mí y me pellizca con fuerza en el brazo. —¡Auch! —digo, separándome de ella—. ¿Por qué demonios fue eso? —Eso fue terapia de aversión —dice—. Cada vez que pienses en Jace, te voy a pellizcar. Y de esa manera, después de un tiempo, ya no pensarás en él nunca más. —Eso o me cabrearé contigo —le digo frotándome el brazo—. ¿Y cómo supiste que estaba pensando en él? —¿No lo estabas? —Sí —admito. Me tiro en la cama y miro hacia el techo—. Estaba pensando en qué iba a pensar cuando me viera con este vestido. —Va a pensar que te ves ardiente y que cometió un gran error —dice Brooklyn— . Y no va a saber qué hacer consigo mismo. —¿De verdad? —Sonrío, aunque sé en mi cabeza que esas cosas solo pasan en las películas y en los libros. Más probablemente terminaré en la boda luciendo absolutamente fenomenal, y Jace acabará ahí también, y me verá con mi vestido, pero no le importará. Probablemente tendrá una nueva chica, o incluso peor, encontrará a otra chica en la boda con la que bailará toda la noche. Llevará el mismo vestido que yo, solo que


a ella le quedará mejor que a mí, porque será más delgada que yo, y resultará que a Jace no le gustaba tanto mi cuerpo como decía. Que eso solo era una estrategia para que le enviara una foto en bikini. Los dos bailarán toda la noche, y después huirán furtivamente a la noche de aire tropical de Florida para poder… —¡Te dije que necesitaba un nuevo vestido para la boda! —La voz de mi madre se oye por las escaleras, y me incorporo, para escuchar lo que está diciendo. No es difícil, prácticamente está gritando. —¿Y no podías llevar uno de los millones de vestidos que tienes en tu armario? —grita mi padre en respuesta—. Por Cristo, Michelle, ¡gastaste doscientos dólares en un sombrero! ¡Doscientos dólares! ¿Entiendes siquiera qué es el dinero? —¡Claro que entiendo qué es el dinero! —grita mi madre—. ¿Cómo puedo no saberlo contigo recordándomelo cada segundo? —Entonces no entiendo cómo puedes confundirte —dice mi padre y escucho el sonido de ellos moviéndose hacia el lado posterior de la casa—. Si lo digo tanto como tú dices, entonces cómo puedes no… Sus voces se desvanecen mientras mi padre la sigue alrededor de la casa. He visto este baile antes. Mi madre gasta dinero. Mi padre se cabrea con ella. Ella lo sabe, así que a veces llega a casa y trata de esconder las cosas que ha comprado antes de que él las vea. Algunas veces él la sorprende, y alucina, siguiéndola por la casa y gritándole. La cosa es que mis padres están técnicamente separados. Bueno, en medio de un divorcio, en realidad. Pero siguen viviendo en la misma casa, en parte porque no pueden permitirse venderla ahora mismo: deben más de lo que vale la casa. No estoy segura de por qué mi padre no se muda y consigue un apartamento, pero estoy casi segura de que su abogado le dijo que no lo hiciera. Brooklyn me mira, con ojos ansiosos. —¿Estás bien?


—Sí —pestañeo, sintiéndome incluso más culpable por gastarme tanto en un vestido. Alcanzo el material y lo toco con los dedos—. Quizá debería devolverlo. Brooklyn se levanta y sacude la cabeza. —¿Sabes lo que necesitas? —me pregunta—. Una hamburguesa de McGreddy’s. —De ninguna manera. No voy a empezar a comer una tonelada de comida basura antes de la boda. Necesito asegurarme de lucir fabulosa. Brooklyn rueda los ojos. —Has estado viendo demasiado los anuncios de Jennifer Hudson en Weight Watchers. —Toma su bolso de mi cama—. Ya luces fabulosa. Y de ninguna manera vas a dejar que un chico… no, un perdedor, haga que dejes de comer la que podría ser la hamburguesa más perfecta del mundo. Pienso en ello. En parte tiene razón. Quiero decir, no va a importar si solo como lechuga a partir de ahora hasta la boda, Jace probablemente va a actuar como un imbécil sin importar lo que yo haga, y luego no solo estaré molesta, sino que ni siquiera seré capaz de disfrutar ninguna comida realmente buena mientras tanto. —¿Podemos pedir papas fritas también? —pregunto, animándome. —Sí. —¿Y después podemos ir a ver los brillos de labios? —Sí —dice Brooklyn. Sonríe—. Solo porque no te importe demasiado lo que Jace piensa como para cambiar tus hábitos alimenticios, no significa que no deberíamos usarlo como excusa para comprar productos de belleza.


08 ~ Jace Antes Traducido por Likearocket

Sábado, 25 de mayo, 3:56 p.m. Sarasota, Florida

Jodida Peyton Miller. Desde que Courtney me llamó temprano, Peyton es todo en lo que puedo pensar. Sigo mirando la foto de ella que tengo en mi teléfono. Es ella y su amiga Brooklyn, sentadas en frente de la chimenea en Navidad, vistiendo unos tontos gorros de Santa. Tiene su cabello hacia atrás y luce adorable. Casi no puedo soportarlo. —Así que entonces salté del tejado —dice Evan—. Y justo dentro de la piscina. —No lo hiciste —dice Kari McAfee. —Lo hice. —Evan asiente—. Jace lo tiene todo en vídeo ¿verdad, Jace? —Desafortunadamente, sí —admito. Tengo todo el asunto en vídeo. Si llega a salir alguna vez, probablemente me demandarán o algo. Okay, eso es ir demasiado lejos. Pero estaría definitivamente en problemas con los padres de Evan. —Después quiero hacer una broma. —Evan da un gran mordisco al perrito caliente que se está comiendo. Estamos sentados en las gradas de nuestra escuela, viendo uno de los últimos partidos de béisbol de la temporada. En realidad, supongo que es uno de los últimos partidos de béisbol de toda mi carrera en el instituto. El pensamiento debería hacerme sentir triste; después de todo soy el que dará el discurso de despedida, pero de alguna manera, no me siento triste. —¿Quieres unirte a la broma, Jace?


—¿Qué tipo de broma? —pregunto con cautela. —No sé. —Evan se encoge de hombros y luego se mete el resto de su perrito caliente en la boca—. Vi una en YouTube que tenía como un millón de visitas. El sujeto llenó la casa de sus padres con botes de agua mientras ellos estaban de vacaciones. Ya sabes, sacó todos los muebles, todo. ¡Fue graciosísimo! —Eso suena patético —digo—. Y además tus padres nunca van de vacaciones. —No tenemos que hacer esa exactamente —dice Evan como si debiera ser obvio—. Haremos algo mejor. —Creo que suena genial —dice Whitney Blues. Se acerca un poco más a Evan sobre la banca, y luego desconecto de ellos mientras empiezan a hablar de todas las bromas que podrían hacer. Meto el teléfono de vuelta en mi bolsillo e intento sacar a Peyton de mis pensamientos. Han pasado tres meses desde que hablamos. Tres meses. Tres meses es toda una vida. Ella podría estar haciendo cualquier cosa ahora mismo, podría tener novio. Un novio que la llevará a la boda. Un novio con el que la tendré que ver. Un nudo se me forma en el estómago y siento apretar los puños mientras pienso en tener que ver algún imbécil con sus manos alrededor de Peyton. No es que alguna vez vaya a golpear a alguien. Bueno, eso no es verdad. Lo haría si alguien la lastimara. —¿Un centavo por tus pensamientos? —dice una voz. Me giro para ver a Kari acercándose a mí sobre las gradas. Extiende su recipiente de nachos y le cojo uno. —Gracias —digo, agradecido por la distracción. Arrastro el nacho sobre el queso naranja derretido y me lo meto en la boca. —Así que ¿qué hay de nuevo? —me pregunta. Kari y yo hemos sido amigos desde segundo año, cuando se cambió a nuestra escuela desde Nueva York. Todo el mundo le tenía miedo al principio, porque apareció vistiendo pantalones negros y un suéter negro. Sí, vestimos de negro en Florida, pero no todo negro y no con botas altas hasta la rodilla.


La mitad del colegio pensaba que ella se pelearía con ellos. Bueno, las chicas al menos. Y quizá algunos de los chicos. —No mucho —digo—. ¿Qué hay de nuevo contigo? —Lo mismo —dice. Mueve la cabeza para sujetarse el largo cabello rubio en una coleta. Kari asimiló totalmente a Florida, se tiñó el pelo de rubio y cambió su ropa negra por los vaqueros y una camiseta de tirantes, uniforme de la costa del golfo. Incluso se unió al equipo de fútbol soccer. Volvemos al silencio momentáneamente. —¿Qué te pasa? —pregunta. —Nada —digo—. ¿Por qué? —Porque estás demasiado callado —dice. Me codea juguetonamente en un costado. —Estoy bien —digo, y me encojo de hombros—. Solo estoy cansado. —Miro hacia el campo cuando Ian Walker hace strike. Todos en nuestro lado de las gradas gimen. Ruedo los ojos, Ian Walker es un idiota y todo el mundo lo sabe. —¿Te desvelaste anoche? —pregunta Kari. —En realidad, no —digo. No soy muy fiestero y Kari lo sabe, así que se burla. —Bueno, deberías salir con nosotros esta noche —dice—. Whitney y yo vamos a tener una fiesta loca, ¿verdad, Whit? —Se da la vuelta y mira sobre su hombro donde Whitney y Evan están sentados en las gradas detrás de nosotros. —Si llamas una fiesta loca a estar solo nosotras dos —dice Whitney. —Oh, yo definitivamente llamo a eso una fiesta loca —dice Evan levantando y bajando su ceja sugestivamente. —Tú también puedes venir —le dice Whitney a Evan—. La vamos a hacer en mi casa.


—Oh ¿de verdad? —Evan se lame los labios y se frota las manos, como si fuera a haber todo tipo de libertinaje. Lo que es ridículo. Y un poco perturbador. Pero a Whitney no parece importarle. Se ríe. —Pero ustedes no pueden quedarse a dormir. Solo veremos películas o algo así. Evan luce un poco decepcionado, como si pensase que en realidad iba a ser capaz de pasar la noche allí. Lo que es estúpido por varias razones, y la mayor de ellas es que la mamá de Evan es el adulto más estricto que conozco. Creo que quizá es por eso que él siempre está tratando de hacer cosas locas; es como si se estuviese rebelando, pero en lugar de consumir drogas o alcohol, juega con su seguridad. —Veré películas —dice Evan—. Llevaré algunas de miedo. Kari me mira. —¿Te apuntas? —Claro. —Me encojo de hombros—. ¿Por qué no? —Eso me daría algo para dejar de pensar en Peyton. Aunque por como me estoy sintiendo ahora, va a ser algo complicado. Espero que Evan traiga una película realmente buena.

•••

—¿Me veo bien? —me pregunta Evan mientras recorremos la entrada de coches de la casa de Whitney más tarde. Viste vaqueros y un suéter negro. —Acabo de comprar este suéter —dice orgullosamente—. Es Gucci. Ruedo los ojos, después me acerco y le arranco la etiqueta de Old Navy de la espalda. —Te dejaste la etiqueta puesta. —Oh. —Evan frunce el ceño, luego la rasga a la mitad y la tira al suelo.


—Jesús —digo, recogiéndola—. Te gusta esta chica y ¿estás faltándole así al respeto a su propiedad? —Pongo la etiqueta en su mano de nuevo—. Tírala a la basura cuando estés dentro. Me mira espantado. —De ninguna manera. ¿Qué pasa si ella la ve? —¿Qué pasa si ella la ve aquí fuera? —Jace, no va a ver una simple etiqueta aquí fuera en el césped. Y si la ve, quizá pensará que voló de alguna casa colindante. —¿Alguna casa colindante? —Sacudo la cabeza—. ¿Por qué estás hablando así? —Estoy tratando de parecer más refinado. —Cuadra los hombros—. Creo que es importante cultivar un buen vocabulario. Todavía ni siquiera estamos dentro y esto ya se está convirtiendo en un desastre. —Mira —digo—. Le gustas a Whitney. De otra manera no te habría invitado esta noche. Ahora deberías ser tú mismo. Evan luce aterrorizado. —Nunca sería yo mismo —dice. —¿Por qué no? —Porque yo mismo no es exactamente simpático. —Eso no es verdad —digo, aunque en parte es cierto. Si fuera una chica, dudo que estuviese interesada en Evan. Aunque esos chicos de Jackass parecen conseguir muchas mujeres, así que quizá él llegue a algo. Además, ¿qué demonios sé yo? Hasta estas Navidades, cuando conocí a Peyton, me iba bastante bien con las chicas. Parecía que cada mes tenía a una nueva. (Estaba empezando a preocuparme un poco, honestamente, preguntándome si me estaba convirtiendo en un chico guarro.)


Y entonces conocí a Peyton en la fiesta de Navidad, y fue como si me hubieran golpeado desprevenido. De repente, no quería a otras chicas. No quería ni siquiera mirar a otra chica o hablar con otra chica, mucho menos liarme con una. Fue algo intenso. Y luego después que Peyton y yo nos dejamos de hablar, nunca me recuperé. Aún podía apreciar cuando una chica era atractiva, por supuesto. Pero ya no era lo mismo. —Mira —le digo ahora a Evan—. Deberías ser tú mismo. O de otra manera te verás atrapado interpretando un papel todo el tiempo que estés a su alrededor. Frunce el ceño, considerando lo que estoy diciendo. —¿Tú crees? —Absolutamente. —Estiro la mano y toco el timbre—. No cambies por ninguna chica. —¡Sí! —dice, asintiendo con la cabeza—. No voy a ir por ahí cambiando por ninguna chica. —Solo sé honesto y tú mismo. —Choco el puño estirado de Evan con el mío. —Ey —nos dice Whitney cuando abre la puerta—. Vamos, pasen, chicos. Kari está en la cocina encargando pizza. Evan extiende la mano hacia Whitney y ella lo mira, perpleja. —¿Puedes tirar esto? —desenreda los dedos para revelar la etiqueta rota de Old Navy—. Compré este suéter en Old Navy hoy, en un esfuerzo para impresionarte, y olvidé tirar la etiqueta —Um, claro —dice Whitney, cogiéndola. Ella me mira mientras paso a su lado para entrar a la casa. —No preguntes. —Sacudo la cabeza. Quizá decirle a Evan que fuera él mismo no fue el mejor consejo. Después de todo, fui yo mismo con Peyton, y mira adónde me condujo eso.


09 ~ Jace El Viaje Traducido por andreee104

Sábado, 26 de junio, 11:23 a.m. Siesta Key, Florida

—¿Este auto es siquiera seguro? —Peyton pregunta mientras salimos a la carretera. —Por supuesto que es seguro —le digo—. Soy muy bueno con el mantenimiento. —Eso es una mentira. Soy bueno manteniendo el interior de mi auto limpio solo en caso de que llegue a tener una chica aquí o algo, pero fuera de eso, soy bastante flojo. No soy el mejor con los cambios de aceite. Una vez escuché de un mecánico que no tienes que cambiar el aceite más de una vez cada ocho mil kilómetros, y que si lo haces, solo te están estafando. Me tomé en serio ese consejo. —De alguna manera lo dudo. —Ella examina el asiento trasero, buscando algo para hacérmelo notar, algún envoltorio de comida rápida o alguna lata vacía que esté fuera de lugar. Pero no hay nada. La única cosa ahí atrás es Héctor. Mi perro. Bueno, no exactamente mi perro. Unos días atrás, Evan se apareció en mi casa con Héctor, un mestizo de Golden retriever, y de algún modo me persuadió para dejar que el perro se quedara. Se suponía que Héctor era un regalo para Whitney, pero resultó que ella es alérgica. Así que ahora Evan está tratando de encontrarle un nuevo hogar, y ya que los padres de Evan son súper estrictos y no dejarían que el perro se quedara en su casa, quedé atrapado con él.


Y como no podía dejar a Héctor en casa mientras mi familia iba a la boda, él estuvo conmigo anoche en el hotel. Lo que significa que ahora él viene en este viaje por carretera. Peyton le rasca la barbilla a Héctor, y él le lame la mano. —Buen chico —dice, toda amabilidad—. Eres muy hermoso. Bufo. Me lanza una mirada asesina. —Solo un imbécil odia a un perro. —No lo odio —digo—. Solamente no entiendo por qué todo el mundo lo ama tanto. Sí, es lindo, pero las apariencias no lo son todo, ¿o sí? —No lo sé —dice, toda presumida—. Tú dime. Se inclina hacia adelante en su asiento y cierra los ojos antes de que se me ocurra una respuesta ingeniosa. Echo una mirada furtiva en su dirección. Dios, es hermosa. Sacudo la cabeza, disgustado conmigo mismo por tener estos pensamientos, y conduzco el auto por el camino del club de yates y hacia la salida. Cuando atravieso la salida al final del sinuoso camino, llevo el auto al camino principal y empiezo a avanzar hacia la autopista. —Um, ¿Hola? —le digo a Peyton. —¿Qué? —espeta, con los ojos aun cerrados. Ella se agacha y alcanza la palanca en el costado del asiento y lo empuja hacia atrás. Héctor se mueve hacia adelante y descansa su barbilla cerca de la cabeza de Peyton, y luego da un pequeño suspiro feliz. Genial. Ahora son dos contra uno. Imagínate. —¿Tienes indicaciones? —pregunto. —¿A dónde? —Um, ¿A Connecticut?


Sus ojos se abren de par en par. —No —dice, viéndose un poco en pánico—. No tengo indicaciones. —¿Entonces cómo se supone que lleguemos allá? Se muerde el labio, pensando en ello. —¿No podemos simplemente conducir al norte? —pregunta—. Connecticut está al norte. Tenemos que toparnos con él eventualmente. —Oh, sí, ese es un muy buen plan —digo—. Solo seguir conduciendo hacia el norte hasta que “nos topemos con él eventualmente.”—Sacudo la cabeza—. Para alguien tan preocupada por la seguridad de mi auto, no estás realmente muy preparada. —Lamento no tener indicaciones para llegar a mi casa en Connecticut —dice, hurgando en su bolso—. Pero creí que iría a Carolina del Norte. Y además, ¿no tienes un GPS? —No. —¿No? —¡No! ¿Por qué tendría un GPS? Hasta esta mañana, planeaba irme a mi casa después de almorzar, el cual es un viaje de quince minutos que conozco muy bien, no un viaje de quince horas que me llevará a Dios sabe dónde. —Veintisiete —dice. —¿Qué? —Viaje de veintisiete horas. —¿Son veintisiete horas hasta tu casa? Se encoge de hombros. —Creí que lo sabías. —¿Y cómo habría de…? —Me interrumpo. Nada bueno saldrá de que discutamos todo el tiempo. Además, es demasiado pronto en el viaje para que estemos peleando. ¿No deberían nuestras peleas estar reservadas para más tarde, cuando las cosas


hayan salido mal y estemos cansados e irritables?—. Mira, no importa —digo, sacudiendo la cabeza—. Tenemos que parar y comprar un GPS. —Espera —dice—. Creo que tengo uno en mi celular. —Tiene el teléfono fuera, y está mirando la pantalla—. ¿Qué demonios? —Frunce el ceño, luego lo apaga y prende de nuevo—. Mi teléfono no está funcionando. —¿Se te cayó o algo? —pregunto. Sacude la cabeza. —Bueno, espero que hayas respaldado todas tus fotos —digo—. No queremos que pierdas ninguna, ¿o sí? Pero no está escuchando. Solo está mirando su teléfono, con una mirada de comprensión en el rostro. —¿Qué? —pregunto—. ¿Qué es? ¿Qué ocurre? —Mi teléfono se desconectó —dice—. Está... no está roto, es solo que... —¿Qué, olvidaste pagar la cuenta o algo así? —Sí, o algo así. —Suspira, luego se masajea las sienes con las puntas de los dedos. Se ve tan pequeña sentada allí, que empiezo a sentirme un poco mal por ella. —Mira, no te preocupes por eso —digo—. Vamos a parar y conseguir un GPS. Y si necesitas usar mi teléfono para hacer llamadas, puedes hacerlo. No es gran cosa. Sacude la cabeza ligeramente, y tiene un aspecto distraído en los ojos, y temo que tal vez empiece a llorar otra vez. —Peyton —digo suavemente—. Está bien. Me haré cargo de todo. No te preocupes, ¿está bien? Y luego de un segundo, asiente.

• • •


Cuando nos detenemos en el estacionamiento de un Target como quince minutos después, Peyton parece haberse calmado un poco. Desliza sus lentes de sol sobre sus ojos y camina conmigo a través del estacionamiento hacia la tienda, aún sin decir nada. Toma un canasto cuando entramos. —¿Un canasto solo para un GPS? — pregunto. —Necesito unas cuantas cosas que olvidé —dice—. Um, champú, cosas así. — Aunque no lo dice de manera odiosa. —De acuerdo. —Tal vez quieras llevar algunas cosas, también —dice—. Ya sabes, solo en caso de que tengamos que pasar la noche en algún lado. El pensar en pasar la noche con ella hace que mi pulso se acelere. Solo nosotros dos. Solos en un cuarto de motel. Tal vez solo quede una habitación disponible, con una cama. Intentaré dormir en el suelo, por supuesto, pero luego a la mitad de la noche me incomodará mucho mi espalda y tendré que colarme a… —¡Ey! —una voz retumba enfrente de mí. Levanto la vista para encontrar a un tipo parado frente a nosotros. Por un segundo, no puedo reconocerlo, pero luego, cuando lo hago, mi corazón se hunde. B.J.—. ¡Peyton y Jace! ¡Es bueno verlos, niños locos! —Es bueno verte, también —dice Peyton. Lo cual realmente deseo que no hubiese hecho. B.J. tiene suelto un tornillo. Es el mejor amigo del novio de Courtney, Jordan, y definitivamente no está del todo bien. ¿Quién sabe qué tipo de fechorías tiene entre manos? Le doy una pequeña sonrisa, y luego tomo el brazo de Peyton y empiezo a intentar arrastrarla lejos de él.


—¡Soy B.J.! —dice B.J.—. ¡No actúes como si no recordaras, Jacey! No luego de lo que hablamos anoche. —Me dirige un guiño, y le pido a Dios que no diga en voz alta lo que hablamos anoche. No enfrente de Peyton—. Somos amigos. Al menos, creí que éramos amigos. —Abre la caja de Twinkies que está sosteniendo y saca uno, lo parte a la mitad, y lame algo de la crema. —Sí —digo—. Lo sé, lo recuerdo. Eso fue divertido, jajá. —Intento arrastrar a Peyton a su alrededor otra vez, pero él nos sigue. —¿Quieres Twinkie? —le ofrece a Peyton, probablemente porque sabe que no hay jodida manera de que yo lo acepte. Obviamente no conoce muy bien a Peyton, porque no hay jodida manera de que ella lo acepte, tampoco. Ella es demasiado cerrada. —Gracias —dice Peyton. Se acerca y toma la mitad de Twinkie y le da un mordisco—. Estoy famélica. B.J. asiente. —Yo también —dice—. ¿Sabes que está permitido comer comida de la tienda siempre que pagues por ella cuando pases por la caja? —No —digo—. No sabía eso. —Este tipo no es solo jodidamente molesto, además es algo repugnante. Tiene crema embarrada en los labios, que no es el mejor aspecto para nadie. —Yo sí —dice Peyton—. Cuando voy a la tienda con mi mamá siempre abro una bolsa de Oreos. B.J. asiente. —Muy lista —dice—. Es como siempre le digo a Jordan… —Sí, de acuerdo —digo—. Suena bien, pero tenemos un poco de prisa. —¿Por qué? —B.J. pregunta por hacer conversación. —Es más o menos algo clasificado —digo—. Lo siento. —Jace me está llevando a casa en Connecticut —reporta Peyton—. Mi transporte me falló totalmente.


—Eso apesta —dice B.J. Está buscando otro Twinkie dentro de la caja. Lo parte a la mitad y le entrega un pedazo a Peyton—. Oye, sabes que Jordan y Courtney condujeron desde Florida hasta Boston una vez, ¿cierto? Fue genial; terminaron volviendo a estar juntos en ese viaje. Bueno, no exactamente en el viaje, pero… —Bueno, eso definitivamente no nos va a pasar a nosotros —digo, interrumpiéndolo. Le doy una mirada, una mirada que dice, “vete y no te atrevas a sacar el tema de lo que hablamos anoche”. —Definitivamente no —coincide Peyton. —Pero anoche… —B.J. empieza, sonando confundido. —No —digo, dándole una mirada firme. Y de algún modo, milagrosamente, parece entender el mensaje. Asiente. —Sí —dice—. Supongo que eso tiene sentido. —Se gira hacia Peyton— . Eres tan genial, Peyton, y Jacey es un poco... —Se calla, tal vez porque se da cuenta de que estoy parado justo ahí. —¿No podemos solo conseguir el GPS y largarnos de aquí? —pregunto. —¿Para qué necesitan un GPS? —pregunta B.J., siguiéndonos. —Porque en realidad no conozco el camino a casa desde aquí —explica Peyton. Acelero el paso hasta que estoy unos pasos delante de ellos, escuchando cómo parlotean acerca de Jordan y Courtney y viajes de carretera y un montón de otras cosas sin sentido. Estoy a punto de perder la paciencia cuando B.J. dice: —Está bien, bueno, los veo luego, chicos. Tengo que ir a ver unos disfraces. —¿Disfraces? —pregunta Peyton. Asiente. —Síp. Vamos a tener una gran fiesta de disfraces en la playa esta noche. Al menos, estoy intentando que se convierta en una fiesta de disfraces. Adoro los disfraces. —Da otra mordida al Twinkie—. Es que son tan divertidos.


—De acuerdo, bueno, espero que la pases bien —digo—. Te veo luego. —O no. Peyton se despide de B.J., y luego él desaparece en los pasillos. —Ese tipo está loco —digo. —Me agrada —dice Peyton—. Es diferente. Suspiro. —Sí, si por diferente te refieres a totalmente loco. Rueda los ojos. —Supuse que dirías algo así. Ahora estamos en el pasillo de los electrónicos, y esos momentos de vulnerabilidad que tuvo en el auto, cuando se apoyó hacia atrás con los ojos cerrados, y luego otra vez cuando se alteró por su teléfono desconectado, se han ido. Ahora ha vuelto a actuar como si estuviera completamente en control, con un poquito de odiosidad puesta en generosa medida. —¿Qué se supone que significa eso? —pregunto, siguiéndola al mostrador de GPS. —Nada. —Se encoge de hombros—. Solo que no te gusta nada que no sea como lo demás. —Inspecciona el mostrador y luego sacude la cabeza—. ¿Por qué estas cosas son tan costosas? La sigo a la esquina del pasillo donde mira el resto de los equipos. —Me gustan las cosas que no son como el resto —digo, sonando a la defensiva. —¡Ja! —Se arrodilla y empieza a mirar los GPS en la vitrina de vidrio—. Nombra una banda que te guste que no toquen en la radio. —Guru Steve. —¿Guru Steve? —repite, inclinando la cabeza—. ¿No es esa... no es esa la banda de tu amigo? —Sí, ¿y qué?


—Oh, Dios mío. —Rueda los ojos—. No tienes remedio. —Solo porque no me gusta toda la loca música alternativa, ¿Ahora no tengo remedio? —Sí. —Se para ahora, mirando alrededor y suspira ruidosamente—. ¿Cómo es que nunca puedo encontrar un vendedor cuando necesito uno? Alguien tiene que abrir esta vitrina. —Tienes que saber —digo—, que estoy en un montón de cosas que no eran moda en un principio. Por ejemplo, fui el primero de mis amigos en tener una cuenta en Twitter. —Solo cuenta si tiene tu nombre. —¿Qué? —¿Fuiste capaz de conseguir el nombre de usuario Jace en Twitter? —Bueno, no —digo—, eso habría sido imposible. Y además, no querría ese nombre de todas formas. Demasiada presión. —¿Demasiada presión? —Sí, como que si no tuiteas cosas interesantes todo el tiempo, la gente pensará que no mereces el nombre y que deberías cedérselo a algún otro Jace más genial. —Lo que sea. —Sacude la cabeza. —¿Vas a conseguirme un vendedor o no? —Está bien. —Salgo dando pisotones, preguntándome si lo que dijo es realmente cierto. Pero de ninguna manera soy como el resto. Y el hecho de que haya dicho eso solo prueba que Peyton Miller no sabe nada. Exploro los pasillos, buscando un vendedor, pero por supuesto no hay ninguno. Suspiro. Peyton está en lo cierto acerca de una cosa: Nunca puedes encontrar un vendedor cuando lo necesitas.


El Viaje 10 ~ Peyton Traducido por Nena Rathbone

Sábado, 26 de junio, 12:07 p.m. Bradenton, Florida

No puedo creer que mi teléfono se hubiese desconectado. En realidad, eso es una mentira. Puedo creer que mi teléfono se hubiese desconectado y además sé exactamente porque se desconectó. Porque mi madre no pagó la cuenta. Y sé porque no la pagó. Debido a que no tiene dinero. Estoy tan frustrada que casi pateo una de las estanterías de la sección de electrónica. Lo cual sería un desastre porque definitivamente no tengo el dinero para pagar por ese tipo de daños. Así que en vez de eso, golpeo el aire tan fuerte como puedo. Solo con eso la rabia se va, y por un segundo siento que voy a llorar. Pero eso se va también, y ahora solo me siento muy deprimida. Abro mi bolso y reviso mi billetera. Tengo trescientos dólares. Me imagine que sería suficiente dinero para viajar y llevarme a Carolina del Norte, ya que en su mayoría todo estaba pagado. Brooklyn iba a utilizar la tarjeta de crédito de su madre para pagar el alquiler del auto, y se lo pagaría de vuelta cuando llegara a Carolina del Norte y encontrara un trabajo. Pero ahora que voy a tener que comprar un GPS, no estoy segura cuánto dinero me va a quedar. El GPS más barato aquí cuesta casi cien dólares y con el impuesto, eso va a dejarme apenas lo suficiente para mantenerme en Carolina del Norte hasta que pueda encontrar un trabajo. Por no decir que en algún momento voy a tener que


averiguar qué voy hacer con mi celular. Tengo que conseguir que vuelvan a conectarlo. ¿Pero quién sabe cuánto va a costar eso? ¿Y si Jace y yo necesitamos un hotel? Para el momento en que Jace vuelve con el vendedor, siento que voy a tener un ataque de nervios. —Finalmente encontré a alguien —dice Jace. “Alguien” es un hombre con granos en el rostro que parece estar cerca de los veintiún años, y que parece que el último lugar donde quiere pasar su mañana del sábado es aquí, vendiéndome un GPS. —¿Es el más barato que tiene? —Señalo uno de los GPS sin marcas, que parece que definitivamente va a descomponerse en dos semanas. ¿Pero a quien le importa? Si puede durar un par de días, estaré feliz. —No lo sé. —El chico se encoge de hombros. —Bueno, ¿Vendes mapas aquí? —Bueno, no sé cómo doblar un mapa, mucho menos leerlo, pero tiempos desesperados requieren medidas desesperadas. —Ey, no te preocupes por eso —me dice Jace—. Yo voy a pagar por el GPS. Niego con la cabeza, no soy de las que acepta caridad. Si hay una cosa que toda esta situación con mi madre me ha enseñado, es que tengo que mantenerme por mi misma. La cual es una de las razones por la que estoy huyendo. Bueno, eso y la cosa horrible que me hizo, la cosa horrible que nunca superaré, la cosa horrible sobre la que no voy a pensar en este momento y tal vez nunca, muchas gracias. —De ninguna manera —le digo—. No vas a comprarlo. —Relájate —dice Jace, poniendo los ojos en blanco, como si fuera estúpida por pensar que estaba tratando de hacer algo bueno por mí—. Necesito uno para mi auto, de todos modos, de esta forma puedo quedármelo después de que te deje. Voy a tener que ir a casa de alguna manera. —Oh. —En ese caso, supongo que está bien.


Doy un paso atrás mientras Jace mira a través de la vitrina, miro sus ojos moverse sobre cada uno de los GPS… observa mientras hace un montón de preguntas. Pienso en lo que ocurrió ayer en la noche en su habitación de hotel, y cierro los ojos por un momento, deseando estar allí, antes de que Brooklyn me rescatara, antes de que me enterara que Jace era un gran mentiroso, después de todo, antes de que estuviese lidiando con todo esto. Después de unos minutos, Jace paga el GPS que quiere y luego nos separamos. Lleno mi cesta de champú (genérico), acondicionador (genérico) y una botella de agua (genérica). Luego nos encontramos de nuevo en la caja registradora, donde pago por mis cosas y Jace paga por el GPS y algunos huesos para Héctor. Así que supongo que no es completamente despiadado. Mientras caminamos de vuelta al estacionamiento, mi estómago está hecho nudos. Sin embargo, el aire caliente de Florida está ayudando un poco y levanto la cara hacia el sol, deseando que la vitamina D ayude a mi estado de ánimo. Jace desbloquea el auto y me deslizo en el asiento del pasajero, e inmediatamente Héctor empieza a lamerme la cara, alegre de que estemos de vuelta, alegre de no haber sido abandonado en el auto. —Buen chico —le digo, rascando su barbilla y enterrando mi cara en su pelo suave. Tenemos un GPS, ahora solo tengo que averiguar cómo voy a conseguir que Jace me lleve a Carolina del Norte, mientras piensa que me está llevando a Connecticut.


Antes

11 ~ Peyton Traducido por andreee104

Sábado, 22 de mayo, 7:07 p.m. Greenwich, Connecticut

Estoy a punto de terminar mi helado de yogurt cuando mi teléfono suena. —Es mi mamá —le digo a Brooklyn—. Probablemente se pregunta dónde estoy. —Salí de casa sin decirle a mi mamá o a mi papá adónde iba, principalmente porque todavía estaban peleando por esos estúpidos vestidos cuando me fui, y no quería tener que lidiar con ello. Escaparme fue una buena decisión. Las hamburguesas que comimos estuvieron asombrosas, y el helado de yogurt que compramos para el postre es todavía mejor. —¿Hola? —digo, recolectando el resto de mi yogurt de mantequilla de maní con la última Oreo de mi tazón. —¡Peyton! —grita mi mamá—. ¿Dónde estás? —Comiendo helado de yogurt con Brooklyn —digo. —Bueno, tienes que venir a casa inmediatamente. —En el fondo, hay un crujido frenético. —¿Por qué? —pregunto con cautela. —¡Porque tenemos que devolver estos vestidos! ¡Y los zapatos! ¡Y el sombrero! Tu padre está actuando de manera ridícula al respecto, y ahora tengo que gastar mi noche del sábado de vuelta en el centro comercial, ¡devolviendo cosas!


En la última parte de la oración, su voz se alza, asumo que para que mi padre pueda oírla. No es como si eso fuera necesario. Estoy segura que ella ya le dijo todo esto mientras peleaban. —Mamá —digo—, te estás alterando por nada. Solo espera un poco hasta que esto se calme y estoy segura de que podrás conservar los vestidos. Ella debería saberlo. Es totalmente un patrón que tienen mis padres. Mi madre sale y gasta mucho dinero, mi padre se altera por eso, tienen una pelea, luego mi madre se altera aún más por eso y empieza a rabiar y despotricar acerca de cómo va a devolver todo a la tienda y si puedes creer que su marido le haya hecho esto y bla bla bla. Luego mi padre cede y sacude la cabeza y dice que por eso es que se están divorciando y luego va a su oficina y da un portazo y no vuelve a salir por horas. —No —dice mi madre—. Los vamos a devolver. Encuéntrame en el centro comercial en quince minutos. —La línea se corta. —¿Qué fue todo eso? —pregunta Brooklyn. Suspiro, luego como mi última cucharada llena de helado de yogurt. —Tengo que encontrarme con mi madre en el centro comercial —digo—. ¿Puedes llevarme? —Por supuesto. —Me mira por encima la mesa compasivamente. Brooklyn es la única a la que le he contado alguna vez sobre las peleas de mis padres por el dinero. Lo entiende súper bien, aunque la relación de sus padres es, como, todo lo normal que podría ser. Pero por alguna razón, aún no le cuento que mis padres se están divorciando. De hecho, no le he dicho a nadie. No sé por qué. Tal vez es porque realmente no creo que vaya a pasar, ya que mis padres nunca terminan nada. Por supuesto, puedo estar simplemente en negación. Empujo ese pensamiento fuera de mi mente, luego me paro y tiro mi tazón vacío de yogurt en el basurero, antes de seguir a Brooklyn al estacionamiento.


• • •

Para el momento en que llego al centro comercial, mi mamá es toda sonrisas otra vez. —¡Hola! —dice cuando me ve—. Lo resolví con tu padre, así que conservaremos los vestidos. Suspiro. —Entonces, mamá, ¿por qué me hiciste venir hasta aquí? Salí con Brooklyn, y estábamos… —Porque parte del trato era que devolvería el sombrero. —Miro hacia la registradora que está frente a ella y veo el sombrero ahí, tirado sin cuidado en el mostrador. Nicole se precipita hasta aquí. —¿Puedo ayudarles? —pregunta alegremente, pero su sonrisa se desvanece cuando nota que somos yo y mi madre, de vuelta a torturarla un poco más. —Sí —dice mi madre, arrugando la nariz—. Tenemos que devolver este horrible sombrero. —De acuerdo. —Nicole lo recoge y mira la etiqueta del precio. —¿Tiene el recibo? —Por supuesto que tengo el recibo, lo compré esta mañana. —Mi mamá lo desliza a través del mostrador hacia ella, y Nicole se pone a trabajar ingresando la información de la devolución en la caja registradora. —Lamento que tengas que devolver tu sombrero, mamá —digo. Agita su mano como si no fuera nada, aunque se estaba volviendo loca por eso en casa. —Está bien —dice. Y luego baja la voz. —Lo que sea que hagas, Peyton, asegúrate de no casarte por dinero. —Suspira y mira tristemente al sombrero—. Porque el dinero va y viene.


Resisto el impulso de rodar los ojos. Mi mamá no oculta el hecho de que se casó con mi papá por su dinero. Mi madre es adoptada, y creció en una casa en que no tenían muchas cosas materiales. No eran pobres, solo clase media. Vivían en una linda casa, pero ahorraban en todo para poder pagarla y para mandar a mi madre a una buena escuela. Mi mamá era amiga de todos los niños populares y ricos, y me confesó una vez que siempre sintió que tenía que estar a su altura. Y yo creo —y esta es mi idea, no algo que le oí decir a mi madre—, que en algún momento, mi madre de algún modo tomó el hecho de que era adoptada y lo extrapoló a la idea de que ella estaba destinada a ser rica. Casi como si creyera que su familia biológica tenía mucho dinero, y que ese era el tipo de persona que estaba determinada a ser. Da igual el que no sepa nada de su madre biológica, y nunca mostró ningún interés en encontrarla. (Probablemente porque temía descubrir que su familia no era tan adinerada, después de todo.) Como sea, cuando se graduó de la escuela, se propuso casarse con un nombre que tuviese dinero. Justo después de cumplir veintitrés, se casó con mi padre, quien tenía treinta en ese momento. Era un promotor de bienes raíces, y ganaba millones derribando propiedades e invirtiendo en edificios comerciales. Tuvieron a mi hermana mayor, Kira, un año después, y mi teoría es que mi madre no quería trabajar y que sería más fácil salirse con la suya si tenía un hijo. Cuando Kira tenía cinco y estaba lista para empezar el jardín de niños, mi mamá me tuvo a mí, y cuando yo estuve lista para ir a la escuela, mi mamá tenía treinta y tres y había estado fuera de la fuerza de trabajo durante diez años y era simplemente más fácil para ella quedarse en casa. En algún momento, creo que mi padre empezó a resentirla por eso. Y como el mercado de las bienes raíces empezó a empeorar progresivamente, y mi padre empezó a ganar menos y menos dinero, mi madre se negó a —¿o no pudo?— recortar sus gastos. Y su matrimonio empezó a caerse a pedazos.


Y es por eso que nunca, jamás, me permitiré entusiasmarme por algún sujeto por su dinero. Digo, esa es la última cosa por la que mi mamá tendría que preocuparse. De hecho, si hay algo que todo lo que pasó con Jace me enseñó, es que los chicos en general no deberían ser tu enfoque. Nunca. —Nunca —dice mi mamá, mientras Nicole le pasa el recibo que muestra que su tarjeta de crédito ha sido reembolsada por el monto del sombrero—. Vamos a cenar. —¿Crees que esa es una buena idea? —pregunto. No estoy segura de que realmente debiéramos gastar más dinero, pero no voy a decirle eso porque sé que eso no es lo que mi mamá quiere oí. —Por supuesto —dice, y rueda los ojos—. No somos pobres, Peyton. —Desde detrás de la caja registradora, veo una leve sonrisa formarse en los labios de Nicole, y sé que ella sabe que mi madre tuvo que devolver el sombrero porque no podía pagarlo. Y también sé que a Nicole le agrada eso. Sé que mi mamá fue una completa cretina con ella, y sé que Nicole tiene que lidiar con clientes horribles y demandantes todo el día, pero aun así. Me hace odiarla un poco. Lo que hace que me odie a mi misma un poco porque vamos… ¿quién odia a una vendedora? Y luego me siento mal por sentirme mal por ella, porque ¿no deberían mis lealtades estar siempre con mi madre? ¡Ahhh! Para cuando terminamos de cenar en el restaurante de sushi al otro lado de la calle (Apenas comí unas tres piezas porque estoy llena por mi hamburguesa y helado de yogurt) estoy exhausta por toda la agitación emocional, y tan pronto como llego a casa, decido tomar una siesta. Soy una gran fan de las siestas, especialmente las de muy tarde por la noche. No creo que realmente cuenten como tiempo de sueño, porque siempre terminas despertando y luego quedándote despierto hasta más tarde de lo que te habrías quedado si no hubieses tomado la siesta. Así que en realidad es más como sueño diferido. El auto de mi padre no estaba en la entrada cuando llegamos, lo que significa que probablemente estaba en algún lugar de trabajo o evaluando una propiedad. Lo raro de


mi papá y su trabajo es que aunque al parecer no está ganando mucho dinero, él nunca —al menos que yo sepa— ha considerado buscar otro tipo de trabajo. Solo sigue bombeando dinero al negocio, sacando distintos préstamos e hipotecas, haciendo casi imposible sacar ganancias a menos que consiga una venta inmediata. Parece una locura si me lo preguntas, pero por supuesto, nadie lo hace. Una vez que estoy en camiseta y mallas, me acurruco en mi cama con mi teléfono al lado. Paso mi dedo sobre el ícono de Internet, intentando evitar hacerlo. Pero ya sé que lo haré. Soy como una drogadicta. Inicio la página de Facebook de Jace. Casi nunca vengo aquí ahora. Lo hice mucho al principio, cuando recién dejamos de hablarnos. Pero me prometí a mi misma que pararía, era simplemente demasiado difícil ver sus fotos, leer sus actualizaciones de estado, saber qué pasaba en su vida. Pero es como una droga, y hoy, no puedo evitarlo. Paso a través de sus fotos. Las que conozco casi de memoria. Jace con su amigo Evan en un juego de los Rays. Jace con su papá de vacaciones en Daytona Beach. Jace con su equipo de baloncesto luego de un juego. Me detengo en cada foto por unos minutos, pasando los ojos por su cara, su ropa, sus manos, buscando cualquier nuevo detalle que pudiera encontrar. Aguanto la respiración cuando llego a las últimas fotos, preguntándome si va a haber nuevas fotos, cualquier imagen nueva que me dé detalles acerca de lo que Jace ha estado haciendo. Pero no hay. Pongo mi teléfono en la almohada y miro hacia el techo, preguntándome qué estará haciendo justo ahora. ¿Está con otra chica? ¿Está haciendo tarea? ¿Está cenando, saliendo con amigos, alistándose para una siesta como yo? Podrías enviarle un mensaje, pienso. La idea manda un delicioso y peligroso pequeño escalofrío por mi columna.


Salgo de puntillas de la cama, sintiéndome como un ladrón en la noche, y abro el cajón superior de mi escritorio. Dentro, hay un pedazo de papel con el número de teléfono de Jace garabateado encima. Lo escribí luego de borrar su número de mi teléfono, solo en caso de que lo necesitara otra vez. El papel está doblado en un pequeño cuadrado y envuelto en cinta bifaz, y en el frente, escribí «NO ABRIR BAJO PENA DE MUERTE.» Lo cual era una cosa estúpida de escribir, porque desde luego no iba a morir si lo abría. Nadie sabía que existía, excepto yo. Paso el dedo sobre las palabras del frente. Un trozo de un lado de la cinta está levantado, de una casi rendición de hace un mes o algo así. Por supuesto, pienso mientras vuelvo a poner el cuadrado doblado en mi escritorio, el papel es inútil. Me sé de memoria el número de Jace. Me arrastro de vuelta a la cama y digito el número en mi teléfono, mirando los números en la pantalla. Luego escribo:

Ey—voy a ir a la boda del padre de Courtney, espero que esté bien. No, suena muy penoso, como si le estuviera pidiendo permiso. Lo borro inmediatamente, luego pruebo algo más.

Hola… sé que no hemos hablado en un tiempo, pero no quiero que sea raro cuando nos veamos en la boda, así que pensé en decir hola☺ Mmm. Lo leo otra vez, luego borro la carita feliz. Lo que realmente necesito hacer es llamar a Brooklyn y pedirle su consejo. Ella escribe los mejores mensajes y correos. Es como su talento secreto. Pero no hay manera de que haga eso, porque ella me dirá que no le envíe ningún mensaje. Y ahora que he tomado la decisión de hacerlo, no hay vuelta atrás.


Borro la parte de mí diciendo hola. Porque suena muy falso y además como si solo estuviera buscando una excusa para hablar con él. Lo que por supuesto estoy haciendo, pero igual. Por supuesto que no quiero que él lo sepa. Decido que estoy pensando demasiado sobre esto, y antes de que pueda detenerme, borro todo el mensaje y luego rápidamente escribo algo más. Aprieto enviar antes de que pueda obsesionarme con cómo suena, y luego deslizo mi teléfono bajo mi almohada. No voy a ver si respondió hasta que despierte.


12 ~ Jace Antes Traducido por Barbara Paulina

Sábado, 22 de mayo, 8:35 p.m. Sarasota, Florida

—¿Ves? —grita Evan, parándose y apuntando hacia la televisión—. ¿Ves lo asombroso que fue? ¿Lo genial que se vio cuando salté a la piscina? Estamos en la casa de Whitney, y en vez de ver una película de terror, de alguna manera, hemos terminado viendo el video de Evan saltando a su piscina. Él ya lo ha subido a YouTube, creo que esta tarde, a pesar de su apretada agenda. Y cuando descubrió que Whitney tenía Apple TV, insistió que lo viéramos. YouTube no debería permitirte publicar videos tan rápido, pienso, al ver cómo Evan sonríe deslumbrantemente ante su propia locura. —¿Luce genial, no es cierto, Jace? —pregunta él. —Sí, es cierto. —No estoy mintiendo. Luce genial, si puedes ver más allá de la locura del hecho. Cuando Evan saltó desde el techo, movió las piernas como tijeras. No creo que lo haya hecho a propósito, creo que solo estaba asustado y con un poco de pánico. Pero aun así lucía rudo. —No puedo creer que hayas hecho eso —dice Whitney, sacudiendo la cabeza― . ¿Digo, no estabas asustado de golpearte la cabeza y morir? —La valentía —dice Evan, y toma un trozo de pizza—, es hacer cosas que no quieres hacer cuando estás asustado. La valentía no se trata de no estar asustado; se trata de enfrentar tus miedos y hacerlo de todos modos.


Me resisto a la tentación de rodar los ojos, me levanto y me dirijo a la cocina por otra gaseosa. Mientras estoy ahí, mi celular vibra y bajo la vista. Un mensaje. De alguien que no está en mis contactos. Desde un código de área 680.

Oye Jace, es Peyton. Courtney me dijo que irás a la boda, así que yo solo quise contactarte en caso de que sea incómodo. Parpadeo, no muy seguro de estar viendo lo que veo. ¿Peyton me está mensajeando? ¿Peyton tiene el descaro de mensajearme? ¿Está loca? Solo quise contactarte en caso de que sea incómodo. ¡Ja! Claro que las cosas van a ser incómodas. ¿Por qué ella va a la estúpida boda, de todos modos? Ella vive en Connecticut, por el amor de Dios. Solo a uno de nosotros se le debería permitir ir a la boda, y ese debería ser yo, por conveniencia geográfica. ¿A quién le importa si ella es de la familia y yo soy solo el hijo de los amigos de la pareja? —¿Quién te envió mensaje? —pregunta Evan, entrando a la cocina detrás de mí. —Nadie —digo, empujando mi teléfono de vuelta a mi bolsillo. No voy a responderle. Si Peyton cree que sencillamente puede mensajearme de la nada, y fingir como si todo estuviera bien entre nosotros, entonces se va a llevar una sorpresa. Evan me dirige una mirada. —¿Qué? —le pregunto. Abro el refrigerador y tomo otra gaseosa. Aunque ahora que Peyton me envió un mensaje, siento como si quisiera algo más fuerte. Una cerveza, un tequila, lo que sea. Escaneo los estantes del refrigerador, pero no hay nada. O los padres de Whitney no beben, o saben lo suficiente para mantener sus bebidas alcohólicas fuera del alcance de su hija adolescente cuando ellos no están en casa. —Anda, Jace —dice Evan—. ¿Quién te mensajeó?


Pienso en mentir, pero hacerlo le daría más poder a Peyton. Así que meto la mano al refrigerador y extraigo una gaseosa y la destapo. —Peyton. —¿Peyton? —exclama Evan—. ¿Qué rayos? Le dirijo una mirada desagradable. —Que se joda —dice él. Yo no digo nada. —¿Cierto, Jace? —pregunta él, no sonando muy seguro. —Cierto. —¿Quieres hablar de ello? —No. —De acuerdo. —Se iza sobre el mostrador y me mira—. ¿Pero tal vez en algún momento, cierto? ¿Tal vez, en algún momento, me dirás que pasó entre ustedes? —Probablemente no. —¿Por qué no? —Porque nada pasó —digo, empezando a ponerme realmente molesto. Empiezo a abrir gabinetes en la cocina de Whitney, buscando algo que pueda comer o beber para distraerme. —Um, no creo que debieras estar haciendo eso —dice Evan—. No es tu casa; no deberías revisar los gabinetes así. —Oh, ¿ahora eres la policía de la moral? —digo malhumorado. —No tienes que alucinar, compañero. —Mira, lo siento —digo. Cierro el armario y me paso los dedos a través del cabello—. Sencillamente no quería recibir ese mensaje, ¿sabes? ¿Por qué coño me


mensajeó? Había dejado de pensar en ella, y ahora, en un solo día, he tenido dos recordatorios de ella. Primero Courtney, y ahora la misma Peyton. Tal vez no debería ir a la boda. Estoy, obviamente, emocionalmente frágil. —¿Estás seguro de que no quieres decirme qué pasó? —pregunta Evan—. Podría ayudarte hablar acerca de eso. Suspiro. Tal vez debería contarle. Podría ser bueno para sacarlo de mi pecho. — Bueno —digo—. Nosotros… —¡Ey! —dice Whitney, apareciendo en la cocina—. ¿Qué están haciendo aquí, chicos? Porque si están buscando alcohol, lo tengo en mi habitación. —Sonríe. —Sólo estábamos hablando —dice Evan—. Si nos pudieras dar… —Ya estábamos terminando —interrumpo—. Y me gustaría una cerveza, si tienes una. —Suena bien. —Sonríe—. Subamos a mi habitación.

•••

Treinta minutos después, estamos en la habitación de Whitney, y siento un agradable zumbido. Hay una película en la gran pantalla plana que tiene, pero realmente no estoy viéndola. Ninguno de nosotros está viéndola realmente. Solamente estamos pasando el rato, y hablando. —Hay que decir secretos —dice Kari. Estira la mano y toma otra de las bebidas que se encuentran en la mesita de noche de Whitney. No tenía idea de que fuera una ebria. No es que esté juzgando, pero ya ha tomado dos cervezas en una hora y media, y parece que va por la tercera. Lo extraño es que no parece afectarla. Tal vez porque es de


Nueva York. En las películas, los niños en Nueva York siempre entran a bares, sin identificación. —De ninguna manera —dice Whitney—. Yo ya conozco todos tus secretos. — Está sentada en un puff que tiene en la esquina de su habitación, y Evan tiene la cabeza sobre su regazo. Hace unos minutos, ella le empezó a acariciar el cabello, lo que parecía algo incorrecto. No que esté acariciando su cabello, sino que lo esté haciendo enfrente de nosotros. Es como… No lo sé, extrañamente íntimo. Saco mi teléfono de mi bolsillo, y leo el mensaje de Peyton por millonésima vez. Tal vez debería responderle. Tal vez debería decirle que no será incómodo, tal vez debería decirle que tengo ganas de verla, o por lo menos, preguntarle lo que ha estado haciendo. Pero luego pienso en lo que pasó, y me lleno de ira. Olvídalo, me digo a mí mismo. Y esta vez, elimino el mensaje. Tan pronto como el mensaje desaparece de la pantalla, me lleno de remordimiento. No debería haber hecho eso. Ahora, ¿cómo voy a leerlo una y otra vez? Dios, de verdad no debería haber empezado a beber. Yo no tomo muy a menudo, y cuando lo hago, comienzo a ponerme todo emo y eso. —Yo primero —dice Kari. Sonríe—. Cuando tenía trece, robé un lápiz labial de Duane Reade, y me atraparon y la policía llegó. Whitney rueda los ojos. —Patético. —¡Eso no es patético! —Kari toma una almohada de la cama de Whitney y se la lanza juguetona. —Sí, lo es. —Bien, entonces tú dinos uno. —Lo haré —dice Whitney. Se aclara la garganta como si se estuviera preparando para hacer una gran revelación—. ¿Saben que los exámenes finales se acercan?


Todos asentimos. ¿Cómo podríamos olvidarlo? Es de lo único que se habla, a pesar de que no importa. De hecho, podría técnicamente reprobar todos mis exámenes y seguiría siendo el que dará el discurso de graduación. Ya se ha decidido. Whitney mira hacia el escritorio, con una sonrisa traviesa en los labios. —Bueno, yo tengo una copia del examen de matemáticas en mi cajón superior. —No es cierto —dice Kari. Toma otra cerveza. —Sí, es cierto. —Whitney asiente—. Hannah Hewitt me dio una copia. Evan se sienta y la mira seriamente. —¿Cuánto quieres por él? —De ninguna manera. —Whitney sacude la cabeza, sus rizos rubios cortos se balancean de arriba abajo—. No lo vendo. —¿Estás loca? —dice Evan—. ¡Tienes que vender esa mierda. ¡Te volverás rica! —Ya puedo verlo haciendo matemáticas en su cabeza; cuánto podría costar cada copia del examen por la cantidad de gente que realmente lo compraría. —No lo voy a vender —dice Whitney—. No quiero que toneladas de personas lo usen. Lo necesito. No voy muy bien en matemáticas. Evan luce decepcionado. —Pero puedes verlo si quieres —dice ella—. Está en el cajón superior. —¿Puedo hacer una copia del examen? —No. —Ella sacude la cabeza—. Tienes que venir aquí si lo quieres usar. —Se lame los labios y sonríe. Kari y yo nos miramos el uno al otro, elevando nuestras cejas, y puedo decir que ambos estamos pensando lo mismo: Whitney y Evan se van a liar. —Ok —dice Evan en acuerdo. Se levanta y va hacia el escritorio—. ¿Dónde está? —pregunta.


—En el cajón superior. —Ella observa como él lo abre y empieza a hurgar dentro—. Está todo doblado. Él saca un papel. —¿Es éste? —Síp. Vemos como él despliega una imagen de David Beckham, sin camisa y con una especie de ropa interior blanca toda ajustada. Evan lo mira, perplejo. Whitney colapsa sobre el puff con un ataque de risitas. Kari rueda los ojos. —Eso fue muy estúpido —dice—. Todo el tiempo supe que estabas mintiendo. —¡No lo sabías! —Totalmente —dice Kari—. Tu promedio en matemáticas es de ochenta y ocho. —¿Y? —dice Whitney—. Sabes que yo quiero un 10. Kari rueda los ojos otra vez. —Ridículo. —Como sea, Kari, —dice Whitney, todavía riéndose—. ¿Por qué no nos cuentas un verdadero secreto si piensas que los secretos falsos son tan tontos? —Lo hice. —Kari se apoya contra la cama de Whitney—. Les conté sobre la vez que robé algo de Duane Reade. —Eso fue patético. Esta conversación es patética, si me preguntas. Estoy de mal humor por todo esto de Peyton. Y la cerveza que bebí definitivamente no me está ayudando. —No fue patético —dice Kari. Dios. Espero que estas dos no vayan a empezar a pelear o algo. Lo último que necesito es drama de chicas. No puedo resistir drama de chicas. Es tan innecesario. Es por eso que no voy a mensajearle a Peyton. Ella, obviamente, solo está tratando de hacer un drama. ¡Bien! No voy a ser cómplice de eso.


Yo no hago drama. Y si piensa que me va a atraer a eso, bueno, entonces se va a llevar otra sorpresa. —Fue patético —dice Whitney. —Por lo menos fue real —le dispara Kari en respuesta. —¿Y qué? ¿Robar algo cuando tenías trece? ¿A quién le importa? —Mira a la derecha, hacia Kari, con una sonrisa jugando en sus labios—. ¿Por qué no intentas decirnos un verdadero secreto? ¿Uno que en realidad signifique algo? —No tengo ningún verdadero secreto. —Pero Kari se está enderezando, dándole a Whitney una mirada asesina, lo que me hace pensar que tiene un verdadero secreto. Un secreto que no quiere contar. —¿Por qué no le cuentas a Jace tu secreto? —Ríe Whitney. —Cállate, Whitney —dice Kari. —¿Qué secreto? —pregunta Evan—. Qué, ¿quieres follártelo o algo? Se ríe, pero Kari se ruboriza. —Oh, mierda —dice Whitney. Pero se puede decir que le agrada. —Como sea —dice Kari—. ¿Y qué? Tuve un flechazo con Jace por, como, una semana cuando me mudé aquí. Gran cosa. —Me mira—. Lo superé en, como, un día. —¿Cómo es que nunca dijiste nada? —le pregunto, devanándome los sesos en busca de pistas que delataran que le gustaba. Pero no se me ocurre ninguna. —Lo hice —responde—. ¿Recuerdas? Te envié esa… Se calla ante el sonido de una puerta abriéndose y cerrándose abajo, que hace eco en la casa. —¿Whitney? —llama una voz de hombre. —¡Mierda! —dice Whitney, abre mucho los ojos y su piel se torna pálida—. Es mi papá.


—¡Pensé que no llegaría a casa hasta tarde! —Kari empieza a juntar todos los envases de cerveza y a meterlos en el armario. —No se supone que estuviera —dice Whitney. —¿Va a enloquecer? —pregunta Evan—. Porque si llama a mi mamá, nunca voy a ser capaz de… —¡Sí, sí va a enloquecer! —dice Whitney—. No se supone que invite personas a beber en mi habitación, mucho menos chicos. —¿Whitney? —llama su papá, el sonido de sus pisadas suben las escaleras—. ¿Estás en casa? —Jesús —susurra Evan. —¡Rápido! —dice Whitney—. Todos escóndanse. Evan corre bajo la cama, y Kari toma mi mano y me jala dentro del armario. Cierra la puerta detrás de nosotros justo cuando el papá de Whitney abre la puerta de la habitación. —Ah —dice él—, ahí estás. Te estaba llamando. El armario es un poco estrecho, pero tengo miedo de moverme, porque no quiero hacer ruido. A mis padres probablemente no les interesaría si se enteraran de que estaba aquí, pero no quiero meter a Evan en problemas si se puede evitar. La última vez que algo remotamente parecido a esto pasó, lo castigaron por dos meses, y fue horrible, se deprimió. Él es como un cachorro, necesita socializar. —Lo siento —dice Whitney—. Debo haberme quedado dormida. —¿Con las luces encendidas? —pregunta su papá. —Sí, yo solo… Me dormí estudiando para mi final de matemáticas.


Kari empieza a reír, y yo me pongo el dedo en los labios, señalándole que permanezca callada. Ella entierra su cabeza en mi hombro para amortiguar la risa, y antes de darme cuenta, yo también intento no reír. Nos controlamos un par de segundo después, y cuando lo hacemos, se aleja y me mira. Y después, antes de que sepa qué está pasando, me besa.


El Viaje 13 ~ Peyton Traducido por Barbara Paulina

Sábado, 26 de junio, 12:34 p.m. Bradenton, Florida

—Entonces yo voy a estar a cargo del GPS —digo, sacándolo de la caja y conectándolo al encendedor de cigarrillos. Espero poder echarle una buena mirada al mapa antes de que Jace se dé cuenta de lo que estoy haciendo. Si no, no tengo ni idea de cómo diablos seré capaz de conseguir que Jace me lleve a Carolina del Norte. Carolina del Norte es un estado grande. Necesito que me deje en Raleigh, y si me deja en, como, Wilmington o algo así, no será bueno. En realidad, no sé si Wilmington se encuentra cerca de Raleigh. Ni siquiera un poco. Por eso tengo que mirar el mapa. ¿Por qué no intenté planear estas cosas antes de partir? Debería al menos tener un poco de conocimiento básico de la geografía si estoy pensando en trasladar mi vida a un nuevo estado. Quiero decir, es tan irresponsable. —Está bien —dice Jace. Toco la pantalla del GPS, acepto el acuerdo que dice básicamente que si estrellamos el coche y morimos porque estamos mirando el GPS, entonces es culpa nuestra. Luego me pide la dirección adónde vamos. ¿Qué voy a hacer, qué voy a hacer…? Y luego tengo una idea brillante. —Creo que probablemente deberíamos quedarnos en Carolina del Norte a pasar la noche —le digo—, ese será un buen lugar para parar, ¿no crees?


—Supongo. —Se encoge de hombros. —Bien. —Marco la calle principal de Raleigh. Ahora estaremos en el centro de la ciudad, y ¿qué tan difícil realmente puede ser llegar desde allí a Creve Coeur? Incluso si tengo que tomar un taxi, no será tan malo. ¡Las cosas están mejorando! Deslizo el GPS en el soporte y lo fijo al parabrisas, a continuación, llego hasta el asiento de atrás y rebusco en el bolso hasta que encuentro mi manta rosa. Empujo mi asiento hacia atrás y me acurruco bajo la manta, preparándome para dormir. Héctor asume su posición normal, con la cabeza sobre el asiento junto a la mía. ¡Que agradable! —¿Qué estás haciendo? —pregunta Jace. —Tomar una siesta. —¿Tomar una siesta? No-no, de ninguna manera. —Sacude la cabeza. —¿Por qué no? —Porque se supone que debemos compartir la conducción. No voy a sentarme aquí y conducir todo el tiempo mientras que tú consigues un viaje gratis. Tengo ganas de decirle que no hay forma de que este sea un viaje gratis, que definitivamente voy a pagar por este viaje, si no es con dinero, entonces con mi orgullo. Pero no digo eso. En cambio solo digo: —Por supuesto que voy a compartir la conducción contigo. No soy una gorrona. —Bien —dice. —Pero tú haces el primer par de horas. Mientras yo tomo una siesta. —¿Por qué necesitas una siesta? —pregunta—. Acabas de despertar, no hace tanto tiempo. —Es mediodía. —¿Y?


—Y el almuerzo fue a las nueve. —¿Y? —¡Y! Algunas personas se despiertan temprano antes de ese tipo de cosas. Ya sabes, para ducharse, prepararse, ¡ese tipo de cosas! Jace es una de esas personas afortunadas que se ve increíble, incluso si no se ha duchado, afeitado, lo que sea. Yo solía pensar que era muy sexi… que pudiera salir de la cama y todavía lucir perfecto. Pero ahora solo lo encuentro molesto. —Lo que sea. —Jace niega con la cabeza, y me inclino hacia atrás y cierro los ojos. Enciende la radio y empieza a recorrer las estaciones. —¿Puedes bajarle a eso? —le pido. —No. —Sacude la cabeza y mira fijamente a través del parabrisas—. Quien conduce tiene el derecho de estar a cargo de la música. —Bien. —Gruño, no voy a discutir con él. Voy a torturarlo con Taylor Swift más tarde. Jace odia a Taylor Swift, lo que no tiene sentido. ¿Cómo se puede odiar a Taylor Swift? Ella es tan inocente y linda. Por no hablar de talentosa. Todo el mundo la quiere. Mira la manera en que América se alió totalmente a su alrededor esa vez que Kanye West fue malo con ella. Jace piensa que Taylor Swift es demasiado modesta, que todo es una gran actuación. Por ejemplo, cómo cada vez que gana un premio actúa toda sorprendida. —Bienvenido al programa de la doctora Laura —suena a través de los altavoces, y Jace suelta—: ¡Oh, perfecto, me encanta este programa! —¿La doctora Laura? —me quejo—. Por favor, por favor no nos hagas escuchar eso. —¿Por qué no? Ella da buenos consejos. —Claro —digo—, si crees que todas las mujeres deben quedarse en casa con sus hijos y que no se debe tener relaciones sexuales antes del matrimonio.


—Yo no he dicho que estoy de acuerdo con ella en todo, pero da buenos consejos. Ataja las estupideces de la gente. Resoplo. —¿Qué fue eso? —¿Qué fue qué? —Resoplaste. —No, no lo hice. —Sí lo hiciste. —Jace —digo, suspirando—. Yo no resoplo. —Lo que sea. —Lo que sea —digo—. ¿Podemos no hablar? En pocos minutos, voy a estar dormida, y luego en un par de horas, podemos hacer una parada para ir al baño y luego cambiamos de lugar. ¿De acuerdo? —Bien. Pero no duermo. No importa lo que intente, no puedo. Me quedo acostada con los ojos cerrados, fingiendo estar dormida. Y odio decirlo, pero Jace tiene algo de razón, la doctora Laura aconseja bien. Como cuando le dice a la mujer cuya hija atestiguó cómo otra chica era víctima de acoso que su hija es tan culpable como los bravucones. Y cuando le dice a un hombre que debe dejar de mantener a su padre moroso, que no tiene un trabajo y se ha casado cuatro veces. O cuando le dice a una madre que está bien no dejar que su hijo pase tiempo con su primo, porque el primo es un terror y lo estampó contra un estante de libros y empezó a sangrar por todas partes.


Y entonces, justo después de que lee un anuncio de algún tipo de negocio en casa que suena como que es definitivamente una estafa, ella toma otra llamada. —Sarah, bienvenida al programa —dice la doctora Laura. —Hola, doctora Laura, gracias por atender mi llamada —dice Sarah. Suena nerviosa, como un montón de gente cuando llaman a la doctora Laura, probablemente porque saben que están a punto de ser oídos—. Mi pregunta es acerca de mi novio. Mm, vive en Colorado, y yo vivo en Washington. Y yo me pregunto ¿En qué momento se vuelve ridículo el que permanezcamos juntos? —¿Qué edad tienes y cuántos años tiene él? —pregunta la doctora Laura. —Los dos estamos en la universidad. Yo soy estudiante de segundo año y él de primero. —Bien —dice la doctora Laura—. En mi opinión, son demasiado jóvenes para estar en una relación seria. Pero si tomas la decisión de hacerlo, debes darte el tiempo para conocer realmente a la persona, y no hay manera de que puedas hacerlo cuando él casi nunca está contigo. —Okay —dice Sarah. Pero no parece muy convencida. Y entonces ella hace algo que me hace gemir, dice—: Pero nos vemos por lo menos una vez al mes. —Sí, pero una vez al mes ¿permite realmente llegar a conocer a una persona? — pregunta la doctora Laura, firme ahora. —Pero hablamos por teléfono todos los días, algunas veces durante horas. Me retuerzo en mi asiento, con ganas de gritarle a la radio y decirle a Sarah que deje de contradecir a la doctora Laura. A la doctora Laura no le gusta eso, y ahora Sarah va a conseguir el sermón completo. —Bien, señorita, si deseas pasar tus días de universidad encerrada en tu dormitorio con un celular, hablando con un sujeto con el que muy probablemente no vas a terminar casándote, entonces es tu elección.


—Pero no he conocido a ningún chico en la universidad que esté cerca de ser tan bueno como Brant. Jace ríe a carcajadas. —¡Brant! —dice—. Qué nombre más estúpido. Ella debe dejar a ese perdedor. —Claro que dirías eso —digo entre dientes, antes de que recuerde que se supone que debo estar dormida. —¿Qué? —Me mira. —Nada. —No, ¿qué dijiste? —Nada —le digo—. Solo que claro que pensarías que era una estupidez tener una relación a larga distancia. Quiero decir, ¿no es eso lo que decidiste? Veo moverse su manzana de Adán al tragar. Sacude la cabeza y frunce el ceño. —Eso no es lo que dije. Nunca quise… —Para —digo, dándome cuenta de mi error. Ni siquiera debería haber dicho eso. Lo último que quiero es entrar en alguna gran explicación de nuestra relación, donde Jace intenta decirme por qué terminó las cosas, y cómo no tiene nada que ver conmigo y bla bla bla—. No quiero hablar de eso. —Peyton… —No quiero hablar de eso. —Sí —dice él—. Debí imaginarlo. —¿Qué? —Que no quieres hablar de eso —dice—. Tú nunca quieres hablar de nada.


—¡Ja! —Empujo suavemente a Héctor de vuelta al asiento trasero, y luego me estiro y tiro de la palanca en mi asiento para que se enderece—. ¡Qué estupidez! Hablo de cualquier cosa, en cualquier momento y en cualquier lugar. —¿Ah, sí? —me desafía—. ¿Entonces por qué estás huyendo? —Eso —le digo—, no es asunto tuyo. Él asiente con satisfacción. —Eso es lo que pensé. Me estiro y tiro de la palanca del asiento de nuevo. —¿Sabes qué? —digo—. No me hables. —Entonces me enderezo y empujo el botón de la radio para apagarla—. Y ya no quiero escuchar eso. Me está dando dolor de cabeza. Vuelvo a recostarme, esperando a que diga mi nombre, que me diga que lo siente, que trate de hablar conmigo otra vez. Pero no dice nada. Ni siquiera enciende la radio de nuevo. Él sólo sigue conduciendo.

•••

Un par de horas más tarde, mi vejiga se acerca peligrosamente a rebosar, por lo que soy yo quien está obligada a romper el silencio. Finjo que apenas estoy despertando, que no he estado acostada allí todo el tiempo, tratando de conciliar el sueño. Cometí un gran error cuando apagué la radio, porque después no tuve nada para distraerme. —¿Quieres parar pronto? —le pregunto, estirándome, como si hubiera estado durmiendo y no solo aplicándole la ley del hielo. —Bien —dice Jace—. Hay un Bojangles a unos pocos kilómetros. —Suena bien —le digo con indiferencia, a pesar de que estoy a punto de explotar. Jace sale de la autopista en la salida siguiente, y conduce unos angustiosamente lentos dos kilómetros a Bojangles. Cuando se detiene en el estacionamiento, me apuro a salir del coche y entro al restaurante, con la esperanza de que él no note que es porque


realmente tengo que ir al baño, y en cambio crea que es porque estoy harta de él y no puedo esperar a alejarme de su presencia. Cuando salgo del baño, Jace está de pie en la fila, y me pongo detrás de él, revisando el menú, en busca de los productos más baratos. —¿Has comido en Bojangles antes? —me pregunta. —No. —Niego con la cabeza—. No los tenemos en Connecticut. Él asiente. —Es bueno. Como KFC, solo que mejor. Pero cuando nos detengamos hoy en Carolina del Norte podemos ir a la tienda y abastecernos, para no tener que seguir comiendo comida rápida. —Suena bien —digo, tratando de no darle pistas sobre el hecho de que definitivamente no vamos a necesitar mucha comida esta noche, ya que lo voy a botar tan pronto lleguemos a Carolina del Norte. La fila avanza unos centímetros. —Queremos dos números dos —dice Jace—. Queso chédar en ambos, uno con un Sprite, uno con una Coca-Cola light. —Se vuelve hacia mí—. ¿Eso está bien? Asiento, y luego rebusco dinero en mi bolsa. La comida suena bien, y mi corazón hace un pequeño baile sobre el hecho de que él recuerde que me gusta la Coca-Cola Light, pero desearía que hubiera comprado algo un poco más barato. Pensé que el sur se suponía que era más barato que el noreste. ¿No han oído hablar alguna vez del menú de un dólar?¿Alimentos grasosos, obstruye arterias, por un dólar? Pero cuando el cajero suma todo, Jace entrega su tarjeta de débito sin siquiera preguntarme. —Yo pago —dice—. No te preocupes por eso, tú puedes pagar más tarde. Pienso en protestar, pero tengo miedo de que si lo hago, él me tomará la palabra. Y tengo que ahorrar mi dinero. Así que en su lugar, acabo por decir: —Gracias. —Y regreso mi dinero a la bolsa. Con suerte, cuando me toque devolverle el favor, será en un lugar un poco más barato.


Llevamos la comida a una mesa en la esquina. —Está bueno, ¿verdad? —pregunta Jace. Abre una pequeña taza de salsa de tomate, y la coloca sobre la mesa entre nosotros para que podamos compartir. —Está bueno —digo sumergiendo una fritura en el kétchup. Él la alcanza al mismo tiempo, y nuestras manos se rozan—. Lo siento —digo, nerviosa. Se empieza a sentir un poco de calor aquí. —Sabía que te gustaría —dice. —¿Cómo? —Porque a todo el mundo le gusta. —Oh. —Sigo comiendo, sin saber qué decir. Después de unos minutos, deja su emparedado sobre la mesa y me mira por encima de la mesa. —Así que, en serio, ¿vas a decirme por qué estabas huyendo? Suspiro. —No. Así que deja de preguntármelo. Y ya no voy a huir, así que puedes dejar de ser tan dramático al respecto. —Cruzo los dedos debajo de la mesa, esperando que crea mi mentira. —Eres tú la que estaba haciendo todo el drama allá en tu habitación de hotel. —Sólo para borrarte la expresión zalamera de la cara. Abre su boca, como si fuera a protestar del hecho que es zalamero, pero luego cambia de opinión. —Bien —dice. Doy un bocado a mi emparedado de pollo, aunque de repente no tengo hambre. Estoy pensando en mi mamá. Y en lo que sucedió. Mis ojos comienzan a ponerse todos calientes y ardorosos, y parpadeo con fuerza. No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a llorar. —Lo siento —dice Jace—. No era mi intención molestarte. No digo nada.


Suspira. —En serio, lo siento mucho, Peyton. Sé que son tus razones, y en realidad no es de mi incumbencia. Pero si alguna vez quieres hablar de eso, estoy aquí. De alguna manera, el hecho de que él esté siendo repentinamente agradable al respecto lo empeora. Y que no me esté presionando a hablar de ello, de alguna manera me hace querer hablar de ello. Porque, la cosa es que nadie sabe toda la verdad. Ni Brooklyn, ni mi papá. Ni siquiera mi mamá sabe que yo lo sé. Es algo demasiado horrible para decirlo en voz alta. —Está bien —digo—. Estabas tratando de ser amable. Él asiente con la cabeza, luego toma otra patata. —Tienen muy buenos batidos aquí —dice, probablemente porque piensa que quiero cambiar de tema—. Puedes incluso conseguir uno de mantequilla de maní con chocolate. Mantequilla de maní con chocolate es mi favorito, y el hecho de que él recuerde eso, hace que pierda el control. Me pongo a llorar, allí mismo en la mesa. —Peyton —dice Jace, suavizando la voz—. ¿Qué pasa? —Nada —digo—. Es que… la razón por la que quería salir de casa, es solo… es realmente horrible. Él no dice nada, y después de un segundo, se mueve hacia mi lado de la cabina y me rodea con los brazos. Me derrito contra él, inclinando mi cabeza en su hombro. Nos quedamos así durante unos momentos, hasta que me inclino hacia atrás, secándome los ojos. —Peyton —susurra en mi oído—. Necesito que sepas que lo siento mucho. Acerca de todo. No sé si está hablando de lo sucedido con mis padres, o lo que sucedió entre él y yo. Me aparta el cabello de la cara y me mira directamente a los ojos y yo realmente, de verdad, quiero que me bese.


Pero entonces, un hombre camina por el pasillo y se sienta en la mesa de al lado y empieza a sorber ruidosamente su gaseosa, y el momento se quiebra. Jace se aleja y, a continuación, después de un segundo, se mueve hacia el otro lado de la mesa. Y lo extraño. No quiero que regrese a su propio lado de la mesa, lo quiero aquí, conmigo. Sentir esa conexión con él, por primera vez en mucho tiempo, se sintió bien, y aún no estoy lista para que desaparezca. Es por eso que digo: —Está bien. Te diré por qué me estaba escapando. Si se sorprende, no lo demuestra. Solo asiente con la cabeza, y eso me recuerda una de las razones por las que me gustaba mucho: está completamente libre de prejuicios. —Está bien —dice, con sus ojos en los míos. Se recuesta en la cabina—. Estoy escuchando. Y empiezo a hablar.


14 ~ Peyton Antes Traducido por BarbyA1

Sábado, 12 de junio, 1:02 p.m. Greenwich, Connecticut

—Es un idiota —declara Brooklyn. Estamos en la playa, recostadas en nuestras toallas y tomando el sol. Yo como que odio la playa, pero Brooklyn la ama, así que de vez en cuando, hago mi deber como mejor amiga y voy con ella. Me cubro con protector solar, me pongo nerviosa de que todos juzguen cómo luzco en traje de baño, y trato de evitar el agua, así no me pica una medusa o alguna criatura de mar igualmente desagradable. —Lo sé —digo, hojeando la nueva edición de Cosmo. Todos los artículos se refieren a cómo puedes complacer a tu hombre en la cama. Lo que obvio no voy a necesitar, así que no sé por qué siquiera estoy leyendo esta estúpida revista en primer lugar—. Solo que no entiendo cómo pude haberme engañado tanto con él. —¿A qué te refieres? —Me refiero a que, él me hizo sentir como si fuera un buen tipo, y luego ¿ni siquiera responde a un mensaje de texto que le envié? Quiero decir, eso es simple cortesía común. —Por favor, dime que estás bromeando —dice Brooklyn. Ella no se mueve de donde está acostada sobre su toalla verde lima, con la cara apuntando al sol—. Él te ignoró completamente después de Navidad, ¿estás olvidando eso? ¿Cómo puede sorprenderte que no responda tu mensaje de texto?


Decido ignorar ese hecho y sencillamente seguir adelante con la conversación que estábamos teniendo. —Sin mencionar que va a tener que verme en un par de semanas. ¿No le preocupa que vaya a volverme loca en su contra o algo? Es decir, ¿Qué tal si empiezo a gritarle y hacer una gran escena enfrente de todos los invitados? ¿Qué tal si grito “¡Jace Renault, eres un mujeriego terrible, y estoy aquí para decírtelo enfrente de Dios y tu familia!”? —¿Planeas hacer eso? —pregunta Brooklyn, con la voz teñida de preocupación. Se endereza y apoya en un codo y me mira, sus cejas levantadas sobre las enormes gafas de sol negras que lleva puestas. —Claro que no —digo, aunque la idea es un poco tentadora. —Sabes lo que necesitas —dice Brooklyn, quitándose las gafas de sol, sus ojos se iluminan de emoción—. Necesitas un chico nuevo. —No. —Sacudo la cabeza—. Absolutamente no. Lo último que necesito es un chico nuevo. Los chicos son problemas. Todo lo que hacen es causar miseria y corazones rotos. —Sí, pero piensa en toda la diversión que te estás perdiendo —dice, sonriendo— . Podrías hacer un pacto contigo misma de que no te vas a vincular emocionalmente. Pasarías un buen rato, y quizá hasta superes a Jace. —¿Tú crees? —pregunto dudosa. El pensamiento de besarme con un chico en el que no estoy interesada no me parece la manera de superar a Jace. Pero podría ser. ¿No dicen que una vez que te besuqueas con un chico, las hormonas se hacen cargo, vinculándote emocionalmente a él? Es, como, la maldición de ser una mujer. —Oh, definitivamente —dice Brooklyn, asintiendo—. Es difícil estar molesto con alguien cuando estas besándote con otra persona. Ahora, ¿con quién quieres tener un amorío? ¡Esto es tan divertido! —Alcanza su bolso y saca el anuario. —No lo sé —digo—. ¿No puedo sencillamente esperar hasta que me vaya a la universidad? Entonces definitivamente voy a ser capaz de olvidarme de él.


—¡Eso es en un año! —dice Brooklyn—. Demasiado tiempo. Además no es tan divertido. —Pero estamos en verano —señalo—. ¿Cómo se supone que voy a tener un amorío con alguien ahora? Tener un amorío con alguien durante el año escolar suena mucho más fácil. De esa manera puedes mirarlos con deseo en los pasillos. Ya sabes, desde lejos. Me vuelvo a recostar sobre mi toalla y cierro los ojos, observando la impresión de la luz del sol destellar y moverse bajo mis párpados. —Buen punto —dice Brooklyn, hojeando las páginas de nuestro anuario. Se acomoda un mechón de cabello rubio detrás de la oreja—. Quizá deberíamos empezar a ir a más fiestas. O quizá deberías conseguir un trabajo de verano en un lugar donde muchos chicos trabajen. Como una tienda de artículos deportivos. —Oh, sí, porque eso no es para nada deprimente —digo—. Pasar mi verano vestida con una tonta camiseta de polo, tratando de venderle palos de golf a la gente. —¡Piensa en todo el flirteo que puedes hacer! De hecho, olvídate de los clientes, ¡piensa en los otros empleados! Todos serían chicos. —Se muerde el labio—. Quizá ambas deberíamos conseguir un trabajo allí. Mi teléfono comienza a sonar, y sé que es ridículo y patético, pero cada vez que suena, pienso que quizá vaya a ser Jace. Lo que es tan estúpido. Si fuera a responder a mi mensaje, ya lo habría hecho. Quiero decir, han pasado tres semanas. Miro el identificador de llamadas, pero la llamada es de un número que no reconozco. Contesto. —¿Hola? —Hay un latido de silencio en el otro extremo de la línea, y mi corazón resbala por mi pecho. ¿Jace?—. ¿Hola? —Intento nuevamente. —Hola —una brillante voz femenina canturrea en mi oído—. Soy María Valerio de Visa, ¿cómo está hoy? —Estoy bien —digo, y mi corazón se hunde. Es sólo una estúpida vendedora telefónica.


—¿Hablo con Peyton Miller? —Sí —digo—. Pero no estoy… —empiezo a decirle que no estoy interesada, pero antes de que pueda, ella me interrumpe. —Buenas tardes, señorita Miller, la estoy llamando porque la fecha de vencimiento de su cuenta con nosotros fue hace treinta días, y nos gustaría ofrecerle una oportunidad de corregir la situación antes de que esto se ponga en su reporte de crédito. —Lo siento —digo mientras Brooklyn sostiene nuestro anuario y señala la foto de Matt Swift. Sacudo la cabeza. De ninguna manera. Matt Swift es lindo, pero también es muy estúpido. Una vez cuando le conté que mis abuelos vivían en Cape Cod3 me dijo que siempre había querido visitar ese estado—. No estoy interesada. Estoy hablando con las dos, Brooklyn y la mujer en el teléfono. Brooklyn frunce el ceño y luego sigue buscando. Pero la mujer en el teléfono dice: —¿No está interesada en qué, señorita Miller? ¿Pagar sus cuentas a tiempo? —Estoy segura de que sería capaz de pagar mis cuentas a tiempo —le digo, poniendo los ojos en blanco, no sé por qué todavía estoy al teléfono—. Pero no quiero una tarjeta de crédito en este momento, gracias. —Bueno, debería haberlo pensado antes de abrir una cuenta con nosotros —dice ella, poniéndose toda arrogante. —Yo no abrí una cuenta con ustedes —digo. He estado buscando a alguien con quien desquitar toda mi rabia por Jace, ya que él no me devuelve la llamada y deja que le grite a él directamente. Quizá esta mujer cumpla el cometido. Odio enojarme con algo al azar, pero honestamente, ella comenzó conmigo primero.

3

Es una península en el extremo oriental del estado de Massachusetts, al noreste de Estados Unidos.


—Sí, lo hizo —dice la mujer—. Y su cuenta tiene actualmente treinta días de vencimiento, casi sesenta, lo que afectará su reporte de crédito cuando esta información sea enviada a las agencias de crédito a final de mes. —¿De qué está hablando? —pregunto mientras Brooklyn alza otra foto. Pero sacudo la cabeza en su dirección y me levanto para moverme hacia el bar y poder oír mejor a la mujer. —Su Capital One Visa —dice ella—. Usted tiene un saldo actual de diez mil dólares, y con recargos y pagos atrasados, nos debe quinientos veintiocho dólares con el fin de poner su cuenta al día. —Pero eso es imposible —digo—. No tengo Visa. Eso es lo que he estado tratando de decirle. Todas las mesas del bar estaban ocupadas, así que me siento en el bordillo de la acera. El pavimento calienta mi piel a través de la parte inferior de mi traje de baño y deslizo mis pies en la arena y muevo los dedos. —Recibimos un pago de usted la primera vez que abrió la cuenta —dice ella. Ignorando totalmente el hecho de que le acabo de decir que no tengo una estúpida tarjeta de crédito—. Pero desde entonces, no ha habido nada, a pesar de un sinfín de cartas y llamadas telefónicas. —¡Pero no he recibido ninguna llamada! —digo—. ¿Y cómo han obtenido este número, de todos modos? —Este número telefónico nos fue proveído por Data Trax, una compañía que nos permite encontrar números telefónicos de personas que se han saltado el vencimiento de sus facturas. —Pero no me he saltado mis facturas —digo—. Eso es lo que he estado tratando de decirle. —¿Está usted diciendo que esta cuenta no es suya?


¿Esta mujer está hablando en serio? —Sí. —¿Así que usted no la abrió? —Su tono es escéptico, como si estuviera acostumbrada a que la gente abra grandes cuentas y luego trate de fingir que no lo hizo. —¡Sí! —digo—. Quiero decir, no, ¡Yo no la abrí! —Entonces ¿quién lo hizo señorita Miller? —pregunta. —¡No lo sé! Ahora mi corazón está latiendo rápido. Porque incluso mientras lo digo, hay una sensación de vacío en mi estómago. Un sentimiento de vacío de que tal vez yo sé quién abrió esa cuenta. Una persona a la que le gusta gastar dinero. Una persona que conoce toda mi información personal. Una persona que recibe el correo todos los días y sería capaz de interceptar los sobres que estaban dirigidos a mí. Una persona que es mi mamá.

•••

Le digo a Brooklyn que no me siento bien, que mi estómago me está molestando, que tengo que llegar a casa. Ella me cree, lo que me hace sentir mal, porque no puedo decirle lo que está pasando. No puedo decir las palabras en voz alta, no puedo decir nada hasta que sepa de seguro que es verdad. No recuerdo mucho sobre el viaje a casa, solo que todo el tiempo en el que estábamos manejando, la ira estaba hirviendo en mi cuerpo, peor que nada que haya sentido hacia Jace ni nadie. Burbujea y hierve a fuego lento todo el camino, y para el


momento en el que Brooklyn se detiene en la entrada de mi casa, mi ira abarca tanto, que creo que voy a explotar. —¡Mamá! —grito mientras entro disparada a la casa. Pero no hay respuesta—. ¡Papá! —grito. Una vez más, no hay respuesta. Doy pisotones a través de la casa, llamándolos a gritos a medida que avanzo. Me asomo por la ventana del frente, y me doy cuenta que sus autos no están en el camino de entrada, así que no están en casa. No sé dónde están o a qué hora van a volver, pero no me importa. Me abro paso en su habitación y abro el cajón de la mesa de noche de mi madre, con tanta fuerza, que se sale y aterriza en el suelo con un ruido sordo. Mi mamá es horrible con la organización, por lo que hay todo tipo de cosas en su cajón. Viejas libretas de direcciones, facturas viejas, un montón de ofertas de tarjetas de crédito, un montón de folletos para gimnasios y tiendas y otras cosas. El cuarto de mis padres es muy limpio y ordenado, gracias al servicio de limpieza que viene dos veces a la semana. Pero si miras bajo la superficie, en realidad es un desastre. Los servicios de limpieza no pueden ayudarte en la organización. Especialmente si no quieres su ayuda porque tienes algo que ocultar. Me he convertido en una banshee, lagrimeando sobre cada papel, mis ojos ni siquiera registran lo que estoy viendo. Así que me fuerzo a calmarme un poco y pasar por cada hoja lentamente, abriendo cualquier cosa que pueda parecer remotamente de Visa. Pero no hay nada. Dejo un desastre en el suelo, luego abro el armario y comienzo a tirar abajo los recipientes que se encuentran alineados en el estante superior. Hay papeles y cosas aquí también, y comienzo a revisarlos metódicamente. No me importa cuánto me lleve, voy a encontrar algo. Si no hay nada aquí, voy a ir a la oficina de mi papá. Dudo que ella


dejara algo allí, ya que es el espacio de trabajo de mi papá, pero si ella está tratando de ocultar algo, ¿quién sabe? Pero no llega a eso. Encuentro lo que estoy buscando en uno de los contenedores púrpura señalado como «ZAPATOS». No hay ningún zapato allí, no hace falta decirlo. Y es realmente estúpido ponerle una etiqueta a un contenedor secreto, ya que mi madre tiene una gran estantería y por lo tanto no sería necesario almacenar sus zapatos en una repisa. En cambio, hay declaraciones de tarjetas de crédito. Docenas de ellas, todas dirigidas a mí. Comienzo a abrirlas una por una, con las manos temblando todo el tiempo, lágrimas se derraman por mis mejillas, mi corazón late con tanta fuerza en mi pecho que no puedo oír nada más. Las extiendo todas, construyendo una imagen de lo que mi mamá ha estado haciendo. Tres tarjetas de crédito. Dos Visas. Una MasterCard. Todas a mi nombre. Con un saldo combinado de alrededor de veinte mil dólares.


El Viaje 15 ~ Jace Traducido por Nena Rathbone

Sábado, 26 de junio, 3:01 p.m. Ocala, Florida

—Vaya —digo, una vez que he hecho hablar a Peyton. Me quedo en silencio por un segundo, queriendo asegurarme que elijo mis palabras cuidadosamente. Ella finalmente confió en mí con algo, y no quiero darle ninguna razón para lamentarlo. Al mismo tiempo, pienso que es un poco loco que esté huyendo—. Ni siquiera puedo imaginar lo que debes haber sentido. —Se sintió como una traición —dice sencillamente—. Como la peor traición del mundo. Como que mi madre prefiere tener zapatos caros que una relación conmigo. —Sí. —Levanto mi vaso y tomo un sorbo de mi gaseosa, reflexionando sobre lo que acaba de decir—. Pero sabes que no es tan simple ¿verdad? Quiero decir, no me malinterpretes, es horrible lo que hizo. Sin embargo tu madre tiene problemas con el dinero, obviamente. No es tan simple como que le gustan sus zapatos más de lo que le gustas tú. Es lo incorrecto para decir. Peyton entrecierra los ojos, y por un segundo, creo que va a atacarme. Pero niega con la cabeza y deja escapar una risita. —Era lógico que tomarías su lado. —No estoy tomando su lado —digo rápidamente. Y no lo estoy. Todo lo que estaba haciendo era tratar de señalar que tal vez su madre se preocupa más por ella de lo que cree—. Solo estaba tratando de hacerte sentir mejor.


—¿Diciéndome que estoy exagerando? —¡Yo no he dicho que estabas exagerando! Estaba diciendo que puede haber una explicación más profunda, eso es todo. No estás exagerado. Yo me estaría volviendo loco si uno de mis padres me hiciera eso. —¿Todavía crees que no debería huir? —me desafía. Noto lo que quiere que diga. Ella quiere que le diga que debe huir, que debe estar muy molesta, que debe hacerle tanto daño a su madre como su madre le hizo a ella, que no la culpo si no vuelve a casa otra vez. Pero, sinceramente, pienso que el hecho de que esté huyendo es un poco desquiciado. Quiero decir, cuando piensas en ello, realmente no tiene mucho sentido ¿Qué va a lograr con huir? No le ayuda a arreglar las cosas con las compañías de tarjetas de crédito, no ayuda a la relación con su madre y no ayuda a que se sienta como si tuviera el control. De hecho, no puedo pensar en una sola cosa buena que logre. Pero todo lo que digo es: —¿Qué piensa tu padre al respecto? —No se lo dije. —¿Por qué no? —Debido a que es... Yo no... —calla, mirando por la ventana, aparentemente frustrada. —Oye —le digo suavemente—. Sé que es una situación horrible. Pero ¿alguna vez pensaste que debiste haber permanecido allí durante el verano, tratando de arreglar las cosas? Quiero decir, ir a Carolina del Norte en realidad no puede ser la mejor manera de manejar todo esto. Ella toma un gran respiro y cuando habla de nuevo, su voz tiembla. —No quiero lidiar con eso —dice—. ¿Por qué debería hacerlo? —¿Porque está pasando?


—Pero no es mi culpa. —Peyton, muchas cosas van pasarte que no serán tu culpa y aun así apestarán y tendrás que lidiar con ellas. —Sus ojos se humedecen, y extiendo la mano para tomar la suya—. Quiero decir, Peyton, esto es serio. Puede que termines responsable por este dinero. —¿Así que piensas que huir es el camino fácil? —Yo no he dicho eso. —¿Pero lo piensas? —Ella se inclina hacia atrás en la cabina y cruza los brazos sobre el pecho. Tomo un bocado de mi emparedado en un esfuerzo de ganar tiempo. Pienso en mentirle y solo decirle lo que quiere oír, pero no quiero hacer eso. Finalmente me decido por: —Creo que una reacción normal a lo que está pasando es tratar de hacer daño a tus padres y alejarte de todo lo más posible. Pero no creo que alejarse del problema sea, a largo plazo, la mejor idea. Pero ella no se rinde. —Responde. La. Pregunta. Me froto los ojos. —¿Cuál era la pregunta? —Es un esfuerzo de última hora para confundirla. —¿Crees que huir es el camino fácil? Suspiro. —¿Honestamente? —¡Sí, honestamente!


—Honestamente, pienso que siempre es mejor hacerle frente a las cosas y ocuparte de ellas. Ella niega con la cabeza y luego mueve la pajita arriba y abajo de su bebida. Hace un ruido chirriante, enojado, mientras la desliza por la cubierta de plástico. —Debería haber sabido que era mejor no hablar contigo de algo como esto. — Inclina la cabeza y su mirada se enfoca en la pared por encima de mi hombro. —Ey —digo, empezando a sentirme un poco molesto—. No he sido más que agradable contigo. Y si no quieres mi opinión, entonces no deberías haberla pedido. —Lo que sea. —Ella toma su emparedado de nuevo y comienza a comer. Y después de un segundo, hago lo mismo.

•••

Cuando salimos del estacionamiento, Peyton estira la mano hacia mí. —¿Qué? —pregunto. —Las llaves. —Oh, cierto. —Las saco de mi bolsillo y se las entrego, preguntándome si es la decisión correcta. Una cosa era decirle que iba a tener que compartir conmigo la conducción cuando estaba cansado y hambriento y otra muy distinta que yo esté recargado y ella esté enojada conmigo. Pero aun así, me vendría bien una siesta. Sé que molesté a Peyton sobre dormir, pero ese almuerzo fue un poco temprano, especialmente ya que estuve levantado hasta tan tarde anoche. Los dos subimos al coche. Héctor inmediatamente comienza a empujar mi mano, y yo alcanzo la bolsa de papel de Bojangles y saco el emparedado de pollo que pedí para él a la salida. Le doy de comer, y babea mis manos felizmente.


—Ey, ey, relájate —le digo, pero por supuesto no escucha. Después de dos segundos la comida se ha ido, y lame mis manos hasta que está seguro de que no queda nada. Vierto un poco de agua en mi vaso de gaseosa vacío y Héctor se lo traga, luego vuelve a apoyarse en el asiento de atrás y suspira feliz. Me limpio las manos con una servilleta, luego coloco la servilleta en la bolsa vacía y coloco la bolsa en el suelo. Voy a tener que acordarme de tirarla la próxima vez que nos detengamos. —Esto se siente raro —digo, mientras Peyton desliza la llave en el encendido. —¿Qué? —Estar sentado en el asiento de copiloto de mi auto. Ella no dice nada, solo rueda los ojos y enciende el auto. Sé lo que está pensando, que yo me estoy quejando de estar en el asiento de copiloto de mi coche mientras ella lidia con su vida que se está cayendo a pedazos. Decido que necesito mantener mi boca cerrada por un rato. Tal vez solo necesita un poco de tiempo para sí misma. Me apoyo contra la almohada y cierro los ojos. Se siente suave y agradable, me pregunto cómo las consigue tan suaves. Mmm, huele bien, también. Las chicas siempre mantienen sus cosas agradables, suaves y con buen olor. Huele a ella, como a vainilla y... —¡Ey! —grito cuando la almohada es sacada de un tirón de debajo de mi cabeza—. ¿Qué estás haciendo? —Poner la almohada en el asiento trasero —dice ella, y la coloca allí con cuidado, como si fuera un niño. Héctor inmediatamente la reclama, poniendo su cabeza y dando otro suspiro feliz. —¿Poner la almohada en el asiento trasero? —repito, sorprendido. —Sí —dice ella—. Es mi almohada, y es ahí donde la quiero en este momento. —¡Pero yo estaba acostado en ella!


—Pero no es tuya. —Ella se encoge de hombros y mete la mano en su bolso y saca un paquete de goma de mascar y luego coloca un pedazo en su boca. Mira el paquete, meditabunda, y luego me lo acerca—. ¿Goma de mascar? —No —le digo—. No quiero goma de mascar, quiero que me dejes usar tu almohada. ¡Estaba muy cómodo! —No puedes usar mi almohada. —¿Por qué no? —Porque tienes la cabeza sucia. Esta chica es increíble. —¿Así que prefieres tener a Héctor sobre ella? —le digo—. ¡Es un perro! Y además, mi cabeza está muy limpia. Ella empieza a reír. —Oh, ¿sí? —pregunta—. ¿Tu cabeza está muy limpia, Jace? —Muy madura. —Niego con la cabeza, luego me estiro a la parte trasera y recojo la almohada—. La voy a usar. Ella me la arrebata de la mano. —No la usarás. —Sí la usaré. —No la usarás. Está entre nosotros ahora y estamos tirando de ella de un lado a otro, actuando como niños. Pero no es realmente acerca de la almohada, se trata del principio del asunto. —Escucha —le digo—. Estás en mi auto. Así que tienes una opción, o me das la almohada o me devuelves el auto, y yo estaré encantado de conducir mi culo de regreso


a casa. Donde no necesitaré una almohada, porque voy a estar acurrucado todo cálido y acogedor en mi cama. Sus ojos se abren mucho, como si estuviera sorprendida de que yo dijera una cosa así. Por un momento temo que vaya a decir “bien” y salir de mi coche y marcharse intempestivamente. Tendría que ir tras ella, por supuesto. No puedo dejarla en algún Bojangles al azar en el centro de... donde sea que estemos. —Bien —dice ella—. Puedes usar la almohada. —Me mira por el rabillo del ojo, agitando la cabeza como si no pudiera creer que permita una cosa así—. Voy a tener que lavar la funda de la almohada antes de usarla de nuevo. —Gracias —le digo—. Lo aprecio. —Coloco de nuevo la almohada debajo de mi cabeza. Peyton pone marcha atrás, retira su pie del freno, y comienza a salir del estacionamiento. Cierro los ojos y me acomodo. Nunca me di cuenta que el asiento de pasajero de mi coche es muy cómodo. Qué bien. Ni siquiera me importaría si Héctor quisiera acurrucarse un poco. Y luego hay un gran estruendo cuando Peyton choca contra el auto detrás de nosotros.


Antes

16 ~ Jace Traducido por Anvi15

Jueves, 24 de junio, 6:17 p.m. Sarasota, Florida

—¿Escuchaste algo de lo que dije? —pregunta Evan—. ¡Digo que tendremos que mejorar nuestra campaña de publicidad! —¿Nuestra qué? —repito. Estamos sentados fuera de la heladería Vaca Loca, comiendo un sundae de chocolate y matando el tiempo antes de reunirnos con Kari y Whitney para ir a los barquitos chocones. Los barquitos chocones son completamente patéticos, y estoy de un humor de mierda, pero lo que sea. Evan quería hacerlo, y también las chicas, y yo no iba a ser quien les dijera que eso era estúpido. Puedo estar irritado, pero no soy un completo imbécil. —¿Qué campaña de publicidad? —Lamo el resto de mi helado, luego tiro el vaso en el basurero junto a nuestra mesa. —La campaña de publicidad para mis bromas. Resisto la necesidad de situar mi cabeza entre mis manos. —¿Por qué necesitas una campaña de publicidad? Evan mete su cuchara en su sundae como una horqueta y la deja ahí. —En serio, ¿has escuchado algo de lo que te he estado diciendo? —Se reclina hacia atrás, sobre la mesa de picnic y me mira, acusadoramente.


—Claro que te he estado escuchando —miento. —Entonces sabrías que ninguno de los programas buenos acepta videos nosolicitados. Aparentemente es por razones legales. —Él arruga el ceño, como si no pudiera procesar la idea de que una televisora no quisiera que un grupo de chicos les envíe videos en los que arriesgan sus vidas haciendo cosas locas y estúpidas. —Bueno, tiene sentido —digo—. Ellos no quieren que los chicos salgan heridos por pensar que pueden aparecer en la televisión. —Supongo —dice Evan, frustrado—. Pero no me ayuda. —Pensé que empezarías a publicar tus cosas en YouTube. —He publicado algunas cosas en YouTube —dice Evan—, pero hay mucha competencia. Tenemos que descubrir alguna manera de hacerlo viral. Así que necesito una campaña de publicidad. —Viral —repito distraídamente. —Bien —dice Evan, sacando su cuchara del helado y agitándola alrededor. Gotas vuelan y caen sobre la mesa de picnic—. ¿Qué es lo que te pasa? Has estado ido desde que terminaron las clases. ¿Estás nervioso por la graduación? —¿Por qué estaría preocupado por la graduación? —Porque significa que la vida real está empezando. No seguiremos perdiendo el tiempo. Necesitamos ponernos serios sobre nuestro futuro. —¿Vas a comenzar a ponerte serio sobre tu futuro? —pregunto, escéptico. —Eventualmente —dice—. Tengo esperanzas y sueños también, ya sabes. —Lo sé. —¿Entonces me dirás lo que sucede? —Su tono de bromista se ha ido, y ahora solo me mira con preocupación.


—No lo sé —digo, sacudiendo la cabeza—. Es solo… es esta estúpida cosa de Peyton. Pensé que lo había superado, pero últimamente no puedo dejar de pensar en ella. —Oh, caramba —dice Evan, dejando salir el aliento en un suspiro—. Sé lo que sucede aquí. —¿Qué? —De hecho me temía que esto sucediera. —¿Qué? —Piensa en ello, Jace. Piensa en ello realmente. Pienso en ello realmente. —¿Qué? —pregunto, tratando de no perder la paciencia. —¿No crees que es un poco raro que justo cuando comienzas a acercarte a otra chica, tu obsesión por Peyton se eleva? —No tengo una obsesión por Peyton —digo, aunque es una mentira—. Y yo no diría que Kari y yo nos estemos acercando. Desde aquella noche en que Kari y yo nos besamos, unas pocas semanas atrás, hemos estado más o menos juntos. Después de que el padre de Whitney casi nos atrapara, los cuatro estuvimos callados en su habitación hasta que se fue, y luego nos escapamos por la puerta delantera y fuimos a ver una película. Mientras estábamos en el cine, Kari y yo nos besuqueamos todo el tiempo. Fue agradable, no me malentiendan. Ella es linda y soy un chico… claro que fue divertido. Y fue una buena distracción de Peyton. Pero cuando regresé a casa, no estaba pensando en Kari; estaba pensando en Peyton y por qué ella eligió esa noche para mandarme un mensaje de texto y qué significaba y qué iba a significar cuando la viera en la boda.


Y entonces comencé a sentirme culpable porque Kari es agradable y divertida y linda y era una verdadera mierda el liarme con ella toda la noche y luego terminar pensando en otra chica. Y por supuesto, no planeé juntarme con Kari solo para superar a Peyton, y Kari fue la que me besó, pero aun así. Me hizo sentir como mierda. Obviamente le gusto a Kari porque (como Evan me señaló después) ella me empujó dentro del armario y me escondió del padre de Whitney esa noche, aun cuando Kari era la única permitida en la casa de Whitney. —Han estado saliendo por unas cuantas semanas —dice Evan—. ¿No constituye eso como “acercarse”? —Supongo. —Como digo, ha sido agradable, pero no increíble. Y lo más extraño es que de alguna manera siento que ella siente lo mismo. Que ambos disfrutamos de la compañía del otro, pero no pasa nada más. —Entonces, ¿cuál es el problema? —pregunta—. Olvida a Peyton, hombre. Chicas como ella son malas noticias. —¿Chicas cómo? —Chicas que te rompen el corazón. —Buen punto. —Y que vive a cientos de kilómetros —sigue—. Si me preguntas, necesitas hacer funcionar esta cosa con Kari. Ella es una gran chica. —Tal vez estés en lo correcto. —Kari es una gran chica. Y ella tiene algo que Peyton no tiene… Kari nunca me ha roto el corazón. —Claro que tengo razón. —Él termina su helado, luego se lleva la copa hacia la boca y se traga el resto del helado derretido—. Ves, el problema contigo, Jace, es que tú siempre quieres complicar más las cosas de lo que ya son. Siempre quieres analizar las cosas y pensar en ello. Es simple. A una chica no le gustas y te hace sentir miserable; a una chica sí le gustas y te hace sentir bien. Fin de la historia.


Lo miro asombrado. —Eso puede ser lo más inteligente que hayas dicho jamás. —¿De verdad? —Me sonríe—. Gracias, hombre. —Tira su copa de plástico hacia el basurero—. Vamos —dice—. Es tiempo de ir con las chicas.

•••

Cuando llegamos al lugar de los barquitos chocones, Kari y Whitney ya están ahí, esperando. Abrazo a Kari cuando la veo, decidido a darle una oportunidad. ¿Peyton Miller quién? —Evan —digo mientras al cajero le entrego dinero para dos pases, uno para mí y uno para Kari—. ¿Por qué tu cámara está en tu bolsillo trasero? —No lo está —dice. —Sí, sí lo está. Puedo ver tu cámara de bolsillo en tu bolsillo trasero. El cajero me entrega dos brazaletes de papel, y le doy uno a Kari. —Gracias —dice ella y lo envuelve alrededor de su muñeca. Evan suspira. —Bien, bueno —dice—. Iba a esperar a que estuviéramos en los botes para decirte esto, pero estaba pensando que podríamos hacer un flashmob. Oh, querido Dios. Cierro los ojos y me fuerzo a tomar un par de respiraciones profundas y liberadoras. —¿Qué es un flash mob? —pregunta Whitney, sonriendo. Aparentemente a ella le gusta el hecho de que Evan está completamente loco, lo cual es bueno para Evan, pero no tan bueno para la gente cuerda en este viaje. —Es cuando las personas realizan un baile o algo al mismo tiempo —dice Kari— . Como en público. Y la gente los mira como si fueran unos locos. ¿Cierto?


—Cierto. —Evan asiente. —No —niego—. No haré un flash mob. De ninguna manera. La chica en la entrada revisa mi brazalete y me sonríe. —Ey —dice ella mientras atravieso el torniquete. Ella es linda. Largo cabello rubio, linda sonrisa. —Ey —digo, sonriéndole. Y entonces me siento culpable instantáneamente. Estoy aquí con Kari. Kari, quien es perfectamente linda y divertida. Kari, con quien me he estado besuqueando por semanas. Kari, quien está aquí conmigo, en esta cita, y probablemente no aprecia el hecho de que estaba medio-coqueteando con la chica que trabaja en la entrada. Aunque si a Kari le importa, definitivamente no lo está demostrando. —Creo que un flash mob sería divertido —dice—. Pero, ¿cómo podemos hacerlo en un lugar de barquitos chocones? Además, ¿no se supone que se debe planear anticipadamente? Todos nos alineamos en la fila que se forma delante de la entrada a los barcos, esperando que termine el turno actual. Tomo la mano de Kari en la mía, para compensar la sonrisa a la chica que trabaja en la entrada. Kari parece un poco sorprendida de que sostenga su mano. Probablemente porque no hemos mostrado mucho afecto en público. Y, honestamente, es un poco raro. Solo estamos ahí, cogidos de la mano, como los niños o algo así. No estamos relajados, o sueltos, o románticos, ni nada. Nos estamos agarrando los dedos, como si tuviéramos trece de nuevo o algo así. Muy extraño. Y luego la cara de Peyton inunda mi mente. Peyton. A quien voy a ver mañana en la noche, en la boda. —Sí, técnicamente se supone que debes planear las cosas de antemano, pero no quise tocar el tema antes porque sabía que Jace enloquecería —dice Evan. Y entonces comienza con todo el tema sobre los flash mobs.


Lo dejo de escuchar, tratando de entender por qué estoy tan tenso. ¿Puede ser solo porque voy a ver a Peyton mañana? ¿O es a causa de la graduación el domingo? Es solo un estúpido discurso, me digo. Y ella es solo una chica tonta. Tan pronto como lo pienso, al instante me siento culpable. Sí, es un estúpido discurso, pero Peyton no es una chica tonta. —¿Jace? —pregunta Evan. —¿Qué? —le pregunto, tratando de prestar atención a lo que está diciendo. —¿Me estás escuchando? —Él está sosteniendo la mano de Whitney mientras la fila avanza, pero a diferencia de mí y Kari, en realidad parece que quieren estar tomados de la mano. Whitney se ha apoyado en su pecho, y él está frotando su pulgar contra el dorso de la mano de ella. ¿Quién sabía que Evan podía estar tan a gusto con las chicas? Aunque supongo que cuando tienes a una chica que realmente te gusta, con la que puedes ser tú mismo, es fácil. No es que yo no pueda ser yo mismo con Kari. Quiero decir, ¿por qué no iba a ser capaz de hacerlo? No es como si yo estuviera ocultando algo. Bien, aparte del hecho de que no puedo dejar de pensar en otra chica. Otra chica que voy a ver mañana. —Por supuesto que no estoy escuchando —le digo, encogiéndome de hombros y tratando de parecer indiferente—. Estás hablando sobre una especie de flash mob en un lugar de barquitos chocones. ¿Por qué iba a querer escuchar eso? —Porque puedes ser famoso gracias a eso —dice Evan—. Apuesto a que Peyton notaría eso. Se da cuenta de su error tan pronto lo dice. —¿Quién es Peyton? —pregunta Kari, frunciendo el ceño. —Nadie —dice Evan rápidamente. Los ojos de Whitney se entrecierran, y puedo decir que va a interrogar a Evan más tarde. Las chicas son siempre tan protectoras de sus amigas. Los chicos nunca


harían cosas así. Sí, cuidamos el uno del otro, pero también sabemos cuándo mantenernos al margen de los asuntos de cada uno. Maldición. Voy a matar a Evan. —Bueno, está bien —dice Evan—. Te lo diré. —Evan… —empiezo, pero me interrumpe. —Es Peyton Manning. Kari se ríe, pero Whitney se ve confundida. —Él es un mariscal de campo —explica Evan—. Lo hieren constantemente, y es, como, un poco viejo, así que... —Cierto —digo, sorprendido de que Evan fuera capaz de una buena mentira dicha con tanta rapidez—. Estoy obsesionado con él. Evan asiente con la cabeza tristemente. —El pobre Jacey sigue escribiéndole cartas y mandándole mensajes por Twitter, pero Peytie Pie simplemente no le hace caso, ¿verdad, Jace? —Pues no —digo, y me encojo de hombros—. Así que, como sea, sobre el flash… —Jace incluso estaba pensando en fingir ser un niño de Make-A-Wish4, ¿no es así, Jace? —No —digo con los dientes apretados—. No es así. —Sí, es así —dice Evan—. Fue justo después de cuando querías que te filmara con «AMO A PEYTON MANNING» escrito sobre tu pecho mientras corrías por los pasillos de la escuela. —¿Ibas a hacer eso? —pregunta Whitney, riendo.

La Fundación Make-A-Wish es una organización sin fines de lucro de los Estados Unidos fundada en 1980, que concede deseos a los niños (de entre 2,5 años a 18 años) que tienen condiciones médicas que amenazan su vida. 4


—Por supuesto que no —le digo—. Fue solo, mm, un pensamiento. Estaba bromeando. —A mí me pareció en serio —dice Evan, y se encoge de hombros. Por suerte, en ese momento, la fila avanza y todos empezamos a meternos en los botes. Me deslizo en el asiento junto a Kari. —Puedes manejar —le digo. —Oh, no. —Ella niega con la cabeza—. Soy pésima para esto. Me encojo de hombros mientras pasa por encima de mí hacia el asiento del pasajero. —¡Vas a caer! —Evan grita desde el barquito al lado de nosotros y hace sonar su claxon un montón de veces. Un padre con dos hijos nos mira con nerviosismo, y puedo adivinar que está pensando que no debería haber venido a los barquitos chocones un jueves por la noche, y que no puede creer cómo son los adolescentes actualmente. —Evan —le digo—, relájate. Hay niños aquí. —Lo siento. —Parece azorado, y luego susurra—. Vas a caer. —Siento que Evan esté siendo tan loco —le digo a Kari. Ella sonríe. —Me agrada —contesta—. Por lo menos, mantiene las cosas interesantes. Ella está a mi lado, y a pesar de que el barco es muy pequeño, todavía hay unos cuantos centímetros de espacio entre nuestras piernas. Ella está sentada erguida, y me doy cuenta de que estoy sentado con la espalda recta, también. Que no es la forma correcta en que debes estar sentado cuando estás en una cita.


Muevo mi pierna un poco para que pueda tocar la de ella, pero ahora solo estamos sentados con las piernas tocándose. Después de unos segundos, ella se aleja. El juego comienza antes de que tenga la oportunidad de pensar en lo que significa, y de inmediato empezamos a perseguir a Evan alrededor de la gran piscina de agua. Él sin duda está actuando como un loco, conduciendo el barco de ida y vuelta en círculos, estrellándose contra la pared y al parecer sin importarle si él y Whitney se empapan completamente. Whitney no parece pensar que haya algo malo en eso, y de hecho, parece que realmente le gusta. Me pregunto si tal vez ella está secretamente tan loca como Evan. —¡Vas a caer! —grita Evan otra vez, y luego se estrella contra nosotros. Las otras personas en los barquitos chocones nos miran con un poco de disgusto. Pero al menos los estamos dejando en paz y centrándonos en nosotros. Eso debe contar para algo, sobre todo porque no todo el mundo hace eso. Una vez vi a un chico que llevaba una camiseta Budweiser que comenzó a aterrorizar a los niños en los barcos, mojándolos y riendo alegremente. Incluso hizo llorar a una niña. —¡No, no es así! —le grita Kari—.¡Tú vas a caer! —¡Oohh, esta chica quiere una pelea! —Evan gira el bote, conduciendo en sentido contrario alrededor de la piscina, y trata de chocar contra nosotros cara a cara, sabiendo que va contra las reglas. Estamos a punto de estrellarlos, pero en el último momento, tiro del volante a la izquierda, de modo que los evitamos. En su lugar, chocamos contra la pared. —¡Ja, ja! —grita Evan desde detrás de nosotros, feliz de que él ganó el juego de la gallina—. ¡Perdedores! —¿Por qué hiciste eso? —me pregunta Kari, sonando decepcionada. —No quería chocar contra ellos tan fuerte —le digo—. Nos habríamos mojado completamente.


—Son barquitos chocones —dice—. Ese es el punto. —Sí, pero no se supone que te estrelles contra la gente de esa manera. —Supongo. Hay un silencio incómodo, y me pregunto por qué era tan importante para ella que ganáramos el juego de la gallina. Entonces me pregunto por qué estoy actuando como un imbécil al respecto. Probablemente es solo mi mal humor. Soy así a veces, cuando estoy de mal humor y luego simplemente no quiero tener ningún tipo de diversión. Pero que se joda. Ya estoy harto de permitir que mi ánimo varíe por Peyton. Así que voy a ver a Peyton. Gran cosa. Es una estupidez estar todo raro al respecto. El domingo es la graduación, y luego voy a tener todo el verano por delante antes de que me vaya a la universidad en el otoño. Y una vez que esté en Georgetown, no voy a estar pensando en Peyton. Ella va a ser solo una chica que conocí en el instituto. —Está bien —le digo a Kari, cambiando la marcha hacia atrás y sacando el bote de la esquina de la piscina donde estábamos—. Vamos por ellos. Es un ataque sorpresa. Llegamos por detrás de Evan y Whitney y golpeamos contra ellos, lanzando un rocío de agua sobre la parte posterior de su barco y mojándolos instantáneamente. —Oh, ahora sí —dice Evan, mirándome mientras Whitney suelta gritos de alegría—. Es hora. Pasamos la siguiente hora montando los barquitos chocones una y otra vez, y yo hago todo lo posible por concentrarme y olvidar a Peyton. Al final de la noche, parece estar funcionando. Bueno. Casi.


17 ~ Peyton Antes Traducido por Pamee

Jueves, 24 de junio, 5:02 p.m. Greenwich, Connecticut

—¿Llevas traje de baño? —pregunta mamá mientras arrastro mi maleta por el pasillo hacia la puerta. Es la noche antes de la boda, y estamos a punto de ir al aeropuerto para volar a Florida. Se suponía que papá estaba a cargo de llevar nuestros bolsos al coche, pero él y mi mamá tuvieron una pelea muy grande hace unos minutos, así que ahora él está sentado en el coche, con mala cara, mientras espera que nosotras guardemos nuestras cosas. —Sí, llevo traje de baño. De hecho, llevo tres trajes de baño, porque voy a pasar el verano en Carolina del Norte, aunque mi mamá no lo sabe todavía. Brooklyn y yo hemos pasado dos semanas ideando un plan, un plan para escapar de Connecticut por el verano; un plan que me permitirá pasar el verano alejada de mis padres y su, tal vez, divorcio; alejada de mamá y sus mentiras, alejada de mis obsesivos pensamientos sobre Jace. (No es que esté segura de que no tendré pensamientos obsesivos sobre Jace en Carolina del Norte, pero me imagino que no importa). Este es nuestro plan brillante: Etapa Uno: iré a la boda y fingiré que no pasa nada extraño. Posaré para fotografías como una buena chica y me comportaré como si la estuviera pasando muy


bien. Si Jace se me acerca, sonreiré y luego actuaré como si solo fuéramos conocidos, y no como que él es el chico que me rompió el corazón. Seré como una Peyton hecha de piedra que sonríe y finge que todo está bien. Etapa Dos: en la mañana después de la boda, Brooklyn volará a Florida para encontrarme en el Aeropuerto Sarasota. Rentaremos un coche y conduciremos a Carolina del Norte, donde tenemos un apartamento rentado por el verano (bueno, Brooklyn rentó un apartamento. Lo puso a su nombre porque ella tiene dieciocho y yo no, pero estoy en el contrato como inquilina). Es un plan sorpresivamente simple, y fue sorpresivamente simple convencer a Brooklyn. Solo le dije que quería escapar, que mis padres habían estado peleando más y necesitaba un descanso de mi revés con Jace. Incluso Carolina del Norte fue idea suya; conoce a un chico allí, así que creo que quería una aventura. Por supuesto, vamos a buscar trabajo cuando lleguemos allí, y averiguar cómo vamos a desplazarnos: no podemos permitirnos seguir rentando el coche por más de unos días. Pero ahora mismo no puedo pensar en nada de eso, no me puedo preocupar por el largo plazo. Ahora mismo, solo tengo que concentrarme a corto plazo, en llegar al final de la boda y a Carolina del Norte. Más tarde me puedo preocupar por el resto. —¿Por qué llevas tanto equipaje? —pregunta mamá, mirando mis bolsos—. Llevas más que yo —dice un poco acusadora, como si no llevar tanto equipaje como su hija la hiciera parecer perdedora o algo, lo que es completamente ridículo. ¿A quién le importa quién tiene más equipaje? —Solo quería asegurarme de que tenía suficiente para mis visitas a universidades —le contesto. Mis padres creen que después de la boda, Brooklyn y yo vamos a pasar un tiempo visitando universidades en Florida. No tienen idea de que voy a Carolina del Norte y que no regresaré. —Pensé que ya habíamos decidido lo que ibas a usar —dice mamá, suspirando. Ella y yo habíamos pasado casi dos horas el otro día, revisando un montón de mi ropa


para que mi mamá pudiera elegir lo que ella pensaba que yo debería usar cuando hiciera esas visitas imaginarias a universidades. Fue un ejercicio completamente inútil, pero fingí estar de acuerdo y giré de un lado para otro mientras ella me vestía con un puñado de ropa de negocios casual, como si fuera su Barbie personal. Todo el tiempo estuve resistiendo la urgencia de gritarle sobre lo que hizo. Si es que alguna vez la confronto por ello, no estoy segura de qué va a suceder. Tal vez lo negará, tal vez pedirá mi perdón, tal vez me dirá que soy ridícula, tal vez se ofrecerá a pagarlo todo. Pero en realidad, ¿a quién le importa? El resultado final será el mismo. Tengo que alejarme de ella. —Sí, elegimos lo que iba a usar —le digo—, pero empaqué otras cosas también. Ropa casual, en caso de que Brooklyn y yo pasemos el rato con algún otro estudiante. Mi mamá asiente, como si tuviera sentido. —Está bien, solo asegúrate de no beber. —Se estremece—. Los estudiantes universitarios de estos días siempre se están emborrachando y poniéndose en ridículo. Y ni siquiera me hagas mencionar a los chicos universitarios. Te pondrán una droga en la bebida como si fuera nada. —Gracias por las lecciones morales —le digo con sarcasmo. Me sale más brusco de lo que pretendía, y ella alza la mirada mientras se ata los zapatos (los que por cierto, eran de esas estúpidas deportivas Coach que cuestan doscientos dólares, y que se compró para el avión. ¿Quién compra zapatos para un vuelo en avión?). —¿Qué se supone que significa eso? —pregunta. —Nada. —Me encojo de hombros. En realidad, si pienso en ello, tal vez yo le compré esos zapatos de avión. ¿Entienden? ¿Porque probablemente los cargó en su/mi tarjeta de crédito? La idea me hace soltar una risilla histérica. Mi mamá frunce el ceño y abre la boca para decir algo, pero antes de que pueda hacerlo, la puerta frontal se abre, entra mi papá, levanta un puñado de bolsos y cierra de un portazo para luego dirigirse al coche. Rayos. Supongo que se cansó de esperar.


—¡Gracias, Joe! —le grita mamá, sarcástica y luego sacude la cabeza—. Bueno, esos eran los últimos —dice—. Supongo que estamos listos. —Síp —contesto—. Supongo que estamos listos. Camino penosamente al coche, me pongo los audífonos del iPod, y me aíslo hasta que llegamos al aeropuerto.

•••

Nunca me ha encantado volar: estar atrapada en el avión sin saber si va a pasar una turbulencia y preguntarte qué pasará si se estrella; sin tener espacio para las piernas y preocuparte de que la persona junto a ti vaya a quedarse dormida y babearte el hombro… es algo tremendo. A menos que vueles en primera clase, lo que mi mamá siempre quiere, y lo que solíamos hacer hasta que la economía se derrumbó y mi papá empezó a preocuparse por el dinero. Efectivamente, mi mamá empieza tan pronto se sube al avión: —De verdad me hubiera gustado que nos hubieras dejado volar en primera clase, Joseph —dice. Mi papá odia que le digan Joseph, pero es lo que mi mamá hace cuando intenta avergonzarlo y/o molestarlo. —Bueno —contesta papá, con una sonrisa fruncida—, si quieres ganar el dinero para pagar los boletos de primera clase, estaría más que feliz de volar de esa forma. Me desconecto, algo en lo que me estoy volviendo muy buena. Ni siquiera sé por qué mi papá vino a este viaje… en realidad, eso es mentira, porque sí sé por qué vino con nosotras: vino porque mamá sabía que a su familia le hubiera extrañado que él no viniera. La gente haría preguntas. Como sea, ya no es mi problema. «Carolina del Norte, Carolina del Norte» canturreo mientras me dirijo a mi asiento. Es un asiento de ventana


que, afortunadamente, está a unas filas por delante de los de mis padres. Supongo que cuando reservaron los boletos ya no quedaban asientos juntos. Desafortunadamente, mi asiento está junto al de dos niñitas, cuyos padres están sentados detrás de nosotras. Supongo que ellos tampoco pudieron encontrar asientos juntos, pero el hecho de que permitan que dos niñas que no parecen tener más de tres o cuatro años se sienten juntas, mientras que ellos dos se sientan juntos, no tiene mucho sentido. ¿No sería una idea mejor que un padre se sentara con una niña cada uno? —Lo siento —dice la mamá detrás de mí, casi como si me leyera la mente—. Se querían sentar juntas. —Son hermanas —explica el papá—. No son gemelas, son gemelas irlandesas. —Esboza una gran sonrisa y me mira expectante, como si esperara alguna reacción. Lo miro en blanco. —Ya sabes, ¿gemelas irlandesas? —pregunta—. Solo nacieron con once meses de diferencia. ¿Se supone que ese es un chiste de que los irlandeses se la pasan teniendo sexo o algo? ¿Y que por eso tienen un montón de hijos con muy poca diferencia de edad? La verdad no entiendo, pero da lo mismo. En realidad, si piensas en ello, es un comentario prejuicioso; sin mencionar que esta familia no parece irlandesa: tienen cabello oscuro, ojos verdes y piel olivácea. —Soy Sophia —dice una de las niñas. —Soy Aleah —dice la otra. Las dos usan unos vestidos veraniegos a cuadros púrpuras, zapatos púrpura y lazos púrpura en el cabello, todo a juego. —Soy Peyton —les contesto. Meto mi bolso en el compartimento de arriba y luego paso entre ellas hasta mi asiento. No es solo el viaje y las gemelas lo que me pone nerviosa; es todo: esta boda, Jace, mi plan de escape.


¿Por qué no me tomé un Xanax o un Ativan como la gente normal que está tensa y al borde de una crisis nerviosa? Hubiera sido mucho más fácil. Pero es que siento una extraña aversión a cualquier tipo de píldora que te haga sentir que pierdes el control. Aunque dicen que esas píldoras no te hacen sentir que pierdes el control, solo te calman, lo que obviamente sería de ayuda ahora mismo. Por supuesto, probablemente me volvería loca pensando en algún tipo de reacción rara y/o alergia a la píldora. ¿Soy demasiado ansiosa para las píldoras contra la ansiedad? Mmm. La idea es extremadamente alarmante. —¿Peyton? —Una de las gemelas me da golpecitos en el hombro. Rápidamente cierro los ojos y finjo estar dormida. Golpe, golpe, golpe—. ¡PEYTON! Luego siento un codazo y para mi completa sorpresa y consternación, una de las gemelas me saca el audífono del oído. ¿Qué demonios? Me giro y le doy una mirada feroz, pero ella esboza la sonrisa más tierna posible. —Peddón —me dice—, pero no podías oírme. —Luego alza su caja de jugo—. ¿Me puedes abrir esto? —Arruga su naricita—. La pajita está pegada. —Claro. —Tomo la caja de jugo y arreglo el problema de la pajita. Me vuelvo a poner el audífono, pero cinco segundos después, me lo arrancan de nuevo. —¿Peyton? —dice la otra gemela—. ¿Puedes ayudarme? Perdí mi crayón púrpura. El púrpura es mi color favorito, ¿cuál es tu color favorito, Peyton? Suspiro. Va a ser un vuelo largo.

•••

Cuando el avión aterriza en Sarasota, me siento aún más aliviada de lo que me siento por lo general cuando un avión aterriza. Estoy harta de hacer de niñera, que es lo que he hecho todo este tiempo: atar cordones de zapatos, colorear dibujos, contestar


preguntas sobre volar y lo que hace el piloto (no sabía las respuestas, así que medio adiviné. Son niñas, no saben la diferencia). —Bueno —digo cuando nos preparamos para desembarcar—, fue un placer conocerlas, niñas. Les dirijo una mirada mordaz a los padres, esperando que al menos me agradezcan por cuidar de sus hijas mientras ellos leían y se relajaban (miré por encima del asiento una vez, y el papá estaba leyendo Marley y Yo. ¡Marley y Yo! Por alguna razón, fue muy desesperante. Ese libro salió hace como diez años. ¿Tenía que pasar el tiempo que yo pasaba cuidando a sus ratitas leyendo Marley y yo? ¿No pudo elegir algo más actual?), pero los padres no dicen nada, ni siquiera me sonríen. Están demasiado ocupados bajando su equipaje del compartimento. Agh. Dios, estoy de mal humor. —¿Me puedo encontrar con ustedes en el carrusel de equipaje? —le pregunto a mi mamá tan pronto nos bajamos del avión. Está usando pantalones de yoga y una camisa polo rosa con mangas cortas de Ralph Lauren, unas gafas enormes de Dolce & Gabbana le sostienen el cabello con reflejos nuevos. No necesita gafas, es de noche. He estado resistiendo la urgencia de arrancárselos de la cabeza, quizá con algunos mechones. —¿Por qué? —pregunta mamá, cargando su bolso—. Tienes demasiado equipaje, deberías estar ahí para recibirlo. —Voy a estar ahí para recibirlo —gruño—. Solo quiero comprar un café primero. —El café siempre mejora mi mal humor. —Claro, cariño —dice papá, no porque esté de mi lado, sino porque quiere molestar a mamá—. Cuidaremos tus bolsos. ¿Trajiste las maletas Louis Vuitton, verdad? —Sí. —Me pregunto si puedo venderlas para pagar la deuda de mi tarjeta de crédito.


Hago fila en Starbucks e ignoro la fila más corta en Dunkin’ Donuts, porque necesito algo fuerte que espero me quite el mal humor de una sacudida. La fila avanza a centímetros; golpeteo impaciente con un pie, luego saco el teléfono y le envío un mensaje a Brooklyn en un esfuerzo por distraerme.

Seguimos con el plan? Me responde de inmediato:

Sí! Deja de preocuparte!! Mi mayor miedo es que Brooklyn se eche atrás con nuestro plan. No ha dado muestras de que lo vaya a hacer, pero eso no significa que no pase. Le podría dar dolor de garganta, o intoxicarse con alimentos, o romperse un tobillo. La gente siempre cancela cosas, sobre todo yo. Soy toda una canceladora. Espero que eso no haga más probable que Brooklyn me cancele a mí, como karma de cancelación o algo. Cuando llego al principio de la fila de Starbucks, decido cambiar y ordeno un moca helado skinny, porque mañana veo a Jace y no quiero estar toda hinchada. Por supuesto, todas esas hamburguesas que he estado comiendo en las últimas dos semanas no son de ayuda, pero como sea, no necesito impresionar a nadie. Una vez que esté en Carolina del Norte, voy a conocer a un chico nuevo, uno que me llevará flores todo el tiempo, me llevará a cenar a lugares elegantes y me comprará montones de regalos, como joyas e iPads y todo tipo de cosas. Y no de una forma mezquina tampoco, como cuando los chicos se sienten culpables o quieren presumir cuánto dinero tienen. En realidad, no, olvida eso. No me voy a poner al nivel de las muestras materialistas de afecto. De hecho, es mejor que encuentre un chico que no tenga dinero; no hay forma de que quiera repetir los errores de mi mamá. Además, tengo la sensación de que Jace y su familia son algo adinerados, y necesito el anti-Jace. Pero el anti-Jace igual me puede dar montones de regalos: flores que haya plantado él, notitas que haya


escrito en papeles hermosamente coloreados, galletas que él haya horneado y libros que haya encontrado en librerías de libros usados y que quiera que lea porque le recuerdan a mí. ¿Quién necesita a Jace Renault? Esta soy yo, superándolo por completo: la, la, la. Y este es él, desapareciendo de mi mente. —Moca latte skinny —grita el barista y tomo mi bebida, alegre por mi nueva actitud y mi inminente descarga de cafeína. Brooklyn me escribe de nuevo y reviso mi teléfono.

No pue2 esprar pra vrt! CN NENAA! Sonrío, vuelvo a guardar el teléfono en mi bolso y comienzo a caminar entre la multitud hacia el carrusel del equipaje donde esperan mis padres. Pero unos segundos después, me detengo en seco, porque caminando por el aeropuerto, por el lado contrario, viene Jace. Lleva una camiseta plateada de aspecto genial, usa el cabello apartado del rostro, y va encorvado con las manos en los bolsillos y, oh, por Dios, se ve tan sexi. ¿Qué voy a hacer si me ve? No tengo tiempo para correr, no tengo tiempo para hacer nada. Mi corazón late apresurado y la habitación está girando, y me estoy sonrojando y no… Oh. Espera. Ese no es Jace, es un chico con un piercing en el labio y el pelo de punta, que en realidad no se parece en nada a él. Bueno. Okay. Bien. Falsa alarma. Quiero decir, de todas formas no quería verlo. Sigo caminando por el aeropuerto, con el corazón latiendo por fin a su ritmo normal. Supongo que todo eso de «Jace desapareciendo de mi mente» necesita un poco de trabajo.


Suspiro.


18 ~ Jace Antes Traducido por Azhreik

Viernes, 25 de junio, 10:07 a.m. Sarasota, Florida

La noche antes de la boda, no puedo dormir en absoluto. Sé que es ridículo. Sé que es patético, sé que es totalmente estúpido. Sé que se debe a Peyton. Me revuelvo y giro y revuelvo y giro. Finalmente a las tres de la mañana, me rindo. Juego en internet durante un rato, pero el internet es aburrido. Intento leer un libro, pero no puedo enfocar la mente en ello, intento trabajar en mi discurso de graduación, pero ya he repasado tantas veces esa estupidez que si trabajo más en él, me temo que terminará empeorando. Finalmente, me voy a la deriva en el sueño a las cinco a.m., después de ver un montón de repeticiones de The Office en Netflix. Me despierta a las diez de la mañana siguiente el golpe de mi mamá en la puerta. —¿Jace? Me ruedo y parpadeo ante el reloj, preguntándome qué sucede. Mi mamá nunca me despierta porque piensa que soy el hijo perfecto y por tanto confía lo suficiente en mí para decidir mi propio horario para despertarme (Lo que es realmente cierto, soy el hijo perfecto. Y sé cuándo despertarme. Nunca antes de las once, ja ja ja.) —¿Sí? —grito. —Alguien está aquí para verte.


Peyton. Es el primer nombre que aparece en mi mente. Tiene que estar ya en Florida, ¿verdad? La boda es esta noche a las siete, así que su vuelo probablemente llegó anoche. Tal vez vino a mi casa a… —Es Evan —dice mi mamá—. Parece un poco… agitado. Suspiro y balanceo las piernas por el borde de la cama, luego me pongo una camisa de tirantes sobre los pantaloncillos y una camiseta. Cuando llego a la puerta, Evan está parado en el pórtico, con las manos en los bolsillos de sus pantalones militares, removiendo los pies adelante y atrás. Sus ojos se mueven por todos lados, lo que me pone nervioso. No tengo idea de qué sucede con él, pero ya tengo suficiente con lo que lidiar: la graduación, una boda, ver a Peyton… —Ey —digo. —¡Hola! —dice, pegándose inmediatamente una sonrisa en la cara—. ¡Allí está mi mejor amigo en el mundo! Oh, Jesucristo. —¿Qué has hecho? —pregunto inmediatamente. Luce herido. —No puedo creer que me preguntes eso. —¿En serio? —Cruzo los brazos sobre el pecho—. ¿En serio no puedes creerlo? —No —dice, elevando la barbilla en el aire—. No puedo. No he sido más que agradable contigo, durante toda mi vida, incluso… —No dije que no lo fueras —lo interrumpo—. Todo lo que dije es que realmente no puede sorprenderte que pregunte en qué clase de embrollo te has metido, para que necesites aparecer en mi puerta a las diez de la mañana, sin avisar. Su mirada de ultraje se profundiza. —¡No me meto en ningún embrollo! —¿En serio? —pregunto—. ¿Qué hay de la vez que te apuntaste para vender papel de envoltura para la recaudación de fondos de los de último año y entonces terminaste gastándote el dinero tú mismo?


——Necesitaba ese dinero… ¡de otra forma no habría podido pagar mi boleto del baile de graduación! Y además, lo devolví. —¿Qué hay de la vez que terminaste involucrado en ese proyecto de pirámide de vitaminas? ¿En el que casi te arrestaron por intentar vender píldoras de dieta a todas las chicas en la escuela? —¿Cómo se suponía que supiera que tienes que tener dieciocho para tomarlas? —protesta—. Y además, me golpearon en el rostro por eso, ¿recuerdas? —Se frota la barbilla, recordando. —Sí, ¡porque no puedes sencillamente ir por allí preguntándole a las chicas si quieren comprar píldoras dietéticas! Por supuesto que iban a molestarse. —Eso no era lo que… —¡Suficiente! —Levanto la mano. Y entonces empiezo a sentirme mal—. Olvídalo, no debí traer a colación todas esas cosas. Evan asiente. —No debiste —coincide—. Esas cosas están en el pasado, y realmente he cambiado. Especialmente desde que estoy con Whitney. Lo miro con la boca abierta. —Apenas han estado juntos durante unas pocas semanas. —Unas pocas semanas es tiempo suficiente. La gente puede cambiar así si están motivadas. —Chasquea los dedos. —Supongo —digo, dubitativo—. Entonces, ¿qué estás haciendo aquí tan…? — Me interrumpe el sonido de un ladrido proveniente del jardín. Frunzo el ceño—. ¿Qué demonios fue eso? Si el perro del vecino se mete en las flores de mi mamá de nuevo, ella va a enloquecer. Miro alrededor, pero no veo el perro por ninguna parte. —Eso es más o menos de lo que quería hablarte —dice Evan, luciendo avergonzado.


—¿Las flores de mi mamá? —pregunto con una risa. Él sacude la cabeza, y entonces lo comprendo. —Oh, no —digo—, Evan, por favor no me digas que… —Conseguí un perro. —Se hace a un lado, y puedo ver dónde está estacionado su coche en la entrada. Hay un perro en el asiento trasero. Cuando ve que lo observamos, inmediatamente empieza a gimotear y llorar. —Oh, Evan —digo, con el estómago desplomándose—. No lo hiciste. —¿Por qué no? —No puedes cuidar de un perro —digo—. Eres demasiado… —estoy a punto de decir “irresponsable”, pero estoy bastante seguro que eso lo molestaría—… impulsivo. —Gracias por el voto de confianza, Jace —dice, rodando los ojos como si estuviera completamente fuera del reino de las posibilidades el que se le considere impulsivo. Saca el pecho—. Entonces te hará feliz saber que el perro no es para mí. Es para Whitney. —Okay. —Miro al perro ansiosamente. Definitivamente no luce como la clase de perro que le das a alguien como regalo. Los perros que son regalos deberían estar limpios y ser de apariencia amigable, con las orejas levantadas y un gran moño rosa alrededor del cuello. Este perro luce… bueno, algo desaliñado. Pero, lo que sea, si Evan es feliz, yo soy feliz—. Eso es agradable, Evan —digo—. Estoy seguro que a ella realmente va a gustarle. —Bueno, esa es la cosa —dice. Cierro los ojos y lo espero—. Es alérgica a los perros. —¿Por qué diantres le conseguiste un perro si sabías que era alérgica? —Bueno, obviamente yo no sabía que era alérgica cuando conseguí el perro. —Se encoge de hombros—. Pero lo que está hecho está hecho.


—Entonces regrésalo. —No puedo. —¿Por qué no? —Porque lo conseguí en el refugio. —¿Y no lo aceptan de regreso? —No que realmente los culpe. Si me hubiera librado de un perro que luciera así, yo tampoco estaría emocionado por aceptarlo de vuelta. Sé que es algo horrible de decir, pero es la verdad. Entonces tengo un pensamiento—. No pagaste por ese perro, ¿o sí? —Bueno, tienes que darles una tarifa de adopción, Jace —dice—. Los refugios subsisten con tarifas de adopción y donaciones. Lo que me recuerda, ¿cuándo fue la última vez que hiciste algún trabajo de caridad? Lo miro con incredulidad. —¿Cuándo fue la última vez que tú hiciste algún trabajo de caridad? Asiente. —Buen punto. —Okay, ¿entonces qué vamos a hacer con él? —El perro está palmoteando el interior de la ventana, sus patas frontales dejan huellas lodosas en el vidrio—. ¿Así es como intentaste dárselo a Whitney? —pregunto—. Porque está todo sucio. — Probablemente ni siquiera es alérgica, probablemente solo no quería un perro sucio. —Ni siquiera lo lleve con Whitney —dice Evan. Empieza a arrojar sus llaves en el aire y luego atraparlas—. Solo le dije que iba con una sorpresa y en broma dijo: “Espero que no sea un cachorro, porque soy alérgica.” —¿Y qué dijiste tú? —Dije “Por supuesto que no es un cachorro, yo nunca te llevaría un animal sin pedirte permiso primero. —Okay —digo—, entonces, regrésalo.


Suspira. —Jace —dice—, acabo de decirte el problema con eso. —No, no lo hiciste. —El problema es que todas las ventas son definitivas. —¿Todas las ventas son definitivas? —Sacudo la cabeza—. Eso no tiene sentido. Es un refugio de animales, no un Sears. —Bien, no dijeron eso. —Deja de arrojar sus llaves al aire y me mira con seriedad—. Pero no puedo llevarlo de regreso, Jace. Nadie lo quiere. Y si nadie lo quiere, van a ponerlo a dormir. Es por eso que lo escogí a él. Estaba en una lista, ya sabes, de perros en su última oportunidad. —Baja la voz en la última parte, como si no quisiera que el perro supiera sobre la lista de la última oportunidad. —¿Entonces qué vas a hacer? —pregunto. —Voy a encontrarle un hogar. —Bien por ti. —Le doy una palmada fuerte en el hombro a Evan y entonces empiezo a retroceder a mi casa, antes que pueda involucrarme en algún loco proyecto que se le haya ocurrido para encontrarle hogar a este perro. De todas formas no puedo ayudar… ni siquiera conozco a nadie que quiera un perro, mucho menos un perro que luzca como un gran desastre. —Pero —dice, siguiéndome al interior de la casa—. No puedo encontrarle un hogar hoy. —¿Por qué no? —¡Porque a un perro le toma demasiado tiempo encontrar un hogar! Así es como terminó en el refugio en primer lugar. —Bueno, debiste haber pensado en eso antes de sacarlo. Y de todas formas, ¿por qué no puedes mantenerlo en tu casa? —Entro a la cocina, luego abro el refrigerador y saco el jugo de naranja.


—¿Puedes darme un poco? —pregunta Evan, dejándose caer en la barra de desayuno. —Eso depende —digo—. ¿Qué tan pronto te marcharás después de bebértelo? Pone una expresión herida en el rostro, y suspiro. Solo porque el sujeto estaba intentando hacer algo lindo para su novia no significa que yo tenga que ser un imbécil. —Solo bromeo —digo, y le sirvo un gran vaso. —Gracias. —Se lo bebe ruidosamente—. De verdad voy a encontrarle un hogar a ese perro, Jace. Voy a esforzarme mucho y encontrarle un hogar grandioso. Pondré posters, pondré anuncios en internet, incluso lo llevaré de puerta en puerta. —Grandioso. —Pero no puedo empezar nada de eso ahora mismo. —¿Por qué no? —Porque se supone que vaya a casa de Whitney con un regalo. —Sí, pero acabas de decir que es alérgica a su regalo. —Alcanzo la caja de pan y saco dos rebanadas de trigo entero, luego las pongo en la tostadora. Evan abre la alacena y saca una caja de cereal, luego empieza a llenarse un cuenco. —Sí, pero ella no lo sabe. Así que ahora tengo que llevarle algo más. Y por eso necesito algún lugar para dejar el perro. —Déjalo en tu casa. —Claro —dice—, como si mis padres fueran a aceptarlo. Como sea, estaba pensando que tal vez tú podrías cuidarlo. —Vuelve a sentarse ante la barra de desayuno y toma un gran mordisco ruidoso de cereal. —No. —Sacudo la cabeza—. Mi mamá nunca me dejaría. —¿Tu mamá nunca te dejaría qué? —pregunta mi mamá, apareciendo en la cocina.


—Dejar a Jace tener un perro —dice Evan. —Bueno, eso es verdad —dice mi mamá—. Amo a los perros, pero no sé si sería una buena idea ahora mismo, ya que Jace se está preparando para irse a la universidad. —Oh, no estaba hablando de quedárselo —dice Evan—, hablaba de que solo lo cuidara por mí. —¿Cómo niñero de perros? —pregunta mi mamá. Saca un tazón y empieza a llenarlo de cereal. De la misma clase que Evan. Suspiro. —No —digo—. No como niñero de perros. Ni siquiera es su perro. Mi mamá frunce el ceño. —¿De quién es el perro? —No tiene hogar —dice Evan tristemente. Sus ojos están aguándose, lo que es totalmente fingido. El sujeto nunca llora, especialmente no por un perro que acaba de conocer—. Era un perro de refugio que estaban a punto de sacrificar. Mi mamá baja la cuchara y se pone la mano sobre el corazón. —¡Eso es terrible! —No estaban a punto de sacrificarlo —digo, untando mantequilla de maní en mi tostada. —Sí, estaban a punto —dice Evan—. Es uno de esos refugios asesinos, donde matan a los perros si no los adoptan. —Es horrible la forma en que la gente solo descarta a los perros en estos días — dice mi mamá, sacudiendo la cabeza. Se sienta junto a Evan con su tazón de cereal—. Realmente no deberías tener un perro a menos que estés capacitado para cuidar de él. —Lo sé —dice Evan, aunque él acaba de conseguir un perro para el que no está capacitado de cuidar. —Lo que sea —digo, bebiéndome el jugo—. Gracias por pasarte, Evan, y buena suerte con el perro. Necesito ir a trabajar en mi discurso para la graduación del domingo.


—Creí que tu discurso estaba terminado —dice mi mamá, con una mirada de pánico en los ojos. Mi mamá está muy preocupada de que vaya a pararme allí y que se me olvide por completo mi discurso o algo por el estilo. Es como, su mayor temor. Lo que es ridículo, ya que todo lo que tengo que hacer es leerlo. —Solo pensé en ponerle algunos toques finales —miento—. Y practicar en leerlo en voz alta. —No quieres sonar demasiado ensayado —dice mi mamá. —Tiene razón. —Evan cucharea el resto de su cereal, luego lleva su tazón al lavabo—. Si suenas demasiado robótico, la gente empezará a dejar de prestar atención. Por supuesto, la gente probablemente dejará de prestar atención de todas formas, pero al menos puedes intentar facilitárselos para que escuchen. —Gracias. —Ruedo los ojos. —Entonces, ¿el perro puede quedarse contigo o qué? —No —digo, al mismo tiempo que mi mamá dice—: Sí. —¿Qué? —decimos ambos, mirándonos. —¿Por qué diablos querrías dejarme tener un perro? —pregunto—. Es ridículo. Rogué y rogué por un perro cuando era pequeño, y nunca me dejaron tener uno. —No estabas listo para la responsabilidad. Y con tu padre y yo trabajando tantas horas, no habría sido justo. —Tampoco ahora estoy listo para la responsabilidad —intento—. Soy bastante irresponsable. —Miro mi vaso de jugo vacío—. ¿Ves cómo sencillamente dejo mis vasos sucios por ahí? Soy horrible con la responsabilidad. Ella agita la mano para restarme importancia. —Por supuesto que aceptaremos el perro. ¿Durante cuánto tiempo?


—Solo un par de días —dice Evan—. Gracias, señora Renault. Siempre le digo a Jace lo afortunado que es de tener una mamá tan genial como usted. Es una mentira. Bueno, media mentira. A veces sí dice eso, pero solo porque sus padres son tan estrictos que los padres de cualquier otro parecerían geniales en comparación. —¿Qué hay de la boda? —digo salvajemente en un último esfuerzo para descarrilar este horrible plan—. ¿Quién va a cuidar del perro mientras estamos en la boda? La boda es en la noche, en un resort súper sofisticado, y vamos a pasar la noche allí. Supongo que tendrán algún gran almuerzo mañana por la mañana, e hicieron sentir muy culpable a mi mamá cuando intentó librarse de él. Lo que significa que yo también tengo que ir. Lo que significa que la noche antes de mi graduación va a ser un completo desperdicio. —Podemos llevarlo con nosotros —dice mi mamá—. Puede quedarse en el hotel. Grandioso. Un perro en mi cuarto de hotel. Solo una cosa más de qué preocuparse.


El Viaje 19 ~ Peyton Traducido por Azhreik

Sábado, 26 de junio, 3:37 p.m. Ocala, Florida

Cuando el coche de Jace se estrella con lo que sea que esté detrás de nosotros, tardo un segundo en darme cuenta qué sucedió. Es como si mi cerebro no pudiera comprender o aceptar el hecho de que golpeé algo. Estampo el pie en el freno, lo que es bastante estúpido, porque ya estamos parados. Desde el asiento trasero, Héctor suelta un pequeño gimoteo. Cierro los ojos. —¿Qué acaba de suceder? —croo. —¿Qué demonios crees que acaba de suceder? —grita Jace—. Golpeaste a alguien. —¿Está… está muerto? —susurro. —No, no está muerto, golpeaste el coche, no a la persona. —Se desabrocha el cinturón de seguridad y sale del coche. Hay un hombre con camisa abotonada y una calva incipiente parado detrás de nosotros, con la cara tan roja y enojada que durante un segundo creo que va a explotar en una bola de fuego. Pongo el coche en neutral, me desabrocho el cinturón y respiro hondo. Héctor sencillamente está sentado en el asiento trasero, sin hacer algún sonido. Lo reviso antes de salir, para asegurarme que está bien. Luce bien, físicamente, lo que es bueno. Pero solo está ahí sentado en silencio, lo que es algo perturbador. Quiero decir, normalmente


siempre quiere gimotear y revolverse. El hecho de que esté tan silencioso significa que sabe que algo malo está sucediendo. —Está bien, chico —susurro en su pelo, desando que pudiera quedarme aquí con él. ¿Cómo pude haber chocado a alguien? Conozco la respuesta. La verdad es que estaba distraída. Estaba pensando en lo que Jace dijo en el restaurante, sobre que huir no va a resolver nada. En el fondo, sé que tiene razón. No va a ayudar en nada. No va a ayudarme a descubrir de cuánto de la deuda de las tarjetas de crédito voy a ser responsable, no va a ayudarme a descubrir cómo confrontar a mi mamá. ¿Eso significa que soy una cobarde? ¿Jace piensa que soy una cobarde? —Solo necesito el verano —le susurro a Héctor—. Solo necesito el verano para no tener que lidiar con eso, y luego lo resolveré, lo prometo. Héctor gimotea y gira la cabeza, luego pone las patas frontales en el cristal trasero y empieza a palmotear el cristal. Suspiro. Sé que debería salir y ver qué sucede. Respiro hondo de nuevo y salgo del coche. —¿Qué demonios le has hecho a mi coche? —está gritando el hombre al que choqué. Jace no le responde, solo observa los coches, mirando el daño. Y hay un montón. Al menos, parece que lo hay. El parachoques completo del coche de Jace está colgando. Inmediatamente se me saltan las lágrimas. Algo así es costoso, extremadamente costoso. Tienes que pagar miles y miles de dólares de reparaciones. Lo sé porque una vez mi mamá tuvo un rasponcito y le costó como dos mil dólares de reparaciones, y mi papá estaba tan molesto que amenazó con quitarle su Navigator y hacerla comprar algo que tuviera tarifas de seguro más bajas, como un Corolla. —¿Por qué estás llorando? —ruge el hombre cuando me ve allí parada—. ¡Tú eres la que me choco! ¡Yo soy el que debería estar llorando! —Está agitando los brazos


en todas direcciones, con el rostro enrojecido y sudoroso. Dios, da miedo. Miro su coche, pero no puedo ver ningún daño. —No hay nada malo con su coche —dice Jace. Ha estado inspeccionando mientras yo he estado llorando—. Así que puede seguir su camino. —¡No seguiré mi camino! —dice el hombre con los dientes apretados—. Vamos a llamar a la policía. —Tranquilícese —dice Jace y rueda los ojos—. Es un estúpido rayoncito. Iré por mi información del seguro. —Se gira y dirige al coche para obtener la tarjeta de su seguro. —¿Tú estabas conduciendo el coche, jovencita? —exige el hombre. Abro la boca para responder, luego la cierro rápidamente. Probablemente va intentar pillarme con alguna clase de tecnicismo del seguro o algo. Como que ya que yo estaba manejando, tengo que pagar todo de mi bolsillo. —Porque si es así, necesitas unas lecciones de manejo. Lo primero que siempre le digo a mi hija, lo primero es que necesitas revisar tus espejos retrovisores. ¿No tomaste clases de manejo? Sí tomé clases de manejo, pero en realidad no fueron tan útiles. Éramos cuatro en un coche, y pasabas la mayor parte del tiempo solo ahí sentado, esperando tu turno para conducir. Era una clase de una hora de duración, así que conseguías como quince minutos de tiempo de conducción una vez a la semana. Y al final de la clase de seis semanas, te hacían un descuento en el seguro. Lo que sería útil ahora. Porque mi seguro probablemente tendrá que pagar, ¿’no? ¿O el de Jace? Dios, me pregunto si debería llamar a mi papá. Él sabe de cosas como estas. Por supuesto, tendré que inventar algo, algo sobre que estaba conduciendo con Brooklyn y estrellé el coche rentado. No va a alegrarse, especialmente desde que… —Ahí tiene —dice Jace, empujando un trozo de papel arrugado en manos del hombre—. Ahí está mi información del seguro.


Jace saca su celular y saca algunas fotografías de ambos coches y el hombre hace lo mismo. Luego el sujeto gruñe algo sobre “locas conductoras”, vuelve a subirse a su coche y se aleja. Que grosero. Quiero decir, no podría al menos haber dicho algo sobre locos conductores adolescentes? ¿Por qué tiene que ser conductoras? Soy muy buena conductora. Bueno, normalmente. Quiero decir, antes de esto, nunca he estado en un accidente. Cuando es momento de volver a entrar al coche de Jace, tengo el sentido común de deslizarme en el asiento del pasajero. Héctor gimotea un poco y luego se acuesta en el asiento trasero y se queda callado. Jace se sube al coche, con el rostro oscuro y atormentado. —Lo siento mucho —digo—. Debí haber mirado detrás de mí. Él no dice nada, solo se queda allí sentado, mirando por el parabrisas, con las manos apretadas sobre el volante. —Lo pagaré —digo. Aun él no responde. —Me aseguraré de que todo se pague, lo prometo. Aun no dice nada. Mis ojos vuelven a llenarse de lágrimas, y después de un segundo, Héctor desliza sus patas en la parte trasera de mi asiento y empieza a lamerme el rostro. Ni siquiera me importan todos los desagradables gérmenes de perro que me está dejando. —Puedes llevarme de vuelta al hotel si quieres —le digo a Jace—. Si lo haces, lo entenderé, o puedes llevarme de vuelta a casa de Courtney, y ella puede ayudarme a llegar a casa. Puedo notar que está realmente enojado. Después de un segundo, gira la llave en la ignición, ajusta exageradamente el espejo retrovisor y luego sale del estacionamiento.


Cuando llegamos a la autopista, estoy segura que va a dirigirse de vuelta a Siesta Key. Pero en su lugar, continúa en nuestra ruta, conduciendo al norte hacia las Carolinas.

•••

Jace no habla mientras atravesamos Florida y entramos a Georgia. En realidad es bastante inquietante. No sé qué está pensando. No sé qué está planeando. Temo a medias que tal vez está tan furioso que va a dejarme al costado del camino en algún lugar, para que haga autoestop el resto del camino a Carolina del Norte. Cuando Héctor empieza a gimotear en el asiento trasero como si tuviera que ir al baño, estoy aliviada. Yo también tengo que ir al baño, pero estoy demasiado nerviosa para decir algo. Jace estira la mano y saca el GPS del soporte en el parabrisas, y empieza a teclear algo, probablemente en busca de una parada. —Yo puedo hacer eso —me ofrezco, intentando sonar a partes iguales en disculpa, agradecida y útil—. Probablemente es más seguro que yo lo utilice. Ya sabes, porque tú estás conduciendo y eso. Él bufa. Lo que tiene sentido. Quiero decir, ¿quién soy yo para mencionar la seguridad? Soy yo la que acaba de tener un accidente en un coche que no era mío antes siquiera de empezar a manejar. Encuentra lo que estaba buscando en el GPS y vuelve a deslizarlo en el soporte. Diez minutos después, se estaciona en la parada, aun sin hablarme. Sale del coche y empieza a pasear a Héctor sobre el pasto. No estoy exactamente segura de qué se supone que haga yo, así que después de un minuto, me desabrocho el cinturón de seguridad y entro. Utilizo el baño, luego me compro la comida más barata que puedo encontrar: una bolsa chica de patatas fritas y una lata de gaseosa dietética genérica. Costo total=


tres dólares. Al último minuto, añado una segunda bolsa de patatas y una botella de agua para Jace. Me imagino que doblar mi presupuesto vale la pena el esfuerzo para mantenerlo feliz. Bueno, tal vez no feliz exactamente. Quiero decir, incluso yo sé que un bocadillo no va a compensar el hecho de que estrellé su coche. Pero tal vez podemos olvidarlo. Tal vez todo esto se convertirá en una de esas historias graciosas de viajes que le contaremos a la gente después. Como conversaciones en fiestas, ja ja ja. Pero cuando regreso al coche, Jace está parado detrás de él, frunciéndole el ceño al parachoques. —Te compré unos bocadillos —digo. Me quita el agua, desenrosca la tapa y toma un largo sorbo. Luego toma las patatas. —De nada —digo. Aún sigue sin decir nada, solo sigue mirando el parachoques. —Okkkkaayyy —digo—. ¿Entonces sencillamente vas a ignorarme el resto del tiempo? —No te estoy ignorando. —¿No? Porque a mí me parece que sí. —¿Por qué pensarías eso? —¡Porque no me has hablado durante las últimas cuatro horas! —Destrozaste mi coche. Ruedo los ojos. —No destrocé tu coche —digo—. Aún funciona, ¿o no? —No estoy seguro —dice. Coge el parachoques y lo empuja contra la estructura del coche. Cuando lo sostiene así, casi luce como si pudieras volverlo a pegar.


Probablemente tienen alguna clase de pegamento especial que puedes comprar en una tienda de auto partes por más o menos diez dólares. Eso es lo que sucedió cuando le arreglaron los frenos a Brooklyn. Iba a costarle cuatrocientos dólares si lo llevaba a una tienda, pero en su lugar, consiguió a un chico en nuestra clase que lo hizo por ochenta dólares después que ella compró las partes en AutoZone. —Tal vez sea algo que podamos arreglar nosotros mismos —digo, agachándome. Levanto un borde del parachoques, pero cuando lo hago, el otro lado se cae y raya la pintura. Ups. —No lo toques —dice Jace, pasándose las manos por el cabello—. Jesús. —Lo siento. —Siento que las lágrimas me empiezan a llenar los ojos. Parpadeo lo más rápido posible, no quiero que él sepa que tiene esta clase de efecto sobre mí. Suspira. —No, yo lo siento —dice—. Estoy siendo un patán. No estrellaste mi coche a propósito. —No lo hice a propósito —digo, sacudiendo la cabeza con vehemencia—. Lo juro. Debí haber estado mirando a dónde iba. Pero fue un completo accidente. Y de verdad voy a pagar por esto, lo prometo. Te daré lo que sea que cueste. Por supuesto, no tengo idea de cómo voy a conseguir dicho dinero, pero estoy tan desesperada porque Jace ya no esté furioso conmigo, que prácticamente prometeré lo que sea. Además, es lo correcto. —Probablemente el seguro lo cubrirá —dice. Gira la cabeza en círculos, estirando el cuello—. Mira, probablemente deberíamos encontrar un lugar para quedarnos. —¿Un lugar para quedarnos? —Héctor está palmoteando mis piernas, así que me agacho y le froto la cabeza hasta que empieza a calmarse un poco. —Sí, un hotel. Estoy exhausto y no hay forma en que vaya a permitirte conducir. Asiento. —Es justo. —Respiro hondo—. ¿Podemos quedarnos en algún lugar barato?


Asiente. —Claro. Quiero preguntarle si espera que también pague por su habitación, pero no lo hago. Si dice que sí, no sé qué voy a hacer. Todos volvemos a subirnos al coche. Héctor se sienta en mi regazo esta vez. Huele algo desagradable, pero no me importa. Es reconfortante, tenerlo cerca de mí. Además, solo es un perro. No tiene idea de que mi vida es un desastre, que estoy en un viaje por carretera con un chico al que no soporto, o que mi mamá me hizo algo horrible. Todo lo que Héctor sabe es que está en este coche, ahora mismo, viajando, mientras yo lo acaricio. Y eso es suficiente para hacerlo feliz. Desearía que fuera suficiente para mí.

•••

Media hora después, Jace se estaciona enfrente del Residence Inn en el centro de Savannah. Definitivamente no es el hotel más barato, pero es el único de los de la zona que parecía estar en un área segura, cerca de nuestra ruta y más importante: acepta mascotas. Cuando entramos, Jace camina directamente a la recepción. —Necesitamos, mm, dos habitaciones por favor, supongo —dice. Me mira para confirmar. Yo asiento—. Y tenemos un perro. —¿Y en qué habitación le gustaría que el perro se quedara? —pregunta la recepcionista felizmente. Su placa dice «MIA». —En la mía —dice Jace. Estoy a punto de protestar, porque sería lindo tener a Héctor acurrucado en la cama conmigo, pero entonces la recepcionista dice que cuesta setenta y cinco dólares extra por la cuota de la mascota. Jace entrega su tarjeta de crédito y paga por las habitaciones, supongo que esperando que le pague después.


—Si quieren salir a comer, recomiendo el Distillery —dice la recepcionista. Pasa la tarjeta de Jace y nos muestra una sonrisa—. Está justo a la vuelta de la esquina y es delicioso. —Gracias —digo. Jace firma el recibo que Mia le da, luego sale a estacionar el coche y a meter a Héctor. Yo espero en la recepción con nuestras bolsas. Cuando regresa, atravesamos la zona del bar y el pasillo hacia nuestras habitaciones en silencio. Incluso Héctor parece calmado, trotando junto a Jace dócilmente, sin notar siquiera que los otros huéspedes del hotel le sonríen y remarcan entre ellos lo lindo que es. —Bueno —digo mientras deslizo mi llave de tarjeta en la puerta de mi habitación. Suena y parpadea con una diminuta luz verde—. Mm, ¿supongo que te veré en la mañana? y yo, eh, te pagaré por la habitación entonces. —Sí —dice, deslizando la tarjeta en el teclado de la habitación al otro lado del pasillo—. Supongo que te veré en la mañana. Desaparece por la puerta, y me quedo allí parada por un segundo, ya extrañándolo. Finalmente sacudo la cabeza para aclararme los pensamientos, y entro a mi habitación.


20 ~ Jace El Viaje Traducido por Anvi15

Sábado, 26 de junio, 7:45 p.m. Savannah, Georgia

No estaba tan enojado con Peyton por chocar mi auto. Juro por Dios que no lo estaba. Mierda, podría fácilmente haber sido yo. He estado en un par de choques leves desde que tengo mi licencia, y no es como si fuera la gran cosa. Quiero decir, ¿realmente importa? Nadie resultó herido. Y mi seguro va a cubrir todo esto, de todos modos, así que no es como que vaya a ser caro. Así que no, no estaba enojado con Peyton. Estaba enojado conmigo mismo. Porque cuando ella se estrelló contra el coche detrás de nosotros, me di cuenta de algo. Yo no quería cancelar el viaje. Ella estrelló mi carro, estaba siendo maleducada conmigo, yo probablemente iba a perderme mi estúpida graduación por ella, y aun así no quería cancelar el viaje. Y cuando pensaba en ello, la única razón en que podía pensar para justificarlo era porque quería estar con Peyton. Quería estar con ella. Peyton, que actúa como si no me soportara, que actúa como si no quisiera tener nada que ver conmigo, que tuvo un accidente con mi auto que probablemente provocaría que mis tarifas del seguro subieran por las nubes, y quería quedarme con ella. ¿Qué diablos está mal conmigo? Esto es lo que pasa por mi cabeza mientras estoy acostado en mi cama en la habitación del hotel en Savannah. Finalmente, no lo puedo soportar más, así que le engancho la correa a Héctor y lo llevo fuera.


Hay un campo al otro lado de la calle, y camino con Héctor hasta allá, sobre la hierba. Debió haber llovido en Savannah antes, porque el césped está mojado, y en un par de minutos las patas de Héctor son un desastre completamente embarrado. Digo una oración silenciosa de agradecimiento porque la habitación de hotel en la que me quedo cuenta con dos camas. Tal vez pueda limpiarlo lo suficiente para que no esté goteando, y luego ponerlo en la cama junto a mí. Es solo suciedad, ¿no? No es como si no pudiera lavarse. Por supuesto, las sabanas son de un color blanco brillante, por lo que… Mi teléfono suena, y suspiro buscando en mi bolsillo. Definitivamente tiene que ser mamá. Cada vez que ha llamado, la envío directo al correo de voz, sé que va a estar molestándome acerca de tener que llegar a casa a tiempo para la graduación. No entiendo por qué la estúpida graduación significa tanto para ella. Ya sea que esté ahí para dar un gran discurso o no, no cambia el hecho de que soy el mejor estudiante de mi generación. Pero no es mi mamá quien llama. Es un número que no reconozco. —¿Hola? —Trato de equilibrar mi teléfono en mi hombro a la vez que refuerzo el agarre sobre la correa de Héctor con ambas manos. Hay una hoja flotando, y al parecer eso es una gran preocupación para él. Tan grande, que siente la necesidad de perseguirla, casi dislocándome el brazo en el proceso. —¡Jace! —dice la voz de una chica—. ¡Gracias a Dios! ¡Pensamos que estabas muerto! —¿Quién pensó que estaba muerto? —No lo sé —dice. Hay una pausa—. En realidad, creo que solo tu mamá pensó eso. Yo estaba bastante segura que no estabas muerto. —¿Quién eres? —¡Soy Courtney!


—Oh. Lo siento. No reconocí el número. —Estoy llamando desde el teléfono de Jordan. —Baja la voz—. Escucha, no sé dónde te encuentras o lo que estás haciendo, pero tu madre está muy preocupada. Ella dice que tienes la graduación mañana por la noche, y que no ha sido capaz de ponerse en contacto contigo. Está a treinta segundos de hacer una llamada a la policía. —Sé que no ha sido capaz de ponerse en contacto conmigo —le digo—. He estado enviando sus llamadas al correo de voz. —Hago una pausa, esperando que Courtney me diga que no es algo muy agradable. Pero no lo hace. —Y de todos modos, le dije que no iba a la graduación. Así que no sé por qué está volviéndose loca. —Está bien. —Courtney está en silencio por un minuto. Observo cómo Héctor olfatea todo, toca las cosas con la pata y come hierba—. Entonces, ¿qué quieres que le diga si llama? —¿Te está llamando? —Bueno, sí —dice ella—. Ella está preocupada por ti, y pensó que tal vez estabas aquí pasando el rato con mis amigos y yo. —¿Por qué iba a pensar eso? —le pregunto—. Le dije que estaba… —Niego con la cabeza en señal de frustración—. En realidad, no importa. Solo dile que estoy a salvo, ¿de acuerdo? Y que voy a estar en casa pronto. —Está bien. —Hay un silencio—. ¿Jace? —pregunta finalmente. —¿Sí? —¿Estás con Peyton? Vacilo. No quiero mentir, pero por otro lado, tampoco quiero que Courtney le cuente algunos detalles a mamá. Cuanto menos sepa mamá, mejor. Por eso no estoy tomando sus llamadas.


—¿Queda fuera de los registros? —¿Fuera de los registros? —Sí, como ¿vas a decirle a mi mamá lo que te diré? —No —responde—. Le voy a decir que estás a salvo y que estarás en casa pronto, pero eso es todo. —Pues sí, estoy con Peyton. —Eso es lo que pensé —dice. Y estoy bastante seguro de que puedo escuchar una sonrisa en su voz.

••• Camino con Héctor otra media hora más o menos, pensando que probablemente es una buena idea cansarlo antes de llevarlo de vuelta a la habitación. Me siento mal que haya estado encerrado en el coche todo el día. No es que parezca estar en mi contra. De hecho, todo lo contrario. Parece totalmente feliz, agita la cola y trata de conocer a aquellos que pasan por allí. Tenemos que cruzar la hierba para volver al hotel, por lo que en el momento en que llegamos a la acera enfrente del edificio, sus patas están dejando huellas embarradas por todo el pavimento. No hay manera de que solo vaya a limpiarlo con una toalla. Y si él salta sobre la cama como está, va a ser un desastre. Es una ilusión esperar que pueda mantenerlo en el suelo. Ayer por la noche, en el hotel en Siesta Key saltó a la cama tan pronto las luces se apagaron y luego metió el hocico debajo de mi almohada. No me preguntes por qué él pensó que sería una posición cómoda, o por qué se dio la vuelta en algún momento de la noche y durmió de espaldas. Los perros son simplemente raros.


—Realmente no quiero darte un baño —le digo a Héctor mientras deslizo mi tarjeta llave en la puerta que separa el hotel de la acera—. Pero parece que eso es lo que va a suceder. ¿Te gusta el agua, Héctor? Él mueve la cola y me mira con alegría, pero apuesto que una vez que se meta en el agua va ser una gran catástrofe. Tal vez debería dejarlo sucio. Al menos sé con cual tipo de suciedad voy a tratar. Voy a asegurarme de dejar una buena propina para que la mucama no… —¡Ahhh! —grita Peyton. Ella está al otro lado de la puerta, tratando de tirar hacia ella, al mismo tiempo que yo trato de tirar de la puerta hacia mí. —Oh —dice una vez que atraviesa y ve que soy yo—. Hola. —¿Qué estás haciendo? —le pregunto suspicazmente. Se encoge de hombros. —Solo voy a dar un paseo. Iba a ver si había una gasolinera o algo donde poder conseguir algo de comer. —¿Por qué querrías comer comida de la gasolinera? —Pero tan pronto las palabras salen de mi boca, me doy cuenta. Ella está quebrada. Lo cual explica por qué compró esas patatas y agua en la parada, en vez de ir por algo más sustancial. —¿Qué demonios le pasó? —pregunta, mirando a Héctor y haciendo caso omiso de mi pregunta sobre la comida de gasolinera—. Se ve como un gran desastre lodoso. —No le pasó nada —le digo, de repente a la defensiva. Acerco la correa de Héctor un poco hacia mí, de modo que esté más cerca—. Solo salimos a dar un paseo. Los perros se ensucian en los paseos, a veces, Peyton. —Ruedo los ojos como si ella no supiera nada acerca de los perros. —Sí, pero está reaaaalmente sucio. —Ella se arrodilla en la acera, y Héctor le pone las patas delanteras sobre las rodillas y le lame la cara—. ¿Qué has hecho, dejarlo caminar a través de charcos de barro?


—No. —Sí—. De todos modos, tengo que ir a darle un baño. —¿Un baño? —Sí, un baño. Los perros reciben baños, Peyton, cuando están sucios. Ella se levanta y me sonríe. —No, eso lo sé. Estoy sorprendida, eso es todo. —¿Por qué? —Por el hecho de que vas a darle un baño." —¿Por qué? —Estoy ofendido de alguna manera. —No lo sé. —Se encoge de hombros—. Simplemente no parece ser el tipo de cosa que harías. —Bueno, lo haré. —Bien. —Bien. Estamos ahí, mirándonos el uno al otro por un momento. —Bueno —dice finalmente—. Mm, hazme saber si necesitas ayuda. —No la necesitaré. —Bueno, si la necesitas… —Si la necesito, te lo haré saber. Pero estoy bastante seguro de que no la necesitaré. —Está bien. Bueno, hasta mañana. Ella pasa a mi lado a través de la puerta, y aunque estoy muy molesto con ella, a pesar de que no puedo soportar el hecho de que ella está actuando como si yo fuera un


inútil que no puedo siquiera darle un baño al perro, tengo que resistir la tentación de extender la mano y tirar de ella hacia mí. Sacudo la cabeza y tiro de Héctor por la puerta y por el pasillo hacia nuestra habitación. Esta vez, mientras pasamos otros huéspedes del hotel, éstos arrugan la nariz y miran a Héctor como si fuera asqueroso. Supongo que de cierta manera lo es, pero en serio. Uno pensaría que la gente sería un poco más agradable. Él va a estar bien después de un baño. Un baño que puedo manejar por mi cuenta, muchas gracias. Un baño en el que definitivamente no voy a necesitar la ayuda de Peyton.


El Viaje 21 ~ Peyton Traducido por avox

Sábado, 26 de junio, 8:17 p.m. Savannah, Georgia

La gasolinera en Savannah está sorprendentemente bien surtida y es sorprendentemente barata. No sé si será por los precios en el sur o qué, pero fui capaz de conseguirme Oreos, una gaseosa dietética, dos bolsas de patatas fritas y algunos Combos de nachos con queso por sólo seis dólares. ¡Seis dólares! Que ganga. Fue tan barato que al comienzo pensé que era una de esas cosas donde la comida está a punto de ponerse mala, y entonces todo está rebajado. Pero entonces verifiqué las fechas de expiración, y ni siquiera estaban cerca. ¡Que vivan los bocadillos sureños no perecederos! Camino rápidamente de vuelta al hotel, comiendo una bolsa de patatas fritas mientras avanzo. Es una caminata agradable —todavía hay algo de luz afuera, y el aire de Georgia es cálido y ligeramente húmedo contra mi piel. Decido tomar el camino largo alrededor del edificio, e ir por el vestíbulo frontal del hotel en vez de la entrada lateral. Por primera vez en unos cuantos días, comienzo a sentirme feliz. Todo va a salir bien, me digo mientras camino por las puertas automáticas. Todo va a estar bien. La chica en la recepción, Mia, tiene puesto su iPod, y está bailando al ritmo de cualquiera que sea la canción que está escuchando, mientras teclea algo en la computadora. Ella sonríe y me da un pequeño saludo. —¿Cómo está su cuarto? —pregunta.


—¡Está genial! —le digo—. Gracias. Sonríe, revelando el espacio entre sus dientes de enfrente. —Avíseme si necesita algo más. —Lo haré. ¡Todos aquí son tan amigables y relajados! Hay gente sentada en el bar mientras paso por ahí hacia mi cuarto, y están riéndose y haciéndose bromas entre sí. Una de las mujeres me da un pequeño saludo mientras camino, y la saludo también. Supongo que esto es a lo que la gente se refiere cuando hablan de la hospitalidad sureña. Me pregunto si también será así en Carolina del Norte. Eso espero. Podría acostumbrarme totalmente a esto. Empujo la puerta de mi cuarto y tiro mis botanas en la cama. Decido tener una agradable larga ducha caliente, luego ver repeticiones de Jersey Shore o algo igual de tonto mientras como. Saco un par de pantalones de lana y un top de tirantes de mi maleta, me los llevo al baño, me desvisto y abro la ducha al máximo. La pongo tan caliente como puedo soportarlo, dejando que el agua me quite el estrés mientras las gotas corren por mi cuerpo. Me quedo ahí un largo tiempo, y cuando finalmente apago el agua, me siento relajada y libre. Y honestamente, cuando realmente lo piensas, ¿por qué no debería estarlo? Solo estoy a un día de estar en Carolina del Norte, a sólo un día de tener mi propio apartamento, a solo un día de comenzar mi nueva vida. ¿A quién le importa lo que los demás vayan a pensar o a decir? ¿A quién le importa si estoy cometiendo un gran error? La gente probablemente le dijo a Bill Gates que estaba cometiendo un gran error cuando dejó la universidad. Lo mismo con Mark Zuckerberg. Por supuesto, estos chicos eran genios tecnológicos, y ya estaban trabajando en algo que iban a llevar al mercado. O como sea que se diga cuando haces un nuevo producto.


Pero yo tal vez podría llevar algo al mercado. Una vez en la venta de pasteles del noveno grado hice unos brownies increíbles porque modifiqué la receta que venía atrás de la caja de chispas de chocolate. La gente estuvo delirando por ellos todo el día. Podría abrir una tienda de brownies. Y luego expandirlo a galletas y pasteles. Siempre he querido aprender a hacer galletas y pasteles en forma de cosas, como en esos programas donde moldean pasteles para que parezcan personas o caricaturas. Totalmente podría hacer eso. Estoy tan animada por mi nueva vida como vendedora al por menor y/o empresaria de Internet, que estoy tarareando una cancioncita para mí mientras salgo de la ducha y me visto. Estoy solo a punto de prender la TV cuando tocan mi puerta. Lo ignoro, pensando que probablemente es la limpieza, o tal vez esa chica agradable de la recepción, viniendo a ponerme un chocolate en la almohada o algo así. Probablemente hacen esas cosas en el sur. Abro mi bolsa de Combos, y hago estallar uno en mi boca. Tocan la puerta de nuevo. Agh. Esta gente sureña debe entender que ser agradable solo es agradable cuando la otra persona en realidad lo quiere. —¿Peyton? Oh. Es Jace. Bueno, eso lo explica. Él definitivamente no estará practicando la hospitalidad sureña. Tiene suerte si practica siquiera la hospitalidad norteña. Me arrastro a la puerta y me asomo por la mirilla. Está parado ahí con una camiseta blanca y un par de pantalones deportivos verdes. Su cabello está todo revuelto, y hay una gran mancha sucia al frente de su camiseta. Héctor está parado junto a él, meneando la cola. —¡PEYTON! —dice Jace, y toca otra vez—. ¿Estás ahí? Suspiro y le quito el seguro a la puerta. —Por supuesto que estoy aquí —digo—. ¿Dónde más estaría?


—He estado tratando de llamar a tu cuarto durante los últimos cuarenta y cinco minutos —dice—. ¿Por qué no contestabas? Se asoma por delante de mí a la habitación, todo sospechoso, como si esperara a medias que esté teniendo una fiesta o entreteniendo a un caballero o algo así. —Estaba en la gasolinera, ¿recuerdas? —¿Durante una hora? —No —digo, aunque probablemente estuve más tiempo del que debía, escogiendo mis bocadillos. Es que había mucho de donde escoger—. No durante una hora, pero luego estuve en la ducha. —Cruzo los brazos sobre el pecho, de repente me doy cuenta que todo lo que llevo puesto es un top de tirantes. —Bueno, ¿puedes ayudarme? —pregunta Jace. —Jace —digo seriamente—. Creo que estás más allá del punto de ayuda. — Pienso que es un chiste bastante gracioso, honestamente, pero Jace no parece estar de acuerdo. —Ja ja —dice, rodando los ojos—. Pero en serio, necesito ayuda con Héctor. Él no me escucha. —¿Qué tiene de nuevo? —Miro hacia Héctor y le doy una sonrisa cariñosa, porque, honestamente, ¿cómo puedo no amar a una criatura que le está dando problemas a Jace y no lo escucha? Y ahí es cuando me doy cuenta de que Héctor es ahora un desastre aún más grande del que era cuando lo vi afuera después de su paseo. Ahora no solo está cubierto de lodo, sino que el lodo parece haber sido diluido por agua y jabón. De su pelaje gotean charcos sucios y llenos de tierra que se acumulan en el piso de madera del pasillo. —¿Qué le pasó? —Arrugo la nariz—. Está todo jabonoso y sucio. —Ni siquiera sabía que se podía estar jabonoso y sucio al mismo tiempo.


—Le estaba dando un baño —dice Jace—. Y no se estaba quieto. Cada vez que intentaba enjuagarlo, saltaba de la bañera. —¿Saltaba de la bañera así nada más? —Sí, y corrió por todo mi cuarto, dejándolo como un desastre asqueroso. Contengo una carcajada. —¡No es gracioso! —dice Jace. —Tienes razón —digo, asintiendo con la cabeza, simulando seriedad—. No lo es. Jace suspira. —¿Vas a ayudarme o no? —Creí que no necesitabas mi ayuda. —Le doy una mirada desafiante. Él me la devuelve. —Todos necesitamos un poco de ayuda de vez en cuando, ¿o no, Peyton? —Sé que está hablando del hecho de que lo necesito para que me conduzca a Carolina del Norte. O hasta donde él sabe, Connecticut. Odio que lo traiga a colación. Pero sí tiene razón. —Lo que sea —digo, abriendo la puerta de mi cuarto—. Entra.

••• Okay, así que darle un baño a Héctor con Jace fue en realidad algo divertido. Una vez que olvidamos la idea de que había alguna oportunidad de que nosotros, Héctor o el baño permaneciéramos limpios, y lo tomamos por lo que era: un gran y asqueroso desastre, todo fue mucho más fácil. —¿Tú lo sostienes mientras yo lo enjuago, okay? —le digo a Jace.


—Okay —dice Jace. Héctor está en la bañera, sólo parado ahí, mirándonos como si estuviéramos locos. A él no parece importarle el agua, pero nunca se sabe cuándo va a emocionarse y querer jugar o hacer travesuras. Jace sostiene a Héctor cuidadosamente alrededor del estómago, y yo bajo el rociador de la ducha para enjuagar a Héctor. —Está bien, chico —digo—. Es solo agradable agua caliente, se sentirá bien. Héctor actúa como si me entendiera, y alza su cabeza hacia el agua. —Buen chico —le digo. —¿Sabes que no puede entenderte, verdad? —pregunta Jace. —Sí puede —digo, aunque sé que no es verdad—. Es un perro muy inteligente. Jace se burla de mí. —¡Lo es! —digo—. Y a él no le gusta que digas que no es inteligente, ¿o sí, chico? En ese preciso momento, Héctor consigue escaparse de las manos de Jace y pone sus patas delanteras en el costado de la bañera. —Ey, ey, ey —dice Jace, bajándolo de vuelta al agua—. ¿Qué estás haciendo? —Te dije —comento—. A él no le gustó que dijeras que no entiende el español. —Y luego añado—. Y además apenas lo agarrabas. No tienes que tenerle miedo, Jace, él no heriría a una mosca. —¡No le tengo miedo! —¿Entonces cuál es el problema? —Nada. —Se encoge de hombros—. Simplemente no me agrada. —¿Por qué no? —Porque es un dolor en el culo. —Dios, realmente eres cruel, ¿lo sabes?


—¿Soy cruel? —dice él, y sacude la cabeza—. Okay, bien, Peyton, ¿sabes por qué estoy raro cerca de Héctor? —Toma una respiración profunda y luego aparta la vista de mí hacia el piso del baño. —¡Sí! —digo—. Sí quiero saber por qué estás tan raro cerca de Héctor. —Tomo el cabezal de la ducha y apunto el chorro alrededor de las patas traseras de Héctor. Él menea la cola disparando pequeñas gotas de agua caliente a mis brazos. —Bien —dice Jace—. Pero no digas que no te advertí. —Respira profundo de nuevo y luego cierra los ojos por un segundo—. Cuando tenía siete, tuve un perro. Era un Golden retriever llamado Mork. Ese fue el año en que se burlaban de mí en la escuela, y Mork, él… él siempre estaba cerca de mí. Él era el único al que no le importaba mi impedimento del habla. —¿Tenías un impedimento del habla? —pregunto, frunciendo el ceño. —Sí —dice—. Es por eso que se burlaban de mí. Frunzo el ceño. —Ya no lo tienes. —Tuve que trabajar con un logopeda —dice. Suena enojado—. Pero de todas formas, de vuelta a Mork. Él era mi mejor amigo. —Tiene una mirada perdida en los ojos, y no estoy segura, pero creo que incluso tiene un nudo en la garganta—. Al menos, él era mi mejor amigo. Hasta la mañana de navidad de ese año. —¿Qué pasó en la mañana de Navidad? —pregunto. Mi estómago ya se está apretando del pavor, anticipando hacia donde puede estar yendo la historia. No puedo lidiar con historias que tienen que ver con animales que mueren. Pero no puedo simplemente decirle a Jace que pare. Obviamente esto es algo que lo marcó de por vida, algo que siente que necesita sacar. Y más importante, ha decidido escogerme a mí para hablar sobre eso. Me hace sentir conectada a él, y no puedo evitarlo, pero me encanta esa sensación. —En la mañana de Navidad, bajé las escaleras. —Sacude la cabeza, con la misma mirada perdida en el rostro. Y sé que no es mi imaginación ahora… realmente tiene


lágrimas en los ojos—. E inmediatamente corrí para ver en mi calcetín. Ahí estaba, en la chimenea, con el calcetín de Mork justo a su lado. —Él traga duro, y como si fuera por instinto, me estiro y tomo su mano. Si está sorprendido de que yo haya hecho eso, no lo demuestra. Sus dedos se aprietan alrededor de los míos, y mi aliento se me atora en el pecho. No sé si es porque el momento es muy emotivo o porque estamos tomados de las manos, pero mi cuerpo de repente se siente como si estuviera en llamas. —E inmediatamente lo llamé. ¡Mork! ¡Mork! Pero él no vino. Miré a mis papás, ya sabes, y les pregunté dónde estaba. Usualmente él dormía conmigo en mi cama, pero había estado tan emocionado por Navidad que cuando me levanté, no pensé en buscarlo. —Inhala por la nariz—. Y luego mis papás me dijeron que se fue a la granja. Pero él no estaba en la granja, Peyton. Él… él no estaba en la granja. —Oh, Dios mío —digo. Un bulto se alza en mi garganta, haciendo difícil respirar—. Eso es horrible. ¿De qué murió? —Cáncer. —¿Cáncer? —Frunzo el ceño—. ¿Y no te diste cuenta de que estaba enfermo? —No. —Jace sacude la cabeza—. Tenía solo siete, después de todo. —Es muy breve, menos de un segundo incluso, pero creo que veo los lados de su boca crisparse, casi como una sonrisa. Lo que no tiene sentido. ¿Por qué Jace estaría sonriendo? A menos que esté pensando en Mork y lo recuerde con cariño. O a menos que… Arrebato mi mano de la suya. —¡Estás mintiendo! —No, no lo estoy. —Sacude la cabeza tristemente—. Pobrecito Mark. —Dijiste que su nombre era Mork. —Eso fue lo que dije… pobrecito Mork. —Pero aún puedo ver la sonrisa en sus labios.


—¡Imbécil! —digo—. ¡No puedo creer que inventaras una historia acerca de un perro con cáncer! Se ríe. —Oh, vamos —dice—. Fue divertido. Debiste haber visto la expresión en tu cara. —Por supuesto que había una expresión en mi cara —digo, lanzando mis manos al aire, exasperada—. Cualquiera tendría una expresión en la cara cuando escucha acerca de un pobre niño perdiendo a su perro. Héctor gimotea. —¿Ves? —digo—. Lo estás alterando con toda esta conversación sobre enfermedades de perros. Ten corazón. —¡Tengo corazón! —No, no tienes. —Sí, lo tengo —dice—. Mira, te lo demostraré. —Se estira dentro de la bañera y envuelve sus brazos alrededor de Héctor, con todo y espuma de jabón—. Oooh —dice con voz de bebé—. Ooooh, Héctor, eres tan buen chico, oooh, te quiero, Héctor. La cola de Héctor empieza a menear inmediatamente y empuja su hocico a la cara de Jace y comienza a lamerla. —Oh, Héctor, eres tan dulce —dice Jace—. Eres sencillamente el mejor perro. Héctor se mueve y los codos de Jace se resbalan, causando que la parte superior de su cuerpo se deslice dentro de la bañera. Por un segundo, todos se congelan. Temo que Jace se vaya a enojar, ya que ahora está empapado, pero en vez de eso solo dice: — Oooh, Héctor, está bien —y luego desliza su cuerpo entero en la bañera, con ropa y todo. Héctor da un ladrido feliz, encantado de tener un amigo con él, y luego planta sus patas frontales en el pecho de Jace.


—Oh, Dios mío —digo, riendo mientras el agua salpica por el costado, encima del piso del baño—. Estás empapado. —¿Oh, crees que es gracioso? —Jace me pregunta en broma, y luego antes de darme cuenta, me jala dentro de la bañera con ellos. Pero en realidad no hay espacio para los tres ahí, y entonces Héctor salta para salir y luego comienza a correr de acá para allá en frente de la bañera, salpicando espuma de jabón y agua por todo el baño. Me estoy riendo histéricamente ahora, con el pijama y top de tirantes totalmente empapados. Cuando recupero el aliento unos pocos momentos después, me doy cuenta de que estoy tendida encima de Jace. Puedo sentir su pecho debajo de mí, y la calidez de su aliento en mi mejilla. Nuestras piernas están entrelazadas en el agua, y mi cuerpo entero se ruboriza. —Lo siento —digo. No sé por qué lo digo. Él es quien me haló ahí con él, no al revés. Pero me haló a la bañera como una broma, como una forma de cobrármelas por reírme. Él solo estaba jugando, y lo último que quiero es que piense que planté mi cuerpo encima del suyo a propósito. —¿Por qué lo sientes? —pregunta Jace. Su voz es profunda y rasposa, y volteo la mirada hacia su rostro. Me está mirando directo a los ojos, y luego se estira y desliza un dedo por un lado de mi cara, sobre mi mejilla, y baja por mi clavícula. Su toque es suave y manda escalofríos que explotan por mi cuerpo. Mi corazón está latiendo tan fuerte y mi estómago se revuelve y siento como si debiera decir algo… cualquier cosa, pero no puedo. Lo que resulta estar bien. El hecho de que no pueda hablar, quiero decir. Porque antes de que pueda decir algo, Jace tira de mi rostro hacia el suyo y me besa.


Antes

22 ~ Jace Traducido por Azhreik

Sábado, 25 de junio, 6:58 p.m. Siesta Key, Florida

Voy a estar totalmente bien. Voy a estar totalmente bien y totalmente en control de la situación. No hay nada de qué preocuparse tanto. Solo es una estúpida boda. Sí, una estúpida boda a la que asistirá una chica con la que tengo historia. Pero que se joda eso. Mi historia con Peyton fue hace mucho tiempo. Bueno, si consideras tres meses mucho tiempo. Lo que yo hago. Cuando la ceremonia empieza, me siento allí con mis padres, revisando las filas de gente, intentando buscar a Peyton sin ser completamente obvio al respecto. Estoy tan distraído que ni siquiera escucho los votos. No es que realmente me importe, en mi opinión, las bodas son una completa estupidez. No digo que no crea en el matrimonio… solo me resulta difícil comprender cómo se supone que estés todo feliz y emocionado por la pareja que se casa, cuando estás prácticamente seguro que su matrimonio va a terminar completamente destrozado. Toma al papá de Courtney, por ejemplo. Allí está, casándose, tomando los votos, prometiendo que va a amar y cuidar a esta mujer por siempre. Cuando, en realidad, ya había prometido amar y cuidar a la mamá de Courtney por siempre. Lo que obviamente no hizo. Y ahora ¿está jurando su devoción eterna a otra mujer? ¿Por qué debería creerle esta vez? Pero lo que sea. Nadie quiere oír esa mierda. Todo lo que quieren es estar todos llorosos y parlotear sobre lo hermoso que es todo esto.


Después de la ceremonia, todos se enfilan al gigantesco salón de baile en el club de yates de Siesta Key para la recepción. Por supuesto que mis padres están entre las primeras personas en entrar allí. Mi mamá tiene una necesidad obsesiva de llegar puntual a todo. —¿Te aseguraste de alimentar a Héctor, Jace? —pregunta mi mamá cuando entramos—. Porque es muy importante que lo acostumbremos a una rutina. —Sí, mamá —digo, esforzándome por mantener la molestia fuera de mi voz—. Alimenté a Héctor. —Es verdad. Sí lo alimenté, por supuesto, no menciono que olvidé traer su comida de perro, así que tuvo que conformarse con una hamburguesa de cien gramos de McDonald’s. Le encantó. Nunca vi a un perro comerse algo tan rápido. Supongo que no les dan mucha carne en la perrera. —Bien —dice, ni siquiera sospechando que él no estaba comiendo su comida para perros especial, integral, sin azúcar, orgánica o lo que sea que escogió para él. No sé por qué le preocupa tanto Héctor y su rutina. No es como si fuéramos a quedárnoslo. Un mesero que viste uno de esos esmóquines de tiro largo pasa con una bandeja de aperitivos, y estiro la mano para robar dos. Siempre tienes que asegurarte de coger doble comida en esta clase de eventos pretenciosos, porque si no, terminas con hambre. Nunca sabes cuándo volverán a pasar los meseros, o cuando se servirá finalmente la cena. Empiezo a alejarme de mis padres centímetro a centímetro, dirigiéndome al bar. Lo único bueno de las bodas es que si hay barra abierta, nadie te pide tu identificación. Y definitivamente voy a necesitar un coctel para calmar mis nervios. Finalmente, mis padres se topan con una pareja que conocen, y empiezan a charlar. Después de una presentación torpe: (“Este es nuestro hijo, Jace. Se gradúa mañana, ¿pueden creerlo? ¡Es el que dará el discurso!”), me excuso y empiezo a dirigirme al bar. Pero antes de poder llegar ahí, una voz llama mi nombre. Una voz femenina.


—¡Jace! Mi estómago hace una voltereta. Me giro. Pero no es Peyton. Es Courtney. —Courtney —digo, mientras llega corriendo hasta mí y me da un abrazo—. Luces genial. —Gracias. —Trae puesto un largo vestido rojo. Supongo que decidió cambiarse el vestido de dama de honor antes de venir a la recepción. Lo que creo que tal vez fue una buena elección. No sé nada sobre moda, pero asumo que los moños gigantes y la tela verde no es exactamente lo que una chica de diecinueve años quiere vestir. —¡Es lindo verte! —dice—. ¿Has conocido a mi novio, Jordan? —No oficialmente. Nunca tuvimos oportunidad de hablar en la fiesta de Navidad. —Estiro la mano hacia el chico parado detrás de ella—. ¿Qué pasa, hombre? —No mucho —dice. Sus ojos se disparan en todas direcciones, y parece distraído. Me pregunto si esto es realmente raro para él. Él es el novio de Courtney, y también el hijo de la novia. Síp, el papá de Courtney se casó con la mamá de Jordan. Courtney y Jordan estaban juntos antes que sus padres, pero aun así. Eso tiene que ser raro. ¿Los cuatro van a vivir juntos ahora o algo así de horrible? Quiero preguntar, pero, honestamente, no es de mi incumbencia. —No le prestes atención —dice Courtney—. Tan solo está buscando a su amigo B.J. —¡Qué demonios! —dice Jordan, sus ojos se posan en algo más allá de mi hombro—. ¡Le dije a ese imbécil que no vistiera blanco!


Me giro para ver a un chico de nuestra edad atravesando la puerta, viste un traje blanco ajustado, corbata blanca y un sombrero fedora blanco. Incluso trae zapatos blancos. Cuando ve a Jordan, inclina el sombrero y le muestra una gran sonrisa. —Discúlpenme —dice Jordan—. Tengo que ir a hablar con él. Pero los veré después… ¿te sentarás en nuestra mesa, verdad, Jace? —Así es —dice Courtney. Jordan le da un beso en la mejilla y luego se dirige al niño de blanco, que ahora está haciendo la caminata lunar en la pista de baile, aunque nadie más está bailando y la música que suena definitivamente no es apropiada para la caminata lunar. —¿Deberíamos ir por una bebida? —pregunta Courtney. Asiento, luego la tomo del brazo y la conduzco por la multitud hacia el bar. Ella ordena una coca de dieta, y después de un segundo, ordeno un Sprite, mayormente porque no quiero parecer como el imbécil que ordenó alcohol en la boda de su papá cuando ella está bebiendo una gaseosa. —¿Entonces estás emocionado por la graduación de mañana? —pregunta. Le da un sorbo a su bebida. —En realidad, no. —Me desplomo en un taburete del bar—. Parece muy inútil. —¿Graduarse? —No graduarse, solo la ceremonia de graduación en sí. A la mayoría de esas personas no quiero volver a verlas en mi vida. —¿Pero entonces no es algo bueno? —pregunta—. ¿Celebrar el seguir adelante? —Supongo. —Me encojo de hombros—. Pero es como si todos debiéramos seguir adelante al mundo real, celebrar juntos este gran logro. No lo sé, tan solo parece melodramático y demasiado exagerado. —Sí. —Mira su bebida pensativa, revolviendo la pajita roja de coctel en el líquido—. Tu mamá dijo que tu discurso es asombroso.


—¿Mi mamá te dijo eso? Jesús. —Doy otro sorbo a mi Sprite, luego le hago una señal al cantinero. Que se joda esta mierda de gaseosa, necesito algo más fuerte. —Bueno, le contó a mi papá —dice Courtney—, quien me contó a mí. Me sobresalto. —Lo siento. Se encoge de hombros. —Está bien. Desde que Courtney empezó a salir con Jordan, su papá no ha estado exactamente entusiasmado. Realmente no conozco los particulares, pero por alguna razón, a él no le agrada Jordan. No sé por qué. Courtney siempre me ha parecido como alguien que tiene la cabeza bien puesta en lo referente a cosas como las relaciones, y no creo que estaría con un mal chico. Como sea, al papá de Courtney no le agrada Jordan, y parece que últimamente ha estado haciendo esa cosa rara donde siempre intenta alabar a otros chicos frente a Courtney, específicamente a mí. Como si ella y yo fuéramos a terminar juntos o algo. Lo que es ridículo. Courtney es una chica realmente bonita, pero nunca ha existido algo así entre nosotros. Nunca. Ella es como mi hermana. —Desearía que mi papá dejara de intentar interesarme en otros chicos. Necesita darse cuenta que amo a Jordan, y que vamos a estar juntos, le guste o no. —¿Por qué no le agrada? Ella suspira. —Es complicado. —Se muerde el labio—. Pero la cosa es que él no puede tomar mis decisiones. Especialmente en lo referente a relaciones. Demonios, yo he tenido difícil el controlar de quién me enamoro. —Te comprendo —digo. Entiendo exactamente a lo que se refiere. Justo ahora más que nunca. Porque en ese momento, Peyton entra en el salón de baile.


Su cabello oscuro está recogido en la coronilla, y el resto cae suelto y flota sobre sus hombros. Trae un vestido azul verdoso que es ajustado y sofisticado al mismo tiempo. Su cuerpo siempre me ha vuelto loco. Luce incluso mejor de lo que recuerdo. Mi cuerpo se entumece y la boca se me seca. —Cantinero —digo de nuevo, más alto esta vez—. Necesito una bebida.


23 ~ Peyton Antes Traducido por Lauuz

Viernes, 25 de junio, 8:10 p.m. Siesta Key, Florida

Llego tarde a la recepción, lo cual es un pequeño error táctico de mi parte. Realmente, un gran error táctico. Pensé que si llegaba temprano, si llegaba aquí primero, me vería forzada a sentarme en una mesa con mis padres, esperando y preguntándome cuándo llegaría Jace. Definitivamente nada bueno para mi salud mental. Así que decidí que llegar tarde, cuando estuviera muy segura de que él ya estaba aquí, era una buena estrategia; de esa manera solo llegaría y tomaría mi asiento sin preocuparme por ver la puerta cada cinco segundos, preguntándome cuando iba a llegar. Entonces, cuando estuviera lista, casualmente escanearía la habitación hasta posar mis ojos en él, y me encargaría de ignorarlo el resto de la noche. Por supuesto, este plan no fue decidido a la ligera. Al principio pensé que debería ser la más madura, que debería acercarme a él y decir por lo menos hola. Brooklyn y yo pasamos toda una tarde en mi habitación proponiendo frases de saludo. Era como una escena de película, cuando la heroína está practicando lo que va a decir cuando finalmente tenga las agallas para hablar con el chico que le gusta. Por supuesto, en esos casos, generalmente es un hombre con el que nunca ha hablado en su vida, no un tipo con el que tiene una especie de historia y del que creyó estar enamorada. Creyó es la palabra clave. Así, en pasado.


Después de que se nos ocurrió la frase de saludo perfecta (—Hola Jace, es agradable verte. Te ves muy bien —lo que podría seguir conmigo empujándolo para avanzar y hablar con una persona imaginaria que acababa de notar que estaba en la boda), me di cuenta de que era un plan horrible. Ser la mejor persona, quiero decir. Después de todo, él nunca respondió mis mensajes. Y tomar el camino difícil está sobrevalorado, de todos modos. Así que cambié mi plan a solo ignorarlo. Como se puede ver, he pasado más tiempo del que debería pensando en esto. De cualquier modo, llegar a la recepción un poco tarde significó que mis padres dejaron su habitación de hotel antes que yo dejara la mía. Así que tuve que entrar a la recepción sola, lo que era algo intimidante, y un poco humillante. ¿Qué tal si Jace me veía y pensaba que mis padres no estaban en la boda, y había venido por mi cuenta solo porque tenía muchas ganas de verlo? ¿Cómo algún tipo de acosadora o algo? Hago lo posible para ignorar las mariposas en el estómago, después camino con los hombros hacia atrás y la cabeza en alto, con la mirada fija en la mesa ocho, donde, de acuerdo a mi invitación, debo sentarme. No hay nadie en mi mesa aún, lo que no tiene sentido dado que llegué tarde. ¿No deberían las personas estar sentadas? Pero parece que todos están en el bar, comiendo bocadillos y ordenando bebidas y pasándola bien. Demonios. Debí haber venido más tarde. O por lo menos asegurarme de que alguien estaba en mi mesa antes de bajar. Dios. Que desastre. Bebo agua de mi copa, después tomo un bocadillo de uno de los meseros con esmoquin mientras pasa. Lo que he aprendido de los bocadillos es que tienes que conseguirlos mientras puedas; de lo contrario, terminas esperando una eternidad para conseguir un poco de comida. Me meto un trozo de cerdo envuelto en la boca, preguntándome porqué hay cerdo envuelto en un evento tan de alcurnia. Entonces me doy cuenta de que si Jace


pone sus ojos en mí ahora, me verá aquí sentada, sola, comiendo un perrito caliente. Que es para nada la primera impresión que quiero darle. Trago rápidamente lo que está en mi boca y decido no comer más hasta que las demás personas se sienten. Pero ahora no sé qué hacer con las manos. Tomo otro sorbo de mi agua. —¡Nuestra mesa está por aquí! —grita alguien. Me doy la vuelta para ver a un chico de mi edad, vestido con un traje blanco y zapatos blancos abriéndose camino entre la multitud. Se deja caer en la silla junto a la mía. —¡Hola! —dice—. ¿Quién eres tú? ¿Estás aquí por la novia o por el novio? — Estira la mano hacia mí, casi volcando mi copa de agua en el proceso. No sabría decir si está borracho o solo loco. —Mm, soy Peyton —digo moviendo mi copa al otro lado del plato y lejos de su alcance—. Y el novio es mi tío. Él asiente. —Yo estoy aquí con la novia. —Saca un pañuelo brillante de su bolsillo, se suena la nariz y vuelve a guardarlo. Puaj. —Lo siento —digo—. ¿Tu nombre es Jocelyn? —¿Jocelyn? —Sí —digo. Señalo a la tarjeta enfrente de él—. Porque la tarjeta dice que debo sentarme junto a alguien llamado Jocelyn. Se inclina hacia enfrente. —Oh, no, ella es mi novia. —Se inclina hacia mí, como si estuviera a punto de decirme un secreto—. En realidad, es mi ex novia desde las 12:17 de anoche. O esta madrugada, lo que sea. —Busca su copa de agua y vacía su contenido. —Lo siento —digo—. Um, que rompieran.


—Sí, fue realmente horrible —dice—. Yo solo… no entiendo lo que las mujeres quieren, ¿sabes? —Él sacude la cabeza con tristeza—. ¿Tú lo entiendes? Estoy a punto de decir que por supuesto que entiendo lo que las mujeres quieren, puesto que yo soy una mujer, pero me doy cuenta de que sería mentira. ¿Cómo saber lo que las mujeres quieren si apenas sé lo que quiero para mí misma? —No —susurro—. No creo que nadie sepa lo que las mujeres quieren. —Es lo que he tratado de decirle a todo el mundo —dice, señalando alrededor de la boda, como si fuera a abordar a cada uno de los invitados, tratando de convencerlos de que nadie sabe lo que las mujeres quieren. Me señala con el dedo—. Puedo decir que tú eres inteligente. —¡Aquí estás! —Otro chico se acerca a nuestra mesa, sonando un poco frenético—. Jesús, B.J. ¿puedes permanecer quieto un segundo? —Este chico pone una taza blanca llena de café enfrente de B.J.—. Toma, bebe esto. —Niega con la cabeza y lo reconozco como el novio de Courtney, Jordan. —Hola, soy Jordan —dice, extendiendo la mano hacia mí. —Soy Peyton. —Que bien —dice, rompiendo en una sonrisa—. La prima de Courtney. Ella habla de ti todo el tiempo. —¿Lo hace? Espero que cosas buenas. —Siempre. —Sonríe de nuevo y se desliza en el asiento al otro lado de B.J. Entonces, repentinamente la sonrisa de Jordan se desvanece—. Oh, mierda —murmura. Sigo su mirada hasta Courtney, que cruza la habitación al lado de otra chica. Las dos lucen deslumbrantes: Courtney lleva un vestido rojo que llega al piso, y la chica con la que va porta un vestido azul ceñido que le llega justo debajo de las rodillas, su pelo está recogido hacia un lado. —¿Qué? —pregunto.


—Esa es Jocelyn —dice B.J. concentrándose en su café—. Esa es mi ex novia. —Oh. —Me aclaro la garganta—. Um, así que ustedes, chicos, ¿están asignados a esta mesa? —Sí —dice B.J. inclinándose cerca de mí—. Escucha —dice—, debería coquetear contigo, ya sabes, para que se ponga celosa. Quiero que sepa que soy deseable y que otras chicas se interesan en mí. —Desliza su silla cerca de la mía. —Oh, estoy segura de que ya lo sabe —le digo. —No, no lo sabe. Así que si te beso o algo, ya sabes que es parte del espectáculo. Genial. —Estás en mi silla —dice Jocelyn a B.J. cuando llega a nuestra mesa. —Lo siento —dice, mirando alrededor como si no supiera de dónde proviene la voz—. Pensé que no me dirigías la palabra. —Hablo contigo —dice ella—. Solo no salgo contigo. Ahora muévete. —No. —B.J. niega con la cabeza—. Me quiero sentar aquí. —Arrastra su silla más cerca de la mía y me dirige una sonrisa, que dice que quiere sentarse aquí para estar cerca de mí. —¿Quién demonios eres tú? —pregunta Jocelyn. Se pone una mano en la cadera y me mira. Encantador. Ahora mi trasero será pateado por una chica desconocida, a causa de un chico que no conozco, ni quiero conocer. —Um, soy Peyton. —Jocelyn —dice Courtney, tomándola del brazo—. Vamos, te puedes sentar aquí conmigo. —No quiero sentarme allá contigo —dice Jocelyn—. Quiero sentarme aquí, en mi lugar.


—Escuchaste a Courtney —dice B.J. despidiendo a Jocelyn como si fuera algún tipo de insecto—. Ve a sentarte allá. Yo voy a sentarme con Peyton. —Pone la mano en mi brazo y me dedica otra sonrisa. Le sonrío de vuelta tímidamente. No sé qué es peor: fingir que me agrada el coqueteo de B.J. y meterme quizá en una pelea con Jocelyn, o ignorarlo y lidiar con cualquier locura con que B.J. decidiera castigarme. Los ojos de Jocelyn se amplían cuando ve la mano de B.J. en mi brazo, y por un momento, estoy muy segura de que va a golpearme. O a él, o a ambos. Pero en el último momento cambia de idea y su rostro se ilumina con una sonrisa. Pero no el tipo de sonrisa que das cuando estás feliz. Es el tipo de sonrisa cuando estás planeando algo malo. Efectivamente, un minuto más tarde, ella se dirige a la pista de baile, escoge a un tipo al azar y comienza a moverse en torno a él. Es un gran espectáculo, de hecho, ya que nadie está bailando aún. Y Jocelyn parece frotarse contra todo el chico. Y él es definitivamente mayor que ella. Como 25 al menos. Jordan mira a Courtney, pero ella se encoge de hombros. —Tenemos que dejar que lo resuelvan solos —dice. —No vamos a resolverlo —declara B.J. Ustedes dos deben dejar de cuidarnos, nosotros rompimos. —Le hace señas a un mesero que sostiene una charola con copas de champán, toma una y la vacía en un segundo. Genial. De algún modo he terminado en la mesa de los locos. ¿Por qué siempre me pasan estas cosas? ¿Por qué no estoy sentada con mis padres, en algún rincón, escuchando a los adultos hablar sobre impuestos de propiedad, renovaciones en la cocina y distritos escolares y todas las otras cosas ridículas de las que hablan los padres? Por otra parte, esto es mucho más interesante. Por lo menos no estaré aburrida.


Efectivamente, me doy cuenta de que no he pensado en Jace en casi diez minutos. Debería ser algún tipo de record o algo. Supongo que estar a punto de ser golpeada hace eso por ti. Courtney vuelve la vista hacia mí y sonríe. —Me gusta tu vestido —dice. —Gracias. Me gusta el tuyo también. —¿Cómo va todo? Fuerzo una sonrisa en mi rostro. —Todo bien. —¿De verdad? —dice—. Porque… —Disculpa —dice una voz del otro lado de Courtney—, pero creo que estás en mi lugar. Levanto la vista y ahí está. Jace. El aire se me escapa y un rubor invade todo mi cuerpo. Luce increíble, incluso mejor de lo que recordaba. Alto. Cabello oscuro. Ojos azules. Lleva una camisa blanca abotonada y pantalones grises, su corbata luce floja alrededor de su cuello. Sus mangas están un poco recogidas, mostrando sus antebrazos, que son bronceados y musculosos. —Oh. —Courtney luce sorprendida. Me mira—. Esto es… quiero decir este es mi lugar. —Señala la tarjeta de lugar—. Y estaba hablando con Peyton. —Sí —dice Jace—. Pero yo quiero sentarme aquí. Courtney me mira, sus ojos me preguntan si está bien. Y ¿qué puedo hacer? No puedo decir que no. Si digo que no, Jace se daría cuenta de que tiene un efecto en mí. Y ¿qué es lo que siempre dicen? ¿Lo opuesto al amor no es el odio, es la indiferencia? Bien. Le mostraré a Jace Renault que me es totalmente indiferente, muchas gracias. —Está bien —digo, encogiéndome de hombros.


Entonces, antes de saber lo que está pasando, Courtney se levanta y Jace se acomoda en la silla a mi lado. Toma mi vaso de agua, y da un trago. —Esa era mi agua —digo. —Lo siento. —Lo alarga hacia mí—. ¿La quieres de vuelta? —Ahora no. Se encoge de hombros y toma otro trago. —Entonces, ¿cómo te va? Me mira y yo lo miro, y algo acerca de su comportamiento, algo acerca de cómo me mira me envía escalofríos a la columna. Me está mirando del mismo modo que había querido mirarlo a él. Como si quisiera llevarme al guardarropa y desnudarme o algo así. Y ahí es cuando lo sé. Definitivamente no todo ha terminado entre Jace Renault y yo.


24 ~ Jace El Viaje Traducido por Lauuz

Sábado, 26 de junio, 9:29 p.m. Savannah, Georgia

No sé cómo, ni por qué sucedió esto. Un minuto estaba contando esa historia estúpida acerca de mi falso perro con cáncer (que fue bastante dramática, lo admito), al siguiente estaba payaseando y chapoteando con Héctor en la bañera, y entonces de algún modo estaba besando a Peyton. No pude detenerme. Era como que tenía que tenerla. Su cuerpo estaba presionado contra el mío, y necesitaba besarla. Si soy totalmente honesto, he estado esperando para besarla todo el maldito día. Estoy sorprendido de que hubiera aguantado tanto. Y el beso fue bueno. Realmente, muy muy bueno. La acerco más a mí, mis manos en su cara y su pelo. Quiero que el beso dure por siempre. Pero después de unos minutos más, ella se aleja. —Hola —le digo, dándole una sonrisa torcida. —Hola —dice ella. Apoya su cabeza en mi pecho, y por alguna ridícula razón nos quedamos así, yo abrazándola en la bañera mientras le acaricio el pelo. Héctor se ha ido… realmente no sé dónde está, pero definitivamente no es nada bueno. Probablemente está destrozando el cuarto. Pero no me importa. Justo ahora lo


único que me importa es Peyton, hacer que este momento dure para siempre. Suena cursi, pero me importa un carajo. Nos quedamos así por cerca de 20 minutos, alternando entre besarnos y solo estar ahí. Finalmente, alza la cabeza para apoyarla en su codo. —Deberíamos salir de esta bañera —dice—. Mi ropa está empapada. Sonrío. —O podrías solo quitártela. —Gracioso. —Ella sale de la bañera y después de un momento, la sigo. Ella me da una suave toalla blanca del armario del baño y comienzo a secarme el cabello. —Necesito algo de ropa seca —le digo—. Volveré. Voy a mi habitación y me cambio a una camiseta limpia y un par de pantalones de chándal. Cuando vuelvo al cuarto de Peyton, ella está sentada en el borde de la cama con Héctor. Se ha puesto una camiseta rosa claro y pantalones de yoga, su cabello cuelga en rizos irregulares a su espalda. —Hola —dice ella. —Hola —me siento a su lado. Pero algo se siente… no lo sé, diferente. Como si el hechizo se hubiera roto. Ahora que nos hemos besado, no sé qué debo hacer. ¿Debo besarla de nuevo? ¿Encender la televisión? ¿Actuar como si nada? —Y —dice ella. —Y. —Miro a Héctor—. Lo secaste. Ella asiente. —Luce limpio. —Sí. —Asiente de nuevo.


Vaya. Me siento torpe al hablar. Esto es lo que odio de este tipo de cosas. Es como si nunca pudieran ser normales. Siempre tienen que ser un gran asunto. Solo nos besamos, ¿y qué? Besémonos de nuevo, es lo que digo. —¿Tienes hambre? —intento—. Tal vez deberíamos ordenar comida o algo. —Compré comida en la gasolinera. —Oh, claro. ¿Qué quieres hacer? —Creo… —Se retuerce las manos en su regazo, nerviosa—. Creo que debería dormir. La miro, incapaz de creer lo que estoy escuchando. —¿Crees que deberías dormir? Ella asiente. —¡Pero ni siquiera son las 10! —Necesitamos ponernos en camino temprano mañana. —Pura mierda. —¿Qué? —Me mira, sonando sorprendida de que hubiera dicho algo así. —Dije mierda —contesto—. Acabo de besarte, y te alteró, y por eso ahora estás haciendo lo que siempre haces: huir y fingir que nada pasó. Sus ojos se abren con un destello de ira. —¿Estás bromeando? —No. —Cruzo los brazos sobre mi pecho—. Soy mortalmente serio. —¿Crees que estoy alterada porque me besaste? —Sí. —No lo estoy. —Lo estás.


—¡No lo estoy! —Entonces ¿por qué actúas así? Ella salta de la cama, como si hubiera mucha furia en su cuerpo para permanecer sentada. —De acuerdo, bien —dice—, estoy alterada, Jace. Estoy alterada porque por alguna razón no puedo dejar de pensar en ti. No puedo dejar de pensar en lo que sentí al besarte, en lo feliz que estaba cuando pensé que estaríamos juntos, porque aunque mi mente sabe que debo odiarte, mi corazón sabe que no lo hago. —No tienes que preocuparte por eso. —Pero lo hago —dice ella—. ¡Tengo que preocuparme por eso! Me levanto y la rodeo con los brazos, pero ella me empuja. —No —dice—. Cada vez que me permito acercarme a ti, acabo lastimada. —¿Cada vez? —pregunto. Sigo cerca de ella y requiere cada gramo de mi autocontrol no abalanzarme sobre ella y besarla de nuevo—. No creo que hayamos estado cerca las suficientes veces para ser un “cada vez”. —Claro que sí —dice ella. —Nombra una vez. —Ayer por la noche. —Cruza los brazos sobre el pecho—. Nosotros… quiero decir, nosotros… ya sabes lo que pasó entre nosotros anoche, y entonces me di cuenta de que me habías mentido. —No te mentí —digo. —Una mentira por omisión es aún una mentira —responde. —¿De verdad? Porque si estamos contando las mentiras por omisión como mentiras, entonces no soy el único que debió hablar. —Es algo horrible de decir. No es justo para ella sacar a la luz de lo que hablo. —¿De qué estás hablando? —Frunce el ceño.


—Nada —digo—. Solo olvídalo. —Niego con la cabeza y me agacho para agarrar la correa de Héctor de la mesita de noche y engancharla a su collar. Él está sencillamente sentado en la cama, su cabeza gacha, como si supiera que estamos peleando. En realidad, eso me pone algo triste. Solo porque Peyton y yo estemos enojados, no significa que debemos asustar al pobre Héctor. —No —dice Peyton—. No quiero olvidarlo. —Se pone enfrente de mí, bloqueando mi camino hacia la puerta. —Peyton —digo—. Para, no quiero hablar de eso. Volveré a mi cuarto. —Claro que lo harás —dice, dándome una pequeña risa—. Eso es lo que tú haces ¿No, Jace? Todo es siempre como una gran broma, no quieres hablar de nada real, como porqué me besaste anoche, o porqué me mentiste, o porqué tan solo dejaste de hablarme después de Navidad. —¿Crees que eso fue lo que pasó? —pregunto—. ¿Que yo tan solo dejé de hablarte? —¿No lo hiciste? —Cruza los brazos sobre su pecho, retándome a contradecirla. —¡No! Quiero decir, lo hice, pero no… —Mis pensamientos están girando rápidamente, dejando mi cerebro todo loco y confundido. Tomo una respiración profunda—. No es así de simple. Además, te digo que no quiero hablar de eso. —¡Por supuesto! —Da un paso fuera del camino, y estoy a medio camino de la puerta cuando habla de nuevo—. No te preocupes acerca de mañana, Jace —dice—. Puedo encontrar yo misma el camino a casa. De repente, estoy súper enojado. Como, realmente enojado. No sé porque, no es como si ella hubiera dicho algo horrible, y seamos sinceros, me está dando una salida que haría mi vida mucho más fácil. Incluso sería capaz de llegar a la graduación. Pero es el modo en que lo dice, en esa voz completamente indiferente, como si hubiera tomado toda su ira y dolor y los hubiera doblado en una pequeña esquina, depositándolos en alguna caja fuera de su alcance. Es la misma mierda que me hizo


durante la primavera, la misma mierda que causó que ella fuera la única chica que alguna vez me había roto el corazón. —¿De verdad? —digo—. ¿Puedes encontrar el camino a casa? Ella asiente. —No quiero que tengas que expresar tus sentimientos o algo. Todos sabemos lo horrible que eso sería. —Está bien —digo—. Tú sabes todo acerca de expresar tus sentimientos, ¿verdad, Peyton? —Más que tú. —¿De verdad? —contraataco—. Entonces, ¿por qué no me dijiste que tus padres se están divorciando? Su cara cambia en un instante. Sus ojos se agradan y su piel palidece y deseo poder borrar las palabras, haría cualquier cosa por borrar las palabras, pero es muy tarde, están colgando ahí, entre nosotros, su significado impregnando el ambiente. —Peyton… —Me acerco a ella. —No. —Levanta la mano, deteniéndome, y su mirada me dice que es en serio— . ¿Cómo supiste eso? —Tu tío me dijo. —¿Mi tío te lo dijo? Pero eso es… —Se muerde el labio, tan fuerte que se pone rojo. Sus ojos se estrechan—. Solo vete. —Peyton, vamos a… —Estoy hablando en serio, Jace —dice—. Vete. —No. —Niego con la cabeza—. No voy a dejarte. No voy a renunciar a esto otra vez.


—Bien. —Toma su tarjeta y su bolsa de la mesita de noche—. Si no vas a salir, entonces lo haré yo. —Peyton. —Trato una vez más, pero es inútil. Sale de la habitación, dejándome ahí, solo, en una habitación de hotel que ni siquiera es mía.


El Viaje 25 ~ Peyton Traducido por Azhreik

Sábado, 26 de junio, 9:47 p.m. Savannah, Georgia

Para cuando salgo del hotel, las lágrimas me corren por el rostro. Son la peor clase de lágrimas… de la clase que son calientes y furiosas y devastadoras, de la clase que se deslizan por tus mejillas y dejan rastros salados en tu piel. Por primera vez, percibo el inconveniente del clima en el sur… nunca hace el bastante frío para que tus lágrimas se te congelen en el rostro antes de que tengan oportunidad de caerte por las mejillas. Y por tanto no puedes negar que estás llorando. No sé a dónde voy o qué debería hacer. Estoy sola en el centro de Savannah, y probablemente no es buena idea que vague sola por las calles en la noche. No tengo teléfono, y en realidad casi no tengo dinero. Y entonces recuerdo el restaurante que la recepcionista recomendó: el Distillery. Dijo que estaba a corta distancia y lo hizo sonar como un lugar popular. No sé qué más hacer, así que empiezo a caminar hacia el centro, y claro, un par de bloques después, lo veo. Hay un gran letrero neón afuera, con mesas con sombrillas acomodadas sobre la acera. El interior luce cálido y acogedor, así que me limpio las lágrimas y entro al restaurante. —Bienvenida al Distillery —dice la anfitriona, cogiendo un menú y dirigiéndome una sonrisa—. ¿Uno esta noche?


Su voz tiene un tono gentil, y el hecho de que dice “uno esta noche” en lugar de “solo uno” me hace sentir como si estuviera disfrutando un tiempo para mí sola, y no como una gran perdedora que no tiene a nadie con quien ir a un restaurante. —Sí —digo—. Uno esta noche. Me muestra una linda mesita en la esquina del restaurante, y me pone el menú enfrente. Cuando se acerca la mesera, una exuberante chica de color con cabello corto y una brillante sonrisa blanca, ordeno una coca de dieta y el suave pollo sureño. Mientras espero mi comida, pienso en Jace. Me pregunto qué está haciendo… si está en el hotel, si se quedó en mi habitación, si regreso a la suya, si se marchó. Dijo que no iba a hacerlo, pero vamos. ¿Por qué se quedaría? No puedo creer que supo todo este tiempo que mis padres se están divorciando. ¿Eso significa que Courtney también lo sabe? ¿Eso significa que realmente está sucediendo? Siento que las lágrimas empiezan de nuevo y me las limpio con furia con la servilleta. No voy a empezar a llorar aquí. No puedo… alguien definitivamente me preguntaría qué pasa. La vibra aquí dentro es alegre Prácticamente todos están pasándosela bien y hablando, chocando vasos mientras ordenan más bebidas y brindan por lo que sea que están tan malditamente felices. Cuando la mesera posa los dedos de pollos enfrente de mí, al principio no estoy tan hambrienta. Pero me fuerzo a dar un mordisco, y están tan buenos, que cuando estoy en la tercera o cuarta mordida, los estoy inhalando. Y mientras como, sigo pensando en Jace. Pienso en cada una de las cosas que me ha hecho. Cada una de las veces que me ha decepcionado. Y sí, cuando dijo que no me ha decepcionado lo bastante para decir “cada vez”, tenía razón.


Pero cuando estás enamorado de alguien… o al menos, cuando crees que lo estás, una vez es suficiente.

••• Conocí a Jace en Navidad, lo que creo que a principio de cuentas, nos dio un comienzo raro. La Navidad es un tiempo mágico. Las luces, los brillos, el oropel, el frío y la nieve en el exterior mezclados con la calidez del interior. De acuerdo, eso fue cursi, pero realmente es verdad. ¿Quién no querría enamorarse durante la época navideña? Fue como si la balanza estuviera inclinada en el lado contrario desde el principio. Acababa de descubrir que mis padres se estaban divorciando. A principios de diciembre, me sentaron en el comedor, con una cena de pollo rostizado y patatas (hechas por mi mamá… debí haber sabido que algo sucedía cuando ella se ofreció a cocinar la cena) y me dijeron. No es que fuera un shock. Quiero decir, vivo en la misma casa que ellos. Podía escuchar sus peleas a gritos y mi papá había estado durmiendo en la habitación de huéspedes durante meses. Pero creo que aun así me impactó como un golpe en el estómago. Lo que es raro, ahora que pienso en ello —que tuviera esa reacción—, porque en algún nivel, realmente no les creí. Recuerdo llamar a mi hermana en la universidad, y ella pareció estar de acuerdo conmigo. —Han estado hablando del divorcio durante años —dijo—. Dudo que realmente vaya a suceder. Por supuesto, Kira no estaba para nada al tanto… había estado en la universidad de Nueva York durante dos años, y había pasado el verano en Europa, mochileando con amigos. En las raras ocasiones que venía a casa durante el fin de semana, terminaba pasando la mayor parte del tiempo en algún lado con sus amigos del instituto, o encerrada en su vieja habitación, estudiando.


Mis padres ponían una gran fachada… asegurándose de no pelear cuando Kira estaba allí, asegurándose de que todos cenábamos en familia las noches en que ella estaba en casa. En retrospectiva, probablemente debí haber notado que eso era raro. ¿Por qué necesitarían hacer tal espectáculo cuando su hija mayor estaba en la casa? Como sea, era imposible que Kira pudiera tener alguna idea de lo mal que se habían puesto las cosas entre mis padres. No sabía que estaban levantados hasta tarde, teniendo peleas a gritos que duraban una eternidad. Ella no veía cuando yo salía de la cama y me ponía el iPod para no oír los gritos. (Eventualmente, empecé a conectar mi iPod en la toma corriente junto a mi mesita de noche, con la lista de canciones pop suave en repetición, y dormir con ellas, para no oír a mis padres en absoluto). Pero aunque las cosas iban mal, aun así realmente no creí que iban a divorciarse. Siempre se estaban amenazando mutuamente con el divorcio. Se gritaban todo el tiempo sobre cómo iban a dejarse el uno al otro. Claro, nunca me habían sentado y dicho realmente que iban a divorciarse antes de esto, pero aun así. De alguna forma parecía más como otro espectáculo que montaban en lugar de una decisión marital de importancia. Mi mamá incluso se limpió los ojos con una servilleta de tela mientras me lo decían, y mi papá me cogió la mano como si temiera que yo fuera a empezar a llorar o algo. Todo el asunto sencillamente pareció ensayado y falso. Como sea, después de la gran revelación del divorcio, mi mamá decidió que ella y yo iríamos a Florida a pasar la navidad con Courtney y su papá. Yo no estaba tan dispuesta a ir… no es que me importara mucho la Navidad, pero quería pasar las vacaciones escolares saliendo con Brooklyn, pero mi mamá fue insistente. Me sentí mal y culpable por dejar a mi papá solo en la Navidad, así que antes de que nos fuéramos, saqué la caja de decoraciones navideñas del ático y adorné la chimenea con nuestros calcetines. Entonces, justo antes que mi mamá y yo nos fuéramos al aeropuerto, llené el calcetín de mi papá con las cosas que sabía que le gustarían:


chocolates Lindt, trufas de mantequilla y whisky, un nuevo par de calcetines y una tarjeta de regalo para su tienda deportiva favorita. Firme todo como si fuera de Santa. El primer día que estuvimos en Florida fue, creo, la primera vez que me di cuenta que todo el asunto del divorcio tal vez era real. Courtney y yo estábamos sentadas junto a su piscina, disfrutando el hecho de que hacía casi veintisiete grados y estaba soleado (¡En diciembre!) cuando escuchamos el sonido de mi mamá llorando que provenía de la ventana de la cocina. —Va a estar bien —dijo el papá de Courtney en tono tranquilizador. Nunca antes había escuchado a mi mamá llorar así. Me dio una especie de sensación retorcida en el estómago, y la ansiedad me llegó a la garganta. Courtney giró la página de su revista muy ruidosamente, fingiendo que no los había escuchado, y después de un momento, yo hice lo mismo. Esa noche, ella me invitó a ir a una fiesta de Navidad en casa de la mamá de su novio Jordan (la mamá de Jordan también era la nueva novia del papá de Courtney. Incómodo). —No lo creo —dije, sacudiendo la cabeza—. Creo que sencillamente voy a quedarme aquí. —¿Y hacer qué? —dijo—. ¿Leer? ¿Ver televisión? No sabía cuál era el problema… ambas opciones parecían maravillosas, especialmente considerando que estaba a mitad de la primera temporada de Downton Abbey en Netflix y estaba empezando a ponerse realmente buena. Me encantaban todos esos acentos ingleses y ropas de la regencia. O levitas, como los llamaban ellos. —Sí —me encogí de hombros—. O tal vez envuelva algunos regalos. —Era una mentira. Había envuelto todos mis regalos en Connecticut, y traído a Florida así. —Vas a venir —dijo Courtney. —No tengo nada que ponerme.


—Puedes tomar prestado algo mío. Sacudí la cabeza. —Vamos —dijo—. No puedes sencillamente quedarte encerrada toda la noche, solo estarás aquí unos pocos días. ¿No quieres aprovechar el clima? Realmente no veía cómo estar parada dentro de la casa de la mamá de Jordan se diferenciaba a estar sentada en la casa del papá de Courtney, pero lo que sea. Necesitaba librarme de mi bajón emocional y sabía que tenía razón… quedarse en casa no iba a lograrlo. —Bien —dije, lanzando una última mirada anhelante hacia mi computadora, sobre la mesita de noche de la habitación de huéspedes—. Iré. —¡Yey! —Me agarró de la mano y me jaló hacia su habitación para encontrar algo que vestir. Me imaginé que sería imposible caber en alguna de las prendas de Courtney, pero sorprendentemente, tenía un vestido rojo realmente bonito que era perfecto. Tenía una falda ligeramente esponjada y un top ajustado que caía en el frente y me daba la justa cantidad de escote. Me coloqué en el cuello un largo collar de cascabel con varias vueltas y me puse un par de las sandalias plateadas de tiras de Courtney (solo me quedaban un poco chicas), y me delineé los ojos con una sombra dorada con brillos. Para cuando nos fuimos, me sentía un poco mejor y mucho más festiva. La fiesta estaba en pleno apogeo cuando llegamos. Entramos a la casa y atravesamos el salón, hasta las puertas correderas al patio trasero, donde la mayoría de la gente se había distribuido por la terraza cubierta y estaban parados por allí, conviviendo y bebiendo champán. Admitiré que lo noté de inmediato… él estaba sentado en una silla larga de aspecto costoso y la luz de la piscina le iluminaba el rostro, y creí que era lindo. Okay, bien, pensé que era asombroso. Me quitó el aliento de una forma que ningún otro chico había logrado antes.


No pude quitarle los ojos de encima durante toda la noche. —Ese es Jace —dijo Courtney finalmente, cuando me atrapó mirándolo—. ¿Quieres que los presente? Sacudí la cabeza. Uno: no era tan atrevida. Y dos: los chicos que lucían así normalmente no iban por chicas que lucían como yo. No es que pensara que yo era fea… sabía que era linda, pasablemente bonita. No había chicos babeando a mí alrededor, y no iba a ganar ningún concurso de belleza, pero aun así… me iba bien. Jace, sin embargo, parecía estar muy lejos de mi alcance. Pero cuando Courtney se fue con su novio, Jordan, dejándome para arreglármelas sola, Jace decidió presentarse él mismo. Yo estaba junto a la bandeja de vegetales y aderezo, mordisqueando un trozo de apio, cuando él se acercó y cogió un plato. —¿No te estás poniendo doble aderezo, verdad? —preguntó, dirigiéndome una burlona mirada seria. Sacudí la cabeza, sin confiar en mí para hablar. Primero, tenía un trozo de vegetales en la boca, y segundo, él era incluso más lindo de cerca que de lejos. Mi corazón empezó a aporrearme el pecho, mi cuerpo se calentó y tuve que respirar hondo dos veces para calmarme. Cuando él terminó de llenarse el plato, se puso un tomate en la boca y estiró la mano y movió mi collar. El cascabel sonó. —Lindo —dijo—. Me gustan los collares de cascabel. —Oh —dije—. A mí también. —Me di cuenta de lo estúpido que sonaba, así que añadí rápidamente—: lo tomé prestado de mi prima. —Me lamí los labios, que repentinamente estaban completamente secos—. Courtney es mi prima. Estoy aquí de visita desde Connecticut.


—Genial —dijo. Se limpió la mano en la servilleta y la estiró para que se la estrechara—. Yo soy Jace Renault. Mi mamá es la mejor amiga de la mamá de Courtney, y mi papá es el mejor amigo del papá de Courtney. —Vaya —dije, sacudiendo la cabeza—. Eso tiene que ser incómodo. Asintió. —Súper incómodo. —Se inclinó y me susurró en el oído, como si estuviéramos compartiendo un secreto—. Aunque si me preguntas, creo que es bastante patán que un sujeto deje a su familia por otra mujer. —Su aliento me cosquilleo en la piel, haciendo que cada nervio en mi cuerpo se erizara en alerta. —Bueno —dije—, en la superficie, sí, parece la acción de un imbécil. ¿Pero qué tal si es amor verdadero? —¿Amor verdadero? —Aún estaba parado cerca de mí, aunque había retrocedido un poquito, y ahora sus ojos miraban los míos—. ¿Realmente crees en eso? —¿En el amor verdadero? ¿O en que el papá de Courtney lo encontró con otra mujer? Inclinó la cabeza. —Ambas. Me mordí el labio y lo pensé. —No —dije—. No creo que eso sea amor verdadero, pero sí creo en él. Al menos, creo que lo hago. —¿Por qué crees que no es amor verdadero entre ellos? —preguntó—. ¿Los has visto juntos? Sacudí la cabeza. —Es solo un instinto. Además, ¿no se han conocido como, por, menos de un año? Asintió. —¿Entonces no crees en el amor a primera vista? Sacudí la cabeza para negar. —Pero sí creo en el deseo a primera vista. —Me impresionó tener las agallas para decir eso, y mi rostro se calentó.


—¿En serio? —Las comisuras de su boca se elevaron en una sonrisa—. Interesante. Mi corazón estaba corriendo ahora. Mientras hablábamos, nos movimos unos pasos al costado, y ahora estábamos un poco alejados de la fiesta, casi como si estuviéramos juntos. —¿Entonces cuál es tu nombre? —preguntó. —Peyton —dije. Me miró, aparentemente absorbiéndolo, como si el que le dijera mi nombre fuera una de las cosas más importantes que hubiera oído. Asintió —Peyton —dijo, y no pude evitar pensar que la forma en que decía mi nombre era súper sexi—. Es un nombre realmente bonito. Sí, pensé mientras daba un sorbo a mi ginger ale. Definitivamente creía en el deseo a primera vista.

••• Terminamos hablando por el resto de la noche… sentados en una esquina, compartiendo una de las grandes sillas alargadas que llenaban la terraza. Se sentó junto a mí casualmente, algo inclinado hacia mí para que nuestras piernas se tocaran, como si fuera la cosa más natural del mundo que estuviéramos sentados en la misma silla. Vestía pantalones militares y sandalias Nike, lo que no era tan apropiado para una fiesta como esta, pero de alguna forma conseguía verse bien. Cada vez que la piel desnuda de mi tobillo rozaba el suyo, me prendía fuego. En realidad, no hablamos de nada realmente importante esa primera noche. Mayormente solo chismeamos sobre las otras personas de la fiesta. Un par de veces, atrapé a Courtney y su novio, Jordan, en la esquina, echándonos miradas y susurrando, y supe qué estaban pensando: que algo iba a suceder entre Jace y yo.


Yo sabía que no era verdad… como dije, chicos como Jace nunca me daban la hora siquiera. Probablemente solo estaba aburrido en una fiesta donde apenas conocía a alguien, y había encontrado a alguien de su edad para pasar el rato. Eso no evitó que yo sintiera una emoción secreta por el hecho de que Jordan y Courtney estuvieran hablando de nosotros. Pero cuando nos fuimos esa noche, creí que eso era todo. Evité las preguntas de Courtney, rodé los ojos ante sus sugerencias de que Jace estaba coqueteándome. Me preguntó si yo creía que era lindo, y lo acepté, porque, honestamente, realmente no era un asunto de opinión. Pero eso era todo, le dije. Nunca iba a volver a verlo. Me costó trabajo dormir esa noche. Pero a la mañana siguiente, me forcé a olvidarme de él.

••• Hasta que Courtney y yo estábamos comprando trajes de baño… para nada mi actividad favorita, pero ella estaba decidida a que fuéramos a la playa. (Por supuesto, yo no había traído un traje de bajo específicamente porque deseaba evitar la playa, pero Courtney fue insistente.) Me había ofrecido prestarme uno de los suyos, pero era imposible que fuera a entregarme a esa clase de humillación. Un vestido de fiesta era una cosa, pero un traje de baño era otra historia. Estaba en el vestidor de este lugar en el centro comercial llamado «Nadar con Tiburones», probándome un tankini particularmente poco favorecedor (vestir un tankini es como ponerte un letrero que dice que no te sientes cómoda con un bikini) cuando mi celular sonó, mostrando un código de área de Florida y un número que no reconocí. Imaginándome que podría ser mi mamá llamando desde casa de mi tío o algo, contesté. —¿Hola? —Balanceé mi teléfono contra el hombro mientras intentaba meterme la parte superior del bañador. No estaba funcionando. Mis bubis se salían por los lados,


y el frente me daba esa cosa rara de bubis aplastadas que a vece sucede con los sostenes deportivos. —¿Peyton? —Era una voz masculina que no reconocí. —Soy Peyton —dije, preparándome para un vendedor. Había puesto mi número en esa lista de no llamar, pero había oído que tomaba unas cuantas semanas para registrarse. Ni siquiera tenía la habilidad para cambiar mi proveedor de cable o algo parecido, pero ¿a los vendedores les importaba? No. Seguían hablando y presionando, y por supuesto que yo era demasiado amable para colgarles porque me imaginaba que su trabajo realmente debía apestar, sentados en un centro telefónico caliente todo el día y probablemente ganándose ocho dólares a… —Hola, es Jace. —¿Quién? —pregunté. No porque no supiera quién era, sino porque estaba segura que había oído mal. La parte inferior del bañador se cayó al piso, dejándome allí con la ropa interior y la parte superior del traje de baño. —¿Jace Renault? Nos conocimos anoche en la fiesta. —Oh —dije—. Claro. —Hubo una pausa incómoda, e intenté pensar en algo brillante que decir. No pude, así que él continuó. —Espero que no te moleste que te haya llamado… llamé a la casa de Courtney y tu tío me dio tu número de celular. —No, no me molesta. —¿Molestar? Ahora que el shock había desaparecido, el corazón me latía con fuerza en el pecho, y todo en lo que podía pensar era que Jace estaba al teléfono. ¡Había llamado al papá de Courtney para conseguir mi número! Me senté en la pequeña banca del vestidor, intentando no pensar en qué clase de gérmenes vivían allí. —¿Y qué hay? —preguntó—. ¿Estás ocupada?


—¿Ocupada? No, no estoy ocupada. —Hubo una pausa. Dios, debía pensar que yo era una clase de idiota, incapaz de hacer conversación—. ¿Tú lo estás? —¿Si estoy ocupado? —No. Sí. Quiero decir, ¿qué estás haciendo? ¿En qué andas? —Dios, esto estaba yendo de mal a peor. —No mucho —dijo, y escuché lo que sonaba como un crujir de resortes, como que tal vez estaba acostándose en su cama o algo. Intenté no pensar en su cuerpo, estirado sobre su cama, su camisa levantándose un poco, mostrando su estómago firme como roca. No estaba segura que su estómago fuera duro como roca, pero tenía una idea de que lo sería. Me sonrojé. —¿Entonces, por qué llamaste? Se rio. —Directo al grano, ¿verdad? —No, solo quise decir… quiero decir, si te tomaste la molestia de conseguir mi número con mi tío, debes estar llamando por una razón. —Me preguntaba si tal vez querías almorzar en un rato. Mi corazón se me atoró en el pecho. Antes de poder responder, hubo un golpe en la puerta del vestidor. Courtney. —Ey —dijo—. ¿Estás allí adentro? ¿Cómo luce? —¿Es Courtney? —preguntó Jace. —Mm, sí. —Estaba a punto de agregar que estábamos en el centro comercial probándonos trajes de baño, pero temía que si sabía que estaba fuera, retiraría su invitación. Sabía que desear tanto ir a almorzar con él era patético. Pero lo que era aún más patético era dejar que pensara que no tenía una vida, así que dije—: Estamos comprando trajes de baño. —¿En serio? —dijo, sonando interesado—. Eso es algo ardiente.


—No estamos en el mismo vestidor —dije, rodando los ojos. ¿Por qué los chicos siempre se prendían con la idea de dos chicas desnudas juntas? ¿No podían satisfacerse con solo una? —No estaba pensando en Courtney. —Oh. —Me quedé sin aliento. No pude evitarlo, tenía una voz ardiente. —¿Peyton? —Otro golpe en la puerta—. ¿Estás al teléfono? —Sí —grité—. Solo un segundo. —Probablemente deba dejarte ir —dijo Jace—. Parece que estás ocupada. —Sí —dije, reteniendo el aliento y esperando que volviera a mencionar lo de almorzar. —¿Entonces a qué hora terminarás de comprar? ¿Quieres que nos reunamos para un almuerzo tardío o algo? ¿Alrededor de las tres, tal vez? —Eso suena genial. —Okay. —Pude oírlo sonreír a través del teléfono, y eso me hizo sonreír—. ¿Te recojo en casa de Courtney? —Suena bien —dije, intentando actuar como si no fuera la gran cosa, que siempre me invitaban a salir chicos súper ardientes el día después de conocerlos. Colgamos y abrí la puerta del vestidor, olvidando que solo vestía la parte superior de un traje de baño y mi ropa interior. —Oh —dijo Courtney, frunciendo el ceño—. No estás vestida. Le sujeté el brazo y la jalé dentro del vestidor. —Jace Renault acaba de llamarme. Sonrió. —¡Lo sabía! —¡Shhh! —Mi agarre en su brazo se apretó—. ¿Me juras que no le dijiste que lo hiciera?


Ella sacudió la cabeza. —¡Nunca haría eso! Sabía que era real. Courtney nunca haría algo así, nunca. —Okay. —Me mordí el labio—. Vamos a tener un almuerzo tardío. —Bueno —dijo Courtney, arrojándome mi ropa—. Eso lo decide. Olvídate de los trajes de baño. Necesitamos conseguirte algo para tu cita. Así que lo hicimos. Compré un par de vaqueros ajustados y un top de brillos con una camiseta con tiras a juego, que era sexi y casual y perfecta. Compré un brillo labial nuevo y una máscara de brillos y pasé dos horas preparándome. Y para cuando Jace llegó a recogerme, me sentía hermosa.

••• Me llevó a un restaurante de fusión hawaiana realmente genial, y comí tacos de pescado que eran tan buenos, que apenas pude aguantarlo. Cuando terminamos de comer, caminamos por la Villa de Siesta Key, entrando a tiendas de recuerdos hasta que nos aburrimos, y entonces nos dirigimos a la playa. Hablamos de todo y nada, y fue prácticamente perfecto. Cuando el sol se ocultaba, nos sentamos en la playa, dejando que el agua cálida nos lamiera los pies. Honestamente, era lo más romántico que me había sucedido nunca. Mientras el sol se ocultaba, Jace se giró hacia mí. —Pide un deseo —dijo. —¿Por qué? —Siempre pides un deseo cuando el sol se oculta —dijo, acercándose a mí en la arena. Él olía como el océano, y cuando me acercó, la electricidad me recorrió el cuerpo, incendiando mis terminaciones nerviosas.


—¿Acabas de inventar eso? —pregunté. —No. —Sacudió la cabeza—. Es algo real. —De acuerdo. —Apreté los ojos mientras el sol desaparecía, lucía como si se estuviera metiendo en el agua. Cuando los abrí, me giré y lo miré. Tenía los ojos apretados, el cabello se le agitaba con la brisa. Después de un momento, los abrió. —¿Qué deseaste? —pregunté. —Si te digo, no se volverá realidad. —Las comisuras de su boca se elevaron en una sonrisa. —No le contaré a nadie. Me miró con seriedad, fingiendo que estaba pensando en ello. Luego sacudió la cabeza. —Nop. —Bien. —Me encogí de hombros—. Entonces no te contaré el mío. —No quiero saber el tuyo. —Su boca se estaba acercando a la mía, y ahora sus labios estaban justo allí, tentándome. —Sí, sí quieres. —¿Cómo sabes? —Porque fue un deseo realmente bueno. —¿En serio? —Estaba incluso más cerca ahora, tan cerca que podía sentir la calidez de su piel contra mi mejilla, el susurro de su aliento contra mi frente. Estiró la mano y me cogió la barbilla, y la inclinó hacia él suavemente. —Sí —dije, casi incapaz de hablar—. En serio. —¿Entonces no me vas a contar? —Te contaré el mío si tú me cuentas el tuyo.


Sonrió. —Trato. —Y entonces, antes de saber qué estaba sucediendo, su boca estaba sobre la mía. El beso fue delicioso, suave y perfecto y maravilloso, la clase de beso que lees en los libros pero no crees que nunca te pasará a ti, especialmente no con un chico increíblemente ardiente que solo has conocido durante un día. Nos besamos durante lo que pareció una eternidad, recostados en la arena mientras el último rayo de luz se ocultaba bajo el horizonte. Cuando finalmente nos detuvimos, mis labios deseaban que los suyos regresaran, deseaban sentirlos por siempre. Sé que suena ridículo, pero fue verdad. Sostuvo mi mano todo el camino de regreso al coche. Yo iba a estar en Florida durante los siguientes días, pero él se marchaba la mañana siguiente a pasar la Navidad esquiando en Colorado con su familia. Me dijo que me mandaría mensajes de texto, pero no le creí. Pero cuando me subí a la cama esa noche, mi teléfono ya estaba sonando. —¿Hola? —pregunté mientras me deslizaba bajo las sábanas en la habitación de huéspedes de casa de Courtney. —Soy yo —dijo, y sonreí. Hablamos toda la noche, hasta que tuvo que colgar el teléfono y dirigirse al aeropuerto. Cuando yo regresé a casa en Connecticut, seguimos justo donde lo dejamos. Hablamos todo el tiempo, nos mandamos correos, mensajes. Incluso hablamos de visitarnos durante las vacaciones de primavera. Sentí que tal vez me estaba enamorando de él. Brooklyn pensó que yo estaba loca… no entendía cómo podía estar tan cautivada con un chico con el que solo había pasado unas cuantas horas, un chico que estaba a miles de kilómetros de distancia, un chico que no tenía idea de cuándo volvería a ver.


Entendía su punto, pero no podía evitarlo. Era una fuerza mayor a mí. Y cuando una voz en la parte trasera de mi cabeza susurraba que no era real, la ignoraba. Deseaba tanto que lo fuera. En enero, cuando las peleas de mis padres empezaron a empeorar, me envolvía en pantalones deportivos y calcetines cómodos, luego me llevaba el celular a la tumbona de afuera y hablaba con Jace, mientras el aire frío de la noche me mordía los labios. Hablábamos sobre todo. Y aun así, por alguna razón, nunca le conté que mis padres se estaban divorciando. No sé por qué. No es que creyera que me juzgaría… nos habíamos contado un montón de cosas personales. Mirando en retrospectiva ahora, tendría que decir que fue porque yo estaba en alguna especie de negación. No deseaba admitir ante mí misma que mis padres se estaban divorciando, así que ¿por qué le contaría a Jace? Seguimos así durante dos meses. Hasta un día. Él sencillamente se detuvo. Dejó de regresarme las llamadas. Dejó de mandarme correos. Dejó de mandarme mensajes de texto. Fue como si sencillamente desapareciera. Finalmente, me quebré y le conté a Courtney, le pregunté si ella tenía alguna idea de lo que podría haber sucedido. Ella llamó y le preguntó. Me hizo sentir patética, pero no sabía qué más hacer. Estaba desesperada. Todo lo que pudo ofrecerme fue que él dijo que era complicado y que no le contó nada aparte de eso. Así que me esforcé por olvidarlo. Y fallé miserablemente.


••• La mesera trae la cuenta, sacándome de mi ensoñación. —Aquí tienes, encanto —dice, mientras la deja y recoge mi plato vacío—. ¿Puedo traerte algo más? —No. —Sacudo la cabeza. No estoy lista para regresar al hotel, pero ¿qué opción tengo realmente? Sencillamente no puedo quedarme aquí toda la noche bebiendo gaseosas. Así que pago la cuenta y salgo de la comodidad del acogedor restaurante y regreso a las calles. Estoy segura que tan solo es mi humor, pero las calles de Savannah de alguna forma ahora parecen oscuras y sucias, y la gente no tan feliz. Los pocos que están fuera tan tarde pasan a mi lado, con las manos en los bolsillos, sin hacer contacto visual. Hace un poco más de frío que antes, y el viento arrecía un poco, forzándome a agachar la cabeza mientras camino. Cuando me acerco al hotel, sé que debería entrar por la entrada lateral… la puerta que está más cerca de mi habitación, la puerta que me llevará de vuelta a donde necesito ir. No tiene sentido ir por el frente… es una caminata más larga. Pero quiero ver si el coche de Jace aún está en el estacionamiento al otro lado de la calle… si todavía está en el hotel o si se marchó, dejándome aquí sola. No que lo culpe. Pero aun así. Dijo que no iba a marcharse. Y no puedo evitarlo. Quiero que esté aquí. Necesito descubrir si está. Así que doy la vuelta hasta la parte frontal del hotel, manteniendo los ojos fijos en el empedrado hasta el último minuto. Y entonces, justo cuando estoy casi en la puerta, levanto la vista, al estacionamiento.


El estacionamiento está lleno, y busco entre los coches el suyo. Pero no está allí. Lo sé, aunque sigo buscando. Hay un sitio vacío… el mismo sitio donde se estacionó antes. Es el único sitio vacío en el estacionamiento, lo que significa que debió haberse vaciado recientemente. Se fue. Aunque dijo que no iba a hacerlo, Jace se fue.


El Viaje 26 ~ Jace Traducido por Pily

Sábado, 26 de junio, 10:27 p.m. Savannah, Georgia

Me fui. Sí. Llevé a Héctor de regreso a mi habitación, empaqué las pocas cosas que tenía, nos dirigimos al coche, salté al interior, y me fui. Ni siquiera me importó que no hubiera hecho el registro de mi salida. Que me cobren o lo que mierda quieran hacer. De hecho, espero que me cobren. Espero que me den algún tipo de mierda de tarifa por no registrar mi salida, o costosos gastos de limpieza de habitación, dado que dejé la habitación hecha un desastre por el baño de Héctor. No me importa. Voy a demandarlos. Voy a buscar un abogado y voy a demandarlos por cualquier cargo tonto que quieran hacerme. Tiene que haber una ley contra eso, algún tipo de regulaciones de la Comisión Federal de Conformidad o alguna mierda. Me estiro y enciendo la radio con enojo. No tengo ni idea de adónde voy. Solo sé que tengo que salir de aquí, que tengo que alejarme de Peyton. Héctor está sentado a mi lado en el asiento delantero, mirándome en silencio. —¿Qué pasa? —pregunto. Él gimotea un poco y luego se mueve hasta que su nariz está en mi regazo. Juro que este perro puede sentir las emociones de las personas. Es una locura. Me agacho y le doy un masaje en el hocico.


—Lo siento, muchacho —digo—. No debería pagar mi mal humor contigo. No has hecho nada. De hecho, cuando pienso en ello, Héctor lo único que ha hecho es apoyarme. Él es feliz de estar a mi lado, sin pedir nada más que un poco de atención y algo de comida de vez en cuando. Cuesta poco mantenerlo y no pone ningún tipo de expectativas en mí. No me guarda secretos. No espera que vaya a alguna graduación estúpida y dé un gran discurso. No espera que sencillamente lo acepte cuando él no me dice que sus padres se van a divorciar. Solo me ama sin importar nada. A pesar de que lo he estado tratando como si a mí no me importara. —Lo siento, muchacho —digo otra vez, y le rasco las orejas un poco más. Suspira de felicidad, se arrima más a mí, y luego cierra los ojos e inmediatamente se queda dormido. Niego con la cabeza, deseando que mi vida fuera tan fácil como la suya. No me molesto en encender el GPS. Solo sigo las señales que conducen al sur, pensando que en algún momento voy a terminar de nuevo en Florida. No tengo ninguna prisa por volver allí, de todos modos. Mi mamá estará muy enojada y voy a tener que averiguar lo que voy a hacer con la graduación. Pero sigo conduciendo. A pesar de que ir a casa va apestar, y aunque no sé exactamente adónde voy, necesito que los kilómetros vayan aumentando, para seguir poniendo distancia entre Peyton y yo.


27 ~ Jace Antes Traducido por Mili Herondale

Viernes, 25 de junio, 8:18 p.m. Siesta Key, Florida

Quería lucir sereno. Quería sentarme aquí en esta estúpida recepción de boda, al lado de Peyton, y simplemente fingir que ella no significaba nada para mí. Pero es ese maldito vestido que trae puesto. Es corto y ajustado y… Jesús. ¿Por qué usaría un vestido como ese? ¿Lo está haciendo para torturarme? Me gusta la idea de que tal vez me tuvo en mente cuando lo eligió. Por supuesto, puede estar usándolo porque quiere la atención de los otros chicos. Miro alrededor de la boda con sospecha, tratando de ver si hay alguien mirándola. No quiero golpear a nadie, pero lo haré si tengo que hacerlo. —¿Así que, qué pasa? —le pregunto—. ¿Cómo has estado? Veo la indecisión cruzar sus ojos… está tratando de decidir si decirme o no que me vaya a la mierda, darse vuelta y seguir hablando con Jordan y Courtney. Pero en cambio, ella solo se encoge de hombros. —Bien. ¿Cómo has estado tú? —Estoy bien. —Tomo otro sorbo de agua, todavía deseando que fuese algún tipo de alcohol. Nunca tuve la oportunidad de atrapar la atención del cantinero. —¿Preparándote para la graduación? Asiento.


—Síp. —Eso es genial. —Sus ojos pasan de mí, escaneando la habitación, casi como si buscase alguien por quien levantarse e ir a hablar. Estoy desesperado por mantenerla cerca de mí y por eso digo: —Voy a dar un discurso. —¿Eres el valedictorian? —Asiento—. Eso es increíble, Jace, felicitaciones. — Sonríe, y puedo decir que está realmente feliz por mí. Y aunque no me importa el estúpido discurso, incluso aunque no me importa ser el alumno con mejores calificaciones, sonrío también. Porque la manera en la que me está mirando me hace darme cuenta de algo: las cosas definitivamente no han terminado entre Peyton Miller y yo.

•••

Hablar sobre mi discurso parece de alguna manera haber roto el hielo entre nosotros, y mientras cenamos, hablamos, reímos y más o menos, coqueteamos. No puedo apartar mis ojos de ella. Pienso en por qué deje de hablarle, por qué deje de responder sus mensajes y correos. Y de repente, lo siento tanto, tanto. Es como el mayor arrepentimiento de mi vida. Quiero decirle que lo siento, quiero decirle que no quería hacerlo, quiero decirle que me arrepiento, que necesitamos hablar, que necesitamos estar juntos, que ahora que ella está aquí no quiero que me deje nunca más. Pero no puedo hacer eso enfrente de todas estas personas. Mierda como esa solo pasa en las películas. —¿Quieres bailar? —le pregunto a Peyton mientras levantan los platos. —¿Contigo? —Me mira con escepticismo.


—Sí. —Empujo mis hombros hacia atrás en un falso acto de valentía—. Soy un bailarín excelente. —¿Oh, en serio? —Pone los ojos en blanco, pero está sonriendo—. No te tenía por un bailarín excelente. —Saco mi labio inferior, fingiendo estar herido. —¿Por qué no? ¿No crees que tenga los movimientos de Jagger? —No estaban hablando sobre los pasos de baile de Jagger en la canción —dice, sonriendo maliciosamente. Me paro y le tiendo la mano. —Vamos —digo—, te mostraré. Duda, y por un segundo pienso que va a decir que no. Pero luego toma mi mano, y la llevo hasta la pista de baile.

•••

Bailamos por un largo rato, dejándonos envolver por la música. La mayoría de las canciones son rápidas, lo que es bueno. Nos aleja de tener ese momento incómodo donde tenemos que decidir si vamos a bailar una lenta, o si simplemente nos volvemos a nuestros asientos. Pero cuando el momento inevitable llega, y la canción lenta empieza y las luces se oscurecen más, no es extraño. No hay ninguna vacilación de su parte. Se desliza a mis brazos, y se siente bien. Perfecto. —Hola —murmuro en su cabello, sabiendo que es algo cursi de decir. Pero no puedo evitarlo. Por alguna razón, siempre que estoy cerca de esta chica, me convierte en una especie de tonto enfermo de amor.


—Hola —murmura de vuelta. Bailamos toda la canción y cuando termina, se aleja de mí, despacio, casi como si fuese demasiado para su cuerpo estar lejos del mío. Sé cómo se siente, porque yo me siento igual. Cuando otro tema movido empieza, decidimos tomar un descanso y nos dirigimos hacia la mesa. Ignoro las miraditas de Courtney, e ignoro cuando ella se inclina y le susurra algo a Jordan y él sonríe maliciosamente. Probablemente están haciendo bromas sobre como Peyton y yo vamos a tener sexo esta noche o algo así. Quiero eso. No tener sexo con Peyton —aunque en verdad, eso no es realmente cierto, porque claro, me encantaría tener sexo con Peyton— sino ser como Jordan y Courtney. Una pareja que se da miraditas conocedoras y comparte bromas privadas sobre las otras parejas. Sé que en algún momento, Peyton y yo vamos a tener que hablar sobre lo que pasó entre nosotros, sobre como yo dejé de hablarle, sobre porqué ella nunca me contó sobre que sus padres se están divorciando, si éramos supuestamente tan unidos. Pero no quiero pensar sobre eso ahora. Todo en lo que quiero pensar es sobre como nunca, jamás, voy a dejarla ir. Cuando los meseros empiezan a servirnos café, y todos se paran para poder ver como el papá de Courtney y su nueva novia cortan el pastel, Peyton toma mi brazo y me empuja hacia el final del salón. Nos paramos juntos, observando. —Si se la estampan en la cara del otro, significa que no se aman realmente —dice Peyton. —¿Qué? —La miro, impactado. —Es verdad. —Se encoge de hombros—. ¿Estamparías pastel en la cara de alguien que verdaderamente te gustara? Pienso al respecto. —No. Probablemente no.


Observamos mientras la novia corta el pastel, y luego la novia y el novio sostienen ambos una porción, dándose de comer el uno al otro delicadamente. —Bueno —digo—, supongo que están enamorados de verdad. Peyton sacude la cabeza. —Dales un minuto. Y eso hago. Y justo cuando pienso que estoy en lo correcto, la mamá de Jordan toma un pedazo de su pastel y lo estampa contra la cara del papá de Courtney. Después él estampa un pedazo contra la de ella. La multitud grita y aplaude. Peyton se gira hacia mí. —¿Ves? —Así que realmente no se aman. —Nop. —Sacude la cabeza, y luego la sonrisa se escapa de su cara, y mira al suelo. Me pregunto si está pensando en lo que pasó entre nosotros, y el miedo de que ella decida alejarse de mí me recorre la columna. —Ey —digo, aclarándome la garganta. Le pongo la mano en el brazo—. ¿Quieres ir a mi habitación? Me mira con sorpresa, como si no pudiese imaginar que yo sugiriese tal cosa, y levanto las manos en señal de derrota. —No, no —digo—, solo me refiero a que podemos hablar. Acerca de, mmm… ya sabes, lo que pasó. Toma una respiración profunda, y luego asiente. —Está bien —dice finalmente— . Vamos. Nos deslizamos en silencio por la parte trasera del salón de baile, mientras la gente sigue aullando y gritando.


28 ~ Peyton Antes Traducido por Azhreik

Viernes, 25 de junio, 9:45 p.m. Siesta Key, Florida

Esto no es una buena idea. Me refiero a ir a la habitación de Jace. Sé que es un imbécil. Sé que sencillamente dejó de hablarme después de hacerme sentir que tal vez se estaba enamorando de mí, después de hacerme sentir que tal vez todos esos correos y mensajes de texto y llamadas telefónicas a altas horas de la noche y la forma en que me besó en la playa en Navidad realmente significaron algo. Y después que Jace dejó de hablarme, me hice una promesa de que sin importar lo mucho que me dolía, sin importar lo mucho que lloré, no le permitiría que volviera a embaucarme de vuelta. Rompí esa promesa, obviamente, cuando le mandé un mensaje de texto. Y ahora realmente la estoy rompiendo, al bailar con él, hablarle, dejar que me lleve a su habitación. Pero no puedo evitarlo… es como una oleada de emociones que es mayor que yo. Es erróneo y perfecto y delicioso y cálido y frío al mismo tiempo. ¿Es así como se siente el amor? Cuando llegamos a su habitación, abre la puerta y enciende la luz.


La habitación es un desastre. No sucia o algo por el estilo, solo desordenada. Su maleta está abierta sobre la cama, y un montón de ropa está tirada por toda la habitación, en el piso, en la cama, incluso en la silla que está en el rincón. —Vaya —digo—. Alguien necesita una mucama. ¿Por qué lanzaste tu ropa por toda la habitación? —Me doy cuenta que realmente no conozco tan bien a Jace. Tal vez tuvo una especie de ataque de ira o algo—. ¿Tuviste… tuviste un ataque? —susurro. —No —dice, rodando los ojos—. No tuve un ataque. Tuve un Héctor. —¿Un qué? El sonido de rasgado viene del baño, y entonces el perro más lindo que haya visto alguna vez sale corriendo, con una camiseta roja en la boca. Agita su pequeña cola, tiene las orejas levantadas, y cuando me ve, deja la camisa y corre hacia mí como si fuéramos amigos largo tiempo perdidos. Salta, poniendo las patas frontales en mi vestido súper costoso, pero ni siquiera me importa. —Hola, compañero —digo, cayendo de rodillas al suelo—. ¡Oh, eres tan lindo! —Sí —dice Jace, sentándose junto a mí y dándole a Héctor una palmada en la cabeza—. Si por lindo te refieres a una amenaza total. —Ayyy, ¿qué tan malo puede ser? —pregunto, enterrando la cara en el pelaje de Héctor—. ¡Es adorable! —Adorable puede significar problemas —reporta Jace. Bufo. —Si no lo supiera. —Lo miro, esperando que pueda escuchar el tono acusador de mi voz, esperando que sepa que estoy hablando sobre él. —Peyton —dice bajito. Y noto qué él sabe exactamente de qué estoy hablando, exactamente a qué me refiero cuando digo que si eres lindo puedes significar problemas—. Necesitamos hablar.


Asiento. Repentinamente tengo un nudo en el pecho. Estoy asustada. Asustada de que lo que sea que diga no vaya a ser suficiente, que cualquier explicación que dé no va a compensar el hecho de que me rompió el corazón, lo destrozó en pedazos, y ni siquiera se quedó para asegurarse de que fuera capaz de volver a pegarlo. Me toma de la mano y me jala a la cama, y una vez estamos sentados allí, no me suelta. Héctor se acuesta en el piso, masticando uno de los calcetines de Jace. Jace respira hondo. —Lamento haber dejado de hablarte, solo así —dice—. No estuvo bien. Asiento, esperando la explicación. Estoy mirando al piso, pero solo hay silencio. No dice nada, y es casi como si tal vez él estuviera esperando que yo diga algo. Pero no voy a hacerlo. No voy a dejar que se zafe así, no voy a decirle que todo está bien, porque eso sería una mentira. Todo no está bien… una cosa es bailar con él, sentir sus brazos a mi alrededor, ir a su habitación con él. Pero enfrentémoslo, eso tan solo soy yo perdiendo el control un poquito. En algún punto, él va a tener que darme una explicación sobre lo que sucedió, sobre por qué sencillamente desapareció, sobre porqué sencillamente dejó de responderme. Y va a tener que ser una buena razón. De otra forma, tendré que salir de la habitación, voy a tener que dejarlo aquí, voy a tener que seguir adelante con mi vida, incluso si es difícil. Levanto la vista hacia él, orando porque tenga alguna explicación. Okay, de acuerdo, ahora mismo aceptaría cualquier clase de explicación, cualquier cosa que me permita entender por qué o cómo pudo hacer algo así, por qué o cómo fue que lo catalogué tan mal. Pero en lugar de decir algo, se inclina y roza sus labios con los míos. Chispas y una calidez me fluyen por el cuerpo.


—Peyton —susurra mi nombre, y sus ojos me preguntan si está bien. Y cuando no lo detengo, me besa de nuevo. Esta vez el beso es más profundo, más delicioso, más anhelante. Su lengua se mueve contra la mía, y sus manos están en mi nuca, sus dedos envían estremecimientos por mi columna. Le devuelvo el beso, mi mente un desastre total, mi cuerpo incendiándose. No estoy pensando en nada excepto este beso. Nos quedamos así por un rato, solo besándonos, hasta que finalmente, caemos en la cama. Estoy sin aliento, mis pensamientos giran y se revuelven y embrollan, sobrepasados por las sensaciones que me recorren. El momento me traga completa, y solo somos Jace y yo, aquí, en la cama, juntos. Es infinito y perfecto y hermoso y nunca quiero que termine. —Espera —dice Jace. Se sienta y sacude la cabeza. —¿Qué? —pregunto, intentando recuperar el aliento. —Deberíamos… quiero decir… —Se pasa los dedos por el cabello, apartándoselo del rostro. Me encanta el hecho de que tengo este efecto en él, de que tal vez lo estoy enloqueciendo mientras él me enloquece a mí—. Deberíamos hablar primero. —Okay. —Me siento y apoyo contra la pesada cabecera de cerezo de la cama, intentando ocultar mi decepción. Todo lo que deseo hacer es seguir besándolo. Pero sé que tiene razón… es mejor si hablamos primero, si llegamos al fondo de las cosas. Y el hecho de que él sea el que lo saque a colación, solo me hace desearlo más. Es como una espada de doble filo. Desde su lugar en el piso, Héctor empieza a gimotear. —Entonces —dice Jace, respirando hondo y levantándose—. Voy a sacar a Héctor y luego tú y yo podemos hablar. Asiento. —Suena bien. Inclina la cabeza. —¿Tienes hambre?


—¿Hambre? Acabamos de comer en la boda. —Sí, pero esa comida no cuenta. —Arruga la nariz—. Demasiado sofisticada, ¿quieres ordenar pizza? No creí tener tanta hambre, pero ahora que lo dijo, la pizza suena fantástica. — Eso suena realmente bien —admito. —Okay. —Asiente—. Primero paseo, y luego regresaré y nos ordenaré algo de comida. Y entonces hablaremos. —Perfecto. Sale por la puerta y suelto un suspiro feliz, pasando las manos una y otra vez por encima de las sábanas. Mientras lo hago, mi mano roza accidentalmente algo en la cama y lo tira al piso. Al principio creo que es el control remoto, y me estiro para recogerlo. Pero no es. Es el celular de Jace. Debe habérsele caído del bolsillo. Voy a ponerlo en la mesita de noche junto a mí, pero cuando lo hago, mis ojos caen en el mensaje de texto en la pantalla. De alguien llamada Kari. Te extraño, dice. Te extraño. Te. Extraño. Las dos palabras reverberan en mi cabeza, por la habitación, haciéndose más grandes, abarcando todo. Te extraño te extraño te extraño te extraño, lo está arruinando todo, te extraño. Antes de siquiera pensar en lo que estoy haciendo y si es o no correcto, abro el historial de mensajes entre ambos. Kari: Hola lindura, ¿Cuándo regresas? Jace: Mañana en la mañana.


Kari: ¿Aun iré a la graduación contigo y tu familia? Jace: Síp. ¡No puedo esperar! Kari: Te extraño. Mi corazón se apachurra, y dejo el teléfono en la cama y me siento durante un largo momento, mirándolo fijamente. Tal vez es una pariente, me digo a mí misma. Una prima o una tía mayor o algo. Te extraño podría significar: Te extraño a ti y a tu familia y lindura podría ser como cuando le hablas a un niño o algo. Mis dedos están en autopiloto, y pasan por el teléfono de Jace hasta que aterrizan en el nombre. Kari. Presiono marcar. Solo suena una vez antes que ella conteste. —Hola, sexi —dice una voz. Una voz de chica. Una chica de mi edad. Cuelgo el teléfono. Las lágrimas me pican los ojos, pero parpadeo rápido, y entonces, así de fácil, la tristeza desaparece. La destierro, de la forma en que he desterrado toda clase de cosas durante los últimos meses: mis padres divorciándose, mi mamá utilizando mi tarjeta de crédito, todo. Y entonces salgo por la puerta de la habitación de Jace, y me fuerzo a no mirar atrás.


Antes

29 ~ Jace Traducido por endri_rios

Viernes, 25 de junio, 10:29 p.m. Siesta Key, Florida

Paseo a Héctor por detrás del restaurante del club de yates, esperando que no haga popo sobre la hierba. Tengo una bolsa, pero la última cosa que de verdad quiero hacer es recoger popo de perro. Y este es definitivamente el tipo de lugar en el que si no lo haces, alguien lo notará y dirá algo como: —Oye, perezoso, limpia después de que tu perro lo haga. Dejo que Héctor olfatee alrededor por un rato hasta que finalmente levanta su pierna y orina. —Vamos, chico —digo, corriendo con él, subiendo por la colina hasta mi habitación. Quiero regresar con Peyton. Quiero besarla más, y quiero hablar con ella sobre por qué no me había dicho que sus padres se estaban divorciando, sobre lo mucho que eso me dolió, sobre cómo incluso aunque ella sí me lastimó, el no hablar con ella fue la cosa más estúpida que pude hacer, sobre lo mucho que lamento haber dejado que mi estúpido orgullo se interpusiera entre nosotros. Pero cuando vuelvo a mi habitación, ella no está ahí. —¿Peyton? —grito. Pero no hay respuesta. Golpeo la puerta del baño, pero ella no está allí tampoco—. ¿Dónde está, chico? —le pregunto a Héctor, antes de darme cuenta que es algo realmente muy estúpido, ya que A)Héctor no estaba aquí cuando ella se fue, y B)Él es un perro, y por lo tanto no puede hablar.


Mi teléfono está en la mesita de noche, así que lo agarro para llamarla. Tal vez ella fue a decirles a sus padres que se marchó de la boda, o tal vez ordenó pizza y decidió recogerla ella misma. Cuando agarro el teléfono, sin embargo, veo que hay un nuevo mensaje de Kari.

Te extraño. Mi corazón salta hasta mi garganta. Pero no hay manera de que Peyton hubiese podido verlo. Ella no habría revisado mi teléfono. Ella no habría hecho algo así. ¿Pero entonces dónde está? Trato de llamarla, pero no contesta. De hecho, va directamente al buzón. No sé en qué habitación está, así que llamo a la recepción. —Hola… Me gustaría comunicarme a la habitación de Peyton Miller, por favor. El operador me conecta, y escucho cómo el teléfono suena en el otro extremo, una y otra y otra vez, hasta que finalmente una grabación contesta y dice que la persona con la que estoy tratando de comunicarme no está allí. De acuerdo, ella no está en su habitación. Lo cual es realmente algo bueno. Ella tuvo que haber ido a recoger la pizza. Miro hacia mi teléfono, pensando en Kari. Mierda. Voy a tener que terminar con ella. Y probablemente debería hacerlo antes que Peyton regrese. Voy a tener que decirle a Peyton sobre eso, también, lo cual va a apestar. Sacudo la cabeza. Como sea. Peyton y yo vamos a salir de esto. Sí, va a ser complicado y confuso y vamos a tener mucho de qué hablar, pero no me importa. Si vamos a hacer que esto funcione, tenemos que comenzar a ser honestos el uno con el otro. Suspiro y luego agarro el teléfono y llamo a Kari. —Ey —dice cuando contesta—. ¿Por qué me haces bromas?


—¿De qué estás hablando? —Me llamaste hace unos pocos minutos, y luego colgaste. —No, no lo hice. —Sí, lo hiciste. —No, no lo hice. —¡Jace! —Ella se ríe—. Lo hiciste. —Mi teléfono debió haberte llamado por accidente —digo. —No lo creo —dice—. El teléfono repicó, y yo respondí a la llamada y dije “Hola, sexi” y luego me colgaste. No fue muy amable. Saboreo la bilis en mi garganta. Coloco el teléfono lejos de mi oído y reviso el registro de llamadas. Y ahí está. Una llamada saliente hacia Kari, realizada hace diez minutos. Una llamada saliente que debió haber sido realizada por Peyton. Mierda, mierda, mierda. —¿Hola? —Kari está diciendo—. Jace, ¿estás ahí? —Sí —digo—. Estoy aquí. —Ya estoy saliendo por la puerta, agarrando mis llaves y cerrando la puerta detrás de mí. Me pongo un suéter y camino junto a la fuente y por el sendero del jardín, escaneando el área en busca de Peyton. —¿Todo está bien? —pregunta—. No suenas como tú mismo. Respiro profunda. —No —digo—. No todo está bien.


Antes

30 ~ Peyton Traducido por Pily

Viernes, 25 de junio, 10:31p.m. Siesta Key, Florida

Cuando salgo de la habitación de Jace, realmente no sé qué hacer, así que me voy a la habitación de mis padres (mi madre me dio una llave por si acaso la necesitaba), y agarro las llaves del coche de alquiler que rentamos aquí en el aeropuerto. Deslizo mi teléfono en mi bolso, apagado por si acaso ella decide llamarme y gritarme por coger el coche. Aunque incluso si lo hace, ¿a quién le importa? Quiero decir, ¿qué va a hacer? ¿Llamar a la policía? Gran cosa, voy a llamar a la policía y les diré que ella robó mi identidad. Me pongo detrás del volante del coche y conduzco. Realmente no sé a dónde voy, solo que tengo que alejarme de Jace, necesito algo para mantener mi mente ocupada hasta mañana, hasta que llegue Brooklyn, hasta que pueda escapar a Carolina del Norte y olvidarme de Jace Renault para siempre.


31 ~ Jace Antes Traducido por Beeelu

Sábado, 26 de junio, 10.41 p.m. Siesta Key, Florida

Lo tomó bien. Kari, quiero decir. Por supuesto, al principio no entendía de qué demonios estaba hablando, principalmente porque yo estaba balbuceando, pero también porque me encontré con la abuela de Courtney mientras caminaba, y me detuvo porque quería tener una gran discusión sobre los iPods. De verdad. Estoy enredado en el drama emocional más grande de mi vida, y la señora se puso a preguntarme sobre los iPods y si yo creía que debía comprarse uno. Como si fuera el maldito Steve Jobs o algo por el estilo. Fui perfectamente educado con ella, pero parecía un poco molesta de que no pudiera darle más información sobre el tema. Realmente no entiendo por qué la gente mayor siempre piensa que los de generaciones más jóvenes somos algún tipo de genio tecnológico. Bueno, Kari no podía entender por qué no había mencionado a Peyton antes, y al principio estoy bastante seguro que pensó que estaba inventando todo el asunto solo para tener una excusa para terminar con ella. Pero al final, pareció que me creía, y estaba bien al respecto. —Jace —dijo—. Espero que sigamos siendo amigos. Porque, honestamente, estábamos mejor de esa manera. —En algún nivel, también debió haber sentido la rareza entre nosotros. Así que ahora estoy deambulando en los terrenos del club de yates buscando a Peyton, inseguro sobre dónde diablos debo ir o dónde podría estar ella. Finalmente entro


en el edificio principal, no porque piense que ahí estará Peyton, sino porque diviso a la abuela de Courtney caminando afuera, y realmente no quiero toparme de nuevo con ella. Miro en el vestíbulo, pero obviamente Peyton no está aquí. ¿Por qué estaría pasando el rato en el vestíbulo del hotel? Y entonces, de repente, tengo una idea brillante. Una idea tan obvia que en realidad ni siquiera es tan brillante. ¡Simplemente averiguaré cual es la habitación de Peyton, y entonces iré a encontrarla! Incluso si ella no está en su habitación, debe regresar a ella en algún momento, ¿cierto? Me dirijo hacia el empleado de la recepción, un tipo de veintitantos que lleva una identificación que dice «WADE». Sería mucho más sencillo si Wade fuera una mujer. A las mujeres puedo camelarlas; les das una historia triste, una pequeña sonrisa, un cumplido sobre cómo se ven, y generalmente puedes obtener lo que quieres. (No es que yo manipule usualmente así a las mujeres, por supuesto. Eso es demasiado imbécil. Pero tiempos desesperados requieren medidas desesperadas.) —¡Hola, señor! —dice Wade mientras me acerco. De acuerdo, Wade es alegre. Con suerte, alegremente va a hacer lo que le pida. —Ey —digo. Sacudo la cabeza y trato de lucir avergonzado—. Olvidé el número de mi habitación. —¡No hay problema, señor! —canturrea. En serio, él canturrea. Nunca antes había oído realmente a un chico canturrear, pero lo que sea. A cada quien lo suyo. Pone los dedos sobre el teclado de la computadora que está frente a él—. ¿Me puede decir su nombre, por favor? —Bueno, verá, ese es el problema —digo—. La habitación no está a mi nombre. —No hay problema, señor —dice. Solo que esta vez no suena tan seguro. Tomo eso como una muy mala señal. —Solo dígame el nombre de la persona bajo el cual su habitación está registrada.


Me quiebro la cabeza, tratando de recordar el primer nombre de la mamá de Peyton. —Michelle —digo—. Michelle Miller. Wade teclea. —Mmm —dice—. ¿Es Peyton? —¿Si soy…? —Por un segundo, estoy confundido, pero entonces lo entiendo. La habitación está a nombre de la mamá de Peyton, y Peyton debe estar enlistada en la cuenta como la única persona con acceso a ella. Y ya que Peyton puede ser un nombre de hombre también, supongo que Wade simplemente asume que soy Peyton. —Bueno, sí—digo, sacando pecho—. Sí, soy Peyton. Peyton Miller, sí, ese soy yo. —Okay, señor Miller —dice Wade—. Necesitaré ver su identificación. Mierda. —Mm, mi identificación está en la habitación. —Alzo las manos hacia fuera y me encojo de hombros, como diciendo, Oh bueno, ¿Qué se puede hacer? —¡Oh, no! —Wade pone una cara realmente triste, como si no pudiera soportar el hecho de que ahora me tiene que dar unas noticias realmente malas—. Esa es realmente una pena, señor Miller, porque desgraciadamente no estamos autorizados a dar información de alguna habitación o remplazar las llaves a menos que tenga su identificación. —Empuja el teléfono del escritorio hacia mí—. ¿Hay alguien a quien pueda llamar para que baje y le ayude? ¿Quizá la persona que reservó la habitación? —No. —Sacudo la cabeza tristemente—. La persona que reservó la habitación… no está disponible. Me quedo mirando fijamente a Wade, esperando que haga algo. Pero no hace nada. Solo une las manos enfrente de él y me mira.


—Así que, ¿qué se supone que haga? —insisto—. Necesito llegar a mi habitación. Mi perro, Héctor, está ahí, y probablemente realmente necesita salir. Asumo que de seguro puedo llegar a él con la historia del perro, después de todo, parezco ser la única persona en la faz de la tierra que no se cae a pedazos cuando se trata de Héctor, en vez de eso, Wade me mira con una expresión de shock en el rostro. —Señor —me dice, y entonces inhala profundamente, como que hay una situación que debe ser manejada ahora mismo—. ¡Los perros no están permitidos en este hotel! Mierda. —Oh —digo—. Bueno, um… —Me quiebro la cabeza pensando desesperadamente en algo que pueda salvar la situación. Pero no se me ocurre nada. Y ahora, Peyton y su mamá probablemente van a recibir un cargo extra por mascota o algo así en su cuenta. Me pregunto si puedo ofrecerle a Wade algo de dinero para que simplemente se olvide de todo este asunto. Pero no parece el tipo de persona que aceptaría un soborno, pero nunca puede saberse realmente, ¿cierto? Y entonces mis ojos caen sobre su brazalete. Es una de esas de plástico que vienen en toda clase de colores brillantes, la de él es amarilla, y en ella están grabadas las palabras «SOY UN BELIEBER». He estado lo suficiente en Facebook y Twitter como para saber que eso significa que a este tipo le gusta Justin Bieber. Así que rápidamente enciendo el encanto. —¡Oh, por dios! —digo, apuntando a su brazalete—. ¿A ti también te gusta Justin? Me mira, y saca pecho. —¿Justin quién? —¿Acaso hay más de uno? —me burlo. Su boca se abre. —¿Tú?¿Eres un Belieber?


—Um, sí —digo—, por años. —No estoy seguro si Justin ha estado por tanto tiempo pero, lo que sea—. Amo su música, y honestamente, no entiendo por qué no les gusta a más chicos. —¡Eso es lo que siempre digo! —Mira alrededor y me indica que me acerque, como si quisiera hacerme saber un secreto. Me acerco más al escritorio, y él levanta el puño de su manga y me muestra un tatuaje. Dice ‘JB’ en letra cursiva. —¡Genial! —digo con entusiasmo, cuando realmente, todo lo que quiero hacer es tirarme a través del escritorio de este tipo y adueñarme de su teclado para poder encontrar en qué habitación se encuentra Peyton—. En fin, ¿no se supone que los Beliebers deben cuidar unos de otros? Wade duda. —¡Oh, vamos! —digo—. Sabes que Justin lo querría. Él suspira, y mira a su alrededor para asegurarse que estamos solos. —Okay — susurra—. Te diré el número de habitación e incluso me olvidaré del perro. ¡Pero no estoy haciendo esto por ti, lo hago por Justin! Estoy tan agradecido que por poco me lanzo a través del mostrador y le doy un abrazo. —Gracias, gracias, gracias —digo—. Amigo, no tienes idea de cuanto lo aprecio. Se pone a teclear, pero entonces, como algún tipo de pesadilla, detrás de mí viene el sonido de alguien gritando mi nombre. —¡Jace!¡Ey, Jace! No me doy la vuelta, deseando que quien quiera que sea, simplemente se vaya. —¡JACE! —La persona está realmente gritando ahora. Yo sigo sonriéndole a Wade.


—Creo que ese tipo está buscándote —dice Wade, mirando algo sobre mi hombro. Arruga la nariz con disgusto. —Oh, no —digo—, creo que debe pensar que soy alguien más. —¡¡JACE RENAULT, SOY YO, B.J., DE LA BODA!! La voz se está haciendo más fuerte, y me acerco a Wade, tratando de echar un vistazo a la pantalla de la computadora. —¿Encontraste ya el número de la habitación? —Estoy a punto de comenzar a sudar. Wade abre la boca, pero antes de que pueda decir algo, siento desde detrás un par de brazos envolverse alrededor de mis hombros y apretarme fuerte. ¿Qué demonios? Forcejeo para deshacerme del abrazo. —¡Jace! —dice B.J., y sonríe—. ¡Estás aquí! Sacudo la cabeza, tratando de comunicarle con los ojos que estoy en medio de una conspiración, y que simplemente debería irse. Pero, por supuesto, no lo entiende. —¡Jace! ¡Soy yo, B.J.! ¿De la boda? —Me mira con el ceño fruncido—. ¿Estás bien? No te ves muy bien. —Disculpe —dice Wade desde detrás de la computadora. Sus ojos, los cuales se habían encendido un poco cuando estábamos estableciendo vínculos sobre ser (aunque falsos), Beliebers, están ahora oscuros y tormentosos—. Voy a tener que pedirle que se retire de este mostrador, de otro modo voy a tener que llamar a seguridad. Pienso en protestar, en tratar de convencerlo de que realmente soy Peyton Miller, pero soy lo suficientemente inteligente como para saber cuándo soy derrotado. Suspiro y me alejo del mostrador mientras Wade empieza a murmurar algo sobre que no soy un verdadero Belieber, y que un verdadero Belieber nunca sería tan engañoso.


Eso demuestra lo poco que sabe. Una vez estaba en Barnes & Noble cuando salió un nuevo libro de Justin Bieber y me arrollaron dos niñas de once años que estaban tan emocionadas de comprar el libro que perdieron todo sentido real del decoro. —¿Qué pasa, mi amigo? —dice B.J., y me da una palmada en la espalda como si fuéramos viejos amigos—. ¿Por qué ese tipo quería llamar a seguridad por ti? ¿Trataste de llevar alcohol a escondidas a tu habitación? —Él asiente comprensivamente, como si ha estado en la misma situación y hecho lo mismo. Lo que no es tan difícil de creer. —No, no traté de escabullir alcohol a mi habitación —digo. Resisto las ganas de comenzar a gritarle, y quizá estrangularlo también. —¿Entonces qué es? —Baja la voz—. ¿Drogas? Porque eso no está bien, amigo. ¡La cocaína es pésima! Sacudo la cabeza, mi ira se está comenzando a disipar. ¿Cómo puedo estar enojado con alguien que no tiene idea de nada? —No, no son drogas —digo—. Es una chica. —¡Pffft! —dice, sacudiendo la cabeza—. ¡Las chicas! Están locas, ¿Cierto? —Esta no —digo—, yo soy el loco. El loco que arruinó todo. —Amigo, eso apesta —dice B.J. Cruza los brazos sobre su pecho—. Así que, ¿qué vas a hacer? —No lo sé —digo—. No tengo ni jodida idea. Se ve inmerso en pensamientos por un momento, sus labios se mueven hacia un lado, fruncidos mientras se concentra. Entonces sus ojos se encienden. —¡Ya sé! —dice. Alcanza su bolsillo y saca su celular—. ¡Llamaré a Jordan! —¿Jordan? —Sí, ya sabes, ¿el novio de Courtney? Él es el mejor cuando se trata de descifrar a las mujeres.


—Um, no, está bien —digo. Lo último que necesito es que gente prácticamente desconocida trate de ayudarme con mis problemas emocionales. Digo, hablando de humillante. Pero B.J. no parece estar escuchándome, y diez minutos después, Jordan entra en el vestíbulo. Wade todavía nos está enviando miradas asesinas, así que nos movemos hacia el salón al otro lado de la habitación. —Oh, genial —dice B.J., sus ojos iluminándose—. Tienen una mesa de billar. Levanta un taco de billar y comienza a menearlo de un lado a otro como una espada samurái. —Así que, ¿Qué pasa? —pregunta Jordan, arrebatando el taco de billar de las manos de B.J.—. ¿Por qué me pidieron que bajara? —Jace necesita consejos sobre mujeres —reporta B.J. Comienza a acomodar las bolas. —No, no es cierto —digo. Jordan asiente. —¿Peyton, eh? Asiento avergonzadamente. —Sí. ¿Courtney te contó? —Sí. Así que, ¿cuál es el asunto? —Sí, ¿cuál es el asunto? —pregunta B.J., y se agacha sobre la mesa de billar y le pega a las bolas. Una vuela sobre el costado de la mesa hacia el piso—. Ups —dice. La bola rueda por el piso de mármol hasta que da contra el costado del calzado de un hombre—. Lo siento —dice B.J. El hombre lo mira feo, pero B.J. no se inmuta. Pone la bola de vuelta en la mesa. —Empecemos de nuevo —dice—. ¿Okay, chicos? —Por mí está bien —digo. —Lo que sea —dice Jordan. Toma un taco de billar y yo hago lo mismo.


—Así que, ¿qué sucede? —Bueno —digo, pensando con intensidad en ello—. Nos conocimos en Navidad, y después terminé con ella. B.J. abre mucho la boca. —¿Terminaste con ella? Amigo, ¿estás loco? Peyton es sexi. —Las relaciones se tratan de algo más que de ser sexi, B.J. —dice Jordan. Se agacha y dispara la bola naranja sólidamente sin esfuerzo hacia la buchaca del lado. —No lo sabré yo —dice B.J. Sacude la cabeza—. Jocelyn es sexi, y eso no está ni siquiera cerca de ser suficiente. —Me mira como si estuviera dejándome saber un secreto—. Con las chicas, debes preocuparte de sus emociones. —Entonces, ¿por qué la dejaste? —pregunta Jordan. —Porque me enteré que había estado ocultándome algo. Jordan y B.J. comparten una mirada. —He estado en la misma situación —dice Jordan. —¿Courtney te ocultó un secreto? —No, él le ocultó algo a ella —me reporta B.J. Se inclina sobre la mesa de billar para hacer su tiro, pero la pelota solo avanza unos dos centímetros antes de detenerse en el fieltro. —Así que, ¿qué pasó? —pregunto. —Terminé con ella —dice Jordan—. Porque fui un cobarde. —Sí —digo—. He estado ahí, amigo. —Es mi turno, así que me inclino sobre la mesa y me concentro en mi tiro. Pongo toda mi energía en meter la bola amarilla, y funciona. Va directo a la buchaca. —¿Y que sucedió?


—Me hice miserable porque no podía decirle como me sentía —dice Jordan, encogiéndose de hombros—. Y finalmente, se enteró del secreto ella sola. —¿Ella lo descubrió por su cuenta? —Sí, y estaba furiosa. —Así que, ¿qué hiciste? —Tuve que compensarla —dice—. Y ella no quería perdonarme, así que tuve que esforzarme. Sacude la cabeza—. Si hay una cosa de la que me he dado cuenta, es que debes ser honesto. Incluso si estás asustado, incluso si te preocupa que vayan a pisotearte el corazón, incluso si piensas que la verdad va a arruinarlo todo, debes decirla. Porque de otra manera, estás jodido. Se inclina y hunde la bola azul oscuro en la buchaca del medio. Lo dice todo tan impasiblemente, y la cosa es que, le creo. Creo que sabe de lo que está hablando. Los he visto a él y a Courtney juntos. He visto la forma en la que se miran el uno al otro, como si fueran las únicas personas en el cuarto. Parecen conectados. Quiero eso con Peyton. Y sé que Jordan tiene razón, con el fin de tener ese tipo de relación, tienes que decirlo todo, tienes que estar dispuesto a permitirte ser vulnerable. De otra manera, no hay posibilidad de que vayas a tener algo real. —Ahora —dice Jordan—, la única pregunta es, ¿ella lo vale? —Ella lo vale —digo. Dios, sí que lo vale. —Entonces deber ir a buscarla. Y nuevamente, sé que tiene razón.

32 ~ Peyton El Viaje Traducido por mj1994


Sábado, 26 de junio, 10:53 p.m. Savannah, Georgia

Cuando vuelvo a mi habitación del hotel en Savannah, empiezo a considerar tal vez tener un pequeño colapso. Quiero decir, no tengo ni idea de lo que voy a hacer. No tengo ni idea de cómo demonios voy a llegar a Carolina del Norte. No tengo coche, apenas tengo dinero, ni siquiera tengo un teléfono. Me dejo caer en la cama, preguntándome si simplemente debería llamar a mi mamá y decirle que me recoja. O quizá a mi papá, podría explicarle por qué quise escaparme y lo que me hizo mi mamá. Pero hacerlo significaría decirlo en voz alta, y la verdad es que no sé si estoy preparada para eso. Además, no quiero ir a casa. Quiero ir a Carolina del Norte. Quiero tener mi apartamento en Creve Coeur. Quiero pasar el verano allí hasta que averigüe qué demonios voy a hacer. Miro el techo. Quizá todo lo que necesito es una buena noche de sueño. Con un poco de suerte, mañana por la mañana seré capaz de idear un plan. Estoy convencida de que tiene que haber alguna manera. La gente siempre encuentra maneras de hacer las cosas con pocos recursos. Es como la base de la civilización. A lo mejor, puedo coger un autobús, o puedo encontrar alguno de esos lugares turbios en los que te dan un anticipo y te piden el triple de dinero cuando vas a devolverlo. Enciendo la televisión y pongo la repetición de uno de los capítulos de Real Housewives, y después me meto entre las sábanas, decidida simplemente a dormir. Pero no está funcionando. No puedo dejar de pensar en él. En Jace. En cómo él sabía que mis padres se estaban divorciando, en como esa fue la razón por la que dejó de hablarme. He pasado mucho tiempo obsesionada con qué pudo ir mal, pero la posibilidad de que él descubriera, de alguna manera, lo que iba mal entre mis padres nunca se me pasó por la mente.


Obviamente, la peor parte de esto, es que yo fui quién lo hizo. Yo fui quién lo alejó de mí. Yo fui la que le ocultó que en mi vida estaba pasando algo importante. Todo ese tiempo que pasamos al teléfono; todo ese tiempo que pasé tratando de conocerlo, haciendo planes, acercándonos… y no se lo conté. Debería habérselo dicho. Aun así, no soy la única culpable. Él fue quien se deshizo de mí como si yo no fuera nada. Ni siquiera me preguntó al respecto. ¿Y qué pasa con el hecho de que estaba besándome la noche anterior, a pesar de que tenía novia? Una novia que le mandaba mensajes diciéndole “Te extraño” y bla bla bla. Y sí, yo lo besé en la bañera esta noche, incluso después de saber eso. Pero no puedes culparme. Fue una reacción física que no pudo controlarse. De todas maneras, eso son dos strikes contra Jace. Dos strikes y estás eliminado. Cuando lo piensas, así es como debería ser. ¿Quién quiere quedarse para un tercer strike? Todo el mundo puede cometer un error, pero cuando lo cometes dos veces, probablemente no sea un accidente. Mis pensamientos se arremolinan en mi mente, manteniéndome despierta y volviéndome loca, hasta que, finalmente, alrededor de las 3 de la madrugada, caigo en un sueño irregular. Me despierto cuando alguien llama a la puerta, tan alto y de una forma tan violenta que, al principio, creo que proviene de la televisión. Pero después, cuando abro los ojos, el reloj de la mesilla de noche marca las 10:07 de la mañana, y la televisión está apagada. Debo haberla apagado en algún momento de la noche. Me siento en la cama. Mierda, mierda, mierda. Así no es la manera en la que se supone que iba a transcurrir la mañana. Se suponía que a las 6 o 7 estaría levantada, duchada y cambiada, con el estómago lleno, gracias a un desayuno continental. Se suponía que iba a estar reluciente y con el pelo recogido en una coleta, lista para idear un plan para mi futuro. Pero en lugar de eso, estoy aún en la cama, siento asaltada por un estruendoso golpeteo en la puerta. Probablemente la mucama. ¿No saben que el registro de salida del hotel no es hasta mediodía?


Salgo de la cama y me dirijo a la puerta, bajando la pierna izquierda del pijama, que se había subido hasta mi rodilla. —Aún estoy aquí —grito—. Saldré a la una, a la hora del registro de salida. —Oh, no. ¡Ni hablar! —dice una voz—. Vas a abrir esta puerta ahora mismo, jovencita. Mi corazón entra en pánico. Sea quien sea, suena como si quisiera decir que es una orden. Una orden de verdad. Las otras veces que he oído un tono como ese, era cuando veía repeticiones de programas policíacos, y había algún hombre, en busca y captura, en una casa, en algún lugar, del que no salía. Pero no soy una criminal. Y no tengo una orden judicial en contra. A menos que… nunca llamamos a la policía después de tener ese accidente. A lo mejor, han rastreado el coche o algo hasta dar conmigo, y ahora me voy a meter en problemas por haber abandonado la escena del crimen. Me dirijo de puntillas hacia la puerta y miro por la mirilla, esperando ver a un policía o dos, con uniforme y sosteniendo unas esposas, listos para llevarme entre rejas. Entonces definitivamente tendría que llamar a mis padres, imposible que tenga dinero suficiente para pagar mi fianza para salir de la cárcel. Pero no hay policías al otro lado de la puerta. Hay solo una mujer alta, con un pelo castaño muy bonito, recogido en un moño en la parte baja de la cabeza. Lleva una camiseta color crema, vaqueros oscuros, una chaqueta muy fina de color negro y unos zapatos planos y dorados. ¿Puede ser un policía encubierto? No parece el tipo de persona que mandarían para atrapar a criminales. —¿Puedo ayudarla, señora? —digo educadamente. Algo raro está pasando aquí, y si no se identifica ella misma, bueno, entonces llamaré al 911 y el verdadero departamento de policía podrá encargarse de esto. —Sí —dice ella—. Creo que puedes ayudarme. Estoy buscando a Jace Renault. —Oh. —Pienso en ello. Y no sé si quiero admitir que conozco a Jace, que estuvo aquí conmigo anoche. ¿Qué pasa si está metido en algún lío? Obviamente, el me dejó,


así que si la ley lo está buscando, no es asunto mío. Pero si es acerca del coche, entonces, hay una posibilidad de que yo pueda meterme en líos también—. ¿Podría decirme con quién estoy hablando, por favor? —pregunto. Miro por la mirilla, cuando la mujer en el pasillo da un paso atrás, como si no pudiera creer que le haya hecho esa pregunta. —¿Con quién estoy hablando yo? —pregunta, volviendo a la puerta y golpeándola con un puño. ¡Vaya! Tiene energía. —Yo pregunté primero —le respondo, intentando que no sepa lo asustada que estoy. —Me llamo Piper Renault —dice—, soy la madre de Jace. Oh, bueno, supongo que eso lo explica.

••• La señora Renault no es en absoluto como la había imaginado. Sé que es por culpa de los estereotipos, pero creí que sería muy estirada, aburrida, una mujer pomposa. Es profesora de estudios de la mujer en la universidad, así que había asumido… es decir, ¿no son todas esas feministas algo así como hippies? Creía que no les gustaban las mujeres que se maquillan o usan sujetadores o cualquier cosa que exponga su sexualidad. Pero la señora Renault es realmente bonita. Lleva ese increíble color de pintalabios que me tienta a preguntarle por la marca. Pero no creo que tenga la intención de hablar de maquillaje. Cuando abrí la puerta y la dejé entrar, lo primero que hizo fue irrumpir en la habitación como si el lugar fuese suyo. —¡Jace! —lo llama, abriendo la puerta del baño con brusquedad y entrando—. ¡Sal! ¡Se acabó el juego!


Vaya. Incluso dijo lo de “se acabó el juego”. Ella abrió el armario en seguida, pero, por supuesto, Jace no estaba allí. —No está aquí —digo—. Eh… Él se marchó. —Ojalá tuviera más información para darle, porque parece que esté a punto de empezar a destrozar este sitio, y no quiero ser la que se meta en problemas por eso. —¡Já! —dice ella. Se pone de rodillas, y apoyándose en las manos mira debajo de la cama. —Se lo juro —insisto—. Señora Renault, Jace no está aquí. —¿Entonces dónde está? —Da un pisotón impaciente, esperando a que yo le diga dónde está su hijo. —No lo sé —le digo—. Yo no… Quiero decir, creo que está de camino a casa. —¡De camino a casa! No lo creo… —Echa un vistazo a la habitación de nuevo, y después me mira fijamente—. ¿De qué va todo esto? Los dos decidieron escapar juntos, ¿o qué? ¿Quieren casarse o algo? —¿Casarnos? —Estoy alucinando con el simple hecho de que ella piense eso—. Por Dios, no. No nos escapamos para casarnos. —¿Entonces? ¡Dime por qué Jace faltaría el día de su graduación para estar contigo! —¿Que Jace hizo… qué? ¿Faltó a su graduación? —Frunzo el ceño. Eso no tiene sentido—. ¿Por qué lo haría? —¡No lo sé! —Abre las manos exasperada—. Pero es esta noche. Esta noche a las siete en punto. Lo que significa que, si no está de camino a casa, ¡va a perdérsela! — Mira el reloj y cruza los brazos sobre el pecho. Respiro hondo.


—Señora Renault, lo siento por Jace y su graduación. Y le juro que, si supiera donde está Jace, se lo diría. Pero no tengo ni idea. Se fue anoche, tarde. Él, eh… nosotros… discutimos. Me mira y abre la boca como si fuera a gritarme otra vez, o a decirme que no me cree, o a pedirme que le diga todo lo que sé. Pero, al final, su cara se relaja. Se sienta a mi lado en la cama, mirando al suelo. Después de unos segundos, sin decir palabra, se estira y agarra la bolsa de caramelos que está en mi mesa de noche. Mete la mano en la bolsa, saca unos cuantos y se los mete en la boca. Hay un silencio incómodo mientras ella está sentada ahí, comiendo, y yo sentada a su lado, nerviosa. Me ofrece la bolsa y, aunque no me apetece, creo que sería maleducado decir que no. Así que cojo un par de caramelos. —Quizá fui demasiado dura con él —dice ella—. Lo presioné, sé que lo hice. —No —digo, agitando la mano—. Estoy segura de que fue muy buena. —No, no lo fui. No le importa la escuela. Sí, es inteligente, y brillante, pero no está interesado en los reconocimientos y elogios que lo acompañan. No necesita impresionar a la gente. —Mete la mano en el paquete de caramelos de nuevo—. A diferencia de su madre. Quiero decirle que no pasa nada, pero no puedo. Porque, sinceramente, sí que pasa. Es decir, mira a mi madre: está demasiado ocupada poniendo buenas caras, haciendo creer a la gente que tiene dinero, ¿y para qué? Definitivamente, eso supuso una carga en su relación con mi padre, y, básicamente, ha arruinado su relación, aunque es posible que ella no lo sepa aún. La familia de Jace , en realidad, tiene dinero, así que es curioso cómo su madre encontró algo más en lo que concentrarse: ella quería que todo el mundo supiera que Jace era muy inteligente, para exhibirlo como si fuera un chico de oro o algo así.


—Estoy segura de que usted lo hizo lo mejor que pudo —digo, suponiendo que necesito darle un respiro. Al menos ella está aquí, al menos está admitiendo lo que ha hecho. La madre de Jace suelta el aire y después me devuelve la bolsa de caramelos. —Lamento haberme comido todos tus caramelos —me dice—. Te compraré otra bolsa. —No pasa nada —digo—, de todas formas no quería más. —Pongo la bolsa vacía en la mesa de noche—. ¿Así que condujo toda la noche para venir a por Jace? —No. —Niega con la cabeza—. Cogí un vuelo a primera hora esta mañana. Tan pronto como la tarjeta de crédito me mostró la factura de este hotel, me dirigí al aeropuerto. Iba a arrastrarlo de vuelta en un vuelo esta tarde, llevarlo a casa y a tiempo para la graduación esta noche. —¿Cómo supo en qué habitaciones estábamos? —Le dije a la recepcionista del hotel que Jace estaba usando mi tarjeta de crédito y que, técnicamente, es un pago ilegal que podía ser cancelado a menos que me lo dijera. Asiento. —Es una buena madre. —No lo parece. —Suspira y rebusca en su bolso hasta que saca su teléfono celular—. No me responde a mis llamadas. —Bueno, yo lo llamaría por usted, pero no creo que responda a mis llamadas tampoco. —¿Por qué tuvieron una pelea? —Sí. La madre de Jace asiente pensando en ello. —Y si no están huyendo para casarse, ¿entonces qué están haciendo?


—¿Él no se lo contó? —pregunto—. No tenía quien me llevara a casa desde la boda. Quien me llevaría se… —Rebusco una palabra: ¿Se retrasó? ¿Canceló?—. Me dejo botada. Así que Jace dijo que él me llevaría a casa. —Eso es lo que él me dijo. —Frunce el ceño mientras lo dice—. ¿Pero tú no vives en Connecticut? —Sí —digo—. ¿Cómo lo sabe? Ella agita la mano como si fuese obvio. —Por supuesto que sé dónde vives, Peyton. En el invierno, Jace no sabía hablar de otra cosa. Peyton esto, Peyton lo otro. —Me mira de reojo—. ¿Qué pasó entre ustedes? Trago, no estoy segura de cuánto quiero contarle. Después de todo, es la madre de Jace, además de una desconocida para mí. Pero luego pienso: a la mierda. Esconderle cosas a la gente no me ha hecho ningún bien hasta ahora. Estoy atrapada en una habitación de un hotel de Savannah, sin dinero. Así que quizá, es momento de darle un giro a la situación. —Le oculté algo —digo—. Algo muy importante. Y cuando lo averiguó, se enfureció y dejó de hablarme. Ella asiente con la cabeza. —Sí, suena a algo que haría Jace. Desafortunadamente, se parece a sus padres. Cabezota como yo. Se cierra y evita conflictos, como mi marido, cuando le importa alguien de verdad. —Me muestra una fina sonrisa—. ¿De verdad piensas que está de camino a casa? —Sí, de verdad. —Aunque el motivo no es que esté emocionado con su graduación. —No, no por eso, me temo.


—Bueno… —Se pone de pie y se cuelga el bolso. Luego se da la vuelta y me mira—. Tú… quiero decir ¿Estás bien aquí? ¿Necesitas que te lleve a alguna parte? Me planteo pedirle que me lleve al aeropuerto, pero ¿qué haría una vez allí? No tengo dinero para coger un vuelo, y tan pronto como se dé cuenta, llamará a mis padres. Pasará lo mismo si le pido que me lleve a la estación de autobuses. Empezaría a hacerme esas preguntas incómodas que a los adultos les encanta hacer, como dónde voy a ir y con quién voy a encontrarme y bla bla bla. —No —digo—. Mi amiga viene a recogerme. —¿Estás segura? —Está de pie ya. —Sí, lo estoy. —Vale —suspira, después se vuelve y se dirige a la puerta—. Gracias, Peyton — dice. Y luego se va. Miro el reloj que está al lado de la cama. Las diez y media. Solo me queda una hora y media hasta que me vea obligada a dejar la habitación. Noventa minutos para idear algún plan. Puedo hacerlo. Pero primero, me levanto y cojo el teléfono. Dudo por un segundo, después marco el número que, no importa cuántas veces lo borre del teléfono, nunca podré borrarlo de mi corazón. Suena, y aguanto la respiración, sobre todo con la esperanza de que responda. Pero no lo hace. Salta el buzón de voz. —Jace —digo—. Hola, soy Peyton. Quería que supieras que tu madre acaba de estar aquí. Ella… eh… quería asegurarse de que irías a tu graduación, pero… parecía como si en el fondo no estuviese molesta contigo. Simplemente estaba feliz de que estuvieras bien. Al menos la dejé creer que estabas bien, aunque no estoy completamente segura de que lo estés. ¿Lo estás? Espero que sí. Tú… deberías llamar a tu madre. Cuelgo el teléfono.


Y, despuĂŠs de un momento, respiro hondo y me dirijo a la ducha.


33 ~ Jace El Viaje Traducido por Annie Jim

Domingo, 27 de junio, 10:53 a.m. Richmond Hill, Georgia

No he salido de Savannah. Bueno, eso no es exactamente cierto. Ya dejé Savannah, pero aún no he llegado muy lejos. Conduje por un tiempo la noche anterior, dando vueltas en círculos, sin saber exactamente qué diablos hacer. ¿Volver atrás y recoger a Peyton? ¿Mandar todo a la mierda y volver a casa? Finalmente, terminé en un comedor a unos 30 kilómetros de distancia, donde he estado sentado durante casi toda la noche. Cada cinco segundos, cambio de opinión. Volver y recoger a Peyton. Ir a casa e ir a la graduación. Mandar a la mierda todo y simplemente sentarme aquí todo el día, y luego lidiar con todo más tarde. ¿Por qué demonios estoy tan indeciso de repente? Por lo general, yo sé exactamente lo que quiero y cómo hacer para perseguirlo. Mi teléfono no ha parado de sonar por las llamadas de mi madre toda la noche y toda la mañana. Así que cuando estoy ordenando lo que parece mi decimoquinta taza de café, y mi teléfono vibra con un mensaje de voz, realmente no le doy mucha importancia. Hasta que bajo la vista y veo que es de un código de área de Savannah. Peyton. Tal vez quiere que vuelva a buscarla, tal vez me va a decir que lamenta si alguna vez me mintió, que me necesita, que no puede creer la cosa tan horrible que hizo. —Jace —dice—. Hola, soy Peyton. Quería que supieras que tu madre acaba de estar aquí…


¿Qué demonios? ¿Mi mamá acaba de estar allí? La idea de Peyton y mi mamá pasando el rato hace que quiera darme urticaria. Además, ¿por qué mi mamá condujo todo el camino a Savannah para encontrarme? ¡Sabía que no debería haber utilizado mi tarjeta de crédito para pagar por la habitación! Probablemente la rastreó y descubrió en qué hotel estábamos. Solo puedo imaginar lo molesta que debe estar. Aunque por lo que dijo Peyton, parece que tal vez mamá no está tan enojada acerca de la graduación… que en realidad solo está preocupada por mí. Suspiro, sintiéndome como un imbécil. Debí al menos haberle enviado un mensaje de texto a mi mamá para hacerle saber que estaba bien. Tomo el teléfono y escribo un mensaje rápido.

Mamá, estoy bien. No voy a llegar a la graduación, obviamente, Pero voy a estar en casa pronto, y hablaremos entonces. La respuesta viene casi de inmediato.

Gracias por avisarme, Jace. Te amo y me alegra mucho que estés bien . Sostengo mi teléfono en la mano, preguntándome si debería llamar a Peyton. Ella me llamó, después de todo. Y a pesar de que no me pidió específicamente que le devolviera la llamada, sería grosero no hacerlo. ¿No es cierto? Antes de que me pueda disuadirme en contra, llamo al hotel y solicito su habitación. Pero cuando me conectan, solo suena y suena. La idea de que se haya ido hace que me duela la garganta. No quiero que esté deambulando en Savannah sola, sin dinero y sin idea de adónde va. Nunca debí dejarla. Miro hacia abajo, donde Héctor está sentado a mis pies. Estuvo en el coche el primer par de horas que estuve aquí, pero cuando la mesera se asomó por la ventana y lo vio, me dijo que podía meterlo mientras ninguno de los clientes se quejara. Ha estado relajado, Héctor... solo ha estado echado, con la cabeza sobre las patas. La mesera le trajo un plato de galletas de salchicha y salsa, las cuales devoró en cerca de dos minutos, creo que está en coma de comida.


No sé qué hacer. ¿Regresar? ¿No regresar? Lo que necesito es un buen consejo, pero ¿a quién llamo? Le marco a Evan, pero él no contesta. Me deslizo por mis contactos, hasta que encuentro el número de Courtney, y antes de que pueda pensar si es o no es una buena idea, presiono marcar. —¿Hola? —contesta, su voz está adormilada—. ¿Jace? ¿Estás bien? —Sí, estoy bien —digo. —¡Dios! —dice—. ¿Sabes que tu mamá se ha estado volviendo loca? Se enteró que estás en Georgia, y está en camino para allá, traté de marcarte, pero no estabas contestando. —Sí, ya sé. Escucha, ¿Estás con Jordan? —Sí, está aquí junto a mí —dice—. ¿Por qué? —¿Puedo hablar con él? —Oh, no —dice, sonando cautelosa—. ¿Por qué? ¿Estás involucrado con drogas o algo? —No. —Niego con la cabeza—. Solo… ¿Puedo hablar con él? —Claro. —Escucho los sonidos mientras despierta a Jordan, las sábanas crujen, y luego su voz llega a través del teléfono. —Ey —dice. —Ey —digo—. ¿Recuerdas que me dijiste que tenía que ser honesto con Peyton, sin importar qué? —Sí. —Hay otro crujido, como si tal vez se estuviera incorporando en la cama o algo, suspira—. No lo hiciste ¿verdad? —¿Cómo lo sabes?


—Solo lo adivine. No estabas listo. —Bueno, creo que estoy listo ahora. —¿Cómo lo sabes? —Porque no puedo dejar de pensar en ella. —No es suficiente. —Haría lo que sea por ella. —¿Lo que sea? —Sí. —¿Incluso plantarte ahí, darle la oportunidad de decirte que te vayas a la mierda y pisotear tu corazón? —Sí. —Está bien —dice sencillamente—. Entonces tienes que ir por ella. —Pero ¿y si….? —Y si nada —dice, cortándome—. Si la amas, si realmente lo sientes, entonces no hay nada más de qué hablar. —¿No hay nada más? —No —dice, sonando exasperado, como si tal vez yo aún no lo entendiera—. Solo tienes que ir por ella, suficiente charla, es momento de actuar. Trago, solo ir por ella. Sé que él tiene razón, así que en vez de siquiera decir adiós, cuelgo el teléfono, arrojo algunos billetes en la mesa, agarro la correa de Héctor y me deslizo por la puerta. No más charla, es momento de ir por Peyton.


El Viaje 34 ~ Peyton Traducido por youdontknowmystory

Domingo, 27 de junio, 11:07 a.m. Savannah, Georgia

Creí haber escuchado el teléfono sonar mientras estaba en la ducha, lo que hizo que mi corazón saltara y diese volteretas, pensando que tal vez era Jace llamándome. Admitiré que parte de la razón por la que le dejé ese mensaje fue porque quería que él me llamase. Quería que me llamase y me dijese: —Hola, Peyton, gracias por decirme lo de mi mamá, ¿qué fue exactamente lo que dijo? Entonces, yo estaría como: —Ella estaba muy preocupada por ti, Jace, pero le dije que no tenía por qué estarlo, y luego la calmé. Al final, pareció incluso que quizá había madurado como persona. Y por eso, él diría: —Oh, Dios mío, Peyton, eres increíble y mucho mejor que mi estúpida novia Kari. ¿Te quieres casar conmigo? Quiero decir, no es como que haya hecho algo espectacular cuando su madre apareció por aquí, pero aun así. Si lo hubiese querido, la podría haber sacado de quicio diciéndole que Jace y yo nos íbamos a casar porque estoy embarazada de su amado hijo. De hecho, eso habría sido bastante gracioso. Si ella hubiese estado en otro estado de ánimo, me apuesto a que ella podría haber pensado que era una broma graciosa.


Me seco el pelo con una toalla, y luego me visto con unos pantalones vaqueros y una camiseta roja. Me recojo el pelo, todavía húmedo, en una coleta. Luego, me dirijo a la recepción para coger uno de esos carritos en donde poner todo mi equipaje. Tengo que estar fuera de mi habitación al mediodía, pero jamás alguien dijo nada de estar fuera del hotel, ¿o sí? Mi plan es sentarme en la recepción con mi portátil, googleando y buscando hasta que elabore algún tipo de plan. En el peor de los casos, tendré que llamar a Courtney o a Brooklyn y pedirles que me presten algo de dinero. Aunque, probablemente, no tendría que hacer eso hasta que llegase a Carolina del Norte. Me refiero a que debería tener dinero suficiente para un boleto de autobús, al menos. En la Costa Este, puedes conseguir un boleto de autobús desde Nueva York hasta Boston, por, más o menos, diecinueve dólares. ¡Diecinueve! Parece que los precios son definitivamente más bajos en el sur. Cuando regreso a mi cuarto con el carrito, cargo las cosas y lo deslizo por el pasillo. Jace pudo haber tenido razón cuando dijo que yo era de gustos caros. ¿Por qué demonios estoy trayendo todas estas cosas a Carolina del Norte? ¿De verdad creí que me iba a poner todo esto? Sin mencionar que todas estas maletas lo hacen súper inconveniente para viajar. Por supuesto, no pude haber previsto la manera en que las cosas salieron… pensé que iba a conducir un coche con Brooklyn, no tener que llevar todas estas cosas en un autobús. Pero aun así, realmente no necesitaba toda esta basura, pienso, mientras entro a la recepción, cuidadosamente empujando el carrito delante de mí. No necesitaba los zapatos a juego, ni tampoco pendientes para cada conjunto, no necesitaba todas esos diferentes barnices de uñas y todos esos vestidos de verano. Podría haber empaquetado un montón de pantalones cortos y camisetas sin mangas, lo que hubiese cabido perfectamente en una maleta. De todas maneras, ¿dónde demonios pensé que me iba para el verano? ¿A la Riviera?


El pensamiento es, de hecho, un poco perturbador… podría ser la típica chica que tiene que llevar consigo todas sus estúpidas ropas de diseñador adónde quiera que va. Ni siquiera me gustan la mitad de estas prendas, y solamente las llevo porque es lo que mi madre quiere que me ponga. Y realmente no sé si a ella le gustan o solo piensa que deberían gustarle porque son caras. Empujo el carrito enfadada por la recepción, lo más rápido que puedo, odiando la idea de que podría ser como mi madre en algún sentido. —Vaya —dice Mia, la chica de la recepción, cuando me ve venir—. ¿Necesitas ayuda con eso? —No espera mi respuesta, simplemente viene y empieza a ayudarme a llevar el carrito al salón. —Gracias —le digo. —¿Vas a dejar la habitación? —pregunta—. Porque si es así, puedes sacar el carrito, sabes. —Sí, la dejo —le digo, apartándome un mechón de pelo de la cara—. Pero pensé que tal vez me gustaría pasar el rato en la sala aquí, por un rato, hacer un poco de trabajo en mi ordenador antes de ponerme en camino. Con suerte, no puede notar que voy a pasar ese tiempo averiguando exactamente cómo me voy a poner en camino. —Eso está bien —dice, encogiéndose de hombros—. Quédate el tiempo que quieras. —Vacila un segundo, y luego se inclina cerca de mí—. ¿Fue, eh, todo bien? ¿Con aquella mujer? —¿Aquella mujer? —Sí, ¿la madre de tu amigo? Parecía un poco alterada. Siento haberle dado sus números de habitación así, pero dijo que iba a llamar a la policía. Sonrío. —No, está bien. Hiciste lo correcto. Sonríe. —Bien. ¿Quieres algo para desayunar? Es gratis.


—Claro —le digo con indiferencia. Agita la mano hacia el buffet, que es pequeño, solamente algunas roscas de pan, café, y cereales, pero aun así, es comida. Y gratis. —Te registraré la salida de la habitación, y hazme saber si necesitas ayuda con tus maletas. —Sonríe de nuevo—. Podemos hacer que uno de los chicos lo haga por ti la próxima vez. Comienza a caminar de nuevo hacia la recepción, luego se para y se da la vuelta. —¿Tú amigo también deja la habitación? —¿Mi amigo? —Sí, el chico con el que estabas. El ardiente. —Oh —digo— Sí, también la deja. Casi digo que él dejó libre la habitación anoche, pero después me detengo. Probablemente no da la mejor impresión si me registro con un chico, y luego él se va a mitad de la noche. Quiero decir, hablando de manera precisa, probablemente pensará que soy una prostituta o algo. No estoy ni siquiera segura si tienen de esas en el sur. ¿No es todo religioso y conservador aquí abajo? Ella desaparece detrás de la recepción, yo me siento y abro mi portátil. Después de veinte minutos, me empiezo a sentir un poco derrotada. Sí, hay algunos boletos baratos, pero los siguientes dos autobuses no se van de la estación hasta las tres, lo que significa que tendré que encontrar algo para hacer aquí durante las próximas cuatro horas. Luego, tendré que averiguar una manera de arrastrar mis maletas todo el camino hasta la estación de autobuses. Es eso o gastar dinero en un taxi. Y después, cuando llegue a la estación en Carolina del Norte, aún estaré a treinta minutos de mi apartamento en Creve Coeur, lo que significa otro taxi. Sin mencionar que el autobús no llega por Carolina del Norte hasta las nueve de la noche, y solo puedo recoger las llaves de mi apartamento en la oficina de alquiler entre las ocho y las ocho.


Eso quiere decir que tengo que encontrar un lugar dónde quedarme en Carolina del Norte por una noche, lo que significa que tengo que dormir en la estación de autobuses. Suspiro, y busco diferentes líneas de autobuses, pero es la misma historia. Okay, pienso. Puedo dormir en la estación de autobuses. No es tan horrible cuando piensas en ello. La gente lo hace todo el tiempo, y, ¿quién dice que tengo que dormir? Podría estar despierta toda la noche, leer un libro o algo. A pesar de que no tengo un libro. ¿Por qué no traje un libro? Y por supuesto, no tengo un celular, así que si tuviese alguna emergencia, estaría en problemas. Sin embargo, estoy segura de que ellos tienen cabinas telefónicas allí. Quizá podría llamar a Brooklyn o algo, y hacer que me regrese la llamada. Entonces, podríamos pasarnos despiertas toda la noche, hablando. Debería llamar a Brooklyn de todos modos. Tiene que estar preocupada por mí. Seguramente ya ha intentado llamarme como tres millones de veces. De acuerdo. Puedo hacerlo. Solo es cuestión de cambiar tu forma de pensar, no mirar el lado negativo de las cosas. Cuando se piensa en ello, ¿un día o más de desafíos en el viaje realmente va a hacerme abandonar todo mi plan? He llegado muy lejos. Solamente necesito encontrar el camino más seguro para hacer las cosas sin gastar mucho dinero. Solo da un paso a la vez, pienso para mí misma. De acuerdo. Primer paso: Llegar desde aquí a la estación de autobuses. Podría coger un taxi, pero eso definitivamente no sería ahorrar dinero. Entonces, tengo una idea brillante. ¿Por qué no coger un autobús a la estación de autobuses? Tiene que haber un autobús de la ciudad que llegue hasta allí, ¿verdad? Busco en Google el horario de los autobuses de la ciudad de Savannah, mis dedos vuelan a través de las teclas. La parada de autobús más cercana está a casi un kilómetro, y el siguiente autobús a la estación de Greyhound viene en veinticinco minutos. No está


mal. Así, puedo caminar el kilómetro hasta la parada de autobuses, coger el autobús hasta la estación, y por último, esperar allí hasta que sea la hora de ir a Carolina del Norte. Claro, tengo todas mis maletas, y hace como 32 grados centígrados afuera. Lo que sea. ¿Qué tan malo puede ser? ¡Un poco de ejercicio me vendrá bien! Emocionada por mi nuevo plan, cojo una rosca de pan del restaurante, y lo unto con mantequilla de maní. Mientras estoy comiendo, tomo dos cartones de zumo de naranja y los meto en mi bolso. Voy a necesitar hidratación. —¡Adiós! —dice Mia cuando ruedo mis cosas a través del vestíbulo. Está sonriendo, pero su rostro se vuelvo dudoso al mirar la gran pila de maletas que llevo—. ¿Necesitas ayuda? —No, gracias —le digo animadamente, y continúo empujándolas. No quiero que me pregunte nada. La última cosa que necesito es que averigüe que voy a arrastrar mis maletas un kilómetro con este calor. Probablemente pensaría que estoy loca. —Está bien —dice—. Bueno, ¡gracias por quedarte con nosotros! ¡Buena suerte en el resto de tu viaje! —Gracias —digo, preguntándome si ella seguiría deseándome buena suerte si supiera que voy a robar este carrito de equipaje. Así, puedo llevar todas mis cosas hasta la parada de autobús. Probablemente no, pero decido fingir que ella lo haría de todas formas. Si hay alguna cosa que voy a necesitar, es suerte.


El Viaje 35 ~ Jace Traducido por Joserca

Domingo, 27 de junio, 11:37 a.m. Savannah, Georgia

Estoy haciendo mi mayor esfuerzo por no acelerar. Realmente lo estoy intentando. Lo último que quiero es que me den una multa, o causar un accidente. Pero estoy tan ansioso por volver a donde Peyton, que no lo puedo evitar. Mantengo el auto a 8 kilómetros sobre el límite de velocidad, recordándome a mí mismo que acelerar no me va a hacer llegar más rápido y, que si me detienen, tomará mucho más tiempo volver a Savannah. Al momento en que entro al estacionamiento del Residence Inn, hago todo lo posible para evitar saltar fuera de mi piel. El registro de salida no es sino hasta el mediodía. Así que apuesto que ella aún está aquí. ¿Dónde más podría estar? Ella debe seguir aquí. La idea de que ya no estará me da pánico, y corro desde el estacionamiento y a través de la calle hacia el hotel, saltando a la acera, corriendo a través de las puertas automáticas y por el pasillo hacia la habitación de Peyton. Pero cuando llego, la puerta está abierta, y dos mujeres con uniformes de mucama están haciendo la cama. —¿Puedo ayudarle? —pregunta una de ellas, girando y mirándome. —Um, no —digo. Vuelvo por el pasillo hacia la recepción, mirando alrededor. Piensa, me digo a mí mismo. ¿Dónde pudo haber ido? ¿El aeropuerto? ¿La estación de autobuses?


—¡Ey! —dice la chica de la recepción. Mia, creo que es su nombre—. ¡Volviste! —Sí —digo—. Volví. Yo, um, estoy buscando a mi amiga. —¿La chica con la que estabas? —dice ella—. Se fue hace una media hora. —¿Se fue? —Mi corazón se hunde—. Ella no… quiero decir, ¿no te dijo a dónde iba? Mia niega con la cabeza. —No. Pero se robó uno de nuestros carritos de equipaje. No me importa ni nada, quiero decir, estoy segura que tuvo sus razones. Pero solo te hago saber que, si ella no lo devuelve, te cargarán trescientos dólares a tu tarjeta de crédito. —Gracias —digo, los pensamientos me invaden. Si Peyton tomó uno de los carritos de equipaje, quiere decir que probablemente esté caminando a algún lugar. Pero, ¿adónde habrá ido? —¿Qué tan lejos está la estación de autobuses? —le pregunto a Mia. —Ocho kilómetros, ¿quizá? —dice ella. Creo que Peyton pudo haber intentado caminar ocho kilómetros, si estaba desesperada—. Pero hay una parada de autobuses casi a un kilómetro de aquí. —¿Me puedes decir cómo llego allá? Ella saca un pedazo de papel de atrás de su escritorio y dibuja un pequeño mapa, dándome las direcciones, tanto de la parada, como de la estación de autobuses. —Gracias —digo—. Te debo una. —No hay problema —dice—. Buena suerte. Voy a necesitarla.

•••


Vuelvo al auto en un instante. Héctor está sentado en el asiento del frente ahora, sus orejas están levantadas como si supiera que algo está pasando. —Vamos a encontrarla, chico —digo, mientras me pongo el cinturón de seguridad—. No te preocupes. Salgo a la calle y me dirijo a la parada de autobús. Es relativamente fácil de encontrar, aunque la mayoría del camino es cuesta arriba. No puedo imaginar cuán difícil sería empujar un carrito lleno de maletas en este calor. Veo la parada de autobuses al final de la calle. Pero cuando llego, no hay señales de Peyton. Estaciono el auto y salgo, mirando hacia ambos lados de la calle, buscando alguna señal de ella. Pero no hay nada. Entro a los dos cafés que hay en el camino, buscando en las mesas a Peyton. Pero ella no está ahí. Vuelvo al auto e inclino la cabeza contra el asiento. Héctor emite un pequeño quejido a mi lado, y yo me inclino y le rasco las orejas. —¿Qué piensas? —le pregunto—. ¿Dónde está Peyton? Sacude la cola ante la mención de su nombre. Suspiro. No sé qué más hacer. Quizá debería llamar a Courtney. O a los padres de Peyton. Quizá debería ir al aeropuerto. O a la estación de autobuses. Pongo mi auto en marcha y comienzo a dirigirme a la estación de autobuses. Pero no tengo que ir muy lejos. Porque unos bloques más allá, encuentro a Peyton. Está sentada en la acera, llorando.


El Viaje 36 ~ Peyton Traducido por Joserca

Domingo, 27 de junio, 11:49 a.m. Savannah, Georgia

Perdí el autobús. Caminé hasta aquí, empujando ese estúpido carrito que robé, y cuando giré en la esquina, vi al autobús alejándose de la parada. Yo estaba tan abajo en la calle que no pude ni correr detrás de él. El autobús levantó polvo, gimiendo sobre sus ruedas y emitiendo gases de escape en el calor de junio. Dejé de empujar y apoyé mi cabeza contra el frío metal del carrito de equipaje. Luego lo empujé a un lado de la calle, entré al café que estaba en la vía, y compré una botella de agua. Quería sentarme adentro por un momento, porque estaba acalorada por la caminata, y el aire acondicionado se sentía bien. Pero tenía de miedo que alguien robara las cosas de mi carrito de equipaje. Ya había visto algunas personas pasar por la calle, mirándolo arriba y abajo, como si tal vez estuvieran pensando en echarse a correr con él. Y esa estúpida cosa era muy grande para meterla conmigo. Así que volví afuera para cuidar mis cosas. Nadie parecía saber cuándo pasaría el siguiente autobús, pero me dijeron dónde estaba la estación de autobuses. Así que decidí caminar. Caminé unos tres bloques antes de darme cuenta que era momento de sentarme y llorar un poco.


Y entonces aquí estoy. Sentada, llorando. Me dije a mí misma que solo sería por unos minutos, pero creo que definitivamente voy a estar aquí unos diez minutos más o menos. Ahí está el sonido de un auto deteniéndose en la acera, y levanto la mirada, medio esperando ver un policía o una guardia de tráfico o alguien parado ahí, diciéndome que me largue de la calle. Pero no es un policía. Y no es una guardia de tráfico. Es Jace. Él sale de su coche y camina hacia mí. Su cabello está todo revuelto y lleva la misma camiseta y pantalones de chándal que tenía la noche anterior y un poco de barba oscurece sus mejillas. Se ve, como siempre, increíble. —¿Qué estás…? —empiezo. —Para —dice, y niega con la cabeza—. No hables. —Se sienta en la acera junto a mí. —¿Que no hable? —repito tontamente, a pesar de que él me acaba de decir que no lo hiciera. —No. Quiero decir, sí, puedes hablar, pero… —Sacude la cabeza de nuevo como si estuviera tratando de aclarar sus pensamientos, y luego se queda mirando hacia el pavimento. Está tan cerca que nuestras rodillas se tocan—. Tengo que decir algunas cosas —dice, levantando los ojos para mirarme directamente—. Y no quiero que digas nada hasta que termine. Mi pulso empieza a acelerarse. —Correcto —le digo—. Ahora quieres hablar, y se supone que yo… —Peyton —dice él, poniendo un dedo en mis labios—. Por favor.


Sus ojos están en los míos, y me está mirando con tanto anhelo, como si realmente quisiera decir lo que vino a decir. Así que después de un segundo, a pesar de que estoy molesta, asiento. —Nunca debí haber dejado de hablarte como lo hice —dice—. Fue estúpido. Fui estúpido. Me enteré que no me habías contado de tus padres, y me alteré. —suspira—. Fue mi estúpido orgullo. Dejé que se metiera en el camino, y he estado pagando por eso desde entonces. —¿Por qué? —pregunto. —¿Por qué qué? —¿Por qué te alteraste? Duda por un segundo, y yo contengo la respiración, rezando para que él diga lo que yo quiero que diga. —Porque me estaba enamorando de ti. Pulsos eléctricos me recorren, y mi corazón salta. —Si estabas enamorándote de mí, ¿por qué dejaste de hablarme? —Ya te lo dije. Fue mi estúpido orgullo, yo… estaba asustado. —Sus ojos siguen fijos en los míos, y lo que sea que está pasando entre nosotros es tan intenso que se me está haciendo difícil mirarlo—. Estaba asustado de que quizá fuera real. Y estaba buscando cualquier excusa para que no lo fuera. Así que tan pronto como encontré una salida, la tomé. —¿Por qué, entonces? —pregunto—. ¿Por qué no me preguntaste acerca de eso? —¿Por qué no me lo dijiste? Pienso en ello. Realmente pienso en ello. —Porque el decirlo en voz alta lo haría real —digo—. Y luego tendría que pensar en todo tipo de cosas jodidas, como los problemas de mi madre con el dinero y cómo


mis padres aún viven en la misma casa, sin siquiera pensar en cómo eso podría afectarme. Él asiente, y finalmente aleja su mirada de la mía. Mira hacia el suelo. Lágrimas llenan mis ojos, recordando la traición, recordando cuanto lo amab… lo amo. Quiero que él me diga que podemos olvidarlo, que podemos seguir adelante, que podemos simplemente estar juntos. Pero sé que no es tan fácil. —No podemos hacernos eso el uno al otro —dice finalmente—. No podemos ir por ahí guardándonos secretos como ese. —Lo sé —digo—. Creo… quiero decir, siempre lo he sabido. Creo que es por eso que te conté de mi madre y de todo el asunto de la tarjeta de crédito. Él asiente, y luego patea un poco de grava de la carretera. —¿Y ahora qué? —No sé. —Niego con la cabeza—. Es muy… solo parece que cada vez que estamos juntos, todo se vuelve muy complicado. Él respira profundamente. —Así que la pregunta es, ¿puedes lidiar con lo complicado? —Vivimos tan lejos —digo. Siento un latido familiar de esperanza en mi pecho, y mi primer instinto es aplastarlo, decirle que no hay manera de que podamos arreglarlo, que lo nuestro no tiene sentido, que hemos echado todo a perder muchas veces como para volver. Aparto la mirada, entornando los ojos bajo el sol. Respiro profundamente. Y luego recuerdo algo. Algo que no le he dicho a Jace. —Realmente no estaba yendo a casa —digo—. Iba a engañarte para que me llevaras a Carolina del Norte. Sus ojos se abren con sorpresa, y luego asiente. —¿Está tan mal en casa, eh?


Asiento. —Así que tal vez… tal vez puedas quedarte en Florida durante el verano —dice. —Claro —le digo—. Como si mis padres fuesen a aceptarlo. —¿Cómo pueden detenerte? —pregunta. —¿Dónde me quedaré? No tengo dinero, ni trabajo… —Bueno, podrías quedarte conmigo —dice lentamente—. O con Courtney. Sabes que su padre se va todo el verano por su luna de miel. Una mirada pensativa aparece en su rostro mientras mete la mano en su bolsillo y saca su teléfono. —¿A quién vas a llamar? —pregunto. —A mi mamá. —¿Tu mamá? —pregunto—, pero ella… Pone un dedo en mis labios, indicándome que me calle. —Mamá —dice—. Soy yo. La escucho empezar a gritarle al otro lado de la línea, y luego debe darse cuenta, porque baja el tono de su voz. —Sí, lo sé —dice Jace—. Podemos hablar de eso cuando llegue a casa. Pero mamá, ¿puede Peyton ir a la graduación conmigo? Y si llegamos a casa a tiempo, ¿puede quedarse con nosotros unos cuantos días? —Entorna los ojos—. Por supuesto que en habitaciones separadas, mamá, agh. Un segundo después, cuelga el teléfono. —Está todo listo —dice—. Volaremos de regreso a Florida esta noche, y nos preocuparemos por mi auto después. Puedes ir a la graduación conmigo.


Niego con la cabeza. —Yo quiero —digo—. Quiero, pero… —Pero, ¿qué? —Pero, ¿qué pasa con todas las cosas que dijiste, sobre que huyo de las cosas? Él inclina la cabeza, pensando en ello. —Cuando lleguemos a Florida —dice—, llamaremos a tu padre. Le diremos todo lo que pasó, e idearemos un plan. La idea retuerce mi estómago en una bola de ansiedad. Pero Jace se acerca y aprieta mi mano, e inmediatamente me siento mejor. —¿Qué pasa con Kari? Niega con la cabeza. —Kari y yo terminamos. Entrecierro mis ojos hacia él. —¿Cuándo? —Anoche. Cuando te fuiste, la llamé y la terminé. —Se encoge de hombros—. Siempre has sido tú, Peyton. Siempre. Siento que mis ojos se llenan de lágrimas, y bajo la mirada hacia el suelo. Nos quedamos sentados así por un momento, en mitad del verano de Savannah, él sosteniendo mi mano, yo pensando qué significa todo esto. —Así que me voy a Florida contigo —digo lentamente—. Y me quedo por unos cuantos días. ¿Y luego qué? —Y luego lo resolveremos —dice—. Puedes hablar con Courtney, hablar con tus padres. —Él aprieta mi mano—. Todo se arreglará. No estoy segura si está hablando de él o de mí, o de toda la situación. Levanto mis ojos hacia los de él, y él se acerca y limpia una lágrima que se desliza por mi mejilla. —Peyton —dice—. Va a estar bien. Me voy a encargar de todo, ¿de acuerdo? Y no voy a dejarte ir nunca más. Y por primera vez en mucho tiempo, le creo.


Todo. Que todo va a estar bien. Que él va a cuidar de mí. Que vamos a estar juntos. Y luego me besa. Y esta puede que sea la mejor sensación del mundo.


Agradecimientos Moderadora Annae

Traductores andreee104 Annie Jim anvi15 avox Azhreik Barbara Paulina barbyA1 Beeelu endri_rios joserca lauuz Likearocket Mili Herondale mj1994 Nena Rathbone pamee pamii1992 plluberes youdontknowmystory

Correctoras Azhreik Yann Mardy Bum

Dise単o Pamee


Esta traducci贸n es de fans para fans. Hecha sin fines de lucro.

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Lauren Barnholdt

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