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Sinopsis VULNERABLE… Esa fue la primera palabra que parpadeó en mi mente, la primera vez que la vi. Así la describí. Vulnerable. Delicada, gentil, abierta, dulce. Pura. Todo lo contrario a lo que yo soy, y a lo que necesito en realidad. La quiero, ¿para qué negarlo? Pero me resisto. Mi cuerpo la reclama, lo ignoro. Hasta que la negación ya no es una opción llevadera. Soy débil en lo que a ella se refiere. Pierdo. Caigo. Pero prometo que la empujaré lejos cuando los ecos de mi pasado decidan al fin disparar contra mí. Ya he amado una vez y salió mal. No cometeré el mismo error dos veces.

TEMPESTUOSO… Es todo lo que sus ojos dorados cuentan sobre él. Está lleno de sombras e intenciones oscuras. Y ansío saber todos sus secretos bien guardados. No es la clase de hombre que alguna vez creí que me atraería. Pero lo hace, me tiene con solo un roce. Mi cabeza da vueltas y mi sangre bulle con sólo permanecer juntos en la misma habitación. Lo quiero de todas las menaras que existen, tan intensamente que me es imposible soltarlo. Lo sostendré incluso cuando su pasado le caiga encima. O… ¿será él quien me sostenga a mí? ADVERTENCIA: Esta historia es recomendable sólo para mayores de 18 años. Contiene lenguaje adulto, descripciones de violencia y situaciones sexuales explícitas.


Título: Ecos Furia de los Leones MC n° 5 © 2016 Elisa D’ Silvestre Todos los derechos reservados


Contenido Prólogo Capítulo 1

Capítulo 17

Capítulo 2

Capítulo 18

Capítulo 3

Capítulo 19

Capítulo 4

Capítulo 20

Capítulo 5

Capítulo 21

Capítulo 6

Capítulo 22

Capítulo 7

Capítulo 23

Capítulo 8

Capítulo 24

Capítulo 9

Capítulo 25

Capítulo 10

Capítulo 26

Capítulo 11

Capítulo 27

Capítulo 12

Capítulo 28

Capítulo 13

Epílogo 1

Capítulo 14

Epílogo 2

Capítulo 15

Epílogo 3

Capítulo 16

Elisa D’ Silvestre


Prólogo —Santiago—la voz derrotada y afectada de Adela rompe el silencio. Es una súplica, pero el hombre no se da por aludido, gira y gira sin parar en torno a su víctima. Como un león al acecho, con promesas claras en los ojos. Sus manos se abren y cierran, forman puños de acero preparados para golpear cualquier cosa sin resquebrajarse. Piedra, granito duro y filoso, capaz de hacer un daño irreversible si se lo propone con seriedad. El hombre apostado contra la pared lo observa, parece resignado y se oye agitado, su rostro es un cuadro que impresiona. Sangre salpicada en su frente y mejillas, incluso secándose en las comisuras de sus labios. Hasta hace un momento era un salvaje dentro de una habitación oscura y pequeña, ahora es sólo alguien rindiéndose. Porque cree merecerlo, entonces tomará lo que La Máquina quiera darle. No luchará. No golpeará de regreso. —Te lo advertí—la voz de Santiago rasga el aire, y por primera vez en la vida alguien que no es su chica lo está viendo perder el control. A punto de saltar a la superficie, su pecho quema por dentro, duele. Y sus pupilas dilatadas son la ventana al interior de su alma torturada. Ambos hombres están afectados, adoloridos. Sólo que uno de ellos es el que está dispuesto a matar. Y el otro, listo para morir. —Sólo te pedí una maldita cosa—se ahoga, trepidando, los ojos medianoche hacen agujeros en las cuencas de los otros, dorados, a poca distancia—. Y no la tuviste en cuenta, ¿y ahora? Ahora es demasiado tarde. La respiración de Santiago es superficial hace que su pecho se infle y desinfle con rapidez, como si fuera a explotar. —Hacé lo que tengas que hacer—dice Jorge, sin vacilar y con los hombros caídos. Apenas se puede mantener en pie por el dolor y la culpa, a estas alturas ya está convencido de lo que merece. Lo espera. Es malo para el mundo, siempre lo supo, sólo cometió el desliz de creer por un momento que podía ser como los demás. Que merecía una buena vida, que las segundas oportunidades valdrían la pena. Y lo hizo por enamorarse de un par de ojos azules. Grandes, brillantes e inocentes. ¡Qué equivocado estaba! No la merecía, no merecía nada más que castigo. Santiago da un paso hacia él, decidido y firme. Adela se cruza a tiempo entre los dos, dándole un empujón lejos. Él se zafa con un gruñido y vuelve a hacer el movimiento. Ella lo lee


bien y termina deteniéndolo de nuevo en sus brazos, ésta vez sujetándolo a ambos lados de su cabeza. Lo fuerza a mirarla a los ojos. Directo a esos espejos, manchados por el maquillaje corrido a causa de las lágrimas. —Por favor—su voz tiembla, y traga para hacerse oír con la fuerza que siempre demuestra—. No lo hagas, por favor. Pensá en ella—sus labios se agitan y aprieta los dientes. Una tenebrosa sombra atraviesa los irises medianoche de Santiago, y a Adela le duele el corazón. No puede estar pasando esto. El hombre que ama no puede perder el control de esta forma. Él intenta desviar lejos la vista y ella lo oprime, lo sujeta con más fuerza. Le ruega. Y maldice a la lágrima que se le escapa justo en frente de él. Santiago la ve, y no reacciona ante ella. En realidad no reacciona ante nada, está perdido ahí adentro y ella tiene que mantenerse estable para traerlo de vuelta. —Fuera de mi camino—ordena él, helado. Ella niega. —No—lo empuja hacia atrás—. No. No va a dejar que la mierda se lo lleve. Se aferra a él y lo atrae, posando sus labios sólidos en los suyos. Lo besa con rudeza, rabia, energía. Amor. Magulla sus labios esperando que le responda. Y no pasa absolutamente nada. Cuando se separan, ella rompe en llanto silencioso por ser empujada lejos. Casi cae al suelo. —Por favor, Santiago—le ruega, rebusca entre él y Jorge y no consigue resultados—. Déjalo estar, por favor. ¡Hacelo por mí! ¡Por tu hermana! ¡Dé-ja-lo ir! Los oídos de la Máquina no parecen funcionar. Arremete contra Jorge, lo toma de sus ropas, formando puños y soltando un gruñido. De un solo empujón lo envía al piso, él tipo cae sobre todo su peso, emitiendo un grave estruendo de huesos y músculo pesado. Se queda allí, mirando a la Máquina caminar recto a su alrededor con la respiración enloquecida. Furioso es poco decir. —Si te levantas—avisa, frenándose, aprieta la mandíbula—. Si te posas sobre tus pies… te mato. Adela cierra los ojos con lamento, su cuerpo entero se tambalea y comienza a temblar. —Elegí—prosigue, flexionando su cuello—. O te levantas y mueres, o te quedas justo ahí, revolcándote, como la basura que sos. Jorge lo observa con ojos entrecerrados y el cuerpo tenso, mete un par de aspiraciones por la nariz y se remueve.


—No te muevas, Jorge—salta Adela, casi chillando por la desesperación—. No te levantes. Aun así, él no la tiene en cuenta. Se apoya sobre sus rodillas lentamente como si todo le doliera, y nunca abandona su atención en el tipo que lo espera con anticipación. Lleno de sed de sangre. Dispuesto a todo. Un par de respiraciones más y se encuentra de pie, esperando el primer golpe. Y éste no se demora en llegar, lo derriba nuevamente como una aplanadora.


Capítulo 1 BIANCA «—No me vas a perder—aseguró—. Siempre voy a estar ahí para vos… — ¿Incluso cuando estés lejos?—pregunté, llorosa. Asintió. —Incluso cuando no me veas, estaré ahí protegiéndote—prometió.»

Toda la vida fui un bicho raro. ¿Qué había en mí que repelía a las personas? No tenía idea. No tengo ni idea. Era demasiado enérgica, nunca parando de hablar y siendo presa de fetiches raros. A raíz de ello, me gustaba enroscarme en solitario a mirar películas, o leer libros. Y en mi mesilla de luz nunca faltaban las golosinas y los chocolates. Era tan alegre que repugnaba. Aprendí poco a poco a vivir en soledad. Y me volví muy buena en eso. Pero ahora, con veintidós años, sé que me estaba protegiendo. De la gente. Me estaba escondiendo de sus prejuicios y su forma rara de mirarme. Ellos creían que era tonta. Aún lo creen. En la escuela lo pasé mal, nadie era lo suficientemente confiable para ser mi amigo. Y los pocos que se acercaban lo hacían con algún oscuro propósito secundario. Era una nerd también, y nunca tenía problemas en ayudarlos con las tareas. Tonta, tarde me daba cuenta que se aprovechaban de mí. Mamá siempre estaba analizándome, hablando sobre estúpidas teorías de psicología que me aburrían, hasta que se cansó y asumió que sólo era hiperactiva y simpática en exceso. Y que me costaba hacer amigos porque no sabía cómo controlarme. Bah. Que se jodan, ¿quién los necesitaba? Tenía a mis hermanos y con ellos era feliz. Hasta que uno murió. O mejor dicho, nos hicieron creer que murió. Fui una niña feliz, poco a poco fui aceptando el hecho de que nunca tendría demasiados amigos. Después de todo el drama que ocurrió en mi familia, llegó un momento en el que me dejó de importar lo exterior. Dejé la mierda atrás y salí de mi capullo, aprendí a no dejar que la gente me afectara. Me visto y actúo como quiero, como la chica que realmente soy. No escondo mi personalidad burbujeante y mi risa exagerada. Para el mundo puedo ser una excéntrica loca, que se viste de colores chillones y le encanta cantar en voz alta, y está perfecto. Eso es lo que soy, me es imposible cambiar. Ahora hay cosas más importantes en mi cabeza: mi familia.


Volver a unir a mi familia. Lo cierto es que yo no soy nada sin ellos juntos. Empezando por el principio de los tiempos, Santiago, Nacho y yo estábamos pegados con pegamento universal. Y era la que nos unía, en realidad. Los tres diferentes, pero inseparables. Santiago, el mayor, era el más inteligente y seguro de sí mismo, con el futuro brillante en sus manos. Un hijo demasiado perfecto, en todos los sentidos imaginables. Yo, la segunda, llegué cuando él tenía cuatro y fue como mi modelo a seguir. El mayor siempre dirige la batuta, ¿no? Enseguida, casi sin darme un respiro, llegó Nacho. Tenemos un año de diferencia. El menor, y no por eso el más mimado. Los tres éramos tan unidos que la gente veía extraño que nunca nos peleáramos y apenas creáramos conflictos. Sí, demasiado bueno para ser verdad. Y sorprendente, si tenemos en cuenta que fuimos concebidos por dos personas que no sentían ni la más mínima pisca de amor entre ellas. Candelaria Rufino, la excelentísima y preciosa psiquiatra tan reconocida en el país, y Guillermo Godoy, el tan frío y perfecto doctor, se casaron sólo por sociedad entre familias. Empresas. Inversiones. Dinero. Sí, en la actualidad eso suena horrible e interesado, pero es cierto que todavía existen esta clase de uniones en matrimonio. Y apestan. El matrimonio entre mis padres era veneno, fuerte y hediondo, no nos quedó otra opción que unir fuerzas y apoyarnos entre hermanos. Gracias a eso nuestra infancia fue feliz. Gracias a eso crecí sabiendo lo que era el amor del bueno. No me malentiendan, mi madre era genial, se preocupaba por nosotros y era más amorosa que papá. Pero el trabajo le quitaba tiempo. En cambio, a Guillermo Godoy le dábamos lo mismo Nacho y yo, él sólo se fijaba en su hijo mayor, deseaba que le siguiera los pasos en todo. Quería hacer de Santiago un clon suyo. Porque era el más centrado y capaz, a sus ojos sólo existía él. Sus otros dos hijos no éramos nada. Yo era una niña insoportable y chillona. ¿Nacho? Un flojo y poco serio. Sus calificaciones no eran ni de cerca tan buenas como las de nuestro hermano mayor. Las mías eran excelentes, pero, de nuevo, era niña. Y encima un poco loca. No le servía. Pobre idiota machista. Yo tenía casi catorce años cuando Santiago “murió”. La tragedia nos golpeó de lleno en la cara, y nos destrozó. Mamá dejó de ser ella completamente, se metió más de lleno en el trabajo y el estrés. Perdía peso y se enfermaba cada pocos meses. Era un desastre, y entre Nacho y yo hicimos lo que pudimos para que no se viniera abajo. ¿Papá? Siguió como si nada hubiese pasado, como si su preferido hijo de casi dieciocho años nunca hubiese muerto. Y bueno, es que esa no era la verdad. Santiago nunca estuvo muerto. ¿Cómo lo descubrí? Siendo una chusma. La verdad es que los acontecimientos nunca me habían cerrado del todo. Jamás. En mi corazón intuía que él seguía vivo. Por eso me filtré una noche en su oficina, revisé todo y encontré recibos que provenían de España. Un lugar extraño, con un nombre inentendible. Leí


algo sobre cuotas mensuales por la estadía de alguien allí. Asumí que era un hospital, papá siempre estaba en contacto con ellos. Obviamente, era un doctor de renombre. Para ese entonces yo ya tenía quince años y estaba cada vez más segura de que mi hermano estaba en algún lugar. Vivito y coleando. Y por alguna razón nunca olvidé el hecho de haber encontrado esos papeles en su cajón con candado. Hablé sobre ello miles de veces con Nacho y no lo soportaba, cada vez que sacaba el tema le dolía y lo único que repetía una y otra vez era que quería dejar descansar en paz a Santiago. Por supuesto, creía que yo estaba loca por pensar semejantes barbaridades. ¿Por qué inventarían la muerte de nuestro hermano? ¡Era un disparate! Entonces, una noche, meses después de que cumpliera los dieciséis, mis padres pelearon. Discutieron muy violentamente, y papá intentó herir a mamá usando la muerte de su hijo. Anunció algo que la dejó destrozada. Él chico no estaba muerto, pero le convenía olvidarse de él, porque jamás volvería a verlo. Y todo ocurrió justo delante de nosotros, los hijos. Mamá cayó al suelo de rodillas, toda hecha de huesos afilados y ojeras oscuras, nunca voy a olvidar su llanto y las súplicas de que le dijera a dónde se había llevado a su hijo. Nacho atacó a papá y yo fui a ella, la ayudé a elevarse y la deposité en el sillón, recostada. Lloramos las dos, y Nacho se unió después de echar a patadas a Guillermo. Fue tristísimo. Nos sentíamos estafados, y de la peor manera: la emocional. Nos habían mentido, y lloramos una muerte que no era. Pero ganamos esperanza. Porque si mi padre creía que nos quedaríamos de brazos cruzados, estaba muy, muy equivocado. A partir de allí me propuse encontrar a Santiago, costara lo que me costara, doliera lo que me doliera y llevara el tiempo que me llevara. Yo se lo devolvería a mi madre. Yo lo traería de regreso a casa. Y la desaparición de papá, poco tiempo después de la dura confesión, pareció destapar ciertas cosas, nueva información resurgió. Y al fin, años y años de remover bajo las baldosas me trajeron frutos, y me empujaron directo hacia la Furia de los Leones. Cara a cara con mi amado hermano mayor. Ahora soy una adulta, he dejado de ser esa niña con complejos, ya no me importa lo que la gente piense. Porque la búsqueda de mi hermano me dio algo en qué creer, y en lo que ocuparme. Maduré gracias a eso. Y considero que fui la única que puso todo su corazón en el objetivo, mamá y Nacho también buscaron, no lo voy a negar. Sin embargo, ellos no se engancharon tanto como yo, la vida siguió para cada uno. En la actualidad, mi hermano menor está a cargo de sus propios negocios, los que comenzó después de deshacernos de la mierda sobre medicina que heredamos de papá. Está haciendo montañas y montañas de dólares con su nueva cadena de hoteles cinco estrellas, algo grande para un jovencito de veintiuno. Pero es inteligente y nació para invertir. Por otro lado, mamá conoció a alguien hace un par de años, se enamoró y volvió a nacer. No han abandonado la búsqueda, eso nunca, no niego que todo eso les


haya quitado el sueño en ocasiones. Entiendo que también era inteligente salir adelante, sin pausar sus vidas a causa de la búsqueda. Yo no fui tan fuerte como para impedir que me gobernara. Cada cual siguió pagando por investigadores privados, que, al parecer, no fueron tan buenos como el mío, que me consiguió hasta el paradero justo. Resulta que mi hermano estaba en el país, más cerca de lo que nunca creímos. Justo frente a nuestras narices. Jamás se había cambiado el nombre como sospechamos en un principio. Pero es entendible, ¿quién iba a rebuscar por alguien que supuestamente yacía en una tumba? Confió en que nunca sabríamos que estaba vivo. Estoy aquí con él, pero no he dicho absolutamente nada a nadie. Junté mis cosas y partí a buscarlo por mi cuenta. A los ojos de mi familia estoy paseando por Europa, derrochando las toneladas de dinero que tengo. Todo porque mi hombre me advirtió que ya no existía quien yo buscaba. Que ahora tenía que enfrentarme a algo completamente diferente a lo que vi por última vez. Entonces decidí acercarme sola y, cuando llegara el momento y estuviera preparado, llevarlo de regreso a casa para que viera a mamá y Nacho. La cosa es que nada sucedió como planeé. Nada. Y mi vida ha dado un giro de ciento ochenta grados. Llegar al recinto de los Leones me cambió por completo. —Chist-chist—Adela hace bailar una mano frente a mi cara desconcentrándome de mi mente—. Tierra llamando a Bianca—canta—. ¿En qué estás pensando? La miro, admirando sus preciosos ojos turquesa. La verdad es que mi hermano no podría haber conseguido a alguien mejor que ella. Bueno, la versión actual de mi hermano. Porque es claro que el adolescente que recuerdo no se habría enamorado de esta chica tan llena de sí misma. Al viejo Santiago le gustaban las chicas pequeñas con apariencia inocente. Todavía me acuerdo de Lucía Fuentes y sus ojazos verdes… Y de los celos que tuve de ella por alejar a mi hermano de mí, y acaparar nuestro tiempo juntos. Ahora resulta que creó una amorosa familia con el hijo bastardo de mi padre, Lucas Giovanni, el cual conocí personalmente al llegar aquí. Esta vida no puede ser más loca y enrollada. Increíble. — ¿Crees que soy un bicho raro?—pregunto, prosiguiendo con mi método de hacer milanesas. Sí, ya no me afecta, pero me da curiosidad lo que ella piensa. De pie justo a mi lado, me da una media sonrisa torcida y llena de picardía. —Sos la chica más rara con la que me he cruzado en la vida—se ríe.


Bueno, ella sí que puede ser directa y no tiene pelos en la lengua. Hago una mueca. Su mano palmea fuerte mi hombro y después me frota. —Pero te voy a decir una cosa—susurra, confidente y seria—. Si fueras una chica comunacha, serías aburridísima… Me gustas así como sos. Sonrío, sonrojándome. Y pensar que cuando nos vimos por primera vez casi me deja calva y con el rostro lleno de morados. No se jode con Adela Echavarría. Pensó que yo era una amante de Santiago. ¡Qué locura! Ahora que hace un tiempo que vivo con ellos se me hace más que evidente que están locos el uno por el otro. De una manera insana, combinada con ese amor del bueno e increíblemente fiel. Como ningún otro. O, no, desde que llegué a este lugar he visto más parejas enamoradas genuinamente que en toda mi vida. Considero que todo este tiempo he estado en el lado equivocado, perdiéndome lo que verdaderamente vale la pena, y es emocionante. Y también es verdad que acá no me siento tanto como un bicho raro. Y hay demasiados tipos lindos para recrearse la vista. Combo adicional. — ¿Vamos a ir al bar esta noche?—pregunto, metiendo la fuente en el horno. Siempre dejo algo de comida preparada por si Adela o Santiago se permiten una escapadita del bar en la noche, así comen algo rápido antes de volver. —Yo siempre voy al bar, Bianca—dice ella, me da una palmada en la cabeza, despeinándome—. Y no tenés que pedir permiso, siempre podés ir. Asiento, aunque todavía estoy en la fase de preguntar si puedo hacer esto o aquello. Aun soy una recién llegada, por más que ya haga un mes que estoy acá. Me separo de ella y le ordeno que vigile las milanesas, mientras voy a darme una ducha. Me preparo, y como he hecho desde que soy una adolescente con el permiso de ir por mi cuenta, me tomo bastante tiempo en arreglarme. Consigo una de mis faldas, es verde loro, y la combino con un top corto negro que deja al descubierto mi ombligo con piercing incluido. Es sexy, y me gusta. Lo hice hace un par de años y siempre estoy comprándome joyería nueva para rotar. Ahora llevo uno de piedras blancas. Brillan como diamantes. En este lugar no dirían nada sobre él, todos tienen alguna perforación y ni hablar de los tatuajes. Hablando de eso, quiero uno. Pronto preguntaré si puedo conseguirlo en el estudio escondido debajo de las escaleras. Sé que allí se juntan los artistas. Seco mi pelo castaño largo y se forman ondas naturales de inmediato, no las aliso, me gustan así. Después delineo mis párpados, coloco rímel, algo de colorete en las mejillas y brillo labial. Enseguida voy a mi par de zapatos negros preferidos, son los más altos que traje. Tengo otra docena de pares en mi casa en la ciudad, pero decidí traer sólo la mitad. Soy una chica de


tacones. Y carteras. Y brillos. Y ropa cara. Y puedo seguir. Me rio de mí misma y salgo de la habitación que mi hermano y Adela me cedieron en su departamento. En la sala me los encuentro a los dos, absorbiéndose el uno al otro. Lo juro, son como aspiradoras adictas. Cada vez que encuentran ocasión se devoran. Me aclaro la garganta y Santiago da un paso atrás, su rostro de granito ni siquiera demuestra una pisca de descontrol. Es tan frío. Y me estremezco cuando me mira fijamente un momento antes de inclinar la cabeza como saludo. Trago. —Hola—susurro. Éste no es mi hermano. No importa cuánto tiempo he tenido para aceptarlo, todavía me cae como un barde de agua helada en mitad del sueño tenerlo cerca y ver que ha cambiado tanto. No hay sonrisas. No hay promesas de que me protegerá incluso aunque no lo esté viendo. No hay consideración de su parte. Si bien hablamos y pasamos algo de tiempo cuando está en casa, somos dos desconocidos. A veces ni siquiera hay tema de conversación. Ha pasado mucho, ya no somos unos niños. Ahora somos adultos, y hemos madurado de maneras muy distintas. Él abandonándome y yo buscándolo desesperadamente. Lo peor de todo es que nunca consideró volver a casa, me lo dijo el día que llegué. Nos dejó atrás. A mamá, a Nacho y a mí. Nos olvidó. Lo justificó diciendo que, en realidad, el viejo Santiago estaba muerto y que era mejor que las cosas quedaran así. Me pregunto si cuando tomó esa decisión al menos le dolió un poco. No sería fácil para mí enterrar un pasado y gran parte de mí misma. ¿Ahora cómo hago? Cada vez que lo veo siento que encontré al tipo equivocado. Pero es su rostro, son sus ojos. Sólo que viene con un combo de cuerpo enorme y enteramente tatuado. Una mirada aguda y filosa. Y un semblante sin expresiones. —Yo te aconsejo que regreses a casa, Bianca—fue lo que dijo después de soltar la bomba de que nos había convertido en nada junto con el resto de su pasado. No le hice caso. Me levanté y tomé la manija de la gigante valija que traía a cuestas. —Gracias por el consejo—respondí, firme y sin vacilar por primera vez en mi vida—. Pero no voy a tomarlo. Enfilé en dirección al pasillo. Había visto tres puertas al entrar al apartamento para poder hablar con privacidad después de mi dramática entrada al bar, en medio de un banquete. —Veo que les sobra una habitación, creo que me quedaré un tiempo—les sonreí con un poco de tensión tironeando mi cara y me perdí dentro del cuarto libre, adueñándome de él.


Por un momento creí que mi hermano vendría a sacarme a patadas y arrastrarme de las mechas fuera de su casa, pero creo que la charla baja que tuvo con Adela lo detuvo de echarme. Ellos me permitieron quedarme. Y yo aprovecharía la estadía para conocer más sobre mi nuevo hermano mayor, y convencerlo de viajar a casa a ver a mamá y Nacho. Ellos no merecen ser desechados como si fueran basura, les dolió mucho la pérdida, y los haría feliz recuperarlo. Y soy una chica de muy fuerte convicción. Me coloco el grueso abrigo que me compré en la ciudad hace unos días porque, cabe aclarar, no había traído nada ni remotamente aceptable para las temperaturas que arremeten con este lado del país. Acá o te abrigas o te morís congelado. Y como me gusta llevar poca ropa encima, me conseguí este sobretodo que me cubre casi entera, y no deja que el estómago se me escarche. Una vez en el bar me deshago de él y lo dejo abandonado en el perchero de pie que está en el rincón de la cocina. No pierdo tiempo en colarme tras la barra y colocar algo de música. Siempre escuchan lo mismo, me gusta cambiar, para que no sea repetitivo y se vuelva aburrido. Acabo encontrando algo de Marilyn Manson y me decido con interés. Enseguida comienza a sonar “Personal Jesus” y le subo al volumen. Nadie parece quejarse por el hecho de que la forastera les maneje el ordenador, y sonrío para mis adentros. Ya he sido del todo aceptada. No es que no me esté sintiendo bienvenida, todos son muy amables y me incluyen en sus vidas sin problema, pero soy una persona a la que le cuesta un poco sentirse del todo incluida. Ahora estoy soltándome y teniendo más confianza en que mi presencia es apreciada. Sorprendentemente, Adela me permite quedarme con ella detrás de la barra y estar mano a mano con los tragos. No soy mala en ello, cuando estaba en la secundaria estuve trabajando en un bar. Cierto, no tenía la necesidad de hacerlo, pero soy una chica a la que le gusta mantenerse ocupada. De ahí la cantidad de cursos que he ido teniendo a lo largo de mi fase post-escuela. Gastronomía, manicura, maquillaje, repostería, depilación. Y puedo seguir. Puedo decir que soy multifacética. Y ahora realmente estoy en la base que se resume en entender cómo se maneja la vida de este lado de la línea. Donde los hombres son un poco más rudos de lo que estoy acostumbrada, no usan autos, sino grandes y ruidosas motocicletas, y van de cuero. Lucen tatuajes en casi todo el cuerpo, y perforaciones. Pero eso no es todo, tienen un sentido de pertenencia que envidio y son una gran familia unida que se apoya en todo. Estoy comenzando a entender por qué Santiago siente que ésta es su casa y su familia en vez de nosotros, los de su sangre. Pero eso no me permite soltarlo y dejarlo ir, primero quiero que al menos dé la cara con mamá y Nacho. Después de eso, él puede seguir con la vida que lleva. Yo no tengo la intención de robarlo, sólo necesito que mire en nuestra dirección sólo un


momento. Para que su madre sepa de su propia boca que se encuentra bien y es feliz con la vida que tiene. Eso es lo que una madre desea y merece de un hijo. Me entretengo allí, siendo yo misma, riendo a carcajadas con los piropos torpes de estos tipos gigantes y brutos. Algunos son groseros, otros lo suficientemente dulces, pero todos tienen su encanto, tengo que decirlo. Mejores que los de cualquier albañil cada vez que he paseado por la ciudad, seguro. En algún momento Adela me separa, llevándome a la cocina para cuchichearme. —No está bueno que te rías así de esos pobres hombres—suelta, mirándome fijamente. Está seria, pero sus ojos tienen una chispa brillante de diversión. — ¿Por qué? Estamos bromeando—sonrío, acalorada por todo el movimiento en el bar. Adela levanta una ceja y pone todo su peso en una pierna, llevándose la mano a las caderas. — ¿En serio no te das cuenta?—frunce el ceño. Pestañeo, desorientada. — ¿De qué estás hablando?—tengo la sensación de que me he perdido algo. Ella niega y se sopla un mechón de pelo que ha caído de su cola de caballo en la nuca. —Los estás volviendo locos, Bianca—susurra, consistente—. Créeme estás así de buena. Los piropos son serios, no son bromas. Y que vengas vestida así no ayuda… Me miro a mí misma, y ella hace lo mismo. Trago. No entiendo su punto, en realidad, de verdad creí que ellos bromeaban. Además no creo que estén tan locos por mí. No estoy “así de buena”, lo que sea que quiera decir eso. Y ni siquiera soy de su tipo. — ¿Cómo estoy vestida?—la persigo cuando comienza a regresar a su trabajo. Se frena y viene sobre mí, para hablarme al oído. —Como si buscaras problemas—niego, sigo sin entender y ella resopla impaciente—. Como una puta, Bianca. Mi mandíbula se desencaja y el color se drena de mi cara. De pronto siento muchísimo frío, y es como si entendiera qué tan fuera de lugar estoy acá. Adela se ve alterada por mi reacción y enseguida intenta arreglarlo, dándome palmadas en el hombro.


—Hey, eso sonó feo—se ríe y tuerce el gesto, el sonido se me hace un poco rasposo, y me doy cuenta de que se pone nerviosa por haberme dicho eso—. Realmente no es para tanto, exageré, no me hagas caso. Me miro a mí misma de nuevo. Los tacones de plataforma alta, la piel de mi estómago en descubierto, mi piercing. La falda no es tan corta, podría ser peor. Creí que era un buen conjunto, nunca se me cruzó por la cabeza que podría parecerme a una puta. — ¿Crees que…—me balanceo—. ¿Crees que deba cambiarme? Llevo mis ojos a los hombres alrededor del bar, sólo los que están cerca, en la barra, esperando por sus bebidas me están echando una mirada. Y no sólo a mí, Adela también tiene su conjunto justo. No se siente denigrante ni nada, no hacen que me sea incómodo. Pero ahora que lo sé, no me siento tan segura. —Mira—Adela me enfrenta y se vuelve firme—. En este lugar cada cual se viste como quiere, ¿okey? Sólo fue un desliz mío, estaba incrédula de que no te dieras cuenta que cada uno de estos hombres te está comiendo con la mirada. Y realmente creí que estabas ridiculizando sus piropos. Ahora sé que te falta mucha calle, y que sos una especie rara entre modelo sexy e inocente chica insegura. Resulta que tu ropa no tiene nada malo, venís de la ciudad y supongo que allí se visten así. Acá nadie te va a tratar diferente o va a hacerte sentir incómoda sexualmente porque lleves una falda y un piercing en el ombligo, ¿está bien? Sólo deja pasar mi comentario malintencionado… Toma un respiro cuando acaba y me da la espalda para atender a sus chicos. La sigo, retomando mi trabajo, poniendo mi mejor cara pero por dentro, las palabras de Adela siguen quemando. No sé si me ofendieron, es más, creo que me sorprendieron en gran medida y ahora no puedo dejar de pensar cosas estúpidas. Mi mente es un caos la mayor parte del tiempo, no es un lugar fácil en el cual entrar, y cuando hay alguna cosa que choca conmigo se queda allí rondando por un tiempo. La palabra puta acaba de estallar. La puerta se abre e instantáneamente levanto la mirada para ver quién entra. Y no logro evitar quedarme suspendida un instante viendo a Alex venir hasta la barra. Incluso vuelco un poco de vodka fuera del vaso, quedándome hipnotizada. Pero no es raro, estoy al tanto de que cualquier mujer se quedaría prendida a ese tipo toda la vida si quisiera. ¿Quién se aburriría de mirarlo? Es un dios, todo altura, bronceado natural y ojos plateados. Es hermoso y ojalá me mirara alguna vez, pero sólo me ignora. Todos los tipos en este lugar están buenos, todos. Ninguno se salva de las fantasías de ninguna mujer. Hay para todos los gustos. Y no caben dudas de que Alex Castillo es mi tipo. Demasiado perfecto a la vista, y estoy segura de que es un buen hombre también. La chica que vaya a llamarle la atención será muy afortunada. Yo, en cambio me conformaré con mirarlo de


lejos. Y tratar de no ponerlo incómodo, porque parece que no le gusta que se enfoquen tanto en él. Me pregunto si será gay. No lo creo, niego para mí misma. Sólo asumo que es de los que son exigentes, ¡y vaya! Él puede serlo tranquilamente, no lo culparía jamás. Siempre deduje que acabaría casada con algún abogado, senador o empresario. De los que viven de trajes y ponen el trabajo primero que todo en la lista. Me estaba resignando a ser la típica esposa trofeo, la que llevan del brazo con orgullo por su elegancia en las galas. Y las que organizan cenas benéficas sólo para presumir. Ya me estaba figurando así en unos diez años, y lo único que esperaba era encontrar a alguien que, al menos, fuera bueno en la cama. No soy tan exigente. Sólo no soporto la idea de vivir intocable e insatisfecha. Como lo he hecho desde que tengo uso de razón. El único novio que tuve me dio la peor pérdida de virginidad de la historia, y la segunda prueba fue igual de catastrófica. Me arruinó para las próximas experiencia sexuales, ahora me la paso asumiendo que todos los hombres serán igual de impacientes y directos que él. Aunque… viendo a estos tipos, tengo que considerar que, tanto desprendimiento de masculinidad tiene que significar algo. Ellos deben ser muy buenos satisfaciendo a las mujeres que arrastran a sus alcobas. — ¡Otra vez te fuiste!—me palmea Adela el brazo, empujándome un poco. Regreso al presente para ver toda una cola de tipos esperando que acabe de servirles. Ups, me quedé tildada de nuevo. Pido disculpas y acabo con ellos, hasta que no queda nadie más aguardando por su turno. Tomamos el respiro para secar las marcas de las botellas y el líquido derramado sobre la superficie de la barra y acarrear copas desechadas para lavar después, al final de la jornada. Un par de horas pasan y extrañamente comienzo a bostezar sin parar, así que decido que hasta aquí llegué. Debo volver a casa y meterme en la cama. Lavo y seco algunas copas porque me parece injusto dejarle todo el trabajo a Adela al terminar y voy a por mi abrigo. Me cubro y salgo por la puerta de atrás, despidiéndome de ella desde lejos. Me levanta una mano y guiña, entonces estoy fuera. Rodeo el bar y con pasos tranquilos camino de regreso, entrando por las rejas del complejo de departamentos. El nuestro es uno de los que están al final. Meto las manos en los bolsillos gordos del saco y escondo la mitad de mi rostro en el cuello. Realmente hace frío. Apresuro un poco mi avance. En mi apuro por llegar a mi caliente cama, y de refilón, veo a alguien parado en el vano de la puerta de uno de los mono-ambientes, soltando humo denso de cigarrillo por la boca. Me refreno un poco y lo estudio. Es Jorge Medina, y eso es todo lo que sé de él. Lo he visto pocas veces rondar acá y allá con su hijo, un niño precioso de largas pestañas y lindo cabello castaño claro que le cae sobre los ojos. Ninguno de los dos reparan en que le vendría bien un corte de


pelo, aparentemente. Del padre sólo puedo decir que parece un gorila, tan tosco y grande que da un poco de miedo. Nunca sonríe, ni se integra demasiado. La primera vez que reparé seriamente en él fue en el fogón que los Leones organizaron gracias a mi sugerencia. Estábamos en ronda, escuchando la hermosa e impresionante voz del líder, todos al borde de las lágrimas—bueno, yo ya estaba dejando salir todo, no me cuesta nada lloriquear— entonces levanté la mirada húmeda hacia los pocos tipos que se habían quedado de pie y allí me lo encontré a él. Con la espalda apoyada en un árbol y un cigarro en los labios, su rostro inamovible reflejaba dureza ante el fuego y sus ojos se veían como si en los irises se arremolinara un líquido caliente. Podría decir miel, pero parece más apropiado el whiskey. Y pega más con él, ya que la miel es demasiado dulce. Me estaba mirando. Fijamente. No tuve otra opción que quitar mi atención de él, ruborizándome. Sentí mi piel erizarse en un escalofrío. Es un tipo demasiado intenso y en ese momento yo estaba en medio de un ataque emocional. No tengo dudas de que pensó que era una tonta, su ceño fruncido hablaba fuerte y claro. Nunca charlé con él, tampoco considero hacerlo, no se ve muy accesible que digamos. De repente, lo que menos quiero ahora mismo es pasar frente a él y tan de cerca. Y bueno, ni que tuviera otra opción, así que me preparo y lo hago. Pongo la mejor sonrisa simpática en mi cara roja por el frío y disparo hacia él. Porque no quiero que piense que me asusta. No importa qué tan grande sea la verdad que me contradice. —Hola—le suelto. Y por dentro me desmorono un poco porque el miserable ni siquiera contesta. ¡Hombre! Me estoy esforzando acá, eh. No es fácil saludar tan agradablemente a alguien que tiene el rostro arrugado con semejante amargura. Aprieta la mandíbula y me mira casi sin pestañear, recorriéndome de pies a cabeza. De nuevo, sus ojos fulguran como si estuvieran hirviendo, el brillo dorado es hipnotizador. Escondo mi rubor en el cuello alto de mi saco, y procuro llegar rápido a casa para que, con el calor, se alise mi piel. Se me acaba de erizar por el frío, no porque el tipo acaba de fijarse en mí con tanta vehemencia y tan fijamente. Puf, ¿a quién quiero engañar? Me ordeno seguir adelante sin que me afecte, miro al frente. No hay que darle ni un solo pequeño pensamiento al “señor antipático”. Ni uno. ¡Ja! Señor antipático. ¿Y qué tal señor amargado? Cualquiera de los dos le pega, y es una lástima porque, bueno, hay que reconocer que está muy sexy. Tiene unos labios muy deseables. Y el aro en el lóbulo de su oreja lo hace ver muy atractivo. Y se nota que está bien armado y es fuerte. Y puede tranquilamente mojar las bragas de cualquiera. Y…


Pero, ¿qué…? Agito mi cabeza y limpio mi mente de cosas raras. No hay nada de atractivo en un hombre tan irrespetuoso y grosero. ¡Me hizo tragar el saludo! Me dejó pagando como una estúpida. No se merece ni una sola inclinación de mi parte. Ahora lo sé mejor, no debo saludar a tipos malhumorados que no hacen más que fruncir el ceño. Lección aprendida. Entro en nuestro apartamento, cuelgo mi abrigo y corro hacia mi habitación. Ah, todo es infinitamente mejor debajo de unas sábanas calentitas.


Capítulo 2 JORGE «—Yo… creo que va a ser lo mejor—le susurré, sosteniendo su cabeza en mis manos, mi frente en la suya. Ella sorbió por la nariz y asintió con los ojos cerrados. Todo para esconder sus ojos húmedos de mí. Sabía que me dolía verla llorar. —Lo entiendo—murmuró—. Lo entiendo bien. Sin embargo, no te olvides de que te amo—se sostuvo de mis muñecas. —Nunca—los latidos de mi corazón tronaron con agonía—. Tampoco te olvides de mi amor, Cecilia. Ni de los motivos por los cuales hago esto. Respondió agitando la cabeza y respiró hondo cuando la solté. Entonces me di la vuelta y salí sin mirar atrás. Dejándolos. A ella y a nuestro bebé.»

Acaba de llamarme “señor amargado”. Sí, esa pequeña muñeca de piernas largas y ojos inocentes acaba de llamarme señor amargado. Y realmente dudo mucho que se haya dado cuenta que lo dijo en voz alta. De todos modos, eso no cambia que sea verdad. Soy un hijo de puta amargado. La chica intentó ser amable y simpática conmigo y la traté como basura, ignorando su saludo. Pobre, creo que dañé un poco ese orgullo de ahí adentro. Pero, aunque sería entendible, no me siento culpable. Estoy vacío, no hay nada en mi pecho, no hay emociones latiendo dentro. Aunque sí existe algo en mi cuerpo que late y no es precisamente mi corazón. Sólo echen un vistazo un poco más abajo. No puedo culpar a mi cuerpo por reaccionar, esas piernas largas enfundadas en sexys tacones hacen que la mente de cualquier hombre muera en electrocución. Y se despierte la zona sur. No me sorprenden las ansias de querer verla completamente, arrancarle ese jodido saco, sabiendo de ante mano que lleva el vientre al descubierto, mostrando orgullosamente una cintura delgada y tonificada, un maldito piercing en el ombligo que quiero meter en mi boca y hacer rodar, hasta que se estremezca y chille mi nombre.


Puta mierda. Tomo un respiro y lanzo la colilla de cigarro al suelo, la apago con la bota y me meto en la casa. He perdido la cuenta del tiempo que hace que no toco a una mujer, demasiadas cosas en la cabeza para pensar con el pene. Ni siquiera las putas que vienen al bar a conseguir un revolcón me han atraído. Mi exigente amigo tenía que fijarse en la inalcanzable hermana de La Máquina, el cual me arrancaría la cabeza con un torniquete si la tocara. No es que tenga la intención, esa chica está fuera de mi liga. En todos los sentidos. Demasiado joven, demasiado inexperta, demasiado inocente. Alguien como ella no sabría cómo manejarme en absoluto. Me paseo por la oscuridad de este mono-ambiente que nos han prestado, manteniendo el silencio. Me siento en el sofá del rincón y poso la vista en Antonio, que duerme plácidamente con una despreocupación que envidio. Y más me vale que siga siendo así para él, siempre. Por eso, más que nada, tengo que seguir adelante con mis planes. No puedo demorarme más. Tengo que sacar la mierda que no me deja avanzar en mi camino. Precisamente no son baches, son bichos. Mugre de la peor, y tengo que exterminarla para siempre. “Mugre en la que naciste…”, me recuerda una voz escondida en mi cabeza. Lo sé, carajo, sé eso bien. No necesito recordatorios. Uno nunca olvida de donde proviene. Puede que los elimine a todos, pero seguiré siendo una extensión de ellos, la misma mierda y con el mismo olor. Si estuviera solo en la vida, no me importaría nada. Pero tengo a mi hijo y quiero un camino brillante como oro reluciente frente a él y se lo conseguiré. Lo haré a cualquier precio, podría morir al final, pero al menos sabré que él estará bien. Fallé con Cecilia, creí que dejarla era lo mejor, pero con esa gente nada es seguro, una vez que adivinan tu punto débil te machacan sin piedad. Cecilia era mi talón de Aquiles, y no sé cómo fue que Tony se salvó. Supongo que se lo debo a ella, lo escondió cuando intuyó que vendrían a buscarlos. Se puso entre ellos y nuestro hijo. Lo protegió. Y ese se suponía que era mi trabajo, sólo mío: cuidar de ambos. Y fallé miserablemente. Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas y jadeo. Froto mi rostro con las manos y oigo mi respiración acelerándose. Detengo todo. El pasado, los recuerdos. Todo. No me permito hundirme en ellos porque sé que jamás podré salir. Sólo tengo que enfocarme en mis objetivos, poner todo mi empeño en ellos y atacar. Vengar. Destrozar. Moler. Hacer desaparecer. La furia es mejor que la autocompasión. La primera te empuja, la segunda te ahoga. Me obligo a relajarme y apoyarme en el respaldar del pequeño sofá, casi no entro en él y es incómodo como la mierda, pero de alguna manera acabo durmiéndome profundamente. Despierto al amanecer a causa de las palmaditas de Antonio en mi muslo, y me levanto de


golpe. El chico me observa con seriedad y el pelo revuelto y estoy a punto de sonreírle pero el gesto se esfuma incluso antes de salir. — ¿Qué pasa?—susurro, frotándome la cara. Es temprano para levantarse. Él sigue silencioso y vuelve, apresurando sus piecitos descalzos, a su lado de la cama, se sienta y cubre a sí mismo, entonces palmea a su lado para que vaya con él. Me estudia con anticipación. Suspiro alto y profundo, y me pongo de pie para entrar en el baño, cambiarme la ropa e ir a dormir a su lado. Al recostarme, subo las gruesas mantas sobre nosotros y él se acurruca en mi costado, metiendo la cara en el hueco de mi cuello. Paso un brazo por debajo de él y lo rodeo, frotándole la espalda. Estoy siendo un padre de mierda y nadie puede negarlo. No sé cómo tratar con él, y me derrumbo las veces que pregunta por su madre. Últimamente no lo hace más, pero el sentimiento está allí, la extraña. Él se crio estos tres años con ella, hace sólo meses que está conmigo. Es un niño dulce y me aceptó desde el principio, si fuera más mayor y entendiera todo tal como fue, me habría mandado a la mierda cuando aparecí a buscarlo. Porque entendería que los abandoné a su madre y a él. Mi justificación es que lo hice por su bien, y nunca estuve separado del todo. De vez en cuando los espiaba de lejos, hundiéndome en el pensamiento de que ambos eran demasiado buenos para mí. Antonio es demasiado bueno y admirable para haber sido procreado por mí. Sin embargo, acá estoy haciendo todo mi esfuerzo. Se lo debo. Le debo absolutamente todo. Lo dejé con sólo un par de meses de nacido, perdió a su madre por mi culpa y mi gente. Salvarlo se convirtió en mi propósito número uno y por eso tengo que poner mi venganza en marcha. Lo antes posible.

*** Después de dejar ir a Antonio con León y Abel al jardín de infantes, me cambio con ropa cómoda y me interno en el gimnasio detrás del salón de la piscina. Generalmente es tranquilo y el entrenamiento me mantiene ocupado, agregando que siempre resultó rehabilitador para mi cabeza. Catarsis. Arribo y me agrada ver que está vacío, lanzo de pasada el bolso en un rincón y estiro. Pongo a tronar mis huesos, luego el cuello, y empiezo liviano con una de las cintas de correr. Cuarenta minutos después ya estoy sudando copiosamente y me quito la camiseta, me seco la frente y acabo. La tiro sobre mis pertenencias yendo hacia el final del salón para colgarme de la barra. Estoy allí suspendido, de espaldas a la puerta, cuando escucho pequeños pasos rápidos en movimiento a la entrada. No le doy importancia y sigo con lo que estoy haciendo, pestañeando ante el sudor que cae en mis ojos.


Por un momento no se advierte nada más, como si la persona que acaba de entrar se hubiese quedado estancada allí, como estatua. La ignoro, mejor es que se quede así y no se le dé por querer charlar. No estoy aquí para hacer amigos, sólo para quemar mierda. Unos minutos pasan hasta que una de las cintas comienza a rodar y, por la liviandad del trote, deduzco que es una chica la que está encima. Bien, acaba de tener mi curiosidad. Giro un poco la cabeza para echar un vistazo y allí está la muñeca trotando, sus ojos azules abiertos al frente y los auriculares encajados en sus oídos. Toma suaves respiros por la nariz y los deja ir por la boca, y la larga cola de caballo castaña que cuelga de su nuca se balancea de un lado al otro con el movimiento. No me quedo mucho tiempo en su rostro de porcelana sonrojado tempranamente, y claramente no por el ejercicio. Me es imposible no caerle encima a su cuerpo. Ya que lleva un conjunto deportivo, top y calzas ajustados como una segunda piel, color fucsia. Y zapatillas con cámara de aire y brillantes dorados. Toda ella brilla como un jodido árbol de navidad. Con esa ropa sería imposible perderla de vista en un gentío. Tengo que reconocer que en mi cara hay una mueca torcida. Es tan rara. ¡Zapatillas doradas! Jamás vi un par de zapatillas de ese estilo. Sólo ella las conseguiría. Y sólo ella las usaría. Y aunque una parte de mí piensa que se ve ridícula, —soy un hombre, a mí dame prendas oscuras y sencillas, y estamos bien—existe otro lado que me contradice y considera que ella tiene una personalidad de oro por ello. Anda por ahí con el mentón en alto, sin importarle una mierda si se ve como un payaso. Es arriesgada, y me gusta. Es imposible negarlo. Creo que a todos en este lugar les atrae Bianca Godoy porque es así de colorida y burbujeante. Ella me ignora, metida en su música, y yo hago mi parte. Me giro hacia la pared y la pierdo de vista, aunque todavía puedo oír cada uno de sus movimientos y eso me desconcentra. Un rato después estoy mirándola de nuevo y por dentro me molesto porque es obvio que Bianca funciona como un imán para mí. Me consuela la certeza de no ser el único hombre en la tierra que se siente atraído. Cada uno de los Leones la desea con fuerza, lo veo en cada juego de ojos cada vez que estamos en la misma habitación con los demás. Media hora después me he movido para hacer abdominales y ella sigue en la cinta. Ahora su piel luce una leve película de brillo por el sudor, y su respiración es más afectada. Se ve blanda y relajada mientras trota, pero se nota a leguas de distancia que intenta con fuerza evitar voltearse a mirar en mi dirección. No quiere saber nada conmigo, a causa de que resquebrajé su orgullo por hacerle tragar el saludo anoche. Debe estar pasándolo fatal. O no, quizás es lo suficientemente inteligente como para dejarlo pasar y no dedicarle ni un segundo pensamiento al señor amargado. Pero algo me dice que está molesta. Que mi presencia le pincha justo en la herida. Mujeres. ¿Por qué no puedo dejar de analizarla?


Sólo mira ese culo, mierda. Y me olvido de lo que puede llegar a haber en su cabeza de princesa. Toda ella es exquisita y firme, y siento deseos poderosos de ir, empujarla al suelo y montarla. Sí, como el animal que soy. Y ese piercing, ¿realmente está tan orgullosa de él? Engreída, le encanta mostrarnos a los hombres lo que nos perdemos cada vez que esquiva los avances. He visto su manera de lidiar con tantos perros alzados. Se ríe como si le contaran chistes cada vez que coquetean con ella. Los tipos se quedan congelados al no recibir respuestas a sus insistencias. O es demasiado inocente para notar que cualquiera se moriría por envestirla, alzarla sobre un hombro y correr lejos. Para meterse entre sus piernas. O de verdad se hace la tonta. Hablando de piernas, tiene las mejores que he visto. Finas, suaves, entonadas. Y ahora veo por qué tiene ese cuerpo, no le esquiva al ejercicio. Se esfuerza en verse así de perfecta. Bien, concéntrate. Volvé al ruedo. Intento ordenarme, empezar de cero. Imposible. Ella es miel, yo soy una cargosa y desagradable mosca zumbando. Me alzo sobre mis pies, rindiéndome, y voy a mi bolso, donde tengo la toalla preparada. No tenía la intención de darme una ducha acá, esperaría a llegar a casa, pero he cambiado de opinión. Justo ahora. Suerte que en el bolso siempre tengo lo que se necesita en estos casos. Desfilo hacia los cubículos de las duchas y de pasada no le queda otra opción que toparse conmigo. Sus labios, que antes estaban modulando la letra de alguna canción, se detienen, transformándose en una línea recta. Por lo demás, ella sólo se ve agradable, sociable, accesible. Sus ojos nunca se endurecen ni muestran rencor alguno. Está dividida, hay una lucha interna. Entonces, de la nada, sólo sonríe dulcemente e inclina la cabeza a un lado. No saluda, sólo me da un reconocimiento. Y acaba de sorprenderme, por eso la dejo pagando. Una segunda vez. Me recupero rápido y abro la primera puerta de las tres pequeñas duchas. Estoy de espaldas a ella, no puedo verla a la cara, pero deduzco que debe estar molesta. Y allí mismo hago algo que me sorprende antes que a cualquiera. Dejo caer mis pantalones. Sí, le muestro el culo y después cierro la puerta, lenta-muy lentamente. La oigo trastabillar antes de que el ruido del agua golpeando los azulejos lo cubra todo. Bueno, parece que no he perdido del todo mi actitud juguetona en ciertas situaciones.

BIANCA Esta mañana desperté con la intención de hacer mucho ejercicio. Mucho. Porque estos días no he parado de comer dulces y es mi deber nivelar mi cuerpo un poco. Quemar algunas calorías extras con las que estuve llenando mis cachetes mientras me ponía al día con una de mis series favoritas. Pilas, pilas, si no se quiere salir rodando. Así que una vez que les di de


comer a esos dos osos gruñones que tengo como compañeros de apartamento, me comí mis verduras, hice la digestión y crucé el recinto al ritmo de “Shake it off” de Taylor Swift. ¿Qué hacía yo con una canción de ella en mi celular? Ni idea. Yo soy una chica a la que le va la música vieja, con unos cuántos años encima. Aun así me prendí porque estaba de buen humor y tenía ganas de mover el culo. Y lo moví, todo el camino al gimnasio. Incluso me mandé unos ridículos pasos de baile que nadie vio porque estaban todos durmiendo la borrachera. Punto para mí. Siempre es bueno mirar a los costados antes de hacer el ridículo. Lo sé por experiencia. Abrí la puerta del salón de aparatos y me congelé en mi lugar. El señor amargado y antipático me había ganado de mano y se estaba tragando todo el aire de mi gimnasio. Bueno, no mi gimnasio, pero creí que estaría sola. No es que me molestara, sólo… no tenía ganas de estar incómoda. Y él me pone los pelos de punta. El principio de todo fue que ignoró mi saludo. Nadie deja a una chica pagando de esa forma tan grosera, cualquier caballero lo sabría. Bueno, este no es un caballero, ¿Qué esperabas? Míralo, ahí colgado de la barra todo… todo músculos marcados y piel brillante. Y sudor. Sudor por todos lados. Pestañé y apreté juntas las piernas, disimulando y ahogando cualquier latido traicionero justo en medio. Él es de los que parece que se inflan los músculos con un inflador. Aguanta, macho, no pongas la piel tan tirante, se va a rasgar. Siempre me pregunto cuánto músculo es capaz de soportar un cuerpo. El suyo no necesita más, de verdad. Se va a romper. Y así está bien, es el punto justo. No es que no se viera atractivo, era más que eso. Era ardiente y de pronto empezó a hacer mucho calor en el cuartito. Tanto, que empecé a sudar antes de subirme a la maldita máquina de correr. Suspiré, dejé mi abrigo a un lado, y subí en el aparato. Enganché la soguita de seguridad en mi top, y lo encendí. Empecé lento y fui subiendo la velocidad gradualmente. Intenté no mirar en su dirección, lo juro. Pero tengo que declararme culpable porque esos bíceps de inflador estaban para el infarto. Y se tensaban cada vez que se esforzaba en elevar su cuerpo. Y los tatuajes se veían tan resbalosos que incluso estuve a punto de salir volando de la cinta y beberlo todo de él. Limpiarlo. Con mi lengua. Asqueroso. Pero sexy. No, horrible. Ah, vamos deja de fingir recato. ¿Qué? Soy una mujer de carne y hueso y él es un tipo que está fuertísimo. Que me dé un respiro. Dame un jodido respiro. Me pongo un ocho en el arte de ignorar, porque lo hice bien. Por un rato, pero no fui esa clase de chica evidente. No me arrepentí de no haber salido corriendo en otra dirección cuando vi que estaba ocupando el gimnasio. Tengo mi orgullo, no voy a esquivarlo. Que se joda. Que se joda. No iba a ganar esta batalla. De la cual, él no tenía ni idea porque esto estaba sólo en mi cabeza. Uff, estaba pensando en exceso y realmente me abrazaban los calores. Entré a sofocarme muy rápido, ¡si hasta me aguantaba una hora y media sobre la cinta! El trote en el mismo lugar que él no resulta ser bueno para mi salud.


Y la vista de la serpiente tensándose en su brazo era demasiado para mi salud… mental. Por un momento sentí como si me rodeara el cuello y me asfixiara. Agua, necesitaba agua. Pero como soy un poco tonta, no había traído ninguna botella. Así que sólo estuve allí tratando de no verme como un perro sediento con la lengua afuera. No ayudó que en mis auriculares comenzara a sonar “Juegos de Seducción” de Soda Stereo. No está bueno que te canten sobre fantasías sexuales al oído cuando hay un macho alfa todo bañado en sudor en el rincón, mostrando una perfecta espalda grandota y fibrosa. Y tatuada. Y Dios, yo no tengo una cura para tanta estupidez. Para tanta locura. No me ayudaron tantas divagaciones. ¿Por qué mi cabeza daba vueltas como un remolino? ¿Por qué no podía ser normal en vez de estar enloqueciendo así? Apuesto a que una chica promedio no pensaría tantas cosas tontas por segundo. Además, me regañé, ¿no se suponía que estaba loca por el Perro? Él era exquisito, más de mi tipo y me ponía. ¿O no? No, realmente no. Ahora me doy cuenta de que no llegaba ni a un cincuenta. Nunca ningún otro hombre, aparte del señor amargado con bíceps de inflador, me puso así de caliente. Eso era un cien, no me queda ninguna duda. Por favor, que nunca nadie sepa lo que estuvo en mi cabeza en ese momento. ¡Es bochornoso! De pronto él saltó fuera de la barra gruesa de metal y se tiró al suelo a hacer abdominales. Mi cara se volvió roja y ardiente porque sentí sus ojos por toda la extensión de mi cuerpo y la piel se me erizó. Ignóralo. Él no existe. Me concentré en poner un pie delante del otro y no tropezar en la cinta. Fuerte, decidida, desafectada. Quería parecer todo eso, y dejar de darle cabida a la locura que había en mi cabeza inexperta. Si fuera más como Adela, tendría algo inteligente que hacer y, en un principio, no me pondría tan eléctrica por un torso desnudo. ¡Alto ahí! No es cualquier torso desnudo, y eso lo sabes. Es un torso de película. Un torso de novela erótica, de chico malo con tatuajes y lengua de trepadora. Un torso único e irrepetible. Y, ¡toc, toc, Bianca! ERA REAL y estaba justo en tu cara. ¡En tu cara! Con él no hacen falta fantasías con actores famosos y hombres calientes que mojan tus bragas en los libros. Con él no te quedas perdiendo horas de tu vida tratando de visualizar un tipo descrito en hojas de papel, porque, es simple, tus ojos lo tenían justo ahí. Y taaaan glorioso. No duró mucho su fase de abdominales, y casi suspiro con alivio cuando se levantó y consiguió su bolsa desde el rincón. Creí que se iba y estaba a punto de dar el salto de la victoria, pero no... Demasiado bueno para ser verdad. Él se tenía que dar una ducha. Pasó caminando frente a mí y me echó un vistazo, me esforcé en trabar mis ojos al frente para que no dieran la vuelta hacia atrás en éxtasis, porque sus irises dorados hervían. Y me cocinaban viva. Porque,


no sólo su torso era precioso, su mirada era igual de fogosa. Y soy, por lo vivido en la última hora, la chica más fácil de descolocar que existe. Eso es porque he tenido poco sexo, y malo. Esa es la deducción a la que llegué. Así que fui fuerte, y en vez de enviarle un mensaje sexual con los ojos le sonreí lo más dulce e inocentemente que pude. No hay lugar para el rencor en este cuerpo, amigo. Tampoco hay lugar para la excitación. Me abstuve de levantarle el pulgar por mi guerra interna acabando. Él me ignoró por segunda vez, pero no me importó, ya me estaba acostumbrando a su actitud cerrada y tirante. Nunca iba a verlo sonreír. Nunca me hablaría de vuelta. Mensaje entendido perfectamente. Los latidos de mi corazón se estaban refrenando ya, pero entonces tuvo que… deslizar abajo sus pantalones cortos de deporte. En ese mismo momento tropecé y la máquina se frenó de golpe. Y supe dos cosas: no llevaba ropa interior y… —Su nalga está tatuada. — ¿Qué has dicho?—pregunta Lucre a mi lado y salto de nuevo en la realidad. Me doy cuenta de que tengo a uno de los gemelos en brazos y su madre me está tendiendo un mate. Pestañeo, desorientada, regresando poquito a poco. Tomo el mate y me encojo de hombros, sorbiendo la bombilla. —Estaba divagando—respondo al tragar el líquido caliente y amargo. Siento que mis mejillas se ponen rojas y por dentro rezo para que ella no lo note. Dios parece escucharme por una vez en la vida y me concede ese mínimo deseo. La rubia sólo se vuelve a meter en las páginas de la revista femenina que tiene sobre la falda, esperando a que yo acabe de tomar. Realmente tengo que regresar a mi terapia, suspiro por dentro y le devuelvo el mate. Ahora que estoy enfocándome, sujeto al niño y lo levanto para verlo cara a casa. Sus ojitos castaños se fijan en mí y le dedico una sonrisa ancha, para después acercarlo y besar cada rincón de su carita. No más pensamientos morbosos sobre la estrella tribal que el señor amargado tiene al comienzo de la nalga derecha. Antes de volver a eso, le suelto a Lucre lo primero que se me viene a la mente. — ¿Sabes? Podrían ser mis sobrinos—comento, y mi atención recae en ella que se olvida de la sección moda de la revista mensual. Alza una ceja en mi dirección y después chupa por la bombilla hasta que el mate truena vacío, estudiándome. Analizándome. Ella es hermana de Lucas Giovanni que a su vez es mi


medio hermano. Si no me hubiesen avisado ya que ella no es realmente hija de mi padre, la habría asumido como hermana. De hecho, no me importa, es buena gente. No tengo ni idea de Lucas, pero también aparenta ser un buen hombre. —Si querés que sean tus sobrinos—habla ella, sin pestañear siquiera—, ellos pueden serlo. Me ablando y enternezco. Le sonrío con agradecimiento y me fijo de nuevo en el bebé. No sé cuál de los dos es, y no me acuerdo de a quién pertenecía cada cinta, pero no importa. Son dos ternuritas que quiero apretar, al igual que los niños de Francesca. Sin duda, los bebés son lo mío, pero no creo que alguna vez esté lista para ser madre. Tal vez algún día, cuando tenga treinta. Supongo. —Ahora…—suspira Lucre, sirviendo de nuevo—quién es el del culo tatuado, ¿eh? El corazón se me dispara de nuevo a la garganta, creo que mi expresión es de profundo terror porque ella también abre los ojos como si acabara de meter la pata. —Lo siento, no iba a preguntar. Pero, ¿sabes que no podés mantener secretos cuando hablas en voz alta y ni siquiera te das cuenta?—pregunta, azorada. Tuerzo el gesto, ese asunto de divagar en voz alta siempre me trae problemas. Por eso la gente se aleja, soy tan rara que no puedo mantener mis pensamientos para mí. ¿Por qué se escapan? —No es que sea entrometida—sigue pinchando ella, sus ojos en modo curioso—. Pero ahora me pica la curiosidad. Lo que es lo mismo a ser entrometida, ¿no? Me río por un momento y luego trago la bola de vergüenza que se me atasca. A la mierda todo. Se lo voy a contar. —Es Jorge Medina—sus ojos ahora son como platos hondos de sopa—. Él se bajó los pantalones justo frente a mí en el gimnasio. Fue tan grosero… ¡Ay, que mentirosa! Si lo último que te pareció fue grosero. Chito, antes muerta que confirmar que hizo explotar mis sesos. Aunque no era necesario bajarse los pantalones, ya estaba toda babosa por él desde antes. Supongo que Medina no hace ninguna cosa a medias. —Puff—chilla ella riendo—, eso es normal, nena, los hombres se bajan los pantalones en el gimnasio todo el tiempo—aclara. Y me ruborizo. ¿En serio? No tenía ni idea. En ninguno de los gimnasios que yo frecuentaba los chicos iban mostrando sus atributos traseros y firmes. Pero es posible que todo


en este lugar sea distinto. Me encojo, ¿Qué es esto? ¿Me siento desilusionada porque creí que había hecho el movimiento por mí? ¡Qué tonta! —Así que…—sigue ella como si nada, pasando las páginas nuevamente—, ¿qué tiene tatuado en el culo? Sus hermosos ojos azul claro se vuelven juguetones y se clavan en mí, esperando el jugoso detalle. —Una estrella tribal—murmuro, esquivando la vista, poniéndola bastante lejos de ella, me pone nerviosa hablar de él. —Eso es sexy—dice, sonriendo vivaracha—. ¿Sabías que él es mi cuñado? Bueno, yo lo considero así, pero hay conflictos con Max. Son hermanos, y llevan toda una vida en guerra. Supongo que tanta cantidad de tiempo no se arregla chasqueando los dedos, ambos necesitan ordenar sus pensamientos y dejar afuera los rencores para salir adelante. Algo difícil, porque el apellido Medina viene con el resentimiento muy adentro. Me encantaría que se acepten el uno al otro. La familia es la familia. Y en el fondo, estoy segura de que Jorge es una buena persona y merece redención. » Merece el perdón de su hermano. Al terminar suspira pesadamente, y es claro que el asunto la pone un poco melancólica. Y me contagia su estado de ánimo. De pronto no puedo dejar de darle vuelta a sus palabras en mi cabeza, siento curiosidad y al mismo tiempo congoja por los dos hermanos. No conozco a ninguno de los dos como personas, sólo de vista. Pero ahora que ella lo dice, es evidente el parentesco. Ambos tienen ojos parecidos, y aunque los de Max tengan esa pizca de verde que hace su mirada menos directa, el parecido es claro como el agua. De complexión, Jorge está más construido, es grande y más alto, pero Max no se queda atrás es atlético y con movimientos vivaces. Jorge va rapado cuando su hermano menor tiene un atractivo cabello ondulado color castaño, con algunos mechones aclarados por el sol. Son dos hombres bellísimos y atractivos, cada cual en su estilo. Y recordar la espaldota del mayor no me ayuda en nada, realmente— realmente—me gustaría tocarlo. Sólo de pasada, nada sexual. Sí, como no. —Creo que a tu hermano no va a gustarle que te pongas caprichosa con Jorge, Bianca— suelta Lucre, ahora toda cautelosa. La estudio largo rato, tratando de entender si está dándome un consejo o una advertencia clara. No es como si fuera a lanzarme en sus brazos, el tipo no me puede ni ver. Vi su desagrado por mí en el gimnasio, y la forma en la que miró cómo iba vestida. No le caigo


bien, y es más que evidente. De otra forma no le importaría tan poco que lo salude o reconozca su presencia con una simple sonrisa amable. No sé por qué ese hecho apaga un poco la llama en mi pecho. Bah, lo superaré. —Él no me interesa—afirmo, y sueno muy segura—. Pero si fuera así, ni mi hermano ni nadie, tendría voz o voto en mis asuntos personales. Santiago estuvo afuera demasiado tiempo como para venir estas alturas a fingir preocuparse por mí. Además no estoy en este lugar para comenzar una relación con nadie, vine para unir a mi familia. Y ese asunto está por encima de todo. Y si quisiera una relación, estoy segura de que no la conseguiría en un lugar como este, donde desencajo tanto. Los hombres que viven aquí son atraídos por mujeres fuertes, decididas, que no toman mierda de nadie. No soy nada parecida a ellas. Lucre, Fran y Adela son de hierro y tienen que pasar por muchas cosas, elegir vivir junto a estos hombres no es nada fácil. ¿Estás diciendo que preferís acabar siendo la esposa trofeo de algún pomposo empresario? No. No lo sé. No tengo ni idea. Y eso tiene que ver con que ni siquiera me conozco a mí misma, no he encontrado mi verdadera esencia. Por estar demasiado ocupada poniendo todo mi tiempo y mente en el hermano que echaba en falta, tan mal, que dolía cada segundo de su ausencia.


CAPÍTULO 3 BIANCA —Tengo una duda—modulo mientras tengo un pedazo de carne en la boca y meto un poco más—: si llevas un chaleco como todos los demás, ¿por qué no montas de viaje con ellos? Me fijo en Adela que está masticando también. A su lado, mi hermano almuerza en silencio, estudiándonos a las dos con fijeza y entrando poco y nada en las conversaciones. Cuando hace eso, quiera o no, sólo me convence más de que no soy deseada en este lugar. Lo ignoro, por más que me duela tanto que apenas puedo pasar esta comida. —No sé manejar una moto—dice ella, encogiéndose de hombros—. Si aprendiera, los chicos me armarían una a mi gusto y semejanza para que me una a todos en cada partida sin problemas. Aun así, no depende de eso… es imposible para mí—niega, casi quitando importancia. Sé que la pasa muy mal cuando Santiago se marcha de viaje, odian estar separados. Tanto que ella se vuelve un poco dura y malhumorada. — ¿Imposible?—insisto. Mi hermano presiona la mandíbula y ella lo observa de reojo, y no dejo pasar cómo arrastra la mano a la suya grande y tatuada y la aprieta. —Una de mis manos no funciona bien—explica ella, y me la muestra, alzándola—. Me la hice pedazos y, aunque curó bien, quedó débil y un poco inútil…—deja ir un bufido. Está algo hinchada y deforme, pero se ve normal dentro de todo. —No podría conducir una moto por tanto tiempo—interviene Santiago, bajando la vista a su plato casi vacío. ¿Por qué se puso así de oscuro? — ¿Cómo la estropeaste?—se me da por preguntar. Un segundo después me lamento el haberlo hecho. —Jorge Medina—dice ella, limpiándose con una servilleta—. Él nos secuestró a Lucre y a mí, cuando su clan y el nuestro estaban en guerra.


La noticia me cae como un balde de agua helada en el rostro. —Lo hizo para despistar un poco a las Serpientes, que estaban demasiado ansiosas por atacarnos. A él le interesaba más cambiar las cosas con ellas, que venirse sobre nosotros— explica, haciendo girar su copa con algo de vino—. Le salió mal. Ordenó que nos cuidaran de los mayores, pero su gente fue inepta y esos gordos sucios y rastreros entraron en la habitación para violarnos… Luché con ellos cuanto pude, justo acababa de quitarme las esposas, partiendo en pedazos mi mano. Estoy horrorizada, y hasta me quedo corta. Y ella lo cuenta como si fuera una anécdota cualquiera de su infancia. Como si nada. Y es muy grave que las secuestraran y quisieran violarlas. ¿Qué clase de mundo es éste y qué tan a salvo estoy de él al permanecer aquí? Noto que mi hermano está demasiado enfocado en mi reacción, seguro esperando que me levante de la mesa y corra a hacer mi valija para salir pitando al grito de “¡Fuego!”. No voy a darle el gusto. —Lo estás adornando mucho—carraspea él, parándose bruscamente—. Lo que ocurrió fue toda culpa de ese bastardo y, cuanto antes se dé cuenta León de que hay que arrancarle la cabeza, mejor. Y yo haré todo el trabajo. Wow. ¿Qué carajo? Él se va sin decir nada más y escuchamos el portazo proveniente de su habitación. Él no es el Santiago que recuerdo, jamás diría algo así de alguien, ni le desearía la muerte. Ni se ofrecería a asesinarlo. Es tan… espeluznante. Y no me gusta la idea de temerle. Adela llama mi atención nuevamente cuando comienza a juntar los platos sucios para llevarlos al fregadero. —No le hagas caso—dice, sonriéndome un poco apesadumbrada—. Él no puede olvidar lo que pasó, y lo mal que se sintió porque me llevaron a la fuerza. Odia el miedo, y en ese momento estuvo aterrado por mi seguridad. »Jorge no es el monstruo que él dice, nos protegió. Yo sé que suena raro y contradictorio, pero no tenía pensado hacernos verdadero daño. Su gente era pesada y mala, él sólo deseaba limpiar su clan. Desaparecerlos a todos. Pero en el medio estaba este conflicto con los Leones, y los mayores no querían acabarlo… En fin, él llegó a tiempo y nos salvó de ser salvajemente abusadas, y sin pensarlo dos veces nos devolvió. Un tiempo después, cuando no pudo sostener la lacra de su clan, se abrió y nos avisó de antemano que vendrían a atacarnos. »Gracias a eso, los Leones seguimos existiendo de pie y enteros. —Y gracias a ello, está aquí—cierro, sacando las conclusiones que faltan, casi sin voz por el nudo en mis cuerdas.


Ella asiente, guiñándome. —Pidió refugio para su hijo, pero León es León y les permitió a los dos quedarse—pausa, y me mira con el rostro relajado—. El jefe es así… Estoy de acuerdo. —Así de generoso y bueno—murmuro, viéndola enjuagar los utensilios. Suelta una carcajada. —Demasiado bueno para ser el líder de toda esta masa de salvajes gorilas pecadores— se ríe, bromeando.

JORGE Consigo uno de los tantos desechables que traje entre nuestras pertenencias y lo activo. Marco el número que me he aprendido de memoria desde hace un tiempo y espero a que acepten la llamada desde el otro lado. Al quinto tono una voz profunda me recibe. — ¿Sí?—dice mi amigo, desconfiado. Sonrío a la nada, porque realmente extrañaba su voz. —Esteban—digo, serio, atajando cualquier sentimiento que me ablande, tenemos que comenzar los planes. Él chifla y susurra que espere un momento para ir en busca de más privacidad. —Carajo, Jorge—escupe unos segundos después—. Me tenías preocupado, hace semanas que me tendrías que haber llamado. Estoy de acuerdo y me disculpo. Estaba tratando de pensar bien las cosas, porque lo que menos deseo es cometer errores. Antes de comenzar planes con él, debía ordenar mi mierda. Además quería complementarme con Antonio, conocerlo mejor, pasar tiempo con él. No descuidarlo como lo he hecho los años anteriores. Esteban era mi mano derecha en el clan, él estaba siempre un paso tras de mí, sirviéndome como ninguno. Como un perro fiel, pero eso no es por lo que lo aprecio. Es mi mejor amigo, mi confidente y siempre estuvo allí, apoyando cada una de mis malditas decisiones. Sin él yo no habría trepado a la cima del clan. Está bien, las cosas no salieron del todo como deseaba, ahora estoy con los Leones, he sido derrocado unos cuántos meses atrás y Esteban y yo


tuvimos que tomar caminos separados, pero poco a poco iremos volviendo al ruedo. Tenemos con qué. — ¿Cómo te tratan los Leones?—quiere saber, preocupado—. Espero que bien. Dios sabe que de este lado tengo que cuidarme bien las espaldas, apenas estoy durmiendo, viejo. Estos hijos de puta me tienen en la mira todo el tiempo. Un desliz y estoy muerto. Suspiro, frotándome los ojos. —Sin duda estoy mejor que vos—digo, apesadumbrado—. Estoy bien. Me aceptan, soy ignorado la mayor parte del tiempo, eso es bastante bueno para mí—termino. Él se ríe desde el otro lado, y lo siento bajar un poco la guardia. Es de oro por hacer tantas cosas por mí. Está camuflado entre los viejos, justo en el mismo agujero que ellos. Sacando información para mí. Los dos sabemos que una equivocación lo mandaría tres metros bajo tierra. Acá, el único que está a salvo soy yo. Debería haberle negado hacer esto, pero él desea lo mismo que he querido por tanto tiempo: vivir en paz de una buena vez y tener un clan como Dios manda, sin mierda dando vuelta. Sin su apoyo yo estaría estancado aquí eternamente, es mi única opción de salir e ir a por lo que deseo desde que me di cuenta que quería ser mejor que sólo la herencia de una basura asquerosa como Rober Medina. — ¿Cómo está yendo?—pregunto. Él suspira y apuesto a que está soltando humo de su cigarro. —No muy bien, tengo que decirlo—responde, apagado—. No confían en mí, todavía. Es lógico. Tampoco se comen del todo el cuento de que estás muerto… Me muevo hacia el sofá y tomo mi abrigo que está allí enrollado, me lo coloco y salgo al exterior, palmeándome el bolsillo en busca del atado de cigarrillos. Necesito uno desesperadamente, para sobrepasar la noticia de que las cosas serán más lentas de lo que deseo. —Mostrales las fotos—le ofrezco, asomándome en la puerta—. Las que hicimos antes de que viniera con los Leones. Truchamos una escena del crimen, conmigo en el centro de todo. Cubierto de sangre y con una herida profunda en la garganta. Eso tiene que alcanzarles, carajo. Tengo que estar bien muerto a sus ojos para poder seguir adelante con el plan. —Sí—está de acuerdo—. Lo haré, voy a llamar a Tania para que me las traiga, ella se encargó de tenerlas por si acaso.


Tania es su novia, ella maquilló la herida, es demasiado buena en eso. Una actriz que fracasó y acabó en brazos de Esteban, no sé cómo ni me importa. Estoy agradecido por estos dos y todo lo que hacen por mí y mi hijo. —Bien—enciendo un cigarro al fin—. Que lo crean, convéncelos bien. Es un hijo de puta muy inteligente, sabrá cómo arreglárselas. Lo escucho reírse por lo bajo y hasta puedo imaginar sus ojos oscuros arrugándose en las comisuras por la diversión. Tenemos la misma edad, pero no podemos ser más distintos. Él, al menos, sabe cómo divertirse, yo siempre he sido un ser apagado y lleno de cosas en la cabeza. Preocupaciones, planes, mierda emocional. He lidiado con mucho, en especial desde que perdí a Cecilia. Y cuando hablo de “perderla” no me refiero al día que giré sobre mis pies y la abandoné con nuestro hijo. Sino a la noche en la que fui a buscarla para salvarla, y llegué demasiado tarde. Agito la cabeza para limpiarla, no es un buen momento para recordar. —Me alegra saber que estás bien, viejo—dice él, volviéndose demasiado sombrío—. Estaba preocupado, hasta que al fin llamaste. Entrecierro los ojos, y asiento, aunque no lo tengo en frente para verme. —Lo sé, no volverá a pasar—aseguro, carraspeando—. Lo mismo digo. Mi situación no se asemeja a la tuya, para nada. Se ríe secamente y sé que está intentando restarle importancia. Él siempre siendo el más liviano de los dos. —Sabes por qué lo hago… quiero lo mismo que vos—murmura, pensativo—. Hay cosas por las que vale la pena luchar y arriesgarse—afirma, con tono firme y decidido. Sigue hablando, ahora aflojando la tensión con temas banales, intentando hacerme reír, llevándome al límite, completamente negado a hacer que mi amargura gane por sobre todas las cosas. En algún momento, cerca del final de mi cigarro dejo de escucharlo, frunciendo el ceño en dirección al final del complejo. A una silueta con calzas fucsias y zapatillas doradas que está allí meneándose, compenetrada en alguna mierda. Bianca Godoy y sus particularidades. Me quedo tildado en ella, perdiendo a mi amigo de la ecuación. —Viejo, ¿me estás prestando atención?—se ríe, de alguna pavada que acaba de decir. Niego, mis ojos fijos delante.


—No, lo siento—confirmo, respirando profundo—. Voy a dejarte, tengo algo que hacer— le aviso. Él acepta mi brusca despedida. Conociéndome y no ofendiéndose por ello. —Está bien, llámame la semana que viene y te pasaré las novedades, ¿ok?—pausa, estoy a punto de decir adiós cuando él salta de nuevo—. ¡Espera! ¿Cómo está Antonio? Que estúpido, ¿cómo voy a olvidarme de ese campeón? Bianca da una voltereta de caderas, otra vez tiene los auriculares puestos y ¿está limpiando los vidrios del departamento de su hermano? Por lo visto, así es. —El peque está perfecto, hasta ha hecho un amigo—sonrío por un mini-segundo—. Lo lleva bien, mejor que yo. Y en este lugar lo quieren mucho. —Me hace muy feliz eso—dice, puedo oír la sonrisa en sus labios—. Bueno, entonces, hablamos pronto. —Así es—estoy de acuerdo—. Hablamos pronto—repito, aun así me demoro en acabar la conexión—. ¿Esteban? — ¿Sí? —Cuídate bien, amigo—le pido, con tono tembloroso—. Cuídate bien. Lo oigo reír de nuevo. —Claro que sí, jefe. Soy un hueso duro de roer—sigue, confiado—. No por nada me elegiste como tu mano derecha, ¿eh?—presume. Me rio secamente a causa de una pizca de diversión en mis venas que se disuelve rápido, y corto la llamada. Guardo el aparato en mi bolsillo mientras voy caminando hacia la chica más allá, haciendo un espectáculo. No sé por qué me estoy acercando, pero eso no es algo que merezca importancia ahora, parece. Bianca se agacha y enjuaga el trapo en el balde con agua, después lo escurre y limpia los rincones llenos de tierra en la ventana. ¿Quién iba a decir que una chica como ella haría el trabajo sucio de limpieza? Uno siempre asume que las de su tipo crecen rodeadas de sirvientes. Y bastante buenas para nada. El culo enfundado en la calza fucsia se balancea y ella canta en voz alta, incluso hace caras muy raras que alcanzo a ver por el reflejo del vidrio. ¿De dónde salió esta chica tan inquieta? Se compenetra en sacar todo el barro del hueco, que entiendo que debe ser difícil de limpiar, sin embargo lo hace con una sonrisa. Estoy lo suficientemente cerca para que me note ahora, y no lo hace, está perdida en su mundo. Desplaza el trapo y se vuelve a agachar sobre el balde para enjuagarlo, mete las manos en el agua con espuma y hace un movimiento giratorio


con sus caderas que provoca que la sangre bulla directo a mi ingle en un tiempo considerablemente rápido. Mis vaqueros ya empiezan a estorbar. Meto las manos en el bolsillo y disfruto el espectáculo, entre divertido y sorprendido de que no se dé cuenta de lo que está haciendo. Todavía allí agachada y bailando, retuerce el trapo. Una ráfaga de viento nos azota y mueve la persiana desenganchada a la pared, la deja a mitad de camino de cerrarse. Y entonces todo tiene que suceder justo en ese mismo instante. Bianca clava los ojos azules en mí y se da cuenta de que está meneando su culo en mi dirección. Se atiesa y se levanta de golpe. Abro la boca para lanzarle una advertencia pero es muy tarde, su movimiento es brusco y torpe, no sabe que tiene la persiana justo a su medida. Se da un golpe horrible en la cabeza con el filo de la madera. Tan terrible que hago una mueca de dolor. Unos cuantos pasos más y estoy frente a ella, observándola de cerca mientras se endereza. La alejo de la ventana y me permite maniobrarla a mi antojo, demasiado aturdida por el golpe. La piel de su rostro está pálida y temo que vaya a desmayarse. La sujeto firme, y lleva una mano al costado de su cabeza. — ¿Estás bien?—le pregunto, observándola a la cara con mi ceño profundamente arrugado. Sus enormes ojos azules me miran como si no me reconocieran, y me trago un montón de mierda que quiero soltarle por no ser más precavida. Mujer torpe. —Sí, creo que sí—susurra, temblorosa—. Sólo acomodé un poco las ideas en mi cabeza— se ríe intentando bromear, todavía fuera de juego. Entonces repara en la sangre que ha quedado en su mano y las piernas se le aflojan.

BIANCA Soy levantada en el aire de manera imprevista y me olvido por un momento de lo que está pasando. No he perdido la consciencia, sólo estoy algo mareada por el golpe. Y, retrocediendo unos minutos, ¿cómo es que fui tan tonta de golpearme así? ¿En qué estaba pensando? Ah, sí, acababa de horrorizarme porque Jorge me descubrió haciendo mis movimientos pélvicos al ritmo del “Electro movimiento” de Calle 13 que estaban pasando en la estación de radio. Me encendí. Me olvidé de que alguien podría estar viendo. ¿Por qué justo tenía que ser él?


Soy sentada bruscamente en una de las sillas de nuestra cocina, me sostengo del borde mientras un frío Jorge abre mi cabello y revisa mi herida. Hay demasiado silencio, sólo puedo oír mi respiración acelerada entre todo el montón de pelo que ahoga mi rostro enfocando hacia el suelo. Cierro los ojos y suspiro cuando las yemas de sus dedos pasean por mi nuca. Hasta que salto y chillo porque roza el chichón. —No es profundo, pero la sangre va a seguir molestando por un rato—habla, pero no a mí, sino a sí mismo—. ¿Tenés un botiquín médico? Salto de nuevo porque me vuelve a tocar justo allí. Duele muchísimo. —Deja el culo quieto—ordena, gruñendo—. ¿Tenés o no? — ¿Qué?—murmuro, ahogada—. No… no sé. No tengo ni la menor idea de lo que me está pidiendo. No abre la boca de nuevo y me alza en brazos otra vez, mi cabeza baila con cada movimiento y me mareo un poco más. ¿Este hombre no sabe que debe ir más despacio? Voy a vomitarle encima. Sale, deja atrás el departamento y cruza el complejo, me lleva como si no pesara más que una pluma hasta que entramos en otro, más pequeño. Me doy cuenta de que estoy en su casa cuando me baja a la cama de dos plazas, dejándome sobre mi vientre y sigue dándome órdenes rudas. Esta vez para que me quede inmóvil donde me dejó. Espero, y no se me ocurre mejor cosa que tocar la hinchazón en mi cráneo de nuevo, siseo con los dientes apretados. Jorge regresa y el colchón se hunde profundamente en el borde porque se deja caer sin mucho miramientos, haciéndome rebotar. Mi cabeza va a explotar. Me mantengo quieta al ver que se inclina sobre mí, está todo en modo doctor y su toque es impersonal, pero igual me afecta. No puedo quedarme quieta. Presiona una gasa en el cuero cabelludo rasgado y absorbe la sangre. Me trago los chillidos, realmente esa cosa no está preparada para ser tocada. Me desinfecta, por suerte el líquido no arde. Se queda un rato allí, limpiando, secando, despejando la herida. Lo dejo trabajar, me trago cualquier palabra estúpida que se me venga a la boca. Si suelto la lengua soy peligrosa y justo ahora no estoy del todo en mis cabales. Pero, ¿cuándo he estado completamente cuerda? Cierto, nunca. Mi cabeza da vueltas y esta vez no es por el mareo. Es porque estoy en su casa, sobre su cama enorme, y él está todo sobre mí. El calor de su cuerpo no le hace cosas bienvenidas a mis nervios. Estoy inquieta por dentro. Una, porque hice el ridículo, como siempre he hecho en mi vida. Y otra, porque no tengo un respiro con él. Estaba justo allí parado, mirándome fijamente. Entonces tuve que enloquecer y darme el golpe. No quiero ni saber lo que ha pensado.


—Voy a cerrarla—avisa, revolviendo en la caja de primeros auxilios. — ¿Necesita puntos?—quiero saber, entrando en pánico. —No—suspira, seguro intentando ser paciente—. Lo voy a hacer con el pegamento. — ¿Cómo?—salto, y me alzo para mirarlo—. Eso es tóxico... me voy… Me arrastro lejos, ya me siento mejor como para hacerlo, de verdad. Hago el movimiento para salir de la cama, pero soy inmovilizada y de pronto él termina a horcajadas en mi espalda. Dejo de respirar y me tenso. — ¿Qué haces?—me retuerzo—. No necesito pegamento… — ¡Quieta, mujer!—me dice con voz enronquecida—. Sólo déjame trabajar, no voy a hacer nada que un médico no haga en una situación como esta. El pegamento es medicinal. Ahora, ¡abajo! Me empuja abajo y busca la herida, ya que se ha perdido entre el pelo de nuevo. Vuelve a hacer todo el procedimiento de secado, luego siento un líquido viscoso y fresco justo en el borde y me muerdo el labio, duele y hace cosquillas. Y ni hablar cuando ejerce un poco de presión para unir la piel. —Oh, por Dios—me desinflo—. Eso duele. No hace más que terminar que sale de encima de mi cuerpo y reordena lo que usó dentro del botiquín. Se pierde en el pasillo y sé que es mi momento de levantarme e irme, pero mi cuerpo se ha quedado laxo allí, indefenso y cansado. Debería salir pitando de este lugar, él no me quiere acá. Cierro los ojos un segundito. La cama está muy cómoda, además me ha dejado su calor impregnado en la espalda. A decir verdad, no se sentía mal todo su peso encima de mí, no me dejaba respirar bien, pero era agradable. ¿En qué estoy pensando? Movete, Bianca. No sé por qué me resisto aquí, será que la colcha es demasiado suave y huele tan bien. Un chorro de agua fría me moja en toda la cara y termina con mis letárgicos pensamientos. Grito, moviéndome lejos. Allí está él, de pie junto a la cama, viéndome atragantarme con el líquido que acaba de entrar por mi nariz. Es tan áspero, ni siquiera tiene piedad de mí, ¡acaba de mojarme! Toso, y me seco con las mangas de mi abrigo. — ¿Cuál es tu problema?—le digo, muy cerca de hacer pucheros.


—Acabas de golpearte la cabeza, no te duermas—deja el vaso vacío en la mesita de luz y se cruza de brazos, como esperando algo, pestañeo hacia él, estudiándolo borrosamente—. Y menos en mi cama. Mi boca se abre. Okeeeey. Mensaje recibido. ¡Qué grosero! Está echándome. Me esfuerzo por levantar mi culo, entrecierro los ojos cuando el chichón late al elevarme sobre mis pies. Suspiro y enfilo hacia la puerta sosteniendo mi cabeza en ambas manos, como si fuera a desprenderse y caer. Mis pasos son lentos y cortos, pero como puedo me las ingenio para salirme de su camino. Parece estar muy ansioso por eso. —Bueno—me freno en la salida, y me giro a medias para mirarlo, todo sea para hacerlo más difícil, ¿no?—. Gracias… por todo… No sé qué más tenía pensado decir y queda todo allí suspendido en el aire entre los dos. Me da una mirada que no dice absolutamente nada y me rindo. No se puede lidiar con ese tipo, mejor dejarlo solo. ¡Solo y amargado como se merece! Atravieso el trayecto entre su casa y la mía y no necesito darme vuelta para fijarme, él está en su puerta supervisando mi llegada. No vaya a ser que me acabe desmayando. ¡Qué atento! Ni que fuera Flash, para llegar a mí antes de que acabe redondita en el suelo. Idiota. Suerte que no estoy mareada y no caeré. Entro y doy un portazo que hace latir mis sienes y la herida. Apenas me rozo y sé que tengo una hinchazón del tamaño de una bola de tenis, corro al congelador para sacar hielo y acabo con una bolsa de ravioles en la cabeza. Desprendo los auriculares enganchados en el cuello de mi abrigo y me quito todas las capas de ropa pesada de encima. Dejo caer mi peso en el sofá y enciendo la televisión. Soy consciente de que hay que ordenar todos los artículos de limpieza que abandoné afuera, pero no estoy en condiciones. Le pediré el favor a Adela una vez que vuelva a darse la ducha para entrar a su horario de trabajo. Me relajo en mi posición, teniendo el cuidado de no apoyar mi cabeza justo en esa zona, y capto en un canal la repetición de una vieja serie. Me quedo viendo pero a la vez ni prestando atención, mi mente no está en ello esta vez. No paro de darle vueltas a la escena que acabo de vivir con Jorge Medina. Agradezco lo que hizo por mí, de verdad, pero que me haya echado como un perro de su lugar me pone toda rabiosa. Tengo un orgullo, y parece que al señor amargado le encanta pisotearlo. En la tardecita Adela regresa al fin, me ve allí despatarrada en el sofá, a medio dormirme y me pregunta qué me pasa. Le cuento el accidente, pero evito nombrar a Jorge, me lo guardo para mí. Por todo ese conflicto entre mi hermano y él que me recitaron hoy decido que es mejor proceder de este modo. Adela me hace el favor de ordenar lo que quedó afuera, y se lo agradezco. Me sorprendo cuando, sin decir nada, me trae más hielo para la hinchazón y una


aspirina para el dolor de cabeza. Ni tiempo a dar gracias me da, porque me deja ahí para correr a la ducha. No tengo ánimos ni para moverme a la habitación, y eso que estoy deseando mi almohada mullida y las mantas calentitas. Escucho a mi cuñada salir del baño como veinte minutos después, y en ese momento llega mi hermano, que me dedica un seco “hola” y pasa de largo al pasillo, sin darme una segunda mirada. Ambos se encierran en el cuarto y, sólo por si acaso, subo el volumen del televisor lo más alto que mi cabeza pueda aguantar. No sé si van a tener sexo, pero mejor prevenirme. Ha habido un par de movimientos caóticos desde que me he mudado con ellos, prefiero no preguntar a qué se deben. Me figuro que les gusta el sexo rudo, se ven como un par de pervertidos. Me sonrío por el uso de esa palabra, los hago ver como dos enfermos cuando, tengo que confesar, un poco de envidia siento por ellos y sus liberaciones. Un rato pasa hasta que se muestran los dos relucientes en la sala. Mi hermano hasta tiempo tuvo de darse un baño. Adela se inclina sobre mí y me pregunta cómo estoy, le sonrío cansada, confirmando que me encuentro perfectamente y que pronto pasaré a la fase cama. Sí, acabaré durmiéndome temprano hoy. Santiago pregunta por mi situación y repito toda la historia que antes recité a su chica. Él amaga con acercarse a revisarme, no le permito, me salgo del sofá repentinamente y enfilo hacia mi cuarto. No quiero que finja que le importo en alguna medida, además no es conveniente que sepa que alguien más me curó la herida. No me siento con ánimos de aguantar preguntas incómodas. Se van y, una vez sola, me desnudo y visto mi cuerpo con un pijama de invierno que me queda un poco grande. Me zambullo dentro de la cama y, por un segundo, se me viene la idea de encender mi laptop para ver alguna película, sin embargo, me lo niego. Ya he mirado suficiente televisión, unas horas de sueño va a despejarme la mente y aclarar el dolor de cabeza. El chichón parece haber achicado un poco su tamaño y eso es bueno. Me acurruco allí, muy consciente de mi soledad, pensando en que ahora mismo, si estuviera en la ciudad, me encontraría, posiblemente, preparándome para algunas rondas de copas con ciertas compañeras de salidas casuales. O simplemente yendo de compras. ¿Por qué me engaño? Estaría metida en mi casa, leyendo algún libro o buscando alguna película para ver. Yo no soy tan sociable como aparento. Sólo, por un nanosegundo, pienso que estaría mejor allí. Sola, también, pero mejor. No habría ningún hermano gruñón rondando por ahí, deseando que me dé la vuelta y regrese por donde vine. No existiría ningún hombre musculoso y sombrío mirando cómo meneo el culo y curándome heridas por compromiso. Sólo sería yo, como lo he sido la mayor parte de mi vida adolescente y adulta.


Me entran unas fuertes ganas de llamar a mamá, pero ella estaría en su consultorio, hasta bien entrada la noche. Y luego su novio la pasaría a buscar para ir a cenar afuera, a algún restaurante súper caro y elegante. ¿Y mi hermano menor? Apuesto que está en su pequeña mansión, rodeado de amigos, jugando a la play, preparando algunos tragos y pidiendo pizza. Después, en la madrugada, saldría a la disco a emborracharse y pasarla bien. Porque está en la edad perfecta para hacerlo. La universidad no es un impedimento para él, tampoco sus responsabilidades en su empresa. Él es organizado y tiene tiempo para todo. Incluso para su única hermana. Si lo llamara, estoy segura de que me atendería y se quedaría hablando conmigo cuanto sea necesario. No. Me quedo con las ganas, no está en mi naturaleza molestar. O bueno, quizás un poco. Porque, definitivamente, es ese el papel que estoy cumpliendo ahora mismo. El de hermana molesta y colada. Así, hundida en la autocompasión que casi nunca dejo entrar, acabo durmiéndome. Y como me dejo ir de un mal modo, acabo despertando igual. O peor. Horas después, soy víctima de una nueva parálisis, y acabo abriendo los ojos, sin que mi cuerpo responda. Trago e intento nivelar mi respiración, enfocada en el techo. ¿Qué es lo que siempre dice mama que debo hacer? Ah, contar. O pensar en recuerdos o sueños felices. Nunca lo logro a la perfección, porque despertar y no poder mover el cuerpo es aterrador, no importa cuántas veces en la vida me pase. Nunca termino acostumbrándome. Una fuerte presión se asienta en mi pecho, y mi garganta se va cerrando, a cada segundo que sucede, un poco más. Los niveles de ansiedad suben y el techo ya no es un lugar seguro al cual mirar, sombras bailan en él, y voces comienzan a susurrar. Sé que todo está en mi cabeza, que el pánico que siento al no poder moverme o gritar hace que me imagine cosas. No obstante, todo esto es digno de una película de terror. Pestañeo, pestañeo y pestañeo. Ignoro los pesados latidos de mi corazón, parece que va a darme un infarto. Las sombras se inclinan sobre mí, algunas se pasean alrededor de la habitación siendo curiosas. La que se encuentra más cerca me toca, un segundo después es como si estuviera siendo arrastrada. Concéntrate. Hay alguna parte del cuerpo que puedo mover, tiene que haberla. Siento mi lengua pastosa y cierro los ojos mientras la muevo en mi boca al mismo tiempo que procuro calmar mi respiración. Ese es el secreto, aspiraciones alineadas y controladas, consciencia de la capacidad de algún movimiento. Los dedos de mis pies reviven poco a poco. Las sombras ya no se esfuerzan en arrastrarme fuera de la cama. La que estaba inclinada sobre mí se esfuma cuando abro de nuevo los ojos. Pronto, el techo se limpia y las voces se apagan, gradualmente. Mis manos se estimulan de a poco, y así las sensaciones van volviendo a mí. Y humedad llena mis ojos por el estrés. Unos minutos después al fin me encuentro capacitada para


sentarme y prosigo lentamente, llevándome una mano al pecho. Con la otra formo un puño en la sábana, y cierro los ojos mientras dejo entrar libremente el aire a mis pulmones agarrotados. Dios, lo he superado sin acabar hecha una loca al final. Voy mejorando. Hacía tiempo no pasaba por esta experiencia, pero supongo que los últimos acontecimientos de mi vida han enloquecido mi sistema. He dejado el yoga, algo que me ayudaba mucho. Y las meditaciones. Voy por la vida acelerada, dejo que el estrés tenga fácil acceso. La parálisis del sueño es una mierda, y puede dejarme noches enteras sin poder volverme a dormir. Trago saliva y salgo de la habitación para conseguir un vaso de agua. Estoy lúcida y no hay cansancio, no podré conciliar el sueño nuevamente por un rato. Decido colocarme unos vaqueros anchos y abrigarme, para ir al bar. Sentarme allí me detendrá de darle demasiadas vueltas al asunto. Esto es normal en mí, sucedió por primera vez cuando era una preadolescente, lo primero que hice cuando salí del estupor fue correr llorando y gritando hacia Santiago. Él me dejó entrar en su cama y me contuvo. Después de eso hablamos con mamá y nos explicó que no era nada que debería preocuparme, que para algunas personas es normal. En mí ya es una normalidad. Pero eso no quita que sea horrible, y necesito olvidarlo justo ahora. Salgo al exterior y le echo llave a la puerta, después camino con tranquilidad hacia el bar, un refresco me va a venir bien, y quizás algo de charla. No debí haberme quedado sola en casa, estaba inquieta y nunca es bueno para mí sentirme de esa forma.


CAPÍTULO 4 JORGE Cerca de las dos de la mañana estoy sentado en el sofá, sólo iluminado por las luces del complejo que entran a través de la ventana, aun con las persianas abiertas. Estoy inquieto como cada noche antes de meterme en la cama. No por nada dicen que los demonios salen con la oscuridad. Es una jodida verdad de mierda. Cada vez que baja el sol, se sube el telón y mis sombras se arman un festín conmigo. Me echo hacia atrás, frotándome los ojos y luego enfoco la vista al exterior, a las farolas que rodean el patio. En ese mismo instante la veo pasar. A Bianca. Y por primera vez desde que la conozco, lleva una leve arruga en su tierno entrecejo que demuestra cansancio, o posiblemente estrés. Sus pasos son tranquilos, con su atención puesta al frente y la mitad del rostro escondida en su enorme abrigo. Por un breve segundo rezo para que voltee y me deje ver el reflejo de aquellos preciosos ojos azules. Cierro los ojos una vez que desaparece y niego, maldiciéndome por dentro. Por el resto de la tarde estuve luchando contra los malditos impulsos de cruzar el patio para comprobarla. Además de que me sentí un poco culpable por despacharla así de mi casa, aun cuando cabía un riesgo de que se desmayara por el golpe. Fui un hijo de puta sin consideración. Sin embargo, me contuve, tanto en el deseo de ir a verla como de pedirle disculpas por tratarla tan secamente, porque es mejor no dejarla entrar. Si me ablando, si dejo de ser el señor amargado con ella, intentará acercarse. Lo he visto en su mirada, cada vez que la pone sobre mí, siente curiosidad y, si me descuido, entrará. No quiero tener nada que ver con nadie mientras estoy acá. Y menos con la chica que me provoca erecciones casi instantáneas. Para ser realista. Hoy, mientras estaba sobre ella, inmovilizándola para curarla, estuve al borde, a un centímetro de la línea de pérdida de control. Que se retorciera y gimiera cada vez que la tocaba no ayudó en absoluto, realmente quise con todas mis fuerzas doblegarla. Ponerla sólo a mi merced. Mi apetito tuvo un subidón de aquellos y creo que también por eso la desplacé bruscamente, si se quedaba un instante más allí, tendida sobre mi cama y con ese culo respingón hacia arriba, mis reservas de fuerza se acabarían. Y no existiría ningún Dios divino que la salvara.


Y justamente ahora, verla cruzar el complejo con una apariencia tan vulnerable, removió algo en mi pecho. Podría negarlo mil veces, pero sería una gran mentira, ella me atrae. Sin embargo, todo se quedará como algo platónico, cueste lo que me cueste. Me levanto y desvisto, al fin listo para tomar un poco de descanso, hacer que mi mente se aplaque. Acabo relajándome bajo las mantas con Tony acurrucado a mi costado, ya que ha adoptado la costumbre de hacerlo al sentir mi calor y peso hundirse a su lado. No demoro demasiado en dormirme, como suele suceder en otras ocasiones, y me alegra perderme tan rápido. La mañana no comienza muy temprano, Antonio despierta cerca de las nueve, una hora después que yo. Pide su desayuno y lo tiene un rato después en la mesa y se sienta a disfrutarlo. No soy yo el que hace las compras, generalmente hago una nota y se la doy a León aprovechando que algunos de los chicos viajan a la ciudad o el pueblo. A veces Lucrecia se acerca para cerciorarse de que estamos bien y alimento como se debe a mi hijo. Me muestro reservado con ella, pero en el fondo ha nacido un profundo aprecio en mi interior. Me quedo observando con atención al niño tomar su taza de leche y no puedo creer que esté tan grande y vivaz. Cuando lo dejé era un bebito de dos meses, fui teniendo destellos de él mientras crecía, pero ahora que está frente a mí, todo hecho un hombrecito que marcha todos los mediodías hacia el jardín de infantes, me llena de un orgullo y amor que jamás sentí antes por nadie. En mi antigua vida no tenía tiempo para ser el padre que él merecía—, de hecho, tampoco lo estoy siendo ahora—, porque era mejor que se mantuviera lejos de la gente que me rodeaba. Tanta mierda contagia. Todavía no sé cómo es que fui iluminado para al fin notar que todo lo que estaba a mí alrededor era basura de la peor. Que todo lo que me habían enseñado desde pequeño era terrible e inhumano, y necesitaba salir. Creo que fue Max, y luego Cecilia que terminó de arremeter, los que me abrieron los ojos. Ellos me demostraron que había algo mejor que andar por las calles engendrando violencia, maltratando mujeres y consumando negocios sucios. Max escapó y demostró ser mejor que todo eso, quedándose con esta gente. Y Cecilia llegó en un momento puntual, justo, porque la estaba necesitando con fiereza. A causa de ella supe lo que era el amor por primera vez en la vida. Conocí el sentimiento de preocuparse por alguien más. Y también sufrí en carne propia el verdadero miedo. Porque yo no había entendido nada de eso, hasta que tuve que luchar no sólo por mí, sino por ella y mi hijo. No quiero volver a pasar por eso nunca más. No deseo revivirlo de nuevo, no sobreviviría una segunda vez. Así que miro bien a mi hijo allí sentado y le prometo en silencio que su futuro no será menos que prometedor y brillante.


Un par de golpes resuenan desde la puerta y soy expulsado lejos de mis intensas manifestaciones interiores. Tony no me da tiempo ni a moverme, salta de la silla y corre a abrir, siempre hace eso por más que yo le grite que espere a que un mayor se encargue. Baja el picaporte y empuja la puerta hacia dentro, y allí está Lucre, con Abel tomado de su mano. Los niños no se dicen ni hola, enseguida se proponen corretear por ahí. Grito el nombre de mi hijo antes de que salga expulsado hacia el exterior y le ordeno abrigarse. Lo hace sin rechistar, consiguiendo su campera y permitiendo a Lucre cerrar al frente y cubrir sus orejas. Ninguno de los dos nos vuelve a mirar antes de perderse de vista. La chica rubia se cruza de brazos, sonriéndome y deambula por ahí echando un vistazo al lugar. Estoy un poco tenso por su presencia, pero la sobrellevo, ella siempre está apareciendo, como ya dije, visitándonos para corroborarnos. Se preocupa genuinamente y me siento agradecido por ello, aunque parezca todo lo contrario. No soy bueno demostrando mis sentimientos. — ¿Cómo estás?—me pregunta y se ocupa de levantar la taza olvidada por Tony, casi vacía. —Ni se te ocurra hacer eso—le gruño y voy a ella para sacársela de encima, nadie va a venir a limpiar nuestra mierda. Ella se ríe y deja que tironee la cosa de su mano, se encoge de hombros sin darle mucha importancia a mi brusquedad. Supongo que está acostumbrada a mí. O será que tiene práctica con los Medina. —Y estoy bien—respondo tardíamente, abriendo la canilla y enjuagado el pocillo—. Estamos bien. Lucrecia se pasea de acá para allá, oigo sus botas caminar tranquila y con confianza. —Me alegro—dice jovialmente—. Espero que los Leones te estén tratando bien, ¿ya se acostumbraron a tu presencia? Seguro que sí, Max ya no gruñe cada vez que te nombro—se ríe. Pongo los ojos en blanco como cada vez que habla de Max, creo que ella está más ansiosa de que él me perdone que yo. Y eso que quiero. Pero sospecho que jamás pasará, los Medina somos rencorosos, viene en nuestra sangre. ¿Por qué entonces mi padre se dedicó a tratar de cazarlo cuando desertó? Por rencor, porque no soportaba la idea de que su hijito preferido lo abandonara. Pobre infeliz de mierda. Debería haberlo asesinado yo, justo después de ganar las elecciones, pero Max me ganó de mano. Supongo que así debía pasar, el destino lo decide todo.


—Lo llevo bien—me encojo de hombros—. No voy mucho por allí y cuando lo hago, me toleran. —Deberías ir más seguido, es la única forma de que se acostumbren—se acerca, y me estudia, tratando de leerme—. Verás que vale la pena. No es que tuviese tiempo, no puedo dejar a Tony solo en las noches. No le digo eso, sólo concuerdo con una agitación de cabeza y le doy el cierre al asunto. Ella se da la vuelta y enfila hacia la puerta, creo que va a despedirse cuando se frena de golpe y saca otro tema, inesperado. — ¿Ese es mi cuadro?—pregunta, me mira directo y luego vuelve al lugar donde sobresale el borde del dibujo Me atieso entero, sintiendo un terrible sentimiento de oscuridad. Se suponía que no debía verlo. Nadie, en realidad. Lo coloqué entra la pared y el ropero al llegar, y deduzco que Antonio estuvo revolviendo por la zona, ya que no se encuentra como yo lo dejé. Esa cosa es muy personal, aunque haya sido ella la que lo creó. —Creí que te lo habías llevado sólo para despistar—dice, con sus ojos claros fijos en mí, ahora me está viendo de una manera diferente y me incomoda—. Que sólo entraste al local para chequearme… ya sabes—titubea. Sí, lo entiendo perfectamente. Piensa que entré en la tienda aquella tarde para espiarla y después dar el golpe. Se refiere a cuando la secuestré. Pero nada está más lejos de la verdad que eso. Ese día pasé por allí de pura casualidad y vi el cuadro, estuve frente a la vidriera por mucho tiempo hasta que tuve el impulso de comprarlo. —Lo llevé porque me gustó—explico, inquieto—. Lo que pasó después fue sólo un giro inesperado… Que Adela entrara en su tienda mientras la seguíamos fue una sorpresa. No iba a llevarme a Lucrecia, sólo quería a la chica que formaba parte de los Leones. Sin embargo, una vez que estuve allí adentro, tuve el monstruoso impulso de llevarme a la rubia. Sólo para montar una escena. El odio hacia Max habló fuerte y claro en mi cabeza y lo dejé ganar. Ahora, regresando al pasado, siento un intenso asco por mí, y por el motivo que me movió en aquella ocasión. — ¿Por qué te gustó tanto como para comprarlo?—pregunta, interesada en exceso—. ¿Qué fue lo que te atrajo? —El ángel es hermoso—respondo demasiado rápido como para que me crea.


Y no es una mentira, el dibujo es impresionante. Pero fue algo más lo que me impulsó a comprarlo. — ¿Qué más?—pincha, sabe que hay algo más—. A mucha gente le gusta el arte, pero a la hora de comprar tiene que ser especial. Tiene que llegar al espectador muy adentro. No lo has colgado… de hecho, me atrevo a confirmar que jamás estuvo en alguna pared. Entonces, preguntaré de nuevo, ¿por qué lo compraste? Aprieto los dientes, tensando la mandíbula con fuerza. No me llevo bien con el hecho de ser acorralado. No quito mis ojos de los de ella, de alguna manera quiero intimidarla para que salga corriendo, para que me deje en paz. Pero de algún modo, me encuentro a mí mismo respondiendo con sinceridad y no sé por qué. ¿Cómo lo hace? —Se parece a ella—escupo, casi ahogándome por no poder respirar. Me doy cuenta de que sus ojos están húmedos, y permanece allí de pie, abrazándose a sí misma como si tuviera frío. —A mi madre—murmura, temblorosa—. Pero no es ella… yo… lo hice pensando en mi tía. No es mi madre—insiste. Me encojo, aun así me recordó a la mujer atada a la cama aquel día, tantos años atrás. —Se parecen… Concuerda, metiendo aire por su nariz. —Bastante… Ninguno de los dos habla durante los siguientes cinco minutos. Estoy allí, esperando que gire y se marche. Aparenta encontrarse lejos de darme el gusto. Al volver a clavar mi mirada en ella me doy cuenta de que me está dedicando una expresión de profunda tristeza. La puta, Max va a matarme por hacer llorar a su mujer. —Lo compraste para castigarte—me acaba, soltando su conclusión. No me muevo ni respondo, sólo aguardo a que se vaya. Demasiadas cosas descubiertas sobre mí en lo que va del día. No puedo soportarlo. — ¿Sabes?… tenés mucho más en común con Max de lo que creí en un principio— agrega apagada y acongojada. Y al fin se da la media vuelta y retoma el camino hasta la salida, dejándome aquí, en medio de la habitación con la soledad que merezco.


BIANCA Hay una nueva forastera en el recinto. Se llama Ema y es la chica más dulce que visto en mi vida. Los chicos aparecieron anoche con ella en brazos. Se perdió en el bosque y tuvo suerte de que Adela, Alex y mi hermano estuvieran allí para ayudarle. Yendo al principio de todo, una vez que tuve un par de cervezas y alguna que otra charla unilateral con Santiago, el bar cerró más temprano de lo normal y estuve lista para volver a la cama. Sin embargo no pude pegar los ojos, di vueltas y vueltas bajo las mantas, cambié posiciones e incluso la almohada, y no hubo resultado. Estaba en medio de ello cuando recibí el texto de Adela, pidiéndome que fuera al estacionamiento con algunas mantas. Me levanté, vestí y abrigué hasta las orejas. Apilé todas las mantas que encontré por ahí, en ambas habitaciones y corrí hacia el frente del bar. Estaba nerviosa porque no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. Entonces una de las SUV irrumpió en el estacionamiento y se detuvo, allí mismo Adela se me acercó y se llevó las mantas. Unos minutos pasaron hasta que Alex dejó el asiento trasero con una chica pequeña e inconsciente en sus brazos. Quedé en shock por unos segundos antes de comenzar a preguntar como una posesa. La chica no demoró en despertar una vez que estuvimos en el altillo sobre el bar. Y vaya sorpresa nos dimos. Ema es ciega. Y me ha caído bien desde la primera palabra. No me hicieron falta tantos análisis para saber que seremos buenas amigas y que es una persona que vale la pena tener cerca. Incluso en tan poquitas horas tomamos una confianza increíble. Me quedé a descansar con ella un rato, pero no pudimos dormir demasiado. Ahora mismo acabo de intercambiar lugar con Alex, mientras regreso a casa para darme una ducha y descansar como Dios manda. Estoy pasando las rejas del complejo en el momento en que levanto la mirada en dirección al mono-ambiente de Jorge y Tony, y allí lo veo. De pie como la otra noche, fumando un cigarrillo y con el hombro apoyado en el vano. Una mano en el bolsillo de su vaquero y, por supuesto, la expresión ilegible en el rostro que sólo se lee como agria. Amargada. Lo que sea, este hombre no tiene cura para eso, ¿no? Él me ve, encajamos contemplaciones por un segundo, mientras camino recta. Entonces, antes de que me toque pasar frente a él, se da la vuelta y desaparece en el interior de su casa, cerrando la puerta silenciosamente. Bien. Parece que señor amargado me está evitando. Me esfuerzo para que su mierda no me afecte y lo logro, un poco. Paso de largo hacia nuestro departamento y me cuelo dentro, directo a mi habitación, me saco todas las capas de ropa y me dejo caer en la cama sin muchos miramientos. Allí mismo, hago un esfuerzo para


cubrirme y estoy dormida en tiempo récord, toda la agitación de anoche y el día anterior al fin dando sus resultados. Me despierto a las cuatro de la tarde y de un muy buen humor, por lo que llevo conmigo el celular al baño y me doy una buena ducha disfrutando de la música. Garbage es mi mejor compañía y, literalmente, me vuelvo un poco loca cantando “Stupid Girl” bajo los chorros de agua. Una vez lista, me esfuerzo un poquito más en arreglarme. Seco mi largo pelo castaño, me doy algunos toques estratégicos de maquillaje y retorno a mis faldas tableadas, tops y tacones. Esta vez estoy de azul eléctrico, y me guiño en el espejo, porque—oh, vamos, hay que reconocerlo—, ¡Estoy divina! Y casi voy flotando hasta la cocina, donde allí se encuentra mi hermano, con un vaso de agua fresca en su mano. Me echa una miradita corta y se desvía, entonces me quedo clavada allí, en la puerta. Esperando, no sé qué, pero, definitivamente esperando. Hasta que se me ocurre abrir la boca. —Anoche tuve un ataque—suelto de la nada misma y me sorprendo. Él levanta sus preciosos ojos medianoche y encierra los míos en su mirada muerta. Sé que hay algo allí, un poco más debajo de la superficie. A veces, cuando estoy positiva y me pongo a pensar, me convenzo de que aún me quiere. De que todavía nos quiere. Y ahora bullo de esperanza, me expongo de la manera en la que siempre he evitado. —Lo superé—agrego de inmediato—. Con los años lo hago mejor—sonrío—. Ya no necesito que me abraces o me dejes lugar en tu cama… —Bianca—intenta cortarme, no sé si es una advertencia, aunque suena como una. —Maduré, no soy más una niña llorona… ¿Qué carajo, Bianca? ¡Salí inmediatamente de acá! Deja de ponerte en evidencia. No me puedo mover, su dura mirada, fija en mí, me tiene congelada en mi lugar. Me abrazo a mí misma y desvío mi atención. Su quietud me vuelve loca en el interior, pero aun así no puedo salir corriendo lejos. —Ahora…—no tengo más que decir, no sé cómo seguir. Esto es como remar en dulce de leche. Él gira, me muestra su gran espalda y le coloca la tapa a la botella. Mis hombros caen de golpe, y mi corazón deja de latir tan fuerte para desinflarse. Incluso puedo escuchar el ruido en mi cabeza, como una piñata perdiendo aire. No, pinchándose, explotando en pedazos. Santiago abre la heladera para guardar la botella, lo abordo antes de que haga más. Empujo la puerta, cerrándola bruscamente y le quito la botella


de las manos, lanzándola al suelo. Suerte que es de plástico, pero me sentaría mejor haber escuchado el choque del vidrio, destrozándose. —Estoy intentando un acercamiento—lo empujo hacia atrás, él da un paso como si mi fuerza no fuera más que la fina brisa del viento—. ¿Cuál es tu maldito problema?—le gruño. Entrecierra los ojos pero no dice nada. Nunca dice absolutamente nada y me vuelve tan loca. Me lastima tanto su silencio. — ¿Qué te hice?—le pregunto, pálida y fría, a punto de derramar lágrimas—. ¿Qué te hicimos? ¿Cómo es que fue tan fácil dejarnos atrás? ¿Eh? ¿Qué te hizo él? ¿Papá te volvió así? ¿Es su culpa? Arremeto contra su pecho de nuevo, y aprieta la mandíbula. Y me desmorono. A la mierda mi buen humor. El suyo tan negro contagia el mío. Sin que lo vea venir él me arrincona contra la pared y se acerca, moviéndose como si le costara horrores hacerlo. Sin embargo, acaba encerrándome en sus brazos y apretándome contra él. Su calor calma el frío, y me ablando aunque las lágrimas no paran de salir. —No sé cómo ser él—susurra en mi oído. Sorbo. —No sabes cómo ser ¿quién?—pregunto con la frente apoya en su hombro. —Tu hermano—responde—. Ya no sé cómo ser tu hermano, Bianca. Lo siento. Entonces se va, me deja sola. Allí de pie, temblando en la cocina, con los ojos ciegos por el llanto. Entumecida salgo al exterior un momento después, y veo su espalda alejándose en dirección a la salida del complejo. Me limpio la cara y decido que no tengo ganas de ver a nadie ahora mismo. Y de alguna manera me encuentro caminando hacia los árboles, internándome en ellos. La tristeza se va despejando dando lugar a la furia, y comienzo a caminar más rápido. Ahora siento muchas ganas de romper algo.

JORGE Necesito esconderme, incluso de mí mismo. De vez en cuando tengo ciertos ataques que me ruegan por algo de soledad. Sólo me voy, aprovechando que mi hijo está en la casa de León, con su mejor amigo, Abel. Más que mejor amigo, parecen hermanos, todo el día pegados el uno al otro. Y sé que eso le hace bien, al fin


encontró a un chico de, más o menos, su edad para quemar energías. A los niños no les puede faltar eso. No quiero cruzarme con nadie, así que me pierdo en el bosque y consigo un buen árbol en el que bajar y apoyarme. Me siento y no le doy importancia a la suciedad que va a manchar mis vaqueros. Descubro un porro desde el bolsillo y lo enciendo, dando una larga pitada necesitada. Esta es otra cosa que no debo hacer delante de un niño de tres años, lo anoto en mi mente. Quizás éste se vuelva mi lugar especial para fumar porros. Me encojo, no está mal, el problema vendrá cuando comience a nevar. Me relajo contra el tronco mohoso y despido humo por la nariz y la boca, concentrándome en las formas grises esfumándose con la brisa fresca, alejándose de mi cara. Aquí me quedo por lo que parecen horas, el silencio y el contacto con la naturaleza me dan eso que mi sistema estaba pidiendo. Tendido, regreso sobre mis pensamientos y me doy cuenta de que estoy pensando a largo plazo, me veo todavía en este recinto para cuando llegue el invierno, y me froto los ojos sintiendo un fuerte nivel de estrés. No quiero joder más a estos tipos, demasiado amables han sido ya. Pero si todo avanza tan pobremente como viene haciendo, estaré acá atascado por unos cuantos meses. Me atrapa el impulso de volver a llamar a Esteban, como si eso apurara los trámites, pero recién ha pasado un día desde que hablamos y no es recomendable conectarnos tan seguido. Me pidió que lo llamara la semana que viene y eso haré, por más que me sienta a un paso de rasguñar las paredes del pequeño mono ambiente. Tengo que repetirme varias veces que este esfuerzo es necesario, que pronto podré tener las cabezas de todas esas viejas serpientes colgando de mis manos. Que si soy paciente e inteligente seré nombrado vencedor y todo lo que venga después serán nuevos y mejores aires para respirar y éxito. Cuando me quiera acordar estaré poniendo en marcha mi nuevo clan, sólo mío y mejor. Nada de drogas y juegos sádicos con pobres mujeres inocentes. No más asesinatos a sangre fría sin motivo alguno, y robos innecesarios. Mi clan no va a creerse el mejor y más invencible del mundo, trabajará duro y subsistirá de la mejor manera. Y sin competir con ningún otro, ni tampoco querer arrebatar terrenos que no nos corresponden. Pensándolo así, suena como un sueño, como una utopía. Pero sé que soy capaz y lo lograré. Mi semblante se ensombrece en el instante en que oigo pasos acercarse. Y por dentro maldigo a quien sea que tiene la divina oportunidad de destruir este precioso espacio personal que he conseguido para mi tranquilidad. Pensé que nadie venía para estos lados. La humedad y la oscuridad de los bosques no parecen tan atractivas para los demás tanto como a mí. El movimiento se aproxima más y ahora me alcanzan con sollozos secos incluidos. Me alarmo. Eso suena como una chica. No me muevo, simplemente permanezco donde estoy mientras intento leer hacia a donde irá.


Instantáneamente, Bianca aparece en mi campo de visión abrazándose a mí misma. Tiene el rostro empapado y una expresión de enojo. Pisa con violencia y murmura cosas inentendibles. Suenan como: —“¿Por qué tuve que venir?... Que nunca haya regresado a casa tendría que haber sido una señal clara para dejarlo en paz… Bianca Godoy siempre hace todo al revés… La tonta Bianca tiene que ser la maldita perseguidora… Debería irme a la mierda de acá… No, no puedo… ésta es mi misión” Gruñe adorablemente y se limpia las mejillas con las manos. No puedo creer que aún no me haya notado, está tan perdida en su frustración que va ciega por ahí, sólo mirando al frente, aunque es notable que no se percata de nada. Justo en medio de un trance. De pronto, parece descubrir el árbol frente a ella y arremete contra él, lo patea y hago una mueca, porque sus altísimos zapatos no demuestran haber sido hechos para eso. No le importa, por lo que se ve, sigue haciéndolo aun a riesgo de partirse un dedo en dos. Me divierte verla así, toda enloquecida y berrinchuda. Sin embargo, otra parte de mí se enternece. De un segundo a otro me encuentro queriendo consolarla, ¿qué-carajo-me-pasa? —No voy a rendirme—le dice al árbol, perdida—. No importa lo que pase, no pienso rendirme… Me enciendo el último porro que me queda a la par que soy testigo de cómo entierra un tacón en la blanda y desnivelada gramilla y pierde el equilibro. Su culo enfundado en una increíble falda azul acaba sepultado en el barro y un hipido se filtra por entre sus labios llenos y fruncidos por la rabieta. Suelto humo tranquilamente intentando no reírme de ella, endurezco mi semblante y ahí es cuando gira un poco el rostro y me ve directamente. Su primera reacción es tensarse al tiempo que sus mejillas se ruborizan con un vivo color rojo brillante, bajo la humedad de las lágrimas. Por un interminable momento nuestros ojos no se mueven, los suyos azules como el océano y redondos por la sorpresa, estáticos en los míos, tal vez demasiado serios para su evaluación. Traga y cae sobre el porro humeando entre mis dedos, un pestañeo, luego dos y parece que algo hace click en su cabeza nerviosa. Se coloca sobre sus rodillas y gatea los pocos metros que hay entre los dos, estoy estupefacto viéndola ensuciar sus medias y palmas. Acaba justo frente a mí, tan cerca que su respiración agitada llega a mi cara y su perfume dulzón me envuelve. Sin decir ni una sola palabra toma el porro de mis manos, y con la suya temblorosa lo dirige a sus labios. La observo esforzándome por cerrar la boca, apretando mi mandíbula. No vaya a notar que me está volviendo un poco loco verla a punto de fumar un porro con esos labios carnosos que hablan sobre un montón de pecados. Pecados que quiero hacer con ella. Sólo con esta maldita chica loca y dulce. Niego mentalmente ante eso. Autocontrol. Si no recurro a él acabaré


arremetiendo contra ella para entrar, y no quiero. No necesito dejarme llevar por instintos tan primitivos, mejor contener a mi pene en su lugar. Me trago un gruñido cuando se apoya en mi muslo para no caer, y le da una pitada… Y ninguna más. El humo ni siquiera ha llegado a su garganta cuando empieza a toser y lo expulsa, torciendo su rostro en una mueca. Se ahoga de la manera más tonta, casi expulsando su tráquea sobre mí. Me esfuerzo para no soltar ninguna carcajada y en el proceso, estoy seguro de que me veo como un inmenso ogro malhumorado. El porro se le cae de las manos, abandonado en la hierba. No importa, de todos modos no le quedaba tanto. Supongo. Y como ella sigue crispándose y yo necesito decir algo, suelto lo primero que se me viene a la mente. —Vas a tener que pagármelo—escupo, sólo para seguir con la tradición malhumorada y amargada—era el último que me quedaba. Se recompone, otra vez tiñéndose de rojo. Me chupo el labio inferior pensando en los de ella. Y Bianca lo nota, sus ojos se quedan demasiado tiempo mirándome la boca, y alzo una ceja con anticipación. No estará pensando lo mismo que yo, ¿o sí? De ninguna manera. —Está bien—dice, regresando a mi mirada. Inmediatamente se estira y apoya brevemente sus labios en los míos. Es sólo un roce inocente, insignificante. Y no se necesita más, me deja fuera de combate por un instante, el cual aprovecha para levantarse del suelo y salir corriendo como si la persiguiera de cerca el diablo. Estoy a punto de decidir hacer eso mismo. Ponerme de pie y alcanzarla, ¿para qué? No sé. No lo permito, me freno y dejo ir la tensión en mi espalda. Le doy un pisotón al porro para apagarlo y hago sonar los huesos de mi cuello. Realmente no entiendo lo que acaba de pasar y qué carajo cruzó por la cabeza de Bianca para actuar así. Supongo que es verdaderamente rara, y está como una cabra. Bajo la vista hasta donde estuvo arrodillada hasta recién, imaginándola todavía allí. Y mi atención recae en la fina cadena de dijes brillantes justo entre mis botas. Una pulsera, y se ha cortado, seguro con algún brusco movimiento alocado de esos que hizo ahí, maltratando el árbol. La enrosco en mi dedo y me quedo viéndola con atención. Casi no me doy cuenta de que una media sonrisa me dobla los labios, pero lo hago. Y no puedo estar más desconcertado por ello.


CAPÍTULO 5 BIANCA ¡Putísima mierda! ¿Qué acabo de hacer? Entro en mi cuarto de un portazo y doy vueltas y vueltas, tratando de entender mi cabeza y el por qué soy tan estúpida. Otra vez haciendo el ridículo justo en su cara. No paro de hacerlo. Miro el techo y le ruego a Dios que esta porquería se termine de una vez. Quiero dejar de pensar en él, que no me importe lo que hay en esa cabeza amargada. No deseo encontrármelo más en mis peores momentos de locura desatada. Y, ciertamente, no necesito sentirme atraída sexualmente por él. ¡Justo por él! Ay, Bianca, que masoquista sos. Hay decenas de tipos buenos en este lugar, podría ir por todos, o elegir alguno y tontear. Gusto parece estar siempre allí, al acecho. Es divertido, tiene una hermosa sonrisa fácil, y no le cuesta nada hacer reír a los demás. Él sería perfecto para sentir atracción, pero no, soy una complicada. Toda la vida lo he sido, ¿por qué ahora sería diferente? Tiene que gustarme el intocable Jorge Medina, con su cara de pocos amigos y su mirada intensa y enredada a millones de cosas detrás. Lo cierto es que me muero por saber todo lo que hay allí, bajo la superficie. Ansío que se ablande conmigo, porque sé que él no es así. Las chicas me contaron que era un culo arrogante y desafiante. Quiero que sea arrogante conmigo. Es mejor que amargado. Me bajo las medias rasgadas y estudio las rodillas con una mueca torcida, están sucias. Como mis manos y culo. Voy a tener que darme otro baño. Suspiro y me desvisto entera, ato el pelo en un moño a lo alto para no mojarlo, me rodeo con la toalla y entro en el cuarto de baño. Esta vez la ducha es corta, y al rato estoy vistiéndome. Dejo a un lado el conjunto azul, con algo de lástima porque me encanta, pero ahora la falda está marrón por detrás. Elijo un vestido rosa claro, no muestra estómago, tiene una abertura que deja la espalda descubierta. Soy una provocadora, ¿verdad? Adela tenía razón cuando dijo que me vestía como una puta. Una puta seré, porque no tengo otra ropa además de ésta, es mi estilo, no voy a cambiarlo. Retoco el maquillaje, consigo unos nuevos tacos y me voy. Ema me espera, y estoy resuelta a ser su amiga, porque es abierta y en las pocas horas que la he conocido supe que va dispuesta a dejar entrar a las personas. Llego al bar al mismo tiempo que Alex y después de saludarnos subimos juntos al altillo. Allí están Adela y Ema, completamente preparadas para bajar. El entusiasmo de la


recién llegada se me contagia y me olvido de todo, convencida de disfrutar. No me pierdo la forma en la que Alex trata a Ema, es tan considerado, suave y la mira como un cachorrito enamorado. Al contrario de sentirme mal por eso, me parece grandioso, porque veo que ha conseguido al fin una chica de su talla. Ema es preciosa, dulce y a la legua se ve que funcionan como imanes. No van a tardar demasiado con acercarse, lo intuyo. Suspiro, soñadora. Ufff, ya quisiera yo que me miren así. Como si fuera apreciada, significara mucho y no tuviese valor calculable. Ellos dos crean una burbuja, en la que sólo están conscientes el uno del otro, y no me siento alejada porque me dejen afuera. Recibo mi primera cerveza y casi la engullo con un par de tragos largos. Esta noche es perfecta para emborracharse. Preciso la bruma, la anestesia en mi cerebro. La despreocupación. Liberación. A la mierda todo. He puesto el mundo entero antes que mi persona en la lista. Estoy empezando a darme cuenta de que toda esa gente de la cual me preocupo hasta la muerte no merece tanta consideración. Nadie se preocupa así por mí, es hora de que lo haga yo. Porque hay algo que es claro como el agua: al final del día, siempre seré yo. No importa cuánto haga por los demás, siempre permaneceré en soledad al final de todo. Me trago las lágrimas y pido otro trago, más fuerte. Lo cierto es que lo que pasó ahí afuera con Jorge me había consolado. Sí, raro. Por un momento me olvidé de toda la mierda que estoy pasando con la nueva personalidad oscura de mi hermano mayor. Salir ahí, hacer todo ese espectáculo frente a él, se llevó lejos la desazón e impotencia. El enojo se esfumó. Y sólo quedó la vergüenza, el bochorno infinito que parece estar reservado para mis momentos con él. De modo que, hay algo muy claro ahí, prefiero mil veces sentir eso antes que la inmensa tristeza que amenazó con hundirme después de que Santiago confirmó que ya no sabía cómo ser mi hermano. Exacto, mejor hacer el ridículo que deprimirme. Siempre. Me quedo cerca de Ema, charlando y me entusiasma que esté atenta y no me deje fuera. Como dije, vamos a ser muy buenas amigas. Pero tendré que alejarme un poco cuando me ponga borracha, no quiero dar una mala impresión. Me río sola de mí misma. La puerta se abre justo en el momento en que me llevo la copa a la boca y casi me atraganto cuando veo a Jorge entrar. Wow, paren todo, pedazo de hombre viajando por la pasarela. Las bragas de cada tipa en este lugar se mojan de repente. Es taaaan intenso. ¿O sólo las mías? Bah. Manos en el bolsillo, pasos pausados y largos, hombros anchos balanceándose, lo tiene todo bien puesto. Si no fuera por el… ah, espera, ¡no hay ceño arrugado! Genial. ¿Está de buen humor? ¿O sólo es una fachada? ¡Señor amargado tiene un semblante accesible esta noche! No lo mires a ver si lo regresas a su estado anterior. Me río me mí misma de nuevo y de los bucles que se arman en mi mente. No es noticia que él me tiene mal. Ahora, me pregunto, ¿por qué de un momento para otro pasó a gustarme


tanto? Porque te gusta que te maltraten, Bianca. Por eso. Ah, cierto, la masoquista que hay en mí. Eternamente en control. Pero no tengo que sentirme culpable, Jorge es la clase de hombre que les causa insomnio a las mujeres. Es inevitable. Todo malote, grandote y malhumorado. A las mujeres nos gustan los tipos malos, y él es eso. Sólo quisiera conocerlo sin que vaya tan gruñón. Algo de especial tiene que tener ahí adentro. Se acerca, camina sin mirar a nadie directamente, posa sus codos al otro lado de Ema y pide a Adela lo más fuerte que tenga. Ajá, ¿intenciones de borrachera? Si es así, somos dos. Prácticamente estoy saltando en mi lugar, así que procuro tranquilizarme. En el proceso pido un tequila. Adela me mira con advertencia y le guiño. Soy una adulta, tengo derecho a llenarme la barriga de alcohol. Y todo lo que pase esta noche será culpa de tu novio, quiero lanzarle pero me freno. Ella no tiene nada que ver con nuestro drama. La voz de Jorge ha llamado la atención de Ema que parece muy interesada en él. Entonces me inclino y le explico quién es. —Ese que estas escuchando es Jorge—largo—. No es de los Leones, viene del clan enemigo, las Serpientes, y por años y años ellos han estado en guerra. Pero ahora el otro clan se disolvió y Jorge ayudó a los Leones cuando los otros atacaron… Creo que busca redención por todas las cosas malas que hizo… es lo poco que te puedo ofrecer porque él llegó antes que yo a este lugar, y mucho no sé sobre el asunto. Es verdad, no sé nada del asunto en realidad. —Está roto—susurra, la mitad de su rostro girado hacia él—. Su voz da escalofríos. Decímelo a mí. En la primera ocasión que lo oí hablar no fue muy satisfactorio que digamos. Acababa de darme el marote contra el filo de la persiana, estaba mareada y él impaciente. Y todo gruñón encima de mí. Me ayudó, aunque me dio la sensación de que era lo último que quería hacer. ——Todo él da escalofríos—agrego con un suspiro acompañando, casi dejo escapar un hipido también. Un pestañeo después me congelo—. Nos está mirando—mi voz se oye nerviosa y barro la mirada lejos de él. Me entretengo un momento observando los alrededores a todos los que han venido. Mi atención recae en la zona donde una carcajada divertida y relajada resuena y me fijo en Gusto. Ojalá me atrajera él, con alguien así la pasaría en grande, estoy segura. No hay manera, el cuerpo quiere lo que quiere. Jorge gana en el departamento de las pieles de gallina. Y los ovarios alterados.


Me doy la vuelta nuevamente para notar que el objeto de mis pensamientos le está hablando a Ema. Raro, y completamente verdadero. Está tratándola con una amabilidad que me descoloca. Ella le tiende una mano con simpatía y él la toma, tan dulcemente que siento que voy a derretirme. Pestañeo para corroborar que no estoy soñando. Evidentemente no. Alex se arrima, un poco alerta, y no hay motivo, Ema ha ablandado el rocoso corazón del señor amargado. Es tan espectacular de ver. Él saluda a Alex con una cabezadita y también estrecha su mano. No pasa un minuto más y sus ojos dorados como el whiskey que ha dejado sobre la barra se encajan en los míos. Ni siquiera puedo pestañar. Da un paso más dentro de la ronda, mete una mano en su bolsillo y saca una cadenita con dijes incorporados. Oh-oh. La había perdido y ni cuenta me di. Me la tiende. —Se te perdió esto, más temprano, en el bosque—explica. Me ruborizo. ¿En serio tiene que ser tan específico? ¿Qué van a pensar los demás que estuvimos haciendo los dos en el bosque? Cualquier cosa menos la escenita que actué para él, seguro. Estiro la mano y la tomo. —Mi pulsera…—murmuro, inquieta, la engancho en mis dedos y trato de ignorar lo que el roce de su mano le acaba de hacer al resto de mi cuerpo—. Um… gracias—le sonrío, entre genuina y afectada. Él levanta una comisura en una extraña pero impresionante sonrisa de lado que le hace cosquillas a mi estómago, inclina un poco la cabeza en retirada y se marcha. Toma su vaso y se sienta en la misma mesa que Gusto, porque parece el único que lo acepta. Los demás sólo lo toleran con un poco de desconfianza. Me fijo en la pulsera y noto que está intacta, es ajustada y para perderla debió haberse cortado. Eso indica que él la arregló. Es un gesto simple, incluso estúpido, pero hace que el corazón se me suba a la garganta. Hasta que encuentro enganchado un dije nuevo y me suspendo, reteniendo el aliento. Una pequeña gota azul, de piedra y plata. Se ve como lapislázuli. Y, de hecho, es la única joya que tiene color, lo demás es todo bañado en plata. Trago el nudo enroscado detrás de mi lengua. Y llevo mis ojos de nuevo hacia él, lo veo relajarse, bajar la guarda unos niveles. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué acaba de agregarle la gota a mi pulsera? No importa cuántas veces me repita que es un gesto tonto. Claro que no, no lo es. Una cosa es arreglarla, y otra muy distinta es regalarme un dije. Porque si lo colocó aquí fue para dármelo, ¿o no? Quería que yo lo tuviera. Regreso al presente y pido otro trago, no entiendo a ese tipo. Y tratar de hacerlo me marea, así que hago lo que está a mi alcance. Trago otro tequila. El tiempo pasa y estoy allí, charlando y bromeando, pasándola bien, pero con la pulsera pinchando en mi mano y escarbando mi cabeza. Trato fuertemente en ignorarlo y es un fracaso total.


Adela se mueve hacia el equipo de sonido y sube el volumen, poniendo a rodar “Closer” de los Nine Inch Nails. El ambiente explota un poco y se vuelve algo sensual. Tengo que admitir que esa canción realmente come las neuronas de cualquiera, ¿quién no saca su instinto animal con ella? Ema se ve cansada y Alex se ofrece a llevarla arriba, un minuto después están subiendo las escaleras. Estoy a punto de seguirlos para corroborar a la chica, y no logro ni siquiera adelantar un paso, me quedo allí, estancada en mi lugar. Entumecida a causa de un par de ojos de oro fundido que de la nada misma me recorren de arriba abajo. Llegan a mi cara y me caliento, ruborizándome. Es demasiado para tomar ahora mismo, y estoy alcoholizada. Hay que tener en cuenta eso. Le doy la espalda y decido que esperaré un poco antes de pedir otro tequila, he estado ingiriendo bastante en tan poco tiempo. Mi vejiga pide un viaje al baño y le hago caso, mejor dar un paseo. Calmar las aguas, y mi sangre diluida en alcohol. Estoy a medio camino cuando noto que la pulsera aún está en mi puño y tendré que ponérmela si no quiero volver a extraviarla. Es mi preferida, sería una lástima. Me freno y apoyo contra la pared, justo en el pasillo que va hacia los baños, comienzo a luchar con el enganche. Y que esté un poco oscuro no ayuda en nada. Suspiro exasperada e intento regresar y pedirle a Adela que me eche una mano. No llego muy lejos, choco con un ancho pecho enfundado en una ajustada camiseta negra de mangas largas, y soy arrinconada contra la pared de nuevo. Me muerdo el labio con fuerza, evitando subir mis ojos a los suyos, está tan cerca que me quita el aire. Lo respira todo él. Observo cómo obtiene mi mano en la suya y quita la pulsera de mis dedos temblorosos. Y rodea con ella mi muñeca, engullo una bocanada de oxígeno porque sus dedos en mí se sienten muy bien, y suaves. Cordiales. Mi percepción se cruza un poco, y caigo en la cuenta de que mis ojos están nublados. Y no por el alcohol. Ni nada de llanto. Es una bruma extraña y no se marcha aunque pestañee. La prenda está puesta en su lugar de inmediato y él sostiene mi mano en la suya un instante más, su pulgar acariciando brevemente mi pulso. Está hecho, es hora del paso atrás, señor amargado. No se lo permito. Antes de que aleje su mano, la apreso, sujetándola suavemente en las mías. Y allí mismo obtengo la valentía de alzar el rostro y posar mi mirada en la suya. — ¿Por qué?—le pregunto, agitada. —Por qué, ¿qué? — ¿Por qué agregaste el dije?—respondo de inmediato. Tarda muchísimo en darme lo que quiero: una respuesta simple que me haga entender sus intenciones. De repente, de la nada, tiene un gesto así y necesito muchísimo que me explique. Se inclina hasta detenerse en mi oído.


—Combina con tus ojos—dice. Acto seguido, estoy viendo su espalda salir por el pasillo, volviendo al bar.

JORGE «Mi celular sonó en el momento justo, estábamos en una parada para llenar los tanques, de regreso a casa. Cansado y contracturado, lo único que deseaba era que el viaje llegara a su fin y disfrutar de un largo baño caliente. Luego iría a la cama y me desmayaría sin esperar más. — ¿Sí?—atiendo, sabiendo que era importante. —Hey, Medina—respondió la voz desde el otro lado, oyéndose tensa y algo malhumorada. — ¿Qué pasa, viejo?—traté de ser simpático, era uno de nuestros negocios fijos de siempre. De los pocos que valían la pena en mi clan. Había logrado cortar con unos cuantos que siempre atraían problemas. Sin embargo, siempre quedaba algo suciedad en los rincones, demasiado pesada como para eliminarla así como así. — ¿Cuál es el problema, Medina?—quiso saber, impaciente—. Hemos sido contactos por casi cinco años, ¿por qué ahora se te ocurre salir? — ¿QUÉ?—grité, tensándome—. ¿De qué carajo me estás hablando? Se oyó un suspiro enojado desde el otro lado y mis nervios se crisparon. Comencé a estresarme aún sin saber lo que estaba pasando. Aunque estaba teniendo una leve sospecha. Esos malditos viejos. —Acabo de recibir a uno de tus enviados habituales con un mensaje directo que explica que ustedes se salen del acuerdo—gruñó el tipo, perdiendo los estribos—. ¿Qué mierda está pasando? No podés salirte ahora, estamos a dos días de una puta entrega, Medina. ¡Si hay mierda pasando en tu hermandad, es tu problema! ¡No jodas conmigo, viejo! Apreté la mandíbula, mis ojos casi saliéndose de sus órbitas de tanta ira creciendo en mi interior. —Yo no me estoy saliendo de nada—le aseguré, tratando de mantener mi tono bajo—. Recién me entero de esto, alguien debe estar maniobrando a mis espaldas, no estoy en la casa ahora, voy en viaje… Quédate tranquilo, no nos estamos saliendo, ¿bien? Cualquier cosa, yo


respondo ante lo que suceda… Ahora, llamaré para ver qué mierda está pasando en mi ausencia, si me lo permites…—pedí, tragando la fuerza de la furia. El tipo gruñó positivamente e interrumpió la llamada. Estuve a punto de estrellar el aparato contra el sucio asfalto cuando me di cuenta de que lo necesitaba para comunicarme. ¡Esos miserables de mierda iban a pagar! Se estaban metiendo con lo único serio que nos quedaba. Lacras, debería haberlos exterminado a todos cuando asumí la presidencia. Nunca me hizo falta su porquería para gobernar, todo estaría mejor sin ellos ensuciándolo todo. No alcancé a marcar ningún número, porque enseguida comenzó a sonar con insistencia de nuevo. Y era a quien yo estaba a punto de localizar. —Esteban—lo recibí—. ¡Decime ahora qué puta mierda está pasando! López acaba de llamarme, dice que le enviamos un mensaje… ¡YO NO ENVIÉ UN PUTO MENSAJE A NADIE! Me paseé de acá para allá, perdiendo los estribos. —Te están derrocando justo ahora Jorge—su voz se oía tensa y baja, como si estuviera escondiéndose—. Miserables y enfermos cobardes, ¡esperaron a que te fueras!… Están quemando todos los trámites de nuestros mejores negocios, han entrado a tu habitación y destrozado todo. Jorge—dijo mi nombre temblando—… un… un grupo de viejos salió, se robaron algunas motos… ellos… ellos… Detuve el aliento. —ELLOS ¿QUE?—escupí, mi corazón acelerándose. Su respiración vaciló, y me asustó como nada en el mundo. Esteban NUNCA vacilaba, nunca dudaba. Nunca en su jodida vida había temblado un carajo. —Fueron por Antonio, Jorge—solloza, nervioso—. Fueron a buscar a tu hijo. Mi ritmo cardíaco amenazó con detenerse, dejé de escuchar la mierda que mi amigo decía y corrí hacia mi moto. Por suerte ya tenía la carga hecha y no demoré en salir rajando… aterrado de llegar demasiado tarde… No quería entender que estaba a más de dos horas de arribar la ciudad. Y que, en realidad, ya era demasiado tarde.»

— ¡TONY!—salto en la cama gritando como un loco y temblando. Mi hijo se remueve en su lado y abre los ojos grandes y adormilados, poniéndolos en mí. Hace una especie de puchero con su mirada dorada aguándose. Acabo de asustarlo. Cierro los


ojos y froto mis párpados y vuelvo a mirarlo, sólo por si estoy soñando o algo. La pesadilla se ha ido, pero me cuesta volver a ser yo. El niño llora en silencio, inquietándose y lo atraigo a mí. Soy brusco mientras lo aprieto contra mi pecho jodido y agitado. No puedo ver nada, mi vista está nublada. —Lo siento—le digo contra el pelo—. Lo siento, bebé. Lo repito incontables veces sin poder salir del trance. Y, como no pasaba desde hace tiempo, lloro. Lloro sin poderme contener un segundo para respirar. Y eso hace que Tony se ponga más nervioso y se agite en mis brazos. — ¿Estás conmigo?—le pregunto, tonta y desesperadamente—. ¿Estás conmigo, hijo? Lloriquea y aflojo el agarre, acariciándole la cabeza. Una vez que lo hago se queda laxo sobre mí, con su pequeña mejilla recostada en mi pecho y su respiración sosegándose. Es tan pequeño. Pequeño e indefenso y no puedo aguantar pensar en lo que habría pasado. Le limpio las lágrimas con el pulgar mientras cierra los ojos para volver a dormirse. Sin embargo, no puedo limpiar las mías, siguen saliendo, insistentes. —Lo siento—susurro, tapándome los ojos con el antebrazo libre—. Siento no haber estado ahí. Siento no haberlos protegido mejor. Está dormido, no me escucha y es mejor así. —Siento dejar que se llevaran a mamá—su cabello fino se escurre entre mis dedos. Y por sobre todas las cosas… siento que tengas este padre y esta porquería de apellido. Lo siento.

BIANCA A la mañana siguiente soy bombardeada por las preguntas de Adela. Ni tiempo a despertar del todo me da, mi cabeza late tanto que se sienten como constantes tambores golpeando en mis sienes. Apenas abro los ojos la tengo sobre mí, y quiere saber todo sobre Jorge. Parece que cierta chica pelirroja nueva en el recinto metió la pata. Pero está bien, necesito desahogarme y decido contarles la escenita en el bosque. Nada más. Hay cosas que simplemente una debe guardarse y el asunto de la pulsera permanece en silencio, justamente atado a mi muñeca. Lo cierto es que cada vez que pienso en él y yo en ese pasillo, en medio de la oscuridad, tan cerca, me echo a temblar y mi corazón da vuelcos sobre sí mismo. La manera en la que me sentí mientras me colocaba la pulsera. Me volvió loca. Y no me refiero a mi cabeza.


Formó un caos en mi pecho y en mí estómago sentí las famosas mariposas de las que todo el mundo habla. Nunca antes me había tocado sentirme así. Y es malo. Muy malo. No necesito estar más atraída hacia él. Sólo me dio un dije, lo demás ha sido… nada. Él no me quiere de la misma forma que yo. No le gusto. Si fuera así no sería tan agrio conmigo, ¿verdad? Para el momento en que corro a la ducha dejando a las chicas regodeándose con los jugosos detalles de mi ridiculez. Me encierro a conciencia y estudio la pulsera. La única joya que llevo a diario. El dije azul brilla ante la luz y tiene un peso enorme colgando allí. Todavía necesito analizarlo con detenimiento, entender a este hombre. Siento que voy a explotar si no lo hago rápido. El problema es que es prácticamente imposible acercarse, es hermético y no está abierto a hablar de nada con nadie. Y mucho menos con esta ridícula y loca chica. La misma que le dio un piquito en los labios y salió corriendo como una adolescente inexperta. Debería haberle dado un beso más intenso. Bufo y me desvisto para entrar bajo el agua caliente y me tomo unos buenos minutos en volver a ser yo. Quizás el agua limpie mi obsesión por Jorge Medina y su mente enredada y compleja. Se ha vuelto una especie de necesidad saber sus secretos más profundos. Lo que hay en su cabeza, pero también tras los confines de los muros de roca que rodean su corazón. Por dios, estoy loca por él. No hay retorno. Y necesito sacarlo fuera antes de que me contamine. No puedo forjar una fijación enfermiza por alguien como él. Necesito hablar de esto con alguien. Sin embargo, no puede ser Adela. Ni Ema. Una va a darme una patada en el culo, y la otra apenas me conoce. Las quiero, en tan poco tiempo he llegado a enamorarme de esas dos. Sí, así de rápido. Las aprecio mucho. Lamento que en este asunto no pueda dejarlas entrar. Tal vez más adelante. Una vez que me visto, le pregunto a Ema si no le importa quedarse un ratito sola. Ella sonríe y se deja caer en la cama, alegando que se quedará descansando un poco más. Salgo corriendo en dirección a las cabañas. A la única persona que me entendería, creo. — ¡Hola, Bianca!—chilla Lucre al abrirme la puerta con bienvenida, tiene uno de sus bebés en brazos. Max está en la cocina paseándose con el otro. Trago. No puedo hacer esto delante de él, y tampoco quiero echarlo de su propio lugar. Esto fue un error. Lucre me lee un momento, mientras observo fijamente a su prometido, después se da la vuelta y va hacia él. Lo besa profundamente en los labios y me estremezco. Son más que hermosos juntos. Max toma el otro bebé con su poderoso y tatuado brazo libre e, inesperadamente, nos deja solas. Se marcha en dirección a las habitaciones y de pasada me dedica un guiño. Le sonrío.


— ¿Pasa algo malo, Bianca?—pregunta ella sentándose en el sofá de la sala, da palmaditas a su lado para que la acompañe. Con una respiración exaltada me acomodo a su lado. —Estoy obsesionada—la miro fijamente con los ojos desorbitados, aparentando ser la loca que en realidad soy—. Con Jorge. Sin siquiera darme cuenta tengo apretada la gota de lapislázuli entre mi dedo pulgar y el índice. Nerviosa. Ella se ríe y me da palmaditas en la rodilla, tratando de tranquilizarme. —No puedo dejar de pensar en él, y de hacer el ridículo cada vez que aparece—explico, a un paso de tartamudear, afectada—. Ni siquiera es amable conmigo, todo lo contrario, ¡es horrible! Salvo ayer, me recuperó esta pulsera que había perdido, la arregló y además le agregó un dije. ¿Por qué haría eso, Lucre? Por qué jugar así con mi cabeza, soy una chica débil. No puedo aguantarlo, y menos dejarlo pasar. Creo que estoy enferma. De un día para el otro comenzó a gustarme y ¿fue porque no me devolvió un saludo, la otra noche, que pasé frente a él? Seguro tengo algún síndrome de esos a los que le dan a la gente, como que me gusta que me traten mal y… Lucre me da otros golpecitos en la rodilla y, de regreso a la realidad, me topo con que sus ojos están muy redondos, estudiándome con interés y algo de sorpresa en ellos. —Bianca, cálmate—me aconseja, poniendo una voz dulce—. Baja un cambio, nena. No hay nada malo en vos, ¿está bien? Tomo una bocanada de aire y bajo. No entiendo por qué esta estupidez es motivo para que me ponga histérica. Mamá tenía razón al analizarme todo el tiempo, hay algo que funciona mal en mí. —Sólo te gusta alguien mucho, es normal—sonríe. Niego. —No es normal que me golpee tanto—digo, posando la atención en la gota, haciéndola rodar en mis dedos. Ella se queda en silencio un tiempo largo, su mano pasea en mi espalda arriba y abajo. Y tomando lentos respiros para calmarme, vuelvo a su rostro. —Tuve un novio—le suelto, sin más—. A los diecinueve. Y era precioso, y amable con todos. Pero conmigo era distinto, siempre tenía que estar por encima de mí y nunca fue amable o me demostró cariño. ¿Por qué me metí en esa relación? Estaba perdida por él, me gustaba


incluso en los peores momentos—sorbo—. No tengo amor propio, si fuera de otra manera no habría dejado que nadie me ninguneara… Dejo de mirarla antes de que en su rostro aparezca la expresión de la lástima. Se estira y toma mi mano en la suya y la aprieta. Nunca se lo conté a nadie, mi familia estaba muy ocupada consigo misma. Nadie tenía tiempo para mí y mi estupidez. Y ahora está pasando de nuevo, me siento atraída por un hombre que me mira como si me odiara. —Nena, ¿él te golpeaba?—murmura ella, cautelosa. Me río y niego. Él sólo se aprovechaba de mi debilidad, de mi mente confusa. Jugaba juegos mentales conmigo y me mareaba. Le encantaba hacer eso. Y sus palabras y acciones que me desacreditaban tenían el mismo efecto de una puñalada. —No duramos mucho… En realidad. — ¿Cómo saliste? ¿Alguien te ayudó? —No—sonrío, sorbiendo—. Un día amanecí cansada y él apareció, lo primero que hizo fue tratarme como una tonta y algo hizo click en mi cabeza, creo que en ese momento volví a ser realmente yo… Sonríe y me quita el pelo del costado de la cara, pasándolo por encima del hombro. — ¿Qué hiciste?—quiere saber, paciente. —Tomé un jarrón de decoración que me gustaba mucho y lo lancé a su cabeza… Lucre suelta una carcajada y, extrañamente, me oigo reír con ella. Nuestras risas llenando el lugar y… ya me siento un poco mejor. — ¿Le diste?—chilla. Niego. —No, perdí ese hermoso jarrón por nada—rio un poco más—. Se atajó, lo esquivó y me miró como si no me conociera. Y ahí supe que en realidad no me conocía, no tenía ningún interés en mi persona además de manipularme y amoldarme a sus gustos y planes… me di cuenta de que él era tóxico para mí y que me convenía echarlo de mi vida. Así que lo hice, el jarrón le dio un toque especial, ya que creo que fue por eso que salió corriendo. Pensó que iba a matarlo, ¿quizás?—me encojo mientras ella se deja las costillas escuchándome—. Intentó


llamarme un par de veces después de eso y no lo atendí… Es más, cambié mi línea. No más mierda de nadie… Se recuesta contra el respaldo y procura calmarse del ataque de risa. Yo la observo sintiéndome infinitamente mejor. Dios, me hace bien que alguien me escuche de vez en cuando. —Bianca… al contrario de lo que pensás, tenés mucho amor propio y sos una chica muy fuerte, ¿sabes?—se inclina más cerca de mí, buscando mis ojos y reteniéndolos en los de ella—. No pienses que sos débil o que hay algún síndrome, ¡por Dios! ¿De dónde sacas esas cosas? Lo cierto es que tenés todo lo que una mujer debe y que hayas tenido momentos de debilidad no te hacen una chica con un pobre amor propio… ¿me crees? Me encojo. —Todas tenemos nuestros complejos, eso es verdad—explica ella, súper segura—. No seríamos mujeres si no tuviéramos aunque sea uno. Creo que has pasado mucho tiempo creyéndole a la gente equivocada. ¡No sos una chica tonta, sos divina! Y nunca deberías cambiar o sentirte mal por lo que sos. ¡Me encanta tu personalidad, Bianca! Sos dulce, sincera, divertida… La gente que te ha tratado mal no te merece, o te tiene mucha envidia… »Sos una mujer de esas que valen la pena, y Jorge lo sabe. Te quiere, estoy segura de que se muere por tus huesos. Y por eso se resiste… Un silencio incómodo cae entre las dos y la miro con los ojos muy abiertos. Un sentimiento de estar siendo estafada me carcome por dentro. —De ninguna manera—bufo. —De todas las maneras, Bianca—me corrige, muy seria—. Lo atraes, pero él está lidiando con mucha mierda y no quiere mezclarte en eso. ¡Dios mío! ¡SI ES OTRO MEDINA!— grita, dando una palmada. Se ríe y esta vez no la acompaño. Acto seguido, una voz interrumpe viniendo desde el pasillo y me atieso en mi lugar. No puede ser que Max lo haya escuchado todo. ¡Me están tomando el pelo! ¡Qué vergüenza! Estaba espiándonos. —Miren, siento meterme—se pone las manos en los bolsillos del vaquero, y ni de cerca suena arrepentido—. Está mal de mi parte, pero no pude evitar escuchar eso último y, tengo que reconocer que mi mujer tiene razón… Jorge es un hijo de puta resistidor como yo. Y no te está lastimando adrede. Es más, seguro ni se da cuenta de que lo que hace te afecta tanto… Creo que lo mejor es enfrentarlo de una buena vez y decirle algunas verdades en la cara. Los Medina sólo funcionamos si nos aprietan entre la espada y la pared—acaba con una sonrisa torcida muy parecida a la de su hermano mayor.


Pestañeo, mareada, y salto bruscamente de mi lugar. Les sonrío a los dos y les doy las gracias por los consejos. Que no pienso tomar, está clarísimo. No voy a resquebrajar más mi orgullo por un hombre que está lleno de problemas. Y ni siquiera hay una pisca de confianza como para enfrentarlo y exigirle explicaciones. No somos nada. Ni siquiera lo fuimos. Creo que ya me he desahogado y me siento mejor. Este tipo de ataques no sucederán de nuevo. Los despido amable y alegremente. Y los dejo atrás, de regreso a mi apartamento para cambiar mi ropa y ponerme cómoda durante el día para pasarlo con Ema. Relajadas. Tengo que enfocarme en las cosas que me hacen bien.


CAPÍTULO 6 BIANCA He estado ignorando a Jorge desde mi charla con Max y Lucre. Convencida de que es definitivamente lo mejor para mí. Me enfoco en mi creciente e intensa amistad con Ema, ya que las dos nos hemos vuelto muy cercanas. Demasiado en tan poco tiempo. Y a la vez, ella se ha aferrado a Alex como una segunda piel. Son tan lindos juntos que me da envidia. Cada vez que preguntamos sobre su relación, nos dicen que sólo se están conociendo, y sabemos que es mucho, muchísimo más que eso. Están destinados. Cuando están en la misma habitación no puedo dejar de mirarlos con ojitos de cachorrito feliz, porque resuman amor por los poros. Y lujuria, también. El amor es el estado más puro e intenso en el que puede caer el ser humano, y todas las parejas en este lugar están enamoradas. Me dan ganas de ser presa de ese sentimiento, pero creo que no estoy destinada a sentirlo. O tal vez algún día, cuando madure al fin y al cabo, ¿no? Ahora mismo estoy confina entre las cuatro paredes de mi habitación comiendo paragüitas de chocolate y revisando en línea en busca de alguna buena peli para ver. Y de pronto un parpadeo de color en la pantalla. La alarma de una llamada de Skype. Y estoy sonriendo como boba mientras la acepto, sin importarme una mierda sobre dónde me encuentro. Lo primero que veo es a un tipo despatarrado en un sillón giratorio enorme, con los brazos bajo el cuello y las piernas sobre el escritorio. Luce unos vaqueros desgastados y una camiseta ceñida con escote en V. Pongo los ojos en blanco. Nunca va a ir a las oficinas con un traje, como Dios manda. Así nadie lo va a tomar en serio. Puff, ¿qué estoy diciendo? Me corrijo. A él todo el mundo lo toma en serio. Es el puto amo del universo. —Mi chica al fin se ha dignado a recibirme—suspira, dramático, con sus ojos azules risueños—. Sabes, si también ignorabas esta quinta llamada mía, iba a pensar que me estabas desplazando por debajo de algún otro… Presuntamente algún novio francés o quizás, ¿un italiano? Estaba preparándome para ir a rescatarte, preservar tu virtud un poco más... A ver— cambia de posición frente a la cámara y se inclina para verme más de cerca, pongo mi mejor cara de inocentona—. Creo que todavía seguís siendo la misma, esos ojos son de lo más inocentes… Pero no me fío, esa sonrisa tiene que ser producto de mucho sexo desenfrenado, un estado agravado de satisfacción pura... Bufo, le vuelvo a poner los ojos en blanco. Con él lo hago todo el tiempo.


—No importa cuánto aparentes saber de mí, hermanito menor, nunca adivinarás qué hay en esta cabeza—me golpeo la sien, sonriendo ancho. Alza una ceja y se hamaca despreocupadamente en su sillón. —Oh, mi querida hermana mayor, no estoy hablando de tu cabeza precisamente—me guiña. Me río, dejando escapar una carcajada. Es tan poco serio, e inteligente, y divertido. Y su sonrisa funciona como una piraña que se traga de un bocado el corazón de cada pollita que revolotea alrededor. Eso, y su billetera. No es un secreto. Las oportunistas son de terror, pero él tiene bien en claro cómo mantenerse a raya con ellas. No importa qué tan grandes sean sus tetas, nunca te inclines y metas la nariz en ellas, siempre corres el riesgo de encontrar vacío tu bolsillo trasero. Sus palabras, no las mías. —Sabes… no tendría problemas en acabar como la esposa trofeo de algún empresario— digo, poniéndome pensativa—. Siempre y cuando esté tan bueno como vos y sea excelente en la cama… Se ríe. — ¡Opa! ¿Así que no son tan buenos los europeos como los pintan?—sus ojos se ponen brillantes cuando bromea y actúa ésta clase de papeles conmigo—. Que se jodan, Branca— siempre me llama así, como la marca del fernet—. Tengo un millón de tipos forrados para presentarte, no te puedo garantizar ahora mismo el tamaño de sus miembros, pero siempre puedo ponerlos en filita y tenderles un centímetro... y anotar medidas—me guiña. Me esfuerzo por no reír, pero es imposible. Él me limpia el alma. Está allí, todo despeinado, balanceándose y viéndose como el tipo más despreocupado del mundo, cuando estoy segura de que debe tener mil cosas en la cabeza, y sonríe ancho. Me sonríe ancho. El pelo negro luce amasado hacia arriba y un rastrojo de barba oscurece su precioso rostro. Los chispeantes ojos son una réplica de los míos. — ¿Harías todo eso por mí?—finjo estar sorprendida. —Ajá, lo que sea para que mi hermana no pase el resto de su vida siendo una amargada mujer mal zamarreada en la cama—acerca la silla a la pantalla—. Si te van a despeinar, que sea con destreza… —Ese es tu lema con la chicas, Nacho—me acomodo apoyando los codos en el colchón sosteniendo mi mentón en las manos—. No el mío.


Asiente y se muerde el labio inferior, sus ojos entrecerrándose con picardía. Y ¿ansiedad? — ¿Vas a mostrarme las vistas de ese hotel de lujo en el que estás instalada?—se apoya con un codo en el escritorio, sus ojos muy grandes estudiándome fijamente. —No—digo, el interior de mi boca secándose—. Esto es sólo para mi disfrute, no comparto… Se vuelve muy serio. —Está bien, mi fernet con cola—suspira, y acto seguido su expresión se vuelve insondable, fija y determinada. Oh-oh—. Cuando termines con lo que estás haciendo allá— señala con su índice hacia abajo—en el sur… muy al sur… llámame, ¿okey? Abro los ojos como platos. — ¿Qué?—escupo, sin aire. Me muestra el pulgar, y sé que está a punto de cortar la llama. —Espero que esos moteros sí la tengan grande, milady—no se muestra risueño por estar bromeando—. Al menos vas a tener algo con lo que fantasear cuando vuelvas a este triste y aburrido lado de la realidad. Me lanza un beso y ¡plop! Desaparece de mi vista. Puta mierda, Nacho lo sabe todo. ¿Y por qué me sorprendo? Es un zorrito hijo de puta. Lo sabe todo de todos, nadie lo engaña. El muy… desgraciado. Mira si se aparece acá, ¿qué hacemos? Santiago apenas puede lidiar conmigo, que se nos una Nacho lo empeoraría más. Tomo mi celular desde la mesita de noche y le marco. Naturalmente, no atiende. Ni la primera vez, ni la segunda. Ni la décima. Me ignora por completo. “Por favor, no vengas, ¿está bien? Déjame esto a mí” le envío por texto. Una respuesta casi inmediata resuena. “¿Por qué querría ir? ¿Eh?”. Hago una mueca, está molesto ahora. Respondo rápido: “No sé, pensé que querrías. ¿No te da curiosidad?”. Me mastico el labio, nerviosa esperando su réplica. “No. No me da curiosidad. Simplemente lo estoy dejando en paz. Estoy siendo inteligente, Bianca. No quiero revolver su mierda”. No puedo creerlo, Nacho lo sabe. Él tiene a nuestro hermano en la mira también, la verdadera pregunta es: ¿desde cuándo? “Lo voy a llevar a casa, lo prometo” escribo enseguida. “Buena suerte con eso. La vas a necesitar. Hasta pronto. TKM”.


Creo que Nacho está igual de dolido que yo, sólo que él lo enfrenta de otra manera. Y no desconfío de que crea que lo mejor sea dejar a su hermano mayor en paz. Tal vez es verdad que está siendo inteligente, eso es típico de él. Yo, en cambio, siempre soy la irracional y no debía ser de otra manera en este asunto, tampoco.

JORGE La siguiente semana comienza mejor, las pesadillas no vuelven y puedo descansar perfectamente, sin despertar a mi hijo y enloquecer. Mi humor mejora gracias a eso, un poco. Y, por otro lado, a causa de mi siguiente llamada a Esteban. Los viejos le están comenzando a creer. Un poco. Gradualmente. Él cree que no le falta mucho para ser incorporado a los planes, espera que, para final de mes, sepa algo de lo que vienen teniendo en mente. La noticia aflojó mi tensión, bastante. Y creo que también por eso estoy recuperando mis noches de sueño. Ojalá que todo vaya cada vez más alto a partir de ahora. Un poco de despreocupación le da entrada a nuevos intereses, que siempre estuvieron escondidos, apareciendo de vez en cuando. Ahora sólo han tomado mucha fuerza. Bianca. Apenas la he cruzado últimamente, estoy comenzando a considerar la posibilidad de que me esté esquivando. Y es entendible. Por muchos motivos le conviene seguir haciéndolo, olvidarse de cuán desconsiderado he sido con ella. Es lo mejor. Para los dos. No puedo atraer a una mujer nueva a mi vida. No cuando hace tan poco tiempo que perdí a Cecilia, no cuando todavía soy preso de un duelo sin fin y de la culpa permanente. Y, definitivamente, no cuando corre peligro por estar cerca de mí. Debo ser inteligente, mantener a cualquier persona que amague con entrar a muchos pasos de distancia. No puedo soportar lastimar a nadie más. Y Bianca es especial, no soportaría hacerle daño. Más autocontrol, menos deseo de tenerla cerca. De tocarla. Poseerla. El martes al mediodía estoy intentando cocinar algo que no sea comida de porquería para mi hijo. Algo que me frustra y amarga un poco, pero ¿qué cosa no me transforma en un ogro gruñón? Exacto, ese es el punto. No tengo paciencia, soy un tosco hijo de puta que ha vivido toda la vida siendo un bruto e inútil para otra cosa que no sea poner orden en un clan, manejar una moto y empuñar armas. No sirvo para más. ¿Cocinar? Jodidamente no. Y tengo un hijo que cuidar ahora. Un niño que perdió a su madre y debo cubrir ambos papeles para él. No quiero que le falte nada. Pongo una chuleta sobre la plancha y lo oigo venir, entrando por la puerta. Está despeinado, sudado y ruborizado por el aire fresco de afuera. Tose y se afloja el abrigo. Lo observo mientras cierro la puerta de la cocina para que el olor a carne cocida no se impregne en las colchas y cortinas. Algo de sentido común casero tengo. Algo.


Veo que sus pantalones están rasgados en las rodillas y me entra una ola de enojo. Me retengo de gritarle. —Antonio—se frena, quedándose inmóvil con sus ojos grandes dorados hacia mí. Sabe que ha hecho algo que acaba de molestarme. No sé si me teme o es que todavía no hay una confianza afianzada entre los dos. Le he gritado, es cierto, soy culpable de eso. Pero jamás lo golpeé. Sólo quiero que entienda ciertas cosas, que aprenda. No sé si gritarle es la mejor manera, ¿qué otra cosa puedo hacer? —Es el segundo pantalón que rompes en medio mes—pestañea y se mira las rodillas. Suspiro, no es que hayamos traído más de tres o cuatro mudas. Realmente no tengo ganas de enviarlo a comprarse ropa con alguien. No puedo salir del recinto y mucho menos molestar a León o a quien sea para que lo haga. Debe cuidar lo que tiene. “Vamos, hacelo entender a un nene de tres años”. Sólo piensa en jugar. Me agacho junto a él y lo miro a la cara. — ¿Podés tener un poco más de cuidado cuando juegues la próxima vez?—le pido, cordial. Asiente, observándome con la cabeza ladeada y el pelo cayéndole en los ojos. Lo barro hacia atrás y le sonrío, cuanto puedo. —Bien—murmuro—. Ahora dámelo, campeón. Sin chistar se quita la prenda y me la tiende. Estoy a punto de ir a buscar la bolsa donde se encuentra el otro pantalón roto, pero me freno viendo que una de sus rodillas está raspada y con algo sangre. Le pido que se siente en la cama porque voy a curarlo. Consigo rápido el botiquín, lo limpio con gasas y desinfecto. — ¿Cómo te lo hiciste?—le pregunto, entretenido con lo que estoy haciendo. Él me ve hacer, como si lastimarse fuera lo más normal. Supongo que lo es para un chico de su edad, ¿no? —Me caí—se encoge de hombros. Cubro, con una curita, la pequeña herida. Se está cambiando mientras ordeno todo, y comienzo a sentir un fuerte olor a quemado. Lanzo lo que tengo en las manos sobre la mesa sin muchos miramientos y corro a la cocina. — ¡CARAJO!—grito—. La puta madre que me parió.


Ni que ella tuviera la culpa. Me había olvidado de la puta chuleta, ahora está incomible y casi convertida en carbón. Rujo, casi al borde de desatar una estúpida rabieta. Tony está en la puerta viéndome limpiar todo y tirar la cosa chamuscada en la basura a través del espeso humo que huele fatal. Abro todas las ventanas, revoleando un trapo para que despejar. Todo iba bastante bien, hasta esto. No estoy hecho para esta porquería casera. ¡Dios, dame un respiro! Me froto la frente, intentando tranquilizarme. Sólo se ha quemado la comida, sólo una chuleta de mierda. No pasa nada, carajo. Y allí mismo alguien golpea la puerta, pequeños puños suaves que apenas se escuchan. Voy a abrir, antes de que mi hijo llegue. Doy un tirón un poco demasiado violento y me quedo congelado al ver a Bianca allí de pie. Sus manos en los bolsillos de una campera deportiva en conjunto con la calza fucsia y unas inmensas gafas de leer de marco violeta sobre el puente de su nariz. Me la quedo mirando sin habla. Me dedica una linda sonrisa y pone los ojos en el interior de la casa. —Hola—saluda y sigo sin ser capaz de responder porque se entromete dentro—. Tengo la intuición de que hay problemas culinarios por acá—canturrea. Intuición, por supuesto. Le llegó el olor a quemado. Evita mi mirada, enfocándose solamente en Tony. ¡Me está pasando por arriba en mi propia casa! Cierro la puerta y me quedo allí parado, la veo ir a la cocina como si nada. Como si este lugar fuera de ella. Y mi hijo la persigue como un perrito faldero, olvidándome. Perfecto. Voy tras ellos y me apoyo en el vano de la entrada a la cocina. A ver qué es lo que tiene planeado. Todavía no voy a echarla, le daré tiempo. Lava la plancha y la seca. Luego la coloca al fuego y le echa un chorrito de aceite. Le da un momento para que caliente. Abre la bolsa de la carne, saca tres chuletas, las sala y las cocina de a una. Tengo que decirle que se vaya, que no tiene derecho. Y menos que menos puedo aceptar que trabaje para nosotros. Aun así, estoy mudo. Y en lo profundo de mi ser hay un encantamiento con ella. —Es fácil—le habla a Tony que está justo a su lado, sujeto al borde de la mesada en puntillas de pie—. Espero que hayas estado comiendo bien todo este tiempo y no te estén dando mucha comida quemada… Entrecierro los ojos captando la indirecta, no le ha alcanzado con entrar a la cueva del oso, sino que se anima a pincharlo con un palo, también. ¿Quiere enojarlo? No me presta atención, es como si yo no existiera. Se dirige a la heladera y la revisa, pensativa. Toma algunas zanahorias y papas. Les raspa las cascaras, forma cuadraditos, las mete en un recipiente de vidrio con un poco de agua y acaban dando vueltas en el microondas mientras se entretiene con las siguientes chuletas.


En poco tiempo la carne está hecha y las deja en una fuente, cubiertas con una tapa para que no se enfríen. El timbre del microondas avisa que la verdura está lista y la saca, quita el agua y condimenta. Entonces me sorprende cuando se da la vuelta y enfila hacia donde estoy, espera a que le abra paso para irse. No me mira ni una sola vez a la cara, ¿qué le pasa? ¿La he jodido tanto como pienso con mi actitud tan mezquina? No era mi intención, no tengo buen contacto con las personas. Mucho menos con mujeres desconocidas. Salvo que sea para meterlas en mi cama, y eso era antes. Actualmente, hace tiempo que no actúo de ese modo tan despreocupado. Bianca sale por la puerta sin siquiera decir adiós y mi hijo y yo nos quedamos allí de pie, mientras la cierra despacio a su espalda. Los dos estamos sorprendidos y descolocados. Pasan unos minutos antes de que me recupere y baje la vista a él. — ¿Tenés hambre?—le pregunto. Asiente muy enfáticamente y pongo la mesa. Gracias a ella Tony estará listo a tiempo para el jardín. Voy a tener que hacer algo para agradecerle después. Incluso hasta debería pedirle disculpas por mis malas formas. No merece ninguna mierda de nadie, y mucho menos la mía. Y, ¿después de hacer esto? No sé cómo puedo devolvérselo. Nunca conocí a nadie que actúe de esa manera tan desinteresada. Esa chica va a meterme en problemas.

*** León aparece en mi puerta a media hora de la una y me sorprende. Nunca viene a buscar a Tony, siempre soy yo quien lo lleva al estacionamiento a la una menos veinte. Ni bien abro me sorprendo por segunda vez en una hora. Él aparece ante mí, acompañado de Max. Y los dos están allí de pie esperando para que los deje entrar. Lo hago, poniéndome un poco nervioso por el otro Medina en mi casa. No es nuevo que Max y yo no estamos en muy buenos términos, aunque él parece haber llegado a un acuerdo consigo mismo para no intentar lanzarme sus cuchillos a la cara cuando estamos en la misma habitación. Ahora que lo veo bien, él me está estudiando directamente con un brillo risueño en los ojos. Max jamás me miró con otro sentimiento que no fuera el resentimiento. Me quedo allí inmóvil junto a la puerta, esperando. Tony sólo tiene que ponerse el delantal y el abrigo. Todo está sobre la cama, junto a su mochila, esperando por él. Permanece sentado en la mesa mirando a los tres tipos grandes con curiosidad. Acaba de devorarse la comida que Bianca le hizo, jamás lo vi comer con tanto entusiasmo. Supongo que es bastante insulso lo que yo cocino.


— ¿Cómo va Medina?—me pregunta León, sonriendo. —Todo perfecto—respondo, mis ojos en mi hermano. No puedo ni siquiera pestañear, ¿qué hay en su cabeza? —Venimos a pedirte un favor—sigue él—. Dentro de un par de días tenemos una misión y me llevo a la mayoría de los que siempre están rondando acá, me preguntaba si podés ponerte a cargo del bar por una noche… Tengo que esforzarme para que la mandíbula no se me afloje y mi boca se abra. Creo que incluso he dejado de respirar. ¿Por qué me lo está pidiendo a mí? ¿Realmente confía tanto? ¿Por qué Max no está poniendo el grito en el cielo? Tardo bastante tiempo en encontrar mis cuerdas vocales y responder. Primero asiento, levemente. —Sí—me aclaro la garganta—. Pueden contar conmigo. Seguro. Trago. Y mis ojos caen en Tony, alguien tendrá que cuidarlo. —No te preocupes por él, se quedará en casa con Fran—se adelanta León. Bueno, entonces. Todo arreglado. Apenas lo puedo creer, definitivamente no me esperaba nada de esto. Sólo soy un forastero en este lugar, y no me afectaba que me trataran como uno. Estaba bien que sólo me toleraran y me ignoraran. No pedía nada más. Y luego de esto, no puedo negar que me alegra muchísimo que un hombre como el líder me entregue esta enorme prueba de confianza. No voy a fallarle. Le debo mucho a este tipo. Termino de vestir a Tony mientras ellos esperan junto a la puerta, después el chico acepta la mano de León y se van. Permanezco ahí afuera viéndolos alejarse, las espaldas anchas de los dos, y mi pequeño en el medio. Max va hablando con él, y le despeina el cabello sonriendo, siendo simpático con él. Algo se retuerce y enrosca alrededor del corazón. De un momento a otro mi hijo se da vuelta y sacude su mano libre hacia mí. Le devuelvo el gesto, sin siquiera darme cuenta de que estoy sonriendo. Las cosas están yendo muy bien, debería relajarme un poco más.

BIANCA He pasado los últimos días preocupada por Nacho y lo que siente. Él es como yo, no va a llamarme y decírmelo. Con tal de no molestar o exponerse. Me siento culpable de no haberle aceptado las cuatro anteriores llamadas, seguramente estaba enloqueciendo silenciosamente


por estar al tanto de mi estadía actual. Bromeó conmigo como si nada hasta que no pudo aguantar más, me soltó toda el agua hirviendo en la cara. Me dolió que cuando le prometí que llevaría a nuestro hermano de vuelta no demostrara ni una pizca de esperanza en que lo lograré. En fin, siempre estoy dándole vueltas a las cosas en mi cabeza, no pude evitar hundirme en el asunto. Entre eso, y mi exitosa táctica de evitar a cierto Medina gruñón, estaba hecha por completo. No había más lugar en mi mente. Lo había estado haciendo bien, hasta que hoy me llegó ese terrible olor a quemado acompañado de maldiciones que harían temblar al mismísimo infierno. No pude resistirme a echar una mano, quisiera él o no. Lo hice lo mejor que pude, estoy segura de que mientras invadía su espacio personal rumiaba mierda para lanzarme. Me sorprendió que no dijera absolutamente nada y me dejara tranquila, supongo que realmente necesitaba que lo ayudaran. Hice acopio de energía en ignorar lo que su mirada dorada le hacía a mi cuerpo, cubriéndolo con sensaciones que se parecían a la electricidad. Lo sentí hasta en las yemas de los dedos. Le di la espalda la mayor parte del tiempo, cociné sin abrir la boca, y en tiempo récord. Me apresuré a salir antes de que abriera la boca y me mandara a freír churros. Una vez que estuve afuera tuve que cerrar los ojos y aflojar mi tensión, eché un suspiro lento e interminable al aire porque salí viva de ahí adentro. Tanto mi mente como mi corazón. El segundo sólo amenazó un par de veces con salirse por mi garganta, pero lo sobrellevé. A la sazón me di cuenta de que rompí algunas normas que me había impuesto para evitarlo. Otra vez se impuso mi necesidad de ayudar a la gente. Me dije que bien podía tachar este desliz de la lista, porque de verdad lo estuve haciendo bien por unos días. Que me acercara a darle una mano con la comida que era para su pequeño hijo no significaba nada. No era un error. Ahora estoy acabando de mirar una película, porque evité dormir la siesta después del almuerzo. Adela y Santiago ni siquiera se levantaron para comer, y supongo que tomarán las sobras que dejé en la heladera cuando despierten. O simplemente en la cena. Se acuestan tarde en la noche, hasta cuando el bar cierra temprano, a veces los oigo hablar en susurros hasta el amanecer. Son tan raros, pero juntos son explosivos y se aman con una locura que envidio. Nunca vi algo igual. Ya que estoy alrededor de eso, en cuanto a la relación con mi hermano mayor no hay mucho para decir. Después de ese encontronazo del otro día, en el que exploté en su cara como una piñata inflada en exceso, es como que todo empeoró para nosotros. Fui una tonta, porque se nota a la legua que él no soporta ser encasillado y presionado. Ahora sé que hay que ir despacio, pasito a paso. Empezaré desde cero cuando tenga la oportunidad. Los títulos finales comienzan a pasar de largo en la pantalla y con un suspiro perezoso salgo del sofá y junto las cosas sucias del almuerzo que dejé en la mesa. Hoy realmente me sentía con pocas ganas de hacer nada. Me muevo al fregadero y comienzo a lavarlo. No sin


antes poner un poco de música en mi celular. “Rockstar” de Nickelback es lo primero que suena. Y sigo la canción cantando en voz alta, mientras me balanceo y hago caras raras con el cambio de voces. Acabo y dejo la pequeña pila escurriéndose y me seco las manos moviendo las caderas. Me siento rara por llevar vaqueros. Aunque no son nada como los que usan las mujeres acá, como tiene que combinar con mis tops, compré uno con cintura alta, está por encima del ombligo. Me queda un poco suelto en las caderas, es verdad, pero marca la cintura y, dentro de todo, es bastante cómodo. No puedo estar todos los días de entrecasa con mis mejores ropas. Estoy a tope con la canción, abriendo de postre un pico dulce1, cuando veo a alguien pasar de largo hacia el bosque. No tengo que suponer mucho para saber de quién se trata y me estanco allí, de pie en medio de la cocina considerando mis opciones. Si voy tras él, entonces se irán a la mierda todos los límites que me he estado imponiendo. El éxito en ignorar acabará desechado en la basura, también. De todos modos, ahora tengo algo en mente y tironea de mí. Corro hacia mi dormitorio y abro el cajón de mi mesa de luz, allí está lo que conseguí un par de días atrás. Lo tomo entre el índice y el pulgar para no destrozarlo. Me coloco una capa liviana sobre mi top elástico negro y salgo por la puerta principal. Hoy no hace intenso frío, está más o menos soportable. ¿O será que con el tiempo me estoy acostumbrando? Vaya a saber. Me interno entre los árboles, sabiendo el lugar que él ha bautizado como su refugio para fumar porros. Es evidente que eso es lo que significa el escondite. Nadie se mete por ahí, es húmedo y oscuro, incluso de día. Es apartado. Las ramas espesas no dejan pasar la luminosidad y tengo que decir que aquello no le quita lo hermoso al lugar. No demoro mucho en encontrarlo, está de pie apoyado en un árbol encendiendo un cigarro. Me aclaro la garganta y él levanta la vista hacia mí. Sin decir una palabra estiro mi mano, la palma abierta, con el porro que me regaló Gusto, hacia arriba. Lo mira fijamente por una eternidad y comienzo a inquietarme. Ya, que lo agarre de una vez así vuelvo a casa. Esto me recuerda al espectáculo que hice. A la manera en la que me arrastré hacia él, le robé su munición, le eché el humo en la cara. Y después… le di un pico. Algo a lo que todavía no encuentro una explicación razonable. No me sienta bien la vergüenza. —No me digas que te lo tomaste en serio—dice, su voz ronca llegándome a cada rincón del cuerpo. Trago, y una molestia se instala en mi estómago. —Bueno—digo, mirándolo a los ojos—con vos es mejor tomarse todo en serio—le suelto. Porque es verdad, él estaba enojado porque acabé con su preciado último porro. Yo sólo estoy devolviéndoselo, como insinuó. ¿No? Para mi sorpresa deja ir una carcajada. Sólo una, 1

Pico dulce: marca de chupetines.


pero no se ve tensa ni con mala intención. Genuina. Ahora no puedo dejar de mirarlo con los ojos muy abiertos. —Yo creí que habías intentado pagarlo con el beso—dice, soltando humo relajado contra el tronco. Tuerzo el gesto, negando. —Eso no fue un beso—corrijo. No sé qué fue, y definitivamente no un beso. Si él piensa eso, debe estar considerando que soy una pequeña virgen inexperta que piensa que un pico insignificante en un momento de locura cuenta como un beso. —Bueno, creí que quizás en tu mundo era un beso—me pincha, y no lo puedo creer. De verdad piensa eso de mí. Y está siendo arrogante conmigo. Tal como yo quería, pero no sé si es algo bueno para presenciar. Sigue siendo tosco y su humor es un desastre. — ¿Se han avistado ovnis por acá?—se me escapa, mirando alrededor. — ¿Por qué?—pregunta, carraspeando. —Porque seguro abdujeron al verdadero Jorge Medina y nos dejaron una réplica que es, infinitamente, una mejor versión—escupo. Un silencio intenso viene de su parte y regreso la atención a ese rostro hermoso que parece tallado en piedra y me encuentro su mirada dorada refulgiendo en la mía. No molesta, divertida. — ¿Vas a tomar el porro?—digo, fingiendo impaciencia. Cuando lo que verdaderamente siento es curiosidad. Pura e intensa curiosidad. ¿Por qué ha cambiado tanto de un momento a otro? —Gracias—dice en cambio, todavía allí fumando a una distancia prudencial—. Por lo que hiciste por mi hijo este mediodía—suelta humo y oscurece su semblante. Trago un montón de saliva que apenas pasa a través del nudo en mi garganta. —Y perdón por ser tan hijo de puta—agrega, se rasca la sien y es el único indicio que demuestra nervios—. No te mereces ninguna mierda de nadie. Mucho menos la mía. No sé qué me inquieta más. Que Jorge Medina sea antipático y duro conmigo, o que se ablande y actúe de esta forma. Queda claro que todas sus fases me desestabilizan.


—Está bien—murmuro, sin aire—. Ahora… ¿vas a agarrar lo que te estoy dando? Un par de pasos y agarra el porro de mi mano, intento tomarme como si nada su contacto. Es normal, las personas se tocan las manos todo el tiempo. No tengo por qué sentir tanta chispa por eso. Doy un paso atrás para volver por donde vine, ya está hecho. Le devolví su preciada droga. No hay nada más que hacer. —Quédate—sugiere y casi tropiezo por la sorpresa—. Compartamos. Y se me escapa una seca risita. —Ya has visto que fumar no es mi fuerte—contesto. No creo que quiera desperdiciar esa cosa conmigo, sólo seré capaz de vomitar el humo en su cara y sin demasiada delicadeza. Ya vivimos esto. Retomo mi camino en dirección a la salida del bosque. Y él no me deja, ésta vez, ordena que me quede. Y su voz podría hacer que hasta el diablo le obedeciera. —En serio, no creo que esto sea una buena idea—le digo, apoyándome contra otro árbol simulando aburrimiento. Eso es lo último que siento, la electricidad ha vuelto a mis venas. Levanta una ceja en mi dirección y camina más cerca, encendiendo el porro. Su expresión es seria pero sus ojos están brillando muy intensamente mientras me recorren de pies a cabeza. Me ponen la piel de gallina. — ¿Tenés miedo?—pregunta. Y suelto una risita que dice “de-ninguna-manera”. Cuando en realidad, es un rotundo “¡sí!”, estoy cagada hasta las patas porque con esta versión de él no sé qué carajo esperar. Y antes muerta que afirmarlo. Creo que empiezo a sudar al notar que se acerca muchísimo. Demasiado. Engullendo todo mi espacio personal. Le da una larga pitada al porro y se inclina. Lo estoy mirando con los ojos abiertos de par en par, convertida en estatua. Su mano libre sube y tira del pico dulce fuera de mi boca. Lo deja caer al suelo sin consideración, y estoy a un segundo de protestar. ¡Porque ese sí que era mi último! Está bien, estamos a mano. ¿Supongo? Estoy inquieta por dentro. Su pulgar empuja abajo mi mentón, separando mis labios. De hecho, su yema está muy cerca de mi labio inferior, el interior de mi boca se pone áspero como un desierto. Me empuja a abrir más y baja su cabeza, cerca. Tan cerca. Me mareo. A sólo unos poco centímetros. Deja ir el humo, introduciéndolo en mi boca. Y antes de comenzar a ahogarme y toser como si estuviera siendo poseída, lo absorbo hasta hacerlo pasar a mi garganta. Lo meto dentro, porque su intención es clara y me ayuda a hacerlo. Aspiro todo al mismo tiempo que mi


respiración enloquece. Trago y en la siguiente exhalación se escapa un poco de humo por mi nariz. Sonrío a medias. Acabo de fumar, pero directamente de su boca. ¿Qué tal eso? Excitante. Mi ropa interior se está empapando, y la vista se me desenfoca un poco. Se aleja un segundo y vuelve a tener el cigarrillo de marihuana casi en la comisura de sus labios. Lamo los míos mientras lo veo succionar. Estoy casi jadeando ahora, y al mismo tiempo que vuelve a encorvarse sobre mí, me muerdo el labio con fuerza. Trato de mantener mis manos quietas, porque quieren tocarlo. Las pupilas se comen el whiskey de sus irises mientras libera mi labio inferior de entre mis dientes. Me abre nuevamente, ésta vez ha comido más distancia y nuestras bocas acaban muy cerca. Nuestras respiraciones se mezclan. Y él empuja de nuevo el humo a mis pulmones. Y cierro los ojos mientras lo dejo entrar. Muy consciente de su enorme mano sujetando mi mentón, sus dedos apoyados en la mandíbula. El corazón casi me explota en el pecho, golpea mis costillas con violencia. Como si estuviera desesperado por salir. Estoy derretida, incapacitada, excitada. Y loca por él, por lo que me provoca su cercanía. Y su suavidad al tocarme. Abro mis párpados para ver el humo salir de mi sistema, regresando al aire. Jadeo sin querer cuando Jorge arrastra su mano en dirección a mi nuca, paseando por el costado de mi cuello y debajo de mi oreja. Terminaciones nerviosas se activan por esa zona. Por suerte estoy apoyada en el árbol, si no fuera así estaría cayendo redondita a sus pies. Se aleja mientras me estudia, el porro ya casi se ha consumido del todo y lo lanza al pasto. Lo pisa con una bota, sin dejar de fijarse seriamente en mi rostro ruborizado y acalorado. El mundo ha desaparecido, y sólo existimos él y yo en esta burbuja de humo gris. Por un momento su expresión cambia, se endurece, y logro captar que hay algo rodando en su cabeza. Algo que lo molesta mucho. —Se va todo al carajo—susurra para sí mismo, apretando la mandíbula. Y acto seguido tironea de mi nuca y me besa. Y no es un beso que comienza lento o suave. Él no es así de tierno, ni siquiera cuando besa. Siento su lengua colarse en mí y no puedo refrenar el suspiro que sale de mis adentros. Abro más mi boca para permitirle entrar, todo lo que el maldito quiera. Me tiene. Me tuvo desde que me dejó con el hola estancado entre los dos. Me tuvo desde la primera vez que me miró con sus ojos dorados llenos de fuego y hielo. Me acorrala entre su enorme y pesado cuerpo y el árbol. Ahora nos estamos tocando. Sostiene mi cabeza con ambas manos, enredando los dedos en el cabello de mi nuca. La cola de caballo que antes ya estaba un poco caída, ahora está casi deshecha. Me quejo y él me devora, su lengua parece llegar a cada rincón y robarse todo lo que tengo. Respondo como mejor me sale, porque jamás me han besado así.


Intento separarme un poco para poder respirar, pero él me persigue gruñendo y soldándose más. Intento hablar y lo intensifica todo. Creo que voy a desmayarme. Pero baja un cambio, y me despeja ligeramente. Tironea bruscamente de mi labio inferior con los dientes, el dolor se mezcla con el placer y mis párpados se cierran en éxtasis. Gimoteo. Ya todo mi control saltando por la ventana. Da un paso atrás y mis rodillas se aflojan, me agarra con fuerza. Y, de todos modos, acabo con la espalda sobre el césped húmedo. Y con ese gigante encima de mí, volviendo a tomar mis labios. Me toca por todos lados y arqueo la espalda, cediéndome, no tengo voluntad para detenerlo. Amo lo que me hace. Amo sentirme así. Jadeo como si estuviese haciendo demasiado esfuerzo, y sólo le estoy dejando hacer lo que desee conmigo. Ya no hay miedo, ni reservas. Me he entregado sin siquiera verlo venir. —Pedime que frene—carraspea en mi oído. Arrastra la lengua por mi cuello. Niego mientras las ramas de los árboles se inclinan en todas direcciones. Una de sus manos está subiendo por mi estómago, hasta el borde de mi top negro, siseo entre dientes al notar que levanta la tela y avanza. —Pedime que frene—es como si suplicara. —No—susurro por lo bajo, apenas puedo hacer sonar mi voz clara. No quiero que frene. Nunca. Necesito sentirme así por todo lo que me queda de vida. Abandona mi cuello y lo canjea por mi escote, entierro los dedos en la tierra. —No creo que puedas…—habla agitado, apenas le entiendo—manejarme… pero… mierda—ruje esa última palabra—no puedo parar… Si me lo pidieras… tal vez… Agito la cabeza en negación. No. Ni loca. —No—hablo, aspirando con fuerza cuando me muerde la piel a la altura de las costillas—. No quiero… no pares… Estoy drogada y no tiene nada que ver la marihuana. Es él. Él hace que no me importe estar revolcándome en el bosque con alguien encima de mí, comiéndome. Dios, me encanta. Necesito que vaya más allá. Más hacia el final. Regresa a mi boca y encierro con mis manos sucias su cara, suspendiéndolo sobre mí. Mientras está a horcajadas, reduciéndome a un ser tembloroso y necesitado. Quiero pelo para tironear, lo tiene demasiado corto, y acabo con las uñas encajadas en su nuca. Eso lo obliga a gruñir con mi lengua en su boca. No desnuda mis pechos, sólo los amasa sobre el top y me muero por sentirlo piel a piel. Estoy inquieta debajo de su consistencia, mis piernas se retuercen, los talones de mis zapatillas


cavan en la tierra blanda. No puedo soportarlo más. Lo quiero. Dentro. Y realmente no se me da la gana pensar que eso puede ser un error garrafal. Al fin respiro cuando me suelta y se alza sobre mí, con su rostro rojo y torcido con lujuria. Se muerde los labios mientras me observa allí, despatarrada, despeinada. Sucia, adormecida. Y por sobre todas las cosas, hambrienta. Me vuelvo un poco loca cuando libera el botón de mis pantalones, jadeo con fuerza. Finalmente va a ocurrir. Baja el cierre. Y luego va al suyo, hace exactamente lo mismo. Será mi primera vez luego de dos años sin sexo, y justo en medio del bosque, rodeada de tierra húmeda y oscuridad excitante. No me importa nada. Me congelo cuando hace una mueca. No tiene protección. —Tomo la píldora—murmuro, allí tendida, llena de expectativas—. Y no soy virgen—en caso de que se lo esté preguntando. Suelta una seca risa sin humor y desvía los ojos de mí. Que no me venga a decir que se echará para atrás, no puede hacerlo. Estoy empapada y anhelante. Y él lo comenzó todo. Es su culpa. Ahora que se haga cargo. Soy levantada en el aire de golpe a la altura de la cintura y él tironea de mis pantalones hacia abajo en mis muslos, arrastrando con él las bragas también. Su estado salvaje ha vuelto, su momento de duda yéndose al demonio. Jorge Medina no es un caballero, si quiere tomarme aquí y ahora lo va a hacer. Las reservas están de sobra. Me empuja contra él, sobre sus firmes piernas dobladas mientras permanece sentado sobre sus talones. Y me doy cuenta de que lo hace para no ensuciarme el culo. El resto de mí es otra historia, y ni siquiera me importa. Mis piernas vestidas acaban pegadas a su pecho y sobre un hombro, aguardando mientras él se termina de desabrochar. Ni siquiera puedo ver su pene desde mi posición, pero no me afecta, gimo en respuesta porque lo libera, sabiendo que no hay barreras como la ropa interior en su caso. Roza mi entrada con la cabeza y grito, deteniendo el aliento. ¿Qué está esperando? No tenemos todo el día. Lo apresuro y él responde entrando de golpe, de un único empuje. — ¡Ah!—veo estrellas de colores, aullando. Y es por el dolor. —Carajo—suspira retirándose—. Me dijiste que no eras virgen—escupe, al borde de perder la cabeza. Me recupero de la fuerte sensación.


—No soy…—digo sin la fuerza suficiente para levantar el tono de voz—. Sólo ha pasado un tiempo… Lo observo mientras él hace lo mismo, y respira vehementemente, como un toro enojado a punto de atacar. Sólo que no es enojo, está a punto de explotar si no me penetra de nuevo. Y lo hace, pero está vez se contiene, despacio. Lento, insoportablemente lento. Me estira, amoldándome. Y noto su tamaño, grueso y pesado. Sollozo y me retuerzo, buscando más. —Dámelo—le pido, cortante—. Como la primera vez… No va a doler, se siente demasiado bien. Y grito porque me hace caso y se sepulta en mí con fuerza. Me sacude, abrazando mis piernas contra él y tironeándome en cada envite. Siento la gramilla pinchar mi espalda, y mis dedos el barro. Mierda, esto es celestial. Y duro. Y jamás creí que el sexo podía ser tan salvaje. Pero con él, debería habérmelo figurado de ante mano. Me aporrea y suelto palabras inentendibles, él responde con respiraciones fuertes y rugidos perdidos. Ahora mismo no nos concierne la magnitud de lo que estamos haciendo. Ni siquiera cómo vamos a encarar la situación cuando pase el temblor. Bramo cada vez más alto a medida que el clímax va tomando mi cuerpo, y él me castiga con más ímpetu. Se deja caer sobre mí y mis piernas quedan olvidadas al costado. Me besa y exploto en su boca. Dejo de respirar, tensándome, mi espalda arqueándose. Le rodeo el cuello y sigue bombeando hasta que se sosiega de golpe y los músculos de su espalda se vuelven piedra bajo mis palmas. Ruje y gime en mi oído y se desploma en el mismo barro que yo. Nunca volveré a ser la misma después de esto.

JORGE No me gusta la manera en la que Bianca me está mirando. Como si fuera un monstruo. Un animal. La veo allí, recuperándose de lo que sea que acaba de pasar, levantándose poco a poco del suelo justo después de que le acomodo las ropas. Las mismas que yo forcé abajo en sus piernas un rato antes. Está pálida, ha perdido todo el rubor que antes teñía sus mejillas, y se mira las manos sucias de tierra. Como recién despertando de un sueño. Está despeinada, y su ropa se encuentra en un estado desastroso. Es como si la hubiese arrastrado por todo el bosque. Me agacho y la ayudo a ponerse en pie, la sujeto de los brazos cuando se tambalea. Y clava sus preciosos ojos azules en los míos, brillan. Buscan una respuesta racional en mí. Y yo ni siquiera sé qué ha pasado entre nosotros, no entiendo cómo pude perder el control de esa manera.


Se ve asustada, intranquila, confundida. Y no puedo ayudarla porque me siento del mismo modo. La he depositado en el piso mugriento para… para… ni siquiera puedo decirlo en mi mente. La he ensuciado, a la chica más pura del recinto. Me he metido con ella y merezco que su hermano me persiga y arranque las tripas. — ¿Te hice daño?—le pregunto, tratando de leerla. Niega, aún me observa con sus ojos muy grandes. Parece una niña pequeña encogida sobre sí misma. — ¿Te duele algo?— insisto. Comenzamos a caminar y yo la llevo del brazo, se mueve lentamente como si estuviera rota. La he lastimado. La forma en la que gritó cuando la penetré, sé que le dolió. Carajo, nunca creí que sería tan estrecha. Estaba igual de frenética que yo, podía ver claramente que estaba lista para mí, no me contuve. —N-no—susurra. Pero sé que sí. No importa cuánto lo niegue. Salimos del bosque y por suerte no hay nadie rondando por ahí, no sería bueno que la vean en este estado. ¡Debería haber frenado! Sólo quería besarla, probarla, había estado allí muy quieta y receptiva mientras me tenía tan cerca. Vi el deseo en su mirada y me convencí de que un simple beso no sería tan grave. Entonces, una vez que la probé, no pude parar. Y el sentido común explotó en mil pedazos, sólo quedó el deseo intenso. La lujuria imparable. Tanto tiempo imaginando las cosas que podría hacer con su cuerpo, y ahora he acabado por tomarla en medio del bosque. En todo ese barro. ¿Qué mierda tengo en la cabeza? Ninguna chica debe ser tratada así. Se suponía que yo era mejor de lo que me habían enseñado. Antes de entrar en la zona de departamentos la enfrento y me esfuerzo en alejar el ceño fruncido. No quiero que sienta que estoy arrepentido o que voy a mandarla lejos. O tratarla mal. La miro a la cara y limpio con el pulgar un rastro de tierra que quedó en su mejilla. —Te acompaño a la puerta—le aviso. Le tomo la mano y ella permite que enrosque nuestros dedos. Camina, un poco detrás de mí mientras la dirijo. Lleva la vista al suelo y me está preocupando en gran medida. Llegamos a su puerta y trato de ver a través de la ventana si hay movimiento, no puedo permitir que la vean así. Eso sin nombrar que se ha puesto un poco vulnerable. —Bianca—digo con voz graduada y ella salta, alza su atención a mí—. ¿De verdad estás bien? No te ves nada bien…


Ella da un paso hacia mí. —Por favor—pide, en tono muy bajo—, que no se entere nadie… mi relación con mi hermano no está nada bien… y él te odia… y-y me estoy esforzando mucho en recuperarlo… y…—se pone frenética, y no puede seguir, sus manos temblando entre nosotros mientras intenta explicarlo. Creo que acaba de cavar un profundo hoyo en mi pecho. Trago el nudo áspero en mi garganta. Que no se entere nadie, perfecto. — ¿A quién voy a contarle, Bianca?—murmuro, acercándome a ella demasiado—Nadie es cercano a mí en este lugar… No dejo de echar vistazos alrededor por si alguien nos ve. Asiente y me deja rodearle la nuca con una mano y acercarla. —Me sobrepasé ahí, ¿está bien? Es algo que… —No te disculpes—me corta, agitada—. Yo lo quería. Lo pedí. No me obligaste a nada… y tampoco me arrepiento… sólo tengo miedo de perder del todo a Santiago… sólo eso… Me siento una basura ahora mismo, tanto si lo quiso como si no. ¿Qué tan distinto soy de los viejos? Acabo de tomar a una chica a los apurones, lanzándola al suelo y sin pensar. ¿Cómo es que no se siente usada? Siento que lo he hecho todo mal. — ¿Te arrepentís?—me pregunta, mirándome tal como un cachorrito expectante. Tomo un respiro, mi ceño fruncido profundizándose. —Yo… no—no sueno seguro, para nada—. No de lo que hicimos… sino de cómo… Ni siquiera sé si me estoy explicando bien. Ella asiente pero no agrega nada más, se da la vuelta para abrir la puerta y yo le echo otra mirada al interior de la sala por si alguien está ahí, a punto de verla entrar en ese estado. O viéndonos acá afuera estando muy cerca. No hay nadie. — ¿Bianca?—la llamo, antes de que alcance el picaporte. — ¿Sí?—pregunta, girándose. Avanzo hacia ella y me inclino, poso mis labios en los suyos. La beso suave, lenta y profundamente. Como se merece. No atacándola como si fuese un pedazo de carne y yo un animal hambriento. Ella lo devuelve con una pisca de cautela y la aprieto contra mí, aferrándome a la parte trasera de su cuello, al sentir que se estremece. Dios, es… su sabor es…


inexplicable. Único. La libero y me vuelvo antes de romper los límites de nuevo y hacérselo contra la puerta. La oigo abrir y entrar con tranquilidad en su casa y hago lo mismo. Me apoyo en la madera una vez que la cierro y aprieto los párpados, un largo suspiro sale desde lo profundo de mi pecho. “¿Qué acabo de hacer?” “Todo lo contrario a lo que estabas planeando”, responde la voz de la razón desde algún rincón de mi mente.


CAPÍTULO 7 BIANCA Esta noche me organizo para ir al bar y pasarla bien con las chicas, así no tener nada en qué pensar demasiado. Trato de no darle tantas vueltas a lo que pasó con Jorge en el bosque, pero es imposible. Es algo en lo que me ahogaré por mucho tiempo. Difícil de olvidar. Al entrar a casa después de que él me dejó en la puerta, corrí exaltada a mi cuarto y me encerré. Mi corazón latiendo con violencia en mi pecho. Estuve allí de pie, inmóvil, reviviendo todo. La forma en la que él me deslizó al suelo y cubrió mi cuerpo con el suyo. Su boca intentando arrebatar la mía. Sus gruñidos de placer, mientras me penetraba con golpes secos y profundos. Era de locos. Increíble. Y una vez que todo acabó, que las ramas en el cielo dejaron de girar y se volvieron reales, sentí que el alma me volvió al cuerpo. Y con ella el entendimiento de lo que habíamos hechos. De la forma en la que habíamos perdido todo el control. Jorge, aún agitado, acomodó mis ropas de inmediato, cubriendo mi sexo hinchado, húmedo y satisfecho como nunca antes. Y la verdad me sacudió. Pasamos de ni siquiera hablar a revolcarnos en el pasto sin tener suficiente el uno del otro. Y cada vez que pienso percibo un nudo inmenso tensar las cuerdas en mi estómago. Jamás me sentí así. Borracha, solamente centrada en las sensaciones. El mundo entero no significó absolutamente nada para mí en ese momento. Incluso me olvidé de mis problemas, de mis complejos, de mis luchas. Fui enteramente yo, sintiendo hasta casi reventar. No adquirí las frecuentes maracas resonando en mis oídos, portadoras de las malas ondas. Me sentí realmente bien, como nunca antes. Y fue a causa del señor amargado. No taaaan amargado como suponía. Me desvestí siendo completamente consciente de las punzadas en lugares específicos de mi cuerpo. Mi entrepierna dolía mucho, casi me causaba problemas para caminar. Incluso encontré algunas gotitas carmesí en mi ropa interior. Dejé todo amontonado en una bola en el rincón, con la idea de meterlo en el lavarropas después de la ducha. Agradecí enormemente que nadie me haya visto llegar a casa y entrar en el baño. Para el momento en que me metí en el lavadero, Adela estaba junto a la mesada picoteando algo de comida. Sí, eran como las cinco de la tarde, almuerzo tardío. Ella me observó fijamente meter cada muda en el lavado. Apenas hablé, estaba muda y cada vez que decía algo respondía con monosílabos. Completamente traspapelada en mi interior. Preguntándome un millón de cosas con respecto a Jorge y yo.


¿Cómo me tratará de ahora en adelante? ¿Qué somos? ¿Me considera alguien importante ahora que hemos intimado? ¿Habré sido sólo un polvo insignificante? ¿Qué siento por él? ¿Quiero más? No tenía muy seguras las respuestas. Pero supuse que a partir de ahora me trataría mejor. El beso que me dio antes de dejarme entrar en casa pareció aclarar muchas cosas. Fue dulce, cuidadoso, y me hizo sentir apreciada. Todo ha cambiado entre los dos. No quedan dudas de que tenemos que hablar al respecto. Y no me olvido del casi ataque de pánico que tuve al recordar a mi hermano y el odio que siente por Jorge. Me hundí en la desesperación, porque si él se entera de lo que pasó me va a alejar más y yo necesito que nuestra relación mejore. He pasado unos terribles años teniéndolo lejos, deseando encontrarlo. No soportaría que él me desplazara aún más de su vida. Llegué acá con un solo objetivo: recuperarlo. Y no puedo irme sin lograrlo. Sacudo la cabeza para despejarla, se ha terminado el desfile de preocupaciones. Entro en el bar y voy en busca de Ema. La encuentro saliendo del altillo y la tomo del brazo para acompañarla abajo. Nos sentamos en la barra e ignoramos al grupo de arrastradas que está en el rincón riéndose y cuchicheando sobre nosotras. Son tan evidentes. La primera vez que las vi supe que ese grupo sería malas noticias. Adela tuvo varias discusiones con ellas y me convencí del todo. Mejor permanecer lo más lejos posible. El problema es que nos ven como una amenaza. A toda chica que aparece en el recinto. Soy nueva y ya tuve un choque pequeño que no pasó a mayores. Adela es una fiera y las mantiene a raya. Sólo pido que no se ensañen conmigo, ni con la dulce Ema. No somos ninguna amenaza. Nadie va a quitarles ni acaparar sus preciados penes. Son todos suyos. Me siento en la barra y no necesito ni abrir la boca para que mi cuñada lance una cerveza en mi dirección. Le guiño un ojo y levanto la botella en son de brindis, ni siquiera alcanzo a entrar en calor con Ema que llega Alex y la acapara toda para él. Me rio y niego, no pueden estar separados ni un ratito. El amor. Están en todo su florecimiento. Es entendible, así debe ser. En algún momento Ema salta de su butaca y se mueve hacia las escaleras. Genial. Señor Perro la ha tentado. Lo veo mirarla mientras sube, con sus ojos de lobo muy hambrientos. Y cuando la persigue sé lo que vendrá después. Bueno, de nuevo solita. Suspiro y me quedo allí, entreteniéndome con mi bebida. Gusto se acerca para sentarse a mi lado y comenzamos a charlar de cosas tontas. Con él no hay lugar para seriedades. — ¿Y?—pregunta en un momento—. ¿Qué hiciste con el porro? ¿Eh? Sonrío, y procuro no ruborizarme. Sin éxito. Me hago la tonta, desviando los ojos lejos y dándole un sorbo largo a mi pico. Bueno, resulta que no era para mí. Tenía que devolvérselo a alguien, que acabó por querer compartir. ¡Ja! ¡Ya nunca pensaré en esa palabra de la misma


manera! Ahora, “compartir”, tiene un significado muy distinto en mi cabeza. Tendrá mucho que ver con fluidos corporales, succiones y partes íntimas desnudas colisionando. Aspiré de su propia boca y… todo se volvió muy intenso. Tan intenso que caímos al suelo y terminamos teniendo sexo salvaje sobre el pasto, en medio del bosque. Fue tan… irreal. — ¿Cómo?—pregunta él, frunciendo el ceño y estirándose más cerca. Pestañeo de regreso y me lo quedo mirando con extrañeza. — Cómo ¿qué?—le observo, sin entender. Él sonríe de lado y sus ojos oscuros brillan. — ¿Irreal dijiste?—se ríe, coqueteando—. Supongo que al ser tu primera vez te pegó un poco duro… puede ser que se haya sentido irreal. Pero es una sensación de puta madre… Asiento sin vacilar. —Como la mierda que sí—carraspeo, más para mí misma. Gusto se enfoca demasiado fijamente en mis expresiones, intentando leerme. —Hablas mucho sola, recorriéndome.

¿no es cierto?—entrecierra

los

párpados

con interés,

Mi cara se pone colorada, y el calor es sofocante. Dios, tengo que contenerme más. ¡Basta de hablar conmigo misma delante de la gente! —A veces…—susurro. Él salta de su lugar y me palmea la cabeza, despeinándome. Se ríe. —Que dulce—comenta, yéndose a buscar a sus amigos. Buenísimo. Ahora piensa que estoy un poco loca. Lo que no debería afectarme en nada porque, en realidad, lo estoy y de remate. Y sobre todo después de lo que ha pasado hoy. Mis hormonas están alteradas y, no les importa que tan adoloridos se encuentren mis rincones, quieren otra tanda de danza desenfrenada. Me pregunto si después de conocer ese sexo tan fantástico no me quedaré arruinada de por vida. Eso sería terrible para mi destino como esposa trofeo. Estaré cachonda de por vida sin ningún buen hombre que juegue con mis teclas de la forma adecuada. Seré una eterna desnutrida sexual. Escucho bochinche provenir desde la mesa de mi hermano, la del rincón. Es raro porque siempre está allí solo, y sus compañeros pocas veces se le acercan entendiendo que es mejor dejarle espacio. Hoy, en cambio, se han acomodado a jugar unas manos de truco. Me siento


atraída de inmediato y me mudo a la parte más oscura del bar para mirar cómo se despluman los unos a los otros. No sin antes conseguir una nueva cerveza. Acabo con el culo apoyado en la mesa de al lado, entusiasmada. Porque sé de antemano que Santiago va a despacharlos a todos. Y así lo hace. Hasta que pido un lugar y me coloco en el que abandona el último perdedor. Santiago y yo nos enfrentamos y me regocijo a causa de que le cuesta un poco más ganarme. Siempre tuve buena suerte con las cartas. Pero al final lo hace, mirándome con sus ojos azul medianoche que apenas contienen emociones, dándome la puñalada final. Esto me recuerda a lo que fuimos, a los encuentros de algunos fines de semana, a los momentos que pasábamos juntos. Se me estruja el corazón mientras me levanto para cederle lugar a alguien más. Y me dirijo a la barra para tomar algo un poco más fuerte. Me estoy aburriendo, y todavía es temprano. Ni siquiera media noche. De última, me pongo de acuerdo en irme a casa y relajarme. Aunque eso me lleve a poner mi cabeza a mil por segundo. Consigo mi abrigo mientras pienso en la idea tentadora de golpear la puerta de Jorge a la pasada y aunque sea decir hola. Sólo verlo. Saber si algo ha cambiado al fin entre nosotros. No creo que vaya a ignorarme ahora, ¿o sí? Sonrío, negando ante mi estupidez. Encuentro a mi cuñada en la cocina, junto a la puerta, fumando, y le dedico las buenas noches, salgo por atrás. Rodeo el costado del bar, del lado del estacionamiento, caminando despacio sobre mis tacones. Meto las manos en las bolsas de mi saco y respiro por la boca, una nube blanca saliendo con mi aliento. Esta noche sí que hace frío, y es una buena idea entrar ya en casa y quedarme allí, calentita en mi cama. Recuperando energías. Quizás me prepare algo de pochoclo y consiga una buena peli para mirar. Estoy cerca de doblar hacia la parte delantera del bar cuando escucho mi nombre. Levanto la mirada del suelo y veo un hombro sobresaliendo, apoyado contra la pared. Jorge. Y está hablando con alguien, tampoco se oye muy amigable que digamos. —Sí, Bianca—dice el otro hombre, dándome a entender que es Max—. ¿Qué te parece ella? Me freno ahí, descansando mi hombro en la pared. Estoy bastante cerca de ellos, pero no me notan. Algo me dice que no tengo que quedarme a escuchar nada. Pero están hablando de mí, siento curiosidad. Por más que el gato haya muerto por sentirse del mismo modo. —¿Por qué me preguntas eso?—carraspea Jorge, no hay dudas de que está molesto—. ¿A qué viene esta mierda? No me hablas, ¿y ahora te me acercas para hablar de mujeres? ¿Qué carajo estás planeando? No me jodas, Max… Ufff. Molesto se queda corto. Max se ríe, y el sonido rasposo que deja salir es muy atractivo.


—Mira, sólo estoy tratando de acercarme, de conocerte—suspira Max, debe estar fumando—. Todavía quiero arrancarte la cabeza, eso no ha cambiado, pero estoy tratando de ser tolerante y entenderte. Ser más amigable. Tengo una mujer en casa que se toma muy en serio esto, no quiero defraudarla y… para el caso, he estado pensando en que nunca nos sentamos a hablar entre nosotros, para darnos una oportunidad… Jorge se alza en toda su estatura, como preparándose para golpear. Un silencio tenso viene después, donde puedo imaginarlos observándose el uno al otro, midiéndose. Sólo espero que no comiencen a golpearse o algo. — ¿Y por qué carajo me salís con la hermana de Godoy?—quiere saber, su voz ronca parece retumbar desde lo profundo de su pecho. —Porque te he visto mirarla mucho… cada vez que están en el mismo lugar, no podés sacarle los ojos de encima—dice, y me figuro que está sonriendo con arrogancia. Max va a ligarse una trompada de las mejores, de esas que noquean. —Es un buen envase, todo el mundo la mira—explica Jorge y hago una mueca. Un buen envase, claro. Un-jodido-lindo-envase. Nada más. — ¿De verdad pensás eso?—suelta Max, reteniendo el aliento. Estoy haciendo lo mismo, tragando con fuerza. — ¿Crees que me gustan esa clase de mujeres?—sigue el mismo hombre que hoy me lanzó al suelo y se desquició conmigo—. Bueno, definitivamente no—suena muy, muy enojado— . Es inmadura, ridícula… una chiquita mimada. Y vengo de un club de motociclistas, ¿qué mierda crees que haría yo con ella? Oh, bueno. Parece que ahí tengo mis respuestas. Claras. Más claras de lo que quería. Tomo una bocanada de aire para tranquilizar mi pulso acelerado y estoy a un paso de dar la vuelta. Entonces mi mala suerte tiene que levantar la cabeza. Max cambia de posición, colocándose frente a Jorge y me ve, directo a la cara. Ambos nos paralizamos. Y Jorge voltea un poco, justo para clavar su mirada en la mía. No hay nada en su rostro que lo delate. Si es mentira o verdad lo que acaba de decir sobre mí. Su mirada es fría, impersonal. Ha vuelto a ser de piedra, inquebrantable y agrio. Nada de lo que hicimos esta tarde cambió nuestra tensa relación. Nada. Realmente cree todas esas cosas de mí. Procuro no desmoronarme delante de ellos, les dedico mi mejor réplica de sonrisa. De las que tengo en reserva cuando algo se me está rompiendo por dentro. Como una máscara de


plástico. Los paso de largo, caminando rápido en dirección al complejo. Los dejo atrás, sin una segunda mirada. No creí que podía doler así, esto del rechazo. Siempre estuve gobernada por las cosas que los ajenos pensaban y decían de mí, nunca pude sacudírmelas del todo. ¿Y con él? Que salga de su boca ha quemado un agujero en mi pecho. Después de lo que hicimos esperaba otra cosa. Y ahora entiendo que él perdió el control allá afuera porque tengo un buen envase. Soy linda por fuera, pero lástima que también soy inmadura. Y ridícula. Y mimada. ¿Mimada? ¡No sabe nada de mí! ¡No me conoce! Si hay algo que nunca fui es mimada. ¿Quién es él para juzgarme así? ¿Eh? Nadie. No-es-nadie. Sólo un tipo con quien me revolqué en un momento de debilidad. Estoy a unos metros de casa, y escucho que alguien viene corriendo detrás de mí. Ni siquiera me giro para corroborar. Sé que es él, y no me interesa lo que tenga que decir. Las excusas que vaya a inventar. Así que también corro, casi ahogándome y doblándome los tobillos en mis altos zapatos. Consigo mi llave del bolsillo y abro la puerta. Entro en mi casa. —Bianca—me llama él, agitado. Le cierro la puerta casi en la cara y ruedo la llave, encerrándome. Nunca más voy a volver a caer por un hombre como él. Porque si hablamos de envases él es quien verdaderamente está vacío por dentro.

*** Paso el día siguiente encerrada en mi cuarto, despatarrada en mi cama simulando ver películas. Lo cierto es que cada una a las que les pongo play acaba en la nada, sólo rellenando el insoportable silencio. Y me termino toda la provisión de golosinas guardadas en mi mesa de noche. Es la primera vez en mi vida que no tengo ganas de levantar el culo y hacer algo. Es la primera vez en mi adultez que dejo que un hombre me afecte lo suficiente como para deprimirme. No lloro, no señor. Pero permanezco allí, recluida, en un rincón paralelo al mundo. Todos siguen sin mí. Paralizada, anestesiada. Acabada. Adela entra sin ningún aviso. Son las tres de la tarde. —Bianca, ¿vas a levantarte y hacer algo por tu vida?—pregunta en la puerta, de brazos cruzados. Pestañeo, hastiada de todo, hacia la pantalla de mi laptop. —No—respondo, metiéndome una barra de chocolate entera en la boca—. No pienso hacer nada por mi vida hoy… ¿te afecta en algo?—la miro de reojo, fulminándola, con la boca llena.


Ella entrecierra los ojos, tratando de leerme. Tratando de ver dentro de mi alma torturada. — ¿Hay algo que pueda hacer para que te sientas menos deprimida?—escarba. Trago, y lanzo el papel de la golosina en el suelo. Sólo para desafiarla. Uno más, uno menos, no hace la diferencia. Mi habitación es un desastre, llena de basura y ropa desparramada por ahí. Y ni siquiera soy esta clase de chica. Nunca me deprimo, pero cuando lo hago, tiene que ser así de intenso y dramático. Así soy yo. Así es la inmadura y ridícula Bianca Godoy. —Nada—respondo, despectiva—. Sólo dejarme sola de una puta vez. Gracias. Suspira, cierra la puerta, quedándose dentro y camina hasta la cama, levantando de camino algunos papeles aquí y allá. —Bianca, no estoy jodiendo—dice, poniendo esa voz blanda que hace que se me estruja el alma. No es necesario que se compadezca de mí. —Yo tampoco—digo, enfocándome en los subtítulos de la película—. ¿No puedo quedarme un día en la cama? ¿Es que necesitan una cocinera? ¿Una sirvienta? ¿O qué? Sé que estoy siendo injusta con ella. Yo les hago de cocinera porque quiero, no porque ellos me lo pidan o exijan. Lo considero como una forma de colaborar, ya que estoy viviendo acá de colada. Y no me gusta sentirme una carga. Pero aunque no quiera reconocerlo, estoy siendo una carga emocional para mi hermano. —Bianca, me preocupo—dice, arrugando las envolturas en un puño—. Los dos nos preocupamos. Me siento de golpe y cierro la laptop de un único movimiento. La quito de encima de mí, abandonándola sobre la mesita de noche y ruedo de costado, de espaldas a Adela. No se preocupan por mí. Nadie jamás se preocupó por mí o mis sentimientos de mierda. Y… sí, estoy siendo presa de la estúpida autocompasión. ¿Y qué? Me ahogaría en ella ahora mismo. —Yo sé que toda esta situación es dura—comienza, muy seria—. Tanto para vos como para Santiago. No les sienta bien esto. Yo sé que él te quiere, Bianca, sos su hermanita. Él te ama, y que te haya abandonado lo demuestra. No quiere que te mezcles en su vida actual porque podés salir lastimada, no quiere que tengas nada que ver con su nueva personalidad. Mereces…


—Nadie tiene el derecho a decirme lo que merezco, eso lo decido yo—la corto, mi vista desenfocándose, aún sigo sin mirarla a la cara—. Me merezco a mi familia de vuelta. A mis hermanos juntos. Me merezco que me vengan con la verdad… Me merezco que, al menos, me devuelvan una pizca del amor que doy… Salto de la cama, enojada, alterada. Ordenando a mis lágrimas a volver por donde vinieron, completamente negada a dejarlas salir. —No me merezco lo que él me hace—señalo la puerta cerrada, refiriéndome a mi hermano. —Entonces, ¿por qué estás acá todavía?—quiere saber, sonando derrotada. Un sollozo seco se me escapa. — ¡Porque no tengo amor propio!—grito—. Porque soy masoquista. Porque me gusta que me hieran. Me encanta que me tiren mi amor a la cara—casi no respiro—. Y porque siempre, pase lo que pase y pese lo que pese, tengo esperanza—susurro, derrotada—. No importa cuánto me quiebren todos ustedes… y el mundo entero puede cagarse en mí todo lo que quiera, y ¡siempre me voy a levantar y creer que todo va a mejorar! Me rio secamente, sin humor alguno. » Además, esto es todo lo que tengo… Esto es lo que hay para mí… a veces, arrastrarte es lo único que te queda por hacer… Adela baja la mirada al suelo, incapaz de decir nada más. Y sé que acabo de hacerla sentir una mierda. Ella no tiene la culpa. Nadie tiene la culpa de que me haya tocado esta misión en la vida. —Necesito que salgas—murmuro, abrazándome a mí misma—. Quiero estar sola. Asiente, cabizbaja y se levanta del borde de mi cama. Sale y cierra la puerta muy lentamente, prolongando el poderoso y pesado silencio. Así, me tiro entre las mantas y tapo un grito con mi almohada. Ésta soy yo. Esto es lo que soy. Una pobre chica desplazada por el mundo. Parece que ni siquiera en un lugar lleno de exóticos perfiles hay espacio para mí. Toda esta gente, cada uno de los integrantes de los Leones, alguna vez se sintió fuera de lugar. Y se encontraron con su verdadera esencia al pararse aquí y ser recibidos por León. Como yo. Por eso, en un momento creí que encajaría, porque nací teniendo siempre esta personalidad de mierda que nadie entendía. Tan asquerosamente positiva. Porque a mis ojos nunca nada está perdido. Pero, así es como la vida explota siempre sus misiles en mi cara. El positivismo apesta.


Sin embargo, no importa cuántas veces repita eso, siempre acabo saliendo del agujero negro en busca de una nueva flor. O persiguiendo de un rayo de sol. Un nuevo color radiante. Nunca voy a cambiar. Siempre seré la chica que se alimenta de ilusiones. Sin importar cuántas de ellas se acaben transformando en desilusiones. Y para probar eso mismo, me levanto a la tardecita y arreglo para ir al bar. Porque alguien tiene que entretener a Ema mientras su hombre se va con el resto a una misión. Una nueva lucha, por ella. Me coloco un vestido rosa que ya usé, tiene la espalda descubierta completamente, y la falda me encanta porque tiene caída y movimiento. Lo acompaño con tacones dorados y un rodete desordenado. Estoy vestida para matar y coloco mi mejor sonrisa frente al espejo. La verdad es que tuve que colocar varios quilos de tapa ojeras, y aun así estoy divina y me alegra que mis ojos se vean vivaces como siempre. Haré de cuenta que no pasé toda la tarde emborrachándome de autocompasión, e iré allá a darle a mi sistema algo con lo que relajarse. Alcohol. Desde que llegué a este lugar parezco necesitarlo todo el tiempo. Una vez dentro, veo que hay muy poca gente y las putas calienta-braguetas siguen con su asistencia perfecta. Genialísimo. Paso directo a las escaleras frente a ellas, ignorándolas y le guiño a Adela que sonríe ancho al verme resplandeciente de nuevo. Sí, la oscuridad no es lo mío. Busco a Ema y bajamos, entonces hago un buen espectáculo quitándome el saco y mostrándoles a las zorras que hoy puede que tenga ganas de competir con ellas. No les gusta nada que me haya vestido tan sexy. Le lanzo a Adela el abrigo y ella lo cuelga en la cocina. Me acomodo en una butaca y recién ahí me encuentro con unos ojos dorados al final de la barra, observándome fijamente. Y sé que se muere por acercarse a hablar conmigo y explicar ciertas cositas. No se lo voy permitir, me mantendré toda la noche rodeada de gente. Estoy en mi primer trago cuando dos de ellas, la rubia y una de las morenas, se acercan a él y mi sangre comienza a arder. Sí, de celos. Malditos e innecesarios celos de mierda. Y odio la manera en la que le tocan los bíceps y se franelean contra sus costados, mientras él no hace nada para frenarlas. Tampoco para corresponderles, aunque me parece distinguir el aleteo de una pequeña sonrisa de lado, llena de malicia. No puedo creer que le atraigan, que tenga el nefasto gusto de mirarles las tetas y no empujarlas lejos. Si tuviera la fuerza del mismísimo Hulk, pero sin hincharme y ponerme verde, la botella en mis manos se astillaría en pedazos por mi puño tan apretado. Juro que si llega a irse en busca de privacidad con alguna de ellas, después de tenerme a mí en el suelo… ¿Qué? Si pasa eso, ¿qué? Nada, pequeña tonta. Se burla de mí esa voz interior. No tengo derecho a nada. Porque no somos nada, y no puedo reclamarlo. Y él no me soporta. A sus ojos soy inmadura, ridícula y mimada. Rujo por dentro. Que se vaya, que tenga sexo sucio y desenfrenado con ellas. No-me-importa. No me afecta en nada.


— ¿Por qué hay tan pocos hombres esta noche?—quiere saber una de ellas, pero no ahonda más en el tema, ¿para qué? Si tiene a ese pedazo de roca frente a ella a la cual aferrarse—. Venís poco por acá, ¿no? Sos bastante nuevo, no pareces uno de los nuestros— risitas. Casi podría soltar humo por los orificios de mi nariz. Alcanzo a ver las garras y colmillos brillando con hambre desde aquí. Lo quieren, se mueren por él. — ¿De los nuestros?—escupo, rumiando mi rabia—. ¿De los nuestros? No tiene cara… Tengo una fuerte necesidad de destrozar algo. —Claro que no tiene cara, ¿no ves? Es una máscara de botox—me dice Adela, igual de molesta que yo. Sólo que por puntos muy diferentes. Ella no quiere que ellas pisen más este lugar. Y yo no puedo soportar que toquen lo que justo ayer tuve en mis brazos, bajo las palmas de mis manos. Y enterrado en lo más profundo de mí ser. Hasta que la verdad me golpea, justo ahora, y caigo en la dolorosa realidad: para él, soy exactamente lo mismo que ellas. Un envase atractivo al que cogerse como un animal y desechar enseguida, sin mirar atrás. Soy otra puta en su lista. —Hola—canta otra voz justo a nuestro lado, entre Ema y yo, regreso a la actualidad viendo a las otras dos putas abordar a mi amiga—. ¿Sos nuevita, nena?—una de ellas apoya una mano en su menudo hombro y me tenso. Ema intenta zafarse, tratando de no ser tan evidente, siempre tan amable. A diferencia de Adela y yo, que lo que menos seremos será amables. —Apártate—gruñe Adela con sus ojos plateados peligrosos—. O voy a prenderte fuego. Elige. Sabes bien que soy capaz. La pelirroja teñida se ríe, y es un sonido de lo más irritante. —No te tengo miedo, idiota—cacarea, y vuelve a enfocarse en la dulce Ema—. Decime, nena, estás con el Perro, ¿verdad? No me gusta el veneno que contienen sus palabras y mirada. Ema se encuentra molesta también notando sus malas intenciones. Se ruboriza, manteniéndose silenciosa por más que se sienta amenazada. —Oh, mira cómo se sonroja, tan dulce—insiste, mirándola despectivamente de pies a cabeza—. Tan roja… Oh, bueno, toda roja, quiero decir.


Su amiga, la perrita faldera, que sólo está allí para apoyar su idiotez, suelta una risita de lo más tonta. ¡Qué tipas tan huecas! Salto de mi butaca, la enfrento. —Retírate si no querés tener problemas—amenazo. Jamás he sido así. Ellas sacan lo peor de mí, y acabo poniéndome a sus tan bajos niveles, volviéndome una patotera de la peor calaña. Mi estado de ánimo ayuda a la situación. La puta perra se ríe, desafiándome. — ¿Con vos? Oh, miren a la pseudo-barbie patoteándome—se burla—. No tenés nada que hacer con nosotras. No querrás romperte una uña, ¿no? Sería una lástima. La adrenalina se me sube a la cabeza. —Estás molestando a mi amiga, si crees que no voy a romperme una puta uña por ella, entonces estás equivocada—gruño. Para hacer peso en ello, levanto un puño y lo estrello en su horrible cara plástica y llena de maquillaje. La pelirroja cae hacia atrás, tambaleándose y su amiga toma la delantera. Saca sus uñas y las clava en mi cara. Adela salta la barra como la ágil leona que es y le da una patada en la cabeza que la derriba al suelo, casi inconsciente. La teñida se recupera de mi puñetazo y me caza de los pelos, pierdo el equilibro sobre mis altos zapatos y acaba siendo arrastra por el suelo de madera, mis rodillas llevándose la peor parte. Me trago el dolor, antes muerta que gritar o lloriquear, mejor me esfuerzo en abrazar sus piernas y derrumbarla de espaldas. Funciona y acabo a horcajadas sobre ella consiguiendo dos puños a los costados de su cabeza, tironeando fuerte sus cabellos duros como paja de tanta tintura barata. Grita y recibo su puño en la mandíbula, no la suelto, rugiendo como una tigresa. Arrancando mechas. Si estuviera viéndome ahora mismo desde algún escenario paralelo a éste, temería de mí misma. Ni siquiera me reconozco. Pienso en mi hermano. Pienso en Jorge. Pienso en toda la gente que me ha desacreditado a lo largo de mi vida. Se me vienen a la mente las veces que mis esfuerzos por los demás fueron lanzados a la basura, sin una segunda mirada de consideración. Vuelvo a Jorge. A nuestro explosivo momento en el bosque, a lo bien que me sentí en sus brazos. Al inigualable sabor de sus labios. Terminando con sus palabras hirientes al final del día de ayer. “Es un buen envase…” “Es inmadura, ridícula… una chiquita mimada.” Y a eso se cuelan las de mi hermano mayor. “No sé cómo ser él”… “Ya no sé cómo ser tu hermano…”


Grito, por el dolor que ellos me causaron. Y por el tirón que me provocan las otras dos perras que intentan ayudar a la que está siendo reducida por mí. Me toman del cabello y me estrellan contra el suelo. Porque claro, soy más fácil, mejor yo que Adela. Porque ella ya les ha dado varias palizas. Y yo soy un blanco alcanzable. Acabo siendo pisoteada. Tres contra una. — ¡BASTA YA!—grita una voz grave y eficaz que congela a todo el mundo. Incluso a mí. Todas se alejan, y me empujo a mí misma sentada sobe mi culo, sacando todo el pelo de mi rostro. Me duele todo, es como si un camión acabara de pasarme por arriba cien veces. Alguien lloriquea y sé que es la contrincante de Adela, que seguro se llevó la peor parte de todas. Una mano gigante, callosa y venosa aparece frente a mi enfoque nebuloso. —Levántate—me ordena Jorge, con la voz un poco menos dura. No me muevo y se inclina para elevarme, un escalofrío recorre mi columna ante su contacto. Y una vez sobre mis pies, lo empujo lejos. —No me toques—quiero sonar llena de fuerza y determinación, y sólo es un murmuro enfurruñado—. Imbécil—finalizo. Avanzo hacia Ema cuando la veo, cerca de las puertas que dirigen a los pasillos del baño. Trastabillo un poco, haciendo resonar muy fuerte mis tacos. Jorge me toma firmemente del brazo y me zafo bruscamente. —Estoy tratando de ayudarte—insiste con tono severo, me persigue de cerca—. Estás sangrando. Ufff. Como si me importara, fue sólo una pequeña paliza, no necesito la ayuda de nadie. Menos que menos la suya. Que se pudra en el infierno, bien lejos de mí. —Aléjate de mí—lo enfrento, parándome sobre mis pies, cara a cara, ignorando lo que me hacen sus ojos dorados—. No vas a volver a tocarme. Andá con ellas para que te sigan frotando, ugh. Él me vuelve a cazar del brazo y me arrastra con cuidado más allá, lejos del bochinche del centro del bar. Pasamos a una quieta Ema, con los ojos muy grandes, tratando de orientarse. Apuesto a que está escuchando mi pelea con Jorge. —Estás siendo inmadura—se le ocurre decir. Bien. Para echarle más leña al fuego. Se me escapa una seca carcajada, cero rastros de humor. Mi corazón no se está tomando muy bien esto.


—Claro que sí—canturreo agudamente—. Vos lo dijiste: soy tonta, superficial… y una chiquilina inmadura— ¿no eran esas sus palabras? No importa, no es nada que otros no hayan dicho antes. Estoy un poco mareada—. Ya entendí tu maldito punto, déjame en paz—tomo un respiro que suena a una bocanada desesperada. Antes de estallar en pedazos delante de todas estas personas, corro hacia Ema y la engancho suavemente del brazo. La traigo conmigo arriba, luchando con mi dolor. He hecho un espectáculo, y ahora no sólo estoy rota por dentro, sino también físicamente. Llegamos al altillo, ignoro cada punzada que me provoca subir los escalones, y entramos. Ema se ve culpable y afectada, una expresión triste en su rostro bonito. Está preocupada por mí. Sonrío, quitando importancia para que se quede tranquila y paso directo al baño. Me encierro allí, respirando con dificultad. No atiendo de inmediato mis heridas, y evito el espejo. Sólo me dejo caer, sentada sobre la tapa del inodoro y me deshago. Las lágrimas, que estuvieron insistiendo todo el día en el borde, ahora se dan el permiso para ser libres. Se derraman por mis mejillas, las bañan, y no sé cómo frenarlas, así que las dejo fluir. Hasta quedarme seca. Hasta que vuelvo a ser yo nuevamente.


CAPÍTULO 8 BIANCA Estoy borracha. Y no es sólo un poquitito, no señor, me he tomado todo una vez que Ema y yo volvimos a bajar. Después de que arreglé como pude mis heridas de nada. Tengo rasguños en la mejilla y el párpado del lado izquierdo, y eso ha hecho que el ojo se me ponga levemente morado e hinchado. Además de una contusión en la mandíbula por algún puñetazo que recibí. Me lavé y limpié la sangre, y tuve que bajar al bar para que Adela me limpiara los tres arañazos que alguna de las gatas dejó a lo largo de mi espalda desnuda durante la mi riña contra tres. Puedo decir que no salí del todo ilesa como mi compañera, y eso es porque fue mi primera vez. Soy una inexperta. Jamás me metí con nadie. Ni siquiera le he tirado los pelos a alguna enemiga cuando era pequeña. Bianca Godoy era toda paz y amor. Ahora es como si estuviera cambiando, poniéndome más dura. Confieso que la pelea se sintió bien, me duele todo ahora y tengo por seguro que mañana será peor, pero fue buena. Me descargué. Entre la adrenalina y mi ataque de llanto en el baño me ayudaron a ablandarme y ponerme de pie. Ahora hay menos peso en mis hombros. Y por eso me relajé y comencé a tomar. Mezclé todo tipo de bebidas y ahora estoy sentada en una mesa viendo mi entorno tornarse doble. Y mientras metía todo ese alcohol en mi sistema, fulminaba a Jorge con la vista, que permanecía enfurecido en un rincón, inquieto porque no pudo acercarse a mí en lo que quedó de la noche. No se lo permití, le pedí a Adela que no me dejara sola y ella así lo hizo. Lo que conlleva a que ahora sospecha que algo pasa entre él y yo. Y no me interesa. Necesitaba un guardaespaldas y pensé que la chica dura sería la mejor en ello, manteniéndolo a raya con un par de miraditas de advertencias. Me hizo sentir mejor que él se viera así de afectado por no lograr su objetivo de explicarme lo que sea que ronda en su cabeza. La verdad es que no es algo a lo que valga la pena darle vueltas, él dijo toda esa mierda sobre mí porque en el fondo lo piensa. Fin de la historia. Me remuevo en la silla y el suelo se inclina a un lado, Adela me sujeta maldiciendo por lo bajo e impaciente. Me rio, aun manteniendo conmigo la bolsa de hielo al costado de mi cara. Ignoro el escozor en los profundos arañazos de mi espalda. Quería ser sexy con este vestido y terminé siendo la boluda a la que apalearon sin esfuerzo. Y ahora tengo sus marcas registradas. —Bianca, nena, mantenete derecha—ordena ella, sacudiéndome.


Le sonrío, completamente fuera de mis cabales. Mañana no va a ser un día agradable para mí. Entre las secuelas de la pelea y la resaca… Desearé morirme y ser enviada al infierno mismo. “Noches de insomnio” de Airbag comienza a sonar en los altavoces y me levanto de golpe, tirando la silla. Canto, o más bien grito, y tironeo de Ema para que baile conmigo. Todo gira a mí alrededor pero me sostengo y doy vueltas con ella, sus manos en las mías. En el estribillo balanceo las caderas y puede que sea una imagen muy ridícula y fuera de ritmo pero, ah… se siente muy bien. Liviano. Divertido. Esto de estar tan llena de alcohol que no me importa más nada que esa sensación de flotar en el aire, a la deriva, es bienvenido. En algún momento alguien zafa a Ema de mis manos, alejándola de mí, y en la bruma de mi cerebro noto que tal vez estaba siendo brusca con ella. Un par de giros más en mi lugar y el suelo se dobla y me lleva con él hacia un costado. Soy agarrada a la altura de la cintura y sentada de nuevo en la silla. Me enfurruño hasta que tengo que aferrarme a los bordes de la mesa para no caerme. Realmente estoy mal. Me tranquilizo un rato después, sintiendo nuevas insoportables ganas de dormir. El bar está vacío a excepción de Adela, Ema, Jorge en la lejanía y yo. Y la música deja de rodar, el silencio volviéndose pesado en nuestros oídos. Estoy a punto de murmurar que estoy cerca de vomitar y la puerta se abre, interrumpiéndome. Los chicos han llegado de la famosa misión, entran uno a uno viéndose cansados y cabizbajos. Me enfoco en mi hermano que no espera más para ir a Adela y confirmar que están bien y todo salió a la perfección. No hubo contratiempos, ni heridos y todo fluyó con facilidad. Lo que sea que eso signifique. La besa como si la necesitara pare seguir en pie y después la suelta para enfocarse sólo en mí. Lo observo a la cara, sus facciones entrecruzándose, aunque distingo sus ojos brillando y tomando nota de mi deplorable estado. Creí que su rostro no podía endurecerse más, pero parece que mi hermano rompe récords cuando se trata de oscuridad. Adela le cuenta la historia de lo sucedido en tono bajo mientras caminan hacia mí. Me paro frente a ellos, intentando verme coherente. Fallo miserablemente, mis rodillas se aflojan. Mi hermano me tiene en brazos antes de que quede despatarrada en el piso y me levanta en el aire, cruzando un brazo bajo mis rodillas. No tengo energías para pelear o decir algo inteligente, sólo apoyo la mejilla en su hombro y lo miro sin perderme ninguna de sus facciones tan hermosas. Adela coloca algo sobre mí: mi abrigo. Y nos vamos, despidiendo a los demás que se quedan, mi cuñada entre ellos porque pasará la noche con Ema en el altillo. Estoy incapacitada y embobada en los ojos de mi hermano al tiempo que me lleva a través del recinto, en dirección a casa. Suspiro y le acaricio el pecho con la mano libre, alisando su ropa. Él no quita la mirada de mí, reteniendo en sus pupilas mi rostro maltrecho. Su actitud hace que me pique la nariz, y sorbo, arrugándola.


Ni siquiera soy consciente de que cierro los ojos, me noto al abrirlos de nuevo, estando sobre mi cama. Santiago me quita las sandalias y me rio por lo bajo porque me hace cosquillas en los tobillos. El techo es como un espiral rodando sobre mi cabeza y pestañeo, atontada, inmersa en la nada. Soy acomodada sobre las almohadas y cubierta con las mantas, como siendo arrullada por una mamá. Estoy al borde del precipicio cuando oigo que alguien se quita la ropa y las botas. Al principio pienso que es Adela, pero eso es improbable porque en la casa sólo somos dos. Y acto seguido, el angosto lado de mi cama se hunde a causa de un cuerpo pesado, y un agradable aroma a productos de afeitar y colonia de hombre se impregna en mi nariz. Entreabro apenas los ojos para ver a mi hermano acomodarse junto a mí, todavía con vaqueros y camisa, en el poco espacio que le queda. Nuestros cuerpos se pegan, yo dentro de las sábanas y él afuera, pasa su grueso brazo tatuado bajo mi cabeza, permitiéndome descansar en él. Me acurruco en su calor y suspiro, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello. Se advierte rígido e incómodo, pero acepto la sensación de tenerlo conmigo. Tan cerca. Y abrazándome. Por fin. Las emociones se me suben a la cabeza y tengo miedo de moverme y que la ilusión de él acá sosteniéndome se esfume. Temo estar soñando. —Lo siento—susurra, haciendo desaparecer una de mis lágrimas con el pulgar—. No es mi intención lastimarte… yo…—traga, su rostro sin mostrar ninguna emoción, y sin embargo sé que está tratando de dejarme entrar y ser sincero—. Esto es lo que soy ahora… y me cuestan las emociones… me cuesta hacer que el resto me entienda… la única persona que rompió todos mis límites fue Adela, y no pude dejarla afuera, por más que quise… La amo y hasta más que eso… Ella es mi vida, y me comprende… ¿cómo puedo explicarte, Bianca? Se mantiene fijo en el techo, podría estar actuando como muy impersonal, y de todos modos absorbo lo que está intentando darme. Lo escucho atentamente, aun cuando me encuentro en el borde. Me esfuerzo por no perderme nada de esto, conformándome con lo que esté dispuesto a ceder. —Es como si no hubiera más lugar en mi corazón para más gente…—sigue, su tono apretado—. Lo poco que tenía, se lo di a ella… ¿Y cómo siquiera iba a pensar en regresar a casa si ya no era el mismo? El viejo Santiago está muerto… esa es la verdad, Bianca. Tu hermano mayor está muerto, él desapareció en algún momento y jamás lo recuperé. Nunca más volví a ser el mismo. Soy otro… mi esencia es otra, mi mente es otra… incluso mi cuerpo es otro… Y creé otra vida para esto que soy ahora. Me reinventé, lejos de todo lo que fui antes. No fue por algo personal con ustedes… Fue por mí. Lo hice porque lo necesitaba. Y punto…


»No significa que no te quiera, ¿bien? Sólo… no quise imponerles a ustedes, ni a mamá, alguien que ya no se sentía como parte de la familia… Los dejé atrás porque decidí que era lo mejor para todos, no sólo para mí… ¿Entendés? Asiento y al fin me mira a los ojos. Le sonrío, froto mi mejilla en su camiseta, con mi mano le rozo el costado de la cara. Está bien. Elijo entenderlo. Elijo no presionarlo más. Me ocuparé en conocer y comprender a su nuevo yo de ahora en adelante. No más planteos dramáticos. —Está bien—le susurro—. No importa si ya no me querés como antes… lo entiendo. No importa—trago, pestañeando pesadamente—. Yo tengo amor por los dos. »Te amo. Lo oigo suspirar, perdiendo una milésima de tensión en su sistema. Y un segundo después me dejo ir, más satisfecha que nunca desde que pisé por primera vez este lugar.

JORGE No puede ser que me esté pasando esto. Y que encima me importe. En un principio, mi hermano menor, mi gran enemigo durante casi toda la vida, me apretó para intentar “conocerme”. Y lo primero que se le ocurrió decir fue el nombre Bianca Godoy. ¿Conocerme? ¡Las bolas! Estaba tendiéndome una emboscada porque el hijo de puta sospechaba algo. Y Bianca estaba aterrada de que descubrieran lo que habíamos hecho. Porque antes que nada estaba su hermano. ¿Y qué tuve que hacer yo con este cerebro de maní que me queda? Insultarla. Hacerla sentir una mierda para que él me dejara en paz y se fuera con sus estupideces a otro lado. Estaba enojado, me sentí apretado y burlado. Casi lo golpeo con uno de los puños que se retorcían cerrados a mis costados. Y, lo peor, ella tuvo que escucharme. ¡Qué jodida tan oportuna! Carajo, me dolió su mirada destrozada. Me dolieron sus ojos grandes y heridos. Y más me dolió que me mirara con odio después. Que me esquivara como si fuera portador de alguna plaga. No me dejó la oportunidad de explicarme. Y sé que, en cierto modo, no tengo excusas creíbles. Fui duro, soné odioso. Rabioso. Y puede que alguna vez haya creído todo eso de ella, pero ahora definitivamente no. He aprendido a no juzgar por la portada. Bianca es el ser más alegre, dulce y desinteresado que he conocido. La única que tengo la suerte de conocer. Nunca me rodeé de gente así, y pensaba que no existían. Entonces ella apareció, me sonrió y mi cabeza explotó. Lo que menos quería era lastimarla, odio cuando llora. Odio que se


sienta tan mal por algo que yo le hice. No soy bueno en esto, en todo lo que tenga que ver con el trato adecuado a las mujeres. Amé una vez, pero fue una extraña relación, nunca estuvimos juntos oficialmente. La mantuve escondida, nunca aprendí a tratarla como se merecía. Siempre la estaba dejando al amanecer, e incluso, a veces, no la veía por meses. Y era a causa del miedo lo que me hacía actuar así. La conocí en mi peor momento, fue mi cable a tierra y también la fuente de mis pesadillas. Porque no podía soportar la idea de que los viejos supieran de ella. ¿Y al quedarse embarazada? Más aterrorizado estuve. La perdí de vista por meses y meses, hasta que volví y la tuve frente a mí con un vientre redondo y abultado que la hacía verse más preciosa todavía. Y tan sola. Cecilia siempre fue una chica solitaria, y yo la estaba volviendo una paria completa. Se tomaba en serio todo lo que yo le decía, me hacía caso. Yo era como su religión. Estaba consumida por mí. Y creo que por eso los viejos tardaron tanto en encontrarlos. Porque me escuchaba cuando le decía que tuviera cuidado. Me quedé a su lado el resto del embarazo, yendo todas las noches a sostenerla, a hacerle compañía. Porque era injusto que pasara por esa experiencia sola. Y el bebé nació en lo que para mí fue un pestañeo y mis visitas se estiraron un par de meses más. Hasta que la dejé. Para siempre. Y ella me permitió marchar. Sin trabas. Le di todo lo que necesitaba a lo largo de los años para mantener a nuestro hijo y a su vez fue la mejor madre que Tony podría haber tenido. Y se la quité. Dejé que se la arrancaran. Entonces, ¿qué clase de tipo soy al ser capaz de hacer eso? No tengo idea sobre mujeres. La mayoría que rondaban en mi vida eran putas que estaban dispuestas a aceptar un polvo de una noche. No sé cómo tratar a un ser tan especial como Bianca. Y ya la he lastimado, sin siquiera llegar a conocernos mejor. Estoy seguro de que ahora no quiere saber nada de mí. ¿En qué te afecta? Sabes que así las cosas serán mucho mejor. Exacto. Dejar que permanezca lejos de mí, odiándome, es lo mejor después de todo. No tengo nada para darle a alguien como ella. De hecho no hay nada en mí para nadie. Salvo para mi hijo. Ahora él es el centro de mi universo. Una vez que dejo a Tony irse con León hacia el jardín del pueblo camino en dirección a las cabañas, ahogándome con el cigarro en mis manos. La adrenalina va subiendo con cada paso y mi sangre se desvive por un poco de acción. Curvo mis puños al llegar a la segunda edificación, hermosa toda de madera que combina tanto con este paisaje, y aporreo la puerta. Ese hijo de puta me va a escuchar. Pedazo de podrida mierda. Es mi culpa, me hago cargo, pero a esto lo comenzó él. Lucre abre y se asoma, sus ojos y boca sobresalen con sorpresa. Sí, es la puta primera vez que me acerco a ellos por mi cuenta.


— ¿Está Max?—escupo. No tengo ganas de ser amable hoy. Ella se ruboriza con cautela y asiente. No le gusta nada mi forma de llamar a su puerta, sin embargo, me permite entrar. Se retira para darle la bienvenida al lobo feroz que quiere romperle la cara a su hombre. Doy un paso dentro y miro en todas direcciones, tomando nota de que ninguno de los peques esté cerca. No me meto con bebés. —Está en la cocina—me dice ella. Jodeme que está lavando los platos el malnacido. No, en realidad está sentado, despatarrado en una silla con una expresión de pura felicidad cuando me ve y salta, su semblante volviéndose desconfiado. Sí, tiene motivos para desconfiar de mí. En un único movimiento hacia él y le planto el puño a un costado de la cara, se queja y tambalea atrás, casi directo al suelo. Lucre chilla a mi espalda, tapándose la boca, afectada. Sujeto al tonto por el frente de su chaleco y lo sacudo. — ¿Querés conocerme?—le aúllo en la cara, él me mira con el ceño fruncido, sus ojos volviéndose peligrosos. Soy más grande que el pequeño Maximiliano, puedo revolcarlo por todo el lodo si quisiera. — ¿Qué mierda te pasa?—me gruñe. Lo siento en la silla nuevamente, haciéndola traquetear, la cosa amenaza con ceder bajo su peso. Intenta salir pero saco mi navaja, descubro la hoja filosa y la apoyo en su garganta. — ¿Qué está pasando con ustedes?—dice Lucre acercándose. No está asustada, sólo molesta porque tengo a su amado Max bajo amenaza. — ¡Atrás, muñeca! Esta porquería es entre este idiota y yo—expulso, brusco. Ella se queda de pie en un rincón, de brazos cruzados, mientras Max me da una mirada llena de deseos homicidas. Su pómulo se está hinchando y la vista me llena de una insana satisfacción. — ¿Querías conocerme?—grito, mirándolo a los ojos—. ¡Entonces pregunta de verdad, carajo! No me vengas con pendejas. Vos y yo no tenemos nada que hablar sobre vaginas. Si querés saber cosas de mí, empezá por el puto principio, imbécil zalamero de cuarta—mi voz se va tornando ronca e impaciente—. ¿Querés el principio de la historia?


Me alejo de la mesa, sabiendo que está petrificado, ni él ni su mujer se pueden mover de sus lugares, como muñecos clavados al suelo. —Tenía quince cuando maté por primera vez—digo, guardando el arma en el bolsillo y sentándome frente a él, como si ésta fuera mi casa—. Era un vagabundo que dormía en nuestro porche. Rober me levantó una mañana muy temprano y me arrastró hacia él. Me ordenó que le disparara en la cabeza… »Me negué. Dije que no. Y él anunció que, incluso vos, con jodidos doce años sabrías recibir sus órdenes y hacer todo lo que él quería. No lo miré a la cara, me fui. Le di la espalda. Porque a mi manera de ver, era sólo un pobre tipo durmiendo bajo un techo. No molestaba, no era ningún traidor, ningún espía. A mis ojos era sólo un zaparrastroso que no tenía a donde ir. Me fui y allí comenzó su odio hacia mí. Y volcó su atención enteramente sobre su pequeño bebé con verdadera sangre Medina. Su Maximiliano. Max se estremece porque odia la manera en la que supone que fue concebido. Y no voy a confirmárselo nunca. Tiene razón, papá violó a su propia hermana, pero él no tiene que saberlo. Con que sospeche ya alcanza. Yo tampoco querría que me lo aseguraran. »Luego resulta que el croto le robó algo, entró en su habitación y se llevó algunas cosas. Y, por supuesto, yo tuve la maldita culpa por creer que era inofensivo. Así que fue a buscarme y me partió la cabeza con un fierro, me desmayé y desperté colgado boca abajo del techo. Me usó de saco de boxeo durante toda la puta tarde, por supuesto, cuidándose de no matarme. Me necesitaba, al igual que a Jesús. Después me envió a buscar al tipo y llevarlo hacia él. Lo hice, no fue difícil encontrarlo y cuando lo tuve allí para su inhumano disfrute, me ordenó que lo matara. Si yo no le hacía caso me tendría sin comer un mes, y de paso me seguiría usando para descargar su rabia contra el mundo. Además, te pondría antes en la lista que a mí. Ya no tendría mis privilegios, porque se los daría a su precioso hijo menor Max…—suspiro, y me froto los ojos, frustrado—. Lo hice, le di un certero tiro en la cabeza al pobre linyera y le mostré la espalda a papá. Me alejé de él, pero nunca olvidé sus palabras. Y la manera en la que me había mentido, porque al final de todo, siempre fuiste su referido. Jesús y yo sólo éramos unas sucias extensiones a las cuales usar cuando le convenía… »No me quería para sucederlo algún día en la presidencia. O al menos ser su mano derecha. Sólo me necesitaba para que me ensuciara las manos a cualquier precio, mientras te preparaba y entrenaba para ser el gran rey… Mientras se regodeaba de tus agallas y buena puntería con los cuchillos… Mientras tu inteligencia superaba la de cualquier otro infeliz del clan… Salgo de la silla, parándome frente a él en toda mi gloria. Aprieto los dientes hasta que mi mandíbula se queja y resuena. Trago mi rabia, que parece haber crecido el triple de su


tamaño entre mis costillas. Lo tengo acá, justo cara a cara y quiero retorcerle el pescuezo. Y me refreno porque el odio por él ya no me gobierna, y tengo mejores cosas que hacer. — ¿Querías conocerme?—murmuro, rugiendo entre dientes—. Acá tenés un pequeño pedazo de mí, hermanito menor… »Ese fue el día que comencé a odiarte a muerte. No puede ni mirarme a los ojos, mantiene la cabeza baja, su semblante poniéndose rojo de rabia. No me enfrenta ni una sola vez. Niego para mí mismo. No tiene la culpa, me digo por dentro. Nada de esta mierda es su culpa. Pero a mi sistema todavía le cuesta entenderlo, aceptarlo por lo que es. Lo sigo odiando. Sigo pensando que es el gusano que me jodió la vida al nacer. Mi mente sigue creyendo que es mi desgracia. Retrocedo media vuelta y salgo. Los dejo allí, obviando el hecho de que son la única familia que me queda. Sangre de mi sangre. Y todavía no puedo apreciarlos. Ni amarlos. Nada. Tal vez nunca suceda. A mi forma de ver siguen siendo invisibles.

BIANCA La resaca me ha durado dos días, y recién ahora, en la tarde del segundo, puedo decir que estoy del todo recuperada. No he salido afuera desde que Santiago me trajo a mi habitación y se quedó hasta que me dormí. Estoy de un humor renovado, lo que no es raro en mí, porque no me sale eso de ser sombría por mucho tiempo. Aunque nuestro mutuo entendimiento entre hermanos ha logrado un milagro conmigo, debo aclarar. Me lo he pasado tomando aspirinas para el dolor, tanto el de mi cabeza como el del resto de mi cuerpo, a causa de la paliza que me dieron las putas. Por suerte, León aprobó que no las dejaran entrar al recinto nunca más, algo que todas las chicas festejaron. Incluso la siempre callada Francesca. Los hombres son una historia aparte, se vieron un poco molestos, pero aquí la palabra del líder es la única que vale y ellos tendrán que buscar compañía femenina en otro lado. Ya he almorzado algo rápido y ahora estoy preparándome para mirar alguna serie que me haya quedado pendiente de la semana pasada. Después, tengo pensado quedarme acostada y leer alguna novela que traje en la valija y nunca saqué desde que llegué. Estos días es preferible quedarme tranquila y recuperar energías. Además, Ema está muy ocupada pasando el rato en el departamento de Alex. Si pasar el rato es una buena forma de referirse a ello. Adela duerme hasta muy tarde y las otras mujeres tienen familias que atender. Estoy sola, y aprovecho este tiempo al máximo. Siempre fui experta en llevarme bien conmigo misma.


Tiro un puñado de granos en la olla caliente y le coloco la tapa, esperando el chisporroteo que indica que comienzan a saltar, convirtiéndose en deliciosas palomitas de maíz. Amo el ruidito y el aroma, y ya tengo listo el caramelo para echárselo encima cuando estén listos. Esto es vida. ¿Comer dulces todo el día? Pues, claro. Soy la reina de las golosinas. Tengo la leve sospecha de que el chocolate es el que me mantiene activa, se dice que mejora el estado de ánimo. Y yo siempre tengo a mano una tableta. Mi receta para siempre estar burbujeante y contenta. Decido que tengo muchas ganas de reír, entonces elijo darme una maratón de Friends. Me siento de chinito en la cama, con el enorme tupper redondo lleno de pochoclos abrazado al pecho y me quedo embobada con mi grupo de amigos favoritos. Mi habitación es un caos de diversión, entre mis risitas y el ruido molesto que hago al masticar. Estoy en mi salsa. Esto es lo mío. Un capítulo termina y mientras el próximo se carga, voy a YouTube y coloco música. Lo primero que engancho es Worth It de Fifth Harmony y considero dejarla mientras me recuesto y meto un puñado de pochoclos en la boca. Oh, mierda, me salieron muy buenos. Cierro los ojos, saboreando. Un segundo después alguien estampa sus nudillos en el cristal de la ventana y salto. El recipiente lleno de pochoclos se me escapa de las manos y las pequeñitas nubecitas dulces se desparraman por todos lados. Sobre mí, la cama, la laptop, el suelo. Pero no les estoy prestando atención, no puedo desenfocar la ventana. Jorge está ahí. Su oh-tan célebre ceño fruncido en un cuadro clarísimo hacia mí. ¡¿Qué se cree?! Me levanto de la cama, quedándome de pie junto a ella, como una tensa estaca clavada en el suelo. Está viéndome con mi mini camisón de gatitos y mis gafas violetas. Mi pelo desordenado en una cola alta y con la boca llena de pochoclos. Estoy respirando con dificultad y ni siquiera puedo tragar lo que está inflando mis cachetes. Lo fulmino con los ojos mientras sigue insistiendo, golpeteando el vidrio. Mastico y lo veo perder la paciencia, con sus ojos dorados entrecerrados en mi dirección. Al fin trago la pasta de palomitas y me activo, caminando hacia la ventana. Le sonrío, falsa, mientras me demoro bastante en bailar e inventar algunos pasos de baile, sabiendo que se está volviendo loco, desesperado para que le abra la maldita ventana. ¿Qué quiere? Pensé que este tipo tenía un orgullo igual de imponente que su imagen y dejaría el asunto atrás. Pero parece que se ha tragado las reservas y se arriesgó a aparecer para rogarme. Ufff, debo decir que me encanta. Cierra los ojos con clara frustración al ver que me tardo mucho en avanzar hacia él. Giro, muevo las caderas, y hago el movimiento de empuje con las manos. Entonces la canción


termina y la página sigue reproduciendo Sorry de Justin Bieber. Sonrío como el Gato de Cheshire. Qué oportuno. Modulo la letra mientras me acerco. Sí señor, es muy tarde para pedir perdón. La canción no combina nada con este hombre. Eso me da más risa. Al fin llego a la ventana y él se tensa con anticipación. Le dedico mi mejor mirada angelical y su semblante se ablanda un poco. Cree que voy a abrirle y darle el gusto. Alzo las cejas con desafío. Cierro las cortinas. Me alejo meneando, sintiéndome victoriosa, riéndome de él. Ahora el pobre hombretón no puede verme desde el otro lado. Le he dado una buena patada a ese ego. Ojalá le haya dolido como una en los huevos. ¿Debería abrirle y patearlo justo ahí? Apuesto a que sería bonito verlo caer de rodillas con una expresión de dolor en ese rostro de piedra. Me acerco a la cama negando con la cabeza y junto algunos pochoclos de encima de la colcha y los meto entre mis cachetes. Me agacho para juntar y tirar en la papelera los que se derramaron en el suelo. Me alzo, giro y mi alma brinca de nuevo fuera de mi cuerpo. Un chillido agudo desprendiéndose de mis labios. Jorge salta la ventana como si no estuviera haciendo nada malo. ¡Está usurpando la habitación de una señorita! Pestañeo para corroborar que no es un sueño. Sí, definitivamente se acaba de meter en mi habitación, saltando la maldita ventana. Y camina hacia mí como un lento felino a punto de atacar. — ¿Qué mierda?—murmuro, sin habla. Él se lleva el dedo índice a los labios. Y lo fulmino con los ojos. — ¿Cómo mierda entraste?—susurro-grito porque no quiero despertar a la amenaza dormitando en el otro cuarto. Me da una media sonrisa llena de autocomplacencia. ¿De verdad está actuando como si no le importara nada? Él me insultó días atrás. Dijo cosas horribles de mí. — ¿Crees que estás a salvo en este lugar?—me pregunta, echando un vistazo a mi camisón—. Puedo abrir cajas de seguridad con sólo un movimiento de dedos. Una ventana es una cosita de nada, muñeca. Me cruzo de brazos, aún con los pochoclos en mis manos. —Quiero que te vayas—le digo, y estoy hablando en serio. ¡No tiene ningún derecho! ¿Cómo tiene la cara de colarse en mi dormitorio? No puede ser posible. Y a todo esto, ¿dónde se ha dejado el entrecejo arrugado y la amargura en los ojos? ¿En el vano de la ventana?


—No voy a irme, primero vamos a hablar—ordena, como si fuera el rey del universo—. Sentate justo ahí, y escúchame…—señala el final de la cama. Me adelanto hacia él y le lanzo las palomitas en la cara, sólo porque soy una chiquilina dramática. Y como la frutilla del postre le doy una fuerte cachetada en la mejilla afeitada. De las que pican. Tanto, que tengo que frotar mi palma en la tela del camisón. —Tenía muchas ganas de hacer eso—susurro y por dentro me rio de su cara. Se reacomoda, aclarándose la garganta. Y sé que, en el interior, la ira está fluyendo, pero se la traga. Me encanta descolocarlo así. No le tengo miedo a la furia del señor amargado. — ¿Terminaste?—pregunta, carraspeando. Sonrío y me encojo de hombros. —Oh, sí—digo, y trato de empujarlo de vuelta a la ventana, como si tuviera la fuerza necesaria para acarrearlo—. Ahora vas a salir por donde entraste. ¡Fuera! No se mueve, me toma de los brazos y me traslada hasta dejarme sentada en la cama. —Vengo a disculparme, Bianca—dice, seriamente—. Y no es que haga esto muy seguido. Puede que sea un poco torpe, pero quiero hacerlo… no soporto que te sientas mal por lo que dije… eran todas mentiras… Resoplo, ahora se ha ido toda mi falta de formalidad. Me cae muy mal que me diga que fueron mentiras cuando los dos sabemos que no es así. —No, no fueron mentiras—arrojo, cortante—. Sé que no, sonó muy real… muy verdadero. Y me hiciste mierda por dentro… Obviamente me trago eso último. Él suspira, lenta y largamente, comienza a pasearse acá y allá, sin saber cómo encarar mi disgusto. Se frota la cabeza y muy en el fondo me dan ganas de hacer lo mismo con mis manos. Me reoriento, maldiciéndome. No me gusta que me traten de tonta, puedo parecerlo pero estoy lejos de serlo, y él lo está haciendo en este mismo momento. La verdad, es que prefiero que no se disculpe. Porque va a ser difícil que le crea. —Mira…—se planta y me mira directamente, intento no encogerme por el peso que tiene su mirada en mi pecho—. Puede que haya creído eso, ¿está bien? Pero fue cuando no te conocía, y no sabía nada de vos. Te juzgué por la portada, Bianca. Me equivoqué. Ya no creo esas cosas horribles y espero que puedas perdonarme… Soy un idiota, siempre lo fui y lo seré hasta que me muera, pero aunque sea ésta vez necesito disculparme por ello.


Tiene un juego nuevo de facciones, acabo de descubrir. Ahora se parece mucho a un cachorrito abandonado al costado de la ruta. Desamparado. Sus ojitos dorados fijos en mí, esperando una respuesta. ¡NO! No voy a ablandarme. Me mantendré firme. — ¿Qué me dijiste esa tarde?—pregunta, insistiendo—. ¿Qué me pediste antes de que te dejara entrar aquí? Pestañeo y no respondo. Él se muerde el labio inferior, concentrado en esto. Y noto que está nervioso. Bueno, todo lo nervioso que un hombre tan seguro como ��l puede estar. —Me dijiste que tu hermano no debía enterarse de lo que pasó entre nosotros— murmura, esperando alguna reacción de mi parte—. Y te prometí que nada de eso pasaría. Entonces Max apareció de la nada esa noche y comenzó a interrogarme… lo primero que dijo fue tu nombre. ¿Cómo crees que reaccioné? Perdí la cabeza porque no me gustó su tono, me estaba apretando. Tanteándome. Porque sospechaba—resopla, tomando aire inmediatamente— . Supongo que he sido más evidente de lo que creí cada vez que te miraba… ¡Ay, ay, ay Dios! Diosito. Jesusito. Virgencita de Luján. No me dejen perdonarlo. Él es malo. No puedo perdonarlo, me lastimó muchísimo con esas terribles palabras. La saña en cada silaba. Todavía lo recuerdo como si hubiese sido hace un momento. Estaba muy enojado y con cada palabra me convenció de que me odiaba. ¡No puedo caer tan fácil! —Bianca…—ains, ¿por qué me gusta tanto cuando dice mi nombre en ese tono?—. Realmente necesito que me perdones… Trago. — ¿Por qué?—quiero saber. —Porque no soporto que me odies… —Pero realmente no me conoces… ¿cómo es que has dejado de creer todo eso de mí? Es verdad. Apenas hemos cruzado dos palabras. Él no me conoce nada. —Créeme que he visto lo suficiente como para cambiar de opinión, no tardé mucho en comprobar que estaba muy equivocado—responde, seguro y siempre mirándome a los ojos. Es sincero. O al menos suena así. Y por dentro ya me muero por perdonarlo. Pero… ¿realmente puedo hacerlo tan rápido? ¿Así como así? Quiero ser más dura que esto. Me remojo los labios, nerviosa y me miro las manos por un minuto. Pensando. Después de su discurso tengo que esforzarme mucho en no aceptar sus disculpas. —Bueno…—elevo la mirada a él—. Te perdono…


No sonríe ni flaquea. Sólo asiente. —Ahora… ¿podrías salir?—le pido. Ya es suficiente de Jorge quitándole todo el oxígeno a mi cuarto. Sacude otra vez la cabeza, concordando conmigo y se vuelve hacia la ventana. No puedo creer que un tipo como él haya entrado de esa manera. Como el novio adolescente escabulléndose antes de que los padres de la chica lo descubran. Ese pensamiento me hace sonreír mientras lo sigo de cerca, así cierro la ventana rápido una vez que esté fuera. Me paro allí y se gira hacia mí. Él afuera, yo dentro. Nos miramos por unos cuantos segundos, entonces se inclina. Desciende la cabeza como un halcón y toma mis labios con los dientes. Se me escapa un suspiro y aprovecha el instante para colar la lengua en mi interior. No puedo acallar el gemido que sale de lo profundo de mí, a medida que ahonda el beso. No es suave, nada de lo que él hace lo es. Debería saberlo a estas alturas. Me retiene pegada a él con su enorme mano anclada en mi nuca. Toma mi boca. Hace lo que quiere con ella y no tengo la fuerza para ponerme firme y resistirme. Me saborea entrañablemente y succiona mi lengua, luego va por mis labios. Cuando se separa me estoy tambaleando como un títere, toda atontada. Alcanzo a divisar una media sonrisa altanera mientras me sujeto del borde de la ventana. —Tenía muchas ganas de hacer eso—repite mis propias palabras anteriores. Un pestañeo, dos, y ha desaparecido de mi vista.

JORGE Me levanté esta mañana con una agradable sensación bajo las plantas de mis pies. Supe que sería un buen día. Y desde hace tiempo estaba necesitando uno de esos. Ya ni me acordaba lo que se sentían. No estaba equivocado, pienso, mientras me alejo después de comerle la boca a esa hermosa y dulce muñeca de ojos azules y piernas largas, luciendo un camisón de gatitos nerds y unas gafas de montura violeta. Que, por cierto, han quedado torcidas precariamente sobre su nariz, cerca de caer, luego de mi asalto. Me gusta la expresión congelada en su cara al tiempo que me ve irme, dejándola sola como me pidió. Por supuesto iba a respetar su solicitud, no sin antes demostrarle al menos una pizca de lo que habría pasado si me hubiese dejado quedarme en su habitación un ratito más. Me enciendo un cigarro, soltando un juego nuevo de carcajadas que suenan oxidadas desde mi garganta. Hace mucho tiempo que no río de esta forma. Si es que alguna vez lo hice, en realidad.


Lo cierto es que me costó mucho hacer las paces con la idea desesperada de ir a buscarla para disculparme. Mi orgullo se negaba rotundamente a golpear su maldita ventana como si fuera un adolescente necesitado de atención, y con ganas de ultrajar a la niñita virgen del barrio. Todavía estaba en guerra cuando le di al cristal con mis nudillos, viéndola comer pochoclos recostada en su cama como una pequeña adolescente despreocupada. Jodidamente amo eso de ella. Y no es mentira que me sentía horrible por hacer que alguien con esa personalidad tan refrescante y amable se sintiera mal a causa de mis estúpidas palabras. Estaba impacientándome al no verla rondar por ahí, contando los minutos para tratar de cazar un momento con ella a solas. Tuve que ir yo. No me quedó otra opción. Y cuando comenzó a bailar, desafiándome, completamente siendo fiel al estilo Bianca Godoy, sentí un tirón en el pecho. Como una soga tensándose entre ambos. La aprecié mucho en ese momento. Quise apretarla contra mí y borrarle esa sonrisa burlona con la mía, como venía soñando desde hace un tiempo. A mi manera. Aunque se me subió un poco la sangre a la cabeza cuando tuvo la osadía de correr las cortinas y cortarme la perfecta visión. Tuve que usar mi as bajo la manga, porque iba a disculparme tanto si ella quería, como si no. Iba a escucharme. Así que salté su ventana, irrumpí en su privacidad. Sólo para verla inclinada sobre el suelo mostrándome un primer plano de su culo, sólo siendo cubierto y dividido por una tanga de lo más estrecha. Estaba casi desnuda bajo ese camisón minúsculo. Quise avanzar hacia ella, pegarme a su parte trasera y obligarla a gritar mi nombre una y otra, y otra vez. La maldita ponía mi cabeza, y otras partes, a bullir. Tuve que reorientarme varias veces, recordándome la intención por la que fui allí, en principal. Y doblarla para domarla no era ni de cerca una opción. ¡Mírenme, tratando de ser respetable! Tengo que reconocer que me tomé muy en serio el asunto de conseguir su perdón, porque lo quería. Incluso hasta lo necesitaba, porque no podía sacarme de la mente sus ojos dolidos luego de escucharme decir toda esa basura sobre ella. Y al mismo tiempo quería romper la distancia que me cuidé de mantener, porque sabía que Bianca la necesitaba. Quería ver de cerca sus heridas, reconfortarla, hacerla sentir mejor. Pero ella sabía hacer todo eso para sí misma sin ayuda de nadie, tenía todo controlado. Esa certeza me llenó de un orgullo nuevo. Por ella. Por su fuerza y convicción. ¿Qué mierda me pasa? Ni siquiera esa duda borra mi sonrisa socarrona, porque todavía tengo su sabor impregnado en la lengua. Y no puedo dejar de pensar en que quiero más. La quiero toda. Necesito volver a tenerla. Y no importa si caigo en un pozo sin fin, seguro acaba siendo


sensacional. Como lo fue tenerla debajo de mí en el bosque, provocándole gritos de abandono a causa del placer. Me dirijo a casa, siempre cuidando de que nadie me haya visto colarme en su cuarto. Los vigilantes de León se camuflan bien, aunque no hay nadie alrededor por estas horas. Entro y me dejo caer en el minúsculo sofá, abriendo la ventana para no llenar de humo el cuarto. Estoy ansioso, preciso volver a llamar a Esteban. No sólo porque quiero saber todo lo que pasa de su lado, sino que también temo por su seguridad. Y llamarlo a cada rato le podría traer graves problemas, debo refrenarme de hacer alguna estupidez. Es que estar acá, a resguardo, pasando los días tras otros sin hacer una puta mierda me hacen sentir como el peor inútil del mundo. Y mi mente no quiere detenerse. Necesito acción, incluso en mi cabeza, y ni siquiera tengo una pisca de información para, aunque sea, comenzar a meditar planes. A este ritmo siento que la venganza será dentro de una eternidad. Tony entra corriendo, y se queda de pie en medio de la habitación, mirándome fijamente. Es cauteloso a mí alrededor y sé que es porque todavía no me he ganado del todo su amistad. A veces es como si se olvidara que hace poco que nos conocemos y se aferra a mi imagen, porque empieza a entender que ahora somos sólo nosotros. Otras, es como si se acordara que me conoce poco, y le cuesta llamarme papá. —Hey—le saludo, tranquilo. Le levanto la mano a uno de los Leones que lo acompañó de regreso desde la cabaña de León. Me acomodo con los codos en las rodillas y llamo a mi hijo, para que se acerque a mí. Lo hace y me ocupo en aflojarle el abrigo y quitarlo. Le despeino el pelo lacio castaño con mechones dorados y lo miro a los ojos. Nadie puede negar que sea mío, tiene exactamente mí mismo color de ojos y cabello. Sus facciones se parecen mucho a las mías cuando fui niño. Pero también tiene muchísimo de su madre. La nariz, el gesto de la boca y la sonrisa angelical. El brillo en la mirada cuando algo le llama la atención. Y su personalidad, espero que la saque de ella a final de todo. — ¿Jugaste mucho con Abel?—le pregunto, tratando de entablar conversación. Asiente, fijándose en alguna cosa en la pared detrás de mí. Tengo muchas ganas de preguntarle si extraña a su madre, y sé bien que no es una buena idea. Supongo que cuando crezca y entienda mejor las cosas podremos sacar el tema. Ahora, ¿cómo le explico? Cuando lo encontré estaba en el sótano bajo la alfombra. Cecilia lo había metido allí, escondiéndolo de los viejos. Ella sabía que tarde o temprano vendrían por Tony. Yo le había advertido sobre esa posibilidad. Y también prometí que nada les pasaría, porque me encargaría de cuidarlos bien. Y mis hombres, los que se encargaban de protegerlos cuando yo estaba lejos, se vendieron. Dejaron que las viejas Serpientes se metieran en la pequeña casita de barrio y fueran a por mi


familia. Los desprotegieron, se cagaron en mí y se unieron al enemigo. Dejaron que una inocente mujer fuera brutalmente asesinada. Todavía no me atrevo a dejar entrar la imagen, y el pensamiento de lo que ella tuvo que vivir en los últimos minutos de su vida. Lo que sintió, y lo último que vio. Me aclaro la garganta. — ¿Tenés hambre, campeón? Asiente de nuevo. Me gustaría que fuera más hablador conmigo, como lo es con los demás. ¿Qué puedo hacer para ganarme su confianza? Para que no sólo me busque cuando baja la guardia. Para que sepa que estaré siempre que me necesite. Esto me está superando. Me levanto y voy a ver qué puedo darle de merienda. Hay pan y mermelada. Supongo que puede funcionar. Con una buena taza de leche. Me siento frente a él mientras come y le doy charla, aunque sólo responde con monosílabos o gestos con la cabeza. Es imposible abrirlo. Y es imposible abrirme. Somos iguales. Estoy empezando a frustrarme. Y a tener miedo de que nunca logre quererme. De que nuestra relación no prospere ni funcione. Lo vuelvo a abrigar cuando quiere volver a salir, tan inquieto como siempre. Toma su moto, la que los Leones fabricaron para él, y sale al patio que une los departamentos a jugar. Solo. Me siento en el suelo a verlo, fumando. Últimamente estoy metiendo mucho humo en mis pulmones, y aun sabiéndolo no me puedo calmar. Necesito uno a cada rato. Jodida porquería. Una puerta suena en frente, al final del complejo y allí veo a Bianca saliendo. Lleva un vaquero y las famosas zapatillas doradas, combinando con un abrigo grueso. Tony justo está yendo hacia ella, creando el sonido de la moto con la boca. La chica lo obliga a frenar y se agacha para mirarlo a la cara. Le pide un beso, y el pequeño que no es nada tonto, ni siquiera duda al besar su mejilla. Bianca lo festeja como si fuera lo mejor del mundo recibirlo. Ni siquiera soy consciente de que me encuentro sonriendo, mientras ella le barre el flequillo fuera de los ojos. Tony sigue camino y ella arranca hacia el otro lado, en dirección a las escaleras que llevan a los apartamentos de arriba. — ¿Qué?—suelto, manteniéndome serio—. ¿No hay beso para mí también? Bianca se frena, las manos en los bolsillos y me mira. Su rostro en blanco, no me deja ver qué hay en su cabeza y es raro. Ella suele ser muy transparente. —Ya tuviste el tuyo hace un rato—dice secamente, como si no le hubiese gustado lo que le hice a su boca con mi lengua.


Sonrío de lado, entrecerrando los ojos, logrando que se ruborice. Me pongo de pie sin esfuerzo y la persigo. Eso es todo de lo que se ha tratado mi vida las últimas setenta y dos horas. Perseguirla. Se está volviendo interesante, debo confesar. Se queda plantada allí de pie, viéndome acercarme y no me engaña, lo único que quiere es salir corriendo en la dirección contraria. Así de nerviosa la pongo. —Sabes—digo, mirando directo a sus ojos grandes—si el niño no estuviera dando vueltas por acá, te arrastraría de nuevo hacia ahí—señalo el comienzo del bosque—y me ocuparía de hacerte gritar lo bastante fuerte para que el mundo lo escuche… Sus mejillas son de un intenso color rojo. —Qué romántico—murmura, sonando aburrida. Me rio. No me engaña. —Lo romántico es aburrido—me acerco más, rondándola—. Y los dos sabemos que ahora mismo lo estás deseando… —Y creído—pone los ojos en blanco. La tomo del mentón, obligándola a enfrentarme, antes de que salga disparada lejos. —Me dejarás colarme de nuevo en tu habitación, ¿cierto?—la sostengo cerca, se atiesa— . Pronto me pasaré de nuevo por ahí… La dejo ir y giro para volver sobre mis pasos. Ella retoma su camino en dirección al departamento del Perro, un poco tambaleante y sofocada. Estoy seguro de que se la pasará pensando en lo último que le dije. ¿Será verdad? ¿Será mentira? Mmm, lo estoy considerando muy seriamente.


CAPÍTULO 9 BIANCA Paso el resto de la tarde con Ema, haciéndole compañía en el departamento de Alex, ya que parece que no va a moverse de ahí para volver al altillo. Su relación está en el punto máximo y son adorables. Él se ha marchado a la oficina de León y nosotras esperamos mientras no podemos dejar de charlar. Entre ambas nunca hay silencio de por medio, parece que tenemos infinitos temas de conversación. Y, en todo caso, si nos quedamos atascadas, el espacio en blanco no nos afecta. Nada es incómodo con ella. Y ya se está volviendo una de esas amigas que te hacen sentir que la amistad durará para siempre. Incluso sé que puedo confiar en ella y soltarle de una sola vez lo que vengo acumulando a causa de cierto hombre de peligrosos ojos dorados que ha cambiado su actitud sombría, pasando a ser un arrogante y desvergonzado que parece estar muy interesado en volverme loca. Pero cada vez que estoy a punto de vomitarlo todo, algo me refrena. Quizás es miedo. Miedo a que sólo esté jugando, y yo no le interese en realidad. Miedo a que todo esté en mi cabeza. Miedo a perder para siempre a mi hermano. O, tal vez, sólo temor a que Jorge Medina sea mucho con lo que lidiar para una chica tan débil como yo. Quizás darle la bienvenida a mi vida, a mi cama, simbolice a terminar rota para siempre. Más rota de lo que estoy. Hay muchos factores que me empujan para atrás, obligándome a retroceder. No obstante, también es cierto que existen muchos otros que me inclinan en su dirección. Me vuelve loca de las mejores formas. Altera mis sentidos en el buen nombre. Me siento viva cuando ronda cerca y mucho más cuando me toca. Mi mente, siempre hecha un caos, se adormece junto a él, y lo único que me importa en ese momento es sentirlo. Es verdad que, racionalmente, él significa una amenaza. Pero, tal vez, para mi cuerpo sea todo lo contrario. ¿Para mi corazón? Es muy pronto para decidir. Alex viene cerca de la tardecita y preparo café para todos mientras Ema intenta comunicarse con una vieja amiga suya. Paso el rato con ellos hasta que llega la hora de cenar y decido volver. Tengo que pensar lo que voy a cocinar para la cena, ya que me estoy tomando un descanso del bar, y pienso irme a dormir temprano esta noche. Será mejor cocinar algo rico. Espero encontrar algunas verduras en la heladera para hacer una tarta. Entro ya sabiendo de ante mano que no hay nadie y dejo el abrigo olvidado por ahí, dirigiéndome a la cocina. Antes de empezar lo que sea coloco mi cd de éxitos en el equipo de música. Lo primero es lo primero y yo no funciono sin ritmo. Y estoy toda romántica, así que


comienza a rodar Savage Garden con Truly Madly Deeply. Buena opción. Abro la heladera y comienzo a trabajar, pensando en que una vez que tenga lista la cena podría llevarles sus porciones a los chicos al bar. No me gusta que se salteen las cenas. Mamá Bianca cuidando a sus polluelos. Debo hacerme cargo de mi vena hospitalaria, me preocupo por la gente quiero. Si no lo hiciera no sería yo. La lista de reproducción cambia a los Backstreet Boys y canto I Want It That Way en voz alta. Hay algo en cocinar con compañía musical, me libera del estrés. Me vuelve despreocupada y me olvido de todas las cosas que molestan en mi cabeza. Estiro la masa y armo la tarta para meterla al horno por cuarenta minutos. Mientras espero, corro a mi habitación, me desvisto para la ducha caliente y me pierdo en el baño. Me ocupo por tardar lo mínimo para cuidar de la cena. En mi mundo no está permitido que se queme. Salgo del cuarto lleno de vapor y me interno en mi dormitorio para conseguir alguna muda de ropa Me coloco mi pijama de invierno, que me queda bastante holgado, y es calentito, para cuando tenga que ir al bar a dejar el resto de la cena que me sobre. Me seco el pelo y lo ato en la cima con un rodete desprolijo y corro a abrir el horno. Justo a tiempo. Quito el recipiente y lo dejo enfriar sobre la mesada, mientras consigo un plato para mí. Como en solitario, con una nueva película comenzando en la televisión. Le presto atención a medias. Una vez llena, estoy a punto de abrigarme y salir, cuando mi celular suena con Garbage bien en alto. Chequeo la pantalla. Mamá. — ¿Hola?—atiendo, extrañada de que me llame. —Hola, bebé—dice ella con la vocecita dulce que sólo usa con sus hijos. Sonrío, y escucharla me llena de una buena sensación bienvenida. —Hola, mami, ¿qué contás?—me dejo caer en el sillón. Ella se ríe, y la oigo remover papeles. Lo que indica que todavía está en sus oficinas. Esa mujer debería tomarse un descanso muy largo. Creo que nunca se permite vacaciones porque eso daría lugar a pensar demasiado. Siempre tengo la sensación de que Candelaria siempre evita el tiempo libre porque eso le haría deprimirse. Es su forma de lidiar con la mierda que ha pasado en nuestra familia. —Nada nuevo, hijita, trabajando—suspira, y puedo imaginarla apoyándose en su escritorio, girando acá y allá su sillón—. Quería saber cómo estabas, tu hermano me dijo que ya volviste al país y estás recorriendo el sur, ¿es así? Bueno, supongo que sí, sino no habría podido llamarte—se ríe. Sigo su ejemplo, relajándome contra los almohadones.


—Estoy en el país, recorriendo la Patagonia—le cuento, y es una pequeña mentira—. He llegado bien abajo, y pienso quedarme, hay mucho para ver… Tengo la sospecha de que mi madre caería al suelo, derrumbada, si le contara la verdad de mi estadía aquí. Mejor convencerla de que estoy paseando. Por eso jamás volví a nombrar a Santiago, ella se lo toma todo muy mal. Y ahora que, poco a poco, está volviendo a ser ella no quiero hacerle daño. No hasta que mi hermano mayor acceda a acompañarme de regreso a casa. Ahora es una mujer ocupada, amada y mimada. Su novio, Pascual, la quiere con locura y eso a ella le hace muy bien. Mejor dejarla dentro de su burbuja color de rosa. La doctora es una excelente psiquiatra, pero hasta los más experimentados tienen debilidades. Y mamá no es de piedra. Es débil en cuanto al pasado y la búsqueda de su hijo. —Hay mucho para ver, sí—concuerda—. Trae muchas fotos para compartir con nosotros. Disfruta por mí, nena, estoy atascada de trabajo, ni siquiera puedo darme el lujo de una escapadita—sonríe y teclea en la computadora—. Quería escuchar tu voz, saber que estás bien, ¿eh? Pestañeo ante el sonido tierno en su tono, y los ojos se me aguan un poco. Pocas veces ella me ha dicho algo tan bonito. —Siento que no he sido una buena mamá estos últimos años—sigue, y ya no hay ruidos de actividad extra de su lado de la línea—. Ahora, que decidiste salir a recorrer el mundo, me doy cuenta de que haces mucha falta por acá… tu risa es lo que más extraño. Trago. —Mamá…—suspiro —Sí, lo siento. Me puse algo intensa—rie y sorbe por la nariz, y yo sé que no es capaz de llorar, la última vez que lo hizo fue cuando papá prometió que jamás volvería a ver a su hijo mayor—. No he sido justa con vos y tu hermano, y ahora que ha pasado tiempo y están grandes y volando alto por sí solos, me doy cuenta de ciertas cosas… Y también noto que cuando no estás, la rutina es infinitamente más dura y vacía. Lo haces todo más fácil, chiquita… Te extraño. Las líneas de las baldosas bajo mis pies se desdibujan y no tengo idea de qué responder a ese profundo ataque de sinceridad. ¿Dónde se llevaron a la verdadera Candelaria? —También te extraño, mamá—digo, tragándome las lágrimas—. Muchísimo. Pronto volveré y podremos ponernos al día. Lo prometo. Escucho una risita de su parte, ablandándose.


—Acepto la promesa, nenita—murmura—. Tomate tu tiempo, acá estaremos cuando vuelvas… Te amo. —Te amo—devuelvo y corta la llamada. Me quedo allí recuperándome, y ni siquiera un rato después logro deducir lo que poseyó a mamá para llamarme y decir todas esas cosas. Entonces me paro de golpe y corro hacia el almanaque. Y allí lo descubro. Ocho años. Ocho años desde que “enterramos” a Santiago. Es muchísimo tiempo. Una eternidad para una madre desesperada. Y ella nos necesita ahora. Por eso me llamó. Oh, Dios. Estoy tan perdida en este lugar, ni siquiera soy consciente del día en el que vivo. No estoy pendiente de ninguna fecha. Y en esta ocasión se me acaba de olvidar lo terriblemente mal que estábamos hace ocho años justos. Ese fue el día que mi familia se vino abajo, desmoronándose a pedazos. Sujeto mi celular y tecleo un mensaje de texto: “¿Vas con mamá?”. Nacho me responde de inmediato. “Casi llegando. Voy a arrastrarla fuera de esas oficinas”. Asiento, él siempre un paso delante de los demás. “Cuídala bien, ¿está bien?” le escribo. Espero la respuesta y llega un momento después: “Siempre”. Sonrío, mi corazón latiendo rápido. “Te quiero”, envío. El aparato vibra y leo: “¿Y quién no? Soy irresistible”. Pongo los ojos en blanco, levantándome de mi asiento. Enseguida recibo otro mensaje: “Te quiero, también”. Así está mejor, sonrío, y me abrigo para llevarle la cena a los tortolitos.

*** Me meto en el cuarto de baño para asearme antes de ir a la cama. Mientras me cepillo los dientes observo mis morados y los rasguños que ya son simples costras a punto de caer. Igual que los arañazos de la espalda. Aunque esas son mucho más profundas. La suerte es que ya no escuecen cuando duermo boca arriba. Acabo y apago la luz, me encierro en mi dormitorio y me cambio el pijama de invierno por mi camisón de gatitos, ya que es mucho más cómodo. Me recuesto en la cama, aun pensando en mamá y las ganas que tuve de decirle a Santiago que hablé con ella, sólo para leer su reacción. No le dije nada, porque no soportaría que él se lo tomara con frialdad. Conmigo puede ser todo lo insensible que quiera, pero no con ella. Una madre es una madre. Y si Santiago ya no siente nada por la nuestra, significa que debería darme por vencida definitivamente. Me niego a hacerlo tan rápido, y tampoco me quiero ir de este lugar. Estoy enamorándome de todo lo que rodea este sitio. La gente, el paisaje, el sentimiento de que en este lugar puedes encontrar mucho más que paz. No, no estoy lista para irme. Bostezo y me froto el ojo sano, considerando apagar el velador en mi mesita de noche. Sin querer mis ojos se clavan en la ventana, y sé lo que significa que ni siquiera haya


considerado trabar las persianas. No importa si el frío se cuela más fácil manteniendo el cristal al descubierto. Una enorme parte de mí quiere que Jorge lo tome como una bienvenida. Aunque mi otra mitad me venga con una rabieta y se niegue a aceptar la imparable atracción que siento hacia él. Suspiro y apago el foco. La oscuridad me consume y poco a poco me voy durmiendo. Y otro ataque viene. Ésta vez es más intenso, con todas las sombras acosándome con insistencia, y mis ojos lagrimeando porque apenas puedo pestañear. Son cuatro y se inclinan sobre mí diciendo mi nombre, insistiendo en tocarme. No soporto que me toquen. No me gusta no poder ver sus rostros. Y que sus sonrisas jueguen con mi cabeza. El sudor es una capa gruesa a medida que los minutos se suceden y sigo sin poder moverme. Mi cuerpo completamente dormido, inmóvil, no siente absolutamente nada. Y mi corazón se enfurece ante el nivel de desesperación, un gemido ronco abandona mi garganta. Los tambores llenan mis oídos, son insistentes y rápidos Tampoco puedo llenar mis pulmones, algo pesado aprieta mi torso, y la mano que yace muerta sobre mi estómago también lo siente. La sensación de que voy a morir aumenta, hasta que los dedos de mis pies reaccionan y comienzo a salir, poco a poco. “No permitas que el pánico te gobierne”, me repito. “Ya se fue, ya pasó”. Indudablemente, la parálisis se va por completo. Y ahora sólo me queda luchar contra el ataque a los nervios, los efectos residuales que deja el sentimiento de estar en peligro. Justo en el borde, a punto de caer al vacío. El miedo. Los temblores. La sensación de que acabo de ser presa de la peor de las pesadillas. Salgo de la cama, me paro sobre mis pies y me concentro en sentir mi cuerpo. Entero. Después corro al lavabo para refrescarme la cara. Y a la cocina, por un trago de agua que venza la sequedad en mi boca. Miro el reloj: la una de la madrugada. Dormí un par de horas. Sólo eso. ¿Y ahora no podré seguir mi sueño por el resto de la noche? No, no voy a dejar que esto me afecte tanto como para desvelarme por completo. Regresaré a la cama, ya. Enfilo por el pasillo, entro en mi habitación y cierro la puerta. Giro y se me escapa un alarido, apretándome contra la madera. Jorge está ahí, de pie en medio de todo. Sus ojos mirándome a través de la suave luz del velador. Me llevo una mano al pecho, masajeándome. Esto es demasiado para tomar en una sola noche. ¿Acaso no querías que viniera? ¡Dejaste la persiana abierta! Es verdad, deseaba que viniera. Y acá está, glorioso, ocupando casi todo el espacio con su presencia tan poderosa. Es enigmático. Por un momento, no nos movemos, ni hablamos. Su mirada es la única que sube y baja, tomando nota de mi cuerpo.


Trago saliva porque al fin da un paso hacia mí. Y luego otro. Y otro. Hasta que me tiene arrinconada contra la puerta. —Si así lo preferís, puedo irme—murmura, su tono ronco erizando cada poro de mi piel—.Pero si permitís que me quede, te prometo que no te vas a arrepentir… Está inclinado sobre mí, ya bebiendo mi aliento acelerado. Calor puebla mi sistema en un segundo, me transformo en mantequilla derretida escuchando su respiración. Sintiéndola golpear en mi mejilla. No sé cómo me las arreglo para dedicarle un simple gesto con la cabeza. No hay más demora porque no necesita más que sólo eso, se dobla y toma mis labios. Y esta vez es un poco más suave, sólo al principio. Porque agarra mi nuca con firmeza y me separa de la puerta, apretándose contra él. Siento cada ángulo duro de su cuerpo fibroso chocar contra el mío, más blando, débil y pequeño. Se mueve, me lleva y lo dejo, como fluyendo entre olas de mar. Me suelta el pelo, cae en cascadas por mi espalda, y la mano en mi nuca forma un puño para tomar algunos mechones. Me olvido de mi ataque, del pánico, de la molestia porque no iba a poder dormir por el resto de la noche. El desvelo ahora ha tomado otro significado. Uno mucho mejor, más favorable. Más intenso y abrazador. Abro la boca y le doy permiso para entrar, y su lengua se hunde en mis profundidades. Él ni siquiera tantea si le gusta lo que está a punto de llevarse, sólo lo toma todo. Se adueña de mis rincones, y me deja sin nada más que la disposición al abandono. Incluso raspa con sus dientes para no dejar absolutamente nada. Soy débil, me dejo arrastrar y por eso mis piernas ceden bajo mi peso, y Jorge me sujeta. Me eleva y empuja a la cama. Me deja allí, esforzándome por respirar mientras se quita la ropa. Ya me tiene jadeando incluso antes de ver la verdadera extensión de piel. Trago cuando al fin cae su camiseta y puedo ver el torso grueso y lleno de relieves y tatuajes. Sus abdominales marcados a fuego, sus pectorales voluminosos. Sus bíceps y las venas gruesas de sus antebrazos. Uno cubierto por una serpiente rodeándolo, el otro con varios dibujos que no se leen bien desde mi posición. No se dirige al frente de sus vaqueros, baja sobre mí y apenas me doy cuenta cuando desliza mi ropa interior por mis piernas. Y luego se deshace de mi camisón. Ahora estoy completamente desnuda en la cama y me excita que él me mire con esa hambre en los ojos. No siento ni una pizca de vergüenza. Inclina la cabeza a un lado y, mientras se relame los labios y pone una nueva mirada llena de promesas sucias, se desabrocha los pantalones. Sin ningún pudor los deja caer al suelo. Tengo que esforzarme en mantener mis ojos dentro de las cuencas porque realmente es… admirable. E impresionante. Y, mierda santa, con razón dolió tanto la primera vez. Es grande. Es glorioso. Y lo quiero ya. —Ahora, ¿podrías girar un momento?—pregunto, tragándome una risita.


Alza una ceja con suspicacia, pero me termina dando el gusto. Y allí está la maldita estrella en su redonda y sobresaliente nalga. Carajo, quiero morder ese culo. Quizás pronto me deje. — ¿Disfrutando las vistas, muñeca?—ronronea, volteando de regreso. Sonrío, mostrando los dientes. —Un poco… Obviamente tenía que ser bastante engreído. ¿Y quién no lo sería con ese lomo? Clava las rodillas en la cama y traquetea un poco. Ups, creo que no fue hecha para los dos. A él no parece interesarle, me abre las piernas y no puedo quitar mis ojos de su tieso miembro levantando cabeza entre los dos. Creo que me va a dar un infarto. —Iba a empezar de arriba hacia abajo—comenta, en tono rasgado—, pero… Da un tirón a mis rodillas para acercarme más a él, y acabo acostada sobre mi espalda, mis piernas dobladas sobre mi estómago y pecho. Su cabeza baja a mi entrepierna, lame. Y tengo que sujetarme de algo porque me sobre viene una sensación muy parecida a la caída libre. Y grito. Primero, aguda y brevemente. La segunda vez es un alarido largo y henchido de goce, porque interna su lengua entre mis paredes. Es directo, sin vueltas, abre la boca y devora lo que quiere, sin preámbulos, sin permisos. De tal manera que mi carne se sobre-sensibiliza muy rápido. Mis terminaciones nerviosas se extenúan. Y advierto que puedo llegar al orgasmo con un toque más de su experimentada lengua. Allí se detiene, como si leyera mis pensamientos, dejándome con la boca abierta y a punto de quejarme. Se rie de mí, burlón. — ¿Crees que vas a tenerlo así de fácil?—pregunta, pasándose la lengua por los bordes de los labios. Saboreándome. Vuelve a dejarme extendida por completo y posa besos suaves en mi vientre, juega con la extensión de piel, inventa nuevos planos. Rodea mi ombligo, el piercing brilla a la luz artificial. Jorge me muestra una media sonrisa que bien podría pertenecer al mismo diablo y se mete el accesorio en la boca. Siseo entre dientes, alzando las caderas del colchón, él me aplasta para que me quede quieta y tira del piercing, hasta un punto en que casi se convierte en dolor. Lo suelta y pasea la lengua calmando el pinchazo, y luego repite el tirón. Gruñe a la par que gimoteo. Un minuto después lo deja, subiendo al norte, arrastrando la lengua y humedeciendo mi piel, hasta llegar al valle entre los pechos. ¿Qué puedo hacer? También puedo tener mi momento descubrimiento, ¿no? Acaricio sus costados, la piel tirante y dura de sus costillas, la


espalda resbalosa, y no me queda otra opción que cerrar los ojos cuando consigue uno de mis pezones y lo arrebata. Contrarresto conquistando el hermoso culo bajo mis palmas, tan delicioso, firme y tenso, me siento obligada a clavar las uñas. Supongo que lo hago bastante fuerte porque él devuelve encerrando con filo de sus dientes la punta rosada de mi seno. Me estremezco, lamiéndome los labios, tratando de todavía permanecer civilizada. Aunque cueste tanto. Si él puede tocarme y mirar todo lo que quiera, yo también tengo el derecho a inspeccionar. Así que. Seguido, lo que quiero saber, es si su pene se siente igual de bien en mi mano como dentro de mí. Lo busco, tomándolo en mi puño. Es pesado, consistente, rígido, pero la piel que lo rodea es como terciopelo, y me pregunto cómo será en mi boca. No me da tiempo a seguir imaginando, se despega de mí y me hace rodar bruscamente encima de mi estómago. Una palmada resuena en la habitación y con el picor acabo cayendo en la cuenta de que me ha dado en el culo, justo una nalga. Me quejo, masajea y me fuerza las piernas abiertas para darse cabida en ellas. Apoyo la mejilla en la almohada y espero, tratando de recuperar el aliento. Jorge me aplasta. — ¿Sabes por cuánto tiempo estuve soñando esto?—habla contra mi oído, rudo, lujurioso—. Mucho… y con los lindos tops y esas calcitas fucsias que usas me lo hacías muy difícil… Jadeo cuando restriega su pene entre la humedad en medio de mis nalgas. Se balancea y la fricción quema mi cerebro. Acto seguido, la puerta del frente es cerrada de un golpe y las botas de Adela resuenan en la cocina. Me congelo, mi cuerpo enfriándose. —Traba la puerta—jadeo por lo bajo. Lo observo de reojo desde mi precaria posición, y precisamente en ese instante sus irises se espesan y su expresión se vuelve peligrosa. Mucho más peligrosa de lo que venía mostrando. Sonríe y es pura malicia. Se frota más duro, se me escapa el aire de golpe. Pánico y placer se mezclan. —Traba la puta puerta—lloriqueo, apenas audible. Aprieta ambas nalgas con sus manos, amasando tan apretado que podría dejarme moretones. —Por favor—suspiro. Estoy sudando. Y nunca creí que podría ser por sentir tantas cosas a la misma vez, entremezcladas. Si Adela entra en la habitación ahora, se pudre todo. Se separa un poco y creo


con alivio que va a bajar de la cama para ponerle la traba a la puerta. No es así. Nada está más lejos de su intención. Se reacomoda y me penetra de una sola vez, desde atrás y hasta la empuñadura. Un aullido nace en mi garganta y Jorge lo ahoga con su mano justo a tiempo. Estoy temblando, perdida. No sé ni dónde me encuentro. —Bianca—canturrea Adela junto a la entrada de mi dormitorio—. ¿Estás dormida? Un juego intenso de gemidos atrapados emerge de mi garganta porque Jorge responde a sus palabras empalándome una y otra vez, provocando movimientos circulares que me hacen creer que en cualquier momento me voy a desmayar. Adela se rinde rápido, creyendo que estoy en el quinto sueño y la oigo alejarse. Mientras más lejos suenan sus pasos, más loco se vuelve Jorge, dándome duro a mi espalda. Cuando la puerta del frente se cierra al fin, despeja mi boca y comienzo a vociferar. Poseída. Y él, que por lo visto se estaba refrenando antes, avanza a un ritmo que hace temblar la cama. Cada golpe de caderas resuena en cada una de estas paredes. Se inclina sobre mí y muerde un punto detrás de mi hombro, abrazándome por la cintura y alzándome, consiguiendo un nuevo ángulo, me deja sobre mis rodillas y formo puños en el cabecero. Creo escucharme a mí misma, chillando agudas incoherencias mientras sigue penetrándome como un loco. Me muerdo fuerte el labio hasta que casi sacar sangre. Entonces frena de improvisto y me maniobra de nuevo. Me desinflo al volver a estar de espaldas en la cama, viéndolo acomodarse entre mis piernas. — ¿Necesitas un descanso, muñeca?—pregunta, su tono espeso. Su mirada demuestra locura, una que es capaz de durar toda la noche. Me escuece todo el cuerpo, pero no podría parar ni aunque quisiera. Jamás. Niego. —No—me relamo los labios cortajeados—. Dámelo. Sus apetitosos labios se curvan en una comisura y le encanta mi respuesta. Baja y se adueña de mis labios, mordiéndome. Succionándome, comiéndome. Siento su pene volver a ingresar en mi dilatado rincón. Y comienza la danza despacio, ganando ritmo gradualmente. No tarda mucho en transformarse nuevamente en devastador. ¿Cómo lo hace? ¿Cómo es que le quedan energías? Lloro. —Mierda—escupe, la vena de su frente latiendo—. No puedo tener suficiente… sabía que serías impresionante… pero esto… es incluso mejor… no tiene nombre. Los rugidos que abandonan su garganta me visten con piel de gallina. Y podría gritar toda la noche mientras se clava en mí como un salvaje, pero me cubre con su boca y se refrena


un poco. La lenta fricción es igual de exquisita, y cierro los párpados, ronroneando. Abandona mis labios y toma mi cuello, dejando pequeños pellizcos con los dientes mientras interna sus dedos entre los dos y estimula mi clítoris. No hace falta que se esfuerce demasiado, exploto en mil pedazos con el primer contacto de la yema de su pulgar. Y el orgasmo es tan intenso que veo blanco, todo desaparece. Menos él. Allí permanece, elevado entre mis piernas, acelerando las estocadas para obtener también la liberación. Deja ir maldiciones acompañadas de sucias palabras sopladas en mi oído, a la par que lo siento latir en mi interior y derramarse con aullido animal que marca el desenlace. Definitivamente. Sé que acaba de arruinarme para cualquier otra experiencia sexual.

JORGE Con la poca reserva de impulso que me queda, me muevo de encima de ella, siseando mientras me deslizo de su sensible rincón. Bianca ronronea con los párpados cerrados. Ahí mismo creo que podría estar listo para una buena tanda de segundas rondas. Bajo de la angosta cama y desfilo desnudo hasta la puerta para ponerle la bendita traba. La que debería haber puesto cuando ella me lo pidió desesperada, temiendo que su cuñada entrara y nos viera. Supongo que su inquietud me excitó más, simplemente no me pude contener, lo que menos deseaba era alejarme de su fuente de calor. Vuelvo a la cama y Bianca me espera, incluso se queda a un lado para darme lugar. Me dejo caer de espaldas y aprovecha para subirse encima, estirándose. Abro las piernas para ceder más comodidad. Acaba con su torso descansando en el mío y pega la mejilla en mi pecho, volviendo a cerrar sus ojos. Echa un suspiro al aire al mismo tiempo que yo me pregunto qué hago acá acurrucándome con ella. Y la respuesta es simple, llega por sí sola. Bianca no es una cualquiera, y por ella puedo ser más blando. Para que se sienta bien con lo que acabamos de hacer, puedo ser el hombre que se queda un poco más, abrazándola. Lo hago, además la acaricio lentamente, arriba y abajo, a lo largo su elegante espalda desnuda. Y peino el pelo largo y sedoso fuera de su bonita cara. Y tomo una bocanada de aire a causa de lo que me provoca su belleza, justo sobre mí. Su expresión pacífica me contagia el estado, me doy cuenta de que si bajo sólo un poco la guardia, acabaría durmiéndome. Y eso es peligroso, podría volverme adicto a su calor. No nos conocemos. No sabemos absolutamente nada el uno del otro. Esto es sólo un intercambio sexual, ¿verdad? ¿Qué más puede ser? En mi mundo, es normal. En el suyo, lo dudo. Pero por algo ha dejado de lado su naturaleza romántica y me ha dejado entrar, aun sin saber nada de mí. Dos veces. Dos. Se dejó llevar, se entregó sin dudar. Me gustaría leer lo que


está pensando justo ahora, aunque no parece nada malo ya que hay una pequeña sonrisita hundiendo sus comisuras. Sus facciones relajadas y los párpados suavemente juntos. No parece estar contrariada, ni arrepentida, ni dándole vueltas a cualquier mierda. Creo que está más ocupada en dejarse llevar por el sueño. —Bianca—murmuro, observándola fijamente. — ¿Mmm? Me acaricia el pectoral con la mano abierta, paseando el pulgar. —Me gustas mucho—le digo, reparando en su suavidad. Una enorme sonrisa florece en su cara, sus dientes blancos brillan hacia mí. Enseguida tengo ese redondo par de ojos azules dedicándome una mirada dulcificada. —Lo sé—es lo único que responde. Le da un beso al tatuaje trazado justo en donde se supone que late mi corazón. En la inicial del nombre de mi hijo. Alzo una ceja ante su reacción. Y deja ir una risita, levantando la cabeza, se sostiene el mentón sobre los dorsos de las manos. Su mirada se clava en la mía. —Después de lo que acaba de pasar es bastante evidente—sus cejas bailan. ¿Así que la curé de los rubores? Dónde está la chica que se pone nerviosa ante mi presencia, o intenta ser indiferente. Me rio por lo bajo. Ya pasamos el punto de no retorno. —Solo para que sepas que de ésta no te salís fácil…—aviso, clavando los dedos en las dos esferas que conforman el culo más apetitoso que he visto. —Lo que usted diga, señor…—se frena, y me mira con los ojos entrecerrados. —Sí, ya no parece correcto llamarme amargado, ¿eh?—al fin le saco un rubor, y bastante intenso—. Sí, ¿aquella noche? Lo dijiste en voz alta… Arruga la nariz. —Tenía motivos—explica, masticándose el labio. Sonrío de lado. —Ya sé—la modelo a mi entorno para que se siente a horcajadas sobre mi ingle, ya completamente recuperada—. ¿Me dejas compensarte? Subo mis manos y aprieto sus tetas, mientras comienza a restregarse. Se inclina y me huele, rozando su nariz por todo mi pecho, hasta el cuello. Elevo las caderas para frotarla con la


suya. Entonces se levanta y mira abajo, entre sus piernas, cuando los residuos de nuestra lucha anterior comienzan a bajar. No le doy tiempo a decir ni hacer nada, ruedo y la pongo debajo. Se le acelera la respiración por la expectación, le beso el cuello. La dejo abrazarme por la espalda, y acariciarme con gestos tiernos. Entonces corro el pelo de su cara y busco en sus ojos azules. La penetro lentamente, porque ahora el plan es menos alocado. Más sosegado. Me apoyo en mis codos junto a su cabeza y me muevo, despacio, sin perderme el cambio en su mirada, que se va tornando espesa. La beso, y me recibe ronroneando, levantando la pelvis para encontrar la mía en cada envión. Fricciono con el hueso de mi pubis de tal forma que también me encargo de su clítoris, sus pupilas de agrandan. Se muerde el labio, y sonrío. El ritmo va subiendo niveles, porque me doy cuenta de que necesito mucho de esos quejidos agudos que se desprenden de su garganta cuando las cosas se van poniendo más intensas. Enredo los puños en su pelo y nos meneamos, mientras nos besamos. Le susurro en el oído, y no son palabras tiernas. A ella parecen ponerla más caliente y se amolda a mí con más disposición. Amo la manera en la que su cuerpo se vuelve más y más receptivo hasta que no puede sentir más y se satura. Lo que acaba sucediendo ahora, arqueándose bajo mi peso y gimiendo por lo bajo mientras sus entrañas me aprietan y succionan, reteniéndome con ardor. Cierro los ojos, respondiendo a sus pedidos y estallando rápidamente. Sin tiempo a nada. Y después todo es silencio y quietud, al tiempo que me derrumbo sobre sus delicados huesos y ella me sostiene sin ninguna queja. Por un momento pienso que me encuentro en el cielo, aquí acunado entre sus piernas. Y aun teniendo claro que el lugar que merezco es el infierno, me convenzo de que no sería un mal mayor fingir por algún tiempo que pertenezco a ella. Y que fue hecha sólo para mí. La abandono mucho tiempo después del amanecer, mientras está profundamente dormida. Hace un buen rato que no se oye nada desde la otra habitación, y considero que éste es un buen momento para salir sin ser visto. El recinto aún está dormido. La cubro hasta los hombros con las mantas y salgo por la ventana, tratando de trabarla lo mejor posible para que no le entre frío. Me subo el abrigo hasta los oídos y enfilo hacia casa. Una vez allí no duermo, me quedo despierto, fumando, pensando. Mi cuerpo se siente bien después de tenerla, y tampoco se puede negar que me entusiasme el saber que volveré a hacerlo. Cuando sea que eso ocurra, más vale más temprano que tarde. Me doy una ducha caliente a media mañana, después de ordenar las cosas en mi cabeza y procurar que esta nueva relación con ella no me lleve por el camino lejos de mi venganza. Ya que eso es lo primero en mi lista, después de todo. Me cambio y abrigo para ir a buscar a Tony a la cabaña de León, ya que pasó la noche allí. A veces creo que el niño está ansioso por alejarse de mí todo el maldito tiempo. Le encanta quedarse en esa casa. Supongo que allí tiene algo que conmigo no. Una familia normal y amorosa.


De camino me encuentro con el líder, que va en dirección al bar, seguro a meterse en las oficinas. Lo saludo con un apretón de manos y me avisa que hay correspondencia para mí. Me sorprendo y me desvío para seguirlo así me la da. —El sobre llegó ayer en la tardecita, me extraña que nadie te lo haya alcanzado— comenta, abriendo la puerta. Lo sigo por las escaleras y entramos en la oficina. Me da el sobre y me pongo ansioso por alejarme, no puedo fingir que no estoy desconfiado por esto. Con un agradecimiento me apresuro afuera, mis pasos son pesados y rápidos mientras vuelvo al mono ambiente por privacidad. Me encierro allí, y rasgo el papel grueso de color madera. Es grande, hasta puedo sentir que lo que hay adentro quema mi tacto. Mi respiración es inestable, y me apresa ese sentimiento que no he tenido la oportunidad de permitirme sentir en mucho tiempo. El miedo. Meto la mano dentro y mis dedos enganchan algo. Una foto. Dudo, por un momento me digo a mí mismo que es mejor quemarla antes de verla. Pero tengo que saber de qué se trata. ¿Qué carajo me han enviado? ¿Y quién? La descubro y la observo, por un par de segundos no reacciono, mi mente poniéndose en blanco. La palabra “traidor” lo abarca todo. Pero no es ella la que me hace desprenderme de la foto con un siseo de dolor, como si me hubiese quemado los dedos. Adentro, mi pecho se retuerce a la par de mis entrañas se tensan. No es la acusación en sí la que me mata. Esa palabra no me afecta. Es más, podría aceptarla con tranquilidad porque no me importó traicionar a esa masa de monstruos. No. No es ella la que me derriba sobre mis rodillas, quitándome toda la fuerza. Es el lugar donde se encuentra escrita.


CAPÍTULO 10 JORGE Quemo la fotografía hasta que no queda nada más que cenizas de ella. Polvo. Después no soy capaz de hacer otra cosa que permanecer sentado al borde de la cama con la mirada ausente. Las cuencas se me llenan de líquido y sigo allí, inmóvil, sin permitir que salga a la superficie. No les voy a dejar ganar esto. ¿Así que descubrieron mi paradero? ¿Así que saben que no estoy muerto? Malditos bastardos. Entonces dejo de respirar de golpe. Reaccionando. Recordando lo que verdaderamente importa. Me lanzo a por el bolso de viaje que yace en el rincón buscando mis aparatos desechables. Con sostén inestable marco el número y espero. Espero y espero. Cada maldito tono equivale a un eterno segundo de tortura. “Por favor”, ruego. “Por favor. Por favor, atendé la llamada.” —Hola—sopla Esteban desde el otro lado y vuelvo a meter aire en mis pulmones con alivio. Me trago un lloriqueo, de lo más maricón que existe. Evito actuar como un bebé sin su mamá. —Carajo—escupo, frotándome la cara, temblando—. Dios—me atraganto. — ¿Jorge?—susurra él, su voz se oye un poco debilitada—. Me descubrieron. Jodidamente lo sé. Suspiro, rascándome la cabeza, casi provocándome dolor. —Ya sé—digo, con tono derrotado—. ¿Dónde estás? ¿Te guardaste? Escóndete bien. Sálvate. Ya saben dónde estoy, me enviaron un…—vacilo, mis dientes chasquean—presente. Mis palabras son amargas y frágiles, me esfuerzo mucho en no doblarme acá mismo y rendirme. Todavía hay fuerza en mi interior, todavía quedan intentos por hacer. Y sobre todo, hay esperanza. Estoy convencido de ello. —Estoy curándome en lo de unos amigos de Tania—tose y me tenso—. Estoy perfecto, fue una herida de nada, estoy saliendo. Eso sí, nuestros planes se fueron al tacho, tenemos que buscar otra manera—chasquea la lengua con lamento, frustrado—. Puta mierda, con lo bien


que venían las cosas…—maldice un poco más, inquieto y enojado—. ¿Qué mierda hacemos ahora? Lo único que sé es que tengo que salir rajando, si me encuentran… estoy muerto. —Viaja para acá, te vas a cubrir en el pueblo—le digo—. Cuando llegues, me avisas y voy a buscarte… conseguiremos un buen lugar para guardarte por un tiempo… ellos saben que estoy con los Leones, pero no van a acercarse acá, no son tontos. Son pocos, si los encuentran rondando por esta zona los van desaparecer… Mientras hablo, me paseo de un lado a otro sintiéndome como un animal acorralado. Ahora hay que comenzar todo desde cero, y ni siquiera puedo calcular el nivel de cólera conquistando mis venas. Me pongo como un loco cuando las cosas no salen como planeo. —Voy a ir—suspira, igual de molesto—. Lo único bueno de eso es que al fin nos vamos a ver las caras—sonríe, y el sonido apagado es desolador—. En un par de días saldré… deséame suerte para que no me atrapen de salida… Trago, mi enfoque se borronea a causa de la rabia, la desilusión y en sentimiento de derrota. —Suerte, viejo—murmuro—. Acá te voy a estar esperando. —Nos vemos… Y se va, el silencio volviendo. Dios, suspiro. No sé qué voy a hacer ahora. Estamos atascados, de nuevo en el comienzo de todo. Y otra vez estoy lleno de ira, resentimiento, asco. Odio profundo. Recuerdo la foto y mi garganta se cierra. Lo que es peor, porque el sentimiento de indignación no me ayuda, porque no los tengo en frente a ninguno de ellos para descargarme. La necesidad de venganza es como un animal alimentándose en mi pecho, creciendo, poniéndose fuerte, llenándose de seguridad. Cada vez más convencido de ir a cobrarles lo que nos hicieron. Darles lo que se merecen. “Pronto”, lo apaciguo. “Cuando seas lo suficientemente grande e invencible, ahí será el momento indicado.”

*** No vuelvo a ver a Bianca en lo que resta del fin de semana, lo que me es muy conveniente porque apenas puedo yo con mi humor de perros. La amargura otra vez transformándome. El lunes, preparo a Tony para el jardín después de un almuerzo rápido— nada se me quemó por suerte, no habría soportado otra escena como esa—. Abrigo al chico y lo llevo al estacionamiento, donde Abel ya se encuentra en uno de los camiones. León, allí de pie, esperándonos, mientras fuma un cigarro. Nos saludamos dándonos la mano y él rodea el coche


para ponerse tras el volante e irse, después de que ayudo a subir a Tony. Le meneo una mano mientras se van, él pequeño me sonríe y devuelve el gesto. Entonces regreso a casa, con un sentimiento de profunda penumbra en mi pecho. Entro en el lugar y ordeno todo el desorden que quedó del almuerzo. Lavo los platos y los coloco a un lado para que se sequen solos, con aire ausente, pensando en mil cosas a la vez. Esteban, los nuevos planes, la maldita foto… toda la mierda junta en un solo lugar, como si pudiera encargarme de ella. Y no, parece que no soy capaz. Aún. Tres golpecitos me llegan a los oídos desde la puerta y me seco las manos para ir a ver quién es. Por supuesto, tenía que ser ella, llamando en uno de mis peores momentos. Está allí, de pie. Las manos en los bolsillos, el mismo vaquero que tenía puesto aquella vez en el bosque, y un abrigo rojo. El cabello castaño suelto, cayéndole por los hombros y espalda. Y una mirada dulce y nerviosa en los ojos azules que se han vuelto casi una razón de ser para mí. Tengo que reconocer que verla me ablanda de inmediato. Algo que me sorprende. — ¿Puedo pasar?—pregunta. Y casi me río, teniendo en cuenta que la última vez que vino se metió como si fuera su casa. —Por supuesto—digo. Me muevo de su camino, dándole espacio para entrar. A la pasada un rico perfume me envuelve, suave y dulce. Y me recuerda a aquella noche que pasamos en su cama. Toda su habitación huele del mismo modo. Cierro y echo llave, volteándome a mirarla. Por un momento permanece inmóvil y parece que ninguno de los dos sabemos qué decir para comenzar la conversación. Lo que es absurdo, ya que he estado enterrado en su interior unas cuantas veces. Ella mira a todos lados, como buscando algo. — Tony está en el jardín—respondo a su pregunta no formulada. —Ah—dice, me dedica una sonrisita tímida. Ah, vamos, muñeca. Esa actitud no es necesaria. Formulo en mi mente, divertido con su forma de actuar. Ella se mueve hacia el juego de comedor que está más hacia el rincón opuesta a la cama y se desprende el saco. Lo acomoda cuidadosamente en el respaldo de una de las sillas. —Me preguntaba si habías estado evitándome durante el resto del fin de semana— pregunta, tragando.


Alzo las cejas. No se ve ofendida ni nada, pero bien podría estarlo. La verdad es que necesitaba un tiempo para mí mismo, porque me era urgente resolver la mierda que estuvo pasando este último tiempo, después de que me fui de su habitación. —No—respondo—. No te estaba evitando, sólo tenía cosas que hacer. Me proporciona una sonrisita tierna, y se mete el pelo detrás de la oreja. Quiero acariciarlo, enredarlo entre mis dedos de nuevo. Oler su cuello. Entrar en ella. ¿Para qué negarlo? Me muero por derribarla ahora mismo en mi cama. —Está bien—dice, lamiéndose los labios. Y de repente me aborda. Un segundo junto a la mesa, y al siguiente toda sobre mí, saltándome encima y besándome. Me rodea la cintura con las piernas y el cuello con los brazos y jadea contra mi boca. Y sólo así me tiene. Gruñendo aprieto su pequeña cintura y camino a ciegas hasta la cama. Los dos caemos allí, devorándonos con hambre como si hubiesen pasado años desde nuestro último contacto y nos extrañáramos con locura. Forcejea con mi camiseta y le doy el gusto de quitármela, lleva sus labios hinchados y húmedos a mis pectorales, besándome con la boca entreabierta. Y lame mi pezón, robándome aire de golpe. Levanto su ropa por encima de su cabeza y veo que no lleva sostén, sus tetas saltan ante mi vista. Gloriosas, firmes y todas mías. Sonrío torcidamente, y sólo con eso me olvido de todo lo que estuvo girando y envenenando mi cabeza las últimas horas. Le desprendo el pantalón, ella hace lo mismo con el mío. Los desliza abajo y aprieta mi pene en su puño, mirándome a los ojos y mordiéndose el labio inferior. Creo que acabo de crear un monstruo. Dirijo mi mano sobre la suya y aprieto, mostrándole cómo me gusta. Duro, firme, directo. Incluso hasta con algo de dolor. Sigo nuestros movimientos con las caderas, penetrando nuestros puños juntos y cierro los ojos, tragándome los rugidos, guardándolos en lo profundo de mi garganta. Allí de pie junto a la cama, con ella sentada en el borde, masturbándome con los ojos azules contaminados de lujuria, creo que podría caer muerto al suelo en cualquier momento. Se acerca y planta besos en mis abdominales, bajando gradualmente hasta mi bajo vientre, mi piel se tensa allí en respuesta. Estudia los tatuajes un par de segundos, y a continuación los lava con la lengua, rematando con un mordisco. Dios, sí, definitivamente va a matarme. — ¿Qué esperas para ir por el plato principal, preciosa?—le pregunto, la voz sonando como si mis cuerdas vocales estuviera cubiertas por lijas.


Alza la mirada hacia mí, y hasta parece un ángel con la claridad entrando por la ventana. Si no fuera porque se dirige mi pene a la boca me lo creería, sus ojos cuentan historias muy sucias. Las venas que rodean mi masculinidad laten al tiempo que lo sujeta suavemente en su mano y arrastra la lengua desde la base al glande. Me muerdo la lengua sin querer, y me esfuerzo en no cerrar los ojos y entregarme a las sensaciones, porque todo lo que pretendo es verla. No me quiero perder ni uno solo de sus movimientos sensuales. —Directa—le indico—. Me gustaría que seas directa, y grosera. Trátalo mal. Por un momento hay incertidumbre en su rostro, puedo notar que su cabeza da vueltas, considerando mi orden, intentando deducir cómo proceder al respecto. Y, como esperaba, ella se las arregla muy bien. No, me quedo corto, es tan malditamente perfecta que tengo que esforzarme por no derramarme en su boca. De una sola vez lo entierra, presionando la punta en su paladar con dureza. No es cuidadosa, sino áspera, mejor de lo que pedí que fuera. Va tomando cada vez más de mi longitud hasta que su garganta se revela y me deja ir, raspa apenas el filo de sus dientes en el proceso y siseo, tomando su pelo en tirantes puños. Va a destrozarme si sigue así. —Ah, muñeca—carraspeo—. Eso es demasiado bueno… Mis palabras le dan más valentía, y sin dejar de mirar mi cara raspa de nuevo ligeramente con sus dientes, haciéndome saltar y adelantar las caderas. No se queja ante mi avance, gimotea y siento las vibraciones hasta en las puntas de los dedos de mis pies, mis ojos ruedan hacia atrás. Y casi me desmayo cuando cuela una mano y aprieta mis testículos, firmemente. Asiento. —Trátame mal—le recuerdo. Gruñe cerrando los ojos y tomo su nuca enterrándome en ella con cuidado. Su lengua se remolinea a mí alrededor mientras se retira y toma un hondo respiro para volver a llevarme más profundo. Aulló un poco demasiado alto porque cierra sus dedos, rozando con las uñas la piel sensible de mis testículos. Ante el peligro de venirme encima, la empujo hacia atrás hasta que cae de espaldas, su respiración acelerada retumbando en la habitación. La observo, empuñándome a mí mismo, sus labios rojos e hinchados, su mirada de abandono total. Se limpia con las manos los rastros de saliva por chuparme tan duro y después comienza a terminar de quitarse los vaqueros. Me activo y la ayudo, llevándome también su pequeña tanguita de encaje negro. Se abre de piernas, invitándome y tengo que sonreír encantado. Me lanzo sobre ellas abriendo mi boca entre sus labios lubricados y abiertos. Grita y levanta las caderas, las hace bailar al ritmo de mi boca mientras elevo su culo con mis dos manos, la atraigo a mi boca, y la como. Con todo lo que tengo, violenta y brutalmente. Como mejor sé. Se agarra con fuerza de las frazadas y sus tetas


se sacuden. Infierno, es la mejor vista que he tenido la suerte de disfrutar. Y el más exquisito sabor que he probado, también. Es tan hermosa, toda blanda y entregada, allí despatarrada sin saber qué hacer con todo ese placer que le doy. Sus quejidos son música para mis oídos. Ahora me doy cuenta de que no necesitaba soledad. No me hacía falta aislarme y preocuparme. Ponerme a pensar en cosas que hunden mis ánimos, y me transforman en un ser oscuro. La necesitaba a ella, a su cuerpo. A sus ojos mirándome con lujuria, a su boca abriéndose en cada grito. A su suavidad abierta. Sólo ella rompe los muros alrededor de mi negra alma. La dejo caer de nuevo sobre el colchón, su cuerpo laxo salta y apenas se puede mover y eso que no le he permitido llegar a la cumbre. Antes de eso, tengo que estar dentro de ella, sentirla. Y me ocupo de ello. Irrumpo en su rincón de una sola vez y su espalda forma un arco perfecto dándome la bienvenida. Acaricio sus piernas, las fuerzo más abiertas, tanto como sea capaz. Me balanceo, la lleno y la vacío en un ida y vuelta que le eriza la piel. Y estoy hipnotizado mirándola. Sin poder quitar la atención un solo segundo de su pequeño cuerpo siendo tomado por el mío. Grita mi nombre una y otra, y otra vez. Y me encanta. Jodidamente me hechiza cada maldita cosa que ella hace. — ¿Te gusta así, muñeca?—le pregunto con los dientes apretados, sin detener los golpes. No es capaz de responder, no puede frenar los lloriqueos. Lo que me hace sonreír a medias. Hay sudor por todos lados, en ella, en mí. Y su piel brilla ante la luz. Me dejo caer encima, sin parar las estocadas. La obligo a mirarme a la cara, encerrando mi mano en su mentón. Se muerde el labio, cerrando la salida a sus gemidos, la observo bien, bebiendo sus rasgos, su rubor, su mirada borracha. Y después la beso, cuando siento que sus muros se cierran, contrayéndose por el inmediato orgasmo. Me rodea con los brazos al tiempo que todo su cuerpo se atiesa, incluso deja de respirar por un par de segundos. Me clava las uñas en la espalda y le muerdo el cuello. Un gemido largo y denso sale de su garganta a la par que cada uno de sus músculos se desencaja y cae sin fuerza sobre las mantas, estremeciéndose. Es lo más alucinante que he visto y sentido. Entierro los dedos en su pelo húmedo y sigo meciéndome hasta que encuentro mi propio final, vertiéndome en su interior. Una vez que me recobro de los temblores, ruedo a un lado para no aplastarla, trayéndola conmigo. Ella descansa su mejilla en todo el sudor de mi pecho, y traza mi estómago con las yemas de los dedos, ensimismada en recuperarse. —No podía estar ni un segundo más sin tenerte—susurra, con un tono desgastado y débil—. ¿Que me hiciste?—termina, su sonrisa rozando mi piel.


Suelto una seca carcajada. —Lo mismo me pregunto, muñeca—anuncio, tomando una bocanada—. ¿Qué te hice? Y por dentro también me resuena una pregunta más: ¿Qué me hiciste vos a mí? Se queda tranquila un rato, pensativa, sin parar de acariciarme. Y eso se siente igual de bien que el sexo entre los dos, lo reconozco. Nunca pensé que acurrucarme después de los ataques se podía sentir tan perfecto. Bianca me transmite paz, hace que mi humor negro se esfume en la nada con sólo una leve cercanía. Y cuando es así de cuidadosa y cariñosa conmigo, aun cuando ni siquiera estamos hablando, sólo permaneciendo allí, me hace querer más. Mucho más. Todo lo que no tuve la oportunidad de apreciar antes. Se remueve, estirándose como un gato, restregándose en mi costado. Me avisa que va a entrar en el baño para limpiarse y sale de la cama, no puedo evitar poner la atención en su culo desnudo balanceándose mientras se pierde en el pasillo. No tarda mucho, regresa y ni siquiera mira su ropa en el suelo, se mete conmigo a la cama otra vez. Y me encanta la idea de que se quede un poco más. Levanta una pierna y se sube a horcajadas en mis caderas. No hay nada sexual en su movimiento, aunque estemos desnudos. Ahora hay bastante curiosidad en esos ojos tan vivos. Toma mi brazo y lo estudia, mientras mima con los dedos. —Es hermosa—murmura, demorándose en la cabeza de la Serpiente en el dorso de mi mano. Cualquier otra persona diría que es aterradora y de mal gusto. Sin embargo, estamos hablando de Bianca Godoy, y esta chica encuentra todo de su agrado. — ¿Cuándo te lo hiciste?—pregunta, entretenida. —Tiene cerca de diez años—respondo, centrado sólo en ella. Fue en la época que más amaba formar parte de las Serpientes. Hice todo con tal de avanzar y olvidarme de lo que sucedió con Max aquella noche, en la que tenía dieciocho. Me cerré ante la culpa, no la dejé entrar, porque estaba convencido de que el clan era lo que más amaba. El único lugar al que pertenecía. Irme de allí me significaba la muerte. No me imaginaba fuera. Y mira ahora. — ¿Tu clan eran las Serpientes?—me mira a la cara. Asiento.


—Ahora ya no existe, eso me contaron—comenta, jugando con mis dedos. —No. Se desintegró—confirmo. No puedo dejar de observar la manera en la que nuestras manos lucen juntas. Su piel pálida contra la mía tatuada. Es como un sueño, y por primera vez en mucho tiempo me encuentro tan relajado que podría dormirme en cualquier momento. — ¿Y qué pasa con el tatuaje?—quiere saber. Me encojo, y sonrío a medias. —Se queda allí… uno nunca olvida de dónde proviene—explico, convencido. Engancho la punta de un mechón de pelo entre mis dedos, a la altura de uno de sus senos. Deposita mi mano sobre mi estómago y la muevo hacia su muslo, para acariciar esa pálida y suave piel. Bianca inclina la cabeza a un lado, estudiando mi mirada. Enseguida se desvía a otro de mis tatuajes. —Éste, ¿qué significa?—lo traza con los dedos. Es un puñal, un diseño que un viejo amigo me hizo. —Para mí, simboliza “poder”—le cuento. Sí, me lo hice poco tiempo después de ser elegido líder. Para mí, era un logro muy importante y al fin los tenía a todos en mi puño. Deseaba hacerme cargo de muchos cambios, tanto políticos como comerciales. Ya no estaba dispuesto a que siguiéramos actuando tan inhumanamente con todo el mundo. Tarde me di cuenta de que ese poder era efímero, ellos terminaron haciendo lo que quisieron, destrozándome y enterrándome en el proceso. Me destituyeron, me arrebataron el poder. Pero me consuela la certeza de que acabaron siendo su propia destrucción. Ya no existen. Ahora sólo queda una docena de infelices que espero, pronto, poder arrancarles las cabezas. — ¿Y éste?—marca justo en el lado contrario a la inicial de Tony en mi corazón. Observo el dibujo, recordando. Es uno de los más nuevos, aun fresco. A simple vista, y para quien no lo comprenda, es sólo un medio círculo. Puede pasar por una C. También puede ser relacionado con Cecilia. Está rodeado de alambres púas, porque eso fue lo que mi amor por ella significó. Dolor, y un montón de riesgo y sacrificio. —Es un medio círculo—me aclaro la garganta, intentando con todas mis fuerzas no cerrarme, quiero ser abierto con Bianca—. Venganza—busco en sus ojos por algún indicio de


juicio o algo por el estilo, y ella sólo me mira con gentileza—. Cuando mis planes se completen, cerraré el círculo. Suspira y se inclina sobre mí, apoya sus labios en los míos. Recibo el beso con intensidad, lo persigo, tomando todo lo que esté dispuesta a darme. Encierro su rostro en mis manos, y entro en su boca. Un suspiro largo se le escapa y la abrazo, recorriendo lo largo de su espalda, hasta sus nalgas. Las aprieto y se retuerce. Se separa un momento, tomando una bocanada, sus ojos brillantes con deseo renovado en los míos. Advierte mi dureza entre sus piernas. Ruedo y la llevo debajo. Entonces toma la oportunidad y acaricia mi culo. Luego se detiene sobre mi nalga tatuada. — ¿Y esté?—sonríe, traviesa, me da una palmada. Se me levanta una ceja por sí sola, y en mis labios es pintada una sonrisa torcida, respondiendo a su juego. —Fue uno de los primeros que tuve—me froto, y ella entierra las uñas en la estrella—. Era un chico idiota, creí que sería atrevido… Se ríe, y su carcajada es tan linda que me encuentro sonriendo, completamente después de mucho tiempo sin poder hacerlo. —Oh, lo es—asegura, susurrando con sensualidad—. Y sexy. Se me escapa una carcajada y ella la atrapa justo en su boca, me empuja para volver a colocarse encima de mí. Abre la boca para decir algo, y se frena a causa de golpes en la puerta que nos interrumpen. Sus ojos se abren como platos. Saltamos fuera de la cama con rapidez y Bianca gira hacia todos lados sin saber qué hacer, intento no reírme mientras junto sus ropas del suelo y se las doy, señalándole el baño. —Ya va—aviso, colocándome los pantalones y la camiseta. Destrabo la cerradura y abro. León está allí de pie, me sonríe y pasa cuando le invito. Trato de no mirar a la cama, sabiendo que está hecha un desastre. ¿Y eso que sobresale de bajo ella es la tanga de Bianca? Puta mierda, espero que no la note. — ¿Qué tal, Medina?—pregunta, cruzándose de brazos. —Bien—respondo, y señalo una de las sillas. Error. El abrigo de Bianca está justo ahí. Él niega. —No hay problema, estoy de pasada—dice, sin moverse—. Vengo a comentarte algo…— asiento, escuchando—. En un par de días nos vamos de viaje, la mayoría. Quiero saber si te


parece bien quedarte a cargo del bar, ésta vez es por un tiempo considerable… Un mes, quizás más. Quiero dejarlo en manos de alguien que viva en el complejo, que sea confiable y esté cerca… Pestañeo. Estoy soñando, ¿cierto? De nuevo este tipo confiándome sus cosas. No lo entiendo, estoy aquí, sí, pero no puede venirme con el cuento de que cree más en mí que en cualquier otro León, aunque no viva en el recinto. Cualquiera de ellos merece más su confianza que yo. Aun así, borro todo lo dudoso o negativo de mi cabeza y acepto sin pensar más. No puedo dejar pasar una oportunidad como ésta, se siente bien tener su voto. —Está bien, sí—concuerdo—. Podés confiar en mí. Lo miro a los ojos, él ya parece muy convencido de su decisión. No veo ni una pizca de prueba en su mirada. Después me lanza una sonrisa ancha y encantada. —Perfecto—me palmea el hombro, como si fuéramos amigos de toda la vida—. Nos encontramos esta la noche para ponernos de acuerdo con los detalles—me guiña. Y sin otra mirada atrás se va, cerrando la puerta tranquilamente a su espalda. Me froto la cara suspirando, contrariado y aliviado de que no rebuscara alrededor con interés. Bianca aparece, asomándose desde el pasillo, su ropa aún enrollada contra su pecho. Camino a ella y la acerco buscando en sus ojos, ya no se ve preocupada, me sonríe. Bien. Estamos bien. —Así que te acaba de contratar, ¿o algo así?—quiere saber. Me encojo de hombros. —Supongo… Lo que lo complica todo, ahora que me doy cuenta. Esteban no tardará en llegar al pueblo y no voy a poder centrarme del todo en nuestras cuentas pendientes si estoy a cargo del bar. Además, mi hijo, voy a necesitar a alguien que lo cuide. Suspiro. — ¿Qué?—murmura, acercándose. —Voy a tener que conseguir a alguien que cuide a Tony—digo, yendo a la cocina por algo para tomar. Ella me sigue de cerca, y hace una mueca de despreocupación. Descarta el tema. —Yo puedo cuidarlo—salta, su cara iluminándose—. Estoy acá, atascada, avanzando a pasos de bebé en mi relación con mi hermano… tengo tiempo de sobra—dice, entusiasmada—. Yo me encargo.


La estudio fijamente por unos segundos, sin perderme ninguna de sus expresiones de niña feliz. Mierda, no puede ser más linda. Me tiene agarrado de las pelotas, completamente. En todos los sentidos. —Cuidar a un chico es mucho trabajo—digo, dudando, no quiero molestarla. Ni a ella ni a nadie—. ¿Estás segura? Esto te quitaría mucho tiempo y, además del bar, tengo que concertar citas con un amigo en el pueblo… eso sería mucho… Inclina la cabeza a un lado y me da una mirada dulce. —Puedo hacerlo, ¿no confías en mí?—hace un puchero. Genial. No hace falta nada más. Ya me captura sin mucho esfuerzo. —Bueno—coincido. Una sonrisa ancha de dientes blancos nace en sus facciones y no me queda otra que devolverle el gesto. Entonces se va a la otra habitación para vestirse. Al final, nunca llegamos a la segunda ronda, pienso, mientras se agacha obteniendo su ropa interior del suelo. No le quito la vista de encima, encantado con sus movimientos elegantes y ese cuerpo que siempre me lleva cerca del infarto. Así que ahora tendremos que vernos en muchas más ocasiones aparte de sólo por sexo. No sé por qué me gusta tanto la idea de ella alrededor por mucho más tiempo.

BIANCA Vuelco mi parte más grande de azúcar en el bol donde ya tengo la mezcla de huevos y espero a que Tony también eche su parte. Tiene una pequeña tacita de plástico en la que separo nuestros ingredientes para que me ayude a preparar la torta. —Muy bien—le sonrío. Está de pie sobre una silla, sin perderse nada de lo que hago. Lo llevamos perfecto, podría decir que es un niño fácil y tranquilo. Es obediente y simpático, no da problemas. Y siempre se encuentra dispuesto a hacer cualquier cosa conmigo. Hoy ya hace una semana que los chicos se fueron del recinto y comencé a cuidar al chico todos los días a partir de la tardecita. Estoy muy entusiasmada y me alegra poder sentirme útil. Y Tony, justo a mi lado, también se ve contento por sentirse integrado en “actividades” de adultos. Como cocinar. Entre los dos agregamos la harina y mezclo con la espátula mientras vuelco la leche, rapidamente obtengo la consistencia que quiero y miro a Tony, que tiene los ojos muy grandes mientras espera mi próxima orden.


— ¿Y ahora?—pregunto, frotándome las manos—. Lo más importante… Alzo las cejas y tomo el paquete del cacao, mido la porción y separo un poco en la taza de Tony. Voy revolviendo a medida que él hecha su parte, y el menjunje empieza a tomar un color oscuro. Bien, mucho chocolate. Bato hasta que todos los ingredientes están bien unidos y después lo echo todo en el molde. Bajo al niño de la silla y lo alejo para llevar la torta al horno ya encendido y caliente. –Hay que esperar una hora—canturreo y él asiente. Dios, es demasiado tierno. Le pregunto si le gustaría tomar un baño ahora, antes de que el bizcochuelo esté listo y duda por un momento al tiempo que lo observo tratando de no reírme. Al final llegamos rápido a un acuerdo. Es un chico muy bueno, no se queja de casi nada, apenas habla, pero es muy inteligente y vivaracho. Sé que lo último que tiene ganas de hacer ahora es bañarse, sin embargo, ya es de noche afuera, y es mejor que esté listo antes de la cena e ir a la cama. Vamos al baño y abro la ducha caliente, él deja que le lave el pelo mientras permanece ahí de pie en su ropa interior, después le permito que siga solo, como él prefiere. Lo espero al otro lado de la cortina con una toalla y lo envuelvo antes de que se enfríe, apretándolo contra mi pecho. Haría esto toda la vida, es adorable. Permanece quieto cuando le desenredo el pelo con el cepillo, haciendo una mueca por lo largo que lo tiene. Una vez hecho, él corre aun enrollado en la toalla con sus piecitos descalzos hasta la cama donde tiene su muda de ropa limpia. Ordeno el cuarto de baño mientras se viste, luciendo una gran sonrisa en mi cara, encontrándomela de frente en el espejo. Siempre fui una chica feliz, alegre con algunos pocos intervalos de agotamiento emocional, lo normal. Pero ahora es distinto, es otro tipo de felicidad. Más completa, más intensa. Siento como que estoy de pie en una nube, flotando a la deriva. Realmente no quiero pensar si podría caer, no me interesa. Y si va a pasar, espero que no dentro de poco. Necesito más de esto. Si un mes atrás alguien me hubiese dicho que en un futuro cercano iba a conectar tanto con este hombre tan contrario a lo que soy, me habría reído o simplemente asustado, pero, por cómo han ido yendo las cosas… nada de eso pasó. No estoy asustada, no se siente como un chiste de mal gusto. Y no es raro. Nuestro tipo de relación es más carnal que otra cosa, y aun así me llena. No me estoy sintiendo usada, hay una conexión. Está allí latiendo todo el tiempo. Interactuar tanto con él y su hijo me hace sentir que tengo un lugar importante. Que mi vida tiene más sentido, que estoy avanzando correctamente. Ya no es sólo la búsqueda de mi hermano mayor lo que me define. Hay miles de cosas más que no conocía sobre mí. Y las estoy descubriendo ahora porque paso mucho tiempo con ellos. Me siento parte, aunque Jorge se abra poco conmigo. No me preocupa mucho, porque estoy segura de que poco a poco va a confiar lo suficiente para dejarme entrar más allá. Porque quiero llegar allí. Encontré una nueva puerta y


la abrí, me mostró un camino. Lo estoy recorriendo, y está en mis planes llegar al final. Me lleve a donde me lleve, presiento que será bueno. Que definirá mucho de mi esencia. Tony se acomoda en torno a la mesa y yo conecto mi laptop, poniendo a reproducir uno de los episodios de “Dibu”. Los tengo todos en dvd y hemos estado dándonos maratón cada noche. Se entretiene mientras preparo la cena, tomándome mi tiempo. Saco la torta del horno y sonrío al verla bien alta y espumosa. Entonces meto las empanadas que acabo de preparar. — ¿Tony?—voy con él, encontrándolo donde lo dejé riéndose de alguna travesura de Dibu. Lo veo restregarse los ojos y despejarlos de todo ese flequillo castaño y espeso que le cae por la frente. Ahora que él y yo entramos en confianza, se me ocurre una idea. — ¿Tony?—al fin me presta atención, sus ojitos de miel posándose en mí—. Se me ocurrió una idea—sonrío. Levanto el índice para decirle que me espere, regreso a la cocina y consigo unas tijeras, estas tienen que servir, tienen buen filo. Cuando vuelvo él está parado en la silla esperándome, curioso. Levanto la mano con la tijera. — ¿Qué tal si cortamos ese pelo?—le pregunto. Se queda mirándome seriamente por mucho rato, considerándolo. Los ojos caen fijos en la tijera. Necesita un corte, tiene el pelo demasiado largo y sé que le resulta molesto, le llueve sobre los ojos continuamente. Y si lo dejamos, seguirá creciendo hasta que tengamos que agarrarlo en una cola. Se encoge de hombros, y eso es un pase libre para así ponerme manos a la obra. Pido que se acomode en su silla y siga mirando el episodio mientras consigo una gran toalla y le rodeo el cuello. Peino el pelo aún un poco húmedo y comienzo a cortar en la nuca. Ya dije que era polifacética, puedo encargarme de su pelo sin dejarlo hecho un payaso de circo. Él se pone en mis manos con confianza, inmóvil y entretenido con el dibujito animado. No quiero cambiarle el estilo, le dejaré el mismo peinado pero un poco más corto. No quiero que llegue su padre y se fastidie, después de todo no he tenido su permiso para hacer esto. Aunque parece que ninguno de los dos se ha estado preocupando por marchar a un estilista, apuesto a que ni ha cruzado la cabeza de Jorge. Puedo entender que siempre está pensando en mil cosas a la vez. La mayoría serias, y sombrías. Cuando al fin termino, me llega el olor de las empanadas ya listas para comer. Así que apago el horno para que no se quemen, barro el pelo del suelo y arreglo a Tony, que ha quedado perfecto.


— ¿Y?—le pregunto, quiero saber si se siente más cómodo—. ¿Mejor? —Sí—asegura. Sonrío satisfecha. Eh, que soy una excelente niñera. ¡La mejor! Me adulo a mí misma, orgullosa. Chocamos los cinco y traigo la cena a mesa. Comemos juntos, mirando un nuevo episodio de mi querido Dibu, reímos a carcajadas por un rato. Después de limpiar toda la cocina, le digo a Tony que se lave los dientes y coloque el pijama para dormir. Lo hace sin rechistar y al fin nos recostamos a seguir mirando tele. No tarda mucho en dormirse, cansado de su día atareado. Entre el jardín, los juegos con Abel y nuestra carrera de actividades culinarias, ha tenido toda su cuota diaria de energía consumida. Me quedo mirándolo dormir de a ratos, justo a su lado, velando por sus sueños hasta que me voy también. No sé bien a qué hora despierto, lo primero que percibo es a alguien sentado en el sofá junto a la ventana, con la atención silenciosa fija en nosotros. Logro ver Jorge posado allí, el cuerpo flojo y sus hombros anchos sobresaliendo, creando sombras ante las luces que entran desde la ventana, por las farolas del pequeño patio del complejo. Me quedo un rato inmóvil, todavía fingiendo dormir, así poder espiarlo sin que me note. Está pensativo, quieto, y sus ojos son como miel derretida, bullendo. Muy vivos, y eso indica que está pensando muchas cosas. Tal vez se sienta un poco contrariado o saturado. —Sé que estás despierta—susurra, y ni siquiera lo percibo mover la boca al pronunciar. Sonrío, removiéndome. No estoy bajo las cobijas, sigo vestida y apretada en posición fetal, en dirección a él. Apenas puedo pestañar, eso es lo que Jorge Medina me hace. No quiero perderlo de vista ni un solo segundo, cada vez que estamos en la misma habitación mi cuerpo funciona como un imán, siempre yendo a pegarse a él. Y la forma en la que me mira… no hay descripción para eso. Es intenso, fuerte, posesivo, forma nudos apretados en mi estómago. Y, Dios… lo deseo tanto que no puedo estar un día sin tenerlo, sin buscarlo para conectar. Cada vez que me toca pierdo consciencia de la realidad, el mundo es negro a nuestro alrededor. Se siente como estar en un escenario iluminado, y el resto de los espectadores a oscuras, rodeándonos. Sólo que ni siquiera cuentan las otras personas, no existen. Sólo somos él y yo. Nada más. Nadie más. Además, a medida que paso tiempo bajo el poder de sus manos y cuerpo, más descubro en cuanto a mí misma. Reacciones, placeres, adicciones. No me quedan dudas de que me estoy volviendo adicta-dependiente de su calor, como una sustancia que no me puede faltarme diariamente, o incluso a cada hora. No hago más que salir de su apartamento que lo extraño. Estoy en graves problemas, pero, ¿saben qué? No me importa. No le tengo miedo a su equipaje, a su sed de venganza, a las sombras que oscurecen sus ojos. Todo eso lo hace ser como es y me


encanta así. No cambiaría nada. Ni siquiera sus momentos como “señor amargado”, que, por cierto, cada vez son menos frecuentes. Haciéndole justicia a mis impulsos de estar encima, salgo de la cama y caigo en él. Sentándome en su regazo, encerrando su cuello en mis brazos. Se atiesa por un momento, no le hago caso, apoyo mi cabeza en su hombro y no se demora en acunarme, soltando un respiro denso y largo. Se suaviza. Y me gusta pensar que es a causa de mi presencia. Paso una mano por el costado de su cuello, rozando con los dedos los rastros de barba en su mandíbula. Lo beso, no puedo evitarlo, justo bajo su oreja. Él me provoca el deseo de ser cariñosa y pegajosa. Y hasta ahora no da indicios de molestarle. Creo que, en cierto sentido, aprecia esto. Aunque ante los ojos de los dos no seamos una pareja oficial ni estable. Cierra los ojos y se recuesta, cayendo hacia atrás, su cuello se estira más y sigo plantando pequeños besos mudos y rozándolo con mi nariz. ¿Cómo terminamos así nosotros dos? No tengo ni idea. Paso a su nuez de Adán, respirándolo. —No deberías estar activando esos botones—carraspea, y puedo ver sus pestañas cerradas a través de la luz exterior. Sonrío, y para avivar la inversa, descubro mi lengua y la arrastro a lo largo, acabando el camino con un beso en el hueco bajo su mandíbula. Traga, y aprieto mi sonrisa en su piel áspera. —No vas a ganar, muñeca—una de las comisuras de su sensual boca se estira hacia arriba—. No con el niño dormido en la cama… Me río por lo bajo, despatarrándome encima de él, siento su mano pasear en toda la extensión de mi espalda. Exquisito. Podría dormirme contra su duro cuerpo, me relaja y me hace sentir protegida. Y pocas veces en la vida me he sentido de esa manera, siempre me las he arreglado sola con todo. —Mañana no vamos a poder vernos—enuncia, apretando dulcemente un punto en mi nuca. Cierro los ojos y suspiro, encantada. Por un momento no hago caso de sus palabras. Aprovechamos la intimidad cuando Tony está en su rutina de jardín, es el único momento que tenemos el departamento para nosotros solos, además de que ésta parte del recinto duerme hasta tarde, no somos ni descubiertos ni interrumpidos. No nos hemos salteado ni un solo día, por ello escondo un puchero de aflicción. Está bien, no es la muerte de nadie. —Tengo una reunión con este amigo—cuenta en tono bajo—. Al fin llegó al pueblo.


Asiento, me habló un poco de éste amigo, Esteban. Su mano derecha cuando era el líder de las Serpientes. Y amigo de la infancia. Por lo poco que he escuchado, parece bueno y leal. Y Jorge lo tiene en un pedestal, lo que es interesante, ya que no confía en nadie. Me cae bien. Aunque no creo que alguna vez lo conozca. — ¿Es por todo ese asunto de la venganza?—pregunto, allí, recostada en su firme pecho, oyendo los fuertes latidos de su corazón. —Sí—responde enseguida, enredando mi pelo en sus dedos. —Tené cuidado—le pido. — ¿Por qué? —Porque los caminos de venganza siempre son peligrosos… ya sabes—se me seca la boca—… lo de cavar dos tumbas, y todo eso—trago. Una seca carcajada, mitad humor mitad acidez, se le escapa desde el fondo. Entonces se endereza y me despega un poco para mirarme a la cara. —Va a ir todo bien—asegura, confiado. No insisto en el tema, si él está seguro, entonces no tengo nada más que decir. Yo sólo estoy pintada, soy la chica con la que tiene sexo de vez en cuando—o todos los malditos días—y la niñera de su hijo. No tengo ni voz ni voto en el asunto. En lo que sí puedo ir más allá es en el pedido de que se cuide a sí mismo. Porque me preocupo. —Está bien—sonrío, apenas—. Pero prométeme que vas ser cuidadoso, no quiero que te pase nada… Lo acaricio con el índice justo en el cuello de su camiseta, a la par que me contempla con intensidad, como atravesándome bien en el fondo. Parece que el hecho de que yo me preocupe lo descoloca. —Lo prometo—traga, tenso. Le dedico mi mejor sonrisa conforme y pego mis labios en los suyos, en un beso lento y devastador. Él lo vuelve más aniquilador, cuando mi intención era sólo algo más casto y cariñoso. Él es un tipo al que no le va lo suave. —Ah—comento cuando me suelta, tratando de respirar con normalidad—. Le corté un poco el pelo a Tony, espero que no te importe—le digo, ruborizándome. Jorge eleva las cejas, confundido.


—Le molestaba la vista—le explico—. Y como me las arreglo bastante bien con la tijera, me tomé el atrevimiento de darle una sesión de peluquería—me rio. — ¿Hay algo con lo que no te las arregles lo bastante bien?—pregunta, medio divertido. Me encojo entre mis hombros y lo beso un poco más, hasta que las cosas se ponen un poquito alteradas y decido que es suficiente. Por respeto a Tony. Salgo de encima de él y se queja al perder mi peso. —Tengo que irme—musito, despacio. —Ojalá no tuvieras que hacerlo—dice con voz ronca. Se para y me persigue cuando voy por mi abrigo, me sostiene de las caderas apoyándome desde atrás, inclinado sobre mi cuelo. Me huele. Puedo sentir su erección perfectamente a través de mis calzas de deporte y sus vaqueros. Me muerdo el labio con fuerza y me lleno de voluntad para no sucumbir a sus tan directos encantos. —Es mejor que me dejes ir—me rio, desenganchándome de sus manos grandes y trepadoras. Acepta a regañadientes y me acompaña a la puerta. Nos despedimos con un interminable beso que me eriza de pies a cabeza y me empujo afuera de su casa porque sé que podría hundirme en la debilidad muy rápido. Tiene ese poder sobre mí. —Adiós—agito la mano en su dirección a medida que avanzo hacia mi puerta. Me lanza una inclinación de cabeza en conjunto una media sonrisa que me derrite la consistencia de las rodillas. Estoy negando y sonriendo como una tonta para el momento en que entro a mi casa. Y mi corazón tartamudea, quejoso, ya echándolo en falta con loca devoción.


CAPÍTULO 11 JORGE «Camino tranquilo por el bosque, buscando mi habitual rincón para echarme a fumar un poco. Está oscuro, es de noche, lo que no tiene sentido porque sólo voy allí en el día, cuando Tony no está. Me recuesto en el suelo y enciendo un porro, inhalo con fuerza, como queriendo absorberlo de una sola pitada. Y de un momento a otro la calma se va, la sangre se dispara en mis venas, corriendo demasiado rápido, provocando que mi corazón se acelere como un loco, golpeteando entre mis costillas. Es doloroso, como si quisiera rasgarme desde adentro con tal de salir. No entiendo qué sucede. Una niebla gris y espesa comienza a encerrarme, bloqueándome la vista. Entonces allí la veo. De pie, muy quieta, vestida de negro. ¿Por qué negro? Ella odia ese color, es neutro. Y oscuro. Prefiere el blanco o el celeste. O el rosa claro. Nunca negro. Supongo que es porque se ve triste, está apagada. Sus largos y perfectamente armados tirabuzones, de un brillante rubio oscuro, vuelan a su alrededor con la brisa fría. Su rostro pálido me observa fijamente, desentonando con la negrura que nos encierra, su expresión es nula. No hay nada que delate sus sentimientos, o pensamientos. Sólo me mira. Me mira. Y me mira. — ¿Cecilia?—la llamo, sintiendo un profundo hueco en el centro del pecho. Niega. En un pestañeo, la secuencia cambia, se encuentra arrodillada junto a mí, sus ojos verdes muy grandes. Llenos de humedad. —Prometiste que nos protegerías—dice, en un tono lastimoso que me destroza. Una lágrima cae lentamente de su ojo, quiero limpiarla pero me es imposible moverme. Estoy tieso, y sólo hay indicios de que sigo vivo a causa de mi desequilibrada respiración. Abro y cierro mis párpados para alejar el líquido y despejar mi imagen de ella. —Lo siento—susurro, y sueno como un niño herido y culpable—. Lo siento. Baja su rostro abajo, a su regazo, se mira las manos unidas allí, los dedos elegantes enganchados. —Lo prometiste—repite, sollozando. —Lo siento—murmuro.


Cierra los ojos y niega. Niega sin parar, lento y con lamento. —Tony está en el sótano—continúa de pronto, dirigiendo sus enormes y redondos ojos a mí de nuevo—. Tony está en el sótano. Trago, asintiendo. —Lo sé. Lo tengo. Está conmigo a salvo—cada una de mis palabras duele como si quemaran mis cuerdas vocales. Cecilia comienza a respirar con dificultad, más y más agitada, se atraganta. —Está en el sótano… el que construiste para nosotros… lo dejé justo allí… antes de que ellos entraran—se lleva una mano al pecho, doblándose sobre sí misma. Gime y me altero. —Cecilia, ¿estás bien? ¡Háblame!—grito. ¿O sólo lo hago en mi cabeza? —Ellos vienen… acaban de entrar—se atraganta. Se está asfixiando y no puedo hacer nada para ayudarla porque no me puedo mover. Sólo consigo el primer plano mientras va cayendo. Cuando al fin levanta el rostro de nuevo hacia el mío intento pedirle que se quede fija en mis ojos, deseando tranquilizarla con ellos. Traga, más lágrimas caen, y a continuación su garganta se rasga de lado a lado a causa del filo de algo invisible. Sangre comienza a bajar de la herida profunda, como una cascada, violenta e imparable. Se baña en ella en sólo segundos. Se ahoga, y también se le escapa por las comisuras. —Prometiste que nos cuidarías—dice, escupiendo espeso líquido rojo en grandes cantidades. Me salpica la ropa, a la par que su mirada se va poniendo blanca y ausente. — ¡Cecilia!—grito su nombre una y otra y otra vez. Y niega ante mi voz. Cae desplomada en el césped frente a mí, su vestido negro se desgarra al medio, su cuerpo desnudo y cubierto de sangre se muestra por completo. Marcas por toda su hermosa y luminosa piel, la que tantas veces yo había adorado. No puedo verlo, me niego a memorizar los detalles. No aguanto verla morir. No. No. Necesito llegar a ella, sostenerla, y me es imposible. Mi cuerpo no responde. —Prometiste que nos protegerías—los ecos de su voz se reproducen en mi mente.


“Prometiste que nos protegerías. Prometiste que nos protegerías. Prometiste que nos protegerías. Prometiste que nos protegerías. Prometiste que nos protegerías. Prometiste que nos protegerías…» Ruedo en la cama y caigo al piso, en un golpe seco, gimiendo. Me muerdo los nudillos de una mano para no dejar escapar el grito que punza insistente en mi garganta. No quiero volver a asustar a Tony, que duerme plácidamente como un angelito rodeado de paz en su lado del colchón. Me atraganto con mi respiración, jadeando, manchando las baldosas del suelo con la humedad de transpiración a lo largo de mi torso desnudo. Hay llanto en mis ojos, esperando a ser derramado. Los aprieto, negándome a llorar. Si comienzo ahora, no voy a parar. Me esfuerzo sobre mis pies y camino tambaleante hasta la cocina, me encierro allí. Me doblo, apoyando las manos en la mesada y procuro tranquilizarme. Que los recuerdos se vayan, que la pesadilla termine de parpadear en mi mente. Mis dientes castañean, tan violentamente que mi mandíbula duele. Observo mis pies descalzos, fijamente. Esperando a que el rocío se limpie de mí enfoque. No puedo permitirme caer. Derrumbarme. No ahora. Tal vez nunca. Tengo que seguir en pie, persiguiendo con firmeza mi próximo objetivo. Venganza. Por ella. Sólo por ella. Por lo que le hicieron sólo por amarme. Sólo porque la amaba. Porque dio a luz a mi hijo. No se lo merecía, se suponía que tenía que seguir su vida, siendo esa madre tan amorosa y especial para Tony. Se suponía que yo permanecería lejos por su seguridad. Que nadie los encontraría. ¿Por qué? Aprieto los párpados y pregunto. ¿Por qué ella? ¿Qué culpa tenía? ¡Ninguna! ¡Ninguna culpa! Era una inocente. La culpa es toda mía. Yo no frené eso cuando tenía que hacerlo, no los borré del mapa en el momento que era conveniente. Tendría que haberlos matado a todos cuando menos se lo esperaran, ni bien convertirme en el presidente. Allí mismo todo habría terminado. Y en la actualidad, mi hijo estaría junto a su madre viva y feliz. En un mundo seguro y lleno de colores. Dios, que estúpido fui. ¡Qué inservible! Es verdad, todo lo que ha pasado es mi culpa. No cumplí lo que prometí. No los protegí.

*** Me deslizo fuera del vehículo desde detrás del volante después de aparcar en un callejón escondido en el pueblo. Camino la distancia que me queda hasta el pequeño apartamento de una sola habitación que alquiló Esteban. Parece un lugar seguro, pero no podemos fiarnos de nada. La verdad es que salir del recinto para mí significa una tonelada de peligro encima,


nunca se sabe cuándo ellos estarán viendo. Soy bueno rastreando presencias indeseables a mi espalda, sin embargo, jamás se está seguro del todo. León tiene un montón de hombres en el pueblo, vigilando. Se volvió incluso más cuidadoso desde que ocurrió el intento de secuestro de aquellas dos chicas que lograron rescatar en una fiesta. El tipo ama este pequeño pueblo rodeado de nada, jamás dejaría que pasara algo malo. Así que, digamos, la autoridades tienen un poco de ayuda, aunque ellos lo vean como una forma de desautorizarlos. Tampoco pueden hacer mucho, la gente se siente segura con los Leones alrededor. No importa cuántos rumores de mafia y contrabando corran, nadie tiene pruebas sólidas, y a nadie parece interesarle en realidad. El clan de León no es una amenaza directa y lo saben perfectamente. Levanto mis nudillos fuera del bolsillo del abrigo y golpeo la puerta de madera maciza frente a mí. No tarda ni dos segundos en abrirse. Allí mismo, de pie, me encuentro cara a cara con Esteban por segunda vez en la semana. La primera nos juntamos por poco tiempo para conseguirle un buen lugar donde vivir provisoriamente. —Viejo—sus ojos castaños se entrecierra con simpatía. Un apretón de manos después me encuentro dentro quitándome el grueso abrigo, al mismo tiempo que él consigue dos copas y camina relajado hasta una pequeña mesita en la esquina de la habitación. — ¿Ya te cargaste?—pregunto, resoplando con diversión. Se ríe, mostrando una blanca hilera de dientes perfectos y hoyuelos, que le da una imagen más juvenil a sus treinta y dos años. Se ha afeitado y cortado el pelo, se ve más civilizado. Si se lo puede llamar así. —Lo primero es lo primero—levanta el índice señalando la prioridad, tendiéndome el vaso de whiskey—. Y en este lugar hace un frío de muerte, tengo que mantenerme caliente. Alza las cejas, y nos sentamos frente a frente en los únicos dos sofás individuales, junto a la pequeña estufa a leña. Despatarrado allí, nos demoramos unos minutos en degustar la bebida, que corre quemando por dentro al bajar. Es tranquilo, esto de tener su presencia justo frente a mí, me apacigua de una manera increíble. Está salvo, es lo único que me importa. —Así que…—comienzo, mirándolo— ¿cómo lograste salir sin que te mataran? Se encoje de hombros, sus ojos oscuros brillando con la alarma de algún recuerdo. Sí, seguro se asustó lo suficiente. Yo lo hice, también. —Me crucé con uno de los jóvenes, de los últimos reclutados—explica, tomando un largo sorbo, negando sombríamente—. Lo noté raro, sabes que ellos no sirven para esconder ninguna mierda, son muy transparentes. Actuó inquieto, incómodo en mi presencia, entonces supe que


algo iba realmente mal. Lo primero que hice fue darme la media vuelta y rajar. No entré en el agujero, fue una terrible sensación de advertencia. Menos mal, si entraba ahí, salía con los pies para adelante… o ni salía—suspira, estremeciéndose. Asiento en silencio sintiendo la oscuridad rodearme. Vaya a saber lo que le habrían hecho si entraba. —Tomé mi moto y volé, un par de los viejos me persiguió—sigue—. Sabían que no iba a regresar. Me dispararon, dándome en el costado. Me costó un huevo perderlos, no sé ni cómo lo hice—suelta una ronca carcajada sin humor—. Entonces corrí a los amigos de Tania, eran la única opción que me quedaba. Ni mi casa, ni la de ella y, mucho menos, un hospital, eran seguros… Sin ellos, yo no estaría acá—afirmó, frotándose los ojos. Acaba su vaso y enseguida va a llenarlo, necesitando una segunda ronda. El mío sigue por la mitad, me lo estoy tomando con calma. Pero claro, no he sido yo quien estuvo al borde de ser atrapado por los viejos. Tampoco fui yo quien estuvo infiltrado en el nido de víboras venenosas por meses. Ahora me doy cuenta del estrés que todo eso le ha traído a mi amigo. — ¿Estás bien, viejo?—le pregunto, estudiándolo fijamente. Me da una sonrisa ancha, aun con ojos cansados. —Estoy perfecto—vuelve a sentarse en su lugar—. A decir verdad, algo bueno ha salido de esta mierda: nos reencontramos después de tanto tiempo separados—inspira, dándome una media sonrisa tranquila—. Te extrañaba, nosotros dos juntos somos el equipo completo. Me faltaba la otra mitad—se echa hacia atrás, estudiándome—. Quizás por eso fracasé… No digo nada, la verdad es que juntos siempre somos mejores, tiene toda la puta razón. Pero tiene como amigo a alguien que necesitaba hacer todas las malditas cosas mal para llegar a esto: un callejón sin salida. Ahora hay que empezar desde cero. — ¿Y cómo supiste que te encontraron?—quiere saber—. ¿Qué te enviaron? Me muerdo el interior de las mejillas, intentando enterrar la angustia. Ruedo el vaso en mis manos, haciendo girar el líquido ambarino, el hielo tintinea en los bordes. —Recibí una foto—mi visión sube, estancándose en la suya. No necesito decir más, su tez se vuelve cenicienta y sus irises oscuros se espesan. Traga con fuerza y esquiva mis ojos, tomando un momento. A los dos nos mata. Él estuvo allí, lo vio todo. Presencio la manera en la que me desmoroné. Tuvo que salir a vaciar sus entrañas afuera. Incluso sé que lloró allí, mientras yo permanecía dentro, enloqueciendo. No es algo que cualquiera de los dos haya podido sacudirse con éxito. Nadie podría superarlo en realidad.


—Son unos…—aprieta los dientes con fuerza—. No hay palabra que se les ajuste, sobrepasan todos los límites—concluye áspero. Salta de su lugar y se pasea de un lado a otro, como un gato acorralado. La necesidad de moverse, de avanzar, de acabar con esto lo vuelve loco. En cambio, yo estoy allí escuchando sus bajas, casi inaudibles, maldiciones mientras se esfuerza por emborracharse. Mis hombros caen en el siguiente vaso que vacía y llena de inmediato. —Lo cierto es que…—traga, volviéndose a sentar, busca mi atención—. No podemos quedarnos acá, Jorge—murmura—. Si queremos ponernos manos a la obra, tenemos que irnos. Volver a la capital. ¿Qué vamos a hacer en este lugar cuando nuestros enemigos están a kilómetros y kilómetros de distancia? No tiene sentido. Me tenso. Por supuesto, sé que tiene razón. Toda la razón. Sin embargo, no estoy listo para irme. Todavía no. Necesito más tiempo. —Lo sé—susurro, apagado—. Pero todavía no está en mis planes irme… por eso te hice venir. Acá te tengo más cerca y sé que estás a salvo… No le gusta mucho mi respuesta. A él nunca le cae bien que tome decisiones equivocadas, que no me aferre a la lógica. En otras palabras, siempre fue mi cable a tierra. Pero esta vez… esta vez voy a seguir mis deseos. Y es quedarme un poco más de tiempo. — ¿Por qué?—quiere saber, firme—. ¿Por qué querés quedarte? Frunzo el ceño, levantándome para ir a la botella y reemplazar mi ración de whiskey. —No sé—suspiro y trago con fuerza—. Todavía no quiero separarme de Tony, ni siquiera hemos conectado del todo. No puedo irme sin antes hacer las paces con él, necesito que me vea como su padre… Sigo ahí, dándole la espalda, fijo en un punto en la pared. Una voz interior grita que no es sólo ese motivo. Que hay más. Mucho más. — ¿Qué más?—ahí está él, siempre intuyéndolo todo—. Estás raro… Bufo, encogiéndome sin ánimos, regreso a enfrentarlo. Sus ojos oscuros ahora están muy abiertos, y no es una novedad para mí que se encuentre leyéndome como a un libro abierto. —La última vez que estuviste así de inseguro fue cuando…—sus cejas se alzan ante la relación que ejerce su inteligentísima cabeza—, ¿hay una chica? Entrecierro los párpados en su dirección, molesto.


—No, no hay una chica—le indico con acidez. Me sonríe, sabihondo, aunque no insiste. Vuelve al modo serio y preocupado enseguida. — ¿No estás durmiendo bien?—me estudia, seguro notando las enormes ojeras que luzco—. ¿Pesadillas?—niega, y se frota la cara—. Sabes que no logras nada con culparte, sólo es envenenarte por dentro, y ya es suficiente con el resentimiento. Esa mierda tiene que caer toda sobre ellos… ellos son los animales, no nosotros… hay que hacerlos pelota, hermano… cuanto antes. Asiento sin siquiera pestañear, mi rostro tenso como una piedra. No todo lo que dice es cierto. Sigo sin estar de acuerdo con una parte. Es mi puta culpa, y tengo que hacerme cargo de ella. Merezco ese veneno. —Lo sé—digo, quedo, refiriéndome a sus últimas palabras—. Pronto—prometo. Está de acuerdo antes de perderse en su bebida por completo.

BIANCA En lo poco que va del día he hecho bastante, pasé la mañana ordenando mi cuarto, que a causa de mi tiempo con Tony y Ema he ido descuidando. Separé la ropa para lavar y doblé la limpia, acomodándola en los estantes y perchas del ropero. No la tenía allí antes, la mantenía dentro de la valija, no sé si lo hacía porque me preocupaba ser arrastrada de patitas a la calle en cualquier momento o qué, pero ya me siento segura de quedarme. Además, lo que menos quiero hacer es irme. ¿Justo ahora? Definitivamente no. Lavé la tanda sucia, dejando funcionar el lavarropas en solitario mientras subía al apartamento de Alex y Ema. Ella está sola, todos los hombres se fueron a ese recorrido de un mes o más, Alex incluido. Se la pasa generalmente en el altillo, y en las tardes con Adela. Cuando yo estoy desocupada soy su infaltable compañía. Para este mediodía planeamos clases de cocina, así que por eso nos encontrábamos en el departamento para así ayudarle a cocinar. Fue un poco frustrante al ser nuestra primera vez, para ambas. Sin embargo sé que ella, sin importar su discapacidad, es muy capaz de lograrlo. Para eso tenemos que tener paciencia y cuidado, y a las dos nos sobran esas virtudes. Por eso no nos rendimos y quedamos continuar un poco más mañana, seguiremos intentando hasta que avancemos. Cuando ella decidió recostarse para una siesta, antes de ir al bar a la tardecita, le di un beso en la mejilla y me despedí. Fui a casa a sacar la ropa del lavarropas y tenderla en la sala, algo cerca de la estufa, para que se secara. Pero no me quedé allí. Me fui al mono-ambiente de Jorge. Así que ahora me encuentro terminando de lavar los platos que esos dos hombres, el chiquito y el grandote,


dejaron sobre la mesa, sucios desde el almuerzo. Sé que Jorge no lo hizo adrede, tuvo que salir corriendo para ver a su amigo en el pueblo, apuesto a que cuando regrese será lo primero en lo que piense. Y también deduzco que no le va a gustar nada que yo haya hecho todo el trabajo por él. Va a enojarse. Y no es lindo cuando eso pasa. Me encojo, no le tengo miedo a ese temperamento, de hecho, como que me excita un poco. Me rio sola, mientras guardo cada utensilio en su lugar en las alacenas. Como todavía ha quedado bastante de la torta de chocolate que Tony y yo hicimos, me consigo un pedazo y me siento en la mesa. No sé para qué, sólo me quedo allí, sola. Debería volver a casa y, tal vez, dormir un rato, hasta que me toque regresar y quedarme con Tony, pero no quiero. Este lugar se siente mejor, el aroma es exquisito, como a colonia de hombre, hierbas y pino, incluso algo de humo de cigarrillo. Es Jorge. Todo esto huele a él. Y… sí, ya sé que estoy actuando un poco espeluznante. Hago una mueca. Pellizco un pedazo del esponjoso bizcochuelo y reviso con la vista, para corroborar que todo está en su lugar. Mayormente, el hombre se ocupa de mantener todo ordenado y limpio, sobre todo porque no quiere que su hijo crezca como un holgazán, para que aprenda a ser cuidadoso y aplicado. Tony es un buen niño y está aprendiendo bien, de hecho, siempre deja las cosas de nuevo en su lugar sin necesidad de que ninguno de los dos debamos pedírselo. Cada día que pasa, más orgullosa me siento de él. Estoy allí, masticando y sonriendo cuando mis ojos se fijan en la caja que sobresale de debajo de la cama. Siempre está allí, la he visto y movido de lugar varias veces, cuando me insisto en pasar el lampazo sin que el ogro gruñón me venga detrás. Nunca me atrevo a abrirla, porque no quiero ser entrometida, aunque no puedo negar que me tiene curiosa. Seguramente es de herramientas, estos hombres no van a ningún lado sin uno de esos cajones. A pesar de mi vena entrometida, me niego a revisar nada. No es mi asunto. Al igual que el sobre de papel madera que ha llegado, el que encontré en el suelo cuando abrí la puerta, alguien debió haberlo pasado por debajo ya que no había nadie. Es tentador el impulso de abrirlo, tampoco voy a sucumbir. Lo dejé en la mesita de noche junto a la mama. Soy una buena chica. Y puede ser que el haber actuado como una chusma me haya dado respuestas antes, sin embargo, ahora no me siento con el derecho de nada. Y es mejor que me quede quietita en mi lugar. En eso estoy en el momento en que alguien intenta meter la lleva en la cerradura de la puerta. —Está abierto—canturreo, mi corazón saltando. Un segundo después, Jorge abre y se cuela dentro. Y no logro borrar la sonrisita que estira las comisuras de mis labios.


— ¿Qué estás haciendo?—me frunce el ceño de una manera adorable… bueno, no adorable, esa palabra no va con él—. ¿Qué…—se corta, notando la mesa recién lustrada—. ¿Yo qué te dije, Bianca? Pongo los ojos en blanco ante los suyos viéndome entrecerrados, acusatorios. Me salgo de mi lugar y voy a él, riéndome. Bajo el cierre de su abrigo y lo ayudo a sacarlo, como si realmente lo necesitara, sigue mirándome con molestia. Niego y me muevo para colgarlo en el perchero junto a la entrada. —Estaba aburrida—pongo ojitos tristes y hago un puchero—. Entonces me… —Te entrometiste—me interrumpe él, secamente. Suelto una risita mientras se sienta en una silla sin dejar de mirarme fijamente. Entonces caigo en la cuenta por primera vez de sus enormes y oscuras ojeras y de lo cansado que se ve. Incluso parece haber ganado unos años más. Trago, ni siquiera estoy pensando cuando voy a él y me siento en su regazo a horcajadas, clavando mi mirada en su rostro pálido directamente. Es verdad que nuestra conexión es meramente sexual, pero él me importa. Para mí es más que sólo sexo. — ¿Todo éste asunto de la venganza te tiene estresado?—me atrevo a cuestionar, inclinando la cabeza a un lado, mientras le acaricio los hombros rígidos. Si es posible, arruga más el entrecejo, dándome una mirada llena de restricción. Claro que no va a revelar nada que tenga que ver con ello, pero yo no necesito que lo haga. Sé bien la respuesta. Sonrío y me apoyo en él, porque me percato de que sus músculos están menos duros. Comienzo a besarlo en el cuello, la mandíbula, las comisuras. Después de un rato, al fin tengo sus labios y me alegra que no se retire, eso me quita un suspiro de gusto, me permite entrar, haciéndome sentir como si fuera su debilidad. Yo sí estoy segura de que él es la mía. Interno mi lengua en su boca y su respiración enloquece. Su enorme y áspera palma se entierra en el pelo de mi nuca y me mantiene allí, el pequeño beso romántico se nos va de las manos. Raspa mis labios con los dientes, hasta que se echa hacia atrás, sus irises dorados encendidos. Echa un vistazo al reloj y me froto contra la erección creciendo en sus pantalones. —Hey, hey—intenta tranquilizarme—. Son menos cuarto, no falta mucho para que Tony… Aplasto sus palabras con mi boca, balanceándome y tomando su cuello en mis manos, jadeo. Se preocupa en vano, el niño sale a las cinco de la tarde y tiene un camino de diez o quince minutos hasta el recinto. Tenemos tiempo.


Gimo cuando engancha mi labio inferior entre sus dientes y tironea, ya frenética y necesitada, bajo las manos entre nosotros para desprender sus vaqueros, me lo permite sin chistar y sonrío porque sé que he ganado. Salgo de encima, poniéndome de pie a su lado y llego a mi ropa interior bajo la falda, la engancho en mis dedos y la deslizo por mis piernas. Jorge me observa embobado, ni le doy tiempo a moverse porque enseguida estoy sobre él, encargándome de su ropa. Mete las manos y rebusca entre la tela hasta que tiene los globos de mis nalgas en sus manos y me arqueo mientras me atrae más al ras de su pecho. Lo beso de nuevo, enganchándome a su cuello con fuerza, enterrando mis dedos en su pelo demasiado corto. —Te necesito—digo entre el enredo de labios, dientes y lenguas. Gruñe y se aferra a ambos lados de mi cabeza para ahondar el beso. Dios, estoy tan mojada, y eso que nos lo estamos tomando con calma. Pero él me mata de cualquier manera, siempre y cuando esté dispuesto a tomarme. Me suelta y entre los dos luchamos con sus pantalones, despejando sus partes íntimas. Su pene completamente erecto salta hacia afuera y se me hace agua la boca. Despacio, me ordena que me eleve un poco, lo hago, apoyándome sobre mis pies. Se acomoda a sí mismo en mi entrada y, despacio—tortuosamente despacio—, voy tomándolo centímetro a centímetro al tiempo que bajo. Nos miramos fijamente, bebiendo las reacciones de uno y de otro al dejarnos arrastrar por las sensaciones. Para cuando acabo entera sobre él, completamente empalada, ambos estamos jadeando en busca de aire. Intento que mis ojos no rueden hacia atrás en estasis porque no quiero perderme sus rasgos ahora laxos. Ya no hay tensión, ni estrés, ni preocupación. No más sombras. Su tez ha tomado color, sus pupilas están dilatadas, casi abarcando todo el whiskey de sus irises. Sonrío, sintiéndome borracha. Entonces él se estira y se adueña de mis labios otra vez, me besa lentamente y, a cambio, comienzo a hamacarme y contornearme, logrando que se mueva dentro de mí. La fricción produce electricidad a lo largo de mi cuerpo, me eriza la piel. Se siente demasiado bien, no por nada me he vuelto una adicta. El ritmo va subiendo, lo cabalgo con más potencia, él me ayuda elevándome con las manos plantadas en mi culo. Su poder me envuelve, actuando como un manto, consigue que me olvide de todo y todos. Y él también. No nos demoramos mucho en culminar, mi orgasmo llega primero y me golpea casi derribándome. Me derrumbo ya sin ímpetu encima de su torso duro que me sostiene y escondo el rostro en el costado de su cuello, respirando su esencia, llenándome con ella. Inmediatamente me persigue, y muerde el lóbulo de mi oreja para no gritar, mientras se atiesa y derrama en mi interior. Nos estremecemos al mismo tiempo. Y advierto su palma colándose en mi camiseta para acariciarme la espalda, arriba y abajo, al tiempo que me roza con la boca en el punto detrás de la oreja. Me abraza, rodeándome con sus gruesos brazos, y no puedo evitar esa sensación de sentirme reconfortada y querida. A veces, simplemente parece que entre los dos


hay más que sexo. Pero me niego a creerlo totalmente. Mejor tomar lo que esté dispuesto a darme, hasta que llegue el momento de frenar y cada uno tome caminos por separado. Lo que menos deseo es moverme, tengo el cuerpo flojo y débil, aun así me esfuerzo por levantarme e ir a limpiarme. Lo dejo allí, arreglándose las ropas para ir al estacionamiento a buscar a Tony. Sale por la puerta sin decir ni una palabra, ni siquiera mirar atrás. Bien, está abrumado. Porque en esta ocasión, lo que hicimos fue más que un momento desenfrenado, y sé que lo apreció tanto como yo. Una vez que salgo de su baño, consigo mi abrigo y mis bragas olvidadas en el suelo. Las guardo en el bolsillo. Enseguida me marcho a casa para tomar una larga ducha, al calcular que me quedan un par de horas para mí antes de venir a encargarme del pequeño Tony.

*** — ¡Hola bonito!—chillo entrando al mono-ambiente. Tony está en torno a la mesa, masticando torta de chocolate. Sus labios y mejillas tienen migas marrones y luce un gran bigote blanco de leche. Me sonríe después de pasarse la lengua por la comisura. Mi corazón late, es un niño demasiado dulce, sinceramente estoy enamorada de él. Dejo mi campera en el perchero y corro a su lado para llenarle los cachetes de besos, ni siquiera se mueve o se queja, aunque arruga un poco la nariz. Creo que en el fondo le encanta que lo arrulle todo el tiempo, sólo que le encanta dar una imagen ruda. Como la de su padre. Copia muchas cosas de él, Jorge ni siquiera se da cuenta, demasiado preocupado por no ser suficiente para su hijo. Tomo una servilleta y lo limpio antes de que se vaya a corretear por ahí, busco una rejilla húmeda y me dispongo a limpiar las migas de la mesa. Realmente no llego muy lejos, una presencia dura se posa a mi espalda y su enorme mano apresa mi muñeca, impidiéndome moverme. —Soltá eso—ordena justo soplando en mi oído. Tiemblo, tragando un montón de saliva. Dejo ir el trapo con una risita, sólo porque a él le gusta que yo le obedezca. Y, aunque siempre estoy desafiándolo y haciendo todo lo contrario a lo que pide, ésta vez le doy el gusto y me quedo a un lado viendo cómo se encarga del desorden de Tony. Llama al niño y suavemente le pide que regrese la taza a la cocina y la deje junto a la pileta, para ser lavada. Tony abandona todo lo que está haciendo con sus juguetes y corre para cumplirle y volver rápido a su juego. Jorge entra en la cocina y la taza con apariencia ausente. Me dan muchas ganas de entrar ahí con él y cerrar la puerta que nos separa de Tony, sólo porque no tuve suficiente con el rapidito de esta tarde. Nunca tengo suficiente de él en mis venas.


Suspirando, me alejo de mis ansias y caigo de culo en el piso junto al chico para jugar con él. Armamos una torre con los ladrillitos, nos inventamos una historia interesante sobre invasiones y guerras con sus soldados miniatura, mientras Jorge se pierde en el baño por una ducha. Me entretengo intentando impetuosamente no imaginar cómo se vería ese cuerpo grueso, fibroso y tatuado mojándose bajo la lluvia. Cuando la puerta se abre dejando salir el vapor no consigo evitar voltear a verlo salir tan glorioso, con sólo unos vaqueros oscuros y el torso lleno de gotitas que brillan ante la luz. Hambre. Eso me provoca. De pasada, esquivando nuestra escena de película en el suelo, me engancha comiéndolo con los ojos y recibo un guiño. Maldito. Cuando tiene ganas, es un buen jugador. Se dirige al ropero en busca de ropa, y me congelo en el primer plano de su espaldota húmeda. El caliente momento sólo dura un par de segundos, porque se estanca a medio camino y todo su cuerpo se tensa. La intensidad que emana llega en oleadas hasta donde estamos, incluso Tony lo advierte y deja de jugar. Observa a su padre con los ojos muy abiertos. — ¡¿Qué MIERDA es eso?!—su voz ruje desde lo más profundo. Me tengo que poner de pie para saber de lo que está hablando. Camino hacia él justo cuando está tomando el sobre marrón desde la mesita de luz. Pestañeo, confundida. — ¿Un… sobre?—pruebo, cautelosa—. Lo encontré en el piso al llegar, esta tarde. Alguien debió pasarlo bajo la puerta. Gira y me enfrenta, me muerdo el interior de las mejillas. No me gusta nada su expresión. Hay furia insana en sus ojos. Y, muy, muy escondido detrás, puedo ver miedo. — ¿Lo abriste?—me pregunta, y enseguida siento como si estuviera a punto de culparme de algo. Me demoro en responder—. ¡¿Miraste dentro?!—insiste, gritando. Niego, sin despegar mi mirada de la suya. Tengo que saltar fuera de su camino, porque enfila hacia la cocina como un toro enfurecido y se ve como si fuera a chocarme o lanzarme lejos de un empujón. Me fijo en Tony y está pálido. Bueno, sin duda, no soy la única que se siente como la mierda ahora. La verdad es que el temperamento de Jorge no me afectaba nada, pero éste no es como ninguna explosión anterior. La manera en la que me miró, como si fuera mi maldita culpa que el sobre estuviera allí… me lastimó. No sé qué hay adentro, y sospecho que debe ser algo que le preocupa y lo molesta. Ahora me gustaría haber mirado cuando quise más temprano. La puerta de la cocina se cierra de un golpe ensordecedor y sorbo por la nariz, intentando recuperarme de lo que sea que esta mierda me haya hecho sentir. Voy junto al niño y él busca mi calor inconscientemente, porque sin duda sintió el horrendo frío venir de su padre segundos antes. Un insoportable olor a quemado llega a nosotros un rato después, y deduzco


que está quemando el papel. Consigo el desodorante de ambiente y lo perfumo todo a nuestro alrededor. No me siento preparada para que Jorge salga de la cocina, no quiero volver a enfrentar esa mirada. Y no me queda otra opción que hacerlo porque la puerta que lo separa de nosotros se abre y nos ve allí, sentados inmóviles en el borde de los pies de la cama. Enseguida baja la cara al suelo, como si se avergonzara y no tuviera las pelotas de enfrentarnos después de la explosión. Sabe que nos hirió con su manera de actuar. —Lo siento—toma un respiro largo por la nariz. Entonces se encierra en el baño. Corro a la cocina para ver el desastre de papel carbonizado que quedó del sobre en la pileta y abro la pequeña ventana para ventilar. Me doy la vuelta y me lo encuentro justo ahí. Me sobresalto. —Me parece que—trago—, creo que fue injusto lo que hiciste ahí…—aprieta la mandíbula y esquiva mis ojos viéndose muy culpable—. No tengo nada que ver con tu mierda, ni yo ni el niño. Y si de verdad querés que él confíe y se adapte no podes tener ataques como ese en su presencia, lo único que logras es que te tenga miedo… que te tengamos miedo—culmino, susurrando. Se tambalea y acaba apoyado en la mecada, se frota los ojos como si le doliera algo. O simplemente estuviera agotado. Sé que hay miles de cosas que lo atormentan, pero realmente me dolió que me hablara así. Aun cuando estoy segura de que se sintió acorralado y aterrado. Me aborda, arrinconándome contra la pared, toma mi mentón en su mano para que no barra la mirada lejos. — ¿Me tenés miedo?—quiere saber, agitado. —No—contesto, firme—. No te tengo miedo. Le temo a lo que te convierte en eso— señalo la sala donde sucedió todo. No soporto mirar sus ojos y descubrir qué tan roto se encuentra y en qué medida lo retienen y dominan el resentimiento y la venganza. —Perdón—murmura, su garganta apretada—. Voy a intentar que no vuelva a pasar. Mis labios tiemblan y me las arreglo para detenerlos. —Bien—digo, firme. Jorge se inclina con los ojos cerrados y esconde su rostro en el hueco de su cuello. Mi vista se borronea al tiempo que lo rodeo con mis brazos y froto con tranquilidad su espalda desnuda. Su respiración se calma en un rato. Y así nos encuentra Tony al asomarse a la cocina,


sus ojos redondos e inocentes posándose en nosotros con interés. Le sonrío mientas sigo sosteniendo a su padre. Él se afloja y me muestra sus dulces hoyuelos, con alivio en su precioso semblante. — ¿Bianca?—emite, cuidadoso. Jorge se remueve y lentamente se aleja de mí. Se fija en su hijo, manteniéndose silencioso. — ¿Sí, bebé?—le pregunto, yendo a él con mis piernas inestables. Me agacho para estar a su altura, Tony se estira y me susurra al oído. —Te hice un dibujo, hoy en el jardín—dice. Me rio y dejo que me tome la mano para llevarme a la mesa, donde ha vaciado su pequeña mochila de súper héroes. Nos distraemos ahí, mientras Jorge va y viene acomodándose para salir. Llega rápido al perchero y descuelga su abrigo negro, está a punto de abrir la puerta cuando reclamo su atención diciendo su nombre y se gira para mirarme. Tiene los ojos rojos y las ojeras están más profundas que antes. Camino la poca distancia que nos separa con seguridad y lo atraigo, dándole un pequeño y corto beso en la comisura de los labios. Esa que siempre se levanta formando una atractiva e insolente sonrisa de lado. Sólo que ésta vez no me la dedica, sino que asiente con tristeza y desaparece, cerrando la puerta silenciosamente.

JORGE Me tomo un momento antes de entrar al bar, no quiero repartir tanta tensión. Estoy avergonzado, dolido y me siento muy culpable por dejarme llevar tan abajo de esa manera. Es verdad, Bianca no merece que la arrastre en la mierda por la que estoy pasando y mucho menos ser objetivo de mis descargas. Por un momento, cuando vi el sobre, creí que el mundo se me caería encima. Y la sensación empeoró ante la idea de que ella pudiera haberlo abierto para mirar adentro. Tuve miedo. No por mí, no por ellos. Tuve profundo y helado terror irracional de que ella lo hubiese descubierto, que encontrara ese trozo tan doloroso de mi pasado. Porque eso significaría que podría perderla. Y no estoy preparado para que ese momento llegue. Aún no. La necesito. Ella me calma. Su fresca y pura mirada me ablanda, su sonrisa me hace sentir más vivo que nunca y tenerla en mis brazos me hace feliz. No sé cómo arreglármelas ya para seguir negando que ella me tiene enganchado, por entero. Que estoy cayendo, o más bien, he caído. Y que el día que tenga que dejarla ir, sé que esa gran parte de mí que esa mujer ha revivido se irá con ella.


Por eso el pánico. Porque me niego a que me dé la espalda ahora. La necesito demasiado, es más que sólo un cable a tierra que me mantiene erguido. Suelto una seca carcajada sin humor mientras piso la colilla que acabo de tirar al asfalto. Y yo que la creía vulnerable. Sensible. Débil. ¡Que mierda tan equivocada, hombre! Ella es fuerte como un roble. Incluso en el dolor más hondo, tiene una sonrisa valiente en la cara. Sus ojos dicen miles de historias sobre su corazón, son ventanas abiertas que dejan ver un alma bondadosa. No, ella no es vulnerable. De ninguna manera. Es única, y no sé por qué motivo ha caído justo en mi camino. Un hombre como yo no merece a una mujer tan llena de divinidad e integridad como ella. No tengo alma, y lo que queda es sólo un envase vacío. Y pensar que la llamé eso mismo también. Chasqueo la lengua, regalo a la nada otra sacudida de cabeza a causa de mis pensamientos, y abro la puerta para ser invadido de inmediato por un ambiente de lo más tranquilo, con buena música sonando por lo bajo. Una morena de ojos plateados me lanza un intenso vistazo desde la barra, su lugar favorito de trabajo, y alza una ceja como bienvenida. Esa es otra muñeca que vale oro, punzante, ruda, fuerte. No acepta la porquería de nadie. Y tenía que estar tomada por la Máquina. Hay que reconocer que se complementan como ninguna otra pareja antes vista. Al menos por mí. Presto especial atención a la pelirroja sentada sola a un lado sosteniendo una cerveza bien fresca en la mano. Tiene el semblante iluminado con simpatía y sus ojos grandes están llenos de un brillo que atrae a cualquiera. El aura que rodea a Ema Fontaine es dulce, radiante y llena de paz. Me acerco y enseguida me percibe, inclinando el rostro hacia mí. Sus ojos no me encuentran directamente, no me ven, así que estira el brazo y consigue mi antebrazo, dándome un apretón como saludo amable. Se lo permito, sin sentirme raro ante el contacto. — ¿Cómo va, Jorge?—me pregunta, sonriendo. Las pecas en su rostro hacen que no pueda sacarle la vista de encima lo suficientemente rápido. —Bien—me las arreglo para responder. Soy seco la mayor parte del tiempo, y después de lo que acaba de pasar en mi departamento, no puedo evitar serlo un poco más de lo normal. La chica ni siquiera ladea la sonrisa, es como si me conociera desde siempre y no se esperara más de mí, mucho menos acabaría ofendida por mi tono. Lo aprecio. Es como si me aceptara como soy, sin buscar extras que no tengo. Un vaso de whiskey y hielo es puesto en frente de mí, sobre la barra.


—Gracias—le digo a Adela, atento. Tomo un buen primer sorbo. Y registro el lugar. Demasiado tranquilo, en extremo. Los habituales se marcharon con los demás y sólo quedan unos pocos jugando billar o dardos, tomando algo con tranquilidad. La mayoría vive fuera del recinto, tal vez en el pueblo, o la ciudad, unos kilómetros más allá. —Revisé la correspondencia hoy, había algo tuyo, mandé a uno de los chicos a dejártelo—explica Adela, agachada, ordenando la parte baja de la heladera mostrador—. ¿Te llegó? Tomo una bocanada entre dientes, cualquier cosa, menos una conversación que me recuerde ese maldito sobre. Lo carbonicé sin siquiera mirar adentro, aunque me figuro perfectamente que era otra fotografía. —Sí—es lo único que respondo. A la mierda. Estoy a punto de moverme a un lugar donde pueda pasar el resto de mi tiempo a solas, entonces Ema me interrumpe, enganchando mi brazo de nuevo. — ¿Cómo estás tratando a la nueva niñera?—pincha, sonriente. Su pregunta es de lo más inocente, ¿cierto? No hay nada que indique doble sentido en sus palabras, ni siquiera en su expresión. Sólo quiere saber cómo está yendo Bianca en su “trabajo”. —Bien—digo, tomando un trago—. Es buena y paciente. Todo lo que no soy—suelto una seca bocanada sin mucha diversión—. Es lo que Tony necesita, se abre mucho a ella. La sonrisa de Ema se ensancha más. —Sí, Bianca es un ser especial—comenta, acariciando con los dedos la humedad de la botella, ensimismada—. No dudo de que sea una excelente niñera, los niños son su debilidad. Asiento, aunque sé que no puede verme. Adela sí, y está ahí agachada con el oído pegado en nuestra charla. No es buena en disimularlo, ya que voltea a mirarme de vez en cuando, escarbando en mi expresión. Tengo ganas de soltarle algo no muy caballeresco, sin embargo me lo guardo. Será que ellas dos deben de sospechar algo, ¿Bianca cree de verdad que estamos siendo precavidos? Eso es último que somos. Pasa demasiado tiempo metida en mi departamento, incluso cuando Tony no está. Piensa que Adela no repara en ello porque duerme hasta muy tarde. No lo creo, esa chica es bicha. La verdadera cuestión es que Santiago no está alrededor, y es por eso que Bianca va por ahí más relajada. Tal vez por eso no estoy muy ansioso de que regrese.


—Es más que excelente—comento, girando el vaso, tintineando el hielo—. Y le pago muy bien por su esfuerzo y dedicación. Me es de grandísima ayuda. Y lo digo en serio, no hay nada oculto detrás de mis palabras, sólo sinceridad. Ella tiene un sueldo a mano cada quince días. La obligué a tomarlo, no me importa qué tan rica sea y que ni siquiera lo necesite. Tiene que ser recompensada, porque si no fuera por su apoyo, permanecería preocupado por Tony en cada lado que fuera. —Lo imagino—carraspea Adela desde allá abajo, limpiando el último estante y llenándolo de botellitas de agua mineral. Alzo una ceja en su dirección. — ¿Tenés algo para acotar, muñeca?—me refiero a ella, sarcástico. Yo puedo ponerme a su nivel si quiere. Sus ojos plateados suben hacia los míos, entrecerrados. Me leen, y no hay nada que ella pueda conseguir de mi mirada. Me da una sonrisa de lado, llena de dobles intenciones. Se levanta y cierra la heladera, dejándola aún sin completar. Se acerca, apoya los codos en la barra para enfrentarme. —Imagino la forma en que le pagas—me muestra los dientes—. Tengo muy buena imaginación, y certera. Y en cambio hago exactamente lo mismo, pero se ha acabado el sarcasmo para mí. — ¿Estás insinuando que me acuesto con ella a cambio de que cuide a mi hijo? Eso es una locura—expreso con los dientes apretados. Se encoge de hombros dramáticamente. —No sé… La retengo antes de que regrese a su actividad, sujetando firmemente su muñeca sobre la barra. —Es hermosa—suelto, agrio—. Pero no sólo eso, es mucho más. Y acabas de insultarla, y a mí también. No se merece que crean eso de ella... Además, si me acostara con Bianca, lo haría sin ningún puto precio en medio, ¿entendido, sabelotodo? “Perra”, le gruño en mis adentros. Acaba de conseguir lo que quería. Hacerme reaccionar. Lástima que me doy cuenta demasiado tarde, justo cuando me sonríe con victoria. —Ahora… eso fue más de lo que buscaba conseguir—me guiña—. Gracias.


Se deja caer nuevamente como si estuviera orgullosa de su telaraña alrededor de mí, sin escape. Luce como la bicha que está a punto de darse un festín con la mosca—o como si ya lo hubiese conseguido y se estuviera relamiendo—. Obvio, la mosca soy yo. Ella es la peluda araña de ocho patas. —Procura no terminar castrado por Santiago—canturrea desde abajo—. Un consejo amistoso. —Era sólo una puta suposición—gruño, sintiéndome agotado de repente. Si me pidieran que fuera sincero… Bien, si fuera por mí ya todos estos idiotas sabrían en qué cama duerme Bianca su siesta diaria. Pero respeto su decisión de esperar a que la relación con su hermano se consolide más. Además, pensándolo mejor, por la situación en la que me encuentro, es mejor que ella no exista para el mundo exterior que espera a que yo salga de la guarida para caerme encima. Ellos no pueden tener ninguna información sobre nuestra relación. —Lo sabemos—interviene Ema, riendo. Hace bailar su mano entre los dos para quitarle importancia al asunto. Pero, entre esa perra de Adela y yo, las cosas han quedado más claras de lo que me gustaría. Sólo espero que no se le dé por insinuar mierda por ahí.

*** Adela cierra el bar muy temprano esta noche y no nos vamos hasta que tenemos todo ordenado y subo a las oficinas a dejar unos papeles y trabar las puertas. Generalmente evito entrar muy seguido ahí, no me siento con el derecho, nada de esto es mío y fui enemigo por años, lo que menos quiero es tener algo que ver con lo que hay dentro. León me dejó a cargo, sí, y no entiendo por qué lo hizo, teniendo a Adela que es de confianza y una Leona cuando se trata de su bar. Una vez todo hecho, la chica me deja salir para después rodar la llave. Ema y ella pasarán la noche en el altillo y les doy una cabezadita como despedida a través del cristal de la puerta. Adela me muestra el pulgar y corre las cortinas. Mientras regreso me fumo el último cigarrillo permitido del día, estoy tratando de medirme con esto, he notado que se me estaba yendo la mano. No es que alguna vez me haya importado pero, no sé, siento como que ahora los tiempos han cambiado, que yo he cambiado y hay otras prioridades que marcan esta nueva etapa. Lo que sea que quiera decir esa mierda. Lanzo la colilla al suelo y la aplasto con la bota junto a mi puerta, después la levanto para tirarla en el tacho de la basura adentro porque el patio es demasiado bonito para dejarle basura de decoración.


Me llama la atención que la luces estén encendidas al entrar, porque eso indica que Tony está levantado a estas horas y no es recomendable, para nada. Cierro a mi espalda y giro para encontrarme con la cama vacía, ni rastros de mi hijo. —Francesca y Abel lo secuestraron justo antes de la cena—explica Bianca saliendo de la cocina. No puedo evitar echarle un largo vistazo a sus piernas desnudas y el resto de su cuerpo cubierto por una de mis camisetas blancas de cuello en v. —Y… ¿alguien me pidió alguna opinión sobre eso?—pregunto, manteniéndome serio pero muy lejos de estar molesto. Aunque debería, Bianca me está desacreditando delante de mi hijo. Pronto Tony correrá a pedir permisos a ella en vez de a mí. Bueno, simplemente puedo dejarlo pasar por hoy, no consigo pescar dos pensamientos lógicos juntos con esta mujer contoneándose de acá para allá con sólo una muda de ropa. —Te estaba esperando—anuncia, sirviendo algo de whiskey en dos vasos—, para hablar. Me quito el abrigo y lo cuelgo, recibo el trago sin decir ni una palabra mientras ella me sonríe provocando un revoloteo en mi pecho. Nada es más irresistible que esa sonrisa. Excepto cuando pone aquella expresión provocativa que me asegura sin palabras lo que quiere de mí. —Ah, ¿sí?—murmuro, yendo a la cama y sentándome en el borde—. ¿De qué? Me mantengo relajado, sin demostrar que estoy entrando a sentirme acorralado porque sé que quiere hablar de… —De lo que pasó más temprano—completa, viniendo a mí, se acomoda a mi lado—. Quiero que sepas que también estoy para más cuando se trata de nosotros, si necesitas desahogarte por lo que sea que estaba en ese sobre… Toma un sorbo de su bebida y se atraganta un poco cuando pasa a través de su garganta, quemándola. Me muerdo el interior de las mejillas para no echarme a reír con su expresión torcida. —No hay nada por lo que quiera desahogarme—aseguro, quedamente. Bianca estudia mi cara por un rato, volviendo a llevarse el borde del vaso a los labios. ¿Por qué está tomando? ¿Se siente nerviosa? La observo en la misma medida que ella a mí, midiéndonos. De pronto se traga todo el líquido de una sola vez y suspira, mordiéndose el labio.


—Lo que pasó hoy me dolió—confiesa en tono bajo—. Por un momento volví a esa época en mi vida en que todo el mundo me trataba de idiota y nadie me tomaba en serio porque me veían como una atolondrada… y, lo peor, me consideraban una niña metida y molesta. Puta mierda… Trago un apretado nudo que se tensiona en mi garganta. —Yo no soy ninguna chusma—me mira—. Bueno, suelo ser entrometida a veces— arregla, soltando una risita ahogada—, pero no en el nivel de revisar el correo de alguien… —No fue mi intensión… —Además—me corta de lleno—me hizo ver una nueva parte tuya, capaz de explotar de ese modo… y sin querer me chocó la verdad de que ni siquiera te conozco. Que me estoy acostando con un tipo que me encanta, pero no conozco ni un poco. Luego me-me quedé ahí parada como una tonta con una cantidad de cosas en la cabeza que apenas podía considerar, y se mezclaron. Me di cuenta de que yo no podía pedirte ninguna cosa y, mucho menos una explicación de tu ataque, porque no tengo ni idea de lo que somos… nosotros dos… ¿Y cómo puedo exigir respeto si me entrego con los ojos cerrados…? Así que supe que no quiero ser esa chica con la que te acuestas y después envías a casa sin un adiós… aunque seamos buenos en la cama… —Bianca… —…seriamente—traga, ignorando mi intento de despertarla de este ataque de vomito verbal—. Me gustas… mucho, pero no sé si puedo quedarme porque… ahora he descubierto que quiero más. Tengo mucho para dar y no quiero lanzárselo a alguien que no lo quiera… —Bianca… —Sólo quería que lo supie… Lanzo el vaso con hielo al suelo, el estruendo la sobresalta y levanta los ojos vidriosos a los míos. Hay algo adentro que me duele, no sé bien qué es pero lo siento perfectamente. Me pongo de pie muy despacio y la tomo de la muñeca para atraerla a mí. Le quito la bebida ya vacía de las manos, lentamente y con cuidado, entonces la abrazo. Ella apoya su mejilla en mi pecho, no dice más. Ni siquiera se mueve. Y yo tampoco, mantenemos un silencio tolerable para ambos. Me doy cuenta de que está en medio de un ataque de intensa sinceridad y que fui yo quien lo desató. Tiene miedo, porque jamás fue tomada en serio, y yo no he hecho ningún esfuerzo para hacerla sentir de manera diferente. Ni una sola vez. —Me encontraste, seguramente, en el peor momento de mi vida—comienzo, sosteniéndola—. No estoy bien, y lo que hay en mi cabeza es pura mierda. No sabes la cantidad de porquerías que he hecho… por eso es que tal vez ahora estoy pagando. Cada hecho tiene sus


consecuencias. Cada grito es perseguido por los ecos. En cierto modo, todo el mal que he hecho me está volviendo… y lo que menos quería era arrastrar a mi hijo a esto, sin embargo no me quedó otra opción. Él sólo me tiene a mí ahora… En cambio, con esto que tenemos vos y yo, sí tengo opciones, Bianca—susurro las últimas palabras—. Y me doy cuenta de que no estoy considerándolas. Me he estado dejando llevar por el egoísmo, aun reteniéndote acá… »No soy bueno demostrando sentimientos, ¡por Dios! Ni siquiera sé cómo tratar con mi propio hijo… pero sé bien que no quiero que te alejes. Aunque no merezca todo eso que tenés para dar, lo quiero, porque soy un hijo de puta egoísta y no soy lo suficientemente fuerte para empujarte lejos del caos que es mi vida ahora… Por eso lo siento. Lo último en mi lista de intensiones es dañarte, lo siento… Estoy seguro de que mereces más que un idiota jodido como yo, y no voy a pelear si decidís salir corriendo por esa puerta ahora mismo… Tampoco puedo dar muchas promesas, aunque me gustaría que sepas que realmente me gustas y que estoy dispuesto a… Bianca alza una mano y me tapa la boca, sus ojos azules muy grandes y sorprendidos. Brillan mientras repasa cada línea de mi expresión tensa, y sus labios se curvan en las comisuras. —No esperaba que dijeras tanto—susurra—. Estaba teniendo un ataque estúpido, me vienen de vez en cuando… estaba divagando… Niego. —Estabas abriéndote a mí—digo, alejando sus dedos—. Y a causa de eso ahora sé que soy capaz de hacer lo mismo… La sonrisa se le ensancha y ya siento que puedo respirar tranquilo de una vez por todas, porque el miedo ha desaparecido y su rostro está ruborizado. —No voy a salir por la puerta, si es eso lo que temes—me guiña—. Pero podemos ir a dormir, tengo mucho sueño y realmente me gustaría quedarme en tu cama. Y así como así, ella descarta todo el drama. Mi corazón vuelve a latir con normalidad al ver a la burbujeante Bianca renacer, abriéndose como un capullo de rosa, regresando a sus colores. Alzo una ceja y la observo de pies a cabeza, entrando en el jueguito. —No es mala idea que te metas en mi cama, muñeca—le digo con la voz ronca. Ella salta sobre el colchón y se apresura a meterse bajo las sábanas como una niña entusiasmada. No me queda otra que reírme, efectivamente, está un poco loca. Y cómo me gusta que me vuelva loco, también.


CAPÍTULO 12 JORGE Mis pestañas repiquetean ante la claridad del nacimiento de un nuevo día, y ni siquiera he abierto los ojos cuando noto un calor distinto a mi lado. No se parece en nada al de Tony, es más grande, y está demasiado acurrucado contra mi costado. Casi encima de mí. Es raro que no me moleste, que la suavidad no me haga sentir incómodo. Al contrario, mi brazo está alrededor, el tacto directo de las yemas de mis dedos en la piel desnuda de su hombro. Me lleva unos segundos enfocar la vista y posarla en ella. Junto a mí, Bianca se ve bastante pequeña y delicada. Pálida en contraste con mi piel tatuada. Es suave en todos sus ángulos, mientras que yo soy áspero con músculos endurecidos por años de trabajo duro y ejercicio. Aparte, en casi toda la extensión de piel tatuada también se pueden encontrar cicatrices. De caídas en moto siendo un chico, luchas, balas, peleas mano a mano. Yo soy un delincuente, nací para nadar entre los marginados, tratar de pescar y a la vez ser un pez gordo. Pero no en los ríos de clara agua dulce, sino en la suciedad de los pantanos. Mi vida era peligrosa—y aún lo es—, cada día con nuevos inconvenientes, casi siempre marcados por la violencia. Por eso me llama la atención la vida de los Leones, ellos sólo se van de viaje y vuelven como si no hicieran nada malo, y ninguna mierda pasara. Incluso hasta parece que es lícito lo que hacen, no son oscuros. Si bien siempre están preparados para cualquier altercado, ellos jamás serán los incitadores. Los admiro, tengo que reconocerlo. Los problemáticos de antes éramos nosotros, claramente. Mi clan los atacaba a la primera oportunidad, porque nos gustaba molestar y joderles la existencia. En realidad, nuestra enemistad comenzó por culpa de mi padre y los viejos, ellos querían más que nada estas tierras. Y vivir aquí me hizo entender por qué. El lugar es desierto, paradisíaco, no obstante, no era eso lo que más envidiaban. No. Era el puerto. Las buenas rutas para el tráfico de armas, o lo que fuera que quisieran. Éste es un punto muy significativo, sin duda, los Leones son muy afortunados de que éste sea su territorio. Y así como he aprendido mucho del asunto, también tengo la certeza que ninguna porquería que mi padre hubiese instalado acá habría funcionado. ¿Por qué? Simple. León es nativo y amado en este pueblo casi aislado. El clan es idolatrado y la gente inclusive se siente a salvo a causa de ellos. Ninguna autoridad vecina se metería en medio, si hasta son respetados por los mismos. Y esos privilegios no habrían sido cedidos a las Serpientes, ni en un millón de años. Por el contrario, nunca nos habrían dado la bienvenida en este lugar. Éramos pájaros de


mal agüero, llevábamos negrura pesada en las espaldas, habríamos roto cualquier seguridad y código respetable en la zona. Estoy seguro de que mi padre hasta se habría adueñado del pequeño pueblo, lo imagino sembrando miedo en cada paso que diese. Bianca se remueve, devolviéndome al presente. Su mejilla aun apoyada en mi pectoral, profundamente dormida. Me quedo viéndola por un rato, sin apuros de nada. Sólo apreciando un pequeño momento. Nunca he tenido la oportunidad de pararme a considerar las pequeñas cosas de la vida, las que la hacen interesante y profunda. Concuerdo en que estaba vacío, siempre lo estuve, hasta que llegó Cecilia a mi vida y terminé de abrir los ojos, me volví consciente de muchas cosas. Supe que no quería ser más ese malhechor hijo de puta que sólo arrastraba sangre a cada paso. Porque lo cierto es que muy diferente de mi padre no soy. He hecho cosas terribles, si bien no violé mujeres ni maté niños, sí hay mucha sangre en mis manos y eso siempre pesa al final del día. Sobre todo cuando entiendo que por ese ritmo de vida perdí lo que más me completaba, lo que más feliz me hacía. Y, sobre todo, lo que realmente me convertía en un ser humano. Cuando Cecilia murió el frío volvió a mi corazón, y sinceramente, costó mucho que el hecho de tener aún a Tony me calentara nuevamente. La presencia de mi hijo evitó que me hundiera, sin embargo, gran parte de mí seguía bajo la superficie. Entonces ésta chica puso sus ojos tan azules en los míos sólo durante dos segundos en aquella fogata y logró forzar una pequeña fisura en mi armadura. En la actualidad supongo que no hay nada que analizar ni negar, lo que ocurrió anoche no da lugar a muchas dudas. Me tiene y la tengo. Lo que me aleja un poco de mis planes principales. Y, sorprendentemente, no me importa, he esperado mucho tiempo, puedo seguir haciéndolo un poco más. Siempre y cuando el motivo sea seguir sintiéndome así de liviano al sostenerla en brazos y verla dormir. Y penetrar sus defensas y quedarme allí enterrado mientras me acuna, haciéndome creer por un celestial momento que puedo pertenecer a cielo. Un poco más de eso, sin pararme a considerar que no soy merecedor. Toda la vida fui un egoísta, no es precisamente nueva esta actitud. — ¿Vas a contarme ese gran secreto?—susurra esta bonita chica, todavía entre dormida. Pestañea ante mi escrutinio y me dedica una diminuta sonrisa, volviendo a cerrar los ojos unos segundos más. Caigo en la cuenta de que estoy frotando entre mis dedos el dije que le agregué a su pulsera perdida, aquel día, después de arreglarla. Un impulso que todavía no logro explicar con exactitud. Ciertamente el color me recordó a sus ojos, pero eso no es suficiente para llevar a un hombre como yo a hacer eso, ¿cierto? Tiene que haber más detrás de ese gesto. — ¿Qué secreto?—pregunto suspirando mientras me estiro.


— ¿Por qué me regalaste esa joya tan bonita?—insiste, ahora completamente despierta. Su mirada pura y abrumada por las horas de sueño leen mi semblante, al mismo tiempo que su mano viaja por mi pecho, suave como una pluma. —Yo… te dije la verdad—aseguro, pasando mi pulgar por el hueso de su clavícula. Trato de no demorar la vista en sus tetas, sino tendré que tumbarla y hacer cosas muy malas con ella. Y parece que amaneció con ganas de hablar. —Sí—canta, derritiéndome con una preciosa gran sonrisa—. Mis ojos. Pero… ni siquiera entendí por qué. Todavía estabas en tu etapa de gruñón—arruga la nariz. Se me escapa una carcajada ronca. Tiene razón estaba en ese período en el cual repartía mala onda a todo el mundo. No importaba si era una hermosa chica con sonrisa deslumbrante, mirada amable y modos dulces. Apesté con ella. Supongo que tenía que ver con la resistencia. —Eras todo un gruñón—repite, de buen humor—pero tengo que reconocer que me pareció un gesto muy… romántico. Se ruboriza, sin borrar la curvatura en sus labios. La miro por un largo momento, fijamente, sin perderme ningún gesto suyo. Considero mis opciones. —Mira debajo de la cama—le pido, seriamente. Bianca se queda allí, sobre sus rodillas, intentando procesar lo que le estoy pidiendo. Frunce el ceño delicada e, incluso, dulcemente. La curiosidad gana la batalla y se desenreda de las sábanas para caer de rodillas en el suelo, junto a la cama. La escucho arrastrar hacia ella la única cosa que hay allí y se mantuvo en el lugar desde que llegué y me instalé. —Tiene candado—suspira, un poco decepcionada. Divertido— y también nervioso—, abro el último cajón de mi mesa de noche y consigo el llavero, rebusco entre todas las llaves. Le doy la seleccionada y Bianca la agarra como si fuera sagrada, eso me provoca otra risotada. Escucho el chasquido del candado abierto de inmediato y retengo el aliento, esperando. —Oh, por Dios—suelta en una bocanada de aire, quedándose maravillada con sus ojos muy abiertos e instalados en el interior de la caja. Me alzo apoyado en un codo y la observo con atención. —No son robadas, ¿cierto?—enseguida se arrepiente de la pregunta y se ruboriza profundamente, tapándose la boca con los dedos—. Ignora eso.


Encuentra las pinzas y herramientas, además de algunos bocetos. Por supuesto no son robadas. Aunque, es posible que no haya conseguido algunos materiales en buena ley. Su expresión me hace reír, realmente se siente mal por asumir que las robé. No soy un niño bueno después de todo, y lo sabe bien. —Las creas—murmura con tono apretado—. ¿Has creado cada una de estas joyas? ¿De qué son? ¿Plata, oro? —Plata, oro… hay algunas de alpaca—trago, rascándome la nuca. No estaba seguro de mostrarle esto. Nadie lo sabe, ni siquiera Esteban. Es mi secreto. Presumo que no iba con mi imagen de rudo presidente de un club criminal de motociclistas. Cada vez que estaba estresado e inquieto me sentaba a diseñar y crear esos accesorios, encerrado en mi habitación. No sé por qué en mi cabeza no puedo llamarlas joyas. En realidad lo son. Y exclusivas y puras. Cuando llegaba el momento de hacerlas, me metía en el taller y pasaba noches enteras fundiendo e incrustando piedras. —Si te pidiera que hicieras una hoy, ¿se puede?—quiere saber, tomando algunos anillos y colocándolos en sus dedos, la mayoría le quedan grandes. —No, porque no tengo todo lo que necesito—explico—. La mayoría de las herramientas grandes quedaron en el taller de mi antigua casa. Seguro los viejos destrozaron todo, apuesto a que ya no quedan ni los cimientos de esa casa. Nunca regresé para comprobarlo. No me afecta, no me ha quedado ni una pizca de afecto por el lugar donde crecí. Tengo lo que necesito conmigo, lo material ni me va ni me viene. Bianca toma un anillo en especial y lo estudia a través de la luz que entra por la ventana. —A ese lo hice con una moneda. — ¿Una moneda?—sopla, asombrada—. Me gusta, es precioso. —Fue uno de los primeros, estaba aburrido—digo, relajándome contra el colchón. Un secreto menos bajo mi alfombra, y es el menos preocupante. No hay nada de malo en un tipo que ocupa su tiempo libre en moldear y crear alhajas. —Sos todo un artesano—dice ella, sonriendo, si no me equivoco puede que sea orgullo lo que hay en el brillo en sus ojos—. Tengo que invertir en esto—susurra, como si se le acabara de ocurrir una gran idea—. La verdad es que no pensaba hacer negocios de ningún tipo, no me importa el dinero, iba a gastarlo hasta que no quedara nada. No me interesan los consejos de inversiones que Nacho me ha estado dando a lo largo de los años, no quiero ampliar mi pequeña


fortuna. Pero… si necesitas… si te interesa, éste podría ser un gran negocio y yo podría ayudarte… Frunzo el ceño ante su deducción, niego. Absolutamente no. —Es un pasatiempo, Bianca—digo, tenso—. Además, tengo mil cosas en la cabeza ahora como para pensar en lucrarme con esto. Y no me hace falta dinero, tengo muchísimo ahorrado. Ella cierra el cajón y salta a la cama encima de mí, me sonríe y escucha con interés. Y hasta puedo ver algo de decepción en sus ojos. —Sos muy bueno—me insta, sentándose a horcajas en mi estómago, con sólo esas braguitas de encaje blanco—. Es un desperdicio que estén ahí escondidas, debajo de tu cama. Son muy bonitas y elegantes, podrías ganar mucho dinero… —No me interesa—intento interrumpirla. —Bueno, cuando todos esos planes de venganza se vayan, podemos abordar el tema de nuevo, ¿tal vez?—insiste, sonriendo con entusiasmo. Entrecierro los ojos. —Tal vez—digo, no muy convencido. —Bien—acaricia mi pecho y se inclina para besarme—. Así que… hiciste este dije, ¿cierto?—pincha poniendo su pulsera entre los dos. Verdaderamente está encantada con lo que acaba de descubrir sobre mí. —Cierto—respondo, despejando el pelo para tener un buen plano de sus senos—. Estaba allí guardado, lo vi cuando abrí el cajón para buscar mis herramientas y arreglar la cadena. Me hizo pensar en tus ojos y quise que lo tuvieras—es la mejor explicación que puedo darle. Sus pupilas se espesan. —Eso es taaaan romántico—canturrea, soñadora—. Y saber que lo hiciste con tus propias manos, le da un significado más potente—se frena y muerde su labio inferior—. Es el regalo más bonito y especial que alguna vez me dieron—musita, poniéndose intensa. Le creo, por la sinceridad en su mirada clara. Ella considera ese dije algo muy significativo a partir de hoy. Además, me doy cuenta de que le dio mucha importancia desde el momento en que lo descubrió en su cadena. Me avergüenzo de la manera en la que se lo di, a escondidas, como si fuera un maldito delito. Debería haber dado la cara, soy un hombre adulto.


Ella merecía eso. Pero ¿cómo podría? Si apenas habíamos tenido una conversación de dos palabras y no estábamos en buenos términos. De nuevo, por mi culpa. —Gracias—me besa en medio del pecho. —Vení acá—le pido, abriendo los brazos. Bianca se recuesta encima de mí sin más, suspirando cuando la rodeo y aprieto contra mí. Por primera vez, no me preocupa tanto el hecho de que estamos volviéndonos irremediablemente profundos el uno con el otro, y que puede ser peligroso. Ahogo el punzante recordatorio de que tenerme puede afectarla muy directamente si no voy con cuidado. Nuevamente, el egoísmo gana la batalla.

*** Una última bocanada de humo y lanzo la colilla de cigarro en el suelo, aplastándola con la suela de mi bota. Estoy sentado en el piso, mi espalda contra la pared, a un par de metros de la entrada del bar. Espero a que el camión regrese con mi hijo que acaba de salir del jardín, son casi las cinco de la tarde. Es día gris, pero no le quita el encanto a la vista, por el contrario. Me imagino cómo será todo esto cuando la nieve comience a caer sin control, y tal vez nos quedemos todos atascados en el recinto por algunos días. O semanas. No es algo que en la actualidad me preocupe demasiado. Eso me hace pensar en lo mucho que han cambiado mis prioridades en tan poco tiempo. En mi vida pasada, la gente que me rodeaba habría dicho que estoy siendo un pollerudo. Las Serpientes no respetaban a las mujeres, ni siquiera como para darles el título de novias y mucho menos esposas. Nadie hubiese entendido mi relación con Cecilia. Y nadie entendería mi nueva cercanía con Bianca. Me pregunto cómo es que yo puedo ser capaz de sentirme así al respecto, teniendo en cuenta la manera en la que fui criado. ¿Cómo es que puedo apreciarlas y no verlas como meros objetos sólo para placer propio cuando eso fue todo lo que me enseñaron sobre ellas? Estoy tan metido en mi cabeza que no noto que alguien se me acerca, hasta que es tarde y cae sentado a mi lado, sin ninguna vacilación. Ni siquiera tengo tiempo de sorprenderme. —No fue mi culpa—escupe Max, y enciende un cigarrillo. Arrugo el entrecejo, mirándolo como si estuviera loco. De todos modos, ¿ya regresaron? ¿Cuándo? Se gira hacia mí porque no respondo nada a su abrupto arranque. Retiene el cigarrillo en los labios mientras pita y deja ir una considerable humareda entre los dos. Se ha sentado muy cerca de mí y, por primera vez, no hay una expresión agria en su cara. O


mandada, como aquella vez en la que quiso jugar el jueguito de conocernos. Sus ojos verdedorado están un poco más apagados que de costumbre. Tensa la mandíbula y eso provoca que su cicatriz se pronuncie más entre el corto nacimiento de barba. Eso me recuerda a que es obra mía. —Todo eso—dice, mirando al frente, a lo lejos—. Todo lo que tuvimos que vivir cuando éramos chicos, no es mi culpa. Ni la tuya—suelta humo por la nariz. Está enojado, y ¿loco? ¿O sufre de un considerable síndrome de reacción tardía? No, nada de eso. Sé lo que ha desencadenado esto: el viaje. En la carretera siempre hay tiempo para pensar en mierda. Ir sobre la moto, el viento azotándote, el motor ronroneando fuerte al paso. Catarsis. —Era culpa de él—traga, carraspeando rudamente—. Él nos arruinó. Ni siquiera me atrevo a moverme, un pinchazo llega a lo profundo de mi pecho. A veces, cuando el resentimiento por el pasado me apresaba, me sentía bien con culparlo, también. Pero luego me consideraba un cobarde por no hacerme cargo de las horribles cosas que hice. Por ejemplo: atormentar a mi hermano pequeño, Max. Papá sembró ese odio, pero era mi elección cosecharlo y sacar provecho de él. No toda la culpa recae en Rober Medina. Con lo que si concuerdo es en que el chiquito que iba por ahí tras los pasos del mal tipo, con ojos grandes de admiración, no la tuvo. No hay ni una pisca de responsabilidad en los hombros de Max. —Tuvo un buen final—murmuro, tenso, sin tener la valentía de enfrentarlo mirada a mirada. —Quería arrancarle el corazón y enviártelo—reconoce, inestable. —Lo habría aceptado con gusto. —Supongo. Se encoge. —Quería tanto ser como él—dice, molesto—. Lo quería, lo admiraba… —Todos alguna vez quisimos ser como él—ajusto amargamente. Fue por eso que he hecho bastante mal por ahí a lo largo de mi juventud, me hago cargo. Estaba ciego, quise ser el favorito. Por todas las razones equivocadas, claro. Y todavía recuerdo aquella noche como si hubiese sucedido ayer. Los ojos de un Max de quince años llegando a la rápida y clara conclusión de que lo que se le estaba haciendo a esa hermosa mujer sobre la cama era inhumano e injusto. Mientras él tuvo el valor, yo jugué al matón, apoyándome ahí, contra la pared, como si nada en la vida me preocupara. Como si ver a un grupo de hombres


torturando y violando a una mujer fuera mi pasatiempo habitual. Oculté mi asco, mi miedo, mi rabia y me quedé callado. Entonces Max hizo todo el trabajo, y recibió una terrible paliza por ello. Una que yo comencé, por cierto. No está de más recordarlo. Una vez que le disparó a la pobre en la frente tuve que dar el primer paso y golpearlo para ocultar el hecho de que quería hacer lo mismo que él. Llorar. A eso lo hice una vez en soledad, dejándome caer en un rincón alejado de mi habitación, escondiendo mi rostro en las manos. Todo mi cuerpo temblaba y las arcadas me poseían una tras otra. Lo peor era no tener ningún aliado con el cual descargarme y aliviarme de todo lo que me abrumaba. Me sentí como un gusano que merecía ser aplastado por un zapato. Jesús nunca había sido una opción para abrirme, éramos demasiado distintos. Y ¿no se supone que los gemelos se complementan en un solo ser? Farsa. Es el día de hoy que me pregunto cómo es que él no era preferido de Rober, ya que era igual me inmundo que los demás. Mi gemelo había estado acomodándose la erección durante todo el rato, echando miraditas curiosas hacia los demás que tomaban turnos sobre el maltratado cuerpo femenino. Nuestra vida había sido tan… enfermiza y retorcida. Sucia. —Ese odio que tenías por mí—sigue él, como ausente—era bastante retorcido. No sé por qué se refiere al tiempo pasado. Todavía lo odio. —Eras mi pesadilla, día y noche—confiesa, haciendo una mueca. Me rio. Algo en lo profundo de mí se deleita ante eso, porque ese había sido mi puto objetivo en cuanto a él. —Y vos eras la mía—devuelvo de mala gana. Sinceridad por sinceridad. Se encoge entre sus hombros, consiguiendo un nuevo cigarro ni bien acabar el otro. Algo que, veo, tenemos en común cuando estamos nerviosos. Seguro se está preguntando en qué podría afectarme un desgarbado adolescente llorón. Y lo hacía, él era la principal fuente de motivaciones que hacían que yo actuara como lo hacía, porque quería sobresalir. Tenía tanto poder sobre mí que, aquella mañana en la que despertamos y descubrimos que se había escapado, me sentí liberado. Sin él, mi camino sólo podía inclinarse hacia arriba. Incluso me obligué a olvidarme de la pobre mujer y lo que habían hecho con ella, la salida de Max marcó un nuevo comienzo. Estaba muy ciego y enfermo de dominio. Sin embargo, eso es lo único de lo que no me siento tan mal en la actualidad, porque gracias a esa obsesión llegué muy arriba. Fue oportuno que en el camino mis ideales fueran mutando. Para el momento en que me hice cargo de la presidencia, ya era un tipo seguro de mí capacidad, que lo único que quería era dejar de causarle mal a inocentes y blanquear los negocios. Tenía grandes sueños de limpiar el clan y hacerlo mejor. Hacerme mejor.


Tengo que dar gracias a Cecilia por el cambio de chip en mi cabeza. Fue su aparición lo que me terminó de abrir los ojos. Lo que más me mata es el precio que tuvo que pagar porque su Dios decidió colocarla en mi camino. Me demostró lo que era el amor y a cambio perdió su vida. —Así que…—trago, tratando desesperadamente de cambiar de tema—. ¿Ya volvieron todos? —Sólo tres—dice, rascándose la cabeza—. Gusto se mandó una cagada y tuvimos que irnos rajando del recinto de los Cóndores, León nos envió, a Alex y a mí, a escoltarlo de regreso. El camión que trae a Tony desde el jardín entra en el estacionamiento y salto sobre mis pies al mismo tiempo que Max. No hacen más que abrir la puerta a los niños que se apresuran en bajar y correr hacia nosotros. Max se agacha a la altura de Tony le despeina el pelo sonriéndole, mostrándome lo fácil que es hacer feliz a un niño. Sólo con bajar la guardia a su alrededor alcanza, el vínculo hace todo el trabajo extra. Abel se queda a una distancia prudencial, esperando. Me toca llevarlo a casa con Francesca, y ya que Max también va hacia el lado de la cabaña avanzamos todos en grupo. —Creo…—se detiene antes de desviarse a su casa, se aclara la garganta—. Creo que lo mejor es que firmemos una tregua. Paz el uno con el otro es lo que necesitamos. Los chicos corren hacia la puerta cuando la mujer de León la abre y se pierden adentro, apenas soy consciente de ello. —Cierto—modulo, ilegible. Estira el brazo hasta mí. —También he pensado que podríamos sentarnos a charlar más seguido—prueba, cauteloso, escudriñando mi cara. Tengo la boca bastante seca por lo que mejor me inclino por sacudir la cabeza arriba y abajo en respuesta. Podemos darnos esa oportunidad, sobre todo porque parece que pasaré mucho más tiempo bajo el techo de los Leones. Max asiente torpemente en respuesta y sacudimos nuestras manos. Se da vuelta, enseguida se pierde en dirección a su cabaña. Abandonándome allí, inmóvil como una estatua, abrumado por la rara sensación de sólo estrechar su mano, la piel de mi palma picando.

*** Como se hizo costumbre, aparco el coche prestado a un lado de la calle y me interno en el pequeño pasillo parecido a un callejón para golpear la puerta del apartamento de Esteban.


Las llaves se escuchan de inmediato y un tipo con cara de cansado me da la bienvenida adentro. Al pasar el umbral me interno en el fuerte olor a alcohol y cigarrillos, y tampoco me pierdo la mugre que hay alrededor, aparte de los platos sucios amontonados en el fregadero. Él se tira sin muchos preámbulos en el sofá, mirándome con ojos rojos y una sonrisa torcida. — ¿Qué es todo esto?—le pregunto, parado allí asombrado. Alza las cejas como si no le importara una mierda la manera en la que está viviendo. —Sí, bueno, no he estado siendo ordenado últimamente—dice, estirándose hacia la mesa de café para conseguir su vaso de whiskey—. Estoy teniendo un momento difícil. Entrecierro los ojos, fulminándolo. —Esto es un asco—le indico, frustrado—. Tenemos que ordenarlo y limpiarlo antes de que te cubra de pies a cabeza—gruño. Voy a la pequeña cocina y no pierdo el tiempo, comienzo a encargarme de toda esa porquería pegada en los platos. Esteban se me acerca desde atrás, aun con el vaso en mano e insiste en que lo deje, porque él se encargará más tarde. Lo promete. No le hago caso, me pregunto qué está pasando con él. — ¿Desde cuándo sos tan aplicado?—pregunta, divertido. Niego ante su pregunta, tal parece que no ha madurado nada. O está pasando por un mal momento. —Las cosas han cambiado, tengo un hijo ahora, y por él tengo que ser responsable—le cuento acabando con lo último—. No soy más aquel tipo, hombre. El viejo yo ya no existe. Silencio denso se instala entre los dos y sé que mis palabras le han chocado. Él fue testigo de la noche en la que una gran parte de mí murió y cambié por completo. Estuvo allí, lo vio todo. Y también le afectó. Tuve que tomar a mi hijo del sótano y traerlo conmigo mientras lloraba desesperado, pidiendo a su madre. Lo sostuve contra mi pecho a la par que subíamos a un coche y permanecíamos allí hasta que supimos cómo seguir. En ese mismo momento las prioridades cambiaron y Tony pasó a ser mi vida entera. —Lo sé—dice, su voz apretada—. Siento actuar así—susurra. Le dedico una risa seca, quitándole importancia. La verdad es que esto no me afecta pero quiero ayudarlo, y no me parece bien que se esté abandonando de este modo. Él se marcha a la pequeña sala y comienza a recoger las cajas de comida rápida y las mudas de ropa sucia. Pronto, el lugar se ve mucho más presentable. Nos sentamos uno en frente del otro, cada cual con una bebida, como ya se ha hecho costumbre en nuestros encuentros.


—Mira… esto de estar acá encerrado no me sienta muy bien—comienza, pensativo—. No lo soporto. Y voy entendiendo que por ahora esto va a seguir así. La verdad es que prefiero regresar… Tengo varios lugares donde esconderme y contactos que pueden ayudarme hasta que decidas qué hacer—acaba, seriamente. —Entiendo—carraspeo, me froto los ojos con cansancio—. Te hice venir porque estaba preocupado, hombre… Lo que menos quiero es que ellos te cacen, creí que tenerte cerca de mí era una buena opción—murmuro. Toma un largo sorbo y asiente a mi lógica. —Lo sé, pero ¿ves lo que soy?—señala alrededor—. Estar acá solo me deja pensar mucho, hombre, no puedo con eso. Necesito actividad. Prefiero irme y ponerme manos a la obra a medida que te vayas decidiendo con el plan. No sirvo de nada acá estancado. No paro de tomar y fumar, un poco más y me trepo las paredes. Creo que lo mejor va a ser que vuelva— insiste, y sé que está desesperado—. Fue bueno verte después de todo ese tiempo, hermano. Incluso creo que lo necesitábamos. Tuve un descanso de mi experiencia de casi ser atrapado y no contarla, me hizo bien. Pero mi ciclo aquí recluido tiene que terminar… ¿me entendés? —Sí, perfectamente—aseguro, ya resignado a dejarlo ir—. Voy a dejarte dinero para el vuelo y… Sacude la cabeza, activando un sonido de amonestación con los labios. —No, hombre. Tengo plata de sobra, lo que me interesa es que no te sientas abandonado—dice, con el ceño arrugado de preocupación—. No quiero que pienses que no quiero estar acá con vos, sólo prefiero seguir los planes allá, donde pueda moverme y sentirme más libre… ¿qué más puedo hacer yo acá? —Está bien—le digo, comprensivo—. Sólo promete que te cuidarás… Sonríe y el color vuelve a su rostro que antes había lucido ceniciento. Puedo imaginar lo inútil que se ha estado sintiendo acá, entre cuatro paredes, en un apartamento al que apenas le entra luz por la ventana. Él siempre fue un pájaro libre, y lo que menos debo hacer es subestimarlo porque es inteligente y sabe cómo cuidarse solo. Tal vez lo hice venir aquí en un arrebato egoísta de tenerlo cerca como apoyo, porque sólo es con él que puedo hablar del pasado y mostrarme como realmente soy. —Tengo que reconocer que el descanso me hizo muy bien—habla después de un intervalo de silencio—. Ahora necesito quemar energía, quedarme acá tirado sólo equivale a ser un festín para demonios. No quiero tener que pensar demasiado.


Si sabré eso bien. Yo más que nadie capto a la perfección lo que me está tratando de decir. Nuestra vida siempre ha sido un caos, nosotros no aguantamos la calma, porque con ella vienen los recuerdos. Y todas aquellas cosas y sentimientos que no queremos revivir. Lo he estado experimentando este último tiempo. La mierda viene en forma de pesadillas y recuerdos que te atrapan de golpe y sin aviso. — ¿Cómo está el niño?—quiere saber, entusiasmado—. Me encantaría verlo…—suspira, sabiendo que no es recomendable. Cuanto más lejos esté Tony de mí cuando salgo del recinto, mucho mejor. —Está perfecto, el jardín de infantes lo está moldeando—le cuento, orgulloso—. Está más abierto… bueno, no del todo conmigo, pero vamos progresando de a poco. El verdadero problema en nuestra relación soy yo—termino, haciéndome cargo. Esteban chasquea la lengua, negándose a hacer caso de eso. —Estoy seguro de que sos un buen padre—sonríe, mostrando una hilera de dientes blancos—. Es cuestión de tiempo hasta que se vuelvan inseparables. Además, lo amas y te esfuerzas, hombre, eso les traerá frutos—me guiña. Asiento, dándole la bienvenida a su aliento. De vez en cuando necesito que alguien me lance un voto de confianza para no hundirme más y más en la creencia de que siempre seré un incapaz con mi hijo. Tengo que considerar que realmente lo amo con todo mi corazón y que eso es importante. Lo lograré, tarde o temprano. Además tengo la ayuda de Bianca, y ella lo hace todo infinitamente mejor. —Hay alguien…—suelto, sin siquiera pensarlo. Esteban clava su mirada interesada en la mía. — ¿Alguien?—interroga, curioso—. ¿Una chica? Estoy a punto de asentir cuando oímos un sonido sospechoso desde la puerta de entrada. Los dos ponemos nuestra atención en ese punto, cada uno de los sentidos en alerta máxima. — ¿Qué mierda?—susurra mi amigo poniéndose de pie. Estoy haciendo lo mismo, pero nunca llego a estar completamente erguido. La puerta es pateada con fuerza y se abre de un tirón, golpeándose. El ruido retumba en mis oídos mientras me dejo caer al suelo detrás del sofá de dos cuerpos. No sé dónde ha acabado Esteban, pero puedo oírlo gritando mi nombre por debajo de los ensordecedores disparos de una metralleta. Me arrastro por el suelo hasta la cocina, me protejo en el vano de pasada y consigo mi arma


desde mi cinturón. Todo alrededor explota y las paredes se llenan de agujeros. Me asomo un poco para ver a un tipo grande de pie en la puerta disparando a quemarropa por toda la sala. Me las arreglo para apuntarle y disparar, no alcanzo a darle porque se da la vuelta y se va corriendo, el silencio regresando. En mis oídos aún resuenan los ecos del caos que acaba de terminar. — ¿Jorge?—me llama mi amigo—. ¿JORGE? —Estoy bien—aseguro, moviéndome por entre los cristales y madera astillada para encontrarlo, todavía arrastrándome—. ¿Te dieron? Lo encuentro estirado detrás de una mesa caída, debe de haberla volcado para usarle de protección. Hay sangre brotando de un corte en su frente y corre hacia su ceja. Se la limpia de un manotazo, sus ojos enfurecidos en mí. —No—dice agitado—. No sé. Creo que no. Se mira a sí mismo para corroborarse, me tranquiliza que esté bien. —Perfecto—carraspeo levantándome sobre mis pies. Enfurecido corro hacia el exterior en busca del hijo de puta, con la esperanza de que no haya ido muy lejos. — ¿A DÓNDE VAS?—grita Esteban—. IDIOTA. ESTÁS LOCO. VOLVÉ. Sigue aullando mientras me persigue, pero lo dejo atrás sin una segunda mirada. Veo al extraño subir a una camioneta de una sola cabina, con caja trasera. Se está alejando, calle abajo. No pierdo mi maldito tiempo, consigo las llaves de la SUV que me prestaron los Leones y lo persigo. No tiene ni una puta posibilidad con este monstruo. Me alegra que tome la salida del pueblo, hacia la carretera. Murmuro maldiciones y me seco la sangre y el sudor de la frente. También debo estar herido en algún lado, y el dorso de una de mis manos chorrea desde una herida. Me doy cuenta de que hay un cristal atravesándome la piel y lo quito de un tirón. No siento dolor, la determinación me ha llenado de adrenalina. Este enfermo no pasa de hoy. Acelero y lo alcanzo, lo golpeo desde atrás con la intención de sacarlo de ruta. Él tipo intenta alejarse y no lo consigue con precisión. Vuelvo a chocarlo. No tengo tiempo de preguntarme por qué hay uno solo de ellos. Tampoco considero la idea de que puede haber más y ahora cabe la posibilidad de que estén rodeando a Esteban. Jodida mierda, mi mente está trabada sólo en este gusano. Va a morir. Piso el acelerador y le doy a la culata nuevamente, el impacto zamarreándome de mi lugar. —Vamos—aulló, cada uno de mis músculos tirantes—. ¡Vamos!


Me abro e intento alcanzarlo, ponerme a la par. Mi trompa apenas ha pasado la mitad de la camioneta y estoy como loco, la paciencia llegando a los límites. Giro el volante y me estrello contra su costado, tan fuerte que los dos vehículos se desvían. El mío se salva de rodar al ras de la banquina, aunque acaba perdiendo todo el control y me estrello contra un árbol. Todo se vuelve confuso de un instante a otro. No hay ruidos, únicamente oscuridad, supongo que pierdo el conocimiento por unos pocos segundos, hasta que estoy del todo cuerdo. Me esfuerzo por salir del camión, mi cuerpo entero quejándose en respuesta a cada movimiento. Me tropiezo fuera, apenas sintiendo el frío cortando mi piel. Avanzo tambaleante hacia la cabina de la camioneta que ha quedado depositada con las ruedas hacia arriba. Distingo a mi objetivo removerse, claramente tratando de salir de ahí abajo. Agitado, espero a un lado, casi doblándome a causa del dolor que siento en todos lados. El tipo va reptando fuera, gruñendo por el esfuerzo. Es grande, tiene unos cuantos quilos de más y su pelo largo está bañado en canas allá y acá. Tengo una vaga idea de quién puede ser. Está ya de pie cuando me muestro ante él, seguro de que no tiene ningún arma para defenderse. Me ve. Lo veo. Y lo reconozco de inmediato. —Hola, Carlitos—escupo, sonriendo peligrosamente ante sus ojos grandes. La barba larga y descuidada también tiene zonas blancas. Está más viejo y demacrado de lo que recuerdo. Camina hacia atrás, intentando alejarse de mí. Pero no existe nada que pueda hacer para zafar de ésta. — ¿Decidiste hacernos una visita?—muestro los dientes, sin perderlo de vista con los ojos entornados. Se da la vuelta y comienza a correr, como si eso lo fuera a ayudar en algo. Saco mi cuchillo de una de mis botas y lo alcanzo en pocas zancadas. Lo lanzo al suelo cayendo sobre él y rodamos. Uno, dos, tres puñetazos a su mugrosa cara y está casi fuera de combate. — ¿Estás solo?—lo sacudo de sus ropas, gime adolorido—. ¿Estás-solo?—repito, gruñendo. Tengo que hacer mucho esfuerzo para no matarlo de una vez por todas. No puedo soportar ver directo a sus ojos vivos. Él es uno de ellos, uno de los que me destituyeron y destruyeron mi vida. Viejo mugriento. Le quedan sólo segundos. —Tenía que darles un sustito—me sonríe, mostrando sus dientes cubiertos de sangre y sarro. Lo apuñalo en el costado y el aire lo abandona de golpe, me observa con los ojos muy abiertos, comenzando a boquear. No me aguanto y entierro la hoja filosa en su prominente


barriga, sacándole un chillido lleno de agonía. Después sujeto su rostro en mi palma, estirándole el cuello para dejarlo a la vista. —Serás el primero—digo, reteniendo sus ojos vidriosos—de una larga lista, viejo. Empieza el conteo final. Apenas acabo mis palabras, rebano su garganta de un solo corte a lo ancho. Se ahoga, gorgotea, se sacude debajo de mí. Me quedo allí observando cómo su sangre escapa a borbotones de su cuello y las heridas en su torso. Poco a poco me voy poniendo de pie y, con su último aliento, sonrío encantado. Cuando al fin me vuelvo consciente de mi verdadero entorno, a la escena que me rodea después de la precipitación y el choque, me doy cuenta de que necesito ayuda con esto. La policía no tardará mucho en llegar. Eso es lo peor después de tanto éxtasis. Resignado, corro hacia la destartalada SUV y consigo el celular que siempre está en la guantera, ante cualquier inconveniente. Los Leones siempre van prevenidos a cualquier parte. Marco el número de las oficinas del bar y al quinto tono, justo a uno de que me dé por vencido, una voz profunda atiende. —Necesito una mano—digo, apoyándome adolorido contra uno de los árboles. Un rato después mi hermano menor aparece para salvar el día.

BIANCA —Oh, Dios mío—chillo sin aire cuando la puerta se abre—. ¿Qué ha pasado? Mi boca cae abierta mientras veo a Jorge entrar en su casa rengueando y tocándose el costado. Hay heridas superficiales en su rostro algo sucio y sangre en sus manos. Mi corazón se paraliza ante la idea de lo que sea que le haya sucedido. Me doy cuenta de que no puedo soportar verlo herido de ninguna forma. Trae una mueca ilegible, pero soy muy capaz de leer sus ojos ahora, y ellos evidencian furia. Mucha furia. Detrás de él, se acerca un sombrío Max con los hombros caídos y una mirada parecida a la de su hermano. Voy a Jorge y lo sujeto del brazo sin importar si quiere o no y lo empujo abajo, con cuidado, a una silla. Entonces reparo en la profunda herida abierta en el dorso de su mano. Corro tropezándome hacia el baño para conseguir el botiquín de primeros auxilios. Cuando regreso aún siguen en silencio y con los ceños arrugados. — ¿Tony?—llama Max al niño que se ha quedado en el rincón, mirándonos a todos.


Oh, no puede ser que no me haya dado cuenta de que se encuentra tan paralizado al ver a su padre en este estado. Jorge al fin lo nota y el oro de sus irises se aclara, la mirada que le da es de puro amor incondicional. Y también de culpa. Sin embargo no dice nada para alentarlo y sacarlo de su estupor. — ¿Querés venir conmigo, a visitar los gemelos?—le pregunta Max, atento. Le da una sonrisa y Tony asiente sin decir nada. Voy a él y lo abrigo asegurándole que nada malo pasa y que su papá necesita que lo cuide ahora. Le doy un gran beso en la frente. Él es un ángel y lo entiende todo, toma la mano de Max sin dudar. Mientras se marcha se gira a mirarnos y dedica una sonrisita tranquilizadora, sacudiendo su manito. Le regreso un beso por el aire y la puerta se cierra. De inmediato soy consumida al completo por la preocupación y me fijo sólo en Jorge que está abriendo el botiquín y rebuscando adentro. Encuentra alcohol y gasas y le quito todo de las manos con nerviosismo. —Ya lo hago yo—aseguro con tono neutro. No me gusta nada verlo en este estado. Así sea sólo un rasguño de nada, no puedo soportarlo. Dejo de lado el alcohol elijo la otra sustancia desinfectante de color óxido que es indolora, vierto bastante en la gasa y en la herida de su mano, y limpio. Concentrada en el ritmo sosegado de su respiración mientras me observa maniobrar sobre él. Me doy cuenta de que me he convertido en una mamá pata con ellos. Padre e hijo me tienen, acaparan mi tiempo y he llegado al extremo de necesitarlos diariamente. Como si estar sin ellos me dificultara hasta respirar. La herida no para de sangrar y deduzco que necesita un par de puntos, la mantengo apretada con una gasa limpia. — ¿No vas a contarme qué pasó?—hablo, al fin. Con la otra mano también atiendo el corte sobre su ceja, notando un feo morado cubrir la piel tirante de su pómulo sobresaliente. —Tuve un encontronazo con una vieja Serpiente—dice, monótono—. Pateó la puerta del departamento de Esteban y comenzó a disparar a quema ropa con una metralleta, destrozó todo. Se me seca la boca y me ocupo de revisarlo por todos lados en busca de más sangre o alguna herida de bala, mi pulso tiembla ante la idea. A simple vista parecen rasguños menores, casi insignificantes, no sé si puedo sobrellevar otra cosa más grave. —No nos dio—me saca de mi miseria, mirando dentro de mis ojos—. Creo que su objetivo era sólo darnos un aviso… A ellos les encanta jugar y pensar que tienen en control.


— ¿Y lo tienen?—pregunto con un nudo en la garganta—. ¿Tienen el control? Tengo mucho miedo de su respuesta. —No—responde, rotundo—. Puedo ser más inteligente que ellos, sólo necesito un buen plan. —Creo que necesitas más apoyo—interrumpo—. Esteban y vos no pueden contra el mundo—digo, comenzando a sonar furiosa, ya ni siquiera me importa si tengo o no derecho a inmiscuirme—. Son sólo dos. Y ellos, una docena. —Una docena de viejos impulsivos y enfermos—carraspea, exasperado—. Ninguno de ellos tiene la cabeza sobre los hombros. Sorbo por la nariz, inquieta. Y no es porque vaya a llorar o algo por el estilo, sólo estoy demasiado preocupada para reaccionar tan tranquilamente como aparenta sentirse él. Está acá sentado como si nada, como si no acabara de encontrarse con un loco disparando a su cabeza. — ¿Qué hiciste con él? ¿Dónde está?—quiero saber. —Lo maté—dice sin titubeos, el aliento se me estanca en la garganta—. Corté su garganta de lado a lado… Puedo ver la sangre seca en cada rincón de sus uñas cortas y sus nudillos amoratados. Es increíble que lo diga con tanta naturalidad. Y lo es más que yo no salte lejos y corra en otra dirección ante sus palabras llenas de veneno y ausencia de arrepentimiento. Son heladas y determinadas, obviamente lo volvería a hacer. Me recuerdo a mí misma que está en medio de una venganza, y para ganar tiene que matar al resto de sus enemigos. A lo largo de su vida éste hombre ha asesinado personas. ¿Cómo me siento al respecto? No lo sé. De lo único que estoy segura es que no quiero alejarme, que estoy loca por él. ¿Qué tan enfermizo es eso? — ¿Y Esteban?—evado el tema anterior, no estoy preparada para darle más vueltas todavía. —Lo llevamos a un motel para que se duchara y cambiara, ahora mismo se encuentra en un avión de regreso a la capital. No se sentía bien acá, y llegamos a un acuerdo… Reviso la caja, obtengo todo lo que necesito para coser el corte en su mano, sin embargo una vez listo todo para comenzar me freno. No sé si pueda hacerlo, no soy buena con la sangre y todo eso. Además tengo que clavarla en su piel, simplemente… —Yo lo hago—despeja mis manos temblorosa con ternura—. Tranquila, no es nada.


—Odio la idea de que estés herido—susurro, viendo cómo se encarga de sí mismo con maestría, ni siquiera tiembla—. Odio que estés expuesto así… No puedo alejar mi atención de sus manos curándose. Parece que lo ha estado haciendo toda su vida. Bueno, de hecho, he sentido bajo las yemas de mis dedos todas las cicatrices camufladas en sus tatuajes. En la extensión de su espalda y torso, es un hombre que ha estado viviendo bajo la violencia desde pequeño. Y la sobrelleva como algo enteramente normal. Mientras que para mí, cada herida que él sufre, significa una abominación. Y me duele. Acaba y se limpia con destreza, sosteniendo el silencio entre los dos. Recorro la suciedad en sus ropas y cada marca nueva en su rostro. Cuando encuentro sus ojos él me está contemplando con un brillo nuevo, que nunca vi en él hasta ahora. —Voy a estar bien—murmura, convencido—. Lo prometo. Estira un brazo, llamándome y acudo a él sin resistencia. Me cuido de no hacerle daño mientras encierro su rostro en mis manos y lo levanto para inclinarme y besarlo. Pruebo la sal de sus labios, y me olvido un poco de lo terrible de esta situación. Y de lo vacías que han resultado ser las promesas a lo largo de mi vida. Y aun sabiéndolo elijo creer en él, apostar a sus convicciones. — ¿Qué pinta Max en esta historia?—susurro, separándome un poco, sin dejarlo ir. —Necesitaba ayuda y llamé a las oficinas, él atendió—cuenta, levantándose de la silla con una mueca torcida en su semblante—. Me di un tortazo contra un árbol, destrocé una SUV. La camioneta del viejo dio varias vueltas en la banquina unos metros lejos de mí y quedó boca arriba. Él se las arregló para salir de ahí abajo ileso, y lo esperé para cobrarme la mierda. Necesitaba refuerzos para ayudarme con el cuerpo una vez que terminé, y para limpiar el desastre del choque… — ¿Ves?—no pierdo el tiempo en saltar—. Necesitas más gente. Deja que los Leones te ayuden, son muchos y pueden acabar con esto más rápido… Niega, endureciendo sus rasgos, y me detengo de seguir insistiendo porque ya estoy advertida de lo que significa esa mirada. No voy a ganar en esto. —Los Leones ya han hecho demasiado por mí—explica seriamente—. Les debo mucho. Me acogieron por tiempo indefinido. Me dieron protección. Y hasta me han brindado más confianza de lo que me merezco. Cuando me vaya de acá, tendré que dejar a mi hijo con ellos, porque no puedo arrastrarlo a la lucha conmigo. ¿Qué más puedo pedirles, Bianca? Esta guerra es toda mía para librar, y tarde o temprano voy a ganar. Que no te queden dudas.


No estoy muy convencida, pero ya no replico más. He dicho lo que pienso, y un poco agradecida tengo que estar porque me toma en cuenta y me deja entrar cada día un poco más. Tal vez más adelante logre volver a apretarlo y obtener distintos resultados. Esteban y él son un número menor contra doce. Y no importa cuántos contactos tengan, están solos al fin y al cabo. Necesitan manos extras y sé que este clan podría estar dispuesto a ayudar si Jorge lo permitiera. Ojalá no estuviera tan lleno de sí mismo, y razonara conmigo. Comprendo que no quiera molestar más a León, que se siente una carga muy grande desde ya. No obstante, el mundo es muy grande para enfrentarlo solo. —Bueno…—suspiro, resignándome por ahora. Jorge me atrae contra su pecho y entierra su nariz en el lateral de mi cabeza, entre mi pelo suelto. Me respira y eriza mi piel, porque cada vez que me abraza de este modo me hace creer que siente mucho más que sólo atracción por mí. —Necesito una ducha caliente—indica, susurrando con cansancio—. Y unas buenas horas de sueño. Asiento, estando de acuerdo. Lo dejo ir al baño, y al mismo tiempo me dispongo a hacerle algo de comer. Una sopa y alguna ración de carne extra. Debe tener hambre. A medida que prospero yendo y viniendo en la cocina, no dejo de repasar nuestra conversación. Tampoco puedo sacudirme el miedo que sentí al verlo en ese estado. La verdad es que estoy comenzando a temer por cualquier cosa, y no me agrada nada esa sensación. Porque sé que si a Jorge le pasa algo, me dolerá como nada en el mundo.


CAPÍTULO 13 BIANCA Días después, el recinto es golpeado por la conmoción. Estoy con Jorge y Bianca pasando un buen momento en el bar, temprano en la tarde. Ordenando, preparando chocolate caliente, riendo. Max arriba en las oficinas, haciéndose cargo de lo importante. Y no me estoy esforzando mucho en esconder mi locura por el hombre de los ojos de oro. Adela ya sospecha y nos da miradas de reojo cada vez que él y yo interactuamos aunque sea a distancia. No estamos siendo muy evidentes, pero siento que tenemos una conexión que es difícil de ocultar. Ema y Alex son los últimos en llegar, viéndose ruborizados por el aire frío del exterior, y no puedo guardarme la sonrisa que ellos le traen a mi rostro. Están enamorados y no consiguen estar lejos el uno del otro por mucho tiempo. Los ojos plateados de Alex brillan cada vez que pone la mirada en su chica, que vive sólo para tener su toque. Están felices, lo que me hace feliz a mí también. Y también me hace desear lo mismo. Esto de fingir que Jorge y yo no tenemos nada, cada día se me hace más tedioso. Me he dado cuenta de que a mi hermano no tienen por qué afectarle mis decisiones personales, que puedo estar con quien yo ame. Él no tiene ni voz ni voto. Al principio, tuve miedo a causa de su odio desmedido por Jorge, que pudiera alejarlo mucho más de mí. Ahora, estoy considerando seriamente dejar de darle importancia a su oscuridad. Si me quiere, lo hará sin importar con quién me acueste y comience una relación. Mis reflexiones son sacudidas lejos en el instante en que Max baja por las escaleras a anunciar que la policía está entrando en los límites, y viene directo hacia aquí. Alex se inquieta por Ema y ella se niega a ocultarse. Ya no está escapando de sus padres, cortaron todo el trato con ella cuando escogió quedarse con los Leones. Ya no la buscan las autoridades, no las supone una amenaza. Cuando los patrulleros entran en el estacionamiento, es Max quien sale a recibirlos llenándose a sí mismo de despreocupación, mostrando una actitud blanda y hasta simpática. Aunque la presencia de la policía nos inquieta a todos, a causa de esa pesada sensación de que no traen buenas noticias. Y así es. Arrestan a Alex por alguna acusación de asesinato en su pasado y se lo llevan. No sin antes arrancarlo de los brazos de una Ema desesperada a un paso de derrumbarse. Nos sorprende a todos que Jorge tome el mando a partir de ahí, sin moverse lejos de la chica angustiada que parece haber olvidado su incapacidad para ver y corre a buscar a su hombre. El resto estamos todos paralizados, incluso Max que ha tomado un peligroso color


rojo al ver cómo se llevan a su mejor amigo. Sé que quiere intervenir, lo que sólo empeoraría las cosas. Permanecemos allí mientras Jorge mantiene a raya la violencia de los policías contra Ema que no quiere dejar ir a Alex. Los empujan y maltratan, entonces el hombre esposado es doblado contra el capó del patrullero y reducido con brusquedad. En la desesperación, él grita a Ema que la ama y le promete que volverá. Le pide que lo espere. No necesito más para soltar el llanto. Me mata ver esto. No soporto el sufrimiento de las personas y es por eso que no puedo frenar las lágrimas que caen una tras otra en silencio. El coche que tiene a Alex se marcha y Jorge escolta a una tambaleante Ema de regreso adentro donde ya hemos ingresado todos en un preocupante estado de shock. Me esfuerzo en detener el torrente, limpiarme la cara y aclarar mi voz. Un par de ojos dorados me toman mientras ayudan a la chica paralizada por el dolor y el miedo a asentarse a mi lado. Él intenta consolarme a través de un penetrante repaso y lo logra, un poco. Me da fuerzas para permanecer pacífica y brindarle apoyo a Ema que se aferra a mí. Me necesita. Sostengo su mano mientras Max mueve los hilos desde las oficinas y avisa a León la terrible situación en la que está enredado Alex. Confiamos en que se solucionará rápido, sin embargo, con el correr de la semana todo se estanca y la situación empeora, por lo que la mayoría decide viajar a la capital, a donde trasladaron a Alex luego de arrestarlo. El recinto se queda verdaderamente desierto y más a cargo de los hombros de Jorge de lo que ya estaba. Adela, Ema, Max, Gusto, todos se han marchado. Nos dejaron solos y desolados, la preocupación aumentando cada vez más. Nos mantenemos en contacto durante los días que siguen. Mi hermano, León y el resto de los más cercanos ya están allí también para echar una mano, para mover cielo y tierra con tal de liberar a Alex. Y a cambio, yo me encuentro acá, sintiéndome mortificada. Aunque entiendo que no puedo aportar nada al caso, sólo quedarme en el recinto para ayudar a las mujeres y los hijos que quedaron, apoyar a Jorge con sus horarios y responsabilidades y cuidar a Tony. Lo que me ayuda a permanecer ocupada y no pensar lo suficiente como para volverme una desquiciada. Me preocupo demasiado por la gente que quiero, no puedo evitarlo. Coloco música en el equipo que mudé desde el apartamento de mi hermano y me enfoco sólo en cocinar algo rico para el niño antes de ser llevado al jardín. Una vez que el aceite en la freidora está caliente, sumerjo algunas bolas de croquetas de arroz dentro para que se hagan lentamente, mientras tanto remuevo los bifes a la criolla en la olla grande. Al mismo tiempo me las arreglo para mover un poco las caderas al ritmo. — ¡Tony!—llamo, sacando la primera tanda de croquetas.


El niño viene corriendo a través de la puerta con apuro, frenándose en el vano para verme bailar. Le sonrío, poniendo mi mejor cara rogadora. —Bailá conmigo—le pido. —No—niega y se va rajando, lejos de la cocina. Lo persigo, sintiéndome con ganas de hostigarlo. Ah, por favor, necesito que me levanten el ánimo. Arruga el entrecejo de la manera más encantadora que existe y me da una mirada hastiada. Pero ambos sabemos que está fingiendo, le encanta nuestra manera de jugar. No me engañas, pequeño. —Por fis, por fis—le ruego, poniendo pucheros. —No—se mueve de modo que la mesa queda en medio de los dos. Sus ojos son desafiantes, y se cruza de brazos enfatizando su postura negativa. Me va a matar, tengo que aguantarme la risa. —Entonces no voy a dejarte armar los huevos de pascua conmigo—actúo ofendida y regreso a la cocina a atender la comida antes de que se queme. Lo oigo venir detrás de mí con los ojos muy grandes, alarmado. — ¡Eso no vale!—se queja, chillando. Juego un poco sucio a veces, lo sé. No es justo para el niño, pero él sabe que estoy siendo sólo un poco tonta. Sólo me gusta lo indignado que se pone cuando lo chantajeo, es un justiciero. Y ahora mismo no estoy siendo justa con su ilusión de armar los huevos de pascua. Apago todas las hornallas ya que todo está cocido y me doy la vuelta para mirarlo. Está allí en la puerta, arrugando sus pequeños labios con frustración y sus brazos cruzados a la altura del pecho. Me encantaría tomarle una foto, nunca olvidar esa mueca asesina. Voy a él y lo alzo en el aire, cruzando un brazo por sus piernas y el otro en su espalda, lo pego a mí y comienzo a girar y saltar, regalando algunos pequeños pasos de baile al ritmo de “Hey Mickey” de Tony Basil. No puedo evitar reírme a carcajadas de su cara y de cómo el pelo castaño dorado se le despeina en cada movimiento. Lo bajo al suelo y sigo sola, meneando y haciendo payasadas lo que lo lleva a olvidarse de que está molesto conmigo. Canto en voz alta, y me equivoco la letra. Realmente soy un desastre, pero al menos uno que divierte. Adoro el sonido de su risita aguda. Después de nuestro momento, ponemos los platos en la mesa y lo alimento antes de que se haga tarde para su paseo al pueblo. Un rato después aparece Jorge para escoltarlo al estacionamiento como cada día de la semana. Cuando regresa ya tiene su plato caliente en la


mesa y me siento frente a él, los dos almorzamos en silencio hasta que comienzo a interrogarlo amistosamente. Se marchó muy temprano en la mañana con otros cinco tipos y estoy muy curiosa. —Y, ¿a dónde fueron tan temprano?—todavía no había aclarado cuando se despidió. Corta su carne con concentración y me da una mirada abierta. Me alegra que no se moleste a causa de mis preguntas. No es que siempre lo haga, aunque es más bien reservado en ciertos asuntos. —Había que retirar un cargamento en el puerto, León me llamó ayer para preguntarme si podía encargarme—se mete un gran bocado en la boca y mastica un momento—. Necesita mano seria con algunos de los chicos que quedaron, son algo descontrolados y temía que pudieran causar algunos disturbios. No es recomendable llamar demasiado la atención cuando están descargando mercancía ilegal por ahí. Sonrío, divertida con eso. —Necesitaban un gruñón que pusiera a los patitos en fila, ¿eh?—comento, sirviendo jugo en mi vaso. Sus apetitosos labios se estiran hacia arriba en una comisura, divertido en una pequeña medida. —Todo salió perfectamente, imagino—digo, tomando mi último pedazo de croqueta entre mis dedos y llevándolo a mi boca. Asiente una sola y rotunda vez. —Soy bueno en eso—asegura, un poco demasiado lleno de sí mismo—. Ponerme al mando, dar órdenes, mantener el negocio a raya. Me tomé esta hazaña muy personal, tenía mucho que demostrar. —Lo sé—sonrío, feliz por él. Cruzo mis cubiertos, ya satisfecha y me quedo embobada viéndolo servirse un poco más. Me fijo en las venas sobresalientes de sus grandes manos, la fortaleza que demuestran incluso en movimientos suaves y rutinarios. Todo él es inmenso y amo abrazarlo, si fuera por mí estaría el día entero colgada a sus hombros. Caigo en la cuenta de que me he vuelto muy posesiva con él. Y él conmigo. He visto cómo fulmina con la mirada a cada tipo que encuentra mirándome cuando estamos en el bar, aunque se esfuerza en mantener la distancia. —León ya parece confiar en vos ciegamente—agrego, pensativa—. Te ha dado muchos votos de confianza, no tenías nada que demostrarle…


Niega. —No a él—me guiña—, a mí mismo. Mi vida no está del todo perdida, todavía soy capaz ponerme al hombro unos cuantos hombres. El día de mañana podré resurgir mi clan, y será para bien. Algún día… podré volver a confiar en otra gente y ellos en mí. Sus ojos están llenos de esperanza por un nuevo y mejor futuro, y me apresa la tranquilidad de saber que él sigue siendo capaz de soñar aun detrás de toda esa sombra que lo cubre en consecuencia de su pasado tormentoso. Ahora hay menos dolor en su forma de mirar, y sonríe un poco más. Además de que he descubierto que es infinitamente más arrogante de lo que me habían contado. Y está lleno de un extraño humor negro. Cada día que pasa más perdida estoy por él. — ¿Has hablado con alguien de allá?—quiere saber. Asiento, volviendo a mi estado decaído. —Con Adela. Las cosas están más duras de lo que creían—trago, mordiéndome el interior de las mejillas con nerviosismo. Estira la mano para alanzar la mía, me aprieta y aprecio la sensación. —Todo va a salir bien—intenta consolarme—. Este clan es fuerte y no va a dejar que ninguno de los suyos se hunda. —Ya sé—susurro—. Sólo no soporto que ellos estén sufriendo así. No lo merecen. Recuerdo el estado en el que Ema quedó después de que se lo llevaran… no puedo evitar ponerme en su lugar, imaginar cómo me sentiría si… “…te alejaran de mí.” Me freno abruptamente y salgo de mi silla para levantar mi plato y llevarlo al lavadero, junto con el de Tony. Advierto el incontrolable calor del rubor invadiendo mis mejillas. Jorge viene por detrás y barre mi pelo largo, despejando un lado de mi cuello. No me obliga a seguir con lo que estaba diciendo, no va a ponerme en evidencia si yo no quiero. Aun cuando los dos sabemos perfectamente lo que estaba a punto decir. Mi miedo por su seguridad es cada día más grande, y a estas alturas sé muy bien lo que yo sería sin él. Y no quiero volver a ser aquella chica solitaria que no sabía nada acerca de sentirse deseada y apreciada. Él me enseñó todo eso, perderlo es lo último que deseo en mi vida. Me besa el cuello y cierro los ojos. Oh, Dios. Sabes lo que significa todo eso, ¿cierto? Sí, sé lo que significa.


Estoy irremediablemente enamorada de Jorge Medina.

*** Como prometí, a las cinco de la tarde estoy esperando a Abel y Tony para merendar y ponernos manos a la obra con los huevos de pascua. Han estado muy entusiasmados los últimos días, cuando les conté la idea. Pascua vino y se fue rápido, ni lo notamos, estábamos en medio de todo el caos que significó la detención de Alex. Nadie se acordó ni le dedicó un segundo pensamiento. No se le dio ninguna importancia. Por lo tanto, también nos olvidamos de los niños. Una vez que el shock nos despejó un poco sentí pena porque ellos no hayan podido disfrutar de esas mini vacaciones como se merecían. Los problemas de los adultos muchas veces eclipsan la infancia, y más en este lado de la línea. Me propuse ponerme en marcha para que al menos compartieran un huevo de pascua con su familia y comieran algo de chocolate. No me enfoco en lo religioso, la verdad es que no soy una loca creyente en absoluto, sólo quiero que ellos pasen un momento agradable. ¿Y qué mejor que armar nuestros propios huevos de chocolate? Los chicos entran corriendo en el apartamento y atacan. Me sorprendo cada día más de lo grandes que están, los conozco desde muy poco y en los meses que he estado aquí he notado lo hombrecitos que se han hecho. Sirvo dos tazas de chocolatada caliente y galletitas y los ayudo a quitarse los delantales, colgándolos en el perchero junto con sus mini mochilas. Se devoran todo en escasos minutos. Lo que hace el nivel de ansiedad. Tengo que poner un poco de orden antes de empezar, porque están muy alterados. Tengo que esforzarme en sonar convincente y seria con ellos, aunque me cuesta muchísimo. No soy buena con los límites y menos cuando se trata de dos muchachitos simpáticos llenos de energía. Son una debilidad. Les arremangos los puños de ropa y los acomodo en sus sillas, arrodillados mientras le muestro qué hacer. Me encargo de amoldar el chocolate, mientras ellos los decoran una vez endurecidos. En poco tiempo creamos un enchastre por todos lados, incluso ellos mismos. No paran de reír y mostrar sus dibujos decorativos. Llega un momento en que ninguno de los dos está concentrado ya en trabajar y no tengo la fuerza para ahogar su diversión. Sólo espero que cuando don obsesivo por el orden llegue no se ponga todo gruñón. Me haré cargo. — ¿Bianca?—me llama Tony. Me saca de mi concentración en un molde. —¿Qué?—levanto la vista a él, que está sentado a mi lado, con sus coditos apoyados en la mesa. No hago más que girar y obtengo una mano embardunada en chocolate derretido en mi mejilla y el costado de la boca. Abro los ojos reteniendo el aliento, lo miro fijamente por un rato,


sorprendida mientras el pequeño pone ojitos de ángel inocente. Abel está en su lugar mirando con atención del uno al otro. Esperando mi reacción. — ¿Así que estás todo travieso hoy?—pregunto, apretando los dientes para no reírme. Me paso la lengua para limpiarme la comisura, meto un dedo en el mejunje derretido y lo planto en su nariz. Y sé que no tendría que haberlo hecho, que debo ser una adulta responsable y coherente, no ponerme al nivel de dos pequeños de tres años. Pero soy yo, Bianca Godoy, y creo que jamás he sido una adulta seria. Sólo hace falta ese pequeño movimiento para que ellos lo tomen como una invitación al descontrol. Inician una guerra, ocupados en mancharse y perseguirse entre sí. Enseguida me doy cuenta de que he creado dos monstruos y me propongo alejarme, tomando el recipiente lleno de chocolate para ir a la cocina. No doy ni dos pasos, se me resbala de las manos justo en el mismo instante en que la puerta se abre y Jorge entra, frenándose en seco junto al vano. En la desesperación de combatir el desastre, camino por encima del charco marrón en el suelo, mis zapatillas patinan y acabo cayendo en él sobre mi culo. El silencio pesado lo abarca todo después, porque los niños al fin notan al gigante vigilándonos desde la puerta. Me quedo quieta en mi lugar, luciendo como si acabara de lanzarme de cabeza a una piscina de chocolate. No puedo quitar mis ojos del hombre que alza ambas cejas devolviendo la mirada, llena de extrañeza. Me muerdo el labio inferior notando las expresiones de preocupación de los chicos, la culpa llenando sus ojitos dulces. Una ola de risas burbujea a lo largo de mi garganta y por más que trato de frenarla, no lo logro, me tapo la boca con el dorso de la mano y estallo. Rio como hacía tiempo no lo hacía. Con intensidad, sin respiro, hasta que se acalambra mi barriga y me quedo sin energía. Y me doy cuenta de que todos han seguido mi ejemplo un ratito después, descomprimiendo la tensión. Incluso el señor gruñón, que no deja de tomar nota del desastre con ojos brillantes de diversión. Nunca lo había oído reír a carcajadas. Mi corazón se hincha en sus confines, entre mis costillas, ante el sonido ronco y grave saliendo desde lo profundo de su enorme pecho. Se adelanta y llega a mí rápido. Me ayuda a levantarme tomándome de ambos brazos, rozándome a lo largo en su cuerpo en el proceso. Es como si no fuese capaz de quitar su atención de mi rostro. Me limpia la mejilla con el pulgar y se lo mete en la boca. Lo hace como si fuera un reflejo normal, y paraliza mis latidos. Bueeeeno. Desviemos la mirada a otro lado. Trago y pestañeo fuera del trance, coloco el radar en los chicos, de pie a nuestro lado, lejos del montón de chocolate derrochado. Me aclaro la garganta. —Bueno—sonrío, recorriendo alrededor—. Ahora viene la peor parte. Limpiar.


Una hora después el pequeño espacio vuelve a estar en orden, con sus pisos lustrosos. Me ocupo de lavar lo mejor posible a los niños, metiendo sus ropas en un lavado rápido en la lavadora al mismo tiempo que los empujo en la bañera, bajo la lluvia. A continuación se visten, y dejo a Abel ponerse algunas ropas de Tony que han estado quedándole apretadas, así puede volver a su casa abrigado. Al tenerlos listos y presentables de nuevo, Francesca golpea nuestra puerta y los chicos insisten en ir con ella para repartir los huevos. —También quiero darle uno al tío Max, cuando vuelva—dice Tony, mientras le coloco el abrigo. No soy capaz de resistirme a mirar de reojo a Jorge, apoyado en la pared con sus brazos cruzados. Alza una ceja, entrecerrando los ojos puestos en su hijo, aunque no pierde tiempo en corregirlo. —Y a los gemelos—agrega Abel sujetando las bolsas que contiene los sagrados primeros cinco huevos que pudimos hacer. Francesca y yo sonreímos al mismo tiempo. Saludo a los tres con la mano mientras salen, de regreso al frío, para ir en dirección a las cabañas. Trato de no pensar demasiado en lo callada y pensativa que se encontraba la mujer. Apuesto a que ella y Lucre extrañan demasiado a León y Max. He visto que se han unido, trabajando conjuntamente con sus niños. En cada ocasión que obtengo tiempo, también me acerco a darles una mano y pasar el rato con ellas. Somos pocos en el recinto ahora y el principal tema de conversación en cada reunión es la preocupación por la situación crítica que están viviendo Alex, Ema y el resto en la ciudad. Todavía no hay noticias alentadoras. —Voy a necesitar un buen baño—comento, moviéndome para conseguir unas toallas en el ropero. Jorge inclina la cabeza a un lado, manteniendo los ojos a lo largo de mi cuerpo, no se ha movido de su lugar apartado contra la pared, al lado de la puerta de la cocina. Su actitud es penetrante y me eriza la piel por debajo de la ropa. —Ese vaquero fue hecho para los problemas—expresa, mirándome el culo con costras de chocolate. Sonrío a medias, cerrando los dientes en mi labio inferior. Es el mismo pantalón que deslizó abajo en el bosque, aquella desenfrenada primera vez. La sangre en mis venas se calienta al recordar la locura del momento y lo irreal que se sintió. Sólo… fue real, completa y vivamente. Me encierro en el baño aun con eso en mi cabeza y dejo mi ropa enrollada en un


rincón para cuando llegue su momento de ser lanzada al lavarropas. Me doy una larga y caliente ducha, escondiendo hacia el final mi desilusión de que él no irrumpiera para compartirla conmigo. Tenía la leve sospecha de que lo haría. Me visto con un nuevo juego de ropa interior y mi camisón de gatitos. Encuentro al hombre abriéndose una cerveza en la cocina, llevando el glorioso torso desnudo. Estaba esperando su turno en la ducha, lo que me hace preguntarme por qué no lo tomó conjuntamente conmigo. Tenemos tiempo para jugar, estamos solos. Supongo que está cansado, no ha parado en todo el día, ni siquiera tuvimos nuestra siesta. Me coloco a su lado a revisar las pocas sobras de chocolate que hay, pensando en que me he quedado sin huevos de pascua. Se los di todos a los chicos para que tuvieran su festín. Coloco un poco en un plato y lo llevo al microondas para derretirlo. No me voy a privar de aunque sea uno pequeñito. Sí, soy como una niña más. — ¿Qué estás haciendo?—me pregunta Jorge desde su posición, tomando sorbos de su botella fría. Tomo el molde más pequeño y lo levanto, mostrándoselo. —Uno peque para mí—murmuro, sonriendo. — ¿Y nada para mí?—pregunta, sonriendo de lado. No le es indiferente mi camisón de gatitos, sé que le encanta. En especial porque es bastante corto, y ama mirar mis piernas. Me acerco con el plato en la mano, mirándolo con los ojos entrecerrados. No me engaña. —Me dijiste que no te gustaba el chocolate… —Dije que no era muy fan—corrige. —Lo que es más o menos lo mismo—insisto, canturreando. Me acerco tanto que casi estamos rozándonos, meto un dedo en el espeso chocolate y lo chupo, provocándolo. Ahora sí, tengo esos ojazos dorados bien amarrados, y han perdido cualquier diversión. Sólo delatan hambre. Y no de chocolate. Recojo un poco más y lo sello en su piel, a la altura del pectoral. —Ups—finjo inocencia, abriendo mis ojos muy grandes. Su mandíbula se marca porque aprieta los dientes, observa el lugar donde lo manché. Me trago una risita y me inclino, tomándolo desprevenido. Lo limpio con la lengua. Se tambalea


un poco en el sitio reteniendo la respiración, y no le doy tiempo a nada. Lo ensucio nuevamente en el pecho. —Ups—repito. Y lamo una vez más. El sabor dulce se mezcla con el salado de su piel y es como éxtasis en mi sistema. No consigo abandonar mi treta, y sigo un poco más, pasando también por uno de sus pezones. Ese es mi último movimiento porque me quita el plato hondo de un tirón, abandonándolo de un golpe encima de la mesada y me arrincona contra la pared, ni siquiera puedo pestañear ante la vista clara de sus irises entrando en ebullición, el oro fundiéndose. Empuja mis piernas abiertas, levantando el ruedo del camisón. Su mano callosa acaba en mi rincón, corriendo a un lado mi ropa interior. Estoy mojada, comencé a estarlo con la primera probada de su piel en mis papilas. Me toca, abriéndome y echo la cabeza hacia atrás soltando una larga y densa exhalación. —Te gusta jugar sucio, ¿cierto?—me gruñe al oído, su aliento golpeando en mi mejilla. Sostenerme sobre mis pies es casi imposible, mis piernas están flojas como gelatina. Me penetra con los dedos y meneo las caderas en busca que más profundidad. No me permite más movilidad. Con mi primer gemido me prohíbe la sensación y abro los ojos con un quejido para verlo meterse los dedos en la boca. Me prueba, sin despegar sus pupilas dilatadas de las mías. Me demuestra qué tan dulce soy para él y lo que puedo conseguir si sigo tensando los hilos. Bruscamente me gira, de espaldas a él, y retiene mis brazos en la espalda. He despertado al monstruo y tendré que sufrir las consecuencias. Me dirige a la cocina, a los tropezones, mis pies descalzos tratando de adaptarse a su apuro. Recibo una fuerte palmada en una nalga que me provoca un chillido sofocado de sorpresa ante la picazón. —Yo puedo jugar más sucio—aclara, respirando con agitación—. Mucho más sucio. Me incita abajo y acabo doblada en el brazo del pequeño sofá, a un lado de la cama. Mi culo todo expuesto ante él. Me muerdo el labio inferior con tanta presión que casi me lastimo. Esto es pura ansiedad ante lo que tiene en mente hacerme. Nunca deja libres mis brazos, así que están doblados a mi espalda, sujetados con una de sus manos. La que tiene libre indaga, levantando mi falda y tironeando de mi tanga de encaje a lo largo de mis piernas, queda estancada a mitad de mis muslos. Otro golpe con su palma abierta y siento mi piel ardiendo en un cachete trasero. Y mi centro también. Tengo la mejilla enterrada en los almohadones, por más que deseo ver cada uno de sus movimientos, me es imposible y eso desencadena más excitación. El oxígeno espeso es expulsado por entre mis labios con vehemencia cuando escucho que abre la bragueta de sus vaqueros, el sonido inconfundible de la tela bajando y dejando libre sus


partes. Su pene cae pesado entre la abertura de mis nalgas y me vuelvo incapaz de respirar. Intento restregarme, sentirlo más a fondo, darme un poco de alivio, sin embargo no me lo permite, tiene todo el control de la situación. Lo que me lleva a lloriquear a medida que más me baña el sudor de la expectativa. Percibo su retiro y de inmediato está adentrándose donde más lo ansío. Su cabeza se interna más allá, jugando con el dolor de mi sexo anhelante. Se va y vuelve varias veces, manteniendo mi mareo. Hasta que grito porque lo tengo dentro de un solitario y rudo empujón, llenándome de golpe. Mis manos forman puños, inamovibles en la espalda y me estremezco por lo inexplicable de la sensación. Aun hoy, después de todo ese sexo desenfrenado con él, sigo sin ser capaz de describirlo. —Oh, Dios. Oh, Dios—repito una y otra vez por debajo de sus gruñidos y estacazos. Me falta el aire, pero tengo algo mucho más importante. Su cuerpo sobre mí, dominándome, penetrándome como sólo él es capaz de hacer. Estoy cerca. Increíblemente cerca. Se detiene en seco. —Por favor—suplico, no puede ser capaz de hacerme esto. —Por favor, ¿qué?—pregunta, agitado. Se burla de mí y mis necesidades. Siempre que se encuentra metido en sus momentos dominantes me tiene implorando hasta que me he quedado sin tono. Me remojo los labios y me posa más de su peso encima. Su mano libre abarca mi cuello, su pulgar acaricia mi pulso acelerado. —Por favor, no lo soporto más. Necesito llegar—digo, con un hilillo de voz. No sólo eso, todo mi cuerpo está entumecido por la posición, mi vientre encajado en el duro apoya-brazo. Consigo despertar un poco de piedad en sus intenciones y prosigue con la danza, acelerando las arremetidas y zamarreándome en el proceso. Él es de los que van directa y rigurosamente, toman lo que quieren sin preguntar, y en el proceso les roban el alma a chicas como yo. Jamás veré el sexo de la misma forma que antes. Sería imposible hacerlo después de él. Un movimiento circular de caderas, ya casi. Luego otro, mi espina dorsal responde dando un tenso tirón brusco. Jorge se entierra duramente, castigando mi carne, y allí es que exploto, gritando y sacudiéndome con violencia al tiempo que él se embebe con la imagen de mi cuerpo en su momento más vulnerable y deslumbrante en igual medida. Todavía soy presa de las convulsiones para el instante en que se derrama en mi interior, su grosor aumentando de tamaño, enfundado en mi latente conducto, ya sobre-estimulado. Me suelta antes de


desplomarse sin más fuerza para sostenerse. Me acaricia el pelo y la espalda, luego me ayuda a erguirme, y me da un escalofrío ante la pérdida, una vez que se retira. Intento dar un paso y me aferra antes de tropezar a causa de mi debilidad. Suavemente, me dirige unos pasos más allá, a la cama, y caemos sin muchas cortesías en ella. Reímos por lo bajo y le apruebo que me sustente contra él, sintiéndome como en casa.


CAPÍTULO 14 Cuatro meses después…

ADELA Podría acostumbrarme a esto de pasar tantos días en un hotel. Mucho. Las sábanas son frescas y suaves, tenemos desayuno al cuarto, bastante variado. Y no hay más preocupaciones, lo que me permite disfrutar al cien por cien. Alex y Ema ya están sanos y salvos, los tenemos de vuelta y más afianzados que nunca. Esperando un bebé. Imagínate la maldita sorpresa de todos, y más la del futuro padre, que fue golpeado directo a las neuronas. Meses enteros y desesperantes sin ver a su mujer y cuando al fin la recupera, ¡bum! ¿Sabes, hombre? Vas a tener un hijo dentro de los próximos cinco meses. Eso me hace reír, es lógico porque no me ha pasado nunca. Y no hay planes para que me suceda, tampoco. Jamás. Estamos todos bien, pasando los últimos días en la capital antes de tomar el avión de regreso a casa. Mierda, extraño el fin del mundo. Echo en falta todo lo que tiene que ver con él. Las noches de bar, mi barra, nuestros chicos. Ya tuvimos nuestra cuota anual de preocupación, por favor, ya no más. Necesitamos normalidad de nuevo. Esperemos que las tormentas de nieve nos dejen el camino libre para volver cuanto antes. —Mierda—murmuro con la cara adormilada enterrada en la almohada—… sí. El mundo es infinitamente mejor cuando tienes a un tipo montándote y masajeando tu espalda. No cualquier tipo, sino el mío. No hay otro como él. Sus palmas son como piedras, pero con los bordes lisos y aprietan mis zonas contraídas, obra magia en mí. Tanto allí como en otras partes, más íntimas. — ¿Desde cuándo estás tan considerado conmigo?—pregunto, mientras cierra el espacio entre su pelvis y mi culo, se apoya y aprecio directamente su virilidad. Amasa mis nalgas con ambas manos grandes, casi abarcándolas por completo. No ríe, no bufa, no hace ningún jodido sonido que indique humor alguno. Pero no me importa, soy capaz de captar sus estados sin ayuda de ninguna pista. Y amo su incapacidad para demostrar emociones. Bueno, excepto ésta. Su excitación no necesita ser leída dos veces. Un solo vistazo a sus ojos y lo sé. Lo tengo, lo aprovecho. Somos inseparables, insaciables y a estas alturas sé que seremos así de por vida.


—Desde que te pusiste toda llorona durante los meses que pasaron—me da una nalgada. Cualquiera la interpretaría como un jueguito de nada, pero Santiago no está bromeando. No bromea en absoluto, no está programado para eso. Acá la de los juegos soy yo. No pierdo el tiempo, pongo los ojos en blanco ante sus palabras. —Es imposible no ablandarse—le digo, elevándome sobre mis codos con dificultad, porque lo tengo a horcajadas encima y no es para nada liviano. Me sentí culpable por no cuidar bien de Ema cuando se me dio la orden explícita de ser su sombra. La perdí de vista una mañana y desapareció por meses. Y no ayudó en nada que Alex acabara en una cama de hospital, postrado y en coma por medio mes. Sufrí. Todos sufrimos. Incluso estoy segura de que Santiago lo sintió. Somos una familia y no queremos vernos mal entre nosotros. Cuando alguien se está hundiendo, todos nos vamos abajo con él. Una vez que al fin se arreglaron las cosas, y días atrás regresaron de Francia con la pareja de nuevo unida y a salvo, no pude evitar llorar. Fueron eternos meses de tensión acumulada, por algún lado tenía que salir. Santiago se inclina sobre mí, llegando a mi oído. —No es que me queje, las lágrimas me excitan—ronronea. Niego y suelto una risita. ¿Acabo de decir que no bromea? Retiro lo dicho. Bromea. A su estilo. Pocos entienden su sentido del humor oscuro, el que pocas veces aparece y cuando lo hace toma al resto desprevenido. Menos a mí. Yo lo entiendo y disfruto todas sus fases. Me arqueo y jadeo cuando cuela una mano entre mis piernas y nalgas e indaga allí, la humedad surge de la nada. Un dedo suyo y soy activada. Ya lo aseguré: magia. Lastima que mi teléfono celular comienza a cantar y el momento intenso se interrumpe. Tengo que atender, porque es la jodida Bianca. Mi cuñada. Dios no quiera que la ignore y después amenace con amputarme los senos. Ya he vivido eso, cinco de cada diez llamadas fueron dejadas a un lado en los anteriores meses, lo que fue cruel de mi parte porque ella lo estaba pasando fatal sin información exacta de lo que estaba sucediendo con Ema y Alex. —Buenos días, mojigata—sonrío al llevarme el aparato al oído. Su hermano sigue encima de mí, ni se inmuta ante el hecho de que estoy hablando con su hermanita menor. La dulce y amable Bianca. —Voy a dejar pasar el comentario—habla ella, reseca—. ¿Cómo tenés la cara de enviarme un mensaje? ¿Eh? “Ellos están bien, en unos días volvemos”—se burla, citando el texto


que le envié ayer—. ¡Qué perra insensible, Adela! Estaba muerta de preocupación y ni siquiera sos capaz de llamarme para darme más detalles. —Era tarde, no quise molestarte—me explico, lo que es verdad. Santiago corre mi pelo largo negro para descubrir la parte trasera de mi cuello y espalda. Se inclina y me respira, trago con fuerza para no gemir al teléfono. —No importa, esto es importante para mí—dice, y puedo imaginarla pataleando—. No hay horarios que valgan. ¡Vaya, que frustrada! —Tampoco es para tanto, ¿no?—murmuro, entrecerrando los ojos ante las atenciones cada vez más directas de Santiago. La verdad es que ahora mismo no tengo tiempo para escuchar a una chica ofendida. —Buf—bufa—. Lo que sea. ¿Cuándo vuelven? Acá estamos hasta la frente de nieve, no creo que puedan llegar dentro de los próximos días. —Exacto. Sabemos eso—digo, dándole una palmada a la mano tatuada subiendo por mi costado, remarcando mi cintura desnuda. Pongo el celular en alta voz para que su hermano la escuche quejarse también—. Te llamaremos para avisarte el día, nena, ¿también querés la hora exacta?—prosigo con sarcasmo—. Lo haremos, reina. —Bueno, gracias—dice ella, haciendo caso omiso de mi tono. —Y, ¿qué has estado haciendo?—pregunto, sólo por ser educada y no cortarle con brusquedad. —Nada—silencio—. Cuidando a Tony y haciendo funcionar el bar con Jorge. Aunque todo está muerto. Santiago se atiesa y lo tengo fuera de mí un segundo después, cayendo en su lado de la cama. Si no escucho mal, podría asegurar que acaba de gruñir. — ¿También haces funcionar algunas otras cosas con Jorge?—pregunto, picándola. Picándolos. Porque a mi lado tengo a un hermano que ha perdido por completo su libido. —No es de tu incumbencia—responde, fría—. Voy a dejarte, no creas que no me doy cuenta de que te estás franeleando con mi hermano ahora mismo, mientras hablas conmigo. Nunca voy a entender ese nivel de caradurez. Me fui—y corta con un seco click.


Me rio, lo siento, no puedo evitarlo. Estoy allí rodando boca arriba mientras dejo ir unas cuantas carcajadas. Hasta que noto a la estatua fría junto a mí y me muerdo el labio para refrenarme un poco. No me gusta su expresión. Ansía asesinar a alguien. — ¿Cuál es tu problema?—me inclino hacia él, besando la línea que forman sus labios. —Es evidente que está acostándose con él—ruje por lo bajo. — ¿Y eso en qué te afecta?—quiero saber. Porque la verdad es que no entiendo este nivel de insensatez de su parte. Creí que Santiago tenía una mente muy abierta y no daba ni mierda por terceros. Entonces llega su hermana y se vuelve loco porque tiene algo con un tipo. Está bien, sé que no es cualquier tipo, pero ya… no es taaaan grave, ¿cierto? —Me mantuve alejado de mi familia para no pegarles peligro, e incomodidad… o lo que sea que hay en mi vida ahora—dice con tono tenso y mi semblante cae enseguida—. Para evitar justamente cosas como éstas. Ese tipo… está enfermo de venganza y hará lo que sea para conseguirla. A Bianca no le conviene pegarse a alguien como él. Tiene que volver a su vida. — ¿Volver a su vida?—me quejo—. ¿Con todos esos idiotas trajeados que sólo la ven como una muñequita? ¿Los que la consideran una pieza de tablero de ajedrez? No estoy de acuerdo. Creo que ella tiene gran capacidad para decidir sobre su vida y las personas con las que quiere compartir su tiempo y su cama. Está contenta con Jorge. Y él la mira como… Él se levanta con violencia, sentándose en el borde de la cama. —Tengo un terrible presentimiento—asegura, dándome la espalda, puedo ver sus hombros temblando—. ¿Está bien? Desde que existe la posibilidad de ellos dos juntos, tengo esta horrible sensación. Inquietud. ¡No sé lo que es!—gruñe, alterado—. Quiero que se vaya, quiero que vuelva con su madre y su hermano, lejos de él. Lejos de mí y de todos nosotros. Un nudo se atasca en mi garganta, porque son contadas con la mitad de los dedos de una mano las veces que lo he visto así. —No podemos hacer nada—acaricio y beso su espalda, abrazándolo desde atrás—. Deja que ella tome su camino, va a salir todo bien. Jorge es inteligente y la aprecia, tal vez no la ama, tal vez sí, pero sé que la quiere y no va a dejar que nada le pase. Lo he visto en sus ojos cada vez que la mira—susurro en su oído, aflojándolo como mejor sé, a veces surge este estado a causa de sus pesadillas, aunque nunca con él estando consciente—. No podemos manejar esto, no es nuestra vida.


—Si puedo—susurra, ya más tranquilo—. Si puedo hacer algo para que se aleje de él, para que vuelva a casa. Cierro los ojos y niego ante su insistencia. ¿Qué le pasa? ¿Por qué tanta desesperación? — ¿Qué?—insisto, preocupada. —Volver a casa con ella—responde, seguro, decidido como nunca antes—. Enfrentar de una vez por todas a mi familia.


CAPÍTULO 15 BIANCA — ¡EMA!—grito ni bien la puerta del bar se abre y ella pasa dentro, amarrada a Alex. La visión de su pelo rojo cayendo desde el gorro de lana abrazando su cabeza, lloviendo sobre sus menudos hombros, y sus pómulos llenos de pecas tan ruborizados por el frío le trae alegría y alivio a mi corazón. Por supuesto, ver a Alex justo a su lado, sosteniéndola, me termina de serenar y puedo, al fin, sentirme feliz por ellos y por tenerlos de nuevo en el recinto. Corro a ella y la aferro en un abrazo de oso, la estrujo contra mí y ella me regala una ancha sonrisa acompañada de ojos llorosos. Me devuelve el abrazo con la misma potencia. —Te extrañé—le digo, clavando los ojos en Alex que tiene una mirada intensa plasmada en su increíblemente hermoso rostro mientras nos observa. Se mete las manos en los bolsillos y se desvía cuando los chicos se le acercan para darle la bienvenida. Por detrás viene Adela, pasando por la puerta y enseguida nos rodea a las dos. Ufff, nunca creí que nuestra conexión llegaría tan lejos como para que la intocable Adela se abrazara a nosotras como si fuéramos su salvavidas. Nos besamos en las mejillas después de apretarnos juntas y las invita más adentro para que se sienten y puedan tomar algo caliente. Estuve entretenida haciendo litros y litros de café y té para todos, sabiendo que llegarían pronto. —Estoy tan feliz—les digo. Jamás esas palabras tuvieron un significado tan verdadero. Nunca me sentí tan burbujeante y contenta, como si pudiera tocar el cielo con las manos. Como si estuviera elevándome más y más hacia arriba, donde puedo alcanzar lo que sea que ansíe. Tengo amigas y amigos, a los que de verdad les importo como persona. Estoy enamorada hasta los huesos de un hombre maravilloso, el cual me dio los mejores meses de mi vida, sin dudas. Incomparables con nada. Me falta arreglar mi relación con mi hermano para poder decir que estoy completa de nuevo, pero por ahora sé que estoy bien así. Tengo tiempo con él. Adela atrae a Santiago y yo voy a él, paso los brazos alrededor de su cintura y me aprieto contra su torso firme. Siento sus manos en mis hombros y, por un segundo, creo que va a empujarme hacia atrás, sin embargo, sólo me da unos apretones tratando de que el abrazo no sea tan torpe e incómodo. Me conformo con eso, antes de darme la vuelta e ir a la cocina a traer las infusiones calientes. Ema me persigue de cerca, se ha quitado el gorro y el abrigo y veo que


lleva calzas térmicas y un gran suéter tejido color crema. Sus ojazos redondos como caramelos de miel están muy abiertos, expectantes. Entramos en la cocina, lejos de todos y ella tironea de mi brazo. —Tengo que contarte algo—susurra, como una niña impaciente—. Iba a esperar… pero sos mi mejor amiga… vos y Adela han sido un sostén inmenso para mí y no puedo aguantar, necesito que lo sepas… La observo con los ojos muy abiertos y curiosos, expectante. Toma mi mano en las suyas y la tironea para meterla por debajo del suéter. Ni siquiera puedo pestañear, y mi boca cae abierta con el primer contacto contra la fina camiseta que hay debajo. Mi palma abierta es capaz de percatarse de la pequeña elevación en su vientre, y retengo el aliento. Con la mano libre me tapo la boca, jadeando. Ema se ríe ante mi reacción exagerada. Pero es que… yo no esperaba nada de esto. — ¿Estás…?—me quedo tildada, palpando su apenas abultado estómago—. ¿Hay un… bebé? La chica asiente y está que desborda de electricidad. Tan feliz que es imposible que no lo contagie a todos nosotros. —Es un bebé—corrobora—. Estoy embarazada, Bianca—murmura, casi saltando en su lugar—. Y casi no puedo creer que esté todavía conmigo—sorbe, emocionándose y no puedo evitar que se agüen las cuencas de mis ojos—. Tuve tanto miedo de perderlo, de que todos ellos se salieran con la suya. Creí que no sobreviviríamos a ese infierno, pero lo protegí con mi vida. Intenté que el estrés no me manejara por dentro. Puse todo de mí para mantenerlo a salvo… para que no supieran de su existencia. Entonces vi a León entrar por la puerta de la habitación y supe que había llegado el momento de volver a casa… allí mismo, Alex me sostuvo, apretándome contra él, me besó y me volvió el alma al cuerpo. Dios—suspira, limpiándose los ojos—, lo siento, es que estoy un poco abrumada. Hago lo mismo, despejándome la vista y la abrazo. No puedo creer que esté de vuelta, y que vaya a formar una familia con Alex. Para otros, esto podría resultar un poco pronto, pero después de todo lo que han tenido que pasar ellos dos, tanto juntos como separados, todos acá sabemos que es un amor fuerte que durará toda la vida. Y no voy a poder esperar para conocer a este bebé. —He encontrado mi verdadera familia—dice Ema, todavía rodeándonos la una a la otra—. Todos ustedes.


“Somos dos, Ema” respondo en mi cabeza. Somos dos. Porque en este lugar he encontrado a las personas correctas para amar y la finalidad de mi existencia. Ya no me siento sola. Ya no más. Sé que acá puedo dar y recibir cariño en la misma medida. Me han dejado entrar casi con los ojos cerrados y me he enamorado de todo lo que simbolizan los Leones. Además… he encontrado al amor de mi vida. Y no importa que nunca hayamos dicho las palabras mágicas, no es necesario, no me hacen falta. Me basta con que Jorge me permita quererlo y me deje entrar cada día un poco más en su vida y la de su precioso hijo. Quiero soltarle todo esto a Ema, pero recién acaba de pisar el recinto nuevamente y estos días se trataran solo de ella y Alex volviendo a la normalidad. Así que sólo esperaré, ya sabré cuál será el momento ideal. —Me vas a dejar cocinar para ese porotito, ¿verdad?—sonrío, entusiasmada. —Oh, definitivamente—brinca ella, con la misma euforia. Volvemos al frente, llevando dos bandejas de tazas cada una y riendo entre nosotras, recuperando el tiempo perdido.

*** La tarde se pasó demasiado rápido para mi gusto, y justo después de una comida rápida la mayoría se fue a dormir, cansados por el viaje. Cerca de las dos de la madrugada ya no ha quedado nadie, sólo Adela acomodando el lugar de trabajo a su gusto, ya que ella tiene el control de ese lado de la barra y Jorge y yo le dejamos las cosas fuera de los espacios que ella prefiere. Se cae del cansancio pero no parece estar lista para la cama todavía. Mi hermano está en su rincón, como siempre, esperándola. E intercala su atención entre ella y yo, y aseguro que no me agrada nada la expresión que se mantiene en su rostro sombrío. Tengo que agradecer que Jorge se fue con Tony hace ya un buen rato, sino esto sería incómodo. No soy tan tonta como para creer que mi hermano no sabe nada de nuestro acercamiento, creo que si no lo tiene del todo claro, al menos sospecha. No he estado siendo cuidadosa, nada de nada, me relajé del todo cuando Adela se marchó. Aunque ella sabe bien en qué estoy metida. Para calmar la tensión entre los tres, me marcho escaleras arriba para dejar algunas cosas en el depósito de limpieza. De pasada me encuentro con la puerta de la oficina abierta y me atrevo a asomarme para encontrarme a un ojeroso León poniéndose al día con los papeles. —Buenas—me da la bienvenida, invitándome a entrar. Asiento y me acomodo en el sillón frente a él. Está concentrado más allá de su cansancio y estrés. Seguro no se aguantaba hasta mañana, tenía que asegurarse que todo está en orden.


—Jorge acomodó todo por fecha y dejó anotaciones con todos los detalles de cada retiro en el puerto y cada lugar del depósito donde los acomodó—explico, viendo que tiene en las manos la pila de papeles que tienen que ver con eso. Él me dedica una sonrisa agradecida, aunque mi aclaración resulta ser muy estúpida porque es evidente que él ya se ha dado cuenta de todo. Además apuesto a que se ha reunido con Jorge para ponerse al día. Debería sólo cerrar mi boca, aparte ¿qué es lo que hago acá sentada con él metiéndome donde no me llaman? —Es muy ordenado y responsable—comenta, pasando de página. —Lo sé—aseguro. Me pone muy contenta y orgullosa que Jorge haya demostrado su valía durante todos estos meses teniendo el recinto bajo su control. Estoy eufórica por él, porque sabía perfectamente que sería más que capaz y no defraudaría a León. —Me alegro de haberle dado todas estas oportunidades—comenta, satisfecho—. Me deja muy tranquilo el saber que mis intuiciones sobre los merecen unas cuántas segundas chances son confiables. Con él siempre lo supe. — ¿Qué fue lo que te hizo saberlo? Tengo entendido que odiabas a muerte aquel otro clan, y Jorge no era precisamente de tus favoritos—ahora que estamos abriendo el tema, tengo que preguntar. Quiero saberlo todo. Él me sonríe paciente y se acomoda atrás en su butaca, dispuesto a charlar. —Se contactó conmigo y me pidió un trato desesperado para mantener seguro a su hijo—comienza—. Recuerdo escuchar el pedido de auxilio en su tono tembloroso. Sin siquiera pedírselo, comenzó a vomitar los planes que tenía su clan para nosotros. Él ya no estaba al mando, lo habían dejado solo. Y era Tony quien más peligro corría… Se detiene, pensativo y sombrío, como siendo absorbido por los recuerdos. Juega un poco con la birome en sus manos y yo espero, todavía con la atención pegada a él y su semblante. —Las Serpientes no amaban a sus hijos—escupe, seriamente—. No amaban a nadie. No entendía del sentimiento. Sólo perdían tiempo vanagloriándose de sí mismos y de lo que eran capaces de hacer. Eran dañinos, no tenían nada en sus corazones. Querían poder a base de miedo, paralizaban todo lo que tocaban porque causaban dolor y temor. Después de esa llamada alterada, del ruego que oí en su tono de voz, supe que él no era igual a los demás… Trago el nudo de emociones que sube a través de los conductos de mi garganta.


—Jorge ama a su hijo—murmuro, apretadamente. León asiente sin dudar. —Ama a su hijo—repite, y sonríe con pereza—. Y también sé que es capaz de amar a otras personas—sus ojos se sienten como si penetraran los míos, y no me permiten un desvío—. Además, estoy seguro de que en el fondo quiere tener una mejor relación con Max. Respondo con una sacudida de cabeza. Lo sé, hemos estado hablando un poco de la relación que tenía y tiene en la actualidad con Max. La tregua que acordaron y las pocas palabras que cruzaron sobre el pasado. Parece que le hace mucho bien que ya no intenten matarse entre sí cada vez que se cruzan. —No te equivocaste—digo, segura—. Él es una buena persona. Creció en ese nido de víboras, aprendió de las peores personas… sin embargo, tenemos que estar agradecidos de que no terminó siendo como ellos. Que decidió salir y ser mejor. —Exacto, chica—me da una preciosa sonrisa, sus ojos azules brillando—. Luchó contra el ideal de hombre que la vida quería que fuera. Me muerdo el labio porque me abruma el orgullo y el amor inmenso que siento por Jorge. Tengo la sensación de que León quiere dejar salir mucho más, y permanezco allí, aguardando. Escondo la decepción cuando abre un cajón y lo revisa, rompiendo el momento. —Había algo en el buzón—murmura, frunciendo el ceño mientras revuelve—. Tenía tu nombre. Me pongo de pie alisándome el vaquero y tomo el sobre de papel marrón de sus manos. Va dirigido a mí, aun así no puedo esquivar el pensamiento de aquel que recibió Jorge y lo volvió tan loco, ese día, meses atrás. Sonrío aunque me estoy ahogando en malestar y curiosidad. —Gracias—digo. Doy la media vuelta, despidiéndome. Cierro la puerta con cuidado al salir y después me encierro en el depósito de limpieza. Hago lo que tenía planeado antes de demorarme con León. Y luego el pinchazo del sobre en mi mano lo abarca todo. Mi mente me ordena que no lo abra, que lo lance al fuego cuanto antes. La alarma me tiene presa. Y aun así todavía no puedo sucumbir a ella, porque el sobre tiene mi nombre y ahora me siento con el derecho de abrirlo. Por más miedo que tenga. Sólo echaré un leve vistazo, pequeñito, antes de destruirlo. ¿Qué tan malo puede ser? Inmediatamente después de romperlo y sacar las fotos me arrepiento.


JORGE «Forcé mi moto a lo largo de cada calle que me llevaba hacia la pequeña casita de barrio que yo le había regalado a Cecilia y Tony. El motor rugía entre mis piernas y el acelerador ya no podía virar más, iba tan rápido que podría matarme en cualquier curva. Mi cuerpo estaba helado y no era nada relacionado con el viento frío pegándome de frente. No podía respirar. Una parte de mí estaba dándose por vencida, en cada kilómetro moría un poco más. Hablé conmigo mismo, dándome fuerza para no cerrar los ojos y entregarme. Era mi familia. Era la mujer que amaba la que estaba en peligro. Era mi pequeño bebé. Que aunque no había disfrutado de su compañía, ni ellos de la mía, eran todo lo que tenía. Lo único bueno que tenía. Derrapé en la vereda, justo en la entrada, la moto volteó y mi pierna quedo atrapada debajo, me arrastré con ella. No sentí nada, tan paralizado como me encontraba. El ruido de otra motocicleta se oyó a lo lejos y elevé mi atención en su dirección. Esteban desaceleró y saltó sobre sus pies a un lado, dejando que su reliquia, la que tango cuidada en los viajes, se estrellara en el asfalto. Su ronco motor murió al instante, y su dueño apareció a mi lado, liberando mi pierna herida de entre el motor caliente de mi moto y el borde de la calle. Se limpió la nariz ensangrentada con el puño de su abrigo, haciéndome notar que había recibido una buena paliza. Me alegré de que hubiese escapado con vida. Pero, en realidad, los dos sabíamos que él nunca fue el blanco principal. Mi hijo era el que se encontraba en el ojo de la tormenta. Nos miramos al mismo tiempo, clavándonos los ojos, hablamos en silencio a base del dolor. Porque sabíamos que llegábamos tarde. Yo podía ver las huellas de sangre en la puerta. Ellos la habían manchado adrede, como quien pega una guirnalda y globos en un cumpleaños para dar la bienvenida a los invitados. Nosotros éramos los invitados. Y arribábamos a la “fiesta” terriblemente tarde. —Levántate—pidió mi amigo en susurros temblorosos. Miré el suelo, la imagen perdiendo calidad. Borrosa. Más borrosa en cada pestañeo. Tragué con fuerza y dejé que me ayudara a ponerme de pie. Trastabillé hacia la entrada, estremeciéndome. —Mi niño no, Esteban—murmuré, perdiendo la respiración—. Él no. Él deslizó lejos la vista, ocultándome la humedad. Pusimos las manos en la puerta y empujamos simultáneamente, estaba entreabierta. Me toqué el pecho ante la vista. Vi rojo. Todo rojo. En los muebles, las paredes, el piso de baldosas claras que Cecilia siempre mantenía relucientes. Me abrí paso abandonando el agarre de Esteban, me llené de valor para ir más


adentro. Mis botas fueron a parar en medio de un charco, espeso y abundante, y no quise caminar más. Me llevé ambas manos a los costados de la cabeza y cerré los ojos, respiré profundo. No podía derrumbarme, y quería. Quería tanto morirme. Me dirigí a las habitaciones, adentrándome por los pasillos igual de decorador con marcas de manos ensangrentadas. Las huellas de un cuerpo arrastrado por el camino. ¿Qué hicieron? ¿Lo montaron todo por espectáculo? ¿Era sólo una escena? ¿Tan terribles habían sido? Me detuve antes de pasar a la pieza principal, la de Cecilia. Me topé con la misma cama en la que habíamos estado tantas veces antes de que decidiera dejarlos atrás por su bien, dos meses después del nacimiento de Antonio. Me frené en seco cuando tuve el primer atisbo de un pie. Al otro lado de la cama. Negué con la cabeza, incapaz de acercarme. Jamás se atornillaron tanto miedo y sufrimiento en mi pecho, a tal punto que me impedían respirar. — ¿Qué hay?—preguntó Esteban a mi espalda, tan afectado que temblaba. Apoyó una mano en mi hombro y me moví, no podía soportar que me tocaran. Me adelanté sin más opción, porque no podía escapar de la realidad que me rodeaba, tenía que enfrentar mi destino. Porque todo esto, directa o indirectamente, era mi culpa. El primer sollozo desgarró las paredes de mi garganta cuando tuve la primera imagen directa de la mujer en el suelo. Me tapé los ojos, no sólo para limpiar las lágrimas, sino para darme un respiro. Era espantoso. Más de lo que imaginé. Pero claro, yo ya sabía de lo que mi gente era capaz. Yo era uno de ellos, me gustara o no, estaba pegado a esa actuación. Nací y me crie entre ellos. Debería haber sabido que harían esto. Que la maldad en sus venas les convertía en seres capaces de hacer algo tan horroroso y desalmado. Despedazaron a Cecilia. Desfiguraron su precioso cuerpo, no sin antes abusar de ella. Desde mi posición inmóvil y tensa, justo a sus pies, alcancé a ver los moratones entre sus piernas y la sangre proveniente de los desgarros profundos. Sus piernas estaban bañadas de gotas ya secas en tonos carmesí. Estaba completamente desnuda, allí, desencajada y con los ojos abiertos. El infierno marcado en esos bonitos irises, demostrando todo lo que tuvo que pasar antes del último aliento. La habían apuñalado un par de veces en el bajo vientre, no de manera letal, por lo que, deduje, estuvo sufriendo mientras jugaban con ella. Su muerte fue lenta, insostenible, terrible. Ni siquiera pude imaginarla, era imposible hacerlo con exactitud. Nadie más que ella sabría nunca el nivel de sufrimiento que le causaron.


Clavé mis ojos llorosos en su estómago, donde la palabra “traidor” fue tallada a navaja en su piel pálida y suave. La había besado allí tantas veces. Y fui testigo de él creciendo con mi hijo dentro, mientras ella contaba los días para que saliera y pudiera al fin sostenerlo en brazos. Abrieron su carne para desquitarse conmigo. —Necesito irme, lo siento—se quebró Esteban y corrió. Vomitó afuera mientras lloraba, yo nunca había presenciado ese tipo de acción en él. Era fuerte, duro e inquebrantable. Pero ahora teníamos en frente el cadáver de una joven mujer y madre inocente. La que amé con mi vida. La que abandoné por seguridad. La que no pude salvar. Y era imposible no doblarse y desmoronarse ante ello. Me dejé castigar de rodillas en el suelo para arrastrarme hacia ella. Encerré su rostro en mis manos y lo levanté hacia mí. La acuné, besé su frente y la empapé con mis lágrimas. No recuerdo las veces que le pedí perdón. Lloriqueando y balanceándome. No era capaz de captar nada más que su aroma, ahora contaminado con el olor de la muerte. Me teñí las manos y la ropa con su sangre, recorrí con mi pulgar cada morado en su bello rostro ceniciento. Enrede mis dedos en sus risos rubios oscuros. Rocé sus labios semi abiertos, intenté mirarme a través de sus pupilas congeladas. No me encontré. Porque los ojos verdes eran opacos, la muerte les había robado todo el brillo. Esteban volvió, sosteniéndose a sí mismo en el vano, negado a volver a entrar. — ¿Qué voy a hacer?—lloré. Bajó la mirada al suelo, estremeciéndose. —Los dejé, los abandoné para que no les hicieran nada—susurré, temblando, Cecilia todavía en mis brazos—. Para que nunca supieran de ellos. Sacrifiqué mi amor, mis sueños de familia, para nada… Para que me los arrebataran en la primera oportunidad. Me levanté, depositando la cabeza de mi mujer en el suelo, forcé a sus ojos cerrarse. Limpie la sangre en la comisura de sus labios morados. Entonces tironeé de las sábanas de la cama y la cubrí. Ya no aguantaba ver la manera en la que la habían destrozado. Tapé cada pequeña parte de su cuerpo esbelto, como a un bebé, hasta que no me quedó otra opción que llegar a su rostro. —Debí haberme ido cuando tuve la oportunidad—me senté en el suelo y sequé mi cara con los puños de mi camiseta—. Como hizo él. Max. Él se fue, hizo bien. Escapó. Es tan afortunado por haberse dado cuenta, por correr. Debería haber seguido su ejemplo... O no. Tal vez sólo debí haberme metido una bala en la cabeza. Habría sido más fácil… una basura menos en la tierra…


—Jorge…—advirtió mi amigo, derribado. —Y entonces no la habría conocido—murmuro, pensando en la sonrisa de Cecilia y en lo bien que me hacía su calor—. Si yo no existiera… ella ahora estaría viva. Mi hijo estaría vivo. —Revisé por todos lados, Antonio no está—se apresuró a corregirme—. Puede estar vivo, Jorge, no pierdas las esperanzas… todavía podés encontrarlo. Me limpie los residuos de llanto por última vez, levantándome en un envión. Me ocupé en corroborar que él decía la verdad, que no había sangre de mi hijo. Que no existía otro cadáver. La esperanza surgió en mi pecho como una flor en medio del desierto. Mi corazón volvió a latir. Temía ese sentimiento. ¿Y si era en vano? ¿Y si se lo habían llevado lejos de mí? ¿Y si ya se desquitaron con él como hicieron con su madre? Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza en el primer intento de imaginar el mismo destino en un pequeño niño inocente y dulce de tres años. No, no era cierto. Me negaba a creer que él también había obtenido aquello. Debía estar vivo en algún lugar. —Antonio—llamé, encarando cada habitación de la casa—. ¡ANTONIO! Vociferé tan alto y tantas veces, que casi perdí mi voz. Y dio resultado, porque el llanto de un niño revivió mis oídos y el enorme peso del alivio casi me derriba en el suelo. En ese momento recordé aquel pequeño sótano que yo mismo había hecho diseñar para la casa. Di gracias a mi paranoia, porque gracias a ella mi niño estaba a resguardo. Su propia madre lo puso a salvo. Corrí a la última habitación y descorrí el mueble del rincón, que mantenía cubierta la puerta. Con desesperación traté de encontrar la llave del candado, no sé cómo lo logré. Ni siquiera lo recuerdo. Despegué la pequeña puerta y allí estaba él. Antonio. Con el pelo lacio cayendo sobre su enrojecido rostro lloroso, pegándose en sus mejillas mojadas. Parecía recién despierto. Lo revisé. Cada pequeña extensión de él, me di cuenta de que había estado durmiendo, que Cecilia le había dado algo. — ¿Cómo es que tuvo tiempo para hacer todo esto?—se preguntó mi amigo justo a nuestro lado, a la par que yo rodeaba al lloroso niño—. Para drogarlo, esconderlo… —No tuvo el suficiente—carraspeé secamente—. Si hubiese sido así, ella también se habría escondido… —Seguro escuchó el batallón de motocicletas a lo lejos—susurró, rascándose la cabeza. Me encogí. No lo sabía. Y era inútil darle vueltas al asunto, porque ya era tarde y mi mujer ya estaba muerta. Sin embargo, mi bebé seguía allí, conmigo. Ella lo protegió con alma y cuerpo. Ella luchó por él, sobre las cenizas de mis promesas incumplidas. Perdió la vida. Y por


ella tenía que proteger a nuestro hijo en todos los sentidos. Por Cecilia. Por mí. Porque no iba a soportar perderlo también a él.» Todo ha regresado a la normalidad, y mentiría si dijera que me siento bien con eso. La verdad es que extraño estar a cargo. Ello me insiste que ya debería estar poniéndome manos a la obra para volver a la ciudad, enfrentar a las Serpientes que quedan y despejar el camino para una nueva vida. Un nuevo clan. Y el futuro que llevo soñando de hace muchísimo tiempo. Para Tony y para mí. Ya no necesito que nadie cuide del niño, por lo tanto, ya no tengo a Bianca constantemente alrededor. Y no me gusta. Estaba acostumbrándome a ella, a su presencia, su alegría. Su voz, su risa aguda. Su contacto. No sé cómo lo logra, pero lo hace todo más fácil para el mundo, incluso Tony extraña tenerla en casa cada tarde al llegar del jardín. Ahora está forzado a permanecer más tiempo a solas con su silencioso y sombrío padre. ¿Debería estar extrañado porque apenas la he visto desde que regresaron todos? No. Sé que tiene que ver con su hermano y el miedo a acabar separándolo más de ella. Lo que sea. Me doy cuenta que estoy comenzando a sentirme molesto por eso mismo. No me agrada tener que compartir su atención. Y que los ojos insensibles de ese maldito la alejen de mí. Y aun así, después de todo, sé que es lo mejor. ¿O no? Pronto voy a irme y tendré que dejarla atrás. Y a mi hijo, hasta que mi vida esté resuelta y limpia de todo peligro. Y cuando regrese no será por ella también, ¿cierto? Aunque quisieras. — ¿Hola?—resuena el llamado de alguien asomarse desde la entrada. No alguien. Bianca. Como si mis pensamientos la hubiesen llamado. Escucho sus botas resonar en el piso mientras se acerca por el pasillo, se queda atorada en la puerta al encontrarse conmigo, afeitándome. No quiero mirarla directamente, que lea cómo me siento ante su pronta lejanía. De hecho, sólo la ignoro un rato. Por más que no pueda evitar echarle un corto vistazo a través del espejo y notar las marcas cansadas bajo sus ojos en contraste con una cenicienta palidez. Si ese malnacido de Godoy la ha molestado voy a… nada. No tengo derecho a nada. Intuye mis pocas ganas de hablar y se apoya en el vano, cruzando los brazos en su pecho, por encima de un suéter tejido que combina con sus ojos. No sé porque me aguijonea tanto sentir como que me ha estado evitando. Tampoco entiendo por qué se revive una úlcera en mi estómago al pensar que me desplaza por debajo de su hermano. Es completamente entendible que la familia vaya siempre primero en la lista. Acabo y, de mala gana, me limpio con una toalla. Entonces me toca enfrentarla y me vuelvo piedra helada al notar su nariz demasiado roja e hinchada y sus ojos húmedos.


— ¿Qué pasa?—a la mierda mi artimaña sobre ignorarla. Se abalanza sobre mí, pegando su mejilla en mi pecho y apretándome con sus brazos la cintura. Necesitando un abrazo. —Te extraño—solloza, temblando—. No quiero que nada nos separe. No quiero que nada te suceda. Frunzo el ceño, ¿de dónde viene todo esto? — ¿Qué…—intento preguntar y no me lo permite. Se estira y consigue mis labios con los suyos, y me besa como si yo fuera el oxígeno que le ha estado faltando durante días enteros. Y respondo de la misma forma, porque para mí ella lo es. Significa demasiadas cosas para mí, muchas más de las que estoy dispuesto a confesar. Las lágrimas nunca abandonan sus ojos, se van mientras nos arrastramos el uno al otro a la cama con una necesidad que sobrepasa todos nuestros antiguos momentos. Nada se compara a esto. Se quita el suéter, luego la camiseta y el sostén. Un segundo después viene a mí, como si necesitara su ayuda para hacer lo mismo. La empujo a la cama y aunque ésta vez no me muestra una expresión llena de disposición al juego, sus irises se espesan, el azul transformándose en uno más profundo y tormentoso. Me dejo caer encima de su cuerpo y la beso desde el ombligo hasta el centro del pecho, entre sus senos. Se queda sin respiración, aprieta los párpados mientras sus manos resbalan por mis hombros y sus dedos amasan los músculos. Al encuentro de nuestras bocas jadea y mi peso hace mella en ella. Me siente y se apacigua, me envuelve con sus piernas sin darme una oportunidad de escapar. Ni que fuera a ser capaz de hacer eso. Quito mi ropa interior del medio y me empujo en ella, ninguno de los dos necesita más preliminares. —Ah…—suspira, desinflándose con alivio cuando la penetro. Procedo despacio, contorneándome sobre su cuerpo, yendo más profundo, rozando los rincones correctos. Percibo sus manos a lo largo de mi espalda, en mis nalgas, y los costados. Como si estuviera memorizándome para la eternidad. —Te extrañé—gime, como si hubiésemos estado separados por años y no por únicamente un par de días. Protesto en su oído, clavándome en sus profundidades en un envite, me sostengo allí y sus largas y elegantes piernas se cierran alrededor de mis caderas. Su interior es el cielo y no lo


merezco, así y todo me da la bienvenida y no conseguiría jamás negarme a conquistarlo. Nada de mí merece nada de ella. Ni una pizca. No me importa, la quiero de todos modos. — ¿Venís para mí?—murmuro entrecortadamente, sintiendo sus succiones. Asiente al mismo tiempo que sus movimientos se interrumpen, el cuerpo tensándose debajo de mí. —Siempre—jadea. Las convulsiones la alcanzan y se apoderan de su sistema, cierra los ojos y se muerde los labios, y ni siquiera con ello logra acallar los gemidos de la liberación. Incluso cuando acelero mis avances sé que esto es más que sólo una conexión sexual. Es más que sólo nuestros cuerpos hablando, mostrándose tal como son y cuánto se atraen. Nace desde más adentro y tiene un sentido más recóndito y afectivo. Abstracto. Místico. Cuando estamos ya de regreso en la realidad ruedo sobre mi espalda y la atraigo conmigo. Una profunda respiración después y el silencio nos consume. Un largo, denso e insistente silencio. Quiero preguntarle qué ha sido esto, si no supiera que debería saberlo, porque no puede ser que no lo entienda. Salió de mis adentros, tengo que hacerme cargo. Y ella de su parte. ¿Me extrañó? ¿Por qué eso me hace pensar en que lo dice a base de otro contraste y no en sentido literal? ¿Qué no quiere que me pase nada? ¿Qué nada nos separe? —Recibí un sobre—dice, con tono casi inaudible. Me piel se eriza y mis pulmones se cierran. —Uno igual al que te hizo enloquecer ese día, estaba dirigido a mí. La separo de mí con brusquedad y salto lejos, acabo sentado al borde de la cama, tratando de meter bocanadas de aire a través de mis conductos. De espaldas a ella. Advierto que se sienta en la cama y rompe la distancia, pero no me toca. — ¿Lo abriste?—pregunto una vez que logro hablar. —Sí. Cierro los ojos, lamentándome. Quiero romper algo, golpear a alguien. O, absolutamente, matarlos a todos. ¡Con ella no! Pueden meterse conmigo todo lo que quieran. Pero, ¿Bianca? No. Ella no. ¡No tienen puto derecho! — ¿Entonces qué estás haciendo acá, conmigo, en mi cama?—quiero saber, mi pecho se incendia por dentro y las quemaduras duelen como la mierda.


— ¿Se supone que esas fotos deben alejarme? Acabo de decirte que no quiero que nada nos separe—dice ella, tragándose las lágrimas, soy capaz de oír perfectamente el nudo en sus cuerdas vocales—. ¿Qué significan? ¿Son una amenaza, una advertencia? No tengo miedo… Miente, está aterrada. Y hace bien al estarlo. —Son lo suficiente para que salgas corriendo en la dirección contraria… — ¿Ella era la mamá de Tony?—pregunta, sorbiendo. —Sí—no dice nada, ni siquiera se mueve—. Y ves lo que le sucede a la gente que quiero. Es mejor que te vayas. —No voy a irme, ninguno de nosotros quiere eso—musita, tensa. Salgo de la cama con violencia y la afronto, calcinándola con los ojos, sin pararme a pensar que en realidad no es ella la que me enoja. La estaco allí con la fuerza de mi escrutinio contra el suyo. Tiene que hacerme caso, maldita sea. Ahora saben de ella, no hay nada que podamos hacer, aparte de separarnos. Ir por caminos diferentes a partir de ahora. — ¡NO IMPORTA LO QUE QUERAMOS!—le aúllo, enfurecido, hinchándome y poniéndome rojo por la potencia de mi rabia—. Nuestros deseos NUNCA importan, Bianca. Vestite y andate—remato, ordenándole con tono firme. Su semblante es de granito, duro, frío y pálido. No se mueve. Ni siquiera parece que respira. —No. —Bianca—advierto. —No pienso irme—dice, helada—. Sos lo único que me hace bien. —A la larga eso va a cambiar—trago, refrenándome de empujarla fuera de mi casa, no quiero lastimarla—. A la larga siempre acabo dañando a los que amo. Las últimas palabras se aferran a ambos, colgando, pendiendo de un hilo. Balanceándose entre los dos. Y sé que están resonando en sus oídos, al igual que en los míos. Formando ecos arrolladores. ¿Qué he dicho? No puede ser verdad. Lentamente se desliza de encima del colchón y camina, completamente desnuda, hasta mi posición. Me cuesta abrir mis pulmones y respirar con normalidad, y la vista se me desenfoca. Sus pestañas ni siquiera repiquetean mientras me estudia, su rostro no transmite nada.


—Me amas. —No. —Sí. Me amas. Y no vas a dejarme ir—susurra, sosteniendo mi mirada—. No vas a dejarme ir porque me necesitas. De la misma manera en la que te necesito. Me haces feliz, y no voy a salir. Porque simplemente sé que no es tu deseo real, como tampoco es el mío. —Bianca—carraspeo, nervioso. —No—estira el brazo y toma mi mano en las suyas tironeándome contra ella—. No voy a irme, a menos que me lo pidas con sinceridad. A menos que te despiertes una mañana y no me ames más. Desvió la cara a un costado, incapaz de seguir aguantando esos ojos tan decididos y fuertes. ¿Vulnerable? Esa palabra quedó atrás hace mucho tiempo. En realidad, acá, ahora, el débil soy yo. Y ella funciona como un sostén, sin dejarme caer al suelo de rodillas por el miedo. Se pega a mi pecho y desplaza una cadena de besos en cada pequeño punto de piel que hay a su alcance, inhala mi aroma, que se ha mezclado con el suyo. Mis piernas tiemblan, quieren ceder, rendirse. Bianca me abraza. —Te amo—me anuncia al oído, sobre las puntas de sus pies descalzos, acaricia un lado de mi rostro tirante—. Como nunca amé a nadie. No tenía idea de lo que representaba este sentimiento hasta que me tocaste. Hasta que me dejaste entrar. Y me tomaste. Ya no soy mía, no me pertenezco más. Soy toda tuya. »Por eso mismo, ahora, vas a volver conmigo a la cama y demostrarme que me aceptas, que no me dejarás ir. Que juntos somos fuertes. Vas a hacerme el amor hasta que ninguno de los dos ya ni recuerde su nombre. Y olvidaremos que alguna vez alguien tuvo el poder de obligarte a creer que dejar ir lo que te hace feliz cuenta como una solución. Mi vista se va desempañando gradualmente, mientras ella me acaricia y, con paciencia, me trae de regreso a mi estado normal. Las cuencas de mis ojos se secan. Habitualmente no soy un llorón, odio las lágrimas, aunque he aprendido ya siendo adulto que no son sinónimo de debilidad. Que no soy un marica al reconocer que las emociones me abruman. Me trago la áspera bola atascada en mi garganta y asiento. Simplemente porque ya no me siento con la fuerza necesaria para nutrir esta lucha.


CAPÍTULO 16 JORGE —Es una clara amenaza—dice Esteban, secamente, desde el otro lado—. Quieren doblegarte, asustarte. Hacerte miserable mientras no te tengan frente a ellos para desquitarse… Antes muertos que dejarme en paz. Me froto los ojos con frustración e incomodidad. Están logrando lo que quieren, sin duda alguna, que no pueda dormir en las noches por la preocupación. Que no pare de recordar las fotos. Y hace que me imagine millones de formas en la que ellos pueden afectar a Bianca. Los sudores fríos han aumentado desde que ella aseguró recibir un sobre. No les alcanza con cagarme la existencia recordándome la peor experiencia que he vivido nunca, la que ha matado una buena parte de mí. Provocan a la culpa y la tristeza que remolinean entre mis costillas, girando como alambres de púas, pinchando, agujereando, reabriendo cicatrices que nunca terminaron de soldarse del todo. Además de hacer que el miedo se vuelva más fuerte, más poderoso. Tangible. —No puedo entender ese cruel revanchismo, tanta brutalidad—y eso que viví entre ellos casi toda mi vida, pero ¿esto? No tiene nombre—.Es una obsesión. No van a parar hasta matarme. O hasta que los mate. —Hasta que los matemos—corrige, riendo sin humor, puedo oírlo inhalar humo por la boca—. Están enfermos, una vida entera cubiertos de la peor porquería que existe, ¿qué cosa buena va a haber en sus mentes? Violadores, asesinos, drogadictos, delincuentes… son psicópatas, Jorge. De los que no tienen cura, por eso tenemos que deshacernos de ellos, cuanto antes. Le haremos un bien al mundo, no sólo a nuestras vidas. Asiento, claro que sí. Más que convencido. No necesito ponerlo en palabras para que mi amigo lo intuya a través de mi silencio. — ¿Cuándo?—pregunta, ansioso. —Pronto—contesto con rapidez. —Sabes que nunca querrás irte—me dice, un poco molesto—. Pero vas a tener que dejar a Bianca, y al niño tarde o temprano. No querés ahora, ni lo querrás más adelante. No entiendo realmente lo que te detiene. Es un esfuerzo que tenés que enfrentar, un sacrificio.


—Ya sé—mi voz retumba entre las paredes de cada cubículo en el baño—. Sólo… necesito un tiempo para dejar las cosas en orden antes de irme. Pueden pasar meses y meses antes de que los vea de nuevo. — ¿Más tiempo?—deja escapar un leve gruñido, tratando de esconder su descontento—. Has tenido de sobra, viejo. ¿Cuánto más querés estar agregándole suspenso? No puedo planear y actuar solo, te necesito. Y ya no me queda paciencia. Necesito al viejo Jorge. Niego, justo frenándome ante mi imagen reflejada en el espejo. No soy más ese tipo, he cambiado. Sí, quiero sangre, ansío venganza y no lo voy a negar. Mis palmas pican con ansiedad, y mi mente se recrea anticipadamente con cada herida, cada tortura, que les haría a esos bastardos. Sin embargo… —Ya no soy él—tomo aire por la nariz, lentamente. Él no dice nada al respecto, y ese silencio es el claro indicador de que está contrariado y es mejor dejar esto para otro momento. Voy a viajar, no tiene que estar preocupado por eso, quizás el mes que viene al fin sienta que puedo dar el siguiente paso. Interrumpimos la conexión con una despedida un poco tensa y guardo el aparato en mi bolsillo. Un par de golpes de nudillos contra la puerta de madera me rescatan de la avalancha de preocupaciones y secuencias en mi cabeza. Max está allí, ambos nos observamos fijamente cuando giro a él. —Um—titubea, ingresando al baño un par de pasos—. No pude evitar escuchar. Bufo y pongo los ojos en blando, es tan… predecible. Obvio que es un fisgón y le encanta meterse en donde no le llaman. — ¿Qué? ¿Te estás poniendo al día con el papel del entrometido hermano menor?— suelto, sin lograr mantener a raya mi ronquera. Arruga la cara, su entrecejo se hunde profundamente y no responde nada. Puedo sentir su indignación brotar a borbotones, la mantiene en control como si fuera un experto. —Así que… no estás preparado para marcharte a la lucha, ¿eh?—finge estar relajado. Ambos estamos más tensos que las cuerdas de un violín—. Entiendo el sentimiento, irse y dejar a los que amas, sabiendo que no los verás por un tiempo es… una rotunda mierda—grazna. Entrecierro los ojos y no respondo. —Es difícil… pero si hablas sinceramente con Tony, él esperará tu regreso y estará seguro—traga, y se mete las manos en los bolsillos con timidez—. Nosotros, Lucre y yo, nos vamos a ocupar bien de él… para los niños, el tiempo pasa rápido. »Ahora, con Bianca…


Me envaro e ignora mi reacción, un brillo nace en sus ojos verdes con chispas doradas. Podría asegurar que es diversión, no es muy bueno en ocultarla. —Ella… lo pasará fatal. Lo sé porque las mujeres siempre se deprimen cuando nos vamos—pestañea robóticamente y después sonríe—. Tanto tiempo sin… ya sabes… a todos nos pone un poco…em…—el intento de broma es un fiasco. — ¿Cuál es tu puto punto?—escupo, impaciente. —Estoy tratando de tener una conversación normal, podrías ayudar un poco—se ofende. Me río sin humor. —No voy a hablar de Bianca con vos—resoplo, qué ridículo si cree eso. — ¡Qué lástima! Porque ella recurrió una vez a nosotros porque no tenía ni idea de cómo manejar a semejante imbécil gruñón—comienza a despotricar, como si estuviera vomitando mierda—. A decir verdad, no sé cómo mierda te aguanta. Todo el día por ahí con esa mirada de asesino serial, relájate un poco, hombre… sácate el palo del culo… Alzo las cejas, sin poder creer que justo él de todo el mundo me esté soltando este discurso de porquería. —Mira quién lo dice—gruño, cruzándome de brazos—. El tipo que tardó años en aceptar a su mujer y dejar de abrazar botellas de vodka. Claro, acabo de patearle en las bolas y si yo no estuviera justo acá de pie se encogería a causa del dolor. —Por eso mismo…—se interrumpe y suspira—. Déjalo, ya está. Levanta una mano y se da la media vuelta. —No…—le digo—. Ahora decí lo que querés decir. Se frena y me enfrenta de nuevo, la duda dejando su mirada. —Puedo notar que estás en un enredo por ella—se rasca la nuca, mira los azulejos detrás de mí, demasiado acobardado para fijarse directo a mis ojos—. Entre el peligro que trae el tener una relación y las ganas de tirar todo a la basura por ella… Créeme, he estado ahí, por mucho tiempo, alejando lo que de verdad me sanaba y hacía feliz, porque creía que era lo correcto. Yo… si me dejas aconsejarte, te diría que no la sueltes… hay muchas formas de protegerla sin dejarla ir por completo…


Después de eso, permanezco callado e inmóvil por mucho rato, poniéndolo más nervioso y agitado de lo que estaba mientras hablaba. Lo estudio, viendo que es del todo sincero, y sorprendentemente no tengo la impetuosa necesidad de patearle el culo. Es como si le importara lo que pasa en mi vida… lo que es estúpido. —Están amenazando con degollarla si la encuentran alguna vez—suelto sin miramientos, inexpresivo—. Con cortarla en pedacitos, mutilarla. Violarla salvajemente. ¿Decime qué puedo hacer si no es dejarla ir? Baja la mirada al suelo. —Si la mantienes alejada hasta que los asesines a todos… —Son doce…—interrumpo—. Once. Y en pocas ocasiones están juntos en un único lugar. Tal vez tenga que ir uno a uno… Puedo tardar días, meses o años… —Estás dispuesto a dejar a Tony con nosotros todo ese tiempo… —Él es un niño, si lo dejo acá él crecerá a salvo, irá a la escuela—niego—. Sí, estoy sacrificando nuestra relación, tal vez no le haga bien estar alejado de mí… pero lo hago por él, para que su futuro sea brillante. En cambio, no puedo pedirle a una mujer que me espere indefinidamente, eso es egoísta. No puedo mantenerla estancada. Soy un hijo de puta egoísta, pero no lo suficiente para hacer eso… —Entonces deja que te ayudemos—salta, sus ojos enormes, como si se le acabara de ocurrir la mejor idea de su vida—. Deja que los Leones también vayamos tras ellos. Más gente, menos tiempo… Lo fulmino silenciosamente por un largo e interminable momento, tragando mi furia, entonces camino. Paso junto a él y salgo del baño, dejándolo atrás. Esta es mi guerra. Pero no hago esto por orgullo o egoísmo. Por primera vez en mucho tiempo me preocupo por lo que me rodea. No voy a arrastrar a ningún hijo de puta que acaba de ser padre de dos gemelos y al fin ha creado una vida feliz con la mujer que ama, y pronto va a casarse con ella. Ni al hombre que le puso el nombre a este clan, que por una vez en la vida está en paz merecidamente, y que tiene una preciosa y delicada mujer que lo necesita en casa para criar a dos preciosos niños. Tampoco al que será padre dentro de unos pocos meses, después de tan poco tiempo de conocer la felicidad plena a causa de la hermosa pelirroja de sonrisa dulce y ojos de caramelo. Definitivamente no. Esta lucha es mía. Y si alguien va a sacrificarse y arriesgar el pescuezo, seré yo. Sólo yo.


BIANCA — ¡Hija de puta!—escuché chirriar desde la cocina y corrí a calmar las aguas. Me encontré a una Adela bastante molesta revoleando repasadores y rejillas empapadas por todos lados, viendo cómo abundante e imparable agua salía de alguna pinchadura de cañería desde el lavadero que siempre usamos para los vasos y copas. Todo se estaba inundando y ella parecía estar a punto de destrozarlo todo. Se agachó debajo de la mesada y rebuscó la llave para detener el torrente. —Necesito más trapos, ¿podrías ir al depósito?—me pregunta, resoplando. Asiento y pego la vuelta. Esta noche ha sido la cena de celebración por tener de vuelta en casa a Alex y Ema. Por supuesto León no podía evitar organizarla, para él todo tiene que ser celebrado con intensidad y me encanta su entusiasmo y su forma de valorar cada pequeño segundo de la vida. Sus fiestas son emotivas y muy familiares, lo que hace a cada uno de nosotros nos volvamos cada vez más conscientes de quienes y lo que nos rodea. Al final de cada jornada cada uno de nosotros regresa a casa como nuevo, satisfecho y feliz de formar parte. Me pasó aquella primera vez, en la fogata, cuando lo oímos cantar, no volví a ser la misma. León es el pegamento que logra mantenernos a los demás unidos en una bola sólida y resistente, no rodaríamos a ninguna parte sin él. Amo profundamente este lugar, y ya he entendido exactamente por qué una vez que la gente llega no quiere irse. El por qué mi hermano decidió formar parte, dejando todo atrás. Aunque eso no es remedio para mi dolor y la sensación de cruel abandono. Me desplazo entre la poca gente que ha quedado, ya que es bastante tarde. En mi camino hacia las escaleras encuentro a Jorge saliendo del área que lleva a los baños, seguido de un ceñudo Max. Y no me pierdo la forma en la que camina, con sus músculos tensos, la mandíbula apretada y los ojos peligrosos. Ha tenido una discusión con Max, seguramente. Capto el momento justo en que sus ojos me ven y enseguida le guiño seductoramente en un impulso por quitarle la amargura de encima. Odio verlo retraído y molesto, si puedo calmarlo, bienvenido sea. Retengo su mirada en mí mientras tomo uno a uno los escalones hacia arriba, me contoneo con delicadeza, moviendo grácilmente mis extremidades y dando pasos lánguidos. Mis ojos lo atraen, le dedican promesas en la distancia. Si me sigue, las oleadas de malestar pueden irse, en su lugar sólo obtendría una grata satisfacción. La mente adormecida y el cuerpo encendido. Oh, Dios, me encanta jugar a esto. Nos compenetramos tan bien que entiende perfectamente lo que quiero ahora mismo. Y el dorado de sus irises resplandece con hambre. Sí,


sólo un paso más y se olvidará de cualquier mierda. Y quiero ser yo la que haga pleno uso de ese poder. Acabo el tramo de escaleras y me interno en la oscuridad del pasillo, destrabando la puerta del depósito. Ni siquiera se me cruza por la cabeza que he venido hasta aquí con otra intensión menos ésta. Lo he olvidado por completo. La puerta vuelve a abrirse y cerrarse y me volteo para estar cara a cara con él. Estoy agitada incluso antes de comenzar nada. Trago, me muerdo el labio inferior con apetito, consiguiendo su atención solamente en mí y cada uno de los movimientos meditados para atraerlo como la mosca a la comida. Meto las manos bajo el dobladillo de mi pollera negra tableada, deslizo mi tanga de encaje por mis piernas hasta que cae al suelo, la levanto con los dedos y la lanzo entre los dos. Mis piernas tiemblan con anticipación, porque estoy pinchando al monstruo, llevándolo al límite. Y necesito que explote. Me aproximo, exprimiendo el ardor en sus pupilas, encendiendo las mías. Soy sujetada por los brazos con firmeza y empujada contra la madera de la puerta cerrada. En el proceso todo el aire se me queda atascado en el pecho. Me relamo los labios y entrecierro los ojos, casi dejándome ir cuando sus dedos trazan un mata ascendente por el exterior de mis muslos, se mueven, desvían hacia el interior. Y su palma se estaciona en mis necesitados labios externos, me acuna. Su pecho se suelda al mío y los dos respiramos con violencia nuestros alientos. Sofoco un sonido agudo ante la sensación de las yemas de sus dedos abriéndome e internándose en mi interior. Es celestial, pero no necesito preliminares, por lo que sujeto su muñeca y lo detengo. Con mis ojos le transmito que lo quiero rudo, rápido y sin pausa. Mi mano libre acaba en su bragueta y libero el botón con destreza. Sonrío de manera sucia y responde con una media sonrisa llena de poder erótico. Listo, ahí se ha ido todo lo malo en sus pensamientos, he echado a dormir cada inquietud. Este es nuestro momento, no son bienvenidas. Será porque he estado contando los minutos hasta el momento en que me abandone. Porque intuyo que lo hará, tarde o temprano. Ha estado tan retraído desde nuestra conversación, desde que nos dijimos el uno al otro que nos amamos. Va a soltarme la mano, simplemente lo sé. Y no podré hacer nada cuando suceda, porque ya he puesto todas mis cartas sobre la mesa, todo lo que tenía se lo he dado. Si él no cree en nosotros, ni que nuestro amor es fuerte, entonces ya no queda nada más por hacer, ¿o sí? Entierro eso cuando él mismo baja el cierre y libera su masculinidad entre ambos, a continuación me toma firmemente del culo y eleva en el aire. Pierdo mis tacones ante la furiosa imperiosidad del movimiento. Aplasta mi boca con la suya y me come al tiempo que gimo, sus dedos cavan en mi carne y el dolor aviva el placer. Me penetra con la fuerza que deseo, nunca se queda atrás al darme lo que quiero. Y conseguir lo que desea, también. Mi cuerpo golpea la puerta en cada arremetida, por eso él se me traslada a la pared de enfrente, la única que no


está cubierta de estanterías. Soy apresada y aporreada contra la pared brutalmente, tanto que cierro los ojos en cada perfecta y profunda penetración. — ¿Era esto lo que querías?—carraspea ronco en mi oído. Asiento, mi lengua enroscada hacia atrás, completamente incapacitada. Mierda, se siente demasiado bien. — ¿Es lo suficiente duro, muñeca?—su pelvis embiste contra la mía… y duele. Y, malditamente, amo ese dolor. Ojalá todo doliera de la misma forma tan preciosa. Le araño la nuca y el cuello, y me golpeo la nuca cuando mi cabeza cae atrás, en la pared. El comienzo de un grito arranca mis cuerdas vocales y él se apresura a cubrirme la boca, gruñe sobre mi hombro, entierra los dientes debajo de mi oreja. —Así, muñeca—ruje en tono bajo—. Explota para mí. Y cumplo su orden al segundo que sigue. Mi vagina aprieta su grosor encajado hasta la empuñadura, lo retiene dentro. Es tan inexplicable llegar al orgasmo teniéndolo tan encajado e inmóvil en lo más hondo de mi cuerpo. Mi carne húmeda lo ciñe, aferrándose a él sin pretender soltarlo. Mantiene mi boca cubierta hasta que me aflojo en sus brazos, entonces se da el permiso para empujar unas cuantas veces más hasta claudicar. —Carajo—escupe, escondiendo su rostro contra mi, su aliento acelerado susurrando contra la piel sensible que antes mordió. Su cuerpo entero se estremece y siento su pene latir adentro mío, lo que hace que mi interior reviva nuevas ondas del último orgasmo. Mariposas revolotean en mi bajo vientre a medida que la tensión se va desplazando cada vez lejos. Cada rincón de mi ser pica y escuce después de este asalto, y se siente como las últimas cosquillas de una droga. Y sabemos que pronto vamos a querer más, porque así funcionamos. Se separa de mí lentamente y el frío aprovecha para tomarme una vez que me siento desesperadamente vacía. Se acomoda las ropas todavía con manos inestables y luego arregla mi cabello enredado, me mira con una dulzura que estruja mi corazón. Quisiera rogarle ahora mismo que no piense que tiene que alejarme de su vida para protegerme. Lo amo. Me ama. Por lo tanto, ya he sido condenada. Voy hacia la salida, obtengo de vuelta mi ropa interior para esconderla en mi sujetador y calzo mis pies. Antes de irme, regreso a él y deposito un corto beso en sus labios. Una vez abajo me escabullo en dirección al baño para asearme y limpiarme para volver a poner mi tanga en su lugar.


Una vez de regreso me encuentro con que Jorge ya ha bajado y los demás están enfrascados en un partido de truco. Genial. Me entusiasmo y ruego que me dejen jugar en la próxima ronda. Tramo una estrategia para, a la larga, acabar emparejada con mi hermano, tratando de revivir viejos tiempos en los que éramos imparables con los juegos de cartas. Hacíamos alarde una conexión inigualable. Y ahora quiero probar que la seguimos teniendo. Evidentemente, hace falta sólo un par de manos para asegurarme de que sí. Definitivamente. Lo que hace que mi corazón lata irrefrenablemente con alegría y esperanza. Cuando Jorge es invitado a una ronda no entro en mí misma de la euforia. Si tan sólo él y mi hermano se dieran una oportunidad… No. No voy a pensar en esto, sólo disfrutaré de mi momento con ellos. Estoy tan fuera de mí que comienzo a acariciar las pantorrillas de Jorge con el costado de mi tacón, lo tengo justo a mi izquierda. Alex está a mi derecha y mi hermano justo enfrente. Mi piel se eriza y no puedo detenerme de hacer cosas peligrosas debajo de la mesa. Jorge responde con un rebaño de caricias allá y acá en mi muslo más cercano a él. Y ambos sabemos perfectamente que estamos jugando con fuego, y parece que no es de nuestra importancia. Hasta que todo se descontrola. O mejor dicho… hasta que mi hermano salta enfurecido, perdiendo todo su control. Un segundo estamos lanzando cartas tranquilamente en la mesa y al siguiente cada cosa vuela por los aires y Santiago tiene el cuello de Jorge en su enorme mano, aprieta tanto que sus nudillos pierden color. —Deja de tocarla bajo la mesa—rumia sin siquiera gesticular, dientes apretados y rostro de piedra insensible—. ¿Crees que soy tan idiota como para no darme cuenta? Jorge no se amedrenta, le regala su mejor sonrisa altanera. Soberbio, hasta parece encantado de que nos haya descubierto. Lo desafía únicamente con la mirada sin necesitar palabras, y puedo ver en qué medida la furia de mi hermano despierta su adrenalina. Nada de esto puede terminar bien. — ¡Basta!—intervengo, sintiendo que no tengo ni una pizca de manejo sobre ellos. Lo que me aterra. No funciona ningún intento de separarlos. Adela pronuncia el nombre de mi hermano en un tono de voz, el cual todos sabemos que funciona con él, sólo que ésta vez, está demasiado fuera de sí para siquiera notarla. No existe nadie más en esta sala, sólo mi hermano y su presa, a la que ni siquiera parece importarle su destino. —Voy a molerte, hijo de puta—Santiago aprieta su agarre, las venas de sus manos tatuadas sobresalen y me echo a temblar—. Te voy a matar.


Empujo abajo la angustia subiendo por mi garganta. Juguetear bajo la mesa no fue una idea inteligente, lo sé, me hago cargo, pero nunca creí que pasaría algo como esto si Santiago nos descubría. Creí que… ¡no sé qué mierda creí! Indudablemente soy una inconsciente. Avanzo y me interpongo, me siento sobre el regazo de Jorge, enfrentando de muy cerca a mi hermano. Mirada a mirada. Voy a acabar con esto. — ¿Cuál es tu problema?—chillo, reteniendo mis emociones en el nivel más leve. Lo empujo y logro que afloje su agarre en Jorge y lo deje ir. Da un paso atrás, y puedo oír la bocanada de aire justo en mi nuca, mi piel se eriza. De pronto, hace demasiado frío en este lugar. —Vas a armar tus valijas—me señala directamente con el dedo y tengo que esforzarme mucho en no encogerme de dolor—. Te quiero lejos de acá, mañana a primera hora. —No—devuelvo con toda la solidez que consigo reunir. Mi hermano se inclina sobre mí y me toma del brazo, soy levantada como una pluma y separada de Jorge con un movimiento brusco. El tacto de la dureza de su agarre me quema y estoy a un paso de perder la compostura. Me deshago de él inmediatamente, la ira llenando mi tan habitual pacífico interior. — ¡Te vas!—me grita él, como pocas veces lo ha hecho—. Nunca debiste haber venido, Bianca. Regresá a donde perteneces, éste no es tu maldito lugar. Me trago el torrente violento de lágrimas, antes muerta que mostrarlas ante todos. Y menos ante él. Y se equivoca, éste sí es mi maldito lugar. Me he ganado una baldosa, llegué a este lugar para encontrarlo, pero ya no creo que haya sido esa la intención de mi destino. Me trajo acá porque había calculado lo que necesitaba. Brazos fuertes que me retuvieran. Porque nunca supe lo que se sentía. No siendo una mujer. Y necesitaba que me notaran, que me sostuvieran, que me demostraran pasión y amor verdaderos. Lo merecía. Lo merezco. Santiago no va a arruinar mi vida, no consentiré que lo haga dos veces—haya tenido o no culpa de la primera vez—. Los mismos brazos fuertes me contienen ahora, me abrigan y protegen de la ola de frio que avanza en nuestra dirección con violento desdén. Adela retiene a su novio antes de que llegue a nosotros y golpee a Jorge para desprenderlo de mí. No entiendo lo que le pasa, y la verdad es que, ya no me importa. Mi hermano ya no es el centro de mi universo. Lo amo, pero también amo a otras personas que necesito y me necesitan. Mi mano es entrelazada a una más grande y áspera, me llevan lejos, para resguardarme. Cuando quiero al fin reaccionar, me veo a mí misma siendo cubierta enteramente con mi abrigo, y después Jorge levanta a Tony de su


posición entre dormida en una mesa. Salimos al exterior sin siquiera mirar atrás y el aire helado que corta mi respiración es bienvenido. Me aflojo y relajo mientras atravesamos el complejo de la mano, en silencio. La tensión me abandona. Sin embargo, sé que lo peor está por venir. Y ya me estoy haciendo a la idea. Sencillamente… me resigno. En la puerta, me apresuro a desligar la cerradura y empujarla para pasar adentro, Jorge va directo a la cama donde desabriga y desviste a Tony para ponerle el pijama. Permanezco de pie a una distancia prudencial, todavía con mi abrigo puesto y con los brazos cruzados, tratando de que mi mentón no se sacuda tanto por el poder de las lágrimas que punzan por salir. No voy a llorar. Soy más fuerte que eso. El niño acaba bajo las mantas, oculto hasta la mejilla y su padre avanza hacia mí, fijando sus ojos en los míos. Está apagado, y también decidido. Sin mediar palabra nos metemos en la cocina y él cierra la puerta para no despertar a Tony con nuestra conversación. —Tu hermano tiene razón al ordenarte que te alejes—es lo primero que se le ocurre lanzarme. Bufo y pongo los ojos en blanco de la manera más hiriente de la que soy capaz. ¿Él también? No puede ser. —Él es un idiota—respondo, enojada—. No sé qué le pasa, supongo que ha cambiado más de lo que yo creía en un principio, pero si hay algo de lo que realmente tengo certeza es que no tiene razón. Ni derecho a hacernos esto. ¿Te odia? Bien, me da igual. Yo-te-amo. Mis sentimientos son los que valen. Traga y por un par de segundos aprieta los párpados como si le doliera algo por dentro. Como si tan sólo el fluir de su sangre le quemara cada rincón del sistema. Ni siquiera se mueve, subsiste allí, apoyado en la pared, con los hombros caídos. Está roto, confundido y lastimado, por un tiempo creí que yo era suficiente para revivirlo, pero en la actualidad veo que no. Llego a la conclusión de que no importa lo feliz que yo le haga sentir, va a dejarme porque cree que es lo correcto. Sí, piensa que romperme el corazón es hacerme un bien. —Vas a dejarme—murmuro, mirándole los pies—. Vas a dejarme porque no sos lo suficientemente valiente para mantenerme… —Puede ser—responde, desabrido ante mi acusación—. No soy valiente. Finalmente tendré que dejarte indefinidamente para ir a por mí venganza. Y no voy a ser ese tipo egoísta que te pide que lo esperes…


Me muerdo el interior tierno de mis mejillas, con fuerza, el filo de mis muelas me lastima y ni siquiera me percato. —No querés pedírmelo porque sabes que lo cumpliría—susurro, aguantándome el llanto—. Te esperaría toda la vida, no me importa nada más. —No digas eso… —No voy a tragar mi verdad por miedo a herir tu susceptibilidad, voy a decirte como me siento. Siempre. Porque confío en la sinceridad. Pocas personas han sido auténticas conmigo, y puedo asegurar que se siente como la mierda. No voy a ser una de ellas. Y te estoy diciendo que, me lo pidas o no, voy esperarte. Sos mi vida, vuelvas o no… seguiré siendo tuya. Maldice en voz baja, deslucido porque sabe que tengo razón. Sabe que dejarme no es un acierto. No le doy tiempo a contestarme, he hecho y dicho lo que debía. No tengo más para ofrecer que esto. Cumplo mis primeros pasos hacia la partida, dejando las cosas como están. Ahora, después de todo lo que ha sucedido, no es un buen momento para decidir nada. —Voy a darte tiempo para pensarlo—observo su perfil, notando el leve borroneo en mi enfoque—. Nos veremos por ahí. Me voy, atormentándome con las circunstancias de la despedida, nunca fue así entre nosotros. Fría e impersonal. Siempre que nos separábamos, durante el día o después de nuestros encuentros en la hora de la siesta, apenas podíamos despegarnos el uno del otro. Besos, toqueteos, caricias, risas. En esta ocasión no hay nada de eso. Lo que me manifiesta de ante mano cómo sería tener que dejar de verlo y nunca más aprisionar sus labios en los míos. Cruzo el patio hacia el departamento de mi hermano y me pierdo en el interior, corriendo por el pasillo antes de que el mismo, o Adela, me enganchen a mitad de camino. Sé que están en la habitación. Me encierro en la mía, echando llave y meto mi cabeza en el ropero donde está toda mi ropa. Lanzo sin mucho cuidado mi enorme valija a la cama. Recién allí me doy el permiso de llorar con ferocidad, mientras doblo las prendas y las apilo dentro. No tengo dudas de que tengo que irme, al menos de esta casa. Al final, sucedió lo que tanto temí por meses, que mi hermano me echara a patadas. Realmente no me quiere acá, lo ha dejado más que claro. Consigo un pañuelo y me limpio la cara empapada. Acabo en tiempo récord, tan extraño en mí armar una equipaje tan rápido. Nudillos golpean mi puerta, haciéndome saltar. Me inmovilizo, negada a destrabarla. —Bianca—el tono apagado de mi hermano llega a través de la madera. No acudo, por más miserable que suene. No es un buen momento, creo que me pondría violenta o probablemente lloraría como una loca. No le hago caso y se rinde después de unos


minutos, lo que me alivia y seca mis pestañas. Espero un buen rato hasta que decido salir, sintiéndome a resguardo. Transito precipitadamente el camino hacia la salida, tironeando de mi valija detrás de mí. Cierro mi abrigo sobre mi boca y nariz e intento no alterarme porque no sé a dónde mierda iré a parar. Llamé a un remis, espero que llegue pronto antes de que me congele. Me he cambiado de ropa, más caliente para esperar por él en el exterior. Iré al pueblo, me alojaré en hotel, mañana pensaré en alquilarme algo. Lo que sea. Me da igual. Me sorprende encontrar luz en el bar, cuando sé que la que se encarga de cerrar la mayoría de las noches es Adela y ella está atrincherada en un cuarto manteniendo la mierda de mi hermano junta. Me detengo en la puerta y enseguida distingo a León venir hacia mí. Aparta y agarra mi valija como si no pesara nada, me toma de la muñeca y dirige adentro, junto a la estufa a leña que hay en el rincón. Lo estudio con los ojos muy abiertos a la par que me empuja abajo, sentada a una silla. —No vas a irte—me dice, tranquilo, tomando un lugar a mi lado—. Esta es la llave del altillo, podés quedarte todo el tiempo que quieras. Consigue mi mano y coloca el llavero con la insignia de los Leones en mi palma con suavidad, como si yo fuera un pequeño pájaro herido al que hay que tratar con cuidado. Se me hace muy… paternal, lo que provoca que el nudo vuelva a obstruir mi faringe. —Pero… —No hay discusión, sé muy bien que no estás preparada para irte—me mira con un cariño casi palpable y sonríe—. Cuando llegaste y te vi allí—señala la entrada del estacionamiento—, saliendo del lujoso coche, toda encogida y tímida, se me cruzó por la cabeza que estabas acá para cosas grandes… Sonrío, no me queda otra opción, por más que mis ojos estén hasta el borde de agua. —Tenés las manos bastante llenas con esos dos hombres—chasquea la lengua, rascándose la barba con preocupación—. Cuando nosotros somos los que tenemos miedo, no sabemos para qué lado disparar—resopla, encogiéndose—. Podemos enfrentarnos a un millón de adversidades. Un mano a mano con otros hombres, mirar directamente a los ojos de la muerte, días y días de dura carretera, juegos sucios con la ley—menea la cabeza—, pero cuando las personas que amamos son amenazadas, por lo que sea, nos cagamos encima. No quiero justificar a tu hermano, ni a Medina, ni a nadie… sólo creo que deberías quedarte y esperar que las aguas se calmen. Llevo mi vista abajo, a mis manos entrelazadas en el regazo.


—Yo también tengo miedo, sin embargo, no actúo como una idiota—hago una mueca—. Creo. León y yo nos reímos al mismo tiempo. —No, sos fuerte y valiente. Admiro eso. Lo que me lleva a insistir en que sigas mi consejo—encuentra mi mirada—. Mantente al margen, deja que ellos acepten por sí solos de sus errores, tarde o temprano pasará. Créeme. Que tengan algún momento dándose la cabeza contra la pared y se les acomoden las ideas. Solitos caerán. Se darán cuenta que han estado equivocados y te han lastimado en vano… se van a morir por tu perdón. Y estarán preparados para poner las cartas boca arriba, como estoy seguro de que has hecho ya… Sus palabras me hacen sonreír como la vieja Bianca. Ancho e iluminado. Sinceramente amo sus palabras de aliento, el tiempo que se toma para hacerme sentir mejor. El alma de este hombre ha caído del cielo, es el ángel que todos aquí necesitan tener sobre su hombro. Es la ayuda discreta y desinteresada a quienes sufren. Es la fuerza de los que están en peligro de hundirse. León Navarro nos hace bien, y como líder, es impecable. Por supuesto. El hombre más puro que he conocido. —Está bien—tomo una bocanada—. Voy a quedarme. Que conste que sólo iba a parar en el pueblo, no tan lejos… Asiente. —Mejor el altillo—me guiña. Seguido, se encarga de dejar contento al remisero por su viaje sin frutos y vuelve para instalarme. Acarrea mis pertenencias escaleras arriba y me dedica las buenas noches. Estoy muchísimo mejor de ánimos, aunque sé que cuando pegue mi cabeza en la almohada lo último que haré será dormir.


CAPÍTULO 17 SANTIAGO “Éste no es el hombre del que me enamoré”. Adela no tiene ni idea de lo que sus palabras me hacen, si bien estoy dolorosamente al tanto de que me las merezco. E incluso me hacen falta más castigos que ese, por lo tanto, aceptaré si mi hermana no me perdona, será justo. Aun siendo ésta frase ya suficiente para hacerme estremecer. Anoche ninguno de los dos durmió, yo me encontraba demasiado tenso y ella dolida. Lo que le hice a mi hermana la lastimó, nos lastimó. Y rompió a Bianca. Pero, por más que sabía que acabaría mal, no encontré la neblina que siempre me mantiene en mi sitio, rodeado de control. Nada me sacaba de las casillas si no tenía que ver con Adela, y hace tiempo descubrí que la vuelta de mi hermana las convierte en dos personas. Dos personas que se meten bajo mi piel. A veces me golpea la necesidad de arrancármela a girones, porque el escozor es desconocido e insoportable. Y aun así no es posible, y si lo fuera, tampoco lo haría. Uno no puede extirparse el amor por propia voluntad. Lo sé bien desde que una chica de ojos espejados se propuso enlazarme y nunca más dejarme ir. Y cuando Bianca apareció, sentí que el mundo se me caía encima, comencé a preocuparme por ella aun sin tener ni idea de cómo acercarme o hacerla sentir mejor en mi presencia. No bienvenida, no. Hubiese sido todo más fácil si ella nunca me hubiese encontrado. Será que la vida no es fácil por naturaleza, yo más que nadie debería saberlo. Al tenerla en frente después de tantos años, ya crecida, convertida en una mujer hecha y derecha, estuve dividido. Euforia y terror. Alegría y desconcierto. Creí que estaba muerto para mi familia, por eso nunca tuve una idea de volver, a decir verdad, no les dediqué ni un segundo pensamiento largo. Porque yo no era el mismo que los había dejado antes y con mi nueva personalidad encontré una nueva vida que me vino como anillo al dedo. Nada más. No había otra cosa allí afuera para mí. Que mis dos vidas se cruzaran me cayó como un balde de agua helada en la cara. Una cachetada seca en la mejilla que me hizo trastabillar y rodar fuera de mi sitio. En la actualidad no hay lugar para ellos, de hecho, si lo supieran bien, yo no encajaría en sus vidas. Lo mejor es dejarme ir, dejarlos ir. Ahora que saben que estoy vivo, tal vez sea mejor darles un cierre. Así que quiera o no, debería ir a la ciudad con Bianca y dar la cara.


Duele y me inquieta, sí. Porque me siento culpable… por abandonarlos. Mis pensamientos se desplazan hacia mi madre y no puedo respirar… Bianca apenas ha hablado de ella y Nacho, supongo que no quiere ponerme incómodo, lo que aprecio. Me vuelvo loco al pensar en ellos, tanto que no logro pensar con claridad. Mi hermana ha sido paciente, se ha esforzado mucho en alcanzarme, y sé que sufre al respecto porque siente que estoy demasiado alto para llegar. Revivo una y otra vez esa promesa, la que hice hace tanto tiempo, cuando estaba planeando mi vida en la universidad. Tenía tanto miedo de que me olvidara de ella, que la dejara atrás. Le prometí que la protegería incluso en la distancia. Y le fallé. Vino a mí por pura voluntad y cariño, y le fallé nuevamente. La he ignorado y lastimado porque estoy demasiado roto para saber cómo acercarme y volver a ser su hermano mayor. La he alejado de nuevo, echándola delante de todos, ordenándole brutalmente volver a casa. Me arrepiento. Ahora, que estoy viendo el cuarto que usó durante todos estos meses, vacío y ordenado, me arrepiento. Sólo queda en el ambiente ese perfume tan dulzón que suele usar, nada más. No hay rastros de que ella haya vivido aquí. — ¿Vas a dejar de mirar fijamente esa cama?—viene Adela por el pasillo, clavando esos ojos tan penetrantes en mí, de pie en la entrada de la habitación—. Si en ese helado corazón tuyo hay culpa, entonces todo lo que tenés que hacer es ir a hablar con ella. Y pedir perdón. Se cruza de brazos, inclinando la cabeza a un lado mientras deja caer su hombro contra la pared. —Hablas como si fuera tan sencillo—suelto, ilegible. Alza una ceja y sonríe de costado, silenciosamente. —No es fácil para nadie, por lo que me figuro bastante bien lo que significa para vos— suspira, echando un vistazo al cuarto desocupado—. La extraño. Y eso que no se fue. No digo nada, no necesito hacerlo porque Adela me lee tal como a un libro abierto. Con el tiempo ha perfeccionado tanto eso que ya me he acostumbrado. Aunque odio que a veces entienda lo que siento incluso mucho antes de que yo mismo lo descifre. Y ahora sabe bien que estoy arrepentido y muy, muy sofocado por mi actuación de mierda. Por la podrida actitud que he tenido desde que mi hermana llegó. Adela tironea de mi brazo y me aleja de la puerta, cerrándola. Al segundo siguiente me está arrinconando contra el muro del pasillo, aplastando su boca en la mía. Por un segundo, uno


solo, parece que voy a olvidarme de todo y perderme en ella. Lo deseo, pero simplemente no lo logro. Lo que está pasando es serio y me afecta. — ¿Te acordás de aquella vez en la que regresaste después de abandonarme por un tiempo para “pensar”?—se burla un poco de esa última palabra—. ¿Cuándo te abriste por primera vez a mí?—susurra contra mis labios entreabiertos—. Esto es similar. Volvé a ella y demostrale quién sos ahora y qué hay acá adentro—apoya el índice en el costado de mi cabeza y, seguido, en mi pecho–. Incluso si será sólo por una vez en la vida—sonríe. Mis facciones desencajan un poco, la tensión barriéndose gradualmente, aunque nunca completamente. Los irises plateados captan los míos, miran muy adentro, y la sensación de estar así equivale a sentirse en casa. Adela es mi hogar, y yo el suyo. Sabemos eso. Se muerde el labio, sus dedos acariciando los laterales de mi cuello, me atrae nuevamente. Me consume en un beso largo y perezoso. Interminable. Hasta que me tiene jadeando y mareado. Y alguien llama a la puerta. Se aleja de inmediato para ir a atender y el frío me abraza justo donde su calor estuvo segundos antes. Maldito sea el que interrumpe. Adela abre y se estaca en su lugar, su espalda atirantándose a la defensiva. Me aproximo para ver por mí mismo a quién tiene cara a cara. Me envaro al ver a Jorge Medina allí de pie, en el mismo estado de alarma que el nuestro. Aprieto los dientes, noto que Adela se ha tensado no sólo por su presencia, sino esperando otra de mis atípicas explosiones sin sentido. Permanece a la defensiva no por él, sino por mí. —Déjalo pasar—destrozo el silencio que nos ahoga. Con el ceño fruncido ella se aparta un poco más de la entrada y el hombre está adentro en dos zancadas. Tenerlo en mi sala hace que la sangre en mis venas comience a correr demasiado rápido y caliente. La adrenalina provoca que mis manos comiencen a abrirse y serrarse en puños. Adela acaba a mi lado, casi pegada, con la intención retenerme al primer atisbo de violencia. No voy a promover una pelea, no. Me mantendré en mis cabales, por ella, porque ya la he decepcionado anoche. Y por mi hermana. No va a apreciar que su hombre obtenga un juego de morados en su cara. Ninguno dice nada, concentrados en la misma posición por mucho rato. Y termina siendo Jorge el primero en remover el aire denso a nuestro alrededor. —Amo a tu hermana—es lo primero que suelta, y me trago un gruñido involuntario—. No voy a disculparme por eso. Ni voy a endulzar esto. La amo. Trajo a la vida una parte de mí que estaba muerta, me hace querer ser un mejor hombre. Quiero merecerla.


» No vengo a pedirte permiso ya que no tenés ningún derecho sobre ella. Bianca me eligió. Sólo estoy acá para prevenirte… no voy a darte el gusto. Ni a vos ni a nadie. No pienso dejarla. La quiero y voy a estar con ella, somos buenos juntos. Y eso es algo de lo que no tenés ni puta idea, ya que no has tenido la suerte de ver ni una sola vez ese brillo en sus ojos. No como yo lo he hecho tantas veces. Ni siquiera toma aliento, no puede detener el vómito. —Así que voy a ir a buscar mi venganza, por ella y por mi hijo. Porque esa es la única forma de darles un futuro en paz, y una vida que se merecen. Y cuando yo gane—no da lugar a la duda, señalándose a sí mismo con el pulgar—, la buscaré y la llevaré conmigo. Va a vivir a mi lado y tendrá lo mejor, como se merece. Nunca corrió la mirada de la mía, dando énfasis a su discurso y retándome a interrumpir o siquiera refutar algún punto. Su posición es estable, convenciéndome de que le importa una mierda lo que yo piense o diga sobre ello. No tengo derecho. Y es cierto, no lo tengo. No soy quién para gritarle a mi hermana advertencias absurdas y echarla. No soy quién para imponerle a quién amar o no. Tiene toda la razón. Sólo que… aceptar eso no calma la impotencia y el temor que siento por ella. —Si te preocupa su seguridad...—agrega, con consistencia—. Voy a mantenerme lejos y sin contacto con ella. Nada de nada. Mientras yo corra peligro, no me acercaré. No hasta que los haya matado a todos. No hasta que el camino esté despejado. Es una poderosa promesa, y la acepto. No obstante, voy a redoblarla. —Si algo le pasa, cualquier cosa… sea por algún error, una causa de esta venganza tuya o la lastimas de alguna manera—enfatizo, sintiendo la mano de Adela agarrar la mía a mi costado—, voy a matarte. Y es en sentido literal. Espero a que Jorge responda y no me decepciona, está a la altura. —Hecho—firma. Asentimos robóticamente al mismo tiempo. Se dirige nuevamente a la puerta y la abre, se demora un poco en salir porque expresa su última cláusula. —Va exactamente lo mismo para vos, Godoy.


CAPÍTULO 18 BIANCA Los siguientes días fueron un triste borrón, estaba apagada, deprimida y completamente negativa en todo. Tuve mucho tiempo para pensar y hundirme en la autocompasión. Me lo permití a mí misma, soy culpable de ello. Al mediodía siguiente de que todo se viniera abajo, salí de la cama negada a pasar un minuto más allí enroscada en posición fetal. Corrí al único lugar donde no vería a ninguno de los dos hombres que se estaban pateando mi corazón de ida y vuelta, como si se tratara de una pelota de fútbol. El departamento de Alex y Ema. Seguí con nuestros planes de cocina como si no hubiese sucedido el desastre de la noche anterior. Mostré mi mejor sonrisa y fui vaga cuando Ema quiso tener una idea de cómo me sentía. Simplemente fingí que mi vida era genial y no apestaba para nada. Apareció Adela, también, interrumpiendo nuestro momento “evitemos al monstruo respirando entra las dos y finjamos que nada ha ocurrido”. Ella me enfrentó de una sola vez y sin rodeos. No me dio el gusto de ignorar el tema. “Estar con Jorge te va a arruinar…” Tarde, ya estoy arruinada. Tan mal. Hice alarde de mi negatividad, y aseguré que con él las cosas ya no daban para más, cuando ni siquiera había nada definido entre los dos. Lo que sólo me deprimía más. Fingí que no lo amaba, que el hecho de que termináramos no me partía el alma en pedacitos. “No era como si quisiera casarme y tener hijitos… Era sólo sexo y nada más… blah, blah, blah” aseguré y me encogí de hombros. Mentira. Mentira. Mentira. ¡Maldita mentirosa de cuarta! Yo quería todo de él. Todo. Creo que fui una buena actriz porque mi cuñada me creyó e intenté enseguida regresar a ese trato tan característico de las tres, no tenía por qué haber sombras entre nosotras. El aplomo se fue por un rato, hasta que Adela se marchó y, Ema y yo, terminamos de cocinar. Fui invitada a quedarme para el almuerzo y me negué rotundamente, me estaba desmoronando y ella iba a ser testigo si no salía rápido de ahí. — ¿No te querés quedar?—preguntó persiguiéndome a la puerta. La miré por unos segundos, tomando nota de su ceño arrugado y la expresión de dulce preocupación en su rostro. Ella parecía entenderme más allá de cualquier actuación.


—No, como que quiero estar sola un rato—le dediqué una sonrisa, fracasando duramente al no querer que sonara triste. Ella asintió, viéndose incluso más desolada. No quería afectarla con mis problemas. Ema había recuperado su felicidad hacía muy poco tiempo, estaba en la dulce espera con el hombre que amaba y que había luchado con la muerte para recuperarla. No quería ser injusta y mala persona, pero una parte de mí no podía negar que se sentía un poquitito envidiosa por eso y todo lo que ella había conseguido tan merecidamente. Aquel día era más como una catarata catastrófica de crueles emociones, lo que me hizo odiarme más. Tomé el picaporte un momento, y mi vista se empaño, un pestañeo después estaba vomitando mi miseria en su bonito rostro angelical. —Todo el mundo a mi alrededor tiene una vida, Ema—se me escapó de la nada—. Incluso mi madre siguió adelante. Sólo yo me he quedado estancada en el mismo lugar por años, no avancé. Venir acá me dio algo en que creer. Sólo quería a mi hermano de vuelta, y parece que él también prefiere seguir sin mí… Miré el suelo y ella se tragó un nudo de lágrimas. Dios, no quería hacerla llorar y sentir lástima por mí. Sin embargo, no podía parar, necesitaba el alivio del desahogo y mi amiga me había demostrado comprensión y apoyo incondicional. Agradecía tanto su sostén, que me aferré bastante a él. —Bianca…—murmuró, compasiva. Tenía un problema antes de llegar aquí. Estaba obsesionada por volver a unir a mi familia. Y no lo vi, llegué muy lejos a causa de eso. Quizás debería haberle hecho caso a mi madre cuando decía que necesitaba un poco de terapia, porque no podía hacer las paces con todo lo que nos había pasado. Ella al menos se recuperó y encontró a alguien que la quería y mimaba en sus peores momentos de debilidad. Mi hermano menor se encerró en su trabajo, el imperio que levantó fue como un consuelo. ¿Y yo? Nunca hubo nada que me diera paz. Ahora entiendo cómo las vidas de los que me rodean siempre avanzaron, incluso de quienes he conocido desde hace poco, mientras que la mía es sólo una masa derretida en un pozo del que no puede escapar. Dependo mucho de que otras personas me hagan feliz, cuando soy yo misma la que debe darse satisfacción. Necesito sentirme plena con mi vida. No le permití decir nada más. —Shhh—me reí temblorosamente y le acaricié el brazo—. Lo superaré, siempre lo hago…—le confié. Me giré y abrí la puerta, sólo para ser sorprendida por su pregunta.


— ¿Lo querés? —Por supuesto que lo quiero, es mi hermano—“sin importar lo idiota que fue anoche” deje ir en mi cabeza—. Lo amo. Con todo lo que tengo. La dulce Ema asintió con una sonrisa a medias en su cara, todavía un poco contorsionada por la tristeza que le obligué a sentir. —A Jorge—aclaró. Se me hizo difícil tragar cuando pronunció su nombre. Ufff, si supiera. Si supiera la clase de amor que yo sentía por ese tipo, y el dolor que suponía la posibilidad de que fuera desechado y olvidado con el tiempo, como basura inservible sin posibilidad de ser reciclada. —Eso no importa—mentí descaradamente—. En su vida tampoco hay lugar para mí— oh, Dios, oh dios, cómo dolía decir eso—. Lo que yo tengo que hacer ahora es… formar mi propio camino. En base a mí misma, y no por terceros… Y mis últimas palabras sí se referían a una verdad universal sobre mí. No más pensar en los demás, tenía que aprender a ponerme primera en mi lista y preocuparme más. Yo, sobre todo el resto. Porque era claro que jamás había sido la primera opción de nadie. Todos estaban ocupados con sus cosas y la tonta Bianca debía dejar de revolotear alrededor, sin saber qué hacer consigo misma. Algo que iba a poner en marcha… no sabía cuándo, tal vez en la primera ocasión en la que me sintiera capaz de salir de mi estupor. Tal vez. Me fui al altillo y me resguardé debajo de las mantas de la gran cama. Pasé un par de horas ahí hasta que se me secaron al fin los ojos y decidí que podía meter alguna dosis de dulces en mi sistema y mirar alguna buena película. Fui a la heladera y me hice con una tableta de chocolate. No me duró ni dos segundos, cuando quise acordarme iba a comenzar la película sin nada. Y me conseguí una paleta. No alcancé a darle play al DVD en mi portátil porque tuve una llamada insistente desde Skype. Nacho. Sin pensar la acepté. —Hola, hola, mi…—se frenó en seco al ver el estado enrojecido de mis ojos—. ¿Quién es el hijo de puta que te hizo llorar?—escupió.


Me reí y tomé nota de su vestimenta, se veía elegante por primera vez en… vaya a saber cuánto. —Al fin pisaste la oficina luciendo un traje pulcro—bromeé, ignorando el brillo letal en esos atractivos ojos—. Hay que reconocer que te va muy bien, te ves como un creíble empresario serio y mayor… Gruñó y colocó los ojos en blanco. —Por eso nunca uso esta mierda—explicó, tirando del nudo de la corbata—. Me encanta cuando nadie me toma en serio… ¿vas a decirme por qué estuviste llorando? Me encogí de nuevo, chupando la paleta con despreocupación. — ¿Fue él? ¿Nuestro hermano?—torció el gesto al llamarlo así—. No vale el esfuerzo que estás haciendo… deberías volver. Negué con convicción. —Deberías pisar este lugar, te aseguro que nunca querrías irte… —Iría sólo con la intensión de patearle el culo al que te provocó esas lágrimas— carraspeó, malhumorado—. Nadie deja a mi hermosa hermana con los ojos rojos… Me carcajeé en tono alto, no pude evitarlo porque no paraba de ajustarse el frente del traje como si le molestara continuamente. Parecía un niño fingiendo ser un adulto, no tenía caso. De pronto me desinflé. —Me enamoré… Sus ojos se abrieron de golpe y los míos se llenaron de agua instantáneamente, lo que me provocó una ola imparable de rabia. — ¿Qué dijiste?—habría sonado como un chillido si no tuviese una voz tan grave y masculina. —Me enamoré—escondí el rostro en mis manos para que no me viera explotar. No aportó nada más que silencio mientras intenté recuperarme del llanto, le envié vistazos cortos entre lágrima y lágrima sólo para encontrarme con unos cuantos atisbos de ira en su tan alegre y abierto semblante. Dios, ¿por qué tuve que dejarme arrastrar así delante de él? No tenía perdón por arruinar su ingenioso temperamento. Cuando al fin dejé ir mi último suspiro y me sequé las mejillas, y él se reacopló en su comodísimo sillón de oficina.


— ¿Quién es el hijo de puta afortunado que te hace tan desafortunada?—quiso saber, secamente. —Se llama Jorge… — ¡Ja! ¿Quién es? ¿Un anciano? ¿Todavía existen Jorges de menos de cuarenta años?— preguntó, ensañado. Sonreí en medio de mi pesar. —Por Dios—puse los ojos en blanco a partir de su cháchara en contra de los tipos que se llamaban Jorge—para un poco… ¿Y qué si tiene cuarenta o más? ¿Eh? Mi broma no le gustó ni un poco. —Voy a asesinarlo si lo llego a cruzar alguna vez—dijo, sin emoción—. O no, voy a comprarle un andador fallado… —Basta. Está en los treinta, ¿bien?—le informo—. Y lo amo. No vas a asesinar a nadie. Además, es posible que él te quiebre el cuello sólo con un manotazo, tenés todo que perder si te enfrentas a alguien así, lo aseguro… Entrecierra los ojos, observándome fijamente por un par de finas rendijas. —Es uno de esos tipos que van en moto, ¿cierto?—respondí con un asentimiento, no iba a explicar toda la historia, sea uno de los Leones o no, era un motociclista—. ¿Está lleno de tatuajes y perforaciones? ¿Se viste con cuero? —Sí—dije, cautelosa, sólo esperaba que no se pusiera todo prejuicioso. Nacho no era un estirado, pero vaya a saber qué diría sobre alguien así que estaba saliendo con su hermana. —No me gusta—renegó, suspirando—. Pero siendo sincero, no me gustaría nunca ningún novio tuyo. Considero que nadie es lo suficiente bueno para mi hermana… —Nacho—le advierto—. Es bueno conmigo, me quiere… —Y te hace llorar… —El asunto es muy complejo, han sucedido algunas cosas y estoy abrumada—lo endulzo—. Y Santiago no ayuda mucho en nuestros acercamientos. Además, ellos dos no se quieren y anoche hemos tenido un enfrentamiento… —Si Santiago no lo quiere será por algo—insiste.


Lo ignoro. —Jorge está pasando por una etapa dura de su vida, lo que complica nuestra relación— trago, mordiéndome los labios resecos—. Quiere dejarme porque cree que es lo correcto. —Qué romántico—suelta sin emoción. —He intentado convencerlo de que somos fuertes y podemos superarlo, que no tiene que alejarme… Se echa hacia atrás, pensativo y muy serio. Desde mi lado escucho la puerta de su oficina abrirse y la voz de una mujer que le anuncia que alguna reunión está por comenzar. Nacho asiente y le avisa que irá en un momento. —Tengo que irme—se acerca a la pantalla, y puedo notar que no quiere cortar la conversación—. Sólo déjame decirte que… si te abandona por lo que cree correcto, es porque es cagón… y los cagones no valen la pena. Le sonrío un poco triste, apreciando su consejo. Él me guiña y al instante desaparece. Lo extraño de inmediato, no me ha alcanzado este pequeñito rato con él. Me doy cuenta de que me muero por abrazarlo y pasar horas escuchando sus ridiculeces. Inhalo y cierro la portátil, ya sin ganas de ver la película. Mi hermanito acaba de blanquear un poco mi humor, y quedarme encerrada va a echarme hacia atrás, sería un desperdicio. Me levanto y quito el pijama, me visto con ropa cómoda y abrigada porque creo que es hora de salir del recinto. Quizás ir a la ciudad por un poco de compras y algunas vueltas. O una visita al cine. ¡Amo el cine! Es un excelente plan, me digo para darme ánimos. Es una muy buena idea esto de alejarme por una tarde y darme un respiro de todo. “Hacer cosas por ti misma, ¿recuerdas?” Sí, vamos a buscar un poco de buena vibra.

JORGE Sobre las tres de la tarde me preparé por dentro y caminé al bar con potente disposición. Se terminaron las vueltas, las huidas, los infortunios. No quería escapar más. Ya había dejado claras las cosas con Godoy, tuve toda una noche sin pegar un ojo tratando de decidir lo que era mejor. Que Tony preguntara por Bianca cada cinco minutos antes de dormirse profundamente no ayudó. Acepté lo inevitable. Dejé de atarme a mí mismo a la infelicidad, porque no lograba nada con eso. La vida me está dando una segunda oportunidad, supongo que será por algo. No sería inteligente dejarla pasar. Voy a arriesgarme como no fui capaz con Cecilia. Hundiré el miedo, mantendré a Bianca a salvo hasta que esté seguro de que puedo darle todo lo que se merece.


Subí las escaleras hacia el altillo del bar con la cabeza gacha, ensimismado. Enfrentar a Godoy se sintió como si un gran peso se me bajara de encima, me dejó respirar y pensar con claridad. Ahora él no se oponía a nosotros estando juntos, hasta creo que me gané una pizca de su respeto por ir a él y largarle las cosas directamente en la cara. Al menos, Adela estuvo conforme y sus ojos me demostraron orgullo y esperanza. Ella más que nadie deseaba ver feliz a Bianca. Y me doy cuenta de que, de alguna forma o de otra, la hago feliz. La complemento, aunque no la merezca. “Dios, no sé de qué manera voy a agradecerte por colocarla en mi camino.” Planté mis nudillos en la gruesa madera unas tres veces y aguardé. Esperé. Y nada. No había más que silencio dentro, ni un solo indicio de movimiento. Quizás no quería atenderme, o estaba profundamente dormida. O hundida. Golpeé de nuevo, no podía permitirme tardar más para hablar y dejar las cosas claras. Y esperaba que me aceptara después de todos los peros que puse en nuestra relación casi desde el comienzo de ella. La puerta nunca se abrió, así que, aun sabiendo que debería moverme y volver en otro momento, me dejé caer en el suelo con la espalda contra ella. Doblé las rodillas para apoyar los codos y sostener la cabeza en mis manos. La esperaría el tiempo que fuera necesario. Tony se encontraba en la casa de Max, eso me daba la posibilidad mantenerme aquí, no importaba qué tan obsesivo me viera. Pasaron treinta minutos, luego una hora y seguía allí, poniéndome sombrío a cada segundo. Y no pensaba irme por más ridículo que me sintiera. Tomé mi teléfono recargable y marqué el número de Esteban, hablaría con él para hacer la espera más llevadera. — ¿Estás preparándote?—fue lo primero que le solté cuando aceptó la llamada. Lo sorprendí, pude advertirlo desde mi otro lado. —Jódeme, viejo, ¿al fin te decidiste?—su tono era contento y me alegró que al menos uno de nosotros estuviera entusiasmado con comenzar lo antes posible. —Sí, el mes que viene me tenés allá—le aseguré con firmeza. Cuanto más temprano empezáramos la cacería, más rápido podría regresar en busca de los que amaba para llevarlos a casa. Donde sea que decidiéramos que fuera nuestro hogar. Mis venas picaron con esa posibilidad, hablar con Bianca sobre un hogar en algún lugar, vivir juntos. De pronto estuve más motivado que nunca antes en mi vida, tenía mucho que ganar si las cosas salían como esperábamos. Y si nos equivocábamos, también perdería mucho, o todo, pero no permití que ese pensamiento me amedrentara. Por primera vez en mucho tiempo me sentí fuerte y capaz, más convencido que de lo normal. —Gracias a Dios—suspiró, aliviado.


Sonreí. —Sí, ya me voy a dejar de estupideces… —No—me cortó, de pronto, apagado—. No son estupideces, perdona si me puse un poco insistente, viejo… Yo entiendo que sea difícil separarte de ellos sabiendo que pueden pasar meses y meses sin contacto… Lo sé, y lo siento. Fui un hijo de puta insensible por no considerar eso con la importancia que se merece. Perdón. Hubo un par de segundos donde dejamos que el silencio lo abarque todo, y pude sentir su culpabilidad desde mi posición, tan lejos de él. Su voz apesadumbrada me hizo lamentarlo también. Y comprendí su anterior estado ansioso para que yo me uniera al fin a él, quería que la mierda se acabara de una vez por todas y yo lo fui retrasando todo porque no quería irme todavía. Por Tony y Bianca. Ellos me retenían, aún me retienen. Sin embargo, después de que arregle las cosas con mi mujer, partiré, porque no aceptaré otra cosa que no sea un futuro prometedor con ella y el niño. Como una familia. Un nudo obstruyó mi garganta, tuve que respirar con brusquedad y tragar para deslizarlo abajo. —Tenías razón, no puedo negarlo—expresé en voz un poco baja y ronca—. No quería irme del recinto. Justo conocí a Bianca y no estaba dispuesto a alejarme todavía. Además, quería sentir que mi vínculo con Tony no se cortaría por el tiempo que pasaríamos separados… algo de lo que todavía no estoy seguro, no sé leer a los niños y mucho menos nuestra relación. Él no me demuestra mucho, somos tal para cual, eso creo—sonreí amargamente al final de mis palabras. Era una verdad que esperaba aclarar, si era posible, antes de irme. El chico necesitaba saber que su padre lo amaba, por sobre todas las cosas. Y más que saberlo, quería que lo sintiera en lo profundo del corazón, que haría todo por él. —Sí, son tal para cual—relacionó, riendo—. Es por eso que sé que ambos se quieren con fuerza, y superaran lo que sea. No me quedan dudas de que Tony te ama y te siente como un padre… es cuestión de decir las palabras, amigo, los dos las necesitan. Sonreí, recibiendo su lección como un consuelo y un excelente consejo. Las plantas de pesadas botas sonaron escalera arriba y levanté la vista para encontrarme con León viniendo en mi dirección, seguro con intenciones de entrar en su oficina. Él me notó allí sentado y se acercó, en ese mini segundo me despedí de mi amigo y prometí volver a llamarlo antes de salir para allá. —Buenas—sonrió el jefe—. La chica salió, creo que fue a la ciudad. Me tensé, mientras trataba de enderezarme en pie.


— ¿A la ciudad?—tragué. —Tranquilo, la envié con la suficiente protección—me guiñó, metiéndose las manos en los bolsillos de los vaqueros—. Discutimos un poco, pero al final accedió a ir en un camión con dos de mis chicos. Y sin que lo supiera envié dos más. Suspiré un poco aliviado ante eso, sin embargo, no tan confiado. Lo que faltaba era que Bianca se fuera a la ciudad y terminara siendo atrapada. No importaba qué tan seguros estuviéramos de que no había más Serpientes rondando la zona, mejor nunca arriesgarse. —Vamos a tomar un trago—ofreció, palmeándome el hombro—. Seguro no tardará en volver. Respondí con un asentimiento y dejé que me arrastrara abajo, a la barra. A estas horas no había nadie ahí, era demasiado temprano todavía. Aunque la dueña de las bebidas no podía faltar e hizo a un lado su regla número uno de “sin alcohol antes de las nueve” y nos tendió dos vasos de una muy buena marca de whiskey. Estuvimos allí un buen rato, hablando de asuntos muy banales, sin importancia, hasta que vi las dos SUV entrar en el estacionamiento. Por lo que me terminé mi vaso de un trago y me despedí para subir, y esperarla junto a su puerta. No pasó mucho tiempo hasta que escuché subir sus inconfundibles y livianos pasos. La vi aparecer mientras se desprendía el abrigo grueso de color rojo chillón, su cabello suelto y un poco húmedo por el agua nieve que caía afuera. Noté que el vaquero ajustado que lucía era nuevo y abrazaba sus largas piernas con estilo, no pude evitar comérmela con los ojos. Era hermosa. No, más que eso. No había otra con su belleza y corazón. Estaba seguro. Se sorprendió un poco al levantar la mirada y encontrarme allí, y enseguida se puso en alerta. Seguro temiendo la intensión de mi visita. —Hola—saludó, agitada. —Hola—susurré con voz ronca y nerviosa. Sacó unas llaves de su bolso y abrió la puerta para nosotros. Le permití entrar primero y la ayudé con las bolsas que traía enganchadas en el brazo. — ¿Día de compras?—indagué y lo deposité todo sobre la gran cama. —Un poco—sonrió. Dejó su abrigo abandonado en una silla y despejó su rostro de todo ese sedoso cabello cayendo en sus mejillas mojadas. Se veía bien, lo que me reconfortó, no habría aguantado la culpa de encontrarla triste por lo que había sucedido entre los dos y su hermano.


— ¿Puedo preguntar qué hiciste en la ciudad?—sólo era curiosidad, no quería controlarla ni nada por el estilo. Juntó las manos delante de ella y las enganchó de los dedos, como si no pudiese aguantar el entusiasmo. Después de un tiempo bastante largo estando juntos, había descubierto que con el sólo simple hecho de preguntarle cómo había estado su día se iluminaba como un árbol de navidad. —Bueno… estaba acá encerrada, jugando un poco con la autocompasión y…—dejó pasar mi mueca de pesadumbre—y tuve una divertida charla con mi hermano menor. Me levantó el ánimo y decidí que no podía quedarme acá y seguir llorando, así que calcé mis botas de chica valiente y corrí a la ciudad. Quería mimarme un poco—hablaba tan rápido que apenas podía seguirle el ritmo—. Anduve de tienda en tienda en el centro, renovando algo de mi guardarropa. Tenía planes de ir al cine, hoy justamente había un buen éxito en cartelera, pero…—sus ojos se agrandaron—no llegué ahí. Antes me encontré con un comedor. Su mirada floreció, y una enorme sonrisa satisfecha y feliz explotó en su bonita y dulce cara. Se llevó ambas manos entrelazadas al mentón y suspiró. — ¿Un comedor?—cuestioné, extrañado. Saltó sobre sus pies, enérgica. — ¡Sí! Y no pude frenarme, tuve que entrar—se acercó unos pasos a mí—. Había al menos tres docenas de niños, de entre dos y quince años, esperando por una rica merienda. Me quedé maravillada junto a las tres mujeres que calentaban la leche en una enorme olla como de cinco litros—abrió los brazos para enfatizar—. Me quedé, el impulso fue más fuerte que yo. Las ayudé a prepararlo todo, incluso envié a los guardaespaldas que León me impuso para que compraran bollos de dulce de leche en todas las panaderías que encontraran. Y ayudé a servir la chocolatada y morí de amor cada vez que ellos me dieron las gracias con sus sonrisitas tan sinceras—tomó una bocanada para tranquilizarse—. La felicidad de esos chicos al recibir una pequeña y simple taza de leche me llegó al corazón, fue tan… liberador. Esperanzador. Me hizo considerar un millón de cosas sobre mi vida… encontré lo que quiero hacer, lo que me complementa como persona. No supe qué decir, creo que hasta tartamudeé una respuesta que nunca salió completa. No lograría rivalizar contra esas palabras y esa pureza que se hallaba en sus ojos azules. Estaba tan… cambiada. Pero a la vez seguía siendo la misma Bianca de siempre: burbujeante, amable. Abierta, perspicaz. Un ángel caído directamente del cielo para hacer un mundo mejor. — ¿Y qué es eso?—le pregunté, aun sabiendo cuál sería su respuesta.


Se dio la vuelta y comenzó a caminar y divagar. —Por supuesto, hacerme cargo de algunas inversiones, tendré que hacerle caso a los consejos de Nacho. Sólo para financiar comedores por todo el ancho y largo del país. Sobre todo en el norte, allá tiene que haber muchos más… Y tal vez crear alguna fundación, para que la gente que pueda permitírselo se anime a donar, cualquier cosa… dinero, alimentos, ropa… todo sea para que esos niños tengan todas sus comidas diarias, no pasen hambre y frío ni un solo día más de sus vidas y… No la dejo seguir, la atrapo en medio de sus idas y vueltas, y la atraigo apagando su boca con la mía. La beso con un fuego renovado, abrazador, intenso. La encierro en mis brazos y no la dejo escapar, sabiendo que haré lo que sea para que nunca, nunca más tengamos que mantenernos separados ni un insignificante segundo. Si antes no estaba por completo prendado de Bianca Godoy, ahora lo estoy definitiva y rotundamente. Y más que eso, loco por ella. Le provoco un suspiro de sorpresa antes de que se derrita contra mí, y me ceda el pase libre para mantenerla y probarla en la medida que deseo. Como un maldito adicto, me desespero por sus labios llenos, el alimento de los míos. Me acaricia los bíceps y hombros hasta que llega a mi cuello y me atrae a su cuerpo, como si quedara algo más de espacio para matar. —Dios—siseo en su boca, respirando con violencia, sujetando su cabeza en mis manos— , te amo. Te amo. Se le escapa una especie de lloriqueo y se estremece ante mis palabras dichas con tanto impulso. La quiero tanto, por la eternidad si eso fuera posible en esta vida. —Nunca más voy a dudar de nosotros—le prometo, peinándole el pelo lejos de los ojos mientras pestañea, extraviada—. Nunca más voy a lastimarte con mis idioteces, te quiero en mi vida. Ansío con toda mi alma que seas mi mujer, te seguiría a donde fueras, con cada proyecto que tengas…Deseo un hogar con vos, una vida en tus brazos. Sos una de las pocas personas que me hacen enteramente feliz, y son esenciales para mí—inhalo profundamente—. En realidad, solo hay dos: Tony y vos. Nadie más. Por favor, perdóname. Por favor—rogué, y nunca me había abierto así con nadie. »Tenés toda la razón, dejarte no cuenta como protección. Y hacer lo correcto sólo nos rompería y yo soy absolutamente nada sin tu amor. Te amo. Y quiero hacerte feliz. Cuando vaya allá, a luchar, no sólo será por mi hijo, sino también por nosotros… Los labios de Bianca temblaron y una única lágrima se impulsó por el borde de su ojo izquierdo, rociando su piel ruborizada. La borré con el pulgar, antes de que se perdiera más abajo.


—No tengo nada que perdonarte, sólo te di un momento para pensar las cosas. Y no te das una idea de lo dichosa que me hace saber que me querés de la misma forma en que te quiero. Y no tenés que seguirme a ningún lado, no. Podemos inventar un camino que nos quede bien a los dos, ir en la misma dirección. Tenerte me hace infinitamente feliz, ¿te lo dije?—sonrió con la mirada empañada, me señaló el pecho con el índice—. Sí, te lo dije. Vos y Tony, se han vuelto tan imprescindibles para mi vida que me rompería en pedazos tener que dejarlos, los quiero para siempre. Quiero ser tu mujer, y también una madre para tu hijo, si cabe esa posibilidad… Mi nariz comenzó a picar de improvisto y tuve que desviar el enfoque para que no viera lo que su discurso me hacía. No obstante, luchando como siempre, no me permitió esconder mis sentimientos, me obligó a sostener sus ojos en la misma línea que los míos. —No he podido parar de dar las gracias por haberte encontrado—murmuro, tragándome las pesadas lágrimas—. Me salvaste… me rescataste de mí mismo. Todo esto era tan cursi, jamás me había derramado tanto antes frente a otra persona, y… no me importaba un carajo. La tenía, me amaba. Y yo la amaba. Tony nos tenía. Y nació una extraña sensación dentro mí, agrandándose desde el interior de mis costillas. Aun sin conocerla desde antes, tuve la certeza de lo que significaba. Paz.

BIANCA Los siguientes días son de ensueño, perfectos. Siento que estoy en el cielo, en la tierra donde todo es color de rosa. Bueno, la verdad es que sería así si mi hermano hubiese venido a verme para hablar. Hasta ahora me he conformado con que él haya aceptado mi relación con Jorge, estoy muy agradecida por eso. Adela me aseguró que está planeando acercarse, sólo necesita un poco más de tiempo para adaptarse a la idea. Contó que fue muy dura la experiencia cuando ella le apretó para abrirse y me aconsejó que tuviera paciencia. Así que la tengo. Voy a darle espacio, sobre todo porque me quedan sólo un par de semanas con Jorge antes de que se marche, y necesito estar completamente pegada a él. Después de ese adiós no sabemos por cuánto tiempo no volveremos a vernos de nuevo. Y me deprime, pero intento no pensar, lo que menos deseo es opacar estos últimos días con él. Ahora mismo me encuentro organizando el desorden que quedó del almuerzo, limpiando las migas de la mesa. Jorge ha ido a llevar a Tony para tomar el camión hacia el jardín. Ah, se


siente como regresar a la normalidad. Esto es lo que hicimos durante esos meses que el recinto estuvo desierto. Me doy la vuelta para volver a la cocina y unos cuantos golpecitos en la puerta me detienen. Lucre se da permiso para entrar sin esperar a que abran. — ¡Hola!—saludo, sonriendo. Me alegra verla, últimamente hemos estado pasando bastante tiempo juntas, es la primera persona que se ha unido a mis proyectos caritativos a futuro. Quiere hacer donaciones a mis prontas fundaciones. Me hace inmensamente feliz que ella se haya ofrecido a ayudarme a comenzar. Ya ha estado donando unas cuantas sumas de dinero para pacientes con cáncer. Me hace latir fuerte el corazón cuando me cruzo con gente como ella. —Hola—sonríe encogiéndose un poco—. Max está entreteniendo a Jorge en el estacionamiento, cree que vengo a decirte algún chisme—se ríe. Sigo su ejemplo aunque su actitud es un poco—está bien, bastante—sospechosa y no sé cómo sentirme al respecto. Cautelosamente la veo revisar uno de los rincones del mono ambiente. Entonces sólo camina hasta él, rodeando la cama, y arrastra afuera un cuadro desde su posición entre el costado del ropero y la pared. Me quedé viéndola con la boca abierta y ojos desorbitados. —Voy a llevarme esto—avisa, levantándolo y poniéndoselo bajo el brazo—. Y en, más o menos una hora, llevarás a Jorge a mi casa con la excusa de un café. Alzo las cejas, sorprendida. —Ah, ¿sí?—pregunto, y ahora estoy frunciendo el ceño—. No creo que… —Por favor—suplica—. Créeme que esto es sólo para ayudarlo… — ¿Qué pasa con ese cuadro?—quiero saber. Lo había visto un par de veces, cuando me tomaba el atrevimiento de limpiar. Siempre me pareció un dibujo muy hermoso, pero demasiado melancólico. Los ojos del ángel simplemente te estremecían el alma. Me intrigaba mucho que Jorge tuviera ese gusto en el arte. —Yo lo hice, ¿te gusta?—dice ella, dirigiéndose a la puerta. —Oh—exclamo, desprevenida por completo—. Es precioso, te felicito.


—Jorge lo compró hace bastante…—ondea la mano quitando importancia—. Bueno, ¿estarán allí en una hora?—insiste, apurada. Asiento un poco dubitativa, no creo que pueda obligarlo a ir a la casa de su hermano, con el cual todavía no está en tan buenos términos. —Max quiere que él vaya—explica—, pero ninguno de los dos sabe que éste cuadro estará ahí. Tiene algo que ver con el pasado de ambos… algo que tiene que cerrarse hoy mismo—acaba con decisión. Trago, una bola de inquietud creciendo en mi estómago. —Bueno, vamos a ir… Me guiña con agradecimiento y desaparece. Estoy en la cocina lavando los platos cuando Jorge vuelve y me abraza desde detrás, llenándome de besos el cuello y la nuca. Nos acaramelamos un poco allí mientras acabo, por primera vez en la vida no se molesta porque estoy “trabajando” para ellos. —Hey…Lucre acaba de invitarnos a un café en su casa—le digo, tratando de sonar casual. Lo cierto es que esa cosa con el cuadro es algo inquietante, me preocupa. Sin embargo, el nombre de Max y la palabra pasado me tienen ahí, dispuesta a arrastrarlo a su casa. Sólo espero que no sea nada malo. — ¿Un café en la casa de… Max?—cuestiona con las cejas altas. Me encojo, sonriendo dulce. —Sí, ¿podemos ir? Creo que es una idea genial—me volteo entre sus brazos y lo atraigo por los anchos hombros. Un rato bastante largo pasa, donde el silencio y la cautela en su mirada se van espesando. Entonces comienzan a esfumarse justo delante de mi escrutinio, la duda se va tan rápido como vino. —Bueno—murmura, ilegible. La sonrisa que le dedico es ancha. Sé que está lleno de peros, y que no es su gran deseo pisar la casa de su hermano, pero me alegra que no se haya negado rotundamente. Eso demuestra que tiene ganas de una segunda oportunidad con Max, al menos bien en el fondo.


Un rato después nos encontramos tocando a su puerta y una Lucre confiada nos recibe, invitándonos a pasar. Jorge se ve reacio, y casi parece como que espera una guillotina caer en su cuello al dar un paso adentro. Max no está a la vista, así que es más fácil para él proceder a ayudarme a quitarme el abrigo y luego hacer lo mismo con el suyo. Lucre los cuelga en un elegante perchero de pie. Nos acomodamos en un gran sofá uno al lado del otro mientras ella trae las tazas humeantes. Max aparece en ese momento y los cuatro acabamos enfrentados y con nuestros cafés calientes en las manos. Decir que esto es incómodo se queda corto. —Bueno… con Bianca hemos decidido comenzar una fundación, ¿no es así?—suelta Lucre, relajada contra el costado de su prometido—. Me parece que vamos a hacer un buen equipo. Me rio, tomando un sorbo para calentarme las entrañas. —El mejor equipo—agrego. Los dos hombres asienten, sincronizados y en silencio tenso. Lo que parece frustrarnos a nosotras, sus mujeres, que lo único que queremos es que se amiguen de una vez. Seguimos hablando sobre nuestras ideas para las donaciones y fundaciones, de vez en cuando ellos acotan algo, aunque poco y nada. Cuando el tema se desgasta Lucre y yo nos miramos, casi dándonos por vencidas. —Así que…—carraspea Max, rascándose la cicatriz—. ¿Vas a irte en un par de semanas?—sus pupilas se posan directamente en Jorge. —Sí—asiente mi hombre y mi piel hormiguea cuando consigue mi mano en la suya y acepta sin problema la charla con su hermano—. Cuanto antes esté allá, mejor. Max está de acuerdo. —Todo va a salir bien—lo reconforta. Lucre parece estar tragándose un gigante nudo atorado en su garganta, el orgullo resplandece en sus hermosos ojos azules. También puedo advertir el alivio. Para ella es muy importante que ellos dos arreglen sus diferencias, y me sorprende el descubrir que me siento igual. Son familia, deberían acabar con el rencor. A Jorge le haría muy bien eso. —Bien…—Lucre se aclara la garganta—. Los hice venir porque…—titubea, dejando su taza en la mesita que rodeamos—. Sé que tal vez no tengo derecho a hacer esto, pero quiero que ese terrible capítulo del pasado se cierre… y temo que si yo no lo empujo en sus caras, jamás pasará.


Se levanta bruscamente y se pierde por un largo pasillo que, deduzco, lleva a las habitaciones. Enseguida la tenemos frente a nosotros de nuevo, acarreando el cuadro que robó de la casa de Jorge un rato antes. Trago sonoramente al descubrir que el semblante de él se horroriza por completo. Me suelta la mano para saltar sobre sus pies. Lucre muestra el ángel y Max se queda sin aliento al verlo. Casi puedo sentir como si los ánimos de los dos hombres se derrumbaran sobre mí. —Eso es mío—gruñe Jorge, encrespado. —Yo lo hice—retruca Lucrecia, elevando el mentón. —Y yo lo compré—responde, helado. Me paro a su lado y vuelvo a conseguir su mano en la mía. —Es ella…—Max esconde su cabeza en sus manos. El dolor cruza la mirada de la mujer rubia de pie ante nosotros al escucharlo entrar casi en pánico. —No, no es mi madre… es mi tía—aclara, sorbiendo por la nariz—. Y yo no creé esta hermosa y melancólica pieza de arte con el fin de que alguien la mirara con culpa. No quiero que ninguno de ustedes sienta que tiene que torturarse por lo que pasó hace ya tanto tiempo… Es hora de dejarlo atrás. El dolor de Jorge y Max es palpable y hasta siento que me traspasa con crueldad. —Dejé que la violaran una y otra vez, merezco esa tortura…—dice Jorge, sujetándose a mí como si fuera su salvavidas. —Y yo le di un tiro en la frente—gime Max, casi como si quisiera enroscarse en sí mismo y balancearse adelante y atrás. Lucre lanza el cuadro a suelo y planta su boca encima, Jorge se estremece. Y Max no puede dejar de ver los ojos del ángel con los suyos empañados. —Voy a reembolsarte lo que pagaste por él, lo juro—le dice ella al hombre a mi lado, su rostro severo—. Ahora, vení acá—ordena como si fuera su madre. Él aspira con violencia, hinchando su pecho. — ¿Por qué? ¿A qué puto juego enfermizo estás jugando? ¿Has visto como se ha puesto?—estira el brazo para señalar a Max, al borde de la locura—. ¿Qué mierda te pasa?


Lucre pisotea el cuadro un poco más, eléctrica. Como si sus palabras revivieran más su intención. —Yo no sé nada de jugar juegos enfermizos—asegura con tranquilidad—. Ustedes, los Medina, son expertos en eso… Acércate—fusila. Jorge va a ella con un rugido desprendiéndose desde lo profundo de sus bronquios. — ¿Qué mierda querés que haga? —Quiero que lo destroces—lo enfrenta la mujer—. Que lo rompas en pedacitos y lo arrojes al fuego—indica con un dedo hacia la estufa a leña—. Que dejes la mierda del pasado atrás, porque esa es la única manera de seguir adelante. Desbordante de ira él se agacha y recoge el cuadro. Y lo parte en dos, sin quitar los ojos desafiantes de ella. Luego en cuatro. El papel elegantemente trazado es rasgado en varios retazos al mismo tiempo que la respiración de Jorge se acelera con agitación. En cuestión de nada, y con una rapidez casi inhumana, él se deshace de todo y lo lanza a las llamas. Tomo una bocanada de aire, sin siquiera darme cuenta de que había estado reteniendo todo adentro. Desvío mi atención a Max, que ahora está siendo sostenido por Lucre. —Ahí está—musita Jorge, sin aliento—. ¿Contenta? Max eleva sus preciosos ojos verde-dorados hacia su hermano y lo observa fijamente, parece que ve algo nuevo en él. Lucrecia le enseña un asentimiento firme. —Ahora volvé a casa, abraza a tu mujer y deja de poner peso innecesario en tus hombros—suspira, y besa la sien de su hombre como si fuera un niño pequeño. Voy hacia él y tiro de su mano, atrayéndolo hacia mí. Siento su desolación pasar a través de cada uno de mis sentidos. — ¿Qué pasa con él?—empuja el mentón hacia su hermano. —Estoy bien—gruñe Max, ya no afectado sino malhumorado, apuesto a que es porque perdió los papeles y se mostró vulnerable frente a Jorge. Lucre sonríe, satisfecha. —Está bien, me tiene a mí—nos guiña. No puedo creer lo que acabamos de vivir, simplemente fue… una locura. Lucre es tan valiente por llevar a estos dos hombres hacia el borde del precipicio, sin saber con seguridad cómo reaccionarían. Dios, no sé si yo habría sido capaz de hacerlo. Jorge me saca de mi estupor


consiguiendo mi abrigo y envolviéndome con apuro, como si no pudiese salir lo suficientemente rápido de allí. Salimos y recorremos con rápidos pasos el camino hasta el mono-ambiente. Una vez adentro, él toma una larga inhalación y cierra los ojos, apoyándose contra la puerta que acaba de cerrar. Puedo percibir la intensa oleada de sentimientos contradictorios que lo apresa, pero me percato perfectamente del principal, el cual lo está partiendo al medio. —Ella…—se atraganta—. Ella simbolizaba todas esas mujeres que permití que dañaran. Equivalía a mi cobardía… a todas esas veces que rodé la vista lejos y los dejé salirse con la suya… Mi nariz pica y sorbo con fuerza, sólo para que las primeras lágrimas caigan. Me apresuro hacia él y lo abrazo. Lo sostengo para que no se derrumbe, y el comienzo de su llanto silencioso amenaza con ponerme de rodillas. Odio, detesto profundamente, su sufrimiento. Y quiero que se termine, supongo que éste es el gran y terrible cierre. Tengo que permitirle dejarlo ir. —No fue tu culpa—susurro en su oído mientras lo dirijo a la cama—. Eras un joven perdido entre tanta maldad. Y agradezco que pudieras salir… agradezco tanto que hoy estés acá conmigo, que me dejes entrar… Te amo con todo mi corazón. —No te merezco… —Si no me merecieras, no me tendrías—afirmo, enterrando su rostro mojado en el hueco de mi cuello—. E indudablemente me tenés, ¿no? Soy tuya. Nos acurrucamos juntos en la cama, lo dejo desahogarse y sacar los últimos vestigios de dolor y culpa de su sistema. Confío en que después de esto, él sólo seguirá floreciendo a mi lado. Para mí y para su hijo. Para la familia que planeamos.


Capítulo 19 JORGE Un mes. Un mes desde que abandoné el recinto, con Bianca y Tony allí, a resguardo. No puedo describir con exactitud lo que me hace estar tan lejos de ellos, la sensación de vacío no se va y me muero tanto por llamarlos y escuchar sus voces que tengo que alejarme de cualquier maldito teléfono. La tentación es insostenible. Y no ayuda que la despedida que tuvimos haya sido tan épica. Recuerdo la infinitud de besos que Bianca me dio y la fuerza con la que me abrazaba, porque era claro, no quería que me fuera. León se llevó a Tony esa noche para que nosotros pudiéramos tener privacidad. Dios, ni siquiera dormimos, hicimos el amor tantas veces de lo que pueda ser capaz de contar y hablamos muchísimo. Todavía siento el efecto de sus piernas pálidas y cálidas acunándome y las ocasiones en las que gritó mi nombre. Algo así no se olvida, jamás. Puede que sea mi combustible para sobrevivir a esta venganza de mierda. La mañana llegó demasiado rápido para mi gusto, pero sabía que tendría un día perfecto con Tony y simplemente no podía estar más ansioso. Creo que nuestro acercamiento forjó una unión más sólida ese día, y se lo debo a Bianca, por supuesto. Tuvimos veinticuatro horas para ser una familia con todas las letras. Me atrevo a asegurar que Tony lo disfrutó como nunca antes le vi disfrutar nada, salvo su amistad con Abel. A las seis de la mañana siguiente llegó la hora de despedirnos, fuimos los tres al bar, desde dónde tomaría una de las SUV que me llevaría al aeropuerto de la ciudad. Allí estaban León, Max, Lucre, Alex, una muy embarazada Ema, Godoy y Adela. Me agaché junto a mi hijo y abrí mi corazón a él. —Bueno, chico—tragué—. Papá tiene que irse ahora, pero prometo que voy a volver, ¿bien? Inclinó la cabeza a un lado y arrugó el entrecejo. —Sí—murmuró, mirándome con atención. Mi nariz comenzó a picar y tuve que aclararme la garganta varias veces, no quería ser un maricón, pero su mirada triste me mató por dentro. —Te amo—le dije y me incliné para besarlo en la frente, despeinándole el flequillo que había vuelto a crecer—. Te quiero mucho, Tony, y te voy a extrañar.


Lo atraje y envolví con mis brazos, él sacudió su cabeza bajo mi barbilla para asentir. Levanté la vista hacia Bianca y la vi abrazarse a sí misma, aguantando las lágrimas. Le dediqué una sonrisa débil que devolvió enseguida. Tony se soltó y con la cabeza gacha se hizo a un lado, Bianca lo sujetó antes de que saliera corriendo y mientras yo la encerraba en un abrazo, él quedó entre los dos. Mierda, su rostro reflejaba la pura agonía, y el de mi mujer estaba empapado porque lo último que quería era dejarme marchar. Además estaba aterrada de nunca más verme de nuevo. —Todo va a salir bien—le murmuro al oído y ella responde con un asentimiento disgustado—. Voy a terminar con ellos, ganaré, porque tengo grandes motivos. Ustedes. —Me voy a volver loca—lloriqueó—. No podré llamarte, ni sabremos nada de vos por ¿cuánto tiempo? Dios, no sé si soy lo suficientemente fuerte para soportarlo… Sabía bien que su intención no era complicarme más la marcha con sus desesperadas palabras, sencillamente no podía mantenerlas encerradas. Bianca Godoy era así de transparente y era una de las tantas cosas que amaba de ella. No importaba cuánto dolor me contagiara al expresarse así. —Lo sos—le sonreí sin poder dejar ir la tensión—. De alguna forma o de otra voy a hacerte saber que estoy a salvo, pero no esperes nada por un tiempo, ¿de acuerdo? Prometo que todo irá bien. ¡Y carajo! Sabía que no podía prometer algo así, pero lo hice en contra de todos mis principios. También le aseguré a mi hijo que volvería cuando había probabilidades de que no lo hiciera. Me tenía fe, sí, sin embargo no era justo lo que hacía. Ni sensato. Y no soy un hombre invencible. Aun así, en ese instante me convencí de ello, porque no podría aguantar la idea de que tal vez esa podría ser la última vez que los viera y los tocara. La besé con fuego y energía, sin importarme una mierda toda la gente que nos rodeaba, ni siquiera su hermano. Bianca se prendió a mí con ardor, y Tony se sostuvo en pie agarrado de nuestras ropas, entre los dos. Bien, ya era momento de salir o llegaría tarde para tomar el avión. Me despegué de ellos con movimientos lentos, les di el último beso y con todo el dolor de mi corazón giré hacia la puerta, no sin antes dedicar una cabezadita a la gente que estaba allí, apoyando a mi familia. Tuve que frenarme porque Ema estiró una mano, mientras que con la otra enredaba la de Alex a su lado, con una sonrisa agradecida la tomé y la apreté, la chica dulce me sonrió. Entonces su hombre también lo hizo, y cuando quise reaccionar y entender lo que estaba pasando, todos—menos Godoy, claro—me estaban despidiendo con calidez y deseándome lo mejor. Incluso Max. Llegué a la puerta en unas cuántas zancadas y la abrí, entonces el frío del exterior me golpeó. Y un grito agudo también.


— ¡Papá!—Tony salió despedido hacia adelante, corriendo hacia mí—. Papá. Papá. Papá. Y me detuve, cayendo de rodillas para que me abrazara. Lloraba mientras apretaba mi cuello con fuerza, sin querer dejarme ir. Bianca vino detrás de él, secándose las lágrimas. —Hago esto por ustedes—le dije a mi hijo, que no quería soltarme—. Es necesario. Para que seamos felices y libres. Para que puedas ir por la vida sin preocupación o miedo. Voy a volver a buscarte cuando termine, lo juro. Se desprendió de mí y me miró a los ojos, un enorme nudo en la garganta apenas me permitió respirar. Le limpié la cara con los dedos y le sonreí. Y me sonrió, un poco más tranquilo y dejó que Bianca lo levantara en brazos para ir adentro. No sin antes un último beso entre los dos. Cuando subí al camión y el tipo en el volante encendió el motor casi me derrumbo, y tuve que contenerme. No pude evitar el pensamiento que se coló en mi mente, tan enojado y vulnerable. Deseé que mi vida hubiese sido otra, ser un simple tipo normal. Nada de clubes ilegales, salvajismo y rencor. Pero entonces pensé que si ni yo no fuera esto, no tendría un niño tan maravilloso ni me habría enamorado de una chica tan especial. Entonces tuve que entender que la vida era así, te daba y te quitaba y simplemente tenías que adaptarte a su contrato. Elegir de qué lado estaba, si de la amargura por hundirte en lo malo, o en la felicidad de las cosas buenas obtenidas. Iba camino a una venganza, porque quería que la felicidad se quedara en mi vida. Así que, me aferré a lo bueno. Y soñé con un futuro brillante por primera vez en mi existencia. — ¡Hey! ¿Me estás escuchando?—pregunta Esteban a mi lado, asestándome con el codo—. ¿Vamos a brindar o no?—sus ojos oscuros extasiados se posan en nuestros vasos llenos. Trago, doy una cabezadita en respuesta y chocamos las bebidas. —Por esos tres infelices, que los gusanos se den un buen festín—ríe, y el sonido es ronco y un poco salvaje. Está encantado, y confieso que si no hubiese cambiado tanto estos últimos meses, estaría igual. Sin embargo, sólo puedo pensar en que nos quedan ocho todavía. El mapa sigue lleno de puntos, y para que yo festeje tienen que borrarse. Todos. Encontramos a estos tres en un prostíbulo en un pueblo de mala muerte en el interior de la provincia. Los fusilamos nada más los vimos salir por la puerta, llenándolos de agujeros. Tres en un mes no era un mal número, pero quería más, me hubiese encantado que fueran al menos cinco para este tiempo.


—Estás muy apagado, teniendo en cuenta que acabamos de cargarnos tres putos viejos de mierda—suspira mi amigo, terminándose el whiskey—. Haces que no sea para nada divertido. —No lo estoy haciendo por diversión—le gruño, tomando un sorbo—. Lo que más quiero es regresar con mi familia. Hace una mueca, cansado de mi melancolía. —Okeeeey. Pero mírale el lado positivo a esto, son tres menos— insiste, muestra tres dedos—. Tres. El camino de regreso a tu familia ha comenzado, querido amigo. Me remuevo y sonrío, bueno, si lo pinta de ese modo… no me queda otra que estar de acuerdo. Si seguimos así, puede que en un par de meses o tres esté volviendo a reencontrarme con ellos. Bueno, soñar es gratis, ¿no? Lo cierto es que nuestras víctimas de hoy eran los menos peligrosos, los más débiles y tontos. Todavía queda el grupo sólido, el que maneja todo. Son cinco, y a ellos sí quiero darles una muerte lenta y dolorosa. —Me hubiese encantado cazarlos—suspira Esteban, levantando la mano para llamar a la chica que atiende la barra—, y cortarles los genitales, dejarlos allí mientras son conscientes de ello y se desangran. Creo que no debe haber una muerte peor para un hombre. Concuerdo completamente. —Es lo que quiero para el grupo mayor—digo, permitiendo que la chica me rellene el vaso aunque no estuviera vacío todavía—. Sólo… pensaba en que nosotros dos no… ya sabes— trago—. No creo que podamos darle ese tipo de final, nos ganan en número. Sólo tenemos chances si los tomamos desprevenidos y procedemos como hoy… Él me presta atención fijamente, esperando a que le suelte mi idea. —Max me ofreció… — ¡¿Max?!—aúlla, sorprendido y malhumorado—. ¿Querés decir tu maldito hermano menor?—se ríe, burlón—. ¿Estás tratando de decir que querés unir a los Leones a nuestra misión? Entrecierro los ojos hacia él. Bien, parece que lo he enfurecido un poco. Se traga su ración de líquido ambarino y se baja de su butaca, encarando hacia la salida. Bueno, parece que alguien se ha puesto quisquilloso. — ¿Qué te pasa?—lo persigo hacia afuera—. ¿Cuál es tu problema? No estás siendo racional—mira quien habla, yo reaccioné exactamente igual cuando Max me arrinconó en el baño, pero he tenido tiempo para pensarlo y creo que el hijo de puta tenía razón—. Somos sólo


dos, Esteban. ¡Dos! ¿Hasta dónde crees que seremos capaces de llegar? No sé vos, pero yo quiero sobrevivir. Un año atrás no habría analizado tanto las cosas, habría ido tras ellos con un cuchillo en la mano, sin importarme un comino. Mi hijo estaba a salvo con su madre y nadie me echaría en falta si moría. No respetaba la vida, a decir verdad, ni siquiera me quería a mí mismo. ¿Ahora? Todo ha dado un giro de ciento ochenta grados. Necesito vivir, tengo la ilusión de un futuro. — ¿Tenés miedo?—me encara—. ¿Jorge Medina tiene miedo? La incredulidad explota en sus palabras como lava ardiente. —Sí—le grito—. Tengo miedo porque por una vez en mi vida valoro lo que hay a mi alrededor. Me valoro a mí mismo y a mi familia. Y, por sobre todas las cosas, amo. Amo locamente a mi familia—lo empujo hacia atrás y tropieza un poco. Me mira como si no me conociera y aprieto la mandíbula para que ello no me afecte. De pronto, baja la vista al suelo, culpable. Su actitud cambia un cien por cien. —Lo siento—escupe por lo bajo, derrotado—. Lo siento. Soy un insensible, siempre lo he sido. Perdón. Es que… ha pasado tanto tiempo. No me acostumbro a tu cambio. No voy a mentir, quiero al viejo Jorge. Al sarcástico, al que no daba una mierda por nadie, al brutal. Al que era un jefe genial y justo… Bueno, eso último no ha cambiado—sonríe apesadumbrado. Sonrío también, asintiendo. Todavía quiero ser un presidente justo, menos sucio y más serio. Esteban se endereza y toma un respiro, va a decir algo cuando sus ojos se posan en algún punto detrás de mí. Descubre algo que lo interrumpe. — ¿Qué mierda?—gruñe, desconfiado. Me doy la vuelta, y en ese momento un tipo sale corriendo desde detrás de un árbol. Estaba espiándonos, y una vez que lo descubrimos, entró en pánico. Esteban y yo no demoramos en perseguirlo, empuñando nuestras armas y acelerando las piernas. El tipo es desgarbado y va vestido todo de negro. Apuesto, por su complexión, que es bastante joven. Llego a él primero, tironeando de su abrigo contra mí. Tropieza y cae al suelo con un jadeo aterrado. Mientras meto aire en mis pulmones agarrotados, lo levanto sosteniéndolo de la ropa a la altura del pecho y lo arrastro al primer agujero oscuro que encuentro. Este es un barrio de mala muerte, y hay sucios callejones de sobra. Lo aplasto contra la pared. — ¿Quién sos?—le pregunto, sacudiéndolo—. ¿Por qué nos estabas vigilando?


Su capucha se cae y distingo sus ojos asustados encajados en mi cara. Es más joven de lo que creí. Y lo reconozco. Era uno de los novatos cuando yo todavía estaba al mando. Seguro fue reclutado por los viejos para ir a atacar el recinto de los Leones y sobrevivió. León me contó que había dejado libres a los más jóvenes. —Yo… Yo…—tartamudea—. Sólo… Esteban nos alcanza y se posa a mi espalda, el chico abre los ojos muy grandes cuando lo registra. Lo remuevo un poco más para que tenga las agallas de responder a mis preguntas. — ¿Nos estabas siguiendo?—le pregunto, escupiendo en su cara. Niega, tembloroso y no puede despegar los ojos de Esteban. Apuesto a que pronto podría mearse en sus pantalones. Para apretarlo un poco más, apoyo la punta de mi arma en su mejilla llena de espinillas. —No… jefe… Por favor—ruega, sin aire—. Sólo quiero… quiero… tengo que… Lo observo con el ceño fruncido, él hace un movimiento lento hacia su bolsillo. Diciéndome con los ojos que confíe en él. Antes de que ocurra más nada, Esteban le dispara en la cabeza, la sangre me salpica la cara, y el pobre chico se vuelve una masa pesada de carne blanda que cae sobre mí. Maldigo y lo apoyo en el suelo mientras chorrea sangre por el agujero en la sien. — ¿QUÉ MIERDA HICISTE?—le vocifero a mi amigo, agarrándome la cabeza—. Parecía que sólo quería decirme algo. El rostro de Esteban es severo y me empuja lejos del chico para rebuscar en sus bolsillos. A continuación levanta una navaja entre sus dedos. — ¿Ves? Iba a sacarlo para apuñalarte—me enfrenta, colérico—. ¿Cuándo te volviste tan ingenuo?—putea, lanzando el arma blanca contra la pared y pateando lo primero que encuentra. Lo observo con una sensación amarga en la boca del estómago, siento que me estoy perdiendo algo clave en todo esto y ese chico podría haber sido quien me lo dijera. Pero este imbécil tuvo que matarlo, cualquier cosa antes de que algo siquiera me amenace. Me guardo el arma con movimientos lentos y agotados. ¿Por qué me siento tan decepcionado? —Acabas de decir que querés vivir—apoya su dedo índice en mi pecho, frenético—. Y permites que un idiota que acabas de capturar se meta la mano en el bolsillo, carajo. ¿Qué mierda te pasa?—acusa.


Me doy la vuelta y salgo a la calle, las luces volviendo a iluminar mi camino. No respondo, tiene razón. Aun así, el joven parecía confiable. Con hombros caídos me dirijo hacia nuestro vehículo estacionado en la otra cuadra. —Estoy cansado—le musito agriamente, tieso por dentro—. Me voy a la cama. —Buena idea—ruje y se mete en el asiento del acompañante sin decir más nada. Me pongo tras el volante y revivo el motor, de inmediato comienzo a transitar las calles, lo bastante rápido para llegar cuanto antes al motel de mierda que elegimos no muy lejos de acá. De pronto, no puedo estar más ansioso por una buena ducha caliente y varias horas de sueño. Tengo que reacomodar mis ideas, y es mejor que lo haga una vez que descanse.

BIANCA Mi hermano detiene el coche alquilado delante de las rejas negras que dan ingreso a la enorme casa que se ve detrás. La manera en la que aprieta las manos en el volante me hace poner incluso más nerviosa de lo que he estado a lo largo del viaje. Adela, en el asiento del copiloto, estira el brazo y le frota el muslo, sobre la tela del vaquero oscuro que él usa. Ella no ha parado de mantener el contacto acá y allá y entiendo que es su forma de brindarle apoyo y recordarle que está allí, justo a su lado. Sé que esto le hace mal, me siento terrible por arrastrarlo. Cuando al fin vino a mí hace un par de semanas, para hablar de una vez por todas, me alegré. Él mismo sugirió venir y lo acepté con ilusión. Ahora no sé si es lo correcto, se siente como una presión muy grande. Para él y el resto de mi familia. No avisé que veníamos, y ya me estoy gritando por dentro que debería haberlo hecho. Sólo… tenía miedo de que Santiago cambiara de opinión a último momento y dejara a mamá y Nacho plantados. Estuvo actuando como una sombra estos últimos días, me tenía desconfiada. Sin embargo, pienso en la sorpresa que van a llevarse en un momento y me entra el pánico. ¿Qué tal si les hace daño la impresión? Este asunto me ha tenido un poco despistada y preocupada, lo que fue medianamente bienvenido porque ya no podía más con la ausencia de Jorge. Lo extrañaba tanto que me había vuelto una llorona constante y mi mente no hacía más que pensar en cosas horribles. No saber absolutamente nada de él me deprimía muchísimo. Hasta que mi hermano golpeó mi puerta ese día, me pidió perdón por lastimarme y se abrió a mí. Entonces tuve miles de cosas más por las cuales pensar y romperme.


Recuerdo asomarme y encontrarlo allí, con sus ojos azul medianoche luciendo tormentosos, su mano enganchada fielmente a la de Adela. Habían esperado a que Tony se fuera al jardín para venir. Mi cuerpo comenzó a picar, preparándose para lo que ellos tenían para decir. Adela lo dirigió adentro, y se mantuvo a distancia, siendo el pilar de mi atormentado y duro hermano mayor. —Puedo irme si creen que es… —No—negué, sintiendo la necesidad de mi hermano a aferrarse a su mujer—. Quédate, confiamos en vos. Era verdad. Adela es el alma gemela de Santiago y no importa qué tan cursi eso suene, es lo que pienso con respecto a la pareja. Y tenía derecho a estar allí, además mi hermano no me intimidaría tanto con su inquietud. Preparé café para los tres y nos sentamos en torno a la mesa del mono ambiente de Jorge. Ya que vivía allí con Tony, esperando el regreso de él cada día, sintiendo la ausencia hasta en los huesos. —Papá me envió lejos porque estaba entorpeciendo uno de sus proyectos—fue lo primero que él dijo. Me esforcé en no encogerme al escuchar sobre Guillermo Godoy. Por supuesto él tenía que ser nombrado en la primera oración. Como bien sabíamos, él tenía un papel protagónico en todo esto. —Me interpuse, entonces él y su socio decidieron quitarme del medio—la voz de mi hermano era monótona y sin sentimientos, como la de un robot—. Creo que Fuentes le pidió que me matara, pero él no fue capaz de hacerlo. Me envió al exterior y fingió mi muerte… Y en ese mismo proceso egoísta nos hundió al resto de la familia, en especial a mamá. ¿Cómo pudo ser tan insensible? —Estuve dos años en un centro clandestino… de—se frenó, y Adela arrastró su mano todo el camino hasta la suya sobre la superficie lisa de la mesa, eso pareció funcionar como su combustible—. Era un centro que experimentaba y creaba…asesinos. Intenté no verme tan horrorizada e incrédula como me sentía. —Durante dos años me maltrataron y se metieron en mi cabeza. Fueron armando, capa por capa, un monstruo lleno de rencor y sed de sangre. Luego de ese tiempo, ya era el tipo insensible y frío que ellos querían que fuera… Y una vez hecho, todo por lo que habían trabajado se les fue encima, porque los asesiné uno por uno. Y me escapé.


Mi boca cayó abierta a la vez que los ojos casi se me escaparon fuera de sus órbitas. Lo dijo de manera tan… suelta, como si el hecho de matar a alguien tuviera el mismo significado que ir de compras. Me fijé en Adela y ella alzó una ceja en mi dirección, retándome a decir algo sobre ello. No fui capaz. Nos quedamos un rato en silencio, los dos estudiándome, y mientras miraba a mi hermano a los ojos, lo supe. Supe que él realmente era un asesino. No en tiempo pasado, sino en presente. Él seguía siéndolo. Me pregunté por qué me asustaba y afectaba tanto cuando sabía que éste clan no era trigo limpio y quizás todos tuvieran sangre en sus manos. ¿Por qué me ponía tan mal si el mismísimo hombre que yo amaba se había marchado para hacer exactamente lo mismo? Matar. Pero era distinto, ¿cierto? Santiago era mi hermano mayor. Mi amable y cariñoso protector. Había tenido una infancia, dentro de lo que se puede decir normal, teniendo en cuenta la naturaleza del matrimonio de nuestros padres. Habíamos sido bastante bien educados y sostenidos, como para salir con traumas. ¿No es que los niños con infancias disfuncionales son más propensos a… No. A Santiago lo rompieron desde los cimientos. Crearon a otro tipo, con otra personalidad. Por eso ya no se sentía conectado a su familia de sangre. Al fin comprendí lo que tan desesperadamente había tratado de decirme: el viejo Santiago estaba muerto. Dentro de ese cuerpo tatuado ya no había nada que lo relacionara con él. Podía tener su cara, sus ojos, su pelo… y aun así no era más mi hermano mayor. No era más aquel chico que quería ser arquitecto y formar una familia con… Me envaré. — ¿Qué pasó con Lucía Fuentes?—se me ocurrió preguntar, porque de alguna forma yo intuía que ella tenía mucho que ver. Santiago miró de reojo a Adela, ella sonrió levemente, llena de ironía. —Ella era el proyecto—indicó él, así sin más—. Por eso interferí, su vida estaba en peligro. Y mientras estuve encerrado, todo lo que quería era volver y salvarla, pero de eso ya se estaba encargando nuestro hermano, Lucas Giovanni. Me mordí el labio, tratando de conectar cada cosa que él soltaba. — ¿Me estás diciendo que el bastardo de papá, el que tanto odiabas, te robó a Lucía?— entrelacé. Una sonrisa de lado, que se pareció más a una mueca, adornó los labios de Santiago. Adela se rio por lo bajo.


—Algo así—se encogió mecánicamente—. Cuando volví ya era tarde, él la había salvado, y en el proceso todos creían que había muerto. Por lo que, cuando quise recuperar a la chica, estaba demasiado rota porque el amor de su vida estaba muerto. Pero en realidad seguía vivo y volvió unos meses después y… lo que sea—escupió, quitándole importancia—. Ella ahora está con él y van a tener su segundo hijo… —Deberías ir a visitarlos—sugirió Adela—. Creo que te vendría bien conocer a tu otro hermano—me guiña. Un escalofrío me recorrió la espalda. Lo vi el día que llegué a este lugar en medio de esa fiesta que León había organizado. Estaba con Lucía, y un pequeño bebé rubio. Yo me encontraba tan fuera de mis cabales que ni les dediqué una segunda ojeada, ni siquiera por curiosidad. Mi mundo acababa de ser reducido al reciente reencuentro dramático con mi hermano mayor. —Tal vez algún día—murmuré, confundida—. ¿Qué pasó con papá y Fuentes? Ellos nunca volvieron a aparecer… Mi hermano clavó esa mirada tan pesada en la mía, casi como si estuviera penetrando y friendo mi cerebro. — ¿Qué crees que les sucedió?—cuestionó, casi sonando malévolo. Tragué saliva, cortando el silencio estacionado entre los tres. —Lucas y yo los matamos—respondió, fehaciente—. Los torturamos y los prendimos fuego. Tal como se merecían… Me tapé la boca en estado de shock. ¿Había matado a papá? ¿Al mismo padre que tanto había admirado de pequeño? —Pero… pero… lo querías—tartamudeé, anonadada. —Sí, lo quería y que me fallara de esa forma hizo que el odio fuera incluso peor—gruñó, cerrando sus puños—. Se lo merecía. Merecía que sus propios hijos lo mataran mirándolo a los ojos, por todo el daño que hizo. Él y el bastardo de Fuentes. Si algún día hablas con Lucas y Lucía, te contarán todo lo que tuvieron que pasar a causa de ellos… un infierno, Bianca. Un infierno. Y para liberarnos de ellos, tuvimos que hacerlo. Pero eso no es una excusa, lo habría matado de cualquier manera. Volví al país con esa única intensión clavada entre mis sienes, yo mismo iba a matarlo con mis propias manos, Lucas fue una ayuda extra de último momento que me vino muy bien…


Mis ojos se llenaron de lágrimas, y tuve que agachar la mirada a mis manos entrelazadas en la mesa. Sabía que mi padre era cruel y muy mal hombre, lo descubrí aquel día que se rio de mi madre diciendo que su hijo mayor estaba vivo y que él mismo lo había alejado de ella para que jamás lo recuperara. En ese mismísimo instante Nacho y yo divisamos la verdadera cara que había bajo la máscara. —Claro que se lo merecía—estuve de acuerdo, mientras mi enfoque se aclaraba—. Hizo mucho mal. —No sólo Lucas y Lucía pasaron un infierno por su culpa—interfirió Adela, apretando los dedos de Santiago—. Hizo que tu hermano lo viviera por dos años consecutivos, sin respiro… Las cosas que hicieron con él no tienen nombre Bianca… son terribles. Elevé mi atención a él y estudié su rostro de piedra. Quise sonreírle, ablandarlo, acariciarlo. Abrazarlo para que lo olvidara. Porque todos en esta mesa sabíamos qué tan terrible había sido todo para él. Si no fuera así, seguiría siendo el viejo chico despreocupado y abierto. — Entiendo…—susurré, casi inaudible. — ¿Entendés por qué me reusaba tanto a que te acercaras a Medina?—pregunta él a continuación. Los labios me temblaron, y no supe cómo responderle, porque no entendía qué tenía que ver una cosa con la otra. —Porque tengo miedo—murmuró, dándome escalofríos con su contemplación tan compacta—. Porque estos últimos años al fin he sido capaz de encontrar lo más parecido a la paz. Pero entonces volviste a mi vida y te enamoraste de él. Cuando sus peores enemigos son capaces de hacer las cosas más terribles que he visto, cuando todo lo que le rodea corre peligro… Y no me llevo bien con el miedo, sólo quiero que se acabe—se estremece lleno de disgusto. Ya no pude refrenar el llanto, las gotas salieron a borbotones, una tras otra, empapándome las mejillas. Intenté limpiarme y no hacer ruido, sin mucho éxito. Él temía por mí, y eso quería decir que le importaba. Que detrás de toda esa coraza de hielo todavía podía sentir algo por mí. —No hay por qué tener miedo, estoy a salvo—le aseguré, sollozando. —Hasta que él no los haya matado, no estás a salvo. Nadie está a salvo—expuso Adela, pegándose más a su hombre que estaba tenso sobre la silla.


La inmovilidad de mi hermano provocó que me derrumbe aún más. —No temas por mí, por favor, voy a estar bien. Lo prometo—le insistí, estirándome para sujetar su mano inmóvil. Jorge me juró que me protegería, y le creí. Por eso podía prometerle lo mismo a Santiago. Suspiré cuando él no separó su mano, permitiéndome tocarle. —Aun así tengo miedo—replicó, respirando con fuerza—. Tengo miedo de que te rompan como a mí… Conseguí un pañuelo para limpiarme, al tiempo que dejaba salir más lágrimas. La vulnerabilidad que él me estaba mostrando me aniquilaba por dentro, mi corazón se estrujó en sí mismo hasta casi desangrarse. No creí que fuera tan doloroso que él se abriera un poco a mí. Y digo “un poco” porque sé que hay más, pero no quiero que se vea obligado a decírmelo. Esta es la cuota que los dos estamos dispuestos a soportar. Miro a Adela y noto que también sus ojos están llenos de conflictos, porque sabe lo que Santiago está sintiendo al hacer esto. —Soy fuerte—le juro, enderezándome en mi lugar—. Puedo parecer débil, pero no lo soy. Si algo me pasa, saldré adelante—trato de transmitirle mi seguridad. Estaba dispuesta a aceptar ese riesgo por amor. Asintió, aunque no muy convencido, y bajó la mirada de una vez por todas. Ahí fue cuando me di cuenta de que la conversación se había terminado, y no daba para más. —Cuando quieras, vamos a ir a ver a mamá e Ignacio—sugirió de repente—. Creo que les hará bien un cierre. Pestañeé con sorpresa. —Si-si no es lo que querés, puedo entenderlo—aseguré, no quería ponerlo entre la espada y la pared—. Sé que he estado insistiendo con eso, pero… —Está bien—me cortó Adela en su nombre—. Ellos saben que está vivo, es mejor que lo vean de una vez, creemos que es lo mejor sacarlos de esa miseria… Me inquieté en mi asiento, mordiéndome el interior de las mejillas con nerviosismo. —Bueno—murmuré, insegura—. Si así lo creen, podemos ir cuando estén listos. —Cuanto antes mejor—apretó mi hermano, demasiado ansioso por quitarse esto de encima.


Organicé todo durante las dos semanas que siguieron, tratando de acostumbrar a Tony a la idea de que yo también me iría. Le prometí que ni se daría cuenta de que yo no estaba, y sería sólo por unos pocos días, quizás medio mes. No lo dejaría por mucho tiempo, no era capaz, estaba muy apegada al niño. Y dolía saber que no lo vería en un tiempo. Quería con todo mi corazón llevármelo conmigo, esa era la verdad, y no podía alejarlo del recinto, era el lugar más seguro para él. Y tampoco tenía el consentimiento de su padre para hacerlo. Así que tuve que dejarlo a cargo de Lucre y Francesca, entre las dos familias lo cuidarían bien. Me partió el alma, pero así tenía que ser. Lo bueno es que yo podía regresar pronto, cuanto antes las cosas mejoraran con mi familia. Llamé a Nacho y a mamá para avisar que estaría volviendo pronto, les confirmé el día. Lo que me trae acá, justo frente a nuestra casa. No les advertí sobre mis acompañantes y ahora me arrepiento. Bueno, ya no hay vuelta atrás. Bajo el vidrio y me comunico por el intercomunicador con el tipo de la seguridad. Enseguida nos permite pasar. Las rejas se abren y mi boca se seca, sobre todo porque percibo el pánico venir en oleadas desde la posición de Santiago.


CAPÍTULO 20 SANTIAGO Está hecho. Me encuentro acá, justo en frente de la casa donde viví gran parte de mi vida. Niñez y juventud despreocupada, llevando el nombre de un chico bueno, nacido para cosas grandes, y apañado por el dinero. Mucho dinero. Sólo que esa etapa es recordada como únicamente un sueño lejano, no queda nada de ella dentro de mí. Debería sentirme culpable por enterrar a mi familia de esa forma y olvidarme de ellos, después de todo es mi sangre y fui feliz teniéndolos a mi lado a medida que me transformaba en una joven promesa. Pero entonces pienso en que no es mi culpa, fue de mi padre, él nos partió al medio. Él me envió lejos para que me convirtiera en el hombre que ahora soy. Estoy conforme con mi vida, y en ella casi no hay lugar para reingresar el pasado. Por eso hoy estoy justo en su puerta, para que confirmen que de verdad el Santiago que ellos esperan que vuelva ha muerto. Y es mejor que dejen de ilusionarse y cierren una etapa que tanto dolor les ha producido durante años. Me tendrán cara a cara y simplemente… renunciarán. Respiraran. Una vez que las rejas se abren, marcando un camino libre de piedra gris que refleja los cegadores rayos del sol, avanzo el coche con estoicismo. Mi mandíbula duele de tanto comprimirse y mis párpados se entrecierran con resignación. No deseo verlos, prefiero seguir mi vida ignorando esta parte de la misma. Por más egoísta e insensible que eso se considere. Estaciono con cuidado a un costado, donde dos coches relucientes ya le dan un toque esplendoroso al paisaje del jardín que rodea la casa. Un descapotable plateado y un importado blanco. Casi puedo adivinar cuál le pertenece a quién. Nos bajamos, pisando el verde césped y Adela no pierde tiempo en rodear el vehículo para aferrarse a mi mano, completamente negada a interrumpir el contacto. Y eso es lo único que ahora mismo me tiene cuerdo. Bianca se desliza desde el asiento trasero y su falda tableada revolotea alrededor. Por descontado, ella debe vestir para contrastar con nosotros. Le da todo el color al mundo. La falda azul eléctrico y el top rosa pálido, un abrigo blanco largo acompañado de un pañuelo que parece la paleta de colores de un pintor loco. Ah, y tacones, no importa qué tan cerca de la muerte la lleven al enterrarse en la gramilla. Adela no puede evitar sonreír de lado con diversión mientras la seguimos hacia el portón de doble hoja, de entrada a la casona. Bianca está tan nerviosa que no hay absolutamente nada más que silencio moviendo sus labios. Y mi hermana pocas veces suele permanecer callada mucho rato.


Introduce una contraseña en un pequeño tablero y la cerradura chasquea como por arte de magia. Adela chifla a mi lado, por lo bajo. —Mi familia era rica, pero no en esta medida—comenta, tratando de matar la tensión. No digo nada, ni siquiera me muevo cuando mi hermana voltea, cerciorándose de que somos capaces de entrar y no salir corriendo como dementes. —La paranoia hace cosas como éstas—le responde, sonriendo en medio de una mueca y señalando la puerta ya abierta. Me echa un vistazo para que le dé la orden e inclino la cabeza para que pase al interior de una buena vez y se deje de tanto drama. Aunque sólo lo haga porque le preocupa mi estado mental. Mi mujer ejerce presión en mi mano, pegándose a mi costado como si tratara de transformarse en un escudo humano. Bianca entra, dejándonos espacio para ir detrás de ella, se hace cargo de dirigirnos como una experta. No hago más que dar un paso dentro que me envuelve ese característico olor a difusores ambientales florales que mamá tanto amaba colocar por cada rincón de la casa. Y sigue amando, por lo visto. Los tacones de mi hermana me devuelven a la actualidad a medida que se va adentrando en una enorme sala de estar, nada más cruzar el recibidor. Ahí se escucha un sonido peculiar que me hace fruncir el ceño, y Adela se pone en puntas de pie para ver desde detrás de mi hermana. Yo no necesito hacerlo, distingo todo muy claro. Ignacio está tirado en un sillón jugando a la Play. El pequeño niño nerd amante de los video-juegos. Está tan concentrado que ni nos nota, incluso habla solo. Por Dios, ¿realmente tiene veintiuno? ¿De verdad está a cargo de una gran empresa y a un paso de graduarse en la universidad? — ¡Hola familia!—grita Bianca, abriendo los brazos. Mi hermano salta de su posición y le pone pause a su entretenimiento. Sus ojos azules, más parecidos a los de Bianca que los míos, se alzan con sorpresa y una ancha sonrisa adorna su rostro con algún rastro de barba. Se pone de pie de un brinco simpático y allí mismo descubro que ellos dos son más parecidos de lo que mi mente recuerda. Parece ignorarnos mientras se abalanza sobre ella y la aprieta en su pecho. Mierda, sí que ha crecido, incluso más que yo. Al fin deja ir a Bianca y se frena atentamente en nosotros. Nuestras miradas se clavan, al mismo tiempo que su tez saludable pierde color. Tiene un aire inteligente y despreocupado, por lo que no le sienta nada bien verse así de ceniciento. Pestañea un par de veces y el brillo retorna a sus pupilas, incluso coloca una mueca torcida que indica interés y astucia.


—Hola—saluda, y no se ve para nada afectado ahora, se acerca estirando el brazo y tomo su mano intentando no dudar, el movimiento es mecánico—. Al fin, ¿no? ¿Qué? ¿Tanto miedo tenías de aparecer? ¿Creías que íbamos a contagiarte algún virus peligroso o algo? El amor fraternal no es una enfermedad mortal… Bilis sube por mi garganta, él sí sabe cómo dar un golpe aun teniendo esa sonrisa conciliadora en su rostro asquerosamente feliz. — ¡Nacho!—se indigna Bianca, viniendo a él y agarrándolo del brazo. Él me quita esa mirada inteligente de encima y se concentra en ella. —Te felicito, hermanita, no sé cómo lo hiciste—sonríe, pasando el brazo por sus hombros y apretándola a su costado—. Es difícil arrastrar a las personas a lugares en los que no quieren estar… —Por favor—ruega ella, bajando el tono. Nacho le guiña. —Simplemente digo la verdad—se enfoca de nuevo en mí—. Sé desde hace bastante tiempo sobre tu paradero, tu nueva vida. Te he observado lo suficiente como para saber perfectamente que no tenías ninguna intención de regresar. Así que, hice lo que creí correcto…—se encoge, indiferente—, te dejé en paz. Bianca se muerde el labio y desvía la mirada al suelo. Sé con certeza de que se ha tomado muy personales las palabras de Nacho—ella no fue tan inteligente como para quedarse al margen—. Adela deja ir un bufido impaciente, muy propio de ella, se adelanta un paso y estira la mano a mi hermano menor. —Soy… —Adela Echavarría—interrumpe él, mirándola fijamente—. Veinte años. Capricorniana. Una chica temeraria, con carácter de fuego. Única en la especie capacitada para colgar de las pelotas a un tipo como éste—me señala con el pulgar, ni siquiera prestándome atención, por lo que levanto una ceja, receloso—. Y, por supuesto, tan escandalosamente caliente como para encender cualquier maldito calzoncillo. Incluso el mío. Y eso que las prefiero rubias—le guiña con fanfarronería. Mi chica entrecierra los ojos hacia él y se cruza de brazos, repasándolo de arriba abajo. — ¿Cómo mierd…—escupe.


— ¡Ja! Lo sé todo sobre todos, siempre estoy un paso delante del resto—se gira, presuntuoso, y regresa al sofá—. Bienvenidos a este humilde castillo. Ya no es mi hogar, pero me mudé hace sólo unos meses, así que me siento aun calificado para recibirlos y, por favor, pedirles que se acomoden—abre los brazos señalando los demás lugares. Un pestañeo después está reanudando su fútbol superficial en la televisión. Adela no encuentra qué decir ante semejante recibimiento de su parte, y ella siempre tiene algo que agregar. Es como si realmente le diéramos lo mismo. Lo que, tengo que reconocer, me ha ayudado a relajarme un poco, sin importar cuántas verdades se ha apresurado a disparar en mi cara nada más verme. Parece que estaba ansioso por dejarme saber lo que piensa. Respeto eso, de todos modos. Bianca lo observa con el ceño fruncido y le aprieto el hombro de pasada a tomar asiento, para que se tranquilice. La actitud de Nacho no me afecta. Ni a mí, ni a Adela. Estamos allí un buen rato, en silencio. Las mujeres ocupándose en rellenar la sala con charla insignificante, y puedo notar desde mi posición toda la inquietud y descontento que mi hermana siente ante la primera impresión con Nacho. —Y…—comienza él, reposando el mando en su regazo y recostándose hacia atrás—. Tus tatuajes… son un poco espeluznantes. Le entrecierro los ojos sin responder nada a eso. —Tienen impacto, hay que reconocerlo—se encoge, mirando los dorsos de mis manos—. Te quedan. Por supuesto, son parte de la metamorfosis del viejo Santiago al que papá obligaba a entrar en la universidad de medicina hasta el que hoy está sentado frente a mí, retorciendo los puños como si fuera a partirme el marote… —No voy a golpearte—gruño. Abrió los ojos exageradamente. —Aprecio el gesto, macho—guiña—. Ahora, sé que todos ustedes tienen la misma onda… moto, cuero, piercings, tatuajes… apuesto a que es de película vivir allá—se ríe—. Por eso será que una vez que entran, nadie quiere salir. Y, decime… ¿tenés alguna perforación? Adela se aclara la garganta inmediatamente, lo que hace que todo se vuelva muy sospechoso. —Sí—suelto, sin más. Mi hermano curioso levanta las cejas, entretenido. Después se vuelve hacia mi novia. — ¿Siempre suena así de enfurruñado?


Ella lo observa fijamente, como queriendo abrir agujeros en su cabeza. —Por lo general—responde, cruzándose de brazos y piernas, siguiéndole el juego. —Interesante—sonríe el chico de costado. Va a abrir la boca de nuevo, seguro para decir alguna otra cosa rara que cree inteligente, sin embargo el sonido de una puerta abriendo y cerrando en el piso de arriba lo estorba. Y de pronto, de la nada misma, pierde toda esa actitud llena de sí misma, quedándose inmóvil en su sitio. Preocupado. Escuchamos pasos pequeños comenzando a bajar las escaleras, por lo que brinca lejos de nuestra ronda y se aproxima a ellas, apresurado. Me pongo de pie, girándome en esa dirección, las chicas siguiendo mi ejemplo. Entonces Bianca sigue a Nacho y los dos esperan, uno al lado del otro. Es temprano en la tarde, por lo que deduzco que mi madre estaba preparándose para ir a la oficina. Lo primero que veo es un pequeño par de botas bajas y elegantes y un pantalón formal. Recuerdo muy bien el estilo de Candelaria Godoy, con sus trajes serios y bien planchados. Una camisa blanca pulcra y entallada le sigue al descenso. Y demasiado rápido acabo teniendo un primer plano de su rostro pálido enmarcado con una corta melena de pelo oscuro, acentuando su mentón. Se ve bien, aunque más mayor. Cuando yo fui alejado de ella, usaba maquillaje más osado y su cabello era largo, como el de Bianca en la actualidad, y siempre lo trenzaba en su espalda, consiguiendo una controlada imagen severa. —Oh, por Dios—jadea, tapándose la boca al notar a mi hermana allí mismo y se lanza sobre ella para abrazarla—. Mi chiquita, ¡volviste!—canturrea. Trago el nudo que se forma en la base de mi garganta al notarla más suelta, más abierta. Más dispuesta a demostrar cariño. Lo que antes sucedía muy poco, principalmente porque papá la convertía en una mujer fría y amargada. Ella nos amaba, claro que sí, sólo… no se llevaba bien con el hecho de demostrarlo. Por eso Bianca corría a mi habitación cada vez que tenía sus ataques nocturnos, cualquiera de sus hermanos era más accesible que nuestros padres. Ahora, verla abrazarla y besarla, me hace pensar que quitarle a Guillermo de encima fue, tal vez, muy conveniente. No sólo funcionó para mi satisfacción propia de venganza. Me doy cuenta de que, en la actualidad, el insensible y poco demostrativo soy yo. No estoy seguro sobre si soy capaz de abrazarla, cuando sé que merece más que nadie volver a tener a su hijo mayor perdido en sus brazos. De nuevo, la mano de mi mujer escarba en la mía y crea un campo de serenidad a mí alrededor. Y es la causa por la cual no me derrumbo cuando los ojos vivaces de mi madre se estiran hacia nosotros, y se clavan en los míos. Su boca cae abierta al reconocerme y el bolso se


le escapa de las manos, yendo a parar derechito al suelo. Su expresión es mitad sorpresa, mitad horror. Yo también me horrorizo. Generalmente es lo primero que me asalta cuando siento que mi corazón es empujado hacia mi garganta, como si estuviera siendo electrocutado y revivido. Estoy tan jodido. Sí. Jodido. Lo sé en el momento en que sus rodillas se aflojan y Nacho la atrapa antes de que se desplome. Lo sé a causa de lo que su palidez le hace a mi respiración descontrolada. Y lo sé porque sus ojos producen un aceleramiento masivo en los bombeos de mi pecho. Estoy jodido porque no importa cuánto tiempo hay en medio, sólo tuve que tener un simple destello de ella para saber que, en realidad, me importa. Para entender que aún la quiero.


CAPÍTULO 21 BIANCA — ¡Hola, bebé!—chillo sosteniendo mi celular contra el oído mientras consigo mi camisón desde debajo de la almohada—. ¿Estás bien? ¿Qué te hizo la tía Lucre de cenar? El corazón me late fuerte en mi pecho cada vez que me comunico con Tony, no puedo calcular con exactitud todo lo que lo extraño. Lo único que sé es que me estoy arrepintiendo mucho por dejado, debería haberlo traído conmigo y llevarlo a pasear por la ciudad. Es mi bebé, y lo amo tanto, casi no puedo respirar al permanecer lejos. Me siento igual con respecto a Jorge, la diferencia es que con él ni siquiera puedo darme el lujo de llamarlo. —Bien—dice, tan tímido como siempre—. Y hoy comí tarta. Adivina cómo se llamaba— dice, entusiasmado. ¡Ay, Dios! De verdad, voy a morir de amor. Y tristeza, si no lo abrazo pronto. —Mmm no sé, no se me ocurre nada—dudo, riendo en voz alta—. Decime vos. — ¡De primavera!—suelta, y puedo imaginar la sonrisa en su pequeño rostro dulce—. Lucre dijo que se llama así porque tiene muchos ingredientes de colores… Sonrío toda derretida a causa de su vocecita pacífica y contenta, tan dispuesta a charlar. — ¡Qué bueno! Me hubiese encantado probarla—hago pucheros—. Cuando yo vuelva, vamos a pedirle que haga otra, ¿dale? — ¡Sí!—grita, eufórico—. ¿Cuándo vas a volver? Angustia sube por mi garganta al notar el leve deje de ansiedad en su tono agudo, lo que menos quiero es que se sienta miserable por mí. Y sé que debe de haberse sentido abandonado en los momentos en que su padre y yo tuvimos que irnos. Trago y pongo mi mejor voz alegre. —Pronto—le prometo—. En unos cuatro días, ¿me vas a esperar? — ¡Sí! Te vamos esperar con una tarta primavera, te lo prometo—asegura de pronto demasiado contento como para mantener el nivel de nuestra conversación—. ¡Tía Lucre, Bianca va a venir en cuatro días!—se oye un poco a lo lejos, seguro está buscándola con la mirada.


—Eso es genial, muchachito—le sigue el juego ella, acercándose—. Ahora, ¿me dejas hablar con ella, bombón? Unos segundos de silencio después ella se pone al frente. —Ese chico te extraña con locura—susurra ella, alejándose del ruido que hacen Max y Tony, vaya a saber lo que están haciendo esos dos—. Tiene un grave apego, Bianca. Me muerdo el labio, y los ojos se me llenan de agua. ¿Qué pasa? Últimamente vivo más sensible de lo normal, sólo ha sido emoción tras emoción desde que llegamos a casa de mamá. —Y yo también, Lucre—sollozo, pero no lloro—. Lo extraño muchísimo. Ella toma aire lentamente, con pesadumbre. —Durante el día se entretiene muy bien, pero a la noche… como que le cuesta dormirse un poco. No creo que le haya venido muy bien todo ese tiempo durmiendo en la misma cama que su padre—comenta, preocupada—. Y no ayudó que hayas ocupado ese lugar cuando Jorge se fue… Cierro los ojos y niego, dolida. Culpable. —Dios, decime que no les pide dormir con él—pregunto, mi corazón rompiéndose en pedacitos. —No, no confía tanto como para pedirnos eso a ninguno de los dos—suena cansada—. Pero juro que he escuchado algunos sollozos a la hora de dormir… —Nooooo—me quejo, suspiro y tiemblo—. Odio la idea de mi pequeño bebé llorando solito por las noches. —Me he asomado para ver si estaba bien, pero es experto en esconder sus sentimientos. Lo que me asusta viniendo de un niño de sólo casi cuatro años…Cuando vuelvan a la normalidad, van a tener que conseguir un dormitorio aparte para él—recomienda ella, regresando al ruido—. No más noches entre papá y mamá—sonríe. Me estremezco cuando dice eso último, pero dudo de que se haya dado cuenta. No soy la madre de Tony, aunque daría todo por haber sido yo la mujer que lo dio a luz, sin embargo me siento tan protectora con él que podría serlo. No es que quiera reemplazar a Cecilia, no, nada de eso. Pero prometo ser lo más parecido a una mamá para él, toda mi vida. —Bueno… voy a ir a la cama—me froto los ojos—. Cuatro días—le aviso, y me digo a mí misma también—. Cuatro días y estaremos de regreso.


—Bueno—dice Lucre—. Me alegro de que todo vaya bien, y que Santiago haya aceptado quedarse un poco más allá. Creo que les viene bien a todos ese acercamiento… Sonrío a medias, completamente de acuerdo. Aunque estos días hayan sido agotadores en el sentido emocional. Y eso que yo no estoy ni en el lugar de mi madre ni en el de mi hermano mayor, por lo que ni siquiera puedo imaginar lo que ellos están sintiendo. Sólo me alegro de que ellos estén tratando de congeniar, por más que las diferencias los mantengan un poco contrariados y titubeantes el uno con el otro. Lo que sí es seguro es que mamá lo quiere en su vida de nuevo y no va a parar hasta que al menos él lo acepte. No pide que se mude acá con ella, no, sólo quiere algo más de contacto. Quizás un par de llamadas al mes, la psiquiatra se ha dado cuenta de las barreras que ha conseguido su hijo a lo largo de los años, simplemente sabe que no podrá derribar la mayoría, sólo unas pocas. —También lo creo, todo esto se siente como un sueño hecho realidad—le confío, en un tono bañado en satisfacción—. He soñado mil veces con este reencuentro. —Lo sé—asegura ella, comprensiva—. Lo imagino, y por eso me alegro mucho por ustedes. —Gracias—murmuro—. Por el apoyo y por cuidar a mi bebé estos días. Mándale besos a Max de mi parte. Y a Fran y León, ellos también han hecho mucho por nosotros. —Serán dados—jura—. Buenas noches. Acabo la llamada con una réplica de sus últimas palabras y dejo el celular a un lado, sobre la mesita de noche. Con cansancio, me quito el vestido que me puse para la cena familiar y lo reemplazo por mi camisón. Estoy agotada, me duele todo el cuerpo y es porque las emociones me están pasando factura. Cada vez que mi madre da un paso cerca de Santiago y sus ojos se cruzan, opto por tragarme el llanto, porque no quiero arruinarlo todo con lágrimas, por más que sean de felicidad. Cuando se vieron por primera vez, estaba tan tensa que dejé de respirar, observando en las dos direcciones con inquietud. Mamá se congeló de pie entre Nacho y yo, y su expresión fue, literalmente, como si acabara de ver un fantasma. Creo que se le bajó un poco la presión arterial porque las piernas se le aflojaron y, si no fuese porque mi hermano estaba justo a su lado, habría castigado las rodillas en el suelo. Primero pensé que se había desmayado, me fijé mejor y la vi consciente. Y muy fijamente atenta en su hijo mayor. En cambio, Santiago, permaneció de pie, inmóvil junto a una Adela con lágrimas en los ojos que sostenía su mano como si la vida de él dependiera de ello. Creo que la chica podía percibir todo lo que mi hermano sentía, a su vez demostró todo lo que él no era capaz.


Nacho llevó a mamá al sillón y la recostó, Santiago dio unos cuantos pasos atrás. —No estoy teniendo alucinaciones, ¿verdad?—preguntó Candelaria, con sus ojos muy abiertos—. Díganme que no estoy loca y es mi bebé quien está parado ahí—señaló con el dedo. Tragué sin ser capaz de hablar por la bola de sentimientos atravesada en mis cuerdas vocales. Nacho sólo fue capaz de asentir. Nadie se movió. Y mamá se cubrió el rostro. —Tengo miedo de abrir los ojos—negó, sacudiéndose—. No puedo. Si vuelvo a mirar y no está ahí, voy a morirme… Santiago al fin acortó la distancia con un único paso. —No, ma—le susurró Nacho en el oído—. Es tu hijo, y está justo ahí. No tengas miedo de abrir los ojos. No aguanté más y mis lágrimas salieron con fuerza, ahogué cualquier sollozo para no romper la esencia del instante. Dios, había esperado esto por mucho tiempo. Mamá merecía este encuentro más que nadie. Justo allí, observándolos, estuve tan agradecida con Santiago por aceptar venir que podría haber saltado sobre él y sofocarlo. Si no fuera porque las demostraciones de afecto lo incomodaban tanto, no habría dudado. Candelaria bajó las manos y volvió a mirarlo. Pálida, de pronto muy ojerosa y demasiado débil por dentro como para creérselo del todo. Ahí fue cuando se levantó, manteniendo a raya sus temblores, y caminó a él dejando que Nacho la sostuviera del codo durante los primeros pasos, hasta cerciorarse de que no caería redondita. —Es increíble—dijo, sin aliento. Me ablandé cuando mi hermano mayor dejó que se le acercara lo bastante como para tocarlo. Rozarle la cara con las yemas de los dedos. Era tan grande en comparación a ella, tan oscuro y frío. Y aun así, sus ojos perdieron un poco de insensibilidad al sentir su tacto en la mejilla. Adela no podía despegar los ojos de ellos dos, anonadada e hipnotizada. Casi con la boca abierta. — ¿Puedo…—mamá se atragantó—. ¿Puedo abrazarte? Adela le acarició el brazo y soltó su mano, como pidiéndole que lo hiciera. Santiago asintió una única vez, tenso. Entonces la pequeña mujer se alzó sobre las puntas de sus pies y rodeo su cuello con los brazos. Lo llevó abajo. Y no fue un abrazo común, no. Mamá acunó su cabeza en el pecho y comenzó a llorar. Como si estuviera sosteniendo a un niño en vez de a un adulto grande e intimidante. Mi vista se borroneó, aun así pude ver que mi hermano le agarraba los codos, correspondiendo como mejor le salió.


—Sabía que él no podía ganarnos—sollozó ella—. Sabía que volvería a tenerte en mis brazos. Él no es rival para el amor de una madre... ¿Me perdonas? Parecía que Santiago apenas respiraba. — ¿Por qué?—preguntó, de repente. —Porque no fui la madre amorosa que te merecías—soltó ella, las gotas caían desde su mentón enterrándose en el cabello oscuro de él—. Porque me di cuenta tarde, cuando ya te había alejado de mí. Y he estado tratando de recompensar a tus hermanos… ahora sólo puedo pensar en recompensarte a vos. Bienvenido de vuelta. Él no fue capaz de decir nada, sin embargo, mamá pareció entender y llevarse bien con su silencio. Bueno, ella era buena con las personas, ¿no? Su trabajo lo ameritaba. Era una buena psiquiatra, y podría arriesgarme a decir que entendía mucho a su hijo, incluso sólo al verlo por primera vez en tanto tiempo. —Te amo—le susurró al oído. Santiago se tensó, y no demostró otra reacción. Tampoco se alejó. Una vez que mamá lo soltó, le acarició el rostro con una sonrisa brillante, como si fuera lo más preciado para ella. No pareció importarle que su hijo se viera al límite, cerca de saltar y correr. Le tomó la mano y la besó tantas veces como pudo, sin parar. Sin prestar atención de los tatuajes y el resto de los cambios en su cuerpo y actitud. Ella sólo veía a su hijo, al fin, lo demás no le afectaba. Después de eso, Adela fue presentada y cada uno tomó su lugar en los sofás. Había mucho de qué hablar, no obstante, el pasado fue un tema que ninguno quiso traer a colación. Todos lo ignoramos. Mamá se puso al día con la nueva versión de su hijo y no se horrorizó ni una sola vez con todo lo que descubrió sobre su nueva vida, que fue más contado por Adela que por él mismo. La mujer estuvo encantada con saber, fuera lo que fuera. Por supuesto nadie dijo que lo llamaban Máquina porque era capaz de matar a otro ser humano sin una pizca de remordimientos. Hay cosas que una madre nunca debe saber. Así que… sí, puedo decir de una vez por todas, dos días después, que las cosas salieron mejor de lo que planeé. Ahora mamá tiene a su primer hijo con ella, y está recuperando el tiempo que les quitaron. Santiago no se abre demasiado, pero no hay dudas de que está dándole a esto una oportunidad. Todo ha regresado a la normalidad, y ya puedo respirar tranquila. Estoy más que contenta, ya que íbamos a quedarnos sólo dos días y acabamos convirtiéndolos en una semana, de tanta insistencia por parte de mamá. Y Santiago ni siquiera se quejó. Definitivamente, mejor de lo que soñé jamás.


Ya estoy metida en la cama, con la luz apagada y suspirando, mientras revivo los dos últimos días y trato de no deprimirme por mi pequeño Tony estando tan lejos de mis brazos. Casi cayendo en la nubosidad del sueño. Entonces la luz de la pantalla de mi celular titila anunciando la entrada de un mensaje de texto. Frunzo el ceño, preocupada, porque ya es bastante pasada la medianoche. Le echo un vistazo. “Te extraño” leo. Y viene de un número que no tengo agendado y tampoco reconozco. Mis latidos se vuelven un poco alocados, por más que trate de obligarme a no reaccionar con desesperación. “¿Quién sos?” pregunto, reteniendo el aire. Por dentro reviven un millón de voces gritando en nombre de la ilusión y la esperanza. “¿Quién más puede ser, muñeca?” responde de inmediato. Trago, mi boca secándose de golpe. No, esto tiene que ser un engaño. “Oh, Dios. Esto no es verdad” marco rápido y envío. “Sí, lo es. Y me estoy muriendo por tenerte en mis brazos”. Me muerdo el labio inferior, nerviosa. Me demoro en encontrar una contestación inmediata, en ese interbalo me llega uno nuevo. “Sé que dije que te llamaría cuando estuviera a salvo, pero… no pude aguantarlo. Te necesito tanto”. Me tapo la boca antes de soltar un sollozo y mi vista se nubla. Mierda, ¡es él! “Espera un momento, estoy teniendo un infarto” le devuelvo, con el pulso inestable. Y enseguida agrego: “También te extraño. Tanto que me duele. Por favor, decime que todo se terminó”. “Me encantaría, muñeca. Pero falta un poco para eso. Lo siento” Suspiro, mi fe siendo barrida y lanzada a la basura. “¿Estás en la capital?” Pregunto sabiendo que podría estar el cualquier parte del país. Las Serpientes nunca se quedan mucho tiempo en el mismo lugar. “Sí, ¿por qué?” “Porque yo también. Y necesito verte” “Imposible. No se puede, nena. No hasta que yo termine con esto”. “Por favor”, suplico, “Necesito besarte, abrazarte. Por favor, no me lo niegues. Por favor.” “No” contesta, secamente.


“Te necesito, mi amor. No puedo estar un segundo más sin verte. Sólo un encuentro rápido, un único beso, nadie lo sabrá. Entonces podremos seguir con lo nuestro. Lo prometo.” Por un rato no hay ningún otro sobre digital parpadeando en mi pantalla y me preocupa. Me inquieta que vaya a decir que no. Que vaya a dejarme sola y miserable. Para eso, preferiría que jamás hubiese comenzado con este intercambio de mensajes. No me llena, lo quiero todo de él. Estoy a punto de rendirme cuando me llega su respuesta. “Está bien” dice. Y salto fuera de la cama.

JORGE « Estoy de nuevo en el bosque que rodea el recinto de los Leones, adentrándome en la noche y camuflándome entre la neblina. Por dentro siento todos mis órganos acelerados y en alerta, como si me alegrara de estar de vuelta. ¿Qué? ¿Ya terminó todo? ¿Estoy de vuelta? La última vez que fui consciente nos faltaban siete viejos, la tarea no estaba cien por ciento hecha. Necesito volver para completarla, aunque sí que me alegro de estar acá. Necesito verla. Logro distinguir movimiento unos diez metros de mi posición, un vestido blanco largo se va perdiendo entre los árboles y la espesa niebla. Apenas logro deducir la imagen completamente. Sólo, no me pierdo los largos rizos que caen por la espalda de su silueta. — ¿Cecilia?—la llamo, reteniendo el aliento. La mujer voltea la cabeza para verme, sus ojos asustados se posan fijamente en mí. Un par de pasos en su dirección y parece espantarse. Comienza a correr para alejarse de mí, adentrándose más y más profundo, en la oscuridad. Mi aliento sale en forma de vapor por mi boca al tiempo que me apresuro tras ella antes de perderla de vista. — ¡Cecilia, espera!—le ruego. Tengo que alcanzarla, no puedo dejarla ir. Necesito… necesito decirle… no, pedirle perdón. Y asegurarle que a partir de ahora haré las cosas mejor, seré más inteligente y que nuestro hijo tendrá una buena vida. Mejor de lo que soñó para él. Le daré todo lo que se merece. Y, lo más importante, mi amor. Cecilia debe saberlo ya, porque no sé cuándo volveré a encontrarla. — ¡Por favor!—la persigo.


Se frena de golpe y casi colisiono con su espalda esbelta y antes de que escape, la abrazo. La aprieto contra mí jadeando para recuperarme del apurón por alcanzarla. La doy vuelta entre mis brazos para estar cara a cara, mirada a mirada. Necesito que me mire a los ojos mientras se lo prometo. Sus esferas verdes muy grandes me observan como si no me conocieran. —Es tarde—murmura, sus labios temblando. — ¿Qué?—encierro su rostro pálido en mis manos, reteniéndola. Traga y el movimiento de su garganta me tiene atrapado por dos segundos. Me preocupa su forma de tratarme. —Es muy tarde—gimotea. Y se esfuma. De repente me encuentro con que su vestido blanco ligero cuelga de mis dedos. Sorbo por la nariz, sorprendido, y lo dejo caer como si me quemara. Avanzo unos pasos lejos de él y giro en mi lugar, tratando de encontrarla. No puede haber ido muy lejos, estaba justo aquí hace sólo un instante, estaba tocándola. No puede borronearse en un pestañeo. Giro y giro, agitado, desesperado. En un lamento, mi entorno cambia por completo. Ya no hay oscuridad, una luz parpadea desde el techo de una habitación. Es cálida, y hay un perfume agradable, pero se siente como si algo alterara el aire. Zumba en mis oídos y me siento como si fuera a desfallecer. Sin querer bajo la vista al suelo. Reacciono brincando hacia atrás ante el horror que se come mis entrañas. Mis pulmones se cierran y soy capaz de leer la señal aun en mi estupor. Me mareo, sostengo mi cabeza entre mis manos, entrando en pánico y angustia. “Traidor” Talladas tan perfectamente en un vientre liso y hermoso. ¡No! ¡Ellos no pudieron hacerle esto! No es verdad. Caigo en mis rodillas con todo mi peso junto al cuerpo que tanto abracé en las noches, y besé en cada rincón. Ahora lo habían profanado, cuando nació para ser adorado. Amado. Sangre fresca aun sale a borbotones de la garganta que en tantas ocasiones acaricié con mis dedos. El cuerpo convulsiona al tiempo que lo levanto en mis brazos y llevo su rostro hermoso al hueco de mi hombro. La sujeto mientras va dejando atrás la vida y encuentra al fin la paz. Los rizos rubio oscuro se enlazan entre mis dedos y beso su frente helada. Hasta que caigo en la cuenta de que no son rizos. Y el color es castaño oscuro. —No—susurro sin potencia.


La separo un poco y la veo directamente. —No. No. No. Me sacudo, en estado de shock. Ojos azules van muriendo en los míos, no hay pestañeo, no hay sonrisas dulces. Ni risa burbujeante. Los morados labios llenos ni siquiera se mueven. Se ha ido. Mi mujer se ha ido. — ¿Bianca?—me atraganto, palmeando superficialmente su mejilla fría y tiesa—. No. No puede ser… Mi estómago se contrae, las náuseas suben arriba. Toso, sintiendo cómo mi pecho se retuerce y mi corazón se detiene por completo. — ¡No, no, no!—digo contra la piel de su frente—. ¡NO! »

— ¡NO!—con el último aullido, mi espalda se despega de las sábanas húmedas por el sudor nocturno. Tardo demasiado rato en reorientarme y convencerme a mí mismo de que fue una pesadilla. Una puta pesadilla que casi me mata. Me froto la frente, mis dedos secando las gotas saladas, un dolor de cabeza asomando para terminar de joderme la existencia. Robando una larga bocanada al aire me siento al borde de la cama, tratando de acompasarme. Los nervios de mi sistema todavía creen que todo lo que soñé es verdad, están encerrados en la alucinación. Pestañeo varias veces y enciendo la luz del velador. ¿Es que ni siquiera puedo estar en paz en la única actividad que se supone es serena? Apenas he estado descansando últimamente, cuanto más cerca estamos de llegarles a esos hijos de puta, más me inquieto. No importa lo que Esteban quiera, no es racional. Y nos hacen falta refuerzos. Por lo que antes de ir a la cama decidí que en la mañana temprano llamaría a León para preguntarle si podía tomar prestados algunos de sus chicos. Y faltan como ocho horas para eso. Anoche me dormí temprano, lo suficiente destrozado como para aguantar siquiera hasta la medianoche. Habíamos tenido éxito con dos, derribándolos en el baño de un bar de mala muerte. No podía creer que se pasearan tan campantes sabiendo que tenían enemigos dispuestos a todo para destruirlos. Me encojo, no voy a ser quien le mire los dientes al caballo regalado. De todos modos, siguen siendo los que no quiero. Me quedan siete, y cinco de ellos son los verdaderamente peligrosos. Cuanto antes los mande al infierno, mucho mejor. La puta madre, ya quiero que toda esta mierda se termine. ¡Ya!


Un par de suaves golpes en mi puerta hacen que me levante de la cama, malhumorado. Tomé habitaciones separadas con mi compañero porque no quiero que él sea testigo de mis pesadillas, lo último que me falta es despertarlo en mitad de la oscuridad y que me llene de preguntas, tratando de reconfortarme torpemente. Es bueno para mí, pero no en todos los aspectos. Entiendo que se preocupa, sólo necesito una línea divisoria entre los dos. No es que el tipo se queje, tiene las noches bastante movidas desde que ya no está en pareja con Tania. Mujeres desfilan por sus habitaciones, y evito a toda costa ser parte de eso. Ya no somos compinches con respecto a las vaginas. Lo que sea, me enferma saber que es posible que me haya escuchado gritar en mis terrores nocturnos. Quito la llave de la puerta con brusquedad y la abro de un tirón. Y no creo que sea Esteban quien se me lance así para besarme. De todas las personas que conozco, sólo una usa este delicioso perfume floral. Los labios de mi mujer se pegan a los míos con hambre y sus brazos se aferran a mí como si fuera a morirse si no me tiene cuanto antes. Apenas puedo respirar o pensar con ella restregándose contra mí, comiéndome la boca. —Dios, este lugar es terrorífico—comenta, ansiosa—. No podía encontrar tu habitación con la urgencia que deseaba… — ¿Qué…—me besa de nuevo, pateando la puerta para cerrarla de un golpe. Mis neuronas no conectan con claridad por un rato demasiado largo para mi gusto. La lengua de Bianca tiene la mía, y es demasiado adictivo como para detenerlo. —Te extrañé—gime, enganchando la cintura de mi bóxer—. Te necesito. —Bianca—gruño, sin aire suficiente llegando a mis pulmones—. ¿Qué mierda…? Se rie, y se quita el enorme abrigo largo, abandonándolo en el piso, dejándome saber cuánto me extrañó al mostrarme que sólo lleva ropa interior sexy de encaje negro debajo. — ¿Qué haces acá?—le pregunto, tragando saliva, ignorando la presión en mi ingle. Ella se detiene en seco, observándome con curiosidad. —Me diste esta dirección—asegura, confiada y sonriente. Inesperadamente, el cuarto parece estar comprimiéndose sobre mí, las paredes inclinándose a punto de enterrarme debajo de los escombros. Le devuelvo la mirada y ella ve algo en la mía que no le gusta. Que la alerta. Apuesto a que me he puesto pálido, sólo siento que cada pedazo de mí está a punto de estallar en pánico.


—No eras vos el de los mensajes, ¿cierto?—sus ojos se inundan con lágrimas de entendimiento—. ¡Mierda! Soy tan ingenua— se estremece y se voltea. Me visto, demasiado entumecido por el terror, casi enredándome con cada prenda pretendiendo ser rápido. Ella alcanza su abrigo y se cubre, llorando. Tiene miedo. Está bien, yo me siento exactamente igual. — ¿Qué te dijeron en los mensajes, Bianca?—le pregunto, temblando. Se seca las lágrimas. —No dudé de que eras vos—sorbe—. Cada uno se leyó exactamente como algo que dirías… yo… estaba tan desesperada por verte que ni siquiera pensé que… podría… No sigue, se abraza a sí misma y la atraigo a mí para reconfortarla. Nuestro reencuentro no tenía que ser así, carajo. No de esta forma. Alguien planeó esto. Y duele como la mierda saber quién podría haber sido. ¿Y qué mierda hacía ella fuera del recinto? —Salgamos ya de acá—le murmuro duramente. No se resiste cuando la dirijo a la puerta. Pero, inclusive antes de estar demasiado cerca de ella, se abre y Esteban entra a medio vestir, cerrándose la cremallera de los vaqueros, todo despeinado. —Hombre—me mira, casi inconsciente de Bianca—. Te escuché gritar, ¿tenías pesadillas?—dice, agitado. Después de soltar eso se fija al fin en la chica a mi lado, temblando y con lágrimas en los ojos. —Entiendo—sonríe de lado y levanta las manos, reclamando inocencia—. Ya me voy, ya me voy—rie con pesadumbre, sabiendo que interrumpió algo. E instantáneamente su risa rasposa no suena más. Un seco golpe retumba en la habitación y mi amigo cae al suelo derribado sobre su estómago, fuera de juego. Bianca grita, echándose súbitamente hacia atrás y me interpongo entre ella y la gente que se apresura adentro del cuarto. Y digo gente, porque no son ni uno ni dos. Sino demasiados. Y nos tienen rodeados. Ahora mi vida se ha terminado para siempre, la mujer que amo está conmigo y pagará las consecuencias. La he arrastrado a éste destino. He vuelto a fallar.

***


Los primeros vestigios de consciencia vienen con serios ramalazos de dolor. Por todos lados. Me siento comprimido y agrietado, tanto física como emocionalmente. Aplastado. Me demoro un buen rato en abrir los ojos, por más que apenas estoy rodeado por alguna luz, lo que agradezco. Mi cabeza pisoteada no aguantaría ninguna claridad, ni siquiera debilucho, en mi dirección. Pestañeo de regreso, tomando nota mental de mi cuerpo, al menos todavía no me falta ningún miembro. Recuerdo el momento exacto en el que tironearon a Bianca lejos de mí y fui lanzado al suelo e inmovilizado por tres tipos. Mi mano siguió abrigada con la calidez de la suya unos segundos más después de ser arrancada de la mía, pero se enfrío rápido para mi gusto, y en ese mismísimo momento supe que estaba muerto. Su pérdida se sintió como un fallecimiento instantáneo. Lo último que vi antes de que unas pesadas botas me aplastaran los sesos fue una bolsa de tela negra cubriendo sus hermosas facciones llenas de dolor, la oí gritar mi nombre y con eso desaparecí, la conmoción dejándome inconsciente. Mi respiración se acelera con el pensamiento, la imagen reproduciéndose en mi mente una y otra vez, el dolor en el interior es más fuerte que cualquier otro. Ella no está conmigo, no sé dónde la tienen y tratar de imaginarlo no es saludable. Sin embargo, cada maldita mala conjetura se clava entre mis sienes y no hay paz. Tiemblo, sacudiéndome en mi lugar con violencia, aprieto los párpados y gruño. Quiero aullar. Si tan sólo pudiese moverme… Eso me lleva a echarme un vistazo a mí mismo, a mi deplorable estado. Por supuesto, tenían que quitarme la camiseta, eso es del todo predecible. Estoy sentado en una silla soldada al suelo, mi espalda bien sujeta al respaldar, llevo sólo mis vaqueros y los pies descalzos plantados en el sucio y frío suelo de cemento. Mis manos están esposadas y enganchadas a una pata de la silla, incluso aunque tuviera la posibilidad de hacer malabares para liberarlas de alguna manera, sería imposible porque estoy apretado. Me han enroscado en alambre de púas—sí, de nuevo, muy previsible, dramático y propio de ellos—tan ajustadamente que cada diente filoso está perforándome la piel. Incrustados en ella. Hay incontables hilos de sangre corriendo lentamente por todo mi cuerpo a través del sudor y la suciedad que brillan sobre mis tatuajes. El dolor es paralizante, aunque no tanto como el que me produce saber que la mujer que amo está en sus manos. A merced de un grupo de tipos dispuestos a organizar cualquier acto de salvajismo, sin una mínima pizca de remordimiento y piedad. Esteban no está conmigo, lo han separado también, porque es importante para ellos jugar con mi cabeza. Hacerme sacar conclusiones cada maldito segundo. Volverme loco. Podría estar muerto para ahora, o siendo torturado. O permaneciendo en la misma posición que yo. ¿Y Bianca? Dios mío, no puedo. No paro de volver a ella. Ya no soy capaz de soportarlo por más tiempo. Comienzo a respirar con trabajosa agitación, inquietándome. Me remuevo y las punzadas no me controlan en mi lugar. Mi percepción se marea y el contundente chichón en el costado de mi cabeza late, líquido caliente manando de él, corriendo hasta mi oreja. Apenas me


puedo mover y me vuelve loco. Grito, los maldigo. Los llamo para que vengan a mí. Yo podría tomar todo lo que quieren causarle a ella, sin una duda. Moriría por sus delicados huesos, aguantaría cualquier tortura con tal de que la liberen. Con tal de que la devuelvan a su vida normal y la dejen en paz. Cambiaría mis latidos por los de ella sin siquiera pensarlo dos veces. ¿Cuánto tiempo ha corrido? ¿Cuánto ha pasado desde que nos capturaron? No tengo ni idea de nada. Podrían ser un par de horas, o cinco. O veinte. Mi enfoque se borronea y no es a causa del mareo y la hinchazón en mi cráneo. Es por la humedad que produce la desesperación. Sí, jodidamente estoy en el límite del llanto. Me tienen colgando de las pelotas, saben que me matan de la peor manera al alejarla de mí así. ¡Carajo! ¿Por qué no le expliqué que no soy un tipo que envía mensajes de texto? Cuando dije que me comunicaría con ella, me refería a llamarla. Nunca, en mi vida, he escrito mensajes. Soy directo, voy al grano. Uso aparatos recargables para evitar ser rastreado. ¿Por qué mierda no la iluminé mejor? ¿Y por qué carajo tuvieron que sacarla del recinto? ¿Qué hacía en la capital? Y, la clave, ¿Cómo es que ellos nos encontraron tan fácilmente? ¿Estábamos siendo vigilados desde hace tiempo? ¿Nos tenían en la mira y atrincherados sin que siquiera lo sospecháramos? Entonces los subestimamos, fuimos unos estúpidos. Los tontos terminamos siendo nosotros. Esto estaba destinado a fracasar desde el principio. La cerradura de una puerta chasquea en alguna parte a mi espalda. Mis oídos no son lo suficientemente confiables ya que tienen este constante zumbido alterando los sonidos, consecuencias del golpe en la cabeza. Un gusto amargo puebla mi lengua, que se pega a mi paladar reseco. Aprieto los dientes a medida que los pasos pesados se acercan, burlones. Acechando. —Al fin nos volvemos a encontrar, traidor—canta una voz rasposa por tantos años de nicotina y otras sustancias. La conozco bien. Él era el vicepresidente del clan, la mano derecha de mi padre. Víctor. O simplemente Vic. Rober lo amaba, será porque eran tal para cual, unos reverendos bastardos hijos de puta, enfermos de poder e inmundicia. El tipo se posa frente a mí y me obliga a tragarme su imagen indeseable. Lleva, como toda la vida, el cabello grasiento suelto que le cae sobre sus hombros, rizos oscuros tiesos y sucios entretejidos en mechones blancos. Su barriga prominente sobresale del chaleco abierto sobra una camisa manchada y maloliente. Cuando era un tipo joven, recuerdo haberlo visto usando el cuero directamente sobre la piel, sin nada en medio. Pero ya no hay abdominales que mostrar, ha perdido todo el “encanto” después de tantas birras, cigarros y cocaína.


—Nunca creí que algo como esto pasaría, confiaba en tu fuerza—dice, meneándose acá y allá sólo para impacientarme—. Todos confiábamos en vos. Creíamos que Rober te había hecho lo suficiente valiente y rudo para tomar el mando. ¡Qué equivocados estábamos! Por supuesto, para ellos la fuerza no es más que brutalidad infundada. Mujeres desgarradas, niños indefensos reclutados o borrados del mapa como si nada, saqueos, drogas. Todo eso era lo que amaban, y como yo no lo quise dentro del clan, me llamaron debilucho. No fui lo suficientemente bueno. No importaba cuánta plata le había hecho ganar al clan con los tantos negocios que acordé. Para la época en que ellos me derrocaron éramos tan ricos que podríamos haber subsistido sin trabajar de nuevo durante años. Una década, quizás, por dar un ejemplo. Suerte que no pudieron hacerse con todo ese monto, lo tengo bien guardado. Nadie, ni siquiera Esteban, sabe dónde se encuentra. Pensaba usarlo para remontar vuelo una vez que tuviera el camino libre. Para alzar los cimientos de un nuevo y mejor club. Pero ya es tarde, me tienen en sus garras. Y existen muy pocas probabilidades de salir de esto. Van a salirse con la suya. Pronto seré historia. ¡Qué iluso! Permitirme enamorarme, soñar un futuro brillante. Nada en mi vida tuvo buen brillo antes, me iré por donde vine, por el mismo camino que estos miserables con lo que me crie. Soy basura. Y la basura nació para ser desechada. Pienso en Tony, en mi promesa de volver a buscarlo y, sin querer, sin que logre detenerla antes de tiempo, una lágrima se me escapa por el rabillo de un ojo. Pero ya ni siquiera me importa que Víctor la vea. No. Ya nada más me interesa, lo he perdido todo. He arruinado vidas. Y he arrastrado a la mujer que amo a este ruin destino. No tengo perdón. Godoy tenía razón, debí alejarme de ella. Debí dejar el egoísmo y mis necesidades de lado. — ¿Vas a decirnos dónde ha ido a parar todo ese dinero? Registramos todos los libros de cuentas, sabemos que existe— insiste, ansioso por saber. Me rio por lo bajo, amargamente. — ¿Por qué lo quieren? Si suponen que fue ganado gracias a este pobre blandito traidor—escupo, lleno de resentimiento. Chasquea la lengua, negando ante mis palabras llenas de veneno. —Vamos a renacer con ese dinero, volveremos a ser los de antes con él—se me acerca, midiéndome—. Yo te quiero hijo, no me obligues a hacerte daño. Escupo un gargajo en sus botas, negándome a hablar.


—Deja el discurso reconciliador, pedazo de mierda inútil—rechino ensañado—. Nunca vas a descubrir dónde está ese dinero, morirá conmigo. Si no es mío, no es de nadie. Yo ayudé a ganarlo. Yo fui el cerebro de todas esas operaciones y negocios, por lo tanto es mío… ustedes nunca van a llegar a él. Un golpe me sobresalta y elevo la vista, descubro que ha lanzado una silla contra la pared, rugiendo enfurecido. Quiere tanto esa información. Pero incluso aunque les dijera, jamás encontrarían el lugar. Y, lo mejor de todo, de ninguna manera tendrían acceso, al menos no en esta vida. Lo tengo excelentemente custodiado. Se pasea como un animal acorralado de un lado a otro, repitiendo una y otra vez que no es su intención golpearme, que prefiere evitarlo, lo que me da exactamente igual. Se apoya contra una pared y deja que el silencio llene este agujero negro con olor a moho. Y es por eso que los dos alcanzamos a escuchar los pequeños ecos ahogados que parecen provenir de otra habitación, lo bastante cerca para que sea claro. Golpe. Gemidos. Golpe. Sofocos. Golpe. Grito. Más golpes. Más aullidos agudos. Reconozco cada alarido. Cada enunciado de abandono. Me hielo por dentro, me desinflo. Cada pequeñita parte de mí se contrae y arde. No. Me encojo. No consigo meter aire en mis pulmones, mi sistema respiratorio se ha quedado congelado. Y el circulatorio parece acelerarse, mi corazón bombeando en mis oídos, y quisiera que fuera capaz de ahogar el ruido. — ¿Ves lo que logras?—se inclina el bastardo sobre mí—. Escucha bien como lo disfruta. Cada maldito empuje. No le falta mucho para terminar, está tan excitada. Estaba tan mojada cuando la dejé allí para venir a hacerte una visita. Presiono la mandíbula para que mis dientes no castañeen. Estoy en shock. No puedo esconder las lágrimas que me nublan la vista, noto la silueta del tipo frente a mí, pero no distingo sus facciones. Sólo consigo oler el penetrante olor a sucio que emana de él. Mi mente se va a otro lado, tratando de evitar el entendimiento de lo que realmente está ocurriendo. —Pobrecito—sisea, contento con verme quebrarme—. Siempre fuiste un pobre idiota sentimental, ¿no? Tan débil. Tan infeliz… Debe ser triste, seguro. Mientras lloras como un bebé, ella disfruta mientras uno de los nuestros se la coge, ¿qué se siente? Me gustaría saberlo, ya que tengo taaanta curiosidad. »Con tu otra novia ocurrió exactamente igual, le encantó tener cada una de nuestras vergas en su interior… La bilis amenaza con subir y la trago enviándola bien abajo, al agujero revuelto que es ahora mi estómago. Tomo un respiro violento, atragantándome, mientras él sigue encima de mí


tratando de pincharme. Pero realmente no reacciono, he sido drenado. El gruñido de un hombre traspasa las paredes mientras los golpes siguen y siguen. Y ella suena tan… irreal. Tan forzada. Demasiado aguda y potente. Lo que me hace pensar que le dieron algo, alguna droga. Abro los ojos con entendimiento, de golpe, deteniendo el aliento. Yumbina. Mis hombros caen y me estremezco. Necesito que se detengan. ¡Ya! A continuación, me trago un sollozo, al ser testigo de su culminación. Lo que sólo me empuja en una dirección. Todo dentro de mí explota, tal como una bomba de relojería al que se le ha cumplido el tiempo.


CAPÍTULO 22 BIANCA Por algo la gente murmuraba que yo era una tonta. Lo soy. Soy tan tonta e ingenua, yo sola me metí en esto. Se las hice tan fácil que siento vergüenza. ¿Cómo pude ser tan idiota? Tenía que conectar un poquito las neuronas, deducir que él nunca me enviaría un mensaje, porque después de tanto tiempo sin vernos me habría llamado. Él siempre llamaba, yo nunca lo había visto enviar textos. Pero… pero… los mensajes parecían ser escritos por él, como algo que él diría, sus expresiones, su forma de comunicarse. Incluso se refirió a las promesas que él me había hecho. Debe haber sido alguien que lo conoce bien. Aunque, bueno, las Serpientes lo vieron crecer, lo conocen lo suficiente. Acá la estúpida que cayó en la trampa soy yo, por desesperada. ¿Por qué no pensé? ¿Por qué no se me ocurrió que podría ser un engaño antes se saltar a la pileta tan ciegamente? Ahora estoy atada al respaldar de una vieja cama que rechina cada vez que me muevo aunque sea apenas, tengo los ojos vendados y me han quitado el abrigo. O sea que… estoy siendo exhibida solamente en ropa interior, delante de los dos hombres que me han estado rondando desde que desperté. Hablan de mí, de mi cuerpo, es tan obsceno que la piel se me eriza y no precisamente por el frío que roza mi piel expuesta. —Él siempre tuvo suerte con las mujeres—dice uno de ellos, el que siempre se mantiene cerca, y ha estado tocándome acá y allá—. Todas hermosas y siempre dispuestas. Su reputación de tipo malo hace eso, pero… yo también soy un tipo muy malo y no consigo esta clase de carne tan…exclusiva y de alta calidad. Aprieto los dientes porque apoya su palma en mi muslo y me acaricia. La aspereza me quema y me provoca nauseas, hago lo que puedo para separarme. De improvisto mi mentón es capturado, apretado, y jadeo por la impresión. Me retuerzo por más imposible que sea llegar a la liberación. Me fuerzan la boca, abriéndola, lucho, me quejo, intento morderlos. Y nada. Lo único que recibo es un chorrito de algún líquido frío que baja directo a mi garganta. Lo escupo, tanto como puedo y ellos maldicen, inmediatamente me obligan a tragar un poco más. Cuando me sueltan me remuevo entre tantas arcadas, el gusto es extraño. Y horrendo. Me preocupa mucho lo que es y siento un poderoso impulso de provocarme el vómito. Tengo las manos inmovilizadas, es imposible. Toso, pruebo con atraer arriba lo que hay en mi estómago y no consigo absolutamente nada. Por lo que no puedo impedir la ola de sollozos que me ataca, me los trago para que ellos no me escuchen.


No ayuda que el tipo me acaricie el pelo para “reconfortarme”. —Prometo que en un momento te sentirás mejor—susurra, sigue tocándome como si me adorara, y me da tanto asco que deseo matarlo. Me doy la vuelta lejos de su voz que suena tan cerca de mi rostro. No se oye como un hombre mayor, creí que las Serpientes eran todos viejos. Hombres de unos cincuenta y hasta más, como Jorge me había contado. Éste no parece muy mayor que él. Y tiene una voz atractiva dentro de lo normal, sino fuera porque me tiene atada sólo para disfrute de su cabeza enferma, tal vez no sonaría tan amenazante. No sé con certeza cuánto tiempo pasa después, sólo me doy cuenta de los cambios. En mi cuerpo. Me vuelvo muy consciente de lo que me rodea, mi piel acaparándolo todo, incluso la tela que cubre el colchón debajo de mí se vuelve…estimulante. Y no me asusto en el instante que el hombre vuelve a tocarme, deslizando las manos a lo largo de mis piernas. Mi boca se reseca, de pronto, ni siquiera soy capaz de tragar. Mis extremidades, que antes estaban heladas y temblorosas, se calientan y hormiguean. Mi ropa interior es hurtada, y el sólo roce del encaje en mis pantorrillas me tiene respirando con agitación. Es la cosa que tragué antes, sí, eso es lo que induce esta reacción. Y no quiero. Necesito que se detenga, tengo miedo. Tengo mucho miedo. Nunca me sentí así, nunca probé ninguna droga. ¿Por qué tengo que sentirme así? El colchón se hunde a mis pies y el peso se va moviendo más arriba, hasta que sus manos me abren las piernas para darle espacio, justo donde ansía estar. Me atraganto, temblando, tironeo de mis muñecas atadas. ¿Por qué no estoy luchando? Tengo las piernas libres, podría patearlo, pero ellas sólo reaccionan enterrando los talones en la superficie espumosa una vez que el tipo me toca. Y estoy mojada. ¿Cómo puede ser que me excite así cuando es lo último que deseo? —Por favor—murmuro, mi mente mareada—. No lo hagas. Te lo pido. Como si rogarle vaya a detenerlo, de ninguna manera, sólo lo incita a obtener más. Su pulgar me abre y doy un tirón con la intención de cerrar los muslos, al mismo tiempo que mis caderas se menean. A mi cuerpo le gusta la sensación. ¡Oh, Dios, no quiero que me guste! — ¡Aléjate!—le grito—. ¡Aléjate de mí! No te quiero, no te quiero—me quedo sin aire rápido, sonando casi vacía hacia el final de mi demanda. —Ah, sí me querés—sonríe él, tan encima de mí que tengo que esquivar su aliento, estirando mi rostro a un costado—. No tengas miedo, será bueno. Te lo aseguro.


El inconfundible sonido de un condón abriéndose entra a través de la bruma en mis oídos, traspasando los retumbantes latidos de mi corazón. Procuro alejarme, pero eso hace que me frote más contra él y mis sentidos se manifiesten mejor, con más poder. Toman el control de mi cuerpo sin que mi mente lo acepte. —Voy a irme ahora—avisa el otro hombre, su voz ronca excitada atiranta mis nervios—. Que te sea placentero—sonríe. Una puerta se abre y cierra, el ruido de una llave trabándola marca mi destino tan claramente que me olvido de tomar aire. El cuerpo grande y pesado se inclina más sobre mí, erizando cada poro que me cubre. Incluso los dedos de mis pies se crispan. Un movimiento de caderas lento hacia adelante y soy penetrada. Me tenso, grito e intento alejarme y eso hace que mi sexo se alerte a más no poder, y le gusta la intrusión. Me contraigo alrededor de la masculinidad de mi violador. ¡Se supone que tiene que doler! Grita mi mente al mismo tiempo que él comienza el bombeo. ¡Se supone que debe lastimarme! Arderme. Molerme. Destrozarme. No gozarlo. ¡No quiero aceptarlo dentro de mí así de fácil! No lo deseo en mi interior. Necesito que me duela, que algo me asegure que no me estoy ablandando para él. Mis lágrimas mojan la venda que me mantiene ciega. Nunca estuve más dividida, horrorizada y aterrada. Mi existencia se separa en dos, mi cuerpo disfrutando tanto que ahoga la parte racional, la que aúlla con negación en mi mente, desesperada para que esto se acabe pronto. No pretendo gritar cada vez que me golpea, tampoco que mi centro se contraiga a su alrededor demostrándole que le encanta. Y sin embargo, lo hago. —No—susurro, agotada cuando siento que un orgasmo viene—. No. No. Es denigrante. No, por favor. Puedo soportar que no haya dolor cuando es lo que realmente quiero, pero no que un extraño obtenga esta parte tan íntima de mí. La que sólo yo tengo el poder de entregar y disponer. ¿Dónde está Jorge? ¿Dónde lo tienen? ¿Le están haciendo daño? Lo necesito. Lo único que quiero es que venga a buscarme, que me quite a este tipo de encima, que lo mate. Sí, que lo asesine de la manera más brutal que desee. No lo voy a lamentar. Y que luego me abrace, me asegure en el oído que todo va a estar bien. Que sólo fue un mal sueño. Un gemido se me escapa antes de que logre retenerlo, mi violador se estremece y se fuerza más violentamente en mi canal. Y lo recibo como si lo amara, mi vagina tan estirada y sensible, punzando cerca del final. Entonces él se frena de golpe y me vacía, estoy a punto de suspirar con alivio, creyendo que ha terminado y me dejará en paz… Pero soy rotada sobre mi estómago. No, esto está lejos de acabar. Entierro mi cara en el olor rancio del cubre colchón, otra vez siendo llenada, me muerdo con tanta fuerza el labio inferior que me saco sangre, e


inundo mi boca con el sabor metálico. Las lágrimas se me han secado para ahora, y sólo soy capaz de tomar las indeseadas oleadas de placer que crecen en mi bajo vientre. El tirón en mi columna provoca un quejido desde lo profundo de mi garganta, y cuando el tipo toma un puñado de mi cabello para elevar mi cabeza, todo lo que quiero es soltarme. Me ordena que grite un poco más fuerte, porque le encanta cuando lo hago, y me resisto… por un corto momento, hasta que comienzo a sacudirme a causa de la liberación que tanto estuve tratando de evitar. Pronto, cada pedazo de mí se queda flojo, mi respiración apurada por recuperarse. Abro los ojos y me doy cuenta de que la venda se me ha corrido, y la primera imagen que consigo con mi único ojo descubierto es el dorso de una enorme mano morena por el sol apoyada junto a mi cabeza. Me quedo mirándola fijamente mientras el abusador busca encontrar su final feliz, estudio cada trazado de los tatuajes que cubre las venas sobresalientes y los dedos entre los nudillos. Mi mente ya no puede conectar nada más, me siento muerta, no siento nada tampoco. Solamente frío. Mis extremidades hormiguean y el sudor que se me pegó durante la actividad ahora está congelando mi piel. La cama chilla mientras su peso me libera, lo oigo tirar algo en la basura y cerrarse los pantalones. Mi enfoque se borronea un poco y, cuando lo escucho venir a mí de nuevo, me apresuro a esconder mi cara y volver a arrastrar la venda en su lugar. Lo último que me hace falta ahora es verle la cara, prefiero que el recuerdo obtenido venga sin facciones que reconocer. El hombre me da la vuelta, otra vez contra mi espalda y me barre el pelo fuera del rostro, enseguida ajusta el nudo de la venda a la altura de mi nuca. A continuación, me coloca de nuevo la ropa interior, como si quisiera simular que nada ha pasado, regresando todo a como estaba en un principio. Cada cosa en su lugar. Y se va. Distingo el chasquido de la cerradura y su charla en voz baja con otro hombre. Mi llanto es silencioso, para no molestarlos o hacerles saber que acaban de destrozarme por dentro. No físicamente, sino emocionalmente. Considero que jamás voy a recuperarme de esto. —Tengo que irme ahora, bonita—anuncia mi violador, fingiendo tristeza—. Pero acá te dejaré con mi amigo, él te va a mantener entretenida hasta que vuelva— se ríe. Escucho su risa retumbar en la habitación hasta que él se aleja entre los pasillos—o lo que supongo, son pasillos—. De nuevo me quedo encerrada, esta vez con otro hombre, que ni siquiera simula lo encantado que se encuentra al respecto. Se acerca demasiado rápido para mi gusto y me manosea. Por favor, no. Otra vez no. No soy lo suficientemente fuerte para aguantarlo una segunda. El olor que trae consigo es horrible, penetra mis fosas nasales y pone mi piel de gallina.


Mi boca es obligada a abrirse de nuevo y no le permito salirse con la suya. Me aparto en un impulso. El primer grito desgarra mis cuerdas vocales, y los que le persiguen las hacen sangrar, el dolor no es suficiente para callarme. Nada me detiene de aullar con todas mis fuerzas el nombre del hombre que amo. Por dentro, en mi corazón, rezo para que él me escuche y me encuentre.

JORGE Víctor está sobre mí cuando todo mi cuerpo se desencaja en un click. De alguna forma inesperada estoy lleno de adrenalina, mi sangre corriendo muy rápido, reviviendo mis impulsos. Hacía tiempo no me sentía así, dispuesto a todo. La burla del tipo que tengo encima se acaba cuando estiro un poco el cuello hacia arriba y cierro mis dientes en su oreja. Muerdo tan enloquecidamente que su sangre se filtra por mis labios de inmediato. Lucha para soltarse, gritando y gruñendo gracias al dolor. Se da cuenta de que tiene muy pocas probabilidades, por lo que termina echándose hacia atrás, a riesgo de perder la oreja. Mi paladar se abre en dos con su movimiento brusco y ni me inmuto. Sólo escondo la barra de metal que le arranqué entre mis muelas inferiores y la mejilla. Le sonrío. Y él se enfurece, comienza a golpearme seguidamente con los puños, haciéndome sangrar más la boca y el resto del rostro. No me importa, no me afecta. Creo que en el mismísimo momento en el que reparé en la barra atravesando su lóbulo tuve esperanzas. Si es creyente en Dios, le aconsejaría que rece para que no pueda soltarme las manos dentro de unos minutos. Le escupo una bola de saliva teñida de rojo a los ojos y él retrocede un poco para limpiarse. Tomo la delantera dejando caer la barra abajo, entre mis palmas abiertas, en tiempo récord. Nunca lo nota, y arremete para seguir moliendo mi cara. Que siga, mientras golpee en lugares que no me noqueen voy a estar bien, porque mientras él se ocupa de ello, yo estoy probando abrir las esposas, tan disimuladamente como soy capaz entre puño y puño. La ansiedad no me juega una mala pasada, no logro saber en cuánto tiempo dejo libres mis manos, al fin. Sólo miro fijamente a mi objetivo, tratando de pensar en una forma de liberarme del alambre de púas que mantiene mis brazos sujetos a mi torso. Lo tironeo hacia adelante, tratando de que quede espacio para colarlos hacia arriba, mi espalda se está llevando la peor parte, los dientes arrancándome pedazos de cuero, dejándome en carne viva. Poco a poco me voy liberando mientras Víctor apoya los antebrazos en una pared para recuperar energías y oxígeno. Ya no es tan fuerte como en su juventud, agradezco que se haya arruinado la vida ingiriendo tantas porquerías. Cuando se da la vuelta para venir a mí, no se da cuenta de que tengo los brazos fuera del alambre, simplemente sigo simulando mi posición anterior, como si


todavía estuviera esposado a la silla. Lo tomo por sorpresa al estar lo suficientemente cerca, arrancándome una tira de la púa, y enroscándola en su cuello gordo. Estoy gritando mientras lo hago, por la ira carcomiéndome y por el dolor punzante de cada corte a lo largo de mi torso. Las heridas son tan profundas que me empapo de sangre en segundos. Salto fuera, de pie, apretando las púas en el cuello de Víctor. Su sangre empieza a manar y sus ojos se ponen rojos y saltones a medida que le quito el suministro de aire. Está a un paso de desmayarse cuando hago mi último movimiento sobre él, quebrándole el cuello. No hay tiempo para luchas largas y ensañamiento. Una vez que cae desplomado, le reviso los bolsillos, encuentro un manojo de llaves y una navaja. Soy libre. Aunque sólo de él. Abro la puerta de la habitación y me escapo, pasando a lo largo de un pasillo, creo que conozco este lugar. Oh sí, es mi casa. La enorme casa donde crecimos Max y yo. No la quemaron como creí que habían hecho. Rebusco en cada puerta, sabiendo que Bianca tiene que estar cerca, sino no habría escuchado su… sus gritos tan claramente. Trato de que eso no me afecte, porque si salimos de ésta, ya voy a tener tiempo de seguir con las consecuencias de lo que ocurrió hoy. La segunda puerta que trato de empujar no se abre, está con llave, y los instintos me dicen exactamente por qué. Con dedos inestables comienzo a probar llaves, una a una, suplicando a Dios que la correspondiente se encuentre en este manojo. Por supuesto, tengo suerte. Porque nunca habría podido tumbar la gruesa puerta. No hago más que asomarme que veo a un solo bastardo luchando con ella, atada en la cama y ciega a causa de una venda. Bianca lo está maldiciendo con fuerza y rabia. Y él sólo se ríe creyendo que va a conseguir una segunda probada de mí mujer. O… al menos creo que sólo la tuvieron una vez. Me estremezco, quitándolo de mi cabeza, y me lanzo a él. Me coloco a su espalda y grito que la deje en paz, Bianca se inmoviliza y lloriquea, y su alivio me retuerce las entrañas. Descubro la navaja y le corto la garganta al viejo, su sangre se derrama sobre el cuerpo casi desnudo de ella y antes de que lo deje caer a un lado para que termine de drenarse en el piso. Con mis manos llenas de sangre voy a ella y le quito la tela de la vista, antes de probar las llaves en sus esposas. Un solo vistazo a sus ojos amenaza con derribarme de rodillas. —Estoy acá, nena—murmuro con mis cuerdas apretadas y los ojos húmedos—. Nunca más van a tocarte de nuevo… El blanco que rodea sus irises está demasiado rojo como para tenerme tranquilo, y su palidez es enfermiza. Incluso sus labios están morados. Sus manos caen inertes cuando las dejo libres y las tomo con las mías. —Te-tengo frío—castañea.


Asiento, muy cerca del borde, encuentro el abrigo que había tenido puesto cuando golpeó mi puerta en el motel. Lo recojo del rincón y la visto, está tan flácida que me tiene a un paso de hiperventilar. No está bien, nada bien. —No me siento bien—traga, mientras me mira con ojos idos. Tenemos que salir de acá, cuanto antes, así que la alzo en mis brazos y su cabeza se choca con mi hombro, quedándose allí mientras se deja ir. —No te duermas, nena—susurro, apoyando los labios en su frente—. Por favor, sólo aguanta un poquito más. Doy un paso a la puerta y, de pronto, escucho demasiado movimiento venir por el pasillo. Me congelo, alerta. No, no, no. Pero sí, está casa debe estar llena de estos hijos de puta, ¿Cómo pensaba salir con Bianca a cuestas? Eso equivale a suicidio para ambos. Me muevo, poniendo la cama entre la puerta y nosotros, entonces deposito a mi chica en el suelo. Lucharé, no voy a permitir que nadie llegue a ella, cueste lo que me cueste. Sin embargo, cuando el primer hombre entra en la habitación, no es lo que espero. Acabo de rodillas junto a ella al ver a su hermano avanzar en nuestra dirección, con los ojos muy abiertos y su tez pálida. No sé cómo nos encontraron, y estoy demasiado agradecido como para que me importe. Detrás de él viene Max, empuñando un arma, y Adela. La última se tapa la boca cuando me ve, afectada y casi se pone a llorar al encontrar a Bianca en mis manos, a punto de desmayarse. — ¿Qué le dieron?—pregunta Godoy, brusco. —Hay… tiene que haber más hombres…—intento decirle. —Había tres y los matamos—me interrumpe, cayendo de rodillas para atender a su hermana—. ¿Qué-mierda-le-dieron?—me pregunta, mirándome como si quisiera asesinarme. Lo que va a hacer pronto, no tengo chances de salir con vida después de lo que Bianca acaba de sufrir. Trago, y voy a responder cuando Adela se agacha y levanta entre sus dedos un gotero. —Esto—dice, tensa. Todo el mundo queda mudo. La respiración de Godoy se acelera y parece que tiene el poder de derribar esta casa con cada soplo. Adela sorbe por la nariz y Max le quita el tarro para leerlo, empalidece completamente y lo deja caer al suelo como si le quemara. Santiago me quita a Bianca de las manos. —No—susurra ella, estirando el brazo hacia mí—. Quiero ir con él.


Santiago no la escucha, se levanta y camina lejos de mí, y ella sigue llamándome a través de los pasillos. Mis hombros caen al mismo tiempo que las lágrimas, y ni siquiera les he dado permiso para salir. Mi cara es una masa inmóvil y de granito, ni siquiera pestañeo. Adela se agacha junto a mí, tocándome el hombro. —Hay que cerrar todas estas heridas—me dice, manteniendo el control de su voz—. ¿Con qué te las hicieron? Se ven horribles, y pueden infectarse. No respondo, sigo mirando al frente sin capacidad de reacción. —Jorge…—llama mi hermano. Sigo entumecido, sin percibir nada más que sus gritos reproduciéndose en mi cabeza, los golpes que retumbaban en estas mismas paredes, y encima de esa cama. Max se coloca de pie, enfrentándome e intenta darme ánimos para levantar mi culo de ahí. Entre lágrima y lágrima alcanzo a tomar un primer plano de la pistola en su puño, y soy tan rápido para arrebatársela que no le doy tiempo para más que maldecir. Alzándome sobre mis pies me alejo hacia el rincón más cercano de la habitación. Los dos me observan con cautela. —Mierda—escupe Max, sin quitar sus ojos redondos en los míos—. Baja esa puta cosa— me ordena. No estoy apuntando a ellos, sino a mi sien. Adela se echa a temblar. — ¿Qué estás haciendo, idiota?—enloquece el hombre a su lado—. Devuélveme el arma, déjate de payasadas. —He dado vuelta la cara demasiadas veces—le digo, con tono muerto—. He ignorado cada mierda que ellos les hicieron a sus mujeres. Y… en las únicas dos que realmente deseé con toda mi alma detenerlo, no pude. Y esas dos tenían que ser ellas… Éste es mi castigo por quedarme de brazos cruzados… Max aprieta la mandíbula y da un paso a mí, Adela trata de mantener la compostura bajo ese estado afectado, pero sé que es más por Bianca que por mí. Se inquieta en su lugar, sin saber qué palabras decir para hacerme bajar el arma. Y no tiene que importar porque nada me va a hacer retroceder. —No es tu culpa, vamos—carraspea Max, impaciente—. Esto es una estupidez, nunca podrías haber frenado el destino de todas esas mujeres, eras un chico… te habrían matado. —Si haces esto… qué vamos a decirle a Bianca, ¿eh?—salta Adela, sus ojos enojados ahora—. Por si no te has dado cuenta, ella te necesita. Se fue de acá gritando tu nombre.


Eso surte efecto y, de nuevo, se me desenfoca la vista, sus siluetas se borronean. Bajo el arma y Max suspira una maldición, tratando de recuperarla. No le impido desengancharla de mis dedos. —De todos modos, Godoy va a matarme—murmuro con voz ronca. Paso entre ellos chocando sus hombros y me dirijo a la salida. Ya es tiempo de comenzar a contar las horas que me quedan. Transito los pasillos, recordando bien hacia donde queda la salida, no obstante, justo antes de llegar al exterior me acuerdo de algo. O, mejor dicho, alguien. Esteban. ¿Dónde carajo lo tenían? Supongo que tiene que estar en esta misma casa. Me vuelvo y comienzo a revisar, una a una, las habitaciones. Me cruzo de frente con Max y Adela en el camino. — ¿Qué estás buscando?—pregunta Max, siguiéndome. No sé por qué repentinamente se pone tan preocupado por mí. —A Esteban—suelto, sombrío—. Él fue capturado con nosotros. Y, de todos modos, ¿qué es lo que estás haciendo acá? ¿No estabas en casa? Camina a mi lado, abriendo las puertas al otro lado del pasillo, contrarias a las de mi lado. —No lo vimos por ninguna de las que revisamos al llegar, deben tenerlo al final de éstas o en las de arriba—comenta, concentrado, encendiendo y apagando luces—. Y sí, estaba en casa, pero ayer decidí que no podía quedarme de brazos cruzados. Después de todo, yo también fui perseguido por ellos—dice, sin siquiera mirarme. Trago súbitamente, se me hace muy difícil digerir lo que acaba de decir. Decidió venir a ayudarme por cuenta propia, meter sus narices en donde no le corresponde y ponerse en peligro. ¿Y qué pasaba si llegaba antes y lograba unírsenos? ¿Qué habría pasado si lo capturaban junto a nosotros? Tal vez ahora no estaría vivo para contarlo, y yo estaría siendo culpable de ello, también. —Te dije que no ne… —Me importa una mierda lo que me dijiste—ruje, revolviéndose con firmeza—. No iba a dejarte venir solo contra ¿cuántos? ¿Una docena? Eso es un suicidio, me llevó un mes carcomerme la cabeza sabiendo que podía ayudar… Además—suspira, negando—sabías que tarde o temprano ibas a necesitar refuerzos… Bajo la vista al suelo. Tiene razón, tiene toda la maldita razón. Yo no los llamé antes porque estaba teniendo dificultades con Esteban y no quería ponerme en contra a la única


persona que había estado a mi lado por tanto tiempo. Quería llegar a una conclusión civilizada con él, hacerle entender de a poco que era lo mejor aceptar ayuda. Bajamos las escaleras que llevan al sótano. —Y…—titubea— ¿desde cuándo Esteban es tu amigo? Agrando los ojos, ni siquiera esperando esa clase de pregunta. ¿Cómo “desde cuándo”? Si él sabe bien que crecimos juntos. —Es mi mano derecha—me siento obligado a explicar, innecesariamente—. Mi mejor amigo desde que tengo uso de razón… Los labios de Max se tuercen con confusión y duda, como si desconfiara de mi seguridad al decirlo. Hay algo de eso con lo que no está de acuerdo. —No, él no era tu mejor amigo—anuncia como si nada, llegando primero a la puerta cerrada del sótano, dándose cuenta de que tiene candado—. Él era el mejor amigo de tu hermano. Frunzo el ceño a la par que rebusco por la llave correcta en el conjunto que conseguí antes. Sus palabras me hacen pensar, bueno… sí, Esteban era el mejor amigo de Jesús, por ende siempre estábamos juntos. Jesús y yo éramos unidos siendo niños, por más que tuviéramos intereses diferentes. Nosotros y Esteban éramos un buen trío. —No sabes ni mierda—le gruño, y abro de una maldita vez la puerta. Ahí está mi amigo atado a una silla, inmovilizado aunque no con púas, gracias a Dios. Le han dado un puntazo en el costado y tiene la cara destrozada. Pero deduzco que va a estar bien. Cuando Max se le acerca para liberarlo, él lo observa con ojos mareados, casi adormecidos. — ¿Qué…—frunce el ceño, pestañeando varias veces—. ¿De dónde saliste? Max se ríe, burlón. —También me alegra verte, pedazo de mierda—le gruñe, malhumorado—. Ahora, camina. Lo levanta de su lugar y lo empuja hacia mí con impaciencia, Esteban tropieza y se choca contra mi pecho, lo sostengo antes de que castigue contra el suelo. Está tembloroso y un poco pálido, quizás necesite alguna transfusión, veo que ha perdido bastante sangre. Me fijo en Max al tiempo que lo acarreo, de nuevo hacia los pasillos en dirección a la salida. Parece que mi hermanito menor no está muy feliz de ver a Esteban. Hasta soy capaz de advertir que no confía en él. Que se pudra.


Llegamos afuera y allí veo a Adela y unos cuántos Leones más que no conozco demasiado, han venido bajo el mando de Max, por lo que veo. Él y Adela se suben a un coche alquilado y esperan a que nos acomodemos en el asiento de atrás. Hablan de llevarnos a algún motel y no me opongo, pero Esteban prefiere que lo dejen en lo de su amigo que es enfermero. Así que, cumplen sus deseos. Una vez en el lugar, dejo a mi amigo bajo el cuidado del enfermero y regreso al coche. — ¿No te quedas? Tenés que tratarte las heridas—me dice, antes de que su amigo lo lleve adentro. Me detengo al subir a mi asiento de nuevo y lo observo, estoy comenzando a sentir el bajón ahora y necesito estar solo. —No, yo estoy bien… y—trago con fuerza—. Necesito hacer unas cosas… Extrañado asiente sin decir nada, y me voy aun sabiendo que se queda preocupado por mí. No hablo durante el viaje al motel, Max y Adela tienen la dosis justa de palabras. Y yo solo estoy siendo adormecido por el dolor y los recuerdos. La preocupación y el miedo constante por Bianca. Todavía no tenemos noticias de ella. Una vez instalados en la habitación, lo primero que hago es correr a la ducha, ignorándolos. Y me permiten adentrarme en mi privacidad. Mientras el agua caliente lame mis heridas, logrando que el ardor sea más insoportable y a la vez, calmando mis músculos tensos, me derrumbo. Me hundo como jamás lo he hecho, apoyándome contra los azulejos ya sin fuerzas para sostenerme en pie. ¿Por qué tenía que sucederle eso a ella? ¿Por qué al ser más puro y bueno que he tenido la suerte de conocer? ¿Por qué? La han roto, pude verlo en sus ojos azules. La han destrozado, ¿qué va a quedar de su viejo espíritu? ¿Va a convertirse en una chica sombría y sin ganas de vivir? Ella es fuerte, pero ¿tanto como para superarlo? — ¿Jorge?—me llama Adela desde la puerta. Su presencia me hace saltar casi fuera de mi piel y me recompongo como puedo, lo más rápido posible, para poder hablar. — ¿Qué? —Tenés que salir para que pueda atender tus heridas—explica con voz triste, ni siquiera esforzándose en esconder que acaba de escuchar mis lamentaciones—. Y tal vez tengas que ponerte una vacuna cuando vayamos a ver a Bianca… Su nombre me devasta, formo puños a mis lados, y el agua se va enfriando poco a poco. Me froto los ojos y la cara hinchada por los golpes.


—Ya voy—murmuro y ella me deja. Evito mi reflejo en el espejo empañado al secarme el cuerpo con cuidado. La toalla blanca que Adela me dejó sobre el lavamanos queda mayormente teñida de rojo cuando al fin dejo de usarla. Eso indica que tengo que darles varios puntos a mis heridas cuanto antes. Me coloco unos vaqueros nuevos que claramente no son míos y entro en la habitación para encontrarme con la chica sentada en una de las camas revisando un botiquín. Max permanece junto a la ventana con los brazos cruzados, mirando al exterior con expresión profunda. Su cabeza llena de cosas. Sin decir absolutamente nada me siento junto a Adela que aborda mi herida más profunda en la espalda, ni siquiera me encojo cuando él líquido desinfectante es vertido sobre la carne expuesta. — ¿Por qué estaba ella en la ciudad?—pregunto, fijo en las baldosas del suelo. —Nosotros vinimos a reunirnos con el resto de su familia—murmura, acomodando la aguja antes de enterrarla—. No creímos que estarías en la capital, además nunca pensamos que Bianca saldría en mitad de la noche… Así que, parte de esto también es culpa nuestra. Niego, sin abrir la boca. Quiero decirle que no es su culpa, en realidad es toda mía por consentir tener algo con Bianca. No soy bueno para la gente, debí haberme aferrado a los errores del pasado y no permitirme un acercamiento con ella. Al final, no es como ella decía. Alejarme de las personas sí cuenta como protección. —Nadie tiene la culpa—se entromete Max, caminando hasta la otra cama y dejándose caer—. Los únicos que deben pagar por esto son ellos, los viejos… tienen que morir. —No quedan muchos, sólo tres—comento, sin emoción. Por supuesto, los que pudieron escaparse tuvieron que ser los que más quiero cargarme. Al menos me deshice de uno, Víctor. Y saber que todavía quedan tres allí afuera, sólo me enfurece más. Sin embargo, lo que menos deseo ahora mismo es salir a cazarlos. Sólo… lo único que necesito es saber sobre Bianca. Nada más. El teléfono de Adela vibra por la entrada de una llamada y ella le pide a Max que lo atienda. Él, al saber que es Godoy, lo coloca en alta voz para que todos escuchemos. —Estuvo muy cerca de resultar una sobredosis—es lo primero que deja ir, me encojo por dentro—. Le hicieron un lavaje pero la sustancia ya había llegado a la sangre, así que no ayudó mucho. Ahora está dormida, estable, le dieron un calmante para los fuertes dolores de cabeza y la taquicardia. Si tenemos suerte...—se detiene para tomar una bocanada de aire— si tiene suerte, tal vez no recuerde lo que le hicieron cuando despierte…


Pestañeo para alejar el líquido que se amontona en las cuencas de mis ojos y alzo la vista para ver a Max que tiene el ceño fruncido. Adela sorbe por la nariz, aunque no se detiene de cocer mi herida, hasta que casi está lista. —Estamos en un motel—interviene ella y le da la dirección—. ¿Qué va a pasar ahora? Unos segundos de silencio le siguen, hasta que al fin responde. —Voy a ir para allá, Nacho se va a quedar con ella—murmura—. Y más vale que ese hijo de puta esté ahí cuando llegue. Y con eso se refiere a mí, claro. —No te preocupes—contesto, con tono firme—. No voy a ir a ningún lado. Voy a enfrentar mi destino. Así fue el trato que hicimos, y yo cumplo y pago todas mis deudas. No nos llega nada más de su parte, sólo el click del final de la llamada. Adela y Max suspiran al mismo tiempo e intercambian miradas perturbadas. Bien, parece que ha llegado mi hora.


CAPÍTULO 23 BIANCA Mi pecho se siente como si estuviera siendo aplastado por una gran roca, manteniéndome abajo. Y en mi cabeza hay redobles de tambores que anticipan nauseas. Mi garganta se retuerce dolorosamente porque mi estómago está vacío. A todo eso se le agrega la momentánea inmovilidad de las extensiones de mi cuerpo, mis piernas hormiguean y están heladas. Me relamo los labios, porque están tirantes y cortados, pero mi lengua es como lija y no ayuda en nada. Entreabro un poco los ojos, consciente de que alguien se encuentra sentado justo a mi lado. —Agua—pido, y la voz ni siquiera se parece a la mía. Mis cuerdas están gastadas, como si hubiese estado gritando sin parar hasta estropearlas. —Sí, acá—se apresura mi acompañante para llevarme el borde de un vaso a los labios. El líquido a temperatura ambiente sabe a cielo y es un alivio colosal deslizándose por mi lengua y garganta. Lástima que se siente un poco denso al llegar a mi estómago hueco. Me estremezco y levanto una mano para pedirle que lo aleje. — ¿Estás bien?—me pregunta. —Sí—respondo, monótona. Mentira. No estoy bien, estoy rota de alguna manera retorcida, y todavía tratando de juntar mis pedazos. Pero a eso nadie tiene que saberlo, ni siquiera podría explicar cómo me siento. Es como… como si me hubiesen cambiado de cuerpo. No me siento yo misma. Al fin separo mis pestañas completamente para ver a mi acompañante, me encuentro cara a cara con Nacho. Un desastroso Nacho. Se ve terrible, despeinado, pálido, asustado. Y a punto de llorar. Me trago la bola que se atasca en mi faringe. Yo le hice eso, yo y mi maldita estupidez. —Lo siento—susurro. Se encoje, como si mis palabras le dolieran.


— ¿Por qué? —Porque soy una tonta, siempre lo he sido… —No digas esa mierda, Bianca—me arroja, enojado—. No quiero volver a escucharte decir algo como eso porque… porque te juro que… que—se atasca. Brinca fuera de la silla y se aleja al rincón opuesto a la cama. Lo veo apoyarse contra la pared para intentar tranquilizar su respiración acelerada. También sé que está escondiendo algunas lágrimas y eso hace que las mías también salgan. — ¿Cómo nos encontraron?—pregunto, sollozando. Se limpia con el puño de su suéter y se toma un momento antes de venir a contarme. —Yo…—niega, comienza de cero—. Mamá no podía dormir y fue a tu habitación, para charlar, o lo que sea… y notó que no estabas. Se preocupó, porque siempre avisas de una forma u otra si vas a salir, por lo que llamó a la habitación de Santiago y Adela para saber si tenían alguna idea de dónde habías ido… Salimos a buscarte, rastreamos tu celular, nos llevó al motel, donde lo encontramos tirado debajo de una cama, y de ahí ellos comenzaron a sacar conjeturas por sí mismos... »Entonces, este tipo… ¿Max? Se comunicó con ellos, para avisar que acababa de llegar y estaba bajando del avión. Nos indicó algunos lugares donde esos enfermos podrían haberlos llevado, se nos unió lo más rápido que pudo… lo demás, ya lo sabes. Sólo… nos hubiese gustado llegar antes. Asiento y desvío la mirada lejos de él y sus lamentaciones. Lo hecho, hecho está, ¿cierto? Está bien. Estoy sana, ¿no? Estoy físicamente completa, no importa si me siento perdida o como si existieran cicatrices profundas adentro, en algún lugar. Voy a superarlo. Sí, siempre y cuando… — ¿Dónde está Jorge?—quiero saber, removiéndome en la cama. Mi hermano regresa a la silla y me agarra la mano para calentarla entre las suyas. —No sé—contesta—. Está con Adela y Max, por lo que entendí… Y Santiago fue para allá, pero no dijo dónde… Me tenso. —No—jadeo—, llámalo—le pido, asustada—. Llámalo y decile que no le haga nada…


Nacho levanta las palmas hacia mí, tratando de apaciguarme. No hay nada que pueda hacer para tranquilizarme, a menos que Jorge entre por esa puerta y se siente justo a mis pies. Estiro mi brazo y formo un puño en su ropa, tironeando. Me duele todo el cuerpo, pero no le hago caso a las punzadas, necesito que llame a Santiago. —Va a lastimarlo—lloro, zamarreándolo—. ¡Necesito que le pidas que no lo haga!— aúllo. Nacho empalidece más ante mi reacción violenta y enseguida rebusca en su bolsillo, cuando su celular aparece ante mi vista me recuesto para tomar aliento, esperando a que haga lo que le pido. Rápidamente se está comunicando con él. Y no responde. Estoy hiperventilando para el momento en que se rinde y decide tratar con el de Adela. — ¡Adela!—suspira cerrando los ojos con alivio—. Gracias a Dios… decile a Santiago que pare lo que sea que tiene en mente hacer… ¡Bianca se está volviendo loca ahora mismo, apenas puedo lidiar con ella! No es saludable que esté preocupada… Nacho me sostiene la mirada mientras Adela habla del otro lado, puedo escuchar desde acá sus palabras alteradas y temblosas. Si ella está desesperada, entonces lo que está ocurriendo es grave. Me lanzo contra mi hermano, robándole el aparato. —Ponelo al teléfono—ordeno con voz dura. —Bianca—susurra ella mi nombre, puedo advertir que está sorprendida de escucharme—. ¿Estás bien? ¿Descansaste? ¿Te duele algo? Gruño. —Si mi hermano lo toca, jamás voy a perdonárselo—escupo con brusquedad. —Nena…—ella duda—. No es tan sencillo frenarlo… — ¿El qué? Oh, es muy sencillo—lloriqueo, de repente—. Yo fui la idiota que cayó en la trampa, y no conectó ni dos neuronas. Fui yo quien lo complicó todo. Ahora necesito que lo dejen en paz, porque él es la única persona que me hace bien. Sólo nosotros dos podemos ayudarnos mutuamente a salir de esto—sorbo, mis manos tan inestables que el teléfono se me resbala. Por un momento ella no devuelve nada, está respirando con dificultad, debatiéndose por dentro. Sé que está de mi lado, y también apuesto a que sólo ella puede frenar a Santiago. —Lo haré—suspira, apesadumbrada—. Lo haré. No sé cómo, pero voy a intentarlo…


Asiento, por más que sea evidente que no puede verme. Aprieto los párpados cerrados, dejando ir las únicas lágrimas mientras ella interrumpe la llamada. Mi hermano obtiene de regreso su celular al mismo tiempo que un par de enfermeras se entrometen en el cuarto. Nacho las ha llamado, y vienen a colocarme otra dosis de tranquilizante, por más que no la quiera. Mi hermano me da la espalda con culpabilidad cuando le lanzo mi peor mirada acusadora, a la par que ellas retocan mi suero. Me recomiendan descansar y no alterarme, asiento sin siquiera mirarlas. —Más vale que cuando despierte él esté justo aquí—exijo, llena de veneno, al estar solos de nuevo. Ruedo de costado, de espaldas a él, y dejo que el sueño me arrastre.

JORGE Me dio opciones. Me avisó que si no me levantaba, que si me quedaba en el suelo, me dejaría en paz. Pero si me alzaba sobre mis pies, me mataría. Elegí pararme, enfrentarlo. Tomar todo lo que tuviera para darme. Godoy está fuera de sí, y cada golpe que recibo es más letal que los anteriores. Sus puños son de acero, confieso que nunca me dieron una paliza igual a esta. Hay sangre por todos lados y ni siquiera puedo oír con claridad. Lo que agradezco porque no podría aguantar el llanto de Adela que se acurruca contra el rincón, viendo a su novio destrozarme. Lo ha intentado de todo para detenerlo, y se le rompió el corazón cuando él la miró como si no la reconociera. Escupo una gran bola de sangre y saliva, al mismo tiempo que más líquido carmesí chorrea por todo el suelo. Creo que me ha roto el tabique, y también sé que se está divirtiendo. Que esto no es lo mejor que tiene. Pero como no estoy dispuesto a tomar represalias, es lo mismo. Lo haga de la forma que lo haga, lo tomaré y al final, le dejaré ganar. Ya no puede desfigurar más mi cara por lo que pasa a mi estómago y costillas, soy expulsado hacia atrás y choco contra la pared. Las heridas con puntos en mi espalda se sienten como si rebalsaran desde dentro, estoy seguro de que están volviendo a sangrar. Me limpio las líneas rojas bajo mis orificios nasales y los labios con el antebrazo. Godoy arremete de nuevo contra mí pero ésta vez alguien interviene. Max. Él había salido afuera porque Godoy lo echó nada más llegar, sin muchos miramientos. Adela y él quisieron protestar, pero era mejor obedecer si no quería terminar como yo. Parece


que el llanto de Adela lo ha llamado y alterado, supongo que ya no pudo aguantarse. Ahora sí se ha dado el permiso para entrometerse. — ¡Salí de mi camino!—le grita la Máquina, respirando como si estuviera a segundos de reventar. Max lo observa fijamente con expresión dura. Me las arreglo para murmurarle que le deje terminar lo que comenzó conmigo y él se da la vuelta para fulminarme. —No voy a quedarme de brazos cruzados—dice, y saca dos cuchillos de sus vaqueros cuando Godoy da un paso en su espacio personal—. No voy a dejar que hagas esto más. Ya le has dado suficiente. — ¿Por qué? ¿Qué te interesa? Lo odias—escupe el otro, flexionando los dedos hinchados y ensangrentados como garras. Debería sentirme avergonzado y enojado por el hecho de que Max se vea en la obligación de defenderme. Pero no me queda voluntad para nada, ni siquiera para sentir orgullo propio, todo es resignación. Permanezco allí, sangrando, usando la pared como sostén firme. Mis rodillas no van a aguantar mucho más, pronto cederán. —Me interesa, y… ya no lo odio—indica Max, seguro—. Paro esto porque estoy seguro de que si sigues te vas a arrepentir… Godoy le dedica un gruñido y se encoje tieso, realmente no piensa arrepentirse de nada. Una de mis piernas falla y acabo deslizándome hasta el suelo, despatarrándome allí, casi inconsciente. —Tu hermana llamó—solloza Adela—. Dijo que si le hacías daño jamás te lo perdonaría. Y sabes que habla en serio. Godoy aprieta la mandíbula, frustrado. Sigue sin hablar. —Le duele igual que a vos, viejo—sigue metiéndose Max, ahora suena ronco y lleno de alguna emoción que no reconozco, tampoco alcanzo a verle la cara desde mi posición—. ¿Crees que le importa el daño físico? Ya ha demostrado que no. Está destrozado por dentro, le da exactamente igual. No necesita más castigo, ya hay lo suficiente en su interior… Adela agacha la cabeza y se seca la cara, noto el estremecimiento de sus hombros, lo que indica que no ha parado de llorar. —Le duele, porque la ama. Justo lo mismo que estás sintiendo—pincha mi hermano, todavía trabajando en apaciguar al tipo ensañado—. Así que, ya es suficiente. Se acabó. Lo mates o no, nada va a borrar lo que le hicieron a Bianca.


Detrás de la hinchazón de mis párpados se acumula agua, y si siquiera hay lugar para ella por lo que comienza a escapar por si sola. Silenciosamente. La chica sorbe, encuadra los hombros y se arrima, consiguiendo la mano de Godoy, entrelazando los dedos. Por primera vez desde que lo conozco da indicios de resquebrajarse, afloja los músculos y baja la mirada al suelo. —Bianca lo necesita—susurra, tirándolo hacia su cuerpo, acariciando un lado de su cara—. Está llamándolo a gritos, sólo él puede curarla. »Si algo como eso me pasara… serías lo único en el mundo que me mantendría cuerda. Serías mi única salvación, ¿lo sabes? Por favor, termina esto, no le hace bien a nadie… No te ayuda a calmar el dolor, tampoco. Lo único que va a darte paz es verla florecer de nuevo, y él es el único capaz de lograr eso… Déjalo ir a ella. Max guarda los cuchillos, relajándose con un suspiro al aire. El ambiente en la habitación se calma, y de pronto el insaciable y duro Santiago comienza a sacudirse, casi al borde de un ataque de pánico. O angustia. Adela lo aleja de nosotros, llevándolo a sentarse a una cama, él se agarra la cabeza. Afectado. Max está tan sorprendido que le cuesta un momento reaccionar y darse la vuelta hacia mí. Le permito ayudarme a levantar y me arrastra hasta el baño. Nos encerramos allí, mientras Adela calma la locura de su novio. —Veo que vas a necesitar remendarte un poco más—intenta bromear, mientras me ayuda a quitarme la camiseta pegoteada en sangre, mira mis heridas reabiertas con el ceño arrugado—. ¿Otra ducha? Me encojo, dándome exactamente igual. Pone a correr el agua a la par que me quito los pantalones. —Creo que mejor será hacerte atender en el hospital cuando vayas a ver a Bianca— comenta, sentado en la tapa del inodoro, cruzado de brazos—. Tus heridas se ven muy mal, y tu nariz necesita un… empuje—sopla. En otras circunstancias esta escena de él esperándome al otro lado de la cortina de la ducha sería de lo más irreal e incómoda. Sin embargo, no estamos como para ponernos todo raritos entre los dos. —Además, ¿no te ataron con púas?—sigue parloteando—. Necesitas una vacuna, hombre. Urgente. Y verificarte esas costillas, se ven bastante mal, seguro este loco te ha fisurado alguna… — ¿Podés dejar de hablar?—le gruño, limpiándome los coágulos nasales—. No estoy de humor para escucharte… con onda te lo digo—agrego, tratando de no sonar desagradecido, después de todo me está ayudando.


Bufa por lo bajo, removiéndose. La tapa del inodoro se afloja y escucho algún movimiento brusco desde su posición mientras se reacomoda. —Con onda me lo dice—murmura para él mismo, burlándose, pero lo escucho clarito—. ¿Con onda me lo dice? Me apoyo contra la pared al manifestarse un mareo y bajo la cabeza para que el agua caliente me golpee la nuca. Ni siquiera me doy cuenta de que formo un intento de sonrisa muerta hasta que todos los músculos de mi cara se contraen dolorosamente. Tengo que reconocer que este tipo ayuda a bajar un poco los niveles de tensión. Le concedo eso, al menos.

*** Llegamos una hora después al hospital, luego de que Adela volviera a coser las heridas de mi espalda. Una vez allí, soy atendido por un par de enfermeras que se encargan de todos los golpes y de bajar la hinchazón en mi rostro. Hacen una pequeña incisión encima de mi parpado para que la sangre acumulada salga y pueda ser capaz de ver con más claridad. Las dejo trabajar sin tomarlas en cuenta, teniendo la vista fija en la nada. Mi piel escuece y mis ojos arden por ver a Bianca. Y del miedo por el estado en el que vaya a encontrarla. Aterrado. Al salir de la salita, no tanto como para decir “como nuevo”, pero sí bastante más completo, Max se levanta de su asiento donde había estado esperándome y me lleva unos pisos más arriba, a la habitación. Me muevo con dureza, tensionado por el dolor, aunque me tomé los calmantes que me recetaron abajo. Realmente me veo y me siento como si un tren me hubiese arrollado y cortado al medio. En el pasillo nos topamos con Adela y Santiago, acompañando a una pequeña mujer de pelo corto y ojos azules. Tan azules como los de Bianca. Al caer en la cuenta de quién se trata, me envaro por dentro, sintiéndome más culpable por tener que verla a la cara sabiendo lo que le sucedió a su hija por mi culpa. Ella da un paso atrás al notarme, sus ojos llorosos tan grandes y alarmados que bajo la mirada al suelo. No dice nada y yo siento como que no debo quedarme callado e ignorarla. Amo a su hija, de alguna manera me encuentro deseando su aceptación. —Señora—la saludo, estirando la mano—. Soy… Asiente rápidamente. —Sé quién sos—me dice, temblorosa. No toma mi mano, por lo que retrocedo una baldosa para darle espacio, parece que mi cercanía la obliga a hiperventilar. En cambio, hace un movimiento que nadie espera, y me toma completamente por sorpresa: me abraza. Pasa sus cortos brazos alrededor de mi torso magullado y se apoya contra mí suavemente, con cuidado, detiene el aliento hasta que me


suelta, con palmaditas en mi espalda baja. No lo puedo creer, de hecho, ninguno, ni siquiera su hijo puede dar crédito de ello. Adela la mira como si la admirara, y Max casi esconde una sonrisa. La señora se aleja, colocándose contra la pared sin decir nada más. Parece que se tragó el miedo por mí e hizo un esfuerzo para reconocerme. Por su hija. Tomo una temblorosa bocanada de aire, afectado hasta el punto que casi me derriba un mareo. Pongo algo de distancia del grupo, apoyando mi hombro bueno contra la pared. Justo en ese instante, la puerta del cuarto se abre y una copia más suave de Godoy sale, cerrándola con serenidad. Tiene los ojos rojos, la piel pálida y sombras moradas bajo la mirada. Drenado por la situación, se voltea hacia los demás sin reparar en mí. —Se durmió hace como una hora—los pone al tanto, y se fija en su hermano—. Imagino que no te habrás pasado de la raya con… Se frena cuando todos me buscan con la mirada, haciéndole notar que me posiciono justo detrás de él. Gira y conectamos por primera vez. Su rostro no deja entrever nada, descubro que es bastante bueno escondiendo lo que piensa. Después de dedicarme una sonrisa torcida y agotada, avanza, tendiéndome la mano. La estrecho sin dudar, brindándole respeto. Bianca me ha contado mucho sobre él, me caía bien incluso antes de conocerlo. —Sos un poco más grande y rudo de lo que me imaginé—comenta, y sonríe—. Creo que voy a pasar de llamarte Jorge. Me gusta más Mole, te queda. ¿Has visto los Cuatro Fantásticos? Si pudiera gesticular estaría levantando las cejas hasta por encima de mi frente, confundido. Únicamente soy capaz de entrecerrar un poco los ojos. Su comentario es de lo más extraño que me ha ocurrido. Uno no pensaría que actuaría así en una situación tan crítica como esta. Entonces, me doy cuenta de que su actitud se parece demasiado a la de su hermana. Realmente… muchísimo. Me encojo, haciéndole saber que me da exactamente igual cómo me llame. —No puedo creer que mi hermana se haya enamorado de vos—sigue, cruzándose de brazos, mirándome de arriba abajo—. Yo, si fuera una chica, te tendría miedo. Me aclaro la garganta, sin querer, mordiéndome el interior de las mejillas rotas. No respondo, porque me ha dejado incapaz de hacerlo. ¿Qué se supone que tengo que decir a base de eso? —No sos una chica… y estás a punto de mearte en tus pantalones igual—comenta Adela, cruzada de brazos con expresión aburrida, sus ojos aun rojos por todo lo que ha llorado. Nacho la observa de reojo, levantando los hombros, quitándole importancia a su observación.


—Si le tuviera miedo no le habría puesto ya un sobrenombre—le corrige, con aspecto aniñado, ni siquiera parece que ha llegado ya a la mayoría de edad. Se aleja de mí y va directo a su madre para atraerla a sus brazos. El resto, nos quedamos en silencio, y resulta tan tenso que preferiría que este tipo volviera a sacar el tema de los apodos estúpidos, al menos nos quitaría este enorme peso de encima. Pero entiendo que mi presencia les resulte fría, después de todo soy el gran culpable. Por eso no entiendo tanto intento de inclusión con mi persona. Max se arrastra hacia el suelo, sentándose, ignorando la mirada malhumorada de una enfermera que viene pasando por el pasillo. Adela lo nota y escupe por lo bajo algo con referencia a las sillas para las familias y la total falta de respeto por su ausencia. Recibe otra mirada fulminante, por lo que se cruza de brazos retándola a que le diga algo de frente. La mujer de blanco sólo continúa caminando con aspecto agrio y sin abrir la boca. Me muero por entrar en la habitación, pero Nacho dijo que Bianca estaba pacíficamente dormida y no quiero molestarla. Además, siento que necesito un pase válido de parte de algún integrante de la familia. Un permiso. Así de inseguro me encuentro. Como si no tuviera ningún derecho a ella. Casi grito cuando un alarido agudo, profundo y terrorífico nos llega desde adentro del cuarto. Me lanzo hacia adelante, en dirección a la puerta, al mismo tiempo que los dos hermanos y la madre. Todos reparando en el pánico que deja salir Bianca, desgarrando su garganta. Nos frenamos al mismo tiempo, mirándonos, esperando que alguien se decida a dar el paso al frente. No voy a ser yo, claro. La familia primero, ¿cierto? Los dos hermanos se adelantan, e instantáneamente la mamá los frena. —Dejen que él vaya—murmura con tono apretado. La observo casi con la boca abierta, y ambos tipos se miran entre ellos, tratando de estar bien con su orden. Godoy aprieta la mandíbula y da la media vuelta de regreso a su mujer. Nacho se frota el punto entre los ojos y asiente de mala gana. Al final, me dejan la vía libre para pasar. No puedo estar más agradecido con esa mujer, tanto que los ojos se me llenan de agua. Sí, lo sé, estoy lloriqueando demasiado últimamente. No espero un segundo, tomo el picaporte y lo muevo. —Gracias— le susurro, desbordando sinceridad pura. La señora asiente con la mirada inundada y se aferra a su hijo menor. Entiende, me mira como si me comprendiera. Nos comprendiera. Lleno de alivio y temor, me meto en la


habitación escasamente iluminada, encontrando a una Bianca acurrucada en la cama. Ella no se mueve al escucharme entrar. Casi corro a su encuentro, desesperado. —Nena…—ni siquiera puedo hablar. Ella se quita el brazo desnudo de los ojos y me mira, al fin. Deja ir un jadeo, luego lo estira hacia mí, mostrándose como una niña asustada. Tomo su mano y me inclino para besarle la frente. —Hola—tartamudea, sonríe triste. —Hola…—le quito el pelo de la cara, me siento al borde de la cara para secarle las lágrimas—. ¿Una pesadilla?—trago antes de desmoronarme. Agarra tan fuerte mi muñeca que siendo sus uñas anclarme. Pestañea, todavía sollozando. —No—murmura, queda—. Una parálisis… Asiento, preocupado, mientras tironea para llevarme abajo, contra ella. Le permito que me rodee el cuello, y entierre su rostro mojado en mi hombro. Me duele, pero no tanto como el caos entre mis costillas. Entierro los dedos en su pelo. —Pensé que se habían terminado—dice, suspirando—. No tenía uno desde antes de… de que comencemos a estar juntos… Y era-era porque me sentía feliz… La levanto un poco para rodearla con mis brazos, sosteniéndola. Tragándome el bulto en las cuerdas vocales, respirando su aroma para meterlo bruscamente en mi sistema. Dios, la necesito tanto. Y necesito tanto verla sonreír de nuevo. —Te tengo…—le digo al oído. Se estruja tanto contra mi calor que entierra los dedos en mis omoplatos, quitándome el aire por unos segundos a causa de las heridas. No importa… estoy bien. Lo estaré siempre y cuando sea por ella. —Dejé que me tocara—llora—, no luché… No pude. Permití que hiciera lo que quisiera, y-y… y a mi cuerpo le gustó—se estremece, asqueada, atormentada—. ¡Me gustó! No quería, lo juro, yo no quería… estaba tan mal, me robó todo… no pude elegir, ni defenderme… ¡Lo odio! ¡Odio esto! ¡Odio mi cuerpo!—chilla y se retuerce, llena de rabia y dolor. La separo un poco para que me vea los ojos, despejo su vista. La obligo a mirarme, a creer de verdad lo que voy a decirle.


—No te gustó. La droga hizo el trabajo, eso no significa que lo aceptaras—comienza a negar y el brillo desesperado en sus ojos me mata por dentro—. Nunca te tuvo… no le cediste nada, y sí luchaste. Lo hiciste, y fuiste fuerte. Te amo—gruño, negado a llorar—. Te amo. Y vamos a salir de esto, juntos. Su cuerpo pierde fuerza, y la apoyo cuidadosamente en la almohada. —Él no me tuvo… —No—le aseguro. —Solamente soy tuya—rasguña mi mano en las suyas. —Solamente mía, de nadie más—le aseguro. Asiente, pareciendo una desolada y triste niña pequeña. Su hermano me perdonó la vida, me permite estar con ella. Su familia entera lo acepta, más allá de todo lo que sucedió. Y, a pesar de que yo no lo entiendo, agradezco esta oportunidad. Es mi misión ahora traer a Bianca de regreso. A la vieja Bianca. A sus ojos brillantes y picarones, a su sonrisa dulce, a su alegría espontánea, su espíritu amable. Sé que va a ser un camino arduo y lleno de baches, pero la amo más que lo suficiente para hacerlo. Seré fuerte por ella, no dejaré que la culpa me hunda. No más de esa mierda, porque sólo quiero verla sonreír. Toda la vida. — ¿Me das un beso?—pregunta secándose las mejillas. Sonrío un poco, a pesar de la presión y los aguijones en mi rostro. Me sostengo sobre mis manos a ambos lados de su cabeza y la beso en los labios, con reverencia. —No me gusta que estés lastimado—dice contra mis labios. Me encojo, quitándole importancia. —Estoy bien—le aseguro. —Quiero que te quedes… —Por supuesto—rozo sus labios con la yema de mi pulgar—. Para siempre… Me dedica una pequeña sonrisa y suspiro, cerrando los ojos para volver a besarla.

BIANCA


Me dan el alta esa misma noche, ya que me siento muy bien físicamente, sin más efectos secundarios de la maldita droga. Mamá se niega a que me quede en otro lugar que no sea su casa, incluso deja que Jorge viva ahí conmigo. Acepto, porque si estaba dispuesta a poner una excusa era sólo por él. Así que todos terminamos ocupando habitaciones en la casona, él y yo dormimos en mi cama. Adela y Santiago en la antigua pieza de él, la que mamá se ha ocupado de mantener igual a través de los años. Nacho también elige tomar su viejo cuarto, y no regresar a su departamento de lujo. Mamá parece contenta de que estemos todos a su alrededor. Ahora puedo entender que tal vez se sintió sola cuando yo me marché de “viaje” y mi hermano se independizó. Me siento egoísta por no haber pensado en ella ni en una mínima ocasión, ahora comprendo del todo aquella llamada desesperada de anhelo y melancolía, tantos meses atrás. Pero ella insiste en que no ha estado sola, tiene un buen hombre que la ama de verdad y la hace feliz. Sus palabras exactas. Por eso permite que el hombre del que me he enamorado se quede en mi cama por las noches y me cuide en los días, a pesar de que seguramente él no es ni de lejos lo que imaginó para su hija. Conjuntamente, me alivia y me hace feliz que lo acepte, incluso después de todo lo que ha pasado. No lo culpa, aunque sabemos que Jorge lo hace por sí mismo todo el jodido tiempo. Y que yo no mejore, lo hace todo peor. Estoy durmiendo demasiado, me paso la mayoría de los días tirada en la cama, tapada hasta las orejas y en posición fetal. Me levanto sólo para las comidas diarias, porque todos insisten en que tengo que comer. Lo hago, porque por supuesto no voy a ser esa mujer que se deja morir. Yo sólo estoy tomando fuerzas, haciéndome a la idea de que nunca más voy a olvidar lo que me sucedió. Meterme en la cabeza que puedo volver a tener mi vida de antes sin inconvenientes, que si deseo, puedo superarlo todo. Estoy en una especie de pausa, y entiendo que a ellos les preocupe que sea para siempre. Soy fuerte, esta depresión no va a ganarme. Lo cierto es que duermo poco, los ataque son frecuentes, presentes noche tras noche y se debe al infinito estrés. Sé que es hora de posarme sobre mis pies y caminar directo a terapia. Me gustaría que mamá fuera mi psiquiatra, ella se negaría, claro, y me derivaría a un médico de su mismo rango y confianza. Confío en lo que proponga, estoy dispuesta a ser una paciente fácil y respetaré a mis médicos. Paso cada noche acurrucada contra Jorge, que no desprende sus brazos de mí ni aunque se estuviera muriendo. Él me ayuda al despertar de cada parálisis y me atiente hasta que soy capaz de volver a dormir. Si él no estuviera a mi lado, estoy segura de que sería imposible volver a cerrar los ojos después de cada episodio. Ahora las sombras que me rodean al tiempo que estoy paralizada están dispuestas a agredirme sexualmente también. Las parálisis nunca fueron más aterradoras y dolorosas como las actuales. Creo que me va a costar muchísimo superarlas. La clave para combatirlas es sencilla, descubrí en el período que viví en el recinto junto a Jorge: sentirme bien conmigo misma, también conforme y feliz con mi vida. Y no


esperar que venga una a la hora de meterse en la cama. Va a pasar un tiempo hasta que me sienta capaz de hacerlo, lo sé, únicamente puedo confiar en que saldré adelante. Siempre y cuando Jorge esté a mi lado. Después de esto no puedo pensar en una vida sin él, lo necesito demasiado. Y dependo completamente de su presencia. Dios no quiera que la vida lo aleje de mí, simplemente me moriría. Hoy se cumplen tres días desde que nos mudamos con mamá, y no tengo ni idea cuándo nos iremos. O si lo haremos alguna vez. Todavía no me siento como si pudiera volver al recinto, agreguemos que no quiero que nadie más sepa de mi situación. Quiero ser la vieja Bianca a la hora de reencontrarme con todos. Jorge sale de la cama y les da tirones a las cortinas para que el sol ilumine el cuarto. Con la claridad me doy la vuelta para enfrentarlo, tomando nota de su cuerpo. Sus heridas están mucho mejor, todavía en proceso de curación. Su cara ya no es una masa hinchada y roja, ahora está teñida de morados y zonas un poco verdosas. Su nariz se ha llevado la peor parte, todavía parece modificada bajo la pequeña bandita que le cruza el tabique. Ellos le dieron una buena paliza, y mi hermano se encargó de empeorarlo. No sé cómo responder ante eso, estoy enojada, no he permitido que ingrese a mi habitación. Por más que sé que le hiero con mi actitud, gradualmente iré perdonándolo. Yo siempre perdono a la gente que amo. Estoy enojada porque no pudo dejarlo en paz como se lo pedí, y tuvo que agravar sus heridas. Jorge se voltea en mi dirección y consigue sus pantalones desde una silla. Lo observo vestirse, sin perderme el detalle de que ya no duerme desnudo junto a mí, incluso usa camiseta con su bóxer. No sé qué pensar sobre eso. No puedo evitar creer que quizás nunca más quiera tocarme de nuevo. No sexualmente. Trago mi angustia, acepto su cercanía cuando viene a mí y me planta un pequeño beso en los labios. Pregunta si me siento bien y si prefiero bajar a desayunar. Observo fijamente sus grandes manos buscando las mías, encierra mis dedos fríos en sus palmas. Le pregunto si está bien con enviar a alguien que me lo traiga a la habitación. Está de acuerdo, y no se me pasa desapercibida la sombra que cruza sus ojos dorados. Lo dejo marchar a la cocina y me enrosco mucho más en las mantas, volviendo a caer en un leve sueño, con el sol dándome de lleno en la cara. No estoy segura por cuánto tiempo permanezco así, tal vez una media hora o cuarenta minutos. Hasta que algo se interpone entre los rayos y yo, provocando que separe los párpados para saber qué. Pestañeo varias veces, notando un pequeño niño de cabello castaño claro y ojos de oro fundido mirándome con atención. Mi boca se abre. —Hola—sonrío, y la piel de mi cara se estira en todas partes. Inclina la cabeza a un lado, un poco tímido. —Hola—se inclina, apoyándose con los codos en el colchón.


Instantáneamente me enrosco y acerco a él, mirándolo desde mi posición de costado, enroscada en mí misma. — ¿Cuándo llegaste?—quiero saber, buscando una de sus manitos con mi índice. Él la acepta enseguida, cerrando el puño a mi alrededor. Hay una presión familiar en mi pecho, agitándome por dentro. —Recién—murmura, serio—. León me trajo, vinimos en avión—susurra, con los ojos grandes. Sonríe, casi transformándolo en una risita. —Apuesto a que te encantó—digo. Asiente con entusiasmo y me dedica una enorme sonrisita de ángel. —Cuando sea grande voy a ser piloto de avión y de motos—comenta, mirando alrededor, a la habitación colorida—. Es linda tu pieza… La miro también, notando de verdad los colores de arcoíris en las paredes. —Son los colores del arcoíris—le cuento—. Cuando tengas la tuya podemos pintarla así. Se encoje, inmediatamente después arruga la nariz. —No, es de chica… Ahora si se me escapa una risa ronca. Y se siente como si no hubiese reído por años y años. Como algo completamente nuevo y que poco tiene que ver conmigo, cuando yo era la reina de las risitas. Eso me causa una dosis dura de melancolía. —Bueno, pero podemos pintarla de otro color—digo, bastante divertida. —Verde—se agacha para decirme al oído. —Ver será, precioso—le prometo. Sea cuando sea que nos mudemos a una casa. O… ellos se muden. Sin mí. Tal vez el futuro con Jorge y Tony se convierta en una utopía a causa de mi deplorable estado. No quiero hacerlos infelices. Trago, desviando la vista, al tiempo que los ojos se me inundan rápidamente. El niño se remueve y siento sus zapatillas caer al suelo. Entonces está dentro de la cama en lo que dura en pestañeo, tratando de mirarme a la cara. Me limpio rápido las lágrimas antes de que las vea, pero es inútil, no es tonto y se da cuenta de que algo me sucede. — ¿Estás triste?—quiere saber, con sus ojitos atentos.


Tomo una bocanada de aire y cuando sé que seré capaz de hablar sin derramar mi llanto, me giro a él. Me acurruco. —Un poquito—suspiro, atragantándome. Una lágrima se me escapa y él la ve. Le sonrío y lo beso en la mejilla. Me hace bien que esté acá conmigo. Muy bien. Es como si me curara el corazón. —Bueno—dice como si se tratara de un secreto—. Está bien estar triste a veces, me dijo la tía Lucre—cuenta, tomando un lugar en su lado de la almohada. Lo ayudo a cubrirse con las mantas. —Podemos mirar Dibu y comer pochoclos para que te pongas feliz de nuevo—sonríe, orgulloso de su propuesta. Me rio por lo bajo, secándome las últimas gotas y lo abrazo, apretándolo contra mi pecho. El olorcito de su pelo me envuelve y casi se me detiene el corazón porque me permite que lo sostenga contra mí sin chistar. —Es una buena idea, peque—estoy de acuerdo—. Después del desayuno vamos a bajar a hacer pochoclo, ¿te parece? —Sí—asiente—. Y con caramelo—agrega. —Así será—cierro los ojos, sonriendo—. Mi héroe—susurro. Y nos quedamos así hasta que su padre sube con mi café con leche y medialunas. Me ilumina por dentro ver cómo le brilla la mirada al vernos acurrucados en la cama, esperando. Tal vez haya esperanza para los tres después de todo.


CAPÍTULO 24 JORGE Abandono la habitación de Bianca reteniendo el aliento en mi pecho, cierro la puerta con cuidado sin siquiera hacer ruido. Verla con Tony casi me pone de rodillas, si no hubiese estado llevando una bandeja en las manos seguramente habría sucumbido y caído. Tampoco quería ser dramático y asustar al chico con mi inestabilidad mental, él se veía muy contento de venir. Al verme, soltó la mano de León y corrió a mí, aferrándose a mis piernas. Lo levanté en brazos y lo rodeé, y él me apretó el cuello. Nunca habíamos estado así de cerca, además de la última vez que lo vi, la mañana de nuestra despedida. Se siente como si hubiese pasado una eternidad. No perdió tiempo en preguntar por Bianca, y lo llevé arriba para verla. Lo dejé entrar en el cuarto, y les cedí privacidad. Confié en que su conexión con ella la ayudaría. Y no me equivoqué. Acabo de dejarlos desayunando en la cama, juntos. Riendo. La verdad es que escucharla y verla sonreír me devuelve el alma al cuerpo y me lleva directamente a pensar que no todo está perdido, que tal vez volvamos a tener a la vieja Bianca de regreso más pronto que tarde. Temía muchísimo no recuperarla nunca más, pero la amo y quiero tenerla a mi lado toda la vida. Cualquier versión de ella. Es necesaria para mí, es mi combustible, mis ganas de vivir. Ella y mi hijo. Bajo las escaleras completamente encerrado en mis pensamientos, los latidos de mi corazón abrumándome. Retorno a la cocina donde está el resto—Max, León, Godoy y Candelaria—. La última nos mira a todos con ojos muy abiertos y sin decir nada. Su boca abierta. Puedo comprender lo que le provoca la imagen de cuatro tipos grandes, tatuados, perforados y oscuros, en su cocina tan femeninamente decorada. Se encuentra de pie contra la mesada sosteniendo una taza de café con ambas manos, encogida entre sus hombros. Se ve como un gatito asustado, y no para de demorarse en Max que ni siquiera parece darse cuenta de que la pone nerviosa mientras abre y cierra una navaja que acaba de sacar de su bolsillo. Él levanta los ojos a los míos cuando me nota en la arcada de ingreso a la cocina. — ¿Ya terminaste?—pregunta, saltando de su banqueta junto a la isla. Entrecierro los párpados. — ¿A qué te referís con “si ya terminé”?—le cuestiono, irritado.


Se acerca a mí con ojos interesados y cautelosos. Me separa del resto y, antes de seguirlo, le echo un vistazo a León que se está metiendo en el bolsillo a la madre de Bianca, gracias a su don natural con el diálogo. No tarda en sacarle una sonrisa, incluso la hace sonrojar. Al mismo tiempo, Godoy me está tomando en su mirada, completamente ajeno a ellos y fijo en nosotros. Al igual que yo, sabe bien que Max tiene algo importante que decir. Él y yo nos movemos hasta la sala de estar. —Tengo que mostrarte algo—inicia, guardando la navaja. —Mira… tengo una situación grande entre manos ahora. Me acabo de reencontrar con mi hijo y realmente lo único que hay en mi cabeza ahora es mi familia. Sólo él y Bianca. Espero que sea importante, porque… —Es importante, créeme—murmura, seguro—. Es sobre los tres que se escaparon… Está bien, tiene mi total atención ahora. — ¿Qué pasa con ellos?—alzo las cejas, curioso y muy interesado. Mi respiración se acelera de inmediato, y la sangre recorre cada uno de mis rincones llenándolo de un calor que únicamente se traduce en una adrenalina difícil de frenar. En sólo dos segundos me encuentro dispuesto a repartir tortura y dolor a cada uno, sin parar. El hambre se vuelve insostenible de repente. —Los tengo—me da una sonrisa torcida llena de suficiencia. — ¿Cómo?—prácticamente jadeo, casi arremetiendo contra él—. ¿Cómo mierda los encontraste? No es que estuviera buscando, en la actualidad sólo he estado pensando en Bianca y en cómo traerla de vuelta. No tenía ni idea de que Max se estaba encargando de ello. Supongo que no importa, ¿no? No voy a mirarle los dientes al caballo regalado. Él levanta las manos entre los dos, tratando de calmarme. —Me encantaría haberlos conseguido yo, pero no—se aclara la garganta—. No puedo decir nada más. Todo se sabrá en su debido momento. Ahora, lo que importa de verdad es que tenés la venganza servida en bandeja de plata, ¿vas a rechazarla? Ni siquiera pestañeo. —Por supuesto que no—respondo, gutural.


Cada uno de mis músculos, incluso los más pequeños, se tensa con anticipación mientras él me pide que lo siga. Antes de llegar a la puerta, percibo presencias a nuestras espaldas, volteo sólo para encontrarme a León y Godoy que se unen con palpable disposición. Puedo sentir la violencia cruda manar de toda la actitud y movimiento del segundo. Ni siquiera me mira, nunca estuvimos en buenos términos y, después de todo lo que sucedió, nuestra relación ha empeorado. De todos modos, me siento agradecido porque no se opone al amor que sentimos Bianca y yo. Y ha estado manteniéndose al margen, aunque muy atento, de todo el esfuerzo que estoy haciendo para que ella vuelva a estar bien. Sabemos que, tal vez, nunca recupere su antigua personalidad completa, sin embargo, eso no me frena de desvivirme al respecto. Estoy dispuesto a todo, confío en que al menos ella regresará a alguna baldosa cercana de la que estuvo antes de caer. O, mejor y dolorosamente dicho, de que la empujaran. Subimos en uno de los coches alquilados, Max al volante. Yo a su lado y el resto atrás. El portón de entrada a la casona se abre cuando el tipo de la seguridad nos ve acercarnos. Salimos a la calle, tomando rutas que nos llevan directamente a los barrios más bajos. La gente alrededor mira el coche caro con el ceño fruncido, desconfiada y molesta. Y estoy tan desesperado por lo que estoy a punto de encontrar que me da igual. El vehículo es aparcado a las afueras de un galpón que parece abandonado y no hago más que bajarme que un olor agrio a suciedad se purifica en mi nariz. Asqueado, observo los alrededores tratando de conseguir una señal sobre algo. Cualquier cosa, lo que sea. Alcanzo a ver un par de tipos alrededor, reconociéndolos como los que Max trajo con él al decidir venir a darme una mano con mi misión. Están vigilando discretamente, atentos a nuestras presencias, saludándonos con leves cabezaditas. Los cuatro avanzamos hacia la entrada del galpón y Max abre el candado del portón de doble hoja de chapa oxidada. El sonido al abrirse es ensordecedor y crea ecos que pinchan los tímpanos, demostrando que el interior es hueco y vacío. Oscuro. El inconfundible olor a humedad nos golpea, no me importa. No me afecta. Porque estoy viendo a tres tipos gordos tirados en el suelo, sobre sus redondos estómagos borrachos. Tienen las manos esposadas en la espalda y los pies atados con cadenas soldadas al suelo. No se pueden mover, porque alguien se ha encargado de enroscarlos tal como ellos hicieron conmigo. Con púas. Son ellos, malditamente son ellos. Y no sé cómo mierda Max los ha conseguido. — ¿Cómo?—necesito saber, ronco. Él sonríe y se hace el tonto. —Ya lo dije, se va a saber en el momento indicado, no antes—se aleja hasta una mesa destartalada que tiene dos cajones de herramientas encima. — ¿Por qué tanto misterio?—me quejo, siguiéndolo.


—Porque quien los capturó prefiere el anonimato, por ahora—se encoge—. Y prometí que no abriría mi bocota. Sabes, se ganó mi respeto—mira alrededor, orgulloso—. Y voy a cumplir, no hablaré—me mira, serio y sincero—. Lo importante es que acá tenés su regalo, la prueba más pura de lealtad. ¿Vas a ponerte quisquilloso sólo porque no sabes de quién viene el pequeño gesto? Niego, obviamente de acuerdo con su punto. Tiene toda la razón, sea quien sea, me ha dado a estos tres tipos—los que le faltaban a mi rompecabezas—serviditos en bandeja sólo para mi disfrute. Sólo para mi venganza. La que ahora se ha multiplicado, luego de lo que Bianca tuvo que experimentar. Ninguno de ellos deseará haber nacido dentro de los próximos diez minutos. Ellos se metieron con la gente que amo. Amenazaron, buscaron y me quitaron a Cecilia. Intentaron lastimar a mi hijo. Y por último, rompieron a la mujer que amo. A la chica más dulce y feliz que he conocido en mi vida. Al ser más puro y angelical. Y la redujeron hasta que sólo es capaz de estar tirada en una cama en posición fetal, buscando entre las sábanas una razón para levantarse y vivir. Y ahora puedo hacerles pagar por ello. Por todo. Lo haré. Con creces y sin vacilar. Tal vez esto no devuelva el brillo a los ojos de mi mujer, pero al menos podré prometerle un futuro en paz, sin que ninguna de estas lacras amenace nuestra existencia de nuevo. —Que empiece el juego—carraspeo. Sin quitar los ojos de mi hermano, destrabo ambos baúles sabiendo de ante mano lo que encontraré dentro. Por supuesto, objetos de tortura. Revuelvo allí, interesado en todo, sabiendo que voy a usar cada uno. Especialmente éste, el mismo que engancho en mis dedos y levanto para estudiar de cerca. Sonrío. Max traga. —Eso… —Sé lo que es—le interrumpo. Y sé exactamente para qué sirve. Me viene como anillo al dedo. Lo sostengo, probando el peso del hierro, es una excelente pieza. Creo que es ideal para plantar miedo, sólo que ésta vez la voy a usar para provocar dolor. Para hacerles rogar que acabe y los mate de una puta vez. —Estamos a tu disposición—se aproxima León, sus manos en los bolsillos—. Tu voz manda. Lo observo, asintiendo. No sé cómo tomarme su apoyo incondicional, estoy agradecido en gran medida. En respuesta, mi mirada oscila hacia más atrás, donde Godoy está de pie, muy quieto con sus puños apretados a los costados. Mira a las tres basuras reducidas en el suelo con verdadera sed de sangre en las pupilas dilatadas. Al menos ahora mismo, los dos estamos en


sintonía por primera vez desde que lo conozco. Todos acá sabemos de lo que es capaz, y me alegro de que haya venido, y de tenerlo de mi lado. Porque realmente quiero que estos tipos sufran como nadie en historia de la humanidad. —Voy a tomar este primero—aviso, señalando al más cercano de la lista, mi tono retumbando entre las frías y húmedas paredes del galpón—. Y quiero que los otros miren mientras lo destrozo. Acatan órdenes sin demorar, León y Max tomando la delantera. Al mismo tiempo me dirijo al que elegí y le libero las piernas para arrastrarlo donde lo quiero, sentado contra la pared. Me gusta el sonido de sus quejas, a causa de las púas removiéndose y perforando sus pieles. Están semidesnudos, llevando sólo un pantalón. Apenas se pueden mover. —Cacho, cachito—ronroneo, agachándome sobre él, sonriendo maliciosamente—. Al fin nos volvemos a ver, ¿eh? ¡Y qué gusto! ¿Te enteraste de cómo le fue a tu amigo Víctor?—inclino la cabeza a un lado. Él me dedica una sonrisa de dientes mugrientos, tratando de caerme pesado. No es novedad que éste es un conjunto de viejos locos, subnormales. Pueden estar al borde de una muerte lenta y van a seguir sonriendo con tal de volverme loco de rabia. Yo, en realidad, sé qué esperar. Y también sé que los tendré gritando y rogando mucho antes de lo que piensan. Me rio y me contorneo relajado hasta los baúles de herramientas. Vamos a empezar con algo tranquilo. —Para hacerle honor a tu nombre—digo, regresando a él—. Vamos a ir por partes. Pedazo a pedazo. Cacho por cacho—le guiño. Mientras me entretengo, el resto mantiene con la cabeza elevada a los otros dos para que no se pierdan nada. Godoy permanece de pie, en el mismo lugar donde lo vi por última vez. Cruzado de brazos, seguro esperando el momento justo para intervenir. Sabe que voy a darle lugar en esto, porque él también quiere vengar lo que le hicieron a su hermana. — ¿Fuiste vos quien tocó a mi mujer?—pregunto, devolviendo mis ojos a los del viejo baboso y hediondo. Suelta una carcajada burlona y la Máquina se tensa al mismo tiempo que yo. No le permito que me llegue hondo. No le doy el gusto. — ¿A cuál de las dos?—se le da por preguntar. Mis fosas nasales se ensanchan y sonrío para disimular la tensión en mi mandíbula. Cambio de tema.


—Parece que necesitas unas cuántas visitas al dentista—comento, de pasada—. Tus dientes se ven muy mal, Cacho. Deberías hacerte colocar una nueva dentadura… No sonríe cuando lo fuerzo a abrir la boca y enchancho una de sus paletas delanteras con una pinza. No sonríe cuando la hago bailar un poco, aflojando la pieza. Y, por supuesto, tampoco sonríe en el momento en que le doy el tirón. El grito retumba, y todos menos sus compañeros, lo recibimos como si fuera música de la buena. Me río a carcajadas, Max me sigue el juego. No espero más, consigo el diente de al lado, y recibe el mismo destino que el anterior. Lágrimas de dolor caen de los ojos del bastardo, que se retuerce mientras dejo caer sus primeros cachos en su regazo. — ¿No es divertido?—me le acerco tanto que escupo en su cara—. Porque te vi hacérselo una vez a tu mujer, y pareció encantarte… Pestañea despejando su enfoque en mí, está pálido y verde, como si fuera a vomitar. Sangre y más sangre se desprende de los orificios donde antes estuvieron sus negros dientes. — ¿Qué era lo había hecho para merecerlo?—finjo pensar, aunque no hace falta porque recuerdo todo como si hubiese sucedido ayer—. Ah, se había olvidado de comprar tu cerveza… tu amada cerveza… No puedo creer que conviví tanto tiempo con estos hombres. ¡Carajo! ¿Por qué no los maté? ¿Por qué no frené cada maldita locura que les veía cometer? Nunca voy a entender cómo es que fui tan débil, tan estúpido de quedarme con los brazos cruzados. Puede que fuera un adolescente de mierda, pero llevaba siempre un arma y podría haberla usado. Debería haberla usado. Debí haber sido más valiente. — ¿Qué te parece si jugamos con tu amigo?—ofrezco, yendo a abrir de un tirón sus pantalones—. También te vi usarlo varias veces como castigo… ahora yo puedo hacer lo mismo, ¿no? ¿Cuántas fueron, Cacho?—pregunto, gruñendo al tirar abajo la tela, rodeando sus piernas—. ¿A cuántas castigaste con él? ¿Eh? ¿A cuántas mujeres inocentes obligaste? Jadea y se remueve, el terror agravando su mirada roja y húmeda. Está respirando con dificultad, y casi que podría estar al borde de un infarto. No creo que ese jodido corazón lo aguante todo, ha tenido una vida llena de excesos. Encuentro su miembro oloroso bajo toda esa masa de grasa peluda que tiembla como gelatina. Me cercioro de que sus amigos estén siendo testigos de primera fila, porque quiero que sepan bien lo que les espera. —Qué nadie se pierda esto, muchachos—canto, riendo encantado. Un grito ensordecedor conecta con nuestros oídos y no proviene de mi víctima, sino de uno de los testigos. Me giro para encontrar la fuente, lleno de curiosidad, porque jamás oí a


alguien aullar tanto de dolor. Y necesito saber qué fue lo que lo provocó. Efectivamente, encuentro a la Máquina ceñido sobre Apolo, otro gran amigo de mi padre. Max le sostiene la cabeza al tiempo que su compañero perfora sus párpados con dos ganchos de alambre fino, lo obliga a mantener los ojos abiertos, para que no se pierda nada de lo que su amigo va a obtener. Aplaudo. —Sublime—sonrío, y amo saber que el tipo a mi disposición está temblando ante lo que le han hecho a su compañero—. Hermoso, de verdad. Increíble. El segundo párpado es tratado con la misma amabilidad, por lo que somos aturdidos por más gritos. Ahora se agregan los lloriqueos de los otros dos hombres. Esto, antes de enviarme una oleada de piedad, me dan más ganas hacerlos retorcer en miserias. Claro que cualquiera es macho con gente más débil, ahora que están del lado receptor se mean en sus pantalones. Los demás obligan a esos otros dos maricas a mirar mi trabajo. Y tengo que reconocer que me encanta esta audiencia, así que... consigo unas oxidadas tijeras de podar y las ajusto a la mitad del pequeño pene flácido de Cacho. La cierro en un chasquido, dispuesto a no perder más tiempo. Un chillido es ahogado a mitad de camino a causa del vómito que sale disparado de su interior. —No puede soportar que su pequeño pito, se haya vuelto aún más pequeño—me burlo, mientras todos se inquietan de alguna forma. Los viejos luchan y los que están de mi lado responden. Cacho no se ha desmayado para mi suerte, porque quiero seguir jugando con él. Una última cosa mientras sus genitales se desangran. Le muestro los dientes. —Tranquilo, lo que viene no puede ser peor que castrarte, ¿no?—le palmeo el hombro. Saco la cosa en forma de pera de mi bolsillo trasero y la agito delante de él. Lo obligo a abrir la boca para encajarla en su lugar, luego comienzo a pasearme. Levanto el primer dedo. —Torturaste cada mujer que tuviste—le doy una rosca al artefacto y la cosa se abre un poco, lo suficiente para hacer que los ojos se salgan de sus órbitas, alarmados. Segundo dedo— reclutaste niños para unirlos al clan y convertirlos en guerrilleros de la calle, con droga como el único suministro de alimento—otra rosca—. Mataste gente inocente—tercera ventaja. La pera suena como un pesado engranaje, como una caja de la muerte a cuerdas. Y no habrá una muñeca bailarina en el centro al final de todo. Sus muelas son las primeras en aflojarse, desencajarse y saltar hacia afuera. Y sus gritos son ahogados a través de su garganta obstruida.


—Y… lo que más me vuelve loco y furioso—le doy más cuerda a la pera, mirando fijamente cómo se abre, aflojándole cada diente que queda, desencajándole cada hueso de la mandíbula—. Tocaste a la madre de mi hijo, participaste en su tortura, la violaste, la mutilaste—rosca, rosca y más rosca, él comienza a sacudirse, incapaz de tomar todo el tamaño—. La degollaste. ¡Le quitaste la madre a mi hijo! Jugaste con la vida de una pobre mujer inocente y fuiste a por un niño que nada te había hecho. En algún momento entre mis palabras, lo pierdo completamente. Y no consigo parar de abrir el artilugio una y otra, y otra vez. Poco a poco él se va desprendiendo de su vida. El proceso comienza con sus conductos respiratorios fallando poco a poco, por la angustia que le provoca esta tortura. Luego, su mandíbula se disloca, resonando como ramas gruesas de un árbol quebrándose. Ante eso, se produce la inflamación al final que cierra su laringe, ya no puede respirar. Unos cuantos minutos más y él tiene un paro cardíaco. Su cabeza cae floja hacia un costado. Su cráneo dividido en dos, su mandíbula colgando y sus ojos vacíos. Cada pequeño hueso de su cara destrozado en pedazos, fraccionado. Entonces tiro para recuperar mi herramienta y señalo a los demás, temblando y totalmente fuera de mí. —Esto es sólo el comienzo—les prometo, mirándolos a los ojos, lleno de una nueva energía, dispuesto a cualquier cosa—. Lo que le hice a él, realmente no es nada. ¡NADA! Sólo un juego de niños… voy a devolverles con creces cada maldito daño que han hecho, y después… después… malditamente me voy a declarar vencedor...

*** Ya es de noche cuando abandonamos el galpón. Nos tomamos la venganza muy en serio, más lenta y dolorosamente con los dos que quedan. Me esforcé mucho en no volver a perder el control, porque quería que sufrieran lo indecible. Godoy y yo estuvimos al frente, en algún momento nos pusimos a la par, trabajamos juntos en lo que queríamos, ambos desarrollando los mismos propósitos. Sufrieron. Mucho. Con cada diente, cada uña, cada pedazo de piel y carne arrancado. Tengo que reconocer que Godoy es muy bueno en ello, tiene sus conocimientos y se lo toma muy a pecho. Mejor que yo, que tuve que frenarme y mantenerme frío, cediéndole tiempo para que él tomara la delantera. No sé cómo lo hace, es admirable. Yo apenas podía pensar con detenimiento, sabiendo que les estaba haciendo pagar por todas las brutalidades que habían hecho y estaba a cada minuto que pasaba más desesperado. En especial por las horribles cosas que les hicieron a la gente que amaba. Y amo. A Cecilia. A Bianca. Junto a la certeza de que estaban dispuestos a arrebatarme a mi hijo de tres años cruelmente. No podía dejar de pensar en el dolor que nos causaron. Puede que la venganza no sirva. Tal vez no me libere de la culpa y el dolor por haber perdido a Cecilia y poner en peligro a Bianca. No se va a llevar el trauma que la última tuvo


que vivir hace unos días atrás. Pero al menos resiste la seguridad de que nadie más va a volverle a hacer daño, que nunca nos amenazarán de la misma manera otra vez. Y eso es una gran fuente de alivio. Con el resto, sólo podremos ir trabajándolo poco a poco. Somos capaces de curar esas heridas, confío. El tiempo nos volverá a traer cosas buenas. Bianca sanará, porque haré lo que sea para ayudarle. La amaré con cada pedacito de mí, cada día. Necesito creer que Tony y yo seremos suficientes para ella. — ¿Qué vas a hacer ahora?—me pregunta Max, de nuevo tras el volante—. ¿Qué pasará con tu familia? Cuando dice “familia” se me hincha el corazón y late con mucha fuerza. Una potencia que se llama esperanza. En la actualidad soy capaz de advertirla y llamarla por lo que es. Después de lo que acabamos de hacer, me siento libre. Libre para amar. Y me doy cuenta que Bianca, Tony y yo somos una familia. Mi familia. De pronto estoy demasiado ansioso por comenzar este nuevo camino junto a ellos. —Voy a comprar una casa—le cuento, mirando al exterior a través de la ventanilla—. Si es posible, alejada de todo, con una buena vista…—recito, dándome permiso para soñar—. Tal vez, allá en el sur, cerca de ustedes… Ese paisaje le hará bien a Bianca, quiero que sea feliz. Que se recupere… León y Godoy también están escuchando desde el asiento trasero, y no me importa. No me importa que ellos sepan de mis sueños renacientes. Al contrario, me siento lo suficientemente suelto y liviano para volverme un tipo afectivo. — ¿Algo como una casa de vacaciones?—sigue mi hermano, interesado. —Algo así—asiento—. Y una vez que estemos listos, buscaremos un buen lugar para asentar el nuevo clan—cuento, confiado—. Pero, siempre y cuando, estemos listos. No antes. En silencio, vemos virar el coche hacia una nueva calle que nos lleva derecho hasta el hotel. León propuso ir allí a quitarnos esta pinta, porque no creo que la señora Candelaria aprecie nuestra actual presencia. Tenemos las ropas y manos manchadas de sangre y sudor. Además no quiero que Bianca me vea así, no es necesario que tenga nada más que ver con la violencia, de ningún tipo. Se ha terminado. —Hay muchas heridas que curar—comenta León, comprendiéndome—. Ustedes necesitan un largo período de paz. Afianzarse, contenerse y enderezar las cosas para el nuevo camino que les toca. Además, Tony necesita tiempo con sus padres… Trago saliva con mi garganta apretada… —Sí…—sonríe Max.


No puedo hablar así que sólo me quedo allí, sin creer que de verdad se ha terminado. Que ahora, efectivamente, voy a poder perseguir mis proyectos. Tengo una mujer especial y hermosa y un pequeño chico a los que cuidar. Y sé que puedo hacerlo bien. No dejo que la emoción sobre todo ello me controle hasta que estoy bajo la ducha limpiando las pruebas de nuestra libertad. De regreso a la casona de los Godoy, nos chocamos con un aroma delicioso viniendo desde la cocina. Allí encontramos a dos cocineras preparando una abundante cena, mientras Bianca, Nacho y Tony están en el living tratando de jugar videojuegos. Bueno, ella está acurrucada en el sofá, enroscada en una manta, viéndolos interactuar. Nacho enseñándole a mi hijo su jerga nerd. Se están divirtiendo bastante, el niño excesivamente entusiasmado. Bianca es la primera en notarnos al ingresar y se pone de pie sobre sus pantuflas, esperándome. Me acerco y lo primero que hago es rodearla permitiéndole descansar en mi pecho cuando caemos en los almohadones. Se acurruca en mi costado y cierra los ojos con sentimiento, sonriendo con los labios cerrados. Su palidez sigue en pie de guerra profundizando sus ojeras. Al menos está sonriendo un poco y eso me serena. Sé que la presencia de Tony la ha levantado, y estar acá con todos la ayuda a no caer todavía más en la depresión. Nadie jamás habría imaginado a Bianca Godoy siendo presa de esta oscuridad. León camina hasta nosotros y se inclina, la besa en la sien paternalmente para reconfortarla. La mira como si sintiera en carne propia su dolor y desazón. Él más que nadie comprende el mundo, sabe cómo funciona todo. Y, por sobre todas las cosas, entiende cómo afrontar el sufrimiento. Me gusta que se acerque y nos transmita su armonía y compañerismo. Sus amables y sabios ojos buscan los míos y nos comunicamos silenciosamente. Me asegura que todo va a estar bien. Me pide que tenga confianza. La tengo, y voy a conservarla en la paciencia. Ojalá lo hubiese conocido antes. Ojalá él hubiese sido el presidente del clan en el que crecí y no el sádico de mi padre. Su sencillez y sensatez son dignas de admiración. Es evidente que, con un hombre como él de nuestro lado, habríamos hecho cosas grandes. Y buenas, sobre todo. Tal vez los Leones no sean santos, pero están varios escalones más arriba de las Serpientes. Mucho más lejos de infierno que nosotros. —Voy a hacer averiguaciones—se sienta a nuestro lado y comenta—. Seguro hay buenas cabañas para comprar, con buenas vistas a algún lago. ¿Te gustaría eso Bianca?— pregunta, tratando de incorporarla en la conversación. Ella escucha su nombre y se remueve, despertando de su estupor. Voltea su rostro para fijarse en el líder, pestañeando. — ¿Una cabaña?—pregunta, interesada.


—Sí, Jorge quiere comprar una linda cabaña de vacaciones allá en el sur, ¿te gusta la idea?—nos sonríe él—. Deberían pasar un tiempo ahí, hasta que se instalen definitivamente… —Me gusta el sur, amo esos paisajes—dice ella, casi bostezando, luego me mira—. ¿Eso es cierto? ¿Cuándo lo decidiste? Peino su cabello largo con los dedos, enredándolos. Y no puedo quitar mis ojos de ella por nada del mundo, viendo su interés en los planes a futuro. —Hoy—le cuento, sonriendo apenas—. Lo decidí hoy. Creo que merecemos un tiempo alejados de todo, unas pequeñas vacaciones. Y sé que te gusta mucho el sur, por lo que podemos comprar una casa de vacaciones ahí, e ir algunas veces al año para estar cerca de los Leones, ¿qué tal? Ahora su sonrisa es enorme y sus párpados se abren del todo, cuando antes estaban caídos, como si no tuviera fuerzas ni para sostenerlos. —Es un grandioso plan—susurra, acariciándome el cuello ensimismada en mi cara—. Voy a poder ver seguido a las chicas… Todos consentimos. No tardo en caer en la cuenta de que se ha agregado más gente a la escena. Candelaria y Adela bajaron las escaleras hace unos minutos y están ensimismadas en nosotros. Nacho observa a su hermana con la mirada rebosante de alivio, porque está siendo testigo, como el resto, del florecimiento de la vieja Bianca. No es que vaya a volver a ser la misma de golpe, sabemos eso, sólo… la estamos viendo regresar poco a poco. — ¿Dónde pensás asentarte definitivamente?—quiere saber Max—. Para fundar tu nuevo clan… Mi mujer está muy atenta a mí para saber la respuesta. —No sé—me encojo—. Hay tiempo para pensarlo. Pero no vamos a copar el sur, no se preocupen—rio—. Es de ustedes. León se queja. —Tiene una gran extensión, no somos los dueños. Hay espacio para todos—asegura, guiñando. —Aun así, creo que nos vendría bien algo cerca de la costa—propongo. Max y Adela asienten, casi saltando.


—Por favor, así tenemos los veranos cubiertos—suelta Nacho, y todos nos fijamos en él—. ¿Qué? Pienso ir seguido a visitarlos. Y quedarme bastante tiempo—se encoge despreocupado y se detiene en mí—. Para que lo sepas, Mole. Y tengas siempre una habitación extra para tu cuñado favorito—me levanta el pulgar. Adela pone los ojos en blanco y Bianca sonríe. Voy a contestarle cuando una de las cocineras avisa que ya está servida la comida y todos nos levantamos para ir a la mesa. Asiento a su petición con despreocupación, el chico me cae bien. Podría pasar algunos veranos con nosotros, y eso hará feliz a mi chica. Y a Tony, que parece haberse pegado a él con devoción. Los pequeños hermanos Godoy tienen algo que deslumbra a cualquiera. La cena es espontánea y tranquila. Nacho y Max son los que más hablan, el resto disfruta de sus ocurrencias. Seguimos considerando el futuro, en especial el nuestro y Bianca se ilumina ante los planes. Le encanta la idea de tener un lugar sólo para nosotros y convertirnos en una familia. —Nunca pensé que realmente algún día hiciera planes para convivir con alguien—dice al entrar en su habitación—. Antes, mi vida era muy predecible. Estaba segura de que terminaría como una esposa trofeo de algún rico infeliz—suspira. Y eso me enoja bastante. Que no esperara más de la vida, que no se animara a soñar en que podría conseguir algo como esto. Un amor como el nuestro. —No, nada de esa mierda—gruño, atrayéndola—. Te voy a hacer feliz—la beso. Cierra los ojos y se deja llevar, la aprieto contra mi pecho. —No tengo dudas de que lo vas a hacer—susurra, encajando sus brazos alrededor de mis costillas. ¿Es impresión mía o no suena tan convencida como me gustaría? — ¿Qué pasa? Ese tono no me gusta—le advierto, frunciendo el entrecejo. Se muerde el labio e intenta esquivar mi mirada, no se lo permito. —No dudo de que vas a hacerme feliz—se aprieta contra mi pecho hasta casi dejarme sin aire—. Pero… es que… no sé si yo voy a poder hacer lo mismo… Sus palabras duelen tanto que mi estómago se revuelve, y comprimo la mandíbula para no soltar una maldición que sea mal interpretada. Bajo toda la angustia por mi garganta antes de hablar, porque quiero sonar seguro. Sólido.


—Sos todo lo que quiero, nena—le digo en el oído—. Todos los días agradezco haberte encontrado. Soy un tipo afortunado, y no te merezco. Aun sabiéndolo, me haces tan inmensamente feliz que no me importa ser egoísta y atarte a mí. Te necesito en mi vida, haces que todo valga completamente la pena. La separo un poco para mirarla directamente a los ojos. —Hoy se terminó todo—le aseguro—. Despejamos el camino. Ya no hay nadie en las sombras esperando para dañarnos. Se han ido, cada uno de ellos. Los borramos del mapa. Y lo hice sólo por vos y Tony. Al fin podemos vivir tranquilos. Al fin puedo prometerte que nunca más va a sucederte algo malo. Se acabó—sonrío—. Se acabó. Beso su frente a la par que su mirada se humedece. Puedo leer el consuelo en sus lágrimas, la creencia en mi seguridad. En mi promesa. —Ya podemos sanar en paz—agrego, contra su piel. —Me hace feliz escucharlo—solloza, aferrándose a mi ropa, enterrando su rostro en mi cuello—. Espero que… hayan sufrido por cada cosa que hicieron. —Así fue—juro. —Se siente bien saberlo. Es horrible, lo sé, pero se siente demasiado bien—tiembla. Lo entiendo más que nadie. También me siento así. Liberado, sin más dudas y temores. Ya no más escondites, no más estar vivo sin vivir. Nunca más demorar nuestras vidas, dejándonos gobernar por la cautela y la paranoia. Ya no hay más amenazas. —Me siento igual—la abrazo—. Como respirar aire limpio por primera vez, después de tanto tiempo enterrado… La dejo ir para meternos en la cama. Un rato antes, los dos acostamos a Tony en el cuarto justo en frente del nuestro, esperando que estuviese dispuesto a dormir solo. Dejamos una pequeña luz encendida, por si acaso se sentía inseguro. Nos acurrucamos juntos, suspirando, Bianca en mi brazos. Y todo se siente como si volviera a estar en su lugar, justo en el hueco donde pertenece. —Te amo—musito, con las cuerdas vocales tensas. —Te amo—regresa ella, ya casi entre dormida. La puerta se abre un segundo después, y los dos levantamos la cabeza. Localizamos a Tony, ahí descalzo y en pijama, despeinado. Sus ojos rogando.


— ¿Papi?—llama, tímido. Bianca me mira, expectante. Y tengo que esconder la sonrisa que quiere tirar de mis labios, sólo dejo escapar un sonido resignado. —Vení acá, chico—le doy permiso, haciendo lugar entre medio de nosotros—. Sólo por hoy. Bianca está sonriendo mientras permite al niño colarse bajo las sábanas. —Sólo por hoy—repite, tratando de sonar firme. Y los tres sabemos bien que es una blanda, Tony es su debilidad. El niño asiente, encantado porque su pequeña treta ha funcionado tan fácil. Se acurruca, protegido por nuestros calores y se duerme en dos pestañeos. Sintiéndose seguro y amado. Allí, al tiempo que los observo dormir, me doy cuenta de que no sólo el niño nos necesitaba. Sino que a nosotros también a él. Los tres nos precisábamos mutuamente, para ser envueltos por la verdadera calidez de la familia. Así que… está bien que compartamos la cama. Sólo por esta noche, fingiremos que es lo correcto.


CAPÍTULO 25 BIANCA La casa es hermosa. Perfecta. Imposible de soñar. Tiene grandes ventanales que dan directo al pacífico lago y está rodeada de un pequeño bosque de lengas que nos protege de los fuertes vientos. La decoración interior es rústica, sencilla, agradable. No muy cargada, ya que ni a Jorge ni a mí nos gustan los excesos. Hay tres habitaciones y tomamos las dos enfrentadas para que Tony esté cerquita nuestro en las noches. El último mes en casa de mamá nos ha costado bastante mantenerlo en su propio cuarto. Está demasiado acostumbrado a dormir acompañado. Hace apenas una semana logramos convencerlo, espero que al mudarnos aquí no lo regrese a sus antiguos hábitos. Por lo demás, se ve encantado con tener una casa para nosotros. Le hace feliz vernos a su padre y a mí juntos, y disfruta mucho de nuestra compañía. Hace apenas dos días que viajamos al sur, y ha sido gratificante para mi estado de ánimo. Por supuesto, existen muchas secuelas de mi terrible experiencia y ya he organizado la primera cita con el psiquiatra al que mamá me derivó. Ella estaba muy reacia a dejarme ir, pero sabía bien que era lo mejor para mí. Cuanto antes me asentara con Jorge y Tony, más rápido sanarían mis heridas. Quedarme en su casa, en la ciudad, ocupando su espacio, me recordaba todo el tiempo lo que me pasó. Sobre todo porque todo el mundo estaba pendiente de mí día a día. Lo hacían cuidadosamente, sin ahogarme, sin embargo me sentía observada todo el tiempo. Evaluada. Estar en este lugar me va a ayudar, simplemente lo sé. Confío. Las noches han sido la peor parte, mi subconsciente dormido es frágil y saca a relucir mi experiencia. Los ataques no ayudan cuando cada noche me recuerdan a mi violador. No veo caras, sólo sombras, pero ellas son él. Las manos que me tocan son de él. Y el aliento en mi cara sólo lo relaciono con él. La imponente presencia de Jorge es mi consuelo luego de las pesadillas y las parálisis, si no fuera por su causa yo no descansaría en absoluto. Aun así, durante el día estoy estable, casi en la superficie del ser que fui antes de que todo lo malo viniera. He vuelto a escuchar música, la disfruto al igual que la cocina. Puede que todavía no haya ido a mi primera cita con el doctor, pero me siento lo suficientemente bien al abrir los ojos por la mañana. Ya no paso los días escondida bajo los edredones de la cama, o acurrucada en el sofá con mi pijama. Y es un alivio. Porque noto que eso apacigua a Jorge y Tony. El primero ya no va de acá para allá pisándome los pies y preguntando si necesito algo cada quince minutos. Es un avance.


Otra buena cosa fue decidir tener mi propio coche para llevar a Tony al jardín cada día. Me hace sentir útil y ocupada. Y segura. Cuando antes no podía salir del recinto sin guardaespaldas. Me tranquiliza el hecho de que Jorge esté tan liberado también, ensimismado en planes para su clan. Además me ha dado el visto bueno para comenzar a invertir en sus joyas, incluso ha estado rediseñando algunas. En el garaje de la nueva casa tiene sus herramientas y estas dos últimas tardes se lo ha podido encontrar allí, trabajando. Me alegra mucho verlo así: menos oscuro, más despreocupado. Hace que me enamore mucho más, si es que eso puede ser posible. ¿Su sonrisa? Ha estado derritiéndome cada día. Eso, y la forma en la que ha aprendido a interactuar con su hijo. Me hace soñar en que juntos vamos a poder olvidarlo todo y seguir adelante. Ambos tenemos mucho equipaje que separar de nuestras espaldas, tal vez él mucho más que yo. Se siente muy culpable, es algo con lo que he estado tratando de luchar. Porque si bien él es amoroso y atento, no me toca. No ha hecho ni un mínimo movimiento sexual en mi dirección. A veces temo que sea porque ya no me desea como antes, pero me repito todo el tiempo que tiene que ser la culpa que siente por lo que me sucedió. Porque está tan ligado a él. En ciertas ocasiones me atrapa una intensa necesidad de sentirme deseada con fuerza, en otras considero que quizás todavía no estoy preparada para permitir que me toque. Me frustra. Tanto que no he parado de pensar en eso en el último mes. El teléfono de línea suena mientras ambos nos encontramos limpiando los restos de la cena de la mesa. Soy la primera en dejar lo que estoy haciendo para ir a atender, llego antes de que Tony se entrometa. Le levanto una ceja alzando el tubo lo bastante alto para que no lo alcance. Le guiño cuando gira de regreso a sus juguetes, molesto por no conseguir llegar primero. —Hola—saludo, sonriendo. —Hola—una voz rasposa, aunque liviana me responde desde el otro lado—. ¿Bianca? — ¿Sí? —Soy Esteban—me aclara, y puedo distinguir una sonrisa en sus labios a causa de su tono de voz—. Me alegra escucharte, espero que esté todo bien. —Está todo perfecto, ¿querés que te pase con Jorge?—pregunto, atenta y simpática. Ellos no han estado en buenos términos este último tiempo, por lo que sé. Esteban se ofendió cuando Jorge le contó que ya había hecho el trabajo sucio con las viejas Serpientes. Se sintió desplazado a un lado y provocó una fuerte discusión que hizo que Jorge se sintiera responsable. Sinceramente, opino que fue todo por celos, también. No le gustó ser reemplazado por los Leones. Y, menos que menos, por Max. No le agrada el otro hermano Medina. Por un


lado entiendo su enojo, después de años y años luchando codo a codo con Jorge, ni siquiera ser tomado en cuenta para el verdadero final tiene que haber sido insultante. Pero, no, no me cayó tan bien que haya saltado con tanto drama después todo lo que sucedió. Tiene que comprender que Jorge hizo lo mejor que pudo, y en la desesperación de acabar de una vez por todas con la mierda, no pensó en su amigo. Bueno, no es que cada cosa sea completamente cierta, sólo son conjeturas mías. —Por favor—pide, agradeciendo. Me despido y modulo su nombre a Jorge mientras se acerca al teléfono. La esquina de su boca se tuerce un poco en el costado. Y me estiro en puntitas de pie para besar la comisura. Lo último que deseo es que se ponga tenso a causa de su amigo, ya hemos tenido la cuota justa de preocupaciones para el resto de la vida. No necesitamos que se ponga todo gruñón de nuevo. — ¿Sí?—lo reciba a la par que me alejo. Me mantengo medianamente cerca, merodeando, porque mi curiosidad es gigante. Realmente espero que arreglen sus diferencias porque no soporto que el hombre que amo viva apagado por culpas que no merece llevar encima. Si Esteban sigue insistiendo en toda esa mierda, todavía diciéndole que se sintió traicionado, voy a quitarle el tubo y acabar con todo. —Entiendo—murmura después de escuchar lo que el otro le cuenta—. Lo sé. También lo siento, viejo—sonríe. Me desinflo. Bien, parece que se están arreglando. Me muevo hacia Tony para ayudarle a juntar sus ladrillos de juguete y así llevarlo a la cama, ya es bastante tarde. Sin darnos cuenta casi cenamos a las once de la noche. —Sí, mejor, olvidémoslo—concuerda su padre todavía manteniéndose en la línea—. Deberías visitarnos cualquier día de estos. Nos mudamos esta semana… Está bien para mí. Por supuesto… Sí, hombre, tenés que conocer la casa. Te va a encantar… Anota la dirección…—la conversación es fluida y amistosa. Por lo que tironeo de Tony hacia el pasillo con una sonrisa de alivio. En su muy masculina habitación—en diferentes tonos de verde, claro—, le ayudo a colocarse el pijama y meterse bajo las colchas. Me pide que le cuente un cuento, así que me siento junto a él y abro un tomo de Los Tres Chanchitos. Porque me niego a que se le pase la infancia sin conocer cada uno de los cuentos que me han leído en la mía. En la cocina se oye que Jorge se ha puesto manos a la obra con los platos, la llamada ya finalizada. Estoy casi llegando a la mitad del libro cuando de nuevo suena el teléfono. Unos segundos avanzan antes de que él venga a mí para


avisarme que Lucre está en espera. Me levanto y voy a la puerta, pegando el cuento en su pecho de pasada. —Te toca seguir—le digo y antes de que intente liberarse lo empujo hacia la cama donde su hijo nos observa, ni siquiera con una pizca de sueño en los ojos—. Sin peros… Le palmeo el hombro y me voy a ponerme al día con Lucre. — ¿Qué tal? — ¡Holaaaa!—chilla, entusiasmada—. Mañana pienso ir a visitarte, señora—asegura, riendo—. Me llegaron comentarios de la casa, y me muero por conocerla. Además, ¿cuánto hace que no nos vemos? Tenés que darte una vuelta por el recinto, si vieras la panzota de Ema, está casi a punto. Me gustaría llevarla mañana pero le recomendaron reposo… Voy a ir con Fran, Adela y los niños… Ah, y Ayelén… Me entrometo al mínimo hueco que deja. Algún día ella tiene que parar de hablar. Quién se queja, ¿no? Yo era parecida. Trato de no angustiarme por ese “era”. Pronto volveré a ser yo completamente. Va a suceder, de una u otra forma. Me niego a otra versión de mí. — ¿Ayelén?—entrecierro los ojos, no creo haber escuchado ese nombre jamás. —Ah… bueno—se aclara la garganta—. Ayelén es la hija de Mamani, el líder de los Cóndores. Es del norte. —Ah—asiento, ya quiero conocerla. —Tuvo algo con Gusto durante la visita de los chicos allá y… bueno… se quedó embarazada—cuenta, bajando el nivel de su tono como si fuera un secreto—. Su padre la trajo, la obligó a enfrentarse a Gusto. Se negó a llevarla de vuelta. La dejó… —Oh—siseo, apenada—. Eso debe ser horrible. Lucre chasquea la lengua en acuerdo. —La pobre no sabe qué hacer, y es tan joven—dice, sintiéndose igual que yo—. Gusto está muy enojado, apenas la registra, aunque sí le permitió quedarse en su casa. Se hará cargo del bebé, pero nada más… Ayelén sólo quiere volver a su lugar, está siendo muy infeliz. Pero su padre no la aceptará de vuelta. Siento tanto oír de esta chica que me encuentro ya dispuesta a conocerla. La verdad es que no estaba muy en paz con la idea de ver a alguien del recinto todavía, no quería. Tampoco sé si quiero. Me niego a que noten que he cambiado, sin embargo, no soy capaz de comunicarle a Lucre que prefiero no recibir visitas. Porque quiero, de verdad. Tal vez sólo tengo miedo de


demostrar mis nuevas debilidades, y es mejor que lo supere pronto. Ahora, después de lo que acaba de contar, me parece excelente que trate de alejar a Ayelén de Gusto por un rato. —Las espero mañana—digo, antes de que se despida. —Sí, me muero por ir—salta ella, feliz—. Además, ¡tengo un notición!—canta. —Oh, no, ahora me dejas con la intriga. Quiero un adelanto—me quejo, curiosa. Su risa retumba contra mi oreja y es tan bulliciosa que tengo que alejar el aparato un poco. No me queda otra que reír un poco también, percatándome de la piel tirante a los costados de mi boca. Hacía rato no sonreía tan ancho. —De ninguna manera, adiós—corta abruptamente, antes de que intente convencerla. Negando con una media sonrisa en los labios encajo el tubo en su lugar y me interno de nuevo en el pasillo, encargándome de apagar las luces a la pasada. En su cuarto, Tony ya está dormido, iluminado con una pequeña luz que consiguió Jorge, que se coloca en el enchufe. Arrimo un poco su puerta y entro a través de la nuestra. Jorge está de pie, descalzo, junto al final de nuestra cama, desprendiéndose los vaqueros. Su tatuado torso desnudo me recibe brillando ante la luz del velador en su mesita de noche. Lo recorro con los ojos sin que me quede otra opción, es una pieza que miraría hasta morirme. Mi mente regresa instantáneamente a todo ese tiempo que ha pasado sin que nos acerquemos íntimamente. Parece que no puedo esconder la pesada expresión de anhelo. Me acerco en un impulso y lo beso justo donde su tatuaje del círculo ya completo se está curando. Lo acaricio con mis labios, invento mi propio camino hacia arriba a su cuerpo. Su aroma se impregna en mis sentidos y mi respiración se acelera porque sus manos se encajan en mis caderas, alrededor de mis calzas de deporte azul oscuro. El calor de sus dedos me quita la capacidad de pensar del todo correctamente. Lo abrazo, alzando los brazos hacia su cuello. Consigo su boca sin siquiera pedirla. Nos besamos y, aunque estoy del todo metida en ello, percibo que falta algo. Tal vez es él quien no está del todo cómodo. Porque no me besa como antes, no profundiza su lengua en mi boca como si tuviera esa misma hambre salvaje que tanto recuerdo. Me volvía loca. Ahora se contiene. Doy un paso atrás mordiéndome el labio con fuerza, apretando los párpados para esconder la consternación antes de alzar mi atención a él. — ¿Qué pasa?—pregunta, preocupado. Intenta agarrar mi mano y me echo más hacia atrás.


—Ya no me deseas—susurro, tratando de contenerme—. Ya no me querés… ¿es porque él me tuvo? Su boca se abre, como en estado de shock. No encuentra respuesta. — ¿Te da asco?—me abrazo a mí misma, yendo hacia la puerta en reversa—. ¿Te asquea que uno de ellos me haya tocado? —Bianca… — ¿Por eso no me tocas como antes? Niega, lo distingo a través del manto de humedad que se forma en el interior de mis ojos. Está dolido, y molesto, lo sé porque su rostro comienza a teñirse de un rojo oscuro. — ¿De verdad pensás eso de mí?—pregunta, muy quieto, afectado—. Yo… sólo asumí que necesitarías tiempo… Sorbo, bajando la vista al suelo. —Que te tomaría un poco volver a sentirte… bien de nuevo… en la intimidad. Creí que si te—corta y se acerca, encierra mi rostro en sus manos y lo eleva para poder tomar mi imagen—. ¿Me querés? ¿Ahora? Me tenés, nena. Me tenés, no necesitas hacer más que pedirlo. ¿Me deseas? Las lágrimas se desprenden, caen de mis ojos, bañan mis mejillas. Le veo las pupilas turbias por el sufrimiento. Porque me desmorono y a él le duele. Lo lastimo haciendo esto, y aun así no puedo detenerme. —No sé—sollozo—. No sé… Me aprieta contra su pecho y me besa la sien, angustiado. Sus respiraciones son pesadas e irregulares, como si estuviera aguantando el llanto. Odio esto. Detesto hacerle sentir así. —Está bien—me acaricia la espalda, susurrando tiernamente—. Está bien… —Lo siento—me disculpo, ni siquiera sé por qué. Será a causa de lo confundida que me siento. Porque un segundo antes lo estaba deseando, quería tanto que me tocara y ahora sólo soy una chica temblorosa e insegura que no sabe si el hombre que ama la desea o no. —Vamos a la cama—me lleva él, sosteniéndome con firmeza—. Tranquila, hablemos…


Me acuesto contra él, aunque sin estar dispuesta a hablar sobre esto otra vez. Me siento muy avergonzada y rota. —Ahora no—le pido—. No quiero. Tal vez mañana—me oigo a mí misma como una niña pequeña. Traga, y hace todo lo posible por relajarse. —Bueno, pero tenemos que hacerlo—insiste, apagado—. No soporto la idea de que pienses todo eso, Bianca. Te amo, te elegí para siempre. Y, por supuesto que te deseo. Con todo lo que tengo. Quería darte tiempo, que sintieras mi paciencia. Pensé que era lo mejor por hacer, para que estuvieras segura conmigo… —Lo sé, perdón—digo contra su piel, todavía mojándola. —No pasa nada—asegura, acariciándome el pelo—. Yo… sólo quería cuidarte… ¿Está bien? Asiento, calmándome poco a poco con sus sinceras y dulces atenciones. Lo último que quería era hacer una escena. Mis peores miedos me jugaron una mala pasada. Me da terror nunca volver a disfrutar del sexo con él de nuevo. Temo que se termine cansando de mí porque no soy capaz de satisfacerlo, tal como una pareja común y corriente. En general, me aterra no volver a ser normal nunca más.

*** No hago más que acabar de colocar el agua al fuego para hacer té y café, que dos vehículos provenientes del recinto de los Leones entran en mi campo de visión, desde la ventana de la cocina. Con una sonrisa cerrada en mi cara, avanzo hacia la puerta para darle a esa manada la bienvenida. Me he estado preparando para el bullicioso encuentro desde que desperté. Y evité completamente hablar con Jorge de lo que ocurrió anoche porque lo último que me hacía falta era que mis ánimos se ensombrecieran. Quería estar accesible para mis amigas y los niños. Tony corre alterado detrás de mí, desesperado por reencontrarse con su mejor amigo, que viene de la mano de su tía Adela, en un ataque de ansiedad. Me rio, es imposible no hacerlo. Me agacho junto a él para ayudarlo con su abrigo y besarlo en la mejilla, vamos a perderlos de vista dentro de dos segundos. Adela se me abalanza y enrosca sus brazos a mi alrededor. Siempre me pareció una chica un poco torpe con las demostraciones en público, al menos, con mi hermano son siempre discretos mientras piensen que alguien los está viendo. Me


reconforta mucho su abrazo, tengo que reconocerlo. La sentí como de la familia de inmediato, eso sí, unos cuantos días después de que se me abalanzara y casi me dejara calva. Francesca es la siguiente que pasa por mi entrada, sosteniendo en brazos a su gordita hermosa de ojos grandes como los suyos. Me sorprende lo grande y pizpireta que está la niña. Las beso a ambas, incluso tomo en brazos a Esperanza. Lucre la persigue de cerca, acarreando un carrito doble, cubierto para proteger a los gemelos del viento, de su mano trae enganchada a una muchacha que se ve de lo más inocente. Me apresuro a ayudar con el carro y las invito a entrar, besando sus mejillas. —Ayelén, ¿verdad?—pregunto, tomando la mano de la desconocida. Ella pestañea y asiente, poco a poco ablandándose a mi atención. Parece callada y muy prudente. Además de hermosa, ahora entiendo por qué Gusto se ha metido en tan grandes “problemas” con ella. Estoy segura de que ningún hombre piensa claro cuando tiene a esta belleza exótica en frente. Sus ojos son negros y profundos, se ven conocedores y muy maduros. Su mirada parece ser una lectora de mentes, directa y abierta. El pelo lacio y negro como las alas de un cuervo cae en sus hombros y espalda, grueso y brillante. Va vestida con sencillez, vaqueros y zapatillas. Aunque… la prenda que deja ver una vez que se quita el abrigo me deja jadeando. —Oh por Dios, es hermoso—se me escapa, viendo el increíble poncho colorido hecho en telar—. Perdón—me río—, soy una chica, no puedo evitar caer por la moda y el estilo. Y amo tu poncho. Lucre que está liberando a los gemelos de todo el abrigo que llevan, se ríe y asiente. —Espectacular, ¿cierto? Y lo hizo ella misma—dice, obviando en furioso sonrojo de Ayelén—. Tiene un don con el telar… Ya le pedí que me hiciera uno. Voy a pagarle lo que sea— sonríe amablemente hacia la chica. —También quiero uno, definitivamente—la abordo. Después, inconscientemente, voy directo a la sobresaliente redondez de su vientre y la acaricio. Tengo algo con las panzas de las mujeres embarazadas. Necesito tocarlas. Ayelén me lo permite, sonriendo todavía retraída, por unos segundos. Luego se escurre fuera del contacto, tratando de ser disimulada. Le ofrezco asiento y, sigilosamente, lo toma, junto a Fran. Las dos mujeres más calladas de la banda, pienso. Esperanza, en mis brazos, pide por su madre, así que la dejo con ella para ir a preparar las infusiones. — ¿Y dónde está tu hombre?—quiere saber Lucre, desde su lugar en la sala—. Tengo que felicitarlos por esto, es una casa preciosa.


Sonrío, consiguiendo las tazas. —Está en el garaje, manteniéndose ocupado—regreso gritando—. Esta mañana le llegaron las piezas de una nueva moto, está ocupado en ponerla sobre ruedas lo más rápido posible… Lucre y Fran sonríen. —Estos hombres y sus motos—canturrea la primera—. No pueden vivir sin una. —Nacieron para esto—concuerda Fran. Por supuesto, no puedo estar más e acuerdo con ellas. Esta vida les hace feliz, y mientras lo estén, nosotras seremos incondicionalmente el apoyo que necesitan. Estoy entusiasmada en que Jorge levante de una vez por todas ese nuevo imperio de Serpientes, porque sé que ha hecho demasiado esfuerzo para obtenerlo. Y una vez que lo consiga estará completo. — ¿Cómo han estado?—pregunto, volviendo con las tazas en las bandejas, colocándola en la mesa del living. —Bien. Agotada, pero perfecta—contesta Lucrecia, tomando su té. —Tener dos mini-Medinas debe ser desgastante—comenta Fran, sorbiendo con su mano libre, tratando de que Esperanza no manotee su bebida. La rubia deja escapar una risa ronca, irónica. — ¡Tres Medinas querrás decir! Y completos, no minis—sonríe, echando un vistazo a sus hijos en el carro—. Max es un bebé más. Funciona como un chico la mayor parte del tiempo. Las demás nos reímos y escuchamos sus anécdotas, demostrándonos así que su vida es bastante alocada, pero interesante. El nombre de Max y sus hijos coloca un brillo resplandeciente en su mirada y sabemos que no podría estar más enamorada de la familia que han formado. Me fijo en Ayelén, que la oye alucinada, completamente succionada por sus relatos, se resaltan muchas emociones desde el fondo de sus hermosos ojos negros rasgados. Puedo ver el destello de grandes sueños allí. —Así que… ¿cómo te tratan en el recinto, Ayelén?—pregunto, simpática. Estoy tratando de unirla más al grupo, que se sienta bienvenida. —Mmm no he ido mucho por allí—duda, frotando los dedos en la tela preciosa de su poncho.


— ¿No?—trato de no arrugar el entrecejo. —Gusto nunca vivió en el recinto, lo sabes—corrige mi cuñada, seria—. Siempre tuvo una casa en la ciudad… —En realidad…—Ayelén se muerde el labio—, estamos viviendo en el pueblo… Parece contrariada al saber que, en realidad, Gusto vive en la ciudad. Parece que él tiene dos hogares. O, ¿la está escondiendo? —Ah… No sabía eso—murmuro, sonrojándome abochornada. La jovencita sonríe, tratando de borrarle importancia. Sin embargo, todas acá sabemos que saber esto la ha molestado. —Él no viene mucho por el apartamento, así que…—se encoje. Lucre respira lentamente por la nariz, parece estar intentando mantener fluyendo su molestia. Yo trago mi incomodidad, sintiéndome muy mal por la chica. — ¿Ayelén?—llama Fran, desde su asiento—. ¿Qué edad tenés? La pregunta es tímida, todos sabemos que a la mujer no le gusta inmiscuirse. —Cumplí diecinueve el mes pasado—deja ir la aludida, escondida detrás de su humeante taza. Está tan roja debajo de esa bonita piel morena que siento como que tengo que cortar la mierda. No la está pasando nada bien. Y, a pesar de que nosotras sólo queremos incluirla, estamos haciéndola sentir incómoda. No quiero que desee estar en cualquier otro lugar. — ¿Y cuándo llegará el príncipe?—salto, poniéndome entusiasmada para terminar con la tensión—. ¿O princesa? Veo que estás avanzada, ¿el mismo tiempo que Ema, quizás? —Es niño, Nahuel—se detiene porque todas expresamos que nos encanta la elección del nombre, sinceramente nos gusta muchísimo—. Y será en un mes, más o menos. Es un embarazo fácil, no me siento como si tuviera que estar en reposo. Ni tuve síntomas… —Espera un momento…—alza Lucre el dedo, está un poco enojada, o eso parece—. ¿Cumpliste años el mes pasado?—Aye asiente—. Estás con nosotros desde hace mucho más y nunca supimos nada… Ayelén se muestra imperturbable.


—Lo pasaste sola, ¿no?—sigue Adela desplazando la ira de Lucre que se ha puesto roja—. Te dejó pasar tu cumpleaños sola…—nadie habla—. Ese hijo de puta—escupe—. Voy a cortar su pequeño pene—sisea, ensañada. —Está bien—dice la pequeña con acento del norte—. No es importante, no me interesa… Y tampoco tiene que interesarse así por mí, tenemos un acuerdo… —Un acuerdo y ocho cuartos—niega Lucre—. No puede ser tan cerdo. Me va a escuchar. —Preferiría que no te metieras—salta Ayelén, completamente transformada, ahora sonando más segura—. No necesito que nadie intervenga por mí. He sido lo suficiente impulsiva para engañar a un tipo mayor y meterme con él. No me debe nada. Estoy acá porque mi padre quiere que me haga cargo de mis faltas, me obligó a enfrentar las consecuencias de mis errores… Augusto no tiene que responder por mí, no soy su responsabilidad. Ni la de nadie. Y pienso desaparecer en la primera oportunidad—acaba, tiesa y con ojos penetrantes. Todas la estamos observando con la boca abierta. — ¿Vas a irte? ¿Qué pasa con el bebé?—suelta Adela, incrédula. La chica se acaricia la panza con nerviosismo, frunce las esquinas de la boca como si estuviera tratando de esconder sus ganas de llorar. —Voy a darlo en adopción—comenta, puedo jurar que noté un estremecimiento atravesarla, y al resto de nosotras también—. Él no lo quiere, cree que somos un error. Odia la situación en la que lo metí. No voy a imponerle nada. —Pero… ¿vos no lo querés?—interviene Fran con su característica suavidad. Ayelén deja se taza vacía en la mesa, se encoje. Quiere verse desinteresada y no actúa tan bien como cree. —Lo más justo es que vaya con una familia que lo ame y le dé lo mejor. Podría irme y llevarlo conmigo, pero se sentiría como si estuviera robándolo de su padre. Augusto va a darle el apellido porque cree que es correcto, nada más. Creo que lo conveniente es que ninguno de los dos se quede con él… — ¿Se lo dijiste?—susurro. La chica levanta una ceja hacia mí, considerando la pregunta. —Ya dejé en claro que no le importa… —No creo… Gusto no es así…


—Es así. Ni siquiera hablamos. Me dejó en ese apartamento, sólo viene algunos días de la semana, siempre oliendo a puta barata. Me ignora. Y lo primero que me dijo al llegar fue que arruiné su vida… Asumo que eso se puede interpretar perfectamente. No ha demostrado ni una sola vez interés por este bebé… Me pica la nariz, es evidente que estoy abrumada emocionalmente la mayor parte del tiempo, y esta historia me duele de alguna extraña forma. Me fijo en las demás, y se ven igual que yo, tratando de esconder la pena por ella. Pasa un largo rato hasta que soy capaz de hablar de nuevo. —Podés contar con nosotras, siempre, ¿sabes?—le aseguro, sonriendo un poco—. No nos conocemos bien, pero nos preocupamos y siempre tenemos lugar para una más… Ayelén asiente, se ve aliviada de acabar con el tema. —Gracias—dice, reacomodándose sobre los almohadones—. Puedo hacer sus ponchos, si quieren… tengo bastante tiempo de sobra, los tendré listos en un par de semanas—sonríe. Asentimos y aplaudimos, entusiasmadas a medias. Por supuesto, sabemos bien que quiere hacerse con el dinero… para irse. Escaparse de esta situación. No sabemos cómo reaccionar ante esa deducción, nos preocupamos. El resto de la media hora la ocupamos recorriendo las habitaciones de la casa, y yendo a saludar a Jorge que está perdido en su trabajo. Toda su ropa manchada de aceite de motor y sudor. La vista me hace cosquillas bajo el vientre y me veo revolucionada. Me hace pensar en lo que sucedería si las chicas se fueran y yo intentara un acercamiento. Me muero por saber si soy capaz de llegar al final. Si sentirle adentro mío me va a provocar recuerdos desagradables. Ahora mismo, eso no parece probable porque estoy deseándolo con fuerza. Suspiro, mis dudas tendrán que esperar. Y mañana tengo mi primera sesión con el psiquiatra. Tal vez pueda él hacerme sentir más segura. Es mucho pedir que suceda en la primera cita, ¿verdad? Supongo. Volviendo a tomar asiento en el living, se me da al fin por preguntar. — ¿Y cuál es ese notición que prometiste ayer?— presiono a Lucre. La rubia cambia la cara totalmente, su semblante se vuelve soñador. Enamorado y extasiado. Levanta su mano, donde luce el precioso anillo de compromiso que Max puso allí la misma noche que colisioné en el recinto de los Leones. — ¡Ya tenemos fecha!—chilla—. Diciembre, 28. Y saltamos todas a felicitarla, explotando de alegría.


*** La primer visita al doctor no es tan productiva como esperaba, lo que es comprensible. Nos dedicamos más a conocernos, me explicó sus procesos, y trabajó en mi confianza, para que yo fuera ganando terreno poco a poco y me sintiera segura. Me gustó mucho su trato y la explicación del proceder que iríamos encarando a partir de mis problemas. Es frío y clínico solamente cuando las situaciones lo requieren, por eso me sentó muy bien la familiaridad con la que habló una vez hechas las presentaciones. Mamá no podría haberlo hecho mejor para mí y estoy muy agradecida con ella. Por eso la llamé ni bien pisar mi casa al mediodía. Necesitaba expresarle mis sentimientos y gritarle las gracias cuanto antes. —Creo que él va a ayudarme—le certifiqué, sorbiendo, toda emocional a causa de mis ganas locas de sanar y las esperanzas sobreviviendo día a día—. Gracias, mamá, no sé qué habría hecho sin vos. Ella chasqueó la lengua, pude imaginar la sonrisa en su rostro blando. —Mi chica es fuerte—dijo, sonando segura y seria—. Has sido inquebrantable, hija. Y el pilar de esta familia cuando los cimientos cedieron y me perdí por completo. Tu amor se puso nuestros pedazos a la espalda y nos reparaste, porque sos fuerte. Y más valiente que cualquier otra persona. Siempre. ¿Crees que no me di cuenta? Tu hermano y yo fuimos testigos. Nunca te diste por vencida, aun cuando nosotros tiramos la toalla. Porque lo hicimos, Bianca… nosotros no creímos lo suficiente en nuestra lucha. Sos el pegamento de esta familia, y se terminó de confirmar cuando trajiste a Santiago directo a nuestra puerta. Nunca perdiste la fe, siempre te mantuviste erguida. La que tiene que darte las gracias, soy yo. »Lo que te sucedió no va a quebrarte. Duele, yo sé que lo hace. Tal vez te dobles y sientas ganas de abandonar todo el esfuerzo a la mitad del camino, pero no lo harás, porque te conozco bien. Las horribles sensaciones y el sentimiento de impotencia se marcharán gradualmente. Bianca Godoy no permitirá que la gobiernen. Poco a poco, volverás a ser la misma. Siempre tené presente que el tiempo te limpiará. Y el amor. A parte, tenemos que agregar que siempre estuviste abierta a la ayuda, y ese es el primer paso hacia el camino correcto. La mayoría de las personas que pasan por situaciones similares no reconocen que necesitan una mano para levantarse, se estancan. Y eso hace que la herida nunca se cierre. Así que, te puse en las mejores manos que conozco, el doctor Suárez te ayudará. Cicatrizarás. No tengas dudas. Me limpié los dos ríos salados que desbordaron mis ojos cuando su primera frase salió. Noté lo cambiada que mi madre estaba, lo mucho que la abrieron todas esas situaciones


difíciles que tuvo que pasar. Perder a un hijo, descubrir las terribles mentiras de mi padre, buscar por todos lados. Recuperarlo. Cualquier madre se habría quebrado como ella lo hizo. Pero ahora me hizo muy feliz sentir que está bien, y comenzando pura y completamente desde cero. —Ma—susurré, todavía limpiándome la cara—, te creo. Estaré bien. Y gracias por tus palabras. Y por el apoyo incondicional. También por aceptar a Jorge y Tony en mi vida, tu aprobación es muy importante para mí… Ella se tomó un momento para responder. — ¿Por qué no habría de aprobarlos? Fue mirar sólo una vez a los ojos de ese hombre para saber que te ama. Estaba tan destrozado por vos que su dolor me abrumó. De todos modos, yo no soy nadie para impedirte nada, es tu vida… Y sé que él te hace feliz. Por lo tanto, yo soy feliz. Una madre quiere lo mejor para sus hijos, y con los años he aprendido que lo esencial en la vida no es para todas las personas lo mismo… —Sí—asiento, mordiéndome los labios—. Él me hace feliz, es mi esencia. —Haces muy feliz a ese hombre y su niño, muchachita—se iluminó, tratando de no descarrilarse en las emociones, aunque supe perfectamente que estaba tan afectada como yo—. Aprendí a no juzgar a las personas. No es que lo haya hecho demasiado, sería todo lo contrario a mi trabajo. Pero… ¿sinceramente? pienso que si Jorge hubiese aparecido hace algunos años no lo habría apreciado tanto como ahora—confirmó, pensativa—. También vamos a considerar que chocar con el nuevo perfil de mi hijo mayor me ayudó con la impresión…—bromeó al final, escupiendo una risita. Ambas explotamos por eso, deteniendo el lloriqueo. Claro que recibió un shock eléctrico al ver de nuevo a su hijo luego de ocho años. Y fue incluso más fuerte de lo que podría haber sido si el viejo dulce y corriente Santiago aun existiera. La nueva versión de él provocó que todo fuera más chocante para ella. —No me importó eso, ¿sabes?—murmuró luego, suspirando para recuperarse—. ¡Tenía a mi hijo perdido en frente, al fin! Lo que menos me importó fue su imagen… Estaba ahí, de pie, mirándome, y aun sabiendo que no era el mismo que recordaba, me sentí completa de nuevo. Era lo único que me hacía falta. Estoy dispuesta a aceptar cualquier versión siempre y cuando siga siendo ese primer bebito que traje al mundo… Tragué el nuevo nudo en mis cuerdas vocales y trabajé duro en no derramar más lágrimas. Había tenido mi cuota justa de llanto, y un dolor de cabeza estaba intentando asomarse.


—Lo sé—dije, sonriendo, feliz por mi familia unida de nuevo—. Las cosas están bien entre ustedes, ¿no?—quise saber. Mamá rio y supe la respuesta de ante mano. —Por supuesto, puede que ese chico duro quiera correr en la dirección contraria, pero lo tengo bien amarrado y no se me va a volver a escapar—aclara, firme en su posición, y hasta arrogante—. Se va a acostumbrar de nuevo a mí, ya verás. —No creo que desee escaparse. Te ama. A su nueva manera, pero te ama y sólo tenemos que aprender a convivir en su selva… —Nunca voy a presionarlo, veo exactamente hasta donde una persona puede llegar. Y él puede confiar en que no voy a insistir en romper sus escudos… Y con eso como final, nos despedimos. Prometió venir a conocer la casa y quedarse unos días. Vacaciones. ¡Ja! Apuesto que Candelaria Rufino no sabe el verdadero significado de esa palabra. Me uní a la mesa con Jorge y Tony y disfruté un almuerzo cálido. Y la comida no estaba quemada, fue un bonus extra. Jorge accedió a enterrar su culo orgulloso y me permitió enseñarle algunos tips básicos de cocina saludable. Los necesitaba si pensaba avanzar bien aquellos días en los que yo volvería tarde desde la terapia. Es un buen alumno, aprendió rápido y respetó mucho mis consejos. Me sentí un poco más que orgullosa, si me preguntan. Se puede decir que me llené bastante de mí misma y lo presumí por ahí. Durante la tarde me di un baño una vez ordenada y limpia la habitación de Tony. Pasé el resto en el sofá leyendo, mirando series y masticando caramelos. Jorge trabajó un poco más en su taller improvisado, entusiasmado porque la moto estaba tomando forma ya. Podía sentir sus ansias de probarla desde mi posición. Una vez llegó la hora, me marché en mi coche a recoger a Tony a la salida del jardín. Le di su merienda y pronostiqué la cena de esa noche mientras lo enviaba obligado a tomar un baño. Se entretuvo fácil con su nueva técnica de dibujo aprendida, sobre la mesa de la cocina. Sobre las siete Jorge accedió a aparecer y meterse a la ducha para sacarse de encima todo ese aceite de motor. Eso me trae a la actualidad, tirada sobre los almohadones en el respaldo de la cama, esperándolo. Creo que es hora de probar si me puedo hacer cargo del cosquilleo justo debajo de mi ombligo. Sale del vaporoso cuarto de baño usando sólo unos pantalones sueltos con cintura de cordón. Parecidos a los que yo estoy usando. Le sonrío cuando me nota y se aproxima, con las cejas en alto, para sentarse en el borde, junto a mí. No espero para ponerme sobre mis rodillas y tirarme encima, me sostiene con sus manos a la altura de mi cintura, mi camiseta blanca lisa subiéndose, mostrando porciones de piel. Acabo a horcajadas en su regazo, respirando en su cuello. Mimos. Necesito mimos. Pero no los cuidadosos y románticos. Algo diferente.


—¿Querés hablar?—suelta, tratando de mirarme a la cara. No se lo permito, sólo permanezco allí, escondida en su hombro. Hoy temprano hablamos de mi primera sesión. También de la suya que será el miércoles. Tendremos tres horas a la semana durante tiempo indefinido para conseguir estar en paz con el pasado. Estoy contenta de que él haya aceptado mi sugerencia de ir a terapia también. Aunque no con mi mismo doctor. No obstante, esquivé abordar el tema respecto a aquella noche en la que enloquecí y dije todas esas cosas horribles. Y tampoco quiero afrontarlo ahora, tengo un buen ánimo, me niego a estropearlo. Le beso la piel tirante el cuello, justo encima de su pulso. A cambio él mete las manos bajo mi camisa de algodón y las arrastra arriba, entre inocente y atrevido. Hasta que llega a los aros de mi sujetador. Mi boca se seca porque los roza con los dedos. —No, no voy a hablar—susurro, sin aire—. Mejor usar la boca para otra cosa. Me elevo para apresar sus labios con los míos. Me sobresalto cuando el filo de sus dientes me abre y su lengua se olvida de una vez por todas de ser tímida. Froto mi centro en el suyo, y trago una bocanada de aire en el mismísimo momento que las tiras de mi sostén se aflojan. — ¿Crees que…—se frena contra mis labios, buscando mis ojos, dudando. Nuestras respiraciones son huracanes que colisionan, desesperados, ansiosos. Hay una enorme tormenta formándose en mi interior. Y me pregunto cuánto tardará en expandirse en descontrol. No hay mierda mala pasando en mi cabeza, mi cuerpo es receptivo. Mi piel sabe que es él. Que es quien yo amo el que me está tomando, y lo quiero. No hay drogas fluyendo que me obligan a sentir esto. Soy sólo yo y él. Nada más. Sin barreras. Barro las uñas en sus pectorales, respondiendo sin decir palabras. —Extrañaba éstas—carraspea, amoldando mis senos en sus palmas—. Y esto… Una de sus manos viaja abajo y palmea tiernamente una de mis nalgas, luego clava los dedos en la carne. Sonrío, y lo abrazo por el cuello. Está siendo él, completamente. Sin capas, sin cautela. Y amo la sensación, es como volver a la normalidad. Y necesito eso tanto como respirar. De golpe se pone de pie, llevándome con él. Me acarrea en brazos hasta el gran espejo de cuerpo entero que cuelga de la pared. Me enfrenta a él, soldando su ingle contra mi culo. Mi boca cae abierta al vernos a los dos en el reflejo, acalorados y con la mirada encendida. Estoy ruborizada, y me la he pasado mirando fijamente mi rostro pálido por más de un mes en cada despertar.


Tengo que estirar un brazo y apoyarme en el borde del espejo para mantenerme estable, mientras Jorge juega con el cordón de mis pantalones de entrecasa. Caen al suelo, alrededor de mis tobillos, y me muerdo el labio inferior con fuerza. Ha revelado mis sencillas braguitas blancas de algodón. Y no se detiene de tocarme. Las caderas, muslos, bajo vientre. Me tambaleo a su ritmo intenso y tranquilo, me derrito con las caricias ásperas de sus dedos, marcando caminos carmesí en mi piel blanca. Nunca, ni siquiera por un segundo, deja de frotarse contra mí. Su erección insistente encajada entre mis nalgas. Y estoy húmeda. Se supone que debo odiar sentirme así. Porque la última vez que lo hice todo salió terriblemente mal. Y aun así, mi cerebro está nublado por completo, y sólo es Jorge quien existe en su mundo difuso. Él quiere que lo observe, que nunca lo pierda de vista. Necesita que siempre recuerde que es él quien está detrás de mí, y debo sentirme segura. Permitir que me sostenga. Por lo que fijo mis ojos en los suyos a la par que cuela los dedos en mi ropa interior. Soplo con fuerza un mechón de pelo que ha caído de mi cola floja en la nuca, nunca perdiendo las doradas piscinas de whiskey caliente. — ¡Vino alguien!—grita una vocecita, corriendo por el pasillo hacia nosotros. El momento se esfuma, y el calor se vuelve frío. Chillo y Jorge se separa de mi espalda como si se hubiese quemado. No puedo creer que hayamos olvidado al niño. Tony está en la puerta demasiado pronto para el bien de todos, y es testigo de mi torpe subida de pantalones. Comienzo a reírme estúpidamente, sonando como si me faltaran algunos tornillos. El espejo muestra a Jorge, de espaldas tratando de esconder el gran bulto entre sus piernas. El niño nos mira con ojos grandes, atentos, y más curiosos de lo que me gustaría. Me aclaro la garganta. — ¿Quién vino?—me remojo los labios secos, una gota de sudor rueda a lo largo de la parte trasera de mi cuello. Entrecierra los ojos, tratando de entender por qué su padre sigue sin voltear, con las manos en las caderas y los hombros temblorosos. —Un coche—dice, muerde el lápiz naranja que tiene en la mano—. ¿Qué pasó con tus pantalones?—me pregunta. Aprieto los labios, avergonzada. No puedo ser tan rápida como quiero con el cordón de la cinturilla. —Um… Nada, sólo se… cayeron—toso, formando el nudo apresurado—. Me quedan grandes.


Es la excusa más tonta que se me podría haber ocurrido. Por Dios. Me señala con la punta del lápiz, acusando. —Papá te vio las bombachas—frunce el ceño demostrando que no aprueba eso. Jorge se estira a por la camiseta que había dejado antes de la ducha sobre la cama y se la coloca. Entonces se siente preparado para enfrentar a su hijo de casi cuatro años que desaprueba totalmente que me haya visto las bombachas. Si tan sólo supiera que estaba haciendo más que eso. Algo así como… casi enterrando los dedos adentro. —Fue sin querer—se excusa, brusco. El timbre nos rescata. El visitante siendo de lo más oportuno. Tony gira y corre de regreso a la sala y Jorge no tarda en perseguirlo. Me da un beso de pasada acompañado de una mirada divertida. Sí, como sea. A él no acaban de retarlo porque estaba mostrando sus bragas. De todos modos me encuentro riendo en silencio, negando. Sabemos que después de esto nunca más vamos a olvidar que no estamos del todo solos para ponernos cachondos. De ninguna manera. Escucho la voz nueva de un hombre que saluda con simpatía a Tony y Jorge. Decido que antes de aparecer necesito refrescarme y cambiar este aspecto poco favorecedor. Así que me meto en el baño, me mojo la cara y la nuca con agua fría. Luego consigo un vaquero de cintura alta y un top negro, al cuerpo, aunque sin mostrar ni un centímetro de piel aparte de los brazos. Encima, elijo un chal de lana suave de color rosa. Arreglo el moño en mi cabeza, y salgo al encuentro de nuestra visita. En medio de la sala me topo a Jorge de pie frente a un hombre igual de alto que él, y de complexión más atlética. Ya lo había conocido aquella fatídica noche en la habitación de motel, no oficialmente. Ahora se ve mejor, más arreglado y vestido. Además, había estado tan afectada por haber caído en la trampa de mensajes de texto que nunca lo consideré, realmente. Sólo recuerdo con claridad su cuerpo pesado cayendo inconsciente en el suelo. Es moreno, y luce unos ojos oscuros brillantes y atractivos. El pelo negro tiene corte moderno, más largo en la cima y bastante rapado en los lados. Va de vaqueros gastados, botas de motociclista y abrigo de cuero. Su aura es oscura y misteriosa. Al sentir mi presencia sondea la atención hacia mí. Sonrío, sintiéndome de repente bastante retraída. Jorge me recibe con todo el amor que siente por mí reflejado en sus ojos, estirando un brazo para atraerme. Voy a él sin dudar. —Nena, él es Esteban—me pone al tanto, tranquilo. —Hola—estiro una mano para estrechar la suya—. Un gusto conocerte oficialmente, al fin.


Su sonrisa es resplandeciente y llana. Su mano enrosca la mía con suavidad, inclinando la cabeza. —El gusto es mío—ensancha el gesto contento—. Al fin tengo el placer de encontrarme adecuadamente con la adorable Bianca—me guiña. Sonrío más, apretándome contra el cuerpo de mi hombre como apoyo. La palabra “placer” en sus labios provoca un pequeño aleteo en mis pestañas. Me aclaro la garganta. Parece un hombre lleno de dobles sentidos. Y es como si supiera lo que estábamos haciendo justo antes de que llegara y golpeara nuestra puerta. —Me alegra tenerte acá, por favor pasa. Ponete cómodo—señalo los sillones de la sala— . Voy a preparar una buena cena de bienvenida. Esteban abre sus ojos marrones con sorpresa y entusiasmo. —Eso suena exquisito—se frota la panza—. Mis tripas están sonando, y he escuchado de buena fuente que cocinas de maravilla. Se me escapa una risita, y le palmeo el brazo con confianza. —No te das una idea—aseguro, me alejo en sentido contrario y me freno en la puerta de la cocina—. Soy la mejor. —Apuesto todo a que eso es cierto—se frota las manos. Asiento con cordialidad y me marcho, dispuesta a impresionarlo. No tiene ni idea de lo buena que soy.


CAPÍTULO 26 JORGE Estoy viviendo un sueño. Uno del que nunca más quiero despertar, sinceramente. Soy el tipo más afortunado del universo y el más putamente feliz. La nueva vida con Bianca y Tony no podría ser mejor. Aun cuando todavía hay hilos pertenecientes al pasado tirando de nosotros constantemente. No los dejamos ganar, ambos sabemos que siguiendo por este camino vamos a combatir lo que sea. Estamos listos para luchar, y vencer. Lo estoy como nunca antes. Incluso más que cuando decidí vengarme y perseguir a los que contaminaron mi pasado para terminar con ellos definitivamente. La constancia, la fe, la fuerza que se renueva en cada amanecer. Juntos somos prácticamente invencibles, podemos contra cualquier monstruo que se cierne sobre nuestras cabezas. Los dos estamos jodidos en diferentes niveles, pero eso no es lo único que somos y nos sostenemos mutuamente. Sustento a mi mujer luego de cada parálisis, cada pesadilla. Seco sus lágrimas y le recuerdo siempre que me tiene justo a su lado. A cambio, ella me da los mejores días de mi vida quedándose a mi lado y empujándome en el sentido correcto. Me ayuda con mis planes a futuro, creamos debates, me cuenta todas sus ideas—que son, aclaro, muy interesantes—. He dejado que tome el mando de la próxima empresa de joyas, es donde quiere invertir su dinero. Ha ofrecido comenzar despacio, pero una vez levantados los cimientos del imperio—porque está segurísima de que formaremos un imperio—, iremos a por una gran fábrica. Y para eso tengo que reclutar Serpientes, muchas. Nuevos miembros dispuestos a todo y, por sobre todo, manejados por la lealtad. Va a ser difícil que confíe en nueva gente, aunque no imposible. Me sentía entusiasmado de contarle todo esto a Esteban cuando lo invité a través del teléfono días atrás. Además quería ya decirle dónde se encontraban los ahorros de años y años de manejos en el viejo clan. Sin embargo, sorpresivamente, ahora que lo tengo en frente, sentado en mi sofá relajadamente consumiendo unas buenas medidas de un buen whiskey, no me parece correcto ni recomendable. Lo que es una estupidez. He confiado en él durante toda mi vida adulta, crecimos juntos. Lo conozco. ¿Lo conozco? Ha sido mi mano derecha desde que me convertí en un líder elegido. Claro que lo conozco. Entonces, ¿por qué su presencia en mi lugar es incómoda? Posiblemente es por la terrible pelea que tuvimos cuando lo cité para encontrarnos y le conté lo que había sucedido con el resto de los ancianos. Se enfureció. Explotó. Me llamó traidor y me dio la espalda. Fue un shock para mí. Tiempo después llamó para disculparse y sonaba más miserable que nunca, obviamente disculparlo era lo que me sentía bien al hacer. Porque lo quería en mi vida, de verdad. Pero si es tan así, si tengo tantas ganas


de que forme parte del brillante futuro que he estado planeando, ¿por qué siento que no me conviene ahora ponerlo al tanto? Hay un aire extraño recorriendo mi nueva sala, como si hubiese estado limpio y refrescante desde que nos mudamos aquí y en su llegada se pusiera pesado y turbio. Creo que he cometido un error al invitarlo, demasiado pronto, mi familia necesita tiempo en paz. Y Esteban nunca se llevó bien con ella, es por eso que le va tan bien estar metido en clubes de motociclistas. Le encanta el caos. Y a mí también, sólo que ahora he cambiado. He madurado, tal vez. Y quiero más que caos, quiero una vida feliz para Bianca y Tony, eso deja definitivamente el barullo afuera de la ecuación. —Así que… ¿me dijiste que estabas haciendo planes?—pregunta él, apoyado en sus codos, balanceando el vaso para hacer girar el líquido ambarino. Tomo un trago, ganando tiempo. —Así es—carraspeo, cauteloso—. Una fábrica de joyas es la primera cubierta, sólo que no será un telón. Va a ser auténtica. Alza las cejas, luego se ríe. — ¿En serio?—pregunta, con una mueca burlona que no me agrada nada—. ¿Joyas? ¿Esas cosas tontas que te pasabas creando cuando te sentías “inspirado”?—forma comillas con los dedos en la última palabra. Frunzo el ceño. Perfecto, otra faceta suya que no recordaba, antes no me importaba. Ahora me cae pesada. Me aclaro la garganta, observándolo fijamente con mi mejor expresión inescrutable. — ¿Cuál es el problema?—quiero saber, mi voz profunda—. Plata y oro, son buenas. Realmente buenas y delicadas. Nunca te detuviste un segundo a tomarlas en cuenta. Pasé horas y horas trabajando en ellas. Me sentía estresado, no inspirado. Eran mi escape, ¿qué puto problema tenés con eso? Se desinfla, la sonrisa desarmándose gradualmente al darse cuenta de que no estoy bromeando. —Bueno, hombre, no pensé que estabas tan ligado—se rasca la nuca, nervioso—. Por favor, perdóname. Nunca hablas de ello conmigo, me dejas fuera. Realmente creí que no eran importantes en tu vida. Quiero decir… jamás me dejaste entrar… Niego, echándole un vistazo a Tony que ha abandonado sus dibujos sobre la mesa de la cocina, tampoco cayó en su rincón de juguetes desde que llegó Esteban. El tipo lo trató con


energía estando feliz de verlo y el niño sólo lo observó con desconfianza. No se movió de su lugar ni una sola vez, en el sillón de un cuerpo enfrentado a nosotros. Observa nuestra charla con interés e inmovilidad, haciendo sólo bailar sus piecitos al aire. —La puerta estaba abierta, nunca negué la entrada—corrijo, acabando mi copa de un tirón—. No te importaba eso. Y, no es que te culpe, cada cual tiene sus cosas. No estábamos obligados a compartir todo entre nosotros… no me ofende eso. Pero tampoco voy a dejar que desprecies mi trabajo, sin siquiera haberlo visto antes. Se encoge como si mis palabras le dolieran. —Entiendo—modula, despacio—. Si son así de importantes para vos, quiero verlas cuanto antes—sonríe, aflojando los hombros—. Y, por supuesto, estoy dentro de todo lo que tengas en mente. Te sigo hasta la muerte, viejo. ¿Por qué siento que esa última afirmación me eriza los pelos de la nuca? ¿Por qué la palabra muerte me cae tan mal viniendo de su boca? ¿Qué es lo que está fallando entre nosotros? Tony observa a mi mejor amigo con fijeza, como si tuviera el don de leer dentro de su mente y no le gustaran los resultados. Completamente, me doy cuenta de que fue demasiado apresurado hacerlo venir. — ¡La cena está lista!—canturrea Bianca desde la puerta de la cocina. Perezosamente nos movemos hacia el conjunto del comedor. Una larga mesa de brillante algarrobo ya acomodada para el banquete. Bianca se ha esforzado mucho, veo. Hay hasta una entrada de fiambre y pan fresco que Esteban aprecia, porque de inmediato se lanza a ella. A cambio, yo acomodo a mi hijo en su lugar habitual, y le sirvo un poco de jamón en el plato, también jugo en su vaso. Y él no toca nada, sólo está… no sé cómo describirlo… ¿desconectado? Esteban va a pensar que es un bicho raro, y no es que eso me importe. Mi problema es que mi hijo jamás ha actuado así. — ¿Papá…—va a hablar y Bianca lo interrumpe. Mi mujer viene con una enorme fuente humeante con asado y papas hechas al horno. Jugoso y con el aroma más exquisito que he sentido, y sin embargo mis tripas no suenan. Y eso que he estado la tarde entera sin poner nada en mi estómago. Ella deposita la fuente y, protectoramente, besa el costado de la cabeza de Tony. Le sonríe a Esteban, ancho, mostrando la perfecta fila de dientes blancos, mientras se pone manos a la obra cortando el gran pedazo de carne con una gruesa cuchilla. ¿Por qué esa sonrisa me resulta tan chocante de ella? Ha mostrado demasiado los dientes, como si estuviera siendo falsa. Y Bianca es todo, menos eso. Tony sale de su silla y camina hasta el centro de la sala, alejándose de nosotros en silencio.


—Hijo, ¿no vas a comer?—le pregunto, preocupado. Esteban lo está mirando con el ceño arrugado, tratando de leer su actitud cerrada. Midiéndolo. El niño no responde, sólo se queda de pie allí, estudiándonos a los tres adultos con precaución. ¿Qué mierda le sucede? Me muevo en la silla, posando de nuevo la vista en mi mujer. Lo que viene luego es una secuencia tan rápida que ni siquiera me da tiempo a pestañear. La dulce chica sirviendo la comida alza un poco la cuchilla e inserta la punta en la mano de Esteban, atravesándola y clavándola en la mesa. El grito que sale de él es tan fuerte que el cuerpo podría haberle quedado chico. Los ojos oscuros de mi mejor amigo saltan hacia afuera a causa del dolor. Bianca retuerce la hoja filosa de la cuchilla, escarbando en su carne. Esteban suda, suda y suda. Temblando. Estoy de pie, en algún momento he saltado de la silla, sin habla. —Reconocería esos tatuajes a una legua de distancia—escupe Bianca, ensañada, mientras ve el rostro de Esteban desencajarse de dolor—. Nunca me pasaría desapercibido el hedor horrible de tu perfume barato… ¡gusano putrefacto, te atreviste a pisar mi casa! Estoy congelado, mi cabeza sin funcionar correctamente. —Bianca—murmuro. Ella me ignora, toma las papas calientes de la fuente y comienza a tirárselas en la cara, ni siquiera parece sentir las quemaduras en sus dedos. Intento detenerla, calmarla. Mi hijo sigue alejado de nosotros, observando la escena con ojos grandes. Y me encantaría ser capaz de leer su expresión. — ¡Déjame! Metiste a mi violador en nuestra casa—me acusa, furiosa. Y eso es un golpe que realmente no esperaba, justo en la boca del estómago. Pero no tengo tiempo de retorcerme. Me giro con toda mi atención al tipo grande con la mano atravesada por una cuchilla, anclada a mi nueva mesa de algarrobo. — ¿Fuiste vos?—pregunto, estúpidamente—. Fuiste vos—me respondo a mí mismo. Bianca traga, pálida pero sin perder el control. Nunca la vi así. —Lo envidias—se ríe, seca—. Envidias todo lo que él es y tiene. Toda su entereza. Porque el gusano siempre sueña con ser mariposa, pero jamás será más de lo que está destinado a ser, ¿cierto? Siempre se arrastrará por la mugre incapaz de llegar muy lejos. Creí que Bianca Godoy no era capaz de odiar, ni de lastimar a nadie. Pero sus actuales palabras tienen todo el efecto y la intensión.


—Puta de mierda—gruñe Esteban, desintegrándola con la mirada—. Putita, te encantó mi pito, ¿eh? Lo amaste. Gritaste por más desde la primera cogida—sonríe, y me muestra su verdadera cara, dejando caer todas sus máscaras psicópatas. Bianca chilla desde lo profundo del pecho, llena de odio, y levanta la cuchilla de nuevo, para volver a apuñalarlo. Error. Haciendo eso lo libera y él se pone de pie con una rapidez que no me sorprende para nada, dispuesto a atacar. Sin pensar, con la mente completamente en blanco y mi sangre bullendo, salto encima de él y lo lanzo al suelo duramente. Yo encima. Peleo. Puño tras puño en su cara. Lucha, se retuerce, también me golpea y ni siquiera lo siento de verdad. Estoy más que sólo furioso. Adentro estoy repleto de un fuego que jamás—jamás—, había sentido antes. La sangre de su rostro reventado se salpica por todos lados, y aunque mis músculos duelan por tanta adrenalina, no me detengo hasta que siento la boca de un arma justo debajo de mi mentón. Me inmoviliza. Mis ojos pestañean despiertos, mirando directo a los de mi hijo. Todavía de pie en el mismo lugar. —Tengo un francotirador afuera—sisea Esteban con la boca rebalsando de sangre—. Si alguien más se mueve, pasará a la historia. Tomo un respiro lento y largo, mi mandíbula comprimida. Los ventanales del frente son difíciles de atravesar, pero la ventana a espaldas de Tony no, y él puede estar en la mira. O… tal vez no hay nadie afuera. Tampoco me debo fiar. Conozco a Esteban—bueno, creía eso, supongo—, puedo ser capaz de leer cómo procedería. Me doy cuenta ahora que él vino a matarnos. A los tres. Lo más probable es que no esté solo. Me empuja lejos de él, moviéndose para alzarse. Ahora su pistola apunta a la cabeza de mi hijo, que sigue frío ante la situación. —Los amigos de papá nos están cuidando—dice valientemente a Esteban. Por Dios, tiene tres años. ¡Tres años! No puedo perdonarme por exponerlo de esta forma. Va a lastimarlo, salgamos de esto o no, la situación le marcará para el resto de su vida. Me muevo, queriendo levantarme y recibo una patada en la sien. Escucho a Bianca gritar detrás del estupor, y al regresar del mareo me encuentro al gusano, tomándola del cuello, pegando la punta del su arma en su mejilla pálida. —Podríamos darle una demostración de lo que somos juntos a tu hombre valiente, ¿qué decís, muñeca?—carraspea, imitándome. Y ahí mismo los dos nos damos cuenta de que estuvo detrás del engaño de los mensajes de texto. Y vaya a saber qué otra mierda más. Estuvo todo el tiempo detrás de mis talones con la intensión de hacerme daño a mí y a los que amo. ¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué ni siquiera sospeché? Soy un imbécil, un inservible bueno para nada.


Bianca escupe en su cara y recibe un golpe que la envía al piso, sobre su estómago. Esteban se agacha y tira de la cintura de sus pantalones, poniéndose de rodillas, encima de ella. La posición me enfría en pánico. Sin dejar de apuntar a Tony él se frota contra ella, relamiéndose. Tengo que tragarme a toda costa las náuseas. Gruño y me remuevo, dispuesto a arremeter. Y él sonido del “click” me congela en mi sitio. Gruño de nuevo cuando ella intenta liberarse de él y la toma de los cabellos con la mano herida, tirando, obligándola a mirarme. No hay lágrimas en esos ojos azules que tanto adoro, sólo ira. Ira pura, me asegura en silencio que está bien. Pero sé que no, sé que tenerlo de nuevo encima es su peor pesadilla. — ¿Qué mierda querés de nosotros?—pregunto, limpiándome la sangre de un golpe en la ceja, tratando de entretenerlo. —No es difícil saberlo—sonríe él, despreciable—. Todo. Lo quiero todo. ¿Dónde lo escondiste? Vas a tener que largarlo de una vez si no querés que me coja a tu mujer otra vez. Y te aseguro, ganas no me faltan. Bianca y yo nos estremecemos al mismo tiempo. Tira de ella y se inclina sobre su oído. —De hecho, no he podido parar de reproducirlo—le muerde la oreja, le respira en el cuello, ella intenta mantenerse impasible—. Realmente necesito tenerte de nuevo. —En tus sueños—ruje ella. —No lo creo—susurra él, apuntándole en la sien. La obliga a mantener la cabeza y la mejilla pegadas en el suelo, mientras la manosea por todos lados. Y no puedo hacer nada. Me lamento por dentro, lleno de impotencia. Si me muevo va a matarla, o a Tony. Sé que es capaz. —Déjala en paz, hijo de puta—gruño, apretando los dientes. La ha girado, ahora de espaldas, arrugando su top para descubrir su torso completo. Bianca está paralizada, y puedo sentir desde mi posición que su mente se ha desconectado. —Es inteligente—comenta él, despreocupado—. Sabe que no debe luchar porque puedo volar la cabeza del pequeño Tony. Tomo una bocanada de aire, mi cuerpo doliendo por la inmovilidad obligada. Necesito ir contra él y matarlo. Cuanto antes. —Tus amigos, papá—susurra mi hijo, aun en su posición, retorciéndose las manos. No sé cómo decirle que los Leones están bastante lejos ahora. No quiero matar sus esperanzas.


— ¿Vas a decirme la mierda o no?—se impacienta Esteban, encima del cuerpo de mi mujer—. No tengo toda la noche, amigo. Si se lo digo o no, sé que no hace la diferencia, porque antes de salir por esa puerta va a matarnos a los tres. —Si te lo sigo, ¿qué me garantizas?—digo, respirando con fuerza—. ¿Qué nos das a cambio? Él responde. No lo oigo. Un segundo después de preguntar, algo me llama la atención desde la cocina. Sombras a contra luz. Movimiento. Trato de no entrecerrar los ojos, para no alertar a nadie. ¿Más gente? ¿Es suya? Tiene que serlo, viene acompañado, ya lo dejó claro. ¿Van a llevarnos? Va a obligarme a ir con él hasta el escondite del “tesoro”, ¿dejará a Bianca y a Tony a cuidado de ellos? Mi corazón salta cuando nadie conocido se asoma. Sólo son tipos jóvenes llevando chalecos… chalecos de Serpientes. Trago, estamos muertos. Realmente lo estamos. Todos mis planes de familia se van a la mierda justo ahora, porque estos días en paz sólo han sido engañosos. Nunca, nunca, estuvimos a salvo. La sensación era efímera. Todo se terminó. Cierro los ojos cuando el primer desconocido, seguido por dos chicos más, levanta su arma. Me estremezco, con el primer disparo grito. Porque si no me atravesó a mí, es porque fue para Bianca o mi hijo. Me niego a abrir los ojos para ver la sangre, para ver la vida escapándose. Me cubro la cara, Bianca lloriquea. Ruido llena la habitación. Hombres. Demasiados hombres. Un cuerpo se estrella contra mí, enviándome de espaldas. Tardo interminables segundos en notar que es Bianca y me está abrazando y besando. Llorando contra mi cuello. Abro los párpados, y también veo a mi hijo, de pie a nuestro lado mirándonos. Respiro al fin, estiro el brazo hacia él, manoteándolo y atrayéndolo a nosotros. El acaba en mis brazos también. — ¿Está bien, jefe?—me pregunta uno de los tipos de chaleco. Lo miro, de repente consciente de ellos. No entiendo nada. — ¿Qué?—pregunto, tratando de sentarme con el peso de mi familia encima. El chico se ve amable, no me mira amenazante. Su arma está abajo y no apuntando a nosotros. Recorro el resto de la sala, viendo a, por lo menos, cinco más como él. Todos con chalecos de Serpientes. Y lo bastante jóvenes, tal vez entre veinte y veinticinco. Él que está más cerca, estira un brazo para ayudarnos. —Casi no llegamos a tiempo, lo veníamos rastreando desde hace días—cuenta, confiado—. Pero alguien que yo sé—acusatorio se fija en otro de los tipos que lo acompañan, el


que mira el suelo, avergonzado—lo perdió de vista ayer por la tarde. Hay que reconocer que el hijo de puta es escurridizo, y a nosotros nos falta práctica—se ríe. Bianca lo observa, muda, y Tony apenas pestañea. Yo estoy igual. — ¿Qué mierda está pasando?—se me escapa de las cuerdas tensas—. ¿Quiénes son ustedes? Mis ojos se abren más al notar el cuerpo de Esteban en el suelo, inconsciente. —Ah, no nos presentamos, perdón—se acerca el chico y me tiende la mano—. Somos los novatos. León Navarro nos liberó después de la batalla, desde entonces hemos estado buscando a nuestro verdadero líder. Usted, señor—asiente. — ¿Cómo? —Tenemos su chaleco—se gira y llama a uno de los suyos, el aludido da un paso al frente y saca algo de una mochila, se lo da y él lo tiende en mi dirección—. Hicimos uno nuevo— sonríe. Tomo la prenda y la observo, sin palabras. El parche de presidente me saluda desde el frente. Estoy anonadado, sin nada para decir. —Ustedes… Nada. No hay nada en mi cerebro inútil. —Usted es un excelente líder—honra el tipo, lleno de lealtad—. No queríamos otro. Los viejos nos obligaron a ir a la guerra, cuando supimos que usted no estaba al mando de ese plan era tarde—lamenta, enojado—. Tuvimos suerte de que los Leones nos hayan dejado ir—suspira, como si recordar eso le diera miedo. —Estuvieron detrás de mí todo este tiempo… —Quisimos decirle… encontramos a nuestro mensajero en un callejón con un tiro en la cabeza—se guarda el arma, y baja los ojos al suelo, afectado—. No somos realmente inteligentes, señor… hicimos lo que pudimos… Ahora entiendo por qué Esteban mató sin siquiera dudar al chico que nos estaba siguiendo aquella noche. El pobre había querido advertirme. —Está bien—enrosco más mis brazos en Bianca y Tony—. Lo siento. Él no me había parecido una amenaza, pero… Se encoge.


—Eso ya pasó—sonríe un poco—. Lamentamos no poder evitar lo que sucedió en la vieja casa… no lo vimos venir y… bueno—se inquieta, nervioso—. Tratamos de recompensarlo capturando a los viejos que se escaparon… Mi boca se abre, completamente en shock. — ¿Ustedes?—pregunto, incapaz—. ¿Por qué insistieron en el anonimato? Se encoge. —No nos pareció importante… queríamos que pusiera toda su atención en vengarse… pensábamos aparecer pronto, pero antes queríamos despejar el camino de éste…—señala a Esteban, asqueado—. Se nos escapó. Lo siento, de nuevo… —Deja de disculparte—le indico, brusco y asiente como un soldado—. Y no me trates de usted, ¿qué mierda? Dejen de actuar raro, pendejos—me calmo porque estoy sonando enojado y desagradecido, y es lo que menos quiero—. Gracias por todo lo que hicieron por nosotros, estaré agradecido de por vida… —No fue nada, señ… —Cállate—ordeno. No me entra ni una sola vez más la palara “señor” en los sesos. Ni eso, ni una pizca más de información. No puedo procesarla del todo bien. Mi atención confusa recae en el cuerpo tirado en mi comedor. — ¿Está… —Dormido—se apresura a declarar, me da una sonrisa de zorro—. Supusimos que va a querer divertirse con él… Se me escapa una seca y tonta carcajada. Niego. No sé de dónde carajo salieron estos idiotas pero no me importa una mierda. Nos salvaron. Sin ellos no sé qué habría sucedido. —Por supuesto que quiero divertirme—rujo—. Llévenlo a mi garaje, ahora. Asienten todos a la vez y Esteban es acarreado sin más preguntas. Así como así. En ese mismo ínterin aparecen Godoy y Max, atravesando violentamente nuestra puerta. Bien, parece que llegaron justo para unirse a la fiesta. —Llamé a mi hermano cuando descubrí acurrucándose contra mí, sin poder terminar la frase.

que

Esteban

era…—dice

—Está bien, nena—susurro en su oído—. Está bien. Se terminó ahora. Se acabó.

Bianca,


—Lo sé—sonríe, llorosa.


CAPÍTULO 27 JORGE — ¿Por qué?—es la primera pregunta que hago, mientras Esteban está allí, con ganchos incrustados en el lomo, colgando del techo desde gruesas cadenas. Nos fuimos de la casa, mi garaje no está hecho para estas cosas, además Bianca y Tony estarían justo en la siguiente habitación, no podría haber actuado como realmente quería sin preocuparme por ellos. Ahora estamos en el famoso galpón de los Leones, el que fue inventado exclusivamente para esto. Y Esteban tendrá su merecido, necesito que sea el infierno antes del descenso al verdadero. Necesito que sufra como nadie, que ruegue, que deje caer lágrimas. Más de las que le provocó a Bianca. Todavía hay gran parte de mi mente que no acepta esto. Era mi mejor amigo, el que iba codo a codo conmigo a todos lados. Siempre recurría a él cuando se me ocurría algo, ambos queríamos lo mejor para el clan, siempre me gustaba tener su punto de vista en las decisiones que tomaba, su aprobación. Creí que estábamos en la misma página. Una vez que los viejos estuvieran fuera del mapa, él y yo alzaríamos un nuevo imperio. Y ¿ahora? Simplemente no puedo creerme del todo esta situación. Saber que tengo que torturarlo y matarlo porque me traicionó. Pero… al fin y al cabo, su traición me da igual. Lo que realmente me duele, muy, muy en el fondo, es lo que le hizo a mi mujer. Abusó de Bianca. Ojalá no tuviera que hacer tanto hincapié en ello, pero si no me lo repito una y otra vez no seré tan cruel como planeo. De su boca se suspenden tiras de baba y sangre, su cabeza gacha hacia el suelo, un poco grogui. No puedo culpar a la Máquina por no lograr aguantarse, la paliza que le dio no se compara con ninguna otra. Y sé, por su posición en el rincón más cercano, que planea tener más. Se lo daré, porque este tipo lastimo a la mujer que ambos amamos con locura, y tiene que pagar. —Estaba honrando los planes que Jesús y yo teníamos—tose, elevando un poco el rostro para mirarme. Su mirada me asquea. A continuación, mis ojos van a Max, detrás de Esteban, de brazos cruzados, observando todo con el ceño encogido. Él no se mueve, pero hablamos con los ojos. Tenía razón, había sido el mejor amigo de mi hermano, no el mío en realidad. Tarde me he dado cuenta. —Qué estupidez—rujo por lo bajo, negando.


Es estúpido, suena así en mis oídos. Jesús está bien muerto, y ¿él seguiría por sí solo? No es mi gemelo el que está en medio de esto, es su ambición. Lo que tampoco encaja. No es sólo eso. Hay más. — ¿Sólo por simple ambición hiciste lo que le hiciste a mi mujer?—me río secamente, sin una pizca de humor, entierro el dolor al referirme a esto—. No es sólo eso, lo sé. Ambos sabemos que hubo más moviéndote en esta dirección de mierda… ¿Durante años estuvo fingiendo? Es de locos. O al menos yo me siento muy inestable con respecto a esto. Se ríe, mostrando la hilera de dientes manchados de rojo. —Quería una probada—ríe, casi sin potencia—. Siempre tuviste a las mejores putas, me pareció justo que me diera el gusto… Cualquier mueca en mi cara se borra, cada una de mis facciones endureciéndose como cemento. Un calor inhumano sube a través de mis venas, directo a mi pecho y cabeza. Godoy se adelanta un paso, tenso y con promesas de sangre en los ojos severos. Llego antes, pateo con fuerza los tobillos de Esteban y él pierde estabilidad, gruñe cuando queda colgando y balanceándose de los ganchos. El cuero de su espalda casi rasgándose. Tarda unos cuántos minutos en descansar de nuevo sobre sus pies, apenas respirando por el dolor insoportable. Me desquito con puñetazos acá y allá en su cuerpo, con el protector de nudillos, marcando y agujereando su piel. — ¿Estuviste detrás del asesinato de Cecilia?—pregunto de repente, las palabras saliendo si siquiera algún aviso—. Estuviste ahí, ¿verdad? Te uniste a los viejos, mentiste. Porque si hubieses estado de mi lado como decías, te habrían borrado del mapa esa misma noche. Me echa encima una mirada intencionada, como si quisiera borrarme. Fulminándome. — ¿A Cecilia? Nunca—escupe, la sangre llegando hasta mis botas—. Yo le advertí que irían por el niño… Alzo las cejas, congelándome en mi lugar. Max me envía un mensaje silencioso con los ojos, los dos sospechando. —Le advertiste…—sigo, pinchando. Esteban hace un ruido, parecido al de una arcada. —La llamé, le dije que se fuera de la maldita casa—gruñe él, como si le doliera—. Y la idiota se quedó, todo para cubrir al pendejo…


Trago y cierro los ojos, respirando, por su referencia tan despectiva a mi hijo. Me acerco y le coloco un collar de pinches. La ajusto, insertándolos un poco en su garganta, no lo suficiente como para matarlo. Se queja, dejando escapar el aire de golpe. —Sabía que fuera a donde fuera la encontrarían—susurro, intentando ocultar que todavía me duele, muchísimo—. El mejor escondite para Tony era ese sótano… — ¡Pero no había lugar para ambos!—grita, intentando arremeter contra mí. Lo que es un error porque los ganchos lo devuelven violentamente hacia atrás, pierde equilibrio y grita al volver a quedar colgado antes de reponerse. Pequeñas líneas de sangre descienden desde el collar, hacia su torso desnudo. —Había otro para ella—digo, en voz baja. Escupe mis pies de nuevo, con odio. Es la verdad, Cecilia demoró en esconderse porque se ocupó de dejar a Tony a resguardo. Le dio algo para que se durmiera y lo metió en el agujero. Deduzco que nunca llegó ir muy lejos. Ahora estoy al fin comprendiendo algunas cosas. — ¿Te gustaba la mujer de Jorge?—salta Max, rodeándolo para ponerse a mi lado. Esteban cambia de color, volviéndose rojo intenso. Odia a Max, incluso más de lo que yo lo odiaba. Supongo que será porque le quitó a su amado mejor amigo. Luego comienza a reírse por lo bajo, negando. Como si acabáramos de decir alguna broma. — ¿Gustarme?—resopla entre sus dientes flojos. —La querías para vos—insiste Max, sus manos en el bolsillo como si nada. Estoy tenso, no me gusta esto. No me agrada nada saber que Esteban codició a mi mujer. —La vi primero—suelta, como si se tratara de un objeto cualquiera que uno ve y se lleva consigo. Sí, él fue quien me llevó a ese club una noche, alegando que le gustaba una mesera, pero nunca me dio un nombre. Jamás. ¿Era ella? Nunca me habló sobre ello. ¿Habría mantenido las distancias si él me lo pedía? Supongo. Cecilia y yo tuvimos una conexión rápida, una única mirada y me enamoré de ella casi sin darme cuenta. Y ese amor me abrió los ojos a un millón de cosas, me hizo ansiar ser un mejor hombre. Gracias a que entró en mi vida fui cambiando, pensando mejor las cosas. Es por eso que el caos vino después, porque empecé a actuar aún más diferente de lo que venía haciendo y yendo muy lejos de lo que los ancianos deseaban. De pronto ya no era quien sólo retrasaba las cosas, sino quien tomaba decisiones sin tenerlos en cuenta, dirigiendo el clan en una dirección mejor.


—Qué enfermo que estás—murmuro, incrédulo. —De hecho—Max se aclara la garganta—. Querías a Bianca también. Tenés un grave caso de envidia acá, ¿no? Todo lo que él tuviera, tenía que ser tuyo también…. Pobre tipo… Esteban se rie, completamente despreocupado por su acusación. —Al menos me voy de este mundo con un precioso regalo…—respira agitado—. Un buen recuerdo de la jugosa vagina de la dulce Bianca—canturrea. Enfermo hijo de puta. Godoy le cruza la cara con un cinturón, tan violentamente que uno de sus dientes delanteros sale volando. Lo dejo tomar la delantera porque me siento como si me hubiese golpeado en los huevos, tengo que hacer bastante esfuerzo en no doblarme. No puedo ser débil, tengo que estar bien puesto sobre mis pies a la hora de enviarlo directo a la hoguera. Consigo un manojo de tanza de pescar desde el cajón de herramientas y camino a él, erguido. Evito su cara con la marca del cinturón hinchándose de un feo color morado. Sus ojos son burlones, ignora el dolor. Mi dolor lo hace fuerte, veo. Así que tengo que ser el hijo de puta más frío. Y sé que soy capaz, toda la vida lo hice, no voy a ser menos ahora. El problema es que, antes, las tragedias no me tocaban tan de cerca y eliminar a alguien era como un trabajo necesario e impersonal. Esta vez es demasiado directo. Arde un infierno vivo dentro de mí. Max lo rodea, posicionándose a su espalda. Tira del pelo oscuro en la nuca, la cabeza hacia atrás, ajusta el collar en un solo movimiento. Más sangre sale por debajo, proviniendo de los agujeros en su piel. Estoy justo frente a él, respirándole de cerca, mientras desenrosco la tanza. Esteban pierde la sonrisa socarrona cuando siente que envuelvo el nacimiento de sus pelotas, dando varias vueltas con la tanza de pesca. Formo nudos apretados, ajustando la piel colgante, se atraganta con cada uno. Cada vez más ajustado, sin circulación. Podría dejarlo así por días, hasta que caigan secos a sus pies. Veo su nuez de Adam subir y bajar con la terrible anticipación de que algo horrible va a sucederle. —No vas a abusar de nadie más—le aseguro, frente a frente—. No vas a joderle la vida a otra persona de nuevo. Estos van a ser los peores días de tu vida. Otro ajuste a su collar y traga bruscamente, soltando un jadeo por la boca. Sonrío. Me separo de él, alargando la tanza dándole el sobrante a Godoy, que lo acepta encantado. —Así que…—prosigo—. No estabas ni del lado de los viejos, ni del mío. Sólo querías las ganancias de todos estos años… No responde, aprieta los dientes, su semblante endurecido. Un asentimiento y el hermano de Bianca le da un firme tirón a la tanza, el terrible aullido rompe el aire helado que


se acumula en el portón, a nuestro alrededor. Podríamos asegurar que se ha oído en todo el recinto. —Lo quería todo, incluso tus mujeres y tu hijo—gruñe Max, enojado. Esteban niega y su risa adolorida se filtra, formando ecos. —El pendejo debería haber muerto esa noche… debería haber sido él, no Cecilia—gruñe porque mi hermano ajusta más los clavos en su garganta. Asiento otra vez, y Godoy hace su trabajo a la perfección. Sus huevos ya están morados, perdiendo poco a poco el color. Y sé que duele. Me río. Como la mierda que está sufriendo y esto recién empieza. Con mi hijo no. Haría lo que sea por Tony, moriría por él. Y fallé con Cecilia, lo sé, y me mata por dentro. No fui lo suficientemente rápido e inteligente. Y ella tuvo la peor muerte mientras protegía a nuestro hijo. Esteban no tiene derecho a hablar así. No tiene derecho a nombrar más a la gente que amo. —Siete días—anuncio de repente, sonriendo y mostrando mis dientes—. Siete días durará tu pase al otro lado. »Y vas a desearlo con locura.

*** —Ya—ruega con la voz apagada—. Ya es suficiente… Me río. Max me acompaña y la Máquina niega para sí mismo. Es el quinto día, y se puede decir que cada uno hizo lo suyo. Max jugó con lo que mejor sabe: los puñales. La mente psicópata de Esteban apenas ha podido soportarlo. Godoy ha estado en su salsa, rompiendo pequeños huesos que seguro ni siquiera la víctima sabía que existían. Lo ha dejado fragmentado, pero no del todo, nos tomamos en serio la tortura lenta y dolorosa. Y todavía falta un día y medio para que se cumpla mi palabra. Por mi parte, me encargué de arrancar todas sus uñas, cada una, usando una táctica pausada, torpe e insoportable. Algunos dientes también se fueron, usé mi pinza favorita para eso. ¿Sus huevos? Todavía atados, ya inservibles allá abajo, secos y listos para desechar. Sus genitales van a sufrir el peor destino, es un violador hijo de puta, se metió con mi mujer y a cambio obtendrá la peor parte de mí. La más inhumana posible. —Tengo que reconocer que todavía estás un poco duro—digo, burlón—. Has comenzado a rogar en el quinto día, creí que te mearías encima ni bien empezar…


Me envía un intento de risa, que no llega a nada porque apenas hay fuerza en su cuerpo. Está recostado en el suelo, boca abajo, sus ataduras en muñecas y tobillos tan tirantes que cada articulación podría desencajarse. Los extremos atados vilmente, de forma que cada vez que se mueve, sus músculos truenan en protesta. Respira con dificultad, la debilidad ganando batalla, pero todos en esta habitación sabemos que es un tipo grande y bien construido, aguantará hasta el día siete. Vivirá para sentir el verdadero infierno de la tierra sobre él. Mi infierno personal. Me recordará incluso mientras se esté deslizando por la entrada del diablo. Y me esperará, también, porque cuando llegue mi hora bajaré sólo para perseguirlo. Me muevo lejos, ya que es hora de un descanso para el almuerzo y me enfoco en Max. —Después de comer algo, necesito que me acompañes a un lugar—le dejo dicho. Asiente sin siquiera dudar, blando y abierto. Entre nosotros ya no hay tensión, parece haber desaparecido después de todo lo que ha pasado estos últimos meses. Él mismo me llamó para contarme que se casará al fin en diciembre. No sé por qué tuvo la necesidad de que yo lo supiera por él mismo, pero confieso que me sentí tomado en cuenta y apreciado. Por mi hermano menor. Con el mismo que existió siempre una guerra interna por envidias y favoritismos. Ahora que hemos crecido, que cada cual es feliz a su modo, parece que se ha abierto una puerta que nos conecta y nos mantiene en paz el uno con el otro. Agradezco eso. Y me arrepiento mucho de las cosas que dije, sobre envidiarlo y despreciarlo. Ya no me siento así, es más, los malos sentimientos han desaparecido por completo, no tengo idea de cuándo. Sólo me siento más liviano, con más lugar en mi cuerpo para amar y ya no para odiar. De hecho, el último vestigio de odio se irá con la muerte de Esteban. Cuando toda esta mierda quede atrás, sólo voy a ocuparme en darle lo mejor a mi familia. Y levantar mi clan. Ahora que sé que no estoy solo, me siento más incentivado. Y es hora de comenzar a movernos en dirección a ello. Saliendo del galpón, con Max a mi espalda, me encuentro con los novatos que salvaron la vida de mi familia. Todos en fila, esperando por mí. No sé cómo tomarme tanto nivel de lealtad, y que me traten tan formalmente. Estos últimos días he estado trabajando en cortar con eso, para que se suelten cuando están conmigo y no parezca soldados fríos e inmóviles a un lado esperando mis órdenes. No quiero perros falderos, quiero compañeros de verdad. Que me acompañen a la par, no que vayan detrás de mí esperando órdenes incluso para ir a mear. Se tensan y aflojan, todo en un segundo, cuando me ven. Luego se paran despreocupadamente, esperando que lleguemos a ellos. Les pido que nos acompañen al bar para comer algo rápido y nos siguen de cerca. Godoy prefirió quedarse para seguir jugando con Esteban y de paso vigilarlo mientras Max y yo no estamos.


Después de un simple sándwich de carne y un par de cervezas, León, Max y yo nos subimos a uno de los coches para un viaje no muy largo. Nos vamos alejando del recinto poco a poco, con mi mirada puesta en el paisaje de nieve a lo lejos. Pienso en Bianca y Tony, que están en casa, Adela con ellos. He ido a verlos estos últimos cinco días, a veces me he quedado durante la noche y aun así los extraño. Los mantengo alejados porque no quiero que se involucren más en esto, tampoco que estén tan cerca de nuestra venganza y Esteban. Más lejos, mejor. Bianca no detuvo sus sesiones con el psiquiatra y Tony sigue yendo al jardín con normalidad. Aunque mantenemos un ojo especial en él, sabiendo que lo ocurrido aquella noche tuvo que afectarle de alguna manera. Tenemos que conseguir sesiones para él también. No puedo dejar que mi hijo se ponga jodido por mi culpa. Entramos en una zona bastante familiar, aunque no la he pisado en mucho tiempo, y León detiene el vehículo con tranquilidad. Max observa el enorme lugar con ojos abiertos y sospechosos, sin entender nada. El galpón es enorme, y está vigilado por docenas de Leones enviados por León, también. Ya he perdido la cuenta de todo lo que le debo a este hombre. Nos adelantamos y saludamos a los guardianes, que fuman sin ninguna preocupación y nos devuelven los asentimientos. Tomo mis llaves del bolsillo delantero de mi vaquero y la introduzco en el primer candado de la entrada. Luego sigo por los otros dos. — ¿Por qué tanta seguridad?—se muere por saber Max. Ninguno le contesta, porque pronto podrá verlo por sí mismo. Este es un depósito de los Leones, aquí saben guardar algunas armas antes de ser transportadas. El líder se ocupó de vaciarlo para mí cuando llegué al recinto. Él no sólo nos dio resguardo a Tony y a mí. Sino que se encargó de todo, incluido esto. Hay un segundo portón al abrir el primero y oigo a Max chiflar mientras me aseguro de abrir todos los candados. Para llegar a este lugar, antes tendrían que pasar por encima de un montón de mierda. Una vez abierto, entramos, León justo detrás de mí enciende los interruptores de la luz y el enorme galpón se ilumina. — ¿Qué mierda?—suelta Max, frunciendo el entrecejo. Todo está cubierto por encima con telones, no puede ver nada. Pero cualquiera se daría cuenta de lo que hay exactamente debajo. Quito la primera funda y ahí está, una reluciente Harley cero kilómetro, reluciente y hermosa. Tanto que puedo reflejarme en ella. Max abre la boca, yendo a tironear de otro telón, uno bastante grande. Un jeep aparece ante nosotros, también nuevo y brillante. —Jodida mierda—dice, riendo—. ¿De quién es todo esto? — ¿De quién crees?—responde León, divertido.


Max niega y me mira, sabe que es mío. Hay al menos veinte Jeeps Commander 4x4 en este lugar, y cerca de treinta Harleys plateadas, todas iguales. También podemos ver cinco camiones de carga. Y, contra un rincón, motores desmontados y repuestos para cada vehículo. Cada maldita cosa preparada para empezar con lo que sea que yo planee. Sin embargo, hay tiempo, y ni siquiera tengo un clan que supere los veinte miembros, pero sé que de a poco vamos a ir creciendo. Tiempo al tiempo. Existe todo esto porque tuve que invertir, rápido y de último momento, todo el dinero ahorrado que hice con las Serpientes. Técnicamente, esto es lo que los viejos y Esteban buscaban. Más los millones de dólares que he camuflado acá y allá. León se ha encargado de mantener este tesoro lejos de las garras oscuras de cualquier ladrón, y esperando por mí. Y hoy vine a verlo, porque estoy planeando mudar mi clan a alguna pequeña ciudad en la costa y tengo que ir pensando en cómo transportarlo. Es de locos, lo sé, pero he hecho un excelente trabajo. Y León piensa ayudarme, independientemente de lo que yo piense. —Está bien equipado, eh—comenta Max yendo y viniendo—. Todo esto es una locura. Me encojo y León se ríe. Después de nuestro momento sorpresa comenzamos a organizar el proceder cuando llegue la hora de irnos a la costa. No es que vaya a suceder pronto, creo que nos quedaremos acá hasta fin de año. Después de que Max y Lucrecia se casen será nuestro momento de mudanza. León asegura que puede acarrear las motos en sus camiones sin problema. Y pondremos a otros Leones al volante del resto. —Los camiones ya pueden irse de acá estrenados con alguna buena carga—me guiña el líder, con una sonrisa presuntuosa—. Sería un comienzo con el pie derecho, bien completo. Asiento, riendo. Puede ser. Estoy pensando que hacer negocios con ellos no estaría nada mal, y él está insistiendo mucho en ello últimamente. Voy a darle el gusto más temprano que tarde, supongo. ¿Quién otro más confiable que él? Hasta ahora, nadie que yo realmente conozca. León Navarro sabe cómo hacer negocios de los buenos. No por nada su clan está tan bien parado. —No es mala idea—murmuro, revisando el lugar ocupado con mis pertenencias—. Para nada. León y Max bufan. — ¿No es mala idea?—suelta el primero—. Es una jodida buena idea, hombre. Me rio, para nada sintiéndome acorralado. —Verdad—me cruzo de brazos—. Es una jodida excelente idea. Él se adelanta, su mano estirada en mi dirección. Sin dudar ni una sola vez, la tomo y la sacudo, lleno de convicción.


—Trato hecho—murmura, entusiasmado—. No te vas a arrepentir. —Estoy seguro de que no—aseguro, confiado al cien por cien. Me volteo para encontrar a Max también pidiendo mi mano en acuerdo. Acepto, ambos sin vacilar. Asentimos el uno al otro con aceptación. Y no es por causa de ningún cierre de contrato apalabrado. No, está lejos de serlo. Es más como un acuerdo emocional, fraternal. Parece que no sólo he cerrado un trato comercial improvisado con León, sino que he dado por terminada esta guerra sin sentido entre hermanos. Mejores posibilidades de negocio. Adiós definitivo al rencor. Lo demás sólo puede ir hacia arriba a partir de ahora. *** Séptimo día. El cuerpo sucio, mutilado y herido de Esteban es descolgado del techo, ambos brazos desencajándose bruscamente. Cae al suelo en un estruendoso choque de huesos débiles y machacados. No queda mucho de él, ni siquiera orgullo. Las sonrisas burlonas y desafiantes se han acabado para este entonces, sólo sacando a relucir una máscara que únicamente es capaz de torcerse a un lado y a otro por el dolor, y el abandono. Ha rogado más veces de las que he podido contar y con cada una, he reído sin parar, dejándole saber en qué medida disfruto a causa de su culo derribado y sin más impulso. Intenta arrastrarse lejos de nosotros, por todo el charco de agua y sangre que Max provocó antes cuando estaba tratando de limpiar un poco el desastre. Apenas se puede mover, sus extremidades sacudiéndose y su respiración pujando en busca de energía con cada miserable centímetro alcanzado. Lo dejamos un rato, permitiéndonos ser arrogantes, disfrutando de su débil intento destinado a fracasar. Llamé a Bianca hace más o menos una hora. Le avisé que esta noche dormiría en nuestra cama con ella, que la sujetaría. Y prometí que no me perdería de vista ni un segundo más. Pude oír su alivio y entusiasmo. Luego preguntó si Esteban estaba sufriendo lo suficiente. Le respondí un rotundo sí. Para que después fuera más allá, queriendo saber si iba a matarlo hoy mismo. Nuevamente, mi contestación fue positiva. Le aseguré que nunca más iban a volver a tocarla, ni él ni ningún otro. Y lloró detrás de la línea, sollozando que me creía. Y que me amaba. También le dije que la amaba, con las cuerdas vocales estranguladas y los ojos cerrados apretados tras mis dedos índice y pulgar. Corté la comunicación para venir aquí y terminar con esto de una vez por todas. — ¿A dónde vas, gusano?—gruñe Max, atrayéndolo del tobillo roto e hinchado hacia sí mismo.


Esteban grita, mientras Godoy y yo lo tomamos como una señal, a la par, a cada lado del cuerpo debilitado. Max lo voltea sobre su espalda, y entonces sus hundidos ojos negros se elevan chocando con los míos, más decididos que nunca. Sus pupilas están dilatadas y su mirada es afiebrada. Sería posible que, si planeáramos dejarlo así un par de noches más, moriría rápido, agonizando. —Ojo por ojo—murmuro, y sus párpados se abren en alarma y reconocimiento. Podríamos enviarlo directo a la cárcel con el título de violador, condenarlo a años de terribles abusos. Pero siempre existiría esa opción de libertad, tal vez mañana, tal vez en años. Estaría detrás de nosotros, pisando los talones de nuestra seguridad. En mi mundo no dejas vivo a quien te dañó, jamás. Es un código. Me traicionó, violó a mi mujer, amenazó de muerte a mi pequeño hijo de tres años. ¿Merece menos dolor del que estoy dándole? Para nada. Se acabó. No hay ni una mínima pizca de compasión en mi interior. Él perdió todos sus derechos luego de tomar por la fuerza los de alguien más. —Ni siquiera me provocas lástima—le digo, apretando los dientes—. Ni compasión. Ni culpa. Nada. Podría ser de otra forma, ya que supuestamente fuiste mi mejor amigo, pero no… no me das nada más que asco y resentimiento… Consigo el cuchillo guardado en mi bota y lo hago danzar en mis dedos, jugando con despreocupación. Miro desde él hacia mi víctima, con insensibilidad. Max está sentado sobre sus piernas flojas e inservibles y Godoy ha plantado sus botas en cada una de sus muñecas, para mantenerlo en el suelo. Me han dejado todo el espacio que necesito. Me remuevo, más al sur, inclinándome sobre la virilidad maltrecha de mi pequeño mejor amigo. Él intenta luchar, jadeando con fuerza. —Por favor—pide, tratando de llegarle al corazón del hombre que traicionó. El órgano en mi pecho se ha dado la vuelta ahora, mira para otro lado. Más exactamente en la dirección donde se encuentra mi nueva casa, con mi verdadera familia esperando por mí en el interior. —Mi mujer también te rogó, y tus oídos no funcionaron—chasqueo la lengua, intentando ser despreocupado—. Estabas pensando con esto… Con la punta del cuchillo desplazo su pene a un lado, provocándole escalofríos. Un grito inconsciente se le escapa, tarde se da cuenta de que aún no he hecho nada. Me rio, mis compañeros me siguen la corriente. Acabo más sobre él, agarrando sus huevos deteriorados en mi puño, los corto en dos movimientos de muñeca y se los muestro. Se horroriza, vociferando una y otra vez, y ni siquiera sabemos de dónde viene esa fuerza para sonar tan alto. Godoy sonríe y abre la cinta de embalaje que sostiene entre manos, aprovecho que Esteban tiene la


boca entreabierta, lo obligo a abrirla más y meto mi reciente adquisición de un empujón en el interior. Lo mantengo apretado para que no intente escupir nada hacia afuera y Santiago sella el asunto con el pedazo de cinta. Ahora Esteban ya no grita, sólo emite sonidos ahogados desde detrás de su boca forrada y sus testículos contra el inicio de su garganta. Los ojos se le van hacia atrás, se agita, sus conductos respiratorios casi obstruidos del todo. —Va a ahogarse—dice Max, soltándole las piernas. El cuerpo a nuestros pies se sacude incontrolablemente. Godoy le da la vuelta y pisotea su espalda un par de veces hasta que los gorgoteos cesan y Esteban al fin respira por la nariz entre arcada y arcada. Entonces lágrimas desbordan de sus pestañas entreabiertas, y mojan sus facciones irreconocibles por tantos días de sufrimiento, golpes y miseria. Hay palidez detrás de los morados y cortes. Pequeñas raíces rojas nacen desde el borde de sus irises oscuros y se ramifican hasta cubrir toda la sobrante superficie blanca de las esferas. Hay un derrame en uno de sus ojos, parece un pequeño nudo a punto de reventar en sangre. Realmente está destrozado y ya no da para más. A continuación, me muevo más allá, junto a la mesa para tomar mi última herramienta de la caja. Una vez de nuevo junto a él, la dejo caer frente a sus ojos, que repiquetean con cansancio a punto de ceder. Saltan hacia afuera con reconocimiento. — ¿Sabes qué es esto?—agito la cosa, mi tono helado. Esteban gime y se retuerce, otra vez siendo víctima de las náuseas vacías. —Ojo por ojo—gruño en cerniéndome sobre su oído—. Metiste tu podrido pito dentro de mi mujer… entonces yo puedo hacerte lo mismo… con esto… Intenta hablar detrás de la mordaza y es imposible que se le entienda algo, ya que además de tener la boca cubierta, está masticándose sus propios testículos. Godoy se acomoda de nuevo, obteniendo sus brazos. Los aullidos tapados de Esteban se vuelven más delirantes. Patalea, se retuerce en sí mismo, lucha con Max que retiene sus pies. Y yo sólo me acoplo cerca. Arrodillado. Erguido. Tomo un respiro al mismo tiempo que posiciono mi arma, no voy a echarme hacia atrás. No quiero que se vaya de este mundo sin experimentar en carne propia lo que significa ser invadido a contra voluntad. Quiero que lo sienta. Así que, sólo… lo hago. Empujo. Empujo y grito maldiciones en su oído, como un loco. Presiono y lo levanto de los pelos con mi mano libre para que se fije bien en mis ojos. Lo escupo en la cara, lágrimas salen de esos profundos ojos negros que tomaron a mi mujer con insensibilidad. Le doy su merecido. Porque es lo que merece y nadie va a convencerme de lo contrario. Quien se mete con


la gente que amo, las paga. Y no barato. Sino con creces, con sudor y el dolor más terrible que existe sobre la tierra. ¿Soy un animal? Sí, lo soy. El más cruel de todos, y sin remordimientos. Me voy a ir al infierno, con los de su calaña y los otros, y no me importa. En vida, seré la bestia que tengo que ser para proteger a los que quiero. Esteban convulsiona cuando le suelto la cabeza y se estrella en el suelo mojado, rebota y sus ojos ruedan y ruedan dentro de las cuencas. El vómito sube por sus conductos y sólo tiene salida a través de sus orificios nasales. Se desmaya rápido, ahogándose en sus propios fluidos, dejándose arrastrar por las últimas sacudidas. Cae inmóvil y muerto en lo que dura un pestañeo, a causa de un paro respiratorio, y ni siquiera me dio tiempo de terminar con mis planes. No me afecta, sufrió lo indecible, tal como yo quería. Max y Godoy pueden dar crédito a eso. Ellos lo liberan, al mismo tiempo que me alejo, encienden a bomba de agua y lo limpian. Quitan el vómito y la sangre y luego lo cubren para enviarlo lo antes posible a que lo quemen. A hacerlo desaparecer. Me limpio a mí mismo con profundidad, en el lava-mano que hay en el rincón. No me pierdo la vista de la bolsa negra cubriendo el cuerpo sin vida, respiro profundo, y el aire, aunque huele a muerte, se siente como el más puro en mucho tiempo. —León se encargará del resto—viene Max a decirme. Asiento, ausente. Doy un paso hacia la salida, esquivando el cuerpo. — ¿Ahora qué vas a hacer?—pregunta, interesado. Le dedico una mirada intensa, sin siquiera pestañar. —Ahora, lo único que voy a hacer es ir a casa—respondo sin más tensión. Max sonríe de lado y me permite salir. La noche me recibe, el frío penetra mis defensas y sólo soy capaz de apresurarme hacia el estacionamiento. Consigo mi coche y caigo en el asiento del conductor con un suspiro. Alguien golpea mi ventanilla cuando enciendo el motor. Bajo el vidrio para encontrarme de cerca con León, apoyado en el borde, relajado. — ¿Te vas a casa, Medina?—sonríe. Trago y confirmo con brusquedad. —Sí, me voy a casa—al fin. Él sonríe más ancho y me regala una cabezada amistosa.


—Saluda a esa hermosa pequeña familia por mí—pide, dando una palmada a la carrocería. —Lo haré—digo, monótono. —Vuelvan pronto… Y con eso cierro la ventana y acelero fuera del recinto de Los Leones. Corro como un desquiciado, directo a los brazos de mi mujer y las risitas de mi hijo. Y, juro por Dios, nunca antes sentí mi sangre burbujear con tanta ansiedad y desesperación. Ni con tanta esperanza.


Capítulo 28 BIANCA Tony se durmió temprano esta noche, lo hice todo para mantenerlo despierto y viera a su padre cuando llegara. El cansancio nos ganó. Entonces sólo lo cargué hasta su cama y lo resguardé bajo las sábanas. Acaricié su cabello dorado y besé su sien, él se estiró en mi retiro, tratando de retener mi calor. Y me encontré sonriendo. No he podido contra el recuerdo de Esteban, mucho menos estando sola. He estado evitando dormir cuando Jorge no está, no soporto las pesadillas ni las parálisis, sobre todo al despertar y encontrarme con que estoy sola en la cama. Aunque él ha hecho lo posible para venir a casa en las noches, lo he extrañado con locura. Él y Tony son el motor para que mi cabeza sane y los miedos se vayan. Había mejorado, estaba volviendo a ser yo. Entonces ese hijo de puta tuvo que regresar. Fingir que no lo reconocí fue lo más difícil que me ha tocado en la vida. Temblaba, tratando de enfocarme en la maldita cena de mierda. Lo único que deseaba hacer era acurrucarme en un rincón y llorar. Gritar que lo sacaran de mi casa. Sin embargo, mantuve la frialdad. Había llamado a mi hermano, era sólo cuestión de tiempo. Y seguir con la actuación hasta que fuera necesario. Le serví su copa varias veces, sonreí cada vez que me fijaba en sus despreciables ojos oscuros y diabólicos, llenos de malas intenciones. Y odié el hecho de que mi abusador había conseguido una cara. Una que preferiría nunca volver a materializar en mi mente. Me sentí muy bien al perder el control y atravesar su mano con mi cuchilla. Me sentó de maravilla tanta adrenalina disparada en mi sangre. Fue una forma de desquite. Y también un error, porque puse en peligro a mi familia. No me frené a considerar a Tony, que tuvo que ser testigo de todo. Temo que pude haberle provocado algún trauma. Junto con todo lo que vino después, que fue repulsivo. ¿El cuerpo de Esteban sobre mí, frotándose? Demasiado familiar. Quise morir realmente. Desaparecer. Logró que mis avances retrocedieran considerablemente. Me arrastró de vuelta al punto de partida. Adela está despatarrada en el sofá, golpeando los dedos con mensajes de texto en su celular y me alegra no tener sus penetrantes ojos encima por una vez. La semana con ella respirándome en la nuca ha sido pesada, no es que la culpe, pero no necesitaba una niñera. Sólo necesitaba al hombre que me hace feliz. Aunque agradezco su presencia y ayuda con Tony, ya he tenido suficiente, quiero estar sola. Y apuesto a que ella desea más que nada volver con mi hermano.


—Terminaron—murmura, sabiendo que estoy de pie a su espalda, varios metros lejos de ella, expectante y de brazos cruzados. Inmóvil, así he estado sobreviviendo esta última semana. Y sólo me cambié la opaca ropa insípida y dejé la casa para ir a terapia y llevar a Tony al jardín. No me gusta más que al mundo esta versión fea de mí. —Tu hombre salió disparado como una cañita voladora para acá—dice, volteándose para sonreírme de costado. Mi corazón revive, brincando hasta el comienzo de mi tráquea, bombea fuerte. No puedo esperar. Mi cuñada se pone de pie y se estira como un gato recién salido del sueño. —Tu hermano lo persigue de cerca—me guiña y se dirige hacia el perchero para descolgar su abrigo—. Voy a asaltarlo dentro de ese coche—gruñe, mordiéndose el labio. Hago una mueca, acompañada de un sonido de náuseas y un estremecimiento fingido. No es necesario que insinúe cosas así delante de mí: o sea, la hermana de su novio. Sus ojos turquesas pasan al plateado a través de un rayo de tormenta, el rictus en su boca torcida indica que le divierte y alivia mi reacción. Bien, me está tanteando. Camina hasta mí y apoya las manos en mis hombros, sonríe ancho. Esta vez desde las dos comisuras, y es raro ver ese gesto tan pleno en su cara bonita, siempre arrogante. —Más que mi cuñada, sos mi amiga—murmura, poniéndose seria, indagando en mis pupilas—. Así que tengo permitido hablar sobre cosas sucias—alza las cejas un par de veces, y guiña. Me muerdo el labio, no puedo esquivar la sonrisa que intenta maniobrarme. —Está bien—rio por lo bajo, encogiéndome—. Lo voy a tolerar porque te quiero. Inclina la cabeza a un lado, aflojando los puntos claves en sus facciones, viéndose muy inocente y angelical por una vez en la vida. La preocupación hace eso en ella, y el cariño sincero. Enrosca un dedo en el extremo de mi largo pelo cayendo sobre un hombro. —También te quiero—inmediatamente después saca la lengua y se la limpia con el puño de su abrigo—. Ajjj, por qué me haces decir mierda cursi. Me rio, esta vez más fuerte. —Porque de verdad me amas—respondo.


Suspira, pone los ojos en blanco. A continuación se deja de bromas y asiente, apretándome el hombro, sonriendo con verdadero cariño. Su momento emocional no dura demasiado. —Que conste—levanta el índice, enfocando al cielo—, al único que le digo cosas cursis es a tu hermano—entrecierra los ojos—. Pero no cuentan como dulces cuando lo estoy golpeando duro… —Oh, por Dios—jadeo, y la empujo lejos—. Aléjate de mí. Sus carcajadas retumban en mi sala, y tardo al menos cinco segundos en unirme, contra mi voluntad. Por Dios, ella y Santiago están tan jodidos. No quiero saber nada que tenga que ver con ellos y sus adictivas actividades sexuales. Porque es cierto que parecen adictos, todo el tiempo esperando por eso. El rugido de un coche desconcentra nuestras bromas, y mi aliento se estanca. Adela nota mi estado de ansiedad en el mismo momento en que el motor estaciona en mi garaje. Me muerdo el labio. Se aclara la garganta y me envía hacia la puerta que conecta la cocina con la cochera. Murmura que se quedará en la sala esperando por Santiago. No tiene que empujarme dos veces, estoy yendo por pura y desesperada voluntad. Me retuerzo las manos, nerviosa, y cruzo el umbral. Allí lo veo saltar fuera del coche que compró hace un tiempo, golpea la puerta con impaciencia. Tengo un primer plano de su rostro cansado, con arrugas acentuadas en las esquinas de sus ojos y la frente, ojeras oscuras. Pero más allá de eso se ve contento de estar acá, de verme. —Hola—susurro. Se pasa una mano por la cima del pelo oscuro bien corto, y su boca generalmente tosca me ofrece una media sonrisa, suavizándose. —Hola—carraspea. Mi piel se eriza. Sabemos que no hace más de dos días que no nos vemos, pero se han sentido como una eternidad y no me importa que estemos siendo un poco ridículos. Sin él no soy nada, y lo necesito ahora más que nunca. Me adelanto al mismo tiempo que él y entro en sus brazos abiertos. Salto sobre su valiosa y pesada contextura, rodeo su cintura con mis piernas. Aferrándome. A mi gigante roca. Me sostiene, como sé que hará por siempre. Y la manera en la que lo hace me dice que ya todo ha terminado, no necesita expresarlo con palabras. Otro auto se escucha en la lejanía, indicando que mi hermano se acerca por la huella que marca el camino de entrada. Escucho la puerta del frente abrirse y cerrarse, luego la del coche con el mismo patrón. Sin embargo, no se van, el motor se detiene y el silencio es


aplastante y pacífico, mientras Jorge me lleva hacia la mesada de la cocina, me sienta allí, para rodearme por más tiempo. Pasos vienen detrás de nosotros, y levanto la frente del gran hombro caliente de mi hombre para encontrarme de frente con los ojos medianoche de mi hermano mayor. Ha rotado alrededor de la casa para entrar por la cochera, y ahora está en la puerta esperando. Quieto, pero no tenso. Jorge se aleja de mí, me desliza abajo, en mis pies. Besa mi sien y avisa que irá corriendo por una ducha. Nos deja en compañía de la privacidad. Le sonrío a Santiago una vez los dos solos. —Hola—murmuro al mismo tiempo que mis ojos se llenan de lágrimas. No sé por qué, será que verlo justo ahí en medio de todo me hace feliz. Entonces sólo… lo comprendo. Y es tan doloroso como liberador. No necesito mendigar para que se mueva en mi espacio personal y me abrace, ni siquiera me importa que sea torpe y le cueste tocarme del todo. Yo lo hago por él y mojo su abrigo de cuero negro con mis lágrimas saladas. —Lo sé—le digo, aplastándolo—. Sé lo que ellos te hicieron. Lo oigo tragar, no responde nada a eso. Tampoco espero que lo haga. Simplemente no entiendo cómo es que lo he descubierto. Será que esta mañana, frente al espejo, mis propios ojos me recordaron a los suyos. O porque me ha costado tanto sonreír últimamente, cuando sólo he querido arrastrarme por ahí. Y no sentir nada. —Pero yo no quiero cerrarme—le aseguro, sacudiéndome, las manos en mi espalda presionan más directamente—. Tengo que curarme. Necesito ser la vieja Bianca de nuevo… Toma un respiro lento y profundo. —Y vas a serlo—suelta, monótono y nervioso—. Vas a serlo, vas a curarte. No te cerrarás como yo, porque… en primer lugar, hace falta voluntad, y la tenés… Yo sólo elegí el camino fácil… Niego, sin aceptar eso. —No. Aceptarse a uno mismo cuando se está roto no es el camino fácil—me separo y lo observo frente a frente—, es el más difícil. Saber que una parte de vos se ha ido y seguir viviendo con esa certeza… uno tiene que ser muy fuerte para lograrlo. Pero, no quiero ser fuerte para aceptar esta versión de mí. Necesito luchar contra ella, y lo haré. Aunque ahora me siento vacía, confío que pronto voy a mejorar, porque es lo único que deseo. Necesito paz. Me brinda un asentimiento, y en sus ojos hay algo nuevo. Brillan con respeto y una nueva calidez que no es tan difícil de descifrar. La he visto antes, cuando se ha fijado en Adela.


Ella logró traspasar su armadura. Y me doy cuenta, ahora mismo, que yo también fui capaz de hacerlo. Y mamá. Estoy segura de que Santiago sintió algo fuerte al verla de nuevo. Hay una ranura en la piedra que lo protege, y fue Adela quien la impulsó. Por ahí conseguimos entrar. Voy a estar agradecida con ella toda la vida por eso. —Te quiero—le digo, en puntas de pie, acercándome a su oído. Su mandíbula se comprime, y no me lo tomo como una ofensa. Él funciona así, no se expresa igual que el resto. Veo la duda, la inseguridad de hablar incluso antes de que aparezca realmente. —Yo también—traga, y mi sonrisa es tan grande que la piel alrededor de mis labios arde—. Y quiero que seas feliz—remata. Saltaría si no estuviera pegada a él, todavía abrazándolo. Aunque sus manos me dejaron libre hace rato. —Lo seré—le prometo. Le permito alejarse, retrocediendo con cuidado. Suavemente. Se va dirigiendo con serenidad hacia la puerta de entrada, el lugar contrario a por donde ingresó. —Lo sé—anuncia firme, porque cree que así será. Enseguida veo su espalda salir por la puerta, corriendo hacia el coche, donde lo espera su chica. Me seco los restos de lágrimas, echo un suspiro al aire y una vez que vuelve a entrar en mis pulmones parece que se ha liberado algo de mi interior. Me siento más liviana, más orientada. Y cuando Jorge vuelve a aparecer, limpio y con sus pantalones grises largos y sueltos de deporte, le doy la bienvenida con una sonrisa. De nuevo caigo en sus brazos y el calor me envuelve instantáneamente. — ¿A la cama?—pregunta con su boca en mi frente. Sonrío con los ojos cerrados, y le regalo un movimiento apenas negativo. —No, quiero bailar—susurro. Se separa un poco para mirarme con la ceja arriba, curioso. — ¿Bailar? —Sí, bailar—comienzo a mecerme a un lado y a otro contra su cuerpo.


No se demora en seguirme el juego, ni siquiera parece importarle que no haya música. Sólo permanecemos allí, en silencio, consumiéndonos el uno al otro. Rotando sobre nuestros pies con tranquilidad. Y sabemos que la presencia de la seguridad ya no es una simple sensación. Ahora sí estamos en paz. Un largo rato después decido que es suficiente y mejor ir a la cama, los dos siendo tironeados por el cansancio. Justo en el pasillo, en frente de nuestra puerta, lo freno tomando su brazo para atraerlo de nuevo. Sus ojos dorados enlazan los míos. —Bésame—le ordeno, más que pedir. Y no existe pausa, se inclina y toma mis labios. Fuerte, decidido, dispuesto a saquear. Me roba el aliento y pellizco su cuello con mis dedos. Suspiro cuando me rodea la cintura con uno de sus gruesos brazos y me suelda a él. Acepto su lengua con un estremecimiento y la persigo con la mía. Siempre. Nos detenemos porque oímos a Tony decir mi nombre con voz dormida desde su habitación, y nos separamos enseguida. Mirándonos, enviando mensajes silenciosos. —Sólo por esta noche—pido en voz baja. —Sólo por esta noche—concuerda. A continuación entra en el cuarto verde y recoge en brazos al niño despeinado, adormilado y semi sentado en su pequeña y bonita cama. Lo trae a nuestra habitación y nos acurrucamos en la cama. No tenemos en cuenta nada más que este momento. No pensamos en mañana. En que su costumbre de dormir con nosotros pueda regresar. O que, tal vez, tengamos que enviarlo a terapia también. Todas las preocupaciones fueron abandonadas afuera, en la entrada de este dormitorio. Ahora sólo existimos nosotros tres. Nuestra familia.

Diciembre, 28. —Bianca, estás preciosa—viene Francesca a colocarse junto a mí, ambas con una copa de vino blanco en mano.


Sonrío, y le agradezco el cumplido. Aunque, en realidad, la que realmente está hermosa este mediodía es Lucre. Ella resplandece con un sencillo vestido blanco, suelto, que la hace lucir delicada y casi etérea. La falda vuela liviana en la brisa en cada paso, acompañando las suaves ondas en su cabello muy rubio suelto. Parece un ángel. Y Max no obtiene éxitos en dejar de mirarla, siguiéndola por toda la celebración con los ojos brillantes. La ceremonia fue sencilla, sólo acudimos los más allegados a la pareja. Se casaron en un claro, junto a la entrada del bosque de lengas detrás del bar, rodeados de un sol de verano. Lucre y Fran se encargaron de la decoración y el altar el día anterior, y colocaron mesas con manteles blancos bordados en torno a él. Ha quedado, muy fino y acogedor. Acabamos de almorzar bajo el sol, y ahora la gente se ha dispersado en pequeños grupos, charlando, riendo, disfrutando de una copa. Me he quedado sola a un lado observándolo todo con atención, sintiendo una felicidad y liviandad que estaba extrañando. Los pasados cuatro meses que transitaron hasta la actualidad han sido tranquilos y agotadores en la misma medida. Nuestros momentos de familia en casa con Tony y Jorge ha sido, con mucha ventaja, lo mejor de mi vida entera. Aparte están las luchas casi diarias en el interior de la oficina de mi psiquiatra, los primeros dos meses fueron tan duros que me encontraba perdida en tiempo y espacio después de cada sesión. Tanto, que a veces ni recordaba volver en coche a casa. El pasado era como una serpiente enroscada en mi cuello, apretando y aflojando cuando se le daba la gana. Los últimos sesenta días han sido considerablemente mejores. Gracias al cielo. Porque odio preocupar a la gente que quiero y, principalmente, Jorge era quien se llevaba la peor parte. Él también pasa por sus terapias, y lo logra como un campeón. Mucho mejor que yo. Porque es más fuerte, y tiene el impulso necesario e imponente para poder sostenernos a todos. Es por ello que es un gran cabeza de familia y un líder excepcional, aunque él lo niegue cada vez que se lo digo. —Vos también estás hermosa, Fran—comento, estirándome para tocar la tela de su vestido—. Te lo hizo Aye, ¿no? Se rie, mirándose a sí misma. —Lo hizo. No quería molestarla porque está muy ocupada con su bebé, pero Lucre soltó el tema hace un par de meses y Aye insistió—se encoge, negando. Sonrío, tomando un sorbo de mi copa. —No se puede contra la persuasión de Lucre—digo, observando a la novia ir de acá para allá, llevando a uno de los gemelos. Esos bebés están enormes, casi comenzando a dar los primeros pasos. Corro mi atención hacia los mayores que corretean por ahí, vigilándolos, y sonrío enamorada, parecen estar en su


salsa, encantados con cada fiesta. Hace apenas unos días estuvimos acá para pasar navidad con todos, esto ya se ha vuelto una rutina. Y si fuera por León festejaríamos algo cada día de la semana. —Pregúntale a Max—bromea Fran y las dos dejamos salir algunas risitas. — ¿De qué van tantos secretitos, señoras?—dice una voz, retumbando a nuestras espaldas. León nos rodea para colocarse frente a nosotras, sonriendo. Le echa un vistazo largo a su mujer, tan intenso que hasta yo me sonrojo. —Estábamos hablando de la fuerza de voluntad de Lucrecia Medina—le explico, entrecerrando los ojos por el sol. El hombre alza las cejas, un segundo después echa la cabeza hacia atrás y se ríe. —Nada más que decir—dice después, buscando a Max con la mirada risueña. Éste se encuentra entre Alex, Gusto y Jorge. Los tres no han parado de hablar desde que los novios se separaron para ir por sus caminos a saludar a los invitados. Tanto a mí como al resto de los más íntimos nos encanta que los Medina ya no sean dirigidos por el rencor del pesado, han estado pasando mucho tiempo juntos esta semana. No voy a decir que son inseparables, sería exagerar, sólo se están llevando bien y ese es un comienzo más que favorable. “I want you” de Kings of Leon comienza a sonar suavemente en los parlantes y León tira de Francesca para llevársela a la pista, que tampoco está muy llena. Sonrío al ver que ella se pone roja cuando el líder la aprieta contra sí y la besa, puedo sentir las ganas de esconderse de ella, tan tímida de una manera bastante adorable. Termino mi copa y me muevo entre la gente, pasando a mi hermano y Adela que están acorralándose el uno al otro, tal vez discutiendo alguna cosa. Todos acá sabemos que les excita pelear. Les doy un guiño, siguiendo camino. Estoy dirigiéndome directamente hacia mi hombre para obligarlo a bailar, también. No obstante, antes de que rompa un poco más nuestra distancia, me choco con un ancho y fuerte pecho, rebotando mi hombro en él. —Oh, perdóname—murmuro, viendo que acabo de tambalear su copa y mancharle la camisa blanca. Enseguida consigo una servilleta de tela que hay en la mesa más cercana e intento secarlo. Una mujer mucho más baja que yo se acerca riendo y me la quita de las manos.


—Está bien, no pasa nada—me asegura, divertida—. Bianca— advierte cuando no la suelto. Entonces la miro. Obviamente, no soy tan tonta para no saber que no se encontraban en la fiesta, de hecho había permanecido estudiándolos desde lejos, cavilando sobre acercarme o no. La que fue noviecita de un Santiago adolescente me está asimilando con sus enormes ojos verdes, llenos de reconocimiento. Curvo mis labios con aceptación, dejando que tome la servilleta y termine de secar un poco más a Lucas. Lucas Giovanni. Me animo a elevar mi escrutinio, él me está mirando con una mueca torcida, aunque no malintencionada. Podría decirse que está igual de divertido que su mujer, pero… es difícil saberlo con seguridad. “Es tu medio hermano, Bianca”, me recuerdo a mí misma. Me pone nerviosa estar cerca de él, porque realmente no nos conocemos. Nunca hemos hablado. Sin embargo, ambos sabemos perfectamente quiénes somos, y qué lazos nos unen. Es muy extraño. —Hola—le ofrezco mi mejor sonrisa conciliadora. Estira su gran mano para tomar la mía, me da un apretón amistoso y se lo regreso enseguida. Me trago la inquietud. —Me alegra volver verte, Bianca—salta Lucía, ahora alisando el frente de la camisa—. Ha pasado mucho tiempo. —Sí—digo, queda—. Mucho tiempo. Me alegra verte bien. —También a mí… Los ojos de Lucas podrían traspasarme con su rigor. Me aclaro la garganta, sin saber cómo seguir. Entonces un niño rubio con el pelo muy corto— una réplica de Lucas—, aparece. Corre y lloriquea hasta pegarse a la pierna de su madre. Lucía se agacha junto a él, que debe de tener unos dos años, y lo arrulla. —Ay, pobrecito mi bebé—canturrea, parece que se ha caído y raspado las palmas de las manos—. No pasa nada—se las limpia con una toallita descartable húmeda que saca de su cartera—. Ya está arreglado. —Es igual a vos—se me escapa, me fijo en el hombre a mi lado. Sonríe de lado, y hasta podría jurar que se hincha de orgullo por dentro. Me rio bajito por eso, y asiente. —Tiene mis ojos—retruca Lucía, guiñando—. No todo es de él…


Me rio más alto ante su refutación, como si se resistiera a que todo el mundo asuma que se parece sólo al padre. Hay un tono de broma íntima que parece divertir a la pareja, en realidad. Lucía le seca las lágrimas a su hijo y lo deja ir, el niño acaba prendido a Lucas como una garrapata. —Podrías visitarnos cuando quieras—interrumpe ella, mata el silencio incómodo entre los tres—. Para ponernos al día. Me enteré de que estás viviendo cerca de la ciudad… —Así es, nos mudamos hace unos meses—le cuento, mis hombros menos tiesos agradecen la conversación—. Cualquier día de estos puedo pasar—y no estoy mintiendo, lo haré, sin importar lo incómodo que sea. Esta es otra parte de mi familia, y quiero ser cercana. Tal vez no vaya sola, seguro voy a conseguir el apoyo moral de Lucre que hará que el encuentro sea menos raro entre nosotros. —Pásame tu número—pide, rebuscando en su bolso por su celular—. Voy a enviarte nuestra dirección. Ahora no estoy yendo al hospital, me tomé un tiempo lejos del trabajo para cuidar a los chicos—comenta, entretenida. Me doy cuenta, recién ahora, del carrito de bebé que está justo a su espalda, donde yace una bebita dormida. — ¿Cuánto tiene?—pregunto, arrimándome, luego de cantar mi número de celular. —Un mes y medio—me responde Lucas, atento—. Se llama Lía. Sonrío, me inclino para verla. Tiene el pelo oscuro, y la naricita respingona. —Lía Florencia—agrega Lucía, susurrándome mientras mira a su hija con un cariño abrazador. —Me gusta mucho su nombre, y es preciosa—los felicito con sinceridad por los dos hijos y la familia perfecta que han formado. Me agradecen con verdadera simpatía en sus rostros abiertos. No sé mucho sobre su historia, sólo que fue dura e injusta. Y apuesto que merecen esto y mucho más. Planeo ir pronto a visitarlos, porque quiero familiarizarme, conocerlos mejor. Nunca es tarde para dejar entrar a personas que, se nota a la legua, valen la pena en la vida. Y ni siquiera está en discusión el pasado, ni el nombre de mi padre. Eso no tiene por qué estar entre Lucas y yo. Me separo, despidiéndome por el momento. Sigo mi camino, tratando de no tropezar con mis tacones en la gramilla. He vuelto a ser yo con respecto a eso. Aunque hoy no luzco tantos colores. Llevo un conjunto rosa opaco, falda larga y recta a juego con un top del mismo color, con algunos detalles en negro. Un atuendo para el día al aire libre. Y no voy mostrando mucha piel,


sólo apenas unos cinco centímetros entre pieza y pieza. Como el aire aún es un poco fresco, llevo un chal sobre los hombros. El día que nos ha tocado es perfecto, sólo que más primaveral que veraniego. Pongo los ojos en mi destino, decidida a llegar a él. Lo observo sonreír y prestar atención a la conversación que está teniendo con el grupo. Seguramente hablando de motos o los nuevos planes para el clan. Tal vez contándoles que todavía no vamos a mudarnos a nuestra casa en la costa. No queremos cortar nuestras sesiones de terapia tan rápido, vamos a esperar a que ambos nos sintamos aún mejor en nuestras pieles. Los avances han sido claros y satisfactorios, sería un retroceso abandonar a nuestros doctores ahora que empezamos a ver los cambios con más claridad. Llego a él y engancho nuestras manos al mismo tiempo que todos se ríen de algún chiste que dejó caer Gus