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LA TRÁGICA EPOPEYA DEL HOMBRE-MOSCA EN TRES ACTOS: NACIMIENTO, HIPOTECA Y MUERTE ACTO PRIMERO: Nacimiento. Tras la barra del bar Manolo se encontraban tres personas; una señora de avanzada edad y una pareja. Dentro de ésta no había nadie, pues Manolo, dueño del bar y único camarero, pasaba la mayoría del tiempo escondido en la despensa, sirviéndose chupitos de licor de hierbas. La vieja, de nombre Alcira, estaba amarrada con una mano a un carrito de la compra y a la máquina tragaperras con la otra. Cada día, antes de hacer la compra, la visita por el bar de Manolo era obligada. La mayoría de los días no llegaba al supermercado. A las diez en punto ponía sus viejos pies en el bar, y se jugaba la parte de la pensión que ella misma se asignaba. Como cada día, a las diez en punto había llegado al bar. Pero su suerte estaba siendo tan dispar, contrapeando ganancias y pérdidas, que eran las ocho de la tarde, y todavía estaba ahí. Infatigable, ni siquiera había tomado un respiro para comer. Avances... uno, dos, tres. –¡Bzzzzz! –Una pequeña mosca se le posó en su brazo. –¡Plas! De un manotazo trató de aplastarla, pero no logró acertar. La mosca aleteó, zumbante, hasta ir a parar a la calva de otro de los parroquianos que habitaban la sucia barra. Su nombre era Pepe, un ser de aspecto simiesco, borracho y fanfarrón. Poseía una mediana empresa de recambios de automóviles. Hablaba todo el rato introduciendo palabras en inglés, que ni él parecía saber a ciencia cierta lo que signifcaban. Pero hacerlo le hacía sentir que pertenecía a estos tiempos tan modernos. –¡Estoy trabajando más que en toda mi vida! El problema es que no hay fzbac. ¡No hay fzbac! ¡Ese es el problema! –le decía a su mujer Yolanda. La pequeña mosca, a la que a partir de este momento nos referiremos simplemente como Mosca, una simple mosca común de la familia Muscidae, se frotaba sus diminutas patitas, y succionaba la cabeza de Pepe, en busca de alimento. Repetía constantemente el proceso. Andaba un par de pasitos, succionaba y se frotaba. –¡Bzzzzz!


Pepe sacudió su cabeza, y huidiza, Mosca, revoloteó por el bar hasta dar a parar en el generoso escote de Yolanda. Yolanda era una mujer de unos treinta años. Era exuberante, un poco ordinaria quizás. Varias capas de maquillaje en la cara, tratando de contrarrestar los estragos que la edad y la naturaleza le estaban causando, y siempre, siempre con tacones y vestidos muy ceñidos que dejaban casi por completo sus muslos al desnudo. Cuando hablaba denotaba una cultura y modales bastante limitados. Había acabado con Pepe, el único del barrio con poder adquisitivo sufciente para sufragar sus caros caprichos. Físicamente, a Yolanda Pepe no le agradaba, pero para tales menesteres siempre había jóvenes que perdían la cabeza en las discotecas por terminar la noche con una mujer como ella. Un soplido de Yolanda hizo huir a la molesta Mosca de su pecho. –¡Bzzzzz! Mosca fue a parar a lo alto del plateado grifo de cerveza Mahou Clásica. Succionaba y se frotaba las patitas, como siempre, cuando algo extraño comenzó a sucederle al sorber un par de gotas perdidas del delicioso manjar que habían salpicado sobre el grifo. –¿Bzzzz? –se dijo Mosca a sí mismo cuando notó que su cuerpo empezaba a sufrir unos extraños cambios. ¡Blarp! Una de sus pequeñas patitas creció de golpe. ¡Blarp! ¡Blarp! Otras dos patitas siguieron su misma suerte. Finalmente, nuestra pequeña mosca común se había convertido en algo más parecido a un miembro de la familia Calliphoridae, o como más comúnmente se denominan, un moscardón. Había doblado su tamaño. Su aleteo se había vuelto notablemente más grave. Yolanda había sido testigo de tal acontecimiento, pero no dijo nada, pues pensó que se le debían haber subido a la cabeza los cuatro Gin–Tonics que se había metido entre pecho y espalda. Pepe, mientras tanto, seguía despotricando. De los proveedores, del euribor, de la constitución europea... cuando Mosca fue a parar al borde de su copa de pacharán. Tras succionar con su trompa unas gotas de aquel dulce licor, Mosca de nuevo dobló su tamaño. ¡Blarp! Pepe la miró con extrañeza. Miró a Yolanda, quien le confrmó que lo que Pepe creía haber visto había pasado en realidad. Asqueada, Yolanda dio un bolsazo a Mosca. Mareado, nuestro díptero amigo emprendió de nuevo su huida, con tan mala (o buena) fortuna, que acabó por caer en el vaso de Gin-Tonic.


¡BLAAAAAARP! Ésta vez el sonido de su metamorfosis fue monstruoso. Los pedazos de vidrio del vaso de tubo volaron cuando este estalló por la presión del negro cuerpo de Mosca. Mosca crecía y crecía a una velocidad endiablada ante la atenta mirada de Yolanda, Pepe, e incluso de Alcira, que por primera vez había levantado la vista de su máquina. –¡BZZZZZ! Mosca había alcanzado el tamaño de un humano corpulento. Un metro ochenta de babeante criatura que estaba posada, yaciente, sobre la barra. –¿¡Pero qué cojones...!? –exclamó Pepe, cuyo Pacharán fue a parar al suelo. Mosca cayó de la barra, y trató de erguirse, controlando con difcultad su nueva y antropomórfca forma. Cuando logró ponerse en pie, notó que algo le golpeaba por detrás. –¡Muérete maldito monstruo! –gritaba Pepe, que le había roto uno de los taburetes del bar a Mosca en la espalda. Pepe.

–¡BZZZZ! –Mosca estaba enfadado, y dio unos primeros pasos titubeantes hacia

Asustado, Pepe, reculando, comenzó a huir en dirección a la puerta del bar. Yolanda se encontraba en estado de shock cuando vio salir a ambos enzarzados por la puerta. Los gritos se sucedían en el exterior, pero nadie se atrevió a salir. Golpes, aullidos y alaridos llegaban hasta los oídos de los clientes del bar. Mosca entró de nuevo al bar, completamente cubierto de sangre, succionando con la trompa, como si de un cornetto se tratase, uno de los desmembrados brazos de Pepe. –¡BZZZZZ! Y Mosca se acercó a la barra, con los orgullosos andares del vencedor. Tras unos segundos de titubeo, Yolanda rodeó a Mosca con sus brazos y con una voz sugerente, le susurró al oído: –Mosca, eres taaaan fuerte... Los labios de Yolanda besaron lascivamente la húmeda trompa de Mosca.


–¡BZZZZZ!


ACTO SEGUNDO: Hipoteca. Cuando el director de la sucursal bancaria le dio a frmar la hipoteca, la recientemente desposada mujer de Mosca, Yolanda, no cabía en sí de felicidad. Era un coqueto piso en el centro de la ciudad. No era muy grande, pero con eso y su amor les bastaba. –Firme aquí... y aquí... –Decía el director a Mosca, cuya frma era un baboso lametazo en la zona previamente marcada con una x. Todo iba como la seda. La cosa se torció un poco, eso sí, cuando el director, Jacinto, trató de colocar a Mosca unas preferentes. Aún con su diminuto y primitivo cerebro, Mosca sabía que le estaban intentando tomar el pelo. Lo de la hipoteca con suelo vale, lo de contratar obligatoriamente el seguro del hogar con ellos... bueno. Pero por ahí, por lo de las preferentes Mosca no iba a pasar, de eso nada. –¡Bzzzz! –gritó Mosca enfurecido. La cabeza de Jacinto fue arrancada de cuajo con la fuerza que sólo una mosca gigante podía poseer. La interventora huyó presa del pánico, mientras la sangre resbalaba por las paredes de todo el despacho de Jacinto. Mosca succionaba con placer la cabeza de Jacinto, como si fuese la de una gamba. Exquisita, pensó. Unos meses después, en el juicio, el juez cerró el caso, en parte por miedo a Mosca, quien transmitía temor a pesar de haber acudido de perfecta etiqueta a los juzgados, y en parte porque, tal como dijo su señoría: –Si me hubiesen tratado de colocar a mí ese producto bancario probablemente habría hecho lo mismo. Le declaro inocente, caso cerrado. Las fotos del juicio dieron la vuelta a todo el mundo, siendo publicados desde en Le Monde hasta el New York Times, pasando por un documental en Al Jazeera mostrando el lado más humano de Mosca. Todo indicaba que la vida de Mosca era un rotundo éxito. Incluso había recibido un ascenso en su trabajo, acompañado de un suculento aumento de sueldo. Lo cierto es que no hacía demasiado en su trabajo, una empresa de novísimas tecnologías informáticas, pero entre la cúpula directiva parecía ser un empleado muy bien visto, pues nunca se quejaba de nada, ni ponía pegas a sus superiores directos. Tan solo se limitaba a decir: –Bzzzzz. Y no sólo fue ascendido, sino que causaba tal pavor entres sus subalternos, que la productividad del grupo de trabajo que dirigía había ascendido en su primer año en el puesto de jefe de área un 17,35%.


Pero el aparente éxito de Mosca no gustaba a todo el mundo. Fueron varias las veces que trataron de atentar con la vida de nuestro deforme héroe alado. La primera de las veces una docena de botes de Raid fueron encontrados junto a Mosca, inconsciente en el suelo en una habitación cerrada. Por suerte aquella mañana su mujer fue a buscarle al trabajo, pues habían quedado en comer en un restaurante hindú cercano a su trabajo (Mosca sentía gran pasión por el pollo Tandoori) y evitó por suerte tamaña catástrofe. Para la segunda de las veces en que intentaron acabar con la vida del zumbante insecto antropomorfo, usaron una trampa de gran ingenio. Una alfombra pegajosa, impregnada de sabrosa miel de La Granja San Francisco y de pegamento Imedio, que por poco no acabó con dramático resultado. Tantas horas pasó en la infernal celada, que temió volver a disminuir a su tamaño original. (Pues Mosca necesitaba consumir altas dosis alcohol para mantener su monstruoso estado humanoide). Ya en su casa, Mosca vivía en una constante penumbra, cosa que no parecía importar a Yolanda. Cuando la luz entraba a través del enorme ventanal de su luminoso salón, Mosca se veía irremediablemente atraído hacia esta, y podía pasar horas chocando contra el cristal. Y claro, Yolanda no podía estar todo el día detrás de Mosca con el trapo y el limpiacristales, con lo que las persianas de toda la casa estaban cerradas a cal y canto. Además, la puerta del baño debía estar perfectamente atrancada, pues de lo contrario Mosca se pasaba el día revoloteando alrededor del inodoro, una excentricidad no del todo salubre. Las cosas no podían irle mejor a Mosca, o al menos desde fuera eso era lo que parecía. Una vida exitosa en la superfcie, pero en su fuero interno Mosca no era feliz. ¡Quién iba a decir que un hombre-Mosca con un puesto de mando, una atractiva mujer y un pisito en propiedad en el centro de una gran ciudad no era capaz de alcanzar la felicidad! Qué digo la felicidad, ¡el Nirvana! Pues esto no era así, ni de lejos. Su curiosa transformación tuvo lugar en su décimo día de vida, cuando la mosca más longeva de su especie no solía alcanzar los quince. Tras transformarse vio cómo todos sus conocidos, amigos y familiares, fueron cayendo como moscas (disculpe el lector este chiste tan burdo, no he podido evitarlo) y la vida que llevaba era vacía hasta para una “persona” cuyo léxico se limitaba a una palabra, si es que puede llamársele así a “Bzzz”. Mosca se encontraba triste y melancólico, y no era sólo por el horrible gotelé que recubría las paredes de su casa.


ACTO TERCERO: Muerte. La duda corroía la mente de Mosca hasta llevarla al límite, casi hasta el extremo de hacerle perder el control de sus actos. No podía decidirse, era incapaz. Con un boli BIC enganchado con fuerza por su trompa no lograba tomar una determinación... ¿Sería mejor la X o el 2 en el Sporting de Gijón – Racing? En estas y otras profundas tribulaciones se hallaba Mosca cuando Yolanda, su mujer, su amorcito, cruzó el umbral de la puerta de su nido de amor construido con materiales de dudosa calidad. Maquillada y excesiva, como de costumbre, cuando fnalmente Mosca pudo distraer su atención de su escote pudo comprobar lo que ya sospechaba: Yolanda estaba de morros. No habría hecho falta tampoco, pues sus mastodónticas pisadas, cual elefante, o sus intencionados portazos con los que cerraba los cajones y armarios la delataban. –Pero bueno, ¿ya estás otra vez? ¿Rellenando la quiniela? ¡Pero si nunca aciertas más de siete! Hace cuatro días, ¡cuatro! Que instalé en el ordenador el programa PADRE para que rellenes la declaración de la renta. Y ahí estás, como un pasmarote, con las quinielas... ¡Qué huevazos! Vaya negocio he ido a hacer contigo, hijo... –¿Bzzzz? –Mosca se encontraba contrariado contemplando la escena. Su mujer, tan pronto dulce y cariñosa, se transformaba de golpe y porrazo en un ser iracundo. ¡Para que luego dijeran que él era un monstruo! Mosca, aprovechando que Yolanda se metió en el servicio pertrechada de kilos y kilos de toallitas desmaquillantes de marca blanca, agachó la cabeza y salió de su casa. Mosca emprendió su habitual camino al bar de Manolo, para tomar su ración diaria de alcohol, con el fn de no volver a encoger hasta quedarse de nuevo en su tamaño normal. Pero estaba inquieto. Ya llevaba varios meses preguntándose: –¿Bzzzz? –Lo que podría traducirse por algo como: ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Esto es todo? ¿Esto es lo que me espera hasta el momento de mi muerte? Pero en su idioma todo era más sencillo, era increíble la cantidad de matices que podía tener aquella simple locución. Al entrar en el bar no había nadie tras la barra, como de costumbre. Cuando Manolo salió de la despensa, su escondite habitual, le sirvió a Mosca su diaria botella de whisky JB. No alcanzaba a comprender, como aún siendo un engendro monstruoso podía beber aquel mejunje a palo seco, sin mezclarlo con Coca-Cola ni nada, al menos si le pusiese unos hielitos...


Algo raro notó Manolo, alertado por el sexto sentido que sólo los camareros poseen. Mosca, al contrario que el resto de los días no engullía con fruición su delicioso néctar, sino que miraba, postrado en la barra, fjamente al infnito. Tras la primera hora, anclado en la misma posición, el cuerpo de Mosca, que se negaba a beber, encogió ligeramente, apenas unos centímetros. Manolo, observante, temía decir nada a tan irascible monstruo, aunque con el tiempo parecía haberle cogido cariño. En la tercera, el cuerpo de Mosca no era mayor del de un niño de siete años. Manolo, nervioso, no pudo contenerse más y se acercó a Mosca. –Pero bebe hombre, bebe... Mosca no respondió. –¿Qué va a ser de Yolanda, eh? ¡Dime! Mosca continuó sin responder. Para cuando hubo pasado la quinta hora, al bar llegó Yolanda, por primera vez sin arreglar, ataviada tan solo con un pijama y su bata de guatiné. Pero para entonces ya era tarde. Manolo, cabizbajo, le entregó solemne una caja de cerillas en cuyo interior se encontraba el diminuto cadáver de Mosca, inerte. Las lágrimas brotaban sin cesar sobre las mejillas de Yolanda, quien sofocada, preguntó a Manolo: –¿Ha dicho algo antes de fallecer? –Sí Yolanda, sus últimas palabras... sus últimas palabras fueron: BZZZzzzz.... Y Yolanda apretó contra su pecho la caja de fósforos, con todas sus fuerzas, abrazándola.

La trágica Epopeya del Hombre Mosca en Tres Actos  

Relato Corto

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