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Ildefonso Mª Luis García Palacios cmf

Un itinerario inesperado El diario de Ilde

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“El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio o procedimiento, comprendida la reprografía y el tratamiento informático, sin la preceptiva autorización”

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© Publicaciones Claretianas, 2012 Un itinerario inesperado Juan Álvarez Mendizábal, 65 dpdo, 3º 28008 Madrid Administración: Carlos Iglesias Teléf.: 915 401 268 Fax: 915 400 066 Internet: http://www.publicacionesclaretianas.com E-Mail: publicaciones@claret.org comercial-ventas@claret.org ISBN: 978-84-7966-414-5 Depósito Legal: M-10606-2012 Impreso en España - Printed in Spain Maquetación: Verónica Navarro Jiménez Correcciones: Ruth Guerrero Imprime: Afanias

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Presentación El autor de este diario es un joven Misionero Claretiano cuyo nombre completo es Ildefonso Mª Luis García Palacios, aunque la mayoría de nosotros lo conocemos y le hemos llamado siempre con el apelativo de Ilde. Estas páginas constituyen el diario espiritual en el que nuestro autor ha ido plasmando sus experiencias y reflexiones a partir del día en que le fue diagnosticado un cáncer de la glándula suprarrenal, en estado ya muy avanzado. En sus cuadernos de apuntes espirituales y, más tarde, a través del ordenador, Ilde nos ha dejado un vibrante testimonio de cómo la enfermedad iba progresando por su cuerpo, sin que pudiera doblegar su profunda confianza en Dios, que le ha mantenido sorprendentemente alegre y sereno hasta el día de su fallecimiento, ocurrido el 24 de enero de 2012. No es ahora el momento para hacer valoraciones o comentarios por nuestra parte en torno al 7

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contenido de estas páginas conmovedoras, que por sí mismas resultan ya suficientemente claras y elocuentes. Pero puede ser útil reseñar con brevedad algunos datos biográficos, sobre todo en atención a los lectores que no han tenido la suerte de conocer a Ilde personalmente. Ilde nació en La Laguna (Tenerife) el 1 de marzo de 1986, en el seno de una familia numerosa. Sus padres, Carlos Jacinto y Mª de las Nieves, han tenido cinco hijos: Carlos, Ildefonso Luis y Francisco (mellizos), Rita y David. Completados los estudios de Educación Secundaria en Sta. Cruz de Tenerife (IES Anaga), en septiembre de 2003 Ilde ingresó en el Centro Juvenil Claretiano de Sevilla. Durante dos años residió en este Centro, situado en el barrio de Heliópolis, mientras hacía los cursos 1º y 2º de Bachillerato en el Colegio Claret. Allí mismo realizó, desde febrero de 2005, la etapa del Postulantado Canónico, para trasladarse seguidamente al Teologado Claretiano de Granada, donde el 8 de septiembre del mismo año iniciaba la experiencia del Noviciado. Tras concluir el primer año de Noviciado canónico, Ilde ha seguido su proceso de formación inicial, realizando los estudios filosófico-teológicos en la Facultad de Teología de Cartuja, en la misma ciudad de la Alhambra. El 28 de octubre de 2007, durante la clausura del Centenario de la Provincia Bética, Ilde emitió sus primeros votos religiosos en Sevilla de manos del Rmo. P. José Mª Abella, Superior General de la Congregación Claretiana. Más recientemente, el 23 de octubre de 2011, Ilde pudo realizar su 8

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ansiada profesión perpetua en una emotiva celebración presidida por el P. Provincial, Félix J. Martinez Lozano. El avance de la enfermedad había producido ya serios estragos en sus órganos vitales, pero no pudo impedir que éste fuera –como él mismo confiesa– el día más feliz de su vida. Eso sí, la celebración tuvo que realizarse en la capilla del hospital Ruiz de Alda de Granada, en cuya Unidad de Cuidados Paliativos se hallaba. Ilde ha vivido el desarrollo de su enfermedad con clara conciencia de su gravedad y al mismo tiempo con una gran serenidad y entereza, poniendo su vida en las manos de Dios y haciendo del cáncer un motivo de seguimiento e identificación más plena con Jesucristo crucificado y resucitado. El pasado 30 de noviembre escribía: “Hoy día 30 el Señor me sigue llamando a un seguimiento más estrecho, uniendo a Getsemaní casi con la Cruz. Los médicos anuncian ya fallos en los pulmones y se plantea la sedación absoluta como realidad. […] Pidamos al Padre que en estos momentos de oscuridad en nuestro seguimiento cotidiano descubramos que el Crucificado-Resucitado es quien nos sostiene”. Efectivamente, a principios del mes de diciembre, la estimación clínica hacía prever un desenlace final inminente. Y, sin embargo, esa muerte anunciada se hizo esperar todavía casi dos meses, permitiendo que Ilde pudiera despedirse tranquilamente de los suyos y preparara, con gran lucidez y serenidad, su partida de este mundo. El 23 de enero aún pudo celebrar entre nosotros el día de su onomástica, pero a la mañana siguien9

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te exhaló plácidamente su último aliento. En ese momento Ilde estaba acompañado por su madre, que, junto con los miembros de la comunidad claretiana y el resto de la familia, se ha ido turnando para permanecer a su lado ininterrumpidamente. La Eucaristía de despedida tuvo lugar en la tarde del día 25 en la capilla de las Religiosas Hospitalarias del Sdo. Corazón de Jesús, en cuyo centro asistencial Ilde había trabajado apostólicamente hasta que le faltaron las fuerzas. Con una asistencia multitudinaria, esta celebración eucarística fue una gran manifestación de fe y de agradecimiento a Dios por todo lo que nos ha regalado a través de la vida, pasión y muerte de nuestro querido hermano Ilde. Tras recorrer un “itinerario inesperado”, él ya ha alcanzado la meta que tanto ansiaba y puede gozar plenamente del Amor de Dios, el gran Tesoro de su vida. Podemos percibir este recorrido espiritual a través de las páginas de este diario, que –cumpliendo uno de sus deseos– ahora damos a la luz. Así lo expresaba él mismo en una nota introductoria, con la que ponemos fin a esta presentación: “Este documento desordenado en fechas y sin continuidad está escrito por Ildefonso Mª Luis García Palacios cmf. Ha sido el resultado de reflexiones, oraciones, meditaciones en el transcurso de una experiencia singular, vivida desde la fe, como es el cáncer. A lo largo de este tiempo, han sido muchas las personas que, al leer lo que Dios iba haciendo en mi vida, le han redescubierto en las suyas. Por ello, no pretendo privar a nadie de lo que de Dios he recibido 10

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gratis. Quiero dar gratis lo gratis recibido, desde la alegría del Evangelio. Así pues, mis superiores tomen las decisiones oportunas respecto a este material.” José Mª Hernández Martínez cmf Granada, 11 de febrero de 2012 Festividad de Ntra. Sra. de Lourdes

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25 de mayo de 2010 Hoy, tras pasar apenas dos días en la UVI, me han subido a planta. Estoy solo en la habitación. Me siento muy solo físicamente, aunque sé que no estoy solo, porque tú, Señor, estás conmigo. No estoy solo tampoco porque veo que mis hermanos están continuamente viniendo, animándome con una sonrisa, con un gesto sencillo, transmitiéndome mucho amor, cariño y muchas ganas de seguir adelante; apoyándome en este momento tan difícil. Todavía no me explico lo que estoy pasando, lo que me han descubierto. Sigo diciéndome a mí mismo que “no es posible”. ¿Cómo es posible que tenga un tumor entre el riñón izquierdo y el páncreas y que también tenga metástasis en los pulmones? No me lo explico, porque para mí ahora mismo es inexplicable tener cáncer. Mi situación es difícil: ¡Para qué tener un tumor pequeño cuando 13

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puede ser bien grande, casi como una pelota de balonmano! Señor, en estos dos días desde que tuve la crisis de dolor, he tenido mucho tiempo para pensar, para reflexionar y orar con esta nueva situación. Esto es un itinerario totalmente inesperado que ha dado un gran vuelco a mi vida. ¡Tengo cáncer! Hace unas semanas se cumplía el aniversario de la muerte de Paco, un gran hermano al que tuve mucho aprecio y que murió de cáncer. Yo me preguntaba el año pasado por estas fechas: “Señor si tuviera cáncer, ¿viviría esta situación desde la fe?”. Ahora mismo, Señor, te puedo decir que sí, tal vez porque estoy conmocionado por la noticia y me coge un poco de improviso, o tal vez porque es la mejor excusa para no llorar y no decaer en la angustia y la desolación, para no volverme totalmente desesperado y mantener los pies en el suelo. Hace unos momentos he recibido la comunión. Llevaba casi un día y medio sin tenerte en mi interior y era algo que necesitaba. Lo primero que he hecho, nada más llegar a la planta, ha sido pedir la comunión. Ha venido un sacerdote mayor y me la ha dado. Para mí, Señor, ha sido un auténtico regalo, un impulso que me ha hecho mirar de frente esta situación, llenarme de tu fuerza y seguir hacia adelante. He sentido por primera vez con gran intensidad tu presencia dentro de mí, casi igual que cuando tomé la primera comunión. Me he sentido como en aquellos momentos, y por un instante se me ha venido a la cabeza ese primer encuentro en que por fin te recibí. Yo en aquellos momentos quería ser como Jesús, quería ser Misionero y entregar mi vida por amor. 14

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Estos días, en medio de la incertidumbre, he descubierto lo importante que eres para mí, Señor, lo lleno de ti que me siento, y que muchas veces no soy capaz de valorarlo una vez que comulgo y tú entras en mi corazón. Ahora, Señor, aunque la situación no es para nada buena, siento que no tengo nada que temer, porque tú estás conmigo. Gracias, Señor, porque no sé qué haría en estos momentos si no te tuviera a ti, si no tuviera la fe en ti, si no estuviera seguro de que estás ahí, aunque haya mucha gente que diga que no existes, o que eres un invento de la religión. Señor, en estos días ha habido dos personas que constantemente se han preocupado de mí y me han hecho sonreír y han querido compartir conmigo varios momentos. Me gustaría darte las gracias por ponerlos en estos días. Ella se llama Clara. Me ha tratado como a su hijo. Su marido y su hijo se llaman Alfonso y, al preguntarme de dónde era, si tenía hermanos y cómo me llamaba, me dijo: “Pues el tiempo que estés aquí te voy a llamar Alfonso”. El trato que recibí de su parte fue prácticamente el que tiene una madre con su hijo. Para mí fue una auténtica bendición, un gran regalo caído del cielo en aquellos momentos que para nada estaban siendo fáciles. Ella en estos días estuvo pendiente de mi cuidado. Yo le estoy muy agradecido porque la verdad es que me facilitó todo, y humanamente me he sentido muy querido y acogido, con mucho cariño y delicadeza por su parte. No tengo mucha experiencia de un hospital, pero la verdad es que en ese sentido me he sentido realmente cuidado 15

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y tratado como un ser humano, y no como un objeto. Recuerdo que yo sonreía todo el día. Un día, una médico en su presencia me preguntó: “¿Por qué sonríes tanto?”. Yo le contesté: “Porque la sonrisa y la alegría son el secreto de experimentar el amor de Dios”. La doctora se quedó un poco sorprendida, tal vez no se esperaba esa respuesta. Sin embargo, yo así estaba experimentando mi situación aquellos días. Me sentía profundamente amado por Dios en la enfermedad y en la debilidad humana, comprobando la insignificancia del ser humano y meditando esos versos del salmo que dicen: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿El ser humano para darle poder?”. Justamente la respuesta la estaba teniendo ahora. Para Dios lo más importante somos cada uno de nosotros, su creación, sus hijos, y así me sentía yo: querido por Dios y presente en su memoria. Estando esos días en la UVI un sacerdote de la diócesis, cuyo nombre no recuerdo ahora, vino varias veces a visitarme. Estaba pendiente de cualquier necesidad que tuviera y me dijo que me sintiera como en casa, esbozando una gran sonrisa mientras señalaba la habitación individual en que me encontraba, con atenciones y cuidados exhaustivos. Yo le agradecí mucho su presencia, pude hablarle de mi estado y expresarle la profunda alegría que sentía, por más incomprensible que esto pudiera ser en aquellos momentos. Estando ya en planta, por la noche, recuerdo que un hermano de comunidad quiso acompañarme y estar pendiente de mí toda la noche, 16

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aunque ello le costara su descanso. Ésta ha sido una experiencia que he agradecido mucho a Dios durante todo el tiempo que he estado hospitalizado, porque sin duda alguna he descubierto de esta manera el tremendo cariño que tienen mis compañeros por mí. En fin, recuerdo que estuvimos hablando y hablando, aunque más bien fui yo quien no paraba de hablar del cúmulo de sentimientos y sensaciones que tenía en aquellos momentos. Recuerdo que, cuando le comenté la experiencia que había tenido al recibir la comunión, él con alegría y profundo sentimiento me dijo: “¡Ilde, si sales de ésta, a ser santo!”. Aquellas palabras produjeron en mí un silencio muy grande, habían calado hondo. No había caído en la cuenta de que también desde la enfermedad se puede ser misionero, se puede anunciar el Reino simple y llanamente compartiendo la experiencia que uno va teniendo de Dios. Esta ha sido mi aportación durante estos períodos de hospitalización: he compartido sin cansarme las cosas y las experiencias que de Dios iba recibiendo. Esa misma noche llegó a la planta un compañero de fatigas. En los días siguientes descubrí que era un chico que tenía cáncer, que llevaba un año con quimioterapia y que al parecer no había habido ninguna progresión positiva que pusiera remedio al tumor que se hallaba en su cuerpo. Es un tumor benigno pero situado en una zona que es difícil de operar, y por ello le están dando quimioterapia para empequeñecer el tumor. El caso es que se sucedieron unos días en que él estaba apático, sin ganas de vivir y quejándose continua17

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mente porque no veía ningún tipo de mejoría. En uno de esos momentos dirigió su mirada hacia mí y me preguntó qué me pasaba; por qué estaba allí. Yo, sonriendo, le respondí: “Tengo un tumor maligno instalado entre el riñón izquierdo y el páncreas y con metástasis en los pulmones. Los médicos dicen que me tengo que operar cuanto antes, pero no pueden hacerlo hasta que tenga la tensión arterial estabilizada, porque de lo contrario me puedo quedar en la mesa de operaciones, mientras me ponen la anestesia”. Él guardó silencio durante unos instantes, y al rato me preguntó: “¿Cómo te encuentras tú?”. Yo, sonriendo de nuevo, le dije: “Me encuentro bien, aunque por dentro las cosas parece que no van tan bien”. Y me reí. Luego le dije: “Ten mucho ánimo: tu tumor es benigno, el mío maligno; a ti si empequeñece te pueden operar, a mí no; tú puedes recuperarte en un futuro no muy lejano, pero yo probablemente no”. Una de las cosas que más me llamó la atención durante los días que estuve compartiendo habitación con este chico fue la actitud de la madre. Ya debe ser duro tener la enfermedad, pero que una madre esté noche y día al cuidado de su hijo, y más en estas circunstancias, creo que debe ser bastante duro. Sin embargo, mientras en los comentarios del hijo encontrabas desánimo y desesperanza, en su madre encontrabas ilusión, ánimo, alegría, esperanza, palabras de cariño y consuelo. Para mí, en muchos momentos, cuando contemplaba a esta señora, fue un tiempo de oración en el que pude dar gracias a Dios por mis padres, por 18

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mi madre en especial. Ellas tienen algo que los hombres no podremos comprender nunca, por más que intentemos empatizar con una situación concreta que para mí es lo que hace a cada madre especial. Me refiero al embarazo: durante ese período se gesta un proceso vital de desarrollo, marcado por las primeras impresiones; la madre nota cómo su pequeño está lleno de vida y lucha por crecer para poder un día, tras los nueve meses, salir. Y, al mismo tiempo, el pequeño experimenta el cariño y amor de la madre cuando le habla. A ella le debo la vida y por eso justamente, a pesar de encontrarme en la enfermedad, no tengo motivo para tirar la toalla, ni mucho menos, sino que es más bien un estímulo para seguir adelante a pesar de la adversidad. Una vez me dijeron que la lucha, hasta que no acabe, no está perdida. Sólo cuando no es posible, sólo en ese momento, se sabe quién ganó y quién se quedó a punto. 23 de junio de 2010 Señor, hoy quiero darte las gracias por haber vuelto sano y salvo del hospital, tras la operación a la que me he visto sometido por necesidad. Han sido días difíciles en los que en algún que otro momento perdí la calma y la paz, interior y exterior, lo que se tradujo en nerviosismo y desesperación. Es cierto, y supongo que normal, que cuando uno se encuentra al borde del abismo y ve cercana su caída, las ganas de vivir y la actitud misma varían, se transforman y se potencian, y 19

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uno siente muchas más ganas de vivir. Los días que transcurrieron en la Sala de Reanimación fueron días duros, aunque a la vez profundos y muy llenos de ti, Señor. Experimentar la más absoluta debilidad y ver cómo no puedes asearte, moverte, incorporarte por ti mismo, es una experiencia de auténtica impotencia humana, que en cierto modo a mí me ha ayudado a curar al ego para hacerlo un poco más humilde. Esta misma experiencia la he vivido también desde la gratuidad, generosidad y cariño de los hermanos y enfermeros, viendo en cada uno de sus gestos y atenciones la presencia de Dios. Para mí ha sido una experiencia gratificante, que me ha llenado y sigue haciéndolo del Dios sufriente que por amor se ha hecho hombre. Tras salir de Reanimación ha habido también días duros, sobre todo los dos primeros, aunque en general lo han sido todos. El verme físicamente débil y con muchos dolores provocaba en mí desgana y mal humor. Todo a mí alrededor parecía negativo. Además de eso, surgían situaciones que me provocaban mayor sufrimiento y aumento de los dolores, como eran los vómitos. No obstante, con el paso de los días pude ir viendo que si era capaz de poner toda esta situación mirando al Crucificado, todo tendría otro sentido. Y así ha sido: cada vez que el dolor tocaba a mi puerta, recordaba los sufrimientos de Jesús en la cruz, por mí, por todos. Este pensamiento me ayudaba incluso a no pedir calmantes por las noches. Así he descubierto aquello que dice San Pablo: “Todo lo puedo en aquél que me conforta”. 20

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Ahora llevo unos días en casa, disfrutando de la cercanía y extrema atención de los hermanos de comunidad. Dice una canción que hemos cantado varias veces en los Laudes y las Eucaristías mañaneras: “Qué hermoso es vivir unidos como hermanos.” Para mí esta frase está siendo una auténtica novedad, está siendo una vivencia profunda por la que estoy dando gracias continuamente a Dios. Me siento muy en comunión con toda la Iglesia. Son muchas las personas que, conociéndome o no, están rezando al Padre por mi situación, por mi vida. Me siento misteriosamente unido a esa corriente espiritual de la Iglesia que es la oración continua, que me hace sentir muy cerca de Dios y a Dios. Siento en mi interior un profundo sentimiento de gratitud a Dios por este tiempo, sin duda alguna de gracia, que me está otorgando, sin yo merecerlo para nada. El camino de ahora en adelante sé que será muy difícil y que vendrán momentos duros, de bajón, incomprensión e incluso desesperación ante la posibilidad de que se acerque la muerte, tocando a mi puerta y llamándome. Por eso creo que este tiempo, poco más de un mes, está siendo el horizonte previo para caminar hacia este nuevo horizonte más nublado y oscuro que se presenta ahora a las puertas, cuando la biopsia ya ha confirmado la malignidad del cáncer: es un carcinoma suprarrenal maligno. Un momento que recuerdo con alegría y gratitud se produjo unos días antes de recibir el alta. Me dieron permiso para bajar a pasear, y con alegría me puse a caminar para ver qué encontraba. Entré junto con un hermano de comunidad a la 21

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capilla del hospital. No estuvimos mucho tiempo, tal vez unos diez minutos, pero para mí fueron muy intensos y llenos de Dios. Había escritas dos palabras que presidían la Capilla: Ego Sum. Para mí era la primera vez que leía esta expresión de la Palabra de Dios, que ha calado con fuerte intensidad en mi interior y que ha dado sentido a todo lo que hasta ese momento había estado viviendo y experimentando: “Yo soy”. En Él he puesto toda mi confianza y todo mi ser, porque Él es mi tesoro. Ahora más que nunca veo que este mi tesoro es el que mueve mi vida. Antes era yo quien tristemente pretendía dirigir a este tesoro por las veredas que yo quería y que me interesaban. Siento ahora la profunda alegría de ese mercader que va en busca de piedras preciosas y que, al encontrarse una muy valiosa, vende todo lo que tiene porque en esa piedra que ha encontrado hay algo mucho más valioso de lo que tenía anteriormente. Y, lo más importante, esa piedrecilla que muchos pueden considerar hoy sin valor, a él le cambió la vida. Hacía mucho tiempo que no experimentaba esta alegría y, desgraciadamente, sé que ha sido porque la desidia y la mediocridad se instalaron en mi vida. Por eso ahora siento que tengo una oportunidad para intentar vivir en radicalidad y sencillez el seguimiento de Jesús muerto y Resucitado. Y veo en esta experiencia una misión: anunciar el Reino e intentar vivir en Dios desde mi situación. Yo le doy gracias a Dios por tener fe, por haber nacido en la familia en que lo hice y por 22

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haber recibido de ellos la fe que hoy me está haciendo vivir el cáncer con la conciencia de que Jesús es mi tesoro, que está conmigo y que no me abandona para nada. Dice el salmo 62: “Mi alma está unida a ti y tu diestra me sostiene”. Qué ciertas y sabias son estas palabras reveladas y qué necios y ensimismados estamos nosotros para no darnos cuenta de que es Él quien realmente nos sostiene. En la vida todos deberíamos tener un objetivo central: evitar en todo momento distraernos de lo que realmente hemos experimentado como lo más importante. En la vida siempre habrá situaciones de alegría, pero a la vez vendrán situaciones de gran dificultad, tristeza, desesperación, agonía, pérdida de un ser querido... Es en esta vida de tintes blancos y negros donde el color gris debe colorear y animar cualquier situación. Ya San Pablo lo decía: “Hay que dar gracias a Dios en todo momento, en cualquier circunstancia”. Esto me hace preguntarme: ¿Y por qué no dar gracias a Dios hoy por mi enfermedad? Pues, aunque muchos piensen que dar gracias a Dios ahora es una locura, yo les respondería que sí, es la auténtica locura de haber experimentado el amor, la alegría, la ilusión y el deseo de seguir a Jesús en este proyecto. Y justamente este proyecto, contrario a la lógica impuesta por el mundo, es lo que me está ayudando a vivir con serenidad, ilusión, fe y esperanza estos momentos en que puedo participar algo de los sufrimientos de Jesús en la cruz. Es una suerte experimentar, aunque sea de manera muy lejana, los sufrimientos 23

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que Jesús vivió. Ello me da fuerzas para perseverar en Dios con paciencia y sufrir en silencio los dolores que padezco, sabiendo que Él está ahí, acompañándome en ellos. En los últimos días he recibido mensajes de consuelo, ánimo, y también incomprensión. Todos se muestran abatidos por la noticia negativa. Muchos incluso se preguntan por qué Dios ha permitido esta enfermedad en mi persona. Justifican la pregunta enumerando una serie de virtudes, en la mayoría de las cuales no me reconozco. Soy un hombre débil y de pocos años y eso no es motivo para echar la culpa a Dios. Es posible que una noticia como ésta desde el primer momento no pueda ser acogida desde la fe, pero bueno, poco a poco Él otorga lo necesario para ir viviendo desde Él y para Él. Uno se dice a sí mismo que es normal la reacción de la gente. Mis 24 años son toda una vida llena de posibilidades que todavía están por realizarse, y de manera incomprensible aparece un cáncer, un tumor maligno con metástasis en el pulmón. Mi primera reacción espontánea es la misma: “¡Señor, tengo cáncer!”. Y surgen muchas preguntas que, conforme pasan los días, uno se da cuenta de que en el fondo son inútiles y no es necesario seguir profundizando mucho en ellas. Creo que son varios los motivos que me hacen pensar así: Nadie es culpable, el cáncer ha aparecido y está ahí, desde este nuevo itinerario inesperado es desde donde hay que seguir caminando. No es fácil decir esto cuando se sabe que el cáncer que tengo es muy raro y que el trata24

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miento de quimioterapia sólo intentará frenar en lo posible la enfermedad, porque raramente podrá curarla. Humanamente hablando, saber que la muerte está tocando a tu puerta es algo terrible; sin embargo, no debe ser un motivo de desaliento, porque Él nos espera para abrazarnos con su amor en el encuentro Cara a cara. El mayor pilar que me sostiene, a la vez realista y optimista, alegre y sonriente, ilusionado, deseoso, sereno y tranquilo, es la fe en Dios. Él es quien está guiando, llevando mi vida en estos momentos de Getsemaní y Calvario. Estar viviendo esta situación desde la fe no significa que no exista dificultad, ni adversidad, ni sufrimiento, ni desesperación, ni dudas. Todo lo contrario, todo esto se intensifica, o al menos yo así lo experimento. Simplemente, Dios concede en cada momento lo que uno necesita. No se trata de un número de magia en el que Dios hace un truquillo y ya está, todo solucionado. Las respuestas a estas preguntas difíciles que se plantean ante la enfermedad, creo que debo irlas elaborando personalmente, con objetividad y con sencillez, y por otra parte pasan inadvertidas en las pequeñas cosas de cada día. Tal vez para las personas que no tienen fe, que no creen en Dios, lo que digo a continuación no tenga sentido, pero para mí está siendo una auténtica fuente, un manantial de agua viva que está colmando mi fe y dándome fuerzas para seguir adelante pese a las circunstancias: porque “sé bien de Quién me he fiado”, porque “todo lo puedo en Aquel que me conforta”. 25

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Lo que realmente me mantiene con ganas de seguir adelante, pese a todo, es fundamentalmente el saber y experimentar en primera persona que Dios está a mi lado. Siento todos los días, en la oración personal y comunitaria, que Él me ama con locura y este amor es el que me ayuda a vivir esta enfermedad desde otra perspectiva y con gran tranquilidad. Es ahora en estos momentos donde, dejándome acoger y amar por Dios, uno encuentra gran consuelo, ganas de vivir, ilusión, respuestas a tantos interrogantes. En estos momentos uno descubre en primera persona su debilidad e insignificancia humana, así como la mediocridad de no saber valorar la grandeza que tiene cada día en sus 24 horas y el poco valor que al menos yo le suelo otorgar. Dios es amor y de ello no me cabe ninguna duda, y la mayor prueba de este amor y pasión que Dios tiene por la humanidad es que envió a su Hijo, que fue como nosotros: rió, se alegró, lloró, tuvo obstáculos en su vida, pero el amor y la fidelidad a la voluntad de su Padre eran el centro de su vida. Él se entregó por amor, porque creyó y vivió anunciando el Reino de Dios, el sueño de Dios. 7 de agosto de 2010 “Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.” 26

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La fe es un pequeño gran don que se nos es dado. Al acogerlo, profesamos algo que profundamente hemos experimentado y que está arraigado en nuestro interior. Se dice en otra parte del Evangelio que nada hay imposible para el que tiene fe. Es cierto que, con criterios humanos, en seguida damos las cosas por perdidas porque de hecho son imposibles. Sin embargo, la enfermedad me está enseñando a ver desde los ojos de la fe. Bien es cierto que esta fe gira en torno a una lógica concreta, que propiamente no es de este mundo: se llama Reino de Dios. Cuando humanamente las cosas parecían ir bien y que finalmente todo iba a terminar, sin embargo, de un día para otro las noticias se retuercen y ya no hay mejoría. Al contrario, aunque la metástasis en los pulmones parecía estar más bien parada, ahora surgen metástasis en el hígado, apreciándose dos lesiones en los segmentos V y VIII. Es fácil tirar la toalla en estos momentos y pensar que todo se ha terminado y que el camino que hay que seguir ahora es de curso descendente. Es cierto, esa posibilidad está ahí. Aunque también está la posibilidad de seguir luchando, con ánimo, esperanza y fe en que Dios está a mi lado, en que Él es la fuerza y fuente única en quien puedo apoyarme, para seguir caminando bajo su luz en este camino nada fácil del cáncer. Es justo sentirse impotente, desalentado, desesperanzado, triste, desolado, con miedo y con muchos interrogantes ante ese futuro que avanza para hacerse presente. Sin embargo, quedarse 27

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estancado en esta forma de sentir no es positivo, no ayuda a vivir la enfermedad y más bien contribuye a amargarse. Lo mejor es aceptar la realidad, sonreír, dar gracias, disfrutar, sentir, experimentar el día a día como si fuera el último que se va a vivir. A mí al menos esto me ayuda a vivir fielmente lo que Dios quiere para todos sus hijos: su felicidad.

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Un paréntesis: Relato de mi vocación Yo puedo decir hoy que soy testigo de las cosas que Dios manifiesta en el día a día a cada persona, cosas que se ven y otras que no se ven. A lo largo de estos 24 años, puedo decir que Dios ha hablado a mi vida de mil maneras. Ya desde muy pequeño Él me mostraba el camino de su seguimiento. Una vez, siendo yo pequeño y estando en una eucaristía, dije a mi madre: “¡Mamá, quiero ser como Jesús!”. Yo decía esto porque en las acciones que realizaba el sacerdote cuando lo veía por la calle personificaba la bondad, la cercanía y el cariño que Jesús tenía con todo aquél que se encontraba. Éste es el origen de la llamada que Dios hizo a mi vida desde temprana edad. Conforme fueron pasando los años, yo iba creciendo con esta inquietud que internamente sentía en mi corazón. Pasados unos años, viví una 29

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prueba, yo creo que de fuego, y determinante para que hoy pueda estar escribiendo la historia que Dios ha hecho en mí, que está haciendo y que seguirá escribiendo en mi vida. Recuerdo bien que era un viernes del mes de junio, y a última hora, en la clase de religión. Ese día la profesora había dado por concluida su asignatura y nos preguntó en clase a cada uno personalmente: “¿Qué quieres ser cuando te hagas mayor?” Como era de esperar, hubo varias respuestas y de distinta categoría: médicos, bomberos, futbolistas, enfermeros, abogados... Vaya, el futuro de la sociedad de entonces. Ahora bien, cuando llegó mi turno yo dije convencido y con una gran fuerza interior: “Quiero ser como Jesús, quiero ser Misionero”. En aquel momento se produjo un silencio que a mí me pareció interminable, eterno, y que, sin embargo, apenas duró unos segundos. Pronto comenzó a reinar en aquella clase un ambiente de burla y de humillación, que de algún modo yo esperaba, aunque parezca incomprensible esta reacción. Por dentro yo me preguntaba: “¿Por qué se burlan de mi felicidad? ¿Por qué se ríen de lo que Dios quiere de mí? ¿Acaso no comprenden que lo más importante es dar la vida por amor y no quedársela para uno mismo? ¿Acaso no hay más felicidad en dar que en recibir? ¿No es reconfortante amar gratuitamente, a pesar de no ser correspondido?” Recuerdo que durante un buen período de tiempo todo lo que siguió fueron burlas, insultos, humillaciones. Fueron situaciones y formas de comportamiento de las que no comprendía el porqué. 30

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El caso es que, a pesar de todo, yo los perdonaba, porque siempre he sentido que debemos perdonar, que todo el mundo se puede equivocar más de una vez aunque crea tener razón. No obstante, el paso de los años me hizo comprender que realmente no había perdonado de corazón, sino simplemente de palabra. Una de las cosas de que soy consciente es que Dios siempre me ha hablado en momentos cruciales de mi vida, y posiblemente este fue el primero, y además por medio de la música de un gran cantautor: Martín Valverde. Una canción suya que se llama “Debes primero perdonar” a mí me ayudó muchísimo, años después, a amar aquella situación que viví y tal y como la viví, y a descubrir cuál es el verdadero sentido del perdón, el que se hace con auténtico amor. “Sé que es difícil perdonar cuando no sabes amar, el rencor es algo tan amargo adentro, no te deja sonreír, ya no quieres vivir. Por qué no dejas eso atrás y empiezas a amar. Alguien que te amó su propia vida la entregó para que fueras libre de ese cautiverio. El perdonó a los demás sin importar si hicieron mal. Por qué, en lugar de odiar, no decides: voy a amar... Sólo tienes que amar. El perdonar es una decisión que deja en libertad tu corazón y limpia toda herida. La amargura en ti no reinará. Sólo Dios puede juzgar, tú no puedes condenar ni mucho menos murmurar. Si tú quieres que el Señor te perdone, debes primero perdonar. Alguien que te amó su propia vida la entregó para que fueras libre de ese cautiverio. Él perdonó 31

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a los demás sin importar si hicieron mal. Por qué en lugar de odiar no decides: voy a amar… Sólo tienes que amar. El perdonar es una decisión que deja en libertad tu corazón y limpia toda herida. La amargura en ti no reinará. Sólo Dios puede juzgar, tú no puedes condenar ni mucho menos murmurar. Si tú quieres que el Señor te perdone, debes primero perdonar. Si tú quieres que el Señor te perdone, debes primero perdonar.”

Se me vienen ahora mismo palabras y palabras, reflexiones y reflexiones que podrían iluminar esta canción, no obstante, me gustaría echar mano a un repertorio de frases que he escuchado y que me han ayudado. “Jesús desprendía un amor impotentemente entregado que lleva a dar la vida, y dar la vida por amor”. Esta frase la escuché en unos ejercicios espirituales que hice preparando la primera profesión. Para mí fue una bendición escuchar esta frase, pues en aquellos momentos estaba reflexionando y orando precisamente con esta etapa de mi vida en la que experimenté dificultades, que en sí no son muy grandes pero entonces eran un mundo para la edad que tenía. Eran un auténtico tsunami que se me venía encima y no podía hacer nada, iba contracorriente. Comprendí que, antes de perdonar, lo necesario es amar la situación vivida tal y como la viví en aquellos momentos, y luego amar a las personas que en aquél momento me hicieron mal. Sólo así comprendí que el perdón es un don, algo que realmente se puede otorgar sin reparo si realmen32

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te se ama. Hasta ese momento yo creía haber perdonado de verdad, no obstante, me estaba engañando, no era así, realmente había hecho aquello que dijo en una ocasión el filósofo cordobés Séneca cuando decía: “Procuremos olvidar lo que traído a nuestro recuerdo no nos es grato” Había intentado que todo quedara en el olvido pero, sin embargo, estaba ahí y era un impedimento que se traducía en mi vida, en el día a día, en actitudes y respuestas agresivas para con los demás. Había generado un auténtico mecanismo de defensa con el que había logrado encubrir hasta el momento esa situación para nada cómoda. Comprendo ahora que lo que en aquél momento era para mí perdón, en realidad era hacer uso del olvido e intentar pensar que lo vivido no había pasado en realidad. Ahora me alegra ver que me equivoqué en aquél momento, que era pequeño y de pocos años y que por tanto no comprendía el verdadero sentido del perdón. Igualmente, al orar con aquella realidad en los Ejercicios Espirituales, sentía que Dios realmente me empujaba a amar y perdonar esa situación que atravesé. Aquél día, antes de retirarme a descansar, recordé aquellas palabras de Pedro a Jesús: “Maestro ¿cuántas veces hay que perdonar?” Y su respuesta simple: “Hasta setenta veces siete”. La respuesta es: siempre. Otro episodio importante en mi vida se produjo cuando tenía 14 o 15 años, no recuerdo con total exactitud. Tuve la suerte de entrar en un grupo de jóvenes cristianos en Tenerife, mi tierra natal, en la Parroquia del Pilar en que estaban 33

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los Misioneros Claretianos, que desde temprana edad me habían llamado mucho la atención por su forma de estar con la gente. Comenzamos un grupillo de 12 personas, allí íbamos todos los sábados para ir descubriendo y creciendo con Jesús como cristianos, profundizando en la fe, y como personas. Yo me sentía allí muy bien. Hacía tiempo que había escondido mis verdaderos deseos de seguir a Dios como Misionero tras los acontecimientos sucedidos. Ya no era capaz de expresar con firmeza y tranquilidad el verdadero deseo que yo tenía en mi corazón de querer ser como Jesús, de querer ser anunciador para aquellos que no conocen el sueño de Dios. En definitiva, este sueños es que descubramos que somos hijos en su Hijo y que, por tanto, somos hermanos; y que la raíz que nos hace ser hijos y hermanos es el Amor. Durante el primer año nos conocimos y fuimos poco a poco creciendo y uniéndonos como grupo de fe; aunque se crearon vínculos de amistad, lo central que nos unía era la fe en Dios. Al año siguiente, tras participar en una Convivencia Vocacional y en una Colonia de Verano, tuve ya la fuerza necesaria para ponerme ante Dios, ante su voluntad, y para escuchar y ver qué era lo que realmente me estaba pidiendo a mí en mi vida. Descubrí una cosa muy sencilla: “Él es mi razón de ser, de mi existir, de mi vivir”. De esta manera comencé a plantearme seriamente si realmente lo que Dios quería de mí era que lo siguiera hasta las últimas consecuencias, que fuera misionero, que entregara mi vida por el Evangelio. Al terminar ese año, yo había tomado la decisión 34

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de que tenía que intentarlo, tenía que arriesgarme para saber si realmente Dios me quería como su seguidor. Coincidió aquel año que fui a otra Colonia de Verano, en concreto Gospel. Dios otra vez me habló por medio de la música y lo hizo con contundencia a través de esta canción: “He encontrado un tesoro, el que siempre he buscado, y lo tengo tan dentro que nunca lo perderé. Lo que había en mi vida, como nada ha pasado, he dejado aquello que no me hablaba de ti. Tú eres mi gran Tesoro, tú que me has dado el amor. Vivo, cada día encuentro en el gozo de amar mi libertad. Te he ofrecido mi vida, la has tomado aquel día, pero sé que la encontraré donde está mi tesoro. Tú eres mi gran Tesoro, tú que me has dado el amor. Vivo, cada día encuentro en el gozo de amar mi libertad.”

Esta canción hecha oración me ayudó a descubrir y comprender que todo lo vivido y experimentado hasta aquel momento había sido necesario para embarcarme en la búsqueda de un tesoro muy valioso; tan valioso que nada puede hacerle competencia. Llegó a ser este tesoro una pieza central de mi vida sin la cual ésta no tiene ningún sentido, porque aparece vacía y sin valor. Dejar familia, amigos, proyectos de futuro, sueños, deseos e ilusiones no es fácil. No obstante, cuando uno siente por dentro –y muy adentro– que eso por lo que eres capaz de dejarlo todo te lleva a seguir lo que sientes, sabes bien que vas encaminado a buen puerto. 35

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Él es el tesoro de mi vida. Es probable que muchos se rían, que a otros les parezca absurdo decir que Dios sea el tesoro de una persona cuando no es tangible ni palpable a los ojos humanos. Sin embargo yo ratifico su presencia en mi vida cada día que pasa. Es difícil explicar su presencia, su cercanía, sus diversas formas de manifestar su voluntad; sin embargo, estoy totalmente convencido de que está ahí y por mucho que la gente piense que estoy loco o me han comido el coco, yo sigo diciéndolo sin cansarme: “Tú eres mi gran Tesoro”. Me da mucha pena y pienso constantemente en las personas que por desgracia no conocen ni quieren conocer este Tesoro tan valioso, y se aferran a lo material, a lo superfluo de esta vida, a aquello en definitiva que fabrica placer y felicidad al instante pero que en el tiempo es pasajero. Yo, sin embargo, encuentro con alegría en este mi tesoro una felicidad constante en el tiempo, duradera. Al principio me daba mucho miedo, porque nadie te da garantías de que aquello que vas a hacer te vaya a hacer feliz, nadie te asegura si realmente ése va a ser tu camino. Lo que en aquellos momentos sentí son las palabras que Jesús dice a sus discípulos una vez Resucitado: “No temáis, yo estaré con vosotros”. Para mí estas palabras siempre han sido un estribillo que me ha acompañado a lo largo de mi historia vocacional y que hoy más que nunca sigue presente en mi vida. El miedo ha sido para mí en muchas ocasiones casi un motivo para tirar la toalla y no seguir adelante en esta llamada que Dios me hizo desde muy pequeño. El miedo a lo desconocido, el

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miedo al futuro, el miedo a no saber si seré feliz, a pensar que me estoy equivocando, que no seré capaz de llegar a la meta, perseverar y serle fiel, el miedo a no ser buen anunciador de Jesucristo, a anunciarme a mí mismo más que al Evangelio… Es cierto, muchos miedos en distintos momentos me han paralizado, pero he tenido la suerte de tener pequeños ángeles, personas emblemáticas en mi vida que me han empujado, cuando más lo necesitaba, para seguir adelante sin ningún tipo de miedo. “¡Sigue!” Es una palabra que durante estos siete años que llevo con los Misioneros Claretianos he escuchado con frecuencia, como ánimo en momentos de gran dificultad, de incomprensión, de duda, de desconcierto, de preocupación, de no saber qué hacer, de estar ahogándome en un mar del que me era muy difícil salir. No quiero nombrar a esas personas, porque sé bien quiénes son y ellas también lo saben. Personas que con su fe, sencillez y palabras llenas de Dios me han guiado como luz en medio de un camino oscuro en el que me he encontrado muchas veces perdido. Para mí son auténticas mediaciones que Dios ha puesto en mi camino para ir poco a poco acercándome a Él, a su sueño, a su proyecto para conmigo. Tras estos siete años en que he procurado caminar por las veredas que Dios me ha mostrado a través de experiencias, mediaciones, oraciones y obstáculos, me ha salido al paso ahora una gran dificultad. En el film titulado Forrest Gump hay una frase que dice el protagonista, sentado en un 37

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banco al lado de una señora: “Mamá decía que la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”. A mí me ha tocado ahora un cáncer, concretamente un carcinoma suprarrenal maligno. El tumor principal ha sido extirpado, pero hay metástasis en los pulmones y recientemente en el hígado. Por ahora no sé si se expandirá: nunca se sabe las veredas y caminos que toma esta enfermedad. ¿Cómo seguir adelante en la vida misionera, siendo Dios el centro de tu vida y teniendo un cáncer? Yo nunca he sido una persona de grandes capacidades intelectuales, de grandes méritos, menos aún con grandes virtudes, sino más bien rico en defectos. Sé que Dios me eligió para que fuera su testigo siendo tal y como soy, y eso he tardado en descubrirlo mucho tiempo y ha sido muchas veces una excusa que ha recorrido mi cabeza para abandonar este camino. Sé que mi vida es de Dios, que éste es su proyecto. Y hoy más que nunca siento que Dios es realmente el centro de mi vida. Es difícil explicar esta experiencia de sentir a Dios como el que gobierna tu vida; para mí una explicación muy cercana es que me brotan actitudes de cariño, cercanía, comprensión, empatía, misericordia, alegría y mucha sonrisa, lo cual antes de que me descubrieran la enfermedad apenas tenía. Todo parece muy bonito, casi de ensueño. Muchas personas me han preguntado si soy consciente de lo que tengo en el cuerpo, de mi situación. Yo he respondido con rotundidad y con una sonrisa: “Sí”. Yo pienso que desde que me diag38

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nosticaron esta enfermedad he sido tocado por Dios con su gracia, y es ella la que está haciendo que yo viva esta situación desde la alegría, la fe y la esperanza. Pero, sobre todo, que experimente a un Dios que es amor y que me ama con locura. Claro está, no todo son sonrisas y alegrías: la tristeza, la desesperación y la soledad se manifiestan también como los momentos duros de Getsemaní y del Calvario, que en distintas ocasiones a lo largo de estos meses se han hecho presentes en mi vida. Pienso que estos momentos son necesarios, porque cuando estas cosas se aceptan desde la fe y la presencia de Dios es cuando realmente te sientes vivo y con ganas de luchar. En esos momentos en los que la presencia de Dios no es tan clara como otras veces, yo también me siento solo, desolado, triste, angustiado, sin fuerzas para seguir adelante. No obstante, a pesar de no sentir muchas veces su presencia y cercanía en esos momentos, sigo confiando en Él. Intento comprender lo que Jesús comprendió en Getsemaní. Fue una cosa sencilla, pero a la vez complicada de asimilar: simplemente aceptar que la voluntad de Dios no era la suya. Es difícil ver la voluntad de Dios con 24 años y más aún si apunta a que no vas a cumplir un año más, sino más bien todo lo contrario. En estos momentos es realmente difícil ver el rostro amoroso de Dios para el que no tiene fe; nos cuesta sentir la confianza, la cercanía, su presencia, porque son momentos difíciles y angustiosos que nadie desea experimentar. No obstante, el cáncer forma parte también de mi 39

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vida, de mi historia vocacional, del proyecto que Dios tiene para conmigo. No sé si llegaré a profesar perpetuamente en la Congregación, no sé si llegaré a ordenarme de presbítero, porque es un futuro incierto el de esta enfermedad, lo que sí tengo claro es que sigo confiando en Él. Una persona a la que aprecio bastante me dijo en un correo electrónico hace unas semanas: “Sólo me queda decirte: Sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”. Y en estas tres expresiones se puede resumir lo que han sido estos meses. Ser valiente ante las circunstancias que vienen en la vida, tener mucho ánimo para afrontar las adversidades, vengan como vengan, y, sobre todo –para mí es lo más importante–, esperar en el Señor, porque Él actuará con su gracia dando lo necesario para cada momento.

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10-16 de Septiembre: Ejercicios Espirituales “El Reino de Dios se parece” a lo que dice Mt 13,44ss. Es un texto de la Palabra de Dios ante el que siempre experimento y recuerdo el amor tan grande que Dios tiene por mí. Un amor que me ha propuesto una elección y un camino a seguir, en el que he de aspirar a la santidad, y en este trayecto poco a poco tendré que ir dejándome purificar por su gracia y su perdón. Este pensamiento hoy me provoca una inmensa alegría porque sé bien que Él ha hecho posible que haya construido mi vida sobre la Roca firme, que mi vocación –regalo de Dios para mí– está cimentada en Él. Hoy me he dado cuenta de varios aspectos, relacionados entre sí, que me están mostrando a Dios. Dice el Sal 5: “Me acuesto en paz y en seguida me duermo, porque sólo tú, Señor, me haces dormir tranquilo”. La marcha de la vida con frecuencia hace que la persona experimente su 41

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pobreza, “vivir y sentir el día a día sin valor”. La verdad es que, desde hace unos meses, yo estoy experimentando y disfrutando al máximo cada minuto, segundo y hora del día. Este vivir cada momento me muestra el valor de cada segundo que pasa y que solía desaprovechar, y esto me ayuda a centrarme profundamente en lo que es realmente importante, en lo esencial que mantiene mi vida: Dios. Ahora valoro realmente ese tesoro que me hace feliz y por el cual estoy dispuesto a dar la vida en las circunstancias en que me encuentre. La enfermedad que hoy vivo me está haciendo muy sensible a la debilidad humana, a la impotencia de saber que la curación no está en mis manos, pero también a la certeza de que, en la mayor debilidad, la gracia de Dios se manifiesta como fuerza. La experiencia de vivir el amor de Jesús, un amor gratuito y sincero que no espera recompensa porque se alimenta de una fuente mayor de amor que lo colma: su relación con el Padre. Es el amor de Dios que siento el que realmente me está proporcionando la fuerza necesaria para seguir adelante y mantener la fe y la esperanza vivas en estos momentos de mi vida nada fáciles. A lo largo de mi historia vocacional veo con claridad que han existido pequeñas dificultades que en varios momentos han estado a punto de forzar el abandono de este camino. Ahora veo con claridad que esas pequeñas pruebas eran otras tantas posibilidades de aferrarme a lo esencial, a Él. Ésta es la casa cimentada sobre la Roca, que, en los momentos difíciles, no se derrumba 42

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sino que sigue en pie. A Él estoy aferrado y en Él me siento lleno de gozo y tranquilidad. El cáncer hoy en mi vida es un pequeño obstáculo más que se presenta en el camino, y aunque no es fácil el día a día, puedo confirmar y ratificar lo que dice el apóstol Pedro en 2Pe 1,10: “Hermanos, poned cada vez más ahínco en ir ratificando vuestro llamamiento y elección”. Siento que no estoy solo en esta difícil lucha, sino todo lo contrario. Siento muy cerca de mí la presencia de Dios, el apoyo y cariño de mi familia, el ánimo de los amigos, el amor, la fuerza, la fe y la alegría de los hermanos de comunidad. Estoy seguro de que el Dios del Amor y la Paz se encuentra a mi lado, como lo estaba en las comunidades primitivas cuando comenzaban a atravesar las primeras dificultades por causa de la fe que profesaban. Estos últimos días estoy leyendo el libro de Job, un gran desconocido para mí. Hoy por hoy, yo me quedo en el pórtico del libro donde se lee: “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?”. Tal vez alguien piense: “¿está loco o qué le pasa?”. Tal vez mi respuesta pueda parecer una exageración, o que es demasiado pretenciosa. Simplemente quiero transmitir que soy feliz en la dificultad, que ahora sonrío mucho más que antes, que tengo motivos para vivir animoso y esperanzado en la fe que profeso y vivo. Porque, como dice san Pablo a los gálatas en Ga 2,19b-20: “Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras vivo en 43

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esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí”. Siento que mi vida ha estado escapándose de mis manos por no vivir auténticamente de la fe, que, en definitiva, es dejar que Dios actúe en mí. Hasta ahora creo haber estado viviendo el acontecimiento central de la fe de manera análoga a los discípulos de Emaús, sin comprender el sentido. Pero ahora todo es distinto, nada es como antes, vivo con alegría el significado de la Pascua. Cristo murió por mí, por amor, por quererme, por amarme; para que ese amor hecho palabra lo lleve a todo el mundo. Sal 138: “Me envuelves por detrás y por delante, tienes puesta tu mano sobre mí” “Señor, tú me escrutas y me conoces; sabes cuándo me siento y me levanto mi pensamiento percibes desde lejos; de camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son mis sendas. Aún no llega la palabra a mi lengua, y tú, Señor, la conoces por entero; me rodeas por detrás y por delante, tienes puesta tu mano sobre mí”.

En estos días de ejercicios espirituales es inevitable preguntarse muchas cosas, porque son un tiempo de encuentro personal con Dios. Este salmo 138 me ha ayudado a calmar algunos molestos gritos que surgen de lo profundo en medio del silencio. Hablo del miedo, la soledad, la duda, la angustia, la tristeza, que brotan en la oración a raíz del cáncer. Sin embargo, hoy no puedo 44

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callar la profunda paz que transmite a estos gritos interiores el rezo y la meditación de estos dos fragmentos concretos del salmo. He olvidado últimamente, por descuido, que Dios me conoce muy bien y que misteriosamente está a mi lado, otorgándome su gracia y su amor. Hoy creo que el Señor me ha mostrado algo que continuamente debería tener en la cabeza y en el corazón, y ser muy consciente de ello: que soy hijo y que tengo hermanos. Justamente ha sido con el rezo de varios textos evangélicos cuando he vuelto a caer en la cuenta de estas dos dimensiones fundamentales que invita a vivir la fe en Dios uno y Trino: Filiación y Fraternidad. El primero es Mt 6,25-34. Como hijo de Dios, no tengo que temer a nada que pueda presentarse como obstáculo. En este texto continuamente aparece la expresión “no os preocupéis”. En mí resuena con fuerza y puedo decir con certeza que no me preocupa esta enfermedad porque confío como hijo en el Padre; Él sabe lo que necesito y puedo decir que estoy recibiendo de Él lo suficiente para no decaer en el camino vivencial de la fe. Siento en estos momentos que Dios cuida de mí y no me siento abandonado, aunque esté atravesando momentos de Getsemaní. No tengo motivos para estar angustiado, sino todo lo contrario, tengo muchos motivos para estar alegre y dar gracias: el aire que respiro, la comida, la cama, el sol, el agua, las pastillas que tomo, la vida, la familia, los amigos, la vocación y principalmente la comunidad. Pero sobre todo doy gracias por la fe, esperanza y caridad que experimento en 45

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Cristo Jesús. Si hoy tuviera que dar gracias al final del día estoy seguro de que daría gracias por mi pequeñez, porque siendo pequeño en presencia de Dios, Él me ama y me quiere tal como soy. Hoy ha habido una frase que me ha iluminado muchísimo: “El fracaso no es caerse sino quedarse en el suelo”. No es fácil vivir el día a día sabiendo que tienes cáncer y hay motivos para estar desanimado y desilusionado. Sin embargo, esta frase me ha hecho ver que, cuando se me viene a la cabeza este pensamiento, no todo está acabado, sino todo lo contrario, con la gracia de Dios hay que seguir adelante, ¡como los de Alicante! Otro texto es 2Co 4,7: “Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea claramente que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros”. Creo que no hace falta explicar el porqué. También el v.16 me ha ayudado a comprender que lo verdaderamente importante no está en lo que se ve, en la dura y difícil realidad, sino en el proceso de conversión interior: la clave está en dejarse transformar por el Don de Dios. Como sigue diciendo Pablo: “Todo esto nos ayuda a no desfallecer. Además, aunque nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando día a día”. Y también Lc 15,11-32. Este texto ha sido siempre para mí la concreción de lo que es la vida humana. Muchas veces he sido el hijo menor que, por sus pocos años y su insensatez, ha errado en multitud de ocasiones. Al cabo del tiempo he reconocido el error y entonces he suplicado y pedido misericordia. En estos momentos me siento 46

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solo y sin nada, como el hijo menor, sin ninguna posibilidad humana de salir adelante. Sin embargo, siento y experimento en esta soledad un gran cariño y ternura por parte de Dios. Una sonrisa y un abrazo misericordioso a pesar de que humanamente no quiera aceptar la enfermedad en varios momentos. Sé bien que Él es infinitamente misericordioso y está siempre ahí, pero es difícil a veces encontrar su presencia misericordiosa en mi vida cotidiana. Hoy me veo más bien reflejado en el hijo mayor. Supuestamente está en las cosas del Padre, pero no es como el Padre misericordioso. Veo que la invitación a entrar y celebrar el misterio de la fe y la vida siempre está ahí, las 24 horas. Sin embargo, yo muchas veces no he querido entrar en total radicalidad a esa celebración, por desidia, pereza o pérdida de sentido, por culpa de mi vida rutinaria. No obstante, hoy me siento amado y perdonado por Dios, simplemente porque me quiere tal y como soy; por ello me siento alegre y dispuesto para entrar en la fiesta del encuentro, que por medio del amor extremo y el perdón sin límites me ofrece una salvación de vida en abundancia, sin darle importancia a mis debilidades. Estos días de ejercicios espirituales han sido de silencio y encuentro con el Dios vivo y verdadero, en una actitud abierta a la confianza y al Amor que experimento en Él. Días en que he dado muchas gracias a Dios por el Don de la Vida, por estar vivo. He dado gracias a Dios por pequeños detalles, gestos, meditaciones, palabras, contem47

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placiones. Puede sonar muy místico y espiritual; pero, no obstante, es lo que he ido viviendo. Hace apenas unos meses superé gracias a Dios una operación de gran envergadura. Sin duda, gracias a Él y a los médicos hoy estoy escribiendo estas reflexiones. La verdad es que, cuando recibes la noticia de que tienes un tumor de grandes dimensiones te quedas paralizado, y casi no te da tiempo a asimilar la noticia. Sin embargo, en estos días he sacado en claro que durante este año me tengo que dejar guiar por un lema, que es el siguiente: ¿Qué haría Jesús? Y desde ahí me he propuesto vivir cada día como si fuera el último. Ésta es una frase que frecuentemente se suele expresar con gran facilidad. Últimamente la he escuchado en varias ocasiones, algunas de ellas como una excusa para dejar esta llamada que siento que Dios me ha hecho. En una sociedad como la nuestra, ciertamente puede ser chocante creer en Dios cuando uno tiene cáncer. Sin embargo, estoy convencido de que la fe me está ayudando a vivir la enfermedad de otra manera. Tal vez con más entusiasmo, fuerza, esperanza, alegría, fe, y con ganas de seguir luchando sin desánimo en esta batalla dura en la que hemos ganado ya algún asalto, pero todavía queda mucho camino por delante. Por eso creo que vale la pena transmitir esta vivencia personal a cualquier persona con la que me encuentro y hablarle con total naturalidad de todo lo que estoy viviendo, porque pienso que esto que estoy experimentando como un tiempo prolongado de gracia puede ayudar también a muchas personas. 48

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Si hay algo que he experimentado en estos últimos meses, y más intensamente en estos días de silencio interior y encuentro con el Dios de la Vida, es que me siento amado profunda y gratuitamente por Dios en la enfermedad. Vivir con intensidad cada día como si fuera el último está siendo un regalo difícil de explicar por el contrasentido que tiene decir esto. Estos últimos meses he descubierto la mediocridad con la que vivía mi vida misionera, mi relación con Dios y con la comunidad de hermanos. Sin embargo, esta situación para mí es una gracia, una oportunidad. Está siendo un momento intensamente especial en el cual estoy volviendo a recordar y experimentar el AMOR PRIMERO. Siento como nunca la alegría del mercader que encuentra la perla preciosa, que vende todo y se queda con ella. Y lo hace porque al fin y al cabo le da todo lo necesario para vivir con alegría y felicidad su vida. En estos ejercicios espirituales he podido contemplar la obra que Dios ha hecho y que sigue haciendo en mi vida. Esto me ha hecho comprobar una vez más que éste es mi camino, mi felicidad, mi tesoro. El sí que proferí hace ya tres años hoy lo ratifico con mucha más fuera que nunca, con gran alegría, ilusión, gozo y deseo de seguir a Jesucristo pobre, casto y obediente hasta la muerte.

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19 de septiembre de 2010 Señor Jesús, que estás entre nosotros como Pan de vida, siempre con nosotros. Aumenta mi pequeña y pobre fe, dame fuerzas para seguir abandonándome en tus manos. Tú eres mi gran Tesoro. Todos los días hay en mi interior una oración continua: que todos te conozcan y puedan sentirte, que todos te alaben por la belleza que irradias en la creación y en el hombre, que todos te sirvan y descubran que solamente desde la pequeñez tú actúas, que todos te amen y sientan ese amor como respuesta al que tú derrochas cada día en cada uno de nosotros de forma inconmensurable. Te pido Señor por medio de tu Espíritu que todos se abran a tu luz y acción salvadora. Sé bien que la dinámica de este mundo no gira en torno a la lógica de tu presencia, porque muchos han preferido dejarla a un lado, bien sea por miedo, 51

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incomprensión, o dudas. No han permitido que tú entres de lleno en sus corazones ni han dejado que tú pases a ser su única y auténtica razón de ser, el único motivo que realmente es capaz de hacer posible lo imposible, de volver la enfermedad en curación.

6 de octubre de 2010 “Te amo, Señor, fortaleza mía, Roca mía, Castillo mío, mi Libertador. Dios mío, en ti confiaré, mi escudo eres tú, la fuerza de mi salvación.”

Señor, Dios mío, en estos meses cada día te siento más como mi fortaleza, mi roca, mi castillo; eres el apoyo único y necesario en mi vida. Dios mío, llevo días preocupado, los dolores en el costado derecho y el izquierdo y los sucesivos dolores de cabeza me preocupan humanamente. Siento que mi vida corre, vuela muy rápido y que se me escapa de las manos. Me siento muchas veces impotente: “Señor, ¿qué puedo hacer?”, me pregunto muchas veces en los momentos de soledad. Simplemente creo que tengo la clave, pero últimamente me es muy difícil creerla. Sé bien que he de confiar. Me da miedo que todo se complique, que llegue un momento en que la desesperación y la angustia se apoderen de mí y no sea capaz de verte a mi lado. En algunos momentos me siento como un caminante perdido, incapaz de seguir caminando por el peso de esta enfermedad. 52

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Tú eres mi libertador, mi tesoro, mi felicidad. Eres mi escudo en esta dura lucha y mi refugio en momentos de agobio y, aunque ahora todo parece estar más tranquilo, yo no lo estoy. Aunque parece que todo tira hacia delante, yo no veo con claridad el avance. Sé bien que estos momentos tienen que ir llegando y sé bien que a tu lado todo es mucho más fácil que si todo dependiera de mis míseras fuerzas. Enséñame a orar, a buscar y descubrir tu voluntad cada día, sabiendo que me otorgas la gracia necesaria para seguirte. Nada es igual que antes, es evidente que las circunstancias son muy distintas. Tú eres mi consuelo, en ti encuentro alegría en el dolor, paz en el sufrimiento, esperanza donde no la hay. Veo en la Cruz de Jesucristo mi sufrimiento y dolor, y que Él acepta libremente llevar y cargar la cruz por amor. Aunque todo se me va presentando nublado y difícil, confío abandonadamente en ti, mi Señor, confío en tu amor que ya sentí y experimenté en el Amor primero y que todavía sigo sintiendo, y quizás hoy de una manera mucho más intensa. Señor, me emociona pensar que no voy a tener tiempo para ser santo, para amar, para perdonar, para confiar como lo hizo tu Hijo, que manifestó con su vida y persona tu sueño para toda la Humanidad, que se resume en una forma de vivir concreta. Esta forma de vivir consiste en el abandono de sí para salir al encuentro del otro de forma gratuita: Amar al prójimo como a uno mismo.

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18 de octubre de 2010 Aquí estoy, Señor, ante ti como presencia eucarística. No sé por qué, pero hoy tengo necesidad de escribir y poner ante ti todas mis preocupaciones, dificultades, debilidades, como un niño en los brazos de su madre. En estos días previos a la renovación de la profesión religiosa me siento débil y sin fuerzas para seguir hacia adelante. El temor a nuevas malas noticias me preocupa y desalienta, pero en tu presencia me quedo tranquilo, Señor. Mis pensamientos, preocupaciones y dificultades encuentran en ti sosiego. No obstante, cuando abandono tu presencia, siento cómo la soledad y la incertidumbre humana se apoderan de mí. Últimamente no me dejan esbozar sonrisas abundantes y esperanzadoras como antes, más bien alimentan todo lo contrario. Sé bien que estos momentos he de vivirlos con total confianza y no frustrarme ante cosas que todavía no han sucedido. Pese a ello, Señor, sigo queriendo permanecer en ti, porque para mí eres lo más valioso que tengo. Junto a estos momentos de dificultad, al mismo tiempo, estoy volviendo a experimentar y revivir con mayor intensidad el primer amor. Recuerdo que aquél fue un momento de inflexión en mi vida, momento en el cual recibí verdaderamente tu fuerza y amor para responder a tu propuesta, a tu sueño, a tu proyecto para conmigo. He descubierto con el paso de los años y ahora con mucha más claridad y certeza que quieres 54

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valerte de un inútil instrumento para el anuncio y vivencia de tu sueño para la humanidad. Hay una experiencia de gracia que creo estar viviendo y es tener conciencia de que la escucha de tu Palabra, cada día, está siendo sanadora en mi vida ordinaria. Tal vez las cuestiones relacionadas con mi enfermedad aún siguen martilleándome, sin embargo, siento cómo cada día tu Palabra sana y purifica mis defectos y debilidades. Hoy siento más que nunca cómo mis heridas están siendo curadas, cómo mis enfermedades están siendo sanadas, cómo las idolatrías que había continuamente en mi vida están desapareciendo por completo, porque ahora en mi vida sólo existe un centro: Tú, Señor mío y Dios mío. Siento cómo arde mi corazón y se llena de ti en estos duros momentos de cruz e incomprensión. Mis ojos, mis pobres ojos, a veces no entienden humanamente esta difícil y para muchos injusta situación, pero con los ojos que tú me das, es decir, los de la fe, siento y creo con firmeza que es una posibilidad que tengo para ir creciendo, purificando mi fe y relación personal contigo, aprovechando cada momento del día para agradecer tu grandeza, que veo reflejada en la creación, en mis hermanos. Dice el Padre Claret: “Enamoraos de Jesucristo y del prójimo y lo entenderéis todo y haréis cosas grandes”. Hacer cosas grandes hoy por hoy… estoy convencido de que sólo tú puedes hacerlo posible. En los días previos a esta renovación –que estoy viviendo como preparación espiritual para la Consagración definitiva a ti, mi Señor–, 55

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sólo puedo gritar con fuerza y a pleno pulmón que estoy locamente enamorado de ti, mi Dios, que intento corresponder al amor infinito, gratuito y desbordante que tú tienes para conmigo. Sé que la mayoría de las veces no respondo a ese amor de la manera como yo experimento el tuyo, pero quiero amar como tú amas. Aunque esto todavía lo veo muy lejano, todas las mañanas me propongo ser como Jesús e intentar amar como Él amó. Desde antes de los ejercicios espirituales hay un eslogan en mi cabeza que intento hacer presente en todo momento del día y que creo que me está ayudando muchísimo a vivir con más sencillez y más cerca de ti. El eslogan es el siguiente: ¿Qué haría Jesús? Esto me está ayudando cada día a ir olvidando y dejando atrás al hombre viejo para poco a poco ir transformándolo según tu gracia en el hombre nuevo.

3 de noviembre de 2010 “Brilláis como lumbreras del mundo, mostrando una razón para vivir.” (Flp 2) “Quién no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.” (Lc 14,27) “No te retiraré mi lealtad, ni mi alianza de paz vacilará –dice el Señor, que te quiere”. (Is 54, 10)

La Palabra de Dios de hoy es para mí muy iluminadora y me transmite mucha serenidad y paz. Siento en estos momentos como un pe56

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queño destello de luz por medio del cual Dios está obrando cosas en mí. Realmente me alegra tener una razón para vivir, para existir, para sonreír, para llorar, esa razón es el enamoramiento de Jesucristo. Creo que estar enamorado es lo más grande que le puede pasar a cualquier persona. La experiencia de sentir amor hacia el otro es una experiencia muchas veces difícilmente descriptible con palabras. Normalmente se suele describir mejor por medio de gestos, miradas, actitudes, o simple y llanamente con la cercanía silenciosa al otro. Esta experiencia es la que vivo en mi día a día como Misionero Claretiano, como una persona sencilla que quiere y renueva todos los días el propósito de seguir a Jesucristo pobre, casto y obediente, al estilo del P. Claret. El seguimiento tiene momentos preciosos de gozo y alegría. No obstante, existen también momentos de gran adversidad, donde la Cruz se hace presente en la vida del discípulo. Es bien cierto que lo más fácil en esos momentos sería dejar a un lado la cruz y mirar hacia otro lado. En mi poca experiencia a lo largo de estos años estoy convencido de que, justamente, el acoger y aceptar la cruz en la vida es lo que realmente ayuda a dejarse ir transformando por Dios. Implica ir dejando al hombre viejo e ir haciendo presente al hombre nuevo en mi vida. Muchas veces me han preguntado a lo largo de estos últimos meses: ¿Estás loco? ¿Te das cuenta de lo que vas hacer en estas circunstancias? ¿Cómo es posible que quieras seguir a Jesús en esta realidad que estás viviendo? En mí estas preguntas encontraron algún 57

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eco en su momento, pero no demasiado, tal vez porque desde esta situación veo con más claridad lo que últimamente –desde hace poco más de un año– venía experimentando como vivencia fundamental en mi vida misionera: la Consagración definitiva a Dios Padre. Para mí la cruz adquiere hoy un sentido que antes había experimentado, pero tal vez no con tanta conciencia. La cruz, el dolor, el sufrimiento, la angustia, la desolación, en estos momentos de enfermedad, me están ayudando a unirme un poco a los dolores y sufrimientos de Jesucristo en la cruz. No quisiera ser pretencioso con la presente afirmación, pero vivo hoy algo muy profundo en mi relación con Dios. Estoy convencido, y así lo experimento en mi relación personal con Dios, de aquellas palabras del apóstol S. Pablo a la comunidad de Galacia: “Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí. Y mientras viva en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que murió y se entregó por mí.” Estos días atrás, con motivo de la renovación de la profesión religiosa, una compañera ha tenido un detalle conmigo al regalarme una imagen y una cita del profeta Isaías que dice: “No te retiraré mi lealtad ni mi alianza de paz vacilará –dice el Señor, que te quiere.” En mí produjo una enorme alegría leer esta frase cuando llegué a casa, pero me sigue produciendo mucha más alegría seguir leyéndola cada día. Siento que esta palabra se está cumpliendo todos los días en mí, que es la vivencia sencilla, 58

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pero a la vez fundamental, que estoy viviendo con la gracia de Dios. Comprendo que sea difícil de creer para aquellos que no se han encontrado con el Dios de la Vida, o aquellos que simplemente no quieren saber nada de él, buscando el sentido donde lo que reina es el sinsentido. Es cierto que vivir con el cáncer a cuestas no es nada fácil. Sin embargo, puedo decir que no siento que el Señor me haya retirado su lealtad, ni su alianza adquirida como gracia, porque cada día me demuestra que me ama y quiere con locura. No sé ya cómo expresarlo, es algo indescriptible lo que Él está haciendo en mí. En la imagen que acompaña a la frase aparece un Cristo crucificado y con el cuello totalmente descoyuntado, que besa la cabeza de un creyente que contempla su sufrimiento y cruz. Así me siento yo hoy y desde hace muchísimo tiempo. Siento cómo en el sufrimiento Dios me muestra su amor, consuelo, fortaleza y esperanza, me conforta con su gracia y anima a seguir adelante en este hermoso camino de fe. 15 de noviembre de 2010 Contemplo ante mis ojos, adoro y venero a Jesucristo hecho pan de vida en esta adoración ante el Santísimo Sacramento del altar. Ante Él me siento sobrecogido, débil, necesitado. Él es mi vida y alimento, es mi aliento y esperanza, en Él encuentro todo lo que necesito en cada momento. 59

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Señor mío y Dios mío, al contemplarte en este momento y al recibirte todos los días, siento tu presencia vivificante y salvadora en mi interior. En ti todo es más fácil y tiene sentido. Mi vida no es una historia de proezas ni grandezas, más bien se resumiría en una palabra: insignificante. No tengo palabras para definir el gran amor que en mí experimento. Cada día, sin duda alguna, veo que las palabras del Evangelio son verdaderas y ciertas: No hay amor más grande que dar la vida por amor. En mi interior sólo hay una palabra que me encantaría comunicar con sencillez, gritar con júbilo y alegría. Esa palabra es doble: locamente enamorado. Sí, locamente enamorado de ti, Señor. Este enamoramiento ciego que vivo me concede mucha vida, fe y esperanza, que en ningún momento siento que me falta. Digo que eres mi alimento porque yo así te siento, en ti encuentro lo necesario para vivir cada día. Me siento llamado por ti, Señor, a un proyecto de vida concreto: vivir en seguimiento en ti, por ti, desde ti y para ti. Este proyecto implica buscar continuamente llenarme de ti, dejando a un lado todo aquello que podría alejarme de ti. Sólo siento que puedo llenarme de ti encarnando en mi vida el Evangelio, dejándome guiar por ti en cualquier circunstancia que se presente. Encuentro en el alimento eucarístico la vida en abundancia que has venido a traer a este mundo. En mi vida he descubierto con mucha claridad que “ahora y cada día de mi vida sólo importas tú”. Sé bien que con la enfermedad estoy muy limitado en vistas a un futuro como Misionero, 60

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pero también sé que eso no es lo realmente importante. Me convenzo cada día de que el apostolado, sin ti en medio, no es fructífero; que el quehacer carece de sentido si tú no eres aquel en quien deposito mis fuerzas; que sin ti ya no soy nada, sin ti no soy nada, porque tú eres el centro, el origen, la fuerza y el fundamento de mi vida. 29 de noviembre de 2010 “Señor, no soy quién para que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Señor Dios mío, en tu presencia escribo. Hoy bien conoces mi interior, sabes de sobra que estoy lleno de felicidad y alegría, tengo el corazón contento y no lo puedo remediar. A pesar de estar en medio de esta adversidad del cáncer, hoy mis ojos lloran llenos de amor porque no saben bien cómo expresar la gratitud que siento en mi interior. Esta palabra del día de hoy lleva ya bastantes años ayudándome a disponerme y a recibirte con actitud humilde y de respeto, al mismo tiempo que anhelante. El acogerte en mi interior es una experiencia difícil de explicar con palabras; es tan profundo y hondo lo que siento que no sé cómo explicarlo. Tú eres mi vida, mi tesoro, el alimento que me da fuerzas para no decaer en la adversidad y las dificultades que a lo largo de la vida se presentan. Todo mi ser se siente hoy más lleno de ti porque cada día que pasa expe61

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rimento lo importante que eres tú en mi vida. En estos últimos años he descubierto en la oración y en la relación con mis hermanos que sólo desde ti mi vida tiene sentido, que quiero entregarte mi vida para siempre porque sólo tú, solamente tú, eres mi razón de ser. En ti he puesto toda mi confianza y nunca he quedado defraudado, nunca has apartado de mí tu vista a pesar de que muchas veces a mí me lo ha parecido. Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida y por eso te doy gracias. Tu palabra se hace carne y así hace posible que yo, pecador y débil, pueda experimentar en mi flaqueza humana toda tu grandeza. Sólo se necesita una palabra: Fe. Si pudiera añadir algo más sería: Fe en TI. Tu palabra me alegra y conforta en la tristeza y la soledad, tu mirada llena mis ojos de esperanza en que tú me salvarás de cualquier mal. Siento que colmas mi interior con paz y serenidad, en medio de la gran tribulación. Tú, Señor, eres el único que amas con total radicalidad y la experiencia de amor filial tan profunda que experimento es la única que me sigue ayudando a corresponderte de la misma manera a ti, y en relación con el prójimo. Con amor e ilusión, deseo y sueño seguir configurándome poco a poco contigo, en lo bueno y en lo malo, porque tú eres el gran motivo de mi vida. Las noticias hoy recibidas son para mí, además de alentadoras y animosas, un gran signo de esperanza en este tiempo de Adviento. Pero fundamentalmente son buenas noticias, no porque la metástasis parezca que va remitiendo y el medi62

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camento parezca estar haciendo efecto, sino más bien porque todos estos meses anteriores, y los futuros, sean buena noticia para el mundo, pase lo que pase. Yo te doy gracias por estar viviendo este don desde la fe, y lo vivo como una posibilidad de encontrarme contigo, el Dios de mi vida, desde la sencillez de la llamada a tu seguimiento, para que viendo sólo en ti mi Gran Razón de Ser pueda amarte más y seguirte como Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María. 13 de diciembre de 2010 Dice una canción con la que me encanta cantar y orar muchas veces: “En mi debilidad me haces fuerte. Sólo en tu amor me haces fuerte, sólo en tu vida me haces fuerte. En mi debilidad te haces fuerte en mí.” Estas palabras hechas canción e inspiradas por el eco de la lectura de las cartas paulinas, resume la experiencia de Dios que siempre he vivido a lo largo de mi vida. Mi debilidad es grande, pero tú la robusteces e impides que caiga en las dificultades. Meses atrás todo estaba perdido, no había esperanzas humanamente hablando… Sin embargo, el don de la fe y la esperanza en ti han hecho que siga fiel a tu camino. Este tiempo de Maranatha (“¡Ven, Señor!”) está haciéndome vivir con sencillez una frase que cada día se hace presente en mi oración, dice así: “Sólo por ti, Señor, quiero vivir, no quiero olvidarme de ti. Porque sin ti, mi tesoro, mi alegría, me es imposible seguir.” No sé expresar con palabras, 63

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pero sí con el gesto y los rápidos latidos de mi corazón, lo feliz, alegre, ilusionado, consagrado, misionero, elegido que me siento gracias a que tú me llamaste a tu seguimiento, mi Dios. Cada día que pasa te siento más cerca de mí. Eres para mí una fuente de la que dimana una sobreabundante gracia que me sostiene constantemente. Muchas veces a mi lado, y últimamente a raíz del cáncer, han querido poner en duda mi llamada por Dios. Tal vez por cariño o compasión mal entendida… No obstante, no me arrepiento de seguir en este camino de seguimiento y de entrega por amor, como sencilla respuesta a un inmenso amor experimentado previamente. Dicho esto, quiero compartir aquí los resultados que he recibido en mi habitual visita a la consulta de Oncología: Hace pocas semanas me han realizado una prueba de contraste llamada TAC. En ella se pretendía ver el avance de la enfermedad después de haber comenzado el tratamiento de quimioterapia. Hoy el oncólogo ha confirmado la hipótesis que mantenían hace unas escasas semanas, y tras la reunión con los especialistas que llevan mi caso, han podido contrastar el TAC anterior- El resultado es el siguiente: al parecer la enfermedad está controlada, ya que no se ha extendido a ningún otro órgano salvo los que ya sabía. Los pulmones tienen algunos nódulos que tienen 15 mm con respecto al anterior TAC. El hígado que antes tenía 3 lesiones ahora tan sólo aparece con una sola de 36mm. El diagnóstico médico, aunque parezca negativo en sus datos, en realidad 64

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es positivo. Así se puede concluir que la enfermedad en estos momentos está controlada.

Es una pequeña luz que robustece aún más la fe y la esperanza en el Dios de la Vida, en el Dios que no abandona sino que sigue al lado de sus hijos pese a la adversidad. Estas noticias sin duda alguna humanamente me hacen sonreír, pero me hacen sonreír mucho más porque Dios me está dando lo necesario para vivir día a día en este no fácil itinerario del cáncer.

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Entrevista: “Desde la enfermedad se puede ser Misionero” (28-12-2010) Ildefonso, o”Ilde” como le llaman con cariño. Estudiante de la Provincia Bética, 24 años de edad y con muchos sueños misioneros. Su vida ha sido tocada por la experiencia de la enfermedad. Como misionero le ha tocado conjugar con Claret el verbo “sufrir”. Acudimos a él, con temor y temblor, para que nos comparta su lección de vida. Hemos tenido noticias de tu enfermedad, ¿en qué punto te encuentras actualmente? Tras el descubrimiento del cáncer suprarrenal y la extirpación del tumor maligno, he comenzado el tratamiento de quimioterapia para combatir las metástasis en el hígado y en ambos pulmones. Los últimos informes médicos contemplan mejoría en el hígado y parecen indicar que la enfermedad está controlada. 67

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¿Qué está suponiendo para ti vivir esta enfermedad en tu joven vida misionera? Al conocer mi enfermedad, escribía en mis apuntes: “Hace unas semanas se cumplía el aniversario de la muerte del P. Francisco Contreras, un gran claretiano al que tuve mucho aprecio y que murió de cáncer. Yo me preguntaba el año pasado por estas fechas: Señor, si tuviera cáncer, ¿viviría esa situación desde la fe? Ahora mismo, Señor, te puedo decir que sí, tal vez porque estoy convaleciente por la noticia y me pilla un poco de improviso y es la mejor excusa para no llorar y no decaer en la angustia y desolación, para no volverme totalmente desesperado y mantener los pies en el suelo. Hace unos momentos he recibido la comunión, llevaba un día y medio casi sin tenerte en mi interior y era algo que necesitaba. Lo primero que he hecho nada más llegar a la habitación del hospital ha sido pedir la comunión. Ha venido un sacerdote mayor y me ha dado la comunión. Para mí, Señor, ha sido un auténtico regalo, una fuerza que me ha hecho mirar de frente esta situación, llenarme de tu fuerza y seguir hacia adelante. He sentido, por primera vez y con gran intensidad, tu presencia dentro de mí, casi igual que cuando realicé la primera comunión. Me he sentido como en aquellos momentos, y por un instante se me ha venido a la cabeza ese primer momento en que por fin te recibí. Yo en aquellos momentos quería ser como Jesús, quería ser Misionero y entregar mi vida por amor. Estos días en incertidumbre he descubierto lo importante que 68

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eres para mí, Señor, lo lleno de ti que me siento y que muchas veces no soy capaz de valorar una vez que comulgo y Tú entras en mi corazón. Ahora, Señor, aunque la situación no es para nada buena, siento que no tengo nada que temer porque tú estás conmigo. Gracias Señor, porque no sé qué haría en estos momentos si no te tuviera a ti, si no tuviera la fe en ti, si no estuviera seguro de que estás ahí, aunque haya mucha gente que diga que no existes, o que eres un invento de la religión”. ¿En qué sentido tu enfermedad está siendo tu “Quid prodest”? Hoy por hoy intento vivir en plenitud cada instante de mi vida misionera. Recuerdo que estando en el hospital, un hermano de comunidad quiso acompañarme y estar pendiente de mí toda la noche. Le comenté la experiencia que había tenido al recibir la comunión: él con alegría y profundo sentimiento me dijo: “¡Ilde, si sales de esta, a ser santo!”. Aquellas palabras produjeron en mí un silencio muy grande, habían calado hondo, no había caído en la cuenta que desde la enfermedad se puede ser misionero simple y llanamente compartiendo la experiencia que iba teniendo de Dios. Ese ha sido uno de mis “quid prodest” durante mis períodos de hospitalización que he compartido con otros hermanos. ¿Tienes algún mensaje que transmitir a tus hermanos de Congregación? Cuando volví a casa, tras la primera operación, disfruté de la cercanía y extrema atención de los 69

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hermanos de comunidad. Me siento misteriosamente unido a esa corriente espiritual de la Iglesia que es la oración continua que me hace sentir muy cerca de Dios y a Dios. El camino de ahora en adelante sé que será muy difícil y que vendrán incluso momentos de desesperación, ante la cercanía de la muerte tocando a mi puerta. El Señor con el don de nuestro carisma en la Iglesia nos anima a ser hombres de Dios, santos, a ser misioneros audaces, intuitivos y sagaces para buscar por todos los medios posibles llevar al mundo la Buena Noticia. En particular, animo a mis hermanos a buscar la Buena Noticia en los momentos de enfermedad, de dudas, de crisis, de alegrías, de penas. Les diría que se apoyen en la comunidad en todos los momentos. Y que no olviden el encuentro con Dios cada día en la oración personal. Para mí está siendo el encuentro diario, junto con la eucaristía, lo que me está ayudando a seguir estando alegre, sonriente y animoso en medio de la adversidad, que en mi caso es el cáncer. (Entrevista publicada en NUNC nº 473, enero 2011)

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13 de diciembre de 2010 Ayer estuve en el hospital para realizarme un PET-TAC. Estos días previos estaba algo nervioso por los dolores que he tenido en el transcurso del descanso navideño. La principal preocupación que recorre mi mente y pensamiento es la idea de un nuevo pequeño tumor o quizás la expansión de la metástasis a otros órganos, incluso la proliferación de la enfermedad en el hígado y en los pulmones. No voy a mentir, esto me tiene preocupado. Es en este último tiempo donde la experiencia de Getsemaní, acompañada de incertidumbre y soledad, está invadiendo progresivamente todo mi ser. No obstante, soy feliz en mi día a día, entregándome por completo a Dios. Mi alegría y felicidad, incomprensible para muchos e incomunicable plenamente para otros, brota de la alegría de encontrar el Tesoro de mi Vida, Jesús. 71

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Estoy convencido de que estoy y quiero “enamorarme más de ti, para que me enseñes a amar y a vivir, conforme a tu justicia y tu verdad porque con mi vida quiero adorar. Con todo lo que tengo y lo que soy, porque todo lo que he sido, y soy, y seré, te lo doy. Porque quiero que mi vida sea para ti como perfume a tus pies”. Pensando en la gracia de poder declarar ante el Pueblo de Dios reunido públicamente mi amor a ti por la Consagración definitiva me siento inconmensurablemente amado y querido por ti. Estoy convencido de que, aunque pase por este valle oscuro, no he de temer ningún mal porque sé que Tú Señor vas conmigo y es lo único que necesito. Una vez escuché: La verdad es que nuestro bienestar depende de que ofrezcamos amor y no de que nos lo devuelvan a nosotros, sino de lo que nosotros ofrecemos. Contemplo ahora a un hermano que ha entregado toda su vida al Seguimiento de Jesús. Me emociona verlo sufrir dolores y contemplar la pasividad con que enfermeros y médicos se excusan y, en definitiva, no lo atienden. Ojalá pudiera participar en algo de su sufrimiento para poder aliviar en algo su dolor. Yo lo único que puedo hacer es encomendarlo en su dolor a Jesucristo sufriente en la cruz y amando a cada persona hasta el extremo. Descubro en este hermano de comunidad un derroche increíble de amor, servicio, sencillez, humildad y sinceridad. Tal vez por eso he recordado esa frase de amar sin esperar nada a cambio. Ahora comprendo sin duda su cercanía, sonrisa y amor gratuito. Esto es sin lugar a dudas un querer vivir toda la vida entregándose a Dios 72

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y sin esperar nada a cambio. Es un motivo de acción de gracias poder contemplarlo a pesar de su sufrimiento, porque a mí me encantaría vivir la fórmula profesada de entrega a Dios como este hermano, que no ha tenido oportunidad de hacer ningún tipo de estudios de Teología. El mayor estudio y examen que ha tenido en su vida ha sido la segura y continua experiencia de encuentro con Dios en el amor impotentemente entregado que lleva a dar la vida. A pesar de esta incertidumbre y debilidad humana, siento una enorme tranquilidad por vivir y experimentar una profunda confianza en la entrega total, abandonada en el Dios encarnado que, en el mayor abandono humanamente imaginable, confió absolutamente. 7 de febero de 2011 “¿Qué tal estás? Espero que bien. Yo me encuentro bien, intentando sacar en los exámenes el fruto de lo trabajado durante todo este cuatrimestre. Yo sigo encontrándome contento, feliz, ilusionado, alegre, deseoso de seguir en este camino de vida misionera, de entrega por amor a los demás. Te escribo personalmente porque quiero hacerte partícipe de los nuevos resultados que en Oncología me dieron en el día de ayer, que son los siguientes: Tras la prueba realizada el día 15 de enero la imagen del cuerpo describe que la metástasis en 73

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ambos campos pulmonares y lesiones hepáticas (el hígado) aparecen con mayor intensidad metabólica. Esto último quiere decir que hay mayor actividad de las células cancerígenas, además en estos últimos informes referentes a este aspecto se afirma que se observa una mayor presencia metastática. Junto a esta novedad, aparecen otras dos más y ambas son negativas: hay un foco hipermetabólico en el hilio esplénico y otro en grasa retroperitoneal de la fosa renal izquierda. La conclusión de todo esto es que hay cuatro focos a tratar y que la enfermedad progresa. El medicamento de quimioterapia no está respondiendo como debiera. Por ello, ayer me hicieron una placa urgente para que este jueves la tenga el Oncólogo que lleva mi caso, un hombre creyente con el cual tuve una conversación muy interesante en el día de ayer. Él me dijo que la situación se ha agravado, y creo que no hay que ser un genio para entenderlo a la vista de los informes del PET-TAC. Me ha citado para el día 21 de este mes para comentarme el nuevo tratamiento de quimioterapia, que en principio quiere que sea intravenoso y por pastillas, una combinación de ambas quimioterapias. Estas son las noticias recibidas. No obstante, y a pesar de que sean malas, me siento con una profunda paz y muy cerca de Dios. Siento su profundo amor que me lleva y eso me basta. Hay un himno de Laudes que últimamente ha calado profundamente en mí, a pesar de que llevo varios años repitiéndolo, y que dice lo siguiente: 74

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Llévame, Señor, contigo; porque el pensar que te irás me causa un terrible miedo de si yo sin ti me quedo, de si tú sin mí te vas. Pese a sentirme estrechamente unido a Dios, encuentro últimamente momentos duros de soledad, angustia y cuestionamiento ante este, al parecer, triunfal avance de la enfermedad. No obstante, ahora mismo no es mi preocupación. Siento miedo de perder la presencia de Dios y caer en una posible frustración ante un –todavía no desencadenado pero posible– mal desenlace de esta situación. Sin embargo, siento que esto es normal, todos pasamos por situaciones de incomprensión, sufrimiento, dolor, desesperación. No encontrar a Dios en esos momentos que muchas veces –al menos en mi vida– se han manifestado es ya para mí un síntoma de esa misma presencia misteriosa ausente-presente de Dios en mi vida. Ahora más que nunca sé bien que sin Él no puedo vivir, si yo sin Él me quedo. Mi única petición es una sencilla oración al Señor para que me conceda su gracia en estos nuevos momentos de adversidad. Para que sean momentos de ratificar la misma experiencia de Dios que llevo viviendo y vivo hoy con más intensidad. Tal vez suene pretencioso, pero encuentro dentro de mí una dinámica que me tiene absolutamente asombrado, estoy convencido de que es el Espíritu de Dios quien me mueve hacia Él, y puedo decir que me siento en paz, serenidad, y muy unido y profundamente amado por Él. 75

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Escuché una canción últimamente que expresa sustancialmente la experiencia que estoy viviendo de Dios. La transcribo aquí: Quiero enamorarme más de ti. Cuando pienso en tu amor y en tu fidelidad, no hacer más que postrarme y adorar, cuando pienso en lo que he sido y hasta dónde me has traído, me asombro de ti. No me quiero conformar, he probado y quiero más. Yo quiero enamorarme más de ti, enséñame a amarte y a vivir, conforme a tu justicia y tu verdad, con mi vida quiero adorar. Todo lo que tengo y lo que soy, todo lo que he sido te lo doy. Que mi vida sea para ti como perfume a tus pies. Cuando pienso en tu cruz, y en todo lo que has dado, tu sangre por mí, por borrar mi pecado, cuando pienso en tu mano, hasta aquí hemos llegado por tu fidelidad. No me quiero conformar, he probado y quiero más. Yo quiero enamorarme más de ti, enséñame a amarte y a vivir, conforme a tu justicia y tu verdad, con mi vida quiero adorar. Todo lo que tengo y lo que soy, todo lo que he sido te lo doy. Que mi vida sea para ti como perfume a tus pies. Hay una parte de la canción que insiste diciendo: Yo quiero enamorarme más, y al final añade: de Ti. Ahora mismo ése es mi deseo y anhelo. Me abandono en las manos de Dios alegre, feliz, queriendo amar, adorar, servir, rezar, desde mi situación de limitación, como misionero que quiere seguir fielmente a Dios uno y trino, Dios 76

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amor, Dios de esperanza, Dios de vivos, y no de muertos. Sin más, me despido exclamando con alegría desbocada en mi corazón: “A tus manos, Señor, me encomiendo, hágase tu voluntad y no la mía”. Igualmente añado una experiencia que María la Virgen tuvo y experimentó en su vida: “Hágase en mí cuando quieras, como quieras, donde quieras, aquí estoy para vivir tu Palabra”.

27 de febrero de 2011 El pasado día 22 de febrero comencé el nuevo tratamiento de quimioterapia después de una mañana larga y en algún momento agobiante y desesperante. Nervios, impaciencia e incertidumbre estuvieron revoloteando por mi cabeza durante esa mañana. Después de hacer algunos trámites para conseguir las pastillas, entré en la sala de tratamiento, así la llaman, para recibir la nueva quimioterapia. Allí pude contemplar y orar por muchas personas en sus realidades concretas. Me encontré a gusto y acogido en todo momento por los trabajadores de esta unidad. En un espacio de veinte días he recibido las nuevas noticias para nada alentadoras: todo ha empeorado. Por ello tomaron la decisión de dar sesión de quimioterapia por vía intravenosa y aplicar por vía oral otro fármaco. Una de las cosas que he aprendido estando tantas horas sentado y enchufado para que entraran las últimas gotas de quimioterapia, ha sido a orar en medio 77

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del sufrimiento. Ver tantos rostros concretos y escuchar tantas historias concretas, provocó en mí una necesidad de orar por aquellas personas que, no comprendiendo la aparición del cáncer en su vida, no tenían ganas de luchar y se excudaban en excusas para intentar eludir la realidad que tienen que afrontar cada día. Me sentía impotente, sin una palabra que pudiera ofrecer algo de esperanza, de ilusión, de ganas de besar la vida tal y como viene, en lo bueno y en lo malo. ¡Ojalá descubran a Dios!, pensaba y exclamaba para mis adentros. Justamente desde mi impotencia, oraba a Dios con esta sencilla oración que ahora comparto: “Señor, tú conoces a cada uno de estos hijos tuyos, concédeles en su dolor y enfermedad, en su angustia y sufrimiento, en sus mayores momentos de desolación e incomprensión contemplar tu rostro sanador, amoroso y salvador.”

En mi caso, soy consciente de que la enfermedad ha dado un paso adelante diciendo: “Aquí estoy yo”. Sin embargo, no tengo miedo, me siento muy lleno de Dios. Este continuo pensar estuvo rondándome toda la tarde tras recibir la quimioterapia por vía intravenosa. Pese a que las noticias son realmente preocupantes, acogí la gran serenidad que Dios me estaba otorgando en aquellos momentos. Al terminar el día he tenido la suerte de compartir con un grupo de chavales de 1º de Bachillerato del Colegio Claret de Sevilla mi expe78

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riencia del cáncer. La experiencia de cómo Dios me está moldeando y de cómo, gracias a Él, desde la fe está siendo posible experimentar el Amor incondicional por parte de Dios. Intenté transmitir todo lo que estoy viviendo en estos momentos de manera privilegiada, aunque también quise transmitirles desde un primer momento la llamada que Dios me hizo en un momento histórico-concreto de mi vida. La llamada a su seguimiento, a la entrega total a Él dejando y olvidándolo todo, para ir tras Él, el tesoro de mi vida. Para ellos creo que fue un momento bastante impactante y duro. Mientras hablaba desde el corazón pude contemplar cómo los ojos de algunos de ellos enrojecían y lloraban. En ese momento tuve la tentación de acabar lo antes posible porque veía que lo estaban pasando mal. Sin embargo sentí cómo Dios me pedía que siguiera hablando desde mi corazón, que hablara del amor que estoy sintiendo, de su fuerza, de la tranquilidad, la serenidad y la seguridad que aporta a mi vida la confianza de abandono confiado en su voluntad y en su amor impotentemente entregado que lleva a dar la vida. Para mí descubrir esta inquietante y a la vez ilusionante experiencia del amor de Dios me está manteniendo feliz en estos momentos, los más adversos sin duda alguna de mi vida. Llevo prácticamente una semana con el tratamiento en el cuerpo y, aunque ha sido fuerte, lo más que he notado han sido algunos vómitos y cansancio. No me inquieta, porque son síntomas sobre los que ya los médicos me habían puesto 79

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sobre aviso. Están siendo momentos de incertidumbre y dudas ante la nueva situación, pero por otro lado están siendo momentos de experimentar de una forma más cercana a Dios, como no me canso de repetir. No sé por qué, pero en estos días he recordado la estrofa de una canción de dibujos animados de la infancia, que me sé de memoria; es la canción introductoria de la película “El Rey León” que dice así: “Desde el día que al mundo llegamos y nos ciega el brillo del sol, hay más que mirar donde otros sólo ven, más que alcanzar, en lugar de soñar. Son muchos más los tesoros de los que se podrán descubrir, y bajo el sol protector, con su luz y calor aprender todos a convivir.” Yo, desde que estoy enfermo, creo que estoy intentando ver más allá donde otros solamente ven e intento alcanzar el sueño que siempre he querido realizar en mi vida y que el Señor desde siempre ha puesto en mi corazón: la configuración con Cristo. En estos últimos días brotan con fuerza en mi corazón las ganas de no conformarme con vivir mediocremente mi vida misionera, sino con entusiasmo e ilusión. Me refiero a intentar vivir y dejarme transformar por Dios a través de los hermanos que me ayudan a descubrir que tengo muchos errores y defectos en el día a día. Gracias a ellos y a Dios puedo ir dando pasos, aunque no sean muy grandes, para seguir entregándole a Dios mi vida para siempre al servicio del Evangelio, la Buena Nueva que normalmente la gente no quiere escuchar. He descubierto en mi vida el Sol en el cual experimento su luz, pro80

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tección y calor, por ello le doy gracias constantemente a Dios. Me preocupa mucho, y en algunos momentos me desespera, ver cómo hay muchas personas que viven en el desaliento, la soledad y la desesperanza porque precisamente no se han encontrado con Dios, porque no han escuchado su palabra salvadora y amorosa. Me preocupan mucho aquellos que viven ocupados en un presente que parece llenar desde fuera, pero en cuyo interior claman por una palabra salvadora, un encuentro sanador y reconfortador. Me preocupa ver que el mundo sólo es capaz de encontrar a Dios en lo bueno, en lo satisfactorio, en los momentos alegres y de felicidad. Me llena de lágrimas los ojos y el corazón contemplar que muchas personas, ante una pequeña o grande adversidad, echan la culpa a Dios sin querer pararse, al menos por un momento, a comprender la novedad que encierra la vida, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Sin embargo, este sentir me está uniendo a aquellos que viven encerrados en sus afanes y viven para sí mismos; me siento unido a aquellos que piensan que vivir el día a día en función de uno mismo y no de los demás es lo mejor que se puede hacer. Desde mi enfermedad, en cierto modo, me siento como ellos, impotente, y no queriendo en algunos momentos dejarme ayudar por personas y circunstancias que, vistas con otros ojos, me pueden hacer cambiar y madurar. Oro mucho por ellos. Estoy convencido de que Dios está poniendo personas y circunstancias concretas por las que podrán encontrar y experimentar 81

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su gran Amor. En estos momentos de oscuridad y Getsemaní, el Señor sigue encendiendo en mí tres velas que hacen que por Él siga el camino en la entrega diaria y comprometida, para ratificarla en unos meses públicamente para siempre. Estas tres velas se llaman: Fe, Esperanza y Caridad. Desde estos tres núcleos que sostienen mi seguimiento y configuración con Cristo escucho hoy una invitación concreta: “Sed mis testigos”. Suena muy fuerte dentro de mí esta llamada a ser anuncio y testimonio del Evangelio vivo de Jesucristo. Aunque me siento lleno de ilusión y con ganas de vivir en autenticidad el Evangelio, me encuentro muchas veces con defectos, errores e incoherencias que me alejan de ti, Señor. A pesar de ello me encuentro lleno de ti y esto me revitaliza y empuja cada día a seguir entregándome cada día más a ti. Sin ti no soy nada, no quiero estar sin ti, quiero que estés siempre en el centro de mi vida. “Tú haces que se vaya mi melancolía, me devuelves de nuevo a la vida.” Esto dice el estribillo de una canción, de Amaral, si no me equivoco. En ti, Señor, encuentro la fuente, el lugar donde recobro siempre mis fuerzas. Donde encuentro como un niño aterrado el abrazo paterno lleno de amor y de confianza, que hace que en medio de un derroche de lágrimas consiga seguir caminando. Eres tú el motivo más grande que me empuja a amar y a vivir en el amor, solamente por ti, mi Dios. Tú eres lo más grande que me ha sucedido en la vida, eres el amor de mi vida. Muchos no comprenden este amor inefable que en estas circunstancias tú me 82

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estás demostrando y que me mueve a amarte cada día más y más. Quiero ser testigo de tu amor. Quiero que, incluso en el mayor sufrimiento, dolor y angustia, lo único que brote de mi corazón sea amor y perdón. Quiero ser testigo y anunciador de que mi vida está sustentada en la experiencia de ser amado, a pesar de la enfermedad, la angustia y el sufrimiento que últimamente recorren mi cuerpo. Quiero anunciar al Dios encarnado, crucificado y Resucitado por un amor incondicional que lleva a dar la Vida, llena de gracia, para todo aquel que acepta su oferta amorosa de salvación. 13 de marzo de 2011 “Tú que conoces el desierto, dame tu mano y ven conmigo.” Señor, me encuentro lleno de lágrimas y me siento muy confuso. Tengo nuevos dolores y no te quiero mentir, estoy aterrado. Tal vez vivo triste como aquellos que no tienen esperanza, como dice San Pablo. A mi alrededor veo y compruebo que todos se encuentran tranquilos y con esperanza en el camino de tu seguimiento. Siento sana envidia de ellos, porque antes no valoraba la tranquilidad de mi vida. Veo que mi vida como misionero puede estar acercándose a su fin y que no podré alcanzar la plena configuración con Cristo a la que desde muy pequeño me sentí llamado: Ser Misionero sirviendo a la Iglesia por medio del ministerio ordenado. 83

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Siento temblor y miedo ante la posible proximidad de la muerte. Es algo que en estos últimos días me tiene cuestionado. Muchas veces he soñado y pensado en la gracia de ser mártir por el anuncio del Evangelio. Sin embargo, ahora me aterra la idea de morir y dejar esta vida sin consumar lo que desde un primer momento he creído que era la llamada de Dios para mí. Me siento como un niño sin ilusiones, un niño que ve la imposibilidad de alcanzar aquello que quiere. Esto es quizás lo que últimamente me tiene bastante distraído. Pensar que la voluntad de Dios es lo que yo quiero y que así tiene que cumplirse. Por eso me siento tal vez sin esperanza. Estoy convencido de que el itinerario inesperado descubierto en mayo del año pasado está siendo un momento de gracia y crecimiento, una demostración y declaración de amor en medio del sufrimiento y la soledad. La imagen del desierto describe bastante bien todo lo que he vivido, vivo y viviré: el desierto como momento y lugar de encuentro con Dios Amor. En este desierto encuentro que el Señor me sigue hablando al corazón y que quiere seguir mostrándome su amor. Siento un enorme sentimiento de gratuidad ante lo recibido, que no puede ser exigido. Ardientemente quiero seguir todos los días gritando a Dios que Él es mi amor, mi tesoro y que solamente por Él y desde Él quiero vivir el cáncer, en la acogida de su amor y de su palabra encarnada cada día de mi vida. Vivo continuamente en la tentación de dejarlo todo, como si lo vivido hasta ahora no hubiera servido para nada; la tentación de ver en esta dificul84

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tad tan dolorosa el billete de huida a casa. Mas veo que esto es un engaño. Me río ante este molesto pensamiento que quiere tomar las riendas de mi vida y plantarse en el centro de la misma. Frente a él, el Señor me responde con una canción que resuena en mi corazón: “Es imposible amarte y no seguirte, es imposible conocerte y no amarte”. Adquieren gran fuerza en mí estas líneas de respuesta a la declaración de amor que cada día “Tú mi Dios” renuevas ante mí. La renuevas haciéndome ver que me quieres y que apuestas por mí a pesar de mis defectos y debilidad. Hoy grita mi corazón susurrándote serenamente: “Tú que conoces el desierto, dame tu mano y ven conmigo”. Jesús, mi tesoro. Al desierto fuiste llevado por el Espíritu y como hombre de condición débil fuiste tentado, mas tu fe y tu amor al Padre fueron el vínculo fuerte que te unió a Él en todo momento y circunstancia de tu vida. En Getsemaní te negaste a tomar al antojo o a pretender manipular el misterio divino y mostraste tu disponibilidad para comprender y fiarte de los brazos cálidos y amorosos del Padre. En la cruz tu confianza fue absoluta y confiadamente entregada. Brota en mí una petición del corazón: dame tu mano y acompáñame en este difícil caminar por el desierto. La idea de la muerte me aterra; el dolor, el sufrimiento y la angustia hacen que mis piernas vacilen al andar. No obstante, siento que voy contigo. El Amor Trinitario me unge y conforta en esta experiencia límite que me está ayudando a descubrir mi limitación diaria. Justamente, el experimentar la limitación diaria me está ayudando a ir profundizando más en 85

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mi entrega a Dios en el día a día. Me hago consciente de las muchas limitaciones que tengo y esto me ayuda a ir dejándome hacer de nuevo por el Alfarero. Descubrir mis defectos y debilidades me está ayudando a descubrir que sólo en los brazos del Amor Trinitario es donde descubro y puedo seguir caminando con fe y esperanza, a pesar de las circunstancias que vayan apareciendo a lo largo de la vida. 20 de marzo de 2011 El pasado día 15 de marzo tuve la segunda sesión de quimioterapia. La consulta con el médico ha sido la habitual. Me informó de cómo se encontraba la analítica que me hicieron. Los niveles de plaquetas y las defensas habían bajado, como era de esperar, sin embargo, no han bajado lo suficiente como para no seguir poniendo la quimioterapia. Además me dijeron que el tratamiento tiene que comenzar a ser más fuerte. Los dos primeros días estuve bien, con las arcadas normales, pero sin vómitos. Y cuando ya creía que éstos no iban a aparecer, resultó que aparecieron con fuerza y me dejaron bastante débil. También apareció la fiebre, con lo que llegué a pensar que probablemente no podría asistir a un acontecimiento importante en la vida de un hermano con el que he convivido durante algunos años de formación. Gracias a la fuerza del Señor no ha sido así. En el día de ayer pude asistir a la ordenación de 86

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un hermano al que tengo mucha estima y afecto. Fue una experiencia de tener muy adentro a Dios y de sentir su presencia en estos momentos nada fáciles que estoy pasando. Yo creo que ayer Dios se cansaría de escucharme de tanto darle las gracias por participar en la celebración de este hermano. El momento de la consagración como presbítero fue muy emocionante y cuando fue acogido por los otros presbíteros he de confesar que recorrieron mis mejillas lágrimas de alegría. Una alegría inconmensurable por ver cómo Dios se sigue sirviendo de personas jóvenes para anunciar su Buena Nueva desde la fragilidad de las personas elegidas para esta tarea. Esto me ha hecho ver que no tengo que fijarme tanto en la adversidad que estoy viviendo, que no he de hundirme porque no pueda más. Ayer descubrí que, en cierto modo, estoy cayendo en un círculo vicioso de engaño. Ahora soy consciente de aquello que decía hace un par de meses un profesor en clase: “Ni hoy ni nunca ha sido fácil dar testimonio de Jesucristo”. Justamente por la debilidad que caracteriza a la humanidad, la finitud, la impotencia de ver que no puedes disponer por completo de tu vida. 22 de marzo de 2011 No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos, liberar el lastre, retomar el vuelo. 87

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Nunca es tarde para levantarse y volver a comenzar el camino que ya estaba emprendido. Por eso no me quiero rendir, porque estoy en tu tiempo, en el tiempo del Reino, tiempo de esperanza y de tu presencia, Señor. Tiempo en que sombras y miedos parecen hacer tambalear lo que tú pones en mí cada día, lo que me hace caminar y llegar hasta ti. Es tiempo ahora en que he descubierto que me liberas de estas esclavitudes y me empujas con tu hálito para seguir y encontrar en cada instante de mi vida tu voluntad. No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.

Quiero continuar caminando a tu vera, a tu lado, sintiendo tu calor, tu amor, tu fortaleza en mi debilidad; quiero seguir caminando por la senda que desde siempre me has mostrado. No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños, porque la vida es tuya y tuyo también el deseo, porque lo has querido y porque te quiero.

No concibo mi vida sin ti en medio. Pese a que siento frío, miedo, soledad, angustia y des88

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confianza, a pesar de ello sigo queriendo estar abandonado y locamente confiado en tu amor dador de vida. Una vida que me comunica un fuerte derroche de amor, que es puro DON, y al que muchas veces no puedo responder de la manera más fiel. Porque existe el vino y el amor, es cierto, porque no hay heridas que no cure el tiempo, abrir las puertas quitar los cerrojos, abandonar las murallas que te protegieron.

El amor impotentemente entregado que tu Hijo nos dejó es el que me mueve a dejar que rompas mi fuerte escudo para seguir caminando, ilusionado y cantando que tú eres mi TESORO. Vivir la vida y aceptar el reto, recuperar la risa, ensayar el canto, bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo, celebrar la vida y retomar los cielos.

Ha hecho que no olvide que lo importante es amar haciendo sonreír a las personas que más lo necesitan. Sin alegría y amor no sé qué sería mi vida; tal vez lo que antes vivía: ¡Mísera mediocridad y miseria! No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, 89

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aún hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo, porque ésta es la hora y el mejor momento, porque no estás sola, porque yo te quiero.

No me rindo y creo que no lo haré, porque sentir que me amas y me quieres como soy provoca en mí una fuerte sensación. Desbordo de lágrimas de alegría; ternura en la enfermedad es mi oración. Tú mi sol, mi sueño, mi ilusión, mi deseo, mi amor encontrado en un tesoro que muchos no han encontrado. Amor Resucitado Crucificado por mí, en la vida y en la muerte sólo quiero pertenecerte a ti. Aunque mi fe vislumbra la oscuridad, aunque en mi juventud me asusta un horizonte ya en declive y me cuestiona la posibilidad de un final cercano, aunque tengo miedo por querer vivir siempre aquí al mismo tiempo que deseo de corazón estar contigo, te pido que me ayudes con tu gracia para que desee y no tenga miedo de encontrarme cara a cara contigo. Entonces, entre lágrimas de alegría, podré postrarme ante ti y besar tus heridas, tu dolor, al igual que ahora tú lo estás haciendo conmigo, mi Dios.

28 de marzo de 2011 ¿Para qué mentir ante lo que es evidente? Me encuentro triste y sin ánimo para seguir luchando contra el cáncer. La agresividad del tratamiento y 90

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los dolores en el costado izquierdo me preocupan con notoriedad. Por mucho que sea capaz de esconder por fuera este sufrimiento y esta preocupación, por dentro me cuestiona e interroga, y meditando me pregunto: ¿Qué va a ser de mí? Muchas son las dudas que se presentan en cada instante y la incertidumbre junto al nerviosismo interior parecen ganar la partida y me tienen inmerso en el desconcierto. No es fácil hablar con frialdad de mi futuro, de lo que va a ser de mí en los próximos días, meses, años. Mi corazón no es adivino y no me adelanta nada, lo que sí hace es recordarme que hay alguien amándome locamente y que quiere que siga abandonado en sus brazos. Hoy la Palabra de Dios me hace ver que en medio de la enfermedad y de la tribulación, la fe tiene siempre una palabra que decir y con la cual alentar. Ello me hace traer ahora a la oración que hay muchas personas que están orando por mí. Unos pidiendo fuerza y gracia, otros una curación milagrosa en la que desaparezca por completo el cáncer. Yo no pido al Señor un milagro, pero sí que me conceda la siguiente petición: “Señor mío y Dios mío, que en lo bueno y en lo malo, en lo triste y alegre de cada día descubra en ti mi fe, esperanza y caridad. Se tú por medio de ellas mi guía hacia ti, haciéndome olvidar los años, proyectos, deseos, sueños e ilusiones que yo quiero realizar, porque bien sé que son imaginaciones humanas que quieren que se realice mi voluntad. Yo sin ti no quiero seguir caminando. Si esto implica olvidarme de mí hasta morir, estoy dispuesto a beber el cáliz con tu gra91

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cia. Así podré ir hacia ti lleno de tu amor con más ligereza y dispuesto a contemplarte cara a cara”. No quiero ser desalentador, pero el camino se hace muy duro. Compréndeme, Señor, que soy hombre joven, débil y de pocos años. Veo que el camino está lleno de piedras y zarzas y ahora me encuentro envuelto en una oscuridad grande. Y cuando no encuentro en ti la fuerza para seguir me siento sólo, sin ánimo e ilusión, sin cobijo para llorar y reír como un hijo que busca su refugio, calor y consuelo en su padre y madre amorosos. No puedo evitar la molesta piedra que me encuentro todos los días al caminar, ni las rozaduras sangrantes y dolientes que las zarzas me provocan. Serían fáciles de evitar huyendo y obviando su presencia en la realidad, pero me mueves a ser sensato y a reconocer lo que hay. Mi mirada agradecida y sonriente no sabe cómo expresar la alegría de tu presencia viva en el duro caminar. En medio del camino y en la oscuridad a veces observo una luz engañosa que me quiere dominar. Más en tú en esos momentos comienzas a brillar y, entonces, como un bebé en su cuna confío y me dejo acunar por ti. Es difícil caminar y normalmente me suelo encontrar sin fuerzas ni ganas, pero cuando recuerdo tu amor y tu fidelidad, noto cómo mi interior respira tu aliento y, perdido en tu inmenso mar de amor, siento que contigo nada me puede faltar ni pasar. Una petición sincera te quiero implorar de corazón: “Sé tú, Señor, siempre en mi vida el alimento que yo necesito para seguir caminando a tu lado”. 92

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Comunidad formativa en el aĂąo de Noviciado (2005-2006)

Festival solidario de villancicos (13-12- 2009)

PeregrinaciĂłn a la Ermita de FusimaĂąa (07-04-2010)


CelebraciĂłn de la Navidad en la Facultad de TeologĂ­a (22-12-2010)

Retiro y convivencia comunitaria en Calahonda (20-02-2011)

Fiesta con los compaĂąeros de la Facultad (04-05-2011)


Encuentro para la profesión perpetua (10-07-2011)

Profesión perpetua (23-10- 2011)

Con sus padres y hermanos menores en el “día más feliz” (23-10-2011)


Encuentro con el P. General (18-12-2011)

Visita de los Reyes Magos (05-01-2012)

Palabras de despedida a su comunidad (30-11-2011)


7 de abril de 2011 El pasado día 4 de abril me tocaba recibir el tercer ciclo de quimioterapia. Iba animado, contento y con ganas de seguir luchando contra el cáncer. Ha sido un día lleno de sorpresas que inesperadamente me han interpelado. Cuando llegué a la consulta del médico me hizo varias preguntas: cómo estaba, cómo me sentía, cómo había ido la sesión anterior de quimioterapia… Al responder a estas preguntas, le indiqué que tenía unos dolores que me tenían preocupado. Él, sin embargo, no le dio ninguna importancia, diciendo que al parecer son musculares. No obstante, esto no es lo que ha sido trascendental. En un momento dado me dijo que no tenía ningún pelo de tonto, a lo que yo respondí con una sonrisa alegre y sincera, pues se refería a que no se me había caído el pelo. Seguidamente me dijo: “Ildefonso, no le podemos dar la quimioterapia porque tiene las defensas bajas, al límite, y si se la doy mañana lo tengo hospitalizado con fiebre. Lo mejor es que esta semana descanse y la semana que viene le damos el chute.” Estas palabras produjeron en mi interior una total incomprensión y muy poca serenidad, aunque logré contenerme. Al salir de la consulta estaba desconcertado, enfadado, mosqueado, cabreado; en pocas palabras, no conforme con las indicaciones del médico, porque yo quería recibir el tercer ciclo. Mi reacción ante esta situación de impotencia no se hizo esperar. Tomé una actitud un tanto infantil y no medié palabra con el 93

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hermano que me acompañaba al hospital de día, lugar donde recibo las sesiones de quimioterapia. Esta actitud me ha tenido cuestionado estos días y ha sido motivo para que me pare a pensar en su porqué. Aunque todavía no he hallado la razón, me encuentro ahora mucho más tranquilo y relajado, y por eso me siento a escribir con paz y serenidad. Estos días han sido un tiempo para tomar el pulso a mi vida. Me he encontrado muy preocupado por el cansancio que he venido experimentando desde la segunda sesión de quimioterapia. Ha habido momentos en que he pensado que el cansancio era un síntoma del fuerte avance del cáncer. He asociado cansancio con avance del cáncer, aunque parezca una tontería, pero en estas circunstancias, por los nervios y el desconocimiento, uno se encuentra desubicado y un poco perdido. A pesar de la tranquilidad y esperanza que me da la fe, he estado viviendo en estos últimos meses una fuerte marejada que ha azotado mi interior con fuerza. La situación de haber empeorado y tener que comenzar un nuevo tratamiento de quimioterapia me ha tenido bastante preocupado y aún hoy, para qué mentir, me sigue teniendo preocupado. En estos últimos meses he estado pidiendo continuamente al Señor la gracia necesaria para seguir adelante a pesar de lo que venga. Y aunque no están siendo momentos fáciles a nivel personal, porque uno se encuentra humanamente débil y desconcertado, ha sido un regalo de Dios para mí el tener hermanos a mi 94

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alrededor: Tener hermanos que con su prudencia y experiencia de vida han escuchado pacientemente mis pensamientos muchas veces perdidos en divagaciones y mis sentimientos confusos por la amenaza de la enfermedad. Ellos han sabido encender la luz que las circunstancias habían apagado, me han hecho redescubrir que en las mismas palabras y vivencias que he tenido Dios sigue estando ahí, sigue siendo el único motivo fuerte por el cual yo quiero seguir entregando mi vida, que me ha sido donada por Él gratuitamente, y desde esta experiencia de gratuidad quiero ofrecérsela a Él. Gracias, Señor, porque una vez más me has demostrado que tú, sólo Tú, eres mi razón de Ser. He redescubierto en estas experiencias que he vivido últimamente que solamente tú eres mi tesoro, tú eres mi amor, tú eres lo único que tengo y que necesito para vivir. Y, aunque a veces no te encuentre, me alegra reconocer en la oscuridad tus pequeños destellos de luz y me alegra sentir tu calor amoroso. Gracias, Dios mío, tu hijo que te quiere. 11 de abril de 2011 A pocos días de terminar el camino cuaresmal, contemplo ya la intensidad del Triduo Pascual. En años anteriores nunca me había sentido con tanta fuerza, ilusión y alegría, ansiando ardientemente contemplar y orar con el misterio central de la fe que muchas veces suele pasarnos desapercibido en medio de tanta actividad. Señor, Dios mío, en 95

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tu Pasión, muerte y Resurrección te quiero acompañar. Quiero contemplar tu dolor y sufrimiento en la cruz, estar contigo y llorar a tu lado en Getsemaní, pidiendo al Padre que se cumpla su voluntad. En el momento de tu muerte en la cruz me encantaría estar a los pies, para poderte así adorar de rodillas y, si soy digno de ti, besar tus pies con delicadeza y humildad. Mas mi corazón anhela celebrar sobre todo la Vigilia Pascual, es un fuerte deseo que no puedo controlar. En ella todo mi ser celebra la Vida en el Amor que tú nos has querido regalar a todos tus hijos. El cáncer me ha hecho experimentar el dolor, la soledad, el sufrimiento de la Pasión, y en estos momentos de difícil comprensión siempre he encontrado en ti, Señor, la fuente de luz que me ha guiado como a un aventurero perdido, desorientado, a llegar al lugar donde reposar, descansar y retomar fuerzas para seguir adelante, caminando a tu lado, por ese camino al que me he sentido llamado desde siempre. Han pasado diez meses de alegría con alguna que otra pena, pero con mucha ilusión y felicidad. He logrado vivirlos como nunca antes lo había hecho: viviendo en el presente y sin pensar en el futuro. En estos días he tenido muy presente que, en el caminar de cada día, sólo importabas tú: mi luz, mi amor, mi tesoro. Gracias a ti, he vuelto a sonreír en medio de la gran dificultad y a pesar de la adversidad que los médicos con sus medios intentan erradicar. Yo en ti he encontrado motivos para vivir y para cantar a la vida, porque en ti, Señor, encuentro todos los días la felicidad de saber que estás a 96

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mi lado y no me dejas, que me amas con locura, siendo yo un pecador indigno de ti. Ahora, entre los preparativos de la Semana Santa, pienso que no me tengo que despistar, sino seguir orando y dejándome salvar por tu amor y misericordia, reconociendo mi pecado y gran debilidad. 25 de abril de 2011 Ya ha comenzado la gran semana, la Semana Santa. Tras recibir el tercer ciclo de quimioterapia, me encuentro ahora en Villablanca. Estoy en nuestra comunidad misionera, intentando junto con otro hermano de comunidad ser Evangelio vivo para con otros. Ya ha pasado casi una semana y me encuentro mucho mejor. El pecho no me duele y tampoco el costado, como ocurría al principio de esta tercera sesión, lo que sin duda me tenía preocupado. Esta Semana Santa está siendo diferente a las de otros años. Tal vez la razón sea que me encuentro enfermo y en otros años no era así. Esto me hace sentir mi debilidad y limitación, y también en este sentido me entristece ver que, dependiendo de cómo me encuentre, hacemos una cosa u otra. Ayer jugamos una partida de parchís por la noche con los hermanos de comunidad. Hacía mucho tiempo que no lo hacía y disfruté muchísimo, la verdad. Mientras jugábamos, teníamos encendida la televisión. En ella estábamos viendo un programa llamado “Un granito de arena”, en el que emitían el testimonio de un matrimonio que tenía cinco hijos. 97

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Uno de sus hijos, Pablo, estando un verano en la playa, después de bañarse comenzó a cojear. En ese momento los padres no le dieron importancia, pensando que eran agujetas o un posible esguince, pero al cabo de un tiempo los médicos diagnosticaron que el niño tenía un sarcoma. Según comentaban los padres, es un tipo de cáncer habitual en los niños. Pablo apenas tenía ocho años. El hecho es que contaron todo el proceso de quimioterapia que recibió el niño. Entre malas y buenas noticias, al final hablaban con alegría desbordante de que el último verano que vivió aquél niño fue increíble para él, disfrutó muchísimo. La madre con ojos casi llorosos narraba todo lo que había hecho a pesar del último tratamiento que pudieron administrarle. Era un tratamiento fuerte y agresivo, pero en él la familia había depositado ya su última esperanza. Al acabar el verano, el tratamiento había resultado eficaz con la enfermedad y había logrado que desapareciera por completo. Pero, pese a estas buenas noticias la enfermedad reapareció al poco tiempo y ya con más fuerza. La agresividad del cáncer hacía vislumbrar poco a poco la cercanía de la muerte de aquel niño. Todo esto lo digo porque, antes de que mencionaran el desenlace final, mostraron dos fotos que me llegaron al corazón. Una fue de su cumpleaños y otra de su primera comunión. En las dos fotos se podía reconocer la enfermedad, pues el niño no tenía cabello. Pero no fue eso lo que llamó mi atención, sino la sonrisa y el brillo que había en los ojos de aquel niño. Su expresión facial desprendía alegría, vida, ilusión y esperanza. 98

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Aquellas imágenes televisivas no me dejaron indiferente al contemplar la forma particular con que aquella familia había vivido el sufrimiento terminal de la enfermedad. En medio del sufrimiento, hubo siempre en ellos sonrisas, alegría, felicidad, y éstos fueron los motivos que posibilitaron la vivencia de la enfermedad con paz y serenidad, desde el principio hasta el desenlace. Veía ahí las claves de vivir el ya del Reino, los signos de la presencia del Reino de Dios en medio de nosotros. Iluminando incluso aquellas situaciones que, siendo anti-reino, provocan una experiencia de gracia en aquellos que están abiertos y saben leerlas y vivirlas desde la fe. La vivencia admirable de este niño, Pablo, y de su familia fue para mí un motivo de oración. Una oración de petición por la familia de Pablo para que, en medio de su fuerte dolor por la pérdida de un hijo, supieran descubrir en ese acontecimiento oscuro ese gran signo del Reino que en la Semana Santa llega a su culmen y visualización en la Vigilia Pascual: la Resurrección. Lleva resonando varios días en mi interior la situación del mundo que sufre, del rostro de Dios humanizado que sigue crucificado en el hoy concreto de nuestra historia. Sin duda, es doloroso escuchar esas noticias. Sin embargo, la narración a posteriori de la vivencia de la enfermedad, o incluso a veces en medio del transcurso de la misma, denota una experiencia singular, algo que no deja indiferente a quien vive y palpa la enfermedad muy de cerca. Mi experiencia está caminando en este sentido. Los 99

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días que han acaecido desde el descubrimiento del cáncer hasta hoy se han visto, sin duda, limitados por esta situación, pero también han sido transformados. Han sido días en que he vivido –y puedo vivir hoy– la alegría de pensar que tengo 24 horas al día para vivir, disfrutar, reír, llorar, estudiar, compartir, hablar, sonreír, soñar… Aprender a vivir con lo que surge o viene cada día es una experiencia que he descubierto y puedo disfrutar gracias a que estoy enfermo. Tal vez si no fuera así, no sería capaz de vivir la vida tal y como viene en el caminar cotidiano. Sin duda, es la fe la que me está ayudando a vivir la enfermedad con esperanza, contemplando a Dios y queriendo seguirlo a pesar de las dificultades que aparecen en el camino. Este triduo pascual ha sido la primera vez en que he vivido todo su significado. El Jueves Santo, al contemplar al sacerdote de rodillas evocando el pasaje en que Jesús lava los pies a sus discípulos, ha sido para mí un momento de acción de gracias. Acción de gracias porque Jesús no quiso dejarnos solos y se quedó con nosotros en el pan y vino. Nosotros, haciendo memorial del sacrificio eucarístico, podemos participar del misterio de amor que nos salva. Un amor que se traduce en un estilo de vida concreto: estar con el Padre y servir al prójimo. El Viernes Santo fue un día de mucho silencio. Jesús murió dando la vida por amor. El silencio de la pérdida, de la tristeza, del desconcierto, provocó en mí un sentimiento de acción de gracias y de petición. Acción de gracias porque es indescriptible el amor que Dios sigue 100

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mostrando a sus hijos por medio de su Hijo, que sigue crucificado en los crucificados de la historia y de la actualidad. Y una petición: “Señor, en mi sufrimiento, que jamás dude de que estás a mi lado”. Era intensa esta petición porque a lo largo de estos últimos meses me he sentido a veces desbordado por la situación. En la Vigilia Pascual sentí una profunda alegría. En medio de la oscuridad, el silencio, la soledad, la angustia, el sufrimiento, Dios tiene la última palabra. Es así como viví esta gran noche desde la fe en el Dios de la Vida, en el Dios Resucitado que transmite palabras de aliento para el camino. 4 de julio de 2011 Señor mío, me encuentro débil debido a las dos últimas sesiones de quimioterapia. Han provocado en mí cierta inquietud y nerviosismo porque he estado varios días con vómitos ininterrumpidos y de una manera exagerada. He tenido que hacer más reposo para recuperarme de las sesiones y en varias ocasiones hemos tenido que llamar a los servicios médicos para que me pincharan. Esto se debió a que los dolores y los vómitos se hacían muy intensos. No sé muy bien a qué se deben estos síntomas, tal vez no esté funcionando la quimioterapia, o sea ella la que me está produciendo esta situación tan desagradable. Soy consciente de que es un tratamiento muy fuerte que busca plantarle cara al cáncer, pero no sé, supongo que será nor101

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mal. Hoy ha sido un día tranquilo con respecto a los vómitos: sólo los he tenido una vez y ha sido ya en la comunidad de Madrid. Hemos venido en coche a Madrid para hacer el cursillo de preparación para la profesión perpetua que, Dios mediante, realizaré el próximo 23 de octubre si el Consejo Provincial ve oportuna mi aprobación. Hoy tengo muchos motivos para darte gracias Señor. He conocido a muchos jóvenes religiosos y religiosas que se encuentran en el mismo proceso de discernimiento en que estoy yo: preparando la profesión perpetua. Gracias por poder participar, ya que en el día de ayer no pensaba que pudiera venir al cursillo porque me encontraba muy débil a causa de los vómitos y muy preocupado por la expulsión de sangre junto con la saliva. Gracias, Señor, por esta oportunidad de poder compartir y profundizar en estos días la decisión a la que me siento llamado y llevado por ti. Gracias por todos y cada uno de los que estamos aquí. Tú conoces como somos y lo que necesitamos, te pido que nos ayudes a dejarnos llevar confiadamente por ti en estos días de profundización, oración y reflexión. 11 de julio de 2011 Encuentro de preparación para la profesión perpetua Os 2,16: “Por eso voy a seducirla, voy a llevarla al desierto y le hablaré al corazón” - Meditación personal en el día de Camino-Desierto. 102

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Gracias, Señor, por la Creación en la que contemplo tu belleza y tu presencia misteriosa, sorprendente, amorosa y armónica. Respirar tu aire puro en mis pulmones enfermos me llena de vitalidad, entusiasmo y fuerza. La transparencia del agua cristalina, pequeña criatura tuya, es un fiel reflejo de tu continua donación de amor y perdón para conmigo. Tu amor y ternura son para mí como un torrente de agua que corre con fuerza y que nada puede parar. Me siento insignificante ante tanta belleza… ¡Y pensar que hayas puesto los ojos en mí! Me causa un terrible asombro y desconcierto. No soy virtuoso, ni destacado en varios aspectos, soy muy débil y frágil, incapaz de vivir sin ti, mi tesoro. Tú eres mi gran tesoro, no me cabe duda, Señor. Tú eres la razón de mi existir, en ti encuentro todo lo necesario para vivir alegre y feliz. Sé bien que a lo largo de los años, e incluso al principio, dudé. Realmente no era consciente ni apreciaba el tesoro que me había sido dado. Tú, sólo tú, eres mi razón de ser. Muchas veces a lo largo de estos años he experimentado y ratificado esta afirmación en este cuento de amor, del que tú, mi tesoro, eres el escritor. No comprendo las dificultades y los malos momentos vividos a causa de este regalo de amor. De una cosa estoy más que convencido: sin tu amor no hubiera podido seguir caminando por medio del hermoso, edificante y performativo desierto. Sin ti, sin tu presencia, no soy nada, nada tengo y nada quiero. Recordar el itinerario descubierto y recorrido con el paso de los años me ha ayudado a revivir 103

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y agradecer con más fuerza y alegría el que tú hayas puesto en mí la entrega perpetua. Es cierto, Señor, que el camino no ha sido fácil: ha habido espinas, obstáculos, problemas, soledades, incomprensiones, desconciertos, dudas, peligros, muertes. Sin embargo, tú siempre has estado a mi lado. Nunca me has dejado solo a pesar de que en muchos momentos el contar contigo no entraba en mis planes. Sigue causándome asombro y desconcierto tu forma misteriosa de amar y actuar en mi vida. Siempre me he sentido bendecido por ti, porque tú eres mi gran tesoro. Te has manifestado y hecho presente en mi vida de diferentes maneras. Fundamentalmente por tres elementos: tu palabra, las mediaciones humanas y las profundas experiencias de encuentro contigo. La Palabra. Son muchos los pasajes que han ido encarnándose en mi vida: Sal de tu tierra; descálzate porque la tierra que pisas es sagrada; yo te he elegido; sígueme; el tesoro escondido; la perla preciosa; Padre, si es posible que pase este cáliz pero sea tu voluntad y no la mía; tengo sed; ¿por qué me has abandonado?; ánimo, soy yo, no temáis; recibid el Espíritu Santo; Getsemaní; Camino de Emaús. Las mediaciones humanas: Ha habido y hay personas que me han ayudado a seguir fiel al proyecto que Dios me ha ido mostrando a lo largo de mi vida y que ahora estoy viviendo: Mamá Bella, que siempre me apoyó y ayudó y ahora junto al Padre ora por todos; Benítez, Carmen, Juan Carlos Martos, Joaquín, José Luis, José María, Pepe Hdez., Paco. 104

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Las experiencias de encuentro con Dios: – Éxodo: Alianza inquebrantable del Sinaí. Allí el Señor me consagró con su fuerza para seguirle a pesar de todo lo que pudiera venir. Una alianza de amor que perdura y lo seguirá haciendo. – Gospel: La alegría de encontrar el mayor tesoro que el ser humano puede experimentar en su vida, y por la cual dejo todo. – Campo de Silencio: Donde aprendí y viví que el “silencio no es la ausencia de ruido, sino la presencia amorosa de Dios”. Hoy por hoy me encuentro muy feliz, disfrutando del don vocacional como un regalo inmerecido del Señor. Confiado y abandonado en su amor dador de vida, caminando por su gracia y por la fe sin vacilar. A lo largo de mi vida he encontrado dificultades que me han hecho dudar sobre si realmente era mi camino o no. Hoy veo que esas grandes dificultades no eran nada en comparación con el enorme sufrimiento que existe en el mundo. Orar con aquellas circunstancias anteriores me ha mostrado que era egoísta y egocéntrico porque no quise profundizar y mirar más allá de mi realidad. La vida ha traído consigo una enfermedad que muchas veces acaba siendo mortal: el cáncer. Ya hace más de un año que me operaron a vida o muerte durante ocho horas. Estoy convencido de que el Señor luchó por mi vida para salvarla de la muerte. En apenas once meses han cambiado las cosas. He recibido dos tratamientos para luchar contra las metástasis en los pul105

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mones, en el hígado y en la fosa renal. No es fácil vivir esta situación tan adversa que humanamente desconcierta, descoloca y desespera. Sin embargo, soy feliz. Estoy alegre, ilusionado, deseoso, esperanzado y me siento profundamente amado. Viviendo la frase tan hermosa del apóstol: “Tu gracia me basta”. La fe en el Dios Resucitado crucificado está siendo el motor que guía mi vida en este cuento de amor al que he sido llamado por su amor y ternura. Yo solo no podría afrontar esta situación tan adversa y difícil si no fuera por la total confianza que tengo puesta en Él, que sin duda me sostiene al vacilar. No encuentro palabras para definir lo feliz que me siento por experimentar su amor, que me cura y alimenta. No sé bien cómo definir su ternura y cercanía en los momentos de Getsemaní que vivo. Tocarlo con mis pobres manos y recibirlo en mi frágil y enfermo cuerpo es alimento que nutre y cura mis debilidades. Me hace sentirme hijo del Padre. Siento ánimo, amor y esperanza a su lado para seguir corriendo en el camino de la configuración con su Hijo Jesucristo. ¿Cómo te podré pagar tanto bien como me has hecho? Esto me lo pregunto con mucha frecuencia. Hasta hoy sólo he encontrado una sola respuesta. No puedo pagar nada, porque lo que me das es un regalo, brota de tu amor donado. Lo único que puedo hacer es agradecerte y acoger todo aquello que gratuitamente me regalas. Sin que yo la merezca, esta vivencia de la continua generosidad y la gratuidad amorosa es la que me mueve a decir 106

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sí: en lo bueno y en lo malo, en la felicidad y en la tristeza, en los miedos y en la confianza… porque “todo lo puedo en Aquel que me conforta”, porque “sé bien de Quién me he fiado”. 23 de julio de 2011 Copio aquí un mensaje que envié ayer por correo electrónico: ¡Hola! ¿Cómo marcha ese verano? Espero y deseo que vaya bien. Ha sido un curso duro de estudio y de mucho trabajo, por tanto, ahora toca descansar. Yo estoy bien, contento, feliz, preparando con intensidad la profesión perpetua mediante la cual quiero y deseo entregar mi vida a Dios por medio de su Evangelio, Jesucristo, como Misionero Claretiano. Hoy día 22 de julio he acudido al oncólogo para recibir los resultados del PET-TAC que me realizaron el pasado día 15. Antes de nada quiero comunicarte que soy feliz de sentirme llamado al Seguimiento de Jesucristo al estilo de Claret. Feliz de llevar en mis manos el “frágil tesoro de amor” que Dios ha depositado en mí y que llevo cuidadosamente en mis débiles y frágiles manos. Cada día siento que Dios me ama de una manera inconmensurable y que yo no soy capaz de responder con su misma incondicionalidad. Quiero compartir contigo que el día de hoy ha sido bonito e intenso. Tenía cita con el médico a las 10:00 de la mañana. Conforme iban pasando las horas, veía que no era llamado, lo cual he de confesar que me te107

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nía bastante nervioso, no te voy a mentir. He sido llamado a las 14:15 –como puedes comprobar, ¡un poco más tarde de la cita acordada!–. Durante estas horas he tenido tiempo para orar, compartir, hablar, caminar y esperar. Hasta ese momento estaba tranquilo y sin ningún tipo de nervios. Al entrar contemplé la cara sonriente pero a la vez seria de la oncóloga que me ha atendido. Los resultados no son muy buenos, pero lo bueno que hoy te puedo contar es la alegría de compartir lo que Dios está haciendo conmigo, dejándome en sus manos amorosas y abrazo tierno. El cáncer sigue avanzando a pesar de las sesiones de quimioterapia que comencé el pasado día 22 de febrero del presente año. Me decía con cierto desconsuelo la doctora que es el tratamiento más contundente que han podido emplear en mi caso y que la semana que viene se reunirán ella y el equipo médico en una sesión clínica para presentar mi caso y ver qué se puede hacer. Frente a esta nueva etapa de la enfermedad, en la que parece que ella sigue avanzando y diciendo “aquí estoy yo”, y, por tanto, imponiéndose, en mí resuenan dos frases de la Palabra de Dios que pueden resumir este año que llevo consciente de tener cáncer: “No temáis yo estoy con vosotros” y “Estad siempre alegres, os lo repito estad alegres”. Así como María Magdalena se encontró alegre y llena de Dios una vez que se encontró con el Señor Resucitado, así me encuentro yo en el día de hoy. Feliz, alegre, Resucitado, con ganas de seguir anunciando la Buena Nueva de Dios para todos sus hijos. 108

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Aunque sé que las noticias no son muy alentadoras, siento mi corazón muy lleno de Dios y ello me empuja a seguir caminando en medio de la adversidad, del sufrimiento. Me despido hasta otro momento. Os dejo este mensaje para que oréis por mí y sepáis qué es lo que vivo todos los días y lo que me empuja a seguir viviendo el Seguimiento de Jesús. “El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas. Si llega a sus manos una perla de gran valor, se va, vende cuanto tiene y la compra.” Un fuerte abrazo, Ilde cmf

21 de septiembre de 2011 Transcribo un nuevo mensaje que he enviado a todas mis amistades: Hola, ¿qué tal estás? Espero y deseo que bien, dispuesto a comenzar el nuevo curso con todo lo que ello deparará. Yo me encuentro bien, fenomenal, ilusionado y con muchísima alegría en el cuerpo. Me encuentro nervioso porque, Dios mediante, si soy aprobado para la profesión perpetua en la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, profesaré el próximo 23 de octubre. Aprovecho este e-mail para invitarte a orar por mí en estos momentos 109

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previos de preparación inmediata a esta decisión, a la que veo me mueve el Señor. El pasado 19 de septiembre acudí al oncólogo para recibir información sobre la última prueba que me realizaron el pasado 9 de septiembre para contrastar el avance de la enfermedad con relación al mes de julio. El informe del PET-TAC muestra que: “Existen múltiples focos hipermetabólicos en ambos campos pulmonares que corresponden con imágenes nodulares en suelta de globos. Existen varios focos hipermetabólicos en el hígado, hay varias lesiones y han aumentado de tamaño con respecto a la última prueba. Existen varios focos hipermetabólicos sobre sendas estructuras nodulares en hilio esplénico, existe un foco hipermetabólico de actividad significativa en fosa renal izquierda.” Por último hay una novedad más, existe un foco en el bazo. Como puedes leer, la situación clínica ya no es nada favorable. De hecho, en el pasado mes de julio ya me informaron de la gravedad de mi estado de salud. Aún así yo me encuentro con fuerzas, ilusión, entereza, serenidad y muchas ganas de seguir entregando mi vida, dándola, partiéndola y entregándola a todos por igual, al menos eso intento. El oncólogo, tras las malas noticias respecto a la progresión metabólica de la enfermedad, me informó de que mi caso ha sido motivo de discusión en diferentes sesiones clínicas, dado que algunos no veían sentido en continuar con el tratamiento. Yo le había expresado ya el pasado día 30 de agosto mi deseo de seguir recibiendo el trata-

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miento de quimioterapia más adecuado al cáncer que tengo. Físicamente me encuentro bien y con mucho ánimo para seguir luchando al lado de Dios, mi gran apoyo, baluarte, fuerza y esperanza que me sigue moviendo a vivir con alegría mi seguimiento, ahora más unido a Jesucristo sufriente en la Cruz. A la vista de mi deseo de seguir con el tratamiento, los médicos han optado por continuar luchando para intentar frenar todo lo posible el triunfo físico de la enfermedad sobre mi persona. La semana que viene comenzaré un nuevo tratamiento en el cual se conjugan de nuevo dos tipos de quimioterapia. Uno de ellos ya lo conozco, es el Mitotane, pues con él empecé el tratamiento hace ya un año. Esta quimioterapia supongo que desde el lunes que viene la tendré de manera permanente comenzando por 2 gramos y, si fuera funcionando bien, se iría subiendo la dosis. La segunda quimioterapia se llama Estreptoxotocin y consistirá en cinco sesiones seguidas, del lunes al viernes de la semana que viene, una cada día, dejando luego tres semanas de descanso para volver a comenzar la siguiente sesión de idéntica manera. Es un tratamiento que buscará frenar todo lo posible el avance agresivo de la enfermedad, como bien te digo. Ahora se vislumbra el horizonte final al que esta lucha parece acercarse cada día más, aunque no se me note en el aspecto físico. Yo estoy convencido de que me encuentro bien físicamente, a pesar de los datos clínicos, por varias razones, en las cuales tú y muchas personas

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más se ven involucrados, y que quiero agradecer enormemente. ¿Cuál está siendo el motivo que me mantiene tan bien? Desde mi punto de vista está claro: la fuerza de la oración. Dios escucha a sus hijos cuando piden con fe, cuando saben pedir realmente lo que Dios espera de sus hijos: que se cumpla la voluntad de Dios. Por ello os animo a seguir orando por mí, pidiendo que el Señor cada día siga mostrándome su voluntad, siga otorgándome la fuerza necesaria para avanzar bajo la luz de la fe en este oscuro camino que me lleva a la muerte. Me siento feliz, alegre, esperanzado, sereno, ilusionado, para seguir caminando y seguir sonriendo a la vida, porque he experimentado la alegría de encontrar el tesoro que mueve mi vida. Un tesoro que aun en los momentos de mayor dificultad, incertidumbre, duda y abandono humano, me muestra la luz de la esperanza que estoy llamado a vivir por el bautismo. Me alegra vivir esta oportunidad de crecimiento humano y espiritual en medio de la enfermedad. Son muchas las personas que se encuentran sufriendo, desoladas, sin esperanza, sin motivos para vivir. Yo oro incesantemente por estas personas que no han encontrado a Dios porque se han cerrado a su venida, no han dejado que Él abra las puertas de su corazón para que Él pueda amarlos de una manera tan desbordante como la que yo estoy experimentando. Dice un hermoso pasaje de la Escritura: “Ánimo, no temáis, yo estoy con vosotros”. Jesús pronuncia

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estas palabras cuando sus discípulos se encuentran subidos en la barca y de repente se levanta una fuerte tormenta y los hace a todos desesperar y pensar en lo peor. Yo, sintiéndome discípulo, seguidor de Jesús, en medio de la tormenta me abrazo a los brazos de Dios, dejando que Él conduzca mi vida. Confío plenamente en Él. Como dice el salmo: “Con él a mi derecha no vacilaré”. Desde Granada, vuestro hermano en la fe en Cristo Jesús, Ilde cmf El P. Mathew Vattamattan, nuestro Prefecto General de Formación, me ha pedido que escriba un relato de mi experiencia para compartirla con otros Estudiantes y hermanos de Congregación. Transcribo aquí el texto. Itinerario formativo desde la enfermedad Queridos hermanos de Congregación: Aprovecho estos días de vacaciones para compartir con sencillez mi último año y medio como Misionero Claretiano en formación. Sobre el 23 de mayo de 2010 acudí con urgencia al hospital por causa de unos fuertes dolores debajo del costado izquierdo. Varias horas más tarde, tras experimentar mucho nerviosismo e incertidumbre por estos dolores que padecía, me diagnosticaron un tumor maligno surgido en la glándula suprarrenal izquierda. Estuve varios días ingresado porque los médicos querían operar inmediatamente, pero no podían hacerlo hasta lograr estabilizar ciertas constantes que el tumor había desequilibrado en el cuerpo. Fueron días de mucha paz interior y serenidad externa. Dios amor

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tomó mi frágil cuerpo, mi pobre fe, mi confianza esperanzada en Él y me mostró un camino, un itinerario nuevo que deseaba que emprendiéramos juntos en este camino Misionero. Conforme transcurrían los días, yo me sentía llamado a tener un intenso tiempo de encuentro con Dios y de abandono en el Dios de Jesucristo, que es amor y da vida abundante. Con humor, fe, ilusión y plena confianza en Él iban pasando los días y Dios iba mostrando su gracia para fortalecer mi persona en este nuevo camino que acababa de emprender. Diez días más tarde los médicos me dieron el alta con fecha fijada para la extirpación del tumor maligno. Los médicos nos alertaron de que era una operación difícil, en la que podía perder la vida. No obstante, Él estuvo a mi lado y con su fuerza pude y puedo hoy seguir caminando en el día a día: contento, feliz, alegre, ilusionado y esperanzado en el Señor de la vida y del amor. A lo largo de este tiempo que ha transcurrido desde entonces, mi vida como Misionero Claretiano ha experimentado un vuelco completo. La experiencia de una enfermedad grave con tan poca edad –para lo que solemos estimar como normal– creo que hace madurar a marchas forzadas y que te des cuenta de lo que realmente es importante en tu vida. El cáncer está siendo la batalla en la que me encuentro luchando, pero no lo estoy haciendo solo. Cuento con Dios, que es mi apoyo, mi baluarte, el escudo donde me pongo a salvo y donde recobro cada día fuerzas para seguir dando la vida por amor al Evangelio.

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Durante este último tiempo de formación inicial he experimentado en mi vida y en la comunidad muchas de las cosas que nos dicen los formadores y los hermanos mayores de nuestras comunidades para perseverar en la vocación. Yo estoy seguro de que, si las hubiera abandonado, ahora no estaría compartiendo con vosotros lo que Dios sigue haciendo por mí, que soy un inútil instrumento en sus manos. Un pilar fundamental que en este último año y medio tras el descubrimiento del cáncer ha sido esencial para seguir caminando al lado de Dios: la oración. El encuentro personal y diario con Dios en la oración por medio de su Palabra ha sido importantísimo para mí. En ella he encontrado el rostro del Abbá de Jesús. Guiado por la fe en el Dios cercano, con el que puedo hablar de mis miedos y dudas, mis incertidumbres y soledades, la oración ha sido y sigue siendo la experiencia que mueve mi vida hacia Dios. La escucha asidua de su Palabra ha sido motivo de fortaleza, fe, ilusión, sueño, amor, perdón, alegría a lo largo de muchos momentos que han ido apareciendo en este tiempo. No es fácil vivir el cáncer sin la esperanza en el Hijo de Dios. En algún momento se ha hecho muy presente una frase de la carta de San Pablo a los gálatas (2,19b-20): “Estoy crucificado con Cristo. Vivo yo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y, mientras viva en esta carne, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. Es difícil y sería pretencioso decir que he llegado a vivir y a tener esta expe-

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riencia de Pablo y de nuestro Padre Fundador en mi persona, pero sí creo que la he vivido en modo análogo. Puedo decir que me siento crucificado con Cristo en el dolor, el sufrimiento, la agonía de una enfermedad que en este caso quiere terminar conmigo. La experiencia de sentirme crucificado en el sufrimiento del cáncer, en algún momento me ha hecho sentirme abandonado por Dios. No obstante, tras los nervios y cegueras he descubierto que podía seguir abandonándome en sus manos porque es el único motor que mueve mi vida. Vivo contento, con fe, sin miedo ni temor a lo que venga en el futuro, porque vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí. Con gran alegría puedo compartir con vosotros, hermanos, que el cáncer está siendo una oportunidad para configurarme con Cristo. No es fácil vivir esta situación desde la fe, con fuerza, con ilusión o alegría, es cierto, pero la fe es la que me mueve a ello y no mis propios esfuerzos. La celebración de los sacramentos ha sido y sigue siendo también un aspecto importante en mi vida diaria. Antes de descubrir mi enfermedad, con tristeza y dolor he de compartir con vosotros que vivía la eucaristía de un modo mecánico, casi sin sentido. Era una cosa más que había que hacer en el día a día. No obstante, la enfermedad me ha abierto los ojos para ver, vivir y experimentar que, si no recibo a Cristo como comida y bebida de salvación, mi cuerpo se queda sin fuerzas para seguir luchando esta

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batalla abierta. El sacrificio eucarístico es para mí el gran momento del día, el momento en que el Señor me da fuerzas para seguir caminando a su lado. Una hermosa experiencia relacionada con los sacramentos ha sido las veces que he recibido la unción de los enfermos. No sabría describir la inmensa alegría y serenidad que producía en mí recibir este sacramento de fortaleza en la enfermedad. Dos días antes de operarme lo recibí por primera vez en mi vida, y me sentí muy lleno del amor de Dios, de su ternura y cercanía, de su gracia para afrontar la operación a la que tenía que someterme. Un elemento por el que he dado muchas gracias y por el que hoy día también doy gracias es la Comunidad. Ha sido otro pilar importante y sigue siéndolo, con pequeños y grandes detalles que han tenido conmigo. Esto me ha ayudado a curarme de la autosuficiencia. Algo tan simple como vestirse, hacer la cama, mover un sillón, limpiar el cuarto, son cosas habituales que solemos hacer. Yo, viéndome impedido para hacerlas, he aprendido lo que es el servicio gratuito y amoroso en los sencillos gestos de los hermanos. La comunidad ha estado en todo momento preocupada por mí, en lo bueno y en lo malo, apoyándome, haciéndome sonreír, ayudando a levantarme cuando he estado más bajo de moral. La experiencia que tuvo el Padre Claret del sufrimiento a lo largo de su vida me ayuda a seguir entregando mi vida por el Evangelio, a anunciar la Buena Noticia del Reino en medio de mis cir-

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cunstancias y a descubrir que para mí también “Dios es suficientísimo”. Como Hijo del Inmaculado Corazón de María, me siento querido por la Madre y acompañado en estos momentos de Cruz, desconcierto, sufrimiento y dolor. En ella veo la fidelidad y la confianza esperanzada en medio de la oscuridad del abismo, de la realidad cercana de la muerte. Comparto finalmente con vosotros mi situación actual. La enfermedad ha avanzado, ya hay metástasis por varios lugares. Los dos pulmones se encuentran habitados por el cáncer con lo que llaman una suelta de globos, el hígado aparece con varios focos grandes de metástasis, al igual que el hilio esplénico y el bazo. La realidad es que el cáncer sigue avanzando con agresividad y fuerza. Una cosa que tiene sorprendidos a los médicos es mi estado físico, porque afirman que no se corresponde con los datos clínicos contrastados por las pruebas. Ello me hace sonreír y me alegra porque sigo viendo la mano de Dios actuando por medio de cada uno de vosotros con vuestra sencilla oración. Dios da vitalidad y fuerza en la mayor debilidad; los datos médicos son una prueba de que esta experiencia que sentimos es cierta. Tras fallar los dos tratamientos de quimioterapia anteriores, a mediados de julio los médicos llegaron a descartar la posibilidad de seguir administrando cualquier otro tratamiento. Sólo quedarían ya los cuidados paliativos y, en particular, la administración de morfina, cuando la situación se haga ya insoportable. No obstante, yo

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les he pedido que sigan intentando encontrar un tratamiento efectivo para este tipo de cáncer suprarrenal, que es poco habitual y manejable. Así, van a ensayar otro tipo de quimioterapia, aunque el pronóstico sea muy incierto. Entre tanto, sigo confiando en Dios y, como mi vida es un don gratuito de su amor, quiero seguir luchando a su lado. Me quiero despedir de vosotros, hermanos, animándoos a seguir a Jesús pobre, casto y obediente al estilo de San Antonio María Claret, como un Hijo del Inmaculado Corazón de María que intenta vivir la hermosa definición que el Fundador quiso que lleváramos encima siempre y que tanto me ha ayudado. Ahora estoy preparando mi profesión perpetua que, si Dios quiere, emitiré el día 23 de octubre, en las vísperas de nuestra fiesta. Os invito, hermanos, a orar por mí para que Aquel que ha comenzado su obra en mí la lleve a buen término. Y con alegría termino compartiendo mi texto vocacional, el texto que me sigue acompañando y llenando de alegría para continuar el proyecto de Dios: “El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en un campo. El hombre que lo descubre, lo vuelve a esconder; su alegría es tal, que va a vender todo lo que tiene y compra ese campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedica a buscar perlas finas. Si llega a sus manos una perla de gran valor, se va, vende cuanto tiene y la compra.” Vuestro hermano Ildefonso cmf

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27 de septiembre de 2011 En el día de ayer debía haber recibido las nuevas sesiones de quimioterapia, pero por razón de mi estado físico no pude recibirlas. Esos días previos al comienzo del nuevo tratamiento me encontraba débil y con muchos dolores en el pecho, dolores insoportables, muy agudos. Tuve vómitos y náuseas durante dos días seguidos, con fiebre y fuertes dolores que me provocaban dificultades respiratorias. Pasados estos días, durante la noche del viernes al sábado pasado tuvimos que llamar a los servicios de urgencia para que enviaran una ambulancia, porque los dolores eran muy intensos, respiraba con mucha dificultad y, al escupir, lo hacía con saliva mezclada con sangre. Cuando llegaron los médicos, tras el control pertinente, me pincharon Nolotil para rebajar los dolores y Urbason para bajar la fiebre. Al cabo de una hora me encontraba mejor y pude descansar, cosa que en días anteriores no había podido hacer. En el día de ayer por la mañana me vi sorprendido por la muerte de un hermano Misionero de la comunidad en que vivo. Los días en que estuvo hospitalizado pude verle y hablar con él, aunque no mucho. Se mostraba con mucha paz, sereno, confiado en las manos amorosas del Padre. Ahora que se ha ido descubro lo grande que era su sencillez, alegría y cercanía, al igual que sus silenciosos cuidados, que nadie veía. Siempre dispuesto para acompañar a un herma120

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no de comunidad que estuviera despistado y se desorientase en la casa. Su vida entregada hasta el final me muestra que, confiando plenamente en Dios, uno puede vivir siempre alegre e ilusionado como Misionero en cualquier circunstancia que traiga la vida. Tras el rezo de los Laudes fui a mi cuarto y, al entrar, me vi sorprendido por un mareo. Me senté en un sillón que días antes habían llevado a mi cuarto unos hermanos para que estuviera más cómodo. Al rato volví a intentar levantarme para comprobar si el mareo era ocasional o no. Volví a verme sorprendido por otro mareo y, tras comentarlo con mi Superior, decidimos acercarnos a Urgencias. Allí me atendieron con mucha delicadeza y me pusieron en una cama hasta que pasara el mareo. Tras unas pruebas de sangre y una radiografía me comunicaron que tenía una neumonía bacteriana y que las próximas dos semanas debía cuidar bien de mi salud con un tratamiento de antibióticos. Al darme el alta médica en Urgencias acudí a la cita con el oncólogo. Él vio más prudente no poner la nueva sesión de quimioterapia porque al haber una infección era muy peligroso. Dadas las circunstancias, y asumiendo mi debilidad física, acepté los consejos del médico, aunque mi deseo era haber iniciado la quimioterapia. Estos días he tenido la suerte de poder leer un libro y ver la película basada en él: “Cartas a Dios”. Es sin duda un canto a la vida, a luchar contra corriente, a saber sonreír a la vida en todo momento, por muy oscura que se ponga la cosa. El libro versa sobre la experiencia de un 121

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chico francés de 10 años que tiene cáncer. Tras enterarse de que su caso ya no tiene solución, hace un hermoso camino espiritual hacia el encuentro con Dios Padre amoroso. Una señora, a la que él llama cariñosamente Mamie Rose, acompaña al pequeño en este proceso espiritual haciendo un pequeño juego. Ella le pide que durante 12 días jueguen a descubrir el tiempo que hará cada mes del año siguiente y que por cada día que pase él cumpla diez años. Igualmente le propone que le escriba cartas a Dios expresándole su sentir y pidiéndole a Dios cosas espirituales. Es estimulante y sobrecogedor el testimonio de este pequeño ángel, sin duda acompañado por Dios en ese itinerario vital inesperado por el que se vio sorprendido. El libro lo he leído ya varias veces, no me canso de leerlo, lo tengo en mi mesilla de noche como libro de cabecera. Para mí es un testimonio de que Dios sigue acompañando a sus hijos en medio del sufrimiento, y de que, en medio de éste, sus hijos son capaces de reconocer su rostro amoroso y cercano. 5 de noviembre de 2011 Gracias, Señor, por tu palabra que sigue encarnándose y hablando a tus hijos en un mundo que parece haberse cerrado por completo a tu presencia. Un mundo que solamente es capaz de reconocerte en los acontecimientos que producen felicidad, satisfacción, bienestar… Sin embar122

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go, eres el gran olvidado y el culpable en los momentos de tristeza, desesperanza, dificultad y sinsentido. Muchas veces me pregunto por qué la gente te piensa o te vive así, como si fueras el culpable de todo lo malo, y no hallo respuesta. Tal vez sea porque, sintiéndose incapaces de encontrar en ti el sentido de todo momento, ante la incomprensión es más fácil echarte la culpa a ti. Hay muchas novedades en mi vida, pero quiero comenzar por el principio, que si no me pierdo. Comienzo contando que, desde finales del pasado mes de septiembre, ha habido un continuo ir y venir de médicos, incluyendo entre estas visitas inesperadas un ingreso prolongado en el hospital. Tuvimos que ir a Urgencias en fechas muy seguidas por varios motivos: fiebre alta, dolores laterales y en el dorsal izquierdo muy agudos y esputos con sangre. A lo largo de varias semanas me pusieron diferentes tipos de tratamiento con antibióticos, lo cual provocó el retraso continuo del nuevo tratamiento de quimioterapia. Me detectaron una neumonía, con la que estuve en tratamiento unas dos semanas y media aproximadamente. Junto a este tratamiento, mientras guardaba algo de reposo, aún me atrevía a hacer algo de deporte comunitario; concretamente jugaba al baloncesto con los hermanos de la comunidad. A pesar de tener una infección notable en los pulmones y de la acumulación de flemas propia de la neumonía, no sentía especiales dolores ni asfixia. Ahora sé por qué el deporte es sano y afirmo que ayuda a mantener al cuerpo en buen estado de salud. 123

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En la semana antes de la profesión perpetua comencé el nuevo tratamiento de cinco días con la primera quimio, que se llama Estreptoxotocin. La comencé el lunes previo a la profesión y el sábado de esa misma semana tenía que empezar a combinarla con 2 gramos de Mitotane hasta la siguiente sesión. El caso es que fueron muy bien los dos primeros días, pero el tercer día comenzó duramente. Ese día, a las cinco de la mañana, me sorprendió un dolor nada habitual a esas horas. Al principio no le di demasiada importancia pensando que probablemente era fruto de una mala postura al dormir. No obstante, a las siete y media comenzaron unos dolores muy agudos que no había experimentado antes. Tomé un Nolotil con la esperanza de que el dolor tan intenso pasara. No obstante, media hora más tarde se intensificó aún más el dolor y casi me impedía mantener una respiración. Fue una mañana muy dura, de fuertes e insoportables dolores. Hasta el punto que hubo que llamar a la ambulancia y tuvieron que pincharme morfina varias veces, sin que pudiera controlarse el dolor hasta más o menos las ocho y media de la tarde, aunque al menos en algunos momentos pudo rebajarse la intensidad del mismo. Fueron momentos de bastante angustia e incertidumbre. La fuerza de los dolores casi estaba adelantando mi encuentro con Dios, ya que en varios momentos me iba quedando sin apenas respiración. Habiendo sido trasladado a Urgencias consiguieron bajarme la fiebre, que tenía alta, y me hicieron una placa para intentar vislumbrar qué pasaba 124

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por esa zona tan fuertemente dolorida. Al final dijeron que probablemente un nódulo estaba haciendo presión en algún nervio y que ésta podía ser la causa de los dolores e incomodidades. Al salir de Urgencias me llevaron directamente a la Unidad del Dolor, dentro del mismo hospital. Allí me derivaron hacia la Unidad de Cuidados Paliativos, en la que podía disponer de una habitación individual y el tratamiento más adecuado a mi situación. Me atendieron muy amablemente y me indicaron una serie de pautas a seguir para evitarme en lo posible mayores molestias o dificultades como las que provocaron mi ingreso. Todo esto estaba aconteciendo en los días previos a la profesión perpetua. En esos días había venido a Granada mi familia. Durante los dos días que estuvieron conmigo, pudimos compartir y hablar de muchos temas, de mi enfermedad, estado de ánimo, la experiencia de Dios que estoy viviendo desde la fe, y muchas cosas más. Pero había una pregunta insistente en mi mente: ¿Cómo voy a profesar si no puedo salir del hospital? Pregunta un tanto absurda, porque en seguida se solucionó el problema, y con suficiente antelación para avisar a la gente. Todo esto transcurrió el 22 de octubre, que fue un día muy atareado para algunos, mientras que otros, entre de los que me incluyo, intentamos que fuera un día de retiro, dentro de lo posible, para preparar la profesión. Llegado el día 23, no sé con qué palabras describir las vivencias que experimenté ese día, sin lugar a dudas el más feliz de mi vida. Por fin 125

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podía entregar toda mi vida a Dios, poniéndola en sus manos y al servicio de su Palabra encarnada, en definitiva, del Evangelio. Con tranquilidad, mucha emoción, convicción y alegría proferí el Sí que me une a Él para toda la vida. Los días previos a mi profesión perpetua había intentado repasar todo lo que Dios ha hecho, y ha seguido haciendo, a lo largo de mi vida, sobre todo en estos últimos años, ya como Misionero Claretiano. Pero, debido a las peripecias vividas durante toda la semana, no pudo ser. Sin embargo, no quería dejar pasar la oportunidad para dar gracias a Dios públicamente, aunque me cortara o no supiera muy bien conectarlo. Lo que sobre todo quise transmitir fue la experiencia de lo que llevo viviendo mucho tiempo atrás, la experiencia del Amor de Dios en mi vida. Transcribo aquí las palabras que dije y que gracias a las nuevas tecnologías pudieron quedar grabadas: “Quiero en estos momentos, después de haber profesado perpetuamente, dar las gracias a Dios por seguir manteniéndome en su amor, seguir experimentando cada día mi ser hijo de Dios en Él, en medio de la enfermedad, de la adversidad como ya muchos estáis cansados de saber. Que sepáis que estoy muy feliz, muy contento, que hoy se ha hecho realidad el sueño que Dios tenía preparado para mí desde hacía mucho tiempo. Mi madre me lo recordaba ayer y mi padre me lo decía hoy: Ya desde los 4 años. ¡Ya puedes ser Misionero y ya nos puedes dejar en paz! Y en estos momentos, agradecer a muchas personas lo que han hecho por mí en mi recorrido vocacional. Quiero sacar 126

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a mis formadores a Joaquín, José Luis, José Mª Bolívar y el actual (Pepe Hernández). Junto a todos mis hermanos de Congregación, a los que quiero y agradezco el hecho de haberme acompañado en mis dificultades, en los estudios... Nada, agradeceros vuestra presencia, y deciros que físicamente por fuera estoy muy bien pero por dentro no está la cosa muy bien. Espero que me disculpéis al salir ahora, que no nos entretengamos a saludar... Si cuando yo termine de hablar queréis aplaudir, no lo hagáis, porque el protagonista aquí no soy yo, sino es Él, que nos ayuda a nosotros y nos ayuda a llevar la cruz por amor. Así que, si aplaudís, aplaudid conscientemente, a mí no… Y muchas gracias a todos por venir.” Feliz y emocionado me retiré a la habitación, ya que los médicos me habían indicado que era mejor no forzar el cuerpo. Allí pude celebrar la profesión tomando una pizza de queso, tomate, jamón y atún. Esa fue mi comida, muy festiva, y recordando ahora con cariño cómo diría un hermano de comunidad al que estimo mucho: “A vosotros sólo os gustan las pizzas y las hamburguesas”, siempre refiriéndose a los que somos más jóvenes. A los pocos días he recibido el alta. Mi hermano Fran se ha quedado en la comunidad unos días y hemos podido estar más tiempo juntos.

3 de noviembre de 2011 Mi oración de hoy en torno a la Palabra se ha centrado en este pasaje de la carta a los Romanos: 127

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“Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor.” Siempre contigo, Señor, quiero estar; eres el Tesoro que mueve y dirige mi vida. En la vida y en la muerte soy tuyo para siempre. Concédeme, Señor, que sea capaz cada día de seguir amándote y amándome tal y como tú quieres y me muestras. Muéstrame siempre y en todo momento que ni mi pecado ni mi debilidad serán nunca motivo, Señor, para separarme de ti. Sé que no soy yo una persona con muchos talentos, pero sí un hijo tuyo que quiere seguirte, caminar a tu lado. Contigo me siento lleno de fuerza, de tu gracia, para seguir las huellas en el camino que voy encontrando, hacia donde veo que mueves mi vida desde tu amor y ternura. 8 de noviembre de 2011 La Palabra de hoy me trae este texto del libro de la Sabiduría: “La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres que no deja impune al deslenguado; Dios penetra sus entrañas, vigila su corazón y escucha lo que dice su lengua.” Señor mío, que siempre esté abierto a la escucha y presencia de tu sabiduría en mi vida. Sabes bien que soy muy pequeño y que aun así quiero seguirte porque me siento llamado y enamorado de ti. Siento que eres el amor de mi vida y cada día me lo demuestras. También he orado en torno al pasaje de Lucas: “Los apóstoles le dijeron: Auméntanos la fe”. Sí, 128

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aumenta mi fe, porque siento cada día que pasa en mi vida que he de caminar más estrechamente contigo. Sé que confiando plenamente en ti podré seguir viviendo el cuento de amor en que me encuentro inmerso a tu lado. 25 de noviembre de 2011 Desde el pasado día 12 de noviembre vuelvo a encontrarme nuevamente hospitalizado en la Unidad de Cuidados Paliativos. Han pasado muchas cosas y no quiero perder la ocasión de dejar por escrito lo que Dios sigue haciendo en mi vida, lo que sigo viviendo a la luz de su presencia amorosa, aunque a veces la note lejana, y a la luz de su Palabra. Desde finales de octubre, a los pocos días de haber dejado el hospital, he vuelto a pasar por situaciones nada cómodas, en parte agravadas por la falta de claridad o entendimiento con respecto a las disposiciones e instrucciones de los médicos. Han sido unos días de continuos dolores y de incesantes y preocupantes vómitos, que al final fueron el detonante para decidirme a volver a Urgencias, intentando encontrar una solución a tantos vómitos, náuseas y dolores incontrolables. Tuvimos la mala suerte de que ese día había venido mi madre a verme y al final tuvo que pasar el mal trago del ingreso en el hospital y no pudimos disfrutar de un hermoso paseo por Granada, pero bueno, estoy convencido de que ese día llegará. 129

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El hecho es que hoy llevo ya justamente dos semanas ingresado. Están siendo días inestables. He tenido fiebre a causa de una infección y tengo el magnesio bajo, pero los médicos –a día de hoy– parecen haber encontrado el modo de controlar los vómitos y las cosas parecen estar encarriladas. Dios mediante, espero que la semana que viene pueda volver a la Comunidad, a la que tanto extraño ya desde el hospital, aunque la distancia no sea mucha. Un motivo por el cual en estos días estoy dando muchas gracias a Dios es la disponibilidad y el servicio de los hermanos, que procuran tenerme lo mejor atendido posible con su compañía física y espiritual. Despertar en medio de muchos silencios y contemplar la atenta mirada del hermano no tiene precio, al menos para mí. Lo más bonito de todo es que se encuentran movidos únicamente por la fe en el Dios de la vida que nos une. A mí eso me alegra enormemente. No todas las personas que se encuentran por aquí tienen la suerte de estar acompañados permanentemente a lo largo del día por tres personas a quienes no les importa descansar poco o “perder una tarde” para estar con un hermano. Para mí, al menos, en estos momentos es algo difícil de explicar y de agradecer. El pasado día 23 hizo un mes de mi profesión perpetua, aquí en el hospital. A decir verdad, fue un día bastante movidito entre náuseas y vómitos que me acompañaron todo el día. Por la tardenoche tuve la suerte de poder compartir mi estado de ánimo físico y espiritual con un hermano al 130

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que tengo aprecio y que fue formador mío. Mientras compartíamos las experiencias de la vida, entre ellas surgió cómo estaba viviendo últimamente estos momentos en que el cáncer sigue caminando fuerte hacia adelante. Con sinceridad compartí lo siguiente: Es duro ver cómo poco a poco te vas apagando, vas quedando débil y sin fuerzas, mientras constatas la fuerza del cáncer en los esputos que son expulsados con sangre. Ves con impotencia cómo humanamente se pierde la partida. Igualmente, la oración con Dios está siendo una presencia cercana pero al mismo tiempo lejana; intento confiar plenamente en Dios, aunque se me esté haciendo bastante difícil. Con mucha sabiduría y lleno de Dios, este hermano supo iluminar mi situación, me ayudó a sacar todo lo que llevaba por dentro en estos últimos días y me ayudó bastante a reponer fuerzas y a confiar plenamente en el Señor, como Jesús en Getsemaní, fiándose completamente del Padre, aceptando su voluntad, aunque Él mismo pidiera que fuese otra. Con él comenté que, a pesar de todo, me siento inmensamente amado por Dios, querido por Él, iluminado y guiado por su gracia, y esto para mí es suficiente para seguir adelante buscando realizar la obra de sus manos. Unos días más tarde ha sido la misma Palabra de Dios la que me ha iluminado toda la situación que he estado viviendo. En ella leí: “No se os embote la mente con los agobios de la vida. Estad siempre despiertos, pidiendo fuerzas para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del Hombre.” 131

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27 de noviembre de 2011 Hoy ha comenzado el Adviento, tiempo en que la Iglesia actualiza la espera del Mesías. Participa así en la larga preparación de la primera venida del Salvador, al mismo tiempo que renovamos el ardiente deseo de la segunda venida del Señor. Hoy, primer domingo de Adviento, la Palabra de Dios ha resonado muy profundamente en mí, en concreto estos versículos tan hermosos: “Tú, Señor, eres nuestro Padre, tu nombre de siempre es nuestro Redentor… Tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y Tú el alfarero, somos todos obra de tu mano” (Is). “Él os mantendrá firmes hasta el final… Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y Él es fiel!” (1Cor). “Mirad, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento… ¡Velad! Lo que os digo a vosotros os lo digo a todos: velad” (Mc). Siento con mucha fuerza e insistencia la llamada a la espera esperanzada de la visita del Emmanuel a mi vida. Me siento como arcilla en las manos del Señor y sé que a su lado podré mantenerme firme en la fe y en fidelidad hasta el final. Como muchas veces he comentado ya “sé bien de Quién me he fiado”, sé bien que Él es fiel hasta el final. Por eso no quiero que se me escape cada detalle de mi vida, cada soplo suave de Dios que me alienta a seguir entregando mi vida por su Evangelio, por su Buena Nueva llena de alegría, fe y esperanza en el Dios que, haciéndose pequeño, salva. 132

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Su palabra cada día se actualiza y me habla de su misterio. Hoy el Evangelio lo deja claro: “Señor, quién soy yo para que entres en mi casa, basta con que pronuncies tu palabra”. Una palabra de amor, esperanza y luz en medio de tinieblas me alienta y estimula a seguir dando mi vida. Me estimula a no tener miedo a la muerte tan desconcertante a la que tiene que enfrentarse el hombre tarde o temprano. Sé que su palabra es verdadera, es sincera, es salvadora. Sólo aquél que se ha dejado seducir por el Dios de la vida y el amor no teme a nada, porque Él nos salva por Amor desinteresado, buscando encontrarse con cada hombre para seguir anunciando su palabra llena de vida en abundancia. 30 de noviembre de 2011 Hoy día 30 de noviembre está siendo un día agridulce. Agrio por las noticias, pero dulce por la experiencia. Al examinarme el médico esta mañana, como suele hacerse de manera rutinaria, ha encontrado en mí fuertes dolores en la espalda y en el pecho, esputos de color negro, mezclados con sangre, y una fuerte sensación de ahogo. Me comunicó que iba a aumentar el tratamiento de morfina por perfusión para aliviar todo lo posible los dolores que padecía, pero no me informó sobre mi situación real. Conforme han pasado las horas me he ido sintiendo débil y sin fuerzas. Sobre las 13:30 de la tarde ha venido el P. Superior para interesarse por mi estado de salud, y 133

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en ese momento el médico decidió hablar con él no a la salida de mi habitación, como hace habitualmente, sino en un lugar más alejado. Al volver yo le pregunté “qué te ha dicho el médico”, y él me respondió: “Ilde, la explicación de los dolores es que los pulmones están fallando, están hechos polvo, y se precipita la hora de la muerte. El médico me sugiere que te sedemos para que, aunque sigas teniendo los dolores, al estar sedado completamente, ya no sufras.” Estas palabras provocaron en mí una fuerte tristeza, dolor y angustia. No es fácil recibir la noticia de que la muerte ya toca a tu puerta. Yo le pedí tiempo para poder pensar, buscando ganar tiempo para poder despedirme de mis padres, a los que no recuerdo haberles dicho nunca “TE QUIERO”, aunque ellos bien lo sepan. En esos momentos pedí a los otros hermanos que estaban en la habitación que salieran, porque quería quedar a solas con Pepe, mi Superior. Antes de seguir, y en conexión con lo que seguiré contando, he de decir que esta mañana recibí la comunión como hacía tiempo que no la recibía, lleno de Dios, de su amor, de su abrazo, como un padre y una madre abrazan a su hijo en momentos de temor y dificultad, pero sobre todo la he recibido como pan lleno de vida que se parte y se reparte sin diferencia a todos por igual. Tras haberme quedado a solas con Pepe, pedí recibir el Sacramento de la Reconciliación. Había mucho pecado en mí que necesitaba el misericordioso perdón de Dios. Fue una confesión fuera de parámetros normales. Mi cora134

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zón habló de todo lo malo que, queriendo o no, había hecho y por lo cual está totalmente arrepentido y ahora con alegría puede sentirse perdonado. Mi alegría se completó al recibir el sacramento de la Unción de Enfermos. Antes no había caído en la cuenta de la riqueza espiritual y de contenido que posee este sacramento. Me sentía llamado y ungido por la fuerza, el amor, la gracia de Dios precisamente ahora, en mis mayores momentos de debilidad, de impotencia, de no saber qué hacer ante la presencia de la muerte, que para mí no es final, sino principio. Fue una ceremonia sencilla, pero cada oración, cada gesto, cada súplica era una caricia de Dios, que calmaba mi corazón angustiado y me llenaba de paz. Una vez fortalecido por la gracia de los sacramentos cristianos he tenido la valentía y la fuerza de Dios para poder despedirme con sencillez de todos mis familiares, de muy buenos amigos, de varios hermanos de comunidad, aunque han sido momentos duros, porque la situación desalienta y provoca que surjan las lágrimas en abundancia. Ha sido para mí un regalo del amor de Dios y sigue siéndolo. Ahora que mis hermanos de comunidad y yo, haciendo un esfuerzo, hemos recordado aquellas palabras de despedida, me gustaría transcribirlas aquí. Comienzo yo, Ilde, diciendo: “Os quiero mucho. No tengáis miedo a los desafíos de la Vida Misionera. Sed fieles hasta el final; sed santos”. Y luego han ido pasando cada uno de ellos a despedirse: 135

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“Te quiero dar gracias, Ilde, por tu vida y el testimonio que me estás dando; testimonio para ser fiel a la vocación. Me has enseñado lo importante en nuestras vidas, que es estar en la presencia de Dios. Te quiero pedir perdón también por las muchísimas veces que te he ofendido, y que sepas que me siento muy orgulloso de tu paso por mi vida” (Alejandro) “Seguimos unidos; muchas gracias por tu vida y tu testimonio. Reza mucho por mí, porque sabes que me hace falta la paz y el amor de Dios, que soy muy puñetero. Muchas gracias” (Gabriel) “Gracias de verdad. Me has ayudado mucho desde que llegué aquí. Gracias…” (José Enrique) “Ilde he convivido muy poco tiempo contigo, pero Félix ya me habló de ti antes de venir y comprobé que resultó ser así: de que eres muy buena persona de carácter sociable. ¡Lamento la situación que estás viviendo! Le doy gracias a Dios por haberte conocido y sigo rezando por ti, seguimos unidos” (Estanislao) “Yo doy gracias a Dios por tu vida, por toda tu vida y también te doy gracias a ti por todo. También te pido perdón por si en algo te hemos hecho daño, por si no hemos estado atentos a tus necesidades. Te doy gracias y te lo pido, Señor” (Martín) “Ilde, muchas gracias por tu vida, por cómo la estás entregando hasta el final, por amor. También te pido perdón por todo aquello que te haya hecho mal. ¡Muchas gracias, Ilde!” (Miguel ) “Ilde, hace poquito que te conozco. El domingo me hablaste de que querías ser sacerdote, lo que te veo es muy misionero y más sacerdote que nunca. Gracias.” (Juanje) 136

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La tarde ha transcurrido tranquila, ligera, sin dolores. Se nota el aumento de la analgesia para calmar los dolores. Ahora hace un rato me he despedido de dos personas de las que no creía que iba a tener oportunidad, los enfermeros de casa. A lo largo de estos años ellos han sido para mí un estímulo para descubrir la riqueza que tenemos en nuestra casa con los mayores que, en su enfermedad, en su debilidad, en sus pequeños trastornos, han seguido fiándose de Dios y hasta el día de hoy prosiguen manteniendo su SÍ. Esto ha sido para mí el mayor ejemplo de lo que significa la palabra PERSEVERANCIA. Probablemente éstas sean ya las últimas palabras que escriba y que diga aunque no las escuchéis: Hoy sólo tengo motivos para dar Gracias a Dios por su ternura, compasión, misericordia, cercanía, caricias, y también darle gracias por mis dificultades, egocentrismos, defectos, pecados e incluso el cáncer que me está quitando la vida. La convicción que me lleva a este pensamiento la expresa claramente el papa Benedicto en su primera encíclica Deus Caritas Est, “Dios es amor”. Solamente con y por amor he sido capaz de vivir este último año y medio bajo el abrazo de la ternura en la cruz. Y me gustaría terminar con estas palabras que, me parece, resumen bien mi experiencia vital, que hoy casi alcanza la plenitud, y son las siguientes: “Murió como quería, abrazado a Jesús, el Tesoro de su Vida”.

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1 de diciembre de 2011 Hoy la Palabra de Dios sigue iluminando mi vida. El profeta Isaías en la primera lectura dice: “Confiad siempre en el Señor. Él es la roca perpetua”. Se encuentra en conexión con las palabras del Evangelio, con la parábola del constructor que realizó su casa sobre suelo firme, sobre roca. Vinieron dificultades, tormentas, terremotos y, sin embargo, no sucumbió la casa. Así sigo encontrándome, fuerte y feliz de haber confiado en el Dios que nos salva, en la roca perpetua que jamás vacila. En Él he puesto toda mi confianza. La noche transcurrió bien. Esta mañana tuve que pedir un “rescate” (una inyección de morfina) porque los dolores comenzaban a hacerse notar, y gracias a él no he sentido incomodidades hasta ahora. El nuevo tratamiento que iniciaron ayer por la tarde, tras la comida, es mucho más fuerte que el anterior: me deja adormilado, debilitado; paso más tiempo semi-dormido que despierto. Si recibo conversación soy capaz de contestar y mantenerla, bien sea con los ojos abiertos o cerrados. Si no, plácidamente me abandono en las manos del Padre y dejo recaer mi cuerpo pesado en sus brazos fortalecidos. Ha sido una mañana dulce. Hay una persona que trabaja en la planta a quien he tomado cariño y ella a mí. Se llama Marina. Hace unos días me regaló una reliquia de fray Leopoldo con una oración. Hoy me trajo unas trufas de chocolate que, sin duda, después de tantos días sin vomitar, y pese a las tristes noticias, han sabido 138

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en mi paladar a gloria. También me ha regalado una pequeña imagen de un santo muy famoso, el santo Custodio, a quien no conocía y de quien no tengo ninguna oración que pueda transcribir. Y, por último, para mi sorpresa, me ha regalado una llave a la que más tarde quiero darle sentido, pero antes quiero compartir una sencilla experiencia de fe que he tenido junto a esta mujer esta mañana y en los días anteriores. Marina, desde el día en que me conoció, fue amable, simpática y cariñosa. Cuando se enteró de que era religioso vino a mí a felicitarme y a agradecer lo que muchos misioneros y misioneras, muchos hombres y mujeres de Dios, hacen en consonancia y coherencia con el Evangelio, vida en sus vidas. Lleva siempre consigo un pañuelo bendecido. Ese pañuelo ha visitado muchas catedrales, iglesias, templos, ermitas, terminando siempre rociado con agua bendita. Ella me lo comentó desde el primer día y me habló de dos casos en los cuales estoy convencido de que su fe, como la fe de los cuatro que bajaron al paralítico por el techo, hizo que los curara Jesús. Hoy ha venido con ese pañuelo y yo le he contado, lloroso y emocionado, dónde se encuentra ya la metástasis, dónde cabalga sin ningún tipo de defensa que la pueda bloquear: los pulmones, el hígado, la fosa renal izquierda, el hilio esplénico y el bazo, y no sé si por algún sitio más, porque no me han hecho últimamente otras pruebas. Ella, con gesto sencillo, humilde y lleno de la fortaleza que da la fe en el Hijo de Dios, pasó ese pañuelo suavemente por las partes heridas de mi cuerpo, por el cáncer, 139

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con delicadeza, con amor, como una caricia. He de confesar que el gesto me impresionó mucho, lo cierto es que a lo largo de la mañana he repetido el gesto en varias ocasiones con la ayuda de un hermano de comunidad. He sentido cómo mi mente, al pasarlo por mi cabeza, se llenaba de paz y de mucho amor de Dios. De igual modo, en todas las partes por las que pasaba el pañuelo sentía que los dolores desaparecían o pasaban a un segundo plano. Era el encuentro con Cristo Resucitado que llagado quería curar mis heridas. Y he aquí el significado de la llave. Va acompañada de una inscripción: “Esta llave te abrirá los caminos de la suerte, la salud y la abundancia.” El haber recibido este pequeño regalo de la llave ha abierto completamente los ojos de mi corazón, ha abierto las compuertas a veces cerradas de mi mente, ha ayudado a abrir definitivamente todo mi ser a la voluntad de Dios. La llave me ha servido para darme cuenta de que a lo largo de estos años de vida he estado cerrado muchas veces a la gracia de Dios, he estado cerrado al perdón, he cerrado mis puertas a confiar en otros, al sentirme traicionado. Sin embargo, esas puertas cerradas tan bruscamente me han ido ayudando a abrirme a la escucha de Dios, pues tal vez sin ellas nunca hubiera encontrado el abrazo del tesoro de mi vida. 2 de diciembre de 2011 Antes de nada, voy a copiar aquí un mensaje de correo que mi Superior, el P. José Mª Hernán140

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dez, ha enviado en este día para informar sobre mi estado de salud: Queridos todos/as: Después de enviar este mensaje a un amigo, que me preguntaba por la situación de Ilde, he pensado que podría enviároslo también a vosotros y quizás –con vuestra ayuda– hacerlo llegar a otras muchas personas que han mostrado un gran interés y afecto por nuestro joven hermano. No sé si todos estáis informados de que la enfermedad de Ilde se encuentra en su última fase y que en cualquier momento podría producirse el colapso de los pulmones, inundados de metástasis, o un dolor tan agudo y persistente que obligue a tenerlo sedado hasta que se produzca el desenlace final (¡nunca fatal para los que somos creyentes!). Lo que seguramente sí sabéis es que el pasado día 23 de octubre Ilde pudo hacer la profesión perpetua en la capilla del hospital, lleno de alegría y satisfacción por haber alcanzado esta meta tan deseada. Luego su estado mejoró un poco y pudo ser dado de alta para regresar a la comunidad. Pero, a los pocos días, la situación volvió a agravarse con fiebre alta, agudos dolores, vómitos continuos... No hubo más remedio que hospitalizarlo otra vez y así, desde el día 12 de noviembre, Ilde se halla en la Unidad de Cuidados Paliativos. Los médicos le pronostican poco tiempo de vida, quizás sólo unas horas o, a lo más, unos pocos días. El pasado miércoles por la mañana tuve que comunicarle la previsible inminencia de su muerte, y desde entonces Ilde 141

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ha estado despidiéndose personalmente de los familiares y amigos más allegados, mostrando en todo momento una gran serenidad, lucidez y entereza. Nuestro joven hermano tiene inmensa confianza en el Señor y desde que sintió el primer zarpazo del cáncer está viviendo en una permanente comunión con Él, experimentando toda la fuerza de su amor y su consuelo. Más de una vez en estos últimos días nos ha dicho que se siente feliz de morir abrazado a Jesús, su gran tesoro. Los que tenemos el privilegio de compartir esta profunda experiencia espiritual, así podemos verlo y palparlo en múltiples ocasiones y detalles. Sí, en medio del dolor y la debilidad, somos testigos de una verdadera obra maestra de la gracia que a todos nos está impactando y edificando enormemente. Y –aunque pueda parecer increíble– en más de una ocasión, incluso ayer mismo por la tarde, hemos estado riendo con él a carcajadas, contando chistes y anécdotas familiares. De verdad, en algunos momentos parecía que estábamos en la antesala del cielo. Esto no quita que estemos viviendo también otros momentos muy duros. Pensad, por ejemplo, en su familia. Anoche pudieron llegar a Granada sus padres, sobrecogidos por la perspectiva de tener que despedirse de su hijo... La providencia de Dios y el buen hacer de los médicos han permitido que puedan volver a encontrarse cuando Ilde todavía se halla plenamente lúcido y sereno. Esperamos que se mantenga en estas condiciones hasta que lleguen sus hermanos mayores, enrolados en el ejército, y los dos más pequeños, que llegarán esta tarde también en vuelo desde 142

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Tenerife. Así, Ilde podrá ver cumplidos sus últimos deseos y –cuando Dios le llame– entonar su “Nunc dimittis”. Entre tanto, todos seguimos muy unidos en torno a él, en una cadena de oración y afecto que alcanza hasta los extremos remotos de la tierra. Es la ventaja de formar parte de una congregación misionera, extendida por todo el mundo, y de una comunión más grande que no conoce fronteras de espacio o de tiempo. Tenemos una gran “nube de testigos” que nos ayudan a mirar a la muerte de cara, sabiendo que, ya vivamos o muramos, estamos siempre en las manos amorosas del Señor de la Vida. Para todos vosotros/as, un abrazo muy fuerte de vuestro hermano. Pepe Hernández cmf

Hoy ha sido un día muy intenso, lleno de pequeños gestos de Dios que me han ayudado a vivir con sencillez el día desde Él y para Él. Los nervios comenzaban con la petición de los rescates. No voy a negar en mis circunstancias que la idea de la sedación me asusta, tal vez por la incertidumbre que me ocasiona y por el miedo a no decir lo que mueve mi corazón en estos momentos a ciertas personas a las que admiro y quiero. Con esa idea rondando en mi cabeza apareció un hermano de comunidad, Miguel. El tiempo que estuvo conmigo lo pasó de pie a mi derecha, yo le informé acerca de mis temores y él, desde el silencio, apoyó su mano derecha sobre mi pecho y así la mantuvo, dejándola reposar con serenidad y tranquilidad. En esos momentos yo estaba 143

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muy nervioso; sin embargo, por él descubrí que Dios me infundía su paz y su amor, su ternura y su caricia a través de ese simple gesto. Tras haber sido lavado, me he visto sorprendido por la aparición de mis padres. Una vez que quedamos solos, entre lágrimas pude expresar mi alegría, mi cariño, mi perdón, mis incomprensiones y mis incoherencias a lo largo de los años. Alegremente, y con conciencia de sentirme más hijo que nunca, pude llamar a Nieves “mamá” y decirle “Te quiero, mamá”. Igual con mi padre. Estas palabras pueden carecer de sentido o relevancia en la vida cotidiana de muchas personas, sin embargo, la alegría de referirme a ellos de manera tan cariñosa ha llenado plenamente mi corazón. Por ello puedo decir hoy ante Dios que me he visto liberado de mis opresiones, me he podido alegrar, he podido comprender, aprender y contemplar el amor de Dios en este sencillo trato con mis padres. Hoy ha venido Marina, la enfermera que me tiene como a su niño. Emocionado todavía por haber compartido ese momento tan intenso con mis padres, las lágrimas recorrían mis mejillas. Ella con su mirada y su sonrisa me está ayudando a aumentar mi fe y a no quedarme ciego en esta oscuridad en la que el cáncer me está metiendo. No sé si ayer expliqué bien la relación tan especial que nos une últimamente. Ella posee un pequeño pañuelo que ha estado bajo el manto de la Virgen de las Angustias, patrona de Granada. Ese pañuelito, bendecido y frecuentemente remojado en distintas pilas de agua bendita, ha sido deposi144

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tado con fe y devoción, contemplando a la madre angustiada, temblorosa, pero firme en el Señor, que toma con ternura y amor el cuerpo desvalido de su hijo. Es un pañuelo que desde un principio causó en mí gran expectación y despertó interrogantes. Ella me confesó en confianza que lo había utilizado con dos pacientes. En ambos casos, tras superar duras pruebas y estar al borde de la muerte, Dios los ha llenado de su gracia, porque ellos mismos se han dejado invadir por ese regalo. Tanto en el día de ayer como hoy, Marina ha pasado con suavidad el pañuelo por las distintas partes en donde el cáncer está ubicado. Con conciencia de lo que digo, puedo afirmar que al sentir la presencia del pañuelo en mi cuerpo, todo dolor desaparece. Cuando lo tengo en mi mano sigue siendo el mejor calmante del que dispongo, me deja lleno de paz. Esta pequeña anécdota puede ser interpretada como casualidad o coincidencia. Sin embargo, yo con los ojos de la fe encuentro la encarnación de la Palabra de Dios en esta parte en mi vida. Cuando el evangelio nos narra que Jesús curaba y hablaba a la gente sedienta de Dios, cuatro hombres de fe bajaron por el techo de la casa a un paralítico, un hombre considerado impuro y lleno de pecado en aquel contexto vital del siglo I. Sin embargo, no fue la situación del paralítico en sí la que lo curó, sino la fe de los otros. Yo encuentro en estos días esa actualización milagrosa que corrobora que el Reino de Dios ya está aquí, en medio de nosotros, que el Emmanuel es Dioscon-nosotros para siempre a lo largo de la histo145

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ria. El evangelio de hoy dice: “Ten compasión de nosotros, hijo de David”. Jesús les dijo: “Que os suceda conforme a vuestra fe”. En el día de hoy agradezco a Dios la fe viva que sigue haciendo arder lo más profundo del corazón de la Iglesia, que es el amor a Dios y a Jesucristo por encima de cualquier cosa. 3 de diciembre de 2011 En el día de hoy he sido sorprendido de nuevo por la palabra de Dios. Hoy, 3 de diciembre, es el día en que la Iglesia hace memoria de San Francisco Javier, patrón de los misioneros. Su vida transcurrió alimentada desde tres raíces: la oración, el estudio y la evangelización de las tierras que nunca habían escuchado la Buena nueva de Jesucristo, el sueño de amor que Dios tiene para su humanidad, sueño que es derroche de amor en la cruz triunfante de Cristo, donde se nos revela la gloria del Padre. La primera lectura del libro de Isaías dice en sus hermosos versículos: “Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén, no tendrás que llorar, porque se apiadará a la voz de tu gemido, apenas te oiga te responderá… Si te desvías a la derecha o a la izquierda, tus oídos oirán una palabra a la espalda: “Este es el camino, camina por él”… La luz de la Cándida será como la luz del Ardiente, y la luz del Ardiente será siete veces mayor, cuando El Señor vende la herida de su pueblo y cure la llaga de su golpe.” Lo que más me ha sorprendido de esta 146

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palabra ha sido la realidad que he experimentado y experimento. Haber experimentado el amor de Dios en mi debilidad, en mis lloros, en mis gemidos, en mis aflicciones… me ha ayudado a abrir los ojos para poder unirme con todos aquellos que, sin esperanza, intentan vivir escuchando. Yo he tenido la suerte de escuchar su voz, y su respuesta simple ante el cáncer fue: Amor. Tanto ha sido así, que puedo decir que estoy llegando a amar la enfermedad, a pesar de todo el mal que causa en mi cuerpo, a pesar de que cada día lo va dejando sin fuerzas. El amor de Dios me ayuda a ver que vivir la vida sin amor en el día a día es ser infeliz, es acabar el día insatisfecho, es terminar el día celebrando tristemente la eucaristía por no haber querido ser capaces de intentar amar. Estas últimas ideas me brotan porque en el camino muchas veces he escuchado la voz del Señor que me decía: “Este es el camino, camina por él”. Evitaba que la luz ardiente y cándida del amor de Dios penetrara en mi herida y le impedía curarla besando mi llaga abierta. El P. Claret nos dice en la Definición del Misionero que éste no piensa sino cómo seguirá e imitará a Jesucristo en orar, en trabajar y en sufrir, procurando siempre unirse a los dolores de la cruz de Jesucristo para gloria de Dios. Con las mismas inquietudes que movieron a San Francisco Javier, el evangelio me impulsa hoy a seguir siendo misionero, recorriendo aldeas, curando enfermedades y dolencias, buscando ovejas descarriadas, proclamando la cercanía del Reino ante los más que evidentes signos del anti-reino 147

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como son la enfermedad, el sufrimiento, el dolor, la desesperación, y a hacer todo esto desde mis circunstancias concretas de ahora, con la limitación de la enfermedad. Quizás mi actividad apostólica no está siendo frenética, gastadora de energía, pero sí está siendo una acción contemplativa de petición, de pasar por el corazón a todas aquellas personas que, creyendo, quieren encontrarse con Dios, o las que sin creer descubren un misterio que desborda su vida, o también las que aun sin haber escuchado, oído o visto… creen; y creen por causa de personas que encarnan en sus vidas el Evangelio. Para mí, poder ser instrumento de esta sencilla oración es un auténtico privilegio. Termina el evangelio con una frase que, a lo largo de todo este tiempo, ha sido muchas veces pronunciada, interiorizada y exteriorizada por mí: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. No me resisto, por último, a compartir el encuentro con Silviano, un hombre bueno, de corazón sencillo y lleno de Dios. Durante estos últimos meses ha estado atravesando una fuerte depresión. Quiso Dios que en estas circunstancias pudiera asistir a mi profesión perpetua el pasado día 23 de octubre. La integridad, serenidad, alegría, sencillez e ilusión misionera con que emití mi profesión fue la pequeña caricia de amor de Dios que hizo que él, volviendo a redescubrir la presencia de Dios en su vida, parezca encontrarse, según su testimonio, “milagrosamente” curado. Escuchar estas palabras tan llenas de Dios ha sido para mí esta tarde un hermoso momento 148

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para agradecer a Dios todo lo que está haciendo y hace por mí desde que estoy enfermo. Es cierto aquello que se dice que “fue en el pequeño susurro de aire donde Dios manifestó su presencia, y no en el terremoto ni en la tormenta”. 4 de diciembre de 2011 Salir animoso al encuentro del Señor cada día es lo que más quiero y deseo en estos momentos. Hoy, el Dios de la Vida habla a su pueblo del consuelo y la salvación prometida desde antiguo a sus padres que a lo largo de la historia se ha ido encarnando, de cómo la gloria de Dios ha ido manifestándose como realidad salvífica, llegando a su punto culminante en Jesucristo. Nosotros, como seres humanos imperfectos, finitos, queremos las cosas de inmediato. La paciencia confiada en las promesas de Dios no es una virtud que el hombre posea en integridad. Los primeros cristianos, como nosotros ahora, estaban preparando la venida del Señor. Manifestaban su deseo con el Maranathá, expresión que significa “ven, Señor Jesús”. La carta de Pedro a los primeros cristianos exhorta a la paciencia y a la confianza a la que Dios nos llama. El mayor deseo divino es que todos los hombres, abriendo su corazón sinceramente a Dios, se salven, para que experimenten su amor inminente y misericordioso. Por eso no quiere que nadie perezca, sino todo lo contrario, que todos se conviertan a él de todo corazón, con 149

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toda su alma, con todo su ser. Que, habiendo experimentado este amor, sean conscientes de que Dios quiere grabar en su corazón su nombre, mi nombre, tu nombre, con la pluma del amor. Así fue capaz de renunciar a todo, haciéndose pasar por uno de tantos y escribiendo, desde el dolor y el sufrimiento, por amor, nuestros nombres con la tinta de gracia de su Corazón. Hoy, día del Señor, me he visto sorprendido por diferentes visitas que, aunque breves, han sido muy intensas y han estado llenas de caricias de Dios; visitas inesperadas que aparecieron silenciosas e igual de silenciosas marcharon, contemplando la gloria de cómo Dios consuela y escucha a sus hijos, que le piden con fe. El evangelio de hoy termina afirmando: “Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. El agua limpia nuestro pecado, renueva nuestro corazón y nos ayuda a recibir el bautismo del fuego, el bautismo del Espíritu Santo, por el cual Dios derrama su gracia abundante. Desde esta gracia, de la que hoy me he hecho más consciente que nunca, quiero vivir mi vida religiosa y de encuentro con Dios, con el Dios de la Buena Noticia, el Dios del Evangelio derramado, roto, destrozado, pero donado gratuitamente por amor de Hijo. El Dios que clavado en la cruz sigue animando a su seguimiento en medio de la dificultad, del desconsuelo, de la enfermedad, de la soledad, porque, como bien dice San Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” y “sé bien de Quién me he fiado”. 150

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5 de diciembre de 2011 Comienzo recordando la antífona de la misa de hoy: “Escuchad, pueblos, la Palabra del Señor. Anunciadla en los confines de la tierra. Mirad a nuestro Salvador que viene. No temáis”. Esta mañana, al orar con toda la liturgia eucarística, se producía en mí un derroche de lágrimas de alegría, de felicidad: el Dios con nosotros, el Emmanuel, nos viene a salvar y el Dios de nuestras vidas nos invita a no tener miedo, porque Él está a nuestro lado. Dice un refrán que “tras la tormenta viene la calma”. Estos días atrás han sido muy turbulentos, llenos de muchos golpes o sorpresas repentinas. Sin embargo, las pequeñas caricias de Dios, por medio de los hermanos, me han ayudado a experimentar la alegría de no temer ante nada físico que pueda ocurrir, sino sólo temer el abandonar a Dios. El libro de Isaías vuelve a repetir la experiencia que desde el principio del día llevo viviendo: “Sed fuertes, no temáis, viene en persona, Él os resarcirá y os salvará”. Así el pueblo de Israel caminará hacia Sión con cánticos, todos en cabeza con alegría perpetua, siendo estos cantos gozo y alegría que alejan la pena y la aflicción de lo temporal, de aquello que creemos importante pero que en el fondo nos separa del tesoro de nuestra vida, del tesoro de amor que nos envuelve, que nos hace libres, que nos salva, que se pone de rodillas ante la humanidad para salvarla, sabiéndose ultrajado, humillado, despreciado, tentado. En este tiempo de Adviento doy gracias porque veo cumplidas las palabras del Salmo res151

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ponsorial: “Nuestro Dios viene y nos salvará”. Dice también que “la salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra”. El Adviento es un camino de vigilancia, de actitud orante, de perseverancia, de Fe, de esperanza, de confianza plena en que el Señor seguirá cumpliendo sus promesas. En definitiva, el encuentro de cada uno con el Señor de la vida. Yo, impaciente y tembloroso, espero este día. ¡Ojalá cuando, despojado de este cuerpo mortal, pueda encontrarme cara a cara con el Dios de la Vida, con el Dios del amor, de la misericordia, de la ternura, de la compasión, sea digno de poder arrodillarme ante Él y besar sus dolorosas y vivas llagas, que todavía sangran en el mundo, que siguen abiertas y que los hombres parecen no ver y no sentirse interpelados por estas realidades tan dolorosas! Cuántas veces he perdido la ocasión de besarlas y acariciarlas, de sentir el dolor, la angustia, el sufrimiento de muchas personas que han pasado para mí desapercibidas, sin prestarles atención. En esos momentos notaba que mi Fe, mi seguimiento, mi vida misionera carecía de sentido, porque Jesús pasó amando a todo aquel o aquella que quisiera encontrarse con Él, por indiferente que fuera su Fe. Hablando con el P. Provincial, he compartido con él que me encuentro como siempre, feliz, alegre, incondicionalmente amado, confiado y esperanzado, enamorado, pero no con un enamoramiento pasajero, sino un enamoramiento arraigado, edificado en el amor, porque, para mí, estar enamorado de Dios es amarle profundamente, 152

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con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser, llevando a Dios y sus obras en mi vida, grabadas en el pecho. Mi petición de hoy ha sido llegar a tener algún día el corazón, los pulmones, el hígado, la fosa renal, los riñones, la cabeza, todo mi cuerpo destrozado con y por amor para todos. Le expresaba también al P. Provincial que mi mayor deseo era ser ordenado sacerdote. Se lo decía entre lágrimas y con cierta nostalgia. Pero el orar con este pensamiento a lo largo de estos días me ha ayudado a ver con total claridad que el ministerio es algo adyacente, porque la sustancia del sueño de Dios es ser Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María, hijo siempre dispuesto, preparado y entregado para dar la vida en cualquier circunstancia, en cualquier momento y en cualquier lugar. Termino un día cansado, postrado en la cama, sin ningún apostolado, sin ningún ministerio que llevar a cabo, pero pensando y estimando todo como basura si eso pudiera separar mi vida del abrazo con Cristo, mi Tesoro. Termino también diciendo que amo a la Congregación, amo mi ser Hijo de Claret e Hijo de María, amo ser hijo de Dios, amo todo aquello que recibo gratuitamente de Dios y que no merezco. 6 de diciembre de 2011 Hoy me siento felizmente agraciado al escuchar la antífona de la comunión: “No sois vosotros los que me habéis elegido, dice el Señor. Soy yo 153

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quien os ha elegido, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure”. Gracias, Señor, por haberte fijado un día en mi pobre y miserable vida, en mi pequeñez y fragilidad, y a pesar de todo haberme llamado a tu seguimiento. Sabes bien que en el camino ha habido muchas dificultades, sin embargo, hoy te digo más convencido que nunca: ¡Tú, Señor, sabes realmente lo que has hecho! Hoy quisiera comenzar de una manera sencilla este encuentro contigo diciéndote: “Dios de mi vida, transfórmame, dame y lléname de tu espíritu para reconocerte en la fe, en el camino”. Esta sencilla oración brota del convencimiento de que, a través de las muchas circunstancias y peligros experimentados a lo largo de mi vocación, no me has dejado solo; al contrario, tú siempre has estado a mi lado, has sido mi guía y protector en medio de la oscuridad. Hoy me quedo con el versículo del libro de Isaías en el que se lee: “La palabra de nuestro Dios permanece por siempre… Alza fuerte la voz… Álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: Aquí esta vuestro Dios”. La esperanza y convicción de que Dios se encuentra en medio de su pueblo, que reina en cada uno de los corazones creyentes, ha sido para mí en el día de hoy un redescubrir la presencia del Dios que ama mi vida hasta su última extensión. La alegría del pastor que encuentra a la oveja perdida es para mí un signo visible de la alegría de todos aquellos que, perdidos en medio del mundo, se abren a la escucha de la Palabra, 154

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que siempre permanece abierta e interpelante, viva y fresca. Es palabra que acoge, perdona, lava, venda, sana, besa. Nosotros, hijos de Dios conscientes de que nuestra vida tiene que encarnar el Evangelio vivo de Jesucristo, hemos de tener como tarea fundante y fundamental la experiencia que movió a Jesús a dar la vida por amor. Pero no un amor cualquiera, sino un amor pleno, realizado, edificado y arraigado en el amor impotentemente entregado de Dios que le lleva a ser suma gracia, amor autodonado que da vida en abundancia, amor que nunca pondrá excusas, amor que solamente sabe amar. Ojalá nunca me olvide de que los sacramentos han sido y serán siempre el alimento, la reanimación, la motivación para que podamos dar testimonio de vida, testimonio de Aquel que dio la vida sólo por amor, amor por el que nos consagramos y profesamos que nuestra vida quiere ser un continuo cántico de alabanza al Dios del amor. 8 de diciembre de 2011 “¡Alégrate!” Es la expresión con la que quiero comenzar el relato de lo que ha acontecido en estos dos últimos días. Me siento muy alegre a causa de diferentes motivos. Uno de ellos ya lo decía el evangelio de ayer: “Todo aquel que se encuentre cansado y agobiado, que vaya a Dios, que él lo aliviará”. Digo lo de cansado porque me han grabado una larga entrevista para compar155

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tir mi experiencia durante este último año y medio viviendo la enfermedad del cáncer. Aunque realmente ha supuesto para mí un gran esfuerzo, agradezco la posibilidad de poder compartir con profesionales y enfermos lo que ha sido, y sigue siendo para mí, vivir la enfermedad desde la fe en el Dios de la vida, en el Dios que es infinitamente amor en Jesucristo. Dice Jesús en el evangelio que el yugo que Él porta es ligero. Nuestra cruz, nuestro yugo, nuestras grandes dificultades cotidianas se pueden llevar de la mejor manera, alegremente y lleno de la ternura de Dios. Porque no somos nosotros los protagonistas de la carga, sino que es Cristo quien carga y aguarda, quien anima y empuja a seguir adelante. El libro de Isaías parece escrito al hilo de este pensamiento que os transmito y comparto, cuando dice: “El Señor es un Dios eterno y creó los confines del orden. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Él da fuerza al cansado, acrecienta el vigor del inválido; se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse”. Poca explicación hay que añadir a estas palabras tan ricas y sabias del profeta Isaías. Hacerlo, sería redundar en una misma idea: el que espera en el Señor siente cómo se llena todo su ser de Él. Ahora vuelvo al evangelio de hoy, 8 de diciembre: “¡Alégrate!”. Yo, con las palabras reveladoras y esperanzadoras del ángel, también me alegro. Mi alegría es profundamente sentida y agracia156

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da porque me siento muy lleno de Dios, tan lleno que a veces no sé cómo explicarlo o hacerlo comprender. Sin embargo, ahí está, inundándome la gracia de su alegría, la gracia de sentirme llamado a vivir como hijo del Inmaculado Corazón de María, en castidad, en pobreza, en obediencia para toda la vida al estilo de Claret. Dice hoy hermosamente el evangelio de Lucas: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. Hoy caigo en la cuenta de la profunda actualidad de esta afirmación. Consumado el misterio pascual de Cristo, el Espíritu Santo por medio de sus dones nos infunde un fuerte hálito de vida, que acompañó y, sin duda alguna, seguirá acompañando a la vida de la Iglesia. Por eso, hoy más que nunca, han de cumplirse en mí, misionero, en nosotros, comunidad religiosa claretiana, en todos los que formamos la gran familia de la Iglesia universal. Al unísono, hemos de gritar jubilosos con María, siempre virgen: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Sabiendo que Dios nos llama, ¿a quién vamos a temer? 10 de diciembre de 2011 Va a hacer ya un mes que estoy en el hospital y durante este tiempo estoy teniendo la oportunidad de conocer a gente muy sencilla, amable, simpática, llena de Dios, aunque ellos mismos no lo perciban así. Yo, sin embargo, así los siento, como bendiciones de Dios en mi vida misionera. A lo 157

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largo de este tiempo ha habido momentos importantes que ya he compartido, y otros que podría compartir con más detalle. Pero hoy quiero hablar más detenidamente de Marina, una ATS que trabaja en esta Unidad de Cuidados Paliativos. Ella es una persona de lo más corriente, sencilla, cariñosa, cercana, que puedes encontrar en cualquier calle de Granada y del mundo. Desde mi punto de vista, que no es el de un experto, es una persona completamente invadida por la fe viva que debería vivir y que de hecho vive muchísima gente en la Iglesia. Con sencillez, dulzura y delicadeza, cada día que ha ido pasando hemos fraguado una relación muy particular, casi de filiación, si se permite esta expresión, que por su parte da por sentada. Como he dicho, su fe es admirable, la presencia de Dios en su vida es desbordante y yo, ante tal advenimiento de gracia, sólo tengo una oración en mis labios, que es alabar y bendecir continuamente lo grande que es su amor para con cada uno de nosotros. Un botón de muestra puede ilustrar esta experiencia profunda de fe de la que estoy intentando hablar. Ella es muy devota de la patrona de Granada, Nuestra Señora la Virgen de las Angustias, Virgen que, en medio del sufrimiento y la adversidad de ver humillado, despojado, torturado el cuerpo de su Hijo, permanece fiel al Dios de la gracia, al Dios del amor, al Dios que nunca abandona. Ella cuenta que hace unos años un joven llamado Noel (me ha dado permiso para mencionar su nombre), y con quien mantiene a día de hoy una relación de amistad, entró en una situación de 158

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coma que era prácticamente difícil de superar. Sin embargo, tanto ella como su madre no perdieron la esperanza y la fe en ningún momento, no dejaron de mirar esta situación a la luz del amor, a la luz de la esperanza, a la luz de la curación. Marina, todos los días que podía, pasaba con fe sencilla un trozo de manto bendecido de su Patrona, la Virgen de las Angustias, con el fin de aliviar su dolor. Le pedía a la Virgen que, como madre, hiciera también de intercesora ante el Padre de su Hijo Jesús para calmar y llenar de paz el corazón de aquella madre. Estos pequeños actos cotidianos de fe fueron con el tiempo el detonante de una hermosa y plácida curación, que prácticamente podría considerarse como milagrosa. El hecho es que a mí, al escuchar esta narración, me parecía estar escuchando la palabra encarnada y actualizada de Dios en este día de diciembre de 2011, aunque sea algo totalmente inverosímil y hasta ridículo de decir en nuestro tiempo. La fe que mueve montañas es la fe de pequeñas personas que, como Marina, saben confiar de una manera excepcional, disponible y gratuita en la oferta de salvación de Dios, abierta para aquellos que han perdido la fe, la esperanza, la ilusión, el deseo, en definitiva, las ganas de seguir viviendo, las ganas de seguir teniendo motivos para sonreír a la vida a pesar de que todo se oscurece. ¡Qué pena es no descubrir en la mayor oscuridad el mayor brillo de luz! Si quisiéramos, veríamos con total claridad que en realidad no había oscuridad y que aquello que no nos dejaba ver era nuestro propio ensimismamiento. 159

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Dice San Pablo en la carta a los corintios: “Dad gracias a Dios en toda circunstancia”, en todo momento. Narraciones tan pequeñas como éstas, pero grandes por el amor que las recorre, deberían ser para nosotros un estímulo en la fe, en la esperanza y en la caridad. Muchas veces el ensimismamiento en nuestros problemas, dificultades, debilidades, no nos deja ver que hay personas que necesitan algo más de nuestra parte. Ese algo más podemos darlo siempre y cuando, aparcando nuestro yo, seamos capaces de abrirnos al amor de Dios. Un amor que se traducirá en hechos y vivencias concretas que ya no nos tendrán a nosotros por protagonistas, sino a Cristo actuando por medio de nosotros. 11 de diciembre de 2011 Hoy con brevedad quiero compartir la sencilla experiencia que siento en todo mi cuerpo al participar del mismo Cuerpo que nos une en la misión y de la misma Sangre derramada por Cristo. Recibir a Cristo eucaristía está siendo el motor interno y espiritual que continúa manteniendo viva mi fe, mi esperanza, mi amor a la enfermedad. Es tan grande la fuerza de su alimento que me siento impulsado, como el Padre Claret, a que se cumplan en mí las palabras del profeta Isaías que se hicieron realidad en Jesús: El Señor me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a todos y a dar testimonio de los signos creíbles del Reino, de la presencia del Reino aquí y ahora. Sé bien 160

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que esta forma de hablar puede parecer incomprensible en estos momentos, pero cuán cierto es que, cuando uno está débil, Dios robustece y rejuvenece con su fuerza y hasta hace proezas. Una de ellas puede ser esta misma de sentir con tanta profundidad, reverencia y admiración la presencia del Señor en mi cuerpo, siempre como presencia salvífica y amorosa del Reino. La alegría de experimentar su presencia tan viva en mi cuerpo es lo que me mantiene siempre feliz y alegre, como no me canso de repetir en estas reflexiones que escribo. Sé bien que Él, que me ha elegido, es fiel y compasivo, rico y leal en misericordia con todos los que lo invocan; y es justamente Él quien ha hecho alianza conmigo y con la humanidad que es salvada. Una alianza salvífica de la cual creo estar participando ya de manera algo lúcida, pero que quiero experimentar algún día –cuando él así lo crea conveniente– de manera plena, de manera que pueda contemplarle cara a cara, yo mismo en mi propia carne y no otro. Ojalá este “cara a cara” se realice, yo de bruces besando sus heridas y Él acariciando con misericordia y ternura divinas las lágrimas de aquellos momentos en que no he querido acercarme al que más me necesitaba, bien sea por miedo, por prestigio, o simple y llanamente por comodidad. Pero estoy convencido de que, sintiéndome totalmente desnudo ante Él y sin nada que ocultar, será entonces cuando la llama tierna de su amor bendiga, santifique, purifique, dignifique, ame, acaricie y, finalmente, abrace; como un niño que necesita del calor materno y fraterno para poder 161

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sentirse en plenitud de vida, perdonado y amado. Ésta es, sin duda alguna, la mayor gracia que me encantaría alcanzar algún día. 12 de diciembre de 2011 “Señor, instrúyeme en tus sendas”. Ayer el salmo responsorial de la palabra de Dios no dejó indiferente mi vida. Por eso, en mi oración personal hecha reflexión quiero compartir la belleza de sus versículos, que decían: Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas. Haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas. Acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. El Señor es bueno y recto, y enseña el camino a los pecadores. Hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Ayer calaron profundamente en mi interior estas breves palabras bíblicas, llenas de amor en mi corazón. Le pedía tres cosas a Dios. La primera, una actitud continua de querer ser enseñado en su voluntad, en su camino, en sus sendas, en sus leyes, en definitiva, en su fidelidad hacia con el hombre. La mayor fuerza que me empuja a adoptar esta actitud, necesaria en mi vida misionera, es contemplarlo a él como mi único Dios y salvador, en el cual confiaré siempre y no temeré. A lo largo del tiempo de mi vida he podido ver cómo la 162

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pedagogía de Dios se iba manifestando por medio de distintas circunstancias o etapas. La primera, evidentemente, con la familia; la segunda, en el mundo de las relaciones con amigos y amigas; la tercera, con mis opciones personales tomadas con seriedad, de manera libre y personal. Pero, sobre todo, en estos últimos años como misionero, he descubierto que su pedagogía se encarnaba pura y exclusivamente en el amor legado en Jesucristo. Un amor que, sin duda alguna, me ha ayudado a ir abandonando el hombre viejo, que no dejaba traslucir el revestimiento de la luz de Cristo otorgado por el bautismo. La segunda idea que me provocó un fuerte sentimiento de agradecimiento fue recordar que la ternura y la misericordia del Señor son eternas. Ayer me sentía invadido por un fuerte sentimiento de miseria, mediocridad e ingratitud. Le decía al Señor: “Señor mío y Dios mío, cuantas veces he olvidado lo grande que eres para con tus hijos, con tu ternura y tu misericordia”. Me daba pena y vergüenza presentar a Dios mis manos vacías, o solamente llenas de excusas por no haber experimentado consolación, ternura, perdón, en todos aquellos momentos en que yo me creía digno, mientras obviamente rechazaba los momentos tan hermosos de gracia que Dios me ha ido y me sigue regalando cada momento. Por eso para mí es hoy un motivo para dar gracias por la eternidad de su amor, traducido y entregado en la cruz de Jesucristo. La tercera idea que he contemplado y venerado, y con la que me he deleitado y disfrutado, es 163

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la magnanimidad de su bondad al abrir su corazón sin hacer diferencias entre justos e injustos, buenos y pecadores. Para que todos aquellos que con sincero corazón se acercan a Dios puedan encontrarse con Él, como yo estoy teniendo la oportunidad de hacerlo en estos momentos, con sencillez y gratitud al ser guiado por la luz que irradia y mantiene el mundo encendido en esperanza. Esperanza es la palabra quizás más empleada en este tiempo de Adviento. Sin embargo, la esperanza necesita ciertas actitudes para evitar que se nos escape el paso de Dios que es su advenimiento, que es la encarnación de su amor en nuestras vidas. Yo en este Adviento estoy viviendo y quiero vivir estas actitudes: 1. Estar vigilantes. Para mí la vigilancia no ha sido ni está siendo intentar ser consciente de todo lo que transcurre en el exterior o que se revela en lo externo de mi vida. Estar vigilante para mí está siendo una actitud de buscar perseverantemente la voluntad del Padre en cada pequeño gesto que acaece en mi vida externa e interna. 2. Estar despiertos. Esta actitud en mis circunstancias puede parecer graciosa, ya que las medicinas que estoy recibiendo son bastante fuertes y dificultan mantener los ojos y los demás sentidos despiertos durante el tiempo deseado. Sin embargo, estar despierto para mí está siendo no dejar que la experiencia que se traduce en el deseo del Maranathá no pase. Mi preocupación es que pueda dejar que pase 164

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si realmente descuido el silencio que debe poblar cada día mi oración con la palabra que ofrece la Iglesia, tan hermosa, tan bella. 3. Estar alegres. “Estoy alegre”, dice la canción. Y luego pregunta: ¿Por qué estoy alegre? La respuesta que da ya la sabemos: “Cristo un día me salvó, también me transformó, y por eso alegre estoy”. Mi actitud de alegría en este tiempo de Adviento es la simple traducción de sentirme salvado por el Dios ya encarnado. En Navidades es fácil que perdamos el horizonte de aquello que debe centrar nuestra vida, que es Cristo, el Hijo de Dios encarnado. Sin embargo, el poder vivir centrado en la alegría de su amor, manifestada como plena y definitiva palabra que Dios quiere decir a la humanidad, está siendo una oportunidad para unirme en las alegrías y en las tristezas, en las crucifixiones sangrantes que el mundo padece hoy.

Una experiencia que no quiero dejar de compartir es cómo me encuentro físicamente. A lo largo de este mes ha habido momentos en que he estado muy demacrado, falto de peso, sin ánimos para comer, reír, e inclusive llorar. No obstante la experiencia de sentirme profundamente débil me ha ayudado, alentado, ilusionado y motivado para seguir creyendo que, esto que estoy viviendo, solamente vale la pena vivirlo abrazado a Jesús, el tesoro de mi vida. Esta pequeña forma de acercarme al sufrimiento humano me está humanizando muchísimo, me hace un hombre más que participa del sufrimiento doloroso de los hombres que todavía no han encontrado la esperanza ni 165

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el tesoro de sus vidas. He de confesar que, en algún momento, el sentirme tan débil me ha hecho venirme abajo. Muchos hermanos de comunidad lo han notado, pequeños gestos en mi mirada lo han transmitido. Sin embargo, ha sido el mismo Emmanuel que ahora estamos esperando el que me ha alentado a esbozar la sonrisa oportuna, la carga de ilusión necesaria, el chute de deseo oportuno para seguir viviendo gratis lo que gratis he recibido. Ahora, en estos últimos días, mis brazos están llenos de pequeñas reacciones alérgicas, los pies me pesan, pequeños calambres recorren a veces las zonas entumecidas. Aunque son muchas las zonas, la atención de mi familia y de las personas que con gusto me visitan y están atentas me ayuda a relajar estas zonas, lo cual agradezco mucho. Esta experiencia de sentirme cansado y aliviado en el dolor trae vivamente a mi memoria la imagen de un crucificado que se encuentra ahora en la capilla de los novicios de nuestro Teologado de Granada. Un Cristo doloroso, sufriente, retorcido, pero que al mismo tiempo transmite cómo la caricia divina alivia y descansa, besando su cuerpo tan llagado, el dolor que su cuerpo está experimentando. Yo, sin llegar a tal extremo, estoy convencido de que esta caricia me está acompañando todos estos días. Siempre lo ha hecho desde el día de mi nacimiento: ha ido pasando, y ha seguido pasando por medio de muchos instrumentos que han querido, querrían y querrán participar de esa caricia gratuita, tierna, en la que Dios cada día se me manifiesta. 166

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13 de diciembre de 2011 Hoy la Iglesia propone la memoria de Santa Lucía, virgen y mártir. Ella luchó hasta derramar su sangre por creer en Dios. Esta fe le dio la fuerza para no temer las palabras arrogantes, desgarradoras, malvadas y desafiantes de sus enemigos. Seguramente en varias ocasiones fue incitada a dejar la fe con tal de salvar su vida, sin embargo ella se encontró abrazada, afianzada, afincada sobre la roca firme que es Dios en Cristo por medio de su Espíritu. Es para mí hoy un regalo leer que esta santa siguió a Jesús hasta sus últimas consecuencias, hasta dar el testimonio vital de la fe ofreciendo su vida como el mayor sacrificio de alabanza a Dios. No me extrañan, en absoluto, las palabras del salmo responsorial: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha”. Ella, Santa Lucía, fácilmente pudo salvar su vida renunciando a su fe, aunque de ello no estuviera convencida, sin embargo, su querer bendecir al Señor en todo momento, su voluntad consagrada a cantar perpetuamente la alabanza de Dios Padre que se contempla en el misterio de la cruz de Cristo, la ayudó a seguir adelante, a ir a trabajar a una viña donde el destino estaba ya fijado: dar la vida única y exclusivamente por amor. “Cuando uno grita al Señor en su angustia…” Me uno a lo que dice el salmista: “el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias”. Pero, ojo, no lo libra de manera literal, material, no le quita la angustia que padece, pero sí le ayuda a contemplar en la cruz salvadora y llena de amor de Cristo la 167

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clave para experimentar que esa angustia puede ser sobrellevada siempre y cuando uno se deje enamorar por Cristo. 14 de diciembre de 2011 Juan de la Cruz ha sido para mí en el día de hoy un modelo para contemplar la vida austera en Dios, que se ha traducido en negarse a sí mismo y contemplar el amor en la Cruz de Cristo. Esta pequeña meditación me ha ayudado a pensar que, desde la sencillez de lo que estoy viviendo, puedo también seguir negándome a mí mismo y seguir adorando y amando la Cruz acariciadora del Amor de Cristo. Las lecturas del libro de Isaías continuamente aluden a la necesidad de tener a Dios como el único Señor de mi vida, como si no existiese ninguno más. No hay fuerza alternativa, no hay objeto que lo pueda suplantar. Se trata más bien de vivenciar en sencillez aquello que continúa diciendo el Señor en su palabra amorosa a cada hijo que quiere escuchar: “Yo soy Dios y no hay otro”. Esto me ha hecho experimentar fuertemente el ya de la salvación, la presencia cercana, amorosa, amigable de Dios para conmigo. Este hermoso pensar me ha transmitido muchas ganas de expresar cómo puedo yo seguir abrazando y besando en mi vida la fidelidad de Dios, que nunca falla, que nunca he visto fallar. La antífona del aleluya de la Eucaristía de hoy provocó en mí un fuerte despertar: “Alza fuerte la 168

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voz, heraldo. Mirad, el Señor llega con poder”. El evangelio habla con fuerza de una embajada para ver quién es el que está causando entre el pueblo sencillo tanto movimiento. La respuesta que salían a buscar vuelve otra vez como pregunta. Aunque Jesús es la respuesta, los discípulos que vuelven a Juan siguen interpelados por aquel hombre que continuamente pregunta e invita a contemplar. En estos últimos días, continuamente se ha repetido que Jesús curó enfermedades, achaques, malos espíritus, devolvió la vista a los ciegos, pero no se conformó con eso. Él, que es la pregunta, invitó a su vez a Ir y Anunciar, pues con la palabra del evangelio todo es posible para el que tiene Fe. Y es la Fe viva y proclamada del evangelio la que provoca, sin duda alguna, la acción salvadora de Dios, la acción siempre tierna, gratuita y donada por amor, que sabe ser puramente derrochado. Y, desde esta palabra gozosa, sin duda alguna, el cáncer interpelaba mi vida y me decía: ¿Cómo es posible pensar y experimentar esto que tú dices, si te está matando, si está acabando con tu vida? ¿Acaso no ves que este signo no es del Reino, sino más bien es un contra-Reino, un contra-signo, un contra-Dios? Sin embargo, en estos días recorren las venas de mi cuerpo notas musicales ardientes y llenas de Fe, de Amor, que están transformando la enfermedad en curación. Aunque experimento que el cáncer acaba con mi vida, creo que estoy logrando amar, algo difícil de comprender. Sé que esto es de Dios y sólo de Dios. Mis palabras son sencillas, limitadas, tal vez no lo suficientemente claras como para expresar esta última idea, que 169

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pudiera provocar grandes malos entendidos. Sin embargo, me siento inspirado y movido por el ejemplo de Juan de la Cruz en su negarse a sí mismo ante Cristo y en amar en la cruz la Gloria de Dios, y esto es lo que me ha ayudado a encender desde Dios esta pequeña Luz que tiene que ir siendo poco a poco iluminada, objetivada y a la vez pasada mucho por el corazón, para entender que el contra-signo que impide el Reino puede llegar a ser un fruto del Reino. Esto sólo es comprensible desde lo que yo creo que es una situación especial o privilegiada de Gracia de Dios. Por eso, al terminar el día, y desde que comenzó, me siento fortalecido por haber recibido a Cristo como comida y bebida de salvación, buscando con sencillez permanecer unido a Él por medio de la Fe, y buscando también ser un pequeño hálito de vida en medio de la Iglesia desde mis circunstancias de enfermedad y escasa capacidad para el trabajo misionero apostólico. 15 de diciembre de 2011 Quiero transcribir aquí un mensaje enviado por Facebook: Os agradezco de todo corazón vuestra sencilla oración en medio de mis circunstancias, en donde la debilidad y la enfermedad a ojos humanos pueden estar siendo los protagonistas de esta historia, pero no está siendo así: Es la fuerza amorosa de Dios la que está manifestando el poder vivo del amor y de la resurrección. Está 170

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siendo el amor del Emmanuel que en breves días volverá a visitar nuestra tienda, nuestro corazón. Yo en estos días estoy intentando preparar mi humilde tienda, aquella que acoja al Dios con nosotros que me está salvando, que me está haciendo sonreír aun en medio del cáncer, y que estoy comenzando a vivir como un amor del que no puedo levantar el ojo de encima, el contacto de encima, el abrazo de encima. Hoy es cuasimilagroso que pueda estar escribiendo estas palabritas en el Facebook, porque hace dos semanas el encuentro definitivo con el Padre era lo más cercano que según el diagnóstico de los médicos podía esperar. Llevo experimentando desde aquel día el amor tan grande que tiene por mí y por cada uno de nosotros. Por eso os invito a que no dejéis pasar la oportunidad de que el Dios hecho Amor entre en vuestras vidas: ¡Dejad que toque vuestras vidas! ¡Dejad que penetre en aquello que no queréis mostrar con claridad por miedo, cobardía o duda! ¡Él está deseando entrar en vuestra vida, pero sólo tú tienes la llave para dejarlo entrar! Por eso, en este tiempo de Adviento, alégrate y abre tu tienda, tu corazón, todo tu ser a Dios y deja que Él obre dentro de ti. Sea lo que sea, viniendo del Dios de la Vida, agradécelo.

Yo quiero expresar mi agradecimiento tras dos días en los que estoy experimentando alegría en el dolor. Digo esto porque llevo dos días levantándome de la cama. A muchos les podrá parecer una gran tontería, sin embargo, yo llevo más de mes y medio postrado en una cama, si no más. 171

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La pérdida de la masa y la fuerza muscular, junto con muchos otros factores, han contribuido a que mi cuerpo se encuentre débil, aunque aparentemente tenga muy buen aspecto. Por eso, el que la Palabra de Dios de hoy comenzara con un “alégrate” provocaba en mí ese sentimiento y actitud de alegría. Recordaba que tal vez mi alegría era minúscula, insignificante, pero que podían existir otras pequeñas alegrías minúsculas y que, sumándolas, podrían llegar a convertirse en un fuerte mareaje de alegría, en olas llenas de viveza y felicidad para el mundo. Hoy no he tenido dolores. Llevaba varios días pidiendo pequeños rescates que ayudan a paliar o solventar en escasos instantes los dolores provocados por la enfermedad. Para mí, ésta ha sido la mejor meditación a la luz de la Palabra que el Señor me ha querido regalar hoy. No sé si habrá sido oración, pero el hecho de sentirme aliviado, descansado, sin dolores, enormemente feliz y contento en el Señor, sí sé que tiene que ver algo con su presencia y es esto simplemente lo que Dios me ha regalado hoy. Por eso, cada día descubro que la fuerza de Dios, su amor, su ternura, sus caricias no sólo se manifiestan en grandes eventos, en grandes opciones, se traslucen en brillantes compromisos, sino también en la sencillez de saber abrazar, valorar lo pequeño, donde podemos descubrir la pequeña gran grandeza que es Dios en nuestras vidas. Siendo Él grande, se hizo pequeño por nosotros. Como dice la Palabra de Dios, concretamente la Carta a los filipenses: “Cristo, a pesar 172

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de su condición divina (omnipotencia, grandeza…), no hizo alarde de su categoría de Dios, sino al contrario, se despojó de su rango y pasó por uno de tantos”, menos en el pecado. Se hizo niño, fue perseguido, denunciado, acosado, sufrió. Yo doy gracias a Dios hoy por la sencillez de haber descubierto que el estar sentado dos horas y media en un sillón puede ser un regalo de Dios. 16 de diciembre de 2011 La antífona de entrada de la eucaristía que en el día de hoy hemos celebrado nos dice: “El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna”. Qué gran alegría poder escuchar estas palabras esperanzadoras, reveladas ya en la persona de Jesucristo. Qué gran alegría experimentar cómo nos comunica su paz y cómo esa paz recorre todo nuestro ser. Muchas veces podemos impedir que esta paz recorra todo nuestro ser movidos simplemente por las contrariedades de la vida cotidiana, los estudios, las preocupaciones, los apostolados, los pequeños problemas que a menudo nos descentran. Pensando hoy en qué podía ofrecer al Señor a lo largo de este día como fruto de esta paz ya encarnada y de la que me siento partícipe, veía que no tengo nada entre manos. Lo único que tengo es mi persona, mi enfermedad, mi vida, mi pequeñez, todo mi ser. Por eso pensaba hoy al recibir a Cristo eucaristía y al dar gracias por su presencia en mi débil e indigno cuerpo, que la mayor ofren173

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da que podía yo regalar es todo mi ser. Un ser sin mucho valor, un ser que tiene miedo, una persona dubitativa. Un creyente que camina asustado al lado de su Padre. Sin embargo, un creyente que intenta afianzar su vida en lo que realmente cree que es realidad. Una realidad que, por mucho que traten de ocultarla, por mucho que se trate de tachar como oscura, como opio, como esa pequeña droga que adormece al pueblo y no lo deja ver los problemas, es la realidad de la salvación, del amor Dios que está realizando esta obra grande, como la que Dios obró en su momento en María. Ayer recordaba junto a otro hermano de comunidad una canción que es mezcla de varios hermosos versículos bíblicos. No me resisto a traerla en este momento como una pequeña muestra de la alegría de experimentar en este Adviento la venida amorosa del Dios que cumple las promesas en Cristo para la vida de todos sus hijos. La canción dice así: “Conozco tu conducta y tu constante esfuerzo, has sufrido por mi causa sin sucumbir al cansancio, pero tengo contra ti que has dejado enfriar tu primer amor. Por eso yo te voy a seducir y te llevaré al desierto, allí hablaré a tu corazón, y tú me responderás como en los días de tu juventud. No se te llamará jamás abandonada ni a tu tierra se dirá ya más la desolada, pues tu Dios se complacerá en ti y tu tierra será desposada. Y como joven se casa con doncella, se casará contigo tu hacedor y con gozo de esposo por su novia se esposará por ti tu Dios. 174

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Por eso yo te voy a seducir y te llevaré al desierto, allí hablaré a tu corazón, y tú me responderás como en los días de tu juventud. Yo te desposaré conmigo, para siempre te desposaré en fidelidad, en amor y compasión, y tu conocerás a tu Dios. Ensancha el espacio de tu tienda, tus clavijas asegura, no te detengas, pues tus hijos heredarán naciones y un pueblo de Dios formará…”

Al recordar hoy esta canción rebrotaban en mí diversos momentos a lo largo de mi vida misionera en que, desgraciadamente, he dejado enfriar ese primer amor ardiente, que movía todo mi ser y que posibilitaba tener en todo momento a Cristo en medio, para preocuparme por simples tonterías, pequeños problemas que seguramente lo único que pretendían era convertirse en excusas para dejar el camino misionero. Un camino fuera del cual estoy totalmente convencido que sería un infeliz pobre hombre; un hombre que probablemente seguiría con el gran tesoro entre sus manos, pero siendo un auténtico desgraciado porque nunca habría aprendido a vivir y a compartir la felicidad de tener ese tesoro. Si hoy alguien me pidiera “dame tu tesoro”, yo sin duda alguna tomaría el libro de la Palabra de Dios con mi texto vocacional señalado, se lo entregaría y le diría: “Aquí tienes mi tesoro”. Esta no hubiera sido la respuesta que habría dado si hoy por hoy no fuera misionero, si no me hubiera dejado seguir revistiendo del amor que Dios derrocha, del amor del que Dios nos reviste cada día y con el que nos anima a su seguimiento, 175

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al seguimiento de la cruz, a dejarnos bañar en la voluntad de Dios. El querer presentarme hoy como ofrenda existencial sin duda ha estado motivado también por el continuo deseo de dejarme seducir por Dios, como el profeta. Dejarme seducir por su palabra, su sabiduría que es eterna, su presencia que es amorosa. De esta manera quería decirle a Dios que deseo ser obra de sus manos, que pretendo ser en el camino de la fe un hombre que se fía completamente de él, a pesar de que no tiene todas las respuestas consigo, pero sí tiene el convencimiento real de que Dios, que es Padre, que es rico en misericordia con aquellos que pobremente se acercan a su altar, los perdona y los acoge, y les invita a perseverar junto a él alimentados por el maná, por la fuerza que desde Dios se desprende por medio de los sacramentos. En estos días el evangelio narra las maravillosas, cautivantes, reveladoras obras que Dios hace por medio de Jesús ante su pueblo Israel. Dios quiere que su pueblo crea, a pesar de que la predicación del Bautista ha tenido “un éxito muy superfluo”. La gente se acercaba a Juan porque creía que sus obras venían de Dios para salvar a un pueblo oprimido, que esperaba una intervención de Dios inminente y violenta. Sin embargo, Dios mismo, revelado en Jesús, muestra que el único camino hacia la salvación es el amor. Sólo el amor abandonado puramente en la contemplación del Padre, que mira a sus hijos con ternura, amor y compasión, es lo que nos ayuda a comprender que nuestro adviento, nuestra navidad, 176

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nuestra vida como religiosos puede cambiar; ese amor puede ser un signo visible, creíble y testimoniante del Reino de Dios en la tierra si es vivido y experimentado como un auténtico don que Dios regala a cada hijo suyo sin excepciones. 17 de diciembre de 2011 Hoy, con brevedad y sencillez, comparto mi reflexión sobre la antífona de entrada de la eucaristía, tomada del libro de Isaías, que dice: “Exulta, cielo; alégrate, tierra, porque viene el Señor y se compadecerá de los desamparados”. Así me siento yo hoy ante la presencia de Dios: como un joven alegre que experimenta su venida como un pobre que no tiene nada que ofrecer, excepto una condición que él ha recibido, que es la de ser hijo de Dios. Como hijo salvado y llamado por el Dios de la cruz y del amor, quiero dar gracias simplemente porque, en su gran misericordia, en el gran sueño que Dios pensó para todos sus hijos, lo primero que deseaba para cada uno era amarlo hasta el extremo y sin ningún tipo de impedimento, sin ningún tipo de exclusión; aceptando a cada cual como una obra bella, hecha con frágil barro por sus manos de alfarero. Esa ha sido mi experiencia hoy. 18 de diciembre de 2011 Copio aquí algunas ideas para la entrevista que hoy van a grabarme. Hace más de un año 177

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y medio que el cáncer ha llamado a mi puerta. Con 24 años de edad no es fácil asimilar la noticia de que uno se encuentra enfermo por un tumor maligno. Una de las cosas que agradezco desde el principio al personal del hospital es el tenerme informado de mi situación vital, médica. Ser consciente de que estoy enfermo de cáncer, desde mi punto de vista, ha sido la clave que cada día me ayuda a mantener viva la sonrisa, con un continuo deseo de vivir la vida cada momento, cada segundo, cada instante que pasa, sin pensar en el día de mañana. En este sentido, vuelvo a agradecer y resalto la humanidad y delicadeza con que los médicos me transmitieron la noticia, nada fácil de digerir, de que tengo un cáncer. Es importante –siempre hablando personalmente– que el paciente sepa lo que tiene. El paciente no puede ignorar aquello que padece, una enfermedad que a veces es posible controlar, otras curar, y en otras simplemente esperar su desenlace definitivo. Conocerlo es fundamental para que la persona tome conciencia de algunas circunstancias o etapas que tendrá que ir superando. Primero tiene que asimilar la enfermedad. Una vez que te dicen: “tiene cáncer”, lo mejor no es divagar como si la cosa no fuera con uno, sino aceptar con valentía, coraje y sencillez que uno no es omnipotente, uno es finito y tiene que llegar en algún momento a su fin. Otra etapa, en la que yo al menos me he visto reflejado, es ver que el cáncer, si se le da más importancia de la que creo que debe tener para vivir felices en el día a día, puede acabar con nosotros mismos. Es cierto que el cáncer está ahí, 178

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que tiene fuerza, que físicamente puede acabar con la persona. Sin embargo, el cáncer no es toda la persona, es sólo una parte que se encuentra dentro de la integridad, dentro de la globalidad de la persona. Un peligro que también tiene el cáncer es pretender negociar con él como si nosotros pudiéramos ofrecerle algo a cambio para curarnos. Por favor, hay que quitar esto de cada mente, porque es un auténtico engaño. Es igualmente importante, y no me cansaré de repetirlo, que la familia no impida al paciente ser consciente de su situación, prohibiendo o vetando a los médicos que le informen acerca de lo que tiene. A lo largo de este año y medio de enfermedad muchas personas pueden corroborar que he vivido y vivo feliz, no por aparentar ni por querer hacerme fuerte ante los demás, sino porque realmente estoy muy alegre y me siento feliz. La fórmula que os puedo comunicar para vivir esta alegría es la fe en Jesús, es la fe en el Dios del amor que sólo sabe dar vida en abundancia para sus hijos. Ha habido varios elementos que me han ayudado a vivir la enfermedad con esta gran alegría: el primero, sin duda alguna, es el encuentro personal con Dios cada día en la oración por medio de su Palabra. Por medio de este encuentro diario, amoroso y tierno, me he sentido siempre acariciado por Dios, en los momentos buenos y malos que he vivido a lo largo de este tiempo de enfermedad. Y es justamente ese amor el que me ayuda a seguir sonriendo a la vida misionera, el que me ayuda a seguir entregando mi vida por la Buena Noticia. Una Buena Noticia que no 179

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sólo se manifiesta en los momentos buenos, pues justamente es Buena Noticia cuando en la mayor oscuridad es capaz de hacer brotar una pequeña luz que irradia amor y esperanza, y que es fruto, en definitiva, de la presencia de Dios. Un segundo aspecto importante es el haber tenido la posibilidad de compartir mi enfermedad con muchos hermanos, con los que convivo cada día y otros con los que no. Para mí, lo más grandioso es que, habiendo una sola cosa que realmente nos estrecha como hermanos, que es la fe común en Dios y el sentirnos llamados a su seguimiento, esto es al mismo tiempo la fuente y el estímulo que me ayuda a seguir dando la vida desde mi estado de salud. Llevo tiempo sin poder caminar, sin apenas escribir al ordenador, sin tener una actividad que desborde mi vida y, sin embargo, he encontrado que, a través de la oración por el fruto del trabajo de los hermanos, se puede seguir siendo misionero. Para terminar, me gustaría compartir dos experiencias muy bonitas. La primera fue a los pocos días de haber sido operado y se produjo quizás por un mal entendimiento, o bien por hallarme todavía bajo los efectos de la anestesia, ya que había sido operado de urgencia y me encontraba en la Sala de Reanimación. Me pareció haber entendido a los médicos que la hora de mi muerte estaba cercana. En aquellos momentos he de confesar que me sentí derrumbado; todas las esperanzas humanas que había puesto o depositado tras la operación se venían abajo. Sin embargo, fue para mí una experiencia preciosa de gracia, un regalo de Dios, 180

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el poder sentir la presencia y la comunión de los santos, en concreto, con mi abuela María Bella y con un hermano nuestro de comunidad que un año antes había fallecido a causa del cáncer: el P. Francisco Contreras. La segunda experiencia fue la de la profesión perpetua, de la que ya he hablado y que quedó grabada en un video. 20 de diciembre de 2011 Durante estos días, la Palabra de Dios resalta, repite con gran continuidad la palabra “alégrate”. Estamos ante los días previos a la gran celebración de la fe cristiana, que es la encarnación de Dios hecho amor. Esta encarnación es el modo por medio del cual Dios quiere comunicar al hombre su esencia divina, que es sin duda alguna la de amar al prójimo como a uno mismo, amar al prójimo como a Dios mismo, en definitiva, amar a Dios y al prójimo como Dios quiere que nos amemos. En la encarnación, aunque nos parezca prematuro hablar ya de sufrimiento y de cruz en medio de tanta alegría desbordante, no podemos olvidar que en estos pequeños símbolos se encuentra la manifestación pura del amor más grande, que lleva a dar la vida. Una vida que no es dada por una persona particular, sino que es una vida dada, donada y entregada por Dios hasta las últimas consecuencias y hasta el último hombre. En los continuos mensajes referentes al nacimiento desde la esterilidad de la mujer, desde esa desgracia que en Israel era signo de impureza, 181

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de castigo y de vergüenza, cobra protagonismo la acción de Dios transformando lo que es infértil, en fértil, lo estéril en abundante. Por eso las mujeres que en las lecturas de estos días nos han acompañado pueden dar gracias a Dios, que por su infinita misericordia se ha compadecido de su situación. Les ha regalado lo que sin duda es el mayor regalo que puede recibir una madre en su vida, que es dar a luz un hijo. En estos días también los textos responsoriales nos manifiestan una idea muy clara. Yo al menos veo que Dios debe ser la roca perpetua, la roca en la que siempre he de apoyarme. He tenido muchas oportunidades a lo largo de mi vida de experimentar que sin esta roca no soy nada, y también todo lo contrario, que teniendo a Dios como acicate en mi vida, como sustrato, es posible seguir caminando en la vida de seguimiento radical de Cristo; en esta vida de seguimiento, de entrega total y desde lo que soy, y lo que soy es una persona débil y pequeña. He de decir que en mi oración personal resonaron con gran fuerza las siguientes palabras del libro de Samuel: “Yo seré para él padre, y él será para mí hijo”. No puedo añadir nada más, simplemente dar gracias por haber caído una vez más en la experiencia de sentirme hijo pequeño y amado por un padre que es tan grande, que es tan amor, que es tan indescriptiblemente misterioso al manifestarse a sus hijos que me quedo abobado, me deleito ante esta paternidad misteriosa que me abraza y acoge con ternura desbordante y a la que a veces pienso que no sé responder como hijo en integridad, en totalidad. 182

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Es curioso el silencio que se provoca en Zacarías al escuchar la sentencia del ángel Gabriel, mensajero de Dios: “No volverás a hablar hasta que se vea cumplida la promesa realizada por Dios”. Mudo, estupefacto y sin comprender me encuentro yo exactamente hoy y desde hace unas semanas ante todo lo que está pasando. Estar totalmente desahuciado me hace compartir este silencio de Zacarías. Silencio que no es sino de sorpresa y por no entender la forma en que actúa Dios, cómo Dios va llevando a cabo la salvación amorosa que quiere para el hombre. Y aunque mudo, estupefacto y asombrado, comparto la alegría de María en el anuncio del Ángel: “Alégrate llena de gracia, no te turbes, no temas, porque el Espíritu Santo te está cubriendo, te está guiando”. Yo, desde este convencimiento intento vivir con serenidad y paz lo que Dios me quiera regalar cada día desde su gratuidad. Y una cosa le pido: estar atento para no dejar escapar nunca cada pequeño aliento que me incita a vivir, a caminar, y a no dejarme apagar con pensamientos que no llevan a ningún lugar.

9 de enero de 2012 Ha pasado tiempo desde la última vez que he escrito y se han dado muchísimas circunstancias alrededor de este mi querido y, en algún momento, tortuoso y desesperante cuarto de apostolado, en el que permanezco desde hace casi dos meses sin moverme prácticamente. Han transcurrido la Nochebuena y la Nochevieja. Hoy ya celebramos 183

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el Bautismo del Señor. Quiero compartir todo lo que he vivido durante este período con sencillez y total confianza en vosotros, mis hermanos. No quiero ocultaros nada. A lo largo de estos meses transcurridos he ido viendo y experimentando cómo mi cuerpo ha ido degradándose, perdiendo fuerzas, llegando prácticamente ya al día de hoy a la invalidez de cintura hacia abajo. Muchas veces a lo largo de los días, esta invalidez ha sido y está siendo un motivo de desaliento en bastantes momentos, al verme sin fuerzas para seguir caminando junto a la luz que es Cristo Resucitado. Sin embargo, estas circunstancias me hacen pensar, orar y pedir por aquellas personas que, quizás en peores circunstancias y sin fe, están sabiendo sonreír a la vida y llevan su enfermedad con serenidad y valentía. Hoy, tras estar varias horas sentado y después haber sido acostado en la cama con ayuda de una grúa, ya no he podido contener las lágrimas de impotencia, de incomprensión, de desaliento, que esta situación de gran debilidad provoca en mí. Sin embargo, la Palabra de Dios vuelve a iluminar mi vida, toca a mi puerta y me dice: “Venid y os haré pescadores de hombres”. Y yo me pregunto: ¿Cómo seguir siendo pescador de hombres, desde mis circunstancias? Me daba cuenta de que la respuesta no está tanto en hacer, sino en orar y en dejarse hacer. Es cierto que no puedo caminar, sin embargo, desde mi no-caminar puede que otros descubran la forma de caminar que tiene Dios para con todos sus hijos. 184

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Durante este tiempo de Adviento y Navidad he esperado con ilusión, ansia y ganas el encuentro con el Señor cara a cara; sin embargo, no se ha producido. Ello me entristece, pero al mismo tiempo me hace pensar y ver que tal vez mi misión como misionero no ha acabado. Que tengo que dejarme pulir en pequeños detalles para intentar transparentar el Evangelio vivo que es Jesucristo, el Dios Emmanuel, el Dios al que confiamos nuestra vida por medio del Bautismo y con el cual nos comprometemos e incorporamos en la Iglesia para ser testigos del amor de Cristo para toda la humanidad, sin ningún tipo de excepciones. En este tiempo de Adviento he tenido una experiencia difícil de explicar. El nacimiento del Dios-con-nosotros en mí, en todo mi alrededor, me ha hecho tomar conciencia de que el acontecimiento de la encarnación no es algo puntual y concreto, sino que a lo largo de la historia va adquiriendo un sentido, una dinámica de vida, una actitud de entrega, que lleva a una pasión por Dios tan elevada que no importa el obstáculo que se presente, porque la ternura y el amor de Dios que se está experimentando es tan fuerte que no pone límites a la respuesta, en este caso incondicional, que es el sí a la voluntad de salvar de su ABBÁ. La experiencia de vivir a Jesús como Dios con nosotros, que se parte y se reparte en la Eucaristía, el recuerdo en definitiva del sacrificio por el cual Dios se entrega por amor a toda la humanidad, he llegado a vivirlo de manera muy intensa. Tanto ha sido así que muchas de las cosas que antes me desesperaban y desilusionaban 185

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han pasado a un último plano en el escalafón de importancia. La experiencia de unión íntima con Dios ha posibilitado que me deje envolver por su amor, por su misericordia, por su humor, por su simpatía, por tantas cosas que no he sabido apreciar y que ahora, por suerte, desde la enfermedad puedo observar y vivir en mis propias carnes. Es cierto, estoy crucificado con Cristo, ahora más que nunca siento los clavos del dolor en mis manos y en los pies, siempre hablando de manera análoga y sin pretender nunca buscar la mayor cercanía o empatía de esta realidad que vivió el Señor. Aún así, sigo feliz en la invalidez, y ello me hace preguntarme: ¿Para qué me servirían las piernas si no pudiera anunciar el mensaje de la Buena Nueva que es Jesucristo? ¿De qué serviría poder hacer ahora lo que quisiera si al final no busco la voluntad del Padre? Creo que estos días de Adviento y Navidad han sido intensos, duros, muy confusos, pero, sin embargo, me han ayudado a caer en la cuenta, de nuevo, de que Dios es el protagonista de esta historia. Dios escribe y nosotros no sabemos cómo escribe, no entendemos sus formas de manifestarse, sus formas de traducir su amor. Lo que sí sabemos es para qué escribe: para que, mirando el amor de la cruz, sepamos reconocer de rodillas, y yo el primero, mi condición humana de pecador, mi condición de no ser una persona autosuficiente, ni que está por encima de los demás, sino todo lo contrario. Ante tan hermosa belleza, reconocer que Dios ha sido, es y será lo más grande que me ha pasado, que he experimentado en mi vida, 186

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y que quiero seguir haciéndolo. Para que, finalmente, se cumpla en mí eso que últimamente me encanta decir, con los labios llenos de alegría y los ojos llenos de lágrimas: “Murió como quería, abrazado a Jesús, el tesoro de su vida”. 16 de enero de 2011 Gracias a mis hermanos, que hacen de copistas, puedo recoger aquí la reflexión de estos dos últimos días, en los que el cansancio está pudiendo conmigo. Es reconfortante escuchar y orar con la Palabra de Dios que a lo largo de estos días nos ha ido regalando la Iglesia sin merecerlo. La llamada de Samuel puede parecer insignificante y pasar desapercibida; sin embargo, nos recuerda que todos hemos sido llamados en nuestra pequeñez y debilidad, y que sólo desde ahí hemos podido responder con la fuerza que Dios nos ha ido regalando, para que podamos realizar su obra. Lo único que destaco en esta palabra que escuché hace unos días es el cambio en la respuesta de Samuel: de “aquí estoy porque me has llamado” a “habla, Señor, que tu siervo escucha”. Es fácil estar disponible para hacer cualquier cosa o para hacer algún servicio, siempre pidiendo la gracia de Dios. Sin embargo, qué difícil es decir: “Aquí estoy, habla, que tu siervo escucha”. Aunque ese hablar implique las últimas consecuencias. Ahí es donde realmente se cumple aquello que dijo Jesús: “Si el grano de trigo no 187

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muere, es imposible que dé fruto”. Es decir, uno puede estar muy disponible, pero si su corazón no está en Cristo, poco fruto puede dar y poco puede hacer por los demás. Pero si da fruto, lo da al máximo, y lo da porque se ha dejado irradiar por la ternura y el amor de Dios. En estos días en que mi cuerpo se encuentra prácticamente sin fuerzas, sin apenas movilidad, sin poder realizar los movimientos cotidianos normales, es cuando uno cae en la cuenta de la profundidad de este mensaje: Hay que morir, hay que debilitarse, hay que no ser nada, para que Dios pueda valerse de nuestro no hacer nada. Yo siempre he entendido la Vida Misionera como una lucha en la cual llevamos “las de ganar”, porque Dios va a estar siempre con nosotros, aun en el momento de mayor sinsentido. Su presencia y amor van a ser la causa de la victoria. Lo que más preocupa a mi corazón misionero es ver que hay gente que no se encuentra con Cristo, con Dios, con el Tesoro de su vida y que muchas veces no quieren saber nada de él, o simplemente cierran sus vidas porque les molesta. En estos días me surgía una pequeña oración que quiero compartir: Señor Jesús, que a lo largo de mi vida sepa conocerte, amarte, servirte, adorarte, contemplarte como el padre que siempre siente ternura por sus hijos. Que descubra aunque sea un solo vestigio de tu presencia amorosa para que nunca tenga miedo. Y no dudes nunca en acercarme a ti. Amén. 188

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A modo de Epílogo:Homilía en la Eucaristía por el eterno descanso de Ilde (Lecturas: Rm 14,7-9. 8,35-39 y Mt 11,25-30)

Toda Eucaristía es una celebración de la muerte y la vida de Jesús. En Él vivimos, y el recuerdo de su vida nos estimula. En la vida y en la muerte somos del Señor, que se revela cercano, compasivo, próximo a nuestra vida. Ildefonso comprendió muy bien las palabras del apóstol que hemos escuchado: “en la vida y en la muerte somos del Señor”. Comprendió y vivió que Él está a nuestro lado, que nada nos puede separar de su amor aun cuando humanamente pueda parecer que su silencio o lejanía nos envuelve. Una homilía es una reflexión en torno a la Palabra, un intento de acercar la Palabra a nuestra realidad y ofrecer una ayuda para que dicha Palabra nos interpele y se haga vida en nuestra 189

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vida. Una homilía son palabras… Pero hay homilías que muestran abiertamente mucho más que palabras… Hay vidas que son auténticas homilías, expresión de la veracidad y dinamismo de la Palabra. La vida de Ildefonso ha sido un instrumento de Dios para hablarnos, para decirnos que su camino es un sendero cierto hacia una felicidad completa, más allá de ilusiones pasajeras o esperanzas efímeras… Ildefonso nos ha dejado muestras claras de su profunda fe, vivida durante el largo proceso de su enfermedad con una entrega confiada; aun en medio del desconcierto, del cansancio o la tentación del sinsentido, él expresó con palabras sencillas la claridad que lo envolvía, el amor de Dios que le daba fuerza, el amor que transparentaba en su sonrisa, en su paciencia, en su delicadeza… En Ildefonso Dios nos ha hablado. Nos ha mostrado el camino de la confianza; como verdadero heredero del cielo ha hecho de Dios su refugio. Su gran ilusión era ser Misionero Claretiano, anunciar a Jesús, hacer que otros le conocieran, amaran y sirvieran. Ha sido una ilusión surgida desde hacía mucho tiempo, desde su infancia (nos lo recordaba también el día de su profesión perpetua). Una vocación madurada con el paso del tiempo, hecha recia, fuerte, entusiasta. Pues esa ilusión suya fue una hermosa realidad el 28 de octubre de 2007, día en que emitió su primera profesión de manos del P. General de los Misioneros Claretianos. Y aquel día Ildefonso continuó persiguiendo el fin para el que se sentía 190

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llamado, que podemos expresar con las mismas palabras que nuestro fundador Antonio María Claret escribió en su Autobiografía: el fin que se proponía al ir a misionar era buscar la gloria de Dios y hacer felices a sus prójimos. ¡No podemos dudar que Ilde ha realizado cabalmente ese doble objetivo!. Con su vida y con su muerte ha dado gloria a Dios, a quien ha reconocido de muchas maneras como el tesoro y el amor de su vida. Y también ha hecho felices a tantos que se han sentido, nos hemos sentido, sobrecogidos y aleccionados por su testimonio. Incluso personas que no le han conocido físicamente, pero que han manifestado la honda impresión que les han causado sus palabras, expresión de sus sentimientos. Desde su situación personal, desde una cama de hospital, ha anunciado y ha conducido a muchos al encuentro con Dios. Pero, mirad, la respuesta generosa y valiente que Ildefonso ha dado a las circunstancias adversas que le tocó vivir no se improvisa. Ha vivido su muerte como vivió su vida. El día de su profesión perpetua pronunció palabras que hoy siguen resonando con mucha fuerza, aun en su debilidad: “Quiero en estos momentos, después de haber profesado perpetuamente, dar las gracias a Dios por seguir manteniéndome en su amor, seguir experimentando cada día ser hijo de Dios en él, en medio de la enfermedad, de la adversidad… que sepáis que estoy muy feliz, muy contento, que hoy se ha hecho realidad el sueño que Dios tenía pre191

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parado para mí desde hacía mucho tiempo… el protagonista aquí no soy yo: es el que nos lleva a nosotros y nos ayuda a llevar la cruz por amor…”

El testimonio de Ildefonso ha sido escrito con la fuerza de Dios que habita en él. Cualquier palabra se revela vacía o pequeña comparada con su vida. Desde que sintió los primeros síntomas de su enfermedad, Ildefonso quiso vivir consciente e intensamente su vida. Vivir su muerte, dijo en una entrevista que le hicieron cuando ya se encontraba en la unidad de cuidados paliativos del hospital. Abrir bien los ojos y los oídos, para escuchar, compartir, sentir la vida, para expresar su agradecimiento a quienes en estos meses le han cuidado y han luchado con él en busca de una curación que no ha sido posible. Muchos jóvenes, unos os encontráis aquí y otros no han podido venir, habéis sido testigos también de su testimonio. Ildefonso ha compartido a través de las redes sociales las diversas experiencias que han jalonado su proceso vital en estos meses. Y como una constante, ha puesto de manifiesto el amor de Dios que le envolvía y del que se sentía depositario. Sed fieles a su legado, vivid el amor de Dios intensamente. Como Ildefonso escribió: “no dejéis pasar la oportunidad de que el Dios hecho amor entre en vuestras vidas. ¡Dejad que toque vuestras vidas! Él está deseando entrar en tu vida… Tú tienes la llave para dejarle…” La cantidad de mensajes que desde que se conoció su fallecimiento han llenado las redes so192

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ciales dan fe del cariño que Ilde supo ganarse, del ejemplo que ha dado, de la lección que día a día ha impartido, siempre en nombre de quien le amó primero, y a quien supo responder con tanta generosidad. Todos subrayan y agradecen el ejemplo y el testimonio que ha dado. Hoy guardamos un recuerdo muy especial por sus padres, Carlos y Nieves y sus hermanos… Nos sentimos muy cerca de ustedes. Compartimos su dolor, y también su esperanza. Ildefonso no querría vernos tristes, desalentados… Que la pena, humanamente comprensible, no agote nuestra capacidad de esperanza, de confianza grande en el Dios de la Vida en quien él creyó tan intensamente. Hoy asistimos a la despedida de un Misionero Claretiano, un fiel y profundo hijo del Corazón de María, a quien siempre amó y en cuyas manos confió su vida y su muerte. Nosotros, los Misioneros Claretianos, sentimos su muerte, y nos confiamos a su intercesión para que Ildefonso nos ponga a sus hermanos en las manos de Dios; que por su medio Dios nos bendiga y nos haga, como él lo ha sido, fieles a nuestra vocación de seguidores del Señor, anunciadores del amor de Dios y servidores de la Palabra de vida. Antonio Venceslá cmf

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Un itinerario inesperado.  

El diario de Ilde. Escrito por Ildefonso María García Palacios CMF