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Sinopsis Francesca Abbal No nací en cuna de oro, aunque crecí como si lo hubiese hecho. Adoptada por una de las familias con apellidos más resonantes de la zona, nunca se esperó menos que perfección de mi parte. Y el agradecimiento y amor hacia mi padre me llevaron a cometer el más grande error de mi vida. En algún momento, el camino empezó a tornarse negro y lo perfecto se convirtió en un infierno. Puede que ahora el diablo ya no ronde los alrededores, pero las cicatrices que él dejó jamás me liberarán. Los fantasmas me persiguen y se roban poco a poco mi vitalidad. No quiero volver a entregarme, jamás. Por eso me resisto cuando se entromete ese hombre con apariencia de vikingo, que con su magnitud intenta arrastrarme cerca. Es un luchador de la vida y algo más. Su enormidad me asusta, pero sus ojos me hacen temblar. No confío, no puedo hacerlo. ¿Es su intención ayudarme a renacer? ¿O sólo es otro diablo intentando arrebatarme lo poco que me queda?

León Navarro Sé de pérdidas y sufrimiento. Entiendo sobre el dolor. Me quedé solo desde muy joven y aprendí a vivir sin los que más amaba. Ahora, con treinta y cinco años, soy el líder de la hermandad de motociclistas “Furia de los Leones”, y no puedo estar más orgulloso de mi clan. Lo que empezó como un juego se convirtió


en algo grande y poderoso, ya no me imagino una vida lejos de mis chicos. Mi familia. Cuando Francesca aparece en mi vida, recién salida de un terrible matrimonio, no puedo evitar quedarme prendado de ella. De sus enormes ojos exóticos, vacíos y sin esperanza. La necesidad de sanarla me abruma. Quiero revivirla. Quiero encenderla. La deseo más que nadie. No importa cuántas veces intente alejarse, insistiré. Lucharé. Porque nada en la vida se gana sin pelear.

ADVERTENCIA: Esta historia es sólo apta para mayores de dieciocho años, contiene escenas que pueden herir susceptibilidades.


Índice Prólogo

Capítulo 16

Capítulo 1

Capítulo 17

Capítulo 2

Capítulo 18

Capítulo 3

Capítulo 19

Capítulo 4

Capítulo 20

Capítulo 5

Epílogo 1

Capítulo 6

Epílogo 2

Capítulo 7

Epílogo 3

Capítulo 8

Lista de canciones

Capítulo 9

Lo que viene

Capítulo 10

Agradecimientos

Capítulo 11 Capítulo 12

Capítulo 13 Capítulo 14 Capítulo 15

Contacto


“Ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor…” —Soy mi soberado (Gustavo Cordera)


Prólogo — ¿Estás bien, chiquita?—preguntó el padre, rebuscando en su rostro— . Te ves pálida, ¿estás cansada? ¿Álvaro te trata bien? Para Raúl Abbal su hija era su vida entera, su sol en cada amanecer. Después de años intentando tener un hijo con su esposa Josefina sin muchos resultados, fue una bendición encontrar a Francesca. Ellos ya habían entrado en la fase de los cuarenta y se dieron por vencidos con los tratamientos. Es cierto, no era una hermosa bebita de meses cuando la acogieron, tenía diez maduros años, pero no pudieron resistirse cuando la vieron en el hogar. Se enamoraron de sus enormes ojos oscuros que pedían a gritos un poco de cariño. Fue gracias a un amigo de la familia, un vecino muy querido, que rescató a Francesca de la horrible casa donde vivía con padres adictos y abusivos, en un barrio pobre. Él les comentó de la situación en la que esa niña vivía y que se encontraba tan sola, a la espera de una adopción. Algo difícil, todo el mundo sabía que los niños ya mayores tenían más dificultades de conseguir una familia que los apañara. De todas maneras, decidieron tomar el consejo de ir a visitarla y no se arrepintieron, se quedaron prendados, ya no hubo marcha atrás. Tomaron la decisión el mismo día, sin dudas ni contratiempos, y semanas después ella ya estaba viviendo con ellos, en la gran casa. Le dieron la mejor educación, las más exclusivas ropas y joyas, la convirtieron en su consentida. La amaban, y ella se dejaba amar. Callada, reservada, dulce y atenta. Agradecida. Con el tiempo los inspiró a seguir adoptando y la familia Abbal terminó agrandándose dos veces más. Juan Cruz de doce años fue el siguiente, un rubio precioso de grandes ojos azules que creció sin problemas y se convirtió en el orgullo de la casa, poniéndose al frente de la empresa de su padre. Y otra niña de catorce, María, ella fue algo espinosa por un tiempo, era una rebelde, pero logró enderezarse a


tiempo y terminó siendo la primera en abandonar el nido a los veintidós, contrayendo matrimonio con un buen hombre trabajador que le brindaba todo lo que se merecía. Francesca se acostumbró a ser cuidada y adorada, aunque jamás olvidó de dónde provenía y cuál era su verdadero lugar. Obedecía inmediatamente cuando su madre le corregía la postura en la mesa durante las comidas, los acompañaba a eventos de caridad, callaba y escuchaba con atención y respeto a las personas con las que se rodeaba. Con el tiempo amó a sus padres, y siempre sintió como si les debiera algo. Su infancia había sido oscura, devastadora, sus padres adictos la habían ignorado por años, obligándola a educarse y abastecerse sola. Lo aceptó, porque su naturaleza era voluble y encajaba con facilidad, se amoldaba a cada situación que la rodeara. Y siempre creyó que esa era una de sus grandes virtudes. Hasta que se casó. Después de la muerte tan repentina de su madre, que dejó a todos conmocionados y tristes, Raúl comenzó a decaer. Su salud se vio desprotegida y sus pulmones empezaron a fallar, toda una vida de fumador debía tener un precio al final. Cayó postrado en una cama, débil y sin muchas reservas. Para ese entonces Álvaro Echavarría concurría muy seguido por la casa de los Abbal, por negocios y amistad, y siempre se vio atento e interesado en la hermosa hija adoptiva de ellos. La persiguió, cortejándola elegantemente, regalando sus más hermosas sonrisas adornadas con brillantes ojos turquesas. Era encantador y dulce, y aunque eso no alcanzaba para que Francesca se enamorara locamente, creyó que podía tener una cita con él. Por su padre. Porque siempre parecía intentar emparentarlos. El agradecimiento hacia Raúl Abbal fue el principio de su infierno. —Estoy bien, papá—le respondió ella, serena—. Perfectamente.


Mentira descarada, Francesca no estaba bien. Nada en su vida era como debía ser. Álvaro, a poco tiempo de contraer matrimonio, se convirtió en una pesadilla. El hombre de sonrisa fácil y encantadora se volvió un monstruo feo y violento. —No te veo bien, Fran—suspiró él, escarbando más en sus ojos—. ¿Él es bueno? ¿Estás cómoda en su casa, cariño? Las preguntas preocupadas de su padre la ponían nerviosa, debía esforzarse en ser transparente con él, era un hombre muy observador e intuitivo. Le sonrió, transformando su cara, llevándola a fingir una alegría explosiva que no sentía. —Tengo que darte una noticia, papá—susurró, acercándose. Allí sentada en el borde del lecho se abrió a él y, por más que no quisiera, le contó que estaba embarazada. Que le daría un nieto en unos meses, y su corazón se contrajo en su pecho cuando él soltó lágrimas felices. Se sintió un poco mejor al verlo tan contento, después de una mala época, meses y meses solitario y apagado. Le pidió que se inclinara y lo hizo, él le besó la frente y le acarició el pelo. Repitió una y otra vez que se encontraba muy feliz por ello, que esperaba llegar a sostener su nietito cuando naciera. Francesca se permitió soltar una única lágrima, una sola, que descendió por su mejilla. La limpió enseguida, no quería que nadie la viera llorar. No quería que Álvaro la viera llorar. Se quedó un rato más con él hasta que su esposo la recogió, tocando la bocina, ni siquiera apeándose del coche para visitar a su amigo, suegro y socio. Raúl sonrió, lo excusó diciendo que entendía de su apuro por ir a casa a esas horas. Ella tenía claro que no. Álvaro pocas veces iba apurado, él sólo quería molestarla. Ni bien subir al coche sintió el fuerte olor a whisky caro, quiso con toda su alma levantar una mano y taparse la nariz. Todo en Álvaro la asqueaba, y pensar que meses atrás creyó estar enamorada de él. Ya no importaba, se


dijo a sí misma. Poco a poco el cariño se esfumó, cada vez más invisible hasta desaparecer, como humo de cigarrillo saliendo de sus labios. El amor salió y se desvaneció, dejando el verdadero veneno dentro de su organismo. —Estás pasando demasiadas horas con él—carraspeó, dando la marcha atrás para salir de la entrada de los Abbal—. Se está llevando nuestro tiempo juntos, ya es momento de que le digas que vendrás de visita sólo una vez a la semana. Francesca no respondió, permaneció en silencio mirando al frente. Pocas veces sabía qué hacer, si asentía podía recibir un golpe. También si hablaba. Y también si no hablaba. El tirón de cabello vino a continuación, la voz cortada de Álvaro pinchó sus oídos. — ¿Escuchaste?—la zarandeó—. ¿Entendiste lo que te dije? —Sí, Álvaro—dijo, monótona. Esa misma noche suspiró con alivio cuando fue a dormir, él se había ido de la casa después de cenar. O mejor dicho, lanzarle la cena en la cara. Tomó su botella de whisky favorita, encendió su coche y salió. Cada vez que él hacía eso ella se aflojaba, se sentaba en el sofá y respiraba agitadamente, como si el estar con él le robara el aire. Y en cierta menara así era, él se apoderaba poco a poco de todo. Su aire, su piel, su cuerpo, su libertad. Estaba resignada a que llegaría un momento en el que ya no habría nada un su vida, sólo la sombra de un marido abusivo en su espalda, controlándola.

Raúl despertó en medio de la noche, un ataque de tos despejando su cabeza del sueño. Encendió la luz de su mesa de noche y se sobresaltó,


porque allí, en el sofá junto a la cama, se encontraba su yerno mirándolo con ojos muertos. —Álvaro—suspiró—. Me asustaste, hombre. ¿Estás bien? ¿Cómo está mi hija? Él alzó las cejas y le envió una mirada desinteresada, se encogió de hombros y bebió del pico de su botella. Abbal entrecerró los ojos, recién notando tal cosa en su mano. El hombre se veía peligroso, no borracho, sino, desprovisto de alma. Temible. — ¿Está mi hija bien?—quiso saber, con más urgencia. El joven tragó y sonrió maléficamente. —La puta de tu hija está bien, Raúl—soltó, cruel—. Todo lo bien que puede estar un pedazo de mierda como ella. El hombre mayor saltó en su cama, empalideció. Sus palabras lo tomaron desprevenido, dejando caer un telón invisible que demostraba la verdadera naturaleza de su socio. — ¿Qué mierda me estás diciendo?—se alteró Raúl, intentando sin mucho éxito sentarse sobre la cama, si pudiera ya le habría pateado el culo—. Sabía que algo no estaba bien… Se quedó sin aire al abrir los ojos ante la realidad. La culpa se apoderó de él, supo en ese instante el enorme error que había cometido al animar a su hija a salir con él. A casarse con él. Ahora mismo estaba siendo testigo de la verdad escondida en Álvaro Echavarría, que lo estaba mirando con esos depredadores ojos turquesas, la botella colgando de él como un arma apuntando en su dirección. Directo a su pecho. Supo que tenía que salvar a su hija. —Ya veo—gruñó, cayendo en la cuenta de que todos esos años de sociedad habían sido engañosos, Álvaro escondía bien sus instintos de los demás, engañaba como un profesional—. La estás lastimando. Estás lastimando a mi Francesca.


—Ella ya no es tuya, viejo—se burló el otro, se puso de pie, caminando de acá para allá en la habitación—. Ahora es mía, puedo hacer todo lo que quiera con ella. Los ojos de Raúl comenzaron a picar, el dolor era insoportable. El sentimiento de injusticia e indignación por las cosas que su hija debía estar pasando junto a ese sociópata lo envolvieron. La culpa, el horror plagando su corazón. —Voy a hundirte—quiso gritar, pero sólo salió un graznido empobrecido—. Voy a destrozarte, Echavarría. Vas a morir en una a cárcel, perderás todo tu dinero y tu vida por esto. Álvaro se rio, sin duda estando en su salsa. ¿Un viejo moribundo tenía la osadía de amenazarlo? Él debía saber que no ganaría, que Álvaro estaba al mando. Y siempre lo estaría. —Lástima que ya no te quede tiempo para eso, viejo—sonrió. Abbal abrió los ojos muy grandes cuando lo vio acercarse con decisión. A la pasada tomó uno de los grandes almohadones de decoración en el final de la cama, le sonrió con desprecio y locura brillando en sus pupilas. Quiso levantarse, luchar, sacarse de encima a esa fiera que estaba destrozando la vida de su Francesca. Pero fue inútil, no tuvo fuerzas para salvarse y así rescatarla. “Encontrá ayuda, hija.” El almohadón acalló sus gritos, negándole más reservas de oxígeno. Él sabía que su hija estaba acorralada, que no tenía escapatoria. Ahora ya no. Si ella hubiese hablado, si se lo hubiese confesado. “¿Por qué no confiaste en mí, hija? ¿Por qué?” Él entendió por qué, las telarañas del abuso iban más allá de las heridas físicas. Conocía a Francesca, tan reservada, tímida, hasta sumisa de vez en cuando. Álvaro la había elegido bien, supo que ella sería perfecta. Antes de su último aliento, de sus últimas lágrimas, rezó para que alguien la ayudara.


1 Francesca «Las ásperas manos del monstruo levantaron el dobladillo de mi vestido, no delicadamente. Mucho menos romántica. Ya, para estas alturas, había perdido cualquier esperanza de experimentar el acto de amor en su medio más puro, sólo me estaba acostumbrando a movimientos demandantes y penetraciones violentas que me rasgaban por dentro. Siempre estaba preparada para el dolor, cerraba los ojos y lo esperaba. Las primeras veces luché, como aquella en la que él me obligó a darle sexo oral porque se lo debía, por cocinar una cena para los dos. Al principio pensé que estaba bromeando, me reí. Dejé de hacerlo porque se me abalanzó y me empujó abajo, sobre mis rodillas. Y todo cayó en su lugar. La verdad quemó en mi pecho y a través de mi garganta mientras derramaba su asqueroso y podrido semen en ella. Corrí al baño a vomitar inmediatamente, mientras lloraba y mi mente apenas tomaba la situación por lo que era. Había violado mi boca. Mi boca antes que todo lo demás. Me sentí sucia, hedionda hasta en las mismísimas entrañas, vomité todo el contenido, y aun así no funcionó. El ardor, el asco, no se iban. Jamás se irían. Así me encontró él, llorando, sonrió despectivamente y me aseguró que no era para tanto, que eso era lo que hacían las esposas. Arrodillarse y chuparla hasta el cansancio, hasta dejarlo seco. Una y otra vez. Eso era lo que me correspondía. Entonces me sujetó del brazo y me arrastró a la cama, me quitó la ropa, me golpeó cada vez que quise detenerlo y entró en mi cuerpo como un animal. Me retuvo de las caderas y me montó. Dolió como nada, me entumeció, sangré por dentro, me rompió. No le importó, otra vez se derramó en mi interior,


ensuciándome todavía más. Castigó mi carne, no acalló mis gritos porque le gustaban. Le hacían sentir poderoso, cada vez que arremetía con su miembro, mi dolor lo hinchaba y le hacía latir. Ese fue el principio. No lo vi venir, me tomó desprevenida y me volvió frágil. Más frágil. Reconocí que siempre fui una mujer débil, fragmentada, perdida. Nunca supe en realidad lo que deseaba en la vida, nunca entendí cuál era mi propósito en el mundo. Sólo convivía e intentaba mantener contentas a las personas que me rodeaban, estando allí para ellos. Haciendo cosas que los hicieran felices. Me gustaba hacerlo, se sentía bien. Y en el proceso me olvidé de mí misma. Me recordé esa noche. Esa cena lo cambió todo, me di cuenta de que ésta era yo. Ahora. La mujer de un monstruo en la piel de un cordero. Allí, tendida en la cama, inmóvil mientras mi esposo se arreglaba las ropas, miré el techo y me encontré. Por primera vez tuve consciencia de mí misma. Por primera vez supe lo que quería en la vida. Morirme. Fregarme bajo la ducha. Morirme. Vomitar. Morirme. Así que ya no luchaba cuando quería algo de mí, ya no gritaba, ya no me movía. No me cubría. No me quejaba. Lo dejaba hacer, y en el fondo le molestaba. Le enfurecía tanto que ya no demostrara mi dolor que se esforzaba por provocarlo. Se volvía cada vez más y más cruel, despectivo. Mortífero. Acepté que ese era mi destino, permití que me fragmentara en pequeños cachos. Dejé que asesinara cada pequeña partecita de mí. Porque no había voluntad. Nunca hubo voluntad en este cuerpo. Y no había nadie a quien podía decírselo, él me mataría. Él iría a por las personas que yo más quería.


Y si no podía resguardarme a mí misma, por lo menos lo haría con quienes amaba. Los protegería. Ellos no necesitaban saber. No les hacía falta sufrir.» — ¿Francesca?—alguien me sacude y despierto del reposo, saltando fuera de la cama como si me quemaran. Entrecierro los ojos hacia la tía Olga que se encuentra a mi lado, inclinada sobre mí, con su vestido lujoso y el maquillaje intacto, sus ojos preocupados. Le interrogo con los míos, y ella señala a la ventana, a los coches entrando por el camino de piedras en dirección a la casa. Trago y le echo un vistazo a Abel, durmiendo en su cuna. Me acaricio el vientre ovalado y sobresaliente con nerviosismo. Puede que Álvaro Echavarría esté muerto, pero eso no hace mi vida más fácil. Aun incinerado y en el infierno, sigue complicando mi existencia. Robándome la paz. Desapareció de este mundo dejando enormes deudas, algunas a gente decente. Otras, no tanto. Casualmente le debía millones a ciertas personas, delincuentes. Y quieren cobrar, es entendible. El gran problema es que no tengo el dinero. Algo, no todo. Cinco millones de dólares es demasiado y Álvaro me dejó en banca rota. La primera vez que aparecieron, tuve suerte de que no estuvieran de malas y con ganas de crear problemas, o dispuestos a asesinarnos a todos. Sin embargo, me amenazaron explícitamente con llevarse a mi hijo si no pagaba la próxima vez que vinieran. Llegó la hora y no estoy ni de cerca preparada para saldar la deuda. Le pedí ayuda a Juan Cruz, él me cedió lo que pudo, sólo un par de millones. Necesito tres más, y desgraciadamente no tengo una galera para hacerlos aparecer como por arte de magia. —Seguime—susurra mi tía. Envuelvo a Abel en la misma sábana con la que está cubierto y lo levanto en mis brazos. Es bueno que sea un niño con sueño pesado y le cueste despertarse una vez que cierra sus párpados. Sigo los pasos de mi tía por los pasillos, adentrándonos apuradas en la biblioteca. Saca una llave que cuelga de una cadena en su cuello y frente a mis ojos destraba una


puerta secreta entre los libros. No puedo dejar de estar asombrada, relacionando todo esto como la escena más loca de alguna película. Ella me dirige dentro de lo que parece un bunker secreto y me cuelga la llave en el cuello. —No salgas por nada del mundo, Francesca—me ordena—. Hay comida, el baño funciona perfectamente y tenés todo lo que necesitas para Abel. —Pero, tía…—doy un paso adelante, sin entender bien. —No me lleves la contraria, esto es lo único que podemos hacer— asegura, pidiendo con su mirada que respete su pedido—. Permanece, por lo menos, veinticuatro horas acá. No salgas, ¿escuchas? Yo enfrentaré a esos matones, jamás llegaran a tu bebé. Mi corazón cae en picada al entender lo que esto significa, mi enfoque se borronea por las lágrimas y me adelanto para abrazarla. Aferrarme a ella. —No puedo dejar que hagas esto, entra conmigo—susurro, rogando—. Quédate conmigo. Niega y sale, parándose junto a la entrada. —Yo los enfrentaré, los desviaré—dice, convencida—. Espera veinticuatro horas, si es posible, un poco más. Entonces serás libre, corre a resguardarte—encierra mi rostro mojado en sus manos—. No les diré nada, mentiré que te fuiste de esta casa y corriste a la ciudad, se quedarán rondando, seguramente. Pero se cansarán y perderán la paciencia al ver que no hay ningún movimiento. Al salir, toma uno de los coches y aléjate lo más rápido que puedas. No me da tiempo ni a responder, se aleja y empuja la puerta de regreso, ésta se cierra con un impactante click y me quedo sola con mi bebé dormitando en mis brazos. No sé qué hacer, permanezco allí de pie por lo que parecen horas, mis brazos acalambrándose, mi respiración acelerada. Mi cabeza contemplando miles de posibilidades. Ninguna buena.


En algún momento me muevo hacia la cama del rincón y recuesto a Abel, me hace sentir mejor que permanezca dormido. Me siento a su lado y miro al vacío. Sé que no puedo quedarme aquí adentro mientras lastiman a mi tía, tengo que hacer algo. Es injusto que le pase esto por protegerme. Me acerco a la puerta y apoyo la oreja con intenciones de escuchar algo del exterior, es imposible, es un lugar insonorizado. Aprieto la llave que cuelga de la cadena en mi cuello, ésta quema en mi palma. Mi bebita elige ese momento para removerse y me quita el aliento, llevo una mano a la parte baja de mi vientre, acariciándome para calmar las molestias. Empiezo a sudar sin parar, temblando. Sintiéndome claustrofóbica. No puedo quedarme oculta, no puedo. No soporto estar aquí a salvo mientras otra persona se arriesga por mí. He jugado a las escondidas muchas veces en mi vida. Cuando era niña e intentaba mantenerme fuera del radar de mis padres adictos, con el tiempo aprendiendo a evitar ser un saco de boxeo. Y, ¿con Álvaro? No me escondía, pero sí protegía a Abel, lo encerraba en su habitación mientras dormía y mantenía la llave conmigo. Así que, cuando el monstruo que dominaba a su padre despertaba, no estaba cerca. Solo yo. Yo antes que un bebé inocente. Álvaro nunca tocó a nuestro hijo, las pocas veces que interactuaron fue dulce con él, atento. Hasta pensé que le tenía verdadero cariño, pero yo no podía arriesgarme. No podía permitirme perder la única cosa que hacía el suplicio menos tortuoso. Si algo le pasaba a mi hijo yo no podría soportarlo, jamás. Era lo único bueno en ese infierno. Otro tirón viene y tengo que doblarme sobre mí misma para soportar el dolor. Me apoyo en la puerta, procurando no caer de rodillas. “No ahora, bebé”, suplico en mi mente. Pero es lógico, estoy al borde de la fecha de nacimiento. Con mi suerte es muy probable que mi hija esté intentando salir justo ahora, en un momento tan crítico como este. “Por favor, sólo espera un poco más” le rezo.


Sigo de pie allí, empapada en sudor, mis extremidades sacudiéndose, me atraganto cada vez que florece una nueva contracción. Quiero llorar por este destino, pero no me lo permito, tengo que ser fuerte. Si hay algo que no he tenido en mi vida es fortaleza, ahora es el momento de llenarme. Por mis bebés. La presión bajo mi estómago se enciende y jadeo, apoyando mi frente en la madera fría de la puerta. Mis pies están helados, las plantas soldadas en el suelo. Me estremezco mientras me recupero. Ahí es cuando decido salir de una vez, enderezo mi espalda y quito la llave de mi cuello, abro la puerta sólo un poco y espío, no hay nada. No se escucha más que silencio. Le doy un vistazo a Abel, está igual, en paz. Coloqué almohadones en sus costados para que no ruede y se caiga del colchón. Estará bien, si despierta y llora, al menos no será escuchado por nadie. Podrá soportar un ratito de llanto sin su mamá. Sólo espero que no intente bajarse de la cama. Me salgo del escondite y cierro, colgando la cadena de nuevo en mi cuello, para asegurarme de no perderla. Emprendo mi camino por el pasillo, sigiloso y lento, pequeños pasos insonoros. Sostengo mi respiración a raya, y trato de no alterarme cuando otra contracción viene, me freno a mitad de camino hasta que se detiene. Cada vez son más seguidas, sé perfectamente lo que eso significa. Tenía la esperanza de que fueran sólo unas patadas. Claramente no. Sigo hasta bajar un tramo de escaleras, yendo por el pasillo donde está mi habitación, puedo escuchar voces en la planta baja, aunque no distingo lo que dicen. Suspirando llego a destino y corro con desesperación hasta mi cama, me las arreglo para alzar un poco el colchón y obtener mi arma. Adela me la dio ese tiempo que estuve con ella, en la cabaña del recinto del club de motociclistas. Lo hizo con intenciones de hacerme sentir segura, en ese momento no lo aprecié, ahora mismo lo agradezco infinitamente. Está bien cargada y espero que me sea suficiente si esto empeora. Me acerco a las escaleras y las desciendo con cuidado, empuñando la pistola con mi pulso inestable. Tengo que estar concentrada, no titubear si las cosas se ponen locas. Una creciente ola de contracciones me asalta y


pierdo el enfoque, mareándome un poco. Cierro los ojos oyendo los imparables jadeos que ahogo como puedo, me paso la lengua por el labio superior y el sabor salado de mi transpiración entra en mi boca. ¿De verdad? ¿Tenía que comenzar mi trabajo de parto justo ahora? Llego al final y permanezco escondida, escuchando gente moverse a través de la cocina. Alcanzo a divisar por la ventana que sólo hay un único coche afuera, sin rastros del otro. —No va a salir, cariño. Hará todo lo que le dije—escucho susurrar—. Es una chica fácil de manejar, lo sabes. Mi sentido del oído se agudiza y detengo mi respiración para escuchar con atención. Todo mi cuerpo en alerta. Ignoro las gotas viscosas que se deslizan por entre mis muslos, mi sexo punza contrayéndose, provocándome un ardor casi insoportable, aun así me mantengo de pie. —Sólo tiene dos millones, Olga—el suspiro es claramente masculino. Trago, respiro a través de mi boca entreabierta. —Lo sé… pero es eso o nada… Mis ojos se llenan de inmediato respondiendo ante el dolor, paso el bulto por mi garganta con dificultad. No puede ser. No puede ser. Esto no está pasando. —Agarremos la plata y vayámonos—pide mi tía—. Ella saldrá y no encontrará nada. —Quiero los cinco—reniega el tipo—. No hice toda esta mierda por nada. No aterroricé a una mujer embarazada para llevarme menos de la mitad. —Está en banca rota, es todo lo que tiene—le explica ella. No puedo verlos, no sé quién es el hombre. Lo único que tengo claro es que mi tía me está traicionando, ¿ella planeó todo esto? ¿Intenta robarme? Sabe perfectamente que no tengo nada, que Álvaro no dejó más que deudas.


Ni siquiera tengo el dinero de mi herencia, él se lo quedó también. Se lo gastó en juegos y alcohol. —Dijiste que tendría más—el desconocido se oye muy enojado. —Bueno, mi hermana y su marido eran ricos—sisea ella, ofendida—. Echavarría también. Sólo lo asumí. Por lo visto no le ha quedado nada, no creí que esto sería tan catastrófico. El tipo gruñe y se escuchan pasos lentos, como si se estuviera paseando ida y vuelta pensando. Un largo momento de silencio se estanca, y me esfuerzo por no retorcerme ante nuevas olas de calambres, termino sentada en uno de los escalones, abrazando un barrote de hierro de las escaleras con fuerza. Me trago los quejidos de dolor. Tengo que pensar en cómo salir de esta casa sin que lo noten y quieran mantenerme encerrada de nuevo y por las malas. Me paro, notando mi camisón húmedo, no le hago caso. Sé perfectamente que tengo que ir en busca de ayuda, no puedo tener a mi bebé en esta casa. Debo arriesgarme. Por lo poco que he oído sólo hay dos personas más en la casa, mi tía y su amigo. O socio. O lo que sea. Y sostengo un arma. Quizás pueda defenderme. Me apoyo pobremente contra la pared mientras me decido a moverme, ya dejando atrás las escaleras. Avanzo hasta la cocina y lo primero que veo es a Olga junto a la mesada, sus brazos cruzados y rostro muy serio. Ella levanta la vista al ver movimiento y su boca se abre con sorpresa. Su mirada se vuelve cautelosa de un segundo a otro, clavada en la pistola a mi costado, colgando de mi mano. Trago, no me encorvo al sentir más dolores, sólo la observo con mi mentón en alto, desafiante. Como nunca antes me atreví a hacer. “Esto es por mis hijos. Esto es por mis hijos” Repito continuamente en mi mente, porque ningún otro pensamiento me daría este tipo de valor. Paso la puerta y el hombre entra en mi campo de visión, yo también en el suyo. Me detengo a una distancia prudencial. No lo conozco, jamás lo vi


en mi vida, pero no me importa, le apunto directo al pecho y Olga jadea por lo bajo, tensa. Él sólo me observa, ilegible, apenas una leve palidez cubriendo la piel de su rostro afeitado. Quiero decir algo, pero nada abandona mi boca, estoy incapacitada, mi pulso firme por una vez en mi vida. Los ojos puestos en el rostro del desconocido, de inmediato quiero bajar la vista a mis pies cuando me devuelve la mirada, pero me esfuerzo en quedarme como estoy. No demostrar debilidad. No ahora. —Francesca…—musita mi tía, afectada—. ¿Qué estás haciendo? No le digo nada, atenta al tipo del otro lado de la barra que separa la cocina a la mitad. —Francesca, baja el arma—ordena ella—. Con todo lo que he hecho por vos y Abel, ¿nos amenazas así? Ahora sí la miro, mi rostro de piedra, sin demostrar ni una emoción. Ni siquiera el dolor que arrasa mi cuerpo cada vez más intensamente. —Lo hiciste porque querías robarme…—le acuso. Vuelvo a poner los ojos en él. Pienso que ya he dejado hoy mismo de confiar en las personas, todos tienen segundas intenciones ocultas. Siempre. Ella me ofreció ayuda en el peor momento de mi vida y, me costó, pero decidí aceptarla, puse el pequeño rayo de fe que me quedaba en Olga. Y mira cómo ha terminado eso. Ya no me queda nada, solamente mis bebés. El desconocido hace un movimiento hacia mí, un pequeño paso, su mano se mueve hacia su bolsillo trasero y me asusto. Me sobresalto y en la desesperación aprieto el gatillo. El sonido de la explosión saliendo de la boca de mi pistola nos aturde y el grito horrorizado de Olga le sucede, un olor extraño me llena las fosas nasales y mi brazo cuelga a mi costado, laxo. Estoy temblando ahora, viendo al hombre derribado en el suelo tocándose el estómago, su rostro torcido con dolor. Mi tía corre hacia él y cae de rodillas a su lado, lloriqueando y gritando.


Me doy la vuelta reaccionando al recordar a mi hijo en el último piso, encerrado detrás de la biblioteca, corro escaleras arriba ahora aullando roncamente a los pasillos sin que me preocupe hacer silencio, las contracciones a punto de derribarme a medio camino. Lágrimas corren por mis mejillas y, a duras penas, llego hasta mi hijo. Abel está llorando, sentado en medio de la cama y se tranquiliza un poco al verme. Con aceleración y movimientos torpes, lo envuelvo en el cobertor de la cama y lo abrazo contra mi pecho, la pistola sigue en mi mano. Por más que queme en mi palma, no la dejo caer. Me escurro de nuevo por las escaleras, los fuertes espasmos intentando derribarme de rodillas. No me freno en ningún momento. Una vez en la planta baja, recorro apresuradamente la sala de estar, esquivo la cocina donde mi tía sigue junto al herido, ha sacado su celular y está marcando con desesperación a la ambulancia. No me permito ni un mínimo segundo sentir culpa por lo que hice, era él o mis bebés. Yo siempre voy a elegir a mis hijos por encima de todo. A través de una puerta me cuelo en el garaje, encontrando mi coche estacionado. Listo para salir, suspiro con alivio al ver la sillita del niño enganchada todavía en el asiento trasero y no pierdo tiempo, por más que llore y berree como loco, recuesto a Abel con cuidado y lo ato. Rodeo el coche y entro detrás del volante, uso el control remoto para abrir las puertas eléctricas, el reflejo de la nieve me obliga a entrecerrar los ojos. Con la última contracción enciendo el coche y derrapo ruidosamente alejándome de la casa de mi tía. Me seco los ojos mientras tomo la carretera peligrosa y resbaladiza por la humedad, no puedo detenerme, acelero tanto como puedo. Le canto preciosas canciones a un Abel intranquilo y quejumbroso en el asiento trasero. Le aseguro que mamá está bien, y que pronto estaremos a salvo. A salvo. ¿Dónde? Lloro. Me permito hacerlo, ahora que no hay nadie a mi lado que subestime mis lágrimas y me golpee por derramarlas. Pienso, intento suspirar y enviar paz a mi mente para poder considerar mis posibilidades.


Sólo me queda una opción, y debo obligarme a creer que es la correcta. Tengo que convencerme de que todavía existe una persona en la que puedo confiar. Alguien que debería haber dejado entrar mucho tiempo antes. Adela.

León Las cuentas van bien, hemos sumado grandes entradas estos últimos meses. Desde nuestro trato con los salteños todo ha ido mejorando. Ahora podemos expandir nuestro negocio más allá, incluso internacionalmente. Eso nos viene como anillo al dedo porque los Leones están empezando a formar sus familias. Santiago ya ha conocido a su chica, Adela, y ella es parte. Lo fue desde el principio. Max y Lucre están mejor que nunca, eso me hace suspirar, quita un gran peso sobre mis hombros. No es lindo ver a uno de los tuyos enterrarse en el barro cada vez más, como estuvo haciendo por años. Gracias al cielo Max ha sabido traerse a sí mismo a la superficie y disfrutar del amor de una mujer especial que lo ama con la vida. Y vienen en camino gemelos. Gemelos. Estamos expectantes porque, por primera vez en mucho tiempo, el clan está en orden y feliz. Lucrecia ya me ha asegurado que no alejará a sus hijos de nosotros, que somos su familia también y eso me llena de orgullo y emoción. Podría estar en desacuerdo, resguardarlos, alejar a dos inocentes bebés de este club delincuente, porque eso somos, trabajamos con dinero sucio, eludiendo la ley. Definitivamente no. No puedo. Soy egoísta. Soy irresponsable en este tema. Somos malos, atraemos la violencia y llenamos nuestras manos con dinero manchado de sangre. Las armas que traficamos asesinan personas, fomentan la guerra y la muerte. Y siento cierto tipo de culpa por eso, pero es de lo que vivimos, es con lo que les doy de comer a mis chicos. Una cosa llevó a la otra y terminamos del otro lado. El malo, no el respetable. Sin


embargo, no me importa cambiar, ya es tarde. Si soy un mal hombre por eso, entonces estoy preparado para el infierno cuando éste llegue. Un par de ahogados golpecitos suenan detrás de la puerta de mi oficina y dejo las cuentas para dar permiso, Gregorio entra luchando con sus muletas. Le sonrío y me quito las gafas de leer. Lo conozco desde que tengo uso de razón, mejor amigo de mi padre y ahora mi confidente. Él estuvo cuando mis padres se fueron, me ayudó a levantar este pequeño imperio, ahora apenas puede caminar y se está poniendo viejo, pero eso no lo limita a la hora de visitar día a día al clan. —Hijo—saluda, dando una cabezadita. Le señalo la silla al otro lado de mi escritorio y él se deja caer sin muchos miramientos, apartando las muletas. Su crecida barba encanecida se mueve cuando me devuelve la sonrisa, sus ojos arrugados se achican en mi dirección. —El negocio antes que nada—comenta, echando un vistazo a las carpetas. Me echo hacia atrás, relajado y uno mis manos contra mi estómago. —Es lo que nos da de comer, ¿qué sería de nosotros si descuido esto? Nos reímos y me levanto para servirle un par de dedos del mejor whisky que tengo, lo mantengo escondido de la multitud de borrachos allá abajo. Siempre que Greg viene, pasamos un buen momento de esta forma. Nos mantenemos en silencio disfrutando del exquisito alcohol, y es raro este ritual viniendo de ambos, aunque ya nos hemos acostumbrado a él. También espero que diga lo que viene a decir, porque es obvio que tiene ganas de soltarme algo, se expresión precavida lo grita. —Sandra va a volver al pueblo en un par de meses—larga, después de un pesado suspiro. Mis párpados se entornan, pesados, aburridos. Sabía que sería sobre ella, siempre se prepara antes de hablarme de su hija. Intento no encogerme


de hombros, no quiero menospreciar su información, vale mucho para él y es obvio que quiere desahogarse conmigo. —Me alegro por ustedes, viejo—le doy una leve curva de labios cerrados. No muestro mis dientes, no por algo que tenga que ver con ella, la última vez que lo hice terminé en prisión. —Yo sé que sí, León—le da un sorbo largo a su bebida—. Sabes, quería decírtelo, necesitaba advertirte si vas a intentar visitarnos en un tiempo. Asiento, y me fijo en mi vaso por un par de largos segundos. —Está bien—digo, por lo bajo—. No quiero que te sientas mal, viejo, pero nada que tenga que ver con ella me interesa… Me da una triste sonrisa, que parece más una mueca, y tengo por seguro que me entiende. Demasiado bien. Sabe que tengo todas las razones y derechos para sentirme así al respecto. —Me sentiría igual, hijo—susurra, y termina su trago—, si ella no fuera mi niña—agrega—. Con Laura queremos darle una oportunidad, ha pasado mucho tiempo, todavía nos queda esperanza. Y confiamos en que ha dejado lo malo atrás. —Hacen bien, Greg—lo conforto—. Hacen muy bien. Siento su seguridad volver y se tranquiliza. No quiero que se sienta culpable, él no tiene nada que ver con lo que pasó. Greg y Laura son como mis segundos padres, los amo. Nunca consideraría alejarlos sólo porque quieren de vuelta a su única hija. No soy así de egoísta. Se da envión para ponerse en pie nuevamente. Toma sus muletas y salgo de mi silla para acompañarlo abajo, no le hago notar que me preocupa que vaya a terminar rodando por las escaleras. Él no apreciaría eso. Descendemos con cuidado, yo detrás, vigilándolo de cerca. Lo acompaño al estacionamiento después de quedarnos un rato con los pocos muchachos que ya entraron en el bar.


Le despido con una cabezada mientras se retira en su coche, y a la vuelta me cruzo con Max que tomará una de las SUV para ir al pueblo por compras. Sí, compras. Entro en el bar riéndome a carcajadas por eso, Medina poniéndose todo hogareño es algo nuevo. Sin duda extraño, pero de muchas maneras reconfortante. Será un buen padre, apuesto todo por eso. Una vez más en la oficina, termino con los papeles importantes, compenetrado y en silencio. La puerta cerrada ahoga cualquier sonido que viene de abajo, sin embargo no me impide escuchar la terrible explosión que ocurre afuera, más parecido a una colisión de coches. Salto de mi lugar como si me hubiese quemado, lanzo mis gafas sobre la mesa sin mucho cuidado y corro escaleras abajo, al mismo tiempo los hermanos se amontonan en la salida, mirando en dirección al choque. Veo que un coche negro y desconocido ha dado de trompa contra la cola de la SUV que Max conducía, él está fuera, tratando de llegar al conductor. No pierdo tiempo, voy a ofrecer ayuda y es al estar cerca que veo bien quién está detrás del volante del coche oscuro. Mi corazón salta a mi garganta y mi pecho se infla con la necesidad de llegar a ella. Francesca. Creí que jamás volvería a ver ese oscuro par de ojos grandes y exóticos. Todavía recuerdo como si fuera ayer aquel día que corrimos a ayudarla y alejarla de las sucias manos de su marido abusivo, gracias al pedido desesperado de Adela. No he olvidado el estado en el que la encontramos, justo debajo del hijo de puta, con el rostro desfigurado a golpes. Ese ha sido material de pesadillas todos estos meses. No importa cuántos hombres yo haya matado, cuantas muertes he presenciado. Ver esa escena me rompió por dentro, la pobre mujer indefensa siendo abusada e inmovilizada, sangrando. Carajo, nunca voy a poder sacarlo de mi cabeza. Desplazo a Max lejos, tomando la delantera y voy por ella, que está encorvada en su asiento, por suerte viéndose ilesa. No estoy pensando con claridad cuando la libero del cinturón y la tomo en mis brazos, levantándola como si fuera una pluma, notando su tensión. Permanezco atento en su rostro pálido, torcido de dolor e ignoro todo lo demás en medida que avanzo


hasta mi lugar privado, en el piso justo encima del bar. Dejo a todo el mundo atrás. La recuesto sobre mi cama, recién ahora notando que lleva sólo un camisón de maternidad, y se aprisiona el estómago sobresaliente con manos inquietas. Se retuerce y gime, sus ojos aguados. Me mira, no dice nada, sólo me ruega en silencio, incapaz de hablar. Me inclino sobre ella y, con delicadeza, quito los gruesos mechones de pelo color chocolate de su cara sudorosa, buscando entenderla. —Ne-necesito…—tartamudea en voz baja, traga con fuerza—. ¡Necesito pujar!—suelta en una intensa bocanada de aire. Me voy hacia atrás de un tirón, dándome cuenta ahora de la situación, me quedo en blanco observando cómo se enrosca sobre sí misma, despegando su cabeza del colchón. El camisón está húmedo a la altura de la entrepierna, supongo que eso significa que ha roto fuente. Me apresuro hacia la puerta y grito por ayuda, tanto que mi tono retumba por todo el lugar. Claro que necesito ayuda, no sé qué mierda se hace en una situación así. Un remolino de cabello rubio atraviesa la puerta y me calmo un poco, Adela llega detrás con Santiago persiguiéndola. Me quedo clavado junto a Francesca mientras los veo a todos tomar el control de la situación. Lucrecia se pone en marcha buscando toallas, Adela se quita el abrigo y se pone al otro lado de su cuñada, Santiago observa con determinación, remangándose los puños, yendo al baño. Vuelve con una botella de alcohol etílico y se restriega las manos con él, yo acomodo una leve montaña de almohadones para que Francesca se recueste más cómoda en ellos. Las chicas, inmediatamente, colocan un montón de toallas bajo la mujer retorciéndose en la cama. Francesca gruñe, bañada en sudor, todo su cuerpo se estremece y a causa de un fuerte impulso busca a ciegas mi mano y se sujeta a ella, apretándome en necesidad de apoyo. En ese preciso momento dejo de sentirme como un inútil y me fijo como un ancla a su lado, totalmente


dispuesto a brindarle lo que le haga falta. Me tomo el atrevimiento de barrer de nuevo los mechones de pelo de sus mejillas, despejando su precioso rostro de porcelana. Tan hermoso, dulce y suave, por más expresión de tortura que esté demostrando. La Máquina se planta al final de la cama, sube la falda del camisón, desnudando las largas y pálidas piernas temblorosas de la madre a punto de dar a luz. Con una expresión ilegible, la tantea más allá, anunciando en voz baja que hay dilatación. Todo ocurre frente a mis ojos tal como una escena a cámara lenta de una película, él le ordena pujar y así comienza esta ardua tarea de traer al bebé al mundo. Estoy maravillado, ni siquiera reparando en el dolor de mis dedos cada vez que Francesca los estruja en su mano caliente y húmeda. No existe nada más que ella haciendo el esfuerzo, tomando fuerzas de mí para poder seguir. Sus ojos se cierran con agotamiento después de cada empujón, cae pesadamente sobre las almohadas, yo no me puedo quedar en silencio, le susurro palabras de aliento al oído, hasta le seco las lágrimas que se escapan por las comisuras de sus ojos. En alguna parte del camino ella termina con el rostro escondido en el hueco de mi cuello, su mano libre formando un duro puño en mi camiseta, la otra aun sujetando la mía. La siento respirar con esfuerzo en mi piel, me estremezco a la par y la sujeto de la nuca en el último envión antes de que el bebé salga. El llanto llena la habitación y la madre se despega de mí, aplastándose en la cama ya sin fuerzas, a punto de desmayarse. Sin siquiera ser consciente entrelazo mis dedos con los suyos, ya flojos. Todo su cuerpo flácido y exprimido. Santiago anuncia que es una niña, la envuelve en una manta y la acerca a Francesca con cuidado. Todavía unidas por el cordón, ella la sostiene mientras llora y le besa la frente. Paz viene después, mientras la habitación se despeja por unos minutos. No me despego de la madre y la bebita, observándolas hipnotizado, mi pecho revolucionado. Enamorado de la dulce imagen frente a mis ojos. Tengo que desviarme un instante para tomar aliento, sintiéndome sobrepasado, me limpio los ojos y trato de enterrar los viejos sentimientos


que intentan adueñarse de mí. Esto me trae recuerdos de aquellos tiempos en los que creí tocar el cielo con las manos, y de lo efímeros que resultaron ser al final. Las enfermeras toman posesión de mi hogar, entrando por la puerta con apuro, seguidas por un médico que de inmediato va sobre la cama para revisar la situación. Me quito del medio un poco, aun quedándome cerca, sentado en el borde de la cama viéndolos trabajar. Llevan a cabo lo que resta del parto, limpiando a Francesca y revisando a la bebita. Llegan a la conclusión de que está todo en orden y no van a necesitar llevarlas al hospital por observación. El médico se asegura de darme indicaciones a mí, porque al tenerme tan cerca hace suposiciones erróneas. No le corrijo, le escucho con atención dispuesto a ayudar cuanto sea posible. —Es preciosa—comenta sonriente una de las enfermeras, devolviendo la bebé ya cambiadita a los brazos de la madre—. Los felicito. Francesca está demasiado cansada como para reparar en el desliz de la joven y yo sólo asiento a sus palabras, con poco interés en alejarla del error. Con Santiago salimos afuera un rato cuando Adela se dispone a cambiar el camisón de su cuñada y vestirla con ropa limpia de dormir que Lucre consiguió. Él baja las escaleras, en cambio me quedo cerca, con intenciones de volver a entrar a ver cómo está todo. El personal se va retirando y antes de despedirlos pido el favor de que alguna de las enfermeras se quede por precaución, para sentirnos más seguros. Una de ellas asiente y se ofrece, aunque noto que no quiere permanecer mucho tiempo en este lugar. Le dedico mi mejor sonrisa de agradecimiento, y le aseguro que se lo recompensaré. Entiendo que algunas personas se sientan intimidadas de entrar en nuestra zona. Una vez dentro de nuevo, veo que Francesca ya está dentro de las mantas, recostada cómodamente, la bebé durmiendo en su pecho. Pestañea lentamente, en poco tiempo sabemos que caerá dormida. Adela se sienta a su lado y acaricia con la yema de su índice la mejilla de la niña. La enfermera se queda apartada, atenta.


— ¿Ya has pensado su nombre?—pregunta, enfrascada. Veo cómo el rostro pálido de la mujer se sonrosa, tal vez por vergüenza, y niega casi imperceptiblemente. Se siente mal por no haberle dado un nombre a su hija todavía. Me acerco unos pasos a ellas, con mis brazos cruzados en el pecho, no puedo evitar sonreír al rostro pequeño y dulce de la bebé. —Está bien—la consuela Adela, sonriendo—. Hay tiempo hasta que vayamos a registrarla. Me adelanto y cautelosamente tomo la niñita en mis brazos, enseguida me estremezco por lo diminuta que es. Me fijo en Francesca y la encuentro estudiándome con los párpados entornados, Adela viene cerca de mí para seguir embobada con su sobrina. —Te queda bien—susurra, bromeando. Me rio bajo y llevo mi atención a la niña, ella está tranquila, sus ojitos cerrados, su piel enrojecida. No sé por cuánto rato la sostengo embelesado, caminando de un lado a otro, hasta que comienza a ponerse inquieta, seguramente necesitando los brazos de mamá. Me dirijo a ella y la devuelvo, los ojos color chocolate no se despegan de mi rostro. No tengo dudas de que mi presencia intimida a Francesca, la pone nerviosa, sin embargo no creo ser capaz de mantenerme alejado ahora. Le doy mi mejor sonrisa conciliadora, intentando darle un mensaje lleno de amabilidad. Es lo que ella y sus hijos necesitan después de tanto dolor. Me inclino para rosar la pelusita oscura en la pequeñita cabeza y susurro: —Cuando nace un bebé, con él viene la esperanza—mi voz suena lenta y suave. Los ojos de Francesca se espesan en contacto con los míos, cuando nuestra mirada se vuelve extensa y bastante íntima baja el rostro, escondiéndolo entre sus largos cabellos oscuros. Eso no me impide ver las lágrimas que comienzan a recorrer sus mejillas mientras mira a su hijita.


—Esperanza—murmura tan bajo que casi me parece imaginarlo, lleva los labios a la pequeña frente arrugada y los deja allí soldados, inmóviles. Antes de desaparecer a través de la puerta para al fin darle privacidad, mis ojos vuelven a caer en ella y los suyos me toman de regreso un instante antes de cerrarse y dejarme marchar.


2 León «Caminé atravesando la vereda, dejando atrás mi moto en el estacionamiento. Mis manos metidas en los bolsillos, la cabeza gacha, viendo mis botas desgastadas pisar el suelo con lentitud. Me daba miedo entrar, pero debía hacerlo, necesitaba hacerlo. Pasé la puerta sin frenar, enseguida una ola de personas vestidas de blanco me rodeó, quise negarme el respirar ese fuerte olor a desinfectante. Odiaba el olor a hospital, sin embargo no pude eludirlo. Sólo enderecé mis hombros y subí las escaleras hasta el segundo piso, donde papá me estaba esperando en los pasillos. Él me pidió que viniera, porque ya no creía que tuviéramos más tiempo. Tragué el nudo estorbando en mi garganta y llegué a la puerta, antes de levantar mis ojos al rostro de papá me aparté los largos mechones de pelo de mi cara. Los irises azules del viejo estaban opacos, tristes, me miraban con resignación. Entendí el mensaje silencioso que quería darme con ellos. Yo me detuve de gritarle al mundo por qué nosotros teníamos que pasar por esto, que era injusto. Pero mamá ya me lo había explicado tiempo atrás, no podíamos pretender que la vida fuera justa sólo porque éramos buenas personas. Las cosas malas le ocurrían a todo el mundo, y tendría que aprender a superarlo. —Está despierta—musitó papá, apagado. Me recosté pesadamente contra la pared, justo al lado de la puerta. Suspiré para darme ánimo, no podía entrar en la habitación a llorar como un niño, yo debía ser fuerte por ella. Me enderecé después y tanteé el picaporte, abrí y de un solo paso que funcionó como envión, estaba dentro. Viendo directo a la cama donde estaba mamá, descansando.


Consumida, pálida, débil. La observe tanto como pude permitírmelo, reparando en esos ojos que antes habían sido azules, y ahora sólo quedaba un deslucido grisáceo. Me acerqué a la cama, tomando una bocanada de aire antes de inclinarme sobre ella y besarle la frente. —Mi chiquito—saludó ella en voz muy baja. Me senté a su lado en el borde de la ancha cama de hospital y le tome la mano fría y ya huesuda. Intenté no estremecerme al rosar con mis dedos cada filoso ángulo de los huesos. —Hola, ma—le sonreí. Ella me devolvió el gesto, aunque más desvaído y torcido. Se quedó mirándome muy fijamente, como si estuviese embebiéndose con mi imagen para grabarla a fuego en su mente antes de irse. —Tu pelo—susurró, sonrió. Asentí, me coloqué los mechones detrás de la oreja. Ella siempre me enviaba a cortarlo cuando se crecía demasiado, este último tiempo no pensé mucho en ello. —Tengo que cortarlo—le dije. Negó, sin quitar esa expresión de amor y admiración de su cara llena de agotamiento. Se veía serena, ninguna señal de dolor, se encontraba en paz. Y yo sabía que eso significaba morfina. Grandes dosis de morfina. —No lo cortes, te queda bien—aseguró y estiró una mano para tocarlo, yo se lo facilité yendo sobre ella. — ¿No parezco una chica?—me reí, recordando las burlas de mis compañeros de secundario. No me afectaban, porque yo hacía mi vida. Aparte de todo. Yo creía en mí y me gustaba llevar el pelo así. Por la única persona que lo cortaría sería por esta hermosa mujer en la cama, mirándome con cariño. Por la mujer que me ayudó a crecer y dio todo por mí.


—Seguro a las chicas les encanta—alza las cejas, modo de broma. Carcajeé y asentí. Estaba siendo mamá otra vez, la loca que le gustaba hacer bromas y reía ruidosamente en la mesa, a riesgo de parecer irrespetuosa. La que entraba en estrechos vaqueros y se dejaba el cabello rubio largo hasta las caderas. La que volvía loco a papá de todas las maneras que existían. Dios, la amábamos. Y ahora se estaba apagando. La vi ponerse seria lentamente, dejando atrás el divertido momento, volviendo a poner esa mueca de cansancio, las ojeras oscuras marcándose más profundamente. Me estaba viendo fijamente, con afecto todavía, pero también tristeza y conformismo. Tragó, y yo tuve que hacer lo mismo para prepararme. —Cuida a tu padre, León—sus ojos se empañaron. Los míos siguieron ese ejemplo y tuve que desviar la vista hacia otro lado porque no deseaba desarmarme sobre mamá. Quería hacerlo en soledad. —Sos un chico fuerte…—siguió—. Sé que eventualmente vas a salir de esto. El tiempo te curará, te enseñará a vivir con la cicatriz que significará perderme. Pero tu padre es otra historia… él va a necesitar tu ayuda, hijo. Asentí varias veces seguidas para darle énfasis, yo lo haría. Ella sabía que yo estaría junto a papá para ayudarle, lo que me partía el corazón era que tuviera que irse sintiendo miedo por él, por dejarlo solo y roto. Mamá sabía que era un hombre difícil, con un pasado duro. Ella misma lo había alejado de las drogas y lo ayudó a convertirse en un mejor hombre. Hoy era uno de los policías más devotos y respetados de la ciudad. Se relajó un poco, enterrada sobre tantas almohadas, viéndose pequeñita y quebradiza. Su mano me dio un leve apretón y se lo devolví, me dedicó otra sonrisa torcida un poco ida. Estaba cansada y seguro pronto caería dormida por los tranquilizantes. — ¿Me prometes que vas a ser feliz, hijo?—suelta de improvisto.


Tragué, no quería prometerle algo así, porque yo realmente no sabía si sería feliz o no. En ese mismo momento estaba siendo infeliz, el dolor por ver a mamá en ese estado era insoportable. Ella pareció leerme el pensamiento y me dedicó otra sonrisa cansada, sus párpados a medio cerrar. —Ser feliz es una elección, León—susurró bajito—. Siempre habrá algo adentro, o ahí afuera, que nos provoque sufrimiento; tropiezos, ausencias, heridas, recuerdos, desengaños. La vida es así para todos, está en nuestro corazón elegir superarlo y seguir el camino. Está en nosotros despertar cada mañana sonriendo por el simple hecho de seguir vivos… »La vida es para vivirla, no para llorarla. La miré fijamente por largos segundos, mi corazón latiendo con fuerza, ella esperó mi respuesta. —Voy a hacerlo lo mejor que pueda cada día, mamá—le juré. Mamá sonrió esta vez con algo más de fuerza. —Fui y soy muy feliz—me aseguró—. No me importa el ahora, yo los tengo a ustedes… Mi nariz picó e hice mucha fuerza para que las lágrimas no cayeran. Pasé hacia abajo el enorme nudo atascado en mi faringe, y pestañeé para eliminar los residuos de humedad en mi vista. — ¿León?—llamó. Levanté mi cabeza y llevé mis ojos a los suyos. — ¿Sí, mamá? —Los hombres también lloran… —Lo sé. —Entonces llora—agregó—. Llora conmigo, acá, en mi hombro.


Abrió los brazos y entré en ellos, desplomándome. Sollocé en sus ropas, mojándolas y ella hizo lo mismo con mi camiseta. Me palmeó casi imperceptiblemente la espalda para consolarme. —Te voy a extrañar—ahogué suspiros. —No voy a estar muy lejos, de eso estoy segura—me dijo al oído, me sostuve para no aplastarle pero no me moví lejos de ella, necesitaba este abrazo, esta especie de despedida, y ella también—. Te amo demasiado, mi León. —También te amo, ma. Con todo mi corazón—respondí. Dejé ir a mi madre dos días después. Fue la primera cosa difícil que tuve que hacer. El primer puño que la vida me lanzó. Con dieciséis años levanté la primera piedra en mi camino para seguir adelante. Lo hice por la vieja. Porque no quería faltarle a mi promesa de que intentaría tener una vida buena. A partir de entonces haría mi mejor esfuerzo.»

Adela se queda en compañía de Francesca y sus hijos por los siguientes días en mi apartamento, me mantengo cerca pero no me dejo ver. No quiero que la mujer piense que estoy invadiendo su espacio personal, es evidente que mi cercanía le afecta. Me paso los días en las oficinas y el bar, atento, con órdenes explícitas a Adela para que venga a mí por cualquier inconveniente. Lucrecia también ha dado una mano a su amiga, y resulta ser de mucha ayuda, pero pronto ya no podrá hacer más esfuerzos y tendrá que tomar mucho reposo. Estoy ocupado organizando nuestra próxima hazaña, un viaje para llevar mercancía a través del sur del país, no es muy largo, pero nos va a llevar varios días. Quizás medio mes. Aunque no saldremos hasta que la nieve baje un poco, seguramente eso llevará cerca de treinta días o más. Mientras tanto dejo todo listo para no hacerlo a último momento. Eso me deja tiempo libre, muchísimo más del que estoy acostumbrado y me pone inquieto. Necesito conservarme ocupado.


Hice espacio en mi oficina para colocar un colchón en un rincón, apenas queda lugar para caminar alrededor del escritorio, pero me las arreglo muy bien. No me es molesto, al contrario, siempre que pueda me gusta ayudar a las personas. Francesca no tiene a donde ir, ella acudió a Adela en un momento de desesperación, nosotros somos una gran familia y siempre estamos ahí el uno para el otro. Eso me recuerda a la mañana siguiente del nacimiento de la bebita, cuando Adela golpeó en mi oficina para hablar conmigo. —Le disparó a un hombre—soltó, dejándose caer en la silla frente a mí—. La tía de Francesca había planeado sacarle plata, armó todo un circo con un amigo suyo. Él y algunos otros se hicieron pasar por mafiosos a los que Álvaro les debía dinero en vida… El rostro de la chica empezó a cambiar más y más de color mientras relataba la historia de su cuñada. Estaba roja de tan furiosa y, que Dios no pusiera a esa tal Olga frente a ella, porque con una mínima mirada sería convertida en cenizas. Entendí el sentimiento, esa noticia también me golpeó y me llenó de rabia. Parecía que la vida no dejaba en paz a la pobre Francesca, todo el mundo daba la impresión de que quisiera lastimarla. Gradualmente sentí mi corazón calentarse y vibrar como una pava de agua hirviendo en el fuego. —León, necesitamos que averigües si ese tipo está internado en alguna de las clínicas de la zona, si enviará a la policía en busca de Francesca…— los ojos preocupados de Adela se ampliaron—. O si lo mató. Asentí sin dudar. —Lo haré—aseguré—. Me tomará un par de llamadas. Ella suspiró y se relajó, se frotó los ojos con agotamiento. —Y no voy a permitir que nadie abra cargos contra ella, esté él muerto o no… eso no va a pasar—mi voz sonó convencida y firme. Sobre mi cadáver vendrían a por ella, era mi protegida ahora. Nadie más llegará a ella para hacerle daño. Jamás pasará de nuevo.


—Gracias—susurró Adela, mirándome con cariño—. Muchas gracias, jefe. Le sonreí y quité importancia con un mohín de despreocupación. Eso para mí era sólo un pequeño esfuerzo, no me llevaría nada de tiempo y dinero levantar el tubo del teléfono y llamar a ciertos contactos. Me informé de inmediato, no hubo ninguna acusación hacia Francesca y sí que había entrado un tipo con herida de bala en la clínica del pueblo, sin embargo él no dijo absolutamente nada que la vinculara. Al igual que la mujer que lo acompañaba, que asumí que sería la bendita tía Olga. Flor de desgraciados. Solicité la gauchada de que me mantuvieran informado, tanto desde la comisaría, como la clínica. Si algo pasaba yo me haría cargo. Lo que fuera. Y se mantiene tranquilo por ahora. En las mañanas bajo al bar a hacerme el desayuno y me retiro al área de la piscina donde hago ejercicio y a veces nado un poco. Tomo el lugar de Adela en las noches dejándole encargarse solamente de Francesca y los bebés. Santiago también pasa bastante tiempo con ellos, le ayuda a su chica, pero no tanto como querría ya que la mujer no se siente muy cómoda que digamos cuando hay cerca algún hombre. Se siente intimidada por la fuerza y grandeza masculina, lo he notado las pocas veces que he mirado en sus ojos. Por eso no he vuelto a entrar a mi apartamento, aunque quiero. Siento una extraña necesidad de verla de nuevo, de estar cerca. Sin embargo, voy a respetar sus alrededores.

Francesca “Cuando nace un bebé, con él viene la esperanza”. No puedo sacar de mi mente ese par de intensos ojos azules, mientras amamanto a mi bebé. Estoy perdida en tiempo y espacio. Repitiendo en silencio sus palabras tan sinceras y bien intencionadas, acompañadas por


la profundidad de su mirada cristalina. Lo que dijo atravesó mi corazón, no sé realmente cómo ni por qué, sólo se clavó en mí como una flecha. Tanto que llamé a mi hija Esperanza. León lo dijo como una forma de darme aliento, porque él quería que yo sintiera fe. Fe en que el futuro mejoraría. Adela va y viene hablando sobre cosas sin sentido, encargándose de todo, ordenando el lugar. Abel está abajo, siendo cuidado y vigilado por Lucrecia y Max, o por cualquiera de los hombres que pasan el tiempo allí. Yo permanezco sobre la cama, inmóvil, mis ojos fijos en la nada. Reviviendo. Entiendo que no estaba totalmente en mis cabales cuando sujeté la mano del hombre, el dolor era más fuerte que cualquier miedo, pero ahora, recordándolo, me estremezco con sólo pensarlo. Aborrezco el tacto de las personas, y mucho más si es de un hombre desconocido. Aunque hay algo en esos ojos que me hace creer que los he visto en el pasado. Él ha sido agradable cada vez que estuvo cerca, aun así muchas sensaciones me impiden aceptar su amabilidad. Si se mantiene lejos, mucho mejor para mí. Siento como si pudiese ver en mi interior cada vez que busca mi mirada, como si entendiera mi alma. Me deja expuesta y es incómodo. Aterrador. — ¿Francesca?—Adela se sienta a mi lado, sus grandes ojos espejados en mi cara. Pestañeo y me aclaro la garganta. —Perdón, no estaba escuchándote—le digo, bajo la vista sonrosándome. Ella se ríe por lo bajo y niega, repite lo que estaba diciéndome. —Ayer hablé con León—dice, me tenso y trato de disimularlo—. Él se encargó de todo, me pidió que te dijera que se asegurará de mantenerte a salvo… Abro y cierro mi boca sin saber qué decir. Debería dar las gracias y marcharme, es lo ideal. No quiero causar molestias a nadie. Por lo visto, en


este mismo momento, me encuentro ocupando la casa de León, eso tiene que ser incómodo para él. —Yo…—me freno, intentando que mi voz no salga tan vacilante—. Voy a marcharme cuando me sienta mejor. No miro a Adela a los ojos, sólo mantengo mi vista enfocada en mi hija alimentándose con sus ojos cerrados. —Francesca—susurra, suspirando—. Ni yo ni León vamos a dejar que eso pase. No respondo, trago saliva y despego a Esperanza de mí para limpiar su boquita con una toalla, la coloco en mi pecho y palmeo su espaldita levemente. Adela se levanta y sale por la puerta, sabe que no debe presionarme con el tema y que necesito estar sola. Mi mandíbula tiembla a la par que mis manos y me trago la bola subiendo por mi garganta. Apenas puedo mirar a los ojos a la gente, me esfuerzo, lo hago, pero es un impedimento más fuerte que cualquier otra cosa. Ni siquiera puedo luchar con Adela, ponerme firme en la decisión de que me iré en cuanto pueda. Levantar el mentón y hacerme valer por mí misma. Ella vuelve unos quince minutos después con Abel, lo deja en la cama a mi lado y me quita a Esperanza de los brazos para recostarla en su moisés, también prestado. —Mami—me llama mi hijo y le abro los brazos para que caiga entre ellos, me envuelve alrededor del cuello y sonrío. Tiene un bigote marrón y un pegote en la mejilla, de lo que parece chocolate. — ¿Qué has estado haciendo, chiquito?—pregunto despeinando su cabello oscuro. Adela viene a nosotros y él sin pensarlo se lanza contra ella. —Abel tiene un nuevo amiguito—se ríe—. ¿No es cierto?—mira a su sobrino con ternura—. Se llama Tony y no han parado de jugar en todo el


día… ¡Y León hizo chocolate para la merienda!—Abel ríe con sus aplausos y salta sobre el colchón. Sonrío con ellos, por ver a mi hijo tan contento en este lugar, cerca de su tía. Observo que, al contrario de mí, él no se encuentra afectado por la gran masa de hombres yendo y viniendo de acá para allá. Parece realmente feliz en este lugar y está hablando más, eso era algo que me preocupaba, ya está cerca de cumplir los dos años y sólo pronunciaba lo básico. Quizás era mi forma de actuar la que lo retrasaba, me siento culpable. Mientras estuve viviendo con Olga apenas salí al exterior, pasé los siguientes meses de embarazo encerrada, apenas hablando con la gente. Con ello recluí a mi hijo también, soy la peor madre que existe. Adela desviste a Abel y lo lleva a darse un baño, él no protesta, es que los baños con ella son divertidos, porque yo no lo dejo chapotear demasiado. Me salgo de la cama y tuerzo el gesto por mis músculos entumecidos, ya casi he recuperado energía después del parto y me muevo mucho mejor. Puedo valerme por mí y mis hijos, no necesito tanta ayuda. Sólo persisten algunos dolores internos y flujo constante, pero se irán gradualmente. El baño es despejado con Adela saliendo, Abel cubierto en toallas en sus brazos. Se ríen y me llena el corazón verlos siendo tan compinches, tan cercanos. Él se retuerce mientras ella le hace cosquillas al secarlo. Un par de golpecitos suenan desde la puerta y Adela me busca con la mirada, asiento, porque estoy vestida y no tengo escusas para no recibir visitas. —Adelante—da el permiso. Santiago entra, tan altivo y grande, sus profundos e inexpresivos ojos azul medianoche se posan en mí y me da una única cabezada como saludo. Inclino mi cabeza en respuesta, con la diferencia de que la dejo baja mirando el suelo, esquivando sus ojos. Es tonto, lo sé, él me abrió de piernas para ayudar a traer a mi hija al mundo, no es necesario ser tan tímida. Sin embargo, el saber que haciendo esto estoy siendo una terrible idiota no lo detiene.


Sin siquiera excusarme me meto en el baño, busco un par de toallas y enciendo la ducha caliente. Necesito esto, aflojar mi cuerpo, cerrar mis párpados y aspirar el vapor. Privacidad. Soledad. Siempre fui una solitaria, me gustaba recluirme de los demás y estar conmigo misma, sumida en el silencio. Supongo que es una costumbre que adquirí desde niña, cuando me escondía de mis padres. Solía meterme debajo de la cama con una linterna a leer libros, o doblarme dentro del armario para no tener nada que ver con el mundo exterior. Porque sea donde sea, allí estaban ellos. Gritando, bebiendo, esnifando, teniendo sexo sucio. De niña no entendía con claridad por qué tanta gente entraba en mi sala de estar y hacía todo aquello, con el tiempo se volvió normal y dejó de interesarme. Sólo me perdía de vista y ponía mi cabeza en un millón de lugares diferentes. Me introduzco debajo del agua corriendo y suspiro, dejo que todo mi cuerpo se empape y caliente, de inmediato el cuarto se llena de vapor y me siento segura. Me enjabono el cuerpo empeñada en ignorar las estrías y el hinchado estómago, trato de enviar lejos las hirientes palabras de Álvaro. “Cúbrete esas marcas, son feas. Estás horrible, Francesca. Apenas puedo mirarte.” “¿Cuándo pensás bajar todos esos quilos de más? No puedo llevarte así a ningún lado, me avergüenzas”. Todavía tengo claro su rostro en mi mente cada vez que las repetía seguidamente, no me dejaba tranquila. Y no me deja en paz ahora, tampoco. Debí haber sido más inteligente, más cerrada, para que ninguna de las cosas que me decía entraran y me afectaran, pero no podría haberlo logrado. Álvaro era letal, sabía cómo golpear duro a una persona, cómo derribarla. Tanto verbal como físicamente. Él tenía el primer premio al hijo de puta más cruel del universo. Y yo sólo era una pequeña conejita indefensa a su lado. No había forma de luchar y ganar. Yo no era fuerte, no soy fuerte. No como Adela. Ella supo cómo dar pelea y huir antes de que la consumiera.


Simplemente dejé que me convirtiera en nada. Y no sé cómo volver a ser algo. Pensándolo bien, creo que jamás lo fui. Álvaro tomó a una chica rota y sólo la terminó de deshacer. Me rasgó la piel tal como a una muñeca de trapo, vació mis entrañas y me dejó abandonada en un rincón oscuro, sin ninguna posibilidad de arreglo. Yo no tengo idea de cómo recoger mis pedazos. Yo… no tengo ni la más pálida idea de quién soy aparte de la pobre viuda abusada y maltratada. Un paquete entero de miedos. Traumas, inseguridades, pesadillas. Salgo de la ducha y me envuelvo en una toalla a la altura de los pechos, hago una mueca por la molestia en esa zona. Con la palma de mi mano limpio el espejo empañado que cuelga encima del lavabo y me miro a mí misma a los ojos. Trago. La mujer que me ve desde el otro lado tiene la mirada incolora, inexpresiva. Está muerta en vida. —Necesito ayuda…—bajo los ojos, susurrando, mis manos forman puños—. Necesitas ayuda, Francesca… “Si querés que tus hijos sean felices, necesitas revivir… como sea…” Me miro de nuevo, lágrimas mezclándose con las gotas de agua en mis mejillas. Unos suaves golpecitos suenan y me limpio de inmediato. Adela abre la puerta, apenas una rendija, asomándose. Me da una opaca sonrisa, como si supiera lo que transcurre en mi mente, y deja una pila de ropa sobre la tapa del inodoro. Doy un suspiro y le agradezco, había olvidado traerme una muda limpia con el apuro de escabullirme. —Voy un ratito abajo, vuelvo rápido—avisa, asiento—. Esperanza duerme, yo me llevo a Abel para que cene con los demás… Debería decirle que ya estoy bien y que puedo cocinarle a mi hijo, aun así dejo que se lo lleve, sabiendo que es mejor para él no pasar tanto tiempo conmigo. Mi estado no puede ser bueno para un niño pequeño. Espero a que todos se vayan para salir, me siento en el borde de la cama, mirando el vacío, luego de chequear a mi hija. Tomo un par de respiraciones intentando que mis manos dejen de temblar. Ni siquiera me he peinado, los largos mechones de pelo oscuro gotean, todavía empapados, ni siquiera lo


noto. Intento luchar contra la presión forzándose dentro de mi pecho. Angustia. Tanta angustia. La puerta se abre y en mi desesperación lo escupo hacia afuera. Necesito sacarlo, Adela va a entenderme. Ella es la indicada para saber cómo me siento. —Tengo que hacer algo—murmuro, llevo mis dos puños al pecho, doblándome hacia adelante—. No puedo criar a mis hijos así. No puedo darles un buen futuro—sorbo por la nariz y escondo mi cara entre mi pelo cayendo—. No sé cómo seguir, Adela. Necesito ayuda. Se oye un paso acercándose y me tenso, suena demasiado pesado como para provenir de las suelas de una chica. Me pongo de pie y giro, me sobresalto, el aire dejando mis pulmones de golpe, cuando veo a León dentro de la habitación. Sus manos cuelgan a sus costados, apretadas y tensas, toma un profundo respiro que agranda su pecho y sus ojos—bajo la mirada antes de posarla siquiera un segundo en ellos—son tan azules y puros que me obligan a dar un paso atrás. Él levanta un brazo y lo estira en mi dirección, sus dedos abiertos enviándome el mensaje de que no tiene intenciones de lastimarme. Rogando que no me esconda. Doy otro paso lejos, miro los dedos desnudos de mis pies. —Francesca—me llama, eso hace que mi garganta se cierre por completo en pánico—. ¿Qué necesitas? ¿Qué puedo hacer para ayudarte? Incluso si pudiera, no sabría qué decirle. Apenas puedo hablarle a Adela sin tartamudear, mis cuerdas vocales no se abrirían a él. Me doy la vuelta y me apresuro hacia el baño, cierro la puerta y la trabo después de entrar. Me abrazo a mí misma y me siento en la tapa del inodoro, balanceándome. Pienso en que acabo de dejar a mi hija con él y me repito una y otra vez que es bueno, que no le hará daño. Que no nos hará daño. El gran problema es que espero lo peor de todo el mundo y no confío en nadie. Abro un poco la puerta para espiar y aprieto mis pestañas húmedas con


alivio al ver que León se ha ido y Esperanza sigue dormida en su moisés tan pequeña y pacífica. Ojalá yo fuera ella. Corro hacia la cama y entro bajo las sábanas, tapándome hasta la cabeza, formo un ovillo y me quedo así hasta que mi respiración se amansa. Adela vuelve y acuesta a Abel a mi lado, nos dice las buenas noches, apaga la luz del techo y se va a dormir a su apartamento, con su novio. Me aflojo y me remuevo, saco con cuidado a mi bebé del moisés y la recuesto en el medio, entre Abel y yo. Nos acurruco a los tres cerquita. Me duermo sintiendo el calor de mis hijos, tomando la fuerza de ambos para hacer lo correcto y seguir adelante.

León Sabía que no debía entrar. Estuve toda la maldita tarde refrenándome continuamente, pero quería hacerlo. Tanto. Tanto que sucumbí. No soy un tipo impulsivo, dejé esa forma de ser cuando fui lo suficientemente mayor para actuar más sabiamente, después de tanto tropezar. Esta vez me dejé llevar, me arrepiento, aunque no de la forma correcta. Quiero decir, sé que a ella no le hizo bien verme, y lo hace mucho peor el hecho de que sus palabras no iban dirigidas a mis oídos. Me sentí un intruso, sin embargo, también conseguí perspectiva sobre ella. Sobre sus sentimientos, sobre lo rota que se encuentra. Tiene el corazón tan entumecido y rasguñado que sus ojos han perdido color y vida. Su forma de hablar, de moverse, de mirar, todo demuestra que, efectivamente, necesita ayuda. Es bueno que ella lo sepa, que lo acepte, porque ese es el primer paso hacia la curación. Trago con fuerza mientras camino directo a mi oficina, me encierro y voy en busca de una de mis botellas de whisky para servirme un par de dedos y dejarme caer en el colchón desordenado del rincón. A pensar. A planear. Yo voy a ser el que le de a Francesca las oportunidades de sanar. Yo seré quien esté allí para ella, aunque no lo sepa. Aunque no me vea. Seré


su ayuda invisible. Al principio. Porque poco a poco me iré colando en su vida, de la forma que sea. Más cerca. Tan, tan lentamente que se dará cuenta cuando ya sea demasiado tarde para volver atrás. Me tendrá allí y no le quedará otra opción que recibir mi abrazo. Se me agranda el pecho con determinación. Una necesidad extraña y fortalecedora. Nunca tuve esta confianza para desarrollar un plan como este. Sé que no quiero fallar, estoy convencido de que el resultado valdrá la pena. Sonrío. Mamá estaría acomodándose de piernas cruzadas allá arriba con intenciones de seguir mis movimientos, verme avanzar. Esto es algo que ella haría. No le gustaba ver a la gente sufrir, siempre se esmeraba en sacar sonrisas. Yo soy igual, me siento de la misma forma. Quiero que Francesca y sus hijos sonrían, que no le teman a nada ni a nadie. Tengo entendido que será difícil. También estoy seguro de que remaré contra viento y marea para conseguirlo. Pocas veces han visto a León Navarro rendirse.


3 Francesca — ¡Buenos días!—aúlla Adela irrumpiendo por la puerta a la mañana siguiente. Abel se apresura hacia ella y se deja levantar en el aire. Ya está aseado y cambiado para el día y le he dado de desayunar antes de amamantar a Esperanza. Santiago entra detrás de ella y se queda anclado a un lado de la puerta, él no pone sus ojos en mí. Al menos no tan fijamente como otras veces, eso me tranquiliza en cierto sentido. No es que sea algo personal con él, ocurre con todos los hombres generalmente. O cualquier persona desconocida. Me intimidan tanto. Algo estúpido y sin sentido, y me provoca una fuerte indignación desmedida hacia mí misma por no poder sostener una simple mirada. Aun así, es una poderosa sensación que no puedo despegarme de encima. Entro en la cocina para lavar los utensilios que usé para el desayuno y los ordeno cada uno en su lugar. Me hace sentir culpable estar moviéndome por este altillo como si fuera mi hogar, cuando claramente se lo he quitado a alguien más. Tengo que pedir disculpas, dar las gracias y largarme de acá cuanto antes, no se siente bien hacer esto. Soy una intrusa. Adela se acerca cuando estoy terminando y se me acerca, miro hacia atrás para ver a Abel agarrado del pantalón de Santiago y me tenso, alerta, porque él observa a mi hijo como si fuera un extraterrestre subiendo por su pierna. Adela se ríe y me pide que no le de importancia, Santiago sólo está siendo tonto y dramático. Lo observo un poco más y me doy cuenta de que está tan tieso, que si alguien lo empujara y cayera al suelo se rompería en


mil pedazos. Qué hombre tan raro. Y él trajo a mi hija al mundo. ¿Habrá puesto la misma cara cuando la sostuvo en brazos al nacer? No lo recuerdo. —Francesca—me llama Adela. Quito mi atención de ellos y la dirijo frente mí. Está muy seria, estudiándome con detenimiento. Sus ojos turquesas son tan parecidos a los de Álvaro que me provocan estremecimientos, sin embargo no corro la mirada, ella parece ser la única persona que me da confianza. Hace unos días aseguré que no confiaría en nadie de nuevo, pero ahora, al estar a su lado, me siento muy cercana y no puedo evitar aferrarme como si esta chica de veinte años fuera un salvavidas en medio del infinito y profundo océano. Supongo que funciona como un acto reflejo. Las personas, aún las más rotas, necesitan a alguien en quien confiar. Y apenas sin darme cuenta he dejado entrar a Adela, porque es algo que mí ser busca para sobrevivir. Quizás sea algo positivo para mí. Estira su mano y toma la mía con cuidado, tan cautelosa, seguro para darme tiempo a negarme a ser tocada. Se lo permito, su tacto suave no me envía de un salto hacia atrás, aunque suspiro y un escalofrío corre por mi espalda a lo largo. Deposita en mi palma un pedazo de cartulina rectangular. Una tarjeta de contacto. Bajo la vista y leo lo que dice. “Isabel Rojas, psicoterapeuta”. Mi nariz pica y mis ojos se nublan, de inmediato detengo las abrumadoras ganas de llorar y me dirijo a Adela. Ella habla antes de que yo pronuncie cualquier palabra. —Creo que lo necesitas…—susurra. Me apoyo precariamente en la mesada y asiento, casi imperceptible. Me estudia con amabilidad, esperando. —Sí, sí lo necesito—digo con tono apagado—. Pero… pero no tengo cómo pagarlo... Ella me sonríe y hace un mohín quitando interés a mis palabras. —Yo pagaré—se niega a dejar que me queje por eso—. Yo haré esto. Tómalo como una ayuda a mis sobrinos, sé que las dos queremos lo mejor


para ellos. Es un regalo que quiero que tomes. Yo quiero verte bien, Francesca. Me hago pequeña entre mis hombros y envío un asentimiento. Está bien, puedo aceptarlo porque es algo importante, porque es por Abel y Esperanza. Se lo devolveré cuando pueda, me convenzo por dentro. Cuando esté lista y pueda, se lo pagaré de regreso. Ella me está sonriendo orgullosa cuando al fin la miro, después da un paso hasta mí y me abraza. Delicada y suavemente, me permito tomar el calor de su apoyo. —Te dejo para que llames—dice, alejándose—. Me llevo al príncipe para que juegue con su amiguito—me guiña un ojo. Unos segundos después sólo queda el silencio y camino lentamente hasta el teléfono inalámbrico, lo estudio fijamente, mi cabeza yendo en todas direcciones, confundida. Tardo en decidirme, pero al fin lo hago y marco el número, mis labios temblando a la par del tono. Suena unas cinco veces antes de que una suave voz atienda. —Isabel Rojas, buenos días—se escucha un tono pacífico que se parece al de una mujer mayor. —Buenos días—respondo, me atraganto antes de seguir, mi boca seca con nerviosismo—. Soy Francesca Abbal y necesito una sesión, si eso puede ser posible… Ya no sé cómo hacer esto, hablar con la gente, expresarme para conseguir lo que quiero. —Hola, Francesca—parece que está sonriendo—. Podemos empezar en dos semanas, ¿te parece bien? Anota el día y la hora, cariño. Su forma de dirigirse a mí me apacigua y busco lápiz y papel para anotar lo que dicta. Maravillosamente, mi mano no tiembla mientras escribo, e Isabel me transmite seguridad a medida que sigue hablando. Ella me gusta, creo que será muy buena para mí. Por primera vez en mucho tiempo puedo sentir la esperanza florecer, pongo fe en una mejoría cercana.


Quizás sí pueda recoger mis pedazos después de todo.

León Me apresuro sobre Adela una vez que sale de mi casa junto con Abel y Santiago. Mis ojos interrogantes sobre ella, insistentes. Esta mañana la llamé para que se encontrara conmigo, se quejó un poco y escuché a Santiago bufar a través del teléfono, y tuve que jugar mis cartas como jefe para que levantara el culo y se moviera temprano por una vez. Ni bien entró en mi oficina con sus ojeras por el suelo y cayó en el sofá frente a mí, la atosigué con mis planes. —Vas a darle esto a Francesca—pegué la tarjeta de contacto de un manotazo en mi escritorio, frente a ella—. Obviamente no le vas a decir que va de mi parte… Pestañeó aun despejándose del sueño y asintió, leyéndola. —Ambos sabemos que ella necesita eso—sigo, me froto la frente con preocupación—. Ayer fui a verla y le encontré sentada en el borde de la cama, temblando. Me habló creyendo que eras vos, me dijo que necesitaba ayuda—señalé con mi dedo la tarjeta—. Ahí está la ayuda. Pero si se da cuenta que va de mi parte no la aceptará… Así que necesito que se lo ocultes. Y pagaré por esto también, sólo convéncela. ¿Está bien? Adela no habló, estuvo de acuerdo con un mínimo movimiento de cabeza, sus ojos despiertos de golpe. Estaba tratando de leerme, lo supe. No había mucho que pudiera descubrir, era evidente que estaba tratando de ayudar. —Isabel es una profesional de primera, tiene todo lo que hay que tener para ayudar a una chica herida como Francesca. Ella ayudó a mi padre cuando perdimos a mamá—le conté, tirándome hacia atrás en mi asiento—.


Es una mujer mayor, amable, la tratará dulcemente y estará allí para ella. Se compenetra bien con sus pacientes. Adela se guardó la tarjeta en el bolsillo del abrigo. —Lo sé, León… estoy segura de que ella es perfecta para ayudar a Francesca—dice, me da una sonrisa de labios cerrados. Ella, más que yo quiere ver a su cuñada sanar. Con respecto a esto ambos nos encontramos en la misma página. Inmediatamente se levantó de su lugar y fue hacia la puerta, seguramente para volver a su casa por el desayuno. Antes de salir completamente se dio la vuelta y clavó esos grandes y fríos ojos en mí. Me preparé para lo que saldría de su boca. —Te gusta—probó, fija en mis ojos—. Francesca te gusta. No me moví, seguí completamente relajado en mi silla, mis manos enganchadas sobre el estómago, le di una media sonrisa pensativa. Mi cabeza intentando considerar el significado de sus palabras. No, la mujer no me gustaba. No en el sentido en el que ella lo figuraba. —Ella es especial—aseguré sin titubeos. Francesca es especial, lo fue desde la primera vez que la vi. Volviendo al presente, Adela me sonríe con esperanza y levanta a su sobrino del suelo. —Ella aceptó, va a llamar en cualquier momento, estoy segura—dice, su mirada ahora me está estudiando con agradecimiento y admiración. Antes de que pueda responder ella se marcha, dejándome con Santiago en el pasillo. Él me mira con esos profundos ojos que me abren como una caja de pandora, su semblante inamovible como el granito. Ilegible. La Máquina es buena en leer a las personas, y él con sólo una ojeada nota lo que yo siento. Todo lo contrario pasa con él, nadie puede leerlo excepto Adela.


—Ella me teme—suelta, se apoya en la pared e introduce sus manos en los bolsillos del vaquero—. Nos teme. Me apoyo a su lado y estaciono mi atención en la puerta cerrada de mi altillo. No digo nada, no hace falta, también lo sé. —Pero estoy trabajando en eso—explica, serio—. Vengo todos los días y estoy un rato en la misma habitación, la acostumbro a mí, poco a poco… Generalmente se esconde, pero hoy no se ha ido corriendo como si yo fuera a atacarla, se quedó cerca. Supongo que con el tiempo se va a ir adaptando. Él entiende a Francesca. Más allá de que se vea siempre recluido del resto, solo en un rincón, es más observador de lo que parece. Nunca va a dejar que ciertos detalles se le escapen de las manos. No vive en una burbuja, no señor, es sólo un depredador con la mente dando vueltas cada maldito segundo. Y está poniendo su granito de arena para que Francesca sane, porque sabe que con eso consigue la felicidad de su chica de regreso. Y me está advirtiendo, dándome pistas. Si quiero que esa mujer tan rota que vive en mi casa actualmente no tenga miedo de mí, voy a tener que mover mis fichas, centímetro a centímetro. Es bueno que me lo diga, aunque yo ya había estado pensando cada uno de mis movimientos a seguir.

En la noche me permito relajarme y me quedo con los chicos abajo, Adela ya volvió a su lugar habitual y Lucre ha subido un rato a hacerle compañía a Francesca. Cuanta más gente demuestre amabilidad, con más facilidad ella se irá acoplando a este lugar, que puede ser intimidante pero nada ni nadie va a lastimarla. Me siento en la mesa de La Máquina y subo mis botas apoyando la suela en el borde, la otra encima. Me llevo el pico de mi porrón de cerveza a


los labios y bebo, notándome sediento. El Perro se nos une y hace lo mismo, los tres nos mantenemos cómodamente en silencio, sin necesidad de decir nada. Mi atención camina más allá, en el rincón, a los dos pequeños de no más de dos y tres años jugando con dos Harleys en miniatura, tan concentrados en su mundo de fantasía que me hacen sonreír. —Eh, Satán—llama alguien desde la barra. Me volteo para ver a Gusto chiflar en dirección a Jorge entrando por la puerta, éste pone los ojos en blanco y camina hacia él, a regañadientes acepta un porrón. Me río cuando Max, que estaba junto a Gusto, se da media vuelta y viene hacia nosotros, evitando a su primo (o hermano, a estas alturas ya no vale de nada negarlo). Él se sienta frente a mí sosteniendo con demasiada fuerza su poción ambarina, parece que va a partir el vaso. ¿Debería sentirme culpable porque uno de mis chicos está teniendo un momento difícil gracias a una presencia indeseada que yo mismo le estoy imponiendo? No. No me parece correcto. Me siento bien por poder ayudar a un padre que lo único que desea es proteger a su hijo de tres años. Los inocentes no entran en mis listas de rencor. Y por más desagradables que hayan sido mis enfrentamientos con las Serpientes, opino que Jorge merece una oportunidad de mi parte. Después de todo, él se redimió conmigo evitando que su gente llevara a cabo una masacre en este mismo suelo, donde sólo la sangre de mis guerreros sería derramada hasta que nos convirtiéramos en la nada misma. Me advirtió y me dio tiempo para prepararme para la guerra. Y sé, yo más que nadie, lo doloroso que debe haber sido para él dejar a su gente correr en derechito a una muerte segura. A Jorge Medina no le queda nada. Nada además de nosotros, los que por años fuimos enemigos de muerte. Nada además de su hijo. Nada además de un hermano furioso que no puede olvidar el pasado. Y no es que no comprenda a Max, claro que lo hago, él vivió muchas feas en manos de su hermano mayor, sufrió y es lógico que le cueste enterrar la mierda. Sin embargo tengo fe y espero que puedan sortear sus diferencias. Porque, si


Jorge decide quedarse y formar parte, yo le dejaré ejecutar la maldita prueba de pasaje. —El idiota lo llama Satán porque significa adversario—escupe Max sobre la mesa, haciendo rotar el vaso de cristal entre sus dedos—. ¿Qué tan retorcido es eso?—gruñe, su rostro poniéndose rojo—. ¿Qué tan retorcido es darle refugio a tu enemigo? Lo llama de esa forma por el motivo equivocado, debería hacerlo porque es un hijo de puta cruel y maligno… Jorge es el diablo, es capaz de cualquier maldita cosa… Me tomo todo el tiempo del mundo antes de responder, acabando mi cerveza. —Nosotros no somos ningunos santos—sigo, me estiro en mi silla, perezosamente—. No meamos agua bendita y cuando abrimos la boca no lo hacemos justamente para cantar en un coro celestial. No somos los más indicados para juzgar. —Yo he visto lo que las Serpientes hacen…—carraspea él, enojado. —No mató ningún niño, ni violó a ninguna mujer, te lo dijo él mismo… Y creo que eso es suficiente para darle una chance. Y trae a un niño con él, por el amor de Dios, ¿esperas que yo los largue a la calle para que sean fusilados por el resto de las viejas Serpientes que quedan? Max, sos mejor hombre que esto… Sabe que tengo razón, que mi punto es válido ante todo. Lo único que él tiene que hacer es superar su odio y empezar desde cero. No veo a un mal tipo cuando miro a Jorge, sólo a uno que creció rodeado de la peor mugre que existe y logró salir antes de que se terminara de calcinar su alma. Hay esperanza en él, yo la veo. Muchos dicen que soy un blando. Puede ser, es que espero lo mejor de la gente. Y con sólo ver a una persona intuyo si será mala o buena para mi clan. Cada uno de estos tipos apareció de un día para el otro y los fui aceptando por algo en especial, una palpitación en el pecho que me


adelantaba que terminarían valiendo la pena. Me pasó con Adela, también. Y con Giovanni. Ahora con Jorge. No digo que la perspicacia no me ha fallado, muchas veces erré y pequé de inocente. Algunas de las personas que dejé entrar me terminaron por traicionar cuando menos lo esperaba y tuve que actuar al respecto. Tuve que ser un líder firme y hacerles pagar, porque no vivimos dentro de un jodido juego de niños. Personas mueren todo el puto tiempo. Dolió haberme equivocado, tanto como la decepción hacia ellos. La resignación de aprender que jamás podría volver a confiar. Y tuve que seguir adelante igual, me puse el chaleco más derecho, alcé mi cabeza y me mantuve en pie. Equivocarme no me gusta, pero los errores ocurren todo el tiempo y a veces son necesarios para brindar enseñanza. Seguro como la mierda que las piedras con las que me he tropezado no se colarán de nuevo en mi camino. Esto me hace pensar en el plan que he estado maquinando en mi cabeza. Yo confío en estos tipos, pero hace falta una marca. Hace falta una prueba de compromiso, y tengo que ponerla en marcha. — ¿Cuántos de ustedes tiene nuestra insignia tatuada?—pregunto de la nada, interrumpiendo a los chicos mientras tratan de calmarse. Max deja de lado su frustración y responde. —Yo la tengo, justo encima del corazón—asegura. Lo sé, se la he visto un millón de veces y estuve cuando los viejos se lo hicieron en el saloncito trasero, reservado para los tatuajes. Me sentí orgulloso, fue por eso y otras cosas que supe que, no importaba de dónde provenía, él nunca me traicionaría. Está metido hasta las cejas en mi clan, sólo la muerte lo expulsaría. —Yo me la hice en el omóplato derecho, no hace mucho—salta la Máquina.


Creí que no lo tenía, supongo que encontró lugar libre entre todo ese arte que tiene encima. Está tatuado prácticamente de pies a cabeza, eso lo hace aún más espeluznante para las personas. Miro al Perro y él me da una media sonrisa de lado, se remanga la camiseta y ahí está la marca. El León tribal con las descripciones, le guiño y le muestro el pulgar. Ellos están bien, no importa el tamaño o el lugar donde lo tengan, sólo el mensaje. Son de los nuestros, cada uno de estos hombres es uno de mis soldados, un León, y el mundo debe saberlo. Quien no quiera tener el tatuaje, lo lamento, tendrá que irse. No seré flojo en este asunto.

Francesca «Eran las tres de la madrugada cuando Álvaro volvió a casa, me despertó porque golpeó la puerta sin muchos miramientos al entrar, el ruido retumbó en los pisos de arriba. Abrí mis ojos de golpe y detuve el aliento, sintiéndolo subir las escaleras pesadamente. Obviamente venía borracho y de mal humor. Y me estaba buscando. Me necesitaba. A mí. Me mantuve inmóvil, de lado, mis manos unidas por las palmas descansando entre mi mejilla y la almohada, mi respiración enloqueció por más que yo no quisiera. Mis ojos se empañaron con terror, fijos en la nada. Esperé. El otro lado de la cama se hundió, sus zapatos cayeron al suelo, seguidos por el resto de sus ropas y se volteó en mi dirección. Se inclinó cerca de mí. Recibí pequeñas olas de su aliento caliente y alcoholizado contra la piel de mi hombro, respiró profundo mientras me descubría. Me quedé muy quieta sabiendo que estaba admirando mi cuerpo enfundado en un elegante camisón de satén azul cielo. La prenda me gustaba mucho, pero ahora, al saber que lo excitaba ya no lo hacía tanto. De hecho, me ordené a mí misma tirarlo a la basura al día siguiente. Lo donaría, pero después de esta noche


seguro no querría que ninguna otra mujer usara algo que tuviera que ver con Álvaro y su salvajismo. Enterró sus dedos en mi muslo con inquina antes de subir la corta falda y hacerme rodar boca arriba, enseguida lo tuve sobre mí. No quise mirarlo a la cara, pero fui obligada a enfrentar ese par de ojos plateados y fríos. Él me observó fijamente y rosó con su pulgar mi mejilla. — ¿Por qué me provocas tanto, Francesca?—susurró—. ¿Por qué haces que me convierta en un monstruo? Me obligas a hacerte daño, querida. ¿Yo? ¿Qué le hice? ¿Qué fue lo que hice mal para enojarlo? Nada. Estoy segura de que no hice nada. Mi mente se pone a rodar buscando alguna falta, y en lo profundo sé que nada de esto es mi culpa, mi corazón grita negándose a tomar la responsabilidad. Sin embargo, otra parte de mí se encoje y acepta la acusación, e intenta inmediatamente encontrar el error para no repetirlo en el futuro. —No llamaste para decirle a tu padre que irías una vez a la semana— aprieta los dientes y sus fosas nasales se ensanchan—. Te dije que lo hicieras. Pestañeé confundida, no dije nada. No hubo tiempo para decir nada, tampoco. Él levantó más mi camisón y arrancó mis bragas, hice una mueca cuando arañaron mi piel. Se sostuvo sobre mí con uno de sus brazos junto a mi cabeza, la mano libre tocándome íntimamente antes de correr a mis pechos y dejarlos a la vista. Mi respiración se volvió más ruidosa, y eso no significaba que estaba excitada por esto. Estaba aterrada, porque sabía que iba a doler. Siempre dolía. Álvaro bajó su cabeza y empezó a besarme el cuello, el yeso blanco del techo se volvió de repente muy interesante para mí. Entré en trance, mi mente se cerró y sólo me escapé del presente. Él fue deslizando su boca a las elevaciones de mis pechos y succionó de vez en cuando, respirando con fuerza. Comenzó a frotar su erección entre mis piernas, repitió mi nombre seguidamente, su voz transformándose en un monstruoso susurro ahogado. No pude esquivar el horrible olor a whisky que me rodeaba.


Se deshizo de su ropa interior y se posicionó para entrar en mí, lo hizo de una única grosera vez, castigándome con sus caderas. Su miembro entró entero y quemó mis paredes mientras me estiraba y me abría para él. En el balanceo sentí como si mis sensibles paredes fueran raspadas, como si su sexo estuviera cubierto de pequeñas partículas de arena gruesa que funcionaban como lija áspera para madera vieja. En mi mente podía darle un sonido a mi tortura. Crajjj-crajjj-crajjj. Cerré los ojos, sellé mis labios. Y, porque no reaccioné, él se vengó. Clavó sus dientes en la cima de mi pecho derecho y apretó, el filo cortó mi piel y me tensé. Un jadeo salió de mi boca y a él le gustó. Volvió a morder con más violencia la siguiente vez, sus colmillos perforándome. Grité y me removí, sus caderas golpearon y su pene se hinchó. Al siguiente mordisco me alteré e intenté sacarlo de encima y desprenderlo de mí. —No—musité, temblorosa. El dolor era inaguantable y cuando me soltó al fin, pude ver la sangre saliendo de las heridas. Lágrimas brotaron desde mis pestañas, me escurrí quejándome por la molestia de su pene saliendo de mi interior, intenté escapar de la cama y caí al suelo. — ¡No!—grité, él aferrándose de mis brazos levantándome de un tirón. —Te gusta hacerte la difícil, ¿no es así?—me dobló y enterró mi rostro en el colchón ahogándome. Me inmovilizó sobre mi estómago y se zambulló en mí desde atrás tan bruscamente que volví a gritar. Arrancó mi cabello para levantar mi cara, mi cuello sonó torcido en un ángulo extraño un pinchazo atravesándolo. Él quería ver mis lágrimas. Y lloré, no para su espectáculo, sino porque cada centímetro de mi cuerpo se quejaba y pedía clemencia. —Estás hermosa, Francesca—ronroneó en mi oído, su voz perdiendo tono en cada estocada—. Tan hermosa. Y te sentís tan bien, amor.


Estaba por culminar y mi llanto cesó esperando el momento, deseando el fin. Él se atiesó encima de mis huesos, su garganta soltando repugnantes gorgoteos, dejó de respirar un par de segundos para luego dejarse caer, aplastándome. Sentí su semen llenar mis secas e irritadas cavidades y aguanté hasta que se revolvió para dejarme libre. — ¿Vas a hacer lo que te digo de ahora en adelante, cariño?—preguntó poniéndose en pie. No le dirigí la mirada, no quería verlo todo sudado, aplacado y satisfecho después de obtener placer a causa de mi sufrimiento. Gracias a mi tonta debilidad que se lo permitía. Se marchó del cuarto y yo me levanté, acomodándome el camisón caminé como pude hasta el baño de la habitación continua y me encerré en él. Mis extremidades temblaban y apenas podía mantener mi equilibrio, me planté frente al lavabo y abrí la canilla, el agua helada colándose entre mis dedos inestables. Con mi mano libre ahogué mis sollozos y evité con todas mis fuerzas mirar mi reflejo. No quería ver las marcas sangrantes que sus dientes tallaron en mis pechos. La tela que los cubría ya había absorbido las gotas carmesí. “Ahí está”, me dije, “ahora sí puedo tirarlo a la basura. Ya se estropeó. Como el cuerpo que lo llena, ya no sirve más. Ya no vale nada”. Él nunca me hizo esto antes, nunca sacó sangre de otro lugar que no fuera mi feminidad. Pero era su forma de matar la frustración por negarse a golpearme, porque no quería interrumpir mi embarazo. Creí que sería leve esta vez, porque hacía cerca de una semana que no había violencia. Pero estaba equivocada, Álvaro siempre encontraba una forma para destrozarme. Me di la vuelta y caí de rodillas junto al inodoro, ignore las espesas gotas de su semen y mi sangre bajando por mis piernas. Yo sólo debía sacarlo de mi sistema antes de meterme bajo el agua caliente de la ducha.» Me despierto dándome cuenta de que estoy llorando en sueños, mis jadeos oyéndose en la habitación a oscuras. Llevo mis ojos aguados a Abel y Esperanza, dormidos a mi lado y me aflojo. Suspiro, me seco el borde de los ojos y me movilizo hasta sentarme en el borde de la cama. Me tomo un par


de minutos para tranquilizar los latidos de mi corazón y me levanto, yendo despacio al baño. No importa cuántas veces me diga que Álvaro no está cerca para hacerme daño de nuevo. Él nunca se mueve del punto fijo en mi mente. Las pesadillas cada vez son más, y agigantan mi necesidad de sentirme limpia. Mi ser demanda ser purificado para sacarme de encima su olor, las huellas de su tacto, el dolor que provoca a mi interior. Sigo llorando, las gotas saladas no detienen el descenso y yo castigo mis rodillas contra el suelo. Hiperventilando, me aferro al borde del inodoro y lo estudio fijamente por un rato largo, mi cuerpo tambaleándose. Entonces, cuando estoy lista, me inclino e introduzco los dedos en mi boca hasta el fondo. No pasa nada con la primera arcada, tampoco con la segunda, me fuerzo a ir más allá, las afiladas terminaciones de mis uñas rasgan la entrada de mi garganta y eso es suficiente. Lo que ingerí en la cena sube, sube y sube, y se derrama fuera. Toso, me retuerzo y mi vista se nubla, pero no paro hasta sentirme vacía, hasta que mis entrañas se sienten despejadas de nuevo. Inmediatamente después me dejo ir hacia abajo. Sentándome en el piso jalo la cadena, toda mi mierda gira en remolino y desaparece de mi vista. La veo irse, aspiro aire y me apaciguo. Me mantengo un rato más allí, inmóvil hasta que junto fuerzas para elevarme e ir a enjuagarme la boca. Antes de salir, miro la ducha con añoranza, ansiando asearme por fuera también, sin importar que hayan pasado sólo unas pocas horas desde la última vez. Aun así, sé que no puedo dejar a mis bebés solos, de modo que esto es lo que puedo tener. Tendré que luchar contra la sensación de suciedad hasta que Adela venga en la mañana. Entonces podré bañar mi piel, y al fin me sentiré menos sucia.


4 León Las siguientes semanas pasan bastante rápido para mi alivio, la nieve se calmó un poco y pudimos movernos a la ciudad. Adela y yo llevamos a Francesca y a su hija a un control pediátrico que incluyeron algunas vacunas, y también realizamos todos los trámites correspondientes para la identidad de la recién nacida. Todo está en orden al fin, no queda nada por hacer más que verla crecer. No se me pasó desapercibido que Francesca esperaba que Santiago condujera la SUV, pero ese sería mi lugar mientras pudiera. Llevarla a la ciudad o al pueblo son mis primeros pasos para ir acercándome poco a poco. Y hoy es el día de la primera consulta con la terapeuta. Adela no nos acompaña esta vez, sólo somos Francesca y yo. Mientras la espero apoyado contra el vehículo, fumando un cigarro, rezo para que no se sienta muy sobrepasada al estar conmigo a solas en un auto. No la miraré, ni siquiera le dirigiré la palabra, sólo quiero que se acostumbre a mi presencia. La veo salir con Lucre del bar y la observo cuanto puedo, embebiéndome con su pequeña figura encogida dentro de un enorme abrigo color rojo. Le queda bien ese color, va con su tez blanca y su cabello de chocolate que se derrama alrededor de su rostro. Lleva las manos en los bolsillos y camina hasta mí con la cabeza baja. Sabe que tendrá que ir a solas conmigo, por un momento siento una abrumadora pena que me hace querer pedirle a Lucre que venga también. Me resisto. Ella necesita esto. Yo quiero esto. Y es por su bien. Lucre la acompaña hasta la puerta del lado del acompañante y le abre la puerta, le sonríe con entusiasmo para darle ánimo, sin parar de charlar


algunas cosas sobre chicas, mientras Francesca sube y se acomoda. Lanzo mi colilla al suelo y me giro para entrar en mi lugar, también. Me acomodo el cinturón de seguridad, ella hace lo mismo y Lucre nos despide cerrando su puerta. Un silencio sepulcral nos invade después, mi compañera se mira las manos y yo pongo en marcha el motor, saliendo poco a poco del estacionamiento. Mi naturaleza habladora no soporta la calma que se respira acá dentro, quiero decirle algo. Lo que sea. Lograr sacarle una sonrisa, conseguir que levante sus ojos a mí. Me concentro en la ruta frente a mí, agarrando el volante despreocupadamente, fingiendo que no siento la maldita tensión que viene de ella. Está aterrorizada, no se mueve, ni siquiera se entretiene con el hermoso paisaje blanco que nos rodea. Estoy empezando a pensar que esto es un error, pero no estoy dispuesto a tirar la toalla y resignarme. Tiene que haber constancia, y desde hoy comienza. Estiro el brazo y enciendo la radio, cambio las estaciones dándonos tiempo a reconocer cada una, no parece haber algo muy interesante, sólo basura comercial. La dejo estancada en una balada que jamás he escuchado. —No hay mucho—comento, miro por la ventanilla a mi lado—. Podés cambiar, si querés. Espero, regresando la vista al frente pero centrado en ella por el rabillo del ojo. Está mirando la radio fijamente, una de sus manos hace un pequeño movimiento, apenas perceptible, realmente quiere sacar esa mierda de canción. No se anima. Está atascada. Apuesto a que su cabeza está gritando hacerlo pero hay algo que la detiene, la timidez no es algo que se supere de un segundo a otro. No agrego más nada, sólo sigo conduciendo, en otra ciscunstancias ya habríamos llegado al pueblo, pero no puedo llevar más rápido la SUV por esta carretera húmeda. Me concentro en el camino, el agua nieve mojando el parabrisas. No sé realmente cuánto tiempo pasa hasta que Francesca estira el brazo, tan lentamente que el camino de sus dedos a la radio se


hace eterno, y cambia la música. De inmediato somos rodeados por la melodía silbante de ‘The Black Keys’ con ‘Tighten Up’. No sigue buscando, parece agradarle. Y a mí simplemente me encanta. Cuando rueda su cabeza en dirección a la ventanilla, se apoya en el asiento y se queda el resto del camino viendo al exterior. No es que se haya ido toda su tirantez, pero extrañamente se ve más tranquila. Más… confiada que minutos antes. No puedo evitar chocar los cinco en mi cabeza y sonreír a medias mientras impulso el coche por la entrada del pueblo. Me siento a rebosar de alegría ahora mismo. Carajo, que ella elevara su grácil mano y cambiara la música fue más de lo que creí que conseguiría de su parte en nuestro primer viaje juntos. Este es un gran paso. Al menos así lo considero yo. Entro en el barrio de clase media donde vive Isabel y me estaciono frente a su casa, Francesca abre su puerta antes de que yo llegue a hacerlo por ella y se baja, metiendo sus manos en los bolsillos del abrigo. Recorre el frente de la casa, no puedo leer su expresión pero seguramente no se esperaba esto. Isabel no hace uso de un consultorio, le gusta recibir a sus pacientes en su cálida sala de estar, servirles té y “charlar”, así lo llama ella. Es genial. Por eso se me ocurrió que Francesca podía venir, me estremezco al pensar en ella recibiendo terapia severa. Necesita tomar confianza y relajación junto a su terapeuta e Isabel no va a intimidarla, porque es suave, amable y la maniobrará con mucho cuidado. Se empuja hacia delante y camina hasta la puerta de madera oscura, yo la sigo, unos pasos detrás sin invadir su espacio personal, Al llegar, toca la puerta y espera, su espalda derecha como una tabla. Cuando Isabel aparece ante nosotros le da una gran sonrisa de bienvenida, adornada por pequeñas arruguitas a los costados de sus ojos amables. — ¡Hola! Debes ser Francesca—asume y estira una mano suavemente frente a ella—. Un gusto conocerte al fin. Francesca acepta el saludo aunque le cuesta muchísimo devolver la sonrisa. Enfatizo uno de los puntos mentales que me propuse: hacerla sonreír más. Hacerla sonreír infinitamente.


Francesca Isabel me permite pasar a su recibidor y me señala uno de los sillones de la sala antes de volverse hacia León y cuchichear un saludo y algunas otras palabras. Parecen conocerse bien, hay familiaridad entre los dos. Me hundo en el esponjoso sofá y espero por ella. También me tomo un momento para estudiarla con atención, ya que es una mujer muy particular. Va vestida con una blusa blanca lisa que le queda bastante suelta y unos pantalones coloridos que caen alrededor de sus piernas, la hacen parecer una gitana. Es menuda, mucho más que yo y ostenta una sonrisa cegadora. Su pelo está recogido en la nuca en un rodete bastante desprolijo que le da un toque de personalidad a su estilo. Le calculo cerca de unos cincuenta años, aunque tranquilamente podrían ser menos. Despide a León, éste me dirige una mirada perezosa y me indica que volverá dentro de una hora y media, no alcanzo a asentir que ya está fuera de mi vista y la puerta se cierra. Isabel me sonríe y da un decidido aplauso uniendo sus dedos frente a su mentón. —Pasemos a mi cocina, Francesca—me indica, la sigo sin rechistar—. Un poco de té te vendrá bien para calentarte, está helado ahí afuera. ¿Cuál te gusta? Tengo variedad… Coloca en mis manos una cajita que contiene varios saquitos y enciende el fuego de su cocina. Rebusco hasta encontrar uno de hierbas y se lo tiendo para que lo coloque en espera dentro de una gigantesca taza de arcoíris. Ella toma para sí uno de manzanilla. —Qué bueno que te estás quedando con León—comenta, entretenida junto a la pava calentándose—. Él es un buen hombre, lo conozco desde que era un adolescente rebelde—me guiña un ojo, sonriente. No digo nada, no sé si espera que lo haga porque enseguida vuelve a darme la espalda para atender que el agua no llegue a hervir. Su comentario me devuelve al rato que pasé con él en el coche. Fue extraño. Él no intentó


comenzar una conversación, de hecho pareció ignorarme todo el trayecto. Solamente me permitió cambiar la radio y luché por dentro un montón antes de permitirme hacerlo. Fue tan estúpido de mi parte dudar si hacerlo o no. Me grité a mí misma “¿Acaso sos una pequeña niña de tres años que teme tocar algo y romperlo?” No, claro que no, mi miedo no era romper la radio, sino que el tocarla me rompiera a mí. Me arriesgué, dejé mis molestas reservar de lado un nanosegundo. Y me mantuve intacta después, y León tuvo todo el tiempo su vista lejos de mí. Eso me relajó, muchísimo. Cuando Adela me dijo antes de salir que no podría acompañarme, entré en un ligero estado de pánico interior, lo disimulé cuanto pude y me repetí un millón de veces que no era la muerte de nadie tener que compartir un corto viaje con él. El problema es que León es muy intimidante, su tamaño es enorme y sus ojos me traspasan. Hay una intensidad en él que jamás he sentido en alguien más. Es poderoso, profundo, inmenso. En el auto me permití a mí misma echarle un vistazo a sus manos tatuadas tomando el volante, eso me llevó a tragar una bola de nerviosismo, con esas cosas enormes podría hacerme mucho daño. Las de Álvaro no eran de ese tamaño tan intimidante. De hecho, estoy segura de que la fuerza de mi esposo muerto no le llegaría ni a los talones a la de León. La diferencia en el tamaño de por sí ya es drástica. León es un nombre que le va como anillo al dedo. Es el rey del lugar, lo supervisa todo con precisión y poderío. Sus hermanos le tienen una alta estima, lo respetan y admiran. No es que haya estado mucho en presencia de ellos, no hace falta, con sólo escuchar a Adela y Lucre una lo descubre. Según ellas, él es un hombre justo, leal, sincero y mucho más. Mucho más. “Un tipo que vale oro” dijo Lucre una de las noches en las que subió a cenar con nosotros. Puedo ver todo eso en él, claro que sí, sin embargo mis fuertes necesidades de resguardo me frenan de poder tener cualquier contacto. Hoy temprano, en el camino, he querido decirle algo, cualquier cosa, fue inútil. Mi garganta se cierra y ni siquiera puedo hacer uso de mis cuerdas vocales


para soltar un simple hola o un gracias cada vez que hace algo por mí. Y, si vamos al caso, está haciendo demasiado por mí. Nos está dejando su lugar, su propia casa, y por tiempo indefinido. Para alguien normal eso ya es una enorme prueba de cordialidad y confianza, en cambio, mi pobre persona requiere más que eso. Soy patética. Isabel termina de preparar las infusiones y nos dirige de nuevo a la salita, me siento donde estuve antes y ella se instala frente a mí, ambas separadas por una enana mesita de café. Enlaza la manija de su taza, igual a la mía, y le da un sorbo cauteloso, después me mira y sonríe. —Contame de vos, Francesca—pide, amable—. ¿Qué es lo que te trae a mi sala de té?—se ríe un poco ante sus palabras. Ella debe saberlo, obviamente, todo el mundo lo vio en los noticieros cuando Álvaro se “suicidó”. Mi historia se reprodujo una y otra vez en los medios y fui acosada por varias semanas a causa de la carta que supuestamente dejó él como despedida. La cual sirvió como prueba. La cual alguien filtró para que se volviera pública. Fue una pesadilla de nunca acabar. Todo el mundo supo que mi matrimonio era un maldito infierno. Me enderezo en mi lugar y mis ojos van a los oscuros de Isabel, me miran con paciencia e interés. —Yo… fui abusada por mi marido—suelto, náuseas quieren invadir mi garganta al decirlo en voz alta, pero las empujo abajo y me lleno de fuerza. Necesito esto si es que quiero tener una vida normal—. Fui víctima de la violencia de género por dos años. He perdido el norte de mi vida. Trago saliva porque mis ojos se llenan de humedad y me enfoco en la taza que quema en mi mano, tomo un poco de mi té y disfruto el sabor, está de verdad muy rico y el líquido me afloja. — ¿Cuándo terminó, Francesca?—pregunta ella. Sus ojos me están leyendo, pero no es molesto.


—Nunca…—susurro—. Nunca terminó. Nunca para. Mi mente no se detiene. Lo revivo una y otra vez. —Vamos a trabajar en eso, niña—me anuncia, es una promesa segura en su tono—. Vamos a quitarlo de tu sistema. El pasado no se puede borrar, eso está claro, pero el dolor que él nos provoca puede ser dejado atrás… ¿Eso es lo que querés, Francesca? ¿Dejar ir el dolor? Una lágrima se escapa por el borde de mis párpados y recorre mi pómulo hasta mi mejilla, se detiene allí hasta que es empujada por otra. Se unen y caen. —Más que nada—asiento y me limpio con el dorso de la mano, tomando aire profundamente por mi nariz—. Más que nada en el mundo. Tengo dos hijos, dos preciosos bebés que amo con el alma y tengo que estar bien para ellos. Isabel toma la caja de pañuelos descartables que hay sobre la mesita y desprende dos, tendiéndomelos con una leve curva cerrada en los labios. Su mirada me recorre con comprensión, no con lástima y a eso lo valoro mucho. Me hace sentir más cómoda y menos aplastada por la situación. —Todo terminó hace siete meses—empiezo, mi boca se reseca y me llevo el borde de la taza a los labios—. Ingenuamente creí que cuando mi hija naciera iba a sentirme mejor. Que todo el dolor se iría como por arte de magia con sólo verla y tenerla en mis brazos—. Niego, más para mí misma— . Nada pasó, a-apenas disfruto de ella… Y-y se supone que una madre se ilumina cuando da a luz un bebé… Yo no siento nada al respecto… Bajo mi vista al suelo, avergonzada. —Siento tanta culpa por no estar tan enamorada de mi bebita como se supone que debo. La amo, pero falta algo, falta ese latido al corazón que sentí cuando Abel nació. Ahí es cuando me di cuenta de que realmente estaba demasiado rota como para arreglarme por mí misma… Más pañuelos son colocados en mis manos para acabar con el río de llanto que no se detiene. No sé cómo esta mujer lo hizo. No entiendo cómo


pudo abrirme tanto con sólo un par de preguntas. Tal vez es su forma de actuar, como si fuera más una amiga de toda la vida sentada frente a mí, escuchando mis miserias y dando consejos. Simplemente funciona para mí, me hace sentir segura y reconfortada porque no escarba dentro de mí con insistencia, si no con delicadeza y bondad. Ella no está procediendo como un doctor que se ocupa en sanar mi zona herida de forma impersonal, sino que hace esto como si realmente le interesara todo de mí. Mi persona. Como si quisiera genuinamente ayudarme a reparar mi espíritu destrozado. Para Isabel esto no es una obligación, no soy su proyecto. Me siento más que eso. Por primera vez en mi vida me siento sostenida. —No te sientas culpable, Francesca— se estira y le da un dulce apretón a mi rodilla—. Eso es normal, estás entumecida. Anestesiada. Te sentís así porque has guardado demasiado peso dentro, a medida que avancemos te vas a sentir más liviana. Más libre. Y vas a ver cómo tu corazón revive y late con fuerza cada vez que mires a tu bebé—sonríe con confianza—. Estás tan sobrepasada que no hay lugar para otros sentimientos que no sean la amargura y el dolor. Te puedo prometer que juntas vamos a salir adelante, ¿me crees? Me muerdo el labio inferior con fuerza para que deje de temblar, me termino por secar una vez más el rostro y concuerdo con ella. —Sí, te creo—suspiro y pruebo más té. Y no es una mentira, le creo. Acabo de agregar una persona más al círculo de confianza y estoy sorprendida. Para bien, claro. Ella empieza a explicarme cómo iremos procediendo de ahora en adelante y estoy de acuerdo. Yo haré todo lo que ella me diga, si eso significa mejorar y sentirme mejor conmigo misma. Y darles a mis hijos la madre que merecen.


La vuelta al recinto es igual al viaje anterior, sólo que esta vez León no dice nada y deja quieta la radio. Se mantiene concentrado en la ruta y yo permanezco inmóvil en el asiento, es bueno que no se dirija a mí y note mis ojos arritados por el llanto. No soy de lágrima fácil, o al menos no lo era hasta hace un tiempo atrás. Sólo lloro cuando no aguanto más las emociones en el interior y hoy Isabel tocó la tecla exacta para derribar mi muro de resguardo. Hacía mucho que no me derramaba tan desconsoladamente, no conté la cantidad de pañuelos que tiré a la basura en el final de la sesión. Al llegar los dos caminamos hasta el bar y ni bien entrar me escabullo hacia las escaleras y las subo casi corriendo. —Hola—me sonríe Lucre, tiene a Esperanza en brazos y la balancea de un lado a otro—. ¿Lo hiciste bien? Lucrecia es una chica muy hermosa y dulce, con ella es muy fácil hablar, y en su mirada amable siempre hay entendimiento y paciencia. No me siento amenazada. Estoy muy sorprendida de lo fácil que ella ha llegado a mí. ¿Ahora puedo decir que tengo amigas? Trago con fuerza al pensarlo. No he tenido amigas desde que iba a la escuela. —Creo que sí—le digo, me siento en el borde de la cama y ella me tiende a mi hija. Los redondos y adormilados ojos oscuros me observan fijamente y yo roso su regordeta mejilla con el reverso de mi dedo índice. Está tranquila, en realidad ella siempre lo es, salvo cuando tiene hambre. La beso en la frente y me impregno con su olorcito a bebé. —No pude evitar sostenerla cuando despertó—comenta Lucre, camina a la cocina y se ocupa en preparar un café para las dos—. Es tan dulce.


Sonrío, lo es. Mi hija es preciosa y transmite una paz al interior. Bueno, creo que todos los bebés hacen eso. —El mes que viene seguro el doctor va a ordenarme hacer reposo— suspira, se deja caer en una de las sillas—. No voy a quejarme, últimamente me estoy sintiendo muy cansada. Le echo un vistazo al prominente vientre que luce bastante grande como para ser de sólo cinco meses, puedo entender por qué se siente tan cansada. —Sí—dice, leyéndome el pensamiento—. Pero estoy segura de que crecerán de golpe en los últimos dos meses, esto va a ser duro—sonríe, pero veo que está asustada y trata de esconderlo. —Todo va a salir bien—digo, casi sin pensarlo. Ella asiente y me dedica una radiante curva de labios como agradecimiento. Me ruborizo y bajo la vista a mi hija que se ha dormido. He perdido la cuenta del tiempo que hace que no tengo una conversación normal, generalmente siempre pienso gravemente las palabras que voy a decir, porque con Álvaro me acostumbré a ser así. No podía decir la primera cosa que se me cruzara por la cabeza, en un momento sólo me resigné y dejé de hablar tanto con él como con la gente. Aprendí a usar monosílabos como nadie. Así que la charla espontánea es una etapa nueva a la que recién me estoy adaptando. Acepto el café, me doy un pequeño lujo después de meses y meses de evitarlo, Lucre en cambio elige para ella un té. Me muevo a la mesa después de dejar a Esperanza en su cuna y merendamos en silencio, hablando de vez en cuando. —Deberías bajar alguna noche de estas, los días de semana es todo muy tranquilo—suelta, revolviendo su taza—. Ya sabes, pasar un rato con nosotras… Desde que llegué he evitado el bar a toda costa. No es que me esfuerce mucho, tampoco, acá arriba estoy muy bien.


—Quizás más adelante, no me gusta dejar mucho tiempo sola a la bebé—susurro y bebo, el líquido caliente baja con gusto por mi garganta. —Oh, eso es verdad—se da cuenta—. Bueno, podrías bajar con ella, te aseguro que no sería un problema. No, no sería. Pero sí sé que no es un ambiente muy recomendable para un bebé recién nacido. La Guarida es un bar, allí adentro es ruidoso. Además por ahora sólo prefiero mantenerme acá arriba. Creo que no estoy preparada para enfrentar a todos ellos. Todavía.


5 León «— ¡Me voy!—me gritó papá desde la sala. Yo estaba en mi habitación tratando de dejarla un poco ordenada antes de sentarme a tocar algo. Le grité que lo esperaría para cenar y al minuto siguiente escuché la puerta del frente cerrarse, el coche se encendió y mi padre emprendió camino hasta la comisaría. Al fin estaba volviendo a la normalidad, costó, pero lo logró después de meses perdido y encerrado, lidiando con la muerte de mamá. No fue fácil. Un mediodía, cerca de un mes atrás, llegué del colegio y no estaba por ningún lado, ni siquiera tratando de cocinar algo para los dos. La cocina intacta, ningún olor a almuerzo. Así que corrí a su cuarto y lo encontré tirado en la cama, sin ni una pisca de ánimo. Mi corazón se hundió en mi pecho porque me di cuenta de que así había permanecido durante toda la maldita mañana. No se había levantado. Y papá odiaba no empezar sus días temprano. Me senté en el borde de la cama y él entreabrió los ojos, me miró y tragué cuando vi una gruesa lágrima deslizarse hasta el borde de su nariz. — ¿Papá?—murmuré. —Ella era mi ancla—dijo, su tono ahogado por las mantas y el llanto—. Era mi todo. Yo… me despertaba por ella… Vivía por ella… Apreté mi mandíbula y tomé una larga respiración. Tuve que poner toda mi energía en no acurrucarme y llorar con él. Me había esforzado con seguir mi vida de forma habitual, ignorando el golpe en las entrañas que me producía llegar a casa y no encontrar a mamá allí rodeada con su rock and roll. Ahora no persistía su aroma en el aire y ya no había más música en esta casa.


—Papá…—pensé algo para decirle, pero ninguna de las cosas que venían parecían ser las correctas—. Ella no quería esto para nosotros... Asiente y se lleva una mano a la cara para limpiarse. —Lo sé—se aclaró la garganta—. Perdón… Le palmeé la espalda. —No tenés que pedirme perdón—bufé—. Yo sé que duele… que duele como nada en el mundo—agregué, musitando. Se removió en la cama, colocándose de espaldas. Su barba muy crecida hacía que su rostro se viera más flaco y pálido de lo que estaba. —Sé que te sentís como si hubieras entregado todo, y te has quedado vacío—me miré las manos, haciendo rebotar los talones y mis piernas en el suelo. Asintió y se frotó los ojos. —Perdón por ser un pobre tipo justo ahora—suelta, se rasca la mejilla—. Debería ponerme en marcha… —No, está bien—le sonreí—. Quédate, voy a traerte un poco de comida. No hizo caso, empezó a salir de la cama. —Hagamos un trato—lo empujé para que se quedara quieto, me reí—. Hoy te quedas en la cama el tiempo que necesitas, yo voy a cuidarte, y mañana empezás de cero… Se quedó un largo momento mirándome fijamente. Yo podía ver qué tan cansado estaba, seguramente no pegaba ojo en las noches. Su palidez y las manchas bajo sus azules ojos lo decían todo. —Este vendría a ser como un último día de vacaciones—le dije. Por dentro me encogí, no eran las palabras adecuadas. Como si el duelo por mamá fuera igual a ir a la playa a tomar sol. Sin embargo no me corregí, sólo esperé.


—Bueno—aceptó, un poco cauteloso—. Prometo que mañana volveré a la normalidad. Y así fue. Al día siguiente se calzó sus botas de policía y fue a trabajar, si no fuera porque era muy respetado y querido por todos sin duda habría perdido su trabajo por abandonarlo por casi dos meses, pero ninguno de sus compañeros o superiores diría nada. Era como una retribución por todas las cosas que papá hizo por el pueblo, y no eran pocas. Armé mi cama y tiré la cantidad de bolas de papel que había sobre mi escritorio, habían quedado ahí desde la noche cuando hice las tareas. Me estaba esforzando en el colegio porque era el último año y no quería deber ninguna materia. Cuando saliera sería para nunca volverlo a pisar. El instituto sería agua pasada dentro de poco. Saqué mi guitarra acústica del armario y corrí al sofá de la sala para tocar. Empecé a hacerlo desde chico, mamá quería que supiera tocar algo, aunque fuera un solo instrumento. Papá tenía una guitarra vieja por ahí y probé con ella un tiempo. Me gustó, demasiado. Y ahora, a los diecisiete, era todo un apasionado y no podía abandonar la maldita cosa. Esta era la primera guitarra que me compraba con mis ahorros, y era una bestia. Amaba escucharla acompañarme. La puerta fue azotada unas cuantas veces mientras estaba en mitad de una canción, un cigarro adornando mi boca. Di la orden de entrada porque sabía quién era. De inmediato se abrió y la voluptuosa vecina de diecinueve entró. —Cuando no, vos—soltó y se despatarró en el lugar frente a mí—. ¿No paras? Negué y le di mi mejor sonrisa torcida. Sí, como la mierda que estaba coqueteando. La mina estaba de infarto. Tenía un par de piernas interminables enfundadas con un par de vaqueros al extremo ajustados y una camiseta que me daba el permiso para ver el nacimiento de unos muy redondos y grandes pechos. A ella le gustaba que la mirara. Yo o cualquier otro maldito infeliz.


Se retorció y sacó algo de su bolsillo, me hizo señas pidiendo un encendedor. —No—dije y paré la música—. Acá adentro no. No quiero que papá sienta el olor cuando llegue. Se encogió de hombros y volvió a guardar el porro. Se levantó y comenzó a recorrer la sala, chusmeando. Retomé mi tema y sólo fuimos rodeados por el sonido un buen rato. La vi ir de acá para allá meneando sus caderas y haciendo bailar su cabello castaño en su espalda. Me encantaba todo de ella. — ¿Tu papá está mejor? Lo vi salir hace un rato—comentó, entretenida con una de las piezas decorativas que sólo a mamá le habían gustado. Claro que lo había visto salir, sino no estaría acá conmigo. Esperando. Asentí, relajado contra el almohadón, sin dejar de mover mis dedos y sacar humo de mi segundo cigarro. —Me alegra saberlo—sonrió—. Papá y mamá estaban muy preocupados. —Él está de nuevo en el baile—dije, cambié de canción. Sandra caminó hasta mí y me observó tocar ahí de pie por un largo, largo rato, hasta que obviamente se cansó de mi falta de interés en abandonar. Suavemente me quitó la guitarra de las manos y la dejó a un lado, su cuerpo la reemplazó en un pestañeo. Saqué el cigarro de mis labios y lancé una bocanada lo más lejos de su rostro que pude. Sus grandes ojos verdes se posaron en mi boca. Estacioné mi mano abierta en su muslo y sus caderas se balancearon contra las mías, encerró mi cara entre sus manos y se inclinó. Su semblante hambriento hizo que mi pene se endureciera en tiempo récord. — ¿Cómo fue que te pusiste tan fuerte, pendejo?—gruñó contra mi boca antes de morder mi labio inferior, su entrepierna se molió contra mí. —Ingiero mucha carne—carraspeé. Sus pupilas brillaron, me dio una sonrisa traviesa. Seductora. — ¿Qué tipo de carne?—su aliento caliente golpeó contra mis labios.


No respondí, sonreí de lado y le miré las tetas. Eso la excitó bastante. Su respiración se agitó cuando corrí mi mano y la dejé firme en la tela tirante que cubría su culo. —León—jadeó cuando se percató de mi erección. — ¿Qué? Me masajeó con dedos expertos. —Llévame a tu habitación—ordenó. —Con gusto, vecina. Me levanté con ella en brazos y caminé por el pasillo hasta encontrar mi cama. Esta era la segunda vez que lo hacíamos, no sabía cómo carajo había empezado. No me importaba. Se sentía demasiado bien y supe que me iba a volver un adicto a su cuerpo en llamas con bastante rapidez.»

—Envido, hijos de puta—Gusto dice y ataca su porrón sonriendo como idiota. Está mintiendo, se delata cuando pone esa cara de ganador, este tipo no sabe una mierda de nada. Me inclino hacia atrás y miro a mi compañero, Max se encoge de hombros y no agrega nada. —Quiero—suspiro. Gusto alza las cejas y se ríe. —Veinticuatro. El Perro lo mira con odio. —Veintiséis son mejores, marica—digo y carcajeo. Ganamos esta ronda juntos con dos más, Alex tiene cara de perro y Max se caga de risa con las payasadas de su adversario. A mí no me importa ganar o perder, me da exactamente igual. Sólo estoy pasando el rato.


—No te tomas nada en serio, pendejo—le digo. Gusto se encoje de hombros y sigue metiendo alcohol en su sistema. —No juego por la gloria—nos dice y tira su carta—, sólo me divierto. Le guiña a Alex, su equipo, y se hamaca en las patas traseras de su silla, a continuación le lanza un beso. Ellos ganan esta ronda, y el chico de ojos plateados a mi lado cambia un poco el ánimo. En la siguiente mano estamos en silencio, sopesando las oportunidades. Lucre se acerca y toma posición sobre el regazo de Max, él la rodea con sus brazos y le besa el cuello. Nos mantenemos tranquilos un rato más, hasta que Gusto vuelve a abrir esa boca, poniéndose serio. —La Pampa tiene el ombú, el ñandú la ligereza— apoya un codo en la mesa, mirándonos con determinación—, y este bicho acá colgando tiene flor de… — ¡Che!— Max lo corta gritando, frunce el ceño con enojo. Lucre esconde el rostro en su cuello y tapa su boca, todos la vemos agitarse a causa de un ataque de risa. Le alzo una ceja al pendejo boca sucia y lo estudio de arriba abajo, cuando quiere puede ser incorregible. —Quiero verla al terminar, pedazo de mierda—le muestro los dientes. Obvio, me estoy refiriendo a la flor que acaba de cantar, no a la cabeza del bicho ahí colgando. Nos ganan esta ronda también y quedamos empatados. A Max ahora le salta la vena competitiva. Gusto se levanta de su silla mientras junto las cartas devolviéndolas al maso, y se lleva las manos al botón del pantalón. — ¿Qué estás haciendo?—le frunzo el ceño. —Dijiste que querías verla al terminar—baja el cierre. Me rio y niego, Alex se levanta, lo empuja abajo y le da una fuerte palmada en la cabeza, aunque no puede aguantarse la sonrisa que se le escapa. Max finge ofenderse tanto como puede, pero no hace falta, su chica


sabe bien que de caballero no tiene nada. Además no es muy fácil de impresionar, vive rodeada de tipos que no hacen más que maldecir y soltar groserías. Mientras todos se divierten, el chico vuelve a abrocharse los pantalones. Santiago se acerca desde la barra, donde antes estuvo haciéndole compañía a su chica, y se para a nuestro lado, observando con atención nuestra próxima partida, no reacciona ante las bromas del moreno de pelo largo y se ve pensativo. —Toma mi lugar, Máquina—le invito mientras salgo de mi silla—, me voy arriba a terminar unos papeles. Sin decir una palabra se sienta y recibe sus cartas, Gusto ahora no se ve tan dispuesto a bromear y antes de irme, veo a Santiago enviarle una sonrisa torcida, sus ojos prometiendo sangre. Mierda, me gustaría quedarme para ver cómo él y Max los terminan de rematar. Santiago nunca dice una palabra pero siempre se las arregla para ganarle a cualquier maldito. Max se ve contento por eso y se frota las manos. Subo las escaleras perezosamente y entro en mi oficina, me tomo media hora para terminar de ordenar ciertos papeles y después me quedo tendido en la silla sin más nada que hacer. Pienso que quizás en un par de semanas más podremos hacer ese viaje que se fue atrasando por el invierno, y no veo la hora, así ya nos desligamos de ese tema pendiente. Me sirvo una copa, pensativo, y dirijo mi mirada hacia la estrecha puerta del rincón, la que siempre permanece cerrada con candado. Es sólo un pequeño archivador sin terminar, los días fueron pasando y nunca más le coloqué las estanterías. Ahora lo uso para guardar algunas cosas que ocuparían mucho lugar en mi altillo. Mis dedos pican y una sensación de necesidad me abruma, de modo que quito la seguridad del último cajón de mi escritorio y lo abro, para buscar la llave entre el quilombo. Después me levanto y voy hasta el candado. La puerta chilla un poco cuando la muevo, será porque no hago esto a menudo, sólo cuando me acuerdo de limpiar el polvo que se pega a los estuches.


Los dos estuches que mantienen resguardadas mis guitarras. Puede que las tenga ahí abandonadas, escondidas del mundo, pero eso no quiere decir que no persista el deseo insistente de sostenerlas y hacer bailar mis dedos. Hace años que no me dejo llevar, quizás porque crecí y empecé a tener otras obligaciones. Porque la adultez me encaminó por una dirección en la que no hay tiempo para sentarse a disfrutar. O, capaz que me resentí con ellas. No, niego con mi cabeza, no creo en esa última opción, no soy así. Me inclino más por la opción de que es muy posible que ellas le traigan algo de nostalgia a mi corazón. Me recuerdan a mamá, a papá. A… Sandra. Me traen a la mente esa juventud que ya no tengo, esa sensación de eternidad y poder, que con el tiempo fue opacada por la tristeza que causaron las pérdidas. Hoy sólo soy un poco más humano. Menos inmaduro y más asentado. No me disgusto con el pasado ni con la vida, porque esa no es mi naturaleza. Puede que haya perdido mucho, sin embargo, estoy al tanto de que si me quedo estancado en ello, perdería lo que hoy tengo también. He llorado lo que había que llorar y al final obtuve más fuerza para levantarme, y gracias a eso hoy tengo lo que tengo y soy lo que soy. Perdí una familia, con el tiempo la vida me dio otra. Uno nunca suma sin restar. ¿Rencor? No hay lugar para eso en mi sistema. Y esto es a lo que mamá se refería, ahora lo entiendo mucho mejor. La verdad es que no supe bien qué le estaba prometiendo en aquella despedida. ¿Ser feliz? Yo no estaba seguro de que lo sería, porque en ese entonces estaba equivocado. Estaba errado, como tanta gente, al pensar que la felicidad necesitaba motivos. Y la felicidad no depende de cosas ajenas a nosotros mismos, sino de lo que hay en nuestro interior. Nosotros elegimos cómo sentirnos. Y a mi forma de ver, hay dos clases de personas: las que tienen motivos para estar amargadas pero eligen sonreír a la vida de cualquier forma; y las que optan por dejarse arrastrar por la oscuridad. Consigo un trapo húmedo y quito la fina capa de polvillo que yace sobre las superficies de las maderas hasta que brillan. Saco los dos estuches del


agujero, y los coloco apoyados en la pared, justo al lado de la puerta. Me decido a abrir el de la guitarra acústica y sonrío cuando mi mano se cierra en ella y la elevo hasta mí. Se siente como si todos estos años me hubiese faltado una extremidad y ahora mismo la estuviera recuperando. No hay dudas de que esta guitarra era como una extensión de mí mismo. Me dejo caer en el desordenado colchón del rincón y pruebo mis dedos, están un poco entumecidos por la pérdida de costumbre pero ellos no se han olvidado de cómo tratar a esta preciosura. Recuesto mi espalda en la pared y me dedico algunas notas, cierro los ojos y disfruto. Se siente como si volviera a ser yo.

Francesca Entre la cena y acostar a los niños se me hace la medianoche y no puedo hacer más que caer agotada en mi lado de la cama. Me duermo de inmediato, algo que se siente muy, muy bien para mí. Eso de recostar la cabeza en la almohada y no poder conciliar el sueño, dar vueltas y vueltas llenando mi cabeza de recuerdos negros es lo más parecido a una tortura. Es como si mi cuerpo reaccionara ante ellos, como un adicto que no puede dejar atrás su dosis. Estoy tan acostumbrada al dolor que ahora que se ha ido físicamente persiste de cualquier forma. Resulta que no duermo más que un par de horas y el silencio que viene desde abajo me golpea. Parece que todos decidieron irse a dormir temprano, me remuevo sobre mi espalda y me quedo muy quieta mis ojos en el techo. Es raro no escuchar ruidos en el bar antes de las cuatro de la madrugada, y a veces hasta más tarde. La luz nocturna entra por la ventana e ilumina mi alrededor. Me fijo en mis bebés durmiendo tan plácidamente. Esperanza despatarrada entre Abel y yo, sus manitos dobladas en suaves puños abiertas a sus lados, su boquita haciendo ruiditos, un acto reflejo a causa del chupete que se le ha caído. Mi hijo a su lado, enroscado muy cerca de


ella. La pureza de ellos hace que mi alma se sienta en paz. Ojalá fuera así todo el tiempo. Doy un suspiro y de la nada empieza a sonar una melodía, acompañándolo. Detengo mi aliento, escuchando con atención. Me doy cuenta de que viene de una guitarra, supongo que estaba equivocada y no todos se fueron a dormir. Permanezco inmóvil, mis manos descansando en mi estómago, me pierdo. Pienso que me gustaría escucharla más de cerca, la canción es conocida, pero no logro conectar cuál es. Quizás si me asomara un poco… No me espero más, me levanto y tomo una bata blanca de los pies de la cama para no salir en camisón. Este es un lindo conjunto que Lucre me regaló, lo compró para mí. No quise aceptarlo, pero la chica fue demasiado insistente y cuando supe que se estaba ofendiendo porque pretendía rechazarlo, me rendí. Abro la puerta y enseguida el sonido se vuelve más fuerte, aun así no logro distinguir de qué tema se trata. No importa. Se escucha hermoso y me interno en el pasillo, atraída. Como una mosca hacia el pastel. Quiero saber quién está tocando y cuál es la canción, me resulta familiar. Llego a las escaleras y me deslizo abajo, no lo suficiente como para ser vista por alguien. Me asomo apenas y espío hacia el salón, me sorprendo al encontrar una única figura reclinada en una silla, largas piernas estiradas, los pies cruzados y apoyados en el borde de una mesa. León tiene la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, está realmente sintiendo la melodía. Inconscientemente mis piernas ceden y acabo sentada en los escalones, abrazando un barrote de madera sin poder quitar mi mirada de él, mis oídos de la música. Se acaba, se remueve y vuelve a empezar. Sus dedos son suaves, su forma de tratar las cuerdas y abrazar la guitarra me indican que ama profundamente lo que está haciendo. Veo pasión. Y alaba la guitarra con una intensidad que me hace querer ser ella. Estar en su lugar. Trago. ¿De verdad? Mi respiración se escandaliza y mi mente se revela ante


el anterior pensamiento. Yo no quiero y no puedo ser tocada, no sé cómo llego ese pensamiento ahí. En un momento se detiene y estira un brazo para conseguir un trago del vaso de whisky que está encima de la mesa, inmediatamente vuelve a su posición anterior y comienza desde el principio otra vez. Me encuentro sopesando la idea de escucharlo cantar, me gustaría mucho. ¿Cómo será su voz? ¿Suave? Niego. El fuma demasiado, apuesto a que es rasposa. Ronca y atractiva. Mis mejillas se calientan de golpe. Me frunzo el ceño a mí misma, no sé qué me pasa. Yo no soy así. De hecho le temo bastante, no me gusta mucho tenerlo cerca. Tal vez esta reacción se debe a que él me recuerda que antes, mucho tiempo atrás, me gustaba muchísimo la música, todo lo que tuviera que ver con ella. De adolescente mi madre adoptiva me envió a tomar clases de piano, aprendí muy poco y no tenía tanto talento. Sin embargo, amaba esa hora del día en la que paseaba mis dedos por las teclas y más cuando me salía alguna de las notas que el profesor me ordenaba como tarea. Eran de esos pocos instantes en los que fui plenamente feliz. Y ahora, veo a León tocar su guitarra con tanto sentimiento que mi corazón se hincha y noto mi vista espesarse. Entonces él murmura algo y se me escapa el aire de golpe, mis ojos se abren muy grandes. “¿Todas las cosas que me gustan tienen tu cara…?”. Y así es como reconozco la canción. Mi garganta se cierra y el recuerdo me golpea. Me pierdo en el pasado con ayuda de esos acordes. «Mi zapatilla estaba rota. Miré el agujero, concentrada, mi ceño muy fruncido, mientras pateaba de regreso a casa desde la escuela. Casi podía ver mi dedo gordo sobresalir, enfundado en un soquete rayado de colores. No sabía cómo iba a conseguir unas nuevas, tendría que ir a pedirlas a la salita solidaria. Ahí fue donde conseguí éstas. Mamá no me daba nunca dinero para abastecerme de ropa. Antes muerta que gastarse el ingreso para sus drogas.


Ayer cumplí nueve y ni siquiera recibí un beso de su parte, o un abrazo. Pero ya no me importaba, ya no dejaba que mis padres me afectaran. Ya había aceptado que estaba por mi cuenta. Así pude ahorrar unos centavos la semana pasada, para comprar un alfajor en el kiosco de la esquina. Aunque la señora Ñata me lo regaló al final. No sé por qué lo hizo, aun así se lo agradecí mucho. Después corrí a casa y esperé la medianoche, entonces le saqué el papel y le clavé una vela que encontré perdida en los cajones de la mesada. Me escondí debajo de la cama a oscuras, la encendí y la miré por un largo, largo rato. Canté el “Feliz Cumpleaños” en mi mente, ni siquiera lo susurré. A continuación soplé y después disfruté de mi mini pastel de chocolate. Abajo papá y mamá estaban de fiesta, una que no era la mía. Claro. Yo era invisible, salvo cuando necesitaban un mandado al almacén en busca cigarrillos. O cerveza. Al tipo que lo atendía no le importaba venderle a un menor de edad, o quizás papá ya le había avisado que iba a mandar a su hija de nueve a buscar todo eso. Me encogí. No me importaba, a veces, si papá estaba muy perdido, podía quedarme con alguna moneda a escondidas. Arrastré las extra finas suelas de mis pies por la vereda, me estaba retrasando. No quería llegar a casa, no quería oír gritos y no encontrar leche en la heladera. Mi panza se quejó con el pensamiento. Me rasqué la nariz y me limpié el sudor de la frente, el sol estaba en lo alto y se sentía bien. Este era un lugar muy frío la mayor parte del tiempo. Una tranquila melodía cortó el aire, la brisa la atrajo hacia mí y me paré, mirando para todos lados. Busqué el lugar de donde provenía pero no divisé a nadie cerca. Entonces mis ojos se posaron en un grueso árbol en la vereda de una de las próximas casas, sea quien sea que estuviera tocando estaba detrás de él. Seguramente. Me acerqué y la música paró, alguien maldijo y volvió a empezar. Me fui contra el árbol y no dejé que la persona me viera, sólo me senté a los pies, en el otro lado y le escuché. Y como si hubiese estado esperando que yo llegara, empezó a cantar, mitad tarareo mitad letra.


“Qué linda que estás, sos un caramelo; te veo en el recreo y me vuelvo loco. Todas las cosas que me gustan, tienen tu cara. Y espero a los asaltos, así juego a la botellita con vos…” Siguió cantando después de eso, pero no entendí mucho de lo que dijo y no me gustó tanto como esa primera estrofa. Aunque sí me deleitaba mucho con la melodía acompañando su voz. Podía saber que era un chico joven quien estaba cantando. Crucé mis piernas en posición de chiquito y arranqué hierbas, compenetrada. No existía el resto del mundo en ese momento y me fascinó, porque a mí que me encantaba recluirme del exterior. Me perdí fácilmente, hasta que una voz chillona interrumpió mi felicidad y, por lo visto, la de él, porque maldijo por lo bajo. —Pendejo, necesito que me ayudes con algo—dijo, escuché los pasos acercarse, aplastando es pasto. Me congelé, mis ojos abiertos como platos. — ¿Qué?—dijo el chico, ahora sonaba brusco. —Quiero colgar una…—la chica se frenó, rodeó el árbol, notándome—. ¿Tenés compañía? No esperé más, me levanté con rapidez y salí corriendo como si el diablo me persiguiera, escuché a la chica reírse a carcajadas, seguro se estaba burlando de mi manera de escapar. Yo no estaba haciendo nada malo, sólo quería escucharlo, no debería haber entrado en pánico. Pero me avergoncé como nunca. No había querido que el chico me descubriera, era obvio que estaba allí con intenciones de estar solo. No miré atrás. Doblé la esquina y corrí el resto de las cuadras que me quedaban hasta llegar a casa. Estaba mortificada, aun así no me arrepentí de haber tomado el camino más largo porque quería esquivar a los chicos que se burlaban de mis zapatillas rotas. Eso me llevó a escuchar algo precioso. Sonreí.


Sentí como si Dios me hubiese enviado mi regalo de cumpleaños. Al día siguiente me arriesgue a pasar por el lugar de nuevo, pero no había música. La vereda estaba vacía. Miré hacia la casa y fruncí mi entrecejo, decepcionada por no ver ni un poco de movimiento. Había querido tanto volver a escucharlo que mi corazón dolió. No volví a hacerlo de nuevo. Sin embargo, meses después, la vida volvió a ponerlo en mi camino.”


6 León «—Voy a ir a la ciudad con los chicos esta tarde—le dije a papá mientras almorzábamos—. Vamos a tocar en la plaza—mastiqué mi pedazo de carne y esperé. Él tragó su comida y tomó un sorbo de agua, después me miró fijamente. — ¿Van a tocar en la plaza?—preguntó, atento. Asentí— ¿Vos vas a tocar en la plaza? Entorné los ojos en su dirección, me extrañaba que preguntara eso. —Sí—alcé las cejas. Él sonrió, orgullo instalándose en su rostro barbudo. Entonces entendí a lo que había querido llegar. —Pero yo no voy a cantar—aclaré, su expresión cayó—. Sólo voy a aportar con mi guitarra. Pedro será la voz. Chasqueó la lengua y negó, desilusionado. Yo no cantaba para nadie, sólo en privado. Seguro que cada vez que lo hacía en mi habitación el me escuchaba, pero no quería que nadie más lo hiciera. No era por vergüenza, sólo me gustaba cantar en privado, no sabía muy bien el por qué. Tal vez porque la presencia de la gente alrededor me desconcentraba, me desviaba de mi línea. Y me gustaba proyectar mis covers con precisión, no quería arruinar las canciones. No sabía si esa mierda tenía sentido para los demás, pero no importaba. —Sabes que tu voz revolcaría la de Pedro o cualquier otro—comentó, revolviendo el arroz, quitándole los pedazos de ají rojo y dejándolos


abandonados en el borde del plato—. El mundo tiene que escucharte, no dejes que se pierda tu talento. Torcí el gesto y negué, me interesaba una mierda el mundo. Mi voz era para mí. Llámalo egoísmo, si querés. —Lo que sea—carraspeé y me llené la boca—. El punto es que… —El punto es que querés que te preste el auto, lo imaginé—me cortó, conociéndome. Asentí y le sonreí, él terminó su plato y lo corrió hacia el centro de la mesa, suspirando y palmeándose el estómago. Había comido muy poco, demasiado poco como para un hombre de su tamaño. Consideré que volver al trabajo lo devolvería a la normalidad, pero parecía que faltaban muchos niveles para llegar a eso. Picoteaba sus comidas diarias, sus ojos siempre estaban raros, las marcas moradas bajo ellos no se desaparecían. Y estaba consumido. No dije nada al respecto, ya estaba cansado de repetirle que comiera más y pelear por eso. —Vas a tener que dejarme en la comisaría de pasada, antes de irte— comentó, se levantó de su lugar y comenzó a juntar la mesa obviando el hecho de que yo todavía estuviera almorzando. Me aclaré la garganta cuando agarró mi vaso para llevarlo al lavadero. —Perdón, no me di cuenta—murmuró, limpió las migas de su lado y después se perdió en el pasillo. Acabé rápido e inmediatamente lavé todo, lo sequé y lo guardé donde correspondía. Papá salió de su cuarto ya cambiado con su uniforme y me esperó mientras me aseaba antes de salir. Al entrar en el coche él se puso tras el volante y dio la marcha atrás, una vez en la calle bajó la ventanilla y encendió su cigarro, yo hice lo mismo pidiéndole el encendedor. —Deberías dejarlo—comenté cuando le agarró un ataque de tos seca. Se rio por lo bajo.


—Vos también—lanzó su pelota. Me encogí de hombros, y miré por mi ventana semi abierta entrecerrando los ojos, sonriendo. —Algún día—dije soltando humo. Él no tenía nada que decir a causa de su hijo de diecisiete empezando a fumar. Lo cierto es que tuve mi primer cigarro a los dieciséis, él no lo sabía. Aunque creo que tampoco le hubiese importado. Mis padres eran bastante permisivos, si se puede decir, tenían ciertos límites pero no tantos como los de mis amigos del secundario. Yo ya conducía, fumaba y no tenía horarios de llegada a casa. Mis padres habían considerado que yo era lo suficiente grande para ser responsable de mí mismo. Funcionaba porque yo los respetaba y era un buen chico, dentro de todo. Puede que no obtendrían las mismas respuestas de un hijo más propenso a los problemas. Seguimos andando por las calles de nuestro barrio y de pronto el auto frenó de golpe y fui impulsado hacia adelante hasta casi tragar vidrio, el chillido de los frenos impregnó los alrededores. Papá grito barbaridades, completamente fuera de su control. Me giré para mirarlo y mis ojos no llegaron a él, se quedaron clavados en una niña de pelo oscuro cayendo al suelo con violencia, un hombre, quizás su padre, gritándole con potencia. Fruncí el ceño ante las porquerías que le decía. La chica no aparentaba tener más de diez años. Papá salió del auto, su pecho inflado de rabia. Los seguí, sintiéndome igual. —Estos hijos de puta me tienen las pelotas llenas—gruño yendo directo al hombre que estaba rojo de ira y miraba a la niña como si planeara asesinarla—. ¡¿Qué carajo estás haciendo, Sánchez?!—vociferó. Me puse a la par, mi mirada sostenida sobre la niña levantándose del suelo. Sus rodillas y palmas sangraban por la caída y quise gritar. Patearle el culo al hijo de puta. Me coloqué a su lado y papá se fue hasta él. El pelo oscuro de ella le tapaba el rostro, lo despejó con sus dedos y alzó su enorme


y exótico par de ojos a los míos. No estaba llorando, me sorprendió, esperaba que sus mejillas estuvieran mojadas. Sólo se veía pálida y sorprendida por mi presencia a su lado. La observé fijamente con mis párpados entrecerrados. — ¿Estás bien?—solté. Sus ojos de chocolate se abrieron más haciendo juego con su boca. Era como si me estuviera reconociendo, aunque yo no la recordaba de ningún otro lado. Jamás la había visto en la vida, y eso que vivíamos prácticamente en el mismo barrio. Asintió, sin quitar su atención de mí. —Ese maldito parásito me estuvo robando—gritó el tipo a mi padre, y lo empujó lejos—. Deja de meterte en mis cosas, que seas milico no te justifica, hijo de puta—lo empujó de nuevo. Papá estaba cerca de explotar. —Yo sólo quería unas zapatillas nuevas—susurró la niña a mi lado. La volví a mirar, estaba cruzada de brazos y se había acercado más a mí. Su cabeza baja, la atención en sus pies. Tragué el nudo en mi garganta cuando vi sus zapatillas agujereadas, mi corazón se hundió hasta llegar a mi estómago. Una mujer de largo cabello negro salió por la puerta de la arruinada casa y se tambaleó hasta instalarse junto a su marido. Tenía una desgastada apariencia hippie, aunque todos acá sabíamos que no tenía nada que ver con ello. Miró a la niña a mi lado y le frunció el ceño, después buscó a papá y también le dio un empujón. —Deja de molestarnos, Navarro—lo volvió a alejar—. ¡Andate de mi casa! Arrugué la nariz. —Está fumada—me dije en voz baja. —Ambos—me corrigió la pequeña—. Siempre.


La chica era dulce e inteligente, demasiado para ese par de mierdas apestosas. No supe cómo carajo había salido así de buena, por suerte no se le habían pegado las malas enseñanzas de esos dos. —Hijo—me llamó papá—, llévate a la nena a la comisaría. El roñoso se le fue encima y mi viejo se defendió, antes de que las cosas se pusieran peor agarré a la pequeña del brazo y me la llevé al auto. No se resistió, se sentó en el asiento del acompañante sin que siquiera se lo pidiera. Me fui como alma que lleva el diablo, antes de desaparecer vi a papá golpear al tipo y lanzarlo al suelo, después tocó su cinturón y supe que estaba llamando a los refuerzos. Ojalá él terminara en la cárcel, pero supuse que eso sería difícil, la justicia pocas veces existía para niñas como la que iba asentada en silencio a mi lado y me miraba como si fuera Superman. Mi padre merecía esa mirada de adoración, no yo. La llevé a la comisaría y una de las mujeres de la oficina se encargó de ella, atendió los raspones. La chica aún seguía buscándome con sus hermosos ojos de chocolate, brillantes. Expectantes. No podía imaginar que era lo que le pasaba por la cabeza. Me mantuve por ahí un rato, hasta que papá volvió, un poco más tranquilo. Le gritó a todo el mundo que la chica no iba a ir a ningún lado, por más quilombo que hicieran los drogadictos de sus padres. Luego llamó a servicios sociales y les insultó enfurecido, ordenó que se hicieran cargo de una puta vez. Porque éste no era el primer inconveniente con la familia, varios vecinos habían estado repartiendo denuncias durante el último año. Y los servicios sociales sólo estuvieron rascándose el culo mientras tanto. Me fui cuando todo se tranquilizó y él me dejó ir en el coche. No quería salir del pueblo, me sentía nervioso por dejar a la chica ahí, sin embargo yo sabía que papá la cuidaría hasta que todo se solucionara. Busqué a mis amigos y nos fuimos a la ciudad cargados con nuestras guitarras. Hicimos unos cuántos mangos en la plaza y usé mi parte para hacer lo que mi corazón pedía.


La tarde siguiente fui con Aurora, una de las mujeres que atendían la casita de huérfanos del pueblo, e hice que me dijera el número que calzaba la pequeña. Días después ella recibió un par nuevo de zapatillas rosas. Me sentí realizado y feliz, a eso sumándole la satisfacción que me dio el saber que papá le había conseguido unos respetables y amorosos padres adoptivos que iban a cuidarla como se merecía.»

Francesca El día siguiente pasa sin inconvenientes, tan igual a los anteriores. Al caer la noche tengo la cena lista y alimento a Abel, antes de acostarlo. Amamanto a Esperanza sintiendo mi ansiedad crecer. Muy en el fondo de mi pecho espero que León decida volver a tomar su guitarra y tocar para mí. No es que él lo sepa, no tiene ni idea de que soy una fan que escucha a escondidas. Mejor que quede de ese modo. La noche anterior, después de recordar, me alcé sobre mis pies, temblorosa, y me escabullí de nuevo en el altillo, antes de que me descubriera allí espiándolo. Al meterme en la cama el llanto silencioso me azotó, derramé infinitas lágrimas por descubrir que él es aquel mismo chico que tocaba su guitarra tras el árbol. El mismo milagro que recibí aquel día en el que fui alejada de la casa de mis padres para no volver nunca más a verlos. Quiero tanto darle las gracias. Anhelo tanto poder decirle lo que significó para mí recibir ese par de zapatillas nuevas de color rosa. La niña de diez años que fui lloró mucho ese día, emocionada, y rezó volver a verlo. Pero mis padres adoptivos vivían en la ciudad y me llevaron con ellos a su casona. El destino no me dio el gusto hasta unos años después.


Tenía quince cuando vi a León otra vez. Mi mente nunca lo había olvidado, estaba realmente obsesionada con él. Recuerdo caminar por la ancha vereda de mi colegio privado. Mi pelo suelto, llevaba puesta mi camisa blanca con el distintivo bordado, mi falda cuadrillé volando bailando con la brisa y mi mochila colgando de un hombro. Iba mirando el suelo, sintiendo el calor del sol encima de mi cabeza, era casi verano, las clases estaban terminando. Mis zapatos golpearon el suelo en cada paso, estaba desanimada porque me había retrasado en una materia, seguramente tendría que rendirla en diciembre. Yo quería hacer las cosas bien por mis padres, por su esfuerzo y cariño. Me encontraba hundida, lidiando con mis pensamientos, entonces el zumbido de una moto se fue acercando y levanté mi vista en su dirección. Destellos de pelo rubio sujeto en un descuidado moño en la nuca detuvieron mi corazón. Frené mi avance, estancándome en la acera. Se veía casi igual a como lo recordaba, con la diferencia de que se notaba más crecido. Era ya un magnífico adulto, de pies a cabeza. Barba de unos pocos días salpicaba su rostro y su mirada de un azul endurecido iba atenta en el camino frente a él. No la corrió nunca en mi dirección, y deseé poder levantarle la mano, llamarlo a gritos. Decirle que yo era aquella niña que salvó cinco años atrás, abrazarlo por el par de zapatillas rosas. No me dedicó ni una mínima ojeada, ni siquiera de soslayo. Todo lo contrario de la chica que lo acompañaba, pegada a su espalda, abrazada a su ancho torso. No reparé en ella antes porque estaba demasiado ocupada comiéndome a su novio. Culpable. Será por eso que levantó el brazo y su mano me mostró el dedo medio. Su pelo castaño volando tras ella, sus ojos verdes destellando con malicia en mí. Un mensaje claro manando de ella: “Mirá todo lo que quieras. Es mío, todo mío, y no tenés ninguna oportunidad”. No me importó ella, aunque en ese momento no pude esquivar el pensamiento de por qué él estaba con alguien tan odiosa. La moto dobló la esquina y se perdió, me encontré queriendo chillar y pisotear el suelo como una niña encaprichada. Creo que hasta gruñí desde


lo más profundo de mi garganta. Todo lo que ansiaba era volver a verlo. Un segundo más, sólo uno. Me pregunto por qué en la actualidad no lo reconocí. Seguro es por su espesa y abundante barba oscurecida. Además su cabello ya no es rubio claro, con los años fue perdiendo tonos. Y el tamaño de su cuerpo dobla el del chico joven que recuerdo. León se ha endurecido con el tiempo. Pero sigue siendo el mismo. Sigue siendo el héroe de mi niñez. Y mis fantasías de adolescencia. Ahora incluso es más que antes, su formidable corazón generoso está ayudando de nuevo a esta chica que parece ser perseguida por la maldad y la oscuridad, vaya a donde vaya. Es como si Dios lo hubiese enviado para ser mi ángel en la tierra. Chasqueo descontenta y desprendo a una Esperanza dormida en mi pecho. ¿Qué es lo que pasa conmigo? ¿Por qué estoy pensando en esas cosas? Estoy siendo cursi y soñadora, y me aviso a mí misma que ser así no me ha traído buenas cosas a lo largo de la vida. Sólo me ha dado desilusiones y golpes. Que León sea aquel chico con el que soñé encontrarme antes no significa nada. Nada. Tengo que esforzarme en poner mi mente en blanco. Nos vamos a dormir antes de las doce, después de que Adela viene a comprobarnos y darnos las buenas noches. Abajo parece que el movimiento va a quedarse por mucho tiempo y suspiro, desanimada. No me puedo dormir, sigo pensando en él. Quiero oírlo, empezar hoy y terminar cuando muera. No hay recuerdos amargos esta noche, sólo una sensación nueva, completamente bienvenida. Anticipación, necesidad de algo desconocido. Mi cerebro acaba por agotar sus reservas un par de horas y varias vueltas bajo las sábanas después, y termino por perderme. Algo en mí debe de haber estado alerta, porque cerca de las cinco de la mañana mis ojos se abren instantáneamente, un segundo antes de que las cuerdas de la guitarra vibren desde la planta baja. Salto de la cama, tambaleándome por la brusquedad, busco mi bata y camino sin dudar hasta la puerta, saliendo al pasillo y cayendo justo en el lugar que tomé la noche anterior.


Esta vez reconozco los acordes, por más esfuerzo que él ponga en transformar la canción a su propio estilo. “Vivir sin tu amor” de Spinetta. Me acuerdo de que hubo una época en la que no paraba de escucharla. Suspiro, mis hombros abajo, ojalá él la cantara, sonaría perfecta. No es que lo sepa, su voz es ahora poderosa, distinta a la del chico detrás del árbol, pero estoy plenamente segura de que sonaría preciosa. Lo miro por un largo rato pasar de una canción a otra, esta vez está sentado derecho en la silla, inclinado sobre la guitarra, mirando sus manos moverse. Me fijo en que no tiene el pelo atado y éste cae sobre su cara, revuelto, lo hace verse más joven. Le sienta bien. Su torso se mueve al ritmo y juega con las notas transformando las versiones originales, poniendo su firma en ellas. Es extraordinario. No puedo evitar sostener toda mi atención en él, hay pocas luces encendidas en el bar, una justo sobre su cabeza, creando un haz de luz que lo hace ver efímero y especial. Como de otro mundo. Me duele cuando se detiene abruptamente y se queda inmóvil, detengo el aliento esperando a que siga, en cambio gira su cabeza en su cuello y traba esos intensos ojos azules en los míos. Los latidos de mi corazón se detienen abruptamente mientras le devuelvo la mirada desde mi lugar. Ahí en los escalones, aferrada a los barrotes como una metafórica prisionera de mí misma. Mis pulmones colapsan. — ¿Te desperté?—pregunta, su voz ronca colándose en mis oídos aturdidos por mis propios latidos asustados—. Vine acá abajo para no molestarlos… Abro y cierro mi boca incontables veces como un pequeño e indefenso pececito fuera del agua. Sudor abrumador situándose en cada rincón de mi cuerpo. Trago con fuerza, tomando una bocanada desesperada. —No—mis cuerdas vocales se destraban—. Ya estaba despierta.


Me sorprendo al reconocer que no acabo de tartamudear ni vacilar. Mi voz fue clara y medianamente segura. Él asiente y me dedica una sonrisa que provoca que los bordes de sus ojos se arruguen. Estoy a punto de levantarme y volver, cuando se reacomoda y empieza la música otra vez. Me obliga a permanecer allí agachada, no me puedo mover. No hasta que lo deje. Me tranquiliza que no me vuelva a hablar y esté concentrado sólo en lo que hace, me siento mejor cuando me ignoran. Aunque hay una pequeñita parte de mi ser, un pinchazo de rebeldía, que desea que se dé vuelta y me diga algo más. Ignoro eso, apago la chispa antes de que se avive más. Yo sólo lo escucharé hasta que decida que es suficiente.

León Entre Francesca y yo se ha forjado una rutina nocturna. Siempre que escucha mi guitarra la veo aparecer en las escaleras. Cuando me quiero acordar ella está allí acurrucada escuchándome con atención, si puede ser, también admiración. Y esa mirada me recuerda a la de la niña de diez años viajando a mi lado en el coche, en dirección a la comisaría. Hace que mi corazón bombee con energía y la sangre que recorre mis venas se vuelva cálida. Siento como si el paseo de mis dedos entre las cuerdas la hiciera feliz, por eso no consigo parar de tocar hasta que el amanecer llega y el exterior se ilumina creando la ruptura del momento, por eso me freno y obligo a mi cuerpo cansado a levantarse e ir a la cama. Las primeras veces ella se marchó incluso antes de que yo apagara las luces y llegara a la escalera, pero últimamente me espera y camina unos pasos delante de mí hasta llegar a la puerta del altillo y yo a la de la oficina. Nos miramos, sin mediar palabra, pero eso no me impide leer sus ojos al darme la despedida y a continuación entramos en nuestros lugares al mismo tiempo.


Con poca frecuencia nos vemos antes de cada noche, sólo cuando la llevo a sus sesiones con Isabel, no hay dudas de que las partes en las que ella es protagonista se han vuelto mis preferidas del día. Me encuentro a mí mismo esperándolas con impaciencia, incluso hasta planeo el tipo de canciones que tocaré para ella la próxima vez. Me gustaría que me dijera lo que piensa, porque sé que en su cabeza hay demasiadas entidades que su boca tímida se esfuerza en callar. Y también deseo hablarle más directamente sobre todo, o sobre nada. Me apresa la insistente necesidad de decirle que recuerdo con nitidez y detalles el día que con papá la ayudamos a salir de la apestosa casa de sus padres drogadictos. Que fui yo quien le hizo ese regalo días después. Sólo no lo llevo a cabo por miedo a abrumarla o espantarla. Me parece adecuado darle su espacio porque puedo notar la manera en la que se atiesa cuando alguien se dirige a ella directamente. Así que no charlamos, sólo calzo el instrumento en mis brazos y le permito escuchar mis alabanzas. El motivo es que deduzco que eso la ayuda y la rodea de buenas sensaciones. A ello se le suma que estoy empezando a amar profundamente el simple hecho de reconfortarla. —Veo pequeños cambios en ella—asegura Adela, sacándome de mi mente—. Pequeños pero significativos. Ambos estamos en la cocina mientras termina de limpiar y guardar algunas pocas cosas antes de terminar la noche. Es bastante temprano y eso me viene como anillo al dedo porque voy a tener más tiempo de tocar para Francesca. — ¿Cómo qué?—pregunto, ansioso por saber. No es que yo no haya notado algunos, el más grande es que venga a mí y elija pasar tiempo cerca mientras me escucha. Ese es un cambio abismal viniendo de una mujer que apenas podía soportar la compañía masculina. El asunto es que quiero saber todo, estar al tanto de cómo es ella con Adela y Lucrecia, porque sé que se han vuelto las tres muy cercanas.


—Ya no hay una expresión de profundo y continuo terror en su rostro— dice, yendo de acá para allá, pero también prestándome atención—. Antes miraba todo lo que le rodeaba como si fuera a atacarla, incluso ya no se espanta cuando Santiago va conmigo a visitarla. Y su tez ya no es tan pálida y enfermiza, hay más color en sus mejillas. Sus ojos brillan más. Me hace muy feliz escuchar eso, tanto que logro asustarme un poco por la intensidad de la emoción. —Y ha estado muy apegada a Esperanza, mucho más desde que nació— sus ojos plateados me miran directamente. Frunzo en entrecejo, tanto que seguro mi cara se ve toda arrugada. Adela suspira al ver mi confusión y apoya el costado de sus caderas en el borde de la mesada, cruzándose de brazos. —Cuando la bebita nació, de inmediato sentí una falta de conexión— dijo ella, seria y preocupada—. Tuve mucho miedo de que su mente la culpara por-por la… forma en… la que fue concebida…—se rascó la cabeza, una mueca en su rostro blanco y atractivo—. No sé cómo explicarlo. Ella lloró en mi hombro porque no quería otro bebé cuando se enteró que estaba embarazada, y… el día que dio a luz miró a su hija como si no acabara de salir de ella un momento antes. Fue desgarrador para mí. Mi estómago se siente hueco mientras la escucho. —Pero Abel también fue concebido de la misma manera… creo—agrego, aunque no tengo ni idea sobre lo que sería inteligente de aportar. —Sí—asiente—. Pero eso fue al principio de todo, Francesca no estaba por completo rota cuando él nació. En cambio con Esperanza, sí se veía verdaderamente perdida. Bueno—suspira frustrada—, es una loca teoría. Aunque opino que tiene lógica y Santiago también. El punto acá es que ella es ahora más cercana a la niña, incluso la escuché cantarle hace un par de días... Me da una limpia sonrisa entusiasmada.


—Todas esas mejorías, estoy completamente segura, de que son gracias a vos… por obligarme a sugerirle a un terapeuta—Adela se acerca a mí y ya no me gusta la expresión estancada en su cara—. La estás salvando, León…—susurró. Comienzo a negar con energía y no me deja rebatir. Gira y se va en dirección a la barra, abandonando mi negativa. Esto no es mérito mío, sólo de Isabel, ella es especial y su terapia ha ayudado a muchísimas personas del pueblo. Por un tiempo sacó adelante a papá, realmente lo vi mejorar con mis propios ojos, no la culpo de que al final la debilidad de él fuera más fuerte que cualquier tratamiento. Algunas personas rotas no quieren ser reparadas, sólo prefieren ser llevadas al límite. Papá era una de ellas, escogió estar muerto en vida antes que seguir sin mamá.

— ¿Cuándo crees que podremos salir con el encargo retrasado?—me aborda Gusto, leyendo mi rostro con seriedad mientras me dirijo a las escaleras. Está ansioso por irse, como todos los otros o incluso más. Este chico ama la carretera, es una fuerte devoción lo que le provoca cada vez que salimos de viaje. Sospecho que es su modo de escape; los viajes, este lugar, nosotros… somos como su otro lado. El que de verdad ama. Gusto no vive en el recinto, forma parte de la mayoría que tiene casa en la ciudad o el pueblo, aunque sabe que, si quisiera, podría mudarse en cualquier momento. Se ve que todavía hay algo del otro lado que lo mantiene atado. Es una sospecha mía, nada más, no es que sepa mucho sobre su vida, así de sociable que suele parecer, todavía sigue siendo un misterio. Sólo estoy al tanto de que su padre está forrado en guita y no lo deja vivir su propia vida. Típico. Uno diría que con veintisiete años ya es lo


suficientemente mayor como para salirse del camino solo, pero allí hay algo más. Entro en mi lugar y rodeo el escritorio, él cierra la puerta tras de sí. —Seguramente la semana que viene—respondo de mala gana, porque la verdad es que esta vez no estoy deseando irme. Por Francesca. » ¿Qué vas a hacer con el pago de la entrega anterior?—quiero saber mientras se hunde en la silla frente a mí. Se encoje entre sus hombros y toma una gomita de sujetar papeles, se pone a jugar con ella. — ¿Podés ponerlo con mis otros ahorros?—alza sus ojos oscuros hacia mí—. ¿Todavía se puede? Si no hay más lugar, dámelo y voy a ver qué hago con ello. Él ha estado ahorrando todas las ganancias que le ha dado el clan, no se ha gastado ni un peso. Y confía en mí para que mantenga todo en su correcto estado, cuando me lo pidió no tuve el corazón para decirle que no. Es una responsabilidad que no me cuesta tomar. No es ninguna molestia para mí mantener su dinero en una de las cajas fuertes. —Puedo guardarlo, no hay problema—busco entre los cajones y encuentro su fajo de dólares, donde estuvo por casi un mes esperando ser cobrado. Después me doy la vuelta y abro una de las camufladas cajas fuertes, la que simula ser un enchufe es la que uso para su dinero. Me agacho y lucho con ello hasta que está todo en su lugar. Al darme la vuelta y alzarme veo que él se ha ido de su silla y se encuentra inclinado sobre los estuches de las dos guitarras, apoyados en la pared del fondo. —Eh, eh, eh—le suelto al ver que estira un brazo para tocar—. Deja la mierda como está, pendejo.


Al girar su cabeza para mirarme veo que tiene esa expresión de travesura y curiosidad que tanto lo caracteriza, le entrecierro mis párpados. —Déjame verlas, jefe—casi chilla. Doy una cabezada, resignado. No pierdo nada con dejarle mirar, ¿no? Va primero hasta la caja de madera pintada de rojo y suelta los ganchos como si fuera un maldito regalo de cumpleaños para él. Aparta la tapa y detiene el aliento. —Carajo—sisea, encantado con lo que ve. Me apoyo contra el escritorio cruzado de brazos, siento un poco de orgullo pero estoy tenso. No me gusta una mierda que otros toquen mis cosas, mucho menos a mis chicas. —Es una…—sus dedos se curvan—. ¡Es una Gibson ES-335! Jodida mierda… —Preferiría que la dejes en su lugar—digo, mi sugerencia va perdiendo fuerza cuando saca la guitarra y la levanta—. No es un juguete…—gruño. Él me da una mirada exasperada y chasquea la lengua. — ¿Crees que soy idiota?—me frunce el ceño, es algo raro de ver en él—. Yo entiendo sobre estas cosas, he tomado clases… tengo una en casa pero no está ni de lejos a la altura de esta, aquella Gibson es una porquería barata ¿Ésta? Es una original del ’58, mierda. ¡La más hermosa que he visto! ¿Dónde carajo la conseguiste? Me relajo un poco al ver que la trata con amor, suspiro y caigo sobre la silla que antes ocupó el, observándolo de cerca. Podía ver las ganas que tenía de rosar las cuerdas, pero antes de eso yo tenía que ajustarla un poco. Con la otra tuve que hacer lo mismo, tanto tiempo sin uso no puede ser bueno para ellas. —Resulta que un amigo de mi viejo viajó a EE.UU de vacaciones y la vio por ahí, se acordó de mí, supo que yo estaría encantado de tener una de éstas y la consiguió. Pagó una fortuna por ella, estoy seguro—le cuento


inclinándome hacia atrás—. Al volver, me llamó para que le hiciera una visita, y cuando entré por su puerta la vi. Justo frente a mí sostenida por un soporte. Como si la fantástica cosa me estuviera dando la bienvenida. Casi caigo de rodillas, y por primera vez, en tan sólo dos minutos, pude sentir la fuerza de un mundo de envidia nacer dentro de mí—carcajeo por lo bajo, recordando—. Lo felicité y él soltó que, no, no era suya, sino mía. Te imaginas mi cara, hermano, estaba a punto de llorar como un bebé. Le dije que no podía quedármela porque no tenía la plata para pagarle. El hijo de puta me aseguró que podría ir entregándole pequeñas cuotas. Me salió muchísimo, y es el día de hoy que sospecho que me dijo un precio menor al que realmente había pagado allá. En fin, fue un regalo que quiso darme, supongo—me rio, aunque me llega un deje de tristeza. Eso fue un par de meses después de que papá muriera, estoy seguro de que el gesto de su amigo fue para calmarme un poco. La lástima hace esas cosas de vez en cuando. Tuvo mucho mérito, en verdad, supe que era muy parecido a un proyecto de caridad. No me importó, mi orgullo ni siquiera levantó cabeza, fui verdaderamente feliz ese día. Gusto guarda la guitarra en su lugar y va directo a la otra, la acústica. La que había reemplazado a la vieja de papá. Esa que fue mi compañera por años, y sigue siéndolo. Con ella atraigo a Francesca por las noches, no me quedan dudas de que la música puede hacer milagros en la gente. Lo dejo tocarla un poco, no demasiado, soy un jodido celoso. No sé por qué, no soy posesivo con el resto de mis cosas, tampoco lo fui con las mujeres que he tenido. Pero, ¿mis guitarras? Son sólo mías. —Sabes… si les cuento a todos que sabes tocar estas cosas monstruosas, no vas a poder escaparte—comenta, cuando todo vuelve a estar en su sitio. —No serías capaz—digo, secamente. — ¿Me estás diciendo justo a mí que no soy capaz, jefe?—se ríe con fuerza y antes de que reaccione sale por la puerta y se desliza escaleras abajo.


Lo puteo en privado, no voy a perseguirlo por todo el recinto por semejante estupidez. Si quiere, puede contarles a todos, me importa una mierda. No van a lograr hacerme tocar para ellos. Son las tres de la madrugada cuando el bochinche se termina y Adela se marcha cerrando la puerta del frente con llave a su espalda. La veo caminar junto a Santiago, que pasa un brazo por encima de sus hombros y la atrae contra él, los dos yendo en dirección al complejo. Sujeto mi guitarra por el mástil y bajo las escaleras, enciendo sólo un par de luces amarillas, las dejo un poco bajas, y voy directo a una silla, subo mis piernas en el borde de la mesa y me apoyo hacia atrás. No dejo que nadie fume dentro del bar, de todas formas opino que sólo uno no va a hacer la diferencia, sólo soy yo. Y es mi puto lugar. Lo incendio y lo llevo a mis labios, allí empiezo con mis primeros acordes da la noche. Antes de la mitad de ‘La Ciudad de la Furia’ ella aparece, como siempre, vestida de blanco como un ángel de medianoche. Clavo la mirada en la suya tan oscura pero brillante a la vez. Suelto humo, flota delante de mi cara y entrecierro los ojos, nunca abandonándola. No me paro al ver que deja atrás la espalera, estoy tan sorprendido que pestañeo varias veces para corroborar que no lo estoy imaginando. En efecto, no lo estoy. La persigo mientras camina por el salón, deja de mirarme para chequear su alrededor, interesada. Le echa un vistazo a las mesas y sillas que están por todo el lugar, desordenadas. Sin siquiera pensarlo comienza a ordenarlas, cada mesa con sus respectivas cuatro sillas, dejando lugar entre los grupos para poder moverse entre ellos. Al mismo tiempo, la acompaño cambiando las canciones sin hacer pausas, quiero decirle que deje de hacer eso, que no hay necesidad de que se esfuerce. Sólo permanezco callado, porque no me gustaría espantarla o echarla hacia atrás, ya que esto es bastante grande. Es como un regalo para mí y mi música. Termina con eso y camina hasta los ventanales, se pierde en el exterior oscuro por una buena parte de la siguiente hora, hasta que se acerca y se sienta en una de las mesas, un par de lugares más allá de mí, sus pies colgando del borde. El pelo enmarcando su pálido y suave rostro, sus


enormes ojos atractivos se posan en mí, al segundo siguiente se sonroja. Entonces me doy cuenta de que estoy sonriendo, a la par mis dedos le dan vida a ‘Wonderwall’ de Oasis. Una poderosa sensación se adueña de mí, justo en medio del pecho. Bajo mi cabeza y estudio lo que estoy haciendo, tomando un momento. Sin embargo no me puedo resistir por mucho tiempo y, como un imán, mi atención vuelve a su lugar. Sin querer me quedo estancado en sus piernas, no existe duda alguna de que no tiene ni idea de la sensualidad que abunda de su cuerpo. No importa qué tan rota y encogida sobre sí misma se encuentre, es hermosa. Toda ella. Y sé que no me está mostrando la piel descubierta de sus largas y elegantes extremidades a propósito, no es consciente de eso, ha perdido la capacidad de darse cuenta cuándo alguien la está deseando. Y me siento sucio al notar lo que estoy haciendo, por ese motivo, me obligo a subir y ver su cara, sus párpados cerrados escuchándome, escondidos detrás de finos mechones de cabello lacio y castaño oscuro. Francesca Abbal es el sueño de cada pobre tipo pisando esta tierra, y no me entra en la cabeza cómo fue que el malnacido de Echavarría le haya hecho todas aquellas cosas horribles. Que haya tenido la desalmada y enferma voluntad de poner una mano sobre ella y destrozarla hasta casi no dejar nada. Me dan ganas de revivirlo y hacer todas esas cosas que realmente quise en aquel momento cuando lo tuvimos encerrado en el galpón de atrás. Pero más ganas tengo de dejar mi guitarra a un lado y correr a abrazarla. Para nunca más soltarla. — ¿Francesca?—la llamo en un tierno susurro para no sobresaltarla una vez que tejo de tocar. Ella levanta su rostro en mi dirección y me mira de frente, sin esconderse. Sin reservas o miedos. Un nudo apretado se atasca en la parte baja de mi garganta, impidiéndome hablar de inmediato. — ¿Sí?—espeta, bajito, casi inaudible.


Le arrebato una bocanada al aire. — ¿Me dejarías acompañarte a tu puerta?—digo, poniéndome sobre mis botas, sintiendo mis músculos quejarse. Ya es bastante tarde, cerca del amanecer. La tensión me abandona en el instante en que me regala una cabezadita, aceptando. Camino despacio a apagar las luces, me espera, y luego la sigo por las escaleras. Esta vez no me freno en la puerta de la oficina, sino que la sigo más allá, muy de cerca. Demasiado para su bien, por suerte ella no se ve cohibida. Espero a que empuje su puerta, pero sólo se queda allí inmóvil, subiendo su dulce vigilancia a la mía. Encajamos y en ese mismo momento el planeta deja de girar para mí. No hay nada más que ella y yo, ni siquiera los segundos avanzando. Caigo preso de un impulso y elevo mi mano hacia su pelo, despacio, dándole tiempo a reaccionar y alejarse. No lo hace, así un mechón se cuela entre mis índice y pulgar. La oigo tragar, capto el movimiento de su fino cuello, y me pregunto a qué sabría si posara mis labios justo allí. Dejo caer mi brazo flojo a mi lado ante el pensamiento saliéndose de contexto. —Que duermas bien—le deseo. Me doy vuelta y regreso por encima de nuestros pasos, entro en mi cuarto al mismo tiempo que ella al suyo. Una vez en resguardo, dejo salir el aire que por un interminable período estuvo encerrado en mis pulmones. Allí mismo, me aseguro que la paciencia y la constancia siempre obtienen la enorme recompensa al final de todo.


7 Francesca Abel salta sobre la cama sin parar mientras le preparo el desayuno, es temprano, demasiado para mi sueño. Parece que ha decidido empezar el día ya. Y con un gran subidón de energía, por lo que veo. Esperanza está recostada entre un montón de almohadones, despierta y creo que le gusta el movimiento del colchón cada vez que su hermano cae. —Abel—le advierto desde la cocina—. Vas a aplastar a tu hermanita. Él se ríe y sigue saltando, le echa un vistazo a Esperanza, cuidándose de no aplastarla. Su pelo oscuro está revuelto, sus ojos turquesas soñolientos y esa enorme sonrisa es pura picardía. Y no para de reírse, mi cabeza duele, no he dormido lo suficiente. Supongo que mis noches dedicadas a León están empezando a pasarme la factura. La leche termina de calentarse y la paso a su mamadera antes de ir a buscarlo. ¿Debería empezar a dársela en una taza? Me digo a mí misma que tengo que ir enseñándole de a poco. Él me recibe abrazando con fuerza mi cuello, tironeándome abajo, a la cama, gimo medio riendo bajito por su energía matutina sobre mí. Después me da un beso todo baboso en la mejilla, mi corazón no puede evitar derretirse como cera sobre fuego. Le devuelvo el beso y lo ayudo a recostarse en las almohadas para tomar su leche. Inmediatamente voy hacia la solitaria y pequeña Esperanza que tiene sus ojos oscuros muy abiertos y no se ve muy feliz de que su hermano haya parado de saltar. La levanto en brazos y la posiciono para amamantarla. Abel, interesado, se sienta y se acerca a nosotras para mirar. Le peino los mechones con los dedos, sabiendo que necesita un corte.


Estamos un buen rato en silencio y es la primera vez que soy consciente de la familia que tengo. De los hijos hermosos que estoy teniendo el privilegio de criar. No todo ha sido cruel conmigo, hay cosas en mi vida que todavía me hacen creer que vale la pena seguir. Miro alrededor y pienso que ya debería estar buscando un lugar para vivir, no voy a estar toda la vida ocupando el piso de León, además es pequeño para contener a mis dos hijos. No es apropiado. No he decidido qué hacer con la casona de la ciudad, Adela me ha dado el poder. Según ella, me corresponde, para mí no es así. Yo esperaba que se hiciera cargo, no siento como si fuera algo mío, en absoluto. Y ahora, considerándolo, tal vez si la vendemos pueda usar un poco del dinero para comprarme una sencilla casita de barrio, eso sería perfecto para nosotros. El resto iría todo a Adela, no quiero tener nada que ver con él. Y voy a tener que conseguir un trabajo… Un trabajo. No tengo ni idea sobre si seré buena en algo, tendré que aprender a arreglármelas como pueda. Estoy por mi cuenta. Eso significa que… ¿soy libre? Y si soy libre, ¿sé qué hacer con eso? Tres golpes provienen de la puerta y estoy en mitad de dar el permiso cuando Adela se cuela y grita los buenos días. Se ve igual o peor que yo por la falta de sueño. Es raro que aparezca tan temprano. Abel termina su mamadera y chilla en su dirección. Ella lo abraza y sin decir más se lo lleva para asearlo y vestirlo. Me pregunto qué haría sin ella. Esperanza se duerme prendida a mí y la alzo contra mi pecho para que suelte su provechito. Palmeo y sonrío cuando llega sobresaltándole y provocando que se despierte. Salgo del borde de la cama para ordenar un poco el lugar, la vacía mamadera de Abel abandonada entre las mantas. Esperanza vuelve a cerrar los ojitos, cómoda en el hueco de mi cuello. La puerta vuelve a ser golpeada y doy la invitación a entrar al mismo tiempo que enjuago con una mano la mamadera. Unos minutos después me doy cuenta de que nadie vino y frunzo el entrecejo, yendo a abrir la puerta. Creí que sería Santiago, o quizás Lucre, aunque ella acaba de comenzar el


reposo este mes. Sin embargo, no hay nadie, y al bajar los ojos encuentro un termo de acero en el suelo. Me agacho, teniendo cuidado con la bebé, lo tomo extrañada. Hay una pequeña nota pegada con cinta adhesiva, papel blanco escrito con tinta azul.

“Escuché que te pusiste en marcha temprano. Algo dulce para empezar bien la mañana” L. Al instante siento mis mejillas calentarse, no puedo dejar de leer una y otra vez las palabras. Tan sencillas, y aun así hacen que mi estómago se sienta revuelto de una manera completamente agradable. Como la noche anterior, cuando me acompañó a mi puerta y estiró su gran mano para acariciar mi pelo, me quedé inmóvil sin poder asumir lo preciosos que eran sus ojos mientras me miraba. Creí ver en ellos muchos sentimientos y por un mínimo momento me convencí de que había admiración allí. Que le gustaba profundamente lo que estaba haciendo. Tocarme. Tuve que tragar el puñado de emociones, mi boca secándose y mi cuerpo reaccionando, como nunca lo hizo. Calidez me consumió y mi corazón subió a un nivel impensado sus latidos. Jamás en mi vida me sentí de esa forma, y al entrar en la habitación me abrazó el miedo. Uno diferente. Miedo a querer y no poder. Si es que tiene eso algún sentido. — ¿Dónde está el peine de…—Adela viene con Abel prendido de su mano, le ha mojado el pelo para peinarlo. Se interrumpe, fija en mi rostro. Le devuelvo la mirada, extrañada por su expresión. — ¿Estás sonriendo?—sonríe, sus ojos brillantes. Pestañeo, sin entender.


— ¿Por qué estás sonriendo? ¿Qué es eso?—se me acerca y quita el termo de mi mano—. Oh, es la letra de León… —su mirada se vuelve comprensiva y parece que esto la hace muy feliz. Ahora el calor ha tomado todo el camino desde mi cuello y siento mi cara arder. La ignoro y acuesto a Esperanza en su cuna. Adela consigue el peine y se entretiene con el pelo de Abel. Después lo viste y sin quitar esa sonrisa conocedora de su rostro me avisa que se lo lleva a buscar a Tony para jugar. Al quedarme sola suelto un suspiro nervioso, realmente me sentí avergonzada con ella. Entro en la cocina y veo el termo sobre la mesada, enseguida desenrosco la tapa y lo huelo. Chocolate caliente. Había escuchado a las chicas decir que León hacía un chocolate con leche exquisito los días de mucho frío. Busco una taza y vierto hasta la mitad. Sólo el olor me tienta, como si fuera una poción mágica. Bebo y el líquido apenas espeso de amolda a mi lengua y suaviza mi garganta. Se siente como si jamás he probado algo tan rico y suave. Si él quería hacer más llevadera mi mañana, le ha salido a la perfección. Porque, de hecho, no sólo ha mejorado mi mañana, sino mi día entero, también. Nadie nunca hizo algo tan lindo por mí, eso atrae lágrimas a mis ojos. Por primera vez me siento mimada, y no sé cómo me siento con respecto a León entrando poco a poco en mi vida. Me da miedo, sí, pero también siento muchas otras emociones aparte. Acompañadas de sensaciones positivas.

Después de almuerzo puedo permitirme una siesta, sólo un par de horas, pero se sirven para recuperar algo de sueño. No estoy ni de lejos descansada, aun así no dejo pasar mi momento con León, cerca de las


cuatro de la madrugada resuena la primera nota de su guitarra. Prácticamente corro escaleras abajo para no perderme nada. — ¿Alguna sugerencia?—me pregunta al ver cómo me acomodo un par de lugares lejos de él. Está sonriendo y la piel se me pone de gallina al notar que está recorriéndome con la mirada de pies a cabeza. Me pregunto por dentro qué será lo que piensa al verme de ese modo. ¿Es inapropiado que venga a él en pijama? Tengo una bata cubriéndome, ¿será suficiente? Niego a su pregunta, él puede tocar lo que sea, yo vendré a oírlo sin importar lo que elija. Aunque me gustaría pedirle que cante. No soy capaz. Mis cuerdas vocales no funcionan, no tanto como para pedírselo. Si él no canta será por algo, ¿no? Quizás es vergonzoso. Supongo. Otra vez me fijo en su cabello rubio oscuro suelto, cayendo desprolijo alrededor de sus firmes y marcados rasgos masculinos. Su barba es incluso más oscura, no puedo explicarme por qué el color se ha oscurecido tanto. No se ve como un hombre que se tiña el cabello, de ninguna manera. Debe ser de esa clase de personas que son rubias de niños y jóvenes, y con los años el tono se les va oscureciendo. Como una metamorfosis más marcada camino a la adultez. Supongo que todo el mundo pasa por ciertos cambios físicos, más que de personalidad. Estoy divagando, y yo nunca hago eso. Definitivamente me quedo con el cuadro de él con su pelo suelto, lo hace ver más despreocupado, debe ser porque siempre parece tener miles de cosas en su cabeza. Además, me parece que este momento de música también lo aleja de los enlaces que le preocupan, como un ritual para sacar afuera el estrés. Ambos estamos acá por algo, refugiándonos. Me gusta la idea de León tocando para mí porque le hace feliz y le tranquiliza por dentro. No hay dudas de que eso es lo que él me hace a mí. Provoca que me olvide de ciertas cosas. Del pasado, del miedo, la soledad, la amargura. El dolor. Cuando lo veo agitar sus dedos para crear esta música hermosa no existe nada más que una mujer distinta en mi lugar, alguien que no


arrastra nada malo y no tiene oscuridad formando sombras sobre su cabeza. Me siento libre. Anónima. Y me gusta ser anónima, para todos, menos para León. Necesito hablar esto con Isabel, estoy convencida de que ella me entenderá. Porque estoy empezando a considerar que me estoy obsesionando con este hombre. Es como si después de saber que él es ese mismo chico que quería tanto de niña como de adolescente, me hubiese transformado. Como si ese sentimiento de desear estar cerca, observarlo por horas, hablarle, esperar que me note, haya vuelto a mí. Se ha llenado de nuevo ese espacio dentro de mi alma que perdí cuando dejé de ser una adolescente y me convertí en una mujer disipada, sin ambiciones, ni deseos propios. Sin nada más que la necesidad de hacer feliz a terceros. Entonces, especulando todo eso acá mismo, me doy cuenta de que jamás en mi vida quise algo tanto como a ese chico de la guitarra tras el árbol. Nunca quise nada más que tenerlo cerca, a él, al chico que me regaló ese par de zapatillas rosas. Al hombre joven vestido de cuero andando sobre una moto, que noté a los quince años en la acera de la escuela. Nunca he querido nada más. Entonces la realidad me golpea con un bate de béisbol justo en la boca del estómago, la misma clase de dolor que te deja sin aire y tambaleante. Porque sé que no importa cuán duro lo haya querido en el pasado, lo he perdido sin siquiera tenerlo. Porque ya no soy capaz de entregarme a alguien más. Nunca podré hacerlo otra vez. Jamás conseguiré dejar que un hombre me roce de nuevo sin asociar en mi mente esas feas imágenes y sensaciones. Estoy rota, y no importa cuánto trate de arreglarme a mí misma con ayuda de Isabel, no soy la clase de mujer que puede darle a un hombre como León lo que de verdad se merece. Una mujer entera, decidida, fuerte, feliz. Soy todo lo contrario a eso. — ¿Francesca?—susurra él, y me doy cuenta de que se ha detenido. Ya no hay música entre los dos y el silencio hace crecer la quemazón en la base de mi garganta.


— ¿Estás bien?—pregunta, sus preciosos ojos azul claro tratando de leerme. No encuentro la fuerza para responder, ni siquiera para negar con mi cabeza. Trago las lágrimas y salgo de mi lugar, camino en dirección a las escaleras apenas consciente. Antes de llegar algo rosa mis dedos, piel áspera y cálida, no me sujeta. Trago y mis pies se paran en seco. Siento la respiración agitada de León cuando su mano vuelve a intentar encerrar la mía. Su tacto me provoca estremecimientos. Lenta y suavemente me obliga a girar, ambos frente a frente. —Habla conmigo—pide en voz baja, parece una súplica. Estamos tan cerca que el calor que emana su cuerpo grande llega hasta el mío, los poros de mi piel se ensanchan, como queriendo respirarlo. —Me acuerdo—digo, no sé si es lo suficientemente audible—. Me acuerdo del par de zapatillas rosas… Lo oigo detener el aliento, mis ojos no encuentran el envión de seguridad que necesitan para despegarse de su ancho pecho y recorrer el camino ascendente hacia los suyos. —Y… desde entonces he querido darte las gracias… Se acerca un paso más y mi garganta quiere chillar por el terror que se adueña de todas mis terminaciones nerviosas, sin embargo tomo un lento respiro y me mantengo en mi lugar, sin retroceder. Porque quiero esto, quiero poder aguantar su cercanía. Ansío… ser normal con él por, aunque sea, un insignificante minuto. —N-nadie nunca hizo algo t-tan bonito por mí—me atraganto, pero no me freno, porque tengo que obligarme a hacer esto de una vez—. Gracias. No me doy cuenta de que estoy soltando pequeñas lágrimas hasta que él eleva su mano y las barre con el pulgar. El aliento se atasca en mi pecho y me atieso, sólo para aflojarme un par de segundos después.


—No tenés que agradecerme—habla en tono bajo, la profundidad de su voz me da escalofríos—. Eso fue algo que hice desde el corazón. Suena tan sincero que me da otro ataque de llanto silencioso, y le dejo secar la humedad de mis mejillas porque siento como si me estuviera sanando desde adentro. Se sienten bien las yemas de sus dedos en mi rostro. —Y gracias por todo esto que estás haciendo por mis hijos y por mí— trago antes de volver a tartamudear—, no sé cómo voy a devolvértelo. —No quiero que me devuelvas nada, Francesca—asegura. No importa lo que diga, toda la vida me sentiré en deuda con él. —Prometo que cuanto antes voy a buscar un lugar para mudarme— musito, aun sin poder mirarlo a la cara—, así pronto podrás volver a tu casa… Se tensa, siento toda su dureza ser transmitida hasta mí, a través de los pocos centímetros que nos separan. Comienzo a respirar con fuerza, y me atieso esperando el estallido. Sin embargo nada llega, las manos de León me abandonan. —No quiero—carraspea. — ¿Q-qué?—pestañeo afuera la humedad. —No quiero que se vayan—dice, acercándose más. Una pequeña ola de pánico golpea contra mi cuerpo, lucho contra ella. Su cercanía está rompiendo mi espacio personal. Me digo una y otra vez que él no va a lastimarme. —No quiero que te vayas—su aliento cálido me llega a la altura de la sien. No respondo, no sé qué decirle. Mi naturaleza sumisa me pide que mantenga mi boca cerrada y no discuta, sólo una pequeña parte de mí


quiere que le diga que pronto me iré, quiera él o no. Sin embargo, es sólo una leve chispa que muere de inmediato por no conseguir más poder. —Vamos—me insta León—. Déjame acompañarte a tu puerta. Esta vez no intenta tocarme, sólo se queda de pie muy cerca esperando que entre. Al fin le digo las buenas noches usando palabras y no sólo una cabezadita de despedida. Abro la puerta y antes de entrar alzo mi mirada a la suya, brilla mientras me sonríe. La expresión más encantadora que he visto jamás venir de un hombre. Mi pecho truena con el impulso de devolverle el gesto, mi rostro se sostiene impasible ignorándolo. Recuesto mi cabeza en la almohada después de chequear a mis bebés, ellos siguen rodeados por la paz del sueño. Antes de cerrar mis párpados, reproduzco en mi cabeza sus palabras. Revive mi corazón, que reacciona alterándose ante el recuerdo del tono ronco y convencido de León al pronunciarlas. “No quiero que te vayas.”

León El resto de la semana transita sin contratiempos, el invierno nos está dejando poco a poco y ya no hay más excusas para salir a la carretera y ponernos al día con nuestra entrega atrasada. A decir verdad, no quiero irme, de ninguna jodida manera, porque eso significa perderme las noches con Francesca. Aun así, el deber llama y éstas son las consecuencias de trabajar en lo que hacemos, muchas veces hay que dejar nuestros hogares por días, semanas. Incluso meses. Este próximo viaje es sólo durante medio mes, calculándolo más o menos, y si no tenemos ningún inconveniente. Algo que pocas veces ocurre. Comenzamos los preparativos y elijo a quienes llevaré conmigo, dejo afuera a Max, ya que Lucre está ahora en pleno reposo, y a Santiago, para


que se encargue de llevar a Francesca a terapia mientras yo no esté. Sé que ella no se sentiría cómoda yendo con cualquier otro de los chicos. El resto va conmigo, incluidos El Perro y Gusto. Hoy temprano me acompañaron los dos a acomodar el camión, en los galpones de un campo vecino, donde está toda la maquinaria pesada que no podemos esconder en el recinto. Así que, ya estamos listos para arrancar en cualquier momento. La tarde permanece pacífica, poco movimiento en el bar, los que van a viajar seguro están reservando energías y los que no, están empezando a aparecer de a poco. Estoy apoyado junto a la puerta de entrada, fumando, cuando un coche de las autoridades aparece en mi campo de visión, éste para en la entrada del estacionamiento. Me mantengo inmóvil con mis tobillos y brazos cruzados, mientras René Sosa se acerca con pasos tranquilos hasta mí, su porte arrogante y seguro de sí mismo, ostentando su insignia de policía. Le doy una media sonrisa cuando lo tengo en frente y le tiendo una mano, él no se anda con vueltas y me devuelve el saludo. —Navarro—inclina la cabeza, pone esa mueca seria que caracteriza a los policías. Admito que me cae bien, nada que ver a ciertos compañeros suyos que creen que se llevan el mundo por delante con sólo entrar en un uniforme como ese. —Sosa—termino mi cigarro y lanzo lejos la colilla—. ¿Qué te trae por casa? Sus ojos azules se vuelven preocupados y de inmediato un manto sombrío transforma su rostro moreno. —Encontraron un cuerpo, unas hectáreas más allá de tu propiedad— me tenso porque sus ojos me taladran, rebuscando—. En el límite con el terreno de los Montana—prosigue—. Sexo femenino, parece que se trata de Olga Montana… —La tía de Francesca—escupo, un gusto agrio posándose en mi boca—. ¿Saben qué le pasó?


René se mete las manos en los bolsillos y lanza la cabeza hacia un lado, concentrado en la conversación. —Un disparo en la cabeza—carraspea—. Estoy acá porque me enteré de que Francesca está viviendo con ustedes ahora… Detengo el impulsivo gruñido que sube por mi garganta, mi espalda se tensa y trato, todo lo que puedo, de parecer relajado. Aunque quiero empujarlo y gritar como un salvaje que ella no hizo nada de esa mierda. —Sí, ella está con nosotros—digo. —Necesito llevarla para que identifique el cuerpo—me frunce el ceño. Trago. De ninguna manera voy a dejar que ella tenga que pasar por eso. Demasiado tiene ya con lo que lidiar. —Mira, hombre—suspiro y me enderezo—. Ella no está psicológicamente estable para hacer eso, ¿sabes? Ha pasado por mucha mierda, no se ha recuperado… seguramente va a llevarle años. Ver el cuerpo de su tía va a retroceder todos los pequeños avances que estuvo haciendo durante el último mes… Asiente, y fija el rostro en la nieve que rodea el bar, sus párpados entrecerrados por el reflejo. —Entiendo, León—deja ir—. ¿Dónde estuvo ella hace una semana? Sus pupilas se agrandan comiéndose el azul eléctrico de sus ojos, interés profundo, y sé lo que significa esa pregunta. —No ha salido de su habitación, permanece aislada con sus hijos en mi altillo—explico, y tengo que encender otro cigarro, la preocupación me está carcomiendo—. La he estado llevando a su terapia dos veces a la semana, la dejó allí y la voy a buscar una hora y media después. Ese es el único contacto que Francesca ha tenido con el exterior. ¿A qué van tantas preguntas?—escupo.


No se me pasa desapercibido que estoy siendo algo brusco, porque me siento a punto de estallar a causa de que parece estar intentando encontrar el culpable en Francesca. —Bueno, esto es un asesinato, y es obvio que estoy indagando por información. Olga no se trataba con mucha gente y, por unos cuantos meses, su sobrina estuvo viviendo con ella… Así que, eso me lleva a preguntar… ¿Por qué ahora está viviendo con ustedes? Mi pecho se infla con rabia acumulada, mi sensatez queriendo salir disparada para darle lugar al desagrado. Y a la violencia. Me digo que él se encuentra haciendo su trabajo, y meto aire despacio hasta mis pulmones tensos. Me lleno de serenidad, tanto como puedo. —Su tía quiso robarle dinero, ella se fue de su casa…—me encojo de hombros—. Llegó a nosotros en medio del trabajo de parto, la asistimos, y terminó quedándose… Es mi protegida, ahora… Recalco la última parte, quiero que sepa que le va a costar un huevo llegar a ella sin pasar por encima de mí. —Igual—agrego—hicimos la denuncia… Fíjate, tiene que estar asentada por ahí… Olga tenía un cómplice, quizás fue él mismo quien la asesinó…— me encojo de hombros, terminando el último cigarro—. Esa mujer estaba metida en cosas turbias. Si era capaz de chantajear a su propia sobrina embarazada y sola, seguramente tenía enemigos… Sosa está de acuerdo, todavía viéndose pensativo. Me aflojo un poco ya que veo que mis palabras le han convencido. No del todo, pero algo es algo. Este tipo es inteligente y muy, muy desconfiado. Eso lo hace un buen policía. No tengo que estar a la defensiva, me repito, ya que estoy seguro de que Francesca no hizo nada, o sea, no corre peligro su libertad a causa de la muerte de su tía. Nunca habrá pruebas contra ella. —Voy a ver si conseguimos a alguien más para reconocer el cuerpo. Algunos de sus hermanos, tal vez—da un paso atrás—. Y que no te extrañe


si los investigadores te dan una visita, el caso está abierto, y es inevitable que quieran a hablar con Francesca—avisa, alejándose. Inclino la cabeza como despedida. —Gracias, viejo—le suelto, por no obligarla a ir a ver el cuerpo—. Y no te preocupes, estaremos atentos por si vienen… No sé quién carajo habrá asesinado a la tía de Francesca, pero intuyo que esto nos va a traer molestias, será como un gordo grano en el culo. Voy a tener que mover algunas fichas y averiguar entre mis contactos los detalles de toda esta mierda. Mejor estar unos pasos delante, sólo por si acaso.

Me sorprendió muchísimo la forma en la que Francesca tomó la noticia del asesinato de su tía. Esperé algo parecido a un ataque de histeria después de la sorpresa, y llanto. Nada más lejos que eso de la realidad, su expresión sólo permaneció en blanco por un largo rato después. Nada. Ni una sola repercusión, y no supe si eso era malo o bueno. Luego de que René se fuera, corrí escaleras arriba y estuve una maldita hora tratando de reunir información suficiente, quería tener las cosas más claras antes de ir a dar la noticia. Supe que Juan Cruz el hermano de Francesca fue finalmente a reconocer el cuerpo. Y efectivamente, se hizo oficial el asesinato de Olga Montana. Fue lo poco que pude reunir. La primera en saberlo fue Adela, la llamé a mi oficina y se lo solté cuanto antes. Se sorprendió, no dijo nada por un rato, hasta que explotó en una interminable ola de maldiciones e insultos que hubiese descolocado a cualquiera viniendo una chica tan pequeña. Se puso furiosa. Por un lado creo que se alegró, una mínima parte. Ya que, más que nadie, le deseó lo peor a Olga por lo que le hizo a Francesca. Aun así, al igual que yo, ella


entendió que esto puede significar más problemas para su cuñada, y ahora mismo no queremos alterar el curso de las cosas. Porque, carajo, ¡todo estaba yendo bien! — ¿Estás bien?—me acerco a Francesca, susurrando. Estamos en el altillo, hace un par de horas que ella lo sabe y no ha dicho ni una sola palabra, ni siquiera muestra indicios de haber procesado del todo la información. Ahora mismo la encuentro en la cocina, sus manos apoyadas en la encimera, sus ojos cerrados. Creo que está a punto de hiperventilar. Afirma despacio, sin dirigirme la mirada. Me freno junto a ella, lo más cerca que puedo permitirme, roso mi palma a lo largo de su espalda. La noto tensarse, tanto que me lleva a querer quitar mi tacto, una bola de desilusión subiendo de mi estómago a mi pecho. A final, no lo hago porque así como vino la tensión desaparece paulatinamente, y me permite mantener mi toque. —Yo… me estoy esforzando para entenderlo—dice, su tono bajo y rasposo como si hubiese pasado años desde que habló por última vez. Escucho a Adela ir en busca de la bebita cuando comienza a lloriquear. Nos deja tener nuestro momento a solas, y le doy una enorme bienvenida a eso. —Sé que es difícil… —No siento nada—me corta en seco. Inmediatamente jadea y su tez se vuelve translúcida. Da un paso lejos de mí, su respiración enloquece. No entiendo qué es lo que le pasa, la observo entrar en pánico con mis ojos entrecerrados, tratando de leer su reacción. Es como si tuviera miedo. Miedo de mí. —L-lo si-siento—tartamudea, no se atreve a mirarme—. Siento ininterrumpirte… no volverá a pasar, lo juro—las últimas palabras salen a borbotones, unas tras otras, temblorosas.


Una áspera pelota se atasca en mi garganta cuando entiendo lo que está haciendo. Se está disculpando por hablar encima de mí, interrumpiéndome. Elevo una mano hacia ella para tranquilizarla, pero obtengo un reflejo incluso peor: otro paso brusco hacia atrás, se cubre la cara con el brazo y lloriquea por lo bajo. Esconde su rostro de mí y detiene el aliento. Esperando. Esperando un jodido golpe. —Francesca—murmuro su nombre, siento que voy a perder el control de mis emociones de un segundo a otro—. Cariño, tranquila… No voy a hacerte daño. Me obligo a ir a ella y despejar su rostro pálido, alejo sus manos y peino su pelo oscuro lejos de sus ojos grandes y asustados. Levanto su mentón y la fuerzo a encontrar mi mirada, la humedad de la suya se va esfumando hasta que sólo queda un brillo de entendimiento. —Tranquila—prosigo—. Soy yo, León… Y yo mismo me cortaría el brazo antes de lastimarte, Francesca… Sigo repitiendo dulces palabras, notando poco a poco cómo entran en ella y se va ablandando mientras la sostengo, mi calor transmitiéndose a ella. —Perdón… Chasqueo la lengua, negando con mis ojos cerrados. Una fuerte onda llena de lamento envolviéndome. El dolor me carcome por dentro. No hay nada más horrible que ver a una mujer encogerse porque espera que la golpees. Acaba de romperme en un millón de pequeños fragmentos, y tengo que juntarme a mí mismo antes de desmoronarme por completo frente a ella. Necesita un pilar, alguien fuerte y estable que esté a su lado. Y ese tengo que ser yo. —No quiero que te disculpes, cariño—murmuro contra su pelo. Me cuido de no soltar mis palabras con mucha violencia, aunque por dentro estoy bullendo. Siempre que estoy en su presencia procuro hablar suavemente, ahora mismo podría haber dicho que no se disculpe y eso


habría sonado como una orden. Por el contrario, elijo usar otro juego de palabras que le indiquen un deseo, no una demanda. Para una persona normal no habría diferencia en la oración, las dos serían lo mismo, pero para ella sí. O eso supongo. Estoy esforzándome acá, aun sin saber bien lo que debo hacer. — ¿Francesca? — ¿Sí?—la oigo sisear bajito, deteniendo el aliento. —Sos libre—le digo, le acaricio el pelo—. Siempre serás libre conmigo… No responde, sólo permanece allí apaciguándose mientras le brindo cercanía aunque sin abrumarla. El mensaje es claro, puede ser ella misma cada vez que esté en mi presencia, nunca deberá disculparse por decir algo que considere malo, o por cometer algún error. Nunca tendrá que bajar la mirada al suelo cuando me hable, ni se guardará nada dentro de sí por miedo. — ¿Está todo bien?—aparece Adela en la arcada que une la cocina con el resto del apartamento. Le dedico un asentimiento y poco a poco voy alejándome de Francesca, que ahora ya no se muestra pálida sino que sus mejillas han tomado color y sus ojos no están alarmados. Mis hombros caen, acompañados de un silencioso suspiro que sale desde mis profundidades, antes congeladas por la preocupación. Mis músculos afectados se debilitan porque sé que ha entendido mi punto. Se ve mejor que un minuto atrás, y necesito creer que es por mí. Gracias a mi apoyo.

Al día siguiente aparecen los investigadores, acompañados por René. Y no esperaba menos, después de descubrir que Francesca hizo una denuncia


contra su tía casi dos meses atrás, es lógico que aparezcan más temprano que tarde. Por suerte, la noche anterior, después de tocar un par de canciones para ella, le avisé que esto podría pasar y estuvo agradecida cuando le prometí que estaría a su lado para que se sintiera más segura. Me gustó ver esa expresión de agradecimiento, su cuerpo dejando atrás la tensión al saber que me tendría justo allí cuando llegara el momento. Me llenó el pecho de alivio darme cuenta de que me estaba dejando entrar y que en cierto modo yo le hacía sentir segura. Nos reunimos en el bar, aprovechando que es temprano, y los invito a todos a sentarse. Enseguida subo a buscarla, y la encuentro esperándome, no duda en tomar mi mano cuando la tiendo en su dirección. Bajamos, dejando a Adela cuidando a los pequeños. Algo por lo que no se ve muy contenta, ya que también quiere estar acá con nosotros y ponerse al tanto de todo. Santiago se queda con ella para apaciguar su mal humor. Así que sólo somos Francesca y yo enfrentando a dos investigadores y un policía. René no me asusta, tenemos un respeto mutuo, y no creo que sospeche que tengo a varios de los suyos de mi lado y que la ley es nada respetada en este recinto. Y es mejor que todo se mantenga de este modo. En cambio, los investigadores, son otra historia. Ellos van a querer escarbar muy, muy profundo. Entonces, otra vez me encuentro anonadado al ver la forma en la que Francesca encara el interrogatorio. Serena, con ojos limpios, apenas un mínimo temblequeo que quizás sólo yo noto al tenerla justo a mi lado. Ella responde con su verdad, que es la que vale. A medida que avanzamos me parece ver que todos están conformes y confían en su palabra. ¿Quién no lo haría? Es una mujer transparente y emana pura sinceridad. No creo que este trío llegue a pensar que es capaz de tener algo que ver con toda la mierda que le haya pasado a su tía. Sí, le disparó a un hombre meses atrás, pero fue en defensa propia y al menos en ello está cubierta. Al final de todo, describe al hombre con quien vio por última vez a su pariente. El cómplice. Cabello corto, rubio oscuro, ojos castaños. Alto, delgado, atlético. Ningún tatuaje a la vista. Simple, parecía provenir de


buena clase ya que sonaba bien hablado. Y eso es todo, yo me mantengo alerta mientras la escucho dar los pocos detalles, con la esperanza de reconocerlo, de algún lado. Es muy probable que tal vez un criminal encuentre a otro, ¿no? De todos modos, sabemos que fue ingresado con herida de bala en la clínica del pueblo y de allí pueden venir más pistas. Seguramente no usó su nombre verdadero, calculo que fue más inteligente que eso. Da igual, tengo fe en que van a dar con él. Al terminar, todos se levantan de sus lugares, dando una despedida respetuosa. Acompaño a cada cual a sus respectivos coches. Estoy tranquilo, al menos por ahora esto no parece traer tormentas en nuestra dirección. Estaba preocupado, demasiado, ya que mañana por la mañana marchamos y no quería irme dejando a Francesca sola con un potencial problema arribando por la puerta. Confío en que todo se mantendrá tranquilo mientras no me encuentre por acá. Santiago se queda y sé que lo hará bien en mi lugar, por si ocurre cualquier cosa. La verdad es que no puedo quedarme, este viaje es mi responsabilidad, estoy comprometido con esto desde que se retrasó a causa de la nieve y dejarlo pasar y enviar a otro al frente no es, ni de lejos, una opción. Francesca sigue en su lugar y me acomodo nuevamente junto a ella una vez que vuelvo del exterior. Nos quedamos en silencio unos cuantos minutos, se mira las manos fijamente, completamente engullida por sus pensamientos. —Lo hiciste perfecto—la animo, deslizo una de mis manos para envolver las suyas unidas sobre la mesa. Otro período desprovisto de palabras prosigue, se hace largo, pero nunca llega a ser tedioso. No parecemos ponernos nerviosos al respecto. Francesca es una mujer silenciosa y no se esfuerza por llenar los espacios vacíos. —Sabes que podés decirme lo que estás pensando—le digo, aprieto sus manos en la mía—. Estoy acá para lo que sea que necesites… Podés confiar en mí…


Sus irises de chocolate ascienden y se posan en los míos. —Lo sé—responde con su característica voz bajita y tímida. Una sonrisa ancha florece en mis labios, y alcanzo a divisar un leve rubor manchando sus mejillas antes de que desvíe la atención lejos. Por otro lado, su semblante se mantiene pasivo. Por un momento me dejo convencer de que existe la posibilidad de que la afecte más de lo que demuestra. No puedo evitar sentirme esperanzado ante eso. Ambiciono destrozar todos esos muros levantados por el miedo y la inseguridad, y ganarme un lugar en su alma. —Mañana temprano salimos de viaje—comienzo, resignándome a tener que decírselo—. Voy a estar ausente por medio mes, quizás un poco más… Me detengo y espero, atento. Advierto cómo su rostro cae en una expresión de desolación, intenta esconderlo todo lo que puede y no lo logra muy bien. He aprendido a leer sus señas, que, aunque no varíen tanto, dicen bastante. Bueno, así que no soy el único entristecido por tener que partir. Ambos vamos a extrañar nuestros momentos de música y conexión. Reconozco que estuve retrasando la noticia porque temía esto. Me parte el corazón que se vea tan desesperanzada. Y a la vez, esto me confirma que estamos, más o menos, en la misma página. Que desea mi presencia de la misma forma que yo la suya. Alejo mi toque de sus manos y lo llevo a la terminación de uno de sus largos mechones de cabello, froto entre mis dedos. Una sutil demostración de cariño y familiaridad. Pretendo que lo sienta. —Hey—le envío mi mejor media sonrisa astuta al ganarme su interés de nuevo—. ¿Vas a extrañarme? Un intento de broma para lanzarla fuera del sombrío estupor, un intenso deseo de provocarle una sonrisa a sos labios siempre inmóviles y apretados. Aunque bonitos. Y, en cambio, tengo que congelar mi intención, ya que sus pupilas están fijas en las mías y me ven con una profundidad que me derrite entero. Me toma plenamente desprevenido.


—Sí—contesta, simplemente. Y ahí está, ese latido al corazón correspondiendo esa mínima, pero importantísima palabra. Me muevo en mi silla, inclinándome más cerca, no se aleja y lo agradezco, ahora mis dos manos van en busca de las suyas y las cubren protectoramente. —También voy a extrañarte, Francesca—confieso—. Mucho, mucho más de lo que puedas imaginarte…


8 Francesca «El teléfono sonó y me dirigí a atenderlo, con cuidado, esperando que Álvaro lo hiciera primero. Pero él no salió de su oficina así que me encargué de ello. No sé realmente a quién esperaba encontrar del otro lado, a cualquiera menos a Adela. — ¿Francesca?—preguntó, su tono de voz cauteloso. Mi cuerpo se tensó de inmediato, en silencio mis oídos zumbaron y casi pierdo el equilibrio. No pude decir nada, en su lugar me eché a temblar y por el rabillo del ojo vi la puerta de la oficina abrirse, al otro lado de la sala de estar. —No es un buen momento—solté inestable. Podía sentir a Álvaro acercarse. —Está bien… Pero, por favor, quiero saber si están bien… Fingí desinterés y tragué con fuerza antes de hablar. —Lo siento, equivocado—dije, sin expresión. Quería colgar pero mi cuerpo no respondía a mis demandas desesperadas a causa del creciente nerviosismo invadiéndome. Álvaro vino hacia mí, pasos tranquilos, ojos entrecerrados. Su espalda recta, sus anchos hombros parecían doblar su tamaño cada vez que respiraba y sus manos se flexionaron en puños a los lados. — ¿Con quién estás hablando?—escupió.


No fui capaz de responder con la rapidez que esperaba, por eso me quitó el tubo de las manos y tironeó mis cabellos de la nuca, tan fuerte que me quitó el aire. — ¿Hola?—habló por el teléfono, fulminándome con su mirada plateada— . ¿Quién carajo es? Creo que respondió a su pregunta y sus dedos se clavaron en mi brazo, el dolor es punzante y me entra una nueva desesperación. — ¿Con quién estabas hablando, Francesca?—me zamarreó. Apenas vi venir lo siguiente, levantó su mano sujeta al teléfono y me golpeó con él justo a un lado de la sien. Un hilillo de sangre caliente comenzó a bajar desde la herida y estuve entre mareada y estupefacta porque nunca antes me había dado en el rostro. Porque la gente podía notarlo y sospecharía. Él se cuidada de ello. Ahí fue que lo supe… Supe que esto me iba a costar caro, él tenía claro que yo estaba mintiendo, que del otro lado no había alguien equivocado. Entendí que este podría ser mi último día, sus ojos prometían mucha sangre. Más de lo que alguien como yo podía soportar. —Por favor—lloriqueé, recibí otro golpe—. Por favor…no. Soltó el tubo, quedó colgando, balanceándose de un lado a otro, y se abalanzó sobre mis huesos. Su primer puño conectó en pómulo, eso me lanzó al suelo y ya no pude moverme porque cayó sobre mí y colocó violentos puñetazos sin fin en mi rostro. — ¡Ayúdame!—grité, aunque no había esperanzas de que Adela estuviese escuchando del otro lado—. ¡Ayúdame, por favor! Mi intento de auxilio empeoró todo. Sangre llenó mi boca y no sentí más los golpes, mi carne se anestesió, mi mente abandonó mi cuerpo. El choque de mi cabeza contra el suelo inundó mis oídos, ya no pude escuchar nada más.


Mi vestido estaba destrozado, manchado con mis propias gotas de intenso carmesí. Pensé que jamás había sangrado tanto como ahora. Iba a morir. Estuve completamente segura de que él quería matarme. Perdí el conocimiento, no supe por cuánto tiempo. Sólo sé que desperté mientras estaba siendo acarreada sobre el hombro de Álvaro escaleras arriba. No conseguía ver alrededor, ya que mis ojos estaban casi completamente apretados, hinchados y a punto de estallar. Mi pelo oscuro bailaba al compás de sus pasos, el lindo peinado ya desaparecido, ese que me había esforzado tanto en arreglar en la mañana, sólo porque a él le gustaba que me viera ‘atractiva’ todo el tiempo. Mis brazos colgaban a la par, sin fuerzas. Noté los morados en ellos, la piel pálida manchada salvajemente. Y mi respiración no era más que un pitido entrecortado y débil. Me lanzó sobre la cama y mi espalda sonó, mis huesos quejándose al rebotar. Y terminó de rasgar mi vestido, siseaba palabras e insultos mientras lo hacía, pero nunca pude entender nada, no tenía la voluntad de ponerle atención. Se bajó los pantalones y la ropa interior y se introdujo en mi canal con la misma violencia de siempre, enroscó sus dedos en mi pelo a los lados de mi cabeza y se meció con potencia. Tanta, que estuvo cansado enseguida, jadeando contra mi rostro. Abel comenzó a llorar y eso despertó todos mis sentidos, aun así mis energías estaban drenadas, mi cuerpo no tenía fuerzas para moverse. Mis ojos magullados se llenaron y mi llanto silencioso se acopló al suyo. Pensé en lo que iba a pasarle a él cuando su padre terminara conmigo, deseé haber sido más fuerte que esto, haber escapado cuando todo empezó. Quise volver atrás y no dejar que el miedo me estancara. Si yo no hubiese sido esta mujer tan débil mi bebé no habría venido a este mundo horrible. Lagrimas lavaron caminos en mi rostro desfigurado y ensangrentado. Yo quería una segunda oportunidad para revertir las cosas, ya no me quedaba nada. Ni nadie. Sólo el bebé que trataba de llamarme con sus gimoteos. Sólo deseaba que Álvaro desapareciera para siempre, que nunca hubiese existido. Por un instante quise ser la pequeña niña de nueve años


que se escondía bajo la cama y entraba en un mundo irreal, olvidándose de todo. Me soñé siendo despreocupada, menos agradecida, más abierta y feliz. Con más carácter. Más fuerte. Encerré en puños la manta de la cama y apreté hasta que mis dedos dolieron, no pude detener mi tristeza, la desolación consumiéndome. Me fui apagando, el presente dejó de existir y mi cerebro se llenó de una confusa neblina. Hasta que, de un segundo a otro, todo cambió. Lo noté aunque estaba casi inconsciente. Abel paró de llorar, Álvaro salió de mí, abandonó mi cuerpo. Alguien más entró en la habitación, gente. No supe quiénes ni cuántos, sólo escuché cómo le daban su merecido al monstruo de mis pesadillas. Una voz conocida, de mujer joven, se fue acercando, tratando de colarse en mi cabeza y yo lo único que pude decir fue el nombre de mi hijo. No comprendí del todo qué era lo que estaba pasando, simplemente percibí un cambio en la energía alrededor de mí. Todo se volvió menos terrible. Yo intenté obligar a mi mente a entender que estábamos siendo salvados.» Se suponía que las pesadillas se habían terminado, pero las lágrimas corriendo por mis sienes y el sudor cubriendo mi cuerpo me advierte lo contrario. No están fuera. Absurdamente asumí que se fueron un par de semanas atrás para no volver. La sensación de suciedad me abruma nuevamente, es asquerosa e insoportable y el deseo que correr y sacármela de encima es poderoso. Me deslizo hacia el borde y bajo mis pies descalzos al suelo, miro el vacío por un momento, mi respiración estabilizándose segundo a segundo. A continuación camino en dirección al baño, y mojo mi rostro con agua helada. Me estremezco. Estudio fijamente el inodoro, deseando chocar mis rodillas en el suelo, junto a él. La necesidad de quitarme la suciedad pica, tanto dentro como fuera de mi cuerpo.


Hace una semana desde que León partió, me deja descolocada la intensidad con la que lo extraño. Él hace mi vida mejor. A su lado no me siento enlazada e inmovilizada, sino respetada y admirada. Libre. Él me prometió que siempre será así cada vez que estemos cerca. Me empuja a ver las cosas con un poco de color, nada es gris cuando sus ojos buscan los míos y me sonríe. Me pregunto si las pesadillas se deben a que está lejos, a que me acuesto en las noches sintiendo que me falta algo en el interior. Es la ausencia de la rutina de escuchar su guitarra lo que le quita el sentido a mis días. No es lo mismo sin él, y no gano nada con negármelo a mí misma. No creo que depender así sea bueno para mí. Me repito una y otra vez que todo aquellos que hace por mí es a causa de la lástima. Compasión por toda la mierda por la que tuve que pasar. ¿Qué humano no se sentiría así con respecto a mí? Esa es la explicación a todo. Por ello no debería estar sintiéndome así. Además, tarde o temprano voy a tener que irme y dejarlo atrás. Mi mente regresa a la mañana que nos despedimos. Recuerdo que no quería bajar a darle el adiós. Me mantuve en el altillo todo el tiempo que pude, por más necesidad que tuviera de ir a verlo antes de que se fuera por medio mes. Lo hice bien, hasta que escuché los motores roncos de las motos encender, casi todos al mismo tiempo. Fue ensordecedor, pero agradable al oído, el problema era que eso significaba que ya se marchaban. Le eché un vistazo a Esperanza, dormida y en paz, me convencí de que sólo me ausentaría por un par de minutos. Entonces abrí la puerta y salí, mientras bajaba las escaleras me atacó una desesperación por llegar abajo lo antes posible, una necesidad inexplicable. Corrí, atravesando el bar hasta la puerta del frente y no alcancé a pisar el exterior, ya que me choqué contra un ancho y firme pecho. Un par de manos enormes y tatuadas me sostuvieron antes de que caiga al suelo sobre mi espalda. Levanté los ojos y ahí estaban los suyos, azules, intensos, amables. Brillaron con una sonrisa que debilitó mis piernas.


—Hola, querida—su boca se curvó hacia arriba, un poco escondida entre su abundante barba rubia oscura. Tragué y di un paso atrás, ya que noté que estábamos demasiado cerca. Me tomé unos cuántos segundos para que su imagen penetrara en mi retina. Estaba muy abrigado. Llevaba una gruesa campera de cuero negro con abrigo dentro, vaqueros oscuros abrazaban sus largas y atléticas piernas, las botas de motociclista terminaron el conjunto. No comprendí por qué mi corazón se puso a galopar tan de repente, acelerado. Sentí mis mejillas calentarse, por más frío que estuviera haciendo ahí junto a la puerta. Se había atado el pelo en una cola baja, unas gafas de aviador colgaban en su cuello. —Estaba por subir a despedirme—murmuró. No resolví de inmediato cómo esconder mi turbación cuando levantó su mano y arrastró su pulgar por mi pómulo. Una caricia de lo más extraña, aunque acogedora, y casi me permito cerrar los ojos para sentirla más en profundidad y perderme en ella. Su tacto quemó en mi piel, y… me encantó la sensación que creció en mi pecho. El nerviosismo quedó atrás en un suspiro. Tuve la necesidad de protestar cuando se retiró, de buscar su mano con la mía y llevarla nuevamente a mi rostro. —Casi sin darnos cuenta voy a estar de regreso—dijo. No le creí, yo sabía que los días se harían eternos. Y al posar mi atención en la suya caí en la cuenta de que él tampoco estaba convencido. En mi estómago revolotearon cosquillas al tiempo que se inclinaba y apoyaba sus labios en mi frente. La barba me rosó y las yemas de sus dedos se deslizaron por el borde de mi cuello, esta vez cerré mis párpados y aspiré con la hermosa sensación que él me transmitió. Jamás en mi vida fui tratada de esta forma por alguien más aparte de mis padres adoptivos. Los latidos de mi corazón se volvieron frenéticos, y me impregné con su aroma antes de que diera un paso atrás. Un par de bocinas sonaron afuera y él giró su cabeza para fulminar a los culpables.


—Somos la primera tanda—explicó, dándome una media sonrisa, las esquinas de sus ojos arrugándose atractivamente—. Once, yo al frente. Enredó su dedo índice en un mechón de mi pelo, siempre que me tenía cerca hacía eso. Me gusta. ¿Hay algo en él que no me cautive? —A la media hora, ese camión de ahí nos seguirá los pasos, respaldado de cerca por dos motos—me contó—. Y a los siguientes treinta minutos, saldrán los otros once, Alex irá al mando de ese segundo grupo. Señaló a Alex que estaba apoyado en su moto encendiendo un cigarrillo, viéndose relajado, seguro porque no se tenía que ir hasta dentro de una hora después. Asumí que salían en tandas por disimulo, ya que un camión yendo por la ruta, custodiado por más de veinte motos llamaría demasiado la atención. Además el letrero de este decía algo sobre una marca de lácteos. Camuflaje. No supe lo que llevaban ahí adentro, sólo entendí que no era nada bueno, por eso preferí no saber nada en absoluto. León siguió poniéndome al tanto, parecía que le interesaba que yo entendiera cómo funcionaba su mundo. Y, me agradó eso. Mientras lo hacía, sacó un pañuelo negro de su bolsillo se lo ató en la cabeza, eso logró que pareciera un pirata. Luego calzó un par de gruesos guantes, y me abrazó durante un nanosegundo antes de despedirse. Verlo montar su gran moto, hacer señas con las manos a su grupo y acelerar yendo primero, seguido por dos filas de cinco, se sintió como una poderosa patada en la boca del estómago. Me quedé inmóvil viendo cómo desaparecían, volviéndose lejanos. Mi interior se vació. Durante toda mi vida me sentí incompleta, pero en ese mismo instante, el vacío se hizo más intenso, desgarrador. Supe que iba a extrañarlo más de lo que creí en un principio. Vuelvo al presente, como recién salida de un trance, y me encuentro a mí misma sentada en el piso del baño, mi espalda apoyada en la pared y mis rodillas abrazadas contra mi pecho. Mi mente se aclara, allí reacciono, dándome cuenta de que esa insostenible urgencia de limpiarme desde adentro se ha ido. En su lugar insiste una presión nueva, distinta a


cualquiera que haya sentido antes. Es como un leve estado de angustia. Y sé que ha sido provocado por mis pensamientos dedicados a León. Suspirando, apesadumbrada, decido regresar a la cama con el calor de mis hijos. Abrazarlos y así intentar dormir de nuevo. Espero no tener más pesadillas. Y me repaso a mí misma que tengo que terminar con esta dramática manera de extrañar a León. Porque no es normal. Tampoco puede ser sano.

Las semanas van pasando y los Leones se retrasan. No dejo que eso me afecte de ninguna manera, durante el día me mantengo ocupada y animada. Decido tomar valentía y bajar al bar más seguido, cada tarde en la que Adela se prepara y ordena todo antes de la noche. Allí estoy acompañándola, con Esperanza en brazos, mientras Abel corretea por ahí con Tony. Todo está tranquilo, apenas hay gente por los alrededores y eso, en cierto modo, hace que no me sienta tan presionada. Y antes de que todo enloquezca y se abarrote, estoy de regreso arriba para darles la cena a mis hijos y prepararlos para la cama. También, visitamos seguido a Lucre que ya apenas puede moverse y está atascada en la cabaña, sin energías para nada. Pasamos tiempo con ella, nuestra compañía le hace bien, ya que se muere de aburrimiento. Una chica tan eléctrica como ella apenas aguanta esta situación. Podemos ver que no la está pasando muy bien, sus bebés han crecido de golpe el último mes, casi no puede mantenerse en pie. Por ella también he decidido salir más de mi escondite, y se siente bien. Las charlas y tardes de té o chocolate se vuelven los momentos más esperados del día. No llevo a Esperanza conmigo cada vez, todavía hace demasiado frío para sacarla a la intemperie, por eso siempre se queda


alguno de los chicos vigilándola. Santiago, la mayoría de las veces, y otras tantas, Max. Cada vez que su chica necesita un respiro entre amigas él marcha al bar para despejarse, también. Creo que él lo está pasando fatal, siente en sus huesos y corazón lo que su mujer. Y veo que ambos están aterrados por lo que pueda traer este último tramo del embarazo. No falta mucho para que los gemelos decidan salir, Lucre repite todo el tiempo que no puede soportarlo más y que necesita que nazcan cuanto antes. La entiendo, aunque mis embarazos no tienen nada que hacer al lado del de ella. Es terrible con sólo mirarla. Así han sido mis últimos días, y reconozco que me conforta socializar. Realmente me estoy encariñando con el lugar y las personas que le rodean. Ya puedo decir que Lucre, Adela y yo somos amigas. No confidentes, ya que no hablo de mis sentimientos con ellas, aunque sí lo hagan conmigo. Pero no se ven como si esperan más de mí, y me agrada que no estén preocupadas en indagar mis secretos. Estamos a miércoles, ya diecisiete días han pasado desde la partida del grupo, y me encuentro dando una mano a Adela en la cocina mientras Esperanza duerme en su carrito, el que Adela y Santiago le regalaron cuando cumplió su primer mes. Es imposible que no me sienta en deuda con ellos y con todo el recinto. En especial, con León. Pero ahora mismo me ocupo en no pensar en ello, supongo que el tiempo me va a dar la posibilidad de devolver todo lo que han hecho por nosotros. — ¿Es todo lo que hace?—pregunta Adela, inclinándose a mirar a su sobrina. Me doy la vuelta, dejando de ordenar los cubiertos en el cajón de la mesada. — ¿Qué?—pregunto, sonriendo. —Dormir—se ríe ella—. Apenas la he visto despierta, creo que se duerme cada vez que cree que su tía va a verla… Niego, riendo apenas por lo bajo.


—Es lo que hacen los bebés, los primeros meses duermen muchísimo— explico, entretenida. Ella rodea el carro y viene a mi lado, sigue enjuagando vasos y copas. Es como si eso es lo único que hace todo el tiempo, hoy es bastante tranquilo, aunque hay ocasiones en las que con solo ver la montaña de utensilios para lavar me dan ganas de quitar la vista hacia otro lado. Sin embargo, ella lo hace sin problemas, y hasta en tiempo récord. Le gusta su trabajo, puedo verlo. Vivir con los Leones la hace inmensamente feliz. El amor de Santiago la mantiene brillando. Y me alegro muchísimo por ella, todavía recuerdo la primera vez que la vi, entrando por la puerta de la casona. Parecía una indigente, su aspecto era enfermizo y casi no había carne cubriendo sus huesos. Álvaro no sólo había estado rompiéndome a mí, sino también a su hermana pequeña. Es por eso que me arriesgué a socorrerla, independientemente de si me descubrían y me ganaba una paliza animal. Yo sentí como que necesitaba hacerlo. Valió la pena, porque el sentimiento de tenderle mi mano y hacerla libre me hizo bien por dentro. Santiago aparece, silencioso, busca una botella de agua de la heladera mostrador y vuelve a salir. De vez en cuando pienso que es una especie de fantasma, un rato aparece allá, al siguiente está del otro lado. Nunca podés leerlo del todo, y jamás dice alguna palabra sólo por decirla. Vive rodeado de un aura misteriosa, y es imposible atravesarla. Para todos, menos Adela. Me giro de nuevo para mirarla y la encuentro dando una ojeada lastimosa al lugar donde antes estuvo su novio. — ¿Pasa algo?—me preocupo. Se encoje de hombros. —Digamos que estamos, como… atravesando una crisis…—murmura, áspera. Me tenso y trato de leer su expresión. Si Santiago y ella tienen crisis, ¿qué esperanza hay en el resto de las parejas de los mortales? Ella parece entender lo que pienso, no necesito preguntar para que entre en detalles.


—Cree que voy a cambiar de opinión con respecto a no tener hijos— dice, y le echa un vistazo a Esperanza—. Está inseguro y cerrado, tiene miedo. Porque si de un día para el otro decido que deseo ser madre, tendrá que dejarme… Deja ir un suspiro apesadumbrado. —Me gustan los bebés, ¿está bien?—escupe, le permito descargarse—. Pero eso no quiere decir que quiera tener uno… Eso no me hace material para madre… Está enojada y frustrada, no hace falta nada más para que se muestre su vena violenta. —No sé cómo hacérselo entender, es un idiota—hace una mueca y revolea la mano, quitándole importancia al asunto—. Pedazo de mierda, se hace el superado y es un miedoso… —Te estoy escuchando—salto al escuchar la voz de él viniendo desde la puerta que une la cocina con la barra. Los ojos de Adela brillan peligrosos de un instante a otro, y lo siguiente que hago es tomar mi carrito y procurar irme lejos de la tormenta lo antes posible. —Siempre escuchas cuando te conviene—le dice ella, seca. Lo está ignorando mientras trabaja cuando me salgo de allí, dejándolos con su privacidad. Creo que tienen bastante para hablar, simplemente no creo que esta pelea dure tanto. Se compenetran bien, son, de lejos, la pareja más sólida que he visto. Y la más exótica, sin duda. Son un gran cuadro para ver, todo fuego intenso y compenetración. Están en la misma página, Santiago no debería sentirse inseguro. Entro en el bar y rodeo la barra, dirigiendo el carrito. Veo que ya hay un pequeño grupo de chalecos acomodados en una mesa, están charlando y riendo bastante alto, pero decido que puedo quedarme un poco más. La puerta se abre al mismo tiempo que tomo asiendo en una de las mesas,


cerca de la escalera, cuidando que Esperanza pueda seguir su sueño tranquilo. Una mujer entra y observa cada rincón del lugar con interés pintado en su atractivo rostro. La veo caminar con seguridad en dirección a la barra. Los Leones de la mesa se callan y se quedan viéndola fijamente, me doy cuenta de que jamás la han visto antes por acá. Lleva un par de vaqueros ajustados y no puedo evitar sentir una pisca de envidia por cómo hacen que sus largas y firmes piernas se vean. No hay dudas de que a ellos les gusta lo que ven. Su pelo largo, castaño claro, baja por su espalda en un mar de ondas danzantes, su rostro es igual de hermoso. Se ve que está en mitad de la treintena, o puede que incluso más, no se sabe ya que aun así se ve hermosa. Un manto de frustración aparece en su semblante porque nadie le presta atención. Gira su cabeza y se atasca viendo a Abel y Tony jugar en el hueco de la escalera, sus ojos verdes brillan, aunque no puedo distinguir cual es el sentimiento que se instala allí. Parece entrar en una especie de trance emocional hasta que algo le hace click un minuto después y su atención se desvía. Hacia mí. Trago, porque esos enormes pozos verde claro se vuelven demasiado interesados y comienza a acercarse, balanceando sus caderas con gracia. Y en ese momento la reconozco, porque jamás podría olvidar a la chica viajando en la espalda de León aquella tarde cercana al verano. Recuerdo su belleza y la forma en la que me miró con aires de suficiencia. Su dedo medio en dirección a la adolescente de quince años que miraba embobada a su hombre. Para cuando llega a mí estoy tan tensa que podría resquebrajarme y partirme en pedacitos. —Buenas—me sonríe, y es tan falsa que me dan ganas de esquivar su rostro—. Estoy buscando a León, ¿se encuentra? Pestañeo, siento como si fuerza incapaz de responder, pero abro la boca para hacerlo. Afortunadamente Adela llega para rescatarme. —No…—dice por mí—. Él está de viaje, vaya a saber cuándo vuelve.


No se ve muy feliz con la recién llegada. —Oh—los ojos de la mujer se vuelven un poco peligrosos, se ve que reconocen a una buena contrincante cuando la ven—. Bueno, supongo que tendré que volver en otro momento… Se encoje de hombros, aunque puedo ver la ira subiendo por su cuello. Adela asiente casi irrespetuosa, es como si estuviera encantada de echarla. —Podés dejarle un mensaje, le será dicho—suelto, sintiendo como que esto es un poco injusto para la mujer. Adela a veces puede ser hiriente. —No, cariño—me sonríe ella, su cuello serpentea hacia mí y su forma de mirarme me hace materializar en mi mente la imagen de una víbora antes de atacar—. El mensaje sólo puede ser intercambiado entre él y yo…—de nuevo tengo la oportunidad de ver esa sonrisa autosuficiente. No hace falta nada más para saber que el contexto de sus palabras es total y absolutamente sexual. Se da la vuelta y sale, la tensión todavía me mantiene presa minutos después, porque no puedo olvidar la forma en la que me miró por encima de su nariz. ¿Qué sabe ella de mí? —Puta—sisea Adela, ofendida en mi nombre. — ¿La conoces?—quiero saber. —No, jamás la vi en mi vida—responde, todavía viendo la puerta por donde ella se fue—. Y estoy bastante segura de que León no es la clase de tipo que se relaciona con perras como esa… Bueno, lamento tener que refutar esa última parte. León es la clase de hombre que se relaciona con mujeres así. Lo he visto con mis propios ojos. Hago una mueca de dolor. Esa es mi pequeña parte maléfica hablando en mi lugar. Niego dentro de mi cabeza. Porque, pensándolo bien, eso fue hace mucho tiempo, cuando León era muy joven, y ahora que he tenido la oportunidad de conocerlo un


poco más, puedo pensar que Adela tiene razón y tal vez por eso esa mujer no se ha visto nunca por estos lugares. “Las personas cambian, crecen”, me convenzo. Sobre todo porque no me resigno a aceptar que él es capaz de estar con ella en la actualidad.

León «Había estado conteniendo las lágrimas por demasiado tiempo, no podía llorar porque me sentía culpable, desmerecedor de obtener al fin mi fase de duelo. Dos meses ya habían pasado desde la muerte de papá y me sentía muerto en vida. Porque jamás me di cuenta de las señales. Todo en él indicaba que había vuelto a caer en su adicción, todo. Y no lo noté. Nada. Y si lo hubiese hecho, él todavía estaría vivo, acá conmigo. Ayudándome a levantar mi cabaña, mi próximo negocio. Fuera cual fuese este último. Todo era culpa mía. Supongo que no quería darme cuenta, es decir, era demasiado evidente. Había adelgazado de golpe, tenía ojeras cada maldito día, sus ojos estaban demasiado dilatados la mayoría del tiempo. Todas y cada una de las evidencias estuvieron agitando las manos frente a mí por meses. No quise verlo. No quise aceptar que papá estaba de nuevo metido en la mierda. Y esta vez mamá no estuvo allí para rescatarlo. Se suponía que debía ser yo quien lo ayudara ahora. Habíamos estado tocando en un pequeño lugar de la ciudad, un pub tranquilo e hicimos suficiente dinero. Estábamos dispuestos a tomar unos tragos después del momento, relajarnos, así volveríamos al pueblo un rato después. Entonces mi celular comenzó a vibrar en mi bolsillo, el nombre de Greg parpadeando en la pantalla. A las dos de la madrugada. Y mi corazón se aceleró esperando lo peor.


—Tenés que venir, León, algo no está bien con tu padre—esas fueron sus palabras. Aterradoras. Bastaron para que saliera disparado, mis compañeros me siguieron sin preguntar. Para el momento en que llegué a la casa de papá, la policía y la ambulancia estaban allí, recordé la forma en la que las luces cortaban la noche y rasgaban mi pecho tan dolorosamente con el miedo. De inmediato supe que esto era realmente malo. Mucho más de lo que mi imaginación había arrastrado durante el viaje. Salté fuera del coche y corrí hasta la puerta, paramédicos y policías se abarrotaban allí, pedí permiso. En realidad grité que me dejaran pasar, entrando en pánico, perdiendo el control de mí mismo. Ellos me dejaron, y al entrar vi a Greg de pie en el comienzo del pasillo. Desecho en lágrimas. Mi corazón se hundió en mi pecho, cayendo a mis pies. — ¿Qué?—siseé, faltándome el aire. Negó y se abalanzó sobre mí, abrazándome. La mitad de mí entendía todo, la otra simplemente se sintió anestesiada. Miré alrededor y pude ver las caras caídas de todos, la mayoría conocía a papá y lo quería. Me llené de valor y caminé a la habitación, allí una enfermera me miró con pena cruzando sus ojos amables. Y corrí mi atención de ella, colocándola en la cama. Donde papá estaba recostado, cubierto de vómito y los médicos esperaban a los peritos. Nadie podía moverlo, porque estaba muerto. Estaba muerto. Mi mente no quiso entenderlo, sólo fui capaz de quedarme allí de pie mirándolo, sin procesar la idea. Estuve a un lado viendo todo, hasta que se lo llevaron. Fue como ser un espectador desde detrás de una pantalla, lo estaba viviendo, no sintiendo. Mi mente no tomó lo que estaba pasando como si fuera la realidad, simplemente se congeló en nada. Al igual que mi cuerpo. Pero el


dolor intenso en mi pecho crecía, ese era el único indicio de que esto era realmente catastrófico para mí. Porque ahora estaba solo. Mis padres ya no estaban conmigo. Y sentí frío. Como cuando te destapas en la noche, habiendo perdido tu manta al final de los pies. Mamá y papá habían sido mi manta caliente, y ahora simplemente ya no estaban. Ni siquiera podía despertar y encontrarla al final de la cama para volver a cubrirme, ya no había calor. No quedaba nada. Y uno nunca espera perderlo todo tan temprano, primero a los dieciséis, luego a los veinte. Sólo se convence de que sus padres serán eternos. — ¿Qué fue?—me las arreglé para carraspear a través del nudo en mi garganta—. ¿Qué le pasó? La enfermera miró el suelo, seguramente deseando no tener al hijo del fallecido frente a ella, preguntando. La gente temía a los desmoronamientos, prefería no tener que consolar. Ella no debía preocuparse porque yo estaba lejos del llanto, no sabía muy bien qué era lo que me estaba pasando. No entendía por qué me sentía como si toda la fuerza y las emociones hubiesen abandonado mi cuerpo. Estaba vacío. —Todo indica que fue una sobredosis. Y eso me golpeó con fuerza. Me derribó quitándome el aire de una sacudida. Papá había vuelto a las drogas y yo había estado lo suficientemente ocupado con mi mierda como para darme cuenta. Escuché a Greg llorar más allá, y supe que él se sentía igual de horrorizado que yo. ¿Cómo fue posible que nadie se diera cuenta? Y ahora, dos meses luego, tampoco obtenía respuestas. Sólo navegaba en culpa, lamentos, en los “y si”. Y esa mierda no servía de nada, era inútil porque nada iba a devolverme a mi viejo. Me froté los ojos con mis dedos, un poco de humedad saliendo de ellos, pero no la suficiente. — ¿Por qué tuve que mudarme de su casa?—pregunté en voz baja—. ¿Por qué tuve que irme si ambos vivíamos bien?


Creía que si yo me hubiese quedado con él, quizás lo habría podido salvar. Advertir mucho mejor las evidencias. Sin embargo, yo era un pendejo y quería más privacidad. Para hacer cosas de pendejos, claro. Quería mi propio espacio y, ni bien pude permitírmelo, me mudé a un apartamento alquilado. Papá había estado decepcionado y no quería dejarme ir, pero no puso trabas. — ¿Otra vez con eso?—dijo Sandra desde la cocina. No respondí, ella había echo mucho para consolarme, pero nada fue suficiente. La culpa, el dolor, no se iban. Y pensaba que nunca en mi vida desaparecerían. —Fue el destino—siguió ella, se sentó frente a mí en la mesa—. Cuando nos toca, nos toca. Agradecí su intento de hacerme sentir bien, pero no funcionó. Sólo repetía lo mismo una y otra vez. Ya sabía que no quería que me culpara, ella siempre decía que la culpa era la peor mierda que existía y mejor dejarla afuera. Me pregunté cómo se dejaba afuera un sentimiento tan poderoso e invasor como ese. Sólo ella sabía, supuse. Estiró un brazo y tocó mi mano. —León—susurró, seria—. Tengo que decirte algo… Cansado, llevé mis ojos a los suyos, verdes y brillantes. A veces pensaba que era un ángel, y al minuto siguiente ella hacía algo que la definía más como un demonio. Pero seguramente eso hacía que me gustara tanto, era cambiante y alocada. Intensa. A veces podía ver un poco de malicia reflejada en su forma de ver, pero no me parecía alarmante, siempre pensé que todos teníamos algo de eso en nuestro sistema. Lo que pasaba con ella era que no le interesaba esconderlo. — ¿Qué? Tomó un respiro, se enderezó en su silla. —Estoy embarazada—soltó, se quedó inmóvil atenta a mi reacción.


El primer movimiento que hice fue fruncir el ceño mientras las palabras se colaban poco a poco en mi cabeza. Tardé unos cuántos minutos en entenderlas. Y cuando lo hice algo en mí hizo el click. Sonreí, y en ese instante todo fue más claro, los alrededores recuperaron color. Mi corazón reaccionó. La noticia me hizo feliz, me sacó un poco del pozo en el que me había acurrucado por meses. Sandra no dijo nada más, se quedó allí viendo cómo mi semblante cambiaba y se aflojó cuando le dediqué otra sonrisa, esta vez más ancha. La verdad es que en ese momento no me importaron las circunstancias que gritaban que traer un bebé ahora no era una buena opción para nosotros. Tan jóvenes, inexpertos, ni un poco acomodados en el mundo responsable de los adultos. Yo ni siquiera había empezado mi propio negocio, todavía considerando mis posibilidades, aunque ya estaba en marcha la construcción de mi cabaña, la que estaba levantando con la herencia de mamá. Me dije que estaríamos bien, tendríamos un hogar y eso era una de las cosas más importantes. El resto llegaría solo, teníamos tiempo de arreglarlo. — ¿No estás enojado?—preguntó ella, cautelosa—. ¿No estás asustado? —No—negué de inmediato—. Estoy bien. Me siento… feliz—sonreí y me froté los ojos. En ese momento deseé que papá estuviera acá, para correr a contarle la noticia. Y con ese pensamiento se abrió una puerta, comencé a llorar, primero un par de lágrimas. Luego un mar de ellas. Así comenzó el duelo de verdad. ¿Se podía llorar de dolor y felicidad a la vez? Creo que yo lo hice ese día.»


9 Francesca «Alguien me ha dicho que la soledad se esconde tras tus ojos Y que tu blusa adora sentimientos que respiras. Tenés que comprender que no puse tus miedos donde están guardados. Y que no podré quitártelos, si al hacerlo me desgarras.» Es sábado por la mañana y ya tengo listos a mis niños para comenzar el día, Abel está sentado en su manta sobre el suelo, una montaña de ladrillitos y juguetes a su alrededor, se mantiene entretenido mientras ordeno el lugar. Puse a Esperanza en su huevito portátil, junto a su hermano, ella está silenciosa como siempre, observando su alrededor con interés. Ha crecido muchísimo el último mes, está hermosa. Y Abel es un amoroso hermano mayor, la cuida y es muy unido. Me quedo allí estirando las sábanas de la cama, poniéndoles atención. Y de repente, en la radio empieza a sonar una de mis canciones favoritas. No puedo evitar sentir esa necesidad de balancearme en el ritmo suave, tararear la letra. Puede que haya tenido una noche un poco exaltada e interrumpida por pesadillas, con pocas horas de sueño, pero decidí hacerle caso al consejo de Isabel. Intentar crear mis propios buenos momentos. Me recomendó poner música por las mañanas, mientras atiendo a mis bebés y hago mis tareas diarias. La verdad es que me costó, porque no me sentía con ánimos de querer escuchar nada, sólo silencio. Pero me obligué a mí


misma a hacerlo porque tengo que dejar de ser tan apagada. Se supone que no quiero que mis hijos me vean deprimida. Así que, fue poner los pies en el suelo y dirigirme al pequeño equipo de música que hay en la mesa del rincón, en el estante bajo el televisor. No me arrepiento, de hecho, ha habido un cambio drástico en mi humor desde la hora anterior. Mi hija elige ese momento para aburrirse y berrear por atención. Voy a ella, tomándola en mis brazos y colocándola contra mi pecho. Entonces bailo al compás, al mismo tiempo que trato de reconfortarla. Funciona, se tranquiliza de inmediato y eso hace que siga moviéndome de un lado a otro, cierro los ojos. «No quiero soñar mil veces las mismas cosas, ni contemplarlas sabiamente. Quiero que me trates suavemente…» Con el paso de los años me olvidé de las cosas que gustaban, la música entre ellas, de adolescente era mi cable a tierra y tuve la suerte de ir a varios eventos. Nada alocado, yo no era así, de vez en cuando iba con mis padres a las óperas o al teatro a ver comedias musicales. Me gustaba compartir eso con ellos. Aunque no tanto como la música nacional. Un par de veces fui con mis amigas del colegio a conciertos aleatorios en la zona. No sé cómo, pero en algún momento entre la adolescencia y la adultez me apagué. Los veinte vinieron y se fueron, entré y salí de la universidad con un título que jamás ejerceré, no volví a ver a mis amigas de la escuela ya que todas se mudaron a la capital, y terminé llegando a los veinticinco casada con un monstruo. El resto ya se sabe. Me pregunto cómo fue que se me pasaron esos años, supongo que estaba más apegada a mis padres adoptivos de lo que creí en su momento. Si Álvaro no hubiese aparecido, seguro estaría igual de perdida y sola. No era buena en socializar, por eso no tuve muchos novios en mi vida. Ahora me doy cuenta de que desperdicié mis mejores años, debería haber disfrutado más. Ahora ya no me siento joven.


Otra canción comienza y apenas lo noto, sigo flotando, mi bebé en brazos con su puñito en la boca, sus grandes ojos castaños me observan de cerca. Le sonrío. Un ruido ronco se entromete entre la música suave, entrecierro los ojos y agudizo mis oídos, tratando de conectar. Lo he oído antes. Es como un montón de… Mis pies se clavan fijos en el suelo, los latidos de mi corazón se aceleran y mi vista se desenfoca. Una bruma extraña me invade, una sensación nueva. No sé cómo definirla, es como una especie de exaltación interna. Detengo el aliento y me giro, casi corriendo, pasando la puerta, después las escaleras. Abel me sigue, curioso, y cuando me quiero dar cuenta estoy entre un mar de tipos en el bar, colándome entre ellos. Ciega. Enfocada sólo en un único objetivo desesperado. No me reconozco a mí misma, por un lado me asusta, por otro no me importa nada. Nada más que él. El olor a cuero y tierra mojada se impregna en mi nariz, es agradable, fresco. Algunos hombres se están deshaciendo de sus abrigos, otros bromean y ríen con los pocos que se encuentran para recibirlos. Me aferro a mi hija y me entremezclo más, no puede ser que sean tantos. Alguien me choca y se disculpa, ni siquiera le dedico una segunda mirada. ¿Dónde está? La respuesta no se demora en llegar. Una mano se posa en mi hombro y me gira con cuidado, apenas tengo tiempo de levantar la mirada antes de que un par de fuertes brazos nos encierren. Me quedo allí, me dejo abrazar, y me doy permiso para ablandarme contra su pecho ancho, apoyo mi frente en él y cierro los ojos. No sé cuál es mi problema, pero en este mismo instante no me interesa la solución. Se siente demasiado perfecto, me transmite cálida paz y me aleja del mundo real. —Hola, cariño—su voz se cuela en mis oídos y hace picar mi nariz. Veinte días. Veinte. Para cualquiera no es nada, para mí fueron como una década. No me entiendo, no quiero aceptar esto. Pero sí, tiene que haber una explicación, un nombre para esto que me pasa. Sin embargo, no


estoy segura sobre si quiero etiquetar de una vez estos ensordecedores latidos en mi pecho. —Subí y no te encontré—dice, sin soltarnos, a Esperanza parece gustarle estar entre los dos—. Así que… ¿decidiste bajar al fin? Asiento, mi cabeza frota su chaleco. —Para buscarte—digo, y me sorprende que mi sinceridad se suelte así de mi boca. Creo que León tiene un don, uno que hace que las personas se sientan confiadas al hablar, porque saben que él respetará y entenderá sus palabras. O, al menos, él tiene ese poder conmigo. El aire abandona mis pulmones cuando él me estrecha más en sus brazos, como si no quisiera dejarme ir jamás. Es su reacción a mis palabras. Toma un profundo suspiro que hace que su torso se hinche y desinfle lentamente. —Te extrañé, incluso más de lo que pensé que haría—murmura, su voz se oye intensa y llena de emoción—. Fue el peor viaje de toda mi vida. ¿Es demasiado? Nos conocemos desde hace muy poco, apenas hemos tenido contacto, no sabemos mucho el uno del otro y aun así nos cuesta estar separados. Es una clase extraña de conexión, aterradora porque no le encuentro un margen lógico. Y por más que no quiera tener nada que ver con esto, es más fuerte que cualquier negativa que me imponga. Él me hace sentir bien y, en esta etapa de mi vida, quiero sentirme así, tanto si esto es duradero o no. Lo quiero, lo tomaré hasta que ya no quede nada. Ni siquiera me importa si vuelvo a sentirme vacía al final del sueño.


León y yo sólo nos quedamos abajo por un ratito, después él nos acompaña de nuevo arriba. Dice algo sobre tomar una ducha caliente por una vez en su vida, mientras sus pasos casi rozan mis talones. Nos sigue hasta el altillo y una vez allí voy directo a dejar a mi hija a su huevito, Abel no vuelve a su lugar sobre la manta, sino que se queda junto a León, tratando de llamarle la atención. Él le sonríe y se agacha para darle una buena charla amistosa, siento mi cuerpo caldearse mientras los veo interactuar. Me introduzco en la cocina antes de que mi cabeza se convierta en una fábrica de ilusiones y sueños que jamás se cumplirán. Intento ponerla a maquinar qué cocinará para el almuerzo. En eso estoy cuando León viene a por mí, apoya su cadera estrecha en la encimera y me mira sacar los alimentos de la heladera, sus brazos cruzados. La cabeza levemente inclinada a un costado, siento sus ojos en cada superficie de mi cuerpo. — ¿Te puedo ofrecer algo?—me atrevo a preguntar, intentando matar el rubor que pinta mis mejillas—. ¿Desayunaste? El viaje los debe haber dejado hambrientos… Da unos pasos más cerca y corre la cortina de cabello que separa mis ojos de los suyos, con cuidado me obliga a levantarlos y encontrarlo. —Estoy bien—engancha el pelo detrás de mi oreja—. Sólo tengo que correr a esa bendita ducha—sonríe. Pestañeo confundida porque siento que mi boca quiere hacer eso mismo y, por el contrario, el intento muere prematuramente. No sé qué más decir, así que comienzo a picar el ají y la cebolla, procurando no ponerme nerviosa por su cercanía y la forma en la que parezco entretenerlo con sólo hacer algo tan mundano como cocinar. De un momento a otro lo veo recular, despacio, ya saliendo de la cocina, seguramente yendo a buscar su ropa para bajar a las duchas del bar. Abandono lo que estoy haciendo para seguirlo, y antes de que salga por la puerta, suelto sin más.


— ¿Querés almorzar con nosotros?—con la pregunta se me escapa todo el aire y tengo que cuidarme de no jadear por el esfuerzo que significa dejar a un lado la timidez. León se gira justo en el vano, sus irises azules brillando más que nunca. Puedo distinguir que le ha sorprendido mi ofrecimiento. Avanza de nuevo hacia mí, frente a frente. Y tengo que mirarlo por debajo de mis pestañas, no lo suficiente envalentonada como para alzar mi mentón directamente. —Puedo cocinar para todos—esta última frase va perdiendo fuerza hacia el final. Mi maldita inseguridad. Sus labios se estiran en una comisura, alcanzo a verlo por debajo de su barba. Apenas estoy preparada en el instante en que rompe aún más la distancia entre los dos, escarba en mi mirada. No sé qué está buscando, en realidad. No me retiro, absorbo su proximidad. —No es necesario que hagas eso por mí, ¿sabes?—murmura, su boca casi soldada en mi pelo, justo en la altura de la sien. Inflo mis pulmones, fuerzo a mis ojos a permanecer abiertos ya que quieren cerrarse para sentir exclusivamente la intensidad con la que él me habla. Su forma de tratarme se siente como si me tocara todo el tiempo, se mete bajo mi piel. Cada vez. —Ya sé—susurro, casi sin potencia—. Pero quiero… El calor en mi cara ya quema completamente, y tengo la bochornosa certeza de que estoy ruborizada hasta el nacimiento del cabello. Simplemente no sé el por qué, sólo le estoy ofreciendo comer. Conmigo. Mi comida. Y no es que sienta la obligación, sino porque deseo esto. Me recito por dentro que estoy teniendo en cuenta otro consejo de Isabel. Transmitir lo que quiero, sin reservas. Sin miedo. Levanto la vista a él y lo encuentro sonriendo, como si le encantara demasiado la idea de almorzar juntos.


—Bueno—acepta—. Me encantaría. Muchísimo. Me muerdo el labio con fuerza al verlo dar la vuelta e irse a su oficina. Creo que está feliz por mi invitación, y eso hace crecer mi corazón hasta casi reventar y salirse de mi pecho. Quisiera conseguir una palabra que describa a la perfección lo que está latiendo en mi interior. Supongo que no existe una. Regreso a mi labor y me esfuerzo en preparar el mejor plato de albóndigas con salteado de arroz que alguna vez haya hecho, es lo que mejor me sale. O eso me ha dicho la cocinera de mis padres a lo largo de los años. Le agradaba tenerme alrededor en su lugar de trabajo, yo sentía un gran cariño por ella y aceptaba todas sus sugerencias. Lástima que mientras vivía con Álvaro perdí mi confianza y entrar en la cocina significaba una gran cantidad de presión por hacerlo bien. Ya no lo hacía porque me gustara, sino para complacer a alguien que nunca, jamás estuvo contento con nada de lo que yo hiciera. Esta vez me obligo a relajarme y hacerlo también por mí. Unos cuarenta minutos después León vuelve, ya duchado y cambiado con ropa limpia. El aroma de su perfume se reparte por toda la habitación, mientras viene a mí preguntando si necesito ayuda. Niego y le doy un vistazo rápido notando su pelo mojado suelto y revuelto, su barba algo más corta y retocada, pienso que nadie podría llevar esa apariencia mejor que él. Y con eso vuelvo mi atención a la salsa y la revuelvo. Él, sin decir nada más, rebusca en las alacenas por los platos, vasos y cubiertos, así se encarga de colocar la mesa, dejándola lista para sentarnos a comer. Lo escucho hablar con Abel, decirle que tiene que ordenar los juguetes y lavarse las manos. Ambos se encargan de ello, y me abraza una terrible curiosidad que me hace necesitar asomarme a mirar cómo guardan todo y entran en el baño para asearse, pero temo que mi corazón no lo aguante. No necesito obsesionarme más con León, aunque es absurdo, ya que acabo de invitarlo a dar otro paso dentro de nuestras vidas. Al estar los alimentos bien cocidos apago el fuego de las hornallas y revuelvo en busca de un recipiente en el que llevar todo a la mesa.


Encuentro una fuente de vidrio y decido que irá bien. Todo está silencioso al otro lado, Abel y León han dejado de hablar. Mezclo las albóndigas, el arroz y la salsa y lo llevo a la mesa. Casi se me resbala todo de las manos al ver la secuencia pasando frente a mis ojos, me esfuerzo por no perder el control. De todos modos, es imposible no enternecerme hasta lo más recóndito de mi ser. Abel está ya acomodado en la mesa, tiene un pedazo de pan en la mano y está ocupado mordisqueándolo, ajeno a todo lo demás. Esperanza ya no se encuentra en su huevito, ahora está en los brazos de León, que la sostiene cerca de su cara, de pie junto al ventanal, compenetrado en el exterior. La imagen es por demás abrumadora, me descoloca totalmente verlo sosteniendo a mi bebé como si eso es lo ha estado haciendo desde hace mucho tiempo. Ella ni siquiera está alarmada. En realidad es una bebita de lo más buena, pacífica, no llora con facilidad, sólo cuando está muy cansada o tiene hambre. Está acostumbrada a pasar de brazos en brazos. Coloco la fuente en la mesa, sin quitar mis ojos de la espalda de León, hasta que se da la vuelta y viene a nosotros. Sin decir nada lo encuentro a medio camino y me pasa a Esperanza, la cual vuelve a su sillita. Se chupa los dedos de la mano y, al mismo tiempo, nosotros tomamos nuestros lugares. Le sirvo primero a mi hijo, colocando sólo un poquito en su plato. En silencio no me pierdo ninguno de los movimientos de León al estirarse y cortar la carne en pequeños trozos para él, al mismo tiempo que lleno su plato, un nudo sólido creciendo en mi garganta. Comemos mayormente en silencio, a la hora de invitarlo no sabía que eso significada pasar suficiente tiempo juntos como para tener que sacar temas de conversación y yo soy malísima con ello. —Carajo—suelta él, su boca llena, y veo que prácticamente ha ingerido más de media porción en pocos bocados—. Esto está buenísimo… No respondo, sólo le doy la mejor sonrisa que tengo. Una bastante leve, por cierto. —En serio—sigue—. Hacía tiempo que no probaba algo tan bueno…


—Es sólo el hambre del viaje—me ruborizo, intento desviar el tema, ya que me ponen nerviosa los halagos. Niega y espera a tragar antes de seguir hablando. — ¡Claro que no!—salta y se limpia con la servilleta—. No te quites mérito, Francesca. Créeme. Acepta que cocinas como los dioses. Trago, y no sé en qué dirección proyectar mis ojos, otra vez sintiendo el calor subir por mi cuello. Por suerte Abel se coloca sobre sus rodillas en la silla y tironea de la manga de mi camisa. —Más— pide. Le sonrío y, antes de reponer su plato, le limpio la cara y las manos que están pegoteadas con salsa por todos lados. Escucho a León reírse, y sus carcajadas roncas son como música para mis oídos. Y creo que jamás pensé de ese modo sobre la risa de un hombre. — ¿Ves?—dice—. Abel piensa igual. ¿O no, chico? ¿Está rica la comida? Mi hijo asiente riendo, y se atiborra de nuevo, sus manos y cara volviendo a ensuciarse. Nos invade otro tramo de silencio, entonces me destapo y le pregunto qué tal estuvo el viaje, él responde que fue excelente, que se atrasaron unos días, pero que no significó un problema. Al menos no para el negocio, en cambio para él sí. Porque me extrañó, en especial por las noches, al no tener nuestro momento de música habitual. Me atrevo a confesarle que también extrañé eso. Él está lleno de sinceridad cuando dice cosas así, y opino que debo ser igual que él. León es una de las pocas personas con las que considero la de verdad expresarme lo mejor que pueda y ser plenamente transparente. Es comprensivo, respetuoso y de muchas maneras cariñoso. Es imposible no abrirse a él, aunque sea un poco. Y, viniendo de mí, esto es un gran progreso.


Luego del almuerzo León me ayuda a levantar todo de la mesa y a lavar, para así poder ir en busca de una siesta. Se nota su cansancio, las ojeras que éste le provoca, lo apagado que se encuentra. Entiendo que tantas horas viajando sobre una moto puede ser cansador. Y tiene bien merecidas unas cuantas horas de sueño. Yo sigo su ejemplo, recuesto a los niños, les obligo a dormir un rato, sobre todo a Abel, así a la noche no colapsa tan temprano. Podría hacer lo mismo, pero solo me quedo vestida, acostada en la cama, reviviendo una y otra vez nuestro momento en el almuerzo. Se sintió mágico, más allá de mis miedos y silencios, fue bueno estar incluso más cerca de él. Y verlo interactuar con mis hijos, tratarlos como si fueran suyos. Mentiría si dijera que ninguna imagen esperanzadora pobló mi mente en algún que otro instante en el que, sin querer, soñé despierta. Durante la tarde visito a Lucre con Adela, como hemos hecho durante semanas, y al volver al bar me encuentro con una sorpresiva visita. Juan Cruz. Verlo bajar de su coche en un lugar como este se me hace raro, no hay nadie que encaje menos aquí que él, todo trajeado y pulcro. Su pelo rubio peinado hacia atrás y sus ojos azules mirando los alrededores con desconfianza. Cuando me ve se entrecierran y me estudia de arriba abajo, se ve preocupado. Algo completamente fuera de lugar en él. Nunca fuimos muy cercanos, de hecho no fui capaz conectar lo suficiente con mis hermanos adoptivos a lo largo de los años. Seguro viene a verme por todo el asunto del asesinato de Olga. La verdad es que he enterrado eso muy en lo profundo de mi mente, sin querer darle demasiadas vueltas. Apenas he pensado en ello, y prefiero que todo siga por el mismo curso. Lo invito a pasar al único lugar donde vamos a poder hablar tranquilos, el altillo. No parece correcto, ya que no se siente como mi hogar y es como si no tuviera el poder de traerlo para que suba conmigo. Sin embargo, me


convenzo de que León no tendrá problema con eso. Tomamos asiento en la pequeña mesa del rincón, me pone un poco nerviosa que él observe todo con detenimiento. Es como si estuviera evaluándolo. Es un lugar bastante espacioso, limpio y luminoso, por eso creo que termina aprobándolo. En realidad, no sé qué hace acá y por qué le interesa esto. —Me alegro de que estés bien, Francesca—dice. Asiento, sin tener la necesidad de responder nada. Sólo espero que vaya al grano. —Supongo que te enteraste de lo que le pasó a Olga—comienza—. Es bastante horroroso, tuve que ir a reconocer el cuerpo. Espero que se sepa quién fue el asesino… Le dedico otra cabezadita. —Supe lo de tu denuncia, estoy muy apenado de que hayas tenido que pasar por eso… Cuando llamaste para pedir dinero creí que era para tus necesidades, ya sabes… nunca me imaginé de que te estaban chantajeando. Quito mi mirada de su cara, la reparto por todo el lugar, no sé a qué ha venido, me pone nerviosa. Él nunca pareció interesarse por mí en absoluto. Y de repente lo tengo en frente luciendo todo preocupado, tratando de llegar a mí. — ¿En qué puedo ayudarte?—me rindo y le pregunto. Él se inquieta en su silla, se aclara la garganta. —Bueno… vengo a buscarte—se inclina hacia mí—. Puedo ayudarte, creo que lo mejor sería que vengas conmigo… Frunzo mi entrecejo, sin entenderlo en absoluto. ¿Viene a buscarme? ¿Por qué? Es raro que a estas alturas esté haciendo esto. Ahora no necesito su ayuda, puede que la haya necesitado cuando Álvaro murió y los medios me persiguieron por semanas enteras. Allí, su poder podría haberme servido de algo. No es lindo que tu esposo abusivo se “suicide”, dejando una carta donde pide perdón por todas las cosas horribles que me hizo y que todo el


maldito mundo tuviera la posibilidad de leer. Eso me dejó justo en el ojo de la tormenta. Ahora estoy en paz, no necesito nada de él. — ¿Por qué? —Porque, ¿te das una idea de dónde estás viviendo? ¿Con quién?—se inclina, susurrando. Calor sube por mi cuello, y esta vez el rubor no es a base de timidez o vergüenza, sino por una creciente irritación. Y yo jamás me enojo por nada. Pero que él venga y juzgue a estas personas me deja un muy mal sabor de boca. Sí, es cierto que yo también estuve en esa posición, como aquella vez que ayudé y le advertí a Adela que tuviera cuidado de dónde iba a meterse. Pero ahora toda mi perspectiva cambió, soy una persona diferente. Y la ayuda que he recibido de esta gente no será igualada jamás. Estoy más que agradecida. Les debo demasiado, no me alcanzará la vida para devolverlo. — ¿Cuál es el problema?—insisto, mi voz saliendo un poco entrecortada. —Francesca—él me habla como si yo fuera una adolescente de quince años—. Estos son criminales… Mi respiración se acelera y tengo que esforzarme mucho para quedarme quieta en mi lugar. Lo observo con una expresión que no dice absolutamente nada, mi mirada fija parece ponerlo nervioso. — ¿En serio?—murmuro, seca—. ¿Y dónde dice eso? ¿Dónde están las pruebas? Pestañea y se echa hacia atrás, me mira mostrándose un poco confundido. —Bueno, se rumorea… —Sí—lo corto, como jamás he hecho en mi vida—. Se rumorea—trago mi frustración, si yo fuera otro tipo de persona habría puesto los ojos en blanco con burla—. Sabes, en realidad un rumor no es prueba de nada…


—Francesca, estoy tratando de ayudarte—dice. —Te mandó Alicia, ¿no?—le pregunto. Sé que esto no se le habría ocurrido si no fuera por su esposa, ella ha estado sintiendo lástima por mí desde que todo comenzó. Nunca salió de Juan Cruz la actitud de venir a ayudarme antes, por eso ahora, al saber dónde estoy viviendo, Alicia le ha convencido para que venga a rescatarme. Seguro de ha horrorizado al imaginarme en manos de un ejército de “criminales”. Creen que no tengo ningún otro lugar al cual ir. Y, sí, es cierto, pero me iré de acá cuando esté preparada. Y por mí misma, no con su ayuda ni la de nadie. —Agradezco tu preocupación, Juan—suspiro, dejando todo esto pasar, deseando que se marche—. Acá me tratan bien… Sus cejas se alzan casi hasta el nacimiento de su cabello. — ¿De verdad?—su pregunta es sincera, sin malicia—. He estado averiguando… Navarro, el líder, ha estado preso por violencia… Aprieto los dientes y cierro mis puños bajo la mesa. ¿A dónde quiere llegar? —Él le pegaba a su novia, fue detenido por eso, hace algunos años— sigue, y parece aflojarse cuando ve que mi tez empalidece. Trago saliva con fuerza, mi espalda tensa, mi corazón quejándose ante eso. No puede ser, él tiene que estar mintiendo para convencerme. León no es capaz de algo así. ¡Jamás! —No es verdad—siseo, mi aliento fallando. —Lo es, he averiguado sus antecedentes—insiste—. Vení conmigo, Francesca, sabes que es lo mejor para tus hijos. Podés quedarte con nosotros un tiempo hasta que consigas tu propio lugar, prometo ayudarte con eso… Niego, tragando mis lágrimas.


—No quiero, acá me tratan bien. Me gusta—le aseguro—. Voy a quedarme con Adela, estaré bien. Espero que se vaya antes de que comience a hiperventilar, las cosas que dijo me duelen tan en lo profundo, que me cuesta respirar. No quiero sentir nada al respecto, sobre todo porque sé que eso tiene que ser una mentira. Me niego a creerlo. —Decime la verdad, Juan Cruz—sigo—. ¿Por qué estás haciendo esto? Se hunde entre sus hombros, un deje de culpabilidad arrasando con su mirada cristalina. Puedo ver que sus intenciones son genuinas, que de verdad quiere ayudarme. Pero sólo me irrita con sus prejuicios. Es tan snob como todos aquellos con los que se codea. Se ha olvidado de donde proviene, del mismo agujero negro que yo. —Yo… le prometí a papá que te cuidaría... Sí, bueno. Un poco tarde para eso, me digo en el interior. Suspiro y le pido amablemente que se vaya, le prometo que me mantendré en contacto por si acaso y lo despido. Obviamente es mentira, nunca hubo cercanía entre nosotros y ya no me interesa tener nada que ver con él y su caritativa esposa. O sus promesas a papá. Que haga su camino de regreso a su vida, mientras yo trato de lidiar lo mejor que puedo con la mía.

León No lograría jamás explicar con palabras la clase de infierno que pasé durante esos últimos veinte días. Tan increíble como inexplicable. No paraba de pensar en cómo estaría Francesca, si estaba siendo cuidada y reconfortada, si se encontraba sola la mayor parte del tiempo, si estaba yendo a terapia. Quería estar al tanto de todo. Y cada maldita noche me acostaba con un enorme agujero en el pecho, porque claro, todo mi ser sentía que faltaba algo. Mis momentos nocturnos con ella habían llegado a


convertirse en una de las experiencias más significativas de mis días, me había acostumbrado tan rápido a ella, que perdérmelas provocaba que me costara dormir. Ya era tarde para emprender el camino de la negación, yo ya no tengo dudas. La quiero. Al principio sentía una fuerte atracción por ella, más que nada porque deseaba ayudarla. Verla mejor. Porque, con sólo conocerla de vista, uno se da cuenta de lo lastimada que está su alma pura, y sentí la necesidad de repararla. Yo quise darle seguridad, y en el proceso gané otros sentimientos. Ahora mi corazón late con fuerza por varios motivos cuando la veo. Ya no es sólo el querer tenderle una mano lo que me hace querer su compañía, es ella. Por completo. La quiero. La quiero para mí incluso con más potencia, y por eso estoy dispuesto a luchar con todos sus miedos. Todos-y-cada-uno-de-ellos. No creo que a estas alturas pueda dejarla ir si me lo pide. He tenido novias, he sentido cariño por ellas, las he cuidado y me he forzado a convertirme en el mejor caballero que puede ser alguien como yo. Pero creo que jamás me sentí enamorado hasta la médula, hasta que el sentimiento se vuelve insostenible en el interior. Lo que siento por Francesca va más allá de la clase de amor pasajero, es más que un cariño suave. Ella me provoca serias ansias de posesión. Cuidado, sutileza, paciencia. Con solo una pequeña mirada de ese par de grandes ojos oscuros estoy de rodillas, y no me importa aclarar ante el mundo que viviría en esa posición si es por ella. Sólo por ella. Es abrumadora la rapidez con la que ha logrado enlazarme. Durante el almuerzo hice todo lo que pude por mantenerme tranquilo, nivelar la emoción que me provocó su decisión de compartir algo así conmigo. Cavó hondo en mí el hecho de que se esforzara en pedirme algo que quería realmente y, nada más y nada menos, que un almuerzo juntos. Más cercanía, y yo me moría por tener eso desde hace ya bastante tiempo. Y hasta me ha dejado abrazarla al llegar, ir más allá en el contacto. Así que, la


verdad, si ese infierno de veinte días significa que ella se abrirá más conmigo, entonces habrá valido la pena el sufrimiento al final. Y sería capaz de volverlo a vivir. Después de conseguir una larga y reparadora siesta, decido salir de mi oficina para ir un rato al bar, creo que me merezco un poco de relajación y un trago con mis muchachos. Al abrir la puerta y salir en dirección a las escaleras me topo con una desconcertante sorpresa. Una que, sinceramente, no me agrada en lo más mínimo. Juan Cruz Abbal. El hermano adoptivo de Francesca. Lo primero que hago al verlo, todo forrado en su traje caro y quilos de gel pegados en su cabello rubio, es preguntarme qué mierda está haciendo él en mi recinto. Quiero ir y encararlo, pero me digo que tiene el derecho de visitar a su hermana. El problema en todo esto es que, desde que Francesca está bajo mi techo, él ni ha dado señales de vida. Y eso me da incluso más mala espina. Me acerco sigilosamente a él, me reconforta la forma en la que su rostro pierde color ante mi grandeza. Es un petiso estirado y marica, y voy a averiguar qué lo trajo al fin a ver a su hermana. —Abbal—carraspeo en su dirección. Da una pequeña cabezadita tensa. — ¿Qué te trae por mi casa?—pregunto, yendo al grano. Lo escucho tragar con fuerza. No sé cuál es la necesidad de ponerse así de nervioso, no me lo voy a comer. Por ahora. —Bueno… sólo vine a ver a Francesca—dice, se endereza el cuello de la chaqueta. — ¿En serio?—ironizo. Él parece tomar confianza, se alza en toda su miserable estatura. —Sí, de hecho, vine a buscarla para levármela—alza su mandíbula, y debajo de mi piel la sangre empieza a bullir—. Creo que estará mejor en la ciudad conmigo y mi esposa. Somos familia.


Me alejo un paso de él, ya que, si me quedo donde estoy, soy muy capaz de enviarlo escaleras abajo, a causa de una buena patada en el culo. Imbécil de mierda. Me apoyo en la pared y apenas estoy pensando con claridad cuando enciendo un cigarro. —Así que… son familia—comento, secamente. Asiente, alisándose la chaqueta cara. ¿Cuál es su maldito problema? Puede dejar de hacer eso. —Sí, y creo que ella no puede vivir acá, con tantos…—se frena, sus labios se sellan y permanece inmóvil frente a mí. Con eso me despego de la pared, acabo muy cerca de él irguiéndome en toda mi grandeza, logrando ponerlo más nervioso. A este, yo lo voy a curar. — ¿Qué?—pregunto, quiero ver si se atreve—. ¿Tantos qué? Se aclara la garganta, frunciendo el entrecejo tanto que lo hace verse aún más ridículo y patético. —Vamos, Navarro, ¿me vas a hacer decirlo?—intenta descomprimir con un risita sabihonda que me vuela la tapa de los sesos—. Todo el mundo sabe quiénes son ustedes… — ¿Quiénes somos?—alzo mis cejas. “Decilo”, me digo por dentro. “Decilo y dame un buen motivo para partirte esa cara de bebé rico y llorón”. Encaja su mandíbula, y, cuando creo que no es capaz, lo suelta. —Ustedes son criminales—escupe, con aires de suficiencia—. Todo el mundo sabe eso… Suelto una risita muy lejos de pertenecer a un humor risueño. Quiero, tan intensamente, abrirlo en canal y ahorcarlo con sus propias tripas. Sin embargo, él sólo es capaz de provocarme un vómito verbal, y la verdad, es que importa muy poco si logro ser hiriente o mezquino. El hijo de puta se lo merece.


—Caso número uno—comienzo, lo arrincono contra la pared—. Mira quién habla, el gusano que cree que algún día va a convertirse en mariposa, ¿qué te crees? ¿Eh? ¿Acaso te has olvidado de donde saliste, mercenario? Tuviste suerte de que una buena familia como los Abbal te haya encontrado, si eso no hubiese pasado ¿quién serías ahora mismo? Nada, sólo un poco más de escoria en este mundo. Ah, espera, lo sos igualmente, con dinero o sin él, así que no cuenta. No importa la plata que tengas, seguís siendo una mierda barata que mira a todos por encima de su nariz porque cree que puede comprar el mundo sólo por usar un traje caro… »Déjame decirte, enano de porquería, que el mundo no se puede comprar y ojo a quién ofendes, porque la vida da mil vueltas, no vaya a ser que algún día necesites de la ayuda de estos “criminales” a los que hoy miras con asco y repugnancia. Pobre miserable de mierda… No dice nada, aún no ha dejado de arrugar su nariz, el puto engreído. Seguro lo hace a propósito, creyendo que es una buena forma de llevarme la contraria. —Caso número dos: deja en paz a Francesca, ella no necesita rodearse de gente egoísta y materialista como vos y los tuyos—escupo en su cara, el humo de mi cigarro crea una nube entre él y yo, me gusta la mueca de asco que le provoca—. Y no creas que no te he leído, imbécil. “Somos familia… somos familia”—canturreo, burlándome—. ¿Dónde carajo estuvo su familia meses atrás? ¿Eh? ¿Dónde estabas cuando Echavarría murió y el mundo se desmoronó sobre ella? ¿Dónde estaban ustedes familia amorosa, cuando su tía se aprovechó de ella? ¿Dónde estaban cuando dio a luz a su hija? A ver, decime. Quiero una respuesta convincente. No hay nada que objetar por su parte, es obvio que no tiene ni la más puta idea de lo que puede agregar para rivalizar con mi discurso. —No sabe, no contesta—digo, secamente—. Yo sí sé, todos ustedes, lacras, estaban muy ocupados unos con otros, metiéndose un palo bien en el fondo del culo. Mientras que nosotros, como los “criminales” que somos, acogimos a una mujer embarazada y sola, le dimos un techo y la cuidamos.


Porque nosotros, los criminales, parecemos saber mucho más del significado de la palabra familia que cualquier mierda rica como vos. Así que, no me vengas con cuentos chinos, petiso engreído. Acá lo único que veo es un intento deplorable de caridad política…—sus ojos se abren más profundamente, porque se acaba de dar cuenta de que le saqué la ficha. Me rio por lo bajo, amargamente. —Sí, todos sabemos que estás pensando entrar en política ¿qué mejor que empezar por ayudar a la hermanita abandonada y sola con sus dos pequeños hijos? Una buena historia que contar, ¿no? Puedo tolerar muchas cosas en mi vida, pero la falsedad y la bosta apestosa de la hipocresía, no. ¿Me escuchas? Sigue sin hablar, y hay un leve latido en la vena de su frente. Eso me reconforta, porque como no puedo aplastarlo con mi bota, al menos logro acabarlo siendo sincero respecto a mis sentimientos hacia él. —Caso tres, y es una sugerencia—tomo en un puño el frente de su chaqueta planchada y lo zamarreo al mismo tiempo que gruño—. Vas a salir rajando de acá, dentro de los siguientes cinco segundos, y si te vuelvo a ver rondando por mi propiedad voy a dar órdenes a mis criminales para que hagan con vos todo lo que quieran. Lo que quieran. Y… bueno—me encojo entre mis hombros—, somos unos sádicos hijos de puta y nos gusta divertirnos a lo grande con culitos como el tuyo… Se pone tan pálido que me dan ganas de reírme por lo que resta del año, el pobre pedazo de desgraciado. Ha acabado tan empapado en sudor que ya puede nadar en él. Lo suelto, empujándolo en dirección a las escaleras. Las baja tropezándose y casi cayendo en el piso del bar. Entonces, cuando me quiero acordar, está fuera y corriendo hacia su lujoso coche. Miserable tipo idiota, estoy seguro de que no tendrá las agallas de volver a pisar mi territorio.


La noche se encuentra bastante movida, no creo que los chicos se vayan a la cama hasta dentro de un par de horas, después del viaje quieren pasar el tiempo, como siempre. Eso no me deja espacio para bajar al bar más tarde y tocar para Francesca. Así que se me ocurre que podemos ir a algún otro lugar, bueno, no hay demasiadas opciones aparte de la oficina. En el altillo están durmiendo los niños. Me quedo hasta las dos de la madrugada tomando un par de copas con todos, festejando que la última entrega fue sin contratiempos. Generalmente lo hacemos porque en este negocio nunca nada es seguro, y cada vez que salimos a la carretera es una odisea, cualquier cosa puede pasar. Desde algún que otro accidente, emboscada o cualquier mal entendido con los destinatarios. Estamos expuestos a problemas como esos y, por más que a mí me guste ser prolijo, de vez en cuando algo falla y en este lado del mundo se pagan caras consecuencias. Por eso tenemos este tipo de ritual después de cada viaje. Luego de dar las buenas noches, asciendo las escaleras perezosamente y entro en mi cuarto, ordeno un poco, ya que después de mi siesta de la tarde dejé todo hecho un lío. Estiro las mantas del colchón en el suelo y guardo los papeles en los que estuve trabajando en uno de los cajones del escritorio, después nivelo la luz, dejando sólo encendido un velador. Espero que Francesca no tenga reparos en pasar tiempo conmigo en un lugar tan pequeño, haré lo que sea para no incomodarla. Siempre. Eso si accede a venir, ya que esta tarde después de echar a Juan Cruz fui a verla, la encontré más cerrada de lo normal últimamente. No quise presionarla mucho, pero supe que la visita de su hermano no fue muy productiva que digamos.


Una vez que dejo la guitarra apoyada sobre las mantas salgo a buscarla. Golpeo apenas la puerta porque no quiero despertarlos. ¿Estará ella también dormida? Por lo visto no, porque enseguida la puerta se entorna y puedo verla del otro lado, en la oscuridad. Me da una mirada de ojos grandes y brillantes. Le dedico una sonrisa. No me hace falta decir nada, ella sale afuera, como si supiera mis intenciones. Espera, mientras me quedo clavado en el pasillo impregnando en mis pupilas su imagen. El pelo largo y oscuro, su silueta delgada y pequeña, las mejillas apenas rosadas. Unos segundos después reacciono y me giro para volver a la oficina, ella me sigue sin mediar palabra. Me reconforta, a más no poder, ver que no necesitamos de muchas palabras para entendernos mutuamente. Una vez dentro ella arrima la puerta, no la cierra del todo porque necesita estar más atenta, por si alguno de sus hijos despierta y llora. Me dejo caer en el colchón con un largo suspiro, y después me hago con mi guitarra. Francesca se dirige al sillón desocupado frente a mí y toma asiento. Esta vez va vestida con ropa que le queda demasiado suelta, no hay pijamas o camisones. No sé si me siento desilusionado o agradecido por eso. Mi lado indecoroso ha bajado la cabeza, ya que ama ver sus piernas. El otro, el decente, el que todavía me obliga a ser un caballero, se siente aliviado. No quiero sentirme culpable por desearla, por querer ver sus piernas desnudas. O su cuerpo, dicho sea de paso. Soy un hombre y la quiero, la deseo como mujer. Sin embargo sé que entrar en ello ahora no es una buena idea, todavía queda un largo camino por delante antes de que se me permita rosarla un poco más. Amarla tanto como quiero. Mantengo la esperanza de que tarde o temprano suceda. Abrazo mi guitarra, pero no hago más, sólo permanezco en mi posición observándola. Está distinta, puede que se encuentre ruborizada y curiosa por lo que la rodea en la habitación, pero hay una puerta que se ha cerrado para mí. Así que, no sé si comenzar a tocar e ignorar el hecho, o ir directo al grano. Me inclino por lo segundo, ya que es bueno que seamos sinceros y hablemos de las cosas, quiero que se abra y confíe tanto como pueda en mí.


— ¿Pasa algo? Desde que tu hermano vino hoy has estado un poco rara—suelto, sin reservas. Espero de su parte lo mismo, pero entenderé si no es capaz de hablar tan claramente conmigo. Sus ojos se posan en mí y su semblante está en blanco por un largo intervalo de tiempo en el que mi corazón reacciona con nerviosismo. Niega. —Sólo…—empieza, se traba, soy paciente hasta que prosigue—. Él quería que me fuera con él. Asiento, escondo la mueca de desagrado que quiere amoldarse a mi cara. No quiero ser brusco, pero el tipo saca lo peor de mí desde nuestro agarrón esta tarde. Ha entrado en mi lista negra, sin dudas. —Dijo…—desvía la mirada, inquieta. Si el maldito pudo decirme todo aquello a la cara no puedo imaginar lo que fue capaz de contarle a Francesca. —Dijo que somos unos criminales, ¿no?—pruebo, mi voz suave. No responde, pero sé que he dado en el clavo. —No somos trigo limpio, Francesca, no voy a mentirte—suspiro, apoyo mi espalda en la pared y me rasco la nuca—. Hacemos cosas que, sin duda, nos podrían llevar a prisión, pero no somos malos… nos cuidamos entre nosotros, somos una gran familia. Y si querés, vos también podés formar parte de ella… Veo cómo todo su cuerpo se atiesa al tiempo que baja la mirada a su regazo, detiene el aliento. Alcanzo a notar desde mi lugar que está aturdida, aunque no sé si es por mi confesión o por mi referencia a dejarla entrar en mi clan y pertenecer a él. Dejamos que el silencio nos invada por unos minutos, hasta que ella eleva su rostro de nuevo, recuperada.


—No los juzgo, nunca más podría hacer eso—dice, respirando con fuerza—. Han hecho demasiado por mí y mis bebés, ustedes son buenas personas. Lo sé. No me importa lo que hacen para ganarse la vida… Bueno, esperaba una respuesta, pero sin duda, no una como esa. Y me hace feliz que ella piense de esa forma. Confía en nosotros, se siente agradecida. No puedo evitar que una sonrisa florezca en mis labios, ella vuelve a esquivarme. Y, por algún motivo, una especie de vibra extra, siento que todavía hay algo dando vueltas entre nosotros. Aun percibo aquella puerta cerrada, no estoy logrando entrar. — ¿Qué más?—pregunto, interesado—. Te dijo algo sobre mí, ¿verdad? Calor empieza a subir por mi cuello cuando ella titubea, seguramente preguntándose si puede decírmelo o no. Ese hijo de puta me las va a pagar, sea lo que sea que haya tenido la osadía de contar. Me va a conocer. No digo que sea alguna mentira, simplemente estoy seguro de que ha escarbado bien en nosotros. Incluso algo más en mí. —Sea lo que sea—advierto—, no voy a reaccionar de mal modo. No tengas miedo de mí… Espero, paciente. Por dentro todo está bullendo, esperando lo peor. Cuando veo que va a hablar me preparo para calmar cualquier reacción explosiva que pueda llegar a venir después. —Dijo que fuiste detenido por golpear a una… mujer—se frena, clavada en mi expresión. Estoy seguro de cómo me veo justo ahora, una masa de color rojo profundo, una tracción que tira de mí en todas direcciones, menos la correcta. Por dentro me imagino a mí mismo asesinando a ese miserable hijo de puta. Por supuesto tenía que escavar en ello para sacarlo a la luz. Nada más y nada menos que para colocar a una víctima de violencia de género en mi contra. Calmo mi respiración, que ya se está pareciendo a un rugido escandaloso. Me doy cuenta de que mis manos están pegadas en la superficie de mi guitarra con tanta fuerza que mis dedos han perdido color.


Tomo una lenta aspiración, exhalo con la misma delicadeza antes de hablar. —Fui detenido por golpear a mi chica—comienzo—. Eso no significa que sea verdad. Ella—me detengo, no quiero entrar en detalles, no deseo enterrarme en esa mierda porque no es bueno para mí—. Ella me enfureció, y reconozco que le di un empujón, sí… pero no golpeo mujeres, ¿está bien? Jamás sería capaz de eso. Estaba enojado y desesperado, me llevó al límite. No es una excusa, ya lo sé… pero es todo lo que tengo para decir al respecto. Tómalo o déjalo. Me tomo un momento antes de volver a mirarla, avergonzado. No por lo que acabo de contar, sino porque una pequeña parte de mí no se lamenta haber hecho lo que hizo en aquel entonces. Era joven, estúpido, estaba haciéndolo como mejor podía. Y ella estaba siempre allí, tirando de la soga, llevándome al límite una y otra vez. Sandra fue egoísta y cruel, pero la culpa fue mía por creer que había esperanza para nosotros como familia. Ahora, doce años después, me doy cuenta de que nunca hubo una mínima posibilidad de que lo hiciéramos bien. Ese fue el comienzo de todo el desastre que vino después. —Está bien—susurra Francesca, notando cuan afectado me ha dejado esta conversación—. Te creo. En realidad, no te veo capaz de hacerlo. Yo… sólo necesitaba sacarme esa duda. Gracias por decírmelo. Asiento, suelto mi cabello y me froto la cabeza, intentando tranquilizarme. La noche no está yendo como yo quería, necesito mi tiempo con ella porque es sincero y pacífico. Esta mierda ha sacado afuera lo peor de mí. — ¿Querés…—ella traga, buscando las palabras—. ¿Querés hablar de eso? Se siente culpable, puedo verlo. Me froto los ojos con cansancio y niego casi imperceptiblemente. —Tal vez más adelante—respondo, sabiendo que ella va a entenderme.


Está de acuerdo moviendo su cabeza, por primera vez me envía una débil sonrisa, se la devuelvo, sintiendo nivelarse todas mis emociones en el interior. Poco a poco estoy de vuelta, yo, el verdadero León. No aquella réplica violenta, frustrada y dolida. —Vayamos al grano—murmuro, posicionando mi guitarra. Toco un par de canciones, logrando un cambio en la atmósfera, ella me escucha atentamente, recorriéndome con su mirada de chocolate. Sé que disfruta de mi música tanto como yo tocándola para ella. Su presencia suaviza todos mis bordes, me lleva a la superficie en un pestañeo. Después de mi casi explosión siento que puedo respirar de nuevo y seguro eso se debe a su cercanía. De un momento a otro, sale de la silla, levantándome una mano para que no me detenga, se va a supervisar el sueño de los niños y vuelve enseguida. En esta ocasión, se anima a sentarse en el colchón junto a mí, apoyando su espalda en la pared. Me mira con ojos entrecerrados, dejándose ir con la melodía. Si fuera otra mujer, podría interpretar esto como una jugada rosando el peligro del fuego y yo, sin más vueltas, la ayudaría a quemarse. Pero no, esta es Francesca siendo atraída por mi música tal como una polilla a la luz. Puede que Echavarría la haya roto tanto que jamás volverá a ser la misma que seguramente alguna vez fue, pero hay algo que dejó dentro de ella y es una especie de rara inocencia. O más bien, ignorancia. Francesca no tiene ni idea de la intensidad con la cual la deseo, tanto física como emocionalmente, eso la hace más atractiva para mí. No lo nota, es inmune a esta tensión creciente entre los dos. Y se encuentra tan cerca, que con tan sólo estirar mi brazo podría tocarla, arrimarme. Besarla. A causa de mis pensamientos me detengo en seco, y en el proceso lucho para contener los incontables remolinos de pensamientos y anhelos encerrados en mí. —Alguna sugerencia no me vendría nada mal—carraspeo, mis ojos entrecerrados en ella.


Gira su rostro en mi dirección y me observa, puedo ver claramente cómo su mente se pone en marcha. Pensando, también distingo algo de duda, cautela. No se anima a pedir lo que sea que esté deseando. Decido darle un empujoncito. —Cualquier cosa—murmuro—. Lo que quieras. Sus mejillas toman un fuerte color rosado justo antes de abrir la boca y decirlo. — ¿Podrías cantar?—pregunta, sus ojos muy abiertos. Trago y me muerdo el interior de la mejilla. Quiero negarme, nunca he cantado delante de nadie aparte de mi viejo, además seguramente mi voz está oxidada por falta de uso. Mi consumo de cigarrillo tampoco ayuda. Y aún así, ¿cómo puedo decir que no? Me está viendo con tanta esperanza en sus ojos brillantes que no puedo hacerlo. Jamás tendré las agallas de negarle nada a ella. Se ve como si el hecho de escucharme cantar fuera el regalo más valioso que pudiera recibir en la vida. —Está bien si no querés—se encoje entre sus hombros, tratando de quitar importancia—. Entiendo… La interrumpo con los primeros acordes de la próxima canción, atento a su rostro, una pequeña sonrisa apenas estirando mis comisuras. Tres segundos después, estoy cantando. Mi pecho tronando. No esfuerzo mucho la voz, sólo es un ronco tono bajo, más un tarareo débil. Nunca fui de cantar de manera correcta y clara, mi forma es más relajada y sencilla. «Muchacha ojos de papel, ¿A dónde vas? Quédate hasta el alba. Muchacha pequeños pies, no corras más, quédate hasta el alba. Sueña un sueño,


despacito entre mis manos, hasta que por la ventana suba el sol. Muchacha piel de rayón, No corras más. Tu tiempo es hoy.» A medida que avanzo, su sonrisa se vuelve más y más grande, y es tan pura y feliz que no puedo retener la mía de vuelta. En este mismo momento, no es Francesca, la mujer que rescatamos del infierno y que vive llena de miedos. No es su alma rota la que está sonriendo ante mi voz. Es una chica hermosa, sintiendo la música en su interior. Una piedra intenta crecer entre mis cuerdas vocales a causa de una emoción poderosa, porque advierto que con esto la estoy ayudando a olvidar. A sanar. Es como si le estuviese devolviendo las ganas de vivir. Y si yo fuera más débil, estaría siendo reducido a un mar de lágrimas, porque esto es crudamente conmovedor. El piso se está moviendo debajo de nosotros, puedo asegurarlo. «Y no hables más muchacha, corazón de tiza, cuando todo duerma te robaré un color. Y no hables más muchacha, corazón de tiza, cuando todo duerma Te robaré un color.» Recuesta su cabeza en la pared, casi perfilada en mi dirección, perdida, cierra los ojos, la curva en sus labios permaneciendo intacta y profunda. Deseo abrazarla, atraerla hacia mi costado, rodearla. Y nunca, nunca más


dejarla ir. Y así es como la noche cambia, los minutos pasan y nos compenetramos en un solo ser. Podría tocar por días enteros si eso significa que va a regalarme más sonrisas embelesadas como esta. —Nunca antes había visto una sonrisa más bella que esa—susurro bajito, cuando acabo el tema—. Lo juro. Abre sus párpados y entran en mi campo de visión sus irises de chocolate. Se sonroja hasta el nacimiento del cabello, y es tan dulce que hace que mi corazón salte incluso más rápido. Espero que se eche atrás y se avergüence. No, eso no sucede. Sus labios nunca flaquean, y sigue mirando mis ojos como si me adorara. Mierda, esto de demasiado. Bajo mi atención, posándola en su frágil mano apoyada sobre la palma, entre los dos. No estoy pensando en absoluto cuando la alcanzo con la mía y la tomo. Acaricio el dorso con mi pulgar, escucho cómo su respiración se detiene un par de segundos antes de retomar. — ¿Otra?—pregunto, volviendo a su rostro suave y ruborizado. Me responde con un par de cabezaditas entusiastas. —A sus órdenes—murmuro. Tengo que soltar su mano para seguir, y lo hago a regañadientes. Paso a la siguiente y así hasta que el tiempo se va, sin que siquiera seamos conscientes. Y no me importa nada, sólo ella y su expresión de felicidad.


10 León «Estaba a un día de distancia al pueblo cuando me llamó Greg. Sandra había entrado en trabajo de parto, un poco antes de tiempo. Me aseguró que todo estaba yendo bien, pero no esperé más y me di la vuelta, dejando a mis compañeros seguir solos. No hacía mucho tiempo que habíamos empezado con esto, la posibilidad apareció unos meses atrás. Dinero rápido, y eso era lo que yo estaba necesitando. La herencia de mamá ya casi se había terminado, con ella acabé la construcción de la cabaña, el bar y el taller. La verdad es que no estaba levantando vuelo con rapidez, los forasteros eran los que más se acercaban, generalmente buscando trabajo y yo no quería dejar a nadie afuera. Especialmente porque eran buenas personas, humildes trabajadores, leales. Supongo que ese era uno de mis grandes defectos, el querer ser generoso con todos. Así que acepté la alianza en este negocio negro. Me sentía un poco culpable, mi padre no me había educado para esto, estaba yendo por mal camino. Sin embargo no me detuve, y aquí estaba convirtiéndome en un criminal. Yo, el hijo de uno de los policías más queridos del pueblo. Aceleré mi moto a todo lo que daba con tal de llegar lo antes posible, estuve cerca. Pero no lo suficiente. Cuando entré en la habitación Sandra ya estaba en su cama agotada tras dar a luz, rodeada de sus padres, recibiendo su apoyo. Si expresión ofendida envió en dirección a mi pecho un rayo de culpabilidad. Revisé la habitación en busca de mi hijo. —Está recibiendo su chequeo—dijo ella secamente.


Asentí, Greg y Laura me abrazaron dándome las felicitaciones. Estaban felices, y no paraban de repetir que Pedro era hermoso. Que me enamoraría con solo verlo. Ya lo creía, aunque yo estuve agarrado de las pelotas desde que supe que existía. Miré a Sandra desde mi posición, al final de la cama, esquivó mis ojos. Así que, en esa página estábamos. Me dolió pero entendí cómo se sentía. Le fallé. Una enfermera entró, el pequeño y rubio Pedro en sus brazos y quise lanzarme sobre ella y sostenerlo, pero dejé que se lo diera a Sandra primero. Ella lo recibió, pero apenas lo miró, sólo no podía sacar su mirada envenenada de mi rostro. Estaba sucio, despeinado y todo mi cuerpo dolía por el viaje en moto, no debería acercarme demasiado a ellos, de todos modos no pude resistirme e inclinarme para contemplar a mi hijo. Sandra se tensó, como si quisiera alejarlo de mí, como venganza. —No seas vengativa, Sandra—carraspeé bajito, sin querer que sus padres me oyeran. Ella tenía razones para estar enojada, pero ese no era un adecuado momento de discutir. Acabábamos de ser padres. —Me dejaste sola para tener a mi hijo—gruñó, no le importó ocultar la conversación de Greg y Laura. Ellos notaron la tensión y por respeto decidieron salir, aunque antes me dedicaron una mirada de congoja y compasión. Sabían sobre el carácter de su hija. Además, ellos jamás intervendrían en nuestros asuntos, eran buenos padres, sin embargo esto no era asunto de ellos. Y han tenido varias oportunidades de frenar nuestras locas peleas. —Lo sé, y lo siento—dije, en voz baja, de verdad estaba dolido por eso—. Me perdí el nacimiento de mi bebé, ¿crees que no me siento mal por eso? Frunció los labios, sus ojos verdes puestos delante, ignorándome. Pedro dormía plácidamente en sus brazos y quise tomarlo, sostenerlo por horas. — ¿Por qué tuviste que meterte en esa mierda?—lloriqueó, aunque no había rastros de ninguna lágrima—. Sabía que esto iba a pasar.


Eché un suspiro silencioso al aire, llamando a la paciencia. Ella tenía un punto, y lo había estado usando por meses. —Lo estoy haciendo por nuestro futuro, Sandra—dije, despacio—. Para que vivamos bien. Negó. —Había miles de cosas para hacer, en las que trabajar—escupió, aun si mirarme. Está bien, tenía razón. Pero yo sólo hice lo que sentí en ese momento, y la verdad, me gustaba el camino en el que estaba yendo todo el asunto. Quería darle lo mejor de lo mejor a mí familia. Creí que esta sería una buena opción. Ahora estaba comenzando a sentirme mal por eso, quizás me apresuré, no lo pensé lo suficiente. Tal vez cometí un error por ser joven y pensar que era lo correcto. Lo cierto es que fui impulsivo. Y si miraba las cosas desde mi punto de vista, no había problemas, porque me agradaba lo que estaba haciendo. Pero ahora mismo, desde el lado de ellos, supuse que se veía como una actitud egoísta la mía. —Pensé que sería lo mejor—me dejé caer en la otra cama, junto a la suya, mis hombros caídos. Pasamos por un largo período de duro silencio. Pedro se removió en sus brazos y corrí a tomarlo, ya que ella estaba demasiado ocupada fulminando el resto de la habitación. No había forma de combatir los enojos de esa mujer. Sostuve a mi bebé y me perdí en su imagen, olvidándome de su gruñona madre. Hasta que ella habló. —Ya que estás tan ocupado en ganar dinero fácil—suelta, despectiva—. Quiero una casa en la ciudad. La cabaña está en medio de la nada, es desolador. Y el pueblo está muerto. Quiero vivir en la ciudad. Genial. ¿Cómo puede tener tantas ganas de pelear cuando acaba de ser madre? Apreté mis dientes, intentando que ella no arruinara mi momento con mi hijo.


—No es dinero fácil, Sandra—dije, intentando mantenerme pasivo—. Es dinero rápido, pero no fácil. Y hace meses decidiste que la cabaña estaba bien, ¿por qué ahora sales con eso? No voy a hacer una casa en la ciudad, estás loca. Sus manos temblaron cuando engancharon en edredón. —Sos egoísta, León, siempre pensás en vos mismo—dijo, intentando llegarme dentro. Lastimarme. —Cuando nos mudamos juntos sabías que esto era lo que íbamos a tener. ¿Por qué este momento tenía que ser tan agridulce? Sólo quería un segundo en paz para conocer a mi hijo, ¿acaso ella no sentía lo mismo? —Bueno, ahora que sé lo que es, prefiero otra cosa. —No hay otra cosa, esto es lo que tenemos—acabé. No volví a sacar el tema, la ignoré, me enfoqué en Pedro que ya había abierto los ojos y me estaba mirando. Me pregunté si podía reconocerme con claridad, si veía claro. Estaba tan enamorado que me olvidé de todo lo demás. Un tiempo después volvieron las enfermeras y tuve que darles mi hijo para que lo acomodaran con Sandra, para amamantarlo. Me quedé viendo fijamente toda la escena, admirado. Aun así, insistía esa presión en el centro de mi torso que punzaba con dolor. Y opacaba todo, colocando un manto oscuro en este momento que se suponía que debía ser especial. Y el horror que acompañaba esa certeza de que todo aquello que había soñado tener, se estaba desmoronando. Sentí miedo, muchísimo, porque ahora parecía que Sandra y yo no éramos suficientes para Pedro. No lo merecíamos.»


A medida que las semanas van pasando, no podría estar más motivado, porque entre Francesca y yo se ha reforzado el vínculo. Más poderoso, especial. Somos incluso muchísimo más cercanos que antes, parece que me he ganado su confianza. Toda ella. Habla conmigo, está más abierta y receptiva y hasta me ha dejado entrar en su vida y la de sus hijos. Los acompaño a almorzar o cenar de vez en cuando y la llevo, como siempre, a las dos sesiones de terapia por semana. El viaje es agradable, como si entre los dos la soledad significara magia. Ya no necesito ser tan cuidadoso con mis palabras y acciones en su presencia, sólo me mantengo a raya con el contacto físico, ignorando mi necesidad de rozarla continuamente. Estoy verdaderamente feliz con estos avances, me siento muy cerca de tocar el cielo con las manos. Me llena de alivio y euforia que ella ya no me mire con miedo, o baje sus ojos al suelo sobrepasada de timidez. No significa que ya no lo haga, sino que, a estas alturas, es menos frecuente. Estoy sorprendido de lo que todo esto me hace sentir. Jamás he sido capaz de experimentar esta clase de sentimientos tan vívidos y vigorosos. Son tan potentes que es como si fueran capaces de lanzarme de rodillas si me llego a descuidar. Derrumbarme. Y aun así, no provocan que me juzgue débil, sino invencible. Quiero caer. Estoy cayendo. Entro en el altillo antes de la hora de la cena, encuentro a Francesca cambiando a Esperanza después de darle un baño. La bebita patalea y mueve los bracitos con energías reaccionando a las palabras que su madre le dice, tratando de sacarle una sonrisa. Cuando la levanta, al terminar, estoy justo ahí para tomarla en mis brazos. Me la tiende sin dudar a la par que me dedica una pequeña sonrisa, sus mejillas absorbiendo color. Algo que sucede muy, muy seguido últimamente. Y me vuelve loco saber que la afecto de tal forma que el sonrojo ya se ha vuelto parte diaria de ella. Atrás quedaron su enfermiza palidez y el vacío de sus ojos. Entra en la cocina y la sigo, tratando de empaparme con la imagen grácil que demuestra al prepararse para inaugurar la cocina esta noche. Me pregunta qué me gustaría comer y le respondo que prefiero que me sorprenda, cualquier cosa que haga será deliciosa, eso lo tengo seguro.


Una cuantas veces la he obligado a hacerse a un lado para dejarme a mí de encargado, no se siente justo que siempre cocine ella. En la primera ocasión, preparé algo de carne al horno. Y recuerdo que se vio indecisa de comerlo cuando lo puse en su plato. Disimuladamente, me fijé en la forma en que miraba su ración, como si tuviera veneno. La revolvió un poco con el tenedor, y, por un rato, no dije nada, hasta que decidí hacer un comentario inocente al respecto. Me moría por saber qué la detenía de comer mi comida, me puse inseguro, pensando que quizás no le había gustado. Pero pensé enseguida en que no la vi probándola siquiera, así que no tenía sentido. — ¿No tenés hambre?—pregunté, atento. Ella esquivó mis ojos, palideciendo. En ese mismo instante me di cuenta de que se había encerrado en el pasado, que su mente le había puesto trabas. Me imaginé un millar de explicaciones al por qué temía tanto comer lo que yo le había preparado con entusiasmo. —Yo…—no pudo seguir. Despacio, se levantó de su silla y enfiló hacia el baño. Por un segundo me obligué a permanecer en mi lugar diciéndome que no debía presionarla. Pero realmente no pude, la seguí y empujé cuidadosamente la puerta para que no me la cerrara en la cara. Me metí en el diminuto espacio con ella, viendo la manera en la que perdía el control gradualmente. Me advertí que yo podía luchar contra ello, fuera lo que fuera. Y lo hice. —Habla conmigo, cariño—le susurré, completamente negado a permitirle que me aleje—. Confía en mí. Me acerqué, encerré su rostro con mis manos y lo levanté hacia mí. Sus ojos humedecidos estuvieron en primer plano, mi alma tembló. Mi pecho dolió. —Lo siento—se disculpó, su tono inestable y tímido. —No te disculpes, todo está bien—le aseguré.


—Es que es ridículo—lágrimas comenzaron a mojar sus mejillas—. Sé que es tonto y, aun así, no puedo dejarlo afuera… — ¿Qué?—pregunté—. ¿Qué es? Lo siguiente que dijo casi me derriba en el suelo, dentro de mi torso mi corazón tronó, retorciéndose. Creo que sangré por dentro a causa de ello. —Si como esa comida…—murmuró, pestañeando para eliminar las gotas saladas—. No me vas a pedir algo a cambio, ¿verdad? Al principio sus palabras no tuvieron sentido para mí, me quedé viendo muy fijamente su rostro empapado, ya no lloraba pero su vulnerabilidad estaba por todos lados a nuestro alrededor. Cuando al fin entendí lo que quería decir, el aire abandonó de golpe mis pulmones. Fuego se encendió y recorrió mis venas. —Francesca—siseé, bajito, junto con mi aliento—. Dios, Francesca… Mi vista se empañó un poco, tragué el áspero bulto estancado en mi garganta. Enterré todas las emociones muy en el fondo de mí y la rodeé con mis brazos, la apreté. Ella me dejó, se aflojó un poco. —Sos libre conmigo, siempre—enfaticé, firme—. Lo prometí, ¿te acordás? Tomó aire por la nariz, correspondiendo mi abrazo, y asintió. La sostuve y la oí llorar un poco más durante un par de minutos, antes de que Abel viniera a buscarnos, curioso porque lo habíamos dejado solo en la mesa. Francesca, como la mujer de hierro que es, se secó el rostro, disimulando, mientras arrastré al niño de nuevo a comer, entreteniéndolo. Ella volvió como si nada hubiese pasado, le serví más comida caliente y empezó a comer. Despacio, tranquila, confiando poco a poco. Mi corazón se partió en millones de fragmentos esa noche, y solté un par de lágrimas cuando al fin estuve solo, luego de despedirla al final de nuestra rutina de música. Sentía tanta rabia, tanta impotencia. Preso de un enorme sentimiento de injusticia y dolencia por ella. Me pregunté por qué


en el mundo existían mujeres que debían pasar por eso. ¿Por qué Dios permitía que cayeran en manos de hombres como Echavarría? Y me convencí de que yo tenía que ser la persona que matara todos sus miedos, que le devolviera la confianza en sí misma y el resto. Que le enseñara que en el mundo sí existía gente que se preocupaba y era capaz de amarla. Esta noche comemos en silencio, como casi siempre. Hablo con Abel que ya lo está logrando bastante fluido, le ayudo a cortar su carne mientras Francesca nos observa en silencio. Me gustaría saber qué está pensando, supongo que es algo lindo, porque su rubor se ha intensificado y hay un comienzo de sonrisa en sus labios llenos. Al acabar, seguimos con lo habitual, que es lavar los platos y pasar el rato hasta que los niños están dormidos, así después ir a la oficina y tocar. Entrar en ese pequeño espacio es como el equivalente a meterse dentro de una burbuja, lejos de la realidad. Ambos creamos un mundo paralelo, donde no existe nada más aparte de nosotros acompañados de mi guitarra. Nos acomodamos sobre las mantas del colchón y el tiempo se encapsula. Toco por un rato, canto un par de veces, y estoy completamente atento a ella. Funciona como un imán para todos mis sentidos, y quiero poseerla de todas las maneras imaginables que existen, porque sé que es la única con la que puedo sentir todo esto. Nunca me pasó antes, y tengo la certeza final de que nunca pasará en el futuro de nuevo. —Una vez te escuché cantar—murmura ella, cortando una introducción. Está apoyada contra la pared y sus ojos están a medio cerrar, como si estuviera tan relajada que casi llega al comienzo del sueño. La música para y la estudio, esperando que siga. —Caminaba de regreso a casa desde la escuela—comienza—. Era el día de mi cumpleaños número nueve y… estaba triste. Me acuerdo que tomé el camino más largo porque no quería cruzarme con ninguno de mis compañeros de clase, ellos siempre se burlaban de los agujeros de mis zapatillas…—no me mira a la cara, sólo está apoyada con su rostro hacia el


techo, tragando con fuerza en cada pausa—. Iba por una vereda, mirando abajo, cuando una melodía me distrajo y quise saber de dónde venía— sonríe, casi imperceptiblemente, pero tomo nota de ello—. Me topé con el tronco ancho de un árbol, supe que del otro lado había alguien tocando… Se frena y espero, mi pecho se siente agitado, no puedo respirar y mi aliento se atasca en mis pulmones. No logro moverme. Es la primera vez que se aventura a hablar tanto conmigo, es… fortalecedor. Épico. Apenas puedo creerlo. —Era tan hermoso, que me senté allí a escuchar y esperaba que la persona del otro lado no me notara. Planeé escuchar un ratito y después irme—en el paréntesis sus ojos me encuentran—. Estabas cantando ese tema de ‘La Bersuit’: ‘Mi Caramelo’… Me quedé fascinada. Allí es cuando me acuerdo. La niña que salió corriendo de la nada cuando Sandra se acercó y la descubrió, en ese momento estuve confundido porque jamás escuché a alguien acercarse, y no entendía de dónde había salido esa niña de pelo largo y oscuro. —Me acuerdo—sonrío, pensativo—. Sandra te espantó… Los ojos se Francesca me muestran un brillo extraño cuando nombro a la mujer, aunque lo esconde de inmediato y no logro deducir el significado de esa reacción. —Estaba aterrorizada y avergonzada cuando ella me descubrió— suspira, un intento de risita sale por entre sus labios y mi corazón estalla ante ello—. No supe a quién pertenecía la voz hasta que llegaste con tu padre aquel día, meses después, y me alejaron de mis verdaderos padres… Suelto un chiflido, recién ahora percatándome la magnitud de todo aquello. Ella era tan pequeña, sólo nueve años. —Por eso me mirabas como si yo fuera un héroe—me rio bajito. Asiente.


—Bueno…—su cara se pinta de rojo—fue emocionante descubrir que eras aquel que cantaba y tocaba su guitarra en el árbol… Ambos suspiramos al mismo tiempo, asumiendo todo eso. Yo, por mi lado, estoy a punto de estallar de emoción por estar teniendo esta conversación, por el hecho de saber que ya no se encuentra cerrada a mí, que me ha dejado entrar. Ya no existe el tartamudeo de por medio, la inseguridad, la vergüenza. Mi lucha está dando sus frutos. —Sobre todo—agrega, en un susurro cauteloso—, porque recuerdo estar allí sentada y pensar que tu canción era el regalo que Dios había decidido enviarme por mi cumpleaños… Carajo. ¿Cómo es que nunca dice nada y de un momento a otro sale con eso? Me mata. Tengo que acoplar todas mis fuerzas para evitar emocionarme hasta las lágrimas. Me concentro en meter aire tranquilamente por mis conductos. No consigo borrar la imagen que se cuela en mi mente: ella, de niña, sentada al otro lado del árbol, pensando que estaba recibiendo un regalo especial por su cumpleaños número nueve. Solitaria, soñadora. Y supe que pocas cosas le habían sido dadas y, casi seguramente, ninguna con un amor profundo durante sus primero diez años. Y eso me hace mierda por dentro. Francesca envía ese poder punzante con el que logra hacerme doblar sobre mí mismo por el golpe que significa entender su vida, sus sufrimientos. Sus momentos de felicidad. ¿Qué puedo decir? Seguramente ni una mínima sílaba sin ponerme a llorar como un bebé, siento una tremenda presión entre mis costillas, y ese dolor no me deja pensar con claridad. Me aclaro la garganta, buscando las palabras correctas para decir, pero ella me gana. — ¿Podrías cantarla?—pide, inocentemente.


Asiento, dando una cabezada bastante brusca. Todavía estoy teniendo dificultades con mi voz. Afino la guitarra, tomándome todo el tiempo del mundo. —Toda la vida—respondo, antes de comenzar. Este es un tema hermoso, con una buena dosis de nostalgia y sentimiento de pérdida. Era mi favorito cuando era joven, lo tocaba una y otra vez sin cansarme, me producía mucho en el interior. Y yo siempre trataba de buscar canciones que me llegaran al corazón. La letra puede resultar muy directa para algunas personas, sin embargo creo que Francesca y yo entendemos el verdadero sentido. Recito, poniendo todo el sentimiento, si significa tanto para ella, daré lo mejor de mí. La burbuja se estrecha y, de un instante a otro, nos percibo a los dos más cerca que nunca, el ambiente es mágico. Cálido. Como si hubiésemos hecho esto por años y años sin parar. — ¿Francesca?— la llamo, ni bien ejecutar el último acorde. Ese enorme y exótico par de ojos se posa en los míos, ni siquiera parece existir distancia entre nuestras contemplaciones. — ¿Sí? Trago, sin embargo, no estoy asustado. Sólo ansioso. Porque opino, en este mismo instante, que ella merece saberlo. Debo decírselo, porque me parece que voy a explotar si no lo hago. —Creo…—musito, yendo en busca de su mano con la mía—. Creo que me estoy enamorando de vos… Los dos nos volvemos estatuas al mismo tiempo, contemplándonos mutuamente, ella se atiesa por un par de segundos y eso me lleva a sentir algo de miedo. No espero que me rechace, tampoco que me acepte. La verdad es que ella no podría decir nada y estaría bien para mí, no se lo dije porque necesitaba una respuesta. Sólo quería que supiera que aquí sí hay un hombre que ve maravillas en ella y que está empezando a quererla con


una intensidad abrumante. No quiero presionarla, nada está más lejos de la realidad. No me pierdo la forma en la que sus ojos se empañan y se muerde el labio con fuerza, nerviosa. Su respiración enloquece, al compás de la mía. Supongo que no se lo cree y tiene que tomarse un tiempo para hacerse a la idea. Aun así, ella sostiene mi mano de vuelta, no me ha alejado. Me digo en el interior que eso puede ser una respuesta positiva. Y estoy al borde de agregar algo más cuando un portazo suena en el bar y alguien sube corriendo las escaleras. — ¿León?—me llaman, casi gritando. Francesca salta en su lugar y los dos nos ponemos de pie, frenéticamente. — ¿Sí?—digo, yendo hacia la puerta. —Es Lucre…—dice Max, su voz se está yendo varios decibeles arriba—. Los gemelos están viniendo… Así como llegó y lo anunció, se fue. Incluso antes de que yo abriera la puerta y me dirigiera a él. Miro a Francesca, que se abraza a sí misma, mirando en todas direcciones menos hacia mí. Me acerco, y froto sus brazos. —Anda a dormir—le digo—. Podemos hablar de esto cuando estés preparada, ¿está bien? Asiente, le beso la frente como despedida y luego se va, dejándome solo en mi oficina. Escucho su puerta cerrarse y suelto un suspiro de agotamiento. Hoy ha sido una noche llena de intensidad, pienso mientras tomo mi abrigo y mi celular para llamar al Perro. Y eso que todavía quedan más sorpresas. Me preparo y salgo, obviamente dispuesto a acompañar a mis chicos en este momento tan especial. Todos esperamos a los gemelos Medina con ansias y expectación. Estoy seguro de que todo saldrá perfectamente.


Los Leones están creciendo cada vez más.

Francesca “Creo que me estoy enamorando…” Corro hacia el altillo como si mi vida dependiera de ello, no miro atrás, a su puerta cerrada. Acaba de dejarme sola porque sabe que necesito un momento. Un tiempo bastante largo en soledad. Mi mente es un caos absoluto, estoy hiperventilando para el momento en el que me encuentro arriba sola, puntos negros acaparando mi vista. Creo que estoy pasando por un leve estado de principio de pánico. El verdadero problema es que no sé por qué. León acaba de decirme algo que jamás esperé escuchar. Ni de él ni de algún otro hombre. Es irreal, me confunde. Y gran parte de mí no tiene la capacidad de creerlo con facilidad, de hecho, me niego rotundamente a hacerlo. No le creo. Si se está enamorando es porque ve cosas buenas en mí, y no estoy segura de las tenga. Una mujer como yo no enamoraría a un hombre como él, ¿cómo sería eso? Soy una miedosa, aborrezco que me toquen y me miren. No tengo personalidad, nunca la tuve. Soy sólo un saco de nada, ¿cómo una mujer como yo puede inspirar sentimientos como esos en alguien más? Él está confundido, tiene que estarlo. Pasar tanto tiempo conmigo le ha llevado a creer que siente eso por mí. En realidad no es así, la compasión le está jugando una mala pasada. “Estúpida” insiste una pequeñita e insignificante voz dentro de mí, viene de la parte de mí que todavía sueña y se permite ser una romántica. Ella sí le cree, es una boba porque va a terminar sufriendo tarde o temprano. Las personas no me quieren, no despierto eso en ellas, sólo soy capaz de llenar sus corazones con lastima. Eso las lleva a querer ayudarme. Como los


Abbal, ellos me vieron pequeña y sola, sin nadie que me protegiera y me adoptaron. La lástima y la misericordia, muchas veces se hacen pasar por cariño. León no está enamorándose, sólo es un buen hombre que quiere ayudarme. “Es uno sensato, estúpida, si dice que te quiere es porque debe ser verdad”. Bueno, supongamos que eso es cierto, las cosas no pueden ser más distintas ahora, nada cambiará, porque no tengo nada para darle. Yo no podría hacer feliz alguien como él. Yo sólo tengo que pensar en mis hijos, ellos me necesitan lo más entera posible. Y tengo que decirle a León esto, lo entenderá. Sé que lo hará. Entonces, ¿por qué estoy llorando? ¿Por qué estoy tan destrozada? Será porque quisiera corresponderle. Porque desearía ser otra mujer ahora mismo, no ésta chatarra que aún ni ha juntado sus pedazos, y tal vez nunca lo logre. Quisiera poder alegrarme de que un hombre como León me quiera, como haría cualquier otra. Si embargo, sólo sé, en lo profundo de mi corazón, que esto no puede ser. No puedo acertarlo, porque sé que no soy suficiente. Ni para él, ni para nadie.

He estado intentando decírselo, pero no he encontrado la oportunidad. Hace una semana que los gemelos de Lucre y Max nacieron y todo el recinto se encuentra revolucionado, apenas he visto a León. Y muy pocas veces a solas, me sorprende que él no haya tenido la necesidad de sacar el tema, y eso, aunque sea incorrecto, me lleva a bajar la guardia y sentirme un poco más aliviada. Los días se van y ambos parecemos haber llevado a un segundo plano aquel momento y esas palabras tan puntuales. De todos modos, estamos conscientes de que flotan entre los dos continuamente.


Crean una atmósfera extraña y espesa. Admito que en realidad, nos volvimos cuidadosos. No sé sus motivos de evasión, sólo me hago cargo del mío, y es el puro e intenso miedo. Y cobardía, más de lo que cualquier persona tiene permitido mantener en su sistema, y aun así me refugio en ella. Otro motivo por el cual él no me necesita en su vida, ¿quién quiere a su lado a alguien tan aprensiva? Me tardo unos cuantos días en aparecer por la cabaña de Lucre, no quiero estorbar, porque sé que cuando alguien pasa por un acontecimiento tan especial como un nacimiento, las visitas abundan y todo el mundo quiere permanecer cerca. Por eso decido ir cuando las aguas se calman. Los gemelos son hermosos, y no importa qué tan temprano sea para decirlo, se nota que van a parecerse mucho a Max, han sacado casi todos los rasgos de él. No es que lo conozca demasiado, pocas veces lo he visto de cerca. Lo único que sé, y que nadie por acá se ha perdido, es que Lucre y él se aman infinitamente. Con la clase de amor que se hizo fuerte entre tropiezos y adversidades. Y esos son los que se vuelven invencibles, pase lo que pase. Estoy al tanto de la historia porque la he escuchado, tanto de Lucre como de Adela. Ya que nunca me dejan afuera de las conversaciones de chicas. Ellas son especiales, con historias especiales. Deduzco que en este clan cada uno de los miembros ha transitado por caminos difíciles y arrastran historias de vida muy particulares. Los Leones parecen ser un refugio, una familia que permanece constantemente con los brazos abiertos. Y no hay que ser muy suspicaz para darse cuenta de que esto es así gracias al líder. León es experto en integrar y mantener sólida la unión entre todos. Me alegra haberlos encontrado, sinceramente. Mi próxima sesión con Isabel es hoy y me preparo a mí misma para hacer uso de mi poca confianza y hablar claro sobre mis sentimientos. Santiago es el encargado de llevarme esta vez, y escondo muy en lo profundo el desaliento que significa no pasar tiempo con León. Una vez allí, en nuestros lugares, acompañadas por el té ya servido, le cuento a Isabel lo que León me confesó una semana atrás. Sí, necesité todos esos días para poder hacerme a la idea y sacar todo de mi sistema. Y acabo


aceptando que vale la pena, ella es directa y me entiende. Sabe a la perfección cómo me siento por dentro y sobre la tristeza que me consume. — ¿A qué le temes realmente, Francesca?—pregunta, desde el otro lado de la mesita, en su lugar habitual. Esquivo su sabia mirada por un par de segundos e inflo mi pecho con aire puro antes de hablar. —A mucho…—suspiro, hago una pausa para acomodar mis ideas y ser lo más clara posible, ella me espera llena de paciencia. Sin embargo no sé por dónde empezar y me muerdo el labio, aguantando las ganas de llorar. Hablar de esto me hace sentir más insignificante que nunca. Veo el rostro cordial de Isabel mientras considera mi situación. La analiza y, cuando abre la boca para responder, me preparo, lo que ella dice siempre me es de ayuda. —Hace un tiempo me dijiste que estabas asustada porque creías que estabas obsesionándote con él—toma un sorbo de té, pacífica—. En realidad, no se trata de una obsesión, ¿sabes? Trago, niego. No entiendo a dónde quiere llegar. Antes le dije que creía que estaba obsesionada con él porque era amable conmigo. Y eso me aterrorizaba. Porque no es bueno para una persona depender tanto de otra. —La traba en todo esto es que no te das cuenta de la única cosa que importa, querida—anuncia, sonríe a medias, amable—. Lo primero que tenés que reconocer es que sí le correspondes. Adentro tuyo sí hay sentimientos por él. No contesto, el interior de mi garganta se irrita y me froto las palmas de las manos nerviosamente contra la tela del vaquero que cubre mis piernas. —Una vez aceptando eso, la ecuación es la siguiente—prosigue—. Tenés miedo de creerle y sentirte ilusionada, porque sabes que si te falla o lo pierdes significará un dolor inmenso. Y por otro lado, tenés terror de que


sus palabras sean verdaderas, porque crees que vas a lastimarlo al no poder darle todo lo que se merece. »Estás enamorada, querida. Lo sabes. Pero eso, a tu entender, lo complica todo. Lo hace peor. Me estiro en busca de un pañuelo descartable cuando la imagen de ella comienza a desenfocarse. Mi pecho se sacude y las lágrimas se desbordan. — ¿Qué es lo que pensás que él merece, Francesca?—pregunta. Me cede todo el tiempo del mundo para recuperarme antes de responder. —Merece muchas cosas que yo no tengo para darle—digo, convencida. — ¿Qué? ¿Qué merece que vos no tengas? Me trago la siguiente ola de llanto. —Una mujer segura—comienzo—. Una que no tenga que mirar el suelo cuando alguien se le acerca demasiado. Una que sea capaz de tocarlo sin temblar. Una que no tartamudee a la hora de decir lo que siente o piensa— gruesas gotas caen desde mis pestañas mientras recito—. Necesita a alguien feliz. —Has hecho muchos avances últimamente, ¿qué te hace pensar que no sos capaz de brindarle todo eso? Me encojo entre mis hombros, empapando otro pañuelo. — ¿Te ha tocado?—suelta de improvisto—. ¿Se ha acercado lo suficiente como para tocarte? Asiento. — ¿Y qué sentiste? Niego.


—No sé… sólo he estado ocupada luchando en mi mente para no alejarlo cada vez que eso pasa. —Y no lo alejaste… —No. El rostro de Isabel cambia de un instante a otro, su suave seriedad se escapa dando lugar a una ancha sonrisa, sus ojos brillan con felicidad. Y lo que se ve como orgullo, también. — ¿Te das cuenta de que estás transitando por el camino correcto?—se inclina, me toma la mano—. Francesca, sos una mujer muy fuerte. Vales mucho, y León lo sabe bien. La observo, no digo nada al respecto. Me cuesta creerlo, sospecho que esto va a costar muchísimo trabajo. — Sólo tenés que verte del mismo modo en el que todos te vemos— continúa, positiva, intentando meter esa seguridad en mi sistema atrofiado—. Y si seguimos así, vamos a lograr ese objetivo. Acepto sus palabras y mis hombros se aflojan, aunque no respondo. La sesión sigue, intento de abrirme tanto como puedo. Generalmente lo hago hasta cierto punto, es como si dentro tuviera una barrera que mide la cantidad de secretos y sentimientos que tengo permitido soltar en cada sesión. Eso es abrirse poco a poco, sin exponerme de golpe. Según Isabel lo estoy haciendo excelentemente. A mi modo, yo tengo el poder de llevar el ritmo, como debe ser. — ¿Cuál es el consejo de hoy?—pregunto, cuando llega la hora de marcharme. Ella me ayuda a entrar en mi abrigo, sonriendo. Siempre espero sus sugerencias, me ayudan muchísimo. —Mi consejo es que hables con León—me frota los hombros, me mira con afecto—. Que te abras como lo haces conmigo, que le cuentes lo que sentís. El resultado puede sorprenderte, querida.


Me alejo cuando abre la puerta, y me despide levantando la mano mientras camino hacia la puerta de la camioneta. Este consejo pertenece a un nivel muy superior en comparación con los anteriores. Me preparo para unirme en el interior y llevarlo a cabo. No sé cuándo, quizás más temprano que tarde.


11 León «Estaba cansado, lo único que quería hacer era colapsar sobre mi cama y dormir por la eternidad. Estuvimos acomodando una carga durante toda la tarde, la misma que fuimos a buscar al puerto mucho más temprano. En veinticuatro horas saldríamos a la carretera para trasladarla a lo largo del país. Este sería el primer viaje realmente largo que tomábamos la responsabilidad de hacer. Estaba emocionado, pero a la vez sentía cierta amargura. Tenía que dejar a mí hijo por varios días, y las aguas entre Sandra y yo estaban más revueltas que nunca. Lo correcto sería hablar como dos adultos civilizados y afrontar una separación. Pero estaba indeciso, porque eso significaba que no tendría a Pedro conmigo en casa cada día, y mis momentos con él eran mi cable a tierra. Amaba a mi hijo más que a cualquier otra cosa, incluso más que a mí mismo. Sin embargo estaba consciente de que siguiendo por el mismo camino tormentoso, íbamos a terminar por lastimarlo con nuestros problemas de pareja. Y ya habíamos aguantado más de un año. Entré en la cabaña y el silencio allí adentro me descolocó, el lugar siempre era un caos, si no era Pedro jugando con sus juguetes en la sala o llorando, era Sandra escuchando música demasiado alta o gritando por alguna cosa, simplemente siendo una loca revoltosa. No éramos unos buenos padres, y tenía que metérmelo en la cabeza. Tenía que entenderlo de una vez antes de que todo empeorara. Tan solo el hecho de llegar a casa y verla me agotaba, y eso era motivo suficiente para actuar al respecto, esto no estaba yendo bien. En absoluto. Juntos los dos destrozaríamos a Pedro.


Encontré a mi hijo acurrucado en un sillón, tomando su mamadera mientras miraba dibujitos en la televisión. Busqué a su madre con la mirada, sin encontrar rastros. Le quité la mamadera a Pedro y la dejé sobre la mesa antes de ir a ella. El ruido de la ducha me golpeó cuando enfilé en dirección al pasillo, de inmediato subió por mi cuerpo un calor abrazador. Irrumpí en el baño, hecho una furia. — ¡Sandra!—la llamé, seco—. ¿Qué carajo? Ella detuvo la ducha, bufando, y buscó una toalla para envolverse, salió de la bañera toda empapada mirándome con ojos peligrosos, sin entender mi tono enojado. — ¿Cuál es tu problema?—levantó la voz. Esto era siempre así, ya no recordaba cuándo fue la última vez que hablamos sobre cualquier cosa sin gritarnos. — ¿Que cuál es mi problema?—escupí—. Te estabas duchando mientras el niño tomaba su mamadera en la sala, Sandra. ¿Cómo podés dejarlo solo de esa forma? ¡Necesita supervisión, él puede ahogarse! Se rio sin rastros de humor, burlándose de mí. —En serio, querido, ¿en qué siglo vivís? Deja al chico que se haga solo, es lo suficientemente grande para tomar su mamadera… Mi vista de nubló a causa de un espeso manto rojo. No podía creer lo que estaba escuchando. No veía la gravedad del asunto, ella creía que un nene de un año podía tomar solo su mamadera acostado en un sillón sin ningún adulto cerca para vigilarlo. Podría ahogarse, y no estaba loco, ya había escuchado sobre un caso de ese tipo un tiempo atrás. —Estás siendo irresponsable, querida, ¿a quién se le ocurre que el chico tiene que hacerse solo con apenas un año? Ella saltó, fulminándome con la mirada.


—Déjame en paz, León. Déjame en paz—me empujó para que la dejara pasar en dirección a la habitación para cambiarse—. Para vos todo lo que yo hago está mal, nunca pareces satisfecho. Ahí empezó de nuevo con sus lloriqueos, con su manera experta de darle la vuelta a la discusión para hacerme sentir culpable. Porque yo siempre era el malo y ella la víctima. Pedro nunca era la víctima, y eso era lo más importante: el niño. Pero no, ella estaba primera siempre. Ella y su maldito orgullo de mujer. Ni siquiera el orgullo de madre se anteponía. —Sólo quería darme una ducha caliente—lloró, mientras se ponía las bragas—. Nunca tengo tiempo para mí. Vos no llegabas, Pedro tenía hambre y le hice su mamadera. ¡Sólo me tomaría un maldito segundo! —Un maldito segundo es lo que basta, Sandra—le dije, suspirando. Me agotaban estas discusiones sin sentido. —Podrías venir a decírmelo de una mejor manera. ¿No? No. Lo único que haces es venir a patotearme y tratarme como si fuera basura. Todo lo que yo hago está mal, nunca hay nada que te venga bien. Apreté la mandíbula e hice el llamado a la paciencia. No dije nada más, sólo me di la vuelta y regresé a la sala. Tomé a Pedro en brazos y me fui directo a la heladera para ver si encontraba algo para picar antes de ir a la cama. Lo besé en el pelo largo rubio y él se abrazó a mi cuello, descansando su cabecita en mi hombro. Sandra me siguió, ahora cambiada, completamente dispuesta a seguir. Su rostro estaba bañado en lágrimas de cocodrilo. —Decime qué mierda tengo que hacer para que un solo día estés feliz conmigo—chilla. Pedro ni siquiera se inmutó con los gritos y lágrimas de su madre, para este tiempo ya estaba bastante acostumbrado a las escenas. —No te alcanzo—añadió ella.


—Sandra, yo no te pido que hagas nada, sólo que cuides a Pedro cuando no estoy, es nuestro bebé y no parece importarte dejarlo por ahí corriendo peligros, ¿qué clase de madre sos? Obviamente se ofendió más con mi última pregunta. Miré alrededor, al desastre que era mi cabaña. A la basura rodeándonos. Esto era doloroso. Yo ni siquiera le pedía que ordenara o fuera limpia, nunca le exigí nada. Sólo que fuera una buena madre con Pedro, que lo mantuviera alimentado y limpio. A veces ni eso obteníamos. Para ella, ser madre significada encajar una mamadera en su boca y dejarlo sólo para ir a hacer cualquier otra mierda menos pesada que criar un hijo. Y me sentía terrible al pensar en esto. Se dejó caer en una silla, llorando aún más. Suspiré. —No me amas—aulló—. Nunca me amaste, siempre fui un pasatiempo. Sólo sexo y nada más. Sólo te importa él. Era verdad, yo no la amaba, pero sí la quería. Llevábamos muchos años juntos, y sí, era verdad que nunca tuvimos algo serio, pero ahora era la madre de mi hijo y yo quería darles lo mejor a ambos. Seguramente, si Pedro no existiera, si ella nunca se hubiese quedado embaraza, hoy en día no estaríamos juntos. Pero esto éramos, y yo había estado feliz de crear una familia. Aunque no una tan disfuncional y caótica. —Te quiero, Sandra—me acerqué y me senté en la silla frente a ella—. ¿Está bien? Yo te quiero. Sólo necesito que aceptes poner tu otra mejilla en esto. Necesito que colabores con nosotros. Estamos criando un hijo. Prometo no gritarte de nuevo… Se limpió el rostro y sus ojos verdes se calmaron, ya no hubo mierda brillando ahí. Mis palabras conciliadoras y cansadas habían funcionado y la fiera estaba calmada. Seguí pidiéndole con voz suave que me acompañara en mantener a raya esta familia, que me diera una mano. Que nos ayudara a crecer, porque no sólo era Pedro quien tenía que hacerlo, nosotros también. Éramos muy jóvenes, necesitábamos dejar los caprichos atrás y ser unos


jodidos adultos de una buena vez. Y al fin escuchó y no intentó discutir. Entonces intenté convencerme de que ésta era nuestra otra oportunidad, de que si esto no funcionaba después de un buen diálogo, lamentablemente íbamos a tener que decidir separarnos. Porque esto no podía ser sano para nuestro hijo. Esta debía ser la última y la vencida. Puse toda mi fe en que las cosas mejorarían. Y, de nuevo, estuve equivocado.»

No he hablado con Francesca sobre lo que ocurrió aquella noche, quiero darle su tiempo, no me parece inteligente insistirle. Ella está muy herida y necesita un intervalo para procesar la idea. Lo sé por cómo me miró después de soltarle mis palabras. Reconozco que los primeros días estuve hecho un manojo de nervios, carcomiéndome los sesos y sintiéndome culpable, creía que había sido empujado por un impulso estúpido y que con ello arruiné todo lo que teníamos. Con el tiempo volví a la normalidad, me convencí de que ella necesitaba escuchar lo que yo estaba sintiendo. Tenía que sacarlo dentro de mí porque seguir tragándomelo no era recomendable. Me dejé llevar por esa presión de confesarme, y ahora me siento liviano. Y tengo fe en que no la espanté del todo y que poco a poco irá volviendo, a su modo. Por eso no me la paso encima todo el tiempo, le dejo espacio. No importa qué tan desesperado me encuentre por pasar el tiempo cerca. Ahora me encuentro en mi escritorio, movilizando ciertos papeles importantes. Es posible que tengamos que salir a la ruta más temprano de lo que planeé, la carga va a llegar pronto. Hay nuevo y exclusivo material que vamos a tener que ofrecer, es bueno, tiene mucho potencial, por eso no creo que tengamos problemas a la hora de sacárnoslo de encima. Estoy perdido, del todo concentrado en lo que hago, apenas escuchando el barullo que viene de abajo. Es temprano, no debe haber más de diez hermanos abajo. Apuesto a que Adela ni ha llegado, todavía.


La puerta es golpeada, logrando expulsarme fuera de mi burbuja y, después de gritar el permiso, Jorge Medina entra. Su grandeza robando espacio en mi oficina, su semblante de granito y su aura sobrecargada hacen que el lugar pierda vida. Vaya a donde vaya, Jorge lleva consigo esa terrible sensación de desasosiego, no puedo evitar que me afecte la forma en la que parece muerto en vida. No sé qué cosas habrá vivido, pero estoy seguro de que lo ha dejado prácticamente anestesiado. Aunque no del todo, porque he podido ver cómo trata a su hijo, eso me hace pensar que hay esperanzas, sólo necesita tiempo. El tiempo lo cura todo. O, al menos, nos enseña a vivir con la carga del dolor. —Medina—le doy una cabezadita y le señalo la silla frente a mí. Él la ignora, se pasea como una pantera estudiando su entorno, sus ojos dorados atentos, precisos, serios. Atormentados. — ¿Qué te trae por acá?—pregunto. Sus pozos de oro al fin se posan en mí y se cruza de brazos, yendo a apoyar el hombro en la pared. Yo ya sabía que no iba a acomodarse cuando le ofrecí el lugar, cada vez que viene a mi oficina se queda de pie. No sé por qué lo hará, supongo que no tiene ganas de sentarse. —He decidido que no voy a unirme a ustedes—dice, su voz retumbando fuera de sus pulmones—. Cuando todo termine voy a irme, crearé mi propio clan. Me recuesto contra el respaldo mientras asiento a sus palabras. Me parece bien. Yo estaba dispuesto a unirlo al mío, pero si quiere irse y formar su propio grupo, me parece más que perfecto. Es su decisión, y opino que con todo lo que ha aprendido en los últimos años, no será un mal líder. Será bueno, fuerte, y no permitirá que los suyos se vuelvan como las antiguas Serpientes. —Me alegra saberlo—aseguro—. Es decir, siempre habrá un lugar para ustedes en mi clan, pero creo que es un buen proyecto que intentes empezar de cero.


Asiente, y se frota el pelo corto. —Empezar de cero con miembros limpios, nada de basura…—comenta secamente. Me rio bajo. —Claro. Y hasta podremos asociarnos, eso sería bueno para todos. —Es verdad—está de acuerdo—. Sólo vengo a pedirte que nos aguantes un tiempo más… Bufo, quitando importancia a eso. —Tu tiempo en mi territorio no tiene fecha de vencimiento, yo sé que tenés que ordenar varios asuntos antes de irte—digo, seguro. —Sí—concuerda, secamente—. El primero de ellos es vengarme. Si quiero vivir en paz con mi hijo no tengo que dejar vivo a ninguno de los viejos. —Estoy de acuerdo—agrego, muy serio. Claro que tiene que matarlos a todos, no dejar ni uno. Y si necesita ayuda, acá estoy yo con mis chicos, creo que a todos nos conviene que las Serpientes se extingan por completo de una vez por todas. Al menos las viejas lacras, esas que están por ahí afuera, seguramente maquinando más mierda. —Bueno, era eso…—dice, frunciendo el ceño, hace eso todo el tiempo—. Muchas gracias. Todavía no me entra en la cabeza por qué estás haciendo todo esto por alguien que fue tu enemigo por años… Aun así, te agradezco. Me encojo entre mis hombros, la verdad es que no soy la clase de persona que vive de resentimientos. —Vos lo dijiste—sonrío—. Fuiste mi enemigo. Se aclara la garganta, después me envía una cabezadita simple como despedida antes de salirse por donde vino. Silencioso y sombrío. Todo en


ese hombre es oscuro, cada pequeña parte en él es como un enigma. Tiempo atrás estaba convencido de que era la peor mugre pisando esta tierra, hoy puedo decir que estoy sorprendido. No es que lo conozca mucho, pero una vez que lo tuve cerca y hablamos civilizadamente, mi perspectiva se dio vuelta tal como un panqueque. Con él no estoy equivocado, de verdad quiere cambiar, ¿y quién soy yo para negarle su oportunidad? Apenas he vuelto a mirar mis agendas cuando la puerta retumba de nuevo. Parece que hoy los chicos se han puesto insistentes. — ¿Sí?—digo, sin levantar la vista de lo que estoy haciendo. La puerta se abre, luego se cierra y por el rabillo del ojo veo un ajustado vaquero posarse frente a mí. Pero no es eso lo que me obliga a alzar los ojos de un tirón sorprendido, sino el fuerte perfume dulzón que hacía años no se metía por mi nariz. —Hola, León—una media sonrisa acompaña su saludo. Tardo algo más de diez segundos en caer en la cuenta de que estoy mirando directamente a los ojos verdes de la mujer que destrozó mi vida cuando tenía veintidós años. «Eran las cuatro de la tarde cuando arribamos el recinto luego de más de un mes afuera. Me sentía realizado, habíamos logrado pasar el primer viaje largo y complicado con éxito. El paquete fue entregado sin problemas e incluso logramos llegar a casa antes del tiempo que habíamos calculado. Los chicos estaban aliviados de pisar nuestro territorio de nuevo y yo, más que nadie, necesitaba ver a Pedro. Entré en el bar un segundo para saludar a los pocos que se habían quedado, encontré a Laucha tras la barra, encargado felizmente de darles algo a los recién llegados para refrescar la garganta reseca. Acepté la cerveza que me tendió, sólo le di unos pocos tragos antes de devolvérsela. Él me miró fijamente por un tiempo, sus ojos maduros y respetuosos. Noté enseguida que estaba nervioso, cauteloso mientras se aclaraba la garganta.


—Eh… ¿León?—empezó, inseguro—. Uno de los chicos se dio una vuelta por tu cabaña hace un rato, como nos pediste que hiciéramos… y algo le llamó la atención… Fruncí el ceño, ya preparado para salir corriendo a esa dirección. — ¿Qué? ¿Sandra y Pedro están bien?—casi chillo. Asintió de a tirones, levantando su mano para tranquilizarme. —Sí, ellos están bien—dijo, ignoró a uno de los chicos que le pedía una bebida—. Pero vio que ella estaba cargando cosas en su coche… como si estuviera mudándose o algo así… Mis ojos se abrieron, esto me desconcertaba, pero viniendo de Sandra yo tenía que saber que podía esperar cualquier cosa. Le palmeé el hombro y le di las gracias por el aviso, salí del bar tan rápido como pude y me adentré en el claro que llevaba hasta mi cabaña. En efecto, vi el coche de Greg cargado con bolsos llenos hasta casi reventar. Me enfureció encontrarme con esto, pero más loco me puso el saber que estaba esperándome para hacer una escena antes de dejarme. La había llamado unos cuarenta minutos atrás para avisarle que estábamos llegando y ella no dijo ni una sola palabra de esto. Era claro que estaba preparando el terreno, quería agarrarme desprevenido. Abrí la puerta y la cerré con fuerza, el golpe resonó en toda la casa, haciendo temblar las paredes. Pedro, cambiado y peinado, recién salido de un baño, me miró desde la alfombra en el suelo me levantó los brazos como bienvenida. Mi corazón se aflojó un poco, dejando afuera la presión. Fui hasta mi hijo y lo levanté del suelo, lo apreté contra mi pecho mientras colocaba besos por todo su rostro ruborizado y sus mejillas gorditas. —Papá está de vuelta, chico—le dije, sonriéndole. Lo devolví a su lugar entre sus juguetes cuando vi a Sandra aparecer desde el pasillo, cargando otro bolso gigante. Su rostro estaba rojo por el esfuerzo, y sus ojos brillaron al reconocerme allí de pie. Ella deseaba un enfrentamiento, por eso me esperó en vez de irse antes de que yo llegara. Había planeado esto. Sabía que me volvería loco cuando viera que estaba


dejándome de esta manera tan abrupta y desconsiderada. Tomé un respiro, no le di el gusto. No exploté. En cambio, me acerqué a ella y murmuré. —Así que me estabas esperando para despedirte… Asintió, firmemente. La maldad reflejada en todo su rostro de muñeca. —Así es—confirmó—. Despedite de Pedro… Siguió camino hacia afuera, todavía maniobrando con el bolso, la seguí. La encaré, tironeando la enorme cosa de su agarre y lanzándolo lejos. Ya había soportado muchas cosas de ella, como seguramente ella las mías. Éramos dos personas llenas de defectos, y ninguno supo cómo convivir con ellos. Yo creí que esta familia sería perfecta, que sería una buena madre con carácter, y ella creyó que yo iba a ser un maldito muñeco al que podría manejar con sus lágrimas de cocodrilo y sus cambios drásticos de humor. Ninguno resultó ser lo que el otro esperó. Una cosa era nuestro sexo sin ataduras, otra muy distinta fue nuestra convivencia y sociedad a la hora de criar a un niño. — ¿Cómo podés ser tan fría, Sandra?—le dije, frente a frente—. ¿Cómo podés hacernos esto a los dos? ¿No podías al menos sentarte a hablarlo conmigo? Hay muchas cosas para considerar a la hora de una separación— fui levantando la voz gradualmente, pero no llegué al grito enfurecido—. Tenemos un hijo. No podés tomar todo de un día para el otro e irte a la mierda. Te estás llevando a un bebé también, lo estás alejando de mí como si fuera un simple juguete. Ella se cruzó de brazos y esquivó mis ojos, puso esa expresión torcida que tanto me enfurecía, lo hacía cada vez que intentaba ignorarme. Como si yo fuera su padre y ella la niña maleducada siendo castigada por cometer una travesura grave. Era desesperante. — ¿No pensás en lo que esto puede significar para él? Otra vez, sigo sin obtener respuestas de su parte. La tomo del codo con firmeza y la arrastro dentro de la cabaña, pateando a la pasada el bolso que


antes le quité de las manos. Ella protestó y tironeó, pero que me partiera un rayo si la dejaba ir. Antes íbamos a hablar como dos adultos civilizados. —Sentate—ordené, dándole un empujoncito hacia la silla. No se sentó, se dio la vuelta y me enfrentó. —Me cansé—escupió—. Me cansé de tener que ser tu sombra, tu ama de casa, la que vive encerrada en la cocina haciéndose cargo del muchachito mientras te vas por más de un mes. Me cansé de tus planteos estúpidos y tus intentos de ser un “adulto serio”—formó comillas con los dedos para enfatizar ese par de palabras—. ¡No somos adultos serios! ¡Somos una broma de familia! Una familia con un delincuente como cabeza… Permanecí clavado en mi lugar como una tensa estaca. Hice muchísima fuerza para no saltar sobre ella y su egoísta forma de ver las cosas. —Sí, soy un delincuente. ¡Pero no he visto que te quejes cada vez que entras por esa puerta acarreando bolsas y bolsas de ropa cara! Estás siendo alimentada todos los días gracias a este delincuente. ¡No te falta nada, porque hago lo que hago para tener lo que tenemos! — ¡Sí me falta!—chilló—. Me falta amor y atención. Negué frustrado. Me llevé las manos al pelo, quitándolo de mi cara. Solté un suspiro, enviando más aire tenso alrededor. — ¿Querés separarte? Bien, pero no me vas a alejar así de mi hijo. Tenemos que arreglar los horarios, compartir la tenencia… —Andate a la mierda—siseó y se alejó de nuevo hacia la puerta. La vena de mi frente empezó sobresalir y la furia hizo que los latidos de mi corazón se apoderaran de mis oídos. No podía escuchar más que el rugido en mi interior. No lograba ver más allá del manto rojo que atravesaba mi percepción. Sandra se volvió un punto fijo que alarmaba a cada uno mis sentidos, me estaba llevando a explotar como un jodido volcán. La alcancé de nuevo y tironeé de su brazo, atrayéndola. La obligué a mirarme a la cara.


—No te vas antes de que hablemos—gruñí. Intentó empujarme, no lo logró, yo era un gigante y enojado hijo de puta en ese mismo momento. —Pedro y yo nos vamos a ir, quieras o no—dijo, mirando dentro de mis pupilas con saña. No entendía qué le había hecho para que se encontrara tan dispuesta a herirme de esta forma. Ella deseaba hacerme daño, las señales estaban en todas partes. Alguna vez su actitud problemática y vengativa me había atraído, allí mismo me di cuenta de que era el infierno mismo estar al otro lado, siendo el objetivo. — ¡No vas a llevarte a mi hijo así!—aullé, zamarreándola. Esta vez el grito cortó el aire, tanto que Pedro se echó a llorar. Nunca me había visto de esta forma. Sandra se soltó cuando el llanto me desconcentró. —No es tu hijo—carraspeó, venenosa. Ahí estaba, el misil que faltaba. Ese que iba dirigido al centro de mi pecho, más precisamente a atravesar mi corazón. — ¿Qué has dicho?—pregunté, mi voz muerta. Los latidos en mis tímpanos sonaron tal como una cuenta regresiva. Mi respiración se unió, agitada. Severa. Ella se estaba esforzando para sacarme de las casillas y no le quedaba mucho para logrando. —No es tu hijo—repitió, cruel. Tres, dos, uno. Los latidos fueron contados, la ola de violenta llegó hasta mí y me arrastró con ella. No estaba pensando con claridad en ese mismo instante, ni siquiera fui del todo consciente. Vi mis brazos estirarse hacia ella y lanzarla hacia atrás. Su espalda castigó contra la pared, al mismo tiempo que jadeaba. No estuve seguro del nivel de fuerza que había usado, y no lo necesitaba, me horroricé instantáneamente. Más culpable me sentí cuando ella me miró como si fuera un monstruo. Su semblante empalideció y su


aliento se estancó. Inmóvil, contra el yeso, sus lágrimas se desprendieron de las comisuras de sus ojos verdes agigantados y mojaron sus mejillas. Se cubrió la boca, acurrucándose al ver que yo me movía para acercarme. Me frené, sintiendo frío en todo mi cuerpo. —No te acerques—murmuró entrecortadamente—. Nos vamos. Y no nos detendrás porque te juro que jamás vas a volver a ver a Pedro… Le hice caso, permanecí en mi lugar, anonadado. Temblando por lo que había hecho. La vi dirigirse hacia nuestro hijo y levantarlo. Después corrió al coche y se fue. Lo que siguió no lo recuerdo bien, sé que estaba entumecido y perdido. La realidad se volvió dudosa, mi entorno dejó de parecer seguro. Yo creí que estaba en medio de una pesadilla. Dos horas después desperté, uno de los chicos vino a buscarme. La policía se encontraba en el bar. Me querían a mí. Había agredido a mi mujer y tenía que pagar por eso.»


12 León — ¿Qué estás haciendo acá?—suelto inexpresivamente. Me mantengo en mi silla, fingiendo despreocupación. Ya aprendí a actuar inmune frente a ella, años y años analizando nuestra relación. Las cosas que hice mal, las que hice bien. La mierda enferma que ella tenía en la mente. No me sorprendí cuando supe que había entrado en la droga, años después de separarnos, Sandra estaba hecha para los problemas. Me sentí realmente mal por sus padres, ellos no merecían recoger la basura que su hija desechaba. Pero al fin y al cabo, me cerré a todo lo que tuviera que ver con ella. Y ahora tiene la osadía de meterse en mi casa. Finge timidez ante mi pregunta, lleva su mirada más allá de mí y se frota las manos nerviosamente delante de ella. Nada ha cambiado, por lo que veo. El mismo juego de cabello castaño largo y liso, ojos esmeraldas y cuerpo con curvas de infarto. No se ve como una mujer de treinta y siete años. Tiene suerte de ser de esas pocas personas a las que los años y la droga no las destrozaron tanto. —Sólo quise pasar a saludar… La miro como si me acabara de contar un mal chiste. ¿De verdad? ¿Quiso pasar a saludar al hombre al que le hizo la vida imposible años atrás tanto que hasta lo dejó sin nada? Porque eso fue lo que hizo, no soy un resentido, pero tengo memoria. Y mi vida al fin está bien ahora, sin ella. De hecho, todo comenzó a ir bien cuando dejó de contaminar el aire que yo respiraba.


—Hola—digo—. Y adiós—corto, secamente. Se muerde el labio, su mandíbula tiembla. Y sé lo que sigue en su libreto. Llanto, ese exasperante intento de dar lástima. Teatro barato. No me muevo de mi lugar cuando rodea un poco el escritorio, intentando llegar más cerca de mí. Se frena, indecisa porque no parezco interesado, ni alarmado. —Has cambiado—susurra. No digo nada, la miro de arriba abajo, me encanta ver que le desconcierta no encontrar ninguna reacción de mi parte. Ya no tiene poder sobre mí, porque el chico inmaduro que consiguió hace años atrás, ya creció. Ahora soy un hombre, uno al que no le gusta tropezar dos veces con la misma piedra. —Crecí, Sandra—carraspeo, le doy una media sonrisa falsa—. Crecí. Algo de lo que estoy seguro, no habría hecho si te hubieses quedado en mi vida. Frunce los labios, frustrada. Alcanzo a notar un destello de furia queriendo hacer acto de presencia, para mi sorpresa, logra esconderlo bajo la superficie de inmediato. Tenía diecisiete cuando ella lanzó su cuerda y me rodeó en un lazo para atraerme. Era un pendejo, inmaduro, me gustaban las mujeres hermosas. Ella era una. También me volvía loco su sexo desenfrenado y su loca personalidad explosiva. Fui un adolescente estúpido y fui fácil. De hecho me mantuvo tan apretado y encerrado como pudo durante varios años. Aprendí lo que provocada el estar cerca de ella por las malas, tropezando y tropezando con la mierda. Cayendo de culo en ella. Lamento tanto no haber sido más inteligente y menos cobarde cuando supe que las cosas entre los dos no funcionarían. Ese tendría que haber sido el momento de cortar nuestra enfermiza relación. —Por lo que veo, vos seguís siendo la misma—agrego, encogiéndome de hombros.


—Papá me dijo que no querías saber nada de mí—se remueve—. Pero yo necesitaba verte. — ¿Por qué?—pregunto, mi voz firme. Una lágrima baja por su mejilla y toma aire para frenar el llanto. —Porque… no sé… siento que lo nuestro no se ha cerrado del todo. Todavía existe algo que nos une… Se limpia la cara, y da otro paso hacia mí. Cuando me quiero dar cuenta ha caído de rodillas ante mi silla al mismo tiempo que su llanto explota con más potencia. Me atieso, tragando con fuerza mi amargura. Que ella esté haciendo esto me descoloca y me pone un poco violento. Parece que no aprendo a dejar los malos sentimientos encerrados. Sí, es verdad que algo nos une, algo grande y doloroso. Un agujero negro. Pero no pienso hacerme cargo frente a ella. —No hay nada más entre nosotros—digo, duramente—. Nada, Sandra. Métetelo en la cabeza. No hay nada, te encargaste de eso vos solita. Niega, aprieta la tela de mis pantalones en un puño a la altura de mis pantorrillas. —Dijiste que me habías perdonado—gime, se agita, tironeando de mí—. Lo prometiste. Me perdonaste. No respondo, aprieto los dientes. Llevando la silla hacia atrás para que no pueda tocarme más. —No parece que lo hayas hecho, me mentiste—se arrastra de rodillas, sin darme espacio. —Te perdoné—aseguro—. Lo hice. Pero la gente no entiende el significado de eso, ¿no? No entendés, ¿Verdad? Que te haya perdonado no significa que tengas lugar en mi vida de nuevo. No, Sandra, de ninguna manera. Yo te perdone, asunto cerrado. No sos bienvenida a volver.


¿Por qué se arrastra? ¿Por qué tiene la necesidad de humillarse de este modo? Diez años han pasado. Diez. Una jodida eternidad. ¿Y ahora tiene la necesidad de verme e imponerme esta escena? Creía que ella había recibido ayuda psicológica, que estaba mejor. Por lo visto sigue igual, o peor que antes. ¿Les habrá mentido a sus padres? ¿Seguirá drogándose? —Necesito que me perdones, León—su agarre se vuelve firme y siento la presión de ello por todos lados. Me vuelve loco, no hay nada que quiera menos que esta mierda—. Necesito que me perdones por todo lo que hice. Suspiro, perdiendo la paciencia. —Te perdoné hace años, Sandra. ¡Ya está!—casi grito. Niega, entonces sube frenéticamente sus manos por mis piernas, salto como si hubiese tirado leche hirviendo sobre mi regazo cuando descubro que quiere llegar a la cinturilla de mis vaqueros. — ¡¿Qué mierda?!—gruño, fuera de mí. Quito sus manos de mí, sin muchos miramientos y la levanto del codo. Se acabó, esto no da para más. Esquivo el escritorio, avanzando decidido hacia la puerta, estoy tan ciego y afectado que tardo muchísimo en darme cuenta de que la puerta ya está abierta. Y descubro que se halla alguien allí, de pie. Mirándonos. Inmóvil. Me tenso al posar mis ojos en los redondos y grandes de Francesca. Ella respira con dificultad, viendo la forma en la que arrastro a Sandra del brazo. Me freno, soltando a la mujer bruscamente, y le ruego silenciosamente con la mirada que no huya de mí. Que no crea nada de lo que su cabeza imagina ahora mismo. Sandra nota la forma en la que Francesca y yo nos enlazamos sin siquiera movernos o tocarnos y, como ya no es el centro de atención, se seca la cara e intenta recomponerse. Apenas soy consciente de ella, sobra en esta habitación, y me encuentro aterrado de que Francesca se vea afectada por lo que acaba de presenciar. Sandra se dirige a ella y espera a que se corra a un lado para poder salir, Francesca lo hace enseguida y después se queda


allí viéndola irse hacia las escaleras. La sigo, pero no voy más allá, me estanco cerca de Francesca. —Tenés prohibida la entrada a mi propiedad de nuevo, Sandra—le digo a su espalda, ella se da la vuelta—. ¿Entendés? No quiero volver a verte de nuevo, entre vos y yo no hay nada. Se acabó. Aprieta los dientes y, en vez de fulminarme a mí con la mirada, se fija en Francesca, casi pegada a mi costado. No estoy seguro de lo que significa eso, pero no tengo tiempo de analizarlo. Pongo toda mi atención en la mujer temblorosa junto a mí, tengo miedo de su reacción. Ella me devuelve la mirada, preocupada. Y sé que puede leerme, sé que ve dentro de mí todo el dolor que acaba de florecer de la nada. Yo aprendí a esconderlo bien, pero de vez en cuando él sale y se reluce. A veces uno se cierra tanto, que llega un momento en el que tiene que explotar. Francesca lo entiende. Y es por eso que estira su mano y entrelaza sus dedos finos entre los míos. Al fin siento como que puedo respirar de nuevo, profunda y limpiamente. Mi corazón vuelve a su lugar, paz pura apoderándose de él.

Francesca Veo que León se encuentra muy afectado por su encuentro con esa mujer, algo que me remueve por dentro dolorosamente. Le ofrezco mi mano, sin siquiera pensarlo dos veces, lo único que quiero en este momento es que se tranquilice y vuelva a ser el hombre de siempre. El que no lleva los ojos azules empañados de tristeza. Mi toque parece surtir efecto y él tironea de mí para envolverme en un abrazo apretado y consolador. Respiro con fuerza por la presión que crece en mi centro, aunque no tengo la terrible necesidad de apartarme y correr. Me hace feliz estar aquí porque sé que le hace falta apoyo.


Con movimientos suaves me separo un poco y lo dirijo otra vez dentro de la oficina, y una vez allí cierro la puerta para tener más privacidad. Él requiere un poco de espacio, y yo creo que puedo dárselo. Camina en dirección al colchón en el suelo y se lanza encima, a la vez arrastrándome contra él. Acabo sentada a su lado, tan cerca que mi costado se suelda al suyo, sin dejar ni un mínimo espacio entre los dos. Me gusta el calor que me transmite. Subsistimos rodeados de silencio, lejos de ser incómodo, es reparador. Para él porque le ayuda a abastecerse en el interior y a mí porque me va llenando gradualmente de seguridad para poder hablar con él sin impedimentos. — ¿Querés hablar de ello?—pregunto. León dirige sus ojos a los míos, conectamos por varios segundos. Alcanzo a notar cómo su mirada se cristaliza, volviendo a ser el puro azul que conozco, se ablanda conmigo. No dice nada, sólo traga con fuerza, mostrándome cómo sube y baja su nuez de Adán aun detrás de su abundante barba rubia oscura. Todavía sujeta mi mano, la levanta y se queda observándola, metido en su mente. Espero, si quiere contarme estará bien, y si no, no importa. Él ha sido paciente y amable conmigo, yo seré del mismo modo. Quiero tener eso entre nosotros. —Sandra y yo tenemos historia—empieza, su tono apagado—. Empecé a salir con ella a los diecisiete, estuvimos viéndonos por años. No era serio, era sólo sexo, ya sabes… Asiento aunque no me esté viendo directamente, todavía enfocado en nuestras manos enganchadas, juega distraídamente con mis dedos. Y me maravillo con la imagen que crea su piel tatuada con la mía tan pálida, es un cuadro que me gusta muchísimo. —Era cómodo, se volvió como una costumbre—sigue—. Éramos chicos, estábamos bien así, sin ataduras… Entonces se quedó embarazada. Fue en un momento crítico para mí, mi padre había muerto y estaba desolado, solo, perdido en la culpa porque jamás me di cuenta de que él había vuelto a consumir drogas. Cuando Sandra me dio la noticia me alegré, eso me dio


fuerzas, no me importó que fuéramos demasiado jóvenes e inestables. Me hizo feliz. Mi corazón tiembla por el sufrimiento que desprenden sus palabras, con eso me demuestra lo terrible que debe de haber sido para él la pérdida de su padre. Pienso en que me hubiese gustado estar allí para él, en lugar de ella. Sandra no me gusta, es mala, lo vi en sus ojos las pocas e insignificantes veces que la crucé en mi vida. No sigo pensando en ello, ya que sigue con su torturador relato. Me cuenta con lujo de detalles cómo fue el resto del embarazo, la convivencia entre ellos dos, la historia fue poniéndose peor al nacer el bebé. Decir que aquella época fue difícil para él se queda corto. Fue el infierno, lo único que estaba en su lugar y le daba alivio era su bebé. ¿Y dónde está él? ¿Dónde está su hijo? Me da mucho miedo saberlo. —Tuve errores, una infinitud de ellos—explica, tragando el bulto de emoción con fuerza—. No es bueno para mí recordármelos ahora, lo único que puedo decir es que debería haberme separado de ella antes de que todo se fuera al carajo. Antes de que las cosas se pusieran realmente feas. Y no lo hice, por eso lo que vino después fue todo culpa mía. »Llegué a casa de un largo viaje y encontré a Sandra cargando bolsos en el auto de su padre, decidida a irse. Me llené de rabia porque no me escuchaba, sólo quería alejarme de mi hijo, castigarme de alguna forma porque lo que yo le daba no le alcanzaba. No le bastó con querer arrancar a Pedro de mi lado, sino que, en el calor del momento, me soltó que no era mi hijo. Me hizo mierda, me destrozó. Y no importaba que yo supiera en mi corazón que era mío de verdad, me dolía la forma en la que quería herirme con semejante mentira, nunca creí que ella fuera capaz de ser tan cruel. La empujé, sí, lo hice. La agredí. Y vi lo afectada que estuvo después de eso. Entendí que si yo era capaz de asustar a una mujer como ella, entonces había hecho algo muy malo. Cargó al niño en el coche y se lo llevó, no intercedí porque estaba muy sorprendido y espantado con lo que había hecho… Tampoco luché cuando la policía vino a buscarme, en ese momento pensé que me merecía un castigo.


Deseo hacerle entender que no, que él no hizo nada malo ese día. ¿Qué persona con sangre corriendo por sus venas puede aguantar tanta crueldad? No es justo que ella haya usado a su hijo para lastimarlo. Me gustaría convencerlo de que lo entiendo, que él no tiene la culpa por la maldad de Sandra, quien lo manipuló por años y años. Ella destruyó la familia con su egoísmo, e interpuso a su bebé entre los dos porque supo que con eso doblegaba a León como quería. Ella no merece la culpa de este hombre, de hecho, no merece nada de lo que él le dio en su momento. —Me encerraron en una celda, Sandra había declarado y yo no tenía nada que hacer al respecto, sobretodo porque estaba destrozado y no tenía fuerzas para defenderme. Tampoco quería, porque había agredido a una mujer y me sentía la peor mierda pisando la tierra. Seguramente iba a salir pronto, me darían una orden de alejamiento, la verdad es que no escuché demasiado mientras el abogado hablaba… » Greg, el padre de Sandra, vino corriendo ni bien lo supo, gritando que era imposible que yo hiciera algo así. Lo dejaron verme y le aseguré que lo había hecho, que había empujado a su hija. Él, inexplicablemente, estuvo de mi lado, no importó cuántas veces lo asumí. Se movió para que me soltaran cuanto antes. Yo era como un hijo para él, y supe que le dolía verme en esa posición. No aceptó la versión de Sandra, y se puso en campaña para sacarme cuanto antes de ahí. León se detiene, sus ojos se establecen en una lejanía, fijos en la nada misma. Hundido en sus recuerdos, nadando en ellos y en la tortura que significan. Ejerzo presión en nuestras manos enganchadas, intentando darnos apoyo, a ambos. Porque intuyo que lo que está por venir será doloroso, me preparo sabiendo que terminaré con el corazón roto.

León «No estaba seguro de las horas que llevaba allí en la celda, sentado en el suelo frío, mis hombros caídos. Greg se fue temprano, en busca de ayuda, y


todavía no había vuelto. La noche llegó y fui iluminado por una débil luz alejada de donde yo me encontraba. Levanté las rodillas y apoyé los codos, restregándome la cara. Pensé en todos y cada uno de los errores que cometí con Sandra, uno de ellos fue tratar de ser un jodido adulto responsable con ella. Ella no era importante, sólo mi hijo. Debía ser un buen padre para él, nada más. En cambio quise formar una familia, no quería dejarla sola en esto, y todo se enredó a causa de eso. Ahora ella me había alejado, poniendo a la ley entre mi hijo y yo. Estaba esforzándome muchísimo para no odiarla. Mi suspiro resonó en aquel oscuro hueco y cerré mis ojos. En ese mismo momento fue cuando escuché el barullo venir desde las oficinas. Gritos, empujones. Reconocí la voz de Greg diciendo mi nombre, parecía que estaba llorando y eso me alarmó. Me levanté de un salto y me derrumbé contra las rejas, él estaba rogando que lo dejaran verme. Los guardias frenándolo porque el horario de visitas había terminado. Estuvo allí insistiendo no sé por cuanto tiempo, hasta que se lo concedieron. Greg apareció ante mí deshecho, su rostro curtido empapado en lágrimas. — ¿Qué?—pregunté, desesperado. Se llevó las manos a la cabeza, negando. Por un segundo creí que colapsaría a mis pies. —Hijo—balbuceó, ahogándose. — ¿Qué carajo está pasando?—casi grité, su estado me volvía loco. Se limpió la cara, sus movimientos inestables. —Hubo un accidente—se las arregló para decir. Mi cuerpo se heló, me quedé inmóvil mirándolo, esperando por más. —Una picada en el acceso al pueblo, uno de los coches perdió el control— tembló, su llanto volvió—. E-ella… Sandra iba en él… Yo… Pedro…


No pudo seguir, y los latidos de mi corazón se aceleraron cuando el nombre de mi hijo salió de sus labios empapados. —Por Dios—susurró, su garganta cerrándose. — ¿Dónde está mi hijo?—me sujeté a los barrotes con fuerza. Greg dio un paso atrás, sin parar de negar con su cabeza. Parecía que no quería decir el resto. Quise salirme de la celda y zamarrearlo. — ¿Dónde está mi hijo?—insistí—. ¿DÓNDE ESTÁ? —Él… s-salió despedido…—dijo, un susurro que apenas llegó hasta mi sitio. Tragué, y mi pecho se endureció, dejé de respirar, sentí un escalofrío bajar por mi espalda. — ¿Dónde está Pedro?—seguí preguntando, no lograba entender lo que él trataba de decir—. ¿Dónde carajo está mi bebé? Él se atragantó con sus mocos, bajó la mirada al suelo. —Lo siento—dijo, sin aire. — ¿Está en el hospital?— quise saber, ignorando su llanto ensordecedor—. ¿Está en el hospital? —No, hijo—sus hombros temblaron y cayeron—. Él no está en el hospital. Mis respiraciones empezaron a rivalizar con sus gimoteos, mi garganta cerrándose. Sentí como si alguien me jalara hacia abajo, al suelo, incluso más profundo. Mi corazón bombeó con ímpetu, punzando en mis oídos. —Entonces, ¿dónde está?—no dijo nada—. ¿Dónde está? Llévame con él. Como no reaccionaba empecé a gritar y golpear las rejas, los policías se alarmaron y vinieron a ver lo que estaba pasando. Me paseé de un lado a otro, rascándome la cabeza. Mi cuerpo parecía entender lo que estaba pasando, sudaba, dolía, mi vista se desenfocaba. Pero en mi cabeza la historia era diferente, ella no se hacía cargo de la idea.


— ¿Y Sandra?—me frené. —E-ella está bien... Negué. — ¿Y qué pasa con Pedro?—el hecho de que yo no aceptara las cosas ponía peor a Greg. —Dios, hijo—se quejó, a punto de caer al suelo. Volví y me sujeté a los barrotes. —Llévame con él, Greg—supliqué—. Quiero verlo. Llévame con él. Necesito abrazarlo. ¿Dónde lo tienen? No dijo nada, escondió su cara detrás de su brazo, completamente negado a verme frente a frente. Mis rodillas se aflojaron y tuve que agarrarme más fuerte, tanto que mis nudillos se volvieron blancos. —Sácame, Greg—pedí—. Sácame. Llévame con mi hijo. ¡SACAME DE ACÁ! QUIERO IR CON ÉL. NECESITO IR A VERLO. Los guardias no se podían mover, mientras yo me movía en la jaula como una animal salvaje privado de su libertad. Tiré de mi cabello, arrancando mechones, la presión en mis costillas era insoportable. Me faltaba oxígeno, sentía frío en todo mi cuerpo. — ¿Está en el hospital?—me frené, de nuevo preguntando lo mismo. Nadie contestó. —Sáquenme—aullé—. ¡Sáquenme! Quiero ir con mi hijo. NECESITO VER A MI BEBÉ. Tomé una silla que había en el rincón y la estrellé contra los barrotes, todo el mundo saltó con el impacto. Greg se cubrió la cara con las manos. —Debería ser ella—susurré, él se encogió—. Debería ser ella. HIJA DE PUTA. No le bastó con alejarlo de mí. Debería ser ella.


—Lo sé, hijo—lo escuché lloriquear. —Greg—mi garganta soltó un quejido agudo, caí de rodillas aferrándome a las rejas—. Greg, sácame. Sácame de acá. Pedro me necesita ahora, Greg. Tengo que ir con él. —Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance, lo juro, hijo. Salió arrastrando los pies, a punto de caer sin energía. Me quedé en mi lugar, sobre mis rodillas dobladas. Lágrimas comenzaron a bajar por mis ojos, pero por dentro yo no entendía el motivo. No había nada en mi mente, estaba en blanco. Entumecida, completamente negada a aceptar la noticia. Greg me sacó horas y horas después, ya eran las seis de la mañana del día siguiente. Y dejé que me llevara a donde fuera, porque no era capaz de ser consciente. Me subió al coche y arrancó. No me llevó al hospital, no. Me quedé viendo con ojos muertos la entrada de la sala de velorios ante mí. Me bajé del coche como si estuviera yendo con cansancio al supermercado. Mis manos temblaban, mi respiración errática. No había otro indicio de que esto era malo. Realmente malo para mí. Antes de entrar Greg comenzó a llorar de nuevo, esta vez un pañuelo en su mano, acallando sus sollozos. Lo miré con ojos incoloros, lo que vio en mi cara lo puso peor. Abrió la puerta para mí, y fue allí que un mar de lloriqueos arrasó con mis oídos, me tensé. Llevé mis ojos al montón de gente, alcancé a reconocer a Laura, que se encorvaba sobre sí misma haciéndose más pequeña de lo que ya era. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué estaba yo acá? Greg me dirigió y no me resistí, aunque mis pies querían retroceder. En mi pecho fue creciendo una sensación de espanto. Llegué hasta la multitud y sentí como si un lazo grueso me rodeara el cuello, se volvió más y más apretado. Entonces bajé la mirada y lo vi. No, no era Pedro. No era mi bebito. No. No había nada más que una caja de madera. Un ataúd. No uno normal. Un ataúd diminuto.


El mundo a mi alrededor desapareció. Lo único que fui capaz de oír fue un insistente pitido en mis oídos, como una alarma, al mismo tiempo mis entrañas se estrujaron. Me llevé una mano al pecho, sin poder dejar de mirar el cajón. Estaba cerrado, no me dejaba ver lo que había adentro. Pero yo ya sabía. Todos acá sabían lo que allí adentro había. Con el entendimiento llegaron las palpitaciones, el mareo. Mi cuerpo se atiesó, alguien me frotó la espalda, nunca supe quién. La gente me susurraba cosas, nunca supe qué. No me importaban ellos. No me importaba nada porque ya no tendría conmigo a mi bebé. Caminé llevándome por delante a casi todos, me posicioné junto a la caja. —Quiero verlo—dije, monótono, sin mirar a nadie. No obtuve respuesta, sólo más llanto. —Quiero verlo—insistí—. Ábranlo. Déjenme ver. Un hombre pequeño y moreno se me acercó, su mirada cautelosa. Su semblante serio y profesional. —Lo siento, señor—me anunció en voz baja y respetuosa—. Ya ha sido soldado, no se puede abrir. Negué. —Necesito que lo abran—repetí—. Quiero tocarlo. Quiero verlo por última vez… Laura vino, y me tomó del brazo. Intentó llevarme hacia atrás, no pudo moverme. Me quedé clavado en mi lugar y me incliné sobre el ataúd, tocando la superficie lisa y brillante. Estaba fría, y empezó a rociarse con mis lágrimas. Era tan pequeño, que hasta podría tomarlo en mis brazos y llevarlo por mí mismo. Era tan diminuto y, sin embargo, contenía dentro mi vida entera. Mi todo. Me estaba quedando vacío. No me quedaba nada. Capté un movimiento por el rabillo del ojo, y algo me empujó a levantar mi vista. La vi a ella, allí de pie, estrujándose las manos delante del cuerpo. Su rostro rojo y mojado. Estaba sana, intacta. Sólo un rasguño insignificante en


el pómulo, y una gasa en el costado de la cabeza. Nada más. Y ahí estaba en pie, mientras nuestro hijo pagaba por su imprudencia. Señalé el ataúd. —Deberías ser vos—le dije, ella no tuvo la valentía de mirarme a los ojos, la gente jadeó—. Deberías ser vos. Sandra lloró más, se encogió. —Deberías estar en su lugar—mi voz flaqueó, mis lágrimas caían al suelo—. Perra egoísta. Mala madre. ¿Por qué mierda lo llevaste a esa picada? ¿Qué tiene que hacer un niño en esa mierda? Decime, Sandra… Arremetí contra ella, no pude llegarle, ya que alguien me frenó, impidiéndome llegar a ella. —No quiero volver a verte en mi vida… Me quitaste todo, Sandra… ¿Cómo pudiste? Los hombres que estaban allí, mis amigos y otros conocidos, me llevaron afuera mientras Sandra se despedía de Pedro. Me mantuvieron lejos por una media hora hasta que la alejaron para sedarla, entonces pude volver junto a mi hijo. Me arrodillé junto al cajón, y apoyé mis manos en él. Me imaginé que estaba abrazándolo, que rodeaba su cuerpito y lo estrechaba contra mí. Soñé que me sonreía y decía “Papá” por primera vez. Nunca escucharé su voz. Nunca le enseñaré a montar. Nunca lo veré dar sus primeros pasos sin tambalearse. Nunca más me despertaré con su llanto en medio de la noche. Y jamás podré darle consejos sobre chicas. Ya no estaba, mi bebé ya no estaba. Y yo ahora era un condenado al que ya no le quedaba nada. Me había quedado solo. Otra vez. »


Francesca León deja de hablar y yo lo único que puedo hacer es llevarme la mano libre al rostro para limpiarlo. Me estoy ahogando en lágrimas, un dolor constante y progresivo se sitúa entre mis costillas, y sé que mi corazón está irreversiblemente roto por ellos. Por León y su bebé perdido. Por la familia que Sandra destrozó y por la culpa y desazón que él siente gracias a eso. No sé qué decirle para que entienda que todo, todo lo que hizo por ella y su bebé fue lo correcto. Él no es el villano, no importa cuántas veces Sandra quiso hacérselo creer. Los errores que cometió fueron pequeños, lógicos viniendo de un chico de veinte años. Él amó a su familia desde el primer segundo, cosa que dudo que ella haya hecho. ¿Cómo alguien puede ser tan mala? —Lo siento—susurro contra su hombro, he empapado su ropa. Él me responde con un apretón en la mano, aun entrelazada a la suya. Se retuerce para verme a los ojos, él los tiene nublados pero no hay humedad alrededor. Lo que es peor, porque la turbación que hay en ellos es arrebatadoramente potente, y me lastima tanto que no pueda soltar la tristeza como todos los demás solemos hacer. —No lo sientas—me pide, su voz quebrada. —No puedo evitar que me duela tu dolor—me atrevo a decir, aun llorando silenciosamente—. Quisiera quitártelo de adentro. Pero ese tipo de sufrimiento es el que se carga por el resto de los días, me aclaro por dentro. No logro imaginar lo que significa perder a un hijo. Asiente, aun su mirada en la mía, incluso alza su mano para limpiar las gotas que caen de mis pestañas. Es tan dulce, delicado y amable conmigo. Nadie lo adivinaría con sólo verlo, porque es grande, magnífico, hosco en ocasiones, y ofrece una imagen dura y altiva. Aparenta ser invencible. Y, por


el contrario, es un hombre tan equilibrado, puro, sensible y leal como pocos. —He aprendido a llevarlo—cerciora—. No dejo que me derribe, aunque a veces, ciertamente, quiero arrastrarme de rodillas y dejar que me venza. He aprendido a amar la vida, con sus altos y bajos, porque me queda mucho camino por recorrer y no quiero que todo se vuelva negro. Quiero vivir, y sé que al final voy a encontrarme con él. Mi Pedro—sonríe triste. Elevo mis dedos, acaricio su hombro todo el camino hacia arriba, entonces llego hasta los despeinados mechones de cabello oscuro y rozo las puntas. Jamás me he atrevido a hacer algo así, con nadie a parte de mis hijos, las yemas me hormiguean y aprecio cómo él se mitiga mucho más con mi toque. Descubro que hacer esto es mi nueva cosa favorita, podría insistir por horas y horas, jamás me cansaría. Ahora, que León me ha mostrado una parte de su alma torturada y ha abierto mucho más su corazón ante mí, siento que puedo hacer lo mismo. Porque intuyo que él no va a fallarme, me permito confiar. —La perdonaste—adivino, porque se ve como algo que él haría. Por un lado quiero seguir hablando de esto, para que lo saque todo, por otro me da miedo le haga mal. Me transmite un asentimiento, juguetea con mis dedos. No parece afectarle más que yo siga indagando. —Tardé meses y meses en hacerlo—dice, pensativo—. Vino miles de veces al recinto a buscarme, a rogar mi perdón. La recibí cuando estuve preparado, cuando supe que podría mirarla a la cara sin desearle lo peor. Me costó mucho. Me gusta ser un hombre justo, odio el resentimiento, pero con ella, el sentimiento amargo era enorme. Me corrompía por dentro. Muchas veces deseé su muerte, estaba tan enojado y herido. Bueno… soy humano, y tuve que luchar contra eso. La perdoné porque para mí significaba acabar un capítulo de mi vida. Dejar todo atrás y seguir adelante, por más que el drástico final me persiguiera para siempre. Fue una despedida, un cierre. Y la perdoné, sinceramente, no lo hice obligado. Lo hice porque sentí que ya era hora.


Lo observo, me embeleso. Cada momento que paso junto a él equivale a más sentimientos hospedándose y abultándose en mi interior. Es una persona digna de admirar, digna de amar. Ojalá yo fuera capaz de tener, aunque sea, una mínima pisca de cada una de sus virtudes. La capacidad de perdonar, de ver las cosas desde un punto positivo. Su fortaleza de seguir de pie incluso cuando cualquier otro se habría rendido al ver que ya no le quedaba nada. La vida le ha quitado demasiado, y aquí está, fuerte, seguro, inquebrantable. Un luchador. ¿Qué puedo ofrecerle yo a un hombre como este? —Hablamos bien por primera vez en mucho, me atreví a aclarar ciertas cosas—se anima a seguir—. ¿Por qué había sido tan imprudente de llevar al niño en esa dirección? Contó que estaba dando vueltas con sus amigos, divirtiéndose y el conductor de otro coche desafió a su amigo, en el calor del momento jamás pensaron en lo peligroso que podría ser. Mueve la cabeza a los lados, seguramente recordando todo aquello. » ¿Sabes? Sandra era egoísta y cruel, pero no lo hizo a propósito. Creo que pudo más su ambición de diversión, su juventud alocada, se olvidó de que llevaba a su hijo en el regazo. ¿Es una buena excusa? No, no lo es. Fue imprudente y pagó su error. Pedro pagó el error—chasquea la lengua negando con lamento—. Podría haber levantado cargos contra ella. Si yo hubiese querido, habría ido a la cárcel y sus amigos también, pero ¿para qué? Eso no me devolvería a Pedro. Así que, la perdoné y la dejé ir. Se fue a la capital, no la volví a ver hasta hoy y fue un golpe duro. Después de tanto tiempo, no puedo evitar que tenerla en frente me parta al medio. La calma viene y nos abraza, y el ambiente ahora se siente menos pesado. León se desahogó conmigo y el hecho de haberle servido de apoyo me hace sentir llena y satisfecha conmigo misma. Como casi nunca antes lo estuviese. Él se relaja y se echa hacia atrás, apoyando su espalda en la pared, con el movimiento me obliga a ir con él, porque me tiene amarrada de los hombros, no está dispuesto a dejar que me aleje. Tampoco quiero. Así que, no me niego esta grata sensación que recostarme contra su cuerpo.


Usando su pecho de almohada. Oigo los latidos de su corazón, su respiración acompasada. Sus dedos doblados en la curva de mi hombro son cálidos y firmes, me gusta. Mucho más que cualquier otra cosa. Meses atrás ni de lejos habría imaginado esta situación. Estaba cerrada en miedos, aterrada de los hombres y el contacto. Hasta de las miradas. Y ahora mismo, en brazos de León, acumulo más esperanzas de que puedo llegar a ser normal al final de todo, de que no estoy perdida a causa de lo que me pasó. Que no todo es negro, sino que de a poco va apareciendo algo de luz. Paso a paso, se ve el camino más claramente. — ¿León?—le llamo, murmurando. No lo estoy viendo a la cara, pero sé el momento exacto en el que él me brinda toda su atención, su mirada calienta mi coronilla. Sé que no debería decir lo que quiero ocultándome entre la cortina de cabellos, pero es la única forma que puedo enfrentar. Por ahora. — ¿Sí?—pregunta, su voz retumba en mi oído apoyado en su pecho. —Me gusta que me abraces—percibo el calor subir de inmediato a mis mejillas, por suerte él no puede verlo. Me siento como una adolescente en presencia de su primer amor, todo esto es muy nuevo para mí. Sus dedos acarician arriba y abajo mi brazo y no puedo dejar adentro el suspiro que se escapa, el cosquilleo en mi vientre. Su tacto es arrollador para todos mis sentidos. —Amo abrazarte—dice, su tono enronquecido. Me estremezco, y él lo nota, eso intensifica mi rubor. —Sos un buen hombre—sigo, después de tragar hacia adentro el nerviosismo inquieto que me corroe. Enrosca un largo mechón de mi pelo en sus dedos. —Al menos una parte de mí lo es—corrige, suspirando.


Niego, no lo creo. Toda su persona es valiosa, al menos para mí así es. Y supongo que toda la gente que lo rodea, que no es poca, piensa igual. Es un excelente líder, y todo el mundo lo adora. —Con respecto al otro día…—empiezo, quitando el tapón que me prohibía hablar de ello, de mis sentimientos—. Yo… más temprano venía a verte porque quería hablar de eso… —Adelante—me alienta, amable. —Me asusté al escucharte decirlo—cuento, poso mi mirada en ninguna parte, atenta a las palabras que quiero decir. —Lo sé—musita, nunca deja de rosarme—. Sé que te asusté, quizás me apresuré… Niego de inmediato. —No… sólo me tomaste por sorpresa—aseguro, intentando tranquilizarlo—. Yo… creo que… me siento igual. Deja de respirar un momento, las elevaciones de sus pectorales se detienen y siento su corazón galopar con más rapidez. —También siento…c-cosas—trago. Un ejemplo de ello es ese cosquilleo en mi estómago, una sensación hermosa, como si fuera capaz de volar alto en cualquier momento—. Sí, siento cosas por vos. Me gusta que pasemos tiempo juntos. La verdad es que he sentido algo muy profundo por León desde que lo oí por primera vez, y se intensificó cuando al fin lo tuve en frente. De niña era sólo una admiración hacia su talento, su porte. Fue mi héroe y yo lo alababa. De adolescente, su imagen tomó otro significado en mi mente, otro rumbo, directo a la laguna del enamoramiento. Lo que apresó mi corazón aquella tarde que lo vi pasar en su moto, con su novia detrás, fue grande. Yo estaba moribunda y reencontrarlo fue como un golpe de reanimación. Un choque de electricidad directo al pecho.


Todo aquello fue perdiendo forma cuando crecí, y en la adultez terminó por desdibujarse. Perdí en el camino a todos aquellos anhelos adolescentes. Pero, definitivamente, todo volvió a su lugar cuando supe que éste León, el que ahora mismo está abrazándome, es además aquel chico y hombre joven del pasado. Es como si una gran parte de mi verdadero yo hubiese encajado de nuevo donde debería estar. La pieza del rompecabezas amoldándose en el espacio vacío. Este hombre me devolvió muchas cosas. Me hizo ver el mundo con algo más de color y me dio esperanza. ¿Cómo podría mantenerlo apartado? No, no puedo. Tengo que confiar, en mi interior sé que no me va a defraudar. —Pero… yo—me freno, tratando de encontrar las palabras correctas para decir—. Yo no sé… todavía no me siento capaz… León se remueve, entonces percibo su respiración más cerca de mi oreja, eso agita la mía también. —Lo sé, te entiendo—me asegura, barre el pelo lejos para ver mi perfil— . Vas a marcar el ritmo, Fran—la manera en la que sale mi nombre abreviado de sus labios me eriza la piel—. Yo voy a darte todo el espacio que te haga falta, iremos poco a poco. No hay necesidad de apresurarse. Lo que siento, lo que vos y yo tenemos, es grande. Es fuerte. Y el tiempo de proceso valdrá la pena. Prometo que voy a esperarte y, a la vez, ayudarte en esto. Y juro que respetaré tus momentos y reservas. Yo, lo único que deseo es tenerte cerca. ¿Me dejaras quedarme a tu lado, Francesca? Mi nariz pica y mis ojos se llenan, es imposible que mis conductos lagrimales se mantengan secos cuando él me habla de esa forma tan gentil y segura. Sus promesas cavan hondo en mí, las creo, ¿cómo no podría? A León le creo todo, es más fuerte que cualquier reticencia que tenga en el interior. Más poderoso que mis aprensiones. —Sí, te dejaré—contesto, mis labios estirándose un poco a los lados. Él me dedica una genuina y ancha sonrisa, mira la mía con fijeza. Se queda allí mucho tiempo, sus ojos espesándose con un ardor nuevo y vigoroso, por un instante pienso que va a inclinarse un poco más y besarme


en los labios. Detengo el aliento, la mitad de mí esperándolo con expectación, y la otra rogando por algo más de tiempo. No sé si pueda superarlo. De todos modos no importa, porque se vuelve a reclinar sobre su espalda, su brazo rodeándome con más consistencia, oprimiéndome contra él. Me dejo descansar, otra vez, en su pecho. Tranquila. En paz. Deseo que mi cabeza cure alguna vez, porque sólo eso me permitirá disfrutar de la compañía y el cariño de este hombre. Sólo así podré entregarme al cien por cien.


13 Francesca Los días empezaron a mejorar, dejando atrás el invierno. No es que no haga frío, pero al menos el sol no permanece tan cubierto por las nubes oscuras. La nieve ha ido despareciendo poco a poco, y se puede caminar tranquilamente por los alrededores del recinto. Eso me permite abrigar a Esperanza y al fin sacarla al exterior. Hoy venimos con Adela y Abel a visitar a Lucre y sus gemelos, que están cada día que pasa más grandes y regordetes. Nos sentamos en la sala y charlamos mientras cada una cuida a sus hijos. Adela vigila a los más grandes, Tony también se ha unido a jugar, mientras que nosotras atendemos a los pequeños. Los bebés Medina están todavía en la etapa durmiente con solo un mes de nacidos, apenas están despiertos. En cambio, Esperanza está llena de energía y se mantiene curiosa de su entorno. Viaja de brazos en brazos y recibe fiesta de todos lados. Ya sonríe y hasta se le escapan gorgoteos de felicidad. —No va a poder negar que es tu hija—dice Lucre, mientras juega con ella, moviéndola arriba y abajo—. Será una copia tuya… Sonrío y Adela está de acuerdo. Todas miramos a mi hija con atención mientras sonríe y se lleva las manos a la boca. Es verdad que se parece a mí, obtuvo todos mis rasgos, aun así creo que será más hermosa. Y más feliz. Me voy a encargar de ello, le voy a dar tanto amor que se ahogará en él. A ella y a Abel, los dos lo merecen más que nadie. Ahora mismo no veo como algo negativo que me haya quedado sola para criarlos, me las arreglaré para ser suficiente para ambos. Saldremos adelante. Además, tienen una tía de oro que daría lo que fuera por sus


sobrinos. Son afortunados. Y yo también, su apoyo ha sido más que substancial, diría que es uno de los motivos por los cuales he mejorado. —Y los gemelos van a ser una réplica de Max—se ríe Adela. Lucre pone los ojos en blanco, pero después lanza al aire una carcajada. —En todos los sentidos, ya me veo en unos años queriendo enderezarlos—sienta a Esperanza sobre su pierna, la acuna en el hueco de su brazo—. Van a ser terribles. Todas sonreímos, seguramente figurándonos en la mente una imagen de los dos ya crecidos, con sonrisas de hoyuelos y travesura en los ojos. —Y mujeriegos—agrega Adela. En respuesta recibe una fulminante mirada de la madre. —No me mires así, lo escuché hablar con los hermanos… O mejor dicho, lo escuché jactarse de eso—se burla. Todas nos reímos sin poder parar por un buen rato, porque Lucre lanza juramentos y amenazas hacia su hombre, aunque no suenan verdaderas, ya que apenas se aguanta la diversión. Creo que jamás en la vida me he divertido así por tanto tiempo, estar con ellas también me hace bien. Me olvido de todo y, sin siquiera notarlo, sonrío con facilidad. Todavía sigo siendo tímida, lo voy superando gradualmente. Ellas son de gran ayuda al respecto. Adela se levanta cuando el agua para el mate está lista y vuelve ya con todo arreglado para seguir la vuelta. En eso está cuando sus ojos se posan en mí, tratando de leerme. — ¿Y nuestra Francesca?—pregunta, una sonrisa torcida levanta la comisura de sus labios—. Me parece a mí o ¿estás pasando mucho tiempo con León?


Abro los ojos de golpe y, al segundo siguiente, me percato del calor subiendo por mi cuello directo a mis mejillas. De hecho, toda mi cara se siente como si se estuviera cocinando a fuego lento. —Ohhhhh—Lucre me mira, fechoría en su expresión—. ¿En serio? Niego con la cabeza, muy avergonzada. Las chicas se dan cuenta y están a punto de decir algo más, cuando la puerta se abre y Max entra, acompañado por Santiago y León. Trago, y procuro no mirar tan directamente al líder. Las chicas saben leer entre líneas, y no estoy segura de cómo me siento en cuando a que ellas sepan mi cercanía con él. Estos últimos días se ha intensificado nuestra interacción, prácticamente vivimos juntos. Él viene cada día al almuerzo y, a veces, a la cena. Me ayuda a cuidar a los niños cuando intento poner en orden el altillo y limpiar. Por las noches, una vez que los acuesto, nos vamos a la oficina y nos aislamos de todo el mundo. Por horas somos sólo él y yo, la música. Y nos mantenemos cerca, apenas un par de centímetros. Me estoy familiarizando con su toque y sus roces. Y estoy apreciando a más no poder nuestro contacto. —León está organizando un encuentro este fin de semana—comenta Max, se sienta al lado de su mujer y la aprieta contra él—. Asado. Lucre salta. — ¡Sí!—casi grita, entusiasmada—. Ya me olvidé del tiempo que hace que no disfruto de un buen asado. León toma el lugar justo en frente de mí, al otro lado de Lucre y en seguida alza a Esperanza para apoyarla contra su pecho. Hay algo inexplicable, aunque poderoso, que aprieta mi pecho cada vez que lo veo ser tan cariñoso con mis hijos. Intento no quedarme viéndolo fijamente como una boba, por eso llevo mi atención a Adela. Me inquieta encontrarla repasándome con los ojos entrecerrados, suspicazmente. Pasea entre León y yo, ida y vuelta. Me sonrojo y termino bajando la vista a mi regazo, donde están mis manos. Por suerte, Santiago la levanta de su lugar


bruscamente para sentarse él, y después la deja acomodarse sobre sus piernas, eso hace que ella se entretenga y se olvide de mí. Me pregunto si ellos dos han arreglado del todo sus problemas de inseguridades. Yo creo que sí, Adela no ha vuelto a contarme nada y siempre confía en mí para desahogarse. Será porque soy buena escuchando a la gente, y apenas agrego bocado. —El domingo—aclara León. El resto asiente, conforme y dispuesto. Él me mira entonces, sus ojos azules hablándome. Es claro que me está invitando también, espera que esté allí, que cene con él y su familia. Mi primera reacción es negarme impulsivamente, pero luego pienso en que es hora de que me integre más. Ya he aparecido en el bar varias veces cuando ha estado casi vacío, ahora me toca ir y rodearme del grupo entero. Ser parte. Será una comida tranquila, no habrá música alta o alcohol en abundancia. Lucre irá con sus bebés, yo puedo ir con los míos. Puedo hacer esto. Por él. Por mí. Claro que puedo. Lo haré.

León Organizar una comida para tantas personas requiere tiempo y dinero, pero creo que es un buen momento para esto, valdrá la pena. Hemos atravesado por ciertas situaciones este año, demasiadas. El conflicto con las Serpientes y el ataque, fue lo más significativo. Pensar en lo cerca que estuvimos de perder todo me eriza la piel, por suerte pudimos gritar victoria en el desenlace. Perdimos hombres, corrió mucha sangre bajo nuestros pies, pero había que elegir entre eso o morir y extinguirnos. Supimos defendernos, a nosotros y nuestro territorio. Si queríamos formar familias y crecer, era algo necesario.


Por eso me pareció una buena idea hacer algo para celebrar. Además, los gemelos de Max y Lucre están ya entre nosotros y han traído con ellos un aire fresco y rehabilitador. Cuando nuevas vidas nacen, llegan también buenos augurios. Esperanza. Hay varias cosas por las que tenemos que estar agradecidos, y esta noche vamos a levantar las copas y brindar por ellas. También voy a hacerlo por Francesca y sus hijos, porque me hace feliz poder ayudarlos y tenerlos en el recinto. Y por lo que ha florecido entre nosotros, un cariño que va directo a convertirse en algo grande e intenso. Quiero agradecer al destino por volverla a poner en mi camino, ella me hace feliz. Y quiero significar lo mismo para su vida y la de su familia. Deseo formar parte y, si sigue abriéndose a mí, creo que lo lograré. Nos necesitamos, ya que los dos nos ayudamos a sanar nuestras almas mutuamente. El otro día fue un gran ejemplo de eso, cuando me consoló después de chocarme con Sandra, fue como un golpe en medio del pecho para mí. Una puñalada que revivió aún más a mi corazón. Me tomó de la mano, me abrazó, me sostuvo contra ella mientras vomitaba mi dolor. El mismo que tuve guardado dentro por años y años. Luego se recostó contra mí y me dejó acariciarla, entonces me confesó que se estaba sintiendo igual que yo con respecto a nosotros. Ese momento nos unió muchísimo más, marcó el punto final de una página para así dar la vuelva a la siguiente. Estoy satisfecho con los resultados, con la relación que estamos forjando. Hace una hora, Adela la encerró en el altillo, llevaba un bolso con ella cuando la empujó hacia allí, sacándola de la oficina para alejarla de mí. Dijo que quería hacerle un cambio de estilo. Me hizo estallar en carcajadas la expresión de pánico que invadió el rostro pálido de Francesca, obviamente no quería saber nada con la idea de usar ropa nueva. Escuché a Lucre y Adela hablar sobre eso un par de días atrás, maquinando, esas dos son de terror. Y la pobre Francesca no tiene nada que hacer contra ellas. De todas maneras, mentiría si dijera que no me siento curioso al respecto. Ansío ver el cambio.


Salgo al exterior por la puerta trasera de la cocina y me dirijo hacia los muchachos que eligieron encargarse de encender los carbones y colocar las parrillas. Ya todo está listo para completar con la carne, así que voy en busca de las bolsas y encargarme. Estoy a mitad de camino de llenar la superficie cuando uno de los hermanos se me acerca, su ceño fruncido. Me avisa que hay un coche sospechoso en la entrada del recinto y que sería bueno que vayamos a inspeccionar. Me encojo de hombros, y a ciegas busco un trapo húmedo para limpiarme las manos. No sé quién puede llegar a ser, mejor fijarnos. Espero que no sea nada que nos arruine la noche, eso cambiaría drásticamente mi humor. Aseguro que puedo encargarme yo solo, le dejo mi lugar para que siga con el trabajo. Mejor que nos apuremos si no queremos cenar a medianoche. Atravieso el bar y lo dejo atrás, desde la puerta del frente. Camino en dirección al coche, un BMW reluciente. Entrecierro los ojos para tratar de ver las personas que hay dentro. No he visto nunca uno como este por los alrededores, es raro, aunque no me transmite inseguridad. Antes de que llegue a él, la puerta trasera se abre y lo primero que veo es un pie enfundado en un alto tacón chocando el suelo. Una chica jovencita y muy delgada sale de él y cierra. Entrecierra los ojos y tiembla cuando la brisa fresca la golpea en la cara y desliza el pelo largo, castaño, hacia atrás. Me meto las manos en los bolsillos y la estudio, curioso. Intento no hacerla sentir nerviosa, aunque no creo que lo haga más de lo que ya está. Su forma de vestir me dice mucho, no es de por aquí. Más exactamente, parece pertenecer a la gran ciudad. Seguramente Buenos Aires. Su porte y elegancia es otra de las cosas por las que me doy cuenta. Sus ojos son de un azul medianoche y su tez es blanca, lechosa. Fina, delicada, rica. ¿De dónde salió? ¿Y qué la trae por estos lados? —Señorita—inclino la cabeza para saludar. —Hola—dice, su voz cantarina y aguda me agrada.


Se abraza a sí misma y mira en todas direcciones menos hacia mí. Está afectada e inquieta, es lógico, este lugar puede resultar muy intimidante para una chiquilla como ella. — ¿Puedo ayudarte?—le pregunto, amable. Sostengo mi paciencia al ver que duda, y se siente insegura. Después de un momento se envalentona y decide continuar. —Estoy buscando a Santiago Godoy—bueno, eso es algo totalmente sorpresivo—. Según la información que tengo, él vive en este lugar. Mis párpados se cierran hasta que la estoy viento a través de una pequeña rendija. No es sospecha, sólo que ahora mismo, estoy tan curioso que apenas me puedo quedar quieto. Ella está acá en busca de La Máquina, eso es raro. — ¿Puedo saber por qué?—eso es mitad procedimiento de precaución, mitad fisgoneo. Lo reconozco. Infla sus mejillas y hace saltar sus talones, y eso me parece un gesto de lo más dulce. Revolea los pozos azules en todas direcciones, otra vez dudando. —Él…—traga, frunce los labios maquillados con brillo—. Él es mi hermano… Okey. Ahora sí estoy estupefacto. ¿Su hermano? Está bien, yo no sé absolutamente nada sobre el pasado de Godoy, pero jamás imaginé que había dejado atrás a alguien más. Simplemente asumí que ya no le quedaba familia, además de Lucas Giovanni que es su medio hermano. Ahora esto, acaba de dejarme boquiabierto. ¿Qué hago? Supongo que el primer paso es invitarla a pasar, no quiero que se enferme ya que parece que se está muriendo de frío. —Está bien, cariño—digo, siendo suave—. Vayamos adentro a buscar a tu hermano.


Se muerde el labio y se sobresalta un poco, seguramente había estado esperando una confirmación. Veo que sus irises se espesan, humedad invadiéndolos, y eso me llega al interior de muchas formas. La pobre chica se ve perdida, pero a la vez desesperada por ir a buscar a Santiago. Deduzco que hace mucho, muchísimo tiempo que no lo ve. Al llegar a la entrada me percato de que estamos casi todos. Lucre ya está en una mesa, sus hijos yendo de acá para allá entre los hermanos. Max está en la barra, el resto se ha sentado o dispersado por ahí tratando de ordenar las mesas y los lugares que quedan libres. No veo a Francesca por ningún lado, supongo que pronto bajará. De verdad espero que se anime. Pero si no lo hace, entenderé. La chica—ahora que pienso, no le he preguntado su nombre entre todo el asombro—se detiene en el umbral y observa alrededor con ojos como platos. Rebusca entre la gente, uno por uno, sin duda tratando de localizar a la persona que busca. No creo que vaya a encontrarse con lo que imagina, tengo la sospecha de que va a estar afectada por la imagen que hoy manifiesta Santiago, La Máquina, Godoy. Ella se da cuenta de que la gente la mira con curiosidad e interés, ya que es raro ver a alguien como de su estilo en este lugar, sin embargo, está concentrada en su búsqueda. Y detengo el aliento cuando lo localiza, obviamente, en su lugar habitual, en su mesa del rincón. Solitario. Procesa la imagen, puedo ver que se encuentra contrariada, e incluso más asustada que antes al ver que su hermano no es el mismo que recuerda. Aun así, emprende camino en su dirección y se para justo en frente de él. El rostro de Santiago se eleva al ver los extraños zapatos que lleva. No veo cambio en su rostro cuando la mira a la cara, aunque sus ojos se oscurecen, poniéndose casi negros. La reconoce, y al hacerlo se pone de pie lentamente, alzándose en toda su estatura. No importa la medida de sus tacones, sigue siendo pequeñita al lado de cualquiera de estos hombres. Uno de los chicos viene a mí desde las parrillas, me habla, pero no estoy prestándole atención, completamente concentrado en el reencuentro de los hermanos. Se miran fijamente por segundos interminables, no se dicen


nada. Entonces veo cómo la delicada espalda de la chica se atiesa y su brazo sale disparado hacia arriba con una rapidez alucinante, su mano estalla contra el costado de la cara de Godoy y todo el mundo se paraliza. Un jadeo colectivo se enciende. Inmediatamente, una Adela furiosa salta desde la barra y corre en dirección a ellos. Así es como la cosa se enloquece un poco, aunque no es nada que Santiago Godoy no pueda controlar. Eso seguro. Se lleva a las dos mujeres afectadas lejos de los curiosos, seguramente para arreglar las cosas con privacidad. Creo que al hombre le va a llevar tiempo, ya que las dos chicas se ven muy heridas, Bianca porque su hermano la dejó atrás y Adela porque le ocultó todo lo que tiene que ver con ella, que no es algo insignificante. Decido darle un vistazo al asado, y veo que le falta cerca de una hora para terminar de hacerse, así que decido tomar una ducha rápida, antes de sentarnos todos en nuestros lugares y comer.

Francesca Adela sale del altillo, dejándome sola. Tengo el ceño fruncido, no es desagrado, aunque me siento rara. No sé si este cambio de estilo me favorece, tampoco si me termina de gustar. He pasado por muchos cambios en mi vida; de niña usaba ropa de segunda mano, lo primero que encontraba o me donaban. Nunca eran bonitas, y no es que eso me importara, la verdad. Existían cosas más importantes que me tenían ocupada, como sobrevivir el día a día por mí misma. En la adolescencia tuve lo mejor, mi madre adoptiva me arrastraba a hacer compras seguidamente y juntas elegíamos los conjuntos. Generalmente eran vestidos de diseñador, alguna que otra pieza combinada, joyas y adornos. A veces me parecía demasiado, sin embargo no lo decía, porque quería complacerla. No tuve el corazón de rechazar nada que de lo que mis padres hacían por mí. Y al


casarme con Álvaro, mi estilo se volvió más remarcado, él me ordenaba vestir impecables vestidos, lucir peinados elaborados, levar el maquillaje justo y prolijo, y las mejores joyas. Su esposa de ninguna manera debía verse menos femenina y elegante. De modo que, ahora mismo, verme en un ajustado vaquero desgastado y una blusa corta que casi muestra mi estómago, con un recatado, pero no tan cubierto, escote, me hace sentir algo incómoda y extraña conmigo misma. Aunque debo reconocer que la vista en el espejo no me desagrada por completo. El estilo es, sin duda, muy Adela. Estos últimos meses he estado usando ropa demasiado grande como para mi cuerpo, y me resulta inquietante que el dobladillo de la camisa se me suba demasiado, no quiero mostrar mi ombligo, mucho menos las estrías que mis dos embarazos dejaron. Son horribles. Tendré cuidado con eso. Voy en busca de mi hija y la sitúo en su huevito, ya listas las dos para bajar. Procuro no comenzar a sudar como loca de inmediato, mientras me deslizo por las escaleras, el ruido me indica que ya hay demasiada gente amontonada. Me repito por dentro que tengo que superar mi pánico hacia las multitudes y al roce con las personas. Ya es momento. Después de todo he estado permitiendo que un hombre se me acerque y me toque continuamente, sin importar que sólo ocurra de un modo inocente. Eso debería funcionar como un preparativo. Además, ya me mezclé una vez ¿no? Aquella en la que corrí a buscar a León, el día que llegaron de viaje. Estaba tan ansiosa que me olvidé de todo lo que me rodeaba. Entro, me mezclo entre los hermanos, muchos de ellos me dan una ojeada e inclinan sus cabezas como saludo de bienvenida. Hago lo mismo, sin retener mucho mi mirada en ellos. Me adentro más allá y reconozco a Lucre ya acomodada en una mesa, vigilando a los chicos que sostienen sus bebés. También se ve algo preocupada, y le pregunto por eso cuando llego a ella, tomo el lugar junto al suyo. — ¡Te perdiste la escena de la noche!—me dice, mientras me siento—. Se ve que Santiago tenía una hermana perdida, jamás le dijo a nadie sobre ella. Ni siquiera a Adela. Y… adivina qué—me mira, expectante.


Me encojo de hombros, y busco entre la gente por Adela y Santiago. No los veo por ningún lado. — ¿Qué?—pregunto, curiosa. —Esa hermanita acaba de aparecer—suelta, y la observo, preocupada— Sí. Ha venido. Salió prácticamente de la nada, se paró frente a su hermano y le dio una cachetada, deberías haberlo visto—sigue contando, se ve inquieta—. Se armó una buena, Adela saltó y casi la arrastra de los pelos, pensó que era una amante—escupe una seca carcajada—. ¿Te imaginas a Santiago con una amante? Yo no, con la única que encaja es con la loca de Adela. Pero entiendo que ella haya sacado esa conclusión… Doy una débil cabezadita, tengo que hacer un esfuerzo para seguirle la corriente a esta chica porque habla muy rápido, generalmente. Ahora mismo está exaltada y eso la acelera aún más. —Ahora se fueron. Santiago se las llevó a ambas a su departamento, supongo que tiene muchas cosas que explicar. A las dos por igual. ¡No puedo creer que no le haya dicho nada a Adela sobre esto! Yo estaría furiosa. Se veía tan herida—se lamenta—. Cuando vea a La Máquina voy a soltarle más de un sermón, no puedo creer que haya sido tan tonto. Niega y chasquea la lengua, entonces Max viene cargando uno de los bebés que berrea con furia. Ella se queja y bromea con él, ya que siempre que ellos lloran, a la primera que buscan es a la madre. Nadie se aguanta por mucho tiempo las lágrimas de ningún bebé. Sonrío por eso, entendiéndolo, y después me tomo un segundo para recorrer el lugar con atención. Me sorprende ir perdiendo poco a poco el sigilo y el miedo, me siento integrada con rapidez. Nadie me presta mucha atención, la verdad, todos están charlando o pasando el tiempo mientras toman refrescos. Otros se han amontonado en la esquina, jugando al billar. O a las cartas. Mi cuerpo se va a aflojando gradualmente. Encuentro en un rincón a Abel, está jugando con Tony, ambos despreocupados y alegres. En cada ocasión se los ve con algún juguete diferente, ahora mismo tienen un juego de motos que no he visto antes. No


sé quién se los habrá dado, los consienten demasiado. Van a malcriarlos. Y no estoy en contra de ello, me parece que ambos niños merecen ese trato. Intuyo que Tony tiene una dura historia detrás, al igual que mi amado Abel. Sólo espero que mi hijo no sea lo suficiente consciente de todo lo que ha estado pasando a su alrededor tiempo atrás. Con suerte nada de lo que pasó va a afectarlo en el futuro. La puerta medio escondida al costado de la barra se abre y me entretengo, notando que León sale, viniendo desde la zona de la piscina y el gimnasio. Tiene el pelo mojado suelto, puesto detrás de las orejas, seguro a causa de una ducha. Pierdo la capacidad de respirar al recorrerlo de arriba abajo, mis entrañas hormigueando. Hay algo en la imagen de él con el pelo sin atar que me deja incapacitada para llevar a cabo cualquier otra acción que no sea observarlo. Todo él es un cuadro difícil de ignorar, y no sé cómo describir la sensación que me abriga cada vez que lo tengo de pie justo frente a mí. Ni siquiera consigo pestañear. No me ve, se para y habla con algunos de los chicos, sigue la misma proyección a medida que avanza. Siempre prestando atención cada vez que alguien se le acerca a decir algo. Es atento y gentil con todo el mundo. Hace que sea imposible no obsesionarme más y más con él. Y, sí, lo considero como una obsesión porque a estas alturas ya no me importa. Enamorada, obsesionada. Es casi lo mismo, y creo que tengo mucho de las dos encima. Algo amarra mi muñeca y me lleva a desconectar el trance en mi cabeza, me giro para toparme con Lucre que tironea de mí para que me ponga de pie. Lo hago siguiéndola, le pide a uno de los chicos ya acomodados en la mesa que mantenga un ojo en Esperanza que está dormida en su huevito, entonces me dirige más cerca de la barra, en dirección a León y el pequeño grupo a su alrededor. A medida que nos acercamos mis pasos pretenden ralentizarse. Lo veo reír alto por algo que alguno de los chicos le dijo y, a continuación, gira el rostro, clavando sus ojos en mí. Trago violentamente. La sonrisa en su cara se borra, como si nunca hubiese pasado por allí, sus pupilas se agrandan y el color azul cristalino de sus irises se oscurece. Advierto cómo estruja su mandíbula bajo su barba. Así, su mirada baja, baja y baja. Y ya no se está fijando en


mi rostro, sino en mis piernas, llegando a mis caderas, luego mi cintura y vientre. Más arriba. Al saber que se pasea por mis senos recibo una descarga de electricidad en mi espalda baja. Mi boca se reseca, y necesito de repente un trago de refresco, con hielo. El calor casi insostenible que sube por mi pecho y cuello hasta mi rostro hace que me tambalee un poco. Creo que nunca lo vi mirarme de esa manera. Es tan penetrante, me afecta de miles de formas desiguales. Y todas agradables, tengo que reconocer. Nos unimos a la ronda, Lucre me posiciona junto a él, y acabamos tan cerca que mi lateral se pega al suyo. El ardor aumenta, drásticamente. Incluso empeora, porque eleva su palma abierta y la estaciona al término de mi columna, la blusa se levanta y siento las yemas de sus dedos rozar mi piel delicadamente. Me estremezco y se da cuenta de ello, por eso desvío mis ojos de su rostro y me enfrasco en la conversación. O finjo que lo hago, porque estoy en todos lados menos aquí mismo. Mi cabeza es una nube gris de vapor, no logro concentrarme en nada aparte de su contacto. Hablan, hablan y hablan. León y yo permanecemos mudos. Creo que también está compenetrado sólo en mí, eso hace latir tan rápido mi corazón que mi cuerpo se agita, siento los bombeos en mis tímpanos. En algún momento que no recuerdo, nos avisan que la comida ya está lista y nos dispersamos, León se aleja de mí y no me gusta el frío que me invade. Permito que Lucre me dirija de vuelta a la mesa, respiro y me siento, me ocupo de que mi bebé esté tranquila, aun dormida. Abel corre hacia mí y pide sentarse en mi regazo. Lo acomodo y voy sirviendo ensalada en mi plato como hace el resto, mientras nos van sirviendo la carne. Estoy ocupada alimentando a mi hijo en el momento en que escucho la silla justo mi costado ser arrastrada, a continuación León se deja caer en ella. Me da una sonrisa y barre el pelo lejos de mi cara, como hace casi en toda oportunidad que consigue. La puerta del bar se abre y eso me distrae, me fijo enseguida en Adela, que está entrando con Santiago. Tiene los ojos rojos, como si hubiese llorado, él parece frustrado también, pero van agarrados de la mano y eso me tranquiliza. Detrás de ellos viene una chica muy joven, jamás la vi antes,


camina acurrucada entre sus hombros, como si quisiera esconderse de todos. Toma asiento al lado de su hermano. O eso asumo, por lo que contó Lucre hace un rato. Cerca de media hora después arriba otra pareja, también con un bebé. Reconozco a la chica, es la enfermera que me atendió aquel día en el que Adela me sacó de la casona y me trajo al recinto, salvándome de una muerte segura. El día que todo terminó. Se llama Lucía, y es acompañada por un gigante rubio, que es hermano de Lucre, por lo que entiendo. Él trae en brazos al bebé que es una réplica de él, pero en vez de ojos grises, tiene unas enormes y redondas esferas verdes. Parece un muñeco. Me quedo viendo cómo Lucre salta sobre ellos y los aprieta en un abrazo. Seguido se roba al niño y lo revolea con entusiasmo. Me rio, no puedo evitarlo, ella desprende tanta energía. León se levanta para recibir a la familia, estrella la mano amistosamente con él—su nombre es Lucas—, y después rodea a Lucía. —Perdón por la tardanza—comenta ella, parece que va a desaparecer entre los brazos de León, es muy pequeña—. Acabo de terminar mi turno en el hospital, hoy fue movido. Él poca importancia le da y los invita a unirse. Se ve incluso más contento de tenerlos en el grupo. —Ya estamos todos—da un aplauso y vuelve a su lugar. El resto de la cena es tranquila, hay música baja y el ambiente es muy familiar y cálido. Todos ríen, charlan, bromean. No puedo evitar sentirme cercana a todos ellos. León a mi lado se ve muy feliz y eso provoca que mi corazón se altere con el mismo sentimiento. Me gusta verlo sonreír e interactuar con todos, y no hace falta ser adivino para saber que esto es para lo que vive, lo que lo llena, y nunca en la vida podrán alejarlo de la gente y el lugar. Todo esto forma parte de él, es él. Su esencia. Sin el clan se sentiría vacío. Después de comer nadie se mueve de su lugar, veo a los gemelos cambiar de niñera a lo largo de la mesa. También le toca esa suerte a


Esperanza, que parece estar en plena salsa. Es una bebita muy simpática, y la gente no puede evitar dedicarle monadas. Me mantengo en mi lugar sin poder apartar la atención de todos, hasta que me percato de alguien dando un salto sobre la barra. Es Max, y está de pie allá arriba, intentando llamar la atención de todos. En menos de un par de segundos el bar enmudece, dándole espacio. — ¿Qué?—Lucre, a mi lado, frunce la entre ceja—. ¿Qué trata de hacer? Soy la única que la escucha, no me preocupo en responder, porque supongo que ya lo sabremos. Miro a León, él me da una sonrisa de lado, toda sabihonda, se estira perezosamente en la silla y apoya el brazo en mi respaldar. —Bueno—Max empieza, interrumpe nuestra mirada, lo veo rascarse la sien despeinándose en el proceso, se ve nervioso—. No soy bueno en esto, pero trataré de no embarrarlo… Todos escuchan atentamente, Lucre empieza a removerse en su silla. Creo que todos en esta habitación tenemos una leve sospecha de lo que esta escena significa. —Como todos acá saben, aquella rubia de infarto—señala a Lucre, ésta se encoje, poniéndose roja—. Sí, ella, la que se quiere esconder. ¡No te cubras, cariño!—se ríe cariñosamente—. Esa rubia que no quiere reconocerme y me deja en ridículo, es la mujer que amo con todo mi jodido corazón, con toda mi maldita alma negra. ¡Cariño, no me destroces así! Lucre se rinde y se asoma, irguiéndose en su silla. Se ríe, acompañada del resto, de a poco acostumbrándose a la atención extra. —Así me gusta más, amor—suspira él teatralmente, hace carcajear a todo el mundo. No conocía esta vena bromista de él, le hace ver más atractivo—. Saben…—suspira, y se pone serio de una vez. Intenso—. No lo he estado haciendo bien durante algunos años, la verdad es que estaba perdido. Estuve perdido toda mi vida, y… sé que puede sonar cliché, pero me recuperé a mí mismo gracias al amor de esa hermosa mujer. La dulce


Lucrecia. Ella es tan fuerte, tan pura, que no paro de pensar en que no soy suficiente hombre para ella. Pero, como soy un egoísta hijo de puta, voy a dejar pasar eso, porque no puedo vivir sin ella. Lo he intentado y ha sido detestable… como bien dijo aquel amigo mío, vivir sin ella me convertía en una babosa arrastrada e insignificante. Deprimente. Y ahora que repaso el pasado con más claridad fui eso… fui eso y miles de cosas más, todas malas. Aun creo que no hay nada rescatable en mí, es verdad, no sé qué habrá visto Lucre que la enamoró tanto. No soy especial, sólo soy un tipo común que acarrea errores y tormentos. Sin embargo, esa mujer que vale oro me ama, y estoy tan jodidamente agradecido por eso… Tanto, que cada vez que despierto por las mañanas y la veo junto a mí, el sentimiento me golpea tan fuerte que los ojos se me llenan de lágrimas. Sí… llámenme marica. Lo soy. Soy todo eso y más por ella… Junto a mí, escucho a Lucre aspirar ruidosamente por la nariz, se lleva las manos a la cara, limpiando las lágrimas que comenzaron a deslizarse desde sus ojos. Eso hace que un nudo de emoción obstruya mi garganta. —Es por eso que quiero aprovechar este evento, ya que estamos todos, quiero que sean testigos del amor, de la felicidad que siento. Tan grande que apenas cabe dentro de mí. Lucre, mi vida—la busca con la mirada, sus ojos se ablandan cuando la ve llorar—. Te amo. También te admiro, muchísimo. Como mujer, como madre, como persona. Sos maravillosa, única, y me haces el hombre más feliz del universo, ¿te lo he dicho? Sí, creo que como un millón de veces, y nunca está de más repetirlo. Quiero darte todo lo que te mereces, quiero hacerte feliz, a vos, a nuestros bebés. Me has dado lo más grande y valioso que un hombre puede tener. »Ese día, cuando trajiste a nuestros hijos al mundo, me arruinaste. Creí que no podía amarte más, pero estaba equivocado. Me enamoré diez veces más ese día, y durante todo este mes, lo hice otras diez. Y sé que será así para toda la vida, cuando crea que ya no me entra más, vendrás y plantarás otra ración de amor. Jamás voy a tener suficiente de nosotros, cariño. No sé qué más puedo decir, que ya no haya dicho. Sólo te quiero hacer la última pregunta: ¿Le pondrías el sello final a esta etapa y así abrir otra, amor?


¿Serías mi esposa? Así puedo gritar que sos mía a los cuatro vientos. ¿Me harías ese impagable honor? Quiero ser tu esposo, quiero que cierres con candado los grilletes en estas muñecas, porque nada me haría más feliz que pertenecerte por el resto de mi vida. ¿Te casarías conmigo? Lucre apenas puede hablar, se atraganta con sus lágrimas. Y veo que no es la única, Lucía está acurrucada contra su marido sonándose la nariz. Adela mira a la pareja ida y vuelta con una sonrisa enternecida en la cara. Y yo estoy a un paso de dejar salir gotas gruesas de mis ojos. Los hombres están callados, sonríen, y esperan con expectación la respuesta de Lucre. Ella se pone de pie muy lentamente, intentando juntar sus emociones. —Por Dios—dice por lo bajo, recuperándose—. No sabía que el carnicero podía ser tan dulce…—comenta, limpiándose las comisuras de los ojos—. Qué bueno, no lo elegí tan mal—todos ríen ante sus palabras—. La verdad es que… me tomaste desprevenida, querido. Jamás me lo imaginé. Y no es necesario, lo sabes, soy tuya. Lo fui desde que tenía quince simples y miserables años y lo seré hasta mi último suspiro. Pero estaría mintiendo si dijera que esto no me hace feliz y que no quiero casarme con vos… Sos el único hombre que he amado, y obvio que quiero pertenecerte, incluso más de lo que ya lo hago… Definitivamente sí, quiero ser tu esposa… Max sonríe intensamente y salta desde la barra, corre hacia ella, sorteando sillas y mesas, tropezándose con sus hermanos. Y termina estrellándola, encerrando su delgado cuerpo contra su pecho. La estrecha, y la besa por todo el rostro, bebiendo sus lágrimas. Mi corazón se acelera por semejante acto de ternura y amor puro. Se despegan un segundo y él saca de su bolsillo una pequeña caja cubierta de terciopelo azul. La abre y le pone un hermoso y delicado anillo en el dedo, sólo para volver a rodearla, mientras sigue lloriqueando, sobrepasada de tanta emoción. Son acompañados por los aplausos y ovaciones de todos los hermanos. Nunca he visto una escena más preciosa, pienso mientras me seco los ojos. Y se me cruza por la cabeza que… realmente me gustaría experimentar esa clase de amor profundo e interminable.


León se levanta y abre los brazos para darle las felicitaciones a la pareja. Sus labios están estirados en una ancha curva, feliz por lo que acabamos de presenciar. Mi respiración se traba cuando sus ojos azules brillan en los míos, me da una mirada larga y eficaz que me derriba. Lo esquivo y me muerdo el labio, aguantando la punzante sensación en mi pecho, una pelota creciendo en mi estómago. Todo este asunto me puso sensible y temblorosa. Me paro sobre mis pies inestables y también saludo a los comprometidos, sólo para tomar la manija del huevito de mi hija y emprender mi camino a las escaleras, necesito un período a solas. Mientras me escapo me percato de la firme presión en la cara trasera de mis ojos, mi enfoque se nubla. No fue bueno desear algo como eso para mí, se me hace tan inalcanzable. Siento que no lo merezco. La vida ha sido cruel conmigo desde el principio de los tiempos, sólo a mi tonto corazón se le ocurre por un segundo que pondrá en mi camino la posibilidad de un amor como ese. Sobre todo cuando sé que me encuentro limitada en todo lo que tenga que ver con ello. Debo meterme en la cabeza que nunca voy a poder darle ese tipo de felicidad a un hombre. Álvaro se encargó perfectamente de eso. Me resguardo en el altillo, dejando a Esperanza en su cuna, ya vestida con su pijama. Mientras me inclino y la cubro con las mantas, me voy quebrando lentamente, percibiendo cómo en lo más profundo de mi centro se destruyen algunas esperanzas recién nacidas. Despido más lágrimas en el proceso. Estoy irguiéndome en el instante en que la puerta se abre de golpe y la grandeza de León ingresa a través de ella. Se detiene en seco al ver la humedad en mis mejillas, los puños se le cierran a los lados. Trago, clavada en el piso, su contemplación me acaricia desde la distancia, y siento como si mi cuerpo levitara. —Francesca—murmura, su voz afectada. Mis labios se sacuden cuando los abro e intento decir algo coherente. —E-eso fue hermoso—sorbo por la nariz.


Él me encara, apenas he pestañeado cuando se frena soldando su pecho en el mío. Mis pulmones dejan de responder y mi piel arde, entonces él se inclina y, sin mediar palabra, posiciona sus labios sobre los míos. Me ahogo por la impresión, por la clase de contacto que ya había olvidado. Su respiración golpea en mi mejilla mojada y me estremezco de pies a cabeza. El beso deja se ser fijo, su boca se mueve, lenta y persuasivamente, me lleva a responder. Suspiro, su olor golpeando en mis orificios nasales. Mis manos se mueven por sí mismas y se plantan en su pecho, cierro los ojos y me dejo llevar. Esto provoca que él me rodee, sus manos grandes se apoyan con firmeza en mi cintura y me acerca. Más, más, hasta que ya no hay espacio entre los dos. Su barba no me resulta molesta, de hecho, me estimula. Y mis inhalaciones enloquecen por completo a medida que el beso se incrementa. León lame mis labios y me aprieto contra él, mientras que me enredo en su telaraña suave y atractiva. Acabo abriendo mi boca para dejarle entrar, porque me induce de la manera más irresistible que he experimentado jamás. Su lengua me acomete y me sobresalto, pero jamás podría separarme. Nunca en la vida. Percibo su mano en mi nuca, ejerciendo presión, mis rodillas ceden y él me sostiene. Camina, llevándome hacia atrás y, al instante continuo, me encuentro apretada entre una pared y él. Me cuelgo de su cuello, y consiento que el beso se vuelva más y más posesivo y ardiente. León gruñe y me obliga a gemir en su boca, su lengua enterrándose más allá. Amo su sabor. También la manera en la que mis extremidades se ven reducidas hasta parecerse a la gelatina. Y cómo mi piel se calienta y eriza en partes iguales. Divido más mi boca, no estoy siendo consciente de lo que hago, mi cuerpo reacciona como si hubiese hecho esto miles de veces. No siento pánico cuando León me arrincona aún más, perdiendo el control, comiendo de mis labios y el interior de mi boca. Se presiona contra mi frente, su mano viaja a mi cadera, hasta se posa en una de mis nalgas y no puedo tragarme el jadeo que se me escapa. Estoy en el cielo. Y todo porque un hombre me está besando. Me está tocando. Y ambos nos restregamos con impaciencia y hambre.


Tomo una profunda y ruidosa bocanada de aire porque él se desprende. Mi vista empañada no ve más allá de su duro pecho enfundado en una camiseta negra. Mi boca está abierta, mis labios dormidos parecen haber aumentado el doble de su tamaño. Y laten. Al igual que mi corazón en el hueco recóndito entre mis costillas. —Perdón…—él arruga en entrecejo—. Yo… perdí el control… No sé qué me posee a continuación, sólo entiendo que me niego rotundamente a escuchar cualquier disculpa de su parte. Incluso impido que se aleje, lo abrazo por el cuello, mis manos enterrándose en su pelo largo y abundante. Y me coloco en puntas de pie para llegar a sus labios de nuevo. Se sorprende por mi movimiento, es lógico, viniendo de mí, pero enseguida se recupera. Atosiga mi boca con más fervor que antes, aceptando el permiso que le di al tomar la iniciativa. Y nos besamos hasta que nos cansamos, hasta que mis labios duelen y mis pulmones colapsan rogando por una pausa. Nos desenganchamos e inmediatamente León entierra su rostro en mi cuello, inclino mi cabeza a un costado para permitirle el acceso y reparte pequeños besos a lo largo. Cierro los ojos, me apoyo sin fuerza en la pared, si él no me sostuviera ya habría caído al suelo. Nunca me habían dado un beso como este antes, ni acariciado así. En la vida se me había aflojado de este modo el cuerpo. Todavía estoy en shock, completamente sorprendida, y a la vez, satisfecha. Porque León ha sido el primero, y porque no hubo nada que nos hiciera parar. Ningún temblor, ni una pisca de pánico. Porque sé que se trata de él, y lo único que este hombre le brinda a mi vida y mi cuerpo es felicidad y bien estar. Confianza. Ahora, ¿Cómo se me ocurriría acabar con los sueños que flotan desde lo más hondo de mí? No podría dejar afuera la ilusión que se expande a borbotones por todo mí ser. No luego de esto. Imposible destrozar la vertiginosa necesidad de que esto nunca se acabe.


14 León Besar a Francesca es incomparable a cualquier cosa que haya experimentado antes. Se siente así de perfecto, como tocar el cielo con las manos. Esperé mucho tiempo por esta ocasión, una maldita eternidad desde que supe que la quería para mí. La sensación es formidable, incluso puedo sentirla en la terminación de los dedos de mis pies. La electricidad me recorre el cuerpo, y es esto lo que necesitaba sentir. Es esto lo que le hacía falta a mi vida. A los treinta y cinco años he vivido lo suficiente como para saber lo que quiero a estas alturas. Confieso que creí que jamás lo obtendría. Después de mi historia con Sandra fui cauteloso y distante con las mujeres que tuve, la mayoría eran amantes por períodos cortos de tiempo. Era solo sexo y ni un poquito más, nada de perder tiempo en intentar conocerlas, aunque la vena sociable que llevo dentro intentara esforzarse a obligarme. Me esforcé en convencerme de que podía tener relaciones sexuales con una mujer sin verdaderas ataduras, sin palabras de por medio, con sólo un “hola y adiós”. Siempre y cuando ellas estuvieran dispuestas al trato, claro. Me sorprendió en su momento la cantidad de mujeres que fui capaz de cruzar a lo largo del camino que sólo iban en busca de diversión. Uno nunca cree que ellas estarán dispuestas a entregarse una vez sin implicarse románticamente, ya que siempre se dijo que son más emocionales que los hombres. Bueno, no todos los hombres, yo no me considero uno. Creo que soy muy emocional, no en el sentido de enamorarme con facilidad, sino a la hora de preocuparme por los otros. Por eso me costaba eso de buscar a una chica por una noche, quizás un par más, y después dejarla libre sin


arrepentimientos. No quería que se encariñaran conmigo, ni yo con ellas. Al final, con el tiempo, resultó ser más fácil. Me acostumbré a eso. Fue bueno mientras duró. En la actualidad ya me siento mayor, he vivido y enfrentado mis limitaciones. Y me hace falta otro montón de ciertas cosas. Por este último par de años he estado ocupado trabajando en la superación del pasado que tuve con Sandra. Sí, aun. Lo había dejado en un rincón, en modo de espera, porque no quería reconocer y enfrentarme al hecho de que había fallado tan miserablemente con respecto a ella. Antes sólo procuraba no volver a enredarme de esa manera con otra. ¿Y ahora? Ya estoy listo. Preparado de verdad. Lo estuve cuando vi a Francesca de nuevo, luego de que se estrellara contra una de mis SUV. La quise cuando se sujetó a mí para ganar fuerzas y traer a su hijita al mundo. Y la pretendí con más vigor cuando supe que ella fue aquella niña de diez que rescatamos con papá tantos años atrás. Estoy irremediablemente enamorado de ella, me he involucrado tanto en su vida, en sus avances. En su sanación. Que ya no hay escapatoria para mí, y estoy encantado de que esta mujer me enganche y nunca más me deje ir. Sé que queda mucho camino por recorrer, pero ya hicimos juntos este gran tramo, podremos acabar todos los que necesitemos y más, a partir de este período. Me adueño de la boca de Francesca con ardor, en nombre de todos estos meses que he pasado soñando con este momento. Le transmito a través de mi intensidad que la deseo, como a nadie nunca. Ella necesita saberlo, entender que la quiero sinceramente en todos los sentidos que pueda ser capaz de imaginar. Me aprieto, estrujándola más contra la pared, aunque no tan demandantemente. Me contengo porque sé que algunas de sus heridas más profundas aún no han cicatrizado. Pero el hecho de que me esté respondiendo el beso e incluso lo haya iniciado ha plantado demasiadas semillas en mi interior como para contarlas. Esto significa que


me quiere de la misma manera y que está luchando contra todos sus miedos para poder llegar a mí a través de este canal tan íntimo. A regañadientes separo mis labios de los suyos, de pasada lamiéndolos con suavidad. No puedo esconder la pequeña sonrisa encantada que se posa en mi semblante porque ella se estremece y arquea gracias a eso. Estamos unidos desde nuestro frente y averiguo que está muy consciente del abrupto crecimiento de mi masculinidad, que punza entre los dos. Estoy caliente con sólo un par de besos—intensos, pero besos al fin y al cabo— y estoy seguro que eso no me pasaba desde que tenía quince. Esta unión me ha revivido en muchos aspectos. Jamás pensé que con el correr de los años uno podía perder ciertas emociones, al ser olvidadas por el cuerpo. El contacto de Francesca me renueva, las trae a todas de regreso. Y soy un preso feliz de esa conmoción vertiginosa y embriagadora. Rodeo el rostro ruborizado de Francesca y, mientras acaricio sus preciosos labios llenos y magullados, la dirijo a la cama. Ella cae de espaldas, suspirando, con los ojos entrecerrados estancados en los míos. Me recuesto a su lado, pegado a su costado, y me apoyo en un codo para poder verla desde arriba. No interrumpo las caricias, paseo las yemas de mis dedos por cada punto de la superficie de su cara, el cuello largo, pálido y elegante, la clavícula. No llego al nacimiento de sus pechos, eso es algo que tal vez todavía se establece fuera de los límites. En cambio, deslizo hacia abajo el costado del cuello de su camisa y descubro su hombro. La beso allí, la recorro con la punta de mi nariz, y noto cómo se le eriza la piel en puntos diminutos y sobresalientes. Su respiración se sacude hacia afuera, sin poder ser retenida por mucho tiempo. Me inclino y pruebo nuevamente el sabor de la piel del hueco de su garganta y la rodeo con mi brazo libre, atrayéndola. Mi palma acaba en el espacio desnudo de su cintura ya que la camisa se le ha enroscado más arriba. No consigo refrenar el impulso de arrastrarla toda la ruta que me lleva a su vientre, mis dedos reclaman cada zona. Se atiesa cuando rodeo su ombligo con blandos movimientos circulares con mí pulgar, aun así no me aparta. Se le corta el aliento y me observa fijamente, frente a frente, yo me


deleito al verla tan perturbada, con sus labios hinchados y rojos, las pupilas dilatadas y una fina capa de sudor en la piel. Todo fue desencadenado por mis besos y toques. — ¿Q-querés hacerlo?—susurra contra mi mejilla, elevando el rostro al mío. Alzo mis cejas, sin dejar de pasear mi tacto por su piel, profundizo en sus ojos. Están brillantes y espesos, pero no puedo asegurar si se encuentra dispuesta a dar el siguiente paso. —No…—digo, muy bajito. Traga y se remoja los labios. Pestañea y el brillo se apaga apenas. Me pregunto si esperaba realmente que dijera que sí. No logro deducir si mi respuesta la alivia o la desilusiona. Se remueve y su muslo presiona mi entrepierna, me trago el jadeo que aguijonea en la parte baja de mi garganta. Mi pene late y tengo que esforzarme en reacomodar mis neuronas nuevamente, ya que se salieron de contexto por unos largos segundos. La coherencia tarda un poco en volver. —Pero estás excitado—observa, ni siquiera pestañea al mirar dentro de mis pupilas. Me aclaro la garganta, porque su muslo se ha vuelvo bastante inquieto de repente. —Sí—mis cuerdas vocales suenan resquebrajadas—. Lo estoy. Su entrecejo se arruga apenas, como inconscientemente, y eso me dice que en su cabeza están pasando demasiadas cosas. Seguramente se está preguntando por qué no quiero seguir si mi cuerpo pide a gritos hacerlo. Separo mi mano de su bajo vientre y la llevo a su mejilla para acariciarla. —Estoy excitado porque quiero hacer el amor—murmuro, suavemente—. Y hacer el amor significa unir. Compartir—le sonrío—. Vos tomas de mí, yo tomo de vos… Estoy excitado porque te deseo. No sólo tu cuerpo, sino todo lo que significas. Y eso no quiere decir que quiera obtener todo ahora, ya.


Necesito complacerte al mismo tiempo que tenerte, y es la idea de eso lo me excita. Pero no estás preparada, yo sé que necesitas tiempo para acabar con tus reservas. Cuando estés lista, lo vamos saber. Y en ese momento, nos entregaremos por igual, en la misma medida. Nunca seré yo el que te tome, Francesca, siempre nos tomaremos el uno al otro. Mutuamente. Francesca se ablanda con mi explicación, sus párpados caen hasta casi cerrarse y estudia las líneas de mi cara con una expresión plenamente nueva en la suya. Paz. Eso significa. Paz. Está relajada y tranquila porque sabe que no me lanzaré sobre ella para tener lo que quiero. Entiende que el hecho de que mi ropa interior esté a punto de explotar no me convierte en un animal necesitado y demandante. Puedo esperar, porque la quiero dispuesta a recibirme. Para hacer el amor. Así termino por caer en la cuenta de que ella en realidad se alivió cuando dije que no quería hacerlo esta noche. Y me duele en el corazón tener la certeza de que no se habría negado si yo hubiese respondido lo contrario. Todavía queda en su sistema esa chispa de sumisión que Echavarría profundizó en su sistema. — ¿León?—me llama, suspirando. La abrazo contra mi pecho y después ruedo para quedar boca arriba, ella descansa su mejilla en mi pectoral. — ¿Sí, cariño? Se eleva sobre mi cuerpo para poder alcanzar mi mirada, la advierto tragar saliva, sus mejillas volviendo a tomar un oscuro rubor, yo la espero pacientemente hasta que su interior le permite hablar. —Te amo—suelta, bajito, tímida. Suena como un suspiro que viene desde lo más recóndito de su pecho. Su corazón gritándolo con sinceridad y arrebato. Enredo mis manos en su largo y sedoso pelo, entonces la acerco.


—También te amo, Fran—dirijo mis labios a los suyos—. Te amo con todo mi corazón—digo contra ella. A continuación la beso y me propongo llevarla de nuevo a ese estado en el que ni siquiera es capaz de recordar su nombre. No hay nada más dulce que el interior caliente de su boca, y la pureza de sus reacciones a mis besos. Me siento pleno por primera vez en mucho, mucho tiempo.

Francesca «Un cactus suaviza mis yemas con su piel, tiene cien años, sólo florece una vez. En tu nombre… En tu nombre… Y tiene un veneno más amargo que hiel, con sólo invocarte voy a convertirlo en miel. En tu nombre… En tu nombre… Y cuando te busco no hay sitio en donde no estés.» León toca su guitarra y canta, recostado a mi lado en la cama, mientras palmeo la espaldita de Esperanza que recién acaba de ser alimentada con su biberón. Ya no estoy produciendo leche, por lo que el médico me ha dado una en polvo para reemplazarla. No es raro, con Abel me pasó lo mismo, ni siquiera llegué a los cinco meses. Abel se encuentra recostado entre nosotros y no quita los ojos de la guitarra. Hipnotizado totalmente. León acapara la atención de los tres sin apenas esfuerzo, es inevitable. Incluso mi bebita está cayendo en un trance, a punto de dormirse. Se me hincha el corazón al permanecer así, los cuatro. León trata a mis bebés como si fueran suyos, y hemos pasado demasiado tiempo juntos desde nuestro primer beso hace casi una semana.


Podría intentar expresar con palabras lo que simboliza para mí su mirada, o intentar hacer entender lo que me provocan sus besos, o pretender que se puede siquiera describir lo que me hacen sentir sus caricias. Pero necesitaría, al menos, ayuda de los casi siete mil idiomas existentes, frases hechas y palabras bonitas, y aun así, me faltarían argumentos, definiciones y comparaciones para que el mundo entienda lo que me quiero decir. Nunca en mi vida experimenté algo como esto. Me sigue sorprendiendo día a día. Sería capaz de pasarme horas mirándole a los ojos. Es tan simple, con girar mi cabeza y encontrarme con ellos que ya estoy sonriendo inconscientemente. Ven a través de mí, a través de toda máscara. Y yo no puedo parar de observarlos porque me muestran un mundo completamente distinto a cualquiera que conozca y prometen dármelo, directamente. Me gusta verme a través de su mirada, me lleva a darme cuenta de otros aspectos de mí misma que no conocía o no era capaz de ver. León me hace sentir hermosa con una mirada, protegida con un abrazo, deseada con un roce, y mareada con un beso. Esperanza se duerme en mi pecho y Abel sigue por el mismo camino, León me mira con profundidad mientras sus dedos juegan con las cuerdas. Un momento más y se detiene, fijo en mí. —Múdate conmigo a la cabaña—lanza, muy serio. El corazón me da un vuelco. Abro la boca para decir algo, no sale nada, estoy más que estupefacta. Esos profundos pozos azules no se desvían lejos de mí, el silencio que nos rodea se espesa, y no sé qué responder. — ¿Q-qué?— suelto, tartamudeando—. ¿Cómo? —La cabaña de Max y Lucre ya está lista, desocuparán la mía este fin de semana—cuenta, apoyado relajadamente en el respaldo de la cama—. Quiero mudarme a mi casa, siempre y cuando ustedes vengan conmigo…


Trago vigorosamente. Claro, Lucre nos mostró su cabaña casi terminada hace un par de semanas, ellos creían que se mudarían cuando los bebés tuvieran un par de meses, pero al parecer la obra avanzó en buen tiempo y ya pueden ocupar su nuevo hogar. Lo sabía, pero jamás se me cruzó por la cabeza que León querría volver a vivir ahí con nosotros. — ¿No crees que es muy pronto?—pregunto, tensa. Irnos a vivir juntos es un gran, gran paso. Es como saltearse varias baldosas y etapas en una relación. León deja a un lado la guitarra y se inclina sobre mí, cuidándose de no aplastar a Abel. Roza mi mejilla con su pulgar, poniendo esa bella mueca de cariño en su cara. Estoy acostumbrándome mucho a ella. —Cuando se trata de nosotros dos, sé que esto no es precipitado—dice, susurrando—. Soy lo suficientemente mayor para estar seguro de que es lo correcto. Te amo, esa es la única razón que vale para mí. Además, ¿no crees que casi hemos estado viviendo juntos todo este tiempo?—sonríe y me besa en la comisura de los labios. Bueno, si lo plantea de ese modo, es verdad. Prácticamente estamos viviendo juntos ahora, aunque nunca dormimos en la misma cama. El pensamiento de eso me provoca un gran conjunto de escalofríos a lo largo del cuerpo. Y hormigueos acompañándolos. — ¿De verdad querés que vayamos a vivir a tu cabaña?—pregunto, cerciorándome. No sé por qué me cuesta tanto creer que León me haya pedido estar así de juntos. Convivir. Estar junto a él al ir a dormir, y también al despertar. Me pregunto cómo será. Antes dormía con Álvaro en la misma cama, pero eso no cuenta, nunca nos acurrucamos juntos, ni nada parecido. Y las relaciones sexuales eran el infierno mismo. Pero con León sé que no será del mismo modo, va a ser nuevo para mí.


—Claro que quiero—sonríe con entusiasmo—. Podemos hacer un intento—agrega—. Si no prospera, podés volver al altillo, o ir a donde quieras… Aunque eso no va a hacer falta, porque somos perfectos juntos. Mi cuerpo se calienta cuando su sonrisa se vuelve lobuna, decir que apuesta con toda su seguridad a nuestra convivencia se queda corto. Y eso me lleva a creer lo mismo, la esperanza que me brinda es muy grande. Decido arriesgarme también. —Está bien—murmuro, sonrosándome. Nos amamos, sería una tonta si dijera que no. Quiero estar más cerca de él, no lo niego. Me muero por eso. Simplemente, en el fondo, espero poder brindarle todo aquello que una mujer puede darle a un hombre, porque si no lo logro, tendré que marcharme. Por el bien de los dos.

No necesitamos llevar más que nuestras pertenencias, la cabaña está completamente amueblada. Así que, para la hora de acarrear cosas, tengo sólo un par de bolsos de ropa y algunos chiches. Mientras dejo todo a un lado de la puerta y espero que León venga a buscarnos para irnos, pienso en que no hay nada del todo mío en ese equipaje. Es decir, no tengo pertenencias realmente. Todo es prestado o regalado, nada es mío. Arribé en este lugar llevando puesto sólo un camisón. Lo único de valor que nos queda es el coche, que algunos de los hermanos están reparando en el taller. Caigo en la cuenta de que mi situación sería lamentable si nunca hubiese llegado a este lugar, si nunca hubiese puesto mi última escasa confianza en Adela. Agradezco que su imagen haya parpadeado en mi mente al momento de escapar. Y lo cierto es que estoy en deuda con todos.


Un par de golpes en la puerta me alejan de esos pensamientos y a continuación de dar el permiso Adela entra, sus enormes ojos plateados posados en mí. Está sorprendida. Ella y yo no nos hemos visto mucho estos últimos días, la hermana de Santiago, Bianca, la ha mantenido ocupada bastante. A los dos, en realidad. Las cosas están algo calientes, han dejado que la chica se quede con ellos, ahora vive en la habitación que tenían libre. Santiago ha tenido que dar muchísimas explicaciones durante un tiempo, y parece que entre los tres las cosas están rudas. Lucre me dijo que Bianca parece una buena chica, dulce y algo tímida, espera que se quede un tiempo y los ánimos entre ellos cambien pronto. — ¿Qué es todo esto?—pregunta, agitada. Me pongo roja por la vergüenza. Y me siento culpable por no haberle dicho, no quería meter más cosas en su cabeza. Ella está pasando por un montón ahora mismo, preferí no molestar. — ¿Te estás mudando con León?—se acerca, inquieta—. ¿Y no me dijiste nada? —Perdón—le digo, encogiéndome—. No quería… — ¡Oh-por-Dios!—casi grita—. Esto es tan inesperado… ¡Pero tan bueno!—se lanza sobre mí y casi me deja sin aire dentro de su abrazo—. ¡Estoy feliz por ustedes! Esto me pone muy, muy contenta, Francesca… Le devuelvo el abrazo, y la emoción en su voz provoca que se me estreche la garganta. Me alegra en gran medida que ella acepte esto, que nos apoye. León y yo no hemos dicho nada de este comienzo de relación, estamos siendo sigilosos, se siente como que todavía es muy pronto. Al menos para mí. De todas maneras, estoy al tanto de que todos lo tienen muy bien sabido ya. —Ustedes van a ser muy felices—me frota los brazos, mirándome con afecto—. Él es el hombre perfecto para ustedes… he visto cómo te mira. Todos sospechamos que está perdido por vos, y siento que también lo querés. ¿No es cierto, Fran? ¿Lo querés?


Mis ojos se llenan, no sé por qué. Será porque la veo tan entusiasmada por nosotros. Ya no recuerdo la última vez que alguien se puso así de feliz por mí, por algo que yo hiciera. Ella cree que la decisión que hemos tomado no es precipitada, sino que la apoya totalmente. —Sí—respondo, segura—. Sí, lo quiero. Sus labios se estiran anchos, sus irises más brillantes. —Lo mereces—susurra—. Mereces un hombre como él. Los dos merecen este amor… León entra de golpe a través de la puerta y posa su atención en las dos, nos sonríe cauteloso porque ve que mis ojos están un poco llorosos. Adela no da tiempo a preguntas, se tira sobre él, apretándolo. Él le palmea la espalda y alza las cejas hacia mí, con preguntas. —Gracias—le dice Adela. Lo suelta e inmediatamente sale por la puerta, apurada. En un abrir y cerrar de ojos se ha ido, y nos deja a los dos llenos de incertidumbre por su comportamiento. Creo que la llegada de Bianca la tiene más alterada de lo que pensé. León da unos pasos más en mi dirección y me atrae, sus manos enganchadas en mi cintura. Calor sube desde mi pecho, como pasa siempre que me toca. —Ella está feliz por nosotros—le explico, ignorando la sequedad de mi boca. Asiente, una media curva en sus labios llenos y rodeados de barba. Después se inclina, con el movimiento me obliga a torcer mi cuello para exponerlo, y besa mi piel lentamente y a lo largo. Cierro los ojos, dejando escapar un grupo de suspiros. Esperanza berrea sobre la cama, buscando atención y me alejo, por un segundo me siento culpable porque estuve a punto de olvidarla. Termino de abrigarla y León va en busca de los bolsos. —Abel ya está en la cabaña con Alex—avisa al mismo tiempo que bajamos la escalera.


Atravesamos el bar casi vacío ya que es muy temprano en la tarde. El día es agradable, el sol se esconde de a ratos, pero no hace mucho frío. Al llegar a la cabaña encontramos a Gusto fumando afuera, apoyado en la pared. Nos saluda con una inclinación de cabeza, León le dice algo de pasada antes de entrar, él se ríe y después me da una amable sonrisa de ojos chispeantes que le devuelvo a medias. Puede que León haya deshecho la mayoría de mis barreras, pero todavía me quedan algunas para el resto de los hombres. En la sala nos topamos a Alex sentado en los sillones, Abel está a su lado y me sorprende lo quieto y tranquilo que se ve. En sus manitos hay una taza mediana de plástico, y toma de ella mientras mira televisión. —Hola, chico—León deja los bolsos a un lado y le despeina el pelo—. ¿Qué estás tomando? Abel quita sus ojos de los dibujitos y lo mira, sus ojos turquesas brillan. Me pregunto cómo se siente él con respecto a León, es pequeño pero creo que entiende su entorno bastante ya. ¿Lo verá como una figura importante? Quiero decir, hasta ahora el hombre ha rondado alrededor nuestro muy seguido. Pero desde hoy la cosa se va a poner más firme, vamos a vivir con él. Con el tiempo creo que los lazos van a volverse más estrechos, y eso es otra de las cosas que temo. Si nuestra convivencia no funciona, también va a romperse el corazón de mi hijo. —Jugo—le responde, su habla un poco atravesada pero clara. Tiene un poco de bigote amarillo. Sonrío, no puedo guardarlo. Busco con la mirada el huevito de Esperanza, Alex se da cuenta y se apresura a conseguirlo del rincón donde alguien más lo había dejado antes. —Gracias—me obligo a decir. Hay algo con este chico que transmite armonía y seguridad. Sus ojos, tengo que decirlo, son únicos y preciosos. No creo que exista un par igual. Puedo ver que su mirada es pura y sincera. Me sonríe y asiente ante mi agradecimiento, después posa su atención en mi hija mientras la dejo acurrucada en la sillita.


Es resto del día me ocupo en ordenar, nos visita Lucre de una escapadita, diciendo que está agotada de ordenar todo en su nueva casa, pero feliz y satisfecha con el resultado. La cabaña de ellos es sencilla y funcional. Espaciosa. Más allá de que ella podría permitirse lujos es bastante simple y la decoración muy acogedora, Lucre tiene un buen gusto para eso. Se nota que está contenta por tener ya un lugar propio para vivir donde criar a sus hijos. La noche llega y todos estamos agotados, así que León y yo cocinamos algo rápido y fácil, así Abel no se duerme en la mesa durante la espera. Ni bien termina su plato lo llevo a ponerse su pijama, y lo recuesto en su nueva cama. Vamos a ver cómo pasa la noche en la habitación desconocida y sin su mamá al lado, por ahora no parece disgustado por el cambio. De hecho, ha tomado todo muy bien, eso me tiene asombrada. Sería lógico que los últimos eventos lo hubiesen afectado, sin embargo, ha sido todo lo contrario. Le acaricio el pelo durante su transición directo al sueño, y lo observo fijamente por largo rato. Él es un niño feliz, a pesar de todo lo que hemos tenido que vivir, este lugar parece que le hace bien y le gusta. Y Tony ha sido de gran apoyo, han hecho buenas migas y son inseparables. Me alegra que mi hijo lo esté haciendo así de bien, es un alivio más para mi corazón. Dejo el velador encendido, con la densidad un poco débil, y me voy de vuelta a la cocina para terminar de comer y juntar. Me encuentro con que León quitó la comida fría de mi plato y ha puesto nueva, más caliente. Creo que me va a costar acostumbrarme a que haga cosas así para mí, es amable por naturaleza, le sale sin esfuerzo, como un reflejo. Y son pequeños gestos que para mí hacen toda la diferencia. Antes de apagar todas las luces e irnos a dormir, le doy el biberón a Esperanza así al rato la acuesto en la cuna, junto a la cama de Abel. Al momento de entrar en la habitación que voy a compartir con León mi cuerpo empieza a sudar copiosamente, mis manos tiemblan. No sé qué esperar, o qué hacer, en realidad. Veo que la luz está encendida y escucho que va de acá para allá rebuscando en los cajones, seguramente alguna ropa para ducharse. Trago y me decido a entrar, lo veo revolear una toalla sobre su


hombro y tomar una muda limpia de ropa interior. Me quedo inmóvil a un lado de la puerta, ¿puedo hacer esto? — ¿Crees que esto está bien?—pregunta, parándose frente a mí, quita el pelo de mi cara—. Puedo ir al sofá o, incluso, hay una cama desocupada en la otra habitación. En realidad, debería ser yo la que diga eso. La cama desocupada está en la pieza que mis hijos comparten, si yo no quisiera seguir con esto, podría dormir allí. Pero quiero… —Está bien—asiento—. Puedo hacerlo. — ¿Estás segura?—insiste—. No quiero presionarte… Yo sé que lo que menos desea es hacerme sentir incómoda. Y aprecio muchísimo eso. Pero no estoy segura si esto me inquieta, sólo estoy algo contrariada. Dormir junto a él es excitante en muchos aspectos, pero no puedo fingir que no me produce ni una pisca de miedo, porque sería falso. Tengo miedo, pero no estoy dispuesta a dejarme vencer por él. —Quiero esto—le digo, sueno lo más segura de lo que soy capaz. Me regala un asentimiento, sus hombros cayendo algo flojos. Me sonríe, y besa mi frente para después perderse dentro del cuarto de baño. Trato de no buscar en mi mente alguna imagen que tenga que ver con él duchándose mientras me cambio, lo que es muy, muy difícil porque la ducha se escucha desde donde estoy y aviva mi imaginación. Si antes estaba sudorosa, al instante de meterme entre las sábanas, después de asearme, se siente más como que estoy empapada. Y trato de meter aire en mis pulmones de un método más civilizado. Apoyo el lateral de mi cabeza en la almohada y espero, mis oídos obsesionados con los sonidos que vienen desde el baño. Me pregunto si alguna vez podría compartir una ducha con él, eso hace picar cada pequeño poro en la superficie de mi piel. Tal vez… algún día.


La puerta se abre y él sale, apenas me muevo de mi posición, deteniendo mi respiración. No lleva puesto nada más que un bóxer, eso me hace tragar. Lo siento remover las mantas y meterse dentro, el colchón a mi espalda de hunde. —No uso pijama, ¿está bien eso?—pregunta, esperando atentamente mi respuesta. Silenciosamente ruego a mis cuerdas vocales que funcionen a la perfección. —Umm… sí, está bien. Escucho algo parecido a un siseo venir de él, y me doy cuenta de que está riéndose por lo bajo, eso hace que mis músculos se aflojen. No sé por qué todavía le estoy dando la espalda, igual parece no importarle. Se termina de recostar y sin esperarlo arroja un brazo sobre mí y me abraza. Dios mío. Su torso húmedo se pega a mi espalda y tengo que refrenarme para no saltar sobre mí misma. Con su abrazo me arrastra más allá, entonces pasamos a probar por primera vez la famosa posición de la cucharita. No puedo respirar. Mi cuerpo comienza a arder, desde la punta de los dedos de mis pies hasta mi cuero cabelludo. Me estoy regando en sudor y nervios porque realmente espero que no se dé cuenta de mi situación. Y noto que estoy lejos de tener un ataque de pánico, esto es sólo inquietud por estar tan pegada a él. —Buenas noches—susurra, en su voz se nota el cansancio. Por eso decidimos no tener nuestro ritual de guitarra hoy, ya que antes de trasladarnos, ayudó con los demás a cargar el último mobiliario que trajo el camión a la cabaña de Lucre y Max. —Buenas noches—murmuro, mi garganta reseca. Con un suspiro me estiro y apago la luz del velador, con la oscuridad se me acerca gradualmente el agotamiento y empiezo a sentir cómo mi cuerpo se amortigua en los brazos de León. El sudor se va, junto con el calor


sofocante de los nervios de minutos antes. Lo escucho respirar pesadamente, su pecho inflándose y desinflándose contra mi espalda y me produce un efecto que nunca antes tuve la fortuna de sentir. Una mezcla de calma, seguridad y adormecimiento. Creo que va a gustarme demasiado compartir la cama con él con el tiempo. Me gustaría voltearme y observarlo dormir, tal como una acosadora. Pero me termino quedando como estoy, hasta que mis párpados se aprietan y mi consciencia se escapa por la ventana. No sé a qué hora en medio de la noche me despierto, un poco confundida, me cuesta caer en la cuenta de que el brazo que me rodea es de León y que es la primera vez que comparto esta cama con él. Ayer nos mudamos juntos, me digo, para aclarar mi cabeza. Parpadeo y me remuevo, me quedo inmóvil, despertando de golpe porque me percato de un bulto sobresaliente acunado entre mis nalgas, mi aliento se atasca. No me puedo mover, intento que mi respiración no se oiga en toda la pieza, pero es difícil. En la vida había despertado en medio de la noche sintiendo una erección contra mi parte trasera. Pestañeo, creo que él está dormido, ¿o no? Su respiración es lenta y pesada, yo creo que sí. De nuevo ese insistente calor se instala en mí, puedo advertir cómo algunos rincones de mi cuerpo se humedecen por el sudor. La parte baja de mi nuca, el valle entre mis pechos, mi cuello. Me muerdo el labio, creo que debería ir al baño a refrescarme, pero no quiero salirme y despertarlo. Bueno, tengo que hacerlo. Me remuevo de nuevo, pero de una manera muy extraña, no como si mi cuerpo quisiera irse de la cama, se pareció más a un meneo. Sin pensar con claridad, lo vuelvo a hacer, frunzo el ceño, la erección de León crece un poco más. Lo sentí a la perfección. También escucho a la perfección el siseo que se escapa de mi garganta. León se agita y el ritmo de su respiración cambia, de hecho por un momento creo que ha dejado de respirar. Me quedo muy, muy quieta, no voy a poder sostener por tanto tiempo este ardor, quiero patear las mantas lejos. No concibo por qué mi cabeza no deja de pensar en cosas extrañas, ya debería ignorar su erección y seguir durmiendo, soy una mujer de veintiocho años. Soy una adulta, ya muy madura.


— ¿Estás despierta?—surge la voz de León muy cerca de mi oído. Me sobresalto, con eso me sueldo más a su entrepierna. — ¿E-eh?—se me escapa. Estoy atontada, no logro procesar lo que me pasa. Él viene más cerca y planta un beso en mi hombro desnudo, su mano en mi estómago se va deslizando hasta el borde de mi cintura. —Lo siento—susurra, ronco. Está quitando el brazo por encima de mí y me apresuro, sin pensar, a retener su mano con la mía para mantenerla en su lugar. — ¿Por q-qué?—digo casi inaudible, mi voz temblando. Lo percibo levantarse, apoyado en un codo, puedo ver por el rabillo del ojo que se asoma e intenta mirarme. —Te la estoy apoyando—dice, su tono dulce. Mis ojos se abren como platos. Cierto. —Oh—se me escapa, bajo—. Está bien. Aun así no lo dejo ir, sus dedos se mueven y acarician apenas a la altura de mi ombligo por encima de mi camisón, pasa un rato largo antes de que se mueva y lo sienta apretarse más contra mí. —Cariño—susurra, tenso—. Tengo que alejarme, esto se está poniendo un poco… Se frena, nunca tuve la oportunidad de escucharlo así de afectado. Trago saliva sonoramente, me está pidiendo que lo deje ir, el problema es que me estoy sintiendo muy bien estando así con él. Incluso, ya no me incomoda su dureza. Me parece que mis bragas están pegajosas, la sensación no me disgusta, es agradable. Pero sería egoísta de mi parte mantenerlo así si está incómodo. Estoy a un paso de desenroscar nuestros dedos cuando él se acerca y desencadena una ola de besos en mi cuello, permanezco quieta por


unos segundos sin embargo el aire sale a borbotones de mi boca y tengo que morderme el labio para no hacer ruiditos extraños. Un par de pestañeos después y me estiro para darle más acceso, su mano se abre en mi vientre y se pasea lentamente. Pensé que la sensación de estar cocinándome viva no podía empeorar, estaba equivocada. ¿Y el sudor? Está por todos lados ahora. Me arqueo y él me encuentra con sus caderas, y esto ocurre casi sin que lo queramos, es instantáneo. O al menos para mí, porque es mi cuerpo quien lo hace sin que mi mente lo ordene. Reparo que se mueve más allá, arrastrándose a mi cadera y sus dedos emprenden la tarea de enroscar el dobladillo de mi pijama para subirlo. Me atraganto con mi propia saliva cuando al fin toca mi piel expuesta, ahora ya no puedo ocultar mis aspiraciones desesperadas. Contornea de nuevo mi cintura, ahora piel con piel, y sus besos llegan a mi mandíbula, cierro los ojos ante la sensación. Es… exquisita. No encontraría otra palabra para describirla. Me gusta, me gusta demasiado y no entiendo por qué una pequeña parte de mi mente quiere que lo detenga. — ¿Estás bien?—respira en mi oído. Me estremezco. Y asiento repetidas veces sin encontrar mi voz. Entonces me toma desprevenida y cuela su otro brazo en el hueco de mi cuello, mi mentón se tuerce y captura mis labios en los suyos. Estoy tan sorprendida por el movimiento que gimo más alto en su boca. Su lengua escarba en mis profundidades y pierdo un poco más el control. Nunca, y repito, nunca en la vida, me sentí de este modo. Y, aunque hay una punzada de reserva dentro de mí, no puede ganarle a esta impresión. León se frota más duro, y tengo que reorientarme en la habitación porque me siento perdida al segundo siguiente. —No debería estar haciendo esto—dice, carraspeando, en realidad no hay ni una mínima nota de caducidad en sus palabras. No digo nada, creo que mi respuesta es clara, a ninguno de los dos cuerpos les importa lo que pensemos. Su áspera y demandante palma se arrastra hasta mi bajo vientre y ni siquiera se me cruzan por la cabeza las


marcas sobresalientes de mis estrías o la flacidez de esa zona, su tacto es caliente y lento. Suave, y me doy cuenta de que a él le gusta tocarme de ese modo, ¿cómo podría detenerlo? Estira el elástico de mi ropa interior me toma desprevenida cuando va más allá, y se interna entre mis piernas. Salto, tiemblo, y aprieto su muñeca, dividida entre dejarlo seguir o rogarle que pare. —Soy yo, cariño—su aliento rocía debajo de mi oído—. No te haré daño, lo prometo. Abro la boca, jadeando, no lo alejo. Le permito tocarme, aunque el miedo ahora haya tomado un poco más la iniciativa. Su dedo medio se interna entre mis labios vaginales, mis pulmones queman aire en el interior y duelen cuando dejo de respirar abruptamente. Frota mi clítoris, casi de manera imperceptible, pero eso envía todas las descargas de electricidad a lo largo de mis terminaciones nerviosas. Mi vista se desenfoca, porque mis ojos se han espesado con una humedad muy lejana a parecerse al llanto. Con mi mano libre formo un puño en la almohada para el tramo en el que rota la yema de su dedo en movimientos circulares sobre ese punto específico, me hace vibrar y gemir como jamás pude en el pasado. —León—se me escapa su nombre débilmente entre jadeos e inquietud. Mis caderas no pueden quedarse quietas ahora, y eso incita a que su erección obtenga más estímulo por la presión de mis nalgas, él gruñe. Y ese único sonido me lleva al borde del abismo. Mi boca se abre repentinamente y deja ir un largo sonido, muy raro, como si me estuviera evacuando desde adentro. No lo puedo detener, al igual que las ondas que atiesan mi cuerpo y fuerzan a mi sexo a oprimirse una y otra vez. Sin parar. A través de un manto que me mantiene como en otra dimensión escucho a León maldecir, lo percibo sintiendo mi orgasmo en su mano enterrada en el hueco de entre mis piernas. Su dedo aún no ha parado de masajear mi clítoris, y es por eso que todavía me encuentro atrapada en la electricidad, en mi espalda baja y a lo largo de mis piernas que no se inmovilizan todavía.


—Nunca viví algo igual—comenta él, áspero, su pene está aguijoneando con fuerza en mí. Con cuidado quita su mano de mi ropa interior y suspiro, mis pies se retuercen. Hasta ahora estoy respirando con dificultad pero he vuelto a tierra, y es por eso que mis mejillas se ponen rojas de vergüenza. ¿Qué? ¿Qué fue eso? ¿Qué pasó? Se suponía que no estaba lista, ¿verdad? León se separa de mí, esta vez no tengo fuerzas para retenerlo, se deja caer de espaldas, se ve agotado. Y satisfecho. Algo de que estoy segura que es engañoso, porque recuerdo la sensación de su virilidad hinchada en mi trasero sólo unos segundos atrás. Me muevo por primera vez en un largo período y también termino de espaldas, hasta que consigo la valentía suficiente como para buscar su mirada. Él me está sonriendo dulcemente. —Dormí—ordena cariñosamente. Se reacomoda en sus almohadas y abre un brazo para invitarme a recostar mi mejilla en su pecho. Cuando lo hago oigo los rápidos y desiguales latidos de su corazón. —Pero…—intento decir que no soy tonta y que me doy cuenta de que se quedó sin obtener su parte. —Yo estoy bien—dice contra mi pelo. ¿Será verdad? No lo creo, pero aun así no discuto, porque no estoy segura de poder hacer algo para aliviarlo. Quizás debería darle placer con mi mano, como él mismo acaba de hacer. —Dormí, Francesca—pide, advierto la curva de sonrisa en su tono—. Está todo bien… Lo prometo. Si lo dice así… Me ablando contra su pecho, mis pestañeos se vuelven insistentes y cuando menos me espero termino durmiéndome, acurrucada contra su costado.


15 León Lo que ocurrió anoche fue inesperado, no creí que pasara nada entre nosotros la primera vez que compartiríamos cama. Juraba que Francesca estaba aterrada de dormir conmigo, entonces, en medio de la noche, de repente, comenzó a frotarse contra mí. Vi su confusión, su lucha interior por entender lo que su cuerpo estaba haciendo, pero también fui testigo de su excitación. Su disfrute. Y fue eso lo que me empujó a dar el siguiente paso. En un principio tuve el impulso de separarme y correr en la dirección contraria, no quería hacerle daño o asustarla. Mi cuerpo ganó, a causa de la necesidad de probar si podía llevarla por el camino, directo al borde. Lo hice, y salió perfecto. Fue épico. No tengo con qué compararlo. Ni siquiera me importó aguantar el dolor, mis huevos estuvieron azules y molestos el resto de la noche. Tuve que superarlo y dormir. A pesar de eso, estaba satisfecho, feliz por ablandarla y amoldarla, por subir nuestro primer escalón en dirección al erotismo. La sensualidad que desprendió a medida que la trazaba con mis manos me dejó sin habla, explotó mi cabeza en miles de fragmentos. Incapacitado. Derrotado. Desde que desperté no he podido dejar de pensar en ello. Abrí los ojos y ahí estaba ella, acurrucada todavía contra mí. Después de nuestra pequeña pausa de sueño sólo una vez escuchamos a Esperanza llorar, enseguida fue a calmarla y estuvo de vuelta, sin preguntas sin reservas se pegó a mí de nuevo. Y yo fui el tipo más feliz del universo en ese mismo momento en el que se durmió, pacífica en mí. No me hace falta nada más que tenerla en mis brazos por las noches y observarla dormir por las mañanas. ¿Qué más puedo pedir?


Ahora la veo ocuparse de sus hijos, atenta, dándoles el desayuno en la mesa. Con una mano sostiene el biberón de la niña y con la otra endereza la taza de plástico en las manos de Abel para que no derrame su leche. Es alucinante verla hacer ese tipo de actividades con sus hijos. Me uno a ellos y me ocupo del niño para que ella pueda seguir preocupándose por Esperanza. No debería hacer todo al mismo tiempo. Acá hay ayuda extra, y voy a poner todo mi empeño para que sea así siempre. Abro el paquete de galletitas para él y le ayudo con su taza, me deja, incluso me sonríe mientras le hablo. Le pregunto si le gusta su nueva habitación, es algo callado por eso responde con asentimientos pero no me deja afuera y eso es un alivio para mí. Quiero ganarme los hijos de Francesca también. Para ella deseo ser el hombre perfecto, y para sus hijos, el padre ideal. Puedo hacerlo, tengo vena para esto. Es lo que he deseado siempre. Estanco mi repaso en ella, al fin, para encontrar su rostro todavía adormecido todo sonrosado. Sus mejillas profundamente rojas, noto su garganta cuando traga apretadamente. Sí, necesita un momento. Está avergonzada por su comportamiento de anoche, y lo que con él provocó. Espero que no se sienta culpable, fue hermoso, creo que debería estar orgullosa de ello. No hay nada malo en ella, es hermosa, sexy y me vuelve loco. Ahora, después de aquello, apenas puedo esperar para hacerla mía como corresponde. Pero no voy a presionar, estamos sólo transitando el comienzo. Recién está despertando. Acaba de alimentar a Esperanza y yo llevo a Abel al baño para lavarle las manos pegoteadas, después lo ayudo a cambiarse el pijama. Volvemos a la sala y se acomoda en el suelo para jugar con sus ladrillitos. Intento no relacionar esa imagen con la de Pedro sentado en su corralito, justo en ese sitio exacto. Me desvío, metiéndome en la cocina, no es saludable pensar en ello, es por eso que no había vuelto a vivir en la cabaña, los recuerdos de mi pequeño hijo de un año me persiguen a cada rincón que vaya. Me cruzo de brazos y observo a Francesca lavar las tazas usadas, con una sola mano mientras sostiene a su bebé. Sí, debería ayudar, nunca permitir que haga tantas cosas a la vez, pero me deleito viéndola. Esperanza tiene sus ojazos


fijos en mí y no puedo evitar sonreír como un bobo e ir a sacársela de los brazos. Veo que Fran sonreír al ver que nos vamos, y me dejo caer en el sofá con el pequeñito cuerpo apoyado en mi pecho. Esperanza intenta mantenerse arriba sobre sus bracitos, pataleando. Abel se ríe cada vez que se cae a los costados y la sostengo para que no ruede hasta el suelo, incluso la niña sonríe al escuchar la risa de su hermano. Mierda, son preciosos. Me doy cuenta de que quiero pasar más tiempo con ellos también, son dulces e inocentes y merecen una figura paterna, y yo estoy dispuesto. Jamás estuve tan seguro de algo en mi vida, quiero que esta familia sea mía. Me pongo de pie y dejo a la niña en su huevito, Abel gatea hasta ella y le da un pequeño perrito de peluche, trata de engancharlo en su mano para que ella lo tome. Busco a Fran y la encuentro en la habitación, cambiándose. Salta y se baja la blusa antes de que obtenga un destello de su sostén, y me río por lo bajo, no puedo evitarlo. Me sonríe cuando se da cuenta de lo que acaba de hacer, aunque su rostro está teñido de rojo. No me puedo mantener apartado, la acorralo. No se encoge, deja que la atraiga por la cintura y dirija mi boca hambrienta a la suya, me devuelve el beso y mi corazón da un vuelco. La aprieto contra las puertas del guardarropa y se cuelga de mi cuello, tomándome de regreso. Me muero por tocar su piel, si tan sólo sus piernas estuvieran desnudas para poder rozarlas con mis manos, sin embargo, las cuelo por su camiseta y recorro su espalda, me doy ese gusto. Su piel cambia de tibio a caliente en un nanosegundo. Esquivo la tira de su sujetador, no quiero ceder a la tentación de soltarla para ir después a sus pechos. Nos separamos un momento para conseguir oxígeno y nos quedamos quietos, sosteniéndonos. Nos miramos a los ojos y decimos todo lo que queremos a través del puente de nuestras contemplaciones. —Anoche…—empieza, jadeando. —Anoche fue lo más sexy que le ha pasado a mi vida—la interrumpo—. Fue especial…


Aprieta los labios juntos, no sabe qué agregar a eso, en sus ojos puedo percibir que se alegra por mis palabras, le dan confianza. Necesito que crea que es capaz de ser hermosa, sensual y que puede excitar a un hombre. Necesito que su autoestima suba niveles, y a este ritmo voy logrando ese objetivo excelentemente. —Sí, fue especial—concuerda. Sonrío y vuelvo a besarla hasta que sus rodillas empiezan a tambalearse, amenazando con dejarla caer. Luego de recuperarse del asalto de debilidad volvemos a la sala con los niños. —Tengo que estar con Isabel a las dos—dice, mientras vuelve a poner en su lugar algunos juguetes que Abel repartió por el suelo. Me congelo, frunzo el ceño. No puedo llevarla a esa hora, tenemos una carga que recoger en el puerto, y en esos asuntos siempre prefiero estar presente. Es justo a la luz del día y tengo que supervisar toda la mierda. Supuestamente son piezas para los motores de las motos, autos, y otros vehículos, pero nada es más lejano a la realidad. Si nos agarran bajando la basura que traficamos nos vamos directo al horno con papas. —No puedo ir, cariño—me lamento—. Justo tengo trabajo que hacer a esa hora… —Está bien—acepta, no se ve desilusionada ni nada y eso me hace sentir menos culpable. Pero se suponía que yo la llevaría a sus sesiones—. Puedo llamar a un remis. Niego. Nada de remises. —Voy a pedirle a Santiago que lo haga—digo—. Si él no puede, mando a Alex, ¿está bien? Asiente. Permanece en silencio un momento, sigilosa, sé que quiere decir algo al respecto. Espero para ver si tiene la valentía de sacarlo. —Pero no quiero que molestes a tus chicos por eso, puedo ir por mí misma—asegura, retrucando.


Sonrío, porque sin darse cuenta está discutiendo conmigo, replicando mis palabras. Se ha soltado a sí misma, ya no tiene miedo de mí. Ha bajado la guardia y me da a entender su deseo de no querer depender ni de mí, ni de nadie que pertenezca al recinto. —Uno de ellos va a llevarte, tranquila—digo, me acerco y le acaricio el pelo lacio a lo largo—. No es una molestia ni nada por el estilo, sos de la familia ahora. Ustedes son mi familia.

Francesca Isabel me sonríe al mismo tiempo que nos levantamos y juntamos las tazas de nuestras infusiones terminadas para llevarlas al fregadero. Le he contado todo, eché a un lado la modestia y la vergüenza y lo dejé ir. Principalmente porque quería desahogarme. Isabel apenas pudo guardarse su alegría de saber que me había mudado con León y dormí junto a él. Y le dejé tocarme de una manera tan íntima. Tuve mi primer orgasmo en años, y fue tan arrollador y perfecto. Cada vez que lo recuerdo se me debilitan las piernas y mi bajo vientre hormiguea, pidiendo más. Isabel asegura que estoy preparada para ir más allá, sólo tengo que enfocarme en León y todo lo que hace para darme placer, tener presente en la mente que es él quien me está tocando. No creo que sea difícil, anoche se hallaba a mi espalda, nunca vi sus ojos o su rostro mientras le permitía levantar mis barreras y llevarme al límite. Y no se cruzó en mi cabeza ninguna imagen de mi traumado pasado. Su toque fue tan suave, lento y me fue envolviendo hasta que se hizo demasiado tarde como para pensar en retroceder, mis pensamientos estaban dormidos y ese momento sólo le perteneció a mi cuerpo y el suyo. La cordura no existe cuando se trata de sexo, eso había escuchado decir alguna vez. Pero no había sido capaz de experimentar algo así a través de los años. Antes, cada vez que Álvaro me tocaba, era incluso más consciente de


mí misma que en otras ocasiones, todo a causa del asco y el dolor que me obligaba a sentir. En cambio, anoche, mientras León masajeaba paulatinamente mi clítoris, me perdí, cualquier vestigio de consciencia quedó hecho papilla en un pequeño rincón oscuro de mi cabeza. Mi cuerpo bailó al ritmo y fui libre por primera vez en mucho tiempo. —Estoy muy feliz con estos avances, Francesca—anuncia Isabel, estamos avanzando hacia la puerta—. Sabía que lo lograrías… Sonrío, no respondo, porque a mi entender todavía me quedan muchas cosas por superar, pero sería una tonta si no reconociera ahora todos los avances que he hecho a lo largo de estos meses de terapia. No sólo mis encuentros con Isabel me han ayudado, sino también todo ese tiempo que he pasado con León. Él me fue abriendo como un capullo, con su amabilidad y paciencia. Se fue acercando, me fue rodeando, y cuando me quise acordar estaba en sus brazos, rogando por dentro que no me soltara de nuevo. Insisto, correr hacia Adela y al recinto fue una bendición para mí y mis hijos. Ahí encontré mi verdadero camino. Salgo, no sin antes saludar con un beso en la mejilla a Isabel, y veo ya una de las camionetas estacionada, esperándome. Alex está en el volante, hablando por teléfono. Sacudo mi mano hacia la casa antes de que ella cierre la puerta, avanzo hacia la camioneta metiendo las manos en mi abrigo fino. Estoy pensando en que me agrada el hecho de no llevar tantas capas de ropa pesada, el sol en lo alto le da un poco más de calidez a los días. Casi llevo medio camino cuando alguien tironea de mi brazo, no es violento, pero sí demandante. Alzo la vista para toparme de cerca con un brillante par de ojos verdes, que me miran con malicia. Me tenso, clavándome en el lugar. — ¿Qué tenemos por acá?—pregunta Sandra, filosa. No digo nada. Ella camina a mí alrededor una vuelta entera, estudiándome de pies a cabeza hasta que vuelve a colocarse frente a mí, no sé por qué lo hace. En mi mente reproduzco alguna escena imaginaria donde el gato juega con el ratón hasta matarlo cuando se cansa, eso es lo que


parece ella viéndome de ese modo. Y es claro que yo no soy el elegante gato a punto de cazar un buen bocado. Esa es ella. La ratita se parece más a mí. —No sos muy habladora, ¿no?—dice, poniéndome nerviosa—. Aunque eso es engañoso, yo lo sé bien. Las calladitas siempre resultan ser las más rapiditas. Intento no posar mis ojos suplicantes en la camioneta, pero por dentro estoy deseando que Alex nos vea y se baje. El problema es que sólo parecemos dos mujeres simplemente charlando, no hay nada que pueda alarmarlo. A no ser que Sandra se decida a golpearme o algo por el estilo. Y al profundizar en sus peligrosos ojos, parece que es lo que quiere hacer. —Fuiste rápida para poner las garras en el Leoncito, ¿no?—se ríe, chirriante y desagradable—. Decímelo a mí, querida. Él es la clase de tipo que lo vale, tan buenazo, transparente, sincero. Rudo sólo cuando tiene que serlo. Fue el mejor hombre que tuve—suspira, con lamento, no sé si es fingido o no—. Y el mejor amante—oigo un siseo parecido al de una serpiente venir con esas últimas palabras. ¿O me lo imaginé? ¿Por qué es así de odiosa? Puedo sentir su maldad con solo el peso de su mirada. ¿Cómo puede hablar así del hombre con el que tuvo un hijo hace tanto tiempo? Un bebé que falleció. Actuar de este modo con respecto a León debería dolerle. —No tenés nada que hacer a su lado—sigue—. ¿Qué puede darle una mujer tan vacía como vos? Apuesto a que el gusto de tu vagina es igual de insulso—me estremezco con su duro vocabulario y ella lo nota, lo disfruta—. ¿Te ha probado ya? No importa, cuando lo haga va a dejarte… es demasiado hombre para vos. Trago, mis manos forman puños en mis bolsillos. —Ni siquiera me conoces—digo, sale sin que siquiera lo piense. Chasquea la lengua y contornea sus caderas más cerca de donde estoy.


—Oh, te conozco—asegura—. Te conozco bien. Yo sé cómo son las de tu tipo, las que fingen ser unas pobrecitas para aprovecharse… ¿Ya has encontrado el papá perfecto para tus hijos? Claro que sí, León es fácil anzuelo. La compasión es una buena herramienta, él es un debilucho cuando se trata de eso… ¿Crees que te ama? Claro que no, él sólo te tiene lástima. Avívate. Un nudo crece de golpe en mi garganta, claro que no le creo. Es una mala persona, yo sé sobre todas esas terribles cosas que le hizo a León cuando eran jóvenes. Está tratando de afectarme, manipularme con sus hirientes palabras. Tengo que mantenerme fuerte para no dejarla entrar. Doy un paso al costado, lejos de ella y emprendo nuevamente mi camino hasta la SUV. —No te olvides de lo que te dije, querida—canturrea ella—. No querrás quedar como una estúpida al final, córrete a un lado antes de que la lástima se acabe y te deje tirada por ahí. Él y yo tenemos historia, larga e intensa historia…—“sí, como no”, me digo por dentro—. Voy a recuperarlo, ganaré su perdón, entonces vos y tus hijos irán a parar a la basura, donde pertenecen desde siempre. »Irán al mismo lugar donde terminó la fina tía Olga… Me paralizo, todo mi cuerpo volviéndose helado, a un par de metros de la camioneta. Me doy la vuelta como un látigo para verla, se está riendo en largas y maléficas carcajadas al mismo tiempo que se aleja. ¿Qué sabe de mi tía Olga? ¿Por qué ha dicho eso? Mi respiración se acelera y me apresuro a subir junto a Alex. Él nota que estoy afectada, me pregunta si estoy bien y asiento en silencio, por suerte no insiste. Procuro estarme quieta por el resto del viaje, metiendo bocanadas de aire muy despacio para tranquilizarme. Sandra sólo quiso asustarme para alejarme de León, pero no lo va a lograr. No importan sus amenazas enfermas, no conseguirá doblegarme. Demasiado tiempo he pasado bajo el control de otras personas, ella no se convertirá en una más de ellas.


— ¿Estás bien?—me cuestiona León. Asiento sin decir nada más. Creo que ya ha llegado a la décima vez que pregunta, está preocupado. Es lógico. Estuve rara durante el resto del día a causa de mi encuentro fortuito con Sandra. Sus ojos azules me escanean, punto por punto mi expresión, intentando descubrir algo que mi callada boca no quiera ceder. Estamos solos en la sala, los niños ya duermen, y el silencio nos rodea junto con la leve oscuridad. Sólo dejamos encendida una lámpara en el rincón, creando una atmósfera cálida mientras él disfruta de un trago y yo de una infusión caliente antes de ir a la cama. —Alex me dijo que al salir de terapia te demoraste en la vereda, charlando con una mujer—suelta, me atieso—. Y cuando subiste al coche estabas inquieta… Por la descripción que me dio siento que pudo haber sido Sandra… Espera una reacción de mi parte que se lo confirme. No quería decirle, fue un evento desafortunado y estuve luchando para olvidarlo. Lo mejor que puedo hacer es ignorar cualquier cosa que esa horrible mujer haya dicho, sólo quería herirme. Y si bien me descolocó, haciéndome sentir incómoda, no me llegó a lo profundo. — ¿Era ella?—insiste. —Sí—me rindo—. No fue nada, sólo quiso molestar con tonterías… Los ojos de León se oscurecen, puedo ver cómo se van cubriendo por el producto de la ira. Por eso no quería traer a puerta este asunto, lo afecta. No quiero que se enoje ni viva inquieto por las locuras de Sandra. Ella sólo quiere atención, está aburrida desde que llegó al pueblo y su enfermiza


psique la incita a hacer este tipo de acciones. Deduzco todo eso a raíz de la cantidad de cosas que me ha ido contando él este último tiempo con respecto a su relación con ella. Sandra es de esas personas a las que no les gusta ver al resto felices, entonces intenta pinchar la burbuja. Volvió por León, lo vio conmigo, ahora estoy en la mira de su interés. Sólo hay que esperar a que se canse y por eso lo mejor es ignorarla. — ¿Qué tipo de tonterías?—su tono es bajo, lo retiene en su garganta para no sonar brusco, pero puedo sentir desde mi posición frente a él que está enfureciendo. Me encojo de hombros, quitando importancia. La verdad, es el último tema que quiero hablar ahora mismo. El ambiente era agradable y el fantasma de Sandra lo arruinó. —Cosas que a veces algunas mujeres dicen para herir a otra—digo, doy un sorbo a mi taza—. ¿Qué importa? Él termina su vaso de un trago rabioso para después plantarlo en la mesa ratona con algo de fuerza agregada. Me sobresalto con el sonido, pero de inmediato me calmo. Es él. León. Nada de lo que él haga me lastimaría. Es normal, no como Álvaro que cuando estaba molesto venía directo a mí para desahogarse. —Voy a hablar con ella—escupe—. Me va a escuchar. Traba la mandíbula con brusquedad y se frota los ojos, cansado. O frustrado. No sabría decir. Quizás ambas. Me levanto de mi lugar y voy a él, me quedo quieta de pie mirándolo. Me niego a que vaya a verla. —Por favor, sólo déjalo pasar—suplico. No quiero que se acerque a Sandra, sé que le afecta, le duele y no soporto verlo sufrir. Me hiere el destello de aquella vez en la que parecía un pequeño niño a punto de llorar arrastrándola para que se fuera del recinto. Prefiero cualquier cosa, menos que se vuelva a sentir de ese modo.


—No me importa ella o las cosas que diga—aseguro—. Lo mejor es ignorarla, porque sólo quiere llamar la atención. León me observa a la cara atentamente, no responde y necesito que me diga que no va a ir a hablar con ella. —Si vas, significa que su treta para molestarnos resultó y va a volver a hacerlo—explico, él se va ablandando—. Entonces todo se convertirá en un círculo vicioso de nunca acabar… Me retuerzo las manos por delante de mí, nerviosa. Espero que me prometa que no irá a buscarla para explotar su enojo, porque es verdad que considero que eso es justamente lo que desea. Volver a enloquecerlo, arrastrarlo al límite como aquella vez en la que lo alejó de su hijo para después encerrarlo en la cárcel. Los irises azul claro de León se purifican y noto exactamente el instante en que su cuerpo se mitiga. Me dedica una sonrisa dulce y mi inquietud se derrite. —Tenés razón—dice, suspira—. Ahora vení acá. Pestañeo, intentando entender lo que quiere decir. Palmea sus piernas enfatizando sus palabras. Dudo, y al segundo siguiente estoy tragando con anticipación, lo que me lleva a obedecerle. No porque me sienta obligada, sino porque quiero. Me acomodo sobre su firme regazo y trato de no acelerarme ante el contacto. Su enorme cuerpo exuda calor e intensidad y en lo que dura un pestañeo estoy sintiendo subir el rubor por mi cuello. Quita todo el pelo que cae a los costados de mi rostro, empujándolo hacia atrás, cayendo por mi espalda. Descubre un punto justo detrás de mi oreja y se acerca para besarlo. Ya, con sólo ese único movimiento, mi vista se espesa y mi cerebro comienza fallar. Se arrastra más arriba y engancha mi lóbulo entre los dientes, tengo que esforzarme para evitar que mis ojos den la vuelta sobre sí mismos, aunque el aire se me escapa de golpe y a eso no puedo esconderlo. Advierto la dureza crecer en sus pantalones, me sofoco. —Me encanta ver cómo te sonrojas—me dice al oído y tiemblo.


Eso provoca que mi cara se caliente mucho más, y apenas puedo soportarlo. Giro un poco para verlo y obtengo su boca en la mía, sus manos me sostienen y me devora como si fuera un adicto. Su lengua me invade y traspasa el sabor del whisky a la mía. Eso no me produce rechazo, al contrario, mezclado con su gusto me dirige más al límite. Álvaro nunca me besó en la boca, sólo apenas al principio de la relación, aunque jamás de este modo tan hambriento. Y eso me libera. Me alegro de que los besos de León y el whisky no me acarreen por caminos oscuros y me aporten recuerdos indeseables. Me suelta para que pueda respirar, entonces va paseando sus labios por mi mandíbula a mi cuello. Mis manos en sus hombros forman puños de necesidad. Y, de la nada, sin que yo lo espere, se eleva saliendo del sofá conmigo en brazos. Me aferro a él mientras se interna en el pasillo en dirección a la habitación. Meto aire en mis pulmones maniáticamente con anticipo. ¿Estoy lista? ¿Siente él que lo estoy? Con cuidado descansa mi espalda en el colchón y sin apoyarse encima de mí y aplastarme regresa a mis labios, no necesita incitarme para que los abra y le dé la bienvenida, ya es como un acto reflejo a estas alturas. Mis manos en su cuello, juegan con la base de su nuca, sin siquiera pensarlo le suelto el pelo del agarre desprolijo que siempre lleva. Los gruesos mechones se escurren entre mis dedos y es una sensación única. Gimiendo estoy cuando se desprende y se sostiene sobre mí, sus ojos empañados se estancan en los míos, y sé que se ven del mismo modo. —Podemos…—tomo una pausa para aclarar un momento mi mente—. ¿Podemos intentarlo? —la pregunta sale en voz baja, apenas un susurro. Si él no estuviera tan cerca seguro no lo habría escuchado. Su aliento choca con el mío, las puntas de las narices pegadas. Me pierdo en el vigor de su mirada a la par que su pulgar viaja desde mi sien a mi mejilla. —Si eso es lo que querés—advierte—. La decisión es toda tuya. No quiere que continúe si no estoy segura, si aún me encuentro cerrada a ello. Pero no es así como mi cuerpo se siente, su cercanía ya no me asusta,


sólo me induce a un estado de paz interior que, estoy segura, nada ni nadie ha logrado en mi interior antes. Por primera vez en mi vida, entre sus brazos y bajo su poderoso cuerpo, no hay incertidumbres, no hay miedos. No existe nada más que nosotros y esta creciente necesidad de poseernos. Ansío ser suya y que al mismo tiempo, sea mío. Como bien dijo aquella vez, hacer el amor es compartir, y estoy dispuesta a entregar mi parte y aceptar la suya. Y unirnos en un solo ser. —Quiero—lo tranquilizo—. Creo que estoy lista…—. En realidad, siento como si lo estuviese desde hace bastante tiempo. Él sale de encima de mí y, de pie junto a la cama, estira una mano para que yo la tome. Lo hago sin esperar un mínimo segundo y le permito encaminarme a donde sea que él quiera ir. No es muy lejos, apoya sus manos en mis hombros, desde mi espalda y me doy cuenta de que ambos estamos frente al espejo de cuerpo entero colgado en la pared, al lado del guardarropa. Nos observamos detenidamente en el reflejo, la imagen de los dos resulta ser un shock para mis sentidos. Porque nunca tomé un momento para imaginar cómo nos veríamos para el resto del mundo así, tan juntos. Tan cerca. Y no es un mal sentimiento, me gusta cómo nos vemos. Compenetrados. En la misma página. Me cautiva. — ¿Qué ves?—interroga, apacible. Su pecho está pegado a mi espalda, y su tacto cae hasta encajar en mis caderas, estable. —Nos veo a nosotros, cerca—digo, es lo primero que viene a mi cabeza, demasiado obvio. Su cercanía me confunde, algo que no me ayuda a conectar. — ¿Qué tan cerca?—susurra, sus pupilas dilatadas se deslizan a lo largo de mi cuello. Su mirada compenetrada como si pudiera ver mi interior, rompiendo todos mis escudos. Paso saliva por mi garganta reseca.


—Muy—siseo, muy bajo. Sus manos suben a mi cintura, levantando mi blusa, así que ahora sus palmas están tocando mi piel, directamente. El fervor que me transfiere se extiende por el resto de mi organismo, como si acabara de inyectarme alguna droga en las venas. Me hallo atontada, mareada, mi corazón alterándose a medida que las agujas de reloj prosperan. — ¿Qué ves cuando te miro?—prosigue. Mi vista se empaña, pero no me pierdo la forma en la que me recorre el cuerpo. Sólo tiene su enganche en una zona, pero sus ojos lo estiran a todos lados, como mil manos recorriéndome al mismo tiempo. —Energía—no sé qué decir, esa palabra se queda corta—. Deseo. Ambición—sigo sin dar en la tecla justa—. Apetito. —Anhelo—ofrece, me busca en el espejo, nuestras contemplaciones chocando al mismo tiempo—. Te quiero. Siempre y cuando también me quieras. Necesito que me necesites. Sus palmas se arrastran más arriba y me atraganto cuando abordan en la base de mis pechos. El arco del sujetador le obstruye el camino. —Te necesito—le dejo saber, estremeciéndome. Entonces toma la tela de mi blusa y la saca por mi cabeza, levanto los brazos sin resistencia. La miro caer al suelo, despidiéndola como una gruesa capa desnudando mi corazón. Mis ojos se llenan porque ahora estoy accediendo a que vea mi piel pálida. No quiero pensar en las estrías, las marcas a lo largo de mi vientre. Mi aliento se atasca porque las rosa con los dedos, la piel se me pone de gallina. —Estas, más que cicatrices—dice en mí oído—, son un homenaje. Las mujeres deberían estar orgullosas de ellas. Las elogio, porque son la prueba de la fortaleza en el ser de cada madre. No son feas, son hermosas. Y son parte de vos. No me impiden amarte, sólo me hacen quererte más. Porque, al contrario de lo que pensás, sos fuerte. Valiente. Y te admiro.


Desprende el botón de mis vaqueros, pestañeo y un par de lágrimas caen. Estoy emocionada y excitada a la vez. ¿Cómo lo hace? Inmediatamente después se quita su camisa y al fin veo su pecho desnudo con claridad. Parece más grande ahora, incluso más poderoso, sus filosos músculos creando relieves desde sus hombros a la cinturilla del pantalón. Es intimidante y a la vez magnífico. Ahora, en el cuadro, puedo ver toda la piel expuesta. Yo, recatada. Él, salvaje, con su pelo despeinado y su grandeza, la piel más oscura que la mía. Como leche y caramelo. Alcanzo a ver algunas cicatrices allí y allá en su superficie. Aun perdida en él, percibo sus duros nudillos nadar en mi espalda, a continuación mi sostén se afloja y, mientras aloja besos en mi cuello, logrando desprender suspiros de mis labios, desliza los breteles y la prenda acaba en el suelo, delante de mis pies. Apenas puedo pestañear lejos de la vista de mis pechos llenos, desnudos, justo delante de sus ojos. Sé que los está viendo también, y su respiración comienza a golpear en mi piel con más urgencia. No me muevo lejos al notar que cuela sus brazos por mis costados y sus palmas abiertas los acunan. Mis pezones se arrugan y laten en respuesta. —Mis manos no podrían lastimarte en absoluto—anuncia, su voz áspera—, van a adorar cada pequeño rincón tuyo que logren alcanzar… Ejerce una presión mínima y jadeo, quiero cerrar los ojos y abandonarme a la conmoción. —Mis ojos no desean verte llorar, nunca de tristeza y sufrimiento— asegura—. Lo único que ansían es descubrirte, día tras día. Noche tras noche. Sin fin. Desciende, mis pechos caen libres, vuelve a la cintura de mis vaqueros, le ayudo a resbalarlos, con urgencia punzando en el interior de mis costillas. En un santiamén estoy luciendo únicamente mis bragas blancas. Me muerdo el labio porque sus dedos juegan con el borde. Recién ahora entiendo lo que estaba tratando de hacer: batallar con las inseguridades que todavía quedaban almacenadas en mí. Me convenció de


que soy digna de ser admirada y amada. Que más allá de mis cicatrices, exteriores e interiores, puedo ser deseada. Deseada por él, y con eso me basta. No puedo pedir nada más. Esto es más, mucho más, de lo que he soñado jamás. Obligada amablemente a darme la vuelta y enfrentarlo, conecto nuestros labios y León profundiza el beso hasta que mis piernas se desencajan y casi caigo al suelo. Me sustenta y lánguidamente me lleva a la cama, antes de subir, él me incita a desprender sus pantalones. Quiere que yo también tome el control. Compartir, ya lo dijo. Aunque no me molestaría ceder a él, no me asusta que maneje la situación, ya que esto para mí es como volver a perder la virginidad. Ya he olvidado lo que simboliza el placer. Separo el cierre y, con cuidado, comienzo a deslizar la pieza por sus piernas, mis extremidades inestables y mis mejillas más rojas de lo normal cuando su bóxer apretado aparece ante mi perspectiva. Es blanco y de alguna forma hace que su virilidad aparente ser inmensa. Intento no ponerme nerviosa por eso. La penetración no es un acto de tortura, al contrario de lo que haya experimentado en el pasado. Y su pene no es un arma para dañar. Me lo repito hasta que sus pantalones están fuera y caigo de espalda en el colchón. Él enseguida acude también, no sobre mí, sino que se acomoda contra mi costado, su antebrazo colocado bajo mi cabeza. Enterrada en mi abundante pelo, su mano me sostiene mientras me besa, cada vez con más ardor. Y, a la sazón, con la que está libre, me recorre desde el borde de mi ropa interior hasta mis pechos, los roza con las yemas de sus dedos hasta que, de pronto, sujeta uno con firmeza y lo amasa. Tiemblo y jadeo con fuerza en su boca ante la sorpresiva impresión. Me abandona de un momento a otro. Desorientada, espero el próximo movimiento y mi columna vertebral da un tirón de sobresalto después de que mete uno de mis pezones en el calor de su boca y succiona. Abro los ojos para encontrarlo viéndome directamente. Sus dientes raspan sin dolor y gimoteo, una pelota de fuego formándose en mi bajo vientre. Mis bragas ya están irremediablemente mojadas y saber eso me enciende más. Porque mi


cuerpo revive poco a poco, como si hubiera permanecido hibernando durante una eternidad. León renuncia a mis pechos y procede atravesando mi estómago en dirección a mi centro. Embriagada levanto mis caderas y él separa mis bragas, ni siquiera me importa que esté conociendo sin reparos mi entrepierna, completamente abierta a él. Lo observo con los párpados entornados a la par que frota mis muslos retirados. Su rostro está serio y concentrado y, cuando localiza mi clítoris con el pulgar, arqueo mi espalda siseando con potencia. Él me da una media sonrisa, una mezcla de satisfacción y travesura, y así emprende una serie de estimulaciones sólo con sus yemas que tienen mis piernas bailando y temblando en poco tiempo. Presiono los ojos cerrados intentando no perderme ninguna de las ondas de placer que arrasan gradualmente mi cuerpo. Mi consciencia despierta cuando él se estanca y abro los ojos viendo cómo sus músculos se contraen al inclinar su cabeza más abajo. Tomo una bocanada de aire, tensándome. « ¿Qué puede darle una mujer tan vacía como vos? Apuesto a que el gusto de tu vagina es igual de insulso.» Las palabras de Sandra atraviesan como un rayo de tormenta el espesor de mi mente, quitándome fuera de la bruma del deseo. Me atieso y suelto un pequeño gemido de lamento por entre mis labios entreabiertos. León se fija en mí, preocupado. — ¿Esto está bien?— murmura, su voz envía electricidad a lo largo de mis venas—. Podemos parar… Lo recorro, pongo atención en la situación en la que estamos. Él suspendido sobre mí, si boca a medio camino de mis labios vaginales. El interior de mis paredes húmedas se retuerce en necesidad. No, quiero esto. Quiero que me pruebe. No importan las venenosas palabras de una mala mujer. No, esto es de nosotros dos. Sólo nuestro.


—No…—jadeo, me meneo en desesperación—. Necesito esto. Te necesito, por favor… Sus pupilas se devoran el azul cielo de sus irises, hacen que su forma de estudiarme se vuelva bestial y determinada. Se relame los labios y yo hago lo mismo como reflejo. Estoy suspirando sin parar incluso antes de que conecte su lengua en mi empapado rincón privado. Brinco, un leve gritito escapando desde lo más hondo de mi garganta, me retuerzo y los poros de mi piel se erizan. Paso a estar en otra dimensión que se siente irreal, fantástica. Mis piernas reaccionan por sí solas, en un impulso quieren cerrarse, pero no por pudor sino por la chispa que las recorre. Una gruesa y resbalosa capa de sudor aparece en mi piel, brilla ante la escasa luz dorada del velador. Me pongo frenética, oigo y aprecio cómo succiona mi clítoris, tal como un pobre hombre sediento en busca de agua. Sus manos abiertas se deslizan entre las sábanas y mis nalgas, las aprietan hasta dejar marcas rojas y lloriqueo. No puedo hacer llegar aire a mis pulmones con efectividad y colapsan. —Sí, cariño—carraspea él, dándome un empujoncito, ya no puedo callarme, aunque quiero—. Eso es. Preciosa. Abre bien la boca y la deja caer abarcando casi toda mi área descubierta, come de mí. Consume de mi carne y, al verlo y sentirlo, estallo en mil pedazos. Me deshago en la superficie plana y acolchada, mi cuerpo entero aplastado, siendo atacado por diminutas puntadas de placer que me sacuden. Mi espalda se endurece creando un pulcro y elegante arco, a continuación me debilito. León levanta mi zona baja del colchón, elevándola en el aire sólo con la fuerza de sus brazos, sus bíceps tatuados se abultan mientras me tiene arriba por el trasero, y mis piernas descansan temblorosas en sus hombros. Nunca fui testigo ni visual, ni sensorial, de algo como esto. Me estaciona de regreso y se despega, así gatea hasta colocarse todo encima de mí y sin pausa viene en busca de mi boca. Enrosco puños en su pelo largo mientras nos besamos y transmite a mi lengua el sabor de mis jugos, me excito más a causa de eso, si puede ser posible. Se ocupa de bajar


su bóxer y dejar libre su masculinidad. No puedo evitar tragar mi cautela al tener un primer plano de ella. Todo en mí quiere asustarse y correr en la dirección opuesta. Es grande, más de lo que imaginé. Y si Álvaro antes me rompía sin llegar a tener su tamaño… no quiero saber lo que él me hará en el interior. Se acaricia a sí mismo, no puedo dejar de mirar incluso si hace que mi corazón galope con más fuerza a causa de la turbación. —Podes tocarme—avisa. Al oír su voz, su aliento cerca de la comisura de mis labios, dirijo mis ojos a los suyos y ve que estoy aterrada. — ¿Querés parar?—dice, agitado—. Podemos parar, cuando quieras. Lo juro. Trago y repaso mis labios con mi lengua. No, no quiero parar, no importa el terror que sienta ahora mismo. Se irá. Tiene que irse de una vez, porque ahora quiero sentir, vivir. No puedo ser más su prisionera. Lágrimas llenan mis conductos, aun así ordeno a mi mano avanzar y asir su pene. La espalda de León se encorva y sus labios apretados pitan aire hacia afuera, entonces lo acaricio, cualquier reserva abandonándome a medida que obtengo poder y le llevo a perder el balance. Paseo mi puño arriba y abajo, encantada con la expresión de éxtasis en su rostro ensamblado en una mueca tirante. Consigo ver cada una de las venas sobresalientes de su torso y rostro. Y todos sus músculos en alerta, duros como una roca. En este momento, a mis ojos empañados de emoción y placer, es el hombre más entrañable y magnífico que existe en esta tierra. Y me doy cuenta de que es mío. —León—digo pegada a su boca entreabierta—. Quiero me hagas el amor. Muerde mi comisura en respuesta, a la par que se reacomoda entre mis piernas empuñando su pene en dirección a mi abertura. Clavo con fuerza mi incisivo en mi labio, acallando los gemidos de miedo que quieren aventarse entre los dos. Cierro mis ojos y en el proceso dejo ir un par de lágrimas.


—Me va a doler—digo con voz baja y temblorosa—. Va a arder, me quemará. —No, cariño—me asegura, se inclina y encierra mi rostro en sus manos—. Estás lista para mí, vas a tomarme con facilidad. Lo prometo. Para probarlo introduce dos dedos en mí y los mueve lentamente, volviendo a instalar ese manto de confusión y embriaguez, echando afuera mis ideas pesimistas. Respiro fuerte y él consume mi aliento. Se dirige a sí mismo con más decisión, y percibo cómo se infiltra, centímetro a centímetro. Lo rodeo por los hombros, aferrándome mientras se pierde entre mis muros, mi tacto resbala de su espalda sudorosa. Me sostiene una pierna doblada a la altura de la rodilla con un brazo, con la otra limpia las gotas saladas que derramé desde mis pestañas. Respiro con más dificultad mientras me va llenando, hasta que no queda nada más. Estoy albergándolo hasta la empuñadura. León detiene el aliento y me observa atentamente, sus pupilas dispersadas y la vena en su frente sobresaliendo en cada latido. Estoy ensimismada en el efecto de mi sexo dilatado y amoldado alrededor del suyo, noto como palpita y me contraigo. Muevo mis caderas, provocando que sisee y cierre los ojos. Devastado. No hay dolor, sólo placer. Mi cuerpo se apacigua y suspiro, entonces él comienza a balancearse. Sale de mí y me estremezco, gimo cuando golpea para entrar por completo otra vez. Recorro su espalda resbalando hacia abajo, hasta las elevaciones de sus nalgas, las acaricio, y todo se aloca de un segundo a otro. León gruñe haciéndole justicia a nombre, le da cada vez más énfasis a los enviones, provocándome un grito y de inmediato cubre mi boca con la suya. Sé que los niños están durmiendo muy cerca, pero no puedo mantenerme en silencio, es imposible. Arrastro las uñas cada vez menos consciente de la realidad que nos rodea, drogada en éxtasis, sin posibilidad de volver atrás. Ya pasamos el límite, no existe el retorno. León introduce una mano entre los dos y me pellizca un pezón, me ahogo y con eso llega el final del espiral. Se apoya en sus palmas para no perderse


mi desenlace. Mi cuello se estira hacia atrás y suelto un aullido ronco, él intensifica sus movimientos y mis pechos bailan bruscamente, clavo las uñas en su pelvis, no sé si quiero que frene o me castigue con más fuerza. Por las dudas se calma y me muerde bajo la oreja. Tentáculos invisibles y vibrantes se adueñan de todas y cada una de mis terminaciones nerviosas, dejando afuera mi naturaleza tímida. No sé quién soy, sólo sé que ansío ser esta nueva mujer de ahora en adelante. Un momento después de calmarme, él se impulsa más allá en busca de su liberación. No se demora demasiado en obtenerla, por eso se sale de mi interior con tosquedad y derrama su semen en las sábanas, junto a mí. No me pierdo el espectáculo, su mandíbula encajada, su rugido de dientes apretados, su entrecejo arrugado y los párpados oprimidos con el delirio final. Se desploma, ya sin ímpetu, con mitad inferior sobre mí y su torso inerte sobre el colchón. Recién ahí respiro aire limpiamente, armonía acompañando la incapacidad de nuestros huesos. No me puedo mover y, estoy segura, él tampoco. Fue tan bueno que probablemente estaremos fuera de juego hasta que el sol se asome.


16 León La claridad que acompaña el día me palmea la cara y me obliga a apretar los párpados con fuerza. No quiero levantarme, me gustaría pasar todo el puto día en esta cama, bajo las sábanas, despertando la sexualidad de la mujer que tengo al lado. Incontables veces. Hasta estar tan seco y saciado que el pene no se me levantaría por una semana. Sí, parece algo así como un excelente plan ahora mismo. Ella se remueve y sus piernas se enredan más en la mía, la calidez de la fricción provoca que mi sangre corra en dirección al sur, en poco tiempo luzco una erección monumental que mantengo aplastada contra el colchón. Francesca gime en sueños y que Dios me tenga en su gloria. Necesito otra ronda. Y mil más. ¿Cómo carajo explico lo que la noche anterior significó para mí? Nunca me sentí así. Soy el tipo más afortunado del universo, tengo el amor y la confianza de la mujer más hermosa, dulce y asombrosa que he conocido jamás. Francesca es todo lo que buscaría alguien como yo. Y sí, es verdad que cuando llegó yo no estaba nadando en un mar de mujeres para elegir, y me alegro por ello. El solo hecho de verla arribar al recinto, estrellándose, me hizo caer en la cuenta de que ansiaba con fuerza que fuera mía. Mi corazón y mi mente jamás estuvieron más de acuerdo que en aquel día, mientras la veía parir a su hija, luchando contra el dolor y la soledad. Aferrándose a mí. Allí me llené de convicción, yo ambicioné ser su ancla, su sostén. Para toda la vida. Y no sé cómo agradecer que con el tiempo haya logrado confiar en mí tanto como para entregarse. Sólo Dios sabe lo que sufrió, y aun así pudo permitirme entrar. No voy a joder esto, ella me ha dado la oportunidad de volver a amar con esta única intensidad después de perder a Pedro. Su presencia y su amor son vitales para mí.


Despego mi mejilla de la almohada y volteo mi rostro, la observo con mis ojos entrecerrados dormir boca arriba, cubierta con la sábana hasta el nacimiento de sus pechos. Puedo notar sus pezones sobresalir bajo la tela, me muerdo el interior de la mejilla. Tengo una de mis piernas metida entre las suyas, lo único que me queda por hacer es deslizar la rodilla más arriba y frotarla, estoy seguro de que despertaría de inmediato, excitada. Me alzo sobre un codo y hecho hacia atrás los largos mechones de pelo que ahora mismo me joden la vista. Necesito llegar a mi mesa de luz, conseguir un condón, porque voy a tener mi dosis mañanera y esta vez no debo olvidar la protección. Vuelvo la cabeza a mi derecha y doy un respingo. — ¡Puta mierda!—siseo por lo bajo, congelándome en un par de ojos plateados que me miran soñolientos. Por Dios, ¿cómo no me di cuenta de que el niño estaba en la habitación? Carajo. Mi corazón va a mil por segundo. Lo estudio un momento, él hace lo mismo, su cabeza inclinada hacia un lado con curiosidad. Las puntas de su pelo oscuro están destacando en todas direcciones, tiene la marca de la almohada en una mejilla regordeta y sonrojada. Entrecierro los ojos y él se tambalea en sus talones con sus manos tomadas en la espalda. ¿Qué fue lo que vio? Me fijo si su madre está bien tapada y suspiro aliviado al ver que sí. ¿Mi culo? Bajo las sábanas. Bien. ¿Por cuánto tiempo nos ha mirado dormir? Trato de repasar si hice algo indecente: sólo desperté y observé a Francesca. Nada más. Creo. —Buen día, chico—le susurro, mi voz sofocada—. ¿Hace mucho que te despertaste? Pestañea un par de veces y niega, sigue saltando en sus talones descalzos. ¿Está esperando que alguno de los dos nos levantemos? Supongo que sí. — ¿Estás esperando la leche, chico?—quiero saber.


Me dedica una sonrisita angelical. Sí, claro que sí. No tengo ni la más pálida idea de la hora que es, pero si el niño despertó antes que nosotros, no debe ser muy temprano que digamos. —Bueno, espérame en la cocina que ya voy a hacerte el desayuno—le ordeno, aun hablando bajo. No se mueve, lo miro expectante. Necesito que se vaya, así puedo buscar mis calzoncillos. ¿Por qué me mira tanto? ¿De verdad no hice nada mientras estaba en la habitación? ¿Qué pasa si vio algo impropio? Empiezo a palpar el colchón buscando. Tiene que estar, anoche me lo quité aquí mismo. Ruedo sobre mi espalda, quitando mis extremidades de las de Francesca. Me siento y levanto la sábana. Ahí está, arrugado al final del colchón. Lo alcanzo de una estirada e intento ponérmelo sin darle al niño un espectáculo prohibido de mi pene hinchado. Él me observa mientras hago malabares para estar decente antes de salir de la cama. Una vez hecho, me tapo con las manos y consigo mi vaquero del suelo, poniéndomelo en tiempo récord. Le hago señas a Abel para que venga conmigo, de pasada los dos le echamos una ojeada a su madre que sigue profundamente dormida. Me da la impresión de que es la primera vez que no se despierta para atender a sus hijos a tiempo, debe estar agotada de verdad. Y sonrío porque sé la causa. Ingreso en el baño del pasillo, ya que no quise ir al nuestro para no despertarla. Me aseo rápido, dejando la puerta entornada porque Abel permanece allí, esperando. Después, entro en la habitación de los niños para chequear a Esperanza, que aún duerme. En la cocina, lo primero que hago es poner el canal de los dibujitos, así el niño me espera frente a la tele a la par que le caliento la leche. Suerte que sé cómo se la prepara Francesca, soy observador. Al dejar la taza y el plato de galletitas dulces en la mesa, él se arrodilla en su silla y sin más vueltas ataca su desayuno, ignorándome. Suspiro. Lo cierto es que tiene una mirada intensa y me asusté como la mierda al verlo a mi lado, junto a la cama. Todavía sigo creyendo que hice algo malo en su presencia. En la bruma del sueño. Me sorprende demasiado el parecido


con su padre, el niño no tiene la culpa, tan dulce e inocente. Y nunca sabrá de la existencia de su progenitor abusivo, tendrá el privilegio de crecer sin ningún recuerdo de él, posiblemente. Me alegro por eso. Así que, me corrijo, el chico no se parece al monstruo, sino a su tía. Los mismos ojos que taladran en lo profundo, la misma expresión grave. No pueden negar que son familia. Por eso será que me intimidó. Puede que no haya tocado a su madre, pero quise en mi cabeza, con todo el ardor, y se sintió como si él lo supiera con sólo echarme un largo vistazo penetrante. Un quejido llega a mis oídos desde el pasillo y corro a la niña antes de que despierte a Fran, la mujer merece un rato para sí misma. Descanso. Siempre está cuidando de sus hijos, un respiro le vendrá bien. Antes, cuando vivían en el altillo, Abel pasaba mucho tiempo en el bar, siempre vigilado por algunos de los hermanos o Adela. Incluso Santiago lo mantenía en la mira cada vez que su chica estaba muy ocupada con su trabajo. Estos últimos días el niño no fue por allí, y Tony vino a jugar acá. Tomo a la bebita en brazos, no está llorando, sólo se queja porque también es su hora del desayuno, le hablo y se tranquiliza mientras me las arreglo para preparar su leche en polvo. Tengo todo controlado y unos minutos después ella ya está vaciando su mamadera en mis brazos. La observo fijamente mientras se saborea con los ojos entreabiertos, me devuelve la atención y me pregunto qué estará pensando en su cabecita. Será un clon de su madre; los mismos ojos oscuros grandes, como enormes piscinas de chocolate derretido, la piel pálida y el cabello castaño. Apuesto que será esbelta como ella, y grácil al caminar. Me voy a ocupar de que sea una niña protegida y feliz, irá por la vida segura de sí misma y del amor de los que la rodean. Igual con Abel. No pasarán las mismas miserias que vivió Francesca. Frunzo el ceño al retroceder sobre mis pensamientos, estoy dando por hecho que estaré allí en un futuro. Tal vez parezca que me estoy apresurando, pero no me importa, pretendo estar. Lo haré siempre y cuando Fran quiera. Ellos tres son mi familia ahora.


Distingo movimiento por el rabillo del ojo y corrijo mi enfoque para caer sobre Francesca, allí en la entrada del pasillo, bostezando, despeinada y envuelta en una fina bata blanca. Le sonrío y la recorro comiéndola con los ojos, olvidando un instante que tengo a su bebé en brazos. Se ve un poco contrariada y avergonzada. —Buenos días—la recibo. Ella repite mis palabras bajito. —Lo siento—dice, acercándose—. Me quedé dormida, es inaceptable. Me rio y después chasqueo la lengua. De ninguna maldita manera va a disculpase. —Lo que es inaceptable es que me pidas perdón por eso—le digo, poniéndome un poco serio. Sus mejillas se tiñen de rojo. Esperanza acaba su biberón y la levanto en mis manos para apoyarla en mi pecho. Francesca me ve hacer, y escondo una sonrisa hinchada de astucia cuando advierto que, en realidad, no puede quitar los ojos de mi torso desnudo. —Hay que cambiarle el pañal—le anuncio—. ¿Ves? Te dejé algo de trabajo—bromeo. Noto que se traga la risa por un par de segundos hasta que no puede retener la sonrisa que se extiende en su rostro. Dios, es dulce cuando sonríe. Me levanto de la silla y le doy a su hija al llegar a mí, mientras que la cambia en la habitación, donde tiene todo lo que necesita, preparo algo para que ambos desayunemos antes de empezar oficialmente el día. Si todas las mañanas planean ser así, voy a pensar que vivo en el cielo. Soy el tipo más afortunado del mundo, ¿ya lo había dicho? No importa, insisto en que lo soy.


Francesca Me siento la peor madre del mundo, ¿cómo pude quedarme dormida de ese modo? Tengo bebés que atender. ¿Y qué si León no estuviese? Bueno, si fuera así yo no me habría pasado de largo en un principio, ¿o sí? Suspiro, desengancho las sábanas de nuestra cama, las arrugo para después llevarlas al lavadero. Pienso en la forma en la que León se derramó en ellas la noche anterior y mi centro se contrae. Tuve que darme una ducha de inmediato después de desayunar, todavía podía sentir mis fluidos a la espera de más. Me aclaro la garganta y obligo a mi mente a ponerse en blanco. Mientras coloco ropa de cama limpia, le hablo a Esperanza que está en su huevito llevándose un juguete a la boca, soltando una charla en su idioma indescifrable. Abel ronda por la habitación, como si la estuviese evaluando. No me pierdo sus movimientos. Desde que nuestras vidas comenzaron a encaminarse en una mejor orientación, he notado que mi niño no actúa como otros de su misma edad, se ve maduro. Me da miedo que todo ese tiempo, confinados en la casa de Olga le haya afectado de alguna manera. Y sería toda mi culpa. Es, la mayoría de las veces, muy callado, sólo me tranquiliza su curiosidad constante ya que es común. Aun así, hay algo extremadamente inteligente y conocedor en su mirada, como un alma vieja. Como si hubiese visto demasiado a lo largo de su existencia. Y sólo tiene dos. Bueno, casi, su cumpleaños es la semana que viene. Otra de mis preocupaciones, quiero que tenga una pequeña fiesta, ya es consciente de eso y lo disfrutaría. Otra cosa, tiene a Tony, ya no es un solitario. Le voy a pedir algo de dinero prestado a Adela, se lo devolveré cuando venda el coche y algunas cosas que hay en la casona. Me queda la gran decisión de qué hacer con ella, supongo que también la venderé, me da pena porque es como una reliquia familiar, pero si Adela no la quiere, ¿qué puedo hacer yo? Personalmente no deseo volver a pisar sus baldosas relucientes por


lo que me queda de vida. Demasiados recuerdos del infierno. Allí comenzó la barbarie, y lo último que quiero es revivirla. Coloco la bola de sábanas bajo mi brazo y levanto el huevito de mi hija por la manija, para moverme al lavadero. Me volteo para buscar a Abel y se me escapa un gritito horrorizado al ver que ha abierto el cajón de la mesa de luz de León y tiene en sus manos una caja de condones. Calor sube súbitamente a lo largo de mi cuerpo. Acomodo a Esperanza de nuevo en el suelo, con cuidado, para apresurarme hacia él. Está agitando la cosa en su oreja. Por Dios, me va a dar algo. —Abel—le digo, se la quito de las manos—. Bebé, esto no es para jugar. Camino hacia la cómoda y la guardo entre la ropa interior de León. — ¿Y pala qué es?—me pregunta, su expresión inocente ansiosa por saber. Inflo los cachetes, sabiendo que mi cara se parece más a un foco de luz tintado de rojo, como esos que hay en los boliches. Alzo las cejas, tomándolo de la mano y llevándolo conmigo a la puerta. León me dijo que lo encontró junto a la cama mirándonos cuando se despertó. Nos reímos incómodamente un poco sobre eso. Ahora mismo no sé qué decir. —Es para… trabajar—le digo—. Y no se toca, ¿está bien? Tampoco se pueden abrir los cajones de los muebles—le advierto. Él sale de la pieza por delante de mí y su hermana, de un pestañeo a otro ya se olvidó del asunto y el alivio que siento es aplastante. Pasamos directo al lavadero y pongo en marcha el lavarropas, echándole un vistazo a mi hija que se ha prendido al chupete y se ve a punto de sucumbir al sueño. Le sonrío. Me encuentro saliendo derecho hacia la cocina cuando la puerta del frente se abre y escucho un par de ligeros pasos de tacón entrar en la sala. Inmediatamente después escucho a Adela gritar un saludo a su sobrino. — ¿Cómo están?—pregunta al verme.


—Muy bien, gracias—le sonrío. Ella entrecierra los ojos con suspicacia. Sí, sólo ella puede notar un doble sentido en mi contestación. Y sólo porque sonreí un mínimo más de lo habitual. —León te trata bien, ¿eh?—me da una media sonrisa peligrosa. Muy bien, el segundo momento incómodo de la mañana. ¿Hasta cuándo? Mi sonrojo hace todo el trabajo de la contestación, claramente. —Qué raro despierta antes del mediodía—digo, para cambiar de tema. Bufa, se ve cansada. —Trabajo—explica, se inclina para mirar a la bebita dormida—. A la tarde voy a ir de compras, tenemos la heladera vacía. Como siempre. Pero eso no puede seguir así, porque tenemos a Bianca, y ella tiene que comer algo mejor que comida refrigerada. No es que se queje ni nada, pero quiero ser hospitalaria, aunque no nos llevemos muy bien—se ríe—. Así que, me levanté para ordenar el bar, y así tener la tarde libre. Tomo una galleta del plato en la mesa y la parto con mis dientes. — ¿Querés acompañarme?—pregunta, dejándose caer en una de las sillas—. Supermercado, después podemos merendar por ahí…—ofrece. Asiento. Sí, me vendría bien. Además también hay que meter algunas cosas en nuestra heladera y las alacenas, tenemos lo justo. —Sí. Y quería pedirte un pequeño favor—trago, odio hacer esto—. Abel cumple dos el martes que viene, y quiero festejarlo. No es que haya mucha gente para invitar—sonrío, poniéndome colorada—. Pero no hicimos nada para su primer añito, y me siento una terrible mamá… Su rostro se ilumina. —Oh, sí—se entusiasma—. Obvio. Vamos a comprarle adornos e ingredientes para hacer cosas ricas—dice alzando la voz para que él la escuche desde la sala.


Tomo otra galleta. —Es sólo algo de dinero, prometo que te lo voy a devolver cuando mi coche esté listo y pueda venderlo—le aseguro. Los ojos turquesas de Adela se ablandan y me dispara una dulce sonrisa, que no pega en absoluto con su personalidad. —Fran, deja de preocuparte por eso—me pide, su voz en un tono amable—. Vamos a hacer esa pequeña fiesta de cumpleaños, el dinero no me interesa. Tómalo como un regalo de mi parte para él. Mi nariz pica, pero evito completamente que mis ojos se agüen. Ya estoy cansada de ser tan emocional. Pero me afecta muchísimo tener que pedir favores, y me golpea duro en el pecho que ella esté siempre tan dispuesta a ayudarme. Concuerdo sin decir nada más al respecto, porque lo único que siento, son ganas de patalear, frustrada conmigo misma. En unos minutos, vacío el plato de galletas dulces mientras entramos en otros temas banales. Entonces, abordo la siguiente cuestión que quiero hacerle, tratando de no pintarme de rojo intenso tan rápido. — ¿Sabes el número de la ginecóloga que me revisó—me freno, no sé cómo referirme a ese día—aquella vez? Adela mastica su chicle por unos cuantos segundos, haciéndome un escáner profundo con sus ojos de hielo. Tenía planeado preguntarle a Lucre por su médico de confianza, pero me incliné más por Adela, siento más confianza con ella. Tengo que tener mi chequeo, y conseguir una receta para las píldoras anticonceptivas. —No…—dice, pensativa—pero puedo averiguarlo. Muevo la cabeza, pestañeando. Ella toma nota de mi rubor y me enoja. ¿Cómo puedo ser tan transparente? Parezco la tímida amiga que es la última del grupo en perder la virginidad, y el resto la ataca con preguntas incómodas. Tengo veintiocho años y hablar de sexo me pone toda temblorosa y avergonzada. Uff.


—Lo estás haciendo con León—no logro descifrar si es pregunta o afirmación. Trago, después lo confirmo porque no me sirve de nada negarlo. —Necesito empezar la píldora—agrego. Apoya un codo en la mesa y descansa su mentón en su mano, la sonrisa de dientes blancos que me envía se asemeja más a la de un tiburón. — ¿Y es bueno?—lanza. Bueeeeno. Me estoy quemando viva, incluso percibo como si mis ojos fueran a saltar hacia afuera por la presión en mi cerebro. Me encojo de hombros, no sé cuántas veces. No es que tenga mucho con qué comparar. Lo que vale es cómo me hizo sentir, y fue demasiado bueno como para describirlo. Ninguna explicación le haría justicia. Decir que toqué el cielo se queda corto. Fue la mejor experiencia de toda mi vida, y quiero repetirla. Si es posible hasta mi último aliento. Adela se echa hacia atrás en su lugar y se ríe. —Era broma—sus carcajadas son roncas y desiguales—. Sé que debe ser bueno—me guiña un ojo—. Estoy feliz por los dos, amo verlos juntos. Son el uno para el otro. Y no estoy chamuyando, es verdad. Espera, ¿yo diciendo cosas cursis? ¿Cuándo? Las dos reímos y al fin me aflojo, olvidando la timidez. La verdad es que no puedo pedir más nada. Tengo a Adela, y ya puedo llamarla mi mejor amiga. Tengo al lado al hombre perfecto, y lo amo con locura. Dos hermosos hijos. Soy feliz. Y el pensamiento de eso me tiene sonriendo por el resto del día.


Después del almuerzo acuesto a los niños, una pequeña siesta antes de viajar a la ciudad no es mala idea. No quiero que se cansen tan rápido y se molesten. León comió algo a las apuradas y volvió a irse, tenía trabajo que hacer en el taller, organizar ciertas cosas. No me dijo cuales, y no pregunté tampoco, creo que cuanto menos sepa sobre ello, mejor. La ignorancia es felicidad. No es que esté en contra de lo que el clan hace, sus actividades no me afectan en absoluto, sólo prefiero mantenerme al margen, no quiero tener que vivir con miedo por conocer los riesgos. El silencio de la cabaña es agradable, con él me ocupo de buscar algo decente para ponerme entre mi ropa, la que Adela y Santiago trajeron de la casona semanas atrás. Lo poco que me queda de ella. Y no está resultando. Todo supera la línea de lo caro y extravagante. Supongo que me quedaré con un par de conjuntos y al resto lo donaré, o se lo ofreceré a una tienda de segunda mano. Rescato un vestido largo hasta las rodillas, muy sencillo, de mangas tres cuartos y cuello redondo, color ciruela. No tiene casi ningún detalle extra, por eso me gusta. Afuera el aire es agradable, no caluroso pero si muy cerca de lo primaveral, me va a ir bien. Lo acompaño con un par de zapatos chatos, rosa viejo. Son cerca de las tres de la tarde cuando la puerta del frente se abre y las botas de León chocan contra el piso de la sala. Lo escucho rondar por la cocina mientras me levanto el pelo largo y liso en una cola de caballo alta. Hace mucho, muchísimo tiempo que no me paraba frente a un espejo para arreglarme. Lo hacía siempre bajo el techo de Álvaro, pero aquel no era mi estilo. El maquillaje y el pelo tan marcados y perfectos, los vestidos impecables. No iba conmigo. Me gusta más el look desenfadado, y ahora puedo lucirlo. No me pongo maquillaje, no tengo. Algo más que me gustaría comprar, solamente lo esencial, tal vez más adelante. Salgo a través del pasillo y me choco con León, sentado en el living, está leyendo un pequeño fajo de papeles y tiene un vaso de agua en la otra mano. Su concentración se rompe al verme, su sonrisa florece como si fuera un acto reflejo cada vez que aparezco. Amo ese gesto en él.


—Pensé que estabas durmiendo también—dice, relajado contra los almohadones. Me revisa de pies a cabeza y chifla. Me sonrojo de paso a la cocina para tener también un poco de agua. —Acosté a los bebés un rato, después vamos a ir con Adela a la ciudad— le cuento, sirviéndome—. Vamos a hacer algunas compras, ¿querés que te traiga algo? De la nada me rodea la cintura con los brazos y casi me atraganto con un sorbo, sorprendida. Nunca lo escuché acercarse. Roza mi vientre con sus palmas abiertas y dejo ir un leve suspiro. Me besa en el cuello, su barba hace cosquillas y la piel se me eriza desde los brazos a los muslos. Entonces atrapa mi lóbulo entre los dientes, mis caderas se balancean hacia atrás instantáneamente, buscando las suyas. —Lo único que quiero es arrugar este vestido—ronronea en mi oído. No me da tiempo a decir nada, levanta la falda, arrastrando su mano por el exterior de mi muslo, pasando al interior. Sin pedir permiso se cuela entre mis bragas. Detengo el aliento en el momento justo que la yema de sus dedos conectan con mi clítoris. Salto y me aferro a la mesada, olvidando el vaso de agua que antes tuve en mi mano. Frota y jadeo. — ¿Se puede?—prosigue, respirando con fuerza. No puedo hablar por un momento, concentrada en la humedad que comienza a amontonarse en mi centro, hace que la fricción se vuelva más y más placentera a cada segundo. Me mojo los labios con la punta de la lengua, cerrando los ojos en éxtasis. Debería estar asustada; él detrás de mí, acorralándome contra la encimera, empujando su erección contra mi culo. Pero estoy lejos de eso, mis piernas no tiemblan de miedo sino porque el placer es tan intenso que las obliga a ceder. Nuestras respiraciones aumentan el nivel y es lo único que inunda la cocina. —Sí—siseo, respondiendo a su pregunta anterior.


El vestido es la última cosa que me interesa ahora mismo. Mi réplica parece brindarle más poder, y no me queda otra que dejar salir el grito que punza bajo mi garganta reseca cuando aprecio sus dedos deslizarse más allá. Penetrándome. Su mano libre juega con uno de mis senos cubiertos en mi escote. Me descarrila lejos del control y, de golpe, ya no está soldado a mí. Sino que me da la vuelta con precisión para poder besarme, su boca aplastando la mía con vigorosidad. Sí, después de anoche, los dos necesitamos esto. Respondo a su ritmo tanto como puedo, me sorprendo a mí misma con la calidad de mi soltura. León me arrastra con él por el pasillo hasta la habitación, su lengua nunca interrumpiendo la invasión de mis profundidades. Sus manos en mi nuca aflojan mi cola, y en el calor del momento no me importa nada. Cierra la puerta al entrar, espero que si alguno de los niños despierta podamos escucharlo. No me suelta ni siquiera cuando vamos hasta la cómoda para conseguir protección. Le avisé más temprano que había movido la caja, lejos de Abel. No se vio avergonzado ante la anécdota, le divirtió, y más al notar que yo estaba ruborizada hasta el nacimiento del cabello. —No quiero que te contengas como anoche—me las arreglo para decir entre inhalaciones mientras se enfoca en abrir la caja—. Estoy lista para seguir tu ritmo… Sus ojos azules vidriosos por el deseo suben a los míos. — ¿Mi ritmo?—me estudia, el paquete plateado del condón entre sus dedos—. ¿Estás segura? Meto mi labio inferior hinchado entre mis dientes, asiento sin dudar. No quiero que frene sus impulsos por ser cuidadoso conmigo. Confío en él, y lo quiero como es, por lo tanto puedo recibir toda su fuerza, simplemente porque sé que no me hará daño. Jamás. Tira la caja de nuevo entre su ropa interior, al segundo siguiente soy levantada en el aire y sentada sobre la cómoda, algunas cosas que estaban allí arriba caen al suelo y observo todo con ojos grandes, empañados y asombrados. Sube mi falda y, de un arrastre, mis bragas son lanzadas al


otro lado de la habitación. Remolca mi culo desnudo hasta el borde, mis piernas abiertas y listas para recibirlo, entonces se inclina y lame mi humedad. Con el impacto de su lengua y boca, caigo hacia atrás y mi cabeza se golpea contra la pared, no hay dolor, sólo perdición. Clamo y me retuerzo, mis ojos cerrados, mi boca abierta, los dedos enterrados en su pelo largo. Me aferro en puños, temblando. Escucho mi boca decir algunas frases entrecortadas, no tengo ni idea de la coherencia en ellas. Se intensifican al sentir el filo de sus dientes en los bordes de mis labios empapados. Al pestañeo que sigue encuentro su rostro a un centímetro del mío, y estanca sus ojos azules en mi mirada anestesiada, al mismo tiempo que me penetra con los dedos, usando el pulgar para masajear círculos en el pequeño nudo hinchado de terminaciones nerviosas. Me sostiene la cabeza para que no caiga floja hacia atrás, obligo a mis párpados a no cerrarse y retener sus pupilas en las mías, me arrastra a la deriva. Estoy a un paso de algo grandioso, tan sólo uno, una ola de gimoteos anunciándolo. Sin embargo, me lo niega, deslizando afuera la longitud de su tacto. Allí mismo se los dirige a la boca y los introduce, chupando. Con eso pierdo el hilo de cualquier pensamiento quejumbroso creciendo por la falta de atención en mi zona sur. Trago con fuerza, una reacción animal dentro de mí desea que él comparta mi sabor conmigo. Desnuda uno de mis pechos, bajando la tela del vestido por el hombro y bajando mi sostén por el aro. Sin quitar sus ojos de los míos arrastra la lengua por mi pezón, juega con él. Lo arruga, me tienta, lo molesta con los dientes, y mi garganta se atasca, se ahoga porque no sabe si gemir o gritar por clemencia. La lengua de León comienza el ascenso, visita el nacimiento de la elevación, mi clavícula, mi cuello. La humedad que va dejando es como un camino marcado a fuego, que se termina en la base de mi oreja. A continuación lame con la punta la comisura de sus labios y escucho la cobertura del condón rasgarse después de que sus pantalones terminen en el suelo. No me pierdo cómo reviste su pene a lo largo, acariciándose con cuidado en el proceso. Puedo distinguir desde mi posición cada trazo y vena sobresaliente y tensa bajo la piel de terciopelo que lo cubre. Me muerdo el labio cuando apunta hacia mí, se lleva a sí mismo a mi entrada. Trago y me


besa, lloriqueo en su boca a medida que se empuja dentro. Y clavo con fuerza las uñas en sus hombros. Al principio las embestidas son lentas, suaves, intentando que mis paredes se adapten y respondan, paulatinamente va ganando intensidad. Hasta que la cómoda debajo de mí empieza a quejarse por los movimientos bruscos. Quiero gritar, León me lo impide con sus besos, otra vez tomando la iniciativa para no despertar a los niños. Pero, por Dios, ¿cómo puedo retenerlo dentro? ¿Quién lo haría? Si ni siquiera la tímida y jodida Francesca es capaz. Sus besos se interrumpen y me eleva, tomándome del culo, camina hacia atrás. A la cama. Caemos juntos, revotando en el colchón, su peso caliente y sudoroso sobre mí. Mientras sus caderas bailan entre mis piernas se quita la camisa, evidenciando ante mis ojos la gloria de su torso desnudo, tatuado. Sus abdominales marcados sobresalen en cada movimiento y no puedo dejar a un lado mis manos, lo acaricio, resbalando mis dedos por la superficie irregular. En uno de los avances logra un movimiento circular que provoca que su pene golpee un punto exacto en mi interior, y la bola de fuego en mi bajo vientre se expande como si la hubiesen rociado con gasolina. Sollozo, él se vuelve más agudo y las colisiones de su pelvis contra la mía resuenan en toda la habitación, creando una constante cortina que acompaña mis gemidos, cada vez más altos y excedidos. Mi espalda se arquea sorpresivamente y el orgasmo me abraza sin avisar de ante mano, el choque es devastador y mis ojos ruedan hacia atrás, la descarga atraviesa mi garganta y esta vez León no está en sus cabales como para ahogarla, me deshago en pequeñas partículas sobre la cama, formando puños en la colcha hasta que mis dedos se duermen poniéndose blancos. El ronco aullido que se dispara parece venir desde mis mismísimas entrañas, y sé que más tarde voy a estar descolocada al recordarlo. Yo apenas conozco esta parte de mí. La primera contracción es tan tensa e interminable que es suficiente para voltear a León. Su inmenso cuerpo de atiesa elevado sobre mí, la luz del sol que entra por la ventana crea un halo de erotismo que alarga mi estado


de coma cerebral. Todo esto sucede tras una bruma que sólo puede ser conseguida a causa del efecto de embriaguez que provoca el acto sexual. Sería algo así como dejarse arrastrar por alguna poderosa droga. No hay realidad, sólo abandono en una dimensión desconocida. León yace sobre mí, entre mis piernas, mientras su miembro sigue agitándose en mi interior. En cada ola, él se estremece y gruñe junto a mi oído. Permanezco quieta, apenas respirando, miro el techo pero no estoy reparando en detalles. Lo único que existe para cada uno de mis sentidos es el hombre que tengo encima. Su olor, su sudor, su sabor. Nada más. Ni siquiera me acuerdo de mi nombre.

León Francesca y Adela suben a una de las SUV con los niños. Me ofrecí a cuidar de Abel mientras tanto, pero las dos concordaron en llevarlo también. Dos de los míos las dirigen a la ciudad para hacer todas esas compras. Obligué a Fran a tomar mi dinero para eso, porque ahora lo mío es suyo. No se vio muy convencida, voy a tener que trabajar en eso. Si quiere festejar el cumpleaños de Abel, yo quiero pagar. Bueno, Adela también. Estoy dispuesto a compartir gastos. Y se avergüenza por tener que depender del dinero de otros, aunque no debería. Me enciendo un cigarro, apoyado a un lado de la puerta del bar y los veo irse. Fran baja un poco el vidrio trasero y me saluda agitando una mano. Se ve radiante y me gusta pensar que es así por mí. ¿Nuestra segunda vez durante la siesta? Alucinante, estoy seguro de que lo vivió como yo. Y arrugué el maldito vestido, tuvo que plancharlo después de tomar una nueva ducha. No pareció importarle en absoluto. Una vez que volvió a estar presentable quise volver a dejarme llevar por el impulso animal. Me contuve, sino esa prenda color ciruela no habría sobrevivido a un segundo asalto. Le


sonrío y veo el vehículo marchando hasta desaparecer, cruzando con el coche de Greg, entrando al estacionamiento. Lo veo pararse y bajar, tomando sus muletas el asiento del acompañante. Hace tiempo que no viene por acá, su reunión familiar con la hija perdida debe de haberlo tenido ocupado. Avanza despacio hasta mí, lo espero con paciencia, nunca yendo a ayudarlo, no aprecia ese tipo de atención. Cuando llega, le palmeo el hombro como saludo y entramos en el bar a servirnos algún trago. No importa qué tan temprano sea, con él es un ritual. Elegimos una mesa y voy en busca de dos vasos. — ¿Qué me contás, viejo?—le pregunto, sentándome frente a él. Empieza una perorata sobre el clima agradable y los trabajos de artesanía en el patio de su casa. Se ve intranquilo, pero no le interrumpo, lo dejo divagar. Me doy cuenta de lo anciano que se ve, parece haber envejecido cinco años en pocas semanas. Me preocupa. Toma su whisky como si estuviera sediento. — ¿Estás bien?—le suelto cuando acaba. Asiente, frunciendo el ceño. — ¿Laura? ¿Sandra?—insisto, no quería nombrarla, pero este es Greg y no se ve bien—. ¿Todo bien con ellas? Sus desgatados ojos se entristecen, sus hombros caen. Niega, como lamentándose. —No hemos visto a Sandra desde hace unas de semanas—explica, haciendo girar su vaso vacío en la mesa—. Desapareció. De un día para el otro su cuarto estaba ordenado y limpio, todas sus pertenencias ausentes. Por dentro, siento cómo crece una inmensa ola de rabia, quiero escupir un montón de maldiciones que no le harían nada bien. Por eso me permanezco en silencio, diciéndole las peores cosas a Sandra en mi cabeza. ¿Por qué está insensible? Laura y Greg son sus padres, podría tener un poco más de consideración con ellos.


—Y nuestros ahorros desaparecidos, también—agrega, hundiéndose más entre sus hombros. Y con eso último ya no puedo retenerme. —La puta madre—estrello un puño en la mesa, haciendo saltar nuestras bebidas—. Pedazo de mierda desagraciada—gruño. Asiente, no la defiende. A estas alturas ya no se puede defender a alguien que se volvió indefendible. —Lo siento, hombre—le digo, entristecido por él. Suelta un hondo suspiro, y mira a lo lejos. —Ya me di por vencido, ¿sabes?—cuenta, su voz cansada—. Esta es la última desilusión que le permito darme. Tuve paciencia todos estos años, por Pedro, porque había perdido a un hijo y sé que necesitaba nuestra ayuda y cariño. Le pagué una institución cuando entró en las drogas, la ayudé a conseguir miles de trabajos decentes cuando salió. Nunca nada le alcanzó, siempre prefirió los problemas. Después de lo que te hizo debería haberle negado la palabra, ella es egoísta y cruel… —Tanto que es capaz de robarle a sus propios padres—carraspeo duramente, lleno de ira. Se frota los ojos, dándome la razón con solo un movimiento de cabeza. —Nunca va a cambiar… Aun así sigue siendo mi hija—dice apretadamente—. Sigue siendo esa bebita que crie, y me pregunto todo el tiempo qué fue lo que hice mal… Frunzo el entrecejo y niego. —No lo sé—escupo—. No creo que ustedes hayan hecho algo mal… algunas personas son así sin motivo alguno… Fueron los mejores padres que cualquiera podría tener, lo hicieron bien. Ella les ha fallado a ustedes, Greg.


Estira el vaso hacia mí y, de una escapada a la barra, nos sirvo a ambos un poco más. Él parece necesitarlo, y yo estoy aquí, para lo que sea. Ahora mismo sé que quiere desahogarse. —Lo peor de todo es Laura—prosigue cuando vuelvo—. Ella se lo tomó peor, la desilusión que Sandra le dio la tiene muy deprimida. Intenté llamarla, aunque sea para que nos diera una explicación. Si necesitaba dinero podría haberlo pedido, nosotros se lo habríamos dado. Su teléfono no funciona, se la ha tragado la tierra. — ¿Decís que se fue hace ya semanas?—mi mente revolucionándose. Ella estaba en el pueblo ayer, cuando molestó a Francesca a la salida de terapia, en la casa de Isabel. No le digo nada a Greg, no quiero que se sienta aún peor, ya está destrozado lo suficiente. En todo este asunto hay algo raro, desapareció de la casa de sus padres, pero sigue rondando por la zona. Vaya a saber en qué está metida esa mujer.

Francesca Adela se agacha junto a Abel, mostrando dos velas enormes con forma de número dos, quiere lograr que él elija una. Recorro el resto del cotillón, concentrada, con Esperanza en mis brazos. Estoy fascinada por tantos colores y artículos alegres, todo el brillo. La fiesta de Abel será sencilla, ya se lo dije a su tía, ella no parece haberme escuchado muy bien. Casi no va a haber niños alrededor, seremos la mayoría adultos. Sólo quiero que sople sus velitas por primera vez y disfrute de algunas golosinas con Tony y Lucio, el niño de Lucía y Lucas Giovanni. Se lo merece. Los mayores tendremos una cena tranquila en la noche, nada demasiado enredado. Quizás me ocupe de cocinar. Adela se queda satisfecha con las elecciones de Abel, que dudo entienda mucho de lo que ella intenta hacer. Toman las bolsas de las compras y


salimos del cotillón para ir directo al supermercado. Nuestro chofer designado estaciona tranquilamente en el aparcamiento y todos nos bajamos. Abel sigue a su tía corriendo hacia los carritos, toman uno y se ríe cuando ella lo alza y mete dentro. Se pasean, tomando alimentos de las góndolas, yo los persigo de cerca y también aporto lo mío. Cuando entramos en la zona de lácteos cubro más a mi bebé con una manta, ya que el ambiente es más frío por las heladeras. Tomo algunas leches, yogures y postres que sé que a Abel le encantan. A la salida también escojo algunas tabletas de chocolate, para León. En realidad, me quedo pensando, es lo único que sé que realmente le gusta. No sabemos muchas cosas sobre nosotros, la verdad, algo que iremos haciendo con el tiempo, seguramente. Nuestro amor es distinto a cualquier otro, nos enamoramos sabiendo las partes más difíciles de nuestras historias, las que nos marcaron y nos convirtieron en quienes somos ahora. No empezamos por lo simple. Así que no debería preocuparme mi ignorancia respecto a sus gustos en la comida o su color favorito. — ¿Señorita Abbal?—me llama alguien desde la distancia. Estoy paseando entre los pasillos de góndolas, buscando a Adela y Abel cuando lo escucho. Me volteo para ver una pequeña mujer morena apresurarse en mi dirección. Me cuesta un momento reconocerla, tomando nota de su pelo tirante en un rodete en la nuca y sus ojos grandes y amables. Ella cuidaba a mi padre en las noches cuando estaba enfermo. Me quedo clavada en mi lugar mientras se aproxima, está agitada y parece que le interesa mucho hablar conmigo. Se detiene ante mí, tomando bocanadas grandes de aire. Le doy una pequeña sonrisa cautelosa. —Señorita Abbal—se lleva una mano al pecho—. ¿Cómo está? He querido encontrarla durante todo este tiempo. Sujeto a mi hija con más firmeza en mi pecho. —Hola, María—la saludo—. Estoy muy bien, espero que usted también.


Me da una pequeña sonrisa. —Todo en orden—se tranquiliza un poco antes de seguir—. He pasado mucho tiempo tratando de localizarla, ¿sabe? Incluso fui hasta la casa de su tía, antes de que…—duda—, ya sabe… Asiento, paciente. No me siento cómoda hablando con ella. Hasta ahora la gente alrededor no se ha interesado mucho en mí, a estas alturas ya ni se deben acordar de que mi historia fue expuesta en todos los medios nacionales. Y si lo hacen, intentan ser disimulados y agradezco el gesto. Justamente, María no me ayuda a mantener mi perfil bajo si va gritando mi nombre desesperadamente por ahí. Además, es un contacto directo con mi pasado, y el dolor que significó perder a papá. —Nunca tuve la oportunidad de hablar de lo que pasó aquella noche— susurra, acercándose a mí para que nadie más escuche. Me tenso, y mi primer impulso es salir corriendo, sólo que mis pies no responden y me obligan a pasar por esta situación. — ¿Aquella noche?—pregunto, perdiendo el aliento. —La noche que murió el señor Abbal—se agita, sus ojos castaños se ven afectados. Levanto la vista como reflejo para encontrarme a Adela al final del pasillo, me está mirando, preguntando con sus ojos si necesito una mano extra para sacarme de encima a la señora. Abel corre hacia mí y se agarra a mi falda, como si un sexto sentido le avisara que su madre se siente un poco alterada. —No pude decírselo a nadie por mucho tiempo, su marido me tenía amenazada—la piel se me eriza porque se refiere a Álvaro—. Pero ahora él no puede hacerme nada… yo… necesito decírselo, señorita… No respondo, mis ojos se mojan, y observo en todas direcciones menos a la mujer. Ella insiste.


—Tengo que decirle, usted merece saber—da otro paso hacia mí—. Yo sé que ya ha pasado mucho tiempo, sólo no puedo guardarlo más. No ahora que la tengo en frente… La noche que su padre murió, Álvaro estuvo con él. Él llegó muy tarde en la noche, lo sorprendió durmiendo y cuando se marchó, corrí a ver al señor…—la vista de María se espesa—. Estaba muerto. Álvaro tuvo algo que ver con eso. Él lo mató. Me mantuvo callada con amenazas cuando supo que yo sospechaba… Mis piernas se debilitan y, de la nada, las manos de Adela llegan al rescate, me sostienen antes de que mi hija se deslice de mis brazos. Por un leve momento pierdo el hilo de la realidad, dejo de estar en medio de un supermercado, el ruido que me rodea se desvanece. No existe nada más que mi respiración descontrolada y los latidos de mi corazón punzando en mis tímpanos. — ¿Qué fue lo que le dijo, señora?—pregunta duramente Adela, mientras sigue sirviéndome de apoyo. María pestañea, como recién dándose cuenta de lo que acaba de soltarme, y en un maldito supermercado. —Yo… yo…—no sabe qué responder. —Háganos el favor de desaparecer—gruñe mi amiga—. Si no quiere que llame a la seguridad y la saquen a patadas… —Pero… pero… yo—María está a punto de llorar. —Váyase—la corta—. Haga lo que le digo si no quiere tener problemas conmigo, ¿escucha?—le grita. La señora da un paso hacia atrás, afectada por la rudeza con la que es tratada. Trago con fuerza al verla darse la vuelta y volver por donde vino. Estoy volviendo en mí para el instante en el que escucho a Adela llamar por teléfono a los chicos que se quedaron en el estacionamiento. En menos de cinco minutos se arriman a nosotros. Uno se hace cargo del carro con las compras para pasar por las cajas y el otro me ayuda a volver a la camioneta, Adela nos persigue de cerca con los niños.


Una vez en el asiento trasero de la SUV, me tranquilizo, lejos de cualquier multitud y de María. Adela me consigue una botella de agua de las bolsas que el tipo está cargando en el baúl. Estoy casi recuperada al arrancar y tomar la carretera de salida de la ciudad, directo al recinto. Necesito a León. Que me abrace, me bese y me ayude a olvidar. — ¿Puedo saber qué te dijo?—susurra ella a mi lado, preocupada, balanceando a Esperanza—. ¿Se trata sobre mi hermano? No quito mi atención embotada de la ventanilla, fija en el exterior, a la par que avanzamos. Permanezco sin responder no sé por cuánto tiempo, hasta que mi boca se abre. —No me dijo nada que yo ya no supiera—me limpio una lágrima que se escapa por el borde de mi ojo derecho. Ella no insiste, entiende que necesito espacio. Yo había olvidado el dolor del pasado. Sentí que por una vez no existía nada persiguiéndome allí afuera que tuviera que ver con todo lo que viví tanto tiempo atrás. María tuvo que aparecer y explotar la burbuja en mi cara. No vale de nada esconder la basura bajo la alfombra si llega un momento en el que hay que limpiar. Quise abandonar a un lado lo que me lastimaba, darle lugar a las experiencias que me hacen bien. Debo aprender que el pasado no se olvida. Se supera, pero nunca se borra.


17 León Un rato después de despedir a un sombrío Greg, la SUV entra por el estacionamiento. Me llama la atención que las chicas hayan vuelto tan rápido, no hace más de dos horas que se fueron. Atravieso la salida frunciendo el ceño con preocupación, directo al estacionamiento. Las puertas traseras se abren primero, Adela se baja sosteniendo a Esperanza con un brazo, ayudando a Abel con el otro. Por la otra, una solitaria y temblorosa Francesca aparece, veo lágrimas estancadas en sus ojos cuando los levanta hacia mí. Me pongo frenético, sintiendo terror por lo que puede haberle sucedido estando lejos de mí. Ella reacciona ante mi presencia y corre, cerrando nuestra distancia en un abrazo que me deja sin aliento. Me rodea con sus brazos por la cintura, apretándome, un llanto silencioso enterrado en mi camisa. La aprieto, golpeado con la desesperación que destila su delgado cuerpo. Me tomo un segundo en prestarle atención a Adela que se está acercando, sus ojos turquesas serios y alarmados. Me hace señas para que me lleve a Fran lejos, ella se hará cargo de los niños por un rato, hasta que se encuentre mejor. —Fran—murmuro, ella se aferra más—. Cariño, vayamos a la cabaña. Ahí podemos estar más tranquilos. Tarda un momento en entender, entonces me deja dirigirla a través del claro mientras se estremece y le seco las lágrimas con mis pulgares. Entramos en casa, me dejo caer en el sofá, acomodándola en mi regazo. Esconde su cara mojada en mi cuello, le permito desahogarse, hasta que es capaz de hablar.


—Perdón—susurra, separándose para verme—. Yo… —Shhh—peino su pelo hacia atrás—. Las disculpas son innecesarias. La observo, sus labios se sacuden y le doy una triste sonrisa de consuelo, terminando de secar las gotas gruesas que deja caer. —Una de las últimas veces que Álvaro me golpeó…—comienza, atragantándose—insinuó que algo le había hecho a mi padre. Me dio a entender que murió a causa de él… No tiene que decir más para que por mis venas se derrame el fuego abrazador de la ira pura, como braza líquida imparable. Hoy no parece ser un buen día para ninguno de los dos. —Estaba teniendo dificultades para hacerme llorar—sorbe por la nariz—. Él amaba mis lágrimas, vivía para provocarme llanto. Y yo ya había dejado de llorar cada vez que se desquitaba conmigo, estaba anestesiada. Sólo me perdía en mi cabeza cada vez que abusaba de mí, y eso lo hacía querer ser más y más cruel… Entonces, una noche, mientras me golpeaba soltó que me haría desaparecer como hizo con Raúl… Más lágrimas vienen después de eso, y estoy entre levantarme de este sillón y romper todo en esta sala o ponerme a llorar con ella. Sin embargo, elijo ser fuerte, firme en mi posición para consolarla. No necesita de mis explosiones. —Obtuvo lo que quiso, lloré. Esa noche y los días que siguieron. Hasta que simplemente decidí no creerle—se mira las manos, en una desgarradora pausa—. Me convencí de que lo dijo sólo para lastimarme. Aunque en el fondo, muy en el fondo, algo me gritaba que era verdad. Papá había comenzado a estorbarlo, encontraba siempre la oportunidad para ordenarme que dejara de llamarlo, que no lo visitara más de una vez a la semana… Estaba molesto y se deshizo de él. »Hoy, en el supermercado, una de las mujeres que cuidaba a papá en las noches cuando estaba enfermo, me abordó… Ella me aseguró que Álvaro


estuvo la noche en la que Raúl murió. Él fue la última persona que lo visitó. María… me dijo que fue amenazada para mantener el silencio… No puedo evitar que los ojos se me llenen ante su siguiente explosión, odio verla tan infeliz, tan desconsolada. Es una necesidad para mí verla sonreír como lo hizo estos últimos días. Le acaricio la espalda y la nuca, le digo las mejores palabras que se me ocurren para hacerla sentir mejor. Pero ella sólo necesita sacarlo afuera. —Él me lo quitó—solloza, y mi corazón se desgarra—. Él me quitó a la última persona que me quedaba. Cierro los ojos con lamento, la empujo contra mí y le permito llorar hasta que ya no le queden más energías. Me abraza de vuelta y me conforta el alma saber que le hago bien, que mi presencia la ayuda. —Quisiera despertar mañana sin un pasado—murmura con su voz apagada su cabeza descansando en mi hombro—. Como si mi vida fuera una hoja en blanco para llenar con cosas buenas a partir de ahora… La escucho respirar con dificultad, agotada, y un par de lágrimas se me escapa por las esquinas de mis ojos. — Nunca me pregunté por qué la vida me había elegido con tanta crueldad, sólo tomé mi destino sin hacerme cuestiones tontas e inservibles. Acepté todo, fui una perfecta sumisa. Y no me gusta la autocompasión. Pero ahora necesito ser feliz, ya no puedo soportar más dolor… ¿Es mucho pedir? Ya no quiero ser una prisionera. Sus palabras me destrozan, me hacen mierda por dentro. Me limpio los ojos y me preparo para hablarle, para convencerla. —Llegó el momento de ser feliz—le certifico, tomo su rostro en mis manos y la obligo a mirarme—. El destino nos unió y estoy agradecido, quiero hacerte feliz. Odio profundamente tus lágrimas, lo único que deseo en la vida con tanta intensidad es verte sonreír. Sus pestañas mojadas repiquetean.


—Podemos borrar el doloroso pasado creando nuevos recuerdos, y para eso tenemos que vivir el ahora. ¿No fueron perfectos nuestros primeros días juntos? Podemos crear docenas y docenas de ellos. Con cada día que pase, más lejos estaremos del pasado y del dolor. Nosotros, vos y yo—enfatizo señalándonos—, tenemos el poder ahora. Tenemos una hermosa familia, y el futuro es prometedor. Acaricio su mejilla húmeda con el pulgar y me tranquilizo al ver que el interior de sus ojos se despeja. —Sos mi felicidad, Francesca—le aseguro, emocionado—. Quiero ser la tuya, también. ¿Me dejas? Se queda fascinada en mi rostro, el llanto cesando, mis palabras entrando en la bruma de su desesperación. Asiente despacio, reaccionando. Estira su temblorosa mano y las yemas de sus dedos me rozan el pómulo y la mejilla áspera. Nuestras contemplaciones se clavan una en la otra, inamovibles, la intensidad y el amor puro adueñándose del instante. —Te amo—me murmura, su tacto paseando a mi cuello—. Te amo con todo mi corazón. Jamás creí que sentiría esta clase de amor, y sí quiero que me hagas feliz. De hecho, ya me haces feliz, lo juro. —Te amo—devuelvo, pleno de una sensación única, que apenas lograría describir—. Sos todo para mí. Me recuesto en los almohadones y ella hace lo mismo sobre mí. Le percibo mirarme desde abajo, fijamente por mucho tiempo. Le regreso el escrutinio, dándole una sonrisa cerrada, me acaricia el pecho, rociándome con su calidez. Revela en respuesta una sonrisa llorosa, y atrapo su última gota antes de que se pierda, deslizándose al vacío. —La felicidad comienza con una sonrisa—susurro. Cierra sus párpados, la curva en sus labios en ensancha y siento que los latidos de mi corazón se multiplican con la promesa de que todo va a estar bien pronto. Vamos a lograr superar los altos y bajos, este es el comienzo de algo grande, algo que nadie ni nada tendrá el poder de quitarnos. Fran se


remueve encima de mí, estirándose, sus labios alcanzan los míos y nos besamos. Apreso su cabeza en mis manos y la sostengo, el beso va subiendo los escalones de la intensidad, hasta casi explotar entre los dos. Ella abre su boca para permitirme entrar y lo hago, me adueño de sus húmedas y calientes profundidades con mi lengua, impregnándome con su sabor dulce. Los rastros del llanto anterior desvaneciéndose gradualmente. —Te necesito—dice contra mi boca, sus ojos suplicantes en los míos— Necesito sentirte, olvidarlo todo. Empezar desde cero… El chocolate de sus irises brilla, anhelante. Me necesita tanto como yo, y sé que puedo combatir el sufrimiento que ahora mismo invade su interior. Sé que conseguiré darle todo eso lo que necesita para terminar de sanar. Sólo yo. Jamás le negaría nada. —Deseo que me hagas el amor, León. No hay sonrojos, ni timidez. Sólo una cruda sensación de ansiedad, me quiere, sólo a mí. Se recuesta en mi hombro y me levanto sobre mis pies, con ella en brazos. Con pasos pesados atravieso el pasillo y entramos en la habitación. El día está cayendo, y me prometo por dentro que, para cuando la noche llegue, ella ya se habrá liberado de su tormento.

La puerta es aporreada cerca de las cinco de la tarde y no necesito correr a abrir, Adela, Santiago y Bianca entran sin esperar respuesta. La última viéndose nerviosa, revoleando los ojos por el interior de la cabaña con cautela. Durante el tiempo ha estado con nosotros no se ha dejado ver demasiado, se la pasa encerrada con su hermano, supongo que tienen mucho tiempo que recuperar. La chica resalta en este lugar, a la legua se nota que no encaja. Tiene un particular gusto para vestirse, siempre con tableadas faldas y tops que cubren poca piel, pero lo recompensa siempre


con algún que otro abrigo igual de raro que todo el resto del conjunto. A la chica le gustan los colores, también, especialmente el rojo, por lo que veo. Cada vez que aparece deja a docenas de hermanos en shock, con el cerebro en pause, no creo que ella se dé cuenta en absoluto, pero es hermosa y delicada como una flor. Santiago aparenta no darse cuenta, pero sé que tiene en la mira silenciosa a los tipos que se comen a su hermanita con los ojos. Me gustaría saber qué pasa por su cabeza. O mejor no. Adela rebusca con la mirada a su sobrino. —Francesca lo está cambiando en la habitación—le aclaro, y ella enfila por el pasillo como si fuera su casa. Se escuchan gritos después de eso, junto con la risita aguda de Abel. Sonrío y me muevo por la sala, Bianca se acomoda en un sofá, Santiago se queda de pie al lado de la ventana. Estoy intentando sacarles algunas palabras cuando más golpes suenan, y abro, encontrándome con Lucre y su carrito doble, Tony concentrado en ayudarla a empujar. — ¡Hola a todos!—chilla ella, entrando—. ¿Dónde está el cumpleañero?— quiere saber. Tony saca un enorme regalo de la parte de abajo del carro, donde también hay un gran bolso que supongo que lleva dentro todo lo que Lucre necesita para sus bebés. —Acá está—lo trae Adela de la mano—. Todo hecho un hombre. Me rio cuando veo al niño vestido un desgastado vaquero y una camiseta negra, lo más parecido al estilo del clan, sólo que sin chaleco. Él se suelta de su tía y corre hacia su amiguito, ya dispuestos a jugar. Los dos abren el regalo y se entretienen con él, olvidándose del entorno. Fran se interna en la cocina para acomodar la comida en platos y una vez hecho, pasa a la sala y la deja en la gran mesa que acomodé durante la siesta, después se sienta con Lucre, Adela y Bianca a charlar cosas de mujeres, obvio, dejándonos afuera a los hombres. Me uno a la Máquina en la ventana, la abro y enciendo un cigarro.


— ¿Cómo lo llevas con tu hermana?—le pregunto, queriendo saber, genuinamente. Sus ojos azul medianoche profundo se clavan en la chica, que está sonriendo por algo que la charlatana de Lucre está diciendo. Ya parece menos preocupada entre las chicas, parece que le agradan. Fran también se une en la conversación y me hormiguea el pecho al verla tan suelta. Y se ve hermosa, parece haber florecido estos últimos días. Lleva el pelo largo atado en una cola alta, unos vaqueros que se ajustan a sus caderas deliciosamente y un top—no tan pequeño como los que usa Bianca—, de color negro con los hombros descubiertos. Lo mejor de todo son las botas de tacón, esas completan mis ansias de llevármela al cuarto y olvidarnos de los invitados. Me contengo a duras penas, sabiendo que podré hacerlo en la noche, cuando todos se vayan y los niños duerman. Santiago se encoje en sus hombros. —Ahora mejor—es lo único que dice. No esperaba más, sé que él no va a soltar mucho y sobre todo si se trata de temas personales. Me conformo con saber que se están llevando bien, supongo que tendremos a Bianca por un largo tiempo más. Me giro para soltar el humo hacia el exterior y me encuentro con Max y Alex viniendo, cada uno lleva en las manos un gran bulto de papel de regalo, se ven bastante pesados. Pasan la entrada y saludan a todos de palabra, Max se acerca a Abel y le enseña el regalo, entre ellos dos y Tony rompen la envoltura y descubren una especie de triciclo que simula ser una moto. Más bien una Harley, y parece hecho casero con piezas de nuestro taller. Se ve llamativo y macizo, una jodida buena invención. Los pequeños se quedan viéndola con sus boquitas abiertas, encantados. El Perro llama a Tony, así revelan la otra, del mismo estilo pero diferentes colores, para él. Entonces no van a pelear por tener la misma. — ¿Qué cosas son esas?—se asombra Lucre, levantándose de su lugar como todas.


Los niños ya están subiéndose a sus recientes adquisiciones, empujándose alrededor de la mesa, llenando la habitación de chillidos felices. —Son mini Harleys, Alex, Jorge y yo las hicimos—le cuenta Max, atrayéndola a sus brazos—. Nos llevó más o menos dos días. Todos nos maravillamos, sin poder quitar la atención de los dos chicos que parecen estar en el mismísimo paraíso. Me rio, eso fue una idea estupenda, ¿cómo no se me ocurrió? Ah, sí, estaba hurgando bajo las sábanas con mi mujer, en cada pequeño momento que pudimos tener a solas. Me gustan esas cosas, estos chicos son el futuro del clan, tienen que tener su primera moto, obviamente. Aunque sean de juguete. — ¡Qué originales!—dice ella—. Más vale que les hagan otro par a Nico y Tomi, pronto. Todos nos carcajeamos por eso. —Más vale, cuando puedan caminar, Lucre—agrega Adela. El resto de la tarde pasa del mismo modo, vivaz y tranquila. Llegan los Giovanni también, cuando cae el sol, para cenar con nosotros. Y Lucio, que recién empieza a caminar, se las arregla como puede para estar a la altura de los dos niños mayores. Las mujeres se turnan para ayudar a Fran a rellenar la comida de la mesa, y los hombres salimos al exterior a fumar. De pronto, al estar en medio de la ronda con los ojos en el interior de mi cabaña, se enciende en mi centro una abrumadora sensación. ¿En qué momento el clan se convirtió en esto? De hombres solteros y compenetrados sólo en nuestro inmoral trabajo pasamos a ser enamorados padres de familias, completamente asentados y felices. ¿Cómo fue que cambió todo tan de repente? Apenas me di cuenta, y creo que estos chicos a mi alrededor, tampoco. Bueno, Santiago no quiere saber nada con tener hijos, pero tiene a Adela y se desvive por ella, a su ardiente manera. Y Alex no ha conseguido a nadie, y no veo que vaya a ser difícil para él, ya que las chicas lo persiguen como


moscas a la comida. Aunque él las rechaza. Siempre. Y eso me tiene un poco curioso. Me pregunto si haría lo mismo con aquella esbelta chica fina de puros ojos medianoche y una excesiva preferencia por los colores vivos, que ahora mismo lo está observando embobada. Él tiene ese efecto en las mujeres, de cualquier edad, parece que esos ojos de lobo tienen el poder de un embrujo que las hipnotiza hasta el punto en que se olvidan hasta sus propios nombres. Acabamos nuestros cigarros y vamos a sentarnos en la mesa cuando nos llaman a cenar. Busco mi lugar junto a Fran, ella tiene a Esperanza en brazos, Abel espera a mi lado y ni siquiera lo pienso cuando lo alzo y lo coloco en mi regazo. Los ojos de Francesca se iluminan, y un principio de sonrisa se estampa en su rostro suavizado. Me inclino, cruzando un brazo sobre sus hombros arrimándola a mí y apoyo mis labios en los suyos, sorprendiéndola a ella y a los demás. Por supuesto, no pueden faltar los vítores de los hombres y las risitas de las mujeres. Francesca se pone roja como un tomate, y me río por lo bajo cuando no sabe qué hacer. Cuando la atención se dispersa lejos de nosotros, su color se normaliza, aunque no demasiado. El resto de la noche luce un liviano rubor en sus mejillas, y sé que no es timidez, simplemente es felicidad. Toda ella brilla, y por eso mi mundo también.

Francesca Deslizo mi pulgar lentamente por la superficie lisa, no puedo quitar mis ojos de la pantalla. Estoy ya metida en la cama, León aseándose en el baño. Tomé la cámara digital para ver las tomas y no puedo borrar esta pequeña e incontrolable sonrisa. La foto final fue tomada al término de la cena por Lucrecia. Abel soplando sus velas por segunda vez en el día. Él estaba de pie en una silla, inclinado sobre la torta a la que ya le faltaba un pedazo por las


porciones que corté en la tarde. Aparezco a su lado, sonriendo y a la misma vez ayudándole a apagar las llamas. Al otro lado, en la izquierda de mi hijo, sale León sosteniendo a Esperanza y se está riendo sin perderse nuestro momento. Hay algo extremadamente celestial en la escena inmóvil, es tan genuina y espontánea, que mi garganta se enrosca en un fuerte nudo apretado que no me deja respirar. Los ojos se me llenan de humedad, estancados. No puedo dejar de mirarla. — ¿Qué estás mirando?—salta León sobre el colchón, haciéndome revotar también. Me muerdo el labio con emoción y le tiendo la cámara. Con una sonrisa curiosa él clava su atención en la foto, el tiempo se detiene mientras lo observo mirarla fijamente, como acabo de hacer. Su rostro encasilla un gesto dulcificado, y estoy segura de que se siente del mismo modo que yo al respecto. —Hay que encuadrarla—dice en voz media baja—. Es especial. Asiento a las dos reflexiones. Me encantaría encuadrarla en un portarretrato y verla cada día al rondar por la casa. —Nunca tuve una foto más bonita que esa—le cuento. Me han hecho muchísimas a lo largo de mi estancia con los Abbal, pocas conservo de esa época. No soy fotogénica ni nada por el estilo, pero ¿esa foto en familia? Me ha llegado al corazón, porque me golpeó la idea de lo que parecíamos. Ahora somos una familia. Los cuatro. Eso me lleva al momento en el que oí a Tony y Abel hablar entre ellos mientras jugaban, al mismo tiempo que Adela y yo limpiábamos el desorden. Estaba lo suficientemente cerca para entender con claridad lo que se decían. —Yo no tengo mamá—dijo Tony, entretenido con un autito de colección— . Mi papá me dijo que se fue al cielo. A ella le gustan las flores, y en el cielo hay muchas…


Abel no respondió nada enseguida, sólo se detuvo de jugar y levantó la vista hasta mí, atento. Como si estuviese cerciorándose de que yo estaba cerca. —Mi mamá está acá—comprobó con su enredado vocabulario y sus ojos turquesas puestos sólo en mí, con esa expresión tan seria que lo caracteriza. Tony me miró entonces, con el flequillo castaño dorado tapándole los ojos color oro. Eso no parecía molestarle ni interrumpirle la vista. —Sí—estuvo de acuerdo—. ¿Y tú papá se fue al cielo? Abel negó sin dudar. —No—soltó, entretenido de nuevo con sus nuevos juguetes. Tony volvió a su juego también, pero no pasó mucho tiempo hasta que Abel se frenara y alzara sus ojos hacia el final de la habitación, donde León se estaba riendo en alto a causa algo que alguno de los chicos dijo. Estudié a mi hijo sin siquiera pestañar. —Está ahí—dijo, señalándolo. Me enderecé en toda mi estatura recibiendo la descarga eléctrica cada terminación, estacada en mi lugar. Tony miró a León y asintió, ninguno de los dos volvió a sacar de nuevo el tema sobre sus padres. Y yo tuve que alejarme de las personas un momento, dentro de la cocina, para tomarme un respiro a solas. Porque mi hijo de dos años había relacionado a León como su figura paterna, sin siquiera pensarlo dos veces. Y eso provocó que mi corazón se desbocara, y mis ojos se espesaran con un grueso manto de humedad. León me acaricia el vientre, expulsándome de cualquier pensamiento en el fondo de mi mente. Ha dejado la cámara en su mesa de luz y se está inclinando para besarme. Le respondo, atrayéndolo con mis manos en su cuello, mis dedos cosquilleando en el pelo rubio oscuro largo, a la altura de la nuca. Divido mi boca para invitarlo a entrar y un río de electricidad desciende por mi espalda cuando me da lo que quiero y ahonda el encuentro, hasta que estoy jadeando en desesperación. Me muevo sobre mis rodillas y


avanzo hacia él, sentándome a horcajadas en sus caderas, gruñe y la sangre en mis venas empieza a correr con velocidad, llevando calor intenso a todos mis rincones. En especial a mis entrepiernas, donde estoy acunando la erección de León, que crece de golpe. Me froto y sus músculos se endurecen, respondiendo. Apresa mis labios con los dientes al separarme y recorro con mis manos sus pectorales desnudos, marcando un camino lento hacia abajo. Las suyas se cuelan bajo mi camisón fino, alzando la falda por mis muslos hasta estacionar en mis nalgas desnudas. Sus ojos brillan con viveza y sonrío, ignorando mi sonrojo. No llevo ropa interior. Supongo que, mientras me cambiaba, alguien reemplazó a la vieja Francesca colocando a otra más traviesa en su lugar. Fue un impulso, no me arrepiento ni avergüenzo de él.

León Clavo mis dedos firmemente en su carne blanca y la atraigo más cerca, hasta que sus llenos pechos están soldados al mío. Mis ásperos y anchos dedos juegan en su piel, adentrándose más y más en los rincones íntimos, mi aliento perdiendo el control. Entre sus piernas abiertas, encuentro consuelo, rosando sus labios externos ya húmedos y preparados para una invasión. Me muevo más allá, deslizo dos dedos en su canal y lo percibo contraerse a mí alrededor, el rostro de Francesca justo frente a mí se relaja. Con un suspiro sus ojos se entrecierran y menea las caderas en una danza lenta y sensual que aniquila mis neuronas. La noto bajar sus manos, perdiendo las reservas, se tropieza con la barrera de la cinturilla de mi bóxer. No creo que vaya más allá, por eso bajo la guardia. Pero estoy nadando plenamente en la equivocación, porque ella sigue el juego, se arriesga en la apuesta y levanta la tela para introducirse, salto y silbo entre dientes al advertir sus dedos cálidos rozando mi glande.


Tengo que respirar lentamente para trabajar en bajar los niveles de exaltación. —Fran—susurro agitado—. Vas a matarme. Me dedica una sonrisa adormecida, como si estuviese flotando en una bruma paralela a la realidad, dejándose llevar por el instante, y la beso en la mejilla, rozándola con la punta de la nariz. Después me adueño de sus labios, al mismo tiempo que le agrego ritmo a mis penetraciones desde atrás, sus nalgas separadas para mí. Algo estalla en mi cerebro porque se anima a formar un puño alrededor de mi pene, y me acaricia. Al principio lento y suave, probándome, y luego más decidido, firme. Mis dientes se aprietan en un chasquido y cierro los ojos, perdiendo el hilo de todo, aunque nunca interrumpo mis atenciones a su sexo. La respiración de Fran ya ha perdido toda clase de calma y sus caderas se manifiestan aceleradamente, sacudiéndose a la vez, casi en el borde. —Espera—me pide, inmóvil, sus párpados apretados y sus labios rojos e hinchados a un centímetro de los míos. Le obedezco y en un suspiro se aleja de mí, con el movimiento mis dedos se escapan de su interior. Por un momento no entiendo lo que pretende. Y a continuación se inclina, descubre del todo mi virilidad, empujando fuera la tela negra de mi ropa interior. No puedo hablar, pierdo la capacidad a medida que la contemplo descender su rostro, apuntando mi pene a su boca con su puño. —Fran—medio le advierto, medio gimo con el pensamiento de sentir su sedoso interior a mi alrededor. Me ignora y abre los labios abarcando la punta, brinco y me atraganto con la sensación, el calor húmedo se afirma celestialmente en mi zona más sensible. Dirijo mis manos inestables a su pelo y lo sostengo fuera de su cara, para embeberme de esta imagen increíble. No me pierdo cómo se despliega en cada avance, tomando más centímetros de mí, succionando. Así marca un compás que me lleva por el camino del delirio y tengo que


recordarme todo el tiempo que los niños duermen en la otra habitación antes de destrabar maldiciones y gruñidos por doquier. Estiro el brazo en búsqueda del condón escondido bajo el pie del velador y me contengo, separándola amablemente para poder enfundarme. Se limpia las comisuras con el dorso de la mano y la agarro de la nuca para colisionar nuestras bocas, meto la lengua en sus cavidades para probarme a mí mismo mezclado en su sabor, así escala nuevamente sobre mí y se penetra a sí misma, tomándome con la mano. Gime ruidosamente. El camisón al fin desaparece, mostrando ante mi vista el precioso par de blandos y rellenos pechos que aprieto en mi agarre doble, estancando sus chillidos con mis labios. Le permito cabalgarme dirigiendo completamente la situación, cediéndole el mando, porque estoy demasiado debilitado y cerca del borde como para tomar el poder. Además, ella necesita esto, obtener dominio y perder la sumisión que tanto la esclavizó por años. Clava las uñas en mi cuello al llegar a la cima, dejándose caer hasta que estoy llenándole hasta la empuñadura. Su pelvis danza, tensándose y agitándose con los espasmos. Las contracciones alrededor de mi miembro son suficientes para terminar de volar la capa de mis sesos. Ruedo sobre su cuerpo convulsionante, oprimiéndolo, y en un par de estocadas más me vacío por completo, rujo en su oído y ella me regala cortitos gimoteos bajos que se van apagando sucesivamente. No parece importarle en absoluto que todo mi peso permanezca desplomado sobre sus huesos. Me acaricia la espalda, con apariencia drogada y me muevo apenas para plantar besos a lo largo de su sien, mejilla y comisura de labios colmados. No se demora mucho rato en dormirse, feliz por el día perfecto que vivimos y satisfecha de nuestra forma de amarnos. La observo perderse, con mis párpados pesados y nuestra piel enfriándose. Me pregunto mil veces qué fue lo que realmente hice para merecer la esencia de esta mujer tan bella y única.


Francesca —Abel—llamo desde la cocina por encima del chisporroteo de la cebolla salteándose en el sartén—. Necesito que juntes todos esos juguetes de la mesa, para poner los platos… Pongo la carne a cocinar y oigo a Esperanza llorar desde su huevito, ya no le parece divertido permanecer allí mientras el mundo se mueve de acá para allá. Ahora su lugar favorito son los brazos de alguien, desde donde no puede perderse nada de lo que sucede alrededor. La levanto, besándole la frente, de inmediato sonríe. Sí, eso se llama malas costumbres. Echémosle la culpa a León, que no pierde oportunidad para alzarla. Paso al comedor y la mesa ya está vacía, Abel está colocando el último ladrillito en su caja correspondiente. Frunzo el ceño y me acerco. — ¿Qué estás haciendo?—le pregunto. Él me mira seriamente por un segundo, después se baja de la silla y lo persigo por toda la sala hasta que deja la caja al lado de otra similar, juntas en un rincón. —Oldeno—dice. Ya veo. Hay demasiadas cajas en este lugar, ¿cómo fue que las consiguió? — ¿Por qué los ordenas así?—quiero saber, curiosa. Arrodillado junto a sus piezas guardadas, coloca primero la caja más grande, como base y, encima, acomoda las demás, en pirámide. De las más grandes a las más pequeñas. No me responde, está ocupado seleccionando los ladrillos de color rojo, separándolos en una bolsa de cartón. Embobada, observo cómo reorganiza sus juguetes por tamaño y color. — ¿Por qué los separas?—presiono, alarmada. Eleva el rostro hacia mí, sin dejar su labor.


—Los dojos con los dojos—empieza, mis ojos como plato—. Los azules con los azules… Mi boca cae abierta. — ¿Quién te enseñó eso? —Nadie—responde. Ignorándome, se levanta sobre sus pies nuevamente y corre a la cocina. Abre las puertas del bajo mesada y recoge los platos. Tres de ellos, para ser más exacta, apenas puedo pestañar mientras los lleva a la mesa y los coloca, sabiendo los lugares. Escucho a León entrar por la puerta delantera de la cabaña y caminar hacia nosotros, se frena a mis espaldas. No puedo mirarlo pero lo siento rodear mi cintura con una mano. — ¿Qué pasa?—me pregunta al ver mi expresión anonadada. —Míralo—le digo. Los dos le prestamos atención a Abel, que ahora ha ido en busca de los cubiertos, ni siquiera puedo conectar mi mente con mi boca para ordenarle que se lave las manos antes de poner la mesa. Él toma tres tenedores y dos cuchillos—tampoco reacciono ante la peligrosidad de ello—, y los va dejando a los lados de los platos. Al terminar estudia concentrado la superficie, cayendo en la cuenta de que faltan los vasos. Se encarga de eso, también. —Él no sabe contar, ¿no?—susurra León cerca de mi oído. —Lo hace por relación, creo—digo, sin quitar mis ojos de mi hijo—. Sabe que uno es para vos, otro para mí y el que resta para él… No dice nada, observándolo con ojos entrecerrados. Tratando de deducir. —Anda a mirar sus juguetes, en el rincón—le murmuro, señalando el lugar con la cabeza. León se va, llevándose a Esperanza con él, así yo puedo terminar de cocinar. Ahora sí le pido a Abel que marche a lavarse las manos al baño del pasillo, me sorprende que lo haga sin rechistar. Generalmente es así,


obediente, se puede esperar que sea diferente con la edad que tiene. Pero todo lo contrario, parece mucho mayor. Su inteligencia me desconcierta. — ¿Le enseñaste los colores?—viene León después de revisar en la sala. Niego, sonriendo a medias. No le enseñé los colores, tampoco. Aunque debería, ¿no? Ya es hora. Aun así los sabe, quizás por repetición o porque nos ha escuchado hablar sobre eso alguna vez, algo que no recuerdo haber hecho. Quizás Adela le enseñó, y también a ordenar así los juguetes, por tamaño. ¿O simplemente lo hace por instinto? —Es impresionante—chifla León, mientras me mira adelantar mi trabajo. Me limpio el sudor con el antebrazo cuando acabo. Mi hijo ya está sentado en su lugar, esperando en silencio. Su actitud es tan extraña, se supone que los niños de dos años son revueltos, ¿no? Y les cuesta hacer caso y aceptar órdenes. Las actitudes de Abel están muy lejos de eso. — ¿Qué te parece si le conseguimos alguna guardería?—me pregunta León al sentarnos a comer. Le corta la carne en pequeños trozos, y le pregunta si quiere salsa por arriba. Abel niega, arrugando la nariz. Me rio y me limpio la boca con la servilleta. —Me parece una buena idea—le digo. El niño necesita interactuar más con chicos de su edad, está siempre rodeado de adultos y sólo juega con Tony en las tardes. He empezado a notar que ellos dos solos se terminan cansando y aburriendo con rapidez. Podríamos hablarlo con Jorge, también, aunque Tony es más grande. Creo que ya tiene edad para empezar el jardín de infantes. — ¿Tenés terapia hoy? —Ajá—confirmo, levantando a Esperanza, mi plato ya vacío—. A las cuatro. Alex y Adela me van a dejar de pasada a la ciudad, tienen que hacer unos mandados.


—Sí, pedido de bebidas y otro par de trámites para el bar—explica él, sirviéndose más. Abel se para sobre la silla y se estira hacia León, tironeando su manga. Estoy a punto de corregirlo y ordenarle severamente que vuelva a arrodillarse, cuando habla y nos deja mudos. —Papá, más—le pide. León se congela, sus ojos cristalizados cambiando de mi rostro al del niño. — ¿Qué dijiste?—sisea sin aliento. Mis labios se estiran hasta que no dan para más, formando una gigantesca sonrisa mientras mi corazón bombea con fuerza. —Más—repite el niño. —No, ¿cómo me llamaste?—insiste, su voz poniéndose toda ronca y profunda. Abel pestañea y mira la fuente de puré, ansioso, no responde a la pregunta de su padre. León le sirve con el pulso tembloroso, sin siquiera mirar lo que está haciendo, no puede quitar su afectada contemplación de la carita de Abel. — ¿Cómo se dice?—le reto. —Gracias—mi hijo obedece antes de meterse puré en la boca. — ¿Gracias qué?— pincho. —Gracias, papá… Satisfecha, me fijo en León que sigue inmóvil. A continuación, muy, muy lentamente, se sale de la silla y se pierde por el pasillo. Me alarmo, y mi instinto me obliga a seguirlo. — ¿Mi amor?—lo alcanzo en la puerta de nuestra habitación, se está paseando de un lado a otro, inquieto—. ¿Estás bien?


—Dame un momento—jadea, levantando su índice al cielo y mirando en suelo. Está hiperventilando, la vista se me llena de agua al verlo tan alterado. —Por años—escupe, agitado—. Durante años soñé con esa palabra saliendo de los labios de Pedro… Dormido o despierto, no importaba, la imagen siempre estaba allí, creando patrones. Volviéndome loco. Perder un hijo te convierte en un condenado de por vida… Mis lágrimas caen al mismo tiempo que las suyas. Esperanza se remueve, sintiendo nuestras mismas emociones, y la aprieto más contra mi pecho. —Entonces ustedes llegaron… hacen este vacío más llevadero… siento como si pudiera volver a respirar—se lleva una mano al pecho—. El dolor no se va a ir, su ausencia siempre me perseguirá… Pero los tengo a ustedes, mi familia, mi consuelo, mi felicidad… mi todo. Me acerco y con mis dedos barro las gruesas gotas que caen desde sus pestañas. Verlo romperse de esta manera tan cruda me derriba completamente. Necesito contenerlo, sostenerlo. —Abel acaba de romperme el corazón—murmura, seca mis rostro al mismo tiempo que hago lo mismo con el suyo—, de la forma más dulce que existe… —Te amamos—le sonrío entre lágrimas. Asiente, sorbiendo por la nariz, recuperándose. —Y yo los amo…—me besa en la frente—con delirio. Me alzo sobre las puntas de mis pies y estampo mi boca en la suya, el beso es tierno, gentil. Y estoy completa. Estamos completos.


Cargo el huevito en el asiento trasero del camión, junto a mí. Dejo a Abel con León y me llevo conmigo a Esperanza. No es que no tenga con quien dejarla, sino porque Isabel hace tiempo viene insistiendo en conocer a mis bebés. No sé si todos los terapeutas actúan así, se me ocurre que no, pero ella es más como una amiga y me gustaría cumplirle el deseo. Más adelante puedo llevar a Abel, aunque sea por cinco minutos antes de empezar la sesión. De paso, quiero que ella me dé un consejo sobre él, posiblemente existe algo especial pasando con mi niño. —No te preocupes, Fran—dice Adela subiendo al asiento del acompañante—. No hay nada malo en Abel. Alex se acomoda tras el volante. —El chico es brillante—agrega, me sonríe desde el espejo retrovisor. Les conté sobre nuestro descubrimiento del mediodía antes de disponernos a arrancar, ahora todo el mundo quiere enseñarle cosas a Abel, creen que es superdotado. Estoy asustada sobre eso. Puede que todo el mundo piense que es algo admirable, pero no lo será para el niño. Si es como todos creen, va a tener que lidiar con muchos sucesos a lo largo de su crecimiento. Por supuesto tendrá todo el apoyo de mi parte como madre, puedo ayudarlo. Sólo no quiero que se sienta distante con el resto. Atravesamos el viaje charlando sobre temas sin importancia, Alex participando poco y nada, concentrado en manejar. No importa todo lo que haga para parecer invisible, un hombre como él está lejos de serlo. Callado o no, es llamativo y cualquier mujer encuentra difícil la tarea de quitarle la mirada de encima. Y él apenas aparenta darse cuenta del efecto que provoca, y eso, si puede ser posible, hace que lo consideren incluso más irresistible.


Él se estaciona frente a la casa de Isabel y me apeo, cargando de la manija la mecedora de Esperanza. Mientras la acarreo hasta la entrada, especulo que ya es hora de usar el carrito, se está poniendo algo pesado el juego de bebé y sillita, mi espalda se queja. Agitada, golpeo la puerta y dos segundos después la sonrisa de mi terapeuta me recibe. Chilla al ver a mi bebé y se abalanza sobre ella. Nos tomamos un ratito para sentarnos en el sofá y le permito cargarla. Se nota la dulzura y dedicación que siente por los niños, eso me lleva a preguntarme por qué será que no tuvo ninguno. A veces atravesamos circunstancias inesperadas de la vida que no nos permiten experimentar ciertas etapas que deseamos mucho. Conjeturo que es un hijo en su caso. Llego a esa conclusión por la manera en la que vislumbra a Esperanza, sus ojos tan radiantes de enamoramiento. Nos suspendemos así por unos cinco minutos, mi hija sonriendo ante los mimos de Isabel. Entonces distingo una sombra desplazarse por el interior de la cocina, dirijo mi atención hacia la zona. Hay alguien allí, se escucha movimiento. Algo muy raro, ya que todas las veces que he venido hemos estado solas. Isabel nota mi curiosidad. —Ah—dice, devolviendo a la bebita en su huequito—, tenemos compañía. Sandra tuvo su sesión antes y se ofreció a preparar nuestro té antes de irse… Mis cuerdas vocales se encajan y no soy capaz de hablar con claridad por un pequeño intervalo de tiempo. — ¿Sandra?—. ¿Escuché bien el nombre? ¿Cuántas posibilidades hay de que sea la misma persona a la que mi mente se vincula? Muchas, definitivamente. Allí mismo la veo atravesar la arcada con dos tazas en sus manos, meneando llamativamente las caderas. Como siempre que me la he topado, luce el pelo suelto a lo largo de la espalda, liso y brillante. Sus ojos verdes se clavan en los míos, malicia entreteje por ellos como el relámpago en medio la tormenta eléctrica. Permanezco congelada en mi lugar. En mis entrañas retorciéndose un millón de alarmas, activadas por el presentimiento de problemas avecinándose.


— ¡Hola!—una sonrisa ultra falsa dobla su rostro severo—. Acá les dejo sus bebidas… Espero que tengan una productiva reunión. Las deposita en la mesita, nunca desviando su amenazante vigilancia lejos de mí. Posteriormente se posa en mi hija y la espalda se me pone recta, la piel de mi cuerpo erizándose en un escalofrío, del todo inquietante. Mis hombros se ceden cuando ella se mueve, tomando distancia de nosotras, y encuentra su abrigo en el perchero a un costado de la salida. Se lo coloca, al mismo tiempo que Isabel y yo la observamos. La primera con una sonrisa confianzuda, que le lleva a deducir que ellas dos se conocen desde hace bastante tiempo. También por la forma en la que se hablan y despiden. Recuerdo la vez anterior, cuando ella me abordó a la salida de esta casa, probablemente estaba viniendo a visitar a Isabel y se tropezó conmigo. Y, como toda víbora, tuvo que mostrar los colmillos y lanzar un poco de veneno en mi cara. Me ve como una provocación, cuando sólo soy un pequeño ratoncito indefenso a su lado, con sólo levantar un pie me aplastaría con la suela. Termino aflojándome al notar que se aferra el picaporte y se marcha, chillando una despedida de lo más chillona y superficial. Nuestra sesión comienza de inmediato, me hago con la taza en la mesita, al mismo tiempo que Isabel. Aunque no la pruebo. Por algún motivo me retraso en ingerirla, una insistencia en mi interior gritando un aviso. No quiero tocar ni tragar nada que esa mujer tan ruin haya creado con sus manos. Pueden estar manchadas con malas intenciones. Quizás estoy siendo exagerada y paranoica. O quizás no. Prefiero ser precavida. Y lo bien que me resulta. Porque cerca de un cuarto de hora luego de iniciar, Isabel se balancea precariamente en su lugar, perdiendo equilibrio. Devuelvo mi taza a la mesa poniéndome de pie casi saltando, alarmada. — ¿Estás bien?— le pregunto. Se aferra a mi brazo, frunciendo el ceño, eso me aterra súbitamente.


—Estoy un poco mareada—murmura, su voz oyéndose rara, aplastada—. Algo me debe haber caído mal. Intenta ponerse en pie y le resulta imposible, apenas logro sostenerla al caer de nuevo en su lugar, su cuerpo perdiendo impulso. — ¿Qué sentís?—insisto. Pestañea, el movimiento en cámara lenta, mirando el vacío. —No sé—se ahoga, empieza a respirar con dificultad, y percibo que está asustada—. Voy a desvanecerme… Con esa última frase cae inconsciente sobre los cojines del sillón, ahogo un chillido. Me esfuerzo para no entrar en pánico, ya que no serviría de nada, desesperada meto la mano en mi bolsillo trasero del vaquero para tomar mi celular. Mis dedos temblorosos apenas serviciales. Ni siquiera alcanzo a desbloquearlo, ya que algo rígido y frío presiona el lateral de mi cráneo. Me atieso, aterrada, deteniendo el aliento en mi garganta. —Vas a darme esa cosa, ahora mismo—dice el tono helado de Sandra, muy cerca de mí. Dejo caer el aparato al suelo, no porque ella me lo pidió, sino a causa de un reflejo instantáneo, en respuesta a mi turbación. Trago con demasiada fuerza inútilmente, el nudo en mi garganta no se disuelve. Estoy cien por ciento segura de que, lo que tengo apoyado en la cabeza, es el orificio letal de una pistola. Cierro los ojos para no caer en un agujero negro, paralizada. Me sustento en la superficie, apenas en el borde. Es casi imposible estirar la calma, porque flota sobre mi cabeza la certeza de que mi hija y yo estamos en verdadero peligro.


18 Francesca —Sentate ahí—indica rígidamente, apretando la boca de su arma en mi hombro, dirigiéndome. Me muevo, al parecer no lo suficientemente rápido como quiere, porque me empuja con más violencia, seguramente creando un moratón en mi espalda. Su pistola se siente fría y sólida, bien podría tener el mismo efecto que una puñalada por detrás. Deseo resistirme, me está alejando de Esperanza, sin embargo obedezco. Intuyo que Sandra es capaz de cualquier cosa. Mi estado de pánico empeora. Me dejo caer en el sofá de un cuerpo, mis ojos cautelosos cayendo en la mujer, los suyos me recorren con severidad. Me estando en la imagen de mi hija en su huevito, al otro lado, tan lejos de mí, eso aviva más el frío y la desolación. Necesito su calor, sostenerla, saber que se encuentra bien. — ¿Por qué haces esto?—murmuro, mi voz no tan segura como pretendo. Sandra se pasea campante por la sala, como si fuera su casa. Su arma bien a la vista, me sorprende la seguridad con que la lleva. Y me asusta. — ¿Va a estar bien?—insisto, sobre Isabel. La mujer se para junto a la ventana, mirando al exterior con impaciencia. Está esperando a alguien. Estamos perdidas, lo sé. —Está dormida, va a estar así por un par de horas—explica con entonación helada, se desplaza hasta la señora dormida y la observa, su boca torcida con burla—. Pobrecita, ella estaba decidida a ayudarme… Es increíble lo que un par de lágrimas puede hacerle a la gente, ¿sabes? Y una buena justificación, también. Las personas en este pueblo se compadecen de


mí, por mi perdida… La compasión es un arma muy poderosa y, cuando puedo, me aprovecho de ella. Vos debes saber muy bien a lo que me refiero… Sigue caminando, sus ojos brillan con palpable amenaza, me remuevo y sonríe con saña. —Vos y yo somos iguales. Las dos nos aprovechamos de la lástima de la gente… No te creas mejor que yo, Francesca. El papel de mujer destrozada te sale bien, pero no compro esa fachada… Amargura crece entre mis costillas, ella es una loca desalmada. No sé a dónde quiere llegar con sus acciones, tampoco lo que quiere hacer conmigo. Sólo deseo que no mezcle a mi hija es todo esto. Mi respiración enloquece con sólo pensar que mi bebé se encuentra en esta clase de situación. —Como te decía, sólo tuve que venir a Isabel y llorar mi culpa por la muerte de mi bebé—suspira, fingiendo enternecerse—. Ella siempre tratando de arreglar a la gente… — ¿Cómo podés ser tan insensible?—se me escapa, y una vez que empiezo no puedo parar—. Es horrible la forma en la que hablas de la muerte de tu propio hijo… Se encoge de hombros, como si acabara de hablarle sobre alguna nimiedad sin sentido. Ella realmente nunca mereció a Pedro, la peor parte de esto es que se encargó de quitárselo a León también, que sí merecía el amor de su hijo. Y el niño merecía vivir, también. —Algunas personas somos distintas al resto, no lidiamos con los duelos de la misma manera que los demás—explica, seria, sus tacones volviendo a la ventana—. Yo perdí a mi hijo y fue mi culpa, nunca lo negué. Jamás escapé del papel que me tocó en todo eso. Y ya pagué, estuve mil veces en el infierno y salí de él mil más… »No hace falta que venga una virgen santa como vos a decirme ese tipo de cosas. No me juzgues, Francesca, porque puedo hacer lo mismo y no te va a gustar…


No entiendo cómo es que va a juzgarme, no he hecho nada malo. No molesto a la gente, y pocas personas me conocen de verdad. Por no decir sólo una: León. Incluso así estaría siendo algo inexacta, porque yo tampoco entiendo demasiado sobre mi verdadera personalidad, pero sé que está surgiendo y con eso me conformo. Es León quien me potencia. —Yo no te juzgo—me las arreglo para agregar—. Son tus acciones las que hablan por sí solas. Sandra gira su cabeza como un látigo en mi dirección, la esmeralda de sus ojos refulgiendo con fuego. —No analices las cosas que hago, hija de puta—escupe, violenta de un pestañeo a otro—. Quédate callada en ese lugar, si volvés a decir cualquier otra pavada voy a volarle los pequeños sesos a tu hija… Me estremezco cuando apunta a mi bebé con su pistola para enfatizar sus palabras. Me aferro con uñas a mis lados, en los brazos del sofá, cerrando mis párpados. —Yo puedo analizar las tuyas—el siseo de serpiente poniéndome los pelos de punta—. Necesitas a alguien que te mantenga. Tu marido loco estaba en la ruina, los dejó desamparados… Y León estuvo ahí para recompensar, ¿no es cierto? Fue fácil cazarlo, seguramente. Pero las cosas cambian con el tiempo, yo lo sé bien. Él nunca te va a amar más que a su maldito club de pordioseros. Llega un momento en el que te quedas estancada en su casa, jugando a la ama de casa, mientras él se va de parranda, acostándose con prostitutas de ruta… Niego, sintiendo crecer una poderosa rabia en mi interior, que hace bullir mi sangre. Ésta corre a través de mis oídos, forzando en ellos un pitido insistente. No me gusta que hable así de él, ni de su clan. —No…—niego—. Él me ama. Sandra carcajea secamente.


—Pobre infeliz, Franci. Pobre-estúpida-infeliz—ronda a nuestro alrededor acariciando su arma—. E ilusa. Rechazo sus palabras, la respuesta punza en mi garganta. Tengo en cuanta que debo quedarme en silencio, sumisa a su presencia. Pero hay tanto punzando en mi interior, que no logro mantenerlo dentro del límite. —No sé, puede ser que no hayas entendido el punto clave—suelto, mirándola a la cara, calor arrasando mis extremidades inquietas—. Quizás no fuiste suficiente para él porque no amaste a su club. Los Leones vienen con él, son parte de él. Si no los amas, no lo amas a él en absoluto… —Cállate—carraspea, temblorosa. —El clan es una familia—la ignoro. Me estoy metiendo en el lodo, empeorando las cosas, este impulso me pica como nada lo ha hecho antes. Voy a pagarlo caro, tengo que callarme. No. No puedo. —Y al contrario de vos, ellos me dejaron entrar… Yo sí soy parte. Incluso yo me sorprendo por el veneno que sale de mi boca, esas ansías locas de lastimar a Sandra. Trago, mis manos poniéndose a temblar, porque puedo notar que he levantado el telón y la bestia asoma la cabeza para comenzar el show. Detengo el aliento, esperando el impacto. No soy buena en eso de devolver a la gente su propia medicina. Y no es un buen momento para hacerlo ahora mismo, no cuando existe un arma de fuego en medio de la discusión. La perra que llevo dentro no eligió ser inteligente y salir otro día. Sandra tiembla como una hoja al viento, sudando. Y sé que le he dado donde más le duele, después de todo, nunca consiguió que León la amara. Levanta el brazo y me señala con el revólver, mis jadeos en busca de aire limpio se atragantan. Espero lo peor. En cambio, nunca dispara en mi dirección, sino que cambia la dirección, justo donde Esperanza permanece dormida. El click chasquea en mis oídos.


— ¡NO!—grito saliendo de mi asiento. Caigo de rodillas en el mismo momento en el que dispara, la explosión retumbando en mi cabeza, formando ecos que me castigan. Después del estallido es mi llanto desgarrador el que llena la sala, incluso hasta la casa entera. Mis lágrimas caen al suelo sin parar, mis palmas apoyadas, apenas me doy cuenta de que me encuentro aun gritando, haciendo sangrar mi garganta. Sandra me arrastra por el suelo, levantándome de los pelos, apoya el arma en mi mejilla. Y es allí que mis oídos se despejan y reaccionan, me estremezco. Mi hija está llorando. Está viva. —Vas a pagar por esto, pedazo de mierda—me grita en la cara, su aliento en mi nariz. No me importa, nada lo hace, porque mi bebé está bien. El disparo no impactó en ella. Sandra me lanza al suelo nuevamente, recibo de inmediato un puñetazo en mi pómulo, permanezco derrotada, el costado de mi rostro latiendo. Mi cabeza punzando a la altura de las sienes. Me patea en el estómago y ruedo sobre él, me obliga a permanecer abajo, presionándome la mejilla en el suelo frío. Su pistola cavando una marca en mi sien. Mis palmas abiertas a los lados de mi cabeza, sudan y mis dedos se ponen blancos. —Tuve a León mucho antes de que apareciera ese estúpido clan— escupe, ¿todavía está tan ofendida por lo que dije?—. Ellos fueron quienes se interpusieron entre nosotros… “No”, quiero decirle, “nunca lo comprendiste. Nunca te interesó su persona en realidad”. Pero me freno. Ya aprendí. No debo molestarla. Además, esto no tiene ni un poco de sentido. ¿Está apuntándome con un arma por competencia a causa de un hombre? Está demente. No puede estar más ahogada en el mar del rencor. —Me cansé de esta mierda—carraspea con rabia—. ¿Dónde se metió ese idiota?—patalea en el suelo a mi lado.


Después se aleja de mí. El llanto de mi hija de intensifica, asustada y abandonada en el rincón del sofá. Necesito llegar a ella, tiemblo, pestañeando. La adrenalina se me dispara y rebusco con mis ojos alguna cosa con la cual defenderme. Estoy junto a la chimenea, a sólo unos pasos, me deposito en el atizador de la leña, apoyado de pie en un costado. Mi respiración se dispara, ansiosa, y mi corazón enloqueciendo en desesperación. Sólo tengo que arrastrarme un poco, presto atención a Sandra, ella está de nuevo en la ventana. En lo que dura un par de segundos, me muevo, y como un rayo consigo la pieza larga de hierro, escondiéndola bajo mi cuerpo. La mujer está nerviosa, no hay señales de quien sea quien esté esperando, eso la distrae. — ¿Qué vas a hacer con nosotras?—pregunto, gimiendo. Más bien fingiendo. No es que no sienta dolor, sólo estoy acostumbrada a él, puedo ignorarlo. No me afecta, ella tiene que pensar que me tiene controlada. —Van a venir con nosotros, cuando este hijo de puta inservible se decida aparecer—maldice, más para sí misma que para mí—. Voy a pedir un buen rescate por ustedes, sé que el clan tiene dinero de sobra… Ah. Así que esto no tiene nada que ver con su obsesión con León. —Ya que la treta de tu inservible tía no funcionó—agrega—. Las cosas son mejores cuando las hace uno mismo… Me congelo, perdiendo la capacidad de respirar. La observo desde mi lugar en el suelo mientras se acerca sonriendo con malicia. Jamás se vio más peligrosa que ahora mismo. Trago. —La mataste—susurro. No sé en qué parte del enredo entra Sandra, pero con sólo echarle un vistazo sé que tuvo mucho que ver.


—La idiota fue seducida y manejada a nuestro antojo—se ríe, fría—. A lo que nos lleva la necesidad, ¿no? Un poco de sexo y listo, magia. Nada fue más fácil que convencerla para que le robara a su propia sobrina… Pobre estúpida. Por supuesto, cuando descubrió que estaba siendo usada, tuvimos que matarla… Lo que sucede con las perras molestas, es que pueden volverse una carga muy pesada… Se acerca, balanceando sus caderas, sus botas de plataforma resonando en el suelo. Las veo detenerse al nivel de mis ojos, mi mejilla ha empezado el suelo con sudor, me sacudo sabiendo que tengo que actuar. Sólo rezo para no fallar en el intento. Se agacha y el hecho de que me subestime provoca el nacimiento de un enojo nuevo que se fuerza en mí. Nunca nadie cree que voy a tomar represalias, soy así de débil a los ojos de los demás. —Levántate—ordena, apoyando sus manos en sus rodillas, a medias flexionadas, el arma apuntando abajo. El pelo le cae alrededor de la cara, dándole un aire más espeluznante. No dejo que su rostro torcido en esa mueca agria me desconcentre. Me remuevo, arrugando el gesto por un dolor que apenas siento. Sé lo que parezco ahora mismo, toda sudada con mi rostro mojado en lágrimas. Debilidad, parezco una pobre mujer doblegada, pero estoy lejos de sentirme de ese modo en este mismo instante. No permito que el llanto de mi hija me desespere. — ¡Levántate y calla a la pendeja!—me patea el costado para apurarme— . Es insoportable, me duele la cabeza. Se frota la frente y uso su guardia baja en mi favor. Me vuelco en mi espalda, aferrando el atizador, con el impulso del movimiento de mi cuerpo giro el brazo firmemente y el filo de la punta le corta el rostro. Sandra grita y cae hacia atrás, llevándose las manos hacia la rasgadura por donde sale un incontrolable río de sangre. El hierro largo se me zafa de las manos, y lo ignoro, renunciando a él. Me coloco de pie lo más rápido que puedo, corriendo hacia ella. O mejor dicho hacia el arma que dejó caer. Parece que la herida que le infringí es muy profunda, ya que en cuestión de segundos


ella se empapa en sangre, desde la cara, al cuello y el pecho. Sostengo el arma y le apunto, intentando mantener a raya mi pulso inestable. Gime y se retuerce, hasta que me mira y se echa a reír. — ¿Qué?—se esfuerza por levantarse y sentarse en el suelo usando las manos ensangrentadas, mis ojos se abren perturbados al encontrarse frente a frente con el corte que cruza su fisonomía. Va desde la mejilla a la nariz, la piel horrorosamente abierta y deformada—. ¿Vas a dispararme? No respondo, sigo encarándola con precisión. Decidida. Ella no demuestra estar consciente de la magnitud de su herida, aunque debe de dolerle. — ¿Vos vas a dispararme?—vuelve a preguntar, burlona. —No—escucho una voz firme a mi espalda—. Ella no va a dispararte… pero yo sí. Me volteo, sorprendida, para encontrarme con un par de ojos plateados, llenos de ira y promesas de venganza. La sed de sangre parpadea en el brillo de las pupilas de Adela mientras apunta su pistola a la cabeza de Sandra. Bajo la guardia, mis hombros caen en alivio, lo primero que hago al reaccionar es correr hasta mi hija que aun llora desconsoladamente. La tomo en brazos, revisándola enloquecidamente por si está herida, suspiro y derramo gruesas lágrimas, mi corazón recibiendo un sedante porque está intacta. La aprieto en mi pecho y le canto con acento tembloroso y bajo, poco a poco se va tranquilizando con mi calor y mis palabras suaves. Permanezco en un rincón, alejada del lugar en donde yace Sandra en el suelo. Sin quitar su impactante mirada plateada de ella, Adela avanza, su semblante indicando lo enojada y dispuesta a hacer daño que se encuentra ahora mismo. Sandra no dice nada, solamente mira fijamente cómo se avecina a ella, el sonido de sus botas como pesadas agujas de reloj marcando los segundos finales.


—Te metiste con mi familia, perra—le dice Adela, apretando los dientes— . Y no pienso dejarlo pasar. Se detiene en el aparador, una fila de botellas de licor en fila permanecen a la vista, todas sin abrir. Adela toma una y sigue hacia la mujer en el suelo. —Levántate—ordena, sus párpados entrecerrados con odio—. Levántate, puta de mierda—le patea las piernas. Sandra se las arregla para hacerlo, lentamente, la pérdida de sangre la tiene debilitada y atontada. —Se siente bien jugar al gato y al ratón con personas más débiles, ¿no es cierto?—le sonríe, mostrando los dientes blancos—. Se terminó la mierda, ahora vas a tener que lidiar conmigo. Para darle poder a su amenaza, alza la botella y en un único y certero movimiento, tan rápido que casi no se ve, la golpea con fuerza a un costado de la cabeza, derribándola. Sandra gime en el suelo, su sangre salpicándolo todo. Cierro los ojos, ahora que mi cuerpo se ha enfriado, la violencia me pone los pelos de punta. Tiene que ser imposible que su cráneo esté sano después de eso, el impacto en seco retumbó en la habitación. La mujer se arrastra por el suelo, intentando alejarse, creando un camino escarlata. Ya no puedo ver esto. Me deslizo más lejos, desviando mis ojos cuando Adela la desmaya de una patada, dejándola fuera de juego. Recién ahí me presta atención, el hielo de sus ojos derritiéndose. —Fran—ahora parece otra persona, menos ruda— ¿Están bien? Repasa mi cara con atención, mi pómulo late, así que seguro hay una gran contusión a la vista. —Estamos bien—asiento, temblando. Mis dientes castañean, estuve tan cerca de la muerte. Por segunda vez en mi vida. Y mi bebé, también. Adela estira el brazo y me sostiene del codo, dirigiéndome amablemente hasta la cocina, su pistola colgando de su mano libre. Caigo en la cuenta de que junto a la puerta trasera de la casa hay más


movimiento, distingo a Alex, de pie. Está muy serio, y a medida que avanzo en su dirección para salir al jardín, me entero de que tiene a un hombre reducido, apuntándole directo a la cabeza, su bota aplastándolo por el cuello contra la gramilla, manteniéndolo abajo. Inmóvil. Mi atención cae sobre el tipo, lo reconozco al instante, no necesito un doble repaso. Es el mismo que estaba en la cocina de la casa de mi tía Olga. El mismo al que disparé aquella tarde, para luego escapar y correr hacia Los Leones. Tiene las manos abiertas a los lados de su cuerpo, su rostro a la vista. Él me observa a través del hilillo de sangre que baja desde su ceja abierta y los orificios nasales. Adela se vuelve a meter adentro, para vigilar a la dormida Sandra. Ni loca va a dejar que se le escape. En cuestión de minutos se oyen motos acelerando y rugiendo al otro lado de la calle, y me electrizo al ver a León entrando rápidamente en el patio donde nos encontramos. Corre hacia nosotros como un toro desesperado. Atemorizado y enfurecido al mismo tiempo. Lo primero que hace al llegar es estudiarme y envolverme en sus brazos, se lamenta por mi contusión y le repito en varias ocasiones que estamos bien. Mis ojos se llenan por la sensación protección que nos brinda y no quiero que me suelte nunca más. Necesito que me lleve a casa. Pero aún no lo hace, con cuidado, se separa para poner toda su vigilancia en el hombre limitado por su colega en el suelo. —Fue una suerte que nos detuviéramos en la cuadra… Pensamos que habíamos perdido los papeles y las facturas del bar, y empezamos a revolver por todos lados—cuenta él, agachándose junto al tipo, soldando la punta de la pistola a su cabeza—. Nos dimos cuenta de que su coche estaba dando vueltas alrededor de la manzana, vigilando algo. El instinto nos hizo actuar. No estábamos equivocados al creer que Francesca podría estar en peligro… El rostro de León se transforma, y mi corazón late con miedo porque jamás tuve la oportunidad de ver esta versión de él. Irreconocible. El hombre intenta removerse y él inclina su gigante cuerpo sobre él. Sin que nadie lo espere, descubre una navaja de su bolsillo y traspasa su mano con la hoja, clavándola en el césped. El prisionero grita y Alex entierra su cara contra el


suelo, haciéndole comer gramilla. Probablemente para que no alarme a los vecinos. Doy un paso atrás, impresionada. —No te muevas, mierda olorosa—carraspea bajo, León—. Con los míos no se jode, vas a pagar esto con creces. —Es el mismo al que le disparé…—suelto en un impulso—. Él estaba chantajeándome, era el cómplice de mi tía. Él y Sandra la asesinaron… Tirito. — ¿Sandra?—escupe, incrédulo. —Está adentro—le explica Alex—. Adela la tiene. León se lleva las manos a la cabeza, suspirando con fuerza. Tiene los ojos cerrados y lo conozco lo suficiente para estar segura de que se está culpando a sí mismo por no verlo venir. Pero, obviamente, nadie podría haberlo hecho. Yo creía que Sandra era una mala mujer, pero nunca se me ocurrió que su nivel de maldad llegara a este nivel tan despreciable. Y sé que él estaba en la misma posición. — ¿Dónde está la SUV?—pregunta León, recuperándose de la sorpresa desagradable. —La dejamos unas cuadras más allá, no los queríamos alarmar y espantar. Vinimos a pie—responde el Perro. León asiente y susurra algo sobre ir a buscarla para llevarnos a casa. Alex saca una jeringa de su bolsillo y la destapa con los dientes, inmediatamente clava la aguja en el cuello del tipo y le inyecta el líquido. Un par de minutos más tarde queda inconsciente. Así, el Perro se marcha, desapareciendo hacia el frente de la casa, deduzco que va a buscar el vehículo. Mientras esperamos, León vuelve a empujarme entre sus brazos, permanecemos así hasta escuchar el zumbido de la SUV y me dirige hacia ella. Por el camino nos cruzamos con Santiago y Max, ambos rostros severos, que se encargan de levantar el cuerpo del hombre y arrastrarlo hasta el baúl.


Ningún vecino nota todo el espectáculo, porque han subido la culata de la camioneta por el camino de graba junto a la casa, prácticamente metida dentro del patio. A continuación, Santiago entra en la casa y sale con Adela, acarreando a Sandra, que tiene el mismo destino que su compañero. León no mira directamente a ella, de hecho, se esfuerza en ignorarla. Entiendo cómo se siente con respecto a esto, y quiero que todo se termine al fin y vuelva a ser él mismo. Sin dolor o culpabilidad en su corazón. —La drogamos también, por si el noqueo dura poco—nos cuenta Santiago—. Tenemos un par de horas hasta que despierten. El Perro y yo nos quedamos a limpiar la mierda, Max te sigue de cerca hasta el recinto—se voltea hacia su chica y la despide con un beso corto en el cuello. Me subo en el asiento del acompañante, Adela en el trasero y León tras el volante. El silencio en el coche es palpable, me enfoco en el costado de la ruta, todavía percatándome de los latidos en el costado de mi rostro. Esperanza está inquieta aun, quejándose en mis brazos, le froto la espalda e intento tranquilizarla susurrándole al oído. León estira el brazo y toma su manito en la suya, acariciándola. Después busca la mía y las entrelazamos, suspiro por su contacto, sintiendo que todo vuelve a encajar en su lugar.

León No lo puedo creer. Estoy furioso. Y sorprendido, aunque sé que no debería estarlo. Yo, más que nadie, tendría que haber deducido qué cosas podría llegar a maquinar Sandra. Hay algo en ella que la lleva siempre por el peor camino, tan en lo profundo que es difícil de vencer. Esta vez, aunque me duela en el alma, no puedo perdonarla. No puedo enterrar en el olvido que ha lastimado a mi mujer, y puso en peligro a Esperanza. ¡Una pequeña e inocente bebé! Ha jugado de nuevo con las personas que amo, amenazando con quitármelas. Otra-jodida-vez.


¿Cuál es su maldito problema? Ahora, yo lo siento muchísimo, por el pasado, por Greg y Laura, pero esto se terminó. No lograré dejarlo pasar. Es un peligro real para nosotros, para Francesca y sus hijos, yo quiero darle lo mejor a mi familia. Sandra está loca, desquiciada. No sé si siempre fue así y lo escondió bien, o todos estos años ha estado llenándose más y más de maldad. Sí, era problemática, egoísta y caprichosa, pero de ahí a ser una asesina… Es increíble. Simplemente me ha descentrado y me siento culpable por no haber protegido a Francesca como debe ser. Hemos encerrado a Sandra, aún inconsciente y, mientras vuelve en sí, voy a encargarme de su compañero. Otra cosa que a todos nos dejó descolocados fue enterarnos de que es el mismo tipo al que Fran disparó cuando escapó de la casa de su tía. Y, agregándole a la ecuación, que todo este tiempo estuvo trabajando con Sandra. Cuando Olga Montana no les sirvió más se deshicieron de ella, como si fuese un simple juguete. Es por eso que me estremezco al saber lo cerca que Fran estuvo de terminar en sus manos, lo lejos que son estos dos son capaces de llegar. Hace años están metidos en esto él y Sandra, estafando, chantajeando y secuestrando personas para conseguir buen dinero. Cualquier cosa por unos billetes. Hasta robarle a sus propios padres y asesinar. —Tenías alguna idea de lo que significaba meterte con nosotros—le pregunto, seco. Su cara es una paleta de colores, hinchada y amoratada. Y eso que no le he tocado un pelo, Alex fue quien lo golpeó para reducirlo antes de que llegue a Sandra que contenía a Francesca y Esperanza dentro de la casa. No hace mucho que despertó, todavía está atontado. —No es inteligente molestar a un grupo como el nuestro—sigo cuando no responde—. Lo que les hacemos a quien nos jode no es muy agradable. Suspira, resignado. — ¿Qué iban a hacer con ellas?


Traga, y al fin lleva sus ojos a los míos. —Nos llevaríamos a Francesca y pediríamos un rescate—responde hablando por primera vez. Está tranquilo, no parece más afectado, sólo un insistente temblor. Es lógico, sabe que el final está justo aquí, frente a sus ojos. De él depende que sea lento y doloroso o súbito. Y también depende de mí humor, el cual se mantiene a raya, pero no sé por cuánto tiempo. — ¿Nada más? ¿Así de simple?—quiero saber, entrecerrando los ojos. — ¿Qué otra cosa podría ser?—explota bruscamente, su cara poniéndose roja. Me pongo de pie y doy un paso sobre él, mi puño conecta con el costado de su cara, su boca rebalsa de sangre. Escupe a un costado, siseando por el dolor. — ¿Quiénes carajo son ustedes?—pregunto—. ¿Para quién trabajan? Tiembla, su vista abajo. Eso me dice que no piensa soltar nada más. A ver hasta qué punto dura su lealtad. — ¿Cuántos son además Sandra y vos?—insisto. Tienen que ser alguna corporación, Fran me contó que el día que llegaron a la casa de su tía eran dos coches caros, con un total de cinco hombres, entre ellos este cretino. Gruño y le doy de comer otro de mis puños, no soy paciente cuando se trata de respuestas. Si tengo más enemigos ahí afuera tengo que saberlo, para estar preparado. —Vas a hablar—rujo, perdiéndome poco a poco—. Acá hablan o hablan. No hay opciones. — ¿Qué te hace pensar que somos más? ¿Eh?—dice, removiéndose las ataduras—. Somos solo dos personas, dos delincuentes a los que les gusta desplumar a la gente rica…


Otro golpe en el mismo lugar, y ese lado de su rostro de vuelve irreconocible. Los nudillos se me magullan y me gusta la sensación, hacía tiempo no los usaba. Mis puños son duros, generalmente son mi mejor arma mano a mano. Me he encargado de que sea así durante años. —Decime cómo mierda se llama tu agrupación, no soy tonto, hijo de puta. Sé que ustedes dos solos jamás podrían llegar lejos, ni una sola vez. Me da una sonrisa de dientes ensangrentados. —Chu-pa-me-la—escupe el suelo, y me observa por debajo de sus pestañas sudadas. Bueno, eso me da escusas para sacar mi as bajo la manga. Ese que nunca falla, el que provoca terror desmesurado con sólo un único vistazo. Lo rodeo alejándome, y parto en busca de mis cajas sobre los estantes. Generalmente no hago esto si logro encontrar respuestas de otro modo, con golpes y amenazas. Pero ahora estoy apurado, porque después quiero hablar con Sandra. Y deseo que todo este asunto de mierda sea rápido, y se termine de una puta vez, porque lo único que necesito como nada es estar con mi mujer. Y que este par de hijos de puta hayan roto nuestra paz me tiene muy molesto e impaciente. Consigo lo que busco y vuelvo a mi punto de partida, hago señas a Max para que aprese la cabeza del tipo y le obligue a abrir la boca a la fuerza. Lo hace, el otro se revuelve y lucha, pero está atado y Max es un hombre fuerte. Cuando lo tiene justo como lo quiero, introduzco el objeto en su boca, presionando. Es grande como para entrar con facilidad, y puedo escuchar cómo se le aflojan los dientes delanteros. Grita, sus ojos muy abiertos con pánico. —Esto es lo que hace la pera—explico, sonriendo—. Lo primero que produce es angustia, luego dolor. Y lo mejor es que las dos van aumentando mientras más pase el tiempo. ¿Querés empezar? No puede hablar, la pieza de tortura le impide articular, y su boca está tan abierta que lágrimas de ahogamiento empiezan a caer por sus ojos. Apenas puede pestañear.


— ¿Vas a responder a todo lo que te pregunte?—indago, mis músculos tensos, por la ansiedad de conseguir lo que quiero—. ¿Vas a ser un buen tipo? Respira con agitación, su nuez de Adam subiendo y bajando, sacudida. Sigue sin replicarme, totalmente negado. Suspiro, exasperado. Yo no voy a torturar a Sandra para sacarle información, de ella me interesan otros asuntos, él es la única opción que me queda. Doy una pequeña rosca a la pera y los ojos se le abren más, un chillido de horror escapándosele. Para nosotros el movimiento es apenas imperceptible, para él, que lo siente incrustado en su boca, es demasiado. La presión en su mandíbula debe ser desesperante. La angustia aumenta generosamente, el dolor sólo una pizca. — ¿Cambiaste de opinión? Gimiendo, con el sudor bajando por sus sienes y cuello, asiente. Leo en su rostro el miedo, y sé que el sentimiento lo lleva a ceder. Es que, la verdad, no le quedan otras opciones, más que morir después de ser torturado. Y si puedo evitar usar esta cosa aterradora, mejor. Hasta ahora, no ha habido oportunidad. Sólo una única vez tuve que refrenarme con insistencia de hacerlo. Y fue contra Álvaro Echavarría. Realmente quise obligarlo a pasar la peor y más brutal de las torturas, pero me incliné por la objetividad, cerrándole las puertas a las emociones impulsivas. No había otra opción mejor en ese entonces, si es que no queríamos que su muerte cayera sobre nuestras cabezas. Mejor evitar cualquier sospecha. Quito el objeto de su boca, aflojando más aun sus dientes que chirrían contra el hierro mientras lo muevo. Se estremece de dolor, lloriqueando. Cuando la aterradora cosa está afuera, Max le suelta la cabeza y ésta se le afloja, el mentón pegándose contra el pecho. Cierra sus ojos, recuperándose, sangre nueva se filtra por entre sus labios. Sus respiraciones violentas son lo único que se escucha en el lugar. —Éramos un grupo de quince, y no mentí cuando conté a qué nos dedicábamos—dice, me vuelvo a sentar frente a él, la pera en mi mando para que no la pierda de vista—. Cuando vimos todas esas noticias sobre la


muerte de Echavarría, se nos ocurrió que podíamos venir a rasguñar algo del dinero que le quedaba a la viuda. Se dijo que estaba en quiebra, pero no lo creímos, esos hijos de puta siempre tienen dinero. Sabíamos que algo le debía quedar… ya sabes, lo que ellos consideran poco, para nosotros es bastante… Escupe más sangre en el suelo. Estoy haciendo acopio de todas mis fuerzas para no elevarme sobre él y sacarle la mierda a golpes, para después usar la pera sin medidas ni límites. Hay que ser la peor mierda del mundo para venir a joder a una pobre mujer embarazada y arruinada. —Antes de actuar queríamos tener las cosas bien claras, así que fui el elegido para seducir a Olga, la tía… Le fui sacando información, poco a poco, la fui envolviendo, convenciéndola para robar el dinero e irnos del país los dos… Fui bueno, ella me creyó todo y ni siquiera dudó a favor de su sobrina… »Cuando descubrimos que en realidad la viuda no tenía mucho, los demás perdieron interés y se bajaron, no les interesaban los cinco millones que supuestamente quedaban, según las cuentas de Olga. Si se los dividían no era mucho para ninguno, no valía la pena. Entonces Sandra vino a mí con un plan: podíamos quedarnos y seguir esto los dos solos. Cinco dividido dos, sonaba muy bien. Así que, eso hicimos… Y al descubrir que Olga había estado equivocada, que no podía conseguir más de dos millones, estuve enfurecido… —Y la mataron…—interrumpí. —No… antes la sobrina nos descubrió y me disparó. Me salvé por un pelo. Estuve atascado en el hospital, Olga me hizo pasar por su nuevo novio, e inventamos una historia sobre un asalto y pasó… Al volver todo a la normalidad, Sandra la asesinó… ni siquiera lo vi venir, sólo apareció, levantó el arma y apuntó a la cabeza… Me sorprendí un poco, pero enseguida tomamos el dinero y rajamos… —No rajaron, se quedaron en el pueblo—le corrijo, rotundo.


Asiente, no muy convencido. —Quiso quedarse, insistió tanto que acepté. No supe qué tenía en mente, estuvimos viéndonos poco por un tiempo, se quedó en la casa de sus padres y yo me fui a la ciudad… Entonces, de un día para el otro, me llamó diciendo que tenía un nuevo asunto, que podíamos sacar bastante dinero… y eso me trae aquí y ahora… Me paseo de acá para allá, retirando el pelo que cae en mi cara. —Así que Sandra fue la de la idea…—carraspeo amargamente—. ¿Qué quería hacer con Francesca? Él no duda antes de seguir. —Juro que no lo sé, sólo me interesaba la plata que prometió—asegura— . Pero estaba muy ensañada con esto, desesperaba. Se parecía más a un deseo muy personal, me di cuenta que esto no era solo por plata… —Había algo más, otras intensiones—agrego, y él concuerda. Me estremezco, intento no meter terribles teorías en mi cabeza, Francesca y Esperanza están a salvo. Esto no fue más lejos, y todo gracias a la intuición de Alex y Adela. No es ni productivo ni saludable pensar en cualquiera de los destinos que podrían haber sucedido. Ya son improbables, ninguno de ellos tiene lugar ya. Camino hacia Max, y le susurro. —Que te diga los nombres completos de los otros integrantes de la banda, anótalos… Cuando acabe con Sandra voy a comprobarlos, necesito estar prevenido por cualquier cosa, aunque me da la impresión de que son inofensivos, no creo que tengan nada contra nosotros… Pero, nunca se sabe. —Correcto, mejor prevenirnos—acepta, acatando mis órdenes. —Mantenlo vigilado, si crea problemas, me llamas de inmediato. Una vez que todo esté hecho, voy a decidir si lo mato o no…—me freno y miro al


prisionero—. Supongo que no me queda otra opción que hacerlo, no es alguien confiable… Está de acuerdo y me deja ir. Decidido, salgo del galpón y me dirijo con pasos pesados y firmes hacia el taller, tengo que enfrentar a Sandra. Que me explique sus motivos, necesito entender por qué hay tanta mierda dentro de ella. Llamé a Greg, él merece saber todo, y además, estoy seguro de que también desea explicaciones. Esto va a ser duro, tanto para él como para mí. Ellos también son mi familia, fueron un gran sustento cuando me quedé sólo sin mis padres, incluso cuando Sandra me lo dio y quitó todo en el corto lapso de dos años. Y ahora nos toca enfrentar esto, mirarla a la cara y sacar sus confesiones. Me lleno de coraje y prospero, no me detengo ni siquiera a tomar un respiro. Quiero que sea rápido, puntual, así podemos volver a la normalidad. No me sirve de nada negarlo, me duele tener que hacer esta porquería, ella fue la madre de mi hijo, para bien o para mal. Y temo descubrir más mal en ella del que ya he visto. Greg ya está en la puerta, esperándome. Su semblante lo dice todo, no necesito indagar profundo para saber que está destrozado. Y eso que todavía no hablamos con su hija, ni siquiera hemos empezado. Le palmeo el hombro y lo dirijo adentro, despacio. Apenas puede trasladarse con sus muletas, pero ni loco permanecería lejos de esto, él lo necesita al igual que yo. Por eso precisamente le avisé sobre el asunto. Abrimos el portón, éste emite un chirrido agudo que estremece mis tímpanos. No hace falta mover la vista para buscarla, allí está, ahí mismo. En medio de todo. Amarrada a su silla, el pelo cayendo a los lados de su rostro desfigurado, sangre seca manchando su piel pálida. Está sudada, seguramente por el dolor que le provoca la herida y la sangre derramada. Sus ojos enseguida conectan con los míos, me reconocen aunque parezcan perdidos. Adela, fija en un rincón, está mirándola duramente con sus ojos plateados. Quiere venganza, está esperando por ella, cruzada de brazos y apoyada contra la pared. La promesa es firme, contundente. Todos en la habitación lo entendemos. No la echo, decido que puede quedarse, no hay nada que ocultar a estas alturas.


Greg traga, su cuerpo tambaleante. Le consigo una silla, y acepta sentarse, sabe que de otra forma no podrá sortear la situación. —Hija… hija—susurra, un nudo de tristeza transformando sus palabras—. ¿Qué has hecho? Sandra lo mira de reojo, por debajo de sus pestañas, no hay nada en expresión fría. Ilegible. —No te das una idea del dolor que les has causado a tus padres, Sandra—le suelto, mi tono endurecido. El conjunto de esmeraldas huecas se traslada confusamente hacia mí, mi corazón da un salto al conectar mi mirada con ellas. No hay nada allí, nada. Por lo menos antes había ira y descontrol, y eso era mejor que esto. No hay alma. —Lo siento, papá—escupe, sus labios resecos—. Yo sé que siempre quisiste que mamá pariera algo mejor… Greg niega apretando sus párpados con lamento. —No—la corrige—. Siempre te he amado con toda mi alma… —Pero ahora la cagué, ¿no es cierto?—le persigue ella, frunciendo la boca en una mueca cruel. —No puedo negar que me defraudaste, Sandra—le dice, derrotado—. Te he dado todo, he hecho todo mi esfuerzo por ustedes, por la familia… No entiendo cómo llegaste a esto… — ¡MEEEN-TI-RO-SO!—canturrea ella, haciéndonos saltar, totalmente desprevenidos—. Mentiroso hijo de puta. El hombre se sacude, todo su cuerpo inestable. —Siempre deseaste que fuera varón—se sacude en la silla, hiriéndolo con sus palabras—. ¡Siempre quisiste cambiarme por él!—me señala con el mentón, bruscamente—. ¡Siempre lo preferiste sobre mí!


Lucha en la silla, gritando como un animal enfurecido, retorciendo sus ataduras. Greg barre la mirada, bajándola al suelo, culpable y afectado. Frunzo el ceño, por dentro siento un potente pinchazo al ver todo el rencor que consume a Sandra. —Eso no es cierto—susurra el hombre a mi lado—. No es verdad. — ¡Todos ustedes me arruinaron!—nos acusa—. Nunca pensaron en mí, en lo que yo sentía… Me culparon, en sus cabezas me acusaron de matar a mi bebé a propósito… Mis ojos se humedecen y esta vez soy yo quien acaba por descender la mirada a mis pies, pestañeando para despejarme. Meto un lento respiro por mi nariz, intentando apaciguar mis latidos. Sandra llora, derrama gruesas lágrimas a la par que su padre, pero las de él son de dolor y tristeza, las de ella son de aborrecimiento. —Pero está bien, es verdad, yo me subí al maldito auto y me divertí con la idea de una carrera. Soy culpable—se resigna—. Ustedes dos pueden seguir siendo el par perfecto, padre e hijo, no me importa. Apestan, los odio… Y ojalá hubiese sido yo aquel día, así hoy no estaría viendo sus repugnantes caras… —Ya, Sandra—intento frenarla—. Para un poco. Me fulmina, algo muy, muy maligno cruzando su rostro. —Deja de jugar al ángel bueno, León—me dice con rudeza—. También es tu culpa. Pedro se murió por tu culpa también… Se me escapa el aire de golpe, como si ella misma hubiese caminado hasta mí y enterrado su bota de tacón en la boca de mi estómago. Me mareo por unos segundos, el dolor quemándome por dentro. — ¿Se sintió bien?—agrega—. ¿Echarnos de tu vida? Se sintió bien que el último lazo que nos unía se muriera, ¿no? —Cállate—siseo, sin fuerzas.


—Confesalo, León—insiste, saliva saltando de sus labios, ensañada como un perro rabioso—. Te alegraste de que se muriera, porque ya no tendrías que lidiar con la perra que te jodía la vida… — ¡Ca-lla-te!—aúllo perdiendo el enfoque. Me anticipo hacia ella, su risa amarga dañando mis oídos, mis pasos retumbando entre las cuatro paredes. Estoy respirando con más violencia, mi pecho expandiéndose hasta casi reventar. Flexiono mis puños a causa de las ansias de provocar daño circulando a través de mí. Adela me intercepta, empujándome hacia atrás, frenando mi impulso. —No, León—susurra, formando puños en mi camisa, sólo yo la oigo—. No hagas nada que después lamentes… Me ablando, tiene razón, tiene toda la maldita razón. Ya la agredí una vez y nunca pude limpiar la culpa, no puedo volver a hacerlo. Yo no soy así. Permanezco quieto como una estatua, volviendo en mí, aunque siento que puedo caer al suelo y enroscarme en una gran bola de mierda. La tortura de tener que revivir aquella noche en la que perdí a mi bebé me deshace como ácido bañándome de pies a cabeza. —Estás enferma, hija—lloriquea Greg, sin energías—. Te has ido hace tiempo… —Yo te amaba, León… aun te amo—sigue Sandra, afilando sus cuchillas verbales—. Y te quería para mí sola, pero tenía que compartirte con él, con tus mugrosos, con Pedro… ¡con todo el puto mundo! Nunca tuviste tiempo para mí… Está loca, realmente loca. Acaba de decir que me odia hace un minuto. —Estás demente—gruño, frotándome los ojos. Se ríe áspera, y asiente. —Lo estoy y ya pueden meterme una bala en los sesos—avisa, entrecerrando sus pestañas húmedas—. Ya estoy lista, no me importa más nada. Pero antes… antes tenés que saber la verdad…


—No—le digo, agotado—. No necesito saber más nada… Sólo quiero que me digas que ibas a hacer con Francesca… Se encoge de hombros, restando importancia. —Solamente quería algo de dinero—sonríe de lado, espeluznante—. Necesitaba efectivo… —Conseguiste dinero chantajeándola—aprieto mi mandíbula, exasperado. Alza una ceja. —Me lo gasté, quería más. Me pareció divertido darle otro susto a la arrastrada—suspira, Adela se tensa, muy cerca de ella, vigilándola como un halcón—. Sabes que te usa, ¿no? Necesita un papá para sus bonitos bebés, y sabe que sos perfecto para eso, te estás poniendo viejo… melancólico… Sos fácil de cazar, ¿nadie te lo dijo nunca? Clavo mi mirada en ella, diciéndole todo sólo con ese único movimiento. Con mis dientes apretados, no puedo evitar lanzar una bomba en su dirección para defendernos a mí y a la mujer que amo. A mi familia. —Yo sé que no—digo, agrio—. No es así, confío en ella…Y la amo. Estoy siendo vengativo, incisivo, atroz. Todo lo que no suelo ser casi nunca, y menos con una mujer. Pero, que Dios me ayude, necesitaba dejarlo ir. Dañarla de algún modo. Y me apacigua una décima el brillo de molestia que cruza sus pupilas anchas e inhumanas. Aspira oxígeno con fuerza, obligándolo en su sistema a través de sus fosas nasales hinchadas, encaja los dientes con salvajismo. —Bueno—dice, tranquila—. De alguna forma tenés que reemplazar a tu hijo muerto, ¿no? —SANDRA—brinca Greg, cansado y agitado por su perversidad. Esta vez estoy hermético, no le permito llegarme al centro y causarme más dolor.


—Pero ahora, déjame decirte la verdad…—esconde el mentón, mirándome fijamente por entre sus pestañas, entrecerrando sus párpados con sentencia—. Pedro no era tuyo. Dejo salir una seca y hastiada carcajada, negando con la cabeza, ya no se le ocurre más nada para dañarme. Vuelve a recurrir a la misma mierda de siempre para doblegarme. —No era tu hijo, León—empuja, muestra los dientes dispuesta a machacarme—. Era tu hermano.


19 León Por unos segundos no reacciono, el silencio en el galpón es palpable. Greg se ha puesto de pie y se agarra tensamente del respaldo de la silla. Estaco mi atención en Sandra, sin realmente creer lo que está diciendo. “No”, me digo por dentro, “no puede ser verdad esta mierda”. —Mentira—carraspeo, seco—. No te creo una mierda. Me paseo de un lado a otro, tirándome del pelo, afectado. Me duele el estómago y noto como si el mundo se hubiese sentado encima de mis costillas, impidiéndome llenar de aire mis pulmones. —Él estaba perdido—sigue ella ignorando el nivel de desesperación que hace eco en la habitación—. Necesitaba alivio, y yo se lo di. Se ríe, enfermiza. Me carcome el interior mirarla a la cara, me hace sentir indispuesto, a punto de desmayarme en el suelo. Adela la rodea, ojeándola con ansias de destrozarla, y ansío poder darle la maldita orden. Quiero desmembrarla ahora, he perdido cualquier mínimo de lastima y cautela por ella. Ya no me importa quién es o qué papel haya tenido en mi pasado, u cuánto le importe a la gente que aprecio, no quiero volver a verla nunca más. Arruinó mi vida. Greg está inmóvil, apenas respirando, el shock vaciando el color de su rostro. Acaba de envejecer diez años con el impacto. —Me lo crucé un día, estaba deshecho en lágrimas—cuenta ella, transformando sus expresiones de un segundo a otro, como una loca desquiciada—. Le dije que no podía seguir así. ¡Vamos! Habían pasado años, carajo. Ya era hora de olvidar a la perra. ¿Qué tenía? ¿Una vagina de oro?


—No hables así de mi madre, puta de mierda—escupo, ya no hay filtro que me frene. Adela, exasperada, sin ya poder aguantarse, se detiene frente a ella y cruza su rostro herido con un derechazo que la suspende, grogui, gimiendo y colgando de su sitio. Pero es poco para que la víbora deje de sisear con la lengua. —Le regalé un poco de coca—dice, y con eso me doblo sobre mí mismo, apoyando mis manos en las rodillas, el suelo de repente empieza a girar a mi alrededor, puntos negros nublando mi enfoque—. No me culpes. Todos ven lo malo de eso. Pero yo le di lo que necesitaba, él lo estaba pidiendo con desesperación. Yo lo ayudé a salir del pozo, deberías agradecerme. —No, no lo ayudaste—la corrijo, ahogado—. Acabaste de hundirlo. Se tensa, su mirada viene acompañada de dagas que se entierran en medio de mi pecho. — ¡ESO es lo que él quería!—refuta a gritos—. ¿Acaso nadie se da cuenta? Fui la única que lo entendió, que leyó en lo profundo, yo supe lo que necesitaba. ALIVIO. Quería caer de una vez, quería irse. Yo lo ayudé. —Deja de decir esa mierda, Sandra—me acerco, aun manteniéndome a distancia—. ¡Carajo!—estallo mi puño contra pared más cercana, mis huesos resuenan, no hay dolor aparte del que me carcome en el fondo—. No mereces nada de lo que la vida te dio. Me sonríe, esta vez se ve como si se compadeciera de mí. Usa y desusa máscaras como una experta, ella sabe actuar, sólo que acá ya no engaña a nadie. Ya ha mostrado la clase de demonio que es y las desalmadas tácticas a las que recurre para ganar el juego. —Estuve allí porque su hijo lo abandonó—siguió apuntándome a la yugular, escurriendo mi dolor y bañándose en él—. Yo le di el consuelo que necesitaba…


— ¡DROGA! Le diste droga a un adicto recuperado, ¡perra enferma!— aúllo, moribundo. Sé que reaccionando así le estoy dando lo que quiere, malditamente lo sé. Sin embargo, no puedo parar, cada órgano interno estallando hacia fuera. Me tiene dando vueltas en círculos, arruinado en un espiral que se aprieta y me pincha la piel como un jodido alambre de púas. —Lo sé—dice, en voz baja, su tono letal—.Y ya está, no se puede cambiar el pasado, ¿no? Mejor pregúntame cómo engendramos a tu hermanito… La térmica salta, toda mi locura chicaneada en lo profundo de mí llega a su punto máximo, levanta la cabeza buscando violencia en el enfrentamiento. — ¡TE-VOY-A-MATAR!—corro en su dirección, esta vez mis garras bien afiladas y no voy a retractarme al final. De-ninguna-maldita-manera. Adela se mete en mi camino y colisiona con mi potencia, gruñe cuando termina desplomada en el suelo, derribada con hosquedad. Pero se acomoda y levanta para luchar conmigo. Su energía no es suficiente para aplacarme, acaba a un lado sin problemas. Mis manos se cierran en el cuello blanco y delgado de Sandra, lo estrujo con mis dedos como acero y ella se sofoca, atragantándose. Su rostro es teñido de rojo intenso en sólo segundos, los ojos verdes saltando de sus órbitas con una invasión de ramificaciones como telarañas escarlatas caminando hacia sus irises. Adela grita por ayuda, pellizcando cualquier parte de mí que alcanza para desprenderme de la miserable perra que quiero quebrar con mi impulso. Brazos fuertes se tienden sobre mí, lanzándome hacia atrás y arrebatándomela de las manos. Forcejeo, mis rugidos rompiendo los oídos de todos, retumbando en el agujero. Plantan mi espalda en el suelo en un sonido seco, me retienen entre tres. Godoy me da un puñetazo y espabilo con sus ojos medianoche fijos en los míos, diciendo un millón de palabras con


sólo una mirada. Voy a arrepentirme si sigo, lo haré, no importa la sed de sangre que ahora me corroe. Necesito alejarme de este lugar. Las respiraciones violentas de Sandra llegan a mis oídos, no puedo verla, pero escucharle me hiela. —Si te sirve de consuelo—dice, su voz quebradiza y ronca, débil pero aún dispuesta a romperme de forma irremediable—. Fue sólo una vez, el día antes de su muerte. Tómalo como un regalo de despedida de su parte, antes de irse al infierno… Intento levantarme, brusco, llevándome a todos por delante. En medio de la reacción, golpeo a quienes me rodean, derribo a alguien, no sé quién. Oigo mis gritos de combate, mi garganta quejándose porque no estoy obteniendo lo que deseo inmediatamente. Soy grande y he perdido la cordura, no pueden frenarme, no importa cuántos hijos de puta vengan a por mí. Estoy convirtiéndome en un desalmado, perdiendo mi control y mis principios como nunca antes imaginé que haría. Me dan la vuelta, boca abajo, con mis manos pegadas a la espalda. Hay una ronda de hermanos rodeándome, diciéndome palabras de aliento para que me tranquilice. Que yo no soy de este modo, éste no es el líder que ellos conocen. — ¿León?—se filtra una débil y dulce voz entre todo el jaleo. Y es suficiente para calmarme una décima. Los cuerpos encima de mí se despejan un poco, sin aflojar el correcto control de la fuerza. Me ablando, cuando aparece el rostro de Francesca en mi campo de visión, por delante de la luz, que forma un halo a su espalda. En ese momento la relaciono con un ángel. Mi ángel. Sólo mío. El único que tiene el poder de salvarme. Hay lágrimas en las puertas de sus párpados, mojando sus pestañas. —Estoy bien—le digo a todos—. Estoy bien. — ¿Amor?—llama ella de nuevo, viniendo hasta donde estoy—. Todo está bien, cariño. Ya pasó—quita el pelo de mi cara—. Todo va a mejorar, estoy acá. Tu familia está acá. Saldremos adelante—susurra. —Sí, lo sé—respondo, mi tono aguado, espeso.


Entonces advierto un leve pinchazo al costado de mi cuello. —Lo sentimos, jefe—susurra Alex a mi espalda—. Todo estará mejor cuando despierte… —Sí—concuerda Francesca. Entonces me voy.

Francesca León se remueve sobre la cama, su cabeza apoyada en mi regazo. Le peino el cabello fuera del rostro, viendo como sus pestañas repiquetean alejándolo fuera del sueño inducido. Disimuladamente, antes de que esté consciente del todo, me limpio las lágrimas que no he parado de despedir desde que lo encontré en aquel estado tan descontrolado y expuesto. No quiero que me vea llorar. Nunca nadie lo había visto así, todos estaban asustados y conmovidos. Por fuera explotaba como un guerrero enfurecido, con todas sus fuerzas canalizadas en un solo objetivo: hacer daño. Verdadero daño. Pero, por dentro, yo lo vi bien, las ventanas de sus ojos me permitieron llegar allí, y no encontré nada más que vulnerabilidad. La furia la camuflaba con maestría. Y comprendí a la perfección lo que él sentía. En realidad, se estaba rompiendo en millones y diminutos trozos. Y yo más que nadie entiendo lo que ello significa: tendrá de reconstruirse a sí mismo desde los cimientos. Sin embargo, aquí estoy, tal como él lo hizo por mí. Lo sacaré adelante, porque juntos nos potenciamos, nos fortalecemos. Ni mi pasado, ni el suyo, ni Sandra nos derrumbaran. Imposible. Nuestro amor es la cura para el dolor que quiebra paredes en nuestro ser. —Hola—susurro, enlazando mis ojos en los suyos.


Está confundido aún, levitando por encima de la realidad. Su estado era tan demoledor que tuvieron que sedarlo, no iban a poder retener por mucho tiempo su nivel de violencia. Entierro el recuerdo, es mejor que no me vea estresada y triste, ya demasiado tiene con lo que lidiar. —Está todo bien, mi amor—sigo, pasando las yemas de mis dedos por sus párpados, frente y pómulos—. Te amo con mi vida. Lo superaremos juntos. Sus pestañas repiquetean y por ellas se filtra una única y gruesa lágrima que se arrastra hasta su sien, la atrapo antes de que se extravíe entre el nacimiento de su pelo rubio oscuro. No dice nada por un largo período de tiempo, todavía incapacitado por las drogas, pero alcanzo a distinguir el destello de sus recuerdos regresando, junto con la verdadera y pura conciencia. Me inclino y lo beso entre las pobladas cejas, rosándolo con la punta de mi nariz, aspirando su aroma. Aprieta sus párpados dándose el permiso de apreciar mi blando contacto. —Ella…—comienza. —Shhh—lo aplaco, llevando mi mano por lo ancho de su pecho tenso. Toma un profundo respiro, pone en movimiento su mano para atrapar la mía, entrelazo nuestros dedos y le transmito mi calor, mi apoyo. Mi amor. Mi vida entera. Ahora mismo lo daría todo para que vuelvan a él aquellas amplias sonrisas y el constante brillo en los ojos que lo caracterizaba. Todo porque él elegía vivir con felicidad, sin importar nada más. Y ahora han querido quitársela. Traeré de vuelta esa original versión de él, enterraré esta. Nos lo juro en mi interior a los dos. —Pedro no es mío—murmura, débil, apenas parece su voz. Pego mis labios en su frente, no me pierdo el hecho de que su frase acaba de ser dicha en presente. Así que ella le dijo que Pedro no era su hijo al fin y al cabo. No podría imaginar ni aunque quisiera la clase de padecimiento que León está pasando justo ahora.


—Sí, sí es tuyo—le corrijo—. Siempre lo será. Fuiste el papá que todo niño debería tener. Es tuyo, cariño. Es tu bebé. No importa la sangre que le haya dado vida, sino la mirada en tus ojos cuando lo veías. Y lo miraste con el amor profundo de un padre. En una pesada respiración despega su espalda del colchón y su cabeza sale de mis piernas, y se sienta con sus hombros caídos en el borde de la cama mirando el suelo. Me parte el alma en pedazos ver toda su vitalidad reducida a este estado tan apaciguado. Todo dentro de mí exige el retorno de su luz. —No quiero volver a verla—carraspea, tembloroso mitad rabia mitad agotamiento. Me arrodillo y me pego a él, mi pecho en su espalda, mi brazo rodeando su cuello por delante. Eleva su mano y encuentra mi muñeca para aferrarse, su agarre es frío y firme, como si me necesitara con urgencia. —Eso ya no es problema…—le aseguro junto al oído. No apruebo la violencia, yo la viví en carne propia, y lo mejor para mí es no tener nada que ver con ella. Pero después de lo que esa horrible mujer hizo, no me importa afirmar que está teniendo lo que merece, en manos de Adela. Es claro, porque ninguno de los hombres de este clan se sentiría bien dándole su merecido a una mujer. No importa lo mala que sea, el daño que haya hecho, ellos nunca lo harían. Por eso aplacaron a León, porque sabían que si él se salía con la suya y le infringía daño, jamás se lo perdonaría a sí mismo. Además, Greg estaba allí, presenciando todo. Y, ahora que llego a él en mis pensamientos, sé que necesito darle la noticia a León. Algo más por lo cual sufrir, pero no podría escondérselo. — ¿León?—le froto el pecho, moviéndome para sentarme a su lado, soldada a su costado—. Tengo que decirte algo… Sus ojos vacíos se llenan de inmediato con preocupación. — ¿Qué?—se agita.


Me muerdo el interior de las mejillas, deseando que esta tormenta pase rápido. Necesitamos estabilidad nuevamente, todos. —Es Greg—musito, despacio. León se atiesa, deteniendo el aliento—. Él colapsó mientras los chicos intentaban acarrearte a la cabaña—le cuento, le tomo el rostro firmemente, manteniendo su enfoque en el mío, la desesperación tomando más impulso en su interior—. Él está bien, cariño…—le aseguro, insistiendo varias veces en el hecho—. Está fuera de peligro, pero tuvo un infarto… el disgusto fue grande. León chasquea los dientes al mismo tiempo que sus párpados encajan juntos, la respiración se le acelera y con mi tacto hago todo mi esfuerzo para que se mantenga quieto, tranquilo. —Está en el hospital del pueblo, ya despertó, Laura llamó para avisar, hace una hora—sigo, y se va ablandando gradualmente—. Se encuentra estable, gracias a Dios. — ¿Cuánto dormí?—pregunta. —Casi tres horas… Suspira y se frota los ojos, exhausto por toda esta situación. —No puedo creer que toda esta mierda esté pasando—dice, cabizbajo con la voz apretada. Toma mi mano entre las suyas y permanecemos quietos—. Todo se fue al carajo en un abrir y cerrar de ojos. Es todo tan… irreal. —Lo sé—le recorro el cuello con los dedos, suavemente y él cierra sus ojos, apreciándolo—. Pero ya se termina… Yo sé que te hizo mucho daño, sea lo que sea que te haya dicho… lo superaremos juntos… Él eleva sus ojos y encuentra los míos, hay esperanza en mi mirada y noto el momento exacto en el que se percata de ella, entonces sus irises brillan, contagiándose. —Sí, lo sé—se inclina y me besa la comisura de los labios, sólo un mínimo roce, pero nos revive a los dos. El sentimiento que hay entre nosotros


es inmenso, y suficiente—. Todo mejorará, siempre y cuando te tenga conmigo… Sonrío, llorosa. —Para siempre—susurro entrecortadamente. Entonces me besa en respuesta, nuestros labios amoldándose, fusionándose de la manera más increíble. Nos reanima el contacto, funciona como una leve anestesia al dolor, y por un momento no hay sobras extras sobre nuestras cabezas. Esto me recuerda a cierta canción que cantó para mí en una ocasión, no recuerdo su nombre, pero sí un pequeño fragmento. Unas pocas palabras, que ahora mismo parecen funcionar como un mensaje, una insignia en cual creer. “Ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor”. —Vayamos a ver a Greg—pide cuando nos despegamos. Asiento, y lo sigo a través de la casa amarrada a su mano.

Salimos del hospital, aun afligidos pero más tranquilos por la mejoría de Greg. Tenemos que estar agradecidos de que sólo haya sido un susto y no pasara a mayores. Aunque el dolor es palpable y será potente por un tiempo, porque Sandra los dejó desmembrados. Ambos estuvieron de acuerdo, a escondidas de Laura, en dejar todo como está, no revolver más en el tema. El hombre no quiere que su esposa pase por lo mismo, mejor mantener el secreto. Yo no dije nada, no era mi papel el de opinar, pero por dentro estuve de acuerdo. Mejor obviar los detalles, porque al fin y al cabo, será suficiente con el verdadero gran golpe de la noticia de la muerte de su hija. Porque, aunque no haya nada confirmado, yo no soy tonta. Sandra no va a pasar este día, Adela o quien sea, se encargará de ello.


Dos horas después, salimos de la habitación y recorremos los pasillos de la instalación tomados de la mano y en silencio. León no me ha soltado desde que despertó, y me siento perfectamente ajustada al ser su pie de apoyo en esto. Nos necesitamos mutuamente, ambos estamos conectados con un rigor inquebrantable. Su sufrimiento es mi sufrimiento. Subimos en la SUV y nos vamos del estacionamiento. Mientras ajusto mi cinturón miro a León conducir fuera, con fijeza. Está tan serio, tan apagado, y es la primera vez desde que lo conozco que soy testigo de ese estado. Y sé que no hace mucho tiempo que estamos juntos, pero sé quién es, cómo es, por eso me destroza el corazón verlo así. — ¿Podemos hacer una parada en un lugar antes de volver?—pregunta, girando su rostro inexpresivo hacia mí. Asiento sin dudar, lo que sea que necesite. Dejé a los niños con Max y Lucre, probablemente se turnaran para cuidarlos con algunos de los chicos mientras estamos afuera, me conforta saber que tenemos esa clase de apoyo incondicional. En este momento tan crítico nos hace falta más que nunca. León elige un camino de tierra que lleva a las afueras del pueblo, lo recorremos por unos diez minutos antes de ver, en la lejanía, las rejas negras de entrada al cementerio. Mi nariz comienza a picar repentinamente, me preparo en lo emocional para afrontar esto, porque ahora ha llegado mi momento de ser la fuente de fuerza para los dos. El camión se frena a un lado y nos apeamos al mismo tiempo. Camino, poniéndome a la par de los pasos largos y lentos de León, enganchando mis brazos en el suyo, colgando a su costado. Mis ojos se elevan a los suyos y recibo una media sonrisa de gratitud y pesadumbre. Paseamos apagados, alrededor de los caminos marcados en las filas de las tumbas, mi vista por delante y en el suelo porque intento que este lugar no me afecte. Sorpresivamente, nos detenemos y volteamos de frente a las lápidas. Son cuatro. Trago apretadamente al leer el nombre de Pedro en la última. Después repaso el resto, leyendo atentamente. Los padres de León


están en el medio, y en el otro extremo me encuentro con otra que nunca esperé. —Antes de que yo naciera, mis padres tuvieron otro bebé—cuenta, mirando fijamente las cuatro placas de mármol blanco—. Murió a las dos horas de vida, el embarazo de mamá fue difícil y tuvieron que interrumpirlo antes de tiempo, hubo complicaciones y Julián no lo consiguió… Aprieto los dientes con fuerza, pero es imposible no derramar lágrimas. —Después de eso lo volvieron a intentar, una y otra vez—sigue, suspirando—. Todos terminaron en aborto antes de llegar siquiera a los cuatro meses de gestación. No les quedaban más esperanzas. Entonces, sorpresivamente, llegué yo—sonríe casi imperceptible, perdido en el pesado— . Fue otro embarazo complicado, incluso peor que el primero, ellos lo vivieron como una pesadilla, el miedo de perder otro hijo los paralizaba, no se animaban a sonreír ni a disfrutar del avance de los meses, fue duro… Más de lo que yo o cualquiera puede imaginar. » Cuando la vida te golpea tantas veces, no te permitís sostener la fe por más tiempo, simplemente te volvés cauteloso… Logré sortear los ocho meses y también tuve que nacer antes de tiempo, pero superé todas las trabas. De ahí viene mi nombre, ellos me llamaron León por mi fortaleza, porque luché por vivir y superé las dificultades. Salí vencedor… será porque yo tuve la esperanza que ellos habían perdido, y al nacer, se las devolví. ¿Pero sabes qué creo? No fui yo el fuerte, fueron ellos. Y el amor que sentían a pesar de todo. Fui el regalo que Dios les dio después de tanto sufrimiento. Y agradezco haber tenido esos padres. »Por todo esto y por muchos otros motivos fui feliz cuando Sandra me dijo que estaba embarazada. Un bebé nunca debe traer las sensaciones de molestia, infortunio y duda. Sí de inseguridad y miedos, porque eso es normal. Me acordé de la lucha de mis padres por traer un hijo al mundo, y cómo mi llegada los había iluminado. ¿Cómo podía enojarme porque iba a ser padre? Yo había perdido el mío tan poco tiempo atrás, y fue un obsequio precioso recibir la noticia. No me importó mi inestabilidad financiera, mi


juventud, mi inmadurez. Desde ese momento empecé a planear mi vida para darle lo mejor a mi hijo, nada más me gobernó fuera de eso. Me armé girando alrededor de las circunstancias. Camina, yendo más hacia la izquierda, y allí, al final se estanca entre la tumba de su padre y Pedro. Lo sigo de cerca, siempre permaneciendo a su lado, sosteniendo su mano, entrelazando nuestros dedos. El viento azota mi cabello y algunas hebras se pegan en la humedad de las mejillas. —No lo puedo culpar—susurra observando la placa de su padre. La voz le tiembla y se frota los ojos con los dedos—. No puedo odiarlo. Cierro los ojos, gruesas gotas filtrándose y cayendo por mis mejillas. Mi corazón se sacude en su rincón, palpitando como si el de León le enviara sus aflicciones a través de un oscuro canal, la conexión derribándome. No sé qué pudo haber pasado entre Sandra y su padre aquella vez, seguramente nunca nadie lo sabrá además de ellos. No hay explicaciones que vayan a salir a la luz ahora. Lo que me parte el alma en pedazos es ver lo que esto le hace a este hombre fuerte y noble. No merece pasar por algo así. Le provoca un daño colosal, y por eso siento resentimiento hacia ellos. En especial por Sandra, porque ella era la pura maldad personalizada. León se repone, y aspira profundamente por la nariz para continuar. —Tampoco lo puedo juzgar, no me sale de adentro hacer eso. No sé bien lo que pasó, cómo fueron las cosas. Sandra y yo no éramos pareja. Yo me fui de su casa, lo dejé solo, aun sabiendo que estaba depresivo. ¿Cómo podría sentarme acá y odiarlo?—grita la pregunta, como si esperara que alguien además de nosotros lo escuche—. Es fácil ofenderme y entrar en el juego del resentimiento. Y siento que no puedo perder tiempo con eso, no quiero envenenarme así. Tengo opciones más productivas para elegir vivir. »Él me dio todo, hizo lo que pudo. Su vida no fue fácil, y ¿yo? Yo le falté a la promesa de mamá, me pidió que lo cuidara y lo hice sólo por un tiempo… No sé en qué instante mi vida comenzó a girar hacia otras direcciones. Pero ya está, lo hecho está hecho. A partir de ahora mismo dejo ir el pasado, lo dejo atrás por fuerte elección. Porque elijo la felicidad, como bien me aconsejó


mamá. No me sirve esto, ¿para qué? ¿Para qué, si es un callejón sin salida? No va a ningún lado. No tengo a papá en frente para pedir aunque sea una pobre explicación. Se dobla sobre sí mismo, respirando con dificultad y me inclino como reflejo para frotarle la espalda. Me dejo caer con él cuando se sustenta clavando sus rodillas en el césped. —No me importa ser un blando—murmura, perdiendo energías—. Lo único que quiero ahora es que mi vida regrese de nuevo a la normalidad. Quiero amar a esta hermosa mujer que tengo al lado, quiero ser un padre para sus hijos, si ella me deja. Deseo una familia, y es lo único que me va a ayudar a repararme de esta mierda que me acaba de golpear. Nada más— mira fijo las letras marcadas, como si fuera su propio padre el que estuviera en ese mismo sitio, escuchándolo—. En alguna otra ocasión nos cruzaremos de nuevo, quizás ese será el momento de explicarnos lo que sucedió, y tal vez pedirnos perdón el uno al otro. Vos estás muerto ahora, viejo, y yo estoy vivo, no puedo dejar que esto me consuma, porque tengo un excelente futuro por delante… y esta vez nada ni nadie va a arruinarnos la felicidad. Me seco la cara con las mangas de mi abrigo a la par que nos alzamos en nuestros pies, después él me mira, cruzando su humedad con la mía. Alzo mis manos para limpiar la piel bajo sus ojos azules ahogados bajo un manto de lágrimas que punzan ansiosas por seguir a las demás. A continuación, me alzo sobre las puntas de mis zapatos y lo beso en los labios, transmitiéndole sostén y serenidad. Antes de irnos, nos movemos hacia la tumba de Pedro y él se besa los dedos, apoyándolos en el sonrojado bebé rubio y sonriente que aparece en la pequeña foto. —Pronto estarías cumpliendo trece—dice, se esfuerza por corregir su tono inestable—. Te he dicho miles de veces lo que amaría que estuvieras acá conmigo. Lo repito cada maldita vez que vengo, y sé que desearías lo mismo. Siempre faltará un cacho de mi alma, el que te llevaste cuando te fuiste. Nunca intenté recuperarla, es tuya, sobrevivo día a día con este agujero en el pecho. Y nada nunca podrá llenarlo… pero necesito abastecer mi otra parte, la que aún vive… la que aún está conmigo. Yo sé que lo entendés.


»Y me importan una mierda los hechos, fuiste mío. Sos mío. ¿Sabes? Lo que ha pasado ahora no cambia nada. Siempre vas a ser mi bebé. Y ya volveremos a encontrarnos, estoy seguro. La vida nos puede separar, pero nunca romper nuestra conexión. Estás en mi corazón todos los días. Te amo, hijo. Nos quedamos unos minutos más dejando que la brisa nos ampare, que las silenciosas lágrimas agoten sus reservas. Esto es una despedida, aquí mismo León ha dejado el dolor y ha prometido seguir por el camino que le hace bien. Él sólo quiere felicidad, vivir el presente y soñar con el futuro que merece. Conmigo, con la familia que sé que podemos llegar a crear. Él es el padre de mis hijos, y es el amor de mi vida. Nos tenemos el uno al otro, y no me hace falta nada más para saber que juntos obtendremos el mejor porvenir. Está sólo a una corta distancia, llegaremos a él pronto.


20 Francesca —Está todo bien, lo prometo—insisto—. Ya no te preocupes. Isabel lloriquea desde el otro lado de la línea, no puede con la culpa. Ella jamás esperó que Sandra fuera capaz de hacer algo así. Confió en ella, se creyó la desesperación con la que fue a pedirle ayuda para superar la pérdida de su bebé y el alejamiento de las drogas. Isabel, con su inmensa alma bondadosa, no pudo negarle su apoyo. No la culpo, nadie en este pueblo conocía realmente a Sandra, lo que saben de ella es todo a base del pasado. Su niñez, su adolescencia que, aunque complicada, jamás creó problemas graves a nadie, y su adultez, hasta que perdió a su bebé. Después de eso ella se fue el pueblo y todos perdieron el hilo de su vida. Incluso sus padres poco sabían de sus andanzas. —Es que todo lo que ha pasado es mi responsabilidad—sigue ella, sorbiendo por la nariz—. Yo realmente me hago cargo y te pido perdón. Les pido perdón a todos. Conozco a Sandra desde pequeña, al igual que a León y muchos de los otros hijos del pueblo, nunca imaginé que ella escondía tanta fealdad en el interior. Ha cambiado tanto, y no fui capaz de ver la maldad que la consumía. Me froto la frente y suspiro. Estoy frustrada porque se sienta tan mal, pero la comprendo, de cierta forma. —Prometo que acá nadie te culpa, lo que pasó estuvo fuera del alcance de todos para poder evitarlo. Lo importante es que no pasó a mayores, y ya está resuelto—la animo.


Lo cierto es que los chicos le mintieron, convenciéndola de que Sandra había ido a la cárcel. También, le pidieron por favor que no contara nada a nadie del pueblo, porque Laura no debía enterarse. Demasiados disgustos había sufrido ya la mujer a causa de su hija. Isabel lo aceptó sin problemas. —Nos vemos el martes que viene en la terapia, ¿está bien? Del otro lado escucho cómo ella se va a calmando poco a poco antes de estar de acuerdo conmigo. —Me alegro de que sigas confiando en mí, Fran—murmura ella, sorbiendo—. Nos vemos en la próxima sesión, claro que sí—me dedica una pequeña risita temblorosa antes de despedirnos. Ya más tranquila, corto la llamada y apoyo el teléfono a un lado, sintiéndome mejor por arreglar las cosas con mi terapeuta. Lo que le dije es verdad, nadie la culpa a ella por nada. Y no dejaría de ir a mis sesiones porque la aprecio y gracias a su sustento he podido salir gradualmente del pozo y seguir adelante. Y sé que todavía queda camino por recorrer y lo quiero hacer junto a Isabel. No tengo dudas. — ¿Están preparados?—pregunta Adela, entrando por la puerta sin aviso, expulsándome de mis pensamientos. Bianca la acompaña, trae de la mano a Tony. Ambas vienen en busca de los niños para llevarlos al bar, no son más de las seis de la tarde y el clan ha organizado una comida, más íntima que la anterior. Quieren que León se recupere lo antes posible, todos ellos necesitan al viejo líder de vuelta. Abrigo a Esperanza y se la tiendo a su tía para que la tome en sus brazos, la manija del huevito va para su cuñada, a su lado. Mientras se lo engancha en el brazo, pide a Abel que tome la mano de su amigo así emprenden camino por el claro, en cadena. Antes de salir por la puerta, Adela me dedica un guiño, sabiendo que con esto me deja más espacio con León, la privacidad no es un privilegio el cual estemos disfrutando últimamente. Aunque estamos bien, pasar tiempo con Abel y Esperanza le ayuda a sanar, está muy comprometido con ellos, los ama. Ya los siente suyos, pensándolo bien, creo que nunca fueron otra cosa que nuestros niños a sus ojos. Nuestros.


Cierro la puerta sacudiendo la mano a mi hijo como despedida, me sonríe y se marcha con el resto. Está contento de ir al bar, parece que es su lugar favorito en el mundo. De él y de Tony. Será que les gusta sentirse parte de los hermanos, la admiración hacia ellos crece día a día. Cierro con llave y atravieso el pasillo hasta las habitaciones, antes de entrar en la nuestra descubro que ya se ha levantado y está tomando una ducha. León ha dormido mucho estos días, el agotamiento vino con el dolor de los últimos golpes, y tomarse un respiro de las obligaciones y sus chicos le ha sentado muy bien. Entro y le echo un vistazo alrededor, la ropa para lavar en el suelo y la cama desordenada, lo ignoro por el momento. Ahora tengo otras cosas en mente. Paso mi camisa por la cabeza, quitándomela, la dejo caer sobre el montón de ropa usada en el rincón. Le siguen inmediatamente los vaqueros y mi conjunto interior. A continuación, me cuelo en el cuarto de baño y el vapor me envuelve. El agua corre y golpea los azulejos del suelo creando ecos que lo cubren todo y, con sólo cruzar la puerta, ya se siente como abandonar la realidad y entrar en un mundo paralelo. Lejos de todo. No espero mucho para abrir los cristales y entrar en el cubículo con él. Lo primero que hago es apoyar mi mejilla en el centro de su espalda mojada, luego filtrar mis brazos por sus costados hasta apoyar mis palmas en sus pectorales. No se tensa con mi toque, al contrario, se ablanda como si estuviera esperándolo y deseándolo como ninguna otra cosa, frota el agua que le cae en la cara. Suspiro, metiendo el aire caliente y húmedo por mis orificios nasales mientras mi cuerpo comienza a rociarse también. Pronto, todo mi torso está soldado al suyo, su piel resbaladiza surtiendo efectos bienvenidos en mis senos, en especial, a mis pezones que se endurecen contra él. Sus grandes manos se tienden sobre las mías, correspondiendo al abrazo y entretejiendo nuestros dedos, oigo su corazón latir en sus profundidades, y un suspiro aligerarse a través de sus labios. No logro registrar el tiempo que permanecemos en esta posición, nuestras respiraciones atravesando una metamorfosis, de lentas a superficiales. De un instante a otro me encuentro deslizando mis palmas, descendiendo desde su pecho a su vientre marcado,


trazo el relieve con las yemas de mis dedos, y me percato de todos los músculos que se atirantan manifestándose con mi contacto. Un estremecimiento silencioso lo cala cuando acabo más abajo, lo más cerca de su pelvis. La presión de sus manos en las mías me arrastran a acariciarlo directamente en su virilidad ya tiesa y grande, preparada. Mi puño, bajo el suyo, se deja dirigir y el ritmo va creciendo frenéticamente, hasta que estamos temblando de anticipación. Su otra mano deja ir la mía y se apoya en los azulejos frente a él, su gruñido retumbando en el hueco donde nos perdemos el uno en el otro. Le beso la espalda a lo ancho, bebiendo las gotas gruesas de agua caliente que se reciclan, y me obliga a cerrar más ceñidamente mis dedos en su pene, él acelera los movimientos de nuestros puños al advertir mi lengua lamerlo y mis dientes rozarlo. Súbitamente, se desenreda y gira de frente a mí, así castiga mi boca con la suya, invadiéndola sediento y necesitado. Sus dedos avanzan directo entre mis piernas, perdiéndose en mi sexo ya mojado y en alerta, gimo en sus labios cuando se fuerza dentro. Me penetra al mismo tiempo que me arrincona contra la pared resbaladiza. Juega conmigo mansamente, logrando introducirme en un trance condensado, donde pierdo cualquier capacidad de pensamiento racional, mi mente sólo encendida y concentrada justo en el lugar donde él entra, sale y masajea con precisión, aflojándome las piernas hasta que ya casi no puedo sostenerme. —Te extrañaba—dice junto a mi oído, despejando el cabello detrás de mi hombro. Sí, lo sé. Yo también echaba esto de menos. La conexión, la perdición. Necesitaba que los dos nos olvidáramos de nuestros nombres y empujáramos nuestros cuerpos a unirse y sentir estas excitantes oleadas de goce. A ambos nos hacía falta la desconexión con el mundo a nuestro alrededor. León me penetra con más insistencia añadiendo dos dedos más y me arqueo contra los azulejos, cerrando los ojos. Me muerdo el labio y aun así mis lloriqueos llenan el espacio vaporoso, incrementándose porque se


arrastra hacia abajo y lame mis pechos, pausada y tormentosamente. Me estremezco, la piel se me eriza y él muerde. Me sobresalto con la sensación agradable que envía olas de electricidad en todas direcciones a través de mi cuerpo. Las penetraciones se vuelven salvajes y abro más las piernas para darles la bienvenida, mi centro se contrae y no espera más para explotar. Esta vez León no acalla mis largos quejidos y entremezclados jadeos, permite que los dos disfrutemos de la pérdida del control. La fuerza de mi sostén me abandona, mientras me oigo a mí misma crear ecos de éxtasis que nos rodean y nos roban el aliento. Ni siquiera estoy reparada de los asaltos y contracciones cuando me voltea y con movimientos suaves estira mis manos a apoyarse en la pared, mi espalda ondea y, sin siquiera estar consciente de lo que hago, froto mi culo contra su sexo hinchado y sensible. No me pone nerviosa el hecho de que no puedo verlo desde mi posición, por el contrario, me vuelve un poco más loca. El pelo cae a los lados de mi cara, grumoso y empapado, mis palmas se adhieren en los azulejos calientes y tiemblo al sentirlo frotarse contra la humedad pegajosa de mis labios íntimos. Me divide, pero nunca penetra, va de adelante hacia atrás creando una fricción que me tiene rogando en poco tiempo, ya otra vez hambrienta. Lo único en lo que puedo pensar es en cuanto deseo su sexo llenándome por completo. —Por favor—le pido, mascullando ahogada. Ni siquiera estoy segura si es audible, aunque no importa, porque sigue jugando conmigo. Quizás ignorándome, o realmente sin escucharme. Sólo se introduce unos pocos centímetros, estirando mi entrada y, mientras me contraigo dándole la bienvenida, se escapa y me deja otra vez con esa insoportable sensación de vacío. —Por favor, León—le pido, y esta vez sí que sonó alto y desesperado. Me parece oír una risita de su parte, pero no logro estar segura. Sólo noto que despeja mi pelo hasta que cae sólo desde un hombro y se encorva para besarme la espalda, remontando hasta el cuello. Los sonidos de succión


son mi ruina. Bailo mis caderas, buscando atención y él amasa mis glúteos, clavando sus dedos tan sólidamente que me provoca un ramalazo de dolor. No me encrespa, porque inexplicablemente el placer se vuelve más punzante y agudo. Me pellizca con los dientes el punto justo detrás del oído y allí es cuando se entierra en mí desde atrás, el impulso afloja mis manos y termino con la mejilla aplastada contra los mojados mosaicos. Cada avance de sus caderas me quita el aire, mis pulmones sin poder reunir lo suficiente. Hay fuertes e insistentes chillidos, estoy negada a aceptar que son míos, aunque es imposible no hacerme cargo. Jamás detoné de este modo. León apoya su peso en una mano junto a mi cabeza y se da más envión, irrumpiendo con poderío, su pelvis golpeando mis nalgas, el ritmo creando detonaciones repetitivas. Su brazo libre se introduce entre la pared y yo, y me acaricia los senos y el vientre hasta que baja para provocar mi clítoris, mientras sus impulsos se vuelven más y más implacables. Capto cómo se hincha entre mis muros y todo su enorme cuerpo se endurece detrás de mí. Allí mismo ruge y me muerde el cuello, las yemas de sus dedos me llevan por el camino final, mientras se derrama en mi interior. Me sacudo con su última estocada, mis rodillas se transforman en papilla inestable y él me sostiene rodeándome a la altura de la cintura para que no ceda y me derrumbe, a la par que los dos perdemos la dirección de nuestras gargantas. Gruñe, me retuerzo, aúllo y lo acuno en mis profundidades hasta que no queda nada. Sólo dos cuerpos sin energía, apretándose contra el rincón de la ducha. El peso de León me estruja quitándome el aire y es lo que menos me interesa, esto es lo más cercano a estar en el cielo. Gradualmente, ambos latidos, respiraciones y temperatura corporal van regresando a la normalidad. Jadeo al apreciar cómo se retira de mi interior, lentamente, mi sexo vacío se contorsiona y suspiro, mi piel erizándose por última vez. Me invierte unos segundos después, así estamos de frente una vez más, y nos besamos pacífica y profundamente. No me muevo cuando toma uno de los jabones y comienza a lavarme, le permito hacer. Adormecida y floja. Satisfecha. Con mis párpados pesados estudio su rostro y le sonrío,


paseando mis manos por su pecho hasta abrazarlo por el cuello y elevarme a besar sus comisuras. —Te amo—le murmuro. Se inclina y apoya su nariz en la mía. —Te amo, también—sonríe, sus ojos brillan. Lo aprieto, apoyando mi mejilla junto a su corazón, el mío bombea con locura y los ojos se me llenan de lágrimas, porque poco a poco puedo sentir que está volviendo a ser el de antes. Y me hace feliz saber que mi presencia y cariño lo ayudan a curar. Tanto como él hizo conmigo.

Salimos de la cabaña y el frío aire de la noche nos circunda súbitamente, por eso me ajusto el frente del abrigo, encogiéndome. León cierra la puerta a su espalda y se viene sobre mí, pasando un brazo por mis hombros, apretándome contra su costado. Me acurruco, caminando despacio dejando atrás el claro. Cuando el bar aparece ante nuestra vista, nos extrañamos por el inusual silencio que viene desde el interior, y al asomarnos desde las ventanas descubrimos que está completamente vacío. León y yo nos miramos con duda y preocupación, mientras entramos por la puerta. Un ruido viene desde la cocina, segundos antes de que Adela aparezca y nos sonría desde la arcada. —Estamos todos atrás—avisa. La seguimos, León frunciendo el ceño. — ¿Atrás?— pregunta.


Abandonamos la puerta de la cocina y Adela nos dirige por entre los árboles. A medida que nos perdemos, noto un intenso resplandor iluminar los alrededores, acompañado de las risas y voces festivas de todos. Descubrimos que han avivado una gran fogata, la cual rodean perezosamente, mientras se preparan para la cena. El ambiente es íntimo, cálido y chispeante. Una ancha sonrisa nace en mi rostro cuando distingo que León está sorprendido y entusiasmado con la idea. Nos aproximamos, tomados de la mano y los demás nos sonríen y llaman con bienvenida. Lucre levanta la mano, saludando mientras mueve adelante y atrás el carrito de los gemelos. Max y Santiago están alrededor de la parrilla, atendiendo el asado. Alex está apoyado en un árbol con Gusto y Jorge, los tres disfrutando sus cigarros, compenetrados en lo que están hablando. Adela se deja caer junto a Bianca, que permanece junto al fuego, Esperanza en el hueco de su codo, y una manta sobre sus hombros que las cubre. Está sonriente y parece que le encanta formar parte de la escena, se ve como si estuviera empezando a encajar. León me besa en la sien y me suelta para que vaya con ellas y él enfila hasta el grupo junto al árbol. No me pierdo la alegría con la cual lo reciben, palmeándole el hombro y convidándole un cigarro. Sonrío mientras no le quito la mirada de encima y me acomodo junto a Bianca. Abel viene corriendo hacia mí y me da un afanoso apretón en torno al cuello y, antes de que siga jugando con Tony, le cierro más los botones del abrigo. Los dos niños desaparecen, quemando energías sin parar con sus triciclos. —Ya, en serio—dice Adela, diversión escondida en su voz—. Deja de mirarlo así, vas a ponerlo incómodo. Giro mi cabeza para encontrarme con el rostro ruborizado de Bianca, ríe por lo bajo, negando a su cuñada. No caigo en la cuenta de lo que están hablando hasta que las dos vuelven a posar la atención en Alex. —Es que es un poco difícil hacer eso—cuchichea la chica, ajustando la manta alrededor de mi hija.


Me rio y también me fijo en Alex. Está apoyado en el tronco aún, relajado y ocioso, tiene el cabello castaño desordenado y la barba bastante crecida, se ve muy atractivo. Sin contar con que el fuego aviva sus ojos de lobo, incluso más de lo habitual. Concuerdo en que es impactante su imagen y comprendo que Bianca permanezca tan embobada con él. Parecería un modelo si no estuviera enfundado en tatuajes y cuero. Se ve más como el irresistible chico malo. Bueno, supongo que todos los integrantes de esta hermandad entran en la misma página. Son la clase de hombres por los que los padres decentes advierten a sus hijas. Rudeza y encanto no eran capaces de ir de la mano hasta que estos muchachos nacieron y se juntaron sobre esta tierra. Para mí, son más que sólo un grupo de chicos malos. Y opino que cualquier mujer querría ser amada por uno de ellos, sin duda alguna. Y el amor de mi vida es el líder. —No le gusta la atención—cuenta Adela, todavía fijándose en él. Bianca suelta una risita. —Ni siquiera se da cuenta—dice—. Seguiré a escondidas. Deja escapar un suspiro y posa de nuevo sus ojos enamoradizos en el hombre, otra vez. —Estos no son como los hombres que aparecen en tus novelitas adolescentes y comedias románticas, ¿sabes?—le avisa Adela. Bianca forma un puchero en sus labios, y finge estar ofendida pero se nota que lo que sea que diga Adela no la afectaría en lo más mínimo. —No soy tan ingenua como aparento—remata, volviendo a la seriedad. Adela y yo la observamos atentamente por un rato, intentando descifrarla. Ella sólo mantiene los ojos en el grupo de hombres, entretenida. Hasta que Max grita a todos que se arrimen porque ya está lista la cena. Reparten el pan para armar los sándwiches con la carne que sigue. Los hombres se consiguen sus cervezas y se mantienen de pie, y las mujeres nos adueñamos de las mantas en el suelo. Tomo a Esperanza de los brazos de


Bianca para que ella pueda cenar tranquila, la acomodo contra mí y sigue durmiendo como si nada, seguro debe haber estado pasando de mano en mano mientras no estuve y ha quedado agotada. Comemos entre bromas, charlando sobre temas banales y sin sentido, dejándonos llevar por el momento, suavizados y con la guardia baja. Sin nada que opaque la experiencia. Oigo al otro lado de la fogata las graves carcajadas de León que está poniéndose al día con los demás, y es refrescante saber que esto le sienta de maravilla. Todo está volviendo a ser como antes. —Están bien, ¿no?—me interrumpe una voz a mi derecha. Me encuentro con que Adela se ha cambiado de lugar, al otro lado de mí, y está atenta a mi rostro, interesada en nuestra situación actual. —Sí—sonrío—. Todo va mejorando día a día. Estamos perfectos—le aseguro. Ella sonríe y toma un sorbo de su cerveza, lleva su escrutinio a los hombres, se fija en León y luego en Santiago, que también se ha integrado y parece disfrutar del intercambio, aunque no sonríe tanto como los demás. Eso es mucho pedir para él, tiene una personalidad muy particular. —Gracias—le suelto, mi tono bastante firme y al extremo sincero—. Gracias por todo lo que hiciste por nosotros. No sólo por mí y los niños, sino por León… y por haber tomado el mando de la situación, días atrás. Nunca le pregunté qué pasó con Sandra, y prefiero mantenerme en la ignorancia. La verdad es que no me importa, me alcanza con que no nos moleste nunca más, y Adela ya aseguró que eso está garantizado. Me aterra pensar en lo que pudo haber pasado, ella estaba muy enojada y estuvo encantada de hacerse cargo de la mujer. No creo que alguno de los hermanos estuviera dispuesto a hacer algo al respecto, por más mala que fuera ella. No puedo hacer menos que respetar esa postura. En cambio, con el tipo que acompañaba a Sandra no fueron tan prudentes, él también pagó.


En poco tiempo viviendo con ellos entendí varias cosas, y ciertas reglas particulares. Acá no nos rige la justicia. En este mundo, el que las hace las paga. Existe la venganza y parece ser el plato principal en cada conflicto, no les tiembla el pulso a la hora de obtenerla con creces. Es un universo paralelo, donde hay muchísimo mal, pero también existe el bien. Yo soy parte ahora y la verdad es que ninguna de sus políticas me asusta, es el lugar donde he revivido después de años estando adormecida y reducida no sólo por Álvaro, sino también por la vida misma. Ésta es la única gente con la cual no me siento fuera de lugar. Y, por sobre todas las cosas, es el único sitio en el mundo donde me he sentido amada por completo y sin reservas. Donde mis bebés y yo conseguimos nuestra segunda oportunidad. —Ustedes son mi familia, Fran—dice ella, clavando sus pozos plateados en los míos, francos—. Haría lo que sea por la gente que quiero. Eso es lo que recubre el recinto a diario: lealtad. Parece ser un profundo valor arraigado en cada uno de los miembros de este clan. Así que, ¿cómo podría juzgarlos? Están en mi corazón. León rodea el fuego y se aproxima, sus cálidos ojos estacados en los míos, sonrientes. Le devuelvo el gesto, dulcificándome. Él se instala a mi espalda y abre las piernas que acomodarme entre ellas, suspiro y cierro los ojos amortiguando mi espalda en su pecho. Peina mi cabello largo hacia atrás, y despeja mi cuello para plantar una cadena de besos a lo largo. Instantáneamente me incorpora justo en medio de un trance. Y unos minutos después salgo despedida para encontrar a Gusto frente a nosotros, sonriente, con una pizca de picardía en los ojos oscuros. León eleva la vista y frunce un poco el entrecejo al percatarse de que él le está tendiendo su guitarra. —Es hora de que nos deleite por un rato, jefe—pide, sus comisuras hacia arriba. Detengo el aliento, sabiendo que a León le cuesta exponerse y cantar para los demás. Y caemos en la cuenta de que a nuestro alrededor se han reunido todos. Max y Lucre, y Adela y Santiago están en una posición similar


a la nuestra, enredados, y nos observan expectantes. Bianca ha quedado plantada junto a Alex y también está ansiosa por música. Tragando, León acepta la guitarra, y muy despacio voy alejándome de él, para darle espacio de movilidad. —Sabía que ya te la ibas a cobrar, hijo de puta—le dice a Gusto, aunque no se ve enojado en absoluto. El chico se ríe y se lanza por un lugar, al otro lado de la hermana de Santiago. —Tuve que irrumpir en tu casa para conseguirla, espero que mis esfuerzos valgan la pena—dice, haciéndose con una cerveza. —Ya vas a tener tu merecido por corromper mis guitarras—escupe León, pero todos sabemos que está bromeando. Abel y Tony se cansan de correr alrededor y se desploman cansados entre nosotros. El primero elige acurrucarse contra mí, entonces estiro mi brazo enfundado con una de las mantas y nos envuelvo a los tres, Esperanza sigue dormida. El segundo permanece cerca de su padre, entre él y Max que tiene a Lucre rodeada. —Bueno…—se filtra la voz cautelosa de León junto a mí—. ¿Alguna propuesta? Nadie dice nada, todos lo observan, esperando que él tome el control. —Elegí lo que sientas que quieras compartir con nosotros—le murmuro, inclinándome sobre él. Él agradece mi sugerencia dedicándome una sonrisa, la duda abandonando sus ojos. Cierra la distancia entre nuestras bocas y me besa de una forma dulce y caliente, que me tiene perdida por varios segundos después de alejarnos. Me ruborizo al detectar que toda la reunión vio eso, por suerte nadie dice nada al respecto. Y todo se olvida en el momento en que los dedos de León toman la iniciativa sobre las cuerdas, creando los acordes de una canción que ya ha cantado para mí, y que es una de mis


favoritas por el profundo sentido de humanidad que irradia. Sé que a León lo identifica. Su voz cruza el claro y los demás, alrededor, detienen el aliento congelados. Hipnotizados porque León se abre ante ellos. Soy mi propia religión, mi soberano, yo me enseño. Pretendo ser real y todavía soy un sueño. Soy mi propio enemigo y me importa la derrota. Tu mirada se me nota, es mi cáscara y mi ropa. Los ojos se me inundan y sonrío cuando o suyos, tan azules y resplandecientes por el reflejo del fuego, me dan una profunda mirada, siento como si viera todo dentro de mi alma. Yo soy, aun no soy mío y aunque quiera ser mi dueño, envejezco y me hago grande y todavía no me tengo. Soy mi dolor, soy mi condena, soy el veneno de mis venas. Soy mi remedio, soy mi cura, la enfermedad es mi cordura. Tengo duras las pupilas, tengo corta la mirada. Y si en el fondo hay algo bueno, lo imagino, no lo veo. Tengo celos, tengo envidia, tengo bronca y me lastimo. No piensen que soy humilde, yo sólo me subestimo. Y aunque me parezca a todos y me confunda con la gente, soy como nadie, soy diferente. Soy mi maestro, mi referente. Soy lo que siento, lo que me pasa, ese es mi templo, esa es mi casa. Soy como nadie, soy diferente. Yo soy mi Dios, mi referente. Soy legal, clandestino. Un cordero y un asesino.


Munición sin escopeta, un caballo salvaje en una carreta. Soy leal, soy celoso. Tengo códigos como un mafioso. Los dementes me acompañan, mis amigos no me extrañan. Soy temerario, perseguido, malpensado, retorcido. Estoy enfermo de humanidad, bebiendo luz de la oscuridad. Como aun no soy consciente, necesito de la gente. Por dentro soy vulnerable, por fuera autosuficiente. Soy la fuerza del vapor, una mezcla de agua y fuego. Yo soy semilla de sol, un enviado del cielo. Me desvela descubrir el corazón tras tanto velo. Soy luz intermitente, soy pájaro que aún no vuelo. Cuando de nuevo llega el estribillo me tomo un instante para repasar los rostros de los demás, el sentimiento que León le da a la canción los tiene atrapados. Lucre y Bianca lloran en silencio y los hombres se mantienen inmóviles, incapaces de quitar los ojos del líder. Adela tiene un brillo emotivo en la mirada, podría traducirla como profunda admiración. Ahí en esa podredumbre está la fuerza de la flor. Ahí donde la vida duele, curan los ojos del amor. Ahí cambias la suerte por el impulso de crear. Ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiar. Vuelvo mi atención al hombre que amo, y él me da una sonrisa débil detrás de sus palabras cantadas. Mi corazón crece el doble de su tamaño entre mis costillas, y golpea con potente insistencia. Más lágrimas


abandonan mis ojos, la conmoción erizándome la piel. Sigo escuchándolo al mismo tiempo que acurruco más a mis hijos contra mí calor. Ahí en esa podredumbre, se encuentra en compost de mi flor. Ahí donde la vida duele, se abren los ojos del amor. Ahí en el pozo de la desidia, germinan ganas de crear. Ahí reconocernos es suficiente, es empezar a cambiarnos. Soy lo que siento, lo que me pasa. Ese es mi templo, esa es mi casa. Soy como nadie, soy diferente. Yo soy mi Dios. Ahora, en la última parte de la canción Lucre se une, creando un coro con él. Aplausos acompañan el ritmo y más voces se van sumando. Incluso Bianca entona la letra como si fuera un himno. Y en cierta forma lo es, esto define a León. Los Leones, este lugar, su guitara, esta gran familia. Nosotros. Mis hijos y yo. Sueldo mis ojos en él, sólo en él, y el entendimiento me golpea, calentándome desde el interior. León es mi salvación, cambió mi vida por completo. Le ha dado un giro entero a mi mundo, no para ponerlo patas arriba, sino para enderezarlo y darme motivos para creer que merecía las oportunidades que me fueron dadas. Para creer que es posible que un hombre como él ame a una mujer como yo. Él me dio felicidad, seguridad, amor. Junto a él descubrí quién soy yo en realidad: una mujer que vale mucho, una madre. Alguien que tiene mucho para entregar todavía. Estaba perdida y él me encontró, me trajo de regreso al mundo real, donde sí hay maldad, pero ya no permito que me llegue adentro. Y me protege. Me devolvió el amor propio, la seguridad, el deseo, las ganas de seguir. Meses atrás habría sido imposible imaginarme así, junto a él, siendo abrazada y besada. Permitiendo que sus brazos me abriguen, sus labios me


recorran y sus ojos me devoren con hambre. Si me lo hubiesen dicho con antelación me habría horrorizado y asustado, porque no me sentía capaz de abrirme a un hombre, no después de todo lo que viví. Pero, ¿ahora? Ahora mismo no me imagino una vida sin él, sin despertar cada mañana y verlo abrir sus ojos azules soñolientos iluminados por el sol, con su pelo rubio oscuro despeinado. No me imagino mis días sin presenciar su instinto paternal hacia nuestros hijos. Vuelvo a la realidad cuando la música para y escucho a las mujeres sorber por la nariz mientras se secan las mejillas, los hombres encienden sus cigarros en silencio, aun sin habla por el sentimiento que nos invadió al comenzar la canción. León deja la guitarra a un lado y se estira hacia mí, barre las gotas que caen desde mis pestañas y suelda su boca en la mía. Enardecido y feliz. — ¿Qué estás pensando?— me susurra, rozándome los labios con los suyos. Sonrío, mirando directo a sus pupilas. —En lo afortunada que soy de haberte encontrado—musito, mi voz temblorosa por el llanto anterior—. Lo pensé cuando era una niña de diez años, y lo pienso ahora…Estoy infinitamente agradecida de que la vida te haya puesto en mi camino de nuevo. Sos mi felicidad, mi todo… Y te amo con una fuerza que jamás pensé que llegaría a tener. El azul de sus irises se espesa y su expresión risueña lo abandona para colocar en su semblante el más intenso y magnífico escrutinio, lleno de cariño. —Estoy seguro de que no merezco la bendición de tu presencia en mi vida—dice, firme y ronco, su pulgar paseando lentamente por mi cuello—. Pero no me importa, en esto voy a ser egoísta, porque simplemente me moriría si no te tengo. Ustedes son mi fuerza, le dan un millón de sentidos a mi vida… Y te amo como nunca antes pensé que sería capaz de amar—me besa la frente y cierro los ojos con la sensación—. Creí que lo sabía todo sobre el amor. Sin embargo, estaba equivocado. De lo que no tenía ni idea


era que podía romper todos los malditos límites de una persona, en tal medida, que se pierde a sí misma para siempre… »Yo ya no soy mío, soy tuyo. Trago el nuevo bulto reciente en mi garganta, llevo una mano a su rostro y le acaricio la mejilla áspera. —Y yo soy tuya, hasta mi último aliento—juro. León me devolvió la vida, me ayudó a renacer. Y quiero vivir el resto de mis días a su lado, es lo único que le pido al destino.


El dulce sabor de la venganza El sentimiento de venganza está mal, es enfermizo. O eso he escuchado en varias ocasiones. ¿En serio? No voy a tomar ese principio, en realidad, me importa una mierda si el diablo me arrastrará por esto. Las personas sacan lo peor de mí cuando se meten con lo que es mío. Francesca, Abel y Esperanza son mi familia, tal como cualquiera de los Leones. Al igual que Santiago. Son míos. Si alguien los amenaza de alguna manera, se las tendrá que ver conmigo. Por eso ahora mismo estoy siendo gobernada por la sed de venganza. Una que pienso saciar sin reservas, sin principios de humanidad. Una persona pierde sus derechos en el mismísimo instante en el que viola los de otra. Así funciona desde este otro lado. Quien me las hace, las paga. No me importa que me toque el papel de sádica. Ya hay sangre en mis manos, he apuñalado a un hombre, y hasta he empuñado armas, volándoles los sesos a una docena más. No hay remordimientos, ellos eran el enemigo. O matas o mueres. A estas alturas he aprendido mucho sobre la vida de este lado de la cuerda, acá no existe otra justicia que ésta. La gente debe pagar por lo que hace con sangre. Con muerte. Las lacras no pueden escapar y disfrutar de la libertad, porque ellos simplemente acaban volviendo para joderte. Siempre. Por eso mejor bien dormidos y a tres metros bajo tierra, al menos te quedas con la seguridad de que no van a robarte la calma una segunda vez. Me paseo sobre mis botas, los tacos resonando en el galpón del taller. Me cruzo de brazos y observo a esta linda damita loca que yace inconsciente atada a una silla. Ella tuvo la osadía de molestar a la gente que aprecio, y en este oscuro lugar soy la única que puede devolverle el favor con creces. Mis compañeros se niegan a infringirle cualquier daño, por más perra hija de puta que sea. Nadie lastima mujeres en este lugar. Es por eso que el trabajo


queda completamente en mis manos. Y, que conste, si el asunto no fuera así, igualmente habría elegido tomar la iniciativa. Esta no se me puede escapar. Está acabada. La noqueé mientras cuatro hermanos intentaban reducir a León, ella seguía rociando veneno en todas direcciones, ensañada, y tuve que frenarla. Es de las que disfrutan del dolor de los demás, y ahora quiero ver cómo se las arregla estando del otro lado, recibiendo su merecido. Va a verme disfrutar su sufrimiento, voy a ser su maldito reflejo. Y no le va a gustar. — ¿La llevamos al galpón?—pregunta Santiago desde la entrada. Camino hasta él, parándome justo en sus narices. Inclina la cabeza a un lado mientras me repasa ida y vuelta mecánicamente con sus ojos como la medianoche. Estiro mi índice y arrastro la punta de la uña por su cuello, a lo largo. —Tengo una idea mejor—sonrío de lado, y sé que mis ojos muestran un brillo peligroso. El brillo peligroso que a él le excita. Alza una ceja, y es el único movimiento que su rostro de granito me muestra. —Bien—dice, por lo bajo. Me levanto sobre las puntas de mis pies y dirijo mi boca roja a la suya, descubro mis dientes y me robo su labio inferior antes de besarlo con ardor y dejarlo ir. —No vas a necesitar ayuda, entonces—prueba de nuevo. Niego, aflojando el puño en su ropa, y camino hacia atrás volviendo a mi punto de partida. Desato a la zorra durmiente y dejo caer su cuerpo laxo al suelo, ni me preocupa si se golpea en el proceso. Ajusto nuevamente las cadenas en sus muñecas y tobillos. La hago rodar boca arriba y consigo el balde de agua helada que la Máquina acaba de dejar junto a la puerta. Con precisión lo vuelco entero sobre su cara y torso. La puta boquea de regreso a la realidad, su rostro rajado por la mitad reviviendo, sus ojos inestables se


posan en mí. Lo primero que hace es sonreír, una expresión de locura acompañando el gesto. — ¿Qué vas a hacer, chiquita?—pregunta, su lengua trabándose en cada palabra—. ¿Crees que te tengo miedo? Me río, negando con burla. Busco una tijera entre todas las herramientas que hay acá. Y después de conseguirlas me dirijo hacia ella, inclinándome. Expulsa una bola de saliva al tenerme al alcance, no esperaba menos de la víbora, por eso la evado con facilidad. Como respuesta, la giro una vez más sobre su estómago con tosquedad, y sujeto sus muñecas atadas, las levanto, alejándolas de su espalda hasta que no da para más y empieza a quejarse y removerse. Un único embate con mi bota y el hueso del codo chasquea, el grito que desgarra su garganta hace temblar las paredes del oscuro y frío cuarto. Está gimiendo para el momento en que cambio su posición a la anterior y comienzo a cortar sus ropas para quitárselas. Apenas se mueve, dejándome terminar con mi trabajo, el dolor en su brazo la tiene paralizada para mi beneficio. Acabo, dejándola en su simple y diminuta tanga negra de encaje. Respira con dificultad, ni siquiera prestándome atención. —Ya jodiste lo suficiente, zorrita—rujo ahogadamente cerca de su cara—. Se terminó tu mierda. Saco una mordaza de bola desde mi bolsillo y se la coloco, ajustando el cuero tanto como mi fuerza me deja. Ahora la que manda, tanto física como verbalmente soy yo. —Tomaremos un breve paseo, chiquita—le aviso, llamándola de la misma forma que hizo antes conmigo. Gime detrás de la bola de goma cuando la muevo, su brazo dislocado baila al ritmo. Me paro junto a su cabeza y me agacho para ajustar mis manos en la longitud de su pelo liso y castaño. Entonces la arrastro, ignoro sus quejas mientras su piel desnuda y pálida raspa contra el suelo sucio. Me detengo para tomar aliento al llegar a la puerta, entonces me fijo en la


distancia que hay entre el taller y el galpón, no es demasiada, pero va a servir. El recorrido va a doler, el piso entre los árboles está lleno de ramas caídas y gramilla. Me preparo y emprendo mi tarea, acarreándola de los pelos, aullidos ahogados se entremezclan con el silencio de la noche, cortan la calma de los alrededores. El sonido de su cuerpo extendiéndose es como música para mis oídos, reparo en las huellas que vamos dejando en el lodo, las ramas removidas y quebradas. Sandra llora y sus lágrimas son recibidas como mi jodido regalo de navidad. — ¿A cuánta gente has hecho llorar a lo largo de tu vida?—le pregunto mientras forcejeo con su peso. Con cada tirón de pelo y avance, ella se encoje, le duele y a mí me encanta. La roto a mitad de camino, la piel sucia y raspada de sus tetas y torso a la vista. Sigo, sus gritos aumentando detrás de la mordaza, ya que entre los raspones y el brazo roto, tiene mucho daño con el que lidiar. —Ahora vas a tener la cuota final que te corresponde—le prometo. Llegamos a duras penas al galpón, hago a un lado la puerta y entramos. Agotada, la cierro para que nadie nos moleste y después dejo a un lado el cuerpo de Sandra, así tomo asiento para recuperar el aliento, mientras la miro llorar en el suelo. Su mejilla abierta ha comenzado a sangrar de nuevo y las gotas caen al suelo, mezcladas con la sal de sus lágrimas. Bah, seguro no es sal, sino veneno. Y su sangre, ácido. Me recupero en pocos minutos y voy directo a ella para empezar. La atraigo hasta la silla que siempre usamos, hago uso de toda la maldita energía que me queda para sentarla y amarrarla para que se mantenga erguida. La observo por un tiempo, tomando nota de la suciedad y la sangre seca de los raspones en sus piernas y torso, que se infla y desinfla a causa de las desesperadas bocanadas de aire que intenta meter en sus pulmones. Está asustada, intenta esconderlo con un ceño fruncido de lo más ridículo, pero que no se crea que no tomé nota de sus lágrimas mientras la arrastraba como se merecía.


—Vamos a limpiarte un poco, ¿qué te parece?—comento, recorriendo el lugar. Encuentro un balde en un rincón y contemplo la idea. No, mejor no. Tengo algo mejor. Me dirijo a la puerta y llamo al primer hermano que aparece ante mi vista, es Alex, y le pido que me traiga una de las mangueras que se enganchan en la bomba de agua del patio, asiente sin siquiera preguntarme para qué. No hay nadie que quiera saber los detalles del asunto. Me dirijo hasta mi chica y la desengancho de la silla, la empujo al suelo reiteradamente y de su boca salen ahogados chillidos que me hacen pensar que está maldiciendo. Me gustaría escucharla, pronto voy a quitarle la mordaza, decido por dentro. La ruedo, busco otra cadena para unir las de sus tobillos y muñecas en cada uno de sus extremos, la arrastro hasta el centro del lugar y le echo un vistazo al gancho que cuelga del techo. Bien, esto no hace mucho que ha sido colocado, creo que nadie lo usó. Seré quien lo estrene. En la pared se encuentra la ruleta, que hago girar desde la manita hasta que el sistema de gruesas cadenas empieza a desenroscarse, sigo hasta que el gancho está casi rozando el suelo y allí mismo lo uno a las ataduras de sus tobillos. Una vez hecho todo el trabajo, me ocupo, a duras penas, de subirla, enroscando las cadenas otra vez. Poco a poco el cuerpo de Sandra se va elevando; primero sus piernas, luego sus caderas, su espalda, su cabeza. Hasta que toda ella está colgando del techo, balanceándose con la cabeza abajo. Ruidos interminables llegan hasta mi sitio desde su boca incapacitada. Me río a carcajadas. Y observo la escena con gran diversión, su largo pelo sucio suspendido, su rostro tiñéndose de rojo, casi morado por la presión corriendo a su cráneo. La herida en su cara retoma el sangrado abundantemente por la situación en la que está su cuerpo. Jadea violentamente al quitarle la mordaza, hilos de saliva cayendo desde el objeto y su boca. Hago una mueca de asco y justo en ese segundo Alex me golpea para entregarme la manguera. Le pido que haga correr el agua y recibe la orden sin problemas.


— ¡Hija de puta!—aúlla ella cuando la primera corriente de agua fría y potente se estrella contra su pecho. Grita, se remueve y me maldice de miles maneras diferentes, hasta que pierde el aliento. Yo sólo la ignoro, viendo el efecto que el baño consigue en ella, el agua está helada y en menos de dos minutos la tengo castañeando los dientes con violencia. Cuando me canso de sus vómitos verbales coloco la abertura de la manguera justo en su cara y el agua la calla. Se le cuela por la boca y la nariz, y se atraganta. Sigue ahogada por un rato después de que le grito a Alex que corte el torrente. Se sacude sin parar y lloriquea mientras me alejo y enciendo un cigarro. Salgo a la intemperie, abandonándola allí colgada y me apoyo contra la pared, relajada. — ¿No te da remordimientos?—me pregunta el Perro, deslizándose conmigo hasta sentarnos en el suelo. Niego, despido el humo por entre mis labios, él me imita. —No—respondo, mirando a lo lejos—. No si no pierdo el enfoque. No si me recuerdo a cada segundo las cosas malas que hizo. Asiente, pensativo. — ¿A vos?—quiero saber, estudiando su rostro— ¿Cómo es que no te alejaste como los demás? ¿No te altera saber que estoy torturando a otra mujer? Suelta una seca carcajada, negando con el cigarro en sus labios. —Ella usó a su hijo muerto para hacerle daño a León, incluso hizo lo mismo cuando estaba vivo. Apuntó a un bebé con un arma, amenazó a otra mujer indefensa. Mató, también. ¿Merece mi compasión? Que se joda…— escupe. Lo observo con los ojos entrecerrados, jamás lo había visto así de agrio y rencoroso. Aunque concuerdo con él, esta víbora hizo cosas muy malas, y lo


peor, metió a su hijo en el medio. Usó su muerte para destrozar a León, para hacerlo papilla. No merece nuestro respeto. Seguimos en silencio por un rato, escuchando las quejas y llanto que vienen desde el interior del galpón. No creo que falte mucho antes de que pierda el conocimiento. Una vez que lo haga voy a mojarla de nuevo para que despierte. Lo haré tantas veces como pueda, hasta que esté casi en las puertas del infierno. No va a salir de esta, si yo la entregara a la policía ella sería enviada a un loquero y declarada inimputable, por su inestabilidad mental. Pero ella no está loca, sólo desquiciada y resentida. Su locura es sólo un papel que actúa para justificar su maldad. No la quiero en una institución, ni tampoco en una cárcel. De eso se puede salir, en cambio de la muerte no. Ya es hora de que León y Francesca vivan en paz. — ¿Cuándo mataste por primera vez?—le pregunto al Perro, simple curiosidad. Él termina su nicotina y tira lejos la colilla, frunciendo el entrecejo mientras sopla la nube de humo. —Cuanto tenía diecisiete, justo antes de escaparme y llegar aquí— murmura, sus ojos de lobo endureciéndose—. Y fue rápido, debería haber sido más lento y doloroso…—carraspea, su expresión volviéndose sombría. Nunca lo vi así, jamás. Siempre es suave y encantador, uno nunca imaginaría que tiene una vena violenta. Sólo una vez fui testigo de su perversión, aquella en este mismo lugar, mientras la Máquina torturaba al calvo, recuerdo bien su sugerencia de arrancarle los ojos. Pero incluso en ese momento él estaba relajado y risueño, no endurecido o enojado. —Sos todo un misterio, Perro—le digo, sonriendo, al mismo tiempo que me levanto. La perra se ha desmayado y tengo que seguir con mi trabajo. Escucho su risa a medida que se aleja para conectar la bomba una segunda vez. Creo que dice algo parecido a que seguramente es el más aburrido de todos los


hermanos. Niego, riéndome bajito, creo que su pasado lo es todo, menos aburrido. Eso aviva más mis ganas de saber. Tal vez alguna vez nos enteraremos de lo que esconde. Paso las siguientes dos horas despertando a la zorra, una y otra vez. Hasta que decido bajarla antes de que le explote el cerebro. Con cuidado, ya cansada, acepto la ayuda de Alex para volver a instalarla en la silla, ella está agotada, ha perdido color y si no estoy equivocada, pronto comenzará a rogar que la matemos. Consigo un nuevo cigarrillo y me paseo alrededor, observándola, depredadora. Los tacones de mis botas negras retumban, creando ecos, que funcionan como una cuenta regresiva. — ¿Te gusta la música?—pregunto, jugando. Después de todo, aprendí del mejor. ¿O no? Ella no se mueve, sus extremidades temblando sin parar, su cuerpo al borde del colapso. Le doy un puñetazo en su lado sano cuando veo que sus párpados amenazan con cerrarse, ella salta y gimotea, sangre saliendo de sus orificios nasales. —Bueno, no importa, a mí sí me gusta—ofrezco y camino hasta los parlantes. Conecto mi celular y busco entre la lista de canciones, elijo ‘Big Bad Wolf’ de ‘In This Moment’ y subo el volumen hasta que no da para más. Le da al momento un poco más suspenso y brutalidad. Los gritos y gruñidos se comen los de ella cuando la quemo con la punta encendida de mi cigarrillo y le suelto el humo en el rostro. Me preparo para que vuelva a escupirme, pero no lo hace. Aprendió la lección. Sonrío al respecto. — ¿No tuviste suficiente ya?—dice, apenas se escucha pero logro captar sus palabras. —No—contesto—. Aún no. ¿Acaso tuviste suficiente con León? De alguna forma tenés que pagar toda la mierda que le hiciste. Aprieta los dientes mientras apago mi cigarro aplastándolo contra su muslo. Jadea desde lo profundo de su garganta.


—Debería darte una leve muestra de lo que es el infierno—digo, rascándome la barbilla. De inmediato, consigo una nueva cadena y un soplete. Me calzo unos guantes especiales y comienzo quemar la pieza, calentándola poco a poco. Al mismo tiempo, no le quito los ojos de encima a la mujer, que me ve hacer, su respiración enloqueciendo más a cada segundo. Me acerco al estar lista, y le muestro mi mejor sonrisa angelical, antes de apoyar el hierro en la piel desnuda de su abdomen. Su cuerpo revive con el dolor, comienza a removerse para alejarse, grita y patalea. Derrama más lágrimas, se resiste hasta que pierde todas las energías almacenadas en su cuerpo débil. Alejo la cadena y ella cae hacia a delante, su cuello ya sin lograr sostener su cabeza por más tiempo. Repito el proceso de calentar el hierro, y camino hasta posarme en su espalda. —Mejor morir erguida, ¿no?—susurro en su oído. Paso la cadena por en encima de su cabeza, sujetándole de los extremos y me retiro hacia atrás, tirando fuertemente. El grito vence la música y hace vibrar mis tímpanos. Siento el chisporroteo de la piel de su cuello al quemarse, antes de alejarme. Llora, gruesas e interminables gotas cayendo sobre sus muslos desnudos. —Por favor—ruega, cuando ya he repetido el procedimiento en unas cuántas sesiones más. Las zonas de piel achucharrada, rojas y oscurecidas contrastan con el resto, lechoso y suave. Sus pechos se agitan a causa del llanto, las respiraciones aceleradas y sus jadeos entrecortados. Me pide una y otra vez que termine con esto. —No es nada en comparación con lo que va a pasarte allá abajo, seguramente—digo con voz inocente, refiriéndome a las quemaduras.


Se atraganta y escupe saliva mezclada con sangre, seguramente por morderse tanto la lengua en cada ola de insoportable dolor al contacto con las cadenas ardientes. Suspiro. He perdido la noción del tiempo que ha pasado desde que entramos en el galpón y la cuenta de los cigarros que me he ido fumando. Cada uno de mis músculos se queja con cansancio, también pidiendo que me detenga. A lo largo de la noche, Sandra se ha meado y vomitado encima, y el olor es nauseabundo ya. Así que decido que es momento de lavarla por última vez. Alex sigue firme afuera, no importa cuántos gritos y pedidos de ayuda haya escuchado por parte de ella, siempre se mantuvo apartado, aunque sin dejar de estar a mi disposición. El agua corre desde la manguera y me apresuro para agarrarla y lavar la mierda sobre Sandra. Está tan ida que ya ni se sobresalta por la cortante temperatura. Si no la mato yo ahora, terminará muriéndose sola en poco tiempo. Creo que podría usar un millón de tácticas más en ella, pero ya ha colapsado y no queda nada más por hacer. Ha sufrido, ha gritado y pedido clemencia. Y ha llegado el momento de que se abra un agujero en el suelo y caiga en el mismísimo infierno. El agua deja de correr y me estanco firmemente frente a ella, sacando mi pistola desde la cinturilla trasera de mis vaqueros. Coloco la fría boca del arma en su frente y estudio su rostro. Ya no hay reacción en ella. —Mírame—le ordeno. Su llanto se reanuda, porque sabe que ha llegado el momento. Despacio, hace acopio de las últimas fuerzas que le quedan y dirige su mirada vidriosa a la mía. —Al final, terminaste siendo una pobre debilucha, tan cobarde como pensé que serías—escupo, mis dientes apretados—. Es fácil doblegar a la gente usando el dolor de una pérdida, o amenazar personas más débiles


sosteniendo un arma. Es simple jugar ese juego, ¿no es así?—no se mueve ni responde, pero no espero que lo haga—. Se terminó todo, ahora. Sus respiraciones se estancan mientras abundantes lágrimas corren por sus mejillas mojadas, rasgadas y amoratadas, tiembla de frío y también de desasosiego. —Si te sirve de consuelo—sonrío, mostrando mis sientes—. Tal vez puedas encontrarme y cobrarte venganza por esto en el infierno. Entonces, allí mismo, sin esperar más, aprieto el gatillo.


Entre cintas doradas Volver a casa. Hace tiempo esa simple frase se convirtió en algo más, no es sólo un grupo de palabras dichas a la pasada. Antes, volver a casa significaba algo vacío. Pasaron muchísimos años desde que la expresión perdió fuerza y sentido. Volver o no volver, era lo mismo, porque su hogar siempre iba consigo, fuera a donde fuera. Su clan, sus hermanos. No existía diferencia entre irse y regresar. Pero ahora todo ha cambiado. Ahora cada vez que sale a la carretera se lleva sólo una parte con él, cuando la otra mitad de su corazón se queda. Se queda en casa. Así que ahora, la frase “volver a casa” tiene otra connotación. Más profunda, más tangible. Cada vez que León regresa, se siente completo. Completo porque la mujer que ama lo espera, en compañía de sus dos hijos que se han convertido en su mundo entero. Siempre supo que uno, en la vida, nunca suma sin restar. Ha perdido mucho a lo largo de los años, el pasado hoy se recuerda con cierto aire de tristeza y melancolía, por los que se fueron, por los que se perdieron. Por el amor que murió incluso antes de florecer en toda su inmensidad. Pero León sabe las reglas, la vida te da, te quita. Si quiere, te arrastra por el lodo para después colgarte a secar, sucio y sin fuerzas. Ya pasó por eso, entiende que ha llegado su hora de ver la vida en millones de colores diferentes. Es verdad, nunca fue un hombre que se rindiera fácilmente o se dejara hundir por el dolor. Él es la personificación de aquella frase tan cliché: lo que no te mata te fortalece. Sobrevivió al sufrimiento y hoy recibe la recompensa, cada día al despertar. Cada vez que enfoca sus ojos azules en aquellos pozos de chocolate fundido que pertenecen a su mujer, la que le regala sonrisas nuevas, cada vez más anchas y genuinas. La madre que brilla en cada amanecer, porque también supo resistir, y ahora puede alimentarse del amor verdadero y la felicidad completa. Y la recompensa está también en la


inocente expresión de sus dos bebés, y en el nombre con el cuál han elegido bendecirlo: papá. Con el ruido de las docenas de motos, los expectantes comienzan a salir del bar, entusiasmo tomando sus rostros. A León le pasa eso que se repite cada vez que arriba el recinto después de un viaje, corto o largo: se le mojan los ojos. Y el corazón da un vuelco para emprender así una cabalgata a la maravillosa sensación de casi explotar de anticipación. Felicidad. El cuerpo se le despierta, ignorando el agotamiento, sus músculos alterados por las ansias de correr y encerrar a su familia entre sus brazos. Francesca aparece en su campo se visión, mientras ahoga el motor de su moto y se apea, quitándose el casco. Sonríe y emprende la caminata de acercamiento, pero a medio camino es derribado. Un pequeño niño de pelo oscuro y ojos plateados rompe la distancia corriendo sobre sus pequeños pasos, hasta golpear contra él y abrazarlo, atando las piernas largas de su padre porque no se aguanta la espera de verlo avanzar. Abel está feliz de tener a su padre de vuelta, y León se agacha así lo levanta en brazos. —Hola, campeón—le besa el costado de la cabeza—. ¿Me extrañaste?—le pregunta, caminando. Abel asiente, una enorme y pura sonrisa transformando su rostro pequeño y genuino. No avanza ni cuatro pasos más, cuando siente un par de brazos delicados y suaves rodearlo. Desliza los ojos chispeantes de su hijo para ver de frente el semblante sonrosado de Francesca, que busca su contacto con desesperación. Sostiene a Esperanza contra ella, que con casi un año, lo mira con adoración y le dedica una risita, mientras se chupa el pulgar. El pelo ondulado oscuro despeinado enmarca su rostro pálido, resaltando el juego de ojos grandes idénticos a los de su madre. Con el brazo libre las rodea y atrae, primero besa a la pequeña en la frente, para luego caer en los labios de Fran, que obtiene una descarga de energía después de casi un mes de extrañarlo a morir.


Alrededor, todos abrazan a sus familias, risas y gritos de bienvenida llenan el recinto y en este momento está la certeza de que no hay nada que podría acabar con este ambiente tan festivo. León suspira, los huesos de su espalda tronando. —Vayamos a casa—pide, susurrando en el oído de su mujer—. Necesito un baño, y pasar tiempo con ustedes antes de caer rendido… Fran asiente y se toman de las manos, dejando poco a poco el barullo a sus espaldas. De pasada, saludan a Lucre y Max, también afectados por la separación de semanas, él sostiene a sus gemelos en cada brazo, aplastándolos contra su pecho mientras devora la boca de su mujer. Adela, no muy lejos, ya está colgada del cuello de Santiago, completamente negada a dejarlo ir. En la cabaña, mientras León se ducha, tomándose su tiempo, Fran prepara una cena temprana, sabe que no queda mucho para que él caiga desmayado, sin importar los horarios. Afuera ya está de noche y el viento frío crea un sonido relajante entre los árboles de los alrededores. Abel la ayuda a ordenar la mesa y una vez que todos se sientan en torno a ella, sirve la comida. Hablan sin parar, León les cuenta sobre las escuelas rurales donde siempre se toman el tiempo de parar para visitar y solidarizarse. Los paisajes, los contratiempos, que nunca suelen ser muchos pero tampoco escasean, y una lista más de aventuras. Fran lo escucha con atención y admiración, y a Abel se le ocurre preguntar por todo, producto de su inmensa curiosidad, (la que sus padres siempre se esfuerzan en avivar, nunca frenar). Después de cenar León se va a la cama grande con los chicos, allí juegan y pasan el rato mientras Fran realiza los últimos quehaceres del día y se une a ellos. Es la rutina de cada noche, a veces papá toca la guitarra y canta, otras los fomenta a acompañarlo. Abel siempre se muestra dispuesto, la música parece ser uno de sus intereses favoritos, al igual que las motos. No quedan dudas de que está, cien por ciento, avivado por León, y le seguirá los pasos completamente a medida que vaya creciendo.


Permanecen en ese estado hasta que los niños se duermen entre medio de los dos y León apenas puede aguantar el peso de sus párpados. Ambos los llevan a su dormitorio, el que provisoriamente comparten, ya que pronto comenzarán las obras para agrandar la cabaña. Al volver a la cama se acurrucan y charlan en voz baja, entre besos y caricias, hacen el amor. No importa qué tan cansado esté León, necesita a su mujer como el mismísimo aire que respira. Súbitamente se duerme después, y Francesca lo mira se recarga con su imagen pacífica y hermosa por horas y horas, hasta que el sueño la vence también y se deja arrastrar. La claridad del sol la despierta por la mañana, y repiquetea las pestañas, hasta recuperar del todo su conciencia. Aplastada por el abrazo de León se queda un ratito más bajo las sábanas, enredada con él. Entonces sin importar la hora, decide levantarse e ir en busca de sus bebés. Convencida de que la sorpresa debe ser hoy. Despacio, en susurros y arrumacos, Abel y Esperanza se despiertan paulatinamente. —Shhh—se lleva el índice a los labios, avivando el entusiasmo de sus hijos—. Vamos a darle un regalo a papá. Abel abre los ojos, su atención acaparada totalmente. La niña, en cambio, no entiende mucho pero les sigue la corriente. Repite los movimientos de su madre, pidiendo silencio también. Con los pies descalzos todos cambian de habitación y, antes de que Abel salte encima de su padre dormido, Fran consigue una pequeña caja blanca cuadrada, envuelta entre cintas doradas, escondida en el guardarropa. Se arrodilla en el borde de la cama, al mismo tiempo que el niño llama a León saltando y riendo, viendo cómo le cuesta a él despegar sus párpados. Una sonrisa adormecida les indica que ya está medio despejado y Fran se inclina para besarle la comisura de los labios. —Buenos días—canturrea, sonriendo con dulzura. Despeinado y con ojos entrecerrados se apoya en un codo y recibe el golpe de abrazo que Esperanza le da, cayendo casi sobre su cara. Todos se ríen, incluso la niña pierde el chupete, imitándolos.


— ¡Regalito para papá!—avisa Abel. León, curioso, se fija en la caja y se sienta contra el respaldar antes de que ella se la dé para que la abra. — ¿Es tu cumple, papá?—pregunta Abel, mirando el regalo. —No—niega León y lo despeina de un manotazo. —No, pero eso no importa—dice Fran, a su vez alisando los mechones de pelo negro—. No es necesario un cumpleaños para dar regalos—le cuenta. El chico asiente y espera a que León desate las cintas doradas. —Mmm—canta él—. ¿Qué será?—crea perspectiva en los demás. Las cintas caen, y la tapa forrada en blanco le sigue. León descorre el papel que recubre el interior y revela algo que lo desconcierta por un momento. Tiene que pestañear varias veces para conectar el sentido de ese obsequio. Escarpines. Paralizado mete la mano y saca uno, observa el material tejido en lana blanca, elevándola ante la mirada de todos. Su mirada azul cielo se barre hasta Francesca que lo mira con ojos grandes y redondeados, expectación y humedad en ellos. — ¿Qué es esto?—pregunta, sin aliento. Ella sonríe, no puede hablar, muy cerca de estallar. León vuelve a revisar dentro del paquete, sus cejas levantándose bruscamente cuando descubre otro objeto. Más sólido, largo. Con pulso inestable lo alcanza y alza para verlo claramente. Un test de embarazo. — ¿Francesca?—casi se ahoga. Un test de embarazo que marca dos clarísimas rayitas rojas. Positivo.


Ella se limpia una lágrima antes de que caiga. Ya ha pasado por esto, dos veces. Pero esta tercera es distinta, porque hay alguien a su lado a quien correr con la noticia para hacerlo feliz. Llora porque sabe lo que esto significa para León, no hay una explicación precisa para describir lo que ella siente al ser testigo de su reacción. — ¿Fran?—prosigue él, sin habla—. ¿Estás?... ¿E-estás embarazada? A ella se le escapa una risita, algo llorosa. Es que parece que él aún no cae en la cuenta de esto. Las pruebas están allí, pero aun así necesita que ella se lo confirme. Desesperadamente. Porque parece ser un sueño. —Sí, cariño—le reafirma, sorbiendo por la nariz—. Estamos esperando un bebé. León no dice nada, boquiabierto. Claro que no se lo esperaba, al igual que ella. No hacía mucho que había comenzado las pastillas anticonceptivas cuando cometieron el pequeño desliz, uno diminuto, que desembocó en esto. Otro bebé. —Un bebé—salta Abel, sus ojos plateados, enormes. —Sí, mi vida—le asegura su madre—. Vos y Esperanza van a tener un hermanito… Vuelve su atención a León y lo descubre todavía mirándola fijamente, la prueba de embarazo todavía en sus dedos. Pasan varios segundos hasta que reacciona, soltando todo sobre las sábanas y estirándose para tomarla y tirarla contra él. La abraza, apretándola hasta quitarle el aire y a su vez tiembla, la emoción agarrotándolo. Fran le rodea el cuello con sus brazos y atrapa su boca en la suya, sólo un intenso mínimo instante, ya que no se olvidan de que están en presencia de los niños. Enseguida él los reúne también, teniendo lugar para todos en sus brazos. Su familia. La familia que se va a agrandar pronto. —No sé qué decir—jadea, afectado—. No lo puedo creer…


Fran se seca los ojos, de nuevo húmedos, y le da un besito cariñoso en la sien a Esperanza que los mira a todos, sin comprender la situación en absoluto. —Ni siquiera puedo explicar cómo me siento—sigue él, con los ojos azules brillando por un manto de nacientes lágrimas—. Sólo puedo asegurar que soy el tipo más feliz del mundo, y que te amo. Los amo a los tres… a los cuatro, mejor dicho—cuela una mano y la apoya en el vientre de Fran y ella ya no se aguanta el llanto—. Y prometo que les voy a dar lo mejor de lo mejor… y carajo… no sé cómo seguir… Esconde el rostro en el hueco del cuello de su mujer y madre de sus hijos. Ella enseguida siente las gotas caer en su piel, correr hacia abajo. Le besa la frente, cerrando los ojos. Y lo único en lo que puede pensar es en que por fin ha encontrado un lugar, y un corazón para reclamar y amar. Y no puede estar menos que agradecida con la vida, porque puso a este magnífico hombre frente a ella y les ofreció esta segunda oportunidad que no tiene precio alguno. Fran ya no tiene dudas, el felices por siempre la alcanzó cuando entró al recinto por segunda vez. En ese momento en el que León le agarró la mano y le donó fuerzas para traer a su hija al mundo. Y está segura, ya nada podrá romper esta burbuja de felicidad, porque esto es lo que todos merecen. Y mucho más.


De tal palo, tal astilla La adolescente morena se baja hecha una furia del asiento trasero del camión y pisotea en dirección al claro, su bolso rebotando contra sus caderas. El pequeño grupo de chicos jóvenes que se amontona junto a la puerta del bar vitorea y le lanza bromas, ella los ignora, su vista hacia adelante. El conductor se apea también segundos después, riendo y rascándose la sien, entretenido. Su pelo negro largo por encima de los hombros se revuelve por la brisa. Le sigue los pasos a su hermana, mostrándole el dedo medio al grupo perdiendo el tiempo más allá. Ellos le dedican señas obscenas soltando carcajadas exageradas. El chico se lleva una mano a la entrepierna como respuesta. Más gritos y bromas surgen, algunos lo llaman para que se una, pero los deja atrás. No hace más que entrar en la cabaña que oye el berrinche de su hermana. — ¡Mamá!—su rostro ruborizado intensamente con frustración—. ¡Tu hijo golpeó a Lorenzo en la salida de la escuela! Tenés que parar esto… Francesca sale de la cocina con sus ropas llenas de harina y un repasador en las manos, observa con ojos risueños a su hija. Después arrastra su atención al chico que recién acaba de pasar la puerta. — ¿Por qué lo golpeaste, Abel?—pregunta, seria. Él se recuesta contra la pared, sus dedos pulgares escondidos en los bolsillos de los vaqueros desgastados y sucios de grasa. Había estado reparando su moto cuando su padre le pidió que fuera a buscar a su hermana al colegio. —Él la tocó bajo la falda—se encoge de hombros, sus ojos plateados brillando con determinación—. Y ya le había advertido que si lo veía tocándola, iba a romperle todos los huesos.


Francesca aprieta los dientes para no reírse. Julián, de casi catorce años, que se encuentra en la mesa completando sus tareas de la escuela, levanta la vista y no puede evitar reírse. Él siempre se divierte cuando hay conflictos en la casa, es el más parecido a su padre, no sólo físicamente. Si no desde todos los aspectos. —Solamente me tocó el muslo, no seas exagerado—patalea Esperanza—. ¡Y es mi novio! Abel tuerce el gesto en una mueca de desagrado, Julián lo copia. —Me niego a aceptar a ese concheto como cuñado—objeta, inescrutable—. Además, ¡tenés quince! Ella le muestra el dedo medio. — ¡Es verdad!—salta el menor de los hermanos, Elías, viniendo desde los dormitorios—. ¡Tenés quince! Y a mí tampoco me gusta ese, con su nariz parada… Marica. Esperanza lo señala con el índice, sus ojos chocolate refulgiendo con exasperación. —Vos cállate y deja de copiarle las palabras a papá. Lorenzo no es marica. ¡Y tengo casi dieciséis!—chilla—. ¡Mamá! —busca su apoyo, desesperada. Francesca levanta las manos, rindiéndose. Vuelve a meterse en la cocina, encogida entre sus hombros. Niega con la cabeza. —Yo no me meto, tu padre es mejor en estos asuntos—se lava las manos. Abel y Elías se ríen al mismo tiempo, encantados. El más chiquito, tan intensamente que hasta saltan lágrimas de sus ojos castaños. Julián mira a su única hermana con los ojos entrecerrados, sabe que no tiene nada que hacer ante su padre.


— ¡Nooooo!—niega vigorosamente la adolescente—. Papá está de acuerdo con Abel, mamá—lloriquea—. El otro día le palmeó el hombro, ¡dándole permiso para pegarle! Y se viven riendo de él…—insiste arrugando la nariz. —Porque ES un marica—añade Elías, volteándose y siguiendo a su madre, seguramente para atacar la heladera y vaciarla, como siempre. El pelo rubio le cae por la frente y casi le tapa los ojos oscuros, burlones. Él no se queda nunca atrás en ninguna discusión, y más cuando se trata del indeseable novio de su hermana. Es insoportable, y nadie en el recinto lo quiere. Es más, Abel y Tony ya han estado planeando sorprenderlo a escondidas y amenazarlo para que deje de joder con Esperanza. Todo el mundo sabe que la usa porque es linda y popular y, a espaldas de ella, habla mentiras sobre el sexo que no están teniendo. Elías sólo tiene once años, pero está al tanto de todos los chismes de sus hermanos. Y casi siempre está del lado del mayor, porque es fuerte e inteligente y Esperanza sólo es una impulsiva adolescente irracional. —Oh-por-Dios—reniega la morena—. Me voy de acá. Corre a su habitación, abandona sobre la cama todos sus artículos del colegio y sale de nuevo fuera de la cabaña, rozando el hombro de su hermano mayor, sin despedirse. Seguramente a buscar alguna aliada en su grupo de amigas. —Yo también—avisa Abel, toma una manzana de la canasta de frutas y sigue a su hermana en la distancia por el claro, hasta llegar al bar. Por detrás Julián también se acerca, apresurado. El barullo allí es impresionante, todos están afuera porque es hora de la lucha. Una o dos veces a la semana, los más jóvenes reciben tips de peleas de los más grandes. Para Abel es muy divertido sentarse a ver cómo La Máquina aplasta a los gemelos, son tan arrogantes que les hacen bien unos buenos rapapolvos a sus enormes egos. Se dirige hasta el capó de unos de los camiones y se recuesta encima, junto a Tomás y Franco. El primero se enciende un cigarro y sopla el humo frente a su rostro.


—Que no te vea tu madre—carraspea Franco, al ser el menor de todos, está siempre escandalizado por cualquier cosa. Tomás se hunde entre sus hombros y le echa el ojo a sus padres, que se encuentran saliendo del bar junto a Adela. Se apoya en su codo y observa a su hermano que está a punto de recibir una paliza segura de Santiago. —Siempre cree va a superarlo—dice Franco, muy serio. Abel y Tomás se burlan con la primera llave de cabeza de la Máquina sobre el chico. A lo lejos se escucha la carcajada de Max y León, Julián también se ha ido a sentar con ellos. No hay dudas de que esto sólo sirve para diversión. Menos para Nicolás, claro. —A él nunca le vamos a ganar, pero esto nos sirve como aprendizaje. Aprender del mejor, y todo eso—cuenta Abel, relajándose y entrecerrando los ojos por el sol. Todo el mundo está en el estacionamiento, animado. Incluso Esperanza con las demás hijas de los miembros más cercanos. Nicolás se rinde en poco tiempo, dejando de lado el orgullo, y prácticamente se arrastra hasta sus amigos. El sudor le pega el pelo castaño en la frente y su cara es más parecida a la de un maduro tomate recién lavado, brillante y rojo. Se viene masajeando la espalda baja y escupiendo el suelo con una mueca agria. —A ese…—gruñe, rencoroso, mirando de reojo a Santiago—. A ese, algún día, lo voy a voltear. Abel suelta una carcajada, los demás lo siguen. —Tal vez cuando él tenga ochenta—comenta. Nicolás le roba el cigarro a su hermano y casi se lo termina de una pitada. Ignora el grito enfurecido de Lucre más allá, que todavía sigue luchando para que sus hijos no empiecen con vicios de tan chicos. Ya están pisando los dieciséis y son unos rebeldes, Abel piensa que ya es tarde para enderezarlos. Perderá la batalla.


Una moto entra en los límites, zumbando con poderío, y se estaciona con las demás. El conductor se quita el casco y deja que su abundante pelo castaño dorado se le caiga sobre los hombros. Mientras camina hasta el grupo, se lo ata en la nuca en un nudo descuidado. El grupo de las adolescentes se queda callado, viéndolo pasar frente a ellas con la boca abierta. Tony les guiña un ojo, seductor. Todas responden, menos Esperanza, ella le frunce el ceño y desvía la mirada. Decidida a no simpatizar con nadie que esté del lado de su hermano. —Apareciste, pedazo de mierda—Abel choca los puños con los suyos. Hacía bastante que su mejor amigo no pasaba a visitar a los Leones, su padre lo tenía a las vueltas en su clan. —Seh—entrecierra los ojos dorados y les da una media sonrisa. —Deja las pajas, amigo, te sacan tiempo—responde Abel, jugando. Tony se encoge entre sus hombros, su mirada brilla con picardía. —Ah—suspira—, no sé… acá el superdotado sos vos. Abel tuerce el gesto porque le dieron vuelta a la broma, después pone los ojos en blanco. Sólo sabe Dios cuantos chistes se ha tenido que bancar por el nivel de su Cociente Intelectual y por acabar el maldito secundario a los dieciséis. Los gemelos se ríen al mismo tiempo y Franco los sigue por lo bajo, más discreto, hasta que abre la maldita boca. —Me han dicho que de tan superdotado llegas a las sesenta pajas diarias. Ahora las carcajadas abarcan casi todo el recinto, los demás los miran con curiosidad. Abel fulmina a Franco con sus ojos de hielo. El pendejo siempre aparenta ser callado pero de vez en cuando tiene alguna que te manda a guardar en la primera oportunidad. —En realidad, no—responde, ablandándose—. Eso es imposible. Soy tan, tan superdotado, que no me entra en la mano.


— ¡Ohhhhhhhhhhh!—saltan los gemelos, extasiados. Las risotadas no pueden ser más ensordecedoras ahora. Franco recibe unas palmadas en la cabeza, malteada de gemelos. —“Turn down for what”, Franqui—carcajea Tony, doblándose sobre sí mismo. —Asqueroso—salta una vocecita desde el techo del camión. Todos se voltean a ver, encontrando a una pequeña pelirroja chupando una paleta de golosina. Las pecas en su cara resaltan con los rayos de sol. No tiene más de diez, pero parece haber entendido toda la conversación. —Deja de ser una chusma—se queja Franco, frunciendo el ceño a su hermanita—. Andá con tus amigas. Ella le sonríe, dulce. —Acá estoy cómoda—refuta—. Además, me interesa saber más de las pajas… ¿cómo se hacen? Tony no se aguanta la risa y explota, los gemelos quieren disimular seriedad, tampoco duran mucho. —Dios Santo—suelta Abel, después se deja llevar. Franco está aún serio y rojo hasta el nacimiento del cabello. Sus ojos de lobo entrecerrados con incredulidad. —Te voy a… — ¿Qué vas a qué?—salta una voz profunda acercándose. Todos giran para encontrarse con el imponente Perro, que mira a su hijo con advertencia. —Nada—se desinfla Franco. —Llévate a tu hija si no querés que pierda tan rápido su inocencia—le dice uno de los gemelos, picardía en los ojos.


El Perro alza tanto las cejas que casi se le mezclan con el comienzo del pelo. —Papá, ¿cómo se hacen las pajas?—pregunta ella, todos detienen el aliento—. Porque me acabo de enterar que Franco hace sesenta por día… —Carajo—escupe Tony, por lo bajo. Alex no dice nada, se estira hasta alcanzar a su hija y se la lleva en brazos lejos de toda esa mala junta. Dios no quiera que aprenda más cosas inapropiadas para una niña de diez. Mientras se alejan, ella le muestra el dedo medio a su hermano, una sonrisa de demonio incrustada en su cara. Éste se indigna. —Voy a matarla mientras duerme—dice en voz baja. —Espera un poco, déjala crecer—salta Tomás, entrecerrando los ojos a la niña que ya se olvidó del grupo. — ¿Por qué? —A ver si termina siendo como tu madre, no queremos perdernos eso— sigue Nicolás. Franco se encoleriza. —Ustedes son unos hijos de puta—escupe. —Oh, espera, el otro día dijiste que mi mamá estaba buena—dice Tomás, frunciéndole el ceño. — ¡Fue una broma!—se excusa el otro. —No fue una broma, lo decías en serio—Abel pone más leña al fuego. —Pendejos… —Yo hasta digo que mi madrastra está buena también, ¿y qué?—insiste Tony.


—Yo ni la miro, a ver si tu padre me corta el pene antes de que incluso pueda volver a usarlo. Ese sí que da miedo—le dice Nicolás. — ¿Más miedo que La Máquina?— pregunta Tony, viendo cómo se acerca Santiago al grupo. —Por las dudas nunca me fijé si la tía Adela estaba buena—susurra Abel—. No soy tan morboso… —Seh, yo sí… y tu tía sí que está para darle… Esos juegos de morbosidad se dan seguido entre el grupo, a nadie parece importarle, ellos se divierten de ese modo. — ¿Quién sigue?—pregunta La Máquina, ya sobre ellos. Nadie habla, porque nadie quiere ser humillado por él. —Vos—mira directo, con ojos inexpresivos, sólo a Tony. Éste alza las cejas, revoleando los ojos. Se hace el desentendido. —Fuiste—le susurra Abel a su lado—. Te escuchó, ahora te va a dar una paliza inolvidable…

Fin


Lista de canciones Mi caramelo - La Bersuit Vivir sin tu amor - Luis Alberto Spinetta La Ciudad de la Furia – Soda Stereo Tighten up – The Black Keys Wonderwall – Oasis All I need – Within Temptation Broken – Seether Ft. Amy Lee Sisters – Divididos Trátame suavemente – Soda Stereo Muchacha (ojos de papel) – Luis Alberto Spinetta Yellow Ledbetter – Pearl Jam Cactus – Gustavo Cerati Adiós – Gustavo Cerati Juntos a la par – Pappo El Arriero – Versión Divididos Soy mi soberano – Gustavo Cordera Big bad Wolf – In This Moment


Lo que viene…


Agradecimientos Como cada vez que acabo una historia me atrapa esta familiar sensación de vacío, esa que implica dejar ir un ciclo para abrir otro. Pero no sólo es eso, también siento que ha llegado el momento de volver a agradecer. Nunca se va a ir esta agradable sensación de gratitud, y me parece esencial recalcarlo ahora. Este año que se acaba ha sido el mejor en mucho tiempo, y hubo mucha gente ahí, en el otro lado, desde distintas partes del mundo, empujándome siempre para adelante. Leyéndome, esperándome y estrechándome una mano para lo que sea que necesite. Incluso consigo más y más apoyo a medida que pasa el tiempo y eso es impagable. Y es por todas esas buenas vibras que hoy sigo haciendo esto y he tomado el gran envión para no frenarme, a pesar de aquellas contras que de vez en cuando aparecen, pero que logro dejar a un lado. Cosas que siempre pasan y son parte de la vida que hay que saber superar. Así que, nunca me voy a olvidar de esto, porque es mi alimento y sustento, y siempre lo será. Tal vez algún día se me cumpla el deseo de trabajar exclusivamente de lo que amo, pero si no sucede, ya no importa: los tengo a ustedes. Con que solo les den una pequeñita oportunidad a mis historias, soy feliz para toda la vida. Lo demás es secundario. Después de todo, las pasiones son más que renombre y un cheque a fin de mes. Y escribir para los que disfrutan de la lectura y la aman tanto como yo, es lo que más me llena el corazón. Esto va para las chicas que me leen día a día en el foro Simply Books: Mayrucha, Sigain3, Mimi, Beth, Keniia20, Vero Morrison, Ilenna, Mari_p15, Zayda24, Almita, CID, Vivi, Yayels, Duneska, Manesegovia, Katheleón25, Rohangely, Gabymrtnz y Paulatona. Gracias por el apoyo diario y todo el aliento, para mí son un gran empujón de crecimiento todos los días.


Además, les envío un enorme reconocimiento a todos los que estuvieron pendientes y alertas a cada adelanto que fui posteando en mi blog durante estos meses de espera, gracias por el aguante. Y, también, a todos aquellos que eligen utilizar un período de su tiempo para abrir este archivo y leerlo. Termine siendo productivo o no para cada uno, la oportunidad por sí sola significa muchísimo. Gracias totales. ¡Y hasta la próxima! ♥

¡Los invito y espero en mi sitio! Para seguir compartiendo opiniones y novedades. ¡Siempre bienvenidos! http://elisadsilvestre.blogspot.com.ar/


Furia de los Leones MC #3