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El siguiente material es una traducción realizada por fans para fans. Beautiful Coincidence no recibe compensación económica alguna por este contenido, nuestra única gratificación es el dar a conocer el libro, a la autora y que cada vez más personas puedan perderse en este maravilloso mundo de la lectura.

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Si el material que difundimos sin costo alguno está disponible a tu alcance en alguna librería, te invitamos a adquirirlo.


Agradecimientos Dirección de Traducción Liseth Johanna

Traducción e Interpretación Ana_rmz

Leon

Apolineah17

Liseth Johanna

Bella

Little Rose

Femme Fatale

Scherezade

katherin.puentes

Corrección de Estilo Femme Fatale

Lectura Final Femme Fatale

Diseño de Imagen Página

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Femme Fatale


รndice Michelle Davidson Argyle

XVIII Octubre

Sinopsis

XIX Noviembre

I Febrero

XX Diciembre

II

XXI

III

XXII Enero

IV

XXIII

V

XXIV

VI Marzo

XXV

VII

XXVI

VII

XXVII

IX Abril

XXVIII

X Mayo

XXIX

XI

XXX

XII

XXXI

XIII Junio

XXXII

XIV Julio

XXXIII

XV Agosto

XXXIV

XVI Septiembre

Pieces

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XVII


Michelle Davidson Argyle

M

ichelle vive y escribe en Utah, rodeada por las Montañas Rocosas. Ama las estaciones, pero finales de verano y principios de otoño son sus favoritas. Adora el chocolate, sushi y muchas comidas étnicas, y ama leer

y escribir libros en cualquier momento que pueda tomarse entre su esposo espada en

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mano y enérgica hija. Ella cree que una vida simple es la mejor vida.


Sinopsis

C

uando Naomi Jensen es secuestrada, a sus padres le toma dos días darse cuenta que está perdida. Escaparse no está muy arriba en su lista de prioridades cuando todo lo que tiene para regresar es un novio abusivo y

padres que nunca le prestaron mucha atención. Por primera vez en su vida es parte de una familia, incluso si es una familia de criminales. Pero aun así es una cautiva. En un desesperado intento de ganar algo de control sobre su vida, Naomi se embarca en un peligroso plan para hacer que uno de sus secuestradores crea que está enamorándose de él. El plan funciona demasiado bien, y cuando se ve enfrentada a la oportunidad de escapar, Naomi no está tan segura de querer aprovecharla.

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The Breakaway #1


I Febrero

E

l secuestrador mirando a Naomi sostenía un libro de poesía contra su pecho. Ella no sabía qué estaba haciendo con la poesía, pero aquello fue la primera cosa que llenó su esperanza de permanecer con vida.

—Soy Jesse —dijo él, y se inclinó para tocar su brazo. Sus manos eran pequeñas, pero a supuso que era más fuerte lo que parecía—. ¿Cómo te sientes? ¿Mareada? ¿Enferma? Ella se tensó. ¿Por qué le importaba cómo se sentía? —Mareada no —dijo lentamente. Su lengua estaba seca, y su voz era rara en medio de un vago tintineo en su cabeza, como el sonido de una campana amortiguada—. No lo sé. Pensé que estaba en casa. Pensé… Unas cuantas cosas regresaron a su memoria; neumáticos chirriando, oscuridad, el olor a cuero. Ahora sentía una aplanada almohada para nada familiar bajo su cabeza. Olía a cabello sucio. Detestaba ese aroma, y contuvo el aliento. Hasta este momento, su vida había sido simple. O al menos eso había pensado. Ahora todo se sentía al revés. —No te haré daño si haces lo que te diga —dijo Jesse, presionando su antebrazo con su pulgar. Con su otra mano, apretó más el libro, si eso era posible. Naomi hizo una mueca ante su toque. Quería que le quitara la mano de encima, pero no se atrevió a oponer resistencia. El lado tranquilo de su cerebro tomó el control. Le dijo que se quedara quieta, que hiciera lo que le dijeran, y una oportunidad de escaparse vendría

Apretujó el cubrecama mientras miraba a su alrededor. La luz del sol se filtraba a través de un espacio en las cortinas al otro lado de la habitación. Había una porción

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después. Siempre había una oportunidad de que las cosas sucedieran luego.


de cielo azul, autos estacionados. Estaba en un motel. Su corazón se aceleró e hizo que el tintineo en su cabeza se elevara. ¿Qué le harían aquí? No quería pensar en eso. No podía. Apartó la idea y se enfocó en el momento. Jesse curvó dos dedos más alrededor de su brazo. —¿Qué viste en el estacionamiento anoche? —¿Estacionamiento? —Lo miró a los ojos, esperando encontrar una respuesta. Todo lo que encontró fue un hermoso verde. Era una sorprendente combinación con su corto cabello marrón cobrizo. Eso fue inesperado, como la poesía. ¿Qué clase de secuestrador leía poesía? Era la única cosa a la que podía aferrarse: una delicada flor en medio de un campo quemado de hierba. »¿Te refieres al estacionamiento afuera de la ventana? —preguntó. No tenía idea de a qué se refería al preguntarle qué había visto. ¿Qué día era? ¿Viernes? Había ido a la escuela, hecho su tarea, pasado la mayor parte de la noche con su novio, Brad. Sus sábanas habían olido a su colonia, tan fuerte que pensó que él podría haber derramado la botella. Cuando se quejó, él la besó. Luego la besó un poco más. Una cosa llevó a la otra. No había terminado su tarea, se dio cuenta. Habían caminado al parque a las dos de la mañana, Brad llevando su equipo de cámaras. —Piensa —urgió Jesse—. Necesito saber qué recuerdas. Intenta, por favor. ¿Por qué no la dejaba en paz? No quería hablar o pensar. Se tocó la base del cráneo. Una delicada herida. Copos rojos en sus dedos. Su cabeza debió haber golpeado algo con fuerza. Parpadeó y se dio vuelta para sentarse, gruñendo cuando el dolor se disparó a través de sus brazos y piernas. Había heridas dolorosas por todas partes. Ninguna dolía tanto como la que tenía en el rostro. Sabía qué había causado esa. Jesse retrocedió cuando ella dejó salir un chillido y volvió a caer en las almohadas. —¿Qué me pasó? —gimoteó—. ¿Qué me hiciste? —Estiró el cuello para encontrar la puerta del motel. Estaba al otro lado de la cama, rogándole que corriera. —Dime lo que recuerdas. —Él estaba empezando a lucir enojado. ¡No recordaba nada! Debería estar en un hospital, o al menos en su propia cama. Debería estar en los brazos de Brad. Su cama era familiar, su abrazo reconfortante y

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Todavía no podía creer que él lo había hecho.

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protector, hasta anoche. No, fue antes. Levantó una mano hacia su mejilla izquierda.


—Empieza a hablar —ordenó Jesse. Obviamente estaba perdiendo la paciencia. Naomi levantó la mirada, buscando en su mente cualquier fragmento de memoria frenéticamente. ¿La lastimaría si no decía nada en este mismo instante? Ella mantuvo su mente enfocada en la poesía. Un lado extraño. Un lado suave. —El parque —dijo, recordando un bosquecillo de árboles negros de eucalipto, borrosos a través del velo de la niebla. Brad recostado contra un árbol con sus manos metidas en los bolsillos—. Estaba tomando fotográficas. Recordaba entornar la mirada en los lentes de su cámara, decidiendo qué exposición debería usar para capturar la niebla rodando por el bosquecillo. —Quería ir a casa, así que corté camino a través del estacionamiento. —¿Y? Botes de basura se veían a través de la niebla. De la nada, un conjunto de borrosas luces amarillas chocaron contra ella. —Un auto. —¿Qué clase de auto? —La voz de él era más urgente. —No lo sé. Solo recuerdo las luces. F-fui atropellada, ¿cierto? —¿Estás segura de que eso es todo lo que viste? ¿Ninguna placa? ¿Marca o modelo del auto? ¿Nada más? —Nada. —Miró el libro. Seamus Heaney, un poeta que había estudiado el mes pasado en su clase de inglés avanzado. Eso era extraño. Nada de esto parecía correcto. Quería hacerse una bola y esconderse, pero en su lugar miró el rostro de Jesse. La barba incipiente en su mandíbula era mucho más rojiza que su cabello. Estaba sucio y desarreglado, no parecía mucho mayor que ella, quizás en sus veintitantos. Duro. Peligroso. No se veía como alguien que leyera poesía. —¿Te gusta leer? —preguntó él. Ella juntó sus labios, lanzando su atención hacia la puerta. Él estaba distraído. Esta era su oportunidad.

demasiado rápido. La tiró al piso tan fuerte que ella gritó. La rasposa alfombra apestaba a humo de cigarrillo.

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fuerte, su mente instantáneamente concentrada. Se estiró por el pomo, pero Jesse fue

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Saliendo de la cama, ignoró el dolor y corrió a la puerta. Su cuerpo fue fluido y


—¡Maldita sea! ¡Dije que no quería hacerte daño! —Agarró sus hombros y tiró de ella para ponerla de pie, sus manos sorprendentemente gentiles comparadas con lo duro que ella había esperado que fuera su secuestrador. Se concentró en la puerta, sintiendo sus rodillas rendirse mientras se esforzaba por apartarse. —Déjame. ¡Ir! —Su voz salió más fuerte de lo que pensó. Su garganta se inflamó como si estuviera llena de algodón. Envolviéndola en un abrazo, Jesse la mantuvo de pie. Su pecho olía a colonia vieja y sudor. Era similar al olor de Brad después de que terminaba de ejercitarse en el gimnasio, y casi se atragantó al darse cuenta de que podría no verlo jamás. O quizás era algo más. Ese olor podría hacerla hacer lo que fuera que le dijeran. —¿Dejarte ir? No, no, no podemos hacer esto. —La condujo a la cama, pero ella no puso resistencia. No podía. Estaba floja y pesada como una toalla húmeda que jamás se secaría—. Quédate aquí en la cama. —La ayudó a recostarse en las sábanas de diseño floral y recogió su libro de poesía que había dejado caer—. Eric te matará si intentas huir de nuevo. ¿Matarla? No lo había dicho sarcásticamente, y le creía. Una mancha de sangre seca teñía la almohada. Contuvo el aliento mientras apoyaba su mejilla en esta. Jesse se sentó en el lado opuesto de la cama para observarla. Luchó contra la desesperada urgencia de hacerse bola y llorar, pero era demasiado tarde. Las lágrimas ya estaban formándose. Una fría brisa de aire desde el otro lado de la habitación la hizo saltar. La puerta se cerró. Oh, mierda. Probablemente ese era Eric. —¿Está despierta? Jesse asintió mientras un hombre caminaba entre las camas. Sus jeans estaban sucios y arrugados alrededor de las rodillas. —No recuerda nada, Eric. Parece que todo esto fue por nada. —¿Qué? —Eric se inclinó para mirarla al rostro. Tenía oscuros ojos marrones. Su boca estaba formando una tensa línea—. Siéntate. Ella obedeció y apretó sus rodillas contra su pecho. Él era mayor que Jesse. Supuso que tenía cuarenta. La cosa más rara de todas era lo agradable que lucía, casi guapo.

—¿Qué viste en el estacionamiento? —preguntó él.

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patillas cuidadosamente recortadas parecían cuchillos.

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Estaba presentable, excepto por la barba incipiente de su mandíbula. Sus gruesas


Era difícil hacer que su voz saliera. Estaba segura de que él quería una respuesta específica. Quería que ella dijera algo sobre el auto y las farolas. —No recuerdo mucho —dijo, y levantó la mirada justo cuando su puño encontraba su mejilla. No había esperado eso. —¡No tienes que golpearla! —escuchó a Jesse gritar mientras su cabeza colisionaba con el cabezal. Contuvo el grito atado dentro de su garganta. Si lo dejaba salir, la golpearía de nuevo, estaba segura de ello. »Dijiste que no le harías daño. —Jesse miró a Eric sombríamente. —Cállate. Naomi presionó dos dedos contra su mejilla adormecida. Su rostro se sentía roto. No estaba segura de si estaba llorando. Tenía que mantenerse en calma y darles lo que querían. Esa era la única forma de salir de este lío. Si había forma de salir de ello sin conseguir que la mataran. —Como el infierno que no te acuerdas. —Eric curvó su labio superior en un gruñido—. Incluso si no es así, no importa ahora. Nos has visto. —La empujó fuera de la cama, más allá de Jesse, y hacia el baño. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Jesse. Eric bajó la mirada hacia el libro de poesía todavía en la mano de Jesse. —Bota el maldito libro y ayúdame. Trae las tijeras. —Envolvió una fría mano alrededor del cuello de Naomi y la inclinó contra el lavabo con un fuerte empujón. Sus lágrimas cayeron en el lavabo de porcelana. Estaba llorando. Genial. Ahí quedaba lo de permanecer valiente. Por supuesto, jamás había pensado en sí misma como alguien particularmente valiente. Esta no era una situación en la que brillaría. Su labio estaba sangrando, convirtiendo sus lágrimas en rosadas mientras estas se deslizaban por el drenaje. Se preguntó por qué estos hombres no la mataban simplemente. No era que quisiera que lo hicieran, pero mantenerla viva significaba que iban a hacer algo con ella, y eso era en lo que no quería pensar con absolutamente ningún detalle.

Recordaba cortar su propio cabello con estas cuando tenía seis. Su niñera la había nalgueado tan fuerte que no pudo sentarse por el resto del día.

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tenían un brillante mango anaranjado. Su papá tenía un par de esas en su oficina.

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—Aquí. —Jesse entró al baño y le pasó un par de tijeras de oficina a Eric, de las que


Eric le arrebató las tijeras a Jesse y tiró de la cabeza de ella más abajo. Dividió su cabello a la mitad. Estaba tan largo que se enrolló en la cuenca del lavabo como dos serpientes doradas. Se quedó mirándolo, de alguna manera aliviada. Al menos no estaba planeando apuñalarla. Eso esperaba. Repitió la misma frase en su cabeza una y otra vez: permanece en calma, permanece en calma, permanece en calma. Su cuerpo se relajó. —No —dijo Eric cuando las rodillas de ella se bambolearon y su cuerpo se puso flojo. La empujó contra el mostrador antes de que se cayera. —Lo siento —murmuró ella en el lavabo. La poca determinación que le quedaba se estaba desenmarañando rápidamente y no podía envolverla de nuevo lo suficientemente rápido. Todo lo que quería hacer era acurrucarse en una bola y llorar. Él terminó la primera sección con cuatro cortes y se movió al otro lado. Tiró. Estiró. Obviamente, nunca antes había cortado cabello. Cuando agarró sus hombros y la forzó a enderezarse, se miró. Su cabello se había ido. Lo había cortado a unos cuantos centímetros por encima de sus hombros. Ella agarró el mostrador tan fuerte que pensó que sus dedos podrían partirse. ¿Qué era esto? ¿Por qué? ¿Por qué todo esto? —Quítate el suéter. Después de limpiar lo último que quedaba de la sangre de sus labios, se sacó su suéter con capucha. Era el que Brad le había comprado en el centro comercial un año atrás. Se lo pasó, esperando que no le pidiera que se quitara nada más. Enloquecería si lo hacía. Si Brad alguna vez se encontraba a este hombre, le rompería el cuello. —Quítate los aretes. Ella levantó una mano hacia su oreja. —¿Por qué? —Porque yo lo digo, por eso. —Él se inclinó hacia adelante y escupió las palabras. Los aretes eran un regalo de Navidad de sus padres. O lo que ellos querían llamar

rescate? Sus padres tenían mucho dinero, pero eso no parecía ser lo que querían estos hombres.

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topos de diamantes, de un quilate cada uno. ¿Había sido secuestrada para pedir un

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regalo, llevándola a la joyería dos días antes de las fiestas para que los escogiera. Dos


Eric deslizó los aretes en su bolsillo. —Sería malditamente mucho más fácil matarte, pero no quiero hacer esto si no tengo por qué. —Se encogió de hombros—. Es tu elección. Si intentas escapar, te mataré. Si quieres vivir, quédate con nosotros y haz exactamente lo que te decimos. Ella dio un paso atrás. —No eres una luchadora —dijo, frotándose los nudillos de la mano con la que la había golpeado—. Eso es bueno. El resto de su fuerza se desenredó cuando se dio cuenta de la verdad de lo que él dijo. Por supuesto que no era una luchadora. Si lo fuera, ya lo habría pateado en las pelotas, o golpeado su codo contra su estómago, o mordido su brazo. Cualquier cosa excepto hacer lo que él decía. Bajó la mirada. Él llenó un vaso de plástico con agua y puso dos píldoras en el mostrador. —Tómate esas. Eran azules y redondas, amargas y agrias en su lengua cuando las tragó. Se convenció a sí misma de que solo eran para hacerla dormir porque no tenía ningún rastro de voluntad para resistirse. Dio otro paso atrás y miró el inodoro. Necesitaba orinar. —¿Necesitas hacer? Asintió, y cuando no se no movió, se dio cuenta de que iba a quedarse ahí todo el tiempo. Él se aclaró la garganta y se dio la vuelta. ¿Podía hacer esto? Tenía que hacerlo. Desabrochándose los pantalones, los bajó y se sentó en el inodoro, su rostro calentándose más con cada segundo. Su orina golpeando el agua era el sonido más fuerte y vergonzoso que había escuchado alguna vez. Cerró los ojos con fuerza. Se sentía desnuda. La única persona que alguna vez la había visto desnuda aparte de su niñez era Brad, y ahora este hombre idiota podía darse vuelta y verla orinar y no había nada que ella pudiera hacer al respecto. ¿Dónde estaba Brad? ¿Qué había sucedido? ¿Por qué ir al baño estaba tomando tanto tiempo? Al menos el hombre no estaba mirando. Su nombre era Eric. ¿Estaba mal pensar en él por su nombre?

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Finalmente, terminó.

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¿Cuánto tiempo tendría que hacer eso?


—Terminé —dijo después de abrocharse los pantalones. Tiró de la cadena del inodoro. Él la condujo de vuelta a la cama. —Acuéstate y quédate quieta. —La observó trepar bajo las sábanas y hacerse una bola. En la otra cama, Jesse levantó la mirada de su libro. Naomi cerró sus ojos y se dio vuelta para no verlo antes de que pudiera decidir si su expresión compasiva era bienintencionada o no. Al menos no la habían atado, pero ¿qué le harían una vez que estuviera dormida? Se abrazó a sí misma y respiró lentamente por lo que parecieron horas. Una pizarra en blanco. Tenía que empujar su mente a algún lugar seguro, algún lugar vacío. Entonces los hombres empezaron a hablar. —¿Cuánto conseguiste? —preguntó Jesse. —Tres de cincuenta. Mejor de lo que pensamos. Tu amigo dice que hay presión por oro al otro lado. Iremos a casa esta noche una vez que las pastillas la pongan a dormir. Sus palabras estaban empezando a sonar como un farfullo y a desvanecerse en su cabeza. Genial. ¿Por qué ahora cuando podría tal vez escuchar algo útil en su conversación? Probablemente no recordaría nada de esto. Estúpidas pastillas. Debería haber pretendido tragarlas, pero parte de ella quería dejarse ir y nunca despertar. —¿Tienen todo listo? ¿Estás seguro de que quieres seguir con todo esto? —Claro que estoy seguro. Le dejé la elección a Evie, y esto es lo que quiere. Saldrá bien. Es mi propia maldita culpa. No la vi con toda esa niebla hasta que fue demasiado tarde, ¿y quién demonios sabe si está diciendo la verdad? —Se aclaró la garganta y sonó como un tren destrozado en la cabeza de ella a través de las drogas que le había dado—. Tendremos que limpiar aquí antes de irnos. Huellas, cabello, todo. No podemos dejar nada tras. Ella ya está en todas las noticias. ¿Ya se quedó dormida?

La mano permaneció en su codo, cálida y presionando. Se deslizó por su piel, una caricia suave y temblorosa. Luego se desvaneció.

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—Ya casi.

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Una mano la tocó en el brazo. Su cuerpo saltó, pero no pudo abrir los ojos.


II K

aren Jensen amaba su oficina. Amaba los gruesos volúmenes de derecho encuadernados en piel alineados perfectamente en la estantería. Amaba el olor a café desde el final del pasillo. Especialmente amaba las ventanas

detrás de su escritorio con vistas de la ciudad y el océano más allá. A menudo estaba oscuro cuando se iba a trabajar temprano en las mañanas y siempre oscuro cuando volvía a casa tarde en la noche. El tráfico se movía despacio, pero estaba tan ajena a eso que era imposible que le molestara. Anna, su secretaria, siempre le hacía saber de antemano si había un accidente o una construcción y qué ruta la llevaría más rápido a casa. Anna era un salvavidas. Esta mañana cuando Karen entró en su oficina y encendió la luz, sintió que algo estaba mal. Anna ya había llegado. Eso era raro; generalmente no se aparecía hasta las nueve. Karen miró su reloj. Solo eran las ocho. Se asomó dentro de la oficina anexa donde Anna estaba encorvada sobre su escritorio, una mano apoyada en su barbilla mientras dormitaba frente a su computadora. —Anna, ¿qué estás haciendo? La chica saltó y dio la vuelta en la silla. —¡Karen! Anna estaba en los veintiocho, era delgada, alerta y extravagante; un soplo de aire fresco cada vez que Karen a miraba. La chica podía hablar más rápido que un trompo, pero a Karen le gustaba eso. Le gustaba su cabello castaño salvajemente rizado y sus dramáticos ojos color avellana que parpadeaban como dos polillas tratando de encontrar su manera de salir de la habitación. Hoy, sin embargo, Anna parecía cualquier cosa menos extravagante. Oscuros

como si estuviera viendo un fantasma—. ¿Qué estás haciendo aquí? Creí que no regresarías en semanas, o hasta que Naomi sea encontrada. Pensé…

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—Karen —repitió y rodó su silla de vuelta a su escritorio. Su rostro drenado de color

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círculos se hundían debajo de sus ojos. Su cabello estaba lacio.


—Olvida lo que pensaste. —Karen agitó su mano—. No hay nada que pueda hacer por Naomi ahora mismo. Los detectives están en el caso. La prensa está teniendo un día de campo, y tengo clientes con casos que no van a esperar solo porque tengo una crisis personal sucediendo en segundo plano. Ya perdí el día de ayer. —¿Crisis personal? —Sí, ¿no se trata de eso? Anna parpadeó. —Sí, y deberías estar en casa. —¿Haciendo qué? ¿Llorando? ¿Preocupándome? ¿Qué va a resolver eso? Anna, se realista por dos segundos. Karen enderezó sus hombros y trató de alejar sus pensamientos a la fuerza de la mañana de ayer cuando Brad había aparecido justo antes del desayuno. Naomi estaba desaparecida. Había estado desaparecida por dos días, pero Brad estaba demasiado asustado como para decirle a alguien que no podía encontrarla. Había estado allí de pie en el porche con sus manos metidas en sus bolsillos, su cabello rubio cayendo en sus ojos mientras confesaba que había golpeado a Naomi en el rostro la noche anterior a que despareciera, y quizás ese era el motivo de que estuviera desaparecida. Karen sabía que su marido, Jason, probablemente le gritaría al chico por diez minutos si escuchaba tal confesión, así que se mantuvo callada cuando él llegó a una casa llena de oficiales de policía haciendo preguntas. Pero todo salió a la luz después, de cualquier manera. —Estoy siendo realista. —La voz de Anna interrumpió sus pensamientos. Demasiado para no pensar en el día de ayer. Karen dio a Anna una mirada fría y se dirigió a su escritorio. No tenía tiempo para esto. Se sentó en su silla y levantó la mirada hacia Anna, quien parecía estar luchando con la urgencia de poner la mirada malhumorada que por lo general reservaba para su exnovio cuando la llamaba al trabajo. —Anna —dijo en una voz calma, alisando las arrugas de su blusa y ajustando su collar de perlas—. La policía está tratando de encontrar a Naomi. No hay nada más

también. He visto lo suficiente en el juzgado para saber cuán inútil es para mí involucrarme en la investigación ahora mismo. Solo sería un estorbo. Tan temprano

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la policía, y he contratado a mi propio detective privado para trabajar con ellos

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que se pueda hacer ahora. Nos pasamos el día de ayer buscando en nuestra área con


en este punto, ella podría aparecer en cualquier momento. Casi tiene dieciocho, y solo quiere ejercer su independencia. Estoy segura de que eso es todo. Anna cruzó sus brazos. —Los primeros días de un caso de persona desaparecida son los más importantes, y ¿qué quieres decir con que es inútil involucrarte? Eres su madre. —Sí, soy su muy ocupada madre con cinco clientes previstos para hoy. —Echó un vistazo a su reloj—. Y debo estar en el juzgado en tres horas. Personas muy importantes dependen de mí, Anna. —Le dio una mirada a Anna que decía claramente déjalo pasar, luego apuñaló el botón de encendido de la computadora—. Espero que te mantuvieras informada de todas las cosas ayer. —Oh claro, me mantuve bien informada. —Anna desdobló sus brazos y giró sobre sus talones, desapareciendo dentro de su oficina—. Miré tus correos —gritó cuando se sentó en su escritorio donde Karen solo podía ver su espalda—. Revisé tus mensajes de voz; había un montón de mensajes de personas preocupadas por Naomi, y uno de tu hermana, Elizabeth. ¿No tiene tu número de celular? —Nadie tiene mi número de celular excepto tú y Jason. Sabes que todas mis otras llamadas son remitidas aquí. —¿Ni siquiera Naomi? —Anna se dio vuelta en su silla, y fue entonces que Karen notó su ropa arrugada y los cojines fuera de lugar en el sofá de cuero al otro lado de la habitación. —No, ni siquiera Naomi. —¿Y si te necesita? ¿Cómo puede comunicarse contigo si no tiene tú número? —Naomi nunca me necesita. ¿Dormiste aquí anoche? Anna parpadeó. —¿Anna? —Sí, lo hice.

—¿Por qué no dormiría aquí? Solo tuve a personas y reporteros viniendo cada cinco segundos preguntando por ti ayer. Solo traté de llamarte cinco mil millones de veces.

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Su rostro se volvió escarlata cuando se paró de su silla.

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—¿Por qué dormirías aquí?


Solo me senté aquí muerta de preocupación desde que anunciaron en las noticias que hubo un robo la noche en que ella desapareció a tres cuadras de tu casa. ¿Y si alguien se la llevó, Karen? Eso es lo que están diciendo. Tú y tu esposo son dos de las personas más prominentes en esta ciudad, y la están escondiendo bajo la alfombra. Karen cerró sus ojos y obligó a que su mente regresara a un lugar tranquilo. Estaba empezando a desmoronarse, y no podía dejar que eso pasara. Una mujer en su posición tenía que permanecer fuerte. Su carrera dependía de eso. No iba a mostrar remordimiento o culpa o nada sobre Naomi, y eso obviamente molestaba a Anna. El problema era que Anna no podía posiblemente entender cómo funcionaba su relación con Naomi. Abrió sus ojos y se puso de pie. —Voy a ir a conseguir algo de café. —Pero siempre consigo tu café. —No hoy. Karen se marchó de la oficina mientas frotaba un dedo entre sus ojos. ¿Era así como iba a reaccionar todo el mundo? ¿Sorprendidos por su comportamiento? Los reporteros ya estaban acampando cerca de la casa. Era solo cuestión de tiempo antes de que se dieran cuenta de que se había escabullido para ir a trabajar. Estarían aquí por la tarde molestándola con sus preguntas. Jason podría pasarlo mucho peor. Era el CEO de una de las más grandes empresas del oeste de los Estados Unidos. Agarró una taza del armario y la llenó de café. Lo necesitaba desesperadamente hoy. Jason la había mantenido despierta toda la noche preocupándose por Naomi. Él se preguntaba si debería volver al trabajo, si debería tratar de ayudar a buscarla más de lo que ya había hecho, si era su culpa que ella se hubiera ido. Lo cual era ridículo. Ella casi tenía dieciocho. Cuando Karen tuvo esa edad, había dejado a su familia, emocionada por empezar su propia vida lejos de lo que apenas era un hogar. Aún podía oler los macarrones con queso quemados que su hermana había tratado de preparar en la cocina de su mugriento remolque y las grasosas hamburguesas que su padre asaba afuera cada fin de semana hasta que caía la nieve. Su madre había trabajado en una fábrica, y siempre que venía a casa se dejaba caer en el abultado sofá y fumaba un cigarrillo tras otro hasta que Karen tenía que salir para poder respirar. El único refugio era la escuela. En su techo tenía pegado un póster de

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océano.

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Harvard. Un día iría allí y se graduaría y viviría en una gran y limpia casa cerca del


—Y eso es exactamente lo que hice —murmuró en su café. Marchó de regreso a su oficina y se sentó. Anna aún estaba en su escritorio. »Sé lo que estás pensando —dijo Karen, causando que Anna se diera la vuelta y la mirara. —¿Qué estoy pensando? —Que soy una terrible persona por reaccionar de esta manera. —Eso no es lo que… Karen levantó una mano. —Todo el mundo pensará eso, pero están equivocados. No entienden las presiones con las que lidiamos Jason y yo… que tenemos que mantenernos en el ojo público. Le he dado a Naomi todo lo que yo nunca tuve. Si ella es algo parecida a mí, no está en ningún peligro. Solo necesitaba algo de espacio. Su novio la golpeó, y probablemente piensa alejarse por un tiempo mientras le enseñará una lección. Regresará en un par de días. Anna se volvió a su computadora. —Parece que ella tenía un montón de espacio antes. No valía la pena responder eso. Karen no podía creer que estuviera perdiendo su tiempo discutiendo con Anna. Había mucho por hacer el día de hoy. Se quedó mirando la bandeja de entrada de su correo electrónico y parpadeó cuando la pantalla se puso borrosa. Falta de sueño, eso era todo. Giró su silla de cara a las ventanas detrás de ella mientras la cafeína de su café se filtraba en su sistema. El océano estaba en calma más allá de la ciudad, al igual que ella. Mantendría la calma. Incluso si Naomi estaba en verdadero peligro, mostrarle al público su miedo e inseguridades no ayudaría a nadie. Nadie podía entender su relación con Naomi. Era como una flor tratando de florecer. Si alguien la molestaba, moriría, al igual que su relación rota con su propia madre había muerto. No dejaría que eso pasara, especialmente con reporteros tratando de entrometerse en s vida.

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Tomando un sorbo de su café, se volvió a su computadora.


III E

l aire olía a tocino. Naomi mantuvo sus ojos cerrados ante la luz del sol que calentaba su rostro. Estaba cómoda debajo de una pesada colcha. Girando, acurrucó su mejilla en una almohada suave.

Espera un minuto. La habitación de motel. El libro de poesía. Se sentó, su corazón martilleando. La habitación estaba principalmente vacía y definitivamente no era una habitación de motel. Había una cama con dosel, una mesita de noche, un tocador. La puerta estaba asegurada desde el otro lado. Había un baño y un vestidor con ropa en perchas. No estaba soñando. No podía estar soñando con tanto dolor. Tocó las puntas de su cabello corto mientras las lágrimas saltaban a sus ojos. Parpadeó para alejarlas. Tenía que pensar y mantener la cabeza fría. Primero que nada, ¿dónde estaba? ¿Estaba a salvo, o a segundos del peligro? Levantó la colcha de su cuerpo y miró sus pies desnudos. Habían quitado sus zapatos, y no podía verlo por ningún lugar. Tocó su labio. Nada de sangre. La hendidura se había cerrado. La herida en la base de su cráneo palpitaba, pero estaba limpia y curándose. Habían cuidado de ella, y eso la asustaba más que cualquier otra cosa. Tragó. Su garganta estaba reseca. Temblando, se levantó de la cama y entró al baño donde se inclinó sobre el lavabo y bebió directamente del grifo. Con el agua chapoteando en su estómago, se enderezó para mirarse al espejo. No iba a encender la luz para ver más de la chica aterrada devolviéndole la mirada. Lucía terrible. Su cabello estaba desparejo y dentado, ni siquiera apto para una estrella de punk.

Incluso ropa interior. De su talla.

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pasta dental, hilo dental, un cepillo para el cabello y un peine, jabón y champú.

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Dio un vistazo dentro de dos bolsas de compra en el mostrador. Cepillo de dientes y


Salió corriendo del baño a la ventana junto a la cama y tiró de la cortina. Allí estaba duramente lleno de nieve en el suelo. La habitación estaba en un segundo piso de una casa frente a una calle tranquila. Arces antiguos y pinos punteaban el vecindario de casas lujosas y jardines paisajistas. Sus dedos rozaron el alfeizar de la ventana y casi saltó ante lo que vio. Alguien había instalado una cerradura en el exterior. ¿Por qué molestarse? Incluso si se las arreglaba para salir, la caída le rompería una pierna o un brazo. Así que querían mantenerla aquí como un animal enjaulado. Sí, claro. Corriendo a la puerta, tiró de la manija. Cerrado. Se arrojó hacia esta, golpeó, pateó, pero no gritó. Ya estaba mareada. Estrellas blancas explotaron ante sus ojos. Parpadeó y sacudió su cabeza. Más estrellas. Negrura. Sus rodillas de repente estaban como gelatina. Iba a desplomarse en un montón en el piso si no lograba regresar a la cama a tiempo. Todo lo que necesitaba era acostarse. Dos segundos. Finalmente, se dirigió de regreso a la cama y se deslizó debajo de las cálidas mantas. Su estómago se apretó. Hambre. Eso explicaba las estrellas, el agotamiento y el dolor en su estómago. No había comido en días. Tal vez se rendiría por ahora. Un reloj cerca del baño mostraba que eran las cinco. Se enfocó en la segunda mano marcando su camino alrededor, alrededor, alrededor. Cerró sus ojos y vio dos luces amarillas acelerando a toda velocidad hacia ella. Nada de tiempo para correr. Nada de tiempo para hacer nada, excepto ampliar sus ojos en la brumosa oscuridad. Una explosión rasgó sus pulmones mientras sus pies volaban de debajo de ella. Alquitrán arenoso y grava, puertas cerrándose y voces asustadas, respiraciones en su rostro. Fue levantada en la nada.

Una mano rozó la frente de Naomi y ella abrió sus ojos. No era Jesse o Eric, sino una mujer.

pesada que antes. Evelyn parpadeó cuando el rico resplandor se movió a través de su rostro. Se parecía mucho a Eric: misma tez aceituna clara, pómulos angulosos y cabello oscuro. El suyo estaba en tirabuzones sueltos cayendo sobre sus hombros. Sus

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Naomi retrocedió y se sentó. La luz del sol brillando a través de la ventana era más

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—Hola —dijo la mujer con una dulce sonrisa—. Soy Evelyn.


labios eran bonitos, de un profundo rojo. Estaba sentada en el borde de la cama e inclinada hacia adelante. —¿Estás bien? ¿Puedo conseguirte alguna cosa? Te traje algo de comida. Eric dijo que no has comido durante días. Ella apretó los dientes. —Nunca me dio comida. —Su voz era débil y frágil. Se sentía extraña al hablar. Probablemente debería mantener su boca cerrada en algún tipo de defensa, pero Evelyn no era amenazante de ninguna manera y las palabras fluyeron a la punta de su lengua—. Me dio píldoras. Evelyn suspiró. —Pensó que descansar era más importante para ti. No queríamos que murieras ni nada. Naomi no sabía si debería reír o estar horrorizada. ¿Por qué a estas personas les importaba si moría? Querían mantener su boca cerrada sobre lo que pensaban que ella había visto. El morir se encargaría de eso. ¿Por qué desperdiciar la energía manteniéndola encerrada así? Evelyn señaló un sándwich y un vaso de leche en la mesita de noche. —Adelante y come, pero tómalo con calma o podrías regresarlo enseguida. ¿Quieres que me vaya? Ella arrebató el plato con sus manos temblorosas. Tocino, lechuga y tomate, algo que Brad había hecho una vez. Hundió sus dientes en este, y un pequeño gemido escapó de su garganta. —Me alegra que te guste. Naomi apenas la escuchó. El sándwich estaba tan bueno. Evelyn se puso de pie. —Quiero cortar tu cabello. Se ve terrible. Lamento que él… —Masticó su labio, parpadeando mientras miraba al piso—. Eric es mi hermano. No tuvo otra opción

Naomi miraba su sándwich. Era la mejor comida que había probado.

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Salió de la habitación en un apuro, las cerraduras volviendo a su lugar mientras

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que tomarte. —Miró hacia la puerta—. Volveré en la mañana.


Un intenso y palpitante dolor de cabeza y episodios de calambres de estómago la plagaron la mayor parte de la noche. Después de decidir que fue debido a la comida, deseó haber atendido el consejo de Evelyn y comido más lentamente. Ahora se sacudía y daba vuelta bajo las mantas, despertando repetidamente en un sudor frío hasta que miró el reloj por enésima vez, vio que eran las seis de la mañana, y se dio cuenta de que su dolor de cabeza finalmente se había ido. Escuchó voces amortiguadas. Puertas abiertas y cerradas, y el débil zumbido de un secador de cabello flotaron a través de la alejada pared a la derecha. Una de las habitaciones de sus secuestradores estaba junto a la suya, pero ¿qué estaban haciendo despiertos a las seis de la mañana? Podía golpear la puerta de nuevo. No, se sentía demasiado enferma. No podía recordar la última vez que se había sentido tan mal. Sus niñeras siempre cuidaban bien de ella cuando estaba enferma cuando era niña. Nunca la dejaban ponerse mal. Al aire le estaba faltando algo. Estaba acostumbrada a los sonidos de olas chocando y gaviotas chillando. Anhelaba esos sonidos ahora, el olor a la sal en el aire cuando se despertaba cada mañana con la enérgica conmoción de sus padres preparándose para el trabajo. Ellos se despertaban a las seis de la mañana, pero tenían empleos. ¿Sus secuestradores trabajaban como la gente normal? Era tan raro pensar en ellos de esa manera, pero mientras el reloj marcaba a través de la oscuridad, los escuchó pasar junto a su puerta, hablando y aclarando sus gargantas como si nada estuviera mal. Abajo, platos traqueteando, puertas de armarios cerrándose. Voces débiles, risas, olor a café. Todas las voces sonaban masculinas, excepto por los tonos suaves de Evelyn. Los minutos pasaron, cada uno construyendo la tensión nerviosa en su interior hasta que finalmente se deslizó fuera de la cama y se precipitó al baño. —Lo bueno es que hay una cerradura —gruñó y encendió la luz. Presionó sus dos palmas en su frente y se miró en el espejo. Necesitaba pensar, sentirse segura por dos

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Piensa. Piensa.

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minutos. Cerró sus ojos y se inclinó contra la pared.


Pensaban que ella había visto algo. No lo había hecho, pero no iban a dejarla ir ahora. Era obvio que iban a mantenerla aquí hasta que… ¿hasta qué? Gimió y clavó sus uñas en su cuero cabelludo. Pasara lo que pasara, tenía que jugar bajo sus reglas hasta que pudiera resolver algo. Eric la mataría si hacía un mal movimiento. Lo creía con cada fibra de su ser. Tenía que obedecer. Por ahora. Salió del baño para buscar la ropa en el armario. Jeans, camisas de manga larga, suéteres, incluso un par de pantalones de algodón y una camisola para dormir. Todas eran totalmente nuevas, de las tallas correctas, y limpias. El olor de su propio cuerpo sucio estaba sacándola de quicio. Al menos podía tomar una ducha antes de que Evelyn llegara a cortar su cabello. Arrebató un cambio de ropa. Algo urgente la fastidió en la parte posterior de su mente cuando se encerró en el baño. ¿La ropa era amabilidad? ¿La comida que Evelyn le había traído? ¿La promesa de cortar su cabello? Se sentía como amabilidad.

Daba un vistazo alrededor de la cortina de la ducha cada diez segundos para asegurarse de que la puerta seguía cerrada. Se sentía bien estar bajo el agua. El vapor flotaba alrededor de ella como niebla, y pensó en el banquete al que fueron Brad y la noche en que fue tomada. Esa noche había terminado en confusión. Fue uno de los pocos banquetes a los que había asistido por la compañía de su padre. Él era el director general. A la prensa le gustaba tomar fotografías, y a sus padres les gustaba estar en las fotografías. Se vería extraño si no tenían a su hija con ellos cuando todos los demás llevaban a sus hijos mayores a lucirlos como trofeos. Sacudió su cabeza en asombro cuando ella y Brad entraron al salón del banquete decorado con rosas azules y blancas. No sabía que las rosas azules existían, pero aparentemente sí. —Lo bueno es que llevas una corbata azul —murmuró mientras los dedos de Brad se cerraban alrededor de su mano. Pensó en sus nudillos estampándose contra su mejilla

Él no había sido más que gentil y amoroso todo el día, pero ella todavía estaba molesta consigo misma por perdonarlo tan rápidamente. Solo le había tomado diez

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punto en su mejilla, justo donde había cubierto el moretón con maquillaje.

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la noche anterior y casi se apartó cuando él apretó sus dedos y sonrió. Él miró el


minutos de tiernas disculpas para que le hablara de nuevo. Finalmente, se desprendió de su mano una vez que encontraron la mesa vacía de sus padres. —¿Entonces piensas que la comida será buena? —preguntó él mientras sacaba una silla y se sentaba junto a ella. —Generalmente lo es. La habitación estaba llena de hombres y mujeres demasiado arreglados. Estaba ruidosa con lo que a ella le gustaba llamar conversación corporativa, cosas que su padre estaba siempre diciendo que no tenían sentido para ella. A ella tampoco le importaba. La única razón por la que estaba allí, se recordó, era porque básicamente la habían obligado a venir. Las personas encontraron sus asientos, y después de unos minutos, el salón quedó en silencio. —Te ves increíble, por cierto —le susurró Brad al oído. Su mano subió un centímetro a su cadera y se deslizó a través de su regazo. Mordisqueó su oreja cuando ella se apoyó en él porque sabía que era lo que él quería. Bajando los ojos, se quedó mirando el satén color amarillo paja que se ondulaba contra sus piernas al caminar. Brad deslizó la otra mano por sus hombros desnudos, y ella luchó contra una ola de lágrimas. Si lloraba, las lágrimas lavarían su maquillaje y revelarían su contusión. —¿Dónde están sus padres? Ella levantó los ojos, cruzó los brazos y asintió hacia el frente. —Donde están siempre en estas cosas, allí arriba. Tendremos suerte si llegan aquí abajo en algún momento. Estaba llorando ahora, en la ducha, todavía rodeada por vapor. No quería llorar, pero fue secuestrada. ¿Qué otra cosa podía hacer? Se suponía que tenía que llorar, luchar, gritar, entrar en pánico. Eso era lo que todos los libros y películas mostraban. Pero ahora, mientras enfrentaba la realidad de donde estaba, esas reacciones parecían estúpidas dentro de su cabeza. No sentía ganas de llorar. Se sentía entumecida, y eso hizo que las lágrimas desaparecieran.

piel por su cuerpo. Contuvo el aliento y saboreó la prisa de la conciencia.

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habitación estaba llena de vapor y calor, pero aun así el azulejo estaba frío y erizó su

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Apagó el agua y apoyó los hombros contra las baldosas de piedra oscura. La


Alguien abrió la puerta de la habitación justo cuando ella salía de la bañera. Agarró una toalla del estante y la envolvió alrededor de sí misma. —¿Naomi? —articuló Evelyn a través de la puerta—. ¿Estás bien? Su estómago se agitó. Ninguno de ellos había dicho su nombre antes. Era extraño. Demasiado personal. La enfrío mientras el agua se deslizaba por sus piernas y formaba pequeños charcos alrededor de los dedos de sus pies. —Estoy… —Su voz era ronca y tranquila. Se aclaró la garganta—. Me di una ducha. Silencio, unos movimientos. —Está bien. Abre la puerta cuando hayas terminado para que pueda cortarte el cabello. Date prisa si puedes, ¿está bien? Ella no respondió. No tenía idea de qué decir a sus secuestradores en cualquier momento que hablaran con ella. En todo caso, se sentía estúpida y avergonzada. Debería haber tomado un camino diferente a casa. Debería haber gritado y haberse defendido en la habitación de motel así Eric la habría matado. De esa manera no tendrían que preocuparse por ella y pasar por todo este problema. Ella no valía la pena tanta preocupación. Era ridículo. Si tan solo la dejaran ir. No le importaba lo que ellos hubieran hecho esa noche. Deslizándose en su nueva ropa, secó su cabello con una toalla tanto como pudo antes de abrir la puerta. Evelyn tenía un taburete y una pequeña bolsa en sus brazos. Le dio una breve sonrisa a Naomi y colocó el taburete frente al espejo, luego abrió la bolsa y extendió un puñado de herramientas de corte de cabello. Naomi se sentó y la observó limpiar el espejo empañado. —¿Está bien para ti esto… cortar tu cabello? —preguntó Evelyn, ajustando su blusa de seda blanca en su figura perfecta. Naomi trató de mantener una expresión neutra. Por alguna razón, la ira estaba surgiendo a través de ella.

la herida en la parte posterior de su cabeza. Trazo tras trazo, trabajó suavemente a través de los enredos, luego tomó un par de tijeras del mostrador y empezó a cortar.

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—Está bien entonces. —Pasó el cepillo por el cabello de Naomi y se detuvo cerca de

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—Supongo que sí.


Sus manos fueron rápidas mientras trabajaba. Inclinó la cabeza de Naomi, midió el cabello en ambos lados con los dedos, y comprobó su trabajo en el espejo con rápidas miradas pensativas. Después de dos minutos, Naomi estaba segura de que era una peluquera profesional. Por alguna estúpida razón, eso hizo que se relajara. —Será corto —dijo Evelyn después de unos minutos—. Lo siento. Naomi no dejó que ninguna emoción se mostrara en su rostro. Se concentró en el cabello de Evelyn, largo y ondeado en espiral hacia abajo de los hombros, como agua negra cayendo. Era tan grácil y elegante, como una supermodelo. A excepción de la cicatriz. Naomi agrandó los ojos. No la había visto antes, un surco largo y delgado en el lado izquierdo del rostro de Evelyn. Era apenas visible debajo de su maquillaje perfectamente aplicado, pero Naomi podía ver que hacía grandes esfuerzos para ocultarlo. Comenzaba en la parte superior de la oreja, bajaba por su mejilla y se detenía cerca del borde de la boca. Evelyn se aclaró la garganta. —Te pareces mucho a tu madre. ¿Su madre? No, no se parecía. Miró su propia reflejo y frunció el ceño. ¿Cómo sabía Evelyn cómo lucía su madre? —La he visto en las noticias. —Evelyn sacudió la cabeza y tosió—. Lo lamento. No debería decirte cosas como esas. Siempre estoy diciendo cosas que no debería. —Está bien. —No, no lo está. —Tomó un clip del mostrador y Naomi alcanzó a ver un anillo de bodas en el dedo, un gran diamante y dos rubíes rojo profundo—. Debes pensar que somos horribles y terribles personas. Sí, solo un poco. Evelyn levantó el clip y retorció un poco del cabello de Naomi para colocarlo fuera del camino. Comenzó a cortar de nuevo.

Así que la habían oído y estaban bien con ello. Tal vez.

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puerta ayer en la tarde. Esperábamos eso.

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—No puedo creer lo tranquila que estás, a excepción de tus patadas y golpes en la


Evelyn entrecerró los ojos. —No recomiendo más de ese tipo de comportamiento. A Eric no le gusta. Dijo que no has tratado de escapar, y debería permanecer de esa manera. —Suavizó su expresión—. Pero si fuera por mí, eres… —No vi nada —interrumpió, incapaz de seguir conteniéndose. Se agarró a los bordes del taburete—. No sé por qué me están reteniendo aquí. ¿No sería más fácil dejar que me vaya? No diré nada. No importa lo que sea que estén tratando de ocultar. — ¡No! Las tijeras cortaron cerrándose. —No pidas cosas como esas. No podemos dejarte ir ahora que estás aquí. Has visto demasiado. Eric me dijo que tenías que venir aquí o tendría que matarte. Así son las cosas. —Miró el reloj en su muñeca—. Casi termino. Solo unos minutos más o llegaré tarde al trabajo. Es miércoles. Siempre hay una crisis de tiempo los miércoles. Así que tenían puestos de trabajo. ¿Sería dejada sola en la casa? ¿Estaban tan seguros de mantenerla encerrada dentro de la habitación? No que viera ninguna salida posible a menos que derribara una pared, y no era como si tuviera la fuerza para ello. Cuando Evelyn terminó el corte, peinó el cabello a través de la línea de la mandíbula enmarcada de Naomi. Se veía mejor que el corte de cabello de Eric, al menos. Evelyn sonrió. —Me gusta, pero Erik podría hacer que lo tiña. Ya veremos. —Miró su reloj de nuevo, luego el piso donde el cabello estaba disperso a través de la baldosa—. Me tengo que ir, pero limpiaré esto cuando llegue a casa. Te dejé un poco de fruta y un vaso de leche sobre la cómoda. Naomi barrió los mechones húmedos de cabello de los hombros y el pecho, luego se levantó y siguió a Evelyn fuera del baño. —¿Te gusta la leche? —preguntó, dirigiéndose a Naomi antes de abrir la puerta—. La bebiste antes, pero ¿te gustaría algo más? ¿Zumo de naranja? ¿Café? Nos gusta el café

Un suspiro que sonó aliviado.

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—La leche está bien.

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en la mañana.


—Gracias por ser tan tranquila. Eric me dijo que harías lo que te pidiera, pero no estaba segura de lo que quería decir hasta ahora. —Abrió la puerta y torció la boca en una nerviosa sonrisa antes de salir de la habitación. Cuando las cerraduras hicieron clic en su lugar, Naomi corrió a la ventana desde donde podía mantener un ojo en el camino de entrada. Pasaron diez minutos antes de que un elegante sedán negro con vidrios polarizados saliera del garaje, seguido por un pequeño auto deportivo rojo fuego conducido por Evelyn. Naomi trató de leer las placas de matrícula, pero estaba demasiado alto para ver nada útil. ¿Utah o Colorado? ¿Idaho o Wyoming? No importaba. Pasó la mirada a lo largo del horizonte, siguiendo las montañas en la distancia. Nunca había visto este tipo de montañas afiladas antes, al menos no fuera de su propia ventana. Estaba acostumbrada a las líneas lisas y planas del océano que se extendían indefinidamente.

Esa noche soñó con dragones y hadas. Se sentó en el borde de un acantilado mientras nubes de tormenta rodaban a través de un profundo valle lleno de fuego. Dragones rodeaban la destrucción, sus alas transparentes en la luz brillante debajo de ellos. Cuando chillaban, ella se cubría los oídos y caía por el borde del acantilado, sus propios gritos coincidiendo con los gritos de los dragones. Hadas volaban a su rescate, pero su fuerza era insuficiente. Lloraron cuando ella aterrizó en las rocas y se partió en dos como una muñeca de porcelana. Más tarde, un hombre guapo vestido de cuero llegó en un caballo, su maltratada espada manchada de sangre reluciendo en el fuego. Era demasiado tarde para rescatarla, y antes de que pudiera advertirle, un dragón voló por encima de él y soltó un chorro de llamas, quemándolo en cenizas. Lloró mientras el fallido héroe se derrumbaba ante sus ojos. Con un sobresalto, se sentó en la cama, respirando con dificultad. Era medianoche. Nubes cubrían la luna. La única luz provenía de las lámparas de la calle. Lentamente,

Además, sus secuestradores no estaban lastimándola, así que ¿por qué su subconsciente estaba entrando en pánico?

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La tranquila habitación era mejor que el incendio de un valle plagado de dragones.

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se tumbó y trató de dejar de pensar en la imagen de su caro quebrado por la mitad.


Gimió y se dio la vuelta para descubrir que la almohada estaba mojada por las lágrimas. Golpeó la almohada con su puño. Tenía que controlar sus emociones antes de que se hicieran cargo. Por otra parte, recordó que tratar con cosas dentro de su cabeza podría ayudarle a lidiar con todo afuera. ¿No era eso psicología 101? Eso tenía que ser lo que su mente estaba haciendo. Tomando una respiración profunda, cerró los ojos y relajó su cuerpo, tratando de imaginarse fundiéndose. Los dragones regresaron, pero esta vez se habían establecido en las rocas para observar el valle ardiente en silencio. Fue entonces cuando oyó las cerraduras de la puerta abriéndose. Se congeló, tan tensa como si un dragón estuviera respirando en su cuello. —Tengo que verla de nuevo. —El susurro de Evelyn flotó a través del dormitorio. —No la despiertes, entonces. —Otro susurro, la voz de un hombre, no de Jesse o Eric. ¿Cuántos vivían en la casa? —No lo haré. Ha estado en silencio durante horas, la pobre. Está fuera de combate, como siempre. —Todavía se está ajustando. Se apaga. Pasarán meses antes de que acepte algo de esto. —Se detuvieron junto a la cama. Podía oír sus respiraciones, sentir su presencia. No tenía idea de lo que querían, pero no estaba a punto de hacerles saber que estaba despierta. —Es absolutamente perfecta —dijo Evelyn con un nudo en la voz—. Cada vez que la miro, creo que es más de lo que pude haber pedido. —No es por eso que Erik la trajo, Evie. —Lo sé, lo sé, pero mírala. Silencio. ¿Qué estaban haciendo? ¿Solo mirando? Estaba de espaldas a ellos. No se atrevía a moverse. Trató de hacer su respiración lenta y pesada, como si estuviera dormida. Ellos lo estaban comprando. —Tienes que decidir, Evie. No vamos a arriesgar nada de esta mierda por nada.

—Lo sé. —Su voz fue pesada. Un matiz de duda salpicado sus palabras.

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—Está decidido, entonces, pero ya conoces los riesgos si ella intenta algo.

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—Ya te dije que nunca podría vivir conmigo misma si le hacemos daño. Nunca.


—Tienes que despertar temprano —dijo el hombre, y se alejaron lentamente, como si todavía estuvieran mirando. Tenía la enferma sensación de que no sería la primera

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vez que habían entrado a su dormitorio para mirarla mientras dormía.


IV N

aomi trató de no pensar en la última vez que había comido o la última vez que había hablado con Evelyn o cualquiera de sus secuestradores. Evelyn había dicho que volvería, pero nunca lo hizo, a menos que contara la

espeluznante cosa de observación en la noche. La noche había pasado, luego la mañana, y ahora era noche de nuevo. Pensó en golpear la puerta de nuevo, pero recordó la advertencia de Evelyn. Sufrió tan silenciosamente como pudo, acurrucada en la cama, sosteniendo su estómago y gimiendo. El aroma rancio a cáscara de plátano viejo colgaba en el aire, junto con el corazón de manzana podrida y el hoyo de una ciruela madura. Había enterrado todo en la basura de baño debajo de bolitas de papel higiénico y bolsas de plástico que había vaciado el día anterior. Incluso cerró la puerta, se dejó caer en la cama y volvió el rostro hacia la otra pared, pero aun así podía olerlo. Era insoportable. ¿Querían dejarla hambrienta hasta la muerte? Si no, entonces iban a volverla loca al dejarla sola sin nada que hacer, excepto existir en su loca mente llena de otros mundos más aterradores que este. Había divisado a Eric tan solo una hora antes. Estacionó el auto negro sedán en el camino de entrada y salió con un rápido vistazo a su ventana. Muy probablemente la viera de pie medio oculta detrás de los pliegues de la cortina escarpada, con los ojos rojos de tanto llorar. Él no exhibió ningún signo de reconocimiento mientras corría su mirada a través de la ventana, luego se volvía para apoderarse de una cartera de cuero del asiento trasero, cerraba la puerta y se dirigía a la puerta principal. Naomi se sorprendió al verlo, especialmente vestido de traje y corbata debajo de un abrigo negro hasta la rodilla, aparentando como si su preocupación más inmediata

Parecía un hombre normal de mediana edad viniendo a casa del trabajo, pero ella sabía otra cosa. Todavía podía sentir el puño contra su rostro como una violenta

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para despejar aguanieve y luego desapareció bajo el techo sobre el porche.

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fuera relajarse después de un largo día de trabajo. Golpeó sus zapatos contra la acera


explosión. La contusión aún le dolía, presionada contra la colcha de la cama, apretada y rígida y probablemente más fea que la de Brad. Probablemente era violeta intenso, tal vez incluso negro, hinchado y brillante. No lo sabría. No se había visto desde la mañana en que Evelyn cortó su cabello. No se había duchado, cambiado de ropa, o hecho mucho salvo acostarse en la cama y sentir lástima de sí misma. Era patético y agotador. A medida que el reloj marcaba su camino hacia las siete y media, el clic de una cerradura la hizo saltar de la cama. Evelyn abrió la puerta y le dio una débil sonrisa de disculpa. Llevaba un delantal blanco salpicado con lo que parecía salsa de espagueti. Comida. Por un momento pensó que podría arañar su camino más allá de Evelyn para llegar a ello. El olor era repentinamente fuerte, flotando desde la cocina en etapas: tomates y ajo, orégano y albahaca dulce. —Necesito que bajes conmigo —dijo Evelyn en voz baja. Naomi la siguió fuera del dormitorio, su corazón latiendo. Tenía que comer. Nunca había estado tan hambrienta en su vida. No le importaba si tenía que ver a Eric o cualquier otra persona. No importaba. Nada importaba, excepto su estómago. Eso era más patético que cualquier cosa. Llegaron al final del pasillo donde Naomi vio una foto de Evelyn y un hombre de cabello oscuro. Supuso que era el marido de Evelyn, probablemente el hombre que había entrado al dormitorio con ella la noche anterior. En la planta baja, Evelyn la llevó a la sala donde le dijo que se sentara en un sofá de cuero frente a un televisor. Libros. Estaban por todas partes, apilados ordenadamente al final de las mesas, colocados en filas rectas en las estanterías por los pasillos, incluso en la cocina. La mayoría de las ventanas estaban cubiertas con persianas y cortinas. Sin teléfonos en ningún lugar. Evelyn se inclinó hacia su oreja. —Quédate tranquila y no te muevas. —Ella entró en la cocina donde Eric estaba de pie hablando con el hombre de la foto. Todos estaban sosteniendo platos de

cojines de cuero.

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cruzaba las manos sobre su regazo, juntando sus talones, y se hundía más en los

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espaguetis, comiendo durante su conversación. El olor la volvió loca mientras


No podía creer que iban a dejarla comer. Sus manos temblaron ante la idea, pero más que eso, no entendía por qué la habían dejado sentarse en el sofá. ¿No pensaban que intentaría huir? Porque podría. Había una serie de puertas deslizantes de cristal de patio en el comedor. Parecía que llevaban al patio trasero, pero ¿cuán rápido podía correr? Estaba débil por el hambre, y si se las arreglaba para salir de la casa, ¿adónde iría? Solo tendría una oportunidad de hacer una carrera, y si llegaba a golpear la puerta de un vecino y no estaban en casa o si no había ningún sitio para esconderse, ¿qué haría entonces? La capturarían, y Eric la mataría tal como dijo. No, tenía que esperar. Tenía que hacer un plan. Un error, recordó de la conversación en voz baja en su dormitorio, y habría consecuencias peores de lo que podía imaginar. Incluso Evelyn temía eso. Una puerta se cerró de golpe y Jesse entró desde el garaje. Colgó su pesado abrigo verde, se quitó los zapatos, y se dirigió directamente a la cocina. —Huele fantástico. Estoy hambriento. —Miró a la mesa vacía, luego el cuenco en la mano de Eric—. ¿Por qué están todos aquí? Eric frunció el ceño, murmurando algo mientras Jesse se volvía para mirarla. Por la forma en que la había tratado en la habitación del motel, ella esperaba que sonriera, pero él entrecerró los ojos y miró hacia otro lado. Evelyn entró en la sala y se sentó en un sofá. Agarró un libro al final de una mesa y lo abrió, fingiendo leer mientras su marido se sentaba junto a ella, aún comiendo sus espaguetis. Ya se había salpicado salsa en la manga de su camisa blanca de vestir, y le envió una sonrisa de disculpa a Evelyn cuando ella lo miró por encima de su libro. Naomi pensó que él lucia lindo… normal, como su padre. Lo triste era que no tenía ni idea de si su padre alguna vez salpicaba salsa en sus mangas. —Naomi —dijo Evelyn—, este es mi marido, Steve. Naomi trago saliva y asintió mientras Steve sonreía suavemente en su dirección. Él parecía agradable hasta el momento. Hacer una presentación era algo extraño de hacer, pero estas personas no parecían como si estuvieran a punto de dejarla ir pronto. Bien podría llegar a conocerlos. Esperaba que no hubiera otros. Eric entró en la habitación a continuación y se quitó la chaqueta del traje. La arrojó

lucía más agudo ahora que se había afeitado, y mientras colocaba sus codos sobre las rodillas y se inclinaba más cerca, ella olió su loción de afeitar mezclada con ajo. ¿Por

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Estaba demasiado cerca. Ella notó que su cabello era más corto que antes. Su rostro

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junto a Naomi y se sentó en el borde de la mesa de café frente a ella.


qué tenía que ser guapo? Su piel oliva y pestañas oscuras, la forma en que se cabello se rizaba en su frente, todo creaba el equilibrio más satisfactorio. En la forma más extraña, lo hacía mucho más espeluznante. —Evelyn me dijo lo cooperativa que has sido —dijo fríamente con una mirada a su cabello—. No me sorprende. Te trajimos aquí abajo para ver lo que haces, y bueno, aquí estamos… sentados en silencio. —Él sonrió, pero todo estaba mal torcido—. Pareces una chica inteligente. No vas a tratar de escapar. Ella cerró los labios mientras él reía entre dientes. Empezó a desabrocharse una de sus mangas. —Hábleme de tus padres —dijo sin levantar la mirada—. Dime por qué tu madre volvió a trabajar un día después de que descubriera que estabas desaparecida. Un peso golpeó su pecho. ¿Un día? Había esperado quizás una semana o dos, ¿pero

un día? ¿Su padre también había vuelto? Sin lugar a dudas lo había hecho. —¿Y bien? —Él levantó la vista de su manga. — No lo sé. Creo que ella… Tuvo que detenerse. Un dolor apretó su garganta y no pudo hablar más. Sabía que solo era cuestión de segundos antes de que enloqueciera frente a este hombre que odiaba más que a nadie que hubiera conocido alguna vez. Lo último que quería era llorar frente a él. De nuevo. Él la hacía sentirse desnuda. Le hacía sentir ganas de vomitar. —Mírame. —Él colocó una mano en su brazo ligeramente—. Hay rumores de que tus padres ni siquiera te extrañan. ¿Qué tipo de relación tienes con ellos? —Tienen trabajos importantes —tartamudeó ella. Odiaba las lágrimas llenando sus ojos. Odiaba lo caliente que sentía la mano de Eric en su brazo—. Trabajan todo el tiempo. Una gran cantidad de personas dependen de ellos. Nunca han tenido tiempo para estar conmigo, así que supongo que es por eso que no se preocupan por mí. Nunca se han preocupado por mí. Eso fue todo lo que tomó. Sus lágrimas se liberaron y fluyeron por su rostro. Era la

haciendo comentarios al azar sobre lo extraño que era que sus padres no celebraran los días festivos con ella, incluso su cumpleaños; no era porque no quisieran necesariamente. Le compraban cosas, pero eso era todo. ―Solo están muy ocupados

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verdad. Un hecho. Ni siquiera a discusión para negociar. Recordó a sus niñeras

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primera vez que ella había admitido en voz alta que sus padres no la amaban. Era la


para hacer algo más‖, decían sus niñeras en un intento de explicarlo. Fue entonces cuando Naomi comenzó a notar otros niños y cómo sus padres los dejaban en la escuela y besaban sus frentes, les entregaban la bolsa del almuerzo, los regañaban por hacer algo mal. Nadie se preocupaba por ella de esa manera. Eric estaba tranquilo y Naomi levantó la mirada hacia él, sus lágrimas aún en marcha por su rostro. Él quitó la mano de su brazo y comenzó a enrollar su manga. —Eso es suficiente —dijo—. Ahora necesito saber acerca de tu novio, Brad. ¿Sabía el nombre de Brad? Sus lágrimas se detuvieron. Ahora realmente quería vomitar. —¿Cuál es tu relación con él? Sus ojos se abrieron. —¡Eso no es de tu incumbencia! Antes de darse cuenta de lo que sucedía, él le dio una bofetada en la mejilla justo sobre la contusión. Casi se mordió el labio. —¡Eric! Dijiste… —Cállate, Evie. —Tomó el brazo de Naomi otra vez y se inclinó tan cerca de su rostro que lo único que podía ver era el puente de su nariz. Odiaba la nariz de él. Odiaba sus ojos oscuros y el ajo en su aliento—. Dime lo que sientes por Brad. Apartó la mirada, luchando contra su brazo. —Si no me respondes, te encerraré de vuelta en el dormitorio sin comida durante tres días más. Con eso fue suficiente. —No lo amo, si eso es lo que estás preguntando —susurró ella, parpadeando, finalmente consciente de la picadura de su bofetada. No le dolía. Nada dolía ahora. Él asintió y se levantó de la mesa de café.

blancos. —Dijiste que podía darle algo de comer.

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Evelyn se levantó del sofá. Todavía estaba sosteniendo el libro, con los nudillos

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—Bien. —Se volvió hacia Evelyn—. Llévala al piso de arriba.


—Puede esperar hasta mañana. —¿Mañana? Eric, ¡no ha comido en dos días! —Sus labios temblaban mientras Steve se ponía de pie y envolvía un brazo alrededor de sus hombros. —Cariño, cálmate. Accediste a que Eric tomara las decisiones, ¿recuerdas? Hemos discutido esto. —Sí, pero ambos dijeron que estamos haciendo esto porque yo… —Eso es suficiente. —Eric la fulminó con la mirada. Ella bajó los ojos y asintió. —La llevaré arriba —dijo Jesse. Él estaba en la mesa del comedor comiendo su cena. Tragó lo último de su vino, arrojó una pieza a medio comer de pan de ajo en la parte superior de los espaguetis, y le indicó a Naomi que lo siguiera. Se alegró de que él la llevara. Algo en él se sentía seguro. Se dirigieron hacia las escaleras y se dio cuenta de que él no se había apoderado de su brazo. Se detuvo frente a su puerta. —¿Estarás bien? —preguntó él. Ella bajó los ojos a los fideos en su cuenco y contuvo un mar de lágrimas. Era una idiota. ¿Por qué no podía ser fuerte durante cinco minutos? Su estómago se apretó con tanta fuerza que se abrazó a sí misma para tratar de detener el dolor. Se sonrojó y desvió la mirada. —Supongo que sí —murmuró, y giró para entrar en su habitación cuando Jesse envolvió una mano alrededor de su brazo. —No dejaré que te hagan daño —susurró él, luego le dio un codazo suavemente hacia su dormitorio y la siguió al interior. Ella se tambaleó hacia atrás. —¿Q-qué es lo que quieres? Se dio la vuelta y cerró la puerta. —Aquí. —Él encendió la luz y le tendió el plato de espaguetis. Lo arrancó de sus

estado en esto. Podía sentir sus ojos en la espalda. —¿Cuántos años tienes? —preguntó él.

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y se alejaba. No le importaba que él ya hubiera comido la mitad, que su boca hubiera

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manos, demasiado hambrienta para preocuparse de otra cosa mientras mordía el pan


—¿No saben? —Miró su cama mientras masticaba tan rápido que su sien empezó a doler. Sabía que debería comer más lento, pero no podía evitarlo—. Parecen saber todo lo demás acerca de mí. Una pausa. —Está bien, sé que tienes diecisiete años. —Entonces, ¿por qué lo preguntaste? —Se dio la vuelta, comida todavía en su boca. Sabía tan bien. Deseaba que la dejara para que pudiera disfrutarla. —No hay razón. —Dio un paso adelante, y ella vio una chispa en sus ojos cuando se inclinó hacia delante y desvió la mirada sobre su cuerpo. Ella casi se ahogó. Hasta el momento, se las había arreglado para convencerse de que ninguno de los hombres la tocaría a excepción de golpearla o forzarla a moverse, pero ahora todo un nuevo temor se abrió en su interior. Tragó. Duro. —Me gustaría estar sola —dijo y dio un paso atrás. Él dio un paso más para alcanzarla. Sus ojos verdes eran anclas unidas a su cuerpo. Recordó el libro de poesía que él había estado leyendo en la habitación del motel y su mente luchó por aferrarse a ello, a cualquier cosa que pudiera decir que no le haría daño. La gente que leía poesía no hería a los demás, ¿verdad? Tal vez esa era la cosa más tonta que se había permitido creer jamás. —Me quedaré hasta que termines. —Él ladeó la cabeza hacia el recipiente y sonrió. Una idea, pequeña y posiblemente loca, se formó en el fondo de su mente. —Me daré prisa. —Arrojó la comida en su boca lo más rápido que pudo. Ya no tenía hambre, pero entre más rápido terminara, más rápido se iría… si esa era su

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intención. Ella supuso que no lo era.


V A

pesar de sus sospechas, Jesse la dejó en paz. Ella reunió el coraje para

finalmente tomar otra ducha y cambiarse a unos pantalones de pijama y camisola del armario. La camisola era de color rosa pálido y delgada. Muy

frío. Buscó en el armario y encontró una sudadera de terciopelo que colgaba cerca de dos pares de jeans. También era rosa pálido. Obviamente, a Evelyn le gustaba el rosa, o al menos pensaba que a Naomi sí. Había sido lavada y olía igual que las sábanas y fundas de almohadas limpias en la cama, suavizante de ropa con olor a lluvia y marea, el mismo que el de la ropa limpia de Brad. Eso no era reconfortante. Se metió en la cama y se puso tensa debajo de las sábanas. ¿Le había mentido a Eric? ¿Estaba enamorada de Brad? Sin duda había pensado que sí durante mucho tiempo, pero siempre había períodos de duda. Eric la había obligado a responder a su pregunta tan rápidamente que tal vez no había pensado en suficiente detalle. O tal vez no tenía ni idea de cómo se sentía el amor. Solía pensar que yacía en los brazos de Brad mientras susurraba cosas como: Será así para siempre, tú y yo. Yo

siempre te protegeré, abrazaré, amaré. Ahora, pensando en su admisión a Eric, estaba casi segura de que las pasiones que Brad agitó dentro de su corazón no fueron impresiones de amor en absoluto. Tal vez también estaba equivocada acerca de eso. La única cosa segura era la peligrosa idea formándose dentro de su cabeza; Jesse era posiblemente la respuesta a su escape. Parecía desearla, y fuera o no parte de los planes de los secuestradores, podía jugar en sus manos y salir de aquí. Si confiaban en ella, podrían bajar su guardia. Tal vez. Ella se puso de lado y trató de ignorar tanto la incertidumbre y el hecho de que su cabello estaba húmedo. Odiaba ir a dormir con el cabello húmedo y dar vueltas por

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su rostro. Tal vez debería pedirle un secador de cabello a Evelyn.

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el tiempo más largo, irritada porque su almohada ahora estaba mojada y fría contra


Un suave golpe en la puerta la hizo saltar. Las cerraduras giraron, y se incorporó cuando Jesse entró en la habitación. En la luz de la luna de la ventana, pensó que lo vio sonreír mientras se acercaba. Abrazó las mantas a su cuerpo, temblando. —Pensé que te podría gustarte un libro —dijo en voz baja, y colocó la tapa dura en la mesita de noche. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella oliera su colonia, un olor picante, como el eucalipto. Contuvo la respiración y levantó la mirada hacia él, confundida. Su olor quemó en su garganta. —¿Un libro? —Sí, parecías interesada en mi libro de poesía en el motel. Pensé que podías aburrirte durante el día, así que te traje algo para leer. ¿Te gustan los clásicos? ¿Qué estaba pasando? Ella sacudió la cabeza, todavía confundida. —Me gusta la fantasía, pero recién me enteré que a mi madre le gustan los clásicos y yo… —Se detuvo y miró hacia otro lado, finalmente dejando escapar el aliento. Demasiada información. —Mmm —dijo él, y se acercó a la cama. Podía ver su rostro ahora. Parecía bastante inocente. —¿Qué quieres? Se inclinó con esa misma chispa en sus ojos. —Me pareció que era obvio. —Se acercó tanto que ella que pudo sentir su aliento en su rostro. Su atención se fijó en sus labios, permaneciendo allí hasta que se alejó de él. Estuve sorprendida con cada parte de su reacción. Si iba a jugar en sus manos, esta no era la manera de hacerlo. —No voy a hacerte daño —susurró mientras se acercaba más de nuevo, inclinándose a mitad de camino a través de la cama. Su cabello rojo parecía más brillante ahora. Su aroma era agradable, pero estaba demasiado cerca. Casi la hizo ahogar. —P-por favor —gritó mientras él estiraba la mano para tocar su rostro—. Por favor, no…

con el temor hirviendo bajo su piel.

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alrededor de su rostro. Había un suave dolor en sus ojos. Ella trató de no lloriquear

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Él inclinó la cabeza como si no comprendiera su aprehensión y cerró los dedos


—Creo que eres muy hermosa —dijo, moviéndose aún más cerca—. Sigo pensando que mentiste en el estacionamiento esa noche. Eras hermosa entonces también, y no quería que Eric te hiciera daño. Eres tan inocente, tan asustada. Él la miró a los ojos, su mano fuerte pero suave alrededor de su rostro. Entonces la soltó. —Solo entré aquí para darte el libro. Espero que le des una oportunidad. — Aclarándose la garganta, retrocedió de la cama. Ella apartó la mirada—. Buenas noches —dijo él en voz baja, y salió de la habitación. Su respiración se volvió entrecortada. El miedo latía en su pecho. Ser intimidada no era algo extraño para ella, pero no quería pensar en eso ahora. No había ocurrido nada, de todos modos. No le había hecho daño. Ella estaba bien. Alisó las mantas alrededor de ella y respiró hondo. Nada más de Jesse. Nada de dragones. Tal vez un clásico sería bueno para ella. Sacudiéndose, agarró el libro de la mesita de noche. Era viejo, y el olor de sus páginas le recordaba a la biblioteca de sus padres. El libro era El gran Gatsby. Había sido una asignación para su clase de inglés, y recordó abrirlo por primera vez en la biblioteca en casa. Mientras se había instalado en su lugar habitual en el sillón, miró la novela de Mercedes Lackey a través de las páginas abiertas encima de la mesa. Tendría que esperar. Apenas había comenzado el tercer capítulo cuando su madre entró en la habitación. Eso era extraño. Llevaba jeans. Naomi rara vez la veía en algo tan casual, pero aun así llevaba una blusa de trabajo y joyería. Estaba toda desequilibrada. —Pensé que estarías aquí. —Ella suspiró, y se hundió en un sillón frente a ella—. Sabes sobre la fusión de tu padre, ¿verdad? Naomi cerró el libro alrededor de su dedo pulgar y lo bajó a su regazo. —Los he oído hablar de ello. ¿Creo que es una gran cosa? Ella asintió. —Sí, es una cosa grande. Se trata de una fusión en el extranjero. Hay una empresa en Alemania…

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pero pronto se dio cuenta de que no era nada tan drástico.

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Naomi la desconectó, segura de que iba a decir algo acerca de mudarse a Europa,


—Crecerán tres veces más el tamaño de lo que son ahora —estaba diciendo su madre cuando la sintonizó de nuevo—. Es un paso importante para la empresa. —Hizo una pausa y arrugó la nariz—. ¿Eso tiene sentido? Naomi se preguntó por qué cualquier cosa acerca de la compañía de su padre tenía que ser explicado. —Supongo que sí —respondió. Luego con más temor—: ¿Viajará más de lo que ya lo hace? Karen frunció el ceño y miró el libro en el regazo de Naomi. —Supongo que lo hará al principio, sí. —Sus ojos se estrecharon—. ¿Eso te molesta? No sabía qué decir. Por supuesto que le molestaba. Pero ¿cómo se suponía que le explicaría eso a una madre que rara vez se sentaba a hablar con ella? Una madre que, la mayoría de las veces, decía cosas como: ―No tenía idea de que te habías ido toda la semana pasada en un viaje escolar. ¿Pasaste bien?‖. O, ―Naomi, estoy ocupada en este momento. Tal vez más tarde‖. Más tarde nunca llegaba. A veces Naomi se preguntaba por qué le importaba. ¿Por qué le importaba si su madre pasaba tiempo con ella? La mayoría de los adolescentes de su edad no querían tener nada que ver con sus padres. —Naomi, ¿eso te molesta? Levantó la mirada. —No, supongo que no. Otra mirada al libro en su regazo. —¿Qué estás leyendo? Naomi bajó la mirada, arrastrando su mente por los primeros párrafos del capítulo tres, algo acerca de barcos a motor que rebanaban su camino a través del agua y naranjas y limones apilados en pirámides sin pulpa. A ella le gustaba el lenguaje y las imágenes. Era brillante y colorido en su mente, incluso ahora mientras miraba a su madre.

visto en mucho tiempo—. ¿Te gusta hasta ahora? ¿Ya has conocido a Gatsby?

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—Oh, es uno de mis favoritas. —Ella sonrió más brillante de lo que Naomi había

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—Es para la escuela —balbuceó—. El gran Gatsby. Recién lo empecé.


Un temblor tiró de su corazón hasta los pies. No tenía idea de que a su madre le gustaba leer algo a excepción de gruesos libros de referencia con complicados títulos legales estampados en los lomos de cuero. Asumía que toda la ficción en la biblioteca era por pura decoración. —Um, no, no lo he hecho. —No lo juzgues demasiado injustamente en el principio. Prometo que mejora. Naomi se quedó sin habla. No era que su madre nunca la hubiera sorprendido antes con períodos aleatorios de conversación. A veces parecía realmente interesada en su vida; por unos dos minutos, de todos modos, hasta que su celular sonaba o el ama de llaves necesitaba algo o un rápido vistazo a su reloj de pulsera le recordaba que dos minutos hablando con su hija eran dos minutos demasiado largos. Así era como funcionaba su relación: pequeñas cosas aquí y allá como migas de pan esparcidas que conducían a una familia real que pasaba tiempo juntas. El único problema era que Naomi parecía seguir perdida. Lo había aceptado mucho tiempo atrás, pero ahora mientras veía a su madre mirando El gran Gatsby con una larga y sedienta mirada, se preguntó si podría estar equivocada. Tal vez había esperanza después de todo y podía vislumbrar lo que era realmente su madre, y eso podría conducir a algo oculto durante mucho tiempo sobre sí misma, como algo… algo que siempre había sentido que estaba encerrado. Karen sacudió su cabeza como si se estuviera despertando de un sueño y se puso de pie de su silla. Naomi suspiró. Nop. No había nada escondido debajo de la concha de su madre. Era quien era. Probablemente iba a irse. Ya habían pasado siete minutos. —Déjame encontrar algo para ti —dijo Karen, y cruzó la habitación hasta una estantería—. Leí esto por primera vez cuando tenía tu edad. Creo que podría ser mi novela favorita. —Regresó y colocó un pequeño libro en el regazo de Naomi—. No tienes que leerlo. Solo déjame saber lo que piensas si lo haces. Miró su reloj, y Naomi vio el cambio en su rostro de la madre que apenas conocía a la abogada eficiente que odiaba. —Vine aquí para asegurarme de que sabes sobre el banquete de tu padre en dos semanas —dijo Karen—. Es para celebrar el inicio de la fusión. Habrá fotógrafos y

Asintió sin pensarlo dos veces.

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Ahora estaban de vuelta en el césped normal.

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cena, y te queremos allí. Lleva a Brad si lo deseas.


—Está bien. Como fuera. Lo había oído todo antes, estado en los banquetes, posado para las fotos. Lo único bueno de todo eso era la excusa para comprar un vestido nuevo. Abrió su libro de nuevo y comenzó el capítulo, pero se detuvo para mirar la novela que su madre había colocado en su regazo. Era un delgado, viejo y trillado libro encuadernado. Un borde arrugado, una mancha de tierra cerca del lomo. Una parte de ella quería recogerlo y comenzar a leer inmediatamente, pero otra parte se apartó y se mantuvo al margen.

El olor a mantecosos huevos revueltos la despertó. Eran las siete de la mañana. La luz azul de la mañana brillaba a través de las cortinas. Se incorporó y se frotó los ojos, miró los huevos y el pan tostado en la mesita de noche, y levantó el plato a su regazo. Los huevos estaban calientes, suaves y ligeramente salados. Eran mucho mejor que los huevos de Mindy. Mindy era la actual ama de llaves de la casa de sus padres, y los huevos que hacía eran demasiados secos. Estaba a mitad de terminar antes de darse cuenta que Evelyn limpiaba el baño. Ya vestida para el día, estaba de rodillas en el suelo, de espaldas a Naomi. Su imagen esbelta estaba inclinada mientras barría el cabello del que había prometido deshacerse dos días atrás. Luego se levantó y limpió todas las superficies del baño. Después de vaciar la basura, abrió los cajones y armarios para poder guardar todo lo que Naomi había sacado de las bolsas de Wal-Mart unos días antes. Mortificada, Naomi observó. Estaba acostumbrada a que alguien limpiara por ella — sus niñeras hasta que tenía trece años, luego Mindy—, pero se les pagaba para hacerlo, y nunca se había sentado y observado limpiar sus desordenes. ¿Debería haber sido más ordenada? ¿Debería ofrecerse para ayudar? ¿Pedir disculpas? Evelyn salió del baño y sonrió.

—Son muy buenos. Gracias.

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Tragó.

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—Cómo están los huevos?


¿Por qué estaba siendo tan malditamente amable? Y ¿por qué estaba avergonzada de sentirse dependiente cuando estaban obligándola a serlo? —Me alegra. —Evelyn se acercó a la cama—. Eric los hizo para ti. El tenedor casi se le escapó de los dedos. —Eso fue… agradable de él. —Pensé lo mismo. Se siente mal por pegarte la noche pasada. —Dio un paso más cerca de la cama—. Esa no es la forma en que vamos a tratarte de ahora en adelante, ¿está bien? Queremos que te sientas cómoda. Aprenderás que te guste aquí, lo prometo. Solo no trates de escapar. Había un tono suplicante en su voz. Naomi quería prometerle que no trataría de escapar, pero eso sería una estupidez, así que mantuvo la boca cerrada. Se preguntó lo que pasaba por la mente de Evelyn cuando la miró. ¿Era meramente un premio que Eric había llevado a casa un día? ¿Alguien con quien Evelyn podría ―jugar‖ y cuidar? Por alguna razón, eso no la molestó tanto como debería. —No podré traerte el almuerzo de lunes a viernes —dijo Evelyn—, así que hoy voy a recoger algunos aperitivos en la tienda que pues mantener aquí para comer durante el día. Llego a casa a las cuatro y empiezo la cena alrededor de las cinco o seis. Eric podría dejarte comer con nosotros abajo, pero no estoy segura todavía. —Miró la tostada dejada en el plato de Naomi—. ¿Hay algo que no te guste comer? Ella jugueteó con el tenedor en la mano, considerando el hecho de que la casa estaría vacía la mayor parte del día, y que su propia madre nunca le había preguntado algo tan simple como qué le gustaba comer. Levantó la mirada. —No soporto el pescado. —Mantendré eso en mente. —Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta—. Te traeré un cesto para la ropa sucia. El servicio de lavandería se hace una vez por semana. Cuando se fue, Naomi bajó la mirada hacia los huevos restantes en su plato. Ya no tenía hambre. La mera idea de Eric preparando algo para que ella comiera le revolvió el estómago. Dejó el plato sobre la mesa de noche y se acurrucó de nuevo bajo las

su mente le dijera acerca de no amarlo. Él solo quería protegerla y amarla. ¿Qué era tan malo en eso?

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lo correcto al no luchar. Lo echaba de menos sin importar lo que la parte racional de

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sábanas. Necesitaba los brazos de Brad a su alrededor. Él le diría que estaba haciendo


El aire de finales de enero era gélido la noche en que se dio cuenta de que él podría golpearla. Fue solo unas pocas semanas antes de su secuestro. El aire frío era esperado dado que todo el invierno había sido más frío de lo normal. Se había visto obligada a agarrar viejas y pesadas sudadera y abrigos que no había usado en dos años. Brad estaba acostado boca abajo en la cama de ella y extendió sus manos al suelo donde ella estaba sentada al estilo indio. Estaba tratando de terminar el último capítulo de El Gran Gatsby. —Usa tu sudadera blanca con capucha —dijo él cuándo ella le contó que posiblemente no podría ir ya que toda su ropa de invierno estaba en el cuarto de lavado. —¿Que sudadera blanca con capucha? —Ella mantuvo sus ojos fijos en su libro, molesta porque él no la estaba dejando terminar, y aún más molesta de que él quisiera que fuera a un paseo por la playa de cinco kilómetros con un montón de personas de la escuela que ni siquiera le gustaban. —El que te compré, ¿recuerdas? Lo usaste ayer; puedo verlo en tu cesto. Ella se dio la vuelta. Tenía razón, y arrugó la nariz. —Huele a pescado. Se mojó cuando caí en la poza de marea, ¿recuerdas? —No es así. —Él saltó de la cama y fue a la cesta—. Bueno, tal vez un poco — murmuró después de presionar una de las mangas en su nariz—. Pero ¿a quién le importa? No podrás olerlo afuera. Tenía razón. De nuevo. Mientras se dirigían a la playa de la mano, la única cosa que pudo oler era el flotante aroma caliente de una fogata. Cuando finalmente llegaron a la fiesta, ella estaba helada. Solo había usado sandalias y apenas podía sentir los dedos de sus pies cubiertos de arena mientras Brad la guiaba a un tronco cerca del fuego.

codos y las rodillas y se quedó mirando las llamas. Estaba admirando el color cuando alguien se sentó a su lado.

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mientras esperaba pacientemente a que él le consiguiera algo de comida, apretó los

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La dejó sentada entre dos grupos enfrascados en sus propias conversaciones, y


—Eres la chica de Brad, ¿verdad? —preguntó una voz profunda. Dio un salto y se volvió hacia el chico. Era delgado, pero no nerd, con cabello castaño oscuro bastante largo extendido a través de su frente. Pensó que se veía espléndidamente filosófico, con gafas delgadas de montura metálica perfectamente equilibradas en sus pulidas rasgos simétricos. —¿Su chica? —respondió ella, molesta—. Supongo que podrías llamarme así. —Oh, lo siento. Naomi, ¿verdad? —Sí. Él extendió una mano para estrecharla, algo a lo que no estaba acostumbrada de su propio grupo de edad. Ninguno de ellos era tan formal. —Soy Damien, compañero de habitación de Brad si decide venir a Berkeley en el otoño. Ella tomó su mano, recordando repentinamente la mención acerca de él por parte de Brad un tiempo atrás; algún amigo suyo al que nunca había conocido. Se había graduado tres años atrás, y si recordaba bien, se suponía que era un gran fotógrafo. —Lo siento —exclamó ella tímidamente—. Brad me habló de ti, pero no dijo que estarías aquí esta noche. Su agarre era fuerte mientras la miraba a los ojos a través de sus gafas. —Sí, estoy visitando a mis padres el fin de semana. Esto generalmente no es mi tipo de cosas. Quiero decir, los policías probablemente aparezcan en unas horas ya todo el mundo aquí es menor de edad. Ella bajó los ojos a la cerveza en su mano y le dio una media sonrisa. —¿Y no lo eres? —Tengo veintidós. —Oh, está bien. —De todos modos, Brad me ha hablado mucho de ti. Dice que te interesa la

serio al respecto.

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alguien que también lo disfrute tanto como yo. Ya sabes, alguien que en realidad sea

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fotografía. —Él sonrió, una sonrisa linda con hoyuelos—. Siempre estoy en busca de


Ella estaba cautivada. Hablaron durante diez minutos, a medio camino de cuando se preguntó dónde estaba Brad, pero siguió hablando de todos modos. Fue entonces cuando supo de la niebla. —Esta será una gran primavera —dijo Damien con una amplia sonrisa—. Agradable y fría. Perfecta para la niebla. Ya sabes, ¿tan espesa que apenas se puede ver a través de esta? Si la agarras justo cuando se está girando, puedes obtener alguna toma de aspecto misterioso. —El bebió un trago—. Haremos cualquier cosa para un gran tiro, ¿verdad? Riendo entre dientes, ella levantó sus muñecas a su nariz. El olor era débil, pero repugnante. —¿Cuál es el problema? —Él rio—. Te ves como si estuvieras a punto de vomitar. Ella bajó las manos. —Es solo que… Odio el olor a pescado, y estaba sumergiéndome en esta poza de marea ayer para sacar una estrella de mar. Ya sabes, ¿para esa toma perfecta? Bueno, mojé mis mangas y ahora apestan. —¿Qué? Las pozas de marea no huelen a pescado. Él rio entre dientes y bajó la vista a sus manos ahora apoyadas en su regazo. —¿Puedo? —preguntó él, estirándose para tocar sus dedos. Antes de que pudiera responder, él deslizó su mano en la suya y levantó el puño de la sudadera a su nariz. Su tacto fue suave, pero persistente. Su pulgar acarició su piel mientras miraba sus ojos. Deslizó la manga por su brazo y llevó la cara inferior de su muñeca a los labios. ¿Que creía que estaba haciendo? Cada movimiento la puso nerviosa y caliente, como las llamas a unos metros de distancia. Él respiró lentamente, prácticamente besando su pálida piel con sus labios. Emoción se abrió paso a través de ella. ¿Cómo se sentirían esos labios contra su boca? ¿Esas dulces caricias en su cuello? Trató de empujar la idea a un lado mientras él tomaba una profunda y sensual respiración que envió calor todo el camino hasta sus pies fríos. Finalmente, cuando pensaba que su corazón no podía palpitar más rápido, la

pescado en absoluto. Solo a ti.

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—Estás loca —dijo suavemente, y luego con una elegante sonrisa—: No pude oler el

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soltó.


—¿A mí? —Sí, hueles increíble. Como lirios. No estaba segura de si estaba tratando de coquetear con ella o no, si la confiada sonrisa con hoyuelos y la forma en que la había tocado se suponía que hicieran que sus rodillas cedieran y sus manos calentaran, o si estaba imaginando todo. De cualquier manera, estuvo sorprendida por la forma en que la hizo sentir; ante cuán fácilmente un completo extraño podría enamorarla cuando ella ya estaba enamorada de Brad. ¿Dónde estaba Brad? Levantó la vista para verlo a tres metros de distancia, llevando un plato de comida y dos cervezas abiertas. Se detuvo en seco, congelado junto al fuego con furia ardiendo en su rostro. Avergonzada de ver que la observaba, bajó el puño de la manga mientras él lanzaba una mirada furiosa a Damien. —No sabía que estarías aquí —espetó. Damien sonrió y se encogió de hombros, aparentemente ajeno al hecho de que Brad lucía como si fuera a lanzarse sobre él. —Sí, yo tampoco. Estoy en la ciudad por el fin de semana y vi a Naomi sentada aquí. —Tomó un largo trago de su cerveza—. La reconocí por la foto que me mostraste el verano pasado, ¿recuerdas? Brad cambió su peso a través de la arena. —Sí, lo recuerdo. —Dio un paso adelante y se sentó al otro lado de Naomi. Su muslo se presionó contra el de ella—. ¿Así que supongo que ustedes dos encontraron mucho de qué hablar mientras yo no estaba? —Se inclinó hacia adelante y empujó las dos cervezas en la arena. Su irritación era espesa e intensa. Naomi podría haberla sentido a un kilómetro de distancia, pero Damien no estaba reaccionando a eso. O era extremadamente imperceptible o simplemente no le importaba. Estaba inclinada a pensar lo último. Todo lo que quería hacer era desaparecer, pero en su lugar agarró una de las cervezas y tomó un largo trago. Tal vez eso podría llevarse la molestia de

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Damien se inclinó hacia delante para mirar a Brad.

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todo.


—Claro, encontramos mucho que hablar. Sabes que a los dos nos gusta la fotografía. —Luego dio un profundo suspiro—. ¿Así que ya has decidido adónde vas a ir a la escuela? ¿Debería contar contigo para la otra mitad de mi alquiler? Naomi observó las llamas anaranjadas de la hoguera brillar en sus gafas antes de que tomara otro trago de cerveza y se volviera a Brad, quien estaba mirando hacia abajo al plato de comida en su regazo. —No sé todavía —murmuró, y se inclinó para agarrar la otra cerveza de la arena. Tomó un largo y profundo trago antes de envolver un brazo alrededor de su cintura. La apretó con fuerza. Con tanta fuerza que dolió. »Nena, ¿tienes hambre? Ella miró el plato en su regazo y asintió. El perro caliente que le entregó estaba carbonizado, rematado con un montón de mostaza. Esa era solo la forma en que le gustaba. —Se ve bien —dijo Damien y se levantó. Él le sonrió—. Supongo que hablaré contigo más tarde. Ver cómo van esas tomas en la noche, ¿eh? —Espera un segundo. —Brad dejó el plato en el suelo y se puso de pie para enfrentar a Damien. De los dos, Brad era más intimidante a pesar de su edad más joven. Se ejercitaba casi todos los días y estaba orgulloso de sus bíceps esculpidos y su paquete de seis abdominales. Decía que lo hacía por Naomi. Él pensaba que le gustaba su fuerza, y cuando ella pasaba las manos por su suave piel musculosa, ella estaba pensando en protector, intimidad, seguridad… cuando últimamente lo que estaba vergonzosamente pensando era dolor. A veces era demasiado duro con ella. »Escucha —espetó Brad en el rostro de Damien—, no te quiero cerca de ella, ¿entiendes? Hay una razón por la que la he mantenido lejos de ti, y muy bien sabes por qué. —Seguro, lo que digas. Déjame saber si te vas a mudar, ¿de acuerdo? Damien le dirigió una breve sonrisa y se alejó antes de que Brad pudiera decir algo más. Se dio la vuelta para mirarla con los puños apretados a los costados.

nuevo… —¿Así cómo, Brad?

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dedo a través de su muñeca temblorosamente—, si alguna vez miras a alguien así de

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—Lo juro —siseó mientras empujaba su cerveza de nuevo en la arena y pasaba un


Intentó ignorar el sudor brotando en sus palmas mientras los puños de él estaban apretados. Nunca le había pegado antes, pero esa mirada en sus ojos era demasiado familiar. Estaba segura de que podría golpear uno de esos puños a su rostro sin pensarlo dos veces. Peor que eso, podría obligarla a hacer algo en la cama que pudiera doler más de lo habitual. Retorció sus temblorosas manos ante el pensamiento. Un puño podría ser mejor, pero el problema con eso era que tendría que ocultar el hematoma debajo de maquillaje, y si alguien se daba cuenta, tendría que explicarlo con alguna estúpida excusa. No había manera de que se arriesgara a meter a Brad en problemas, y él lo sabía. Fue en ese momento que algo cambió dentro de su cabeza, como una pieza de rompecabezas moviéndose en su lugar. Sus puños se desenvolvieron y suavizó su expresión y se sentó de nuevo junto a ella. —No debería enojarme contigo a causa de él. Es un gran amigo, pero es un jugador regular. Es la principal razón por la cual no lo quiero cerca de ti. Alguien como tú… él siempre está en busca de un fácil… Se detuvo y se pasó la mano por la espalda de ella. —No hables nunca más con él, ¿está bien? Ella vio un poco de mostaza en su pulgar, extrañamente brillante ante el resplandor del fuego. —Está bien —respondió suavemente. La comida ya no le apetecía más mientras se imaginaba a Brad realmente golpeándola. Por la forma en que se sentía acerca de Damien, probablemente

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merecía un ligero castigo.


VI Marzo

N

aomi pasaba mucho tiempo en la ducha. Tomaba al menos dos al día, a veces tres. Si estaba extremadamente aburrida, tomaba cuatro. Tal vez era porque le gustaban las paredes de azulejos. Se volvían manchas oscuras bajo

el agua y le recordaban a las paredes de las cuevas cubiertas de musgo o piedras lisas en el fondo de un río. Lugares cerrados, seguros. Había un punto entre dos de los azulejos donde la lechada se había vuelto blanda. Con su uña, había arañado una marca por cada día que estaba secuestrada. Veintisiete hasta ahora. Salió de la ducha y se enfrentó al espejo empañado. Quería borrar la condensación para mirarse, pero sabía que era una mala idea. No quería ver su cabello corto. Quería olvidar la habitación de motel. En su mente, parecía tan lejos de esta habitación aislada. Estaba empezando a sentirse segura en su mayoría. Su estómago gruñó, indicando que era la hora de cenar. Evelyn subiría en cualquier momento. Al abrir la puerta del baño, se detuvo en seco. Jesse. Estaba apoyado en la cómoda y levantó la mirada de un libro en sus manos. Quería correr de nuevo al cuarto de baño y cerrar la puerta, pero estaba tan impresionada de verlo —de ver a alguien además de Evelyn— que no podía moverse.

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Gatsby. Notó una nueva pila de libros junto a este.

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Él sonrió, cerrando su libro antes de que lo pusiera sobre la cómoda. Era El Gran


—Evelyn me envió aquí —dijo, luchando por mantener los ojos en su rostro. Seguían a la deriva hasta el borde de la toalla envuelta alrededor de su pecho. Él se cambió de un pie a otro—. Vístete y te llevaré abajo para la cena. Con el corazón acelerado, apretó la toalla aún más cerca y dio un paso atrás. La forma en que la estaba mirando invadía su espacio incluso más que cuando le había tocado el rostro y dicho que era hermosa. —Lo siento —dijo con una media sonrisa. Sus mejillas estaban rojas—. No sabía que estarías desvestida. Ella dio un paso atrás. —No me vas a ver, ¿verdad? —Por supuesto que no. Estaré justo afuera de la puerta. Cuando se fue, corrió al armario. Su respiración estaba acelerada y con pánico. Miró su cuerpo desnudo cuando dejó caer la toalla y se imaginó las manos de un desconocido en su piel. Enferma. Enferma. Enferma. Se estremeció, vistiéndose tan rápido como pudo antes de dirigirse a la puerta. Pero algo le llamó la atención. La pila de libros que Jesse había dejado sobre la cómoda. Le había traído novelas de fantasía, incluso algo de Mercedes Lackey. Dios lo bendijera a pesar de todo lo demás. Había demasiados clásicos, uno en particular que la hizo contener el aliento en su garganta. El despertar. Era el mismo libro que su madre le había dado en la biblioteca en casa. La idea de siquiera tocarlo la hizo mirar hacia otro lado. No podría posiblemente saberlo, ¿verdad? ¿Cuáles eran las probabilidades? Deslizándose por la puerta, se dejó llevar abajo a la mesa del comedor donde los otros ya estaban comiendo. Un nudo se formó en su garganta. La mesa estaba puesta con cuencos preparados con ensalada César con pollo, algo que siempre evitaba porque la mayoría de los aderezos César sabían a pescado. Odiaba el pescado. Le había dicho a Evelyn semanas atrás que lo odiaba, pero tal vez se le había olvidado. Jesse sacó una silla para ella y se sentó. De todas las cosas, la ensalada la asustaba más. ¿Y si no podía comerla? Esta era la primera vez que la habían dejado bajar desde que

—Está bien —instó Evelyn con una mirada a Eric—. Puedes comer.

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estaba observando desde el otro lado de la mesa.

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Eric la había abofeteado. No quería molestarlo de nuevo, ni ofender a Evelyn, que la


—Um, seguro —susurró, y agarró el tenedor. Eric tragó un bocado de comida y sonrió. —¿Es agradable estar fuera del dormitorio? Apenas asintiendo, trató de no entrecerrar sus ojos. Él no tenía derecho a ser amable con ella. Apretó el tenedor en un agarre de muerte. Eric apoyó los codos sobre la mesa. —Así será ahora. Si haces exactamente lo que decimos y no tratas de escapar, te dejaremos salir cada noche para la cena. Puedes comer aquí con nosotros, caminar si lo necesitas, ver la televisión, leer un libro, lo que sea. Jesse pasa mucho tiempo arriba en el estudio. Mantendrá un ojo en ti si deseas pasar tiempo allí. Me ha dicho que te gusta leer. Jesse sonrió y ella asintió. —Sí, me gusta. —Evelyn me dijo que te gusta la fotografía. ¿Es eso lo que estabas haciendo la noche en el estacionamiento? ¿Tomando fotografías? Sus dedos temblaron. —Estaba en el parque —respondió cuidadosamente. Estaba segura de que él ya sabía lo que había estado haciendo esa noche—. Estaba tomando fotografías nocturnas. No vi nada de lo que estaban… —No pregunté eso. —Su voz era firme, pero suave—. He mirado las fotografías en tu cámara. Obviamente es un talento que disfrutas mucho. Ella asintió. Era correcto. Tenían la bolsa de su cámara desde la noche en que la habían secuestrado. Tenía todo allí, incluyendo su teléfono. Brad probablemente había tratado de llamarla doscientas veces por ahora. También estaba la tarjeta de su cámara. ¿Qué había allí? Una tormenta de unas semanas atrás, las pozas de marea, la niebla, pero ¿por qué le importaría a Eric? ¿Por qué le importaría a alguno de ellos? Todos la estaban mirando ahora. Bajó la mirada a su ensalada y trató de controlar su

de pensamientos—. No puedo devolverte la cámara, pero estamos dispuestos a considerar otras cosas que podría gustarte hacer. Queremos…

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—Espero que tengas otros intereses. —La voz de Eric se desvió a través de su hilada

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respiración acelerada.


Se detuvo, probablemente esperando a que levantara la mirada, pero no podía mirarlo mientras sus intenciones se hacían más claras. —Nos gustaría hacerte feliz. Sus labios se separaron mientras reunía valor. —¿Quieres decir que así no querré irme? Él parpadeó. Steve se aclaró la garganta y miró su periódico. Evelyn se apoyó en el respaldo de la silla. Jesse sonrió con la boca llena de comida, aparentemente divertido. —Sí, así no querrás irte —se burló Eric, mirando a Evelyn con una expresión que decía: Te dije que no era estúpida—. No te quiero aquí tanto como tú no quieres estar aquí. Fue un error secuestrarte… un grande y maldito error, y si no vas a apreciar el hecho de que estamos dispuestos a hacer lo mejor de esto, entonces podemos manejar las cosas de diferente… manera. El olor del aderezo César flotó hasta su nariz. El penetrante ajo y el queso parmesano se mezclaron con algo oloroso a pescado. ¿Cómo podría posiblemente comer? ¿Cómo podía tragar lo que fuera con que la alimentaran? Amabilidad forzada, falso afecto, crueles amenazas. Se levantó de la silla. No podía quedarse aquí. Era una locura. Ellos estaban locos. Miró a la puerta principal y tensó sus músculos cuando la voz de Eric se estrelló contra ella. —¡Siéntate! Se volvió de nuevo a la mesa. Todos estaban medio sentados, listos para agarrarla si era necesario. Los ojos de Eric estaban oscuros, y mientras se volvía a sentar en la silla, vio disminuir el temblor en sus dedos. —Ni siquiera trates de hacer eso de nuevo —espetó—. Te sentarás allí y comerás y no te moverás hasta que te lo diga. Otro movimiento de esa manera y nunca saldrás de ese dormitorio de nuevo. ¿Entendido? Evelyn siseó algo ininteligible en su dirección, pero todo el mundo permaneció en

Tenía que permanecer fuerte y pensar con claridad. La sumisión podría estar bien

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cuenco y se lo llevó a la boca, determinada a no hacer arcadas y revelar su debilidad.

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silencio mientras Naomi bajaba la mirada y asentía. Pinchó un trozo de pollo en el


por el momento, pero tenía que haber una manera de pensar más que estas personas y escapar. Algo que eventualmente pasarían por alto. El pollo estaba bueno, pero el aderezo sabía exactamente como se imaginaba. Alcanzó su agua y se bebió la mitad del vaso. —¿Cuál es el problema? —preguntó Evelyn. Ella pinchó otro trozo de pollo, pero no estaba segura de poder llevarlo a sus labios. —Anchoas —murmuró Steve. Observó a Evelyn por encima de la montura de sus gafas de lectura—. El aderezo que haces tiene anchoas. Dijiste que no le gusta el pescado. Evelyn dejó su tenedor y se volvió hacia Naomi. —Lo siento. Ni siquiera pensé… —Está bien. —Bajó sus manos a su regazo. —¿Hay algo más que puedas traerle? —preguntó Steve, volviendo de nuevo a su periódico. Naomi alcanzó a ver la portada y vio The Denver Post impreso en la parte superior. Así que estaba en Colorado. Eso era simplemente genial. Nadie podría encontrarla aquí. —Lo traeré, Evelyn —se ofreció Jesse antes de que Evelyn pudiera levantarse de la silla. Se puso de pie y fue a la cocina. —Hay restos de lasaña —le gritó mientras él abría el refrigerador—. ¿Está bien, Naomi? Lo que fuera. Ya no tenía hambre, pero incluso sin apetito, estaba dispuesta a comer. Era la única sensación fiable que no tenía que cuestionarse. Haría lo que le dijeran porque era débil y ellos eran fuertes. Era un lugar familiar, incluso cómodo si se instalaba en la medida suficiente. Jesse la llevó al piso de arriba cuando terminó de comer. Abrió la puerta y le dio una mirada suplicante. Tenía barba incipiente pelirroja en su mandíbula y una hendidura en su nariz por un par de gafas.

—No soy así —continuó en voz baja—. Lo siento si te he asustado, eso es todo.

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Confundida, retrocedió en el dormitorio.

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—No te haré daño —dijo, acercándose a ella.


Ella asintió. Tenía que admitir que la había asustado en gran cantidad de niveles, pero por otra parte, no era el primer chico en su vida haciéndola sentir incómoda y

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sin ninguna posibilidad de escapar.


VII S

us secuestradores se fueron a trabajar a la mañana siguiente, pero cuando Jesse volvió, vino directamente a su puerta. Naomi bajó su libro cuando entró en la habitación.

—¿Te gustaría ir al estudio? —preguntó. Estaba vestido con pantalones marrones y una camisa abotonada. Su cabello estaba pulcramente arreglado. Se preguntó qué hacía durante todo el día para tener que lucir tan agradable. —Sí —dijo con un suspiro de alivio—. Este dormitorio se está volviendo pequeño. —Lo apuesto. Lo siguió por el pasillo en una habitación larga y llena de estanterías. En el centro de la habitación había una mesa de billar, pero lo que llamó su atención fueron las puertas francesas que conducían a un balcón. Podía ver el patio trasero e indicios del resto del barrio. Parecía que solo las personas mayores vivían por aquí. Raramente había visto a alguien fuera de su ventana durante el día, y no había escuchado ningún niño o ruidos fuertes en lo absoluto. Las luces estaban encendidas en el interior de las casas. ¿Las personas estaban comiendo la cena? ¿Viendo la televisión? Aquí estaba en medio de su barrio, una prisionera. Era raro. Bajó la mirada a sus manos, agradecida de que no estaba atada por la noche. Podría gritar si se llegara a eso. —Me gusta jugar al billar —dijo Jesse mientras él hacía un gesto para que se sentara en un sofá junto a la mesa—. Puedes leer si lo deseas. ¿Quieres una bebida? —¿Una bebida? —Ella se sentó con cuidado en el borde del sofá, tratando de no lucir incómoda. ¿Por qué estaba preguntándole si quería una bebida? Era demasiado agradable para ser un secuestrador. Estaba todo mal.

¿Coca-Cola? ¿Sprite? ¿Jugo? ¿Qué te gusta?

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había una máquina de pesas y una caminadora metidas en las sombras—. ¿Agua?

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—Sí. —Se dirigió a un refrigerador en la parte trasera de la habitación en la que


Ella se miró las manos. —Uh, Coca-Cola, supongo. —Mi favorito. —Él abrió la nevera y sacó una para ella. Cuando ella la tuvo en sus manos, él tomó un taco de la pared—. ¿Te gusta jugar? Ella dio la vuelta a la lata en sus manos y miró hacia otro lado. La verdad era que le gustaba jugar al billar; Brad le había enseñado cómo hacerlo. —¿Bueno? —Uh, creo que preferiría leer. —Adelante. —Hizo un gesto con la cabeza hacia los estantes. Ella se puso de pie y se acercó a los estantes con los títulos de fantasía. Un pequeño jadeo salió de su boca. Tenían algunos de los mejores libros. Tocó los lomos con un dedo tembloroso: clásicos y títulos más nuevos también, en su mayoría de tapa dura. Parecía extraño que compraran y leyeran ficción. Recordó todos los libros apilados en la planta baja y se preguntó si Eric leía fantasía, si le gustaban todos esos mundos inventados. Evelyn parecía más el tipo de amar dragones y príncipes y épicos viajes largos, pero como estaba descubriendo, estas personas no eran predecibles. Gradualmente, se dio cuenta de los ojos de Jesse en su espalda. —De seguro no hablas mucho —dijo él. Ella se dio la vuelta para verlo apoyado en la mesa de billar, sus brazos cruzados mientras esperaba a que ella respondiera. —¿Qué quieres decir? —¿No extrañas a tu familia? ¿Tu novio? Evelyn dice que nunca hablas de ninguno de ellos. —¿Qué quieres que diga? Él se encogió de hombros. —¿No los extrañas?

entraba en su mente cuando olvidaba enfocarse en algo más. Imaginó sus emociones

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no lo era así. Por pura costumbre, rara vez pensaba en sus padres, y Brad solamente

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Apretando su boca, consideró la pregunta. Debería haber sido fácil responder, pero


y recuerdos atrapados dentro de una pequeña caja que era demasiado temerosa de abrir. Sus ojos comenzaron a picar. —Lo siento. —Pánico cruzó el rostro de Jesse mientras desdoblaba sus brazos—. No fue mi intención hacerte sentir incómoda. Yo… —N-no puedo pensar en ellos —dijo mientras la caja se empezaba a abrir. Ahora iba a desmoronarse—. Pienso más en los azulejos de la ducha que en mis padres. Se fueron a trabajar tan solo un día después de que se enteraran de que me había ido, y Brad… Su voz salió poco a poco con un sollozo mientras pensaba en sus brazos alrededor de ella en su cama. La primera vez que había dormido con él había entrado en pánico de que sus padres se enteraran, pero nunca lo hicieron. No les habría importado, de todos modos, y eso era lo que dolía. Brad la deseaba más y más hasta que fue un ritual regular, y ahora echaba de menos sus labios sobre su piel, su apretado abrazo y los susurros de que la mantendría a salvo para siempre. Estaba tan equivocado. Jesse se acercó y ella retrocedió. Lo último que quería era que intentara consolarla. Querían hacerle creer que se preocupaban por ella, y no podía permitir eso. —No me toques —gimoteó—. Por favor. —Retrocedió hacia una estantería y lo observó acercarse. Era del mismo tamaño que Brad, igual de fuerte, pero más delgado. Podía ver sus firmes músculos definidos debajo de su camisa. Definitivamente los ejercitaba, pero se preguntó por qué… si era para una novia. ¿Por qué aún estaba aquí? No parecía relacionarse con los demás de ninguna manera. Se acercó más. Naomi contuvo la respiración. No se asustaría. Podía manejar esto, pero las lágrimas rodaron por su rostro. Algo en él la ponía sobre el borde. Era algo fuerte, como en Brad, el brillo duro en sus ojos la empujaba a la sumisión, la forma en que se movía como si nada pudiera sacudirlo. Una parte de ella lo anhelaba, y la otra parte se encogía. Él tocó su mejilla para enjugar una lágrima. Su mano era cálida y suave. —Los informes del noticiero dicen que eres tímida. No tienes amigos cercanos a excepción de Brad.

forma en que lucía, la forma en que se tenía a sí mismo. Él inclinó la cabeza.

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algunas de las pecas de los chicos en la escuela. Podía ver que estaba orgulloso de la

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Ella no podía apartar la mirada de las pecas en sus mejillas. No eran nerd como


—¿Cómo puede alguien tan inteligente y hermosa estar tan sola? Más lágrimas. No podía contenerlas. Sintió detrás de ella, pero solo había libros, nada con qué defenderse mientras su mano se envolvía alrededor de su brazo y la apartaba de la estantería. Recordó la firmeza con que la había contenido en el cuarto de motel cuando le había ayudado a levantarse del suelo, la forma en que olía a colonia y sudor… un olor dulce, casi reconfortante. Olía a eso ahora, como Brad, como todo lo que amaba y odiaba. Con un pesado suspiro, se rindió y dejó que la recogiera en sus brazos. Apoyó la mejilla en su hombro, avergonzada de que sus lágrimas ya estuvieran empapando su camisa. Era desagradable, pero a él no parecía preocuparle. —Shhh —susurró, apretando su agarre sobre ella. Era más apretado de lo que tenía que ser. Él acarició ligeramente un punto en su espalda—. Aún debes tener miedo de morir, incluso después de un mes aquí, pero no te hemos lastimado ¿verdad? —N-no —gimoteó ella. Una extraña sensación se apoderó de ella, como si estuviera flotando en el agua. Recordaba tratar de enderezar la estrella de mar en las pozas de marea para que pudiera tomar una foto meses atrás. Tenía piel llena de desigual y aterciopelada. Se aferró a la roca para salvar su vida mientras ella trataba de hacer palanca. —La única razón por la que Eric te hará daño es si intentas escapar —dijo con voz firme—. No harás eso. —No lo haré. —No tenía ni idea de si lo decía en serio. Posiblemente no podían esperar que ella cediera tan fácilmente. Estaba temblando ahora. Jesse aflojó su agarre y la empujó lo suficientemente lejos para que poder mirarla. —Juguemos a un juego. —Asintió a la mesa de billar—. Te enseñaré si no sabes cómo. Sacará tu mente de otras cosas. —No lo creo —dijo a través de un sollozo. Su mente daba vueltas alrededor de los pensamientos de Brad y la estrella de mar y esa la noche en la playa con Damien mientras comía un perro caliente con mostaza. La única cosa que pensaba sobre sus padres era que fueron a trabajar por la mañana, y eso la hacía sentirse culpable por

Ella levantó la mirada y se dio cuenta de que estaba sollozando incontrolablemente. Hipidos escapaban de su boca. Su nariz estaba empezando a funcionar. Fantástico.

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—Naomi, cálmate.

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alguna estúpida razón. La última cosa que quería hacer era jugar un juego.


—Lo siento —escupió ella y volvió a limpiarse la nariz con sus manos. No quería que nadie la viera así, una ruina completa. Incluso sus rodillas se sentían débiles. —¿Cuál es el problema? —preguntó él—. No tenía idea de que mencionar a tus padres… —Tienes razón —interrumpió ella, limpiándose los mocos en los jeans—. Ni siquiera pienso en ellos. Eso no es normal. Nada de esto es normal. —No, no lo es. —Él se aclaró la garganta—. Pero no vienes exactamente de una familia normal. Ella miró los libros en el estante delante a ella. La palabra normal nunca la había descrito, ni siquiera ahora. Todo lo que había hecho durante el último mes fue dormir, comer y leer. Obedecía cada orden. Era su marioneta perfecta. Su mente estaba en un bache como una canción en repetición. Estaba tan harta de ello que quería acurrucarse y morir. ¿Se había sentido así toda su vida, o solo lo notaba ahora ya que la situación era más íntima? Lo peor de todo era que estaba demasiado asustada para hacer nada para defenderse. Jesse la deseaba, pero ¿qué clase de chica se le tiraba encima a su secuestrador solo para ver si eso abría una puerta? ¿Que decía eso de ella? ¿Valía la pena intentar recuperar a Brad? Su corazón dolía por él a pesar de la herida que había dejado en su mejilla. Quería su protección de nuevo. Él siempre la había ayudado a sentirse mejor acerca de su indiferente familia. Sus propios padres estaban divorciados, y él le estaba recordando constantemente que al menos los suyos estaban juntos. Al menos ella era atendida en un montón de otras maneras. Era solo en esos breves momentos que su resentimiento se derretía. Nadie más que Brad le había dado tal estabilidad para apoyarse, y haría cualquier cosa para volver a él para poder sentir esos muros sólidos una vez más. Lo necesitaba. Se dio la vuelta. —Jugaré un juego contigo —dijo mientras miraba la mesa de billar y luego de vuelta a Jesse. Él había cruzado sus brazos, esperando. Ella bajó los ojos—. Tendrás que

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enseñarme.


VIII K

aren sabía que volar a Maine para estar con su hermana era una mala idea, pero Jason prácticamente la forzó a subir al avión. —Elizabeth te necesita ahora. Es el receso de primavera de los chicos, y

sabes cómo la enloquece eso. —En realidad, no tengo idea de cómo enloquece eso a nadie —le había dicho Karen—. No puedo permitirme tomarme tiempo del trabajo ahora mismo, y tú tampoco. La fusión está en su punto clave… —Dejé todo eso en manos capaces, y tienes a Anna para manejar las cosas mientras no estés. Es algo que ambos necesitamos. Esas palabras resonaron en su mente mientras estaba de pie en la cocina de su hermana la tercera noche de su estadía. Era pasada la medianoche y no podía dormir. Era obvio que Naomi no iba a volver. El consejero que Jason la estaba obligando a ver le había metido eso en su cabeza. Naomi se había ido. Estaba perdida. Quizás muerta. Y lo único que ella podía hacer era seguir respirando y fingir que era fuerte. Su carrera la ayudaría a atravesar esto, como la había ayudado con todo lo de su vida, pero ahora Jason la había alejado de ello y ya no sabía qué hacer consigo misma. Pasó por encima de una pila de juguetes hacia la cafetera. La casa de Elizabeth era una zona de peligro de comida seca en el piso, migas en las mesadas y platos sucios apilados tan altos en el fregadero que Karen dudaba que hubiera una taza limpia para café. Elizabeth tenía cuatro hijos, todos unas pequeñas bolas de energía. Hacían que Karen frunciera los labios cada vez que estaban cerca. Elizabeth nunca se molestaba en limpiarles las manos o las bocas pegajosas. Dejaba que corrieran de manera salvaje, y

Con la luz de la luna brillando en las ventanas, a Karen le llevó cinco minutos encontrar una taza limpia. Encendió la cafetera y se inclinó para mirarla. ¿Cómo

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Ciertamente, podría permitirse una con el generoso salario de su marido.

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su casa desordenada era el resultado. ¿Por qué no contrataba a una doméstica?


funcionaba? ¿Cómo funcionaban las cafeteras? No había usado una desde la universidad. Alguien siempre hacía el café en el trabajo, y Mindy siempre hacía el café en casa, pero no podía ser tan difícil. Esta máquina parecía más compleja que las demás. —¿Estás despierta? Karen se volvió para encontrarse a Elizabeth de pie en la entrada. Tenía el cabello en una coleta alta que la hacía parecer adolescente. Karen fue recordada nuevamente lo diferentes que eran. Elizabeth era más joven y tenía unas curvas agraciadas que hacían que pudiera usar ropa que hacía que su hija de nueve años pensara que era genial. —Sí, no puedo dormir —murmuró Karen, y volvió a la cafetera. —¿No estás tomando las pastillas que Jason dijo que te ayudarían a dormir? Karen dejó escapar un audible sonido. —Sí, las estoy tomando, pero obviamente no están funcionando, ¿verdad? —Antes de que Elizabeth respondiera, Karen se dio la vuelta—. ¿Y tú que haces despierta? —Sara estaba gritando que había monstruos bajo su cama. —¿Otra vez? Elizabeth se encogió de hombros. —Es una etapa… ya pasará. —Entró en la cocina y se acomodó junto a Karen para encender la cafetera—. ¿Segura que quieres café a esta hora? —Ya no estoy segura de nada. —Karen dejó su taza con un golpe sobre la mesada y caminó hacia las puertas de vidrio que daban al patio trasero. Con lágrimas formándose en sus ojos, se concentró en unas nubes oscuras flotando sobre la luna. Lo que realmente quería era que alguien la dejara inconsciente durante una semana para que pudiera descansar. Jason tampoco estaba durmiendo mucho. A veces la abrazaba en la cama y ella podía sentir las lágrimas de él cayendo a su pecho. Hasta ahora, ella había evitado llorar.

madre, pensó Karen. O al menos como ella quería recordar a su madre, fuerte y sana, pero sin importar lo que hiciera nunca olvidaría su imagen en la cama del hospital, la

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Elizabeth estaba de pie con los brazos cruzados sobre su pecho. Se veía igual que su

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—Karen, por favor, háblame.


piel agrietada y los ojos vacíos. El cáncer de pulmón había ganado rápidamente. Demasiado rápido. —Se ha acabado —dijo finalmente, conteniendo las lágrimas—. He perdido a Naomi justo como perdimos a mamá. Pasé toda la vida deseando que esa mujer se fuera, y cuando realmente sucedió… —Su voz se quebró mientras luchaba con más lágrimas. No lloraría. Tenía que ser más fuerte que Elizabeth porque lo que estaba por decir la hacía sentir más débil de lo que jamás se había sentido. »Las cosas con Naomi y yo no eran buenas antes de esto. Yo quería que nos uniéramos más, ¿pero cómo hacerlo cuando tu hija ha cerrado todas las puertas entre las dos? Ella no quería dejarme entrar, y no había manera de que fuera a forzarla a hacer algo… no de la forma en que mamá solía meterse y molestar arrastrarse incesantemente en nuestras vidas. —Solo lo hacía porque le importaba —dijo Elizabeth tranquilamente—. A su manera. —Pero era demasiado. Era una floja que estaba atascada en una vida que odiaba. Nunca quise eso para Naomi. —¿Entonces qué querías para ella? Las nubes se deslizaban suavemente sobre la luna como aceite derramándose en un vidrio, y algo oscuro interrumpió los pensamientos de Karen. Recordó tomar la decisión de volver a trabajar después del nacimiento de Naomi. Recordó lo fácil que fue dejar que las niñeras se encargaran. A veces pasaba días sin ver a Naomi. Pero amaba a su hija. ¿Cierto? ¿Cómo podría dudar de eso? —Le di a Naomi todo lo que tú y yo jamás tuvimos —dijo, tocando las puertas de vidrio frente a ella—. Una hermosa y limpia casa, colegios privados cuando era pequeña, la libertad de elegir lo que quiera hacer. Tuve que luchar duro para llegar adonde estoy. Igual que tú. Naomi nunca tendrá… nunca habría tenido que… luchar como nosotras… —Su voz murió, y silencio inundó la cocina. Lágrimas estaban viniendo, y se frotó los ojos con sus puños para mantenerlas a raya. —Dijiste que mamá estaba atascada en una vida que odiaba —dijo Elizabeth—.

corazón latiendo. Los reporteros ya la habían hecho sentir como un fracaso. Lo último que necesitaba era oírlo de su propia sangre.

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—¿Qué quiere decir eso? —Karen se volvió para enfrentar a su hermana, con el

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¿Crees que tú eres diferente?


—Solo estoy preguntando si eres feliz. —Bueno, ahora no. Naomi está… —Olvídate de Naomi. ¿Has sido feliz? —Por supuesto que sí. He logrado todo lo que me he propuesto. Amo mi trabajo. Sabes eso. Elizabeth se volvió hacia la cafetera, pero no dijo nada. Su silencio creó burbujas de ira en el estómago de Karen. No era correcto que su hermana la juzgara de esta forma. Incluso Jason la estaba mirando raro últimamente. Necesitaba un escape. Necesitaba aire limpio. —Voy a dar un paseo —murmuró y abrió la puerta. Salió al deck y la cerró detrás de ella. Bajando por los escalones, buscó el celular en su bolsillo. Mantenía el teléfono con ella todo el tiempo por si el detective o la policía llamaban, y a veces le gustaba llamar al número de Naomi. Jason le había dicho que dejara de intentarlo, pero no podía evitarlo. Levantó la mirada hacia el deck para comprobar si Elizabeth la estaba siguiendo. Por ahora no. Volviéndose hacia la oscuridad, caminó a una línea de árboles en el límite de la propiedad y se sentó en una roca. El aire de marzo era frío, pero tranquilo. Se abrazó las rodillas y marcó el discado rápido que había establecido unas semanas atrás. El número de Naomi. Nunca había tenido ese número en su teléfono antes, pero últimamente era el único que marcaba. Se llevó el aparato a la oreja y escuchó. Fue derecho al contestador, como siempre. Karen escuchó el mensaje de Naomi. Su voz era alegre y clara. Era casi musical, con una ligera nota de profundidad, como la de Jason. Escucharla aceleró tanto el corazón de Karen que casi lo sentía salirse de su pecho. Nunca antes había extrañado a Naomi, pero ahora sí. Era un dolor agudo en su estómago que no se iría. Quizás era culpa, pero sospechaba que era más que eso. El mensaje terminó. Sonó el pitido, y Karen esperó un momento mientras la máquina grababa sus respiraciones. Quería decir algo. Siempre quería decir algo, pero nunca salía nada. Colgó y volvió a llamar para escuchar a Naomi. Luego otra vez.

—Maldición, Lizzy, no me asustes así.

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Karen saltó por la sorpresa y colgó.

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—Eso no resolverá nada. —Oyó la voz de Elizabeth en la oscuridad.


—Perdón, pero no creíste que te dejaría aquí sola en la oscuridad, ¿verdad? No en el estado que estás. —¿Qué estado? —Conmoción. —Eso no es cierto. —No podía serlo. La gente conmocionada no volaba para quedarse en casa de su hermana. La gente conmocionada no seguía funcionando como una persona normal. Elizabeth se encogió de hombros y se sentó junto a los pies de Karen. Levantó la mirada. —Solo quiero que sepas que estoy aquí para ti, pero no voy a fingir que todo está bien. Puedes seguir negando cómo te sientes o puedes hacer algo al respecto. Karen se puso de pie y agarró una rama delgada sobre su cabeza. La rompió y la arrojó a los arbustos. El rostro de Elizabeth estaba azul en las sombras y una luz de la cocina hacía que sus ojos brillaran. —No hay nada que pueda hacer —le espetó Karen—. Nada. La policía solo investigará un poco más, y el detective que contraté se ha quedado sin pistas. Todo lo que han encontrado es un vidrio de una lamparita trasera rota en el estacionamiento con gotas de la sangre de Naomi. —Sí, ya me lo contaste más temprano. ¿Han intentado buscar a qué auto pertenece la lamparita trasera? —Creo que sí, pero eso no es una gran pista. Van a rendirse. —Pero apenas han comenzado. Aún no he visto nada al respecto aquí en Maine. Deberías llevarlo a la televisión nacional. Mientras más gente sepa, más posibilidades de que sea encontrada. Tienes el dinero y medios para hacer algo como eso. Karen rechinó sus dientes y apretó el teléfono en su mano. —Es inútil. ¿Por qué no lo puedes ver? La gente desaparece a diario. Esto no es distinto.

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y la pequeña Sara salía al patio.

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—¡Pero debería serlo! —Elizabeth se puso de pie mientras la puerta de vidrio se abría


—¡Mamiii! —gritó, lágrimas derramándose por su rostro mientras se aferraba a un andrajoso gatito de peluche—. Te necesito. Por favor, mami, por favor. —Debo irme —dijo Elizabeth con una oscura mirada hacia Karen—. Pero solo quería decir que debería ser diferente. Ella es tuya. Has pasado toda tu vida intentando alejarla de tu vida. Quizás no tenías intención de hacerlo, pero ya es hora de cambiar. No importa si ella no está. Karen observó a su hermana trotar hacia la casa y levantar a Sara en sus brazos. No podía recordar alzar a Naomi de esa forma o secarle las lágrimas en medio de la noche. ¿Merecía extrañarla? Para ella, la respuesta claramente era no. Se sentó de nuevo en la roca y miró su celular. No tenía fotos de Naomi para mirar. Lo único que le quedaba en este mundo era la voz de Naomi en la grabación. Volvió

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a marcar, pero esta vez, habló después del pitido.


IX Abril

L

os secuestradores de Naomi mantuvieron su palabra y la dejaron salir todas las noches para la cena. Era extraño sentarse con ellos noche tras noche, picoteando su comida como un pájaro. Estaba hambrienta, pero sus nervios la

ponían tan al límite que apenas podía tragar. Cuando Evelyn le preguntó si preferiría comer en su dormitorio, lo pensó durante varios minutos, pero finalmente respondió que no. Si iba a ponerlos de su parte, lo mejor que podía hacer era pasar tiempo a su alrededor. Eric era amable con ella ahora, y no quería que eso desapareciera. A veces él todavía lucía como si quisiera golpearla contra la pared y gritarle, pero eso era raro ahora. Aun así, se recordaba esa oscuridad, cuán fácilmente podría hacerle daño de nuevo. —¿No es genial la comida de Evelyn? —le preguntó Jesse una noche mientras la llevaba arriba al estudio—. Es italiana, ya sabes. Vivía en Italia con su abuela. Debe haber aprendido todos sus secretos allí. —Cocina realmente bien —respondió Naomi suavemente mientras se acercaba a la mesa de billar. —¿Lo crees? Nunca comes mucho. Ella se encogió de hombros y envolvió los brazos a su alrededor. Jesse se volvió hacia ella, esperando. Últimamente, siempre esperaba a que respondiera sus preguntas, una mirada inflexible en sus ojos que decía que no aceptaría el silencio.

tan agradables entre sí, incluso conmigo. Es extraño, eso es todo. Quiero decir, ¿quiénes cenan juntos todas las noches así?

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la que podía pensar—. Eric trata de hacer una pequeña charla conmigo, y ustedes son

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—Es extraño ahí abajo con todos ustedes —tartamudeó. Era la única explicación en


Una suave sonrisa apareció en sus labios. —Lo entiendo. Todo dentro de ti espera que te hagamos daño, y no estamos haciendo nada como eso. Ella movió sus pies. —Solo porque no he tratado de escapar. Si lo hiciera, ustedes… —Eric te mataría. —Él se acercó y la tomó por el brazo—. Lo sabes. Lo veo en tus ojos, la forma en que contienes la respiración a su alrededor, la forma en que tu rostro se pone blanco como el papel. Él también lo ve. Si le das una oportunidad, te prometo que verás un lado diferente de él. A mí también me tomó un largo tiempo. Ella apartó la mirada. Ya había visto el otro lado de Eric —el lado agradable— y quería que ese se quedara. El lado malo la hacía querer golpear algo, o correr hacia un rincón y esconderse. Odiaba la forma en que la hacía sentir. Jesse era diferente, más en control. Estable. La soltó y caminó hacia la pared donde colgaban los tacos de billar, agarrando dos y entregándole uno a ella. —Ponle tiza y empezaremos. Tal vez un día te dejaré ganar. Ella sonrió y tomó el taco de billar. En una gran cantidad de formas le gustaba la manera en que él la trataba. No intentaba esconder sus emociones o ignorar su situación. Eso no parecía ponerlo tan incómodo como lo hacía con los otros. Tenía un extraño sentido del humor con el que ella conectaba, y no sentía como si él fuera a lastimarla gravemente sin importar lo mucho que invadiera su espacio. Las cosas eran estables hasta el momento. Por supuesto, eso podía terminar en cualquier momento dependiendo de sus acciones, y ahora mismo lo único que podría manejar era la lamentable idea de coqueteo. Era tan cobarde. Entizó su taco mientras él hacía lo mismo. —¿Puedo romper? —preguntó ella. —Claro.

—Eso no funcionará. —Jesse rio entre dientes—. Te dejaré intentarlo de nuevo si quieres.

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bola blanca con un empujoncito suave, apenas rompiendo el rack.

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Él se hizo a un lado y ella se sonrojó por un momento antes de inclinarse. Golpeó la


Ella también se rio para sus adentros. Durante semanas había fingido estupidez cuando se trataba del billar. Quería oportunidades para que él se acercara a ella, y hasta el momento enseñarle billar le estaba dando exactamente eso. La idea podría parecer lamentable, pero por el momento era la única salida que podía ver. Era tranquilo y deliberado y casi se sentía seguro. —Lo siento —dijo con el ceño fruncido—. Lo haré mejor. —Solo tienes que golpearlo más fuerte. Tampoco estás balanceándolo de manera correcta. ¿Recuerdas lo que te mostré la última vez? Ella bajó la mirada. —Supongo que lo olvidé. —Déjame mostrarte de nuevo. —Sonrió, dando un paso detrás de ella. Su pecho tocó sus omóplatos mientras se inclinaba más cerca, envolviendo sus brazos alrededor de los suyos holgadamente. Movió el taco de billar a su lugar y lo balanceó junto a su dedo pulgar. »De esta manera —explicó cerca de su oído, su respiración moviéndose a través de su piel. Luego dobló su dedo índice sobre el acabado de granito del taco de billar—. O así. La clave está en sentirse cómodo. Él podría haberse apartado en ese punto, pero no lo hizo. Trató de imaginarse deseándolo, respirando el aroma limpio y picante de su colonia. No era algo difícil de imaginar. Tal vez realmente lo deseaba. Estaba envuelto alrededor de ella, un bolsillo de calidez. La suave tela de sus mangas se presionaba contra sus brazos desnudos a medida que su aliento acariciaba un costado de su rostro. El tiempo se detuvo por un momento. Ella se inclinó unos centímetros contra esos músculos fuertes. Su respiración casi se detuvo. —Puedo mostrarte otras formas —dijo él, aclarándose la garganta. Sus manos aún descansaban ligeramente contra los dedos de ella sobre el taco de billar. —No, creo que lo intentaré de nuevo. Él se apartó. El aire se hizo más frío de nuevo a medida que ella se inclinaba sobre la

logrado con Brad alguna vez.

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sensatamente ya que golpeó la bola con precisión y con más fuerza de la que había

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mesa y enviaba el taco de billar hacia el rack, probablemente demasiado


Se enderezó y Jesse sonrió mientras esperaba a ver si alguna de las bolas caía en un hoyo. No lo hicieron, y él caminó hacia el otro extremo de la mesa. —Buen trabajo, pero sigue siendo una mesa abierta, así que ahora es mi turno, ¿está bien? —Recuerdo esa regla, sí. Metió tres bolas rayadas y luego falló un tiro fácil, ya fuera porque estaba demasiado ocupado lanzando la mirada de un lado a otro entre ella y la mesa o porque quería darle otra oportunidad. De cualquier forma, eso hizo acelerar su corazón. Tal vez, solo tal vez, esto podría funcionar. Ella lanzó su mirada un par de veces en su dirección, fallando lo que debería haber sido un tiro sin esfuerzo. Enderezándose, frotó sus hombros. Sus sueños seguían plagados de dragones, y también permanecían en sus horas de vigilia, sobrevolando el valle ardiente como carroñeros. Temblando, observó su cuerpo dividirse a la mitad mientras golpeaba las rocas. —¿Tienes frío? Ella tembló cuando él se acercó y pasó las manos por sus brazos desnudos cubiertos con piel de gallina. ¿Por qué su toque tenía que sentirse tan bien? —S-supongo que sí. —¿Quieres que te consiga algo más caliente para que te pongas? ¿Evelyn no te dio un suéter? ¿Rosa? Ella asintió y trató de relajar la tensión de su cuerpo. Los dragones en su cabeza se alejaron volando. —Está en mi armario —dijo—. En una percha. Él apretó su agarre, la atracción en sus ojos completamente obvia. Ella lo recordó en su dormitorio, su mano en su rostro, cómo podría tomar lo que quisiera y ella no sería capaz de detenerlo. —Volveré en un instante, ¿está bien?

Levantó la mirada y notó el balcón.

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lavando los platos abajo.

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Ella asintió y lo observó salir de la habitación. Se escuchaba el ruido de Evelyn


Ya estaba oscuro afuera, pero podía ver el patio en el resplandor de las luces de la casa. Vio la alta expansión de árboles enredados entre sí inclinándose sobre las propiedades colindantes. Una valla de vinilo blanco rodeaba todo el patio. Había luces en el interior de las casas circundantes. Buscó las escaleras que bajaban desde el balcón, pero no pudo ver nada. Lo único que parecía remotamente prometedor era un árbol cercano con ramas gruesas y retorcidas cerca de la barandilla. Caminando hacia las puertas, alcanzó la manija. Estaba descalza. —¿Naomi? Se dio la vuelta. Jesse estaba en la puerta, con su sudadera rosa metida bajo el brazo. —¿Qué estás haciendo? —N-nada. Su rostro era severo, pero no molesto. Ella esperaba que él le gritara o por lo menos la apartara de un tirón de las puertas, pero solo se quedó allí, decepción ensombreciendo sus ojos. Se marchitó internamente ante esa mirada. —Terminemos nuestro juego. —Él se acercó a la mesa de billar y dejó la sudadera sobre el borde cuidadosamente. La habitación se achicó. Estaba dejando a disposición de ella lo que fuera que hiciera hacer. Podría girarse e intentar huir o podría ponerse la sudadera y terminar el juego. La respuesta parecía obvia. Si huía, él la atraparía y Eric la mataría. Fin del juego. Ahora no era el momento para escapar. Iba a volver a jugar la lamentable carta de cobarde. Relajándose tanto como pudo, se acercó a la mesa de billar y agarró la sudadera. Jesse se cruzó de brazos y sonrió. —Creo que es tu turno. —No, es el tuyo. —Se puso la sudadera sobre la cabeza, sorprendida de verlo más cerca cuando tiró de esta hacia abajo.

suavemente—. Tan inocente. Me encanta eso de ti.

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tela—. Hay algo en ti —susurró, bajando los brazos hasta su cintura, apretándola

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—La capucha está toda torcida. —Estirándose detrás de ella, acomodó la pesada


La miró a los ojos, una suave sonrisa jugando en las comisuras de su boca. Ella pensó que podría entrar en pánico, pero estaba relajada. Él podría significar libertad si seguía con esto. Lo utilizaría para su propio beneficio si podía mantener su valor el tiempo suficiente. Mantenerse concentrada. —¿Estás bien? —preguntó, todavía presionándola contra él. Ella podía sentir los latidos de su corazón ahora. Recordó llorar sobre su hombro semanas atrás, cómo sus lágrimas habían empapado su camisa. No había lágrimas ahora. —Estoy bien —dijo ella, incapaz de apartar su atención de él. —Algo es diferente. Dime. —La mirada severa regreso a sus ojos. Su agarre en ella se apretó. —No lo sé —susurró, con su voz como algo extraño en su garganta—. Cada vez que me tocas ya no es tan… aterrador como antes. La expresión de él se relajó mientras la soltaba. El frío la envolvió y se estremeció. —Soy un buen tipo —dijo él y rio entre dientes—. Al igual que Eric… deberías darme una oportunidad. —Se volvió y recogió su taco de billar—. Terminemos.

Esa noche Naomi se enterró bajo las mantas y pensó en el balcón y en los árboles que podría trepar para escapar. Pensó en los brazos de Jesse alrededor de ella y cuán culpable la había hecho sentirse por mirar afuera. No parecía justo cómo él empujaba sus emociones como a las bolas en la mesa de billar. Al mismo tiempo era una situación familiar, una en la que podría hundirse y olvidarse de todo lo demás. Le gustaba esa sensación. Era lo que la había hecho aferrarse con tanta fuerza a Brad, la razón por la que todavía sufría por él cuando se estaba quedando dormida. Siempre lloraba antes de que el sueño se apoderara, pero lo hacía lo suficientemente silencioso que nadie la escucharía. No quería que pensaran que era demasiado infeliz en caso de que eso pudiera molestar a Eric y ponerlo al límite. Enterrando el rostro en la almohada, dejó que las lágrimas llegaran. Patética. Débil.

abrieron. Genial. Evelyn estaba viniendo a comprobarla de nuevo.

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cayeron, pero justo cuando empezaba a irse a la deriva, las cerraduras de la puerta se

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Eso era y no podía alejarse de ello sin importar cuán duro lo intentara. Las lágrimas


Intentó relajarse, hundiéndose tanto bajo las mantas como pudo. ¿Por qué tenían que hacer esto? Era espeluznante. Evelyn la veía todo el tiempo ahora, así que ya no tenía sentido que se escabullera en la noche. Esta vez algo estaba mal. Los pasos eran diferentes. Entonces lo olió, ese aroma familiar y picante de su colonia. Jesse. Ella se congeló. ¿Qué estaba haciendo aquí? Por un momento pensó en incorporarse para preguntarle, pero antes de que pudiera decidir qué hacer, sintió su mano acariciar su mejilla húmeda. Levantó la mirada y sus ojos se fijaron en los suyos. —¿Estás bien? Al darse cuenta de que debió haber hecho más ruido de lo que pensaba, se sonrojó y se alejó. No sabía qué decir. Más lágrimas llegaron y no pudo detenerlas. Se hizo un ovillo y se giró sobre su costado de espaldas a él. No quería que la viera así. Ya la había visto llorar demasiado. —Por favor, vete —murmuró ella. —No, no haré eso. Antes de que pudiera detenerlo, sintió su peso en la cama junto a ella. Él se quedó encima de las mantas y envolvió un brazo alrededor de ella, presionando su pecho en su espalda. El mundo se detuvo. Su corazón hizo un sonido silbante en su cabeza mientras esperaba que él hiciera algo más… tocarla de manera equivocada, poner sus labios sobre su cuello, cualquier cosa. No lo hizo. Pasaron los minutos. Ella se relajó mientras la calidez de él se filtraba a través de las mantas y de deslizaba a su alrededor. Las lágrimas se detuvieron. —Me quedaré hasta que estés dormida —susurró, manteniendo su aliento lejos de su piel, su brazo alrededor de ella solo se tensó lo suficiente para hacerla sentir segura— . Luego me iré. No tienes que preocuparte de nada. Solo quiero estar aquí para ti.

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Contra un millón de señales de alarma apagándose en su cabeza, le creyó.


X Mayo

N

aomi arrastró el curvado aplicador de rimel a través de sus pestañas. Odiaba sus pestañas. Eran delgadas y quebradizas, marrón claro y prácticamente invisibles. Había usado maquillaje desde que tenía trece. Su última niñera,

Patricia, la había ayudado a elegir su primer maquillaje durante un viaje al centro comercial. Condujo a Naomi a la tienda departamental, le mostró la marca más costosa de maquillaje en exhibición, y la sentó en un alto banquillo donde una entusiasmada mujer con apretada blusa blanca y tacones de trece centímetros le mostró cómo aplicar el maquillaje para verse mayor. Todo era muy glamoroso y muy estúpido. Estaba emocionada con tratar de atraer chicos como el resto de las chicas en la escuela, pero incluso con el maquillaje nadie la miraba dos veces. Era demasiado vergonzosa y tímida y pronto se dio por vencida hasta que Brad comenzó a hablar con ella en clase de historia el día que cumplió catorce. Ahora tenía dieciocho. Hoy, el primer día que había usado maquillaje en tres meses, era su cumpleaños. Lo supo únicamente porque Evelyn le había dicho que el maquillaje era un regalo por cumplir dieciocho hoy. No preguntó cómo sabían que era su cumpleaños. No se sentía como su cumpleaños. No se sentía a nada. Bajó la mirada al hermoso maletín lleno de sombras, rubores, y brillos labiales. Era nuevo. Todo lo que le daban era nuevo. Un golpe en la puerta del baño la hizo saltar.

había nada que odiar sobre Evelyn, excepto que era una jodida secuestradora. Aun

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Nadie la había llamado cariño antes. No estaba segura de si le gustaba o lo odiaba. No

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—¿Estás ahí, cariño? —preguntó Evelyn


así, nunca había hecho algo directamente para lastimar a Naomi. Ninguno de ellos últimamente. —Sí, estoy aquí —dijo y aclaró su garganta—. Me estoy poniendo el maquillaje que me diste. —Maravilloso. ¿Puedo ver? —Seguro. Desbloqueó la puerta y giro la manija. Evelyn camino dentro, sonriendo. Tenía un libro metido debajo de su brazo. Parecía como de fantasía, pero Naomi no podía ver el título. —¡Luces perfecta! Naomi sacó una brocha angular para ojos. —No sé por qué dices eso. No voy a ir a ninguna parte. ¿Por qué siquiera me diste esto? —Ya te dije, por tu cumpleaños. Eso, y que sé que quieres lucir linda para esta noche. —¿Qué es tan especial acerca de esta noche? No voy a ir a ningún lado. —Barrió la brocha a través de una sombra de color marrón claro y comenzó a aplicarla en sus párpados—. ¿O sí? Evelyn rio. Llevaba un suéter de color morado oscuro. Se veía bien en morado. hacía su piel luminosa. —Vamos a dejarte salir al patio —dijo con una sonrisa traviesa—. Creí que querrías verte linda para Jesse. Sabemos que tienes sentimientos por él. Naomi se esforzó por evitar que sus labios formaran una sonrisa. Su plan estaba funcionando. Tal vez no era tan cobarde después de todo. Recordaba la noche en que Jesse la había abrazado mientras ella se dormía. Le había dicho que no tenía que preocuparse por nada, y había tenido razón. Solamente quería consolarla. Terminó con su ojo derecho y se movió al izquierdo.

camisas sobre su musculoso pecho, la manera que ataba sus zapatos en moños

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Era cierto. Era muy agradable, pero era más que eso. Le gustaba lo crujiente de sus

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—Creo que es agradable —dijo ella, encogiéndose de hombros.


perfectos. Tenía la sonrisa más cálida de todos los que conocía, y cada minuto que pasaba con él estaba comenzando a sentirse más relajada. Esas cosas hacían que fuera más fácil fingir que se estaba enamorando de él. Estaba segura de que eso era lo que querían. Ella voltearía su juega para sus propias necesidades. Imaginaba el rostro de Brad. Casi podía sentir sus brazos a su alrededor otra vez. Él debía estar extrañándola como loco. Pero en cierto modo, esa idea parecía superficial. Entonces recordó lo que Evelyn había dicho. Soltó la brocha de maquillaje y cayó sobre el mostrador. —¿Dijiste que van a dejarme salir al patio? —Sí, lo hice. —Evelyn se rio y bajó su libro para recoger la brocha. Pasó sus dedos a través de las cerdas—. Te gustaría eso, ¿verdad? —¡Sí! —Su corazón palpitaba tan rápido que pensó que podría estallar. Daría todo por un poco de aire fresco. Ninguno de ellos abría siquiera una ventana. Parecían demasiado nerviosos de que ella pudiera empezar a gritar pidiendo ayuda con la esperanza de que alguien la escuchara. Podría hacerlo. —Tranquila, cariño. —Evelyn le entregó la brocha y Naomi echó un vistazo hacia el libro en el mostrador. Era algo que no reconocía, pero definitivamente era fantasía. ¿Por qué Evelyn tenía que ser tan genial? ¿Era genial la palabra correcta? Era solo que amaba el yoga y la buena comida y la lectura. Era hermosa y agradable. ¿Por qué tenía que ser una criminal? —Es solo el patio trasero —dijo Evelyn—. Está totalmente cercado, y si haces algún movimiento para gritar o correr, Eric… —Lo sé. —Bajó la mirada—. Lo sé. —Eric va a asar algo de carne cuando llegue a casa. El clima finalmente está bastante agradable, y sé cuánto has estado muriendo por salir. Esto es lo más que podemos darte. Espero que entiendas. Ella asintió. —Gracias.

—¿Qué quieres decir? —Ella contuvo su respiración y miró el reflejo de Evelyn en el espejo, su perfecto cabello y ropa, la cicatriz debajo de su maquillaje.

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Naomi—. ¿Estás bien?

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—De nada. —Ella extendió su mano para echar fuera el cabello en la frente de


—Es tu cumpleaños. ¿No estás molesta en absoluto? ¿Los recuerdo y todo? Naomi se tensó y dio un paso atrás, cerrando sus ojos. Su vida era esta casa ahora. Leía los libros que Jesse le dejaba escoger del estudio. Dormía y comía y fingía no saber nada sobre billar así Jesse podía seguir enseñándole cómo jugar. Miraba por la ventana y observaba a los vecinos de edad avanzada tomar paseos con sus pequeños caniches blancos. Si la casa estaba vacía, los llamaba a gritos, pero ninguna cantidad de ruido los hacía levantar la mirada. —Estoy bien —dijo mientras un nudo se formaba en su garganta—. Definitivamente bien. Mi mamá y papá nunca hacían nada por mi cumpleaños, y Brad… Bajó sus ojos a la paleta de maquillaje. Los colores se volvieron borrosos. Brad siempre le daba rosas en su cumpleaños. Las había secado todas y las mantenía colgadas boca abajo en su armario. A veces se encontraba con pétalos en el suelo. —Estoy bien —repitió mientras enderezaba su blusa con manos temblorosas—. En verdad. —Ajá. —Evelyn cruzó sus brazos de nuevo—. No te creo. Siempre hay manchas de lágrimas en las fundas de tus almohadas. Lloras cada noche y no nos dejas oírlo. ¿Por qué? ¿Por qué estás escondiendo todo tu dolor de nosotros? Queremos ayudarte. ¿Qué demonios? ¿Eran completamente estúpidos? Eras secuestradores. Tensó los músculos de sus brazos y luego los relajó mientras contaba hasta veinte. Se recordó que Evelyn la quería aquí probablemente más que cualquiera. —Si quieres ayudarme, entonces déjame ir. —Ella abrió sus ojos y miró a Evelyn—. No vi nada en ese estacionamiento. Ni siquiera sé sus apellidos. ¿Cómo puedo dirigir a los policías aquí? Negaré todo, lo prometo. —Tomó un profundo y tembloroso respiro. Demasiado en cuanto a construcción de confianza. Era una completa estúpida. Evelyn apretó su mandíbula. Parpadeó rápidamente y agarró su libro del mostrador.

fuera de la cama para ver el sedán negro entrar en el garaje. Eran solo las tres de la tarde. Nunca había venido a casa tan temprano antes. Había tratado de descifrar en

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Eric llegó a casa temprano. Naomi escuchó abrirse la puerta del garaje y se deslizó

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—Tengo que ir al supermercado. Eric vendrá por ti en un par de horas.


qué trabajaban, pero solo pudo suponer que Evelyn era estilista y Jesse era un arquitecto que trabajaba para Steve. Los dos estaban constantemente hablando a la hora de la cena sobre proyectos y compañías queriendo superarlos. Eso al menos explicaba el estante de libros de arquitectura en el estudio y la razón de que a veces Jesse enterrara su nariz en libros con títulos como Arquitectura: espacio, forma y

orden, y Código de construcciones ilustradas. Pasos se acercaron a su puerta. Se movió lejos de la ventana. Eric nunca había entrado a su dormitorio antes. Desbloqueó las cerraduras y entró, todavía usando su traje y una corbata de seda color chocolate que hacía resaltar sus ojos. Estaban brillantes hoy. Ella retrocedió hasta acercarse a la cama. —¿Qué te pasa? —preguntó, deteniéndose a mitad de camino en el dormitorio—. ¿Estás bien? —Claro. —Una obvia mentira dado que su boca estaba seca y sus manos estaban temblando. No sabía por qué. Él cruzó el resto del dormitorio y se detuvo frente a ella. —Luces como si pensaras que voy a lastimarte. Creí que ya habíamos pasado por eso. Ella miró el suelo. —Lo siento. —Mírame. Obedeció. Debió haberse cortado cuando se rasuró esa mañana. Se quedó mirando la pequeña mancha de sangre seca en su mandíbula y se preguntó si él se daría cuenta de esto último y se pondría furioso de que hubiera andado todo el día con eso. Metiendo la mano en su bolsillo, sacó lo que ella reconoció rápidamente como sus pendientes de diamantes. Su corazón dio un vuelco. —Sé que es tu cumpleaños hoy —dijo él, bajando la mirada a los pendientes—. No son un regalo ni nada, pero creí que deberías tenerlos de vuelta. —Se acercó para tomar su mano. Su toque fue suave cuando puso los pendientes en sus palmas—. Deben significar mucho para ti.

lágrimas que picaban las comisuras de sus ojos.

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—Supongo que deberían —dijo suavemente, y mordió su labio para contener las

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Todo su cuerpo dolió cuando los miró brillando contra su piel.


Eric soltó su mano. —No fue mi intención molestarte. Pensé que estarías feliz de tenerlos de vuelta. Evie me dijo que has estado más preocupada por tu apariencia últimamente. Creí… —No, no, está bien —tartamudeó ella, y le dio la espalda—. Gracias. —De nada, pero dime por qué estás molesta. Fue más una orden que una pregunta. Eso le recordó la vez que le hizo decirle que no amaba a Brad. Seguía sin saber si había mentido sobre eso. —Mis padres los compraron para mí. Él cruzó sus brazos. —¿Los pendientes te los recuerdan? ¿Los extrañas? Ella parpadeó en sorpresa. Él no lo entendía. No podría explicar cómo se había sentido ese día en la joyería dos días antes de Navidad. Su madre se mantuvo apurándola a que eligiera algo. Apretando los pendientes aún más fuerte en su mano, se centró en Eric. —No creo que los extrañe. Estos pendientes, me recuerdan… —Se detuvo y sacudió su cabeza, incapaz de continuar. —¿Lo mucho que no te aman? Él esperó su respuesta, pero ella no tenía nada que decir. ¿Cómo sabía él eso? Se recordó escogiendo los pendientes tan rápido como pudo, y tan pronto como el joyero los puso en una caja y le entregó el recibo a su madre, terminó. Sus padres estaban retrasados para la fiesta de la compañía. Le preguntaron si podía caminar a casa ya que eran solo unas pocas cuadras. Ella asintió y dejó la tienda, la caja agarrada con fuerza en su mano. —Debe ser cierto —dijo Eric—. Tienes derecho a estar molesta sobre un montón de cosas. Pero creo que tus padres… creo que cuando te sientes de esa manera, es… Nunca lo había visto tan vacilante antes, balbuceando sus palabras. Finalmente, la

Ella dudaba que lo hiciera, pero asintió de cualquier manera.

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—Solo digamos que te entiendo.

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miró a los ojos y descruzó sus brazos.


—No tienes que usarlos —continuó—. Creí que desearías, pero esa no es la razón por la que te los regresé. Era imposible venderlos con el resto de la joyería que nosotros… Los ojos de él se ampliaron en sorpresa ante su desliz. Las piezas se juntaron. La joyería. ¿Cómo no lo había descifrado antes? ¡Ellos habían robado la joyería! La misma donde ella había elegido los pendientes ahora apretados con fuerza en su mano. Ella siempre pasaba por ahí en su camino a la casa de Brad. Era parte de un centro comercial y el único negocio que valía la pena robar en esa área. Eric había mencionado algo sobre oro en la habitación de motel cuando ella se estaba durmiendo. Esa era la única explicación. Trató de esconder el horror extendiéndose por su rostro, pero Eric no se perdió nada. Parpadeó lejos una oleada de ira y dio un paso al frente. —Honestamente no viste nada esa noche, ¿verdad? Ella negó con su cabeza, ya no sintiendo la necesidad de llorar, pero sí de gritar. ¿La había secuestrado para mantenerla callada sobre un robo de joyería? ¿Podría ser algo más estúpido? Se lanzó hacia adelante con un impulso, apretando su puño contra su pecho. Quería golpearlo hasta que no fuera más que una masa sangrienta. Su puño se estrelló contra su duro pecho y ella lo elevó para otro golpe, pero él agarró sus muñecas y tiró de ella cerca. Sus ojos estaban oscuros. Su mandíbula apretada. Por alguna razón todo lo que podía hacer era mirar hacia esa mancha de sangre seca en su mandíbula. Olía a colonia y ajo. Siempre olía a ajo. —Intentas eso de nuevo y te encerraré en esta habitación sin comida por una semana. —Apretó el agarre en su brazo y ella hizo una mueca. Este era el otro lado de él que había evitado por un tiempo. Esto era lo que le hacía creer que la mataría en dos segundos si no prestaba atención a lo que decía o hacía. Trató de balbucear unas palabras fuera de su boca, pero él la empujó hacia atrás hasta que ella golpeó la pared. Su respiración salió de golpe, un fuerte jadeo. —Quiero esto absolutamente claro —dijo él a través de sus dientes apretados cuando apoyó su peso sobre ella—. Nunca me golpearás de nuevo. Nunca volverás a

—S-sí —tartamudeó—. Entiendo.

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Ella se encogió. Quería escabullirse de sus garras y disolverse en la pared.

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contestarme. Nunca te mostrarás desafiante. Dime que entendiste las reglas.


—Bien. —Retrocedió y la dejó ir. Con un largo y profundo suspiro, él se calmó y pareció relajado. Creyó que podría estar enferma. Si él explotaba tan fácilmente, odiaba pensar lo que haría si trataba de escapar. Nada lindo. »Sabes que no quiero herirte —dijo en voz baja—. De hecho, es lo opuesto. Tus padres te causan más dolor que nosotros. Ese por eso que estás contenta de estar aquí. Los pendientes en su puño pesaban como grandes piedras, pero se mantuvo de pie, su corazón latiendo duro y rápido. No pensaría en sus padres. No lo haría. Los latidos de su corazón eran tan fuertes que pensó que tendría que taparse los oídos. Eric interrumpió el ruido. —He observado a tus padres en los reportajes —dijo él, suavizando su expresión—. Siento pena por ti, Naomi. Todos nosotros. —Caminó lo suficientemente cerca para elevar su rostro de modo que ella tuviera que mirarlo a los ojos—. Es demasiado malo tener que asustarte en este momento, pero tienes que saber que yo no toleraré ese tipo de comportamiento. Solo no sé si es posible hacerte feliz aún. Ella estaba como piedra bajo su toque. Los diamantes se sentían como si pudieran

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cortar directo a través de su piel.


XI N

aomi siguió a Eric abajo a través de las puertas del patio. Cuando tomó una respiración profunda, su cuerpo hormigueó. Cerró los ojos. Había sol y brisa y aves piando. ¡Aves! Había pensado que nunca oiría tal sonido de

nuevo. Se empapó de este tanto como pudo. —Bien, vamos. Ella abrió los ojos para verlo indicándole el patio, sus ojos fijos en ella. Estaba segura de que él pensaba que intentaría algo, pero por el momento solo quería estar al sol. Dio un paso adelante. La mayor parte del patio estaba a la sombra del balcón. Sonrió cuando llegó a los ladrillos de patio, cálidos por el sol. Movió los dedos de sus pies y Eric se aclaró la garganta. —Te gusta esto, ¿verdad? Se volvió hacia él y sonrió. —Olvidé lo que se siente, eso es todo. Su expresión se redujo en algo que podría parecerse a la pena. Alzó la mano para aflojar su corbata y ella caminó en la hierba fresca. Este era un sueño. Trató de imaginar que Eric no la estaba observando. Trató de recordar la arena entre los dedos de sus pies, la mano de Brad en la suya mientras caminaban por la playa. Podía oler sal en el aire. Un día estaría allí de nuevo. Abrió los ojos. Había una cerca de vinilo blanca rodeando todo el patio. Tenía que tener por lo menos dos metros de altura sin rupturas en las tablillas o cualquier forma de pasar por encima. Excepto los árboles.

cerca de la barandilla y sobre la cerca como un puente con el jardín del vecino. Ese árbol parecía llamarla cada vez que lo miraba.

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que estaba junto al balcón llamó su atención, expandiendo sus gruesas ramas curvas

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En su mayoría eran arces, álamos temblones y abetos, los arces los más grandes. El


Caminando a una mesa de patio rectangular hecha de la misma madera de teca que los muebles de jardín de sus padres, se sentó en una cómoda silla frente a la casa. —Quédate ahí —le advirtió Eric suavemente—. Puedo verte desde la ventana y, Evie debería estar en casa de regreso de la tienda pronto. Él dejó las puertas abiertas y se dirigió a la cocina, se quitó la chaqueta del traje y corbata, y se arremangó las mangas de la camisa antes de ponerse el delantal blanco que llevaba Evelyn generalmente cuando cocinaba. Cerró los ojos y pensó en Brad otra vez. Ahora pensaba más en él de lo que nunca había pensado cuando estaba en casa. Aquí no había ninguna tarea para preocuparse, ninguna cámara, ni Internet. Al menos tenía libros. Había leído todas las novelas de Mercedes Lackey en el estudio. Ahora estaba trabajando en una pila de clásicos porque Jesse los amaba demasiado. Quería saber qué tenían que lo mantenían tan fascinado. Aun así, se mantuvo releyendo fantasía entre los clásicos. Sonrió al pensar en Jesse. El sol se sentía bien en sus mejillas. Podía sentir su cercanía a ella en la mesa de billar cuando le había mostrado cómo equilibrar el taco entre sus nudillos, su cuerpo con el de ella en su cama mientras la abrazaba. No importaba cuántas veces se acercara a ella, él parecía estar conteniéndose.

Comieron fuera mientras el sol empezaba a ocultarse. Eric cocinó su carne a la perfección: no demasiado seco, no demasiado rosa. Cuando se terminó la cena, Evelyn llevó un cheesecake. A Naomi no le gustaba el cheesecake, pero se obligó a tragar tres bocados de todos modos. —Te ves bien esta noche —le dijo Steve desde el otro lado de la mesa—. ¿Evelyn te ha dado todo lo que necesitas? Claro, tenía todo lo que necesitaba… excepto la libertad. Eh. Dejó el tenedor al lado de la porción de cheesecake sin terminar y colocó sus manos sobre su regazo. Al menos había reconocido que lucía bien. Jesse no. Estaba comiendo su postre. No le había prestado atención durante toda la noche. No era propio de él ni siquiera

amable con ella. Al momento las líneas provocadas por su risa parecían un millar de pequeñas sonrisas. Era guapo y amable, y pudo ver por qué Evelyn lo amaba.

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Recordando que Steve le había hablado, le dio una suave sonrisa. Él siempre era

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mirarla.


—Sí, lo ha hecho, gracias —mintió. Eric se aclaró la garganta. —Tenemos un regalo para ti. —Levantó la cerveza junto a su plato y tomó un sorbo antes de girarse hacia Jesse—. ¿Conseguiste tenerlo listo? Todavía trabajando en su cheesecake, Jesse levantó la vista hacia Naomi y sonrió. Su corazón se apretó. —Sí, lo hice, pero está adentro. Iré a buscarlo. —Se puso de pie y entró en la casa justo cuando el teléfono de Eric sonaba. Él respondió con un rápido ―Buongiorno‖, luego siguió hablando en italiano. ¿Italiano? No sabía que hablaba otro idioma. Tenía sentido, pero aun así la sorprendió. —¿Es la casa? —preguntó Steve. Evelyn asintió y mantuvo sus ojos en Eric mientras caminaba más lejos en el patio, su voz desvaneciéndose. Se apoyó en el respaldo de la silla y apretó un dedo en su labio inferior. Parecía nerviosa, y eso hizo que Naomi se removiera en su asiento. —Suena como si los inquilinos todavía quieren que hagamos una oferta, pero Eric se hará cargo de ello antes de que nos mudemos. Él sabe los pros y los contras. ¿Antes de mudarse? ¿Adónde? ¿Al otro lado de la calle? ¿A otro estado? Naomi se movió aún más. No sabía qué hacer. ¿Debería preguntar? Una parte de ella estaba a gusto con estas personas, pero la parte normal de ella sabía que eran criminales. Podrían volverse violentos en un abrir y cerrar de ojos. Eric lo había dejado en claro unas horas atrás. Este era probablemente un buen momento para mantener la boca cerrada. Jesse regresó y puso una pequeña caja envuelta frente a ella. El papel era plateado con una cinta rosada atada alrededor de esta. Se preguntó si la había envuelto él mismo. Eso la hizo sonreír. —Puedes abrirlo cuando Eric cuelgue el teléfono —dijo—. Quería ver tu reacción, y yo también. —Se dirigió al otro extremo de la mesa y se sentó de nuevo. Evelyn

—La casa.

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Ella suspiró.

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tenía la cabeza entre sus manos—. ¿Cuál es el problema? —preguntó.


—No están cediendo, ¿eh? —No. —Ella tomó el tenedor y pinchó las migas en el plato. —Tienen un montón de tiempo. —Jesse tomó un bocado de cheesecake y miró a Steve esperanzado—. ¿A menos que hayas decidido olvidar el acuerdo? Eric dijo… Steve lo miró. —Sácate eso de la cabeza. No te vas a escapar de esto así de fácil. Harás lo que te digamos que hagas. —Se detuvo y miró a Naomi. Ella apartó la mirada. Eso fue interesante. ¿Haría lo que le dijeran que hiciera? Eso solo confirmaba sus sospechas sobre Jesse como el diferente. Todo parecía sospechoso cuando ella consideraba por qué estaba viviendo en la misma casa como todos los demás, como si también fuera un prisionero. Eric se acercó a la mesa. Colgó el teléfono y tomó un largo trago de su cerveza. —Lo sabremos la próxima semana —dijo, hundiéndose de nuevo en su silla. Le sonrió a Naomi—. Adelante y ábrelo. Tocó la cinta rosa en su regalo. No podía recordar la última vez que alguien le había envuelto un regalo. Brad siempre la llevaba a algún lugar para comprarle cosas o le daba flores. Agarró la caja y comenzó a desatar la cinta. Era del tipo metálico, brillante y resbaladiza. Estaba mareada de emoción. Todos la estaban observando, y eso lo hizo más especial. No podía imaginar lo que podrían darle. Entonces el teléfono de Eric sonó de nuevo y se detuvo para verlo mirando a la pantalla. Su rostro decayó y levantó la vista hacia Evelyn, sus labios formando palabras que nunca salieron. Se había puesto pálido. Lentamente, pulsó un botón en el teléfono y contestó. No en italiano esta vez. Se puso de pie y se dirigió a la casa. Evelyn se agarró al borde de la mesa. —¿Qué está pasando? —le preguntó Steve—. No puede ser tu… Ella se arrastró fuera de su silla para seguir a Eric, y Steve se levantó para seguirla. Jesse dejó caer el tenedor en el plato y se volvió a Naomi.

—¿El papá de Eric?

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tiene que ver con su padre.

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—No los sigas adentro aún —dijo con voz afilada—. Estoy bastante seguro de que


—Sí. —Bajó la mirada a su plato—. Probablemente no debería decírtelo, pero está en la cárcel por asesinato. Ha estado allí durante los últimos dieciocho años. Asesinato. No le gustaba el sonido de eso. Dejando caer el regalo en su regazo, miró la cinta. Era tan hermosa, no le importaba lo que había dentro. Trató de ignorar los gritos de Evelyn saliendo a través de las puertas francesas abiertas. —¿A quién asesinó? —preguntó, finalmente levantando la mirada. —A su madre y su hermana de diez años. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿La madre de Evelyn fue asesinada? ¿Su hermana también? No tenía idea de cómo procesar tal cosa. Nadie que hubiera conocido había sido asesinado. Sonaba tan irreal, incluso después de ser secuestrada. ¿Y si su madre o el padre o Brad morían de repente? Nunca lo sabría a menos que Eric le dijera. La idea hizo que su estómago se desplomara directamente al suelo. —A Eric no le gusta hablar de ello, por lo que te advierto que no digas nada. No sé qué diablos está pasando en este momento, pero es malo. Ella asintió. El aire se volvió frío mientras el sol se hundía bajo el cielo y los gritos de Evelyn seguían saliendo de la casa. Jesse tomó un sorbo de cerveza, reclinándose en su silla. No era propio de él parecer tan despreocupado. Obviamente, había más en la historia, pero no iba a preguntar. De repente estaba cansada, y pensamientos soñolientos la envolvieron. Necesitaba estar sola. Se puso de pie. —¿Puedo volver a mi habitación? Él dejó la cerveza sobre la mesa. —Claro, si así lo deseas. —Él se puso de pie y ella lo siguió a la sala donde los demás estaban sentados. —Evie, cálmate. —Eric miró a Naomi. Sus ojos estaban rojos y húmedos mientras

—Fue un ataque al corazón —respondió—. Murió esta tarde.

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hombro. Jesse se detuvo para preguntarle a Steve qué había sucedido.

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Evelyn dejaba escapar un corto gemido. Se desplomó contra él, llorando en su


Jesse se quedó mirando a Evelyn, su expresión triste, pero aliviada al mismo tiempo. —Llevaré a Naomi arriba —dijo, y le dio un codazo para que lo siguiera. Ella apretó el regalo en sus manos y pensó en la cicatriz en la mejilla de Evelyn. No tenía que

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estirar su imaginación para averiguar de dónde había provenido.


XII —¿N

ecesitas algo? —preguntó Jesse mientras abría su puerta y se apoyaba contra el marco. Naomi bajó la mirada al listón rosa en su regalo. Estaba medio

desatado. Todo se sentía inconcluso ahora. —No lo creo. —¿Estás bien? Estás pálida. Las lágrimas estaban empezando debajo de la superficie, pero las rechazó con un empujón enfadado. No había manera de que fuera a chillar como un bebé de nuevo. Tenía que controlar sus emociones. Podía ser fuerte e insensible como su madre. Esa mujer que ni siquiera había llorado en el funeral de su padre. —Estoy confundida —dijo, audazmente—. ¿No estarías confundido? Él estudió su rostro. —Tienes un punto. —Señaló el dormitorio—. Necesito hablar contigo. ¿Quería estar en su dormitorio de nuevo? Una parte de ella se sentía aliviada porque no quería estar sola. Todo lo que haría era llorar, y había hecho lo suficiente de eso para toda la vida. Su corazón golpeaba mientras entraba en el dormitorio con él detrás. Él cerró la puerta y se acercó a ella. El dormitorio estaba oscuro, pero la ventana dejaba entrar luz suficiente para ver su rostro. Era familiar ahora. Sabía dónde empezaban y terminaban sus pecas, el color exacto de sus ojos, la forma en que peinaba su cabello, del tipo desordenado pero agradable. Le dio una mirada de preocupación.

No tenía idea si eso era bueno o malo. Sonaba complicado.

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con ellos.

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—Necesito que sepas algo. Eric y los otros están planeando mudarse, y te van a llevar


—Bien —dijo, titubeando mientras trataba de descifrar sus emociones. Mudarse podría darle una oportunidad para escapar. Eso era lo que se suponía que tenía que hacer. Escapar. Brad querría verla de nuevo. Quería estar con él de nuevo. Estaba empezando a olvidar cómo se sentía cuando él la abrazaba. Por otra parte, todo eso sonaba como una gran excusa. Cuando no dijo nada. Jesse dobló sus brazos. —No iré contigo, pero podría pasar mucho tiempo antes de que se marchen… antes de que no esté más contigo. Ella levantó una ceja. —¿Estás ―conmigo‖? Él se acercó más y se rio por lo bajo. —No lo sé. Te he visto casi todos los días durante los últimos tres meses, pero he tratado de mantener las cosas simples. Eric me dijo que sea cuidadoso contigo. Así que por eso había mantenido su distancia. ¿En serio? Se había acercado tanto a pasar por encima de un límite que ella no podía definir, especialmente cuando la había sostenido en su cama mientras ella se dormía. Incluso entonces él pareció contenerse, y ella estaba empezando a querer más. —¿Qué quiere decir con cuidadoso? —preguntó tranquilamente, mirándolo a los ojos mientras él envolvía sus manos alrededor de sus hombros y la guiaba más cerca de él. Su cuerpo se tensó. Nunca la había tocado con tal intensidad. Sus ojos estaban ardiendo a través de ella, haciéndola respirar más rápido. —He estado tratando de evitar esto desde que te tomamos al principio —tartamudeó él, y apretó sus hombros tan fuerte que casi dolió—. Sigo recordando por qué estoy aquí. Te tomamos por cosas que he hecho en el pasado. Soy la razón de que todo esto te haya sucedido. Eso no podía ser verdad. Eric era el líder, no Jesse. Todo se sentía distante. ¿Su plan todavía funcionaría? No parecía tan simple. Jesse no prometería protegerla, le haría daño si hacía un movimiento erróneo. Había ayudado a secuestrarla, por gritar bien alto. Quería pinchar su brazo para despertarse, pero ahora sus manos estaban moviéndose por sus hombros y alrededor de su espalda. Su toque era eléctrico,

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—No puedo esperar más —susurró y la besó con fuerza en la boca.

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encendiéndola en lugares que había olvidado completamente.


Dejó caer su regalo al suelo y le devolvió el beso, saboreando alcohol en su respiración. Más allá de eso, su boca era dulce como la de Brad, pero besaba de una manera mucho mejor que Brad. Sabía cómo hacerla fundirse contra él. Su lengua acarició la suya suavemente, enviando un hormigueo hasta sus pies mientras el dormitorio empezaba a girar. La empujó hacia la cama y ella se tambaleó hacia atrás. Él mantenía un dominio en ella, tan firmemente que sentía su corazón latiendo. Parecía que era la única cosa manteniéndola estable. Se detuvieron junto a la cama. Jesse se retiró y la miró a los ojos. —Como dije, he estado tratando de evitar esto, pero no puedo más. Sabes que te deseo. —Sus manos buscaron a tientas los botones de su camisa. Su corazón golpeaba. Brad solía acostarse con ella en la cama y besarla tan tiernamente que se sentía como terciopelo en sus labios. Generalmente, no era tan suave. ¿Jesse sería suave? Él abrió otro botón, sus dedos rozando su piel. Terminó con el último botón y empujó la camisa de sus hombros y brazos. Cayó en el colchón, y temor se disparó a través de su corazón ante su casi desnudez. ¿Sería como Brad? Era mayor, quizás incluso más fuerte. Un ladrón. Un secuestrador. ¿Cómo posiblemente podía confiar en él? —Voy a seguir a menos que me digas que me detenga —dijo, moviendo sus dedos por su espalda hacia su sujetador. Se inclinó para besar su cuello, su presencia cerrándose alrededor de ella como una droga. Ella cerró sus ojos y lo inhaló. Él podía tomar lo que quisiera, le gustara a ella o no. La pregunta era, ¿lo deseaba? Podía sentir en su toque lo mucho que la deseaba, tal vez incluso la necesitaba. Su piel estaba cálida y ruborizada. Sus labios eran calientes en su cuello. —¿Quieres decir que te detendrás? —preguntó, lamentando las palabras al segundo en que salieron. Apartándose de su cuello, tenía esa mirada en sus ojos de nuevo, la que la disponía a obedecerlo. Casi parecía enojado. —Me detendré si me lo pides, Naomi, pero no empujes las cosas por la mesa

Su mandíbula se tensó.

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—¿Qué quieres decir?

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esperando que resulten a tu favor. No trabajo de esa manera.


—Quiero decir que tienes que dejar de pescar por alguien más que te diga qué hacer, cómo sentirte. Sé que te estamos manteniendo aquí contra tu voluntad, pero aun así hay cosas sobre las que tienes control; si me dejas o no acercarme más a ti, por ejemplo. No voy a forzarte a hacer esto. Su respiración se atrapó en su garganta. Él estaba esperando a que respondiera, y no tenía idea de qué decir. No podía entender nada. Evelyn estaba abajo llorando porque su padre estaba muerto. Todo se sentía erróneo. El beso todavía estaba fresco en sus labios. Su barba de varios días había arañado su piel, hormigueando. La de Brad nunca había estado tan áspera. —¿Tienes idea de lo mucho que te he deseado desde el segundo en que puse los ojos en ti? —susurró, tocando su rostro—. He luchado conmigo mismo por mucho tiempo para mantenerme lejos de ti, pero creo que ahora sabes que no te haré daño. Basado en eso, no te debería ser difícil decidir algo. La mirada sólida en sus ojos se intensificó. Él deslizó un tirante de su sujetador por su hombro, mirándola ávidamente. Le recordaba a Brad en muchas formas, que la ponía enferma. Cuando se detuvo a pensar el por qué, empezó a entenderse en maneras que hizo que su cabeza nadara. La verdad era que quería que Jesse la forzara. Era cómodo de esa manera, familiar, al igual que Brad. Era la única manera que conocía de cómo funcionaban las cosas, y mientras él bajaba el otro tirante del sujetador, sintió un pequeño gemido de placer construyéndose en su garganta. No quería que se fuera. Aun así, una pregunta quemaba en su mente. —¿Por qué no me harás daño? —preguntó—. ¿Es por qué Eric te dijo que no? —¿Qué? —Se apartó—. No, no es por eso. No le hago daño a la gente si puedo evitarlo. No soy así. —Entonces, ¿por qué me secuestraste? Eso no es normal, sabes. —Su cuerpo se puso rígido, la culpa barriendo a través de ella ante el sonido de sus palabras. Jesse la soltó y se apartó. Su calidez se derritió de su piel, y de repente quería su camisa de vuelta. Sus ojos se desviaron a una pila de libros en su mesita de noche. En la parte más baja

Colgó su cabeza y cerró sus ojos. Su madre. Su papá. Brad. Casa. Se habría graduado de la secundaria la próxima semana. Habría tomado una decisión sobre adónde ir a la

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en la parte de abajo, y se quedaría ahí.

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estaba El despertar,, el libro que su madre había intentado que leyera. Estaba siempre


universidad. Habría besado a Brad cuando le diera un ramo de rosas por su cumpleaños. Jesse estaba en silencio. Levantó la vista para decirle que preferiría estar sola, pero ya se había ido.

Esa noche cuando fue a la cama se acordó de Brad mientras se quedaba dormida. Las aplicaciones para la universidad estaban dispersas por su cama. Se arrugaron debajo de sus hombros cuando él la empujó encima de estos. Sus dedos corrieron por su cabello mientras la besaba. Fue la última vez que ella había estado en su dormitorio, la última vez que él había desabotonado su camisa justo como había hecho Jesse. No llegó muy lejos. Ella murmuró que Berkeley era la única universidad a la que estaba dispuesta a asistir y sus manos se congelaron. —Entonces, ¿por qué estoy molestándome con todo esto? —Señaló a las aplicaciones en la cama—. Accediste a no ir a Berkeley semanas atrás. Me dijiste que estabas pensando en Harvard. —No, dije que Harvard me envió una carta de aceptación y que mis padres pagarían por la matrícula si les decía sobre ello. Pero no hay manera de que vaya ahí. —Sí, y no hay manera de que yo fuera aceptado, incluso si tú lo hicieras —gruñó—. Tus padres fueron ahí. Los míos no. —¡No fui aceptada por eso! —Lo sé, pero estoy seguro que ayudó. —Entrecerró sus ojos—. Irás a la universidad que elegimos juntos, y esa no será Berkeley. Oh, lo haría, ¿verdad? Rodó sobre su lado, dándole la espalda, y miró hacia una de las aplicaciones arrugadas debajo de su codo. La razón por la que quería ir a Berkeley era porque Brad le había dicho esa noche en la playa que estaba fuera de cuestión. Era por Damien. Tenía que ser eso. Brad podría saber que ella estaba interesada y haría cualquier cosa para mantenerla lejos de él. No era estúpido.

Él agarró su brazo y la atrajo hacia él.

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cambiar mi opinión. —No podía creer que estuviera siendo testaruda.

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—Ahí es adonde quiero ir —gruñó, recogiendo en un hilo las hojas—. No puedes


—Pensé que me seguirías a cualquier lugar. Dijiste que lo harías. —Sus ojos estaban celosos aún entonces, tan verdes y celosos como lo estuvieron en la fiesta un mes antes. Ahora estaban poniéndose más enojados a cada segundo. —He estado pensando que tal vez… tal vez… —Su boca estaba seca. Había pertenecido a él por tanto tiempo, había sido su chica por lo que parecía una eternidad. ¿Había más ahí afuera? ¿Algo que se estuviera perdiendo? ¿Alguien mejor? —¿Tal vez qué? —¿Te enojarías si dijera que tal vez deberíamos salir con otras personas cuando estemos en la universidad? —Su corazón palpitaba. La rabia en sus ojos explotó y el agarre en su brazo se apretó tanto que estuvo segura que se formaría un moretón, pero antes de que pudiera apartarse, él golpeó su puño contra su mejilla tan rápido que le tomó todo un minuto darse cuenta de lo que había sucedido. Cuando lo hizo, su reacción fue diferente a todo lo que había hecho antes. Se fue. Tropezó fuera de la cama, le dio una mirada horrorizada, y se marchó de su habitación, cerrando la puerta de golpe tras ella. No lloró hasta que estuvo segura en su propia cama. No era el dolor físico el que la hizo llorar. Era debido a que la ira de Brad era su culpa. Nunca se había mostrado así de desafiante antes, y le dolía que no la hubiera seguido inmediatamente detrás. Pero sabía que él encontraría una manera para hacer que todo mejorara. De algún modo. Eso era más frustrante que todo lo demás combinado. Se despertó y se dio cuenta de que todavía estaba dentro de una prisión con sus secuestradores, con sudor goteando por su pecho. Brad se había ido. Nunca podría golpearla de nuevo si no quería que lo hiciera. Por otra parte, extrañaba la manera en que la sostenía, la manera en que había llegado a la mañana siguiente y puesto hielo en el moretón mientras ella lloraba en sus brazos. Le dijo que nunca la golpearía de nuevo, e incluso ahora una parte de ella le creía. Pero no importaba si nunca lo veía de nuevo. La noche en que fueron al parque para capturar la niebla, él le dijo que la llevaría a casa tan pronto como terminara, pero ella se había atrevido a mantenerse

perderse en una novela. Algo nuevo llamó su atención. Alguien le había dejado un cuaderno con tapa de cuero y un bolígrafo.

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Se giró a la pila de libros en su mesita de noche, lista para encender la lámpara y

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firme y le dijo que estaría bien por su cuenta. Demasiado para esa fe en ella.


XIII Junio

L

e tomó un mes abrir el diario. No quería escribir que había sido secuestrada o sobre lo asustada que había estado al principio. Eso no parecía tener sentido. En su lugar, escribió sobre su regalo de cumpleaños. Le habían dado un iPod.

Rosado. Jesse compró música para ella en Internet, todas sus cosas favoritas de casa. Quizás era una mala idea conservar esos lazos con el hogar. Quizás no. Conservó la cinta del paquete y la puso en su mesa de noche junto a El despertar. No quería leerlo. Todo dentro de ella se encogía ante la idea de absorber palabras que su madre amaba, pero su curiosidad sacaba lo mejor de ella. Finalmente, lo abrió y lo leyó de un tirón. Luego lo leyó de nuevo una semana después. No sabía por qué. Escribió en su diario sobre cómo la hacía pensar en su madre fuera de una oficina o una sala de audiencias. Una persona de verdad. Escribió sobre los dragones y sus sueños. Escribió sobre Jesse. Estaba segura de que fue él quien le diera el cuaderno. Si él alguna vez lo leía, quería que supiera que no le tenía miedo. Simplemente no podía lidiar con el asunto de abrirse a sí misma con él todavía. Apenas podía escribir en aquellas firmes y blancas páginas, el fuerte olor de la tinta llenándole la nariz. Cada vez que abría el diario y lo

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olía, sentía como si algo dentro de ella pudiera romperse.


XIV Julio

S

e dio vuelta en la cama y apretó los ojos con fuerza. Hoy era el cumpleaños de Brad. Incluso en la casa de Colorado con aire acondicionado el calor estaba comenzando a sofocar como en California. Eso siempre le recordaba al

cumpleaños de Brad, en las noches húmedas en su auto y el helado después de una película. No habría recordado su cumpleaños si no hubiera sido por el calendario en su iPod. Escuchó la canción favorita de él y esperó que las lágrimas llegaran. No lo hicieron, así que se paró en la ducha y pensó en la fogata y en la sudadera que olía a pescado. Brad la había lanzado al suelo esa noche cuando ella se metió en la cama con él. La madre de él era enfermera y trabajaba los turnos de la noche. Por eso a él no le preocupaba que ella pasara la noche con él todo el tiempo. —Nunca lo sabrá —dijo cuando ella le dijo que no era buena idea—. Trabaja y llega a casa y se duerme. Nunca sabe cuando vengo y voy. Nunca mira mi dormitorio. No creo que le importaría, de todas maneras. Demonios, casi estamos en la universidad. —La acercó a sus fuertes brazos y la besó hasta que se olvidó de preocuparse. Ahora miraba el espacio entre las baldosas en la ducha y trazó las pequeñas líneas que había cavado con las uñas meses atrás. Había treinta y cinco. Se había detenido después de eso porque parecía inútil contar los días. Ahora contaba meses, e incluso eso parecía ser inútil. Pasaban tan rápido ahora, los días mezclándose uno con el otro como pintura derramada hasta que solo una mancha oscura cubría el suelo. Dormir,

perdía en otro mundo en la televisión hasta que los créditos pasaban y Eric o Evelyn le preguntaban si quería dormir.

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película con los cuatro abajo, haciéndose un ovillo en una esquina del sillón. Se

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ducha, desayuno, libros, comida, Jesse, una y vez y otra vez. Algunas veces veía una


Estaría con ellos por siempre. Les pertenecía. Salió de la ducha y regresó a la cama.

—Deberías leer a Hemingway —dijo Jesse cuando terminaron un juego de billar y se acomodaron en el sofá. Ella recogió el libro que había estado leyendo antes. —No soy una fan —murmuró—. Mi profesora nos hizo leer Adiós a las armas cuando era júnior. Lo odié. —Mencionaste que a tu mamá le gustaban los clásicos. ¿No crees que te gustarían más si intentaras leerlos? —He intentado leerlos. Leí toda una pila de ellos, y luego todo eso de Shakespeare, ¿recuerdas? Sonrió y estiró los brazos en el respaldo del sofá. —Solo pensé que deberías probar más. Abre tu mente. Intentó que no se le abriera la boca. —¿Abrir mi mente? ¿Qué quieres decir con eso? Leí muchos clásicos antes de venir aquí. Deja de presionar el asunto. Nadie nunca antes se había referido a ella como alguien de mente cerrada. Tenía una mente abierta. Había leído lo que él le había dado. Solo porque no le gustaran no significaba que tuviera una mente cerrada. Él se encogió de hombros, acercándose para ver el libro en su regazo. —Eso quise decir. ¿Qué estás leyendo ahora? —Ella intentó esconderle el libro, pero él lo agarró y miró la cubierta—. Fantasía rosa de nuevo. ¿Ves? Ya has leído este tres veces. Al menos podrías escoger fantasía seria. Intentó quitarle el libro, pero él lo alzó lejos de ella, riéndose. Todo este asunto de mente cerrada era su forma de bromear con ella. Era su extraño sentido del humor

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presionar, y quería ver cómo lo tomaría. Se lo mostraría.

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jugando de nuevo. Ella se suavizó y se permitió disfrutarlo. Él sabía qué botones


—Adiós a las armas —urgió mientras ella seguía intentando agarrar el libro—. Vamos. Te gustará esta vez. Podemos hablar de las partes que odias. —¡Odié el libro entero! —Se rio y se acercó a él, todavía estirándose por el libro. La sensación de él contra ella hizo que su corazón se acelerara. Le encantaba cómo olía. Le encantaban sus pecas y su cabello rojo. Quería besarlo, pero no sabía qué haría él si lo intentaba. Solo la había besado una vez. Todavía recordaba su sabor, y el recuerdo hizo que su interior se suavizara. Sonrió cuando finalmente agarró el libro. Él dejó de reírse cuando ella movió su boca más cerca de la suya. —Naomi, no. —¿No qué? —Su corazón se agitó. El libro cayó de sus dedos. —Dije que no. —Sus ojos se enfocaron en los de ella mientras tocaba su espalda baja. Se veía molesto, pero eso solo hizo que quisiera besarlo todavía más. Él se acercó. —Nunca me has lastimado —susurró ella—. Has sido más amable conmigo que cualquiera, incluso Brad. Era verdad. Nunca le había pegado, y nunca la había forzado a hacer nada, excepto quedarse en la casa. Su boca se abrió y cerró como si quisiera decir algo. Sabía que él la deseaba. Podía verlo en sus ojos. Sacudiendo la cabeza, movió su mano hacia su cadera y la apartó. —No voy… esto no es… —La alejó y se levantó—. Aún no, Naomi. Es todo. Ese barco partió en tu cumpleaños, ¿recuerdas? No estás lista. Ella lo fulminó con la mirada. —No lo entiendo. —No hay nada que entender. Encontremos a Hemingway. —Se volteó y se dirigió a la estantería con todos los clásicos. Le había dicho que esa era la estantería favorita de Evelyn. La mayoría eran de ella, heredados de su madre. Algunos estaban en italiano.

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Jesse se paró delante de la estantería más de lo necesario.


—¿Sabías que Hemingway no lo escribió en Italia? —preguntó mientras se agachaba para mirar las repisas más bajas—. Estuvo allí antes. Tenía tu edad cuando estaba herido y se enamoró de su enfermera. Creo que estaba en Milán. —¿Tenía dieciocho? —Eso creo. —Sacó un libro de la repisa de abajo y se levantó. Se veía más relajado ahora—. Probablemente serás mayor antes de que Eric y los demás te lleven allí. Él se detuvo y alejó la mirada y comenzó a decir algo más, pero ella lo interrumpió. —¿Adónde? ¿A Italia? —Olvídalo. —Dime. —Se movió por los cojines—. ¿Jesse? Él entrecerró los ojos. —Dije que lo olvidaras. Ya déjalo. Apretó la boca para cerrarla. No le gustaba la furia en su rostro y movió su atención

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al libro en sus manos. La historia completa se desarrollaba en Italia.


VX Agosto

N

aomi abría su diario casi cada noche y leía pasajes específicos. Quería recordarse dónde había estado en su raro viaje de secuestro. Quería ver cómo estaban cambiando sus emociones. Hasta ahora era un cariño

creciendo hacia Jesse y los otros. Ella vio el cariño; sospechaba que era deliberado por parte de ellos para conseguir que ella quisiera quedarse, pero no había nada que pudiera hacer sobre ello. Nunca podía ir a ninguna parte, nunca podía hablar con nadie excepto ellos. Estaba completamente, cien por ciento atrapada. Los dragones seguían visitando sus sueños. Escribió acerca de ellos y describió sus gruesas y correosas alas y largos cuellos como floreros. Intentó con tanta fuerza imaginar un ramo de flores saliendo de sus bocas en lugar de fuego, pero su imaginación no era lo suficiente fuerte en sus sueños. Siempre era fuego, y siempre quemaba al caballero que venía a rescatarla. Después de leyera unos cuantos pasajes, escribió uno nuevo. Presionó el lápiz tan duro contra el papel que perforó la siguiente página. Escribió las palabras tan pequeñas como pudo para que el diario durara porque no sabía si le darían otro; si tendría siquiera el coraje para pedir. Por alguna razón, escribir en el diario se sentía como un gran secreto, especialmente dado que Jesse se había ido de boca y le había contado que iban a llevarla a Italia y ahora ella seguía escribiendo sobre ello. Italia.

ella, pero no habían sido particularmente cercanas. De hecho, cuanto más escribía sobre su vida, más se daba cuenta de que ser secuestrada era la cosa más emocionante

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su vida, no había nada espectacular sobre esta. Sus niñeras se habían preocupado por

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Eso era tan lejos. Parecía como un nuevo comienzo, porque cuando miraba atrás en


y real que le habĂ­a pasado alguna vez, y no necesariamente de una mala manera. Esa

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idea la hizo cerrar el diario y llorar sobre su almohada por primera vez en semanas.


XVI Septiembre

C

uando Karen llegó a casa del trabajo, Mindy le dijo que Brad la estaba esperando en el deck. Confundida, se dirigió a través de la casa mientas se quitaba la joyería y el abrigo y los dejaba en diversas piezas del mobiliario.

Mindy las recogería después. La voz de Brad era oscura y suave. Lo escuchó hablando por teléfono cuando ella salía y lo veía arrastrándose por los camino de arena de la playa. Las nubes de lluvia eran pesadas y negras. Se veían listas para romper las costuras. La hierba alta de la playa se balanceaba con la brisa. —Sí, tengo que irme. Hasta luego. —Brad cerró su teléfono y le sonrió cuando ella se sentó en una de las sillas del patio. Él nunca le había sonreído antes. Eso era raro. Llegó a la cima de las escaleras, tartamudeando—. Hola, Sra. Jesen. Espero que esté bien que viniera. Su ama de llaves dijo que estaría en casa pronto, así que yo… Ella se puso de pie para saludarlo. —Estaba en mi oficina arreglando cosas con un cliente. Las cosas tomaron más de lo que esperaba. Los ojos de él se ampliaron. —¿Está de regreso en el trabajo?

así? —¿Por qué estaba explicándose a él? Él aclaró su garganta y bajó la mirada hacia el teléfono en su mano.

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Brad. Estarás comenzando tus clases pronto, siguiendo adelante con tu vida. ¿No es

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—Nunca lo dejé. —Ella pasó una mano por su frente—. Han pasado siete meses,


—Sí, supongo. —¿Cómo te va? Todavía mirando su teléfono, él murmuró: —Bien, supongo. He decidido medicina, pero no estoy seguro qué aún. —Suena como una buena ambición. Él levantó su mirada y trató de sonreír. —Nada como Harvard, sin embargo, ¿eh? —¿Harvard? —Sí, Naomi dijo que no iría, pero siempre pensé que podría dado que fue aceptada. Aplique después de que ella lo hiciera. No conseguí entrar, por supuesto. Karen se sentó. La brisa caliente matizada con el olor a lluvia era sofocante. Levantó la mirada hacia Brad. —¿Naomi aplicó para Harvard? —¿No le dijo? —¿Fue aceptada? —Su voz era inestable ahora. Se aferró a los brazos de la silla, recordando su propia carta de aceptación de Harvard. Su madre estaba en el hospital en ese entonces, muriendo de cáncer, y a su padre no podría importarle menos a qué escuela acudiera siempre y cuando no tuviera que pagar por ello. Fue una buena cosa que hubiera ganado becas escolares. —Incluso si ella no se lo dijo, pensé que usted o el Sr. Jensen lo averiguarían a través de su correo o algo así. Ella se llevó una mano a la frente. Esta era solo la tercera vez que había visto a Brad desde la desaparición de Naomi. La primera vez fue cuando él había venido para contarles a ella y a Jason que Naomi estaba desaparecida. La segunda vez fue durante la investigación. Lo miró, confundida.

No tuvo que decir nada más. Ella podía ver que él estaba intuyendo que eso era su propia culpa. Trató de no fulminarlo con la mirada.

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—No lo sé. —Él metió sus manos en sus bolsillos y miró a lo lejos.

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—¿Por qué no quería ir a Harvard?


—¿Entonces estás en la ciudad para visitar a tu familia? —Ah, sí, y quería ver si estarían dispuestos a dejarme hacer algo por Naomi. —¿Ah? Él levantó la mirada a las nubes. Estaba vestido con pantalones caquis y una camisa de vestir que parecía nueva. Probablemente se había vestido así solo para hablar con ella. —Mi compañero de cuarto es fotógrafo —dijo él finalmente, todavía mirando hacia las nubes—. Me dio la idea de tomar algo del trabajo de Naomi e inscribirla en un concurso. —Volvió a bajar la mirada a ella—. Sabe sobre sus fotografías, ¿cierto? Ella asintió. —Le dimos un montón de dinero para comprar su equipo, pero todas esas cosas desaparecieron cuando ella lo hizo. Él aclaró su garganta. —Estaba esperando que me permitiera entrar por algo de su trabajo. —Supongo que estaría bien. —Contuvo la respiración cuando una fuerte brisa sopló sobre el deck. Hacía frío y olía a sal y algas. Le recordó las constantes caminatas de Naomi a la playa cada vez que se estaba aproximando una tormenta. Por lo general llevaba una chaqueta y su cámara atravesada en sus hombros. Le sorprendió que se hubiera dado cuenta de esas caminatas de Naomi tan a menudo. Un montón de cosas que estaba recordando sobre Naomí la sorprendieron—. ¿Las reglas estipulan si el participante tiene que estar…? —Quería decir ―con vida‖, pero las palabras no se deslizarían de su lengua. —No, mi compañero dijo que estaría bien si tenemos su permiso. La lluvia se liberó de las nubes, pero ninguno de ellos hizo un movimiento para salir de su camino. —Lamento todo —dijo Brad cuando la lluvia aplastó su cabello en su frente—. Esto es lo que puedo hacer para tratar de hacer una diferencia, incluso si no hace una

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diferencia, ¿sabe? Al menos para mí lo hará.


Más tarde esa noche, Karen se sentó en la oficina de su casa con una copa de brandy. Se quedó mirando su computadora y pensó en las palabras de Brad. Él estaba determinado a hacer algo. Al menos había dado ese primer paso. Ella no había hecho nada aún. Demasiado tiempo había pasado, y aun así se sentía como un solo momento. Encendió su computadora y busco el perfil de Facebook de Naomi. Hasta el momento había evitado mirarlo, pero mientras el tiempo seguía sin esperanzas de verla de nuevo, no pudo evitarlo. La policía y su investigador privado ya habían buscado de arriba abajo. Dijeron que no habían encontrado nada útil. Se desplazó a través de docenas de publicaciones que sus compañeros de clases habían dejado preguntando dónde estaba, y luego encontró la última actualización de estado que había escrito Naomi. Yendo al banquete de papá esta noche con Brad.

Demasiada plática corporativa. Tal vez habrá neblina más tarde para hacer tomas en el parque. ¿Plática corporativa? Eso era algo que Karen nunca la había oído decir. Brad había escrito en respuesta: Te amo, nena. Ese vestido que escogí se verá

ardiente en ti. Un chico llamado Damien había escrito: ¡Buena suerte con esa niebla! Asegúrate de

subir las fotos más tarde. Karen se desplazó más abajo. No parecía que Naomi tuviera un montón de amigos con los que interactuar más que con Brad y algunas chicas de su clase de fotografía. Se desplazó pasando algunas de las fotos de Naomi, sorprendida de cuán buenas eran. ¿Por qué Naomi no se las había enseñado? ¿Tenía miedo de que no le importaran? Una parte de ella murió cuando se hizo esa pregunta, y tomó un trago de brandy y notó que la copa estaba casi vacía. Bien. Necesitaba cortar su nerviosismo con algo. Desde su estadía de dos meses en casa de Elizabeth, no era la misma. El trabajo no era lo mismo. Nada se sentía correcto, y no era solamente porque Naomi estuviera desaparecida. El sonido de un auto deslizándose por el camino la sacó de sus pensamientos. Jason

puerta principal para recibirlo, pero frunció el ceño cuando vio que no estaba solo. Reporteros lo habían seguido, lo cual era extraño. No habían venido por un largo tiempo.

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probablemente tuvo la cena lista durante una hora. Se puso de pie y caminó a la

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estaba en casa. Ocho y media. Llegó más tarde que de costumbre. Mindy


Jason se detuvo en el frente del garaje y salió del auto. Por supuesto que hablaría con los reporteros, porque sabía que ellos lo seguirían por todos lados al día siguiente si no lo hacía. Ella respiró profundamente y abrió la puerta para salir y permanecer con él. Últimamente él parecía agotado, y una parte de ella dolía por animarlo, a pesar de que ella misma era un desastre. Él le dio una débil sonrisa cuando ella se aproximó. Los rostros de los reporteros se iluminaron como árboles de Navidad cuando vieron que ella iba a unirse. Solamente había dos, pero era suficiente para ponerla en el borde. Si no fuera por el brandy en su sistema, podría haberles ordenado que se fueran. Jason deslizó un brazo alrededor de ella y la acercó. Olía a su oficina, como a tinta de bolígrafo y papel y los caramelos de menta con rayas verdes y blancas que mantenía en un plato de cristal en su escritorio. Era alto y delgado y siempre tan afeitado que su rostro no se ponía áspero hasta altas horas de la noche. Le encantaba eso sobre él, amaba esa sensación de su mejilla áspera en ella. Ahora mismo todo lo que quería era acurrucarse con él en la cama y caer dormidos. Si la desaparición de Naomi había hecho algo, le había hecho darse cuenta de lo mucho que significaba Jason para ella y lo mucho que él también la necesitaba. Estaba casi aferrándose a ella para salvar su vida. Sus dedos frotaron la parte baja de su columna en pequeños círculos, y fue suficiente movimiento para que su camiseta se saliera de sus pantalones. Se movió contra él. Él estaba nervioso. No era habitual en él estar nervioso por algo tan pequeño como dos reporteros. —¿La policía va a perseguir agresivamente la investigación de nuevo? —preguntó reportero número uno. —Y-Yo no lo sé —dijo Jason con una mirada de reojo hacia Karen. Comenzó a inquietarse. —¿Van a presionar para hacer de este un caso federal? —Eso no está decidido —dijo Jason en una voz que parecía estar cada segundo más débil. Abrió su boca para decir más, pero el reportero a su izquierda; el insistente de los dos; se acercó unos centímetros.

esto demasiado para ti? Estrechando sus ojos, Jason respiró profundamente.

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fusión, pero hemos oído que es posible que entreguen tu puesto a alguien más. ¿Es

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—¿Cómo está afectando esto tu carrera, Jason? Tus acciones se dispararon tras la


—A la compañía le va fenomenal. Cualquier rumor que hayan oído acerca de entregar mi puesto simplemente no es verdad. El reportero insistente se giró hacia Karen. Ella casi se apartó encogida, pero se mantuvo firme cuando Jason la apretó con fuerza más. Él le había dicho meses atrás que siempre contestara sus preguntas y nunca mostrara debilidad. Si Naomi los veía en televisión o leía sobre ellos en los periódicos, quería hacerle saber que no estaban cayéndose a pedazos, que sus padres eran las rocas en quien ella podía confiar y que no tenían nada que esconder. Ella lo había mirado como si estuviera loco porque eran cualquier cosa menos una plataforma estable en la vida de Naomi. Habían sido inexistentes cuando ella creció, proveyéndola de todo a excepción de su tiempo… la cosa que Karen finalmente se dio cuenta que era más importante. El reportero insistente se inclinó hacia delante. —Restos de una mujer desconocida han sido encontrados al sur de California. ¿Ha pensado en lo que va a hacer si coincide con el ADN de Naomi? Karen apretó sus manos en puños y dio a Jason una mirada que claramente preguntaba: ¿Cómo no supimos sobre esto? Pero su expresión le dijo que él sí sabía sobre ello y lo había ocultado para protegerla. Por eso la estaba sosteniendo tan fuerte. No había esperado que ella saliera aquí. Un paso más dentro de las profundidades de esta pesadilla. Siempre era algo: la sangre en el estacionamiento; la luz trasera rota; el asalto a la joyería; una chica que coincidía con la descripción de Naomi rescatada en Kentucky. Ahora esto. Pero nada conducía a ningún lugar. Karen dudaba que algo lo hiciera. Cuando Jason se apresuró a responder la pregunta, ella recordó las palabras de Elizabeth: Has pasado tu vida entera tratando de empujarla fuera de tu vida… pero

ahora es momento de cambiar. No importa si ella se ha ido. Pero sí importaba si ella no estaba. Significaba todo. Karen enderezó sus hombros y miró a Jason. Recordó el día en que había dicho que estaba embarazada y cómo la había girado alrededor de la habitación en un vals. Se recordó poniéndole una curita en la rodilla a Naomi cuando la niñera estaba lejos por el fin de semana. Se recordó

empezando a recuperarlos mientras se enfrentaba a la posibilidad de que Naomi podría estar muerta. En lo profundo dudaba que Naomi fuera un cuerpo desconocido

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había lucido Naomi por ello. Había miles de esos recuerdos, y solo ahora estaba

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entregándole a Naomi uno de sus libros favoritos en la biblioteca y cuán repulsiva


al sur de California, pero ¿qué sabía ella? De cualquier manera, no importaba. Ahora, más que nunca, era tiempo para hacer un cambio.

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Se dio vuelta para enfrentar a los reporteros. Era tiempo de que dijera la verdad.


XVII A

Naomi le gustaba cómo se sentía usar un delantal. Había visto a Mindy con

un delantal durante seis años y siempre se había preguntado qué se sentía usar uno. Ahora finalmente sabía que se sentía importante. No podía

precisar por qué. Usaba un delantal porque estaba ayudando a Evelyn con la cena. No era que no hubiera ayudado antes, pero esta era la primera vez que realmente iba a cocinar. Bajó la mirada a los dos tazones de lo que Evelyn llamaba hongos shiitake y crimini y arrugó la nariz. No le gustaban los champiñones, pero había probado este platillo algunos meses atrás y le había gustado. Evelyn le dijo que era porque los champiñones estaban cocinados correctamente. —Probablemente estés acostumbrada a que sean pastosos y chicoleos. —Se rio mientras llenaba una cazuela en el fregadero—. Esa ama de llaves tuya de la que me has hablado no debe tener idea de cómo cocinarlos adecuadamente. Cuando son bien cocinados, prácticamente deben derretirse en tu boca. Naomi lanzó una raíz en un tazón vacío. —No, supongo que no tiene idea de cómo cocinarlos bien. La mayoría de su comida es buena, excepto los huevos y champiñones. Una vez le pedí que me enseñara a cocinar. Me miró como si estuviera loca. —¿Asumo que tu madre nunca cocinaba? —Claro que no. Evelyn cerró la llave del agua.

champiñones hasta que el tazón estuvo lleno de raíces. Era raro hablar de su madre con Evelyn. Quizás porque Evelyn estaba comenzando a llenar el gran vacío en su corazón; uno que pensó que nunca podría ser llenado.

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—Está bien. —Luchó contra el temblor en sus dedos y siguió trabajando en los

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—Lo siento. No debería de mencionarla. Lo olvidé.


Evelyn le dio una toalla de papel húmeda doblada en un pulcro cuadrado. —Límpiales el centro, luego córtalos a un grosor de medio centímetro. —Vertió aceite en un sartén con un poco de mantequilla—. No voy a calentar esto hasta que termines con los champiñones. No olvides los echalotes. Tienes que cortarlos lo más finamente que puedas. Yo cortaré el ajo y el tomillo. —Está bien. —Intentó concentrarse en los champiñones, pero la repentina mención de su madre envió su mente en espiral. Deslizó el cuchillo por la suave carne del champiñón, pero se detuvo tan pronto el filo pegó la tabla de cortar. Desde que había leído El despertar, más y más pensamientos de su madre se arrastraban en su cabeza. Eric tampoco estaba ayudando. Un mes atrás le había dado un artículo del periódico de su pueblo natal.

Los Jensen se alzan de la tragedia de una hija desaparecida para tener éxito en los negocios. Intentó alzar el cuchillo de la tabla de cortar, pero pesaba cien kilos. La compañía de su padre estaba capturando atención global y creciendo rápido. Había algunas cuantas líneas acerca de que su madre había ganado un caso reciente de una compañía falsamente acusada de fraude. —Verás. —La voz de Evelyn interrumpió sus pensamientos—. Tienes que cocer tu pasta con la suficiente agua para que no se pegue. Oh, y nunca le pongas aceite al agua. —Puso los ojos en blanco y sacó un salero de la encimera—. Tu salsa se resbalará de los fideos. La cantidad de agua es la clave. —De acuerdo. —Naomi la vio lanzar un montoncito de sal en su mano—. ¿Para qué es eso? Evelyn se encogió de hombros. —Para añadirle sabor. A Eric le gusta, pero a mí no. Arruina el plato. —¿Entonces por qué la pones? Se apartó un rizo oscuro de la frente. Se había recogido el cabello en una alta cola de

—¿Pero él sabe que a ti no te gusta? Estoy segura de que no le importaría que le dijeras cómo te sientes. —Por otro lado, quizás solo se enojaría. Parecía probable.

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—Porque es Eric —contestó finalmente—. Si lo hace feliz, lo haré.

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caballo, y los rizos rebotaban contra su cuello como resortes.


—Oh no, nunca le diría eso. Por supuesto que no. Naomi no podía culparla. Comenzó a cortar de nuevo. —Casi termino con estos, eh, como sea que se llamen. —Crimini. Puedes llamarlos portobellos bebés si es más fácil. —Sonrió—. Si voy demasiado rápido para ti, házmelo saber. Esto es lo que querías, ¿cierto? No quiero que sientas que te estoy haciendo ayudarme. No estás con nosotros para esto. Espero que sepas eso. —Lo sé. —Hizo a un lado un tazón de champiñones cortados para empezar con el siguiente—. Quiero aprender a cocinar. En serio. —Me alegra. —Evelyn comenzó a cortar ajo. Su cuchillo se deslizaba por la tabla de cortar más rápido de lo que Naomi podía seguir. El olor a ajo era caliente y picante en el aire, y Naomi lo inhaló. No podía quitarse el artículo de su cabeza. Éxito en los

negocios. Eso era todo lo que les importaba. Evelyn dejó de cortar y alzó la mirada. —Te gusta aquí ahora, ¿no? Casi dejó caer su cuchillo. —Claro —dijo, agarrando mejor el cuchillo. A una parte de ella le encantaba aquí. Eran agradables con ella. Le prestaban atención. Iban a llevarla a Italia a alguna casa que significaba el mundo para Evelyn. Pero parecía problemático. ¿Cómo la sacarían del país? No tenía un pasaporte. Incluso si lograban sacarle uno con alguna otra identidad, no había forma de que la dejaran viajar en público. ¿O sí? Miró los champiñones crimini. Eran blancos por dentro y oscuros por fuera. »Me siento cómoda aquí —dijo lentamente—. ¿A eso te refieres? Evelyn se rio. —Supongo que es un comienzo. Espero que esté bien que sea directa contigo. Me ayuda a no sentirme tan culpable. —Sonrojándose, comenzó a cortar el ajo de

Dejó de cortar. Evelyn se mordió el labio inferior.

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—No fue tu idea llevarme. No es tu culpa.

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nuevo—. Si eso tiene sentido.


—Olvidé el perejil. Mejor llamo a Jesse y Steve y les digo que traigan un poco camino a casa. —Sacó su teléfono y se volteó.

Para cuando Steve y Jesse llegaron a casa, Naomi había comenzado a cocinar los champiñones. Olían tan bien que quería quitar uno del sartén. La mantequilla y el aceite los estaban oscureciendo. Crepitaban mientras los movía con una cuchara de madera, cuidadosa de mantenerlos separados como había indicado Evelyn. —Aquí está tu perejil —dijo Steve cuando entró a la cocina. Jesse fue directo al refrigerador. —Oh, gracias. —Evelyn estaba en medio de revolver una ensalada cuando su teléfono vibró. Miró la pantalla y se le entrecortó a respiración. —¿Qué pasa, Evie? —¡Conseguimos la casa! —¿En serio? —Jesse se volteó del refrigerador donde había encontrado los restos de un sándwich. Naomi había notado que siempre estaba comiendo, pero no tenía gordura en su cuerpo para mostrarlo. Ella era lo opuesto. Su pantalón estaba más apretado de lo que había estado unos meses atrás. Evelyn saltaba de arriba a abajo como una niña. —¿Ves? ¡Te dije que la conseguiríamos! Ahora todo está listo. Podemos irnos cuando… —No nos podemos ir todavía. —Steve alzó una mano—. Hay demasiadas cosas de las que me tengo que encargar primero. Tenemos que decidir qué hacer con esta casa, y Eric y Jesse necesitan terminar el último trabajo. Quizás ni siquiera sea el último dependiendo de cuánto recibamos, y tengo que ver qué hago con la firma. Jesse dijo que podría estar interesado. —Por supuesto que lo estoy —dijo Jesse entre un bocado de sándwich. Miró a

quieres vendérmela. Si crees que puedo manejarla. Steve se rio y comenzó a desanudarse la corbata.

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ella. Nunca antes habían hablado tan abiertamente sobre mudarse—. Es decir, si

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Naomi, quien estaba sorprendida por la conversación desarrollándose alrededor de


—Por supuesto que puedes manejarla. Mejor que cualquiera que pueda encontrar. ¿Bromeas? Evelyn se volteó justo antes de que los champiñones comenzaran a quemarse. —Cariño, ¡tienes que prestar atención! —Quitó el sartén del fogón y lo sacudió—. Están bien. Toma, añade el tomillo por treinta segundos, luego vacíalo todo en el plato de allí. No olvides añadir la pasta al agua. Ya la he medido para ti junto a la cacerola. Naomi tomó el sartén de sus manos y lo colocó cuidadosamente en un fogón frío. Jesse la miró mientras terminaba su sándwich. —¿Evelyn te está enseñando a cocinar? —preguntó con una sonrisa burlona. Se acercó más y ella se alejó. Se sentía raro tenerlo tan cerca de ella cuando estaba intentando concentrarse en algo más. Entre más se acercaba, más quería ignorarlo para que no le fallara algo y arruinara la cena. —Sí —contestó. Su corazón se detuvo. —¿Necesitas que te ayude? Apartando su mirada de sus hermosos ojos, quitó el tazón de tomillo de la sila antes de que él lo hiciera. —No, puedo hacerlo. —Lanzó el tomillo en el sartén y vacío la pasta en el agua hirviendo. Sus ojos brillaron. Se acercó. Ella recordó sus dedos desabotonando su camisa. Su corazón latía tan rápido como esa lo hizo entonces. No tenía idea de lo mucho que ella estaba intentando no desearlo. Era un fino balance entre fingir desearlo y realmente desearlo. Si realmente lo deseaba, ¿qué decía eso de ella? ¿Y siquiera le importaba? —¿Te gusta esto, entonces? —preguntó. Intentó tomar un champiñón del sartén y le pegó en los dedos. —¡No! Él agarró uno de todas maneras y lo metió en su boca. Lamiendo sus labios, se acercó

—¿Si me gusta qué?

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Ella carraspeó.

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más.


—Cocinar… aprender nuevas cosas. También has estado leyendo más clásicos últimamente. Te estás abriendo. El olor al tomillo y la mantequilla subieron a su rostro. Cerró los ojos. —Me gustan muchas cosas aquí. Supongo que podrías decir que me estoy ―abriendo‖. Él alzó una ceja y la cuchara casi se resbaló de sus dedos. —Especialmente contigo —susurró ella. Él se movió. Esa mirada acerada apareció en sus ojos, aquella que le hacía querer derretirse y decir sí a cualquier cosa. Recordó estirar las manos en el agua fría de una poza de marea, sentir la superficie de una estrella, la resistencia que dio antes de deja

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ir.


XVIII Octubre

E

l diario estaba casi lleno ahora, así que Naomi escribía sus palabras más pequeñas. Le gustaba la forma en que se sentían las páginas cuando abría la cubierta. Crujían como si fueran frágiles, pero era solo porque estaban

cubiertas de tinta en cada espacio disponible. Deslizó sus dedos por las palabras y pensó en lo que significaban. ¿Era miedo lo que las llenaba? ¿O algo más? Tenía que ser algo más, porque los dragones en sus sueños ya se habían ido. Las había escrito para sacarlos de su mente y los había forzado a permanecer en el diario. En una sección, escribió sobre un dragón abriendo su boca para lanzar fuego hacia el caballero, pero luego se detuvo y Naomi salió de la roca donde se había hecho añicos. Pieza por pieza, se recobró a sí misma. El caballero sonrió y le ofreció la mano, pero en lugar de tomarla, corrió hacia el dragón y trepó a su cuello. Sus escamas se sentían como papel grueso. Estaba caliente como una piedra asoleada. Envolvió sus piernas y brazos alrededor de su cuello y el dragón extendió

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sus gigantes alas y voló con ella en el atardecer.


XIX Noviembre

E

n octubre los arces se habían vuelto naranja brillante. Ahora, al final de noviembre, la mayoría de las hojas habían caído y sido arrastradas en grupos revoltosos. Era una semana ventosa, y algunas de las hojas seguían brillantes

en el centro, comenzando a desvanecerse. Esas eran las que aún se aferraban a los árboles. A Naomi le gustaba sentarse en el balcón y mirar el laberinto de ramas y hojas. Podía oler el invierno acercándose. Era picante y fuerte y frío. Hoy era sábado, y Eric estaba inclinado sobre las bolsas negras de basura. Metía las hojas con sus manos y le sonrió cuando la vio mirando. Ella devolvió la sonrisa. Él seguía estando dividido en su mente, dos partes que se contradecían. Una pieza era su amabilidad. La otra era cuando la empujó contra la pared del dormitorio. Ella nunca podía decidir a cuál atarse. La amabilidad era mejor, por supuesto. Volviéndose al libro en su regazo, tembló cuando una suave brisa arrancaba algunas hojas de las ramas. Caían en círculos al balcón como mariposas congeladas. Las vio con el rabillo del ojo, pero estaba tan metida en el último párrafo de su libro que casi saltó de la silla cuando una cayó en su regazo, cubriendo la última frase. Molesta, la sacó de un manotazo. No era que no supiera el final del libro. De hecho, lo había leído cuatro veces en los últimos cinco meses. Siempre la confundía. Levantó la mirada y parpadeó. Todo se

guardar el diario en su armario y prometió no abrirlo de nuevo. También quería deshacerse de El despertar, ponerlo en un estante y olvidar su existencia. Pero aquí estaba, volviendo a leerlo. Estaba verdaderamente loca.

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su diario, pero no paraba de aparecer en las páginas. Finalmente, terminó por

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volvió borroso. Ya no quería pensar en su madre. Intentaba no escribir sobre ella en


Cuando volvió a mirar a Eric, casi había terminado con las hojas. Arrastró las pesadas bolsas de basura al patio y cerró la última. Su rostro estaba sudoroso. Apretó el libro en sus manos y miró las ramas. Aún quedaban algunas hojas aferrándose. —¿Naomi? Jesse entró al balcón y cerró las puertas de cristal detrás de él. Había estado lejos con Eric una semana y media. Habían llegado a casa unos días atrás con los ojos inyectados en sangre y la ropa arrugada. —Evelyn dijo que estabas aquí afuera. Hay almuerzo abajo si tienes hambre. —¿Me puedo quedar un poco más? —Si quieres. —Se sentó frente a ella. No le había dicho adónde fueron él y Eric, pero suponía que a otra joyería. No podía imaginarlo haciéndolo. ¿Usaba un gorro de esquí y guantes y llevaba una palanca? Toda la cosa parecía ridícula. »¿Qué estás leyendo hoy? —preguntó, inclinándose para mirar su libro. Confusión llenó su rostro—. Te di ese hace meses. —Lo hiciste. —Ella miró la portada. —¿Es bueno? —Está bien. Es algo que mi mamá intentó que leyera, pero nunca lo hice hasta que me lo diste con los otros clásicos. Él se reclinó en la silla. —Así que sale la verdad. Ella alejó la mirada, molesta por la insinuación en su voz. ¿A qué se refería con eso? No tenían que gustarle los libros que le daba. Él no dejaba de presionar. Apretó los dientes y juntó el valor para mirarlo. —Sabes algo, no tienes por qué ser tan imbécil con la cosa de los clásicos. —¿Un imbécil?

Ella se encogió de hombros, intentando lucir indiferente. La realidad era que sí le molestaba mucho, y era hora de que lo reconociera.

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—No, lo entiendo. Te los estoy imponiendo, y eso te molesta.

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—No lo quise decir así. Simplemente quise decir…


—Sí, puede que sea eso —dijo él—. Mi papá también quería que leyera sus preferidos. —Se cruzó de brazos, su expresión rígida—. Quizás me estoy desquitando contigo, ¿quién sabe? Dejaré de hacerlo si quieres, no te obligaré a leer mierda que no quieres. Bajó la mirada a El despertar. —No es mierda. Solo me recuerda a ella. Odio pensar en ella. —¿Y por qué lo estás leyendo? —No lo sé. —La respuesta fue rápida, pero no era cierto y Jesse lo sabía. Descruzó los brazos y se enfocó en ella hasta que lo miró a los ojos. No había salida. Debería haber bajado a almorzar cuando tuvo la oportunidad. No era que le tuviera miedo, o que pensara que era un imbécil. Era la forma en que la conocía tan bien que la ponía incómoda, como caminar hacia un acantilado sabiendo que si no paraba caería en unos pasos. Él la veía acercándose al borde, y quería ayudarla. Lo había visto por meses, y durante meses la había empujado suavemente. Él había evitado que ella se arrojara sobre él. Le había dado un diario para registrar sus pensamientos más profundos. Le había dado los clásicos para ayudarla a entender una parte de sí misma que luchaba por reprimir. Se le derritió el corazón mientras lo miraba, entendiendo cuán cuidadoso había sido con ella, cuán aterrado podría estar de que ella lo alejara. Quería explicarse. Tenía que hacerlo. —Es duro pensar en mi mamá —dijo, las palabras temblando en su lengua—. Es duro leer algo que me conecta a ella. Se siente íntimo, y eso es algo nunca antes tuvimos. Es algo que siempre quise. Toda mi vida, la necesité y nunca estuvo. —Pasó sus dedos por la portada del libro, lágrimas llenando sus ojos—. Ahora, de la forma más extraña, ella está aquí conmigo. No sé cómo explicarlo. Sé que no es real, pero… —Claro que es real. Ella levantó la mirada ante su suave expresión. —¿Cómo puede ser real? Ni siquiera sabe que lo estoy leyendo. Ni siquiera sabe que

—Mi papá es profesor de literatura —dijo él—. Come y respira libros. Puedes imaginarte cómo fue mi infancia. Hablaba todo el tiempo de las historias que amaba,

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Él la miró por un largo momento, y luego bajó la mirada a sus manos.

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estoy viva.


como Camelot y los Hobbits y anillos mágicos. Era emocionante, pero cuando crecí, comenzó a imponerme cosas como Dickens y Faulkner. Entendí que iba a hacerme leer todo lo de sus estantes, lo quisiera o no. Tiene muchos libros, más de los que tienen Steve y Evelyn. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la biblioteca—. He aprendido a apreciar y entender todos tipos de literatura, especialmente los clásicos. Supongo que, de alguna manera, quería darte esa misma experiencia. Llegué a conocer mucho a mi papá a través de esos libros porque son los que más ama leer. Tampoco puedo explicarlo. Ella bajó la mirada a su libro y pensó en el océano y muerte y lo que su madre debió haber pensado del terrible final. No quería tener a su madre en su cabeza. Mientras más se le metía, más confusa se volvía la situación del secuestro. Si miraba a Jesse y pensaba en su madre al mismo tiempo, las cosas comenzaban a caerse a pedazos. El escape se metía en su mente. La libertad que había construido en su mente comenzaba a disiparse. Pero si mantenía a su madre distante, todo volvía a ser sólido. Otra brisa pasó por el balcón. Tembló bajo su sudadera rosa. Miró a Jesse e intentó imaginarse cómo era su padre. Probablemente era delgado e inteligente, el tipo anticuado que llevaba corbatas de moño a las fiestas y te besaba la mano al conocerte. Podría tener cabello rojo y ojos azules. Pecas. Una sonrisa que podría derretir tu corazón. —¿Qué hay de tu madre? —preguntó—. ¿También lee mucho? Su rostro cayó. —Mi madre se fue después de que nací. Nunca la conocí. —Oh. El padre de Brad había dejado a su familia después de su nacimiento. Le entristecía ver familias rotas de esa manera. Cuando era más joven, se creía afortunada por tener dos padres que se amaban y estaban juntos. Ahora entendía más cosas. Si ambos te ignoraban, no importaba de todas formas. —Al menos tu papá parece preocuparse por ti —dijo.

—Dime —dijo él suavemente—. ¿Eres más feliz aquí que en tu casa?

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Iba a besarla de nuevo. Estaba mirando sus labios.

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—Lo hace, y soy afortunado por eso. —Le tocó el brazo y ella casi saltó de su silla.


—¿Qué? —Su corazón pareció detenerse. Él todavía estaba mirando sus labios. ¿Iba a besarla o no? El libro en sus manos se sentía como un ladrillo. —Dime. Miró la rama que pasaba sobre la cerca. No tenía deseos de treparla. Todo lo que quería era que Jesse la abrazara y la besara como en su cumpleaños. Quería algo estable y fuerte y confiable a lo que aferrarse. Brad se había ido para siempre. Solo quedaba Jesse, y cada parte de ella estaba feliz de que fuera él y no Brad. Quizás eso estaba mal. Quizás eso era lo que querían. No le importaba. —Sí —susurró—. Lo soy. —Bien. —Sus ojos estaban luminosos a la luz del sol. Se inclinó hacia adelante, prácticamente en el borde de la silla. Fuego recorrió su espalda mientras él se estiraba y tiraba del brazo de ella hacia él. Cuidadosamente, como trabajando con cristal frágil, él tomó su mano con las suyas. Ella bajó la mirada mientras él apretaba sus dedos suavemente. »No entiendo por qué querrías irte —dijo en voz baja—. Tienes más aquí de lo que jamás tuviste en tu casa. Por como suenan las cosas en los noticieros, tus padres nunca estaban allí para ti. No pueden preocuparse por ti como nosotros… como yo. Su corazón se aceleró. La mirada suave en sus ojos, su toque, la forma en que sostenía su mano protectoramente, pero no de forma egoísta. Ella levantó la mirada hacia las ramas desnudas donde las hojas se estaban moviendo por una brisa que ella no podía sentir. Su color se desvanecería para dar paso al invierno, pero primero tenían que soltarse. En algún lugar del vecindario, un perro comenzó a ladrar. Era tan lejano como las olas cerca de casa, golpeando y estallando contra la orilla en un ritmo incesante. Alejó la mirada de las hojas cuando Jesse se inclinó más cerca, esta vez lo suficiente para presionar su boca a la suya. Ella le devolvió el beso. Tenía que devolverle el beso. Había soñado con este momento por meses. Era incluso mejor de lo que había imaginado. La ayudó a ponerse de pie, y El despertar cayó de su regazo. Cayó al balcón, pero ella

él la amaba, nada más importaba. Nada. Él se alejó y la miró a los ojos. –

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sudadera a la piel desnuda de su espalda. Se inclinó contra él. Lo quería más cerca. Si

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apenas registró lo que había sucedido. Las manos de Jesse se deslizaron debajo de su


—Ya no me mantendré alejado de ti —susurró—. Lo he intentado tanto tiempo, pero es inútil. Quieres que lo haga, ¿no es así? Ella cerró los ojos. El perro ladró más fuerte. Las hojas se arremolinaron con otra fría brisa que apenas sintió. Jesse no se quedaría con ella para siempre, recordó de repente. Eric y Evelyn se la llevarían lejos de aquí, lejos de él. Italia. —Pensé que dijiste que te irías —dijo—. Cuando me lleven a Italia con ellos, que no vas a venir. Movió las manos de su cintura y las apoyó en sus caderas en un agarre firme y sensual. —Oh, voy a ir. He querido decírtelo por un tiempo, pero estaba esperando al momento indicado. Es hora de que cambie algunas cosas, y quiero que seas parte de eso… una parte de mí. Se le formó un nudo en la garganta. No podía tragar. —¿A qué te refieres? Pensé que querías la firma de Steve. Pensé que querías… —Ya no. —El corazón de él latía contra su pecho. Levantó una mano y le acunó el rostro, mirándola a los ojos profundamente—. Todo ha cambiado. Solía quererte por diferentes motivos, pero has cambiado todo en mi mente, Naomi. Me has hecho ver en quien me puedo convertir. Solo quiero estar contigo… para siempre.

Naomi mantenía las palabras para siempre en sus pensamientos todos los días. Las saboreaba en su mente cada vez que Jesse la besaba. Las cosas iban cada vez más rápido, y la hacían sudar de emoción. Él se inclinaba sobre ella en el sofá, besándola, sosteniéndola, pasándole los dedos por el cabello, y ella pensaba para siempre, para

siempre, para siempre. De noche abría su diario y escribía en las pocas páginas limpias que quedaban. Se había rendido a intentar no escribir. Respiraba el aroma de la tinta y escribía el nombre de Jesse con delicada caligrafía y una sonrisa en su rostro. Párrafos se formaban debajo de sus dedos respecto a cómo la hacía sentir

cerca. El solo escribir su nombre la hacía sentir ligera y mareada.

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urgente y fuerte al mismo tiempo. Era perfecto. La hacía sonreír incluso si no estaba

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Jesse, la forma en le acunaba su rostro en las manos cuando la besaba, tan suave, pero


—Eso es mucho postre —dijo Evelyn mientras Naomi llenaba su plato de brownies y helado. Naomi se sonrojó y devolvió la cuchara al pote. —Lo siento. Creí que alcanzaba para todos. —Sí, pero normalmente no comes tanto. —Evelyn se sirvió helado en su propio plato, y ambas caminaron a la sala donde todos estaban sentados para mirar una película. Jesse palmeó el lugar a su lado, y Naomi se sentó con un suspiro feliz. —También es para Jesse —le dijo a Evelyn—. Nosotros, eh… —No hace falta explicar —dijo Evelyn mientras se sentaba junto a Steve. Él envolvió sus brazos a su alrededor y la apretó. Naomi quería que Jesse la sujetara de esa forma, pero se sentía raro frente a todos. Solo se besaban en privado, y nunca en su dormitorio. Jesse últimamente se negaba a entrar a su dormitorio. Hasta ahora no se había preguntado por qué. En este momento, sentada así de cerca de él parecía ser lo máximo que él se atrevía a hacer frente a los demás. Agarró la segunda cuchara de su plato y levantó un poco de brownie. —¿Quieres quedarte aquí abajo o que subamos al estudio? —le preguntó y se metió la cuchara en la boca. Él masticó el brownie lentamente, se lamió los labios y la miró de arriba abajo. Naomi intentó no soltar una risita. Le sorprendía cómo se sentía toda cálida y mareada por dentro, como si alguien hubiera encendido fuegos artificiales en su estómago. Era increíble y loco y aterrador, todo al mismo tiempo. —Arriba —susurró, golpeándolo con el codo. —Vamos a leer —anunció Jesse a todos y se puso de pie. Le ofreció la mano a Naomi. Ella la tomó y lo siguió escaleras arriba. —¡Diviértanse! —gritó Eric detrás de ellos. Naomi contuvo otra risita.

—Nada. Solo quiero besarte de nuevo, eso es todo. —Tiró de ella a sus brazos, y lo besó de una manera en que jamás había besado a Brad. Estaba segura de que nunca

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Jesse le quitó el plato y lo dejó en la mesa.

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—¿Qué sucede? —preguntó cuando entraron al estudio.


besaría a nadie de la manera en que podía besar a Jesse. Él se iba en unos días a pasar Navidad con su padre, y ella tenía que aprovechar cada momento antes de eso. Él buscó en esa caja secreta, la que ella había cerrada tanto tiempo. Por primera vez en

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su vida, no temió abrirla.


XX Diciembre

L

a mente de Naomi se llenó con visiones de ella pisando las piedras bañadas por el sol de un patio y mirando a través de un panorama de colinas verdes extendidas bajo un cielo turquesa. Las colinas estaban salpicadas con girasoles

amarillos, algunos más largos que sus manos juntas, incluso si separaba sus dedos como pétalos elegantes. Los árboles de olivo se doblaban a través del paisaje, algunos viejos y algunos jóvenes, algunos alineado en perfectas filas. Los viñedos estaban borrosos en la distancia. Ella olió aceitunas y uvas y pan horneado en la cocina de Evelyn detrás de ella. Cerró sus ojos y escuchó el silencio. Entonces Evelyn le dijo que había un pequeño pueblo a diez minutos bajando por el camino de tierra. En el mercado, podían comprar quesos, pasta fresca y trufas blancas. —No quiero decir chocolate. —Ella rio. Naomi abrió sus ojos y sacudió los rayos del sol de su imaginación. Todo lo que podía ver ahora eran los destellos de luces navideñas en los ojos de Evelyn. ¿Trufas? ¿No eran esas setas que crecían en sistemas de raíces de árboles? ¿Sabrían a árboles? Arrugó su nariz. —¿No son realmente costosos? —Como no lo creerías. —Evelyn abrazó sus rodillas hacia su pecho, las luces de

junto a Steve. Él jugaba con las puntas de su cabello mientras ella sorbía de su tazón de chocolate caliente. Últimamente, Naomi había notado que ellos siempre estaban tocándose, casi coqueteando, pero en un cómodo y tranquilo modo. Sus padres nunca

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Estaba más feliz como Naomi nunca la había visto mientras se sentaba en el suelo

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Navidad centellando alrededor de ella como un halo de luciérnagas.


habían sido de esa manera. No podía recordar la última vez que los había visto besarse. Algo dentro de ella dolió cuando observaba a Steve y Evelyn. Quería esa clase de afecto para ella misma, como algún goloso monstruo hambriento de crudo y puro amor. Jesse podía dárselo, pero todavía estaba lejos visitando a su padre. —Valen cada centavo —dijo Evelyn, refiriéndose a las trufas—. Incluso Eric, el tacaño, te lo dirá. Eric sonrió mientras terminaba de encadenar la última de las luces en el árbol de Navidad. Estaba de rodillas, inclinado a mitad de sus extremidades. —Sí —gruñó—, están bien de vez en cuando. Evelyn parpadeó hacia Naomi. —Todo el mundo tiene que probarlas por lo menos una vez. Te dejaremos probar un montón de cosas cuando lleguemos ahí. —El vapor de su chocolate caliente fue hacia su rostro—. ¿No suena asombroso? Naomi asintió. Estaba sentada en el sofá adjunto a ellos con una manta puesta sobre su regazo, su propio tazón de chocolate caliente tibio en sus manos. —Suena asombroso —dijo con un suspiro. Vio el patio bañado por el sol otra vez, lo sintió caliente debajo de sus pies descalzos, una resplandeciente piscina bajando la colina. El cielo sin nubes prometiéndole libertad, de un tipo que nunca había sentido antes. —No vayas soñando tan rápido, Evelyn —dijo Steve con una risa corta—. Los inquilinos todavía tienen seis meses más. —Lo sé, lo sé. —Evelyn le echó un vistazo—. Pero ella necesita conocer adónde la vamos a llevar. —Miró a Naomi de nuevo—. Era la casa de mi abuela. Viví con ella por cuatro años iniciando cuando tenía quince. Fue después que nuestro padre… — Ella miró a Eric de reojo—. Después de que fuera a prisión. Eric estaba en la universidad entonces, y cuando nuestra abuela murió, Eric me dijo… —No te ordené regresar aquí. —Eric se arrastró desde debajo del árbol y se limpió las manos en sus pantalones—. Te pregunté. Querías ir a la escuela aquí, ¿recuerdas? —

casarte con alguien como él. Evelyn le dio una mirada de desaprobación, pero permaneció en silencio.

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de que conocieras a alguien mejor de lo que hizo mamá. No que te hubiera dejado

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Tomó una galleta de un plato en la mesa del café y sonrió hacia Steve—. Estoy feliz


Sorbiendo su chocolate, Naomi intentó ignorar la tensión en el aire. Su boca sabía a ajo por el asado y patatas de Evelyn. La cocina todavía era un desastre, y Steve había puesto música navideña suave de fondo. Todo era perfecto. Casi. Eric se giró hacia ella. —Ahora que Evelyn te contó sobre la casa, ¿crees que te gustará Italia? No hay nadie en kilómetros, así que puedes salir cada vez que quieras. —Terminó su galleta y limpió sus manos—. Te conseguiremos una cámara nueva, y cuando seas mayor, podríamos viajar. Una vez que la gente olvide… Su voz se apagó. Naomi apretó la manta en sus manos y trató de sonreír. Supo que él quería decir una vez que la gente la olvidara. Tenía razón, pero no estaba segura de qué pensar sobre eso. Las personas se habían olvidado de ella durante toda su vida, así que ¿qué importaba? Sus padres obviamente habían seguido adelante. —Hay naranjas en el mostrador —dijo Evelyn, rompiendo el silencio—. Eric, ve por algunas. —Se volvió hacia Naomi—. He notado que estás callada esta noche. ¿Te estás sintiendo bien? —Solo estoy cansada. Sus ojos brillaron. —¿No es a causa de Jesse? Estará de regreso en una semana, cariño. —Bueno, yo… yo… —Está bien. —Echó una mirada a Steve, quien sonrió y asintió—. Jesse está pensando respecto a venir a Italia con nosotros —dijo—. No quiero que pienses que vamos a alejarte de él. Naomi contuvo el aliento. Sus mejillas se calentaron. Obviamente no sabían que Jesse había decidido ir a Italia. ¿Qué tanto les había ocultado? ¿Sabían que se besaban todo el tiempo? No parecía importarles si iba más lejos que eso. De hecho, probablemente querían que la relación fuera tan lejos como fuera posible. Eric regresó de la cocina, sus manos llenas con cuatro naranjas. Las dejó en la mesa

—Es tradición —le dijo a Naomi—. Siempre comemos una naranja en Nochebuena.

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Steve, y comenzó a cortar la cáscara con una larga y roja uña.

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de café y volvió a sentarse junto a Evelyn. Ella agarró dos de la mesa, le pasó una a


Naomi trató de mantener una sonrisa en su rostro. No podía recordar ninguna tradición navideña en su familia. Su madre contrataba a alguien para que colocara el árbol de Navidad cada año, pero eso ya no importaba. Nada sobre sus padres importaba. Ni siquiera Brad importaba. Steve terminó de pelar su naranja y la extendió hacia ella con una sonrisa. Su corazón casi se detuvo. Ella vio gruesas cáscaras cayendo al piso en la oficina de su padre. Sus codos estaban apoyados en el escritorio. Sus ojos brillaban mientras sacaba un gajo de la fruta y lo ponía en sus manos de ocho años. Nada había sabido tan dulce como esas naranjas. —¿Quieres? —preguntó Steve, interrumpiendo su ensueño. Aún estaba sosteniendo

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la naranja hacia ella. La agarró.


XXI K

aren sorbió su café y observó el tráfico desde la ventana de su oficina. Era mediodía. Recién había almorzado con Anna, y ahora ambas estaban luchando contra el sueño de la tarde.

—¿Por qué no tenemos hora de la siesta como en otros países? —preguntó Anna desde su escritorio. Bebió el último trago de su soda y lanzó la lata a la basura—. La siesta de la tarde debería ser necesaria, ¿no lo crees? —Absolutamente —dijo Karen, y rio entre dientes suavemente—. Creo que Jason toma una siesta cada tarde. Tiene una buena y gran oficina, por supuesto, y creo que cierra la puerta y se programa una hora para sí mismo. La expresión de Anna se volvió seria. —¡Deberíamos hacer eso! En serio, podríamos poner otro sofá en tu oficina. Hay espacio. Podríamos relajarnos y escuchar música de olas de océano o algo. La sugerencia era ridícula, pero a este punto a Karen no le importaba. —Seguro, podemos hacer lo que queramos. —Se volteó y se sentó en su silla. Había ocho nuevos correos electrónicos en su bandeja de entrada. Los ignoró y recogió una fotografía de Naomi. Estaba en un marco pequeño y plateado que uno de sus clientes le había dado como regalo de agradecimiento. Finalmente, le había dado un buen uso y puesto la fotografía de Naomi. Su sonrisa en la fotografía era natural y dulce, distinta a otras fotografías que la prensa había usado incontables veces en sus historias. Karen había conservado esta para sí. Pensó en el mensaje que había dejado en el teléfono de Naomi tantos meses atrás. Apenas podía recordar lo que había dicho, solo que al final había comenzado a llorar.

—Claro, ¿por qué no? —Alzó la mirada de la foto de Naomi—. Sabes, he estado pensando en lo que le dije a la prensa en septiembre.

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Karen se encogió de hombros.

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—¿Hablas en serio? ¿Puedo dormir una hora cada tarde?


—¿Te refieres a la historia que dijeron sobre ti? —Sí, de cómo mi madre murió de cáncer y nunca he sido la misma desde entonces. —Karen pasó los dedos por la foto de Naomi. La muerte de su madre había afectado todo, especialmente después de que Naomi hubiera nacido. Acercarse a Naomi era demasiado duro. Era una pena que le hubiera tomado tanto tiempo darse cuenta por qué. Agitó la mano en el aire—. En fin, viste todo eso, ¿cierto? —Sí, y definitivamente has estado más feliz desde entonces; como si un peso fuera levantado de tus hombros cuando explicaste todo públicamente. —Anna sonrió—. Me ayudó a entenderte mejor, tenlo por seguro. Fue agradable escucharte hablar de ella también, sobre lo mucho que la amas. Karen se rio. —Sí, creo que me odiaste por un tiempo. Creo que todos, incluyéndome. —No te odiaba. —Anna desvió la mirada y comenzó a escribir un correo. —Puedes admitirlo —dijo Karen mientras ponía la foto de Naomi de vuelta en su lugar—. Me da gusto que me entiendas mejor, pero tiene que haber algo más en esto, más que pueda hacer. —Hablaste de fundar algunas cosas nacionales —dijo Anna por encima de su hombro—. ¿Recuerdas? —Sí. —Entonces, ¿por qué no lo haces? Poniéndose de pie, Karen se alejó de su escritorio y fue hasta el sillón. —Sabes, una siesta suena como una grandiosa idea. Se estiró en uno de los cojines y tomó una pequeña almohada para ponerla sobre su rostro. Necesitaba bloquearlo todo. No quería ver ni pensar en nada. La almohada no ayudó, y Anna tenía razón. ¿Por qué no hacía más? Jason y Elizabeth también habían estado molestándola. Todos parecían pensar que necesitaban su permiso para cualquier cosa que involucrara a Naomi. Quizás era sí. Era su madre. Se suponía que

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Gruñó y presionó la almohada más fuertemente contra su rostro. Olía a coco.

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debía ser la persona más cercana a ella, ¿cierto?


—Sabes —exclamó Anna desde la otra habitación—, escuché sobre una chica de la edad de Naomi que desapareció en Oregon. ¿Por qué tuvo que sacar eso? Karen se concentró en mantener su respiración lenta. Las personas siempre le contarían sobre niños desaparecidos. Pensaban que ya que su propia hija estaba desaparecida, naturalmente querría relacionarse con cada persona en el planeta con niños desaparecidos. Ridículo. Decidió no responder. —¿Karen? Con un pesado suspiro, se quitó la almohada del rostro. En todo lo que podía pensar era en Naomi y la forma en que separaba su comida en el plato de la cena en pequeñas pulcras porciones… como un tablero. Naomi no comía la cena con ella y Jason a menudo, pero Karen estaba sorprendida de lo mucho que recordaba de las pocas veces que habían estado juntas. Mientras más pensaba en Naomi, menos culpable se sentía; por otro lado dolía pensar tanto en ella. No podía ganar. —¿Me escuchaste? —preguntó Anna. —Sí, te escuché. —Bueno, la historia era que desapareció hace año y medio. La policía tenía suficiente evidencia para demostrar que había huido, pero los padres se rehusaban a creerlo. Lo triste es que no tenían suficiente dinero para mantener su propia investigación. —Qué mal. Anna vino a la habitación y se paró donde Karen pudiera verla. Su cabello estaba revuelto hoy. Los rizos estaban en todas direcciones. Su pequeña nariz estaba arrugada mientras hacía una expresión de confusión. —Bueno, ¿no crees que es obvio lo que deberías hacer? Karen se incorporó y se puso la cabeza en las manos. —Sí, lo sé. Lo has estado insinuando por semanas. Debería comenzar una fundación para ayudar a personas así. —Alzó la mirada—. Pero ¿no crees que no tiene sentido, ya que no he hecho nada grande por Naomi? He hecho más en los últimos meses,

improbable que consigamos resultados con todo el esfuerzo. Incluso mi detective privado ha dicho eso.

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específico que emocione a las personas y sobresalga. Todo se ha apagado. Es tan

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pero sin importar lo que hago, ha sido duro difundir su nombre sin un ángulo


—Pero deberías insistir más, ¿no lo crees? Siempre estás hablando de eso. Ve y hazlo. Quizás es por eso que tú y Naomi tenían tanta dificultad para conectar, ¿sabes? Piensas mucho, pero no muestras lo que estás pensando. Siempre has sido de esa manera. Es grandioso que tu trabajo se quede tranquilo y bien en la corte, pero en otras partes de tu vida, no tanto. Hubo otro sonido de la computadora de Karen cuando otro correo llegó a su bandeja. Su corazón dio un vuelco. Más trabajo. Solía amar su trabajo, pero últimamente solo era estrés y dolor. Todo era aburrido ahora. Sin emoción. Solo respirar. Existir. —Quizás tienes razón —dijo, pasando una uña por un patrón del cojín del sillón. El patrón, se dio cuenta, era una estrella de mar roja, y le hizo pensar en la foto de Naomi que Brad había escogido para entrar al concurso. Sus ojos se abrieron con repentino conocimiento. —¿Qué quieres decir con que quizás tengo razón? —preguntó Anna con un bufido exagerado—. Siempre tengo razón. Karen sonrió, con el corazón latiéndole rápido.

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—Sí, así es.


XXII Enero

E

ric sorprendió a Naomi cuando le preguntó si quería ver los fuegos artificiales de Año Nuevo en el exterior. Vestida en pijamas, salió por la puerta principal y de puntitas por la entrada adonde estaban Steve y Evelyn.

La nieve todavía estaba aglomerada en pequeños parches alrededor de la hierba muerta y suciedad congelada. Recién se había vuelto medianoche. El cielo estaba claro y negro. Los fuegos artificiales de Denver disparándose en la distancia eran fáciles de verse por encima del vecindario. —Estamos sobre un punto de una colina —explicó Steve a Naomi tan pronto como se acercó a él, Eric a su lado—. Por lo que podemos ver los fuegos artificiales desde aquí si el clima es bueno. Ella asintió. No la habían dejado salir a verlos el Cuatro de julio, pero eso fue meses atrás. No ahora. Ahora conocía más. Movió sus pies descalzos a través del cemento helado y cruzó sus brazos. Eric la miró y sonrió. —¿Tienes frío? —Envolvió un brazo a su alrededor mientras ella devolvía su atención a la noche negra. Ráfagas de verde y amarillo aparecieron en el cielo. Segundos después, el sonido alcanzó sus oídos. Todo estaba en su lugar ahora. Su pasado estaba tan lejos como los fuegos artificiales,

de los abrigos de Evelyn, si quieres. —Apretó sus hombros de nuevo—. Pensé que te gustaría ver…

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—¿Quieres volver adentro? —preguntó Eric—. Estás temblando. Puedo traerte uno

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y ni siquiera tan hermosa. No era nada más que un recuerdo.


—Estoy bien. Bajó la mirada hacia los dedos de sus pies y sonrió. Evelyn los había pintado. Hacían juego con las uñas de sus manos. —Primero fui a la escuela a estudiar biología —le había dicho, inclinada sobre las manos de Naomi en la mesa del comedor—. Luego cambié mi especialidad a Literatura, luego a baile. Esto es lo que terminé haciendo. —Sonrió—. Escuela de belleza. Entonces conocí a Steven en el salón donde estaba trabajando, y era un buen amigo del gerente de una joyería en el centro. Cuando nos comprometimos, me consiguió el trabajo de asistente de gerencia que tengo ahora en la joyería, y eso llevó a… —Se detuvo y apartó la mirada. Su mano se apretó alrededor de los dedos de Naomi, el olor del denso esmalte de uñas en el aire—. Bueno, amo mi trabajo y amo a Steve, y estoy feliz de que estés aquí con nosotros. El brazo de Eric se apretó a su alrededor mientras ella miraba la acera. La guió a nada más que oscuridad.

Jesse llegó a casa unos días después. Naomi sabía que su vuelo aterrizaría a las siete y que le llevaría al menos una hora llegar a casa desde el aeropuerto. Eran las ocho ahora, y no dejaba de mirar el reloj mientras estaba sentada en el sillón viendo televisión con un tazón de palomitas de maíz. Eric le había permitido quedarse sola en el piso de abajo después de la cena. Hacía mucho eso últimamente. —Luces como en una fiesta —dijo Jesse cuando entró por la puerta principal. Él sonrió y su corazón dio un vuelco cuando soltó: —¿Qué tal tu viaje? Él se encogió de hombros y miró alrededor. —Bien. ¿Dónde están todos? —Evelyn y Steve están arriba, y Eric está en su oficina. —Asintió hacia la puerta

Jesse estuvo en silencio por un momento. Aclaró su garganta y asintió hacia su dormitorio por el pasillo.

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por teléfono.

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abierta por el comedor. Si se inclinaba lo suficiente, podía verlo en su silla, hablando


—Te traje algo. ¿Quieres ver? —¡Sí! —Saltó y las palomitas de maíz salieron volando de su regazo y aterrizaron en el suelo. —¿Feliz de verme? —Se rio y puso su bolsa de lona en el suelo antes de rodear el sofá. Ella cayó de rodillas, maldiciendo cuando vio una mancha de mantequilla en la alfombra color tostado. —Evelyn va a matarme. —Nah, tiene cosas de limpieza. No es un gran lío. —Tiró un puñado de palomitas de maíz en el tazón. Naomi formó palabras sordas en su boca. No lo había visto en dos semanas. Su corazón estaba golpeando al verlo, ante su limpio y familiar aroma que ahora estaba a solo unos centímetros de distancia. Sus manos se rozaron mientras recogían algunos granos. —Te extrañé —soltó ella—. Mucho. Él sonrió y colocó el tazón en la mesa de café justo cuando Eric se asomaba desde su oficina. —Oh, estás en casa. ¿Buen vuelo? —Un poco saturado, pero estuvo bien. Eric asintió. —Ven a verme a la oficina cuando puedas. Tenemos que hablar sobre la reunión. —Seguro. —Jesse se puso de pie y ofreció su mano a Naomi—. Sígueme. Ella se puso de pie y lo siguió a su dormitorio, quedándose en la entrada. Nunca había visto su dormitorio antes. Estanterías estaban alineadas en las paredes y en una esquina junto a la ventana estaba situada una mesa de dibujo. Una cosa de la que no se había dado cuenta era el hecho de que los dormitorios de Jesse y Eric estaban

—Durante las primeras semanas que estuviste aquí, te escuchaba llorando en la noche —dijo mientras soltaba su mano y caminaba a su cama—. Ya no haces eso.

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debajo de ella.

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directamente debajo del suoa. Su corazón revoloteó ante la idea de Jesse durmiendo


—Uh, supongo que no. —Ella miró las uñas color rojo de sus pies. Eran brillantes, al igual que las uñas de sus manos. El color le recordaba a Evelyn. Hasta que había conocido a Evelyn, nunca había sido una persona que pintara sus uñas o hiciera algo muy femenino, excepto por la cosa del maquillaje. Jesse se aclaró la garganta y ella levantó la vista, dándole una sonrisa atractiva. Quería que la tomara en sus brazos. Él al menos debería decir algo dulce y predecible como ―También te extrañé. Apenas podía respirar de lo mucho que te extrañaba‖. En su lugar, se dio la vuelta y comenzó a rebuscar en la bolsa de lona que había tirado en la cama. —Están aquí en alguna parte —dijo, sacando un par de libros de bolsillo. Los arrojó a la cama, murmurando para sí mientras empujaba a un lado camisas y pantalones—. Ah, aquí están. —Se dio la vuelta y le hizo un movimiento hacia él. Ella se acercó y miró la pila de libros en sus manos, contando cuatro. Eran viejos, de tapa dura envueltos en tela con letras doradas en el lomo. —Son de mi papá —dijo, y los colocó en sus manos. Eran pesados y olían como al sótano de una librería. Ella lo miró con ojos confundidos. —¿De tu papá? —Dijo que podías tomarlos prestados por el tiempo que quieras. —Él miró el libro en la cima de sus manos, el cuál ella finalmente notó que era El Gran Gatsby. Su estómago se desplomó cuando su mamá llenó su cabeza. La empujó lejos. »Son impresiones de primera edición. Mi papá pensó que te gustarían. Ya sabes, no todos aprecian cosas como estas. Le dije que tú lo harías. —Pensé que dijiste que él no sabía sobre mí. —Oh, no lo hacía. —Volvió a su bolsa y sacó algunos libros de bolsillo más—. Lo hace ahora. Bueno, sabe acerca de ti. —Aclarando su garganta, agarró un libro de bolsillo en su mano—. Pero no sabe quién eres. Nunca puedo decirle… quién eres.

gamuza con los otros.

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completa mentira. —Aclaró su garganta de nuevo y arrojó el libro en la colcha de

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Le dije que nos encontramos en un estacionamiento. Supongo que eso no es una


No sabía qué hacer. Su pecho estaba latiendo con más emociones de las que posiblemente podía ordenar. Cuando finalmente se giró hacia ella y no la tomó en sus brazos y besó, pensó que su corazón podría explotar. La voz de Eric gritó desde la oficina. —Jesse, ¿ya estás libre? Su rostro cayó. —Volveré. ¿Quieres esperarme aquí? Su corazón retrocedió a un ritmo manejable. —Claro. —Ponte cómoda. —Sonrió y pasó una mano por su áspera mandíbula antes de colocar su atención en la cama—. Hay mucho para leer. Volveré enseguida. Esperó hasta que se fuera y colocó la pila de libros en un escritorio junto a la cama. Sus manos se congelaron. Había dejado la funda de su computadora portátil en el escritorio, y su mente se llenó con una idea muy estúpida. Jesse la había ayudado a descargar música para su iPod incontables veces, y había notado que su computadora portátil tenía una cuenta de invitado sin contraseña. Enviar un correo a Brad sería fácil. Podría escribir el nombre completo de Eric, Eric Moretti, o Steve y Evelyn Thompson, o incluso la dirección que había memorizado desde el correo que había visto por primera vez en la mesa de la cocina unas semanas atrás. Eran descuidados en cosas así ahora. Confiaban en ella. A la policía le sería fácil encontrarla. Ninguno de ellos lo sabría. Colgó su cabeza y apoyó sus manos en su regazo. ¿Podía hacer eso? ¿A Jesse? ¿A cualquiera de ellos? No podía. Más que eso, no podía entender cómo sería volver a casa. Retrocedió ante la idea.

Fitzgerald antes de abrir la cubierta. La fecha de impresión decía 1925. El papel estaba amarillento y opaco contra el brillante y rojo esmalte en las uñas de sus

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Recogió El Gran Gatsby y pasó sus dedos por la tela verde esmeralda y el nombre de

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Colocándose en el borde de la cama cerca del escritorio, miró hacia la pila de libros.


manos. Probablemente valía una pequeña fortuna. Tenía que admitir que era increíble, pero al mismo tiempo la asustaba con solo tocarlo. ¿El padre de Jesse no debería mantenerlo en un lugar seguro en vez de de enviarlo con su hijo en una bolsa llena de ropa sucia? Lo colocó de vuelta en el escritorio y se giró a las limpias y blancas almohadas en la cama de Jesse. No había reloj en el dormitorio. El aire estaba viciado y silencioso, y después de un rato empujó la bolsa de Jesse al suelo y se acurrucó en medio de la cama. Lágrimas se formaron en sus ojos. ¿Estaba tomando la decisión correcta? La voz de su madre resonó en su cabeza. No lo juzgues tan injustamente al principio. Su garganta se apretó. ¿Había juzgado tan injustamente a su madre? Tenía dieciocho ahora, lo suficientemente mayor para decidir con quién vivir y qué hacer con el resto de su vida. Era su decisión quedarse aquí. Tan loco como era, quería quedarse. Enterró su rostro en la almohada de Jesse.

Soñó con flores, un jardín completo de estas. Una en particular llamó su atención: blanca y amplia, como una magnolia desplegándose bajo el sol. Le recordó a una pintura en la habitación de su madre. —¿Naomi? Sus ojos se abrieron para ver a Jesse inclinado sobre la cama. —Lo siento —tartamudeó, sentándose. Se enfocó en su desordenado cabello rojo y brillantes ojos. —¿Por qué lo sientes? —Se inclinó más cerca y dio un vistazo a su reloj—. He estado fuera durante más de una hora. Tenía miedo de que pudieras dirigirte de nuevo al piso de arriba. Devolvió su cabeza a la almohada, pero mantuvo sus ojos unidos a los suyos. —No, dijiste que estarías de vuelta.

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—Se está haciendo tarde y pareces cansada. Deberías ir a la cama.

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Él miró su reloj de nuevo.


—¡No! —Sacudió su cabeza y se elevó de la almohada—. No quiero ir. Quiero estar contigo. Te extrañé mucho mientras no estabas. Si la hacía volver a su dormitorio, probablemente le gritaría. Lo necesitaba. Él sonrió. —También te extrañé. Quería hablar de ti todo el tiempo con mi papá, pero no podía decir mucho sin revelar mis… secretos. —Se inclinó cerca de su boca—. Eras la primera cosa que pensaba cuando me iba a dormir y la primera cosa en mi mente en la mañana. Sus labios tocaron los suyos. Finalmente. Envolvió sus brazos alrededor él mientras se arrastraba sobre la cama junto a ella. —No esperemos más —murmuró él, moviendo su boca a su cuello. Se detuvo a lo largo de su clavícula, respirando fuertemente, y deslizando sus manos por su espalda. Entonces levantó su camiseta y la sacó. Estuvo sorprendida ante lo natural que se sentía estar con él así. En su cama. Sin su camisa. No era incómodo o aterrador. Sonriendo, envolvió sus brazos alrededor de él y también le quitó su camisa. Había pecas por sus hombros y pecho. Pasó sus dedos sobre estos. Era cálido y fuerte y hermoso. Lo deseaba tan gravemente que todo su cuerpo dolía. —Nunca me harás daño —susurró, mirándolo a los ojos. Luego movió su atención a sus uñas rojas—. No como Brad. Apretó sus dientes. Brad era la última persona en la que quería pensar en este momento, pero sin importar lo fuerte que intentara, él todavía se desplazaba en su mente como una sombra solitaria. Los dedos de Jesse se apretaron alrededor del botón de los jeans de ella. —¿Qué quieres decir? ¿Te hizo daño? Intentó no encogerse. Supuso que dependía de a qué se refería con hacer daño. —No exactamente —dijo ella, pensando cuidadosamente—. Quería la primera vez…

Estuvo bien, supongo, pero esa primera vez… dolió. Supongo que es normal. Después de un tiempo, algunas veces él… —Se ahogó en las siguientes palabras y apartó la mirada.

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vez eso es lo que quería creer, no lo sé, pero no parecía que sería un problema.

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muchísimo. Juro que fui la última chica de mi edad en tener sexo en la escuela. Tal


—¿Sí? —No es nada. La mayor parte del tiempo yo no quería y él me hacía sentir que tenía que hacerlo… y siempre a su manera. Eso es todo. Eso era todo realmente. Por lo que podía recordar, Brad nunca la había verdaderamente herido… excepto por la vez que la había golpeado, por supuesto. Simplemente era dominante, insistente, persuasivo, demandante, demandante y cien cosas más en las que no quería pensar ahora mismo. Jesse no era nada de eso. —Oh. —Él se apartó de ella—. Entonces, ¿ese es el problema? ¿Brad? —Se inclinó más cerca de su rostro—. Sé que quieres esto tanto como yo. Sí lo deseaba. Quería un compromiso con él más de lo que alguna vez lo había deseado con Brad. Su cuerpo estaba rogándole a su mente que se apagara y la dejara en paz. —Seré amable —susurró él, desabotonándole los jeans. Bajó el cierre—. No te haré daño, Naomi. Debes saber eso. —Analizó su rostro y cuando ella no reaccionó a la acción de él bajándole los jeans, se detuvo. Sus ojos se endurecieron—. ¿Todavía estás enamorada de él? —Nunca estuve enamorada de él. —Estuvo sorprendida por lo rápido que respondió a la pregunta, y se movió bajo el peso de él. ¿Por qué su corazón se sentía como si estuviera siendo roto a la mitad? ¿Por qué sus uñas estaban enterrándose en sus palmas como dagas? Estaba segura de que sangrarían en cualquier momento mientras él se inclinaba para besar su mejilla. Levantó sus manos de la cintura de ella y las ahuecó alrededor de su rostro. —Ya te he dicho que voy a Italia contigo. Me quedaré contigo porque nunca me he sentido así por nadie. Su corazón se hinchó. Se enfocó en el peso de su cuerpo, su piel contra la suya. El corazón de él estaba latiendo casi tan fuerte como el suyo. Algo se estaba abriendo entre ellos, dejando entrar más luz a la oscuridad que la había rodeado por tanto tiempo. Sabía que si brillaba lo suficiente, podría verlo por quien él realmente era, si se lo permitía. Ya había dejado que su propia caja de secretos se abriera a todas

Como muchas veces antes, intentó imaginarlo vestido de negro, de la cabeza a los pies, forzando una cerradura, cortando cables, susurrándole a Eric que todo estaba

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encogerse.

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aquellas crudas emociones que todavía la atormentaban algunas veces. Esto la hizo


yendo según lo planeado. Esta imagen era más una sombra molesta que sus pensamientos sobre Brad. —Tienes que decirme —susurró ella, rompiendo el silencio. —¿Decirte qué? —¿Por qué robas joyas? ¿Steve y Eric te hacen hacer todo eso? Él se enderezó, la dura mirada en sus ojos de nuevo. —¿Cómo sabes sobre las joyas? Ella se encogió ante su cambio. —Bueno, yo… Esta era exactamente la parte de él que ella no conocía, la oscuridad que sentía bajo todo lo demás. Estaba demasiado asustada para admitir que una parte de ella se sentía atraída por ello, lo ansiaba, quizás incluso se excitaba por ello. Él era peligroso, pero controlaba aquel peligro, y sabía que era el tipo de persona que jamás permitiría que eso la lastimara. Eso lo hacía fuerte, poderoso y misterioso, y era algo que siempre había deseado. Se apresuró a responderle: —A Eric se le escaparon algunas cosas hace un tiempo. Lo descifré. Su pecho desnudo se elevó y cayó con sus calientes respiraciones. —No tienes que preocuparte por eso. Va a terminar. Todo ello. Eso es algo de la mierda que estoy tratando de cambiar sobre mí. —Apartándose de ella, agarró su camisa. Estaba claro que ya no la deseaba. Ella había destruido el momento. De repente con frío, envolvió sus brazos alrededor de sus costillas. Era enero. Habría estado en la universidad para esta época, probablemente donde fuera que Brad estuviera porque lo habría seguido a cualquier parte. ¿Harvard? Olvídalo. No era capaz de estar de pie. Era casi risible. Se quedó mirando a Jesse con ojos suplicantes. —¿De qué se trata todo esto? —preguntó él, bajándose de la cama. La miró sobriamente, su expresión más oscura de lo que alguna vez lo había visto—. No estás

en el escritorio.

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Sintiendo la rabia en su voz, se mordisqueó el labio inferior y miró El Gran Gatsby

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pensando en intentar irte, ¿o sí?


—Naomi, olvídalo. Perteneces aquí. Te lo dicho antes… hay mucho en riesgo y Eric te matará. Esa ni siquiera es una pregunta en mi mente. —Se puso la camisa—. Sabes, eres la persona más difícil que he intentado leer. Eres como una caja que no puedo abrir, y me está volviendo loco. He tratado todo contigo. He sido paciente, pero tengo un límite. —Volvió sus manos puños. Ella se encogió. ¿Una caja que no podía abrir? Si se sentía así, quizás ella estaba equivocada sobre sus propias emociones. Pensó en los puños de Brad, una hoguera, las gafas de Damien, luego el diario y las incontables páginas llenas de pensamientos sobre su madre… cosas que nunca habría recordado de otra manera. Recordó El

despertar en su mesita de noche, los dragones sobre los que ya nunca soñaba. —No sé si pertenezco aquí —dijo suavemente, volteándose—. A veces no puedo dejar de pensar en ella. A veces me pregunto si he tomado la decisión correcta. Hubo un largo silencio. —Debería haberlo sabido —dijo él, su voz afilada—. Pensé que querías estar aquí conmigo. Pensé que era la razón por la que no habías tratado de irte… no por tu madre. Tu madre cree que estás muerta. Todos piensan que estás muerta. ¿Por qué demonios querrías regresar? Se volvió para verlo mientras dejaba el dormitorio. Se quedó mirando la puerta abierta, confundida. Todo sobre él la confundía. Quería estar con él, pero al mismo tiempo se preguntaba cuánto de eso tenía que ver con su situación. Si lo hubiera conocido en la universidad, ¿se habría sentido atraída hacia él? Una parte de ella sabía que la respuesta era no. Era lo suficientemente inteligente para saber eso, pero su corazón era ajeno a eso. No importaba cuánto intentara mover sus emociones a un espacio normal, se resistían. Apenas podía recordar la libertad de las paredes de una casa, de las reglas dictadas por alguien más. La peor parte era que no se sentía nada diferente a antes de que hubiera venido aquí. Solo parecía ayer cuando había puesto su mano en la poza de marea para enderezar la estrella de mar. Ella era como aquella estrella mar. Necesitaba una roca a la cual aferrarse, un espacio protegido donde pudiera vivir. Brad había sido estas cosas, y ahora estaba Jesse. Él la había girado en direcciones que era demasiado débil para

desnuda. Necesitaba su camisa, pero no podía verla en ninguna parte. Todo estaba borroso tras sus lágrimas. Jesse la había dejado porque pensaba que podría intentar

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Poniendo una mano en su cabeza, se enderezó y contuvo el aliento. Estaba medio

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resistir.


escapar de nuevo. No pensaba que se preocupaba por él, pero ella no había intentado escapar ni una vez desde que había estado aquí. ¿Qué más quería que hiciera? Se estremeció. Mirar la pila de libros en el escritorio la hizo pensar en la pintura en el dormitorio de su madre: una magnolia blanca abriéndose al sol. Recordó una de las veces que había estado en el dormitorio de su madre. Era un espacio grande con enormes ventanas con vista al océano. Había una alfombra blanca y cortinas holgadas y conchas de mar en las paredes. Su madre se inclinó y sonrió. —¿Puedes subirme el cierre, cariño? Ella asintió y tomó el cierre entre sus dedos. Debía haber tenido nueve o diez. Mientras lo subía por la espalda de su madre, miró la pintura en la pared. Pensó en su madre como una flor en su delicado vestido blanco y perfume de madreselva. Años después, vio esa pintura de nuevo. Había empezado con Brad. La mañana después de que se hubiera acostado con él por primera vez, miró el techo en la habitación de él, aferrando las sábanas contra su cuerpo mientras se hacía un millón de preguntas sobre lo que había hecho. ¿Se suponía que le doliera el cuerpo? ¿Debería acostarse con él de nuevo incluso si la asustaba? Era normal y saludable tener sexo. Todas las chicas populares en la escuela se acostaban con sus novios. Era loco que hubiera esperado tanto tiempo. Aun así, las preguntas la fastidiaban en su mente. Su madre podría enojarse con ella si sabía lo que había sucedido, pero una parte de ella quería desesperadamente hablar con ella al respecto. Finalmente, tres días después, tocó la puerta del dormitorio de su madre. Cuando se abrió, vio la pintura en la pared y se sintió enferma. Fue entonces cuando recordó que su madre fue criada en una época y lugar donde tener sexo antes del matrimonio no era algo de lo que se hablara, mucho menos hacerlo con ninguna clase de aprobación de parte de otros. Su madre era tan pura y limpia como esa flor. Nunca lo entendería. —Olvídalo —había murmurado Naomi y se había ido. Levantó la mirada justo cuando Eric entraba al dormitorio, sus ojos ampliándose

—¿Dónde infiernos está Jesse? —Miró alrededor de la habitación—. Te oí llorar. ¿Qué pasó?

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encontrado su camisa. Jesse la había lanzado en alguna parte.

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cuando la vio medio desnuda en la cama. Se cubrió a sí misma. Todavía no había


Ella se tocó el rostro y sintió lágrimas. ¿Qué tan alto había estado llorando? —No pasó nada —gimoteó—. Solo necesito encontrar mi camisa. Él se agachó y la recogió de una esquina oscura, luego la sostuvo para ella mientras se limpiaba más lágrimas. Era un completo desastre. No podía mirarlo a los ojos. —Vístete —dijo él suavemente—. Ya regreso. Tan pronto como se puso la camisa, escuchó gritos desde la cocina. Se bajó de la cama y fue por el pasillo, su cuerpo entero temblando con miedo y adrenalina. Espió en la esquina justo cuando Eric golpeaba un puño en el rostro de Jesse. Ella saltó hacia atrás como si hubiera sido quien fuera golpeada. Ambos estaban junto al refrigerador. La espalda de Eric estaba hacia ella. Jesse se tropezó y ahuecó su nariz con una mano. —Me dijiste… —Sal de aquí. Ve por tus maletas y vete ahora. Jesse tensó los hombros. —Esto no tiene sentido. ¡Me dijiste que hiciera esto con ella! A ella se le detuvo la respiración en la garganta. Envolvió sus manos en la esquina de la pared, el calor hinchándose en su pecho. ¿Eric le había dicho que la sedujera? Era algo que había sospechado, pero seguía apartando ese pensamiento. No podía ser verdad. —Si la hacía feliz —gruñó Eric—. Eso no es lo que vi. Si le has hecho daño, juro que te arrancaré la maldita cabeza. —¿Hacerle daño? Jamás la lastimaré. —Entonces, ¿por qué infiernos está tan alterada? Ella quería dar un paso y decirle a Eric que sus lágrimas en su mayor parte eran por su madre, pero ¿cómo podía explicar eso? Si decía algo así podría volverse loco con

Te juro que jamás le haría daño. Ya te lo dije. —Puso su mano en su nariz de nuevo. Estaba empezando a sangrar—. Me conoces mejor que eso.

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—Porque ella ha cambiado de… quiero decir… infiernos, no lo sé. No le hice daño.

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ella en su lugar.


Los hombros de Eric cayeron y luego se tensaron de nuevo. —Pensé que lo hacía, pero has olvidado lo que te dije antes. No quiero que nadie la lastime. Nunca. Los ojos de Jesse se entrecerraron. —No la lastimé. —Se inclinó hacia adelante, cuadrando los hombros—. Pregúntale. —No necesito preguntarle. —Eric cuadró sus propios hombros, cerniéndose sobre Jesse quien todavía no se movía. Sangre brotaba de la nariz de Jesse y por sus labios, pero no se movió ni un centímetro lejos de Eric. Se miraron el uno al otro hasta que Naomi pensó que sus rostros podrían romperse. Finalmente, Eric agarró el cuello de Jesse y lo acercó. —Vi su rostro, y eso es suficiente para convencerme. Se supone que debes hacerla feliz, y si la hiciste llorar así el primer día de tu regreso, ella necesita más tiempo. Ahora, vete. Naomi contuvo el aliento. ¡No podía irse! Apenas había llegado a casa. El calor en su pecho quemó más. Jesse agarró la mano de Eric y la apartó de su camisa. —Sabes, si no fuera por Evelyn, no soportaría nada de tu mierda. Haría un maldito hoyo en tu rostro. Eric lo miró sombríamente. —Es bueno que no lo hayas intentado. Ahora, te lo dije… vete. —Bien. ¿Cuándo infiernos quieres que regrese? —Cuando te llame y te diga que regreses. Ni siquiera pienses en desaparecer. Quiero saber de ti al menos una vez al día. —Lo que quieras. —Lo rozó al pasar y se dirigió a las escaleras donde estaba Naomi, Eric en sus talones. Ambos se detuvieron cuando la vieron. Los ojos de Jesse se ampliaron—. ¡Naomi!

—¿Qué? No, no es así. —Él se volvió hacia Eric—. Díselo.

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—¿Has estado haciendo todo esto conmigo porque Eric te dijo que lo hicieras?

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Ella lo fulminó con la mirada.


Eric lo fulminó con su mirada, su rostro de un brillante rojo por la rabia mientras se estiraba para agarrar a Naomi. Ella retrocedió. —Ve a tu dormitorio —ordenó—. ¡Ahora! Recordó lo rápido que él podía lastimarla, cómo podría salirse de control su rabia. Inhaló y salió corriendo por las escaleras a su dormitorio. Diez minutos después, se

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puso de pie junto a su ventana y observó a Jesse conducir lejos en la oscuridad.


XXIII A

penas durmió esa noche. Al despertar de un sueño ligero, vio nubes oscuras fuera de su ventana. Eso era perfecto. Necesitaba un buen día sombrío para terminar su miseria. Hasta donde sabía, no vería a Jesse por semanas. No le

importaba que Eric le hubiera dicho que jugara con sus emociones. Todo lo que quería era hablar con él y averiguar cómo se sentía realmente. Lo que fuera que hubiera pasado entre ellos no era un acto. Era demasiado real, había durado demasiado tiempo. Las afecciones de Brad por ella se sentían más forzadas que las de Jesse. Un golpe en su puerta la hizo saltar. Gruñó cuando Evelyn destrabó las cerraduras y entró. Era sábado, y eso significaba que podría desayunar abajo con los otros. Generalmente, disfrutaba de eso más que comer sola en su dormitorio. Hoy era diferente. —No tengo hambre —dijo cuando Evelyn se acercó a la cama. —No te pregunté si tenías hambre. Rodó para ver a Evelyn vestida en ropa de yoga. Su cabello estaba recogido en una tensa cola de caballo. No llevaba maquillaje, y la cicatriz en su rostro era de un rosa brillante. Por millonésima vez, Naomi se preguntó cómo había sucedido, si su padre se lo había hecho o había sido Eric. —Tampoco quiero hacer yoga. Evelyn se puso las manos en las caderas y la fulminó con la mirada. —Fuiste tú quien me suplicó que empezara a hacer ejercicio contigo. —Se golpeó el muslo—. Que el solo estar sentada va a arruinar tu figura. ¿No quieres verte

—No me importa. Jesse no irá, de todas formas. Eric lo corrió. ¿No escuchaste?

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Naomi puso los ojos en blanco y se cubrió el rostro con las mantas.

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grandiosa en Talía?


—Sí, escuché. Regresará. Lo arreglarán. —Eso no fue todo. —Apretó los dientes y respiró pesadamente contra las mantas. Su respiración olía al ajo de la cena de anoche—. Estábamos en su dormitorio anoche — murmuró—. Estábamos en su cama. Pensé que finalmente, ya sabes… pero lo arruiné y Eric pensó que fue porque Jesse me lastimó y que necesitaba más tiempo lejos de él. No me lastimó. Nunca me lastimaría. —¿Casi dormiste con Jesse? —Su voz estaba cargada de sorpresa. Naomi se quitó las mantas. —¿Eric no te dijo eso? —No. —Se cruzó de brazos y movió su expresión a la desaprobación—. Deberías haberme dicho que las cosas estaban yendo tan lejos. —Pensé que querías que estuviera con él de ese modo. ¿No es lo que quiere Eric? —¿Qué en el mundo te dio esa idea? —Jesse dijo eso cuando estaban discutiendo anoche. Sé por qué, pero no importa. — Le dio la espalda a Evelyn y suspiró pesadamente contra su almohada—. Quieren que me enamore de él para que nunca me vaya. La habitación se quedó en silencio. Evelyn se sentó en la orilla de la cama y comenzó a pasar los dedos por el cabello de Naomi. Era tranquilizador, y no se apartó. Analizó el peso de lo que le había dicho a Evelyn. Eran palabras que nunca podría haberle dicho a su madre, o nadie más en realidad. Eso hizo que su corazón se hundiera más de lo que ya estaba, y mientras Evelyn cepillaba su cabello pensó en cuando Damien había besado su muñeca y la había mirado a los ojos. Ese pequeño e íntimo gesto había sido uno de los recuerdos más memorables de su vida. Damien había llegado a una parte de ella que no sabía que existía, una parte que constantemente buscaba una conexión que nadie había intentado tomar hasta que había venido aquí. Era lamentable que amara y odiara estar aquí al mismo tiempo. La dejaba en el limbo, un lugar en donde evitaba tomar ningún tipo de decisión firme. Solo quería dejarse llevar y ver adónde iban las cosas por su propia cuenta.

siempre fue así. Al principio no queríamos que pasara algo como eso. Queríamos que tuvieras tanto control en tus elecciones como pudieras, pero entonces vimos lo mucho que te atraía Jesse, entonces Eric le dijo que estaba bien.

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Todo lo que Eric le dijo a Jesse fue que era libre de conquistarte si lo quería. No

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—Es verdad que queremos que elijas quedarte aquí —dijo Evelyn suavemente—.


Naomi se quedó callada. Cerró los ojos y se concentró en los dedos moviéndose por su cabello. —¿Entiendes lo que estoy diciendo? —preguntó Evelyn. —Sí, eso creo, pero eso no va a traer a Jesse de vuelta más rápido. Sus dedos se detuvieron. —Quizás no, pero ¿cuál es la prisa? —No lo sé. Lo extraño. Se ha ido desde antes de Navidad. Evelyn se quedó callada por un momento. —Estás enamorada de él, ¿no es así? Amor. Sonaba pesado y serio, pero era lo que quería más que nada en el mundo. Recordó lo mucho que Steve y Evelyn se preocupaban el uno por el otro. Era tan

real. Ni siquiera podía imaginar cómo debía de ser. —No lo sé —murmuró—. Quizás. —¿Qué más se suponía que dijera? ¿Que no creía que pudiera respirar sin él? Sonaba ridículo. Evelyn movió su mano a su hombro, acariciándolo suavemente. —Requiere un largo tiempo entender el amor. Nadie dice que tienes que entenderlo ahora o mañana, o incluso en un año. Espero que no creas que intentamos presionarte hacia algo. Nunca querría eso. La verdad es que —dijo con un tono en su voz—, que nunca he estado más feliz en mi vida de lo que he estado contigo aquí. Volteándose, Naomi alzó la mirada hacia ella. Pensó en esa noche en la oscuridad cuando Evelyn le había susurrado a Steve que no podría haber pedido algo mejor. La confusión la agarró. —No entiendo cómo te hago feliz. La expresión se Evelyn decayó. Sus dedos se inmovilizaron. —Por muchas razones —dijo suavemente—. Estaba esperando que pudieras

a alguien con quien hablar de esta manera. Steve no lo entiende. Tampoco hace yoga. —Su rostro se alegró y le guiñó un ojo, haciendo reír a Naomi.

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horriblemente solitaria con todos esos hombres cerca. Eso, y que siempre he querido

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entenderlo algún día… si me dieras la oportunidad. Una chica puede sentirse


Naomi se incorporó y se estiró. Dejar su dormitorio sonaba mejor. —Supongo que yoga suena bien. Veinte minutos después, estaban en la sala estirando sus cuerpos en posiciones que no habría sido capaz de lograr un año atrás. Ahora era más flexible, como Evelyn. Se sentía bien respirar en ritmo con ella. Casi quitó su mente de Jesse. Casi. —¿Cómo supiste que estabas enamorada de Steve? —preguntó mientras comenzaban otra posición. Evelyn se inclinó hacia abajo en el suelo. Su cola de caballo rozó la alfombra. —Puede que suene extraño para ti —dijo mientras se estiraba—. Nunca me he creído fea, pero mi cicatriz es algo que una vez que alguien nota, como que la miran… mucho. Steve nunca la miró dos veces, ni siquiera una vez, incluso después de que fuéramos a nadar y no tuviera maquillaje. Me miraba como ningún otro hombre me había mirado antes, y lo supe. La figura de Naomi se sacudió mientras luchaba para mantener su posición. —Eso es genial. Debe ser agradable tener a alguien así. —Se preguntó si alguna vez Jesse podría ser así, pero entonces se dio cuenta de que ya lo era. Su corazón casi se detuvo con la idea. —Lo es. Ambas se pararon de sus posiciones y comenzaron la siguiente en la rutina. Naomi miró la cicatriz de Evelyn mientras se volteaban. —¿Puedo preguntar… cómo la obtuviste? Ella hizo una mueca. —Sabía que preguntarías algún día. —Lo siento. —Está bien, en realidad. —Estiró los brazos encima de su cabeza y enlazó los dedos.

—Mi padre me cortó con un cuchillo de cocina. Así fue como asesinó a mi madre y mi hermana. Las apuñaló. Estoy segura de que Jesse te ha contado eso al menos.

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—No tienes que decirme.

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Naomi imitó sus movimientos e intentó no mirar la cicatriz. Era difícil.


—Un poco. —Intentó concentrarse en su posición para evitar estremecerse. Escalofríos recorrieron sus brazos desnudos. Un cuchillo de cocina. Sonaba horrible. —Mi padre pretendía matarme también, pero Eric lo detuvo. Salvó mi vida. Por alguna razón, eso sorprendió a Naomi. No podía imaginar a Eric apresurándose como héroe. —Guau, ¿cuántos años tenía? —Diecinueve… apenas en la universidad. —La miró—. Resultó estar en casa ese fin de semana. Nunca había visto ese lado de él: la violencia, la absoluta locura en sus ojos, igual que nuestro padre cuando estaba enojado. Cuando vio lo que nuestro padre estaba haciendo, algo en su interior se rompió. Nunca ha sido el mismo desde entonces, especialmente después de que le dijera todo lo que estuvo pasando por años. Naomi la miró con ojos cuestionadores. Evelyn inspiró profundamente. —Había decidido contarle a mamá lo que mi papá nos hacía a mi hermana y a mí cuando ella no estaba. Eventualmente, también tuve que contarle a Eric. Estoy segura de que puedes suponer lo que les tuve que decir… qué tipo de abuso retorcido tuve que soportar de mi propio padre. —Sí —dijo con un nudo en la garganta—. Escuché sobre ese tipo de cosas que les sucedía a personas que conocía en la secundaria. Estaban seriamente lastimados de por vida. No puedo imaginarme. —Tampoco podía. Sus padres la ignoraban, pero de repente se dio cuenta de cuán peor podrían haber sido ser las cosas. Luego estaba Brad. No, no, tenía que intentar no pensar en Brad. —Sí, soy incapaz de tener hijos por eso. Solía golpearnos si nos resistíamos, y quería que se detuviera. Fue una mala idea. Cuando descubrió que le conté a nuestra madre, fue contra nosotras tres. Estaba borracho. Siempre estaba borracho. Tengo suerte de que solo haya recibido la cicatriz.

pero nunca me di cuenta de lo mal que solía tratarme hasta que vine aquí. No lo vi antes.

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—No sabía nada de esto —dijo mientras ojos la miraban—. Brad me golpeó una vez,

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Enferma del estómago, Naomi bajó los brazos y se sentó en el sofá.


—No conocías algo distinto. Sé exactamente cómo se siente. —Bajó sus brazos—. Mi papá está muerto ahora. Finalmente se siente como si hubiera terminado, pero nunca seré libre hasta que nos mudemos de aquí. Italia fue donde fui más feliz, y muero por regresar. —¿Es por eso que nos vamos a mudar de aquí? Asintiendo, Evelyn le indicó que se pusiera de pie y terminara la yoga. Así lo hizo, pero apenas podía concentrarse en las posiciones. Su corazón latía rápido mientras pensaba en cómo podrían haber ido las cosas con Brad si nunca hubiera sido secuestrada.

Dos semanas después, todavía estaba pensando en eso, pero se había movido a un lugar más tranquilo de su cabeza mientras estaba adormilada en el sofá de dos plazas en la sala. En su mayoría, quería ver a Jesse de nuevo. El aroma a pimientos rojos y tocino era denso en el aire. Presionó el botón de pausa en su iPod cuando Eric salió de la cocina. Se arrodilló para que ella pudiera ver su rostro. —¿Quieres dos o tres huevos? —preguntó dulcemente, y le acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja. Ella lo miró inexpresivamente. —Tres. —Intentó respirar la esencia de Jesse del cojín del sillón, de cualquier lado, pero había desaparecido del todo. Eric asintió y apartó su mano de su oreja. —¿Pan tostado? ¿Algo más? Estoy cocinando algo de tocino, y Evelyn trajo algunas fresas. Miró sus ojos caramelo chocolate. No había una chispa de ira. Eran tan amables ahora, tan preocupados por ella todo el tiempo, especialmente durante las últimas dos semanas. Estaba intentando lo mejor para suavizar la ausencia de Jesse. —Si les pones azúcar —dijo, preguntándose si debería seguir enojada con él por

de libros. Quería que sus brazos la rodearan otra vez. Ahora mismo, se sentía como si estuviera en el limbo esperando a que él regresara para que pudieran arreglar las cosas. Eric pudo haberlo instado a seducirla, pero mientras más pensaba en su

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durante la cena, sus sonrisas al otro lado de la mesa de billar, su voz cuando hablaba

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echar a Jesse de la casa. Lo extrañaba. Locamente. Extrañaba que se sentara a su lado


relación con él, más convencida estaba de que a él realmente le importaba. Quizás ese fue el plan de Eric todo el tiempo, pero no le importaba. Nadie podía planificar emociones. Nadie podía planificar que una persona se enamorara, ¿o sí? Le rodeó la muñeca con los dedos. —Claro. Le pondré mucha azúcar. —Se acercó—. Intenta animarte, ¿está bien? Sé que extrañas a Jesse, pero lo verás de nuevo pronto. Lo prometo. —¿De verdad? —Se incorporó—. ¿Va a regresar? Sacó el pecho y sonrió. —Sí. Se ha estado quedando con un amigo, pero le he dicho que puede regresar. Creo que tú y él necesitaban algo de tiempo para resolver sus emociones. Todo va a estar bien. Naomi asintió. Probablemente tenía razón, pero no hacía la separación más fácil. Lo observó mientras se levantaba y encendía el televisor antes de regresar a la cocina. Ahora mismo estaba el reporte del clima. —La máxima del día será de ocho con un mínimo de menos siete grados. La baja presión podría provocar un poco de nieve más avanzada la semana. Apretó el botón de reproducción de su iPod e intentó ahogar todo con la música. Estaba escuchando una lista de reproducción que Jesse había hecho para ella la última vez que descargaron música juntos; una extraña mezcla de Mozart y Chopin, algunas bandas de metal pesado, y una banda que combinaba dos géneros. Al igual que él, pensó, concentrándose en lo duro, intensas guitarras y batería con una capa de una mezcla etérea de piano y voces femeninas. Todo lo misterioso sobre él sugería violencia, pero estaba escondido de ella debajo de todo lo demás hermoso que ansiaba de él, especialmente su manera de tocarla, como si nada en el mundo importara más que ella. La violencia estaba tan escondida, de hecho, que no le importaba nada que alguna vez hubiera hecho mal… o estuviera haciendo mal. Se acomodó más en el sillón y reajustó sus audífonos. El aroma a los huevos cocinándose se esparció en la habitación. Sabía que Erich hacía todo lo que podía

regresaba, la vida sería perfecta de nuevo. Podría regresar a un lugar en el cual no pensara en su madre y su padre. Brad solo era una sombra ahora. Sus padres también podrían serlo.

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preocuparse por nada más que estuviera pasando en el mundo exterior. Si Jesse

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para complacerla. Todos lo hacían. Le gustaba la atención. Le gustaba no tener que


La canción en su iPod comenzó. —Sí, pero ¿hay alguna verdad en los reportes dados en el inicio de la desaparición de su hija? Ambos han admitido… Otra canción empezó, fuerte y repentinamente molesta. Presionó con fuerza el botón de pausa, se levantó, y miró la televisión con ojos muy abiertos. Allí estaba, sentada en un sofá bajo las brillantes luces de Today Show, vestida en uno de sus trajes color crema con su cabello moldeado en un elegante nudo en su cuello. Sus manos estaban dobladas suavemente en su regazo mientras miraba al hombre haciéndole una pregunta. Naomi sabía que estaba irritada, un certero temblor en la comisura de su boca antes de que hablara. Naomi no se había dado cuenta de que supiera de ese temblor, cuán guardado estaba en su memoria. No podía recordar notarlo antes. —Por supuesto que hay algo de verdad en los reportes —respondió Karen tranquilamente, profesionalmente—. Ha habido más presión en la desaparición de Naomi que otros chicos desaparecidos porque… —Se detuvo, entrecerró los ojos y sacudió el pie ligeramente antes de mirar al padre de Naomi sentado a su lado en el sofá. »Ambos estamos en el ojo público constantemente —continuó—. Somos exitosos, ¿no es cierto? Eso lleva directamente a su pregunta de si descuidamos a nuestra hija o no, y todo lo que puedo decir es que sí, por nuestras carreras, lo hicimos. —Se inclinó hacia adelante—. Eso no significa que no la amemos, no significa que no podamos corregir los errores que hemos cometido en el pasado. El conductor reconoció su respuesta con una breve sonrisa y los señaló a ambos. —Razón por la que están con nosotros esta mañana. Hablaremos de la fundación que han iniciado en unos minutos, pero discutamos las fotografías de Naomi primero. No estaríamos hablando con ustedes si no hubieran reunido tanta atención. El estómago de Naomi dio un vuelco. Su visión se hizo borrosa. Su mente dio vueltas. Apenas podía concentrarse en la televisión ahora que la realidad de lo que estaba viendo le pegaba como una explosión profunda en su corazón. Finalmente explotó,

centro de su ser.

Eso no significa que no la amemos.

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Solo que esta vez hubo un fuerte y ensordecedor boom que sacudió el completo

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exactamente como los fuegos artificiales verdes y amarillos de algunas semanas atrás.


Sus padres eran un recuerdo distante repentinamente apresurándose de regreso; surreal, sincero y tangible. ¿Era real? ¿Estaban en televisión nacional diciéndole al mundo cómo se sentían por ella? ¿Habían hecho esto antes? ¿Eric le estaba mintiendo cada vez que le entregaba un artículo y le decía con ojos tristes que eran imposibles, inadecuados, irremediables? No, no había mentido. Lo recordaba luciendo sorprendido, incluso molesto. En la televisión apareció una fotografía de una brillante estrella de mar aferrándose a una piedra negra. Su estrella de mar. Su fotografía. Algo sobre un concurso y una revista nacional. No había ganado, pero su madre seguía metiendo más y más fotos a concursos y finalmente ganó en este. Luego uno de los jueces averiguó que estaba desaparecida. Mientras la pantalla regresaba a su madre, Naomi apenas la veía sentada bajo las luces. Solo podía verla en su dormitorio en un vestido blanco, con los ojos brillando mientras se inclinaba para besar la mejilla de Naomi. —Gracias por ayudarme con mi cierre. Naomi nunca vio sus ojos de esa manera otra vez… hasta ahora, mientras comenzaba a hablar. —La fundación es algo que hemos comenzado para ayudar a familias con niños desaparecidos. Muchas familias no están en una situación financiera para continuar buscando por su propia cuenta una vez que la policía o el FBI dejan de investigar cuando no hay más evidencia o pistas. La fundación que hemos comenzado; Naomi's Hope; permite que las familias sigan buscando cuando toda esperanza se ha perdido. —Su rostro prácticamente brillaba con algo que Naomi nunca antes había visto… pura felicidad. Jason, sonriendo junto a ella, puso una mano en la de ella. Naomi no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Una fundación? ¿Algo fuera de la compañía de su padre y la profesión de leyes de su madre? ¿Algo completamente desinteresado? Siempre había visto a sus padres como seres egoístas, como dos criaturas glotonas

—Oh, sí. —¿Con suerte?

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—¿Han continuado la búsqueda de su hija? —preguntó el conductor.

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deleitándose en sus trabajos mientras ella sufría en el fondo. Ahora eso se derritió.


La expresión de Jason se derrumbó y luchó para poner una sonrisa. —Sin suerte todavía, pero no dejaremos de intentar. El conductor asintió. —Si pudieran decirle algo a su hija en este momento, ¿qué dirían? Karen miró a Jason, palabras silenciosas se intercambiaron. Ella sonrió. —Le diría lo mucho que… La televisión se volvió negra. Naomi miró a Eric, ahora de pie detrás del sillón con el control remoto apretado en una mano y una cuchara de azúcar en la otra. —No necesitas ver eso —gruñó—. Tu desayuno está listo. Su pecho se hizo pesado mientras luchaba por respirar y luchaba por contener la náusea que se apresuraba. —No tengo hambre —tartamudeó mientras se bajaba del sofá. Su iPod resbaló de sus dedos aterrados y cayó al suelo. —Naomi, tranquilízate. Podemos hablar de esto. No vi lo que estabas mirando hasta que fue muy tarde. No lo escuché en la cocina. Si hubiera sabido… —¡Por qué no me contaste sobre ellos! —gritó, sorprendida por su arrebato y más sorprendida por su acusación—. Sabías que estaban haciendo esto, ¿no? Sabías que todavía me estaban buscando, que les importa. Su rostro se puso de un rojo brillante, pero permaneció tranquilo. Eso era bueno, porque sabía que su arrebato era causa de un castigo severo. —Solo lo supe hace unas semanas —dijo rígidamente—. Nada de esto cambia algo. —Alzó la cuchara del azúcar. Temblaba en sus dedos—. Solo dicen esas cosas para el público. No cambia el por qué estás aquí. —Eso no es verdad. —La habitación dio vueltas tan rápido que pensó que se caería. Eric se acercó y comenzó a envolverla con los brazos, pero se apartó.

intentando ser compasivo, pero en su mayoría parecía que estaba intentado contener su furia. Su mandíbula estaba apretada, sus ojos oscuros. Intentó tocarla de nuevo, pero ella se apartó mientras el pánico hacía su visión borrosa.

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paz en el mundo derrumbándose a su alrededor. Él lucía como si estuviera

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»No me toques. —Ella alzó la mirada entre lágrimas, esperando encontrar un poco de


—Déjame ayudarte —dijo, todavía moviéndose hacia ella—. Nos importas. ¿Eso no importa? —Su rostro se suavizó en verdadera pena, pero no la ayudó. —Enciéndela. Quiero verlos de nuevo. Había ido demasiado lejos. La pena en el rostro de Eric se desvaneció en furia. —¿Qué te he dicho antes? —gruñó, acercándose. Lanzó la cuchara y el control remoto en el suelo tan fuerte que rebotaron—. Nunca me vuelvas a gritar y nunca me digas qué hacer y qué no, o te pegaré tan fuerte que sangrarás por una maldita semana. Tus padres no son nada. Nada. —Se acercó más, con cada músculo en su cuerpo listo para golpearla. Retrocedió, temblando. —No —susurró ella. En un arrebato de energía, se apresuró hacia las escaleras y hacia su dormitorio. Azotó la puerta y corrió al baño, cerrando la puerta tras de sí. Su cuerpo entero temblaba. No podía llegar a ella aquí. No podía decirle qué hacer. Tenía que ser fuerte ahora que sabía la verdad… y esa verdad era amarga. Subió a su garganta

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mientras se dejaba caer sobre sus rodillas frente al inodoro y se derrumbaba.


XXIV E

velyn golpeó la puerta durante treinta minutos. Naomi no respondió. Trató de taparse los oídos, pero las palabras aun así conseguían pasar. —Cariño, ¡por favor sal! Tenemos que ir a trabajar, pero necesitamos saber si

estás bien. Eric dijo que viste a tus padres en la televisión. Cariño, podemos hablar de esto. Estás muy herida. Sabes que puedes hablar conmigo sobre cualquier cosa. Naomi se hizo un ovillo en el frío piso del baño y cerró los ojos con tanta fuerza que ninguna lágrima podía escapar de ellos. Ya no quería llorar. Era estúpido llorar. —¡Naomi! ¡Abre la puerta! —Evelyn golpeó con más fuerza—. Cariño, por favor. Se acurrucó más apretadamente. Su cuerpo temblaba. Todo lo que podía ver era una estrella de mar roja y los ojos de su madre, centellando con lo que tenía que ser amor. La amaban. Habían empezado una fundación en su nombre. Habían cambiado. Estaba en sus rostros, y no importaba lo mucho que no quisiera creerlo, no podía sacarlo de su cabeza. Quería vomitar de nuevo, pero no quedaba nada. —Me voy —dijo Evelyn con un profundo suspiro—. Si no abres la puerta cuando regrese, tendré que hacer que Steve force la cerradura. No puedes permanecer ahí por siempre. Naomi repitió esas palabras en su cabeza durante todo el día mientras se quedaba en el suelo, intentando no llorar. Después de varias horas, se quitó la ropa y se metió en la ducha, donde finalmente dejó que las lágrimas llegaran. Entonces Steve llegó a casa del trabajo y forzó la cerradura de la puerta para dejar entrar a Evelyn.

no querer…

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—Jesse, ¡no puedes entrar ahí! —gritó la voz de Evelyn—. Está en la ducha. Podría

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Solo que no era Evelyn.


—Me haré cargo de esto —gruñó Jesse y cerró la puerta de golpe. Cuando abrió la cortina de la ducha, ella retrocedió hasta el rincón más alejado, cubriéndose lo mejor que pudo. Él mantuvo los ojos en su rostro y le tendió una toalla. Lucía triste. »No puedes quedarte aquí para siempre. —Eso es lo que dijo Evelyn. —El agua se estaba volviendo fría. La cerró y arrebató la toalla, apresurándose a envolverla alrededor de su cuerpo desnudo. Estaba segura de que Jesse había atrapado vistazos de todo. A una parte de ella no le importaba. —Tiene razón. ¿Cuánto tiempo has estado parada aquí bajo el agua fría? —Se cruzó de brazos. Con los dientes castañeando, ella susurró: —No lo sé. —Entonces arrugó la frente—. ¿Cuándo regresaste? —Hace treinta minutos. Eric me llamó desde su oficina y me dijo que tenía que llegar aquí para tranquilizarte. Ella miró su toalla y consideró las fuertes emociones en su corazón. —No necesito calmarme —murmuró—. Mírame… no estoy gritando, ni nada. Estoy perfectamente bien. —No lo creo. —Él entrecerró los ojos y se acercó—. Evelyn dijo que viste a tus padres en la televisión. ¿Qué pasó? Sus dientes todavía estaban castañeando. Envolvió la toalla más cerca justo cuando Jesse le daba la mano. Por lo menos quería ayudarla y estaba siendo tranquilo al respecto. Tenía que admitir que estaba feliz de verlo, incluso más allá de todo el drama en su cabeza. Tomó su mano y salió, permitiendo que tirara de ella en sus brazos. La sostuvo con fuerza. Era natural apoyarse contra él, un suspiro de alivio escapando de su boca. Él era seguro para ella. A través de toda la mierda que estaba sintiendo, era el único que quería ayudarla.

si algo dentro de ella hubiera muerto. Se sentía débil por el hambre y el llanto.

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—No quiero hablar de ello. —Se sorprendió ante el tono monótono de su voz, como

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—Dime, Naomi. Estoy aquí.


—Inténtalo —dijo él, y puso un dedo debajo de su barbilla para levantar su rostro hacia él. Cuando miró sus ojos no vio impaciencia, ni frustración. No iba a hacerla responder a sus preguntas esta vez. Algo dentro de ella se abrió, y cualquier duda que hubiera sentido respecto a su afecto se desvaneció. Respiró hondo. Podía decirle. —Estaban en Today Show hablando de una fundación que han empezado. Todavía me están buscando. Son diferentes. Han… cambiado. —Lágrimas frescas brotaron en sus ojos. Trató de contenerlas, pero era imposible. Jesse la acercó de nuevo, acariciando sus hombros desnudos, pero no de una manera erótica. Cada movimiento que hacía estaba lleno de preocupación. —No tenía idea de nada de esto —dijo él—. No hemos estado manteniendo un ojo en ningún reporte reciente sobre ti. Nos pusimos perezosos. —¿Me lo habrías dicho incluso si lo hubieras sabido? Silencio. Ella sabía la respuesta. Nunca se habrían arriesgado a decirle sobre la fundación o los alterados sentimientos de sus padres. Cerró los ojos y contuvo la respiración. Tal vez sus sentimientos no estaban alterados. Quizás la habían amado todo este tiempo. Esa idea dolía más que nada. —Vamos —dijo Jesse, soltándola—. Vamos a ponerte un poco de ropa para que puedas descansar. Asintiendo, observó mientras él se daba la vuelta y abría la puerta. Había esperado que Evelyn estuviera esperando, pero el dormitorio estaba vacío. Lo siguió hasta su armario, donde él abrió un par de cajones. —No tienes que hacer todo por mí —dijo ella a medida que él buscaba a través de los cajones—. Mis pantalones están en el tercer cajón. Él lo abrió y miró por encima de su hombro. —Solo déjame ayudarte, ¿de acuerdo? Eres un desastre. Ve a sentarte. —¿También vas a buscar en mi cajón de la ropa interior? —Se acercó a su cama y se sentó en el borde, envolviendo los brazos alrededor de sí misma.

—No. —Agarró la ropa que le entregó. Él había escogido uno de sus atuendos favoritos, y ella se dio cuenta de toda la atención que prestaba a cosas como esas. En

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—Ya lo hice. ¿Eso te molesta?

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Él se dio la vuelta y agitó un par de bragas hacia ella.


cualquier otro momento podría haberse puesto de pie y abrazarlo, pero ahora mismo todo lo que quería hacer era acurrucarse bajo las sábanas y llorar hasta quedarse dormida. No podía sacarse a sus padres de la cabeza. Ellos enterraban todo lo demás. —Me voy a quedar aquí hasta que sepa que estás bien —dijo él mientras ella se levantaba para ponerse la ropa. Sus ojos se encontraron con los suyos antes de que se diera la vuelta—. Vístete. Mirando fijamente su espalda, dejó caer la toalla. Sabía que él no se daría la vuelta. Ya la había visto desnuda de todos modos, así que, ¿qué más daba? Su corazón latía con fuerza por la confianza que sentía por él, ante cómo nunca la había obligado a hacer nada y sabía que él nunca lo haría. —Terminé —dijo en voz baja. Él se giró y la empujó hacia la cama. —Acuéstate. No luchó contra él. Sabía que quería abrazarla como lo había hecho durante muchos meses. Era exactamente lo que necesitaba. Cuando estuvo en la cama, le dio la espalda y espero a que él se arrastrara a su lado. La atrajo cerca. —Ahora dime por qué ver a tus padres en televisión fue tan molesto. Ella cerró los ojos y tomó una respiración temblorosa. No lloraría. No lo haría. —¿No lo entiendes? —susurró—. No los he visto por un año. Tú y los demás me hicieron creer que a no les importaba, y ahora es obvio que sí. Con su otra mano, alisó su cabello mojado lejos de su rostro. —No creo que nosotros te hiciéramos creer nada —dijo él—. Solo nos basamos en la verdad… en lo que tú misma nos dijiste esa noche que Eric te abofeteó. ¿No lo recuerdas? —Sí, lo hago. —Apretó la mandíbula. —No sé lo que ha pasado con tus padres —dijo él, sin dejar de acariciar su cabello.

lugar. ¿No es cierto?

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te he visto feliz aquí… más feliz de lo que probablemente has sido en cualquier otro

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Estaba segura de que su camisa estaba empapada para ahora—. Todo lo que sé es que


Ella se concentró en su calidez y se movió lentamente más cerca de él, si era posible acercarse más. Él decía la verdad, pero aun así le dolía en el interior. Ahora que sabía que sus padres la querían, algo se sentía inconcluso. Una puerta se había abierto, y no sabía si alguna vez podría cerrarla o alejarse. Jesse se quedó en silencio durante un largo rato. No la instó a responder su pregunta. Se relajó contra él y sus ojos comenzaron a cerrarse. —Naomi —dijo finalmente, un ligero temblor en su voz. —¿Sí? —Tengo que salir de nuevo por unos días. Hay algo que tengo que hacer. Sus ojos se abrieron de golpe. —¿Irte de nuevo? Recién regresaste. ¿Cuándo te vas a quedar finalmente? — Girándose, lo miró al rostro. Parecía derrotado de alguna manera, como si hubiera sido golpeado en el estómago. Eso también le dolía a ella—. No creo que pueda manejar que te marches de nuevo —dijo ella—. En serio, realmente, realmente no. Por favor, Jesse… —No te preocupes —dijo él, y la empujó hacia atrás sobre su costado—. Descansa un poco. Estaré aquí cuando te despiertes.

Él se fue al día siguiente, prometiéndole que volvería pronto. Desde la ventana de su dormitorio, lo observó alejarse conduciendo el auto de Steve justo mientras Evelyn entraba con sus productos de limpieza. —Es día de limpiar el baño —dijo con voz feliz—. ¿Quieres hacer yoga cuando haya terminado? Naomi se dio la vuelta, con los hombros caídos. —Supongo que sí.

Ella levantó su cubo de suministros.

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—Lo sé.

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—Oh, cariño, volverá pronto.


—¿Quieres ayudar? ¿Sacarte cosas de la cabeza? —Claro. Mientras rociaba los azulejos con un producto de limpieza que olía a menta, Naomi pensó en la gran cantidad de tiempo que había pasado en la ducha durante sus primeros días en la casa. Pasó un paño sobre la lechada donde había grabado las treinta y cinco marcas y se preguntó qué había pensado Evelyn cuando las vio por primera vez. Debió haberlo notado. —Gracias por ayudar —dijo Evelyn mientras subía a la encimera para alcanzar la parte superior del espejo. —No me importa. Es mi desastre, después de todo. —No es mucho desastre. —Se rio—. Solías ser más desordenada. —¿De verdad? —Sí, pero nunca fue malo, lo prometo. —Evelyn guiñó. Entonces Naomi recordó cómo nunca había limpiado un baño antes de que hubiera venido aquí. A menudo ayudaba a Evelyn, y eso la hacía apreciar el trabajo de Mindy en casa. Estaba olvidando cómo lucía Mindy, pero podía recordar a su madre, especialmente ahora. Ver su rostro en la televisión hizo que pareciera como si tan solo la hubiera visto por última vez el día anterior. —¿Estás bien, Naomi? —Evelyn dejó de limpiar el espejo y se bajó de la encimera—. Jesse dijo que tranquilizó las cosas contigo, pero estoy preocupada. Terminando con los azulejos, Naomi se giró y salió de la bañera. —No voy a tratar de huir —dijo ella con un profundo suspiro, y se encogió de hombros—. No tendría ningún sentido. —Supongo que no. —Evelyn la abrazó—. Eric va a estar contigo esta noche mientras Steve y yo salimos. ¿Recuerdas la ópera de la que te he estado hablando durante meses?

—¿Conseguiste ese vestido? —preguntó, recordando el vestido que Evelyn le había mostrado en línea.

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finalmente estaba aquí.

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Ella asintió. Evelyn había estado esperando la ópera por una eternidad, y ahora


—Lo hice. Se ajusta hermosamente, pero tengo que elegir un collar. ¿Me ayudarás a escoger uno más tarde? —Claro.

Esa noche se paró frente al armario de Evelyn. Mirando fijamente los cuatro collares esparcidos sobre la madera de cerezo, pasó los dedos sobre los diamantes y las perlas y se detuvo en una cadena de oro adornada con dos filas de diamantes. Rubíes brillaban en el centro. Sus dedos temblaron cuando un repentino pensamiento entró en su cabeza. ¿Jesse había robado estas joyas? Levantó la mirada para ver a Evelyn de pie en el baño aplicándose maquillaje. Estaba impresionante. El corpiño de su vestido era ajustado y de encaje, la falda repentinamente llena en las caderas. Pilas caían en cascada hasta abajo, cayendo al suelo en una cascada color rojo brillante. Parpadeó con sus ojos marrones y le sonrió a Naomi en el espejo. —¿Ya elegiste uno? —Creo que sí. —Se volvió hacia el collar y lo recogió, las piedras frías y suaves en sus manos. Imaginó a Jesse sacándolo de una caja fuerte con las manos enguantadas, sus ojos brillando verdes a través de una máscara. Lo puso de nuevo sobre el tocador. No podría haberlo robado. No eran tan estúpidos. No mantenían nada de lo que tomaban, a excepción de ella. Vendían todas las joyas así podrían vivir en Italia, ricos, libres y felices por el resto de sus vidas. Sabía que no habían gastado ni un centavo del dinero de las joyas, todavía no. Los había escuchado decir que era para vivir una vez que estuvieran en Italia. Nunca tendrían que trabajar de nuevo, y eso se adaptaba muy bien a Naomi. Sin tentaciones de ignorarla por una carrera. Sin tener que levantarse para marcharse cada mañana. Juntos y felices todo el tiempo, libres de hacer cualquier cosa e ir a cualquier lugar que desearan. Sonaba divino.

seguían interrumpiendo el sueño.

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Al menos, de eso estaba tratando de convencerse, pero los pensamientos de su madre

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Perfecto.


Bajó la mirada hacia una pequeña fotografía enmarcada en dorado sobre la cómoda. Era la casa en Italia. Eso era evidente. Le quitaba la respiración. Situada sobre una colina con vistas al campo, estaba construida en su mayoría de piedra con ventanas panorámicas y árboles bien cuidados dando sombra al patio superior. Podía ver un atisbo de muebles rústicos a través de las ventanas, y un amplio patio rodeado por celosía. —Evelyn —dijo en voz baja—, ¿por qué hay personas viviendo allí ahora? Evelyn se apartó del espejo del baño. —Oh, encontraste la fotografía de la casa. Debería habértela mostrado antes. — Girándose de nuevo hacia el espejo, continuó con su maquillaje—. Hay personas viviendo allí porque mi abuela la vendió a una empresa que la arrienda a inquilinos temporales. Fue entonces cuando nos mudamos a un apartamento en Arezzo, cerca de Florencia. —¿Querías comprarla de nuevo? —Por supuesto. Es el lugar donde creció mi madre, pero nunca tuvo el tiempo o el dinero para volver después de que se mudara aquí a los Estados Unidos. —Sus hombros cayeron—. No creo que le hubiera gustado que mi abuela la vendiera. —Pero es tuya ahora, ¿verdad? Empujó una horquilla en su cabello. —Oh, sí. Eso es lo que siempre he querido más; formar una familia donde recuerdo ser tan feliz. Era mi sueño adoptar un niño una vez que estuviéramos allí por unos años, pero ahora te tenemos a ti, y Steve y Eric se aseguraron de… —Se detuvo, bajando las manos de su cabello, y se volvió hacia Naomi con una sonrisa de alivio—. Instalaron una piscina el año pasado. Realmente te gustará allí. Lo prometo. Un niño. Se imaginó que era por eso que Evelyn era tan unida a ella, pero estaba bien. Se sentía bien que alguien la quisiera de esa manera. —Una piscina suena bien —dijo ella, con voz distante. Se imaginó nadando bajo un

cena que habían comido en el patio bañado por el sol. Él le leería por la noche antes de acostarse, y la sostendría durante toda la noche mientras ella soñaba con volverse mayor. Olvidaría lo que se sentía ser una niña, incluso a los diecisiete años cuando

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su cintura mientras presionaba sus labios contra los suyos. Sabían a ajo y vino por la

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cielo italiano caliente y azul con Jesse a su lado. Podía sentir sus manos acariciando


pensó que Brad era su futuro, cuando él la sostenía en su puño como un pájaro con las alas rotas, apretando con tanta fuerza que no sabía qué era el cielo y qué era la tierra. Ahora lo sabía. Ahora podía ver el cielo desplegándose ante ella, el color de los zafiros en la palma abierta de Jesse, con sus ojos diciéndole: Me quedaré contigo

porque nunca he sentido esto por nadie. —Oh, los rubíes —exclamó Evelyn a medida que se acercaba a ella y notaba el collar que Naomi había elegido. Sonriendo, lo levantó del tocador—. Era de mi madre. — Tiró de la cadena alrededor de su cuello y sus dedos buscaron a tientas el broche—. Naomi, ¿podrías? Ella apartó los ojos de la fotografía y se estiró para sujetar el collar. Atrapó un vistazo de sí misma en el espejo, pequeña y sencilla junto a la magnificencia de Evelyn. Era una visión familiar, pensó Naomi con amargura. Se sentía así acerca de su madre, cómo nunca sería su igual, nunca sería tan bella, exitosa o feliz con lo que había elegido en su vida. No era nada más que una pálida imitación plateada tratando de seguir sus pasos. Para siempre. Sus dedos se deslizaron del broche del collar cuando se dio cuenta de que nunca había, de hecho, resentido a su madre. Era exactamente lo contrario. Quería ser como ella. Así de feliz. Así de segura de sí misma. —¡Oh! —dijo Evelyn cuando el collar cayó al suelo con un golpe metálico. —Yo lo recojo. —Con su cuerpo sudando, Naomi dio un paso alrededor de la amplia falda roja del vestido. —Oh, gracias. No puedo inclinarme en esta cosa. Tiene un corsé. Apenas puedo respirar. Extraño, pensó Naomi mientras recogía el collar en sus manos húmedas. A ella

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también le era difícil respirar.


XXV E

sa noche, Eric le permitió ver una película en la sala mientras él trabajaba en su oficina. A mitad de la película, fue a la cocina a prepararse una taza de chocolate caliente. Evelyn compraba del que a ella le gustaba con los

pequeños malvaviscos en el empaque. A Jesse también le gustaba ese, y mientras revolvía la mezcla en el agua caliente pensó en cómo la había sostenido hasta que se quedó dormida. Estuvo ahí cuando despertó en la mañana. No se había movido ni un centímetro. Luego se fue. Con un suspiro, se sentó en la mesa y puso su cabeza en sus manos. ¿Cuántas veces se iría? Ella sentía la conexión más fuerte con él, como una cuerda siento estirada hasta el punto de ruptura cada vez que estaba lejos. Un día se rompería si no lo dejaba. ¿Para qué tendría que irse otra vez? Eric no le había ordenado que se fuera. Levantó su cabeza y tomó un sorbo de su chocolate. Podía ver a Eric sentado en su escritorio en su oficina. Estaba al teléfono y sonrió cuando levantó la mirada hacia ella. Articuló ―pizza‖, y señalo al receptor del teléfono. Ella asintió. Pizza sonaba genial. Por otra parte, también lo hacía un poco de aire fresco. No había estado fuera en un largo tiempo. Envidiaba la libertad de Jesse de irse de la casa y alejarse. Bajando sus ojos a la mesa, estudió el periódico que Steve había dejado cerca de sus lentes de lectura. Luego se congeló. Una revista se asomaba debajo del periódico, un artículo parcialmente visible. Leyó lo que pudo del encabezado: Revelando los misterios detrás de la relación

amarillo, como si fuera una tarea. Su estómago se hundió. Lentamente, se estiró y sacó el artículo de debajo del periódico. Una parte de ella quería ignorarlo, olvidar que lo había visto, pero la otra parte de ella no podía detenerse. Tenía que ver lo que

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Alguien había revisado el artículo y resaltado partes específicas con marcador

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emocionalmente abusiva: una mirada de cerca dentro…


decía. Amarillo resaltaba párrafos. Se obligó a leer uno. Sus dedos empezaron a entumecerse.

Investigaciones más a fondo han demostrado que la idea ampliamente aceptada de constante tratamiento positivo quizás no es la forma humana más fuerte de asegurar el apego a los otros… rehenes con frecuencia crean lazos con sus captores más fuertemente cuando esos captores recompensan consistentemente el buen comportamiento y castigan severamente el mal comportamiento (con frecuencia físicamente o con amenazas de muerte). Esto también ocurre frecuentemente en relaciones románticas donde el abuso de control es predominante. Naomi tragó y alejó el artículo. Había un montón más de párrafos resaltados. Se preguntó por qué los habrían resaltado. Era enfermizo y erróneo. ¿Era porque estaban estudiando mejores formas de ganar su lealtad… hacer que se uniera a ellos más fuertemente que antes? Poniéndose de pie, se encontró con la mirada de Eric y tragó. No era como si nunca se hubiera dado cuenta de lo que le estaba haciendo, pero ver esas secciones resaltadas la hicieron querer vomitar. Hacía que sus acciones se vieran superficiales. Falsas. ¿En verdad se preocupaban por ella o era solo para su propio beneficio, su propia seguridad, para mantenerla malditamente callada? Dejó su taza en la mesa y se dirigió al piso de arriba a su dormitorio. Tenía que pensar. Fue directo a su cama y agarró su diario de la mesa de noche. Cuando lo abrió, el olor a tinta viajó a su nariz. Escaneó pasajes acerca de Jesse y su madre, notando que algunas veces hablaba de Evelyn y los otros, pero no con frecuencia. Las entradas progresaban de menciones de escape y pensamientos acerca de casa a nada excepto Jesse y ocasionalmente su madre. Luego, en una entrada cerca del final, se detuvo y leyó una línea que hizo que sus manos temblaran.

Cuando Jesse llegue a casa, podemos hablar de lo que pasó. Pensaba en esta casa como su hogar ahora. Se habían asegurado de que lo viera de ese modo, incluso si el lado racional de su cerebro le decía exactamente cómo lo habían

¿Realmente podía alejarse?

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al otro lado. Esa puerta se había abierto cuando vio a sus padres en la televisión.

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hecho. ¿Estaba mal? Se vio parada frente a una puerta abierta, cielo azul y el océano


Ya se había alejado, se dio cuenta. Ahora tenía que regresar. Un golpe en la puerta la hizo cerrar el diario de golpe y lo metió debajo de las cobijas. Eric entró, confusión en su rostro. —¿Estás bien? —Sí —dijo ella con un encogimiento de hombros—. Solo subí para tomar un libro. Debe estar en el estudio. —Me dirigía hacia allá, de todos modos. Vamos. Puedes leer mientras esperamos la pizza. Asintiendo, lo siguió por el pasillo y hacia el estudio. Intentó mantener sus ojos alejados de las puertas dobles de vidrio donde la noche ya estaba fría y oscura. Su corazón martillaba mientras se imaginaba balanceándose sobre el barandal del balcón, justo sobre la rama del árbol. Se sentó en el sillón más cerca a las puertas del balcón. Sus hombros se desplomaron. Eric levantó sus cejas. —¿No querías un libro? Se volvió a encoger de hombros. —No realmente, supongo. Solo tengo hambre. —Bueno, ordené tu favorita. —Se dirigió directo a ella—. Pepperoni y aceitunas, ¿cierto? Levantó la mirada hacia él cuando se detuvo frente al sillón. Estaba vestido igual que la primera vez que lo vio: jeans y una camiseta negra. Estaba afeitado. —Gracias —murmuró, deslizando sus dedos temblorosos debajo de sus muslos. Él se arrodilló y puso una mano en su rodilla. —Jesse va a regresar pronto. Todo estará bien. —Su mano se tensó—. Nada ha cambiado. Ella asintió, pero su mente estaba a millones de kilómetros de distancia, enfocada en

—¿Quieres que te traiga algo? —Eric interrumpió sus pensamientos—. ¿Quieres algo de beber antes de que llegue nuestra cena?

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madre. Tenía la misma sensación, la misma personalidad.

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su diario. No había notado antes cómo su escritura era exactamente igual a la de su


Se movió debajo del peso de su mano en su rodilla. Él tendría que irse cuando la pizza llegara a la puerta de entrada. Estaría sola por al menos tres o cuatro minutos mientras le pagaba al repartidor y recogía platos y servilletas. Sus ojos se vidriaron. —¿Naomi? —Oh, lo siento. —Cambió su estúpida expresión a una sonrisa boba—. Seguro, una bebida suena genial, si hay Coca-Cola. Esperaba que no hubiera. La última vez que había visto, la reserva de Coca-Cola en el refrigerador se había terminado. Eric sabía tan bien como ella que Evelyn mantenía más en la despensa escaleras abajo. Mientras más lo pudiera tener fuera de la habitación, mejor. —Seguro. —Se puso de pie y se dirigió al refrigerador. Ella esperó con el aliento congelado, mirando fijamente los estantes de libros. Había leído tantos libros en el último año. —No hay Coca-Cola aquí —murmuró—. Puede que haya alguna abajo en la despensa, pero estará tibia. ¿Segura que no quieres otra cosa? —Puedo tomarla con hielo. La puerta del refrigerador se cerró. —Está bien. Volveré en un instante. —Estaba a medio camino de la habitación antes de que se diera la vuelta y caminara de regreso—. Pensé que podrías querer tu iPod. Lo traje del piso de abajo. —Lo sacó de su bolsillo y se lo entregó. Mientras se iba, ella apretó su mandíbula y pensó en la pintura en la habitación de su madre. Una flor blanca. Inocencia. ¿Qué pensaría su madre si supiera que jamás había intentado escapar de esta prisión? Estaría herida. Su padre estaría herido. Brad estaría herido. Toda su vida la condujo a este momento, esta decisión. Apretó sus manos en puños mientras el miedo sujetaba su corazón. No era miedo por lo que estaba a punto de intentar. Era miedo a lo que ella era, a la cobardía que había dejado que la consumiera. Era egoísta. Estaba mal. Por primera vez en su vida entendió cuán fea se había vuelto su debilidad. No

vistazo a los títulos que Jesse le había dado a leer. Su corazón se hundió al pensar en él. Si conseguía escapar, ¿alguna vez lo volvería a ver? ¿Querría verlo? La tuvo difícil

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Se puso de pie y caminó de un lado a otro frente a los estantes de libros y dio un

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entendía cómo Jesse podía preocuparse por ella, cómo cualquiera de ellos podría.


imaginando lo que sería su vida afuera de estas paredes, qué puertas abrirían, cómo podría liberarse su mente. Ella misma se había liberado de Brad; era momento de despertar. El artículo había dejado en claro que todavía le quedaba un poco de sentido en su cabeza. Si no se aferraba a eso y al menos intentaba irse, podría no volver a tener la oportunidad de nuevo. Era más acerca de finalmente escoger algo valiente que cualquier otra cosa, y la enfermaba por dentro continuar como estaba, la chica atrapada en una caja, la chica que escribía en su diario acerca de todo excepto de sí misma porque jamás había sabido quién era o lo que realmente quería. Lágrimas llenaron sus ojos. Tenía que ser ahora. Metiendo su iPod en el bolsillo de su sudadera, caminó hacia las puertas del balcón. Vio su reflejo en el vidrio, la chica en la que se había convertido, y no quiso nada más que estar más allá de esa chica y finalmente crecer. Su mano tembló cuando giró

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el picaporte y salió a la glacial noche.


XXVI L

o primero que vio cuando se alzó sobre la rama fue un sendero de piedra al otro lado de la valla. Lucía como una caída de cuatro metros y medio. Estaba loca. Si se hubiera detenido a pensar en lo lejos que estaba de suelo, bien

podría nunca haberse levantado del sillón. Ahora era demasiado tarde. Haciendo una mueca, empujó sus pies descalzos contra la corteza de los árboles a medida que se sostenía fuertemente a la rama por encima de su cabeza. Dio dos pasos más hacia adelante y movió los dedos lentamente por la rama. La corteza estaba fría y helada en el aire frío. Miró por encima de su hombro a través de las puertas de cristal. Él todavía no estaba. Dio otro paso, su aliento elevándose en delgadas y neblinosas nubes alrededor de su rostro. No había césped donde pudiera aterrizar, solo piedra. Mierda. Tenía que seguir adelante. Por una vez en su vida, tenía que hacer algo valiente. Eric no la atraparía. De ninguna manera. Saltaría y se pondría de pie y correría tan rápido que él nunca la vería. Un paso más. Se resbaló. Jadeando, se agarró con fuerza a la rama de arriba y se enderezó. Un peso se removió en el bolsillo de su camiseta. Bajando la mirada, vio a su iPod deslizarse fuera. Soltó la rama con una mano y atrapó el iPod en sus temblorosos dedos. —¡Idiota! —siseó mientras se balanceaba. Tenía que llegar a la orilla y saltar. Eric regresaría en cualquier momento. El iPod era pesado en su mano. Lo miró y pensó en Jesse. Mucha de su música estaba en este, pero no podía pensar en él. No ahora. Si lo hacía, se daría vuelta y se sentaría de nuevo en el sillón. No podía pensar en ninguno

Uno, dos, tres pasos.

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en el cristal, la debilidad que se había permitido superar.

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de ellos. Tenía que seguir adelante. Esta era su única manera de escapar de ese reflejo


Se balanceó y enderezó a medida que metía el iPod de nuevo en el bolsillo de su sudadera. Un paso más y estaría en la zona despejada de la valla. Saltaría. Finalmente podría hacer una elección. Cerró los ojos y trató de no sentir el aire frío mordiendo a través de su ropa. Estaba abandonando a Jesse para siempre. La policía haría que contara todo, pero ¿cómo podría? ¿Cómo podría herirlo? ¿A cualquiera de ellos? Tal vez esa era su debilidad. Sacudiendo la cabeza, maldijo. ¿Cómo podía hacer esto? ¿Cuál era la decisión correcta? No importaba. Tenía que seguir adelante. Un paso más y sería demasiado tarde para cambiar de opinión. Sintió el hielo bajo sus pies justo antes de resbalar una última vez. Caída, caída, caída. Gritando, agarró cualquier cosa sólida y atrapó la rama donde había estado de pie, sus pies descalzos colgando en el aire a medida que observaba su iPod deslizarse de su bolsillo una vez más y caer al suelo. Se rompió en pedazos que se deslizaron por el sendero de piedra. Plástico rosa y metal, una pantalla rota, audífonos extendidos como una serpiente blanca. Jesse le había advertido que no intentara escapar. Sabía lo que pasaría. Sabía que ella era débil. Sus dedos se resbalaron. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Trató de imaginar los brazos de su madre sosteniéndola, acercándola con fuerza a medida que sus dedos finalmente perdían su agarre. Un furioso dolor la apuñaló a través del tobillo. Retorciendo su cuerpo, las piedras estaban frías a través de sus pantalones y contra su mejilla. Tenía que sentarse. ¡Tenía que huir! Luchó por ponerse de pie en una impulso de adrenalina. Con una última mirada al iPod roto, corrió lo mejor que pudo a través del patio delantero del vecino y por la acera. Su tobillo se sentía como si pudiera romperse y se quedó sin aliento por el dolor. Fingió no escuchar los pasos de Eric detrás de ella. No miró hacia atrás. Tal vez uno de los vecinos respondería su puerta, pero la mayoría de las casas estaban a oscuras. Una lucía como si alguien estuviera despierto. Más allá de la señal de alto. Tenía que llegar allí.

se formaron en sus labios. Decepción nublaba sus ojos. Todavía bombeando con adrenalina, intentó liberarse de un tirón de su agarre, pero él tiró de ella violentamente cerca de su cuerpo y la mantuvo allí a medida que la

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de alto, y la agarró del brazo, dándole la vuelta para enfrentarlo. Palabras silenciosas

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Él se precipitó detrás de ella cerca de una intersección vacía, justo al lado de la señal


forzaba a regresar a la casa. Un grito se construyó en su garganta, pero él apretó la mano sobre su boca antes de que este escapara. Con voz tranquila, susurró: —Tan pronto como volvamos dentro, voy a matarte. No estaba segura de si él hablaba en serio, pero tenía que serlo. Esta era la última gota, la última vez que toleraría su desafío. Aun así, luchó consigo misma para creer que él en realidad le pondría fin a su vida después de todo el tiempo que había pasado con ellos. Evelyn la quería. La arrastró dentro y se dirigió directamente a su dormitorio. —Lo siento —gimió ella en el momento en que la empujó dentro del dormitorio y le soltó el brazo—. No sé qué estaba pensando. Prometo que nunca… —¡Cállate! —Le dio un puñetazo en el rostro con tanta fuerza que ella casi cayó. Tropezando hacia atrás, recuperó el equilibrio y tocó su mejilla. Dolía peor que la primera vez que la había golpeado, solo que esta vez no había sangre. Aún no. —Eric, yo… —¡Te dije que te callaras! —La agarró por los hombros y la estrelló contra un estante. Libros cayeron al suelo. La miró a la cara y apretó los dientes. Un grito se elevó en la garganta de ella, pero lo tragó de nuevo. Él la soltó—. Te quedarás allí mientras traigo mi arma o te golpearé mucho más fuerte. Llorando, cayó de rodillas y se limpió las lágrimas calientes. Tenía que mantener la calma. Sabía que se podía razonar con él. Tal vez. Él sacó una delgada caja negra del estante superior de su armario. —Maldita cerradura —murmuró, azotando la caja sobre un escritorio despejado junto a la cama. Jugueteó con una combinación en la parte delantera y la miró para asegurarse de que no se estuviera moviendo. No lo estaba. Se mordió el labio y le dio una expresión esperanzada. —Eric, lo siento mucho. Es que vi a mis padres. Juro que no iba a decirle a nadie

en ti. —Luchaba con la cerradura. Sus manos estaban temblando—. Prometí que te mataría si alguna vez tratabas de escapar. Tendré que acabar contigo en el garaje

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—¡Te dije que te callaras! —Sus labios se curvaron alrededor de sus dientes—. Confié

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sobre ustedes. Nunca podría…


donde un desastre no importará. —Abriendo la cerradura, levantó la tapa y agarró la pistola. Era plateada con un agarre negro, más grande de lo que había esperado. Su corazón cayó a sus pies. Realmente iba a matarla. Ella no perdería más tiempo. Poniéndose de pie, salió corriendo del dormitorio. Pasó el dormitorio de Jesse y dobló la esquina, dirigiéndose directamente a la puerta principal. Su tobillo se doblaba. Detrás de ella, Eric gruñó y la empujó al suelo. Agarró un puñado de su cabello y golpeó su cabeza contras las baldosas. Dolor se deslizó detrás de sus ojos. Esto era todo. Había ido demasiado lejos, lo había empujado sobre el borde. Se tragó un grito. Todo dentro de ella dolía. Su tobillo palpitaba. —No creí que fueras tan estúpida —gruñó, obligándola a mirarlo—. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Por qué? Ella lo miró a los ojos, negros y furiosos, y parpadeó un nuevo conjunto de lágrimas. Trató de pensar más allá de las punzadas de dolor en el costado de su cabeza, pero no llegó nada. Él apretó su agarre. —¡Respóndeme! —Era casi una súplica, su voz tensa. —Ibas a matarme —gimió—. ¡Por supuesto que voy a huir! —Pero nunca has tratado de escapar. Ni una sola vez. ¿Por qué demonios lo harías ahora? ¿A qué estaba llegando? Posiblemente no podía explicar cómo estaba empezando a verse a sí misma como alguien que podía decidir las cosas por su cuenta, cómo tratar de escapar era más sobre algo dentro de ella que cualquier otra cosa. ¿Podría entender eso? No importaba. Vio la impaciencia en sus ojos y supo que tenía que decir algo rápido. —Pensé que se preocupaban por mí. —Trató de hacerlo sonar tan patético como podía—. Me dijeron que lo hacían.

parpadeó y tensó su agarre una vez más. Ella jadeó. —Si vas a cambiar de opinión sobre nosotros —dijo entre dientes—, entonces no tengo elección. No puedo permitir que hagas esto de nuevo. He arriesgado

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concentraba en lo que creía que eran lágrimas en las comisuras de los ojos de él. Las

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Su agarre se aflojó. El silencio se reunió a su alrededor, casi tangible mientras ella se


demasiado, hecho demasiadas promesas, a mí mismo y a Steve, pero sobre todo a Evie. —Se inclinó más cerca—. Tengo que ser capaz de confiar en ti. Su respiración llegaba a borbotones. Estaba de costado, retorcida torpemente para enfrentarlo a medida que él se aferraba a su cabello. Algo en su expresión le habló. Él se preocupaba por ella. Lo había visto antes, pero nunca tan crudo. Estaba luchando contra ello. Su corazón se suavizó y redujo la velocidad cuando comprendió que él no la mataría si tomaba la decisión de olvidarse de sus padres y quedarse, realmente tomar la decisión de quedarse. Sabría si ella estaba mintiendo. Soltó su agarre en su cabello y con cuidado la ayudó a sentarse. Miró los cordones desatados de sus zapatos deportivas. Debió habérselos puesto justo antes de abalanzarse por la puerta principal para perseguirla. Había olvidado lo que se sentía llevar zapatos. Él la miró a los ojos. —¿Puedo confiar en ti? No tienes idea de lo mucho que quiero confiar en ti. Confié en ti, y Evie te ama. La has hecho tan feliz. Si te mato, ella… ella… —Se detuvo y acunó su rostro en sus manos. Estaban estables—. Por favor, dime que no harás esto otra vez. Prométemelo. Su corazón latía con fuerza. La estaba mirando con tanta desesperación, pero, ¿cómo podría prometerle tal cosa cuando todo lo que quería ahora era sentir alguna pequeña cantidad de libertad dentro de su propio corazón? Había pensado que era libre de muchas maneras, pero ahora que había visto a su madre y no podía llegar a ella, estaba empezando a ver la libertad de manera diferente. Cerró los ojos. Ahora era claro para ella por qué a Eric le asustaba matarla. Tenía miedo de perderla, de perder a cualquier persona que le importaba. Siempre y cuando tuviera a alguien con él, no tenía que enfrentarse consigo mismo o con la realidad de lo mucho que lo habían lastimado los errores de su padre… y cambiado. Su padre había asesinado a su madre y su hermana, y era claro ahora cuán profundamente corría eso dentro de él. Era tan profundo y doloroso como los

Por primera vez, lo miró a los ojos y vio un destello de la verdadera persona detrás de la ira y el dolor. Era amable y compasivo. Estaba herido. Había estado sufriendo durante años.

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enfrentaría una vez más a la soledad que lo asustaba tanto.

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sentimientos de ella por su madre. Si la mataba, Evelyn podría no perdonarlo, y se


—¿Naomi? —preguntó, casi suplicante—. ¿Puedes prometérmelo? El timbre en la puerta sonó. Tenía que ser la pizza. Soltó sus hombros, pero no se movió. Estaba esperando una respuesta. Ella levantó la mirada y vio la silueta de la gorra de béisbol del repartidor a través del cristal biselado. El breve pensamiento de lo que podría suceder si ella se levantaba y abría la puerta se apresuró por su mente, pero en lugar de eso volvió a mirar a Eric y se mordió el labio. Tenía que darle una respuesta. —Lo prometo —dijo en voz baja, esperando que no sonara demasiado hueco. Estudió su rostro antes de ayudarla a ponerse de pie. Ella gritó de dolor. —Mi tobillo está roto. ¡Me está matando! —Apuesto a que solo es un esguince. Vamos a llevarte al sofá. —La ayudó a llegar hasta la sala donde se sentó con un pesado suspiro y luego lo observó abrir la puerta para pagar la pizza. Más tarde, mientras mordisqueaba un trozo de pizza y sostenía una bolsa con hielo en su tobillo, murmuró repetidas disculpas por haber traicionado su confianza. Él la observaba desde el otro lado de la habitación, pero no dijo nada.

Jesse llegó a casa dos días después. Ella se apresuró a sus brazos. Verlo puso sus sentimientos en su lugar. Había tomado la decisión correcta. Quedarse con él era su elección, la mejor opción, la única opción ahora. Era todo lo que necesitaba, porque con él podía ser fuerte. —Te extrañé tanto —gimió en su hombro mientras él la empujaba fuertemente contra él. —Yo también te extrañé, Naomi. —Su voz era suave y frágil, como si se pudiera romper.

envolvía alrededor de ella una vez más. Sus brazos eran protectores. Cuando la besó, supo que él estaba enamorado de ella. Tenía que estar enamorado de ella, la forma en que lucía como si pudiera matar a alguien cuando vio los moretones en su rostro.

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su rostro, pero podía ver que había más debajo, más por descubrir. Su olor se

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Todo en él hacía que su corazón se derritiera: la forma en que conocía cada detalle de


La dejó sentada en el sofá y se dirigió a la oficina de Eric. Tan pronto como los gritos comenzaron, Evelyn la llevó arriba y le dijo que esperara en su dormitorio. —Me aseguraré de que Jesse suba a verte. —Antes de girarse para cerrar la puerta, le dio un suave abrazo a Naomi y la besó en la mejilla sobre el moretón de los nudillos de Eric. El beso fue suave y olía a rosas de su perfume. Los gritos de Eric flotaban por las escaleras. —Evelyn, ¿y si le dice a Jesse que se marche de nuevo? No creo que pueda manejar eso. —El pánico comenzó en su corazón y recorrió su cuerpo—. No puedo, no puedo, no puedo. —Cerró los ojos—. Si él se va, no tendré nada. Nada. No puedo… Evelyn tocó su rostro y ella abrió los ojos. —Cariño, por favor, cálmate. Jesse estará bien. No va a ir a ninguna parte, lo prometo. Me aseguraré de que hablen las cosas sin matarse. —Se dio la vuelta y cerró la puerta detrás de ella sin bloquear las cerraduras. Enterrándose debajo de las mantas, tembló por la emoción de ver a Jesse otra vez. A pesar de los intentos de Eric de mantener su tobillo con hielo y vendado, todavía dolía. No se había roto, pero era un esguince terrible. No importaba ahora. Se aferró a su almohada y miró la pila de libros en su mesita de noche. El libro de su madre estaba en el fondo. Apartó la mirada.

Cuando Jesse entró una hora después, ella lo miró a los ojos. —¿Estás enojado conmigo por tratar de escapar? No era que quisiera dejarte a ti. Es que vi cuán malo era no intentarlo. No sé si eso tiene algún sentido. Él se acercó a la cama. —No estoy seguro de entender completamente, pero no parece que estés demasiado ansiosa de intentarlo de nuevo. —No —dijo ella y bajó la mirada—. Quiero ver a mis padres, pero una parte de mí

párrafos resaltados en amarillo sobre el comportamiento abusivo y la vinculación emocional. Me hizo darme cuenta cómo he sido, quiero decir cómo me han manipulado, es decir… ¿entonces no estás enojado conmigo?

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Levantó la mirada—. Es solo que encontré un artículo en la mesa, y había estos

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sabe que sería horrible. No tendría sentido, y si te tengo está bien que no los vea. —


—No. —Apretó su mandíbula—. Estoy enojado con Eric, pero eso ya pasó. —¿De verdad? Asintiendo, se sentó y curvó una mano alrededor de su mejilla. —Lo siento mucho —susurró—. Siento todo lo que te he hecho, lo siento por cualquier dolor que has sentido mientras te hemos mantenido aquí. Ella contuvo la respiración y lo miró a la tenue luz de la lámpara. Su respiración se convirtió en jadeos rápidos y emocionados. —Sé que nunca has querido hacerme daño —respondió ella con cuidado—. Nunca podría estar enfadada contigo. —Creo que ya sabía que dirías eso. —Él se inclinó más cerca mientras su sonrisa se desvanecía a un ceño fruncido—. Nadie te lastimará de nuevo. —Se sentó en el borde de la cama y se inclinó para besarla. Ella se derritió contra él, tirándolo encima

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de ella.


XXVII E

l sol estaba brillando a través de la ventana cuando se despertó. Jesse estaba a su lado, sus brazos envueltos firmemente alrededor de su cintura desnuda. Dejó escapar un suspiro de felicidad y se acurrucó en él.

—Buenos días —dijo él, apretándola con más fuerza—. ¿Dormiste bien? —No tienes idea —dijo, riendo mientras se giraba para mirarlo—. No sabía que podía ser así de bueno. Brad nunca… —Su voz se desvaneció. —¿Brad nunca qué? Se obligó a encogerse de hombros como si se hubiera dado cuenta de que no era nada. Solo que era todo. —Nunca fue como tú —dijo, pensando en cómo su cuerpo no dolía como la mayoría de las veces que había dormido con Brad. Las cejas de Jesse se juntaron. —No me has dicho todo sobre él, ¿no es así? Te hirió más de lo que dejas ver. Ella apartó la mirada. Su cuerpo se tensó mientras recordaba la cama de Brad y el aroma de su colonia en las almohadas. Su colcha era vieja y deshilachada en los bordes. La usaba para enrollar las cuerdas alrededor de sus dedos cuando Brad le decía que se quedara quieta para poder hacer lo que quisiera con ella. Aseguraba que era para darle placer a ella, pero nunca lo hacía. No realmente. —A él le gustaban las cosas de una cierta manera, es todo —dijo—. Pensaba que el dolor era lo que quería… lo que me excitaba. Lo excitaba a él, pero yo… era demasiado, y estaba demasiado aterrada de decírselo porque sabía que no se

arrastró sus piernas, llevándolas hacia su corazón. —Sigue. Sácalo. —Acarició su rostro.

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sexo. Yo solo… no conocía nada diferente. —Frío se filtró en los dedos de sus pies y

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detendría. Sé que esto suena loco, pero pensaba que era como se suponía que fuera el


—Nunca lo vi hasta ahora —tartamudeó, manteniendo sus ojos en los de él—. La noche de ayer contigo fue perfecta. No me hiciste daño. No me forzaste a hacer nada. —Se estremeció mientras la frialdad en su corazón llenaba su cabeza. Sentía como si hubiera sido sumergida en el agua y no pudiera respirar—. No se trataba todo de ti. —Se concentró en su mano acariciando su rostro. Era la única cosa cálida en su cuerpo. —Por supuesto que no es todo acerca de mí. Naomi, he esperado un largo tiempo para esto, pero tengo que admitir que solía ser por razones egoístas. Ya no. Ella esperó que dijera las dos pequeñas palabras que ansiaba oír. En su lugar, la besó.

Cuando bajaron las escaleras, de la mano, Evelyn levantó su mirada de su cereal, abriendo mucho los ojos. —Buenos días —tartamudeó. Jesse sonrió. —Nada de bromas, Evelyn. —No se me cruzó por la mente. —Volvió a su cereal. —Bien. —Apretó la mano de Naomi—. Voy a tomar una ducha. Tú desayuna algo, ¿está bien? —Claro. —Fue directo al armario del cereal y se sirvió un tazón. —El azúcar está por ahí —dijo Evelyn desde la mesa. Sonrió cuando Naomi se sentó frente a ella—. Entonces, ¿fue bueno? Sonrojándose, sacó la cuchara del azúcar del tazón. —Eh, sí, lo fue. —No sabía cómo era posible que se sintiera tan confundida y satisfecha a la vez. Nunca se había sentido de esa manera con Brad.

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felices.

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Evelyn estiró su brazo y tocó su mano. Sus ojos estaban extenuados, pero también


—Por favor, hazme saber si necesitas algo. Si tienes alguna pregunta o problema, estoy aquí para ti, ¿está bien? Tienes que asegurarte de que estás siendo cuidadosa. No queremos que te quedes… —Jesse se está ocupando de todo eso. —Ella se movió en su silla—. Estoy bien. Asintiendo, Evelyn sonrió. —¿Piensas que estás enamorada de él ahora? Ella tomó un gran bocado de cereal y se encogió de hombros. —No sé cómo se sentiría —dijo mientras masticaba. —Por la manera en la que estás brillando, diría que lo estás. Ella tragó y tomó otro bocado. Decir que estaba brillando sonaba cursi, pero al mismo tiempo, Evelyn no estaba lejos de la realidad.

Durante las siguientes dos semanas, Jesse pasó cada noche en su habitación. Se quedaban despiertos hasta tarde, hablando de Italia y lo que harían cuando llegaran allí. —Solo he estado ahí una vez —dijo él mientras ella se relajaba en sus brazos y lo miraba a los ojos. No podía tener suficiente de estos—. Cuando hayamos viajado a todos los lugares que quieres visitar, iremos a otros países. Me gusta mucho Irlanda. Ella soltó una risita. —¿Por qué? ¿Porque eres irlandés? —Mis antepasados son irlandeses, sí. —La apretó—. ¿Sabes de dónde son los tuyos? —No. —Lo descubriremos. —Haciendo una pausa, rozó su mejilla con su mano—. A

mi mamá solía darme M&M. Él siempre elegía los verdes para mí. Me gusta el verde. —¿M&M?

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—Está bien. Conocí a mis dos abuelos cuando era pequeña. Recuerdo que el papá de

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menos que te hiciera sentir incómoda. Podrías no querer saber sobre tu familia.


—El color. Tus ojos son verdes, sabes. —Lo sé, lo creas o no. —Rio y ella se acurrucó contra él. Casi tenía diecinueve. No se sentía de diecinueve. En muchas formas, todavía se sentía pequeña e infantil, pero Jesse ayudaba a que eso desapareciera. Cuando la abrazaba, era fuerte y feliz al mismo tiempo. Él era la única persona que la había hecho sentir de esa manera. Con un pesado suspiro, ella trazó sus dedos sobre sus labios. Eran suaves y sonreían. Tocó sus ojos, sus delicadas pestañas, sus pecas. —¿Quién eres? —preguntó suavemente—. ¿Alguna vez lo sabré? Su sonrisa desapareció, pero no de ira. Estaba contemplando una respuesta. —Me conocerás mejor en un tiempo —dijo finalmente y se movió en el colchón—. Hay cosas que quiero decirte. He estado intentando reunir el valor. —Sabes que puedes contarme lo que sea. —Lo sé. Cuando él se inclinó para besarla, envolvió sus brazos alrededor de él y pensó en girasoles bajo un cielo italiano.

A la noche siguiente, se despertó a la una de la mañana. El lado de la cama de Jesse estaba frío y se dio la vuelta para verlo de pie junto a la ventana. En la penumbra, distinguió su expresión. Lucía confundido. —¿Estás bien? —le preguntó. La miró y se cruzó de brazos. —He tenido mi auto empacado durante dos días. —¿Tienes un auto? Pensaba que siempre conducías uno de los autos de Steve o

Ella se movió debajo de las sábanas. Así que por eso se había ido de nuevo. Estaba vestido. Su cabello estaba revuelto de cuando ella había pasado sus dedos a través de

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—Ninguno de ellos lo sabe. Lo compré en mi ausencia. Está estacionado en la calle.

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tomabas un taxi.


este más temprano. Miró el reloj por tercera vez consecutiva y un temor enfermizo cayó sobre ella. —¿Por qué compraste un auto? —preguntó—. ¿Por qué está empacado? Se volvió hacia ella y frunció el ceño, sus ojos llenos de dolor. —Tengo que decirte algunas cosas. Lo he pospuesto durante demasiado tiempo, pero es hora. —Descruzó sus brazos—. Hay cosas que puede que te hagan verme de manera diferente. Ella tiró de las sábanas más cerca de ella, sintiéndose repentinamente vulnerable. —¿Es sobre que robas? —Sí, y también es sobre Evelyn. —Dio un paso más adelante, su rostro extrañamente solemne en la penumbra. Por primera vez creyó en la visión en su cabeza; vestido de cabeza a los pies de negro, no hacía ni un sonido, porque sabía que era así cómo llevaba a cabo algo así: sin hacer ruido, equilibrado y con gran precisión. Miró el reloj y se volvió hacia ella. —Verás, contraté a alguien… no, no entenderías. Tengo que ir más atrás. Se volvió hacia la ventana otra vez. —Cuando tenía tu edad, casi diecinueve, estaba fuera de camino de la universidad. Mi padre quería que fuera profesor de literatura, al igual que él, pero en su lugar escogí arquitectura. Terminé la escuela, pero tenía que encontrar una pasantía antes de poder licenciarme, así que comencé a buscar. Tenía varias ofertas, pero la de Steve era la más prometedora. Es dueño de su propia firma, como sabes; prominente y respetada, muy lograda. Estaba encantado de trabajar con él. Era un nuevo comienzo lejos de… Se interrumpió, cruzó sus brazos de nuevo y continuó mirando por la ventana. Ella se inclinó hacia adelante. —¿Lejos de qué?

prueba nuestras habilidades, supongo que podría decirse, y encontrábamos nuevas formas de conseguir lo que quisiéramos sin ser atrapados. Fui atrapado una vez con

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tomó una profunda respiración—. Tenía un grupo de amigos. Nos gustaba poner a

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—De cosas que quería dejar de hacer. Robar, como dices. —Miró hacia el suelo y


un buen amigo mío, cuando no sabía lo que estaba haciendo, pero fue solo un delito menor. Dejó escapar una pequeña risa llena de tristeza. Naomi apoyó su cabeza en la almohada. —He oído a Steve decir que eres muy bueno en lo que haces. Arquitectura, me refiero. ¿No dijo que iba a venderte la empresa? No quiere que nadie más la tenga. Él sonrió. —Supongo que sí. —¿Qué hay de la literatura y todas las cosas que sabes? Su sonrisa se desvaneció. —Como dije, quiero concentrarme en otras cosas ahora, pero ninguna de ellas se acomoda… a ti. —¿A mí? —Sí. Mírate. Eres lo más hermoso en lo que he puesto mis ojos. Eres perfecta, Naomi. Tan inocente. Tan dispuesta a complacer a todos. Has decidido quedarte conmigo y, honestamente, pienso que podrías estar enamorada de mí. Nadie se ha sentido así por mí antes y hasta unas horas atrás estaba convencido de que podría funcionar… Italia y todo eso. Ella se incorporó. Se sentía como si pudiera romperse a la mitad. No podía soportar la idea de perderlo. No ahora. —¿Qué quieres decir? —tartamudeó—. ¿No vas a venir ahora? Pensé que íbamos a estar juntos. Estas últimas noches hemos sido tan cercanos. Pensé que era tu manera de decirme que me amabas… que ibas a quedarte conmigo para siempre. Dijiste que lo harías. Él dejó escapar un suspiro y bajó la mirada. —Cuando Steve me tomó como su pasante, pensé que mi vida estaba cambiado. Lo

mucho. Necesitaba mi ayuda para un robo de joyas. No podía decir que no. Necesitaba dinero rápido, así que supuse que estaba en algún tipo de problemas. No me dijo qué era. Dado que no podía hacer el trabajo él mismo, tenía que ser yo.

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hablado con él en mucho tiempo, pero él había sido un buen amigo y le debía

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estaba, creo, hasta que un viejo amigo me llamó seis meses después. No había


—¿Por qué? —Porque soy bueno en eso. —Sus palabras salieron rápido y Naomi retrocedió mientras continuaba—. El punto es que decidí ayudarlo. Descubrí que la esposa de Steve, Evelyn, trabajaba como gerente de la joyería. Fue demasiado fácil. Mi pasantía no pagaba bien, así que le dije a mi amigo que sí. No debería haberlo hecho, lo sé, pero fue demasiado tentador. Estaba viviendo en un apartamento de mierda con apenas dinero suficiente para comprar algunos comestibles y pagar el alquiler. Era una forma fácil de conseguir un poco de dinero extra hasta que mi pasantía terminara, pero era la primera vez que llevaría a cabo algo tan peligroso yo solo. Fue por eso que decidí usar a Evelyn. Hizo las cosas más fáciles… una medida de seguridad menos que tendría que descifrar. Nunca tuve la intención de hacerle daño. No tenía idea. —¿Le hiciste daño? Él levantó la mirada, su mandíbula apretada. —Yo no le hice daño. Fue el maldito idiota al que contraté para robar sus llaves quien la apuñaló. Le dije que no la amenazara. Quiero decir, demonios, era la esposa de mi jefe. Se suponía que se vería como un simple robo de monedero. Él iba a dejarla inconsciente, robar su cartera y reemplazar sus llaves existentes de la tienda con un juego falso, pero ella era más fuerte de lo que había planeado. Cuando tiró de ella a un callejón mientras se dirigía a su auto, ella se defendió y la amenazó con un cuchillo. Supongo que aun así se defendió, y fue entonces cuando la apuñaló en el pecho, agarró su bolso y huyó. Completo idiota. Me dio el bolso y me contó lo sucedido, pero no tuve idea de lo serio que era hasta que pasé por la empresa de Steve unas horas más tarde. Tenía que hacer el trabajo esa misma noche, porque sabía que tan pronto como Evelyn informara sobre sus llaves robadas, las cerraduras y otros dispositivos de seguridad probablemente serían reemplazados a la mañana siguiente… si ya no habían sido cambiados. Estaba dispuesto a tomar el riesgo, pero entonces me encontré con Steve. Había dejado algunas de las cosas que necesitaba en mi espacio de trabajo y pasé junto a él en mi salida fuera del edificio. Él sacudió su cabeza.

su oficina a agarrar algunas cosas. Estaba fuera de sí, diciendo que tenía que llegar a ella tan rápido como pudiera porque había empeorado. Entonces, sin pensarlo, lo miré a los ojos y le dije que no podía creer que hubiera sido apuñalada. Supe lo que

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su esposa estaba en el hospital. Había estado con ella todo el día, pero había venido a

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—Fue entonces cuando dije la cosa más tonta que he dicho en mi vida. Me dijo que


había hecho al segundo en que sus palabras salieron de mi boca. ¿Cómo demonios podría haber sabido que había sido apuñalada? Él no le había dicho nada a nadie… solo que había sido asaltada y herida y que estaba en el hospital. Naomi se sentó. —No pudo haber sabido lo que estabas haciendo, sin embargo. No pudo haber sabido que fuiste tú… —No, pero seguro que lo dejó pensando. Conoces a Steve. Bueno, quizás no; yo apenas lo conozco. Es tan callado, siempre pensando y maquinando en su cabeza. Supo que algo estaba pasando y que tenía que ver conmigo. Podía ver que estaba sospechando, pero no tenía tiempo para pensar en ello en ese momento. Tenía trabajo que hacer, y no podía espera. Todo estaba planeado y listo, así que me fui tan rápido como pude. —¿Lo hiciste? ¿Entraste en la tienda? —No, no lo hice. —¿Te refieres a que Steve te delató con la policía? —No, no llamó a la policía. Creo que se aseguró de que Eric estuviera con Evelyn y entonces me siguió. Todavía no puedo creer que nunca me diera cuenta. Esperó hasta que vio lo que estaba haciendo, y dio vuelta a la esquina para decirme que si hacía un movimiento más, me delataría. —¿Por qué haría eso? ¿Por qué no llamaría a la policía de inmediato? —Porque quería ver qué estaba haciendo antes de meterme en la cárcel. Siempre le he gustado. Estoy seguro de que en el fondo, no quería tener que entregarme. Él miró en su dirección, pero ella no estaba segura de que estuviera destinado a ella. —Él es como yo, siempre buscando una manera de salir adelante. Creo que esa es la razón de que siempre nos hemos llevado bien. Me hizo entrar en su auto y contarle todo. Estaba enojado como el infierno de que hubiera herido a Evelyn y me dijo que lo anticipara, que Eric podría matarme. Ni siquiera sabía quién era Eric, pero lo

—¿Fue así como conociste a Eric?

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Naomi lo miró conmocionada. La historia completa era una locura.

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descubrí muy pronto.


—Sí. Steve me hizo quedarme aquí en la casa hasta que Evelyn estuvo estable y Eric volviera del hospital. Fue entonces cuando llegamos a un acuerdo. —¿Porque heriste a Evelyn? —Mayormente, sí. Verás, no me di cuenta en ese momento del gran daño que les había hecho, con el pasado de Eric y Evelyn… cuchillos, ya sabes y perder a su familia. Eric quería matarme, pero Steve lo hizo volver a la cordura. Entonces empezaron a preguntarme sobre mi pasado y mis habilidades especiales, y fue entonces cuando se les metió en sus cabezas usarme. —¿Realmente accediste? —Sí, quiero decir, ¿qué tenía para perder? Nunca robamos la tienda de Evelyn, por supuesto, pero Eric trabaja como corredor y tiene acceso a la información de otras tiendas que son fáciles de entrar. Ya sabes, cada vez que una propiedad es construida o vendida en el mercado de la joyería, los sistemas de seguridad siempre se ponen o se rehacen y él sabe exactamente qué marcas y cómo… bueno, entiendes la idea. Dijeron que podría vivir aquí con ellos y podría tener un porcentaje de lo que hiciéramos. Eric incluso estaba dispuesto a ayudarme a llevar a cabo los trabajos. Pensé que estaban locos al principio, pero todo cayó en su lugar. Estaba destinado a ser. Me sentía tan culpable por lo que le había hecho a Evelyn, especialmente luego de conocerlo. Todavía lo siento. Quiero decir, casi murió. Habría sido completamente mi culpa. Sus hombros cayeron mientras se acercaba a la cama y la miraba con ojos llorosos. Era la primera vez que ella lo había visto acercarse al llanto. —Ella es parte de la razón de que estés viva, Naomi. Eric iba a matarte cuando aún estabas inconsciente. Primero quiso matarte en el estacionamiento. Pensó que sería más fácil terminarlo en ese mismo momento en caso de que hubieras visto algo. —¿Por qué no lo hizo, entonces? —Imaginó a Eric apuntando una pistola plateada hacia su cabeza y apretando el gatillo. Se preguntó si sus padres habrían llorado cuando la encontraran. —No quiso hacerlo. Estaba asustado sin sentido, pero honestamente creía que era la

disparara. Dijimos que averiguaríamos qué hacer contigo después, y peleamos desde el momento en que te puse en el auto hasta que finalmente le dije que llamara a Steve y Evelyn y les dejara decidir qué hacer.

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alarma de la tienda, por lo que solo teníamos unos pocos minutos antes de que se

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única salida. Finalmente, te recogí y te puse en el asiento trasero. Había retrasado la


—¿Qué sucedió? —Evelyn le rogó que te dejara vivir, y quiero decir rogó. Estaba berreando. Gritando. —¿Por qué? —Ella sacudió su cabeza y bajó su mirada al suelo—. Quiero decir, sé por qué Evelyn no querría que Eric me matara; o matara a alguien más; pero ¿por qué me llevaron en primer lugar? ¿Realmente pensaron que los había visto? —No teníamos idea. Estaba tan brumoso. No teníamos idea de qué podrías haber visto o cuánto tiempo habías estado allí. Quizás habías memorizado nuestra matrícula, nuestros rostros, nuestro auto, ¿quién sabe? De todas formas, Naomi, nunca dejo evidencia atrás, y tú eras evidencia. Le dije a Eric que no podíamos dispararte allí. Incluso una bala es evidencia. Así que te llevamos. Fue un impulso del momento. Fue estúpido. —¿Entonces por qué no me mataste después? Evelyn no pudo haber influido tanto en Eric… cambiar todas sus vidas simplemente por mí. Habría sido más fácil deshacerse de mí. Él suspiró. —Eso es lo que estoy intentando explicar. A estas alturas, debes saber que no somos así. No realmente. Eric podría haberlo considerado, pero en el fondo no quiere herir a nadie. —Pero roban. Él se acercó. —El asesinato es muy diferente a robar, ¿no es así? Sí, ese era un eufemismo. —Supongo que sí —murmuró. Sacudiendo su cabeza, él se volvió de nuevo a la ventana. —No estoy feliz con quien me he convertido. Decidí ayudarlos porque quería

tan malo en el momento. El único inconveniente que podía verle era el riesgo, por supuesto, y los cuatros teníamos que mantenernos alejados de relaciones hasta que

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tiempo, pero siempre pensé que era mi propia culpa. El plan de ayudarlos no sonaba

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arreglar lo que le había hecho a Evelyn. Sé que han jugado con mi culpa todo este


terminara de ayudarlos. De esa forma, ninguna mujer con la que Eric o yo saliéramos tendría la oportunidad de ser entrometida o sospechar. Mantenía las cosas simples. A ella se le erizó la piel. Se aclaró su garganta. —¿Entonces por eso me has deseado siempre? ¿Porque no podías follar en otro lugar? Lo lamentó en el momento que sus palabras salieron de su boca, pero sí se preguntaba si era cierto. Se encogió ante su propia y estúpida crueldad. —¡Qué! —Se dio la vuelta para mirarla—. Cómo posiblemente… ¿cómo podrías? — Apretó sus dientes y se dio vuelta—. No importa ahora. Mi auto está empacado. Tengo que terminar esto. —¿Terminar qué? ¿Con nosotros? —El calor se acumuló en su pecho. Se sentía mareada—. Lo lamento. No quise decir eso. Realmente, no pienso que sea por eso que quieras estar conmigo. Yo solo… —No te preocupes por eso. Eso no tiene nada que ver con mi decisión. —¿Qué decisión? Sus ojos se abrieron. —¿No te has dado cuenta de que me voy para siempre? —La miró de nuevo, limpiando una lágrima de su mejilla, y se sentó junto a ella en la cama. Estaba lo suficientemente cerca para tomarla en sus brazos, pero no lo hizo. Ella casi se alejó de él. —Eventualmente, ¿Eric no te dejaría ir, de todas maneras? ¿Ya casi no has terminado de ayudarlos? Tienen lo que quieren ahora. —Sí, pero ese no es el punto, ¿cierto? Tú has cambiado todo. —No puedes irte —suplicó—. Nada de lo que me has dicho cambia cómo me siento por ti. Él se inclinó hacia adelante y tomó su rostro entre sus manos. —Estaba esperando que no lo hiciera, pero esto no puede funcionar. Quiero cambiar,

tiempo, pero no puedo vivir el resto de mi vida con una persona de la que soy responsable de su secuestro. Nunca seríamos libres, Naomi.

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ti… eso es completamente diferente. Estuve de acuerdo con eso durante mucho

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pero no estoy seguro cómo. Es decir, el robo de propiedad es una cosa, pero robarte a


Secuestro. Se alejó de él. —No, eso no es lo que es ahora. Quiero estar aquí. Soy lo suficientemente mayor para decidirlo. Puedo quedarme si quiero. Lo miró directamente a los ojos mientras las palabras se formaban en su lengua… esas dulces y deliciosas palabras que nunca le había dicho a nadie. —Te amo, Jesse. Él la miró con ternura, pero no respondió. El mareo empeoró. ¿Por qué no le decía que la amaba? Nunca lo había dicho, ni una sola vez. —Quiero quedarme contigo —lloriqueó—. Es mi decisión. Él miró hacia otro lado. —No, no es tu decisión. Nunca ha sido tu decisión. —Poniéndose de pie, tensó los músculos de sus brazos—. Estaba mirándote un rato atrás, tumbada en la cama. Lo único que quiero es protegerte porque yo… yo… —Miró el reloj—. Voy a sacarte de aquí, Naomi. El aire alrededor de Naomi se convirtió en piedra. No podía respirar. No podía pensar. —¿Q-qué dijiste? —Voy a llevarte conmigo. No iba a hacerlo al principio. Solo iba a mudarme para eliminar la tentación de quedarme contigo, pero no puedo. —Miró la puerta de su habitación como si Eric pudiera irrumpir en cualquier momento—. No voy a abandonarte. Más que nada, esto es para ti. Ella encontró el aire de nuevo mientras procesaba lo que estaba pasando. —Pero ¿qué sucederá? —Apenas podía forzar que las palabras salieran de su boca mientras pensaba en todo lo que involucraría irse—. ¿Cuánto tiempo nos esconderemos? —¿Escondernos? —Sus ojos se abrieron—. ¿No me has estado escuchando? Voy a

que vístete y agarra tus zapatos y… —No tengo zapatos.

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Probablemente, no puedes llevar mucho. La policía lo confiscará, de todos modos, así

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dejarte ir, no a huir contigo. —Se puso de pie de la cama y miró alrededor—.


Se volvió hacia ella, sorpresa en su rostro. Ella se dio cuenta de que él sabía muy bien que no tenía zapatos, pero debió haberlo olvidado. —Sí, tienes razón. —¿O mantuvieron mis zapatos de cuando me tomaron? —Todavía no podía decir la palabra ―secuestrar‖. —Estoy bastante seguro de que están en el dormitorio de Eric o quizás en el de Evelyn, pero no lo sé. —¿Mi cámara? —Igual. Su corazón latió con fuerza. Todo el plan era una locura. —¿Estás hablando realmente en serio? Eric te perseguirá a ti… a mí. Estará furioso. La miró fijamente a los ojos, su rostro frío. —Es por eso que voy a delatarlos. —¡Qué! —Bajó su voz a un susurro, muy consciente de que Steve y Evelyn estaban dormidos en el dormitorio contiguo al suyo. Lanzando sus mantas a un lado, se puso de pie y lo enfrentó. Él se alzó sobre ella—. No puedes delatarlos —susurró. —¿Quieres que Eric vaya detrás de ti? Piensa en ello. —¿Realmente crees que lo haría —preguntó, dudando de sí misma—. Quizás no lo haría. Evelyn lo detendría. —Su garganta se constriñó de nuevo ante la idea de Evelyn en una celda de prisión—. Ella me quiere. —No lo detendría de perseguirme, a quien empezó toda esta mierda. —La agarró por los hombros—. No, esto es lo que he decidido, y vas a venir conmigo. Vístete y nos vamos. —Jesse, yo… —Dije que te vistas. Ahora. —Su agarré se volvió más fuerte y ella supo que no tenía

policía derribaría las puertas? ¿Cómo los delataría Jesse sin incriminarse a sí mismo?

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Se vistió rápidamente, su mente dando vueltas. ¿Qué pasaría con los otros? ¿La

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otra opción que ir con él. Por una vez, la estaba obligando.


¡No podría estar pensando en entregarse! Levantó la mirada hacia él mientras se ponía sus jeans. —Entonces, ¿vas a huir? Asintió. Su rostro no estaba en pánico exactamente, pero sí vio miedo en sus ojos. De alguna manera, ella sabía que no era por él, sino por ella. —Sé que debería entregarme —dijo con voz quebrada—, pero son ellos quienes se merecen estar encerrados. —Hizo un gesto hacia la habitación de Evelyn y Steve—. Solo he tratado de hacer lo correcto desde el principio con ellos, pero no tendría ninguna posibilidad en un caso contra mí. Todo luce muy mal. Tengo que tener mi cabeza en el lugar correcto. Necesito… no importa. Tienes que apurarte. Quiero salir rápido de aquí. —Lo sé. Estoy intentando. —Se puso su sudadera rosa y agarró sus pendientes de su cómoda y su diario de la mesita de noche. Faltaba El despertar. »Dónde… —No te preocupes por eso, vamos. —Agarró su mano y salieron del dormitorio, arrastrándose por el pasillo como un par de ladrones. Excepto que Jesse no se arrastraba. Era más como una sombra silenciosa, ningún ruido en absoluto y por primera vez obtuvo un vistazo real del lado oscuro que había temido ver por tanto tiempo. Ahora quería ver más de él desesperadamente. Quería ser una parte de ello, una parte de él, pero todo se estaba derrumbando a su alrededor. Él abrió la puerta principal. Aire fresco. Agarrando su mano, caminó con él por la acera. Cuando pasaron por la señal de Alto donde Eric la había atrapado, tomó una profunda respiración. Unos pasos más y sería libre. ¿Podría ser tan fácil? Había pasado casi un año desde el día en que había sido secuestrada… la primera parte de febrero. Habría niebla en su ciudad natal si estaba lo suficientemente frío. Sonaba una locura que pudiera volver a verla, que su vida pudiera caer de nuevo donde estaba antes. Pero nunca podría ser como había sido

culpa se arrastró por ella y se sintió tirando para volver. Jesse tiró de su mano.

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Vio la ventana de su dormitorio, y se sintió como un agujero enorme en su pecho. La

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antes. ¿Siquiera quería que lo fuera? Echó un último vistazo a la casa. Estaba oscura.


—No, Naomi. Ha terminado. Caminaron dos cuadras más antes de llegar a su auto. Él abrió la puerta del pasajero y con un suspiro pesado, ella entró. El agujero en su pecho se agrandó mientras se alejaban. No entendía por qué no se sentía libre.

Él la llevó hasta Denver, en lo profundo de la ciudad, donde estacionó el auto en una calle de algún enorme edificio de hormigón y vidrio. —Tengo que dejarte aquí —dijo suavemente. Estaba distante y retraído, tan diferente a como lo había visto antes. Sus manos estaban apretadas alrededor del volante mientras asentía hacia el otro lado de la calle. »Esa es la estación de policías. Se ocuparán de ti. Estarás a salvo con ellos. Verás a tus padres de nuevo. Ella se quedó mirando la amplia explanada de la fachada del edificio, las pocas lámparas sobre los árboles de pino y bancos. Comenzó a llorar, murmurando algo sobre no querer ir a casa y él espero a que terminara. —Va a ser difícil superar esto… superar todo lo que te hemos hecho —dijo con voz fría—. Pero eventualmente lo harás. Ella sabía que se estaba haciendo el duro para aliviar su dolor. Este no era él. Duro. Distanciado. Ni siquiera la miraba. —Nunca lo superaré —dijo, mirando su diario en su regazo. —Sí, lo harás. Las lágrimas comenzaron. Ninguna manera de pasarlas por alto. Lo amaba más de lo que había amado a nadie. —No puedes simplemente dejarme así —dijo con rígidamente—. Sé que intenté escapar una vez, pero eso era diferente. Tú te habías ido y fue mi decisión. Quería

deseando que la mirara. Él sacudió su cabeza y mantuvo su enfoque en el edificio al otro lado de la calle

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hacerlo. He decidido quedarme contigo. ¿Eso no importa? —Lo quedó mirando,

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probarme que podía decidir. Esto es diferente. Me estás haciendo dejarte y no quiero


—No tengo opción. Esta es la única manera. —¿Adónde vas a ir? Tengo que verte de nuevo. —Sus lágrimas aterrizaron en su diario y rodaron a sus jeans—. ¿Jesse? Por favor. —No puedo decirte adónde voy. Te preguntarán, y si no lo sabes, no tienes que mentir. »Te veré de nuevo, sin embargo. Cuando todo haya terminado, te veré. Él finalmente se volvió hacia ella. No había lágrimas en sus ojos. —Sal del auto, Naomi. —No puedo. —Quería aferrarse a él y nunca dejarlo ir. ¿Cómo podía hacerle esto a ella? Estaba destrozándola en dos y ni siquiera le importaba. Rabia llenó sus ojos. Pareció expandirse a través de todo el auto como un denso humo. Hizo que sus lágrimas vinieran más rápido. —Sal. Esta vez ella sintió que lo decía con cada gramo de su ser, y sus manos buscaron el mango a tientas. Su diario cayó de su regazo al suelo del auto. Lo dejó allí y cerró la puerta de un golpe. La grava del estacionamiento era áspera bajo sus pies mientras

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Jesse se alejaba.


XXVIII L

a luz del sol se filtraba a través de un par de persianas venecianas blancas. Estaban medio abiertas de modo que la luz cayera sobre las baldosas del piso moteado de verde en forma de relucientes franjas. Naomi parpadeó una vez,

luego dos. Las barras de luz eran ámbares al otro lado de la cama. Pensó que tal vez eran cálidas, pero no lo eran. Trazó las sábanas con sus dedos, tratando de sentir algún calor, pero solo había frialdad contra sus dedos ya fríos. Ansiaba estar en su habitación con el edredón de Evelyn sobre su cuerpo, el aroma de Jesse rodeándola, lo radiante de soñar con Italia y un futuro de felicidad. Eso era imposible ahora. Ahora había una tiesa sábana extendida sobre ella, olor a yodo y blanqueador y monitores de corazón sonando en alguna parte al otro lado de la puerta. Cerró los ojos y luchó contra la ola de pánico, recordando el momento en que había entrado a la estación de policía y le había dicho a la somnolienta mujer en el escritorio quién era y lo que había sucedido. La mujer la había mirado con ojos que se tornaron más y más grandes hasta que llamó a un oficial que llevó a Naomi de inmediato a una habitación y le hizo cientos de preguntas. Luego la habían traído aquí al hospital. Sería la tercera vez en una hora en que iba a revivirlo todo. Solo que ahora estaba sola. Nadie estaba sosteniendo su mano, escribiendo sus pocas frases incómodas, diciéndole que todo estaba bien. Tiró de sus rodillas hasta su pecho y escuchó una conversación a través de la puerta abierta detrás de ella. La voz de la mujer estaba irritada pero tranquila, obviamente tratando de no molestarla. Demasiado tarde. Le habían dicho que ya regresarían, pero deseaba que se fueran del todo. No eran de ninguna ayuda, pidiéndole que se quitara la ropa, se pusiera una bata de hospital y se acostara en una mesa con sus

y que lo entendía, pero nunca había estado tan avergonzada en toda su vida, ni siquiera cuando Eric había estado de pie frente a ella en el baño del motel mientras

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busca de evidencia y su propia seguridad y salud. Ella le había dicho que estaba bien

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piernas bien abiertas para que un doctor pudiera tocar y pinchar y examinarla en


orinaba. Todo lo que podía hacer era sollozar y gimotear. Todos parecían molestos con ella. —Es un caso clásico de Estocolmo —dijo la mujer afuera en el pasillo. —Está el hombre que sigue mencionando —dijo la voz ronca de un hombre. Sonaba irritado, y aquello hizo que Naomi se enroscara en una bola más apretada—. El informante anónimo dio toda la información y cómo encontrar a los otros, pero no a él. Ella debe saber algo acerca de adónde ha ido, Steph. Entre más esperemos, es menos probable que… —¿Crees que no sé eso? Aquí, firma esto, esto y esto. Voy a hacerle unas cuantas preguntas más, luego tenemos que ponernos en marcha. Amy del DCCV estará aquí pronto. Ella es mejor con esto. Naomi cerró los ojos. Jamás les diría lo que estaba pasando por su mente. No era de su maldita incumbencia. Apretó sus puños tan fuertemente que sus nudillos se pusieron blancos. Jesse podía esconderse de ellos por siempre, ¿cierto? Ella ciertamente no los ayudaría a encontrarlo.

No tenía idea qué era el DCCV. Nadie se molestó en explicárselo. Supuso que era alguna clase de centro de terapia, y esta tal Amy era enviada para sacarle más información. —¿Está bien si te hago algunas preguntas? Naomi se sentó en la cama de hospital y asintió. La gente le había estado haciendo preguntas toda la mañana. Por supuesto que estaba bien. Pero eso no significaba que daría respuestas. Amy sonrió. Ella no era la única en la habitación. Las enfermeras entraban y salían ocasionalmente. Una de ellas tomó otra muestra de sangre. Otra revisó sus ojos por quinta vez. Sentado en una esquina estaba un hombre del FBI que parecía asiático.

situación estabas mientras todavía está fresco en tu mente. ¿Tiene sentido? Asintió de nuevo. Amy había pasado la última media hora ganándose su confianza hablándole en susurros dulces y tranquilos, diciéndole por qué se estaba sintiendo en

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amablemente—. Sé que esto es informal, pero nos gustaría intentar entender en qué

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—¿Está bien si el Agente Huang escribe lo que digas? —preguntó Amy


pánico, confundida y sola. Así que, aunque Naomi no iba a darle más información de la que le había dado a los agentes del FBI antes, estaba más inclinaba a mirar a Amy a los ojos e intentar sonreír. —Hay ropa en el baño para que te cambies cuando terminemos —continuó Amy. Ella asintió hacia el umbral a su izquierda, directamente al otro lado del agente Huang. Estaba vestido con un traje canela y sostenía un pequeño cuaderno y un bolígrafo. Parecía aburrido. Se volvió hacia Amy y trató de no pensar en Jesse. Amy tenía cabello rojo. Era más brillante que el de Jesse, recogido en una cola de caballo de apretados y encrespados rizos. Sobresalía en la blanca habitación y brillaba a la luz de la mañana que relucía a través de las cortinas. Naomi se abrazó la cintura incluso más fuerte, su cuerpo entero congelándose bajo el delgado material de su bata de hospital. Extrañaba su suéter rosado. —¿Por qué se llevaron mi ropa? —preguntó tranquilamente. El agente Huang levantó la mirada de su cuaderno y entrecerró los ojos. —Es evidencia —murmuró. Ella intentó controlar sus atemorizados alientos en su garganta. Evidencia. Aunque estaba segura que creían su historia sobre ser secuestrada, no les estaba dando todos los detalles. La policía necesitaba toda la evidencia que pudieran conseguir. Amy se inclinó hacia adelante y tocó su brazo. —Solo unas cuantas preguntas, ¿de acuerdo? —Está bien. Amy jugueteó con su bolígrafo por un momento, luego miró a Naomi a los ojos. —¿Quién es la persona que te liberó? Concentrándose en el bolígrafo de Amy, Naomi apretó los dientes. No podía decirles nada más sobre Jesse aparte de lo que ya había dicho, pero también sabía que podrían

palabra. No era la manera en que quería describir a Jesse, pero ninguna otra sonaba correcta.

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—Era uno de mis captores —dijo, estremeciéndose ante el sonido de la última

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descubrirlo todo sobre él pronto por Eric y los demás.


—¿Es con quien has admitido tener una relación? —preguntó Amy con un suave golpecito en su brazo. Naomi tragó. El Dr. Reed la había forzado a entregar esa información mientras la había estado examinando. —Sí. —De acuerdo, eso tiene sentido ahora. No has sido muy clara sobre quién es quién, y es muy útil para nosotros que nos aclares las cosas. También fue muy amable de su parte dejarte ir después de todo este tiempo. ¿Crees que es porque se preocupa por ti? Naomi cerró los ojos de golpe y sacudió la cabeza. —No, no se preocupa por mí. Me dejó. La única razón por la que ha hecho todo esto es para vengarse de ellos. —Ya veo. Pareces molesta por eso. ¿Estoy leyendo tus emociones correctamente? Qué conversación más controlada. Podría ser manipulación, pero tal vez no. Veía su futura dispersión ante sí, llena de terapeutas y autoridades intentando sacarle información. Mantuvo los ojos cerrados, ordenándole a aquella sensación que se apartara. Quería volver a estar con Jesse, y eso era todo. ¿Cómo podía haberla dejado así? Tan sola. —¿Puedes decirme cualquier cosa sobre él? —preguntó Amy. —¿Como qué? No quiero hablar sobre él, en serio que no. —Está bien, entendido. ¿Al menos puedes decirme si fue inicialmente su idea la de mantenerte cautiva? —¡No! Quiero decir, quizás. —Puso una mano en su frente. ¿Había sido idea de Jesse? ¿Todo era su culpa? Él había admitido que había sido quien la había puesto en el auto. Fue él quien había convencido a Eric de mantenerla con vida al principio. Era quien había aceptado robar joyas. Sonaba tan malo en su mente cuando pensaba en ello de tal forma. Pero lo amaba. No podía posiblemente culparlo por todo. Los demás también habían tomado decisiones. Eric era el verdadero líder.

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Naomi tartamudeó por un momento

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—¿Quizás? ¿Puedes explicarte? —preguntó Amy.


—N-no puedo. Es decir, todos me mantuvieron ahí. No fue solo él. No puedo culparlo. Él solo quería hacerlo todo bien. Dándole una palmada en el brazo de nuevo, Amy asintió y conservó una expresión preocupada en su rostro. Lo más raro de todo era que verdaderamente parecía preocupada. Por un momento, Naomi quiso decirle todo. A nadie más le había importado tanto. Ella no tenía a nadie. Amy se aclaró la garganta. —Suena como que hay una historia muy compleja detrás de todo esto, pero te va a tomar algo de tiempo estar lista para contarla, ¿estoy en lo correcto? Aliviada, Naomi susurró: —Sí. —Y luchó por no dejar salir algunas lágrimas. Todo la hacía llorar ahora. —Tus padres estarán aquí en una hora. ¿Quieres esperar hasta que lleguen antes de que te hagamos más preguntas? Todavía pareces molesta. —¿Estarán aquí en una hora? —Su voz salió como un chirrido. Puso una mano en su boca y se tragó una ola de pánico. Amy la ayudó a acostarse y puso una mano en su frente. —Intenta descansar un poco, cariño. Intentó no pensar en que Evelyn la había llamado cariño. Intentó no pensar en nada,

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pero Jesse llenó su cabeza hasta que gritó de dolor.


XXIX K

aren y Jason caminaron por los pasillos del Centro Médico de Denver mientras un oficial explicaba la condición de Naomi. Karen miró las pinturas genéricas de paisajes alineadas en las paredes y una anciana en una

silla de ruedas que parecía estar a punto de quedarse dormida. Todo parecía tan calmo, pero Karen se sentía todo lo contrario. Iba a ver a Naomi. ¿Cómo se vería? ¿Sería diferente? ¿Enojada? ¿Rota? No quería que esta fuera una mala experiencia para Naomi, enfrentar a padres que la habían ignorado la mayor parte de su vida. ¿Era posible reparar tal cosa? Recordó entrar al hospital el día antes de que su madre muriera de cáncer. El agudo olor a la inminente muerte colgaba en el aire, y Karen sabía que jamás se iría de su mente. Era jabón y yodo y blanqueador. Nada de humo. Demasiado limpio para ser su madre y el aroma empeoró por la rabia de Karen por el pasado, pero las decisiones negligentes de su madre y su indolencia. Incluso ahora le molestaba. ¿Naomi se aferraría a las cosas de la misma manera? ¿Podrían realmente cambiar las cosas después de tanto tiempo? El oficial escoltándolos a través del hospital se detuvo cuando una joven mujer pelirroja vino hacia ellos desde el fondo del pasillo. A Karen le recordó a Anna con su salvaje cabello. Llevaba un cuaderno en una mano y una taza de café en la otra, pero rápidamente maniobró el cuaderno bajo su codo y estiró su mano hacia Jason. —Deben ser los padres de Naomi —dijo con una gentil sonrisa y asintió al oficial. Jason asintió mientras ella terminaba de estrechar su mano y se movía hacia la de Karen. Su agarre era firme pero suave al continuar: —Soy Amy Williams, terapeuta voluntaria del Centro de Denver para Víctimas del Crimen. He estado ayudando a su hija esta mañana.

a Naomi. Estaba en alguna parte de este edificio, y el mero pensamiento de que estuviera sola en alguna fría habitación provocó que Karen contuviera el aliento. Nunca había sentido tanta agitación en su vida, ni siquiera antes de un juicio. Tuvo

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se sentía como si estuviera a punto de dividirse en dos por la impaciencia. Quería ver

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Ella asintió para que siguieran caminando, y todos continuaron por el pasillo. Karen


que luchar para contener las lágrimas. Pensó en las docenas de padres que había conocido en los últimos meses después de poner en marcha la fundación. Muchos de ellos ya no tenían esperanza y aquí estaba ella con la suya completamente restaurada. Su hija estaba a salvo. Viva. Pero muchas otras cosas todavía podrían estar mal. Había estado desaparecida por tanto tiempo y había mucho que arreglar más allá de lo que le había pasado en el último año. —¿Está bien? —le preguntó finalmente a Amy, quien caminaba rápidamente a su lado—. ¿Está… mentalmente estable, quiero decir? He leído sobre lo que puede pasarle a… Amy sonrió. —Está sorprendentemente bien, de hecho, considerando lo que ha le ha sucedido. —Quiero verla ya mismo. —Lo hará, lo hará —dijo Amy con un ondeo de la mano—. Sin embargo, sería mejor si saben unas cuantas cosas primero. Una voz sonó detrás de ellos. —Disculpen. ¿Son ustedes los padres de Naomi? Deteniéndose, todos se giraron para ver a un médico de cabello oscuro apresurándose por el pasillo. Se presentó a sí mismo como el Dr. Reed mientras les daba un apretón de manos. —Por favor, continúen caminando. —¿Ha estado cuidado de Naomi? —preguntó Jason mientras tomaba la mano de Karen y la apretaba. No estaban caminando lentamente, pero Karen deseaba poder salir corriendo. Jason debía haber sentido su impaciencia y le mostró una mirada que le recordó que permaneciera en calma. No estaba sola. —Naomi está bien —explicó el Dr. Reed—. Ha pasado por mucho desde que la policía la trajo aquí. —Escuché que la encontraron afuera del departamento de policía —dijo Jason—.

—Sí —respondió el Dr. Reed, bajando el ritmo—. No les han dicho mucho, ¿o sí?

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no se había rasurado.

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¿Alguien la dejó ahí? —Su mano se tensó. Karen notó por primera vez ese día que él


Jason sacudió la cabeza. —Nadie nos ha explicado casi nada. Amy se aclaró la garganta y miró al Dr. Reed nerviosamente. —Están al tanto de que cuatro personas la mantuvieron cautiva, ¿verdad? Debieron haberles dicho… —Sí, sí, sabemos eso. El FBI los arrestó. —Sí —respondió Amy—. Excepto a uno. —Miró tras su hombro mientras giraban en una esquina—. El agente Huang debería estar en camino de regreso con algunos otros que trabajan en el caso. Estaban esperando estar aquí antes de que ustedes llegaran. Podrán responder la mayor parte de sus preguntas, pero probablemente deberían saber… —He examinado a su hija —interrumpió el Dr. Reed—. Es un procedimiento estándar. Está muy bien de salud, sorprendentemente. Sin drogas o señales de maltrato físico o abuso, excepto por unos cuantos rasguños en su rostro y un tobillo esguinzado que está sanando. Dice que ambos son por su intento de escape la semana pasada, pero ha admitido tener una relación con uno de sus captores. Karen se detuvo y todos se giraron para mirarla. —¿A qué se refiere con una relación? El Dr. Reed se aclaró la garganta. —Sexual, pero insiste en que cualquier coito entre ella y este hombre fue consensuado. Karen se marchitó por dentro. —No está embarazada, ¿o sí? —La idea la puso enferma. Miró a Jason para ver si él se sentía de la misma manera, pero lucía calmo. Sus manos estaban temblando como las de ella. Estaba llevando las cosas mejor que ella, al menos. ¿Por qué tenía que ser tan débil? Había hecho muchísimas cosas en su vida, pero esta la hacía sentir como un

Ella dejó salir un pesado suspiro, pero su fuerza todavía se estaba marchitando al pensar en ver a Naomi de nuevo.

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—No, no, no está embarazada —dijo el Dr. Reed.

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cascarón quebradizo.


—Gracias a Dios. —Los otros secuestradores lo han identificado como Jesse, uh… —Sullivan —terminó Amy por él—. Tiene un historial criminal de unos cuantos años atrás. Ofensas menores, pero aun así con historial. Jason apretó más fuertemente la mano de Karen. Ella se acercó más a él. —¿Historial criminal por qué? —Robo, creo. ¿Robo de joyas? —Se apretujó la nariz y miró al Dr. Reed, quien se encogió de hombros. —No estoy seguro. —Eso suena probable —dijo Karen—. Esa era una teoría posible al principio. —Fue entonces cuando llegaron a la habitación de Naomi. La puerta estaba entreabierta, y cuando Karen atrapó un vistazo de su hija en la cama, tiró de Jason con ella a la habitación. Nada podría haberla preparado para lo que vio. Naomi estaba dormida. La luz solar de la mañana caía en franjas ámbares a lo largo de su cuerpo. Era completamente diferente a lo que Karen había moldeado en su cabeza el último año. Esperaba ver a la misma chica que se había acostumbrado a ver en las fotos. Esta chica era complemente diferente, casi una extraña. —Su cabello está corto —susurró—. ¿Por qué su cabello está corto? Jason, se ve tan diferente. Su rostro, ella… Se veía envejecida. Desgastada. Karen no estaba preparada para eso en absoluto. Pensó que Naomi podría verse distinta, pero no así. Jason acomodó su peso en sus pies. —Cariño, sabías que sería así. No la hemos visto en un año. Ni siquiera sabemos por lo que ha pasado. —Él tomó un profundo y tembloroso aliento—. No puedo imaginar lo que ha atravesado.

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—¿Naomi?

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Naomi se removió y el corazón de Karen saltó.


Sus ojos se abrieron y levantó la mirada. De alguna forma, parecía vacía y aquello destrozó el corazón de Karen. ¿Era un vacío o algo más? ¿Qué necesitaba ser arreglado? Ella haría lo que fuera para ayudarla, para calmar su dolor. Era una sensación extraña, algo completamente nuevo. —¿Mamá? Naomi luchó por sentarse mientras Karen se inclinaba para ayudarla. El Dr. Reed había dicho que estaba en excelentes condiciones de salud, pero se sentía frágil, como un ave, mientras se abrazaban la una a la otra en lo que se sentía como una obligación. Ella no tenía palabras para decir. ¿Qué podría decir? No había dicho nada cuando su madre había fallecido, y era lo mismo ahora. Había demasiado dolor. En su lugar, empujó sus dedos en la pequeña espalda de Naomi. Tenía miedo de que si

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apretaba demasiado fuerte, algo pudiera romperse. Tal vez algo ya se había roto.


XXX Mayo Tres meses después

N

aomi escuchaba a las gaviotas fuera. Recordó los primeros meses con sus secuestradores y cómo había dolido por oír a las gaviotas de nuevo. Ahora eran irritantes.

Cubrió sus oídos y enterró su rostro en la almohada. Olía diferente del detergente para ropa de Evelyn. No era tan dulce. Lloró mientras pensamientos de Evelyn la consumían. No más yoga. No más cocinar en la cocina. No más voz suave y dedos a través de su cabello. No más Jesse. Era en él en quien más pensó en los últimos tres meses. La había dejado temblando frente a la estación de policía. La había dejado ahí con nada más que sus palabras haciendo eco en su cabeza, al igual que lo hacían ahora.

Sal del auto, Naomi. Su dormitorio parecía cerrarse sobre ella. Esto no era lo que había extrañado mientas estuvo cautiva. No sabía qué había extrañado, pero no fue su dormitorio o su casa o el océano. Desde que volvió a casa, parecía que lo único que había hecho era sentarse en la planta baja con terapeutas que intentaban decirle cómo pensar o sentir. Cuando

permaneciendo fuera de su camino. Se sentía bien tenerlos lejos de ella. Se sentía normal… como habían sido siempre las cosas.

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hablar con nadie, especialmente sus padres. Hasta el momento estaban

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no estaba siendo perseguida por ellos, se retiraba a su dormitorio a dormir. No quería


Sentándose, estrelló un puño contra la pared junto a su cama. Quería hacer una abolladura. Recordó cómo se sintió eso cuando trató de golpear a Eric y él la había detenido. Ahora no había nadie para detenerla. Estaban arrestados. Encerrados. Le pegó a la pared una y otra vez hasta que no pudo sentir su puño. Luego volvió a hundirse en su cama y enterró su rostro en la almohada. ¿Cómo podría Jesse solo haberla dejado así? Cada parte de ella quería gritarle, pero tal vez eso era lo que él quería para que ella no cayera en la miseria. ¿No la extrañaba en absoluto? Estaba esperando una llamada secreta, una carta, algo. Era su cumpleaños hoy. Tenía diecinueve. Algo especial debería suceder, pero sabía que terminaría igual que cualquier otro día: completamente aburrido y desperdiciado. Sus padres podrían darle algo, pero eso no importaría. No sería realmente especial. Se incorporó y recogió su celular de la mesita de noche. Ninguna llamada. ¿Quién la llamaría ya que no le había dado su número a nadie? No era el mismo número de su viejo teléfono antes de que fuera secuestrada, pero ante su petición al proveedor había logrado recuperar sus viejos mensajes y redirigirlos a su nuevo número. Había uno en particular que había guardado en sus archivos. La voz de su madre. Su llanto al final. Lo había memorizado para ahora.

Naomi… Te extraño. No sé dónde estás. No sé nada ahora mismo, pero por primera vez en mi vida, te extraño y lo siento. Marcando su buzón de voz, Naomi escuchó el mensaje otra vez. Era extraño, porque durante los tres meses que lo había escuchado, seguía sin poder conectar emocionalmente con su madre. Había pensado que algo milagroso ocurriría entre ellas cuando regresara a casa, pero hasta ahora nada había pasado. Era como si estuviera muerta por dentro y por fuera. Una cáscara rodeando nada. Miró fijamente el celular en su mano, deseando saber cómo encontrar a Jesse para poder hablar con él sobre cómo se sentía. Era el único que podría entenderla. Luego recordó que había dejado su diario en su auto. Él debió haberlo leído para ahora, todos esos párrafos divagando sobre lo mucho que lo amaba. Tal vez eso lo había

tratando tan duro de ser una familia normal. Sopló las velas y sonrió, para después de un par de minutos, se recostó en su silla y puso uno de los regalos en su regazo. Podía

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Esa noche, sus padres celebraron su cumpleaños con un pastel y regalos. Estaban

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asustado. Tal vez nunca quería hablar con ella de nuevo.


decir que su madre lo había envuelto. Las esquinas estaban arrugadas y la cinta no estaba apretada. Se preguntó si su madre siquiera había envuelto un regalo antes en su vida. —Gracias por todo esto —dijo con un sonido vacío en su garganta—. Significa mucho. —Levantó la mirada hacia ellos. Su madre estaba vestida con una blusa blanca con botones perla. Su cabello estaba suelto, y llevaba pequeños pendientes de conchas que brillaban con las luces de la sala del comedor. —Solo queremos que sepas que te amamos —dijo su padre. Él llevaba una camiseta y jeans, algo que Naomi rara vez le había visto usar. Su barba estaba áspera de dos días de crecimiento. Eso también era algo que rara vez había visto. Echó un vistazo hacia el regalo en su regazo y trató de evitar que sus lágrimas se liberaran. Sus padres no necesitaban verla así, una completa ruina. Había crecido independiente, y ahora era imposible fingir que los necesitaba en el modo que parecían querer que los necesitara. Las últimas palabras de su padre colgaron en el aire. ¿Quería que ella dijera que los amaba? Lo hizo. Era una tonta por ignorar lo agradecida que estaba de estar con ellos de nuevo, pero al mismo tiempo estaba como las velitas de su pastel: todavía humeaba humo blanco de las mechas quemadas. Estaba apagada. Acabada. Agotada. No le quedaba nada. Con lágrimas en sus ojos, alzó la mirada hacia ellos y forzó una sonrisa. Todo se sentía tan incómodo. Se preguntó si eso cambiaría alguna vez. —¿Puedo regresar a mi dormitorio? —preguntó en voz baja. El rostro de su madre e arrugó en una expresión de preocupación. —No tienes que pedir permiso, ¿recuerdas? Tus terapeutas hablaron contigo sobre… —Lo sé. —Se puso de pie y puso el regalo sobre la mesa con cuidado. No podía

hacia ella cuando atravesó las puertas.

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Brad vino a verla dos semanas más tarde. Estaba esperando en el deck con su espalda

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abrirlo.


Lo estudió antes de que él se volviera. Su cabello estaba más largo, más desordenado de lo que recordaba, pero seguía tan rubio bajo el sol gris. El día estaba nublado y frío. Frotó sus brazos y aclaró su garganta. —¡Naomi! —Corrió hacia ella, pero ella no abrió sus brazos. Él la abrazó de cualquier manera, su fuerza la misma que recordaba: tensa y restrictiva. Se alejó y le dio una brillante sonrisa—. Tu mamá me llamó. Dijo que finalmente estabas lista para verme, así que entré en mi auto y conduje todo el camino hasta aquí. Estoy en Berkeley ahora. —Lo sé. Estás estudiando medicina. —Ella se dio la vuelta y se sentó en una de las sillas frente al océano. —Sí, lo estoy. Con su sonrisa desvaneciéndose, él tomó una respiración profunda y metió sus manos en sus bolsillos. —No podía esperar a verte. Llamé tan pronto estuviste de regreso, pero tus padres me dijeron que no estabas lista para hablar con nadie. Creo que entiendo por qué. Quiero decir, con todo lo que has pasado. —Dio un paso al frente—. ¿No estás un poquito feliz de verme? Ella mantuvo sus ojos en el océano y cruzó sus brazos. Estaba frío hoy. Brad dio un paso más cerca, esperando por una respuesta. Ella arrancó su atención del horizonte para mirarlo. ¿Estaba feliz de verlo? No tenía idea. —No sé cómo sentirme acerca de cualquier cosa estos días —respondió finalmente y miró de vuelta hacia el horizonte, una línea curva solo ligeramente más oscura que el cielo gris. Estaba siendo terriblemente ruda, pero a una parte de ella no le importaba. Hacía tiempo que él había dejado su corazón. Nada más que una sombra. Apenas pensaba en él. Incluso ahora, con él de pie frente a ella, estaba hueca y marchita. —Ah. —Él se apartó. Sus hombros cayeron mientras sacaba sus manos de sus bolsillos y cruzaba sus brazos sobre su pecho—. No sé por qué, pero supongo que

Recordaba sus brazos alrededor de ella, acunándola en su cama mientras él le susurraba al oído que la amaría por siempre, la cuidaría, la mantendría a salvo… todas las cosas que Jesse le había dicho mientras la atraía a su pecho con las mismas

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Su corazón hizo un giro inesperado. Los hombros de él eran fuertes y anchos.

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pensaba que las cosas serían igual. Loco, ¿eh?


cuidadosas promesas susurradas suavemente contra su piel. Al menos en aquel entonces ella había sentido cosas como ira y pasión. Al menos eso era algo. Él aclaró su garganta. —He escuchado un montón sobre lo que te sucedió, pero no sé si algo de eso sea verdad. Nadie me ha dicho nada. He visto los informes de noticias, pero lo que he oído suena tan loco. —Mordió su labio y lágrimas llenaron sus ojos—. Oh, nena, esperaba que me dejaras ayudarte a atravesar esto. Estaba esperando… —No te amo —soltó ella, inclinándose hacia adelante en la silla—. No estoy segura si alguna vez lo hice. Ella tuvo que apartar la mirada. ¿Cómo podía hacerle esto? Él todavía estaba demasiado enamorado de ella. Ella no sabía lo que estaba sintiendo. ¿Ira? ¿Tristeza? Lo que fuera, no era amor… nada parecido a lo que sentía por Jesse. Él la había hecho más feliz de lo que había sido en su vida. Hasta que la dejó ir. Ahora estaba sola y segura de que no sería feliz otra vez. Ni siquiera sabía qué demonios significaba ―feliz‖. Brad no estaba llorando aún, pero estaba cerca. Nunca antes lo había visto llorar. —Todavía te amo —susurró. Ella se dio cuenta de que sus dedos se contrajeron en puños. No puños de ira, esperaba. De frustración. —Lo siento… ha pasado demasiado tiempo, Brad. Pensé que ya habrías seguido adelante. Pensé que tendrías… —No podía terminar la oración, pero la palabra se aferró a su boca como un sabor amargo. Pensó que él habría cambiado, pero no lo había hecho. Él era exactamente el mismo. Él se inclinó para tomar sus manos en las suyas. No lo detuvo, y lo dejó ponerla de pie. Su toque era placentero contra su piel. Había olvidado cuánto podía hacerla sentir cuando envolvía sus brazos alrededor de ella y la besaba —como lo estaba haciendo ahora— siempre, siempre tan dulcemente, su boca como azúcar caliente en sus labios. Se derritió contra él, perdida por un momento en una inestable especie de

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Había olvidado.

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estupor. Sintiendo. Emoción.


Luego recordó su puño viniendo hacia ella, su mano en la de ella mientras caminaban hacia una hoguera en la oscuridad, su brazo apretado a su alrededor mientras tomaba un trago de cerveza y miraba a Damien con enojo. Trató de alejarlo, pero solo la besó más duro. Ella empezó a sudar. Jesse nunca le había pegado. La había secuestrado, pero nunca se había sentido atrapada por él. Incluso cuando él la sostenía, era libre. No como ahora, con los brazos de Brad tensándose alrededor de su cintura, su beso más apasionado hasta que se apartó, sonrió, y susurró: —Ves, te lo dije. Nada ha cambiado. Se supone que estemos juntos, porque no me habrías besado de esa forma si no me desearas. Tú siempre me desearás. Con un gruñido furioso, dio un paso atrás y lanzó un puño a su rostro lo más fuerte que pudo. Él se tambaleó hacia atrás. —Qué… ¡por qué fue eso! —Jadeando, él tocó su mejilla y la miró con la mandíbula floja y ojos como platos. Truenos resonaban en el aire mientras una brisa se recogía por las dunas, la arena soplando a través de la hierba alta. Caliente por la adrenalina, su cuerpo parecía eco de los truenos: grave, gutural y furioso. —¡Siempre me has hecho esto! —gritó ella, tratando de controlar la ira en su voz, pero fallando. Ni siquiera importaba. Podía estar enojada con él. ¡Lo merecía! Y se sentía bien. Ella dejó que su voz se elevara. —Me haces sentir impotente. ¿Lo entiendes? Cada vez que pensaba en ti, durante todo un año, me di cuenta de eso cada vez más. Lo odiaba. Odiaba saber que me sentía más atrapada contigo de lo que nunca me sentí con ellos. Me tomó un jodido año descubrir el completo imbécil que eres. Todo lo que siempre te ha importado es controlarme para hacerte feliz.

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Él dejó caer la mano de su mejilla y enderezó sus hombros.

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Ahí. Finalmente lo había dicho.


—Creo que ya sabía eso. —Él bajo sus pestañas y dio un paso al frente como si fuera a regresarle el golpe y luego se congeló. Una lágrima calló por su mejilla cuando se dio la vuelta. Las nubes de tormenta rodaron más cerca, liberando unas pocas gotas de lluvia sobre el deck. Naomi miró fijamente las manchas de humedad mientras aflojaba sus puños y levantó la mirada a la espalda de Brad, preguntándose si debería haberle pegado. Sus nudillos comenzaron a palpitar. Se sentía espectacular. No tenía idea de que podía sentirse tan bien defenderse a sí misma. —Llovió la última vez que estuve aquí afuera —dijo él calmadamente, pero su cuerpo estaba tenso. Ella dio un paso atrás cuando notó sus hombros cuadrados temblando de rabia. Sus manos estaban en puños a sus lados. »Estaba con tu madre —continuó—. Le dije que fuiste aceptada en Harvard. Ella no tenía idea. Naomi mantuvo sus ojos en sus puños. Comenzaron a relajarse. No, no le había dicho a su madre sobre Harvard. ¿Eso era lo que quería hacer con su vida ahora? ¿Ir a la escuela? ¿Eso la haría feliz? Brad se dio la vuelta, recuperando la compostura. —Hay algo que deberías saber antes de que me vaya. Ese chico al que el FBI sigue buscando… el que te dejó ir… Ella estrechó los ojos. —¿Jesse? —Sí, ese. Es realmente bizarro. La semana pasada descubrí que su padre es mi profesor de Literatura. Su corazón casi se detuvo. Las nubes de lluvia se abrieron y liberaron una pesada lluvia torrencial. El mundo, tan gris y oscuro un momento antes, se volvió una pálida

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sombra de verde.


XXXI K

aren se dirigió a la cocina por una taza de café. Bebía mucho café últimamente, especialmente después de que intentó hablar con Naomi y no recibió ninguna respuesta excepto un ceño fruncido y un encogimiento de

hombros. Sucedía día tras día, y la estaba extenuando. Jason era más paciente. Él simplemente se encogía de hombros y decía que a Naomi le llevaría al menos un año acomodarse a la normalidad. —¿Qué es normal? —murmuró Karen para sí misma mientras encendía la cafetera. No era normal que se hiciera su propio café. No era normal que se preocupara por su hija cada cinco minutos. No era normal que Naomi hubiera vuelto a casa con vida. Era un milagro que todas esas cosas hubieran sucedido. Levantó la mirada al oír voces afuera. Cuando miró por la ventana, vio a Naomi en el deck con Brad. Se congeló. No había esperado que Brad apareciera tan pronto. Habían dejado de hablar y ahora se estaban besando. Apasionadamente. Eso podía ser bueno o malo. Avergonzada por espiar, Karen empezó a desviar la mirada justo cuando Naomi retrocedía un paso y le daba un puñetazo en el rostro a Brad. ¿Qué demonios? Sorprendida, Karen corrió hacia el comedor donde un par de puertas dobles francesas llevaban al deck. Luego se detuvo. ¿Debería intervenir? En cambio, decidió que sería mejor permanecer oculta y vio a Brad tocarse la mejilla, con el rostro contorsionado por la furia. Por un momento pareció dispuesto a golpear a Naomi, y Karen se preparó para correr a intervenir, pero no hizo falta.

aferrado a ese sueño por tanto tiempo que enterró el aroma a los cigarrillos de su madre y el sonido de sus constantes quejas. ¿Naomi había hecho lo mismo? ¿Brad había sido su sueño? Odiaba pensar adónde habría llevado eso, porque mientras

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póster de Harvard en su dormitorio cada noche antes de ir a la cama. Se había

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Naomi le estaba gritando ahora, y algo se movió dentro de Karen. Recordó mirar el


Naomi había comenzado a admitir a los consejeros en las últimas semanas, se había hecho evidente cuán abusivo había sido Brad en el pasado. Ahora Naomi la necesitaba. Volvió a apresurarse hacia adelante, dispuesta a hacer su parte y echar a Brad. Se detuvo, con las manos temblorosas. Naomi no la necesitaba. Estaba manteniendo su postura bien, la forma en que estaba de pie con los hombros cuadrados, la fiera mirada en sus ojos. A Karen le recordó a su propia fuerza. ¿Por qué no la sorprendía? Observó a Brad bajar las escaleras a la playa, y entonces abrió las puertas. Estaba comenzando a llover, pero salió de todas formas. Naomi se dio la vuelta. —Mamá. —Hola, cariño —cerró la puerta—. ¿Quieres hablar? Naomi sacudió la cabeza y se hundió en una silla, enterrando el rostro en sus manos. Karen se apresuró a su lado. —¿Qué puedo hacer? Levantó la mirada, con lágrimas en las mejillas. —Conoce al papá de Jesse. Tengo que ir a verlo. Está en Berkeley. Jesse. Karen intentó no hacer una mueca. —Cariño, no creo que… —No podía encontrar las palabras. No quería que Naomi se conectara con sus secuestradores de ninguna manera aún. Ver al padre de Jesse solo enlentecería su progreso. Naomi suspiró. —¿Es qué? ¿No crees que debería? —Creo que deberías cortar esos lazos. Naomi miró sus manos. Tenía los nudillos rojos por el golpe a Brad. Karen se estiró

Parpadeando, Karen se puso de pie y miró el césped en la playa moviéndose con el viento, rodando como olas. Sintió la presencia de Naomi, se empapó en esta como en

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—Realmente quiero verlo.

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para tocarla, pero ella retrocedió.


la lluvia que caía encima de ellas. Cuando todo fue dicho y hecho, finalmente entendió que cuando se trataba de Naomi, solo importaba una cosa. —Siempre te ayudaré sin importar lo que decidas —dijo, mirando a Naomi con una sonrisa, decidida a cumplir con sus palabras—. Para eso estoy aquí.

Karen nunca antes había ido a Berkeley, pero parecía sencillo. Llevaría dos horas de viaje, una buena cantidad de tiempo para pasar con Naomi. La miró en el asiento del copiloto, sentada como al estilo indio, descalza. Ya nunca usaba zapatos. Estaba escuchando su iPod, una de las pocas cosas que hacía además de dormir y leer y mirar el océano. El día estaba nublado. El sol quería aparecer detrás de las nubes, brillante y deslumbrador. Karen se puso sus gafas de sol mientras Naomi se quitaba los auriculares y sonreía. —Gracias de nuevo, mamá. ¿Segura que no quieres que conduzca? Sacudió la cabeza. —Estoy bien. Tú relájate. —Frotó el volante con sus pulgares—. No estoy segura de entender por qué quieres ver a este hombre. —Tampoco estoy segura. —Retorció los auriculares en su regazo hasta que se asemejó a un pretzel—. Me alegra de que lo llamaras por mí. No sé si pudiera haberlo hecho. Necesito verlo cara a cara. —¿Por qué cariño? No podrá decirte dónde está su hijo, si es lo que estás esperando. Sonaba como un hombre inteligente. Estoy segura de que no se mantendrá en contacto con un criminal convicto. —No lo llames así. —Pero es lo que es. Has hablado de esto con tus consejeros. No puedes esperar que

sus dedos se tensaban cada vez que Jesse era mencionado. Estaba enamorada de él. Al menos lo que ella pensaba que era amor. La pobre chica no tenía idea, pero ¿cómo Karen podría explicarle eso a una chica de diecinueve años que pensaba que ya había

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Naomi cerró la boca. Karen podía ver la esperanza en su rostro, en la forma en que

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funcionen las cosas con él.


experimentado todo? ¿Cómo podría ayudarla a ver que su vida apenas había comenzado? Intentó recordar cuando ella tuvo diecinueve, pero lo único que se le ocurría era la muerte de su madre y su amor al arte desvaneciéndose por consiguiente para ser reemplazado por salones y estudiar el derecho. Apretó el volante y se mordió el labio. Desde que Naomi nació, había evitado todas las situaciones en las cuales Naomi pudiera enojarse con ella por ser demasiado metiche y protectora. Su propia madre se había entrometido demasiado, y eso había creado una brecha de confianza. Karen no quería eso para Naomi. El problema, por supuesto, era el opuesto ahora. Naomi había crecido pensando que no le importaba en absoluto… y en muchos sentidos, no lo había hecho. Pero ahora le importaba. Relajó las manos. —Naomi, cariño, sé que piensas que volverás a verlo, pero incluso si lo haces, incluso si logra contactarte, tendrás que… ya sabes… —¿Entregarlo? Apretó su agarre y dijo con fuerza: —Sí. Entregarlo sería lo correcto… lo único para hacer. Si no lo haces, no puedo explicar la cantidad de problemas en los que te meterás. —Lo sé, mamá. —Se volvió hacia la ventana y desenredó los auriculares. Estaba a punto de ponérselos cuando Karen se aclaró la garganta, repentinamente desesperada por tocarla. No pudo evitar preguntar: —¿Él te ama, Naomi? Se detuvo, con los auriculares a mitad de camino. —¿Qué? —¿Te ama? Silencio. Bajó los auriculares y miró por la ventana. Pasaron los minutos, pero Karen no iba a decir nada más. De hecho, estaba comenzando a dudar de su decisión de hacer tal pregunta cuando Naomi finalmente se volvió con los ojos llorosos.

Karen esperó que continuara, pero ella solo se puso los auriculares y miró por la ventana hasta que llegaron a la calle donde vivía James Sullivan.

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A veces la respuesta es porque me ama.

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—No lo sé. —Bajó la mirada a su regazo—. A veces me pregunto por qué me dejó ir.


Era un camino tranquilo rodeado de coloridos edificios de apartamentos y árboles prolijos. Naomi estuvo repentinamente atenta, los hombros tensos mientras se quitaba los auriculares y guardaba el iPod en su bolsillo. —Dijo que era el edificio amarillo con una camioneta verde afuera —dijo Karen, estudiando los alrededores mientras bajaba la velocidad a ocho kilómetros por hora. Vio la camioneta y estacionó detrás. —Quizás no quiero hacer esto —dijo Naomi débilmente, apretando los costados de su asiento. —Has estado hablando de esto por días. —Karen miró el reloj—. Te está esperando. Ya vamos más tarde de lo que dijimos. Los hombros de Naomi cayeron al mirar el edificio. —¿Segura de que no quieres que vaya contigo? Se dio vuelta, blanca como un papel. —No, gracias. —Está bien, pero si necesitas algo, estaré aquí. —Karen quería estirarse y abrazarla, pero eso parecía muy dramático. No era que fuera a perderla de nuevo, pero ¿y si volvía decepcionada? O peor aún, ¿más en conflicto que ahora? Karen se recordó que las cosas eran como eran, y sin importar qué pasara, Naomi lo sobreviviría. Si necesitaba ayuda, la pediría. —Estaré bien mamá. Deja de preocuparte. —Naomi se puso el par de sandalias que

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se había quitado más temprano, salió del auto, y caminó al edificio.


XXXII N

aomi esperaba que el apartamento de James estuviera lleno de libros. Lo que no esperaba eran pilas de libros. Por todos lados. Estaban apilados en cada esquina, en cada pieza de mobiliario, incluso en la parte superior del

refrigerador. —Lamento el desorden —se disculpó tan pronto como la invitó dentro—. Pero es siempre así. Ponte cómoda. Se precipitó sobre el sofá para despejar una pila de revistas mientras ella se quedaba de pie en la entrada, completamente aturdida, y no solo por el apartamento. James era el retrato viviente de Jesse, solo que más viejo. Tenía el mismo cabello pelirrojo rizado en su frente, la misma piel pálida, pecas dispersas y, lo más importante, detrás de un par de gafas de montura metálica, los mismos ojos verdes. Se enderezó y la miró, esos ojos mirando los suyos, como si Jesse estuviera de pie frente a ella. Trató de borrar la estúpida mirada de su rostro. —Gracias por dejarme venir —tartamudeó, insegura de qué más decir. Todavía estaba tensa por el viaje en auto con su madre. Toda la plática sobre Jesse y el hecho evidente de que su madre lo odiaba. No podía entenderlo. Nadie podía. Excepto su padre, tal vez. —No hay problema. —Él hizo un movimiento hacia el sofá. Ella dio un paso adelante, mirando alrededor de la pequeña sala de estar. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros. En una pared había un par de ventanas altas, ambas abiertas con varias pilas de libros sobre el alféizar. Llegó a la mitad de la habitación, sentándose tímidamente en el cojín despejado, y cruzó sus piernas. —¿Quieres algo de beber? —preguntó James mientras una brisa se precipitaba a

apresuró por su mente: hojas naranja cayendo de una rama mientras Jesse la abrazaba y la besaba, El despertar abierto a sus pies, mirándola como los ojos desesperados de su madre.

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como alas de mariposas. Naomi parpadeó cuando un recuerdo de noviembre se

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través de la ventana abierta. Agitó varios libros hasta abrirlos, sus páginas silbando


—Eh, ¿Coca-Cola? —tartamudeó. Esta habitación era exactamente como esperaba que fuera el propio hogar de Jesse… si tenía uno. Se preguntó si había crecido allí. —Claro. Jesse me dijo que eso es lo que te gusta. —Le dio una mirada nerviosa y se volvió para caminar hacia una amplia entrada a la cocina. Su corazón se aceleró. ¿Jesse había hablado con su padre desde que la había dejado ir? Esperaba que así fuera. Era una de las razones por las que había querido venir, porque en algún lugar de su corazón, latiendo con fuerza, había un rayo de esperanza de que James quizás pudiera contarle dónde estaba Jesse, si estaba bien, si la extrañaba. Quizás era tonto esperar tales cosas, pero Jesse siempre pareció tan cercano a su padre. Levantó la mirada para verlo de pie en la cocina, su espalda hacia ella mientras abría una lata de Coca-Cola y vertía la mitad en un vaso limpio lleno de hielo. No era exactamente como lo imaginó. Quizás, pensó mientras lo miraba más cerca, no lucía exactamente como Jesse. Era más alto, su cabello más oscuro, casi castaño rojizo. Su rostro era más largo y pronunciado. Era tan agradable como lo imaginó; galante y tranquilo, como su hijo. Se sirvió un poco de soda para él, levantó ambos vasos y entró a la sala de estar con una sonrisa incómoda. Luego de entregarle un vaso, se sentó en un sillón andrajoso al otro lado de la habitación. Probablemente era la silla en la cual siempre leía, porque estaba rodeada de libros; más que cualquier otro mobiliario en la habitación. Dejó su Coca-Cola sobre un libro de poemas de Anne Bradstreet y juntó sus manos mientras la miraba a través de sus gafas. Ahora que todas las formalidades estaban fuera de camino, ella notó que él golpeaba un dedo sobre su rodilla mientras cambiaba su peso en la silla. —Tengo que decir, primero que nada —dijo él lentamente—, que estoy muy apenado por las acciones de mi hijo, Jesse. Ya sabes, todo lo que te hizo. —Bajó su mirada a su regazo—. Dijo que nunca te hizo daño además de mantenerte cautiva, pero es difícil imaginar que nunca te sintieras amenazada. Aterrada, incluso. —La miró con un gesto de disculpa.

había sentido amenazada, enterrado profundamente en el pasado. No importaba ahora, pero evidentemente a James le importaba. Su propio hijo. Su propia carne y sangre. Sentía su vergüenza desde el otro lado de la habitación.

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inestable. No necesitaba disculparse. Parecía haber pasado tanto tiempo desde que se

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Insegura de cómo responder, trató de darle una sonrisa, pero solo salió un tic


—Creo que entiendo cómo te sientes —dijo ella cuidadosamente—. Pero honestamente, está bien. En serio. Él sonrió, luciendo ligeramente aliviado cuando sus labios se volvieron hacia arriba. —Bueno —dijo rápidamente—, dicho eso, he estado esperando conocerte. Tu amigo, Brad, está en mi clase. Me ha contado un poco sobre ti. Ella agarró su vaso frío en sus manos y miró el efervescente líquido marrón. No había querido una Coca-Cola realmente. Trató de sonreír ante la mención de Brad, pero no pudo conseguirlo. Levantó la mirada con la frente arrugada. —¿Le dijiste que eres el papá de Jesse? ¿Cómo lo supo? —Oh, muchos de mis estudiantes me preguntaron sobre ello tan pronto como vieron los reportes en las noticias. Nos parecemos mucho, y creo que lo había mencionado en clase antes de que supiera lo que sucedió. —Agarró su vaso y bebió un largo trago. —Lo siento. Espero que no te hagan pasar mal por eso. —Oh, en absoluto. —Él tomó otro sorbo y se inclinó hacia adelante—. Entonces, ¿hay una razón específica por que la que querías verme? Es decir, esto está bien, no me malinterpretes, pero luces nerviosa. ¿Hay algo que necesites saber? Ella casi dejó caer su vaso. No tan pronto. Aún no estaba preparada para preguntarle. Su boca formó palabras mientras miraba su vaso y movió los ojos hacia una pila de libros en el cojín junto a ella. Había facturas sobre esta. Una de ellas era para Jesse… específicamente, Jesse James Sullivan. Volvió a levantar la mirada. —¿El segundo nombre de Jesse realmente es…? —¿James? —Rio—. Sí… irónico, ¿eh? No pude evitar hacerlo. Su madre se fue antes de llenar su partida de nacimiento, así que dependía de mí darle un nombre. —Miró su vaso—. Muchas cosas dependieron de mí. Supongo que no fue la idea más brillante nombrar a mi único hijo como un famoso forajido estadounidense1. Bastante tonto, en realidad. Cometí un montón de errores al criarlo. Ella notó el ceño fruncido extendiéndose en su rostro y volvió su atención a la

Hace referencia a Jesse Woodson James, un forajido estadounidense e integrante más famoso de la banda de asaltantes James-Younger. Asesinado a traición, se convirtió en una figura legendaria del Viejo Oeste.

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1

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factura. Era de una suscripción a una revista, algo que ver con la arquitectura. Tomó


un sorbo de su Coca-Cola y deslizó sus ojos a una pila de libros debajo de las facturas. Casi se ahogó. —¿Sucede algo? —preguntó James con preocupación. Ella levantó la mirada, dándose cuenta de que no tenía que preguntarle si había visto a Jesse recientemente. Habría reconocido ese libro en cualquier lugar: una cubierta verde esmeralda impresa con el título El Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald. Sabía que si abría la cubierta, la fecha de impresión diría 1925. Tragó, incapaz de detenerse de mirar el libro de nuevo, sabiendo sin duda que Jesse lo había traído de vuelta, probablemente no mucho tiempo atrás a juzgar por el hecho de que estaba en la parte superior de la pila y no abajo. Cerró la boca y trató de pensar en algo que decir, pero no salió nada y tomó otro sorbo de Coca-Cola. Quemó en el fondo de su garganta. Quizás Jesse estaba aquí justo ahora. —¿Estás bien? —preguntó James de nuevo—. ¿He dicho algo malo? A veces hago comentarios desconsiderados. Ella sacudió la cabeza y miró hacia el pasillo que conducía a la cocina. Estaba oscuro y vacío. —Creo que tengo que preguntarte algo —logró finalmente, su voz áspera y seca. ¿Por qué era tan difícil? Él debía estar esperando que le preguntara. —¿Sí? Miró el libro de nuevo, aclaró su garganta y se obligó a mirarlo a los ojos. —¿Sabes dónde está? Él parpadeó, luego dejó el vaso de vuelta sobre los libros y se echó hacia atrás en la silla. —No, no lo sé. —Miró por la ventana y respiró profundamente—. No quiero ni necesito saberlo. Es lo suficientemente inteligente para no decírmelo. Los federales

—Ah, has notado los libros que te presté. Levantó la mirada de nuevo, esta vez con más coraje.

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Su corazón se hundió mientras miraba el libro con visión borrosa.

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vienen por aquí al menos una vez a la semana.


—¿Lo volveré a ver alguna vez? Él se puso de pie y caminó hacia las ventanas con las manos cruzadas en la espalda. —¿Por qué crees que te dejó ir? Otra brisa salada se extendió por la sala. —No lo sé. Intentó explicarlo, pero aun así no entiendo. James se encogió de hombros. —¿Por qué crees que ha hecho todo esto? Sabes tan bien como yo que con algo de paciencia y planificación, podría haber tenido cualquier cosa que quisiera… incluso a ti. Tampoco tendría que haber hecho que capturaran a tus otros secuestradores. Podría haberles advertido de alguna manera, haberles dado la oportunidad de huir una vez que estuvieras libre, pero no lo hizo, y no porque estuviera enojado con ellos. Jesse no tiene ni un hueso malvado en su cuerpo. Ella sabía que era cierto, justo hasta su centro. —Es una pena que haya logrado mezclarse en todo este asunto del robo — continuó—. Él siempre ha luchado para encontrar la forma correcta de desahogar su inteligencia, pero él, bueno, tomó algunas decisiones tontas en el pasado. También hizo amigos extremadamente inútiles. Se las ha arreglado para aterrizar en un lío demasiado grande para manejar, y creo que todavía está intentado esconderse de todo eso. No estoy seguro de por qué se está escondiendo todavía, pero creo que las cosas van a alcanzar su punto máximo pronto. Ella observó sus dedos apretarse alrededor de los otros, su voz tensa pero calma mientras continuaba hablando, todavía mirando por la ventana. —¿Así que has hablado con él? ¿Lo has visto desde que me dejó ir? —Sí, lo he hecho. Su corazón dio un brinco. —¿Dijo algo de mí?

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—Por supuesto que sí.

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Él se volvió y sonrió.


Con su corazón acelerado, casi se puso de pie, millones de preguntas en su lengua. Ninguna de estas saldría. —Me contó mucho de ti y tu madre. —Caminó a un estante cerca de la puerta principal. Se quedó de pie frente a los libros durante varios minutos, dando golpecitos con el pie hasta que sacó un delgado libro de bolsillo de la parte superior. Se le hizo un nudo en la garganta. Ya sabía lo que era. No lo quería. Él se volvió y se dirigió al sofá, donde ella se dio la vuelta para enfrentarlo. —Es El despertar, ¿cierto? —preguntó con frialdad. Sus ojos se agrandaron. —Sí, lo es. Jesse lo trajo. Dijo que pertenecía a la gente con la cual estaba viviendo. Ella se volvió y miró hacia sus manos agarrando el vaso. —Si vas a dármelo, no te molestes. La familiar ira que había experimentado ir y venir desde el momento en que Jesse se alejó sin ella se precipitó a través de todo su cuerpo. Había estado intentando averiguar por qué estaba tan enojada todo el tiempo, pero era complicado, como una red entretejida toda enredada. Jesse la había dejado, y aunque una parte de ella le estaba gritando que él la amaba, todos los hechos apuntaban lejos de esas esperanzas. Miró los libros que la rodeaban, la ira todavía dilatándose dentro de ella mientras pensaba en los otros y lo que les había hecho. ¿Cómo pudo haberles permitido que se metieran en tanto peligro? Se preocupaba por ellos sin importar lo que le hubieran hecho y ahora se estaban enfrentando a años en prisión, lejos de Italia y el sueño de Evelyn. Su corazón se hundió ante la idea de Evelyn en una celda gris y fría. Sola. Su sueño de Italia desvanecido, su esposo y su hermano arrancados de ella. Era casi demasiado de tragar para Naomi. James caminó alrededor del sofá y se detuvo frente a ella con el libro colgando en su mano. —Que no me moleste en dártelo, ¿eh? Jesse me dijo que podrías sentirte de esa

regazo. Temblando, tomó un sorbo de su Coca-Cola y se quedó mirando el título, preguntándose qué significaba para ella y, por millonésima vez, por qué su madre había dicho que era su libro favorito.

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Ella frunció sus labios y permaneció inmóvil mientras el colocaba el libro en su

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manera, pero creo que te lo daré, de todas maneras.


—La mujer se suicida al final —murmuró ella en voz alta—. Abandona todo lo importante, como hizo mi mamá conmigo. Las palabras eran amargas en su lengua. Tomó otro trago de su bebida, tratando de eliminar el sabor, pero persistía allí. Finalmente, entendió por qué el libro en su regazo era tan repugnante y, por sorprendente que pareciera, su ira comenzó a desaparecer. Quería llorar, pero no iba a hacerlo. Era más fuerte que eso ahora. Tenía que serlo. Mordió su labio para contener sus lágrimas. —Jesse también me contó eso. Dijo que era una de las razones por las que te quedaste tanto tiempo con él. Ella levantó la mirada. —¿Exactamente cuánto te contó sobre mí? Sabes mucho. Él le dio una sonrisa de disculpa y se encogió de hombros. —Me ha contado bastante, sí. Sabes cómo es él. —Sí, supongo. Me gustaría conocerlo mejor. —Quizás lo harás algún día. —Caminó alrededor del sofá y movió la pila de libros junto a ella. Se sentó y sonrió—. No sé por qué viniste a verme, pero me alegro de que lo hicieras, Naomi. Ella sonrió. —¿Te molestaría si vengo a visitarte de vez en cuando? No solo porque espere ver a Jesse. No quiero que pienses que es la única… —Por favor, hazlo. —Él agarró su bebida y la dejó a un lado antes de ayudarla a ponerse de pie del sofá. La acompañó a la puerta, y ella miró por encima de su hombro hacia todas las pilas de libros y el surtido de colores brillantes que le añadía a la habitación. »Sabes —dijo mientras abría la puerta, su intensa mirada verde enfocada en la de ella—, creo que a Jesse le tomó mucho coraje dejarte ir. —Bajó la mirada al libro en sus manos—. Por la forma en que la veo, ha arriesgado su propia felicidad por la

Ella recordó las palabras de Jesse justo antes de que le dijera que iba a liberarla.

Nunca seríamos libres, Naomi. No había pensado mucho en esas palabras entonces,

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podríamos habernos conocido si no te hubiera dejado ir.

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tuya. Ahora puedes estar con tu madre. —Le dio una sonrisa alentadora—. Nunca


pero ahora estaban gritándole mientras contenía el aliento y seguía mirando a James a los ojos. Tenía razón. Jesse tenía razón. Era libre ahora, pero ¿qué era la libertad sin felicidad? Le dio una última mirada de agradecimiento antes de decir adiós y bajó las escaleras hacia su madre.

El viaje a casa comenzó en silencio. Naomi miró por su ventana y pasó su mano sobre el libro en su regazo. Miró el reflejo de su madre en el vidrio, preguntándose quién era ella realmente. No sabía mucho sobre cuando era una adolescente. Todo lo que sabía era que su madre había muerto de cáncer de pulmón antes de que se fuera a la universidad. Eso significaría que tenía la edad de Naomi cuando había perdido a su mamá. Algo sobre eso hizo que Naomi se sintiera terrible. —¿Quieres detenerte a almorzar? —preguntó Karen. —Supongo que sí. —¿Qué tienes ganas de comer? Ella se encogió de hombros. —No lo sé. No he comido en un restaurante desde antes… —Dejó que las palabras flotaran en el aire. —Comeremos en casa. Está bien. Silencio de nuevo. Bajó la mirada al libro en su regazo y abrió la cubierta. La cinta rosa que había mantenido de su regalo de cumpleaños se deslizó. La agarró antes de que cayera al suelo. Era suave. Le recordaba a Jesse y su primer beso. Su corazón se hundió. Jesse sabía que este libro era importante para ella. Debió haberlo empacado en su auto con el resto de sus cosas. —¿James te dio algo?

No había manera de evitarlo. Sabía que el destino había traído a su madre y a ella a este momento. Se movió sobre su asiento y movió su mano lejos del título.

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—No hay tal cosa como ―solo un libro‖.

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—Sí. —Cerró la tapa y ocultó el título—. Es solo un libro.


—Es El despertar —dijo—. Querías que lo leyera, ¿recuerdas? Un pequeño jadeo salió de la boca de Karen. Dejó que su pie saliera del acelerador y el auto hizo un movimiento brusco. —¿Por qué te daría eso el papá de Jesse? —Miró el libro rápidamente, luego la carretera de nuevo mientras recuperaba la compostura. Naomi observó su reacción. —Lo leí seis veces cuando estuve con ellos. Les gustaba leer y poseían una copia. Me ayudaba a… recodarte. Las manos de Karen se apretaron en el volante. Su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal. —Es mi libro favorito. —Lo sé. —¿Te gustó? Encogiéndose de hombros, tocó la cubierta. —Está bien escrito, pero es realmente depresivo. Supongo que no entiendo por qué te gusta tanto. Lo seguí leyendo para descifrar, para descifrarte, pero aún no lo entiendo. Karen sonrió. —Supongo que me gusta lo fuerte que es ella. Golpeó cada pared que se le puso en frente. ¿No crees que es bastante heroica? —Nunca lo pensé de esa manera. —Es una manera de mirarlo. Naomi se volvió hacia ella y vio una parte de sí misma en la mujer rígida que se había negado a criarla. Vio la misma piel y ojos, el mismo conjunto de sus hombros

Karen la miró por el rabillo del ojo y apretó el volante tan fuerte que sus nudillos se volvieron blancos. Su barbilla temblaba.

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—¿Estás bien, mamá?

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cuando estaba nerviosa, como ahora.


—Estoy más que bien —dijo suavemente—. Estás aquí conmigo. Sé que no te sientes muy feliz ahora, pero el tiempo cambiará las cosas. Espero que me permitas ayudarte. Naomi podía ver la esperanza en su rostro mientras se abría algo entre ellas. Era solo una pequeña grieta, un trozo de confianza. —Lo sé —dijo suavemente, alejando la mirada—. Intentaré dejarte, lo prometo. Asintiendo, Karen volvió su enfoque completamente a la carretera. —Cuando estuviste desaparecida, inicié la fundación. No te he contado mucho al respecto, pero es para ayudar a familias de niños desparecidos. ¿Crees que te gustaría ser parte algún día? Podría ayudarte. Ella jugueteó con el bloqueo de la puerta. —Supongo que sí, pero no creo que esté preparada para algo así todavía. —Un paso a la vez. Entraron en la autopista. Naomi observó autos desdibujándose a través de la ventana.

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Los dedos de su madre se cerraron alrededor de su mano y ambas sonrieron.


XXXIII P

arecía más frío de lo normal mientras mayo se derretía hacia junio, pero eso significaba que las glorias de la mañana junto a los caminos de la playa seguían floreciendo. Naomi podía verlas desde su ventana mientras estaba

sentada en la cama. Sus ojos estaban irascibles por otra noche de llanto y su cuerpo estaba húmedo de sudor mientras se veía de nuevo de pie en la cuneta, descalza y temblando, mirando las luces traseras del auto de Jesse. Recordaba las hojas de otoño en el balcón arremolinándose alrededor suyo y de Jesse como alas. Eran tan anaranjadas en su mente. Brillaban como fuego. Las imaginaba entrando por su ventana, rodeándola en la cama mientras se frotaba los ojos, y sintió una abrumadora urgencia de salir con su cámara. Había comprado una nueva semanas atrás, pero no la había sacado de su caja aún, ni tampoco cualquier otra cosa del equipo. Estaba apilada en una esquina de su dormitorio. Se apresuró a vestirse, incapaz de sacudirse la necesidad de sentir arena entre sus dedos de nuevo. No había estado en la playa por cerca de un año. Sacó una sudadera blanca de su cajonera y la miró con sorpresa.

Estás loca. No pude oler el pescado en absoluto. Solo a ti. No era la misma sudadera, pero le recordó a la vieja. Se la puso, su corazón latiendo con fuerza ante el recuerdo de Damien besando su muñeca. Luego recordó las manos de Jesse deslizándose gentilmente por su cuerpo, y finalmente a Brad levantándola de la silla, besándola como si nunca hubiera estado lejos. No lo había visto desde entonces. Se dio vuelta y miró su equipo de cámara todavía empacado tan cuidadosamente en cajas precisas e inflexibles. ¿Qué quería? ¿A quién

carta de Harvard sin abrir. ¿Era eso lo que quería?

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Conteniendo el aliento, miró su estantería donde recientemente había dejado una

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quería? No tenía idea.


Sacudió la cabeza y gruñó para sí misma. No tenía que pensar en ello ahora mismo.

Sus padres estaban en la cocina cuando bajó con su nueva maleta para cámara colgando de su hombro. Sostenía un trípode en sus brazos, recordándose que necesitaba comprar un estuche para este. Su madre levantó la mirada desde una tabla de cortar donde estaba cortando un pimiento rojo. —Oh, cariño, tu padre y yo estamos haciendo el desayuno. ¿Quieres algo? Correcto. Era sábado. Ahora siempre cocinaban juntos los fines de semana, desde que habían recortado las horas de Mindy. Olió el aroma a pimientos rojos. Le recordaban a Eric. Acercó el trípode a su pecho más fuertemente y miró a su padre. De espaldas a ella, partió un huevo con una mano y sacó su teléfono que sonaba desde su cadera con la otra. Trabajo. Siempre trabajo. Incluso ahora. Karen la miró a los ojos y sonrió, el sueño todavía suavizando los planos de su rostro. Ella le devolvió la sonrisa, tratando de no pensar en Eric y atrapó otro aroma a pimientos. —Uh, nada de desayuno para mí. Voy a tomar algunas fotos. —Hizo un gesto hacia las puertas dobles de vidrio. Karen miró el cielo de la mañana, todavía pálido, pero haciéndose más azul con cada segundo. —¿Estás segura de que no quieres comer algo primero? —No, estoy bien. —Se giró para dirigirse a las puertas, pero no antes de que su padre se diera vuelta, todavía hablando al teléfono. Agarró una naranja de un bol en el mostrador. —Tienes que comer algo —susurró él, una sonrisa juguetona expandiéndose en sus labios mientras le lanzaba la fruta. Apenas se las arregló para atraparla sin dejar caer su trípode y le mostró una sonrisa comprensiva. ¿Recordaba que solía pelarlas para

»No vayas demasiado lejos —urgió él.

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electrónicos o le mostraba sonrisas de disculpa.

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ella? La cáscara cayendo al suelo mientras respondía llamadas, tecleaba correos


No era una mañana genial para tomar fotos. El cielo estaba completamente vacío, el océano calmo y perezoso. No había ningún ave a la vista. Al menos había flores y algunos pozos de marea en la playa. Estaba demasiado cansada de cargar con su trípode y lo dejó cerca de unas rocas antes de continuar. Olvidó la advertencia de su padre de no ir muy lejos, atrapada por la emoción de tener una cámara en su mano. Todo en su cabeza se estaba desvaneciendo. Incluso Jesse. Casi. Continuó caminando, deteniéndose de vez en cuando para tomar una foto. Miró la playa a través de sus lentes. Y lo vio. Esto no era real. No podía serlo. Un hombre estaba caminando hacia ella: cabello pelirrojo bajo el sol, manos metidas en los bolsillos, ojos verdes enfocados en ella mientras se acercaban más y más. No pudo quitarse la maleta de la cámara lo suficientemente rápido y la lanzó a la arena con un golpe seco. La naranja rodó fuera de su bolsillo mientras bajaba por la playa, los dedos de sus pies deslizándose por la arena, su cámara golpeándose contra su pecho. Él la atrajo en un abrazo tan pronto como lo alcanzó, su respiración rozándole la piel mientras besaba su rostro y boca. Haciendo a un lado su cámara, la acercó más y susurró que la había extrañado como loco y que, por favor, por favor dejara de llorar. ¿Estaba llorando? Se apartó y estiró una mano hacia su rostro. Sí, su rostro estaba húmedo. ¿Podía culparla? —Jesse —jadeó ella, agarrándolo más cerca—. ¿Cómo puedes estar aquí? ¿Realmente estás aquí? —No parecía real. Habían pasado cuatro meses desde que se había bajado de su auto. Cuatro largos y amargos meses. La miró a los ojos, pero no sonrió.

armados en cualquier momento. No había nadie. Estaban completamente solos.

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—¿Cómo? —Miró de un lado a otro por la playa, esperando ver un grupo de policías

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—Sí, realmente estoy aquí.


—¿Cómo qué? —preguntó él con calma. Su corazón estaba latiendo fuerte contra el pecho de ella, y cuando lo miró al rosto notó gotas de sudor en su frente. Se mordió el labio inferior. —¿Cómo sabías que estaría aquí? ¿Dónde has estado? —Su voz se elevó más y más fuerte. Él no se había cortado el cabello en un tiempo. Estaba largo y rizado, colgando por encima de sus orejas. Sus ojos estaban llenos de miedo. —No sabía que estarías aquí —respondió cuidadosamente, una suave sonrisa extendiéndose por su rostro—. He estado esperando que tomes caminatas por aquí, pero no lo has hecho, así que hoy, el día que estoy planeando… bueno, necesitaba verte de nuevo antes… —No entiendo. Él levantó una mano y la deslizó suavemente por la parte trasera de su cabeza, frotando su cabello entre sus dedos mientras hablaba con una voz temblorosa. —Iba camino a tu casa. Estaba esperando poder encontrarte. —¡No puedes ir a mi casa! —Ella casi retrocedió—. En el momento en que mis padres te vean, llamarán a la policía. —Lo sé. Sus pies se hundieron más en la arena y se apartó de sus brazos cuando se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer. —No —susurró—. No puedes. Él inclinó la cabeza. —Tengo que hacerlo. Confía en mí, no hay otro lugar en el cual preferiría estar más que aquí contigo, pero he pensado en ello por cuatro meses ya, y no hay otra manera en que pueda vivir conmigo mismo. Ella dio otro paso hacia atrás, su cabeza de repente pesando como una horca alrededor de su cuello. Las palabras salieron tambaleantes de su boca.

—Pensé que podía vivir conmigo mismo así, pero resulta que no puedo.

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Él asintió.

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—¿De verdad vas a entregarte?


Cerrando los ojos, sintió su cuerpo mecerse con la brisa de la mañana. Lo imaginó esposado, sentenciado, yaciendo en una celda año tras año, envejeciendo sin ella, un libro constantemente en sus manos. Abrió los ojos para verlo dar un paso más cerca. —Necesitas que te sostenga —susurró, y la atrajo contra sí—. Estás a salvo ahora. — Presionó su cabeza contra su hombro—. Me aseguré de que estuvieras a salvo. —¿Por qué has hecho esto? —Intentó aferrarse a él tan fuertemente que jamás para que él nunca pudiera escapar—. ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué huiste? ¿Por qué no podemos estar juntos? —Su mente se tambaleó con pánico repentino—. Iré contigo. Lo que sea que tengamos que hacer, lo haré. —Oh, Naomi. —Besó su cabeza y acomodó sus pies en la arena—. Te amo, pero sabes tan bien como yo que jamás podría funcionar. No de esta manera. Se derritió ante el sonido de aquellas palabras: te amo. Lo sabía. Lo había sabido todo el tiempo. Pero ahora no importaba. Iba a dejarla de nuevo. Apretó los dientes. —No puedes dejarme. —Esa no es tu decisión. Ella se apartó. —¿No es mi decisión? ¿Qué significa eso? Estoy cansada de que la gente me hable sobre decisiones. Acunando su rostro entre sus manos, él bajó sus cejas y sonrió. —Tienes toda una vida por delante para tomar tus propias decisiones. Espero que tomes unas mejores que yo. Además, apenas cumpliré veintisiete en enero. Al entregarme, mi sentencia podría ser reducida. ¿Quién sabe? Puede que solo me den unos cuantos años. —Se encogió de hombros y soltó su rostro. Fue entonces que recordó todos los reportes que había escuchado sobre Eric y Evelyn y Steve. —¿No sabes que están tratando de culparte de todo? Si te entregas, ¡podrías estar en

Un temblor rodó por su cuerpo.

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—No si testificas contra ellos.

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prisión más tiempo que ellos!


—No, no podría hacerles esto. Sé que debería. Mi mamá dijo que podrían forzarme a hacerlo, pero también me preocupo por ellos, Jesse. No sé por qué, pero lo hago. —No, no lo haces. —Le mostró una mirada enojada—. Se merecen todo lo que les pasará. Te hicieron daño… y a mí. A pesar de que sé que todo ha sido resultado de mis decisiones, ellos también tomaron las suyas. Evelyn incluida. —¿A qué te refieres? Evelyn nunca hizo nada malo. —Evelyn hizo su elección, Naomi. Como tú, se sometió al poder de Eric y se quedó ahí. Sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Creo que la estaba carcomiendo, pero nunca luchó contra ello. Ninguno de nosotros lo hizo hasta que trataste de escaparte. Pienso que ver lo mucho que Eric te lastimó cuando intentaste irte me ayudó a darme cuenta de lo equivocado que era retenerte. Fue entonces que supe que tenía que dejarte ir. —Bajó sus ojos—. Me di cuenta de lo infeliz que sería si te retenía, incluso si querías que lo hiciera. Te amo, Naomi. No podría lastimarte nunca de esa forma. Lamento haberme ido tan repentinamente frente a la estación de policía, y lamento no haber intentado hacerlo más fácil para ti. Tenía que hacerlo así o jamás habría podido seguir con el plan. —¿En serio? —Sí. Nunca he estado tan solo en mi vida como lo he estado estos últimos cuatro meses. Confía en mí, quiero quedarme contigo más que nada en este mundo, pero así es como tienen que ser las cosas. Tengo que arreglar lo que he hecho mal. Sé que me has perdonado por las cosas horribles que he hecho, pero aun así siento que necesito seguir pidiendo disculpas. —¿Por qué? —Por retenerte, por ser un enfermo asqueroso al principio y por dejar que te enamoraras de mí, por dejarte como lo hice. Te he hecho daño, pero aun así me amas. Eso significa todo para mí. Ella todavía estaba intentando controlar el fantástico ritmo de su corazón. Estaba atrapada en un remolino. Sentía como si pudiera salir volando en cualquier

Luego tengo que irme. Ella lo miró a los ojos y vio el dolor arremolinándose en estos, como el agua siendo llevada de vuelta al océano, reacia, inevitable.

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—Voy a quedarme contigo aquí por un rato —dijo, apretándola contra su pecho—.

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momento.


—Está bien —susurró ella, su boca seca. Asintió detrás de su hombro hacia donde había dejado la maleta de su cámara—. Vayamos allá. Caminaron de la mano, sus pisadas dejando profundas marcas en la arena. Ella pensaba que la calidez se sentía bien en sus talones y dedos, pero la calidez de Jesse era incluso mejor, en su mano, agarrando sus dedos con fuerza. Sabía que él no quería dejarla ir, pero había tomado su decisión. —¿Conseguiste buenas tomas? —le preguntó calmadamente mientras ella se arrodillaba junto a su maleta. Abrió el compartimiento principal de la maleta, sacó la cámara de alrededor de su cuello y luego la deslizó ahí. La volvería a sacar para tomarle una foto a él después. Tenía que tener una foto, al menos. —No. El día es demasiado perfecto. —¿Demasiado perfecto? —Rio. Ella se quedó mirando la naranja que yacía cerca. —Lo siento, eso probablemente no tiene sentido. Quiero decir que no hay nada interesante en el cielo. Seguro, el color es bonito, pero es aburrido. —Ah. —Se sentó a su lado. Ella se tensó mientras él se volvía y envolvía sus brazos alrededor de su cintura. Podía ser la última vez que la abrazara—. Quieres nubes y lluvia y agitación. Alguna clase de resistencia. Eso es lo que hace que las cosas sean interesantes para ti, ¿no es así? Leí tu diario. Espero que eso esté bien. Ella se sonrojó y bajó la mirada. —Sí, pensé que podrías hacerlo. —Creo que lloré durante todo el rato. No tenía idea de las cosas por las que estabas pasando. Esos sueños sobre los dragones y el fuego, todos esos recuerdos de tu madre que no recordabas hasta que te raptamos. —Él sonrió—. Luego, yo. Hablabas mucho sobre mí. La forma en que decías las cosas… realmente me conmovió, Naomi.

—Descubrí eso. Creo que por un largo tiempo lo di por sentado y lo siento. ¿Quieres que te regrese el diario? Está en mi auto, pero puedo ir por él.

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—Significas todo para mí.

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Ella levantó la mirada.


Ella estuvo en silencio por un momento, su mente tambaleándose con pensamientos de él leyendo sus palabras y conectando con ella así. Se sentía íntimo de una manera que nunca había experimentado. En un punto, había pensado que el diario estaba lleno de evasión, pero ahora veía la verdad. Estaba lleno de la más completa honestidad que alguna vez se hubiera dejado a sí misma experimentar. —Creo que quizás es mejor que lo entregues a la policía —dijo—. Creo que podría ayudar en tu caso. Él asintió. —¿Jesse? —susurró, mirando su rostro una vez más. Su piel estaba más pálida de lo normal. —¿Si? —¿Dónde has estado? Le pregunté a tu padre, pero no me dijo. —Lo sé. Me encontré con él ayer. Me dijo que fuiste. —Oh. —No, es bueno. Siempre he querido que lo conocieras. Las cosas son mejores así. Puedo ver que te lastimará al principio, y lo siento por eso, pero a largo plazo será mejor. —Lo sé. Él se volvió para mirar al océano. —Me he estado quedando con amigos, personas que saben cómo… bueno, no son las mejores personas para conocer a menos que estés intentando esconderte del FBI. Por un segundo, se encogió lejos de él. —¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —preguntó ella, volviéndose para mirar al océano también. Él asintió.

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—Supongo que muchas.

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—Sí, estoy seguro. ¿Cuántas veces tengo que decirte esto?


—Escucha, Naomi. Sé que todavía te preocupas por ellos, por Evelyn y quizás por los otros. Supongo que eso está bien, pero tendrás que decir la verdad cuando te llamen a testificar, incluso la verdad sobre mí. No puedes mentir. Ella se tensó. —¿Crees que me forzarán a testificar contra ellos? ¿Contra ti? —Tal vez. Cuando me entregue, las cosas cambiarán. Todo progresará más rápido. Estoy dispuesto a decirle a las autoridades lo que sea que necesiten saben, y necesitaré tu ayuda para dejarles ver la historia completa, incluso si me incrimina más de lo que me gustaría. —Apartó la mirada—. Probablemente lo hará, pero estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para redimirme y estar contigo de nuevo. Si todavía quieres estar conmigo después de todo ese tiempo. —Luego, más rápidamente—: Entendería si no quisieras. Puede que sea un largo tiempo. —Oh —susurró ella, insegura de qué más decir. —No van a ir a prisión por asesinato, Naomi. Su sentencia y la mía no será de por vida. Si no sientes que te hicieron daño verdaderamente, entonces dilo. No voy a decirte que intentes hacerles daño. Necesitas hacer lo que es mejor para tu corazón, para tu conciencia. Ella sacudió la cabeza, casi ahogándose por la confusión. Él presionó un dedo contra sus labios e hizo un sonido de silencio. —No tienes que decidir ahora mismo, ¿está bien?

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Envolviéndola en sus brazos, la bajó a la arena y la besó.


XXXIV M

indy mantenía la taza de naranjas bien llena. Naomi se comía una casi cada mañana, pero solo porque su padre se levantaba más temprano que ella y le pelaba una. Nadie sabía sobre la visita de Jesse. Estaba

conteniendo el aliento, esperando escuchar de él en las noticias. Cinco largos días después… nada. ¿Qué le estaba tomando tanto tiempo? Apoyó la barbilla en su mano y pasó una uña por la tostada en su plato. Su mente estaba llena de pensamientos sobre azúcar y canela, pero no podía pedirle a su padre tal cosa. Le recordaba demasiado a Eric. Él se dio vuelta desde la cocina y le sonrió. —¿Qué es eso junto a tu plato? —preguntó él. Tragando, se acomodó en la barra y miró la carta. —Es de Harvard. La abrí esta mañana. —¿Oh? Él caminó hacia el mostrador, una espátula en mano, un huevo sin partir en la otra. A él realmente le gustaban los huevos. A pesar de que Mindy iba los días de semana, él había estado cocinándoles cada mañana la última semana, como Eric. Eran igual de buenos, aunque no tan esponjosos y delicadamente salteados. Eric los había dejado en su punto perfecto. Él estaba desapareciendo lentamente de su corazón. Pensar en él y Evelyn y Steve ya no la hacía llorar, pero los extrañaba a todos más a menudo de lo que quería admitir. Sabía que los vería de nuevo, ya fuera en la corte o en alguna otra parte en un tiempo y espacio distintos a ahora.

—Volvieron a escribirme para decirme que todavía soy aceptada y que tengo una beca. No sé por qué.

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había bajado?

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Se quedó mirando el sobre, sabiendo que no había forma de salir de esta. ¿Por qué lo


—¿No sabes por qué has sido aceptada y tienes una beca, o por qué volvieron a escribirte? —Ambas. Aclarándose la garganta, él se inclinó a través del mostrador y la miró a los ojos. —Te escribieron de nuevo por una llamada de tu madre, y te han dado una beca porque eres lista y tienes un excelente potencial, por supuesto. —Se dio la vuelta y agarró una sartén de la cocina—. Aquí están tus huevos. —Deslizó una pequeña pila en su plato—. ¿Has decidido, entonces? Su corazón latió más rápido. —No tengo idea, papá. Estaba medio esperando que le rogara que fuera. Eso era lo que haría su madre tan pronto como viera la carta. Sin tocar sus huevos, ella se deslizó del banco. —No tengo hambre. Lo siento. El rostro de él se desplomó. Siguió su mirada hacia las puertas y levantó una ceja. —¿Otra caminata por la playa? Eso es todo lo que has hecho por los últimos cinco días. ¿Por qué no esperas a tu madre? —No. —Ella se quedó mirando al océano y contuvo la respiración. Tal vez él estaría ahí afuera hoy. Todavía no se había entregado. —Tengo que ir a la oficina. —Su padre suspiró, mirando su reloj—. Intenta comer algo antes de tu caminata, ¿de acuerdo? No vayas muy lejos. Ella frunció el ceño. —Lamento que me hicieras el desayuno. Lamento no estar muy feliz ahora mismo. —Está bien. —Se quitó su delantal y rodeó el mostrador para darle un beso en la mejilla—. Sin importar qué decisiones tomes, Naomi, tu mamá y yo estamos aquí

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—Lo sé.

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para ti. Te amamos.


El cielo estaba intensamente despejado y azul. Cerrando las puertas del comedor detrás de sí, se dirigió por los caminos alineados con césped, la cámara alrededor de su cuello. Tenía que encontrar algunos pozos de marea, algo para apartar su mente de las cosas. Sus pasos se hicieron más rápidos y determinados. No había pozos de marea cerca de la casa. Estaban agrupadas a kilómetros por la playa, donde las piedras escarpadas sobresalían del agua. Una vaga voz la llamó desde atrás. —¡Naomi! Girándose, vio a su madre trotando desde la casa, vestida con capris y una camisa blanca suelta. Su cabello, una vez recogido un moño suelto, estaba cayendo alrededor de su rostro. —¡Naomi, espera! Se veía frenética, con el rostro enrojecido y respirando pesadamente mientras finalmente alcanzaba a Naomi, quien estaba observándola con cejas enarcadas. Deteniéndose, se apartó el cabello del rostro y dejó salir un pesado suspiro. —Gracias por esperar. Estabas caminando tan rápido que no creí que me escucharías. —Relajó su rostro y enderezó sus hombros—. ¿Te importa si camino contigo? Bajando las cejas, Naomi echó un vistazo a la naranja en la mano de su madre. Sacudió la cabeza. —Solo iba a tomar algunas fotos. ¿Estás segura? —Me encantaría ver lo que haces. Con un encogimiento de hombros, se dio la vuelta. —Está bien. Se dirigieron a la playa, en silencio hasta que Karen se aclaró la garganta.

—¿Todavía eres aceptada? El aire se sentía frío.

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—Oh.

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—Vi tu carta en el mostrador.


—Um, sí. —Dejó de caminar—. ¿Qué debería hacer, mamá? —Lo que desees. Naomi estudió su rostro. Ella era hermosa bajo el cielo azul. Su cabello resplandecía y sus ojos brillaban. Naomi nunca los había visto tan brillantes antes. Había confianza entre ellas ahora, pero todavía era frágil. —¿No quieres que vaya? Apartando más cabello de su frente, Karen sonrió. —Creo que es una gran oportunidad. No todos son aceptados en una universidad como esa. Se quedó mirando la arena y deslizó sus dedos por el cuerpo de la cámara. Su elección. Su vida. Sonaba tan simple, pero había muchos y si. ¿Y si odiaba la universidad? ¿Y si tenía demasiado miedo de vivir por su cuenta? ¿Y si…? —Vine para decirte que vi algo en las noticias esta mañana. Su corazón casi se detuvo. —¿En serio? —Jesse se entregó. —Yo-yo… Los ojos de Karen se ampliaron. —Lo sabías, ¿no es así? —Lo vi el sábado. Unos cuantos tartamudeos y luego Karen pareció comprender algo. —Entonces, ¿lo convenciste de hacerlo? —¡No! Él ya había tomado la decisión. Te lo dije antes… es un buen hombre.

Silencio. Ambas miraron la naranja en las manos de Karen y luego retornaron su camino por la playa de nuevo, caminando en silencio por varios minutos hasta que

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—No, mamá. Lo es.

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—Relativamente hablando.


Naomi tomó un profundo aliento, su corazón latiendo al mismo tiempo que sus pasos. —Mamá, lo amo. Más silencio, hasta que su madre se detuvo una vez más. Miró a Naomi a los ojos y tomó una respiración confiada. —Sé que lo amas, cariño. Está bien. —Extendió la naranja—. No sé por qué traje esto aquí afuera. Probablemente ya te has comido una hoy. —No, papá no me peló una esta mañana. —Contuvo la respiración—. Yo lo haré. La tomó en sus propias manos, y continuaron. Sus pies se sintieron ligeros de repente. Mirando al frente, vio el lugar en donde ella y Jesse habían hablado cinco días atrás. Lo vería de nuevo, eso era certero. Por ahora, levantó la mirada y se

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concentró en el cielo despejado más adelante.


Pieces

D

os años después de ver a sus secuestradores ir a prisión, Naomi Jensen todavía está enamorada de uno de ellos. Jesse será liberado en unos cuantos años, y Naomi sabe que la universidad es la distracción perfecta mientras

espera. Pero cuando su nuevo amigo Finn la hace cuestionarse qué está bien y qué está mal, empieza a preguntarse si Jesse es el adecuado para ella… hasta que descubre que está en libertad condicional. Naomi debe sortear entre su confusión para descubrir dónde yacen realmente el amor y la libertad: Finn, quien no tiene conexión con su pasado, o Jesse, quien acaba de pedirle que huya con él.

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The Breakaway #2


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Te esperamos con mรกs lecturas en:

The Breakaway #1  

The Breakaway Michelle D. Argyle

The Breakaway #1  

The Breakaway Michelle D. Argyle

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