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Créditos ~ MODERADORA ~ GIGI ~ TRADUCTORA~ GIGI ~ CORRECCIÓN Y REVISIÓN ~ MONA ~ DISEÑO ~ GIGI 3


Índice SINOPSIS

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~ HACE SIETE AÑOS ~

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ACERCA DE LA AUTORA 227

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Sinopsis T

atum O’Shea de dieciocho años es ingenua, tímida, una pequeña niña rica. Jameson Kane de veintitrés es inteligente, seductor, y más rico. Se encuentran una noche, una explosión, un error y Tate queda en la deriva; sin familia, ni dinero, ni Jameson.

Siete años después, la vida de Tate va bastante bien, cuando se encuentra con Jameson de nuevo. Esta vez, piensa que está lista para él. Ya no tiene ni un hueso ingenuo en su cuerpo, y ni siquiera recuerda qué se siente ser tímida, Jameson ha evolucionado también; palabras más duras, más ingenio, y una lengua que puede partirla en dos. Todo suena divertido para una mujer como Tate, y está lista para jugar, determinada a demostrar que no es la misma chica que conquistó en aquel tiempo. Una serie de juegos comienzan, cada uno más tortuoso que el anterior. Pero cuando la línea entre los juegos y la realidad es más borrosa, Tate rápidamente se da cuenta que Jameson definitivamente ganó su apodo, “Satán”. ¿Puede ganarle en su propio juego antes que alguien salga herido? ¿O él la dejará sin alma al triunfar de una vez por todas? ADVERTENCIA: contiene un aspirante a estrella porno, un asistente personal indiferente, y la palabra M, DEMASIADO. También situaciones sexuales gráficas y temas sadomasoquistas.

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~ Hace Siete Años ~

H

abía ido a su apartamento simplemente a dejar algunas cajas con cosas de su hermana, Eloise, Ellie. Tatum apenas había cumplido dieciocho e iba a mudarse a su propio apartamento en el centro de Boston. Había estado en una habitación en su primer semestre en Harvard, pero sus padres no “aprobaban” a su compañera de cuarto, así que, su padre le había rentado un apartamento fuera del campus. Cuando el padre de Tate decía salta, todo lo que tenía permitido decir era: “¿qué tan alto?”; así que, se iba a mudar. Su hermana Ellie, era cuatro años mayor, y nunca se llevaron muy bien. Hace casi dos años, Ellie había empezado a salir con Jameson Kane; Kane, como casi todo el mundo lo llamaba. Su relación era extraña para Tate. Ellie y Jameson parecían más conocidos que personas que dormían juntos, pero, ¿quién era ella para juzgar? Ni siquiera le gustaba su propio novio. Tate realmente no sabía qué pensar de Jameson. Era tan guapo, que probablemente era ilegal. Se preocupaba que, si lo miraba demasiado, se volvería ciega. También era muy inteligente, se había graduado temprano de Yale con una Maestría en Administración, y se estaba tomando un tiempo para empezar a trabajar y analizar sus posibles trabajos. Venía de una familia adinerada, su padre era alguna clase de gran jefe en Wall Street, y se rumoreaba que Jameson seguiría sus pasos. En los dos años que había estado saliendo con su hermana, Jameson no parecía notar mucho a Tate. La ignoraba, la trataba con indiferencia. Cuando tenía que tratar con ella, era casi como una ocurrencia tardía, como si hubiese olvidado que existía. Era alto y apuesto, experimentado e inteligente. Tate era una chica lista, ingenua, sin idea de la vida, recién salida de la secundaria, sin experiencia real en el mundo o de las personas que lo habitaban. La intimidaba. Se sentía raro, estar en el apartamento de Ellie sin que estuviese allí. Jameson había dejado pasar a Tate, y la ignoró casi todo el tiempo. Qué caballero. Tate tuvo que arrastrar las cajas pesadas del estacionamiento al edificio, y luego por el pasillo al apartamento, todo por su cuenta. Cuando llevó la última caja, la dejó junto a su cama, resoplando y jadeando. —¿Querías ayuda? —preguntó Jameson, apareciendo en el umbral de la puerta. Tate se volteó y se sorprendió. —No, esa era la última caja —respondió, acomodando su cárdigan. Siempre la hacía sentir nerviosa. La mirada de él fue a su rostro. —Estás muy roja. ¿Quieres algo de beber? —preguntó. Tate sintió que se ruborizaba más de lo que aparentemente estaba; nunca estaba preparada para sus modales repentinos.

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—Si tienes algo de té sería genial —respondió, y luego lo siguió a la cocina. Pensó que le iba a servir un poco, pero sólo le hizo un gesto al refrigerador. —No sé qué tiene Ellie ahí, montones de comida saludable de mierda. Busca. — Le ofreció. Ella hizo mala cara a sus espaldas. —Agua está bien —le dijo, y luego sólo se sirvió un vaso de agua del grifo. —Así que. Nuevo apartamento, completamente sola en la gran ciudad. ¿Estás lista? —preguntó. Ella asintió y se volteó para mirarlo. Sus penetrantes ojos azules estaban observándola y resistió el impulso de limpiar su rostro. ¿Estaba goteando agua por su barbilla? —Como nunca, supongo. Soy bastante confiada, así que, creo que estoy lista —le respondió, tomando sorbos delicados de su agua. Él rio. —Vamos, parece que estás muriendo. Siéntate, puedes beber tranquila —le dijo, llevándola hacia la mesa. Incluso la sorprendió al apartarle una silla. —Gracias —dijo Tate antes de seguir sus instrucciones y beber el agua en un par de tragos. Sin preguntar, él alejó el vaso de sus manos y lo llenó de nuevo antes de sentarse al otro lado. —¿No tienes un novio, o algo? ¿Está en Boston? —preguntó Jameson, deslizando su vaso por la mesa. Ella negó. —No, Drew se quedó en State —respondió. —Ustedes han estado saliendo por un tiempo… ¿qué tal es, estar en una relación a distancia? —preguntó Jameson. Estaba sorprendida por su pregunta. Jameson nunca le importó nada sobre ella. —Hemos estado juntos por tres años, pero no sé cuánto va a durar. No quería que fuera a Harvard, quería que lo siguiera a Penn State. Discutimos mucho sobre eso. Quiere intentar que funcione, pero creo que es tiempo de terminar. Seguir adelante. Ahora estamos en la universidad, no tengo tiempo para esa clase de mierda. —Dejó salir todo. Jameson levantó una ceja. —Wow, una reflexión muy madura. ¿Cuántos años dijiste que tenías? — preguntó. Tate puso los ojos en blanco. —Me has conocido por dos años, Jameson, ¿y no puedes recordar mi edad? — respondió con una pregunta. Él se encogió de hombros. —Creo que ni siquiera sé la edad de Ellie. ¿Cuántos? —La presionó. —Acabo de cumplir dieciocho, hace dos semanas. ¿Cómo puedes no saber la edad de Ellie? Han estado juntos por tanto tiempo —aclaró Tate. Él se encogió de hombros de nuevo. —No presto atención a cosas como esas. Entonces, ¿qué estudiarás en la universidad? —preguntó. Tate tuvo que detenerse para señalar, de nuevo, que ya debería saber esas cosas; lo discutieron muchas veces delante de él. Nunca se dio cuenta antes, pero era un poco egocéntrico. Arrogante. —Ciencias políticas —dijo. Él puso los ojos en blanco.

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—Veremos cuánto dura eso. Ve a economía, más dinero —le dijo. Ella estrechó los ojos en su dirección. —No lo estoy haciendo por el dinero —replicó. —Entonces eres estúpida. —Eres un imbécil —dijo bruscamente, sorprendiéndose ella misma. No era propensa a decir malas palabras, la mayoría del tiempo, o ser grosera. Acababa de hacer ambas. Aunque, no pareció molestarlo; simplemente soltó una carcajada. —¿Recién te das cuenta de eso? Tate sonrió. Él tenía una linda risa, y una sonrisa sexy. Podía sentir que se estaba sonrojando. Podía recordar la primera vez que Ellie lo llevó a casa. Tate había desarrollado un flechazo al instante que lo vio; alto, cabello oscuro, brillantes ojos azules, sonrisa matadora; ¿qué chica no se enamoraría completamente a primera vista? Pero nunca fue más que eso, sabía que Jameson estaba fuera de su liga, ni siquiera era visible para él. No desperdiciaba mucho tiempo fantaseando en eso. Pero ahora, sentada al otro lado de la mesa, se sentía caliente bajo su suéter. —Bueno, sí, nunca hablas conmigo —remarcó ella. —Hablo contigo. —¿Cuándo? —¿Disculpa? —¿Cuándo hablas conmigo? ¿Cuándo fue la última vez que hablaste conmigo? — preguntó Tate. Él pensó por un segundo, mirando al techo. —Te pregunté si estabas bien cuando tu perro murió —respondió, sonriéndole. —Eso fue el año pasado —le dijo. Jameson empezó a reír de nuevo. —Oye, al menos lo recordé —puntualizó. Ella también comenzó a reír. —Supongo que es algo. No importa de todos modos. Me iré; no más cenas familiares silenciosas, gracias a Dios. Tú y Ellie estarán por su cuenta —le advirtió. —Bueno, tendrás que regresar de vez en cuando. —No. —Negó—. No lo haré. He decidido que no regresaré hasta que termine mis estudios, si lo logro. Estoy intentado entrar en un programa avanzado de cuatro años, o menos. —Wow. Un infierno de desafío, nena. ¿Crees estar a la altura? —preguntó. Ella se estremeció cuando le dijo “nena”, nunca le había dicho eso antes, nunca le llamó por ningún apodo. Se aclaró la garganta. —Creo que estoy a la altura de todo lo que me proponga —respondió. Él sonrió. —Buena respuesta. ¿Quieres un trago? Ellie debería llegar a casa en cualquier minuto, deberíamos abrir algo y tenerlo listo para ella —preguntó repentinamente, levantándose de su silla. Tate alzó su vaso. —Tengo agua justo aquí —señaló. Jameson rio y sacó una botella de la alacena.

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—Me refería a un trago verdadero, Tate. Ya que aparentemente “nunca” he hablado contigo, supongo que ahora es un buen momento para felicitarte. Creo que nunca hice eso, ¿verdad? —preguntó, levantando la botella de champagne en su mano. Ella rio. —No, ni siquiera fuiste a mi graduación. Y quizás sólo un vaso —respondió, haciendo a un lado el agua que había estado bebiendo. Al haber estado tan ocupada con la escuela y todas sus clases extra, Tate jamás había sido una chica de fiestas. Nada de fiestas locas y casi nada de experiencia con el alcohol. Un poco de champagne en Navidad con la abuela O’Shea en la granja O’Shea en los Hamptons, fue casi todo. Pero no quería que Jameson supiera eso, quería parecer madura, como una chica que bebía champagne todo el tiempo. Era tonto, pero no podía evitarlo. Bebieron la primera botella, discutiendo de política y la situación económica actual del país. Él estuvo en gran desacuerdo con la mayoría de los puntos de vista de Tate, pero nunca se alteró o molestó. Aunque se las arregló para meterse bajo su piel, y notó que discutía con él para que se molestara, pero era impasible. El champagne la relajó un poco, y era mucho más firme con sus opiniones; o al menos, más de lo usual. —Nada más después de esto, la niña debe estar presentable para su familia mañana —dijo Jameson, sacando una segunda botella. Ella le puso mala cara. Bebieron y charlaron un poco más. Ellie le envió un mensaje que llegaría tarde. Era asistente jurídico, y sus horarios eran extraños. Tate estaba bien con eso, nunca se sintió cómoda cerca de su hermana. Ellie era alta y hermosa, con cabello rubio oscuro que siempre estaba arreglado justo en el estilo perfecto. Siempre vestía la ropa más elegante. Tate era de una altura promedio, cabello oscuro, casi negro, y nunca prestó atención a lo elegante, sólo vestía lo que su madre le compraba. Estaba intimidada por Ellie, lisa y llanamente. Esa es la razón por la que iba a sobresalir en el programa de Harvard; para ganarle. Ellie era la hija de oro, la favorita. Tate siempre tuvo que trabajar duro, sólo para estar siempre atrás. Terminó balbuceándole todo eso a Jameson. Luego, le dijo todo sobre su novio Drew, que no recordaba haber conocido, aunque sí lo hizo, muchas veces. Lo aburrido que era Drew, la forma que siempre quería decirle lo que tenía que hacer, pero él nunca quería hacer nada. Jameson asintió y escuchó su parloteo, alejando el champagne de su alcance. —Eres muy divertida, Tate. Nunca lo supe. —Rió. Ella puso los ojos en blanco, encogiéndose de hombros en su cárdigan. —Qué sorpresa. Nunca nadie me nota, no cuando Ellie está cerca. —Resopló, levantando su cabello en un moño. Él levantó una ceja. —No diría eso, Ellie no es tan buena como la haces parecer —le dijo. —Pffft. Ella es la respuesta a cómo luciría el bebé de Cindy Crawford y Christy Turlington —remarcó.

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—También eres bonita. —Tienes que decir eso, eres su novio. Tienes que ser bueno conmigo. —resopló. —No, no es por eso. Casi nunca soy amable, y casi nunca miento. Eres una chica atractiva, solo tienes una mala autoestima, y un peor gusto en hombres —le informó. Ella se encogió de hombros. —Quizás, pero eso no cambia el hecho de que Ellie sigue siendo mejor a los ojos de la mayoría de las personas —respondió, jugando con la base de su copa de champagne. Jameson se echó hacia atrás en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho. —No diría eso. De un punto de vista técnico, si somos completamente honestos, diría que eres mucho más sexy que tu hermana —le dijo. No pudo respirar por un momento. ¿De verdad Jameson Kane acaba de decirle eso? ¿O era el champagne? Lo miró, y la estaba observando fijamente, una sonrisa ligera en sus labios. Negó e hizo de lado sus nervios. No. Sólo estaba siendo agradable. Eso tenía que ser… ¿qué tipo de chico le dice a la hermana de su novia que es la más sexy de las dos? No un buen chico, eso es seguro. —Lo que sea. Todo quedará atrás en un par de semanas. Seré una nueva Tate, eso es lo que busco; Ellie puede joderse —proclamó Tate, y luego hipó. Jameson soltó una carcajada. —Ves, ahora eso es divertido. Tu hermana jodiendo algo… eso nunca sucederá —bromeó. Tate podía sentir sus mejillas sonrojarse. —Qué asco —dijo repentinamente. —¿Demasiado? Supongo que no somos tan amigos todavía. —Rió. —No deberías hablar de esa manera de tu novia, no es lindo —le dijo. Él se encogió de hombros. —Algunas veces no es una novia muy linda —respondió. Los ojos de Tate se ampliaron cuando comprendió. —¿¡Vas a dejar a mi hermana!? —Ahora, ¿por qué preguntarías eso? —respondió Jameson, su sonrisa desapareció y tenía su mirada fija en ella. —No lo sé. Tu voz, tu actitud, ¿lo harás? —lo presionó. Él suspiró, pasando una mano por su rostro. —No debería haberte dado champagne. No sabía que te convertirías en Nancy Drew —comentó. —Oh, Dios mío. Vas a dejar a Ellie. Han estado juntos por dos años. Piensa que vas a proponerle matrimonio. Va a morir —dice efusivamente, presionando su mano contra su pecho. Los ojos de él se estrecharon. —Ni siquiera hemos hablado sobre el matrimonio, ¿por qué pensaría eso? Y no sé qué va a suceder conmigo y Ellie, tenemos que discutir mucho; no le digas esto —le ordenó Jameson, señalando con un dedo a Tate. Ella levantó sus manos.

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—Me alejo a propósito para no hablar con ella, no diré ni una palabra. Pero, ¿puedo preguntar por qué? —cuestionó, alcanzando su champagne. Jameson ni siquiera se dio cuenta, estaba tan perdido en sus pensamientos, así que se sirvió otra copa. —No lo sé. Es… aburrido. No es emocionante. Como lo que estabas diciendo de Drew. Quiere una vida pre-programada, tiene todo decidido para nosotros. Sabe qué va a cenar el martes que viene, dónde va a ir el cuatro de julio, cómo llamaremos a nuestro primer hijo. Se va a la cama a las diez, se levanta a las seis; no tengo permitido tocarla entre esas horas, ni siquiera estoy bromeando. No me gusta que me digan qué hacer. — Su voz bajó al final. Tate asintió, tomando un gran trago de su champagne. —Suena a Ellie. ¿Sabes que una vez cuando estaba enojada conmigo, para devolvérmelo, entro a mi habitación y organizó mi armario? Esa fue su idea de venganza —le digo. Él empezó a reír, y eso alentó a Tate. Ambos se echaron hacia delante, sin poder respirar por lo mucho que se estaban riendo. Era chistoso, y totalmente cierto. Ellie era una Barbie con Trastorno obsesivo-compulsivo. Muy linda, y un poco loca. —Oh, Dios mío, eso suena a ella —dijo él con una risa. Tate asintió. —¡Lo sé! Tengo cien más, una vez… —empezó a decir Tate, pero estaba haciendo gestos con su copa, y se derramó el champagne sobre ella. —Oh, Jesús, sabía que esto iba a pasar. —Jameson negó, pero estaba riendo. Tate resopló, manteniendo su camiseta mojada lejos de su pecho. —Entonces no deberías haberme dado eso —respondió. Él se puso de pie. —Intenté mantenerlo alejado. Vamos, estoy seguro que Ellie tiene algo que puedas usar —digo, haciendo señas para que lo siguiera. Se levantó de su silla. —Oh, no, me matará, no tengo permitido usar sus cosas —le dijo Tate, siguiéndolo por la sala de estar hasta su habitación. —¿A quién le importa? Tiene mucha mierda, nunca lo sabrá. Sólo toma algo, su ropa está aquí —explicó, señalando a la sección del guardarropa antes de salir de la habitación. Tate miró el armario por un rato, vagando su mirada sobre la ropa. Todo lo que Ellie tenía era caro; de diseñador. De joven, Tate había aprendido a no tocar. Jameson acababa de darle pase libre. Resopló y se acercó, moviendo las perchas. Rió y sacó una blusa de seda, lucía ridículamente costosa. Perfecto. Se volteó y arrojó la camiseta en la cama mientras se aproximaba a trompicones. No creía que estuviera borracha, pero se sentía un poco liviana. Mareada. Se rio de sí misma, colocando sus dedos en el borde de su camisa y levantándola. Iba a jalarla sobre su cabeza, pero algo sucedió. La etiqueta se quedó atrapada en el collar de perlas que estaba usando, que se enredó en su cabello, y estaba atorada con sus brazos en el aire, luchando por quitarse de una forma u otra la camisa. —Oh, Dios mío. —Tate rio, dando un paso atrás y adelante.

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Perdió el equilibrio y tropezó a través de la habitación. Chocó con algo, una cómoda, y se movió así su trasero estaba contra eso. Ahora de verdad estaba riendo, intentando no hiperventilar con su camiseta cubriendo su boca. Sus codos estaban sobre su cabeza e intentó alcanzar su nuca con sus dedos, arqueando su espalda. Sus dedos estaban apenas rozando su espina dorsal cuando oyó algo. —¿Qué estás haciendo? Se quedó inmóvil, su risa murió. Jameson estaba en la habitación, muy cerca de ella, juzgando por el sonido de su voz. Oh Dios mío, oh Dios mío, oh Dios mío. Con su camisa sobre su cabeza, estaba sólo con su sujetador y falda caqui. —Um, me atoré —dijo en voz baja. Él rió, y estaba mucho más cerca que antes, justo frente a ella. —Obviamente. ¿Ayuda? —preguntó. Tate se las arregló para negar. —No, creo que… —empezó a decir, pero luego sintió sus dedos en el cuello de su camisa. La levantó, exponiendo su boca y nariz, pero luego la dejó ahí. Ella respiró profundamente. —¿Estás borracha, Tate? —preguntó, hablando lentamente. Ella negó de nuevo. —No. Quiero decir, no creo. Sólo estoy atorada —respondió. Jameson rio y sintió que estaba jalando el cuello de la camisa de nuevo. Un par de tirones, y el collar de perlas se rompió, esparciéndose por el piso. La camisa salió de su cabeza y Jameson la hizo a un lado con su mano derecha. La estaba observando fijamente. Ella luchó por controlar su respiración. —Eres muy diferente a Ellie —le dijo en voz baja. Tate presionó sus labios y asintió. —Lo sé —respondió. Sabía que debía moverse, debería tomar su camisa, hacer algo para cubrirse. Correr al baño. No debería estar de pie frente al novio de su hermana sólo con un sujetador de encaje negro. Él dejó caer su camiseta mientras sus ojos vagaron por su cuerpo, y se dio cuenta que estaba congelada en el lugar, sin poder mover ni un músculo. —¿Reliquia familiar? —preguntó, y luego extendió la mano, trazando un dedo por su pecho. Lo bajó hasta su escote y pensó que iba a desmayarse. Pero luego, él levantó sus manos, y tenía una perla entre sus dedos. —Regalo. De Drew. —Su voz era apenas un susurro. Él examinó la perla. —Es barato. No es real —comentó. Ella casi rio. —¿Qué? Jameson dejó caer la perla y su atención regresó a su rostro. Tate aún no podía moverse. Incluso había dejado de respirar. La estaba mirando como si fuera la cena. No podía creerlo. Jameson Kane de veintitrés estaba mirándola, realmente mirándola, por primera vez. Estaba mal, tan mal. Intentó pensar en Ellie, pero no podía convencerse. Sólo podía ver sus ojos.

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—Deberías irte de esta habitación —le dijo Jameson, sus manos deslizándose por sus caderas. Su piel reaccionó a su toque y pudo sentir una corriente eléctrica entre ellos. Su cuerpo se estremeció y asintió. —Lo sé —dijo exhalando. Sus dedos se extendieron mientras sus manos se movieron a su espalda, hacia arriba a sus omóplatos. —Ellie es mi novia —le recordó. Como si lo necesitara. —Lo sé. —Aparentemente su vocabulario impresionante había desaparecido. Sus manos se deslizaron hacia abajo, hasta su trasero. Ella puso las manos en la cómoda detrás para apoyarse. —No soy solo yo —dijo como una declaración, pero sabía que era una pregunta. También lo estaba sintiendo. —Lo sé —susurró. —Si quieres huir, te sugiero que lo hagas ahora —le dijo. —¿Por qué? —preguntó, él se inclinó más cerca. —Porque como chicas como tú de desayuno —siseó en su oído. Ella se estremeció de nuevo. —Entonces, deja de dudar. —Lo desafió, sorprendiéndose a sí misma. Quizás era el champagne, tal vez era él… Tate nunca era tan atrevida, no en la vida real. Quizás era eso, sentía que era un sueño. Jameson Kane, mirándola, no a Ellie. Tocándola, no a Ellie. No podría ser real. Él era… demasiado. Todo. Demasiado para ella. No podría quererla, no en la vida real. —Nena, esto no es nada. Si no quisiera dejarte ir, no serías capaz de hacerlo. — Se burló. Ella tomó una respiración profunda, preparándose para alejarlo, para decirle que la deje ir. —Quizás no quiero irme —susurró. No quiso decir eso, ni siquiera lo pensó. Pero lo dijo, no podía retractarse. Jameson gruñó y su boca bajó a su cuello. Jadeó cuando sus labios tocaron su piel, y luego gimió cuando sus dientes siguieron sus labios. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Esto está mal. MAL. Le pertenece a tu hermana. Eres un diablo. Maldad en persona. —Tatum, si no sales jodidamente de aquí, voy a quitarte la ropa, doblarte sobre esta cómoda, y follarte como nunca antes te han follado —le gruñó, su voz enojada y ronca. Sus palabras la sorprendieron. Lo alejó. —¡Lo dices como si fuera mi culpa! —le espetó. Él levantó las cejas, pero mantuvo sus manos en sus caderas. —Tú eres la que se emborrachó en mi cocina, parloteando sobre odiar a su hermana. Eres la que está medio desnuda en mi habitación —señaló. Ella jadeó. —¡Nunca dije que la odiaba! ¡Y tú me emborrachaste! ¿¡Qué dice eso de ti!? — gritó. Él rió.

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—No necesito emborrachar chicas para follarlas, Tate —le dijo, su voz baja. Ella resopló. —Eres tan egoísta, no iba a… hacer… eso contigo —respondió, tartamudeando un poco. Jameson echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír, alejándose unos pasos. —¿”Eso”? Dios, lo olvidé, simplemente eres una niña —se burló. Llamas ardieron en el rostro de Tate. —¡Y tú eres una patética escusa de hombre, provocando a la hermana pequeña de tu novia, porque no puede conseguir a nadie más para follar! —gritó, empujando su pecho antes de salir furiosa de la habitación. Dios, estaba tan avergonzada. ¿¡En qué había estado pensado!? Había jugado con fuego. De verdad, Tate era afortunada. Si no le hubiese gruñido, no sabría cuán lejos le habría dejado ir. Drew nunca le había hablado o tocado de la manera que Jameson había hecho; la llenó de ira. Pero las cosas que le había dicho. Se sentía como una niña. Se sentía estúpida. Limpió las lágrimas que empezaron a caer por sus mejillas. Tomó su cárdigan de la cocina y se apresuró a la puerta principal. Jameson estaba saliendo lentamente de su habitación. —No estaba provocándote. Ni siquiera sabía que ibas a venir esta noche. Como dije, tú eres la que estaba quejándose que nadie te quiere, que todo el mundo quiere a Ellie, preguntando sobre nuestra relación. Suena que tú estabas provocándome — comentó, bajando la mirada en su dirección. Ella resopló, luchando por acomodar las mangas de su suéter. —Entonces eres un objetivo terriblemente fácil, casi te atrapo. Dios, qué increíble historia hubiese sido para Ellie cuando llegara a casa, “hola, engañé a tu novio para que tuviera sexo conmigo… por cierto, va a dejarte”. Suena maravilloso, quizás sólo debería llamarla y decírselo en este momento —amenazó Tate. Él entrecerró los ojos. —No juegues conmigo, nena —le advirtió. Ella lo miró fijamente. —Tú eres el que está jugando, y perdiste. Muévete —le ordenó, haciéndole señas con su mano. Él estaba bloqueando la puerta. Se cruzó de brazos y no se movió. —Yo no pierdo —respondió. Ella puso los ojos en blanco. —¡Dios! ¡Lo que sea! Intentaste seducirme, no funcionó, ¡supéralo! Sólo quiero… Estaba sorprendida cuando él de repente la tomó de la nuca, acercándola así pudo posar su boca sobre la suya. Ahogó un grito, empujando su pecho. Él movió ambas manos a su nuca, su lengua forzando su entrada a su boca mientras empezó a llevarlos hacia atrás. Ella luchó al principio, pero a medias. Tate sabía que era un idiota. Sabía que sólo era un juego para él. Sólo sexo. Sabía que estaba haciendo algo muy malo con el novio de su hermana. Estaba haciendo algo muy malo con un chico que no era su propio novio. Iba a arder en un lugar especial en el infierno. Y no le importaba. Tatum O’Shea era una chica buena. Hacía lo correcto. No porque quisiera, sino porque la gente siempre estaba diciéndole que lo hiciera, que debía hacerlo. Salía con

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Drew porque sus padres los emparejaron. Empezó a tener sexo con Drew porque él le dijo es que lo que las parejas hacen. Iba a una escuela de Ivy League porque eso es lo que los O’Shea hacían. No tenían aventuras ilícitas con la pareja de sus familiares. Aun así, no le importó. Gimió en su boca, moviendo sus manos bajo su camiseta, levantándola. Él se alejó lo suficiente para quitársela sobre su cabeza, y luego su boca regresó a la suya. Era demandante, casi como un castigo con su beso. Duro y agresivo. Drew nunca fue de esa manera. Le encantaba. —No se siente como si estuviese perdiendo ahora —gruñó Jameson contra su boca, sus dientes mordiendo su labio inferior mientras iban hacia el sofá. —Cállate, o me iré —lo amenazó, y luego jadeó cuando sus manos cubrieron sus pechos. Él rio entre dientes. —No lo creo —respondió, una de sus manos deslizándose por su abdomen y bajo su falda. Sus dedos rozaron su muslo. —Puedo hacerlo que sea que… —Terminó con un jadeo cuando su mano de repente levantó su falda, bajando por su ropa interior. —Harás lo que sea que yo diga. —Contrarrestó su declaración. Ella cerró los ojos y apretó sus labios, asintiendo. —Sí, sí —dijo finalmente, de puntitas. —Querías esto… desde el momento que llegaste, querías esto —dijo, sus dedos rozando y jugando como si fuera un instrumento. —No, no. No quería esto. —Tate se las arregló para decir con un jadeo, una de sus manos bajando para agarrar su muñeca. No para detenerlo, sino para controlarse. Para sentirlo. Él rio por lo bajo. —Estás terriblemente mojada para alguien que no quería hacer esto —se burló. —Oh Dios. Era verdad, lo sabía. Siempre estaba así cuando estaba cerca de él, hasta donde recordaba. Se había tocado sola con demasiadas fantasías sobre él. Con Drew, le llevaba mucho juego previo ponerla de humor. Pero a veces con tan solo pensar en Jameson era suficiente para que tenga que cambiarse de ropa interior. —Voltéate —le ordenó, pero ni siquiera le había dado la oportunidad de quejarse. Le apartó sus manos y le tomó el brazo, girándola. Aún estaba lidiando con sus pensamientos cuando Jameson empezó a subir su falda por sus caderas. —¿Realmente haremos esto? —jadeó, aferrándose al respaldar del sofá. —A menos que te vayas ahora, sí —respondió él, bajando sus bragas por sus piernas. Ella no se movió.

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Colocó una mano en el medio de su espalda y la empujó hacia delante, obligándola a doblarse sobre el sofá. Puso sus manos en los cojines, tratando de ganar un poco de equilibrio. Podía sentir sus manos moviéndose en la carne de su trasero, y luego deslizó uno, dos dedos dentro. Ella gritó. —¡Oh Dios mío! Pero antes de que siquiera pudiera ajustarse a eso, pudo sentir su erección. Ni siquiera hizo un sonido, sólo mantuvo la respiración. Él era enorme, o por los menos, mucho más grande que Drew. Se dobló completamente por la mitad, su rostro contra los cojines del sofá, su culo en el aire. Se sentía como si todo se estuviera moviendo en cámara lenta, y cuando estuvo dentro y se presionó contra ella, inhaló repentinamente, todo su cuerpo temblando. Sólo había tenido sexo con Drew. Con nadie más. Hasta ahora. Pensó que se lo había estaba perdiendo. —Maldición, Tate —gruñó Jameson—. Estás tan jodidamente apretada. Eso era irreal. Tener sexo con Jameson. Jameson hablándole sucio. ¿Cómo sucedió esto? Luego salió de ella. Luego la embistió. Salir. Embestir. Dentro. Fuera. Gimió, hizo ruidos desde su garganta, y se las arregló para enderezarse. Ni siquiera podía pensar con claridad. Todo se sentía tan asombroso. Nunca había tenido sexo de esa manera antes, con alguien detrás. Drew no era aventurero. Siempre de noche. Ella sobre su espalda. Él arriba. Las luces siempre apagadas. Todas las luces estaban encendidas en el apartamento moderno de Jameson. No era un día soleado afuera, pero no había ni una sombra. Todos en el edifico de enfrente podrían verla teniendo sexo. No, espera, ¿qué había dicho él? ¿qué no había sido capaz de decir antes? Follar. Él la estaba follando. Ni siquiera había realmente follado antes, pero ahora podía ver que había una enorme diferencia. Esto era mucho, mucho mejor. Jameson Kane podía follarla cuando quisiera, pensó para sí misma. Oh Dios mío, estoy follando al novio de mi hermana. —Esto está mal, Jameson, tan mal —dijo sin aire. Sus manos de repente fueron a su garganta y acercándola a él. Tuvo que arquear su espalda para alcanzarlo. —Entonces dime que me detenga. —La desafió, presionando su rostro a un lado del suyo, sus dientes contra su piel. Ella negó. —No puedo, no puedo —chilló. Él rio y la mano en su garganta fue a su cabello en una coleta, jalando con fuerza. —Te encanta eso. Probablemente fantaseaste sobre esto. ¿Lo hiciste alguna vez? ¿Alguna vez te tocaste mientras pensabas en mí? —preguntó, sus dedos tirando la raíz de su cabello. Ella gritó. —¡Dios, sí! ¡Sí! —respondió. Él rio de nuevo y se alejó, pero no aflojó su agarre en su cabello. —Mierda, Tate, eres tan sexy. Deberías verte —gruñó, su mano libre pasando por su culo—. Sabía que debería haberte follado hace tiempo.

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Estaba sorprendida. —¿Tú… querías hacer esto… antes? —Se las arregló para decir entre embestidas. —¿Estás jodidamente bromeando? No conozco a ningún chico que no haya pensado en intentar follar a la hermana más caliente de su novia, y nena, definitivamente eres jodidamente sexy —le informó Jameson, jalando con más fuerza su cabello. Dios, está hablando sobre follar a Ellie mientras me está follando. Tan mal. —Oh Dios mío, tenemos que detenernos, esto está mal. Tú eres de Ellie… yo soy su… esto está tan mal. ¡Oh Dios mío! —gritó. Él salió de su interior, y Tate gimió por la pérdida. Pero luego, la volteó para enfrentarla, sus dedos clavándose con fuerza en sus brazos. —No digas su jodido nombre de nuevo —le dijo. —Pero esto está mal. Ellie podría… —Si dices su nombre una vez más, te advierto, follaré tu boca —gruñó, y luego la besó de nuevo. Fue como que la abofetearan, cuando Jameson la hablaba de esa manera. Nadie jamás le habló así a Tate antes; no podía creerlo. Sabía que debería estar ofendida. Quería estar ofendida. Pero no lo estaba. Como mucho, la calentó más. ¿Le hablaba así a Ellie? No podía imaginarlo. Ella gimió, envolviendo sus brazos alrededor de su cuello. —No lo diré de nuevo —susurró, besándolo. Fueron a trompicones a la habitación, sus labios juntos, manos vagando por todos lados. No paso por alto que sus besos parecían igual de desesperados que los suyos, igual de necesitados. Como si no pudiera tener suficiente de su sabor. Él quería tanto esto como ella, quizás más. —Tienes jodida razón que no lo harás —espetó, dándole un fuerte empujón así caía sobre la cama. Estuvo sobre ella al instante, sus manos por todas partes. Bajó las copas de su sujetador y puso su magnífica atención en sus pechos, jugando con sus pezones con sus dientes. Su mano estaba entre sus piernas, las uñas de ella estaban sobre sus hombros, sin pensar en herirlo. Él siseó y regresó su boca a la suya. —Jameson —dijo exhalando sobre sus labios. —¿Qué? —espetó. —¿Vamos a…? —empezó a preguntar, pero luego empezó a adentrarse en ella. Sin dudar, sin acomodarla… sólo completo, duro, largo, entrando tan profundo como era posible. Ella gritó su nombre, sus piernas moviéndose alrededor de su cintura. —¿“Vamos a” qué, Tate? —preguntó sin aliento mientras movía sus caderas contra las de ella. —¿Vamos a hacer esto de nuevo? —Se las arregló para decir. Él se puso de rodillas y tomó sus caderas, adentrándose con mucha más fuerza. Ella puso los ojos en blanco. —Vas a dejarme a hacer esto cuando quiera —le informó.

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—Sí, Jameson, sí, sí, sí —gimió, clavando sus uñas por sus brazos. Una de sus manos fue a su pecho, entre sus senos, empujándola contra la cama. Sosteniéndola a sus estocadas. Va a enloquecerme. —Amas esto, follarme. El novio de tu hermana. Una victoria, ¿verdad? ¿No crees que esto te hace más o menos una puta? —le preguntó, ralentizando sus movimientos. Ella empezó a jadear de nuevo. —Sí, eso pienso —respondió, y luego la mano en su pecho lentamente se deslizó hacia arriba, subiendo a su cuello. —Tatum O’Shea. Perfecta, princesa, mojigata, Tate. Quién lo hubiese pensado, una puta —le dijo. Ella gimió, pasando sus manos sobre su propio pecho. Los dedos de él apenas envueltos alrededor de su garganta. Esto no debería estar calentándome. ¿¡Por qué está calentándome!? —Sí, por ti, Jameson. Sólo por ti —gimió. Sus movimientos eran tan lentos. Casi salía completamente de ella, y luego completamente dentro hasta la empuñadura, tan lento. Le dificultaba respirar. —Cuando quiera —le repitió su declaración anterior. Ella humedeció sus labios y asintió de nuevo. —Por supuesto —suspiró, y luego él se alejó de su garganta. Casi era como si la hubiese estado masajeando, desde el interior. Sólo que, en lugar de relajarla, causaba que tense cada músculo de su cuerpo. Iba a deshacerse, explotar por completo, y nadie jamás sabría de Tate. —Maldición, eres tan jodidamente sexy, Tate —le gruñó Jameson, pasando sus dedos por la parte interior de sus muslos. Ella respiró profundo. —¿Estamos juntos? —dijo repentinamente. Él dejó de moverse. Uh-oh. —¿Qué? —le preguntó, su voz de acero. Ella movió la cabeza de un lado a otro y abrió los ojos, mirando fijamente la pared al otro lado. —Vas a dejar a Ellie. ¿Eso significa que estaremos juntos? —preguntó. Él soltó una cruel carcajada y luego, empezó a embestir nuevamente. Ella chilló, sus manos en su pecho, clavando las uñas en sus músculos. Él se inclinó cerca, obligando a que abriera todo lo que pudiera las piernas, su pecho presionándola. —No salgo con putas, Tatum —le dijo. —Pero soy… —Una buena follada, sí. Pero Ellie es mi novia. Nunca dije que iba a dejarla. Y si lo hubiese hecho, no saldría con su hermana. No saldría con alguien de dieciocho años. —Jameson rio en su oído.

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—Tenemos que parar, tenemos que parar, tenemos que parar. —Empezó a gemir. Su cerebro le estaba diciendo una cosa: ¡vete, ahora, zorra estúpida!; pero su cuerpo iba por un camino completamente diferente: santa mierda, esto es increíble, nunca te detengas, por qué no hiciste esto antes, ¡si lo detienes, nunca te vas a sentir de esta manera de nuevo! —No lo creo —susurró, y luego su mano estaba deslizándose entre sus cuerpos, sus dedos rozando la parte de ella que más dolía. Gritó. Su cuerpo se sentía como si estuviera dividiéndose. Nunca había tenido un orgasmo como ese, no con Drew, ni con ella misma. Se levantó de la cama y clavó sus dientes en su hombro. Él dejó salir un gruñido y pudo sentir que también se estaba viniendo. Cada uno de sus músculos se tensaron y se presionaron contra ella. Su orgasmo se intensificó y soltó un sollozo. Le tomó un momento calmar los espasmos de ambos cuerpos hasta quedarse inmóviles de nuevo. —Santa mierda —dijo sin aliento Tate, colapsando en la cama. —Mierda. Mierda —susurró Jameson, su respiración caliente contra su piel mientras descansaba su frente contra su pecho. Se quedaron así por un rato, bajando de la cima del buen sexo. Tate nunca lo experimentó; Drew no era lo suficientemente bueno para inducirlo. Jameson simplemente la había enviado a la estratósfera. No creía que alguna vez regresara. Tomó respiraciones profundas, tratando de encontrarse en el espacio. Su mano descansaba sobre la espalda de él, sintiendo su piel húmeda y caliente. —¿Has…? —Empezó a preguntar con voz ronca, pero él se alejó. Se levantó de la cama mientras subía sus pantalones. Estaba un poco sorprendida, y se sentó mientras acomodaba su sujetador. —Cállate. No digas una jodida palabra. Sólo vístete —le ordenó, levantando la blusa de seda del otro lado de la cama y arrojándosela. La atrapó cuando cayó sobre su cara. —¿Cómo puedes…? —Empezó a preguntar cuando fue interrumpida por un zumbido. Ambos se quedaron congelados por un segundo, y luego Jameson fue a la sala de estar. Lo escuchó caminar hacia la puerta, asumió que estaba presionando botones por el intercomunicador de abajo. —¿Qué? —preguntó, su voz dura y agitada. —Estoy fuera, olvidé mis llaves. Hazme entrar. —La voz de Ellie llenó el apartamento. Tate puso su rostro entre sus manos, notando la gravedad de la situación. Acababa de tener sexo con el novio de su hermana. Estaba todo bien y excelente caer en la euforia y el momento del sexo, pero el después era horrible. Era una persona horrible. Ellie era una hermana mala, pero Tatum era oficialmente la peor. —¿Qué estás haciendo? Te sugiero que te vistas. —La voz de Jameson resonó hacia ella. Levantó la cabeza para mirarlo caminar a través de la habitación hacia el baño.

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—¿¡Cómo puedes estar tan tranquilo!? ¿¡Después de lo que hicimos!? — demandó. Se oía el sonido de agua corriendo, y luego tiró la cadena, después reapareció, sus pantalones acomodados. —No es para tanto a menos que lo hagas de esa manera, Tate. Vístete o vamos a tener que explicarle mucho a tu hermana —le dijo, sacando una camisa de su armario y colocándosela. Tate luchó para ponerse de pie y arreglar su falda en su lugar. —¡Acabo de tener sexo contigo! ¡Nosotros acabamos de tener sexo! ¡Tenemos que decirle! —le gritó. Jameson finalmente la miró, pero, santa mierda, era guapo. Y ahora sabía cómo lucía mientras tenía sexo. No iba a poder mirarlo de la misma forma de nuevo. Tragó y apartó la mirada. —Bien. ¿Quieres empezar esta conversación? Una vez que me vaya, se terminó, nunca tendré que verla de nuevo. Pero tú, eres su hermana. Mucho peor para ti — señaló. Tate luchó con su conciencia, su labio inferior empezó a temblar. Iba a llorar de nuevo. Él era gélido. Siempre había sido tan gélido, ¿cómo pudo haber pensado que sería diferente? El sexo no cambiaba las cosas. Pero tenía razón. Decirle a Ellie sólo molestaría a toda la familia, y él saldría ileso. Había dicho que no quería salir con ella, así que no era como si ganaría algo al decirle a su hermana. —Eres una persona absolutamente horrible —le siseó, parpadeando a través de sus lágrimas. Él rio, su voz alta en el gran apartamento. —Y una mierda, pero tú acabas de follar al novio de tu hermana, así que, ¿qué clase de persona te hace? Ahora ponte la maldita ropa, y vete —le dijo, tomándola del brazo y llevándola por la puerta de la habitación. Se detuvieron lo suficiente para que Tate abotonara la camisa de seda mientras él levantaba el cárdigan del suelo. Se negó a mirarlo mientras intentaba lucir presentable, sus dedos combatiendo con su cabello lo mejor que pudo, rogando que quedara semi presentable. O por los menos no lucir como alguien que acababa de tener una aventura caliente con el novio de su hermana. Oh Dios. —Voy a olvidar que esta noche alguna vez sucedió —le informó mientras caminaron hacia la puerta principal. Jameson se rió de nuevo. —Nena, no podrías olvidarlo ni por intentarlo —le dijo en voz baja, presionándose detrás. Se estremeció y tuvo que controlarse para no presionarse contra él. —Mejor que rompas con ella. Si siguen, tú… tú estás enfermo —le informó, su mano en el picaporte. Se encogió de hombros, sin apartarse de ella. Su cuerpo estaba tan caliente, como una estufa. Quería acurrucarse en él. —Puedo vivir con eso. Nos vemos por ahí, Tate —le dijo. Ella abrió la puerta. —No, no lo harás.

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Su risa la siguió por el pasillo. Sonaba demoníaca. Como si Satán estuviera riéndose. —Lo haré si eso quiero. Fue pisando con fuerza por el pasillo, lágrimas cayendo por su rostro. ¿¡Cómo pudo dejar que eso sucediera!? Era mojigata. Tate nunca actuaba salvaje, nunca hizo nada malo, nunca hizo nada prohibido. Claro, siempre había querido hacerlo en secreto, pero quizás algo más de robar a hurtadillas el brandi de su papá, o quedarse despierta mucho más tarde del toque de queda. No follar al novio de su hermana. Eso estaba más allá de lo salvaje. Hablando del diablo… su hermana estaba saliendo del anticuado elevador al final del pasillo. Tate respiró profundo, limpiando su rostro. No sabía si toleraría este momento. Jameson acababa de partirla en dos. Ellie limpiaría el piso con sus restos. —Kane no me dijo que seguías aquí —dijo Ellie en un tono brusco, atravesando el pasillo con sus sandalias ballerinas caras. Nunca lo llamaría Kane. Odio eso. Él tiene un primer nombre. Acabo de gritarlo como veinte veces. —Estaba de salida, dejé tus cosas —dijo Tate, su voz baja y cabeza gacha, esperando que siguiera su camino. No hubo tal suerte. —¿¡Estás usando mi camisa!? —demandó Ellie de repente, tomando a Tate del brazo. —Sí, uh, derramé algo sobre mí. Jameson me dijo que tomara algo, así que simplemente tomé algo —murmuró Tate. —Jesús, Tate, eres una niña. Kane no sabe nada sobre ropa, ¿tienes alguna idea de cuánto sale esto? Quítatelo, ahora mismo —le demandó Ellie. Tate jadeó. ¿Este día puede ser peor? —¡Ellie! ¡No tengo nada más! ¿Quieres que vaya a casa desnuda? —preguntó. Ellie puso los ojos en blanco. —Eres tan dramática. Tienes tu suéter. —¡No cierra! Ellie, vamos, puedo enviarte de regreso la camisa mañana. Incluso la lavaré en seco —ofreció Tate. —No. La arruinarás. Quítatela, ahora —le ordenó Ellie. Algo encajó en Tate. —Vete a la mierda, Eloise. Es una maldita camisa, y voy a usar esta maldita camisa, todo el maldito camino a casa —siseó, y luego subió al elevador. Se apoyó contra la pared mientras el viejo artilugio rechinó y se agitó de camino a la planta baja. No podía creer que le había hablado así a Ellie. Nunca le hablaba de esa forma, a nadie. Jameson había desatado algo en ella, la dio vuelta. Ahora sabía que era Satán en un cuerpo de modelo, pero había hecho algo en ella, no cabía duda.

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Arrastró sus pies mientras caminaba fuera. No quería pensar en las repercusiones de sus acciones. Era seguro asumir que Ellie ya estaba llamando a su padre. Eso nunca acababa bien para Tate, bajo las mejores circunstancias, y estas circunstancias era una completa mierda. Estaba nevando, cayendo sobre la capa que ya estaba en el suelo. Llegó a la parte trasera de su auto, pero no pudo resistir mirar hacia arriba. El apartamento de Jameson tenía grandes ventanas de techo a piso que daba al estacionamiento y calle. Hermoso en un día soleado. Tenía una vista clara del interior del lugar. Ellie parecía que estaba teniendo una rabieta, sacudiendo sus brazos y cabeza a un muy inmóvil Jameson. Tenía sus brazos cruzados y casi lucía aburrido. Primero, Tate no pudo adivinarlo; si Ellie estaba enloqueciendo por su camisa, entonces estaba completamente exagerando. Generalmente, era un dulce ángel con Jameson. Falsa. Pero lucía como si estuviera gritando. Estaba sosteniendo algo en su mano, y luego todo encajó en la mente de Tate. Está sacudiendo mis bragas en la cara de su novio. Aparentemente, esta noche puede ser peor. Tate sabía que debería tener miedo. Que debería sentirse mal, o culpable, o de alguna manera molesta. Pero no. Su hermana era una perra, y Tate simplemente ya no le importaba. Nada. Soltó un suspiro tembloroso, y fue como respirar por primera vez. Real, verdadera, honesta, completa y simplemente no me importa una mierda. El cuerpo de Ellie se volteó para mirar por la ventana, y vio a Tate de pie allí. Luchó con un pestillo, y luego una gran sección de la ventana estaba abriéndose. Una pieza negra de encaje fue arrojada, y Tate observó su ropa interior flotar al suelo. —¡Puta estúpida! ¡Le diré a papi! ¡Le diré todo! —gritó Ellie, inclinándose por la ventana. Tate sonrió. —¿¡Sabes qué, Ellie!? —gritó en respuesta, sus dedos desabotonando el frente de la blusa. Se la quitó de sus hombros—. ¡No me importa una mierda! —Dejó que la camisa cayera sobre el pavimento cubierto de nieve, y luego la pisoteó, clavando su talón en la tela. —¡No! ¡Zorra! ¡Estúpida zorra! —gritó Ellie, y luego se apartó corriendo de la ventana. Tate sólo pudo imaginarla apresurándose por el pasillo. Se rio para sí misma. —¡Bien por ti, nena! —Jameson rio hacia ella. Tate levantó la mirada a él, temblando mientras nieve caía por sus hombros desnudos. Estaba en el estacionamiento, a las ocho de la noche, y se estaba congelando, sólo con su sujetador y falda. Había enloquecido. Y le encantaba por completo. Levantó su brazo y le mostro el dedo medio a Jameson. Él se rio de nuevo, luego le envió un beso antes de alejarse de la ventana. Tate se subió al auto. Aceleró y vio a Ellie correr por el estacionamiento, agitando sus brazos como una persona loca. Levantó la camisa del suelo, gritando algo al auto de Tatum mientras se alejaba.

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No me importa. No creo que alguna vez me importรณ.

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~1~ —D

e acuerdo, ¿quién quiere joderse esta noche?

Tate tomó a un chico por la nuca y lo obligó a inclinarse sobre la barra. Le sonrió y ella le guiñó, justo antes de verter tequila por su garganta. Luego colocó su mano sobre la boca de él y movió su cabeza atrás y adelante. El chico trastabilló cuando se puso de pie, pero se las arregló para voltearse. —Eso va por mi cuenta, cariño —le dijo ella, su voz coqueta mientras giraba la botella de tequila en su mano. Él rebuscó en su bolsillo y sacó unos billetes. —¡Eres la mejor cantinera de la historia! —le gritó, dejando de golpe el dinero en la barra. —¡Eso es lo que todos dicen! —Rió, tomando el dinero de la parte superior de la barra. Le echó un vistazo rápido antes de guardarlo en un frasco detrás. Dos de veinte. Ni de cerca una mala propina. —¡Eres la mejor, Tatey! ¿Saldremos después de esto? —le gritó su amiga cantinera y compañera de piso, Rusty Dobber. Ya que la música siempre estaba alta en el bar, la gente tenía que gritar para poder ser escuchada en cualquier momento. —Ya veremos, Rus. Estoy trabajando en algo —respondió Tate, asintiendo a un lado. Rus miró sobre su hombro. Un chico sexy estaba sentado al final de la barra, observando a Tate de arriba abajo. Brad, uno de los regulares de Tate. En más de un sentido. —¡Oh, pooh, eres tan aburrida! —Rusty rió antes de irse bailando, dirigiéndose a un grupo de chicos que estaban clamando un trago. Tate amaba ser cantinera. Nunca había regresado a Harvard. Después que Eloise la acusó, se quedó sin su “pase libre”. Pero Tate hubiese abandonado de todos modos. Supo eso antes de siquiera llegar a casa en esa noche determinante. Odiaba ir a la universidad. Odiaba ir a la secundaria. Odiaba estudiar. Odiaba su guardarropa de tonos pastel. Su vida color pastel. Fue a casa, empacó sus cosas, y huyó. No se detuvo hasta que llegó a Boston, a siete horas de distancia. Una vez allí, no pasó mucho hasta que recibió la llamada de papi. Sus padres eran demasiado estrictos. Tenían planeada la vida de sus hijas. Ellie era una asistente legal, por convertirse en abogada y, algún día, jueza de la suprema corte. Tatum iba a ser consejera política y, algún día, una senadora o gobernadora.

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Pero Tate no quería esas cosas. Amaba pintar, pero nunca se lo permitieron. Amaba cantar, bailar y ser tonta. Todo contra las reglas de la casa O’Shea. Así como también acostarse con el novio de una hermana, incluso si dicho novio ni siquiera le gustaba la hermana. La familia Kane era muy, muy adinerada, y con buenos contactos. Los O’Shea querían esos contactos. En sus mentes, Tatum había arruinado eso, había arruinado todo. La peor. Navidad. De la historia. No la invitaron para pascua. Su apartamento estaba rentado hasta el verano, papi no podía hacer nada al respecto, y Tate definitivamente no era vaga. Ir en contra de su propia naturaleza por años había sido difícil. Se fue y encontró un trabajo. Encontró dos. Hizo amigos. Amigos verdaderos, por primera vez. Tenía una vida social. Tenía citas. Tenía aventuras. Actuaba acorde a su edad. No contactó a su familia en absoluto, pero eso estaba bien, porque no los quería más de lo que ellos a ella. Así que, ahora, todos esos años después, su vida era mejor que nunca, en su opinión. Se dio cuenta que, seguro, quizás algo de eso era gracias a cierto demonio de ojos azules, pero no pensaba en él seguido. Jameson había despertado algo en su interior, la hizo cambiar, pero ella era responsable de su vida. Había tomado el control. Había madurado. Y él no había estado en el proceso. No era nada para ella. Nada en absoluto. Ya no existía. Y no tenía ningún problema con eso.

Tatum despertó desorientada la mañana siguiente; al principio, no muy segura de dónde estaba. Entrecerró los ojos por la luz del sol, levantó una mano. Había una ventana abierta al otro lado. Gimió y casi jaló las sábanas sobre su cabeza, pero un ronquido provino de la almohada a su lado, y dejó de moverse. —Oh, Jesús —gruñó, llevando una mano a su cabeza. Brad estaba roncando a su lado. Ahora lo recordaba vagamente. Fue a un club después de hora con Rus y Brad. Más bebidas fluyeron entre ellos. Tomaron tragos. Tate era una chica de fiestas bastante responsable. Bajo circunstancias normales, podría lidiar con el licor y controlar las sustancias muy bien, pero anoche fue un poco salvaje, incluso para ella. Podía recordar un poco entrar a trompicones al apartamento de Brad. Hacer travesuras en el pasillo fuera de su puerta. Había algo sobre ponerse de rodillas frente a un chico en público que simplemente la volvía loca. Pero no mejoró después de eso… un par de tragos, y fue suficiente para Brad por la noche. Se durmió en su cama, justo en el medio del striptease de Tate. Tan alentador para su ego. Pero ya que estaba medio desnuda, sólo se arrastró por la cama a su lado y también se durmió.

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Ahora se arrepentía. Brad tendía a ponerse meloso cuando se quedaba por la noche. No era su novio. En realidad, más como una manera de aliviar el estrés. Le gustaba eso, y quería que permanezca de esa manera. Pero se volvió más y más obvio que él no quería seguir de esa manera. Tate se las arregló para deslizarse de la cama sin despertarlo. Fue de puntitas alrededor de la habitación, juntando su ropa que arrojó por todos lados. Se colocó su camiseta blanca ajustada y luego fue dando saltos, luchando más con sus leggings de cuero ajustadas. —Ahora, esa es una vista a la que podría acostumbrarme. —Oyó que dijo Brad detrás de ella. Lo miro sobre el hombro y rió. Estaba inclinada, luchando por pasar su pie por el pantalón. Su culo cubierto con una tanga estaba a la vista directa de Brad. —Podrías tomar una foto —le ofreció, y luego tuvo éxito al pasar su pie. Hizo lo mismo con el otro sin problema y subió las leggings por sus caderas. —¿De verdad me dejarías hacer eso? —preguntó. Ella se encogió de hombros, colocándose sus botas. —Quizás. Depende. Que mi rostro no esté en la foto —dijo, tomando su chaqueta de la silla. —¿Por qué siempre vas apurada? Podría necesitar ayuda aquí —dijo con una carcajada, señalando la tienda que se estaba formando en las sábanas. Tate rió en voz alta. —¿Estás bromeando? Me debes una, después de lo de anoche —aclaró, buscando su bolso. —¿De qué estás hablando? Pensé que la pasamos genial —dijo. Ella le dio una mirada. —Tú la pasaste genial, corriéndote en mi boca después de dos segundos, y luego al dormirte. Tienes el peor caso de pene borracho que jamás haya conocido —le informó, y luego vio su bolso casi bajo la cama. Se arrodilló, intentando sacarlo. —Podría compensártelo ahora —le ofreció, su mano acariciando su erección. Ella resopló. —No, gracias, ese tren ya dejó la estación. ¡Nos vemos por ahí! —canturreó, saliendo de la habitación. Se quedó en una esquina, esperando que Rus la pasara a buscar. Bebió el café que se había comprado, jugando con su celular. Después de casi quince minutos, un VW Beetle destartalado estacionó a un lado. Se deslizó en el asiento del pasajero. —¿Y? ¿Fue increíble? ¿Fuegos artificiales? —preguntó Rus. Tate soltó una carcajada, levantando su pie en el tablero de mandos. —Bah, ni de cerca. No sé por qué sigo haciéndolo con él. Solía ser divertido. Ahora es sólo… eh —respondió, subiendo sus gafas de sol por su nariz.

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—Dices eso sobre cada chico con el que estás, ¿sabes? Incluso cuando solías salir en citas. Ahora ni siquiera haces eso; sólo los follas y te olvidas. ¿Qué tipo de hombre puede satisfacer a la insaciable Tatum O’Shea? —preguntó Rus. —Si soy “la insaciable Tatum O’Shea” entonces, por definición, no puedo quedar satisfecha —bromeó Tate. —No, en serio. ¿Qué tipo? Un hombre perfecto. ¿Qué quieres? —la presionó Rus. —No quiero un novio. Ya intenté eso, no me gusta, lo superé. Me gusta tener aventuras —respondió Tate. Rus se encogió de hombros. —De acuerdo, entonces, ¿qué necesita un chico para ser tan bueno en la cama que nunca querrías dejarlo? —Cambió la pregunta. Tate apretó los labios y miró por la ventana, en silencio por un minuto. No le gustaba que le hicieran muchas preguntas. Provocaba que piense en el pasado, lo que cual no le gustaba hacer, para nada. —Alguien un poco dominante, alguien que pueda lidiar con mi personalidad loca y extraña. Alguien que me haga sentir espectacular. Alguien que me hable absolutamente obsceno, pero aun así sepa dónde está el límite, e incluso sepa cuándo pasarse en ocasiones. —Empezó Tate—. Alguien que… sólo me deje ser yo, y estar bien con eso. Que me deje ir y venir. —¿Énfasis en el venir? —preguntó Rus, Tate empezó a reír a carcajadas. —Eres tan madura como una niña de doce años. Vamos por unos tacos, estoy muriendo de hambre —gruñó. Se sentaron fuera, sobre una mesa de picnic. Tate arrojó el exceso de lechuga a algunos pájaros mientras Rus le contaba sus problemas de chicos. Siempre estaba buscando al Señor Correcto, y su novio actual no estaba a la altura. Le estaba explicando que Vinny no sabía cómo manejar su cuerpo ni porque le hiciera un mapa, cuando el celular de Tate comenzó a sonar. Miró a la pantalla y gruñó antes de contestar. —¿Sí? —respondió, su voz amortiguada por casi medio taco. —Tate, cariño, ¿me cubres hoy? Te lo devolveré, lo prometo. —Su voz lloriqueó del otro lado. Rachel. Otra amiga, que trabajaba en el negocio de catering. Tate trabajaba provisionalmente en ocasiones, así que Rachel la llamaba para cubrirla de vez en cuando. —No lo sé, como que me quedé despierta hasta tarde anoche —refunfuñó Tate. —Esto será sencillo. Bebidas y aperitivos en algún edificio elegante en el centro, de siete a diez; debes estar ahí a las seis, termina a las diez. Por favor, por favor, por favor, te debo mi vida —le suplicó Rachel. Tate puso los ojos en blanco. —Consérvala, esto no vale nada de todos modos. Lo haré, lo haré —le respondió. Siempre necesitaba más dinero. —¡Eeeeek! Eres la mejor, Tatey-Watey, la mejor de la historia —dijo con entusiasmo, y luego le pasó la dirección y la información del evento. Tate cortó la llamada y suspiró.

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—Su voz es tan difícil de resistir. ¿En qué te metió esta vez? —preguntó Rus, terminando su último taco. —Sólo una fiesta, cocteles y esas cosas. Alguna nueva compañía que acaba de abrir en el centro, algo así como un evento de bienvenida. Kraven y Dunn, una agencia financiera o algo. Montones de trajes, culos ricachones —explicó Tate. —Oh, entonces, ¿tu tipo de gente? —Cállate —espetó Tate, golpeando el brazo de Rus cuando comenzó a reír—. Ya no. Mi madre moriría si viera la forma que vivo. —No estamos tan mal —exclamó Rus. Tate asintió. —Lo sé… es más un comentario de ellos que de nosotras —le explicó antes de saltar de la mesa—. Vamos. Tengo que bañarme y encontrar ese uniforme. Tate apareció en la dirección a las seis en punto. Todo el edificio de oficinas le pertenecía a la agencia, y la fiesta se iba a realizar en el último piso. Ooohhh, mucho dinero. Podría significar buenas propinas. O nada. Había notado que así de divertida era la gente rica. Se cambió en el puesto de baño, y luego se examinó en el espejo. En realidad, no había estado segura cuán arreglada debería estar; cuando trabajaba, siempre intentaba ir a los eventos discretos. Esperaba que su maquillaje cargado no fuera demasiado, no quería tener que luchar por quitárselo. Levantó su cabello en una colita y fue a la cocina. Todos los camareros estaban reunidos y caminaban por el espacio del evento, una gran sala de conferencias que habían quitado todos los muebles y arreglado para la fiesta con pequeñas mesas por todos lados. Aún no había ningún invitado, pero algunos tipos en traje estaban vagando alrededor, observando las cosas. Tate suspiró y miró sus uñas, ignorando el discurso; bla, bla, servir bebidas, bla, bla, no hablar con los invitados, bla, bla, dejar caer la bandeja equivale a muerte instantánea. Siempre era lo mismo. No había mucho que hacer hasta que los invitados llegaran, y Tate era inquieta por naturaleza. No le gustaba quedarse sin hacer nada. Empezó a preparar rondas de bebidas, sirviendo algunas copas de champagne que habían sido diseñadas especialmente para la ocasión; se suponía que había un brindis al final de la noche, y todas las copas tenían grabadas una K grande y en cursiva. Las acomodó en la cocina, y luego las llevó a la mesa donde las otras bandejas estaban llenas de comida, listas para llevarlas. Estaba con la última cuando se volteó y fue directo a alguien. —¡Qué mierda! —exclamó, soltando la bandeja y cayendo de rodillas. —Disculpa. —Una voz de hombre llenó sus oídos. Se quejó y empezó a juntar los vidrios rotos, dejándolos con fuerza en la bandeja. —¿¡Caminas mucho!? ¿O es la primera vez que caminas? —espetó. El tipo se agachó a su lado. —Lo siento, no te vi ahí —repitió, aunque su voz no sonaba como una disculpa. Levantó su mirada a su rostro, dándole la mirada fulminante más severa antes de concentrarse en el vidrio frente a ella. Frunció el ceño. Ojos claros. Cabello oscuro.

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La había estado observando. Era muy atractivo, y llevaba un traje que se veía costoso. Dios, ¿acaba de insultar a uno de los invitados? ¿Qué hacía un invitado en la cocina? —Lo siento, no debería haberte espetado. Sólo me asustaste —murmuró Tate como disculpa. Él soltó una carcajada —Eso no sonó exactamente genuino. —Rió entre dientes. —Simplemente hago mi trabajo, señor. —Se las arregló para murmurar una respuesta cortante. —¿Trabajas aquí? —No, sólo me gusta usar delantal y correr alrededor de las cocinas por diversión —dijo antes que pudiera detenerse. Él rio de nuevo. —Ah, una camarera. Vamos, levántate. Ignora eso, traeré a alguien para que limpie —dijo, y luego la tomó del brazo, obligándola a ponerse de pie. Estaba un poco sorprendida por la audacia de simplemente tocarla así, pero no dijo nada. No podía. Sentía que sus dedos estaban perforando la camisa de uniforme que estaba usando. —Pero no puedo tan solo dejar eso, yo… —empezó a decir, tratando de agacharse de nuevo. Él mantuvo su agarre. —Déjalo —ordenó, un estremecimiento bajó por su espina dorsal. Finalmente lo observó de nuevo. —No puedes simplemente decirme que deje el desastre allí y que esté bien. ¿Quién eres? —demandó. Él le sonrió, y algo se revolvió en su pecho. No. No es posible. —¿Ves la K en esas copas? —preguntó. Ella bajó la mirada a la bandeja. —¿Sí? —Ese soy yo. Soy el Kraven en Kraven y Dunn —explicó. Tate se las arregló para asentir. —Oh. —Luces sorprendida. —No. Simplemente deseando no haberte gritado ahora —respondió Tate. Él rió de nuevo, en voz alta. Frunció el ceño. Algo no estaba bien. Sentía que su universo se estaba inclinando a la izquierda. —Está bien. No estaba prestando atención, no debería haber entrado aquí sin más. Sólo pensé… pensé que había visto algo —le dijo. —Probablemente debería volver al trabajo —le dijo, mirando sus ojos. Eran muy, muy azules. Le dio un apretón a su codo y luego la dejó ir. Ella se alejó un par de pasos. —Probablemente deberías. Nos vemos por ahí —dijo. Asintió y se alejó. Nos vemos por ahí.

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Tate dejó de respirar. Casi dejó de moverse. Llegó al final de un pasillo corto y luego se hizo a un lado, presionando su espalda a la pared. Sentía que iba a hiperventilar. Era ridículo. No podía ser, el tipo dijo que su nombre era Kraven. No Kane. Se inclinó a un lado y asomó su cabeza por la esquina. Él aún estaba de pie allí, sus manos en los bolsillos de sus pantalones, mirando el desastre. Estudió su perfil. Cabello oscuro. Rasgos definidos. Ojos claros. Hombros amplios, y alto, probablemente casi uno noventa. Muy sexy. Tan guapo… que sentía que, si lo miraba demasiado, se quedaría ciega. Oh Dios mío. Se apresuró hacia el otro lado, abriéndose paso entre el resto del personal hasta que encontró a una de las coordinadoras del evento. La pobre chica parecía que estaba al borde de un colapso nervioso, pero a Tate no le importó. Tenía que saber algo. —¿Quién es el anfitrión del evento? —demandó. —Ya hablamos de esto antes, Kraven y Dunn —respondió la chica. —Sí, sé eso. ¿Cómo se llaman, Kraven y Dunn? ¿Sus nombres completos? — preguntó Tate, luchando por no zarandear a la chica. —Nunca llames a un anfitrión por su primer nombre, llámalos… —¡Sólo dime sus malditos nombres! —espetó Tate. La mujer empezó a buscar en las páginas de su portapapeles. —Wenseworth Dunn y… hmmm, déjame ver. —Siguió pasando las páginas. Le tomó una eternidad—. ¡Ah! Kraven. Jameson Kraven. Jameson Kraven. No Kane. Aun así, ¿¡cuáles serían las coincidencias!? Tate no tuvo tiempo para procesarlo, otra coordinadora apareció apresurada y llamó la atención de todos. Le dieron bandejas y los enviaron a servir. Tate llevó plato de tartas de cangrejo en su palma y fue hacia la multitud de trajes y vestidos de noche. No quería verlo, pero su mirada seguía buscándolo. No había pensado mucho en Jameson durante todo el tiempo que había pasado desde la noche loca; excepto cuando estaba sola en la cama. O en la ducha. Algunas veces en el sofá. Pero más que eso, había estado ausente de su mente. La había marcado hasta cierto punto. Por un tiempo, justo después, que su tonto corazón había esperado y rogado que la contactara. “Lo haré si quiero”, había dicho de verla. Muy pronto, fue evidente que no quería; nunca la contactó. Luego su vida se volvió tan loca que Tate no había tenido tiempo para preocuparse por él, estaba muy ocupada con resolver de dónde vendría su próxima comida, o si iba a pagar la renta, para pensar en Jameson Kane. Realmente nunca fue nada. Tan solo un momento en el tiempo, que cambió su vida para siempre. Sirvió las tartas de cangrejo y bolas de camarón, bebidas y llevó las copas vacías. Sonrió y coqueteó, animó a todos a beber más, y les aseguró que toda la comida estaba increíble. Sabía que no lucía tan elegante como la mayoría de las otras camareras, pero algunas veces eso funcionaba a su favor, especialmente con los del tipo estirados. Ellos veían su maquillaje de noche y cabello desordenado, y solían pensar cosas indecentes.

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Pensamientos traviesos era igual a mejores propinas; y en ese caso, donde todas las propinas se juntaban, significaba más para todos. Así que, daba lo mejor. Después del brindis, el cual se aseguró de perdérselo, el lugar empezó a vaciarse. Ya nadie estaba comiendo, y les dieron indicaciones que no sirvieran más alcohol. Se había ocupado en limpiar las mesas, empezando por la esquina trasera, cuando escuchó un ruido detrás de ella. —Eres tú, ¿verdad? —preguntó él. Tate suspiró y se enderezó. —Eso me estaba preguntando —respondió, lentamente volteándose. Jameson le estaba sonriendo. —Dios, luces tan diferente. Ni siquiera te reconocí al principio. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Seis años? —preguntó. —Más o menos siete. ¿Qué pasa con el Kraven? —preguntó, levantando una copa de champagne con el logo hacia él. Jameson rio. —Apellido de soltera de mi madre. Jameson Kraven Kane. Suena bien —explicó. —Tiene sentido. —¿Eres camarera? —preguntó. Tate rió. —Como dije, simplemente me gusta usar delantal por diversión —respondió. La ponía incómoda. Tatum no se ponía incómoda nunca, así que era una sensación extraña. —Linda. Así que, ¿solo trabajas en eventos de catering? —Entre otras cosas. —¿Cómo qué? —Soy cantinera los fines de semana. Tengo trabajos eventuales. Paseo perros. Enseño yoga en una casa de retiro los días restantes. Doy tours en bicicleta, a pie, en bote… —Empezó enlistar cuando él levantó una mano. —Tours. Lo entiendo. Pensé que ibas a ir a Harvard. Ibas a cambiar el mundo, o algo así. —Recordó. Ella rió de nuevo. —Érase una vez. Pero luego tuve esta epifanía. Odiaba la maldita escuela. Odiaba mi vida. Odiaba mis padres. Ellos mayormente me odiaban, así que, eso funcionó de maravilla. Dejé la escuela y encontré un trabajo. —Recapituló su vida. —¿Por qué te odian? —preguntó con las cejas levantadas. —Adivina, señor Kane. —No jodas —dijo Jameson en voz baja, mirándola bajo su nariz. —Si. Eloise nunca fue de esas de procesar las cosas. Aunque lo sabrías mejor que yo —bromeó Tate. Él levantó más las cejas. —Estás tan… diferente —le dijo, su voz suave. —Bueno, nunca realmente me conociste —aclaró. —Pensaba que llegué a conocerte bastante bien.

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Ella inhaló rápidamente y contuvo el aliento. El ambiente de la habitación subió diez grados. Tatum no se sonrojaba mucho, ya no. Había roto con Drew la misma noche, y desde entonces, se acostó con muchos chicos. Probablemente más de los que le gustaría admitir. No era tímida sobre el sexo. Pero algo sobre él, la hacía sentir de esa manera. No le gustaba. Tenía que recuperar el liderazgo. Dio un paso hacia él, casi rozando su pecho. —Fue una noche, Jameson. No sabes nada —susurró la última parte, mirándolo fijamente. Antes que pudiera responder, ella se volteó y se alejó. Medio esperó que la siguiera, pero no lo hizo. Cuando regresó a la cocina, echó un vistazo a través de la portilla de la puerta. Aún seguía allí, mirando por donde se fue. Sonrió a sí misma. Tomé la delantera. No sabía por qué sentía la necesidad de “ganarle”; él no le importaba. Ella no le importaba. Una jodida e increíble noche juntos no significaba nada, al ver el panorama completo de las cosas. Si era honesta, le había hecho un favor, y él pareció disfrutarlo, así que funcionó. Un cierre. Era un cierre, pensó Tate, un capítulo de su vida que ni siquiera sabía que necesitaba cerrar. Jameson Kane definitivamente era una cosa del pasado. De verdad.

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~2~ —¿¡C

ómo pudiste no reconocerlo!? Tate se inclinó por la cintura, balanceó las caderas en un círculo, dio un aplauso y luego se puso de pie.

—No lo sé, ¡estaba con la guardia baja! No lo reconocí. Inclinarse, círculo, aplauso, de pie. —Debe lucir muy diferente. Inclinarse, círculo, aplauso, de pie. —Realmente no. Más grande, seguro, pero sigue siendo el mismo. Sexy como la mierda. Inclinarse, círculo, aplauso, de pie. —Entonces, ¿¡cómo no lo reconociste!? Me resulta difícil creer que olvidaste el rostro de un tipo que te folló cuando estabas borracha y luego te trató como una mierda. —¡Disculpa! Tanto Tate como su mejor amigo, Angier Hollingsworth, miraron por encima de sus hombros a la mujer que acababa de interrumpirlos. Bueno, tal vez una clase de Zumba no era el mejor lugar para tener esa discusión en particular, pero Tate no la había empezado. Además, pensaba que escuchar a escondidas era un rasgo desagradable; si la gente lo hacía, deberían tener la decencia de fingir no estar escuchando y mantener la boca cerrada. —Oh, cállate, esta es probablemente la cosa más caliente que has escuchado en toda la semana —espetó Ang a la mujer antes de volverse hacia el instructor. Comenzaron a caminar con las rodillas hacia arriba, saltando en el lugar mientras levantaban los puños en el aire. Zumba no era el ejercicio habitual de Tate, pero lo gratis era gratis, y no podía permitirse una membresía en el gimnasio. Ang era un acaparador compulsivo de cupones, y siempre la llevaba cuando tenía cupones de dos por uno. Ella había hecho jazz, step, Tae Bo, clase de ciclismo, cortesía de Ang. Además, siempre sabían a dónde ir para tener batidos gratis, aperitivos, galletas, lo que sea. Cuando realmente se lo proponían, ambos podían pasar un día entero en la ciudad y no gastar un centavo.

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—No pienso mucho en él. Supongo que lo olvidé. —Tate mantuvo la conversación, su cuerpo rodando a la derecha. —Así que, sigue siendo sexy, ¿huh? ¿Vas a aprovechar eso? —preguntó Ang, rodando justo detrás. Ella rió. —Um, no. No lo creo. Creo que una vez fue suficiente, gracias. Las cosas que me dijo… —Dejó de hablar mientras saltaban a la izquierda. —Te pone tan caliente, probablemente estás empapada en este momento. —Ang terminó por ella, y se echó a reír. La mujer detrás bufó, pero no dijo nada. —Eres tan repugnante. —Tate resopló, apartando el cabello sudoroso de su frente. Tan estúpida como se sentía, Zumba era un infierno de ejercicio. —No soy el que está caliente en medio de un gimnasio lleno de mujeres de mediana edad. Oh, Dios mío, realmente lo estás, ¿verdad? Puedo verlo, ven aquí —dijo Ang, y rompió la fila para agarrarla. Ella se echó a reír, apartando sus manos. Tropezaron a la izquierda, Ang hundiendo sus dedos en su cintura y caderas. Tate rió incontrolablemente, tratando de alejarse. —¡Disculpen! ¡Estamos en medio de una clase! —gritó el instructor por el micrófono. Ang puso los ojos en blanco. —Vamos, podemos hacerlo en casa con música techno y vodka, salgamos de este lugar —dijo en voz alta, colocando un brazo alrededor de los hombros de Tate y levantándola del suelo. —Probablemente no se nos permitirá volver, ¿sabes? —señaló. —¿A quién le importa? Hay un montón de otros lugares. ¿Ducha? —preguntó, deteniéndose frente a los vestuarios. —Sí, me siento repugnante. Te veo en quince —dijo, pero él empezó a seguirla por la puerta de las mujeres. Ella rió y puso una mano contra su pecho. —¿Qué? Si estás toda lujuriosa por el señor Follada Amor Odio, pienso que debería beneficiarme —dijo Ang con un rostro serio. Ella resopló. —No estoy lujuriosa, y no lo creo —dijo riendo, pasando a su lado. —Oh, vamos, cariño, será rápido. Siempre te encanta —le suplicó, haciendo pucheros. Tate puso ambas manos en su pecho. —Creo que paso. Él se dio por vencido cuando una madre del equipo pasó molesta a su lado. Tate lo miró y se escapó al vestuario. Juntando las cosas de la ducha, se metió bajo el agua. Había conocido a Angier en una fiesta de fraternidad, hace cinco años. Su fase rebelde había estado en pleno apogeo. Tenía mechones de colores en su cabello, demasiado maquillaje, incluso era capaz de perforar su ceja. Era la primera noche que Tate había probado cocaína, y se había sentido como una bomba por estallar, corriendo por el edificio. Quería hablar con todos, conocer a todo el mundo. Ang la había acorralado. Un desgarbado de uno noventa y cinco con cabello castaño claro y ojos

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grises llamativos, era muy guapo. Había pensado que iba a coquetear con ella, pero tenía algo más en mente. Le había preguntado si estaría interesada en hacer un porno con él. Tate había pensado que era una broma al principio, pero iba muy serio. Tenía un gran cuerpo, le dijo. Sonrisa perfecta, buenos dientes. Genial para el porno. Se negó cortésmente. Él se encogió de hombros, pero la invitó a ir a una grabación, para que pueda “sentirlo”, tal vez. Fue uno de los momentos más surrealistas que había tenido con otra persona. Desde entonces habían sido mejores amigos. Tate nunca se metió en el porno, pero Ang se dedicó a ello. Hizo gay, hetero, porno "selfie", haría casi cualquier cosa. Explicó que, aunque era heterosexual, por el precio justo podría ser casi cualquier cosa que alguien quisiera que fuera; conocía esa sensación desesperada por dinero en aquellos días. Ya que ella no quería hacer porno, le enseñó las maneras de ahorrar con cupones. Después de una noche de borrachera en una degustación de vinos, gratis, por supuesto, durmieron juntos por primera vez. Ang fue la persona que más se aproximó a la manera que Jameson la había hecho sentir. Y lo mejor de todo, no tenía ninguna expectativa de ella. Sexo era sólo sexo para Ang. Casi como hacer ejercicio. Algo necesario para mantenerse saludable, y se sentía extra bien, ¡bonus! Pero en realidad no significaba nada para él más allá de eso, lo que facilitaba estar juntos. También era un monstruo total, por lo que nunca se sentía mal por sus propias preferencias, como a veces sucedía con otros hombres. Ang era como una manta de seguridad. Una sexy, traviesa, pervertida manta de seguridad. —¿Qué te lleva tanto tiempo? —La voz de Ang resonó por el vestuario mientras Tate movía su cabeza bajo un secador de manos. Un par de chicas gritaron, pero ella solo rió. Se enderezó, pasó sus dedos por sus bucles negros, y luego tomó sus cosas, corriendo a encontrarse con él. —Soy una chica, me tomo más tiempo para lucir presentable —señaló. —¿Qué, exactamente, luce presentable en ti? —preguntó, y ella le dio un codazo en el estómago. —Cállate. —Así que… —Empezó mientras se abrían camino—. En serio. ¿Vas a volver a verlo? —No. Quiero decir, ¿por qué lo haría? A menos que necesite una camarera en su firma, no creo que vuelva a oír de él —respondió Tate, moviendo su bolso de gimnasio sobre sus rodillas. —¿Y? Podrías llamarlo, ya sabes dónde trabaja —aclaró Ang. Arrugó la nariz. —¿Por qué demonios querría llamarlo? —Porque aún piensas en él —contestó Ang, y ella soltó una carcajada. —No. Te lo dije, ni siquiera lo reconocí al principio —le recordó. Ang negó.

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—Pero comparas a todos los tipos con los que estás con él. He sacado algunos de mis mejores movimientos contigo, ¿¡recuerdas el columpio!? y aun así no estoy a la altura —dijo. Dejó de reír. —No es cierto. Eres increíble, lo sabes. —Bueno, duh, pero puedo verlo. Soy bueno en estas cosas, tengo que serlo por mi línea de trabajo. Soy bastante bueno, puedo decir que soy uno de tus favoritos, pero no soy él —terminó. Ella frunció el ceño. No le gustaba este tema. No comparaba a todos los chicos con Jameson Kane. ¿O sí? ¿Cómo podría? Sólo había dormido con él una vez. Seguramente no había dejado tal impresión. Tenía que cambiar de tema. —Si eres tan bueno en distinguir el sexo, ¿cómo estoy a la altura del resto de las personas con las que te has acostado? No es realmente justo, tengo que competir con ambos sexos, el doble de competencia —bromeó Tate. —Perra, por favor. Si pudiera encontrar una mujer que folle como tú, y que me dejé verdaderamente filmarla y venderlo por dinero, me casaría —dijo Ang con expresión seria. Ella rió. —Eso es lo que me gusta escuchar. La acompañó hasta su apartamento y se quedó un rato, haciendo comentarios coquetos en Rusty. Eso no estaba bien, Rus tenía un gran enamoramiento por él. Tate había intentado explicarle que Ang no salía en citas, que no buscaba una relación, pero eso no detuvo las esperanzas de Rus. Tate estaba empezando a pensar que tendría que compartir algunas de las historias más sucias de ella y Ang, con la esperanza de asustar a su compañera de cuarto. Rus era una dulzura; columpios sexuales y mordazas no eran probablemente su cosa. —¡Oh! Olvidé que dejaste tu celular aquí, sonó sin parar —dijo Rus, después que Ang se fue pavoneándose por la puerta. Tate tomó el teléfono de la mesa, entrecerrando los ojos ante la pantalla. Era la agencia temporal en la que trabajó, ¿un nuevo trabajo? Punto. Les llamó de vuelta. Carla.

—Hola, Tatum, ¿cómo estás? —exclamó sin aliento la directora de la agencia,

—Super duper. ¿Me llamaste ocho veces? ¿Qué pasa? —preguntó Tate, removiendo su plato de frutos secos y dulces. —¡Tengo un trabajo para ti, si estás interesada! —exclamó Carla. —Por supuesto. ¿Qué es? —dijo Tate alrededor de un bocado de comida. —Una firma de abogados en el centro de la ciudad tiene una conferencia. Su asistente regular está enferma y tienen una reunión importante con un cliente mañana por la tarde. No tendrás que cumplir con tus deberes normales, solo te presentas a la

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reunión y servirás agua, muffins, ese tipo de cosas. Rápido y fácil. —La voz de Carla se volvió más susurrante. ¿Cómo habla así? ¿Tomó lecciones? —Suena como mi tipo de trabajo. ¿Qué debo usar? —preguntó Tate. —Traje de negocios. Si tienes un vestido funciona, eso sería genial, pero una falda o pantalones, y blusa abotonada estaría bien. Preséntate a la una en punto, ¿de acuerdo? —susurró Susurro McSusurradora. —Seguro, seguro. ¿Dónde es? —Um… —Carla balbuceó la dirección, su voz apenas un susurro—. Y asegúrate de llegar a tiempo. Eso lo dejaron muy claro. Te pidieron a ti especialmente, sabes. Tate se ahogó con una almendra. —¿¡A mí!? ¿Por qué a mí? —Se las arregló para toser. —No lo sé. Dijeron que habían visto tu trabajo. ¡Supongo que hiciste un gran trabajo! ¡A la una en punto, recuerda! —El susurro de Carla casi un tarareo. —Anotado. Tate miró fijamente su teléfono después de terminar la llamada. Podía recordar trabajar para un abogado, pero no era como si hubiera hecho algo increíble. Al menos, no lo creía. Ni siquiera estaba segura si era para la misma firma de abogados, pero tal vez lo era; tal vez sus habilidades para servir eran mega impresionantes. Legendarias. Tal vez había impresionado al tipo. Quién sabe. Oh, bueno. Un trabajo era un trabajo. Entró en su habitación y pasó la siguiente hora rebuscando en su armario, viendo si tenía algo que se ajustara a la ocasión.

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~3~ J

ameson Kane estaba de pie frente a su escritorio, mirando fijamente la carpeta. El archivo de Tatum O’Shea de la agencia de catering le devolvía la mirada. Le tomó una eternidad llegar a la agencia a la que trabajaba, y luego había pagado una suma generosa por una copia de su archivo.

A través de los años, pensó en ella ocasionalmente, pero no lo suficiente para preguntarle a alguien de su vida. El sexo había sido espectacular. Joven, de veintitrés años, recién había estado descubriendo el tipo de hombre que era; había estado saliendo con Ellie por dos años, y aún no había tenido la oportunidad de explorar completamente su apetito sexual. Se había acostado con otras personas, muchas veces, pero nunca mintió. Ellie siempre lo supo, antes y después. Había intentado terminar con ella, muchas veces, pero luego los gritos empezaban. Los llantos. Las súplicas. Las amenazas. Los Kane y los O’Shea eran amigos cercanos. ¿Realmente quería arriesgar eso? Después de dos años juntos, Jameson finalmente había empezado a darse cuenta que no le importaba si arriesgaba algo. Iba a terminar las cosas con Eloise O’Shea. Mudarse de Harrisburg, regresar a la universidad, algo. Ir a Manhattan. Simplemente alejarse de todo. Estaba aburrido de todo, aburrido de su vida. Necesitaba algo diferente. Tan sólo tenía que averiguar qué era, y cómo conseguirlo. Y luego Tatum entró en su apartamento. Había empezado a excitarse por Tate. La hermana pequeña de Eloise siempre había sido una bomba sexual por explotar. Piernas largas y tonificadas, ojos color chocolate y un cuerpo sexy, había tenido más que un par de fantasías sobre ella. Pero estaba fuera de límites. Demasiado joven, y muy inocente; sin mencionar la cosa de estar saliendo con su hermana. Sin embargo, al final, nada de eso lo detuvo. Se deshizo en sus manos. Como arcilla. Sintió que podía moldearla. Hacerle lo que quisiera. Decirle lo que quisiera. Cada palabra que salió de sus labios, sin importar qué respondió ella, sólo la calentó más. Estaba más necesitada. Muy increíble. Si Ellie no hubiese llegado a casa en ese momento, estaba muy seguro que Tate nunca hubiese salido por la puerta. Ellie los habría encontrado en acción. Algunas veces, Jameson se preguntaba cuán diferentes las cosas habrían salido si eso hubiera sucedido. Se mudó casi inmediatamente después de terminar, no se molestó con mantenerse en contacto con los O’Shea. Su padre murió no mucho tiempo después, y

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Jameson tomó su rol en el mundo. Capital y finanzas. Adquisiciones. Asociaciones secretas con muchos negocios. Además de eso, heredó la fortuna de la familia. Jameson tenía más dinero de lo que alguna vez podría gastar, pero eso no significó hacerse a un lado. Siguió y superó a su padre, era más capaz, hizo más dinero, más conexiones. Consiguió la atención mundial por su habilidad de hacer dinero. Tenía casas en Manhattan, Copenhagen, Río, y ahora Boston. Salía con supermodelos e iba a premieres de alfombra roja. Tenía mujeres cayendo a sus pies. La vida era casi malditamente perfecta. Pero luego, vio a Tatum en esa cocina, y el tiempo cambió. En un mínimo instante, estaba de regreso en su viejo apartamento, hablándole tan mal. Observándola llorar. Mirándola gemir. Tenía que admitirlo, ella había sido un momento bastante poderoso en su vida. Profundo. Lucía tan diferente. Sus curvas se acentuaron un poco más, pero aún tenía el cuerpo tonificado que recordaba. Mataría por ver cómo lucía su culo ahora. Su cabello oscuro estaba levantando en una cola de caballo desordenada, causando que piense en sexo. Su maquillaje de ojos había sido oscuro y difuminado, causando que piense en más sexo. Su sonrisa sarcástica y boca inteligente fue un cambio de ciento ochenta grados de la chica que había conocido antes; esta mujer era una nueva criatura. Y quería descubrir qué clase exactamente.

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~4~ T

atum jaló su camisa con nervios. La había metido en una falda de lápiz ajustada y hasta se puso un par de tacones aguja con pulsera. Si alguien la había pedido personalmente, quería hacer un esfuerzo de verse bien. Se había arreglado el cabello con rizos en las puntas, y había atenuado su maquillaje. Incluso ella tenía que admitirlo, lucía presentable. Por primera vez. Los hombres en trajes de negocios caros comenzaron a llenar la sala de conferencias y ella permaneció inmóvil, dando una sonrisa educada a cada uno que entraba. Una firma de abogados se reuniría con su cliente. Seis sillas estaban alineadas en un lado de una larga mesa, con sólo una silla en el otro lado. Tate se había ubicado al fondo de la habitación, junto a un aparador lleno de dulces, café y agua. Caminó alrededor, arregló las servilletas y preparó las copas. Cuando las seis sillas estaban llenas de un lado, se quedó mirando a sus espaldas, preguntándose quién era tan importante para tener la mirada de todos bajo su nariz. La persona que estaría de frente a ella. Una puerta en la parte trasera del salón se abrió y se quedó sin aliento. Santa. Mierda. Jameson Kane entró a toda prisa en el salón, ofreciendo sólo una sonrisa cortante a sus abogados. Su mirada fue hacia ella por un segundo, y luego la volvió a mirar. Su sonrisa se hizo genuina e inclinó su cabeza hacia Tate, casi como una reverencia. Ella se quedó boquiabierta, seguro que su boca estaba abierta. ¿¡Qué estaba haciendo él allí!? ¿Sabía que estaría allí? ¿Había sido el que la había pedido? Imposible, no sabía para qué agencia de catering trabajaba, pero ¿cuáles serían las posibilidades? No lo había visto en siete años, y ahora dos veces en dos días. Tate sintió ganas de tragarse la lengua. —Señores —dijo Jameson, sentándose frente a los abogados—. Gracias por reunirse conmigo hoy. ¿Alguien gusta un café? ¿Agua? La encantadora señorita O'Shea nos atenderá hoy. —Señaló a Tate, pero nadie se dio la vuelta. Varias personas pidieron café. Jameson pidió agua, su sonrisa fija en su lugar. Era casi burlona. Como si supiera algo que ella no sabía. Empezó a rechinar los dientes.

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Sirvió las bebidas a todos, y luego llevó una bandeja de bocadillos. Nadie tomó nada. Fue a la parte posterior de la habitación, llenó la jarra de agua. Ordenó todo. Sintió a Jameson mirándola fijamente. Esto es ridículo. Eres Tatum O'Shea. Comes chicos de desayuno. Pero pensar en eso le recordó cuando él le dijo algo muy parecido, y sintió un rubor subir por sus mejillas. Fue prácticamente ignorada todo el tiempo. Todos discutieron sobre las decisiones empresariales que Jameson debía o no debía tomar. Estaba muy interesado en desmantelar empresas en quiebra y venderlas. Ellos intentaron frenar sus deseos. Su abogado de impuestos explicó cómo iba su exención tributaria en Hong Kong. Otro abogado le dio un informe de la ley de propiedades en Suiza. Tate intentó ocultar sus bostezos. Se tomaron un descanso de cinco minutos después de una hora. Tate estaba de espaldas a la habitación, reorganizando algunos panecillos en una bandeja, cuando sintió el vello de su nuca erizarse. Se volvió en cámara lenta, observando a Jameson mientras se aproximaba. —¿Sorprendida? —preguntó, sonriéndole. —Mucho. ¿Pediste que viniera? —indagó. Él asintió. —Sí. Te escapaste tan rápido la otra noche. Quería volver a familiarizarme — explicó. Ella rió. —Quizás yo no —respondió. Jameson se encogió de hombros. —Eso realmente no me importa. ¿Qué harás esta noche? —preguntó. La atrapó con la guardia baja. —¿Estás pidiendo que salgamos, Kane? —exclamó. Él echó la cabeza hacia atrás y rió. —Oh Dios, aún una niña pequeña. No. No salgo con gente. Estaba preguntando qué ibas a hacer esta noche —replicó. Evitó el rubor que sentía emerger. Todavía tenía la habilidad de hacerla sentir tan estúpida. Había pasado por tantas cosas desde él, llegó tan lejos con su autoestima y su vida. No era justo que pudiera hacerla sentir tan pequeña. Quería devolverle el favor. Se aclaró la garganta. —Trabajo. —¿Dónde? —En un bar. —¿Qué bar? —Un bar que no conoces. —¿Y mañana por la noche? —Ocupada. —¿Y la noche después?

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—Todas las noches siguientes —le informó Tate, cruzando los brazos. Él entrecerró los ojos, pero siguió sonriendo. —Seguro que puedes hacer tiempo para encontrarte con un viejo amigo — dijo. Ella negó. —Nunca fuimos amigos, Kane —aclaró. Él rió. —¿Entonces qué es? ¿Tienes miedo de mí? ¿Asustada de que te comeré viva? — preguntó. Ella se acercó, negándose a intimidarse. —Creo que eres tú el que debe tener miedo. No me conoces, Kane. Nunca lo hiciste. Y nunca lo harás —susurró. Jameson se inclinó para que sus labios estuvieran casi contra su oído. —Sé cómo se siente estar en tu interior. Eso es suficientemente bueno para mí —susurró en respuesta. Tate se alejó. Sentía que no podía respirar. Él removió algo en su interior. —Tú y mucha otra gente. No eres tan importante como piensas —se burló. Era una completa mentira, pero tenía que recuperar el dominio. Él le sonrió burlonamente. —Eso suena como un desafío para mí. Tengo que defender mi honor —le advirtió. Tate resopló. —Lo que sea. Arremete contra tu contrincante entonces, a mí. Defiéndete —le respondió, poniendo los ojos en blanco. No le contestó, simplemente siguió sonriéndole. Los abogados comenzaron a llenar de nuevo la sala y Jameson tomó su posición en el otro lado de la mesa. No estaba muy segura por qué fue su pequeña discusión, o de dónde había salido. Iba a tratar de pasar el resto de la conferencia, y luego se escabulliría antes de que pudiera hablar con ella de nuevo. No quería tener nada que ver con Jameson Kane, o con su… —Señorita O'Shea. —Su voz aguda interrumpió sus pensamientos. Tate levantó la cabeza. —¿Sí, señor? —contestó, asegurándose de mantener su tono suave y cortés. —¿Podrías traerme un poco de agua y algo para comer? —preguntó, sin siquiera molestarse en mirarla mientras hojeaba un contrato. Cargó una bandeja con sus peticiones y se dirigió a la mesa. Nadie siquiera la miró, sólo siguieron con una jerga legal el uno al otro, un idioma que no conocía. Se paró junto a Jameson y se inclinó hacia adelante, dejando su agua y luego fue a preparar queso y galletas en un plato para él. Estaba a medio camino cuando lo sintió. ¿¡Esos son… sus dedos!? Tate se congeló por un segundo. Su toque era ligero mientras movía sus dedos de arriba abajo entre sus piernas. Echó un vistazo a sus rodillas y luego lo miró. Todavía miraba los papeles, pero podía verlo sonriendo. Trató de ignorarlo, trató de volver a preparar su comida, pero su mano subió más. Se atrevió a pasar por encima de sus rodillas, muy por debajo de su falda. No podía llegar más lejos, a no ser que le subiera

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la falda, o se deslizara en su silla. Dejó el resto del queso en su plato y comenzó a alejarse. Acababa de volver a su puesto cuando escuchó un ruido, seguido por gruñidos. —No se preocupen. ¡Señorita O'Shea! Lo siento, ¿podría limpiar esto? —La voz de Jameson sonaba aburrida. Se dio la vuelta y vio que había volteado su vaso de agua. Él estaba intentando detener el líquido mientras se expandía por la mesa. Los abogados estaban todos sosteniendo sus papeles en alto, gruñendo sin parar. Tate refunfuñó y tomó una toalla antes de caminar hacia la mesa. Lo fulminó con la mirada todo el tiempo, pero aún se negaba a mirarla. Empezó tan lejos como pudo, limpiando todo, pero al final tuvo que inclinarse sobre él para alcanzar el lío. Se puso de puntillas, extendiéndose sobre la mesa. Como había asumido que haría, su mano encontró su camino de regreso a sus piernas. Sólo que esta vez no fue tímido, y su posición permitía mucho acceso. Su mano fue directamente por la parte de atrás de su falda, las puntas de sus dedos rozando el encaje de sus bragas. Ahogó un chillido y miró a su alrededor. Si alguno de los otros caballeros levantaba la cabeza, habrían podido ver a su cliente con la mitad del brazo bajo la falda de su asistente, claro como el día. Se las arregló para pasar el dedo bajo el dobladillo de su ropa interior, por el lado izquierdo de su nalga, antes que ella se alejara. Regresó con furia a la estación de comida, arrojando la toalla con tanta violencia que golpeó una pila de cubos de azúcar. Cuando se dio la vuelta, Jameson finalmente la estaba mirando. Puso sus puños en sus caderas, mirándolo. Su sonrisa estaba en su sitio, como había esperado, y levantó un dedo, señalándolo hacia arriba. Uno. Luego se señaló a sí mismo. Un punto. Empate. Él pensaba que estaban jugando. Tate no había querido jugar con él, pero odiaba perder en cualquier cosa, y no quería volver a perder ante un hombre como Jameson Kane. Una idea pasó por su mente. Tate quería hacerlo sentir tan incómodo como acababa de hacerla sentir. Fríamente levantó una ceja y luego se tomó su tiempo mirando alrededor de la habitación. Todos los abogados aún le daban la espalda, ninguno se había volteado en ningún momento. Había persianas en todas las ventanas, nadie podía ver desde la oficina, pero sabía que la puerta no estaba cerrada con llave. Cualquiera podía entrar en la habitación. Respiró hondo. No importaba de todos modos, ¿qué era lo peor que podía pasar? ¿La despedirían? Era un trabajo temporal, ya que Jameson la había pedido, porque ni siquiera trabajaba allí. ¿Realmente le importaba lo que pasaría? Volvió su mirada hacia él y pasó sus manos por los lados de su falda. Jameson también levantó una ceja, su mirada siguiendo sus manos. Cuando llegó hasta el dobladillo de la falda, aplanó las palmas de las manos y comenzó lenta y sensualmente a deslizar el material por sus piernas. Ahora él levantó ambas cejas. Su mirada fue a su rostro y luego de regreso a su falda. Más arriba, pasando sus rodillas. A la mitad de sus muslos. Más aún. Si alguien se volteaba, estaría muy sorprendido por lo que vería. Un centímetro más, y estaría expuesta. La mirada de Jameson estaba prácticamente ardiendo en ella.

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Tomando respiraciones cortas y rápidas por la nariz, Tate deslizó sus manos alrededor de su trasero. Levantó la tela más arriba de ese lado, con cuidado de mantener el frente lo suficientemente bajo como para ocultar todo su asunto, y fue capaz de enganchar sus dedos en su ropa interior. Ni siquiera pensó en lo que estaba haciendo, no podía apartar la mirada de Jameson, mientras deslizaba su ropa interior sobre su trasero y por sus caderas. Cuando el encaje se deslizó hasta sus tobillos, ubicó su falda de nuevo a su lugar. Sacó los pies de las bragas y se agachó para recogerlas. Cuando se puso de pie, dejó que el encaje colgar de su mano mientras levantaba un dedo. Punto. Ganadora. Jameson asintió, obviamente concediendo su victoria, y luego volvió su atención a los papeles que tenía en frente. Tate dejó escapar un suspiro que ni siquiera se dio cuenta que estaba sosteniendo, y se dio la vuelta, apoyando sus manos contra la mesa. Se inclinó hacia delante y respiró hondo. Acababa de empezar a ganar el control de su ritmo cardíaco, cuando alguien se aclaró la garganta. —¿Qué es eso, señorita O'Shea? —gritó Jameson detrás de ella. Se giró y escondió la ropa interior en su puño. —¿Disculpe, señor? —preguntó. —Eso —continuó, señalando con su pluma—. En tus manos. Tienes algo para mí. Tráelo aquí. Ahora todos se volvieron hacia ella. Tate se mantuvo tan quieta como pudo, sus manos juntas frente a sus piernas, ocultando la ropa interior entre sus dedos. Todos los ojos la miraban. Jameson sonrió y se recostó en su silla. Ella tomó una respiración temblorosa. —No sé qué… —Tráigalo, señorita O'Shea, ahora —ordenó, golpeando la mesa con su pluma. Ella le dio una mirada furiosa. A la mierda. Se dio la vuelta y colocó una de las bandejas de plata delante de ella. Dejó las bragas allí, asegurándose de que el material estuviera sin arrugas y plano. Estaba muy agradecida que había aprovechado y se había puesto su ropa interior buena, cara y “¡Soy exitosa y con una carrera excelente!”. Equilibró la bandeja encima de las yemas de sus dedos y se volteó, caminando hacia su mesa, una gran sonrisa en su rostro. —Para usted, señor Kane —dijo con voz entrecortada, y luego dejó caer la bandeja delante de él. Se estrelló ruidosamente y giró un poco antes de detenerse por completo, las bragas deslizándose a un lado. Mientras se alejaba, podía oír algunos jadeos. A otros reírse. Una risa muy familiar. Cuando llegó a la puerta, la abrió y luego giró a la habitación. Un par de abogados la miraban, y los demás se reían, señalando a la escena que acababa de armar; Jameson la estaba mirando fijamente, su sonrisa burlona en su lugar. Ella le envió un beso y luego salió por la puerta.

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Un par de horas más tarde, Tate se sentó en el borde de su cama, mirando a su armario. Debería haber estado preparándose para el trabajo. Había prometido hacer un turno en el bar por una de las otras chicas, el martes solía ser su día libre. Se había duchado, trató de motivarse para vestirse, pero después de la tarde que había tenido, realmente no quería ponerse sexy e ir a tomar bebidas. Suspiró. Supéralo. La renta está vencida. Comenzó a quitarse la ropa, sin prestar atención a lo que escogía. Su mente seguía vagando de regreso a la sala de conferencias. Tate se había vuelto bastante audaz a lo largo de los años, muy segura de sí misma y de su sexualidad, pero nunca había hecho algo así; nunca se había desnudado en una habitación llena de gente. ¿Cómo era posible que todavía tuviera ese tipo de poder sobre ella? Una vez. Habían estado juntos una sola vez, no era justo. Y aún más raro… ¿por qué parecía que la perseguía? Jameson Kane no perseguía a nadie, ni siquiera hace siete años. Ellie le había pedido salir. Ciertamente nunca había perseguido a Tate. Ella lo primero que hizo fue rendirse ante su polla esa noche, había estado tan ansiosa. Sacudió la cabeza de un lado a otro, tratando de aclarar sus pensamientos. Nunca más. Nunca voy a pensar en Jameson Kane, nunca… —¡Tate! —La voz de Rusty chilló a través de su puerta. —¿Qué? Está abierta —gritó Tate, dejando caer la toalla que llevaba puesta y poniéndose un par de pantalones de chándal. Su puerta se abrió y Rus asomó la cabeza por la esquina. —Hay un tipo que quiere verte —dijo con voz emocionada. Tate frunció el ceño. ¿Un tipo? —¿Quien? ¿Qué quiere? —preguntó ella, poniéndose una camiseta y luego levantando su cabello húmedo en una cola de caballo. —No sé quién es, pero es tan guapo, no puedo creer que sea de verdad. Lleva un traje de aspecto caro. —Describió Rus. Tate gimió, frotando las manos sobre su rostro. —¡Jesús! ¿Qué, me estás acosando ahora? —gimió. —No. —Una voz profunda vino de su puerta. Levantó la mirada. Jameson Kane está en mi apartamento de mierda. —Siéntete en casa. —Suspiró, haciendo un gesto para que entrara a su habitación. Rus soltó una carcajada y se puso roja, dejando espacio para él y luego corriendo por la puerta. —Es linda —comentó Jameson mientras paseaba por la pequeña habitación, inspeccionando las cosas.

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—Oh, ¿en serio? ¿Quieres comerla también para el desayuno? —preguntó Tate. Jameson se rió, acercándose a una foto. —Hmmm, no es realmente de mi gusto. Tengo hambre de algo un poco más oscuro —respondió. Tate entrecerró los ojos. —Bueno, ese “algo” no está en el menú —le informó. Él se enderezó y la miró. —Ya veremos. —De verdad. ¿Qué diablos quieres? —le espetó. Él le levantó una ceja. —Actitud. Me gusta. ¿Dónde está toda esa mierda que normalmente tienes alrededor de tus ojos? —preguntó, aproximándose. Ella empezó a retroceder, pero luego se detuvo, manteniéndose firme. —Estaba a punto de poner toda esa mierda de nuevo cuando fui interrumpida por un idiota engreído —respondió. —Mira. Quiero hablar contigo. No nos hemos visto en mucho tiempo. Me intrigas. Ya no muchas cosas lo hacen —explicó un poco. —¿Intriga? —Eres tan diferente, pero sigues siendo la misma. Es interesante. Tengo curiosidad por ver lo profundo que va cada cosa —agregó. Ella suspiró. —Mira, Kane, no puedes simplemente decidir… —Jameson —la corrigió. Ella parpadeó. —¿Disculpa? —Jameson. Ese es mi nombre. Llámame por mi nombre —le instruyó. —Pero todo el mundo te llama Kane. Todos los abogados de hoy, mi hermana, todo el mundo —respondió Tate, un poco perdida en la conversación. Él negó. —No me importa. Siempre me llamaste Jameson. Repítelo —ordenó. Ella rió. —Está bien, el tiempo de jugar ha terminado. Sal de mi apartamento. Estoy muy halagada que pienses que quieres saber algo sobre mí, pero en realidad me importa una mierda. No quiero tener nada que ver contigo. No eres nada para mí. Así que, gracias y adiós —dijo, señalando hacia su puerta. Jameson la observó por un segundo y luego se le acercó, sus pasos lentos y deliberados. Ella se rehusó a retroceder, así que terminaron casi pecho a pecho. Sin tocarse, pero lo suficientemente cerca como para aspirar todo el oxígeno de ella. Tate lo miró fijamente, frotando sus labios para no soltar los pensamientos en su cabeza. —No he pasado por alto que parece que te crecieron un gran par de bolas justo después que te follara. Creo que merezco un poco de crédito y, por lo tanto, me debes —le dijo descaradamente. Ella se echó a reír. —¡Eres realmente increíble! Sólo porque tuvimos sexo, no significa… —Yo te follé. Existe una gran diferencia.

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—¡Fue hace siete años! —Tate, de repente, estaba gritando—. ¡Siete malditos años! ¿¡A quién le importa una mierda!? ¡He follado a mucha gente desde entonces! ¡Estoy segura que tú también! ¡Así que, gran maldita cosa! Nada lo sorprendió. Se quedó quieto, continuó sonriendo. La volvía loca. Quería darle una bofetada. Clavarle las uñas en la cara. Tirarlo al suelo. Y luego, posiblemente, follarlo como el infierno… —Creo que fue una gran, gran cosa, y podemos hablar de eso en otro momento. Por ahora, déjame llevarte al trabajo. Déjame ver el agujero de mierda en el que trabajas, y luego tal vez podemos establecer un tiempo para charlar —ofreció Jameson. Su mente estaba girando. ¿Había sido gran cosa para él? Imposible. No. Jodidamente. Posible. Apenas la había mirado después de lo que sucedió, y ella había sido como lodo en el suelo. Jameson Kane no era ese tipo de hombre, no podía imaginar algo que fuera gran cosa para él. Siempre había supuesto que lo había olvidado. Por eso estaba tan sorprendida. —Yo… tú… ¿qué? —preguntó. Él rió. —Estaré esperando abajo. Tu apartamento me asusta. Baja en quince minutos. No me hagas regresar —ordenó, señalándola con el dedo antes de caminar hacia la puerta. —No puedes decirme… —Oh, y Tate, olvidaste esto —dijo, buscando en su bolsillo. Sacó sus bragas y las arrojó al suelo—. Siempre parece que las estás dejando caer a mi alrededor. Hijo de puta.

Jameson estaba un poco sorprendido que bajara en los quince minutos. Tate lo miró de soslayo durante un minuto, y era obvio que estaba pensando en marcharse, pero algo la hizo pensar dos veces. Debió de darse cuenta de que simplemente la seguiría. Suspiró y caminó alrededor de él, subiendo del lado del pasajero de su auto. Tate no le habló, sino para dar instrucciones. Su tono se volvió un poco más grave de lo que había sido cuando tenía dieciocho años. Tenía voz ronca, o algo así. Algo sexy. Todo en ella era sexy. Hace siete años, había sido sexy como una mujer joven tonta e ingenua. Ahora, como una joven con confianza de veinticinco años, detuvo su corazón. Hacía difícil pensar con claridad. Se había maquillado. Parecía preferir el maquillaje ahumado y oscuro. Lucía bien. Un poco de mala calidad, pero de una manera muy sexy. Su boca estaba cubierta de un brillo pálido, rosa, que realmente enfatizó el hecho que definitivamente tenía LCP, labios chupa-penes. Hace siete años, nunca hubiera sido capaz de imaginarse a Tatum O'Shea chupar una polla. Ahora no podía detenerse.

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Jameson no se permitía pensar en su cuerpo, o tendría que detener el auto y aliviar la tensión entre ellos, justo en ese momento y lugar. Ella estaba luchando, y eso lo calentaba aún más. Cuando había empezado a bajar sus bragas, en medio de esa habitación, con toda esa gente… había tomado todo el control que no tenía en despedir a todos y follarla en ese momento. Había sido divertido jugar con la vieja Tatum, lindo. Esta Tatum, quería poseerla. Quería romperla, inclinarla frente él. Parecía un adversario digno, y Jameson amaba una buena pelea. —¿Siempre empiezas a trabajar tan tarde? —preguntó, estacionando frente a una especie de bar de mala suerte. Ella negó. —No, estoy reemplazando a alguien, normalmente trabajo los fines de semana. Gracias por el viaje —dijo antes de salir del auto. Él salió justo detrás. —Oh, tengo que ver este lugar. Estoy fascinado con tu vida. La chica buena se vuelve mala. ¿Hay orina en el suelo? —preguntó, manteniendo abierta la puerta del bar. Ella le dio una sonrisa llena de dulzura. —Tienes un don tan sexy con las palabras. Entonces, Tate le dio un codazo y caminó a través de la puerta. Fue hacia al bar, pasando bajo la división de la barra y se dirigió a una habitación de atrás. Jameson se plantó en un taburete y pidió un bourbon. Seco. La mujer que lo servía llevaba pantalones de cuero apretados y un top de bikini, y los llevaba bien. Le hacía sentir curiosidad qué llevaría puesto Tate, se preguntó si sería tan zorra. No estaba decepcionado. Quince minutos después, a las diez en punto, reapareció. Su lengua se clavó en el paladar de su boca. Llevaba un diminuto short de jean. Había querido ver su culo, y ahora su deseo estaba más o menos cumplido. Cuando se inclinó sobre la parte trasera del bar para agarrar algo, pudo ver la forma redondeada de su culo. En la parte superior llevaba un top con algún tipo de logotipo de béisbol, pero había cortado la mitad inferior. Terminaba justo debajo de sus pechos, y cuando levantaba los brazos, podía ver un sujetador gris de encaje. El top dejaba a la vista su estómago, tonificado y plano. La chica cuidaba su cuerpo. Tenía botas de cuero en los pies, casi del estilo de combate, pero con parte superior dobladas. Debería haber elegido al azar su atuendo sexy, pero de alguna forma quedaba bien. —¿Es así como te vistes normalmente para trabajar? —preguntó Jameson cuando se dirigió hacia su extremo del bar. Ella se miró a sí misma. —No. A veces llevo menos —respondió, y él se rió. —¿Menos? Así que, si vengo el fin de semana, ¿podrías estar sirviendo a la gente en bikini? —Tuvo que gritar para ser escuchado por la música y por los gritos. Había estado bastante lleno cuando entraron, ahora apenas había espacio. —Sólo si es un día de partido. —Qué caliente. Pero esos pantalones cortos, creo que tienen que irse. A veces menos, es más, ya sabes —bromeó. Tate levantó una ceja.

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—¿Crees que son demasiado cortos? —Sí. Ella se alejó y dio largas zancadas al otro extremo del bar. Levantó algo y luego se dirigió hacia él. Le tomó un segundo antes de darse cuenta de que era un megáfono. Le sonrió y luego se lo llevó a los labios. —¡Todos! ¡Oigan! —gritó ella. Hubo un rugido de vitoreó y la música se cortó—. ¡El hombre de aquí cree que mis shorts son demasiado cortos! ¿¡Qué piensan todos!? — Apartó el megáfono, levantando sus brazos en un gesto de interrogación. El lugar se volvió loco. La multitud tenía que ser setenta y cinco por ciento masculina, y todos estaban gritando y silbando hacia ella. Tate sonrió, y guiñó un ojo, mordiendo la punta de su lengua entre sus dientes. Estaba claro que sabía lo que estaba haciendo, sabía cómo lidiar con la multitud. Se dio la vuelta y se inclinó por la cintura, moviendo un poco su culo. Los gritos crecieron a un nivel ensordecedor. Finalmente se puso de pie y se dio la vuelta, alejando a todos. Luego se volvió hacia Jameson. —No dije que te ves mal —señaló. Ella negó. —Eres ridículo. Si no te gusta lo que estoy usando, vete —sugirió antes voltearse hacia el bar para atender a los clientes. —¡No hasta que aceptes hablar conmigo, Tatum! —gritó Jameson sobre el estruendo. Ella lo miró mientras con habilidad hacía girar botellas en sus manos, vertiendo licor en los vasos. —¡Todavía no sé de qué tenemos que hablar! —gritó, batiendo dos vasos cocteleros a la vez. Era muy buena en su trabajo. —La forma en que hablas, la forma de vistes, tu maquillaje, tu culo —respondió. Al oír la palabra “culo”, algún idiota junto a él vitoreó. —Hasta donde recuerdo, ¡nada de eso te incumbe! —Se rió, abriendo uno de los cocteleros y sirviendo una mezcla azul en un vaso de Martini. —Si quiero son de mi incumbencia. Quiero conocerte —dijo. —Pero no salir en una cita conmigo —aclaró ella, sirviendo la segunda copa. —No seas jodidamente estúpida. —Jameson se rió. Tate se dirigió hacia él y luego plantó las manos en la barra, abriendo los brazos. Se inclinó cerca, muy cerca, su aliento caliente contra sus labios. Su camisa suelta colgaba hacia adelante y tuvo una vista perfecta de su escote. —¿Qué quieres, Kane? —preguntó en voz baja. Apartó la mirada de sus tetas y la miró a los ojos. —Llámame de nuevo de esa forma, y castigaré esa boca —le advirtió. Ella se rió entre dientes. —No hagas promesas que no cumplirás —le respondió. Oh Dios, puede que haya encontrado al rival perfecto. Esto debe ser interesante.

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—¿Quién dice que no lo haré? Tengo grandes planes para esa boca —dijo Jameson, pellizcando su barbilla entre sus dedos. Ella puso los ojos en blanco. —No va a suceder, Kane. Ninguna parte de mí va a tocar ninguna parte de ti, así que mejor acostúmbrate a esa idea —le informó antes de alejarse. Ya lo veremos. —Bien. Pero vamos a hablar —dijo. Ella dio un suspiro. —Bien. Bien. ¿Qué tal si acordamos un horario? ¿Cómo mañana? ¿A la una en punto? ¿Eso está bien para usted, mi señor y maestro? —se burló. Él sacó su teléfono. —Lo estoy marcando. Encuéntrame en mi oficina —le dijo. Ella resopló. —Bien, lo que sea —se quejó. Él la miró. —Será mejor que aparezcas. Si tengo que venir a buscarte, no te gustará —le advirtió. Tate se rió. —Palabras, palabras, palabras. En mi experiencia, los hombres que hablan tanto como tú, tienen muy poca acción para respaldarlo —dijo. Jameson también rió. —Me has experimentado en acción. Y no hubo mucha charla. Tate le puso los ojos en blanco y luego tomó su vaso, bebiendo el resto de su bourbon de un tirón. —Pones demasiado énfasis en el pasado, Kane. Fue una vez, una sola vez. ¿El gran Jameson Kane se quedó en una aventura de una noche? No fue nada, ya pasó mucho. Hablaremos de lo que quieras mañana, y luego es un adiós —le informó antes de marcharse. Él le sonrió burlonamente. Dos veces. Me llamó por mi apellido dos veces. Ahora realmente me debe.

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~5~ T

ate se sentó en una silla en una antesala del despacho de Jameson. Había pensado en dejarlo plantado, pero no quería que apareciera de nuevo en su apartamento. ¿Cómo había sabido dónde vivía de todos modos? Y él había dicho que le asustaba. El señor Pantalones Remilgados probablemente nunca había estado en un edificio de alquiler bajo. Estúpido. No tenía idea de lo que estaba pasando entre ellos. La desafió, ella jugó a sus juegos. Podría haberse alejado de él; en el momento en que entró en la sala de conferencias, podría haberse ido. Cuando le tocó la pierna, podría haberle dado una bofetada. Podría haber gritado y actuado como una chica asustada. Pero algo en él aún se metía bajo su piel. Algo había sido verdad de lo que Ang había dicho; su noche con Jameson le había afectado mucho. No sólo estableció un cambio importante en su vida, sino que la había ayudado a descubrir un nuevo lado de sí misma. A Tate le gustaba ser tratada con dureza. Le gustaba que le hablen sucio, le gustaba que la llevaran al límite. Por supuesto, sólo en sus términos y sólo por los hombres que le gustaba. No le gustaba Jameson Kane, y nada con él estaba en sus términos. La ponía nerviosa. La ponía caliente. La confundía. —¿Señorita O'Shea? Salió de su aturdimiento. Era obvio que la secretaria había permanecido allí un rato. Tate sonrió y se levantó, siguiendo a la mujer a una gran oficina. Jameson no escatimaba en nada: ventanas grandes con vistas asombrosas. Muebles de caoba. Impresionantes diplomas enmarcados. ¿Había un verdadero Mark Rothko en la pared? —Pensé que me plantarías. —Jameson se levantó de su silla cuando la secretaria se retiró de la habitación. Tate se encogió de hombros y caminó hacia adelante, sentándose en una silla frente a su escritorio. —A pesar de lo lindo que suena acosar, pensé que sería mejor cortar esto de raíz —respondió. La mirada de él recorría su cuerpo. —Hoy te ves diferente. Cada vez que te veo, es como si fueras una persona diferente —dijo. Ella se miró a sí misma. Llevaba pantalones de traje ancho, ballerinas y una blusa con mangas abultadas. Todo negro. —Hoy estoy contratada en un salón de lujo. ¿Qué quieres? —Tate fue al grano. Él le sonrió.

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—Tan impaciente. ¿Cómo has estado? ¿Terminaste la universidad? —preguntó, tomando su asiento de nuevo. Ella entrecerró los ojos. Dijo que sólo quería hablar, pero luego hacía comentarios sobre castigar su boca, y otras cosas. Dijo que no quería salir con ella, pero parecía obsesionado con la idea de conocerla. Confundía su mente. —He estado fan-jodidamente-tástica. Dejé la escuela justo después de irme de Harrisburg. ¿Es todo? —preguntó, levantándose de un salto. —Siéntate —ordenó con voz severa, e inmediatamente lo hizo, sorprendiéndose a sí misma un poco. —¿Qué quieres, Kane? No nos vayamos por las ramas. No me conoces, nunca te importé antes, así que, ¿qué problema tienes ahora? Si desapareciera mañana de la faz de la tierra, no afectaría tu vida —señaló Tate. —Tal vez no. Pero estoy un poco acostumbrado a conseguir lo que quiero, y como he dicho, me intrigas —respondió Jameson. Se movió al borde de su silla. —De acuerdo, bien. Mi historia de vida: me fui de casa después de la noche que dormí contigo, sin mirar atrás. Mi padre me llamó, me dijo que ya no pagaría mi matrícula. Le dije que se fuera a la mierda. Mi madre me llamó y me dijo que ya no era bienvenida en su casa. Le dije que se fuera a la mierda. Ellie me llamó y me dijo que era la puta más grande que había conocido. Le dije que se fuera a la mierda. Dejé la universidad. Conseguí un trabajo en Chilis. Me mudé de mi apartamento. Conseguí un segundo trabajo limpiando habitaciones de motel. Me mudé a un apartamento más de mierda. Obtuve mi trabajo en el bar, me mudé con Rusty, a un apartamento el triple de mierda. »¿Pero sabes qué es lo más loco? Estaba feliz. Pude ser yo; Nunca pude serlo, antes de irme. Fue increíble. Bebí mucho, probé un montón de drogas, tuve muchísimo sexo, y todo fue increíble. Ahora, más o menos estás al día. ¿Puedo irme? —dijo ella a toda velocidad, hablando tan rápido como pudo. Jameson se recostó en su silla. —¿Sigues tomando drogas? —preguntó. Tate puso los ojos en blanco. —Hierba a veces. He probado el éxtasis y la cocaína. Fue ácido la primera vez, pero no eran realmente de mi tipo. Nunca hice nada más extremo —respondió. —Escandaloso. ¿Con cuántos chicos te has acostado? —Demasiados para contar —respondió. Ahora le tocaba a él poner los ojos en blanco. —Deja las respuestas simples. ¿Cuántos? —preguntó de nuevo. Ella se encogió de hombros. —No llevo la cuenta. Muchos, pero no un número, como, astronómico. —¿Alguno tan bueno como yo? —Un par. —Lo dudo.

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Tate lo miró un momento. ¿Estaba realmente inseguro si alguien estaba a su altura? Parecía ridículo. Probablemente había estado follando a la lista de modelos de la agencia Ford. Sabía que no había manera que se comparara a las mujeres con las que debía haber dormido desde su noche juntos. Dejó escapar un profundo suspiro. —¿Eso lo que realmente quieres saber? Simplemente puedes preguntar —le dijo—. Sólo había tenido sexo con otra persona, antes que tú. Lo que tuvimos fue… intenso. Probablemente no estuvo bien en más aspectos de los que me gustaría reconocer, pero me gustó. Me llevó un tiempo admitirlo, sabes. Que me gustó. Pensé que algo estaba mal conmigo. Eras un completo idiota, pero no podía dejar de pensar sobre eso. »Luego, un par de meses después que me mudé de nuevo aquí, después de mudarme del apartamento que papá me había rentado, fui a una fiesta. Me emborraché un poco. Había un chico ligando conmigo, realmente tirándose encima de mí, y fue como si la vieja Tate estuviera susurrando: “Ew, no puedes estar ahí y escuchar esto, ¡es inapropiado! ¡Te meterás en problemas!”, pero otra parte de mí empezó a decir: “¿A quién le importa? Él es guapo, tú estás caliente; sólo fóllalo, no tienes que responder a nadie más que a ti misma”. Y fue como si algo en mí cambió. Podría hacer eso, si quería. Ninguna preocupación de decepcionar a mis padres, ninguna reputación que realmente importa, nada de eso. Resultó que el tipo era horrible en la cama, una pérdida total de tiempo. Pero me ayudó a darme cuenta de algo, me gusta el sexo. Me gusta tener sexo, me gusta ser sexy. Me gusta estar soltera. Me gusta ser yo, y a la mierda al que no le guste. — Terminó. —Entonces, no puedes dejar de pensar en eso, ¿huh? ¿Todavía piensas en eso? —preguntó Jameson. Tate gruñó. —Eres el idiota más engreído que he conocido —le dijo. Él rió. —Puede que hayas dado una vuelta de ciento ochenta grados, pero yo soy casi el mismo tipo, sólo con garras más afiladas —le advirtió. —No, no pienso en ello —respondió a su pregunta—. Ni siquiera te reconocí al principio, en esa cocina. Me llevó un tiempo el clic. —¿Y qué con lo que pasó en esa sala de conferencias? ¿Estás bien con eso? — preguntó. Ella parpadeó sorprendida. Cambió de marcha tan rápido, dominó por completo la conversación. Si siquiera pudiera llamarlo así; se sentía como si estuviera siendo interrogada. —¿Qué parte? ¿Qué me engañaras para ir a un trabajo? ¿O tocarme frente a un montón de tipos en trajes? —Le pidió aclaración. Él sonrió. —Ya sé que te gustó cuando te toqué, ¿qué te parece cuando te quitaste las bragas? No te hice hacer eso; movimiento bastante audaz, no lo esperaba —dijo. —Probablemente porque no me conoces. Tal vez eso algo de todos los días para mí, para nada audaz —señaló. Jameson se echó a reír. —No lo creo. Te desafié. No te gustó. Subiste las apuestas. Admiro eso — comentó.

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—Sí, y gané de lejos. Se acabó el juego. Yo gano. Tú pierdes —respondió Tate. Él levantó las cejas. —Y una mierda que ganaste, el juego no ha terminado todavía. ¿Hasta dónde estarías dispuesta a ir? —No voy a jugar contigo, Kane. —Tú lo comenzaste. Si no puedes manejarlo, sólo dilo. —Puedo manejar todo lo que hagas. Se miraron durante un minuto, la tensión en el aire. No sabía lo que estaba pasando entre ellos; debería levantarse e irse. Pero era como esa noche en el apartamento de él de nuevo. Lo que Tate debería hacer y lo que iba a hacer, eran dos cosas muy diferentes. La fascinaba. Por lo general, intimidaba a los hombres, o era simplemente una chica de un buen rato para ellos. Rara vez se burlaba o discutía con ellos, y si lo hacía, no tenía problema en patearles el culo. Sin embargo, Jameson era intocable. —Quiero oír sobre la mejor follada que has tenido. —Cambió de tema de nuevo. Tate se rió. —¿Estás seguro? No eres tú —bromeó. Era una completa mentira, pero no iba a decirle eso. —Yo juzgaré eso. Vamos a oírlo —dijo, recostándose en su silla. Ella pensó por un segundo, echándose hacia atrás también. —Probablemente fue con mi amigo Ang, como hace dos años o algo así. Yo tenía novio, pero se enteró que me había acostado con su mejor amigo. Fue antes de que empezáramos a salir, pero no le importó. Enloqueció por completo en un club, empezó a gritar que era la puta más grande que había conocido, simplemente una jodida puta. Seguía gritando a cualquiera que quisiera escuchar —comenzó Tate. Jameson suspiró. —Así que, tu amigo, Ang, estuvo a tu lado después de una desagradable e incómoda ruptura. Te reconfortó, quería que te sintieras bien contigo misma. —Él intentó rellenar la historia. Tate echó la cabeza hacia atrás y rió. —No tanto. Ang me llevó fuera y me folló como la mierda. Bastante caliente. Follamos ahí mismo, en el callejón. Ang me inclinó sobre una escalera y le explicó a mi novio, en detalle gráfico, qué buena jodida se estaba perdiendo al dejarme. —Terminó de decir. —Wow. ¿Esa fue la mejor follada que has tenido? —preguntó Jameson. Ella se encogió de hombros. —Fácilmente entre los cinco primeros. La mayoría de Ang —agregó. —Debe ser un animal en la cama. —Sí, además tiene un pene enorme. Ahora estaba tratando de sorprenderlo a propósito. Tate estaba muy cómoda hablando de sexo, y en su experiencia, los hombres tendían a ponerse nerviosos cuando se enfrentaban a una mujer que hablaba de esa manera. Sin embargo, Jameson Kane no.

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Él asintió con su comentario, mostrando todo el interés de alguien que escuchara un informe meteorológico. —Eso ayuda. ¿Todavía están juntos? —preguntó. —Nunca estuvimos juntos. Sólo somos amigos que duermen juntos, cuando se nos antoja —explicó. —¿Y cómo uno puede llegar a ser de esa clase de amigo? —preguntó Jameson. Tate se rió. —¿Por qué, señor Kane, quieres ser mi folla-amigo? —Deja de lado la parte de amigo —respondió. Se inclinó hacia adelante en su silla. —No ser tú. ¿De eso se trata realmente? ¿Quieres tener sexo conmigo? — preguntó. —Por supuesto que sí. Puedes mentirme todo lo que quieras, pero no tengo ningún problema en admitir que todavía eres, hasta el día de hoy, probablemente el coño más caliente que he tenido —dijo, su voz casual. Tate inhaló bruscamente y se ahogó un poco. Ang era bastante contundente con ella, pero muy pocos otros hombres alguna vez le hablaron de esa manera; le hizo algo a su presión arterial. Escuchar a Jameson decirlo, le causó algo. Se frotó los muslos y respiró hondo. —Es muy halagador, Kane. No significa que alguna vez haya una repetición — respondió. —¿Por qué no? —Porque. Es una mala idea. Eras un enorme idiota. Soy una persona diferente. No sería lo mismo —sugirió. Él asintió. —Tienes razón. Probablemente será mucho mejor, eras tan inexperta la última vez —dijo sin rodeos. Tate resopló y se sintió ofendida. —Si era tan “inexperta” y aun así sigo siendo el mejor coño que has tenido, entonces, debes haber estado durmiendo con algunas mujeres muy mediocres —aclaró Tate. —Estoy empezando a pensar que sí. ¿Por qué es mala idea? Quiero decir, incluso si esas cosas son ciertas, ¿qué tienen que ver con que follemos? No quieres novio, no quiero novia, así que, que sea un idiota y que tú seas diferente no tiene nada que ver con que nos acostemos —señaló Jameson. Hmmm, tiene un buen punto. Ella negó. —¿Qué tal si simplemente no quiero hacerlo? —Mentirosa.

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—Eres como súper guapo, magnate, lobo, hombre, persona, cosa; puedes dormir con cualquier chica que desees. ¿Cuál es la gran cosa sobre mí? —preguntó Tate, tomando un pisapapeles encima de su escritorio y girándolo entre sus manos. —La mayoría de las chicas quieren algo de mí. Compromiso, conexión, un trofeo. En su mayoría, sólo quiero sexo. Tal vez a alguien que pueda tratar mal de vez en cuando —dijo—. Creo que estás buscando cosas similares. Creo que podríamos ayudarnos mutuamente. Eso la sorprendió. A pesar de su historia, realmente no se conocían muy bien; sin embargo, él ya la conocía. Sus palabras eran como poesía, y en un primer momento, lo único que podía pensar era en decir sí. Sí, a cualquier cosa que quisiera. Y sus palabras más la mirada ardiente en su rostro le dificultaba resistirse. Era una mirada que decía que sabía exactamente lo que quería, y sabía exactamente cómo dárselo. Respiró hondo y endureció sus nervios. —Sabes qué —comenzó a decir Tate, poniéndose de pie y dejando el pisapapeles—. Creo que hemos terminado aquí. Querías hablar conmigo, lo hiciste. Querías saber cómo he estado, te lo dije. Me preguntaste si me acostaría contigo, lo rechacé. ¿Ya terminamos? La miró fijamente, con una sonrisa extendiéndose por sus labios. A pesar que la miraba como si estuviera imaginándola desnuda, se las arregló para tener una leve expresión de desprecio. Como si supiera algo que no sabía, y se regodeaba por ello. Levantándolo en el aire, fuera de su alcance. Odiaba ese sentimiento. —Sí, supongo. Cuando tu curiosidad saque lo mejor de ti, regresa y búscame — le dijo Jameson. Ella puso los ojos en blanco y tomó su bolso. —Adiós, Kane —dijo antes de salir de la habitación a paso rápido. Tatum no había llegado al punto en el que estaba en la vida por mentirse a sí misma. Tenía razón, estaba curiosa. Quería acostarse con él, quería ver si sería lo mismo. Si sería mejor. Realmente no había ninguna razón por la que no pudieran, o no deberían, aparte de no querer dejarlo ganar. Si retener el sexo era la única arma que tenía, entonces lo manejaría con una venganza. Tal vez… Cuando salió, rebuscó su teléfono en su bolso y llamó a Ang. Estaba caminando tan rápido, su cabello estaba rebotando por todo el lugar, pero no podía reducir la velocidad. Si no hubiera estado preocupada por parecer completamente loca, habría empezado a correr. Se sentía como si le hubieran infundido energía, con electricidad. Ang no le contestó la primera vez y lo maldijo en su correo de voz, y luego lo llamó de nuevo. Atendió después del segundo tono. —¿Qué pasa, chica? —Sonó un poco sin aliento. —¿Estás ocupado ahora mismo? —exclamó Tate, pasando entre el gentío de la hora del almuerzo. —Sí. ¿Qué pasa? Suenas como si estuvieras corriendo —le dijo.

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—Casi, estoy caminando por el centro. ¿Qué tan ocupado? ¿Puedo ir? — preguntó. —No es una buena idea, cariño. ¿Es una emergencia? —preguntó Ang. Finalmente dejó de caminar y se hizo a un lado del flujo de gente, a un edificio. Se apoyó contra la pared. —Algo así. —¿Qué tipo de emergencia es una emergencia “algo así”? —preguntó. —Hoy me encontré con Jameson. Quería tener una “charla” conmigo, en su oficina. Acabo de salir. —Habló suavemente en el teléfono. Ang se echó a reír. —Ooohhh, es ese tipo de emergencia. No puedo follarte ahora, gatita. Normalmente salto a la oportunidad de satisfacer tus necesidades, pero estoy preparándome para filmar en este momento. —Se rió. Tate puso los ojos en blanco. —No es eso, discutí con él casi todo el tiempo —le dijo bruscamente a Ang. Él resopló. —Y te encanta discutir. ¿Qué tan húmeda estás ahora? En una escala, como de ¿agradablemente consciente o necesitas quitarte la ropa interior? —preguntó. Ella se mordió el labio y se miró a sí misma. Definitivamente la última. —¿Tu sesión puede necesitar un extra hoy? —Se las arregló para reír con voz tranquila. —Oh, nena, realmente estás mal. ¿Cuál es el problema? Lo quieres, ve por él. Nunca te he visto mantenerte lejos de algún tipo. ¿Por qué este sí? —preguntó Ang. Tate se encogió de hombros. —Porque es Jameson Kane. Es como mi peor pesadilla y mi mayor sueño, todo en uno. Porque si él me quiere, y yo no lo quiero, yo gano; pero si él quiere, y nos acostamos, él gana —balbuceó. —Nena, lo único que estás perdiendo es buen sexo. ¿Por qué tiene que ser una competencia? Jueguen juntos, y así todo el mundo gana —sugirió Ang. Tate miró hacia la calle. Había estado pensando en ello como una competencia. Jameson la había usado una vez, y quería vengarse de él. Pero Ang tenía razón, cuando quería a un hombre, no se mantenía alejada. Y realmente quería a Jameson. Tenía que reconciliar eso en su mente, o hacer que los dos pensamientos opuestos funcionaran de alguna manera. —Tal vez tengas razón —murmuró. —Casi siempre tengo razón, nena. Piensa en ello como un cierre. O sexo de reconciliación. O, ¡oh! Sexo furioso, ¡revancha por hacerte sentir mal! Amas el sexo furioso —le recordó Ang. Ella rodó los ojos. —Dios. ¿Y si duermo con él, y es horrible? ¿O extraño? ¿O él, no sé, se enamora de mí? —preguntó Tate, mordiéndose el labio.

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—Jesús, ¿cuándo te volviste tan chica? De la manera que lo describes, el hombre suena incapaz de tener mal sexo, o enamorarse, para variar. Sólo asegúrate de no entregar tu corazón. Los grandes y malos demonios no se casan con niñitas —le advirtió Ang. Ella rió. —Ni siquiera estoy segura de tener un corazón para entregar —respondió. —Está ahí. Enterrado debajo de montones de condones usados y botellas de Jack Daniels, está allí en algún lugar —le aseguró. —Eres asqueroso. —Mira, tengo que irme, dulzura. Pedro está cubierto de lubricante y listo para grabar. Ve a tener sexo desagradable y caliente, con ese hombre. Haz que adore el suelo por el que camina Tatum O'Shea. Ya sabes, sé tú misma. Después vete como si no fuera gran cosa. Y luego dame todos los detalles. Ten cuidado —le instruyó. Ella suspiró. —No puedes dejarme así, ¿qué hago? ¿Regreso allí? ¿Espero que me llame? No sé cómo ser así. —Se quejó. Ang se echó a reír. —Oh Jesús, de verdad estás caliente por él. Lo que no daría por estar contigo ahora mismo, probablemente me dejarías hacerte todas esas cosas que normalmente no me dejas. —Se rió. —Si vienes a buscarme y salvarme de un demonio grande y malo, podría hacerlo —le dijo con voz ahogada. —Detente, no me tientes. En serio. Sólo haz lo que te parezca natural. Si quieres llamarlo, llámalo. Si quieres que te llame, espera. Si quieres aparecer en su oficina con nada más que una gabardina, envíame fotos. Ciao por ahora —bromeó y luego la línea se cortó. Tate respiró hondo y miró fijamente la pantalla en blanco de su teléfono. Necesitaba un plan, si iba a hacer esto. Jameson Kane se metió bajo su piel, la expuso. Necesitaba regresar a su eje antes de lidiar con él. Quería dormir con él, quería que la quisiera como nunca había deseado a ninguna mujer, quería que esté obsesionado con ella. Pero también quería poder marcharse cuando quisiera; lo cual haría, cuando se aburriera. Tal como hizo con ella. Aún es un juego, y voy a ganar. Su teléfono sonó de repente en su mano, sorprendiéndola. Era la llamada de la agencia de trabajos. —Hola Carla, sé sobre el spa, iba a ir allí en un rato. —Le aseguró Tate a la mujer. —No es sobre eso. ¡Hemos tenido otra petición para ti! Impresionante, Tatum. Kraven y Dunn Brokerage llamó, necesitan un empleado administrativo. Escucharon que eras buena. ¡Tiene el potencial de ser un trabajo a largo plazo! —Carla estaba emocionada, su voz aún más agitada de lo normal. —Gracias, Carla, lo pensaré —respondió Tate con los dientes apretados. Escuchó a la mujer balbucear durante un rato, y luego se despidió.

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Irguió sus hombros y se dirigió de nuevo al edificio de Jameson. Mientras estaba en el ascensor, se apresuró a colocarse un poco de brillo de labios y agitar su cabello. Luego se pasó un poco de delineador, para darle a sus ojos un aspecto más oscuro, más sexy. Había lucido arreglada antes. Ahora quería lucir un poco alocada. Se dirigió a su piso y pasó junto a su secretaria, que le gritó cuando Tate irrumpió en su despacho. —Cielos, eso no tardó mucho —dijo Jameson riendo, colgando un teléfono que había estado presionado a su oreja. Tate cerró la puerta de la oficina a la secretaria gritona. —¿Por qué quieres que sea tu secretaria administrativa? —preguntó. —Porque si estás ocupada con todos esos patéticos trabajos secundarios, será más difícil para mí llevarte al lado oscuro —bromeó. Ella se acercó a su escritorio. —No voy a tomar un trabajo sólo para que te facilite las cosas en algún cubículo de mierda —le informó. Él levantó una ceja. —¿Dejaste que tu amigo te folle en un callejón, pero no puedo acosarte sexualmente en un cubículo? —preguntó. Tate realmente se rió, no pudo evitarlo. —Mira, si quieres verme o lo que sea, entonces ve a verme. Sabes dónde vivo, dónde trabajo. No necesito trabajar en tu oficina. He jugado a la secretaria que folla al jefe; no es divertido. La mayoría de las mujeres de la oficina tienen inseguridades muy notorias y no toman amablemente a la nueva chica zorra —le dijo. Él negó. —No quiero tener que rastrearte a cada trabajo ridículo que tomas; ¿excursiones en bicicleta? Tienes que estar jodiendo. Quiero que tu agenda esté libre, para poder verte cuando quiera —le informó. Ella se cruzó de brazos. —Para alguien que no quiere novia, parece que planeas pasar un montón de tiempo conmigo —señaló. Jameson finalmente se puso de pie. —Sólo quiero conocerte, principalmente en el sentido desnudo. Eres la que sigue sacando el tema del estatus de relación. Te lo digo, en este momento que eso no va a suceder, así que no te hagas ilusiones —dijo, su voz grave. —¿Y qué, sólo quieres que trabaje en tu edificio, escondiéndome en algún rincón oscuro, como un secreto sucio? No es muy emocionante —le dijo Tate. Él negó. —En absoluto. Como he dicho, sólo me gustaría que estés… disponible para mí, siempre que quiera. —Trató de explicar Jameson. Ella negó. —Bueno, eso es imposible. Tengo que trabajar. Vivo en el mundo real, Kane, tengo que ganar dinero, tengo que pagar alquiler —le informó. —Y te estoy ofreciendo un trabajo aquí —respondió. —No voy a trabajar aquí. Además, amo el bar, nunca lo dejaría —dijo. —Entonces deja toda la mierda de trabajos temporales, excursiones, paseo de perros, camiones de helados, tráfico de drogas y todo lo que haces —sugirió Jameson. Ella rió.

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—¿¡Y vivir de tres noches a la semana!? Tengo muy buenas propinas, pero no lo suficiente aún. —Tate se rió. Notó que la mirada de él comenzó a endurecerse. Era una mirada que no había visto en mucho tiempo, pero la recordaba bien. —Entonces, sólo trabaja aquí —dijo de nuevo. Ella negó. —No, no voy a hacer eso —respondió. Él puso los ojos en blanco. —¿Sabes qué? Bien. Te pagaré. Por cada día que pierdas un trabajo a causa de mí, jodidamente te pagaré por eso —espetó Jameson. Ella levantó las cejas. —¿Me pagarías por no ir al trabajo simplemente para poder estar conmigo y, potencialmente, tener sexo conmigo? —aclaró. El asintió. —Definitivamente tener sexo, y sí, si eso se necesita. —Esa es la cosa más estúpida que he escuchado. Eres guapo y rico; probablemente podrías encontrar mujeres que te pagarían para que tengas sexo con ellas —señaló Tate. Él finalmente sonrió de nuevo. —Guapo, huh. La adulación no te llevará a ninguna parte conmigo. Y hago más que suficiente dinero, no quiero que me paguen por tener sexo —respondió. —¿Pero no te importa pagar por ello? —Para nada. —¿No te parece extraño? ¿Pagar a alguien por sexo? —Creo que es emocionante. Su aliento atascó en su garganta. —Pero si dejo que me pagues y tenemos sexo, eso me haría una puta. —Aclaró los puntos sin rodeos. Él se encogió de hombros. —¿Realmente tienes un problema con eso? —preguntó Jameson. Tate había caminado por algunas líneas finas en su vida adulta, hizo algunas cosas de las cuales no estaba 100% orgullosa, pero nunca sacó provecho. Le gustaba el sexo, le gustaba usarlo como un arma a veces, pero nunca para que le paguen. Una vez, cuando tenía alrededor de veintiuno, ella y algunos amigos habían estado locas por un buen rato. Ella terminó dándole una mamada a un tipo por cocaína, y luego se sintió culpable por días. ¿Seguía siendo un juego o simplemente era una puta? Las líneas finas eran tan difíciles de ver. Estaba asustada de lo que le pasaría si pasara por encima de esa línea. ¿Qué tan lejos en el agujero estaba dispuesta a caer? —No estoy segura. Creo que sí. No soy una prostituta. No puedes simplemente pagarme, y luego tener que follarte cada vez que chasquees los dedos, o tener sexo oral con tus amigos en un círculo sexual —le dijo. Él rió. —Bueno, normalmente no asisto a círculos sexuales, así que deberías estar bien en ese punto, y ni siquiera tendría que pagarte y aun así me follarías cada vez que chasquee mis dedos —replicó. Un punto, Jameson Kane.

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—Dos mil dólares —dijo ella. —¿Disculpa? —Dejo todos mis otros trabajos, excepto el bar. Eso significa que todos mis días estarán libres, voy a estar “disponible para ti” todos los días. Mi salario para eso es dos mil dólares, por semana —le informó Tate. Él entrecerró los ojos. —Quinientos dólares —dijo en contraoferta. Ella negó. —No me insultes, Kane. —Mil. —Llámame cuando quieras jugar de verdad. —Empezó a alejarse. Él la tomó del brazo. —Mil y medio —ofreció, con una sonrisa maligna curvando la comisura de sus labios. Ella le dio la más dulce sonrisa que pudo. —Dos y medio. —Modificó su precio original. La sonrisa de él se extendió hasta el resto de su boca. —Trato. —Tampoco soy una puta de una esquina. Me pagarás por estar disponible para ti, no por abrir mis piernas cada vez que estés de ánimo. Mejor que respetes eso, o voy a electrocutar tus bolas —le advirtió Tate. —Fetichista. —Lo digo jodidamente en serio. —Nunca te obligaría a hacer algo si realmente no quieres hacerlo. Pero no juegues tampoco. Pienso que eres caliente, Tate. Puedo recordar lo caliente que eras, y cuando decida que es hora que nos acostemos, es mejor que no saques ninguna mierda e intentes impedir que suceda —le dijo Jameson. ¿Él va a decidir cuándo es el momento? Ella le sonrió burlonamente. Realmente no la conocía en absoluto. Se acercó a él, presionando todo su cuerpo contra el suyo. Pasó las manos por su pecho y se alegró de sentir un sólido músculo debajo de su camisa. Por supuesto, su cuerpo se veía bien bajo su costoso traje y recordó que tenía un buen cuerpo hace siete años, pero era bueno confirmarlo. Movió sus manos bajo su chaqueta, y alrededor de su espalda. Ronroneó en su garganta y se frotó contra él, inclinándose para lamer un largo tramo en su garganta. —¿Parece que estoy jugando? —preguntó, su voz ronca. Sintió la mano de él llegar a su cabello, y luego empezó a jalar, con fuerza¸ obligándola a mirarlo directamente a los ojos. Ella no hizo un sonido, se negó a dejarle ver cualquier tipo de sorpresa, miedo o deseo en su rostro. Sólo lo miró con los ojos entrecerrados mientras mantenía su cabeza su lugar. Parecía casi enfadado. Había llegado a él, lo había alterado un poco. Punto para mí.

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—Pareces una chica que no sabe que está jugando con fuego. —Eres inocente, sabes. —Tate se rió, apartándose. Él soltó su cabello—. Podría ser horrible en la cama, podría prender fuego tu culo. O tal vez soy demasiado fetichista para ti, quién sabe. ¿Qué te parecen las ovejas inflables? —Estallan con demasiada facilidad —respondió Jameson. Ella se echó a reír. —Sabes, Kane, parece que podríamos llevarnos bien. —Se rió. —Eso mismo estaba pensando. Tal vez amigos es la palabra correcta. Deberíamos haber sido amigos hace mucho tiempo —dijo. Ella asintió. —Tal vez. Pero si las cosas no hubieran sucedido como lo hicieron, no sería esta persona. No querrías ser mi amigo —señaló Tate. —Esta persona siempre estuvo dentro de ti, tal vez podría haber ayudado a sacarla antes —respondió. Se encogió de hombros. —Ahora es inútil. Así que, amigo, ¿qué te gustaría hacer ahora? Doy un buen paseo por el campus de Harvard —ofreció. —¿Es mejor que tus mamadas? —preguntó. Ella lo pensó por un segundo. —Probablemente no. Quiero decir, es un paseo bastante bueno, pero chupar pollas es, como, mi especialidad —respondió en una voz excesivamente grave y sarcástica. Jameson se echó a reír. —Dios, espero que sí. Llama a ese salón, diles que no irás hoy. Llama a tu agencia de trabajos también. ¿Cuál fue la cifra que acordamos? ¿Dos mil dólares? —preguntó, retrocediendo detrás de su escritorio. —Dos mil quinientos —le corrigió. —Chica inteligente. Ahora sal de aquí, has desperdiciado bastante de mi tiempo y algunos de nosotros tenemos trabajos reales; no todos podemos ser putas. Prepárate para las ocho —le instruyó. —¿Qué hay a las ocho? —preguntó. —Irás a mi casa.

Tate fue a tomar unas copas con Ang primero, para estabilizar sus nervios. Le dejó platicar sobre su rodaje porno, y entonces le contó todos los detalles en su charla sucia con Jameson. Ang hizo que repitiera la historia de “castigar tu boca”; también fue una de una de sus partes favoritas. Estuvieron de acuerdo en que debía jugar con calma, sólo para ver a dónde se dirigía Jameson, qué pensaba. Y entonces, ella podía saltar. Dejarlo impresionado, y ver si él era capaz de hacer lo mismo, y luego irían a partir de allí. Mientras bebía, recibió un mensaje de Jameson, dándole su dirección.

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—Estás tan tensa, es divertido. —Ang rió, masajeando sus hombros mientras esperaban fuera por un taxi. —Me pone nerviosa. —¿Alguna vez te he puesto nerviosa? —Por supuesto que sí —respondió Tate. —¿De verdad? Nunca has actuado así. —Ang señaló, moviéndose para pararse frente a ella. Tate se echó a reír. —Ang, eres jodidamente guapo, y la primera cosa que me dijiste fue “tienes el aspecto perfecto para faciales, ¿quieres hacer porno?”; ¡Por supuesto que me has puesto nerviosa! —Rió en voz baja. Él se encogió de hombros. —Bueno, siempre te sientes tan cómoda conmigo. Nunca te vuelves estúpida y sin cerebro, como lo estás por él —respondió. Ella sonrió y apretó su mano contra su mejilla. —Oh, Dios mío, Ang, ¿estás celoso? —preguntó. Él intentó apartarse y le puso ambas manos en sus mejillas, siguiéndolo mientras se alejaba. —Cállate, vaca estúpida. Vete a la mierda con tu multimillonario abusivo, pásala bomba —resopló, apartando sus manos. —Siempre serás mi favorito, lo sabes. Vamos, podemos ir a tener un rapidito, en unos minutos. —Se rió, llevándolo contra una pared. La agarró por las muñecas. —No estoy celoso, Tate —dijo, mirándola fijamente. Dejó de reír. Ang muy rara vez decía su nombre. Bebé, corazón, querida, gatita, folla-conejito, todo con dulzura; cuando decía “Tate”, sabía que era tiempo de escuchar. —¿Qué pasa? —preguntó. Ang suspiró y llevando sus manos a su pecho. —Mira, estoy muy emocionado que vas a cumplir una fantasía esta noche —dijo. Empezó a discutir, pero él apretó sus muñecas—. Sólo quiero que seas muy cuidadosa. —Tate frunció el ceño. —Siempre tengo cuidado, sabes eso —respondió, pero él negó. —Es todo diversión y juegos con ustedes dos, pero este chico es nuevo; puede decir lo que quiera, pero no te conoce como yo. La forma en que has hablado de él… suena como correr con tijeras. Juega con él, hazle daño, deja que te dañe un poco, pero ten cuidado —le instruyó Ang. —Me has estado enloqueciendo para esto durante los últimos días, y ahora parece que estás tratando de convencerme de no hacerlo —le dijo. Él negó. —No, quiero que tengas diversión, pero sólo eso. Tienes esa mirada en tus ojos y eso significa problemas. Crees que estás jugando. No pierdas ante él. El taxista le silbó, pero Tate no se movió, parpadeando hacia Ang. La estaba mirando, su ceño fruncido. No es un aspecto natural. Pasó sus dedos por su frente y por un lado de su rostro. Se sentía tan cómoda con su piel, como si fuera la suya propia.

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—Nunca pierdo —dijo con una sonrisa antes de darle un beso rápido. Ang puso sus ojos en blanco. —Esa es la peor parte de ti, sabes. Crees que estás ganando, cuando en realidad siempre vas perdiendo —respondió él, y luego la giró, dándole una nalgada. Tropezó hacia el taxi y subió al asiento trasero, agitando un brazo por la ventana hacia él. Le devolvió el saludo y luego fue de regreso al bar. Le frunció el ceño. Nunca había mostrado esa preocupación antes, y había estado presente durante muchos tragos pre-citas. Esperaba que no fueran celos. No podía lidiar con eso, no de Ang. Le dio la dirección al conductor y aceleraron. Iba a ser un largo viaje. Trató de no pensar en el costo. Había estado viviendo al límite durante tanto tiempo, que comprar un vehículo era algo que ni siquiera pensó, ni siquiera estaba en su radar. Había asumido un poco que Jameson podría enviar un auto, pero no se ofreció a hacer eso; tal vez era más del tipo liberal. Vivía en el lejano Weston, el barrio más rico de Boston. Una de las ciudades más ricas de América. Me lo imaginaba. Ella vivía en un apartamento en el norte de Dorcester, justo en Boston. Algo pequeño a veces. Había estado en Weston antes, pero con sus padres, y desde entonces, nunca había tenido una razón para regresar. Cuando el taxi empezó a girar por un camino largo, arbolado, Tate trató de no hacer arcadas por el marcador de sesenta dólares, y empezó a rebuscar en su bolso. Ahí iba algo del dinero de la renta. Se preguntó si en realidad Jameson le daría todo el dinero, o si todo había sido un juego. Estaba empezando a desenrollar unos veinte dólares mientras el taxi estacionaba, cuando la puerta del acompañante se abrió. —Aquí tiene, y gracias —dijo una voz culta y nítida, seguida por una mano tendiendo dos billetes de cien dólares. Tate y el conductor se quedaron mirando el dinero, ambos un poco sorprendidos. El dinero se intercambió y luego la puerta se abrió, una mano se extendió hacia ella. Tate la tomó y se puso de pie. Un hombre delgado estaba frente a ella, con un traje impecable. Lucía muy caro. No era un hombre muy grande en general; ella medía de un metro setenta, y él no era mucho más alto. Tal vez uno setenta y cinco, un centímetro más o menos. Su cabello oscuro estaba gelificado y peinado, cepillado a un lado. Se veía como algo de la revista GQ. Muy apuesto, de piel clara y ojos azules tormentosos. Le dio una sonrisa con los labios apretados. —Hola, señorta O'Shea. Soy Sanders, el asistente del señor Kane —dijo en tono amable. Había un dejo de acento allí, pero no podía ubicarlo. No es de Boston, pero tenía un timbre distinto, algo más de la Costa Este, o tal vez incluso de Europa. Sus fonemas eran agudos, su voz suave. Debería hacer audiolibros. —Hola, soy Tatum —lo saludó, extendiendo una mano. Él la estrechó brevemente, en realidad no estrechándola; simplemente presionando su piel a la de ella y luego dejándola ir. —Bienvenida. Por favor, sígueme —instruyó, y luego se dio vuelta para enseñarle el camino.

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No había conseguido echar un buen vistazo a la casa desde el auto. Abrió la boca ante ella ahora. Era como un centenar de años antigua. Enorme y preciosa. Mucho ladrillo, con columnas blancas en la parte frontal. Se preguntó si Jameson la había comprado cuando se mudó a Boston, o si había estado en la familia. Se veía como algo que estaría en el Registro Histórico Nacional. —¿Estabas con él en la oficina hoy? —preguntó Tate, mientras caminaban por la entrada de suelo de piedra. —No. —¿Vas mucho a Boston? —No. —Tengo la impresión de que él viaja mucho, ¿lo acompañas en esos viajes? —No. Sonrió a la espalda del asistente mientras le mantenía la puerta abierta para ella. —Voy a asumir que vivir con Kane es lo que te ha causado este trastorno de personalidad antisocial —dijo con voz dulce. El hombre ni siquiera parpadeó a su declaración. —Tenía este trastorno mucho antes del señor Kane. Está en la biblioteca, por esa puerta —le dijo Sanders, señalando por la pared. Ella jadeó, observando la enorme entrada. Techos abovedados, suelo original de madera dura, una araña que probablemente era de la guerra civil. Una gran sala de estar abierta a su derecha, y dos grandes puertas correderas, estaban cerradas en la habitación a su izquierda. Más abajo en la pared, justo al lado de una gran escalera, había otra puerta ligeramente entreabierta. Podía ver un resplandor, como la luz de la vela, iluminando el pasillo. Tate había nacido con dinero y creció en una casa preciosa, pero había pasado mucho tiempo desde aquella vida. Se sentía extraña ahora, estar rodeada de esa opulencia. La alfombra que estaba pisando tal vez costaba más que todas sus posesiones. —Sabes, Sandy —comenzó a decir, extendiendo la mano y tomando su hombro. Él frunció el ceño mientras ella se estabilizó y se inclinó, deshaciendo las correas de sus zapatos—. Creo que vamos a llevarnos bien, muy bien. Con sus zapatos colgando de la mano, Tate fue de puntitas por el camino de entrada y pasó por la puerta de la biblioteca. Había un gran fuego llameando en la enorme chimenea en la pared del fondo; eso proporcionaba la única luz en la habitación. Estanterías empotradas la rodeaban, y había dos grandes y esponjosos sofás con respaldo cerca del fuego. A la derecha, había un ridículamente enorme escritorio adornado con incrustaciones de oro. Jameson estaba de pie detrás, sosteniendo algunos papeles, y levantó la vista ante su entrada. —Llegaste. Todo un viaje en taxi —comentó mientras ella se aproximaba. Tate asintió.

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—Cuarenta y cinco minutos. No haré eso a menudo —le advirtió. Él rió. —Lo harás lo suficientemente seguido. ¿Un trago? —preguntó, dejando su trabajo y rodeando su escritorio. —Dios, sí. Tu asistente me quemó con su frialdad. —Rió, observando a Jameson mientras caminaba a un pequeño bar. Se quedó cerca de su escritorio y se lo quedó mirando, permitiendo que sus ojos vaguen por su cuerpo. Cada vez que lo había visto, había estado usando trajes caros; chaquetas, corbatas, pantalones, zapatos brillantes y relojes más brillantes. Ahora, estaba en jeans y camiseta lisa blanca. Sin zapatos. Ni calcetines. Tate ni una sola vez lo había visto así de casual, ni siquiera cuando había estado saliendo con su hermana. Estaba un poco sorprendida. Le daba un aspecto totalmente diferente. Casi, aunque no del todo, parecía accesible. Era demasiado guapo como para realmente lucir como un simple mortal. Pero, aun así. Tenía ganas de quitarle esa camiseta, así podría lamer cada centímetro de su piel. —Ah, Sanders. Sí. Vas a amarlo, casi todos lo hacen. ¿Qué te gustaría? —preguntó Jameson. Cuando no respondió, se volvió hacia ella—. ¿Qué? ¿Qué estás mirando? —Estás descalzo —dijo sin pensar, bajando la mirada a sus pies. Él rió, mirando sus pies también. —Sí. Al igual que tú —respondió. Ella le movió los dedos de los pies. —Sí, pero es normal viniendo de mí. El señor Kane no camina descalzo. Tiene gente que camina por él —bromeó, regresándole la mirada. Él resopló. —Al señor Kane le duelen los pies después de un largo día. Te ves bien — comentó Jameson, su mirada vagando sobre su cuerpo. Se había puesto un vestido negro ajustado para su hora de cócteles con Ang; un poco demasiado elegante para una noche fuera. —Gracias. Fui a tomar algo con un amigo, antes de venir aquí —le dijo. Él rió. —¿Juego previo? ¿Con miedo de venir aquí? —preguntó, volviéndose hacia la barra y recogiendo botellas de cristal. —No. Sólo tragos con un amigo —respondió Tate, girando en un círculo lento y mirando alrededor de la habitación. —¿Tu compañera de piso pelirroja? —preguntó. Sintió algo fresco, y se volvió para verlo pasar un vaso lleno de hielo y líquido por el lado de su brazo. Ella se lo quitó. —No. Ang —respondió, tomando un sorbo. Trató de no poner mala cara. Gintonic. —Ah, tu amigo medio hombre, medio-burro. ¿Qué tal el trípode1? —preguntó Jameson, preparándose una bebida también. Ella rió.

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Trípode: Hace referencia al soporte de tres patas por decir tres piernas.

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—Cuidado, casi suena a celos, y tuve bastante de eso de él —bromeó Tate, caminando y sentándose en uno de los sofás. Dejó que sus zapatos cayeran al suelo y metió sus pies debajo. —¿El hombre polla está celoso? Me halaga —respondió, tomando asiento a su lado. —En realidad, celos no, supongo. Sólo… cauteloso. En mi nombre. —Trató de explicar. —Comprensible. —Entonces, ¿cómo encontraste este lugar, Kane? ¿Herencia de papi? — preguntó. Sabía que Jameson y su padre no habían tenido la mejor relación. —Algo así. La remodelé casi por completo hace un par de años —respondió. —Oh, wow. ¿Estuviste aquí para eso? —Por corto plazo. —Así que, viniste a Boston hace un par de años. —Como mi respuesta implicó. Ella se quedó en silencio, sorbiendo su bebida. Había estado en Boston hace un par de años, pero no se había puesto en contacto. Aún pensaba que era extraño. Si estaba tan interesado, tan obsesionado por esa única vez que habían estado juntos, ¿por qué no la había buscado? Tendría que haber asumido que aún estaba en Boston, aun asistiendo a la universidad. Dejó escapar un suspiro e intentó no pensar en ello. —¿Has…? —comenzó a decir, pero luego él se aclaró la garganta. —No te llamé porque no pensé en ello. Recientemente había heredado una jodida tonelada de propiedades y dinero, estaba un poco ocupado. Ni siquiera estabas en mi radar. Las mujeres eran la última cosa en mi mente —dijo Jameson, leyendo su mente. —Probablemente fue algo bueno; hace un par de años, estaba más loca que ahora. —Tate rió. —Jesús. —Tuve un tramo de locura, entre los veinte y veintitrés. Como si estuviera recuperando el tiempo perdido, o algo así. Simplemente hacía todo y cualquier cosa en lo que podía pensar —le dijo. —Hmmm, suena interesante. Ahora desearía haber llamado —respondió, y ella se rió de nuevo. —¿Y qué hay de ti? ¿Qué has estado haciendo? —preguntó. Él respiró profundamente. —Empecé mi propia firma de inversiones, no mucho después de irme de Harrisburg. Invertí en una empresa nueva de rodajes, gané unos millones. Vendí mi firma, me mudé a Alemania durante un año para dirigir una nueva firma allí. Mi padre murió y heredé todos sus negocios. Regresé, viví en Los Ángeles por un tiempo. Luego

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Manhattan. Hice muchas inversiones. Ahora hago un montón de trabajo de consultoría. —Resumió todo. —Wow. Me mudé de un mal barrio a otro, mientras tú te mudaste por todo el mundo. —Se rió. Jameson asintió. —Tu historia de vida es mucho más jodida que la mía —concordó. Ella lo miró con furia. —Pero probablemente mucho más divertida —respondió Tate, terminando su bebida. —Dudo mucho eso. ¿Alguna vez has tenido sexo con una supermodelo mientras navegabas por el Mediterráneo en tu yate de 76 metros? —preguntó. Tate pensó un momento. —No. Aunque masturbé a alguien en el baño de un Arby una vez. Casi parecido —dijo con una sonrisa brillante. —Mi error. Tu vida me deja asombrado. —Rió por lo bajo, pasando una mano por su rostro. —¿Cansado? —preguntó, echándose hacia atrás en su silla y acomodándose. Había esperado estar mucho más nerviosa cerca de él. Por los dos años que había salido con su hermana, Tate siempre había tenido un desorden nervioso a su alrededor. Se sorprendió al descubrir que casi se sentía cómoda. Sentía que estaba con alguien que podía decir absolutamente todo o nada en absoluto, y muy probablemente, no se sorprendería u ofendería, eso la consoló. —Muy cansado. Fue un largo día. También estoy involucrado en fusiones y adquisiciones. A veces la gente no está tan ansiosa por renunciar a sus cosas —dijo Jameson con voz ronca. —Pobre bebé —lo arrulló. Él resopló. —Cállate. ¿Cómo está Ellie? —preguntó. Ella se quedó inmóvil. No había esperado que pregunte acerca de su familia. Claro, Tate había preguntado por su casa y su vida, pero en general, de una manera de “vamos a charlar antes que explote y te viole”. Sabía que no se preocupa por ella, o su familia. —Bien, supongo. No hablamos. Mi madre se pone nostálgica después de un par de botellas de vino, me llama, me mantiene informada sobre la familia. Lo último que supe es que Ellie está embarazada —respondió Tate, volviéndose a mirar a la chimenea. —¿Primer hijo? —Sí. —Casada, supongo. —Un año después que ustedes terminaron. —Siempre fue ambiciosa.

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Tate no respondió, mirando las llamas. Se perdió en sus pensamientos. No había visto ni hablado con su hermana en siete años. La mayoría de las veces no pensaba en eso; pero de vez en cuando, ese hecho le daba una bofetada. Tampoco había hablado con su padre, y las únicas veces que habló con su madre fue cuando la mujer estaba borracha. Dios, odiaba pensar en ellos. Había frialdad en contra de su brazo de nuevo, y levantó la vista para ver a Jameson, tendiéndole una bebida fresca. Ni siquiera lo había oído moverse. Le sonrió, tomando la copa. Aunque, él no se alejó; seguía mirándola. Mantuvo su mirada fija mientras bebía de su copa. —Ambiciosa, pero aburrida como la mierda. Creo que empecé a odiarla, mucho antes de lo que sucedió entre nosotros —dijo. Tate rió. —Lo mismo digo. —Estuvo de acuerdo. —Pero tú. Siempre has sido otra cosa —continuó. Ella sonrió. —¿Yo? Ni siquiera te fijabas en mí. Eras Jameson Kane. Mi familia prácticamente te alababa. Siempre era apartada a segundo plano. Ni siquiera sabías mi edad, esa noche, y habías estado con Ellie durante dos años —señaló. Él se encogió de hombros. —¿Y? Sabía que eras sexy. Esa primera vez que te vi, cuando Ellie me llevó a casa a conocer a tus padres. Entraste por la puerta delantera. Lo recuerdo con tanta claridad, tenías pantalones cortos ajustados, discutiendo con alguien por teléfono. Puedo recordar el pensamiento de querer quitarte los pantalones y envolverlos alrededor de tu cuello —le dijo. ¿Quién diría? —Huh. Eso hubiera sido una interesante introducción —bromeó Tate. —Y luego, la noche que nos acostamos. Ellie y yo habíamos tenido una gran pelea. Nunca me dijo que irías. Entraste, en ese suéter prolijo que siempre usabas, y tu falda estrecha. Cabello largo y negro. Tan diferente a ella. Sentada en la mesa de la cocina, intentando ser una adulta conmigo. No tenías idea, pero sabía que algo iba a pasar —dijo Jameson. Ella se mofó. —De ninguna manera, Kane. Estaba lloriqueando y quejándome como una niña pequeña. Probablemente te molestaba. Ni siquiera intentaste algo, hasta que me atrapaste sin camisa —le recordó. Él se encogió de hombros. —¿Qué puedo decir? Soy un caballero de corazón —respondió. Ella rió un poco más. —Y una mierda. —No, supongo que no lo soy, ni siquiera un poco. Simplemente eras… había algo acerca de ti, en la manera que siempre me mirabas. Tan tímida. Quería hacerte algo de daño. Ahora estaban llegando a un punto. Tate se inclinó hacia un lado de su sofá un poco, dejando su vaso en el suelo. Luego se inclinó hacia delante, arqueando el cuello para mirarlo. Él la miró fijamente, el fuego proyectando sombras en un lado de su rostro y quemando el otro.

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Se parece a Satán. —Nunca te hice nada, ¿por qué querías hacerme daño? —preguntó. Él rió en voz baja. —No de la forma que piensas. —Entonces, ¿cómo? Él extendió una mano. Fue gentil mientras envolvía sus dedos alrededor de su garganta, y luego apretó, lo suficiente para que sintiera la presión. Comenzó a acercarla, y se vio obligada a seguirlo. La ayudó a levantarse, así estaba de pie justo frente a él. Luego usó más presión, sus uñas cortas y afiladas aguijoneando su piel. —Así —dijo Jameson, sin dejar de mirarla fijamente a los ojos. Ella tomó respiraciones rápidas a través de su nariz. —Tal vez simplemente deberías haber preguntado —susurró Tate—. Tal vez hubiera estado de acuerdo con esto. —Él negó. —No. No en aquel entonces. No estabas lista, y yo no estaba listo para ser esa persona para ti —respondió. Tate levantó una ceja. —¿Y crees que puedes ser esa persona ahora? —preguntó. Sus dedos se aflojaron y su mano bajó por el cuello, y luego continuó hacia su pecho. Apretó la palma de la mano, justo encima de sus pechos, y ella tuvo un recuerdo de su noche juntos. Se estremeció. —Sí, eso creo. Recuerdo que estabas muy preocupada por Ellie la última vez. No dejabas de hablar de ella. He estado en tríos, donde las mujeres hablaban menos de la otra de lo que tú de Ellie. ¿Eso va a ser un problema esta vez? —preguntó. Tate resopló. —Tú eres el que sigue mencionándola. Quizás, en realidad estás más interesado en encontrarte con ella —bromeó. Jameson puso los ojos en blanco y se alejó un paso, dirigiéndose de nuevo hacia su escritorio. —Dios, qué pensamiento horrible, Eloise O'Shea, siete años más tarde. De alguna manera, supongo que no ha… madurado como tú —dijo, bajando la mirada por el cuerpo de Tate. —Me importa una mierda Ellie. Tal vez debería buscar a todos sus ex novios, acostarme con ellos, realmente vengarme —Tate resopló, recogiendo su copa del suelo y tomando un trago. —Por favor, no lo hagas. Sé con seguridad que fui la persona más salvaje con la que se ha acostado, e incluso entonces, mantenía las cosas muy suaves para ella. No me gustaría que pierdas tu tiempo. Ahora, he estado pensando en nuestros términos. Dos mil dólares parecen una horrible cantidad de dinero, cuando lo que has dicho es cierto. ¿Cómo sé que no me estás mintiendo? Creo que necesito probar la mercancía primero —dijo Jameson, sentado detrás de su escritorio. Ella se burló. —Ya has probado mis bienes una vez. Y el salario era de dos mil quinientos —le recordó.

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—Ah, sí. Sin embargo, esos bienes no están actualizados, y no tuve ni de cerca una muestra suficiente. Como tu boca, por ejemplo. ¿Cómo estaría seguro que siquiera sepas cómo usarla? —preguntó, juntando las manos delante de su pecho. Ella levantó una ceja y colocó su bebida de nuevo en el suelo. Desafío aceptado. —Sabes, Kane. —Comenzó, dando pasos lentos para llegar a su escritorio—. Tienes la manera más extraña de tratar de conseguir cosas. Si tan solo preguntaras, la mitad de las veces lo conseguirías, en lugar de jugar estos juegos tontos. —Pero, ¿dónde está la diversión en eso? Y tú empezaste estos juegos —le recordó. Tate subió su vestido un poco y levantó la rodilla sobre su escritorio. —No creía que continuarían durante todo este tiempo —respondió ella, levantando la otra rodilla. Se inclinó hacia delante y se arrastró encima del escritorio. Jameson no se movió. —Van a continuar por mucho más tiempo —le advirtió. Ella extendió la mano, poniendo la mano en su rodilla. —¿Por cuánto tiempo? —preguntó con voz ronca, mientras deslizaba la mano por su muslo, moviéndose lo más lento posible. —Lo que sea necesario para que te des cuenta quién será siempre el ganador — respondió Jameson. Antes que pudiera responder, hubo un fuerte golpe en la puerta. No se movió, mantuvo su mirada fija en él, su mano a un centímetro de su entrepierna. Parecía el diablo. De repente, se puso nerviosa. Oh, no. —¿Quién es? —preguntó, cuando volvieron a tocar. —Se me olvidaba, un socio de negocios va a pasar, sólo para solucionar algunas cosas —explicó Jameson. Su voz era demasiado suave, demasiado ligera. Tate se echó hacia atrás, sentándose sobre sus talones. —Oh. De acuerdo. ¿Quieres que me vaya? —ofreció, confundida. Él negó. —No, puedes quedarte. De hecho, tengo una idea maravillosa —empezó a decir. Ahora estaba muy nerviosa. —Oh Dios. ¿Qué? —preguntó, mirando por encima del hombro a la puerta. —¿Quieres dos mil quinientos dólares? Tienes que demostrarme que lo vales — dijo. —Pensé que estábamos haciendo eso —aclaró. Él rió. —¡Demasiado fácil! Ahora me tienes preocupado. ¿Una mamada en mi biblioteca? ¿Ni siquiera puedo llegar a Arby? —bromeó. Ella le dio un golpe en el pecho. —Cállate —gruñó. Se lanzó hacia delante en su silla, con el rostro a unos centímetros del suyo.

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—El señor Greene va a entrar, en unos dos minutos. Vamos a repasar algo de información de una propiedad, va a comprar mi granja en Vermont. Si haces que me corra antes que se vaya, voy a estar de acuerdo con tu salario —ofreció Jameson. Ella se quedó mirando. Un poco aturdida. Un poco sorprendida. Muy intrigada. ¿Hacer que se venga? ¿Mientras que otro hombre estaba en la habitación? ¿Cómo iba a hacer eso? ¿Cómo habían ido de bebidas y bromas ligeras, a actos de indecencia sexual frente a un completo desconocido? —¿Quieres que te masturbe delante de un tipo? —aclaró Tate. Jameson estalló en carcajadas. —Dios, no, hace tiempo que dejé de hacer cualquier tipo de fase voyerista. Tienes aproximadamente un minuto —le advirtió, ya que hubo otro golpe en la puerta. Su respiración se aceleró. Ni siquiera estaba pensando en el dinero. La expresión de su rostro decía que pensaba que no podía hacerlo. Quería borrar eso de su rostro. Tate le sonrió y se movió, balanceando las piernas hacia él. Tuvo que apartar su silla mientras ella se deslizaba hasta el borde de la mesa y se bajó de un salto, de pie entre sus piernas. Jameson levantó una ceja, pero no dijo nada mientras Tate se ponía de rodillas. Retrocedió bajo el escritorio; era enorme, con espacio suficiente para que se arrodille casi totalmente debajo. Puso sus manos en sus rodillas, clavándole las uñas, acercándolo. Se deslizó hacia ella. —Tiene que haber reglas. No puedes detenerme a propósito, ni jalarme el cabello —declaró ella, mirándolo fijamente mientras deshacía la hebilla de su cinturón. —Lo disfrutarías si jalara tu cabello —replicó. Tate puso los ojos en blanco, moviendo su mano a través de la cremallera de sus pantalones. —Sabes a lo que me refiero. Hubo un fuerte golpe, y luego se oyó el sonido de la puerta abriéndose. Jameson se movió hacia delante, y ella se quedó en la oscuridad, sólo un poco de resplandor del fuego entrando debajo del escritorio. Tiró y jaló la cinturilla de sus pantalones, escuchando mientras el otro hombre entró en la sala, saludó a Jameson, y se sentó frente a la mesa. Su única vez juntos, Tate no había llegado a ver, o incluso realmente sentir su pene. Sólo había estado dentro de ella. Tan dentro. Era más grande de lo que recordaba. Había dormido con un buen número de hombres desde esa noche, y él se las arregló para ser el más impresionante, en casi todos los sentidos. Pasó la mano de arriba abajo en su eje, descansando su otra mano en su muslo. Tenía la esperanza de sentir su piel tensa, tal vez un tic muscular. Algo para mostrar que estaba tenso. Pero sus piernas estaban relajadas, y aunque lo estaba masturbando, su voz sonaba completamente normal mientras hablaba. Casi sonaba aburrido. Podemos cambiar eso. Tate no había estado mintiendo, dar mamadas eran casi su especialidad. Le encantaba hacerlo. Tener tanto poder sobre un hombre, pero al mismo tiempo, estar completamente subyugada. Una ilusión de control. Le encantaba, ¿y hacerlo en público?

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Si Jameson no quisiera tener sexo después de esto, iba a encargarse de eso ella misma, justo en su escritorio. Lo lamió de arriba abajo, tomándose su tiempo al principio. Cuando envolvió sus labios alrededor de su cabeza, sintió por fin un músculo tensarse. Casi sonrió, moviendo su cabeza abajo y arriba un poco. Sintiéndolo. Apartó su mano de su pierna, la envolvió alrededor de la base de su polla, y luego la movió hacia arriba, para cubrir la distancia. No sabía cuánto tiempo duraría su encuentro. Casi sonaba más como una visita social, con algo de charla de propiedades. Le encantaría tenerlo al límite, tenerlo jadeando y sudando, pero no quería perder el juego. Tomando una respiración profunda por la nariz, fue en busca del oro y bajó la boca hasta el fondo. Cuando su punta golpeó la parte posterior de su boca y comenzó a deslizarse por su garganta, finalmente oyó su voz subir. Victoria. Lentamente apartó su boca, y luego lo volvió a hundir. Él tosió para encubrir un tartamudeo. Con su polla totalmente enfundada en su boca, pasó una mano entre sus piernas, poniendo los dedos alrededor de su saco. Jameson volvió a toser y ella retrocedió. Termina esto. Comenzó a bombear, moviendo su mano y boca de arriba y abajo en su pene. Cada que salía de su boca, envolvía su lengua alrededor de su punta. Cada que llegaba al fondo, apretaba sus testículos. Luego intercambiaba. Lo tomaba por completo. Luego de nuevo con bombear y chupar. Tate pudo escuchar en su voz que estaba teniendo problemas. Sintió una mano en la parte posterior de su cabeza, y sus dedos bajando por su cabello. Giró y jaló. No lo suficiente para alejarla, pero sí podía sentirlo. Dejó escapar un pequeño y agitado gemido, clavando sus uñas en su muslo. —Bueno, John, es un poco tarde, y tengo trabajo que hacer arriba. —Oyó a Jameson decir en voz alta. ¡Trampa! ¡No puede pedirle que se vaya! ¡Tramposo! Tate redobló sus esfuerzos, sacó todos sus trucos de la bolsa. Dejando al descubierto sus dientes, los rozó por su piel. Lo oyó sisear ante eso. Lo tomó en su mejilla, pasando su punta sensible entre los lados de sus molares. Entonces tuvo un estremecimiento de cuerpo completo. Luego pasó la lengua por cada centímetro de sus bolas. Su voz estaba tensa, sus músculos estaban todos duros. No iba a durar mucho más. Podía oír a Jameson tratando de conseguir que el tipo se fuera. Pasó su mano libre por su pierna, por encima de su cintura, y empezó a subir por su estómago. Cuando sus dedos estaban visibles sobre la mesa, él le soltó el cabello y la agarró. Colocó la palma de su mano sobre ellos, contra su estómago. Le clavó las uñas y regresó la mano. Más tensión en sus piernas. Su respiración era pesada, y a través de su camiseta podía sentir sudor. Voy a ganar. Voy a ganar. Voy a… —Son casi las once de la noche, John. Ve a tu jodida cosa así puedo ir a la cama —espetó de repente Jameson.

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Ella se enfureció. Bastardo tramposo. Tate empezó a apartarse, pero su mano regresó a su cabello, obligándola a continuar. Ella gimió, en voz alta esta vez, y luego ambas manos estaban en su cabello, sosteniéndola en su lugar. Apoyó las manos contra cada lado de la cómoda, tomando respiraciones temblorosas por la nariz. Cuando la puerta de la biblioteca se cerró de golpe, la dejó ir. Ella se apartó de golpe, empujando sus rodillas y obligándolo a alejarse. Se puso de pie rápidamente y lo miró, pero él sólo le sonrió. —Maldita sea, Tate, no estabas jodiendo. Lo haces como si fuera tu trabajo. — Jameson rió, sonando orgulloso. Ella puso las manos en las caderas. —¡Hiciste trampa! —le espetó. La ignoró y se puso de pie, metiendo su erección de vuelta en sus pantalones. —No era realmente tu trabajo, ¿verdad? ¿Excursiones a pie con final feliz? — bromeó. —Hiciste trampa. Hiciste que se fuera. Te tenía, y tú hiciste trampa —repitió Tate. Él se acercó. —Dije que tenías que hacerlo antes que se fuera de la habitación. No dije cuándo o cómo iba a suceder. Deberías haberlo hecho con más ganas —le dijo. —¿Es una puta broma? —gruñó. Él pasó un dedo por su mejilla. negó.

—Piensa en lo bueno que será cuando sea un participante activo —dijo. Ella —Tendrás suerte si hay una próxima vez —espetó.

—Oh, veamos. ¿Qué tal suena… mil quinientos por semana? —dijo Jameson en voz alta, pero sonaba más como si estuviera hablando para sí mismo mientras caminaba a su alrededor, rebuscando entre sus papeles. —Oh, no. El precio acaba de subir a cuatro mil —le informó Tate. Él se rió, largo y tendido. —Ahora, esa es una puta broma. No te daría cuatro mil dólares a la semana ni porque lo necesitaras para un trasplante de riñón. Chupas pollas como una campeona, pero ninguna boca vale cuatro mil —se burló. Tate se acercó tanto, su pecho estaba rozando contra el suyo. —Mi boca sí. Puedes estar de acuerdo, o puedo irme por la puerta —le dijo, en voz baja y con rabia. No se trataba del dinero. Tate estaría allí, incluso si no le hubiera ofrecido pagarle. Se trataba de ganar. Derrotarlo en su propio juego. Conseguir que admitiera que era un igual, que podía invertir roles, justo como hizo con ella. —No vas a ninguna parte, nena. Tenemos asuntos pendientes. Nena. —No es mi culpa —respondió. —Me parece que sí; si fueras mejor en tu trabajo —dijo Jameson. Ella rió.

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—Da igual lo buena que soy, si con lo que tengo que trabajar no funciona bien — se burló. Su mano estaba en su cabello en un segundo, tirando la base de su cráneo. La empujó hacia delante, y estaba completamente sobre él, con la barbilla casi apoyada en su clavícula. Su otra mano fue a su cintura, con los dedos curvándose en su vestido y piel. Tate llevó sus manos a su pecho, preparándose. —Mejor cuida lo que dices —le advirtió en voz baja. Ella se rió, sus ojos un poco llorosos por el dolor en su cuero cabelludo. —¿O qué, Kane? —lo presionó. Sus labios se ladearon en una sonrisa suave, astuta. —Eres tan jodidamente estúpida, Tate. Aún crees que es un juego. Zorra estúpida. ¿Qué dije acerca de llamarme Kane? Lo has dicho trece veces. Dije que te castigaría —amenazó Jameson. Esto es lo que he estado esperando. —Sigues diciendo eso, pero no vi que nada suceda. Creo toda es pura charla, Kane. La giró y se inclinó sobre ella, llevándola de golpe sobre el escritorio. Tate dejó escapar un gruñido, eso puede que deje un moretón. Estiró una mano hacia atrás, tirando de la mano que tenía en su cabello. La soltó, pero sólo para agarrar su muñeca. La mantuvo sobre su espalda, y luego tomó su otra muñeca, uniéndola a la primera. Las sostuvo con una mano, presionando con tanta fuerza que era incómodo respirar. Tate trató de girar la cabeza y su barbilla se clavó en la madera del escritorio. —Jodida niña, Tate. Juegos de mierda. ¿Me veo como el tipo de persona que juega juegos? —siseó detrás, su mano libre subiendo por su muslo y levantando su vestido por su culo. —Eres el que sigue jugando. Eres el que… —empezó, cuando su mano golpeó su culo. Jadeó. —Esto no es un juego. Harías bien en recordar la diferencia —gruñó Jameson. Ella rió de nuevo, y fue casi sorprendida por su propia valentía. —Tal vez deberías escribirme un plan de juego, así puedo saber cuándo estás o no jugando y… Su mano era tan pesada, que sabía que iba a dejar una marca. Seis nalgadas. Estaba llorando por el final, retorciéndose bajo su control. Ya no quería jugar. Lo quería dentro de ella. Jameson sabía lo que necesitaba, al igual que antes; como siempre, probablemente. Le soltó las muñecas y ella se agarró del borde de la mesa, a los lados de su cabeza. Fue duro cuando bajó su ropa interior, ni siquiera preocupándose por bajarla hasta sus rodillas. Abrió más sus pies, y podía sentir el material estirarse. Se preguntaba si se habían rasgado. Entonces, estaba entrando en ella. Tate dejó escapar un largo gemido, poniéndose de puntillas, tratando de acomodarlo completamente a la primera. Movió

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sus caderas contra Jameson, y luego estaba presionado completamente en contra de ella. Carne sólida y cálida, dentro y fuera. Dejó escapar una respiración profunda, todo su cuerpo empezó a temblar. Se inclinó sobre ella. —¿Aún se siente como un juego? —susurró Jameson, su voz llena de desprecio. Tate rió y apoyó la mejilla contra el escritorio. Soy tan glotona… —No lo sé. No puedo sentir realmente mucho, para nada —dijo de nuevo con una voz ronca. La folló como si lo hubiese ofendido. Como si estuviera enfadado. Jaló su cabello, obligándola a levantarse de la mesa. La embistió con tanta fuerza desde atrás, que estaba segura que iba a tener moretones en sus piernas donde estaban presionadas contra el escritorio. Su pene estaba rozando algo en su interior; no podía decir si era el cuello de su útero, o tal vez su punto G del cual no estaba enterada; lo que fuese, le hizo ver manchas y pequeños destellos del paraíso. Le soltó el cabello y mientras una mano tomó su cadera, la otra bajó la cremallera de su vestido. Bajó el material por sus hombros y se las arregló para levantar los brazos lo suficiente para que se lo quite. Su mano fue al instante a sus pechos, retorciendo y arañando a través del material de su sujetador. Se levantó, cruzando los brazos por detrás. —Santa jodida mierda, Tate, te sientes aún mejor de lo que recordaba —gruñó Jameson, deslizando una mano hasta su cuello, sus dedos envolviéndose a su alrededor y apretando con fuerza. Ella logró asentir, con los ojos cerrándose. —Sí, sí, mejor. Mucho mejor. —Se las arregló para susurrar. De repente se apartó y entonces la estaba llevando hacia atrás. No estaba segura si podía sostenerse por sí misma. Sus bragas cayeron al suelo. La giró y luego la obligó a sentarse en el escritorio, la empujó sobre su espalda. Abrió sus piernas, y luego se hundió en su interior. Tenía las manos sobre sus rodillas, obligándola a separar las piernas. Sus propias manos estaban en sus pechos, a sus órdenes. Él le dijo dónde, y cómo tocarse. Llamándola por apodos sucios. Le dijo que para esto era todo en lo que era buena, y que por eso la había encontrado de nuevo. Porque incluso si era la única cosa en la que se destacaba, era tan buena, que él era el único digno de compartirlo con ella. Por una vez, no discutió. —Vamos, Tate —gruñó, quitándose su camiseta por la cabeza—. Habría pensado que ya hubieses terminado a estas alturas, llorando como una niña, viniéndote por toda mi polla. —Ella se levantó, pasando un brazo alrededor de su espalda para mantenerse firme en su lugar. —Ya viste… que es un poco difícil… hacerme llorar ahora —le dijo, pasando la lengua hasta el centro de su pecho. Sus manos se deslizaron por sus piernas hasta tomar su culo, forzándola más duro contra sus embestidas. Ella gritó, echando hacia atrás la cabeza.

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—Hmmm, tendremos que intentarlo otro día —gruñó Jameson, dejando caer la cabeza contra el hombro de Tate. Sintió sus dientes contra su piel, clavarse a su yugular, como garras en su corazón. Mordió una vez. Dos veces. Una tercera, tan duro, que pensó que iba a romper su piel. Ya ha hecho eso, hace mucho tiempo, nena. Ella se vino, duro. Apretó los muslos contra su cintura, presionó su rostro contra su pecho, su mano a su mandíbula. Sus dedos se clavaron en su mejilla. Él se quedó completamente inmóvil mientras Tate se estremecía y gemía, sus latidos eran lo único que la mantenía conectada a tierra. Se sentía como si simplemente hubiese sido disparada de un cañón. —Tan fácil —murmuró él. La alejó y Tate se derrumbó en el escritorio, respirando profundamente. Jameson comenzó a embestir de nuevo, levantando sus piernas alto, apoyando sus pantorrillas sobre sus hombros. Luego sus manos sobre sus pechos, cubriéndolos, presionándolos. Ella se dejó ir por completo, con todos los músculos relajados, simplemente le permitió hacer lo que quisiera. El escritorio comenzó a sacudirse y moverse hacia delante; ni siquiera podía imaginar cuánto pesaba la monstruosidad de roble, así de fuerte estaba embistiéndola. Jameson se vino tan duro, que podía sentirlo. Sintió su eje apretarse, hincharse. Sintió los músculos en sus hombros tensarse y estremecerse bajo sus pantorrillas. Dejó que sus piernas caigan a un lado y de derrumbó sobre ella. Todo su peso. Era evidente que no estaba preocupado por aplastarla. Como la última vez. Tate se preguntó qué otra cosa sería como la última vez. Amaba un poco de sexo duro y atrevido; pero ser echada de la cama no era una experiencia divertida. Ni siquiera le importaba si un chico la urgía a irse, pero en realidad esa era la única parte de su experiencia con Jameson que no recordaba con placer. La forma en que la había tratado después. No tanto sus palabras, sino su indiferencia. Como si no hubiese sacado de eje su mundo, como había hecho. —¿Asustada, nena? —dijo de repente contra su pecho. Ella rió. —No es la palabra que usaría —respondió, frotando el dorso de la mano por su frente. —¿Y qué palabra utilizaría Tatum O'Shea? —Jodida. Jameson se rió y se apartó. Ella esperó la indiferencia, pero no llegó. Se subió los pantalones, no subió la cremallera, y la tomó del brazo, levantándola así estaba sentada. Sentía que su cuerpo estaba hecho de gelatina. Levantó una ceja ante ella y le acomodó el sujetador, luego deslizó su vestido de nuevo sobre sus brazos. La miró por un segundo, trazó su dedo a lo largo de su mandíbula y luego pasó un brazo alrededor de su cintura, levantándola de la mesa. —Sin lágrimas —murmuró, bajando la mirada a sus ojos. Ella rió.

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—No. La dio vuelta y subió la cremallera de su vestido. Mientras Tate subía su ropa interior de nuevo, tomó la bebida que había olvidado y la volvió a llenar. La bebió en un par de tragos y él le hizo otra. Hizo lo mismo, mirándolo por encima del borde de la copa. —Si así es como follas sobria, va a ser muy interesante ver cómo lo haces borracha. —Jameson se rió, colocándose su camisa de nuevo. —No estarías a la altura. —Estoy a la altura de cualquier cosa que tengas. Tate pensó que tal vez le diría que se fuera a casa, pidiera un taxi o un auto, o algo. Pero no lo hizo. Le hizo otra bebida y luego tomó su mano, llevándola detrás de él. Lo siguió fuera de la biblioteca y a la puerta de entrada. Había una luz encendida en la sala de estar. Ninguna había estado encendida cuando entró a la casa. —¿Hay alguien aquí? —preguntó. Él echó una mirada a la habitación mientras la llevaba hacia las escaleras. —Sanders. Trabaja hasta tarde a veces —explicó. Ella rió. —Ese pobre hombre, probablemente lo asusté. —Sonrió. Había estado gritando como si fuera un concurso, maldiciendo hasta por los codos. Oops. —Por favor. Él ha interrumpido muchas escenas así, dudo que incluso lo note. — Jameson resopló mientras llegaban al segundo piso. La llevó por el pasillo, pasando un montón de puertas. —¿Follas a muchas mujeres en tu biblioteca? —preguntó Tate. Jameson la miró sobre su hombro. —¿Celosa? Ella rió. —No. Follas mujeres en bibliotecas. Follo hombres en lugares extraños semipúblicos. Po-TATE-o, po-TOT-o2 —respondió. Él se rió y finalmente se detuvo frente a una puerta grande al final del pasillo. —Bueno, me siento excluido. Un escritorio y una cama parece un poco aburrido en comparación —se burló, abriendo la puerta. —No quería darte ideas —dijo con expresión seria, y él se burló de nuevo antes de llevarla a su habitación. Era. Enorme. Soltó su mano y caminó hacia delante, observando todo, mientras él cerró la puerta con el pie. Tenía una enorme cama tamaño king. Un closet amplio. Muebles caros y antiguos. Se acercó a una mesa lateral, pasando sus dedos a través de gemelos de aspecto caro, y relojes. Todo estaba oscuro, cada centímetro de la habitación gritaba masculinidad. A él. Po-tate-o, po-tot-o: significa que sin importar lo que los otros critiquen, continuarás haciendo lo que te gusta. 2

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Tate bebió el resto de trago y poco a poco se dio la vuelta para enfrentarse a él. Todavía estaba frente a la puerta, con los brazos cruzados, observándola. Dejó su copa sobre la mesa y se deslizó la parte superior de su vestido por sus brazos. Bajándolo por sus caderas. Lo dejó caer al suelo y lo hizo a un lado. Se detuvo frente a él, una mano en la cadera. —Entonces. ¿Follaste a muchas mujeres aquí?

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~6~ T

ate bostezó y se estiró, incapaz de evitar la mueca de dolor que siguió. Se sentía dolorida por todas partes. Era delicioso. Abrió los ojos, se concentró en los techos altos con molduras ornamentales. Giró la cabeza hacia la luz del día, que fluía desde una ventana a su lado. Volteó la cabeza hacia la izquierda, Jameson estaba en el otro lado de la cama tamaño king, durmiendo sobre su estómago. Ella sonrió y se sentó. Había sido una noche bastante asombrosa. No sabía realmente qué esperar. Quizás sexo más duro y menos charla. Aunque la forma en que todo había ido era mejor. Como le había dicho, se estaban reencontrando. Mejor no empezar con la mierda loca la primera vez que durmieran juntos. Había sido casi amable con ella en su dormitorio, y podía decir que él se estaba conteniendo. Preparándola. Sus palabras aún eran prometedoras; una promesa de lo que estaba por venir. Tate se frotó el cuello con los dedos. Dejó que bajaran por sus hombros, y hacia el lado derecho, podía sentir una protuberancia. Dejó que sus dedos vagar durante un minuto, tratando de averiguar exactamente qué era, cuando recordó que él la mordió. Mirándolo, se levantó de la cama y corrió a través del cuarto, hacia el cuarto de baño. Cerró la puerta y se miró a sí misma en un espejo de cuerpo entero. Su maquillaje de ojos estaba en todas partes, parecía un panda. O realmente, con la combinación de cabello enmarañado, una cantante de punk que había escapado de los años 80. Se acercó, examinando la marca de la mordida. No había roto su piel, pero lucía feo. La hacía sentirse caliente. Se dio la vuelta, mirando por encima del hombro, tratando de ver su trasero. No había magulladuras, pero un lado estaba claramente más rojo que el otro. Su espalda también tenía marcas rojas que bajaban por su longitud. Jameson tenía garras afiladas. Cuando volvió de frente, pudo ver líneas de hematomas formándose en la parte superior de sus muslos. Sabía que aparecerían. Luego levantó la cabeza hacia el espejo, mirando por encima de su mandíbula. Había golpeado el escritorio bastante fuerte, pero sin marcas. Eso era bueno. Le gustaba duro, pero no caminar con un ojo morado. La gente hacía demasiadas preguntas. Regresó de puntitas al dormitorio y vio que Jameson todavía dormía. Lo observó por un momento. Su cabello estaba arremolinado y lindo, los brazos doblados hacia su cabeza, las manos juntas bajo una mejilla. Su posición hacía que los músculos de sus amplios hombros se juntaran y se mordió el labio inferior, tentada a despertarlo. No lo hizo, optando por encontrar su ropa interior en su lugar. Encontró el sujetador colgado del costado de un espejo y rápidamente se lo puso; decidió que su

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ropa interior era una causa perdida y la arrojó. Estaba poniéndose su vestido cuando oyó que las sábanas se movían. —¿Escapándote, nena? —preguntó Jameson, con la voz ronca de sueño. Tate se rió. —No, te hubiera despertado para despedirme —respondió, luchando con la cremallera en su espalda. Una vez que la subió, lo miró. Se había sentado contra la cabecera de la cama, con las manos detrás de la cabeza. Sus penetrantes ojos azules recorrían cada centímetro de su cuerpo. —Ah, pero ¿quién te dijo que podrías marcharte? —preguntó. Ella se echó a reír y se acercó a la cama. —No sabía que necesitaba permiso —respondió ella, arrodillándose en el colchón y abriéndose paso a su lado. —Tienes que pedir permiso para todo. —Probablemente no va a suceder, Jameson. —Se burló, sentándose sobre sus talones. Él suspiró y dejó caer sus manos. —Bueno, al menos superamos un mal hábito. Te lo juro, tu boca debe meterte en tantos problemas. Muy desafiante, nena. Si te hubiese escuchado decir “Kane” una vez más… —No terminó el pensamiento, simplemente inhaló entre sus dientes. —No veo cuál es el gran problema. Casi todos los demás te llaman Kane —señaló. Él se inclinó hacia delante. dijo.

—Tú no eres “todos los demás“, eres diferente. Puedes ver al verdadero yo —le

Su corazón saltó en su pecho. Era diferente para él, podía ver al verdadero Jameson. Demasiada información. No sabía si saltar de alegría o correr por las colinas. Ang le había dicho que tuviera cuidado, y se había reído de él. Debería haber escuchado su advertencia un poco mejor. —Bueno, voy a tener que ver a tu “verdadero yo” más tarde. Me tengo que ir. — Tate sonrió. Jameson entrecerró los ojos. —¿Por qué? —Porque son casi las once. Tengo que ir a casa, hacer algunos mandados, ducharme, prepararme para el trabajo. Trabajo en el bar de jueves a sábado —explicó. Él asintió y bostezó, frotando una mano por su rostro. —Cierto, cierto, el agujero de mierda. Estaré en Manhattan este fin de semana, pero regresaré el domingo. Te llamaré —le dijo. —Ooohhh, fin de semana en Manhattan. Estilo de vida de los ricos y famosos — bromeó. Él puso los ojos en blanco. —Ahí está esa boca. Espera, haré que Sanders prepare el auto —dijo, inclinándose y tomando un teléfono que estaba junto a la cama. Mientras Jameson espetaba órdenes al pobre Sanders, Tate hizo todo lo posible por limpiar el maquillaje que estaba bajo sus ojos. Podía ir al baño y mojar una toalla,

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pero era demasiado esfuerzo. No quería alejarse de él hasta que tuviera que irse. Levantó su cabello en una cola de caballo justo cuando terminó la llamada. —Pobre Sanders, no creo que seas muy amable con él —comentó, haciendo pucheros. Jameson extendió la mano y lo pellizcó. —Funciona para nosotros —respondió, pasando el borde de su pulgar a lo largo de sus dientes inferiores. —¿Dónde lo encontraste? —preguntó, cuando dejó que sus dedos se deslizaran por su labio y por el lado de su mandíbula. —Londres —respondió, bajando los dedos hasta su garganta. —¿Por eso el acento? No parecía británico —comentó. Jameson asintió, moviendo los dedos por el borde de su marca de mordida, que apenas se asomaba por el lado de su cuello. —No es originalmente de allí, pero es donde lo encontré. Estaba tratando de robarme —continuó, haciendo el material a un lado y acercándose para poder examinar la herida. —¿¡Robarte!? —Sí. Tenía trece años, un carterista. Uno malo. Probablemente a una semana de colapsar. Admiraba su tenacidad. Ha estado conmigo desde entonces. —Jameson terminó la historia, alisando su vestido de nuevo en su lugar. —¿Cuántos años tiene ahora? —Veinte. —Wow. Eso es una locura, pensé que… —Tate —interrumpió Jameson, su mano va a su cuello y acunando su nuca—. Estás obsesionada con otras personas, lo juro. —Dice el hombre que me acosó para que traerme aquí —replicó. Él bufó. —No te oí quejarte anoche. —No hubieras escuchado, aunque lo hiciera. —¿Estás bien con todo esto? ¿No huirás para ocultarte de mí? —preguntó, estrechando los ojos. Tate se rió. —Jameson. Si supieras algunas de mis historias. Una vez, Ang y yo fuimos expulsados de un restaurante de lujo porque se arrastró debajo de la mesa y fue entre mis piernas durante toda la entrada. Anoche no fue nada espantoso para una chica como yo. Puedo lidiar con cualquier cosa que hagas —le aseguró. —Hay una gran diferencia entre ir entre tus piernas, y decirte “la zorra más idiota que he follado”. En mi experiencia, la mayoría de las mujeres dirán que están de acuerdo con algo, y después de hacerlo, no estar de acuerdo en absoluto —dijo, sus dedos masajeando su piel. Un escalofrío recorrió su cuerpo con sus palabras. —No soy la mayoría de las mujeres —le recordó—. Todo es divertido para mí. Un juego. A veces, yo soy la zorra idiota. Y otras, tú lo serás.

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—Lo dudo muchísimo —resopló. Ella empezó a reír. —No tengo tiempo para esto, Jameson. —Se las arregló para decir—. Podemos jugar un poco más el domingo, tengo que ir a casa ahora. Tate comenzó a moverse para bajarse de la cama cuando él la acercó de un tirón. De repente, su boca estaba sobre la suya, y ella estaba jadeando. Sus dos manos fueron hacia la parte posterior de su cabeza, acercándola. Lo siguió, poniéndose a horcajadas sobre su regazo y presionando sus propias manos contra su pecho. No se habían besado la noche anterior, ni siquiera se había dado cuenta de ello hasta después de despertar. Sus labios habían estado sobre cualquier otra parte de su cuerpo, pero nada de besos. No había pensado que fuera gran cosa en el momento. Ahora parecía mega importante. Tate había olvidado cómo era besarlo, como si estuviera robándole el aliento. Succionando al aire directo de sus pulmones. Gimió, moviéndose tan cerca de él como pudo, frotándose contra su pecho mientras envolvía sus brazos alrededor de su cuello. Podía sentir su corazón palpitando, y si no se hubiera sentido tan perdida en el momento, perdida en el gusto, el olor y la sensación de él, se hubiese puesto nerviosa. Su ritmo cardíaco no era algo bueno, cuando sólo se suponía que eran juegos entre ellos. Las manos de él fueron sobre sus rodillas extendidas y las deslizó por sus muslos, bajo su vestido. El ritmo empeoró. Justo cuando estaba descubriendo que no llevaba ropa interior, la puerta del dormitorio se abrió detrás de ellos. Jameson se alejó un poco, pero no apartó los ojos de ella. —El auto está listo, señor —dijo Sanders desde la puerta. Jameson la miró por un segundo más y luego pasó los ojos por su hombro, sus manos continuaron su viaje bajo su vestido. —Veinte minutos, Sanders —respondió, con la mirada fija en Tate. Ella le sonrió burlonamente. —Muy bien, voy a esperar abajo. —Y la puerta se cerró, justo antes que Jameson comenzara a levantar el vestido por su trasero. —Es muy autoritario, señor Kane —dijo Tate, exhalando, lamiéndose los labios. —No tienes idea. Y luego, la estaba sujetando a la cama, forzando su lengua entre sus labios y su rodilla entre sus piernas. ¿Por qué me molesté en vestirme?

Cuando Tate llegó a casa, se apresuró como una lunática. Se detuvo en la agencia de trabajos temporales para decirles que estaba fuera del mercado por un tiempo.

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Llamó a Ang y le dejó un correo de voz que casi consistía sólo en gritos en el teléfono, y luego fue a la ducha. Se había quedado mucho más de veinte minutos en la habitación de Jameson. Casi una hora más tarde finalmente se levantó de la cama. Después de tomar una ducha juntos, discutiendo sobre si era o no apropiado que usara la ropa de él en lugar de su vestido de acabo-de-tener-sexo, la castigó por discutir, y luego buscó algo de su ropa que le quedara bien a ella. En realidad, finalmente se fue horas más tarde, casi tres. Su turno en el bar comenzaba a las seis. Salió de su baño y caminó directamente hacia un cuerpo. Tate gritó, golpeando a Ang en la cara, sin darse cuenta que era él. La tomó del brazo antes que pudiera volver a golpearlo. —Jesús, empiezas un poco temprano —le dijo. Ella apartó la mano. —¡Me has dado un susto de mierda! ¿Qué haces aquí? —preguntó. Ang tenía la llave de su apartamento, pero no lo estaba esperando. Por lo general, no se ven tanto, excepto los fines de semana. —No hablo fluido el idioma chica-estúpida, no tengo ni idea qué dijiste en tu correo de voz, y tuve un día de mierda, así que pensé en pasar —explicó. Ella frunció el ceño y su ira desapareció en un instante. Parecía un poco molesto, y se necesitaba mucho que algo se metiera bajo la piel de Ang. —¿Has tenido un día de mierda? Lo siento —dijo, y luego lo llevó a su habitación. Él se estiró en su cama mientras Tate rebuscaba en su armario. —Sí. Pedro se retiró de la película, así que están rehaciendo todo el rodaje. Y luego, mi abuela pasó de visita. Sabes lo alegre que es; “Angier, ¿¡cuándo vas a ser una persona respetable!? ¡Vas a arder en el infierno!”; uno de mis discursos favoritos de todos los tiempos —le dijo. Tate arrojó algo de ropa al pie de la cama y luego se sentó a su lado, frotando su mano sobre su estómago plano. —Sabes que sólo es una perra vieja. ¿Por qué la dejas llegar a ti? —preguntó. Él se encogió de hombros. —Simplemente lo hace. Todavía recuerdo cuando me llevaba a su casa, me horneaba galletas y esa mierda. Ahora ni siquiera me permite ir allá —gruñó. —Bueno, que se vaya a la mierda entonces. Se pierde a la persona más increíble que he conocido —respondió Tate. Ang puso los ojos en blanco y la miró. —Como si fuera tan fácil para ti tener el odio de tu familia —señaló. Ella parpadeó sorprendida. —Lo es. No me importa que me odien —respondió. Él negó y se incorporó. —Sí, sí te importa. Cada vez que te emborrachas y hablas de ellos, es cuando te pones mala. Cuando empiezas a hablar sobre tu hermana sé finalmente que tengo que quitarme la ropa y sacar el lubricante —le dijo Ang. Ella rió. —Eso no es cierto. —Le sonrió, pero luego, su mano fue a su rodilla, sus dedos deslizándose por su pierna. Un gesto muy similar al de Jameson, hace sólo un par de horas. Su aliento se atoró en su garganta cuando Ang se acercó.

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—No importa. Me siento como una mierda. Ella me hace sentir como una mierda, lo odio —gruñó, inclinándose para besarle el cuello. Tate tragó pesadamente. Estaba en territorio desconocido. Mientras que, en circunstancias normales, Ang y ella lo hacían cada vez que se les antojaba, generalmente no era cuando uno de ellos había dormido con otra persona. Y no sabía todas las reglas del juego con Jameson. ¿Estaría enfadado si durmiera con Ang? Había dejado muy claro que su relación sería puramente sexual, pero eso no significaba necesariamente que fuera exclusiva. Apartó los hombros de Ang, obligándolo a mirarla a los ojos. —No debes permitir que llegue a ti. Sé que es difícil, triste y algo deprimente a veces, pero sigue siendo mucho mejor que la vida con ellos. Siempre estaremos para el otro, así que a la mierda los demás —dijo. Él suspiró, y luego se inclinó para besarla, sus brazos envolviéndose alrededor de su cintura. Hmmm, tal vez fui por el camino equivocado con ese discurso. —Fue horrible. Ya sabes cómo es, se quedó en el pasillo después que la eché. Llamó a las puertas de las otras personas, gritando acerca de su “nieto marica“, la mierda de siempre. No quiero odiarla… pero la odio tanto —susurró contra la piel de Tate. Ang había sido una parte importante de su vida, durante mucho tiempo. Jameson pudo haber destruido el exceso de material, exponiendo a la verdadera Tatum, pero Ang había ayudado a moldearla. Había afilado su lengua y garras contra él, entre otras cosas. La necesitaba, y si bien la mayoría de los amigos querían mierda como cervezas, helado o lo que sea, ellos tenían sus propias maneras jodidas. Simplemente funcionaba. Así que, le siguió la corriente. Se sentía culpable y equivocada, sentimientos que ya no estaba acostumbrada a experimentar; pero también quería que Ang se sintiera mejor. Hacerle olvidar un poco de su dolor. Él la atrajo hacia arriba para que estuviera a horcajadas, y corrió sus manos arriba abajo por su espalda antes de colocarlas sobre sus hombros. —Tengo que ir a trabajar pronto, Ang, así que quizá pueda darte una… —Empezó a decir, cuando de repente él se levantó. Ella aferró a sus hombros, casi cayendo de la cama. —¿Qué diablos es esto? —preguntó, pasando los dedos por la herida de su hombro. —¡Jesús, me asustaste! —espetó Tate, luego miró donde sus dedos estaban tocando. —¿Él te hizo esto? —preguntó Ang, acercándose a la marca de la mordedura. —No, estaba tratando de mordisquear mi propio hombro, para poder escapar. —Tate se rió. Ang la fulminó con la mirada. Había pasado de estar triste a enojado, muy rápido. —¿Esos son dientes? ¿Qué mierda, Tate? Eso luce doloroso —dijo bruscamente. Tate resopló. —Estás bromeando, ¿verdad?

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—¡Y tus piernas! ¿Qué diablos pasó? —preguntó, sus manos tomando sus muslos. Su toalla había subido, exponiendo sus magulladuras. Ambos bajaron la mirada hacia su regazo. —¿Qué puta crees que pasó? Ang, no es como si algo de esto fuera nuevo para ti. Hace un par de semanas, prácticamente me diste una conmoción cerebral, cuando estaban practicando uno de tus “movimientos” de tus películas. —Imitó comillas en el aire, haciendo una mueca. —Eso es un poco diferente, Tate. Te he estado follando durante cinco años. ¡Este tipo acaba de encontrarte hace dos días, y estás dejando que tome pedazos de ti! —La voz de Ang era cada vez más fuerte. Tate frunció el ceño y se bajó de su regazo, sosteniendo la toalla alrededor de su cuerpo. —Ese tipo me encontró hace siete años, y ninguna señal sobre mi cuerpo es no deseada o sin que me lo pidieran. Si me vas a dar un montón de mierda, entonces tal vez deberías irte —le gruñó, caminando hacia su puerta. Ang se quedó en su cama, pasándose una mano por el cabello. —Lo siento, lo siento. Tienes toda la razón. Simplemente no… no estoy acostumbrado a ver eso, tan rápido, contigo. Probablemente he dejado marcas más grandes y peores. —Se disculpó. Ella asintió. —Y una mierda. —Mira, dije que lo siento. Vine aquí con esta gran idea para dejar mis propias marcas sobre ti, y entonces descubro que algún tipo llegó allí primero. Como que arruina mis planes. —Ang se rió, y ella no pudo evitar sonreír. Sonaba tan ridículo cuando lo decía en voz alta. Somos ridículos. —Bueno, lo siento, pero sabías dónde estaba anoche —respondió. Él gruñó y se tumbó en la cama. —Arrrrrrg, sólo quería echar un polvo. ¿Tu compañera está aquí? —preguntó, levantando su cabeza y dándole una sonrisa ladeada. —De ninguna manera, amigo. Nunca pondrás un dedo en Rus. —Tate se rió, volviéndose y sacando ropa interior de su tocador. —¿Por qué no? Dijiste que estaba caliente por mí. Creo que es caliente. Suena a fiesta —dijo detrás de ella. Tate bufó y logró ponerse la ropa interior mientras seguía con la toalla. —Por lo que a ti respecta, Rus es la Virgen María. Fuera de límites —contestó. Dejó caer la toalla y se puso el sujetador. Se giró y los ojos de Ang se deslizaron por su cuerpo, pero no dijo nada. —¿Rus es una virgen? —preguntó. Ella negó, jalando una minúscula falda del montón de ropa y poniéndosela. —No, pero por lo que a ti respecta, podría serlo. Es un ángel hermoso y minúsculo, enviado del cielo para ser dulce y rubia fresa. No tienes permitido corromper eso. No la follarás —dijo Tate dijo, mirándolo a los ojos.

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—Arruinas toda mi diversión. —Tienes un montón de gente en marcación rápida que saltaría sobre ti con tan solo respirar su aire. Llama a alguna —sugirió, colocándose una pequeña camiseta recortada que tenía mangas largas y cuello redondo. —Pero quería a mi conejo de miel, y no quieres jugar conmigo —dijo con voz quejumbrosa. Ella puso los ojos en blanco y se volvió hacia su espejo, extendiendo sus suministros de maquillaje. —Deja de ser ridículo —le dijo. Él saltó de la cama. —Voy a ser una persona normal, ahogar mis penas, encontrar una puta para llevar a casa. ¿Quieres ir a un show este fin de semana? Tengo un tipo que nos dejará entrar en el segundo acto —ofreció Ang, apoyándose contra su puerta. —Por supuesto. Y fíjate si puedes encontrar más cosas de gimnasio. A decir verdad, me gustó un poco la clase Zumba. —Se rió. Él asintió. —Voy a mantener los ojos abiertos. Te veo después, no dejes que señor Infame te dé demasiados mordiscos —le advirtió. Ella rió de nuevo. —Está en Manhattan por el fin de semana, así que estaré libre durante un par de días —le aseguró a Ang. Le levantó el pulgar desde la puerta, luego se fue por el pasillo. —Hasta más tarde, gatita —gritó. —¡Adiós! Hizo su maquillaje pesado, pero dejó que su cabello se sequé solo; a veces el aspecto desarreglado funcionaba muy bien. Terminó con un par de botas de cuña que llegaba hasta las rodillas y luego tomó una chaqueta grande, cubriéndose por completo para el viaje en autobús para trabajar. El bar en el que trabajaba siempre fue popular, aunque los jueves no era tan turbulento como el fin de semana. La noche siguiente fue mejor, los Red Sox habían ganado un partido de local, y la ciudad se volvió loca. Tate llevaba una camiseta de béisbol y Rus incluso consiguió que bailara sobre la barra. Terminaron emborrachándose en una fiesta de hotel después. A pesar que tenía una oferta muy tentadora para unirse a un chico para hacer travesuras sexuales en el baño del vestíbulo del hotel, se negó. Incluso en una borrosa borrachera, Tate se abstuvo. Intentaría ser una buena chica hasta que se hablara con Jameson. Su fuerza de voluntad no duró mucho. El sábado por la noche, estaba detrás del bar, aplaudiendo y moviendo su cuerpo al ritmo de la canción que estaba sonando. Se estaba riendo de algo que decía uno de los habituales, cuando alguien le llamó la atención. Ang estaba caminando por la habitación, una cabeza más alto que la mayoría de la gente. No era frecuente que fuera a verla al trabajo, y le dio una amplia sonrisa en su dirección. Se dirigía hacia el bar, pero no la estaba mirando. Estaba ligando y teniendo sexo con la mirada con alguna chica coreana sexy mientras se movía entre la multitud. Tate no creía que fuera una ninfómana; podía pasar largos períodos de tiempo sin tener sexo, y lo había hecho. Pero a le gustaba mucho y tenía una tendencia a usarlo

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como una especie de terapia. ¿Enojada con alguien? Tenía sexo furioso. ¿Triste acerca de algo? Se divertía con el sexo. ¿Simplemente aburrida? Tener sexo emocionante. Y cuando estaba de humor, tenía muchos problemas para resistirse. Era como un interruptor que no podía apagar. Había estado pensando en Jameson sin parar, recordando la noche y la mañana juntos en vívidos detalles. Fantaseaba sobre lo que le haría cuando llegara a casa. Lo que él le haría. Su interruptor ya estaba a medio camino de encenderse, y a medida que Tate observaba a Ang trabajar su magia con las chicas del bar, el interruptor se encendió completamente. Llevaba una chaqueta larga, del tipo con cuello rígido y levantado que llegaba a su barbilla. Lucía elegante y guapo. Su cabello estaba desordenado, como de costumbre, y sus ojos grises sonreían, como de costumbre. Tenía una sonrisa traviesa, que de alguna forma se las arregló para parecer inocente y travieso al mismo tiempo, y sabía que enloquecía a la mayoría de las mujeres. Estaba en pleno efecto, y Tate no era inmune; añadiendo eso al hecho que su cuerpo era casi tan familiar para ella como el suyo, y era difícil resistirse. Respiró profundamente por la nariz, dejando que sus ojos vagaran por su cuerpo. El domingo por la noche parece tan lejano… Cuando levantó la mirada a su rostro, él la estaba mirando directamente. Sonriendo, le dijo algo a la chica que tenía delante y continuó su viaje. Empujó y alejó a la gente del camino, hasta que se apoyó contra la barra frente a ella. Se quedó en su sitio, todavía moviéndose un poco a la música. —Bueno, bueno, pastelito, ¿cómo están las cosas? —preguntó Ang con su voz sexy, su mirada recorrió su cuerpo antes de mirarla a los ojos. —Bien. Ocupada —respondió Tate. —No te ves muy ocupada —señaló. Ella se encogió de hombros. —Las órdenes se calmaron. ¿Aún iremos al cine? —preguntó. Él miró con los ojos entornados. —Hmmm, no lo creo —respondió. Finalmente se adelantó, apoyándose contra la barra delante de él. —¿Por qué no? Pensé que querías salir —dijo. —Eso quería. Pero creo que el pequeño Tater-tot 3 tiene algo más que una cena y un espectáculo en mente —le dijo. Ella rió. —Oh, definitivamente habrá un espectáculo más tarde. Ni siquiera llegaron hasta “más tarde”. Cuando Tate salió a descansar veinte minutos después, Ang la siguió hasta el fondo del bar y llevó fuera. La presionó contra una pared y le pasó las manos por el cuerpo. Había tomado prestado el auto de su compañero de cuarto, y cuando empezó a llover, la llevó hacia el asiento de atrás.

Tater tot: Término para describir a alguien que no es ni gay ni heterosexual, que simplemente quiere sexo, sin importar el género. 3

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Mientras su lengua corría por la marca de mordedura de Jameson, ella gimió y pasó las uñas por su cuero cabelludo. Realmente debería sentirme como una mala persona la mayoría del tiempo.

—¿Siempre lo mantienes tan caliente? Tatum estaba tumbada en el suelo de la biblioteca de Jameson, a un paso de los sillones. El fuego estaba rugiendo de nuevo, y la habitación estaba casi sofocante. El sudor hacía que su cabello se pegara a su rostro, su camisa a su piel. Jameson estaba en su silla, con los pies estirados hacia el fuego. El calor no parecía molestarlo. ¿Por qué el fuego afectaría al diablo? —Me gusta el calor. —Fue todo lo que dijo en respuesta. Ella resopló, casi derramando el vaso que había equilibrado en su estómago. —Te gusta demasiado el calor —le corrigió. —Si hace demasiado calor para ti, quítate algo de ropa —le sugirió. Ella sonrió al techo y apartó el vaso de su estómago antes de quitarse los pantalones. Levantó la cabeza lo suficiente para poder ver dónde estaba él, y luego le arrojó los pantalones. Golpearon un lado de su rostro. —Mucho mejor, gracias —le dijo con voz feliz. Tate no supo de él el domingo, pero luego, el lunes por la tarde, recibió un mensaje diciéndole que estuviera lista a las seis en punto, y que empacara algunas prendas para una estancia "prolongada". Ooohhh. Estuvo lista horas antes, y esperaba en la escalera de su edificio cuando Sanders se detuvo en su elegante Bentley. Jameson no había sido demasiado hablador una vez que llegó a casa, sólo contento de sentarse y trabajar. Su casa era enorme, pero por lo que podía decir, pasaba la mayor parte de su tiempo en la biblioteca. Le preguntó por qué había enviado a buscarla, si sólo iba a trabajar todo el tiempo, y le dijo que sólo porque estaba trabajando, no significaba que no pudiera apreciar algo agradable de vez en cuando. Cenaron y hablaron sobre los beneficios de asistencia médica pública y la industria privada. Tate era una chica inteligente, había entrado a Harvard, después de todo; tenía sus cualidades. Simplemente no tenía a nadie con quien hablar sobre ese tipo de cosas. Ang estaba más interesado en hablar de qué estrella porno ganaba más dinero y qué ángulo era mejor para las tomas traseras. Rus sólo quería hablar de chicos. Amaba a sus amigos, de verdad, pero a veces Tate quería suicidarse. Jameson era como una brisa de aire fresco. Era inteligente, culto y sabía cómo tener una conversación, cuando alguien era considerado lo suficientemente digno como para hablar con él. Y siempre se mantuvo tranquilo, incluso cuando ella intentó intencionadamente de molestarlo. El Inquebrantable Jameson Kane.

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Después de cenar, la llevó de vuelta a la biblioteca. El fuego ya estaba encendido cuando llegó allí, pero él siguió aumentando, añadiendo más troncos. Por eso había optado por echarse en el suelo. Las sillas estaban demasiado calientes. —Calcetines atractivos, Tate. —Jameson se rió entre dientes. Ella levantó las piernas y llevó los pies al techo. Llevaba unos calcetines de rayas púrpuras que le llegaban hasta las rodillas. Su placer culpable en la vida. Si quedaba varada en una isla desierta, y sólo podía tener una cosa, probablemente sería un par de calcetines largos hasta la rodilla. —Gracias, lo son. —Ella rió, pateando las piernas de arriba abajo antes de dejarlas caer al suelo. —¿No estás borracha todavía? —preguntó. Tate negó y extendió una mano, pasando los dedos por la botella de Jack Daniels que estaba cerca. —No. ¿Quieres que esté borracha? —Podría ser interesante. —Estás de humor oscuro esta noche. ¿Qué pasa? —preguntó. Jameson se rió. —¿Alguna vez estoy de humor ligero? —respondió. Ella asintió. —Por supuesto. A veces estás francamente feliz. Quiero decir, siempre eres malo y un poco bastardo, pero al menos estás contento con eso —le dijo, y él se echó a reír. —Está bien, está bien, basta con la adulación —bromeó. —Así que, ¿qué sucede? —Tuve un reencuentro el fin de semana. Con una… ex, algo así —dijo. Tate se quedó inmóvil. Habló despacio, escogiendo cuidadosamente sus palabras. ¿Protegiéndola? ¿O escondiéndose de ella? No podía estar segura. —¿Una ex mala? —preguntó. —¿Hay algún otro tipo? —Algunas personas terminan bien, Jameson. Es posible tener una ruptura amistosa —señaló. Él bufó. —Eso es mierda. ¿Tienes algún buen ex en tu pasado? —preguntó. Ella rió. —No soy una persona muy normal. Te conté sobre el tipo, no hablamos exactamente. Otro chico lloró cuando terminé; lo cual era extraño, considerando que yo ni siquiera sabía que estábamos saliendo. Es curioso cómo algunas personas confunden el sexo con una relación —respondió. —Ahora, esa es la verdad. —Entonces, ¿qué pasó? ¿Gran pelea? ¿Acosadora? ¡Oh Dios mío, por favor, dime que no fue Ellie! —De repente jadeó y se sentó. Él se había volteado hacia ella y la sonrisa de Satán estaba en su lugar. —Eso habría sido gracioso. Sabes, podría ser interesante. Tal vez deberíamos organizar una reunión familiar —sugirió Jameson. Tate entrecerró los ojos.

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—No lo creo. Mira, si no quieres hablar de tu ex, bien, no es gran cosa para mí, pero tienes que estar de mejor humor, o voy a buscar algo más que hacer —le informó. Él levantó las cejas. —Oh, en serio, señorita O'Shea, hablando duro. ¿De verdad quieres que hable de ella? La mayoría de las mujeres no quieren oír a los hombres hablar de otras mujeres. Particularmente mujeres con las que han dormido —señaló. —No soy la mayoría de las mujeres. ¿Cuántas veces vamos a tener esta conversación? Bien, voy a tomar la delantera. ¿Es caliente? ¿Ella te dejó cuando terminaron? ¿Pelearon el fin de semana? ¿Tuvieron una follada de cierre este fin de semana? ¿Te la follaste este fin de semana? —parloteó Tate. Él sonrió, volviendo la cabeza hacia el fuego. —¿Ves? Por eso te mantengo cerca. Nada de mierda; tan directa. Puede que considere por eso ser amable contigo esta noche —ofreció. Ella resopló. —Qué aburrido. —Ella es muy caliente. Supongo que podrías decir que la dejé. Sí, discutimos este fin de semana. Todavía puedo follarla cuando quiera, así que “follada de cierre” no fue necesario. No la follé este fin de semana —respondió Jameson a todas las preguntas. Tate había querido ser descarada. Demostrar que no le importaba. Podía acostarse con otras personas. Pero cuando le dijo que aún podía dormir con la mujer cuando quisiera, le causó algo a las entrañas de Tate. Follar a una mujer al azar era una cosa; dormir con una ex, alguien con quien había tenido una relación, eso era peligroso. Ponía nerviosa a Tate. No había esperado que se sintiera así. De repente se sentía muy culpable por su fin de semana. —¿Lo harías? ¿Si se presentara la oportunidad? —preguntó Tate, recostándose en el suelo. —Suena como si te molestara si lo hiciera. —Realmente, no lo sé. Puede que sí. —¿Por qué? Tate tuvo que pensar en ello por un minuto o dos. —Podría ser una puta, pero… bueno, definitivamente soy una puta, y me gusta dormir con chicos, y no tengo reparos en quién, cuándo o dónde. Pero no soy infiel. Nunca engañé a ninguno de mis novios. No dormiré con un chico si sé que tiene novia o esposa. No voy a ser esa chica. Si empiezas a dormir con tu ex, puedes volver a estar con ella. O en realidad, ella podría pensar que están de nuevo juntos; las mujeres son así de estúpidas. Y si eso sucede, de inmediato me convertiría en la otra. No voy a hacer eso — explicó, ignorando su copa y llevando la botella de Jack a sus labios, tomando un sorbo. —Engañaste a tu novio, conmigo, cuando yo tenía novia, que también resultó ser tu hermana —le recordó Jameson. Tate se rio en voz baja, tomó otro trago de whisky.

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—Entonces, entiendes por qué estoy tan llena de cicatrices por todo el asunto. No quiero ser esa chica nunca más. Fue un accidente estúpido, y mira lo que pasó. No, gracias —respondió. —Probablemente fue lo mejor que me pudo haber pasado en ese momento, así que tengo una mirada opuesta de la misma. —Él se rio. —Po-TATE-o, po-TOT-o. —Tal vez. Tal vez eres demasiado dura contigo misma. Quiero decir, sí, cada vez que me acostaba con alguien fuera de una relación, mis novias siempre lo supieron. Me aseguré de ello; mentir es ridículo. Si a alguien no le gusta, puede irse a la mierda. Pero tú y yo, éramos jóvenes, saliendo con las personas equivocadas. No es como si lo hubiésemos planeado. Y ni siquiera nos dieron una oportunidad de ocultarlo. No estábamos tratando de hacerle daño a nadie —señaló. Ella asintió. —Cierto. Aun así. Tú preguntaste. Esa es mi respuesta. No, probablemente no me gustaría que empezaras a dormir con esta ex novia. Pero tampoco te voy a detener. — Concluyó su conversación. —Bueno, gracias por eso, Tate. Voy a asegurarme de decirte antes de empezar a revisar mi pequeño libro negro. Tate presionó los labios, mirando al techo. Ahora era definitivamente el momento de decir algo. Una parte de ella, no quería molestarlo o hacerlo enojar. Levantó las rodillas y se frotó los muslos. La otra parte, realmente quería hacerlo enojar, y ver lo que sucedería. —Me acosté con Ang. Dios, simplemente lo solté de la nada. Como una puta cabra. Jesús. —¿Disculpa? Se aclaró la garganta. —Me acosté con Ang. Tuve sexo con él —aclaró. —¿Qué, como este fin de semana? —preguntó Jameson. Ella hizo una mueca. —Sí. Sábado por la noche —le respondió. —Así que, ¿o puedo dormir con mi ex porque podría volver con ella, pero puedes dormir con tu mejor amigo-barra-polla-grande? —cuestionó, pero no había risa en su voz. No parecía enojado. —Soy horrible. No quería, en un principio. Pero me sentía sola, y estaba pensando en ti todo el fin de semana, y entonces él estaba justo en frente de mí, y simplemente… pasó. Tres veces. —Bueno. Gracias por decirme —respondió Jameson en tono simple. Sintió un poco ganas de vomitar. —No estaba segura de lo que está o no permitido. Ang y yo nos conocemos de toda la vida; el sexo es más como un juego de baloncesto para nosotros. Simplemente

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lo hacemos, como deporte. Pero luego, me quedé pensando que tal vez no estaba bien. No sabía si teníamos permitido dormir con otras personas, o qué está pasando exactamente aquí, y… me sentí un poco mal después —le dijo Tate. Era la verdad. Había pasado la mayor parte del domingo elaborando discursos ensayados para pedir su perdón. Jameson soltó una risita. —No me importa si duermes con otras personas cuando no estoy. Somos de la misma especia, así que lo entiendo. Pero tengo que ser honesto, tengo el mismo problema que tú; eres un demasiado cercana a este tipo, Ang, para mi gusto. ¿Qué pasa si el mismo problema ocurre? Realmente no me importa ser el otro hombre, mientras que sea el hombre. No puedo ser eso si vas y te enamoras de tu mejor amigo. Aunque no estoy listo para dejar de jugar contigo. —Trató de explicar. Ella rió. Oh, eres definitivamente el hombre, Satán. —Eso no sucederá, confía en mí. Pero ahí vamos. No puedes dormir con tus ex novias. Yo no puedo dormir con Ang. ¿Trato? —preguntó. —Si eso te hace feliz. Hubo una larga pausa después de eso, Tate bebió más de la botella y Jameson simplemente se quedó tranquilo. Frotó sus piernas, las levantó de nuevo en el aire y dio lentas patadas. Era bastante flexible, casi se podía llevar la rodilla al pecho. Soltó la botella y entrelazó los dedos detrás de la rodilla, acercándola tirando. Sólo otros centímetros y… —¿Has pensado en mí? —La voz de Jameson cortó a través de la habitación. —¿Perdón? —preguntó, soltando su pierna y levantándose con las manos. No la estaba mirando, tenía la mirada en las llamas. —Mientras estabas follando con Ang, ¿pensaste de mí? Dijiste que estabas sola, que habías estado pensando en mí todo el fin de semana. Cuando él te estaba follando, ¿estabas pensando en mí? —preguntó Jameson, finalmente, volviéndose a mirarla. Tate le devolvió la mirada, tomando una respiración profunda. No quería decirle, porque la respuesta la hacía sentir mal. La hacía sentir como una traidora. La otra razón por la que se había sentido tan mal todo el fin de semana. Pero siguió mirándola fijamente, su mirada perforando su alma. —Sí —susurró. Él sonrió y se inclinó hacia delante, por encima de su apoyabrazos. —Así que, mientras este tipo, Angier, estaba dentro de ti, estabas imaginando que era yo, ¿verdad? —le preguntó. Torturándola. —Sí. Por lo general, Ang era tan increíble, que era capaz de destruir cualquier otra persona de su mente. Apenas podía pensar con claridad, y mucho menos pensar en otro hombre. Pero Jameson la enloqueció. Se había metido debajo de su piel y se estaba extendiendo a través de su sistema. No era una cuestión de uno es mejor en la cama que el otro; ambos eran espectaculares. Es solo que uno de ellos inundó su mente. Y no era su mejor amigo.

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—Bien. Nueva regla. Cada vez que folles con otra persona, piensa en mí. ¿Entendido? —exigió Jameson. —No creo que ni siquiera deba ser una regla; va a suceder por sí solo. —Tate rió. Él le dio una sonrisa más apretada y se inclinó hacia atrás en su silla. —Jesucristo, que necesitemos este tipo de normas, realmente dice algo sobre nosotros —murmuró. —Creo que son buenas ideas —le dijo. Él se rió, y fue un sonido malvado. Le envió escalofríos por su espina dorsal. —Piensas eso, Tate, porque eres una puta —declaró. Ah, ahora llegamos al punto. —Tal vez. Pero por lo menos soy responsable —bromeó. —Eso es una paradoja —le dijo. —Tú eres una paradoja —se burló de él, riendo. —Eso no tiene sentido. —Tú no tienes sentido. —Detente, Tatum. —Tú detente… —No me hagas ir allí. No estoy de humor —le advirtió Jameson. —Tal vez si vienes aquí, podría animarte —le ofreció. —Tal vez no quiero animarme. Tal vez quiero estar de mal humor —respondió. Ella puso los ojos en blanco. —Suenas como un niñito que quiere joder sólo por joder —le dijo. Su cabeza giró bruscamente hacia ella. —¿Qué demonios acabas de decir? —Creo que me escuchaste —le dijo con una sonrisa. Él se puso de pie. —Creo que quieres salir herida —le respondió, moviéndose para estar de pie sobre ella. Se levantó sobre sus codos, sonriéndole. —Vivo para hacerte feliz —le dijo, con un suspiro melodramático. Se puso en cuclillas junto a ella. —¿Alguna vez tienes miedo de mí? —preguntó, su voz suave. Tate negó. —No, ni siquiera un poco —le aseguró. —A veces me pregunto si tal vez deberías —agregó. —¿Y por qué es eso? —Porque, tengo los sentimientos más extraños acerca de ti. Como que quiero llevarte a todos lados y tenerte a mi lado, pero también quiero tenerte debajo de mí. Hacerte rogar y llorar —le dijo. Mantuvo los ojos fijos en él, no movió ni un músculo.

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—Suena a un plan bastante bueno para mí —susurró. Él extendió la mano y pasó un dedo por su pierna, desde el borde de su ropa interior hasta la rodilla, y luego volvió a subir. Su mirada observaba su dedo. —¿Cómo te encontré? —Era obvio que estaba pensando en voz alta. —Eso es bastante fácil; me creaste —respondió. Los ojos de Jameson laceraron de los ella, ardiendo en azul en la habitación en sombras. —No sabía lo que estaba haciendo, en ese momento —le dijo, y luego comenzó a clavar sus uñas en su muslo, arrastrándolas por su piel. Ella siseó. —Tampoco yo. Tal vez nos encontramos —dijo exhalando, dejando escapar un suspiro cuando él levantó la mano. La movió hacia abajo, hasta el mismo punto y repitió el movimiento. Ella ronroneó y dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. —A veces, todavía no puedo creer que estés aquí, Tate. Que realmente seas tú. Tatum O'Shea. Hija de Mathias O'Shea; La hermana pequeña de Ellie —dijo, moviendo su mano a la otra pierna. —No he sido ninguna de esas cosas en mucho tiempo, tal vez por eso todavía lo sientes tan extraño —sugirió. —Si no eres esas cosas, entonces, ¿qué eres? —preguntó. Ella pensó por un segundo. —Sólo Tate. Cantinera. Chica fiestera. Amiga de Ang —dijo sin parar las cosas que venían a su mente al pensarlo. —¿Puta? —susurró Jameson. Ella abrió los ojos. —Oh, sí. Definitivamente eso. —Suspiró. Sus uñas fueron a su garganta, por lo que mantuvo su cabeza hacia atrás. —Dolor —añadió él entre dientes. Tate dio un pequeño movimiento de cabeza mientras arrastraba una uña afilada de debajo de la oreja hasta su clavícula. —Tal vez sólo sexo, y punto. Casi lo abarca todo —sugirió. —Muy considerado de tu parte. —Me gusta. Tatum “Sexo” O'Shea. ¿Por qué no? —Se rió. De pronto, su mano estaba apretada alrededor de su garganta, con fuerza. Levantó la mirada hacia él. Jameson estaba mirando su cuello. —Suena bien para mí. Podríamos… —comenzó a decir, pero fue interrumpido. La puerta de la biblioteca se abrió. Tate no tuvo que mirar para saber que era Sanders. Era extraño; caminaba dentro y fuera de las habitaciones sin llamar, todo el tiempo, pero nunca parecía intrusivo. Casi no lo notaba. Siguió mirando a Jameson, que apretó con más fuerza su cuello. Tomó respiraciones superficiales por la nariz. —Tokio, señor. Las reuniones a las ocho en punto. —La voz tranquila de Sanders llenó la habitación. Jameson suspiró y, finalmente, la miró a los ojos. Ella le sonrió. —Me tengo que ir, nena. No hay descanso para los malvados —le dijo, antes de dejarla ir. Se inclinó rápido y la besó en la garganta antes de ponerse de pie.

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—¿Tardarás? —preguntó. Él asintió. —Probablemente. Sabes dónde está la cocina, o puedes ir a mi habitación. Si necesitas algo, sólo pregúntale a Sanders —instruyó Jameson, mirando entre ellos. Tate le dio la sonrisa más grande que pudo. Sanders se quedó mirando a la pared. —Entendido. Ve a hacer mi dinero —le dijo a Jameson. Él resopló. —Eso ni siquiera es gracioso. Salió de la habitación y Tate se quedó como estaba por un momento, mirándolo irse. Luego suspiró y se sentó completamente. Sanders todavía estaba de pie en la habitación, todavía mirando a una pared. Ella le dio una mirada. —¿Tienes una cita sexy esta noche, Sandy? —preguntó. Le gustaba molestarlo. Lograría que sea abra a ella algún día. —No, señorita O'Shea. —Fue todo lo que dijo. —Te ves terriblemente bien esta noche. ¿Nuevo traje? —Lo presionó. Él se aclaró la garganta. —No, señorita O'Shea. —¿Alguna vez me vas a llamar a Tate, como te pedí? —Probablemente no, señorita O'Shea. Ella tuvo una idea. Tenía la impresión de que Sanders y Jameson casi nunca salían de la casa, a menos que fuera para ir a la oficina de Jameson. No estaba bien. Jameson no le había pedido nunca que regresara a su casa, o la llevó a algún lugar elegante. Tate amaba cada segundo que pasaba a solas con él, pero tampoco quería ser la ropa sucia de alguien. —¿Tienes algunos periódicos, Sandy? —le preguntó, poniéndose de pie. —Varios. ¿Qué prefiere, New York Times? ¿LA Times? —Enlistó. —Sólo periódicos de Boston, todos los que tengas. Y cualquier revista semanal —añadió, pasando sus manos sobre sus piernas para sacudir el polvo de la alfombra. Estaba de pie delante de Sanders, llevando tan sólo los calcetines altos hasta la rodilla, ropa interior estilo bóxer, y una camiseta blanca ajustada. Probablemente debería sentirse mal, no le gustaba que la gente se sienta incómoda; pero si Sanders estaba incómodo, no lo demostró. En todo caso, parecía aburrido. —¿Eso es todo? —le preguntó. —Solo eso. Regresa rápido, es tan solitario aquí —bromeó. Él puso los ojos en blanco y salió de la biblioteca. Tate se rió y luego se acercó a la chimenea, determinada a encontrar la manera de apagarla.

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Jameson regresó a su biblioteca poco más de dos horas más tarde, y estaba un poco sorprendido. El fuego era mucho más pequeño, y las luces de arriba estaban encendidas. Casi nunca las usaba. Tate estaba sentada con las piernas cruzadas en medio del suelo, rodeada de periódicos y recortes. Estaba cortando algo de uno de los periódicos, la punta de su lengua visible en la comisura de su boca. Casi linda. —¿Qué estás haciendo? —preguntó, caminando a través del desorden de papeles. Ella lo miró y le dio una gran sonrisa. Tuvo que armarse en contra de eso. Si no tenía cuidado, se iba a poner demasiado cómodo con ella, y Jameson trataba de hacer un hábito no llegar a estar demasiado cómodo. —¡Recortando cupones! —respondió Tate con emoción. —¿Disculpa? —Cuando conocí a Ang. —Empezó. Nunca había conocido al hombre, pero Jameson ya odiaba a su mejor amigo—. Yo estaba realmente desesperada por dinero. Mis trabajos eran horribles, era una camarera de mierda. Ahorrando hasta el último centavo, Ang me mostró lo lejos que te pueden llevar los cupones. Va en Groupon todo el tiempo. Vamos a lugares gratis, tenemos todo tipo de comida gratis y cosas gratis. Es muy impresionante. —Genial. ¿Por qué haces eso aquí, ahora? —La presionó Jameson. Ella le sonrió de nuevo, sólo que esta vez se trataba de una sonrisa diabólica. Esa era la sonrisa que le gustaba, la que quería borrar de una bofetada de su rostro. —Porque voy a llevarlo a la ciudad, señor. Tú y Sanders. Vamos a salir, y vamos a vivir como un verdadero día urban-eszco —le informó. Él rió. —No hay ninguna puta manera que alguna vez haga eso, así que, saca eso de tu jodida mente, ahora mismo —sugirió. Ella negó. —Oh, vas a hacerlo, y después vamos a una cena. Ya había aceptado en ir a cenar en casa de un amigo. Puedes venir conmigo —le dijo. Él frunció el ceño. —¿Y si no voy? —preguntó. Tate se encogió de hombros. —No es gran cosa. Podemos declararte el rey de todos los maricas. Y no de forma positiva. No tienes que ir, puedo llevar a Ang como cita —le aseguró. —Supongo que voy a ir a una jodida cena en el lado malo de Boston. Tienes dos horas, no más —le dijo. Ella rió. —¿Escuchaste eso, Sandy? ¡Saldrás de aquí! —dijo en voz alta. Jameson ni siquiera se había dado cuenta que el otro hombre estaba en la habitación; tuvo otra sorpresa. Sanders estaba detrás del mostrador, cortando un periódico también. —Suena estimulante. Si ya nadie requiere mis servicios, voy a volver a trabajar —dijo Sanders, levantándose de su asiento. Jameson asintió.

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—No tenemos que hacer nada mañana temprano, así que duerme hasta la hora que quieras —le dijo. Sanders asintió, y se dirigió hacia la puerta. Tate levantó la mano, con la palma al revés. —Choca esos cinco, Sandy —dijo ella, sin apartar la mirada del papel que estaba examinando. Sanders chocó la mano y luego salió de la habitación. Jameson se le quedó mirando. ¿Qué acaba de suceder? —Creo que le gustas —murmuró. Tate se encogió de hombros. —Y a la mayoría de la gente. Soy jodidamente increíble —le dijo. Él se echó a reír y se acercó, tomándola del brazo y poniéndola de pie. —Sí, pero por lo general, a Sanders no le gusta a nadie. —Jameson se rió, tirando de las tijeras de la mano y sacándola del mar de periódicos. —Pero no terminé. ¿Qué estás haciendo? —preguntó. —Oh, ya terminaste. Tiempo que las chicas buenas vayan arriba y me muestren lo malas que pueden ser —dijo Jameson. —No creo que quede mucha bondad en mí. —Se burló Tate, siguiéndolo fuera dela habitación. —Creo que no tienes idea de lo que realmente es la maldad; casi eres demasiado buena —respondió. —No creo… —Dejar de discutir, o te haré arrastrarte por las escaleras. Tate se quedó en silencio durante unos dos segundos, y luego volvió una abogada defensora, discutiendo todos los puntos por los que ella no podría ser buena. Jameson dejó de moverse, sonriendo a su espalda mientras ella empezó a subir las escaleras. Luego se inclinó hacia delante y le agarró el tobillo, tirando de su pierna debajo de ella. Se fue de rodillas, sus manos volando para evitar golpearse. —¡Mierda! —maldijo. Se movió unos pasos por delante de ella, y luego se puso en cuclillas y tomando un puñado de su cabello en su mano. —¿Por qué siempre tan empeñada en desafiarme, nena? —preguntó en voz baja mientras jalaba su cabello, forzando su cabeza hacia la suya. Ella lo miró, una sonrisa curvando el borde de sus labios. —Porque siempre es muy divertido. —Estás tan jodidamente loca, Tate. Algo está mal contigo, quieres ser tratada de esta manera, te gusta ser una puta —le dijo entre dientes. Ella se rió por lo bajo en su garganta. —Hmmm, pero, a decir verdad, ¿qué dice eso de ti? ¿Qué quieres tratar a alguien así? ¿Que deseas estar con una puta? —respondió. —He hecho las paces con mis deseos.

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—Como dijiste, somos la misma especie. Tuviste un mal fin de semana. Vamos arriba y puedes descargarte conmigo —le susurró. Él tiró más fuerte su cabello, y ella se puso de rodillas. —Eso suena más a tu favor que al mío —señaló. Tate se rió, extendiendo las manos para arañar su brazo. —Bebé, todo lo que hago es darte favores. Debes sentirte bendecido, de tener una puta tan complaciente —murmulló. Jameson resopló y la empujó hacia adelante, obligándola a estar de nuevo sobre sus manos. —Jodido querrás decir. Ahora jodidamente arrástrate. Y lo hizo, todo el camino a su dormitorio. Tal vez debería quedármela…

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~7~ U

na semana después, Tate corrió alrededor de su apartamento, con un cepillo de dientes saliendo de su boca. Tomó varias prendas de vestir, metiéndolas en un bolso de gran tamaño. Se había quedado en casa de Jameson durante la mayor parte de la semana pasada, incluso regresó a su casa después de sus turnos en el bar, y no sabía cómo iba a ir esta semana, pero quería ropa suficiente para cubrir todas sus necesidades. Resopló ante ese pensamiento. No es que use mucha ropa. Era agosto en Boston, lo cual significaba calor y humedad, pero Jameson insistió en mantener la casa a temperatura casi hirviendo. Ella casi vivía en ropa interior, tops y calcetines cuando estaba allí. Si molestó a Sanders, no lo mostró, así que no lo pensó dos veces antes de hacerlo. También le gustaba pensar que Tate y Sanders estaban desarrollando una especie de amistad. Del tipo en los que sólo un amigo habla y el otro simplemente observa y dice lo mínimo. Casi una amistad. Aquella mañana había logrado llevarlos al centro de Boston para jugar a ser pobre con ella. Consiguió almuerzo gratis, los llevó a un mercado de domingos, obligó a Sanders a probarse ropa ridícula. Jameson no era tan fácil, simplemente se negó a hacer cualquier cosa. Pero fue con ella, e incluso se rió cuando tomó la mano de Sanders y le dijo a un empleado que acababa de proponerle matrimonio, entonces ¿podrían, por favor, participar en el almuerzo con champán que la tienda estaba organizando para la gente recién contratada? Jameson se rió aún más cuando realmente vendió el acto plantando un gran beso en la boca de Sanders y todo. La parte realmente impactante fue Sanders devolviendo el beso. Hombre descarado Pero entonces, llamaron del trabajo a Jameson; un cliente estaba teniendo algún tipo de crisis financiera. Tate lo dejó ir, pero sólo después de hacerle prometer que la recogería a las seis. Había dicho que iría a su cena, e iba a hacerlo. Tate trató de no pensar en ello como una cita para cenar con amigos, le gustaba pensar que era una forma elaborada de tortura, un juego; viendo hasta dónde podía empujarlo. Además, una pequeña parte de ella había querido ver si en realidad lo haría. Pasaban tanto tiempo en su casa, tan sólo aventurándose en ocasiones para cenar,

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estaba empezando a pensar que la estaba ocultando. Era extraño, no le importaba ser la puta de alguien, pero odiaba la idea de ser el secreto sucio de alguien. Dejó caer su cepillo de dientes en el fregadero y escupió el exceso de espuma de pasta de dientes. Agua, gárgaras, escupir, y ya estaba lista. Se puso una chaqueta y se dirigió a la puerta principal, cuando de repente oyó un fuerte golpe. Hizo una pausa, pero los golpes no. Una voz con un fuerte acento de Boston comenzó a gritar. —¡Sé que estás ahí dentro! ¡Abre la pue-erta! El casero. Tate maldijo entre dientes y comenzó a retroceder. Se dio cuenta de una nota pegada a la nevera: “Evita la puerta de entrada. Debería estar enfadada que no hayas pagado la renta aún, pero tampoco puedo pagar. ¡Te quiero, perra! Rus”. Tate ahogó un gruñido y se dirigió a su dormitorio. —¡Tatum! ¡Sé que estás ahí dentro! ¡Me debes dinero! ¡Lo quiero ahora! —gritó el propietario. Ella corrió hacia su ventana y estaba luchando para subirla cuando su celular sonó. Con un suspiro agravado, lo sacó y respondió. —Estoy en la acera, ¿dónde estás? —exigió la voz de Jameson. afuera.

—Uh, aún aquí —respondió en voz baja—. Mira, ve hacia el callejón. Te veré allá —¿Al callejón? ¿Y por qué mierda estás susurrando? Puso los ojos en blanco y salió a la escalera de incendios.

—¡Simplemente encuéntrame malditamente ahí! —siseó y luego cortó la llamada. Cuando llegó al suelo, Sanders estaba estacionado junto a ella. Tate prácticamente cayó en el asiento trasero, la correa de su bolso de tamaño gigante enredándose alrededor de sus piernas. Rió, sin aliento, mientras el auto empezaba a acelerar de nuevo. —Está bien, en primer lugar, nunca me cortes de nuevo. En segundo lugar, ¿qué mierda está pasando? —preguntó Jameson. Ella estiró una pierna sobre su regazo, sacando la correa. —Mi casero estaba en la puerta. —Seguía riéndose, llevando su pie hacia su pecho, la correa aferrada con fuerza alrededor de su tobillo. —¿A menudo huyes de él? —Sólo cuando el alquiler ya venció. Jameson la agarró de la pierna, deteniéndola, y le quitó la correa. —¿No has pagado tu renta, Tatum? —preguntó con voz suave. Sólo que ahora lo conocía mejor. Jameson sólo era suave antes de hacer algo duro. —Bueno, alguien no fue muy sincero sobre pagarme. Sólo he trabajado seis días en las últimas dos semanas. No exactamente al nivel de los gastos, así que no podía

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pagar. Tengo que empezar a hacer trabajos temporales de nuevo; tengo que pagar mi renta, Jameson. Rus depende de mí —le dijo. Él bufó. —No voy a darte mil dólares… —Cuatro mil dólares. —Cualquier cantidad de dinero en efectivo, para que seas libre. Estás loca. Probablemente lo gastarías todo en putas y cocaína. —Ella no lo negó—. Voy a prepararte una cartera de inversiones. Tan divertido como suena chupar pollas por dinero a los ochenta, no creo que quieras hacer eso. —No cambia el hecho que necesito pagar el alquiler. Necesito comer, tengo que pagar mis cuentas. Tres días a la semana simplemente no lo cubre, te lo dije —le recordó Tate mientras se alisaba la falda. Se había subido hasta sus caderas durante su lucha con su bolso. —Te alimentaré, y no te preocupes por el resto. —Fue todo lo que le espetó entes de voltearse, mirando por su ventana. Tema aparentemente cerrado. Ella resopló. —Eres demasiado tierno. ¿Qué es lo que te hace sentir tan dulce? —preguntó. —Tu vida es ridícula. Adelantaste la escuela, te graduaste como mejor alumna en tu escuela privada y fuiste aceptada en un programa acelerado de la Universidad de Harvard. ¿Por qué estás jodiendo? Eres una maldita niña —gruñó Jameson. Lo miró por un segundo. Parecía enojado. Como que, realmente enojado. No tenía sentido. ¿Por qué le importaba lo que hacía? Desde que preguntó por Ellie aquella primera noche, Jameson no le había preguntado otra cosa sobre su vida o su familia. Estaba un poco sorprendida, incluso recordó que había adelantado la escuela. Tate le frunció el ceño. —Dices que es ser niña. Yo digo que es vivir mi vida como quiero —respondió. —Pero es el camino equivocado —le informó, su voz llena de desprecio. ¿Quién diablos era él para juzgar su vida? No era lo suficientemente buena como para ser su novia, pero ¿aun así tenía que dirigirla y emitir un juicio sobre su vida? No lo creía. Su enojo comenzó a hervir. —¿Quién lo dice? ¿El gran Jameson Kane? —espetó Tate, su voz fuerte—. ¿Qué, debo vivir una vida más como la tuya? ¿Por qué demonios quisiera hacer eso? Puedo ser quien soy, la verdadera yo, todos los días. Digo y hago lo que quiero. Te escondes detrás de tu dinero, negocio, trajes e intelecto. Haciéndote pasar por este tipo suave, cuando los dos sabemos que estás a dos pasos de ser un completo sociópata que… No pudo terminar su frase. Él se giró sobre ella en un instante, agarrándola por la garganta. Tate no perdió ni un segundo. Jameson Kane todavía tenía que aprender que Tate generalmente era capaz de dar tanto como recibía. Le golpeó su brazo para que la soltara, pero para entonces él estaba medio tendido encima de ella. Era un lío de manos y brazos, tratando de empujarlo mientras él trataba de controlarla. Se arrastraron sobre el asiento trasero, uno de sus brazos inmóvil bajo la rodilla de Jameson, mientras se inclinaba sobre ella. Uso su mano libre para tomar su muñeca, intentando alejar su mano que estaba en su garganta.

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—¿Crees que me escondo, Tate? ¿Crees que finjo? —siseó, su rostro cerca del suyo. Ella lo miró fijamente. —No lo creo, lo sé —espetó. —¿Y qué es lo que estás haciendo, nena? Escapaste de casa. Escapaste de tu familia. Escapaste de la escuela. Eso es todo lo que haces, te escapas. Estoy contando los días hasta que lo hagas conmigo —le dijo. Tate aspiró aire a través de sus dientes. —Lo llamas escapar, yo le digo liberarme. —Mierda. Si eso fuera cierto, no estarías tan molesta por lo que dije —señaló. —No estoy molesta, yo… De repente, la estaba sacudiendo. Le clavó las uñas en la muñeca y él la soltó, pero sólo el tiempo suficiente para sujetar ese brazo entre su cuerpo y su muslo. Su mano volvió inmediatamente a la base de su cuello y bajó su rostro para estar directamente encima del suyo. —Nunca me vuelvas a jodidamente mentir, Tate. Maldita chica estúpida. Pon tus malditas manos en mí de nuevo de esa forma, y verás lo malo que puedo llegar a ser — le advirtió, con los labios tan cerca que rozaron contra los suyos. Sintió que su temperatura se elevaba por el techo. Jameson tenía un don extraño que le hacía imposible que estuviera verdaderamente enojada con él. Cuanto más enojada estaba, más quería tener sexo con él. Estaba bendecida con ello; O, mejor dicho, estaba maldita. —Sigues prometiendo mostrarme. Aún estoy esperando —susurró Tate. Él rió, y la ira en sus ojos se enfrió un poco. Hubo una larga pausa mientras la miraba, y luego hubo una tos desde adelante de ellos. —A una cuadra de distancia, señor —dijo la voz de Sanders desde el asiento trasero. Jameson lo miró y volvió su atención a Tate. —Sólo quieres que me enoje, lo juro por Dios. No tienes idea de las cosas que quiero hacer contigo —le dijo. —Las ventanas están entintadas. A Sandy probablemente le gustaría el espectáculo —declaró, deslizándose por debajo de él, frotando su cuerpo contra sus piernas. Jameson levantó una ceja. —Lo dudo. Iremos a casa, y pondré un feliz final a esta discusión —le informó. Ella entrecerró los ojos. —No podemos ir a casa; vamos a cenar —le recordó. Él negó. —Las chicas malas son enviadas a la cama sin cenar —contrarrestó. Ella empezó a luchar contra su peso. —No. Aceptaste ir, así que tienes que ir. Le dije a todos que estaríamos allí — dijo. —¿De verdad crees que me importa un carajo? —preguntó con una carcajada. —Eso no es justo. Acordamos esto —subrayó Tate.

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—¿Por qué es tan importante? ¿Quieres que conozca a tus amigos? No me importan tus amigos, Tate. Si crees que me preocupo por tu vida, te equivocas. La estupidez me molesta, ya sea de ti o algún tipo de la calle, o algo en la televisión, no importa. Creo que eres estúpida, y eso me molesta. No exageres. Iremos a casa, y vamos a terminar esta discusión allí. La única razón por la que no te estoy follando ahora mismo es porque tengo mucho respeto por Sanders —le espetó Jameson. Pero no por mí. El problema con jugar sus juegos, había aprendido Tate hace mucho tiempo, era que la línea entre la diversión y la maldad era demasiado borrosa. Por ejemplo, Ang la llamaba de casi todos los nombres sucios que ambos podrían pensar, pero una vez, mientras simplemente pasaba el rato en su apartamento, hizo una observación sarcástica de su familia, que la odiaba porque ella era una enorme puta. No le dirigió la palabra por dos semanas. Le tomó más tiempo meterse entre sus piernas. ¿Qué era o no real? Llamándola “puta tonta” estaba bien, siempre y cuando Jameson realmente no pensara que lo era. Saber y pensar que era una puta estaba bien, siempre y cuando la tratara con respeto. ¿Estaba jugando un juego ahora? Si hubiera dicho esas mismas palabras en otro momento, en una situación diferente, ya habría estado pensando en maneras de desnudarlo en el auto. Pero no sentía como si estuviera jugando. Si lo estaba, ya no era divertido. Sus sentimientos estaban heridos. Odiaba eso. —Quítate de encima. Sorprendentemente, él cumplió sin vacilar. Tate se alejó, poniendo tanta distancia entre los dos como pudo en el asiento. Sanders estaba por estacionar en un lugar fuera del edificio de apartamentos de su amiga. Se negó a mirar a Jameson, simplemente acomodó su ropa. —Oh Jesús, he tocado un nervio. No sabía que Tatum O'Shea los seguía teniendo —dijo, su voz tranquila. Ella lo miró. —Que te jodan, Kane —le espetó. Él rió. —Primera ronda. Entremos, terminemos con esto. —Yo voy a entrar. Tú puedes irte a la mierda. —Ya veo. Te he lastimado. Interesante. —Su voz era más tranquila, sus ojos vagando por su rostro. Ella negó. —No, sólo me iluminó. Si soy tan jodidamente estúpida, tan jodidamente molesta, tan poco merecedora de tu maldito respeto, quizás deberías encontrar a alguien más con quien jugar —le dijo. —Aún no. Puede que seas estúpida y molesta, pero eres un infierno en la cama —le dijo Jameson, con una amplia sonrisa. Ella rodó los ojos y salió del auto. Tate estaba molesta, aunque no estaba segura por qué. Sabía que Jameson no se preocupaba por ella, ¿por qué estaba enojada porque lo había dicho en voz alta? Porque lo hacía real. Cuando estaban solos, holgazaneando alrededor de su biblioteca, era sencillo olvidar. Él simplemente hablaba con Tate a veces, se reía con ella. Parecía que en realidad le gustaba por algo más que sus habilidades en la cama.

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Chica estúpida. —¿¡Qué estás haciendo!? —demandó, cuando él salió del auto del otro lado. —Tienes razón en una cosa. Acepté venir, así que entraré. No puedo tolerar que saques a relucir eso más tarde. Di muchas cosas sobre mí, pero no incumplo —le dijo Jameson mientras se acercaba para estar a su lado. —Pero ya no te quiero aquí —dijo. Él se encogió de hombros. —Realmente no me importa. ¿Cuál es el número de apartamento? Su visión comenzó a volverse un poco roja. Nunca había tratado con un hombre tan terco. Si Tate quería ir a la izquierda, él iba a la derecha. Si iba a la derecha con él, de repente decidía ir a la izquierda. A veces la excitaba. Otras veces, sólo quería matarlo. Su juego había sido malo, un fracaso. Jameson había pasado todo el día haciendo sus cosas "normales", y no había actuado normal en absoluto. En el fondo, había pensado que tal vez todo lo humanizaría un poco. Error. Ahora quería herirlo. Hacerlo sangrar un poco. No sabía si era posible, pero cuando miró por encima del hombro, algo le dio la idea de intentarlo. —¡Ang! —gritó, agitando el brazo en el aire. Jameson se volvió y ella se alejó. —Gatita, ¿cómo estás? No te he visto en un tiempo —gritó en respuesta Ang, aún un par de edificios de distancia. Ella corrió en su dirección. —Demasiado de tiempo —respondió Tate, arrojándose a sus brazos. —Bueno, podrías… Ella cubrió sus labios con los suyos, arremolinando la lengua por su boca. Él la dejó en el suelo, claramente un poco sorprendido, lento en devolverle el beso. Dio un buen espectáculo, pasando sus manos por sus hombros y agarrando su pecho. Finalmente logró romper el beso, empujándola suavemente. Ella le guiñó. —Eres mi mejor amigo —bromeó. Él miró detrás de Tate. —Oh, ¿estamos en la fase de la relación de "lo pongamos celoso”? —preguntó Ang, echando un vistazo a Jameson. Ella negó. —No, estamos en parte de “hagamos que sangre”. Hirió mis sentimientos. Quiero herir su orgullo —explicó Tate. —Contento de estar a tu servicio. Se acercaron a Jameson de la mano. La introducción entre los dos hombres fue gélida, en el mejor de los casos. Ang sonrió con su sonrisa de mierda, envolviendo un brazo alrededor de la cintura de Tate. Ang sabía que era el más querido entre los dos. Jameson le devolvió la sonrisa sin ganas, dejando que su mirada vagara por el cuerpo rígido de Ang y luego hacia el más pequeño de Tate. Jameson sabía que se iría con él esa noche, y cualquier otra noche. Ambos sabían cómo era ella en la cama. Era como estar en medio de una discusión muy silenciosa. Sentía como si sus vellos se pusieran de punta por toda la tensión. —¡Dentro! Todo el mundo dentro, chop chop —les ordenó, moviendo a los dos hombres a las escaleras por delante.

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Por supuesto que fue jodidamente incómodo. Su amiga Rachel, la chica a la que había cubierto para atender el evento de Kraven y Dunn, y la persona responsable de la relación en la que Tate se encontraba ahora, era la que organizó la cena, y en su mayoría era un grupo de gente de veinticinco; todos tenían trabajos parecidos, mismas vidas. Jameson se quedó como un pulpo en un garaje. Originalmente, Tate había pensado que sería parte de la diversión. Pero simplemente hacía las cosas extrañas. Estaba tranquilo y taciturno, ni siquiera trataba de pretender interesarse en nada ni en nadie. No ayudó que Ang tomara su declaración muy en serio y aprovechara cada oportunidad para tocarla inapropiadamente. Jameson observaba con esa mirada fría y desdeñosa, pero no dijo ni hizo nada. Sólo sonrió. Eso la ponía un poco nerviosa. Se escapó a la cocina, donde estaban la mayoría de las otras chicas; Tate era normalmente el tipo de dama que prefería pasar tiempo con los chicos. No esa noche. Bebió algo de vino Pinot gris, deseando que fuera whisky, y simplemente esperó que Ang y Jameson se mataran mutuamente, curando todas sus frustraciones. La cena finalmente estaba servida. Jameson se sentó en un extremo de una gran mesa. No se habían dicho una palabra directamente entre sí desde que había besado a Ang, y Tate dudó sobre qué asiento debía tomar. Jameson resolvió el dilema cuando la tiró de su brazo, forzándola a sentarse a su lado. No discutió. Continuó bebiendo más. Ang se sentó frente a ellos y trató de coquetear con más decisión, pero cuando ella dejó de responder, volvió su atención hacia Rus, que se volvió toda risueña y roja. Tate la fulminó con la mirada. Estúpida chica normal. Apuesto a que puede tan solo salir y tener sexo normal y aburrido. Apuesto a que nadie la llama una puta tonta; y si lo hacía, apuesto a que no sería tan raro que a ella le gustara. Jameson se iluminó durante la comida, verdaderamente riendo y hablando con algunos de los chicos a su lado. Eso hizo que Tate se sintiera un poco mejor, hasta que él tomó su vaso de vino. Ni siquiera la miró, sólo extendió la mano y lo tomó, dejándolo del otro lado de su plato. Al parecer, se acabó el alcohol. Idiota. Ayudó a limpiar, y mientras ella y Rachel lavaban los platos, todos se reunieron en la sala de estar. Ang estaba contando una de sus historias de “un día en la vida de un aspirante a estrella porno”, y todo el mundo se reía. Cuando echó un vistazo, incluso Jameson tenía una sonrisa en su rostro. Ella sonrió y regresó a la cocina. Al menos estaba fingiendo pasar un buen rato. Tal vez eso suavizaría el golpe que vendría más tarde. —Oye, Rach —dijo Tate, presionando su muñeca en su frente—. ¿Tienes alguna aspirina o algo? Tengo un dolor de cabeza asesino. —En mi dormitorio, tengo un poco de tylenol en el baño; tal vez algo más fuerte, no sé qué hay ahí dentro. Siéntete libre. Ve a acostarte, si quieres. —Le ofreció Rachel, frotándole la espalda. Tate sonrió y caminó por el pasillo. La habitación de Rachel era pequeña, pero tenía baño privado que Tate mataría por tener en su propio apartamento, incluso una tina. Encontró el tylenol, pero en otra

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estantería del gabinete de medicina, encontró algo de vicodin. Gracias a Dios. Tomó una píldora y la pasó con la copa de vino que había traído de la cocina. Había dejado la puerta del dormitorio casi cerrada y todas las luces apagadas, pero no se acostó. Caminó por la habitación de Rachel, sin husmear, pero observando por encima las cosas que estaban a la vista. Pijama estándar, sin encaje o cuero. Su armarío no mostraba nada de travesuras. Había una cómoda a lo largo de una pared, con un montón de joyas en la parte superior. Tate miró, sosteniendo pendientes y moviéndose hacia un espejo que estaba en la pared al pie de la cómoda, echándose un vistazo. Tatum O'Shea, linda, chica normal. Pshaw, cierto. La puerta crujió y se abrió, la luz del vestíbulo iluminando dentro. Por el rabillo del ojo, vio a Jameson aproximándose. Ella no dijo nada, sólo tomó un collar de la cómoda y regresó al espejo. Luchó con el broche y él se acercó detrás, tomando el collar de sus dedos. —Demasiado barato —comentó. Tate se quedó mirando su reflejo mientras apretaba el collar. —¿Eso crees? —preguntó, presionando una mano sobre la joya. Había varios colgantes de perlas, de longitud variable, todos conectados a los mismos extremos. —Sí. Son falsos. Recuerdo que llevabas un juego de perlas falsas, una vez. Necesitas uno verdadero —le dijo. Ella sonrió. —Voy a poner eso en mi lista de tareas pendientes. Renta, utilidades, perlas — bromeó, extendiendo la mano y desprendiendo el collar. Tan pronto en cuanto se lo quitó, las manos de Jameson tomaron su lugar, sus pulgares enganchados en su nuca y sus dedos se extendiéndose hasta su cuello. —Te lastimé —repitió Jameson su declaración del auto. Ella arrojó el collar sobre el tocador. —Un poco. Ya casi lo superé —contestó. —No creo que seas estúpido, Tate —comenzó, y ella contuvo la respiración, con los fijos en los suyos en el espejo. Jameson, ¿disculpándose? De ninguna manera—. Creo que tu manera de vivir es estúpida. Tal vez me escondo un poco, pero tú también huyes. Eres mejor que todo esto, más inteligente que todos ellos, y lo sabes. —Esos son mis amigos. —Su voz era suave. —¿Puedes decirme honestamente que a veces no quieres algo diferente? — preguntó. —¿Quién no? —replicó—. Es saber el valor de lo que tienes. Las perlas falsas son tan buenas como las perlas reales, si son dadas con buenas intenciones y amor. Si Ang me diera el más feo, espantoso, horrible colgante de perlas falsas, lo amaría más que cualquier conjunto de perlas verdaderas que mis padres me dieron. Ang me ama. Bueno o malo, estúpido o inteligente, esas personas se preocupan por mí. Me preocupo por ellos. Podría regresar mañana a Harvard y seguiría siendo amiga de esta gente, Jameson.

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Él la miró por un rato, su agarre cada vez más fuerte. Casi era como si estuviera presionándola. Parecía un poco enojado, y se preguntó si tal vez la honestidad llegaba a Jameson más que los juegos infantiles. —Si Angier te diera perlas, huh. ¿Y si yo te doy perlas? ¿Qué significan para ti? — preguntó. Ella frunció la nariz. La metáfora empezaba a ser tremendamente complicada. —Depende. —¿De qué? —De cuánto cuestan. Tú no me quieres, así que, para estar impresionada, mejor que el precio en la etiqueta sea enorme —bromeó a medias. Él le sonrió burlonamente. —Por lo tanto, ¿si te doy un colgante de perlas de $50.000, y Angier te da uno falso de mierda, el suyo significaría más para ti, porque él te “ama”? —aclaró Jameson. —¿¡Hay collares de perlas que cuestan $ 50,000!? —Tate casi gritó su respuesta. —Hay algunos que cuestan mucho más que eso. Al menos sé que puedo apuntar un poco más bajo si quiero impresionarte. —Sonrió. Ella le golpeó la pierna. —Cállate. Y no tengas celos de Ang, sólo le gusta jugar conmigo —le dijo. —No estoy celoso. Y se ve más como te gusta jugar con él. —Es algo mutuo. —Así que, te seguí el juego. Vine al centro. Vine a tu cena. Te vi besar a dos chicos. ¿Gané? —preguntó Jameson, sus dedos masajearon su piel. Ella suspiró. —¿Alguna vez pierdes? —respondió. —Sigo tratando de decirte que nunca pierdo —dijo. —Ya veremos eso, todavía tengo algunos… —¿Confías en mí, Tate? —la interrumpió. —Sí —respondió sin dudas. Parecía un poco sorprendido. —¿De verdad? —Sí. Nunca me has hecho algo que no quisiera o pidiera. Por lo que puedo decir, nunca me has mentido. Has sido sincero acerca de todo. A veces no me gustas mucho; a veces, creo que eres el idiota más grande que he conocido. Eres maleducado, grosero y malicioso la mitad del tiempo. Pero nunca dijiste que no lo eras; siempre dijiste ser esas cosas. Así que sí, confío en ti —explicó. Él rió. —Las cosas que dices, Tate. A veces es como hablar con un hombre. Me pregunto si es por eso que es tan fácil hablar contigo —se preguntó Jameson en voz alta. Ella arqueó las cejas. —¿Soy fácil de hablar porque soy como un hombre? —preguntó. Él asintió. —Un poco —le dijo. —Tengo tetas muy agradables para un tipo. —Se rió, poniendo sus manos sobre sus pechos. Él se acercó, su boca contra su oído. —Deja de hablar. Vine a cenar. Yo gano. Tengo que cobrar mi pago —dijo.

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Con un brusco empujón, la hizo hacia un lado. Cayó contra la cómoda, poniendo sus manos para evitar golpear su cara contra la madera. Empezó a alejarse, pero la mano de Jameson la presionó sobre el centro de su espalda, manteniéndola en su lugar. —¿Qué estás haciendo? —preguntó. —Lo que quiero. Dijiste que confías en mí —señaló, y sintió que su otra mano rozaba la tela de su falda. —Cierto, pero no quiero tener sexo en el dormitorio de mi amiga —le dijo Tate con una carcajada. —¿Por qué no? ¿Y qué te hace pensar que vamos a follar? —Um, estaba en una posición similar la semana pasada, y me follaste como el infierno, eso me hace pensar que vamos a follar. Y no quiero ser irrespetuosa. Esta es su casa, su fiesta; piensa que estoy acostada con una migraña. La puerta está abierta, cualquiera puede vernos —le dijo. —¿Tímida, Tate? —Jameson se rió. Ella resopló. —No, pero como he estado diciendo, estos son mis amigos. No quiero… —Dejó de hablar mientras le levantaba su falda. Era larga y suelta, llegaba debajo de sus rodillas. Le levantó la tela sobre su espalda. —No voy a follarte. Eso sería darte el gusto. Has sido muy mala. Voy a hacer lo yo que quiera —le informó, y ella podía sentir su ropa interior se deslizarse de su trasero. Empezó a discutir, pero se quedó en su garganta. Levantando la cabeza de la cómoda, estaba frente a la puerta, podía ver en el pasillo. La sala de estar estaba justo a la derecha, y podía ver los bordes de la espalda de un par de personas. Estaba oscuro en el dormitorio, y Jameson y ella estaban en la parte de atrás. Si alguien se volteara, probablemente no sería capaz de ver nada. Pero si alguien venía por el pasillo… no es bueno. Ella respiró hondo. —Jameson, no creo que debamos hacer esto —empezó a decir, pero terminó en un jadeo cuando dos de sus dedos se deslizaron dentro de ella. No estaba segura de cómo esto no era darle el gusto. Él no estaba recibiendo nada a cambio, estaba de pie detrás lo suficiente que ni siquiera podía llegar a él. Ahogó un gemido y mordió la madera superior de la cómoda. Él curvó los dedos un poco, casi masajeando sus entrañas. —No te escuché discutir hasta ahora. —La voz de Jameson era oscura detrás de ella. Tate negó. —No deberíamos… hacer esto —susurró, aunque sus palabras no tenían convicción. —Quieres esto. Dime que me detenga, y lo haré. Apretó los labios y canturreó suavemente. Mordió su lengua. Cualquier cosa para evitar gritar. Su otra mano fue a su cadera y la llevó hacia atrás un par de centímetros, lo suficiente para que pudiera pasar su brazo entre ella y la cómoda. Soltó un chillido

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agudo cuando esa mano fue a su frente. Se sumergió en la humedad. Llevándola al espacio exterior. —Jameson —susurró su nombre, casi un gemido. —Estás muy dispuesta a jugar para alguien que dice que no quiere hacer esto — señaló, y ella se rió. —Lo empezaste en el auto. Hombre malo —bromeó, y luego realmente gimió. Echó un vistazo a la puerta. Nadie parecía haberla oído. —Siempre malo. Recuerda eso. Jesús, Tate, ¿cómo es que estás aún tan apretada? Todos estos años, y sigues siendo el coño más apretado que he tenido. —Gruñó, moviendo sus dedos más rápido. —Kegels. Todos los días —respondió, y luego tuvo que morder la madera de nuevo. Clavó las uñas en el armario de Rachel. —Dios, hablando de ser irrespetuoso. ¿Qué es respetuoso de ti, Tate? ¿Tu boca de puta? ¿O tus piernas abiertas? Apenas había regresado a tu vida dos días, y me follaste. Chica fácil de mierda. ¿Angier lo consigue tan fácil? —preguntó Jameson. Sabía que no lo era, pero sonaba como un amante celoso. La volvía loca. —Más fácil —mintió. Sus dedos estaban moviéndose tan rápido que sentía como si estuviera siendo desgarrada por la mitad. Dos Tatums. ¿Cuál querría? Estaba presionándose contra él, llegando al límite de su orgasmo. Estaba muy cerca. —Jodida puta —maldijo. —No deberías sorprenderte. —¿Qué voy a hacer contigo? Jodida zorra. Lo follaste cuando no estaba. No puedes soportar tres días. ¿Cuánto se necesita para satisfacerte? —preguntó Jameson. Tal vez él está celoso. —Tal vez más de lo que tienes —se burló con una voz entrecortada, jadeando por aire. Él se apartó y llevó su espalda contra la cómoda. Esperó sus palabras sucias, sus dedos aplastantes, su boca enojada. Pero nada de eso pasó. La tenía encerrada, presionando su culo contra la cómoda y su frente a su pecho. Ella lo miró, respirando pesadamente, juntando con fuerza los muslos. —Si eres muy buena, cuando lleguemos a casa, te dejaré terminar esto —le dijo, pasando sus manos por su cabello. —¿Huh? —preguntó, atónita. Él le sonrió burlonamente. —Eso es todo lo que tendrás, nena. Aprenderás a no presionarme —susurró, antes de inclinarse y besarla. Tate gimió y envolvió sus brazos alrededor de su cintura, se aferró a él. Le encantaba la forma que Jameson besaba. Para un tipo agresivo, a veces podía ser muy amable con su boca. Sus labios se movieron sobre los suyos, su lengua contra la suya, tranquila y suave. Eso hizo que su corazón revoloteara. Suspiró y pasó las manos por sus pantalones, pasó los dedos por el cinturón y comenzó a deshacer la hebilla. Pero

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entonces Jameson se alejó, tan rápido que ella tropezó. Le dio unos golpecitos en la mejilla y salió de la habitación. Qué. Mierda. Estaba tan cerca de correrse, que era incómodo caminar. Su ropa interior todavía estaba alrededor de sus rodillas. Pensó que podría haber desarrollado espontáneamente asma, era tan difícil respirar bien, y su corazón tronaba en su pecho. Lo peor de todo, todavía tenía una habitación llena de amigos con la cual lidiar antes de poder irse. Probablemente tenía su expresión de “puta recién follada” en su rostro; Ang le echaría una mirada y sabría exactamente lo que había sucedido. Mierda. Bien jugado, señor Kane. Bien jugado. Entró al baño de Rachel y se limpió. Roció sus mejillas con agua fría para calmar el rubor furioso que tenía. Realmente consideró venirse allí. Pero las palabras de Jameson volvieron a ella, acerca de dejarla terminar en casa, y nunca le gustaba estropear su apetito. Terminó, tarareando mientras salía del dormitorio. Weston estaba tan lejos, se preguntó si podría convencerlo de no respetar a Sanders lo suficiente como para hacerlo en el auto. No sabía por qué, pero le encantaba hacer que Sanders se sintiera incómodo, sobre todo porque estaba bastante segura que no era posible. Caminó por el pasillo, alisando la falda con las manos, pensando en otras posibilidades, cuando alguien le siseó: —¿¡Qué estás haciendo!? Se volvió para ver a Ang de pie en la puerta de un dormitorio. Ella sonrió y abrió la boca para responder, cuando de repente la agarró por el brazo y la arrastró hacia él. Llevaba unos tacones absurdamente altos, era prácticamente tan alta como Jameson, y tropezó, cayendo en el pecho de Ang. Trató de alejarse, pero él tenía un agarre mortal en su brazo. —¿Qué sucede? Te lo dije, nada de hanky panky por un tiempo. —Tate rió, pero cuando levantó la vista, él no estaba sonriendo. —¿Qué te pasa? En un segundo, estás encima de mí, y al siguiente, estás dejando que te hable como si fueras una especie de insecto mientras te viola —gruñó Ang. Ella hizo una mueca. —Oh Dios. ¿Viste? —Se quejó. Ang asintió. —Sí, jodidamente vi. Tenía la mano tan dentro de ti que pensé que estaba revisando tus amígdalas. ¿Qué mierda, Tate? Estás en una fiesta con tus amigos, ¿y que ni siquiera tienen la maldita decencia de cerrar la jodida puerta? —espetó. Ella estaba un poco sorprendida. —Um, perdóname, pero hace media hora, ¿no agarraste mis pechos, y anunciaste a todos al alcance del oído que tenía las mejores tetas que has visto? —señaló. —Fue una puta broma, Tate, con las personas que nos conocen y saben cómo somos. Si hubiera sabido lo bien que asumes ser realmente una puta, no me habría

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molestado con tus pechos; simplemente te hubiese follado en la mesa del comedor — siseó. Ella jadeó. —¡Ang! ¿¡Qué te pasa!? —exigió. —¿Cuál es el problema? Dejas que él lo haga. ¿Cuándo es mi turno? —preguntó. —¡Qué mierda! ¿¡De dónde viene esto!? Nunca has tenido problema con que duerma con otros chicos —señaló, apartando su brazo de su agarre. Él se pasó una mano por el cabello. —Porque. Dejas que un tipo que apenas conoces hace como dos semanas te haga una prueba de Papanicolaou en la cena de tu amiga, en una habitación abierta, con una puerta abierta. Ni siquiera realmente lo conoces —le dijo Ang. Ella negó. —Lo conocí por dos años, y todo lo demás no es de tu maldita incumbencia —dijo entre dientes. —Tal vez si te trato como un pedazo de mierda, y te follo cuando y donde quiero, me malditamente escucharás de vez en cuando —respondió entre dientes. Ella le dio una bofetada. —Basta. Ambos voltearon la cabeza a un lado. Jameson estaba de pie en la puerta, con las manos en los bolsillos, esa expresión aburrida, perfecta y sin paciencia en su rostro. Tate estaba avergonzada de ser atrapada discutiendo por él. Ang no se veía incómodo, se veía molesto. Cuando Jameson comenzó a adentrarse en la habitación, Ang se lanzó hacia delante. Tate fue rápido para llegar entre ellos. —Él tiene razón, ¡basta! ¡Sólo detente! —dijo ella en voz alta, esperando que nadie llegara a escuchar en la sala de estar. Que incómodo. Y es por esto que no participas en actividades sexuales en las reuniones sociales de cortesía de nuestros amigos. —Sabes —comenzó a decir Jameson, aclarándose la garganta—. Parece que realmente tienes algo que decirme. He estado aquí, esperando toda la noche para esto. Sabía que llegaría. Pero en cambio, te desquitaste con la persona que sabías que no lucharía de verdad. Observó la ira subir por el rostro de Ang. Vio todo su cuerpo tensarse, un rubor arrastrándose hasta su cuello. La reacción de Tate fue automática, levantó una mano y la apretó contra su pecho, frotando suavemente. Eso nunca fallaba en calmarlo. Ambos hombres la fulminaron con la mirada, y ella hizo una mueca. —Nadie va a pelear. Ang, estás siendo un idiota. Si quieres hablar, podemos hablar, más tarde. Si quieres seguir siendo un idiota, bueno, entonces podemos hablar de eso más tarde también. Pero por ahora, esto terminó —afirmó. Él la miró por un largo rato, y luego asintió, dando un paso atrás. Jameson rió. —Puede que hayas terminado con ella, pero no conmigo. Si alguna vez la tratas así de nuevo, tú y yo vamos a tener una charla. ¿Entendido? —exigió Jameson, sus ojos como cubos de hielo mientras miraba a Ang.

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—¿¡Estás jodidamente bromeando!? —gritó Ang. Tate puso las manos sobre el pecho de Jameson y comenzó a empujarlo fuera de la habitación. —Nos vamos —gruñó ella, obligándolo a ir al pasillo. Para su sorpresa, no se resistió. Le tomó la mano y la llevó detrás de él, caminando directamente a la puerta. Mientras tomaban sus abrigos, Tate logró sonreír y actuar medio normal. Jameson no dijo una palabra, sólo salió por la puerta. Tate se despidió e inventó una excusa que él tenía una emergencia de trabajo. Cuando salió al porche, vio Ang salir de la habitación. Lo miró y luego se dio la vuelta, apresurándose por las escaleras. —Bueno, eso fue mejor de lo esperado —comentó Jameson con voz seca, una vez que estaban en el auto. Ella dejó escapar un grito de frustración. —¡No puedo creer que haya hecho eso! —Está celoso. —¿¡Pero por qué!? Literalmente he follado chicos delante de él. Ha estado allí durante novios, rupturas, rapiditos y los horribles… —Dejó de hablar. —Porque soy el primer hombre por el que realmente se siente amenazado — explicó Jameson. Ella se giró para enfrentarlo. —¿Es por eso que ya no estás molesto? Dijo que me trataste como la mierda — señaló. Jameson rió. —Te trato como una mierda, casi la mitad del tiempo. No estoy molesto porque estás en el auto conmigo, y él está en ese apartamento solo. Gané —dijo, pasando los dedos por su cabello. —Estás ganando en todo, esta noche —dijo Tate. Él la atrajo hacia sí. —Te lo dije, siempre gano. Lo empujó a su asiento de nuevo y se sentó a horcajadas sobre su regazo. Era como si de repente estuviera ansiosa por devorarlo. Lo besó y lamió su boca, se apresuró en quitarle la chaqueta. Pero cuando empezó a deshacer su cinturón, la agarró por las muñecas y le sujetó las manos detrás de su espalda. Ella se quejó en protesta. —No quiero esperar hasta Weston —dijo sin respiración, apoyándose contra él y pasando sus dientes por su cuello. —Al apartamento de la señorita O'Shea, Sanders —dijo Jameson en voz alta. Estaba sorprendida. Nunca quería ir a su apartamento. Odiaba el lugar donde vivía, odiaba esa parte de la ciudad. Casi pensó que iba a simplemente dejarla para prolongar su castigo. Sin embargo, cuando llegaron allí, salió del auto con ella, y la siguió por las escaleras. —¿Te vas a quedar por la noche? —preguntó, sintiéndose mareada mientras abría todas las cerraduras de la puerta. —El tiempo que quiera. —Fue todo lo que respondió, abriendo la puerta y pasando a su lado.

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Se movió por delante de ella en la habitación. Su apartamento era pequeño, dos dormitorios y un baño; ni siquiera tenía tina. La cocina era lo suficientemente grande para que una persona cocinara cómodamente; una persona pequeña. Pero estaba limpio, y era lindo, y podía pagar su parte. A veces. —No suelo traer gente aquí —dijo Tate, pasándose la lengua por el labio inferior mientras cerraba la puerta. Sentía como si tuviera la boca de algodón. Incluso después de todo el tiempo que habían pasado juntos, todavía tenía la capacidad de ponerla nerviosa. —¿No? —preguntó, deteniéndose en medio de la sala de estar. Ella negó, dejando su bolso en una silla. —No. Es como… mi espacio. Yo. Nunca he acostado con un chico aquí. Ni siquiera Ang —dijo rápidamente. —Eso es una sorpresa. —Lo hicimos una vez en el pasillo, fuera de la puerta. Él organizó… —Jesús, Tate, con la frecuencia que hablas de este tipo, estoy empezando a pensar que tal vez debería follar con él, ver qué tan gran cosa es —espetó Jameson. Ella rió. —Quizás deberías. Probablemente le gustaría —le dijo. —Oh, estoy seguro que sí. —¿Puedo ver? —Tatum. Ven aquí. Era una orden y le hizo caso. Cuando llegó a su lado, le pasó la mano por su brazo, más allá de su cuello hasta las hebras de su cabello. Cuando llegó a la parte posterior de su cabeza, tomó un puñado, juntando su cabello. Pero no jaló. Ella lo miró fijamente. —¿Qué estás esperando? —preguntó. —Si escucho su nombre, una vez más esta noche, lo juro por Dios, voy a hacer que te arrepientas —le dijo Jameson en voz baja. Parece que alguien está celoso. ¿Juego nuevo? —¿Qué pasa si no digo su nombre, y simplemente me refiere a él? —preguntó Tate. El afianzó el agarre en su cabello, tirando un poco. —Tate. —Dijiste “escuchar su nombre”, por lo que técnicamente, podría simplemente… Usó el puño en su cabello para empujarla hacia adelante. Ella tropezó en el pasillo, y no necesitó más impulso. Empujó y abrió la puerta de su dormitorio, apenas bajando su falda antes que él la tomara por detrás. Se estrellaron contra la cómoda y Tate extendió los brazos para evitar caerse. —¿Por qué te gusta presionarme? —gruñó Jameson, levantando su cabello para poder morder su nuca.

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—Porque me gusta cómo reaccionas —susurró. Él le dio la vuelta y le quitó su camiseta sin mangas sobre su cabeza. Todo fue un tira y afloja después de eso. Le desabrochó el cinturón y bajó sus pantalones al suelo. Se quitó la camisa y lo empujó hacia atrás, sobre la cama. Bajó rápidamente sus bragas y luego se sentó a horcajadas sobre su regazo, dejando que sus zapatos cayeran al suelo. Ella no perdió el tiempo, simplemente agarró la base de su pene y se sentó encima. Dejó escapar un grito, aferrándose inmóvil a él. —A veces pienso que ni siquiera me necesitas para ser malo contigo; haces un buen trabajo por tu cuenta. —Jameson rió en su oído. Extendió la mano a la parte posterior de su cabeza y tomó un puñado de su cabello. —Cállate. —Entiendo lo que estás haciendo, ¿sabes? Sé cuando me estás provocando —le informó. Ella movió sus caderas y fue recompensada al verlo parpadear rápidamente. —¿De verdad? Entonces, ¿por qué por lo general caes? —preguntó ella, un poco sin aliento mientras movía sus caderas más rápido. —Porque todo esto es en mis términos, y a veces me gusta mimarte —respondió. Ella no podía responder. Cuando estaba encima de él, su pene llegaba a puntos en su interior que realmente podrían haber sido portales a otras dimensiones. No podía pensar ni respirar. Simplemente jadeaba, moviéndose de un lado a otro. Pero después de un par de minutos, algo no estaba bien. Estaba peligrosamente cerca de llegar, pero él aún estaba sentado muy quieto. Manos en sus caderas, en silencio. Jameson nunca era silencioso. —¿Qué estás esperando? —jadeó contra su boca. —Estas molesta. Estoy enojado. Es demasiado fácil —le respondió, arrastrando sus labios por su hombro. Ella rió. —Es demasiado fácil, señor Kane. Él la miró juguetonamente. —Esa jodida boca. A veces, lo juro, estás viendo si alguna vez en realidad te golpeo. —Se rió. —Hazlo. No sabía quién estaba más sorprendido, Jameson o Tate. Pero lo había dicho. Ella dejó de moverse, mirándolo a los ojos. Lo había dicho como una broma. ¿Realmente quería que la golpeara? Era como otro reto. Él no pensaba que podría tolerarlo, no pensaba que pudiera resistirlo. Tate no creía que alguna vez él realmente lo haría, nunca dejaría de contenerse. —Nena, no quiero golpearte —murmuró Jameson. Tate le dio una bofetada. Una vez más, sorpresa en el rostro de ambos. No lo había golpeado fuerte, fue más ruido que otra cosa. Pero sus ojos eran fuego cuando se posaron en ella. Se habría reído, si no hubiera estado tan nerviosa.

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¿Qué está mal conmigo? —Al menos uno de nosotros no tiene miedo. —Ella intentó de ocultar sus nervios. Él rió con malicia y oscuridad. Satán estaba en la habitación. —Ahora, esa es una puta mentira —dijo entre dientes. Ella lo abofeteó de nuevo. Soy suicida. —Se siente bien estar al mando por una vez, Kane. Al menos uno de nosotros no es un marica —le espetó. —Tatum, no estoy jodiendo, no… Lo abofeteó con fuerza, y sin dudar él le devolvió la bofetada. Antes que su cabeza siquiera girara completamente a un lado, Jameson tenía una mano acunando su mandíbula, obligándola a mirarlo. Sus ojos ardieron en los de ella. No la había abofeteado con fuerza, realmente no. Pero, aun así. Su ritmo cardíaco se duplicó. —Nunca más me vuelvas a golpear, ¿entendido? —dijo lentamente y en voz grave. Bajó la mirada hacia él, con los ojos entornados. Se sentía drogada. —No puedo prometer nada. La giró, aplastándola en el colchón. Ella gritó cuando se deslizó en su interior, una de sus manos inmediatamente sujetándola por el cuello, la otra aferrándose a su muslo. Ella abrió la boca al ritmo de sus embestidas. —Jodida Tatum. Maldición. Vete a la mierda. Jodidamente intentaste golpearme en mi auto. Me diste un puto golpe aquí. ¿Quién mierda te crees que eres? ¿Con quién mierda crees que estás lidiando? —exigió Jameson. —Contigo. Sólo contigo —gimió, rastrillando sus uñas sobre sus pechos. —Jodida perra estúpida, no puedo creer que hiciste que te pegue —siseó. Si ella hubiera sido capaz de comprender lo que estaba diciendo, probablemente lo habría abofeteado en ese momento. Sólo para dar énfasis. Pero no podía comprender nada; con cada estocada estaba de camino a una de esas otras dimensiones que había pensado anteriormente. —Creo que… te gustó —dijo sin aliento, arqueando su espalda sobre la cama. Su mano bajó de su garganta a su esternón, presionándola con fuerza al colchón. —Y una mierda. Joder. Le diste un puto beso. No podía jodidamente creerlo. Casi te arrastré al auto e iba a follarte justo frente a él; probablemente te gustaría, ¿verdad? Le diste un puto beso frente a mí, ¿en qué estabas pensado? Estúpida jodida zorra — gruñó. Ah. Todo volvió a Ang. Estaba enfadada con Ang y consigo misma; así que quería que la trataran mal. Jameson estaba enojado con Ang y con ella; quería tratar mal a alguien. Somos una pareja hecha en el infierno. Puede ser Satán, pero yo soy Lillith.

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Se apartó y la volteó, obligándola a estar sobre su estómago. No tuvo la oportunidad de moverse antes que él levantara sus caderas en el aire y empezara a embestir con fuerza, su pene tocando fondo en el primer empujón. Tate gritó, golpeando una mano contra la pared al frente. Era doloroso. Era sexy. Era agresivo. Le encantaba. Intentó levantarse, pero él la empujó, su mano en la parte posterior de su cabeza. Extendió una mano hacia atrás para tocarlo, y él la agarró, presionando su mano contra su rostro. No podía ver nada. Sólo podía sentir. Lo único que sentía era él. —Quiero que vengas, Tate. ¿Vas a venirte para mí? —espetó a su espalda, dejando ir su cabeza y arrastrando sus uñas a lo largo de su espalda. —Sí, sí —gritó. —Siempre te vienes para mí. —Siguió arrastrando sus uñas por la misma ruta, una y otra vez. —Sí. —Es más de lo que merece, puta. —Sí. —Eres tan buena para mí —murmuró. Ella dejó escapar un sollozo. —¡Oh Dios mío! Se vino, todos los ejercicios de Kegel que le había contado, exprimiendo y apretando su pene en su lugar. Él fue tan profundo como pudo y luego se detuvo, con una mano sosteniendo su cadera. Ella gritó y jadeó, golpeando una mano sobre el colchón. El orgasmo duró una eternidad, la destrozó. Dolor invadiéndola. Durante todo el tiempo, él pasó las uñas por ese camino en su espalda. Rasguñando una capa de piel, exponiendo una parte de su alma. Robándosela. O simplemente tomándola de regreso. Houston, tenemos un problema. Mientras ella seguía temblando y tratando de averiguar qué demonios estaba sintiendo, salió de su interior. No tenía la energía para preguntar qué estaba haciendo; simplemente se derrumbó, inhalando. Después de un minuto, sintió una mano en su tobillo y de repente la bajó de la cama. Ella se aferró con las uñas a las sábanas, llevándose una. Aterrizó en un montón de ropa, la manta cayendo por sus hombros. En el momento en que pudo controlarse, vio Jameson sentado en una silla en la esquina de su habitación. —Ahora que eso está hecho —dijo con voz tranquila y suave, plantando sus pies muy separados y poniendo sus manos sobre las rodillas. Su erección estaba complemente firme y dura, y tuvo problemas en evitar mirarlo fijamente. —Um… ¿qué? —Tate logró decir con la voz ronca. —Vas a arrastrarte hasta aquí, en tus manos y rodillas. Y vas a chupar mi polla, como si tu vida dependiera de ello. Si decido venirme para ti, vas a tragar hasta la última gota. No te vas a mover. ¿Entendido? —le dijo. Ella no respondió. En cambio, simplemente empezó a arrastrarse.

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Tatum O'Shea, siempre una chica tan linda y normal.

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~8~ J

ameson pasó la mayor parte de la semana siguiente en Los Ángeles. Necesitaba espacio. No podía pensar bien, no cuando ella estaba cerca.

Tate había seguido sus instrucciones esa noche, tragó la última gota que él tenía para ofrecer. Dijo lo que quería sobre su vida, Tate había conseguido algunas cosas buenas de vivir al margen de la sociedad; daba las mejores mamadas que alguna vez tuvo el privilegio de recibir. Ella se tumbó en el suelo un rato después, y al final se tumbó a su lado. Y simplemente charló con ella. Le dijo que parte de la razón por la que lo había sacado de la ciudad para conocer a sus amigos, era porque estaba empezando a sentirse como su secreto sucio, estar escondida en su casa. Estúpido. No era que Jameson se avergonzara; simplemente no le gustaba estar con otras personas. Llano y simple. Odiaba salir de su casa, sin importar si Tate estaba o no allí. Ni siquiera se trataba de Tate. Le recordó que, si pensaba que algo estaba relacionado con ella, probablemente no lo era. Se había reído de él. Le contó historias "aterradoras" sobre su primer año viviendo sola en Boston. Jameson le contó historias "aterradoras" sobre la primera toma hostil que había supervisado. Ella le preguntó si había tenido algún problema con su familia, y admitió que había tratado con su padre varias veces, pero nunca habían hablado de Tatum, ni de ninguna de las O'Shea. No se le había ocurrido preguntar, pero a juzgar por la forma en que hablaba, su padre no habría sabido nada sobre ella, de todos modos. A mitad de camino a través de una historia muy aterradora sobre ella perdiéndose en el peor barrio de Boston, escucharon la puerta abrirse. Se miraron mientras escuchaban a una borracha Rusty tropezando por la sala de estar. Hubo algunas risitas. y luego una voz de hombre. Pasos por el pasillo, un poco de ligeras bromas sexy. Jameson apretó una mano en la boca de Tate, para evitar que riera en voz alta. Cuando empezaron los gemidos, casi se rió. Dios, ¿cómo es que la gente tenía sexo de esa manera? “Eres tan hermosa”, “Eres tan increíble”, “Oh Dios mío, ¡tú eres tan increíble!”, “Oh Dios mío, ¡tú eres tan hermosa!” Gemido, gemido. Jadeo, jadeo. Tate estaba casi convulsionando bajo su mano, riéndose con todo. Sonaba ridículo, y peor aún, sonaba falso. Jameson no entendía el sexo malo; ¿por qué no detenerse? Pero los resortes de la cama seguían chirriando, la cabecera golpeando a un ritmo apagado.

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Jameson se había puesto encima de Tate y comenzó a burlarse de los ruidos de la habitación de al lado. Resopló y se ahogó para no reírse, trató de apartarlo de encima, pero cuando él palmeó su pecho, dejó de ser un juego. Apartó sus piernas, bajó sus dedos y los deslizó en su interior. Ella mantuvo sus labios juntos y gimió en su garganta. Le susurró que ella era hermosa, que ella era increíble. Pero era diferente de sus vecinos; Jameson lo decía en serio. No sabía qué pensar. Nunca la había tratado así antes, como si fuera delicada o especial. Pero estaba empezando a darse cuenta que significaba ambas cosas para él. A la mañana siguiente, se despertó antes que ella. Se habían movido a la cama en algún momento y se habían quedado dormidos. Tate había estado justo a su lado, la cama no era muy grande, tal vez de dos plazas. Estaba acostumbrado a una king. Había estado tendida sobre su estómago, con un brazo y una pierna colgando del costado. Él la había visto dormir un rato, sus ojos vagando por las marcas de arañazos marcadas en su espalda, sobre las contusiones de un lado de su cuello. Le permitía hacerle tantas cosas. Con el tiempo, ella querría algo a cambio, y ese pensamiento le daba miedo. Se escapó sin despertarla. Se detuvo en la oficina de su casero, se ocupó de su situación de alquiler. Si no podía actuar como un adulto, podría serlo por ella, pensó. Llamó a Sanders y la llamó al celular, le dejó un mensaje de voz. No quería que lo acusara de huir. Eso no era lo que estaba haciendo. Al menos, no lo creía. Así que voló a Los Ángeles, trató de olvidarse de ella durante un par de días. Se estaba apegando demasiado. Cuando la había visto en la reunión con sus abogados, cuando había sabido que iba a dormir con ella otra vez, había empezado a pensar en Tate como una posesión. Algo que había creado, algo que le pertenecía. Linda para jugar, divertida para bromear, pero nada más que eso. Sin embargo, ahora, empezaba a parecer mucho más. No creía que estuviera bien. Jameson no quería apegarse, a ninguna mujer. No quería necesitar a nadie, y menos aún a Tatum O'Shea. Así que se dispuso a distraerse. Consultado en algunos negocios con los que estuvo involucrado, fue a algunos eventos, asistió a una gala. Conoció a muchas mujeres. No funcionó muy bien. Todavía pensaba mucho en ella. Su cuerpo, su risa, sus pequeños juegos. Estaba un poco sorprendido que no lo hubiera llamado, y entonces se dio cuenta que Tate nunca lo había llamado. ¿Había dado la impresión que no se le permitía? A veces no era enteramente consciente de cuán imbécil estaba siendo, en cualquier momento dado. Al cabo de tres días, su curiosidad se apoderó. —Sanders —espetó Jameson a través de su suite de hotel. Un momento después, la cabeza del otro hombre se asomó por la puerta. —¿Sí? —preguntó. —¿Has hablado con Tate? —preguntó Jameson, mirando algunos periódicos. —¿Qué? No. ¿Debería hacerlo? —preguntó Sanders, sorprendido. Jameson había pensado que tal vez lo había llamado; los dos habían desarrollado una extraña clase de

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camaradería, era más extraño por el hecho que Sanders casi nunca hablaba. Pero era obvio que ella le caía bien, disfrutaba de su compañía. —No. Dame tu teléfono —dijo Jameson, tendiéndole la mano. Sanders entró en la habitación y le entregó su teléfono. Eran las cuatro en LA, lo que significaba casi noche en Boston. —¿Está todo bien? —preguntó. Jameson asintió, marcando el número de Tate. Contestó al cuarto tono. —Guten Abend, haben Sie mueren correo de voz-caja erreicht… —Su voz comenzó a parlotear en alemán. —¿Qué mierda estás haciendo? —la interrumpió. —¿Jameson? —Se oyó risa en su voz. —Sí. No sabía que hablabas alemán —dijo. —No sé, sólo conozco esa línea. ¿Tienes teléfono nuevo? —No, estoy usando el de Sanders. ¿Por qué contestaste en alemán? —Siempre hago eso, cuando es un número desconocido —le dijo. —Eso es ridículo —dijo bruscamente. —Aw, me echas de menos, ¿verdad? Es por eso que estás susurrando palabritas dulces en mi oído —bromeó. La echo de menos. —No seas estúpida. ¿Qué estás haciendo? —preguntó, levantándose de su silla y saliendo al balcón. —Viendo una película con Ang —respondió. Se arreglaron rápido. Jameson no era tan inmune a Ang como le gustaba fingir. Ella tenía razón, estaba celoso. Cuando había besado a Ang, Jameson casi perdió el control. Y cuando regresó al apartamento, oyó cómo Ang le hablaba, había tomado todo lo que tenía no destruir al joven. Había querido golpear a Ang hasta acabarlo en el suelo. Jameson podía hablar con Tate de esa manera, pero nadie más podía hacerlo. Sólo él. Un pensamiento escalofriante. —¿Estás segura que sólo están viendo una película? —preguntó, pasando su mano por la barandilla. Ella rió. —No lo sé, déjame comprobarlo. Ang, ¿estamos viendo una película o teniendo sexo? —Su voz se alejó del teléfono. —Definitivamente follando. —Se oyó una respuesta a lo lejos. Hubo ruidos ahogados y Tate se echó a reír, de nuevo al teléfono. —Está mintiendo. Estamos viendo “Las Locuras del Emperador” —explicó. —¿La película de Disney? —preguntó Jameson, frunciendo el ceño. —Mmm hmmm.

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—¿Por qué estás viendo caricaturas? —Porque me gustan. Y estamos realmente drogados —le dijo. Él gimió. —Jesús. Es por eso que no puedo dejarte sola —murmuró al teléfono. —Entonces, tal vez no deberías —contestó con voz ronca. Jameson hizo una pausa durante un rato largo y pudo oírla levantarse. Moverse. Irse a un lugar tranquilo. —No puedo llevarte a todas partes conmigo —le dijo en voz baja. —No. Pero tampoco tienes que irte tanto —contestó. Él sonrió. —Creo que me extrañas, Tate —bromeó en respuesta. Ella resopló. —Extraño partes de tu anatomía. ¿Cuándo regresas a casa? —preguntó. Mentirosa. —Dos días. ¿Crees que puedes esperar tanto tiempo? —preguntó. Ella rió. —Probablemente no. Estoy a punto de empezar a frotarme contra objetos inanimados. —Dios, eres tan obscena. Sucia. Voy a follarte tan duro cuando llegue a casa. — Se rió. —Promesas, promesas —murmuró Tate. —Dos días. Te quiero en mi casa a la una. Lleva traje de baño. —¿En serio? —¿Por qué me haces repetir? —Dos días. A la una en punto. Traje de baño. Lo tienes, jefe. Jameson no se despidió, simplemente terminó la llamada. Oír su voz lo hizo feliz. Hace siete años, si alguien le hubiera preguntado si pensaba volver a ver a Tatum, habría dicho que no. Y ahora estaba durmiendo con ella regularmente, y pensando en sus palabras. Estúpido, estúpido hombre. —Sanders —espetó, regresando a la habitación. —¿Sí? —respondió el otro hombre, tomando su teléfono cuando Jameson se lo tendió. —Llama a Dunn. Llama a los otros asociados. Llama a mis abogados. Vamos a tener un evento cuando llegue a casa. Comida y bebidas en la piscina, si el tiempo lo permite —dijo. Sanders parecía sorprendido. —Lo siento. Vamos a tener… ¿qué? —preguntó. Jameson se echó a reír. —La señorita O'Shea parece pensar que es mi pequeño y sucio secreto. Vamos a demostrarle que no lo es —explicó Jameson. Sanders lo miró un momento. —Realmente te gusta, ¿no? —preguntó. La risa de Jameson se desvaneció. —Sabes que odio ese tipo de preguntas. Ahora ponte a trabajar.

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—Está bien, voy a llamar a todo el mundo y encontrar un lugar para que se encargue de los detalles. ¿Qué hago al respecto a tu arreglo para esta noche, las hermanas Harmon? —preguntó Sanders, tomando un libro de citas y abriéndolo. —¿Qué con eso? —preguntó Jameson, caminando hacia su armario y revisando su ropa. —¿Quieres cancelar? —continuó Sanders. —¿Por qué carajo querría hacer eso? —exclamó Jameson, volteándose. Sanders se encogió de hombros. —Tu reciente llamada telefónica, la fiesta. Pensé que tal vez… —Empezó a decir. —Pensaste mal. Ahora ve, tienes una fiesta que planificar.

Dos días después, a la una y media, Jameson estaba en su porche. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho y llevaba un par de gafas de sol costosas. Su patio trasero estaba lleno de una veintena de sus amigos y colegas, la mayoría con sus respetivas parejas, pero él estaba esperando a una persona específica. Y llegaba tarde. —¿Te llamó? —preguntó. Sanders apareció en su línea de visión. —No. Sigues preguntándome eso. ¿Por qué me llamaría la señorita O'Shea? — respondió Sanders. Jameson se encogió de hombros. —Le gustas, ustedes son amigos —respondió. —También le gustas. Jameson frunció el ceño. Finalmente, diez minutos más tarde, un taxi se detuvo en la entrada. Jameson sabía que siempre podía enviar a Sanders a buscarla, pero entonces todo el proceso llevaría el doble de tiempo. Además, necesitaba un poco de responsabilidad; le tocaba a ella llamar al taxi, subir y llegar aquí. Francamente, se sorprendió que pudiera hacerlo en absoluto. —Lo siento, realmente no fue mi culpa esta vez. —Tate se rió mientras salía del asiento trasero. —Claro que no —respondió, frunciéndole el ceño. Llevaba los mismos pantalones cortos que llevaba cuando había ido a su bar, y una blusa negra con un bikini negro debajo. Tenía unas ojotas en los pies, un bolso ridículamente enorme y gafas de aviador tan brillantes que podía ver su reflejo. Mientras hablaban, levantó su cabello en una coleta descuidada. Lucía completamente diferente de cualquier otra persona en la casa. Quería devorarla.

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—Realmente no es culpa suya, señor —dijo el taxista, saliendo del auto. Todos se volvieron hacia él—. Una llanta explotó en la autopista. Tengo un nervio delicado en la espalda. La joven cambió el neumático por mí. Sin cargo por el viaje. Jameson se volvió hacia Tate con las cejas levantadas. Ella sonrió ampliamente y flexionó sus brazos como un fisicoculturista, besando uno de sus bíceps. Se rió e hizo un gesto para que Sanders pagara al hombre de todos modos. —¿Has cambiado un neumático, vestida así? —preguntó mientras la llevaba a la casa. Ella echó la cabeza hacia atrás y rió. —No, me cambié con un overol. Sí, así, Jameson. No tenía más elección. ¿Siquiera sabes cómo cambiar un neumático? —preguntó. Él jaló su cola de caballo. —No juegues conmigo tan temprano, tenemos que actuar respetable por un tiempo —le dijo. —¿Por qué? Pero no tuvo que responder. La parte trasera de la casa era un invernadero que estaba detrás de su piscina y patio trasero. Ella soltó un silbido. Había mucha gente en el césped, riendo y sonriendo. Gafas brillando y personas conversando, parecían estar pasando el mejor momento de sus vidas. Jameson Kane raramente invitaba gente a sus casas privadas. Tate permaneció inmóvil, contemplando todo. —¿Asustada, nena? —susurró Jameson. Ella negó. —No, pero, ¿por qué? ¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó. —Dijiste que te trataba como un secreto. Esta es toda la gente que conozco en Boston. A excepción de Angier. Olvidé invitarlo —dijo Jameson, su tono lleno de desprecio. Ella bajó sus gafas y le dio una mirada. —Pero, ¿por qué? —presionó. —No eres un secreto para mí, Tate. No me avergüenzo de ti ni de lo que hacemos. Estás dos pasos por encima de ser una empleada de todos modos —señaló. Ella resopló. —Les pagas a los empleados, y no he visto un puto dólar. Comí macarrones con queso TODO el fin de semana —le dijo. —Lo que sea. Estoy siendo amable. Esta puede ser tu única oportunidad de verlo en acción —le advirtió. Ella respiró hondo. —No soy como estas personas, Jameson. No encajaré. Estoy muy halagada, y esto significa mucho, que hicieras esto. Es muy dulce. Pero… —Dejó incompleta la frase. Está asustada. —Bien. Hice mi declaración. No tienes que ir allí. Ya que estás asustada. Y bueno, ahora sabemos realmente quién es el gran cobarde —se burló. Tate se volvió para mirarlo, empujando sus gafas sobre su cabeza. Se desabrochó lentamente la camisa y la dejó caer al suelo, luego se quitó los pantalones cortos por las caderas. Llevaba un bikini negro, los extremos en dos tirantes que se curvaban alrededor de sus caderas. Tenía un cuerpo increíble, y el verano abrasador le había dado un bronceado asesino. Bebió la vista de ella.

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—No tengo miedo. Al final del día, le gustaré a esas personas más de lo que tú a ellos —le informó. Él rió. —No lo dudo. Pero te das cuenta que ni una sola persona por ahí está simplemente pavoneándose en su traje de baño. No sabía que tenías que estar medio desnuda para sentirte cómoda —dijo Jameson, señalando hacia fuera. Estaba en lo correcto. Había algunos en shorts, y un montón de chicas llevaban trajes de baño debajo de batas de lujo y vestidos largos, pero nadie iba en serio acerca de entrar en la piscina. Tatum negó. —Dijiste que trajera un traje de baño, así que estoy lista. Vamos a hacer esto — respondió, y salió por la puerta de atrás. Jameson la alcanzó, y era obvio que la sorprendió cuando pasó un brazo alrededor de sus caderas, guiándola hacia el grupo más cercano de personas. —Cecily. Livvy. Tad, esta es mi amiga, Tatum. Nuestras familias eran cercanas, en Pensilvania. Recientemente descubrí que vivía aquí, en Boston. Tate, Tad es un corredor menor en la firma, Livvy es su esposa, y Cecily mantiene el departamento de contabilidad en orden. —La presentó. Tad se quedó mirando sus tetas todo el tiempo, Livvy parecía que quería sacar sangre, y Cecily se echó a reír, estrechando la mano de Tate. Tate, por supuesto, era amable y agradable. Se rió con facilidad y era obvio que hacer amigos era algo natural. Jameson la presentó a un par de grupos más, y luego la dejó a su suerte. Había hecho su parte, le había demostrado que no era alguien a quien quería esconder. Era una amiga, suponía, igual que los demás. Ahora podría volver a ser un idiota. Jameson estaba cerca del improvisado bar, charlando y riendo con algunos de los chicos, pero siempre vigilándola. Vagó alrededor de la fiesta, mezclándose con todo el mundo. Cecily le gustó, al igual que un par de las otras chicas, pero la mayoría de las mujeres la miraban con veneno en los ojos. Era obvio que Tate era consciente de esto, y coqueteaba descaradamente con cada hombre. Más aún con los que tenían novia o esposas criticonas a sus lados. Se recostó en un sillón en un punto, e hizo un espectáculo de poner loción bronceadora en cada centímetro visible de su piel. Él no era inmune a la atracción que ella tenía sobre otros hombres. —¿Dónde la encontraste? —Wenseworth Dunn se acercó a Jameson, señalando a Tate mientras extendía los brazos por encima de su cabeza. —Te lo dije, nuestras familias… —empezó Jameson. —Eso es mierda. La mayoría de los tipos de sangre azul no engendran hijas tan calientes —Dunn rió. Jameson asintió. silbó.

—Cierto. Pero es hija distanciada de Mathias O'Shea —agregó Jameson. Dunn —Oh, wow. Un tipo bastante poderoso. Jugando con fuego, Kane —advirtió.

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—Realmente no. Muy distanciada. No ha hablado con ellos por siete años. Soy parte de la razón, aunque él todavía me habla —dijo Jameson. Dunn se volvió para mirarlo. —¿Qué quieres decir? —Estaba saliendo con su hermana, y Tate y yo dormimos juntos. La repudiaron —explicó Jameson. Dunn se echó a reír. —El buen viejo Kane. Sabes cómo elegirlas. Luce del tipo de acostarse con el novio de su hermana. Jodidamente caliente. ¿Es tuya? —preguntó Dunn. A Jameson no le gustaba esta línea de preguntas, pero no quería salir como un amante celoso. Tate no tenía ninguna reclamación sobre él, ni viceversa; habían sido muy claros sobre eso desde el principio. Aun así. Jodido Dunn. —Estamos durmiendo juntos, si eso es lo que estás preguntando —respondió Jameson a la evasiva. —Un poco vulgar para ti, Kane. Pensé que solo salías con modelos de Europa del Este —bromeó Dunn. No fue gracioso. —No salgo con nadie. A Tate y a mí nos gusta follar, eso es todo —replicó Jameson. Era duro, pero no le importaba. No le importaba si la gente sabía que estaban durmiendo juntos; lo que no quería era que la gente pensara que estaba en el mercado en busca de esposa o algo así. —Chica para pasar el rato, está bien. Dile que me llame algún día —murmuró Dunn, con la mirada fija en la figura de Tate mientras se levantaba de su silla, entrelazando su brazo en el de Sanders y caminando con él hacia la casa. Jameson rió sombríamente. —No podrías con ella, Dunn —dijo. —Oh, ¿en serio? —Decir que le gustan las cosas un poco salvajes es un eufemismo. Y tú definitivamente no podrías pagarla. —Dunn levantó las cejas. —Quieres decir que es una… —Quiero decir que esta conversación ha terminado. Ve a charlar, comer, beber, golpear a alguien, Jesús —gruñó Jameson antes de alejarse con furia. Estaba enfadado. “… pensé que solo salías con supermodelos de Europa del Este”. Jameson no apreciaba oscuras referencias a su ex. No apreciaba las referencias a ella, en absoluto. Y sobre todo no apreciaba la forma que Dunn había estado mirando a Tatum. Todo estaba bien y cómodo para ellos con dormir con otras personas, pero ciertamente no quería estar intercambiando historias aguafiestas sobre sus capacidades gimnásticas en la cama. Y, una pequeña parte de él susurró que simplemente no le gustaba Dunn mirándola, y punto.

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Varias horas más tarde, Tatum subió las escaleras en una pierna, colocándose su calcetín en la otra pierna. Cuando llegó al final de la escalera, también se puso el otro calcetín. Había optado por largos calcetines rojos. Mejor para la noche. Estaba empezando a oscurecer afuera y la gente estaba entrando al conservatorio. Mientras se dirigía a la biblioteca, se quitó la camiseta y caminó directo a algo. Tropezó hacia atrás, colocándose rápidamente la camiseta por encima de su top de bikini. —Lo siento, no sabía que hubiera alguien aquí. —Se rió. Había un hombre parado en la biblioteca. Lo había visto antes, pero no podía recordar su primer nombre. El apellido era Dunn, era el socio comercial de Jameson. Él le sonrió. —Simplemente mirando alrededor. Tan sólo he estado en la casa de Jameson una vez —le dijo. Ella rió de nuevo. —Sí, nunca deja que venga nadie, lo trata como una fortaleza. Me sorprende que no haya agentes de seguridad al final de la calle, revisando a la gente antes que entren —bromeó Tate, pero se sintió un poco incómoda. La mirada de Dunn nunca se encontró con la suya, sólo se quedó fija en su cuerpo, y era muy consciente el hecho que estaba de pie delante de él con calcetines hasta la rodilla, un bikini y una camiseta ligera. —Es extraño de esa manera, ¿verdad? Tan abierto acerca de algunas cosas, tan privado en las demás —murmuró Dunn. Ella frunció el ceño. Sus palabras estaban cargadas de tensión y doble sentido. —No estoy segura de lo que quieres decir. Siempre ha sido muy abierto conmigo —respondió. —Siempre. Se conocen desde hace mucho tiempo, ¿eh? Ni siquiera sabía que Mathias tenía hijos —comentó Dunn. Tate se sorprendió. ¿Jameson había hablado de su familia con este tipo? —Sí, somos dos, tengo una hermana mayor. —La mencionó también. Parece que eras muy traviesa en tu juventud. Ella entrecerró los ojos. ¿¡Jameson había hablado de eso!? Y le gustaba cada vez menos ese tipo, Dunn. Su voz era lasciva, y aunque normalmente eso no le molestaba, era el compañero de Jameson. Estaban en la casa de Jameson. Y no se sentía atraída por Dunn. Le daba escalofríos a escala sísmica. —Todos tenemos un pasado, ¿verdad? —Pasó delante de él, dirigiéndose hacia donde estaba su celular enchufado y cargando. —Oh, sí. Tu pasado suena más interesante —le dijo Dunn, siguiéndola a través de la habitación. Ella frunció el ceño, fingiendo concentrarse en su teléfono. —Me aseguraré de informarte cuando escriba la historia de mi vida —le respondió.

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—O podríamos reunirnos en algún momento y también podrías contármela —le ofreció. Levantó la cabeza de golpe, un poco sorprendida. Aunque no había pasado mucho tiempo con ella en la fiesta, pensó que Jameson había dejado muy claro a todo el mundo que tenían algún tipo de relación. Cuando se paró a su lado, siempre pasó su brazo por su cintura. Cuando había ido sola, en un extremo de la piscina, él había llegado detrás y envolvió sus brazos alrededor de sus hombros, besó el lado de su cuello. La volteó mientras le susurraba cosas muy traviesas en el oído, sus manos corriendo por su cuerpo. Nadie estaba al lado de ellos, pero estaban bien a la vista de los otros invitados. Así que fue un poco sorprendente que su socio de negocios, y amigo, estaba ligando con ella. —No creo que sea una buena idea —dijo Tate, moviéndose para pasar a su lado. Él le bloqueó el camino. —¿Por qué? ¿Por Jameson? No le importará, ya hemos compartido chicas antes —le aseguró Dunn. Ella resopló. —A mí me importa, y digo, no, gracias —espetó, tratando de ir a otro lado. Él se movió de nuevo. —Sólo dime tu precio, estoy seguro que puedo igualar lo que Jameson ofreció. Tate se quedó inmóvil, mirando a Dunn a los ojos. ¿Jameson le había dicho eso? ¿Le estaba diciendo a la gente que le había pagado para que durmiera con él? Era más una broma que otra cosa, nunca le había dado dinero. No quería que sus amigos pensaran que podían darle dinero y podrían follarla en un rincón oscuro de su casa. No quería que Jameson pensara en eso. ¿¡Cómo podía pensar eso!? —No sé de qué estás hablando. Muévete —le ordenó. Dunn se echó a reír. —Está bien, estoy bien con eso. Jameson está bien con eso —le aseguró, acercándose. Ella retrocedió. —¿Todo en orden? —La voz clara de Sanders atravesó la habitación. Dunn giró y Tate corrió a su lado, pasando su brazo en el de Sanders. —No, este tipo es un idiota —dijo. Dunn se echó a reír. —Oh, vamos, yo sólo… —Comenzó cuando Sanders se aclaró la garganta. —Creo que encontrarás al señor Kane en el conservatorio, con el resto de los invitados —interrumpió. —Oh, ¿estaba preguntando por mí? —preguntó Dunn. —No, pero supongo que desde que solicitas servicios de una mujer que ha estado en su casa, querrías hablar con él primero —dijo Sanders a Dunn, su voz gélida como hielo. El rostro de Dunn se endureció y Tate sonrió. Al parecer Jameson no estaba “bien con” esta pequeña propuesta; teniendo en cuenta la expresión de Dunn, suponía que Jameson no sabía nada acerca de ello en absoluto.

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—Podríamos ir juntos —ofreció Tate—. Contarle la historia entera, hacer una recreación. A él le encantaría. ¿Qué piensan ustedes? —Lo que usted diga, señorita O'Shea —respondió Sanders. Dunn bufó y salió de la habitación. Tate se rió. —Dios, ¿viste su rostro? Qué idiota. —Se rió entre dientes. Sanders asintió, girándola y conduciéndola por el pasillo, hacia la cocina. —Claramente. ¿Le apetece una copa, señorita O'Shea? —preguntó. Ella asintió, y sin siquiera tener que decírselo, fue y tomó una botella de Jack Daniels de un armario. —Me tratas tan bien, Sandy. —Suspiró mientras dejaba la botella en la enorme isla en el centro de la cocina. Hizo un gesto hacia las copas, pero ella negó. —¿Está bien, señorita O'Shea? —preguntó con su tono cuidadoso. Ella se encogió de hombros, moviéndose hacia el otro lado de la isla para poder estar frente a él. —No lo sé. Lo estaré —respondió. —¿Te tocó? Levantó la mirada a Sanders, y por primera vez, la estaba mirando. Casi nunca hacía contacto visual directo con nadie, excepto Jameson. Su pregunta la sorprendió. Su voz carecía de emoción, como de costumbre, pero había algo en sus ojos. Estaba preocupado por ella, intranquilo. Tate se sorprendió. —No, no lo hizo —le aseguró. Él asintió. —¿Quiere que busque al señor Kane? —preguntó Sanders. Ella negó y quitó la tapa de la botella. —No. —Se rió, tomando un trago. --Creo que debería saberlo. Estaría muy molesto —le dijo. Tate se rió un poco más. —¿De verdad crees que estaría molesto? Yo no —replicó, tomando un trago aún más grande. —Se equivoca. Se preocupa por usted, señorita O'Shea —le aseguró Sanders. Ella casi escupió el licor. —Jameson Kane no se preocupa por nadie más que por él mismo —resopló. Tenía que decir cosas así; tenía que recordárselo a sí misma. —He visto a muchas mujeres pasar por su vida. —La voz de Sanders era tranquila, casi suave. Lo miró fijamente—. Sin embargo, nunca ha tratado a nadie de la forma que la trata. Solía hablar de usted, sabe. Hace mucho tiempo, cuando bebía. Mencionaba su nombre, mencionaba que se preguntaba qué hacía, dónde estaba. Le importa. Hizo hincapié en las últimas palabras, y Tate casi sintió deseos de llorar. ¿Quién sabía que Sanders podía ser tan apasionado? Y de ella, de toda la gente. Que le diga esas cosas, estos secretos obvios, significaba mucho, en tantos niveles diferentes. Realmente quería que supiera, Jameson se preocupaba por ella.

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Se había dicho tantas veces que no era una posibilidad, Jameson Kane nunca se interesaría por ella. Nunca sentiría nada más allá del deseo. Tal vez había esperanza… no. No quería creerlo. Satán no tenía sentimientos, y si empezaba a pensar que los tenía, se comería su alma, lo poco que le quedaba. —Eres muy dulce, Sandy. —Se rió en voz baja—. Pero creo que ambos sabemos que eso no es cierto. —¿Qué no es cierto? La voz de Jameson resonó en la puerta. Caminó hacia la habitación, sin lucir muy feliz. Miró a ambos, cruzando los brazos sobre su pecho cuando se detuvo en la parte delantera de la isla. Tate le tendió su botella antes de tomar otra copa. Sanders se puso de pie. —¿Necesitan algo? —preguntó. —No. Puedes irte —le dijo Jameson. Sanders asintió. —Estaré en la casa de huéspedes. Señorita O'Shea —dijo, y Jameson y Tate miraron a Sanders—. Por favor, piense en lo que dije, de verdad. —¿Qué mierda está pasando? —preguntó Jameson mientras Sanders salía de la habitación. Tate se encogió de hombros. —Sandy es un alma vieja en un cuerpo joven, sus enigmas son demasiado profundos para que podamos entender —bromeó. Jameson la fulminó con la mirada. —He estado buscándote por todas partes. ¿De qué estaban hablando aquí? — preguntó. Ella rió. —Tu amigo, Dunn —respondió. —¿Dunn? ¿Qué hay de Dunn? —Parece haber tenido la impresión de que soy una prostituta —dijo Tate. Jameson se quedó muy quieto, sus ojos se convirtieron en hielo. Sanders debe haber aprendido ese truco de él. —¿De qué estás hablando? —preguntó Jameson en voz baja. —Me acorraló en la biblioteca, estaba actuando mega acosador, ligando conmigo, diciéndome que podría pagar lo que sea que tú estás pagando, bla, bla, bla. Sandy entró y me salvó —explicó Tate. —¿Estás hablando en serio? —Sí. Estupendos amigos, Jameson. Aunque mejor mantén nuestro pequeño juego más discreto. A menos que quieras que me acueste con tus amigos que, en este caso, podríamos arreglar… Jameson golpeó una mano contra la isla, haciendo que se sobresaltara. —Mierda, no, no quiero que duermas con mis amigos. No puedo jodidamente creer que él hiciera eso, en mi propia casa. Voy a ir a arrancarle la puta cabeza —maldijo Jameson. Ella puso su mano en su brazo antes que pudiera moverse.

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—Se acabó, está hecho, no es gran cosa. Sandy le dio algo de esa actitud cortante de hielo, y el tipo casi se mea cuando le dijimos que íbamos a contarte, así que está bien. Estamos bien —le aseguró. —No está bien, no estamos bien —gruñó Jameson. —Si no quieres que tus amigos me traten como una puta, tal vez no deberías mencionar que ofreciste pagarme —sugirió. —No, hice una broma —dijo. Ella puso los ojos en blanco. —Sí, y los hombres son idiotas retrasados. Haces una broma así y él mira mis tetas, y es uno más uno igual a puta —explicó, y Jameson finalmente se rió. —Me hubiera gustado ir a esa escuela. —Se rió, pasándose la mano por el cabello. —Realmente no es un gran problema, Jameson. No enloquezcas. Él es negocio. Yo soy placer. Lo mantendremos separado de ahora en adelante —sugirió Tate. Él asintió. —Parece que ninguno de nuestros pequeños juegos funcionó. Nuestros mundos no parecen encajar tan bien —señaló. Ella asintió. —Parece que tenemos idiotas de amigos. —Dios mío, ¿qué dice eso de nosotros? —Somos la realeza de idiotas. —¿Rey y Reina de los idiotas? —Totalmente. Ambos rieron a carcajadas después de eso; era demasiado ridículo para Jameson, y el hecho de que le siguiera el hilo, la hizo reír también. Le quitó la botella de Jack Daniels y tomó un trago también. Hizo una mueca cuando se la devolvió. —La razón por la que bebes esa mierda nunca la sabré —murmuró. —Cuando eres simplemente pobre, basura e insignificante, no vas exactamente directo a la sección Johnny Walker Blue. —Tate rió. —Tengo un poco, podríamos estar bebiendo eso —ofreció. —No, quiero permanecer fiel a mis raíces —bromeó, tomando un buen trago de whisky. Él se quedó en silencio por un momento, mirando a través del cuarto. Sonidos de la fiesta retumbaban en la cocina. Jameson frunció el ceño. —No puedo jodidamente creer que Dunn hizo eso —masculló, mirando por la puerta de la cocina. —Dijo que han compartido chicas antes —le dijo. Él la miró. —No así, no por lo que somos —respondió, señalando entre él y Tate. —Entonces, ¿cómo? —Como compartir la misma chica de un servicio de compañía. Nunca dejé que durmiera con una chica con la que me acostaba regularmente. No hago eso. Y nunca

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estaría de acuerdo que duermas con él, o con ninguno de mis colegas. Ni ahora ni en ningún momento en el futuro —le dijo Jameson. Ella asintió. —Lo tendré en cuenta. —Y jodidamente mejor que lo hagas. —Oye, no te enojes conmigo; fui la solicitada. Merezco, no sé, un compensatorio o algo así —bromeó. Jameson rió. —¿Compensatorio? ¿Cómo qué? —preguntó. —Un collar de perlas de $50.000 —respondió sin dudar. Él resopló. —Sólo continúa y mantén la respiración, me pondré en ello —le dijo. Ella lo miró con mala cara. —Te extrañé, ¿sabes? —dijo repentinamente. Jameson levantó las cejas —¿De verdad? ¿El súcubo extrañó a su amo y señor, Lucifer? —bromeó, y ella casi se ahoga. Era básicamente la misma broma que se hizo en la cabeza. Es psíquico, lo sabía. —Tal vez “extrañar” es una palabra demasiado fuerte —se corrigió. Él rió. —Cállate, ni que me hubieses extrañado tanto. Estabas demasiado ocupada drogándote con Angier —se burló. —Una noche. Era una ofrenda de paz, él vino a disculparse. Nunca rechazaría buena hierba —le dijo. Jameson se rió de nuevo. —¿Estás segura que eso es todo lo que pasó? No sé si confío en ti —dijo. Ella puso los ojos en blanco. —Juro solemnemente que no me he acostado con Angier mientras estabas en Los Ángeles. —Tate extendió una mano sobre el corazón, mientras juraba. Jameson asintió. —Bien. Entonces, ¿qué extrañaste de mí, nena? —preguntó, apoyando los antebrazos en la isla. Ella pensó por un segundo. —Tu pene. Él soltó una carcajada. —Ya sabía eso. ¿Qué más? —No lo sé. A veces casi eres divertido. Me dejas vagar en mi ropa interior todo el tiempo; Rus odia cuando lo hago en casa. Y a veces casi eres medio dulce conmigo. — Trató de explicar. —Jesús, suena como si Stalin fuera dueño de la Mansión Playboy —señaló. Ella asintió. —Sí. Exactamente eso —dijo con aprobación. —Cállate. ¿Qué más? —presionó Jameson. Ella reflexionó de nuevo. —La forma que me tratas. Algunas veces, y no me malinterpretes, lo amo, pero simplemente a veces… Ang me mima. Me sobreprotege. Intenta cuidar de mí demasiado.

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Como si tuviera miedo que cayera de cara al suelo si estoy fuera de su vista. Tú, por otro lado, prácticamente me empujas por la escalera y me dices que aparte los pies. —Se rió. —Me haces sonar abusivo —remarcó. Ella se encogió de hombros. —Lo dije como un cumplido. Y lo eres un poco, en cierto modo. Pero me gusta — dijo. Él la miró juguetonamente. —No soy abusivo. Soy… agresivamente sexual —explicó Jameson. Ella puso los ojos en blanco. —Más bien agresor sexual —bromeó. —Me halagas demasiado. Y te he echado de menos, sólo un poco —confesó. Tate se llevó la mano al pecho. —¿Ves? Ahí lo tienes; dulzura. Tranquilízate, corazón acelerado. —Cierra la jodida boca. Tate se levantó y pasó a través de la cocina, tomó unas galletas y luego se apoyó en los armarios. Mientras masticaba, lo observaba. Él se había volteado para mirarla también. —En una escala del uno al diez —comenzó a decir Tate—. ¿Cuánto me extrañaste? —No tengo una base para compararlo. —Uno, no pensaste en mí ni una vez; diez, acortaste tu viaje porque no puedes vivir sin mí —sugirió. Él pensó por un segundo. —¿Dos? Le lanzó una galleta. —Dios, eres un idiota. La dulzura desapareció. Probablemente no me extrañaste porque estaban ocupado echando un polvo con una actriz novata —bromeó. Jameson se quedó en silencio, se limitó a mirarla, y ella se quedó sin aliento—. Oh Dios mío. Lo hiciste, ¿verdad? —No creo que realmente quieras tener esta conversación en este momento — dijo, alejándose de la isla y en dirección a la puerta de la cocina. —¿Fue tu ex? —dijo en voz alta, y Jameson se detuvo. Se volvió hacia ella. —No. No es una actriz y no vive en Los Ángeles —le aseguró. —Entonces, ¿quién era? ¿ha estado en la televisión? Por favor, dime que la he visto en un show o algo. —Tate se rió. Él se apoyó en la puerta, metiendo sus manos en los bolsillos. —¿Realmente estás bien con esto? —preguntó. Ella se movió de nuevo a la isla y se subió, frente a él. —Quiero todos los detalles morbosos. ¿Era más bonita que yo? —preguntó Tate. —No sé cómo responder a esa pregunta —respondió. Ella rió. —¿Tímido, Jameson? —bromeó. Él negó.

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—No puedo decir si ella era más bonita que tú, porque había dos mujeres. —¿Te acostaste con dos mujeres, en Los Ángeles, en una semana? —Tate trató de entender todo. Él negó. —En una noche. —Impresionante. Muy hábil. ¿Se cruzaron al pasar por la puerta? —Entraron al mismo tiempo. Se quedó sin aliento. Oh, wow, Jameson había sido un chico malo en su ausencia. La emocionó que él estaba preocupado que le molestaría, pero no era el caso en realidad. No estaba amenazada por algunas chicas al azar de Los Ángeles. —Caliente. Entonces, ¿alguna de ellas era más linda que yo? —preguntó de nuevo Tate. —Eran gemelas, y eran muy sexis, pero no tan sexis como tú —le aseguró Jameson. Ella sonrió ampliamente. —Estoy pensando si creer eso. ¿Eran mejores en la cama? —continuó. Él pensó por un segundo. —Bueno, eso es difícil de responder. Dos cuerpos con los que jugar, como que les da ventaja —dijo. Tate le hizo un puchero, tratando de ocultar su risa—. Pero no eran mejores. No. No, definitivamente no. Nadie me cuida como tú. —Eso es bueno para escuchar, viendo que por lo general tú eres el que se encarga de cuidarme; ¿alguna vez has dormido con ellas antes? —preguntó, comiendo una galleta. Jameson negó. —No, sólo las conocí esa semana. Fue algo del momento. Me pidieron ir a cenar, una cosa llevó a la otra. —Asintió para dar énfasis. Tate rió. —La vieja noche de una cosa llevó a la otra y de repente estoy follando a las gemelas. Tengo el mismo problema todo el tiempo. Las perras caen ante ti de a pares, hombre —bromeó. Él le puso los ojos en blanco. —Dios, no debería haber dicho nada. —No, estoy feliz que lo hayas dicho. Quiero saber todo —instó, alejando la caja de galletas. El rostro de él se endureció, se puso serio. Casi enojado. —¿De verdad? ¿Quieres saber todo? ¿Cómo amarré a una chica y la obligué a observar mientras follaba a la otra? ¿O como tomaban turnos para chupar mi polla? ¿Ese tipo de cosas? —La voz de Jameson era grave también. La temperatura en la cocina de repente subió cien grados. Ella se humedeció los labios y asintió. —Exactamente así —respondió, con la voz entrecortada. Él la miró por un segundo y luego sacó el celular del bolsillo, apretó un botón. —Sanders —espetó al teléfono, sin dejar de mirarla—. Terminó la fiesta. Quiero a todos fuera de mi casa en cinco minutos. —Ooohhh, por fin, tiempo a solas. —Tate rió.

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Jameson no dijo nada en respuesta, y se miraron en silencio. Cuando escucharon los pasos a través de la casa, él le guiñó y fue hacia la puerta, cerrándola al salir. Ella dejó escapar un suspiro, inclinando la cabeza hacia adelante. La imagen mental de Jameson teniendo sexo con dos mujeres. Se frotó las piernas. Cuando ellos tenían sexo, estaba demasiado atrapada en el momento, la mayoría de las veces, para realmente prestar atención. La idea de sentarse y observarlo, viendo toda su perfección en acción, la excitaba. ¿Con dos mujeres? Wow. Las despedidas parecieron durar una eternidad. Podía oír voces murmurando, oyó la voz de Jameson entre ellos. Aplanó la espalda en la isla, apoyó los pies sobre el borde. Dos mujeres. ¿Hablaba con otras mujeres como a ella? Se lo imaginó amarrando las muñecas de una mujer a un poste de una cama, diciéndole nombres. Pasando su lengua por su cuerpo dispuesto. La mano de Tate se deslizó por su estómago. Jugueteó con el borde de su bikini. Tomó una respiración profunda por la nariz, obligando a su mano a quedarse quieta. Había sido una larga semana sin él. —¿Empezando sin mí? Chica mala. —La voz de Jameson era suave mientras entraba de nuevo a la cocina. —No, pero pensé en hacerlo —le respondió, sin levantar la cabeza, pero levantando sus manos para que las vea. —Eso es suficientemente malo. Apenas te dije algo, ¿y ya estás excitada? — preguntó, acercándose para estar frente a ella. Tate se sentó, dejando que sus piernas vuelvan a caer contra los cajones debajo. Él tomó sus rodillas y le abrió las piernas para que pudiera estar en el medio. —Tengo una imaginación muy buena, señor Kane —le aseguró. Él colocó una mano en la entrepierna de su bikini, trazando suavemente su dedo medio arriba y abajo. Ella aspiró aire a través de sus dientes, tratando de no gemir. —Aparentemente. Estás empapada, Tatum —le informó. Ella asintió. —Tienes ese efecto en mí, por si no lo has notado. —¿Estás segura que no fue por todos esos hombres con los que estabas coqueteando? Estabas bastante concentrada en eso —le dijo, con los dedos de la otra mano clavándose en su rodilla. —Pensé que te gustaba cuando era zorra —señaló. Él entrecerró los ojos. —Hmmm, a veces. —Fue todo lo que dijo en respuesta, la presión de los dedos cada vez más fuerte. Ella tomó otra bocanada de aire y agarró su muñeca. —No es justo. Quiero escuchar tu historia —le dijo, deteniendo sus movimientos. —Eres una mujer increíble, Tatum O'Shea. —Jameson rió, alejándose. —No tienes idea. Ahora da todos los detalles jugosos. Miente si es necesario — le dijo, y él se rió, volviendo a su posición junto a la puerta, apoyado en la pared. —Bien. ¿Qué quieres saber primero? —preguntó. Ella se tumbó de nuevo.

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—Por cómo empezó todo, por ahí. Qué estabas vistiendo. Qué llevaban ellas — sugirió. —Terriblemente detallado. —Soy una persona muy visual. —Veamos. Me encontré con ellas para la cena. Yo estaba vestido con ropa. Una de ellas llevaba un vestido ridículo, te habría encantado, corto, de zorra, de un solo hombro. La otra era más recatada, una camisa de lujo y pantalones ajustados — describió. Tate rió. —Tú “estabas vestido con ropa”, ¿huh? Eres horrible contando historias. ¿Las chicas tienen nombres? —preguntó, apoyando su pie sobre la parte superior isla. —Probablemente. —Fue todo lo que dijo, y ella se rió. —Terrible. Entonces, bien, vamos a llamar a Cosa Uno, Zorrita, justo como la describiste. Cosa Dos, Seducción Tentadora. ¿Cuánto tiempo te tomó convencerlas de llevarlas a casa contigo? —preguntó. Él resopló. —No las convencí ni mierda, Tate. Comimos aperitivos, les dije que me iba a casa, preguntaron si podían unirse. Seducción Tentadora chupó mi polla durante el viaje en taxi a mi hotel —dijo Jameson. —Oh Jesús. Taxista con suerte —susurró Tate. —Una vez que llegamos a mi habitación, me senté en el balcón mientras se turnaban para chupármela. Zorrita no podía esperar más y se subió a horcajadas, ahí afuera —continuó. —¿Qué estaba haciendo Seducción Tentadora? —preguntó Tate, mirando hacia el techo. —Regresó a la habitación, se desnudó. Se tumbó en la cama. Tocándose. —Su voz era suave. Tate podía sentir su respiración acelerarse. —¿Te gustó? —Muchísimo. —¿Qué más? —Llevé a la hermana Zorrita a la habitación, me acosté entre ellas. Puedes tocarte, Tate, está bien —dijo Jameson cuando su dedo empezó a trazar líneas sobre su bikini. Ella rió. —No necesito tu permiso —señaló. —Te equivocas. Su mano pasó debajo del material del traje de baño y cerró los ojos. Levantó la otra pierna, así ambas rodillas estaban en el aire, las puntas de sus pies en equilibrio sobre el borde de la isla. A veces se preguntaba quién era mejor con su cuerpo; ella o Jameson. Los dedos de Tate podían moverse con experiencia, precisión, sabía exactamente cómo tocarse. Jameson era más como seda; liso, afinando todo. Ella empezó a jadear.

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—¿Qué más? —gimió. —Mierda, Tate, ¿qué hice para merecerte? —Su voz sonaba tensa. Ella se rió entre dientes. —Nada, aún. Sigue hablando, por favor —le suplicó, la otra mano uniéndose a la primera mientras lentamente deslizaba un dedo en su entrada. —La hermana recatada montó mi pene por un tiempo, mientras que Zorrita me dejaba ver cuántos dedos podía meter en su interior. Luego intercambiaron —continuó. Tate gimió, empujando sus caderas en el aire. Alejó una mano, la llevó a su cabello y tiró un poco. —Ve a la parte de las cuerdas —dijo sin aliento. —Tatum, chica traviesa, quieres que te amarre, ¿verdad? —preguntó Jameson. —Quiero que hagas lo que jodidamente quieras —dijo, y luego gritó, metiendo dos dedos en su interior. —Buena respuesta. No tenía ninguna cuerda, tuve que usar las medias de Zorrita. La amarré para que esté tumbada en el colchón, a las patas de la cama. Doblé a la recatada justo al lado de la otra chica y la follé tan fuerte como pude. —Oh Dios mío, ¿les hablaste? ¿Les dijiste las cosas que me dices a mí? —Las palabras salieron sin pensar de Tate, su voz sonaba como si estuviera casi lloriqueando. Su historia, el cuadro que estaba pintando, estaba poniéndola tan caliente, que casi no necesitaba su mano para ayudarla a correrse. —Oh, no. No, me reservo para las personas que realmente pienso que pueden tolerarlo. Es por eso que el sexo siempre ha sido el mejor contigo; siempre puedo ser yo —le dijo en un susurro. Ella gimió de nuevo, largo y bajo, metiendo sus dedos dentro y fuera de sí misma. —Me alegra —susurró, la mano en su cabello pasando a su nuca, agarrando el borde de la isla. —No quiere decir que sexo aburrido, normal y regular no ayude a pasar el tiempo. Después que la recatada se deshizo a mi alrededor, fui a Zorrita. La dejé amarrada así podía hacer lo que quisiera. —La voz de Jameson estaba sonando casi amenazante. —¿Qué hiciste? —La voz de Tate estaba empezando a temblar. No quería correrse, no sin él en su interior, pero no podía detener sus dedos. —¿Qué piensas que hice? —le preguntó. —¿Fuiste entre sus piernas? —preguntó, y luego contuvo el aliento. —No. No hago eso por cualquiera —le informó. Se puso feliz al escuchar eso, no había hecho eso por ella todavía. —Me di cuenta. —¿Quieres que vaya entre tus piernas, Tate? —preguntó. —No me importa.

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—Lo considero un enorme gran favor. Es toda una recompensa. Tendrías que devolvérmelo, a lo grande —le dijo. Ella negó. —Obviamente, no necesito tus favores. —Se las arregló para reír, pero se convirtió en un jadeo cuando un temblor atravesó su cuerpo, obligándola a levantar sus caderas otra vez. Estaba tan cerca… —¿Qué demonios acabas de decirme? —espetó Jameson. Ella sonrió, juntando sus rodillas. —Dios, sí, háblame así —gimió, sus dedos moviéndose rápidamente, a toda velocidad. —Jodidamente cállate y deja de moverte —le ordenó. Ella negó. —No puedo. Lo siento —susurró, su respiración entrecortada. No había escuchado que se moviera, pero de repente sintió su mano en su rodilla. Giró la cabeza y abrió los ojos para encontrarlo mirándola fijamente. Deslizó la mano entre sus muslos, separándolos. Finalmente apartó su mano de su centro, pero él tomó su muñeca y llevó su mano a su rostro, envolviendo sus labios alrededor de sus dos dedos. Ella gimió de nuevo, arañando con su mano libre su muslo. Su lengua se envolvió alrededor de sus dedos pegajosos y dulces, y luego poco a poco los liberó. —Siempre necesitas mis favores, Tatum —le informó, dejando caer su mano y luego la tomó por las caderas, empujándola hacia atrás por el mostrador. Sus piernas estiradas, hasta que sus pantorrillas estaban descansando contra el borde. —Sí, sí, es cierto —lloriqueó. —Suplica —ordenó. —Cualquier cosa. Haz cualquier cosa. Sólo, por favor, tócame, algo, cualquier cosa —le suplicó. Él colocó sus manos debajo de las rodillas y las levantó. Ella aplanó sus pies mientras él apartaba sus muslos. Un estremecimiento recorrió su cuerpo mientras sus dedos se hundieron en que su carne. Sus ojos se cerraron, y sintió sus dientes contra la parte interna de su muslo. Mordiendo un camino hacia abajo, su lengua suavizaba las mordidas. Su aliento caliente contra su bikini húmedo y movió las caderas en anticipación. —Un muy gran favor —le recordó, sus dedos arrastrándose sobre su piel. Ella rió. —No pedí ningún favor —le dijo. —Estás a punto de conseguir uno. Con fuerza hizo a un lado la tela y luego su boca estaba en ella. Tate gritó, sus manos al instante fueron a su cabello. Su lengua recorrió lentamente hasta su centro, cortándola como un cuchillo. Sus muslos temblaron y sentía que su agarre en él era lo único que evitaba que cayera de la isla. El hombre no mintió; su lengua se movía hábilmente a su alrededor. Puede que haya encontrado a su rival en el departamento de sexo oral. Su respiración se aceleró y

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empezó a hacer sonidos agudos en el fondo de su garganta. Gimoteo. Gemidos. Jadeo. Todos los anteriores. —Dios, no creo que haya probado un coño tan dulce como el tuyo —gimió contra ella, pasando sus manos sobre sus pechos y luego de nuevo por su cuerpo—. No creo que haya nada mejor que follarlo, pero esto se le acerca. —Mi objetivo es complacer —susurró Tate, jalando su cabello. Su lengua estaba de nuevo en ella, esta vez acompañado por dos dedos. Moviéndolos de arriba abajo, dentro y fuera. Gritó y gimió, retorciéndose debajo de él. El otro brazo de Jameson descendió sobre sus caderas, sus dedos clavados en su piel. Sus gritos se hicieron más fuertes, sus caderas moviéndose contra su cara. En el fondo de su mente, sabía que la puerta estaba abierta, que cualquiera podía entrar. Sanders, un cliente buscando algo, cualquiera; pero no le importaba. Sólo la excitaba más. —Estás muy cerca, Tate. —Levantó la cabeza lo suficiente para susurrar, mordiendo su muslo mientras sus dedos todavía se movían en su interior. —Sí, por favor, por favor, tan cerca, por favor —jadeó, levantando sus caderas de la isla hacia su boca. —¿Quieres venirte en mi lengua o mi polla? —¿No puedo hacer las dos cosas? —Tal vez en otro momento. Mi generosidad se ha agotado por ahora —le dijo. Ella se incorporó bruscamente, lo que lo obligó a alejarse. Lo acercó de la nuca y se abalanzó sobre él, deslizándose por la isla. Posó sus labios sobre los suyos cálidos y húmedos, saboreándose contra su lengua. Sus piernas fueron alrededor de su cintura y enganchó sus tobillos. —Ahora, tiene que ser ahora —gimió, con las manos entre su cabello, tirando. —Tan codiciosa. —Jameson se rió, levantándola de la isla y llevándola a través de la habitación. Lo arañó y se retorció contra él, todo el camino hasta la escalera. La llevó a su habitación y luego la dejó en su cama, extendiéndose encima de ella. —Entonces, ¿qué te debo por ese gran favor? —dijo sin respiración Tate, estirándose mientras él le quitaba la ropa. —Algo grande —advirtió. Ella sonrió, con un mano quitándole los pantalones. —Oh, ya sé eso —respondió. Él rió. —Todo en lo que piensas es sexo. —No hay nada de malo en eso. Es tu culpa, de todos modos. —Mi objetivo es complacer. Ella había dejado bien claro que se quería venir en su pene, y lo hizo; pero antes que él se viniera, bajó entre sus piernas y regresó sus labios a su coño. Tanto que habló y habló de hacerle un gran favor al devorarla, que era algo que “casi nunca hacía”, parecía que no podía detenerse. Parecía un hombre poseído. No se detuvo hasta que

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ella estaba tan sensible que incluso la idea de otro orgasmo era incómoda. Se tumbó de espaldas, temblando y estremeciéndose, con las manos sobre su cabeza. —Por favor, demasiado, no más —jadeó Tate, recuperando el aliento, frotando sus muslos. Él subió por su cuerpo, deteniéndose en sus pechos, sus dedos rodeando un pezón, apretándolo. Su espalda se arqueó y gimió. —Podría hacer esto toda la noche —jadeó Jameson, sus dientes en el pezón. —Si tan sólo tuviera una gemela —bromeó. —Jesucristo, me moriría. —Pero muy feliz. Morirías como un muy hombre feliz —señaló. Él levantó su rostro al de ella, frotando la nariz contra la mejilla. —Eres mejor que cualquier par de gemelas, cualquier trío, que he tenido. Mejor ten cuidado, Tatum, o mis garras se clavarán demasiado profundo para que nunca puedas escapar —le advirtió. Su voz era suave, pero sus palabras graves. Se quedaron en su pecho, interfirieron con sus latidos. Abrió los ojos y miró al techo. —Me gusta más cuando dices cosas malas —susurró. —¿Por qué? —No duelen tanto. Jameson se quedó en silencio por un tiempo y luego la volteó, le dio una nalgada. La llamó zorra estúpida por escuchar todo lo que salía de su boca en la cama. La sujetó por los hombros y la folló con fuerza. Ese era su zona de confort. Sentía que, si era amable o dulce con ella, Tate se olvidaría lo que realmente tenían, olvidaría su lugar en el gran esquema de las cosas. Y él era Satán, después de todo. Se aseguraría de ponerla de nuevo en su lugar. Eso realmente dolería, y no podía soportar eso, no de él. No otra vez. Estoy perdiendo este juego.

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~9~ —D

espierta.

Algo golpeó fuerte el culo de Tatum, y saltó un poco, levantándose. Jameson estaba inclinado sobre la cama, con un cepillo en la mano. Ella bostezó y levantó una ceja. —Un poco temprano, pero está bien… al menos finalmente estamos llegando a lo bueno —bromeó. Él rió y le dio una nalgada de nuevo antes de alejarse. —Todo lo que te doy es bueno; no has ganado el derecho de jugar con juguetes todavía —le informó. Ella resopló y rodó por la cama. —¿Por qué estás tan contento? Es muy temprano —gruñó. —Vamos a un lugar. ¡Levántate y dúchate! —espetó, desapareciendo en su armario. Ella se incorporó. ¿La iba a llevar a algún lugar? Jameson nunca la llevaba a ninguna parte, excepto quizás para comer fuera, de vez en cuando. Nunca por las mañanas. Casi nunca hacían cosas en su casa. ¿Sería como una cita? Las palabras de Sanders volvieron a ella, también algunas de las propias palabras de Jameson. Se sentía mareada. Había sido muy dulce con Tate la noche anterior, dijo cosas que nunca habría pensado que iba a decir. Tal vez la marea estaba cambiando. Tal vez a Satán le estaba creciendo un corazón. Tate se apresuró a entrar en la ducha y terminar con su rutina. Cuando salió del baño, Jameson no se encontraba en ninguna parte, aunque había un vestido en la cama. Uno negro ajustado, muy elegante y apropiado. Probablemente muy caro. Mientras tocaba el material, su celular comenzó a sonar, así que se arrastró a través de la cama para tomarlo. El número de Rusty apareció en la pantalla. —Oye, quería llamarte… —respondió Tate, pero un grito agudo la detuvo. —OH DIOS MÍO, ¿¡¿¡CÓMO NO ME LO DIJISTE!?!? —Rus estaba gritando. Tate apartó el teléfono de su oreja. —Jesús, estoy sorda ahora, gracias. ¿Decirte qué? —preguntó Tate. —¡La renta! ¡Es asombroso! Gracias, gracias, muchas gracias, ¡esto totalmente me ayudará con tantas cosas! —Rus siguió y siguió parloteando. ¿Renta? ¿Qué pasa con la renta? Después que Ang se había arrastrado a su apartamento, pidiendo perdón en sus manos y rodillas, Tate había pasado la mayor parte de la semana en su apartamento, evitando a su casero. Salía por su ventana por la

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noche, y entraba por allí por la mañana. Así que no tenía ni idea de lo que Rus estaba hablando; hasta donde Tate sabía, todavía tenían dos semanas de retraso en la renta. —¿¡Qué es asombroso, Rusty!? ¡No sé de qué estás hablando! —exclamó Tate. Hubo un suspiro melodramático. —Oh, Dios mío, fue él, ¿verdad? Apuesto que sí. Me encontré sin querer con el señor Malley en el vestíbulo, y estaba dispuesta a mendigar, llorar, implorar o a ofrecer tu cuerpo en sacrificio, cuando dijo que te diera las gracias por pagar los siguientes seis meses de alquiler por adelantado —dijo Rus en un solo suspiro. ¿¡Seis meses!? Tate cayó contra las almohadas. Estaba impresionada. Jameson debió haberlo hecho, no conocía a nadie más que tuviera esa cantidad de dinero. ¿Por qué haría eso? Bromeaban diciéndole que le pagaría, pero nunca lo había hecho. ¿Pagar su renta era considerada forma de pago? ¿O simplemente estaba siendo un buen tipo? Se había molestado terriblemente cuando se enteró que ella debía dinero. Tal vez estaba tratando de rectificar el problema. —No sabía que había hecho eso, no me lo dijo —murmuró Tate al teléfono. —Ah, tal vez era un secreto y lo arruiné. Lo siento tanto, ¡estaba tan emocionada! ¡Por fin puedo pagar las clases de veterinaria! Dile que se lo agradezco. Qué lindo. — Rus suspiró al teléfono. Tate resopló y rodó sobre su estómago, llevando el cobertor con ella. —No lo hizo por ser amable, Rus. Querrá algo a cambio. No lo llamo “Satán” sin motivo. —Se rió. —¡Cállate y trata de no arruinar esto! Por primera vez, encontraste a un tipo que te trata como te gusta y también hace cosas buenas por ti. Será mejor que hagas lo que sea necesario para aferrarte a él, ¿¡entendido!? Si no lo haces, ¡dile que me llame y yo lo haré! —espetó Rus, y luego la línea se cortó. Tate hizo una mueca y dejó caer el teléfono. Rusty durmiendo con Jameson. Se los imaginó. Él la comería viva. —Soy Satán, ¿verdad? —La voz de Jameson estaba detrás de ella. Se puso de rodillas y se volvió hacia él. —Casi siempre en mi cabeza, así es como me refiero a ti —le dijo. Él se rió mientras caminaba a través de la habitación, llevando una pequeña maleta negra con ruedas. —Qué halagador. Ya has escuchado todos los nombres por los que me gusta llamarte —dijo. Ella se aclaró la garganta. —¿Pagaste mi alquiler? —preguntó. La miró. —Sí. La semana pasada, cuando salí de tu apartamento —le dijo, dejando la maleta al pie de la cama y abriéndola. —¿Por qué harías eso? —preguntó, gateando y arrodillándose detrás del equipaje.

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—Porque tu renta estaba vencida. Eso es horrible. Y si estabas lejos de poder juntar el dinero para pagar, sabía que eso significaba que tendrías que trabajar más. No quería eso, me gusta tener acceso a ti en cualquier momento. Parecía que la única respuesta era pagar tu renta —explicó Jameson, desapareciendo en su armario. —Eso es muy bonito, pero, ¿seis meses? Parece un poco excesivo —gritó. Él regresó llevando camisas y pantalones en las perchas. —Soy una persona excesiva. No me cabe la menor duda que uno de nosotros va huir del otro antes de esos seis meses, pero era un buen número —le dijo, doblando la ropa y dejándola en la maleta. Ella agarró su muñeca, deteniendo sus movimientos, y lo miró a los ojos. —Gracias —dijo sencillamente. Él le dio una sonrisa apretada. —No me des las gracias todavía. No fue gratis —le advirtió, apartando el brazo de su mano. —Y por eso te llamo Satán. —Suspiró—. No creo que sea muy justo, esperar el pago por algo que no pedí. —Él se rió y se acercó a la mesa de al lado, recogió unos relojes y los metió en un maletín de viaje, que también entró en el equipaje. —¿Estás jodiéndome? ¿Crees que realmente me importa lo que crees que es justo? Vamos, levántate y vístete. Nos vamos en media hora —le informó, volviendo al armario. —¿A dónde vamos? ¿Te vas a algún lugar? Acabas de regresar —dijo, pasando las manos por las camisas de su mochila. Jameson volvió a salir y dejó unos calcetines, ropa interior y un par de zapatos en la maleta. —Vamos a un lugar —dijo, empujando sus manos y cerrando la maleta. —¿Disculpa? —preguntó Tate, sorprendida. Él la levantó de la cama. —Tengo que cobrarme por esa ridícula cena de la semana pasada, y me debes por la situación del alquiler. Vienes conmigo, de viaje —dijo, moviéndola para apoyarse contra el borde de la cama. —¿¡Yo!? —exclamó. Su corazón estaba de pronto ridículamente feliz. Si esto era un castigo, lo tomaría sin ninguna pregunta. Quería irse con ella de viaje. Seguramente, no podía ser sólo sexo entre ellos. —Sí. Nos vamos por el fin de semana —dijo Jameson, sujetando el vestido contra su cuerpo. Ella lo tomó y él se alejó, levantando una caja de su mesita de noche. —Espera, ¿por todo el fin de semana? Tengo que trabajar —le dijo mientras se giraba para enfrentarla. Dejó la caja en el extremo de la cama y la abrió, sacando unas medias muy finas, puras y negras. —No, no lo harás. He arreglado para que te tomes este fin de semana —le informó, poniendo una media sobre el antebrazo de Tate. Fue seguida rápidamente por la segunda. —¿¡Lo hiciste!? Corazón. Estallando.

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—Arreglé eso mientras estaba en Los Ángeles. Un par de bragas rojas de aspecto muy caro se unió a las medias. —¿Adónde vamos? —preguntó. Jameson se rió, finalmente moviéndose para pararse frente a ella. —Ahora, eso es un secreto. Ve y vístete con todo eso. Arregla bien tu cabello y maquillaje sutil. Nada de ojos de puta hoy —le dijo, dirigiéndola hacia el baño. Tate se rió. Normalmente discutiría, pero estaba tan feliz, que no podía hacerlo; ese día, él podría hacerle hacer lo que quisiera. Así que se arregló con una trenza francesa algo desarreglada y luego se tomó su tiempo aplicándose maquillaje. Delineado estilo ojo de gato y sombra de ojos piel con sólo base en polvo. Aunque se aplicó un labial rojo pesado mate. Estilo dama sexy, como una secretaria traviesa. Perfecto, a Jameson le encantaría. No sabía cuándo le compró la ropa ni cómo había sabido sus medidas. Las bragas rojas encajaban perfectamente, las medias parecían venir directamente de París, y el vestido era como una segunda piel. Iba del cuello hasta las rodillas, y era muy ajustado, con un cinturón delgado alrededor de la cintura. A primera vista, era casi recatado, pero cuando se daba la vuelta, pudo ver que prácticamente no tenía espalda. Apenas cubría la piel de sus hombros a su cintura. Se sentía como si estuviera usando la versión mujer de un traje costoso. Con su cabello y maquillaje, se veía muy profesional. Muy rica. Frunció el ceño. Casi como… como hubiera sido si nunca se hubiese ido de casa. Negó. No, demasiado sexy. No era esa chica. Nunca sería esa chica. —¿Cómo sabías todas las medidas correctas, Jameson? —preguntó mientras salía del baño. Pero no estaba en el dormitorio. Una caja de zapatos estaba en la cama, con un par de cajas de joyas al lado. Sacó los pendientes de diamantes que no deben ser reales, y una simple gargantilla con un colgante de diamante simple. Se puso todo, y cuando abrió la caja de zapatos, se quedó sin aliento. Plantas rojas(1). El más codiciado de todos los zapatos. Realmente gimió en voz alta mientras sacaba los tacones, sus ojos recorriendo cada centímetro del cuero. El sexo con Jameson era bastante asombroso, pero incluso unos Louboutins le ganarían. Se los puso y gimió de nuevo. —¿Te gustan? —preguntó Jameson mientras volvía a entrar en la habitación. —Quiero follarte tan duro en este momento —le dijo. Él rió. —Tal vez cuando estemos en el aire. Vamos, nena, tenemos que irnos —dijo. —¿Cómo sabías todas las medidas correctas? —preguntó. —Tomé uno de tus vestidos y un par de calcetines ridículos, se los di a un comprador privado. La ropa interior fue fácil, estoy muy familiarizado con tu culo —le aseguró, sus ojos bajando por su cuerpo. —Bueno, todo encaja como si estuviera hecho para mí. ¿Cómo me veo? — preguntó. —Absolutamente impresionante.

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Tate se sonrojó. Nunca había dicho algo así antes, siempre era sexy, atrevida o caliente. Rara vez hermosa. Nunca impresionante. —¿Costó mucho? —preguntó con voz suave. Él levantó una ceja. —Mucho. Ahora deja de cuestionarme. Vamos —ordenó, y salió de la habitación. Sanders estaba esperando en la puerta principal, junto a dos maletas negras. Tate sólo podía suponer que una le pertenecía, probablemente ya estaba llena de ropa similar. La mirada de Sanders vagó por su cuerpo, y ella pensó que había visto una sonrisa en sus labios. Le guiñó un ojo y le pellizcó el trasero mientras salían por la puerta. No hablaron mientras se dirigían a un aeródromo un poco lejos. Estaba sorprendida que no se dirigieron al aeropuerto de Logan. Jameson ni siquiera levantó la vista de su teléfono mientras pasaban por la seguridad y se dirigían a la plataforma. El dinero hablaba. Se acercaron a un pequeño avión privado y abrió la boca. —¿Exactamente dónde vamos? —preguntó mientras Sanders subía al avión delante de ellos, cargando sus maletas. —Te lo dije, es un secreto —dijo Jameson, apretando una mano contra su espalda desnuda y acercándose a su oreja. —Sí, pero… ¿un avión privado? ¿Eres dueño de este avión? —preguntó. Él rió. —No, lo he alquilado para el fin de semana. Siento que, si alguna vez comprara un avión, entraría de manera irreversible en la tierra de chico rico idiota —le dijo. Tate se rió. —No lo sé, podría ser bueno tener siempre un avión en espera —dijo. Él mantuvo su mano sobre su espalda mientras ella subía las escaleras delante. Sanders ya estaba sentado en la parte de atrás del avión, un ordenador portátil abierto frente a él. Una auxiliar de vuelo vagaba por la parte trasera y un piloto les sonrió desde la cabina. Tate no estaba segura de dónde sentarse, así que se ubicó en una silla cerca de la puerta. Jameson se sentó en el asiento en frente, su mirada recorriendo su rostro. —Pareces emocionada —comentó. —Lo estoy. Tengo la esperanza que vamos a las Bahamas —le dijo. Él echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. —Oh, Tatum. Tan optimista. Te lo voy a decir ahora mismo, no son las Bahamas. Deberías estar muy, muy asustada —bromeó. Ella puso los ojos en blanco. —Ya veremos. Le dijo que el vuelo tardaría unas dos horas, pero eso es todo. Cuando despegaron, volaron sobre tierra, así que sabía que no iban al Este. ¿En algún lugar del oeste? ¿De nuevo a Los Ángeles? No, eso sería mucho más de dos horas. ¿Cuánto tiempo tomaba llegar a Chicago? ¿A Jameson le gusta Chicago? No tenía idea hacia dónde se dirigían, y comenzó a procesar sus palabras. Se puso nerviosa. Convenció a Sanders de jugar un par de rondas de gin rummy con ella. Jameson sacó un tablero de ajedrez, y la venció tan rápidamente, que fue embarazoso. Luego

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consiguió que Sanders jugara, y eso fue realmente interesante. Los dos estaban muy bien. Se preguntó si alguno compitió antes, y se dio cuenta que casi no sabía nada de su pasado. Jameson ganó, pero fue una batalla muy dura. Sanders hizo un ruido en la parte posterior de su garganta, y le tomó unos cinco minutos darse cuenta que era una risa. Este va a ser un infierno de fin de semana. —Es hora de cortar las alas, nena —comentó Jameson después que el piloto anunciara su descenso. —¿Disculpa? —preguntó Tate mientras él sacaba algo de su bolso. Una larga venda negra apareció en sus manos. —Dijiste que confías en mí —le recordó mientras se sentaba a su lado. Ella se alejó. —Sí, con los dos ojos abiertos. No tanto en la oscuridad —bromeó, aunque estaba un poco nerviosa. —No estoy preguntando, Tatum —dijo con voz severa. La venda fue alrededor de sus ojos, y se quedó en la oscuridad. Tate nunca había estado realmente en el tema del Bondage. Claro, era divertido de vez en cuando, pero le gustaba tocar y que la toquen, demasiado como para que le gustase lo contrario. Y el vendar los ojos era lo peor. Lo había dicho una vez; era una persona muy visual. Quería ver todo. A Ang le encantaba y siempre estaba tratando envolver cosas alrededor de su cabeza. Era generalmente una batalla que él ganaba solamente después de cantidades copiosas de licor. Después que el avión aterrizó, permaneció sentada en su silla, tan inmóvil como una estatua, mientras la gente y la tripulación se movían alrededor. En un momento, alguien se acercó y ella se apartó bruscamente, pero luego una mano cubrió la suya. La voz de Sanders le aseguró que todo estaría bien. Consiguió sonreír y trató de tomar su brazo, sus dedos se arrastraron por su manga mientras él se alejaba. Entonces Jameson apareció a su lado, reconoció su colonia, y la levantó de su asiento, la condujo por el pasillo. Sus nervios disminuyeron un poco cuando tuvieron que arreglárselas para bajar las escaleras. Tropezó en el primer escalón y se negó a bajar más mientras llevara la venda. Jameson simplemente la levantó y la arrojó sobre su hombro, la llevó hasta el auto. Cuando se sentó en un asiento trasero, se rió histéricamente. Hizo una lista mental mientras conducían. Estaban en un lugar que no era más cálido ni frío que Boston. Dondequiera que habían aterrizado, Tate podía oler el follaje, un bosque pesado. Algo familiar. Pensó que todavía estaban en el noreste. Tal vez la estaba llevando a alguna escapada en Maine. O Vermont, recordó a Jameson diciendo que tenía una granja en Vermont. Aunque, su traje no favorecía a un fin de semana en una cabaña. Esperaba un hotel de cinco estrellas. —Voy a quitarte la venda en un momento. —Su voz era suave, después de conducir durante una hora.

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—Gracias a Dios. —Se rió. —Sin embargo, quiero que recuerdes algo —dijo Jameson, al mismo tiempo que el auto giró lentamente a la derecha. La grava crujía bajo las ruedas. —¿Qué? —preguntó ella. —Tú comenzaste estos juegos —le dijo. Sus nervios enloquecieron ante esa declaración. Esta no es una escapada romántica. Esto es algo muy, muy malo. La venda cayó, y parpadeó, tratando de adaptarse a la luz. El auto en el que se encontraban tenía cristales tintados, lo que hacía difícil ver fuera. Jameson estaba sentado a su lado, cuidadosamente doblando la venda y poniéndola en el bolsillo de su chaqueta. Se acercó a la puerta, mirando por la ventana. No entendía. Todo lo que podía ver eran árboles. Un estrecho camino de grava. Apretó la frente contra el cristal y trató de ver delante del coche. Vislumbró una casa en la distancia. Oh. Dios. Mío. —No lo hiciste —dijo sin aliento Tate, su corazón se detuvo en su pecho. Se volvió para mirar a Jameson, y él le sonrió. —Te lo dije, siempre gano —dijo, estirando un brazo a lo largo del asiento detrás de ella. Soy tan. Jodidamente. Estúpida. Maldito Satán gana de nuevo. Perdió la maldita mente. Gritó y le dio una bofetada en la cara. Él esquivó el siguiente golpe y agarró su muñeca, pero ya estaba arremetiendo contra él, agarrando su cabello con su otra mano e intentando patearlo. Su vestido era demasiado apretado, no podía llegar realmente, y tuvo que conformarse con patearlo en la espinilla. Forcejearon alrededor de un minuto. Jameson podía detenerla cuando quisiera, pero sabía que la estaba dejando liberar sus frustraciones, así que sacó el máximo provecho, jalando su cabello, golpeando sus hombros. Sin embargo, cuando rasguñó su rostro, aparentemente fue demasiado lejos. Estaban conduciendo en limusina amplia, y él la llevó al suelo. —¡Esto no es un puto juego! —le gritó Tate. Él le sujetó las muñecas por la cabeza. —¡Jodidamente cálmate! —le gritó. Utilizó todos los músculos que tenía, moviendo su peso por debajo de él. Jameson no se movió. —¿¡Cómo pudiste!? ¿¡Cómo pudiste!? ¡De verdad que me odias, Kane! —le gritó. La mano de él fue a su boca, cerrándola. —Cálmate. Respira profundamente. No está tan mal. Esto iba a suceder algún día, simplemente aceleré el proceso —dijo. Ella negó y lo maldijo bajo su mano. Él apretó con más fuerza—. Cierra la jodida boca y cálmate. Me hiciste ir a esa ridícula cena. Besaste a Sanders delante de mí. Besaste a Angier frente a mí. Me debes. Se obligó a quedarse quieta, y finalmente Jameson apartó la mano. Respiró pesadamente, mirándolo fijamente. Estaba muy cerca de ella, su cabello desordenado

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sobre su frente. Una marca larga y roja de un rasguño pasó debajo de su oreja hasta debajo de su mandíbula. No se notaba demasiado. Lástima. Tate respiró hondo. —Esto no era sobre ti, no tenías derecho a hacer esto. No soy nada para ti, ¿por qué harías esto? —susurró. Él frunció el ceño. —No eres nada para mí —respondió. Ella negó. —Siempre me estás diciendo que no soy nada. Recordándome, una y otra vez. Nada, nada, nada. Eres el diablo —le dijo, apartando la mirada de la suya para mirar al techo del auto. Podía sentir lágrimas en la parte posterior de su garganta y no quería que tuviera la satisfacción de verla llorar. —Admitiré plenamente que soy el diablo, pero nunca he dicho que no eres nada. Mira, si no puedes hacer esto, si no puedes soportar esto, iremos directamente al aeropuerto y te llevaré a casa. Nunca más tienes que hablar conmigo. Solo di las palabras. Admite que no puedes soportar esto —le dijo. Ella respiró profunda y temblorosamente. —Muévete —le espetó, y se apartó de ella. La llevó al asiento a su lado. Se arregló el cabello. Sacó un espejo y se arregló el labial, que se había esparcido por toda la barbilla. Enderezó su vestido, volvió a acomodar las medias en su lugar, puso las joyas en su lugar. Jameson extendió una mano e intentó colocarla sobre la suya, pero ella se apartó de su toque como si la quemara, negándose incluso a mirarlo. —Tate, podemos… —empezó, pero ella negó. El auto estaba deteniéndose frente a una gran casa de estilo colonial. Igual a la casa de Jameson en Weston, aunque esta estaba a una escala mucho mayor. Más pilares, más ladrillos, más habitaciones. Sabía que tenía más habitaciones, porque había estado dentro muchas veces. Respiró hondo. —Nunca ganarás, Kane. Entonces, ¿cómo haremos esto? ¿Hay una explicación, una historia? ¿Eres mi novio? ¿Soy tu puta? —preguntó. —Nos encontramos en Boston. Somos amigos —dijo con voz lenta. Ella se rió. —Amigos. Nunca hemos sido amigos, Jameson —espetó, escuchando a Sanders salir del asiento del conductor. Habló con alguien que había salido por la puerta principal. Jameson puso un dedo bajo su barbilla y le atrajo la mirada. Parecía enojado. —Nena, puedo ser el mejor amigo que hayas tenido —le dijo. Tate le sonrió con dulzura al mismo tiempo que Sanders abrió la puerta. —Será mejor que empieces a sonreír, Jameson. Sabes que mi familia ama un rostro feliz —susurró, y luego tomó la mano de Sanders, permitiéndole ayudarla a salir del auto. Su madre, su hermana y algún tipo que no reconocía, estaban todos en el porche de la casa en la que había crecido; la casa en la que había vivido cuando conoció a Jameson. La casa a la que no había regresado en siete años. Respiró hondo. Tiempo de la función.

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Su madre realmente lloró. Como lágrimas verdaderas, no por estar borracha. La abrazó. Se emocionó por lo hermosa que era Tatum, lo increíble que lucía. Tate logró sonreír, pero tuvo la sensación que parecía más una mueca mientras esa llamada de hace tiempo se reproducía en su mente. Su propia madre, llamándola puta sin valor, una buena para nada, una destructora de familias. Diciéndole a su propia hija que no tenía permitido regresar a casa, nunca más. "Nunca más" parece que sólo dura siete años. El hombre misterioso resultó ser el marido de Ellie. Era alto, con cabello rubio oscuro y guapo. Sonrió mucho y se quedó mirando el pecho de Tate todo el tiempo, aunque ni siquiera tenía escote. Tenía aura de idiota y Tate se alejó rápidamente. A menudo se había preguntado cómo sería el encuentro con su hermana; ¿la habría perdonado? ¿estaría enojada? No sucedió necesariamente ninguna de las anteriores; era la misma, vieja, odiosa Ellie. Como si no hubiera pasado el tiempo. Frunciendo el ceño a Tate como si fuera una molestia, una interrupción. Como si fuera inferior. Y cuando Jameson siguió, le estrechó la mano a Ellie mientras permanecía de pie lo que probablemente podría ser considerado demasiado cerca de Tatum, los ojos de Ellie lucían absolutamente asesinos. Como si Tate pudiera leer sus pensamientos: “me robaste esto, él era mío, y tú me lo quitaste todo”. Era divertido que todo el mundo se había enfadado con ella, pero a nadie pareció importarle la participación de Jameson en la situación. Todos entraron y le dijeron que su padre estaba fuera de la ciudad, pero regresaría al día siguiente. Su madre afirmó que estaba “ansioso" de ver a Tate, pero la mujer apenas podía decir las palabras a través de su sonrisa pintada. Tate asintió, siguiendo a todos a la cocina. Bebieron vino y contaron historias. Jameson había llamado a la señora Blanche O'Shea hace un par de días, le explicó cómo se había encontrado con Tate y que habían desarrollado una amistad. Él sólo quería ayudar, ¿podía llevar a Tatum para una visita? La mamá de Tate había estado emocionada ante la idea, y se alegró aún más cuando se había invitado a sí mismo. Estaban ubicados en habitaciones enfrentadas, ninguna de ellas era el dormitorio de Tate. Habían derrumbado esa habitación hace mucho tiempo, y la habían convertido en una oficina secundaria. El marido de Ellie, Robert, hablaba sin parar. Lo mucho que había oído hablar de Tate, pero no tenía idea que fuera tan guapa. La señora O'Shea sólo hacía hermosas niñas, al parecer. La mayoría de sus discursos fueron dirigidos a su pecho, y en un momento ella vio a Jameson frunciendo el ceño, así que tuvo lástima de Robert. Arqueó la espalda, estiró los brazos y se inclinó hacia él. Hizo un gran espectáculo soltando su cabello, sacudiéndolo así estaba salvaje y desordenado; algo que sabía que a Jameson le encantaba.

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Ah, trágate esto, Satán. Ellie ni siquiera lo notó, estaba tan ocupada besando el culo de Jameson; Tate estaba esperando que ella se arrodillara y le hiciera una oferta para chupársela, justo delante de todos. Era ridículo. En medio de coquetear con Jameson, Ellie le dio una mirada venenosa a Tatum, quien sólo rodó los ojos y bebió un poco más. Finalmente, como si la pequeña charla incómoda no fuera bastante mala, todos se sentaron a cenar. —Así que, ¿dónde vives en Boston, cariño? —preguntó su madre. —North Dorchester —respondió Tate. —Oh, wow, debes ser una cosita dura. —Robert se rió. Tate se rió también, guiñándole un ojo. —No tienes idea —bromeó. —Tate nunca ha tenido problemas en rebajarse y ensuciarse, ¿verdad? —le espetó Ellie, bebiendo su agua. Estaba embarazada de dos meses, y era obvio, por la forma en que miraba el vino, que la sobriedad era difícil para ella. —Oh, nunca. De hecho, me encanta —Tate estiró las palabras. Jameson se aclaró la garganta. —Tate ha estado trabajando para mí —comentó él. La mesa entera se quedó en silencio y ella lo miró fijamente. Se preguntó cuántas verdades diría. —¿Oh? ¿Haciendo qué? —preguntó Ellie con voz fría. —Oh, sólo un poco de trabajo aquí y allá, alrededor de mi casa. Dejando el lugar más brillante, se podría decir. A cambio, he estado preparándola con una cuenta de retiro —explicó, con la mirada fija en la de Tate. Ella se rió. ronca.

—Dejando el lugar más brillante; para eso vivo, señor Kane —respondió con voz —Bueno, eres muy buena en eso.

Su madre interrumpió entonces, no lo bastante borracha, aún, pasando por alto las insinuaciones. Llegó la hora del poste y comieron en silencio en su mayor parte, luego se retiraron a un salón. La señora O'Shea no duró mucho antes de irse a la cama. Tate la siguió hasta la escalera y le dio un abrazo de buenas noches. Cuando se dio la vuelta, Ellie estaba detrás. —Sé lo que estás haciendo —dijo bruscamente. Tate suspiró. Estaba tan cansada. —¿Qué estoy haciendo, Ellie? —preguntó Tate. —Me robaste a Jameson. Iba a comprometerse conmigo, y lo arruinaste todo. Ahora que Robert y yo estamos a punto de tener un bebé, también quieres robármelo —respondió Ellie, frotando su mano sobre su vientre. Tate se rió. —No robé a Jameson; en siete años, ni siquiera lo vi, no hasta hace un par de semanas. Nunca se iba a comprometer contigo, me lo dijo esa noche que iba a dejarte, así que no arruine una mierda. Sólo le facilité las cosas para terminarlo. Y confía en mí,

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en ningún momento, manera o forma, quiero a tu marido, así que, pueden tener todos los bebés que quieren —le aseguró Tate. Ellie entrecerró los ojos. —Eres simplemente una puta, Tate. Es tan desagradable. Puedo ver lo que está pasando entre ustedes, “haciendo trabajo alrededor de la casa”. ¿Es eso le que llaman follar? ¿Y te paga? Ahora realmente eres una puta. No le importas. Jameson Kane nunca estaría con una puta como tú. Algún día el sexo no será suficiente, y necesitará una mujer de verdad, y ahí es cuando se casará con una chica como yo. Nadie como tú —dijo Ellie entre dientes. Sus palabras eran ciertas, y dolían por esa razón, pero antes que la herida pudiera abrirse y sangrar, Jameson entró en la habitación. Tate ni siquiera lo miró, sólo mantuvo la mirada fija en su hermana. Aunque, Tate estaba un poco sorprendida cuando él se detuvo a su lado y envolvió un brazo alrededor de su cintura. —Claramente, subestimas el buen sexo, Ellie. Nunca podré tener “suficiente” sexo con Tate, y te puedo asegurar que nunca me cansaré de ella, y sin dudas jamás me casaré con una chica como tú. Tate no arruinó nada, lo que pasó entre nosotros esa noche fue sólo un feliz accidente; iba a terminar las cosas contigo. No iba a casarme con alguien como tú hace siete años, y definitivamente no voy a hacerlo ahora —dijo Jameson con una voz fría y dura. Ellie retrocedió un paso. —¿Entonces lo admites? ¿Le estás pagando por sexo? —preguntó. Jameson levantó una ceja. —Me alegra escuchar que prestaras atención a la parte importante de ese discurso. ¿Alguna vez te he dado dinero en efectivo por sexo, Tatum? —preguntó, mirando a Tate. Ella fingió pensar por un minuto. —¿Cuenta esa vez me hiciste morder un rollo de dinero, para callarme? — preguntó. Ellie parecía que iba a vomitar. Jameson sonrió. —No, me aseguré de recuperar eso cuando terminamos. Después de todo, tenía que pagar el taxi —le recordó. —Entonces, no. Nunca he recibido dinero por sexo —concordó Tate. —Verás, Ellie, algunas personas no necesitan que les paguen por sexo. Si algo, tú esperas más cosas a cambio de sexo que Tate; ella todo lo que quiere es correrse, lo cual puedo proporcionar con mucha facilidad. Sin embargo, tú requieres un marido, un nombre, niños, aceptación, el auto indicado, la casa indicada. Y no vales ese precio, en absoluto —explicó Jameson. Si Tate hubiera sido la persona más rica del mundo, habría dado cada centavo por grabar ese momento. Los ojos de Ellie abiertos, su mandíbula igual. La piel volviéndose roja. Y escuchar a Jameson decir que nunca se cansaría de ella, aunque fuera un acto, no tenía precio. De pronto, Tate estalló en carcajadas. Histéricamente. Como si fuera la cosa más graciosa que había escuchado en toda su vida. Se inclinó por la mitad, tropezando hacia delante. ellos.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Festejando sin mí? —Robert se rió, uniéndose a

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—¡Me voy a la cama! —Ellie casi gritó antes de subir las escaleras. —La vida siempre es una fiesta con los O'Sheas —dijo Jameson con voz seca antes de dirigirse también al piso de arriba. —Parece que quedamos tú y yo, Tatum —susurró Robert. Sintió sus dedos en su espalda expuesta y se estremeció, alejándose de él. —¿Qué estás haciendo? —preguntó. Se acercó otra vez. —Ellie me contó todo sobre Jameson, sobre ustedes. ¿Tienes algo por los novios de tu hermana? Estoy bien con eso —le dijo Robert en voz baja. Puede que haya coqueteado con él un poco demasiado. Dios, los ricos son más espeluznantes que los pobres. —Bueno, estás equivocado, así que no, gracias —dijo Tate. —Vamos. Me habló de Jameson, de las locuras que solía pedirle que hiciera. Debes follar como el infierno para mantener a un tipo como él persiguiéndote —señaló Robert. Tate estaba un poco sorprendida. Esta debía terminar, ahora. —Mira, no tengo una “cosa” por los novios de Ellie. Ni siquiera tengo algo por él; simplemente sucedió. Fue un accidente. Ni ahora ni nunca voy a follarte, así que puedes sacar esa puta idea de tu cabeza —le dijo, cruzando los brazos. La fulminó con la mirada. —Eres una jodida provocadora. Tú y tu hermana. Jodidas provocadoras —le espetó antes de pasar a su lado, empujándola con fuerza en el hombro. Ella tropezó hacia atrás y tuvo que agarrarse a la barandilla, para evitar caer. Hijo de puta. Habían llamado a Tatum por muchas cosas, pero estaba bastante segura que era la primera vez que le dijeron “provocadora”. También fue arriba, a la habitación de Jameson. Él estaba en la ducha y no tenía ganas de unírsele, así que vagó de nuevo a su propia habitación. Sentía una extraña combinación de furia y agradecimiento hacia él. No debería haberla emboscado con su familia, fue demasiado lejos; pero se había sentido mejor de lo que las palabras podrían describir al verlo poner a Ellie en su lugar, después de todos estos años. Tener a alguien respaldarla cuando dijo que no había sido previsto, que no fue a propósito. Estaba muy agradecida. Era difícil permanecer enfadada. Mientras se quitaba el vestido, su mente se regresó a las palabras de Ellie. Las palabras de Robert. Puta. Provocadora. Tate estaba enojada. Quería regresar hacia ellos. No eran tan buenos. Seis años, y un niño; Tatum apostaría dinero que nunca tenían sexo. Ellie no era una persona sexual, y Robert era demasiado pervertido; tenía que estar saciándose en otro lugar. Tate veía a los de su tipo todo el tiempo en su bar, ligando con ella cuando sus esposas se iban al baño. La enfadaba tanto. Un pensamiento cruzó por su mente. Cuando se enfadaba, había una cosa que siempre la hacía sentir mejor… Sólo en sus tacones, ropa interior y medias, se precipitó a través del pasillo, de vuelta en la habitación de Jameson. Todavía estaba en el baño, así que se tumbó en su cama. Se tomaba un largo tiempo en la ducha, así que sabía que podría tardar. Rodó

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sobre su espalda y cerró los ojos. Lo imaginado bajo el agua. Desnudo. Su enojo hacia él se desvanecía cada vez más. Cuando la puerta del baño finalmente se abrió, ella estaba acostada con las piernas en el aire, cruzadas en los tobillos. La habitación estaba a oscuras y no parecía notarla. Él cruzó la habitación, asegurando una toalla alrededor de su cintura mientras se dirigía a su equipaje. Estaba a mitad de camino cuando la vio. —¿Qué es esto? —preguntó Jameson, deteniéndose. Manteniendo las rodillas juntas y las piernas rectas, Tate las abrió, mientras que su cabeza colgaba a un lado de la cama para que pudiera mirarlo al revés. —Suenas sorprendido —comentó, con lo que sus piernas de nuevo juntas y luego lentamente volvió a abrirlas. La mirada de Jameson siguió el movimiento; amaba sus piernas. —Hace tres horas que me dijiste que me odiabas. Estaba preparado para dormir solo esta noche —explicó. —Tsk, tsk, hombre tonto. Simplemente porque te odie quiere decir que no quiero follarte —respondió Tate. Él le sonrió. —Alguien está muy enojada —dijo. Ella asintió y se puso boca abajo, llevando sus rodillas hacia el colchón y usando sus piernas para impulsarse para sentarse, movimiento clásico stripper. Él no era inmune, Tate podía ver que cosas interesantes estaban empezando a pasar debajo de su toalla. —Sí. Gané tu pequeño juego, me quedé. Quiero mi pago —le informó, deslizando sus piernas de debajo y moviéndose hacia el borde de la cama. —¿Y qué es exactamente lo que quieres? Tal vez no quiero pagar —respondió. Tate rió y se levantó. —Oh, pagarás. —Se rió, acercándose a la pared a su derecha. Presionó su espalda y estiró los brazos a lo largo de la pared. —¿Qué tienes en mente, nena? —preguntó Jameson en voz baja, aproximándose. —Quiero que me folles, aquí mismo. Contra esta pared. Tan duro como sea posible —le dijo. —Parece que yo estoy ganando en esta situación. Tate levantó una pierna, extendiéndola, tocando su estómago duro con el tacón del zapato caro que le había comprado. Lo clavó en su piel un poco, con la esperanza que sangrara. Él le tomó el tobillo, la sostuvo contra su cadera. —Quiero que me llames por cualquier nombre sucio que puedas imaginar. Quiero que me folles como si me odiaras completamente —susurró. Él entrecerró los ojos. —Suena como mi tipo de juego. ¿Cuál es el truco? —preguntó. —No podemos movernos de este lugar. Esta pared. Quiero que folles contra este muro —explicó. Jameson dejó caer su pierna.

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—¿Quién está en el otro lado de esa pared? ¿Ellie y Robert? Muy inteligente, nena. Muy obscena. —Su voz era baja también. —Eso es lo que buscaba. No voy a ser silenciosa —le advirtió. —¿Realmente quieres hacer esto? —preguntó para asegurarse. Su indecisión le molestaba. Ella arqueó la espalda, alejando sus caderas de la pared, y suspiró. Apartó la mirada, como si estuviera cansada de la conversación. —Si no quieres, está bien. Estoy segura que puedo encontrar a alguien más para jugar; Robert estaba muy emocionado hace un momento —dijo con voz aburrida. Jameson levantó las cejas bruscamente. Ahora tenía su atención. —Oh, ¿en serio? Vi la forma que te estaba mirando. ¿Qué te dijo? —preguntó Jameson, dando un paso más cerca. Ella se encogió de hombros. —Palabras. Cosas. Ya que tengo una cosa por las sobras de Ellie, básicamente, por qué no darle una oportunidad. Lo provocadora que soy por no demostrárselo — respondió con indiferencia. Jameson ahora estaba presionado contra ella. —¿Se lo demostrarías? —le preguntó, con las manos presionadas contra sus costillas y luego deslizándolas alrededor de su espalda. Ella se rió. —Si pudiera atar a Ellie y obligarla a observar, tal vez —respondió. —Pervertida. ¿También puedo ver? —le preguntó, desabrochando su sujetador y deslizándolo por sus brazos. —No lo creo. No has sido muy bueno conmigo últimamente —señaló. Él se rió, tirando la toalla de sus caderas. —Nena, siempre soy bueno contigo —respondió Jameson. —Eso es una cuestión de opinión. —Y tu opinión no importa. Y entonces, fue como un interruptor. Le quitó las bragas, las costosas que le había comprado, y tomó su culo, obligando a sus piernas envolverse alrededor de su cintura, forzando su camino dentro de ella. Tate gritó y golpeó sus manos contra la pared por encima de su cabeza. Iba a hacer una escena que Robert y Ellie nunca olvidarían. Fue casi cómico en un primer momento; era como estar en una de las pornos de Ang. Decía cosas que normalmente nunca decía, cosas las cuales le daban gracia cuando otras personas las decían; “Me follas tan bien, oh Dios mío, tu pene es tan enorme, oh, sí, más rápido, más lento, justo ahí, eres increíble”. Y, por supuesto, su nombre, una y otra vez. No podía dejar que se olviden con quién estaba haciendo esto, después de todo. Incluso oyó a Jameson reír en un momento dado. Pero a medida que sus embestidas eran más duras, el juego terminó. Ella gimió y gritó de verdad, golpeando una mano contra la pared. Los cuadros cayeron. Al igual que los libros de un estante. Había un espejo frente a ellos, y al ver su reflejo, observar su musculosa espalda y sus piernas fuertes tensarse, moviendo sus caderas contra ella con tanta fuerza, fue prácticamente su ruina. Ni siquiera había pasado mucho tiempo, y ella ya se estaba viniendo como un tren de carga.

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Él no se detuvo en absoluto. En todo caso, embistió aún más fuerte. Todo su peso la estaba presionando a la pared, con una mano agarrando su culo y la otra tomando dolorosamente su pecho. Presionó su rostro a un lado del de ella, gruñéndole entre dientes apretados. Le dijo nombres sucios que nunca había oído, y un par nuevos. Aunque se sorprendió que sólo se limitó a llamarla por nombres. Por lo general, le gustaba para degradarla, decirle cosas muy horribles sobre ella, pero no esa noche. Después de lo que pareció una eternidad y dos orgasmos más de Tate, él literalmente la dejó caer al suelo y en voz alta le dijo a chupara su polla. Mientras lo hacía, Jameson se apoyó contra la pared, golpeando el puño cuando ella rozó zonas especialmente sensibles. Cuando por fin se vino, lo anunció a toda la casa, manteniendo la cabeza de ella en su lugar tomándola del cabello, jalando sus raíces. Más de nuestros juegos debería ser así. —¿Qué tal eso? ¿Suficientemente bueno? —susurró, la respiración pesada mientras apoyaba sus antebrazos en la pared por encima de ella. Tate se apartó. —Sirve por ahora —bromeó sin aire mientras limpiaba su boca. Jameson gruñó y tomó un puñado de su cabello. —No puedo esperar para llevarte a casa y realmente tratarte mal —murmuró, levantándola y llevándola a la cama. Yo tampoco.

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~ 10 ~ T

atum despertó a la mañana siguiente con Jameson mordiendo su trasero, literalmente. Se echó a reír y lo abofeteó. Él le informó que su padre estaría en casa en un par de horas, así que probablemente debería levantarse y prepararse. Le ofreció que se le uniera a la ducha, pero ella sabía eso nunca tomaba poco tiempo, por lo que pasó y lo envió solo. Gruñendo, se puso las medias de marca, unos pantalones cortos y una larga camiseta antes de bajar. Jameson le había comprado un guardarropa entero para el fin de semana, toda la ropa de señorita remilgada, pero había sido bastante pensativo para incluir su ropa habitual de cama. Le hacía sentirse más cómoda, y se sintió más normal cuando entró en la cocina. Su madre cerca de una cafetera, viendo cómo se llenaba el café. —Buenos días, cariño —murmuró su madre. Tate logró sonreír. —Buenos días —contestó, apoyándose contra el mostrador y mirando la olla también. —Pasé y eché un vistazo a tu habitación a las cinco de la mañana, pero no estabas ahí. ¿Dónde estabas? —preguntó su madre. Tate la miró. ¿En serio? —Estaba en la habitación de Jameson —respondió con sinceridad. ¿La señora no había oído nada? —¡Oh, Jesús! ¡Pensé que sólo eran amigos! —exclamó mamá. Tate se enderezó. —Lo somos. Somos muy, muy buenos amigos —enfatizó. Su madre ocupó sus manos. —¿Crees que es buena idea, cariño? Es decir, con Ellie y todo, tal vez sería mejor… ya sabes, no —sugirió su madre. ¿Está jodidamente bromeando? —Madre. Me importa una mierda Ellie, o cómo se siente —dijo Tate con voz dura. Su madre jadeó. —¡No hay necesidad de hablar así! ¡Deberías mostrar respeto por tu hermana y por sus sentimientos! —dijo. Tate echó la cabeza hacia atrás y se echó a reír. —¿Es una jodida broma? ¿Por qué debería respetarla? ¿O a alguno de ustedes? Ella no me ha hablado en siete años, todavía me trata como la puta de Babilonia, y su marido coqueteó conmigo anoche, después que ella se quejara de que arruiné lo que

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tenía con Jameson. Papá ni siquiera reconoce mi existencia, y solo me llamas cuando estás borracha y te sientes culpable —espetó. Su madre la miró por un segundo, con los ojos llenos de lágrimas, y luego se apresuró a salir de la cocina, soltando un sollozo. Ellie entró al mismo tiempo, quitándose del camino. La observó por un segundo y luego volvió su mirada hacia Tate. —Ves. Arruinas todo. Tu pequeño espectáculo de anoche fue desagradable. Algo está mal contigo —siseó Ellie. Tate sonrió dulcemente. —Ese espectáculo fue el mejor sexo que nunca tendrás, así que, de nada — respondió, enviándole un beso a su hermana. Ellie se encogió. —He tenido buen sexo. Me acosté con él primero, ¿sabes? —Tate se rió. —No es lo mismo, Ellie. Y no es una competencia, quién lo consiguió primero, quién fue la última. No lo quería en ese entonces, y no es mío ahora. Ni siquiera deberías preocuparte con quién está, o no, follando; estás casada —señaló Tate. —¡Pero debería haber estado casada con él! —gritó Ellie de repente. —¿Qué dijiste? Ambas se volvieron para ver a Robert de pie en una entrada separada. Ellie gimió. —No fue nada, no quería… —empezó ella. —Tenemos que hablar, ahora —le espetó antes de girar y salir de la habitación. Ellie suspiró y luego miró a Tatum por última vez. —¿¡Ves!? Todo. Arruinas todo —repitió antes de precipitarse tras su marido. Obligarme a ver está familia extraña. Listo. Jameson puso a mi hermana en su lugar. Listo. Tener sexo increíble y fuerte para que todo se sientan incómodos. Listo. Hacer a mi madre llorar. Listo. Arruinar un matrimonio. Listo. ¡Asombrosa reunión familiar! Tate rodeó la cocina, preparándose un plato de cereal y comiéndolo. Luego llenó dos tazas de café, sabiendo que Jameson querría una cuando saliera del baño. Las llevó cuidadosamente por las escaleras, escuchando el sonido de la ducha. Ya había pasado media hora, pero todavía estaba allí. Negó. A veces se arreglaba más que una chica. Estaba a punto de entrar en su habitación, cuando un ruido llamó su atención. Discusión. La puerta de la habitación de Ellie no estaba completamente cerrada y los sonidos de una pelea llegaban hasta el pasillo. Dando una pequeña risita maligna, Tate se acercó, escuchando lo que se estaba diciendo. —¡Estúpida jodida puta! Tate se sorprendió. Robert no había parecido el tipo de hombre que hablara con su esposa de esa manera. —Lo siento, lo siento —decía Ellie una y otra vez. Tate frunció el ceño. Ellie no sonaba triste. Sonaba… temerosa. —¿¡Jodidamente avergonzarme!? ¿¡Delante de esa hermana puta!? —Robert estaba realmente gritando ahora. Tate tocó un dedo en el pomo de la puerta, apenas

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presionado lo suficiente para abrir la puerta abierta un poco. Tenía una pequeña vista a la habitación. Podía ver a Robert de pie, con las manos en su cabello. Ellie estaba sentada en el borde de la cama, retorciendo las manos. —¡No! ¡No quise hacerlo! ¡Estaba… enfadada! ¡Lo siento! —¡Sabes que sus oficinas de Nueva York tienen un contrato con mi firma! Si se queja con él sobre su hermana hija de puta, ¡podría perderlo todo! “Hija de puta” era un tipo especial de palabra para Tate. Era la más sucia de todas, muy tabú. Probablemente la calentaba. Pero por el otro lado, era tabú por una razón. Era muy mala; una palabra degradante y cruel. En su experiencia, las personas que lo usaban cómodamente en cólera no eran personas muy agradables. Para la mayoría de la gente, tomaba mucho usar la palabra HDP en una pelea, y Robert la había dicho como si estuviera diciendo “buenos días” o algo así. —Hablaré con ella, lo prometo. Le haré prometer que no le diga nada —le aseguró Ellie. —¿Por qué te escucharía? Eres el maldito diablo, por lo que a ella le concierne —respondió Robert. —La haré, te lo prometo… Su mano se estrelló contra el rostro de Ellie, y Tate jadeó, dejando caer las tazas de café. Su hermana no era su amiga. En todo caso, Ellie era un enemigo. Pero también era una mujer. Y estaba embarazada. Y su marido acababa de darle un revés. Agarró el brazo de Ellie y la levantó de la cama, levantando su mano para golpearla de nuevo. —¡OYE! —gritó Tate, apresurándose por la puerta. Ambos se volvieron y la miraron. —¡Tatum! —gritó Robert jovialmente, soltando a Ellie—. ¿Cómo estuvo el café? ¿Pudiste…? —¡Jodidamente aléjate de mi hermana, pedazo de mierda! —gritó Tate, acercándose al pie de la cama. —Tate, sólo vete, no entien… —empezó Ellie, levantando una mano. —Cállate. —Tate y Robert ambos rompieron al unísono. —Realmente no eres parte de esta familia. Por favor, vete —le dijo Robert con voz fría. Tate cruzó los brazos. —Tú vete. No voy a ir a ninguna parte —le informó. —No voy a volver a preguntar. —Nunca has golpeado a alguien que devolvió el golpe, ¿verdad? —No me presiones. —¡Por favor! —le interrumpió Ellie, poniéndose de pie—. ¡Por favor, deténganse! ¡Déjala en paz! —¿¡Disculpa!? —Robert pareció sorprendido, mirando a su esposa. Tate también se sorprendió.

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—¡Déjala en paz! ¡Sal, déjame hablar con mi hermana! —demandó Ellie. Él la abofeteó de nuevo, y Tate estuvo sobre él en un segundo, sin dudarlo. Trató agarrarla, y ella gritó, lanzando un puñetazo. Estaba segura de que aterrizó cerca de su oreja. No era exactamente una luchadora callejera. Se dio la vuelta y se subió a su espalda, jalando su cabello y golpeándolo en la parte superior de la cabeza. Ellie empezó a gritar. Robert giró en un círculo, gritándole a Tate para que se bajara. Cuando era obvio que no tenía intención de hacerlo, la golpeó contra la pared. El dolor subió por la columna vertebral de Tate, y lo dejó ir, cayendo a sus pies. Se dio la vuelta y la abofeteó con tanta fuerza que la arrojó al suelo. Ella se apresuró a escapar, retrocediendo a una esquina. Él no había dado ni dos pasos cuando Jameson lo sujetó contra la pared. Tate ni siquiera había notado que Jameson entró en la habitación. Era de lejos más grande, con un físico mucho más fuerte; Robert no podía moverse. Tate se puso de pie, respirando con dificultad, con una mano presionada contra su mejilla. Jameson la miró. —¿Estás bien? —preguntó. Ella asintió. —Estoy bien. La golpeó. Duro —respondió, señalando a Ellie, que tenía el rostro entre las manos de nuevo. —¿Qué tipo de mierda golpea a una mujer? ¿Una mujer embarazada? —preguntó Jameson en voz baja, con la mirada gélida. Tenía el antebrazo presionado contra la tráquea de Robert y el hombre más pequeño se retorcía. —No es asunto tuyo, es mi esposa —dijo sin voz. —Y Tatum es mi asunto —gruñó Jameson, asintiendo hacia Tate. —Por favor, escuchamos la forma en que le hablaste anoche; probablemente a la puta le gustó recibir una bofetada. No hubo vacilación; El puño de Jameson se estrelló contra la mandíbula de Robert y cayó al suelo. Tate se apresuró a avanzar, mirando al hombre inconsciente. Se estremeció; probablemente tenía la mandíbula rota. Finalmente miró a Jameson. Respiraba con dificultad, con las manos en los puños, y miraba a Robert con ojos salvajes. Tate se acercó a él y presionó una mano contra su pecho, deslizándola de un lado a otro. El mismo movimiento que utilizaba para calmar a Ang. La mirada de Jameson fue hacia la suya. La miró fijamente. Esto ya no es un juego. Jameson se fue para a buscar a Sanders, que estaba alojado en una casa de huéspedes. Tatum caminó con una casi llorosa Ellie de regreso a su propia habitación. Se sentaron en la cama y frotó la espalda de su hermana, esperó a que se tranquilizara. —¿Cuánto tiempo ha sido así? —susurró Tate. —Desde siempre. Desde que nos casamos. Durante la luna de miel, se enojó conmigo, me golpeó. Nunca había hecho eso antes —dijo Ellie entre sollozos. Seis años. Ellie había soportado el abuso durante seis años. Durante los últimos seis años, Tate había estado rogando a los hombres que la empujaran y la llamaran por

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nombres sucios. Pero nunca así, no contra su voluntad. Suspiró y envolvió sus brazos alrededor de los hombros de su hermana, algo que nunca pensó que haría. —Déjalo —dijo exhalando. Ellie negó. —No puedo. Estoy embarazada. —Hay muchas mamás solteras por ahí. —Papá estaría tan enojado. Lo eligió para mí. —A la mierda lo que papá dice. ¿Sabe que te golpea? Silencio. Tate no podía creerlo. Por supuesto. Por supuesto que su padre lo sabía. Robert era un buen chico, de una buena familia, así que como sea que trataba a las mujeres estaba bien. Aunque su padre nunca había golpeado a su madre, Tate nunca lo había visto tratándola con ningún tipo de respeto tampoco. La señora O'Shea era mejor callada, no escuchada. Su propio tipo de abuso. Ella lo soportaba tomando píldoras y emborrachándose. Ellie se había casado con un marido abusivo. Tate era un farsante sociópata. Todos estamos muy jodidos. —No puedo dejarlo, Tatum —repitió Ellie, apartándose. —¿Por qué? ¿Por qué no puedes? —exigió Tate. —No sabes nada de nosotros, de mí. Tengo responsabilidades. ¿A dónde iría, de todos modos? —preguntó. Sus muros estaban de regreso. Muy pronto, Tate sería excluida. —A cualquier parte. Ven con nosotros, puedes quedarte conmigo —le instó Tate. Ellie se echó a reír. —Gracias, pero no gracias. Estoy marcada por la vida por las cosas que escuché anoche de ustedes dos. No podría soportar estar en la misma casa mientras vierten cera caliente al otro, o lo que sea —bromeó. Tate casi se echó a reír. —Por favor, Ellie —susurró Tate. Había pasos subiendo las escaleras, dos personas pasando la puerta. —No. Estará bien. Verá al bebé, y estará bien —dijo Ellie rápidamente y se puso en pie de un salto, corriendo hacia la puerta. Tate la siguió hasta el vestíbulo, justo a tiempo para ver a Sanders y Jameson llevando el cuerpo quejumbroso de Robert por el pasillo. —¿Dónde lo llevas? —preguntó Tate. —Al hospital. Después de que le ayuden a recuperar la conciencia, voy a matarlo —dijo Jameson con tono decidido. Ellie empezó a llorar de nuevo. —Voy contigo —dijo Tate antes de precipitarse a su habitación y ponerse un par de pantalones. Eran pantalones de traje, y lucía raro con su camiseta sin mangas, pero no le importaba. Llevó a Ellie a su auto y luego las llevó al hospital, siguiendo a Sanders todo el camino.

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La mandíbula de Robert estaba, de hecho, rota. Al parecer, Jameson no controlaba sus golpes. Ellie dijo que cayó por las escaleras. El personal del hospital parecía muy incrédulo, probablemente debido al hecho de que Jameson estaba detrás de todo el mundo, mirando todo por lo alto como un demonio. Ni siquiera habló, simplemente dejó a Robert en una silla de ruedas y luego se alejó. Sanders se encargó de todo, se marchó con Ellie y las enfermeras, dejando a Tate a solas con Satán. —¿Estás bien? —preguntó con voz ronca. Ella lo miró. Estaba mirando fijamente hacia adelante, tratando de quemar un agujero en la pared con su resplandor. —Estoy bien. ¿Y tú? —respondió. —No me golpearon a mí. ¿Estás bien? —Su voz estaba sonando enfadada. —Ni siquiera fue tan duro, estoy bien —insistió. Él de repente se volvió y tomó su rostro, exponiendo su lado izquierdo. Ella tropezó y presionó sus manos contra su cintura. —Te golpeó. Te vi caer al suelo. No me digas que no fue duro —le gruñó Jameson, con los ojos en su rostro. —Realmente no lo fue, lo prometo. Ni siquiera me duele —le aseguró. —Es afortunado que no dejó una marca. Dios, quiero matarlo —susurró contra ella, su agarre en su mandíbula casi doloroso. Tate lo alejó. —Estás a punto de dejar una marca. Cálmate. —Intentó reír. —Yo tengo permiso. Si algún hijo de puta te toca así otra vez… —Su voz se desvaneció. Ella levantó la mirada. Está muy enfadado por esto. —Jameson —dijo su nombre fuerte. Su mirada fue a la suya—. Estoy bien. Soy una chica dura del lado malo de Boston, que también está durmiendo con un corredor de bolsa psicótico que tiene un gancho de derecha increíble. No estoy preocupada. Él se rió y finalmente la soltó, pero no apartó la mirada. —No pensé exactamente que el fin de semana seguiría este camino. Quería verte retorcerte. Ponerte incómoda —explicó. Ella rió. —Misión cumplida, señor Kane. —¿Tu padre te golpeó alguna vez? —preguntó. Ella sacudió su cabeza. —No. Era estricto y malo, pero nunca golpeó a nadie —respondió. —¿Ellie va a estar bien? —continuó Jameson. Tate se encogió de hombros. —Estoy empezando a pensar que nunca lo estuvo; está obsesionada con esta cosa entre nosotros —respondió Tate, gesticulando entre los dos—. Deberías haberla oído en la cocina esta mañana. Y luego me dijo que le estuvo haciendo esto desde que se casaron. Piensa que el bebé lo detendrá. —Jesús —dijo Jameson, dejando caer la cabeza. Ellie volvió a salir en ese momento, y todos se regresaron a casa. Ellie fue directamente a su habitación, no habló con nadie. Tate llevó a Sanders a su casa de

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huéspedes, y él la miró durante un largo rato desde su puerta. No dijo nada, así que ella le dio un apretón en el brazo y luego se alejó. Jameson contó todo en el despacho de su padre. Su madre bebió, fingió que todo estaba bien. No voy a sobrevivir este fin de semana. Cuando oyó el auto de su padre por la entrada, Tate subió para cambiarse. Ahora comprendió por qué Jameson había comprado su ropa para el fin de semana. Tate no poseía nada que fuera apropiado para su padre, ya no. Después de cepillarse el cabello y levantarlo en una cola de caballo agradable y ordenada, se puso otro vestido, uno con una falda hasta la rodilla. No fue hasta que estaba tratando de subir la cremallera por su espalda que se dio cuenta que sus manos estaban temblando. Estaba caminando alrededor, tratando de recuperar la sensación en sus dedos, cuando Jameson entró en la habitación. —Detente —murmuró, tomándola por los hombros y girándola. Le subió la cremallera y luego la giró, pasando las manos sobre el material. —¿Estoy a la altura? —bromeó. Él apoyó las manos en sus caderas y la miró. —Más de lo que jamás hubiera pensado. El sentimiento la hizo sentirse enferma y pasó delante de él, bajando las escaleras. Cuando llegó al piso inferior, su padre salía de la cocina. Ambos se detuvieron. Se miraron. Estaba más viejo, más pesado. Más gris en su cabello. Tate sabía que ella estaba diferente, había crecido a lo largo de los años. Se preguntó qué pensaría cuando la miró. Qué había pensado. —Tatum. No le creí a Kane cuando dijo que te traería —declaró su padre. Tate dejó escapar un suspiro. —Aquí estoy —dijo suavemente. —Te ves bien. —Fue todo lo que dijo antes de pasar por delante de ella y entrar en el estudio. Jameson se acercó y ella lo miró. —¿Tu juego sigue siendo gracioso? —susurró. Él negó. —Ni siquiera un poco —respondió, levantando las manos y frotándole los hombros. Ellie apareció por la esquina y Tate se apartó automáticamente de él. Porque no es mío. La cena fue incómoda, por decir lo menos. Su padre preguntó dónde estaba Robert, y todo el mundo miró a Ellie, quien sólo se rió nerviosamente. Preguntó a Jameson cómo iba el negocio, preguntó a su esposa cómo había ido su día. No le dirigió ni una palabra a Tatum. Ella bebió. En gran medida. Jameson le quitó el vaso en un momento, pero ella empezó a llenar su vaso de agua con vino. ¿Por qué las personas ricas no pueden ser normales y beber whisky? Se "retiraron" al salón. Jameson encendió un cigarrillo, cosa que nunca lo había visto hacer antes; la calentó. Había bebido mucho vino, e imaginó las diferentes cosas que podía hacer con un gran Macanudo. Se preguntó qué estaba mal con ella.

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Tate finalmente escapó a la cama alrededor de las nueve. No había dicho una palabra en más de una hora, nadie había hablado con ella, así que pensó que nadie la extrañaría. Entró en su habitación y se quitó toda su ropa antes de meterse bajo las sábanas. Tratando de esconder sus resoplidos, le envió un mensaje a Ang. ¿Qué estás haciendo? Le tomó un tiempo responder. Tres intentos. Casi se echó a reír. Sexo. Follando en la ducha. Maratón de Battlestar Galactica. Acertaste en dos. ¿Qué pasa, ratoncita? Estoy en casa. ¡Pensé que estaban fuera del país! Voy a patear esta perra a la calle y llevar Battlestar a tu casa. No, estoy en casa. Casa. Hogar. Donde nací. Pensilvania. Santas jodidas bolas. Realmente se rió de eso. Capturó sus sentimientos tan bien. Todavía sorprendida. ¿Satán te obligó a hacerlo? ¿Quién más? Decir que no ha ido bien sería un eufemismo. ¿Malo? Peor. Detalles. Mamá es adicta a las píldoras y alcohólica. Papá todavía se niega a admitir que existo. Ellie todavía piensa que soy la zorra más grande del mundo. Su marido es un pervertido abusivo. Me golpearon en la cara. Me emborraché. Hubo otra pausa larga. Si Satán te golpea, lo voy a matar. No. El marido de Ellie. ¿Satán estaba enojado o encendido? Le rompió la mandíbula al tipo. Bien, incluso estoy un poco excitado por eso. Tate se echó a reír y justo entonces, su puerta empezó a abrirse. —Pareces una loca. —La voz de Jameson era suave. Su cuerpo fue esbozado por un halo de luz y luego la puerta se cerró, dejándolos en la oscuridad. —Probablemente porque lo soy —respondió. Lo sintió sentarse en el borde de la cama y luego su mano descansó sobre su estómago.

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—¿De qué te estabas riendo? —preguntó. —Ang. Nos estábamos enviando mensajes —explicó. —Ah, por supuesto. Angier. ¿Estás bien? —¿En serio te importa? —Animada. —No. Estoy cansada —dijo en un suspiro. Las yemas de sus dedos rozaron su frente, apartándole mechones de cabello del camino. —Te dejare sola. Un día más, nena, y luego ganas todo esto —susurró Jameson, y luego se levantó. Salió por la puerta y la cerró sin decir nada más. Ni siquiera una mirada hacia atrás. Lo miró fijamente. Su teléfono estaba apretado en su mano, descansando contra su pecho. Podía sentirlo vibrando con más mensajes de texto entrantes de Ang. Pero no los leyó. Miró a la puerta, deseando que Satán regresara. Odio estar sola.

Otro día, otro vestido. Jameson sólo había empacado un par de pantalones y los había usado en el hospital, estaba arrugado en un rincón de su habitación. Así que, se puso un vestido de tweed. Posiblemente Chanel. Se sentía horrible. Quería su propia ropa, un par de shorts y una camiseta suelta. Sus calcetines hasta la rodilla. Cualquier cosa. Fue cuidadosa con su cabello y maquillaje, y luego bajó las escaleras. Jameson ya estaba en la sala de estar, hablando con Sanders. Ambos se volvieron hacia su entrada, pero ella sólo logró sonreír a Sanders. Se sentía agotada. Vacía. Su familia le quitaba la vida. No se había dado cuenta, pero tal vez por eso había sido un robot en su vida pasada. Le habían succionado su voluntad de vivir. Tenía que escapar. Si Jameson no los llevaba a casa esa noche, iba a irse sola. Secuestrar a Sanders. Robar el auto. Algo. —¿Todo bien? —preguntó Jameson con un gesto brusco de cabeza. Ella se encogió de hombros. —Como siempre. ¿Es demasiado pronto para empezar a beber? —preguntó. Jameson asintió. —Sí. —¿Sandy, tienes algo de Xanax? —preguntó en broma. —En mi equipaje, señorita —respondió Sanders. Se sorprendió por un segundo, y luego se rió. cocina.

—Mejor ten cuidado, Sandy, o me enamoraré de ti —bromeó, dirigiéndose a la

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Al parecer, no era demasiado pronto para algunas personas, ya que vio a su madre llenar su café con brandy. Ellie bajó un par de minutos más tarde, sin hacer contacto visual con nadie. Robert había llegado a casa tarde la noche anterior, y aunque tenía la mandíbula cerrada, había tenido mucho que decir. Sus murmullos se escuchaban por toda la casa. Había ido a llorarle al padre de Tate. Podía imaginar lo que quedaba para el resto de ese día. No tuvo que esperar mucho. —¡Tatum! Mi oficina, ahora, por favor —gritó la voz de su padre. Respiró hondo y lo siguió hasta la habitación oscura. —¿Sí? —preguntó ella, de pie frente a su escritorio. —¿Qué haces de tu vida? —preguntó. Tate parpadeó un par de veces. —Trabajo. —¿Qué haces? —Soy cantinera en el centro de la ciudad. —Vergonzoso. Empezó a enfadarse. —Bueno, tenía que hacer algo, papá. Sin título universitario, sin dinero, sin referencias. Las probabilidades eran pocas. Soy muy buena en eso, todo el mundo sabe que Tatum O'Shea es la mejor cantinera de todo Boston —dijo en una voz dulce, sarcasmo goteando de sus palabras. —No me culpes de eso. Lo hiciste a tú misma. Chica desvergonzada —gruñó. —No. Era una niña, estúpida, confundida, sin pensar; ni siquiera me preguntaste qué pasó. Simplemente creíste la palabra de Ellie, como siempre —señaló Tate. —¿¡Entonces no tuviste una aventura con él!? —gritó. Casi se echó hacia atrás, pero entonces recordó que… él no era parte de su vida. No tenía poder sobre ella. —No, no tuve una aventura con él. Fue sólo una noche, sólo sexo —respondió bruscamente. —¿Cómo te atreves a hablarme así? —Tú preguntaste. —No sientes ningún arrepentimiento, ¿verdad? —preguntó su padre—. Nada de maldito arrepentimiento. Arruinaste la oportunidad de que Ellie tuviera un matrimonio digno, y ni siquiera te importa. —¿Ya terminaste? Tengo cosas que podría estar haciendo —respondió Tate. —No me hables en ese tono, jovencita —le advirtió. —Usaré cualquier tono que quiera —dijo en respuesta. Él saltó de su silla. —Sabía que era una mala idea. Le dije a ese hombre que no podía salir nada bueno de ti, que él simplemente te diera la espalda. Eres una pérdida de tiempo, Tatum. No sé por qué me molesté contigo —le dijo. Ella ahogó un jadeo.

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—El sentimiento es totalmente mutuo —replicó, y antes de que su padre pudiera responder, Tate salió de la habitación. Realmente estaba temblando mientras subía las escaleras. Permaneció en su habitación un rato, pero no quería nada allí. No le importaba su ropa nueva. Caminó hasta la habitación de Ellie y ni siquiera se molestó en llamar, sólo estalló dentro. Robert estaba acostado en la cama y Ellie estaba de pie junto a él. Ambos jadearon en su entrada. —¿Qué estás haciendo? —preguntó Ellie, sobresaltada por la impetuosa entrada. —Me largo de este jodido lugar. Ven conmigo —dijo Tate rápidamente. Robert se incorporó, negando y murmurando algo. —Tate, sé que no… —empezó Ellie, pero Tate negó. —Última oportunidad. Ven conmigo —le ofreció de nuevo. Hubo silencio, y luego los ojos de Ellie se dirigieron a su marido. Volvió a negar y Ellie suspiró, volviéndose hacia su hermana. Tate asintió y salió de la habitación. Por lo menos la despedida sería mucho más rápida ahora. Pasó corriendo por la casa, ignorando a Jameson cuando la llamó. Estaba a medio camino de la casa de huéspedes cuando Sanders la alcanzó. —¿Puedo ayudarla con algo, señorita O'Shea? —preguntó rápidamente, corriendo hacia su lado. —No, Sandy, estoy bien —respondió, caminando por la puerta principal de la casa de huéspedes. —Bien. ¿Está buscando algo? —preguntó de nuevo mientras ella permanecía allí, sus ojos vagando por la entrada. —Llaves. —Llaves para qué, si me permite preguntar. —El auto. —¿Nuestro auto? —Ese. —Lo siento —dijo Sanders de nuevo—. ¿Quiere ir a alguna parte? Estaría encantado de llevarla. —Está bien. En realidad, sé cómo conducir, ya sabes, y donde quiero ir llevará tiempo —le dijo, caminando hasta un pequeño escritorio y abriendo los cajones, revolviendo el contenido. —No me importa un viaje largo. Estaría muy feliz de llevarla a cualquier parte —le aseguró. Ella lo miró. —Boston. Me gustaría que me llevaras a Boston —dijo claramente. Él dudó, y luego asintió. —De acuerdo, señorita. Si espera aquí, traeré el auto —dijo Sanders, y luego salió por la puerta.

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Tate estuvo un poco aturdida por un minuto, y se preguntó si estaba bromeando. Pero Sanders nunca bromeaba, así que se sentó en un taburete decorativo. Estaba demasiado cansada para pararse. Le tomó toda la fuerza de los músculos que tenía mantenerse erguida. Quería acurrucarse. Pérdida de tiempo. —Entonces, ¿nos vamos? —La voz de Jameson era suave en la puerta. Ella se echó a reír, sin molestarse en levantar la cabeza. —Soplón —susurró ella. —Es mi ayudante. No va a llevarte a Boston sin al menos decirme que va a estar ocupado por un par de horas, o siete —señaló Jameson. Ella asintió. —Sí. Debería haber pensado en eso —contestó. —Comprendo que quieres huir de tu familia. Pero tratar de huir de mí, eso me sorprende —dijo, acercándose para estar de pie frente a ella. —No estaba de humor para oírte regodearte. No hoy, no ahora mismo —explicó. Él suspiró y puso sus manos sobre sus rodillas. Todavía se negaba a mirarlo. —Qué tal si me dejas ir contigo, te prometo que no regodearme hasta que lleguemos a casa —le ofreció. Ella rió. —No confío en que cumplas esa promesa —bromeó. Él le inclinó la cabeza para que lo mirara. —Dijiste que confías en mí —le recordó Jameson. —Confío en que seas consistente. Eres consistentemente malo —aclaró Tate. Él rió. —Sí, pero también cumplo mis promesas. Mueve tu trasero, nos vamos de aquí —dijo antes de dar la vuelta y salir por la puerta. Tate fue y esperó en el porche delantero. Vio a Ellie asomarse por una ventana, pero se alejó antes de que Tate pudiera hacer cualquier tipo de movimiento. Sanders acercó el auto justo después y salió, corriendo para abrirle la puerta. Sin embargo, antes de que pudiera subir, le tendió algo en la mano. Ella arqueó las cejas. —Para usted, señorita. Supuse que hablaba en serio. —Eso fue todo lo que dijo. Le tendió la mano y le dio dos pastillas. Ella se quedó mirando su palma, casi riendo. Xanax. —Sandy, creo que me tratas mejor que cualquier otra persona que haya conocido. —Se rió, inclinándose y besándolo en la mejilla. —No tengo ninguna duda de eso, señorita O'Shea —respondió antes de ayudarla a subir al auto. Tragó las píldoras y esperó a que apareciera Jameson. Le tomó unos quince minutos, y luego salió por la puerta, llevando las dos maletas. Su madre siguió tras él, diciendo algo que Tate no podía oír. Jameson simplemente la ignoró, subió al asiento trasero junto a Tate. No dijo nada, sólo asintió hacia el retrovisor. Sanders encendió el auto y aceleró.

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—¿Hablaste con alguno de ellos? —preguntó Tate, mirando por la ventana. —Sí. Le dije a tu padre que lo único bueno que hizo en su vida fue producir una hija muy follable —respondió Jameson. Ella se echó a reír. —No lo dices en serio. —Lo digo muy enserio. También agregué que eres una persona muy buena, a veces. Le dije a tu madre que pagaría su rehabilitación con mucho gusto y le advertí a Robert que, si encuentro a Ellie en cualquier momento con otro moretón, no me molestaría romperle la mandíbula de nuevo, simplemente lo dejaría sin mandíbula — le dijo. No era su familia. Por lo que sabía, Jameson realmente no tenía una familia. Su madre murió cuando era joven, su padre murió hace un par de años. Sin hermanos. Sin primos cercanos. Sólo Sanders. Y parecía que le gustaba de esa manera. Así que, no podía entender por qué se estaba molestando con su familia, cuando ella ni siquiera se molestaba con ellos. Había empezado como un juego, un desafío, pero había ido más allá de eso; él había hecho un lío, y había hecho todo lo posible para limpiarlo. Tate estaba impresionada. Sentía ganas de llorar un poco. Y cuando él se acercó y le tomó la mano, algo que nunca había hecho antes, Tate no pudo contener las lágrimas de su rostro. Habría estado avergonzada, pero el Xanax hizo que no le importe. Todo en lo que podía concentrase era en la mano de Jameson. Sus fuertes dedos, unidos entre los suyos. Ella le apretó la mano, tan fuerte que dolía. Tan fuerte, que no sería capaz de dejarlo ir, nunca más. ¿Por qué todo se sentía tan diferente? Porque todo es diferente.

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~ 11 ~ —T

atum. —¿Sí, mi señor? —Cállate.

—¿Cómo puedo responderte y…? —¿Por qué me dejas tratarte de la forma que lo hago? —Te lo dije, me gusta. —Mataría a otro hombre que te hablara de la forma que te hablo. —Eso es muy dulce. —¿Piensas que hay algo mal conmigo, por tratarte del modo que hago? —No necesariamente. Es consensual. Empoderamiento. —¿Empoderamiento? —Sí. Tienes el poder de sujetarme, decir cosas, llamarme nombres. Puta. Perra. Pero tengo el poder de decir "basta". Termina todo. Tu poder es una ilusión. El mío es real. —Suena un poco al revés. Podría hacer que hagas lo que yo quiera, sin importar si quieres o no parar. —Es por eso que no hago todo eso con cualquiera. Confío en ti. No harías eso. —Confías mucho en mí. —Mira, me gusta. Te gusta hacerlo. Es por eso que encajamos tan bien la mayor parte del tiempo. —Demasiado bien. —¿Quieres que esto termine? Solo di la palabra. —Ya no es tan fácil. —¿Por qué no? —Me acostumbré demasiado a ti. —¿Cómo? —Las cosas… las cosas que quiero hacerte. —¿Qué quieres hacerme?

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—Tantas cosas. —Entonces, hazlas. —Eso es parte del problema. —Jameson. Sigo esperando que te dejes ir, para hacer lo que sea que quieras hacer. —La gente dice eso, y luego cambia de opinión. —Ooohhh, la misteriosa ex. ¿En qué se retractó? —Me dijo que quería que hiciera algo. Lo hice. Problemas estallaron en mi cara. No quiero que eso vuelva a suceder. —Yo, Tatum O'Shea, juro solemnemente que no… —Cuando Robert te golpeó, te enojaste. No te gustó. —Hay una gran diferencia entre un idiota abusivo que me golpea hasta arrojarme al suelo, y que tú me abofetees. Me conoces, te pido que lo hagas, tenemos sexo. No quieres hacerme daño, quieres satisfacerme conmigo. —Mmm, satisfacerte. Me gusta eso. —¿Esto es un juego? —Nada de juegos, Tatum. —¿Qué somos si no tenemos juegos? —Algo más.

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~ 12 ~ J

ameson la convenció de quedarse con él durante las próximas dos semanas. Esa primera noche, ella se había quedado dormida en el auto, por lo que la llevó a su habitación. Él se quedó despierto, observándola dormir. Era fácil olvidar mientras jugaban sus pequeños juegos, pero era realmente una chica muy hermosa. Suave. Delicada.

Tatum se despertó alrededor de las tres de la madrugada, lo atrapó mirándola fijamente y empezaron a hablar. Hablaron durante mucho tiempo. Era la primera vez que pasaban la noche juntos y no tenían sexo. Antes, habría parecido inútil. Ya no parecía tan inútil. No hablaba de su familia, realmente no reconocía ese fin de semana en absoluto. Aunque al día siguiente, ella se encerró en una habitación de huéspedes durante una hora, al teléfono con Ang. Cuando salió, sonreía, pero tenía los ojos hinchados y rojos. Aparentemente, podía discutir cosas con Ang, pero no con Jameson. Intentó no dejar que le molestara. Habían pasado por una etapa diferente en su relación, pero no estaban dispuestos a empezar a compartir sus sentimientos entre sí. Le tomó un tiempo acomodarse en su propia piel de nuevo, pero después de un par de días, Tate volvió a su antiguo ser. Corriendo en su ropa interior. Recortando cupones. Bromeando con Sanders. Le pedía a Jameson que le hiciera cosas indescriptibles. Pasó la mayor parte de sus días en Boston, y ella iba a la ciudad con él, pasaba sus días haciendo Dios sabe qué, con Ang y Rusty. Pero en los días en que no trabajaba en el bar, siempre se presentaba fuera de su edificio de oficinas a las seis. Siempre se iba a casa con él. No estaba seguro de qué estaba pasando entre ellos. Jameson no había estado mintiendo al principio, no quería una novia; una novia por lo general significaba exclusividad, y le gustaba tener relaciones sexuales con otras personas. Aunque a veces, saber que Tatum estaba en casa y que, no sólo le gustaba oír hablar de sus aventuras de una noche, sino que de hecho la excitaba, lo hacía aún más tentador salir y tener sexo con mujeres al azar. Así que, punto para ella. Pero tampoco estaba en el mercado para casarse, y Tate era una chica, en su núcleo. Tarde o temprano, ella querría algún tipo de compromiso que él simplemente no podría, y realmente no podía, darle. A Jameson le gustaba su vida exactamente como

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era; cada relación que había tenido, había terminado en una nota agria. Si trataban de hacer su relación en algo más, también acabaría mal. Era sólo diversión y juegos entre ellos, y tenía que quedarse de esa manera. Ella y Sanders también se habían vuelto ridículamente cercanos, desde el fin de semana en la casa O'Shea. Permanecían despiertos por horas, sentados en la cocina, Tate balbuceándole, hasta donde Jameson podía darse cuenta, Sanders prácticamente nunca decía nada. Pero parecía funcionar para ellos. A veces, Jameson salía del trabajo para descubrir su auto solo en la acera, y los dos estaban en un restaurante en alguna parte. O en un café. Merodeando en una tienda. Una vez no pudo encontrarlos, y tardaron cuarenta y cinco minutos y ocho llamadas telefónicas para poder hablar finalmente con Sanders, algo que nunca había sucedido en el pasado. Sanders y Tate se habían distraído con un espectáculo en vivo en un parque. Cuando llegaron a caminado hacia él por la calle, tomados del brazo, tuvo un destello de ira y se sorprendió al darse cuenta de algo: estaba celoso. Celoso de su fácil relación con Sanders. Jameson sabía que era un sentimiento ridículo, sobre todo porque sabía que no era sencillo hablar con él, o simplemente estar cerca. Y realmente, sabía que Jameson era el que ella quería; él era el que consiguió ser montado en el invernadero, el que consiguió ser violado en la piscina, el que despertaba con una mamada a las dos de la mañana. Nadie más, ni siquiera había hablado de dormir con otros hombres. Ni siquiera le había mencionado Ang. Victoria.

—Ya no tienes tiempo para mí. —Ang estaba lloriqueando. Tate puso los ojos en blanco. —Te veo casi todos los días. En todo caso, te veo más ahora que antes que empezara a dormir con él —señaló. Ang hizo una mueca. —Ya no tienes tiempo desnudo para mí. —Ang enmendó su quejido. Ella rió. —Shh. Hemos hablado de esto. —Pero tú eres la única que sabe lo que me gusta, lo que quiero, lo que necesito. —Enséñale a alguien más. —Perra. Le lanzó una almohada y él la tomó, riendo. Estaban en su habitación un sábado por la noche. Tenía que ir al bar en un rato, y le había pedido a Ang su computadora portátil. Ella no tenía una propia y no habían pasado tiempo juntos hace mucho, sólo los dos. Dos pájaros de un tiro.

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—Cállate, hay mucha gente por ahí que quiere montar el tren de Angier —le aseguró, sentándose en el extremo de su cama y doblando sus piernas en postura del loto. Se estiró en el colchón detrás de ella, moviendo los dedos de los pies en su espalda baja. —Estoy muy caliente, y ya sabes, Rus ha estado luciendo muy bien últimamente —comentó, y ella se rió de nuevo. —Será mejor que no mires dos veces, Ang. Estoy hablando en serio, no quiero que le rompas el corazón —dijo Tate. —No le rompería el corazón. Sólo la inclinaría un poco. Doblarla por la mitad — respondió. Ella miró por encima del hombro. —Lo digo muy en serio, Ang. Si la follas, se va a enamorar de ti. Y le romperás el corazón. Y yo estaría enojada —le advirtió. —Dios, eres tan aburrida. No entiendo. Tú y Satán no son novios, pero pasan todo el tiempo juntos, prácticamente viven juntos, y no tienen permitido dormir con nadie más. Ummm… estoy bastante seguro que es la definición básica de novio y novia —señaló Ang. Tate ya sabía esto, ya había pensado en ello, y mucho. Su relación con Jameson era extraña. No tenía etiqueta, pero a ella le gustaba eso; las etiquetas eran aburridas. Las etiquetas podían arruinar las cosas, hacían que una persona sintiera que siempre tenía que estar a la altura. Jameson y ella, sólo existían. Era más fácil. Trató de no pensar demasiado en ello. —Tenemos permitido dormir con otras personas —lo corrigió. —Oh, cierto. Excepto yo —se quejó, poniendo mala cara. Ella rió. —Técnicamente, sólo yo no puedo dormir contigo, así que podrías…—No me hagas enfermar. Dijiste que se acuesta con otras mujeres todo el tiempo, pero, ¿con cuántos chicos te has acostado? —preguntó Ang. Y ahí es donde el aspecto de "relación abierta" se derrumbó. Jameson le había dicho que podía dormir con otros hombres, y la independiente mujer zorra en su interior le decía que podía dormir con otras personas, pero el deseo no estaba allí. Solo lo quería a él. Y era sólo su propio pensamiento, algo dentro de ella, pero Tate tenía la clara sensación de que, a pesar que Jameson dijo que estaba bien, en realidad no estaba bien. De ningún modo. A Jameson Kane no le gustaba compartir sus juguetes, y Tate pensó que era una de sus mejores. —Sólo porque no he dormido con alguien no significa que no puedo, o no lo haré. Además, ¿por qué salir a comer una hamburguesa cuando tengo un bistec en casa? — Ofreció como explicación, tratando de aliviar el estado de ánimo. Ang resopló. —Suena como una mierda. Si tu relación no me disgustara tanto, te molestaría más. ¡Vamos a hacer algo divertido! —proclamó. Ella volvió su atención al ordenador. —¿Cómo qué?

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—No lo sé. ¿Qué está haciendo Satán de todos modos? —Está en casa, revisando algunos papeles para algunas tareas importantes que suceden en Europa —respondió. —¿Alguna gran tarea? ¿En Europa? ¿Cómo qué? ¿Dónde? —preguntó Ang. Se encogió de hombros. —No lo sé, realmente no pregunto. Tiene una casa en Dinamarca —le dijo. —¿Dinamarca? Extraño, lo habría imaginado como un hombre de Londres, o Berlín, o algo así. ¿Por qué Dinamarca? —preguntó. Ella se encogió de hombros de nuevo. —No lo sé. Te lo dije, no pregunto —respondió. —Jesús, Tate. —Ang se rió, sentándose erguido—. Podría ser un asesino en serie, o un traficante de personas, o un pedófilo escondido de la ley, o… —Siguió listando cosas. Se volvió hacia él y lo golpeó en la pierna. —¡Cállate! —Se rió. —… o un traficante de drogas, o un ladrón de trabajo de arte raro, o secretamente casado con una familia, o… Ambos se detuvieron ante esa idea. Tate miró fijamente a Ang. Era un miedo secreto que tenía. Jameson viajaba mucho. Nueva York por un fin de semana. LA por una semana. De vuelta a Nueva York por un día. Miami por un día. De nuevo a Nueva York. La ex novia vivía en Nueva York, Tate estaba bastante segura. Aunque no estaba segura en absoluto sobre el estado de "ex". —Siempre ha sido honesto conmigo. Me lo habría dicho —dijo Tate con voz suave. Ang resopló. —Al parecer, tienen más una relación de “no preguntar, no decir”. Algunas personas no consideran omitir como realmente mentir. Búscalo —le sugirió, asintiendo hacia el portátil. Ella bajó la mirada. —¿Qué quieres decir? —preguntó. Él gruñó y tomó el portátil de sus manos. —¿Cuál es el apellido de Satán? —gruñó. Ella mordió su labio inferior. —Esto no está bien, Ang. Él no se mete en mis cosas —murmuró. Ang se echó a reír. —¿Lo dices jodidamente en serio? Tate, te vendó los ojos y te hizo pasar el fin de semana con tu familia del infierno. Tienes razón, no se mete; rebusca en tu mierda y hace un lío. Nombre completo —exigió. Tate se lo dio. Después que Ang lo escribiera en la barra de búsqueda de Google, le devolvió la computadora. Se sorprendió de cuántas cosas aparecieron de inmediato. Jameson era mucho más "famoso" de lo que hubiera imaginado. Hizo clic en la pestaña de imágenes, y había toneladas de él, de fotos de paparazzi. Hace dos años, en un estreno de una película de Los Ángeles, una actriz en su brazo. En la Semana de la Moda de Nueva York, el febrero pasado, una cantante famosa en su brazo. De pie junto a una piscina en

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pantalones cortos de natación, empapado, hablando por celular mientras una chica ridículamente hermosa flotaba en la piscina debajo de él, alguna modelo cuyo nombre no reconocía. La mayoría de las fotos eran porque estaba con gente famosa. Los tenían que fotografiar, y él estaba ahí. Pero había algunas de él. Era muy rico, lo que le convertía en una atracción por derecho propio. Muchas de las fotografías eran de tabloides europeos, hablando de su estilo de vida playboy durante los últimos dos años. Nada demasiado malo, nada de lo que ella no hubiera sabido o asumido. Nada de eso le molestaba, y podía mirar a Jameson todo el día, así que las fotos eran divertidas. Navegó a través de los años, recuperando su pasado. Se preguntó si alguna vez había sido fotografiada en secreto con él… y luego encontró una. Ang y ella se rieron, una foto de mala calidad de ella, Sanders y Jameson, de pie fuera de algún restaurante al que habían ido en su día de apertura. Un lugar bastante ostentoso, con algunas celebridades locales haciendo apariciones. No había pensado mucho en esa noche, pero ahí estaba ella, en Google. Era de un periódico local y no mencionaban ni el nombre de ella ni el de Sanders, ni siquiera los mencionaban, sólo que Jameson Kane había asistido, pero, aun así. Se sentía mareada. Luego entonces comenzó a notar un montón de otras fotos, todas de Jameson con la misma chica. Caminando por una calle juntos en París. Entrando a una estación de metro en Londres. Muchas de ellos comiendo en restaurantes. Posando, con sus brazos alrededor del otro, en eventos de moda, estrenos de película y entrega de premios. Saliendo de los clubes nocturnos juntos, Jameson tomándola de la mano. Sosteniendo su mano. Eso hizo que Tate se sintiera un poco nauseabunda. —¿Quién es? —preguntó Ang finalmente. Tate suspiró. —Creo que es su ex. —¿Qué ex? —La ex. Ella era absolutamente. Be. Llí. Si. Ma. Una modelo magnífica, medio ucraniana, medio danesa. Danesa. El corazón de Tate se detuvo un poco. Debía ser por eso que él tenía una casa en Copenhague, la había comprado para estar cerca de ella. Qué sorpresa. La modelo era internacionalmente famosa y retardadamente hermosa. Jameson era tan rico que era obsceno. Una pareja del cielo. Había fotos de ellos juntos en todo el mundo. Apenas sale de la casa conmigo. —No tiene nada sobre ti. Mira esas caderas flacas, la quebraría —dijo Ang rápidamente. Tate se rió. —Es preciosa, Ang. Puedo admitir cuando alguien está mejor que yo — respondió. Tate no era tímida sobre su aspecto, sabía que estaba caliente, sabía que era francamente sexy. Pero esta mujer era hermosa. Despampanante. —No, eres tan bonita como ella —le aseguró Ang. Tate resopló. —No, no lo soy. Pero me gustaría apostar dinero en el hecho de que soy mejor en la cama —dijo en respuesta, y Ang se echó a reír.

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—Esa es mi chica. ¿Cuánto tiempo salieron? Hicieron algunas investigaciones. La primera mención de ellos fue dos años antes, habían estado juntos y separados, al parecer bastante escandaloso. Rumores de peleas locas y sexo salvaje. El nombre del modelo era Petrushka Ivanovic. Fueron a su sitio web, pero no fue muy útil. Sólo deprimente. Entonces fueron a su página de Wikipedia, y las palabras en la pantalla abofetearon a Tate. Y no en buen sentido. Pareja(s): Comprometidos.

Jameson

Kane,

financiero

estadounidense.

Estado:

—No, no, no, no, no —susurró Tate, y volvió a Google. Escribió sus nombres juntos. Muchas de las mismas imágenes aparecieron, pero también las que no había visto. Un par eran bastante recientes. Fue a los sitios web; eran muy recientes. Hace tres semanas. Hace tres semanas, él había ido a Nueva York por el fin de semana. Recordó que se lo mencionó. Parecían estar discutiendo en las fotografías, de pie en una acera. Otro par de fotografías fueron de hace dos semanas, caminando por una calle. Una era de ayer. Recién regresó de Nueva York, anoche. Estaban sentados uno frente al otro en algún tipo de vestíbulo, la foto tomada a través de las ventanas. Tate se alejó de Ang, volvió hacia el pie de la cama, y puso su cabeza en sus manos. No iba a llorar, pero quería hiperventilar. Seguía recordándose, una y otra vez, que Jameson no era su novio. Técnicamente, podía hacer lo que quisiera. Podía hacer lo que quisiera. Pero teníamos un trato. No podía estar con ella. Teníamos un trato. Sintió que Ang se movía, se deslizaba por la cama detrás de ella. Sus largas piernas la rodearon a ambos lados y luego sus brazos, abrazándola por detrás, tirándola hacia su pecho. Respiró profundamente y se apoyó contra él, dejándolo balancearla de un lado a otro. Se sentía horrible. Se sentía enojada. —Está bien, Tate. Son sólo fotos, no sabemos lo que significan —dijo Ang suavemente. —Lo sé. Sé eso. Es sólo… que es difícil —respondió, dejando caer sus manos sobre su regazo. —Realmente te gusta, ¿verdad? —preguntó Ang. Ella suspiró. —Sí, creo que sí —le dijo. Él se rió. —La buena chica Tate se enamora de Satán, quién lo hubiera dicho —bromeó. Ella puso los ojos en blanco. —No soy una buena chica —señaló. —Sí lo eres. Es solo que lo eres muy buena en ocultarlo —respondió. —No quiero verlo esta noche —susurró. La risa de Ang era oscura. —Quédate conmigo —susurró de nuevo, sus labios contra su oído. Ella se estremeció.

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—No. Él puede ser un idiota, pero yo no. Cuando lo enfrente sobre esto, será con la conciencia limpia. Si resulta que es un increíble mentiroso de mierda con alguna esposa supermodelo secreta, entonces vendré a follarte como la mierda para vengarme —explicó Tate. Ang se echó a reír. —Aplausos, gracias por eso. Me alegra tener una opinión en esto, que soy bueno en algo para ti. —Se rió. Ella se rió también. —Cállate, te encanta —le dijo. —Más de lo que sabes. Seré feliz de participar en tu sexo de venganza, cariño — le aseguró. Ella respiró hondo. —Eres demasiado bueno para mí. Tengo que irme, gracias por dejarme venir y por deprimirme horriblemente. —Se rió, apartándose de él y levantándose de la cama. —¿Adónde vas? —preguntó él, poniéndose de pie detrás. Tate se inclinó y se puso los zapatos. —Casa. Tengo que cambiarme, voy a trabajar —respondió. Sintió que las manos de Ang se deslizaban sobre sus caderas, acercándola, y ella miró sobre su hombro. —Simplemente re-familiarizándome —le dijo Ang. Lo miró fijamente por un momento, lo observó mientras él bajaba la mirada por su espalda, a sus caderas, sus manos deslizándose hacia adelante y atrás. Su voz era suave, pero el resto de su cuerpo era lo contrario. Uh-oh. —Guárdalo para tu porno, Ang. Hablaré contigo más tarde —le dijo, riendo mientras se alejaba. Él le dio una sonrisa tensa, pero no dijo nada mientras salía de su habitación. En casa, se puso unos diminutos pantalones cortos negros y una camiseta de los Red Sox. Sus botas de rodilla alta negras de cuña. Hizo su maquillaje de ojos extra negro, se levantó el cabello en una cola de caballo de estilo “recién follada”. Quería lucir mal. Como zorra. Enojada. Los Sox había jugado el día anterior, y su jersey tuvo un montón de elogios; al igual que su estómago y culo. Preparó bebidas y coqueteó mucho más de lo usual, todo mientras observaba la puerta. A veces, un sábado, Jameson venía a la ciudad temprano, se sentaba al final del bar. La observaba de una manera que normalmente la tenía retorciéndose para que estuvieran a solas. Él no apareció, pero mientras tenía su mirada en la puerta, otro hombre guapo entró. Ojos marrones cálidos. Cabello largo con ondas. Sonrisa abierta. Hombros anchos, brazos gruesos. Lo reconoció y, de repente, un pensamiento surgió en su cabeza. No podía dormir con Ang, y como Jameson y ella habían empezado a dormir juntos, no había sentido la necesidad de estar con nadie más. Bueno, justo entonces, sentía el impulso. El hombre era sexy como el pecado, y era un jugador de béisbol. El jugador primera base de los Red Sox de Boston, Nick Castille, para ser exactos. Rico. Semi-famoso. Un reto. Una amenaza.

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Coqueteó al máximo con él. Se inclinó sobre el bar para entregar sus bebidas, le guiñó un ojo y tocó a Rusty de manera inapropiada delante de él. La miraba con ojos entrecerrados, obviamente le gustaba lo que estaba viendo. Finalmente la llamó. —Me gusta tu jersey —comentó. Tate se giró, mostrándole la espalda mientras movía sus caderas. —Bien, me alegro. —Se rió. —Pero es el número equivocado —le informó. Ella se volvió, se acercó y se apoyó en su lado del bar. —¿Y qué número debería llevar? —preguntó, levantando una ceja. —El mío —respondió. —Ooohhh, y, ¿cómo hago para conseguir una de tus camisetas? —preguntó, bajando la voz. —Podrías tenerla mañana, cuando te despiertes llevándola —sugirió. Ella rió. —Suena como un plan. Conversaron durante un tiempo. En realidad, era bastante divertido, y muy agradable. Se fue después de unas dos horas, pero volvió cuando el bar estaba cerrando. Ella persiguió a todo el mundo, cerrando el lugar. Ni siquiera pidió ir a su habitación de hotel de lujo, o penthouse, o lo que sea. Sólo se sentó a horcajadas sobre él en su taburete. Le dio un baile en su regazo. Lo dejó llevarla a una cabina y extenderla sobre la mesa, como si fuera la cena de domingo. No era el sexo más emocionante que había tenido, pero tampoco estaba mal. Era diferente de lo que había estado haciendo últimamente, y eso lo hizo divertido. Él realmente era más que capaz y ella le dio un espectáculo, corriéndose fuerte y duro. Luego lo llevó a una silla, se sentó sobre él, le hizo decir su nombre como si fuera una maldición. Se deslizó debajo de la mesa, envolvió sus labios alrededor de él, y le hizo susurrar su nombre como si fuera una oración. No perdí el encanto. Después, él le pidió su número de teléfono. Tate se echó a reír y dijo que realmente no planeaba volver a verlo. Él se encogió de hombros y le dio su número, y luego le dio una camiseta de verdad. Ella pensó que fue lindo y se la puso, le dio un beso de despedida en la puerta. —Eres una chica increíble —murmuró, juntando sus manos alrededor de su nuca. Ella rió. —No, sólo una enorme fan de los Sox —bromeó. Él puso los ojos en blanco. —Ni siquiera sabías de mis estadísticas, o de cuál era mi número —señaló. —Bueno, soy un gran fan ahora. Y sin duda recordaré tu número —le aseguró. —La mayoría de las chicas quieren darme sus números, sabes. Normalmente tengo problemas para escapar. Y ahora parece que me estás echando —le dijo con una carcajada.

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—Supongo que hoy es tu noche de suerte. Sin compromisos, sólo una noche de sexo increíble —dijo riéndose también. Él levantó una ceja. —Sólo una noche, huh. Así que, si vuelvo, ¿no conseguiré una repetición? — preguntó. Ahora, eso fue sorprendente. Parecía que realmente le gustaba a este tipo. No sabía por qué. Era una súcubo. ¿No podía ver cuándo estaba siendo utilizado? ¿Que se estaban usando? Pero cuando dejó que sus ojos vagaran sobre él, se mordió el labio inferior. Era muy guapo y no había sido un mal momento. Era muy amable. Se preguntaba si alguna vez la llamaría una pérdida de tiempo. —No una repetición exacta —dijo, presionándose contra él mientras su voz fue a un susurro entrecortado—. Me gusta cambiar las cosas, mantenerlas emocionantes. Hay una mesa de billar en la parte trasera que está a la altura correcta para… Él se metió de nuevo en el bar y pasó otra hora antes que se despidieran de verdad.

Podría haber ido a su apartamento, pero tomó un taxi a casa de Jameson. Quería terminar con eso, terminar su suspenso. Confesar sus pecados. Averiguar si realmente eran pecados. Eran las cuatro y media de la mañana, y no esperaba que nadie estuviera despierto, pero cuando el taxi llegó hasta el porche, Sanders salió. —Yo puedo, Sandy —le aseguró Tate, corriendo para sacar dinero de su bolsa. Pero él ya tenía billetes en la mano y ella ni siquiera había encontrado un billete de veinte dólares antes que el taxi se alejara. Sanders se volvió hacia ella. —Estaba preocupado —dijo simplemente. Tate parpadeó sorprendida. —¿De verdad? Lo siento. Debería haber llamado —respondió rápidamente. Nunca quiso lastimar a Sanders. Con Jameson era juego justo, pero Sanders era especial. —¿Puedo preguntar dónde estabas? —preguntó. Ella se volvió y empezó a entrar en la casa. —En el bar, me quedé un rato. —Dio una respuesta evasiva. —Una llamada habría sido apreciada, señora —dijo con voz cortante, abriéndole la puerta. —Lo siento mucho. Te llamaré la próxima vez, lo prometo —le aseguró, apoyándose en él mientras se quitaba las botas. —Está en la cocina —le informó Sanders. Ella se enderezó. —¿De verdad? ¿Los dos han estado despiertos? —preguntó. —Te esperé —respondió Sanders. Ella sonrió. —Ah, y él no —terminó su declaración.

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—Él ha estado… preocupado. —Fue todo lo que dijo Sanders. Oooohhh, traducción: molesto. Mientras Sanders se dirigía arriba, Tate entró en la cocina. Jameson estaba sentado en la isla, con una taza de café delante. La miró entrar, pero no dijo nada, volvió a mirar su teléfono. Ella miró alrededor de la cocina. Un montón de platos, tazas y cuencos estaban apilados al lado del fregadero, impecablemente limpio. Tate frunció el ceño. —¿¡Has estado limpiando!? —exclamó. Había un lavavajillas que Sanders y ella usualmente se turnaban en usar. Jameson nunca tocaba nada. —Sí —respondió. —¿¡Limpiaste todo, a mano!? Nunca he visto que laves nada. —Se rió, acercándose para mirar. Todos los platos blancos de porcelana, tan limpios que parecían pulidos. —Me tranquiliza. ¿Dónde has estado? —preguntó Jameson, y ella se volvió para verlo bajar el teléfono. —En el bar —respondió, tomando una taza y llenándola de agua. —Una llamada habría sido buena. Tate se sorprendió. —Aw, Kane, no sabía que te importara —bromeó. —Que te jodan, O'Shea —respondió—. Ahora. La verdad, por favor. ¿Porque llegaste tarde? —Estaba follando al primera base de los Red Sox de Boston —le dijo sin rodeos. Jameson levantó las cejas. —De verdad. No esperaba eso. —Su voz era suave. —¿Te molesta? —preguntó. Él se encogió de hombros. —Hmmm, no estoy seguro. ¿Alguna vez te has acostado con él antes? —preguntó Jameson, poniéndose de pie y apoyándose contra la nevera detrás de él. —No lo conocía antes de esta noche —contestó, bebiendo su agua. —Ya veo. Debes haber dejado una buena huella en él, ¿es su camiseta, supongo? —preguntó Jameson, su mirada vagando por su ropa. Ella asintió. —Sí. También me dio su número —le dijo. —¿Vas a llamarlo? —continuó Jameson. Tate sonrió. Estaba fresco, tranquilo y calmado, pero notó de que en realidad estaba un poco nervioso. En el fondo. Bien. —Le dije que probablemente no lo haría. No creo —respondió. Jameson asintió. —Bien. Tate se rió.

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—Follas otras chicas todo el tiempo. Llegaste a casa el otro día de Miami, con esa loca historia sobre esa bailarina de cinta —señaló. —Te encanta escuchar esas historias —le recordó. Ella asintió. —Sí, pero tuve la impresión que tenía permitido hacer lo mismo —dijo. Él también asintió. —Y es cierto. ¿Qué tal estuvo? Quiero escuchar todos los detalles. ¿Mejor que yo? —preguntó Jameson, cruzando los brazos sobre el pecho. Tate negó. —No quiero hablar de eso ahora mismo. —Bueno, quiero saberlo ahora mismo, así que… —Quiero saber sobre Petrushka Ivanovic —dijo Tate. Ser directa era, al parecer, la sopa du jour4 esa noche. Hubo un silencio violento. La rabia cubrió su rostro; casi estaba asustada. Definitivamente un poco excitada. Nick había sido un buen aperitivo, pero ahora quería cenar. Se preguntó si Jameson podría estar lo suficientemente enojado para estar realmente caliente. —¿Cómo mierda sabes sobre ella? —preguntó. —Google es una herramienta increíble. —¿¡Me buscaste en Google!? —Ang lo hizo. —Hijo de puta. —Lo habría descubierto tarde o temprano, Jameson —señaló—. Estabas con ella ayer. Les tomaron una foto. ¿Sabías que incluso hay una foto de nosotros en línea? Parecía sorprendido. —No. ¿Dónde? ¿Cuándo? —preguntó. —No te preocupes, nadie puede ver que estás con una puta —le aseguró. Él frunció el ceño. —No me importaría si lo hicieran. ¿Es por eso que te acostaste con el jugador de béisbol? ¿Porque viste fotos de mi con Pet? —preguntó Jameson. Ella le dio una mirada furiosa. Pet. Por supuesto que es su apodo. Maldita sea. —No, lo follé porque él era sexy y estaba allí, la misma razón por la que follo con cualquiera —replicó. Jameson se echó a reír. —Mentirosa. Estás muy enojada, nena. Esta noche debería ser divertida. —Se rió. Su furia aumentó hasta el techo. —Esta noche debería ser extra aburrida. Estoy muy satisfecha —le dijo. Él rió. —Un jugador de béisbol no podría satisfacerte —dijo. 4

Du jour: especial del día.

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—Es curioso, porque me siento de la misma manera sobre los “financieros” — espetó. —Cuida tu boca, nena. —La voz de Jameson era como hielo. —Decía que estaban comprometidos —exclamó. Más silencio. —Estúpida chica, leyendo los tabloides. Sabía que eras estúpida, Tate, pero no me di cuenta de cuánto. —Su voz era tranquila. Tate gritó y lanzó su taza de café hacia él. Jugaba en el equipo de softbol del bar, era una chica atlética y sabía lanzar una pelota. La taza le falló un centímetro y se estrelló contra el armario que tenía a su lado. Jameson ni siquiera parpadeó. Ni siquiera se movió. —No me llames estúpida —siseó. —Esas tazas son caras —le advirtió. Se volvió, tomó un plato de la pila y lo tiró al suelo. Explotó. —¿Qué hay sobre eso? ¿Ese era caro? —preguntó. —Unos cincuenta dólares por plato. Más de lo que te puedes permitir —le aseguró. Agarró tres platos más, los estrelló contra el suelo, uno detrás del otro. —Sólo descuéntalo de mi sueldo —respondió. —No creo que vaya a pagarte por esta noche. —Jameson se rió de una manera oscura. Agarró una de las pilas, arrojó todos los platos a través de la cocina en un tiro. —¡Me lo prometiste! ¿¡Recuerdas!? ¡Nada con ella! Me importa una mierda si la follaste, si lo hubiera sabido desde el principio; pero todo este tiempo, ¡me dijiste que no habría nada! ¡Hay fotos de los dos juntos, cada vez que fuiste a Nueva York! —le gritó, agarrando platos y arrojándolos a sus pies. Él no se movió ni una sola vez. —Cuidado, los celos no son un rasgo atractivo —señaló. —Mentir no es un rasgo atractivo —espetó en respuesta. —¿Terminaste? —preguntó, mirando los trozos de porcelana que cubrían el suelo de la cocina. Ella también bajó la mirada, luego miró los platos restantes. Sólo quedaba un plato y dos copas. Suficiente para que Sanders y ella disfrutaran de una noche juntos. Estaba bien con eso. —Creo que sí —respondió. Lentamente comenzó a caminar hacia ella. No llevaba zapatos ni calcetines, y podía oír la porcelana romperse y crujir bajo sus pies. Ella hizo una mueca de dolor. Un paso en falso, y se cortaría. Pero tonto, Jameson Kane, nunca daba un paso en falso. No dejó de moverse hasta que estuvo justo delante de ella. —No soy un mentiroso —dijo, sus fríos ojos azules mirándola muy duro. —No según lo que leo. ¿Comprometido? Eso sería definitivamente me hace la otra mujer, mentiroso —le espetó. Su mano fue al instante en su cuello, apretando fuerte. Ella extendió la mano detrás y se apoyó en el mostrador, retorciéndose bajo su agarre. Él la levantó un poco y

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Tate fue forzada a estar de puntitas. Obligada a tomar minúsculos jadeos de aire por la nariz. Relajó la garganta, dejó su lengua plana en su boca. Conocía este juego. —No soy un mentiroso. Estábamos comprometidos —dijo Jameson con los dientes apretados. —Entonces, ¿por qué la has estado viendo? —Tate gruñó. —Porque puedo ver a quien puta quiera. Porque estábamos involucrados en muchas de las mismas empresas y se necesita tiempo disolver toda esa mierda —le dijo. —Entonces, ¿por qué no me lo dijiste? —preguntó. Su mano apretó más fuerte y ella agarró su muñeca. —Porque no tengo que decirte una mierda, Tate. Te dije que no dormiría con ella, y no lo he hecho. Fin de la historia. Dijiste que confías en mí, aparentemente no. Suena como si tú fueras la mentirosa —murmuró Jameson, acercando su rostro. —Aun así… deberías habérmelo dicho —jadeó, su voz un susurro agitado. —Deberías haber simplemente preguntado, en lugar de ir y encontrar a la primera persona disponible para follarla para sacármelo en cara. ¿Realmente pensaste que eso funcionaría? Estúpida jodida zorra. —Se rió en un tono amenazante. Ah, ahí está mi Satán. —Supongo que tendré que esforzarme más. —Se las arregló para decir Tate—. La próxima vez que lo folle, lo haré realmente espectacular. —No habrá una próxima vez con él —le informó Jameson. Ella llevó ambas manos su muñeca, trató de reír. No salió ningún sonido. —No puedes decirme qué hacer, Kane —respondió. La estrelló contra el suelo y fue sobre ella. Fragmentos de porcelana se clavaron en su espalda, y Tate siseó entre dientes apretados. Jameson tenía la mano apretada alrededor de su cuello, la otra en el suelo junto a su cabeza. Ella se retorció y se movió. —Te digo todo lo que tienes permitido hacer —gruñó. —Y esa es la ilusión de poder —susurró. Estaba empezando a sentirse mareada. ¿Cuánto era demasiado? ¿Cuándo debería detenerlo? ¿Quería hacerlo? —Vamos a aclarar algo sobre esta situación de poder, Tate. Te follo cuando quiero, donde quiero, como quiero. Vienes cuando te llamo. Si quiero ver a mi ex novia, o cualquier ex, lo haré. Estoy contigo ahora, en este momento. Eso es todo lo que obtendrás de mí —le dijo. Ella puso sus ojos en blanco, sus párpados se cerraron. ¿Y si quiero más? —No puedo… no puedo… —Abrió la boca en busca de aire, clavando las uñas en su piel. Su agarre se aflojó considerablemente, pero no la soltó. Tate se quedó sin aliento, su cuerpo aflojándose debajo de él. Había estado muy cerca de perder el conocimiento. Oyó un ruido metálico y abrió los ojos. Jameson, con su mano libre, rebuscó en un cajón

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por encima de ellos, buscando algo. Después de un momento, un gran par de tijeras de plata sólida apareció en su mano. Los ojos de ella se agrandaron. —Perra estúpida. Estúpida jodida puta. Ni siquiera sabes cuándo decir basta. Mierda —maldijo Jameson, llevando las tijeras hacia su estómago. La miró, pero Tate no dijo nada, no hizo ningún movimiento para detenerlo, por lo que continuó con lo que fuera que estaba planeando. Era peligroso, usando sólo su mano izquierda, pero se las arregló para hacer un corte irregular hasta el centro de la camiseta que llevaba. Cuando finalmente cortó el cuello de la camiseta, apoyó la punta de las tijeras debajo de su barbilla. Apretó un poco. —Adelante —susurró ella con voz ronca—. Sólo otra marca, ¿verdad? No es que siquiera lo note. —Voy a decir esto sólo una vez, Tatum. No estoy comprometido. Voy a seguir follando otras mujeres. Pero estoy contigo —dijo con voz muy seria. Desde esa noche, hace siete años, nunca la había hecho llorar de nuevo. Ni con su tono duro y palabras degradantes. Ni con cualquiera de sus juegos sádicos. Ni con sus manos castigadoras. La había estrangulado hasta el punto que sus vasos sanguíneos explotaron en su rostro, la agarró tan fuerte al punto de dejar marcas de toda una mano alrededor de sus muslos, la mantuvo agachada tanto tiempo que no creía que fuera posible mantenerse erguida otra vez. Pero cuando era amable, eso era demasiado. Que le dijera cosas dulces, incluso en la forma más jodida, era más de lo que podría tolerar. Las lágrimas llenaron sus ojos, bajaron por sus sienes. Corrieron por su cabello. No había querido preocuparse por este hombre. De ningún modo. Quería jugar. Resultó que él era mucho mejor en el juego. —Mentiroso —susurró Tate. Fue entonces cuando Jameson se alejó. La levantó del suelo lo suficiente para quitarle los restos de su camiseta, y luego dejarla caer de nuevo, con tan sólo su sujetador y pantalones cortos. Ella observó mientras él arrojaba la camiseta en la trituradora de basura, encendió la máquina hasta que se atoró y se dejó de mover, humo saliendo debajo del fregadero. —Nunca miento, Tatum. —Fue todo lo que dijo cuando salió de la cocina. Ella se echó a reír. A carcajadas; una risa del tipo lunática, levantando los hombros del piso y temblando. Podía sentir la porcelana cortándola, pero no le importaba. Se rió, y las lágrimas corrían por su rostro. —Deja que la ayude, señorita O'Shea. —La suave voz de Sanders estaba sobre ella. Tate abrió los ojos. —Oh, Sandy. Sandy, ¿por qué no me lo dijiste? —Le faltaba el aire, presionando una mano al pecho. —¿Decirle qué, señorita? —preguntó, tomándola del brazo y levantándola hasta que estuvo sentada. —Que nada de esto es un juego —dijo sin aire. Él hizo una mueca mientras miraba su espalda.

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—Porque sabía que se daría cuenta tarde o temprano, señorita —respondió, y luego la puso de pie. —No quiero que me guste, Sandy. De verdad, de verdad intenté lo contrario. Pensé que si simplemente jugábamos. Si dormíamos con otras personas, y sólo jugábamos, finalmente lo vencería. Yo ganaría —balbuceó mientras Sanders pasó un brazo alrededor de su cintura. —Si le sirve de consuelo, señorita, creo que ha ganado —le dijo Sanders, ayudándola a subir las escaleras. Ella negó la cabeza y se apoyó en su hombro. —Ya no es divertido. Es escalofriante. No conozco este juego —susurró. Él asintió. —Lo sé, señorita. Lo sé.

Jameson se despertó un par de horas más tarde con el sonido de pasos en su habitación. ¿Tate? Se había quedado despierto por un tiempo, esperando que ella subiera a la cama, o escucharla escabulléndose de la casa. Puede que haya ido un poco lejos con ella, pero lo había enfurecido tanto. Cómo se atreve a buscarlo en Google. Cómo se atreve buscar a Petrushka. Cómo se atreve a no confiar en él. Cómo se atreve a follar a un tipo como venganza a Jameson. Llevar la ropa de ese tipo a casa, a la casa de Jameson. Quería ponerla en su lugar. Recordarle exactamente qué era para él, incluso si ni siquiera estaba muy seguro. Pero sus ojos habían lucido tan distantes. Diciéndole que la marcara con las tijeras. Desafiándolo. Ella no estaba presente. Quería el dolor, no para recordarle que estaba con él, sino para hacerle olvidar. Jameson no quería que olvide. Le rompió el corazón un poco. —Jameson. Sanders estaba en su habitación. No podía recordar la última vez que Sanders había entrado de lleno en su habitación. Jameson se incorporó, se frotó el rostro y luego se levantó de la cama. No había luz de la mañana brillando a través de las ventanas, y el reloj marcaba las seis y veinte. Miró a su alrededor. Tatum no estaba en la habitación. cerca.

—¿Dónde está? —Suspiró. Sanders dio la vuelta y se fue. Jameson lo siguió de

Tate estaba dormida en la cama de Sanders. Jameson estaba un poco sorprendido; estaba bastante seguro de que nunca nadie más había estado en la habitación de Sanders. Jameson no había estado allí desde la remodelación. Ella estaba recostada sobre su estómago, y no tiene nada en su parte superior. Hizo una mueca

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cuando vio los rasguños y cortes en su espalda. Estaban limpios, no había sangre, pero aun así lucían mal. —Traté de llevarla a tu habitación, pero ella quería limpiarse primero. Se durmió. Iba a ir contigo —explicó Sanders con voz suave. Jameson se sentó al borde de la cama, pasó los dedos por su espalda. Ella se estremeció en su sueño. —No. Quería estar contigo. Se siente segura contigo —respondió Jameson. —No. Te quiere. Ha estado esperándote. Jameson frunció el ceño. No estaba de humor para los pequeños acertijos de Sanders. Se puso de pie y acercó a Tate al borde de la cama, la levantó en sus brazos, acurrucada en su pecho. Le hizo un gesto a Sanders y luego salió de la habitación. Una vez que la había recostado, le quitó el resto de su ropa. Durmió durante todo el proceso, respirando con dificultad por la nariz. Ella se dio la vuelta sobre su estómago y él dejó que su mirada vagara sobre su cuerpo. Se acostó a su lado, masajeó sus dedos contra su piel. No había señales en su cuerpo que otro hombre había estado allí. Debe ser mucho más suave con los extraños. Ella comenzó a moverse bajo su tacto. —Jameson —murmuró, su rostro se apartó de él. reír.

—¿Estás segura que no es Sanders? —bromeó Jameson. Ella se las arregló para —Oh, reconocería sus dedos en cualquier parte —bromeó en respuesta.

—¿Estás bien? —susurró, pasado su mano sobre su espalda. Ella se encogió de hombros. —Sí. Nada que una chica dura como yo no pueda soportar —respondió. —A veces, lo dudo. —Estaba tan enojada. Lo habías prometido, y ahí estaban todas esas fotografías de los dos, y yo sólo… sólo me molesté. No tenía ningún derecho de hacerlo, lo siento — dijo suavemente. Él suspiró. Le gustaba fingir que era lo contrario, pero sabía que le debía algo. —Me enojé cuando me di cuenta de que llevabas su camiseta —respondió. —Duermes con otras chicas todo el tiempo —señaló. —Aun así, me enojé. —Entonces, ¿no puedo dormir con otros chicos? —preguntó. Él pensó por un segundo. —Simplemente no quiero que lo uses en mi contra, tratando de molestarme con ello. Nunca te hice eso; en todo caso, duermo por otras mujeres porque sé que te excita. Nunca lo he hecho por hacerte daño. Sin embargo, que uses su camiseta, en mi casa tratando de molestarme; funcionó —le murmuró Jameson. —Lo siento —susurró. Él se pasó la mano por el rostro. ¿Hasta qué punto realmente quería ir con esta chica? La miró, se estiró a su lado. Cuando vio por primera vez a Tatum, en la fiesta, no

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lo había creído. Una gatita sexual con cabello oscuro dispuesta a participar en juegos peligrosos con él. Por otra parte, en la reunión con sus abogados. Quitándose las bragas en una habitación llena de gente; lo había impresionado. Había querido jugar con ella un poco más, tal vez terminar lo que habían empezado hace siete años. Sólo que ahora, no había un final a la vista. Ya había ido demasiado lejos. —Conocí a Petrushka en una fiesta, hace un par de años. Es una gran perra, así que nos llevamos bien. Ella es el viejo del saco, te encantará —dijo. Tate se rió. —Suena como un buen partido. —Se rió. Él pasó la mano de un lado a otro sobre su espalda y su piel se erizó ante el contacto. Al igual que la primera vez que se tocaron. Como todo el tiempo. —Está jodidamente loca. Follábamos, peleábamos, rompíamos. Regresábamos. Quiere todo a su manera, muy demandante. Estábamos juntos mayormente debido a nuestras posiciones, creo. Supermodelo, chico rico, no sé. Estaba haciendo un montón de trabajo en Europa en ese momento, era fácil. —Intentó explicar. —Tienes una casa en Copenhague. Ella es danesa —comentó. Él rió. —En serio, Tate, a veces se me olvida lo chica que eres. Tenía mi casa antes de conocerla. Nos conocimos en Alemania —le dijo. Ella suspiró. —Soy tan estúpida. Él movió su mano hacia arriba y abajo por su espalda, rozó los dedos sobre sus rasguños. —A veces. —Estuvo de acuerdo—. Era infeliz. Pet clavaba sus garras, me distraía de ese hecho. Estaba enojado la gran parte del tiempo, y a veces, ella me dejaba tratarla mal —continuó. —¿Al igual que yo? —preguntó. Él puso se puso de lado y se inclinó cerca. —No hay nadie como tú, Tate. Eres real, ella era una máscara. Le gusta jugar mi parte, quiere ser la que tiene el poder sobre alguien. Fingió todo por mí. No creo que alguna vez realmente me gustó, o incluso si alguna vez realmente le gusté. Simplemente nos gustaba cómo lucía el otro, nos gustaba follar —dijo. —¿Estuvieron dos años juntos sólo por gusto por cómo folla el otro? —preguntó. —Has estado haciendo lo mismo durante siete años —señaló Jameson. —Sí, pero con diferentes personas, diferentes sabores. No sólo una persona que ni siquiera me gusta. Y si no le gustabas, ¿cómo acabaste comprometido? —presionó. Él se quejó y rodó sobre su espalda —Fue un accidente, fui un poco engañado por ella. Fui a buscar un anillo de Harry Winston, en Nueva York. Era el anillo de mi abuela. Enorme, magnífico. Pet y yo acabábamos de tener una pelea muy pública, estaba en toda la prensa. Algún jodido paparazzi de mierda tomó un montón de fotos de mí en la tienda con el anillo, hablando con el joyero, sacándolo de la tienda. Estaba en todas partes. Ella enloqueció, se entusiasmó. Cuando le dije lo que había sucedido, enloqueció aún más, señaló que saldría en todas partes si me retractaba. ¿Cómo iba a retractarme cuando nunca se lo propuse? —preguntó.

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—Qué jodida perra —murmuró. —No sé, era más fácil seguir la corriente. Allí estaba yo, casi treinta años y completamente solo, aparte de Sanders. Quien la odiaba, por cierto. Un muy buen ojo con la gente, Sanders —señaló. —Duh. Confiaría en cualquier cosa que Sanders diga. Le confiaría mi vida —se apresuró en comentar. —Maldita sea, Tate, tal vez deberías estar durmiendo con él. —Jameson se rió—¿Quién dice que no? La golpeó en el culo, y algo de la tensión incómoda entre ellos disminuyó a medida que se rieron. —Cállate, no me hagas matarlo. Él es mi persona favorita; tú puedes ser reemplazada, a Sanders no —bromeó. Ella se rió—. De todos modos, pensé por qué no. Ella era una de las chicas más calientes que había follado, era preciosa, y era bueno en ignorar sus actitudes de perra. Seguí la corriente. Le di el anillo. Gran error. Nunca lo recuperé. —¿Qué te hizo finalmente terminar? —preguntó Tate. —Había tratado de romper un par de veces; una vez se puso como loca cuando me atrapó follando a esta tenista; no era tan abierta de mente como tú. Nunca quiso tener sexo de nuevo, y cuando lo hacíamos, siempre era raro. Bueno, ya sabes, más raro de lo usual. Finalmente le dije que terminamos, de verdad. Que nunca quise casarme con ella y que nunca lo haría. Suplicó y rogó. Lloró. Nunca pude resistirme a las lágrimas, sabes. »Acabamos follando, me pidió que la golpeara. Nunca me dejó hacer eso antes, nunca me pidió que lo hiciera; me permitió hacer otras cosas: cera caliente, látigos, fustas, cosas que podría usar también conmigo. Pero golpearla… en algo de un solo lado. Nunca serás capaz de golpearme tan fuerte como yo a ti —dijo Jameson suavemente. Tate se rió. —Ya lo veremos. —Muy pocas mujeres permiten eso, descubrí. Muchas cosas jodidamente locas, pero no eso, así que, era algo así como tener el fruto prohibido frente a mí. Fui suave, no quería hacer nada loco. Le di una bofetada, quizás dos. Ella jodidamente enloqueció. Me folló como la mierda, casi como tú —le dijo. —La adulación no te llevará a ninguna parte —Tate resopló. —Quiero decir, era una locura. Incluso para mí. Fuimos por todo el lugar, todas las superficies en el apartamento. Pero entonces ella comenzó a golpearse. Duro. Se volvió algo raro. Intenté detenerla. Se lastimó el labio y comenzó a sangrar, se sacó un mechón de cabello, y cuando se vino, se golpeó, dejando un ojo negro. Me gustan algunas cosas extrañas, pero eso era demasiado. La detuve. Ella se rió, dijo que yo era el loco, que había algo malo en mí por gustarme esas cosas, dijo que iba a decirle a todo el mundo, vender fotografías de su rostro a la prensa. Joderme. Empaqué mis cosas y me

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fui. Nunca regresé a ese apartamento, aunque estoy bastante seguro de que todavía estoy pagando alquiler —dijo Jameson. —¡A la mierda el apartamento! ¿¡Qué pasó con la perra loca!? —exclamó Tate, apoyándose en los codos para poder mirarlo. Él sonrió y pasó un dedo por el lado de su rostro. Su cabello era un desastre y su maquillaje de ojos estaba manchado por sus mejillas, pero lo estaba mirando. De verdad, su mirada distante ya no estaba. Es tan hermosa. —Debería haberte contactado —dijo de repente. Los ojos de Tate se agrandaron. —¿Disculpa? —Siete años. Debería hacerte buscado. Pensé en ti. Me preguntaba qué estabas haciendo. Esa noche fue gran cosa. Nunca imaginé que ibas a ser como eres hoy en día —le dijo. —¿Qué, como tú? —preguntó. Él asintió. —Sí. —No lo hubiera imaginado tampoco, en aquel entonces. Provocaste algo en mí. Gracias —le dijo. Jameson se rió y se levantó para estar sentado, apoyándose contra la cabecera. —No me des las gracias todavía. Estabas lista para matarme antes —le recordó. —Estaba herida. Fui estúpida. Lo superaré —le aseguró. Él negó. —No fuiste estúpida. Podría habértelo dicho. Hubiese querido que me lo dijeras, supongo. Lidiar con ella no siempre es la experiencia más agradable. Rompimos el año pasado, pero además de tener algunos planes de inversión en conjunto, nos encontramos muchas veces. Tenemos sexo a veces. Los sentimientos viejos surgen. Es jodido, pero creo que soy un tipo jodido —le dijo. Ella se recostó de nuevo, mirando al lado contrario, y hubo silencio durante unos momentos. —Viejos sentimientos, huh —dijo suavemente. —Tatum. —¿Hmmm? —¿Si te digo algo, podrías por favor, por favor, no actuar como chica al respecto? ¿Sin leer demasiado entre líneas? Tate se incorporó. Apartó su cabello desordenado de su rostro. Se acercó más y apoyó la barbilla contra su rodilla. Él sonrió, extendió la mano y le pasó una mano entre sus rizos. Se merece algo mejor que yo. —No hago promesas, pero lo intentaré. Normalmente soy bastante buena. Pero hoy no —respondió. —No quería que me gustaras —declaró sin pensar. Ella contuvo el aliento, pero siguió mirándolo—. Cuando te vi por primera vez, hice que te contrataran como empleada temporal. No tenía intención de conocerte. Simplemente quería acostarme

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contigo de nuevo. Lucías tan increíble, y, Dios, tu boca. Ese era mi plan todo el tiempo. Quería ver si eras como lo recordaba, si algo podría ser tan bueno otra vez. Fue mejor. No estabas asustada de mí, te mantenías a la altura. Estabas dispuesta a tomar más de lo que incluso estaba dispuesto a dar —le dijo. Ella se rió, se inclinó hacia un lado y le mordió el muslo. —Te lo dije, la adulación… —Me gustas, Tatum. Mucho. No quiero que te vayas. Cuando no viniste a casa esta noche, no respondiste tu celular, ese fue mi primer pensamiento. Que se había acabado, que te aburriste, que no te importaba. Siempre pensé que sería yo primero. Estaba enfadado. No quiero dejarte ir, todavía no. Me gustas —enfatizó. Ella frunció el ceño, juntando las cejas. —Eso es muy dulce, Jameson, pero no estoy segura de entender. ¿Por qué se supone que no piense como chica sobre eso? —preguntó. Él suspiró, pasando los dedos por su cabello. —Porque nunca será más de eso. Eres mi amiga, una muy buena amiga. Pero eso es todo. Nunca habrá un anillo de Harry Winston. Nunca voy a pedir que te cases conmigo. No quiero esas cosas, nunca las quise. Ni con Pet, ni con nadie. Me gusta divertirme, me gusta follar. No quiero poner estrellas en tus ojos, no soy ese tipo. Soy el diablo, y no tengo planes de cambiar. Pero me gustas, y me gustaría que te quedes conmigo, por un poco más —dijo. Ahí. No sabía de qué otra manera podría decirlo. ¿Cómo le explicaría a una mujer que sólo quería ser…? ¿Cómo había dicho ella? ¿”Folla-amigos”? Le gustaba Tatum, probablemente mucho más de lo que estaba admitiendo para sí mismo o a ella. Pero no quería aumentar sus esperanzas. Las cosas habían ido tan mal entre Pet y él, que no quería que eso ocurra con Tate. Era una persona que siempre quiso llamar amiga. Quería inclinarla, doblegarla a su voluntad y obligarla a hacer cosas horribles, degradantes, con él. Y quiero que sea mi amiga. —Me quedaré, Jameson. Me quedaré —murmuró, alejándose de él para tumbarse sobre su estómago. —¿Estás de acuerdo con todo eso? —preguntó. Más silencio. —Tengo que estarlo. Es todo lo que tienes para ofrecer —respondió finalmente. —¿No quieres más? —presionó. —¿Quieres que mienta? —No. —Por supuesto que quiero más. Soy una chica, tienes razón. Quiero un príncipe azul montando un caballo blanco, y me lleve a su castillo. La única diferencia entre otras chicas y yo es que, una vez que llegue allí, quiero que me incline sobre el trono y jale mi cabello mientras me folla furo y me insulte. Pero sé que eso nunca sucederá contigo. No estoy segura que siquiera quiera que seas tú; eres el diablo —concordó. Jameson rió.

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—Un príncipe azul nunca podría tratarte tan bien como el diablo —bromeó. Ella se encogió de hombros. —Tal vez no. Pero puede ser. ¿Qué sucederá contigo si alguna vez soy tan bendecida de encontrar a este mágico príncipe azul S&M5? —preguntó. Él miró al techo. No quería pensar en ese momento. —Regresar al infierno. Encontrar otra súcubo —respondió. —Sea quien sea, espero que sea tan buena como yo —susurró. —Nunca nadie será tan buena como tú, Tatum.

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S&M: Sadismo y masoquismo.


~ 13 ~ J

ameson observó a Tate irse a casa más tarde ese día. No regresó por tres días. Tres días de jalar su cabello, rechinar los dientes y rasguñar su piel. Había dicho que quería estar con él. Estaba un poco tentado de ir a buscarla y arrastrarla a su casa del cabello, forzarla a cumplir su palabra. Pero por primera vez desde que habían empezado a dormir juntos, Jameson no sabía si eso sería bienvenido. Ella apareció por su cuenta un miércoles por la noche. Simplemente apareció en su biblioteca, como si no hubiera pasado el tiempo. Le besó en la mejilla, luego subió a cambiarse de ropa. No la volvió a ver durante una hora, y cuando fue a buscarla, estaba en el cuarto de Sanders jugando ajedrez. Se sentía excluido, pero no quería entrometerse. Terminó acostado en la cama, mirando al techo, pensando en ella. —Te busqué abajo —dijo su voz desde su puerta. —No estoy ahí. —Ooohhh, ese tono. ¿Satán se siente especialmente diabólico esta noche? — preguntó Tate con una carcajada, cerrando la puerta detrás. —No más de lo habitual. ¿Qué tal el juego de ajedrez? —preguntó. —¿Es eso? ¿Sanders? No tengo que pasar tiempo con él —le dijo. Jameson no había apartado la vista del techo y ella no había entrado en su campo de visión. —No me importa. ¿Qué has estado haciendo toda la semana? —preguntó. Sintió su cama hundirse. Estaba sentada cerca de sus pies. —Cosas. Sólo un poco de limpieza en mi apartamento —respondió. —¿No más jugadores de béisbol? —preguntó con una mueca. Ella rió. —No. ¿La verdad? No era nada comparado contigo. —Su voz era baja y ronca. Ella había venido a jugar. ¿Quiero jugar? —Bonitas palabras. La pregunta es si te creo o no —dijo. Ella se echó a reír de nuevo. —Realmente no me importa si me crees o no. Si no quieres que me acueste con otras personas, dilo —le dijo. Él hizo una pausa. —¿Siquiera era bueno? —preguntó. —Sí.

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—¿Cuán bueno? —No tan bueno como tú. Ni como Ang. Pero bastante bueno. No me negaría a un segundo —respondió. —¿Te corriste? —Dos veces. —¿Dónde lo follaste? —El bar. —¿En el bar? Wow, Tate. Me lo estoy perdiendo. —Lo sé. Y en la barra trasera, en una mesa de billar. —Caliente. —Creo que lo he asustado un poco, pero le gustó. —Conozco la sensación. —Jameson se rió. Su mano descansaba en su pierna. —Nunca podría asustarte —susurró. —Me asustas ahora mismo —respondió. De repente ella se arrastró por su cuerpo. Sus rodillas se detuvieron a cada lado de sus caderas y él apoyó las manos en sus muslos. Las manos de Tate estaban planas contra su pecho, usándolo como apoyo. —No seas ridículo, no te queda. No era exactamente del tipo de tomar las riendas, yo tuve que guiarlo —continuó con su historia. —Suena como un marica —comentó, riendo. Ella se encogió de hombros. —Sólo diferente. A veces es divertido estar a cargo —le dijo. Él dejó de reír. —¿Quieres decirme qué hacer? ¿Estar a cargo aquí? —preguntó. Ella rió, un sonido oscuro, y de repente se inclinó cerca, sus dientes contra su cuello. —No. Eres tan bueno en eso —susurró. Él apretó los dedos y hundiéndolos en sus muslos. —Esto no es muy interesante. Pequeño hombre, tan asustado del gran lobo malo que tuviste que guiar su mano para ayudarte a correrte. Debemos limitarnos a mis historias —se burló Jameson. —Hmmm, tal vez no todo se trataba de eso. Fue un cambio. Alguien tratándome amable, como si fuera una chica normal y bonita. —Trató de explicar. —Las chicas normales y bonitas no follan a jugadores de béisbol en la parte trasera de bares —señaló. —Puede que sí lo hagan. Él pensó que una lo hizo —susurró. Bueno, esto es nuevo. —Si eso es lo que quieres, entonces mejor llama a tu jugador de béisbol. No quiero una chica normal y bonita. Quiero a una chica que le guste estar amarrada y arrastrarse. Una chica que quiera ser golpeada y que la llamen puta. Quiero una chica

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que me deje follar otras chicas, y luego estar tan excitada por ese hecho, que me dé una mamada mientras estemos de camino por una carretera haciendo setenta y cinco — espetó Jameson. Historia verdadera. —Suena como una chica muy caliente —comentó. —La chica más caliente que conozco. Ella lo estaba besando, de pronto, con la lengua presionando sus labios. La agarró por la cabeza y se inclinó hacia adelante, besándola de regreso. Se sentía como si hubiera pasado mucho tiempo desde que había probado su boca. Lo echaba de menos. Ella jadeó y sus dedos fueron rápidamente a su camisa. Consiguió deshacer la mitad de sus botones, y luego simplemente rasgó la camisa antes de continuar con la hebilla de cinturón. Tres días fue mucho tiempo. —¿Follaste a alguien mientras no estaba? ¿Ingenieros? ¿Trabajadores de comida rápida? ¿Médicos? —preguntó mientras ella le quitaba los pantalones por las piernas. —No que pueda recordar, pero pregúntame más tarde, algo puede salir mientras me tienes presionada contra el colchón —respondió casualmente. Él la tomó del cabello y la subió por toda su longitud. —Será mejor que no pienses en nadie más que en mí —gruñó. Prácticamente pudo sentirla poner los ojos en blanco. —Cállate y fóllame. Pensó que tal vez ella querría ir despacio. No era que Tate hubiese sido una chica que le gustara lento, pero había estado realmente molesta la última vez que la había visto. No habían tenido sexo en cuatro días. Hace tres días le dijo que nunca la querría como algo más que una folla-amiga. No había vuelto a hablar con él hasta esa noche, e incluso entonces, había pasado la mayor parte de la noche con Sanders. Pero si tenía en cuenta sus acciones, ella estaba encendida y lista para estallar, incluso más de lo normal. Estaba recuperando el tiempo perdido o castigándose a sí misma. O a él. Alguien iba a salir herido. Le quitó toda la ropa, sus uñas arañando la piel sensible. Ella fue a su entrepierna, sin retenerse, simple e inmediatamente lo metió profundamente en su garganta. Jameson pensó que iba a hacer que se venga de esa manera, pero luego subió por su cuerpo de nuevo. Gateando sobre él, acercándolo con fuerza, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura. Se movieron juntos, sus caderas empujando hacia el otro, y ella fue más ruidosa, presionado su frente contra la suya mientras sus uñas se clavaban en su nuca. —Quiero que lo hagas —jadeó Tate. Él estaba agarrando sus caderas con tanta fuerza, que sabía que le dejaría moretones. —Creo que lo estoy haciendo. —Jameson se las arregló para reír. —Golpéame —dijo exhalando. Él la fulminó con la mirada.

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—No —respondió. Ella rió. —¿Me estás negando? —preguntó. —Porque no creo que lo quieras. —Oh, lo quiero. —Te estás castigando. No quiero hacerte daño —le dijo. Ella negó. —No puedes hacerme daño. Quiero que me castigues. Por favor —rogó. —Estás enojada conmigo. No voy a hacer algo para que pueda sacarlo en mi contra más tarde. —No soy ella. De repente, él estaba muy enojado. —No vuelvas a jodidamente hablar de ella —maldijo, deteniendo sus movimientos, dejando en su interior toda su longitud. —Oh, ¿eso te hace enojar? Hablas de cada otra chica que follas. ¿Por qué no hablas de ella? Debe haber sido muy especial para ti, Kane —dijo con voz maligna, girando sus caderas contra las suyas—. Muy especial. Una follada increíble, dijiste. ¿Estaba tan apretada como yo? ¿La ponías tan húmeda como a mí? —Cierra jodida boca, Tate —le advirtió. —Dos años, debe haber sido bastante asombrosa. ¿Quieres verter cera caliente en mí? ¿Azotarme? ¿Darme nalgadas? —preguntó, dejando caer su cabeza hacia atrás. Dios, esta mujer. Si mi pene se pone más duro, va a matar a uno de nosotros. —Quiero dejar cicatrices en ti —gruñó. —Golpéame. —No. —Esto es lo que quiero, Jameson. Quiero que hagas lo que quieras. Quiero ser capaz de hacer lo que quieras. No soy ella. Simplemente déjate ir —pidió. —No puedo —susurró. Ella sonrió satisfecha, sus caderas retrasando sus movimientos. —Bien. Si no lo haces, encontraré a alguien que lo haga —espetó. Él la fulminó con la mirada de nuevo. —Cuida tu maldita boca —respondió. Ella negó. —Oblígame. A Ang le gusta jugar, y confío en él. Tal vez lo haga —se burló. —Perra estúpida, mejor cierra la puta boca —gruñó Jameson. —Estoy segura que hay muchos chicos por ahí que me lo harían. Un tipo cualquiera, en un hotel. Pretenderé ser esa chica bonita y normal. Dejar que un tipo crea que eligió a una chica dulce, y luego voy a dejar que me folle. Que me folle duro; más fuerte que esto, más duro que tú —le dijo.

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Él le dio una bofetada, y la respuesta fue instantánea. Ella gritó y su coño se apretó tan duro en su polla, que casi se vino en ese momento y allí. Mierda. Él se movió rápidamente, la aplastó contra el colchón y luego se puso de rodillas, sosteniendo sus caderas mientras bombeaba en ella. —Maldita sea, Tate. No todo puede ser acerca de ti. No quería jodidamente hacer eso, tú estúpida jodida zorra. Maldita puta —juró, golpeando contra sus caderas lo más fuerte que podía. Ella estaba gritando. —Dios, fue tan bueno, por favor, di que fue muy bueno, que fue muy bueno, muy bueno —jadeó. Él volvió a darle una bofetada y la volvió loca, la hizo estremecerse y moverse debajo. Me vuelve salvaje. —Maldita sea, Tate. Voy a follarte todas las noches de ahora en adelante, por todo el tiempo que pueda. Zorra. Puta. Mierda. ¿Por qué eres tan jodidamente buena para mí? —gimió, agarrando una de sus piernas y apoyándola contra su hombro. Tomó su mano, la colocó en su núcleo húmedo, obligó a sus dedos que se envuelvan alrededor de él. Era como su marioneta, su muñeca para follar personal. —Porque… eres el diablo. Necesitas estar con alguien. Quiero ser esa persona — jadeó. —Maldita sea, ¿dejas que todos te traten como a una puta? —dijo, sintiendo el sudor gotear por su cuerpo. La tomó del tobillo, le levantó la pierna, lejos de su cuerpo, para que pudiera llegar aún más profundo. Quería llegar a lugares que nadie había visto; lugares a los que nunca nadie llegaría. De repente, ella se rió, un sonido bajo y oscuro. —Te gusta pensar que eres el único, ¿no? Que eres el único que me folla así de bien —respondió. —Sé que lo soy. —Entonces, ¿por qué estoy pensando en un jugador de béisbol en este momento? Le dio una bofetada, duro, y luego la tomó del cuello. Ella se empezó a venir, llorando y clavando sus uñas en su pecho. Él no se quedó atrás, bombeando todo lo que tenía para darle antes de colapsar sobre su pecho. Pasaron un par de minutos antes de que su cerebro pudo funcionar de nuevo, procesar lo que acababan de hacer. Sabía que debía ver si estaba bien, asegurarse que todo estaba en orden, que lo que acababan de hacer estaba bien. Se cernió sobre ella, pero en vez de decirle palabras amables, la tomó por las muñecas y las colocó sobre su cabeza. Sus párpados se abrieron y lo miró fijamente. Parecía casi aturdida. Satisfecha. Brillando. Feliz. —¿De verdad pensabas en él? —demandó. Ella se rió. —Jameson, cuando me follas… no existe nadie más que tú —dijo sin aliento. Él se inclinó, arrastrando sus colmillos por su cuello. —Bien —susurró. Ella gimió.

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—Eso fue muy bueno, Jameson. Es oficialmente, sin lugar a dudas, el mejor sexo que he tenido —dijo con una risa. —¿Mejor que Angier follándote en un callejón sucio? —preguntó. Ella se rió más fuerte. —Hombre estúpido. Mentí. Siempre fuiste la mejor follada que he tenido, simplemente no quería admitirlo. —Se rió. —Lo sabía. Él la besó entonces. Un beso largo y lento. Se estiró encima de ella, en su interior. Pasó las manos de su cabeza a sus muslos y volvió a subir. Tate respiró en su boca, gimió su nombre, clavó sus uñas en su espalda. Él empezó a endurecerse de nuevo, y retrocedió. La rodó sobre su estómago, levantó sus caderas. Un par de minutos más tarde, se recostó, la atrajo sobre él. Luego la apartó, la hizo tocarse sola por un rato antes de entrar nuevamente en ella. Fue lento, y casi dulce, pero le gustó. Con tan solo tener la certeza de que estaba bien con dejarse ir y hacer lo que quisiera, la hacía la segunda mejor follada que cualquiera de ellos alguna vez tendrían.

Angier Hollingsworth no estaba enamorado de Tatum O'Shea, pero sentía cierta posesividad; siempre había pensado que era sólo amistad. Incluso cuando empezó a follar a Satán y dejó de follar con Ang, no había pensado mucho en ello. Los hombres habían ido y venido en la vida de Tate, pero Ang siempre había sido uno constante. Pero entonces algo cambió, y podía sentir la marea comenzar a girar. Había estado allí en el descubrimiento de la ex novia. Sabía sobre el jugador de béisbol. La pelea en la cocina. Se había acurrucado con ella durante dos de los tres días que había pasado ocultándose en su habitación. Se negó a hablar de Jameson, pero Ang supo que estaba pensando en él. Entonces, Tate volvió a Jameson, y Ang no la vio por una semana entera. Ella le envió muchos mensajes; aparentemente habían llegado a una nueva meseta en el departamento de sexo interesante, y ella estaba viviendo en ciudad orgasmo. Ir a la ciudad para ver a su mejor amiga era demasiado, y Ang no era exactamente bienvenido en la casa del diablo. No había preguntado, pero sabía que eso era cierto. Estaba enfadado. Sentía que no podía hablar con ella al respecto. Se descargaba con sus compañeros de trabajo, con el elenco y el equipo del porno en el que estaba trabajando, con sus otros amigos. Era ridículo, estar enojado con su mejor amiga por ser feliz, pero Ang estaba enfadado. Sabía que era fugaz. Jameson Kane era el diablo. Tate afirmó que sabía en lo que se estaba metiendo, que sabía que él nunca la amaría o que querría estar con ella. Trató de fingir que sentía lo mismo. Pero Ang lo veía claro. Siempre lo veía claro.

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Estaba enojado cuando fue a su apartamento. Tate había pedido prestada una de las películas que él había protagonizado; “Quiero que Jameson te vea en acción, así puede entender por qué estoy tan obsesionada contigo”. Pero Ang no quería que Jameson viera su película. No quería que Jameson supiera nada de él, en absoluto. Tate era su amiga, entendía sus razones; Jameson era un engreído chico rico con cuna de oro idiota de mierda. Ang estaba muy enojado. Así que, cuando entró en el apartamento de Tate solo, no estaba en un buen estado de ánimo. Estar en la habitación de Tate, entre todas sus cosas, oler su aroma, lo empeoraba. Sentía que debía ser él el que dejara marcas en su cuerpo, no Satán. Se enfadó más. Y luego fue por el pasillo y casi chocó con Rusty, la compañera de cuarto de Tate. Bajando la mirada a la chica bajita, Ang entendió de dónde salía lo que Tate decía, que a veces quería que la traten mal durante el sexo, y otras veces ella quería tratar mal a alguien. Rus dio esa dulce sonrisa. Recién salida de la ducha, no llevaba nada más que una toalla, sus rizos rubios fresa estaban húmedos. Sabía tenía un gran flechazo por él. No sentía nada por ella. Tate le había dicho que nunca bajo ninguna circunstancia podía meterse con Rus. Pero él estaba enojado con Tate. Quería tratarla mal, y ella no estaba allí. Pastelillo de fresa sería suficiente.

Tate estaba en la biblioteca cuando su teléfono sonó. Estaba tendida en el suelo sobre su estómago, revisando una revista. Jameson estaba detrás de su escritorio, trabajando en algo. Sanders estaba en algún lugar en las profundidades de la casa. Estaba a punto de ir a buscarlo cuando su teléfono se iluminó. El número de Rusty apareció en la pantalla y Tate sonrió, levantando su teléfono a la oreja. —Oye, lindura, estaba a punto de llamarte —respondió Tate. —¡EEEEEEK! ¡Ocurrió! ¡Por fin ocurrió! —exclamó rápidamente Rus, tan fuerte que incluso Jameson oyó desde el otro lado de la habitación. Tate se echó a reír y se movió, así estaba sentada sobre su trasero. —¿Qué pasó? —Se rió. Jameson puso los ojos en blanco, volvió a sus papeles. —¡Finalmente dormí con él! Fue increíble, oh Dios mío, Tate. Vi la parte de atrás de mis propios globos oculares. ¡Sus manos, su lengua, no podía creerlo! —gritó Rus. Tate se rió. —¿Quién es ese dios del sexo, y por qué no he acostado con él? —bromeó. Jameson resopló. —Esa es la parte un poco rara. Haz dormido con él —dijo Rus, riendo. Tate dejó de sonreír.

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—¿Disculpa? —preguntó con voz grave. —Siempre dijiste que era tan extraño, ¡pero Ang fue tan dulce! Realmente se preocupó por mí, me dijo que era tan hermosa, que era tan increíble. Fue increíble. ¡Realmente creo que tuvimos una conexión! —balbuceó Rus con voz entrecortada. Tate se puso de pie. —No, no lo hicieron —dijo exhalando. —Oh, lo hicimos. Dos veces. Una vez en la cama, y una vez en la ducha. ¿¡Puedes creerlo!? La ducha. Estoy tratando de ser más aventurera. —Rus se rió. Tate gruñó. —No, no, no, por favor dime que estás bromeando —le rogó, pero Rus la ignoró. —Mira, la razón por la que llamo es porque no he oído de él en una semana, desde que sucedió. Me estaba poniendo un poco nerviosa, pero luego pensé que tal vez no tiene mi número. Quiero decir, fue muy buen sexo. Dijo que teníamos algo, dijo que él también lo sintió. Tiene que llamar, ¿verdad? ¿Podrías darle mi número? —preguntó Rus, la felicidad desapareciendo de su voz. Tate tragó pesadamente. —Sabes qué, voy a llamarlo. Ahora mismo —contestó. Ese pedazo de mierda, hijo de puta. Él lo sabía. —Gracias, muchas gracias. Quiero decir, no quiero parecer pegajosa. ¿Estoy siendo pesada? Es sólo una semana, supongo. Toda una semana. —La voz Rus comenzó titubear al final, y la inseguridad que, obviamente, intentaba ocultar salió a la luz; casi sonaba al borde de las lágrimas. —No, no eres pesada. Tengo que irme, lindura, te llamaré más tarde —le aseguró Tate. Rus soltó una pequeña carcajada y luego la línea se cortó. Tate soltó un grito largo. Asombrado, Jameson se puso en pie de un salto. Cuando llamó al número de Ang, Sanders entró corriendo a la habitación. Ambos le preguntaron qué pasaba, pero los ignoró. Presionó el teléfono a su oído y caminó por la habitación. —Oye, dulzura, estaba pensando en… —respondió Ang. —¡HIJO DE PUTA! —gritó al teléfono. —¡Whoa! ¡Buen saludo! ¿¡Cuál es tu jodido problema!? —preguntó. —¡Tú! ¡Tú eres mi problema! ¿¡Cómo pudiste!? ¿¡Y no decirme nada!? ¡He hablado contigo TODA LA SEMANA! —le gritó Tate. Jameson ahora estaba aproximándose a su lado, exigiendo saber qué sucedía. Hubo un suspiro en el otro extremo del teléfono. —No era asunto tuyo, Tate. Y no fue un gran problema —le dijo Ang. —¿¡No fue un gran problema!? ¡Ella está prácticamente eligiendo su jodido vestido de novia! ¡Pedazo de mierda! ¿¡Por qué!? ¡Te dije específicamente que ella estaba fuera de límites! ¿¡Por qué!? —preguntó Tate. —¡No haces todas las reglas, Tate! ¡No estás a cargo de todo el mundo! Somos adultos, ¡podemos follar si queremos! —gritó en respuesta.

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—¡Seguro que puedes! Pero, oye, aquí el punto; si quieres follar casualmente a una de mis amigas más cercanas, ¡tal vez no le digas que tienen una maldita jodida especial conexión! ¿¡Por qué dirías eso!? —gritó. —¡Oye! Estás follando a Satán, ¿no? ¿Qué? ¿¡No puedo ser el diablo a veces!? — exigió Ang. Ella jadeó. gritó.

—¿¡Hablas jodidamente en serio!? ¿¡Es por mi culpa!? ¿¡Me vas a culpar a mí!? —

—¡Tienes razón! Jodidamente me dejaste por algún idiota porque es una buena follada, ¡lo cual es algo de mierda de tu parte! Jódete, Tate. Jodidamente espero que… Todo fue cuesta abajo desde allí. Ella empezó a gritar obscenidades al teléfono. Él devolvió el fuego de inmediato. Cuando Tate tenía el rostro enrojecido y jadeaba por aire entre insultos, Jameson le quitó el teléfono de la mano. Se lo entregó a Sanders, quien se lo puso al oído y salió de la habitación. Tate soltó otro chillido, golpeando sus manos contra el pecho de Jameson antes de caer contra él, presionando su rostro en su hombro. —¿¡Qué mierda está pasando!? —preguntó. quieto.

—Ang. Durmió con. Rus. —Se las arregló para jadear. Jameson se quedó muy

—¿Estás molesta por que durmió con otra persona? —preguntó. Ella le dio un violento empujón. —¡Jesucristo! ¡Ninguno quiere estar conmigo, pero están celosos de cada jodido movimiento que hago! —respondió. Él puso sus manos a cada lado de su rostro, forzándola a mirarlo directamente. —Quieres desquitar tu enojo conmigo, bien. Hagámoslo —ofreció. Ella lo miró por un segundo más, y luego su labio inferior comenzó a temblar. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Estoy molesta porque prometió que no lo haría. Rus no es como nosotros, realmente es una buena chica, normal. Siempre ha tenido un enamoramiento por Ang. A él no le importa. Le hizo todas estas promesas, le dijo todas estas cosas dulces, y luego, simplemente se fue. Satisfecho y complacido. Ella piensa que son almas gemelas. Sólo lo hizo para vengarse de mí —explicó. —¿Vengarse de qué? —preguntó. La mirada de Tate se apartó de él. Jameson la sacudió suavemente—. Háblame. ¿Vengarse de qué? Suspiró y se inclinó hacia él, envolviendo sus brazos alrededor de su torso. Ella pudo sentir su sorpresa; al ser una persona muy sexual, Tate no era la persona más afectuosa. No era propensa a los abrazos. Excepto con Sanders. Pero apretó fuertemente a Jameson y decidió que era ahora o nunca. Ya no me importa. —Se está vengando de mí… por enamorarme de ti en lugar de él —susurró.

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~ 14 ~ L

a tensión entre ellos creció hasta casi ser insoportable. Tatum no había pensado que Jameson tomaría su confesión tan en serio. No había dicho que estaba enamorada de él. No le había pedido matrimonio, bebés ni nada, sabía lo que estaba pasando entre ellos, sabía que era casi unilateral. Estaba bien con eso, o al menos eso es lo que ella misma se decía. Y también se lo dijo, justo después de que la soltara y se alejara, su rostro duro y pálido. Pasó toda la semana siguiente diciéndole que estaba bien, pero no parecía importar. La conversación no fluía entre ellos de la forma en que solía suceder. Era casi usual que él esté sentado en silencio detrás de su escritorio, y cuando ella levantaba la mirada, a menudo lo encontraba mirándola fijamente. Con el ceño fruncido. No es una buena señal. Le preguntó a Sanders si se le había dicho algo, pero nada… Jameson guardaba en silencio sus pensamientos. Comenzó a contar los días, esperando que le dijera que terminaron. Esperaba hasta que dijera algo, ella no tiraría la toalla. Finalmente ganaría uno de sus juegos. Extrañamente, sin embargo, no afectó su vida sexual. En todo caso, fue más duro. Al día siguiente de su pequeña confesión, Tate bajaba las escaleras cuando de repente él estaba encima, una mano en su cabello, forzándola contra una pared y sus pantalones cortos alrededor de sus tobillos. Un día más tarde, la aplastó en el sofá de la biblioteca. Las noches eran las mismas; sexo, sexo, y justo cuando estaba a punto de dormirse, un poco más de sexo. Le decía cosas más extremas y la tomaba con más fuerza. Era como si hubiera abierto una puerta sin límite. No podía decir si estaba siendo castigada por su confesión, o recompensada. Ciertamente no se quejaba. Lo animaba, lo llevaba al límite, y más, tanto como le fue posible; quería que todo fuera tan bueno para él como fuera posible. Quiero que me recuerde. Quiero que cada mujer después de mí sea comparada y no esté a la altura. Él me recordará. Al final de la semana, mientras se inclinaba sobre su escritorio, tratando de recuperar el aliento, él dejó caer la bomba. Sus bragas estaban en el suelo, su falda arrugada alrededor de su cintura. Sentía punzadas en su cuero cabelludo, al igual que en su culo. Estaba a kilómetros de la tierra cuando él se alejó, se sentó en una silla y suspiró.

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—Me voy —dijo Jameson en voz baja. Tate contuvo la respiración por un segundo. —¿Adónde? —preguntó, todavía apoyada contra el escritorio. —Tengo que ir a Berlín —respondió. —¿Por cuánto tiempo? —preguntó. Una larga pausa. —No lo sé. Tate respiró hondo. Se lamió los labios. Se levantó y arregló su ropa. No creía que fuera justo. Si hubiera sabido que sería la última vez que iban a tener sexo, habría sido más asertiva. Insistió en mirarlo a los ojos. Tenía unos ojos increíbles. Tate se acercó a la otra silla y también se sentó. El fuego rugía, como siempre, pero no le importaba el calor. Le dio la bienvenida al ardor contra su piel. Se preguntó si Sanders seguía teniendo xanax. —¿Esto es todo? —susurró Tate. Ninguno miró al otro. —¿Quieres que lo sea? —preguntó Jameson. —Obviamente no. Pero si lo es, está bien. Iré a empacar mis cosas y cuando regreses, ni siquiera notarás que alguna vez estuve aquí. —Intentó bromear. —Tate. —Aunque, tendremos que elaborar un programa de custodia para Sandy. —Se rió—. Ahora es mitad mío. Quiero… —Tatum. —¿Qué? —preguntó, finalmente mirándolo. El ala de la silla ocultaba su rostro. —Esto no es una broma —le dijo. Ella asintió. —Lo sé, sólo trato de hacerte sentir cómodo. Está bien, Jameson. Lo prometo. Estoy bien —le aseguró. Él suspiró. —¿Por qué eres tan buena conmigo? —susurró. Ella rió. —Porque tú eres muy malo conmigo —bromeó. —¿Quieres quedarte? —preguntó, y pudo verlo girar la cabeza hacia ella. La parte inferior de su rostro se hizo visible. Su fuerte mandíbula, boca dura. Tate se estremeció. —No quiero quedarme donde no soy bienvenida —respondió a su pregunta que hizo de soslayo. —Siempre serás bienvenida, Tate. Sólo… tienes que saber que no estoy listo para lo que quieres —le dijo. Ella asintió. —Sé eso. No estoy pidiendo absolutamente nada. Nunca lo hice. Tal vez deberíamos terminar con esto, seguir nuestros caminos separados. Es un poco enfermizo, ¿no? —Se rió. De repente, Jameson se levantó, se acercó a su silla y la puso de pie también.

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—No creo que sea enfermizo. —Jameson exhaló, atrayéndola en un abrazo—. Me preocupo por ti, Tate. Te odio y arruinaste las cosas un poco, pero me importas jodidamente tanto. ¿Cómo me hiciste eso? —Soy así de especial —susurró, una lágrima cayendo por su mejilla. —Se suponía que todo era un juego. ¿Qué pasó? —preguntó. Ella negó. —No tengo idea. Tal vez no fuiste lo suficientemente malo. —Se las arregló para reír. —Tal vez fui demasiado malo. Eres así de extraña —respondió Jameson, y ella se rió. —Cállate. —No sé qué hacer contigo. No sé lo que quiero. Pero no quiero que te vayas. ¿Me esperarás? —preguntó con voz suave, sus labios rozando la parte superior de su cabeza. Ella respiró hondo. rió.

—Te esperé durante siete años. Puedo esperar un poco más —respondió. Él se —Espero no tardar tanto tiempo esta vez. ¿Estarás aquí cuando regrese? —Si quieres que así sea. —Eso quiero. —Entonces estaré aquí.

—¿Por qué no puedes ser tan complaciente en la cama? —preguntó, y ella se rió de nuevo. Satán estaba en racha esta noche. —No sería tan divertido —respondió. —Me has arruinado, Tatum O'Shea —le dijo—. Me destrozaste por completo. Su aliento se atascó en su garganta. —Es justo, tú me lo hiciste primero —susurró. Finalmente se apartó de ella, la mantuvo a la distancia de un brazo. Su mirada recorrió su cuerpo, y Tate se preguntó qué veía. Qué veía realmente en ella. —Me voy temprano mañana por la mañana. Eres bienvenida de quedarte en la casa, de lo contrario voy decirle a Sanders que la cierre —dijo, su voz seria mientras se alejaba. ¿Cerrarla? —¿Sandy no va contigo? —preguntó. Él negó. —No. Odia los vuelos largos, odia Alemania. Se quedará aquí contigo, o en una casa en Boston —explicó Jameson. Ella se hundió en su silla. —¿Y no tienes idea de cuánto tiempo durará el viaje? —preguntó. Él se encogió de hombros. —Dos semanas. Tal vez un mes —le dijo.

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Tate soltó un suspiro de alivio. Eso no era tan malo. Había estado esperando que dijera algo como seis meses. No sabía si podía soportar eso, pero un mes no era tan malo. Podía hacer eso, pasar tanto tiempo sin él. —Me quedaré en mi apartamento. O bueno, si me siento sola sin ti, iré a vivir de pareja con Sandy, “mini-tú” —bromeó. Él la fulminó con la mirada. —Mejor no. Él me cuenta todo, sabes, y voy a regresar en algún momento —le advirtió. Ella respiró hondo. —Entonces. ¿Cuáles son las reglas? —preguntó. —¿Perdón? —Reglas. Tenemos reglas para todo, si no lo has notado. ¿Aplican las mismas reglas? —preguntó. Él asintió. —Por supuesto. Puedes follar a todo Boston —dijo. Ella resopló. —Un chico. Dormí con sólo otro chico en todo este tiempo. Tú has follado a la mitad del país —señaló. Él se echó a reír. —Es por eso que tengo que ir a otro continente. Tengo que conseguir más historias para ti, tengo que mantenerte excitada —le dijo. —Lo haces bien, todo por su cuenta, señor Kane —le aseguró. Jameson sonrió y se inclinó sobre ella, con las manos apoyadas en los brazos de la silla. —Dime que me echarás de menos —exigió. Ella asintió. —Te echaré de menos. —Dime que pensarás en mí, si follas a alguien más. —Siempre lo hago. —Dime que no te enamorarás de nadie mientras no estoy. Todo su aliento salió repentinamente de su cuerpo. —No es posible, así que no es un problema —susurró. La besó. No la tocó en ningún otro lugar además de su boca. Lenta y dulcemente, los labios rozando los suyos, su lengua entrelazándose con la suya. Ella gimió, llevó una mano a un lado de su rostro. Esta. Más que nada, quería recordarlo así; le encantaban sus palabras duras y su mano pesada, pero su beso. Su beso le dio esperanza. La besó durante varios largos minutos y luego se apartó. —De acuerdo, Tatum. Dame una noche que me haga soñar contigo todo el tiempo que no esté —le dijo. Le sonrió y se puso de rodillas delante de él. Esto podía hacerlo. En esto era muy buena. Sin embargo, en el amor, era una historia completamente diferente.

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~ 15 ~ U

n mes no era tan malo. Podía hacer mucho en un mes.

Tatum le dio la mala noticia a Rus. Le explicó que Ang no era un tipo de relaciones. Tate no lo reprodujo, pero le mostró a Rus un DVD de una de sus películas. La portada era suficiente para que Rus se volviera un poco verde. Tan formal y correcta. Hubo algunas lágrimas, y una maldición general a los hombres, pero lo superó. Sin embargo, Tate no estaba preparada para llamar a Ang. Seguía muy enojada con él. Las cosas que le había dicho, la forma en que le había hablado. Esperaría hasta que Jameson regresará, y entonces hablaría con Ang. Ya contaba los días. Un día realmente impactante fue cuando Nick Castille la llamó; el jugador de béisbol que había follado en su bar. Él había conseguido su número de su encargado. Totalmente inapropiado y en contra de las reglas, pero estaba halagada. Tate estaba sola y aburrida, así que aceptó cenar. Se lo pasaron bien, pero lo miró fijamente cuando él le preguntó si en algún momento podrían salir en una cita "real". Nick era muy guapo, y muchas veces mientras comían, la gente le pidió un autógrafo. También era muy amable con ella, muy respetuoso. Era una experiencia de novela, y Tate sabía que no debía desaprovecharlo. Pero declinó cortésmente su ofrecimiento; ella se mantenía fiel para su señor y salvador, Satán. Nick lució un poco triste, pero le sonrió y dijo que podía conformarse con ser su amigo. Y lo decía en serio. Él le consiguió asientos preferenciales para uno de sus juegos. Salieron a comer a menudo, e incluso la llevó a un par de espectáculos. Se llevaron muy bien, a pesar de ser de orígenes completamente diferentes y tener vidas completamente opuestas. Tate disfrutaba de su amistad. Pero no quiso sacar provecho; nunca regresó a su casa y nunca lo llevó a la de ella. Jameson nunca había dormido con la misma chica dos veces durante su relación. En realidad, no era una regla, pero Tate no quería ser la que probara si debía hacerlo o no. Respetaría los deseos y acciones de Jameson. Lo esperaría. Sin embargo, no hablaba con él. Ni una sola vez. Antes, él le envió un par de mensajes, a veces. Principalmente cosas traviesas, para recordarle quién era el jefe. Otras veces preguntas por Sanders. Otros para recordarle sus promesas. Uno para decir que la extrañaba. Tate se quedó mirando el mensaje durante días enteros. Pero luego, los mensajes se detuvieron por completo, y continuamente permanecía cerca de su teléfono, revisando constantemente si había enviado algo.

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¿Cuándo me convertí en esta chica? Me entregué a él sin ni siquiera darme cuenta. Sin embargo, nada fue tan impactante como lo que ocurrió durante su tercera semana de espera. Tate estaba dando vueltas en su apartamento. Rus estaba en una de sus clases de veterinaria. Sanders estaba escondido en su penthouse, haciendo un trabajo de traducción para Jameson. Nick estaba en un partido visitante. Tate estaba aburrida. Al principio había temido que, sin Jameson pagando por todo, moriría de hambre o, peor aún, tendría que volver a los trabajos temporales. Pero, por supuesto, él pensó en todo, y Sanders le había proporcionado un flujo constante de dinero. Se sentía como si se estuviera prostituyendo para los dos, pero no le importó demasiado. Ambos eran muy importantes en su vida, así que valió la pena. Estaba en su teléfono, preparándose para marcar por comida china, cuando alguien llamó a su puerta. —¡Sólo un segundo! —gritó, deslizándose hacia la sala de estar. Echó un vistazo por la mirilla, pero no pudo ver quién era; era alguien que llevaba un sombrero grande y flexible. Una mujer, asumió. Tate abrió la puerta. —Tengo mi religión, así que no… Su hermana se volteó para mirarla. Ellie llevaba enormes gafas de sol que no estaban haciendo un trabajo muy bueno de ocultar un ojo morado. Su brazo estaba en un yeso. Y aunque no había pasado mucho tiempo, su estómago lucía notablemente más grande. Se miraron durante un rato, hasta que Ellie empezó a temblar. —No sabía a dónde más ir —susurró. —Entra, entra —instó Tate, guiando a su hermana a su pequeño apartamento. Ellie miró a su alrededor y luego se echó a llorar. Después de la pequeña reunión familiar O'Shea de Jameson, las cosas parecían haber ido cuesta abajo para Ellie. Una mandíbula rota no frenó a Robert. Habían tenido más peleas. Más golpes. Ella pensó que podría soportarlo, pero luego la había empujado por un tramo de escaleras. Ahí fue donde Ellie puso el límite. Podía hacer lo que él quisiera, pero no podía lastimar al bebé. Si podía tratar a un niño no nacido de esa manera, ¿cómo trataría al niño cuando estuviera justo delante de él? No quería averiguarlo. —Lo siento, sé que me odias. Sé que arruiné tu vida, pero no sabía qué más hacer. —Ellie sollozó. Tate le tomó la mano y la llevó hasta su dormitorio. —No te odio, Ellie. Ni siquiera te conozco. Y no arruinaste mi vida. Mi vida es bastante asombrosa. Me has salvado —le dijo Tate mientras dejaba que su hermana se recueste. —Me gustaría que alguien me hubiera salvado. —Ellie lloró. Tate frunció el ceño y se acostó en la cama a su lado, fue detrás de ella y la abrazó. —No estaba allí. Podría haber llamado, podría haberte preguntado cómo estabas. Podría haberte salvado —susurró.

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Ellie tardó un rato en calmarse, pero finalmente su respiración se ralentizó. Se durmió. Tate se levantó de la cama y llamó a Sanders. Le contó la situación. Él le dijo que estaba “trabajando en ello”, aunque no estaba segura de lo que eso significaba. Realmente quería llamar a Ang, pero no se habían reconciliado todavía. No había hablado con él en absoluto, por lo que sería incómodo, y peor aún, le preocupaba que pensara que lo estaba usando. En su lugar, decidió hacer algo de té y lo llevó a su habitación. —Estoy despierta ahora —murmuró su hermana. Tate sonrió y se arrodilló junto a la cama. Su hermana se sentó para tomar la taza y la mirada de Tate vagó hasta su vientre. —¿Aún no has escogido algún nombre? —preguntó. Ellie suspiró. —Mathias si es un niño —dijo. Tate tuvo que reírse. —El buen viejo papá probablemente ama eso. ¿Y si es una niña? —preguntó. Ellie mordisqueó su labio inferior. —Estaba pensando en, tal vez, Tatum —susurró. Tate levantó las cejas. —Estás jodidamente bromeando —dijo repentinamente. Ellie negó. —Quiero que sea fuerte. Más fuerte que su madre. Más como tú. Siempre he deseado poder ser más como tú —explicó. Tate sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas y forzó una risa. —Si esto se vuelve más dulce, yo voy a tener nauseas, encima de ti —bromeó, y Ellie rió también. Sanders apareció más tarde en la noche. No le dijo nada a nadie, pasó corriendo por la sala de estar, dirigiendo su sonrisa forzada a Ellie. A pesar de que nunca había estado allí, se dirigió directamente a la habitación de Tatum. Ella lo siguió y cerró la puerta detrás. —¿Qué pasa? —preguntó Tate, algo sorprendida al verlo. rió.

—El señor Kane me envió. Quería saber cómo estabas —respondió Sanders. Ella

—El señor Kane puede simplemente llamarme, él mismo. Dile que estoy bien — le respondió. Sin embargo, Sanders no se rió. En todo caso, su boca se endureció. —Estábamos preocupados de que su esposo planeara venir aquí y tratar de buscar venganza. Ambos sentimos que sería mejor si fueran a quedarse a un hotel —le dijo Sanders. Ella rió aún más fuerte. —¿Cómo siquiera sabría Robert dónde vivo? Piensa que Ellie y yo nos odiamos; ella tuvo que robar mi dirección del libro de contactos de mi madre. No voy a dejar mi casa —le informó Tate. —Nos sentiríamos mucho más cómodos si… —empezó a decir él, pero ella levantó una mano. —¿Nos? Seamos sinceros, Sandy. Eres tú, ¿verdad? Solo tú. ¿Hablaste con él? — preguntó. Sanders asintió.

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—Sí, lo hice. Estaba muy molesto —le aseguró. —¿Pero realmente dijo eso? ¿Que quería que fuera a un hotel? —Sanders guardó silencio durante un rato. —Si hubiera tenido una oportunidad, sé que lo haría. Lo conozco muy bien, sé lo que él diría en estas situaciones. Estaba muy ocupado cuando llamé —explicó. Tate empezó a sentirse un poco molesta. —Ocupado, huh. Demasiado ocupado para hablar contigo acerca de mi “situación”. Demasiado ocupado para hablar conmigo. ¿Ha dicho cuándo regresará a casa? —preguntó, cruzando los brazos sobre el pecho. —Sí. Este fin de semana. Tate se sorprendió. —Wow. ¿Estabas pensando en decírmelo? —Sanders apartó la mirada. Uh oh. —Sí. Él quería que te avisara, que va a haber una fiesta en la casa. Domingo. Todos los socios estarán allí, gente de sus oficinas en Nueva York, Los Ángeles y Berlín, de todos lados. Etiqueta negra. Jameson llegará a la ciudad ese mismo día —dijo rápidamente Sanders. —Mierda, eso es un poco apresurado, ¿no? —preguntó. Él se encogió de hombros. —Me tiene para planear todo. Si su vuelo no llega, la fiesta simplemente seguirá sin él. Me dijo que te pidiera que te compraras un vestido —le dijo. Ella rió. —Por supuesto que te lo dijo. Un vestido elegante, para una fiesta elegante. ¿Hay algo que no me estás diciendo? —preguntó. Sanders por lo general tenía la mejor cara de póker que cualquier persona que conocía. Pero ahora, había algo raro. Él no la miraba a los ojos. —Señorita O'Shea, yo… he disfrutado nuestro tiempo juntos aquí, en Boston. Es una buena amiga para mí. Voy a volver a la casa mañana y me quedaré allí. ¿Quiere venir conmigo? —dijo rápidamente, su voz casi tímida. Ella estaba conmovida. —¿Por qué, Sandy? ¿Me pedirás que viva contigo? —bromeó. Él palideció. —No. Pero su compañía sería muy apreciada, como siempre —le dijo. Ella se echó a reír y lo abrazó. —Por supuesto que iré contigo. Ayúdame a calmar a Ellie e iré a cualquier parte contigo —susurró. Y entonces, sorprendentemente, sus brazos la rodearon y Sanders la abrazó.

Algo no estaba bien. Algo definitiva, positivamente, no estaba bien.

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Tate podía sentirlo en el aire. La casa de Jameson se sentía como su hogar, y amaba a Sanders, pero simplemente podía sentirlo; algo no estaba bien. Sanders no le quería decir nada y ella no tenía comunicación con Jameson. Ella incluso calculó la diferencia horaria y lo llamó una vez; la primera vez que lo llamó, en todo el tiempo que se habían conocido. No respondió. Para el sábado por la tarde, ella estaba inquieta. La casa había sido revuelta por los planificadores de eventos. Sanders estaba corriendo, ayudando a preparar todo. Tate se mantenía alejada. Ayudó donde era necesario, le preguntó a Sanders si había algo que pudiera hacer, pero él prácticamente se había convertido en un mimo. No hablaba, no si no tenía que hacerlo. Tate finalmente, se quebró y envió un mensaje a Jameson. ¿Esto un juego? Pasaron horas antes de que él contestara. Estaba acostada en su cama, lista para irse a dormir, cuando su teléfono sonó. Sí. Se sentó, encendió una luz. ¿Cuáles son las reglas? No más reglas. Eso suena peligroso. Pensé que te gustaba el peligro. Ella mordisqueó su labio inferior, miró alrededor de la habitación. ¿Qué está pasando? Pero ignoró su pregunta y le hizo otra en respuesta. ¿Dónde estás ahora mismo? Tu habitación. ¿En mi cama? Sí. Bueno. ¿Qué está pasando? Hasta pronto, nena. No respondió más de sus mensajes. Tate permaneció despierta el resto de la noche.

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La noche siguiente, algunos de los colegas de Jameson se presentaron temprano para la fiesta, se pusieron cómodos en su biblioteca. Tate se preparó, paseó por la casa. Salía de la cocina, luchando por abrir un frasco de mantequilla de maní, cuando risa provino de la biblioteca. Ella se detuvo junto a la puerta. —Hombre astuto. Mantener dos chicas en dos continentes. —Uno se estaba riendo. La respiración de Tate se duplicó. —¿Cuál crees que le gusta más? —Otra voz. —Bueno, la chica de aquí parece más salvaje, más de su gusto. Apuesto a que es un animal en la cama. Ella asintió. Sonaba a Tate. —Pero Pet es más elegante, más refinada. Puedes llevar a Pet a fiestas; llevas a la otra chica a la cama. Tate se apoyó contra la puerta de la biblioteca. A la mierda ser sutil. —Sí, pero ¿qué haces con las dos a la vez? —¡Parece una fiesta! Risa descarada —Supongo que lo averiguaremos, estarán aquí esta noche. —La fulana ya está aquí. —Jameson y Pet están en el vuelo de las seis. Deberían estar aquí en cualquier momento. Hubo un fuerte zumbido en su oído y Tate se alejó a trompicones de la puerta. Dejó caer la mantequilla de maní. Cuando se volteó, Sanders estaba de pie detrás. Se miraron. Simplemente se miraron fijamente, durante un completo minuto. Traidor. Se fue corriendo por las escaleras. Sanders gritó detrás, gritando su nombre. Nunca antes lo había oído hablar en un tono tan fuerte; en cualquier otro momento, habría estado sorprendida. Corrió por el pasillo, casi tropezando con sus tacones una vez. Patinó a través de la puerta de Jameson justo antes que Sanders entrara, logró cerrarla en su cara, girando la cerradura. Se apresuró a un balcón que habían convertido en una sala de sol. Jameson tenía su computadora ahí. Nunca se había molestado con eso antes, nunca tuvo una razón para hacerlo. Tate sabía que Sanders tenía las llaves de todo y estaría en la habitación en cualquier momento, así que lo hizo rápidamente. Escribió el nombre de Jameson en Google. Más de la misma información apareció, por lo que inmediatamente se dirigió a la pestaña de imágenes. Se sorprendió al ver más fotos de sí misma; nunca había notado a ningún fotógrafo dondequiera que fueran. Jameson y ella saliendo de su edificio de oficinas. Jameson y ella comiendo. Sanders y ella riéndose saliendo del cine. Jameson y ella

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besándose mientras él sostenía un paraguas. No podía entender por qué al principio. ¿Por qué había tantas imágenes de repente? Hizo clic en una para que la llevara a la página web de origen, y luego jadeó al ver el titular. ¿A quién elegirá el famoso financiero, Jameson Kane? ¿Una sexy americana o una belleza danesa? Tate bajó por la página. Varias de las fotos de ellos juntos estaban en el artículo. Pero las otras fotos le interesaban más. Había un par de viejas de él y Pet, pero también un par muy recientes. Entrando a un hotel juntos, saliendo juntos del mismo hotel. Él sosteniendo una puerta de un auto para ella. Su brazo alrededor de su cintura mientras entraban en una tienda de ropa. Era un sitio alemán. Tate se enteró de que Pet vivía a tiempo parcial en Berlín, por eso había mucho interés. Un pequeño periodista novato había notado que Jameson estaba trabajando en Berlín con Pet, y luego descubrió las fotos de Tate y Jameson en línea. Boom. Historia. Sexo. Escándalo. Intriga. Demonios, incluso Tate querría leer algo así. Si esto no fuera sobre mí. Al menos me llamaron sexy. Estaba viendo otro artículo cuando Sanders finalmente abrió la puerta y entró a la habitación. Alcanzó el ratón del ordenador y ella le apartó la mano. Se produjo una pequeña guerra de golpecitos durante un par de momentos antes de que Tate alejara la silla. Él la tomó por el brazo, pero ella lo apartó. —¿Cómo no pudiste decírmelo? —preguntó Tate, girando a su alrededor. Él parecía molesto. —No podía. Lo siento mucho, señorita O'Shea —respondió Sanders. —¡Vete a la mierda! ¡Se supone que somos amigos! ¿¡Desde hace cuándo sabes de ellos? —gritó. —Hace dos semanas. Le aconsejé que era una mala elección —le dijo. —Oh, le aconsejaste, que amable de tu parte. ¿Sabías que la iba a traer aquí hoy? —preguntó Tate. Su mirada pasó de malestar a dolor. —Sí —dijo Sanders en voz baja. Ella jadeó. —¿Cómo pudiste dejarme venir aquí? Pensé que éramos amigos. ¿Cómo pudiste hacerme esto? —susurró Tate. —Porque le dije que lo hiciera. Ambos se volvieron para ver a Jameson de pie en medio de su dormitorio. Se quitó la chaqueta y luego enrolló las mangas de su camisa. Se quitó el reloj y lo arrojó sobre la mesita de noche. Sanders se aclaró la garganta. —Señor, creo que le debe a la señorita… —Vete.

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Mirando a Tate una vez, Sanders salió de la habitación. Ella luchó por tranquilizar su respiración y entró en el dormitorio propiamente dicho. Jameson estaba llevando su maleta a su armario. Hubo un ruido de perchas y salió con una camisa nueva en las manos. —¿Por qué? —susurró Tate. Él levantó la mirada. Un par de orbes azules de hielo. Parecía que había pasado más de un mes desde que lo había visto por última vez. Se sentía como si estuviera mirando a un extraño. ¿Lo conocí alguna vez? —¿Qué dijiste, nena? —preguntó Jameson, cambiando su camisa. —¡No me llames así! —espetó. Él se rió. —Te llamo por lo que quiera —respondió. —Ya no. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Qué te he hecho? —preguntó. —Todo es un juego, ¿no? Pensé que te gustaban los juegos —dijo Jameson, arrojando la camisa usada a su cama. —A la mierda tus juegos —siseó. —Ves, ahora suenas más como tú. Fue un vuelo muy largo, nena, y realmente necesitaría algo para relajarme. ¿No quieres ponerte de rodillas? —preguntó. Ella se echó a reír. —No es jodidamente posible. Pídele a tu novia que haga eso por ti —le dijo. —Pero no tengo novia. —¿De verdad? Me parece que hay una “belleza danesa” de metro ochenta que discutiría ese punto —aclaró. Él suspiró. —Ahí empiezas de nuevo, haciendo suposiciones. ¿Te gustaría conocerla? Probablemente se llevarán bien —dijo. —¿¡Por qué estás haciendo esto!? ¿¡Qué pasó que te enfadó tanto!? ¡Te esperé! ¡Como dijiste! ¿Por qué me pediste que esperara si ibas a traerla a casa? —le gritó Tate. —No te gusta ver mi foto en los tabloides, ¿verdad? Bueno, a mí menos —dijo de repente. Ella estaba confundida. —¿Qué? —preguntó. —No me gusta que me dejen como tonto, Tate. Y eso es lo que siento que hiciste —le informó. —¿¡De qué mierda estás hablando!? —gritó. —¿Estás molesta por las fotos de Pet y mías en línea? ¿En los tabloides? ¿¡Qué hay de las fotos de ti con cierto jugador de béisbol, en las jodidas páginas sociales del maldito Boston Globe!? ¿Qué tal ver esas en todo jodido internet? Tú y él juntos, en todos lados. Fotos de ti conmigo ya están en línea, y de repente escucho de personas que apenas conozco que una novia, que técnicamente no tengo, ¡está follando a un maldito Red Sox! —le gritó Jameson. Ella se echó a reír.

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—¿¡Me estás jodiendo!? A la mierda esto, me voy de este puto lugar. A la mierda tu fiesta, a la mierda tu supermodelo, y vete a la mierda —maldijo, pasando con furia a su lado. Él la agarró del brazo, su agarre de hierro. —Oh, no irás a ninguna parte, nena. Porque todo es un juego, y si te vas ahora, pierdes —le advirtió. —A la mierda tus juegos. No quiero jugar. ¿Realmente estás molesto por eso? No lo puedo creer. El Gran Jameson Kane, celoso. No puedo creerlo —le masculló. —Cuidado cómo me hablas —le advirtió. —Que te jodan. Él y yo somos sólo amigos, imbécil. Somos amigos. Tú te vas a follar a toda Alemania, ¿y yo no puedo hacer un nuevo maldito amigo? ¿Quieres saber la verdad? Me pidió salir. No intentó dormir conmigo. Él quería conocerme. Salir conmigo. Y soy una zorra estúpida, porque, ¡me negué! ¡Fui lo suficientemente estúpida de pensar que tenía algo mejor en casa! —gritó Tate. —Ciertamente no discutiré la parte de zorra estúpida —le dijo Jameson. —Que te jodan, Kane. —Creo que ese es tu trabajo. —¡Estás celoso! Todo este elaborado plan, escondiéndomelo, trayéndola aquí, haciendo una escena. Eres como una chica, Kane. Un jodido marica —le espetó, el desdén llenando sus palabras. Él la arrastró con fuerza por la habitación, la volteó y la aplastó contra la pared junto a la puerta. Ella luchó para liberar su brazo, empujándolo y moviéndose. Él llevó su mano a su garganta y la mantuvo en su lugar. —Te dije que cuidarás cómo me hablas —gruñó Jameson, su rostro cerca del suyo. —Como si me importara una mierda. ¿Valió la pena? ¿Sigue siendo una buena follada? Eso espero. Espero que sea tan buena que por fin te engañara para que te casaras con ella. Espero que te folle hasta un horrible matrimonio, y luego tome todo tu maldito dinero. ¡Espero que sea así de buena! —gritó Tate, empujando sus muñecas. Los dedos de él apretaron más fuerte alrededor de su cuello, pero ella no mostró ninguna reacción. —Nunca fue siquiera lo mitad de buena de lo que eres tú. Pero tal vez deberíamos hacer que Ang la follara, realmente tener una comparación, tener más comentarios —sugirió Jameson. —¿Por qué detenerse ahí? ¿Qué tal si ampliamos el círculo? Hay un montón de hombres allá abajo, y no me han follado hace mucho tiempo. Estoy segura que recibiré buenas críticas, mucho mejor que una supermodelo psicótica —dijo en voz baja. Él entrecerró los ojos. —Si vas a follar a alguien en esta fiesta, seré yo —le informó. Ella rió.

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—Eso no va a suceder, pero tal vez podamos hacer algo con alguien más cercano. ¿Qué tal si follo a Sanders? Estoy segura que dar vuelta su mundo. Infiernos, incluso quitártelo. Quién sabe, tal vez será mejor que tú —dijo. Las palabras apenas habían salido de su boca cuando Jameson dio un puñetazo contra la pared, justo al lado de su cabeza. Rompió el cemento. Ella se alegró de que no haya golpeado una bisagra. Eso aguaría la fiesta, muy rápido. Él la miró fijamente, con los ojos ardiendo, un músculo moviéndose en su mandíbula, sus dedos continuaron apretando su cuello. Ella le devolvió la mirada, sin mover un músculo. —Nunca vuelvas a hablar de él así de nuevo —susurró. —No puedes decirme qué hacer. Ya no. Nunca más —espetó. Jameson apretó su cuello una última vez, y luego la soltó, apartándose. —Podemos hablar de esto más tarde. Ve abajo. La gente espera que estés aquí. Sé cordial. Sé jodidamente educada. Y no le digas una maldita palabra a Sanders —le dijo, y luego abrió la puerta de su dormitorio, entrando al pasillo. Tate jadeó y se ahogó en un sollozo. Se llevó la parte posterior de su muñeca a la boca, tratando de contenerse; no funcionó muy bien. No estaba segura de qué hacer. No podía irse a casa, no sin que Sanders la llevara, y no pensaba que él dejaría la fiesta. No confiaba en él, de todos modos. Un taxi tardaría una eternidad en llegar, y no tenía dinero. Aspiró de nuevo, mantuvo el aire, luego exhaló lentamente. Enderezó su vestido, se limpió debajo de los ojos. hará.

Puedes hacerlo. Eres Tatum O'Shea. No te destrozó la última vez. Esta vez no lo

Bajó. Fue cordial. Fue educada. Le dieron muchas miradas simpáticas de las mujeres. Muchas miradas lascivas de los hombres. En cierta ocasión, tuvo un vislumbre de la belleza danesa, pero la casa era grande y Tate la conocía bien. Huyó a otra habitación. Bebió, y mucho. Coqueteó con cualquier persona que parecía remotamente hombre. Sanders trató de hablar con ella en algún momento, pero ni lo miró y se alejó. Bebió el whisky seco. Tomó el Johnny Walker Blue del gabinete personal de Jameson y lo terminó. Se rió de todo lo que decían. Besó a la gente en la mejilla, brindó por buena salud, dio abrazos que eran demasiado íntimos a personas que realmente no conocía, aunque ningún hombre se quejó. De verdad se bebió todo el Jack Daniels del bar, así que fue hacia la cocina en busca de más. Normalmente, Jameson mantenía algunas provisiones para ella. Quería adormecerse cómodamente para que pudiera desmayarse en la casa de huéspedes, luego irse a casa por la mañana, donde podía llorar hasta morir. Sonaba como un gran plan. Entró en la cocina, y luego retrocedió tan rápidamente que golpeó la compuerta de la puerta, rebotó y casi cayó al vestíbulo. Salió y luego miró a la cocina. Jameson estaba de pie con la espalda hacia ella, con la cabeza gacha, con ambas manos apoyadas en el mostrador. Una morena alta, excepcionalmente hermosa, estaba a su lado. Estaba

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hablando suavemente en lo que sonaba como alemán. Él negaba ocasionalmente, murmurándole en respuesta cosas en el mismo idioma. No sabía que hablaba alemán. Eso podría haber sido caliente; conversación sexy en otro idioma. Cuando Pet se inclinó cerca de él, presionó el frente de su cuerpo a su espalda y le susurró al oído, Tate no pudo soportar más. Había imaginado a Jameson en todo tipo de posiciones con mujeres, pero nunca simples y cariñosas. Fue demasiado. Ahogó un sollozo y se alejó. Había una botella a la mitad de Jack en la biblioteca, de su última noche juntos hace mucho tiempo. Tate la agarró y se dirigió arriba. No estaba completamente segura cuál era su plan, hasta que estaba de pie frente a la puerta de Sanders. Sólo quería que el dolor se detuviera. Quería estar entumecida. Xanax. Entró a su habitación. Era un espacio enorme, casi más grande que el de Jameson. Se dirigió directamente al cuarto de baño, comenzó a abrir los cajones y rebuscó en ellos. Encontró las pastillas en un cajón inferior, claramente etiquetadas. Le tomó un tiempo quitarle la estúpida tapa para niños, pero lo hizo. Bebió un poco de whisky y se metió en dos pastillas. No quería pasarse, no quería morirse. Sólo quería sentirse en paz. Tranquila. Se tragó todo y echó la cabeza hacia atrás, suspirando. Se mantuvo así durante varios minutos, dejando que la calma la llene. —Sabía que eras una chica de un buen momento, pero no tenía idea que eras tan salvaje. —Alguien rió desde la puerta. Tate no levantó la cabeza, sólo la giró hacia la voz. ¿Cuál es su nombre? Dunn. El compañero de Jameson. Wensle, waddle, lo que sea, Dunn. —Soy más salvaje de lo que puedas imaginar —le susurró Tate. Él se acercó más así ambos estaban contra la puerta del baño. —Suena mejor. ¿Te gustaría pasarlo bien? —preguntó. Ella rió. —Lo siento. Creo que he tenido bastantes buenos momentos para que me duren toda la vida —respondió, finalmente volteándose para encararlo. —Lástima. Creo que podríamos ser muy buenos juntos. Jameson me habló de ti —le dijo. Ella levantó una ceja. —¿De verdad? —respondió suavemente. —Sí. Me dijo que te gustan las cosas un poco locas. Muy duro. Ahora que Pet regresó a la acción, pensé que necesitarías a alguien más para que, uh… te provea esas cosas —dijo Dunn. —Eso te dijo —susurró ella. Tate se sintió ofendida, pero se estaba alejando. El xanax estaba tomando el control. Realmente no le importaba. Jameson pensaba que era una puta. Jameson rompió su promesa. Jameson estableció un elaborado plan para humillarla cruelmente. ¿Qué importaba más leña al fuego? Jameson les dijo a todos sus amigos que una pervertida loca en la cama.

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Simplemente no me importa. —Entonces. Creo que podríamos tener un momento muy divertido juntos, tú y yo. Incluso podría ser mejor que Jameson —bromeó Dunn. Nadie es mejor que Jameson. —Claro —dijo sin pensar. Dunn pareció sorprendido. —¿En serio? —preguntó. —Me acaban de dejar esta noche, ¿verdad? Muy públicamente. ¿Qué podría ser mejor que una follada de venganza? Suena como un plan, vamos a la altura. —Tate se rió. Las manos de Dunn se acercaron a la hebilla de su cinturón y empezó a deshacerla. Su estómago se revolvió y se preguntó si iba a vomitar. Esperaba vomitar sobre Dunn. Se sentía como si estuviera fuera de eje. Se balanceaba de un lado a otro, preguntándose si eso la ayudaría a encontrar su fantasma. Quiero a Ang. ¿Dónde está Ang? —Así que ¿qué tan rudo te gusta, bebé? —le gruñó el chico, bajándose los pantalones por las caderas. Tate se rió de nuevo. Era un sonido hueco. Extraterrestre. Miró a su alrededor. ¿Quién estaba riendo? —Dame lo mejor que tengas. —Rió. La golpeó tan fuerte que la giró y su cabeza se estrelló contra el espejo, rompiéndolo. Eso definitivamente va a dejar una marca. Ella gimió, ni siquiera segura de qué diablos estaba pasando, cuando él agarró la parte de atrás de su vestido y la estrelló contra el fregadero de granito. Tate dejó escapar un grito cuando su mandíbula golpeó con fuerza. Está bien, una cosa es duro, y otra es bruto. Puede que no una zorra tan fuerte para esto. —Eres tan jodidamente caliente. Lo supe la primera vez que te vi, tenía que follaste. Tan jodidamente caliente —gruñó Dunn, quitándole la ropa interior y bajándola por sus piernas. Tal vez esto no es una muy buena idea. —Espera, espera —murmuró. Su lengua se sentía pesada y gruesa. —Te va a encantar esto, te lo prometo —gruñó, apartando su vestido del camino. Ella trató de alejarse del fregadero, pero sus movimientos eran lentos y torpes. —Espera, no quiero… Tate gritó cuando él entró en su interior. Ella no estaba exactamente preparada para tener sexo, y al parecer Dunn no estaba interesado en los preliminares. Fue duro y dolía. Ella se aferró al borde del fregadero y mordió su lengua con tanta fuerza que probó sangre. Quería decirle que se detuviera, pero cada vez que abría la boca, sólo salió un sollozo. Un trozo de espejo le lastimaba la mejilla y aplastó su rostro con más fuerza, dando la bienvenida al dolor. Pero entonces, de repente, la estaba llevando hacia atrás.

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—No, no, no, no, no, no —susurró, tratando de agarrarse al fregadero así se quedaba en el lugar. Pero no pudo realmente flexionar sus dedos y la llevó hacia atrás, cayendo al suelo y aterrizando de trasero. Cayó contra la puerta y luego hacia adelante, cayendo entre el dormitorio y baño. Trató de concentrarse, pero la habitación estaba tan oscura y estaba tan borracha, que no podía entender qué pasaba al principio. Luchando. Dos personas luchaban. Se echó a reír. Jameson estaba luchando con el señor Dunn. Estaban gritando, pero no podía decir lo que estaban diciendo. Jameson sonaba muy enojado. Se miró a sí misma, se dio cuenta lo tenebrosa que debía lucir. Se las arregló para ponerse su ropa interior de nuevo, bajar su vestido, todo mientras estaba en el suelo. Cuando volvió a levantar la mirada, la lucha había terminado. El señor Dunn había desaparecido. Jameson caminaba lentamente hacia ella. Sólo podía ver sus piernas desde donde estaba, así que inclinó su cabeza hacia atrás. Atrás. Muuuuy atrás, mirándolo por completo. Era un hombre tan imponente, una persona necesita una vista excepcional para verlo. Ella parpadeó en su dirección. —Me caí —susurró Tate. —Sí. Sí lo hiciste, nena —susurró Jameson en respuesta. Ella hipó. —¿Ganaste? —preguntó. Él suspiró y se agachó frente a Tate. —Por primera vez, no. Lideraste la última mano. Tenías todas las fichas. ¿Lo invitaste aquí? —preguntó Jameson con voz gentil. Tate negó y casi vomitó. —No. Él vino en busca —contestó. —¿En busca de qué? —En buscaaaaa… —¿Querías que él hiciera eso? —Pensé que sí. —¿Le pediste que tuviera sexo contigo? —Jameson la interrogó. Preguntas. Muchas preguntas. P. Qué extraña letra. —No. Él lo pidió. No puedo sentir mis labios —le dijo. —Y tú dijiste que sí —susurró Jameson. Ella asintió. —Sí. Tienes una belleza danesa. Me gustaría un financiero para mí —dijo riendo. Jameson le sonrió. —Espera aquí, por favor —le pidió, y luego salió de la habitación. Ella se recostó en el suelo. Se acurrucó en posición fetal. Estaba segura que estaba llorando. ¿Qué había hecho? ¿¡Qué había hecho!? Algo horrible, terrible. Jameson era Satán, pero ella era peor. Él lastimaba a otras personas, lo cual era malo. Ella se lastimó, lo cual era mucho peor. Todo lo que tengo es a mí misma. Jameson regresó a la habitación. Tate logró enderezarse de nuevo, pero tuvo que mantener las manos en el suelo para no caer. Él se agachó de nuevo, y Tate lo miró.

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Entrecerró los ojos. Tenía algo en sus brazos, montones. Empezó a dejarlos caer al suelo, todos frente a ella. Bajó la mirada, trató de concentrarse. Oh, eso es mucho dinero. Cuando no hubo más, ella se volvió hacia él. Tenía las manos entrelazadas. —Ocho semanas. $4.000 por semana. Sus servicios ya no son necesarios, señorita O'Shea. Por favor, lárguese de mi jodida casa —dijo, oh-tan-cortésmente. Tate mantuvo sus lágrimas bajo control hasta que salió de la habitación. Luego sollozó. Se puso de pie. Se quedó mirando el dinero. Regreso a tropezones al baño. Trató de no mirar el espejo roto o la sangre en el mostrador. Levantó la botella de Jack del suelo, y luego la botella de píldoras también. Luego, al salir del baño, tomó un juego de llaves de un gancho junto a la puerta. Cuando salió de la habitación, apartó del camino el dinero de una patada. Tate no quería ver a nadie, no quería que nadie la viera. Fue por las escaleras traseras, previamente las escaleras de servicio. Tuvo que ir por la puerta trasera y salir por el lado de la casa para llegar a la entrada. Cuando llegó a la fila de autos, presionó el botón de alarma del auto hasta que vio las luces del Bentley. —Gracias a Dios —murmuró, arrastrando los pies en esa dirección. Tenía su mano la puerta cuando hubo un crujido. —¿¡Qué estás haciendo!? —Una voz gritó desde atrás, y entonces la apartaron y giraron. Sanders estaba sosteniendo sus brazos. —¡Sandy! —gritó, cayendo a un lado. Él pasó un brazo alrededor de su cintura, la mantuvo en posición vertical y luego la apoyó en el auto. —Oh Dios mío, ¿qué pasó? —preguntó, sosteniendo su rostro hacia la luz. Ella se apartó. —Oh, Sandy, ¿no te dijo? ¡Gané! Finalmente, finalmente gané. Anota uno al rival pequeño. Me voy a casa ahora, no sé si alguna vez te vuelva a ver —le dijo, moviéndose y abriendo la puerta del auto. —No creo que sea buena idea —dijo Sanders rápidamente, agarrando su brazo de nuevo. —Oh, de verdad creo que sí. El señor Kane me pidió personalmente que me fuera. Es un mal perdedor. Por favor, mantente en contacto —pidió, tratando de caer en el asiento. Sanders la levantó de nuevo. —Por favor. Te lo ruego. Sólo quédate aquí —le pidió. Ella lo rechazó. —No me quedaría aquí ni un minuto más, ni siquiera si me pagaras —le informó. Él la tomó por los brazos con fuerza. —Tatum —dijo su nombre bruscamente. Eso le llamó la atención. Sanders nunca, nunca dijo su nombre de pila antes; quería llorar de nuevo—. No hagas esto. —Tengo que hacer esto —respondió, y luego lo empujó tan fuerte como pudo. Él tropezó con los guijarros sueltos y ella se acomodó en el auto, bloqueando las puertas.

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Sanders golpeó el techo, pero no le hizo caso y encendió el auto. Lo saludó con los dedos mientras se alejaba. Ven. Esto no es difícil. Mucho más fácil que jugar con Jameson Kane.

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~ 16 ~ —T

ienes que detenerla. Jameson levantó la mirada. Sanders entró rápidamente a la biblioteca. Lucía como un fantasma.

—¿Disculpa? —preguntó Jameson, echándose hacia atrás en la silla de su oficina. —Tatum. Acaba de irse —explicó Sanders. Jameson se rió. —Creo que eso es mejor —respondió. Sanders negó. —No. Está ebria, Jameson —exclamó. Jameson frunció el ceño. —Estará bien. —¡No estará bien! Acaba de… Jameson estrelló su mano con fuerza en su escritorio. —¡No hables jodidamente de ella! No quiero escuchar su nombre, nada. ¡Ni siquiera te refieras a ella! —gritó. Sanders lo miró fijamente por un minuto. —No dices en serio nada de esto. La necesitas. Lo que hiciste estuvo mal. Ve a buscarla y discúlpate —dijo con voz neutral. Jameson estaba sorprendido. —No voy a disculparme por una mierda. Sí, hice algo jodido. Ella folló a mi amigo, Sanders. Mi socio, en mi propia casa. ¡En tu baño! Le di dinero, se fue. Se terminó, se acabó. Olvídalo —le espetó—. Sanders respiró profundamente. —¿Estás diciendo que no irás tras ella? ¿Ni siquiera, por los menos, para asegurar su seguridad? —preguntó. Jameson lo fulminó con la mirada. —Estás demasiado cerca del límite —le siseó. Sanders se enderezó. —Entonces considere esto mi notificación de renuncia, señor —le informó. Las sorpresas no terminaban. —No puedes decirlo en serio. —Jameson realmente se rió. Sanders se negó a mirarlo. —De inmediato. Voy a sacar mis cosas y me iré en menos de una hora —le dijo. Jameson se levantó. —¡Prácticamente soy tu familia! ¡Apenas la conoces! Me conoces hace… ¡una eternidad! —gritó.

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—No deseo ser empleado de un hombre de su calibre, señor. Lo encuentro debajo de mí —respondió Sanders. Ella realmente lo cautivó. —Si realmente te sientes de esa forma, Sanders, entonces, bien. Ve. Te deseo lo mejor. Este trabajo no estará esperando por ti. —Jameson intentó terminar con su rabieta. —Discúlpeme, señor, pero yo no lo buscaré —dijo Sanders, luego de apresuró en salir de la habitación. Jameson parpadeó, luego levantó un florero pesado de cristal. Lo arrojó contra la pared con toda su fuerza. Lo observó explotar por todas partes. Bueno, maldición, nadie jode algo como yo…

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~ 17 ~ T

atum no estaba segura cómo lo hizo, pero regresó a Boston sin chocar, y sin ser arrestada.

No podía entender por qué estaba tan molesta. Había bebido lo suficiente como para noquear a un marinero. Los dos Xanax tampoco habían sido de ayuda. Luchó por abrir la botella de píldoras mientras conducía, desviándose todo el camino. Llevó cinco píldoras más a su boca y luego bebió más whisky. Cuando miró la botella y vio que sólo quedaban cuatro píldoras, pensó, qué diablos. Cualquier cosa para detener el dolor. Arrojó La botella vacía por la ventana. Entonces, cuando estaba justo fuera de los límites de la ciudad, tomó su teléfono. Llamó a la única persona en la que podía pensar; la única persona con la que quería hablar, en su vida. —Me alegra tanto que hayas llamado, cariño. Lo siento por todo lo que dije… — comenzó a parlotear Ang en el momento en que contestó el teléfono. Ella soltó un fuerte sollozo y él se detuvo. —No puedo, Ang. Simplemente no puedo. Te necesito tanto. —Tate lloró. —¿Qué pasa? ¿Dónde estás? —preguntó. —No sé, no sé dónde estoy. ¿¡Qué estoy haciendo!? Él fue tan horrible, Ang. Tan horrible. Y ella era tan hermosa —sollozó, tosiendo e hipando. —Jesús, suenas realmente borracha, Tate. ¿Cuánto has bebido? —preguntó. —Oh, no, no, no, no lo suficiente. No lo suficiente ni de cerca —contestó, su respiración entrecortada. —¿Dónde estás ahora mismo? —preguntó de nuevo. —Soy una persona horrible, Ang. Hice lo peor —susurró, sus palabras comenzando a sonar raro. El camino se estaba poniendo cada vez más borroso. —Oh Dios, ¿qué hiciste? —jadeó él. —No quería hacerlo. Sólo quería que sangrara un poco. No creo que tenga sangre. ¿Satán sangra? —preguntó, su mente empezando a nublarse. Como una niebla. Se desvió de carril y un auto le tocó la bocina. Volvió la rueda en su lugar. —Jesucristo, Tate, ¿¡estás conduciendo!? —le gritó. Ella tarareó al teléfono. —Estoy volando —susurró.

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—Mierda. Estaciona, ahora mismo. Iré a buscarte. Dime dónde estás —demandó. Ella negó. —No pierdas tu tiempo conmigo. No tengo reloj. —Se rió. —¿¡De qué mierda estás hablando!? Me estás asustando, detente. ¡Para el auto! —le ordenó. Ella negó violentamente de un lado a otro, y luego vio doble. —No puedo. Estoy tan sucia. Él me ensució. Tengo que quitarlo de mi piel. Tengo que estar limpia. Voy a ir a limpiarme. Limpia, limpia, limpia, limpia. —Comenzó a cantar suavemente, y luego dejó caer el teléfono. Golpeó el borde de la puerta y salió por la ventana abierta, llevando la voz gruñona de Ang por el camino. Hace mucho tiempo, en uno de sus paseos por la ciudad, Ang y ella habían descubierto una piscina. En un barrio más agradable. De tamaño olímpico y hermosa. Pero la entrada era costosa. A la mierda. Habían encontrado una ventana del sótano que se abriría si alguien la movía del modo correcto. Todo en lo que Tate podía concentrarse era en llegar a esa piscina. Estacionó el auto, o al menos estaba bastante segura que lo hizo, y logró abrir la ventana, sin problema. Bajar fue otro problema. Estaba bastante segura que se había torcido el tobillo. Se acercó a la piscina. Grandes ventanas se alineaban en la parte superior del edificio, inundando la habitación con luz desde el estacionamiento. Todo tenía un brillo misterioso y plateado. Caminó por el borde de baldosas, quitándose la ropa. Cuando quedó con su ropa interior, entró a la parte profunda. Se adentró un poco más y luego se puso de espaldas. Flotando al espacio exterior, la botella de Jack Daniels todavía estaba en una mano, flotando junto a ella. Miró fijamente al techo. ¿Vea? Esto es bonito. Silencioso y tranquilo. Eso es todo lo que siempre quise.

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~ 18 ~ A

ng robó el auto de su compañero de cuarto para llegar a Beacon Hill. No podía estar seguro de dónde estaba ella, pero había estado hablando sobre querer estar limpia, así que tuvo una idea. Cuando vio un Bentley estacionado en medio de la hierba, supo que había adivinado bien. Salió del auto rápidamente, sin siquiera preocuparse en apagarlo. Golpeó las puertas delanteras del edificio, con la esperanza de llamar la atención de un guardia de seguridad. Nada. Ang corrió hacia la parte de atrás, ni siquiera se molestó en mover la ventana. La pateó completamente y luego cayó al sótano. Corrió por la habitación, luego subió dos tramos de escaleras. Encontró un tacón en la parte superior. Corrió por las zonas divisorias entre los vestuarios. Encontró otro tacón. Primero corrió por el vestuario de mujeres, rezando que estuviera allí, que se haya desmayado o vomitado. No hubo tal suerte. Fue rápidamente a la zona de la piscina principal. Había un rastro de medias, un cinturón y un vestido que llevaba al lado de la piscina. Corrió a lo largo del borde y luego sin siquiera pensar en ello, simplemente saltó a la piscina. No estaba en aguas muy profundas, sólo le llegaba al pecho. Tate estaba flotando de espaldas, con los brazos extendidos hacia los lados, las piernas hundidas un poco en el agua. Una botella de Jack Daniels flotaba cerca. Ang se acercó y la agarró por los brazos. Sólo llevaba sujetador y bragas, y su piel estaba helada al tacto. La piscina no estaba climatizada por la noche. —Dios, Tate, ¿¡qué hiciste!? —gritó, colocando una mano bajo su mandíbula y mirándola. Sus ojos de chocolate rodaron hacia él. No enfocaban lo suficiente. Ella miró por encima de su hombro. Alrededor de la habitación. Al techo. Sus pupilas eran enormes, tragando sus irises. Parecía poseída. Maldito Satán. —Estoy bien —murmuró Tate. Él comenzó a arrastrarla hacia el borde. —No estás bien. Esto se ve tan, tan, tan mal —le gruñó. Ella suspiró y sus ojos se cerraron. —Estoy bien, Ang. Estoy bien —susurró. La sacó de la piscina y luego salió tras ella. Se quitó la chaqueta y la colocó bajo su cabeza, levantándola. Gritó su nombre, pero ella no abrió los ojos. Le dio una bofetada. Aún sin reacción. Realmente empezó a entrar en pánico.

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Sin pensarlo dos veces, Ang le abrió la boca y metió dos dedos en su garganta. No funcionó la primera vez, pero la segunda vez realmente los hundió más. Ella se lanzó hacia adelante, rodando hacia un lado mientras vomitaba toda su mano y al suelo. —Dios, gracias a Dios, eso es todo. Sácalo todo. —Ang la alentó, frotándole la espalda. Ella sollozó y volvió a vomitar. Todo era líquido. Copiosas cantidades de líquido ámbar. Cristo, ¿cuánto bebió? Finalmente se cayó contra él, llorando. Su maquillaje estaba por todas partes, fluyendo por su rostro. Estaba temblando, todo su cuerpo temblaba. La miró, apartándole el cabello del rostro. Nunca antes había visto a Tate así, tan destrozada. Le dolía el corazón. —Lo siento —sollozó ella, extendiendo una mano y tomando su camiseta—. Lo siento tanto. Soy un desperdicio. Una pérdida de tiempo. Lo siento tanto. —¡Para! ¡Deja de decir eso! ¡Vales cada minuto que he pasado contigo! ¡Más que eso! —gritó en respuesta. La mirada de ella finalmente encontró la suya y le sonrió. Realmente le sonrió. —Ang. ¿Por qué no fuiste tú? —susurró, su mano subiendo para descansar en su mejilla. —No lo sé, cariño. Ojalá lo hubiera sido —susurró en respuesta. Tate asintió y cerró los ojos. Su mano cayó. Parecía que estaba durmiendo. Incluso empapada y cubierta de maquillaje, seguía siendo hermosa. Tenía un alma hermosa, brillaba a través de todo lo que hacía, sólo deseaba que ella pudiera verla. Sus temblores se aceleraron, se volvieron más violentos. Ang decidió que quizá fuera el momento de llevarla a algún lugar más cálido, e intentó levantarla. Pero sus temblores se convirtieron en algo más. Todo su cuerpo temblaba; él no podía sostenerla. Cuando volvió a mirar su rostro, sus párpados se abrían y cerraban. Todo lo que podía ver era la parte blanca de sus ojos. Líquido saliendo de su boca. Estaba teniendo una convulsión, temblando tan violentamente, que pensaba que iba a romperse el brazo o la pierna. O el cuello. Él empezó a gritar, tomando sus hombros lo más fuerte que pudo. —¡QUÉ ALGUIEN NOS AYUDE!

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Continuará…


Todo es diversión y juegos hasta que alguien sale herido, y lo que Jameson Kane le hizo a Tatum O'Shea va más allá de una simple herida, él está completamente en la categoría de lo imperdonable. Tate dice que quiere que se vaya para siempre, y él rápidamente aprende que el viejo dicho: No sabes lo que tienes, hasta que lo pierdes es definitivamente cierto. Pero Jameson nunca ha sido muy bueno en seguir instrucciones, y cuando Satán decide buscar redención, llegará a medidas extremas hasta conseguirla. Propone un último juego, uno para acabar con todos, si ella acepta jugar. Está muy confiado que puede ganar, pero Tate le advierte que eso no es posible; ella no va a perder otra vez. Poco sabe que Jameson está preparado para hacer lo que sea. Preparado para poner el mundo entero a sus pies. Preparado para aplacar su alma.

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Acerca de la Autora Mujer loca de un lugar remoto en Alaska (Donde la necesidad de una mente creativa es necesaria), he estado escribiendo desde... ¿siempre? Sí, eso suena bien. Las personas me han dicho les recuerdo a Lucille Ball, también veo matices de Jennifer Saunders, y Denis Leary. Así que básicamente, me río mucho, soy muy torpe y digo la palabra J MUCHO. Me gustan los perros más que ciertas personas y no confío en nadie que no beba. No, no vivo en un iglú, y no, el sol no pone durante seis meses al año, allí está tu lección del día de Alaska. Tengo el cabello de sirena, tanto una maldición como una bendición, y la mayor parte del tiempo hablo tan rápido, que incluso yo no puedo entenderme. Sí. Creo que eso lo resume todo de mí.

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The Kane Trilogy #1  

Degradation Stylo Fantome

The Kane Trilogy #1  

Degradation Stylo Fantome

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