Issuu on Google+


ESTELA ® Valencia, España, 2011-2012 www.joseantonioestela.es DISEÑO ÍNTEGRO: Jose Antonio Estela Archilla TEXTO: Ambrose Bierce TRADUCCIÓN: Mihaela Tirca © 2012, Jose Antonio Estela Archilla Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.


† Ambrose Gwinett Bierce (24 de junio de 1842 – ¿1913?) Fue un escritor, periodista y editorialista estadounidense. Su estilo lúcido y vehemente le ha permitido conservar la popularidad un siglo después de su muerte, mientras que muchos de sus contemporáneos han pasado al olvido. Para poder entender mejor el estilo macabro de Bierce hace falta conocer algunos de los momentos que marcaron su vida; Hijo de grajeros puritanos, tenia 12 hermanos. Uno de sus hermanos se hizo “forzudo de feria” y su hermana murió devorada por unos caníbales mientras ejercía de misionera. En su adolescencia tuvo amoríos con una mujer de más de setenta años, a quien más tarde él mismo definiría como “culta y todavía atractiva”. Poco después ingresó en la Escuela Militar de Kentucky, donde su estancia se truncó prematuramente a causa de un accidente, supuestamente intencionado, que acabó incendiando el establecimiento. Su relatos militares se basan en sus propias experiencias combatiendo desde el 1961 hasta el 1871 que se casó y tuvo


tres hijos, uno falleció en una pelea y el otro era un alcohólico. En 1904 se divorció porque su mujer le fue infiel. Además Bierce era asmático y tenia graves secuelas de sus heridas de guerra. Y para finalizar “la gota que colma el vaso” de su vida en 1913 se alistó en el ejército de Pancho Villa donde se le perdió la pista. Se trata de una de las desapariciones más famosas de la historia de la literatura. Dicho esto, ahora podemos entender mejor los trabajos literarios de Bierce. Su estilo se caracteriza por el constante uso de la ironía, humor macabro, caustico y mordaz. Se le considera heredero literario directo de sus compatriotas Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne y Herman Melville. Cuentista de primer orden, le debemos algunos de los mejores relatos macabros de la historia de la literatura: La muerte de Halpin Frayser, La cosa maldita, Un suceso en el puente sobre el río Owl, Un habitante de Carcosa, Un terror sagrado, La ventana tapiada, etc. Bierce es el escritor que gran parte de la crítica sitúa al lado de Poe, Lovecraft y Maupassant en el panteón de ilustres cultivadores del género terrorífico. A través de sus contundentes filigranas se evidenció como maestro absoluto en la recreación de tensas atmósferas desasosegantes en medio de las cuales detona repentinamente un horror «físico», absorbente y feroz. Si bien se suele encasillar a Bierce como un autor de cuentos de terror, no todos sus textos pertenecen a ese género, en cambio, sus textos suelen contener una fuerte dosis de sarcasmo o de lúcida ironía, que a menudo se convierte en un agudo humor negro. Se considera su mejor libro In the midst of life, conocido también como Cuentos de soldados y civiles, que comprende sus más sombríos relatos. Su obra más conocida es el diccionario del diablo. Al menos se han hecho tres películas sobre el cuento Lo que pasó en el puente de Owl Creek: una muda de 1920; otra, francesa, llamada La Rivière du Hibou, de 1962, y una tercera versión en 2005. La segunda de ellas fue utilizada para un episodio de la serie de televisión Dimensión Desconocida (The Twilight Zone), y una adaptación suya se incluyó en la serie Alfred Hitchcock presenta.


Existen distintas clases de muerte, en algunas el cuerpo se queda, y en otras se desvanece completamente con el espíritu. Esto suele ocurrir únicamente en la soledad (tal es la voluntad de Dios) y, no viendo nadie el final, decimos que el hombre se ha perdido o se ha ido en un largo viaje, lo cual realmente ha hecho; pero a veces esto ha sucedido a la vista de muchos, como demuestran abundantes testimonios. Además, se sabe que en ciertas clases de muerte el espíritu muere también, mientras que el cuerpo conserva su vigor durante muchos años. Otras veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el espíritu muere con el cuerpo, pero al cabo de un tiempo reaparece en ese lugar donde el cuerpo se descompuso. Meditando sobre las palabras de Hali (Que en paz descanse) y cuestionando su pleno significado, como aquel que, teniendo un presentimiento, todavía duda de si hay detrás algo más de lo que él ha discernido, no me fijé por donde me había extraviado hasta que una racha repentina de viento helado, golpeándome la cara, revivió en mi el sentido de mi entorno. Observé con asombro que nada me resultaba familiar. A cada lado mio se extendía una llanura inhóspita y desolada, cubierta de hierbas altas y marchitas que susurraban y silbaban bajo el viento de otoño con quién sabe qué sugerencia misteriosa e inquietante. A largos intervalos sobresalían de la hierba piedras de formas extrañas y colores oscuros que parecían entenderse entre sí e intercambiar miradas de significado inquietante, como si hubieran levantado la cabeza para observar el resultado de algún acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes en esta malévola conspiración del silencio expectante. Pensé que el día debía estar muy avanzado aunque no se viera el sol; y sin embargo me di cuenta de que el aire era desapacible y frío, mi conciencia del hecho era más bien mental que física, no sentía ningún malestar. Por encima de todo el deprimente paisaje se cernía como una maldición visible una cortina de nubes bajas del color del plomo. En todo esto había una amenaza y un presagio - una insinuación de maldad, un indicio de muerte. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba entre


las ramas desnudas de los árboles muertos y la hierba gris se inclinaba para susurrar su espantoso secreto a la tierra; pero ningún otro sonido o movimiento rompía la calma horrible de aquel deprimente lugar. Observé entre las hierbas numerosas piedras gastadas por el tiempo que habían sido, evidentemente, trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban tumbadas, otras se inclinaban en varios ángulos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas de tumbas, aunque las tumbas mismas ya no existían ni en forma de túmulos, ni de depresiones; los años las habían nivelado a todas. Dispersos aquí y allá, los bloques más solidos mostraban los sitios donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado, en otro tiempo, su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad y conmemoraciones del afecto de piedad estaban tan viejos, deteriorados, gastados y manchados y el lugar estaba tan descuidado, abandonado y olvidado que no pude dejar de verme como el descubridor del cementerio de una raza de hombres prehistórica cuyo nombre se había extinguido hace tiempo. Absorto en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al orden de mis propias experiencias, pero no tardé en pensar: “¿Cómo llegué aquí?”. Un momento de reflexión pareció dejar claro todo y explicar al mismo tiempo, aunque de una manera inquietante, el carácter singular con que mi fantasía había revestido todo lo que veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba que había sido postrado por una fiebre repentina y que mi familia me había contado que, en mis periodos de delirio, había pedido a gritos aire libre y libertad, y cómo habían tenido que sujetarme en la cama para evitar que huyese. Ahora había burlado la vigilancia de mis cuidadores y había vagado hasta aquí para ir… ¿dónde? No podía adivinarlo. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía – la antigua y famosa ciudad de Carcosa. En ninguna parte era visible o audible ningún indicio de vida humana; ni columna de humo, ladrido de un perro guardián, mugidos de ganado, o gritos de niños jugando; no se escuchaba nada más que ese deprimente lugar de cementerio con su aire de misterio y horror debido a mi propia mente enferma. ¿No estaría acaso delirando otra


vez más allá del auxilio humano? ¿No sería, de hecho, toda una ilusión de mi locura? Grité en voz alta los nombres de mis mujeres y de mis hijos, extendiendo las manos en busca de las suyas, mientras seguía caminando entre las lápidas caídas y la hierba marchita. Un ruido detrás de mí me hizo volverme. Un animal salvaje – un lince – se acercaba. Y pensé: “si caigo aquí en el desierto, si la fiebre vuelve y desfallezco, esta bestia me saltará al cuello”. Salté gritando en su dirección. El animal pasó tranquilamente por mi lado, casi rozándome, y desapareció detrás de una roca. Un instante después, la cabeza de un hombre pareció salir de la tierra, a poca distancia. El hombre ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cima apenas se distinguía del nivel general. Su figura entera pronto apareció a la vista sobre un fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles. Tenía el pelo despeinado y una barba larga y andrajosa. Llevaba en una mano un arco y una flecha y en la otra una antorcha encendida que dejaba un largo rastro de humo negro. Caminaba lentamente y con precaución, como si tuviera miedo de caer en alguna tumba abierta, ocultada entre las altas hierbas. Esta extraña aparición me sorprendió pero no alarmó, y tomando una dirección que me permitiera interponerme en su camino, me encontré con él casi cara a cara, dirigiéndome a él con un saludo familiar: “Que Dios te aguarde”. No me hizo ningún caso, ni disminuyó su ritmo. “Buen forastero, estoy enfermo y perdido. Te lo ruego guíame hasta Carcosa”. El hombre irrumpió en un canto bárbaro en una lengua desconocida siguiendo su camino y desapareciendo. En la rama de un árbol seco un búho ululó lúgubremente y otro le respondió a lo lejos. Al levantar los ojos vi por una repentina fisura en las nubes, ¡Aldebarán y las Híadas! En todo esto había una insinuación tenebrosa, el lince, el hombre con la antorcha, el búho. De todas formas veía las estrellas en la ausencia de la oscuridad. Veía, pero aparentemente no me veían ni me oían. ¿Bajo qué espantoso hechizo estaría? Me senté en la raíz de un enorme árbol para pensar seriamente qué era lo mejor que podía hacer. Ya no podía dudar de mi locura, aunque reconocí un motivo de duda en


la convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. A pesar de eso, tenia una sensación de alegría y de vigor completamente desconocidas, un sentimiento de exaltación mental y físico. Todos mis sentidos parecían en estado de alerta; podía sentir el aire como una sustancia pesada; podía oír el silencio. Una gruesa raíz del árbol gigante, contra cuyo tronco me apoyaba, abrazaba y oprimía en sus garras una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. De esta forma, la piedra quedaba parcialmente protegida de la intemperie, aunque estaba muy deteriorada. Sus bordes estaban redondeados por el desgaste, sus ángulos roídos, su superficie tenía profundos surcos y raspaduras. En tierra, a su alrededor, se veían brillantes partículas de mica, vestigios de su descomposición. Esta piedra había marcado aparentemente la tumba de la que el árbol había brotado eras atrás. Las raíces rigurosas del árbol habían vaciado la tumba y apresado la piedra. Una repentina racha de viento apartó algunas hojas y ramitas secas de la parte frontal superior de la piedra; vi las letras en bajorrelieve de la inscripción y me incliné para leerla. ¡Dios santo! Mi nombre completo!... ¡la fecha de mi nacimiento!... ¡la fecha de mi muerte! Un uniforme rayo de luz iluminó el costado entero del árbol cuando me puse en pie de un salto aterrorizado. El sol salía en el rosado oriente. Estaba de pie entre el árbol y el ancho disco rojo y ninguna sombra surgía de mí. Un coro de lobos saludó el amanecer con sus aullidos. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, subidos en las cumbres de los montículos y túmulos irregulares que ocupaban la mitad de mi panorama desértica y extendiéndose hasta el horizonte. Y entonces supe que estas eran las ruinas de la antigua y famosa ciudad de Carcosa.

*** Tales son los hechos comunicados al médium Bayrolles por el espíritu Hoseib Alar Robardin.



Un Habitante de Carcosa