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Sinopsis Todos somos perseguidos por el pasado, funciona tal como una sombra. A cada lado que vas, allí está él. Es lo que nos hace quienes somos, el que nos guía el camino a seguir, y nos enseña a no volver a cometer los mismos errores. Mi pasado es como mi marca registrada, no importa si cada vez que lo recuerdo me provoca sufrimiento y un fuerte sentimiento de humillación. Tuve que pasar por eso para llegar a ser quien soy ahora. El Perro. Puedo ser Alex Castillo para algunos, aunque prefiero tener un apodo de carretera, así siento que me alejo de lo fui alguna vez. Me avergüenzo, aunque sé que no debería. Entiendo que tengo que sentirme orgulloso, pero eso decíselo a mi alma contaminada, ella no está a favor. Deseaba seguir siendo pura, no le gusta lucir manchas. Sin embargo, hay algo que ella tiene que procesar de una maldita vez: cuando naces de este lado tan poco privilegiado de la vida, las manchas son necesarias para sobrevivir. Si no haces el trabajo sucio te mueres. Y no lo hice sólo por mí, sino por los que amaba. Así que, tengo que superarlo. Tengo que hacerlo a toda costa, porque quiero a esa dulce chica para mí, la deseo tanto que me carcome por dentro. Y, lo siento, voy a tenerla. Cueste lo que cueste. Porque parece ser una de las pocas cosas que se sienten correctas en mi vida, además de mis hermanos. Ella sana mis heridas cuando me habla, ablanda mis duras cicatrices cuando me toca. Y no estoy dispuesto a dejarla ir. ADVERTENCIA: Esta historia es recomendable sólo para mayores de 18 años. Contiene lenguaje adulto, descripciones de violencia y situaciones sexuales explícitas.


Contenido Prólogo ----------------------------------------------- Capítulo 18 Capítulo 1 ----------------------------------------------- Capítulo 19 Capítulo 2 ----------------------------------------------- Capítulo 20 Capítulo 3 ----------------------------------------------- Capítulo 21 Capítulo 4 ----------------------------------------------- Capítulo 22 Capítulo 5 ----------------------------------------------- Capítulo 23 Capítulo 6 ----------------------------------------------- Capítulo 24 Capítulo 7 ----------------------------------------------- Capítulo 25 Capítulo 8 ----------------------------------------------- Capítulo 26 Capítulo 9 ----------------------------------------------- Epílogo 1 Capítulo 10 --------------------------------------------- Epílogo 2 Capítulo 11 --------------------------------------------- Epílogo 3 Capítulo 12 Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15 Capítulo 16 Capítulo 17


Prólogo Alex irrumpe furioso en la casilla construida con chapas de sus vecinos, derribando la precaria puerta de una patada y levantando el polvo del suelo por la intensidad. Pancho se levanta del sucio colchón donde estaba tirado con un porro, aun sin encender, colgando de sus labios. Sus ojos rojos lo miran con desconfianza. — ¿Dónde está ese hijo de puta?—escupe, frenético. Pancho entrecierra la mirada, cauteloso, ante la vara de hierro que cuelga del puño del chico. —No sé, viejo, se las tomó hace unas horas—responde. El porro se le escapa de la boca cuando se echa hacia atrás, esquivando la primera sacudida del chico en su dirección. El extremo del fierro casi le da en el rostro. Alex lo persigue a lo largo del diminuto espacio, tratando de pegarle. — ¡Les dije que se mantuvieran lejos de mi hermana!—le aúlla, su garganta sangrando—. ¡Les advertí que si la tocaban iba a matarlos! —Para, hombre, para—intenta calmarlo el tipo. Alex lo acorrala contra un rincón, respirando con dificultad. Sus ojos del color de los relámpagos de las tormentas eléctricas centellean, peligrosos. Ansiosos de sangre. Pancho se estremece, le echa un ojo a su navaja, reprendiéndose por abandonarla sobre la mesa antes de recostarse un rato. No tiene con qué defenderse, el chico va a matarlo. —Sabes, cuando hago una promesa, malditamente la cumplo—escupe Castillo, apretando los dientes. Pancho se encoge, el aire abandonando sus pulmones en pánico. Alex es unos años más chico que él, un adolescente aun, pero es grande y está muy enojado. Nadie juega con un Castillo, jamás, si cabe la posibilidad de enojarlos hasta sacarles la mierda de adentro. — ¿Cuál de ustedes fue?—pregunta, su tono letal.


El tipo niega, frenéticamente. —Yo no, te lo juro. No tengo nada que ver con esto—asegura, sudando. Alex pestañea una vez, levanta el brazo y asesta un certero golpe en las costillas con la gruesa y pesada vara, Pancho cae de rodillas a sus pies, jadeando con dolor, doblándose sobre sí mismo. —Respuesta equivocada—carraspea, Castillo. El próximo bastonazo es en el lateral de su cabeza, y lo deja derribado por completo, gimiendo en el suelo polvoriento, casi inconsciente. Alex camina de acá para allá, convertido en una poderosa masa de fuerza y furia. Hace bailar el hierro, pasándolo de mano en mano, mirando como el apestoso tipo se retuerce a sus pies. Lo patea en el estómago reiteradas veces. —Si me matas te las tendrás que ver con el resto, ellos no te lo perdonarán—dice él, quieto en el suelo. La cara de Alex es de granito, tensa y fría. Todo indica que nada bueno está por venir de su parte. No les teme a los Ferro, está cansado de ellos, ya no es un niño atemorizado por esa banda de delincuentes drogadictos. Estos hijos de puta se metieron con su familia. Con lo único que le queda. —Me importa un pito—sonríe y sus ojos brillan aún más. Le pisa la cabeza con una bota, aplastándola en la tierra y lanza lejos la vara de hierro para hacerse con la navaja que encontró antes, sobre la mesa destartalada y torcida. Se inclina e inserta el filo hasta la empuñadura en el costado de su cuello, después se sienta a mirar cómo el tipo intenta sacársela, mientras se ahoga con su propia sangre. No tarda más de cinco minutos en morirse. Así, permanece esperando, consigue el porro que su víctima dejó caer cuando llegó y lo enciende, paciente. Sin miedo a los contratiempos. Está acabándolo cuando escucha pasos acercarse, se hace con la vara nuevamente y quita la navaja del cuello del muerto. Se queda, alerta. Acomodándose a un lado de la abertura sin puerta y se prepara para atacar. El que entra es Rulo, el hermano mayor de Pancho, él se escandaliza al ver al muerto rodeado de un charco de sangre y se da la vuelta para correr a pedir ayuda, agarrándose la cabeza. No avanza más de un paso porque se encuentra con el asesino cubriendo la salida. — ¿Qué mierda, Castillo?—se queda sin aire, dando un paso atrás—. ¿Te cargaste a mi hermano?


— ¿Cuál de ustedes fue?—repite la pregunta que le hizo a Pancho. Rulo abre los ojos ante la sangre que gotea de las manos de Alex, quiere hablar pero se le traba la lengua por los nervios. Nunca creyó capaz de algo así al chico, se veía tranquilo e inofensivo siempre que lo cruzaba. —Ella estuvo de acuerdo—se defiende—. Aceptó unirse a la fiesta, nosotros no la obligamos. Alex se le lanza encima y lo tira al suelo de un fierrazo, tan rápido que no le da tiempo ni a defenderse. Lo tiene sobre él, a horcajadas, en cuestión de un pestañeo. Mantiene el cuello inmóvil cruzando la gruesa vara contra él, Rulo comienza a atragantándose sin poder respirar, sus ojos saltando de sus órbitas. —Explícame cómo una nena de catorce años acepta unirse a una fiesta con tres degenerados, hijo de puta—su saliva se estrella en la cara roja del hombre—. Explícame las pinchaduras y moretones en las venas de su brazo. Explícame cómo es que apenas puede caminar. Rulo tose e intenta sacárselo de encima. — ¡EXPLICAMELO!—grita el chico, apretando más su cuello, cerrándole más los conductos para respirar—. No, mejor no me expliques nada—se rinde, poniendo más presión abajo, él ya sabe lo que hay que saber y con eso le alcanza. Rulo patalea y pelea para liberarse pero la ira hace que Alex sea más poderoso que nunca. Pasó de ser aquel pobre y desgarbado chico a convertirse en un gran e imparable guerrero, lleno de sed de venganza. Hace tiempo que creció y ya es lo más cercano a un hombre adulto. Aguanta sobre el tipo hasta que casi pierde el conocimiento entonces de nuevo obtiene la navaja y la clava sin mucho miramiento en el punto justo donde su corazón late. Latía. Porque acaba de atravesarlo a la mitad. Y ya ha acabado con dos de los Ferro, ahora sólo queda uno. Confía en que aparecerá pronto, sin embargo, espera por más de una hora sin resultados. Entonces decide volver a su casilla a buscar a Cami, ellos dos ya no vivirán en la villa, van a conseguir un nuevo lugar, algo más seguro. Empezarán desde cero, él la cuidará mejor, le dará una buena vida. Retomará la escuela, acabará el secundario, como debe ser. Irá a la universidad. Todo va a ser mejor, ahora que puede permitírselo, con este nuevo trabajo conseguirá darle increíbles oportunidades. No importa cuánto le desagrade. Un mensaje de texto interrumpe sus revoltosos pensamientos, lo abre mientras camina a casa.


“No te olvides que tu próximo encuentro es a las 23:45hs” Como si él fuese olvidadizo e irresponsable. Bufa y guarda el celular de nuevo en su bolsillo, sin enviar respuesta. Miranda sabe que con él está cubierta, segura. No necesita mandarle avisos, está realmente adentro de esta mierda, no va a salir. Y si fuera a hacer eso, le avisaría de ante mano. Entra en su casilla, y encuentra a Camila sentada en medio de la cama, sus rodillas abrazadas en su pecho y sus ojos, tan parecidos a los de él, rojos e hinchados de tanto llorar. Alex traga e intenta mantener las emociones juntas. — ¿Guardaste tus cosas, Cami?—le pregunta, yendo a ella. Su hermana asiente, sin mirarlo a la cara. Se sienta y le despeja el pelo rubio oscuro de la cara sucia y llorosa. Le limpia la humedad de las mejillas. —Nos vamos, nunca más volveremos a pisar este lugar—promete. Ella lleva los ojos a sus manos, viendo la sangre seca en sus dedos y uñas. — ¿Qué hiciste?—pregunta, respirando con dificultad—. ¿Los mataste? Alex desvía la mirada de los ojos de Cami, se encoje un poco. No es que sienta culpa por lo que hizo, es más, cuando se cruce con el Ferro que resta se encargará de que obtenga lo mismo que los otros. O peor, porque sabe bien que es el más cruel de los tres, no tiene dudas de que la idea de llevarse a su hermana fue de él. Sin embargo no deseaba que Cami estuviera del todo consciente de ello, aunque ahora es demasiado tarde. Olvidó lavarse las manos antes de aparecer. — ¿Podemos irnos?—pregunta, evitando una contestación. Cami asiente y se levanta para conseguir sus mochilas, con las pocas pertenencias que tiene. Alex hace lo mismo y se marchan, cruzando el oscuro predio con precaución, la noche ha caído sobre sus cabezas y en esa zona específica es mejor tener siempre ojos extras en la nuca. Encuentran la motocicleta que él escondió lejos de la villa y dejan todo atrás, sin una segunda mirada. Aquel lugar siempre fue una maldición para la familia. Es hora de un nuevo comienzo. Alza sus pupilas al cielo y pide en silencio que Camila encuentre la felicidad al venir con él. Ruega para que el corazón de su hermana sane de una vez por todas, nada le haría más feliz que verla sonreír de nuevo.


Capítulo 1 Ema Incluso antes de que la mucama entre a despertarme, siento a Greta caminar letárgicamente a lo largo entre mis piernas, hasta que se recuesta perezosa en mi espalda, ronroneando. Sonrío con mis párpados todavía cerrados, amo cuando hace eso. La sensación de su cuerpo pomposo contra mí me relaja, no hay mejor despertar que éste. La puerta se abre de golpe, siendo acompañada por múltiples aplausos, y mi buen humor se esfuma tan rápido que ni siquiera puedo retener sólo una pizca. — ¡Arriba, arriba señorita!—canturrea Aída, la mucama, con su voz chillona—. La señora la quiere lista para cuando venga la modista y la estilista. Suspiro, enterrando mi cara en la mullida almohada, me trago un bufido porque si hay alguien que merece escucharlo más que Aída es mi madre. Siento el peso de ella caer junto a mí, en el borde de la cama ancha, rebota y me despeina más el cabello. —Feliz cumpleaños, Ema—susurra, una sonrisita oyéndose adornar sus palabras—. Ya sos toda una mujer adulta, hecha y derecha. Trago, mis manos quieren formar puños bajo la almohada. No me siento como una mujer hecha y derecha, aunque cumplí la mayoría de edad hace dos años. Para nada. Se supone que a los veintitrés ya debo serlo y sentirlo, en todos los sentidos, pero me encuentro lejos de ello. Aída percibe mi desgana y me frota la espalda, molestando a Greta que salta lejos de ella, malhumorada, sintiéndose apartada. —Vamos, mejora esa actitud—insiste, poniendo voz dulce—. Hoy va a ser un gran día. No, hoy va a ser el peor día de mi vida. Lo intuyo. Me siento así cada vez que cumplo años, no es por el hecho de madurar ni nada por el estilo, no le temo a los años. Sino al hecho de que se me pasen sin vivir, encerrada en esta cárcel. Encima odio las fiestas que mis padres se empecinan en llevar a cabo, porque no me agrada la atención. No soporto que la casa se llene de gente que apenas conozco y me traten como si me hubiesen visto nacer. Y


no me gusta advertir la condescendencia con la que me tratan, sabiendo que en sus cerebros se esconden la lástima y la compasión. —No va a ser un gran día, Aída—le digo, suspiro y me salgo de la cama con cuidado—. Lo sabes bien—no quiero, pero no puedo hacer menos que matar su positivismo. La oigo chasquear claramente la lengua mientras se pone en marcha y quita las sábanas de la cama para lavarlas. No le presto más atención mientras busco minuciosamente algo para ponerme. Elijo lo más sencillo y desabrido que encuentro, sin volantes, brillos o encaje. No me importa si enoja a mamá. Mi vena rebelde está despertando, cada vez con más fuerza, siempre estuvo allí, sólo que he estado haciendo mi mejor esfuerzo por mantenerla aplacada. Ya no puedo hacerlo más, estoy sintiéndome enferma. Claustrofóbica. Aída viene hasta mi espalda y apoya sus manos en mis menudos hombros caídos, me frota y siento que respiro de nuevo. Ella no merece esta clase de desplantes de mi parte, hace lo mejor que puede, y es mi mejor amiga. La única que he tenido en mucho tiempo, yo no sé qué sería de mí sin ella. — ¿Hay algo que yo pueda hacer?—susurra. Tomo una bocanada de aire llevándola a mis pulmones con resignación. —Sólo si estás dispuesta a llevarme ya mismo a tu auto y sacarme de esta casa— respondo, aunque ya sé la respuesta. Me percato del movimiento negativo con el cual menea la cabeza. —Lo siento—aprieta su agarre, su tono entristecido—. Necesito este trabajo, si yo hiciera algo como eso, lo perdería. Asiento, entendiéndola a la perfección. Sonrío al mismo tiempo que me trago una intensa ola de llanto. No lloro, en realidad, apenas recuerdo la última vez que lo hice, simplemente soy de esas personas que se lo guardan todo. Y no es que sea algo bueno, porque llega un momento en el que el baúl interior se llena y explota. Eso es lo que me ha estado pasando durante este último tiempo, simplemente me siento como si fuera a estallar en mil pedazos. Tacones resuenan en la lejanía, cada vez más a medida que los pasos se acercan por el pasillo. En cuestión de segundos llegan a mi puerta, irrumpiendo en mi habitación, el perfume de la elegancia y sofisticación ahogando el ambiente. Aída se desprende de mí inmediatamente, siguiendo su trabajo, ignorando a mamá. No me volteo enseguida, sólo permanezco contra la ventana, dejando que los rayos del sol me calienten la cara.


—Emaline—la voz de mi madre resuena, ella le da el pulcro acento francés a mi nombre, es la única que lo hace, los demás sólo lo pronuncian tal cual se escribe, sencillamente—. Bajemos a desayunar, la masajista será la primera en llegar, y tenemos que estar listas para ella. No replico, me giro y dejo que se acerque más y me toque la mejilla. Su dedo pulgar me acaricia y cierro los ojos, sintiéndola. Pocas veces hace este tipo de cosas, y a pesar de que su presencia me enferma la mayoría del tiempo, me sienta bien recibir este pequeño contacto. —Feliz cumpleaños, mi amor—peina mi pelo hacia atrás—. Por favor, cepíllate esos rizos, no te sientan bien así de hinchados—el embrujo de su pequeño destello de dulzura se va tan rápido como llega y doy un paso atrás—. Y ese vestido, tan feo, te queda inmenso... No importa—suspira—. No hay tiempo, vamos. Me toma del codo y me dirige fuera de la habitación, a bajar las escaleras hasta la cocina. El olor del café se impregna en mis fosas nasales y se me hace agua la boca, ansiosa por una taza con algo de leche agregada y una medialuna. Nos sentamos en la mesa y comemos en silencio, entre ello, escucho a papá salir de su despacho, junto a la sala. Como siempre, prendido a su móvil y maquinando sobre negocios. Creo que otra de las maldiciones de esta familia son esas empresas que tantos millones nos dan. El dinero no nos deja vivir. Aída entra, tarareando y rompiendo la tensión. Sonrío, escondida entre mi cabello hinchado, ella es la frescura de la casa. Debe ser por su juventud, no nos llevamos tantos años. Si no estoy errada, tiene cerca de veintiocho. Fue contratada hace cinco como mi dama de compañía, además ayuda a mantener algunas de las habitaciones limpias y ordenadas, a parte de la mía. En otras palabras, es mitad mucama, mitad “niñera”. Buf. Para mí, es mi amiga, nada más. Si no la tuviera cerca todos los días, ya estaría loca de remate. —Imagino que vas a venir esta tarde, ¿no?—hablo, dirigiéndome a ella—. Sos mi invitada de honor. El silencio se estampa en la estancia, ignoro a mamá, frente a mí que ha dejado de comer. Aída duda, y se remueve. —Emaline—salta mi madre—. Ella es una empleada, ¿de qué estás hablando? Anastasia Fontaine es la clase de mujer que se escandaliza con la idea de compartir una fiesta con cualquiera de sus empleados. A no ser que la estén sirviendo, que es para lo único que se encuentran calificados, según ella. Mamá no es mala, muchas veces me siento culpable por perder la paciencia con ella. Sólo está amarrada a los códigos snobs con los que


fue educada por la maldita alta sociedad y toda esa mierda que no sirve para nada. No sé cómo nosotros, una familia que prácticamente nació en Francia, acabamos en el fin del mundo. Este punto tan abajo en el mapa, dentro de un país a los que mis padres, aun después de quince años, no se han acostumbrado a causa de sus modos tan especiales. —Aída es mi amiga, madre—le suelto—. Mi única amiga, por si no lo notaste— revuelvo mi café con la cuchara, perdiendo mis modales y tintineando con furia. Anastasia se queda callada extrañamente, y eso me descoloca. Sin perder tiempo me dirijo a Aída, insisto en que venga a la fiesta. —Está bien—accede ella, cautelosa, seguro esperando que mi madre la eche a patadas por aceptar—. Voy a venir a saludarte, un ratito. Salto en mi silla como si fuera una niña de cinco, mi entusiasmo tan palpable que Aída se ríe bajito antes de irse de la cocina, a continuar con su trabajo. Agradezco que mamá no se haya metido en el medio para negarme este capricho, el único en la vida. Creo que se debe de haber dado cuenta de que estoy verdaderamente sola en esta casa. —Y, entonces, Consuelo y David, ¿qué son?—pregunta, por lo bajo. Parece que se quedó pensando seriamente en mis palabras anteriores, raro de ella considerar algo por mucho tiempo. “A Consuelo y a David se les puede caer el techo de sus casonas encima, que ni siquiera me inmutaría”, quisiera responderle. Pero me contengo. Ellos no me caen bien, en especial David, es arrogante y frío. No podría ser menos, obvio, es el protegido de mi papá, quien heredará sus negocios el día que falte. Y tiene que ser una réplica de Fabrice Fontaine. Claro, porque la única hija que le queda no podría hacer nada con las empresas, ya que apenas puede consigo misma. La verdad, no me interesa ni sus producciones ni el dinero. Se los pueden meter donde mejor les entre. Por otro lado, Consuelo es sólo la hija de unos amigos cercanos de la familia, conocidos desde que nos mudamos a Argentina. La chica y yo nunca congeniamos muy bien que digamos. Es que ella es la típica chica rica: moda, lujos y vacaciones en el caribe, etc. Etc. Etc. Aburrido. Es lo único que abarca su cerebro lavado. No es mala chica, no me malinterpreten, sólo prefiero mantenerme lejos de ciertos clichés a los que me veo obligada a consumir día a día. Cerca, pero nunca dentro. Ese es mi lema, me hace sentir mejor saber que no soy como ellos. Me doy permiso para creer que hay algo más allá afuera que me espera y pega mejor conmigo. Y que no estoy atada a esta clase de vida hasta la muerte. Necesito vivir. Sólo espero no estar siendo demasiado ilusa.


—Ellos no son mis amigos, nunca simpatizamos del todo—le digo a mamá, siendo sincera. No devuelve nada y me parece perfecto, sólo seguimos desayunando, ambas nadando en la abundancia de la calma. Hasta que se pone de pie y me obliga a casi correr a lo largo de la casa, así prepararnos en nuestras batas para cuando llegue la masajista. Intento no demostrar mi hastío, el mal humor agrandándose dentro de mi pecho, como una bola fétida rugiendo con necesidad de salir y contaminar mí alrededor. Me escondo, sé hacerlo bien. Sobre todo porque este día recién empieza y se pondrá peor con cada segundo que avance, no vale la pena dejarse llevar por las molestias. Sólo lo aguanto, sabiendo que si soy paciente y buena, la noche llegará y mi primer día con veintitrés años se irá lo más rápido posible. *** —Cubrí bien, Mari, que no quede ningún lunar o peca a la vista—ordena Anastasia a la maquilladora. Me tenso y frunzo el entrecejo. — ¿Por qué tiene que tapar mis pecas?—salto, sintiendo cómo un calor abrazador sube por mi cuello, enojada—. No quiero nada de pesado maquillaje, Mari. Mamá va y viene por mi habitación, la escucho rumiar por lo bajo. —Está de moda—aclara, insistente. Arrugo los labios, cruzándome de brazos, molesta. Ya les permití atar mi pelo en un ridículo moño, tan tirante que parece que mi cuero cabelludo va a rasgarse y desprenderse, y me coloqué el vestido rosa de encaje que la modista de mamá confeccionó sólo para la ocasión. Yo, ya estoy hecha, he aguantado la última cuota de pretensiones por hoy. —Si me deja la cara como una muñeca de porcelana lisa y pálida voy a correr a lavármela al lavabo—amenazo, dura. Mamá no dice nada, y la maquilladora me sigue la corriente. Cierro los ojos y la percibo retocarme, lo justo y necesario. Eso me apacigua. Después, la profesional se despide y una de las empleadas la acompaña a la salida. Mamá se me acerca y alisa mí vestido, entretenida. Ella siempre buscando la perfección. Quiere que sea una copia suya, no le entra en la cabeza que no soy como ella, y nunca lo seré. No me levanto todos los días tratando cambiar mi imagen, escondiendo mis lunares y alisando mi rojo cabello rizado. Será porque no soy capaz pero, si pudiera, sé que no lo haría. No me gustan los tacones y mucho menos el encaje, la tela pica en mi piel y se siente incómoda. Necesito sentirme libre,


que mi pelo vuele a mí alrededor y roce mi cara separada de máscaras, no quiero ser una prisionera de las apariencias como lo es ella. Anastasia, la perfecta mujer de Fabrice Fontaine. Anastasia, tan única y elegante, tan grácil y pálida. Tan hermosamente falsa. Me obliga a ponerme de pie y me rodea, colocándose a mi espalda. De inmediato siento el peso de un collar caro en mi cuello. Levanto mi mano para tocarlo, las yemas de mis dedos presionan las gruesas perlas. Perlas, claro, infaltables. La gargantilla se siente pesada, como si me asfixiara, sin embargo, no hago ningún movimiento para quitármela, ya me he cansado de discutir. — ¿Por qué te empeñas en llevarme la contraria?—murmura ella, sorbiendo por la nariz. Ya sé lo que viene, un poquito de llanto conciliador, pretendiendo provocar algo de culpabilidad en mí para ablandarme y amoldarme a sus deseos. Trago, jugando con las perlas, calentándolas en mi palma. Ella sigue a mi espalda, pone sus manos temblorosas en mis hombros y lloriquea bajito. —No me empeño en llevarte la contraria—murmuro sintiendo la presión en mi pecho—. Sólo quiero ser quien soy, no me gusta que intentes cambiarme todo el tiempo. Me rodea y se posa frente a mí, y me envuelve en un abrazo incómodo y tenso, para nada natural, aunque advierto que se esfuerza en ser cariñosa. —Necesito que conectemos, cariño—solloza. —Podemos conectar sin que me dirijas la vida—sigo, respirando con dificultad. —Necesitas que te dirija, me necesitas—insiste—. Siempre necesitarás de alguien. Pestañeo para eliminar la humedad que inunda las cuencas de mis ojos, mi boca se seca, mis labios tiemblan. Me separo de ella, dando un paso atrás y vuelvo a caer en mi silla. Intento mantener quietas mis manos, para no demostrar que me duele lo que me dice. — ¿Es tan malo que no quiera que seas vos, mamá?—hablo, vaciando mi interior—. Te amo… pero cada vez que estás cerca de mí, me siento ahogada. No quiero que me presiones más. Sostengo entre mis dedos el dobladillo de mi falda, frotándola nerviosa. Inquieta. Espero que no se me esté corriendo la máscara de pestañas, no soportaría que mamá llame de nuevo a Mari. La oigo suspirar entrecortadamente, sigo con mi rostro abajo y sorbo por la nariz para meter adentro mis emociones. —Si no soy yo, ¿quién?—pregunta, ofendida.


Tiene un punto, pero no estoy dispuesta a aceptar un destino a su lado y que los años se me pasen encerrada en casa, solitaria y miserable. —Tu hermana me dejaría—remata, rompiendo mi corazón—. Ella no tendría problemas en dejarme entrar. Se va y cierra la puerta suavemente a su espalda, dejándome sola al fin. Después de tan terrible golpe bajo. —Yo no soy ella—señalo, aun sabiendo que no me escucha. Eve era la chica perfecta, el orgullo de cualquier padre. Simpática, preciosa, delicada. Tenía el cabello negro como el de papá y los ojos de caramelo de mamá. Era alta, al contrario de mí, toda piernas y elegancia, piel pálida y saludable. Como Blancanieves. Nos llevábamos diez años. Murió a los dieciséis, cuando yo tenía seis. Ella mantenía un novio a escondidas de nuestros padres, y éste se lucía siempre en una inmensa y potente motocicleta. Le gustaba la velocidad. Ya cualquiera se imaginaría el resto, ¿no? Una noche, de regreso a casa, tomaron una curva, la humedad de la carretera les jugó una mala pasada. Ninguno de los dos sobrevivió. El dolor de perder a un hijo dejó a mi madre devastada, ella está obsesionada conmigo, con mi vida. Pretende mantenerme dentro de un capullo de rosa, sin dejarme tener una mínima probadita del exterior. Dios es testigo de la cantidad de discusiones y tirones que hemos protagonizado las dos. Ya me he cansado de luchar, sobre todo porque papá apenas nos presta atención, y generalmente le hace mucho más caso a su Anastasia. No obtengo apoyo desde ningún lado y remo continuamente contra la corriente. —Yo no soy ella—repito, pasando las yemas de mis dedos temblorosos por debajo de mis ojos para limpiar los restos de humedad—. Yo no soy ella, pero eso quisieras, ¿verdad? El aire comienza a faltarme y aprieto mis párpados con fuerza, metiendo oxígeno en mis pulmones a la fuerza. No se siente bien. Es una mierda que mi madre desee tener a su otra hija en frente cada vez que me mira. No soy perfecta como Eve lo era, mi pelo es rojo, rizado y alborotado y mi cara no es más que un mapa de pecas y lunares. Una pequeña chica desgarbada y sin estilo. Y encima de todo, la frutilla del postre, soy… Un gruñido se me escapa, desde lo más profundo de la garganta. Suena tan intenso y desgarrador que por un momento me asusto. Lo siguiente que sé es que mi collar es tironeado de mi cuello violentamente y las perlas salen disparadas en todas direcciones, rebotando en el suelo, creando un caos ruidoso en la habitación. Boqueo y las primeras


lágrimas caen, dirijo las manos a mi cabeza y desarmo el recogido, despeinando mis rulos y permitiéndoles ser. Mi cuero cabelludo y nuca se ablandan y suspiro, masajeándome lentamente para aliviarlos. — ¿Ema?—distingo una voz dulce y amable venir desde mi puerta y salto en mis pies, lejos de mi silla—. Oh, chica—se lamenta Aída. Corre hasta mí y alisa mi vestido, acomoda mis rizos y limpia las lagunas de lágrimas dentro de mis ojeras para después ir en busca del desmaquillante y acomodar el delineador corrido. La dejo volverme a poner presentable, no falta mucho para que llegue el momento de bajar a la maldita fiesta. Puedo oír desde acá arriba todo el barullo. Alzo las manos y le toco el vestido, y los mechos gruesos de cabello. —Estás bonita, tu pelo está suelto—comento, dándole una sonrisa triste. Ella se ríe por lo bajo y me besa la mejilla, tomando en sus manos las mías, apretándolas para darme apoyo. Después junta las perlas que hay en el piso y las va guardando en una cajita que hay en mi cómoda. —No quería contrastar con toda esta gente elegante—me dice, sonriendo—. Necesito mezclarme. Una vez que todo está listo, avanzamos hasta la puerta y bajamos las escaleras. Su presencia me anima, me ayuda a pasar por todo esto. Al llegar a la sala, la puerta de la oficina de papá se abre de golpe y sus zapatos retumban hasta nosotras. —Aída—saluda, su tono amable y alegre—. Déjame a mi hija, yo la llevaré al jardín. —Sí, señor—responde ella, me da otro beso en la mejilla antes de soltarme y marchar. Enseguida me encuentro envuelta por Fabrice, que me agarra suavemente de la mano y me da un cariñoso beso en la sien, barriendo mi cabello fuera de mi rostro. —Veo que te opusiste a tu madre, niña—sonríe. Sabe bien que ella nunca accedería a dejarme aparecer en público con mi pelo así de alborotado. Hago lo mismo y me engancho a su brazo, caminando junto a él. No digo nada, y me gusta que no me aguijonee para seguir una conversación. A veces prefiero sentir y no hablar, y ahora lo tengo cerca como pocas veces ocurre, deseo empaparme con su grandeza y calor. La música nos envuelve en cada paso que damos, cada vez más cerca del inmenso jardín de invierno. La banda en vivo recrea ‘All of Me’ de ‘John Legend’, versión jazz, y acompaña a una chica de agradable voz vibrante. No podía faltar, mamá ama el estilo vintage.


Consuelo y sus padres son los primeros en acercarse para saludar, agradezco y les sigo la corriente educadamente. Nunca borrando la leve curvatura de sonrisa en mis labios, serena y abierta. No logro controlar el tiempo que pasa hasta que he dado la bienvenida a todos los invitados, sólo estoy al tanto de que es bastante y me he agotado. Al fin me siento en mi lugar en la mesa y consigo mi copa de vino blanco. Odio el champagne. Aída me acompaña, y agradezco con el alma que se mantenga cerca. Hablamos y reímos, bromeando, incluso nos burlamos de algunos egocéntricos vestidos. —En serio—cuchichea, aguantando la risa—. No entiendo a los de tu clase. Arrugo la nariz porque se refiere a “los de mi clase”, pero enseguida estoy siguiéndole la corriente, dejando ir mis carcajadas. Hasta que una voz firme asoma a nuestras espaldas y la alegría se escapa por la ventana. —Ema—llama David, viniendo a mí y agarrándome la mano—. Bailemos. Ni siquiera alcanzo a negarme, da un tirón y acabo en sus brazos, siendo arrastrada hasta la pista de baile. Sin esforzarme en esconder mi expresión amargada sigo sus pasos al ritmo de la música. Esto es lo que no me gusta de él, siempre demandando, nunca pidiendo permisos. No acepta negativas, cree que todo el mundo está dispuesto a ceder ante él. —Espero que estés disfrutando tu fiesta, Ema—murmura, muy cerca de mi cara, su aliento mentolado llega a mi mejilla—. Tus padres se esforzaron mucho para dártela. Ni que les costara mucho dinero, lo que han gastado en esto es sólo un vuelto para ellos. Lo hace sonar como si yo misma lo hubiese pedido como regalo o, más bien, exigido. Se ve que todavía no me era suficiente con tragar este miserable día, sino que también debía venir ��l a apartarme e insinuarme que tengo que ser más agradecida con todo lo que mi familia me da. David no tiene nada que hacer en este asunto, ya que no le incumbe en absoluto. No importa cuánto se esfuerce en parecer de la familia, no es parte. Nunca lo será. Al menos no lo considero, ni consideraré, como ninguna clase de pariente. Es sólo el aprendiz de papá, su protegido y mayor heredero. Nada más. No tengo nada que ver con él. Doy volteretas en sus brazos, rogando que la pieza se apresure en terminar así tener una excusa para alejarme, no me gusta tenerlo cerca. Un par de estribillos más, la música se detiene y alguien toma posesión del micrófono. Hago ademán de soltarme y alejarme para volver a mi mesa pero David no me suelta, me sostiene soldada a su costado, férreamente amarrado a mí. Estoy a punto de dar un tirón violento a causa de mi falta de paciencia, cuando la voz de papá llena el invernadero. —Quiero agradecer a todos su presencia en este día tan importante para nosotros— habla, su voz gruesa e imponente hipnotizando a la gente—. Hoy, no sólo festejamos los


dulces veintitrés de mi amada hija, Emaline. La familia también está ansiosa por compartir la inmensa felicidad ante el próximo acontecimiento. Queremos hacer pública, en esta noche tan especial, la noticia de un esperado compromiso. La intuición le provoca un salto de pánico a mi corazón, que se enloquece entre mis costillas, llenando mis oídos con los tambores impulsados por mi pulso acelerado. Mi boca se seca y la tensión me invade. No sé cómo, pero sé a la perfección lo que viene. La bomba a punto de estallarme en la cara y el agarre de David en torno a mi cintura me provocan nauseas. —Levantemos, todos, nuestras copas ahora mismo, por el prometedor porvenir. Los mejores deseos para la feliz pareja que hoy anuncia su unión—una copa de champagne es encajada en mi mano, de un segundo a otro—. ¡Por Emaline y David! El mejor futuro para ellos, y que el amor los fortalezca… Un coro de suspiros le hace eco a las palabras entusiastas de Fabrice Fontaine. Todos enternecidos por la noticia, nadie imaginando la verdad en toda esta locura. Sin embargo, no importa, estoy segura de que si ellos supieran, no les importaría en absoluto si este “compromiso” es una farsa. El salón está lleno de matrimonios por nombre y conveniencia. —Cambia la cara, cariño—me susurra David al oído, simulando estar diciéndome dulces palabras de amor, recibo un beso en el cuello y apenas soy consciente de él. No. No puedo desencajar esta expresión horrorizada que mi semblante insiste en mostrar, el reflejo perfecto de cómo me siento en el interior. Entumecida, asustada, enfurecida. Justo cuando creía que mi vida no podía empeorar, ¡zas! Ahí lo tengo. No sólo acabo de enterarme de que tengo un novio, vaya a saber desde cuándo, sino que mis padres acaban de firmar mi sentencia directo a la infelicidad. Un boleto de ida, sin retorno.


Capítulo 2 Alex Aplasto el vaso en la barra y me subo sobre mi vientre en ella, para rebuscar por la botella del otro lado, Adela me lanza una mirada de advertencia y le guiño un ojo. Me sirvo unos dedos más de whisky y devuelvo todo en su lugar. —Suerte que sos mi favorito en este lugar—bromea ella, poniendo esos ojos plateados en mí, llenos de diversión—. Sino, ya te habría pateado el culo por invadir mi espacio. Me rio y le tomo el gusto mi bebida. Generalmente no bebo demasiado, pero hoy mi sistema lo está pidiendo, y he llegado a la conclusión de que me vienen bien algunas raciones extras de vez en cuando. Me apoyo en mis codos y observo el lugar, despatarrado, sin mucho interés. Está bastante concurrido aunque, comparado con otras veces, podría ser lo contrario. Depende desde el ángulo en que se lo mire. Por supuesto, no puede faltar el grupo de minas que viene entre dos y tres veces a la semana para conseguir a alguno de los hermanos y diversión asegurada. Evito poner mis ojos en ellas a toda costa. Me recuerdan— y esto es un pensamiento bastante mezquino—a un perro que tuve cuando era chico. Era cariñoso y lo amábamos, pero a veces se pasaba de cargoso, no podías mirar en su dirección, o referirte a él de cualquier forma, que lo tenías saltándote encima, ensuciándote la ropa y lamiéndote la cara. Ellas tienen ese mecanismo de actuación, donde te descubrieron echándoles un simple vistazo, aunque sea de pasada, creen que las estas llamando para un revolcón, acuden como moscas a la comida podrida. Habitualmente les da lo mismo cualquiera de los Leones, pero eso no quiere decir que no tengan sus favoritos. Por desgracia, estoy entre ellos, y no importa cuántas veces les lance mis negativas en la cara, me escurra de sus garras y me esconda como un maricón, siguen siendo insistentes. Y ahora que La Máquina y Max están tomados, el resto nos las vemos negras cada vez que aparecen. Bueno, no todos, la mayoría las aceptan y les dan lo que vienen a buscar, creo que soy el único hijo de puta que no tiene como objetivo cercano tocarlas. Probablemente estos tipos están pensando que soy gay, porque nunca me han visto con una mujer. Sólo una sola vez, en mucho tiempo, intenté conectar con una chica, y acabó siendo más amistoso que otra cosa. Después de todo, Lucía estaba enamorada de otro y


cuando al fin lo recuperó no lo soltó más. Y me alegro por eso, la chica era miserable sin Lucas. Ahora están casados y esperando un segundo hijo, amor eterno y todo eso. No sé lo que es, ni puedo imaginarme lo que se siente, tampoco espero que me toque vivirlo alguna vez. — ¿Demasiado usado para tomarlo?—pregunta Adela ligeramente a mi espalda. Giro, a medias, mi cabeza, viéndola por el rabillo del ojo muy seriamente. No es un secreto que las odia jodidamente mal. No respondo, no pienso eso de ellas, si les gusta ser usadas no tengo nada que objetar. No estarían aquí si fuera lo contrario, ¿no? No me molestan, salvo cuando se empecinan en toquetear. Más de una vez he sido grosero al respecto. —No me interesa lo que tienen para ofrecer—respondo, tranquilamente y me acabo mi vaso. Adela no cuestiona ni espera ordenes, lo llena hasta la mitad de nuevo. Cabeceo dándole las gracias. —Es evidente, me siento curiosa—cuenta, dándome una mirada suspicaz y una media sonrisa, bastante sexy, por cierto. Me encojo de hombros, es como si le causara curiosidad a todo el mundo. En todos los sentidos. Pocos saben de dónde vengo, y no es para nada interesante esa clase de información. Sólo viví en una villa, un predio tomado en la gran ciudad. Y cuando pude salir, lo hice, sin mirar atrás. De lo que no estoy muy orgulloso es del proceso en el que estuve involucrado para hacerme con el dinero y lograrlo. Sospecho que, a causa de ello llevo otros tiempos y formas de actuar en cuanto a conseguir mujeres. Tengo mis necesidades, no lo niego, tampoco se me escapa la sensación de que cada vez se hace más pesada esta etapa de prolongada inactividad. Últimamente no me alcanza con masturbarme, y sé que pronto voy a necesitar tomar un cuerpo por un período de tiempo hasta calmar la sed. Calculo que encontraré alguna chica en la ciudad. —Parezco interesante porque soy reservado. Pero lo cierto es que soy un tipo bastante aburrido—indico, tomando un sorbo. Adela se ríe y destapa una cerveza para sí misma, se acomoda sobre los codos mientras me repasa, interesada. La chica es una exquisita imagen para quedársela viendo como bobo. Cuando llegó al recinto, toda fuego y carácter, atrajo a varios y rompió sus corazones cuando eligió a Godoy. Y no podrían encajar más, son unos locos desalmados y sólo ellos se entienden, parecen vivir en un mundo aparte, paralelo a este. Una fusión interesante, sin duda. Tal para cual.


—No me parece que ahí adentro existan cosas aburridas—observa, dando un cabezazo en mí dirección, intentando escarbar. Le dedico una sonrisa astuta y no hablo más, no conseguirá nada de mi parte, lo sabe. La puerta se abre, pasa al interior la hermana de Godoy, Bianca, y unos cuantos Leones se dan la vuelta para mirarla de pies a cabeza mientras camina hacia nosotros. También la repaso, no sucumbo al sexo opuesto, pero sigo siendo un hombre y ella es una beldad. Adela se da cuenta de la pausa en el ambiente, y tuerce una comisura de su boca roja, sonriendo con malicia. Piensa que deseo a su cuñada y no está equivocada en esa parte, el problema es que seguro espera que dé un paso adelante con ella y tome el toro por las astas. Algo que no voy a hacer. Bianca me descubre estudiándola y me da una sonrisa tímida, levemente demuestra interés, es evidente pero sutil. Me gusta eso, pero no alcanza para que me deslice en torno a ella. Mejor eliminar cualquier interés personal que pueda llegar a germinar de su parte, así que ruedo lejos mis ojos, ignorándola. Un ramalazo de culpa me oprime el pecho, pero sé que estoy haciendo lo correcto, ella lo superará. La oigo saludar a Adela y pedirle una cerveza, ambas charlan por un rato al mismo tiempo que me termino el último vaso de la noche. Me giro para dejarlo a un lado y decido dejar de ser un seco hijo de puta. — ¿Cómo va?—saludo a Bianca. La chica traga demasiada cerveza a la vez y se atraganta un poco, pero se recupera enseguida y me sonríe de vuelta. Es dulce, tiene los mismos ojos medianoche que su hermano, sólo que los suyos son más simpáticos y brillantes. El pelo castaño cae a lo largo de su espalda, en suaves ondas sueltas. Además, raro de ella, hoy lleva un remerón que le queda bastante grande y la cubre por completo, por encima de unos desgastados vaqueros. Supongo que es una especie de pijama o algo por el estilo. —Bien—responde, lleva su atención a las chicas que se amontonan en un rincón, mirando con hambre a los hermanos. — ¿No podías dormir?—le pregunto, teniendo en cuenta de que acaba de aparecer a las dos de la madrugada. Niega, despegando la etiqueta de su botella. —No, es un poco normal para mí—dice, entretenida con lo que hace—. A veces se me sube el muerto…


Alzo una ceja, confundido. No sé qué carajo quiere decir eso. Enseguida se ruboriza y la risa de Adela nos llega desde atrás. Quiero reírme, pero como no sé a qué se refiere, corro el riesgo de ofenderla. Bianca responde sonriendo ante la diversión de su cuñada. —Perdón, es que… sonó tan mal—se atraganta la otra. Bianca se encoje de hombros. —Lo siento, pocas veces tengo filtro—se disculpa, tomando un trago—. Quise decir que sufro de parálisis del sueño. Y cada vez que pasa, me cuesta volver a dormirme. Es una sensación espeluznante. Se siente como si algo se me subiera encima y me impidiera moverme por unos minutos, incluso llego a pensar que me está dando un infarto o algo. Horrible. Y por eso digo que “se me sube el muerto”, porque—entrecierra los ojos, pensando—. Es como si algo se me sentara en el pecho. Adela se tapa la nariz para no reírse a carcajadas, soy el único que la ve y le doy una mirada de advertencia. No es divertido, bueno, un poco. No por lo que Bianca está contando, eso es serio, sino por la manera en la que se expresa. Es… ¿dulce? ¿Aniñada? ¿Realmente tiene veintidós? —Yo sé que te estás riendo de mí, perra maldita—escupe Bianca, aunque se está divirtiendo—. Ojalá te pasara, te asustarías como la mierda. Adela ahora no oculta su risa, estamos escuchándola por un largo rato hasta que se calma. —Tenés que dejar de ver tantas películas, Bianca, en serio—le aconseja—. Haceme caso. La chica frunce los labios y niega. —Esto no tiene nada que ver con mirar películas—le corrige, poniendo los ojos en blanco—. Para mí, es normal y puedo manejarlo. Ahora, chicos, los dejo. Voy a molestar un rato a mi hermano mayor—me guiña y se baja de la banqueta para ir a la mesa de Santiago. Adela le lanza un beso dramático a su espalda, yo sólo puedo pensar en que estas dos son bastante raras. En especial Bianca, y se potencia cuando su cuñada la molesta. — ¿Qué te parece mi cuñada?—quiere saber ella—. Es hermosa e ingenua en la misma medida. Me agrada, pero es un poco rara y no me he podido acostumbrar a ella todavía— cuenta—. Es adicta al pochoclo1 y las películas, tiene ciertas maneras, algo pendejas. Es 1

Pochoclo: Palomitas de Maíz.


charlatana, a veces hasta que me dan ganas de golpearla, atolondrada y una despistada incurable. Me rio, y niego. —No es mi tipo, pero sí creo que es bonita—le digo, viendo cómo Bianca le da charla a su hermano, ésta parece no escuchar, pero sé que le está prestando toda su atención. —Y no encaja—agrega Adela, también mirándolos, pensativa y seria—. Esa chica no tiene nada que hacer acá. —No sé—le digo—. Tal vez nos termine sorprendiendo a todos… Ella considera mis palabras, y asiente al final, tomándolas en cuenta. Yo me estiro, saliendo de mi lugar y considero seriamente ir a darme un chapuzón a la piscina. Ese lugar es uno de mis favoritos del recinto, y generalmente está vacío, pocos aprovechan el agua caliente. Durante los primeros diecisiete años de mi vida tuve que bañarme con agua helada, creo que es por eso que aprecio la caliente y me encanta nadar en ella. Levanto los dedos hacia Adela como despedida y doy un paso lejos de la barra, estancándome de improvisto cuando una de las chicas del grupo me aborda de frente. Creo que la llaman Gigi, Gise o parecido. Luce el pelo rubio teñido muy corto y despeinado, un kilo de maquillaje y ojos castaños enormes. — ¿Ya te vas?—pregunta, poniendo voz de cachorrito triste. La miro con los ojos entrecerrados, sin perderme la manera en la que se muerde el labio inferior, su mirada interesada me repasa desde el rostro a los pies. Se balancea en sus tacones y levanta su dedo índice para pasearlo a lo largo de mi pecho, dentro de mi chaleco. —Sí, ya me voy—respondo, me muevo para rodearla y seguir camino, pero ella se resiste a ser rechazada. Se aferra a la cintura de mi vaquero, tironeándome cerca. — ¿Disculpa?—escupo, fulminándola con la mirada. Ella no reconoce la dureza en mi voz, o tal vez la ignora por completo. —Podrías llevarme a tu cuarto—sonríe de lado, sus ojos brillantes con anticipación—. Podemos divertirnos un buen rato, ¿qué te parece? Niego con la cabeza, apartando sus manos de mí, sintiendo como el enojo arrasa cada una de mis venas, llevando calor por todo mi cuerpo. Si fuera más expresivo cuando algo me


molesta, torcería mi cara en una mueca desagradable, pero sólo me quedo en blanco. Ilegible. Cada ángulo de mi rostro encajado en su lugar, endurecido como granito. —No—respondo, seco. Su mirada se transforma, más decidida que nunca, y su mano vuelve a tomar contacto conmigo. O mejor dicho con la delantera de mis pantalones. Me restriega, intentando envolverme, totalmente empecinada en convencerme de llevármela a la cama. El calor se intensifica y la sangre comienza a correr hacia el sur, directa a mi masculinidad. Puedo distinguir el momento justo en el que ella piensa que ganará porque mi pene se hincha en su palma, y sólo eso basta para dislocarme de mis casillas. Aprieto los dientes, sintiendo cómo la furia me recorre, y me inclino hasta su oído. —Vas a quitar esas sucias manos de mí ahora mismo—ordeno, bajo pero claro, ronco y filoso—. O voy a humillarte tanto delante de estos hombres, que jamás en tu vida querrás volver a entrar por esa puerta. Detiene el aliento y no duda en romper el contacto. Mi pene palpita cuando lo deja ir y con eso suelto una respiración ruidosa y cargada. No la miro a la cara mientras paso a su lado, abandonándola sin muchas cortesías, justo en medio del bar. Descolocada. Esto es lo que trato de evitar siempre, que me lleven directo al borde. No me gusta insultar a nadie, pero si me buscan, me encuentran, y no soy fácil cuando estoy molesto. Si le digo que no, malditamente es no. Camino directo a la parte de atrás y dejo atrás el barullo, estoy desnudándome incluso antes de llegar a los bancos, lanzo las prendas enrolladas y me quedo sólo en ropa interior, mi erección abultando el frente. Salto al agua tibia y comienzo a dar largas brazadas a lo largo, hasta que mis músculos arden y piden clemencia. Hasta que la hinchazón en mi ingle se ablanda y ya no me siento sobrecargado. Hasta que mis pulmones se agitan, y mi corazón busca una pausa. Entonces me relajo y permito que ni cuerpo flote, a la deriva. La paz se va cuando soy interrumpido por el sonido de la puerta abriéndose, unos tacos resonando mientras rodean la piscina y se acercan. —Decime que no te olvidaste del trabajito que aceptamos esta tarde—dice Adela, cruzándose de brazos severamente en el borde. Me remuevo y camino despacio hasta las escaleras de salida. Niego, sonriendo a medias, y voy directo al estante de las toallas. —No, no me olvidé—le digo, secándome.


— ¿Te das cuenta de que me estás mostrando un primer plano de tu culo pálido ahora mismo?—observa, acercándose. Me río en voz alta esta vez, y abro mi casilla para conseguir ropa interior seca. — ¿A quién se le ocurre nadar en un bóxer blanco?—resopla, bromeando. —A mí, es obvio, para que te pongas a pensar en lo que te estás perdiendo—le guiño y entro en los cubículos para cambiarme. La oigo caminar de acá para allá mientras me espera, comentando algo sobre que le mostré mi pene mientras flotaba boca arriba en el agua. La oigo encenderse un cigarro y sentarse en los bancos. Hoy tenemos trabajo extra que hacer, Santiago, Adela y yo nos apuntamos para enterrar el cuerpo del socio que acompañaba a Sandra, la mujer que jodió a León hace unos días. Después de que todo se calmara, el jefe le metió un tiro en la frente, estaba dudoso de hacerlo, pero ganó el hastío, lo único que quería era vivir en paz y decidió que lo mejor era terminar con todo. En cuanto a la mujer que antes fue su mujer y madre de su hijo, fue Adela la que se encargó de ella, dándole su merecido. De mujer a mujer. Ya que no sólo jodió a León, sino también a Francesca. Entregamos el cuerpo de ella a su padre, y se justificó la muerte con una sobredosis, sólo para sepultarla legalmente en el cementerio y que sus padres tuvieran un lugar donde decir adiós. En cuanto al socio, hubo un problema con el dueño del crematorio al que siempre acudimos y nos tenemos que deshacer de él usando otros medios. Decidimos correr a enterrarlo en las afueras, en algún descampado o arbolada, donde nadie pueda descubrirlo. Me termino de secar y me visto, después salgo y enfrento a Adela que se pone de pie y marcha hasta la puerta conmigo pisándole los talones. El bar está vacío cuando salimos y lo dejamos atrás para ir a Santiago, ya preparado, tras el volante de una de las SUV para dirigirnos al punto próximo. Me subo junto a él y Adela toma el asiento trasero. —Andando—murmuro, solemne, bajo la ventanilla y enciendo un cigarro. Cuanto antes acabemos con esto, mejor.


Capítulo 3 Ema Cuando la gente se dispersa y olvida el asunto del falso compromiso, luego de darnos sus felicitaciones, me separo del costado de David y me apresuro hacia la casa. En la carrera casi voy tropezando y chocando con cada cosa que se interpone en mi camino, porque quiero esconderme antes de que el big bang me explote en la cara. Siento las lágrimas punzando insistentemente tras mis globos oculares, las emociones a flor de piel. Nunca estuve más asustada, dolida y enojada en toda mi vida, y eso que he tenido motivos de sobra para estarlo. Apenas alcanzo a entrar en la sala que David me alcanza y tironea de mi brazo, no muy amablemente. — ¿A dónde te crees que vas?—quiere saber, agrio. Intento zafarme, violentamente. —Soltame—ordeno, forcejeando con todo lo que tengo. Los tacones de mamá entran en escena y su perfume dulzón impregna mi nariz, tan repugnante que las náuseas suben bruscamente por mis conductos. David me suelta y con el tirón caigo al suelo, golpeando mis caderas con fuerza. —Emaline—jadea ella y corre a levantarme, no se lo permito—. Tranquilízate, estás siendo dramática. Un sollozo se me escapa, no puedo ahogarlo aunque lo deseo con intensidad. Me cubro la boca con el dorso de la mano, temblando. Cierro mis párpados aun así no logro impedir que las gotas se escapen y bajen por mis mejillas. —Ustedes quieren arruinarme—digo, ahogándome, todo mi cuerpo sacudiéndose sin parar. Anastasia chasquea la lengua desagradablemente y David se inclina para ayudarme a levantarme, ignorando mis negativas. Me planta sobre mis pies, sus dedos aferrados, apretando la carne de mis brazos.


—Nosotros nos tomamos muy en serio tu futuro, hija, y creemos que es lo mejor— explica ella, confiada—. Tanto para vos, como para la familia. Esto es una buena decisión. Niego y no respondo, percibo la mano de David moverse abajo en mi espalda, si es que está intentando calmarme es inservible, no lo logrará jamás. Él es parte de esta treta de mierda, está en contra mía y de mis necesidades. Mi felicidad. Y yo que deseo ser lo más diferente a este montón de hipócritas, ahora acabaré casada con este inútil bueno para nada que vaya a saber de qué agujero apestoso salió. No lo quiero en mi vida. Y no, no pienso entregarme en matrimonio así como así, sólo por el bien de esta maldita familia. Ninguna de estas personas está pensando en mí bienestar, sólo son oportunistas y me tratan como una pieza más en su jodido tablero de ajedrez. Claro que les conviene a todos que me case con él, es una unión que satisface sólo a David y a papá. Y mamá apoya todo lo que su Fabrice propone, incluso si eso significa condenar a la única hija que les queda. Me giro, intento reorientarme para enseguida correr escaleras arriba y buscar refugio. Ya sabía yo que este día sería un desastre infernal, simplemente lo intuí, y así fue. Como puedo, consigo llegar a mi habitación y encerrarme bajo llave, inmediatamente caigo sobre mi cama enterrando mi rostro en las almohadas y ahogando un grito tan poderoso que casi desgarra la piel de mi garganta. Mojo la superficie espumosa en solo minutos, sollozando sin poder frenarme. Necesito escaparme de esta situación, porque no podré tener la vida libre y productiva que sueño, si no están dispuestos a dejarme ser feliz de la manera que quiero. No lograré permanecer en esta cárcel siendo la prisionera de mis padres y David para dejar que me transformen en un ser sin sentimientos, muerto en vida. Porque sé que eso va a pasar si me quedo así, como si nada. Debo luchar por lo que quiero, y lo que no. Un par de golpecitos casi inaudibles detienen mi ataque, con extremo cuidado me levanto y abro, sabiendo que Aída está aguardando al otro lado. En susurros le cedo el paso, volviendo a rotar la llave en la cerradura. De un segundo a otro me encuentro en sus brazos, su mano amable friega mi espalda con suavidad, brindándome apoyo y un hombro en el cual llorar. Lo acepto y mojo su vestido, ella sólo me lleva hasta el borde de la cama y nos sentamos, no hay palabras de por medio, sólo un intercambio de fuerzas. Agradezco el hecho de tenerla de mi lado, de que ahora mismo esté justo aquí dándome su apoyo. —Me es imposible imaginar lo que estas sintiendo, Ema—dice, entristecida—. No puedo creerlo, esto es como una de esas novelas que tanto se ven en la tele. Jamás creí que presenciaría algo así. No puedo imaginarlo, pero entiendo tu dolor… Me despego de ella y me limpio la cara, tragando la amargura. Le sonrío aunque eso me produce un esfuerzo enorme.


—Soy como una esclava—murmuro, sorbiendo por la nariz—. Seguro pensabas que exageraba cuando me quejaba todo el tiempo sobre mi vida—me río secamente—. Quiero decir… lo tengo todo, ¿no es así? ¿Por qué debería renegar? Pero yo prefiero no tener nada, si con eso consigo libertad. Así funciona este mundo, Aída, las posesiones, el dinero, los ideales se convierten en una cárcel. Con cada día que pasa, más lejos me siento de ser libre. Su-supongo que ya es hora de resignarme, ¿no? No puedo luchar contra nadie, estoy sola en esto. Mi condición es mi desventaja… Aída solloza, sintiendo la intensidad con la que me estoy dando por vencida. —Nunca pensé que fueras una exagerada, he pasado mucho tiempo en este lugar a tu lado. Me doy cuenta de las cosas, ¿sabes?—dice, agarrándome la mano—. Junta algunas ropas, nos vamos. Yo te voy a sacar de acá… Mi corazón se frena un instante, luego se acelera ante su petición, deseando considerarla con todas sus fuerzas. Sin embargo, mis hombros caen con derrota, una vez más. Niego. —No, Aída. No voy a dejar que hagas esto—le aseguro, maldiciéndome por la petición que le hice esta mañana tan impulsivamente—. No quiero que te arriesgues así, tenés una familia que mantener, tu trabajo es importante para vos. Esta es mi lucha, no la tuya… —Pero… —Shhh—la callo, apretando su mano en las mías ahora, le dedico una sonrisa cansada—. Voy a hablarlo con mi padre, quizás me escuche—le digo, aunque no lo creo. Trato de sonar esperanzada—. Tal vez reconsidere su decisión y tome en cuenta mis deseos… él es más fácil de alcanzar que mamá. No agregamos más nada al repertorio por un rato, el silencio es fortalecedor, mientras nos sostenemos. Trato de introducir valor en mi interior para hablar con Fabrice, incluso necesito un soplo de fe en que puedo cambiar el curso de las cosas. Aída se queda conmigo hasta que el ruido de la fiesta se calma y la gente se va yendo poco a poco, para el tiempo en el que el servicio comienza a limpiar, nos despedimos. — ¿Vas a estar bien hasta que vuelva mañana?—pregunta, antes de que abra la puerta para dejarla marchar. Sonrío y la abrazo, presionándola con genuino cariño y agradecimiento. —Claro que sí—le aseguro—. Acá estaré como todas las mañanas para que me despiertes—me rio.


Ella me besa la mejilla, sintiéndose aliviada de verme reír, volviendo a ser la Ema de siempre. La tensión parece haberse ido de frente a ella, sólo que por dentro la estoy reteniendo, porque no quiero preocuparla más. Abro la puerta y le digo adiós, después me quedo allí mismo, de pie, escuchando cómo se desliza escaleras abajo para irse de esta casa y volver a la suya, con su familia. Paso la hora siguiente deambulando por mi cuarto, reuniendo energías y procurando tranquilizarme. Encuentro a Greta en su rincón preferido, descansando en su cucha y me la llevo conmigo a la cama. La gatita se enrosca en sí misma contra mí para seguir durmiendo y me apaciguo en su suavidad y calor. La oigo ronronear hasta que se pierde, soñando, y la acaricio, mi mente en un millón de lugares a la vez. Mi madre no sube e intenta irrumpir mi paz y lo aprecio, ya que no me encuentro en condiciones de escuchar sus quejas y sermones. Cuando al fin me siento segura de que no voy a cruzármela de camino a la sala decido salir a buscar a papá, sabiendo que a estas horas es muy probable que esté escondido en su despacho, tomando una copa antes de acostarse. Inspiro, agotada, mientras me aferro a la barandilla y desciendo, enderezando mis hombros. Ha sido un día largo, y debería estar ya perdida en mitad del sueño, no encaminándome hacia él para conseguir una mínima carta que me permita ganar, aunque sea, esta insignificante mano del juego. Mis pasos son silenciosos a medida que avanzo, sin siquiera interrumpir la tranquilidad de esta parte de la casa. Al llegar a la puerta de la oficina, al final de la sala de estar, apoyo mi mano en la superficie plana de madera gruesa y la otra en el picaporte, pegando la oreja en ella. Del otro lado hay voces y me empeño en oír mejor, seguramente su compañía es David y el tema de charla soy yo y la estupidez que planearon a mis espaldas. Tengo que saber qué más sigue en toda esta mierda. No logro entender ni una sola palabra, por eso me aventuro más allá y muevo el picaporte lo más sutilmente que puedo, hasta que la puerta se abre apenas una rendija. La conversación no es interrumpida, es suerte que no se den cuenta de que estoy espiando. —Tengo dos—cuenta David, seriamente—. Son del pueblo, diecisiete y veinte. Hermosas, delicadas. Una rubia y otra morena, delgadas pero no al extremo. Sin duda, podemos sacar bastante provecho por cada una. Frunzo el ceño, intentando entender de qué se trata todo eso. La voz de papá se alza en la habitación, relajada y firme a la vez, toda en su modo negocio. —Estoy seguro—salta papá, se oye el ruido de papeles siendo removidos—, tu ojo es especial, confío en tu criterio, como siempre—sonríe—. Pero no podemos sacar mucho de esta zona. La gente se va a volver loca, en las comunidades tan pequeñas todos se conocen con todos, sabes cómo funciona esto. Que se lleven sólo ese par de chicas, rápido y sin vueltas… Busca una o dos más en la ciudad y estamos hechos para enviar el barco…


Hay una pausa, y es en ese momento, cuando el sigilo de alrededor me invade, que descubro que estoy sacudiéndome con violencia, mis manos inestables se separan de la pesada puerta, como si ésta quemase. No me alejo, aunque quiero, me quedo allí estancada, sin conseguir dar órdenes a mi cuerpo para que corra lejos. — ¿Cuál es el plan?—pregunta papá. David se reacomoda en su lugar, concentrado. —Hay una fiesta privada en las afueras del pueblo, dentro de dos semanas, en un complejo de cabañas vacacionales—cuenta él, concentrado—. Ya sabemos cómo funcionan esa clase de encuentros: dejan pasar a cualquiera con tal de que se llene el lugar. Multitud, juventud, alcohol, cero supervisiones. Estamos casi cien por ciento seguros de que esas chicas van a asistir, ya recibieron las invitaciones. En todo caso, si esas preciosuras no van, improvisaremos, probablemente habrá unas cuantas chicas bonitas para elegir, ¿no? Ambos se ríen, ingieren de sus bebidas, se desvían un poco del tema, bromeando sobre el partido que sacarían si alguna de las chicas fuera virgen. Trago, gruesas e imparables lágrimas se desplazan por mi rostro. ¿Qué es esto? ¿Realmente estoy escuchando bien? Me apoyo contra la pared, mis piernas perdiendo fuerza. —Voy a mandar a cuatro de los chicos—arregla por último David, lo oigo levantarse de su asiento y comienzo a alejarme—. Te llamaré cuando todo esté listo y las dos estén a resguardo, entonces podemos decidir cuándo daremos el próximo golpe en la ciudad. Corro en puntas de pie hasta la cocina, tan rápido como puedo, antes de que salgan del despacho y me noten, escucho cómo papá está de acuerdo con los últimos arreglos y se despiden. No pierdo tiempo y tampoco pienso demasiado lo que estoy haciendo al salir a la intemperie. El aire frío corta mi piel como un látigo, pero apenas lo siento. Me llevo la mano al pecho y cuento mis respiraciones, entonces camino. Camino, camino y camino, hasta el bosque de lengas que rodea la casa. Me interno entre los árboles, llorando en silencio, aprieto los párpados para acabar con las lágrimas pero son imparables. Mi llanto se vuelve ensordecedor, y me aparto cada vez más de la casa. Tiemblo de frío, mi cuerpo lo siente pero mi mente está en otro lado, no estoy consciente de mi entorno en absoluto. La falda del vestido corto remolinea alrededor de mis muslos, el rocío de la noche se impregna en mis pulmones. Siento como si la humedad en mi rostro se congelara, no me importa. Siempre me gustó el frío, es una de esas sensaciones que me recuerdan que estoy viva, que mi cuerpo aun respira y, sobre todo, siente. Ahora mismo funciona como un calmante, no quiero pensar en lo que acabo de descubrir, pero tarde o temprano tendré que enfrentarlo. Lo único que sé es que el bosque se siente como un refugio, el frío no duele, sino que funciona como una cobija, no quiero volver a entrar.


De hecho, no quiero volver a pisar esa casa nunca más en mi vida.

Alex Me limpio las gotas frías de sudor de la frente y suelto un suspiro, volcando los primeros cúmulos de tierra en el agujero. Escupo a mis pies arrugando la frente. —Ya está hediendo—comento, agitado. Me apresuro en cubrir la tumba, ansiando acabar el trabajo lo más rápido posible, Santiago y Adela frente a mí, en las mismas condiciones. La última insistió en ayudar cuando nosotros le dejamos claro que podíamos solos con esto. Así es el asunto con ella, odia conservarse inútil, o que la hagan sentir inferior y débil por ser mujer. No lo hacemos con esa intención, sólo somos respetuosos con ella como con el resto de las mujeres, no queremos deshacernos de esa vena de caballero, aunque estemos bien lejos de serlo. En algo tenemos que ser respetables, después de todo. Estamos siendo alumbrados sólo por un par de linternas, no quisimos dejar encendidos los faros de la camioneta, además tuvimos que abandonarla a un lado de la carretera e internarnos en el bosque a pie, cargando el muerto. Estamos muy en las afueras y a estas horas es muy poco probable que nos descubran, incluso es despejado durante el día. Estamos bien cubiertos. Tenemos el agujero lleno en poco, forzando la tierra húmeda y acoplándola tanto como podemos. —Hecho—jadea Adela, separándose y dejando caer la pala al suelo—. Ahora me he ganado un cigarro. Rebusca en sus bolsillos y consigue su atado, enciende uno y me lo pasa, lo acepto sin problemas y ella se queda con otro. Santiago la mira de reojo, pero no discute ni le pide que lo deje, no es secreto que no aprueba que su chica se llene los pulmones de mierda. De todos modos, creo al igual que todos, que a él le atrae esa vena indomable de Adela, sabe que puede insistir todo lo que quiera sobre ello y otros temas y nunca ganará. Pelear con ella lo enciende, lo he visto. Mientras soltamos espeso humo por delante de nuestras caras él se mueve más allá y toma una de las linternas del suelo, sosteniendo su pala, esperando para ponernos en marcha enseguida. Estamos en eso, a punto de emprender el regreso, cuando escuchamos el claro sonido de ramas quebrándose unos cuantos metros detrás de nosotros. Instantáneamente los tres


nos congelamos, incluso dejamos de respirar con tal de agudizar el oído. Santiago es el primero en girar la cabeza en la dirección correcta, como un látigo. Su estado cambia a modo alerta en un pestañeo. — ¿Qué carajo?—susurra Adela entre los dos, apenas audible. Otro chasquido se produce y me tenso. Puede ser un animal, y sería lo más factible, sólo que muy en el fondo de mi pecho intuyo que algo está a punto de ocurrir. Y no le erro, en absoluto. Respiraciones agitadas y entrecortadas acompañan más pasos, ahora inconfundibles. ¿Qué mierda está pasando? Pierdo la paciencia y enciendo mi linterna, antes las apagamos para impedir que sea lo que fuera nos encontrara con facilidad, ahora realmente me importa poco. Necesito saber qué se está acercando a nosotros, odio andar a ciegas. Entrecierro los ojos e ilumino alrededor, atento. Un jadeo ahogado llega a nuestros oídos y, a continuación, un cuerpo pequeño cae al suelo, salto en mi lugar cuando aparece en mi campo de visión. Perfecto, nítido, el cuerpito menudo de una chica con un vestido rosa corto, trago y me quedo sin respiración. Esto es espeluznante. ¿Qué hace esta chica en medio del bosque a la madrugada? Y con un vestido, nada más, apuesto a que está congelándose. Lo primero que hago al reaccionar es acercarme lentamente a ella que está sobre sus manos y rodillas en el suelo desnivelado y lleno de gramilla y ramas caídas. Puedo escuchar con más intensidad sus respiraciones, mientras veo cómo se agita. No alcanzo a verle el rostro porque una maraña de pelo largo, ondulado y castaño rojizo cae a los lados de su cabeza gacha. —Quédate donde estás, Perro—susurra Santiago, endurecido—. Puede ser una maldita trampa o algo… Niego, absolutamente no es una trampa. —O un fantasma—agrega Adela, siguiéndome, sólo ella toma un momento como este para bromear. Chasqueo la lengua, obvio que estoy tenso a raíz de esto. —Hey—digo a la chica en el piso—. ¿Estás bien? Se retuerce y sobresalta a medida que me aproximo. Estoy dudando sobre tocarla o no, se ve bastante aterrorizada. ¿Sabe que acaba de vernos enterrar un cadáver? Eso es algo muy malo, no sé qué podemos hacer para evitar que nos delate, aunque eso ahora es lo que menos importancia tiene, se ve que es incapaz de sostenerse por sí misma. Creo que


tendremos que llevarla al recinto, apenas se mueve. Además está sola, y esto sólo me dice que, más que problemas, necesita ayuda de nuestra parte. —Cariño—le hablo, mansamente—. ¿Podés oírme? ¿Estás perdida? Dejo la cautela de lado y acabo tocándola, la ayudo a levantarse y ella lucha para soltarse de mi agarre, demasiado débilmente. La pongo sobre sus pies al mismo tiempo que mis compañeros se dispersan alrededor en busca de terceros. No hay nadie más aquí, lo sé. Y me intriga el hecho de encontrar esta chica sola en medio de la nada, vestida así en esta noche cruda que corta el aire. Un espasmo me atraviesa al tomarla en brazos y me percato de la frialdad de su cuerpo. Intenta empujarme, sollozando y se tropieza hacia atrás. —Wow-wow-wow—canto bajito, sustentándola de los brazos antes de que castigue contra el suelo de nuevo—. Tranquila, tranquila. Nadie va a hacerte daño, chica. ¿Estás bien? ¿Qué haces sola a estas horas en este lugar? Es peligroso, y estás helada. Necesitas calentarte. Mi charla parece calmarla, y me atrevo a tocarla más. Froto sus brazos vestidos con las mangas largas del lujoso vestido para darle algo de calor, sabiendo que no es ni de cerca suficiente. Me tomo el permiso de barrer los gruesos mechones enrulados y rojizos de su rostro para verla de cerca. Lo primero que noto es la piel enfermiza y pálida salpicada de pecas que sólo hacen que se vea más incolora y crítica. Sus ojos castaños son enormes y apenas pestañean. Creo que está en shock. Se tambalea, gimoteando con sus párpados a punto de ceder cerrados. —Shhh—la apremio, y la rodeo con mis brazos. —Me perdí—balbucea—. ¿Podés ayudarme?—dice, frágil. Mis manos se enredan en su pelo largo y la aprieto más. Adela viene y la estudia atentamente, interesada y preocupada. — ¿Se perdió?—pregunta y asiento—. ¿De dónde venís, chica?—pregunta, despejando más su pelo, mirándola a la cara. Santiago enseguida está sobre nosotros, su personalidad cambiando, se vuelve más serio que nunca y recorre a la chica de cerca. Su mente rodando, y me doy cuenta de que está haciendo el papel de médico ahora mismo. —Necesita que la abriguemos—comenta, la toca y lleva la linterna a su rostro para rebuscar en sus ojos, el semblante de Santiago se endurece de inmediato, y sé que algo que ve le inquieta bastante—. Vamos a la camionera, tenemos que taparla con nuestros abrigos y encender la calefacción. ¿Podés hablar?—se dirige a la chica.


Ella tiembla y respira contra mí, sin fuerzas. Un inesperado y sólido instinto protector se activa en mí y me sorprende la intensidad con la que me aferro a ella, genuina y fuertemente, sólo interesado en socorrerla. —Me perdí—susurra de nuevo, traga despacio. La alzo en brazos porque ya apenas puede mantenerse erguida, caminamos hasta el vehículo. Mi corazón late asustado y alterado por la situación en la que acabamos de entrar. No puedo creer esto. ¿Cuántas probabilidades existen de encontrar a una chica en medio de la nada, perdida, congelada, sola? Una en un millón, y nos tocó a nosotros. ¿Cómo mierda llegó a estas circunstancias? No caben dudas de que podría haber muerto acá si nosotros no nos encontrábamos enterrando ese jodido muerto. Agradezco al destino, me aterra pensar en lo que le podría haber pasado. —Lo veo, chica—le digo—. Vamos a calentarte, en un rato te sentirás mejor. —Gra…—se estanca, teniendo dificultades para tragar—. Gracias…—los dientes le castañean con brusquedad. Llegamos y nos metemos dentro del coche, ésta vez acabo en el asiento trasero con la extraña, los tres empezamos a quitarnos todas las capas de ropa que podemos y Adela enciende la calefacción en el más alto nivel. Cubro a la chica que se deja caer contra el asiento, sin poderse estar quieta por el frío. Suelta repetitivos quejidos desde lo más profundo de su garganta a causa de la baja temperatura de su sistema. Siguiendo mi instinto la levanto como si fuera una pluma y la recuesto sobre mis piernas, pretendiendo que mi cuerpo le transmita más calor. Santiago se pone en marcha y retoma la ruta, durante el viaje nos mantenemos en silencio. Aun sorprendidos, mudos. Froto la espalda diminuta de la chica sin parar, mientras veo la noche moverse por la ventanilla. En un momento a mitad de camino bajo la vista y me fijo en ella, se ha dormido, agotada y sin fuerzas, vaya a saber cuánto tiempo pasó ahí afuera. Me reconforta sentirla floja contra mí y más cálida, el color rosado tiñendo sus mejillas. Suspiro y me aseguro que va a estar bien, que estuvimos a tiempo. Se recuperará. Y cuando pase, todos somos conscientes de que tendremos que averiguar qué hacer con ella y a dónde devolverla.


Capítulo 4 Alex Al llegar al recinto una muy abrigada Bianca nos espera afuera del bar, cargando una pila de cobijas, Adela debe de haberle enviado un texto para avisarla durante el trayecto. La extraña pelirroja se remueve sobre mi regazo, y me reconforta saber que ya no está temblando como una hoja azotada por el viento, sus dientes tampoco castañean más. Incluso su rostro ha recobrado un color más saludable y rosado, y las innumerables pecas dulcifican su semblante dormido. Recién allí, justo antes de bajar, ante las luces del estacionamiento, me inmovilizo al tomar conciencia de su belleza natural. Labios carnosos del color de las cerezas, largas pestañas oscuras, nariz pequeña y delicada. Ello junto con su largo pelo rojo alborotado y su pequeño pero curvilíneo cuerpo hacen que me olvide de respirar por unos segundos, hasta que Adela abre la puerta bruscamente y me expulsa de nuevo dentro de mi entorno. Recibo las mantas y cubro a la chica antes de salir de coche, una vez hecho mi compañera nos dirige dentro del bar, escaleras arriba, directo al apartamento que hay en el altillo que ya nadie habita. — ¿Quién es?—pregunta Bianca, siguiéndonos, asustada—. ¿Qué le pasó? Dejo a la muchacha en la cama y me preocupa el hecho de que no se despierte todavía. —La encontramos en el bosque—explica Adela, inclinándose sobre la chica inconsciente, estudiándola bajo el resplandor de la luz—. Estaba perdida, no tenemos ni idea de dónde viene… Santiago camina alrededor, se ve tranquilo, con su habitual fisonomía imperturbable, pero podemos percibir que ésta situación lo ha dejado igual de descolocado que a nosotros. Bianca se para a un lado del lecho y observa con sus brazos cruzados, hay enternecimiento en su cara, parece que se preocupa genuinamente por la desconocida. Como todos. —Si no estoy errado, hay una mansión cerrada entre los bosques de lengas, en esa misma zona. Aun así, todavía, es lejos de donde la encontramos, tuvo que haber caminado mucho—dice, posicionándose junto a su hermana, en su rostro de piedra hay una mueca


que no logro descifrar, la misma que puso al verle los ojos con la linterna en el momento que la tomé en brazos. Todos nos preguntamos lo mismo, ¿qué exactamente la hizo perderse en medio de la noche en ese bosque solitario y negro? Parece que viene de una fiesta, digo, por sus ropas y el maquillaje un poco corrido de sus ojos. —Se ve como una versión de “Pretty in Pink”2—comenta Bianca, sin quitar sus ojos brillantes de ella. Adela niega y pone los ojos en blanco. — ¿Hay algo en esta vida que no relaciones con alguna película?—dice en broma, tratando de pincharla, aunque el momento no es más que tenso. —No—se ríe Bianca—. En realidad esta chica es una mezcla entre Pretty in Pink y Valiente3… Adela resopla y camina de acá para allá comentando algo sobre las películas de Disney, Bianca la ignora y no me queda otra que sonreír, divertido con la situación. Ellas hacen que toda la inquietud a causa de tener a una desconocida desmayada en la habitación se aligere un poco. Me muevo hasta la cocina y me lavo las manos, pensativo. Debería haber sido lo primero en hacer al entrar al altillo. Estoy secándome cuando noto que todo el mundo se queda muy quieto al otro lado, el silencio llena el espacio. Enseguida me asomo, alarmado, para encontrarme frente a frente con un par de enormes ojos color caramelo fundido. Redondos y muy abiertos, acompañados por una expresión de alarma y miedo. Como Bambi sintiéndose acorralado, la chica está ahora sentada sobre el colchón, confundida. Trago, sin poder quitar la mirada de ella, extraviándome en la suya tan expuesta. —Hola—le sonríe Bianca, tomándose el permiso de sentarse en el borde, la chica se sobresalta, girando su rostro hacia ella—. Soy Bianca—levanta una mano hacia ella como saludo. Frunzo el ceño cuando la chica no se mueve, de hecho sólo se queda viendo su mentón fijamente, inmóvil, respirando con dificultad. Bianca baja su mano lentamente, frunciendo el ceño, prestando más atención a su rostro lleno de lunares y pecas. — ¿Estás bien?—le pregunta Adela, acercándose. — ¿Dónde estoy?—susurra en respuesta. 2 3

Pretty in Pink: (La chica de Rosa) Comedia romántica para adolescentes (1986 - EE.UU) Brave: (Valiente) Película animada de Disney (2012)


—Te encontramos en el bosque, estuviste a un paso de congelarte—le explica Santiago, paciente—. Te trajimos al recinto de los Leones, unos cuatro kilómetros del pueblo… La chica mueve el rostro hacia él, sin embargo, nunca lo mira a la cara. Él avanza hacia ella, quedándose muy cerca. Eleva una mano y la hace bailar frente a su cara, los ojos acaramelados no la siguen. Mi cuerpo pasa de cálido a frío en un nanosegundo, el entendimiento golpeándome de frente. Cada uno de los que permanecemos en esta habitación de pie, atentos a ella, intercambiamos una mirada estupefacta. —Estás en una habitación en el altillo del bar de los Leones—recita él, continuando—. ¿Alguna vez escuchaste hablar de la hermandad? La pelirroja junta sus manos en su regazo, le tiemblan sin parar, y asiente a lo que se le pregunta sin agregar palabra alguna. —Te desmayaste en el camino, te abrigamos y trajimos con nosotros a casa—sigue Adela—. ¿Cómo te sentís? Un largo conjunto de pestañeos después, la dulce voz de la joven se desliza por sus labios de cereza, no tengo otra opción que acercarme más, mi cuerpo atraído, como si una soga invisible tirara de mí con insistencia. —Estoy bien—dice, bajo. — ¿Cómo te llamas?—pregunta de nuevo Bianca. —Ema—responde, aun sin enfocar su vista en las caras del resto. — ¿Sos capaz de decirnos dónde vivís? Podemos devolverte a tu casa, seguro es lo que estás deseando—le insiste Adela. Ema se apresura a negar, mientras sus manos se separan y acomodan a cada lado de su cuerpo sentado en la cama, comienza a acariciar la colcha debajo de ella, con movimientos lentos y rítmicos, como si estuviera tratando de contar cada nudo y unión de los hilos que la conforman. Las yemas de los dedos paseando, rozando instintivamente. Santiago camina hasta mí. —Decime que no es lo que creo—le susurro en confidencia, sin quitar los ojos de Ema. Niega, firme. Tampoco puede dejar de fijarse en ella y leer cada uno de sus gráciles movimientos.


—Lo es, me di cuenta cuando le miré los ojos con la linterna antes de ir a la camioneta—asegura, compenetrado—. Es ciega—confirma, aunque nadie en la habitación necesita que lo haga. Adela y Bianca charlan con ella, obviamente intentando hacerla sentir a salvo, también esperando que les diga dónde vive para llevarla de regreso. Ahora las preguntas han cambiado, el querer saber se hace más poderoso. Todos necesitamos entender por qué ella se perdió. ¿Cómo alguien deja que una persona como Ema se aleje por sí sola?

Ema Creí que iba a morir. Nunca pensé que llegaría a perderme, debí haber sido precavida, llevar mi bastón, no alejarme demasiado. Pero en mi cabeza giraban un millón de tornados diferentes. Escándalo, desesperación, miedo, desilusión, dolor. Mientras lloraba y todo mi mundo se sostenía precariamente de mis hombros, me olvidé de mi entorno. Fui sorteando árboles, raíces y pozos, tropezando y enterrándome más en el corazón de la noche. Hay un lugar favorito en el bosque que rodea mi casa, sólo tenía que contar sesenta pasos para llegar, el suelo es más plano y con un buen colchón de césped. Me gustaba pasar tardes enteras allí en verano, cuando el sol se colaba entre las ramas y calentaba mi rostro. Esta noche me equivoqué, todavía no sé cuál fue el movimiento erróneo que me llevó a perderme, sólo entiendo que cuando quise volver sólo empeoré las cosas y confundí aún más el camino. Y además está el hecho de que casi me congelo, después de un rato el frío ya no era bienvenido en mi cuerpo. Fue tonto salir de casa así, sin abrigo, sola y en estado de shock. Lo he hecho toda mi vida, cuando mamá no estaba encima para amarrarme e impedírmelo, pero nunca salí en tan mal estado como esta noche, lo que me llevó a caminar atormentada, procurando alejarme de la casa y de la gente horrible que albergaba en su interior. Al escuchar las voces viniendo de alguna parte por entre las lengas, no estuve segura de qué hacer: si acercarme y pedir ayuda o correr en sentido contrario. Era consciente del horario, demasiado tarde como para que un grupo de personas estuviera fuera en medio del bosque oscuro. Pensé que podrían ser drogadictos pasando el rato en un escondite, sólo adolescentes teniendo una fiesta privada. Aunque no se oía música y no conté demasiadas voces. Mis piernas apenas podían sostener mi peso ya y los brazos estaban acalambrados de bailar en el frente y costados de mi cuerpo para no chocarme nada. Decidí ir en favor de las voces y confiar en la suerte, era eso o morir sola en la oscuridad. Yo no tenía buenas


opciones viables. Fui afortunada de que las personas se preocuparon por mí y me atendieron, aunque confieso que cuando me levantaron del suelo, después de que caí, tuve verdadero miedo de que ellos me hicieran daño. Sin embargo, esa voz, la del hombre que me rodeó con sus brazos e intentó calentarme, me reconfortó de varias maneras. Con sólo oírlo supe que no debía tener miedo de él. Y ahora ha estado callado por mucho rato desde que desperté, me desconcierta que aun así siento su presencia envolverme, tanto que resulta como si lo estuviese tocando con mis propias manos. Me sorprende el fuerte deseo de oírlo de nuevo. Una de las chicas, creo que se presentó como Bianca, se va para prepararme un té caliente, asegurando que me hará sentir mejor. Trago tensa cuando el colchón a mi lado se hunde y sé que es Adela la que acomoda las cobijas en torno a mí. Ya no tengo miedo de ellos, creo que puedo confiar, después de todo, me salvaron colocándome a resguardo y no paran de insistir en saber dónde vivo. No quiero decirles, pero temo que tendré que hacerlo, ¿dónde más iré si no es de regreso a casa con los delincuentes de mi padre y David? Me pregunto si mamá está al tanto de esos negocios tan turbios, y si lo está, ¿les brinda acuerdo? Eso me hace sentir enferma. —Ema—me llama, y el sonido de su voz me congela la respiración, me volteo hacia él—. Mi nombre es Alex. Mi cuerpo se ablanda sintiendo un nuevo calor envolvente. No me queda otra que sonreír a medias, así es como toda yo respondo, él sólo lo logra hablándome así. —Tus palmas y rodillas están lastimadas, ¿me dejas curarlas?—pregunta, y allí es que me doy cuenta del leve ardor que viene desde las lesiones. Lo percibo correr el pelo para despejar mi cara, y se bien que me está viendo directamente con atención, lo que me lleva a estar demasiado consciente de mi misma. Por primera vez en años deseo poder ver, sólo para tener un primer plano de su rostro. Apuesto a que es bello para el resto. En cambio para mí, la belleza tiene otro significado. Ya con su hermosa y resonante voz me ha cautivado, sale desde lo profundo de sus pulmones, tan poderosa, pero a la vez suave y amable cuando se dirige a mí. Si tuviera más confianza le pediría que se acerque para poder rozarlo con las yemas de mis dedos y conocer un poco más de su apariencia en los ángulos. Asiento a su pregunta y detengo el aliento esperando, lo primero que hace es tomar una de mis manos que están apoyadas a los lados de mí, y darla vuelta hacia arriba. Me limpia con algo húmedo, supongo que es gasa, se siente como eso. La sensación de sus dedos tocándome me ponen inmediatamente la piel de gallina y su manera de actuar me tiene comprometida a no dejar de prestarle atención. Desde que perdí la vista, a los siete años, el


tacto se ha vuelto el centro de mi vida. Y es la primera vez que siento como si pudiera morir por el toque de alguien. — ¿No vas a decirnos qué fue lo que te pasó?—pregunta, susurrando. Pestañeo al notar que toda la habitación está sumida en el silencio, ni siquiera vienen ruidos desde la cocina, donde Bianca marchó. Me explicaron que estoy en un mono ambiente sobre un bar, en manos del clan de los Leones. Los conozco, he escuchado muchas historias sobre ellos por boca de Aída, que vive en el pueblo, donde todos alaban a la hermandad, que está alejada varios kilómetros. La fundó un hijo del pueblo, León Navarro. Estuve fascinada al oírla hablar sobre los grandes grupos de moteros que recorren las calles, imponentes y rudos. Incluso los habitantes se sienten protegidos al tenerlos cerca. Me pregunto qué pasaría si les contara todo lo que descubrí esta noche. Creo que tengo que hacerlo, están en juego las vidas de dos inocentes chicas del pueblo. ¿Las salvarían? —Soy Emaline Fontaine—le digo, mientras trabaja en los cortes de mis palmas—. Vivo en la mansión alejada, rodeada de lengas… Mi padre es Fabrice Fontaine, somos franceses y llegamos a Argentina cuando yo tenía dos. Él hace un sonido de asentimiento, me escucha con atención, sin dejar de atender mis manos con delicadeza. —Ayer…—trago, ¿es demasiada información? Él me lleva a ser más transparente de lo que suelo—. Ayer fue mi cumpleaños… Alex se detiene un momento y acaricia mis dedos, y no de manera mecánica. Lo hace con consideración y activa varias terminaciones nerviosas en mi sistema. Ojalá supiera qué significan estas respuestas en mí. —Feliz cumpleaños—dice, puedo notar que está sonriendo un poco. —Gracias—contesto automáticamente. Ese no es el punto en todo esto, y debo contarle lo que sé, el problema es que me cuesta aceptar que mi padre es semejante monstruo. No deseo tener que decirles que lo escuché maquinar el secuestro de dos chicas jóvenes para sacarlas del país en barco. Que está involucrado hasta la coronilla en la trata de personas, en especial en la venta y compra de mujeres, vinculado al sexo. Me estremezco con solo pensarlo. Y se supone que con mi discapacidad estoy metida en un capullo, pero no he dejado que mi madre se salga con la suya en eso, ella no pudo doblegarme en absoluto. Me informo, oigo la televisión y la radio, leo libros. Claro que sé lo que significa el trabajo negro de mi padre y David. Y me duele como nada. Amo a mi papá, y me ha roto el corazón lo que he descubierto esta noche.


—Yo… salí a caminar y me perdí—explico, pestañeo tratando de alejar la ola de lágrimas que quiere arrasar conmigo. Alex se congela, aun sosteniéndome la mano. — ¿Sola en la noche?—dice, acercándose, encuentro un deje de dureza en su tono—. En… ¿en tu condición? Asiento. En ningún momento aclaré que soy ciega, porque no es difícil notarlo. —Mi condición no es un problema—le corrijo. Nadie entiende, creen que aún no acepto mi discapacidad. No es así, lo hago bien. Ser ciego no significa que la gente tenga que estar pendiente de ti a cada segundo. En mi caso, una vez que me conozco el entorno y sus condiciones prefiero dejar mi bastón y aventurarme sola, cuento mis pasos y me oriento sin ayuda de nadie. Soy ciega desde los siete años y ya he aprendido a sacar provecho del resto de mis sentidos. He escapado de casa millones de veces, hoy me desvié porque estaba teniendo un ataque a causa las cosas horribles que oí. —Está bien…—dice no muy convencido—. ¿Cómo podemos ayudarte? Supongo que querés volver a… —No—le corto, reteniendo el aire, no puedo soportar la idea de volver con mi familia ahora—. No quiero volver… Me trago el llanto, no es un buen momento para derramarme. La habitación sigue en pleno silencio y puedo sentir a Alex prestándoles atención a los demás, incluso soy capaz de imaginar que está hablando con ellos a través de sus miradas. En momentos como este es cuando deseo poder verlos y leer entre líneas, aunque he aprendido bien a presentir las cosas que yacen en la mente de la gente que me rodea. Alex cambia a mí otra mano y la desinfecta, pestañeo y aguardo a que alguien agregue algo al sepulcral momento. — ¿Qué pretendes, entonces?—quiere saber Adela, su voz viene desde mi derecha, seguro junto a la cama que parece ser enorme—. Tus padres van a buscarte, no podemos dejarte acá como si nada. No necesitamos problemas con la ley. — ¿Querrás decir que no necesitan más problemas con la ley?—la corrijo, decidida. Todos se quedan mudos con respecto a eso. — ¿Qué estás tratando de decirnos?—salta el otro hombre que los acompaña, creo que nunca dijo su nombre y si lo hizo no lo recuerdo.


Voy al grano, después de todo soy una Fontaine, me guste o no, tengo que hacer uso de mi labia para negociar. —Quiero decir… ustedes estaban en medio del bosque en la madrugada, ¿haciendo qué? ¿Drogándose? No lo creo—niego, firme, Alex a mi lado ha soltado mi mano y no hace movimientos para tocarme de nuevo, seguro esperando mi punto—. Están todos muy centrados como para estar drogados… Entonces, supongo… ¿enterrando un cadáver? Eso tiene más sentido, ya que escuché a uno de ustedes decir algo sobre unas palas que debían ser cargadas en la camioneta, mientras me acarreaban… No sería raro, ¿no? He escuchado que no son trigo limpio, pero en el pueblo los respetan y admiran porque se sienten protegidos. Y tampoco hay pruebas de nada ilegal, lo único que existen son pobres rumores que carecen de fundamentos—me freno, esperando que, aunque sea, vuele una pequeña mosca, tampoco es el caso—. Aun así, yo soy de las personas que creen que cuando el río suena, es porque agua lleva. Sonrío al acabar, me encanta demostrar que no por ser ciega soy estúpida. —No entiendo cómo estás acá tan campante con nosotros estando tan segura de que acabamos de enterrar un muerto—dice Alex, y me deleito con su voz. —Justo después de descubrirlo entré en trance y me desmayé, no tuve tiempo de asustarme. Al despertar, no hicieron más que tratarme como a una invitada de lujo: cama, mantas, presentaciones, hasta me ofrecieron té y me preguntaron dónde vivo para llevarme de regreso—cuento, dirigiéndome a él, tratando de imaginar la expresión en su cara, me esfuerzo en inventar una fisonomía en mi mente nublada—. Nadie ofrece todo eso a quien planea asesinar—ironizo. Un minuto entero de calma pasa antes de que una explosión de carcajadas venga desde mi izquierda, ese lado de la cama se sacude y sé que es Alex el que no pudo aguantarse. Después de eso los demás le siguen, tan divertidos con la lógica que uso y que tiene algunos errores, lo reconozco, pero es válida. Claro que sí. —Menuda perra confiada resultaste ser—me dice Adela, cayendo a mi lado vacío de la capa, haciéndome rebotar sobre el colchón. Me sonrío con ellos, la poca tensión que quedaba abandonando mi organismo. Mientras cada uno retoma lo que estaba haciendo, se me ocurre que deseo quedarme. Decido que me merezco un tiempo con esta gente tan distinta a mí y al mundo donde crecí. Esto vendría a ser una especie de doble moral, o algo por el estilo, de mi parte. Corrí sintiendo desilusión y repulsión por lo que oí de la boca de mi padre y David, y ahora quiero quedarme en un lugar lleno de criminales, que un rato antes estuvieron enterrando un


cuerpo. Estoy realmente loca. Matar a alguien es un delito gravísimo, y también lo es traficar personas. ¿En quién carajo me he convertido? —Así que… ¿Nos estás chantajeando?—pregunta Adela, jugando con el final de uno de mis mechones rizados, distingo fácilmente su diversión. Asiento, segura. Hay algo en este lugar, un aire nuevo, liviano. Me provoca buenos augurios y son bienvenidos, sólo ansío lanzarme de cabeza a la pileta sin sentir miedo de si estará vacía o no al final. Quizás me estrelle la cabeza en el intento, pero al menos no acabaré encerrada muriéndome lenta y tortuosamente en la monotonía que significa mi miserable existencia dentro de la inmensa mansión insulsa de mis padres. — ¿Y qué pedís a cambio?—quiere saber Alex, ahora yendo a por la piel raspada de mis rodillas desnudas. Me estremezco con la sensación de sus cuidadosos dedos tocándome, siento el impulso de cerrar los ojos y abandonarme exclusivamente al incomparable efecto. —Aventura—manifiesto, convencida. Le dedico una sonrisa y él deja escapar aire por entre sus labios, tras la leve risa que le provoca la seguridad en mi palabra. Claro que quiero aventura, la he esperado toda mi vida. Ahora que parece estar todo saltando frente a mí, no quiero dejar escapar nada. Por algo corrí y me perdí esta noche. Por algo el destino quiso que este grupo de gente me encontrara. Exijo vivir. Experimentar al máximo, sentir hasta reventar. Y opino que los Leones pueden darme esas chances.


Capítulo 5 Alex Estaba convencido de que lo había visto todo en la vida. Hasta Ema. Esta chica me ha sorprendido de un millón de maneras distintas. Desde su caída en medio del bosque, el descubrimiento de su condición, su imagen inocente y su explosión de seguridad y valentía a la hora de sacar a relucir nuestros trapos sucios. La arrogancia que salió despedida de su boca me descoló, pero luego no me quedó otra opción que reírme, algo orgulloso de sus agallas. La chica no se queda atrás, no importa que no nos pueda ver a la cara a ninguno. Ya se ha ganado el respeto de Adela y Bianca. Santiago sigue receloso a su alrededor, pero sé que pronto caerá también. Él fue el primero que supo que Ema es ciega, se lo guardó dejando que lo descubriéramos por nuestros propios medios, creo que debería habernos avisado, entonces yo no me habría quedado tan sorprendido y horrorizado al verlo. Una vez que me recuperé, fui a ella, sabiendo que tenía heridas en sus manos y rodillas, por el tropezón en el bosque. Conseguí lo que necesitaba, me senté a su lado y noté el estremecimiento que le provoqué con mi cercanía y voz. Cuando la toqué creo que ambos tuvimos un corte de respiración, y estoy seguro de que nunca en la vida sentí algo parecido. Ella no puede verme, pero siento como si lo supiera todo sobre mí. Mientras acabo con sus raspones, recibe su taza de té y los demás se van dispersando. Adela y Santiago se marchan al amanecer, a descansar, más tranquilos porque Bianca o yo nos quedaremos cerca de la forastera, para cuidarla. Todos le aseguramos que antes de tomar una decisión de quedarse, tiene que tener una pequeña charla con el jefe. Claro que me figuro que León va a darle lo que quiere, el verdadero problema en todo esto es que habrá personas que la buscarán y Ema parece estar dispuesta a no dejar que la encuentren. Eso no nos favorece, para nada. No queremos problemas con nadie, y parece que viene de una familia adinerada. No necesitamos un ricachón amenazándonos con su poder y dinero. Supongo que sólo por eso, lo mejor es devolverla a casa. Lamento que ella no obtenga lo que quiere, pero el clan no es un parque de diversiones donde cualquiera puede venir en busca de aventura y un tiempo de recreo. Este lugar es serio, y en cierto modo, peligroso.


Termino con sus marcas y salgo de la cama, ordeno todo nuevamente en los estantes del baño y al salir me encuentro a las dos chicas hablando sin parar. — ¿Es verdad que a las personas como vos se les potencia el resto de los sentidos?— pregunta Bianca, lanzándose junto a ella y apoyándose en las almohadas. Ema recorre la superficie del colchón con las manos, su semblante es divertido y abierto. Se encoge de hombros. —No, a decir verdad sólo sacamos más provecho de ellos que las demás personas— cuenta, acomoda su falda sobre sus muslos, con cuidado de no tocar sus vendas en las rodillas—. Una vez que te falta la vista, tu organismo se entrena. Eso no quiere decir que escuche y sienta más que ustedes, sólo me he agudizado y perfeccionado. Instinto de supervivencia. Me consigo una silla y me acomodo, no quito mis ojos de ellas. O, especialmente de Ema. Bianca lo nota y pone un sonrisa conocedora en su cara, la ignoro no tengo interés en remover para saber lo que significa esa expresión. —La vista contamina a los demás sentidos—digo, haciendo un análisis de su situación. Ema gira levemente su rostro en mi dirección, una apenas visible sonrisa tira de las comisuras de sus perfectos e hinchados labios. Sin siquiera darme cuenta me imagino besándolos, y la imagen me golpea tan duro que acabo removiéndome incómodo en mi lugar. «No vayas ahí», me advierto, enojado conmigo mismo. —Así es—concuerda—. Una vez que no podés contar con ella, comienzas a prestarle atención a miles de cosas que antes te pasaban desapercibidas… Bianca nos observa con atención. — ¿Cómo cuáles?—quiere saber. Ema lleva a cabo las maniobras para salir de la cama, se para sobre sus pies descalzos y empieza a recorrer el espacio. No estoy pensando cuando me levanto y camino a ella, tomando su brazo como si fuera un acto reflejo. Su mano abierta acaba en mi pecho, fija, en una clara indicación de que me detenga. —No tenés que hacer esto—me avisa, poniendo distancia, y antes de alejar su toque, me acaricia con sus dedos, como queriendo retener la sensación de mi pecho en cada uno de ellos—. Puedo sola. Quiero discutir, pero me quedo en mi molde, porque no tengo ni voz ni voto en el asunto. Ella es la que sabe bien sobre sus limitaciones.


—El canto de los pájaros en la mañana, el calor del sol en la cara—recita entretenida—. Me gusta estar descalza en la hierba, la sensación es hermosa. Apuesto a que poca gente que tiene el privilegio de ver disfruta de eso… Coloca un brazo doblado delante de ella, como un para coches a la altura de su pecho. Su otra mano estirada a su costado, el borde contorneando cada pared. Sus pasos son lentos y mecánicos, arrastra un pie adelante hasta la punta de sus dedos, para saber si hay algo en su camino. Lentamente va reconociendo el lugar, los lados donde hay muebles y el espacio en el que puede andar libremente sin chocarse nada. La observo, maravillado, la elegancia de sus movimientos y la seguridad en ellos. Claro que lo tiene todo resuelto, debí imaginarlo. Ahora ya sé que no necesita ayuda, la chica es autosuficiente. Una sobreviviente, también. — ¿Naciste así, Ema?—pregunta Bianca, hay conmoción en su voz, como si admirara profundamente a la joven. Ema niega, deteniéndose en medio de la sala, alisándose la falda de su vestido. Hace seguido ese movimiento, me pregunto si es sólo una costumbre o el vestido le molesta. Ella sonríe, para nada incómoda con las preguntas que le disparamos. — ¿Nací cómo, Bianca?—se ríe, inclinando su cabeza adorablemente a un lado—. No le tengas miedo a la palabra. No, no nací ciega, fui perdiendo gradualmente la vista durante mis primeros años. A los siete dejé de distinguir mi entorno por completo… Una enfermedad degenerativa, no hay cura… Me pregunto por dentro cómo pudo haber superado aquello una niña de siete años, y siento un pequeño pinchazo de dolor al imaginarlo. —Debe haber sido difícil—comento por lo bajo. Ema se gira hacia mí y avanza, decidida hasta que está bien plantada de cerca. La observo, de pie. Es pequeña, frágil, apenas me llega a los hombros. Sus ojos acaramelados son curiosos aun cuando no pueden ver, sé que hay algo que le interesa de mí. Y al revés, también, quiero saber todo sobre ella. —Lo fue—asegura, se aleja, yendo a la cama—. Los primeros dos años fueron un infierno. No quería aceptar que jamás podría ser una niña normal. Me costó aprender a hacerle frente a la vida completamente a oscuras. Pero ahora, entiendo que esto es lo que soy, y lo acepto. Se gira y vuelve a la cama, Bianca me da un vistazo y entiendo que es momento de descansar, así que salgo del altillo para dar espacio a Ema. Entre mujeres se entienden.


Todavía es temprano para que León venga al bar y hablemos sobre el asunto. Él ahora tiene una familia, y le dedica tiempo cada día, no aparecerá hasta media mañana a menos que tenga mucho trabajo en la oficina o estemos preparando un viaje. Me envuelvo en mi abrigo y salgo al exterior, me prendo un cigarrillo y cubro mi rostro con humo, entrecerrando los ojos. Está amaneciendo, todavía quedan unas cuantas semanas de días largos para disfrutar antes de que venga el crudo invierno. Tenemos que planear los abastecimientos si es que nos quedamos atascados por mucho tiempo a causa de la nieve. Me apoyo en la pared e ignoro el pedido de mi cuerpo por unas horas de sueño. Ninguno ha dormido esta noche, ni siquiera Bianca. Ha sido una alteración, estoy agotado, aunque mi mente sigue a toda marcha. No consigo dejar de pensar en la particular chica ahora viviendo en el altillo de nuestro bar. Ema Fontaine. Me pregunto cómo se las arreglará con León para quedarse. Ella tiene carácter, tratará de convencerlo sin importar la táctica. Con nosotros fue directa y firme, nos dejó mudos y sin fundamentos. Lo que no entiendo es por qué no quiere irse de acá, sabiendo esas cosas terribles sobre nosotros. ¿Qué la lleva a desear no volver a casa? Y, lo extraño, me tiene desconcertado mi insistente interés en que consiga lo que se propone. Es dulce, decidida, especial. Tiene la sonrisa más hermosa que he visto nunca y una pureza en su forma de ser que me descoloca por completo. O quizás, al revés, encaja cada una de mis partes en sus espacios correctos. Por primera vez en mucho, mucho tiempo me siento intrigado y lo suficientemente atraído hacia una mujer. Una muy peculiar, tengo que agregar. Será por eso y por su sinceridad que me tiene enganchado con esta curiosidad que quiero alimentar. ¿Alcanza para hacer un movimiento hacia adelante por una vez en mi vida? Es pronto para decidirlo. Mejor esperar. Tantos años de contacto sin sentido quemaron una buena parte de mí, me volví distante y un poco agrio. Inquieto, insensible, frío. Ya no quiero dejar entrar a nadie que no le signifique algo a mi vida, que no le haga sentir nada a mi cuerpo. No es que culpe a las mujeres en general, sólo que en la mayoría de las ocasiones siento que no soy lo suficientemente puro o bueno para cualquiera de ellas. Creen que con mi atractivo me alcanza, y necesito ser más que un simple cascarón vacío. Ya es hora de ser más que sólo un buen polvo. He dejado que las personas me usen a su antojo, he dado mi claro consentimiento y por una pequeña parte me arrepiento. La otra que resta es grande, y sabe que lo habría hecho todo de nuevo si volviera el tiempo atrás. Porque había grandes motivos. Mi vida era un embrollo y tuve que elegir un camino, había varios. Algunos dirán que me fui por el más fácil, yo replicaré que terminó siendo el más difícil. Sin embargo, no era eso lo que importaba en realidad, sino los frutos. Y esos sí fueron de ayuda.


«—Oh, Dios—siseó la mujer debajo de mí, mientras la arremetía desde atrás duramente con mis caderas. Cada músculo de mi cuerpo tensionado, cubriendo el suyo. Diecisiete. Esa era mi edad, y al menos era algo que podía contar. Si alguien apareciera y preguntara en cuantas vaginas había metido mi pene adolescente no habría podido responder con la misma exactitud. No las contaba, en principal porque no me importaba el número y en segundo lugar, porque eran demasiadas como para aceptar el hecho. Diecisiete, y ya nueve meses habían pasado desde que abrí las piernas de la primera de la larga lista. Miranda. Miranda me enseñó. Me perfeccionó en el arte de darle al cuerpo de una mujer el placer que se merece. Ella me vio robando en un supermercado y me abordó a la salida. Me pidió que la acompañara si no quería ser delatado y pasar la noche de visita en la comisaría más cercana. No podía permitir esto último, había gente esperando mi regreso a casa. La seguí por la bulliciosa vereda, gente comprando su comida y sus ropas, tomando todo como parte de la rutina. Una que yo estaba lejos de comprender, ya que nunca tuve ese privilegio. Miranda se metió en un callejón alejado de la multitud y me enfrentó. La mujer se alzó sobre mí con toda su elegancia gatuna. Cabello azabache largo y liso, ojos oscuros delineados en negro intenso y labios llenos, maquillados de rojo. Vestida con ropa oscura y apretada, aun a los dieciséis me di cuenta de que era el sueño húmedo de cada maldito hombre caminando esta tierra. Sus densos ojos decididos me echaron un vistazo largo y evaluador, seriedad e interés brillando en su mirada seductora. —Nene—habló y me estremecí—. Con tu belleza no es necesario robar, lo sabes. Hay cosas que podés hacer, que no impliquen esa clase de bajeza. No dije nada, ¿qué mierda iba a responder a eso? Ella se acercó y comenzó a vaciar mis bolsillos. Una bolsa de galletas saladas cayó al suelo, seguido de un paquete de toallas femeninas. Miranda alzó una ceja hacia ese último. No me avergoncé, no bajé la vista, enfrenté esos ojos oscuros y le dije con los míos que podía irse a la mierda. Las toallas eran para mi hermana de trece años que tenía su primer período. Yo le había dado lo último que quedaba de nuestros ahorros para que se comprara lo que necesitara, resultó que, volviendo de la escuela, le robaron la mochila junto con todas las últimas miserables compras que hizo. Llegó empapada a nuestra casilla, resultado de caminar tanto tiempo bajo la torrencial lluvia, entró por la puerta y se quedó de pie allí, muy quieta. La miré con atención y entonces reparé en la mancha roja a la altura de la entrepierna de sus pantalones. — ¿Cami?—caminé a ella, preocupado.


Se agitó, sus ojos plateados brillando con humedad acumulada. Tragó con fuerza, me esquivó y se dejó caer en el sucio colchón que teníamos en el suelo mohoso. Me dio la espalda sin mediar palabra y aspiré con fuerza al ver la otra mancha en su parte trasera, más grande todavía. Más notoria. Se puso a llorar en silencio, deseando que yo no la descubriera. Podía sentir desde mi posición las duras olas de humillación que venían de ella. La entendí, yo no era una mujer, pero supe bien cómo se sentía. — ¿Cami?—insistí. —Si no fuera porque todavía te tengo, Alex, desearía no haber nacido—escupió sin fuerzas y entre sollozos. Cerré los ojos y me tragué la angustia. No dije nada en respuesta, salí afuera y caminé bajo la lluvia, pateando en el camino con mi cabeza gacha. En la mitad paró de llover y cuando llegué al primer supermercado que encontré me colé y comencé a meditar entre las góndolas cómo carajo iba a hacer para robar lo que nos hacía falta. Yo trabajaba, claro que sí, el problema se debía a que sólo era un pobre pendejo al que no consideraban pagarle como se merecía. A esa edad yo aparentaba ser mayor porque estaba crecido, producto de levantar cualquier mierda pesada que me pusieran en frente. Tenía altura, espalda y dureza, y estoy seguro de que fue por eso que le llamé la atención a Miranda. Sin contar con mi estúpida cara bonita, y eso que apenas lograba lucir algo de barba. Yo era todo lo que una mujer como ella quería encontrar. Me tuvo, le permití hacer conmigo todo lo que quisiera a cambio de buen dinero, después empezó a traerme más mujeres. Más esposas necesitadas de “cariño”. Iban desde los treinta a los cincuenta, y amaban abrir sus piernas para mí. Al principio, tengo que confesar, fue divertido y me gustaba toda esa cantidad de sexo. Meses después no podía decir lo mismo, comencé a hastiarme y a encontrarle otro sentido menos luminoso a mi “trabajo”. Me di cuenta de que ya no quería ser el chico que se cogía a esas ricas mujeres por dinero. No quería ser más la puta. No aguantaba fingir más que me encantaba meter mi pene en ellas. Pero eso era lo que tenía, y lo hacía por mi hermana. Habíamos perdido mucho y ella, más que nadie, merecía una mejor vida. Así que me tragué el asco y la rabia, y acepté que debía seguir siendo el gigoló menor de edad que todas querían meter en sus camas. —Alex, bebé—lloriqueó la mujer—. Voy a explotar. Puse los ojos en blanco y para contrastar, la golpeé más violentamente, sus nalgas rebotaron por todo el lugar. Odiaba los sobrenombres, pero no decía nada al respecto. Ellas podían llamarme como quisieran la mayoría del tiempo, yo no hablaba. Era el acompañante


callado, pasaban por la puerta y las abordaba para doblarlas sobre la cama, la mesa o donde fuera, y darles lo que querían. Un potente polvo que les hiciera olvidar sus insulsas vidas. Nunca decía más que “hola” y “buenas noches” y cuando querían empezar a hablar, y descargar las frustraciones que traían de sus hogares, yo entraba en el baño y me metía en la ducha. Era irrespetuoso y áspero, y no estaba dispuesto a ser también un psicólogo. La culpa era plenamente de ellas, que preferían estar casadas con hombres mayores, adinerados. Ser la esposa trofeo tenía sus atractivos, pero también sus contras. No era mi maldito problema. La vagina de Fanny me succionó cuando le llegó el primer orgasmo, gruñí en respuesta, mi cuerpo reaccionando con necesidad. Me dejé caer sobre ella y seguí meneándome, mordí todos los espacios de carne a mi alcance hasta que acabó nuevamente y se quedó flácida sobre el colchón. Salí de su interior y caminé hasta la mesa donde me serví un whisky, la observé recuperarse del asalto, le sonreí torcidamente cuando me miró soñolienta y se bajó de la cama para venir a mí y caer de rodillas. Se introduzco mi pene en la boca, ronroneando con hambre, y me ordeño hasta que me quedé seco, derramándome en su garganta, tan en lo profundo. Media hora y un baño después lanzó los billetes sobre la cama de habitación de hotel deshecha y me lanzó un beso en la distancia antes de salir por la puerta, de vuelta enfundada en su vestido rojo caro y sus tacos altos. La vi balancear su culo hasta que desapareció de mi vista. Ninguna mujer era fea o de comportamiento desagradable, tenía que agradecer eso a Miranda, por su buen ojo. A su manera me cuidaba. Y a los ojos de todas, yo tenía ya veintiuno, nadie más que ella estaba al tanto de mi edad. Si fuera otra persona podría sacar provecho de ello, seguro como la mierda que todo esto era ilegal, pero gracias a estas andanzas yo estaba manteniendo a mi hermana como se merecía. Y así seguiría. “No todos tenemos la suerte de tener trabajos que nos gusten. A veces, hay que tomar lo que la vida nos da”. Recordé esas palabras de la boca de mi madre, tenía razón, y las tenía siempre presentes. Puede que no estuviera orgulloso de lo que yo era, pero por lo menos teníamos un plato de comida diario y un hogar decente en el cual vivir.» Un par de horas después Bianca me avisa que Ema está despierta, parece que mucho no han podido dormir, así que subo de nuevo a ver qué tal está. Así Bianca irá a su casa por un baño y quizás más horas de sueño. Intenté dormir también, no pude en absoluto, es como si hubiese ingerido litros y litros de cafeína. Demasiada energía en mi cerebro. Golpeo antes de entrar y encuentro a Ema dentro de la cama, veo que Bianca le ha prestado un pijama. Está sentada con las piernas cubiertas en las mantas, sorbiendo en una taza y sus


ojos acaramelados fijos en la nada, se ven algo preocupados. Cualquiera se sentiría así en la situación que ella está viviendo, pero al conocer un poco de su pasada actitud y lo confiada que estuvo, algo me dice que hay otra cosa molestando en su cabeza. Bianca me guiña y sale por la puerta, no me pasan desapercibidas las ojeras que acompañan su palidez. Le sonrío como despedida, entonces así como así Ema y yo estamos solos. Sin quitar mi atención de la chica en la cama voy a la cocina y me sirvo una enorme taza de café, cerca del borde, después acabo sentado en la mesa y me froto la cara antes de beberlo. Ema no habla, y a pesar de que apenas la conozco, se me hace extraño. —Seguro León no tarda en venir—le aseguro, mirando el reloj, son casi las nueve de la mañana. Ema asiente y su rostro cae un poco más, se ve nerviosa y apesadumbrada. La seguridad que destilaba hoy temprano se ha esfumado, dejando en su lugar a una niña encogida en su sitio, con semblante triste. — ¿Estás bien?—le pregunto, al fin. Me sorprende que me desagrade tanto verla así de apagada, es como si su preciosa y radiante sonrisa, y sus inteligentes palabras fueran realmente importantes para mí. —No—dice, y la sinceridad en su voz me altera—. En realidad, mentí. Alza el rostro hacia mí, sus ojos no me repasan pero siento como si lo hicieran. Ellos me llegan a lo profundo, y más cuando están húmedos como ahora. Dejo el comedor y me dirijo a ella, preocupado. No pido permiso para acercarme, sólo me dejo caer en el borde de la cama, y me alivia que no se eche atrás ante mi presencia. — ¿Mentiste?—susurro, aproximándome. —En parte—confirma, baja el rostro y los rizos lo resguardan—. Me escapé de casa. No me muevo, muy en el fondo yo lo intuía. Por algo quiere quedarse con nosotros, ¿no? Supe que lo que menos ansiaba era volver a su casa con su familia. — ¿Por qué?—quiero saber, y despejo el cabello para poder verla mejor—. ¿Por qué te escapaste? Ella sube la mano y captura la mía, que antes había estado entre su pelo, me fijo en nuestro contacto, sin perderme la suavidad de su piel en la mía, áspera y tosca en comparación. Me roza con las yemas de sus dedos, y sé que me está sintiendo. Los latidos de mi corazón se aceleran e intento meter aire en mis pulmones de manera que no se note mi agitación. Amo que su mano encaje tan perfectamente en la mía.


—Iba a volver… pero estaba muy alterada y me perdí—empieza—. Por mucho tiempo deseé salir de ahí, esa casa es como una cárcel. Y… ya sabes, ¿a dónde iría y cómo lo haría? Ya vimos lo que me pasó esta noche… Poso mi pulgar en el dorso de su mano y masajeo en círculos, por un momento Ema permanece inmóvil y percibo que disfruta de ello, incluso comienza a aflojarse dejando atrás la tensión. — ¿Qué te llevó a salir anoche?—insisto, suavemente. Quiero saber, pero no es sólo profunda curiosidad, tengo en mente ayudarla. Con lo que sea que necesite. —Escuché…—traga, suspira tomando fuerzas y me demuestra que lo que está a punto de decir es muy difícil para ella—. Escuché a mi padre y su socio hablando de negocios… Estaban planeando secuestrar a dos chicas del pueblo en una fiesta. Me atieso con eso, mi organismo congelándose, y mi corazón se traba al ver una única lágrima bajar desde la esquina de su ojo a través de su mejilla pecosa. Enseguida quiere limpiarla, yo llego de antemano y la barro con mi pulgar. —Trata de blancas—escupe, sollozando y me parte el alma—. Nunca, en un millón de años, podría haber imaginado esa mierda asquerosa viniendo de mi padre. Fue un golpe terrible y lo primero que deseé fue escapar de ahí y correr lejos. Por eso me perdí, porque estaba demasiado ida como para prestar atención al camino… Un par de lágrimas más bajan, entonces sólo se las seca y detiene su llanto incluso antes de que empiece. No sé qué agregar a todo esto, es mierda con la que cualquier chica no debería lidiar. Puedo percibir la desilusión y el asco que ahora siente por su padre. Un padre que seguro amaba con todo su corazón. —Ema—susurro, no nos hemos soltado las manos, para ella funciona como un apoyo necesario y me gusta la sensación de reconfortarla—. No sé qué decir. Esto… Una seguidilla de golpes viene desde la puerta y ambos nos giramos hacia ella. Ema me suelta como salida de un trance y yo me salgo del lugar para ir a abrir. León es quien está al otro lado, sus ojos azules curiosos y alarmados en la misma medida. Alguien le ha ido con la noticia de una nueva visita en el recinto. Me da la mano y enseguida pasa dentro, su atención cayendo como un imán sobre Ema. Me quedo a un lado, dando espacio a ellos dos, me cruzo de brazos y me apoyo en la pared junto a la entrada. Veo a León aproximarse a ella, lentamente.


—Buenos días, señorita—le dice, sonriendo—. Espero que mis chicos estén siendo hospitalarios con usted… Ema se sonríe de inmediato, ablandándose. —Buenos días—responde, levantando su rostro al suyo, intentando estar a la altura desde donde viene su voz—. Sus chicos son muy atentos. Gracias. Y soy Ema, no me llames señorita, León. No tengo tiempo para formalidades… León me mira alzando una ceja y después deja salir una abrupta carcajada. Claro que sí, ella ya se lo ha comprado. Imposible no caer en sus encantos. —Bueno, Ema, me parece perfecto que nos tuteemos—dice él, arrastra una silla hasta el lado de la cama y cae en ella, preparándose para la conversación. Empiezan una conversación de lo más fluida, los dos hablando como si se conocieran de toda la vida. León le hace eso a las personas, las lleva a sentirse abiertas y bienvenidas con sólo un par de palabras. Además, Ema es fácil de sobrellevar, simpática y no se deja intimidar por nadie. Esa chica se las trae. Después de una media hora de charlas banales con la intención de entrar en confianza y conocerse un poco, Ema decide ir al grano. No llora esta vez, sino que se endereza en la cama y, mientras estruja sus manos en su regazo, lo suela todo. La información completa esta vez. A medida que avanza, León va cambiando de humor, su rostro pasando de natural a rojo intenso. Obviamente está enojado, por lo que Ema tuvo que pasar y también porque dos chicas de su pueblo corren peligro. —Yo… necesito que impidan que se las lleven—pide Ema, su rostro bajo y desganado—. No soporto la idea de esas chicas siendo llevadas por extraños hacia un destino tan vil y horrendo. No podría vivir con eso… Por favor, tenemos que hacer algo por ellas… Suplica y los dos sabemos que está desesperada. Y también que cayó en las manos correctas, porque ninguno de nosotros se quedará de brazos cruzados después de enterarnos de esto. —Ema, lo que nos acabas de contar es grave—suspira León, inclinándose hacia ella—. Gravísimo. Y tengo que agradecerte por decírnoslo. La seguridad de mi pueblo me concierne y voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que esos hijos de puta no separen a nadie, absolutamente a nadie, de sus hogares… El alivio en la cara de la chica es tangible, incluso me lo transmite, porque mis músculos se relajan y siento que respiro de nuevo. Ella sonríe, sus ojos llorosos.


—Gracias… gracias, gracias—repite, su rostro iluminado—. Sé que ustedes lo lograrán, lo sé… Sonrío y quisiera correr hasta la cama y abrazarla, realmente fuerte. Y no soltarla nunca más. León me echa un vistazo y me sonríe, seguro de que ahora tenemos trabajo que hacer. Dos semanas para prepararnos. —Mientras tanto, Ema, vas a quedarte con nosotros—le promete. El rostro lleno de adorables pecas y lunares se ilumina. Sin embargo, no tarda más que un par de segundos en caer, cauteloso. —Van a buscarme—aclara—. Y lo van a hacer hasta el cansancio… y no tardarán en aparecerse por acá, ¿qué tan lejos estamos del bosque donde me perdí? —Estamos bastante alejados, tranquila—le digo—. Aunque eso no nos deja fuera de los alrededores. Van a buscar por todos lados, incluso en el pueblo. Te mantendremos a resguardo, bien atentos por si alguien aparece en el recinto… Asiente, ahora sí, confiada y decidida. Incluso feliz de quedarse. —Puedo mandar una nota al diario local—prueba—. Avisando que estoy bien, que no me busquen y que volveré cuando esté lista… Una prueba de que estoy viva, supongo… Sus hombros caen, León y yo intercambiamos mensajes silenciosos. —Sí, está bien, podemos hacerlo de forma anónima—digo, seguro. Ema suelta una seca carcajada sin mucho humor. —Mis padres se van a volver locos—comenta, alisando las mantas a su alrededor—. En especial mi madre, ya no me tendrá para controlarme a cada segundo y apuesto a que piensa que me ha pasado lo peor. A sus ojos, soy incapaz de hacer nada por mí misma… León se pone de pie, y le aprieta el hombro con consideración. —Acá serás una más, Ema, nadie te tratará de esa forma—le jura y ella sonríe—. Ahora, vamos a dejar que este tipo duerma un poco—agrega, refiriéndose a mí—. ¿Querés conocer a mi mujer, Ema? Francesca y mis hijos se quedarán para hacerte compañía… Los ojos redondos de caramelo se abren y brillan, una celestial sonrisa estira su boca de cereza y no puede ocultar su emoción por ello. Y se me hace difícil dejar de mirarla con obsesión. — ¿Niños?—pregunta, entusiasmada.


—Niños—asegura León, riendo—. Abel tiene dos años y Esperanza, seis meses… León viene a mí y me palmea el hombro para que lo acompañe, seguro para organizar nuestro atraco a la mafia con la que tendremos que lidiar en dos semanas. Y también para que duerma un poco después, seguro ve que estoy agotado por demás. Antes de ceder a él camino hasta Ema y la beso en el costado de la cabeza, ella levanta una mano a ciegas y encuentra la mía, como despedida. —Volveré en unas horas—aviso, porque tengo la necesidad de hacerlo. —Estaré esperando—asegura y me sonríe. Me alejo y me voy, en la puerta saludo a Francesca y los niños, dejándoles lugar para pasar, y antes de perder enfoque por completo le echo otra mirada a la chica dulce en la cama. Va a ser interesante tenerla en el recinto, pienso, y será una distracción. Para mí, más que nadie. Pero no me interesa, quiero estar cerca. Y lo haré.


Capítulo 6 Ema Después de que Francesca y los encantadores bebés se marchan, caigo derrotada entre las almohadas. Dispuesta a dormir como un bebé, ya más tranquila. La verdad es que desde que he apoyado un pie en este lugar me siento como en casa, o incluso mejor que eso. Todos han sido extremadamente amables conmigo, me dejaron entrar desde el primer segundo y no han parado de preocuparse por mí. Soy afortunada. De verdad que sí. Después de conocer a León me llevé una impresión aún mejor de este clan, no importan aquellos sucesos turbios que sospecho de ellos, son como una gigante familia unida y ni siquiera han dudado a la hora de integrarme. Francesca es la mujer más dulce que he tenido el privilegio de conocer, me dejó sostener a Esperanza en mis brazos, incluso repasé el rostro de la niña con mis dedos. El corazón se me achucharró de ternura, ella fue paciente y su voz, e incluso su presencia me llevaron a un estado de paz interior que me dejó expuesta totalmente. No he podido cerrarme ante ninguna de estas personas ni aun queriendo, ellos me obligan sólo con su calidez a permanecer abierta y a gusto. No hay desconfianza, y tengo en cuenta que cualquier persona en mi lugar la tendría. Pero yo no soy cualquiera, soy una chica que confía en su intuición y en la amabilidad en las voces de los otros. Y no me he equivocado nunca, ahora menos que menos. Lo sé. No necesito dudar en absoluto cuando mantengo una conversación con cualquiera de ellos. En especial Alex. Él ha sido extraordinario desde que me rodeó con sus brazos en el bosque y me protegió. Me hace sentir segura cuando está a mi lado o en la misma habitación. Es como si el aura que lo rodea se mezclara con la mía, me transmite sentimientos intensos y quiero como nada saber lo que significan y qué puedo hacer con ellos. Así como así, en tan sólo unas pocas horas, estoy segura de que él acabará significando mucho para mi vida. Es el más grande motivo de mis ganas de quedarme. Alex. Aventura. Incluso ambos pueden ir en la misma oración. Él me provoca emociones y para alguien como yo eso es lo que verdaderamente vale la pena.


Me duermo en un pestañeo, ya sin aguantar más, el cansancio de toda una noche sin descansar me derriba. Por la mañana intenté apagarme, mientras Bianca me hacía compañía, y no pude por la enorme dosis de adrenalina corriendo en mis venas. Estaba exaltada, muy lejos de conciliar el sueño, pero tuvo que llegar el momento de calma, el cuerpo me pasó la factura final. No logro saber muy bien cuántas horas he estado fuera de combate cuando despierto. Me remuevo en la cama y despejo todos los risos alborotados de mi rostro, me froto los párpados cerrados y activo mis sentidos. No estoy sola en la habitación, no importa que no pueda ver, siempre me doy cuenta de que hay compañía. — ¿Hola?—llamo, sentándome en el colchón. —Buenas, dormilona—me responde Adela, caminando hacia mí. Curvo mis labios hacia arriba adormilada e intento salir de la cama, para estirar mis piernas e ir al baño. Ella viene a ayudarme y la freno de raíz, no es que me moleste, pero me gusta dejar en claro que no soy una inválida, además ya me conozco el mono ambiente a la perfección. Adela no agrega nada y hace lo que le pido, aunque permanece cerca por si acaso. No culpo a las personas por activarse de esa manera ante mí, es un instinto que fluye y no es malicioso, al contrario, es amable. Sin embargo, prefiero que tengan presente que; a no ser que estemos cruzando una calle, no conozca bien el lugar o no tenga al alcance mi bastón; me gusta ir suelta. Porque significa libertad, y quiero ser lo más libre que pueda durante mi existencia en esta tierra. — ¿Cuánto dormí?—pregunto, saliendo del cuarto de baño. —Bastante—dice ella, rondando por la cocina—. Son las seis de la tarde—ríe. No me sorprende, estaba muy cansada. —Sentate en la mesa, vamos a merendar—ordena, abriendo y cerrando puertas desde la mesada—. No has comido nada hoy, además del té, que no cuenta como alimento. —Oh—se me escapa, cayendo en la cuenta de ello, mi estómago ruge también tomando nota—. Es verdad, estoy hambrienta… Hago lo que me dice, consiguiendo mi silla junto a la mesa y no tarda en colocar un plato frente a mí. Enseguida huelo las papas fritas. Estoy a punto de abrir mi boca para hablar, divertida, cuando ella me corta. —Lo sé, es más una cena que una merienda—se ríe, masticando algo—. Pero necesitas una comida potente.


Me río, no puedo evitarlo, entonces meto mis manos en el plato agarrando la hamburguesa con ambas, y me la dirijo a lo boca para obtener un pedazo. Cierro los ojos y gimo, delicioso. No recuerdo la última vez que llené mi organismo de tanta chatarra, obvio mi madre ordenaba a la cocinera alimentos sanos y bajos en grasas. Y ni hablar de llamar para pedir pizza o cualquier otra comida de la misma gama. Ahora mismo estoy feliz de ensuciarme las manos y sentir el sabor de la carne, el huevo frito y las papas. Paraíso. — ¿No tomas los cubiertos?—pregunta ella, risueña, viendo cómo me ensucio al comer. Me encojo de hombros y no hablo hasta tragar. —No tengo tiempo para eso—digo, consiguiendo el vaso de agua más allá después de limpiarme con una servilleta—. Es una hamburguesa, la clase de comida que se come con la mano. Arqueo las comisuras de mis labios y sigo revolviendo en mi plato, le pregunto si fue ella quien la cocinó y se ríe, ridículamente. Ella no cocina, nada. Absolutamente nada. Ni tampoco su novio, Santiago—el otro chico que también estaba la noche que me encontraron, el que tiene la voz fría y nunca puedo intuir lo que hay en su mente—. Le pregunto cómo sobreviven y lo único que responde es: “comida congelada”. Correcto, eso es lo que pensaba. Pero ahora están un poco hechos, cuenta, porque Bianca vive con ellos y cocina, de vez en cuando. Estoy encantada de escucharla mientras como, esto equivale a un soplo de aire fresco y limpio en la cara, me renueva. Creo que nunca más voy a querer irme de acá. La puerta es aporreada, para abrirse un segundo después. Enseguida Bianca entra y la persigue una presencia que he llegado a reconocer muy bien. Alex. Una gigantesca sonrisa se congela en mi cara y parece que así se quedará por lo que queda del día. —Buen provecho—dice Bianca, riendo, seguro me veo como un bebé engrasado de pies a cabeza pero no me importa—. Veo que disfrutaste de la comida. Agarro una servilleta y me limpio. —Por supuesto, estaba deliciosa—aseguro, sonriendo—. La primera y última vez que comí una fue cuando era chica, aun podía ver, lástima que no recuerdo su apariencia exacta. Mamá es muy estricta con la comida. Los demás se quedan en silencio un instante, seguro tratando de procesar mis palabras. Puedo entender que les produzca un choque que yo hable tan abiertamente de mi discapacidad. He aprendido a hacerle frente y sería tonto no querer reconocerla ante los demás. —Es sólo una hamburguesa—comenta Adela, por lo bajo.


Ah, ya entiendo. Ellos se han sorprendido porque es la segunda hamburguesa de mi vida. Me río, demasiado fluido y fuerte, sin poder parar. Me tapo la boca con la servilleta y atoro mis carcajadas. —De verdad que eras una prisionera en tu casa—escucho a Alex susurrar, seguro no planeaba que yo lo escuchara. —Lo era—me giro hacia su posición, levemente a mi derecha, junto a la puerta—. Pero ahora estoy acá, ¿no? Y me quedaré por un tiempo, ¿no es genial?—salto en mi silla. Ellos apenas se mueven, trato de no dejar entrar las ondas de compasión que vienen desde cada uno. —Es genial tenerte con nosotros, Ema—sonríe él al fin, genuino, mi corazón se agranda en mi pecho y levanta cabeza con interés. Adela junta la mesa y yo la sigo a la cocina para lavarme bien las manos, Bianca viene detrás para invitarme. —Vamos al bar un rato, imagino que querés unirte a nosotros—dice, entusiasmada. Mis ojos se abren, interesada. Me seco y enseguida voy a ella, ni loca me voy a perder esto. —Soy la primera en la fila—suelto, feliz. Así es. Feliz. Por un momento se me cuela la inquietud por la angustia de mis padres que no saben en donde estoy y deben estar volviéndose locos de desesperación. Ellos tienen sus defectos, son raros y estrictos, bucean en negocios turbios, pero me aman. Y no soy una buena chica por estar en este lugar divirtiéndome y sintiéndome una más junto a los demás, mientras ellos seguramente están buscándome o incluso creyendo que me perdí en lo profundo del bosque y no sobreviví—lo que me habría pasado si los Leones no me hubiesen encontrado. Es cruel. Pero también lo fue que arreglaran un compromiso a mis espaldas, viendo sólo los beneficios que obtendrían, sin considerar mis propios deseos. También lo fue que me mantuvieran encerrada, quizás por miedo, quizás por egoísmo, no me dejaban vivir como quería, y eso, a mi manera de entender, es crueldad. Así que, por un momento, me siento bien, diciéndome a mí misma que es una especie de venganza. Y merezco adentrarme en otros mundos y conocer gente nueva, que, por sobre todas las cosas, sea de mi agrado. Y este clan, por ahora, lo es en gran medida. Bajamos las escaleras, esta vez acepto el brazo guía de Alex, que no me lleva agarrada sino que deja que apoye mi mano en él. Cuando los escalones quedan atrás nos trasladamos a través de la superficie amplia del bar, esquivamos personas, nos detenemos de vez en


cuando a charlar. Me presenta a los demás integrantes de la hermandad e incluso conozco a Lucrecia y su prometido, Max. Me hablan de sus gemelos, e incluso ella me dirige a conocerlos, directo al rincón donde dormitan en sus cochecitos. Mientras tomo sus manitos flácidas y pequeñitas en mis dedos y las froto tiernamente, sonrío perdida, soñando que algún día yo podré hacer lo mismo. Pero con mi propio bebé. Eso es otro deseo que punza en lo profundo y sé que si me quedo junto a mis padres y les dejo reducirme, jamás se cumplirá. No importa si me casan o no con David, nunca en la vida va a tocarme un pelo. De ninguna manera. Me quedo un poco con ella, su charla es activa y entretenida. No tiene reparos a la hora de preguntar y su curiosidad me divierte, creo que en menos de media hora he llegado a contarle casi todo de mi vida. No es que tenga mucho para relatar, he estado encerrada mis mejores años. De un momento a otro me encuentro siendo arrastrada por Bianca hacia la barra y allí me uno a León y Alex, siento la intensa atención del último sobre mí, sin pausa. Me pregunto si de verdad me está mirando o sólo es producto de mi imaginación. Quizás reacciono así ante mi repentino e inesperado interés en su persona y al deseo de mantenerlo siempre unos pasos cerca. Es demasiado rápido y no sé absolutamente nada sobre él, pero no me importa. No tengo tiempo para ser precavida, ya no. No sé por cuánto tiempo voy a permanecer aquí. — ¿Querés un trago, Ema?—me pregunta Adela, desde detrás de la barra. Niego, sólo pido jugo. Por hoy. Tengo pensado descubrir el sabor de la cerveza y los licores, pero más adelante. No sé cómo voy a reaccionar ante ellos, y no quiero tener que dar problemas mi primera noche en el lugar. Estoy loca por soltarme, pero necesito algo de control, todavía no conozco del todo a estas personas. —Creo que esto va a gustarte—dice Alex cerca de mi oído. Está tan cerca que mi cuerpo reacciona ante la sorpresa y la impresión. Es grande, no necesité tenerlo tan cerca a mi lado para reparar en ello, con sólo oírlo moverse en una habitación o hablarme desde su altura me alcanzó. Alto, poderoso. Y cálido. Tiemblo y vuelco un poco de mi bebida antes de probarla. Enseguida el líquido fresco endulza mi lengua y tengo que cerrar los ojos y saborearme, compenetrada, porque es delicioso. Espeso y suave al mismo tiempo. —Gracias—le sonrío. Percibo sus dedos enroscarse en la punta de mi cabello, saco provecho de eso y doy un paso más cerca del fuego, jugando con él. En uno de los audiolibros que escucho en las noches antes de dormir, habla sobre la seducción. Incluso dice algo sobre el hombre tocando el cabello de la mujer. Íntimo. Desea cercanía. ¿Será verdad? Elijo creer. Una noche, y esta


atracción necesita de alimento y trabajo, mi sistema lo quiso desde el minuto cero. Desde que sus manos tomaron mis brazos y me elevaron del suelo, desde que su aroma se impregnó en mis fosas nasales y su cuerpo rozó el mío. No tengo idea de qué hacer al respecto, pero sigo mi instinto. ¿Le intereso también o no significo más que una novedad temporal? Soy particular, y las circunstancias en las que me he cruzado con él son, sin duda, extraordinarias. No todos los días uno se encuentra a una chica ciega perdida en el bosque en mitad de la noche. Tal vez en unos días pierda interés. No. No me doy permiso para pensar de ese modo. No tengo tiempo para aflicciones. Le cierro las puertas al asunto en mi cabeza y disfruto mi trago junto a él, hasta su silencio es bienvenido. Me pongo a pensar en cómo tomar los giros para empezar una conversación que me dirija a saberlo todo de él en profundidad. Algo me dice que no es un hombre que se abre demasiado a la gente, y menos a alguien que acaba de conocer. Permanecemos en la barra por largo tiempo, y voy probando algunos tragos nuevos y sin alcohol. Cuando mis pies empiezan a cansarse me deslizo encima de una banqueta, por supuesto, con ayuda de Alex. Bianca se acomoda a mi lado y no para de charlar, hasta que se queda profundamente callada, entonces escucho una resonante voz seria a mi espalda que me obliga a darme la vuelta para prestarle más atención. —Sírveme lo más fuerte que tengas, por favor—pide a Adela. La escucho aceptar por lo bajo y me llevo mi bebida a los labios, tratando de llegar más allá. Curiosa. Bianca se inclina contra mí y susurra. —Ese que estas escuchando es Jorge—explica—. No es de los Leones, viene del clan enemigo, Las Serpientes, y por años y años ellos han estado en guerra. Pero ahora el otro clan se disolvió y Jorge ayudó a los Leones cuando ellos atacaron… Creo que busca redención por todas las cosas malas que hizo… es lo poco que te puedo ofrecer porque él llegó antes que yo a este lugar, y mucho no sé sobre el asunto. Asiento. —Está roto—comento, la mitad de si rostro girada hacia él—. Su voz da escalofríos. Bianca hace un ruido de asentimiento, puedo notar que lo está estudiando sin una pisca de vergüenza. —Todo él da escalofríos—agrega, pensativa, después se congela—. Nos está mirando— su voz tensa golpea en mi oído y sé que ahora ha corrido la mirada lejos de él. Me termino mi vaso y me estiro para depositarlo en la barra, Bianca a mi lado llama la atención de su cuñada y le pide una cerveza.


— ¿Nueva por acá?—pregunta el tipo del que estábamos hablando segundos antes. No es exageración cuando digo que provoca escalofríos, todavía no decido si son buenos o malos. Los matices en su sonido son varios, profundidad, dureza, es rotundo y claro, y sé que es la clase de hombre que no hace nada a medias. Intenso, pero difícil de leer. —Exacto—estiro mi mano en su espacio. Tarda un momento en tomarla pero acaba haciéndolo, la sacude despacio. Otra cosa que noto a base de eso es que hay algo de ternura en toda esa armadura fuerte que deja ver y escuchar a los demás. En mi caso, lo sé por lo que oigo, pero apuesto a que el resto le teme con sólo echarle un vistazo. No le tengo miedo, y tomo en cuenta que soy esa clase de chica que enternece a las personas, las vuelvo blandas. A veces es sólo compasión, otras pueden ser sentimientos más complejos, quizás el verdadero motivo es que les caigo bien. —Ema—me presento. No tardo en sentir otra presencia a mi lado, firme, intensificada por la cercanía de Jorge. Alex. Alcanzo a advertir su alarma. —Jorge—dice, ahora su tono de voz ha cambiado, bajando unos niveles de rigor—. Perro—suelta después, volviendo a la brusquedad. Frunzo el ceño ante eso último, hasta que caigo en la cuenta de que está saludando a Alex. Suelto una risita. ¿Perro? ¿En serio? En algún momento voy a tener que exigir la historia sobre eso. Alex no dice nada, lo imagino enviando una cabezadita en respuesta. Bianca se agrega al grupo después de tener en manos su cerveza, se coloca a mi otro lado. —Se te perdió esto, más temprano, en el bosque—dice Jorge. No sé a quién se dirige hasta que Bianca habla. —Oh… mi pulsera—dice, su voz ahogada, deduzco que con vergüenza—. Umm, gracias—sonríe, dudosa. Me gustaría saber por qué repentinamente se puso nerviosa. Jorge se va al segundo siguiente, haciéndole justicia a mi sospecha de que no es un hombre hablador y mucho menos simpático. A mi lado Bianca se ablanda y vuelve a ser ella misma, y Alex consigue un whisky, sin despegarse de mí. Me gusta demasiado eso. —¿Por qué te llamó “Perro”?—pregunto, decidida a saber. Alex se queda un largo rato en silencio y es Bianca quien contesta.


—Por sus ojos—explica, se ríe—. Son de un extraño color, a veces azul intenso otras gris plateado, como los de un perro siberiano… Abro la boca para hablar, pero no tengo nada que decir. Ella parece tener algo por Alex, la forma en la que describe sus ojos me hace pensarlo. ¿Alex le corresponde? Mis hombros caen y una sensación rara me abraza. Quizás estuve sacando demasiadas conclusiones apuradas, creyendo que Alex era especial conmigo. ¿Y si está con ella? Hoy vinieron juntos a buscarme para bajar al bar. —Lindo—sonrío a medias. Alex sigue en silencio y es como si no le gustara esta conversación, así que no digo más nada al respecto. Durante el resto de la noche trato de no verme tan desanimada. No puedo creer que una simple sospecha me apague tanto, llegué a este lugar para disfrutar de mi libertad. Y ahora mismo, con una simple conclusión me he quedado sin nada. No puedo dejar que estos extraños sentimientos por un hombre que ni siquiera conozco me gobiernen de este modo. Soy más fuerte que esto, y lo voy a superar. No necesito a Alex para tener aventura, estoy dispuesta a tener un millón de amigos. Pero por alguna razón quisquillosa, la insistente idea de Alex siendo parte me hace feliz.

Alex El cambio en Ema es notable, de un santiamén a otro se encierra en sí misma y no deja entrar a nadie más. Tampoco vuelve a aceptar ningún trago, y sólo está atenta a su entorno en general. Permanezco a su lado, ella sabe que cualquier cosa que necesite tiene que pedírmela. Acabo mi whisky y me acomodo en la butaca junto a la suya, estiro mis brazos abiertos en el borde y le dejo saber que el derecho descansa justo en su espalda, ella sin darse cuenta acaba apoyada en él, retorciendo sus manos en el regazo. Lleva puesto un vestido de invierno color azul oscuro, seguro un préstamo de Bianca. Las dos son delgadas, y, aunque Ema es más pequeña de estatura, pueden compartir perfectamente. Ese vestido podría quedarle más corto y ajustado a Bianca, pero Ema lo lleva con igual elegancia y le queda pintado. Adela se dirige al equipo y sube el volumen de la música, ‘Closer’ de los Nine Inch Nails suena bien alto y el ambiente explota un poco. Me río cuando Gusto suelta un grito y se pone a menear mientras camina hasta la barra para pedir su, seguro no primera,


cerveza. De pasada se queda estancado con Ema, mirándola fijamente. No se la presenté cuando llegamos, él estaba entretenido en las mesas de billar. Me da una mirada llena de preguntas y le señalo que más tarde le explicaré. Él se marcha y le doy una mirada la chica a mi lado. Me alarmo. Se ha quedado pálida, y sus manos ya no se retuercen, sino que están inmóviles y apretadas en su falda, noto la tensión en su espalda que tiene contacto con mi brazo. No espero un segundo más para saltar de la butaca e ir sobre ella. Se sobresalta cuando le froto el hombro y se apacigua al escuchar mi voz. — ¿Estás bien?—quiero saber, asustado por la pérdida de color y la sonrisa en su bonita cara. Una leve arruga en su entre ceja demuestra estrés y levanta una mano, señalándose el oído, con un gesto torcido en su boca. La música, está demasiado alta. Me tomo el permiso de rodearle la cintura y bajarla de su lugar para inmediatamente enredar mi mano en la suya, tejiendo nuestros dedos. La llevo a lo largo hasta las escaleras y no se resiste al comenzar a subir. Arriba, seguimos el pasillo y entramos en el altillo. Allí ella se aleja y echa un suspiro al aire, largo y denso, mientras sus hombros se relajan. — ¿Mejor?—pregunto, dando un paso cerca. Se da la vuelta y me enfrenta, asiente. Su sonrisa no aparece nuevamente y el malestar en mi pecho se intensifica, soy un jodido adicto de esa sonrisa. Viviría sólo por colocarla en su hermoso rostro. —No…—traga—. Necesito oír todo a mi alrededor… la música no me dejaba… Lo sé. Lo imaginé en el instante en que me señaló su oído. Le falta la vista, el segundo sentido de alerta que le queda para sentirse segura a distancia en su entorno es el oído y la música tan alta no le daba el control de saberse a salvo. —Entiendo—murmuro. Ella me sonríe a medias y se dirige a la cama para sentarse en el borde, la veo caminar recta, cuidadosa de no chocar nada. Una vez quieta, acaricia la colcha como tantas veces la vi hacer antes y espera. No sé qué espera, sólo caigo sentado en una de las sillas a unos metros de su lugar. —Estoy bien ahora—aclara, cautelosa—. Me voy a acostar. Podés ir con tu novia… Me quedo congelado en mi lugar al, tratando de asimilar si acabo de escucharla decir realmente eso. — ¿Novia?—ahogo una ola de risas—. No tengo novia…


No sé cómo carajo llegó a esa conclusión, es evidente que no estoy con nadie. Incluso aunque no me vea, no es difícil deducir que no soy muy pegote con el género femenino. Bueno, sólo con ella, tengo que admitir. No puedo evitar sonreír ante la vista de sus ojos bien abiertos y sus mejillas sonrojándose. Es adorable, mil-veces-adorable. —Creí que Bianca…—se frena, quedándose en silencio. Frunzo el ceño. ¿Bianca? —Definitivamente no—respondo, seguro. Su dedo índice se pasea en la tela justo a su lado, el movimiento me desconcentra un momento. Baja un poco el rostro y se muerde el labio inferior, alcanzo a verlo antes de que la cortina de cabello castaño rojizo caiga, cubriéndola. Me gustaría saber qué hay en su mente ahora mismo. —Entonces debes gustarle mucho—insiste, elevándose nuevamente en mi dirección—. Supongo que a las chicas les gustas—va más allá, estira una comisura de sus labios. ¿Me está tanteando? No sé qué es lo que quiere conseguir con eso. ¿Tal vez saber si soy un tarado arrogante, de esos que saben cuándo tienen a todas las mujeres babeando detrás? —No me interesa gustarle a las chicas—suelto. “Sólo a una”, pienso. Sonríe plenamente al fin y me deleito en toda ella. “Levántate y demostralo”, insiste una voz en mi cabeza. Me niego. “Bésala. Bésala y que todo se vaya a la mierda”. ¿En serio? ¿Qué carajo está mal conmigo? Este no soy yo, estoy perdiendo el norte. La voz sigue insistiendo y me inquieto en mi sitio, la apaciguo lanzando la verdad, “es muy apresurado”. La remato con una promesa, “pronto”. — ¿Eso quiere decir que… te gustan los hombres?—insiste. Me río, no puedo frenarme antes de soltar la primera tanda de suaves carcajadas. Caigo hacia atrás relajándome contra el respaldo de mi silla y dejo que me sostenga mientras descanso mis manos en mi abdomen. —No—indico, tosiendo—. No soy gay. Sólo me tomo el asunto con calma cuando se trata de mujeres…—me convenzo de que eso cuenta como explicación. La verdad es que ya he tenido suficiente sexo sin sentido durante mi adolescencia, tanto que estoy cubierto de por vida. Pero no voy a exponer eso, todavía no me siento en paz con ese período de mi vida como para hablar de él sin reservas y menos a la chica que quiero besar—y algo más—en un futuro. Cercano, si es posible. Tengo que ocuparme de mi mierda si quiero avanzar, sino no iré muy lejos.


— ¿Puedo tocarte?—pregunta. Mis cejas salen disparadas hacia arriba, su expresión es toda inocencia. Entonces se transforma, dándome una media sonrisa toda doble sentido, sale de la cama y enfila hasta mí. Trago cuando su perfume me invade desde su posición. —Me refiero a conocerte—se ríe. Entrecierro los ojos, aun no estando muy seguro de a lo que quiere llegar, le digo que sí. Después de todo, va a tocarme y aceptaría cualquier contacto de su parte. Me pongo recto en la silla y separo mis largas piernas para dejarla entrar en mi espacio personal. Se apoya en mis hombros y enseguida me pongo serio, atento a cualquiera de los movimientos que vienen. Sube por mi cuello, ambas manos a mis costados, tengo que aceptar que su contacto me calienta, aun cuando apenas empieza. Aprieto los dientes juntos y ella arrastra las yemas por mis pómulos. —Pómulos altos—recita, su tono suena como si le faltara el aire. Rodea mis ojos, camina mi amplia frente lenta y tortuosamente. La suavidad de su repaso está poniendo mi corazón a latir como nunca antes, pareciera que ha estado muerto todo este tiempo atrás. Al llegar a mis cejas, aprieta mi ceño fruncido. —No arrugues el entrecejo—ordena, arquea sus labios y frunzo los míos, prácticamente imposible no estirarme y tener mi primera probada justo ahí. La chica me lo está poniendo difícil, y no hablar si bajamos al sur y preguntamos. Mi mantra ahora mismo es: “Muy apresurado… muy apresurado… muy apresurado” Porque quiero abalanzarme sobre ella y borrar esa picarona sonrisita en su cara, pareciera que sabe a la perfección lo que me está provocando. —Así está mejor—susurra porque hago caso. Acaba recorriendo mi nariz después y quiero suspirar entre risas, jamás me hubiese imaginado a mí mismo en una situación como esta. Es loco, pero al mismo tiempo hermoso. —Nariz recta, filosa—está tan concentrada ahora. Y me afecta más saber que va directo a mis labios. Se estaciona y sus pulgares pasean contorneándolos, el resto de sus dedos están en mis mejillas ásperas por el rastrojo de barba descuidada que tiene ya cuatro días. De nuevo presiono mi mandíbula para no abrir mi boca y saborear sus dedos. Maldita sea, quiero comerla. Entera. ¿De dónde salió? ¿Qué fue lo que hice tan bien para que la vida la coloque justo aquí, frente a mí y me bendiga con su frescura e inocencia?


—Me gusta tu aroma—deja ir de repente, inclinándose sobre mí y oliendo mi cuello. ¿De verdad? Quiero gemir en respuesta. Hasta un punto agradezco que no pueda ver el insulto hacia ella que levanta cabeza y hace que mis pantalones estén tan tirantes que, estoy completamente seguro de que cuando salga de esta silla va a doler tanto que apenas podré caminar. Y punzará hasta que me lleve a la liberación, y todo pasará teniéndola a ella en mi mente. —Y tu pelo, es tan suave—me toca para probar eso mismo. Por un segundo se me cruza por la cabeza que está llevando a cabo todo esto a propósito, sabiendo a la perfección lo que está logrando con ello. Pero después me convenzo de que no puede ser. “Mantente en tu lugar”, me advierto. Cada cinco segundos. El animal en mi interior no para de rugir en protesta. Da un paso más cerca, el último porque ya no hay más lugar para prosperar y quiero saltar lejos antes de que note el bulto en mis pantalones, sin embargo, no lo hago. Subo mis manos a su cintura y la sostengo, tomando nota de cada detalle de ella. Las pecas en su pecho y escote me llevan por el camino a preguntarme si sus senos también tienen estrellas. Su cuello largo y mentón grácil no vacilan, ella se mantiene quieta en mi agarre, sus manos viajan de mis hombros al cuello de mi camisa y presionan mi clavícula, en el vello que comienza en mi pecho. Me tenso, si se lo permito, es capaz de ir más allá. —Ema Fontaine—digo, rotundamente ronco, el escuchar mi voz excitada lo hace todo incluso más real—, ¿estás tratando de seducirme?—pregunto. Toma un respiro, se relame los labios, hipnotizándome en el proceso, y luego los muerde, ¿fingiendo duda? Al instante siguiente me está regalando esa sonrisa torcida suya que me vuelve tan loco. Y al final sé lo que significa, está buscando problemas. Conmigo. Y si sigue pinchando, me va a encontrar. —Tal vez—dice, me toma por sorpresa pulgar.

al volver a inspeccionar mis labios con el

Gruño, el animal dentro de mí ya dispuesto a dar el salto, la respiración de Ema se vuelve errática cuando mis manos corren en ella hasta su espalda, pegándola más contra mi torso, se aferra a mi cuello y en sus ojos aparece la expectativa. Listo, pierdo todo mi maldito y débil control. Y no me importa. La besaré, y todo se irá a la mierda. ¿O no?


No. La puerta es aporreada y Ema se echa hacia atrás tan rápido que casi cae, si no fuera porque justo logro arrebatar una de sus muñecas y estabilizarla. Se abre y entra Bianca, tambaleante y riéndose en voz alta. —Oh—se cubre la boca con las puntas de los dedos, sus ojos lamentándolo—. Lo siento, ¿interrumpo algo? No tenemos que contestar porque de inmediato se echa a correr hacia el baño, encerrándose, seguramente para vomitar su borrachera. Me fijo en Ema, está sonrosada y sonriente, como siempre. Y quiero seguir con lo que estábamos haciendo, o por hacer, pero me ha vuelto el alma decente al cuerpo. “Pronto”, insisto con la promesa. —Creo que lo mejor es ir a la cama—digo, dirigiéndola con precaución. Ella asiente sin discutir y se deja caer en el borde. —Voy a enviar a Adela para que las vigile, no creo que Bianca sea capaz de… Ema me corta, palmeándome el pecho, riendo. Se ve divertida, cualquiera estaría avergonzada de lo que fuera que estuvimos a punto de hacer hace sólo un par de minutos. —Vamos a estar bien, lo prometo—asegura. Entrecierro mis párpados con sospecha, después le hago saber que estoy de acuerdo aunque sea mentira. Voy a enviar a Adela a que se quede con ellas, Bianca no está en condiciones de mantener un ojo en Ema. Ya sé que no es una inválida pero hasta que no le consigamos un bastón necesita estar acompañada. Camino hasta la puerta, mi mente canturreando que soy un gran cobarde por escapar así, pero es lo que tengo por ahora. No hace un día que la conozco, por Dios. No puedo lanzarme sobre ella, todavía. —Hasta mañana—digo, justo en la salida. —Hasta mañana, descansa—rebate Ema desde su lugar, muy quieta y aun sonriente. —Igualmente—devuelvo, ablandándome y dándole otra sonrisa en respuesta. Cero tensiones. “Pronto”, me repito durante todo el tramo escaleras abajo. “Pronto”.


Capítulo 7 Alex «Aparqué mi moto en el patio trasero de la casita de barrio y me dirigí hasta la puerta de la cocina. Entré sin golpear, como hacía siempre, y sabía que Miranda no iba a atenderme hasta dentro de un rato, no pasé desapercibido el coche estacionado en frente. Deambulé de acá para allá, tomando un primer plano de la heladera, conseguí un poco de helado sin necesitar permiso. Escuché los gemidos y golpes desde la habitación y negué con la cabeza, sabiendo que Miranda la estaba pasando realmente bien. Ella sabía cómo hacerlo. No le importaba que la llamaran “puta” por ahí, porque no se achicaba ante lo que era y llevaba ese título tal como una medalla de honor. Más bien, era una prostituta. Cobraba por ello, y muy bien. Era lo que se llamaba una puta de elite, sólo los hombres ricos podían acceder a ella, y debo agregar, valía todo ese dinero que pedía. Y los tipos lo tenían clarísimo. Ella me conseguía las clientas, las seleccionaba para mí, me sentía agradecido por ello. Todo comenzó, según contó una vez, con una de las esposas de sus hombres tocando a su puerta furiosa. Miranda sólo le dijo la verdad, ella tomaba a los clientes y no les preguntaba si eran casados, porque no le interesaba. Esa responsabilidad era sólo de ellos, si no pensaban en sus parejas a la hora de conseguir un revolcón, ella mucho menos. La mujer se puso a llorar desesperada en su entrada y Miranda no tuvo mejor idea que invitarla a entrar. Una situación extraña y de lo más incómoda, seguro. — ¿Sabes? Sólo puedo darte un consejo: págale con la misma moneda—eso fue lo que le dijo. La mujer le hizo caso. Y ahí entré yo en el plano. Miranda, con sólo un vistazo de lejos, supo que mi belleza podía llevarme lejos. En el sentido del dinero, claro. Aunque no paraba de repetir que bien podía sacar provecho buscando un agente para meterme de lleno en la moda. De-ninguna-jodida-manera. Me quedé con el combo chico, un grupo creciente día a día de mujeres que me querían en sus camas. Y ganaba una buena suma diaria.


La puerta de la habitación se abrió y Miranda entró en la cocina. Desnuda. Un cigarro entre sus dedos. El maquillaje rojo de sus labios no estaba y su pelo negro caía en sus hombros y pechos, era hermosa. Elegante. Y llevaba su desnudez con orgullo. Una mujer de cuarenta años que aparentaba treinta, y ella lo sabía a la perfección. Me miró, sus ojos negros repasándome de pies a cabeza, caminó hasta mí. —Hola, mi amor—dijo, dulce. Acababa de meterme una cucharada de helado en mi boca, tragué y sus labios cayeron en los míos. Me mordieron y hurgaron, ella lo saboreó de mi interior. Se lamió, y sonrío peligrosamente. — ¿Que mierda?—escupí, frunciendo el ceño—Acabas de chupárselo a ese tipo… Se rio y no respondió nada porque él salió del cuarto acomodándose las ropas. Se quedó congelado al verme en medio de la cocina como si nada, cauteloso. —Él es Alex, mi bebé—Miranda apretó mi cachete. Permanecí ilegible. ¿Ella se daba cuenta de lo que estaba haciendo? Yo supuestamente era su hijo. Y estaba viéndola en toda su gloria, sacando a un desconocido de su habitación. Linda madre me había hecho. Él no me dio una segunda mirada y ella lo acompañó a la puerta. Antes de despedirse él le pagó la segunda parte del trato. —Le dijiste a ese hombre que soy tu hijo—dije, frunciendo la frente—. Justo después de meterme la lengua hasta la garganta. Ella lanzó el fajo de billetes en la mesa y se sentó, cruzando las piernas, sus tetas bailaron arriba y abajo con el movimiento. —Algunos se ponen un tanto posesivos—comentó, se colocó el cigarrillo en los labios y se puso a contar la plata—estaba salvándote de una pelea…—me miró fijo en la pausa— bebé… Gruñí y me metí otro poco de helado, ignorándola. Venía a buscar una parte de mis ahorros, se acercaban los quince de Cami y quería caer con un gran pastel y otro buen regalo. Grande, caro. Se lo merecía y se lo daría. —Necesito que me des la mitad de mi parte—le digo, yendo a la mesa, sentándome frente a ella con el tarro de postre cremoso en mis manos. Miranda sonrió y asintió, después se levantó y fue a su caja fuerte. Guardó lo que acababa de contar y sacó un monto que era parte de lo mío. Resultaba mejor que ella tuviera mis ahorros a resguardo en su caja, yo no podía permitirme que me robaran. Las cosas por


el barrio donde yo alquilaba el departamento estaban algo difíciles, esta zona era más segura. — ¿Qué tenés para mí?—preguntó, yendo a buscar una bata negra sobre el sofá. Puse los ojos en blanco. —Quiero una socia, no una jodida mamá, Miranda—me quejé, enojado. Ella chasqueó la lengua negativamente, se detuvo a mi lado y estiró una mano, palma arriba. Ahora estaba plenamente metida en su papel severo. —Alex, te acordás de nuestro acuerdo—anunció firme—. Quiero las pruebas de que no me estás mintiendo y aún pisas los pasillos del secundario. Mostrame tus calificaciones. Suspiré y me retorcí para llegar a mi bolsillo trasero, donde las tenía. Siempre era más fácil sacar el papel y listo, pero peleaba al respecto porque quería que ella confiara en mí. Yo siempre fui un chico responsable, no necesitaba las pruebas. No era un maldito mentiroso. Miranda miró el boletín y sonrió, su rostro iluminándose. —Mierda, todos nueves y diez—me acarició el pelo—. Ese es mi chico. Tenés potencial, claro que yo sabía que no me ibas a defraudar. Tragué, su felicidad por mí me emocionó un poco. Hacía tiempo que nadie me alentaba y me convencía de que yo podía ser más que un chico muerto de hambre en la calle. El trato fue que ella me traería trabajo, siempre y cuando yo me ponía las pilas en la escuela, me quería educado e inteligente porque eso era lo primero que se necesitaba para poder salir del agujero. —Tenemos que festejar, en medio año estarás recibiendo tu diploma—aplaudió—. Vengan con Cami esta noche a cenar… Negué, deteniéndola. Nada de meter a mi hermana en esto. Ella debía permanecer ajena a mi estilo de vida. Por ahora estaba convencida de que yo trabajaba en un bar por la noche. Ni loco le dejaba saber que me vendía cada maldita noche a mujeres ricachonas. La expresión de Miranda cayó. —Ella no tiene que saber qué hacemos vos y yo para ganar dinero, Alex—dijo, decaída. Me encogí de hombros, traer a Cami a esta casa estaba fuera de cuestión. — ¿Y qué le digo de vos?—suelto, completamente negado a la idea—. No puedo traerla de la nada y presentarlas…


— ¡La verdad, Alex!—saltó, dando una palmada en la mesa—. Que soy tu jefa. No dije nada, bajé la vista al helado notando que se estaba derritiendo y fui a meterlo de nuevo en el congelador. Cuando volví a mirar a la mujer en la mesa estaba con la cabeza baja, entretenida con un hilo suelto de su bata. La había ofendido, lo sabía, pero no tenía idea de cómo arreglarlo. La verdad es que Miranda no tenía a nadie en su vida, estaba sola y al encontrarme sintió como que podíamos ser una clase de… familia. Y yo estaba matando sus ilusiones al no quererla del todo dentro de mi vida y la de mi hermana. Así como me avergonzaba de mí mismo, también lo hacía de ella. Y eso apestaba, estaba siendo egoísta y detestable, sin embargo seguía por este camino. —Acá esta tu mitad—siguió, con voz queda, la dejó sobre la mesa, y también agregó otra pila de billetes—. Y este es mi regalo para que festejes con Cami, llévala a un lugar lindo. Cómprale un vestido antes, le va a encantar. Disfruten juntos. Me rasqué la nuca, nervioso. —Miranda, yo… Salió de su silla de golpe y me besó en la mejilla, sin siquiera mirarme a los ojos. — ¡Sin discusiones!—chilló, fingiendo que todo estaba bien de nuevo y salió despedida hacia el pasillo—. Acordate de las dos chicas de mañana— gritó en la lejanía—. ¡Nos vemos la próxima! Me quedé inmóvil en medio de la cocina, sintiéndome la peor mierda del mundo. Por un momento quise arreglarlo, gritarle que vendríamos con Cami esa noche, pero sonaría a actuación por obligación y lástima, ya que la había herido con mi actitud. Mejor metí el dinero en mi bolsillo, no toqué el que ella quería regalarme, sólo lo miré de lejos, la amargura carcomiéndome. Salí de la casa, cabizbajo por haber lastimado los sentimientos de la única persona que se preocupaba genuinamente por nosotros. Yo tenía en cuenta que debía superar mi vergüenza por lo que era, por no ser normal. Miranda ya lo había dicho, no una, sino mil veces. Los pobres no éramos como la gente normal, teníamos que hacer cosas que el resto no haría, para sobrevivir. Y yo vendía mi cuerpo para el sexo, por dinero. Por subsistir, justamente. Y tenía que aprender de Miranda, ella no sentía rechazo, sólo vivía. El destino le dio eso y ella lo tomó sin dudar, abrazó sus posibilidades. Y yo debía hacer lo mismo, si quería ser feliz alguna vez.»


Ema Amanecer en el recinto de los Leones es toda una odisea, agradezco mil veces el cambio de ambiente. Acá es todo más abierto, nuevo, no me siento encerrada, sino libre. Y tengo amigos. Por primera vez en mi vida tengo más que una sola compañera y confidente. Adela pasó la noche con nosotras, a pesar de mi juramento de que estaba bien con Bianca, Alex la fue a buscar de todos modos. Así que Bianca y yo dormimos en la enorme cama y Adela a nuestro lado en un colchón improvisado. La chica durmió su borrachera, desmayada en su lado. Ahora mismo sigue fuera de juego. Al despertar me he dado una ducha, Adela me indicó cómo estaban ordenadas todas las botellas de shampoo y acondicionador, y el jabón, más todo lo que necesitaba. No le he preguntado pero estoy segura de que se quedó junto a la puerta hasta que terminé, probablemente temiendo que me resbalara y cayera. Esa sutileza que ponen a mí alrededor me tiene toda entretenida. Aunque, si esto sigue así, tendré que pedirles que dejen de hacerlo, ya demasiado tenía con mi madre en casa. Aún tengo la esperanza de que se terminara pronto, cuando se den cuenta de que soy perfectamente funcional. —Es la primera vez desde que llegó que la veo borracha—comenta Adela, puedo imaginarla mirando hacia la cama mientras mastica su yogurt con cereal. Tomo un sorbo de café desde mi lugar y me río. Anoche, justo después de salir del baño cayó sobre la cama. Le pregunté si estaba bien y respondió que si, débilmente. Seguí hablándole un momento y dejó de responder, fruncí el ceño hasta que la escuché roncar, entonces reí. Reí sin poder parar hasta que Adela vino. Jamás estuve ante una persona borracha, ¿se nota? —Algo la inquietó y bebió de más—cuenta, no sé si está curiosa o preocupada. Me encojo de hombros, sonriendo de lado. Una idea punzando en mi mente. —Cuando despierte, pregúntale sobre Jorge—le aviso con picardía. Adela se queda inmóvil, ningún ruido viniendo a mí desde su lugar. —Me estás jodiendo—se ahoga, y mi diversión se escapa—. ¿Qué pasa con Jorge? No puede ser, Santiago va a cortarlo en pedacitos y lo tirará a un baldío… Me estremezco. Bueno, parece que metí la pata.


—No quiere decir nada, sólo noté que se puso nerviosa cuando él se acercó—cuento, cautelosa, no me hace gracia que alguien vaya a cortar en pedazos a otra persona. Y viniendo de ese hombre, el tal Santiago, me parece probable. Adela se burla de mi expresión compungida y se levanta para limpiar su tazón. Suspiro en mi silla y sigo con mi desayuno, hasta que escucho a Bianca removerse desde la cama, gimiendo. Adela va a ella con unas galletas saladas y un vaso de jugo para que tome su ibuprofeno. —Vas a darte una ducha y sacarte de encima todo ese olor a alcohol—le ordena con voz firme, como si fuera su madre—. Apestas. Y después vas a decirme todo lo que tenga que ver con Jorge Medina, antes de que vaya con el cuento a tu hermano… Bianca grita y se oye un movimiento brusco de su parte, Adela la regaña porque derramó todo el jugo sobre ella y la cama. Empieza a balbucear como una niña nerviosa. —No pasó nada… con él—dice, apresurada—. Sólo me… me consoló después de la pelea con Santiago… — ¡Te consoló!—aúlla Adela, obviamente escandalizada. —No seas mal pensada…—chilla la otra chica, avergonzada—. Me fui llorando entre los árboles y él estaba ahí… Me río, y gracias a eso el ambiente se descomprime un poco. Tengo que decir, esta situación es de lo más divertida. — ¿Qué mierda paso en ese bosque, Bianca?—insiste Adela. — ¿Por qué te importa? —Me importa, eso es todo. Levanto una mano. —A mí también me importa…—chiflo. Bianca hace pucheros y dice algo parecido a que fue una situación muy vergonzosa para ella. —Él se encontraba ahí y… y yo estaba llorando, puteando a mi hermano… y pateando los árboles—su voz va flaqueando a medida que avanza con la explicación. Me llevo los dedos a los labios haciendo fuerza para no reír a carcajadas, ya estoy imaginándomelo todo.


— ¿Y?—la voz de Adela suena como que también se está aguantando la risa. Bianca se queja porque no quiere contar realmente lo que pasó. —Mi tacón se hundió en la gramilla y caí de culo, entonces miré a los costados y lo vi, con un porro en la mano, sentado contra un tronco, mirándome como si quisiera asesinarme—se lamentó. Está bien, ahora nadie se está atorando con la risa, Adela y yo la lanzamos hacia afuera con toda la furia y Bianca gime y nos revolea con los almohadones. Recibo uno sorpresa en el costado de la cabeza y salto de mi silla, buscándolo por el suelo, perdiendo algo de tiempo en eso. Una vez en mis manos, corro a la cama y se lo devuelvo, esperando acertar. Allí, Adela la tiene inmovilizada y le da palmadas, no sé en dónde. Esto es chistoso. Es la mejor mañana de mi vida. —Esperen… esperen—dice Bianca, jadeante—. Todavía falta lo mejor… —Oh, por Dios—chasquea Adela, rodando por la cama, también recuperando el aliento—. No sé si quiero saberlo, la verdad… —Yo sí—digo, acomodándome contra el respaldar—. Como la mierda que sí… Ellas ríen un poco más. —Gateé hasta él y… le robé el porro de las manos—murmura, Adela maldice y yo me cubro la cara—. Le di una pitada, pero… yo nunca fumé en mi vida, así que me ahogué de la manera más horrible y tosí todo el humo… en-su-cara. Mi panza duele por un rato después de otro ataque de risa, Adela no para de decir palabrotas, sin duda imaginando esa situación tan vergonzosa. Diciendo que sólo a Bianca Godoy le ocurren esas cosas. —Me hubiese gustado verle la cara—ríe por último. —Créeme que no… él estaba verdaderamente enojado—asegura la chica recostada a lo ancho de la cama—. Y entonces habló: “vas a tener que pagarme por eso, era mi último”— anuncia imitando una voz grave, ronca y malota. —Oh-oh te estás ruborizando—cantó Adela. Nos quedamos en silencio, esperando con ansias lo que resta de la anécdota.


—No estoy muy orgullosa de lo que hice después—dice, seria—. Le dije: “Está bien” y le di un piquito en los labios… Así me fui y me escondí en mi habitación hasta que se me bajó la adrenalina… Rueda y se cae de la cama mientras Adela y yo nos dejamos las costillas entre tanta risotada. Aun cuando se marcha en dirección al baño nos quedamos riéndonos como bobas de su caída en desgracia. A mi entender no es así, creo que a Jorge le debe haber divertido la actitud de la chica. Está realmente loca. Mientras ella se ducha yo limpio el desorden que hice en el desayuno. Y pienso en Alex, siempre latiendo en mi mente. Me cuestiono si ya está despierto. Anoche con Adela escribimos la nota que enviaremos al diario local, para avisar a mis padres que estoy a salvo y no voy a volver hasta que yo lo decida. Alex se comprometió a enviarla desde un principio, también a comprarme ropa y un bastón para que pueda moverme sola. Pero no lo he visto y me encantaría hacerlo ahora mismo. — ¿Adela?—llamó, desde la cocina. Ella viene corriendo. — ¿Sí? — ¿Qué hace Alex durante el día?—pregunto, ignoro el calor subiendo a mis mejillas. “No tengo tiempo para la vergüenza”, me digo por dentro. Ella tarda un rato en responder, percibo muy bien que en su cara hay pintada una sonrisa sabelotodo. —Creo que vamos a tener que comprarte un traje de baño, también—ríe. Sale rápido del altillo antes de que yo tenga la oportunidad de preguntar siquiera.

Alex En la mañana nos reunimos con León en su oficina. A su vez envío a uno de los novatos a la ciudad a conseguir un bastón para Ema y algunas ropas, no va a estar usando cada día lo que le presta Bianca. Adela se ofreció a ir para elegir los conjuntos, Ema le insistió en que fuera todo de segunda marca. Ella no quiere estar en deuda con nadie, pero debe aceptar que tiene que tomar todo lo que estemos dispuestos a darle, no puede salir del recinto si no quiere que la encuentren. Hablando de eso, también enviarán a alguien para


que deje el mensaje de Ema para sus padres en el diario local. Ella asegura que está bien y que prefiere que no la busquen, volverá cuando se sienta lista. Es un excelente intento, sólo que me figuro que no servirá de mucho, van a seguir buscando hasta dar con su paradero. En las oficinas me encuentro con Max y Santiago sentados frente a León. Cierro la puerta y me quedo de pie, inclinado contra la pared, rechazando la oferta para sentarme, prefiero siempre permanecer parado. Mejor perspectiva, supongo. Una vez que estamos listos, León nos cuenta el plan. —La fiesta es el jueves que viene, contando diez días desde hoy—empieza—. Averigüé todo lo que pude al respecto. Es en una de las nuevas cabañas vacacionales que construyeron entre los bosques, más hacia el sur. El padre del que organiza es el dueño, vaya a saber si el pibe pidió permiso para esto. Se me hace que no. Fiesta privada, pero cualquiera puede asistir, ni siquiera pagan entrada. El requisito es que cada cual lleve su bebida, no necesito agregar que se trata de alcohol, ¿no? Max carcajea secamente. Todos acá sabemos cómo funcionan esas fiestas de adolescentes. Más alcohol, más diversión. Y toda la mierda que viene con ello. —Por desgracia no sé a qué chicas tienen estos mugrosos en la mira, sólo estamos al tanto de que una es morena y la otra rubia. Tienen veinte y diecisiete. León se frota el entrecejo arrugado y todos entendemos que esta porquería lo frustra y no le deja dormir bien por las noches, es entendible. Ninguno de nosotros puede considerar siquiera el hecho de que esos hijos de puta se salgan con la suya. —Vayan en cubierto, ustedes lleven a quienes quieran como apoyo, es mejor que formen un grupo numeroso, no sabemos cuántos meterán ellos en la fiesta. Y, por supuesto, nada de ir con los chalecos… Asentimos y Santiago nos mira a cada uno con ese par de ojos que parece que todo lo ven. —Sin chaleco—repite, se mira las manos—. Vamos a llamar la atención de todos modos—se resigna. Es verdad, todos estamos llenos de tatuajes, en especial él. Santiago vaya a donde vaya siempre llamará la atención de todos. Incluso Max con ese aspecto de chico problemático, aunque él y yo podemos ocultar bastante bien los tatuajes, estaremos en medio de todo, probablemente. No pasaremos desapercibidos como tanto queremos. Pero no es importante, acá lo principal es que no se lleven a ninguna chica de esa fiesta. El fracaso no está en nuestras mentes, es inaceptable fallar.


—Los quiero puntuales y atentos, los ojos en todas direcciones—sigue, severo—. No sabemos sus maneras de actuar, pero supongo que primero intentarán alejarlas de la multitud, quizás drogarlas… Aprieto la mandíbula, mi ritmo cardíaco salta en mi pecho, esto me trae desagradables y dolorosos recuerdos. A mi hermana la drogaron, e hicieron con ella lo que quisieron, la destrozaron, física y emocionalmente. Y ya nada volvió a ser igual en su vida. Si algo malo les pasa a esas chicas esa noche, jamás voy a quitarme de encima la culpabilidad. En cierto modo, me lo tomo muy personal. —Yo voy a estar por los alrededores con mi otro grupo, por si se necesitan refuerzos y además vigilaremos todo lo que pase afuera—explica, su tono en modo transacciones—. No voy a entrar porque, si ustedes atraerán miradas, no me quiero imaginar un tipo de más de treinta entre todos adolescentes y universitarios—hace una mueca torcida y nosotros asentimos, de acuerdo con su lógica—. Además soy un hijo del pueblo, la gente me conoce y sabe que soy el líder de esta hermandad. Mi presencia no será útil ahí adentro. —Seguramente sabrán quienes somos, también—dice Max hamacándose en su silla. León asiente. Es claro que nuestras caras serán relacionadas con los Leones. —Sí, pero ustedes pueden mentir, decir que tienen la noche libre o lo que sea—dice, aseguro. Estamos en sintonía. En esto no hay excusa, y si no nos quieren dejar entrar, llevaremos toneladas de botellas de alcohol, con eso compraremos un pase seguro a la fiesta. Los ojos de esos pendejos van a abrirse como si acabaran de descubrir oro. A partir de ahora vamos a mentalizarnos para esta misión, está lejos de nuestra especialidad, pero que nos parta un rayo a todos si vamos a dejar que algo como eso pase pudiendo evitarlo a toda costa. Lo mejor que pudo haber hecho Ema es confiar y dejar esto en nuestras manos. No vamos a defraudarla. Ni a ella, ni a esas chicas. Ni a nosotros mismos. *** Después del almuerzo me doy el gusto de dormir una corta siesta, ya que me hace falta. Sorteé casi toda la maldita noche tratando de no revivir mi momento con Ema. Sin mucho éxito. Durante horas aguanté la agonía de la erección provocada, intentando ignorarla con fuerte convicción. Me negaba a hacerme cargo de ella teniendo a la chica en mente, se sentía como un delito grave. Aberrante. Para mí disgusto, después de que una ducha helada no marcara efectos, tuve que hacerlo. El ansia animal no dejaba de punzar en


mi interior, me masturbé pensando en ella. Fue bueno, tan bueno como puede llegar a ser el auto-placer, la imagen de Ema en mi mente multiplicó las sensaciones. Y cuando resurgí me consideré un asqueroso. ¿Es por eso que la estoy evitando? Definitivamente, no quiero mirar su bonita y angelical cara de cerca sabiendo lo que hice anoche. Me imaginé decenas de escenas que hirvieron mis sesos, estoy avergonzado. Como lo he estado toda mi maldita vida. “Supéralo ya, hombre”, me presiono. De nada me sirve esta repulsión, sólo me hace infeliz. Tengo que dejar de sentirme inferior y desmerecedor de la oportunidad de desear a una chica tan pura como Ema. La deseo, la quiero, y ya. Así tiene que ser. No es pecado, carajo. No-lo-es. Es natural sentirme atraído por alguien, son contadas con los dedos de una mano las veces que me ha pasado. Debo estar aliviado, después de tanto tiempo sintiéndome vacío. Tengo que dejar entrar esto, porque mi cuerpo lo quiere. La mayor parte de mi mente también. Y me hace bien. La jodida degradación puede irse al infierno. En la tarde, temprano, me hago con mi bolso de deporte y salgo de camino al bar. Más exactamente, al gimnasio de la parte trasera. Mi rutina diaria me espera y hoy más que nunca la preciso. Corro sobre la cinta hasta que me baña el sudor, prosigo con flexiones y pesas. El cuerpo me está temblando para el momento en que acabo, y las gotas viajan a lo largo de mi cuerpo. No espero para meterme en uno de los cubículos de la ducha y enjuagarme. Entonces rebusco por el bañador en mi casilla y estoy listo para unas cuantas brazadas en la piscina. Mis músculos se quejan pero les continúo exigiendo porque sé que pueden soportar mucho más. Voy logrando la mitad de mi cantidad de vueltas cuando el sonido de la puerta abriéndose me desconcentra y voces femeninas retumban creando ecos agudos. Risitas, bromas, y no necesito prestar demasiada atención o voltearme a ver para saber que Ema está entre ellas. Mi fuerza de voluntad para evitarlas dura…segundos. Me detengo en medio y las observo, mi cuerpo sumergido hasta el cuello. Sí, y hasta el cuello también estoy en un millón de otros sentidos. Bianca, Ema y Adela están listas para un chapuzón. La primera lleva una camisa larga y blanca, de manga larga, y un bolso abultado colgando de su hombro. Adela va, como siempre, con sus vaqueros y camisetas negras. Ella es la primera en empezar a quitarse la ropa, y noto que va a sumergirse en su conjunto interior negro. Por último, me fijo en Ema. Suspiro. Ella está igual de dulce como siempre, esta vez hay en sus manos un bastón, el que Adela compró para ella esta mañana. Me pregunto si sabe que todo lo que le consiguieron en la ciudad fue con mi dinero. Me negué a que otro pagara. No sé por qué, hago cosas que carecen de significado para mí. Fue porque quise, porque me sentí bien con la idea de ayudarla, supongo. Esa es la explicación que tengo.


Estoy viéndola en un vestido de tirantes finos color blanco de algodón, es más ajustado que todo lo que le he visto lucir hasta ahora y abraza sus curvas deliciosamente. Es delgada, bastante más de lo que debería ser normal, pero hay potencial en sus caderas y pechos. Me figuro que, ahora que ha empezado a probar comida de verdad, ganará peso. Se desliza de sus chanclas y le da el bastón a Bianca para que lo guarde en su bolsón. No espera más, sólo sube el vestido por su cuerpo hasta quitarlo por encima de la cabeza. Entonces la capacidad para respirar me es arrebatada bruscamente. Y cuando al fin logro mover mis ojos lejos, caen en Adela que me está dando una sonrisa toda burlona, con un infierno de doble sentido. La muy perra. Ella tenía que ser la que le comprara esa clase de traje de baño. Tan… revelador. En un extremo preocupante. ¿O sólo lo es para mí? Quizás estaría reaccionando de la misma forma si estuviera en uno simple de una pieza o un bikini normal. Quiero decir, es Ema, simplemente con una caricia y una sonrisa de lado pone mi sangre a bullir en dirección al sur. Pero, ¿ahora? Le pido perdón en silencio por el despertar de la enorme erección en su nombre. La maya… O mejor dicho, el pedazo de tela, es de color negro, y vendría a ser de una única pieza, deduzco. Sin embargo, a mi manera de ver, no califica dentro de ese estilo, ya que tiene una abertura que va desde sus pechos al ombligo, revelando una gran parte de piel pálida rociada de pecas. Y eso no es nada, se ajusta tanto a sus senos que los ha comprimido juntos, no vulgar, sino refinada y sensualmente. Su pelo rojo está enroscado en su nuca en un rodete grande y pesado, y algunos mechones rojizos enmarcan su rostro ruborizado por la expectativa y le llueven sobre el escote. Sus pechos, esos que resultaron ser más turgentes de lo que imaginé. Estoy en problemas. Preocupantes problemas. — ¿Qué pasa, Alex?—canturrea Adela, se ha acercado a mí nadando vaya a saber en qué momento. La miro, frunciendo mi frente con disgusto e incomodidad. — ¿Cuál es tu jodido problema?—carraspeo, siseando por lo bajo. Ella no necesita preguntar a qué me refiero, me lee excelentemente por más que intente ser lo más indescifrable posible. —Tiene veintitrés años, Perro—dice, transformando su voz de risueña a inflexible—es hora de que se vista como tal. Sus padres la trataban como una niña. Es una mujer. Y muy hermosa, por cierto—sonríe, mostrando los dientes.


Trago. Tiene razón, claro que la tiene. Pero… pero podría haberle comprado otro estilo de traje. Me está volviendo loco. Ahora mismo está ingresando en el agua de la mano de Bianca. Puedo ver su dulce piel erizándose por la sensación desde mi posición. Mierda, quiero acercarme. Y hacer todas las malditas cosas sucias que Miranda me enseñó con su cuerpo y… “Para ya, idiota”, salto en mi mente. Por supuesto, tengo que parar porque voy a volverme un tipo brusco y desesperado. Como un adicto en busca de su próxima dosis. Adela se me acerca, sigilosa. —Menos mal que hoy no elegiste nadar en bóxer blanco—susurra, divertida—. Quiero ver cómo te las arreglas, lobo salvaje, para mantener la compostura.


Capítulo 8 Ema Alex está aquí, lo sé porque las chicas me trajeron por él y, aunque no me lo hubiesen dicho, yo lo sabría con igual seguridad. Con sólo entrar lo presiento, su poderosa y enigmática aura atrae la mía. Mi cuerpo caminaría hasta donde se encuentra con una facilidad aterradora y hermosa en la misma medida. Me quito el vestido suave que Adela compró esta mañana y me alejo de mis chanclas. Al estar desprovista de ropa, sólo con el bañador, me siento ligera y, en cierta forma, bonita. Aunque no me puedo ver a través de un espejo, siento que toda la ropa que consiguieron para mí es perfecta. No hay brillos, encaje o seda. Es suave y liviana, sencilla. El agua ha dejado de chapotear desde que entramos en la zona, alcanzo a sentir los ojos de Alex a lo largo de mi cuerpo, hace correr mi sangre más rápido, tanto que se amontona en mis oídos y la boca se me seca. Me remojo los labios con anticipación, Adela se adelanta y Bianca me dirige tras sus pasos hasta el agua. Mientras caminamos con tranquilidad y cuidado, me pregunto si esto que estamos haciendo entra en la lista de acciones de una acosadora. No me siento como una, pero bien puedo serlo ante los ojos de Alex. No ignoré que anoche, mientras repasaba su rostro con caricias profundas, algo le afectó. Quizás mi contacto o mi manera de llevarlo adelante. Me propasé, por un momento respondió, entonces Bianca interrumpió y todo quedó en la nada. Noté su tensión cuando se despidió y no me preocupé en el momento, sólo estaba eufórica porque estuvo a un paso de besarme. Pero a medida que pasaban los minutos, Bianca venía a la cama y Adela preparaba su descanso provisorio, me sentí insegura. Entonces no apareció esta mañana y eso me convenció de que la había cagado. De que algo lo molestó. Sin embargo, la luchadora insistente que subsiste en mi interior sigue de pie, tratando de llegarle. Por eso estoy acá, mi solidez renovada. Las personas como yo necesitan de emociones y sensaciones claves que les recuerden día a día que están vivos. Cada mañana, al abrir los ojos, nos aferramos a un sonido, un sentimiento, una alerta en algún sentido sano, porque todo está oscuro y nos hace falta algo que nos haga olvidar que vivimos en plena negrura. Para mí siempre fue el canto dulce de las aves, el calor del sol besando mi


cara—por eso nunca cerraba las persianas de mi cuarto—, la suavidad de Greta acurrucada a mi lado—y no quiero pensar mucho en ella, porque la extraño demasiado—. Todo eso indicaba que mi vida estaba en orden. Calmaba mi miedo a no sentir nada nunca más. Hoy todo eso es reemplazado por la certeza de que voy a cruzarme con Alex en algún momento del día. Ingresamos en el agua, bajando los escalones con moderación. Una vez sumergida hasta la cintura me alejo de Bianca y trazo mi propia vía. Me voy cubriendo con la calidez tibia más y más hasta que me llega al cuello, cierro los ojos y tengo que cuidarme de gemir por el gusto. Es relajante y perfecta para mis sentidos. Mi piel está envuelta en un manto húmedo que se remueve alrededor, tibio y exquisito, los dedos de mis pies se arrugan ante tan bienvenida impresión. Las chicas nadan, Bianca decidida a hacer ejercicio y Adela sólo a perder el tiempo antes de tener que entrar a trabajar. Hago mi parte, sé nadar pero no soy una experta. En casa hay una piscina, conectada al invernadero, cuando era niña tuve clases, pero una vez que la profesora dejó de ir no volví por esa zona. Además, soy algo olvidadiza. Un brazo gigante me rodea inesperadamente y la mano se posa en mi bajo vientre. Me muerdo el labio inferior con fuerza y el aire abandona mis pulmones, evitando volver a entrar. Me quedo de piedra, y al segundo siguiente me estoy fundiendo entera. Podría derretirme y mezclarme con el agua tibia. —Estás yendo al área más profunda—dice una voz oscura contra mi oído. Está tan cerca que su aliento rocía mi mejilla. Me gira, y accedo porque estoy incapacitada para moverme o siquiera hablar. Amo cómo me toca, lo que su cercanía le provoca a mi sistema. Es como si cada órgano de mi cuerpo se frenara sólo para apreciarlo. Sonrío cerradamente mientras me dirige de nuevo hacia atrás, sus manos abarcan los costados completos de mi cintura, la fortaleza que emana de él me pone a temblar. Entonces me permito apoyar una palma en su pecho, y su pectoral se contrae. De pronto la habitación se pone más caliente, mi rostro comienza a arder. Y estoy al tanto de que él nota que estoy sonrosada y agitada, su tacto me afecta tanto que creo que voy a desmayarme. Apuesto a más y término sujeta de sus hombros, se alza por encima de mí, por poco no me hace falta pararme en puntas de pie. Acabamos en donde el agua no va más allá de mi pecho. —Estás muy callado—se me ocurre decir. Sus dedos se mueven a mi espalda, me atrae más cerca. Me percato de que si decido inclinarme voy a tener justo a la altura de mis labios su pecho húmedo y caliente. —No soy muy hablador—dice, advierto que está sólo centrado en mí.


Al igual que yo en él. Las chicas parecen lejanas y fuera de lugar, aunque los ruidos que hacen están bastante próximos. Doy un paso a él, y lo retrocede, cauteloso. Intento fuertemente no fruncir mi ceño, no quiero parecer caprichosa e insistente. Aunque la verdad, jamás estuve más ansiosa por la cercanía de un hombre. O una persona, en general. Lo ansío a él, por sobre todas las cosas. —Estas… distinta…—murmura, apretado. Sonrío, tratando de captar la altura de su rostro. — ¿Es mi bañador?—pregunto, me llevo una mano al borde del escote y froto—. ¿Me queda mal? No responde, parece perdido. —No es que sepa cómo luzco en él, sólo… se siente bien—digo en voz baja. Bueno, no es demasiado. Mis tetas están más libres que nunca, pero no están desnudas, sólo estoy mostrando una porción justa de piel. Y en cuanto a la abertura en forma de gota en mi ombligo, no está mal. Si estuviese llevando bikini estaría dejando ver mucho más que esto. A veces, menos es más, toda mujer lo debe saber. Es un traje de baño insinuante, pero no al extremo. Por eso me gusta, me siento una mujer al llevarlo. Adela tiene un excelente gusto y, lo más importante, parece entenderme a la perfección. —Estás hermosa—dice, y su voz suena más rotunda que nunca—Bueno…es…es mucho más que eso. Está bien, ahora puedo percibir cómo mi rostro se ilumina, incluso aunque quiero parecer lo menos encantada posible. Me separo un poco, ganando tiempo, porque no tengo ni idea de qué replicar a raíz de eso, nunca me han dado cumplidos antes. Y viniendo de él lo hace más especial todavía. Reparo en que el agua ha dejado de removerse y el silencio cae sobre mi cabeza repentinamente. ¿Las chicas se fueron?... ¿En qué momento? Esto me lleva a pensar que nos tendieron una especie de trampa, me ruborizo más si eso es posible. Estamos solos y la tensión forma nudos en mi garganta, siento como que tengo que rellenar el maldito silencio. No es incómodo, es… extraño. Hay una sensación alrededor, como expectativa. Ojalá supiera lo que significa. Muevo mis manos a los costados, revolviendo el agua. Necesito que diga algo. Lo que quiera. Generalmente estoy llena de temas de conversación pero ahora estoy en blanco, hace falta un empujón. —Um—tomo un respiro—. Estás como… demasiado silencioso—insisto. —Lo sé.


— ¿En qué pensás?—quiero saber. Mi curiosidad ganando batallas en mi interior. Necesito entender qué significa esta pausa entre los dos, la tensión de su cuerpo envía olas de contagio hacia el mío. —En las terribles ganas de besarte que siento—musita, tan bajo que pienso por un momento que oí mal. — ¿Qué te detiene?—me inclino sobre él, buscando su calor. Sus manos suben por mis brazos y están indecisas, como si quisiera apretarme contra su pecho, o empujarme hacia atrás. Lejos. —No podré parar…—suspira, su aliento golpea mis labios entreabiertos. — ¿Qué te detiene?—reitero, ya que esa aclaración no es un impedimento de nada, no es excusa. Mi boca se ha secado y el oxígeno entra por mi nariz caóticamente, al compás de los latidos acelerados de mi corazón. — ¿Alex? — ¿Qué?—expulsa, sin aire. —Estoy esperando—insisto. Me tiene, su frente casi al ras del mío. Sólo unos pocos centímetros separan nuestras bocas. Mis labios se separan, expectantes. Los latidos retumban en mis oídos, como tambores marcando una cuenta regresiva, se intensifican cuando creo que Alex cederá. Pero no pasa, y la respiración que estaba estancada dentro se me escapa en un jadeo necesitado. Ahora que ha dicho que quiere besarme, no puedo acceder a salir de acá sin que ocurra. Será imposible seguir, debe cumplir lo que insinuó. —El problema es mío, no tuyo…—inicia. Y sólo así se las arregla para que mi semblante caiga desilusionado, abajo. Muy abajo. Me hundo tanto en el interior que mis hombros caen, flojos. Cero esperanzas. —Cliché—digo, molesta. “No sos vos, soy yo”, reniego por dentro—. Um, c-creo que… Me alejo y le doy la espalda, antes de que el bochorno que siento se note, pero no voy muy lejos. No me lo permite. Estoy tratando de tragar el nudo horrible que obstruye mi garganta, cuando él se encarga de deshacerlo. Tironea de mí hacia su cuerpo, encierra mis


mejillas en sus largas y huesudas manos. Me retiene, duro, inflexible. No va a dejarme marchar. —Sh-sh-sh—sisea contra mis labios, supongo que ¿me apresuré en las conclusiones?—. Déjame terminar, Ema. Me aprieta más, quitándome el aire. Una de sus manos transita por mi cuerpo a mi cintura y después a mi espalda baja, no sin antes rozar todo el camino descendiente. Y el borde de mi seno derecho. Pestañeo y quiero cerrar los párpados y gemir, fuerte. —Lo pienso solucionar—me ajusta a él, y silbo en sus labios—después de esto… Y al fin me besa. No, no me besa. Primero me muerde y salto, mis terminaciones nerviosas electrificándose. Arrastra sus dientes hasta desengancharlos y así me tiene derretida para cuando amolda sus labios en los míos. Nunca fui besada, no sé qué hacer, pero sigo las órdenes de la intuición, mi cuerpo sabe cómo actuar. Me quejo y engancho mis manos en su cuello, mi torso fijo en el suyo. Gruñe, me abre, chupa mis labios como si me hubiese deseado por años y años, y sólo esto fuera su intensa necesidad. Vida o muerte. Cuela su lengua, bruscamente y sin permiso, y me ocupo de succionarla, porque lo quiero, porque eso es lo que grita mi sistema que tengo que hacer. Él responde levantándome, y grito al darme cuenta de que sus manos están en mi trasero, sus dedos creando posos en mi blanda carne. Agrando mi boca, persigo sus labios, la barba de varios días me irrita y enciende al mismo tiempo, y pruebo su paladar con mi lengua. También consigo mi parte justa en el negocio de los besos. Disfruto bebiendo y dejándole beber. Compartiendo las atenciones y amoldándome a lo que significa el despertar de mi sexualidad. El completo despertar. Su palma se arrastra arriba y sus dedos se cierran en los tirantes de mi bañador, aferrándose como si temiera que me vaya. No pienso ir a ningún lado, sólo estoy tratando de llenarme de él. De consumirlo hasta que no quede nada. Pero eso sería imposible, sé que siempre permanecerá este incendio que inventamos y creamos ahora mismo. Nunca habrá nada entre él y yo, siempre subsistirá el todo. La pesada masa de pelo enroscado en mi cabeza cae y Alex acaba entrelazado en ellos, tironeando un puño a la altura de mi nuca. Un centímetro nace, despegándonos. Ingiero su aliento y él el mío. —Alex—me desinflo, aflojándome en su sostén. Se inclina, la punta de su lengua prueba en mi clavícula y roza el filo de sus dientes, a continuación lame hasta el sitio en la base de mi oreja. Allí mismo introduce mi lóbulo en la sedosidad caliente de su boca, succiona y respondo tirando de su pelo corto con ambas manos. Brusca.


—Decilo de nuevo—pide, aspirando mi olor. — ¿El qué?—chillo, sin oxígeno para hablar. —Mi nombre, Ema—se entrecorta—. Otra vez. —Alex—murmuro, ruge, se estremece y se mueve besándome hasta lo profundo, obligándome a abrirme a su antojo—. Alex—repito una vez más, cuando me deja ir. El borde de mis labios se ha hinchado y punza sin parar, están más sensibles de lo normal. Me relamo, y es tan dulce su sabor. Y quiero más, voy a por su piel, mientras me aplasta contra el borde de la piscina beso su hombro, camino al cuello. Él hace lo mismo conmigo, a la par que sus manos enganchan por detrás de mis rodillas y abren más mis piernas para filtrarse y presionarse en contra de mi núcleo. Grito por lo bajo, sorprendida al notar su carne endurecida y excitada. Por mí. Me quiere. Y no hay explicación para el sentimiento que eso me induce. Sus labios se curvan contra la piel, en el hueco de mi cuelo. —Estás jugando conmigo—tiemblo, porque sus caderas bailan. Las paredes de mi sexo se contraen. —Y cuando juego, voy a por todo—continúa, respirando en mi oreja—Yo avisé que no podría frenar… Trago. —Es mi primer beso—confieso, en voz baja. —Puedo hacer que sea mucho más que eso—va más allá, se ajusta restregándome. ¿Qué le ha pasado? Era un hombre tímido, ahora quiere arrasar conmigo y derribarme con su cuerpo. Y eso, definitivamente, es lo que quiero con todo mi corazón. Me aferro a los anchos hombros mojados, él no me deja resbalar lejos. Estoy atorada, entre él y la pared, el agua sólo se remolinea en nuestra zona. —Estoy excitada—cuento, temblando. Suelta oxígeno de golpe, mitad gemido mitad risa. —No te guardas nada, ¿no es cierto, Ema?—su tono ronco eriza mi piel. Niego, y recibo un beso en la comisura. —No tengo tiempo para ser tímida—digo, sonriendo—. Te quiero.


—Hay tiempo, lo tenemos—me corrige. —No estamos seguros de eso—arrastro mis uñas por su espalda, ¿le gusta eso? Supongo que sí porque se menea un poco más y consigo imaginarme estrellas de colores—. Y aunque lo estuviéramos, no me importa. Te quiero. Procede a mi escote y chupa mi piel. — ¿Cómo me querés?—pregunta, contundente. Me muerdo el labio y finjo sopesarlo, entonces lo encierro con mis piernas y aprieto. Gemimos al mismo tiempo. —Te quiero callado—anuncio—. Y duro. Sonrío ante el bufido desesperado que se desprende desde las profundidades de su garganta. Acata órdenes, cierra la boca y se mueve. Bate su ingle contra mí, fricciona, y mi mis labios se abren, murmurando cosas sin sentido. Inesperadamente se clava a sí mismo en mí, su pene encajando justo en mi rincón. Y creo que estoy cerca, demasiado cerca. —Esto es lo que se llama apresurarse—anuncia dificultosamente, violentamente de nuevo perdiendo el control—. Demasiado rápido.

avanza

—Sí—susurro—. Más rápido—pido, retorciéndome—y deja esa mierda sobre “apresurarse”. Busco su boca y me encargo de callarlo. O es muy silencioso o muy charlatán, no hay término medio cuando se trata de él. Necesito mi combo de primer beso con orgasmo incluido, porque ya he llegado al punto de no retorno. Si está preocupado por ir demasiado rápido, voy a hacerlo olvidar. No me importa cuánto tiempo hace que nos conocemos, para mí es como si hubiese estado presente toda mi vida. Y he esperado mucho para obtener esto. Un hombre que me guste, involucrado con mi placer. Suelto su labio de golpe y respiro con brusquedad, sintiendo pequeñitas olas abordando mi bajo vientre. Mis paredes internas se contraen, no falta que se quejen rogando ser llenadas. Pero ahora no, hoy no. La fricción es divina. —Lo siento venir—lloro. Alex se retira, interna su lengua en mi boca con violencia y me besa, aunque más apropiado sería decir que intenta alimentarse conmigo, desde adentro hacia afuera. Acalla mis grititos cortos y agudos, y se estaca en mí por última vez. Su dura erección golpea el paraje indicado y me voy. Vuelo alto y lejos, cierro los ojos y mi pequeño cuerpo se sacude entre él y la pared. Mi espalda se arquea y endurece, tirante, antes de aflojarse de golpe y


vibrar como gelatina. Mi organismo está en éxtasis y sonrío una vez que Alex deja escapar mi boca. Épico primer contacto con el hombre indicado. —Dulce—se atraganta él, dejándome ir. —Bello—coincido. Vuelve a besarme, pero esta vez es tierno y suave. Me amolda sobre mis pies y casi caigo, aun sin fuerzas. Él dijo que no iba a poder parar, y yo lo quise más, justamente por eso. Si esto es un error, entonces es el más celestial. Lo mejor que me ha pasado en la vida. Y lo atesorare por siempre. La puerta se abre de golpe y nos sobresalta la violencia con la que chasquea. —Esconde a la chica, Perro—grita un hombre desde allí, ansioso y preocupado—. La policía está aquí… Me inmovilizo y paso del cielo al infierno en un pestañeo.

Alex Max grita desde la puerta y la calidez se convierte en frío en un insignificante segundo. Mi mente va a mil por hora cuando sujeto a Ema, levantándola en mis brazos y me muevo directo a las escaleras de la piscina. Una vez fuera, prácticamente corro hasta el banco y las casillas, consigo mi bata de toalla y la envuelvo. Ella mete los brazos en las mangas y ato el cinturón. Después me seco por encima y coloco mis vaqueros sin demorarme en quitar el bañador, la tela está empapada ya para cuando me los abotono. No pierdo más minutos, agarro el bastón que Bianca sacó de su bolso y dejó sobre el banco y vuelvo a levantar a Ema. Ella no se queja, sólo se sustenta de mis hombros y me deja manejar esto como mejor me salga. Entro en el bar como una tromba y no tengo que decir ni una sola palabra, León ya está justo detrás de la barra, en el rincón, abriendo la pesada tapa del sótano. Le doy una mirada agradecida y él asiente, tan serio como la situación requiere. En el momento siguiente somos consumidos por la oscuridad y me dejo caer en el suelo, Ema sentada en mi regazo. Está temblando y respirando con aprieto, se aferra a mis hombros con fuerza, aterrada. Me estiro para conseguir la linterna que siempre es dejada acá abajo, por las


dudas, y me dejo caer contra la pared. Acaricio el pelo de Ema, que aún chorrea agua, despejo los mechones pegados en sus mejillas. Ahora está pálida, y maldigo por dentro, echo en falta que hace sólo un par de minutos estuviera toda caliente y enrojecida por nuestro arrebato. Quisiera volver a ver su semblante perdido y abandonado al éxtasis. —Estamos ocultos—informo dejando escapar un suspiro largo y pesado. Se estremece y sube una mano a mi rostro, nerviosa. Como corroborando impulsivamente que soy realmente yo quien está acá abajo con ella. —No pueden descubrirme—dice en un sollozo seco, alterada—. No quiero que me lleven… no ahora que te encontré. Mi corazón da un salto hasta mi garganta ante su declaración. No quiere irse. Por mí. Y me sorprende la respuesta que se forma como una bola giratoria en mi cabeza. Tampoco quiero que se vaya, porque la necesito conmigo. Y ahora más que nunca tengo que esforzarme en poner mi mierda junta y superarla. —No van a llevarte—gruño, atrayendo su rostro al mío—. Tendrán que pasar sobre mí cadáver primero. Su semblante se mitiga un poco a causa de mis palabras y se relaja contra mí, apoyando la cabeza en mi hombro desnudo. Nos quedamos en silencio e intento agudizar mi oído para tener aunque sea una leve perspectiva de lo que está ocurriendo arriba. Y es inútil, no alcanzo a oír absolutamente nada. Todo parece estar tranquilo. Es que aparenta ser un susto infundado. La visita seguro es rutinaria, si están vigilando la zona, es obvio que se darán una vuelta por el recinto y los alrededores. Estamos cubiertos, hoy no ocurrirá nada. Seguro el jefe está sobrellevando la situación como un experto, como bien sabe, con calma y seguridad. Se lleva bien con las autoridades a pesar de los rumores y sospechas contra nosotros. Ema se remueve, acomodándose sobre mí y aprieto los dientes. Se sobresalta. —Oh, por Dios—aúlla en voz baja, se lleva una mano a la boca. Intento calmarla. Ni siquiera el susto y el apurón de escondernos desconcentró la sangre en mi ingle, todavía estoy duro como una roca. Y en la espera de que desaparezca, sé que probablemente persistirá, porque las sensaciones todavía residen sobre mí, en mi cuerpo y mente, punzando con insistencia. Jamás voy a olvidar lo que hicimos Ema y yo en la piscina. —Alex—susurra, elevándose, preocupada—, eso es injusto…


—Shhh—insto. —Esto…—duda—. Fue satisfactorio para mí… necesito que también lo sea para vos… Sonrío, no puedo evitarlo. Es tan dulce, y quiero comérmela a besos durante la eternidad. Le acaricio el mentón, repasando cada una de sus pecas por encima de su rubor. Su ceño arrugado me obliga a inclinarme y besarlo. — ¿Crees que no me satisfizo?—indico contra su boca—. Fue lo mejor que me pasó en mucho tiempo, Ema. “En realidad, lo mejor que me pasó en la vida hasta ahora”. Las palabras retumban en mi cerebro. Trago duramente. Es cierto, no recuerdo tocar así a una chica que haya deseado de verdad, tan genuinamente y con esta intensidad. Ema es la primera. Y es por eso que tengo que conservarla cerca. Ella sigue preocupada. —Puedo...hacer algo al respecto…—comienza. —No—la corto, endureciendo mi postura en el tema—. Ni lo pienses, se va a ir. Déjalo pasar. En su fisonomía se ajusta una mueca desconforme, puedo leer que realmente quiere tomar el asunto en sus manos. Si se lo puede llamar así. Por un lado me divierte, por otro estoy completamente negado. No es el momento indicado. —Alex—me pincha, determinada. Estoy a punto de volver a pedirle que se olvide cuando la puerta de madera se abre y la cabeza de León asoma. Está sonriendo, así que asumo que todo va perfecto. Nos ponemos de pie y entrelazo mis dedos con los de Ema, llevándola por las escaleras, nuevamente arriba. El bar ha vuelto a funcionar con normalidad y lo primero que encuentro es el par de ojos plateados de Adela que me da una sonrisa aliviada y maligna. Sólo ella puede transmitir ambas cosas en una. Sorteamos a los demás mientras recorremos el camino a las escaleras, yendo al altillo. Me doy la vuelta para corroborar que León nos sigue, y efectivamente lo hace. Tenemos que hablar. Entramos en el mono ambiente y nos sentamos en torno a la mesa, Ema toma la silla a mi lado. Ahora se ve ansiosa, la preocupación volviendo a ella otra vez. Se muerde la uña del pulgar y espera, sabiendo que alguien más viene con nosotros, el ambiente avisándole que se viene una conversación importante. León cierra la puerta y se nos une.


—Era sólo una visita de pasada, están revisando los alrededores—comienza, y asiento, ya que es tal cual lo supuse—. Te están buscando, Ema, tus padres están desesperados. Así lo comunicó el jefe de policía. Nos mostraron a todos los presentes una fotografía tuya. Sospechan que te escapaste, pero tus padres están convencidos de que alguien tuvo que llevarte. Tu condición apaña la última opción. Ema asiente, extrañamente silenciosa. ¿Siente culpa por poner en esta situación a sus padres? No la culparía si no es así, pero tampoco lo haría si fuera lo contrario. Aun con defectos y toda la mierda mafiosa, siguen siendo su familia. — ¿Qué pasa con la nota en el diario?—quiere saber, paseando los dedos por la superficie lisa de la mesa. He llegado a reconocer bien ese movimiento, lo hace cuando se siente nerviosa. —No va a salir hasta mañana, hoy ya era tarde cuando lo enviamos—le explico, paciente. —Está bien—concuerda. —Ema, vos y yo sabemos sobre los negocios en los que tu padre está metido, me temo que él puede pensar que tu desaparición tiene que ver con ellos. No va a parar de buscar, debe estar aterrorizado y moviendo todos los contactos que pueda. Ni siquiera después de leer la nota se va a detener, posiblemente creerá que es una mentira o alguna trampa para despistarlo—relata León, poniéndose el asunto sobre los hombros—. El mensaje no va a alcanzar. Se retuerce las manos y estiro la mía, más grande, para abarcarlas y calentarlas en apoyo. Tenemos que pensar otra opción, que no sea el devolverla con sus padres. Me niego a eso tanto como ella. — ¿Qué me sugieren?—pregunta, noto que está a punto de darse por vencida, la tristeza comiéndose su permanente entusiasmo de estar entre nosotros. Me adelanto a lo que sea que León esté por responder. —Podemos conseguir un teléfono para que llame sin ser rastreada—pruebo, casi sonrío cuando la expresión de Ema se afloja y asiente esperanzada—. La Máquina sabe de esas cosas, podemos pedirle que se encargue—. Me fijo en León—sus padres van a estar más tranquilos al escuchar su voz… León respira profundo y me dedica una cabezadita, conforme con mi sugerencia.


—Cuanto antes, mejor—suelta, yendo hacia la puerta, me hace una seña para que lo siga. Acaricio el hombro de Ema, asegurándole que volveré enseguida. Ella acepta y me deja ir, soltando mi mano. Una vez fuera de la habitación, cierro la puerta y León se acerca, con sólo un vistazo puedo deducir que algo le preocupa muchísimo. —Tenemos que actuar antes de que empiecen los rastrillajes profundos—indica, firme—. Si ustedes encontraron a Ema cerca de donde enterraron el cuerpo, tal vez lleguemos a estar en graves problemas. Me tenso, había olvidado completamente lo que estábamos haciendo allí la noche que la encontramos. —Mierda—escupo, rascándome la nuca. —Es sólo algo que se me ocurrió cuando uno de los policías nombró el rastrillaje en los bosques de la zona, no está descartada para nada la posibilidad de encontrarla muerta—se pasa la mano por la barba—. No es preocupante, por ahora. Pero tiene que llamar, si es posible esta noche o en la mañana, temprano. Tenemos que evitar que indaguen demasiado en los terrenos. Asiento, de acuerdo con él. —Me voy a buscar a Santiago—me palmea el hombro—. Quédate con ella hasta que alguna de las chicas venga. No me hace falta responder ni nada por el estilo, me doy la vuelta sin demorar más y entro en el altillo nuevamente.

Ema Recito el número de la casa de mis padres a Santiago, el novio de Adela, y lo escucho marcar pacientemente. Intento no verme tan nerviosa como me siento, pero es un imposible. Estoy aterrada, realmente no deseo para nada escuchar la voz de cualquiera de mis padres. Más temprano tomé una ducha, mientras Alex me esperaba, quieto en la mesa y Bianca cocinaba algo rápido para todos. La verdad es que, si hubiese podido evitar todo


esto, lo habría hecho, prefiero encerrarme con él en alguna habitación y olvidar que estoy aquí de prestado y ocultándome de mi familia. Santiago consigue mi mano y oculto un estremecimiento, el aparato es puesto en mi mano. Lo llevo a mi oído y espero, mis pies bailando en el suelo. Estoy sentada en el borde de la cama, recién termino de cepillar mi pelo largo y mojado. Alex me explicó cómo procederíamos al salir del baño. Acepté sin rechistar, esta es una buena idea, y además me toca hacer todo lo que ellos digan, están a cargo de mí. Y se han tomado en serio esa tarea. — ¿Hola?—habla mi madre al otro lado, su voz apagada con el leve acento francés me eriza la piel. Froto la tela del dobladillo de mi falda y echo un suspiro lento al aire. — ¿Mamá?—pronuncio, cautelosa. Escucho como si algo cayera estrepitosamente al suelo desde su lado de la línea y me echo a temblar cuando ella comienza a gritar y lloriquear. Dios, efectivamente están locos de preocupación. — ¡Par Dieu!—repite varias veces hasta que se estabiliza—. ¡Fabrice, Fabrice! Es Emaline. ¡Mon Dieu!—llora un poco más. Esto me pone los pelos de punta, escuchar a mi mamá tan frenética me desgarra de muchas y diferentes maneras. Me froto el entrecejo fruncido, anticipando un fuerte dolor de cabeza. —Mamá, por favor, cálmate—pido, firmemente. — ¡¿Dónde estás?!—pregunta, exaltada—. ¿Dónde te tienen? ¿Quién te llevó?—las preguntas siguen y siguen y dejo de escucharlas. Mis hombros caen, esto es más difícil de lo que pensé, me siento devastada y perdida. Si ellos me dejaran tener la vida que quiero, esto no estaría sucediendo. Este escape, casi muerte, y desesperación por libertad y aventura está dándole demasiados problemas a un montón de gente. No valgo todo esto. Estoy a punto de prometer que voy a regresar, pero entonces una fuerte y grande mano aprieta la mía con firmeza recordándome dónde estoy. Y con quién. La calidez atraviesa mi cuerpo en forma de dulce electricidad. Alex está a mi lado, recordándome todo lo que aún me queda por recorrer en este camino. “No”, me suplica su sostén, “aún no”. Nos queda tiempo. Tiempo, juntos.


—Mamá, estoy bien… y nadie me llevó, escapé por mi cuenta—omito todas las complicaciones que pasé antes de ser encontrada, ellos no necesitan saber más, sólo lo esencial—. No voy a volver hasta que esté lista. La seguridad en mi tono me enorgullece y la línea queda vacía una vez que mi madre escucha lo que acabo de soltar. — ¿Qué?—expulsa, sin aire—. ¿Qu'as-tu dis4? No sigue porque alguien le quita el tubo del teléfono y papá se pone al mando. Sombrío y demandante. — ¿Quién te tiene, amor?—cuestiona, turbado—. Decime quiénes y te juro que los voy a hacer pagar… Un escalofrío me recorre, pero la mano de Alex sigue siendo mi ancla. Continúo con esto, porque lo necesito. —No me secuestraron—repito, lenta y claramente para que lo entiendan bien—. Me fui por mi cuenta, papá. Y no voy a volver en un tiempo, ¿está bien?—mi tono se vuelve exigente para cuando termino. Nada me llega por un momento, ambos sopesando en sus mentes el verdadero significado de mis palabras. La niña, sí la hijita ciega y obediente, decidió irse y tomar un camino por separado. Ya no se siente ahogada, manipulada y engañada. Ya no existe el maldito compromiso sorpresa con el idiota y asqueroso David, ya no hay caprichos de mamá que cumplir. Y el dolor por el padre que antepone sus mafiosos negocios sobre la familia se ha ido. Soy libre ahora, y si tengo que elegir, elijo el presente. — ¿Escuchaste, papá?—digo, enderezándome—. No voy a volver por un largo, largo tiempo. Me cansé de ser atada y amoldada a sus vidas, de ser manipulada para hacer lo que ustedes quieran. Soy una adulta, no una muñeca. Y, por lo tanto, perfectamente capaz de tomar mis propias decisiones. Hoy elijo quedarme donde estoy, la libertad ante todo. Lo siento, pero necesito esto. Espero, ignorando esa gran parte de mí que me ruega que corte la comunicación y respire de una vez. Sin embargo, pretendo saber qué va a responder, si será comprensivo con la única hija que le queda. Si acaba de entender cómo me sentí viviendo con ellos todo este tiempo y cómo me siento ahora al haberme ido. —Bueno—suelta, neutral y tenso—. Pero, ¿hija? 4

Qu'as-tu dis? : ¿Qué has dicho?


Trago. — ¿Sí?—detengo mi aliento. —No te gastes en volver, ya no habrá lugar aquí para ti—escupe. La línea se corta abruptamente y alejo el aparato de mi oreja. La habitación parece una sala de velorios, un agujero taciturno. Nadie se mueve, seguro esperando alguna referencia de mi parte. No soy capaz de hablar, el corazón me duele como si lo hubiesen apuñalado mil veces. Mi respiración de ahonda y reparo en la humedad concentrarse alrededor de mis globos oculares. Alex entrelaza más sólidamente nuestros dedos y pestañeo, recobrándome y volviendo a la realidad. Una lágrima solitaria abandona mi ojo derecho. —Creo…—me remojo los labios resecos e intento purificar mi voz convulsa—. Creo que acaban de repudiarme. No alcanzo a decir más, un sollozo estalla desde mi garganta hacia afuera y me pierdo en la desolación. Ríos salados e imparables desbordándose por mis mejillas. Alex me rodea con sus brazos, me conserva erguida, susurra palabras dulces y bajitas, pegado a mi oído. El resto comienza a removerse, están apenados y agitados por mí, se lamentan por mi sufrimiento. Intento convencerme de que estaré bien y seguiré adelante. O que tal vez mi padre habló desde el impulso de la rabia, porque se sintió lastimado. Pero el agudo dolor por la facilidad con la que ellos se desprendieron de mí me estruja el pecho. Jamás creí que fueran capaces de llegar tan lejos, el rencor que salió desde la boca de papá me partió al medio, descolocándome por completo. Jamás lo oí tan enojado. ¿Por qué pensé que me entenderían? Siempre fueron egoístas, ¿por qué me figuré algo bueno de su parte? Claro que no esperaba que me apoyaran por completo, pero al menos, podrían haberme escuchado y dado una oportunidad, ¿no? Soy la única hija que les queda, y parece que no fue difícil soltarme la mano y echarme para siempre. Estoy sola ahora. “No”, corrige una potente voz en mi cabeza, “ahora los tenés a ellos”. A los Leones. Y a Alex. Estaré bien, confío.


Capítulo 9 Alex —Quiero saber de vos—dice ella, recostada contra mí costado, su mejilla en mi pectoral. Una vez que calmé a Ema después de la llamada a su casa la deje con los demás para ducharme, con la promesa de que regresaría pronto para quedarme más tiempo a su lado. Asintió y me soltó, aunque a regañadientes. Tenía la necesidad de luchar con mi bronca y el dolor de su llanto a solas, odié profundamente verla derramarse con tanto sentimiento. Sus insensibles padres le rompieron el corazón. Ya con eso terminé de sacarles la ficha, no merecen una hija como Ema. Tan dulce, amable y sincera. No. A pesar del sufrimiento que esto le provoca, pienso que es mejor para ella no volver a esa cárcel que llamaba hogar. Actualmente estamos en el altillo, acostados vestidos en la cama, nos dejaron solos. No hace más de veinte minutos que Adela acabó por asomarse y, al vernos así, se echó atrás, levantándome el pulgar para saber si todo estaba bien. Le devolví el gesto y se fue, nadie más vino después de eso. — ¿Qué querés saber?—pregunto, tragando un poco abruptamente. Es entendible que pida conocerme más en profundidad, hoy llegamos juntos a un punto importante en nuestro inexplicable vínculo. Si es así como se puede llamar. Avanzamos a un nivel en el que somos definitivamente cercanos. Somos… algo. Y pasamos al contacto incluso antes de saber nada el uno del otro. —Todo—responde, su dedo índice formando círculos en mi pecho. Meto aire por mi boca y me hincho. ¿Por dónde empiezo? No quiero tener que contarle sobre mi adolescencia tan tempranamente, no estoy preparado para que se aparte. Quiero alargar esto tanto como pueda, tenerla en mis brazos suficientes veces como para estar satisfecho de por vida. Una vez que se aleje, podré seguir soñando con esto. Es muy rápido para sacar conclusiones, pero sé que después de Ema nada volverá a ser igual por el resto de mi existencia.


Elijo comenzar, obviamente por la iniciación de todo. —Al principio, sólo éramos mi mamá y yo—cuento, sepultando mis dedos en los mechones ondulados de su pelo rojizo—. Vivíamos en una villa, en la gran ciudad. Éramos pobres, Ema, lo suficientemente pobres como para que mi madre no pudiera comprarme un miserable par de zapatillas… Ella me tuvo de muy joven, se las arreglaba como podía. Ema se tensa, pero sus caricias se intensifican y sé que está siendo dominada por el sentimiento que la gente como yo más repudia: la lástima. Sin embargo, no dice nada, espera pacientemente a que siga. Y agradezco ese proceder. —Cuando yo tenía tres, trajo un hombre a casa—me froto la frente fruncida, procurando que el dolor no despierte en mi interior, es insoportable—. Meses después, tuve una hermana, Cami—una sonrisa soñadora se cuela en mi ceñuda expresión, al recordar lo malditamente enamorado que me quedé de ella—. Tenía los ojos de mamá, igual que yo, y el cabello un poco más dorado. Prácticamente le enseñé a caminar, nos criamos unidos de la mano. Y a mi edad temprana, me las arreglaba para entender que nuestros padres tenían que dejarnos solos para trabajar. Así que, con sólo cinco años ya era responsable y estaba a cargo de la niña de dos años. No se oye nada de parte de Ema, pero un ligero estremecimiento le llega a mi cuerpo desde su posición y me doy cuenta de que se está aguantando las ganas de llorar. Por mí, por la vida que tuve. Y eso me lleva a apretar los dientes con insistencia y pasar saliva de golpe por mi garganta. No puedo dejar que este relato me afecte, ya han sido varios años llenos de oportunidades para sanar. Puede que esté avergonzado de lo que he hecho, pero nunca de dónde vengo. Jamás. — ¿Qué pasó después?—se las arregla para preguntar. —Lo llevábamos fluido, todos poníamos nuestro grano de arena para que la familia prosperara. Hasta que mamá se quedó embarazada otra vez, unos años más tarde, Cami con siete y yo con diez—prosigo, nivelando mi respiración—. Y trajo a mí otro hermanito, Juan Pablo. Pablito—jadeo un poco con el nombre en diminutivo, mierda, esto se vuelve demasiado. Pero lo aguanto, quiero darle esta parte de mí a Ema—. Mamá no sobrevivió al parto, tuvo una infección. Ema se eleva sobre mí, sosteniéndose del codo y veo las lágrimas bajando por sus dos mejillas. Se lleva la mano libre a la boca y solloza, después besa sus dedos y los estaciona en mis labios apretados. Mi corazón se estruja en sí mismo, y pestañeo lejos la humedad. —Lo siento tanto, Alex—entonces se inclina y me da un beso en la comisura de los labios.


Le seco la cara después de eso, y sonrío con los labios ajustados ante su dulzura y lo bien que me reconfortan sus caricias. —No lo sientas—le rodeo los hombros con el brazo debajo de ella y la atraigo—. La vida es así. Su boquita se frunce en un puchero que me llena de un cariño cálido por ella. Es perfecta, toda ella. Interior y exterior, y anticipo que caeré duro por sus huesos. —Y yo quejándome de mis padres—agrega, sombría. En mi cara se encaja una expresión de molestia, que ni me hable de los malnacidos de sus padres. La idea de ellos me da nauseas. —Ninguno de los dos extremos es bueno—le aseguro con tenacidad en el tono—. Ellos no tenían derecho a no dejarte vivir la vida como querías, Ema. Asiente apenas, casi imperceptible y vuelve a dejarse caer en mi pecho. Me abraza con dureza y cierra los ojos. El silencio se instala y es agradable, nuestras respiraciones se igualan, en paz. Soy consciente de lo tarde que se hizo, sin embargo no que quiero mover. Bianca debe estar esperando que le ceda el lugar en la cama, tendré que irme de un momento a otro. —Quédate conmigo esta noche—murmura Ema, contra mi cuello. Y sólo así, me enervo, cualquier pensamiento de abandonar esta habitación esfumándose en la nada. —Está bien—accedo. Unos minutos después, cae presa del sueño. *** Apenas está amaneciendo afuera para el instante en que entrecierro los ojos, pestañeando de vuelta a la consciencia. No tardé en seguir a Ema una vez que se perdió, ambos estábamos agotados por tantas emociones en un día. Sí, en un solo día habíamos vivido muchísimo, pasamos de gustarnos de lejos a degustarnos el uno al otro en medio de la perdición más dulce que jamás experimenté. Y después vino la policía, que conllevó a un susto leve. Y así acabar llamando a casa de los padres de Ema. Carajo, hacía demasiado tiempo que no sentía tanto sobre mí en tan poco tiempo. Pero, extrañamente, no me encuentro sobrepasado. Al contrario.


Ema se mueve en mi costado, contorneándose y soldándose, su mano paseando hacia arriba. Está semi despierta, y me quedo estancado en su rostro soñoliento. El renacer de la mañana en sus ojos, que no ven, pero son transparentes y me lo cuentan todo sobre su alma. Es un cuadro demasiado precioso para merecer contemplarlo de cerca siquiera. Ella es… exquisita. Más que eso, es suave y sonriente, decidida pero no demandante, dulce y madura. Y su cuerpo… su cuerpo me vuelve loco en todos los sentidos salvajes que existen. Toda su extensión se encuentra salpicada de puntos. Estrellas que me hacen relacionar su piel con el cielo y desear besarlo, descubrir cada rincón oculto y ubicar mi nombre en cada caricia. Su pulgar se arrastra por el costado de mi cuello y retiene la textura de mi piel para sí, acaba obteniendo el lóbulo de mi oreja junto con el índice y lo frota. Ese mínimo e insignificante movimiento me tiene perdiendo toda percepción que sea ajena a nosotros dos. Se remoja los labios con la lengua, mostrándome la punta en la pasada y en la base de mi garganta se asienta espesamente un gruñido. Sin tener en cuenta mis impulsos, espero. Aguardo con intenciones de descubrir hasta dónde es capaz de llegar. Y hasta dónde soy capaz de aguantar. Besos son estratégicamente situados en mi mandíbula, mientras se estira para obtener más alcance y una de sus piernas se trepa a las mías, allí la capturo con mi mano detrás de la rodilla. La doblo sobre mí y ahí me freno. —Alex—jadea mi nombre, apoyándose en el codo para hablarme bien de frente, sus yemas viajan por mi rostro hasta forzar una parada en la comisura de mis labios—. Quiero que me beses. La petición suena inocente, pero está lejos de serlo, la forma en la que su rostro me muestra la anticipación no tiene nada que ver con ello. La excitación en su sistema se encierra tal como un frasco al que está a punto de saltarle la tapa por tanta presión. Me quiere, y no tiene miedo de demostrarlo. Me aparto y salgo de la cama. —Espera un segundo—le pido, tratando de no gemir ante la imagen que significa allí, en la cama, despeinada y sonrojada. Voy a la puerta y roto la llave, así nadie puede irrumpir y sorprendernos. Regreso a la cama y me arrodillo en el borde, estiro mis brazos y tomo las piernas desnudas de Ema para atraerla a mí. Jalo, la falda del vestido se sube y puedo ver sus muslos perfectos, firmes y rociados de pecas. — ¿Querés que te bese?—ronroneo en su oído. Sus aspiraciones enloquecen. —Sí—expulsa, agitada.


Le huelo el cuello, haciéndoselo saber respirando con fuerza, como si quisiera meterla dentro de mí. Su aroma es todo sobre flores silvestres y miel. Maldita Ema, va a terminar de enviarme a la perdición. Acerco mi boca a la suya, entreabierta. No la beso, sólo aumento su necesidad. — ¿Qué más?—quiero saber, jugando con su cordura. Gime e intenta acomodarse más cerca. —Lo que quieras—asegura, me acaricia el costado del rostro—. Todo lo que quieras. Soy tuya. Sonrío peligrosamente, no puedo negar que me encante su respuesta. Lo que quiera. Es mía. Espero que tengamos tiempo porque eso encierra infinitas formas de deseo y lujuria que estoy dispuesto a llevar a cabo. Aún a centímetros de ella, estiro mi lengua y repaso su labio inferior, seduciéndola y ella me persigue cuando me aparto. No, acaba de decir que es mía, yo trazo las reglas. Lloriquea, tal como el niño al que le niegan un dulce. La insto a acostarse sobre su espalda y me encorvo por encima, acechándola tan lentamente que duele. Los tirantes de su vestido han caído de sus hombros y es allí en donde arribo, colocando mis labios para besar su piel, se queda sin respiración mientras me deslizo a su cuello, dejando de pasada pequeños pellizcos con mis dientes. Se estira para cederme espacio, como un gato, elegante y sugerente. Eleva las manos y las aplana en mi estómago, buscando contacto y como se encuentra con mi camisa, procede a subirla para localizar piel. Le permito tocarme, pasear por mis abdominales, la piel se estira y amolda por la tensión de la excitación que provoca su caricia. No aguanto más, atrapo sus labios llenos en mi boca y chupo, abriéndolos como al capullo de rosa para dominar el interior sedoso y caliente. Ema jadea y se derrite, permitiendo mi entrada y disfrutándola también, en el proceso me prueba y se vuelve más hambrienta. Me separo de golpe y alzo sobre mis rodillas, observándola retorcerse en desesperación. Párpados entrecerrados, labios hinchados, mejillas rosadas. La parte del cuello que besé se nota irritada por mi barba de varios días. Es la escena que enviaría a cualquier hombre cerca del borde a jugar con el peligro de desplomarse directo al vacío. Engancho mis manos detrás de las rodillas y abro sus piernas para adentrarme más allá, la falda se le amontona en las caderas y alcanzo a vislumbrar una porción de sus bragas rosas. Jesús, braguitas rosas, va a aniquilarme. Porque cuanto más inocente se ve, más demente me voy poniendo. Y es toda mía para pervertir. Arrastro mis manos curvadas y abiertas por el interior de cada muslo y amo cómo se erizan los poros de su piel, reaccionando a mi atención. Llego al borde de su entrepierna, justo en los elásticos de sus


braguitas, me digo que tengo que detenerme pero voy más allá y, con el pulgar, oprimo una sola vez la zona donde sé que su clítoris está despertando. Rozo, apenas. Las caderas de Ema tiemblan, pequeño salto arriba, y suspira entrecortadamente. Cada uno de sus movimientos entorpece sólo por esa minúscula acción. Y mi pene se encuentra palpitando más violentamente al descubrir la humedad inesperada en la yema mi pulgar, lo junto con el dedo medio y los restriego. Podría culminar en mis calzoncillos en cualquier momento como un adolescente inexperto, sólo con saber que Ema está tan irremediablemente mojada por mi atención. —Mierda—siseo por lo bajo, más para mí que para ella—. Ema, me volvés loco. Permanece silenciosa, aguardando, enterrando a la chica desquiciada que revelé en la piscina el día anterior. Se relame los labios y muerde el inferior al oírme balbucear sin sentido, perdiendo la cabeza tan jodidamente mal por sus huesos. —Apuesto a que sabes un millón de veces mejor de lo que soñé—carraspeo, impetuoso. Así, sin más, voy a buscar lo que ansío, bajando a su sexo aun cubierto por la fina tela mojada de su ropa interior. Abro mi boca en torno a su intimidad y mi lengua la acaricia a través, su miel impregnándose en mis papilas gustativas, ronroneo en su franja sensible transmitiendo las vibraciones y silba, aferrando puños en las sábanas. Entre su sabor almizclado y sus grititos descontrolados, mi cabeza empieza a girar y mi cuerpo demanda más. Muevo mi boca, masajeo de modo más demandante, sus jugos junto con mi saliva empapan más el tejido que nos separa. Ema llora y yo gruño, respondiendo, entierro mis dedos en su culo. Arrastro mis dientes cerrando y abriendo, simulando estar comiéndola, promesa de lo que tendrá más adelante, la próxima vez sin sus bragas en medio. Se vuelve loca, y con una mano consigue un manojo de cabello en mi nuca, tira de él con fuerza, incapaz de medirse. Sonrío, aún entre sus piernas, y me cambio, yendo a su muslo, besando y succionando su carne. Ella se queja porque no le concedo la liberación que tanto late en su interior. Tendrá que esperar, la recompensa será gratificante. Promesa. Subo sobre su cuerpito tembloroso y me encargo de su boca, acallo la cadena de gemidos y le transmito su propio sabor, introduciendo mi lengua tan en lo profundo como puedo. Me acepta, separando sus labios con entrega y encierra mi cara en sus manos inestables. En el proceso, me desprendo los pantalones y los bajo, el bulto bajo mi bóxer apareciendo entre los dos, Ema hace un ademán de tocarme y le doy el gusto. Tomo su mano y la dirijo, al segundo siguiente está apretando mi grosor en su palma, respirando con fuerza mientras le enseño cómo amasarme. Es inexplicable lo que siento, no trato de ponerle palabras, sólo lo dejo ser. Mis caderas se menean al ritmo que ella le pone a su


atención, como si tuvieran vida propia. Dios, estoy punzando tan intensamente que podría tener mi orgasmo ya mismo si la dejo seguir apenas un poco más. Por eso la detengo, porque tengo una idea mejor para los dos. La beso un poco más, bajando los niveles, para tomarlo con calma desde ahora. De su boca paso a su cuello y de él prosigo hasta la cima de sus pechos, los dejo cubiertos, sólo por esta ocasión. —Ema—digo contra su oreja, ella murmura una respuesta ininteligible—. Voy a liberarnos de la ropa interior. Asiente con los párpados apretados y los labios abiertos mientras intenta meter aire en sus pulmones a pesar de la dificultad. Me quito la camisa y después me deshago de las empapadas bragas rosas, inmediatamente me detengo fijo en su clítoris y lo molesto con mi pulgar. Ema reacciona abriendo más sus piernas, yo miro descaradamente toda su zona brillante, hinchada y dividida, sólo para deleite de mis ojos. Mientras la acarreo al límite, me bajo el bóxer y atraigo una de sus manos para que me toque. Detiene el aliento cuando se encuentra, piel a piel, con mi miembro tan erecto y duro como una piedra, cierra su agarre y comprime, enseguida bramo como un salvaje. Le demuestro cómo proceder, la manera en la que me gusta, apretada firme y sin miedo. Nuestros puños juntos suben y bajan a lo largo, al mismo tiempo que me encargo de su botón disparador, moviendo mis dedos en círculos. —Tócate para mí—le pido, planto un beso en su bajo vientre—. Mostrame cómo te das placer. No duda, traga y comienza a masturbarse delante de mis ojos, masajeando su clítoris con furia, el pulso le tiembla y todo su cuerpo responde arqueándose, no para sólo toma más y más vigor. Se arriesga a ir algo más lejos y se introduce un dedo, gruño. Es tan malditamente perfecta, lo hace natural y sin vergüenza, y me lo da todo. Y mientras la observo bombeo mi puño a lo largo de mi virilidad con insistencia y rapidez, porque ella provoca que me desespere y desee el resto ya. No se detiene hasta que se lo pido, y lo hago porque veo que ambos estamos a un paso del no retorno, y todavía quiero empaparme en el rocío concentrado en su entrada. Me acerco y le fuerzo las piernas más separadas, y me cuelo hasta que la acuno sobre mis muslos doblados. Conduzco mi pene hacia su sexo y lo apoyo en él a lo largo. Me estremezco con las primeras fricciones, mientras me voy empapando con sus fluidos, Ema solloza y crea un ritmo con sus caderas, y empiezo a respirar con pesadez, sintiéndome demasiado cerca. Froto mi longitud ida y vuelta sobre su clítoris expuesto y ella responde curvando la espalda, y estira un brazo para tocarme. Me encierra y empujo en su puño, al


mismo tiempo sin dejar de restregar y agrietar sus labios vaginales hinchados que me mecen con magnífica tibieza. Resbalo cada vez más rápido, persiguiendo el final. Ella se tensa primero. —Alex—tartamudea, en un impulso su apriete en mi miembro se tensa y me traslada justo al límite. —Sí—me inclino sin detener el vaivén—. Sí. Acaba para mí, cariño—apoyo mi frente en su sien, el balanceo cada vez más frenético. No necesito repetir las palabras, cumple mi deseo al instante, explotando en mil pedazos debajo de mi amplitud. Se atiesa, dejando de respirar. Se aferra a mi muñeca con su mano libre y con la otra me exprime, de tal manera que también empiezo a derramarme sin control. Su quietud se desencaja y expulsa el grito que se formó en su garganta antes, largo y potente, se vuelve cortado cuando las convulsiones la asaltan. Mi semen salpica su bajo vientre y sexo, ahora sus flujos mezclándose con los míos. Pierdo todas las reservas de fuerza y caigo sobre ella, que gimotea y se revuelve. La aplasto, inmovilizándola, rugiendo en el hueco de su cuello. —Carajo—siseo. Me abraza y acaricia mi espalda desnuda, al tiempo que paseo mi nariz por el sudor de su piel y cierro los ojos. Me convenzo de que aún es temprano y podemos dormir un poco más, y no alcanzo ni siquiera a decirlo porque Ema ya tiene sus ojos cerrados. Se deja arrastrar por el cansancio post-orgásmico. Sonrío, hecho trizas, estudiando su hermoso semblante sonrosado con mis párpados pesados. Le beso el cuello y allí me permito seguir su ejemplo, desmayándome sobre su forma pequeña y pacífica. *** «Dos días. Dos días y Emilio no volvía. Mi padrastro se fue a trabajar en la mañana temprana del lunes, estábamos a miércoles ya y seguía ausente. Busqué a sus amigos, pregunté por él, nadie sabía nada. Estaba empezando a creer que nos había abandonado. Nos quedaban pocos ahorros y tuve que hacerlos durar, empecé a trabajar duro para reponer el dinero. El jefe de Emilio me tomó para cubrir su lugar, ya que tampoco estaba apareciendo a trabajar. Se lo había tragado la tierra. No podía levantar ciertas cajas, mi larguirucho cuerpo de trece años no era capaz de todo como me hubiese gustado. Pero me las arreglé, y siempre había alguien que me daba


una mano, todos veían lo duro que yo me empeñaba. Las monedas que me pagaban no valían tanto esfuerzo, es verdad, sin embargo me seguí quedando. Había sido fácil que me dieran el lugar, no me atreví a desaprovecharlo, ya no existía la seguridad de conseguir otro mejor. O incluso igual. Nadie aceptaría a un flaco chico de mi edad, sólo en el depósito se arriesgaban a enfrentar la ley. Así los días fueron pasando y perdí toda esperanza de que Emilio apareciera. Era claro, se había ido. Supuse que no podía lidiar con tres hijos. Me llené de rabia pero la oculté bien, me endurecí a cambio. Más fuerte y decidido. Yo estaba a cargo de mis hermanos ahora. Llegué a la desvencijada casa cerca del anochecer del viernes, yo estaba todo el día en el depósito, ni siquiera venía a almorzar. Arrastré los pies directo a la puerta y entré, sacándome la camisa, la arrugué y me sequé el sudor y el polvo de la cara. Entonces posé la vista en mis hermanos, sentados en la mesa, comían pan duro y me miraban con ojitos de cordero herido. Cami se puse de pie primero y vino a mí, me abrazó. —Se fue, ¿verdad?—susurró para que Pablito no escuchara—. Nos dejó. Tragué la ira y el dolor que subieron hasta mi garganta, entrecerré los ojos y asentí, aunque no quería. Ella era demasiado entendida y madura para sus diez años, debería estar consiguiendo amigas en la escuela y jugando, despreocupada. Como hacían los niños que yo cruzaba de vuelta a casa desde el trabajo a la tardecita. En cambio, mi hermanita ya era mamá. Criaba a Pablito como una, ya que la nuestra faltó desde que él nació. Con siete años, Cami se convirtió en su sombra y sostén, mientras Emilio y yo nos íbamos a juntar dinero. Abandonamos la escuela y maduramos de golpe y a porrazos. Hacíamos todo el trabajo equivalente al de un adulto. Los hombros de Cami se desplomaron y nos dio la espalda, le dolía. Claro que lo hacía. Era su padre. Yo sentía rabia porque nos dejó, pero tenía cierta suerte de saber que no era mi padre y no tenía ese deber conmigo. Pero, ¿Cami y Pablito? Ellos eran su sangre y el malnacido se fugó, dejándolos. — ¿Qué pasa?—preguntó nuestro hermanito bajando de su silla. Vino hasta nosotros con las comisuras llenas de migas de pan, sus ojos marrones nos observaron con interés e intuición. Sí, él también, con sólo tres, lo entendía todo. Pero esta vez, no le diría que su padre lo abandonó. Me agaché y lo atraje hasta mí. — ¿Dibujaste hoy?—pregunté, haciéndole cosquillas.


Se rio, retorciéndose y asintió. Después corrió a buscar sus hojas para mostrarme sus dibujos. Nos sentamos en la mesa mientras una silenciosa Cami calentaba agua en una olla descascarada para hacer arroz. No podía verla a la cara, pero sabía bien que estaba llorando en silencio. Ella siempre se escondía para que nadie viera su sufrimiento, pero yo, que la conocía desde siempre, podía llegar a distinguir la tristeza constante en sus ojos celestes. Había algo melancólico en Cami, y estuvo allí desde que yo tenía uso de razón. Pablito se sentó en mi regazo y coloreó un poco más para que yo lo viera, dejamos todo a un lado cuando la cena estuvo lista. Comimos en silencio, el único charlatán y sonriente era nuestro hermanito menor, su inocencia todavía intacta. Me pregunté hasta cuándo duraría aquella fase de niñez feliz. La puerta fue aporreada varias veces cuando estábamos ordenando los platos, y me apresuré hasta ella. Cami se puso a temblar, temiendo que podrían ser los del servicio social, y no niego que tuve verdadero miedo, también. Si había algo que estábamos tratando de esquivar, era que descubrieran que nos encontrábamos solos. Eso nos podría separar para el resto de nuestras vidas, estar a cargo del estado no era una opción que pretendiéramos. — ¿Quién es?—pregunté, sin abrir, inflando mi pecho con valentía. —Un amigo de tu padre, traigo noticias—dijo alguien desde el otro lado, tratando de ser lo más silencioso posible. Dudé, pero me decidí por atenderlo. Había un tipo barbudo y de pelo largo y sucio afuera. Salí a encontrarlo, no iba a dejarlo entrar. Me paré frente a él asimilándolo, intentando leer sus intenciones, y esperando que soltara lo que venía a decir. —Emilio me mandó a avisar—dijo, seriamente—. Está en la cárcel, no va a salir en largo tiempo. Algo pesado se hundió en mi estómago y me congelé sin siquiera ser capaz de pensar. — ¿Cómo?—tartamudeé, sin poder creerlo. —Cayó preso, chico—respondió, abrupto—. Estaba en cosas raras y lo descubrieron. Le dieron años—. Rebusca en sus bolsillos y después me tiende una bolsa de supermercado aplastada—. Les envía esto. Y lo mejor que podés hacer es pedirles ayuda a tus tíos. Tomé lo que me daba y noté que era un fajo de billetes. Bastante como para un par de meses, o un poco más si lo estirábamos. Y éramos expertos en hacer eso. Asentí a su petición, por dentro asegurando que ni loco iría con mis tíos, eran unos enfermos drogadictos, pandilleros. Se metían con la gente inocente, robaban y eran la peor mierda sobre la tierra. Por algo mi madre se había alejado de ellos, sacándome de ese ambiente. Los Castillo eran


mierda mala y pesada. Y yo no quería ser como ellos, tampoco consideré la opción llevar a mis hermanos en esa dirección. Me las arreglaría por mi cuenta, como estuve haciendo todos estos días. Así, Emilio estaba notoriamente fuera del mapa, vaya a saber por cuánto tiempo. La buena noticia, recapacité, era que no nos había abandonado. La mala, que no volvería. Y el punto invariable en toda esta novela era que seguíamos solos y yo a cargo. Oficialmente, me convertí en el cabeza de la familia esa noche.»


Capítulo 10 Ema Los días van pasando y estoy dentro de un torbellino de sensaciones y emociones del que ni siquiera pretendo salir. Con Alex las cosas prosiguen cada vez mejor, nos hemos convertido en dos personas muy cercanas. No sé si se nos puede considerar una pareja, pero sin duda somos algo. Cuando me preguntan sobre él, opto por explicar la opción que más se parece a nuestra situación: estamos saliendo, conociéndonos. Con mucho refregón en el medio también, tengo que agregar para mis adentros. Aunque no hemos ido más allá en cuanto al sexo. Estoy empezando a creer que está retrasando los avances porque es evidente que soy virgen. Y eso lo contraría un poco, lo percibo. De todos modos me mantengo paciente, porque estoy obteniendo muchos vestigios de sus talentos en preliminares. Y amo con totalidad la manera en la que encara el acto y me toca. Me hace sentir que realmente me adora. Le brinda a mi cuerpo intensas olas de placer, y ya me he vuelto una adicta a ellas. No me da miedo reconocerlo. Alex está todo el tiempo en mi cabeza, y al mismo tiempo grabado en mi piel. Creo que es la primera vez en mi vida que puedo decir que soy feliz en gran medida. Todavía no al cien por cien, porque me siento culpable y dolorida por el hecho de que mis padres no estén aquí para verlo y apoyarme. Entiendo que me escapé y los dejé sin siquiera pensarlo detenidamente, que tal vez es una buena excusa para que estén enojados conmigo, pero ahora estoy convenciéndome más y más de que fue una buena decisión. Ojalá me comprendieran. Por eso me obligo a no pensar demasiado en ellos, después de todo, no dudaron en echarme de sus vidas definitivamente. Realmente nunca estuvieron interesados en lo que me hacía feliz. Sobreviviré a eso, gradualmente, porque estar entre los Leones me llena de muchas maneras posibles. Y me van curando día a día, el dolor se vuelve menos pesado. Por otra parte, me encantaría poder volver para traer a Greta conmigo. La extraño y el corazón se me rasga un poco cada vez que pienso en ella allí sola sin tener mis caricias. Mamá odia los animales, seguro ya la han olvidado. Mi pobre bebé. Ojalá Aída la esté alimentando y brindando cariño. Esa línea me lleva a pensar mucho en mi amiga, me


abraza la urgencia de llamarla. Cuando tenga la oportunidad, voy a pedir permiso para hacerlo. Me encantaría escuchar su voz, y contarle que estoy bien en donde me encuentro. Debe estar preocupada, imagino el susto que se llevó al llegar a casa y no encontrarme en mi cama para nuestra rutina mañanera de despertarme y charlar. Y le prometí que allí estaría cuando la dejé marchar esa noche. Me decido a bajar al bar esta noche, León prometió que si lo hacía mantendrían la música agradable. Le insistí que no debía preocuparse por mí, pero él es más fuerte en cuanto a convicción. Acepté, pero sólo iré un par de noches a la semana, no quiero aguar la fiesta de los chicos. No está bien que tengan que bajar la música sólo porque una sola persona no es capaz de adaptarse y entra en pánico al no poder dominar su entorno. Tomo mi bastón y voy, ahora que han descubierto que soy totalmente independiente y capaz, me dejan sola un poco más. Bueno, Bianca siempre está alrededor, eso es porque no tiene mucho que hacer y se aburre cuando Adela está trabajando. Ella y yo nos hemos vuelto muy unidas últimamente. —Sé que de algún modo estoy estorbando—contó hace unos días atrás, mientras almorzábamos solas—. Pero no voy a irme hasta que mi hermano me dé respuestas y acceda a venir conmigo a casa de visita. Sonó triste e irrebatible a la vez. Está decidida a cumplir el objetivo por el cual vino. No sé más de eso, tampoco creo que me corresponda preguntar. Quizás algún día se abra y me lo cuente, soy buena escuchando a las personas. Me gusta ayudar siempre que pueda. En la base de la escalera soy casi derribada por ella. “Hablando de roma”, sonrío. Me toma del antebrazo y tironea de mí a la barra, de pasada oigo un grupo de risitas femeninas. Pensaría que pertenecen a Lucrecia y Francesca si no fuera porque son unas cuántas y bastante chillonas, además es tarde para que ellas pasen el tiempo por acá. Deben estar acostando a sus bebés. Bianca emite un gruñido extraño y me pide que las ignore. Está bien, esto es inesperado. — ¿Hay más chicas en este lugar? ¿Cómo es que no las conozco?—quiero saber, llegando a la barra. Bianca suspira desagradablemente. —Créeme, no querés conocerlas—anuncia, contundente. Estoy a punto de seguir indagando para descubrir el porqué de ello, sin embargo, un brazo grueso y fuerte consigue mi cintura en un apretón. Me olvido. Una enorme sonrisa se pinta en mi cara y me derrito instantáneamente. No necesito más para volverme un poco loca y deseosa.


—Hola—le doy la bienvenida, blanda. Alex se ríe y planta un beso cariñoso en mi sien. Oh, Dios. Su aroma, su tacto. Quiero que me cargue o arrastre escaleras arriba. Necesito fricción, besos y contacto piel a piel. Hoy no tuvimos mucho tiempo para pasar juntos, él y los chicos se estuvieron preparando para mañana. Y con ese pensamiento, la curva en mis labios se deshace un poco. Sí, mañana es la noche de la fiesta. Y me aterra todo lo que tiene que ver con el asunto. Temo por esas chicas, pero también por mis amigos, que se arriesgarán para salvarlas. Espero que todo salga bien. — ¿Qué has hecho hoy?—me pregunta muy cerca del oído. Levanto una mano y la dejo en el costado de su cuello, una leve caricia a su piel y los dos estamos irremediablemente atraídos como imanes. Se aproxima tanto que estamos casi pegados. Inesperadamente me alza y me estampa en una butaca de las altas. Ahora estamos lo suficientemente a la altura como para besarnos. —Desearte. Dormir la siesta. Desearte. Estar con Lucre y sus bebés. Desearte—recito, en susurros—. Y venir aquí, y desearte un poco más. Sus manos en mi cintura templan su agarre y me reconforta saber que lo afecté y que se está conteniendo para no besarme delante de los demás. No me importaría si lo hiciera, me gustaría que todo el mundo en este lugar sepa que es mío. Bien, ese pensamiento posesivo, ¿de dónde vino? —Puta madre, Ema—sisea, ronco—. No digas esas cosas, me volvés loco. Me rio. Esa es mi intención, obviamente. — ¿Al menos has comido algo? ¿Alguien te hizo la cena?—se preocupa. Dulce, pero no necesito que vaya por ese camino. Soy una adulta, no una niña. Mi expresión cambia a ceñuda y prontamente a juguetona. —No, nada—digo, no le doy tiempo a decir algo de vuelta—. Estaba esperando que volvieras y me dieras algo que comer…—me planto ahí, me muerdo el labio inferior. Entonces deslizo una de mis manos por el contorno musculoso del muslo que tengo al alcance y, sugestivamente, la dirijo hacia su zona intima. No lo toco directamente, sólo me insinúo. No soy una niña, estoy lejos de serlo, él debería cuidarme de otra manera más… divertida. Y me encuentro teniendo un ataque de sinceridad, ya que realmente estoy hambrienta. De él, por supuesto. Me baja de la butaca abruptamente, me quita el bastón de las manos y lo extiende de un chasquido.


—Está bien, ganaste—cuela una mano entre mi culo y la barra, y por encima de la tela de mi vestido encuentra el borde de las bragas, lo estira, para después soltarlo y azotarme. El latigazo del elástico pica en mi nalga y jadeo—. Ahora vas a subir esas escaleras y esperarme, solamente en tus braguitas. Oh, se puso demandante. Genial. —Está bien, jefe—con una risita me acerco, para decirle por lo bajo—: hoy tengo puestas las rositas, sé que son tus preferidas—lo beso en la comisura de los labios y me alejo al mismo tiempo que lo oigo gruñir. Puntazo para mí. Me apresuro por entre la gente, que amablemente se dispersa para dejarme el camino libre, voy repitiendo las gracias hasta que llego a las escaleras y las subo, ansiosa. Realmente lo necesito, todo un día sin él se sintió eterno y sin sentido. Abro y cierro la puerta, entonces lanzo mi bastón al suelto y me deshago del vestido. He encontrado que vestirme así me favorece en un montón de sentidos más de los que antes creía. No sólo es cómodo y liviano, sino que es fácil de quitar. Estoy dejándolo caer al piso cuando la puerta se abre, luego se golpea y con una única vuelta de llave, Alex me encara como un toro a un manto rojo. Me eleva y aplasta contra la pared más cercana, grito y adquiero su boca en mi seno izquierdo, prendida a mi pezón. Cierro los ojos y me ocupo por no tener un paro respiratorio, esto se siente bien. Demasiado bien para mi bien. Estoy en el aire, sostenida en sus brazos y me está chupando como si hubiese estado deseándolo el día entero. Por mi parte, es así. Pasa al otro pezón y entierro mis manos en su pelo, a medida que va subiendo por mi pecho hasta mi cuello, siento mi ropa interior mojarse, completamente lista. Reaccionando con rapidez y necesidad. Su boca se estampa en la mía y me abro para concederle la bienvenida a mi interior, su lengua quitándome el poco aliento que me queda. Ronroneo con ella y él me muerde los labios, mientras las grandes manos bajan por mi cintura, hasta las caderas. De nuevo estira la tela de mis bragas y deja que piquen chocando mi piel. Gimo, me remuevo y respiro al fin cuando me deja ir. Me acarrea a la cama como si no pesara nada y me deposita en el borde, sobre mis manos y rodillas. Posición diferente, mi estómago se enrosca con anticipación. Alex se pasea junto a mí, escucho cómo sus ropas van cayendo, abandonadas a un lado, luego su tacto está en mi espalda y la recorre a lo largo, suave y persuasivo. Mi piel se eriza y me arqueo tratando de obtener más. Acaba en mi espalda baja, donde comienzan los montículos que conforman mi trasero, va más allá y se da permiso para irrumpir en mis calzones, amasando mis nalgas. Respira, respira, respira, me ordeno. Sus dedos se clavan en mi carne.


Luego las desliza por mis piernas y me deja expuesta a él, me excito más, si eso puede ser posible. —Alex—le llamo, pero realmente no hay nada que decir. Sólo sentir. —Te gusta provocarme, ¿no es cierto?—no es risueño, más bien grave y estable. Me encanta cuando actúa de esa forma. En realidad, amo cada maldita faceta suya. Lo ansío todo de él. —Sos algo irresistiblemente atractivo para provocar—canto agitada pero bien claro, yo también puedo jugar. A su vez, sigo su mano con mis caderas, tratando de retener más de su contacto. Inesperadamente, pellizca y me sobresalto, me trago la risita que sube hasta mi boca. Y a continuación me abandona toda la diversión erótica, ya que pierdo un poco el sentido cuando se interna entre mis labios húmedos e hinchados con sus dedos. Trago y aprieto los párpados con fuerza, mis suspiros son sonoros y cortados. Encuentra el nudo de terminaciones nerviosas y se encarga de él acariciándolo fácilmente a causa de mi humedad acumulada allí. Abro mis piernas y me expongo más, bajo mi rostro al colchón y apoyo mi frente, viciada. Completamente extraviada en los efectos. En solo un par de segundos estoy abriéndole los brazos al primer orgasmo, y muerdo la tela del edredón ahogando mi grito extasiado. Mi cuerpo vibra y mis extremidades fallan, casi caigo en mi costado, Alex no me deja. Me levanta y me pone en mis rodillas gelatinosas, me sostiene del mentón y me agito porque sigue en mi clítoris y estoy sobrecargada después de la explosión. —Eso fue rápido—digo en un susurro, tan drenada que no puedo hablar. Entierra sus dientes en mi mentón y mandíbula, allí mismo me quejo porque advierto que uno de sus dedos acaba de penetrarme. Es celestial, hermoso. Bailo enfundándolo, no logro permanecer quieta. Uno, otro dedo y, seguido, otro. Los tres estirándome y abriendo mi canal, el ruido de la fricción con mis fluidos me pone más caliente. Mi vagina se contrae y Alex ronronea en mi mejilla. Voy a acabar de nuevo, no lo aguanto más. Y lo hago, para el momento en que mi boca que abre para chillar Alex interna su lengua y me acalla. Sus dedos son succionados en mis profundidades latentes, y es lo más erótico que alguna vez sentí. Cada cosa que él me hace, me arruina para otras experiencias sexuales. Pero de inmediato descubro que no quiero tener nunca a nadie más con quien comparar. Estoy jodida.


Una vez que mi cuerpo se recobra y él me vacía, me dejo caer en la cama sobre mi espalda, dejando lugar para su enorme constitución justo a mi lado. Se une y enseguida estoy en él, besándolo letárgicamente, tomando su sabor en mi boca. Aplana mis tetas y baja a mi estómago, marca el camino con sus dedos empapados por mi sexo. Eso es excitante, creo que podría soportar otro orgasmo, me siento muy apta. Me subo a horcajadas, y lo monto. Está plenamente desnudo y formo un puño en su masculinidad erecta. La piel sedosa se aplaca deliciosamente en mis manos, la froto, subiendo y bajando a lo largo. Es grueso y extenso, y me lleva a calcular que va a doler cuando lo meta en mí, y no me importa. Me gusta el dolor, me gusta sentir, por sobre todas las cosas. En especial si viene de Alex. — ¿Cuándo vas a quitarme la virginidad?—pregunto, masturbándolo. Jadea y alza las caderas en cada encuentro, cuando llego a la base y cuando encuentro su cabeza ancha. —Pronto—suelta abrupto. Lo deposito, apuntando a su bajo vientre y pongo mi sexo encima, mi humedad lo baña y me aprieto contra él, se atiesa y maldice. Y yo sonrío. El meneo de mis caderas provoca que mis labios se separen y lo acunen. Estoy mojándome más, es irremediable. Gimoteo, sabiendo que va a llegar otra culminación. Pero antes quiero que él arribe a puerto. Me muevo más rápida e intensamente, y él pierde el control. —Necesito sentirte dentro—anuncio, pasando las uñas por su pecho—. Promete que será la próxima vez—jadeo. Oigo el chasquido de sus dientes y el rugido de la perdición. —Como quieras—escupe y se viene. Encierro mi mano en su glande con la intención de embadurnarme con su simiente, es pegajoso y sale a borbotones, parece que cuanto más mira lo que estoy haciendo más derrama. Sus gemidos roncos y respiraciones violentas son como música para mis oídos y sonrío, mientras otro orgasmo viene a mí y me atrapa. Sí, estoy jodida. Y me importa un comino. *** Alex y los demás se marchan la tardecita siguiente, van preparados y armados hasta la médula, por lo que entendí. Ellos se tomaron muy enserio esto, y estoy agradecida. Él, Max y Santiago se colarán en la fiesta y tendrán los ojos en todos y cada uno de los


movimientos. Y al mismo tiempo, habrá más Leones afuera, al mando de León, vigilando los alrededores. Tienen todo organizado y pensado, confían en que irá perfectamente. Sin embargo, a pesar de su confianza, tengo miedo y no puedo sacarme la cantidad de pensamientos malos que hay en mi cabeza. No veo la hora de que vuelvan y me aseguren que están bien, junto con esas dos chicas. —No te preocupes, todo va a salir bien—canta Bianca, mientras bajamos al bar, que está bastante tranquilo esta noche. Me palmea la espalda y sonrío por sus esfuerzos en convencerme de que sea positiva. Lo soy, generalmente, pero hoy estoy un poco precavida, porque no tengo idea de que la misión sea segura. David y mi padre son unos mafiosos. Y sí, es verdad que este clan tampoco se queda atrás. No hay santos en ninguno de los bandos, cierto, de todos modos siento que este lugar es el cielo. Más allá de que pertenezca a estas personas. Estoy encariñándome demasiado rápido, y ni siquiera me importa la moral. —Lo voy a creer cuando estén de vuelta y me lo digan—rio, aunque se nota mi inquietud. Si algo pasa, yo seré la culpable. No puedo esquivar ese sentimiento. Nos sentamos en la barra, en las butacas de siempre, Adela enseguida nos tiene una cerveza lista para cada una. La tomo, ignorando el hecho de que preferiría algo más fuerte. El líquido amargo me enfría la garganta y, junto con la compañía de las chicas, mis músculos agarrotados comienzan a aflojarse. Estamos charlando tranquilamente, con algunos chicos alrededor, los que se quedaron para cuidar el lugar, supongo. Y entonces, el mismo grupo de risitas de ayer se arrima, no quiero apresurarme pero enseguida pienso que significan problemas. Sobre todo por la tensión que ahora parecen transmitirme Adela y Bianca. Algunas nos pasan de largo y otras se quedan cerca, agudizo mis oídos y trato de entender de quienes se tratan. —Hola, querido—ronronea una, y tengo que reconocer que la voz aguda es tortuosa para los oídos ajenos. Bianca gruñe a mi otro lado, estoy entre ella y el jaleo, y enseguida quiero saber a quién están persiguiendo. — ¿Por qué hay tan pocos hombres esta noche?—pregunta la mujer, y enseguida cambia de tema—. Venís poco por acá, ¿no? Sos bastante nuevo, no pareces uno de los nuestros—risitas. — ¿De los nuestros?—se queja Bianca, bufando—. ¿De los nuestros? No tiene cara…


—Claro que no tiene cara, ¿no ves? Es una máscara de botox—agrega Adela, frustrada. No tengo qué para decir, ya que estoy perdida y no logro entender absolutamente nada sobre lo que está pasando. Solo escucho y absorbo información. Creo que el acorralado es Jorge, puedo sentir su intensidad desde mi lugar, no responde a las preguntas. —Hola—canta otra voz, llena de falsedad justo sobre mí, supongo que me está hablando—. ¿Sos nuevita, nena?—una mano me toca el hombro y me zafo, tratando de ser amable en el proceso. No me cae bien que me toquen así como así, y menos si no me agrada el tono. ¿Quiénes son estas mujeres? —Apártate—gruñe Adela desde su espacio—. O voy a prenderte fuego. Elige. Sabes bien que soy capaz. —No te tengo miedo, idiota—cacarea de regreso la chica a mi lado—. Decime, nena, estás con el Perro, ¿verdad? Trago lo último que queda de mi cerveza, y se asienta pesadamente en mi estómago junto con el veneno que distingo en la voz de la chica. Se pone un poco insistente al notar que decido no llevarle el apunte. Tanto, que siento el rubor de la ira subiendo por mi cuello a mi cara. —Oh, mira cómo se sonroja, tan dulce—prosigue fría, Bianca salta de su silla y Adela estrella un vaso en la barra, enojada—. Tan roja… Oh, bueno, toda roja, quiero decir. ¿Cree que va a ofenderme con eso? Qué poca neurona, perra. No me interesa mi imagen, ¿para qué? Si no puedo verme en el espejo. Idiota. Con razón Bianca dijo que no quería conocerlas de verdad. Son detestables. Y me quedo corta ¿Y qué mierda hacen en este bar? Ah, entiendo, vienen a buscar atención masculina. Debería haberlo imaginado. —Retírate si no querés tener problemas—salta Bianca, dando un paso a ella. La perra se ríe, seguro le encantan los problemas. — ¿Con vos? Oh, miren a la pseudo-barbie patoteándome—se burla—. No tenés nada que hacer con nosotras. No querrás romperte una uña, ¿no? Sería una lástima. —Estás molestando a mi amiga, si crees que no voy a romperme una puta uña por ella, entonces estás equivocada—escupe.


Y velozmente un tornado se forma. Gritos, manotazos gruñidos como de gatas salvajes peleando. Alarmada salgo de mi butaca y me alejo unos pasos, ojalá pudiera pelear, no me sentiría mal dándole una paliza a la estúpida. El revuelo es descontrolado y estoy tratando de abrir mi bastón para el momento en el que me llevan por delante y comienzo a caer sobre mi espalda. Mi tentativa es agarrarme de lo que sea a mis costados, pero resulta improbable. Espero el golpe. Nunca llega. Un par de brazos fuertes me sostienen en el aire y me apartan del remolino. Agitada, me quito el pelo de la cara cuando me deja estable sobre mis pies y le agradezco a mi salvador. —Gracias—respiro. —No hay problema—dice Jorge, oscuro—. No te muevas de acá. Entonces se va, seguramente a separar la pelea. Parece como que es el único que se interesa por eso, porque no escucho a ningún hombre más tratando de terminarla. La revolución de insultos, tirones y rugidos no se frena, aun cuando él les pide que se detengan. Escucho a Bianca desgarrar su garganta en un aullido aterrador, no de dolor sino de furia. Nunca creí que sería capaz de reaccionar así, ella es toda risita y simpatía, incluso dulce la mayor parte del tiempo. Parece que la han llevado por el borde esta noche. — ¡BASTA YA!—el tono ronco y grueso de Jorge paraliza a todos. Salto hacia atrás, mi corazón latiendo. Incluso me ha provocado escalofríos. El silencio se asienta, e inmediatamente se oyen algunos de lloriqueos. No vienen ni de Bianca ni Adela, creo que les han dado una paliza a las perras. Victoria. —Levántate—sigue Jorge, esta vez no grita pero sigue siendo aterrador. —No me toques—murmura una Bianca enojada, se revuelve como si se estuviera zafando de él—. Imbécil. Los tacos de ella resuenan tambaleantes mientras parece estar caminando en mi dirección. —Estoy tratando de ayudarte—insiste él siguiéndola—. Estás sangrando. Frunzo el ceño, no me gusta la idea de ella lastimada por empezar una pelea para defender mi honor, las palabras de la tarada ni siquiera me afectaron lo suficiente para que esto valga la pena. —Aléjate de mí—empuja ella, abrupta—. No vas a volver a tocarme. Andá con ellas para que te sigan frotando, ugh.


Hay más movimiento más allá, en el centro, donde todo comenzó. Aun así no puedo dejar de estar atenta a estos dos, que parecen más cercanos de lo que aparentan. Y Bianca suena herida. Puede que esté siendo una chusma por escucharlos discutir, es que, bueno, están justo a mi espalda. No puedo evitarlos. —Estás siendo inmadura—dice él, secamente. —Claro que sí—salta ella, molesta—. Vos lo dijiste, soy tonta, superficial… y una chiquilina inmadura. Ya entendí tu maldito punto, déjame en paz—toma un respiro. Entonces me toma del brazo, suavemente y me arrastra con ella escaleras arriba. La sigo, parece como que necesita un ratito a solas. Entramos en el altillo y comienzo a creer que está llorando, por los ruiditos cortos que hace con la nariz. —Perdón—se aclara las cuerdas vocales. —Hey—murmuro, apagada—, ¿estas sangrando?—quiero saber. Ella chasquea la lengua sin dar importancia. —Esa puta clavó sus uñas en mi cara, voy a estar bien—se ríe, amarga. Después se escabulle al baño y no puedo dejar de sentir como que ella se siente realmente mal. Tarda demasiado tiempo ahí adentro, lo que me hace considerar que está desahogándose, y no precisamente por la pelea. ¿Qué hay entre ella y ese hombre? Se advertía herida, ¿será que él la ha lastimado de alguna manera?

Alex La música electrónica retumba en mis tímpanos y camino más al centro, la muchedumbre me engulle. Los cuerpos se apretujan y tengo que ir empujándome para pasar, esto es la viva imagen del descontrol. Hay suficiente alcohol como para emborrachar al doble o el triple de esta cantidad de personas. Son unos viciosos. Al llegar, el grupo de chicos que organizan la fiesta, que no deben tener más de veinte, nos miraron un poco raro. Desconfianza plasmada en sus ojos, hasta que mostramos los cajones de cervezas y fernet que traíamos cada uno. Como predije, nos miraron como si fuéramos los malditos amos del universo. No tuvimos que preguntar si nos dejaban pasar. La juventud es muy confiada y despreocupada.


Ahora, la sala de esta cabaña se ha llenado, no entra un alma más, incluso hay un fogón en el patio, algo alejado para albergar a más gente. León envió algunos chicos más para rodear las afueras, por donde se amontonan junto al fuego. Nosotros tres seguimos dentro. Se ve tranquilo, en el sentido de que nadie está fuera de lugar o intentando alejarse con alguna chica. Pero es temprano, y deduzco que las cosas van a cambiar en un par de horas. Los criminales van a chamuyar5 con ellas y tratar de alejarlas con el cuento de buscar más intimidad. Me imagino que lo tipos son jóvenes y atractivos, así es más fácil meter a una mujer en el bolsillo. Eso, y simpatía. Estoy atento a cada pareja hablando apartada de la multitud. Por ahora hay pocas, la mayoría de las mujeres baila, y los hombres se amontonan en la barra improvisada, para saturarse de cerveza. Me apoyo contra la pared, sosteniendo mi bebida, y simulo estar lo más relajado que se puede, sabiendo lo que puede llegar a ocurrir si bajo la guardia. Varias chicas se acercan, intentan entablar una conversación, me cierro, digo lo justo y necesario. Algunas se dan cuenta de que no estoy interesado y se rinden, otras necesitan un empujoncito con sequedad. Y, concluyentemente, nunca falta la que se cuelga y quiere acapararme por completo, tanto si estoy siendo cortante o no. Veo que mis compañeros están pasando por lo mismo, no hay dudas, a las chicas les atraen los tipos malos. Y esta noche estamos de cuero, eso potencia más a las moscas a volverse más cargosas. Obviamente, dejamos los chalecos en casa, mejor no mostrar de donde somos, sin importar cuantos nos reconozcan. Mientras una de las chicas intenta pegarse a mi frente y fregarse, distingo una pareja, bastante acaramelada, en mi misma pared, pero más lejos. Ella, rubia y muy hermosa, tiene la espalda apoyada y el tipo se sostiene con un brazo estirado y la mano por encima de su hombro. El instinto se me activa, y definitivamente sé que una de las buscadas es ella. Bonita, sofisticada, y demasiado inocente como para saber lo que algunos planean con ella. El hombre se inclina sobre su cuerpo pequeño y le habla al oído, ella se ríe y apoya la frente en su hombro. Sí, ya están en la fase del contacto, hace rato comenzaron. Atracción, interés, toqueteo y, por último, la necesidad de estar a solas. Los vigilo de a ratos, rotando mi atención alrededor. Por si estoy equivocado con ellos y consigo ver cualquier otra pareja en la misma posición. Me acerco al dúo, disimuladamente, abandonando a la chica que me acorrala. Saco mi celular del bolsillo de mis vaqueros y me apoyo, de nuevo pareciendo entretenido. Finjo que fisgoneo en el aparato, agudizando el oído, y enviando mis ojos en todas direcciones. Un rato después me llega un texto. “Creo que tengo a una pareja. Él tipo fue a la barra a conseguir un trago” 5

Chamuyar: en Arg. significa conversar con una persona teniendo algún propósito. Por ejemplo: conquistar o convencer.


Es de Max, y levanto los ojos para echarle un vistazo. Y él me señala con el mentón a un chico de camisa cuadrillé ajustada que se está internando entre los bebedores de la barra. En el mismo instante escucho al de al lado anunciar que le conseguirá una cerveza a su chica. Intento no ponerme frenético, sólo me quedo en mi lugar, revisando el celular, y él pasa frente a mí. La rubia se queda viéndolo con una sonrisa enamorada en la cara, no se mueve de su sitio. La tiene. Claro que la tiene, y no le costó mucho esfuerzo. “Camisa cuadrillé roja y gris, se acaba de encontrar con remera de los Rolling Stones” Le envío a la Máquina, que está anclado en la barra. Lo veo leer el mensaje y fijar la vista en los dos, no los pierde ni un mínimo segundo. Ellos piden la cerveza, alguien la saca del freezer más cercano y se las extiende. Interactúan un momento, uniendo sus cabezas para hablar, no puedo ver lo que están haciendo, me dan la espalda. Pero Santiago los tiene justo ahí, a sólo unos pasos. Me fijo en la chica, aun fija, cercana a mí, inmersa en su celular mientras espera, de vez en cuando le echa el ojo a su conquista con ansiedad. Otro mensaje vibra en mi mano. “Estoy bastante seguro de que les metieron algo a ambas bebidas” Claro que sí, hijos de puta. Los descubrimos, infelices. Esta noche no llegaran lejos. Los dos tipos se distancian y van cada uno en sentido contrario, el de los Rolling Stones a mi zona, el otro a la de Max. Están cubiertos, pero tenemos que estar atentos, puede haber más, en esta mierda nunca se sabe. Envío un texto a León, que está afuera. “Uno de los tipos va de cuadrillé rojo y gris. Tiene a la morena. El otro, con una camiseta de los Stones, está con la rubia”. Mi pareja se reencuentra y la chica acepta el porrón, completamente confiada. Mierda, ni siquiera duda al ingerirlo. Estoy empezando a enojarme bastante con todo esto, ¿acaso no ven las malditas noticias? No hay ni un ápice de sentido común en ellas. Jodida idiotez. Un desliz como este les puede salir muy caro. Vale sus jodidas vidas. Permanezco en mi lugar, le hago un poco de caso a la próxima chica que se acerca a hablar, no me sorprendo cuando intenta convencerme de ir al bosque a intercambiar saliva y otros fluidos. Le sonrío y le digo que estoy con alguien en el segundo que veo empezar a moverse mi verdadero interés de la noche. La pareja se mete entre el gentío, caminando en dirección a la puerta. La chica se ríe alto y se tambalea un poco. Los sigo de cerca, pero no tan evidente. Una mirada a Max y descubro que la suya sigue allí, seguramente saldrán con unos minutos de diferencia. Enfilan para el costado de la cabaña, en dirección contraria a la fogata y el grupo de gente. Se internan entre los árboles.


“Lateral opuesto al fogón, necesito al menos un refuerzo. Voy a entrar en el bosque” León no responde pero sé que ya se está poniendo en marcha, persigo mi objetivo ya sin mucho interés en mantenerme oculto. Los encuentro no muy lejos, él la está arrastrando de la mano sin muchos miramientos. —No me estoy sintiendo bien—tartamudea ella—. Quiero volver. Él responde caminando más rápido, prometiendo que se la pasará bien en su casa. Lucho contra el vómito de ira que me abraza y corro. El tipo escucha mis pasos sobre las ramas y las raíces sobresalientes y comienza a correr un poco más, acarreando a la chica como puede. — ¡Eh!—grito, acelerando—. ¿A dónde carajo vas con ella? La pequeña se tropieza, lloriqueando y él tironea, con eso gano metros y casi los tengo. —No es de tu incumbencia—carraspea él, molesto—. Es mi novia y nos vamos a casa. —No es tu maldita novia, asqueroso imbécil—lo encaro—. La vas a soltar ahora. La chica cae al suelo y él se echa a correr, en pánico. No tardo nada en alcanzarlo y empujarlo abajo. Me subo encima y comienzo a desfigurar su rostro con mis puños, descargando mi asco y bronca por lo que estuvo a punto de hacerle a la chica llorando en posición fetal a sólo unos pasos de nosotros. Y por todas las que tuvo el éxito de conseguir en el pasado. Lo golpeo, se las arregla para darme algún cachetazo de regreso. Es grande, tiene fuerza, pero no lucha como yo. Forcejeamos y lo levanto de la camiseta para aplastarlo de espaldas contra un árbol, sangre saliendo de todas partes de su cara, y mis nudillos latiendo e hinchándose. Pero no siento nada, sólo intensa cólera. —Los hijos de puta como vos no merecen seguir viviendo—escupo, y lo golpeo contra el tronco, sus huesos chasquean y gimotea por lo bajo. A continuación es mi turno de quedarme helado e inmóvil, porque el cañón de una pistola se aplasta duramente contra mi nuca. —Vas a dejar en paz a mi chico, si no querés que desparrame tus sesos de prostituta barata por todo el bosque—dice una voz que reconozco muy bien. De hecho, la recuerdo tan perfectamente, que el pasado se cuela instantáneamente en mi cabeza. Aflojo el agarre en el chico casi inconsciente y alzo las manos, dándome la vuelta.


—Ferro—escupo, amargo, encontrando sus ojos negros como los de un cuervo. Las náuseas suben por mi garganta, pero las envío abajo de vuelta. No voy a demostrar dolor y debilidad ante él. —Castillo—dice, sonriendo encantado—. Cuanto tiempo sin verte, vecino. Y sólo así, sin siquiera esperarlo, termino encontrándome cara a cara con el único Ferro que me falta exterminar.


Capítulo 11 Camila «Hay algo malo en mí, está siempre ahí, apagándome. Con cada día que pasa me hundo más. Me cuesta tener que sacar mis pies de la cama en las mañanas, simplemente deseo quedarme recostada todo el día, porque sé que será otro igual a los demás. Nunca vamos a salir de esto. Alex cree, él se renueva cada amanecer, sale a la calle con la voluntad de hierro que a mí me falta. Oh, Alex, hermanito. Lo único que me queda. Los he perdido a todos, y él sigue de pie justo aquí, siempre dándome lo mejor. Recuerdo cuando lloraba cada noche antes de dormir, sólo porque me sentía terrible cada vez que él me regalaba una porción de su comida quedándose sin nada, y yo lo tomaba, aunque no lo merecía. Lo tomaba y lo comía, porque mi estómago dolía. Dolía tanto que las náuseas venían vacías a mi garganta. Y él sonreía viéndome comer. La culpa me comía por dentro después, una vez que me daba cuenta de que estaba siendo egoísta, tomando lo que era suyo. No lo merezco. Él debería irse, justo como todos los demás. Sin embargo, no me atrevo a echarlo, soy cobarde, egoísta, necesito que me abrace cada día y me prometa que todo mejorará porque, aunque no lo crea, me purifica el alma que sus ojos brillen con esa esperanza. Dios me bendijo al dármelo, me hace pensar que no fue del todo malo conmigo. Lo amo tanto. Lo necesito para respirar. Cada vez que llega de trabajar a la madrugada y se recuesta en su lado de la cama con un suspiro agotado, le susurro que nunca me deje. Que es él por lo único que atravieso los días. Mi vida es un infierno, y Alex es mi ángel en todo este fuego. Estoy tan triste y enferma, lo sé. No necesito que me lo confirmen, sé que no soy normal. Por eso es mejor que Alex se quede lejos de mí, soy tóxica. Soy negativa, estoy vacía. No tengo nada para dar, sólo miedo e inseguridad. Camino directo a nuestra casilla de chapas, la que hemos ido reformando con el tiempo, ahora, por lo menos, soporta los vientos que azotan esta parte aislada de la ciudad. Trato de no pensar en aquel día en el que llegamos por primera vez, lo que nos hizo terminar


aquí. Lo que arrastrábamos a nuestras espaldas. Tanta tortura desgarrando nuestros corazones. Y culpa mía, también. Todo lo ha sido, soy mala para la gente que quiero. — ¡Hey, Cami!—me llama alguien desde la casilla del frente, a unos cincuenta pasos de la nuestra. Miro, inexpresiva, y distingo a uno de los Ferro perfilado en mi dirección. Tiene un porro en la boca, y sopla humo mientras camina. Sus manos en los bolsillos, los hombros anchos relajados. Es David. Lo reconozco porque siempre es el que va más limpio, y es más atractivo también. Sus ojos son negros, su nariz es grande y un poco torcida pero le da un buen aspecto. Su pelo oscuro esta revuelto y algo largo. Me quedo en mi puerta, esperando. Él no me gusta, le trae malos augurios a mi cuerpo. Mi mano tiembla en mi candado a medio abrir. Se para bastante cerca y me observa, un brillo peligroso en esos pozos hondos sin emociones. — ¿Qué pasa?—pregunto, seria—. Mi hermano no está. Una ceja se alza en su rostro bronceado, y enseguida noto que he cometido el error. Nunca tengo que decir que estoy sola, o que Alex llegará tarde. Siempre hay algún amigo cercano cuidándome, esta vez no hay nadie. Me tocaba mentir y no lo hice. Él muestra una bolsa desde su bolsillo, con porros adentro. — ¿Querés uno?—pregunta. Niego y prosigo a seguir con mi llave en el candado, mi pulso tiembla y David lo nota. Y algo me hace creer que le gusta que su presencia me asuste. En realidad, cualquiera de los hermanos Ferro significa problemas y con solo verlos de lejos una sabe que tiene que mantenerse alejada. Da un paso más hacia mí, me arrincona contra la chapa. —¿Por qué no?—susurra, ronco—. ¿No soy lo suficiente bueno para que compartas un poco de marihuana conmigo? Me muerdo el interior de las mejillas con fuerza, hasta que degusto la sangre en mi lengua. —N-no—digo, titubeando—. No es eso… yo tengo que ir a estudiar.


—Vos y tu hermano quieren cagar más alto que el culo, ¿no?—escupe, encerrándome—. Lo único que desean es salir de acá, para no estar cerca de nosotros, los pobres. Ustedes se creen mejor que todo este basurero. Trago, y frunzo el entrecejo. —No es verdad, estamos bien acá—es una mentira, y lo sabe, nadie vive bien bajo cuatro chapas. Y todos, de una manera u otra quieren salir de este lodo. Apuesto a que él también. Hipócrita. Nos insulta por querer ser mejores y no morir de hambre. Alex ahora me está obligando a ir al colegio, y lo hago porque quiero que sea feliz. Y aprobando lo pongo contento. Yo sólo vivo para su sonrisa. Desencajo el candado y corro la puerta abollada, sólo un poco porque David me toma del codo y me tironea hacia atrás. — ¡Alex!—grito, es un reflejo estúpido porque sé que no está cerca—. ¡Alex! Alguien más viene desde mis espaldas y me tapa la boca, mientras que con otro brazo me sujeta apretada. Me remuevo con fuerza, sin embargo no tengo nada que hacer contra ellos. Son tres. Tres Ferro, acarreándome hasta el monte con olor a podrido que está a lo lejos. Nadie me escucha, nadie me ve porque acá no hay iluminación. Mis gritos ahogados piden por mi hermano, al tiempo que veo mi casilla alejarse, y mi mochila caer de mi hombro. Pataleo un poco más al ser bajada al suelo, pero de inmediato tengo a uno encima de mí. —La putita no está para salvarte hoy, princesa—canturrea él, creo que es Pancho. De alguna forma le pega el apodo, tiene sobre peso y piel grasosa, llena de acné. Es grande, pesado para que mis huesos lo soporten. Él levanta mi camiseta y mira mis pequeños pechos, que apenas han crecido, se saborea. Es allí que comienzo a llorar, imparables y gruesas lágrimas. Percibo un pinchazo en mi brazo y salto, David maldice y me tironea del cabello. Vuelve a perforar mi piel, inyectando algo. Potente miedo me paraliza, seguido de una espesa bruma. Ha venido tan rápido, tan de repente. Mi sistema se queda dormido entonces, flojo. Mis párpados pesan, estoy cansada y es agradable. Por un momento corto, sin embargo. Mis vaqueros son deslizados por mis piernas. — ¿Funciona?—pregunta el que está lejos, vigilando por si alguien viene. Los cuatro sabemos que nadie aparecerá, de todos modos.


—Como la mierda que funciona—dice Pancho aún sobre mí—. Mira lo bonita y quietita que quedó—ríe como un niño de cinco años. Trago, mis ojos se enfocan lo suficientemente bien para verlo desprender sus pantalones, justo entre mis piernas abiertas. Mi corazón late en mis oídos, mi cuerpo no reacciona al miedo, sólo se queda ahí, como si le gustara estar reducido así. —Sos tan linda Cami, no importa que nunca sonrías—canta Pancho, se acaricia a sí mismo, un gorgoteo horrible sale por mis labios—. No importa que me ignores siempre, esta vez sos mía—jadea, ahora completamente erecto. Mis ojos se alzan al que está de pie a nuestro lado, mirando. David no sonríe, sólo observa como si esto fuera algún negocio, como si estuviera vendiendo sus porros. Se coloca las manos en la cintura y espera. Entonces su hermano se posiciona en mi entrada, luego de deshacerse de mi ropa interior. El dolor lo abarca todo en el cuarto de hora que sigue. Quince minutos que se vuelven eternos. Pancho bombea en mi interior y me quita la virginidad de un solo empuje, lloro y mis lágrimas caen por mis sienes y se pierden en mi pelo rubio oscuro. Y aun así, nunca abandono los ojos negros de David. Mi espalda resbala adelante y atrás, Pancho me sacude y tiembla. Sujeta mis caderas y los gritos que dejo ir no serán escuchados ni a dos pasos de distancia. Ni-un-solo-segundo-corro-mi-mirada-de-David. “Van a pagar por esto”, prometo en silencio. “Van a sufrir tanto o más que yo”. Simplemente lo sé, tengo el resplandor del futuro en mi mente. No sé si Alex se encargará de ellos. Quizás sí, quizás no. La vida misma puede hacerlo, y cuando pase, yo estaré viendo desde cualquier lugar. Pancho se estremece y sale de mí, se levanta alejándose. —Mierda, que fue hermoso—gime mientras se masturba apoyado en un árbol—. Esa pequeña perfecta virgen, carajo. No lo escucho más, me centro en los pozos negros e insondables. Y el otro hermano viene, hace exactamente lo mismo que el anterior, y permanezco inmóvil, en mi voluntad de expresar lo que no puedo decir a través de mi mirada húmeda. Cuando David se aleja para tomar vigilancia el dolor vuelve, y mis gritos se potencian. Aún son débiles, pero más fuertes que los primeros que solté. El segundo Ferro acaba, del mismo modo, sale y se aleja para culminar. Allí, David los llama, y ellos lo siguen como dos inmundos perros falderos. Me dejan sola, mejor, porque me estoy rompiendo en pedazos.


Si antes estaba rota, ahora estoy irremediablemente convertida en polvo liviano y puedo ser barrida por la brisa de la noche y desaparecer en la negrura del monte. Cuando el efecto de la droga abandona mi sangre, me levanto como puedo y alcanzo mis ropas arrugadas en la tierra. Hay sangre entre mis piernas, y empiezo a correr con mi objetivo puesto en el agua estancada por la lluvia de anoche, que siempre forma un charco hondo redondo entre las casillas y el monte. Entro en el agua hasta mi cintura y grito, no porque esté fría, sino porque tengo que sacarlo todo de adentro. Aúllo a la oscuridad, tirándome de los pelos, rasgando mis cuerdas vocales y haciéndolas sangrar. Hoy, todo mi interior sangra. Sangra. Y sangra. Miro el cielo y le grito más. Dios decidió que lo que me había hecho antes no era lo suficientemente malo, y tenía que seguir castigándome. —Ya está hecho—mis dientes castañean, me atraganto—. Ya está hecho, ya no hay nada. Ahora sólo déjame en paz—lloro. “Ya no hay nada más en mí que puedas tomar.”»


Capítulo 12 Alex Por un instante estoy seguro de que comenzaré a hiperventilar, un ataque de pánico y angustia apresándome el pecho. Años y años soñando con esto, con tener al último hermano justo así, bien de frente, mirada con mirada. Para que vea el odio que hay guardado en mí y ha ido creciendo a pasos agigantados con los años. Y note lo que he estado planeando hacerle en mi cabeza todo este tiempo, siendo alimentado por el rencor. Pero la sensación de perder el control sólo dura un minuto, quizás dos, porque el refuerzo que pedí antes se posa justo detrás y le dispara a David. Doy un salto sobre él y, al mismo tiempo, subo su brazo hacia el suelo, su disparo se pierde entre las ramas altas de los árboles. La pistola cae de su agarre al suelo y se va de espaldas. Está protegido, tiene chaleco, aunque el disparo debe haber dolido, alcanzando en leve medida su carne. Cargo sobre él y lo golpeo, duro, con la fuerza acumulada en mi corazón. Y con el alma cicatrizada, me encargo de su asquerosa cara. Sólo para que una nueva lluvia de balas venga desde la distancia, tratando de derribarme y liberarlo. Me recuesto a su lado y me arrastro, mi suerte pendiendo de un hilo muy fino, cualquier disparo puede darme justo en la cabeza. Llego a la chica casi desmayada y la cubro con mi cuerpo. Más Leones vienen y devuelven el fuego, reducen al enemigo un poco como para que pueda salir del medio, arrastrándola conmigo. Busco a mí alrededor por David, él ha desaparecido, seguramente cubriéndose tras algún árbol cercano. “Hoy no”, suena la voz de la venganza en mi cabeza. “No hoy, pero pronto”. Nos resguardo detrás de un tronco grueso, de cara a mi clan, son diez tipos disparando a un enemigo que se rinde fácilmente y se va, en dirección a sus vehículos. El apuro de perderse puede más que seguir con esta pequeña guerra. Su misión de esta noche fue un fracaso, gracias a nosotros. Hoy ganamos, la pequeña chica a mi lado está a salvo, y puedo estar seguro de que la otra también. — ¿Están heridos?—pregunta León acercándose.


Pongo atención a mi cuerpo, a algún dolor o sangre manando. Nada, sólo mis nudillos destrozados y en carne viva. Me fijo en la adolescente y ella está casi dormida en mi regazo, con su cabeza apoyada en mi hombro. Me mira con la boca abierta y los párpados pesados, dopada hasta un punto preocupante. Tal vez mañana no recuerde nada, o quizás sí. Espero que no demasiado, sólo lo esencial como para crearle una consciencia de que debe cuidarse a sí misma de tipos como el que está muerto en el suelo más allá. El que golpeé y luego fue alcanzado por una bala perdida. No le dedico más que un pensamiento rápido, no tengo un ápice de misericordia o remordimiento por él. León alza en sus brazos a la pequeña y me levanto sobre mis pies para seguirlo, mis ojos bajos. La adrenalina se esfumó para dejar a un pobre tipo aplastado, mi pecho reacciona punzando como si mi corazón fuese el gigante aguijón de una avispa en el centro. — ¿Nadie escuchó los disparos?—pregunta Max, viniendo agitado, rascándose la sien. Tiene una pistola en la mano, justo como todos los demás. Lo primero que hace es venir hasta mí y estudiarme de cerca. Le doy un asentimiento diciéndole en silencio que estoy bien. —Tenían la casa rodeada de parlantes—responde la Máquina—. Y la mayoría tenemos silenciadores. Nadie más habla, seguimos al líder hasta donde tiene las camionetas, bastante alejadas de la fiesta. Deposita a la chica en el asiento trasero, junto con la otra. Envía a dos novatos directo al hospital, incluso pone custodia en el vehículo. No importa que el peligro se sienta lejano, sabemos bien que puede regresar cuando menos se espera. Empezamos a dispersarnos de nuevo porque vamos a quedarnos un poco más, hasta que todo termine. Sólo por la dudas. No queremos arriesgarnos a irnos si es que hay más chicas en juego. —Che, ¿estás bien?—Max me palmea el hombro. “No, estoy lejos de estar bien”, quiero contestar. Pero le devuelvo un asentimiento, fingiendo la seguridad que no siento. Estoy destrozado. No es que haya estado evitando mi pasado, ya que está en mi cabeza todo el tiempo y me acompaña a donde sea que voy. Constantemente persiste la aguda herida abierta y pinchando, pero es que hoy se ha rasgado más y sangra a borbotones. Apenas puedo aguantarlo. Permanecemos juntos, incluso nos permitimos un trago. Observamos la multitud que, a medida que avanza la noche, se va apagando y dispersando. Huecos cada vez más vacíos acá y allá. Estoy recorriendo con los ojos, aunque mi mente está a miles de kilómetros. O, mejor dicho, a unos cuantos años atrás. Doce, más exactamente.


—Santiago le rompió el cuello al otro chico—cuenta Max, llevando su cerveza a sus labios rodeados de barba bastante crecida, su cicatriz casi ni se distingue debajo—. Estaba hecho un loco, fue directo a él, tironeó a la chica de su brazo y crack… Listo, una lacra menos en esta tierra. Cargaron los dos cuerpos en otra SUV, los vi antes de que partieran a deshacerse de ellos. Deberían haber sufrido más, creo que todos lo creemos así, sin embargo no podíamos darnos ese lujo. Las dos víctimas primero, el verdadero objetivo de todo esto. Por eso enganché a David en un mal momento, ésta vez no debía ser. Pero, estoy completamente convencido de que será la próxima, y podré ensuciarme las manos con su sangre, en nombre de Cami. En nombre de la venganza que recorre mis venas, envenenándome. Arribamos el recinto cerca del amanecer, nos recibe tranquilo, con las luces del bar aun encendidas. Eso nos sorprende. Bajamos de los vehículos y enfilamos hacia allí, encontrando a Adela ordenando con una expresión sombría en su bonita cara, mientras una Bianca ebria se apoya precariamente con los codos en una mesa, parece que podría caer desmayada en cualquier segundo. Todos nos horrorizamos un poco al ver los rasguños en un lado de su rostro pálido de porcelana, acompañando un feo moretón justo en el mentón. Santiago no espera para ir a ella y revisarla. Los pierdo de vista y mi corazón salta al distinguir a Ema de pie al final de las escaleras, retorciendo el bastón en sus manos. Sabe que he vuelto, y me espera. Voy a ella y enseguida tengo sus manos a los lados de mi cuello, me inclino y le doy un beso casto en los labios. Mi tensión es abrazadora y ella no necesita mucho para advertirla. Frunce su frente y acaricia mis facciones. — ¿Está todo bien?—quiere saber, ansiosa—. ¿Todos ustedes sanos? ¿Y esas chicas? León se adelanta, viendo que apenas puedo pronunciar palabra. Estoy desgastado. —Las chicas están perfectas, en el hospital sólo por un chequeo, me notificaron que sus familias están con ellas ya—Ema se ablanda y entra más en mi circulo, buscando mi contacto—. Todo salió perfecto. Obvia los detalles, no importan después de todo, lo que de verdad sirve decir es que estamos a salvo todos, incluso esas inocentes. Lo demás es secundario. También lo es mi encuentro inesperado con David, me golpeó tan fuerte, que aún estoy en shock. León se aleja, dándonos las buenas noches—o los buenos días, depende desde donde se lo mire—. Se va a la cabaña con su familia. Adela termina de limpiar y se une a Santiago, que levanta a Bianca en sus brazos. Se despiden, porque parece que ella se quedará con Ema esta vez, en el altillo.


Veo la manera en la que Bianca encierra el cuello de su hermano, apretándolo y hundiendo su rostro en él, escondiéndose del mundo. —Hubo una pelea hoy—susurra Ema, percibiendo el movimiento cuando los hermanos salen por la puerta, marchándose—. Esas mujeres, las que visitan a…—titubea—. Las que vienen a buscar atención masculina—encuentra las palabras justas, sin insultar—. Se pelearon con Adela y Bianca. —Voy a hablar con León cuando tengamos tiempo—agrega Adela, interrumpiendo—. Creo que es hora de que los chicos busquen mujeres en otros lugares, y esas putas dejen de venir aquí—directa y sin pelos en la lengua. Asiento, estoy de acuerdo. Hay que ver si el resto de los hermanos lo está, porque yo soy un caso aparte. Adela se aleja, apagando las luces por zonas, dándonos un momento. —Alex, no estás bien—suelta Ema, sin contenerse más. —Fue una noche dura—le indico, frotándome la cara—. Estoy agotado. Ella se acerca, me doblo y consigo un mechón de su pelo largo ondulado. —Creo que es por otra cosa—murmura en mi oído, su aliento llega a mi cuello y me estremezco, no respondo y deja de esperar—. Está bien, anda a dormir. Me besa en la comisura de los labios, lenta y cariñosamente, antes de separarse y dejarme ir. Aprieto los dientes al mismo tiempo que doy un par de pasos atrás, viendo cómo se queda allí de pie con los ojos entristecidos. Por mí. Porque sabe bien que algo me ha afectado y eso la apaga. Antes de romperme, me giro y atravieso la puerta, cerrándola cuidadosamente a mi espalda. Mi corazón duele, y bombea ardor a través de mis venas, me apresuro a mi departamento en el complejo, antes de perder el control completamente. Antes de caer de rodillas y llorar como un jodido bebé. Paso de largo en la oscuridad, directo a la ducha, quitándome la ropa y desparramándola por ahí. Suspiro cuando el agua caliente me golpea el lomo, y es agradable para las sensaciones de mi cuerpo, aunque no me llega adentro. Permanezco ahí de pie, mi cabeza gacha y los ojos cerrados. Respiro por la boca tragando algunas bocanadas de agua, tiemblo y me apoyo en los azulejos. No sé por cuanto tiempo me estanco ahí, hasta que me activo y me lavo, con el agua enfriándose ya. Salgo y esquivo el espejo empañado, consigo una toalla para mi cintura y avanzo a la negrura que envuelve el interior de mi casa. Estoy metiéndome en mi habitación y seguido, me detengo a causa de los golpecitos tímidos en la puerta de entrada.


—Alex—dice Ema al destrabar y abrir, está allí de pie, con sus ojos de caramelo grandes y asustados, pero decididos—. Me necesitas. Mi visión se desdibuja instantáneamente y trago la áspera y apretada bola en mi garganta. Es como si con eso derritiera todas mis capaz exteriores. —Sí—suspiro, aniquilado—. Te necesito. Se precipita adentro y me abraza, tirando el bastón al suelo. Sus delgados y amables brazos me envuelven y funcionan como una manta cálida y protectora. Es todo lo que necesito para enterrarme en su aroma y dejar ir mi dolor. «Dejé el vestido azul claro sobre la cama de mi hermana, mientras ella se duchaba. Y lo observé fijamente, era bonito. Se vería dulce con él. Miranda me había ayudado a elegir, se ofreció y no pude decir que no, ya que sabía que no sería capaz de encontrar el adecuado por mí mismo. Ese día Cami cumplía quince y yo quería que se sintiera bonita, libre y no se preocupara por nada. Continuamente había cosas en su cabeza, la mayoría malas y otro tanto de preocupaciones. Creí que salir de la villa la calmaría, que se volvería más desinhibida. Iba siempre tensa por ahí, y necesitaba relajarse. No había cambios positivos. Ya sabía que nada era fácil para ella, incluso menos que para mí. Sufría por dentro. Y yo quería que sonriera de nuevo, al menos hoy. Quizás no era mucho pedir. Ya no recordaba lo que era ver una sonrisa en su precioso rostro. Creo que la última vez fue cuando éramos niños y Pablito le dibujó por primera vez un sol. Nuestra hermana había necesitado algo que iluminara su vida y Pablito lo había sabido, aun siendo sólo un pequeño niño de tres años. Abandoné la habitación y la esperé en la cocina. Escuché la puerta del baño abrirse y caminó descalza directo a cambiarse. Yo ya le había avisado desde la mañana, que iríamos a cenar afuera. Era algo que no hacíamos nunca. No era que no podíamos permitírnoslo de vez en cuando, pero sólo estábamos acostumbrados a no gastar dinero. Lo usábamos para lo que más necesitábamos, era un reflejo que nos había dejado la miseria. Nunca seríamos uno derrochadores. — ¿Alex?—llamó desde la pieza. Sonreí y fui a ella, saliendo de mi silla. — ¿Me compraste un vestido?—preguntó, cuando me apoyé en el vano de la puerta con mis brazos cruzados.


Sus ojos tenían un brillo que nunca había estado ahí y mi corazón despertó, reaccionando en mi pecho. Acarició la tela y miró la prenda por lo que parecieron largos minutos. —Vamos a festejar, necesitas un vestido—digo, quitando drama a todo el asunto. Se mordió el labio y saltó nerviosamente en sus talones descalzos mientras se sostenía la toalla alrededor del pecho. También abrió la caja blanca a los pies de la cama. Sandalias nuevas. Me miró un segundo después dándome lo más parecido a una curva en sus labios. —Gracias—murmuró, bajito. Sonreí y me fui, dejándole privacidad. Aguardé en la cocina y chiflé en el instante en que salió por el pasillo a encontrarme. Sonrió y se sonrojó. Salimos por la puerta y caminamos, ella me agarró la mano y la apretó. Recuerdo su pelo largo, lacio y rubio oscuro con reflejos naturales dorados secarse y bailar a su espalda. Por primera vez ella estaba entusiasmada, casi tironeaba de mí para llegar al restaurante. Entramos a uno, nada lujoso, sólo… normal. Y nos miramos como si ni supiéramos qué hacer realmente. Yo fui el primero en moverme, arrastrándola conmigo, hasta la primera mesa que encontré. La senté y luego me acomodé frente a ella. Fuimos rápidamente atendidos y una media hora después estábamos comiendo. Pizza. Claro, ¿cuándo fue la última vez que nos dimos el gusto de comer pizza? A Cami le encantaba. Esa noche comió hasta reventar, hasta que el estómago le dolió. Nos reímos por eso. Una vez pagada la cuenta nos fuimos, directo a una heladería. —Mmm, ya sé que dije que no me entraba nada más, pero… acabo de cambiar de opinión—dijo, y se metió para pedir uno enorme de chocolate y frutilla. Yo estaba al límite después de eso, por la emoción que significaba verla bromear y ser más abierta. Su sonrisa la iluminaba y me hacía feliz. Esa noche ambos olvidamos lo que nuestras vidas habían sido. Las situaciones en las que nos encontrábamos. Los dolores que acarreábamos. Nos sentamos en un banco a saborear nuestro helado, la brisa la despeinada y sus ojos, tan iguales a los míos y los de mamá, estaban contentos. Yo realmente creí que ese sería un nuevo comienzo para ella. Pensé que su alma estaba sanando y que habría más momentos como este. Y estuve tan equivocado. De camino a casa, Cami volvió a apretar mi mano en la suya, toda pegajosa porque su helado comenzó a derretirse antes de que lo consumiera. Devolví el gesto y la mantuve. Fui decayendo al notar que todo estaba volviendo a ser como antes a medida que nos adentrábamos


en el barrio. Algunas calles no tenían iluminación y las veredas estaban desniveladas y rotas, aun así esto era lo mejor que teníamos. Después de toda una vida sin nada. — ¿Te imaginas si… —Cami—advertí, cortándola. Sabía perfectamente a dónde quería llegar, su tono de voz lo anunciaba. — ¿Te imaginas si Pablito hubiese estado esta noche con nosotros?—acabó de todos modos. Apreté los dientes y miré hacia el frente, obligándome a poner un pie delante del otro. Pasé de estar eufórico por la alegría de mi hermana a sentir cómo ambos sangrábamos por una herida que estaría abierta de por vida. Fui tonto al querer poner una curita sobre ella esa noche, era demasiado grande y dolorosa como para cubrirla. No respondí, bajé mi mirada al suelo hasta que llegamos a casa. La acompañé a su habitación y la besé en la frente. Ella dormía allí y yo en la sala, en un sofá que se convertía en cama que Miranda me había regalado. Argumentó que era usado y viejo, pero de eso no tenía nada, sospechaba que lo había comprado y me mintió para no luchar con mi obstinado orgullo. Estaba quitándome el suéter cuando Cami pronunció mi nombre desde su cama. Quise correr en dirección contraria al ver de nuevo sus ojos muertos mirándome. Mierda, había durado tan poco. Quería de vuelta a mi hermana de hace sólo una hora atrás. No hui, fui a ella y me senté en el borde del colchón. —No me culpas—susurró, tragando con fuerza. —No. No te culpo porque no hay nada por lo cual culparte, Cami—dije, seguro. Ya no sabía qué más hacer para convencerla. Sus ojos se inundaron y miró fijamente el techo, las lágrimas bajando por sus sienes hasta desaparecer en el nacimiento de su pelo. No importaba todo lo que intentaba, ella nunca lo creería realmente. Nunca dejaría de culparse y eso la agotaba física y mentalmente. —Está bien—sollozó, y se frotó los ojos—. No importa, porque yo me culpo por los dos. Cerré los ojos, apretando mis párpados con fuerza, y ella rodó sobre su costado, dándome su espalda. Aferré su huesudo hombro y lo apreté, mis entrañas rasgándose. —Cami—insistí, intenté que mi voz saliera firme, fracasando totalmente—. No te hagas esto…


Se dio la vuelta abruptamente, elevándose, de pronto tuve sus brazos a mí alrededor y me apretó contra ella con una fuerza que no parecía venir de una pequeña chica de quince años. La abracé también, potente. Y lloró en mi hombro, solté algunas lágrimas en el suyo también. —Te amo—susurró, temblando—. Sos lo mejor que me ha dado la vida. Te amo. Te amo. Y perdóname. —También te amo, Cami—le dije en el oído—. Agradezco tenerte conmigo. No hay nada que perdonar. No te hagas esto. No más, Cami, por favor. Te amo. “Te amo”. Lo repetí hasta que se quedó flácida en mis brazos, dormida, con lágrimas frescas en sus mejillas. Le sequé el rostro y la deposité allí, tapándola con las mantas. Mis extremidades temblaban y no entendía lo que le pasaba a mi cuerpo. Ni lo que esta escena significaba en realidad. Dejé su habitación luego de apagar la luz y me tiré, aun vestido, en mi cama. No tenía que ir furtivamente a ningún hotel esa noche, la tenía libre para darle toda mi atención a Cami. Y ahora podría dormirla entera por primera vez en mucho tiempo, sin embargo no pegué mis párpados hasta casi el amanecer. Debí presentir que algo iba terriblemente mal, pero no capté las señales hasta que fue demasiado tarde.» *** Una lluvia de besos suaves como plumas me devuelven a la realidad, acabando con la bruma oscura del sueño. Anoche habría hecho cualquier cosa menos dormir, seguro ir de acá para allá torturándome con los recuerdos, culpándome y pateándome a mí mismo. Y atiborrándome de resentimiento. Encontrar a David es una necesidad, ahora que sé que no está tan lejos, se va a volver mi obsesión. Me importa un bledo que la venganza no sea buena en ningún sentido. En mi caso servirá para al fin seguir adelante. Ema planta sus labios llenos en mi frente y abro los ojos. La leve luz del amanecer hace que sus cabellos se vean más rojos, y sus pecas resaltan en sus pómulos y nariz pequeña, salpican su piel pálida de una forma que me hace pensar en una obra de arte. Una pintura que sólo quiero conservar para mí mismo y brindar culto a puertas cerradas. Ema lo hace todo más fácil, su toque me estabiliza y su cuerpo apretado al costado del mío me lleva a creer que quizás en esta tierra llena de dolor ella puede ser mi cielo. Mi ángel blanco entre tanta oscuridad. Levanto el brazo y lo sumerjo en su pelo, tomando la parte trasera de su cuello y apretando. Ella desciende rozando la punta de su nariz en la mía hasta que sus labios encuentran los míos. Me besa, tomando el control y pronto estoy devolviéndoselo, poniendo


algo más de fuerza que en ocaciones anteriores. No se asusta, claro, ella jamás lo haría, sólo me recibe y agita su respiración entre nosotros, acercándome con sus manos en mi nuca. Enseguida la tengo sobre su espalda, poniendo mi cuerpo encima para ajustarla sobre el colchón. Sus respuestas se sienten perfectas, me mareo con la fluida manera en la que su espalda de arquea y sus caderas suben en un vaivén que encuentra mi entrepierna en cada cumbre. Muerdo el exterior de su boca y gime, enterrando sus uñas en mi espalda desnuda. Buscando más. Allí es dónde me detengo. Ella está vestida con una de mis camisetas y yo sólo en bóxer. Anoche sólo dormimos, entramos en la cama, me acunó su sus nobles brazos y me sostuvo. No preguntó, no habló de nada en absoluto, ni se empeñó en presionarme, sólo se quedó ahí y dejó que yo apoyara mi cabeza en su pecho. Me dormí oyendo los latidos de su corazón. — ¿Qué pasa?—quiere saber, porque acabo de salir de la cama. Me niego a ir lejos, antes de aventurarme más allá en su cuerpo, tengo que decirle. Contarle lo que he hecho conmigo, porque no estoy dispuesto a ocultárselo más. Me quiere, lo ha pedido, desea que lleguemos al final, que hagamos el amor acaparando por completo el significado de ello. No podré si sigo callándome. —Lo siento, yo…—permanezco sentado en el borde, encorvado, y tiro el cabello de la cima de mi cabeza con mis dedos en puño. Esto no va a ser fácil, sin embargo, estoy decidido a dejar de ser un cobarde. Ahora mismo ella tendrá la última palabra. Si me quiere después de saber todo, entonces me tendrá, porque no seré la clase de hombre que se niegue el cuerpo de una mujer que quiere tanto por pura vergüenza. Y yo la deseo demasiado como para hacerme esto. Y si no me quiere… entonces la dejaré ir y lo superaré. —Tengo que contarte algo—digo, aún de espaldas a ella, me froto el rostro soñoliento—. Algo que tenés que saber antes de ir más lejos conmigo… Ema se sienta en la cama, despejando el pelo de sus mejillas. Un ceño arruga su entrecejo y me dice que está preocupada. Y mis ojos, como si tuvieran vida propia, no se pierden los picos de sus pezones bajo mi camiseta blanca. Me tenso y me mentalizo fuera de cualquier idea sexual. Aunque me cuesta, lo logro. —Me estás asustando—dice, retorciendo sus manos en su regazo.


Lo sé. La he puesto nerviosa con mi actitud cohibida de repente. Mejor acabar con esto de una vez. —Es sobre mi pasado, sobre lo que hice cuando era un adolescente y estaba a cargo de mi hermana…—freno, tomando una bocanada. “No lo dije antes porque quería probarte, te deseaba tanto que fui capaz de convertirme en un egoísta y permitirme disfrutar de tu hermoso cuerpo estrellado”, no se lo digo en voz alta sólo lo pienso. — ¿Sí?—me empuja para seguir, ansiosa. Dejo ir un interminable suspiro, está bien, esta puede ser la última vez que la vea así en mi cama, toda enredada en mis sábanas, despeinada y sonrojada por el sueño. —Vendí mi cuerpo por dinero—arrojo abruptamente, tratando de no atragantarme con el agudo sentimiento de retraimiento que me consume—. Desde los dieciséis hasta casi cumplir dieciocho… Mi corazón deja de latir mientras espero una contestación de su parte, a pesar de la dureza de mis músculos me giro a medias para localizar su cara. No hay nada en su expresión, sólo una leve rugosidad en el puente de su nariz que indica que está pensando demasiado. Toma la tela de la sábana y la repasa con los dedos. El silencio me va volviendo más loco a cada segundo que pasa. — ¿A mujeres?—pregunta de la nada, mi espalda se atiesa—. ¿Hombres? — ¿Hay alguna diferencia?—pregunto, con voz ahogada. Pestañea varias veces y niega. —No… no lo sé—se muerde el labio, confundida, y por un momento parece como si fuera a sangrar—. Supongo que no importa… El sentimiento de asco debe ser igual de cualquier forma, pienso. —Sólo a mujeres—respondo, no voy a ser difícil justo ahora y se ve como si necesitara esa explicación—. Mi último día como…—dudo sobre qué palabra usar—acompañante, una de mis clientas más nuevas vino a la habitación de hotel que acordamos—cuento, estresado—. Acompañada de su esposo. Reaccioné bastante mal con sólo verlo pasar la puerta. El tipo me dijo que podía unirme y hacer todo lo que quisiera con ambos, y a cambio pagaría una buena fortuna—me río secamente—. Le partí la cara incluso antes de que terminara, lo golpeé hasta que quedó inconsciente en el piso del cuarto y me fui, escuchando los gritos de ayuda de la mujer… esa fue la única vez que un hombre se metió en mi trabajo. Y me agarró en el peor


momento, estaba borracho, enojado con la vida y conmigo mismo, y esa fue la gota que rebalsó el vaso. — ¿Ese fue tu último día?—suena triste. —Sí—explico, ahora mirándola directamente—. Después, decidí que había terminado con esa mierda. Me fui, tenía suficientes ahorros para seguir unos meses libre… Ema se remueve en su lugar y su semblante se vuelve más contrariado y afligido. No quiero pensar en que está sintiendo lástima por mí. — ¿Cuál es tu verdadera intención al contarme esto?—pregunta con consistencia—. ¿Estás abriéndote a mí por elección, para que conozca más de tu vida? ¿O lo haces para darme la opción de salirme de esto… que tenemos vos y yo? La observo con los ojos entrecerrados, notando un pequeño deje de enojo en su tono. ¿A dónde quiere llegar? —Bueno, ambas, supongo—respondo. Asiente y su rostro bonito y dulce se contorsiona con intenso disgusto y furia, pasando a un colorado brillante. Abre las sábanas de un tirón y sale de la cama como una tromba, tropezándose y estabilizándose en el proceso. Me pongo de pie rápidamente antes de que se lastime con algo, porque no se encuentra familiarizada con mi casa. Me acerco para ayudarle y me ignora, desplazándome a un lado. Rebusca en su ropa que está doblada sobre la cómoda contra la pared contraria a la cama. Sus movimientos son frenéticos y torpes. —Ema—pruebo, sin poder respirar. Realmente la estoy perdiendo, y duele más de lo que creí. —No-me-hables—pide furiosa, desnudándose. Aprieto los dientes al tener el primer plano de sus pequeños y preciosos pechos marcados con lunares y pecas. Los cubre enseguida con su vestido de mangas largas y vuelvo a caer en la cuenta de nuestra realidad. Se está yendo, no puede siquiera aguantar tenerme en frente. —Ema—repito, viendo que en cualquier momento puede golpearse con cualquier maldita cosa—. Déjame ayudarte a volver… Se clava en su lugar, respirando con fuerza, me estremezco al ver sus ojos. No me ven, pero no es necesario que lo hagan para fulminarme de pies a cabeza.


—Mira, perdóname—digo, frenético— por no habértelo dicho antes de que empezáramos a… Avanza hacia mí a ciegas y me empuja, aunque no usa la suficiente fuerza para moverme. —No, Alex, no te perdono por juzgarme así—escupe, gritando. Me quedo inmóvil. ¿Juzgarla? ¿Qué carajo? No entiendo nada, creo que estamos en páginas diferentes. — ¿Por juzgarte?—pregunto, con acento débil. Se posiciona derecha, clavada en el piso, su espalda tan tirante que podría quebrarse en cualquier momento. Hay rizos estorbando su rostro rojo y torcido. Jamás creí que la vería en ese estado de imparable ira. Realmente está odiándome ahora mismo. — ¡Sí, por juzgarme!—grita, chillona—. Por creer que soy la clase de persona que te juzgaría por tu pasado. Por pensar que soy tan mezquina y detestable como para alejarme de vos, sólo porque fuiste un chico de la calle que se las arregló como pudo para sobrevivir— anuncia todo eso, subiendo cada vez más el nivel de sus gritos. No encuentro nada pare decir, estoy descolocado. Congelado en mi lugar. —Ni siquiera te has dado cuenta, ¿verdad?—dice, riendo secamente, ahora parece derrotada—. ¿Realmente estas así de ciego? O no, seguramente, pensando que todavía vamos demasiado rápido… Suspira frustrada, me las arreglo para preguntar a qué se refiere, mi cabeza dando vueltas y vueltas intentando entender su ataque. — ¡Estoy loca por vos, Alex!—aúlla, despejándose el pelo de unos manotazos—. Estoy tan enamorada que no puedo soportar la idea de que estemos lejos. Y a vos sólo te preocupa mi puto nivel de prejuicio y maldad. ¿Qué es lo que… No la dejo terminar, se acabó, con esas últimas palabras dichas, no queda otra cosa que hacer. Extermino la distancia entre los dos y la atraigo, encerrando su perfecto rostro molesto entre mis manos para tironearla. Borro el resto de su explosión antes de que salga, ocupando su boca con la mía y callándola, internando mi lengua en sus profundidades. Mierda, sólo así me olvido de toda conversación anterior que casi nos aleja por una estupidez. Por mí estupidez. Estuve a un paso de perderla porque no supe leerla como se merece.


Ema Fontaine jamás me juzgaría. Ella entre todas las personas, es la menos indicada para que especule así sobre ella. ¿En qué estaba pensando? La idealicé a raíz de mi propia vergüenza. Carajo, ya aprendí del error, jamás volverá a pasar. Lo juro. —Perdón—digo, respirando de nuevo en sus labios—. Perdón. Esto es… sólo un problema propio, algo que no he podido sacar de mi sistema aún, pero… —Cállate—me corta, rigurosa—. Cállate y haceme el amor de una maldita vez. La estudio fijamente por unos segundos, pestañeando ante su demanda. Todavía está molesta pero no tanto como para empujarme y marcharse. Me rio, sin siquiera poder evitarlo. Y Ema, al escucharme, se ablanda un poco. Entonces sí, voy a por su boca. E inmediatamente procedo a tatuar mis iniciales a su cuerpo. Mía. Completamente mía. En un movimiento vuelvo a tenerla delante sólo en sus bragas blancas de algodón, y sigo sin abandonar su boca, bebiéndola un poco más. Ahogándola. Ella apenas se las arregla para juntar aire en sus pulmones. Nuestra pelea anterior queda olvidada completamente. Paseo mis dedos por sus muslos y caderas, engancho los elásticos de su ropa interior, sólo amagando que voy a quitarla. Sin embargo, tomo otros caminos, subiendo por su marcada y curvilínea cintura, envuelvo sus costillas y luego satisfago mi necesidad de parar en sus senos pequeños y firmes. Encajan perfectos en mis palmas, como si hubiesen sido creados sólo para mí. La piel de Ema está erizada, de pies a cabeza y los escalofríos que la recorren hacen que la desee incluso más, si eso puede ser posible. Me vuelve loco en todos sentidos, incluso los que creí que no existían. La desplazo y se entrega a mi manejo. Dócil, blanda y ansiosa. Despacio, le permito acomodarse sobre su espalda en el colchón y, una vez en la posición en que la quiero, la miro. Consigo la perspectiva de toda ella, que aspira con fuerza y tiembla con expectación, y se remueve al advertir que no hago movimientos para tocarla. —Sos hermosa, Ema—susurro, rozando apenas las yemas de mis dedos por su bajo vientre, éste se tensa por las pequeñas cosquillas—. No, sos más que eso. Mucho más. Libera una risita aguda que me obliga a sonreír, dulcificado. —No lo sé—murmura, divertida—. La última vez que me miré en el espejo era enana y plana. Tenía unos cachetes rechonchos que todo el mundo quería apretar. Me rio y estrecho la distancia para besarla, empezando justo debajo del ombligo y subiendo por su abdomen de camino hasta sus pezones.


—Créeme, sos la mujer más bella que he visto nunca—arrastro la lengua por el nacimiento bajo de su seno izquierdo y su aliento de estanca en su garganta. Cierra los ojos apresando todas las sensaciones que le provoco, como si no quisiera perderse nada. Se muerde el labio inferior negándose a gemir tan tempranamente. Se forma una curva instantánea en mis labios, porque me prometo a llevarla al límite tan rápido que apenas lo verá venir. Me despego de su delicioso brote rosado y me encargo de sus braguitas sin siquiera un aviso, bajándolas por el largo de sus piernas. Luego las aparto y me inclino, abriendo su sexo con mis dedos, delicadamente. Y allí, un gemido de reconocimiento me llega a los oídos, tan dulce y entregado. Estoy riendo por lo bajo cuando revelo mi lengua y la repaso en el costado de sus labios ya hinchados a medias. Se sobresalta, aunque nunca visito directo a la zona que ella considera importante. Todavía. Sólo juego una lenta partida con la insinuación, logrando que se vaya tornando más receptora con el paso de los segundos, su humedad brota más cada vez que se retuerce buscándome. —Alex—pide, quejándose. Quiere sonar ruda, pero sólo parece una niña pequeña enfurruñada porque no obtiene lo que quiere. — ¿Qué?—pregunto, risueño. —No seas así—gimotea, tratando de ablandarme con su pobre actuación. Niego divertido y sigo tomándole el pelo, hasta que verdaderamente se muestra frustrada. Entonces decido darle el gusto. A ella, y a mí también, claro. Posiciono mi lengua justo en el capuchón de su clítoris y lo estimulo suavemente, sin excesiva insistencia. Letárgico. Ganándomela poco a poco, espero que llegue el momento en el que se muestre lista para comerla con más violencia y sin pausa. Me doy cuenta de que ésta vez se encuentra sudando más copiosamente que en nuestros encuentros anteriores, y eso me hace creer que la idea de perder la virginidad la tiene más inmersa y caliente. Es cuando comienza a retorcerse sin ningún control que decido ir al grano, usando mi pulgar para descubrir el botón de terminaciones nerviosas y molestarlo más directamente. La sobrecarga se siente justo en el tirón que altera a su cuerpo y su espalda tiesa forma una arco perfecto. Dirijo la mirada arriba y me empapo con la imagen más caliente que he tenido el placer de conocer. Su rostro rojo, sudoroso y sus labios hinchados de tanto morderlos. Luce los brazos levantados y estruja en puños la almohada más allá de su cabeza. Está a punto, y para mí es una necesidad sentirla cuando le regale el orgasmo. Abandono el clítoris, sustituto mi boca por el pulgar, y la separo más para ver su entrada dilatarse ante mí. La rodeo con el índice, pero nunca acabo entrando, advierto cómo su bajo


vientre se endurece y ablanda por los espasmos que provoca el anticipo de mis próximas acciones. Relamo de principio a fin, en toda su extensión exterior, y gruño al mismo tiempo que su boquita se abre, siseando con impulso. Las piernas bailan a los lados de mi cabeza, ya sin poderse quedar quietas. Ruega, y me rio, disfrutando a más no poder. Me separo, decidiendo que ya es suficiente de ello, y sus lloriqueos se transforman en mi música preferida. No falta mucho para que le de lo que quiere, sólo estaba preparándola para mi intrusión. Y ya casi estoy allí. Con hermosas y sinceras palabras junto a su oído a la par que me libero del bóxer y consigo un condón en el cajón de mi mesa de noche. Rompo el envoltorio y me enfundo mientras me acomodo en mis rodillas, a centímetros de las puertas de su brillante y preparada vagina. La beso en los labios, para que adquiera su propio sabor de mí, y se relame sujetándome del cuello con brío. Hago una parada más en el par de montículos decorados con arrugados y erectos picos rosas, hasta que me freno y pellizco con mis dientes justo en el comienzo de su abdomen frenético. —Voy a hacerte llegar ahora—susurro en su oído, apretando la cabeza de mi pene justo donde se colará unos segundos después—. Pero antes voy a entrar, sólo un poco, para sentirte pulsar a mi alrededor. Masajeo en círculos su clítoris con el pulgar y la presión de su orgasmo va creciendo, lenta y provocativamente. Empujo mis caderas, adentrándome poquito a poco y oprimiendo los dientes ante la necesidad de desistir ante el poderoso impulso del insistente final. Está tan apretada que siento que no voy a aguantar tanto como planeé. Ema detiene el aliento y se congela, reparando en la intromisión. Nunca abandono la atención en el centro de nervios, aun con círculos rápidos y alternando con lentos masajes interminables. Pronto, sus tejidos se acostumbran a mi tamaño y me resbalo hacia afuera, logrando sacarle una ola de gemidos entre adoloridos y encantados, vuelvo a entrar pero quedándome hasta donde llegué antes, no más allá. Se muerde el interior de las mejillas y traga más quejidos en el instante que repito el movimiento e intensifico la actuación de mi pulgar. La primera contracción viene con rapidez y me engulle hacia adentro, me atraganto y hago todo mi esfuerzo para no hundirme en ella de repente. El orgasmo se va armando en piezas pequeñas, paulatinamente, arribando en diminutas ondas sensoriales y, para cuando estalla, los dos estamos aullando por lo exquisito que se siente. Sólo por una mínima línea me salvo de cruzar la cima junto con ella. Cuesta hasta casi la inconsciencia pero me contengo, porque todavía queda un camino largo por andar. — ¿Estás bien?—todavía estoy con la punta en su interior y sintiendo las leves succiones.


Asiente, demasiado perdida como para hablar. Bien, esa fue una buena llegada, pienso. Ahora más tranquilo, porque sé que quizás no va a haber otra de acá a que termine. Comienzo el bombeo lento, yendo centímetro a centímetro, abriéndola con lentitud y cuidado. Se queja y remueve, esforzándose para mantenerse abierta y dispuesta, me da la bienvenida en cada avance. Me apoyo en mis manos justo a los lados de su cabeza, y la beso. Lleno su boca con mi lengua sugerente y tierno al mismo tiempo. Y para el instante en que comienza a doler más intensivamente, me detengo y por un buen lapso la estimulo con los dedos, hasta que su cuerpo de afloja de nuevo. Suspira y se relaja, el sudor bañando su piel a causa del placer y el dolor que la vuelve tensa en ciertos períodos de tiempo. Lo llevo lo más tranquilamente posible, amoldándola con cordialidad. Estoy casi en la mitad cuando busca mi mano y se aferra a mi muñeca, entonces cuela la otra entre los dos para tocar el sitio donde nos unimos. Apoyo mi nariz en su sien y respiro su aroma, contaminado con el mío y nuestro sexo, cuento hasta diez intentando no venirme ya mismo. También estoy sudando por permanecer demasiado tiempo en la misma posición, entrando poco a poco, cuando quiero clavarme en su centro como un salvaje. Encuentro sus labios y los contorneo con mis yemas, antes de bajar y tomarlos en un beso sosegado. —Estoy bien—susurra entre besos—. Estoy lista. Me da la orden, suspirando. Está lo suficiente dilatada y lista, es verdad, pero odio la idea de infringirle dolor. Le ordeno que se acaricie un poco más y, al notar que su deseo va renaciendo, termino de penetrarla, un único, aletargado y firme avance, lejos de ser bruto. Ema lloriquea con los ojos cerrados y me pongo rígido, cada uno de mis músculos respondiendo ante su dolor. Entonces lleva a cabo un pausado meneo de caderas y ambos nos estremecemos. Me deslizo hacia afuera y vuelvo a entrar, notando cómo se acostumbra mi grosor y el acceso se vuelve cada vez más fácil. Entierra las uñas en mis antebrazos y responde a mí, encontrándome con sus caderas, una y otra, y otra vez. Entonces no aguanto más y el control se me desliza por entre los dedos de las manos como arena fina, rujo justo en su oído y ella abre los brazos para sostenerme cuando mis músculos se desencajan y me desplomo sobre su cuerpo pequeño y bañado en sudor. Los dos respiramos agitados, metiendo el aire que nos hace falta a través de nuestros conductos apretados. Sus palmas resbalan en mi espalda y frotan, entonces me remuevo para no aplastarla, y le lleno el rostro agotado de besos. No fue del todo placentero para ella, lo entiendo, y le prometo en silencio, efectuando infinitas caricias, que a partir de ahora va a ir mejorando. Porque esto sólo fue una introducción. Salgo de su interior y suspira, aferrándose a mis bíceps. Cansada y sonrojada, apoya su mejilla en mi pecho y cierra los ojos. Mi corazón galopa entre mis costillas con potencia,


como un martillo determinando el final de este especial momento. Ema dirije su mano al costado de mi cuello y mejilla. —Te amo—dice, soñolienta—. Amo cada pequeñita parte de vos. La aprieto y beso su frente, estremeciéndome por sus preciosas palabras. Y cae dormida al segundo siguiente. Miro la luz de la mañana entrar por la ventana, mis párpados pesando y el cansancio tironeando de mí. Antes de dejarme arrastrar, pienso que no sería mala idea pasar todo el día metidos en casa, lejos de todo y todos.


Capítulo 13 Ema Despertamos de nuevo cerca del mediodía y Alex me dirige a la ducha de inmediato. Nos bañamos el uno al otro y disfruto cada segundo de ello, sintiendo como si estuviera en el cielo. Jugamos un poco más, pero no volvemos a hacerlo hasta el final, estoy muy adolorida y creo que seguiré así por el resto del día. Duele, sí, pero de una manera singular y especial, porque acabo de darle mi virginidad a quien realmente quiero. A un hombre especial y magnífico, del que estoy profunda e irremediablemente enamorada. No podría pedir más, estoy feliz de haberlo hecho. Y estoy agradecida de que el destino lo haya puesto en mi camino, a pesar del dolor de la terrible separación con mis padres y de algunas cosas que extraño de mi vida anterior, sé que éste es el lugar al cual pertenezco. Estoy al tanto de que Alex no replicó mis palabras anoche, al decirle que lo amaba, pero no estoy preocupada. Me encuentro segura de que algo, aunque sea mínimo, siente por mí. Cada vez que me toca me siento adorada y eso tiene que significar algo. Tal vez no me ame todavía, el tiempo lo dirá. Seré paciente y abierta, porque sé que dentro de él hay inmenso dolor con el que tiene que lidiar cada día. Anoche algo lo afecto hasta el límite en el que todo él quedó roto, lo supe con sólo oír su voz. No necesita contarme con lujos de detalles para entender que su vida fue dura, difícil y llena de baches que tuvo que sortear. Hubo pérdidas y mucha soledad. Vergüenza y sufrimiento. Y me tiene a mí para apoyarse ahora, seré su sostén, desinteresadamente, sin esperar nada a cambio. ¿Corro el riesgo de salir herida, de que me rompa el corazón? Claro. Y no me importa, lidiaré con eso cuando me toque, si es que lo hará. Nos sentamos a comer algo y hablo con él de mi intención de llamar a Aída. Necesito saber cómo está, cómo ha continuado el ambiente en casa con mis padres, y si cuida de mi querida Greta. La extraño. Su voz, sus consejos, y su presencia diaria. Ella fue mi roca durante cinco años y me salvó de volverme loca en ese encierro. Alex me promete pedirle a Santiago otro celular desechable para comunicarme y se lo agradezco. El tema queda zanjado. Estamos limpiando los platos usados cuando me arrimo al calor de su cuerpo y le digo lo que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde que me contó su secreto anoche.


—Alex—el responde con un monosílabo acabando con los últimos utensilios—. No tenés que estar avergonzado de tu pasado. Silencio viene de su lado, noto que se queda congelado. Seguro creyó que este asunto estaba cerrado, pero necesito que él supere su vergüenza, no hay nada por lo que deba sentirse así. Está muy equivocado. —Te admiro—murmuro, buscando su mano, la encuentro empapada con agua y detergente y consigo un repasador para secarla—. Te admiro por poner toda esa responsabilidad sobre tus hombros, siendo apenas un niño. Por todo lo que hiciste por tu familia. Eso, en vez que alejarme, hace que te adore incluso más. Tal vez nunca tuviste a alguien que se sienta orgulloso de vos, y acá estoy yo. Me siento tan orgullosa—sonrío, entrelazando nuestros dedos—. Y afortunada de haberte encontrado. Apenas se mueve, lo oigo tomar una lenta y profunda aspiración. —Yo…—se traba, sin saber cómo responder. —Shhh—no necesita decir nada. Tironeo de él, calculando el lugar donde se encuentran las sillas, le pido que se siente. Lo hace sin rechistar, entonces abre las piernas y me cuelo entre ellas. —Déjame abrazarte—le pido, lo rodeo y lo acuno contra mí, apretado para que sienta qué tan fuertes son mis sentimientos por él, y crea cada palabra que le digo—. Déjame sostenerte y convencerte del valor que tenés para todos nosotros. Porque estoy segura de que todos en este lugar te quieren y piensan como yo. — ¿De dónde saliste?—pregunta, con la voz apretada—. ¿Sos real? Una risita se me escapa y él sonríe conmigo. Se ha mitigado y me está acariciando de vuelta, subiendo sus manos por mis caderas y cintura. Entonces engancha la parte trasera de mi cuello y me inclina. Mis labios caen directo en los suyos, nos besamos lenta y hondamente, tomándonos todo el tiempo del mundo. —Soy real—le digo cuando abandona mi boca y se desliza hasta mi cuelo, cortándome la respiración—. Y tuya. *** En la tardecita, casi noche, Alex viene con un nuevo aparato para que pueda llamar a mi amiga. Bianca se quedó conmigo mientras lo esperaba, ya que él también había sido llamado por León a su oficina en el bar. Le pido que se quede y los tres nos sentamos en torno a la mesa después de que ella se toma el permiso de preparar café. Dicto el número de Aída y


Alex marca, por suerte siempre me he tomado el trabajo de aprenderme lo números de memoria. Ni bien me lo da lo coloco en mi oreja, apenas me puedo mantener quieta en mi asiento por la ansiedad. Espero que me entienda y no sea tan dura como lo fueron mis padres, aunque deduzco que será comprensiva. Después de todo, fue testigo directo de mi sofocante situación. Los tonos suenan uno tras otro y por un momento creo que no tomará la llamada, entonces se oye el chasquido y su voz dulce me llega desde el otro lado. — ¿Hola?—su tono indica que desconfía de quien llama. — ¿Aída?—suelto, sonriendo. — ¡Ema!—grita, sorprendida—. Oh, chica, cuanto me alegro de escuchar tu voz— lloriquea emocionada. —También me alegro de oírte, amiga, no sabes cuánto te extraño—le aseguro reteniendo un poco la emoción, no quiero empezar a llorar, no creo que pueda parar. Tengo tanto que contarle, todo lo que he vivido este último tiempo y que me ha convertido en la clase de mujer que quiero ser por el resto de mi vida. Soy feliz y quiero que lo sepa. —También te extraño—se ríe desde el otro lado—. Tonta, me diste un susto de muerte. Por varias noches no pude dormir creyendo que te había pasado lo peor. ¡Me prometiste que estarías allí al día siguiente!—de repente se muestra enojada. Suspiro, sintiéndome culpable. Estoy segura de que le hice pasar los peores días de su vida, sin saber en dónde me había metido. —Lo sé, perdón—le digo, abochornada—. Es que por un momento no lo pude soportar, me sentí abrumada y tuve que salir a dar un paseo. Me perdí y unas buenas personas me encontraron, casi congelada en medio del bosque… —Ema… ¿quiénes te encontraron?—ahora suena preocupada, severa—. ¿En dónde estás? —No te preocupes—le pido, asegurándome de que se tranquilice—. Estoy bien, Aída. En realidad, estoy mejor que bien. Soy libre y feliz—sonrío. La escucho alegrarse por mí, y seguimos hablando. Le cuento todo lo que puedo sin delatarme, no es que no confíe en ella, pero tengo que resguardar a los Leones, se lo debo y no quiero meterlos en problemas. Me salteo la parte en la que le grito a los cuatro vientos que me


he enamorado, eso lo reservaré para la próxima llamada. Alex y Bianca están aquí y no quiero incomodarlo delante de ella. Mejor guardarlo para mí un tiempo más. —Amiga—digo, después de unos segundos de silencio entre las dos—. ¿Cómo está todo en casa? ¿Has estado con mis padres? Y, sobre todo, ¿cómo está mi bebé? Dios extraño tenerla a los pies de la cama—suspiro, apenada. La tensión me invade cuando Aída se demora bastante en contestar, y empiezo a preocuparme por lo que vaya a decir. —Ema…—pausa, los latidos de mi corazón se aceleran, asustados—ya no trabajo más para ellos—jadeo, tapándome la boca, horrorizada—. Fui despedida el día después de que llamaras para avisar que no ibas a volver… Oh, por Dios. ¡Ellos no lo hicieron! No puede ser, perdió su valioso trabajo por mi culpa. Alex se estira sobre la mesa y alcanza mi mano, percibiendo mi disgusto. Me siento terrible, muy cerca de romper en llanto. —Pero tranquila—sonríe para darme ánimo—. Ya he conseguido otro trabajo, ellos me dieron buenas referencias. Estoy bien, me han recompensado perfectamente por los cinco años y estoy cubierta. No te preocupes por mí. Y realmente estoy feliz de saber que estás perfecta y te gusta el lugar donde te quedaste. Tomo un respiro y mi angustia se va desvaneciendo gradualmente, pero no del todo. Siento el rocío de mis ojos drenarse antes de que alguna lágrima caiga. Sorbo por la nariz, respirando de nuevo. —Y te tengo una buena noticia—ríe, pero se detiene abruptamente—. Bueno, depende desde qué lado lo mires…—duda. Le pregunto de qué se trata, con renovada curiosidad. —Greta—dice, y estoy a punto de insistir, pero me corta—. Está conmigo, tus padres me ofrecieron quedármela ya que ellos no querían conservarla. Bueno, ese es otro golpe que no veía venir. De verdad me repudiaron, mi padre no estaba siendo impulsivo a causa de la furia, sino que fue totalmente claro y definitivo al respecto. Se deshicieron de mi acompañante y mi mascota al día siguiente de pedirme que no volviera. Trago, sabiendo que no debería llorar por ellos, pero es inevitable y lo haré de todos modos. Duele porque son mis padres, y a pesar de todo siento amor por ellos.


—No tengo problema en llevarla a donde estés—ofrece Aída, cautelosa al notar mi triste silencio—. O, si se puede, podemos concertar un encuentro. Sé muy bien que la querés de vuelta—sonríe, apesadumbrada. Cierro mis ojos y consigo mantenerme a raya por dentro, a pesar de que mi corazón se está rasgando entre mis costillas. La fuerte mano de Alex es mi cable a tierra en este instante, él me mantiene en control, sólido, transmitiéndome su apoyo. —Sí—estoy de acuerdo, quiero a Greta conmigo, definitivamente—. Voy a hablar con el dueño del lugar en donde estoy, para saber si me permite conservarla. Te llamaré en unos días para confirmar. Si me dan el permiso, podemos organizar el intercambio—le sonrío, aunque ahora estoy apagada por completo. Ni siquiera la posibilidad de recuperar a Greta me pone del todo feliz. Sin embargo, estoy segura de que es sólo momentáneo, lo superaré como lo hice con la anterior comunicación con mis padres. El daño de haberlos perdido siempre estará acechando, es inevitable, pero estoy rodeada de gente que se asegura siempre de hacerme sentir integrada y apreciada. En este lugar me ayudarán a sanar, poco a poco. La cicatriz subsistirá, pero dolerá menos que ésta herida abierta y sangrante. —Tengo que irme—le digo—. Estoy feliz de haberte escuchado, amiga, estaremos en contacto. Lo prometo. —Lo sé, Ema—dice en tono bajo—. También me alegra saber que estás bien. Esperaré tu próxima llamada. Te quiero. Sonrío, aflojándome. —También te quiero. Adiós. La línea acaba en un seco click y estoy de vuelta en el comedor de Alex, con mi mano entre las suyas, y Bianca haciéndonos compañía. Me muerdo el interior de las mejillas y lentamente, como si me doliera el movimiento, deposito el aparato en la mesa. No alcanzo a decir una sola palabra que Alex se levanta de su silla y viene a mí, se inclina y planta un intenso beso de mis labios temblorosos. Sabe que estoy abatida y se esfuerza por resurgir mi humor. Le sonrío como respuesta cuando se separa y me da otro beso tierno en el costado de la cabeza. Su presencia me calma y poco a poco vuelvo a ser yo, me propongo disfrutar este café con él y mi nueva amiga—porque eso es lo que Bianca es para mí—. Ella empieza a hablar y su voz, junto con su charla rápida y divertida, me separa un rato de la deprimente sensación y así, disfruto tanto como puedo el resto de la tarde. ***


Me despierto y todo está en silencio. A mi lado, la respiración de Alex es lenta y en un profundo estado pacífico. Está dormido. No tengo ninguna percepción de la hora que es, sólo me figuro que falta bastante para el amanecer. Anoche nos fuimos a dormir temprano, Alex estuvo allí para mí hasta que el malestar que me invadió después de la llamada a Aída se disolvió un poco, ahora sólo es una molestia en segundo plano. Está allí, pero puedo manejarla. Además, me aseguró que iría a buscar él mismo a Greta, y me la traería. En sus brazos, acabé durmiéndome rápido, no es porque haya hecho demasiado en el día, sino que me sentía drenada de energía. Las emociones también agotan al cuerpo. Y ya parezco haber recobrado las suficientes, porque comienzo a dar vueltas y vueltas sin poder volver a sellar mis párpados. Mi atención se posa en Alex, me arrimo. No es justo que lo despierte, pero el calor que emana su piel me atrae como el polo opuesto al mío, imanes que no pueden estar separados. Lo destapo un poco, soy egoísta, estoy hambrienta. Apoyo mis dedos en sus abdominales, palpando tan suavemente como una pluma, quizás provocando algo de cosquillas. Eso me hace sonreír. Él sigue inmóvil, mi ligero toque no basta para traerlo de vuelta. Me alzo con el objetivo de moverme sobre él, me inclino y substituyo mis yemas por mis labios, justo en el pozo entre las elevaciones de sus pectorales, me arrastro abajo, dejando besos con los labios entreabiertos. Me tomo mi tiempo entre las divisiones de sus marcados cuadrados en su estómago. Me es posible imaginar que debe de verse más que atractivo a la vista, eso me hace sentir un poco celosa de las chicas que pudieron verlo antes. Percibo el segundo exacto en el que despierta, desorientado por la neblina de sueño, se revuelve y sus ojos taladran en mí. Siempre sé cuándo me está mirando. Oigo el chasquido de la luz del velador encenderse, y los abdominales bajo mi boca se endurecen. Separo mis labios y pruebo su piel salada con la punta de la lengua, continuando camino abajo, mis manos ayudando mi trabajo. Tocarlo es mi pasatiempo preferido en la vida. Él no me frena, de hecho, sólo se queda quieto dejándome ir a mi manera, cediendo todo el control. No hablamos, no hace falta. Lo tengo donde lo quiero y no voy a perder el tiempo usando mi lengua para algo que no sea mojar su piel. Una de mis manos llega más allá de su ombligo antes que mi boca, juega con la cintura de sus calzoncillos y sobre el bello que indica la ruta hacia el sur, el que se concentra en ese punto que tomaré en un momento. Expongo mi lengua en toda su gloria y asciendo, lamiendo toda la extensión que esté a mí alcance, los músculos de Alex se contraen y mete una respiración profunda por su nariz. Escalo más y atrapo sus labios, en una lenta y honda intrusión, al mismo tiempo que me interno en su bóxer y encuentro la cabeza de su pene ya hinchada y húmeda. Alex reacciona violento a causa de mi puño tomándolo y se desquita mordiendo con dureza y magullando mis labios. Alza las caderas, perdiendo toda la calma. Me


apuro a alejarme y deshacerme de su cubierta de tela, gruñe al descubrir mi intención. No puedo estar más excitada por esto. Encuentro su masculinidad dura y lista, recostada en su bajo vientre, apuntando como una flecha a su ombligo. Me concentro en la base y caigo en ella con mi lengua, la deslizo hasta la terminación más gruesa y sensible. Él maldice por lo bajo y se obliga a permanecer quieto. Repito el mismo proceder, aplazando el tiempo que necesito y así lubricarlo con mi saliva. Realmente no tengo mucha idea de lo que estoy haciendo y cómo proseguir a partir de este punto, sólo sigo mi instinto creyendo lo que es mejor. No soy del todo inocente, los audiolibros que mantenía escondidos en mi habitación tenían sexo explícito, claro y con detalles. Pero una cosa es escuchar e imaginar, otra muy distinta es llevarlo a cabo. Me las arreglaré, eso seguro. Roto mi cabeza y separo mis labios para subir y bajar a lo largo con mis comisuras, la piel fina que lo recubre es como terciopelo bajo la textura de mi lengua, y gimo encantada. Esta es otra de esas experiencias incomparables que me he estado perdiendo desde que cumplí la edad autorizada para tener sexo. Lo sujeto y lo elevo, mojándolo más y usando mi puño, arriba y abajo. —Ema… —Enséñame—le pido, interrumpiendo su gruñido, cuando las dudas llegan. Traga y escucho el sonido de sus dientes chirriando. Se toma un momento para despejar su voz antes de responder. —Enfunda el filo de tus dientes con los labios y succiona—explica, aferrando las manos en mi pelo—. A tu ritmo. Me remojo los labios y sigo el consejo, cubro mis dientes y lo introduzco en mi boca. Por un momento se me hace incómodo, pero de inmediato me adueño de un ritmo firme y me va entrando más, hasta el tope en el que me siento cómoda. De pronto me da un golpe de osadía y acelero, succionando tan apretado como puedo, cansando mi mandíbula y magullándome las mejillas. Me ayudo con ambas manos y me prolongo, yendo más lejos cada vez que siento que soy capaz. Mientras, Alex junta los mechones de mi cabello, dejándolos fuera del marco de mi rostro, reparo en sus ojos fijos en mí y oigo su garganta quejarse, junto con la violencia de su respiración. A medida que lo voy volviendo loco, más empapo la tela de mi ropa interior. Cierro los ojos, separando una mano para frotarme a través de ella, ambos jadeamos a la par. — ¿Estás adolorida?—pregunta, con tono desesperado.


Niego con su altar todavía en mi boca. Es mentira, todavía hay cierta molestia rondando, pero lo necesito de nuevo dentro. Ya no puedo esperar más. Se sienta y me obliga abandonarlo, mis mejillas emiten un sonido hueco al liberarlo y recién allí me doy cuenta qué tan acalambrada estoy. Me empuja sobre mi espalda y revolea fuera mis calzones, me abre y revela mi humedad ante él. Lo escucho sisear y chasquear sus muelas, y al segundo siguiente sus dedos están abriéndome y su lengua remolinea en mi clítoris. Se toma cierto tiempo en ello, penetrándome y estimulándome con el pulgar. Siento a la perfección cómo endurece su lengua y la cuela en mí. A estas alturas estoy sacudiéndome y temblando, apenas reconociéndome a mí misma en cada alarido. Me niega la liberación sacándome su peso de encima. Y a continuación el cajón de la mesa de luz se golpea, como si Alex apenas pudiese medir su fuerza. Ni siquiera escucho el papel del preservativo rasgarse antes de tenerlo incorporado en medio de mis piernas de nuevo. —No creo que pueda ser amable esta vez—carraspea, rudo. —Entonces no lo seas—lloriqueo, que haga lo que quiera conmigo. Levanta mis piernas y las deposita en sus hombros, enseguida aprecio su grosor estirarme. La quemazón vuelve y la ignoro, completamente decidida a disfrutar. Juega un momento en mi entrada, bailando con sus caderas, después se encorva encima de mí, dejándome completamente expuesta y con mis extremidades inferiores en un ángulo que no me permite respirar profundo. Un jadeo después, se está impulsando a través de mi conducto en un solo empujón. Aullamos al mismo tiempo, y propulsa un ritmo devastador, rebotando contra mi cuerpo. Las colisiones retumban en la habitación y jadeos les hacen ecos. Me sujeto de sus hombros con uñas, porque mis palmas resbalan en su piel sudorosa. No hay dolor, sólo una presión intensa creciendo debajo de mi ombligo, electricidad corriendo por mis extremos. Alex toma la parte trasera de mis rodillas, las aprieta en mi pecho y su pene se conduce dentro de mí a una velocidad que nunca creí probable. En cada avance sus dedos se clavan en mi carne, y puede que duela en la mañana, pero ahora se siente celestial. El remolino en mi útero emprende sus giros, demasiado rápido, se enreda y tensa, entonces estalla y me deshago en pequeñitos retazos. Mi columna da un violento tirón en los extremos y me vuelvo piedra, antes de que las convulsiones retuerzan cada uno de mis músculos. Alex ruje salvajemente. Se ha detenido enterrado hasta la empuñadura, perdido en mis pulsaciones, que lo atrapan entre mis paredes sin querer dejarlo ir. Cuando me ablando, ya sin ninguna gota de energía, él sale de mi interior y me voltea en mi estómago. Inmediatamente está a horcajadas de mis caderas, enterrándose desde atrás. Me estremezco, y ahogo un chillido. En cada fuerte arremetida la cama tiembla y traquetea.


No demoro en volver a distinguir la presencia de otro orgasmo a punto de venir, a mi cuerpo ni siquiera le importa tener un mínimo descanso. Parece que se ha acompasado sin inconvenientes a la brutalidad con la que Alex me está tomando. Me amoldo a él a la perfección. El hombre forcejea conmigo siseando desde lo profundo de su ser, separa mis nalgas y las amasa, debería doler, pero en realidad me encanta esto. Estoy a punto, justo en el borde antes de saltar, para el instante en que él golpea duro un par de veces más. Hace castañear mis dientes, antes de que sus huesos se desencajen y se derrumbe, latiendo entre mis muros. A la sazón, me dejo ir también, retorciéndome debajo de su peso, mientras se vacía. No logro calcular el tiempo que tardo en hacer funcionar mis neuronas de nuevo, se han quedado desmayadas justo como mis músculos. Alex rueda en su costado, dejándose caer sin mucho cuidado. —Lo siento—susurra sin poder tranquilizar su respiración—. Me pasé de la raya. Me besa el hombro y acaricia mi espalda, le sonrío con los ojos cerrados, demostrándole que pude manejar sin problemas su pérdida del control. Pienso en que fui yo la que lo obligó a ir por ese camino, despertándolo y sorprendiéndolo con mis intenciones ya claras. Una ola de suficiencia me atrapa. —Quiero…—trago y remojo mis labios resecos—. Quiero que te pases de la raya más seguido—sonrío, cansada. Él se ríe por lo bajo y cae de nuevo hacia atrás como si la cabeza le pesara. Nos quedamos allí en silencio por un intervalo, hasta que nos sentimos tan recuperados como para ir a limpiarnos y volver a dormir.

Alex —En cuatro días salimos de viaje—comento, sombrío mientras desayunamos a la mañana siguiente. Ayer, cuando fui llamado por León, lo intuí, ya había pasado bastante tiempo y seguíamos de baja, sin siquiera hacer una vuelta corta. Es hora de salir a la carretera de nuevo y éste será un camino bastante largo hasta el norte. Un cargamento grande llegará al puerto en tres días, cuanto más rápido lo organicemos y transportemos, mejor. Nos vamos la mayoría, pocos se quedarán. Por más que me cueste dejar a Ema por todo ese tiempo, debo


hacerlo, es mi trabajo, y estoy al mando del segundo grupo. Esta vez salen dos camiones llenos, custodiados por tres grupos. — ¿De viaje?—pregunta, tomada por sorpresa. Me acerco a ella, que se encuentra de pie apoyada en la mesada tomando su café, la atraigo a mí rodeando un brazo en su cintura, mi taza en la mano desocupada. Hecho un vistazo al día con los ojos entrecerrados, impregnando mi nariz con el perfume que viene desde su cabello. —Esto es lo que hacemos, viajamos bastante—le explico—. A veces faltamos en casa por un mes, quizás más. Esta vez nos va a llevar un tiempo. La miro a la cara, sus ojos de caramelo fundido están abiertos, fijos al frente, con una expresión de espanto. Al igual que a mí, esta noticia no le hace ni un poco de gracia. — ¿Y ésta vez se van por todo ese tiempo?—pregunta. —Es muy probable—suspiro, barriendo el pelo de su hombro. No quise decírselo ayer porque su estado después de la llamada a su amiga era oscuro y dolido, me preocupé sólo en consolarla. Pero esta mañana desperté con que tenía que decírselo, no podía esperar hasta el último momento. Nos quedan cuatro días antes de que me vaya, y la voy a extrañar muchísimo. Jamás me entristecí de dejar mi casa antes, ahora con ella acá, todo cambia. —Bueno—la línea recta en sus labios desaparece cuando traga—. Es tu trabajo, lo entiendo. Acá voy a estar esperando tu vuelta—sonríe, triste. Me inclino y la beso, sintiendo cómo mi corazón se ensancha en mi pecho. Ella jamás haría una escena, aunque respetaría que lo hiciera, justo debo dejarla cuando nuestra relación está recién del todo consumada. Pero es Ema. No hay drama en su cabeza, siempre paciencia y buenas intenciones. Esta chica vale lo incalculable, es única, y quiero mantenerla cerca y bien. —Me encantaría quedarme, de verdad—aseguro contra su sien—. Pero no es una opción… Toma una aspiración y transforma su rostro, sonriendo para darnos ánimos. Se alza en las puntas de los pies y me besa en los labios. —Está bien, no nos pongamos melancólicos—ríe, y me frota el pecho con la palma abierta—. Nos quedan cuatro días, no perdamos el tiempo—susurra, sugerente y coqueta.


Niego, riéndome. Esta chica sí que sabe romper con la tensión. Acabamos el desayudo y llama de nuevo a su amiga, con la intención de planear el acuerdo para el intercambio de Greta. Ema no puede salir, todavía no queremos exponerla después de todo el revuelo de su búsqueda, además, sospecho que sus padres no se han dado por vencidos tan tranquilamente. No me creo todo ese asunto del repudio, nadie, ningún padre que ame a sus hijos como tal, haría eso con tanta facilidad y frialdad. El plan resulta sencillo, iré a recoger la gatita a la casa de Aída, que vive en el pueblo. Santiago me acompañará, sobre todo para ayudar a corroborar que todo esté en orden y no sea alguna clase de trampa. Aunque Ema se muere por encontrarse con su amiga, decidimos que por esta vez se quedará en casa, por precaución. No le dejé claro directamente que no confiamos en Aída, no le caerá bien ya que le tiene mucha estima y cariño, pero yo sólo necesito asegurarme bien. Si todo sale como queremos, es posible que Aída pueda venir de visita alguna vez. En la tarde, tomamos una de las SUV y nos ponemos en marcha, no demoramos mucho en estacionar frente a la pequeña casa de barrio. Al desplazarnos por el jardín delantero persistimos atentos a nuestro entorno, sin notar nada extraño. El barrio es tranquilo, respetable y familiar. Con pequeñas casitas iguales de clase media. Tocamos la puerta y esperamos por apenas un par de segundos antes de que se abra. Desde el interior, una pequeña mujer joven, de unos veintiséis o veintisiete, nos atiente. Es morena, con ojos marrones amables y sonrisa cordial. Al vernos enseguida se muestra cautelosa. Sabemos bien que nos relaciona con el clan, en el pueblo somos conocidos. Nadie que luzca como nosotros está lejos de ser de los Leones por esta zona. —Buenas—digo, tranquilo—. Venimos en busca de Greta. Ella sonríe, ancho. —Hola—abre más la puerta—. Pasen, por favor. Se ve amable, bastante inofensiva, también. Pero nosotros más que nadie tenemos claro que las apariencias engañan. Damos un paso adentro y ella se marcha, seguro en busca de la gata. Santiago camina alrededor de la diminuta sala, disimula ser casual, sólo yo tengo en cuenta que trae un dispositivo especial en el bolsillo que detecta cámaras, micrófonos y cualquier otro aparatito de ese estilo. El tipo siempre va cargado con esas cosas raras, y, hay que reconocer, siempre son de ayuda. Aída vuelve desde el pasillo, con una enorme gata blanca muy peluda y con la cara chata. El semblante de Santiago se desencaja en un simple segundo, apenas es detectable pero no pasa desapercibido para mí. Quiero reírme por eso, realmente alto. Me contengo y espero a Aída hasta que está de pie frente a mí.


—Ema está bien, ¿verdad?—pregunta, sus ojos grandes con interés, puedo ver el cariño, también—. Ella me lo dijo, y se escuchaba tan contenta de estar ahí. Bueno, después de esto, no voy a fingir que no sé dónde está—se ríe, arrullando a la gata contra su pecho—. Quiero decir, sé quiénes son ustedes. Me alegra que Ema haya encontrado un lugar en el que se sienta libre, al fin. Acaba con un suspiro. No puedo evitar ablandarme con ella, todas mis sospechas ahuyentadas bien lejos, esta mujer, con esta mirada tan brillante y clara no puede tener malas intenciones. Apuesto a esa creencia. —Ella está bien—corroboro, sacando mis manos de los bolsillos del vaquero. Asiente, sonriendo, dejando ver un par de adorables hoyuelos en sus mejillas sonrosadas. Me aclaro la garganta cuando se me queda mirando muy fijamente y observo a Santiago, que viene a nosotros. —Bueno—Aída me tiende el animal—. Decile a Ema que la cuidé como si fuese mía propia, ama a Greta—sonríe abiertamente de nuevo—. Después de todo, iba a quedármela, porque sus padres no la querían—la sonrisa es reemplazada por una expresión de pesar. Aída se siente mal por todo lo que le ha pasado a Ema, lo advierto claramente. La mujer es muy transparente. —Se lo voy a decir, tranquila—concuerdo, suave. Santiago se acerca para así enfilar primero hasta la puerta, sin embargo, algo lo detiene en seco. Aída y yo lo estudiamos con atención, y me atieso entero al escuchar el débil pitido que viene desde el bolsillo de su abrigo negro de cuero. Se gira abruptamente, sus ojos fulminando a la diminuta chica, y saca el aparato para acercarlo a mí. Chilla con más frecuencia, acercándose al dispositivo que detecta. Con los dientes apretados, no quita la atención de Aída, obviamente involucrándola con todo esto. Me doy cuenta de que tiene que haber algo en el collar rojo de la gata. — ¿Qué pasa?—la chica da un paso atrás, sintiéndose amenazada. Ninguno de los dos responde rápido, deposito a la tranquila mascota sobre la mesa y le quito el collar de cascabel, se lo doy a Santiago que lo revisa minuciosamente. Un intervalo después encuentra lo que está buscando y va directo a la chica en su mejor versión de intimidación. — ¿Sabes algo sobre esto?—pregunta, letal.


Aída traga con fuerza y da un paso atrás, retorciéndose las manos, sus ojos están aterrorizados y a punto de soltar lágrimas. —N-no—tartamudea—. No sé qué es, ¿qué está pasando?—me mira, buscando respuestas en un rostro menos severo. Santiago no le da tregua, la encara, mordiendo su espacio personal, asustándola incluso más. Pero sé que es su táctica para hacerla confesar. —Esto es un dispositivo de rastreo, ¿tenés alguna idea de lo que hace en el collar o vas a seguir haciéndote la tonta?—aprieta. Ella niega torpemente con la cabeza, perdiendo el control de su cuerpo, tiembla. —No sé nada sobre eso—sorbe por la nariz—. Lo juro. Ambos sabemos que dice la verdad, toda ella se puede leer con sólo un vistazo y ni siquiera requiere ser profundo. Esta treta fue un movimiento de los Fontaine para descubrir el paradero de Ema. Le colocaron el rastreador y le dieron la gata a Aída porque sabían que tarde o temprano Ema la buscaría, porque confía en su amiga. —Escucha—Santiago mantiene el tono de acero, profundo y bajo, en una promesa real—. No vas a contarle a nadie que nosotros vinimos en busca de la gata, ¿de acuerdo? Porque si descubro que abriste la boca, voy a volver, y no querés que pase ninguna mierda, ¿verdad?—escupe. Aída se traga el llanto y está de acuerdo sacudiendo la cabeza, verdaderamente aterrorizada. — ¿Por qué iba a ponerle yo un rastreador?—cuestiona, de pronto. —No, no vos. Pero los padres de Ema sí, y por lo que puedo sospechar, podés ser cómplice—retruca él. La chica frunce los labios y se endurece en breve. —Mi lealtad está con Ema, ante todo—asegura, tan duramente como es capaz—. Sólo con ella. Jamás la traicionaría. Santiago se muestra ilegible, y la mira de arriba abajo como si no le creyera nada. Es bueno, siempre lo es. Nunca falla. —Eso ya lo veremos—suelta y se da la vuelta.


Deja el dispositivo y el collar sobre la mesa y le ordena algo sobre tirar el primero por las cañerías. Luego, salimos de la casa y Aída ni siquiera nos despide, cierra la puerta a nuestras espaldas ni bien cruzamos el vano. Atemorizada de que decidamos volver a entrar y seguir indagando. Suspiro mientras me subo en la camioneta con Greta en mi regazo. Espero que la gata no enloquezca durante el viaje, no quiero tener que guardarla en la jaula que está en el baúl. Se ve bastante mansa, pero con los gatos nadie se puede fiar. Santiago pone el contacto y avanza, en silencio. Le creemos a Aída, eso no está en discusión, ahora sólo me queda esa inquietud de lo que pueden estar tramando los padres de Ema. Con ese pensamiento, me llegan enormes dudas en cuanto a irme de viaje. No quiero dejarla si corre peligro de ser encontrada y alejada por ellos. Además, algo más inquietante me golpea en la cara: David es el socio de Fontaine. Y, que Ema vuelva a su casa, equivale a estar cerca de él. Eso no es una opción viable para mí, no la quiero allí. Odio la maldita idea de que haya tenido contacto con David alguna vez, y más me vuelve loco que se aproxime a él de nuevo. Yo no podría soportarlo. *** — ¡Greta!—chilla Ema, en su posición en la silla cuando coloco a la gata en su regazo. Sonrío, al igual que todos en el lugar. Parece que estuvo bien acompañada en mi ausencia. Bianca y Adela, infaltables. Ahora también se sumaron Lucre y Max con los gemelos. Me alegra tenerlos acá después de tanto tiempo, hace mucho que no veo a Max, está demasiado ocupado amando a su familia, y me parece perfecto. Después de años y años de amar a Lucre con locura sin permitirse tenerla y jugársela por amor, entiendo que le dedique todo su tiempo a la hermosa familia que formaron. Además cuidar a dos niños no debe ser nada fácil, deben acaparar todo el tiempo de ambos. Acaricio la cabeza de Greta y beso la coronilla de Ema, mientras la arrulla, emocionada. La gata se enrosca sobre ella, dando la bienvenida a las caricias suaves de su ama. Me sorprende que no sea arisca y permanezca en su lugar, paciente, la mayoría de los felinos no se quedan quietos donde uno los quiere. Sin embargo, da la impresión de que Greta entiende la situación de Ema y le permite el contacto que tanto necesita. Es admirable esa conexión entre ellas. —Gracias—me retiene ella, y me susurra al oído con voz derretida—. Muchas gracias. La beso de nuevo, esta vez en la comisura de sus labios de cereza, y me separo cuando le llama a Santiago, también para agradecerle. Él acepta sus palabras tratando de no ser tan frío con ella, algo que es fácil, porque Ema se hace querer y ablanda a cualquiera con una rapidez sorprendente. Es la pureza de su alma la que nos tiene a todos alrededor casi besando el suelo donde pisa.


Bianca no se demora en acercarse a acariciar a Greta, enamorada, y sí ella se ve como si le gustaran las mascotas. En cambio Adela se mantiene a distancia, seguramente pensando lo mismo que Santiago. Me muevo a la cocina riendo por lo bajo y me fijo si tengo para preparar algunos refrescos. Max me sigue y me observa rebuscar en la heladera. Está callado, de brazos cruzados, y sé que tiene algo que decir, siempre pone esa expresión antes de escupir lo que sea que tiene rondando en la mente. —Así que…—se cruza de brazos. —Así que…—repito mirándolo, coloco las frutas y la leche en la mesada. Entrecierra los ojos y se rasca la cicatriz debajo de la barba, alzando las cejas. —Así que, vos con Ema, ¿eh?—da un cabezazo hacia donde ella está sentada. Me río. Sí, Ema y yo. Entiendo que le sorprenda, incluso yo estoy todavía perdido, sin entender muy bien cómo llegamos a esta situación. Lo que sí sé bien es que no quiero que se acabe. Ella es perfecta para mí, me hace feliz. Y no recuerdo haberme sentido de este modo en el pasado, nunca. Ella encaja mis piezas desordenadas en sus respectivos lugares. Mi vida se siente menos vacía y más llena de color cuando está cerca. La quiero, y ahora me doy cuenta de que tengo que decírselo. Demostrárselo. Ella me confesó que me ama, y yo nunca dije nada al respecto. Primero, porque me aislé aquella vez que la escuché decirlo y segundo, porque no he devuelto ese tipo de palabras desde hace mucho, mucho tiempo. Pero Ema necesita saberlo. No es que la haya contrariado no recibir las palabras de vuelta, ella es así de paciente y comprensiva, sin presionarme al respecto. Me ama sin esperar nada a cambio. Desinteresadamente. Y esa es otra de sus tantas características que me hacen quererla más con el día a día. —Sí—digo, consiguiendo la licuadora. — ¿Sólo eso? ¿Sí?—se rie—. ¿Ni siquiera necesitas un consejo de mierda o algo? Niego, divertido. Todavía recuerdo cuando él se estaba enamorando de Lucrecia, y era sólo una pequeña de quince años enferma de leucemia. Realmente me dolía ver a mi amigo tan obstruido y desesperado, intenté darle algunas sugerencias, parecía necesitarlas bastante. El problema era que yo no tenía ni puta idea de lo que significaba estar cayendo por una chica, y mucho menos por una como Lucre. Max lo tuvo complicado por varios años. —No—le digo, encogiéndome de hombros—. Yo no soy vos—bromeo. Echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada, lo persigo desternillándome mansamente y negando con la cabeza.


—Touché—tose, entretenido. La verdad es que soy un poco como él, mi pasado me afecta y no me siento merecedor de Ema. La diferencia es que quizás soy más egoísta en comparación, tomé a mi chica porque la quería y sin pedir mucho permiso. Fui impulsivo y no me resistí lo suficiente. No niego que mis problemas me persiguen día a día, a medida que avanzamos en esta relación. Por eso le conté aquello sobre mi pasado, con la intensión de darle la oportunidad de huir. Pero Ema es Ema y me lanzó la mierda a la cara. ¿Cómo no amarla? Ahora me queda trabajar para estar en paz conmigo mismo y darle lo que se merece. Que es todo, absolutamente todo de mí. —Me gusta mucho ella—dice, mirándola, su expresión volviéndose afectuosa—. Es la clase de chica que saca lo mejor de las personas. Estoy de acuerdo, definitivamente. Su gentileza, dulzura y simpatía hace que la gente se enamore de ella, con sólo un minuto en su presencia. —Es especial—agrega. —Lo es—concuerdo. Enciendo el aparato una vez que corté las frutas en cubos echándolas dentro. Una vez listo, preparo un vaso para cada uno, con nada de alcohol, ya que es demasiado temprano aún. —Estaba esperando este día, Perro—se acerca Max para tomar algunos tragos y llevarlos. Lo miro, está sonriente y alegre por mí. —Estás hasta las manos, no necesitas ni confesarlo—finaliza riendo y se marcha al comedor. Le deja el primer vaso a Ema, que todavía tiene a Greta en sus muslos, dormitando. Le aprieta el hombro con delicadeza y ella le agradece. Me quedo un momento en mi lugar observándolos a todos reír y hablar sobre temas banales. Una reunión de amigos, normal y relajada. Suspiro y, por dentro, me indico que tengo demasiado por lo que estar agradecido, a pesar de que años atrás estaba solo y enojado con la vida. Creo que, en cierta forma, estoy siendo recompensado por todo el padecimiento que fue exprimido de mi interior hasta casi dejarme seco y conformado sólo por un hueco cascarón. *** — ¿Ema?—la llamo desde mi lado del sofá.


Estamos solos disfrutando un helado de postre después de haber cenado con Bianca. La chica tuvo que irse a cuidar a Tony, el hijo de Jorge. Me alegra que ella esté siempre cerca, me va a mantener tranquilo cuando me vaya en unos días. Dios, no quiero pensar mucho en eso porque mi humor se oscurece. No soporto la idea de dejar a Ema. — ¿Sí?—contesta ella, con la boca llena. Está muy compenetrada en su pote y no consigo dejar de mirarla como hipnotizado cada vez que se lleva la cuchara a la boca. — ¿Qué sabes del socio de tu padre?—me animo a preguntar, pareciendo lo más casual que puedo. Detiene sus movimientos y gira la cabeza en mi dirección, su ceño arrugado. Se pasa la punta de la lengua en las comisuras y casi pierdo el norte ante la vista. Realmente la deseo las veinticuatro horas de cada maldito día. — ¿David?—me estremezco con el nombre—. No sé mucho de él. Sólo que me cae verdaderamente mal, y no soporto tenerlo cerca. Me trae malas vibras. ¿Por qué? Dudo. Debería decirle la verdad de la naturaleza de mi interés en ese hijo de puta. Merece saberlo todo, pero eso significa volver sobre mis pies, otra vez al pasado que tan mal me hace recordar. Me froto la cara, cansado. El tema de por sí ya me frustra y pone mi sangre a correr ardiendo con sed de desquite. —Lo crucé cuando fuimos a rescatar a esas chicas—cuento, dejando el helado a un lado, olvidado. Ema empalidece. — ¿Y qué pasó?—quiere saber, asustada—. ¿Te hizo daño? Sonrío y me acerco a ella para rodearla y apoyarla contra mí. —No, mi compañero llegó a tiempo y nuestro encuentro no pasó a mayores… — ¿Hay algo que no me estás contando?—intuye. Bueno, ya he acabado con esto. Es ahora o nunca. —Lo conozco… — ¿Lo conoces?—tengo toda su atención sobre mí, expectante.


—Éramos vecinos en la ciudad, vivíamos en la villa en crecimiento donde fuimos a parar con mi hermana, después de que…—me trabo, tragando el arenoso nudo obstruyendo mi garganta—. Después de que tuvimos que dejar nuestra anterior casa… Casi puedo ver las ruedas de su mente dando vueltas y vueltas, procesando la información que le estoy dando. —Nunca habría creído que salió de una villa—suelta, pestañeando—. Siempre sonaba como si en toda su vida hubiese sido rico. Sé que siempre va de punta en blanco con sus trajes a medida, y usa costosos perfumes… en otras palabras, es una copia de mi padre, él parece más su hijo que yo—cuenta, tomando mi mano y jugando con sus dedos. Aprieto los dientes y me contengo de soltar un vómito verbal lleno de insultos, el receptor no está frente a mí. Pero algún día lo tendré a mi merced y haré con él toda la mierda que he estado guardando. Dolor. Quiero que se retuerza en dolor. —Maté a sus hermanos—escupo, Ema suelta un jadeo, desprevenida—. Y él seguía en la lista, pero nunca más lo volví a ver… hasta hace días… Nuestros dedos se entrelazan y ella los aprieta, sabiendo a la perfección lo agitado que me encuentro por dentro. Ni siquiera se aleja porque acabo de confesar que maté a dos hombres. Supongo que no me ha idealizado como un santo, y en cierto modo, aprecio eso. — ¿Por qué?—cuestiona, casi sin aire—. ¿Por qué los mataste, Alex? ¿Qué te hicieron? Asume que tuvieron que hacer algo para que yo actuara yendo en esa dirección tan dura. ¿Tengo que estar agradecido o asustado de que me conozca así de bien en un lapso tan corto de tiempo? —Abusaron de mi hermana—digo, soltándolo con presión sombría en la voz, realmente me cuesta hablar sobre esto, pero tengo que dejarlo ir, porque es demasiado para seguir cargando con ello—. La violaron. Y fue David quien lo planeó todo, estoy seguro… Me concentro en meter en tandas el aire por mi nariz, llevándolo por mis conductos hasta mis pulmones entumecidos. Me doy cuenta de que he estado apretando fuertemente la mano de Ema en mi palma y la desajusto, aunque no la libero del todo. Ella sigue amarrada a mí y, al buscar sus ojos, los encuentro inundados en lágrimas. Dirige la mano que tiene libre a su estómago, como si se sintiera enferma. —Alex—pronuncia, casi inaudible—. Lo siento tanto…—solloza—. Lo siento tanto… La atraigo y acuno su rostro contorsionado en el hueco de mi cuello. La conforto, porque hacerlo me consuela a mí también. Nos damos ímpetu entre los dos para superarlo. De


a poco, voy sintiendo que mi carga se torna más liviana, y puedo respirar un poco mejor. El peso librando mi caja torácica. Ema se aferra a mí, temblando, demasiado afectada por lo que Cami tuvo que pasar. —Está bien, no llores—la beso en la frente, encerrando su rostro entre mis manos y secando sus mejillas—. También lo siento. Y pasó hace mucho tiempo, cariño. —Pero todavía te destroza—refuta, sorbiendo—. Todavía te duele como el primer día, algo así no se olvida. ¿Dónde está ella, Alex?—remata. La pregunta que más me temía. —Cami nunca estuvo bien—empiezo, tratando de hacerlo corto y menos tortuoso—. No estaba bien antes de eso y, ciertamente, no estuvo bien después… Ema detiene el aliento, a la misma vez que yo. Me inmovilizo en mi lugar, dejando de estar atento a mi entorno. Por un largo momento estoy fuera del presente, entrando en lo profundo de mi antigua existencia. En la peor oscuridad de ella. Nunca hubo luz del sol en aquellos días, perpetuamente todo era de noche. Y ahora, soy engullido por ella, y ni siquiera hay luna o estrellas. El color negro lo acapara todo. —No pudo soportarlo, Ema—murmuro, con tono cortado—. Fue demasiado para ella, no tuvo la fortaleza para seguir… Cierro los ojos, una única gota se desliza abajo y tiene el nombre de mi hermana.


Capítulo 14 Alex «Ese día, particularmente, había sido duro, me fui muy temprano en la tarde y al fin volvía a casa a las cinco de la madrugada. Estaba cansado, me dolía todo el cuerpo y tenía los músculos agarrotados. Lo único que quería era una ducha caliente y como diez horas de sueño de corrido. Después de esa dolorosa conversación con Cami la noche anterior, después de la cena tan inolvidable que compartimos por su cumpleaños, necesitaba mantenerme en movimiento para olvidar. Para no sentir nada. Entonces tomé demasiadas mujeres, más de lo que habitualmente me permitía. Porque cuando obtenía sexo con ellas me cerraba ante mi entorno y las emociones, y eso era precisamente lo que buscaba. No podía quitarle el dolor a mi hermana, y eso me rompía en pedazos. Podía relacionarlo con el hecho de encajar en una trituradora cada vez que los ojos vacíos de Cami me mostraban su agonía diaria y lloraban lágrimas de rendición. Ya no sabía qué hacer, esto no podía seguir así. Miranda me aconsejó conseguirle ayuda psicológica, porque nadie podía vivir de esa forma. No era saludable. Ya tenía una lista de los potenciales especialistas, sólo quedaba elegir uno entre los dos. Esperaba que Cami estuviera dispuesta a ser ayudada. No importaba el dinero, trabajaría el doble para pagarlo, la salud era lo primero. Entré en el departamento, usando mi llave y la oscuridad me envolvió. Ni siquiera me gasté en encender la luz, sólo pasé directo a la heladera tirando mi bolso en el sofá. Tomé una botella de agua y bebí del pico. No pasó mucho hasta que comencé a sentirme raro, la soledad del departamento se extendió hasta mi sitio, reemplazada enseguida por un aire frío cortando mi piel y erizándola. Nada estaba bien. Ese sentimiento de indescriptible vacío me abrazó. Algo pesado aplastó mi pecho, y no me dejaba respirar con profundidad. Dejé abandonada la botella en la mesada y obligué a mis pies a caminar, porque parecían no querer hacerlo. A medida que entraba en el pasillo, en dirección a la habitación, más frío me invadía. Tragué al apoyar mi palma abierta en la puerta entornada, la empujé despacio y chirrió. Me quedé allí, temiendo entrar o siquiera iluminar el cuarto. Efectivamente tuve que hacer alguna de las dos, tarde o temprano, y opté por la segunda. El chasquido saltó y no había


nada. Absolutamente nada. La cama estaba armada, sin una mínima arruga, y cada cosa ordenada en su lugar, pero no había señales de Cami. Una única hoja de cuaderno doblada junto a la almohada me llamó la atención y, temblando, me dirigí a ella y la alcé. La abrí y leí. Leí las mismas palabras una y otra vez, con la perfecta y redonda caligrafía de mi hermana. Mi mente se nubló, y demoré varios minutos en reaccionar. “Lo siento. Te amo.” Cuatro palabras. Una disculpa, una declaración. ¿Por qué me estaba pidiendo perdón? —Cami…—susurré, el oxígeno me faltaba—. ¿Qué hiciste? No hubo respuesta, claro, pero mi mente lo sabía bien, quiso responderme pero no se lo permití. La negación se hizo cargo de ello. Había algo haciendo click allí, una alarma intentando ponerme en marcha. “Movete. Hacé algo, carajo. Movete”. ¿Cómo? ¿A dónde? Demasiadas entidades giraron en mi cabeza como un espiral, me marearon, me quitaron el aliento. Sólo fui capaz de sentarme en el borde de la cama y tomarme la cabeza con ambas manos y los ojos cerrados. “Pensá. Pensá a dónde puede haber ido”. Me devané los sesos, busqué en cada rincón alguna idea del lugar donde ella habría ido. — ¿Qué hiciste, Cami?—sollocé, cubriendo mi rostro torcido y desencajado—. ¿Qué hiciste? Salí de la habitación como un huracán después, dejé ese maldito apartamento atrás. Encendí mi moto, me coloqué el casco y recorrí las calles. Era tarde, estaban casi vacías, permanecí dando vueltas y vueltas, aturdido y sin saber un sitio concreto a dónde ir. Pensé en llamar a la policía, pero no harían nada hasta que pasaran las veinticuatro horas de su desaparición, además había una nota que podía indicar que se había escapado. No me harían caso, éste era un asunto de tantos. Estaba dándome por vencido cuando una opción apareció entre la bruma inservible que era mi cerebro. Y una intuición se arrastró con ella. Entonces no dudé en desviarme y tomar otro camino, el que se dirigía más hacia los barrios bajos. Nuestra antigua casa. No la choza de chapas donde vivimos antes de mudarnos al apartamento, sino el hogar que tuvimos de niños. Donde habíamos crecido. Dónde lo fuimos perdiendo todo, poco a poco, quedándonos solos. Tardé unos quince minutos en estar allí, llegando justo cuando el cielo comenzaba a aclarar. La zona seguía siendo la misma, casas desvencijadas, cayéndose de a cachos cada día. Descoloridas, descascaradas, descuidadas. Había basura en las veredas, cacharros abandonados, y lonas simulando ser persianas y puertas. Pasé, sin perderme cada


una de ellas, recordando lo que los vecinos tuvimos que vivir en aquel tiempo, cuando las inundaciones casi nos dejaron sin nada. Bueno, a nosotros nos quitaron todo, tuvimos que dejar la mayoría de nuestras pertenencias y correr lejos. Llevando el peso de un dolor insoportable en los hombros, uno que jamás se iría. Uno que había comenzado a drenar la vida de mi hermana de sólo diez años. Me detuve en la que era nuestra, vi que estaba peor que las otras. Abandonada por completo, con más de la mitad derrumbada en escombros. Nunca fue una edificación fuerte, ni siquiera cuando recién nos mudamos con mamá. Y el agua lo hizo peor. Ahora poco quedaba allí, convertido en una montaña de cascotes. Cami no podía estar en este lugar, ¿por qué iba a venir? La respuesta quiso resurgir pero la ahogué de nuevo. No, jamás. No iba a pensar en esa mierda. Dejé mi moto, la verdad es que no pensé mucho en que me la iban a robar si no la ataba. Sólo bajé y enfilé hacia la puerta—bueno, hasta dónde antes había estado la puerta—, me quedé de pie allí contando hasta diez antes de entrar. — ¿Cami?—llamé. Nada. ¿Por qué la llamaba si no creía que estaba allí? No sé. Quizás era la desesperación de oír su voz, de que me contestara. De saber que se encontraba bien. El silencio me estaba matando lentamente, de la manera más cruel. Tomé un respiro y atravesé. No había nada donde antes teníamos la humilde cocina-comedor, era sólo un espacio hueco, lleno de barro y ladrillos a la vista. Lo poco que habíamos abandonado se fue flotando o se lo quedaron los vecinos que no se marcharon como nosotros. Arrastré mis pies y las zapatillas chirriaron contra la tierra en el piso. ¿Qué carajo estaba haciendo acá? ¿Por qué había ido a torturarme así? Me froté los ojos y me empujé más adentro, aunque mi instinto me retenía, todo en mí quería rajar y nunca más volver. Pero tenía que encontrar a Cami. Y realmente no entendía por qué llegué a ese lugar, sólo me tocaba corroborar. Para estar seguro. Decidí ir a la única habitación que quedaba, me detuve en el vano agrietado. Y me clavé bajo él, el tiempo se detuvo, incluso mi cuerpo y mis órganos internos dejaron de funcionar. Ahí estaba ella. Mi hermana. Camila. La chica por la que había dado todo de mí. Colgando del único pedazo de techo que quedaba. En el aire. Inmóvil. No sé cuántos minutos estuve allí, de pie, congelado, mirando sus pies en el aire. Sus zapatillas de lona color azul oscuro suspendidas. Una bocanada de aire vino a continuación, como si hubiese estado ahogándome y alguien me acabara de sacar del agua.


El grito rompió mis cuerdas vocales. — ¡CAMILA!—el peor aullido que alguien podía emitir, salió desde lo profundo de mi pecho hecho girones, el daño rebalsando a través de mi boca. Lo siguiente que hice fue ir a ella, pateando lejos el banquito dado vuelta justo debajo, y levantarla, como si con eso la pudiera salvar. La soga no está tirante, no está tirante. No está tirante y por eso respira. Respira. — ¡Respira!—grité, ronco. Demasiado tarde. Vaya a saber cuánto tiempo hacía que estaba allí, levitando, con la maldita soga al cuello. Su cuerpo estaba rígido, demostrándome que ya había pasado demasiado desde que se había ido. La solté, grité con el ruido que emitió el peso al volver a tensar la cuerda. Me alejé tres pasos, cuatro. Cinco. Evité su cara, no quise mirarla directamente, sólo caí de rodillas y fijé mi vista borrosa en el suelo. —Podrías haber resistido un poco más—le hablé, mareado—. Yo te iba a ayudar, Cami. Apreté mis puños en las cuentas de mis ojos y gruñí, haciéndome daño. —Yo te iba a salvar… ¿Acaso no estoy acá para eso, Cami? ¿Para salvarte? Sorbí por la nariz y rebusqué en el bolsillo de los pantalones, por mi celular. Mi entorno daba vueltas, estaba a punto de desmoronarme. Necesitaba hacer una llamada. Marqué el número con dedos inestables, repitiendo el nombre de mi hermana una y otra vez, y preguntándole qué había hecho. ¿Por qué decidió dejarme así? Llamé cinco veces. Miranda tenía una política de llamadas; si recibía más de tres, significaba que era importante. Y yo lo hice cinco, viendo cómo el piso se tambaleaba y desdibujaba. — ¡Alex!—dijo desde el otro lado—. Alex—repitió cuando no respondí. —Cami está muerta—escupí. — ¿Qué?—jadeó—. ¿Qué dijiste? —Mi hermana está muerta… Ella empezó a llorar, y a pedirme que le explicara mejor. Que le dijera dónde estaba. La escuché en la lejanía, yéndome de la realidad. — ¡ALEX!—chilló y me sobresalté, justo al mismo tiempo que solté un gemido—. ¿Dónde estás? Voy a ir a buscarte, nene—ella lloraba.


Lloraba por todo lo que no estaba derramando yo. —Estamos en mi vieja casa—balbuceé—. En la villa, en donde crecimos. Ella sorbió por la nariz. —No te muevas de ahí, nene, ¿está bien? Asentí, como si pudiese verme. La oí revolverse, incluso pude distinguir sus tacones apresurándose lejos de donde fuera que se encontraba. De un momento a otro dejé de prestarle atención y el celular se me cayó de las manos. Un segundo después me derrumbé sobre él. Así, todo mi mundo se tiñó de negro.»


Capítulo 15 Ema Los Leones se marcharon tres días después. Y durante todo ese tiempo Alex y yo estuvimos en su casa, prácticamente encerrados y aislados de todos los demás. Después de nuestra charla sobre David y su hermana, nos hacía falta un tiempo a solas. Lo consolé cuanto pude, lo sostuve en brazos en cada oportunidad que tuve. Me partió el corazón estar al tanto de todo lo que Alex y Cami tuvieron que franquear siendo tan jóvenes. Comprendí lo infinitamente doloroso que puede significar intentar seguir y colocar un pie delante del otro sin tambalearse después de todo eso. No pude evitar tomarme su historia así de personal. La sentí en carne propia, me puse en las pieles de ambos hermanos. Derramé muchísimas lágrimas por ellos. Cami era demasiado joven y no pude soportar el hecho de que se quitara la vida de esa forma. Y que su hermano tuviera que verlo. Era una chica de quince años que había crecido de golpe y a base de inmensas piedras y pozos en el camino, permanecía viva después de todo, sí, pero ya no estaba viviendo. Se rindió. Y Alex no pudo culparla. Ni yo tampoco. Nadie puede, porque ninguno estuvimos en sus zapatos nunca. Alex me necesitó y allí estuve, es un hombre fuerte, aun así yo quise ser su sostén. Y deseo seguir siéndolo durante mi vida entera. Todos necesitamos un abrazo alguna vez, sentir que el peso es compartido para poder avanzar en la vida sin hundirnos a cada paso. Decir que su pasado había sido espinoso y cruel se queda corto, no hay explicación para tanto sufrimiento. Creo que Dios ya tuvo suficiente de él, le quitó demasiado, ahora es momento de sanar y buscar la felicidad. Si me quiere y lo permite, yo podría ser todo eso para él. No me importa si esta decisión es apresurada, me siento así, y puedo confirmar que durará hasta mi último aliento. Lo amo con toda mi alma. Y mi amor crece con intensidad a medida que voy sabiendo más de él. No lamento que sus manos estén manchadas de sangre, sorprendentemente, entiendo por qué mató a esos dos hombres. Y sé que tarde o temprano irá por David. Y eso me aterra, porque sé que tanto él como mi padre tienen poder, se mueven en las sombras, manejan un mundo oscuro y ruin. Y no quiero que Alex choque con eso, pero tampoco dejo de lado el hecho


de que él necesita vengar a su hermana. Algunos aseguran que la venganza no sirve de nada, que no vale la pena. Cami no volverá porque Alex borre del mapa a David. Pero, quizás es un mal necesario, por esa destrozada pequeña de quince años y por todas las chicas que ha tenido la maldita oportunidad de alejar de sus familias para lastimarlas. David no es buena gente, merece un castigo. Mi padre tampoco lo es, por lo tanto, y aunque me arda por dentro, tiene que pagar también. Al menos, debería terminar en la cárcel. Para el momento de la despedida, ninguno de los dos estaba dispuesto a separarse. Retrasamos la partida, mientras él me abrazaba y prometía volver pronto. No me gustó tener que dejarlo ir, pero entendí que ese es su trabajo y fui madura al respecto. Juré que aquí estaría cuando volviera. Ahora, dos días después, no se puede explicar con palabras la intensidad con la que lo extraño. Me ubico en el altillo en compañía de Adela. Es bastante temprano, se podría decir, el bar está muerto y por eso estamos en el altillo pasando el rato hasta que el sueño llegue. La puerta se abre y cierra abruptamente, ahí mismo la voz cantarina de Bianca llena el espacio. —Ugh, esto parece un funeral—dice, lanzándose en la cama, junto a mí. Adela bufa desde la ventana entreabierta, mientras fuma un cigarrillo, la oigo soplar con mal humor. — ¿Y vos dónde estabas?—pregunta, seria. —Cuidando a Tony, ese es mi nuevo pasatiempo, ya que Jorge está a cargo del bar— cuenta. Mis antenas se paran, atentas ante la mención del hombre, no he olvidado aquel choque entre ellos la noche de la pelea. Creo percibir que Adela también reacciona curiosa ante el asunto. No digo nada, aunque me muero por preguntar qué tal va esa rara relación entre Bianca y Jorge. No parecen llevarse bien, pero, por lo que se ve, eso no impide que se traten. —Si tu hermano supiera que pasas tanto tiempo cerca de… Un suspiro impaciente viene desde mi costado. —Mi hermano no tiene ni voz ni voto en mi vida—la corta Bianca, ruda—. Él me abandonó y se olvidó de mí. El tacón de una bota tamborilea desde la otra punta. —Lo hizo por tu bien, es mejor que vos y el resto de tu familia estén lejos—discute Adela, cerrando la ventana y viniendo a la cama con nosotros—. Ya te expliqué esa mierda…


Todo se queda en silencio, el enojo de las dos chicas desintegrándose de a poco. Menos mal que la tensión no dura mucho, estoy en medio de las dos y sé de primera mano qué tan explosivas pueden llegar a ser. —Me lo explicaste vos, no él—se queja la chica a mi derecha—. Necesito que salga de su boca. Adela no responde, sólo se acerca y me empuja amablemente hacia el centro, así ella toma el otro extremo. Las tres estamos acostadas, boca arriba, como si no supiéramos bien qué hacer en este desierto lugar. He llegado a acostumbrarme al barullo de los hombres todo este tiempo, ahora se siente que falta algo esencial. —Esto es deprimente—suelta Bianca, cuando se cansa de la calma. Ella es una de esas personas que odia el silencio, y necesita rellenarlo. —Se llama frustración sexual—exagera Adela, resoplando. Me río, tengo que estar un poco de acuerdo con ella, la verdad. Bianca hace ruiditos de arcadas. —Ustedes departamento.

son

unos

adictos—escupe

Bianca—tengo

que

mudarme

de

ese

Adela se ríe, como si estuviese orgullosa de algo. Yo les sigo la corriente. —Lo dice la mojigata—canturrea. —No soy mojigata, ustedes no tienen ningún respeto por la invitada que duerme en la habitación del frente—explica ella, como si algo le doliera—. Es asqueroso, vaya a saber las cosas raras que hacen. Hay que reconocer que son unos frikis, miedo me dan—Bianca finge un estremecimiento—Y estamos hablando de mi hermano, eso lo hace todavía peor. Adela se sienta en la cama y casi puedo imaginarme la secuencia en mi mente. Ella mirando a su cuñada y riendo como una maniática, se burla sin ningún pudor. —No sos una invitada, sino una colada—le sacude con una almohada—. Si te gusta el durazno aguántate la pelusa, es nuestra casa. O múdate. Bianca no para de reír mientras toma represalias, como si no le costara nada seguir con la guerra. Así es como acabo entremedio de ambos frentes recibiendo parte de los golpes, incluso casi se aplastan encima de mi cuerpo extendido. Me muevo arrastrándome hasta los pies de la cama a la par que me despeinan entre manotazos, me salgo de la zona de peligro y me acojono en el borde, ellas se ponen un poco más violentas. En serio, ¿tenemos cinco o más


de veinte? Cualquiera podría discutir nuestro nivel de madurez. Sin embargo, me contagian sus carcajadas y acabo uniéndome, ahora las tres saltando arriba de la enorme cama, tamaño King. Tenemos suerte de que sea sólida, sino ya se habría venido abajo. Consigo una almohada perdida y les doy su merecido por ser tan escandalosas. No pasa mucho hasta que estoy descostillándome, ya sin aire mientras nos golpeamos como posesas. Dios mío, ¿este tipo de experiencia es la que me he estado perdiendo por no tener amigas? A la mierda, mis veintitrés, pueden convertirse en diez sólo por un rato. En uno de esos movimientos bruscos, me tambaleo sobre el inestable colchón y pierdo el equilibrio, cayendo hacia atrás. Acabo despatarrada de espaldas en el suelo, retumbando en un porrazo seco y sordo que hace que las chicas se asusten. — ¡Oh, Dios mío, Ema!—chilla Bianca, viniendo a mí. Me levanto toda entumecida y me froto el culo, haciendo una mueca de dolor. Al mismo tiempo que las chicas me revisan, yo comienzo a reír a carcajadas de nuevo, sin poderme contener una vez que sale la primera. Los ojos se me llenan de lágrimas y tengo que doblarme en mi estómago. Recibo un choque de almohadón que hace volar mis rizos hacia un costado, despeinándolos más de lo habitual. — ¡Pequeña perra!—aúlla Adela atacándome. Las dos me arrastran de nuevo a la cama y la lucha sigue por un largo rato hasta que ya no nos quedan más energías. Al fin nos recostamos nuevamente, como estábamos antes, teniendo lugar suficiente para las tres. Descanso las manos en mi estómago y cierro los ojos, mi boca aún conserva una pequeña curva hacia arriba. Eso realmente fue divertido, me sentí una niña entusiasmada otra vez. Bueno, si es que alguna vez lo fui. Es algo así como una primera vez, porque no recuerdo que mi infancia haya sido tan entretenida o feliz. Sólo la pasé tratando de adaptarme a una nueva vida con una discapacidad tan grande como la ceguera. No hubo tiempo ni para hacer amigos, ni divertirme. Y cuando al fin estuve lista, mis padres se empecinaron en mantenerme encerrada en un capullo de terciopelo encogido herméticamente, sin dejarme experimentar el mundo real. — ¿Cuál fue la situación más vergonzosa de se acuerden?—pregunta Bianca de repente, suspirando con cansancio—. Yo ya les conté la mía—se ríe bajito. Nos reímos recordando su altercado con Jorge en el bosque. Sabemos que para ella fue verdaderamente bochornoso, es la clase de chica que actúa raro cuando siente vergüenza. Según ella, saca lo peor de sí misma, funcionando tan ilógicamente que la asusta. —Mmm—piensa Adela—. No se me ocurre ninguna ahora…


Yo no necesito rebuscar demasiado, con la poca, casi inexistente, libertad que me han dado, apenas he tenido tiempo y lugar de hacer cosas que me avergüencen. Pero sí hay una situación que me pasó hace unos años. —Mi madre revisó mi habitación una vez—cuento, riendo tontamente—. Y encontró mi mp3… Ninguna de las dos habla, y puedo sentir su confusión. Me río un poco más, antes de seguir. —Lo tenía escondido en la funda de uno de los almohadones que decoraban mi cama… — ¿Y por qué mierda ibas a tener un mp3 escondido?—salta Adela, impaciente. Esa es una muy buena pregunta. —Tenía toda mi colección de audios eróticos—revelo, aguantando la risa—. Incluso había porno… Fue vergonzoso, tanto para mí como para mi madre. Yo tenía veinte años, eso me demandaba experimentar, sentía cómo mi sexualidad iba despertando y necesitaba saciarla. Entonces Aída me trajo ese mp3. Éramos confidentes, yo le contaba absolutamente todo, porque era la única persona allí que yo llamaba amiga. Y ella me escuchaba, siempre. Le hablé incluso de mis ansias de acercamiento con el sexo opuesto, que cada día parecía crecer más. Como una gruesa burbuja difícil de pinchar. Los audiolibros y el porno me ayudaron, resultó una buena opción. Aunque nunca dejé de desear verdadero contacto. — ¿Y qué hizo?—carcajea Bianca. Me preparo para imitar la voz de la frívola Anastasia. —“¡Emaline! Esto es… es… ¡una asquerosidad!—me pongo tiesa en mi lugar, metiéndome en el papel—. No puedo permitir esto. ¡Mon dieu! Mi niña inocente escuchando estas cosas… blah, blah, blah…”—pongo los ojos en blanco. Adela explota y Bianca le sigue. — ¡Pervertida!—me sacude la segunda. — ¡Degenerada!—agrega Adela, burlona. — ¡Depravada! — ¡Asquerosa!


Y así siguen hasta que, de nuevo, me duele la barriga de tanta risa. — ¿Y qué pasó después?—quiere saber Adela. Me encojo de hombros, sonriendo de lado. —Me lo quitó, pero me reabastecí—contesto, con suficiencia—. Mi amiga me compró uno nuevo, lo llenó y buscamos un escondite mejor… —Ema… Ema…—cuchichea Adela— Cada día me sorprendes más—acaba. Supongo que no soy lo que la gente espera, y no es mi responsabilidad. Ellos, con sólo saber que tengo una discapacidad, me idealizan. Sin embargo, no dejo que mi ceguera me limite. Soy normal. Tengo los mismos deseos y fetiches que el individuo promedio. Me gusta la seducción y el sexo, tengo un apetito como el de cualquier mujer. No soy una inocente, a pesar de que mis padres siempre se empeñaron en que lo fuera. Rompí varias reglas para no ser lo que ellos querían. Nací para ser libre y disfrutar la vida al máximo, con todos los placeres que eso conlleva. Y hoy lo estoy llevando a cabo, al pie de la letra. Tal como lo soñé durante años, encerrada en la mansión rodeada de lengas. Y nadie va a frenar este ascenso.

Alex Veinte días sin Ema. Cuatrocientas ochenta horas lejos de ella. Nunca me hubiese imaginado que en mi vida llegaría el momento en que extrañaría a alguien así. Con una intensidad y locura que equivale a no poder respirar con totalidad y perdurar todo el día inquieto. Como estar bajo el agua. Y tener un hueco en el pecho. Mi piel pica, tan acostumbrada a su contacto y echándola en falta. Ya hace una semana que llegamos a Salta, estamos recuperándonos y sobrellevando los negocios con los Cóndores, nos dan estadía en su extenso recinto como siempre. La gente es amable y hospitalaria, si no fueran ilegales como nosotros, aseguraría que son santos. Pero, pensándolo bien, lo son. Hacen todo esto para no morir de hambre. Y por estos pagos la pobreza se nota más. Mucho más. Cada vez que vengo es como encontrarme conmigo mismo. A la vez el paisaje me da mucha paz. Y la felicidad con la que viven día a día, con las preocupaciones escondidas y el positivismo bien en lo alto, me reconforta por dentro.


Es un lugar hermoso, y hasta más que eso. Es la antítesis del sur, con suelos rocosos y cerros y el sol allá en lo alto, calentándolo todo. Cada vez que venimos nos vamos con la piel, unos tonos, más oscura y algo curtida. Me gusta muchísimo venir, pero esta vez lo único que deseo es encender mi moto y tomar el camino de vuelta lo antes posible. Ahora me encuentro en un salón que puede muy bien simular un bar o un área de descanso, uno de los chicos de Mamani, creo que su nombre es Carlos, me tiende un porrón de cerveza y me dejo caer en un banco improvisado, para beberla tranquilo. Esta gente no tiene electricidad, no sé si es porque no pueden permitírsela o realmente no les parece necesaria. Sólo estamos iluminados por unos cuántos faroles a gas, acá y allá. El ambiente es pacífico y cálido, no hay música pero es todo agradable con charlas interesantes e intentos de conocernos mejor y entablar amistad. No es difícil hacerse amigos de todos ellos. Gusto aparece suspirando y obtiene de inmediato su bebida, acomodándose a mí lado. Él es uno de los que encuentran este viaje increíble, es su favorito y le encanta mezclarse con toda la gente de por aquí. Él es de palabra fácil y su personalidad fiestera y simpática le cae bien a todo el mundo, a veces lo envidio por su capacidad, la gente se le pega como si tuviera un gigantesco y poderoso imán. Pero ojo, así y todo, tiene un temperamento con la fuerza de mil demonios. No se enoja fácil, pero cuando lo hace nadie puede evitar la intensa tormenta de mierda. A él le gusta lastimar cuando lo molestan, es vengativo. Así como sus ojos brillan con burla la mayoría del tiempo, también lo hacen cuando lo jodes. La mayoría piensa que lo llaman “Gusto” por la versión corta de su nombre, pero eso sólo forma parte del combo. El verdadero motivo es oscuro. En una ocasión, hace muchos años, un tipo lo encolerizó tanto que él le dio de tomar un trago de ácido. Lo mató instantáneamente. Fue espantoso, o eso he escuchado, ya que no fui testigo. ¿La justificación? El tipo se lo merecía, eso suponen algunos. Ya que no es fácil llevar a Gusto por ese camino. Se echa hacia atrás con los párpados caídos y mira fijo en la nada, pensativo. Muy raro de él estar tan sigiloso. Siempre tiene algo que decir. —Mírala—da una seña con la cabeza al otro lado del salón casi a oscuras. Le hago caso y me encuentro directamente con una chica, la única chica en esta habitación. Y está mirando en nuestra dirección con notorio interés. Bueno, no en nuestra, sólo acapara a Gusto. Camina de lo largo, consiguiendo una cerveza, no deja de observar con sus ojos negros sesgados. Tiene que ser la hija de algunos de los mayores, y no aparenta más de veinte. Morena, piernas largas, cabello negro, grueso y largo que cae en ondas por su espalda. Va descalza y lleva un remerón suelto que cae hasta sus muslos perfectamente torneados. Piel bronceada, oscura, incluso desde la distancia se puede ver su sedosidad y brillo. Es… francamente espectacular. Nadie, ni siquiera el hombre más tomado de todos podría negarlo. Una nativa del norte, muy exótica y atractiva.


Me doy cuenta ahora de que Gusto no estaba mirando a la nada antes, sino a ella. Fijamente. —Se está pavoneando por ahí desde que llegamos—cuenta, en tono bajo y tranquilo, le da un sorbo a su pico, nunca quita sus ojos chocolate de ella—. A cada maldito lado que voy, ahí está ella, mirándome… Puedo verlo. Está dándole señales claras, intentando atraerlo con sus piernas largas y sus ojos hipnotizadores. —Puede parecer un ángel toda vestida de blanco con su piel oscura—entrecierra los ojos—, pero estoy seguro de que es una hechicera, magia negra… toda ella anuncia problemas, la mires por donde la mires. Se deja caer de nuevo contra la pared a su espalda y acaba su cerveza, entonces sonríe. Esa expresión propia de él que todos conocemos y sabemos interpretar a la perfección. Picardía. Pero no la traviesa, sino la maliciosa. Lasciva. —Ayelén—pronuncia, como probando las sílabas en su boca, saboreándolas—. Ayelén…—se sonríe de costado con decisión—. Tiene suerte de que me gusten los problemas… Se empuja hacia arriba, sobre sus botas de cuero y camina pesadamente hacia ella, con las manos en los bolsillos. La chica, al notar que va a por ella, deja la cerveza a un lado y se desliza hasta la puerta, saliendo al exterior. Parece que quiere jugar al gato y al ratón, no sé si sabe con quién se está metiendo. Me encojo de hombros y me muevo, yendo al grupo donde están ambos presidentes, rodeados de algunos hermanos, de ambos bandos. Me busco otra cerveza y me uno, consiguiendo un hueco. Paso el rato con ellos, principalmente hablando de negocios y orquestando futuras entregas e intercambios. Me gustaría decir que estamos cerca de emprender la vuelta a casa, pero falta tiempo para eso. Unos quince días más, calculamos, aproximadamente. Y si la carrera hacia arriba no trae inconvenientes, si es así podemos estar atascados hasta veinte. Ahora entiendo a la perfección lo que sentían la Máquina, Max y León al marcharse, la manera en la que extrañaban a sus mujeres y familia. Cada uno de nosotros ha ido siendo cazado poco a poco, hasta que cuando nos quisimos acordar fue demasiado tarde. Ahora el recinto significa muchísimo más que un lugar en el cual vivir cuando estamos de baja. Cada vez que nos vamos, nuestra mitad se queda en casa. Más o menos una hora después decido que tengo suficiente y me levanto para correr a la habitación que siempre comparto con Max cada vez que venimos. Unos cuantos de los hermanos también comienzan a dispersarse, sintiendo el peso del cansancio del día en sus hombros. Trabajamos al rayo del sol ordenando la mercancía para así salir a la ruta


nuevamente en dos días. Surjo en el exterior iluminando mi camino con una linterna en miniatura, puede que la gente de por acá esté acostumbrada a andar a la luz de la luna, nosotros no. A veces, las noches son lo suficientemente claras para andar sin tropezarse, otras, cómo esta, no tanto. La verdad es que el cielo en este lugar se ve más extenso y cercano, como si pudiese alzar una mano y tocar las estrellas. Una impresionante vista para recostarse a apreciar sin hartarse. Rodeo esta edificación y voy directo a la de al lado, ni siquiera pongo un pie dentro de la choza cuando un disparo rompe la noche y el grito de una mujer paraliza el todo el territorio. Un revuelo viene desde adentro, enseguida deduzco que de una habitación, al otro lado de las nuestras. Precisamente donde permanecen las mujeres y las familias. Me ilumino el suelo y corro hacia donde mi instinto me dice, sacando el revolver de mi cintura, no hago más que doblar la esquina que veo a Gusto saltando una ventana y cayendo de espaldas en el proceso. Un tipo gigante lo persigue de cerca, apuntándole con un arma. Me tenso cuando la chica, Ayelén, se asoma desde la ventana con una sábana enroscada alrededor de sus curvas. Me doy cuenta de que mi amigo está a medio vestir, con el torso desnudo y los vaqueros desprendidos. Se queda en el suelo, agarrándose el costado herido, y siseando alguna cosa al tipo que lo tiene en la mira. —Wow-wow-wow—canto con voz serena, acercándome, apuntando con mi arma al desconocido—. Un paso atrás amigo, tranquilo. El gigante ruge y le apunta a la cabeza, Gusto no para de decir palabrotas. Está realmente enojado. —Este hijo de puta se acostó con mi hermana—grita el grandote de pelo largo y liso—. ¡Voy a volarle la cabeza! —La puta madre—rezongo en voz baja. ¿A Gusto le gustan los problemas? Acá tiene uno grande. Las corridas de los demás se escuchan, acercándose, y enseguida acabamos rodeados. Mamani es quién se entromete a enfrentar al chico endemoniado que quiere asesinar a Gusto. —Hijo, ¿qué está pasando? “Cagamos” escupo por dentro, cerrando los ojos con verdadero disgusto. León también se anima a entrar en la ronda y se posa junto a su chico, tirado en la tierra, está herido en el costado, pero no parece grave. Sigo apuntando a la cabeza del agresor, mirando de reojo a la chica, que sin ningún pudor, también salta la ventana baja y se acerca. Cuando el jefe de los Cóndores ve su actual estado de desnudez se congela. Suma dos más dos. Entonces le arrebata la pistola a su hijo y pasa a ser él el que quiere los sesos de Gusto desparramados en el polvo.


Todos los Leones nos tensamos, León se interpone, levantando las manos a los lados de su cabeza. —Señores, por favor, hablemos—pide, tratando de manejar la situación—. Arreglemos esto civilizadamente. Gusto se levanta de un salto, dejando de prestar atención a su herida y le da un empujón a León para que salga del medio, esto es entre él y los Mamani. Enfrente la pistola que lo mira de frente. —Me acosté con su hija, es verdad—dice, férreo—. Nos gustamos, tuvimos una conexión y acabamos en la cama… Mis hombros caen y niego, lo está haciendo peor. Padre e hijo gruñen enfurecidos y parecen más decididos a meterle una bala en la cabeza. —Ahora, ¿qué tiene eso de malo, carajo?—pregunta, alzando la voz. — ¡Que tiene apenas dieciocho años, desgraciado!—grita el hermano. El semblante de Gusto no cambia, pero noto que su espalda se endurece. Sus ojos oscuros recorren la distancia hacia la chica y se clavan en ella, un brillo peligroso relampagueando en sus pupilas. Y no es deseo, ni arrepentimiento, ni confusión. Es furia. Ira cruda. Por un momento creo que va a ir hacia ella en una explosión, sin embargo, se queda inmóvil en su lugar, apretando los puños a sus costados. Ayelén baja la mirada al suelo, mordiéndose los labios con nerviosismo. Le mintió. Puedo verlo a causa del odio que se manifiesta en él y se desprende en ondas hacia ella. Gusto fue atrapado por la telaraña de una muchacha de dieciocho, y es quedarse corto decir que está molesto. —Bueno—escupe, apretando los dientes—. Dispárame. Está hecho, ¿no? No se puede cambiar—alza las manos y espera, con la cabeza en alto. León le da un rudo empujón lejos de los Mamani, el hombre se tambalea casi perdiendo el equilibrio, puteando por el dolor en su costado y perdiendo la paciencia. Nuestro jefe lo ignora, dispuesto a negociar para frenar esta locura. — ¿Qué podemos hacer para arreglarlo, viejo?—suspira, resignado—. Entiendo tu ira, tocaron a tu hija, yo reaccionaría igual. Ahora, ¿cómo lo solucionamos? El otro líder se guarda el arma y todo el mundo parece aflojarse, incluso varios de los Cóndores, será porque lo creen capaz de matar por su hija. Es lógico. Ahora, Gusto no la forzó, ¿o sí? Ella también lo quiso, no es delito. La muchacha es legal, supongo que a los dieciocho es así. Creo.


—Está comprometida— cuenta él, dándole una mirada asesina a Gusto más allá que maldice de nuevo, exasperado. —Me están tomando el pelo—gruñe por lo bajo, pero todo el mundo lo oye. Pasan desapercibido el comentario, menos Ayelén que no puede sacar su atención de él. Está entre asustada y atraída por su cólera desbordante como lava de volcán en plena erupción. —Claramente, ya no lo está—sigue el padre, entrecerrando los párpados—. Mejor que se vaya de mi propiedad, no lo quiero aquí—lo señala con un movimiento de barbilla—. Además no querrá estar presente cuando el prometido venga mañana… León asiente, los hombres se dispersan ya más tranquilos. Mamani llama a su hija, ordenándole ir adentro, él y su hijo se marchan tras ella para hablar. Mis hermanos y yo nos reunimos alrededor del jefe. Recibo su mirada, grave e inflexible. —Te vas con él—me ordena—. Y Max. El resto se queda conmigo a terminar el maldito trabajo—termina y se va, tenso. Asiento al mismo tiempo que Max, y nos vamos con Gusto que, a distancia, patea piedras y se encarga de su enojo. Nunca lo vimos así, no sé si quiere golpearse a sí mismo o a todos nosotros. O a la chica y a su familia. Esta vez se mandó una gran cagada, que podría haberle costado cara. Max permanece con él revisando su raspón en el costado con el botiquín de primeros auxilios y una linterna. Al mismo tiempo voy a conseguir nuestras pertenencias. Pasaremos la noche en algún hotel de la ciudad más cercana y arrancaremos en la mañana temprano. Tomo los pequeños bolsos de viaje y voy hasta el área de las motos. Allí ambos ya están poniendo en marcha las suyas. Un grito nos llega desde el recinto y los tres volteamos para ver a Ayelén corriendo hacia nosotros, está vestida con unos vaqueros y una blusa suelta. — ¿Augusto?—pronuncia su nombre. Su acento marcado lo hace sonar diferente, cada sílaba encajada y contundente. Su semblante muestra prudencia. Gusto cuelga su casco en su volante con brusquedad y desmonta su moto para ir hecho un huracán hacia ella. Max da un paso para seguirlo, pero lo detengo. Ambos sabemos que no va a hacerle nada a la chica, quizás sólo le grite un poco. Es su asunto, no nuestro. — ¿Qué te pasa?—brama, inflándose. Ayelén traga.


—Yo… perdón—dice, después de dudar un momento. Él se ríe secamente, poniendo los brazos en jarra y alzando el rostro al cielo con burla. — ¿Perdón?—suelta—. Me-mentiste-en-todo. Primero, tu puta edad de mierda. No veintiuno, ¡dieciocho, carajo! Evitaste contarme el detalle de que eras virgen. Y encima, ¡prometida!—suelta aire por la nariz como un toro rabioso—. La puta madre que me parió, por meterme en esto. ¡Eso me pasa por dejar que la cabeza de mi pene tome el maldito control! Pero juro como la mierda que no va a volver a pasar. La chica no sabe qué responder a todo eso, se ha alejado un paso, retorciéndose las manos con evidente arrepentimiento y dolor. Max y yo torcemos el gesto. —No necesitas putear tanto, entiendo el punto—dice, sus labios tiemblan — ¡Voy a putear todo lo que se me cante!—le grita él, volviendo a su moto—. Se acabó, espero no verte nunca más. Monta su moto y ella se va corriendo de vuelta a su casa. La verdad es que me da un poco de pena, más allá de lo que hizo. Vaya a saber por qué mintió. Pero, también siento lo mismo por Gusto. Un poco. En fin, él mismo lo reconoció, esto le pasa por pensar con la cabeza de abajo. Ahora, estamos seguros, se va a volver el hijo de puta más cuidadoso de la tierra.

Ema Mi nariz pica y la arrugo, cerrando los ojos para que el ácido de la cebolla no me llegue. Es imposible no llorar, sorbo y consigo el repasador de algún lado encima de la mesada. Greta elige ese momento para venir a fregarse en mis piernas y sonrío, levantando un pie descalzo para acariciarla. — ¿Cómo vamos, Greta?—hablo con ella tomándome un descanso de cortar—. Esto es más horrible de lo que pensaba. Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y sigo mi trabajo. Lo intento. No me resulta difícil picar los alimentos y condimentar. De hecho, cocinar es entretenido. —Pero lo llevamos bien—me río, ella se echa de panza sobre mis dos pies—. Nada mal.


Bianca se acerca e inspecciona, conforme con mí proceder. Cuando le dije que quería que me diera clases de cocina básica, tardó bastante en responder. Seguro dudó al imaginar cualquier secuencia donde me rebano o pierdo un dedo, o me incendio entera. Vaya a saber. No soy tan inútil como para llegar a eso. Creo. —Esa preciosura siempre está usándote de cama—se ríe, agachándose para acariciarla—. Me sorprendió lo fácil que se adaptó a este lugar. Asiento. Es verdad, Greta no ha querido escaparse y volver a la casa donde creció, en cambio está muy mimosa y pegoteada a mí. Me siento más completa con ella dando vueltas por acá y tomando siestas en cualquier rincón. Ya se cree la dueña del departamento de Alex. —Supongo que te considera su hogar—comenta, alzándose y colocándose a mi lado—. Lo estás haciendo muy bien, Ema. Demasiado bien para una principiante. Me río. Hago lo que puedo, tardo más que cualquier persona normal en picar un poco de ají y cebolla para una salsa, pero tiempo es lo que tengo y además, muchas ganas de aprender. Bianca tomó cursos de esto, no es una chef internacional, pero tiene la capacidad de cocinar una buena comida, incluso bastante elaborada. Cuando lo supe, como que le exigí que me enseñara. Con Adela no puedo contar, odia esto, y las demás chicas están ocupadas con sus familias. No quiero molestarlas, aunque últimamente he visitado mucho sus casas, almorzando, o pasando el rato en las tardes y hasta ayudando un poco con los bebés. Nos acompañamos entre nosotras porque los hombres están ausentes. Y el recinto sin ellos se siente desolador. Alex llamó hace unos días, avisó que todavía les quedaba medio mes, o tal vez más. La noticia me desoló bastante. Ya hace más de veinte días que se fue, tenía la esperanza de que volvieran la próxima semana. Me mantengo ocupada para no pensar demasiado. Ayudo en el bar en lo que medianamente puedo. Paso mucho rato con Bianca y hasta ha traído a Tony las noches en las que no me presento en el bar. Hacemos pochoclo, o comemos golosinas, algo que ellos mantienen en secreto ya que Jorge no les dio el permiso para hacerlo. Bianca parece estar muy abastecida en esa materia, es una golosa y, si va a engancharse a alguna serie o película, no le pueden faltar sus golosinas. Y eso es lo que hacemos, principalmente. No es que se encuentre dentro de mis pasatiempos favoritos, pero me gusta estar con ellos y escucharlos reír con “Mi Villano Favorito” o “Toy Story”. A veces colocamos música y bailamos, aunque él no, porque dice que eso es cosa de chicas. El niño es muy tierno, y parece que vivir sólo con su oscuro papá lo está volviendo un poco tosco. Eso sí, no se puede quejar, su niñera es un show, y es imposible aburrirse. A veces, antes de la cena, también se nos une Abel, esos chicos son inseparables.


Hecho la cebolla en la olla con el aceite ya caliente y comienza a chisporrotear, sigo con los ajíes y Bianca sube el fuego, hasta que todo está salteado, entonces vierte la carne y la salsa de tomate. El aroma es exquisito. En algún momento ella se va y yo me quedo lavando la tabla y los utensilios que ensucié intentando hacer un almuerzo decente. Hay una sonrisa en mi cara, a causa del pensamiento de que con el tiempo podré ser lo suficientemente funcional en algunas las tareas de la casa. Obviamente, no voy a ser capaz de hacerlo todo, hay actividades fuera de mi alcance, y está bien incorporada en mi cabeza esa certeza, lo acepto. Sin embargo, voy a hacer todo mi esfuerzo por lograr ocupar las que pueda. —Estás muy cómoda, ¿no?—le pregunto a Greta, que aún está muy relajada cubriendo los dedos de mis pies. Una corriente de aire eriza el bello fino de mis brazos y el clic de la puerta cerrándose suena en la pequeña salita comedor. Greta enseguida sale disparada, la curiosidad acabando con su momento de óseo. Frunzo el ceño ante el silencio tenso que viene, lo que me hace pensar que alguien acaba de llegar y ni siquiera se anuncia. Me giro a medias y doy un paso, el calor corporal de alguien se interpone entre la puerta que une la cocina con el comedor, alzo el brazo para tocarlo. Por supuesto sé a quien pertenece, sólo que es muy pronto para tenerlo acá. Hace unos días él dijo que no volverían hasta dentro de quince o más días. ¿Estoy alucinando? —Es muy pronto—digo. Alex da un paso al frente, así la palma de mi mano se aplasta en su pecho. Su aroma es fresco, como a árboles, tierra mojada y nafta. No espera para estirar el brazo y enganchar mi nuca para atraerme, brusco y necesitado. Su boca choca con la mía y enseguida obtengo su lengua en el interior. Me devora, y me derrito en su contra, subiendo mis manos por su ropa fría y arrugada. Encuentro su cuello y me cuelgo de él, respondiendo al roce con la misma intensidad sedienta. — ¿Qué?—se despega y dice en mi oído—. ¿No me querés acá?—bromea. Me rio y lo aprieto. Dios, lo extrañé. Hasta el punto más extremo y desesperante. — ¡No es eso!—rio, y planto besos en su mandíbula con barba mucho más crecida—. Estaba triste porque avisaste que no vendrían hasta fin de mes. Asiente. —Sí, en realidad, somos tres los que volvimos—cuenta, quitando el pelo de mi cara—. Hubo un inconveniente. Una larga historia, te la contaré después de que me duche.


Estoy de acuerdo, entonces se mueve, llevándome junto a la cocina nuevamente, y le echa un vistazo a la olla. No puedo evitar encajar una sonrisa llena de suficiencia, aunque a decir verdad, la mayoría lo hizo Bianca. Sólo derramé algunas lágrimas luchando con la cebolla. —Esto huele muy bien—dice, rodeando mi cintura—. Mi estómago está sonando— anuncia, quejándose. Sonrío y me acurruco contra él mientras caminamos a la sala. Bianca está allí, en algún lugar, Alex la saluda y ella le da la bienvenida con alegría. Averiguo que está en el sillón, por donde viene su voz. Él me susurra que se meterá en la ducha, porque ya no aguanta más el polvo, y lo dejo ir a regañadientes. Suspiro y me dejo caer junto a Bianca, tiene a Greta recostada en su regazo y la está cepillando. Le doy las gracias por eso, aunque no sea necesario, puedo hacerlo yo misma cada día. No le importa, porque le encanta. Un momento después oímos el agua de la ducha correr y ella se levanta, depositando a la gata en el almohadón del sofá. —Ahora voy a irme—avisa, dándome un apretón en el hombro—. Apagaré el fuego de la cocina. La sigo hasta allí, extrañada. — ¿Por qué lo apagas? Ni siquiera está hecho—pregunto, frunciendo el ceño. Ella se ríe con picardía. —Bueno, no quiero que se olviden y la comida se les queme—se mueve hasta la puerta y consigue su abrigo. —Pero… —Créeme, vas a olvidar esa salsa—hace una pausa—. Mmm, como en cinco minutos—. Se inclina hasta mí y habla, bajito—. Lo último que ustedes van a hacer en la próxima hora es comer ese almuerzo. Da la vuelta y desaparece por la puerta, dejándome ahí de pie, con la boca abierta. Alex dijo que estaba hambriento, y le creo, acaba de llegar de un viaje muy largo, seguro no ha estado comiendo bien estos últimos días. La comida tiene que estar lista cuanto antes. Vuelvo a la cocina, revuelvo en busca del encendedor del gas. No está por ningún lado, ¿dónde mierda lo dejó? Estoy suspirando, frustrada, cuando la puerta del baño se abre y escucho los talones descalzos de Alex avanzar a través del pasillo. No entra en la habitación, pasa de largo hacia la cocina.


—Fíjate si ves el encendedor—le digo, soplando un mechón de pelo lejos de mi frente— . Bianca tiene que haberlo dejado por ahí. No responde, de hecho, lo que menos tiene en mente es buscar esa maldita cosa para mí. Cruza un grueso brazo en mi cintura y me levanta como si no pesara nada. Gira, sin apenas esfuerzo. Mis pies cuelgan en el aire y mi percepción se marea. No porque me esté acarreando, sino porque descubro a dónde se dirige esto. Enseguida me olvido de mi intención de encender la hornalla, ahora hay otra cosa muy distinta prendiéndose fuego. Acabo sentada en el borde de la mesa, con mis manos directo en los hombros de Alex, que todavía tiene residuos de gotas de la ducha. Mis piernas a cada lado de él raspan con la toalla que le rodea las caderas. —Dijiste que tenías hambre—comento, ya perdiendo la firmeza de mi voz. Es sorprendente lo fácil que me dejo llevar por el camino del descontrol cuando se pone así de intenso y cercano. Realmente, Bianca tenía razón, he dejado a un lado la maldita salsa. —Sí, pero ese tipo de hambre puede esperar—ronronea—. Éste no. Levanta mi culo para poder sacar el dobladillo de mi vestido que se quedó enganchado, mis nalgas desnudas vuelven a golpear la superficie de madera maciza. Inmediatamente me lo quita por la cabeza y me deja desnuda ante él. No llevo sujetador, siempre que puedo lo evito, es molesto, no me gusta. Es posible que la gravedad me haga arrepentirme en unos años, pero no le tengo miedo. Ni que tuviera unos senos grandes y pesados. Son normales, acordes con mi cuerpo menudo. No soy del todo plana, al menos hay de dónde agarrarse. A Alex parecen agradarle, siempre está tocándolos, incluso cuando no hay sexo de por medio. Y éste no es el caso, estamos yendo por el camino lujurioso. Él los aprieta en sus palmas extensas y calientes, y provoca que mis pezones se achucharren instantáneamente y el aire se me escape violentamente por entre los dientes. Cierro los ojos, abandonándome a la sensación de su boca descendiendo como un halcón, en picada, hasta el izquierdo. —Me extrañaste—balbuceo, iba a ser una pregunta, pero se vuelve una afirmación al notar su sed. Es más que evidente, y me alegra saber que pasó por el mismo martirio que yo. Toma la parte trasera de mis rodillas a sus lados y tira, dejándome a un centímetro del final, mi culo duele contra el filo de la mesa, no es desagradable. —Como un loco—contesta, se desprende y cambia de pezón. La toalla se resbala y cae. Su pene listo golpea, pesado, contra el triángulo de mi ropa interior. Contorneo mis caderas, exponiéndome más abierta para frotar mi punto justo con él.


Baja sus labios, se estaciona en mi ombligo, entonces me da un pequeño empujoncito hacia atrás y me acuesto en mi espalda, como si fuera su menú principal. Mis bragas se van volando después de eso y me abro a propósito para que vea qué tan afectada me tiene. Qué tan preparada estoy para él. Frota mi clítoris una única vez, provocándome un salto, pero lo abandone enseguida, como si estuviese interesado en otra cosa. Lo pasa de largo, entonces está creando círculos en mi entrada, desparramando la humedad justo antes de entrar con sus tres dedos a la vez. Me arqueo, golpeando mi cabeza en la madera y quejándome en voz alta. Juega sus cartas, lento, delirantemente lento. Y no lo soporto, pretendo que vaya rápido, que sea letal. Que me haga explotar en pedazos e imaginar una infinitud de estrellas. Me trago los sollozos desbordantes, obligándolos a regresar abajo, y comienzo a pedir. No, no a pedir, sino a exigir. Hace más de veinte días que no nos tocamos, que no lo aprecio en mi interior. Solicito que deje el juego previo para otro momento. Sin embargo, él me escucha y se burla, ríe por lo bajo y esquiva todas las zonas que me enviarían directo al remolino concluyente. Estoy sudando copiosamente, mi cuerpo rogando por la liberación. Quita sus dedos al fin y me acaricia las piernas mientras acerca su pene a mi entrada, me relamo los labios con anticipación, a la espera de su grosor llenándome. Detengo mis respiraciones y cada terminación nerviosa se pone en alerta. Danza con sus caderas, el glande me roza y se moja con mi humedad, pero nunca se zambulle. Berreo desde lo profundo de mi garganta, formando puños y removiéndome con desesperación. Le encanta volverme loca de esta manera, disfruta cada segundo de esta tortura. Tomo nota, algún día voy a tomar represalias. Estira una mano y masajea mi bajo vientre para apaciguarme, entonces sin ningún aviso está dentro de mí. De un magnífico impulso rápido y certero, mi columna da un tirón y grito, amplia y abruptamente, entre aliviada y alterada. Él emprende el ritmo, resbalando su longitud dentro y fuera de mí, suave y progresivo. Araño la superficie de madera a mis costados, ya que no puedo llegarle a la piel. Mi cuerpo se balancea en cada golpe y mis tetas tiemblan. La vista lo hace gruñir y penetrar más violentamente. La bola pesada ya se hace notar bajo mi ombligo, cada vez se alimenta más con la presión poderosa que quiere invadirme. Estoy en los últimos escalones de la cima, los inentendibles chillidos que emite mi boca son ridículos, y aun sabiendo, no me puedo callar. Hasta que Alex sale por completo y me maniobra como un títere, bajándome. Estaba recostada y al segundo siguiente me encuentro sobre mis pies débiles, doblada en el borde de la mesa, con él justo detrás. Se encaja a sí mismo nuevamente y reanuda, con el mismo compás devastador. Consigue todo mi cabello grueso y largo en sus manos y lo retuerce, enroscándolo en una de sus muñecas. Lo usa para tironear en cada envite, provocando una leve picazón en mi


cuero cabelludo. Al mismo tiempo me sostengo con un codo y busco contacto con mi otra mano, encuentro su brazo y lo aferro, sintiendo cómo mi cuerpo va cayendo presa de pequeñas descargas eléctricas. La primera crece justo en la zona de mi clítoris, creando ondas expansivas hacia el resto de mí. Hacia el cierre, los dedos de mis pies y manos hormiguean y me desplomo en la mesa, convulsionando, y marcándola con mi sudor caliente. Alex chasquea los dientes un minuto luego, dejando escapar mis rizos y sujetándose fuerte de los montículos de mi culo. Se engrosa entre mis paredes y se contrae, latiendo y derramándose, gota a gota. Maldice y se retuerce, intentando no caerse cuando sus extremidades dejan de responder por unos segundos. Me estremezco al advertir que se ablanda. Cuando al fin su respiración deja de ser un lío, se inclina y me besa el hombro, así me ayuda a elevarme. Me abraza, sosteniéndome, contando sin verdaderas palabras en qué nivel de inquietud me echó de menos todo este tiempo. Sonrío soñolienta, acariciándolo por todas partes. Así, el momento se corta porque nuestros estómagos protestan al mismo tiempo. Nos reímos, y no pierdo oportunidad para ordenarle que vaya a encender el bendito fuego bajo la olla, si es que quiere almorzar antes de la hora de la merienda.


Capítulo 16 Alex El resto de la semana pasa lentamente, para nuestro gusto y disfrute. No salimos mucho del apartamento, nos confinamos dentro compenetrados totalmente el uno en el otro. Ninguno quiere que nuestra burbuja se pinche, aprovechamos al máximo los momentos compartidos entre los dos. Y además, creamos una rutina totalmente a nuestro molde de convivencia. El bar está muy poco animado y concurrimos algunas noches para hacer compañía a los pocos que quedan, pasar el rato, y tomar algunas copas. Todo está demasiado sereno y no se siente como si fuera nuestro hogar. La ausencia de los que faltan se siente. Somos una familia muy unida, y es anormal estar separado del montón. Pero no es algo en lo que pienso demasiado, ya que este período de pausa me permite estar centrado sólo en Ema. No la quiero lejos ni por un insignificante segundo. Me gusta todo sobre ella. Su sencillez, amabilidad, su cariño puro, su sinceridad, su risa. Lo da todo, sin esperar nada a cambio. Es la encarnación del amor andando por ahí. Y Dios, la amo tanto. De la manera en la que casi la necesito para respirar y soportar el día a día. Ahora me doy cuenta de lo insulsa y oscura que mi vida era sin ella. Encontrarla fue como una salvación, siento como si hubiese recuperado mi alma. Bueno, tal vez es demasiado decir, las cosas que he hecho la quemaron, y no es como si pudiera recuperarla. Maté personas, estoy de este lado de la ley. No soy un santo. Pero al menos siento que estoy completo a su lado, no me hace falta nada más que ella en su lado de la cama, amándome. Sonriéndome y jugando conmigo. Me escucha y comprende, y hago lo mismo para ella, es inexplicable esta fusión tan perfecta entre nosotros. Puedo pasar horas acariciándola, mirándola. Dormir, comer, andar, sonreír. Podría pasar el resto de mis días plantado en un sitio, dejando que todo pase, con tal de que mis ojos la tengan en frente y alrededor. Con tal de escucharla, y tener sus caricias. No hay vuelta atrás, estoy profundamente enamorado de ella, y sospecho que desde el primer momento, en el que la tuve desmayada en mis brazos. La quiero para siempre, y digo “siempre” porque sé que aún muerto y enterrado la seguiré amando. No voy a dejarla ir. Nunca.


—Sos mía—comento esta noche atrayéndola a mi pecho. Está profundamente dormida y aun así su cuerpo se acurruca, como si respondiera afirmativamente a mis palabras. Sé que lo es, la manera en la que se entrega a mí ciegamente me lo confirma. Y haré todo esto lo mejor que pueda y así mantenerla feliz. Haré lo que sea. En la mañana, soy el primero en despertar, enfocando los ojos en la claridad de la ventana. Me estiro con pereza y en el impulso casi tiro al suelo el bulto que duerme a nuestros pies. Greta. La observo, toda enroscada en sí misma, dormida tan profundamente como su compañera. La verdad, no sé en qué específico momento se adueñó de ese sitio de la cama, ella sólo hace lo que quiere y cuando quiere. Y siempre permanece cerca de Ema, si está en la cocina, ella se recuesta en el suelo a sólo unos pasos y la mira ir de acá para allá. Si está en la sala, podemos encontrarla acurrucada en el sofá, ya que también cree que es suyo. Y así, hasta con cualquier rincón que se le ocurra. Nunca tuve mascotas siendo un adulto, sólo un perro cuando éramos niños, y el pobre estaba igual de muerto de hambre que nosotros, aunque siempre nos las arreglábamos para alimentarlo de algún modo. A veces, simplemente no podíamos, pero él nunca se iba. Era fiel a Pablito con locura, ellos parecían tener una conexión y a mi hermanito lo hacía feliz. Por eso dejamos que se quedara cuando se coló en nuestras vidas. Ahora se me hace raro tener a Greta alrededor. Es silenciosa y tranquila, come y duerme la mayor parte del tiempo y sólo sale al exterior un corto momento en el día. Es bueno tenerla con nosotros. Además hace feliz a Ema, y eso es lo que de verdad me importa. —Tengo un plan para hoy—le menciono cuando se levanta y viene a desayunar. Le sirvo su habitual taza de café y se sienta junto a mí para beberla y comer galletas. Ella sonríe adormilada y eleva el brazo para tocarme el costado de la cara. Siempre hace eso, cada mañana y cada noche, como si no quisiera olvidarse mis rasgos, o tal vez es sólo una forma de saludo. Me inclino y la beso en los labios, las comisuras se ensanchan al separarnos. — ¿Qué idea?—abre sus ojos de caramelo con brillo curioso. —Una vuelta en moto, ¿qué tal?—pregunto, alzando mi taza para beber. Se rie, y ahora sí que he despertado todo su entusiasmo. Creo que hemos pasado mucho tiempo encerrados, en especial ella, que no va más allá de mi departamento al bar y de vuelta. O de visita a Lucre y Francesca. Ya que el asunto de sus padres parece estar calmado, la policía dejó de buscar y la han repudiado, creo que por más que los crucemos, no tienen ningún derecho sobre ella para obligarla a hacer nada. Me refiero al caso de que quieran llevarla de nuevo a su casa y separarla de mí. Yo no lo permitiría, así que si se meten en


nuestras vidas con malas intenciones, tendrán que luchar como yo lo haré. Con garras y dientes. —Me gusta tu idea, nunca me subí a una moto—cuenta. Después me voy al taller a encargarme de ciertos ajustes en la motocicleta, que me quedaron pendientes después del viaje. Al terminar, cerca del mediodía, vuelvo a casa y ayudo a Ema a cocinar. Siempre me espera para hacerlo juntos, porque sabe bien que no podrá lograrlo todo sola. Y esa es otra faceta de ella que me encanta, se acepta así misma como es y no se deprime cuando hay actividades que quedan fuera de su alcance. Si tiene que pedir una mano extra, lo hace sin avergonzarse y sólo se compenetra en lo que sí puede hacer. Sé que le costó años y años estar en paz con esa actitud ante la vida, y entiendo que no debe haber sido fácil. Adoro la fortaleza de esta pequeña mujer. Una vez la comida asentada en nuestros estómagos y los platos limpios, la llevo de la mano hasta el estacionamiento donde dejé mi moto después de revisarla. A esta hora, el bar está cerrado y solitario, y no hay nadie alrededor cuando nos vamos. Antes de subir le coloco el casco a Ema y lo sujeto bajo su barbilla. Tomo su bastón, lo cierro, y lo guardo dentro de mi chaqueta. La ayudo a montar y de inmediato la sigo. Al principio nos lo tomamos con calma, poco a poco, saliendo del recinto y adueñándonos de la carretera que se aleja del pueblo, ya que es la menos transitada. El día es fresco, pero aún está dentro de lo que se puede considerar agradable, antes de que el crudo invierno llegue. Por eso decidí hacer esto hoy, antes de que tengamos que quedarnos atascados bajo resguardo. Ema no está asustada, ni cautelosa ante esto, sino que no para de reír. La vibración del motor, al aire corriendo alrededor y la sensación de estar apretada a mí la tiene hecha una loca. Me pide que tome más velocidad, y lo hago poco a poco, aunque nunca alarmantemente rápido. Me asusto cuando ella se eleva sobre las alas de los apoya pies y se aferra a mis hombros, gritando. Comienzo a gritarle que se siente, nervioso de perderla. — ¡Más rápido!—grita, chillona. Me niego, enojado, bajando la velocidad para frenar y obligarla a sentarse como corresponde. — ¡No!—se queja—. Necesito sentirlo en mi cara, ¡no te detengas!—exige, aferrando puños en mi abrigo. Comienzo a discutir, entonces pone esa mirada de cachorrito herido que tan adentro me llega. No puedo evitar caer en sus redes y dejarla hacer lo que quiere. Vuelvo a retomar el camino lentamente, acelerando de forma gradual para no hacerlo tan abruptamente ya que solo va apoyada en sus pies. Me trago el terror de que se caiga, a cambio me concentro en el


fuerte agarre en mis hombros. Ella debería tener miedo, sé la historia sobre su hermana y cómo murió. Sin embargo, es más fuerte su convicción de experimentar, Ema no se quedaría estancada en el miedo y la idea del peligro que le quitó a su hermana mayor. No tiene reservas sobre esto, lo está disfrutando a más no poder. — ¡Wow!—grita con fuerza, riendo—. Estoy volando, Alex. Estoy volando. ¡Esto es hermoso! Me rio, es más fuerte que cualquier miedo a que se lastime. Ser testigo de semejante felicidad, me hincha el corazón y lo contrae fuerte, provocándome un pinchazo de dolor hermoso que me hace estremecer. Ella sigue gritando el resto del viaje, cerca del final, cuando casi estamos pisando nuestra zona y la velocidad es lenta y constante, se inclina y me habla al oído. —Gracias, Alex—dice, contenta—. Esta fue una de las mejores experiencias de mi vida. Tenemos que repetirla más seguido, por favor. La calidez en su voz me derrite. —Lo haremos cuantas veces quieras—le aseguro. Entramos en el recinto nuevamente y dejamos la moto a un lado de las demás. Ahora Adela está en su lugar de trabajo, ordenando el leve desorden de la noche anterior. Jorge y Bianca también están ahí, dando una mano. Deduzco que Tony está en el jardín de infantes, junto con Abel. Santiago no se ve por ningún lado, seguro sigue durmiendo, ya que tiene problemas para conciliar el sueño en la noche. Todo está quieto, y al entrar nadie se pierde la euforia de Ema. Sus mejillas están rojas y sus ojos brillan como nunca antes. Ella se me acerca y me abraza. —Te amo—susurra y me besa. Ah, su felicidad es mi felicidad. Completamente. Estoy a punto de responder, repitiendo las mismas palabras que ya hace tiempo punzan en mi garganta para salir, cuando Max baja desde las oficinas, donde seguro ha estado comprobando algunos papeles. Sus ojos preocupados se posan en nosotros dos. —La policía está entrando en los límites—anuncia—. Los chicos de vigilancia avisaron por radio. Tomo un largo respiro, mi cuerpo congelándose. Ema pierde toda expresión alegre, una sombra oscureciendo su semblante. La tomo de la mano para ir a esconderla.


—No—se niega—. No voy a esconderme más. Estoy acá por mi propia voluntad, no tienen derecho a nada. —Ema…—comienzo a discutir. Su padre es un poderoso hijo de puta, él tiene los medios para hacer cualquier cosa que le plazca. Apuesto a que tiene la mitad de los oficiales comprados. —No, Alex—se suelta, yendo más al centro del salón—. Estoy cansada de esconderme. Además, ¿no se suponía que ya no me buscaban? Suspiro, ninguno de los presentes me ayuda, sólo observan, pensativamente. Adela es la primera en intervenir. —Ninguno de nosotros va a dejar que se la lleven—la consistencia en su voz demuestra poder—. Ema es de los nuestros ahora. Me froto la cara y mis hombros disminuyen al escuchar dos coches aproximarse al estacionamiento. Max sale a recibirlos con rapidez. Todos adentro estamos fijos en nuestros lugares, esperando. Mi corazón está en mi garganta. Ema tiene el bastón en ambas manos y lo retuerce. Voy a ella y la beso en la frente, abrazándola. —Alex—me llama Max, su tono reservado. Un enorme bulto crece en mis entrañas mientras me doy la vuelta y salgo al exterior para saber qué pasa. No hago más que enfrentarlos que uno de los oficiales eleva un papel, restregándolo bien en mi cara con prepotencia. Al mismo tiempo que otro me rodea yendo a mi espalda. — ¿Alex Castillo?—pregunta, firme. —Sí, soy yo—respondo sin dudar, aunque esto no me está gustando una mierda. —Usted está siendo detenido como principal sospechoso del asesinato de Francisco Daniel Ferro y Romeo José Ferro—comienza y el otro me sujeta las manos en la espalda. Mi corazón se detiene—. Tiene derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra junto al tribunal de justicia. Tiene derecho a hablar con un abogado. Si no puede permitírselo, el estado le proporcionará inmediatamente uno de oficio. ¿Le ha quedado claro? Mi mente está en blanco, ni siquiera he escuchado del todo lo que acaba de anunciar ese policía. ¿Qué mierda está ocurriendo?


— ¿Le ha quedado claro, señor Castillo?—insiste él, casi enojado—. ¿O tengo que repetirlo? Trago. —Sí, quedó claro. Entonces empiezan a acarrearme hasta el patrullero.

Ema — ¿Qué está pasando?—pregunto, mientras todo el mundo se apresura hacia afuera. El pánico me llega en poderosas oleadas, la tensión que se respira en el aire me ahoga. Se dispersan, y Bianca me traslada adelante. Entonces escucho lo que el oficial le relata a Alex. Le está dictando sus derechos. Porque está siendo detenido. Por el asesinato a esos dos hombres que violaron a Cami. Los hermanos de David. Estoy mareada, no puedo meter aire en mis pulmones. — ¡Alex!—grito. Lo siento en la distancia, se lo están llevando. Lo alejan de mí. Mi cuerpo se echa a temblar. Entonces la desesperación de llegar a él me obliga a mover los pies y correr, aunque sé que puedo terminar en el suelo por mi falta de percepción. Y hasta he olvidado el bastón en alguna parte del camino hacia a fuera. Corro de todos modos. No me importa nada más que él. — ¡ALEX!—mis cuerdas vocales sangran por él. Hay lágrimas bajando por mi rostro, el viento frío las seca, pero siempre caen nuevas. Alguien me aprieta con firmeza, rodeándome a la altura de la cintura y suspendiéndome, es Jorge impidiendo que me haga daño en el alterado intento de alcanzar a Alex. Él me susurra que me tranquilice, que me ayudará a ir a él con más cuidado. Escucho a los policías intentando obligar a Alex a entrar en el coche. —Ema—me llama, se remueve. Y lloro más. Una vez en frente, empujando a los policías para que nos den espacio, alzo mis manos a su rostro. Todo él está tenso, duro como una piedra, helado. En shock, al igual que yo. Mis dedos temblorosos lo acarician y llevo mis labios húmedos y salados a los suyos,


que forman una tirante línea recta. Me besa de regreso, luchando con el agarre de los hombres que lo arrastran hacia atrás para que yo lo deje ir. Jorge también interviene, pidiendo rudamente que nos den un segundo. Está molesto por el trato que me están dando. Incluso parecen capaces de empujarme sobre mi trasero. —Tranquila, todo va a salir bien—susurra Alex sobre el jaleo, y no importa cuánto lo jure, noto la inquietud en su voz—. Se va a arreglar. Niego y me aferro a él mientras intentan separarnos. Alex se inclina y me da más acceso, lo beso de nuevo, intuyo que lo necesita. Rumia cuando somos arrancados el uno del otro, lo oigo blasfemar y tratar de zafarse. No puedo pensar en la idea de que todo esto hace peor su situación, los oficiales pueden argumentar que se está negando a ser llevado. Pero sólo quiere despedirse de mí. — ¡Alex!—él vuelve a mí, en un avance violento, pero ni siquiera puedo tocarlo. No tiene tiempo de nada más, el tira y afloja que se oye se vuelve brusco y tempestuoso. Hay maldiciones y golpes. Escucho a Alex rugir cuando lo doblan sobre el capó, un ruido sordo me quita el aliento. Lo reducen, tratándolo con intimidación y violencia. — ¡No le hagan daño!—chillo, tratando de ir, Jorge me mantiene a distancia. No debo interceder, lo sé. Pero no puedo resistir esto, no cuando lo están hiriendo. —Ema—lo elevan de nuevo, directo a la parte trasera del coche—. Te amo—dice, agitado y dolorido. Cierro los ojos, derrumbándome. —TE AMO—repite, alto y claro—. Y voy a volver, todo va a salir bien. Saldré, tranquila. Esto no es grave. Pronto estaré acá de nuevo, con vos. Sólo espérame, ¿está bien? Espérame justo ahí… La puerta se cierra, cortando sus palabras. Me paralizo en mi lugar mientras los patrulleros se marchan, sacándome a Alex. Gimo, lloriqueo, apenas soy consciente de la mano grande en mi espalda, que intenta darme apoyo torpemente. El resto viene conmigo, antes habían estado forcejeando también, pero no tanto, porque sabemos que todo podría haber empeorado si nos resistíamos con tanta vehemencia. Esto es una locura. ¡No puede estar pasando! Un segundo antes estábamos besándonos después de una maravillosa tarde. Y el paseo, la sensación de euforia en mis venas. Y mi amor más vivo por el hombre que me regaló estos momentos tan increíbles. Todo se ha desmoronado ahora, en un breve pestañeo.


Me hago pequeña, hundiéndome entre mis hombros. ¿Por qué me parece que ésta fue una despedida por un largo, largo tiempo? ¿Por qué mi corazón se siente como si le hubiesen arrancado un pedazo enorme? Late a duras penas entre mis costillas, moribundo. Me estoy desangrando por dentro. Alguien vuelve a colocar el bastón en mis manos y de a poco vamos yendo adentro, ni siquiera el calor del interior me ablanda. Mi organismo está congelado y pausado por el pánico. Hay corridas, desesperación y preocupación a mí alrededor. Adela se ha ido a despertar a Santiago, Max subió a las oficinas así hacer una llamada de emergencia a León, Bianca se sienta a mi lado y sostiene mis manos heladas. Jorge se pasea, inquieto, él se preocupa por los Leones, puedo advertirlo, por más enemigos que hayan sido en el pasado. Sé algo de su historia, por lo que las chicas me han contado. Le agradezco por lo que hizo por mí y Alex ahí afuera. —León saldrá a la carretera en la primera oportunidad que tenga—comunica Max, bajando—. Me tiró algunos nombres a los cuales llamar por información en las próximas horas. Vamos a sacarlo. ¡Carajo, sí…!—suspira—. ¡Hijos de puta! Por el sonido que retumba luego, me figuro que patea una silla. Todos estamos como queriendo trepar las paredes. Y permanecemos en el mismo estado durante el resto del día. En la noche, tanto Lucre como Francesca vienen al bar y se quedan con nosotros, todos unidos por una misma causa. He contado lo que sé sobre la acusación y qué tan cierta es. Y es verdad, Alex mató a esos hombres, y el hecho de que puedan probar su culpabilidad me aterra como nunca nada antes. Nadie en este lugar sabe realmente sobre su pasado, sólo les he podido brindar algo de información, o la que verdaderamente importa ahora, en realidad. Ellos la necesitan para saber cómo proceder, espero que a él no le importe. Es de madrugada cuando obtenemos la primera noticia, un Max cansado desciende desde el piso de arriba. Su voz debilitada y enronquecida. Todos estamos agotados, pero dudo que vayamos a pegar un ojo. Si hablo por mí, es evidente que no podré dormir. —Van a trasladarlo a Capital a primera hora—dice, y todos se quejan, y estoy a punto de desplomarme—. Es lo único que pudieron darme los contactos que León tiene en sus agendas. Quise indagar sobre alguna posible fianza, pero no supieron confirmarme nada. Dicen que el caso está siendo manejado por un juez exclusivo de allá y se consigue poca información, el camino es confuso. Es evidente, hay trabas por todos lados—protesta, molesto—, alguien está metiendo mano. No tengo que preguntarme quien. David. Y, muy posiblemente, mi padre.


Entierro el rostro en mis manos y me dejo ir, después de horas y horas de aguantar esta angustia. ***

—No puedo soportarlo—sorbo, apagada, deprimida—. No puedo soportar la idea de él en la cárcel. Han pasado cuatro días. Cuatro tediosos, desesperantes y horribles días. No hay noticias. Lo único que sabemos es que no hay posibilidades de una fianza. No entiendo nada sobre esto, sólo me pregunto ¿por qué no? ¿Por qué no dejarlo libre hasta el juicio? Cuando sea que esa mierda llegue. Max y Gusto viajaron a Capital el mismo día que trasladaron a Alex, llevaron con ellos el abogado de confianza de León. El jefe se unirá con ellos allá entre hoy y mañana. Van a usar todas las malditas cartas que puedan. Pero tengo miedo, no me fío. Ni me permito dejar crecer mis esperanzas. Hay demasiadas cosas raras ocurriendo, ellos no me lo dicen, pero no soy tonta. No me pierdo nada. Alex está en graves problemas, rodeado de corrupción. No le encuentro otra explicación a la situación. Papá y David tienen todo que ver en esto. Lo sé. Ya es más que una simple intuición. Es un sentimiento fuerte, que despierta un millón de molestias en mí. Miedo, dolor, inquietud, desesperación. Ya no sé qué más hacer, es imposible estarme quieta ya. Nunca he sufrido tanto en mi vida. Ni siquiera cuando perdí la vista, era pequeña, me adapté con los años, pude vivir sin ver de nuevo la luz del sol. Ahora, ¿puedo seguir sin Alex? Él me complementa, sin su cercanía sólo soy capaz de derrumbarme y deshacerme en diminutos pedazos. Él me dio vida, me hizo sentir viva. No es justo que una vez que al fin lo encuentro, tenga que perderlo tan rápido. Nos amamos. Tienen que devolvérmelo. —Va a salir, León lo logrará—dice Bianca, tratando de enviarme ondas de positividad—. El jefe todo lo puede, ¿verdad? Adela está de acuerdo. León es un pez grande, pero me pregunto qué tanto en comparación con mi padre y David. Ellos parecen estar moviendo las piezas que importan, reteniendo a Alex tras las rejas, sin opción de fianza. Estoy considerando la idea de llamar a casa de mis padres de nuevo, y exigir mierda. Pero ellos ya ni siquiera me consideran su hija, además, si antes no les importaban mis sentimientos, a estas alturas mucho menos. ¿Qué me queda por hacer? ¿Esperar? ¡Me niego a estar acá sentada de brazos cruzados! Necesito moverme. Quise viajar a la capital con ellos, no me lo permitieron, porque pensaban que para estas fechas estarían volviendo. En cambio se están retrasando, y todo está estancado en lo mismo.


El celular de Santiago comienza a timbrar y él de inmediato toma la llamada. Conversa un rato, la mayoría de sus respuestas son monosílabas. En un momento se queda callado escuchando y a continuación, coloca el teléfono en alta voz para que todas escuchemos lo que la otra persona está diciendo. Es León, parece que no hace mucho se reunió con los demás. —Preparen las valijas quienes quieran tomar el avión para acá—comunica, serio—, la única manera de verlo es durante el horario de visitas. Alex va a seguir preso, esto nos va a llevar tiempo. Y sólo así, como predije el día que se lo llevaron, confirmo que ésta separación durará bastante más de lo que la mayoría esperaba. Y no tengo idea de cómo voy sobrellevarlo.


Capítulo 17 Alex Un guardia me dirige a lo largo de los pasillos hasta una de las oficinas donde supongo que voy a declarar. Es mi segundo día en la cárcel, y mentiría si dijera que lo voy llevando bien. Nada de esta mierda está bien, estoy preocupado. Soy culpable, los maté, técnicamente merezco ser juzgado. Pero no puedo soportar la idea de ello, de pasar tanto tiempo lejos de la única cosa que le hace bien a mi vida. Ema. Amarla, tenerla, significa felicidad. Y ahora que he tenido una probada de eso, estoy seguro de que no podría vivir acá adentro, aislado y alejado de ella. La necesito. Me ayudó a sanar, la vida no pude quitármela tan rápido y herirme de nuevo. Me dejan sentado en una de las sillas y estoy a punto de ponerme cómodo, con los codos sobre la mesa, aunque con muñecas unidas, cuando el oficial me esposa las manos atrás, enganchando el respaldo de la silla. Abro la boca para preguntar si esto es parte de la política del interrogatorio, o lo que sea que es esto, pero me contengo. Ya he aprendido a no separar mis labios ni siquiera para decir “a”. Y fue a base del ojo negro que me pintaron en la cara. Obviamente, sé que estoy siendo tratado distinto a cualquier otro recluso. Soy especial, por eso les encanta darme palizas. No tengo que preguntarme a órdenes de quién proceden. Estoy acá por un capricho. David tuvo años y años para denunciarme por haber asesinado a sus bastardos hermanos. Justo ahora decide que es momento. Y tengo una leve sospecha del por qué: Ema. El policía se marcha y no alcanza a cerrarse la puerta que es empujada de nuevo hacia adentro. David Ferro, mi peor enemigo, entra campante como si ésta fuera la sala de estar de su propia casa. Me mira con esos ojos de cuervo, negros e insensibles, llevando un pulcro traje negro con camisa blanca. Es la antítesis del tipo que recuerdo de aquella época. Antes llevaba camperas de cuero, gastadas por tanto uso, y vaqueros agujereados. Se ve que se metió en esos caminos de mierda, donde te haces rico de la noche a la mañana. Me imagino que drogas, mujeres y armas forman parte del combo completo. Aprieto la mandíbula, intentando mantenerme ilegible. No voy a dejar que vea cómo que me afecta su presencia, por más que


por dentro quiera liberar mis manos y romperlo, pedacito a pedazo, hasta que no quede absolutamente nada reconocible de él. —Nunca creí que volvería a encontrarte, Castillo—dice, sentándose frente a mí. Se cruza de brazos, mostrando una relajada sonrisa torcida. Lo odio, odio la jodida imagen de él justo a dos pasos de mí. No pienso seguir este juego, sólo le dejaré usar sus cartas, entonces llegará el momento de usar las mías. Y cuando eso pase, ganaré todas las putas partidas. Hasta el final. Así que sólo me siento allí, quieto y viéndome aburrido. —Es irónico, ¿no?—se ríe—. Los dos vinimos a parar en el maldito fin del mundo. Haciendo las cosas sucias que estuvimos destinados a hacer desde que chillamos por primera vez en esta jodida existencia. Incluso cuando nos enroscábamos en las entrañas de nuestras putas madres se sabía que seríamos mierda de la mala. »No nos parieron, nos cagaron. Me reservo la necesidad de tener que aclarar que mi madre no tiene nada que hacer metida en este sucio monólogo. La mía no fue una puta, ni una drogadicta, ni nada que se le parezca. Y no me escupió hacia afuera, me tuvo y me amó, hizo todo lo que pudo para darme una buena vida. Ella no tuvo la culpa de nada de lo que vino después. Me doy cuenta de que David es un tipo resentido con su vida, lo era antes y lo es ahora. Incluso cuando parece nadar en dinero y poder, se ve que nada de lo que obtuvo lo hizo feliz. —Así que, ¿con los Leones?—inclina la cabeza mirándome fijamente—. ¿Y ellos también te dan por el culo? ¿O vos les das a ellos? ¿Cómo es la cosa? Nunca corregí a David en su suposición de que yo me prostituía con hombres. Supongo que la gente, cada vez que escucha esa palabra, enseguida la relaciona de ese modo. Los que compran sexo, son los hombres. En fin, las mujeres también lo hacen, y bastante. Este tipo no me conoce, cree que lo hace, pero en realidad sólo me ha idealizado. La pobreza sigue un patrón en su mente, a su modo de ver somos todos iguales. —Sabes, no me costó mucho sumar dos más dos—comenta, aburrido—. Ema estuvo todo este tiempo jugando a las escondidas, consiguiendo refugio entre ustedes. No entiendo cómo lo hizo, pero no me interesa… El tema es… que es una mocosa molesta y caprichosa, perder la vista no la hizo más sensata y mansa, aunque debería. Quiere cosas que alguien como ella no puede tener, ya se hará la hora de volver a casa. Con sus padres… y su prometido…—alza las cejas. Bien. Pierdo todo el control con eso, ¿prometido? — ¿Prometido?—escupo torciendo el gesto.


—Yo—aclara—. Yo soy su prometido. Y la estúpida escapó justo después de nuestra fiesta de compromiso. Pobre tonta, ¿cree que la voy a dejar ir así como así? Su padre ya firmó su sentencia, no hay vuelta atrás. Es mía. Es mía y hasta con un moño de regalo. Se ríe, despectivo. Comienzo a respirar con furia, metiendo aire en mis pulmones a la vez que paciencia y serenidad en mí ser. Ema está prometida a este hijo de puta, y nunca me lo dijo. Ni una sola vez, y eso que hemos hablado de él en muchísimas oportunidades. ¿Por qué carajo no me lo contó? ¿Cómo se le puede haber escapado semejante detalle? David ondea su mano, quitando importancia. Pone los ojos en blanco. —Vayamos al grano, entonces—replica—. Ella no interesa ahora. Estoy acá para darte las gracias, supongo… Frunzo el ceño. Se ríe, encontrando humor retorcido en esta mierda. — ¿Crees que si yo no hubiese querido que mataras a mis hermanos lo habrías hecho así de fácil?—carcajea y, aunque no quiera, pierdo color—. Vamos, Castillo, sos más inteligente que esto… Entraste y los bajaste como si fuera tan normal como respirar… ¿Nunca te preguntaste por qué no había nadie más alrededor? ¿Eh? Mi casilla siempre estaba rodeada, yo tenía demasiados amigos y socios, mis hermanos pocas veces estaban solos—suspira, poniendo los ojos en blanco—. Lo despejé todo para ti. Me sacaste a ese par de sanguijuelas de encima, me ahorraste el laburo a mí. Y, de paso, te diste el gusto de vengar tu hermanita. Estamos a mano—sonríe. Está demente. Trago, me las arreglo para despejar mi garganta antes de hablar. Hay un gigantesco nudo apretándose allí. —Entonces—tomo una leve pausa, acomodando la locura que corre en mi mente—, ¿por qué estoy acá? Sus ojos se vuelven peligrosos de un pestañeo a otro. Se endurece en su lugar, inclinándose hacia mí. —Jodiste una de mis misiones—escupe, se levanta y empuja la mesa lejos, para que no haya nada entre los dos—. Me enojaste bastante, sabes, con mis negocios nadie se mete y sale ileso. Me jodiste, Ema me jodió. Ustedes van a pagar. Gruño, me gustaría que dejara a Ema tranquila. Pero no quiero decir nada con respecto a ella, por lo visto no sabe que estamos juntos y espero que todo siga en esa dirección. Ya demasiado molesto está con ella. No creo que se lo vaya a tomar muy bien. Está loco, desequilibrado. Hay odio y crueldad corriendo en sus venas en partes iguales. No quiero despertarlo en dirección a Ema.


—Te vas a pudrir en la cárcel, Castillo—ruge—. A mí nadie me jode dos veces. A no ser…—pausa, se cruza de brazos—, y escucha bien lo que te voy a decir… A no ser que te decidas por la otra opción—alza las cejas—. Ojo, no soy del todo malo, ¿viste? Si querés, podés salir, ser libre de nuevo… Ya me veo venir lo que va a decir, alguna barbaridad acorde a su locura. —En el momento en el que pongas un pie afuera de las rejas, puedo volar en pedazos a los Leones—susurra, ensañado—. A todos y cada uno de ellos. Dejaré caer tantas bombas que no habrá nada más que escombros y cadáveres… Y dejaré a las mujeres vivas, para que reemplacen a las que perdí esa noche… Me jodieron el negocio y escondieron a mi chica… lo merecen… ahí está la opción. Te salvas y los sentencias a ellos, o pagas los platos rotos… elegí. —Andate a la mierda—grito, escupiendo por todo el lugar. Se ríe, como si yo acabara de contar un chiste. —Ah—consigue su silla de nuevo—. Me gusta esto… a decir verdad, es la única cosa que disfruto totalmente, tener el control. Ese poder, de someter a las personas, sostenerlas justo donde realmente las quiero, ¿entendés lo que digo? —Estás enfermo—murmuro—. Y yo que vos, no cantaría victoria. El que ríe último, ríe mejor. Se echa hacia atrás, estirando y cruzando sus pies, enlazando sus manos detrás del cuello. — ¿Estás amenazándome?—se hace el sorprendido—. ¿Has visto en qué lugar estás? ¿Tu posición?—se para y viene a mí, mirándome desde arriba—. Estás a mi merced. Para probar ese mismo punto, me golpea con su puño cerrado. Me trago un gemido cuando el filo del grueso anillo que lleva en el dedo medio corta mi pómulo. La sangre emerge abundantemente. —Estás justo donde te quiero—me palmea el hombro. Me revuelvo con rabia, tratando de sacarme su mano de encima. —Ahora, me encantó esta conversación, me quedaría, pero tengo que ir a recuperar lo que es mío—marcha hacia la puerta con las manos en los bolsillos—. Ha llegado el momento de mi verdadera recompensa. Tengo una prometida que tiene el deber de complacerme. Y ésta vez no me voy a quedar de brazos cruzados mirando cómo se me escapa de las manos. Sólo deseé a dos mujeres en mi vida. Una de ellas era la melancólica y preciosa Cami—recita el nombre de mi hermana como si lo saboreara perversamente en su lengua.


»La quería para mí. Pero no pude darme el lujo de cogérmela—cierro los ojos, bilis subiendo a mi boca—. Tuve que convertirla en negocio… Sí, uno, a veces, tiene que resignar ciertas cosas para llegar a ser lo que en verdad quiere—se lamenta, negando, parece caer en una especie de trance por unos segundos, hasta que se recupera y despierta—. Pero, ¿Ema? No, ella es mía. Siempre lo fue. Ahora tengo que aprovechar mi tiempo a su lado, mostrarle qué tan digno soy de ella. No me da oportunidad a decir nada, se va dejándome solo, ahogándome en rabia, vómito miedo y dolor. Va a ir por Ema. No le alcanzó con quitarme a mi hermana. Ahora también desea a la mujer que amo. No, tiene que haber una manera de frenar esto. No puedo dejar que la lastime a ella también. Si eso pasa, nunca más me recuperaré a mí mismo de nuevo. No consigo soportar la idea de ella sufriendo en manos de ese enfermo. Necesito un plan. Ya. *** Cuatro días después estoy siendo llevado a la sala de visitas por segunda vez. Antes me vi con León y Max, les expliqué mi situación y ellos hicieron lo mismo con los resultados que estaban teniendo ante los intentos de sacarme. Ahora tengo la fuerte sospecha que no es ninguno de ellos los que vienen a verme. Tarde o temprano esto iba a pasar, por más que odio la idea de que Ema tenga que entrar en este lugar para visitarme, gran parte de mí se muere por verla y tocarla. La gruesa puerta ancha de esa zona de la cárcel se abre y allí la veo, sentada, con su espalda recta y tensa, y una aguda expresión de depresión. Mierda, no puedo aguantar verla así. Hay manchas moradas bajos sus ojos, y su característico rubor ha desaparecido, dejando en su lado piel tan translúcida que ni siquiera sus pecas logran aportar color. Me siento frente a ella y consigo sus manos en las mías, con mis muñecas esposadas y los codos sobre la mesa. Le echo una mirada de advertencia a Max, a su lado. Mi rostro está hinchado en un lado y de un feo tono morado y amarillento junto al corte en mi pómulo. Espero que ella no lo note, pero creo que es mucho pedir. Ema se sobresalta y sus ojos se llenan de lágrimas, entonces dice mi nombre, temblorosa y cortadamente, y un gran pedazo de mí se desmorona por completo. Dios, ¿por qué insiste en venir? Debería estar afuera, en algún lugar tranquilo y más sano, no visitándome en la maldita cárcel. Todavía revivo cada minuto del día nuestra despedida. Y su reacción al escucharme gritar que la amaba. No iba a ser así, sin embargo, es mi culpa, por no aprovechar los tantos momentos que tuvimos. Tuve que gritarlo mientras que las autoridades me reducían y doblaban para meterme en un patrullero.


Me inclino y le beso las manos. —No deberías venir acá—murmuro. No, no voy a empezar la conversación diciendo algo bueno. No, tengo que ser duro y negativo. Sólo no soporto esto, me pone violento tenerla en frente y no disfrutar de su presencia porque llevo unas malditas esposas en las muñecas. —Sí—dice, alto y claro, tragándose el resto del llanto silencioso—. Tengo que estar acá. Porque te amo, y la gente que se ama, se apoya en lo que sea. Vamos a salir adelante en esto, juntos. Trago. Mis ojos barren el espacio de su rostro dulce y triste al preocupado y duro de Max. Los dos hablamos con la mirada, él aprieta los dientes, y esquiva mis ojos, negando con furia. Esto es serio. Realmente serio. Enfrento una pena de veinte años o más. No importa lo que el clan haga desde afuera, las trabas de David y Fontaine son difíciles de sortear. Para esta altura he empezado a resignarme. — ¿Qué pasa?—pregunta ella, notando la tensión. Ema siempre ve, nunca se pierde nada. Es esa intuición que se potencia a causa del sentido que le falta, la percepción del entorno no le falla nunca. —Te extraño—le suelto, y es la pura verdad—. Lo único en lo que pienso es en nosotros, todo el tiempo… Su pequeña nariz enrojecida se arruga y sé que se está esforzando en no volver a llorar. —También yo…—susurra y entrelaza nuestros dedos. En eso roza las frías esposas y se estremece, su barbilla tiembla y traga con fuerza. Max se levanta y se va, dándonos privacidad. Sabiendo que la necesitamos. —No quiero mentirte—empiezo—. No quiero que te ilusiones en vano. La verdad es que mi situación es complicada. Demasiado. »Hasta el momento lo he negado todo. No hay pruebas suficientemente claras, algo que tendría valor como para permitirme salir de este agujero negro. Pero tu prometido—sus ojos se abren, sorprendidos— tiene un equipo duro e inteligente. Y corrupto. Tarde o temprano van a hacerme caer. Mi abogado está trabajando arduamente, poniendo todo su empeño. Sin embargo, me temo que, si quiero salir bien parado en todo esto, tendremos que jugar igual de sucio. Estamos viendo las posibilidades.


Una gruesa lágrima baja desde la esquina de su ojo, transita su mejilla hasta la comisura de sus labios paspados y pálidos. —Él no es mi prometido—escupe, levanto nuestras mano unidas y borro la gota, esfumándola con mi pulgar—. No importa lo que él o mi padre digan, Alex. Yo nunca estuve de acuerdo con eso, y como lo veo, yo soy la única que tiene voz y voto en mi vida. Ese hijo de puta no es mi prometido. Nunca voy a casarme con él. —Shhh—la calmo, dulce, beso sus manos, cierro los ojos sintiendo la contextura de su suave piel—. Lo sé. Lo sé. Entiendo. —Y vas a salir—insiste, su voz dura, letal, convirtiendo sus labios en una fina línea recta—. Vas a salir, haremos lo que sea, lo que sea, para sacarte. No lo dudes ni por un segundo. ¿Hace falta más dinero? Está bien, voy a conseguir más dinero, pagaremos a gente más corrupta que la de ellos… Niego, por un momento me divierte la decisión y fortaleza que pone en su discurso. Sonrío a medias, y su rostro desencajado se ablanda. Separa una de sus manos de las mías y la lleva a lo largo de mi brazo, extrañando mi contacto. Sorbe por la nariz mientras me acaricia y cierra los ojos para esconder la humedad nueva en ellos. Esquivo su rostro lleno de dolor, si sigo viéndola sufrir así por mí, voy a romperme. No hay nada más en la vida que me afecte tanto como esta mujer. Me inclino más contra ella y beso su frente. —Te amo—le digo—. Nunca lo olvides, pase lo que pase. Eso nunca va cambiar. Y con eso la rompo, se hace más pequeña en la silla, hundiéndose. Baja su rostro y éste se esconde en las pesadas cortinas de su cabello. A continuación rozo mis labios en los suyos, porque sé que necesita esto. Responde de inmediato, y así, saboreo la angustia salada que se cuela en nuestro beso. Eleva sus manos y consigue mi rostro entre ellas. Allí se congela. — ¡Alex!—grita, saltando en su lugar. Maldigo. Olvidé impedir que me tocara. Aprieto los párpados con lamento y la oigo llorar más fuerte, sacudiéndose. — ¡Estás herido! ¿Quién te lo hizo?—no para de hacer preguntas, frenética. De pronto esto se vuelve más agónico para los dos, Ema ya no se traga nada, su rostro se empapa, y obtiene mi cabeza más cerca, revisándome. Le doy permiso, porque ya no sirve de nada impedirlo. Lo descubrió, me dejé llevar, olvidando por un momento la mierda que me rodea gracias a sus labios.


—No es nada, me peleé con otro preso—miento, descaradamente. Niega, atragantándose. —No, no, no—apenas puede hablar—. No fue otro preso, es mentira. No me mientas, no soy tonta. ¿Fue él? Fue David, ese hijo de puta, se va a ir al infierno—gruñe, apretando sus puños. Se estremece, de furia, indignación y tristeza. —Ya terminó su tiempo—se acerca para comunicar un guardia. Presiono mi mandíbula y asiento. Otra vez, despejo la cara mojada de Ema mientras nos ponemos de pie. Entonces se estruja contra mí, tratando de llenarse con mi calor antes de que nos separen. Cierra sus manos en mi fea ropa de cárcel, arrugándola, y yo paso mis brazos por su cabeza para rodearla también. Ella moja la tela, y mi corazón de parte, también quiero dejarme ir y llorar como un nene, pero debo ser fuerte ahora. No tengo que dejarles ganar a ellos, desmoronarme sólo les haría más feliz. Max viene y le ofrece el brazo a Ema, ella lo toma, pero sigue sin soltarme a mí. —Todos vamos a hacer lo que sea para traerte de vuelta—dice, sus ojos de caramelo elevados hacia mí—. Si hace falta más plata para conseguir un equipo más letal y sucio, lo haremos—promete—. Puedo… puedo chantajear a mi familia, o lo que sea. —Ni se te ocurra—gruño, tomándola del mentón y levantándolo más cerca, nuestras caras a centímetros—. Ni-se-te-ocurra-Ema. ¿Entendiste?—me fijo en Max—. No la dejen hacer ninguna locura, ¿está bien? Ninguna puta locura. Ema frunce el entrecejo y la beso rudamente en los labios, tomando todo de ella y dándolo todo de mí. Se relaja sólo durante los segundos que dura el momento. —Algo se nos va a ocurrir—le digo, confiado sólo por fuera—. Te amo. Asiente, limpiando el agua bajo sus ojos. —Te amo—repite. La beso otra vez, y nos soltamos. Un policía se acerca y me toma del brazo para alejarme y volver a mi celda. No quito mi atención de ella hasta que paso la puerta y la pierdo. Lo poco que queda de mi corazón se retuerce en mi pecho, el resto ha sido arrancado y tirado a los pies de esa hermosa y noble mujer que amo. Me duele no estar seguro sobre si ella tendrá la oportunidad de levantarlo en brazos y curarlo.


Con cada día que pasa, las esperanzas me van abandonando sin culpa y sin mirar atrás. Me dejan solo, en la oscuridad y tras gruesos barrotes.

Ema Pasan dos semanas y todo sigue igual, o incluso peor. Cada vez estamos más cerca del juicio, y sabemos que tenemos pocas posibilidades de salvar a Alex de una condena de veinte años. Decir que estoy estresada e inquieta se queda corto. No duermo más de cuatro o cinco horas en la noche, incluso recortadas, y cada vez que despierno en la madrugada un pinchazo de dolor se asienta en la base de mi corazón. El otro lado de la cama está vacío y frío, y ni siquiera tengo a Greta enroscada a mis pies. Mi habitación de hotel es sencilla y cómoda, pero se siente demasiado grande y solitaria. Me vuelvo loca de desesperación, entonces sólo me siento allí y oigo mi quejumbrosa respiración. Evitando el llanto. No quiero llorar más, no quiero que el sentimiento de que estoy perdiendo a Alex para siempre se adueñe de mí. Toda la vida fui una chica positiva y alegre. Ahora sólo soy sombría y con cada día que pasa se pone peor. Esta sensación de constante mareo, tambaleante justo en el borde de un precipicio no se va, sólo se intensifica. Si no podemos rescatar a Alex de esto, voy a saltar. Serán años y años de sentirme así de hueca y helada por dentro. Estoy aterrada. Y me encuentro a un paso de tomar la decisión más dolorosa de mi vida. — ¿Ema?—me habla Adela, en la mañana mientras vamos a desayunar a la planta baja—. Estás pensando mucho. Pues, sí. Estoy pensando muchísimo últimamente. En todas y cada una de las cosas que están a mi alcance y pueden solucionar este injusto embrollo. Lo nieguen o no, yo puedo ser el punto medio en todo esto. Y todo el mundo debe saber que para expulsar a Alex de este agujero soy capaz de lo que sea. Y estoy empezando a considerar las medidas drásticas. Porque no puedo vivir sabiendo que él está encerrado ahí por matar a dos de las ratas inmundas que violaron a su pequeña hermana de catorce años. Si puedo evitarlo, lo haré, sin pensarlo dos veces. Subimos las escaleras hasta la habitación que ocupa el líder, en el pasillo por encima del mío. Recorremos con pasos tranquilos, Adela justo a mi lado, aunque sin tocarme, porque llevo mi bastón.


—Estoy desesperada a igual que todos ustedes—digo, casi llegando—. Y no me digas que nadie está pensando en las posibilidades todo el maldito tiempo. Todos queremos a Alex de vuelta. Yo más que nadie, lo amo y lo necesito. —Es verdad—se lamenta—. Es mucho pedir que no pienses demasiado—suspira, resignada. Entiendo que esté preocupada por mí, últimamente no he sido yo, la sonriente Ema. Sino que sólo subsisto como una sombra que anda de acá para allá. No me siento viva, a decir verdad, me estoy sintiendo como antes de conocer a los Leones. Apagada. Ahogada. Llegamos a la puerta y no golpeamos, nos quedamos allí escuchando el alboroto de hombres gritando dentro. Aun con la gruesa madera separándonos, lo escuchamos todo. — ¡Dijiste que lo estabas controlando!—grita alguien, asumo que es Max. —Ya sé que lo dije—responde el aludido—. Pero todo se me fue de las manos esta última semana. ¡No hay coartada! Carajo, ¿cómo esperamos zafar de esto sin una? Trago y permanezco inmóvil en mi lugar, un poco más cerca de la puerta. — ¡Inventemos una, carajo!—chilla Max, de regreso—. Hacé algo, te estamos pagando una fortuna, Álvarez. No hace falta agregar que Álvarez es el abogado. Ahora estoy confirmando mi peor temor: no es lo suficientemente áspero como para luchar en este estanque. El equipo de David se lo comerá de un solo bocado, y compartirán entre todos su esqueleto. Me echo a temblar, mis esperanzas estrellándose a mis pies, agonizando. — ¿Qué vas a inventar? ¿Qué testigos vas a conseguir? ¿Eh?—salta el abogado—. Alex no conocía a nadie en ese entonces, era un menor de edad. Hemos estado pensando en muchas ideas entre los dos, ambos sabemos que las que se nos cruzaron no son creíbles en absoluto… Él mató a esos hombres, es cuestión de tiempo de que lo condenen… La solución que propongo es que confiese de una vez, trabajar en rebajar considerablemente la condena a unos tres o cinco años. Me estremezco y Adela escupe una maldición a mi lado. Ahora estoy apoyada en la madera, con la frente en ella y los párpados apretados, como si estuviera rezando. — ¿Cómo carajo vas a reducir veinte años a cinco?—quiere saber León, al fin oigo su voz, está tenso, hasta distingo su miedo desde mi posición. Y con eso me derrumbo. Si él, de todas las personas, está inseguro, entonces estamos en graves problemas. Gravísimos. León es la voz de la razón y un líder con todas la letras,


completo. Él siempre consigue soluciones. Jamás dejaría que le pase nada a ninguno de los suyos, pero parece que esta vez, el asunto lo va derribando poco a poco. —Alegando la verdad—explica el abogado—. Hizo justicia por mano propia. Fue presa de la desesperación y el dolor por lo que le hicieron a su hermana. Perdió el control, era un adolescente… eso puede ayudar. Nada pasa durante un par de minutos, mi respiración se agita. —No—salta Santiago, hasta puedo imaginarlo escuchando todo desde las sombras—. ¿Qué parte de todo esto no entienden? Tanto los abogados contrarios como los jueces son corruptos. Corruptos. Confesar la puta verdad no es una opción inteligente, tenemos que poner una traba igual o mejor que las que ellos están usando. El silencio llena el largo intervalo que sigue, hasta que Santiago prosigue. Su voz estable y fría. —Se olvidan de que esto no es un juicio común y corriente—suelta advierto su voz cambiar de frente, eso me dice que está caminando de acá para allá—. Tenemos que ser más letales que ellos y hasta ahora, sólo parecemos un grupito de novatos incompetentes—se frena abruptamente—. Voto para conseguir otro equipo de defensa. — ¿Qué?—reclama el abogado—. ¡He estado trabajando para ustedes toda la vida! — ¿Y qué mierda me importa?—le grita Max, enfurecido—. Este es el caso más complicado que te hemos traído y no sabes qué hacer con él. Si fuera por tu estúpida lógica de abogado principiante, mi amigo se va a comer treinta años de cárcel. Yo también voto para que te vayas a la mierda. Esto se está desmoronando. Si ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo con el equipo que defiende a Alex, esto no va a terminar bien. De ningún modo. Reteniendo las lágrimas en las cuencas de mis ojos, giro y vuelvo sobre mis pasos, entumecida. Apenas soy consciente de Adela a mi lado. Me acompaña de vuelta a mi dormitorio y una vez allí me dejo caer en el borde de mi cama, sorbiendo por la nariz. — ¡Me había olvidado!—dice Adela, usando una voz liviana para entretenerme—. Ayer, caminando de vuelta desde la parada del taxi, vi estos en una vidriera. Inmediatamente pensé en vos—ríe, aun así suena tensa. ¿A qué viene todo esto? ¿No le importa lo que acabamos de escuchar? — ¿Qué son?—pregunto, cabizbaja.


—Pendientes—dice, sentándose a mi lado, los coloca en mi mano—. Son pequeñas flores, delicadas, con pétalos bañados en plata y una piedra preciosa en el centro, de un rojo brillante. Son delicados, bonitos. Pensé que te gustarían. Esta no suena como Adela, sino como Bianca. Si no fuera porque ella se quedó en el recinto, estaría pensando que se han intercambiado. Eso me saca una sonrisa débil. Asiento y se los devuelvo para permitir que me los ponga. Despejo el pelo de mis orejas y me inclino. Ella maniobra y los coloca en sus respectivos orificios. No usaba aros antes, aunque siempre estaba mi madre allí, obligándome a lucir perlas caras. Una vez que termina, nos quedamos allí en silencio, sin saber qué más hacer o decir. El momento “pendientes nuevos” queda atrás, olvidado en un pestañeo. —¿Podrías…—trago el nudo en mis cuerdas vocales—. ¿Podrías dejarme sola por un rato? No me siento bien, creo que voy a intentar dormir un poco… Mi voz suena rasposa y lastimera, ella está de acuerdo y, aunque intenta persuadirme de que no tiene problema en quedarse a hacerme compañía hasta que me duerma, niego e insisto en que estaré bien. Se va, y no se me pasa desapercibido que no queda muy convencida. Me mantengo allí, sentada y quieta por mucho rato después, intentando reunir fuerzas para lo que he planeado hacer en la última media hora. Considero que ya estamos con la soga al cuello, ésta es mi última maniobra y, simplemente, sé que también será la definitiva. Tomo el teléfono celular que he aprendido a maniobrar estas últimas semanas. Me esfuerzo en recordar el espacio de cada número, procurando que los nervios no me bloqueen la memoria. Marco el código de área, seguido por los dígitos correspondientes. Con manos temblorosas lo dirijo a mi oreja y espero. Esta vez no me interesa ser rastreada o no, voy a darles lo que quieren, después de todo. — ¿Hola?—mamá atiende. —Mamá—ni siquiera saludo, fría—. Quiero hablar con papá. — ¿Qué?—pregunta, sorprendida—. ¿Emaline? Cierro los ojos tomando una respiración abrupta. —Ema—la corrijo—. Pásame con papá—ordeno, dura. Acepta, un poco contrariada por mi tono. Unos segundos interminables después, Fabrice Fontaine se coloca al otro lado. Su voz grave retumba en mi tímpano, provocándome escalofríos a lo largo de la espalda. — ¿Qué tengo que hacer?—suelto, firme.


— ¿Qué tenés que hacer con qué, Emaline?—su voz es igual de glacial que la mía. Los dos estamos mostrándonos ofensivos y enojados el uno con el otro. No me importa. Mis padres ya no son parte de mi vida, en cambio, ahora, lo único que tengo en mente es a Alex y su libertad. Estoy dispuesta a pagar el precio. —Para que liberen a Alex Castillo—digo, evitando el detalle de que es el hombre que amo con mi vida entera—. ¿Qué tengo que hacer para que lo dejen en paz? ¿Qué tengo que hacer para que no molesten más a mis amigos?—acabo con los dientes apretados de la rabia. La pausa que sigue crea una larga brecha en la comunicación. Cada tic tac del reloj despertador en la mesita de luz representa en mi cabeza a los de una bomba a punto de estallarme en la cara. —Ya sabes lo que tenés que hacer… Correcto. Es verdad. Estoy segura de lo que ellos quieren, y aunque me duela en el alma, consentiré sus reglas a partir de ahora.


Capítulo 18 Alex Escupo una bola de sangre y saliva a causa de las heridas en el interior de mis mejillas, y tuerzo el gesto, enderezando mi enfoque. Me estoy esforzando en no perder el conocimiento. Meto aire forzosamente a través de mi tabique roto. — ¿Por qué no me soltás las manos?—pregunto, la mitad de mi rostro dormido, mi párpado hinchado no me deja ver con claridad—. Mano a mano. ¿No? Eso es porque sos un puto cobarde—carraspeo—. Sabes que yo ganaría. No tenés nada que hacer contra mí. David me mira con el ceño fruncido desde su posición frente a mí, su rostro rojo y sudoroso, desencajado en una mueca que demuestra su desbordante ira. Esta vez no vino a charlar. No hizo más que entrar, que se quitó la chaqueta cara, remangó su camisa y formó puños. Enfurecido. Porque nos vio. A Ema y a mí, el otro día, en la sala de visitas. Vio que somos más que sólo conocidos o amigos. Supo de nuestra intimidad, fue testigo de nuestras caricias y besos. Él quiere matarme por tocar a su prometida, por tenerla primero. Otro juego de nudillos intenta noquearme y gruño, pestañeando con fuerza para no caer en la oscuridad. No puedo verme, pero imagino la imagen que tiene de mí frente a sí. Desfigurado. Siento mi rostro latir, fuertes e interminables punzadas por todos lados. A estas alturas ya no hay sensibilidad en ninguna parte. Mi ojo menos castigado ya se está cerrando también, cada vez que respiro una bocanada, hilos de baba y sangre caen de mi boca. La peor paliza que he recibido en la vida. —Ella es mía—se inclina, su rostro a la altura del mío—. Vos, puta perra callejera, espero que hayas disfrutado, porque nunca más la verás de nuevo. Seré su esposo, su dueño— susurra, sus ojos negros diabólicos. Me río, como puedo, por lo bajo y ya sin fuerzas. Yo creía que era un loco, pero no en esta medida. Está desquiciado, odia la idea de que yo haya tenido a Ema antes que él. Que la haya tocado. No puede soportar eso. Niego ante su estupidez, su nivel de obsesión. ¿Quién iba a decirlo? Es un demente. Y escondo el hecho de que me aterra que encuentre a Ema y se la lleve. Pero no quiero mostrar debilidad, tengo que endurecerme por más terror que sienta por


la seguridad de la chica que amo. Le rogué a los Leones que la cuidaran, que estuvieran atentos, porque, conociéndola, sé que es capaz de alguna locura con tal de sacarme de acá. —Reite todo lo que quieras, Castillo—sonríe, descubriendo los dientes—. Al final, los dos sabemos que va a venir a mí, porque esa es la única cosa que hará que te deje ir… Me inmovilizo en mi lugar, frío viniendo de golpe a mi cuerpo. Y sólo así, antes del último golpe, antes de que mi cabeza explote y cuelgue de mi cuello, inconsciente, algo me avisa que él se saldrá con la suya. *** Agua helada es lanzada desde un balde a mi posición torcida en el suelo de mi celda. Se mete por mi boca y nariz haciéndome toser y removerme sobre mi costado. Dos guardias están allí de pie, sonriendo malignamente mientras disfrutan de mi deplorable estado. Acoplo las pocas fuerzas que me quedan para poder empujarme hacia arriba en mis codos, acabo sentado a sus pies, viendo por entre las rendijas de mis ojos a punto de reventar. Me lanzan una bolsa con hielo a los pies y se van, cerrando con llave. Se burlan, me ningunean, pero estoy lo suficientemente ido y preocupado por otras cosas como para que me importe. Me quito la camiseta andrajosa, manchada de sangre seca y cubro la bolsa. La coloco sobre mis ojos y nariz, respiro por la boca mientras me recupero. Estoy allí por horas, hasta que el hielo se vuelve agua y dejo la bolsa abandonada en un rincón. Vuelvo a colocarme la camisa arrugada y húmeda, y me siento en la que supuestamente es la cama. —Me dijeron que eras un puto—habla uno de los vigilantes, rompiendo la política del lugar, seguramente. Lo ignoro, el resto se ríe, incluso los demás internos. Gracias por eso, digo por dentro. Lo último que necesito es que me ataquen por ahí, en busca de diversión, alguno de estos enfermos drogadictos. El cansancio casi me está venciendo cuando vienen a darnos el permiso de un breve recreo al aire libre. Necesito ver la luz del sol, así que decido ir, por más que ni siquiera pueda sostenerme en mis pies. Espero sentirme mejor después de eso, y no como si un camión me hubiese pasado por encima. Entrecierro los ojos una vez afuera, me quedo apoyado contra un paredón, aflojando los músculos. La paz me dura poco, porque uno de los otros presos se me acerca, sosteniendo en alto un cigarrillo. Lo observo venir, paso a paso, tambaleando a causa de una notoria cojera. — ¿Lo querés?—pregunta.


Nunca estuve en la cárcel, pero no necesito ser un experto para saber que éste tipo trae mierda con la que no quiero lidiar. Desvío mis ojos a otro lado, cerrando mis puños en los bolsillos. Tensionado. No hace falta mucho para que las cuerdas queden bien tirantes y activen la rabia creciente en mi pecho. —Ahora no hay nadie—mira hacia atrás, cuchicheando—. Un pete6 por un cigarrillo… ¿Eh? Lo miro, entornando los párpados con profundo odio, mi entre ceja se frunce sin importar el dolor. Me está tomando el pelo, este sucio hijo de puta no puede estar hablando en serio. ¡Ja! ¿Por qué me sorprendo? Esto es de lo más normal en este lugar. A parte, ni que nunca antes haya recibido una propuesta como esta. —Raja de acá—gruño. —Uno por dos, ¿entonces?—saca otro cigarrillo de su bolsillo. —No me hagas repetirlo—siseo, apretando los dientes. La ira que he ido acumulando todo este tiempo encerrado, lejos de Ema y de mis hermanos, y a merced de un enfermo de mierda como David, me ha traído justo al límite. Si este tipo no se da la vuelta ahora mismo voy a matarlo, y ahí sí, sin más excusas, podré estar seguro de que me pudriré en esta prisión. — ¿El atado entero?—insiste, dando un paso hacia mí. Arremeto contra él, aplastándolo contra la pared mohosa. Lo sacudo, golpeando su cabeza con fuerza. Él quiere devolver la pelea, ni tiempo le doy —Metete esos cigarros en el orto—escupo, lanzándolo al suelo—. Te me acercas una vez más y te mato, ¿escuchaste? Caigo sobre él y vacío la violencia almacenada en mis puños en su cara, usándolo como un saco de boxeo. Ésta escena provoca que la mayoría de los demás internos enloquezcan y el quilombo de desate. En poco tiempo esto se vuelve una batalla campal, recibo más palizas de las que alguna vez creí que podría aguantar. Entre la de David y la de estos gorilas, acabo tendido en el suelo hecho una masa blanda de carne y huesos. No me puedo levantar. Un ejército de guardias viene a terminar con el circo, soy arrastrado de nuevo adentro y puesto en mi cuadrado enrejado, al igual que al resto. Suspiro mirando el techo lleno de humedad y no me muevo por largo, largo rato.

6

Pete: Mamada


Ni la paliza que di, ni la que recibí acabaron con la adrenalina que corre en mis venas, necesito golpear duro, pelear. Matar. El nivel de energía me mantiene allí, respirando agitado, en necesidad de más. Siento que así, acabaré envejeciendo en este agujero de mierda, que nunca más lograré salir. *** Al día siguiente, mi estado es considerablemente peor. No me puedo ni mover. Fui llevado a la enfermería para curar mis golpes y la nariz rota. Y estoy, medianamente limpio. Pero nada de eso me hace sentir mejor. Al asunto, agregarle también está profunda e insistente presión en el pecho, que funciona como una intuición. Simplemente, estoy seguro de que mi vida va a empeorar, no sé cómo y cuándo, pero lo hará. Algo realmente malo está a punto de pasar. Yo sólo estoy a la espera de que no sea nada relacionado con Ema. Necesito saber si está bien, esta incomunicación con mis hermanos me pone frenético. Ansioso. Si tengo suerte, esta tarde de visitas, me encontraré con alguno de ellos, para que me cuente todo lo que está sucediendo afuera. Además, hace días que no sé nada de mi abogado, estoy empezando a considerar conseguir otro, Álvarez no parece estar avanzando en nada. Necesito a alguien más seguro de sí mismo, y con pocos escrúpulos, que esté dispuesto a defender a un asesino, y a mentir y jurar por mi inocencia. Después del almuerzo paso las horas en mi celda, hasta que vienen a buscarme para ir a encontrarme con mi visita. La desesperación va creciendo mientras soy dirigido a través de los pasillos, pasando puertas aseguradas y zonas de poca iluminación, Mi corazón corre en mi pecho, obligándome a acelerar el paso. Tengo que encontrarme con los chicos, saber cómo está Ema y advertirles que no la traigan de nuevo a verme. No quiero que la ira de David se desplace hacia ella, mejor mantener las cosas en paz. Si quiere golpearme y vengarse porque toqué a quien considera de su propiedad, que lo haga. Siempre y cuando Ema esté fuera de la ecuación, físicamente. Camino a mi mesa de siempre y me encuentro con una persona que no esperaba volver a tener en frente, en absoluto. No tomo asiento de inmediato, sólo me quedo allí, anonadado. Congelado en mi lugar, de pie junto a mi silla. Ella se levanta de su lugar, donde me estaba esperando, y me observa con sus negros ojos preocupados. Y tristes. Aunque lo esconda bien, la conozco lo suficiente como para ver claramente en su interior. — ¿Miranda?—murmuro, desinflándome.


Ella traga y me da una sonrisa, mitad picardía, mitad pesadumbre. —Hola, Alex—da un paso más cerca. Entonces soy rodeado por sus amables brazos.

Miranda Alex y yo nos sentamos frente a frente y tengo que esforzarme bastante en contener las lágrimas. Nunca me gustó ser emocional, pero soy una mujer, y con ello siempre viene algo de profundidad. Verlo después de tantos años me revuelve por dentro, mentiría si dijera que no me costó dejarlo ir, mentiría si dijera que no lo he extrañado. Pero a lo largo de los años he sabido que su vida iba bien, que tenía una nueva familia y cuidaba excelentemente de sí mismo. Y eso me hizo feliz, no importaba cuánto yo lo quisiera en mi vida, sabía que era mejor que se fuera lejos de la gran ciudad y buscara su propio camino a la felicidad. Y ese no era junto a mí, ni siguiendo mis ejemplos. Me estiro y consigo sus manos callosas, sus nudillos están hinchados y rasgados. Y su rostro hecho una masa deforme de morados y costras. Me duele más que nada verlo así. La última vez que su rostro precioso lució de esta misma forma, fue después de perder a Cami, él tocó fondo justo en mis narices e hice lo que pude para ayudarlo. Por eso lo envié lejos. Una noche, dos días después de enterrar a Cami escuché ruidos extraños en mi porche delantero. Me coloqué la bata y fui a mirar, preocupada. Me encontré a este chico, que en ese entonces vivía conmigo porque yo no podía soportar dejarlo solo, allí borracho, tirado en el suelo con su rostro hinchado y cubierto de sangre. Se había metido en una pelea, y Alex Castillo jamás había hecho algo como eso. Pero yo entendía su dolor, su ira hacia la vida. El vacío que le había quedado en el pecho tras perderlo todo lo estaba consumiendo. Poco a poco, el Alex que encontré robando en un supermercado para darle de comer a su hermana estaba desapareciendo, y yo debía traerlo de vuelta. Recuerdo haberlo ayudado a levantarse y, como pude, lo llevé a la ducha. Lo senté en el suelo y lo bañé. Mientras me encargaba de ello, él me dejó, mientras gimoteaba y lloraba. Yo nunca lo había visto llorar, ni siquiera cuando dejamos el cajón de la pequeña Cami bajara tres metros abajo en el cementerio. Había estado hermético, gran parte de él seguía sin entender qué había sucedido. Pero allí, en ese mismo instante, Alex estaba cayendo en la realidad. La cruda y dura realidad. Lloré con él, mi fachada de mujer dura se desplomó a mis pies, entonces sólo me lancé a sostenerlo y dejé que el agua nos empapara.


Alex fue mi bebé. Aun lo sigue siendo. Quizás no en el sentido más convencional. Tuve sexo con él, al principio, podría haber ido a la cárcel por eso. Pero sólo fueron negocios, sólo fue una fase de aprendizaje. Una transacción. Con el tiempo me vinculé a él de una forma diferente. Más… maternal, si se puede decir. Acabó siendo el hijo que nunca quise traer al mundo pero deseé tener en el fondo. Mi vida no era la ideal para dar a luz bebés, por eso siempre me cuidé de no hacerlo. Soñaba con una familia, por dentro era mi más profundo deseo, pero me conformé con ser un pilar para este chico de dieciséis años desesperado por darle lo mejor a su pequeña hermana de trece. —Ha pasado un tiempo—digo, sorbiendo. Asiente, todavía sorprendido. Lo entiendo, hace una década que no nos cruzamos. Por un momento, me dolió esa brecha, pero lo fui superando. Soy una mujer fuerte, además, nunca lo perdí de vista, siempre me encargué de saber sobre su vida y cómo lo estaba haciendo por su cuenta. Estoy orgullosa de él, siempre lo estuve. Quizás Alex no se sentía así por sí mismo, pero yo lo hacía por los dos. —Lo sé—susurra, mirando nuestras manos juntas. No quiero ponerme sentimental, así que bromeo en su lugar. —Bueno, estoy segura de que detrás de toda esa máscara de ogro violeta seguís siendo una beldad masculina—me rio, carraspeando. Él niega, haciendo una mueca. Es de dominio público que odia que lo consideren un hombre atractivo. Pero, hay que reconocerlo, es algo más que atractivo. Es hermoso, perfecto, por dentro y por fuera, la mujer que consiga su corazón será la perra más afortunada del mundo. Si es que ya no hay alguna rondando por ahí, me muero de curiosidad. Sin embargo, eso no es a lo que vine. —No olvidaste lo que te dije el día que te eché de mi casa, ¿verdad?—pregunto, buscando en sus ojos que me esquivan. Asiente. —Que si te metías en problemas, me llamaras—repito. Prácticamente lo eché, es verdad, pero no de mala manera. Sólo le dije que tomara su moto y se fuera lejos, que no volviera nunca más. Que no se preocupara por mí ni por esta sucia ciudad, ni por su pasado. Que dejara todo atrás, enterrado, y se encargara de crear un buen presente y prometedor futuro. Funcionó, lo hizo. Pero ahora algo ha salido mal. Y si no fuera porque lo he estado vigilando todos estos años, pagando un investigador una vez cada


tanto, no me habría enterado de que estaba en la maldita cárcel. Hace un par de días, recibí la llamada y me dejó helada. Mi Alex no puede estar acá encerrado. — ¿Para qué iba a llamarte?—pregunta, suspirando. Está agotado, y odio que esté pasando por esta mierda. Él es demasiado bueno para acabar en un lugar como este. —Porque me preocupo—le digo, apretando su mano—. Te he estado vigilando, bebé, nunca te dejé ir del todo, ¿lo sabes? Ahora he conseguido su atención. Sonrío ante la arruga en su entrecejo. Lo sé, soy una acosadora, pero funciono como una mamá pata con sus patitos. Alex es mi único patito. Me inclino, y le hablo en tono bajo, para que nadie escuche. —Y también porque, así como me ves, yo puedo ayudar—le guiño, y él se remueve en su lugar—. Yo te puedo sacar de acá Alex. Incredulidad cruza sus ojos rasgados. —Puedo darte una coartada y testigos—murmuro, procurando que nadie nos oiga—. Y con eso quedarías completamente liberado de todo. Traga, el brillo de la ilusión cruzando en sus irises plateados. — ¿Cómo?— carraspea, nervioso. Suspiro, quizás no vaya a gustarle, pero tendrá que aceptarlo si quiere salir de este embrollo. —Una fiesta privada—intento adornarlo con palabras, un poco. Alza las cejas hasta el nacimiento de su cabello. —Querrás decir: una orgía—suelta. Pongo los ojos en blanco. —No. Alex, no una orgía, podemos terminar todos en la cárcel con sólo decir que estabas allí. Esto puede ser un problema para mí. Entendé que me la estoy jugando por vos— aclaro, de ante mano—. Vas a tener que confesar ciertas cosas, aclarar que participabas de buen grado… lo que sea. —No me importa el pasado ahora, lo que quiero es salir—escupe, amasándose el pelo con la mano libre.


La otra está firmemente agarrada con las mías, no quiero soltarlo todavía. — ¿Te acordás de la mujer que apareció aquella vez llorando en la puerta de mi casa?—prosigo, remojándome los labios con anticipación—. Te lo conté una vez, te acostaste varias veces con ella. —Sí, ¿qué pasa con ella?—quiere saber. Sonrío de lado, mi expresión volviéndose triunfante. —Es la mujer del juez que tiene tu caso, yo me acostaba con el hijo de puta— cuchicheo, guiñando—. Está dispuesta a ayudarnos. Y de paso, a hundir a su marido. Quiere venganza, y ella declarará en tu favor, como testigo de que estabas esa tardecita en la fiesta. Entre las dos organizamos un plan, hay mucha gente que nos debe favores, Alex, y ellos van a ser testigos también… Además, tienen mucho que perder si nos fallan, estoy dispuesta a agarrar a muchos de las pelotas con tal de sacarte… Mastica la costra de su labio y mirándome fijamente, tratando de leerme. — ¿Por qué estás dispuesta a hacer todo eso por mí?—pregunta, inseguro. Me aclaro la garganta, enterrando la humedad que intenta acumularse en mis ojos. —Porque te quiero, Alex—murmuro, sorbiendo—. Te quiero mucho. No importa todo este tiempo que hemos estado lejos, siempre serás mi bebé. El bebé que descubrí robando en un súper mercado. El bebé que me rompió el corazón la primera vez que lo invité a cenar. Sonrío entre lágrimas ante el recuerdo de él metiendo la mano en el interior de un pan para vaciarle la miga porque era su parte favorita. Lo golpeé con el periódico enrollado, diciendo que eso era mala educación. — ¿Por qué haces eso?—quise saber, molesta, poniendo un plato de fideos con salsa frente a él. —Porque es la parte blanda—dijo, como si nada, como si fuera lo más lógico del mundo. Tuve que correr al baño a encerrarme y tener un momento a solas, me senté en la tapa del inodoro y lloré. Lloré porque ese chico en mi cocina acababa de romperme el corazón. Toda su vida comiendo pan duro y viejo, muriendo de hambre, todo por cederles su ración a sus hermanitos. Lo amé entonces, y lo amo ahora.


Alex no me mira, lo acepto, está teniendo un rato intenso ante mi confesión. Pero él debía saberlo, la estima que siento hacia él y su fortaleza. Lo orgullosa que estoy del hombre en el que se ha transformado. —Voy a sacarte de acá—insisto, limpiándome la nariz con un pañuelo, disimulando la manera en la que esto me afecta—. Dame un par de semanas, y serás libre. Lo prometo. Nuestro tiempo se termina y nos ponemos de pie, allí, frente a frente, doy un paso a él y me estiro sobre las puntillas de mis tacones para besarlo en la mejilla magullada. Susurro un adiós y lo dejo ser arrastrado a su celda. Él da una mirada hacia mí mientras camina a la puerta, allí es cuando veo cuán agradecido se siente. Y con eso me alcanza. Ahora tengo que ponerme manos a la obra.

Ema Ya está todo decidido y arreglado. Anoche fue la última en este hotel junto a los Leones y Adela. Lo hice sin dormir, llorando mares de lágrimas, por lo poco que duró mi aventura, cuando creí que podía tener mi feliz por siempre. El pensamiento de Alex siendo libre me consuela, pero me derrumba saber que nunca más lo volveré a tener justo a mi lado. En la cama, cada día de mi vida. No sé cómo voy a vivir sin su calor, sus besos y tacto. Su voz, su respiración al dormir profundamente. Ahora estoy sentada en el borde de la cama aguantando el llanto, acariciando inconscientemente el edredón con dedos temblorosos. Un dolor en mis sienes se ha asentado desde que estuve por completo despierta hace unas horas. Me mantengo quieta en mi lugar, físicamente, porque en el interior soy un caos de deprimentes pensamientos y terribles sentimientos. No puedo imaginarme mis días al lado de un hombre tan horrible como David, sin embargo, ese es mi destino. Lo he aceptado ayer por la tarde, después de la llamada a mis padres. Al final, he caído, cuando juré y juré que no lo haría. Pero, una vez que la gente que amas corre peligro, las decisiones cambian, con tal de hacer las cosas bien por ellos. Me he entregado por una causa, al menos sé que cuando Alex salga, parte del peso insostenible en mi pecho se liberará. Seré una infeliz por siempre, siendo doblegada por gente sin corazón, a la que no le importo una mierda. Ni siquiera a mis padres, ellos me vendieron como un trozo de carne, dejaron que un hombre como David se adueñara de mí. La puerta es aporreada y me sobresalto, voy a abrir para dejar que las empleadas comiencen su limpieza, avisé que podían venir a las diez. Esa es mi señal de partida. Así que


tomo mi bastón y las despido, no sin antes preguntarle a una si me puede guiar hasta la salida trasera del pequeño edificio. Amablemente lo hace, deja que yo la tome del codo mientras parlotea y me dirige escaleras abajo. No la escucho, sólo finjo que lo hago, con una sonrisa insensible pintada en mi cara. Me avisa que la entrada trasera es sólo para uso del personal pero conmigo hará una excepción. Eso es lo que inspiro en la gente, puedo obtener cosas que las demás personas no. Llegamos a la cocina y la atravesamos, ella saluda a toda la gente que se amontona allí y me presenta, como si me estuviera dando un tour. Me río y me mantengo callada y amable, pareciendo tímida en vez de triste. Como si no estuviese yendo en línea recta y directa a mi desgracia. Estamos casi llegando a la salida, lejos del calor y el ruido insistente de ollas chocando, cuando oigo a alguien llamarme desde el otro lado. Adela. El pánico me llega, se supone que ella y Santiago duermen hasta tarde, ¿cómo es que me está siguiendo? Grita mi nombre de nuevo y me agito, comienzo a avanzar en mis pies con rapidez hasta mi objetivo. La empleada de limpieza está confundida pero parece tomarse enserio mi apuro, y me lleva rápido hasta la parte trasera de la planta baja. Adela se queda atascada en la cocina, entre tanta gente trabajando y eso nos da tiempo de llegar afuera. La luz del sol calienta mi cara y comienzo a sudar, no por el calor, sino por el terror de que Adela acabe con mis planes. —Gracias—digo agitada soltándome de la chica—. Puedo seguir desde acá. No espero que me conteste, sólo me alejo caminando con rapidez a lo largo de la vereda, y, respirando con dificultad, me tropiezo un par de veces pero sigo mi camino. — ¡Ema!—grita Adela intentando alcanzarme. Está maldiciendo a la chica que me acompañó antes porque parece no querer dejarla llegar a mí, piensa que estoy huyendo por alguna causa. Y Adela puede parecer peligrosa ante los demás, por eso cree que puede ser una amenaza. — ¡Ema, quédate donde estás, carajo!—aúlla, enojada. Un brazo me rodea la cintura y grito en el instante en que me eleva del suelo. Pataleo, y el bastón se me cae de las manos, de camino, mientras me arrastran hacia atrás, lejos. Escucho el ronroneo de un liviano motor encendido, y sé que es el coche donde me llevarán. Adela corre hacia nosotros, sus botas resonando contra la acera, y el tipo que me tiene atrapada, saca y destraba una pistola. Le dispara. El sonido es ahogado por el silenciador, y aun así forma ecos en mis oídos.


— ¡Adela!—grito en pánico, retorciéndome para que me dejen ir con ella. ¡Oh, por Dios! ¿Qué he hecho? Más corridas vienen, y distingo las voces de algunos de los chicos, Max es uno de ellos. Lo reconozco porque su manera de putear es inconfundible. No pueden devolver el fuego porque estoy en el medio, más hombres me rodean, apartándome de la vista y disparándoles. ¿Qué pasó con Adela? ¿Está herida? Alcanzaron a dispararle, grito su nombre, esperando que, al menos, grite el mío de regreso. No lo hace, y comienzo a llorar. — ¡Soltame!—ahora me he arrepentido, no puedo ir con ellos, les han disparado a mis amigos—. ¡Déjame ir! Me doblan como una muñequita de trapo, empujándome dentro del auto, sobre el asiento trasero, lucho, pero una vez allí es mucho más fácil reducirme, tengo a dos gigantes de cada lado. Golpeo a quien se coloque a mi alcance, a la sazón que el coche emprende su camino, distanciándose del hotel. — ¡Quédate quieta!—ordena una fría voz desde el asiento del copiloto. Es David. No permito que su voz me paralice, sin embargo, no tengo opción, entre dos hombres me sostienen y él se estira sobre mí entre las butacas, no se me escapa, desapercibido, el pinchazo leve que perfora el interior blando de mi brazo. —No—lloriqueo, sabiendo lo que eso significa. No quiero perder el conocimiento, necesito estar segura de lo que ocurre a mí alrededor y de lo que va a sucederme a continuación. Pero, con el correr de los segundos, no importan mis deseos. Mi sistema se ablanda y los jadeos forzosos se duermen en el interior de mi garganta, formando una lenta y trabajosa respiración, como consecuencia de mis pulmones aletargados en reacción a la droga. Trago, mi boca se seca, y gimoteo. Inquieta. Un par de pestañeos después, el miedo que siento se paraliza, está allí, siento su presencia, pero mi cuerpo no reacciona a él. Pasa a un segundo plano. Floto en el aire, mientras David habla con sus hombres. No entiendo ni una sola palabra de lo que les dice. Estoy perdida, yendo a la deriva. Un segundo después pierdo toda la percepción de mi entorno, caigo en un pozo ciego, y allí me quedo por lo que se siente una eternidad. *** Vuelvo en mí de manera lenta y confusa. Lo primero que noto es un colchón blando debajo de mí. Me remuevo, jadeo, llevándome las manos a las sienes, que laten con brutalidad. No tengo idea de dónde estoy, y eso me aterra de la peor manera que existe. Nunca tuve tanto miedo como ahora, ni siquiera cuando me perdí en medio del bosque. De alguna manera había


aceptado morirme congelada allí, en la oscuridad. ¿Ahora? No puedo soportar lo que el destino tiene preparado para mí. Después de descubrir lo que David es capaz de hacer, ¿cómo voy a sobrevivir bajo su control? Dos manos enganchan mis tobillos desnudos y me arrastran abajo, a los pies de la cama, pánico se asienta entre mis costillas y me trago un gemido aterrado. Me quedo callada intentando tranquilizarme, no obstante, es algo completamente imposible teniendo a alguien intentando desnudarme. Siento manos rudas clavarse en mis muslos mientras suben la falda de mi vestido, y quiero vomitar. Lágrimas mudas bajan a mis sienes, enterrándose en mi pelo. Me muerdo el interior de las mejillas y cuando lo siento mirarme de arriba abajo, el deseo sexual viniendo en oleadas hasta mí, me paralizo, incluso creo que soy capaz de tocarlo. —Sabes—sisea David—. Por más que me muera de ganas de abrirte las piernas y conseguir lo que siempre fue mío, vamos a tener que dejarlo para más tarde. Se lamenta y me eleva sentada, para terminar de sacar el vestido. Sorbo por la nariz, no puedo moverme con precisión, sigo atontada, pero el sentimiento de degradación se me instala profundamente adentro. Y sé que no se va a ir en mucho, mucho tiempo. Por no decir que se quedará aquí de por vida. No sé si voy a poder sortear esto con elegancia, no es lo mismo a cuando mis padres me mantenían dentro de su capullo de terciopelo en forma de cárcel. David quiere cosas de mí, y no estoy dispuesta a dárselas, aun así estoy segura de que no le importará en lo más mínimo mi permiso. Me posee, en cuerpo y alma. A sus ojos soy suya para disfrutar. Escondo un estremecimiento mientras estudia mis tetas, entonces enseguida coloca otro vestido por encima de mi cabeza. Siento la textura del encaje cubrir mi torso de inmediato, incluso descubro que tiene adornos. Es lujoso y delicado. Me obliga a pararme sobre mis pies y lo desliza abajo, la falda cae hasta cubrir mis piernas y tocar el suelo. —Preciosa—comenta, y me coloca los zapatos. ¿Qué es lo que está planeando? — ¿Dónde estoy?—se me ocurre preguntar una vez que mi lengua se destraba. Me tambaleo y me sostiene firme a la altura de mis brazos. Se acerca, hasta que su frente roza el mío y no me permite dar un paso atrás, apretando los dedos en su agarre. —Eso no importa—responde—. Estás en un lugar donde nadie puede encontrarte. Y no te confíes, esos pendientes no pudieron engañarme… Frunzo el ceño, y me toco los lóbulos de las orejas, hay perlas en lugar de mis aritos de flores.


—Eran un regalo—murmuro. Él me sacude. —Eran un maldito rastreador, no soy un estúpido, querida—suena enojado y ronco, cerca de perder la cabeza—. Hace años estoy en esto, ningún truco sucio funciona conmigo—se ríe, despectivo—. Espero que tus amigos se hayan divertido siguiendo a la indigente a la que se los regalé. Enterarme de que Adela y los Leones se habían encargado de darme una posibilidad de salvación me golpea duro en la cara. Ese podría haber sido mi segundo escape de esta vida, así y todo, mi suerte es una mierda clara últimamente. David suspira y me acaricia el lado del cuello. —Bien, eran horribles— dice, riendo con odio—. No pegaban para nada con nuestro estilo. Trago cuando desciende hasta mi escote. Divaga sobre lo hermosos que mis pechos se ven en este vestido y en qué nivel le encanta saber que no llevo sujetador. Me muerdo la lengua antes de cometer una estupidez, todavía no estoy lista para comenzar a desplazarlo de sus casillas. Los restos de la droga me mantienen sumisa, espero que no por mucho tiempo. Odio no poder luchar, no conseguir ser yo en su totalidad. Incluso si con eso consigo un infierno más de infelicidad e intimidación de su parte. Voy a luchar, si no lo hiciera no sería yo. — ¿Por qué llevo un vestido largo?—pregunto. Él suspira y encierra mi rostro en sus manos grandes y frías, habla, estando muy cerca de mí, alcanzo a sentir su aliento en mi mejilla. Quiero saltar hacia atrás, lejos de todo lo que él significa. —Es tu vestido de boda—explica—. Será rápido, no habrá una ceremonia como a tu madre le hubiese gustado. Pero insistió en el vestido blanco. No importa, es lo de menos, firmaremos los documentos indicados e iremos directo a tomar el avión… Me congelo, deteniendo mi respiración. — ¿U-un avión?—mi voz tiembla, insegura y débil. —Un avión—corrobora, me toma de la muñeca y tironea para que lo siga, mis zapatos caros resuenan en el piso, que es de madera—. Una vez casados, saldremos del país. Todos. Tu familia también. Nos vamos a tu país natal.


— ¿Qué?—chillo, frenando. Esto no puede ser verdad. Me niego a creerlo. — ¿Qué, qué, Ema?—pierde la paciencia—. Nos vamos, no hay opciones. Ya está todo decidido. Francia será nuestro nuevo hogar. »Ahora, vamos a convertirte en mi mujer. Me remolca por largos pasillos que suenan huecos, nuestros pasos estableciendo ecos en mis oídos. Me muero por saber en dónde estamos, odio esta ignorancia. Necesito tener, aunque sea, una pequeña perspicacia de dónde me encuentro parada todo el tiempo, esa es la manera de nivelar el miedo diario dentro de mí. Ahora todo es negro, incluso donde coloco mis pies en mi imaginación, uno delante del otro. No hay ventanas, y si las hay, están trabadas, impidiendo corrientes de aire. Nos detenemos frente a una puerta y espero a que él la abra. Terminamos dentro de un salón, también con piso de madera, ahí es donde están mis padres y también los testigos, junto con el juez que nos convertirá en marido y mujer. Está todo listo para que me vuelva la señora de David Ferro, y el hecho de estar aquí, justo a dos pasos de que todo pase, me golpea de lleno como un baldazo de agua helada en la cara. Meto aire en mis pulmones, concentrándome en ello, y así no desmayarme. Entre los residuos de la droga en mi sangre y el nerviosismo y resignación, estoy teniendo un momento difícil, justo al borde de un ataque de pánico. Me aproximo, erguida, junto a mi verdugo aferrando mi muñeca, y con mi mentón en alto. De inmediato me alcanza a las fosas nasales el perfume fuerte y dulzón de Anastasia, que al instante siguiente se está acercando y tomando mi mano. —Emaline—me llama, en un murmuro tranquilo. Tiro para recuperar mi mano, de la manera más insultante y abrupta, mi rostro, generalmente dulce y paciente, se contornea en una fea mueca de resentimiento. — ¿Vas a dejar que me hagan esto?—le grito, explotando—. ¿Vos entre todas estas personas? ¡Sos mi madre! Se supone que me comprendes y querés lo mejor para mí. La empujo lejos de mí y ella, sorprendida, tropieza y se pone a llorar en silencio. No me importa su llanto, o lo que sienta, ella ni siquiera se preocupa por la felicidad de la única hija que le queda. Fui paciente, buena y amorosa casi toda mi vida, considero que fui una excelente hija. Solamente decidí que quería tener mi propia vida, escribir y seguir mis reglas, no las de otros. No las de ellos. Y sólo por eso, así me tratan. Así me venden a este hombre cruel que va a destruirme.


—Estás destruyendo a la única hija que te queda—le digo, poseída—. Eva quería libertad, murió en el intento. Yo quería libertad, y me están castigando por eso. Ustedes no nos merecieron. Ni a Eva ni a mí. Son fríos, calculadores, malas personas. ¡No hay amor en sus corazones! Y sepan, que si firmo ese maldito papel me perderán, están matándome. Están asesinando a su otra hija. Ella deja de llorar y se adelanta, sólo para asestarme una cachetada en la mejilla. Mi costado arde y punza, y mi aliento se vacía. Por varios segundos no soy capaz de levantar el rostro de nuevo, enterrando dentro las insistentes lágrimas que suplican por salir. Me las trago y me recompongo, no voy a darles el gusto de verme quebrar. —No voy a permitir que mi hija me hable así—dice ella sollozando, dramática—. ¡No tenés ni idea se lo que nos hiciste pasar! La insensible acá sos vos, desagradecida. Te dimos todo, nos encargamos de que tu vida fuera lo más fácil y llevadera ante tu discapacidad, con lo mejor de lo mejor. Y así nos pagas. Metiéndote con esos sucios moteros… Me erizo, la rabia corriendo en mis venas, haciendo que mi corazón se hinche en mi pecho con la fuerza necesaria para defender a mi gente. —Esos sucios moteros me enseñaron el verdadero significado del amor, el compañerismo y la familia—escupo, venenosa—. Al lado de ustedes, mafiosos traficantes de mujeres… Mi padre no me deja terminar, he colmado su paciencia y me he metido con sus negocios clandestinos. Me golpea, pero esta vez no es una cachetada picando en mi rostro, sino un puño cerrado y duro como el hierro. Trastabillo y acabo en el suelo, mi mano sobre mi pómulo latente. Nadie hace nada, ni siquiera se mueven. — Fabrice—mamá se estremece—. ¿De qué está hablando?—pregunta al final, tensa. —De nada, es sólo una jovencita enojada que quiere crear problemas—viene a mí y me alza, sin muchos miramientos, y me entrega de nuevo a David que coloca una mano posesiva en mi espalda baja—. Deja de hacer las cosas tan difíciles, Ema… sólo logras hacerte más daño a vos misma. No abro la boca para decir nada más, estoy derrotada. No tengo que considerarlo mucho para descubrir mi situación y lo que me conviene. Acá soy yo, contra todos ellos. Me siento en mi silla, con David a mi lado. Los testigos en las puntas, ni siquiera sé quiénes son y no me interesan sus nombres. El juez, que puedo imaginar es otro personaje corrupto y sin escrúpulos al que no le preocupa en absoluto casar a alguien contra su voluntad, comienza diciendo algunas palabras que no escucho. Ya que todavía sigo aturdida por el trato despectivo de mi propia familia, ellos jamás me habían golpeado. Ahora que me he revelado contra la


mierda, tuvieron que recurrir a eso para amansarme. Sin embargo, ellos deberían considerar que yo no voy a ser una hija y una esposa fácil a partir de ahora. Me tienen, pero no van a doblegarme por completo. Me prometo eso a mí misma mientras el hombre sentado a centímetros de mi silla coloca su firma y después me señala con su dedo dónde debo encajar la mía. Tomo una bocanada de aire y una lágrima se escapa, mi mano tiembla, pero eso no me impide continuar. Lo hago, finalmente, accedo legalmente a ser la esposa de David. Y a la par que me levanto de la silla y me alejo de todos hacia un rincón, pienso en que al menos Alex tendrá lo que merece ante mi sacrificio. Será libre, obtendrá su vida de nuevo. Y gradualmente se irá olvidando de mí con el correr del tiempo. El dolor es insoportable, ni siquiera puedo respirar. Un ruego salta en mi cabeza, instantáneo, poderoso. Es la esperanza hablando. “Búscame, Alex. Encontrame. Rescátame de nuevo”. David viene y me pregunta si estoy bien, asiento, ignorando la mayor parte de sus palabras. Entonces me comunica algo que me descoloca, sorprendiéndome. —Tu padre decidió recontratar a Aída, para que viaje con nosotros a Francia—empuja mi mentón hacia arriba con mis dedos—. Es la única que sabe cómo sobrellevarte, y conoce tus rutinas. Además, será una buena compañía y es tu amiga. No tenemos ni el tiempo ni la paciencia para empezar de cero con otra empleada. ¿Qué te parece? Sorbo por la nariz, encogiéndome de hombros, aunque la noticia hace latir mi corazón con ilusión de que no todo será un suplicio. Al menos tendré mis momentos con Aída, mi mejor amiga. Ella será un apoyo incondicional, como lo ha sido desde hace años. Eso me apacigua, un poco. — ¿Qué?—suelto, desdeñosa—. ¿Tengo que estar agradecida por ese oh-tan-piadosoacto? David chasquea la lengua negativamente ante mi veneno saltándole en la cara. —Supongo—dice, acercándose—. Podemos ser despiadados, pero no tan despiadados— sonríe. Calor sube a lo largo de mi cuello a mi rostro, un fuerte sentimiento de ira carcomiéndome desde adentro. No replico nada ante eso, permanezco callada, corroyéndome en el interior.


—Ahora, hay que ir a cambiarnos—acuerda con su odioso tono lleno de dobles intenciones—. Voy a darte tiempo, por ahora, hasta que estemos asentados en nuestra casa en Francia. Entonces vas a ser mía, en todos los sentidos… Me enderezo, y ésta vez no me logro contener. —Podrás tocarme y tomarme de todas las maneras que quieras, pero eso no me hará tuya—aclaro, mis puños apretados en los costados—. Hagas lo que hagas, no vas a significar nada para mí. Yo ya tengo un amor, ya le entregué mi cuerpo a quien amo. Y él me marcó. »Así que, no te olvides ni por un segundo que sólo estarás avanzando en terreno prestado, porque nunca—y repito—nunca en tu puta existencia podrás borrar las huellas que Alex Castillo dejó en mi piel… “No le llegarás ni a las suelas de las botas, gusano”, continúo por dentro. Y con eso, marco a fuego mi tormentoso futuro como la esposa de David Ferro.


Capítulo 19 Alex Paso la puerta de entrada a la sala de visita, unos días eternos y tensos, después. Acá adentro apenas duermo, siempre manteniendo un ojo abierto, nunca fiándome de nada. Los guardias son peores que los presos, al menos en mi caso, son más amenaza que cualquier otro. Tienen órdenes de hacerme la vida difícil y a ellos no les cuesta nada seguirlas al pie de la letra. Suspiro un poco aliviado de ver a Max y León sentados, esperándome. Tuercen el gesto al verme, ira brillando en ambos pares de ojos. Sí, las palizas son menos frecuentes, aunque igual de intensas. No parece que vayan a dejarme tranquilo hasta que salga. Si es que lo logro. Por ahora, he decidido confiar en Miranda y su plan, no es que tenga demasiadas opciones para elegir, ¿no? Tengo que explicarles la nueva base del plan. Me acomodo frente a ellos y cabeceamos como saludo, tenso y seco. Agotado. Recién allí noto sus posturas duras y en alerta, entonces me transmiten la inquietud. Muevo mis ojos de un lado a otro, tratando de leer sus miradas. Cautela, pesadumbre, enojo. Y miles de luces más que no logro reconocer. Algo pasó. Y es realmente malo. — ¿Qué pasa?—expulso, soplando—. ¿Cómo está Ema? El ambiente se pone más espeso con la última pregunta. Salto de mi silla, enviándola hacia atrás, y se voltea creando un estruendo en el salón apenas concurrido. —No—escupo. Max apoya un codo en la mesa y baja la vista, amasándose el pelo, el lamento en sus ojos hace que todo dentro de mí ruja como un animal herido. Me froto el rostro machucado y mi respiración se acelera, bordeando el círculo del pánico. Esto no puede estar pasando. —Ella se entregó—dice León—. Quisimos detenerla, incluso le colocamos rastreadores, pero fue inútil. Ellos son bichos inteligentes, descubrieron la maniobra.


» Sospechábamos que ella iba a hacer algo como eso. Estábamos en un callejón sin salida, y actuó por desesperación. Se fue por la parte trasera del hotel, Adela la persiguió, y no pudo ir muy lejos. Le dispararon, gracias a Dios tenía chaleco, pero igual salió herida. Ahora está bien. Estamos buscando a Ema, haciendo todo lo que está en nuestras manos, incluso hay Cóndores ayudando. Pero parece que se la ha tragado la tierra… Se detiene, su boca a punto de decir algo más, no obstante, se advierte pensarlo mejor. Yo, por el contrario, necesito toda la maldita información que tengan. Acomodo mi silla, ignorando al guardia que vigila mi imprevisto ataque de furia. Estoy temblando al volver a sentarme, me llevo las manos a la cabeza, tirando de los mechones de pelo en la cima. Maldigo, por dentro y por fuera. Podría estar al límite de un paro cardíaco, mi corazón yendo demasiado rápido de lo normal. — ¿Qué?—insisto, que siga con lo que iba a decir. León aprieta los dientes, soltando aire ruidosamente por la nariz. —Sospechamos que la sacaron del país—murmura. Necesito salir. Me paro sobre mis pies de nuevo y camino, a punto de desplomarme. Tengo que salir y buscarla por mí mismo, no aguanto la idea de permanecer en este agujero de mierda mientras la tienen. Malditamente, la tiene. David se salió con la suya. Y ahora… ¿qué va a hacerle? ¿Lo mismo que a Cami? No. No. No. NO. — ¡CARAJO!—aulló, perdiendo el norte. Antes de que el guardia venga a reducirme, Max se arrima a mí y me obliga a caer en mi lugar, sosteniendo mi nuca abajo. Susurra cosas, firme y duramente, algunas promesas rabiosas, pero no me entra en la cabeza ni una sola palabra. —La va a romper—digo, a punto de vomitar—. La va a quebrar como hizo con Cami. Va a destrozarla en pedazos hasta drenarle la vida… — ¿De qué mierda estás hablando?—pregunta León. —Yo maté a los hermanos de David, porque violaron a mi hermana de catorce años— cuento, y hacerlo lo hace todo más real y peligrosamente doloroso—. David era el último en mi lista, pero nunca tuve la oportunidad de volverlo a encontrar. Hasta hace poco, en la fiesta. Ahora me ha quitado a Ema, siempre la quiso para él, pero a estas alturas, es más fuerte que sólo un deseo de ella, porque sabe que con eso me hace daño. Sabe que tiene algo preciado para mí. Y va a hacerle daño, va a…—me trabo.


Max me da palmadas, acabo esquivándolo, parándome otra vez. — ¿Justo ahora que tengo una oportunidad clara de salir?—murmuro más para mí mismo, como si Ema pudiera escucharme en mi interior—. ¿Por qué, Ema? ¿Por qué hiciste esa locura de mierda? ¿Por qué carajo no tuviste paciencia? Unos días más, sólo un par más y ella hubiese sabido que había opciones. Nuevas esperanzas de libertad. — ¿Oportunidad clara de salir, dijiste?—quiere saber Max, volviendo a su sitio—. ¿Cuál? Porque nosotros ya estamos podridos de Álvarez, si es por él te pudres en la cárcel, es un inservible, el muy jodido. —Es muy bueno en otro tipo de papeleos, pero ¿esto? Se le fue de las manos con una rapidez impresionante—explica León—. Lo estamos desplazando. Niego. —Que se quede, una vieja amiga me conseguirá una coartada—y lo digo tan seguro que asusta. Si el plan de Miranda no llega a funcionar, soy un tipo muerto. Ya más que nunca debo salir y buscar por cielo y tierra a Ema. En cada puto rincón del mundo. No soporto saber que se encuentra presa en manos de David. La idea de ello, las cosas que mi imaginación trae a colación, no… Definitivamente, es inaguantable. Y en este lugar tengo el suficiente tiempo libre como para que mi mente divague por aguas turbias. Terminaré volviéndome loco. — ¿Una vieja amiga?—Max me mira, entrecerrando los ojos. No me queda otra opción que abrirles las puertas de mi pasado. O, al menos, de la época en la que Miranda entra en escena en mi vida. Al final, mientras recito el plan con el que vino a verme, sus miradas se van aclarando, de la manera en la que lo hace el entusiasmo y la esperanza de que es probable de que llegue a funcionar. Mis amigos asienten, demasiado confiados de repente. Entiendo, me siento de la misma forma, la aparición de Miranda nos da un soplo de aire fresco en la cara y nos aclara la mente un poco. Además de que sabemos que, si lo hace todo bien, va ser productivo. Y voy a ser libre. Rezo para que eso ocurra, hay un motivo grande y pesado que me presiona más. Antes era volver a Ema. Ahora es encontrarla. Encontrarla antes de que David la dañe irremediablemente. Me despido de los chicos cuando veo al vigilante acercarse para avisar que nuestro tiempo terminó. Me levanto incluso antes de que me lo pida y dejo que me lleve lejos. Ahora me hace falta soledad, calmar mi sangre corriendo líquida, como lava en mis venas. Estoy


inquieto y preocupado, y aun decirlo así es quedarse corto. Acabaré explotando si no obtengo respuestas dentro de los próximos dos días. No creo que pueda soportar pasar más tiempo encerrado. Sin embargo, Miranda dijo, dos semanas. Dos malditas semanas. Y apenas han pasado un unos días desde su visita. Definitivamente, estoy destinado a perder mi cordura. Entro en mi celda, sin inmutarme ante el empujón mal intencionado del policía. Lo miro de reojo mientras cierra y me guiña, burlón. Sabe que no voy a reaccionar, no he demostrado alto temperamento desde que estoy aquí metido. Y es engañoso. Ya que no quiere decir que no lo tenga, o que no he ido acumulando mierda desde entonces. Hoy no es un buen día para romperme las pelotas, puede terminar catastróficamente. No estoy de un humor tolerante. Me siento allí, mirando cómo se pasea de un lado a otro, ignorando las barbaridades que le dicen los demás delincuentes. El tipo es un prepotente, le encanta hacernos ver que tiene el control, y no nos tiene miedo. Pero, claro, cualquiera corretearía así de seguro teniendo un arma y rejas separándolo de las lacras violentas. Apuesto que en un encuentro mano a mano con alguno de estos gorilas mojaría esos pantalones de falso orgulloso milico arrogante. Me echo hacia atrás en mi cucha y observo el techo por horas y horas. No escucho el barullo retumbando en los pasillos y jaulas, me pierdo en mi cabeza. Llena de miedos, preocupaciones, malos presagios, inquietudes. Ni hay nada bueno para rescatar, tal vez, sólo la posibilidad que Miranda se está ocupando en darme. El choque de la porra en los barrotes de hierro me sobresalta y el mismo guardia de antes me lanza unas fotocopias al suelo. —El jefe quiere que veas esto—me pone iracundo con sólo el sonido de esa estúpida risa—. Es posible que quieras enviar unas felicitaciones… o un regalo, quizás. Espera a que me levante y vaya a ver. Por más que no quiero, lo hago. La curiosidad mató al gato. Y acabo siendo el jodido gato. Abro los papeles y leo. A medida que avanzo, me cuesta conectar el contenido con claridad en mi cabeza, aunque es bastante claro. Es un certificado. De matrimonio. Está firmado al final, por una autoridad. Hay más papeles que reviso por arriba, no tengo que pensar mucho, ya que abajo firman… David Ferro y Emaline Fontaine. Los arrugo todos en mi puño, formando una bola apretada. Mi mandíbula se contrae hasta que me duele, pero no me importa. No reacciono, sólo estoy allí de pie mirando el suelo, no viéndolo en realidad. Calor intenso sube a lo largo de mi cuerpo hasta atascarse en mi garganta, es expulsado hacia afuera en un gruñido comprimido y gutural, que se convierte en ecos interminables a lo largo de los pasillos huecos y oscuros. Ema se casó con él.


Las burlas del hijo de puta apoyado en los barrotes me traen de vuelta a la realidad, escapo del trance y lanzo los papeles contra la pared. Se acabó. En una explosión de ciego y rojo temperamento voy a él, que casualmente está dándome la espalda, confiado de que soy sólo un pobre idiota desamparado que se sentará a llorar porque su chica accedió a ser la mujer de otro. Bajo presión y amenaza, estoy seguro. Cuelo mis manos a los lados de él, por entre las gruesas rejas y las encierro en su garganta. Lo amarro contra mí, sin darle tiempo a moverse, aprieto. Lo contengo hasta que su rostro es morado y las piernas le tiemblan, comienza a aflojarse, cayendo. Alcanza a quejarse y gritar, por eso más guardias vienen en su defensa. Intentan separarlo de mí, pero mi rabia es colosal, poderosa, hacía tiempo que no reaccionaba ante tanta fuerza como ahora y estuve más dispuesto a asesinar. En mi mente, es David quien se está desmayando por asfixia, y aún no me alcanza con eso. Lo quiero ver retorcerse, desangrarse poco a poco a mis pies, lloriquear y pedir clemencia. Las llaves tintinean, la reja chilla al ser abierta, soy separado de mi víctima y empujado en el suelo. Recibo patadas, puños y duras porras en toda la superficie de mi torso, y el dolor no me detiene. Salgo de debajo de los dos policías y devuelvo los ataques, los golpeo. Estoy poseído, mis oídos no funcionan, el control me ha abandonado. El guardia que casi se desmaya en mis brazos se remueve afuera, recuperándose. Toma nota de lo que pasa en el interior, sus amigos sin obtener éxito en reducirme del todo. Soy un tipo grande y estoy furioso, van a tener que hacer más que usar golpes y barras. Bramo atacando con puños de acero, rompiendo sus prolijas caras afeitadas, sacando sangre de sus narices. Entonces se levanta precariamente sobre sus botas y consigue el arma de su cinturón. La apunta hacia mí, lo veo y de ninguna forma consigo frenarme. Por más que mi mente me lo pida, captando el peligro, y sabiendo lo que está a punto de pasar. Entiende que no les costaría nada matarme, porque apuesta a que tienen órdenes de borrarme del mapa con sólo un chasqueo de dedos. Los ojos irritados del milico me miran fijamente y, ésta vez, no está sonriendo arrogantemente mientras destraba la pistola. Sólo está furioso y dispuesto. Un segundo después el disparo suena alto y profundo en cada una de las celdas. Allí mismo, caigo desplomado en el suelo.

Ema


He perdido la noción del tiempo. Ni siquiera sé cuántos días hacen que llegamos a Francia. Estoy retraída en mi misma, convenciéndome a cada segundo de lo equivocada que estaba y lo tonta que he sido. Les di a mi padre y David lo que querían, ellos están jugando conmigo. No sé nada de Alex y los Leones desde hace bastante. A la par que me voy volviendo loca, también me siento vacía. No queda casi nada dentro de mí, lentamente vuelvo a ser la prisionera de antaño. Y me pregunto, ¿para qué me querían de vuelta? Si sólo estoy aquí, aislada, llevando la misma vida de antes de escapar. Casi nada ha cambiado. Bueno, salvo que soy la esposa de David, aunque dormimos en habitaciones separadas y no ha hecho ningún movimiento conmigo. Creo que detrás de toda esa crueldad y mierda hay cierto alto nivel de orgullo, supongo que las fuertes palabras que le dije el día que nos casamos le llegaron de alguna forma. Decir que se enojó es un eufemismo. Él lo perdió por completo, me tomó fuertemente del brazo y arrastró a la misma habitación donde me vistió antes, entonces tironeó de todas mis ropas hasta dejarme completamente desnuda ante sus ojos. Me miró y la angustia formó nudos apretados en mi estómago. El asco que sentí no se asemeja a ningún otro sentimiento desagradable que haya sentido antes. A continuación, me cazó del mentón, ceñidamente, con sus dedos y me obligó a mantener la cabeza alta, a su disposición. Me besó, ruda, demandante y dolorosamente. Me obligó a tomar su lengua en mi boca, y machucó mis labios. Me quejé, removiéndome y golpeándolo en los lugares de su cuerpo que más estaban a mi alcance. Entonces me soltó con brusquedad. —Puedo olerlo en vos—rugió, furioso y loco. Formando un puño en mi nuca, enredado con mis rizos, me movió. Con violencia me fue empujando, a medida que forcejeábamos, hasta un baño y me lanzó sobre mis rodillas en la bañera. Agua helada corrió después por mi cuerpo, grité y me sacudí y él me mantuvo abajo, firmemente sin dejar ir mi pelo. Me empapé, de pies a cabezas, hasta que mis dientes no pudieron parar de chasquear. Me tiró un jabón, que golpeó contra los dedos de mis pies. —Lávate—ordenó, dando un tirón a mi cuero cabelludo—. Lávate bien. Lo hice, quería putearlo y mandarlo a la mierda, pero el frío y el agua helada recorriendo mi cuerpo tenía mis dientes castañeando tan fuerte que no podía articular. Así que hice lo que me dijo, más por incapacidad que por rendirme. Me lavé, tratando de no dejar entrar su fuerte respiración excitada en mis oídos. Sabía que estaba viendo cada pedacito de mí, para su disfrute. Tuve miedo de que intentara algo más, que procediera a querer borrar a Alex de mi piel de una manera más inhumana y horrorosa. Sin embargo ahí estuvo,


disfrutando de los temblores que apenas me permitían moverme con precisión. Me enjuagué y luego dejé que me sacara a rastras. No me facilitó una toalla, me dejó de pie en un rincón, chorreando. Se alejó y escuché unas botellas tintinear, supe que estaba sirviéndose una copa. —Aprenderás a cerrar la boca y ser una buena chica—comentó, y se recostó en la cama, observándome como si estuviera teniendo un momento de relajación con la televisión encendida. No nos movimos hasta que estuve más o menos seca y me dio el permiso para vestirme. Quise hacerle daño, verdaderamente, pero reconocí que estaba por debajo de cualquier posibilidad de ganar. Y lo estoy. Él es fuerte, me tiene donde me quiere, y en ese mismo momento supe que, cada vez que lo molestara, me torturaría sin el menor vestigio de piedad. Recién ahí caí en la cuenta del terrible error que cometí al entregarme. Lo estúpida que fui al apresurarme y dejarme llevar por la desesperación. Ahora es demasiado tarde para lamentarse, arruiné todo. Creí que estaba salvando a Alex, sin embargo, empeoré su situación y nos condené a algo aun peor a ambos. — ¿Qué voy a hacer?—jadeo, apoyando la frente contra la ventana de mi cuarto. Cierro los ojos, lamentándome. No hay sol hoy, el día está nublado y el cristal está frío. Tan frío como yo. Aída va de acá para allá, ordenando. Ya debe de estar muy hastiada de mi depresión. Se acerca, sigilosa y se pega a mi oído, porque creemos que pueden haber micrófonos o cualquier otro aparato de ese estilo. Tenemos que ser cuidadosas. —Estar atenta ante cualquier oportunidad—aconseja susurrando, alisa mis rizos. Sigue siendo mi mejor amiga y mucama. Eso no ha cambiado, y se toma muy en serio su trabajo, porque no está dispuesta a ser despedida. Lo dejó todo por venir a Francia conmigo, y eso yo no sé cómo hacer para agradecérselo. En todo este tiempo que hemos tenido juntas de nuevo, me habló de muchas cosas. Por ejemplo, del día en el que Alex y Santiago fueron en busca de Greta y encontraron el rastreador en el collar. Y lo asustada que había estado ante la intimidación de Santiago. No volvió a estar tranquila después de eso, aunque dejó ir el dispositivo por las cañerías en la pileta de su cocina, como se lo pidieron. Asumió que mi padre y David aparecerían después de eso, y sintió más miedo aún. Casi se desmaya cuando lo hicieron, pero sólo fue para contratarla nuevamente. Le preguntaron “casualmente” por la gata y ella dijo la verdad, que habían ido a buscarla y se la llevaron bajo amenaza. Simuló no saber nada sobre ningún rastreador y ellos no nombraron el tema tampoco. Todo quedó allí.


—Tu padre y David podrán tenerme a punto de mearme encima, pero estoy acá por vos, Ema—dijo al reencontrarnos, una vez arriba del avión privado a punto de despegar—. No quiero que estés sola en esto… Volviendo al presente, ella se aleja y sigue con su trabajo. Suspiro y me separo de la ventana. No puedo dejar de pensar en los Leones, en Adela y si quedó muy herida de su intento por salvarme de mi estupidez. En Bianca. Los bebés de Francesca y Lucre. En León. Incluso en Santiago y Jorge, que apenas eran habladores conmigo. En todo lo que perdí y me hacía tan feliz. Los inolvidables momentos con Bianca y Adela, el trío que habíamos llegado a ser, tan unido y divertido. Con ellas no existía la palabra aburrimiento. Echo en falta la lealtad y el cariño de esa gran familia, la manera en la que me dejaron entrar y me cedieron un lugar. Fui parte de ellos desde el primer día, y ahora no queda nada más que mi camino de vuelta a la soledad. Sólo que esta vez, es peor, considerablemente peor, insoportable. Porque ahora sí sé lo que es salir de la burbuja y pertenecer a un lugar con fuerte atracción. Sí sé lo que es amar tan profundamente a alguien que sientes que no respiras sin él. He descubierto lo que puede ser mi vida con todas esas personas, he tocado el cielo. Y me lo han arrebatado, y yo tengo toda la maldita culpa. Dios, mi Alex. No puedo sacarme de encima esta sensación de que no lograré vivir sin él. No puedo hacer parar a esta culpa que me carcome por dentro, al sospechar que sigue en la cárcel. — ¿Te das cuenta de que sos una prisionera al igual que yo?—le digo, rondando alrededor. Ella se ríe por lo bajo, tratando de quitarle importancia a lo que digo. —Ema, estoy acá por elección propia—insiste, parándose frente a mí—. Yo no soporto la idea de que estés aquí sola, aislada otra vez. Me dieron la oportunidad de estar acá y ayudarte, no lo dudé… Sos mi amiga, me importas. Asiento, no muy convencida. Tienen que pagarle mucho, mucho dinero para que acepte dejar a un lado su vida propia a cambio de ser mi sombra. Ella puede decir que me estima y quiere lo mejor para mí, pero no puedo creer con totalidad que es feliz estando acá encerrada conmigo, apenas viviendo. No puede ser verdad. —Voy a bajar estas al lavadero—anuncia, levanta del suelo la bola de sábanas que acaba de cambiar de la cama—. Vuelvo enseguida. La dejo ir, oyéndola salir y me paseo por ahí suspirando. Mi frustración es tan potente que tengo una insistente necesidad de tironearme de los pelos. Hacerme daño. Y, en cierto modo, lo hago, colando mis dedos por los mechones de los laterales de mi cabeza, tiro,


apretando los párpados con fuerza. A medio camino de mis idas y vueltas en línea recta tropiezo con algo y me freno para agacharme a agarrarlo. Una funda de almohada. Aída debe haberla perdido de salida, la llamo mientras salgo por la puerta. No hay señales de que esté cerca, ella realmente es rápida con sus quehaceres domésticos. Decido alcanzarla en el lavadero, antes de que coloque el inmenso lavarropas a dar vueltas. Más o menos he aprendido el plano de la casa, es gigantesca, y funciona como dos mini mansiones pegadas y conectadas entre sí, me he dado cuenta. No he recorrido una de las alas, y no creo que lo haga, ya que en esa parte viven mis padres. No tengo pensado permanecer ni dos segundos cerca de Fabrice y Anastasia. Demasiado tengo con aguantar mis almuerzos y cenas a solas con David, casi cada día. Estoy obligada a sentir su presencia, pero no hablo con él. Cada vez que intenta sacar alguna conversación, lo dejo hablar solo, lo ignoro, porque sé que eso lo pone como loco. Lo que mejor me sale es demostrarle qué tan invisible resulta ser para mí. Irónico, ¿no? Llego a la cocina y me desvío hacia las escaleras del sótano, justo debajo, que funciona como el lavadero de la casa. O al menos de nuestra parte de la casa. Estoy casi llegando a los últimos escalones cuando noto un par de voces teniendo una conversación que se siente un poco abrupta y acalorada. Agudizo mis oídos y me clavo allí, deteniendo mi respiración para no perderme nada bajo ella. —No—el susurro-grito viene de Aída, y la percibo removerse—. He dicho que no. Estoy ocupada. Un hombre se ríe por lo bajo y distingo algo parecido a una lucha, Aída suelta una risita y todo indica que se está franeleando con un tipo. Ahora, lo importante: ¿quién es él? —Va a aparecer tu esposa—empuja ella, poniendo de nuevo un tono serio—. No juegues con fuego. Escucho un besuqueo, pero como Aída está cuchicheando, él debe de estar prendido a su cuello o algo. Un gruñido viene y los dos jadean al segundo siguiente. — ¿Anastasia?—ronronea él, forma escarchas en mis venas—. ¿Anastasia en el lavadero?—carcajea, como si fuera un buen chiste. Es mi padre. Aída se está acostando con mi maldito padre. Me tambaleo en mi lugar, en peligro de caer redondita, rodando por lo que queda de escalera. Ellos no pueden verme están al fondo del sótano, yo todavía sigo de pie en el pasillo de bajada. Puedo escuchar todo. Me llevo la mano a la boca para acallar el quejido herido que muere por ser expulsado al aire. Esto no


está ocurriendo. En absoluto. De todas las personas, ¿Aída tenía que tener una aventura con Fabrice? ¿Me estuvo mintiendo todo este tiempo, diciendo que estaba acá por mí? “Claro, nena”, me respondo. Claro que sí. Esa perra es una mentirosa de mierda. Me ha traicionado. Se está acostando con el enemigo. No está acá por el cariño a su amiga como tanto estuvo diciendo últimamente. Está acá por… por mi padre. El sentimiento de traición es demasiado grande como para esconderlo en mi interior. El rumor de ropas se sigue oyendo y soy testigo del instante exacto en el que Aída cae bajo el hechizo de Fabrice y se rinde a él. Una cremallera es bajada, una falda es levantada. Luego vienen los poderosos sonidos producidos por el sexo desenfrenado. Aída llora el nombre de papá, y él la golpea más fuerte, sus carnes resonando en todo el sótano. —Fabrice—gime ella, recibiéndolo con éxtasis—. Lo quiero más fuerte, más profundo. Oh, Dios… Sudor frío recorre mi columna vertebral, mis músculos se contraen con rabia y asco. —Ah… voy a acabar… ya… ya—Aída pierde el control de sus palabras—. Ohhhhh. Voy a vomitar. Ni siquiera fue sigilosa, el último grito podría haberse oído en toda la maldita casa. Un pestañeo después, mi padre gruñe y el efecto es como si los cimientos de la casa temblaran. Aunque, en realidad, la que está temblando soy yo. De ira, indignación, odio. Resentimiento. Pero lo peor, es el enojo hacia mí misma que me ataca en interminables oleadas. Por ser tan confiada, tan inocente. Tan fácil de engañar. No debería haberme fiado de nadie. Bueno, acabo de aprender la lección. Y de la manera más horrorosa que existe. En un impulso de calor intenso, avanzo los escalones que faltan. Y me enfrento cara a cara con los jadeos de recuperación post orgasmos. Me trago la bilis hasta el fondo, y me planto allí, todo se detiene cuando ellos me notan. —Bueno…—digo, dejando caer la funda de la almohada en el suelo—. Parece que, en realidad, no soy yo el motivo por el que viniste a Francia con nosotros—comento, fría, estable, llena de control que procuro no perder hasta acabar con esto—. Por un momento creí que era por un buen pago, porque imagino que Fontaine debe pagar bien por la atención a su hijita inválida, ¿no? —E-Ema—dice ella su voz afectada y asustada—. Déjame expli… —Pero no… estás acá por el pene de papá—me río, seca y sin humor alguno—. ¡Ja! Ahora entiendo muchas cosas. —Emaline…


— ¡Cállate!—le grito a Fabrice, eléctrica y tensa. Me doy la vuelta para volver sobre mis pasos. —Ema…—chilla Aída, intentando aproximarse a mí. — ¡No-me-toques!—rujo, me quedo sin aire—. Sucia prostituta de cuarta—la fulmino. Corro hacia arriba abandonando a esos dos seres miserables e indeseables. Después de esto estoy rotundamente sola, ya no me queda nadie más en quien confiar en este lugar. Mis esperanzas van muriendo a medida que llego al único resguardo que tengo, mi habitación. Un pequeño cuarto que no tiene llave en la cerradura. Cierro la puerta con todas mis fuerzas, y el golpe retumba en toda la casa. La metáfora de la explosión de dolor en mi pecho. Con la primera lágrima, me desmorono.


Capítulo 20 Alex Voy despertando gradualmente a causa de un conjunto de pitidos insistentes junto a mi oído. Uno tras otro me han ido trayendo de vuelta, y van dejando de ser lejanos con el tiempo que me toma despegar mis pestañas. De pronto se vuelven insoportables y me cuesta aceptarlos. Pestañeo y me recibe una dolorosa luz blanca justo encima de mi cabeza. Me cuesta adaptarme a ella, sin embargo, me mantengo allí observándola fijamente. ¿Dónde mierda estoy? Me remuevo y un violento pinchado ataca el lado derecho de mi pecho, me trago el quejido que punza desde lo profundo de mi garganta. Detengo el aliento ante los millones de puntos negros que nublan mi vista. El dolor es desgarrador, y llevo una mano abierta a la zona. Alguien, con un tacto helado pero suave, me detiene antes de llegar allí. Busco con los ojos, encuentro otro par turquesas con brillitos plateados que me sonríen a medias, con algo de preocupación atorada. —Hola, dormilón—dice, una sonrisa tuerce a un lado sus labios llenos. Adela. Su nombre viene al instante y frunzo el ceño, asimilando el resto a mi alrededor. Una habitación impersonal y aburrida me contiene en el centro, sobre una cama de sábanas y acolchados de color blanco. Eso me dice que estoy en un hospital, claramente. Trago, mi boca está reseca y llena de un intenso gusto a óxido y sal. —Las enfermeras están a punto de venir a reponer el calmante—explica ella, sus ojos habitualmente fríos son amables ahora, y parecen estar felices por alguna cosa—.Duele, ¿no? No respondo, no puedo ni moverme, mi torso quema por dentro. Me relajo en las almohadas y aprieto los párpados. Intento recordar. E inmediatamente después de obtener respuestas, me arrepiento de haber indagado en mi cabeza por ellas. Mi arresto. Interminables días de cárcel. Ema. Ema entregándose para sacarme. Ema casándose con él. David, el hombre que quiero cargarme desde que tengo diecisiete. Mi furia


imparable y la necesidad de desquitarme. El miedo del peligro que ella corre a su lado. El ciego ataque al policía. La paliza. Mi defensa. El disparo. El disparo que fue directo a mi pecho. ¿Cómo es que estoy vivo? —Casi te perdimos, viejo—se asoma León, al otro lado de la cama, lo miro con un solo ojo, notándolo pálido y agotado—. La bala te rozó el pulmón, menos mal que no lo perforó. Tenés suerte de que la guardia estaba cambiando cuando te atacaron, y los que entraban no eran corruptos. Te derivaron al hospital de inmediato, en el camino casi te vas dos veces… Max se pasea a los pies de la cama, como gato encerrado, no habla. Ni siquiera mira a la cama. — ¿Cuánto estuve dormido?—murmuro, afónico. —Quince días—dice Adela, dejándose caer en la silla, justo al lado. — ¿QUINCE?—escupo. Intento levantarme de la cama, pero la puntada me derriba, y gruño aplastado en las almohadas nuevamente. Advierto la cánula cosquilleando en mi nariz y la tironeo, quitándola. ¡Quince jodidos días! ¡Medio mes! Necesito ir a buscar a Ema. Me agito, sin poder meter todo el aire que quiero directo en mis pulmones, y Adela se levanta para ordenarme que me quede quieto. Severa, coloca el respirador en su lugar. — ¡Quédate en ese puto lugar!—grita Max, volviéndose loco y señalándome con el índice, duramente. —Quieto, Perro—insiste también León—. Tenemos buenas noticias. Algunas, no todas las que quisiéramos, pero es un comienzo… Uno bastante bueno. Suspira, frotándose la cara. Me muerdo el interior de las mejillas y formo puños en las sábanas. No puedo estar acá, recostado, sin saber dónde está ella. Debo ir a buscarla, y traerla de vuelta a donde pertenece. A mi lado. En mi vida. Aquella no es su familia, la verdadera somos nosotros. León va a seguir, pero se estanca cuando dos enfermeras entran y caminan directo a mí, pidiendo un momento. Todos salen. Me revisan, remueven y cambian el suero, lo inyectan. Le echan vistazos a la herida, reemplazan las gasas. Hablan conmigo, pero no puedo devolverles nada, mi lengua no responde y en cuestión de segundos siento a los tranquilizantes hacer excelente trabajo en mí. Un rato después, mis hermanos vuelven a entrar. Esta vez, Santiago se agrega, quedándose apoyado en la pared, con los brazos cruzados y mirándome con ojos indiferentes. Pero sé que le soy todo, menos indiferente.


—Saliste—suelta el jefe, lo observo con los párpados a medio cerrar—. Tu vieja amiga hizo el trabajo. El mismo día que te dispararon, el juez abandonó el caso y el entrante que se hizo cargo aceptó la coartada y la declaración de los testigos. De inmediato te dejó libre. Y hasta pidió perdón. Parece sencillo, ¿no?— sonríe—. Contándolo así, supongo que sí… Pero estoy seguro de que Miranda lo tuvo complicado. Y después de esto va a tener que andarse con cuidado, ha ganado varios enemigos. »El juez corrupto que Ferro había comprado y guardado en su manga fue chantajeado por su esposa, que tenía serias pruebas de sus ciertas actividades ilícitas en nombre de la ley. El tipo tuvo que alejarse de esto, sí o sí. Aunque creo que la mujer está dispuesta a denunciarlo de todos modos, lo odia a morir—ondea una mano, quitando importancia—. En esa guerra no entramos nosotros. En fin, no sé qué más habrá hecho Miranda, se guardó los detalles, pero sin duda estaremos agradecidos de por vida. Fue valiente, y vamos a cuidarla bien… Asiento, débil cuando acaba. Tengo que ver a Miranda y agradecerle todo, absolutamente todo lo que ha hecho por mí. No sólo ahora, sino en mi vida, desde que la conocí y la dejé entrar. Al menos, ahora, he conseguido el alivio de estar fuera de la cárcel. Y es el primer paso para poder avanzar hacia la dirección a la que verdaderamente quiero ir, que es correr por Ema. El segundo paso es salir de esta cama de mierda. Recuperarme. Y, por cómo me estoy sintiendo, deduzco que va a llevar un poco más. Ni siquiera puedo levantarme. ¿El problema? Tiempo es lo que no puedo ceder. —En cuanto a Ema…—comienza Adela, esta vez. La miro, deteniendo el aliento, a la expectativa de un rayo de luz de su parte, y soltándolo con resignación al leer el mensaje apenado en su mirada. Negativo. Mi corazón se retuerce en mi pecho, y me concentro en respirar y no alterarme. Eso no ayudaría a mi recuperación. —Seguimos sin obtener nada de ella, ni nacional ni internacionalmente—sigue León, entristecido—. Estoy ocupándome en ampliar mis contactos, no es fácil y lleva tiempo, aun así, confío plenamente en que vamos a encontrarla. El cansancio me está drenando la consciencia de nuevo, quizás haya estado en coma por medio mes, pero eso no ha hecho nada para darme energías. Estoy aplastado y sin una pisca de fuerza. Poco a poco iré recuperándolas, espero. Antes de acabar fuera de juego por completo, abro mis párpados y miro a León desde pequeñas rendijas. —Francia—dejo ir en un suspiro.


— ¿Qué?—todos se inclinan sobre mi espacio. —Francia—repito, más estable. Es sólo intuición. La verdad es que pueden estar en cualquier rincón del mundo, es la realidad que más duele. Pero relaciono el pasado de la familia en aquel país, no estaría de más ir en esa dirección. Adela asiente, conforme. Se pone de pie y comienza a pasearse, pensando. —Según tengo entendido, la familia viene de allí—entrelaza—. Se instalaron acá cuando Ema era pequeña. No está nada mal que probemos con profundizar también en ese país… —Tenemos que conseguir un investigador privado—León se rasca la abundante barba—, sobre todo, de reputación internacional. Bien. Ellos siguen hablando pero mis oídos se desconectan, al igual que mi mente y cada uno de los sentidos. Me entrego a los efectos de las drogas, dando la bienvenida al sueño. ¿Tal vez es demasiado pedir obtener respuestas al despertar? Supongo. Aun así, no pierdo la fe.

Ema Estoy profundamente dormida como pocas veces he logrado en el último mes. Mi guardia tan baja que los sueños comienzan. Tan reales, y hasta puedo sentirlos en carne propia. Primero, noto cómo mi camisón es levantado por mis muslos y estómago, suspiro ante las frías yemas de dedos que rozan mi piel, suaves pero consistentes a la vez. Los movimientos son seguros, de alguien que sabe lo que está haciendo y está decidido a tenerme. Me remuevo buscando su tacto, aun sin poder escapar del todo de la bruma del sueño. Necesito que me siga tocando. Tanto como el aire que respiro. Una demandante boca sube desde la cinturilla de mi ropa interior, recorriendo mi vientre que sube y baja por mi propia respiración acelerada, quiero llorar. Quiero tenerlo más que a nada, y a nadie. Me abandono totalmente cuando se estaciona en mis pechos, y los talones de los pies se me entierran en el colchón. Los mordiscos aprietan mi carne provocándome dolor, enseguida siendo calmados por una sedosa lengua. Sorbo, me contorneo, despegando mis caderas de la cama, haciéndolas bailar en el aire. Mis bragas se van con facilidad. Y luego grandes manos me acarician y aprietan mis senos. Me sobresalto ante la sensación tan directa, demasiado real como para ser un sueño.


—Dios, ¿cómo es posible que tus tetas hayan crecido tanto?—la voz cortada y ronca se cuela en mis oídos. Es tan baja que no es suficiente para despertarme. Largos dedos indagan en mi humedad, es increíble que me encuentre así de lista en tan pocos minutos. Mi corazón se acelera, sonando como tambores en mis oídos. Me penetran, de una sola vez, y jadeo. — ¿Alex?—lo llamo, casi llorando. Y las caricias dejan de ser tiernas, volviéndose rudas y sin cuidados. Ya no hay intención de hacerme disfrutar, sino de lastimar. El apriete en mi pecho izquierdo es doloroso y los dedos se encajan con violencia en mi cavidad, como si quisieran lastimarme. Me quejo, y allí mismo despierto, dándome cuenta de que en realidad esto no es parte de un lindo sueño. Sino que es una pesadilla real, justo encima de mí. Y lleva el nombre de David Ferro. —Todo iba bien, hasta que tuviste que nombrarlo—gruñe, enfurecido. Grito cuando arremete dentro de mí, el empuje suena en mis flujos y mi cuerpo pasa de caliente a frío en un instante. Lucho, golpeo mientras puedo, David me doblega, apretando todo su peso sobre mí. —No—pierdo el aire—. No. Intento cerrar las piernas pero él está entre ellas y me es imposible. El pánico me atrapa al caer en la cuenta de que realmente estoy indefensa y a su merced. Ahora lo entiendo mejor, todo este tiempo sin acercarse a mí fue su estrategia fríamente calculada para dirigirme a bajar la guardia. Y lo hice, caí. Como una tonta creí que él había dejado de exigir cosas de mí, porque se había resignado, o quizás olvidado. O porque era sólo un perro que ladraba y no mordía. ¡Cuán equivocada estaba! Otra vez, tonta e inútilmente caí en el pozo que mi propia ingenuidad cavó para mí. Clavo mis uñas en su rostro y ríe, carraspeando en su disfrute. Su excitación volviéndose más grande, más demandante, y necesitada de mí. Aprieto los dientes y me trago las náuseas. Él vuelve a enterrar duramente sus dedos en mis profundidades y grito. Grito tan fuerte que mis cuerdas vocales arden, no porque duela, sino porque no lo resisto. Está abusando sexualmente de mí y lo goza, restregándose y jadeando en mi oído. Revoleo mis brazos, tiro de su pelo fuerte que hasta podría quedarme con sus mechones entre los dedos, pataleo y sacudo mis piernas, nunca quietas. Intento con todas mis fuerzas librarme de él, y por un momento, las lágrimas llenan mis conductos, porque casi parece imposible lograrlo. Hasta que coloca su cara lo suficientemente cerca para enviarme a actuar en un impulso desesperado. Lo muerdo. Cierro el filo de mis dientes justo en su nariz y me quedo


prendida allí, advirtiendo cómo su cuerpo grande se atiesa y un aullido de dolor rompe su garganta. Me suelta, quita sus sucios dedos de mi interior, y gano rapidez para aferrarme a ambos lados de su cabeza, ansiosa por causarle daño. Su sangre llena mi boca, y el sabor me aviva fuertes deseos escupir y vomitar. Lo dejo ir sin más opciones cuando me da un puñetazo en el lateral de mi cabeza, caigo floja y grogui contra las almohadas desordenadas. Confusión llena mi cabeza. David, salta fuera de mi cuerpo, chorreando gotas desde la herida que le infringí. Me convierto en una bola apretada en medio de la cama, arropándome a mí misma, sacudiéndome y recuperando el aliento. David abandona mi cuarto dando ruidoso portazo, y sobresalta mis nervios. No sabría calcular cuánto tiempo me mantengo allí, inmóvil, dejando que la sangre de ese monstruo se seque en mis labios y baje junto con mi saliva a través de mi garganta. Me limpio con el dorso de la mano y me obligo a respirar lenta y profundamente. Mis extremidades bajando los niveles de los temblores. Cuando me siento más estable me arrastro hacia el borde y salgo, camino tambaleante hasta el cuarto de baño. Me inclino en el inodoro y, como si hubiesen estado esperando ese proceder, las náuseas vuelven a subir y derramo la cena. Incluso cuando no queda nada más en mi estómago, los reflejos del vómito continúan, y continúan. Ruidos horrendos salen de mi interior y las cuencas de mis ojos se llenan de agua salada, que se derrama desde mis pestañas, bajando por mis mejillas. Al ser consciente de los fluidos en mi entrepierna las arcadas siguen, interminables, acalambrándome por dentro. Aprieto los párpados, me derramo y lloro, todo al mismo tiempo. Al conseguir la ansiada pausa al fin, me alejo y abro la corriente de agua en la ducha para entrar bajo ella. Me empapo, lavándome como una posesa, hasta el punto en que mi piel escuece. Levanto la cabeza y abro la boca, dejando el agua colarse dentro y así enjuagarme. Una vez que los escalofríos se van, que el olor de David es reemplazado por el del jabón, y la sensación de su tacto venenoso es casi enterrada, mi alma destrozada tiembla. Lloro con más fuerza, deseando tener los brazos de Alex alrededor, acunándome. Deseando su tono bajo y grave susurrando en mi oído palabras bonitas que me hagan sentir mejor por dentro. Sin embargo, no hay nada, sólo agua muy caliente quemándome el cuero. Meto aire por mi nariz, y procuro tranquilizarme. —Ya se fue—me aseguro—. Se fue. Estás sola de nuevo. Evito escuchar la pesimista voz en mi cabeza que dice que va a volver. Que querrá venganza por la herida que dejé en su rostro y, también, proseguir con su invasión a mi cuerpo. Que no frenará hasta que yo ceda y me entregue, o me tenga a la fuerza. David no tiene escrúpulos, y no le importa si lo quiero o no. Con que él lo desee, le alcanza.


Una vez fuera, me seco y busco ropa limpia, con bastante olor a suavizante. A continuación, no vuelvo a la cama, sino que busco un rincón alejado y me siento allí, en el suelo, abrazando mis rodillas contra el pecho. Lloro un poco más, porque recientemente es eso lo único que hago. No sé qué me pasa, nunca fui una llorona. Sin embargo, estas últimas semanas, ha sido como si tuviese un contenedor lleno de emociones que me abruman, y parece que la única forma de dejarlas ir es despidiendo lágrimas. Gruesas, imparables. Nunca me sentí tan a punto de explotar. Sorbo y me limpio con los dedos, mi nariz gotea un poco más. Sé que superaré esto, soy fuerte. El miedo seguirá, pero la conmoción de perder el control de la situación y estar a merced del peso caliente de David, irán desapareciendo, gradualmente. La nauseabunda impresión de él penetrándome con sus dedos tan ruda y profundamente, también. No dejaré que me gobiernen. Sólo rezo para que no vuelva a pasar, aun sabiendo que es muy probable de que suceda lo contrario. Ferro me quiere, y no parará hasta conquistarme. Tanto si es por las buenas, o por las malas. *** Me gustaría ver para poder echarle un vistazo al mordiscón que le dejé a David en la nariz hace algunas noches atrás. Para mi mala suerte, tengo que conformarme con imaginarlo, mientras entro en el comedor. No debería haber bajado a desayunar, quería aguantar hasta que los hombres de la casa se fueran, como venía procediendo desde hace un tiempo. Pero mi estómago dolía por el hambre, jamás estuve más desesperada por comida, no pude aguantarme. Antes de incluso llegar noto que mi madre se ha unido, pero no dudo en sentarme. Más cerca de ella, que de mi esposo, claro. No es que la quiera o me sienta a salvo por eso, sólo… imagino que no va a dejar que él arrastre lejos a su hija para violarla. Por más que me odie tanto como lo hace. Me aferro a ese pensamiento porque es lo único que me queda para poder pasar ésta media hora de desayuno en paz. No quiero que lo ingerido me siente mal, como viene haciendo desde hace un par de días. Siento los ojos de David fulminarme mientras unto manteca en un par de tostadas y me sirvo té en la taza, cuidando mi pulso para no volcar nada. Ya hace un tiempo vengo evitando el café. Lo ignoro, por más que sé que aviva a que su odio e intenciones oscuras hacia mí se multipliquen. ¿Qué más puedo hacer? ¿Encerrarme a temblar en mi habitación? Ya lo he hecho y estoy cansada de eso. Por más náuseas que me provoque la posibilidad de encontrármelo al salir de la cueva, necesito sostener mi vida de la manera más normal posible. Sino, voy a volverme loca.


Tomo mi té, mastico mis tostadas. Agradezco que mi padre no dé señales de vida porque no soportaría estar con dos monstruos al mismo tiempo. ¿Cómo llegué a esto? ¿Cómo pasé de tener unos progenitores tan obsesivamente protectores a que me vendieran como nada obligándome a un matrimonio arreglado? Realmente no lo entiendo, ¿toda la vida fueron así y no supe verlo? ¿Tenían este tipo de planes ya en mira desde que era niña? ¿Desde que David vino a mi casa por primera vez? —Después tu padre va a traerte unos papeles que tenés que firmar—suelta él, desde la punta de la mesa. Deposito mi taza en el plato y trago la infusión de una sola vez, quemándome todo el camino hasta abajo. —No voy a firmar una mierda—suelto, amarga—. No voy a ser parte de esos sucios negocios… Ninguno de los dos dice nada más, ignorándome. Por dentro, hasta puedo oír sus pensamientos sobre mí siendo una chiquilina inmadura sin remedio alguno. No me importa. Antes muerta que firmar algún trucho documento que pueda tener que ver con los secuestros y violaciones de jovencitas inocentes. O cualquier otra cosa ilícita. Ya veo con qué otras intenciones me querían casada con David. ¿Camuflaje, quizás? ¿Por eso también viajamos a Francia? ¿Es que estaban siendo vigilados en Argentina? Me muero por saber por qué terminamos en nuestro viejo país nuevamente. El celular de David suena y él lo toma al tercer timbrazo. Sólo suelta un saludo y escucha todo lo que la persona del otro lado le dice. — ¿Cómo?—carraspea, su nivel de enojo va subiendo. Sigue escuchando, incluso distingo el cuchicheo del otro hombre pero no alcanzo a entender ni una palabra. — ¡La puta madre!—golpea la mesa con su palma abierta y salto, volcando café en mis dedos—. Te dije que lo quería adentro un par de meses más. Trago, tensándome. La intuición grita en mi cabeza que sabemos con seguridad de quién están hablando. ¿Alex salió? Mi respiración se acelera y tengo que abandonar todo lo que tengo en las manos antes de derramarlo. Consigo jugo fresco en un vaso y bebo, cerrando los ojos, deseando con fuerza que esto no sea sólo una ilusión sin sentido. —Sólo para molestarlo, para que sufriera un poco—dice, frustrado—. No, no me interesa una mierda, ya obtuve lo que quería.


Se levanta y se aleja, impidiendo que yo consiga más información. Mis hombros caen con derrota. Pero eso no impide que una pequeña sonrisa estire mis labios. — ¿Te pone feliz que tu amante haya salido de la cárcel?—me habla Anastasia por primera vez. Mi sonrisa se esfuma, aunque mi corazón sigue galopando con intensidad. —Y… ¿qué te parece?—escupo, frunciendo el ceño—. Lo único que estuvo en mi mente todo este tiempo fue su libertad… —Tu padre y David iban a cumplir la promesa… —No parecía, la verdad—digo, en tono bajo y molesto—. ¿No te parece sospechoso todo lo que hicieron para traerme de vuelta? ¿Que tuvieran a tantas autoridades compradas? Chasquea la lengua severamente. —Ese hombre mató a los hermanos de David—refuta ella—. Tiene que estar agradecido de que él estuviera dispuesto a quitar los cargos… Bufo. —Son buenos hombres. —Tu nivel de ceguera me asusta—digo, desgranando una tostada, nerviosa—. ¿Viste esa herida en la cara de David?—no me contengo y le pregunto. Ella se aclara la garganta y remueve en su silla. — ¿Si? —Yo se la hice—detiene el aliento—. Él se coló hace algunas noches en mi habitación e intentó abusar de mí. No iba a decírselo a nadie, pero necesito sacarlo. ¿Para qué? No sé. Supongo que necesito que mi madre vea la clase de gente que ella llama buenas personas. Los hombres de esta casa son delincuentes de la peor calaña, merecen la cárcel más que Alex. Y de por vida. Papá es un jugador sucio y su socio, es aún peor que él. Ya que se encarga del trabajo sucio. —Así que… ¿no vas a decir nada sobre eso?—pregunto, deteniendo el aliento. Ella se pone de pie, y da unos pasos lejos de la mesa, cuando creo que me está dejando sola, abandonándome ante lo que le confesé, se detiene y… lo empeora. —No puedo culpar al hombre por ir en busca de sus derechos como esposo—dice, fría.


Mis ojos se llenan de agua y bajo mi rostro, escondiéndolo de su escrutinio. Bueno, eso duele. Es otro golpe directo al corazón el hecho de que a mi madre ni se le mueva un pelo ante semejante agravio hacia su hija. Su sangre. Trago, tomo un par de respiros, y me esfuerzo en que las lágrimas no salgan. Ya sé lo que estaba buscando al contárselo, ahora me doy cuenta. Una aliada. Protección. Y he fallado miserablemente. Ella comienza a alejarse de nuevo y no puedo evitar abrir mi boca para herirla. —Bueno—sus tacones se frenan—. Entonces tampoco culparías a papá por encamarse con la mucama. Es un hombre, después de todo, ¿no? Y a tu edad, es entendible que busque carne más joven… Supongo. Los latidos en mi pecho se agravan ante un pinchazo de culpa, pero la sofoco bien, antes de que crezca y me debilite. Ella no siente nada ante lo que David trató de hacerme. Merece el dolor que le provoca saber que su amado esposo la engaña. Y hasta más.


Capítulo 21 Alex Los médicos me brindan las últimas observaciones y consejos antes de irse, que son bastante básicos. Sólo en base del cuidado de la herida que ya casi está sana. Y cuando al fin estoy solo, salgo de la cama despacio para quitarme este horrible pijama de hospital, y reemplazarlo por la ropa nueva que Adela dejó antes en la silla del rincón. Con cuidado y torciendo el gesto por la piel tirante de la herida, me voy vistiendo, ansioso por dejar el cuarto y poner en marcha mi vida de nuevo. Mi búsqueda. La verdad es que, sí, estoy aterrado, pero en mi corazón me encuentro seguro de que tarde o temprano voy a dar con el paradero de Ema y traerla a casa. El pensamiento de seguir sin ella no me entra en la cabeza, no es aceptado. Cada vez que pienso en mi futuro, mi mujer siempre está en la escena. Ella y mis hermanos. Mi familia. No hay otra posibilidad que esa. Ema, o nada. Una vez listo, me siento a esperar que alguno de los chicos venga por mí, así bajamos y firmo mi alta antes de irnos. En realidad estoy como si me fuera a trepar las paredes. Demasiada energía acumulada. No me siento débil por haber estado tanto tiempo en una cama, dentro de un coma inducido y herido casi de muerte. He bajado peso, también. Pero estoy fuerte como un roble, sólo con algo de dolor en mi costado. Es la ansiedad, la locura por empezar ya la misión que nos queda por delante. No estamos cerca de saber algo sobre Ema, esa es la desesperante realidad. De hecho, no tenemos absolutamente nada. Pero el hecho de salir de la cama y ayudar, el dejar de sentirme un inútil inmovilizado y aportar, aunque sea con mi consternación, me hará sentir mejor. O más, bien, ocupado. Porque ¿mejor? Ni de cerca. Me siento como una mierda pisoteada sin saber nada de la chica que amo, imaginando miles de situaciones catastróficas que, posiblemente, está viviendo siendo la esposa de un monstruo como Ferro. A veces, aunque me maldiga por dentro y ruegue dejarlo, no puedo sacarme de la cabeza esos pensamientos tan pesimistas, me vuelven loco. Es más fuerte que cualquier otra cosa. La angustia me corroe por dentro, y tengo que hacer uso de todo mi maldito control para tranquilizarme y pensar en frío. Aun así, no hay ni un solo segundo de paz para mí.


Me paro sobre mis pies cuando distingo a alguien apareciendo en la puerta por el rabillo del ojo, impulsado por el apuro de irme. Me toco el costado a la par que se me extiende una mueca, y enfilo hasta la salida, sólo para paralizarme a medio camino. No es ninguno de mis hermanos, de hecho, es alguien que no veía desde que tenía trece años. — ¿Emilio?—murmuro, sorprendido. El tipo, ya algo mayor, se apoya en el vano y me mira, con sus manos escondidas en los bolsillos de sus pantalones andrajosos. Su pelo desalineado está demasiado largo y canoso en las sienes, la barba oscura y abundante le da a sus ojos oscuros una apariencia más negra y melancólica. No hay brillo en ellos. De hecho, el hombre grande y fuerte que recuerdo ha desaparecido, dejando a uno perdido. Y… ahogado en alcohol. Porque no se me pasan desapercibidas las telarañas carmesí en su irritada forma de observar. —Hola, chico—carraspea, sin emoción. Pestañeo, sin tener ni idea de qué decir. —Me enteré que estabas acá y me decidí a pasar—se aclara la garganta y rasca su pecho con nerviosismo—. Supe que estuviste en prisión, me alegro de que hayas salido rápido… Agito la cabeza arriba y abajo, mirándolo en silencio. Hace demasiado tiempo que no lo tengo en frente y… él me hace recordar todo lo que nos pasó después de que nos dejó solos. No es que sea resentimiento… es dolor. Un dolor que llevaré conmigo, arrastrando de por vida. — ¿Cuándo…—trago—. ¿Cuándo saliste? —Hace un par de años…—baja la mirada al suelo—. Yo… sólo pasaba a pedir perdón… Abro la boca y él no me deja hablar. —Por dejarlos—tose, todavía no puede mirarme a la cara directamente, su culpa lo mantiene abajo—. Fui descuidado y estúpido… me agarraron, eso es algo que nunca voy a perdonarme. Camino más contra la ventana, amasando los mechones de pelo en mi nuca. Echo un suspiro al aire, inquieto. No esperaba esto, creí que nunca más volvería a ver al padre de mis hermanos. Es más, lo daba por muerto. No es que no lo haya querido, él no significaba demasiado en mi vida, siendo sincero. Sólo era el novio de mamá al principio, después el papá de Cami y Pablito. Nunca hubo una conexión entre nosotros. Aunque no hubiese sido raro que


la hubiera, él me vio crecer, entró en mi vida cuando yo tenía casi tres. Tranquilamente podría haber sido una figura paterna para mí también. —No te culpes…—es lo que me sale decir. Yo no lo culpo. Creo. No estoy seguro de lo que pasa dentro de mí cuando se refiere a él. Bufa y entra en el cuarto, encarándome un poco más de frente, a los ojos. Soy más alto y ancho que él, se ha quedado flaco, cuando en el pasado era un hombre fuerte y viril. De nuevo, lo relaciono con el alcohol o, tal vez, con el hambre. ¿Vive en la calle? ¿Tiene, al menos, con qué mantenerse? —Debí haber sido más responsable—continúa, con tono más sólido—. Tenía tres niños a mi cargo. Y, te gustara o no que te llamara así, lo eras. Trece años, chico. Trece. Y te dejé sólo con mis hijos… Y, lo peor—pausa, tensa y angustiosa—, supe que harías todo el trabajo. Estaba seguro de que te pondrías a cargo, porque eras maduro y fuerte para tu edad. Confié ciegamente. Aspiro bruscamente por la nariz, evitando esos pozos castaños tan vacíos. Y tan iguales a los de mi hermanito pequeño. Miro al exterior, entrecerrando los ojos ante el sol, viendo a la gente llegar y abandonar el hospital en la planta baja. —Bueno—suelto, mi garganta apretada—. Ya sabes cómo lo hice… Cierro los ojos, e inesperadamente se me escapa una gota por entre las pestañas. Me volteo, más lejos de él, para que no la vea. La limpio disimuladamente. ¿Qué carajo? —Estoy seguro de que lo hiciste bien—da un paso y sigo poniendo distancia—. Lo diste todo por ellos, no me queda duda. Lo encaro en un ataque de furia, poniendo mi rostro muy cerca del suyo. Aullando. — ¿Y dónde están ahora?—escupo—. ¿DÓNDE ESTÁN? Ni siquiera pestañea y siento ganas de golpearlo. Y golpearme. Tan duro. —Si lo hice tan bien…—tomo aire, agitado—, ¿por qué no pude retenerlos? ¿Por qué no están ahora conmigo? ¿Eh? Mentiroso. No crees nada de lo que acabas de decir. Viniste a atormentarme… Niega, sus párpados caídos, como si tuviera sueño. O, no. Como si estuviera cansado y entregado. —Lo creo y vine a darte las gracias, también—sigue clavándome el puñal.


Niego con violencia, lo empujo hacia atrás y se tambalea. — ¿Por qué?—le grito—. ¿Dónde están tus hijos ahora? ¿Los has visto? ¿Acaso crecieron? ¿Acaso tienen una vida? No se mueve, ni pestañea, ni siquiera cuando responde, su voz sale despedida de adentro, casi sin articular. —Esa rabia, esa culpa, ese dolor… tienen que ser sólo míos, chico—suspira y se estremece—. Todo lo que pasó es a causa de mí, yo lo desencadené. Yo abandoné a mis hijos, yo fui el irresponsable que puso el peso en tus hombros. Mis hijos murieron por mi culpa. No tuya. Mi vista se desenfoca, imparable humedad nublándome de golpe. Y me ocupo en alejarla, haciendo un llamado desesperado a la fortaleza. Porque, si lo dejo ir en este instante, jamás podré parar. — ¿A qué viniste?—le pregunto. Estira las manos a sus lados, como si fuera evidente. —A esto, a decirte gracias y pedirte perdón—le doy la espalda—. Y-y… a que me indiques, por favor, el lugar en dónde se encuentran. Necesito ir a verlos. He buscado durante estos dos años y todo es demasiado grande… no los he podido encontrar. Mi pecho duele y aprieto mis párpados con lamento. Eso es porque no hay lápidas, nunca pude pagar por unas decentes. Y cuando fui capaz de permitírmelo, sólo lo había dejado atrás, ya que nunca volví a la ciudad. Y eso, ahora mismo, me avergüenza, debería haberlo hecho. Darles un descanso digno, yo… los abandoné allí. Sin un nombre, como si fueran nada. Cuando lo fueron todo para mí. Me tranquilizo un momento para volver a enfrentarlo. —Te llevaré—susurro, apagado. — ¿Cómo?—pregunta, porque no soné del todo claro. Trago y al fin logro mirar directo a sus pupilas otra vez. Sin vacilar. —Yo te llevaré… Asiente, tragando. Y me evade, sin embargo, noto que su mirada se inunda con tristeza y agradecimiento. Mi corazón se estruja en sí mismo. —Gracias, chico—contesta, mirando sus pies.


Sorbo y asiento, tocándome el costado porque ha empezado a aguijonear por culpa de mi exaltación. —No hay problema—aseguro, en voz baja. Mis amigos no se demoran en llegar. Max, León, Santiago y Adela pasan la puerta y se alinean, notando a Emilio con reservas. Los presento, y les digo que es mi padrastro. Instantáneamente lo aceptan y, por la mirada que León le da, parece que descubre muchas más cosas sobre él que cualquiera de nosotros. — ¿Listo pasa rajar?—pregunta, desviándose a mí. Asiento y soy el primero en desfilar hacia la salida. Abajo, firmo los papeles que la enfermera recepcionista me tiende y luego, soy libre de cualquier institución. Primero la cárcel, después el hospital. Y parece que ha pasado una eternidad desde que no veo el exterior, el sol, las ruidosas calles, la gente caminando de acá para allá. Es abrumador y me hace querer volver cuanto antes al recinto, donde todo es más tranquilo. Pero cuando regrese a casa será con Ema en mis brazos. Pasamos a la zona de estacionamiento y nos dividimos en dos vehículos. León al volante del nuestro. Antes de separarnos pregunto si podría llevarnos al cementerio, acepta, entonces los demás se desvían hacia el hotel a seguir trabajando en la búsqueda y nosotros seguimos un viaje de veinte minutos hacia nuestro destino. En el asiento de atrás, un silencioso Emilio se recuesta y mira todo con ojos aburridos. León intenta entablar una agradable conversación sin demasiado éxito, ya que el hombre sólo tiene monosílabos para ofrecer. El jefe me mira y no necesita indagar mucho en mis ojos por una explicación. El entiende. Y sabe que esta pequeña visita al cementerio con mi padrastro significará un cierre definitivo con mi pasado, para al fin sanar y estar en paz conmigo mismo. Debo dejar ir todo si quiero un futuro prometedor. León estaciona en las afueras y nos bajamos. —Tómense todo el tiempo que necesiten—ofrece, encendiendo un cigarrillo, apoyado en el capó del coche—. No se preocupen por mí, esperaré. Me guiña y le doy una cabezadita llena de agradecimiento. Entonces dirijo a Emilio hacia la entrada de altas rejas negras con aspecto gótico. Mi corazón amenaza con paralizarse a medida que avanzo por el camino. Años, largos años, han pasado desde que lo hice por última vez. Fue, prácticamente, en otra vida. Me muevo primero hasta la tumba de Cami, rodeando unos cuantos pinos y pisando el césped para cortar camino. El hombre, en completo silencio, me persigue cerca de mi espalda. Trato de ir lento, sin saber si lo hace porque está afectado o porque sus piernas no pueden ir más rápido.


Llego al lugar correcto y me sorprendo al encontrar una tumba cuidada, con flores que se ven bastante nuevas. Y una piedra con descripción tallada. Su nombre me mira de frente y me olvido de respirar por varios segundos, el dolor demasiado poderoso como para derribarme sobre mi espalda. Emilio se pone a mi lado, también leyendo, como preso de algún trance. —Alguien colocó todo esto—digo, frunciendo el ceño. Es una tumba pequeña, se la han ido comiendo las de al lado. Poco a poco quitándole espacio, por eso Emilio no pudo encontrarla, está casi escondida. Esto es lo que pasa en la ciudad, no hay suficiente lugar para todos. Pienso en quién podría haber estado viniendo a cortar la gramilla y colocar flores. Y no se me ocurre otra persona aparte de Miranda. Un nudo áspero se encaja en mi garganta. Ya le debo demasiado a esa mujer. — ¿Por qué?—pregunta mi padrastro, entrecortado—. ¿Por qué lo hizo? Se lleva una mano al lado izquierdo del pecho. Y lo sé, sé que le duele el corazón al ver el nombre de su hija ahí abajo. Figurándose que desde hace años yace dormida, por propia voluntad. —No soportó la pérdida de Pablito—susurro. Es una media verdad, pero no voy a darle la entera. Porque no va a ser bueno que se entere de todo lo que su hija tuvo que vivir después de perder a nuestro hermano menor. Ya desde la pérdida de mamá ella se apagó, lo único que la mantuvo fuerte fue el amor y responsabilidad que tomó con el nuevo bebé, aun siendo una niñita. El golpe fue duro para todos, pero más para ella. Tanto Emilio como yo nos dimos cuenta de eso, de su alma destrozada e irreparable. Seguro que sí, pero no hicimos nada al respecto. Entonces su vida sólo fue cuesta abajo, entiendo que no lo haya soportado más. Como me dijo Ema una vez: Cami estaba viva, pero no vivía realmente. Por eso tengo que dejarla ir, porque está donde quiere estar. Doy un paso atrás cuando Emilio se arrodilla en el pequeñito rincón que le han dejado para llorar. Apoya la palma en la piedra, traza con sus dedos el nombre. Tiembla, y tiemblo en respuesta. Me alejo más, porque éste es su momento. Su adiós definitivo. Les doy la espalda, tragando un sollozo, me toco el costado aplacándolo. No sé quién le dio la noticia de la muerte de Pablito. Ni yo ni Cami pudimos, recibimos su orden de no buscar contacto, al menos que quisiéramos ser rastreados por los servicios sociales. Y en ese momento, sin Pablito, Cami y yo nos teníamos el uno al otro, que nos separaran no era una opción. Ninguno habría soportado aquello. Sin embargo, al fallecer


Cami, le envié una carta con la noticia. Ese fue el único contacto que tuve con él estando en la cárcel. Giro cuando él se levanta a duras penas y se separa un poco. Allí vuelvo a su lado y apoyo una meno en la lápida. Hablo con mi hermana en mi cabeza. “Te dejo ir al fin, Cami. No me gustó la forma en la que decidiste dejarme, pero te permito marchar. Porque te amo, y sé que querías paz con tanta desesperación que elegiste encontrarla por vos misma. »Nunca te culpé, lo sabes bien. Quizás ahora, allá arriba, mirándome, lo entendés mejor. No te culpé, fue sólo un accidente. La vida quería darnos un golpe, y contra eso no teníamos nada que hacer. He pasado mucho tiempo reteniéndote. En mi dolor y resentimiento, en la idea de venganza. Hoy, ahora, acá mismo, te suelto la mano, Cami. Quizás algún día volvamos a encontrarnos. Pero, si no sucede, al menos estaré seguro de que permaneces en el lugar que mereces. Con mamá y Pablito, tal vez. Eso es lo que importa, ¿cierto? Te amo. Siempre te voy a amar. Adiós.” Beso mis dedos y cello mis palabras apoyándolos en su nombre. Sabiendo que ya no gano nada más que sufrimiento al retenerla. Espero que a partir de ahora, los recuerdos no vengan con la pesada y resquebrajada alma adolorida de Cami. El dolor de perderla es grande, pero confío en que a partir de ahora lo sobrellevaré mejor. —Cami se culpaba, ¿verdad?—habla Emilio a mi lado, mirándome fijamente—. Se culpaba de la misma forma en la que lo haces vos por ellos… No respondo. —Y no crees que ella fue responsable, ¿me equivoco?—insiste. Niego. —No, ella no tuvo la culpa de nada—digo, con las cuerdas tensas—. Jamás la habría culpado, era sólo una niña y amaba a Pablito más que a nadie. Asiente, secándose los ojos lagrimosos. —Ahí está la clave, chico—se aclara la garganta—. Si no la culpaste a ella, ¿por qué te lo haces a vos mismo? ¿Eh? Es similar, Alex. La misma situación. Sólo saca esa mierda afuera, no es saludable. Ya viste lo que le hizo a tu hermana. Frunzo el ceño y me las arreglo para asentir, una única y rígida vez. A continuación, me doy la vuelta y le hago señas, él vuelve a ponerse tras de mí, para que lo lleve a despedirse de su otro hijo. Pablito. La pérdida fue igual de dura que la de Cami. Y fue tan de repente, tan


inesperada. Brutal. Y tan malditamente injusta. Tres años. Tres. Una criatura inocente y llena de alegría. Una vida entera por delante. Si hoy estuviera conmigo, si ambos lo hicieran, estoy seguro de que habríamos salido adelante juntos. Como lo hice sólo, me habría encantado junto con ellos. Les habría dado todo, todo. Se lo merecían más que nadie. Felicidad y nada más. La encontramos, y está exactamente igual de cuidada que la de Cami. La misma piedra, las mismas flores. Y ésta es incluso más pequeña. Emilio procede exactamente igual que anteriormente. Arrodillándose y mirando fijamente el nombre del bebé. Sólo que esta vez, me habla, pregunta. — ¿Cómo fue?—quiere saber, desesperación en su voz. No quiero revivir los detalles de aquel fatídico día. Perdí a mi hermanito, y gran parte de mi hermana también. No ansío recordar la desesperación de Cami, su ataque de histeria, sus ojos llorando, los gritos llamando a Pablito. Sin embargo, me agacho a su lado y se lo cuento. No sé por qué, opino que es mejor no conseguir detalles, pero si los necesita, lo haré. «La lluvia torrencial comenzó a caer una hora antes de que mi horario de trabajo acabara, ni bien lo hizo empecé a desesperar. Siempre se inundaba todo en la zona donde vivíamos. Me mantuve tranquilo un rato, pero caía demasiada agua, un chaparrón pesado, imparable. No era como en otras ocasiones. Tuve que correr a avisar que me iba, que por favor me dejaran salir antes porque era una urgencia. Insistí hasta que me dieron el okey. Así que no demoré y me fui, apenas se podía ver un metro por delante y tardé más de lo que pretendía en llegar a la villa. A medida que avanzaba, el agua en las calles se hacía más profunda. Hasta que me llegó por encima de las rodillas. Había gente gritando por todos lados, llamando a sus familiares, tratando de salvar las pocas pertenencias que tenían. Me esforcé en llegar a casa, y mientras más me metía en el barrio, más me cubría el agua. El pánico apresó mi pecho, y la corriente empezó a empujarme. Esto no era para nada parecido a las veces anteriores, cuando el agua no subió más de nuestros tobillos. El grito de Cami llegó antes de que siquiera viera nuestra casa. Me aferré a las columnas para que el barro no me arrastrara, luché y luché para llegar a ella. La vi cerca de la puerta de entrada, en el exterior, empapándose bajo la lluvia, mirando en todas direcciones. Su cuerpito pequeño y flaco sacudiéndose de frío, la corriente casi llevándosela. Tome uno de sus brazos y la atraje a mí, envolviéndola. — ¡Pablito!—chilló, desesperada. — ¿Qué pasó?—hablé por encima del sonido de la lluvia.


Escupió agua y boqueó, el pelo rubio oscuro pegándose en sus mejillas pálidas. Sabía que había lágrimas mezclándose con las gotas que caían del cielo. Más miedo me llenó el pecho. —El agua empezó a entrar rápido—tartamudeó llorando—. Puse a Pablito de pie sobre una silla y le dije que se quedara quieto, mientras yo guardaba algo de ropa en las bolsas… Se removió y rompió nuestro contacto, alejándose. — ¡Pablito! ¡Pablito!—llamó, aullando al cielo lleno de nubes grises—. ¡PABLITO! La perseguí y la agarré antes de que cayera, fuera tironeada y acabara herida. La alcé poniéndola frente a mí, buscando sus ojos. — ¡Cuando me di vuelta ya no estaba!—se sacudió, gritando hasta quedarse sin voz—. Se fue buscar el perro, Alex. Salió de la casa—sus piernas se aflojan, la mantengo erguida—. ¡Se fue! ¡Se fue! ¡El agua se lo llevó! Se cubrió el rostro y por un momento no pude hablar, el pánico robándome todas las palabras y la capacidad de pensar. Agarré fuerte su mano en la mía, entrelazando nuestros dedos y comenzamos a rodear la casa, yendo un poco más lejos. El agua seguía por encima de nuestras rodillas. Era rápida, y nosotros nos podíamos sostener. Pero un niño de tres años, definitivamente no. —Tenemos que encontrarlo, Alex—insistió ella, entrando en la locura. —Lo vamos a hacer—prometí—. Vamos a encontrarlo. Media hora después seguíamos sin respuestas. Un par de personas más se unió a la búsqueda y el nombre de nuestro hermanito fue gritado al cielo mientras la noche llegaba. Estábamos calados hasta los huesos, temblando y ya sin fuerzas. No pudimos ir más lejos porque más allá el agua era más profunda. Volvimos a los alrededores de nuestra casa, Cami a punto de desmayarse, no paraba de repetir una y otra vez que fue su culpa por perderlo de vista. ¿Por cuánto? ¿Un segundo? La conocía, sabía que no habría dejado de echarle vistazos a Pablito a cada rato. No es su culpa, el niño quería a su mascota de vuelta y salió a buscarlo. El tiempo corría y la desesperación se adueñaba de todo. Camila no paró de gritar por nuestro hermano, ya sin fuerzas, y a punto de caer derrotada. La lluvia paró, el agua comenzó a bajar, pero siguió siendo peligrosa por mucho más tiempo. Las ratas, la mugre, el barro todo flotaba alrededor. Nuestra casa hizo un ruido horrible, casi amenazando con caer encima de nuestras cabezas. Y estábamos lejos de ser evacuados, y aunque vinieran a ayudarnos, no nos iríamos sin encontrar a Pablito. Volvimos a salir al exterior para seguir buscando y como si Dios hubiese elegido el instante, el cuerpo de mi hermano resurgió justo frente a nuestros ojos, unos metros más allá de la casa. Cami y yo corrimos a él, gritando, llorando, quebrándonos.


Tardamos unos diez minutos en desengancharlo de una rama, la que deduje, lo había mantenido abajo sin que lo viéramos. Por Dios, demasiado tiempo ahí abajo. Demasiado. —Esto no es verdad—chilló Cami, a mi lado—. ¡Pablito! Lo alcé en brazos y como pudimos entramos en la casa de nuevo, lo puse en la mesa, enderezándola, le colocamos peso encima para que dejara de moverse por el agua. Acosté a Pablito allí y mi hermana se desintegró allí mismo ante la apariencia. Me quedé helado por unos minutos hasta que reaccioné y empecé a apretar su pecho, como habíamos visto en las películas. Lo repetí y repetí por mucho rato, sin tener respuesta. Había barro en su boca y nariz. Y yo simplemente supe que lo habíamos perdido, nadie sobrevive más de una hora bajo agua. —Es mi culpa—Cami soltó, afónica—. Es mi culpa. Deje que saliera. Es mi culpa—se agarró ambos lados de la cabeza, hamacándose como una loca—. Es mi culpa. — ¡Basta de decir eso!—le pedí, gritando—. ¡Basta! No es la culpa de nadie… Cayó de rodillas al suelo, salpicando agua, y dejo ir un llanto estrangulado y desgarrador. Con eso se me vino todo encima, y me doblé en la mesa, de tanto padecimiento. Lloramos a la par. Gente entró por la puerta, me di cuenta de que eran paramédicos y bomberos. Atendieron a mi hermano, teniendo el mismo resultado que yo. Nos hablaron pero no entendí ni una sola palabra. Nos envolvieron y dirigieron afuera. Tuvieron que tranquilizar a Cami y acostarla. Perdí de vista a mi hermano, alguien se lo llevó y lo metió en una bolsa, la mujer que lo hizo nos miró con ojos agotados y tristes. Compasión por los dos hermanos que quedaban. Acabamos en el hospital, siendo revisados. Alguien rellenó los papeles de defunción de Pablito, me pidieron algunos datos. Preguntaron por mamá y papá, me encogí de hombros. Pensaron que estaban ahí afuera, en algún lugar del caos, no los corregí. Cami despertó y la obligué a vestirse. Teníamos que salir pitando de ahí antes de que descubrieran que estábamos por nuestra cuenta. Que no había mayores a cargo. Entumecidos los dos, corrimos lejos. No, no tan lejos. Estuvimos allí, en las sombras, esperando. Tratando de saber qué pasaría con nuestro hermanito. Conseguí información sobre el lugar donde sería enterrado y allí estuvimos, observando a la gente enviada por el estado que se hizo cargo de todo. No pusieron un nombre a la tumba, pero nosotros sabíamos dónde se encontraba y eso bastaba. Después de eso, nunca más volvimos a casa, nunca más volvimos a ser los mismos. Acabamos bajo cuatro chapas en una villa en crecimiento, en terrenos tomados. Y ojalá el


infierno se hubiese quedado atrás, pero nos persiguió, por mucho tiempo. Hasta que mi hermana se rindió.» Regreso a la realidad, y me doy cuenta de que ambos, Emilio y yo, estamos llorando. Pongo una mano en su hombro y le permito desahogarse. Dejar salir el dolor de allí adentro que ha estado guardando por años. Mientras lo acompaño, me voy sintiendo gradualmente vacío. Y eso es porque también necesitaba esto, justo con él. No lo sabía antes de que apareciera en mi habitación de hospital, pero ahora lo entiendo bien. Tenía que hacer las paces con el pasado, si quería seguir el camino en paz. Me pongo de pie y también beso la lápida de Pablito, echándome atrás, tomo un respiro para limpiarme por dentro. Me seco el rostro y me aflojo, entonces una mano fría y delicada envuelve la mía y miro al costado para encontrar los ojos oscuros de Miranda. Me miran con cariño y dolor, pero también con orgullo. Le devuelvo el apretón y los dos observamos a Emilio que se levanta con lentitud. —Emilio—digo, él nos enfrenta, restregándose los ojos—. Ella es Miranda. Me ayudó mucho. A mí y a Cami. Él le dedica un asentimiento y ambos se estiran para tomarse de las manos. Los labios rojos de ella le sonríen amables y él pestañea lejos, incómodo. —Llamé a tus amigos y me dijeron que estabas acá—me cuenta ella. —Sí, Emilio quería venir a decir adiós a sus hijos—explico, viéndolo separarse un poco de nosotros—. Tengo que darte las gracias, Miranda. Por todo. Hiciste más de lo que cualquier persona hizo alguna vez por mí… Esto—señalo la piedra tallada—… no tengo palabras. Su sonrisa se ensancha. —Nuestro comienzo fue raro, Alex—comienza, sujetándome la mano nuevamente—. Lo sé, seguro nadie lo entendería nunca. Pero con el tiempo te fuiste convirtiendo el alguien muy importante para mí. Te considero un hijo, te quiero, por eso he hecho todo esto. No necesito nada a cambio, fue desinteresado. Hacerlo me ha dado mucho en qué pensar, sobre la vida. Sobre mi vida. Sobre mí en general. Nosotros. Yo sólo quiero que seas feliz. Asiento, sin desviar nuestras miradas. —Hice lo mejor que pude—continúa, sonriendo—. No fui convencional, quizás no te ayudé de la mejor manera… Pero lo hice con el corazón. —Lo sé—la abrazo, apretada contra mi costado sano—. Lo sé. Y me ayudaste, Miranda. Mucho. Y no fui lo suficientemente agradecido. Perdón.


Se ríe, empujándome hacia atrás suavemente. —Te perdono—suspira, y dirige su atención a Emilio, a lo lejos—. Parece que él también necesita una ayuda, ¿no? Entrecierra los ojos por el sol, pero alcanzo a ver un brillo de convicción en ellos. —Eso parece—sonrío débilmente—. Está… —Roto—interrumpe, completando mi oración. Concuerdo, curiosidad asomándose de a poco en mi cabeza. — ¿Vas a ayudarlo?—le pregunto. Ella da un paso tironeando de mí para caminar hasta él. —Voy a hacer lo que esté a mi alcance—sonreímos—. Vayamos a ver qué tan dispuesto está a recibir apoyo.


Capítulo 22 Ema Me salteo el desayuno, quedándome encerrada en el cuarto toda la mañana. Las energías me han sido drenadas, estoy cansada todo el tiempo y el sueño es constante. Cualquiera podría decir que es depresión, pero esto está lejos de serlo. A la hora del almuerzo bajo y me alegra saber que no hay nadie que me acompañe. Me siento en la mesa y dejo que la cocinera me sirva el plato, mientras vierto jugo en mi vaso. El silencio es bienvenido y nunca estuve más feliz de estar tan sola. Me ocupo arduamente en meter la carne en mi boca y acompañarla con el puré, con cuidado de no atragantarme a causa del hambre que estuvo haciendo que mi estómago gruñera, pero no he sido capaz de ingerir nada hasta esta hora. Alguien entra desde la sala de estar y lo ignoro. Aunque sé que es Aída, reconozco su forma de caminar y cómo suenan sus zapatillitas de mucama. Evito soltar un bufido. ¡Ja! Ahí está la mucamita, la que abre las piernas para mi padre sin ningún remordimiento. No puedo sortear el fuerte resentimiento que se instala en mi pecho, es tan intenso que siento el calor subiendo hasta mi cara. Meto comida en mi boca y sigo como si todavía estuviera sola. —Ema—se para justo a mi lado—. Ema, por favor… Mastico, trago, consigo mi vaso y bebo jugo. Repito el proceso de nuevo, y de nuevo, esperando que se canse y se vaya. —Está bien—suspira, resignada—. Acepto que no quieras hablar conmigo, lo entiendo. Sé que ahora mismo te caigo mal. Pero, eso no hace que deje de preocuparme, Ema—se inclina y baja la voz—. Tenés que ir a un médico. Trago, me tenso de inmediato. El momento de inseguridad dura muy poco, porque me recompongo y reitero mi papel silencioso. Como si ella no estuviera a mi lado intentando tener una conversación importante conmigo. —Ema—me habla como si fuera una niña pequeña enfurruñada—. Ema sabes que no estás bien…


—Yo estoy perfecta, gracias—me limpio con una servilleta—. Ahora, por favor, quiero seguir con mi almuerzo. Sola. Ella no se mueve, y me llega el sonido de un suspiro nervioso. —Yo sé que me has convertido en tu enemiga por… por lo del otro día—traga, sin tener la valentía de referirse al suceso por su nombre—. Estoy avergonzada, y me odio también, ¿sabes? Porque por esa estupidez he perdido a mi mejor amiga. Lo siento, ya no sé cómo pedirte perdón… Acabo la comida y empujo el plato hacia el centro de la mesa, tragando una nueva náusea y cubriéndome la boca con la mano. En mi costado siento a Aída aun firme en su posición, seguro observándome con ojitos suplicantes que no tengo la capacidad de ver. Pero puedo oír cómo sorbe por la nariz a través de un comienzo de llanto. — ¿Cómo esperas que te crea, que te perdone?—escupo secamente—. Lo siento, no puedo hacerlo. Has visto la situación en la que estoy, ¿no? No puedo creer que quien dice ser mi mejor amiga se esté acostando con mi padre. Quien amenazó con encerrar al hombre que amo de por vida. El que tiene acá como una prisionera, impidiendo que viva como deseo. El mismo que secuestra jovencitas para drogarlas y prostituirlas… — ¿Cómo dijiste?—salta, sorprendida. Trago y niego. Levantándome de la mesa de golpe, el movimiento hace que pierda un poco el equilibrio a causa de un mareo y me sostengo del borde hasta estabilizarme. Aída me sujeta de ambos brazos y una vez recuperada me alejo de ella como si me quemara. —Ema—musita, dolida—. Decime qué puedo hacer para arreglarlo. Sacudo la cabeza a la par que avanzo hacia la sala, en busca de las escaleras. — ¿Para arreglarlo? Nada—respondo—. No creo que pueda volver a confiar en vos. Pero al menos, ya que tenemos que seguir viéndonos todos los días, podríamos acordar una ofrenda de paz. —Está bien—me sigue de cerca mientras subo—. ¿Qué? Me freno y ella se estanca un escalón más abajo, sin siquiera darme la vuelta para enfrentarla, hablo. —Quiero la llave de mi habitación. No estoy durmiendo bien, no hay descanso profundo. Siento cómo mi cuerpo está agotado todo el día y, cada noche, al cerrar los ojos no me puedo sacar la sensación de David


encima de mí, tocándome. No sé cuánto duermo por día, pero estoy segura de que no llego ni a las cuatro horas, y ni siquiera hondamente. Despierto demasiadas veces, sobresaltada. Ya sea por pesadillas o el miedo de acabar durmiéndome profundamente. Voy a volverme loca si no consigo al menos dos horas de sueño recorrido. La de mi cuarto, es una puerta maciza, fuerte, nadie sería capaz de abrirla de una sola patada, si David decide visitarme en medio de la noche, tendrá que luchar con ella para entrar. Al menos me despertaré y no me tomará desprevenida como aquella vez. No soy tonta, sé que una abertura cerrada no es un impedimento, pero lo único que estoy pidiendo es no volver a ser tomada con la guardia baja. Y que sea lo que Dios quiera. —Está bien—susurra, dudosa—. No sé cómo voy a hacerlo, pero las conseguiré. —Bien—emprendo mi camino de nuevo. Aída sigue sobre mi espalda hasta que llego a mi cuarto y, cuando estoy a punto de cerrarle la puerta en la cara, me detiene. —Aun así, deberías ir a un doctor—vuelve al tema, su tono más preocupado. —No—digo, insensible—. No voy a ir a ningún doctor. —Las dos sabemos qué es lo que está pasando, Ema—aprieta. Me atieso entera, mi columna tirante y rígida, endureciéndome por dentro también. —No quiero un doctor para que lo confirme oficialmente—le anuncio con rabia—. No voy a dejar que nadie en esta casa se entere, lo mantendré así hasta que sea evidente y ya no pueda esconderlo más. Golpeo la puerta cerrada en sus narices y me apoyo en ella, temblando y a punto de ceder al suelo. Pequeños gemidos y sollozos me abandonan, los mantengo bajos para que nadie pueda escucharlos. Esta soledad fría me está matando, pienso en Alex, en sus brazos largos y fuertes abrazándome. Revivo una y otra vez sus besos, su tacto, su voz. Todo está en mi cabeza y es a lo que me aferro para no derrumbarme. Cuando logro dormirme incluso su olor me rodea en sueños, es una tortura despertar y volver a la realidad. A la lejanía y su ausencia. Pero es lo que merezco por haber sido tan estúpida, por dejarme llevar por el pánico ciego y entregarme tan fácil a estos monstruos. Fui tonta, no pensé, sólo actué, por Alex, porque no podía soportar que estuviera encerrado por buscar justicia. Que lo privaran de su libertad tan injustamente. Sólo espero que me perdone con el tiempo, todo lo que hice, fue en busca de su bienestar.


El problema es que ahora hay otros factores en medio que no intuí, que no aparecieron hasta que fue demasiado tarde. Y ya no sólo tengo que cuidar de mí en este lugar. Ya no sólo es la vida de Alex la que me importa por encima de todo lo demás.

Alex Salto de la cama en un gruñido descontrolado y camino hasta la ventana, bañado en sudor. Me apoyo en la orilla y miro al exterior, a la noche tranquila de madrugada. Limpio con mi antebrazo las gotas de la frente. Ya no puedo soportarlo más, estos meses sin pistas me tienen en el borde. Justo ahí, a punto de explotar. Quiero romper cosas, dar vuelta cada maldito mueble en esta habitación de hotel. Pero eso no la traerá de vuelta. Suspiro tembloroso y me dirijo a la mesita del rincón, lleno un vaso de whiskey y echo hacia atrás la cabeza al estilo fondo blanco. Quema mi garganta y se siente como si fuera lo único que está bien este jodido agujero negro. Salí de la cárcel hace un par de meses, pero sigo sintiéndome un prisionero. No hay libertad para mí. Vuelvo a la ventana y la abro, encendiéndome un cigarro. A la segunda ronda de alcohol me la tomo con calma, saboreando, ardiendo. He dejado las medicinas para el dolor hace bastantes días atrás, puedo permitirme una borrachera. Sólo que no quiero embriagarme, únicamente necesito que mi cabeza se nuble un poco y mi corazón se acompase. Regreso a la cama cuando me siento capaz de volver a dormir sin pensar en Ema y lo lejos que se encuentra de mí. Sin tener pesadillas de todo el daño que puede estar haciéndole David. Me juego la vida de que están en Francia, no sé por qué, ni cómo explicarlo. Solamente lo intuyo, si tan sólo pudiese tomarme un jodido avión y recorrer el país por mi cuenta, pero no sabría por dónde empezar. Tengo que seguir las ideas de León, contactarnos con investigadores privados. Y también con aquellas personas que rondan el mismo círculo en el lado oscuro de la ley. Ellos son los que pueden saber algo. Incluso hemos rastreado gente que ha trabajado en las redes de Fontaine y Ferro, hemos torturado las tripas fuera de ellos y no tuvieron nada para darnos. Estoy volviendo a dormirme cuando mi puerta es aporreada con violento apuro y corro a abrir. León está allí, un poco despeinado, con ojeras bajo la mirada y un rostro ceniciento. Apuesto a que me veo igual o peor, estamos agotados. Pero distingo algo nuevo en sus ojos: esperanza. Lo dejo pasar, él alza su celular en la mano.


—Recibí un correo—me da el aparato—. Un poco extraño, pero creo que es confiable. O quizás, al ser la primera pista, se siente así… Paso el dedo por la pantalla táctil para activarla y me encuentro con la ventana de correo abierta. El mensaje es corto y directo. No hay ni presentación ni despedida. Es impersonal, anónimo. Y tiene una dirección. Una dirección que pertenece a Francia. Y al final dice: “No regrese una respuesta”. Alzo los ojos hacia el jefe, deteniendo el aliento. ¿Es inteligente ilusionarse? Podría ser una trampa, una broma de despiste. Lo que sea. Pero en el fondo de mi corazón siento que es cierto, que es correcto. Que tienen a Ema en ese lugar. ¿Quién carajo envió el mensaje? La dirección de correo electrónico tiene números, es como si no fuera de nadie. Pero alguien acaba de usarla para darnos un aviso. Lanzo el teléfono en la cama y consigo mi bolsa de ropa, comienzo a meter prendas sin siquiera poner el cuidado para que no se arruguen, a la mierda eso. Tengo que tomarme el primer avión a Francia. Que me parta un rayo si no lo hago ya. Hoy mismo. Y si es mentira, si esa pista es falsa, al menos lo habré intentado. —Para, para, hombre—León se acerca y me palmea el hombro—. Lo haremos, iremos. Pero antes hay que ordenar miles de detalles. Tienen que venir más Leones a ayudarnos. Y no vamos a sacar un pasaje en las líneas comunes, déjame conseguir un privado. Tené en cuenta esto, no podemos hacer nada con la cabeza caliente. Meto aire de golpe a través de mi nariz y dejo ir el bolso, abandonado en la cama. Observo a León, tratando de volver a meter cordura en mi cabeza, sabiendo que tiene razón. Me froto la cara y la cabeza, soltando un suspiro largo y pesado. —Sé cuán difícil es esto para vos—habla, paciente—. Yo estaría igual, Perro. Si alguien se llevara a Fran o a cualquiera de los bebés, estaría dispuesto a hacer arder el mundo entero. Por eso me paro justo acá y trato de ser la voz de la razón, porque sé que en tu lugar la necesitaría. No estoy pidiendo que te aguantes mucho, ¿bien? Danos un día, a lo sumo dos. Estoy de acuerdo con una agitación de cabeza, y por dentro estoy a un paso de derrumbarme. Un día, dos. Cualquiera suena como una eternidad. La puta madre, tengo que ir corriendo a ella. Corroborar que está sana y salva. Un tiempo más sin rodearla en mis brazos y aplastarla contra mi pecho, me enviará directo al loquero. León toma su celular y se marcha, cerrando la puerta con un asentimiento en apoyo. Trago saliva con fuerza y me siento en el borde de la cama, tomando los laterales de mi cabeza con ambas manos. Paciencia, es una virtud. No me siento muy virtuoso ahora mismo, pero refreno mis impulsos, meto aire lentamente en mis pulmones y le ordeno a mi ritmo cardíaco que baje los niveles de exaltación.


Me dejo caer hacia atrás, enterrando mi espalda en el colchón y miro el techo por lo que podrían ser horas. Me concentro en mi respiración calmada, entonces mis párpados empiezan a pesar y de a poco me va regresando el sueño. Me dejo ir, porque sé que si me esfuerzo en quedarme despierto nada ayudará a calmar mi ansiedad. Descansar es ahora la mejor opción. Antes de irme a lo profundo, una imagen de Ema sonriendo irradia en mi mente. Me voy, prometiendo encontrarla, cueste lo que me cueste, me lleve el tiempo que me lleve. Ema volverá a ser mía tarde o temprano.

Ema Soy obligada a transitar la cena en compañía de todos, y en el proceso intentan obligarme a firmar no sé cuántos documentos que no tengo idea de qué son. No tienen éxito, pero sé que si intentaran más duro, lo lograrían, tarde o temprano. Supongo que pronto se volverán más venenosos. Ya han tenido demasiada paciencia conmigo, concuerdo, sé que no falta mucho para que empiecen a dejar de ignorarme y usar mano más dura. Conversan entre ellos, casi como una familia promedio, sin embargo, acá todos sabemos que nada es normal. Estoy rodeada de delincuentes, de malas personas que no dudarían en hacerme daño, y no sé qué hacer para escapar. Así que, actúo como mejor he aprendido este último tiempo, me retraigo en mi mente, soñando despierta, o hablando conmigo misma. Mamá ríe por alguna cosa que David dice, papá finge ser amoroso con ella y la idiota parece creerlo. Siento los ojos de cada uno en mí, mientras no me uno a ningún juego que estén jugando. Termino mi comida y sin decir ni una palabra me levanto, no me muevo porque mi padre habla. — ¿Alguien te dio permiso para que te levantes?—pregunta, directo y demandante. No digo nada, no puedo, estoy demasiado ofuscada en el interior. Mis dedos tiemblan de rabia sobre la mesa, sin querer rozo el mango del cuchillo que acabo de usar. Me siento plenamente consciente de él, incluso lo muevo más dentro de mi mano, el problema es que no podría usarlo de la manera que quiero. En esto me he convertido, no estoy hecha de nada más que resentimiento, maldad y rabia. Siempre sopesando formas de dañarlos. Quiero hacerles pagar por lo que nos han hecho, incluso si los errores han sido míos. Quiero venganza.


Estoy tan enojada porque Dios me dio esta familia. Porque tuve que nacer de ésta horrible mujer insensible, y ser engendrada por el mafioso número uno del mundo. Y encima, como si eso fuera poco, ser la esposa obligada de un tipo que es capaz de cualquier sucia cosa. Dejo ir el cuchillo y giro, emprendiendo mi camino hacia el único lugar de la casa donde, al menos, me siento un poco más a resguardo. Antes de salir escucho a mamá reñirme. —Te educamos mejor que esto—suelta—. Tanto tiempo con esos obscenos moteros te han vuelto una pobre chica básica y sin modales. Trago, elevo mi mentón y sigo mi camino. Ignoro. Ignoro. Tratando que nada que ellos digan o hagan me afecte. Mientras subo las escaleras dirijo una mano a mi estómago, está abultado, no mucho, pero es notable. Hasta ahora mis vestidos sueltos lo han disimulado pero pronto dejarán de resultar útiles. Si no calculo mal, es posible que ya tenga cuatro meses. Y soy delgada, ahora todavía más, el estrés me tiene ingiriendo menos de lo que debería ser saludable, aunque tengo hambre, sólo no retengo lo suficiente tampoco. Por eso el vientre se nota demasiado ya. Estoy entrando en mi habitación en el instante en que oigo pasos pesados y firmes seguirme. Me apresuro, tratando de llegar y cerrar con llave. Alcanzo mi puerta y la empujo, está casi cerca del click final, pero nunca llega. David la abre tan violentamente que lanza mi cuerpo hacia atrás, y casi acabo en el suelo. La cierra de un golpe seco y le echa llave. Intento con todas mis fuerzas no entrar en pánico. Mi respiración se acelera, sale en forma de pitidos abatidos. Doy pasos hacia atrás mientras me acecha, hasta que una pared me detiene. Se queda a unos metros, mirándome. Mi cuerpo se enfría de repente, sé que estoy en graves problemas, de los que no podré correr. —Quítate el vestido—ordena, duro. —No—devuelvo, con voz segura. No voy a ceder a él, por más tono rudo que use conmigo. Colérico, se lanza contra mí y tironea de mi brazo, me lleva hacia la puerta de nuevo. La abre, y arrastra mis torpes pies por el ancho pasillo alfombrado. Me retuerzo, intento apartarme de su apretada mano de acero, él usa la otra para reducirme, metiéndola en mi alborotado cabello y cerrándola en un puño. Mi cuero cabelludo comienza a arder, y mientras más lucho, más me maltrata. Acabamos en otro lugar, otro cuarto, para ser más exacta. Me espolea hacia adentro y vuelve a cerrar la puerta de la misma forma que antes. Todo el inmenso lugar huele a él y de inmediato caigo en la cuenta de que estamos en su habitación. Rota la llave y mi pecho se llena de más terror. Ahora me encuentro en un lugar que no conozco.


—El vestido—ruge—. Ahora. Me niego de nuevo. Entonces no necesita más para acabar nuestra distancia y hacerlo por sí mismo. Grito y lo empujo, sin éxito alguno. Baja las mangas cortas y tira abajo la tela, mi sujetador aparece ante su vista y lo destroza para liberar mis pesados pechos. Duele, hay demasiada sensibilidad allí. Gruñe y sigue con su trabajo, se lo hago difícil, pero no tanto como pretendo de verdad. El vestido cae a mis pies y se aleja, deteniendo el aliento. Respiro agitada, no me cubro, dejo que vea, no importa. Ya he perdido todo mi orgullo hace tiempo. —Lo sabía—carraspea—. Lo sabía. Decir que está enojado se queda corto. Nunca lo percibí así, y ahora sé que es capaz de cualquier cosa conmigo. Su paciencia se ha acabado. Mi descanso también. —Te dejó preñada—sisea con los dientes apretados—. ¡Vos, puta de mierda, te quedaste preñada! ¡DE ÉL! El último grito me sobresalta, echándome hacia atrás. Se aproxima como un animal a punto de atacar, cerniendo su filoso agarre en mi mandíbula, apretando hasta que me parece que va a romperla. Aunque no quiero, un grito de dolor se me escapa y un gemido lo sigue. Desearía haber robado el cuchillo en la mesa, rebanarlo en pedacitos. Pero no habría sido una maniobra limpia, me habrían descubierto. Desliza mi ropa interior abajo, después me suelta y junta todas las prendas a mis pies. Se va, aunque no sale de cuarto. Lo percibo moverse, vagar de acá para allá, maquinando. Abruptamente se enciende una música, rock pesado, de alguna banda metal que no reconozco. Sale desde algún equipo en algún rincón, y los parlantes parecen estar por todos lados a mí alrededor. Mi piel se humedece con un sudor frío cuando sube tanto el volumen que mis oídos duelen. Me atraganto y me los tapo con mis palmas, nada acalla el insistente sonido retumbando por todos lados. Me echo a temblar sin parar. Ahora no sé en dónde está, si lejos o cerca. Si me mira o no. Mis nervios se electrifican y mis piernas amenazan con ceder. Pierdo mi tan necesitada percepción, no hay manera de que me sienta en control de nada. Grito, mis ojos cerrados y las manos en los oídos. Grito hasta quedarme ronca. Como si alguien me fuera a escuchar. Lo sé, pero eso no me hace frenar. ¿Dónde está? ¿Se está moviendo? ¿Me está vigilando? ¿Cuándo caerá sobre mí? Me empapo en sudor, apenas puedo enviar aire a mis pulmones. Estoy teniendo un ataque de pánico, seguro justo frente a sus ojos. Y apuesto a que lo disfruta. Siento intensas ganas de vomitar. Camino hacia atrás con cuidado de no caerme o chocar con nada, llego al fin hasta una pared y bajo sobre ella, me siento en el suelo. Formo un ovillo con mi cuerpo, aun con mis orejas tapadas. Nada funciona, creo que voy a desmayarme. Minutos avanzan, se convierten en horas. O quizás es sólo mi desesperación contando. Se siente eterno, la música nunca se detiene, cuando una canción acaba, pasando a la


siguiente sólo tengo dos segundos de silencio que no me alcanzan para saber si estoy sola o David anda muy cerca. Náuseas vienen, las trago, mi boca secándose. Mi rostro empapado en lágrimas que ni siquiera soy consciente de derramar. Abruptamente se detiene todo, parece que el cd ha acabado, ¿o él lo habrá detenido? Estoy escuchándome a mí gimotear y sollozar, me remuevo en el piso y aprieto mis rodillas contra mi pecho. Estoy tomando aire como si hubiese estado llevando al límite físico a mi cuerpo durante la última hora. Y, en cierto modo, lo he estado haciendo, tensándolo hasta términos inimaginables. Jamás estuve presa de tanto pánico como para rozar la línea final y casi perder la consciencia. La puerta se abre y cierra, la llave gira nuevamente. Y ahora entiendo que he estado sola todo este tiempo, David me dejó así. ¿Para qué? No lo sé. Está enfermo, pocas veces alguien entiende a los locos. Sin vacilar se acerca y clava los dedos en mis brazos, levantándome. Me toca, y estoy tan paralizada por el shock que apenas me percato de su rudo tacto. Amasa mis pechos, mis nalgas, incluso me empuja contra la pared y me fuerza a abrir las piernas, lo tengo metiendo sus dedos en mi rincón al segundo que sigue. Me remuevo, cayendo de nuevo en la realidad, no sé cómo consigo la energía, pero levanto un puño y lo golpeo en la cara. Gruñe soltándome e intento correr, ¿a dónde? No importa. Me retiene de nuevo. Tropiezo y me deja caer en el suelo para para acabar sobre mí. —Vamos a deshacernos de ese engendro—escupe, empujando mis piernas abiertas con sus rodillas—. Pero antes, voy a conseguir lo que es mío desde hace meses atrás. —Es tarde—digo, retorciéndome, volviendo en mí poco a poco—. Es tarde para un aborto. Tira de mi pelo, y me atraganto. — ¿Acaso crees que me importa?—se ríe, aplastándome—. Se va a ir, ahora o más adelante, no voy a hacerme cargo de ese gusano. Empujo mi rodilla arriba con la intención de golpearlo en las ingles, reaccionando ante su referencia a mi bebé. Mi precioso bebé. No tiene derecho a llamarlo así. Acá el único gusano asqueroso es él. No logro mi objetivo, él ríe, encantado. Y después advierto el sonido del cierre de su pantalón abriéndose. Me arrastro lejos, él me consigue extendiéndome desde el tobillo, acabo debajo de él de nuevo. Se libera, siento su asquerosa masculinidad rebotar en mi muslo. Esta vez no se mantiene cerca de mi cara, ha aprendido la lección. No puedo morderlo, ni siquiera pellizcarlo o patearlo. Es demasiado fuerte. Está a un milímetro de entrar en mí y cierro los ojos con fuerza, esperando el dolor. No llega. A cambio, consigo todo el peso muerto de David encima de mí, aplastándome hasta casi


reventar mis pulmones. ¿Qué acaba de ocurrir? Él gime de dolor, semi inconsciente. Trato de empujarlo lejos de mí, así quedar libre. Alguien me ayuda y lo remolca fuera. Respiro, allí tendida en el piso alfombrado, sin ser capaz de moverme todavía. —Se acabó esta mierda—habla una mujer, su tono grave por la fuerza y la rabia—. Cinco años es demasiado tiempo, he terminado con estos hijos de puta. ¿Qué? — ¿Aída?—suena como ella, pero tan severa que es casi irreconocible. Ella lo patea, o eso es lo que creo, a causa de los golpes que inundan el lugar. Después habla, pero no conmigo. —Necesito refuerzos—pide, a la nada—. Me chupa un huevo que ustedes crean que no tienen suficientes pruebas, ¡voy a arrestarlos a todos! Esperé cinco jodidos años para poder meterlos a pudrirse en la cárcel. Mi importan tres pitos las pruebas, tengo las suficientes, ¡carajo! Trago, levantándome. — ¿Estás bien?—me pregunta, ahora parece calmada, casi maternal. La vieja Aída al mando. — ¿Qué está pasando?—quiero saber, ni siquiera respondiendo antes. Suspira, y me ayuda a levantar. Después trae ropa para cubrirme. David se remueve en el piso y ella me abandona para volver a golpearlo. El tipo se desinfla, quejándose. — ¿Qué se siente estar esposado? ¿Eh?—lo patea de nuevo—. Ya vas a tener lo que mereces, hijo de tu puta madre. Vos y el imbécil calentón de tu jefe. Me cansé de los dos, ojalá pudiera meterles una bala en la frente. Pero no, ya he roto demasiadas reglas hoy. Se pasea, nerviosa, enojada, agitada. No reconozco a esta chica, ¿quién es? —Aída… —Katia—escupe, tosca—. Katia Moronta. No soy Aída… Nunca fui la maldita Aída, ¿está bien? Esa porquería se acabó ahora. Me estremezco. — ¿Sos policía?—suelto, demasiado sorprendida para sonar segura. Se ríe.


—Agente encubierto—corrige, va de acá para allá, como si tuviese ganas de romper cosas. Pasos inundan la planta baja, pesados, incontables. Muchas personas juntas comienzan a subir las escaleras, se gritan órdenes. Chasquean pistolas, las botas pesadas incluso retumban en la alfombra. —Rápidos, ¿eh?—dice Aída. O Katia. No sé cómo llamarla ahora. — ¿Qué carajo pasó acá?—grita un hombre desde la puerta. Trago y me sobresalto, porque reconozco bien ese timbre de voz. León. —Oh, bueno, estos no son mis refuerzos—dice Katia, malhumorada—. Pero son los tuyos—luego, sonríe, pareciendo la misma chica dulce de antaño—. Ya era la maldita hora. Suelto un sollozo, el alivio hace que mis piernas de vuelvan gelatina y casi me desplomo en el suelo, alguien me sujeta y me aprieta contra un duro pecho. Una respiración pesada y desesperada pronuncia mi nombre, justo en mi oído. Lágrimas caen por mis mejillas, y sin decir ni una sola palabra busco los labios de Alex y los beso, porque es lo único que me importa ahora mismo.


Capítulo 23 Alex Ema se estira instantáneamente para besarme y me inclino para encontrarla a medio camino. En el mismísimo instante en que nuestros labios se unen algo explota en mi pecho. La engancho más contra mí, una mano en su nuca, la otra en su espalda. La suavidad al sentirla me devuelve al principio de todo. Ya puedo respirar tranquilo, ha quedado atrás el ahogo, la presión que no me permitía avanzar saludablemente. Ella es como mi combustible, estaba muriendo, transitando mi vida con las pocas reservas que quedaban, un paso a la vez, tan agotado y casi derrotado, entonces vuelve a estar en mis brazos y vuelvo a ser yo. Ema es mi fortaleza. Sus lágrimas silenciosas mojan nuestras mejillas, y casi podría acabar siguiendo su ejemplo y llorar como un bebé. Despego nuestras bocas, sedientas y necesitadas, llevo la mía a su frente y la acaricio, después a sus mejillas, nariz, entrecejo. La beso por todos lados, el sabor salado de las gotas derramadas colándose entre mis labios. La observo, no me pierdo ni un detalle de su rostro. Está más delgada, trago un nudo amargo de disgusto. Su palidez, no se va ni aunque mi cercanía le devuelva el sonrojo natural. Paso mi pulgar por su pómulo, mejilla, comisuras. Y ella sube sus manos para rozar mi rostro, las agarro en las mías y las dirijo hasta que sus dedos me tocan. Cierro los ojos, perdido en una realidad paralela, sin estar verdaderamente consciente del lugar en donde estamos ni con quien. Ella hace su reconocimiento, casi desvaneciéndose de nuevo, sus piernas bajan, y es alivio. Alivio porque ya estamos juntos de nuevo. —Perdón—murmura, atragantada con su llanto—. Lo empeoré todo. Perdón. Niego, encogiendo el ceño. —Shhh—la acallo besándola de nuevo. —Estaba desesperada, creí que nunca lograrías salir—sorbe, seco sus lágrimas—. Yo… necesitaba ayudarte… No pude soportar la idea de que estuvieras un día más en la cárcel… Lo siento, debería haber esperado a que el clan lo resolviera. Ahora estoy segura de que lo habría hecho.


—Olvida todo, ya quedó atrás—le pido, obstinado. Deja de hablar y tiembla en mis brazos, la entierro en mi pecho, sosteniéndola. Parece a punto de caer redondita al suelo. Respiro en su abundante pelo que está despeinado, suspiro profundamente y al fin recorro la habitación con los ojos. Leones se han dispersado, y sé que en el otro lado de la mansión tienen a Fontaine y su esposa. David yace en el piso, volviendo en sí poco a poco, se remueve y Aída—sí, ¿la chica pequeña que aterrorizamos cuando fuimos a buscar a Greta?—pone su mirada fulminante en él, y se ve dispuesta a patearlo en la cara. Hay un arma en su mano, y un radio diminuto. Alta tecnología. ¿Qué mierda? Se pasea alrededor, malhumorada y toda la expresión de simpatía e inocencia que conocí aquella vez brilla por su ausencia, está en control ahora. Y hay un infierno de decisión y poder que resuma de ella, transmitidos a todos los que quedamos en la habitación. Mi vista se mueve alrededor de nuevo y me percato por primera vez del sujetador tirado en el suelo. No puede ser de Aída, va vestida con su perfecto uniforme de mucama. ¿Y Ema? Tiene un vestido puesto, arrugado y desalineado. Ahora tomo nota de su estado y las probabilidades caen sobre mi cuello como el filo de una guillotina. Separo a Ema de mí y encierro su rostro en mis manos, mirándola directamente. — ¿Te tocó?—la pregunta sale estrangulada—. ¿Te tocó?—repito, sacudiéndola ante su falta de respuesta. Niega, y casi suelto un lloriqueo. —No—traga—. Lo intentó—pausa—. Dos veces, pero… No escucho más, la suelto e inflándome con ira violenta camino hacia el tipo en el suelo. Estoy dispuesto a patear la mierda fuera de él con un gruñido animal despejando mi garganta. Lo quiero muerto, lentamente, dolorosamente. Que se revuelque en su propia sangre, ahogándose en ella, justo a mis pies. Estoy a sólo un par de pasos cuando un duendecito me frena, apoyando su pistola en mi pecho. Bajo la vista y me encuentro con dos ojos castaños, brillando con advertencia. —Atrás—clava la boca de su arma, empujando. —Voy a matarlo—rujo, a un instante de empujarla y sacármela de encima. Aída alza una ceja, en una expresión clara que dice: “¿En serio? De ninguna manera, imbécil”. —No me perdí cinco años de mi vida para que venga un estúpido gigante y me quite la recompensa de las manos—dice, con los dientes apretados—. No voy a dejar que nadie se


interponga en mi trabajo, ¿okey? Ahora, da un paso atrás, porque me importa una mierda si Ema te ama, voy a dispararte. Pero, ¿qué mierda le pasa? David tiene que ser mío, he esperado una vida entera para cargármelo. Lo quiero amarrado y dispuesto a que le arranque cada pedazo de piel. — ¿Alex?—me llama Ema, ahora León la está sosteniendo y se ve cenicienta. Fulmino a Aída y me alejo, apretando los dientes. Esa enana no puede negarme lo que he querido por tanto tiempo, ¿o sí? Llego a Ema al mismo momento que un batallón de gente uniformada de azul oscuro entra y nos rodea. — ¡Al fin!— grita Aída, tosca. Lo policías la miran de reojo y sujetan a Ferro, alzándolo sobre sus pies inestables. Un tipo alto, moreno y con ojos azul eléctrico entra, imponente, como si estuviera a cargo del operativo y va directo a Aída, con ojos peligrosos. — ¿René?—suelta León a mi lado, con ojos desorbitados. El tipo lo ve al fin, y pasa de furioso a extrañado en un segundo, como recién notando a los Leones. —Hey, Navarro—dice, sombrío—. Mira dónde nos encontramos… Con razón me parecía conocido, René Sosa, es un policía del pueblo. Pero a juzgar por su apariencia actual, de simple policía no tiene nada. Alza una mano al jefe, pidiendo un momento y vuelve a poner toda su atención en la chica, que está hecha una loca defendiendo a sus capturas. —Te dije que no había suficiente evidencia para que los arrestes—le dice rudo, la está reprendiendo ante los ojos de todos—. ¿Qué mierda te pasa? ¿Eh? Aída no se ve muy feliz que digamos, además, el hecho de que él le hable así cuando hay audiencia la eriza mucho más. Si antes parecía una loca, ahora está desquiciada. —Trata de blancas. Lavado de dinero. Tráfico de drogas—enumera con las manos—. Secuestro—mira a Ema, después señala a Ferro—. Intento de violación. ¿Qué más querés?— gruñe al final. René endurece la mandíbula, los demás agentes se llevan a Ferro y él se aleja del duendecito, como si estuviera resistiéndose a zarandearla. Viene hacia nosotros, observa con preocupación a Ema, pegada a mí.


Como si ella lo intuyera, le habla. —Si Aída-eh, o Katia- no hubiese llegado a tiempo, me habría violado—dice, defendiéndola. Trago y me atieso por dentro. Los ojos de la agente, más allá, se ablandan un poco al escucharla, la observa con aprecio un momento antes de irse, siguiendo a los que se fueron con David. René asiente, suspirando con resignación. —Se apresuró—empieza, sin siquiera tener en cuenta que no debería estar hablando de eso con nosotros—. Pero si lo analizo, lo hizo perfectamente. Cinco años sacrificados, ella tuvo que darles el final. Teniendo en cuenta que ésta gente rara vez lleva sus negocios a casa, tengo que reconocer que escavó y encontró bastante, cuando yo creía que era en vano que se metiera en esto. Recorre la habitación con ojos insistentes, un brillo de rabia atravesando su mirada. —Pero no le digan eso—sonríe—. Eso avivaría su arrogancia. Tiene demasiada para ser tan pequeña, la muy perra. León y yo asentimos, aunque sabemos que nadie va a hablar de esto con nadie. Ni con ella. —Eso es porque es muy buena—salta Ema, con aires de orgullo—. Nos engañó a todos. Sosa suelta una seca carcajada, no se sabe si es genuina diversión o sarcasmo. —Actúa que se caga—escupe—. Bueno, nos vamos. Ustedes deberían hacer lo mismo, ya que mi gente va a dar vuelta cada maldita baldosa de este lujoso palacio. Salimos, siguiéndolo, Ema tropieza y amarro firmemente mis brazos a su alrededor. Bajamos las escaleras, y le echo un vistazo al jefe que no ha dicho ni una sola palabra desde hace un rato, sus ojos están fijos en René Sosa. Sorprendidos. Apuesto que no se imaginó nunca que se encontraría al tipo acá, y menos cumpliendo un rango tan alto. Agente, ¿eh? Todo este tiempo, ¿estuvo fingiendo ser policía de pueblo? Apuesto que todo era parte de este mismo plan contra Ferro y Fontaine. También sé que está pensando mantenerse lejos de él o cualquiera de su gente, no sea cosa que nos conviertan en su próximo objetivo. Nos aplastarían como a una hormiga. Dejamos la casa atrás después de abrigar a Ema y pasamos la puerta principal. Allí chocamos de frente con más barullo y un operativo en todo su esplendor. Nosotros, los Leones, rodeamos la escena en el centro, mientras oficiales arrastran a los Fontaine hacia las blindadas camionetas gigantes. Un lloriqueo me desvía y caigo sobre la que supongo, es la


madre de Ema, siendo arrestada junto a su esposo. Ella está en medio de un ataque de nervios, en cambio Fontaine, tiene el rostro endurecido como el granito. Los extermino de lejos, mientras me alegro de que hayan caído. Porque así no podrán molestar más a Ema y hacerla infeliz con su frialdad y demandas. Meten a la mujer en un vehículo y lo cierran, mientras que el hombre va dirigido a otro, donde lo está esperando Aída. O Katia, como sea que se llame. Ella está de brazos cruzados, aguardando con una sonrisa peligrosa en su rostro atractivo. Veo cómo Fontaine clava sus ojos en ella. Si las miradas calcinaran… A la chica no la afecta, al contrario, le sonríe más anchamente. Entonces, cuando lo tiene bien de frente, se alza en puntas de pies y le escupe en la cara, con ganas. —Eso es por todas las veces que te la chupé. Después lo toma del pelo y lo impulsa dentro con violencia poco disimulada. Seguro que un agente no debería proceder así en una detención, pero ninguno de sus compañeros parece sorprendido o enojado. Salvo Sosa, él sí la observa como si quisiera hacerla desaparecer. —Deja esa prepotencia de lado, Moronta—le ordena él, tenso—. Ya has hecho tu trabajo, van a pagar… Ella se encoge de hombros y se aleja, no sin antes mostrarle el dedo medio. Bueno, está claro para todos que esa no es la pobre y pequeña mucama y compañera de Ema. A pesar de que no me dejó ni siquiera tocar a Ferro, me cae bien. Nos cae bien a todos nosotros. Pero sigo estando insatisfecho, mi sangre pide venganza con desesperación. Niego y entierro el asunto en un rincón de mi mente, ahora Ema lo acapara todo. — ¿Estas bien?—le pregunto, viéndola demasiado pálida ahora. Niega. —Creo que voy a desmayarme. No hace más que terminar que se desvanece y la sostengo, llenándome de pánico nuevamente. La alzo en brazos, su cabeza cae pesada hacia atrás y se me escapa una apretada protesta, cerca de enloquecer. Katia se acerca corriendo, guardando su arma, le ordena a alguien que adquiera a una ambulancia y me despeja el camino de vuelta hacia adentro. Una vez en la sala de la mansión, recuesto a Ema en uno de los enormes sofás. Se ve tan pequeña allí, inmóvil, que en mi pecho crece un malestar insoportable. Todo el mundo nos da espacio cuando Katia lo exige, aunque yo me mantengo pegado, vigilando su proceder mientras la revisa. Le abre los párpados para echar un vistazo a sus


pupilas, y después coloca una mano plana en su estómago, lo presiona levemente con los dedos. Trago, ¿qué está haciendo? —Está bien—me dice, escarbando directo en mis ojos—. Seguro ha sido el choque de todo lo que está ocurriendo. Arrugo la frente y me inclino sobre Ema, mi mano picando por ir a por lo mismo que la chica hizo antes. No me demoro, apoyo la palma extendida en su vientre y mi mandíbula se desencaja. Dejo de respirar. Lo recorro lentamente, arriba y abajo, a los costados, mi mano es grande y con dedos largos, casi lo abarco todo. Se aprecia sólo una pequeña elevación, pero muy notable al tacto, y si la viera, estoy seguro de que se notaría perfectamente. Se me seca e interior de la boca y levanto los ojos incrédulos a quien se posa frente a mí. León. Su mirada está llena de preguntas que no soy capaz de responder, porque no puedo hablar. Estoy mudo. Los médicos irrumpen el momento, cargan a Ema en una camilla y los persigo de cerca, como un robot. Me sumo a la ambulancia con ellos, no me detienen porque alguien les dice que soy su pareja. Me encuentro entrelazando mis dedos con los de Ema, que están fríos, pero no es preocupante. Creo. Las enfermeras la corroboran, levantan su vestido y el vientre pálido aparece ante mi perspectiva. Me estremezco, siseando por lo bajo como si estuviera muerto de frío, pero en realidad estoy muerto de… ¿confusión? ¿Sorpresa? Las mujeres me hablan en francés y sonríen, no entiendo una mierda. Las observo sin siquiera pestañar antes de volver a posar mis ojos en el estómago redondeado. ¿Cómo? ¿Cuándo? Mi mente se llena de preguntas. En el hospital, nos meten en una habitación y Ema es acostada en la gran cama mullida del centro. Parece en paz, durmiente. No se siente como que algo esté yendo mal. Un médico viene, dos enfermeros traen aparatos raros que supongo son los ultrasonidos. ¿O no? No sé, no tengo ni puta idea. Comienzan a preguntarme cosas y yo levanto el índice, pidiendo una pausa. Necesito a alguien que me traduzca. Me asomo en la puerta, veo llegar a mis amigos, y sé que ninguno de ellos habla francés lo suficiente como para entender a los médicos. Katia se adelanta, y sin decir una sola palabra empuja la puerta y se mete. Bueno, por lo visto, se pone al mando. Saluda con una cabezadita, soltando palabras enroscadas. Los médicos la reciben con una sonrisa. Ahora está vestida con un uniforme azul, como los de sus compañeros y se cruza de brazos en un rincón, cediendo espacio, sin querer molestar. Me siento junto a la cama y miro cómo avanzan encima de Ema. Su vestido está arriba de nuevo y no logro entender por qué reacciono con una sacudida eléctrica cada vez que veo el abdomen. Su vientre. Con un… bebé. Agito la cabeza, despejando la neblina, estoy pareciendo un tonto. Aída, Katia, o quien sea ella, me sonríe con un brillo extraño en sus ojos oscuros. Los médicos hablan entre ellos, se preparan para una ecografía, deduzco.


—Van a hacerle una eco—avisa ella, dando un paso adelante con curiosidad. Concuerdo. Ella frunce el ceño y se comunica con ellos. Charlan, el médico detiene lo que está haciendo, duda. Tuerce el gesto con pesar. Y mis palpitaciones se disparan. —Les pregunté si pueden esperar a que ella despierte—explica al fin Katia, advirtiendo mi locura creciente—. Va a ser la primera… sería lindo que esté consciente para experimentarlo. Trago, esto realmente está sucediendo. —No pueden, ellos tienen que saber si el bebé está bien cuanto antes—sigue. Bebé. Bebé. Bebé. La palabra le da un tirón a cada uno de mis órganos internos. Los veo poner una sustancia rara y gelatinosa bajo el ombligo y pronto el aparato está apoyado en su piel, siendo conducido por la mano enguantada del doctor. Salto en mi lugar con los primeros latidos, no creo que ellos lo noten, sólo me siento así en el interior. En alerta máxima. Mi garganta se cierra y no puedo respirar. Ni siquiera soy consciente de las voces que dialogan, no puedo sacar la atención de la pantalla. —Dieciséis semanas—salta la chica en el rincón. Me atieso y me dirijo a ella, con ojos desenfocados. Me parece distinguir que su rostro pequeño se esfuerza para no reírse a carcajadas a causa de mi estado de shock. —Dieciséis—susurro, me rasco el pecho. Me siguen hablando en francés, por lo que a mí me concierne. Aun permanezco sin poder captar absolutamente nada. Mi mente cubierta de neblinas. —Está sano. Perfecto—continúa recitando mi traductora personal—. Aún no se puede ver el sexo. Los doctores y enfermeros se separan, la limpian. Ordenan todo y se dispersan. Me pongo de pie bruscamente, sin habla. Sin reacción aún. De pronto, nos dejan y tengo a Katia justo a mi lado, mirándome fijamente. Severa, me empieza a dar órdenes, tanto si escucho o no. Es exigente y en otro momento me molestaría, pero ahora no estoy siendo yo mismo. No sé quién es éste que ha tomado mi cuerpo. —Ema tiene que descansar—me toca el brazo para que le preste atención—. Mucho. No lo ha hecho como debe estos meses. Alimentarse bien, no retuvo lo suficiente de lo que ingirió los últimos días. Y necesita paz, ante todo. Me separo y camino, a lo largo, ida y vuelta.


—Por esto los contacté—cambia de tema—.Yo envié ese correo, a pesar del riesgo que suponía. El operativo ya se me estaba tambaleando por el daño que Ema sufría, descubrir su embarazo me hizo dudar de todo aún más. Y encontrar a David encima de ella esta noche me terminó de convencer. Eso ya no daba para más. Por primera vez en mi vida coloqué a alguien más por encima de mí y mi trabajo. Al fin la miro con consciencia, comprendiendo todo. Asiento en agradecimiento silencioso, porque sigo sin palabras. Se nota que es alguien muy ligada a su trabajo, no cualquiera tomaría cinco años de su vida para fingir ser otra persona. Pero se ve apasionada por agarrar a los malos y hacerlos pagar con creces. —Sé que la vas a cuidar, no tengo dudas de eso—sonríe, y ahora sí parece la dulce chica que vi por primera vez—. Ha contado mucho de vos—cambia a una expresión de completa malicia—. Bastante. Calor sube a mi rostro, mierda. ¿Desde cuándo me sonrojo por alguna cosa? Ema y ella son amigas desde hace años, claro que deben de haber hablado sobre temas de chicas. Y ciertos detalles sucios. Lo ideal sería que Katia disimulara no saber ni una mierda, pero demuestra no ser una mujer muy sutil que digamos. —Bueno, parece que necesitas un rato a solas—me guiña, girándose hacia la salida—. Nos vemos más tarde. Me quedo estancado allí de pie, esforzándome por conectar de una vez por todas. Me acerco a Ema que sigue dormida entre almohadas, y la observo por lo que se sienten varios minutos. Despacio, tiro a un lado las sábanas y subo la falda del vestido, temblorosamente descanso la palma en la ligera redondez. Hermosa, tengo que agregar. Perfecta, suave, y mía. La acaricio, mi piel erizándose con cada curva. ¿Qué voy a hacer yo con un bebé? Me pregunto. Después de todo lo que he vivido, ¿voy a ser bueno cuidándolo? ¿Estoy preparado para ser padre? La última vez que estuve a cargo de una familia todo se fue al carajo. ¿Y si ésta también se destruye? Cierro los ojos y mi toque vacila, me agito. Vuelvo a cubrir a Ema y retrocedo algunos pasos lejos. Apoyo mis manos en la pared y me inclino, tratando de meter aire en mis pulmones a un segundo de colapsar. El pánico lo abarca todo. Por un momento no puedo parar de repetir posibilidades negativas en mi mente. Que no va a funcionar. Que todo se va a arruinar. Que si no fui capaz antes, ahora tampoco. Que voy a joder todo, porque no estoy hecho para esto. Simplemente enloquezco. Estoy así por un intervalo largo de tiempo hasta que mi chica se remueve y despierta. La primera palabra que sale de su boca, apenas audible, es mi nombre.


— ¿Alex? Y sólo así, aspiro con normalidad de nuevo. Recupero el control, y voy con ella. Soy testigo de cómo esos ojos de caramelo pestañean tras el sueño, del color rosado volviendo a sus mejillas. Y la vista se me desenfoca, inundándose hasta los bordes. “Mírala, mírala bien”, me insisto a mí mismo, “mira bien lo que tenés en frente. La mujer más hermosa y especial del mundo. Te ama, la amas. ¿Qué maldita cosa puede salir mal a partir de ahora?” Me doblo y la beso en la frente, tragándome un sollozo hasta el fondo. Sin embargo, vuelve y las lágrimas salen, porque las he estado reteniendo por mucho tiempo. Meses y meses de tensión, dolor, inquietud, angustia. Y ahora duda y pavor. Me desprendo de todo eso, me obligo a hacerlo, porque quiero abrazar lo que la vida me está dando. —Te amo, Ema—le digo. Inmediatamente persigo sus labios con los míos.

Ema Regreso pestañeando a la realidad, y lo único que soy capaz de hacer es llamar a Alex. A un paso de entrar en angustia, creyendo que todo lo que ha pasado en las últimas horas fue parte de un cruel sueño. Pero no, enseguida percibo su presencia justo a mi lado, y su calor abrazándome. Se inclina sobre mí y apoya sus labios cerrados en mi frente, cierro los ojos, mientras permanece allí fijo. Un intenso sollozo entrecortado es aplastado contra mi piel, y trago con fuerza, los ojos se me inundan a la par. —Te amo, Ema—susurra él, atragantándose con las lágrimas. Y cae en mi boca, me besa y lo recibo encantada y llena de emoción desbordante que ni siquiera logro acunar en mi interior. Apreso su rostro barbudo en mis manos y se lo doy todo, también llorando. Sus lágrimas se mezclan con las mías, y estamos allí, abrigándonos por lo que parece una eternidad. Mi pecho se llena de alivio, porque al fin estoy de nuevo en sus brazos. Estuve soñándolo por interminables meses. —También te amo—digo a un mínimo centímetro de separación—. No puedo vivir sin vos—y es una verdad absoluta que asusta, aun así, me ocupo en enterrar el miedo. Limpio sus lágrimas con mis dedos y me elevo de las almohadas para besarlas, beberlas con mis labios entreabiertos. La sal se disuelve en mi lengua y él se estremece. Está


tan cansado. Aun cuando no puedo verlo, lo sé. Lo noto. Está agotado, y al igual que yo, necesita recuperar energías. Y paz. Tenemos que volver a estar seguros de nuestras vidas, del amor y el futuro. Nuestro futuro. Estos meses fueron una muestra de lo que puede llegar a ser el infierno allá abajo. No sé cómo he sobrevivido, o el bebé, con tanto estrés. Pero ahora estamos acá, ¿o no? Todo vuelve a sentirse correcto. —Alex—él sorbe, recuperándose—. Necesito decirte algo… Sin pensarlo una de mis manos acaba en mi vientre, al instante, él la persigue y enrosca nuestros dedos. Detengo el aliento. —Lo sé—dice con voz congestionada por el llanto que ya ha caducado—. El bebé… Vamos a tener un bebé. Me muerdo el labio inferior, nerviosa. —Me tomó tan de sorpresa… Él me corta. —Oh—deja ir en un suspiro, mitad dramático, mitad real—y a mí, ni te cuento. Deberías preguntarte cómo es que estoy acá de pie y no en el suelo, desmayado. Hasta recién estaba en shock, sin poder procesarlo… Sonríe, y no puedo evitar tomar su ejemplo. Es un peso menos en mi corazón que él se lo tome con humor, aunque ambos sabemos que está aterrado. No tengo miedo de mi embarazo, ya no. Al principio, cuando me di cuenta de que mi período se había retrasado y comencé con las náuseas, estuve paralizada por unos cuantos días. No a causa de mi bebé, sino del daño que podría sufrir si era descubierto por mis padres y David. ¿Ahora? Puedo respirar tranquila, sé que a Alex le afecta, que recién se está acostumbrando a la idea de que va a ser padre. Y yo lo voy a apoyar, a ayudar. Entre los dos saldremos adelante. —Te hicieron una eco—se sienta en el costado de la cama y pasea su pulgar por mi mejilla, letárgico—. Todo está bien. Lleva dieciséis semanas. Igual, más tarde vamos a pedir otra, para que lo sientas. Fue… no lograría describirlo con exactitud. Sus latidos sonaban tan fuertes, firmes, constantes. Como gritando: “acá estoy y voy a arrasar con todo”—se rie y vuelve a posar sus labios húmedos en mi sonrisa—. Tengo miedo. Mierda, demasiado. No sé qué voy a hacer con él—exhala, denso—. Pero ya lo amo, y averiguaré cómo ser un buen padre… Niego.


—Vas a ser un papá perfecto—insisto, intento que me crea de verdad—. Y todo va a ir increíble. Aprieto su mano, reteniéndola con fuerza en la mía más pequeña y suave. Siento cómo me va llenando su cercanía, reemplazando ese hueco vacío que había ido creciendo día a día en los meses que estuvimos separados. Él le brinda todo a mi vida, no necesito más nada. —Va a ser un chico duro como su padre—recito, risueña—. Igual de valiente y gentil que él. Con esos mismos fuertes y puros valores que le hacen el hombre más hermoso del mundo para mí… No responde nada por largo rato, únicamente apoya su cabeza en mi estómago y descansa, inmóvil. Sus parpados cerrados ante los masajes que doy en su pelo, revolviéndolo. Su respiración se apacigua, como cuando se está cercano al sueño. —Un chico, ¿eh?—murmura, arrastrando las sílabas—. ¿Y qué si es una dulce pelirroja con la misma desvergüenza que la madre? — ¡Ja!—suelto, acompañando con una risita aguda—. No. Va a ser varón. Y va a tener los mismos ojos de lobo de papá. Cuela una mano entre mi vientre y su mejilla y la deja allí, abierta, sus dedos acariciando el punto justo donde yace nuestro hijo. Por Dios, mi corazón nunca estuvo más acelerado y feliz como ahora. No quiero apresurarme, pero en mi cabeza hay una entidad que grita sin parar a causa de la euforia que significa estar cumpliendo mis sueños más profundos. Los que creí que no tendría nunca la posibilidad de vivir. Aventura, amor, pasión. Una familia propia. Y todo eso lo encuentro en el hombre que ahora me cubre tal como una manta cálida y suave al tacto. Permanecemos así, en silencio, sólo apreciándonos el uno al otro, ya que no hacen falta palabras. Obviamos el tema de que ahora, mis padres y David, están en la cárcel y, por lo que deduzco, será por décadas. No me importa, ellos ya no significan nada para mí. Duele, sí, que haya tenido que cortar la relación con mis padres así, pero no hay más opciones. Y ya no voy a dedicarles más pensamientos. Ellos no me quieren, y yo he encontrado mi lugar en el mundo. Y el verdadero sentido de mi existencia. La puerta se abre cuando estamos a unos minutos de caer dormidos, Alex sale de encima de mí y se estira, tomando aire con cansancio. Los médicos me hablan, preguntan cómo me siento, yo les respondo en francés. Avisan que pronto me traerán algo de comer y que debo descansar. Que voy a permanecer en observación por veinticuatro horas y, si todo sale bien, podré irme. A mi lado, Alex me interrumpe, quiere que les pregunte si podré viajar en los próximos días de vuelta a Argentina, o si tengo que esperar más tiempo en reposo. Lo


traduzco, esperando como él, que sea una buena respuesta, porque también me muero por volver a casa. Tenemos suerte, es muy probable que podamos volver dentro de los próximos tres días. Cuando al fin se marchan, los dos volvemos a una posición similar a la anterior, y antes de que nos vayamos, me aseguro de conseguir la información que he querido desde que supe que le dieron la libertad nuevamente. — ¿Cómo fue que saliste?—comienzo—. Según tengo entendido, David no dio la orden de sacarte, te quería adentro más tiempo. O quizás toda la vida. Viniendo de ese bastardo, es lo más creíble. Y yo, como una estúpida, creí que con entregarme lo solucionaría todo. — ¿Alguna vez te conté sobre Miranda?—bosteza. Dudo, no. Creo que jamás escuché ese nombre salir de su boca. —No—entierro mis dedos en los sedosos mechones de pelo corto en la cima de su cabeza—. ¿Quién es Miranda? Sonríe, me da un piquito en los labios. Entonces comienza la interesante tarea de hablarme sobre ella, desde el principio de los tiempos. Y de lo que significó su aparición en su vida.


Capítulo 24 Alex Ema entra en la cocina y se tapa la nariz, haciendo una mueca. Aprieto la mandíbula para no reírme al mismo momento que Bianca revuelve la sopa en la olla. — ¿Qué es eso?—pregunta Ema, asqueada. Bianca se gira hacia ella con los ojos muy abiertos. Hace tres días que volvimos al recinto y la chica se ofreció a cocinar para su muy embarazada y delicada amiga. Poco ha funcionado, cada comida que ha hecho le provocó arcadas. Salvo las ensaladas, verduras y carnes cocidas con sencillez. Y casi sin condimentos. Es divertido para mí, pero para la cocinera no tanto, se le están acabando las ideas. Y para Ema menos, tiene que alimentarse y apenas soporta la situación. Decir que es un embarazo difícil se queda corto. — ¡Es sólo sopa!—chilla Bianca, ruborizándose con agitación. Me río, lo siento, no me aguanto. Ver la expresión de las dos es demasiado como para retenerme. —No, lo otro—aclara Ema. Arrugo la frente y echo un vistazo abajo, a lo que he estado preparando junto a Bianca. Arroz, atún, huevos. La cocinera suspira y me da una mirada, no necesito mirarla directamente para saber que me está culpando. —Atún—me da un codazo. Ema se encoge. —Puaj, se siente desde la habitación—se estremece, aún con la nariz apretujada en sus dedos—. Quítalo, quítalo. Ni se te ocurra meterlo en mi sopa. Bianca alza una ceja.


—Es mi comida, no va a ir en tu sopa, tranquila—intervengo, terminando de abrir la lata. Ema entrecierra los ojos y sonrío. Se arrima entre nosotros, tocándome el brazo con una expresión de inocencia fingida en su rostro ruborizado. —No pienso besarte después, sabiendo que metiste eso en tu boca—advierte, frunciendo los labios. Los observo fijamente, y por reflejo lamo los míos. Me olvido completamente que Bianca está al otro lado de nosotros, pestañeando en la sopa. Me daría risa su incomodidad si no estuviera siendo hechizado por mi chica. —No importa—me hundo entre mis hombros e inclino mi boca en su oído—.Podré besarte en otro lado—guiño aunque sé que ella no me ve. Sus labios forman una sonrisa torcida llena de dobles intenciones. —Escuché eso—brinca la cocinera, mirándonos de reojo—. Ambos podrían esperar a que termine esto, ¿eh? No es mucho pedir. Ema suelta una carcajada, alejándose del atún todo lo que es capaz. Acaba en la otra punta de la cocina, cerca de la ventana. —Al final va a ser verdad lo que dice tu cuñada—empieza, cruzándose de brazos con picardía—. Sos una mojigata, ¿sabes cómo se cura eso? Bianca me levanta el dedo medio, y tengo que reírme, no me queda otra. ¿Yo que tengo que ver? —Le estoy mostrando el dedo medio a tu semental, ya que no sos capaz de verlo— suspira, negando—. Y es su culpa que seas una degenerada. Ema y yo explotamos en carcajadas. —Ya me voy—apaga la hornalla, la sopa ya lista—. He terminado. Disfruten esa sopa, el atún y lo que venga después como postre. Ondea una mano, simpática, y va en busca de su abrigo. Ema la persigue de cerca, hostigándola. Bianca va pasando por varios colores mientras no puede prender los botones con la rapidez que desea. —Oh, mmm—gime Ema, corriéndola—. Oh, Alex, sos taaan bueno. Mmm. Seguí haciendo eso.


Trago con brusquedad. —No te golpeo porque sos ciega—gruñe Bianca, llegando a la puerta. Ema se traga una risa y sigue, más alto y claro. Tanto, que hasta yo me inquieto, me parece que el embarazo la hizo más descarada aún. Los hormonas, tengo que admitir, no nos dejan respiro. No es que me queje. —Ahhhh—suspira largamente Ema en su simulacro, asomando la cabeza por la puerta—. Conseguí un buen pene, Bianca. Te va a hacer bien. —Ema—advierto, tratando de sonar severo. Fracaso en grande. —Perra—grita la otra alejándose—. ¿Quién te dice que no he conseguido uno? — ¿Qué?—salta mi chica—. Bianca, ¡volvé acá! Ahora quiero saber todo… Una risa se oye a lo lejos, casi a punto de desaparecer. Ema patalea, aunque está riendo. —Oh, no, ahora te quedas con las ganas por abochornarme así. La puerta se cierra y Ema se sienta en la mesa ya preparada para el almuerzo, silenciosa. Rebusco por los platos hondos, sirvo la sopa, casi hasta el borde y se la llevo. La deposito frente a ella y le acerco una cuchara. —Sabes, todos esos gemidos de mentiritas me pusieron caliente—suelta. Sangre circula rápidamente alrededor de mi ingle, ejerciendo una dulce presión. —Sopa—es lo único que logro decir, mi voz enronqueciendo. Ella rota en la silla para estar de frente a mí, sus ojos son grandes y ansiosos, y tiene las mejillas y labios enrojecidos. Está caliente, puedo verlo claramente. Pero, primero lo correcto, lo que necesita más, y es alimento. Sin embargo, no parece tener las mismas prioridades que yo, porque alza una mano y levanta mi camiseta, después se estira y besa con la boca abierta las elevaciones de mis abdominales. Me endurezco instantáneamente. Estoy a punto de echarme atrás, cuando revela la lengua y la arrastra por mi piel, lamiendo tan lentamente que no me queda otra opción que arquearme más cerca. Gruño, me quedo sin aire y estoy a un segundo de sucumbir, pero nos refreno y la obligo a comer. —Después—respiro al fin.


Enfurruñada, hace lo que le digo y voy en busca de mi plato. Comemos en un silencio tranquilo, hasta que terminamos la sopa y traigo su carne con ensalada, y mi arroz. No parece notar que el atún se encuentra justo frente a ella, mezclado en mi comida, y es un alivio. Corta su bife y lo mastica. —No quería acabar justamente con esto en mi boca—dice, con las mejillas abultadas. La miro, no digo nada porque mi lengua se hace agua y no quiero dejar que me manipule, eso es lo que está intentando hacer. Termina su ración y empuja el plano hacia el centro, lamiéndose los labios. Pongo los ojos en blanco, y no tiene nada que ver con una burla o algo por el estilo, sino con lo que está doliendo mi entrepierna. — ¿Ahora puedo comerte?—abulta una mejilla con la lengua. Me atraganto. —No—le respondo, rotundo. Comienzo a juntar todo y lo llevo al fregadero, dispuesto a lavar. Ignoro que ella me sigue de vuelta, ansiosa. Esperando que acceda a su acoso. Sonrío por dentro, y lo hago todo más lento aunque esté tan duro que no pueda ni caminar. Tarareo, simulando estar ajeno, mientras deambula por ahí. Me encanta llevarla al borde, dos pueden jugar el juego. Termino y me seco las manos con el trapo, recién allí la llamo. — ¿Ema? — ¿Sí?—se agita. —Acércate—mi tono mandón hace brillar sus ojos de caramelo fundido, me hace caso y viene al rincón donde me he acomodado—. De rodillas—ordeno. No duda. Tan fácil, que podría explotar en mis calzoncillos. Está entre mi cuerpo y la pared, me apoyo con una mano, mientras que con la otra librero los botones de mi vaquero. Ema tiene una sonrisa diabólica en su rostro hambriento. Saco mi pene, éste golpea en la comisura de sus labios llenos. Ni siquiera espera a que me adapte a la imagen, lo toma en un puño y lo introduce en su boca de una sola vez. Me atieso en reacción, mientras me succiona como si no hubiera un mañana. Gime conmigo en su boca, sus párpados cerrados, saboreándome. Y sé que no voy a durar mucho. Se vuelve más osada al oírme maldecir y quejarme en voz media alta, mi garganta retorciéndose en gruñidos seguidos y profundos, me empuja más adentro, en su garganta. Nunca había hecho eso y se me escapa un grito grave sin mi consentimiento, ronco y estrangulado, al que ella responde con un sonido agudo e interminable, las vibraciones se enroscan en la cabeza de mi pene, y tiemblo. Sin quererlo avanzo mis caderas, enterrándome más en ella.


No se amedrenta, termina de bajar mis prendas hasta que caen alrededor de mis tobillos y me acaricia el muslo desnudo con una mano, y con la otra aprieta mi base como si quisiera ordeñarme con fuerza. Y es muy posible que esa sea su intención. —Estoy ahí—aviso, sin poder hablar del todo claro. Asiente y me lleva más al fondo, sus dientes raspan un poco y acabo. Consigo apoyo en la pared precariamente y entierro mi mano libre en sus cabellos alborotados, cierro un puño y la mantengo allí, mientras me derramo, torrentes bajando por su garganta. Me retiro unos centímetros al notar que se ahoga, traga la espesa simiente y me limpia, dejándome reluciente con la lengua. —Mierda—murmuro apretado, mis piernas se aflojan. Me deja ir con un sonido hueco y, agitada, se aferra a mis caderas para no perder el equilibro. La levanto en el aire y me muevo precariamente hasta la mesada, con mis ropas atando mis pies. La deposito allí sentada y le abro las piernas. Hago volar su vestido lejos de su cuerpo lleno por todos lados y antes de que sus tetas acaparen toda mi atención, desciendo y quito sus bragas del medio. Mi lengua está encima de su clítoris en un pestañeo y sus caderas casi se levantan de la encimera. Tira de mi pelo y el dolor lo hace todo mejor. Como una posesa recibe mis lametazos, rota sus caderas contra mi boca, y la devoro con el mismo ímpetu con el que me chupó antes. Se deshace rápido, sin permitirme hacer mejor el trabajo, pero así ha sido desde que volvimos. Una montaña rusa intensa, con un apetito sexual que lo engulle todo en un tiempo sorprendente. Con el tirón de su columna se golpea la cabeza con las alacenas y ni se percata. La levanto, impidiendo que se repita, llevándomela de la cocina directo a la cama. Todavía está convulsionando cuando la deposito sobre su espalda y marco un camino de besos hasta sus tetas. Las absorbo y meto los pezones en mi boca, uno a la vez, y de un solo aliento me interno en el interior de su vagina punzante. Cierro los ojos, tomando un respiro, esto se siente cada vez mejor. Se muerde el labio inferior, y su rostro torcido y sudoroso me pone a mil, nuevamente. La sacudo, duro, como lo ha estado pidiendo a gritos las últimas veces. Me apoyo con mis manos a ambos lados de su cabeza y se lo doy bruscamente. Golpe a golpe, grito a grito. Nuestra unión retumba en todo el departamento. Chilla, sus cuerdas vocales cortadas y tensas, se atiesa de nuevo y sé que vamos a llegar al mismo tiempo. Con la primera succión de sus paredes internas ella grita: —En mis tetas— cada musculo de su cuerpito agitado de acalambra.


Sonrío, en medio de un estremecimiento, y salgo expulsado de su interior, apretándome en un puño. Subo a lo largo de ella y me hago venir en ellas. Sus grandes y llenas tetas. Como si ella supiera que me moría por hacer eso. —Carajo—mi voz suena como si estuviera teniendo arcadas—. La puta… No tengo palabras, a la par que ella se acaricia con las manos en las resbaladizas elevaciones, desparramando el semen. Un respiro después, estoy colapsando. *** Cerca de la hora de la cena, Ema y yo acabamos de vestirnos después de una ducha y nos abrigamos para salir e ir al bar. Ahora que ya estamos todos unidos de nuevo y que lo malo parece haberse rendido, dejándonos al fin en paz, León quiere que disfrutemos una cena íntima, entre los Leones más cercanos. La familia completa. Obligo a Ema a colocarse unos vaqueros, camisetas y suéter porque ya hace demasiado frío como para que ande por ahí en vestidos. En realidad esta no es una zona de vestidos, no sé qué es lo que le atrae andar por ahí congelándose. Intenta discutir y pelear, hasta chantajearme con sexo, pero no me gana. Me costó, pero he aprendido a ser firme en mis convicciones con ella, no puedo dejar que en algunas cosas se salga con la suya. Sobre todo cuando está siento impulsiva e irracional, lo que últimamente le sobra. No sabía que las mujeres se ponen tan difíciles cuando se embarazan. Caminamos agarrados de la mano y se acurruca contra mí, olvidando el episodio. Paso un brazo por sus hombros y bajamos las escaleras porque mi departamento queda en la parte de arriba del mono-ambiente de Jorge. Estamos en los últimos escalones cuando su puerta se abre y Tony sale corriendo, lleva un abrigo que casi dobla su tamaño, me río mientras veo cómo se pierde, apurado para salir del complejo y entrar en la zona del bar. Una puteada viene después, y me cruzo con Jorge en el vano mirando a su hijo desaparecer a lo lejos. Sale, y— sorpresa— Bianca lo sigue por detrás, en medio de una risita, ella es quien cierra la puerta con llave. Entrecierro los ojos, y Ema los abre, notando sus presencias enseguida. Ella se frena, me obliga a hacerlo también. —Shhh—sonríe con picardía, cruzando el índice en sus labios. Le hago caso porque también tengo curiosidad y estamos justo encima de ellos, que comienzan a caminar, alejándose. Bianca se adelanta y Jorge se pone justo detrás, y no me pierdo el momento en que su mano se cuela debajo de su falta y le acaricia el culo, a la par que ambos miran para todos lados por si alguien los descubre. — ¿Qué hacen?—pregunta Ema. —Se van—cuento, y seguimos camino—. Y creo que son bastante íntimos—susurro.


Ella se ríe. —Lo sabía—sonríe, sabihonda. Les seguimos los pasos a la pareja de adelante, que casi está llegando al límite enrejado, entonces se dan cuenta de que venimos detrás y nos esperan. Toman bastante distancia el uno del otro ahora, intentado disimular. Es más, la actitud de los dos se enfría como témpanos de hielo. Los saludamos y continuamos, las mujeres se enredan y adelantan, y nosotros nos lo tomamos con calma. —Me alegro de que Ema haya vuelto—dice él, un poco incómodo. Nunca hablamos mucho, no hemos sido cercanos. En realidad, él no se adapta al grupo todavía, y parece que no tiene la intención de hacerlo, planea irse una vez que su camino esté despejado de serpientes venenosas. Un trabajo arduo el de exterminarlas, pero está decidido, porque esa es la única forma de encontrar una vida en paz. Supongo que tendremos que ayudarlo. No sé nada de él, es cerrado, y lo poco que he descubierto viene de la boca llena de odio de Max. Lo odia. O lo odiaba. Ahora es como si lo tolerara un poco más. Al menos no se ponen tensos como piedra cada vez que están en la misma habitación. —Gracias—digo, apreciando sus palabras—. Al fin podemos respirar de nuevo—me río por lo bajo. Asiente, como si entendiera demasiado bien lo que sentí estando separado de la chica que amo por tanto tiempo. Baja la vista al suelo y se cierra, así como así la conversación se corta antes de siquiera comenzar del todo. Llegamos al bar y entramos, encontrándonos con casi todos. Lucre y Francesca están reunidas en el rincón, las dos con sus bebés en brazos. Bueno, Lucre tiene a uno de sus gemelos, el otro debe andar en brazos de su padre. Fran sostiene a su hija, Esperanza. Tony y Abel corretean por ahí, adueñándose del lugar. Esos dos aman estar aquí, ya los imagino en un futuro tomando toda la mierda montados en motocicletas. Vamos a la barra y dejo que Ema se quede con las demás mujeres. Allí, León no me da respiro y me tiende un porrón de cerveza. Miro alrededor y ahí están todos, en ronda, sonriendo. —Me encanta hacer esto—empieza el jefe—. Levantemos, que estamos todos juntos, y festejemos, siempre tiene que haber un motivo para hacerlo. Alza su bebida y todos aullamos, copiándolo. Después el líquido frío recorre mi garganta y cada emoción se siente de nuevo en el lugar correcto. Familia, eso es. Calidez me invade y me uno de lleno en la experiencia, rodeado de amigos y amando el momento. Más allá


poso mi atención en Ema y está estirándose para retener al gemelo de Lucre en sus brazos. Lo apoya dormido contra su pecho y en su rostro se forma un gesto enternecido, mientras se derrite por él. Su mirada fija en la nada brilla y tengo que tragar ante el fuerte pinchazo en el pecho. Dios, podría morir de amor ahora mismo, caer redondito en medio del círculo. Una mano palmea fuerte mi hombro y me desvío para encontrar los ojos chispeantes de Max, él choca su botella con la mía. — ¿Demasiado para procesar?—pregunta, fijándose en Ema y su hijo—. Es un sustito al principio—asegura—. Después, cuando tenés a tu propia sangre en brazos, el miedo desaparece… y el mundo también. No existe absolutamente nada más que la familia que creaste. Te felicito, hombre, y sé que vas a hacerlo genial. Asiento en gratitud por el apoyo, no digo nada, no soy capaz. Últimamente vivo sin palabras, mudo. Jamás creí que las cosas podían ir así de bien para mí, ahora que me hice a la idea, no puedo dejar escapar esta alegría. La felicidad que me da la seguridad de que estoy donde tengo que estar y eso es lo que importa. Antes estaba bien, formando parte de la familia, siendo un hermano más, rodeado de amigos y tipos que me respetaban y apreciaban. Nunca imaginé que podía tener más. Que podía estar mejor. Nos acomodamos en la mesa, media hora después, para disfrutar una comida tranquila, sencilla, como la que siempre nos caracteriza. Me siento junto a Ema y me fijo en que nada le atraiga náuseas, por suerte se prende a las empanadas de carne y pierdo la cuenta de cuántas se come. Así es cuando encuentra algo que le va bien, y le gusta. Sólo lo engulle todo. Acabamos la cena un rato luego, y cada cual se dispersa rápido, se consiguen más variedades de bebidas en la barra y las mesas de billar son rodeadas por tipos que tienen muchas ganas de apostar. Las mujeres se amontonan en una mesa, y disfrutan antes de que se vean obligadas a llevar a los niños a dormir. Bianca está detrás de la barra dando una mano a Adela, se complementan bien y tienen a los solteros embobados. En especial la hermana de Santiago. Luce una falda tableada, negra y un top que deja al descubierto un firme estómago con ombligo y piercing incluido. La imagen es más que atractiva, podría prender fuego las braguetas de todos. Y Jorge… simplemente está allí, bebiendo sólo al final de la barra, comiéndosela con los ojos. No sé si alguien más lo nota, o sólo yo, al saber la naturaleza de la relación entre ellos. Me encojo y lo olvido, aceptando un whiskey y un guiño de Adela. Estoy allí, paseando de acá para allá, pasando el rato en cada grupo, yendo a Ema de vez en cuando por si necesita algo o quiere ir a la cama. Se ve fantástica en compañía de las chicas y la dejo tranquila, le hace bien tener esos momentos con ellas. Sus amigas. Me alegra que se integre así de fácil, no quedan dudas de que es una más de la familia. Regreso a la barra y no hay nadie, entonces decido reponer yo mismo mi vaso, colándome al otro lado. Soy


de los que tienen el permiso de Adela, así que no es un problema. Lo hago y antes de salir le echo un vistazo a la mujer en la cocina que está de rodillas bajo la mesada, buscando algo. Parece necesitar ayuda, así que entro a socorrerla. —Hey—le digo. Adela levanta la mirada y me sonríe. —Mi héroe—suspira—. Necesito trapos y rejillas nuevos para secar los vasos que acabo de lavar, se me está inundando todo y los que tenía se empaparon. Hay en el depósito de limpieza, arriba. Mandé a Bianca pero se está demorando, seguro la tonta no los encuentra. Ella es toda una perfeccionista, que la condenen si esos vasos se secan con manchas de gotitas marcadas en el cristal. Antes de girar, no me pierdo el quilombo de agua que hay encima de la mesada, por la pérdida que sale desde la canilla. —Entendido, ya voy—digo, saliendo. —De pasada, avísale a León—pide, secándose la frente con la manga de su camiseta—. No puedo cerrar la maldita llave de agua acá abajo, está atrancada. Hago lo que me pide, busco a León y le comunico, él no se demora en ir de camino. Mientras tanto, subo las escaleras, directo al depósito de limpieza que siempre se mantiene lleno, con todo lo que se pueda imaginar. Llego allí y muevo el picaporte, me cuesta un poco abrir, parece atascada. Empujo y miro el suelo para encontrar al culpable. El tacón de un zapato, arrugo la frente con extrañeza, y me agacho para deshacerme de él y destrabar. No hago más que abrir unos centímetros más, que la escena me golpea de lleno en la cara. Sexo. Sexo duro y desenfrenado. Justo frente a mis ojos. Lo primero que debería hacer es cerrar y regresar sobre mis pasos, pero me quedo inmóvil. Tan sorprendido que ni pestañeo. Jorge tiene sus vaqueros enroscados en los tobillos, el culo fibroso al aire, que se tensa con cada envite brusco de caderas. Aporrea a Bianca, contra la pared, mientras le susurra cosas en el oído. Cosas, imagino, muy sucias. La chica se aferra a él con las piernas a su alrededor y una de sus manos clavando uñas en su nuca. Sus respiraciones espesas llenan en agujero oscuro. Ninguno de los dos me nota. Reacciono cuando la chica gime en alto y brinco atrás, nunca tuve tanta rapidez para cerrar una puerta. Aunque no me pierdo la parte en la que ella se tensa, sus ojos yendo hacia atrás en éxtasis. El comienzo de un chillido ensordecedor sale de sus labios y Jorge lo ahoga cubriéndole la boca con una mano, violentamente, embistiendo aún más rudo. Bien, ya vi suficiente, más de lo que debería. Cierro la puerta, tratando de ser silencioso, pero estoy seguro de que aunque la aporree, ellos ni se enterarían. — ¿Qué hay ahí?—salta una voz suspicaz viniendo desde mi lado.


Adela. Entrecierro los ojos. Definitivamente no es una buena idea que ella vea esto, pero ¿qué mierda invento? Nada. No hace falta, porque se asoma, y así como lo hace, se arrepiente y vuelve a cerrar. Demasiadas personas viendo la intimidad de una pareja. Una pareja muy secreta. Porque estoy seguro de que nadie además de nosotros dos, y Ema, lo sabe. —Eso es una muy puta mala idea—murmura, apretando los dientes. Está preocupada. — ¿Por qué?—encuentro mi habla. —Santiago—responde, seca. Los dos nos miramos, y no hace falta intermediar palabras, llegamos a la conclusión de sellar nuestras bocas y no decir ni mierda de esto. Nos movemos para bajar las escaleras y Adela se resigna a que tendrá que volver a lavar sus preciosos vasos de nuevo, más tarde. Bianca y Jorge demoran cerca de veinte minutos en bajar y me rio por dentro cuando una muy molesta Adela los fulmina con la mirada sin que la noten y se escabulle para al fin obtener sus trapos. Niego, divertido. — ¿Jugamos un truco?—me pregunta Gusto, distrayéndome. Me encojo, ya que no es mala idea. Pasamos la hora siguiente intercambiando parejas de dos, las ganadoras permanecen, las perdedoras se rajan. En un momento, Santiago acaba emparejado con su hermana, y construyen una muy buena dupla. Ambos excelentes jugadores. Se vuelve difícil ganarles. Jorge y yo decidimos poner a prueba esa certeza. Nos acomodamos, los integrantes de cada equipo enfrentados. Ya es tarde y poca gente queda, las mujeres ya desde hace rato de marcharon a dormir, y ahora Ema está con Adela en la cocina, ayudándola, seguramente. León se ocupa en dejar ordenada la barra. Me digo que ésta será mi última partida y después nos iremos a dormir. Comienza la guerra de señas y estrategias. La mano se pone buena, bastante pareja, confío en que no vamos a ser abochornados por los hermanos Godoy. Bianca parece estar en su salsa, todavía un poco ruborizada por su encontronazo con Jorge a escondidas. Tuerzo una sonrisa, porque ahora somos tres en la mesa con el secreto en la lista. Estoy a punto de cantar un truco, encantado con mis cartas, cuando la mesa vuela y Santiago, salvaje, se engrandece de pie. Su brazo se estira con una rapidez casi inhumana y cierra el puño de piedra en el grueso cuello de Jorge. A la mierda todo. —Deja de tocarla bajo la mesa—le gruñe, los dientes apretados y su rostro de granito, inamovible—. ¿Crees que soy tan idiota como para no darme cuenta?


El bar se queda en silencio, la música baja que llega a nuestros oídos desde algún lugar se siente fuera de escena. Muy mal. Adela casi se salta la barra con tal de llegar rápido a nosotros. Bianca se levanta, pálida. ¿Y Jorge? Se queda allí, quieto. Poco a poco, sus ojos dorados se ponen risueños. Y acaba regalándole una media sonrisa tan arrogante que me hace querer negar con amonestación. Paso en falso. Ya todos nos figuramos: Santiago se la va a borrar a golpes. Tanto, que hasta no va a reconocerse a sí mismo en el espejo. ¡Qué osadía la del tipo! Nadie le sonríe así a La Máquina. — ¡Basta!—Bianca intenta separarlos. En vano. —Santiago—lo llama Adela, insistente. Por lo general ella tiene poder sobre él. En esta ocasión, ni siquiera parece reconocer su presencia. —Voy a molerte, hijo de puta—Santiago aprieta más, las venas de sus manos tatuadas sobresaliendo—. Te voy a matar. Cuando él da una afirmación como esa, generalmente está diciendo la pura verdad. Bianca, al ver que no tiene efecto en su hermano, se interpone y sienta su culo en el regazo de Jorge, mirando de frente esos ojos vacíos, parecidos a los de ella. — ¿Cuál es tu problema?—le pregunta, molesta. Pone las manos en su pecho y lo empuja, consigue lo que quiere y Jorge se atraganta cuando lo deja libre. La Máquina, vaga alrededor demasiado nervioso como para calmarse. Nunca nadie lo vio así, él es la personificación del control absoluto. Pero su hermana parece tenerlo en el borde. Y eso es… porque ella le importa. —Vas a armar tus valijas—la señala directamente con el índice—. Te quiero lejos de acá, mañana a primera hora. Los ojos azul claro de Bianca se abren, gigantes, y se espesan un poco. Le duelen sus palabras. —No—responde, segura de sí misma. Santiago arremete sobre ella y tironea de su delicado brazo, apartándola de Jorge. Bianca se escapa, rabia cruzando su rostro bonito, y más dolor. Su hermano la está echando, delante de todos.


— ¡Te vas!—le grita él, como pocas veces lo ha hecho—. Nunca debiste haber venido, Bianca. Regresá a donde perteneces, éste no es tu maldito lugar. La chica traga. Y un Jorge furioso se levanta, va a ella, ignorándolo. Adela sujeta del brazo a su hombre cuando éste intenta llegar a él y destrozarlo a palos porque está tocando a su hermana menor. No sé qué hacer, estoy de más acá, como el resto. No me siento con el permiso de interceder. Ni siquiera León que observa desde la barra, con ojos, no sorprendidos, sino especuladores. La mirada de Adela es triste, mientras aprisiona a Santiago y observa a su cuñada. Bianca es encerrada por los brazos gruesos de Jorge, que la consuela como puede, ya que no se ve muy familiarizado con esa acción. La aleja, se la lleva mientras todos vemos cómo los ojos de Santiago se vuelven más asesinos. Sin embargo, no los detiene. Toman a un Tony ya cansado, casi dormido en un rincón, y nos dejan. Después Santiago tironea lejos de Adela y se va por la salida trasera. Ema viene a mí, igual de afectada. Y pienso que es muy probable que todos queramos olvidar este desastroso final de la noche a la mañana siguiente.

Ema Bianca no se marcha del recinto, y eso no me asombra, lo esperaba. No va a dejar que su hermano trate de dirigir su vida, ella se siente bien en este lugar y se quedará el tiempo que quiera. Llega a cocinar cerca de las doce del mediodía siguiente y actúa como si nada hubiese pasado, intento hablar con ella sobre ello, preguntarle si está bien y si necesita dónde quedarse. Bianca sólo me corta al comienzo, lo único que cuenta es que León le dejó instalarse en el altillo sobre el bar. No habla de sus sentimientos ni de lo que significó para ella que su hermano la tratara así. Tampoco se refiere a Jorge, e intuyo que también tuvo alguna discusión con él. Imagino que es doloroso, y admiro su actitud de “todo sigue igual de espectacular para mí”, con su sonrisa sin vacilar y su entusiasmo encendido. Ella es fuerte, quizás los demás piensan que es débil, pero yo encuentro más en ella que cualquier otra persona. Por más que no sea capaz de ahondar en sus ojos. Bianca no se rompe fácilmente, no es una muñequita de cristal. Ésta vez, Alex se ha ido al taller a retocar su moto y nos deja solas para preparar el almuerzo. Mientras Bianca pela las verduras y me las pasa para que las corte en pequeños trozos, la puerta es aporreada. Al saber que está abierto, invito a entrar a quien sea que es.


Las familiares botas de Adela responden a mi bienvenida y vacilan en el vano de recorrido a la cocina. Sé que está avaluando la reacción de Bianca, que, a mi lado, la saluda con el tono agradable de siempre, invitándola a ayudarnos con la comida. —Gracias—dice Adela, acercándose al fin—. Pero paso. Bianca y yo nos reímos, ya sabíamos que diría algo de ese estilo. —En cuanto a lo de anoche… La chica a mi lado se queda muy quieta, abandonando lo que está haciendo. Y hasta puedo imaginar la mirada que le está dando a su cuñada. —No importa—le asegura, quitando drama. Adela suspira, lejos de resignarse a acabar con esto tan rápido. —No estoy contenta con su manera de tratarte, Bianca—insiste—. Concuerdo en que fue horrible y ya hablé con él sobre eso. Pero estoy de su lado en lo demás. Bianca retoma con su pela-papas. Y yo, en el medio, no sé qué decir para que la tensión se vaya, así que me mantengo en silencio dejándoles un momento. —No soy una resentida—dice Bianca, apagada—. Te entiendo, es tu hombre y… —No es por eso que lo apoyo en esto, y lo sabes—la corta Adela, ahogando su molestia—. Es porque tiene razón. Estar con Jorge te va a arruinar… Ahora, sí. Bianca deja ir todo bruscamente y camina a ella, enfrentándola cara a cara, bien de cerca. —Creo que la menos indicada para decirme eso, sos vos, Adela— está enojada, pero aun así se oye tranquila—. Estás con mi hermano, ¿no? Además, sólo estaba pasando el tiempo, no era como si quisiera casarme y tener hijitos… Se ríe secamente, pero su tono se estremece un poco. Las otras dos lo notamos bien. —Tu hermano no está en medio de un plan macabro—dice Adela, su voz moderada, tratando de ser paciente—. ¿Sabes de dónde viene Jorge? ¿Lo que planea? ¿Quiénes son sus enemigos? ¿Lo que él es capaz de hacer? Bianca vuelve a su posición, suspirando.


—Sé lo que es capaz de hacer con su lengua… y con eso me alcanza—silencio, y sofoco una risita porque sería inapropiada, ambas están fastidiadas—. Pero, de todos modos, no importa… ya no deberían preocuparse más, él también me echó… Trago y cierro los ojos, lamentándolo. Ella suena tan herida ahora. — Ya no estamos juntos, si es que alguna vez lo estuvimos—seca carcajada, la oigo pasar saliva tensamente—, sólo fueron algunos polvos acá y allá. Sexo y nada más. Nadie más agrega nada, Bianca sigue con su trabajo justo a mi lado y Adela se pasea por la cocina. Ambas, ella y yo, notamos el dolor de la chica. Y mi sensibilidad quiere obligarme a lloriquear como un bebé justo ahora, aunque no sean mis lágrimas para derramar. Es como si Bianca me transmitiera la mierda que está sintiendo y guardando con ahínco bien adentro. Sin siquiera pensarlo muevo el brazo al costado y busco su mano, la aprieto con la mía. Simplemente porque quiero que sepa que estoy de su lado. Que la entiendo. Ella me devuelve el apretón. —Gracias—susurra, tan bajito que nadie más puede oírlo, ni siquiera una silenciosa y pensativa Adela. Permanecemos las tres allí, cambio de tema y ellas enganchan el ritmo enseguida. La discusión anterior queda atrás, enterrada. Y, poco a poco, volvemos a ser el trío de antes, cero drama añadido. Y ninguna locura sobre hombres en el medio. Solo tres chicas que han logrado ser muy cercanas con el tiempo. Cuando Bianca coloca el puchero en el fuego, Adela se despide, sin antes acordar encontrarnos por la tarde en el bar. Alex llega cuando estamos preparando la mesa y pregunta si tiene tiempo de darse una ducha. Le doy un beso largo, embotellando todo mi amor, como si hubiésemos estado separados por días y días, y no sólo un par de horas. Le aseguramos que puede ir por el baño, y, después de eso, Bianca va directo a su abrigo. — ¿No te querés quedar?—pregunto, siguiéndola de cerca. Inspira profundo. —No, como que quiero estar sola un rato—sonríe, un sonido triste viniendo. Interpreto sus palabras por lo que son, quiere estar sola y romperse sin que nadie esté viendo. Mi corazón se estremece por ella. Está sola, su hermano le ha dejado claro que no la quiere cerca, y parece que Jorge se unió al mismo equipo, también. Otra persona, ya se habría ido con el rabo entre las patas, pero no Bianca. Ella, ahora más que nunca, se quedará e insistirá.


Estoy a punto de despedirla a la par que llega a la puerta, pero me corta antes de tiempo, enfrentándome. Aguardo, sintiendo que va dejar ir algo desde muy adentro. —Todo el mundo a mi alrededor tiene una vida, Ema—y ya con eso mis ojos se inundan por sus palabras apretadas—. Incluso mi madre siguió adelante. Sólo yo me he quedado estancada en el mismo lugar por años, no avancé. Venir acá me dio algo en que creer. Sólo quería a mi hermano de vuelta, y parece que él también prefiere seguir sin mí… —Bianca…—trago. Quiero corregirla, no creo que Santiago piense así. Es más, todos sabemos que quiere protegerla, nada más. Bianca es la única que no parece darse cuenta y lo toma como una forma de lastimarla. —Shhh—se ríe y me frota el brazo, casi acorralada por el llanto—. Lo superaré, siempre lo hago… Sorbemos a la vez y escucho la puerta abrirse, antes de que salga del todo la detengo con una pregunta. — ¿Lo querés? Siento sus ojos mirarme directo a la cara. —Por supuesto que lo quiero, es mi hermano—responde, por lo bajo aunque segura—. Lo amo. Asiento, sin embargo, no me refería a él. —A Jorge—corrijo. Nada llega, noto que está pensando muy bien su respuesta. Detengo el aliento, a la expectativa. Mi instinto me dice que sí, pero no sé si ella será sincera al respecto. —Eso no importa—decide al final—. En su vida tampoco hay lugar para mí. Lo que yo tengo que hacer ahora es… formar mi propio camino. En base a mí misma, y no por terceros… Se va, dejándome allí. Pero, por más triste que me siente su situación, confío plenamente en que saldrá adelante por sí misma. Sin más dependencia de nadie.


Capítulo 25 Alex Los días avanzan rápido, y el fin de semana, lo único que estoy dispuesto a hacer es quedarme encerrado con Ema en casa. Tranquilos los dos. Incluso liberamos a Bianca, por más que insista, ella ya ha hecho demasiado por nosotros, es hora de que deje de estar pendiente de los demás, y tan abierta a brindar favores. Prometimos que, la próxima vez que venga, nosotros cocinaríamos para ella. Algo se nos va a ocurrir, supongo. En la mañana del sábado, abro los ojos ante la claridad y me encuentro con una despeinada pelirroja a mi lado, dormida profundamente. Su pelo está por todo el lugar, y sonrío embobado observándola. Esto es lo que quiero cada comienzo del día en mi vida, estoy seguro de que no podría vivir sin tenerlo. Dejamos la persiana abierta porque a Ema le gusta sentir el sol en el rostro al despertar, generalmente se queda así por un rato antes de ponerse en marcha. Pero se está acercando el crudo invierno, y pronto ya no podremos mantenerla abierta por el frío, pocas veces tendremos un sol cálido entrando a la habitación. Me estiro, tensando todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo, y de una patada saco a Greta de la cama, que cae al suelo de pie. Me siento, preocupado, para verla aparecer con una expresión de molestia en su cara chata, entonces se toma el trabajo de volver a su lugar. O, más bien, acurrucarse contra las piernas de Ema, lo más lejos posible de mí. Me río por lo bajo, negando para mí mismo. De nuevo poso mi atención en la chica dormida a mi lado y despejo el pelo rojizo de su rostro pacífico. Después deslizo una mano abajo, barriendo las sábanas para descubrir su cuerpo. El camisón que lleva ya es corto, de por sí, pero con la elevación en su vientre se acorta aún más por delante. Eso no quita que ella se vea tan sexy que mi pene reacciona dando un respingo, la deseo tanto que está cerca al límite de la locura. La estudio fijamente, acariciándola en círculos, desnudándola. La barriga ha crecido mucho, es ligera en ello, cuando me quiera acordar, nuestro hijo va a estar a punto de salir. Me estremezco. No sé qué será de nosotros dos cuando eso pase. Escondo ese detalle en el fondo de mi cabeza, dejándolo para después cuando vengan los insistentes pensamientos que intentan convencerme de que seré un buen padre. Tengo que alentarme a mí mismo.


Me arrodillo junto a ella y encuentro su ropa interior, dispuesto a deshacerla lo más rápido posible, revoleo las sábanas y Greta queda atrapada debajo. Le doy un amable empujoncito para que se vaya a su propia cama en el rincón, mis objetivos no tienen en mira que ella participe. Se va, aun pareciendo enojada, pero—insisto—ella siempre tiene una enojada. Sale de la habitación y me olvido de la gata. Ahora tengo a Ema para mí solo, y me coloco entre sus piernas, mi boca se hace agua cuando lanzo al suelo sus braguitas. Un pestañeo después apoyo mi boca abierta en sus labios externos y lamo, lubrico y trabajo en que se despierte bien cachonda. Antes de que su cabeza esté incluso despejada del sueño, sus caderas comienzan a danzar al ritmo de mis atenciones y sus jugos son tomados en mi lengua. Eso fue rápido. Una mano temblorosa se aferra a mi pelo y tira fuerte, gruño con su clítoris en mi boca, succiono y me alejo, ella me persigue buscando más. Introduzco dos dedos a la ecuación y la vuelvo loca. No tarda en contraerse y latir, sollozando, mientras su bajo vientre se atiranta, con las últimas contracciones. Por Dios, es tan hermosa luciendo ese abultado estómago que me olvido de respirar. Me subo encima y busco su boca, ella me recibe, obteniendo una probada de su propio sabor. Estamos en medio de todo ello cuando se detiene, sus ojos fijos en mi cara, como si me viera seriamente. Espero. —Tengo que ir a hacer pis—suelta, removiéndose. Alzo las cejas, un poco divertido. Mi pene no tanto. — ¿En serio?—pregunto, bajando a su boca. La entretengo un poco más, hasta que ya no puede ignorar la situación. —Um, en serio, necesito ir—sale de la cama. Se tambalea un poco, el rubor del sexo aun en sus mejillas y sus ojos espejados con deseo. Voy junto a ella y la acompaño, porque aún está un poco abrumada por el sueño y mi ataque. Vuelvo al cuarto y estoy buscando mis vaqueros entre el montón de ropa amontonada en el ropero justo en el instante que mi celular suena. —León—respondo, directamente. —Buenos días—habla desde el otro lado—. Tengo un coche entrando en los límites, los chicos llamaron. Visitas para ustedes… Arrugo la frente, me siento en el borde de la cama, frotándome el rostro. — ¿Sí? ¿Quién?—pregunto.


—Katia Moronta—suelta. Abro los ojos, sorprendido. — ¿Qué les digo?—quiere saber. Miro en dirección al baño, a los ruidos que Ema está haciendo al lavarse los dientes. Pienso que a ella le gustaría mucho recibirla. —Que no la detengan, déjenla seguir—digo. León concuerda e interrumpe la comunicación. Ema vuelve y se sienta a mi lado acariciando mis pectorales y tomando un rápido camino al sur. Directo a la cinturilla de mi ropa interior entre los botones abiertos del pantalón. — ¿En qué estábamos? Te debo… —No me debes nada—corto, le doy un beso en los labios—. Tu amiga está viniendo para acá. No frena el toqueteo y siseo entre dientes cuando se cuela dentro y me toma en su puño. — ¿Qué amiga?—ronronea, jugando. —La agente especial—sonrío y ella se detiene. Su expresión se vuelve prudente, pero ansiosa. Se pone de pie y se ocupa en conseguir alguna prenda para cambiarse. Me rio de su apuro, mientras le coloco un vestido en la manos y pongo cerca sus zapatos. La dejo vistiéndose y enfilo hacia la cocina, poniéndome una camiseta, para preparar café. A la agente Katia parece que le gusta ir de visita muy temprano para ser fin de semana. Llega justo para el desayuno. Estoy sirviendo tazas cuando unos golpecitos me llegan desde la puerta. Voy a abrir y allí la encuentro. No Aída, sino Katia. Y, tengo que decir, son el agua y el aceite a pesar de ser la misma persona. Los chispeantes ojos castaños me saludan, al ser levantadas sus gafas de sol, y me pone un poco incómodo cuando me recorren de pies a cabeza, como si me evaluara. Y aprobara. Cuando vuelve a posarse en mi cara me guiña y se adelanta para tenderme una mano como saludo. —Buenos días, señor soy-un-sex-symbol-por-las-mañanas—no necesito invitarla a entrar, lo hace por sí sola—. Llegué justo para el desayuno.


Se cruza de brazos y estudia mi casa. Yo la estudio a ella, tan llena de sí misma y su actitud liberal. No acepta la mierda de nadie. Está vestida de azul oscuro, pero no parece un uniforme trabajo. Su pelo lacio y marrón brillante cae un poco más debajo de sus hombros. Sus modos son prepotentes y seguros de sí mismos. Ema recorre todo el pasillo con una expresión de felicidad y veo el momento exacto en el que los ojos de Katia brillan con reconocimiento, ablandándose tanto que parece volver a ser la vulnerable Aída. Ema la abraza, y la mujer ríe, devolviendo el apretón. No me queda otra que sonreír por ellas. A Ema no le importa haber sido engañada durante cinco años, entiende que ella estaba haciendo su trabajo. Y la salvó de David. Además, es claro que esa amistad es real y pura. Les permito tener su momento y me marcho a buscar los cafés. Cuando regreso están sentadas en la mesa y no pueden parar de hablar. —Gracias—dice Katia al recibir el café—. Ahora, ¿cómo está ese bebé?—pregunta, mirándonos a los dos. Ema sonríe, gigante y brillante. —Está perfecto—contesto, dando un sorbo. Katia me da una blanda sonrisa de hoyuelos. Estamos así por un rato, casi la mitad de la mañana se va para cuando ella se endereza en su silla y sus modos de agente vuelven, cortando cualquier amigable conversación. Ahora sé que lo que está a punto de soltar no será ni de cerca una nimiedad. —No voy a mentir, mi visita no es del todo amistosa—se pone formal. Ema y yo también nos oscurecemos, porque sabemos que dirá algo que tenga que ver sus padres y Ferro. —El juicio es en dos meses, más o menos—comienza, observa a Ema, en busca de una reacción—. Nos preguntábamos si estás dispuesta a declarar. Me transformo en piedra fría en mi sitio, mi humor hundiéndose en el lodo fácilmente. Estoy a un segundo de quejarme y enviarla a volar, pero Ema habla. —Claro—dice, pensativa y segura—. Voy a declarar. No sé qué decir, me quedo viéndola fijamente un rato. Tratando de pensar con claridad sobre esto. Descubro, por el rabillo del ojo, a Katia mirarme con atención, esperando que me niegue y no le permita hacerlo. Pero no voy a interceder, es su decisión, si Ema quiere, mi apoyo será infaltable. El problema es que temo que todo esto le ponga presión al embarazo, quiero que ella esté tranquila.


—Todo sea para que se pudran en la cárcel—agrega. Katia asiente, completamente de acuerdo. —Enfrentan varios años, hasta cuatro décadas, o perpetua con toda la furia— informa—. Todo depende de que sean bien machacados en el juicio. —Con más razón voy a declarar, no quiero que salgan nunca más—acaba Ema, su voz teñida de resentimiento por primera vez desde que la conozco. No necesitamos más de eso en nuestras vidas, yo ya tengo demasiado adentro y por lo que veo, tendré que vivir con él. Apagarlo con el tiempo, porque ya no hay probabilidades de que pueda darle su merecido a David como siempre he querido. —Van a pagar, Ema—Katia se estira para tomar su mano—. Por todas esas chicas que secuestraron, por todo lo que te hicieron… Van a pagar con creces. Ema sonríe y asiente, cree profundamente en las palabras de su amiga. Y me sorprendo al hacerlo también, Katia es segura y confiable. Es sincera y va de frente. La invitamos a almorzar, pero no accede porque tiene que marcharse a seguir con su trabajo, promete mantener el contacto, por amistad y por el juicio, también. Nos mantendrá informados al respecto. Asegura que volverá cuando su cabeza esté un poco menos hundida en los archivos de su oficina. Antes de irse, se despide prolongadamente de Ema y le acaricia el vientre. Ella está ansiosa para que nazca, se puede oler a distancia. Siente algo especial por ese bebé, lo relaciono con el amor que le tiene a Ema y los meses que pasaron juntas en Francia. Katia fue la primera persona ajena en saberlo, en notarlo. Y pasó a través de incontrolable preocupación por su amiga. Me abrigo para escoltarla a su coche, mientras Ema vuelve a meterse en el baño a los apurones. No hago más que salir que enciendo un cigarro y caminamos a la par. Un rato en silencio, hasta que Katia suspira y rompe la calma. —Le hablaba a Ema sobre ustedes—dice, y me toma por sorpresa—.La chica era una mariposa en un frasco, agitando sus alas, pero nunca alzando el vuelo. Ansiaba libertad, aventura, intensidad. Y por estos lados, Los Leones son el verdadero reflejo de lo interesante y emocionante. Así que le describía las veces que los veía cruzar el pueblo en sus motos, son sus cueros y sus presencias intimidantes… No hay nadie en este lugar que no desee tener el pase libre al clan. Todos los admiran y quieren formar parte. — ¿Incluso la eficaz agente Moronta?—pregunto, bromeando. Se ríe, mirando adelante.


—Incluso ella—responde, mirándome con complicidad—. Es una hermosa casualidad que ustedes la encontraran. Sonrío. También lo creo. Ema fue mi milagro, además. Me ayudó a abrirme, sin nombrar que me vio tal como yo soy, sin primeras impresiones en medio. Ahondó en lo profundo de mí, entró con una facilidad increíble. Sólo ella es capaz de lograr eso. Y sobre todo, me enseñó a amarme a mí mismo, con mi pasado y errores incluidos. Todo eso me llevó por este camino. Puedo decir que soy feliz, que al fin sé lo que es sentir el corazón latiendo por emociones tan fuertes y vertiginosas que casi ni las crees. Nunca me pasó, la felicidad siempre era opacada antes, por la preocupación constante o el dolor. Tuve mi primera chispa de luz cuando León me dejó montar al final de su caravana la primera vez. Ahora estoy rodeado, soy afortunado. — ¿Me dejas hacerte una pregunta, Castillo?—Katia estanca sus pies junto a la puerta de su coche. Meto una de mis manos en el bolsillo y con la otra separo el cigarro de mis labios. Con ojos entrecerrados le doy un asentimiento, por dentro me pregunto preocupado qué será lo que quiere saber ahora. Se nota curiosa, y demasiado perspicaz para el bien de los malos. —Hay algo personal entre Ferro y vos, ¿no?—comienza, mirándome directamente—. Estuviste preso por matar a sus hermanos, zafaste. Pero los dos sabemos que lo hiciste, ¿me equivoco? Me atieso, sintiendo mi corazón acelerarse. Estoy allí de pie observándola como si se estuviera acercando un terremoto directo a nosotros, a punto de destrozar el recinto hasta no dejar nada. —Tranquilo, esto no es un interrogatorio—me palmea el brazo—. Es curiosidad personal, no tiene nada que ver con mi trabajo. No es mi intención meter en la cárcel al padre del bebé de mi amiga—se ríe, divertida a más no poder con mi inquietud—. Yo sólo… cuando te enfrentaste a mí para llegar a él, allá en Francia, presentí que tu resentimiento venía siendo arrastrado desde mucho antes de que se llevara a tu chica… Trago la bola de sentimientos contradictorios que me invade. Lanzo la colilla al suelo y la aplasto con la suela de mi bota. Estoy dividido entre soltarlo todo o simplemente seguir guardándomelo. Todo en Katia me indica que no sería un problema confiar en ella… Pero, no sé… es difícil volver a hablar del pasado, y más con un desconocido. — ¿Qué fue lo que Ferro te hizo?—insiste, esperando con atención.


Ella advierte mi duda y pincha, porque sabe que está cerca de conseguirme. La observo un rato largo, evaluando mis probabilidades. Me lanzo a la pileta, decido darle una oportunidad. Después de todo, ¿qué puede pasar? Ferro se va a pudrir en una cárcel de máxima seguridad. —Éramos vecinos, allá en capital, en una villa en crecimiento—comienzo, mirando a todos lados menos a ella—. Vivía en una casilla de chapas con mi hermana menor, Cami. Ella tenía catorce, yo diecisiete. David y sus hermanos la abordaron una tardecita al llegar a casa de la escuela, yo no estaba cerca… la arrastraron lejos, a un pequeño monte abandonado en las afueras… Le echo un vistazo de refilón a Katia y ahora su rostro está pálido, apuesto a que se siente enferma. Como me pasa a mí cada vez que atraigo esos recuerdos a mi mente. Me hace mal el hecho de darle vida a lo que le pasó a Cami en mi cabeza, imaginar su experiencia me deshace. Pero, a pesar de saber que me hace mierda, no puedo parar una vez que comienzo. —La drogaron—escupo, yéndome lejos de donde me encuentro—. David le inyectó un paralizante, o eso deduzco, por lo que ella pudo contarme en medio de sus ataques… Por la forma en la que dijo que su cuerpo dejó de moverse y responderle… La violaron. Ferro dejó que sus hermanos violaran a una niña de catorce años mientras miraba, y después la dejaron allí tirada como basura… Trago, tomo un respiro profundo, tratando de calmar la rapidez con la que mi corazón corre ante el sufrimiento. —Cami no estaba bien, venía acarreando problemas. Ahora que soy mayor y entiendo más, puedo decir que estaba depresiva, las señales parpadeaban todas ahí, justo frente a mí… Lo que ellos le hicieron fue la gota que rebalsó el vaso, no lo soportó más y después de cumplir quince, se suicidó… Pestañeo fuera del pasado cuando Katia sorbe por la nariz, fijo mi atención en ella. No está llorando, pero puedo asegurar que se está conteniendo con todas sus fuerzas. ¿Para seguir sosteniendo esa apariencia de chica segura y fuerte? Vaya a saber. Da un paso cerca de mí y me frota el brazo, ahora sus ojos me observan con un respeto nuevo. Más sólido. —Maté sus hermanos—le digo, observando sus ojos oscuros afectados—, y no me arrepiento. Sonará inhumano, pero lo haría una y otra vez, si tuviera la oportunidad. Y juré también vengarme de David, se salvó porque nunca más lo vi de nuevo, hasta la actualidad. —No te juzgo—murmura, alejándose—. No puedo hacerlo… ¿Quién puede? Eran monstruos…—una seca carcajada abandona sus labios, niega—. Puedo estar teniendo una revelación de doble moral ahora, al decirte esto, al apoyar tu decisión. Me han capacitado para


hacer cumplir la ley, para ser honesta y servicial por ella, lo que hiciste no es correcto… Pero además de agente, soy humana, y no puedo juzgar este acto en particular con la frialdad con la que me enseñaron. Sólo puedo preguntarme: ¿qué haría si estuviera en tu lugar? Camina hacia atrás, yendo a su auto. Sus ojos se limpian, ya no están conmovidos, ahora son frescos, serenos. Vuelve a ser la agente Moronta nuevamente. Me dedica una sacudida de cabeza como despedida y abre su puerta. — ¿Qué harías, entonces?—salto, apresuradamente antes de que se siente tras el volante. Ahora necesito saberlo. Ella voltea y me mira a los ojos. —Lo mismo, Castillo—responde, firme—. Si lastimaran así a alguien que amo, creo que haría exactamente lo mismo. Asiento con un nudo en las cuerdas vocales, de alguna forma me libera que alguien como ella lo entienda. Se sube a su coche, lo enciende y la veo alejarse sin darme una segunda mirada. Me quedo allí, pensando. Incluso una persona preparada para hacer lo correcto ante los ojos de la ley entiende que, a veces, los principios no tienen nada que hacer frente a los impulsos y el instinto humano.

Ema Me siento en torno a la mesa a media tarde, pensativa. Consigo el paquete de grisines7, lo abro de un tirón, después le quito la tapa al pote de dulce de leche. Embadurno un palito y lo muerdo, pegoteándome toda. El departamento está silencioso, Alex acaba de salir de la ducha y se está cambiando en la habitación. Greta se frota en mis tobillos formando ochos, y su suavidad me reconforta. Estoy entrando en el sexto mes de embarazo y me siento gorda, así como, redonda e hinchada en todos lados. Incluso los dedos de los pies. Bueno, como si me importara, si fuera así, dejaría este pote de dulce en su lugar. Sonrío, y voy por mi segundo bocado. Estoy untando cuando Alex viene, lo siento observarme con diversión. — ¿Esos son grisines de queso?—pregunta, a punto de estallar. Me encojo.

7

Grisines: Bastoncitos de pan.


—Puede ser—digo, sonriendo. Él se acomoda a mi lado y roba un palito del paquete, lo oigo masticar, la sensación de su escrutinio sobre mí no se va. Estamos así por un ratito, tranquilos, teniendo un momento de silencio. No insiste más sobre la compatibilidad de mi merienda. Hasta que se estira, me besa el cuello, y habla. — ¿Qué pasa?—pregunta, despejando mi pelo hacia la espalda—. Has estado muy callada estos días. Formo un puchero con los labios pegoteados. —Es… que quiero a mis amigas de vuelta—suspiro, mordisqueando. Se acerca, atraído por mi pobre estado de ánimo. Es un sol. Mi sol particular, no me importa que el invierno ya esté en puerta, ni que los días se vuelvan tan helados que apenas se puede salir, tengo el verano en casa. Cuando él me abraza no hay frío, todo está bien y en su lugar. —Están distanciadas y, aunque lo nieguen, todo este asunto de Santiago y Jorge las separó—cuento, acariciándome la cima del vientre, sintiéndolo tensarse—. Extraño estar las tres juntas y hacer locuras… He pasado tiempo con ellas, pero por separado. Ya no hay trío. Insisten en que todo está bien entre las dos, pero sabemos que el drama las ha separado un poco. Quizás no intencionalmente, pero ahora Adela está más pegada a Santiago que antes. ¿Y Bianca? No sé, no cuenta nada. Pero parece que ha vuelto con Jorge. Hace unos días, Alex y yo subimos al altillo a verla y Jorge abrió la puerta, nos dejó pasar y se marchó. Supongo que ahora, por eso, no hay acuerdo entre Bianca y Santiago. —Adela está trabajando en ablandar a Santiago—asegura él, masajeando mi nuca—. Hablamos ayer, eso me dijo. Bianca accedió a irse, sólo si ellos dos la llevan a casa y se reúnen con el resto de la familia. Santiago se negó rotundamente a dar la cara. Lo imagino. El hombre enterró a su familia hace mucho, mucho tiempo, no quiere tener nada que ver con ellos. Al contrario de lo que todos creen saber, yo pienso que él lo hizo para protegerlos. La vida que lleva ahora, no es la misma de antes. Lo sé por las anécdotas que Bianca ha contado de cuando eran niños, se nota rápidamente que Santiago no es ni de cerca aquel chico dulce y abierto. El joven que su hermana recuerda murió. Es un conflicto que él nunca esperó tener ahora, ya que se suponía que estaba muerto. Pero las mentiras tienen patas cortas, Bianca lo descubrió y vino a buscarlo. El enredo es tenso. —Tengo una idea…—salta Alex de su silla—. Vamos a dar una vuelta en moto…


— ¿No hace demasiado frío?—pregunto, tratando de no saltar como una niña entusiasmada. —Nos abrigaremos—asegura. Oh, sí, quiero hacer eso. El viento frío en mi cara mientras alzamos velocidad no se compara con nada. Mi ansiedad me lleva a olvidarme del dulce de leche y correr al cuarto para vestirme como corresponde, ya que últimamente paso mucho tiempo en pijamas. Me quito el camisón y las pantuflas, pero no llego al ropero, la pelota en mi panza hace un revoltijo y tengo que sentarme de golpe en el borde de la cama para sentirlo. Cada vez que pasa, necesito detenerme para no perdérmelo. Desnuda, apoyo las palmas abiertas en la cima y siento. — ¡Alex!—grito, llamándolo. Corre hacia mí, agitado. — ¿Qué?—tropieza dentro. —Mirá esto—le pido, sonriendo. Se calma y se sienta a mi lado. Él puede ver a nuestro hijo moviéndose dentro, mientras que yo lo siento. En un momento se retuerce con brusquedad y jadeo, sonriendo. Alex permanece inmóvil reteniendo el aliento, siempre reacciona así ante esta vista. —Eso tiene que doler—susurra, viendo cómo se deforma mi vientre—. No me estás mintiendo, ¿no? Me río, palmeándole la mano. La tomo con la mía y la apoyo para que lo sienta. —Impresionante—musita, le falta el aire. En el último ultrasonido supimos que es varón. No tengo que aclarar que el clan brindó por eso, ¿o sí? Aunque estoy segura de que lo habrían hecho igual si fuera niña, no hay machismo en esta comunidad. Pero no se puede negar que ellos sueñan con la próxima generación de Leones. Y me encantaría y llenaría de orgullo que mi hijo sea parte de esta gran familia. Me da igual si para algunos resulto una mala madre por eso. El lugar me cambio la vida para bien, me hace feliz, y amo profundamente a estas personas. En especial al hombre que actualmente se pega a mi costado hipnotizado por el bailoteo de mi estómago. Me inclino y encuentro el borde áspero de su mandíbula con mis labios, lo beso con sentimiento. Allí mismo, alguien golpea nuestra puerta y rompe nuestro hechizo. Antes de ir a atender él me empuja hacia atrás y ataca mi boca con la suya, me abandona cuando comienza a faltarme el aliento y atacan las ganas de más. Maldito.


Estoy allí tirada, poniéndome soñolienta cuando las voces de Adela y Bianca me traen de vuelta a la realidad en un golpe de exaltación. No pierdo más tiempo, consigo algo para cubrirme e ir con ellas corriendo. Me reciben riendo y las aprieto a ambas en un abrazo fuerte contra mí, y hasta casi podría llorar por todo el tiempo que hacía que no estábamos así. No lo hago, pero sí que doy saltitos sin tener en miras soltarlas próximamente. El celular de Alex suena en medio del alboroto y toma distancia, perdiéndose por el pasillo, para atender la llamada. Estoy demasiado emocionada invitando a las chicas a sentarse, ellas atacan el paquete de grisines que quedó de mi merienda improvisada y charlamos de pavadas, como de costumbre. Me alegra saber que todo ha vuelto a la normalidad entre ellas. ¿O tal vez sólo eran imaginaciones mías? Vaya a saber. Bianca se levanta para poner agua a calentar para el té y el mate. Estoy en mi salsa. Y me siento un poco culpable cuando Alex se inclina sobre mí, recordando que íbamos a dar una vuelta en moto. Abro la boca para disculparme, pero me corta. —León me necesita—dice, no se me escurre la preocupación en su voz—. Quédate con las chicas, disfruta. Vuelvo en un rato. Me besa la frente y sale por la puerta, no sin antes asegurarse de que ellas se quedarán conmigo hasta que vuelva.

Alex El golpe de aire frío al salir del departamento no hace nada para tranquilizarme, sigo en estado de shock. Desesperado, prácticamente corro al bar, cerciorándome de pasada que cada vigilante esté en su lugar. Al pasar por la puerta, encuentro a León en una de las mesas, con Max y Santiago. Todos preocupados. — ¿Cuándo escapó?—suelto, tratando de recuperar aire. Me siento cerca de un ataque al corazón, y no es exageración. —Anoche—contesta León, sombrío—. Mi contacto consiguió avisarme ahora. Paseo de acá para allá, no puedo sentarme y quedarme quieto, me estoy volviendo loco. Mi cabeza da vueltas y vueltas. No puede ser, confiaba en que ya todo había terminado, que podíamos vivir en paz. No vamos a poder hacerlo si David Ferro no vuelve a la cárcel, o lo encuentro y lo mato. Sí, el hijo de puta se escapó. Está prófugo. ¿Cómo mierda pudo pasar?


Supongo que tenía más contactos de los que creíamos todos. Me llevo las manos a la cabeza, suspirando con los ojos cerrados. —Tranquilo—dice Max—. El recinto está rodeado, es imposible que llegue a nosotros, Ema está a salvo… Asiento, pero eso no quita la incomodidad que me provoca saber que salió y anda por ahí. Escondiéndose, pero libre. Lo necesito fuera de toda ecuación para al fin vivir tranquilos de una vez. ¿Acaso esto no va a acabar nunca? Si el hecho de que termine en la cárcel no va a ser seguro nunca, entonces tengo que hacer lo que siempre he querido: matarlo. Borrarlo del mapa. Ahora las autoridades deben estar buscándolo por todos lados, si no lo encuentran rápido voy a perder toda la mierda. Necesito centrarme si no quiero que Ema sepa esto, me niego a dejar que se altere. Me dirijo a la barra y me sirvo un whiskey cargado, vuelvo a la mesa con ellos. —Van a encontrarlo—León intenta ser positivo. —Se escapó anoche, dijiste, a estas alturas puede estar afuera del país, vaya a saber dónde—escupo, lamentándome. No puedo evitar temer y considerar lo peor. —No va a ser tan estúpido de venir acá, ¿no?—agrega Max. Ese no es el verdadero problema en todo esto. Sé que no va a arriesgarse a buscarnos ni a meterse en el recinto. Por ahora. Su principal objetivo, estoy seguro, es esconderse bien. ¿Y si nunca lo atrapan? Esa es mi mayor preocupación, el tener que vivir sabiendo que está en algún lugar. No lo quiero creando sombras en mi futuro. Ya he tenido suficiente oscuridad opacando mi vida, mi familia merece más que vivir con incertidumbre y temor. Me quedo allí por un rato, sin saber qué hacer conmigo mismo, hasta que mi celular suena por segunda vez en el último par de horas. No reconozco el número en la pantalla, sin embargo, acepto la llamada. Puede que sean nuevas noticias. Espero que buenas. —Castillo—dice una voz de mujer, incluso antes de que coloque el aparato en mi oreja, ni tiempo a decir “hola” me da. — ¿Quién habla?—frunzo el ceño. Al otro lado, ella se ríe secamente. —Katia—suelta con seguridad—. Estoy llegando al recinto, espérame afuera, en el estacionamiento.


Corta antes de que pueda responder. Me quedo fijo, con la mente en blanco, en mis hermanos, sus miradas llenas de interrogantes. Me elevo sobre mis pies y acabo el trago de una sola vez, forzándolo dentro. Los chicos me siguen al tomar el camino al exterior. Esperamos, el viento frío azotándonos. Ahora noto que salir a dar una vuelta en moto con Ema no era una buena idea. Pero la vi tan apagada que quise levantarle el ánimo, y le encantan los paseos y la velocidad. Dejo de pensar cuando el coche negro entra al estacionamiento, la pequeña chica al volante. Corro a ella casi abordándola al bajar. —Sabemos que el bastardo se escapó—escupo, nervioso, ella tiene que saber lo que está pasando—. ¿Ya lo tienen? ¿Dónde está? Alza una ceja arrogante, y su expresión serena y sin preocupaciones me arrastra al borde del desastre. —Está cerca—es lo único que dice. Los chicos forman filas a mi espalda, y ella se gira para rodear el coche. La sigo, ansioso. Alza su llave y aprieta un botón con el pulgar, el baúl trasero se destraba en un seco “click”, la tapa emergiendo apenas. Katia encaja los dedos y empuja arriba. Mi boca se abre al primer vistazo al interior. David Ferro está allí, doblado en posición fetal, sus manos amarradas en la espalda y sus pies inmovilizados. Se encuentra semi despierto, con una cinta en la boca, ahogando cualquier sonido que intente emitir. Sus ojos negros pestañean hacia lo alto, se estacionan en mi rostro, y se abren de golpe cuando se encuentran directo con los míos, reconociéndome. — ¿Qué es esto?—expulso apenas audible. Ni siquiera logro pestañear. —Es tu venganza, Castillo—responde ella. Cruza sus brazos a la altura de su pecho y aguarda a que la impresión me abandone.


Capítulo 26 Alex —Estás como una cabra—se adelanta Max, mirando fijamente a Katia. Ella se encoge de hombros, nunca quitando su mirada de mí. Está leyéndome, quiere saber si voy a tomar la oportunidad que me está sirviendo en bandeja de plata. No puedo hablar, ni siquiera pensar. Ni dejar de clavar mis ojos sorprendidos en Ferro. A él no le gusta nada que ella lo haya arrastrado a mí. Puedo ver el entendimiento en su rostro, sabe la clase de destino que le espera si lo abandonan aquí. Mis amigos y yo rodeamos el baúl del coche y a Katia, evaluando la situación. — ¿Sabes la cantidad de problemas que te puede traer esto?—pregunto, anonadado aun. Katia me enfrenta, su expresión demuestra consciencia y sentido. —Estoy al tanto de todas y cada una de las consecuencias que puedo sufrir— concuerda, seriamente—. Pero no importan, nadie va a saberlo nunca. Entrecierro mis ojos. Demasiado confiada para su bien, Dios no quiera que la descubran porque perdería su trabajo. Y no creo que a la ley le convenga eso, a la legua se ve lo apasionada y efectiva que es. No sería justo perder a una agente como ella. — ¿Por qué haces esto?—pregunto, no me entran en la cabeza sus motivos. ¿Por qué hacer todo esto y arriesgarse así? Sus pupilas vacilan por primera vez desde que la conozco como Katia Moronta. Un poco de vulnerabilidad se escapa de todo ese control de chica dura. —Me hubiese encantado que alguien lo hiciera por mí, ¿sabes?—dice, mirándome desde detrás de una rendija a causa de la claridad de la tarde—. No hubo nadie allí para vengarme. Quiero que él sufra por lo que le hizo a tu hermana.


Permanezco inmóvil en mi lugar, observándola. No tarda en dar unos pasos atrás e ir junto al baúl. Los chicos buscan mi aprobación antes de seguir, les doy un asentimiento, entonces sacan a Ferro del coche. Rápidamente lo arrastran hasta los galpones de atrás y Katia cierra el baúl. — ¿Cómo sigue esto, Katia?—pregunto, preocupado por ella y por todo lo que vendrá si David no aparece nunca más—. No falta nada para el juicio, ¿qué va a pasar? Van a buscarlo, porque estará prófugo ante los ojos de todos… ¿vas a dejar que se movilicen y gasten fortuna y tiempo en esto? Sonríe y se balancea sobre sus talones, desviando y recorriendo con la mirada los alrededores del estacionamiento. —Tengo todo arreglado—empieza, vuelve a prestarme atención—. Cuando terminen con él me lo entregarán y yo seguiré con el resto del plan. — ¿Cuál es el jodido plan?—insisto, enloqueciendo. —Se escapó, buscó refugio y fue asesinado por un ajuste de cuentas—recita, parece que hizo sus deberes a la perfección—. Fingiré encontrarlo por ahí, en este momento se supone que lo estoy buscando justo como los demás… —No puedo creerlo, mujer—me paseo alejándome de ella—. Estás loca, arriesgándote así. Mintiendo a los tuyos… Se me acerca y me da un empujón en el pecho, enviándome atrás, sus ojos severos. — ¿No podés sólo agradecerme?—se enoja—. “Gracias, Katia, te debo una. Adiós.” Niego, soltando aire con frustración. —Me preocupo, ¿está bien? Creo que sería injusto que perdieras tu trabajo por mí estúpida venganza—la ataco, tratando de mantener la voz unos decibeles más abajo—. Ya me estaba haciendo a la idea de que se pudriría en la cárcel. Su bonito rostro delicado de vuelve granito frío. —No lo hago por vos—traga—. Lo hago por mí, quiero que lo mates. No sin antes hacerlo revolcar de sufrimiento. Los hombres como él no merecen un lugar en este mundo, ni siquiera en la maldita cárcel. Encárgate de él, Castillo, yo haré el resto, soy lo suficientemente inteligente como para no permitir que me descubran… Es como si me estuviera rogando, pidiendo que no lo haga sólo por mi hermana y Ema, sino por ella también. No puedo negárselo, ni a Katia ni a mí mismo. Porque también lo


quiero, ella se encargó de darme lo que he deseado desde que era un adolescente perdido al que ya no le quedaba nada. —Lo haré—murmuro—. Está bien, voy a aceptar tu regalo. Gracias. No voy a negar que me moleste que te hayas arriesgado así, pero te agradezco mucho. Y lamento que nadie haya estado ahí para vos cuando te hicieron daño, Katia. Me dedica un único asentimiento, automáticamente se sube al coche y se marcha. No sé a dónde va o en qué lugar esperará a que le devolvamos el cuerpo. Por un momento creí que se quedaría alrededor, pero se nota que necesita un rato a solas. Además, no sé cuánto tiempo me llevará drenar todo mi odio y resentimiento. Sólo sé que no será rápido. *** Entro en el galpón con la espalda tensa, ya mi sangre comenzando a correr con expectativa y ansiedad. Abro y cierro mis puños varias veces, todo mi organismo pidiendo sangre. Mucha jodida sangre. Encuentro a Max jugando con un David enganchado a la pared, el tiro al blanco es el favorito del tipo. Ama sus cuchillos bien afilados y es letal lanzándolos a cada punto con estudiada perfección. La víctima ya está bañada en sudor y me mira de reojo mientras entro y cierro los portones. —Estaba jugando, no más—dice Max, dentro de su papel—. Le saqué un poquito de sangre justo aquí—camina y se para junto a David, le toca la oreja—. Una gotita, espero que no te moleste. Sus ojos han cambiado a dorado y eso indica que está disfrutando de lo lindo, sonrío. Y no de lado, o cerrado. Sonrío grande, mostrando bien mis dientes. Porque al fin lo tengo donde lo quiero. De una vez por todas voy a cerrar esta herida, esta grieta que arde sin parar. Sí, estaba dispuesto a aceptar la idea de que se fermentara tras las rejas, pero no voy a negar que esto me sea dulce. Se siente infinitamente mejor. David nos mira a todos y no puede hacer nada para ocultar el terror. Va de mí a Max, y después a Santiago. Por ahora nos quedaremos los tres, jugaremos, y cuando llegue la hora, estoy seguro de que, si lo pido, mis amigos enfilarán en dirección a la puerta para darme privacidad. Toda la bravuconería de Ferro se ha esfumado, dejando lo que siempre yació dentro. Cobardía, porquería inhumana. Katia tiene razón, él ya no puede robar más aire de este mundo. En el infierno debe proseguir su próxima existencia. Me dirijo a la famosa caja de herramientas y elijo la primera que usaré, después voy a buscarlo. Con ayuda de los chicos, lo


muevo a la silla de siempre, lo amarramos bien y lo observamos fijamente mientras el telón que esconde sus nervios se va derrumbando poco a poco. —No te alcanzó meterte una vez con alguien que yo amaba—siseo, cerniéndome sobre su cabeza—. Si no que fuiste a por una más… Me enderezo, moviéndome ligeramente a su izquierda, nunca abandonando su rostro pálido y enfermo. No responde, no tiene las malditas agallas. —Cambiamos posiciones, ésta vez sos vos quien está amarrado y a mi merced— sonrío—. Pero a diferencia de mí, vas a rogar que sea rápido. Su expresión dura se desencaja apenas, como si estuviera a punto de arriesgarse a decir algo. Lo que sea que fuera, es ahogado por un grito descomunal saliendo desde lo profundo de su garganta. Levanto la pinza en mis manos y miro con atención la uña que acabo de arrancarle a su dedo medio. Ahora Ferro está temblando, soltando quejidos cortos y seguidos, totalmente fuera de control. Se mira el dedo ensangrentado con horror. No le doy ni un segundo de recuperación, arranco la del índice y se retuerce, escupiendo saliva y sangre por morderse la lengua. Me río de él, siendo el más cruel hijo de puta, algo que demuestro ser con poca frecuencia. Tanto, que Max se pasea por ahí observándome con aprobación y asombro. Generalmente, procedemos con este tipo de torturas cuando queremos que la víctima suelte la lengua. Hoy no hay nada que queramos sacarle, sólo exprimir su dolor hasta que ya no se pueda sacar ni una sola gota más. Porque él le provocó sufrimiento a Cami, la lastimó de la peor manera en la que se a una mujer. Hizo que sus hermanos la violaran, y sé que dolió, que la rompieron por dentro, tanto física como mentalmente. Entonces, ¿qué es lo que puedo hacer ahora para recompensar ese dolor? No tengo idea, porque ni siquiera puedo imaginar lo que sintió Cami. Sólo haré mi mejor esfuerzo. Arranco cada una de las uñas de ambas manos, cuando se desmaya porque ya no puede soportar tanto, los chicos lo traen de regreso, echándole encima un balde de agua helada. Me agacho para estar a la altura de su cara y palmeo sus mejillas mientras vuelve en sí. Pestañea gimiendo como un pequeño niño perdido y asustado. Una vez que me reconoce, endurece el gesto. No quiere demostrar debilidad, pero falla miserablemente al verse de nuevo las manos sangrantes. —Hacer esto no te devolverá a tu hermana—arroja, agitado y ronco. Me encojo, por dentro mi pecho arde ante su mención. —Ya lo sé—aseguro, teniendo nuevas herramientas en las manos—. Pero estoy seguro de que ella y el mundo descansaran en paz una vez que te vayas al infierno.


Se ríe, resquebrajado y débil. Esconde el dolor y el miedo que le provoca la aceptación de su cercano final detrás de un nuevo juego de arrogancia. —Deberías haber visto cómo disfrutó Pancho cuando estalló su cerecita—y el ardor sube hasta mi garganta, automáticamente—. Al hijo de puta le encan… Alzo mis manos y entierro los dos cuchillos en los dorsos de sus manos, anclándolas a los apoya-brazos de la silla. Grita, grita y grita. Su boca y ojos bien abiertos, su rostro rojo e hinchado por el dolor. Lo blanco de su mirada se tiñe de carmesí, el mismo color que baña sus manos estacadas. —Tus hermanos tuvieron finales rápidos—escupo encima de él, tan furioso que mi respiración se parece a la de un toro agitado—. Era joven y quería que murieran ya. Pero voy a hacerte cada maldita cosa que no les hice a ellos. Le parto la cara de un puñetazo, poderoso, su cuello suena mientras se dobla su cabeza. Jadea, roncos ladridos bajos abandonan su boca entreabierta que chorrea sangre. Lo golpeo de nuevo, y de nuevo. Una vez que empiezo no logro parar, hasta que Max me detiene y me susurra que me calme. Pero esto es demasiado para mí, es imposible que me mantenga frío. Él dañó a mi hermanita, mi pequeña Cami. Él terminó de quitármela para siempre. Me alejo, imponiéndome voluntad, y apoyo mis palmas abiertas contra una pared, aprieto mis párpados con fuerza mientras tiemblo e impulso aire fresco en mis pulmones. Me recupero. Los demás tratan de despertar al desfigurado tipo atado a la silla. «Lo haré pagar, Cami. Pagará. Le dolerá tanto como lo que te hizo, lo juro.» Me doy la vuelta para verlo regresar a la vida, ahora Santiago en su posición frente a él. Calienta algo con un soplete pequeño, está en silencio y su expresión es pensativa, como siempre que está a punto de actuar. No habla cuando se inclina, ni siquiera mira a su víctima. David, por el contrario, lo observa con desconfianza, sus temblores empeorando. Está a un paso del estado de shock. Los cuchillos ya no están atravesando las manos, y ahora Santiago cierra cada herida con aquella pieza de hierro caliente que tiene en la mano y acaba de calentar tanto que está al rojo vivo. Más desgarradores aullidos renacen, Ferro grita tanto que pierde la voz. Y vuelve a desmayarse con el intenso e inaguantable olor a carne chamuscada. ¿Cuánto es capaz de sobrevivir alguien que se desmaya cada diez minutos? Estoy perdiendo la paciencia. —Marica—escupe Max, igual de impaciente que yo.


Cortamos sus ropas para dejarlo desnudo totalmente antes nosotros, después volvemos a tirar agua en su cara para atraerlo a la realidad nuevamente. Escupe y se atraganta, pestañeando ante la claridad de los focos del techo. Nota su desnudes de inmediato y su disgusto es grande. Se traga frescos gemidos, tratando de ser silencioso. Me inclino, susurro en su oído. —Voy a arrancarte los testículos—se congela—. Uno por cada hermano tuyo, y después te extirparé el miembro, porque está de sobra en la anatomía de alguien tan poco hombre como vos… —Pregúntale a tu puta preñada que tan poco hombre soy—lanza un escupitajo en mi dirección y lo esquivo fácilmente. Santiago baja con violencia un martillo en su dedo gordo del pie, reventándolo. Y la excusa de hombre lloriquea, como no ha parado de hacer desde que lo trajimos adentro. Rebusco por un accesorio que colocarle a mis nudillos derechos y así estoy preparado para destrozarle la cara nuevamente, ésta vez con más efectividad. El puño de acero corta su piel, incluso rompe su pómulo y tengo que ser frenado de nuevo para no matarlo ya. Me detengo, lo quito y camino a enjuagar la sangre en mi mano. —Lo quiero afuera—ordeno a los chicos—. Las manos atadas a la espalda, de pie en un banco—dirijo mi mirada a Max—. Una soga en su cuello. Trago cuando acepta con un solo movimiento de cabeza. Lo desatan mientras está tan débil que apenas consigue sostener su cabeza sobre los hombros. Chorros y chorros de sangre caen de su nariz, boca y heridas. Sus facciones son irreconocibles. Es llevado al exterior una vez que se consigue la escena tal cual la pedí. Una soga gruesa cuelga de la rama más firme de uno de los árboles, le rodean el cuello a David y es colocado sobre sus pies desnudos en el banco. Tiembla, pero mantiene el equilibrio, los chicos no le dejan caerse, ni mucho menos saltar por su cuenta. Él va a morir cuando yo lo diga. De camino al exterior, consigo una barra pesada y maciza, parecida a la que usé con los otros dos Ferro. Camino directo a mi objetivo y comienzo a asestarle golpes acá y allá. Torso, muslos, espalda, pantorrillas. Con cada choque se va desinflando, sus pulmones perdiendo la batalla. Ya apenas hay gritos, su energía casi drenada por completo. Verlo allí, destrozado, desnudo y en la cuerda floja, libera algo entre mis costillas. Los latidos de mi corazón ya no tienen ese peso extra que he llevado conmigo todos estos años, ahogándome. Ahora, cada bombeo, se parece más a esa ligereza tal como la del aleteo de una mariposa. Liviano, suave. Mentiroso. Mentiroso aquel que dijo que la venganza siempre es en vano.


Me estoy liberando, estoy dejando ir el dolor y la rabia. Ya no hay tanta carga en mis hombros, y mi hermana puede descansar en paz allí arriba, mientras yo acepto y disfruto el amor y la familia que mis hermanos y Ema van a darme. Trago saliva, cierro los ojos y tomo un lento respiro. Después doy el anteúltimo garrotazo justo en una de sus rodillas, doblándola en el ángulo contrario. Alaridos rompen la noche el equilibrio de David falla, se estrangula a sí mismo con la soga mientras intenta sostenerse sobre la pierna que le queda sana. Max y Santiago corren a agarrarlo, porque no es momento de que muera. Aun. Falta algo. Lanzo la vara al suelo, provocando en un ruido seco contra el barro húmedo y el césped corto. Estiro el brazo, no hace falta ni una sola orden o pedido, Max coloca la herramienta que necesito en mi palma. Uno de sus cuchillos. —Ahora—anuncio, cuando los gritos se detienen y David respira erráticamente a través de su boca abierta, está en las últimas—. Lo que prometí. Tomo sus testículos con la mano libre, sus ojos inyectados en sangre se abren a través de las bolsas hinchadas que luce en lugar de párpados. Un único y perfecto corte y tengo sus pelotas ensangrentadas en mi mano. Las dejo caer al suelo, lo miro a la cara mientras el dolor le va llegando junto con el entendimiento de lo que acabo de hacer. Max me da un empujón lejos, casi lanzándome al suelo, justo antes de que el vómito de David bañe el suelo y su propio torso. Líquido espeso, entre amarillento y verdoso, mezclado con sangre. Arrugamos la nariz hasta que termina, entonces Santiago trae la manguera y lo baña, mientras su entrepierna sangra sin parar. Me posiciono nuevamente, para el próximo corte. —Por favor—murmura casi inentendible entre dientes flojos y mejillas astilladas—: Por favor, ya tuviste lo que querías… Sólo, mátame de una puta vez… Lo estudio fijamente, de cerca. Tengo que esforzarme en encontrar al viejo Ferro detrás de todas esas tiras sueltas de piel y pómulos morados y abollados. Empuño su miembro y se encoje, gimiendo y lloriqueando agudamente. Lágrimas caen por sus mejillas, mezclándose con su sangre. No le permito afectarme. El llanto de aquella pequeña niña de catorce años nunca lo detuvo. Una única incisión, y su pene se gana el mismo destino que sus huevos. Directo al polvo, desechados. No los miro ni una sola vez, ni siquiera le echo un mínimo vistazo a lo que acabo de hacerle por primera vez en mi vida a alguien más. Me separo varios pasos y lo veo derrumbarse justo frente a mis ojos, un charco de sangre rodeándolo. Antes de que se afloje y muera, me activo una vez más y recupero la barra. Voy a por su otra rodilla, dándole el mismo


certero golpe que a la otra. En una expulsión de oxígeno su cuerpo se afloja, y cuelga de la soga. No se desnuca como le ocurrió a Cami, sino que queda allí, suspendido. Asfixiándose lentamente. Se contorsiona en reacción, retuerce y lucha con lo último que le queda. Entonces la inmovilidad lo abraza, finalmente. Y David Ferro deja de pertenecer a este mundo. *** Una hora después de entregarle el cuerpo de David a una Katia completamente decidida a seguir sola con él y el resto del asunto, regreso a casa. Tengo la mente en un millón de lugares, girando. Lo que acabo de hacer está retumbando sin parar, los recuerdos más recientes lo ocupan todo. No es culpa, de ninguna manera. Aunque sí es una sensación extraña y no sé qué nombre ponerle. Abro la puerta de casa, ya notando que todo está silencioso. Bianca está allí, en el sofá, con Greta en su regazo y… Jorge a su lado, aguantando el peso dormido de la chica que descansa en su hombro. Él me mira, por un momento creo ver preocupación en su rostro duro como granito, pero le doy un asentimiento como saludo, aceptándolo allí. No tiene por qué ponerse nervioso por estar en mi casa, lo acepto. A mi forma de ver, es uno más de nosotros. —Perdonen la demora—susurro. Bianca se sobresalta y Greta se separa de ella, bajando al suelo y desfilando hacia el pasillo, seguramente a unirse a la cama con Ema. —Lo siento—mira a Jorge con ojos entre dormidos y después a mí, me sonríe—. Se durmió hace una hora más o menos, estaba muy cansada. No quisimos dejarla sola. Sonrío, ignorando la mirada que ellos les dan a mis ropas arrugadas y salpicadas. —Gracias, les debo una—me adelanto cuando se ponen de pie. Estiro un brazo hacia Jorge para estrechar su mano. Lo devuelve sin dudar, aun cuando cabe la posibilidad de que la mía se encuentre sucia por todo lo que acabo de hacer. Que es bastante obvio, por cierto. Me lavé todo lo bien que pude en el galpón antes de ir por una copa rápida con los chicos para bajar el nivel de adrenalina que me causó la muerte de David. Sí, aun siento la picazón en las venas. Supongo que pronto se irá, gradualmente. Jorge dirige a Bianca hacia la salida y les dejo espacio mientras la abriga para irse.


— ¿Dónde está Tony?—pregunto, recién notando su ausencia, me cuesta creer que lo hayan dejado solo. Jorge sonríe de lado, sus ojos blandos por primera vez desde que lo conozco. —Con Abel—responde Bianca antes que él—. Noche de pijamas. Esos dos apenas pueden vivir separados. Se ríe, y se ve adorable con su rostro cansado y el pelo revuelto, recién despierta de una corta cabezadita. No me pierdo la manera en la que los ojos de Jorge la repasan, fijamente, sus ojos dorados refulgiendo como líquido fundido. Como si fuera su mundo entero. Entonces ahí mismo lo descubro: la ama. Se aman. Es tan evidente teniéndolos a los dos frente a frente que me resulta difícil que Santiago no lo haya notado aun. O, tal vez, no se le da la gana hacerlo. Creo que voy a tener unas pequeñas palabras con él al respecto, ignorando el decoro y metiéndome por primera vez en asuntos ajenos. Los despido y cierro con llave una vez que desaparecen de la vista. Apago las luces y camino agotado hacia la habitación para conseguir ropa limpia y un toallón, de pasada le echo un vistazo largo a Ema que ni siquiera nota que ando alrededor. Profundamente dormida. Tranquila. Confiada. Trago un nudo enorme y me demoro a su lado enredando un rizo rojizo en mis dedos, observando fijamente su rostro angelical. “Así será toda la vida”, prometo. Así de pacífico y seguro. No más peligro de ahora en adelante, sólo los dos, armando la familia que queremos. Ya sé que vivir con los Leones no es fácil, ella es mi mujer. Será la que me espere en casa con el niño durante duros meses de ausencia. Pero es fuerte, somos fuertes. Y, puede sonar erróneo, pero no me figuro un lugar más perfecto que éste para vivir. Junto a mis hermanos todo es infinitamente mejor, más allá de los peligros y el tironeo constante en contra de la ley. Seremos inmensamente felices en este lugar. Entro en la ducha bien caliente y me lavo de pies a cabeza, la sangre de mi último enemigo drenándose. Es la despedida final, a partir de mañana no habrá más sombras acechando el futuro. Sólo quedan las que opacaron mi pasado, y confío en que poco a poco dejarán de punzar, terminaré con eso de apretarlas contra mí para retenerlas. Me estremezco ante el pensamiento de que, estén donde estén, mis hermanos están bien y felices conmigo. Con esta vida que, me ha costado, pero he conseguido a través de todo el dolor que me llevó superar sus pérdidas. Como es obvio, el deseo incansable de tenerlos conmigo, después de que hubiesen crecido a mi lado como quisimos y planeamos, persiste y siempre lo hará. Pero, me sostendré tratando de convencerme cada día de que están acá, presentes. Que no me han abandonado del todo.


Lágrimas silenciosas se camuflan en los chorros de agua que golpean directo en mi rostro y párpados cerrados. No soy alguien que llore con facilidad, sin embargo, éste es un momento digno, justo en medio de esta soledad, al hacer las paces con todo lo que consideré que estaba mal en mi vida. Y por fin cerrar la puerta, avanzar sólo con los ojos hacia adelante. La frente en alto, los hombros rectos. Fortaleza intacta. Y cabe aclarar que toda esta aceptación y superación se debe a la mujer hermosa que duerme en mi cama, llevando a nuestro bebé en su vientre. Ema me salvó, sanó mis heridas. Me hace cada día más fuerte que el anterior. Una vez dentro de las mantas de la cama, ella me siente y acurruca su espalda en mi pecho. Me sueldo, hasta el punto de no dejar ni un mínimo hueco entre nuestros cuerpos, y suspira. Busca mi mano instantáneamente y la arrastra por todo el contorno de su vientre para que la abrace. Gira el rostro, sus ojos cerrados, aunque está un poco despierta. —Estás de vuelta—murmura. La beso en la boca. —Sí, perdona—le digo en el oído. Sonríe débilmente. —No importa—se vuelve a acomodar, y acaricio la curva de su estómago—. Todo está bien. Así es. Todo está más que bien. Al fin.


La Bienvenida Alex — ¡Traigan la epidural!—grito a todo pulmón, mi corazón casi saliéndose por mi boca. Ema se retuerce en la cama, bañada en sudor. Al escucharme, se tensa por décima vez y su ceño, ya arrugado desde hace más de dos horas, se profundiza. — ¡NO!—me aúlla, gruñendo. En estos últimos meses de embarazo he conocido en toda furia su estado de terquedad. No hay nadie con la voluntad más dura que mi mujer, no existe quien le gane. De verdad. Después de todo lo que ha pasado en el último tramo, creo que debería darse un respiro. Y considero que la epidural es una buena opción para que traiga al mundo a Franco con tranquilidad, sin tanto dolor. Pero no, ella quiere que le duela. Quiere sentirlo todo. Y yo voy a perder la consciencia en cualquier momento si la veo retorcerse de nuevo. En resumen, nuestra vida ha sido una verdadera montaña rusa últimamente. Después de la muerte de David las cosas estaban lejos de acabar. La noticia de su fin recorrió incluso los medios internacionales. No sé cómo se las ingenió Katia para que fuera creíble su versión, pero ya no importa, le voy a deber eso por el resto de la vida. No sé de qué manera le pagaré. Lo hizo increíble, y supongo que es bien amada y respetada entre los suyos porque nadie dudó de su credibilidad. Es que, sinceramente, ella es impresionante en todo lo que hace. Ahora se ha marchado a otra misión, de vez en cuando envía correos y me exige fotos de Franco cuando nazca. Casi estuvo a punto de convencerme de que grabara el parto para ella. Menos mal que no fue tan insistente en ello, ahora mismo es imposible que sostenga una cámara en esta habitación. Dos semanas después de todo eso, llegó el juicio. En resumen, Fabrice Fontaine se encuentra en una cárcel de máxima seguridad, afrontando una pena de por vida. ¿Anastasia?


Libre, se desligó de todo. La madre de Ema no sabía absolutamente nada de los negocios de su marido, era buena sólo en ignorar las señales y gastar el dinero sucio. Se fue a Francia después de afrontar el estrado, humillada es poco decir. Le hemos perdido el rastro, la última vez que supimos de ella estaba escondida en una casa de campo de unos amigos del pasado, enfrentando el hecho de que ya no es una millonaria y se le terminaron los lujos. Se despidió de Ema, hasta pidió perdón y le dio las gracias por no haberla enviado al frente cuando se la llevaron fuera del país sin su consentimiento. Aun así, no parece interesarle seguir en contacto con su única hija. Ni con su nieto. Sé que a Ema le dolió su actitud por más que no esperara más de la mujer, pero salió del pozo con rapidez, porque ahora sí tiene una gran y verdadera familia respaldándola como se merece. No necesita a esa madre fría y frustrada, ya que sólo puede traerle malos augurios. El día final del juicio, Ema dejó atrás definitivamente a la familia Fontaine. La que tuvo que esperar para ser abandonada y olvidada fue su herencia, las pertenencias de su “esposo”, David Ferro. Junto con el dinero que él y Fontaine habían puesto en una cuenta en su nombre, como camuflaje. Millones y millones, incontables. Todo sucio e indeseable. Ema y yo hicimos todos los trámites necesarios para donarlo a una causa justa: inversión. Todo el monto fue a parar a un fondo especial para financiar la búsqueda y rescate de cada mujer desaparecida, víctima de la trata de personas. Katia estuvo demasiado orgullosa de ello, incluso lloró, dándonos las gracias. En ese momento realmente nos dimos cuenta de lo que su trabajo significa para ella, y se nota que hay una historia muy personal detrás de todo el caso, lo que la hace ser mil veces más fiera a la hora de tomar sus misiones. Han sido meses difíciles y sobrecargados de presión y emociones, pero no voy a negar que hicieran falta para cerrar todas las puertas que faltaban. Todo ha ido para arriba de allí en adelante. Los últimos treinta días pasaron sin inconvenientes, todo en su lugar y nosotros cada vez más conscientes de que pronto seríamos padres. El invierno vino con todo el furor, incluso estuvimos atascados por dos semanas completas sin poder salir del recinto, ni recibir visitas. Cuando todo se calmó lo suficiente le dimos la bienvenida a Miranda y Emilio. Sí, ellos están acá ahora mismo, en la cocina, deambulando junto a los demás. Esperando a que Franco se decida a salir. Cuando llegaron me puse nervioso, porque al fin Ema y Miranda se conocerían. Yo no me había guardado nada que tuviera que ver con la mujer. Ema lo sabe todo desde el principio. Creí que sería incómodo, me equivoqué. Una vez más la mente abierta y amable de mi chica me dejó sin habla, y me sentí estúpido por siquiera dejar que me afecte. Aunque sé que no fui el único, Miranda también tenía sus reservas. El miedo de ser rechazada brillaba en sus ojos al entrar en mi casa. Hasta que vio a Ema de pie a mi lado, que se estiró hacia ella


con su sonrisa ancha, dándole la bienvenida jovialmente. Ema apretó a Miranda y le susurró las gracias en el oído, por todo lo que había hecho por mí. Por nosotros. Y me tragué las lágrimas. Miranda no fue tan fuerte, ella lloró entre agradecida y aliviada por no ser juzgada, ni tampoco nuestra relación. —Oh, por Dios—me dijo una vez a solas en la cocina mientras yo preparaba café caliente y un té para Ema—. Ella es perfecta, Alex. Tan perfecta. ¿De dónde salió tanta belleza y bondad? ¿Eh? Estoy enamorada—se secó las lágrimas y le apreté el hombro para reconfortarla—. Perdón, estoy sensible, eso es porque me estoy poniendo vieja—sonrió y sorbió—. Estoy enamorada de ustedes dos, Alex, de la familia que van a tener juntos. Todo esto es como un sueño—se acercó y me palmeó el pecho, mirándome a los ojos—. Es todo lo que siempre quise para vos… »Lo cierto es que nunca dudé de que lo conseguirías. Por eso te eché de mi vida y la ciudad, y te ordené que te fueras lejos—un nudo creció en mis cuerdas vocales y estuve tentado a alejar mi mirada de la suya, pero me afirme en ella y la escuché con atención—. Si te quedabas ahí, nunca progresarías. Siempre serías empujado abajo por tu pasado en la gran ciudad… Cuando me hiciste caso, lo supe bien. Estabas hecho para cosas grandes, para ser fuerte… Y feliz. Me siento muy orgullosa, Alex. Me aclaré la voz y al fin hablé. —No lo habría hecho sin tu empujón, Miranda—le di mérito, porque era verdad—, Gracias. Por todo. Nunca lograré pagarte por lo que has hecho por mí. Aunque me gustaría saber con lujos de detalles lo que hiciste para sacarme de la cárcel—insinué al final. Chasqueó la lengua y se alejó, dándome una expresión severa. La verdad es que hay mucho que no me contó, y seguro nunca lo hará. Me gustaría saber toda la historia de cómo fue que armó toda la treta para ayudarme a salir de una vez de la cárcel, pero sólo supe lo esencial: arruinó al juez, e hizo que uno respetable se pusiera al mando. Nada más. Bueno, tal vez es mejor que el asunto se termine allí y quede enterrado en el pasado. Sólo ella lo sabrá siempre. No fue una sorpresa que vinieran justos, ella y Emilio. Ambos son pareja, no lo confirmaron, ni que fuera necesario, se ve a leguas de distancia. Lo que sí me descolocó fue la apariencia de él. Ha cambiado radicalmente. Se fueron el pelo largo y grasoso, la barba descuidada y las ropas andrajosas. Es un hombre diferente, más parecido al padre de mis hermanos. Su piel bronceada se ve saludable, sus ojos más vivos y hasta ha ganado peso. Miranda lo enderezó, claro que sí. Ella se propuso ayudarlo la primera que vez que lo vio y aquí está, cumpliendo. Y se ven muy enamorados, también. Se están quedando en el mono-


ambiente que desocupó Jorge. No iban a quedarse pero Ema insistió en que esperaran al nacimiento. Y los bautizó como abuelos. El lugar ha estado un poco vacío últimamente, Santiago y Adela marcharon a la ciudad, arrastrados por Bianca que al fin consiguió que su hermano diera la cara a su familia de sangre. Él accedió porque se dio cuenta de que ya no lograba nada con seguir resistiéndose. También Jorge se ha ido, dejó a Tony a cargo de Lucre y Max. Él pequeño va de ellos, a León y Fran, es muy querido y aceptado, hasta lo cuidamos entre todos. Su padre no lo quería cerca, metido en sus planes peligrosos y tuvo que dejarlo por un tiempo corto. Por seguridad. Así es que sólo ellos faltan en nuestra sala. León está allí, Max y Lucre también. Fran viene a dar un vistazo de a ratos, no queriendo estorbar. Miranda y Emilio van de acá para allá, preparando infusiones y matando un poco la ansiedad. Yo acá estoy, en la habitación maldiciendo el haber hecho caso a Ema en todas sus decisiones. Pensé que al ser la madre tenía el derecho a elegir cómo sería todo, al fin y al cabo ella sufriría todo el dolor y haría el esfuerzo de traer a nuestro hijo. Y estoy lamentándolo. Porque quiso hacerlo en casa. Debería haber hecho caso a las alarmas de negación en mi mente, sin embargo fui dócil y permití que decidiera, sobre todo porque ya estaba siendo presa del miedo y la presión a causa de la fecha acercándose rápidamente. Le di el voto. Eso nos trae a este mismo momento. A Lucía, enfermera y vieja amiga, estando sobre ella acariciándole la cima del vientre que se ve a punto de explotar, reconfortándola y animándola. Y a los doctores alrededor de la cama, encargándose de todo. Me encuentro en el borde sosteniendo la mano de Ema en las mías, temblando de nervios y sintiéndome un inútil bueno para nada. ¿Qué puedo hacer además de estremecerme con cada gruñido y retorcijón? Ni puta idea, carajo. Estoy rogando por la epidural, porque ya no quiero que sufra más. Se ve pálida, cansada, sudorosa y a punto de ceder desmayada. Y ella, tan malditamente terca, quiere sentir ab-so-lu-ta-men-te todo el dolor y cada sensación que significa traer a un hijo al mundo. Bien por ella, ¿por mí? Ya lo he dicho, estoy a un paso de volverme loco. —Ema, por favor—susurro, tragándome el tartamudeo—. Accedamos a la anestesia, esto es… Aprieta mi mano con demasiada fuerza, no sé si para callarme o porque está teniendo una contracción. Quizás ambas.


—NO—suelta en un chillido ahogado—. ¡No-o-o-o! La palabra en sí misma parece darle la fuerza. Mierda, está bien que quiera sufrir, pero, ¿qué hay sobre mí? ¡Estoy muriendo acá! Odio esto. —Entonces hubieras usado un condón—arroja en medio de otro tirón y me doy cuenta de que hablé en voz alta. Sí, exacto. Ahora mismo estoy considerándolo seriamente. Llenaré los cajones de esta casa con condones. Infinidad de ellos. No más gritos, lloriqueos y casi paros cardíacos. No más bebés cabezones tratando de abrir por el medio a mi chica. —Lección aprendida—digo, cerrando los ojos cuando se queja una vez más. Toma aire por la nariz largamente, sus ojos cerrados y las pestañas mojadas haciendo sombra en sus mejillas regordetas y sonrojadas. Se muerde el labio y pienso que va a sacarse sangre, así que me agacho y poso mi boca en la suya, aflojándola en un beso lento y suave. —Mmm—suspira, su ceño desplegándose lentamente—. Gracias, que lindo— murmura, respirando profundo. Quito los rizos pequeños que se pegan a la frente y los seco con una toalla que Lucía me da, sonriendo con sus ojos verdes de muñeca enternecidos. Ella ya ha pasado por esto, dos veces. Su hija nació no hace mucho tiempo, sólo unos tres meses. En realidad ahora no está trabajando, a causa de que quiere dedicarles algo de tiempo a sus bebés. No obstante, aquí está como buena amiga que es, dándonos una mano. Yo realmente la quería con nosotros este día. Ni bien Ema se puso de parto, fue a la primera que llamé, y luego a los médicos. Todos llegaron lo más rápido que pudieron. — ¿Ya puedo pujar?—pregunta ella, esperanzada—.No me aguanto más, quiero sacarlo. Los médicos sonríen, mirándola con ternura desde sus posiciones entre sus piernas. —Bien, Ema—concuerda la obstetra—. Vayamos por la primera, ¿okey? Ella asiente con energía y a la cuenta de tres empuja, lanzando un grito ronco que me conduce directo a torcer el gesto. ¿Por qué nadie me dijo que era tan desesperante y horrible? Max es un mentiroso, no puede haber sido tan bueno, ¡Lucre expulsó gemelos, por el amor de Dios! Ema llena sus pulmones y se tensa, estrujando mis dedos. Una gorda gota de sudor se desliza por mi sien y me la seco con la manga de la camisa. Un grito desgarra su garganta. Dos. Luego tres. He perdido ya la cuenta cuando los médicos comienzan a removerse con


anticipación. Estoy viendo todo como desde detrás de una vidriera, entonces Ema suelta el llanto final y todos gritan con bienvenida. Así, de la nada, la pediatra levanta una masa viscosa y morada en sus manos y la mandíbula se me desencaja. No es una bola de masa, ¡es mi hijo! Y es diminuto y arrugado. Como un anciano. Lucía pasa a sostenerlo y lo coloca recostado boca abajo en el pecho de Ema que enseguida lo toca por todos lados y lo llena de besos, memorizando cada pequeño centímetro resbaloso de él. No hay reacción por mi parte mientras los veo forjar el vínculo de una manera espectacular. Los separan un momento para limpiarlo y es en ese entonces que comienza a llorar. Agudo, gritón e insistente. Y es perfecto. Así es como despierto del trance y revivo desde mi inmovilidad. Cuando al fin regresan con él, es colocado en mis brazos. Y me suspendo ahí, en ese mínimo segundo en el que mis ojos chocan con los suyos. No sé si me ve, pero es glorioso. Hermoso. Suave. Tierno. Y no puedo dejar de verlo. —Es hermoso—dice Ema, estirando la mano para tocarnos—. Precioso. Y es nuestro. —Si—susurro, hipnotizado—. Perdóname por llamarte bebé cabezón—me río musitándole, le beso la frente— Y bola de masa viscosa. Él responde con un ruido extraño chasqueando en los labios pequeñitos y cerrando los párpados como si no le importara nada más que dormir. Retiro todo lo dicho antes, nada de esto es horrible. Ni lo odio. Se me olvidó que hace apenas un segundo estaba casi lloriqueando por el sufrimiento de Ema. Y ahora la veo ser aseada y cambiada con ayuda de Lucía, que se esfuerza por ponerla cómoda. —Llévalo a que los demás lo vean, están frenéticos—murmura Ema, entrelazando demasiado las palabras—. Después voy a acapararlo para mí sola—sonríe, pestañeando lento. Salgo de la silla y enfilo hacia la puerta, abriendo y cerrando. Voy a lo largo del pasillo y ahí están todos de pie, con los ojos curiosos y bien abiertos por la conmoción. Presento a Franco, algunos lloran, otros ríen con emoción. León chifla con triunfo. —Démosle la bienvenida a otro León, gente—canta orgulloso, levantando a Abel en el aire, y colocándolo sentado sobre los hombros para que pueda ver bien al recién nacido—. La segunda generación ya está justo acá—chocan puños. Y nos reímos. Max infla el pecho y sonríe de lado con la mirada verde-dorada brillante de orgullo macho sosteniendo a uno de sus hijos, mientras que Lucre lo mira con ojos felices justo a su lado, con el otro bebé contra su pecho.


Hombre, claro que sĂ­, tendremos Leones para rato.


Un viaje de autodescubrimiento — ¿Papa?—llama la pelirroja sin levantar la vista en su posición. Está de pie, junto a su motocicleta siendo revisada, con sus ropas engrasadas y los vaqueros rasgados. Las botas de cuero gastadas, soportando su peso liviano, recto y elegante. Aunque si la vieran con detenimiento, pensarían lo contrario. Sus manos no son las de una chica delicada, sino las de una a la que le gustan demasiado las motos como para dejarlas tranquilas como hace el resto de sus amigas. Es la única que sueña con montar en un viaje, y lo va a lograr porque tiene con qué. No por nada sacó los mejores poderes de su madre. — ¿Sí?—pregunta en hombre agachado al otro lado, recolocando ciertas piezas en el motor. La chica sonríe cuando su padre levanta su vista de lobo hacia la suya, siempre con atención. Ama demasiado a ese tipo, bueno, ama demasiado a todo el mundo, a decir verdad. Pero su padre es su debilidad, y ¿su madre? Su locura. Franco y ella se desviven por ellos, no podrían haberles tocado mejores progenitores. Especiales. Pero, corroborándolo bien, no podría haberles tocado mejor vida. Vivir en el recinto, rodeados con toda la furia de los Leones, tenía su chispa de aventura. No, ¿chispa? No, se queda corta. Es un incendio grande, poderoso e imparable. Sofía se agacha y apoya los codos en el asiento de la moto. — ¿Cómo terminaste con los Leones?—pregunta, sus ojos castaños más grandes de lo normal, esperando con anticipación. Nunca les contó esa historia, y tampoco se le había ocurrido preguntar. Pero ahora ella estaba considerando su futuro, y quería pertenecer. No es que estuviera siendo excluida, claro que no, sólo necesitaba salir a las rutas con los demás de una buena vez. Y le urgía saber la anécdota. Todos los mayores tenían su pasado, con los acontecimientos que marcaron el camino sin retorno al clan. Los que llegaron nunca más soportaron la idea de marcharse, eran una enorme masa pegajosa que una vez unida, duraba eternamente sin separarse. Alex entrecerró los párpados, su mirada inteligente le demostró a su hija que estaba reviviendo el momento. Sonrió y prosiguió con la tuerca que estaba ajustando.


—Era una tarde calurosa, hacía tanto calor húmedo que el sudor ya era parte constante de mí—comenzó, sin vacilar y sin perder la sonrisa—. Me encontraba en una estación de servicio, junto a un motel de mala muerte, al costado de la ruta. En medio de la nada. Paré a conseguir una carga completa de tanque y pedir una habitación, se veía cierta tormenta eléctrica avanzando con rapidez hacia la zona. Y consideré ser inteligente y quedarme. Era nuestro momento de un descanso. A Sofía le encantan las arruguitas que se le forman en el contorno de los ojos cuando sonríe, le da personalidad. Le da experiencia. A esta edad, su padre sigue siendo grande, consistente, aun con sus hombros anchos y su barba abundante—la que se ha ido dejando con el tiempo—.Y hermoso. ¡Ja! Si lo sabrá ella, que pasó todos los años de secundaria aguantando a sus compañeras babear por él. Y por todos los demás, siendo realistas. Los comentarios que ha tenido que escuchar… Asqueroso. Ahora hay un montón de admiradoras para la nueva generación de tipos rudos que pasean por el pueblo como si fuera de ellos propio. Los chicos se toman muy enserio la idea de ser motociclistas, comenzaron a montar incluso antes de caminar sin tambalearse, se han endurecido desde niños y les encanta sembrar impresión. Arrogantes y chocantes, se llevan el mundo por delante. No son nada como los mayores, que eran más humildes y sensatos, más serios. Aunque eso no implica que hagan mal el trabajo, eso es lo que importa, y lo hacen de maravilla. Y ella quiere formar parte. No en el segundo grupo, ni el tercero. Ni al final del primero. Tampoco en el medio. Quiere un lugar en frente, izquierda o derecha del jefe. Porque si ella desea algo, lo desea en grande o si no, nada. Pero, aunque no fueron criados con tendencias machistas—de hecho cada muchacha tiene su respectivo chaleco—, todavía hay reservas en que una mujer se una a la manada. Aun así, Sofía Castillo—alias “Fuego”—, está preparada para afrontar lo que venga. — ¿Y qué pasó?—pregunta ella, desesperada por saber. —A la mañana siguiente, salí del cuarto y fui a dejar la llave al encargado. De vuelta yendo a buscar mi moto escuché un estruendo ensordecedor viniendo desde la ruta. Me di la vuelta y allí estaban todos. Una enorme y ruidosa manada bajando a la estación. El tipo que iba adelante me llamó la atención tanto, que me quedé inmovilizado tomando cada uno de sus movimientos de líder. »Dio órdenes firmes, mientras los demás aparcaban sus motocicletas una al lado de la otra. Envió al primer grupo por su carga, y él se apoyó despreocupado en su monstruosa y preciosa moto, encendió un cigarro y se quedó bromeando con algunos de los otros mientras esperaban el turno. Sofía se reacomoda, mordiéndose el labio con entusiasmo.


—Déjame adivinar—sonríe con picardía—. Supiste en ese mismo instante que querías ser parte de ellos… Alex se rie, asintiendo enfáticamente. —Como la mierda, lo deseé con todo el corazón—lanza, tosco y divertido, después cambia a serio y pensativo—. Venía de perderlo todo, no me quedaba nada a lo que agarrarme. Miranda me echó porque quería que buscara una nueva razón de ser. La expresión de la chica decae un poco, está bien al tanto de la historia de su papá. De su dolor, sus guerras internas, sus victorias y levantamientos. —Los Leones significaron eso para mí, se puede decir que me enamoré a primera vista de ellos. Era una locura. Sus chalecos, su porte, los monstruos que conducían. Con sólo un vistazo transmitían la fuerza, el temperamento, la sangre caliente que corría por esas venas llenas de valentía y rudeza. Cualquiera habría pensado como yo, cualquiera se habría desvivido por llegar allí y entrar al círculo… —Fuiste por tu oportunidad—completa Sofía, consiguiendo una llave en sus manos. Alex resopla y niega, burlándose de sí mismo. —Ni de cerca—carcajea—. Me quedé ahí por no sé cuánto tiempo, hasta que León me notó. Literalmente. Él giró un poco el rostro, como un latigazo, y clavó sus ojos entrecerrados por el sol en mí. Fui expulsado del trance y me moví. Lejos. Fui a buscar mi moto con el corazón acelerado, no sé por qué. Supongo que me asusté por lo intenso de su mirada. Estaba a punto se montar cuando habló desde mi espalda, acercándose. Me dijo: “eh, chico, buena máquina la que tenés ahí”—Alex niega y se ruboriza—. Los dos sabíamos que era una chatarra, al menos en comparación con las que ellos tenían unos metros más allá. Eran todas Harleys, la mía no tenía nada que hacer contra ellas. Pero la quería, había sido mi primera pertenencia en la vida. Lo primero que pude pagar con esfuerzo y llamar mío. Sofía traga un nudo apretado en sus cuerdas vocales y asiente, metida en el relato. Imagina aquel momento, y lo joven que debía ser su padre. Ella y Franco lo tuvieron todo en la vida, a diferencia del hombre. Pero siempre trataron de merecerlo, porque sabían, a través de las experiencias de él, lo que era nacer sin tener absolutamente nada y andar por la vida casi descalzo. —Le dije: “lo es”, porque mi cariño hacia ella y el orgullo no me permitieron refutar el comentario. León sonrió y asintió, echando vistazos que parecían muy genuinos a la moto. Me sentí avergonzado por un momento, pero enseguida me endurecí, porque no había motivos para estarlo. “Me lleva a todos lados, he hecho cientos y cientos de kilómetros y no se rinde”,


proseguí, “es mi fiel compañera”. Los ojos azules se ablandaron con simpatía, pero aunque yo desconfiaba y estaba tenso, ahora sé que era imposible que él me mirara mal o se hubiese acercado con malas intenciones. León era sincero de verdad. Sin querer se me escapó: “es lo único que me queda, no me abandona”. Es el día de hoy que no entiendo el motivo que me llevó a decirlo, no me gustaba hablar sobre mí, y menos con un desconocido. Y acababa de soltar algo importante, que podía hacerme ver vulnerable, no me di ni cuenta de lo que estaba haciendo. Había bajado la guardia… —León tiene ese don, papá—agrega ella, sonriendo con compresión y dulzura—. Es especial. Alex está de acuerdo. —No hay en la tierra otro hombre como él, estoy seguro—confirma, mirando a los ojos a su hija, tan parecida a Ema. — ¿Él te invitó a unirte?—insiste la chica. —Charlamos un buen rato, me fue abriendo tal como a un libro y, sin darme cuenta, me leyó de pi a pa, me comprendió. Entonces quiso saber hacia dónde me dirigía… “A algún lugar” respondí, mirando lejos. “Estás en un viaje de autodescubrimiento, ¿eh?” sonrió él, cruzado relajadamente de brazos. Tan interesado en mí. Asentí, “en realidad voy en busca de un nuevo futuro, una nueva esencia. Iré y frenaré donde la vida haga latir más fuerte mi corazón” anuncié, y nunca fui más sincero que en ese momento. Realmente lo creía. Allí, de pie junto a mi moto, charlando con un completo extraño, tuve esperanza de que encontraría mi lugar. Sofía se limpia una lágrima a escondidas, la maldita acaba de escapársele por el rabillo del ojo. Suspira silenciosa, sin perderse la mirada profunda de su padre, que se ve más intensamente engullido por el recuerdo. —“¿Te latió fuerte el corazón cuando nos viste llegar?” quiso saber, serio. Casi me reí, incómodo, porque era una pregunta extraña para hacerme. Sin embargo, como acababa de dejarle ver una buena parte profunda de mí, acepté su interés y no me sentí burlado ni presionado. Sólo, confirmé sacudiendo la cabeza, firme, con decisión. Y mirándolo a los ojos. Porque realmente mi corazón había saltado con la primera impresión. » A continuación, me preguntó la edad y se sorprendió cuando dije que casi estaba en los dieciocho. “Tenés el tanque lleno, ¿verdad, chico?” siguió, esperó y asentí. “Cuando armemos filas de nuevo para seguir camino, tenés el permiso para unirte al final. Eso, si todavía sentís esa chispa en el pecho” me guiñó, sonriente, y se dio la vuelta para regresar y cargar combustible con el resto de sus compañeros. No dudé en unirme a la marcha, tampoco de que


mi moto se mantuviera a la par que las suyas. Los seguí, todos permitiéndome el último lugar con bienvenida. Ni siquiera me pregunté a dónde terminaría el viaje, iba a ciegas y estaba emocionado por primera vez en la vida. La muchacha sonríe con los ojos húmedos, pestañeando para poder ver mejor el rostro de su papá. —Y te llevaron al fin del mundo—susurra, aclarándose. Alex se pone de pie y la enfrenta, un arco perfecto en sus labios y los ojos emocionados. —Y me llevaron al fin del mundo…


Un vistazo al futuro La chica pasa la puerta de su casa, dejando atrás el cortante frío del exterior. Adentro encuentra a su madre junto a la ventana, con los ojos cerrados, sintiendo al poco caliente sol de casi primavera entrando a través del cristal. —Ma—saluda, la besa en la sien. Ema sonríe, levantando la mano al rostro de su valiente hija para notar su sonrisa atractiva. En la mesa, Franco está concentrado copiando una novela romántica al sistema braille. Sofía se acerca y choca un puño con el suyo, su hermano sonriendo ancho. No importa que ya esté pisando los veinticinco, se vea grande y tosco en esa sala y llevando a cabo esa tarea, sigue siendo fiel a la rutina de los sábados. Pasar tiempo con mamá. Y desde pequeños, los dos se turnan para transcribir las novelas que creen que le gustarían a Ema al sistema de puntos para que tenga la posibilidad de leerlas. Desde que pasar esas escenas un poco calientes dejaron de ruborizarles las mejillas. — ¿Por dónde vas?—pregunta, sentándose frente a él. Franco la mira. —Llegué a la parte en la que lord Holloway mata al conde y se queda con su esposa— levanta una ceja—. ¿Esta historia no la escuchamos ya? Sofía sonríe y, más allá, Ema se levanta y viene a ellos, interesada. —Un héroe, lord Holloway—suspira ella, y sus hijos se ríen—. Ahora, me están dando ganas de leerla… —No falta mucho para el final, ma—dice Sofía, saliendo de la silla—. Esta noche voy a traducir el epílogo, lo juro… Eso, si Franco termina los últimos dos capítulos—entrecierra los ojos hacia él, retándolo. Franco le guiña, prometiendo hacerlo. — ¿Te vas?—pregunta Ema, sintiendo que su hija se dirige al pasillo.


—Ducha, me voy al bar—avisa, deteniéndose—. Despedida. Los chicos se van en la mañana. Ema asiente y toma el lugar que acaba de dejar libre. Sofía entra en su cuarto y rebusca por ropa limpia. A pesar de ya tener veinte, sigue viviendo con sus padres, podría mudarse por más privacidad a los apartamentos, pero quiere pasar mucho tiempo con ellos aún. Si logra ganarse un lugar en la manada, llegaran las épocas en las que no los vea tan seguido. No, en realidad, va a conseguir un lugar, el “si” está de más. Escucha a su hermano venir a ella y asomarse, la puerta abierta dando el indicativo de que puede. Apoya el hombro en el vano y se cruza de brazos, observándola con sospecha. — ¿Vas a hablar con Abel?—pregunta, interesado. Sofía se encoge de hombros, todavía sin saber qué hacer. Lo cierto es que enfrentar a Abel es un poco complicado para ella. El tipo la sigue viendo como una niña de diez años. Es lógico, la vio crecer, se llevan siete, casi ocho, años. La respuesta al pedido de montar va a ser un rotundo no. —Tal vez—responde, concentrada en encontrar un sujetador limpio. —Es hora de que lo enfrentes y le digas que querés ir—dice, firme—. Yo no voy a hacer eso por vos… Ella se frena y lo enfrenta, expresión amable pero sólida ante las palabras de su hermano mayor. —Nunca te pedí que hicieras eso por mí—arroja, frunciendo el ceño—. Soy lo suficientemente fuerte y capaz… Él pone cara de póker y ella suspira, volviendo a su tarea anterior, después consigue una toalla y espera a que su hermano se corra para pasar en dirección al baño. — ¿Qué?—dice cuando él sonríe como el gato de Alicia en el País de las Maravillas. — ¿Vas a ponerte linda para hablar con él, mostrarle tus encantos?—inclina la cabeza a un lado y con sus manos forma bultos en la delantera de sus pectorales. Aunque parezca imposible ella se ruboriza y reacciona usando la toalla como un látigo, golpeándolo en la cara. Franco suelta una carcajada. — ¿Qué te hace pensar eso? ¿Eh?—escupe ella. Él señala la cama a su espalda con el pulgar, donde colocó la ropa que va a ponerse.


—Elegiste la camisa más escotada que tenés—alza ambas cejas, insinuante. Ella niega poniendo los ojos en blanco y al fin acaba entrando en el baño. Luego de la ducha, se cambia, seca el cabello largo, rojo y rizado. Eso hace que se le vuelva más esponjoso e hinchado. Suspira y le quita importancia, va directo a colocarse el chaleco. Mientras lo hace sueña despierta con un buen parche bordado en la delantera. Pone una sonrisa torcida. En la sala, se despide de su madre que ahora está sola, esperando a que Alex regrese del taller. Se decide a aguardar un rato por él, quedándose con ella. Se sientan en torno a la mesa, y charlan sin parar. Hasta que la intuitiva Ema saca el tema que le viene rondando la cabeza desde hace un tiempo. Sospecha qué es lo que Sofía está buscando. —Así que… ¿vas a montar?—pregunta. —Si así lo quiere el líder—comenta la chica. Ema se ríe. —Oh, no creo que te lo niegue—dice la madre, segura de la capacidad de su hija—. ¿Te contó tu padre cómo encontró al clan? —Sí, justamente esta tarde, mientras poníamos en forma mi moto—responde la joven, riendo. Ema asiente, a punto de dar un consejo a raíz de eso. —Gánate el espacio como él lo hizo—se estira y consigue su mano—. Empezó montando en la parte de atrás, y fue subiendo puestos hasta quedar muy cerca de León… — ¿Por qué lo decís? ¿No crees que quiero empezar desde abajo?—quiere saber Sofía, sorprendida. Ema se ríe como si acabara de contar un chiste malo. —Hija, te conozco, no vas a ir por el último puesto—le palmea la mano—. Querés estar al frente, y no dudo de que seas capaz. Sólo te aconsejo que seas menos impulsiva, más humilde y aceptes ganarte poco a poco el lugar. No tanta ambición. Bueno, claro que su madre la conoce. Son tal para cual. Y tiene sentido que le aconseje seguir el camino de su padre, que comenzó montando último en la lista. Esfuerzo, batalla, realización. Ella podía hacerlo, claro que sí. Era fuerte, decidida, y la mayor parte de las veces conseguía lo que se proponía.


La puerta se abre, Alex entra y se quita el abrigo. Sofía salta de su silla, besa la mejilla de su madre y, antes de salir, ataca a su padre con un abrazo de oso. Le pregunta si irá a la despedida y él contesta que no, que saludará a los chicos en la mañana temprano. La chica sonríe porque sabe que él prefiere mil veces quedarse en casa con la mujer que ama. Ya antes de entrar al bar se escucha el barullo, y tiene una sonrisa gigante al abrir la puerta para entrar. Enseguida ve a los chicos por todos lados, a Adela y Esperanza en la barra haciéndose cargo de las bebidas. Hoy nada de alcohol para los que viajarán mañana, no hace falta aclarar. No hace más que cerrar que Esperanza la ve y le levanta una mano, para que se quede ahí. Sofía alza una ceja, esperando. La música para. —Espera, espera ahí—le pide, frenética—. Tenemos tu canción. Mueve un dedo sobre el equipo y empieza “I am the fire” de Halestorm. La pelirroja suelta una ruidosa carcajada y comienza a mover las caderas enfundadas en un ajustado vaquero, haciendo la entrada de su vida. En el estribillo levanta los brazos y yendo a la par de los gritos de Lzzy Hale. Dobla los brazos hacia arriba, como abultando los bíceps y las chicas le hacen la fiesta desde la barra. De pronto es levantada en el aire, encajada en la espalda de uno de los gemelos, que la alza a caballito y la lleva a lo largo del bar hasta donde están sus amigas. Sofía se aferra a él mientras grita y ríe, rodeándolo con las piernas para no caer. Su hermano, Franco, se encuentra más allá, divertido con la fiesta y mirándola con adoración. El otro gemelo se dobla por la cintura, quedándose sin aire por la risa que le causa el espectáculo. Abel observa todo con expresión inteligente y madura, aunque sonríe, tampoco está como loco. Ugh, ¿cuándo se volvió tan aburrido? Sofía lo ignora, mientras piensa que se tomará un par de tequilas antes de enfrentarlo. Es dejada sobre sus pies justo en la barra y no pierde el tiempo, se pide la primera bebida. Mientras el álbum entero de su banda favorita retumba en los parlantes a toda furia. Eso le da fuerza, y para la hora siguiente está lo suficiente envalentonada para ir a buscar al líder. Abel Navarro, alias “Hielo”. Y es toda una contradicción que tenga que enfrentarlo. Pero, espera, el fuego siempre derrite el hielo. Se va a joder. Despeja la mirada y lo busca en la habitación. Lo encuentra en la ronda entre los Medina y sus dos hermanos, Julián y Elías. Se endereza y camina hacia él, resonando sus tacones, haciendo bailar su pelo rizado largo y despeinado. —Con vos quiero hablar—intercede en la ronda, y lo señala con el dedo. El tipo, todo perfección, con su pelo negro grueso, agarrado en un nudo descuidado en la nuca y ojos turquesas espejados, la mira alzando una ceja con arrogancia. Bien, no por cualquier cosa le dicen Hielo. Sus ojos pueden ser fríos como el mismísimo crudo invierno en el


fin del mundo, incluso más. El resto se dispersa, dándose órdenes en silencio con los ojos. Los dejan solos. Es como si todo el mundo supiera lo que ella intenta, menos Abel. Sofía sospecha que lo ignora a propósito. — ¿Qué te pasa, roja?—le pregunta él, llevando una botella de agua mineral a sus labios. Sus labios… Sofía pestañea y se endurece, recomponiendo sus neuronas. —Quiero ir mañana—traga, nunca abandona sus ojos—. Necesito que me dejes tomar el último lugar en el grupo. Él sonríe mostrando los dientes, y la mira fijamente al rostro. Vaya a saber qué está pensando. — ¿En serio?—deja escapar una risita—. ¿Acaso ya llegaste a los dieciocho? A Sofía se le abre la boca de golpe, un rubor poderoso y caliente la invade desde el cuello hasta el cuero cabelludo. ¡Ni siquiera sabe su edad! La rabia la consume de un pestañeo a otro y va al frente. Toma la parte delantera de su camisa en un puño y lo empuja hacia atrás con el antebrazo, estampándolo contra la pared. —Tengo veinte—sisea justo en su cara, parándose en puntas de pie para estar más cerca de su altura—. Veinte—repite. Retrocede un paso y se apoya el índice en la sien, dándose golpecitos. —Grábatelo. Se marcha dejándolo allí, un poco descolocado y enojado. Le resta importancia, es un idiota monumental, no sabe en qué momento se puso así. No vale la pena dedicarle tiempo. Mejor se va con el plan B. Consigue el brazo de Nicolás Medina y se lo lleva arriba, por las escaleras. — ¿Algún problema, fogosa?—pregunta, jamás va a ser un tipo que se tome algo enserio. Sofía se le acerca, decidida. —Quiero montar—le dice, agitada. El hombre se queda con la mandíbula abierta por un par de segundos y después le da una sonrisa torcida llena de dobles intenciones.


—Querés montar, ¿eh?—la estudia, poniéndose en estado apreciativo con su cuerpo—. Pero acá no se puede, nos van a ver… Ella pone los ojos en blanco y le da una bofetada en el costado de la cabeza. —Ponete serio, Medina—gruñe, suspirando con frustración. Él se aclara la garganta abandonando su escote y cambiando la expresión a concentrada. — ¿Qué puedo hacer yo?—quiere saber. Al fin cambia el chip de su cabeza y deja de coquetear y bromear. —Necesito que me des esas gotas que una vez usaste con mi hermano en aquella broma… Él inclina la cabeza a un lado, tratando de leerla con sus ojos castaños dorados. Finge sopesarlo un momento, pero no por mucho. —Bueno, en un rato te las traigo—concuerda así de fácil, sorprendiéndola—. No debería, pero estoy curioso y quiero saber qué cagada vas a mandarte esta vez. Nicolás le palmea la mejilla con amistad y la deja sola ahí, antes de que baje las escaleras, ella agrega: —Oh, yo no seré la de la cagada—se ríe, maliciosamente. A la mañana siguiente es la primera en llegar al bar y preparar café a todos para que se calienten antes de salir a la carretera, mientras se despiden de las familias y el resto que se queda. Los viajeros comienzan a aparecer y pronto el bar está repleto. Reparte los cafés junto con besos en la mejilla como buenos días, recibe los piropos de algunos con galantería y simpatía. Su expresión dulce en realidad significa resolución. Le entrega su respectiva taza a un dormido Nicolás que tiene la almohada marcada en la mejilla, él la agarra sin siquiera mirarla y comienza a tomar. El plan macabro en marcha. Están todos acomodándose y haciendo rugir los motores para calentar las motos cuando el gemelo viene a ella corriendo, directo a atacarla. —Pendeja, te voy a matar—ruge, casi sin voz. Tiene el rostro rojo y aprieta la mandíbula con fuerza. Sofía le palmea el pecho ancho con la mano, fingiendo inocencia.


—Usaste las gotas contra mí—jadea él, sudando y casi saltando en su lugar—. Me las vas a pagar. —Considéralo un pago por el día que mi hermano pasó metido en el baño—le guiña ella radiante, él suelta aire violentamente por la nariz—. Todo vuelve. Ahora… decí las palabras mágicas. Lo urge ella, chasqueando los dedos, sonriendo como si se hubiese ganado diez loterías juntas. Nicolás no quiere hacerlo, pero un gruñido se escapa por su garganta a medida que el sudor se acentúa en su frente en forma de gordas gotas que comienzan a deslizarse abajo. —Tenés mi lugar, arpía—escupe, después sale corriendo lejos de todos. La muchacha se apresura hacia el escondite donde dejó su bolsa de viaje y la cuelga en su hombro. Su moto ya está lista en el estacionamiento. Dejará ir el primer grupo con Abel al frente, y ella los seguirá con unos minutos de diferencia, hasta alcanzarlos y encajar justo en el espacio vacío del Medina que falta. Y eso, tiene que decir, es bastante cerca de la cima. El primer grupo se va, con todos a bordo y ella se despide de su familia, diciendo la verdad. Nicolás le cedió su lugar porque se sentía mal, nadie tiene que saber los motivos, ¿o sí? Encuentra su moto roja, hace latir ese motor como bien sabe. Orgullosa se monta y coloca el casco. Y se marcha para alcanzar a los demás. No tarda mucho en hacerlo, está llegando al final de la cola cuando los últimos comienzan a notarla, y ella sonríe con gloria. La aceptan sin dudar, dándole cabezaditas de bienvenida. Y ella les devuelve el gesto, agradecida. Pero esto no le alcanza, su ingreso tiene que ser más dramático e inolvidable. La arrogancia no tiene límites y hoy está llena de ella por su victoria. Sabe que rompió las reglas y le falló al líder, pero después de la estúpida charla que tuvieron la noche anterior, él pasó a ser lo menos importante. Se sale de la fila y acelera, pasando a cada integrante. Al dejar atrás a su hermano, le echa un vistazo y distingue sus ojos de lobo achicándose dentro del casco. Se está riendo, porque ella lo consiguió y él sabe bien que llevó a cabo alguna maniobra dudosa y no muy legal para estar allí mismo. Le muestra el pulgar enguantado y sigue adelante, subiendo la velocidad. Se pone a la par con Abel y espera a que la note. No sin antes desprenderse la correa del casco y quitarlo por encima, dejando sus largos rizos volar al viento. Agita la cabeza y sonríe cuando advierte que él se queda boquiabierto. Sos ojos espejados agrandados y brillando con sorpresa. La sonrisa gigante y llena de sí misma que ella le dedica lo obliga a fruncir el ceño. No ignora el hecho de que la hermanita pequeña de Franco acaba de jugársela de una manera espectacular, poniéndolo a prueba y enfrentándolo como si no fuera nada.


Sin embargo, no exige a nadie frenar, ni le ordena a la chica volver. Decide ponerla a prueba, al acabar el viaje obtendrá su veredicto final. Poco a poco, Sofía se instala en el hueco que pertenece a Nicolás, junto a su gemelo, que la mira divertido. Se siente radiante y vencedora. Poderosa. Imparable. Ahora se encuentra en el lugar correcto, porque para esto su madre la trajo al mundo y nunca estuvo más segura de algo. Y, además, como era de esperar, el fuego venció al hielo.

Fin


Lo que viene...


Furia de los Leones MC #4