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‘LEYENDAS DEL PLAYGROUND’ Por Gonzalo Vazquez

FREE EDITION BY @Jose13bis

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Introducción

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Richie Adams Demetrius 'Hook' Mitchell Joe Hammond Raymond Lewis Fly Williams 'Jumpin' Jackie Jackson Julius Erving Pee Wee Kirkland Earl Manigault Peter Vecsey Connie Hawkins Billy ´The Kid´ Harris Herman ‘Helicopter’ Knowings Lloyd Daniels

9 14 20 33 48 64 69 73 78 88 95 104 109 114

Grandes pequeños Philadelphia Los últimos nombres destacados Proezas TRASH TALK Guía para el viajero

126 130 135 140 144 150

Epílogo

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NOTA DE ACB.COM____________________________________

En estos más de 30 intensos capítulos, Gonzalo Vázquez nos ha descubierto los mejores jugadores del baloncesto callejero de la historia así como las deslumbrantes y a la vez sórdidas leyendas que les rodeaban. La vida personal y las hazañas en los playgrounds se entremezclan en esta serie tan emotiva como sorprendente. Se trata de un texto de extraordinario valor documental y literario que nos acerca, quizás de la mejor manera posible, al mundo del baloncesto en la calle

**** La extensión del texto entero de la serie sobre las 'Leyendas del Playground' que ha ido a cargo de Gonzalo Vázquez, no nos permite publicarlo de otra manera que no sea a través de una recopilación de artículos. Como su valor reside, precisamente, en el contenido independiente pero a la vez entrelazado y organizado en mini-series de cada capítulo, hemos creído conveniente concentrar todos los artículos en este formato de fácil acceso y mayor comodidad. Esperamos que disfrutéis de esta pequeña perla que nos recuerda a un baloncesto alternativo, tan desconocido y despreciado como puro por su honestidad y falta de artificios.

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INTRODUCCIÓN________________________________________ La pintada tiene más de treinta años. Pero aquel grito tribal todavía desgarra la fachada de la vieja escuela junto al Rucker Park:'Harlem plays the best ball in the country!'. Cuesta creer que no se viniera abajo en algunos partidos allá en los lejanos setenta. Los chavales que no habían logrado entrar al parque se subían a la azotea y cornisas a centenares y plagaban las ramas de los árboles. Alrededor del vallado se improvisaban andamios robados e incluso algún coche que al rato terminaba aplastado por el peso de la multitud. Acceder ya a las gradas o al bendito suelo era por lo general misión imposible, cuestión de edad, respeto o una compañía adecuada. 'Todo el vecindario de la comunidad acudía allí', cuenta uno de los más grandes poetas que ha dado la calle, Julius Erving. Y es que en aquel profundo rincón neoyorquino tenía lugar cada verano el ritual urbano del Baloncesto descarnado, una religión que Nate Archibald definió simplemente como 'A-C-T-I-O-N', un auténtico carnaval del juego desatado con toda su fuerza sobre aquel escenario de cemento duro. Allá adentro no cabía un alfiler y el único espacio abierto lo formaban los propios jugadores de la sagrada escena. Las cámaras no tenían allí ningún privilegio, ninguno, hasta el punto de que el verano del 71 se toman algunas imágenes desde un helicóptero de la ABC que sobrevolaba la zona, de un abrumador color negro que lo abarrota todo. ¿Qué es en realidad todo esto? 'Qué obligaba a tanta gente a poner el alma de puntillas para poder ver algo? La respuesta es bien sencilla: 'BASKET-BALL'. Si pudiera desnudarse al Baloncesto de todo cuanto lo grava en la alta competición, de cuanto lo somete a Regla y Táctica, puede que aquellas interminables tardes de verano en la Rucker continúen representando aún hoy, la prueba más auténtica del juego en estado puro que probablemente haya dado nunca el Baloncesto en el mundo. Y es que hubo un tiempo hoy lejano en que acudir a la Rucker se convirtió en toda una peregrinación a los orígenes de un Deporte que por entonces se transfiguró en el emblema de una raza, en la Religión de una fauna urbana ligada en muchos casos a la pobreza, la violencia, la delincuencia y la marginación social. Nueva York ('La Tierra Prometida' según Vecsey) y más concretamente el sector urbano entre la 98 y la 106 del duro -4-

Harlem, encabeza la lista de paraísos de asfalto a los que no escaparon otros puntos calientes del país como Los Ángeles, Philly, Detroit o Chicago. These are the Playgrounds' donde los aros se abren mágicamente a la mano incandescente, los tableros de metal reticulado lo aguantan todo y las redes, de cadenas, de nylon reforzado o simplemente de aire, detienen al paso del balón el más hiriente Trash Talk. Es la ley de la calle, comunión de la que todos los presentes participan por igual. Escenarios donde la supervivencia no giró nunca en torno a los contratos, sino únicamente al juego y la obsesión por la victoria, de la que llegaron a depender tiempo atrás muchas, muchísimas vidas. 'El Baloncesto llegó a ser no sólo una vía de escape del guetto o de la realidad. Para muchos el juego en la calle proporcionaba el pan para comer. ['] Quienes puedan jugar hoy por la fama fueron otros que lo hacían ayer para ganarse la vida', señala con nostalgia el periodista Scoop Jackson, autor entre otros de 'The Last Black Mecca', oda a una era que ya no volverá. Todo aquello que hoy es 'individual dribbling', a veces de una saturación irritante, era entonces limpio y generoso'move the ball'; y así la mística melódica pasó del 'Funk' orquestado al 'Rap' personal, donde el micro es solo cosa de quien lo agarra. Y ahí reside para muchos el secreto de la distancia entre dos épocas que esencialmente se desconocen. 'Aquellos fueron los mejores años de mi vida', confiesa emocionado Peter Vecsey, por aquel entonces joven reportero del Daily News, uno de los poquísimos blancos en disponer del privilegio no solamente de estar allí sino de llegar a fundar aquellos míticos Westsiders, reyes en la Rucker del 71 y 73 con Dr J a la cabeza. Muchos equipos, como el juego mismo, se improvisaban a la carrera de quien estuviera por allí pero algunos pocos, bien organizados, llegaron a formar auténticas dinastías del asfalto. 'Las calles' tienen historia', continúa Scoop; y equipos comoThe Westsiders, Urban League, The Pro Kids, Sports Foundation, Milbank Pros, The Shamrocks, The Kings, y por supuesto, aquellos anuales Rucker All-Stars, forman parte hoy del recuerdo de quienes estando allí presentes sobreviven aún para contarlo. Porque sin cámaras, sin fotos ni dinero 'blanco', todo se reduce a la más vieja tradición oral, y has de acudir a algún porche de mala muerte a escuchar sentado en las escalerillas cómo unos dudan de lo que otros dicen recordar, hasta que llegada la noche se consigue recoger un fondo común del que extraer algo de lo que pudo -5-

pasar. 'Historias 'termina Jackson-, tan sólo historias' de cosas que nunca volverás a ver'. No cuesta reconocerlo. La colección de estrellas que llegaron a pasar por la Rucker fue en su momento tan rica y abundante como escasa pueda ser hoy, en que apenas unas pocas se prestan a descender de nuevo al asfalto, donde curiosamente muchas se criaron. Pero en los primeros setenta hubo tal nivel de juego y organización que propietarios de la ABA y mánagers de la NBA corrían a la caza de talentos, e incluso árbitros como Bavetta o Lee Jones, recién retirado entonces de la NBA, llegaron allí para poner un poco de orden al frenesí desatado de juego. Y nadie rechistaba una sola orden de quienes imponían dosis de disciplina, ausentes el resto del año, cuando aquellos parques los poblaban libremente los más fuertes o los más peligrosos. En su lento desfilar de coleccionables, la revista SLAM ofrecía a los lectores al inicio del verano uno de los especiales más deseados: 'STREETBALL: For the Love of the Game', un maravilloso recorrido por cuatro décadas de Baloncesto en la Calle a través de sus figuras más representativas. Colaboran en él jugadores, periodistas o simplemente ojos presentes de la talla de Peter Vecsey, Sonny Hill, Bobbyto García, Dino Smiley, Rick Telander, Pete Kuhns, Greg Marius, John Huet, Ron Naclerio, 'Pee Wee' Kirkland, Earnest Glover, Lloyd Daniels, Errin CecilSmith, Dave Lewis e incluso The Globetrotters como el caso de Pablo Robertson. Se trata en realidad de una amplia recopilación de nombres, fotografías (algunas fabulosas) y textos que por lo general deben su extensión a la relevancia del hombre en cuestión. Aunque no siempre es así y 'The Phantom' Lewis o Joe Hammond, por ejemplo, cuentan con sendos reportajes mientras que 'The Animal' Adams o 'Tiny' Archibald apenas con unas líneas, por no hablar de la imperdonable ausencia del mejor tirador que haya dado nunca la Rucker: Walter Szczerbiak. Y es que el criterio elegido, y esto es lo importante, no es en modo alguno técnico sino sensacional, romántico, sorprendente o simplemente criminal. Historias al fin y al cabo' duras en su mayoría. Controversia, oscuridad, mito y leyenda darán pues a la serie un tono no tanto enciclopédico como encantadoramente novelesco. Más aún cuando la propia Bibliografía clásica ha girado en torno a la fascinación que producen esos pedacitos de historia que las grandes urbes esconden y tan sólo unos pocos pueden llegar a -6-

contar. Así pues tanto aquel especial como este que abrimos hoy beben de ciertas fuentes básicas que mencionamos a continuación: 'Heaven is a Playground', obra de Rick Telander, la más clásica y extendida de todas cuantas hayan sido escritas sobre el baloncesto en las calles. 'The City Game', de Pete Axthelm, un completo recorrido por la revolución del juego cuyo origen se remonta a los lejanos sesenta y donde se destacan la trayectoria y avatares de algunos elegidos. De ahí que el subtítulo rece: 'From de Playground to Madison'. 'Swee Pea and other Playground Legends', elaborada conjuntamente por John Valenti y Ron Naclerio con la participación en primera persona de Lloyd 'Swee Pea' Daniels. 'The Soul of the Game', un extraordinario album fotográfico de la Edad de Oro del Asfalto a través del ojo de John Huet. 'The Basketball Diaries', un compendio de experiencias sobre los 'streetballers' a cargo de Jim Carroll (y portada a sí mismo al más puro estilo Chuck Palahniuk) que provocó posteriormente una adaptación al cine protagonizada por Leo DiCaprio. 'The Last Shot', relato de Darcy Frey sobre el baloncesto en la profunda Coney Island de los tempranos noventa, donde destaca como detonante principal una figura llamada Stephon. Además de obras menos conocidas como:

'Asphalt Gods', recopilación de todo tipo de experiencias en la competición de la Rucker, recogidas oralmente por Vincent Mallozzi. 'Foul', la autobiografía de Connie Hawkins, símbolo historiográfico de toda una era en la Gran Manzana. 'The In-Your-Face Basketball Book', una completa y desenfadada guía obra de Chuck Wielgus Jr. y Alexander Wolff sobre los protagonistas más destacados de la calle en los años setenta. 'Basketball and Blackmen', auténtica Biblia para una raza, un escenario y un juego, obra de un joven autor negro, Nelson George, quien llegó a jugar contra 'The Goat'. 'Harlem's Angel' (de dudosa publicación), guión escrito por Alan Sawyer dedicado a la vida de 'The Goat' y que más tarde recuperaría Eriq LaSalle (doctor Benton en la serie 'Urgencias') para realizar la película 'Rebound: The Legend of Earl Manigault'. Como el legado de imágenes es más bien reciente, destacamos -7-

algunas cintas de video que siguieron a la divertida 'White men can't jump' (Ron Shelton, 1992), película que recrea a través de las desventuras de Wesley Snipes y Woody Harrelson los avatares del jugador medio de la calle que hipoteca su vida al Baloncesto (a reseñar igualmente 'Soul in the Hole', del año 97). Desde entonces las obras de ficción escasean en favor de las actuales cintas comerciales de corte exhibicionista que van desde la curiosa 'Hoop Dreams' (1994) a la exitosa serie de 'AND1'que da comienzo en 1998, pasando por títulos como 'Running Down a Dream', 'Streetball', 'Ballin' outta Control', la serie 'Slam from the Street' y otras muchas que hoy pueblan la Red.

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RICHIE ADAMS, THE ANIMAL___________________________ Septiembre de 1996. Transcurre una noche cualquiera en un complejo de viviendas situado al sur del Bronx, donde las torres colmena construidas antes de la gran crisis hacinan a la suburbia negra e hispana. Desde el descansillo de la planta número 15 de uno de los edificios llegan gritos que rebotan sordos en el lamentable enfoscado de la escalera. El vecindario, habituado a cualquier discusión a cualquier hora, ni se inmuta y los gritos enseguida se mezclan con otros procedentes del interior de las viviendas, atestadas de bebés que rompen a llorar al ser despertados. Y al rato, como si nada, el silencio vuelve a reinar. Pero en mitad de la noche alguien descubre un cadáver sobre aquel descansillo. Se trata de Norma Rodríguez, una joven de tan sólo quince años con aparentes signos de violencia en la cabeza y el cuello, que precisamente vivía en el 15. Cuando llega la policía encuentra una zapatilla deportiva del número 13 manchada de sangre en una de las aceras contiguas al edificio. De inmediato se abre una investigación que terminará casi antes de empezar. A los pocos días aparece como principal sospechoso un vecino que vive en un pequeño apartamento situado precisamente en la planta de abajo, la número 14, y que responde al nombre de Richie Adams. La policía lleva a cabo un registro en su domicilio y unos minutos más tarde se ven sorprendidos por algo. Ante la inquieta mirada de su madre, con quien Richie malvive, un agente encuentra en un armario de la casa una zapatilla blanca del número 13, una sola. La primera prueba encaja y algunos la toman como definitiva. Este desdichado hallazgo marcará su vida desde entonces. Durante el juicio se relataron todo tipo de detalles sobre los motivos y la escena del crimen. Richie venía acechando a la joven desde tiempo atrás, a lo que esta respondía una y otra vez con negativas. Hasta que aquel fatídico día, en la entreplanta de los pisos 14 y 15, se desató una fuerte discusión entre ambos que terminó con una paliza de Adams sobre Norma, a quien según los forenses golpeó la cabeza contra la pared y el suelo repetidas veces. Allí la dejó moribunda y allí termina esta lamentable historia.

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El acusado, de raza negra, fue condenado por homicidio en segundo grado, homicidio involuntario al quedar probado que su intención no era matarla. Y la condena fue así rebajada de 35 a 25 años de prisión, que todavía cumple en la actualidad. Una verdadera pena, porque este chico, Richie Adams, en otra vida bien remota a la suya, iba para estrella' del juego sucio. Reclutado por la Benjamin Franklin High School y criado en pleno corazón del Bronx, pronto le apodarían 'The Animal' por su forma salvaje de entender el juego, sobrenombre que por aquel entonces, mediados los años ochenta, se granjearía igualmente Ken Bannister en la NBA, famoso por ser capaz de tragarse 21 hamburguesas y 14 coca-colas de una sola sentada. Pero los motivos del apelativo en Adams eran distintos: a Richie, de 2.06 de estatura y acostumbrado a jugar de pívot, le gustaba ante todo defender y pegarse por cualquier balón que no fuera suyo o de sus compañeros, y esto lo hacía a las mil maravillas. En los patios del Bronx se había hecho famoso por lo que mejor y más adoraba hacer: sacar el balón fuera de las vallas a base de tapones, ni de arrastre ni de presión: de auténtico manotazo y a ser posible con el puño cerrado. Fuerte y muy aguerrido, hacía habitualmente gala de un extra de motivación en su juego, algo muy similar a lo que sucedía con Brisker en los entrenamientos de los Condors: una fuerte estimulación artificial, la cocaína (a la que se enganchó a muy temprana edad), desatada sobre una adrenalina salvaje, una suma explosiva. Puede que Adams no fuera más que voluntad; sin una musculatura excesiva pero tremendamente fibrosa, era muy superior al resto por fuerza y estatura en el trabajo sucio realizado en plena calle: la defensa total en el pozo del aro, donde aguardaba a los rivales más altos, a los que gustaba taponar una y otra vez, y de no lograrlo, obligarles al fallo para capturar su rebote, donde igualmente sobresalía. Todos apuntaban a la feroz resolución de 'The Animal' como el motivo por el que era tan respetado en las calles. Nunca por los estudios, apartados de una vida prácticamente concentrada en el juego sobre el pavimento y más allá, en los oscuros rincones donde poder hacerse con una dosis cada vez mayor. Pero siempre en la calle' y nunca más allá del sur del Bronx, donde aún hoy se le considera una auténtica leyenda. Es raro encontrar en la mitología urbana tipos que no despuntasen por la anotación o los mates salvajes; pero en Adams encontramos a una estrella del cemento armado, un Ben Wallace natural que exhibía una dureza fuera de lo - 10 -

común. Casi nadie se explica cómo consiguió salir ileso de la escuela para terminar enrolándose en la UNLV, donde legará nada menos que dos galardones de Jugador del Año en 1984 y 1985; esa última campaña es elegido con su compañero base Freddie Banks en el equipo ideal de la Big West. Allí añade a su juego un arma de la que valerse en ataque, un gancho de corto recorrido con la mano izquierda; era zurdo, fibroso y Runnin' Rebel, una fiel réplica anterior de Keon Clark que permite entonces a su compañero Armon Gilliam destacar en ataque, lo que Richie siempre rehusó. Aquellos dos años los Rebels de Banks, Adams y Gilliam serán apartados sucesivamente de la Final Four por Georgetown y Kentucky, pero todo aquel excelente trabajo a las órdenes de Tarkanian, todo aquel esfuerzo por escapar incluso de sus hábitos (la Universidad atenúa el instinto criminal), no se verá recompensando finalmente en una buena elección del draft. Y todo se vendría abajo. Puede que la fama cueste, sí, pero mucho menos que deshacerse de ella. En los momentos previos a la selección de jugadores corren por los pasillos multitud de rumores, llamadas y corrillos que finalmente pueden decantar favorablemente la elección de un jugador o simplemente desecharla. Pues a pesar de la trayectoria de Adams como universitario, aquella noche de 1985 sería condenado nada menos que a la undécima posición de la cuarta ronda por Washington Bullets. Con ellos jamás llegará a debutar porque no pasaron ni veinticuatro horas cuando fue detenido tratando de robar en un coche aparcado en su misma barriada. Por desgracia esta será tan sólo la primera de una serie de detenciones por robo que darán con cinco años de prisión en total. A partir de entonces desaparece. Liberado de cualquier disciplina se deja ver ocasionalmente por las calles del Bronx y, sin haber perdido apenas la forma, juega de vez en cuando pero lo hace en adelante de forma mucho más violenta. La continua necesidad de droga le recluye en círculos cada vez más peligrosos y su personalidad se vuelve más y más esquiva. Los primeros golpes no tardarán en llegar y así da nuevamente hasta tres veces en prisión por atracos. Deja el baloncesto por el crimen y a partir de ese momento su vida, ligada ya a las rejas, se precipita a un abismo que culminará en 1996 con el homicidio involuntario de aquella chica, la vecina de arriba. - 11 -

Greg Marius, fundador del Entertainer's Basketball Classic, torneo de verano que reúne en el Rucker Park a celebridades de la calle, college y la propia NBA, dice de él que 'tenía talento de all-star, de veras. Podía sobre todo taponar, coger rebotes e incluso driblar, algo así como el Kevin Garnett de hoy en día. Pero tenía un problema, el hábito a las drogas'. Quienes le vieron jugar saben que de no haber sido por ellas, puede que todavía hoy estuviéramos disfrutando de su potencial, físicamente superdotado y a buen seguro apreciado en la NBA de nuestros días. 'No podía creer que fuera adicto porque era muy difícil creer que alguien con ese nivel de juego pudiese estar enganchado a las drogas'. Cuenta el periodista Ben Osborne que muchos de sus seguidores, chavales en su mayoría del mismo Bronx, no supieron nunca de su terrible adicción porque a Richie se le empezó a perder la pista en los tardíos ochenta, cuando acostumbraba a estar ya a la sombra. Y sus pocos amigos creían que marchaba al norte a seguir batiéndose con los más duros del hierro interior. En el juicio por la muerte de Norma Rodríguez, un examinador médico a cargo de William Flack, abogado de la acusación, trató de demostrar que un fuerte golpe detectado en el estómago de la muchacha provenía de la zapatilla de Richie. La defensa de Adams impugnó aquella prueba aduciendo que el número de pie del acusado no era el 13 de la zapatilla encontrada. Y sobre todo, que una huella digital hallada en la puerta del piso de Norma era la clave de todo este asunto y que en absoluto pertenecía a Richie. Sin embargo esa prueba nunca fue identificada por la policía. Su abogado Jerry Vázquez intentó sin éxito convencer a los miembros del jurado de que la identidad de aquella huella era la del verdadero asesino. Pero el jurado terminó por desestimarla y fue implacable con él, como su propia vida, que con un poco de suerte volverá a retomar en los años veinte del presente siglo. Nunca nadie más fue detenido por aquel crimen. Cuentan que actualmente Richie 'The Animal' Adams nunca deja de rezar en una celda de pocos metros. Es probable que él la matara pero lo que sí es seguro es que aquel día también murió el 'animal' que llevaba dentro para este deporte. Hoy es un reo más. Un negro más entre rejas... 'Maybe he was being reborn into a future - 12 -

where there was no black or white but only shades of gold? Words from a Sunday School song came to mind: and in His word I'm told, I'll walk the streets of gold... He'd always thought that meant the pavement, but maybe it really described the people? After all, who in heaven cares what they walk on?' Jess Mowry, SIX OUT SEVEN

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DEMETRIUS “HOOK” MITCHELL_________________________ 'Fuimos a un torneo benéfico en Sacramento que organizamos entre Kenny Smith, Spud Webb, Manute Bol, Wayman Tisdale y yo 'cuenta Brian Shaw reconociendo que hay ciertas historias que prefiere escuchar a contar-. En el descanso organizamos un concurso de mates con unos cuantos chavales de High School. Gary y yo hablamos con el grupo y pedimos que dejasen participar a un amigo nuestro. Les dijimos: 'Bueno, no pertenece a ningún instituto pero' sabe hacer cosas increíbles''. Imaginen ahora la escena. Más de diez mil personas en el Arco Arena pegadas a los asientos después de anunciarse el concurso por megafonía. Y el descanso llegó. Empezaron a desfilar los nombres hasta que el speaker leyó un papelillo improvisado: 'Y por último, desde Oakland, con 5 pies y 9 pulgadas (apenas 1.83)' Demetrius 'Hook' Mitchell!'. Y salió a la pista un chico negro botando el balón con una camiseta roída, los pantalones deshilachados y una viejas Converse que se adivinaban blancas. El público lo recibió fríamente y Kenny Smith preguntó desconfiado:'Oye, 'este es el tipo del que me hablaste?'. Sí, era él, claro que era él, pero cuenta el propio Shaw que aquella tarde notó algo que en sus propias palabras no tiene desperdicio: 'Oh, mierda, me dije, podía verlo en sus ojos. Estaban rojos, rojos como la sangre y él' estaba colocado, colocadísimo'. Y no se equivocaba. Demetrius inició su repertorio con las mismas ganas con que el aro repelía el balón una y otra vez, una y otra vez' hasta diez veces. 'Vaya, parece que Hookster no tiene un buen día', le disculpaba el speaker y cuando por fin la bola desgarró la red la cuenta de los saltos superaba los catorce intentos. El chico agarró después el balón, ajustó su gorra casi sobre la cara y se largó de allí mientras alguno de los presentes no podía disimular la risa. La verdad es que hay vidas que parecen nacer torcidas. Y el caso que nos ocupa hoy no da tregua alguna. Demetrius Mitchell nació en unas condiciones lamentables en los suburbios del Oakland más profundo, muchos dicen que sobre el mismo pavimento que después lo criaría. Y es que para aquellos 'padres' drogadictos era urgente que el pequeño naciera, tanto que a las pocas semanas de hacerlo (el 11 de septiembre del 68) lo abandonaron a su suerte y fue gracias a su abuela que conservara la vida pero francamente poco más podía hacer ella sola. A los 10 años empezó a fumar - 14 -

marihuana, a los 12 se inició con la cocaína y agotó el recorrido cinco años después con la heroína a los 17. 'Era algo que tenía que pasar 'confiesa él mismo-. Es como si durmieras en un pantano y sabes que estás durmiendo sobre el lodo pero no puedes hacer nada por cambiarlo. Esa es mi vida. Mi vida siempre fue una lucha constante por tratar de saber qué es lo correcto'. Aún era muy joven cuando su hermano mayor, éste a cargo de nadie, fue asesinado por una banda de traficantes. Después irían a por el joven Demetrius pero las circunstancias lo retiraron de las calles antes de que pudieran cumplir la amenaza. Contra todo lo que pueda parecer, Demetrius Mitchell fue un dios en la Bay Area, alguien legítimamente idolatrado por centenares de jóvenes que acudían en peregrinaje cuando el rumor de su presencia caía por los parques de Mosswood y Brookdale. Al llegar por lo general en autobús toda esa multitud lo esperaba enfervorecida coreando su nombre. En una liga de verano en San Francisco, un padre de familia acudió fuera de sí hasta él agarrando fuertemente a una muchacha:'¡Mira, hija mía, este es' este es Hook Mitchell!', mientras le contaba nervioso cómo la última vez que jugó allí consiguió ejecutar un mate ¡pisando la línea de tres puntos! Este asunto de los mates imposibles procede de tantas fuentes y lugares distintos que francamente, cuesta creer que no fuera cierto. Aquellas proezas del 'double-dunk' y los puntuales 440º en The Goat o el larguísimo 'of-the-lane' en J.J. Jackson resultan hoy casi una cuestión de fe al estar basadas en diversas narraciones orales (sumamente contrastadas), pero en el caso de Mitchell, existe buen número de imágenes grabadas de altísimo voltaje (alguna de las cuales pulula por la Red). El mate sobre un Volks Escarabajo (de mayor altura que el coupé de Milic) le granjeó definitivamente el sobrenombre de 'Hook' por la similitud entre su parábola de salto, de una frecuencia altísima, con el dibujo de un gancho o un anzuelo. Quienes se mofaron aquella tarde en el Arco no tenían ni la más remota idea de que este prodigio natural era capaz de machacar el balón tras recepción en tabla (es preciso liberarse de peso en el salto) cuando siendo un adolescente medía tan sólo 1.73. Tampoco sabían que su obsesión por superarse le llevó a competir contra tíos que le doblaban en edad y tamaño y apostar con ellos hasta 100 dólares (la droga es cara) por mate ejecutado, o mejor, por el más difícil todavía. Así consiguió proezas como saltar por encima de diez personas (en la NBA Stansbury sorprendió con - 15 -

dos y una silla), o sobre cinco con un giro de 360º o la más increíble y oficial de todas, acaecida en Las Vegas durante un torneo para lograr el mate a mayor altura. Hook se quedó sólo en aquel concurso llegando a situar el listón a 3.95 porque había ejecutado uno limpiamente sobre un aro a 3.65 (Drexler lo hizo en la NBA sobre 3.45 y el récord del mundo, obra de 'Wildthing' Wilson, alcanza los 3.74). 'Era un espectáculo de veras, el principal allá donde fuera. Era como ver a los Globetrotters en un solo hombre', concluye el amigo de infancia Gary Payton. Su obsesión por agradar a toda multitud castigó sus rodillas probablemente como a ningún otro jugador en el mundo. Siempre decía que sí a todo cuanto se le pidiera. Pero todo este mundo de acrobacias no nos debe hacer olvidar que para muchos 'The Hook' puede haber sido el mejor jugador que haya nacido nunca en el estado de California. Este vagabundo enseñó muchísimas cosas a quienes coincidieron con él sobre el pavimento, de edades y cunas de lo más dispar.Gary Payton, Jason Kidd, Isaiah Rider, Brian Shaw, Antonio Davis, Greg Foster, Bernie Ward, Drew Gooden, Leon Powe' coinciden todos en señalar a Mitchell como el mejor que han visto nunca. Cuando la revista SLAM acudió al Playground Hall of Fame en el año 2000, próximo a la bahía, todos los especialistas coincidían en señalar a 'The Hook' en tercer lugar, algo increíble cuando hablamos de una lista de más de mil jugadores. Técnicamente Hook Mitchell fue definido con acierto por un agente deportivo del bajo Oak, Bill Duffy, cuando señaló que no había un 'point' como él sin que su juego apenas hubiese sido trabajado. Scoop Jackson decía que era un Vinnie Johnson más bajo pero más fuerte, más fino pero más explosivo, como un Roy Jones del baloncesto; un Steve Francis mucho más completo y sobre todo un Vince Carter por recursos en la ejecución del mate' con la salvedad de muchos menos centímetros y' dientes (era el fiel reflejo de la calle). El perfil de Hook refleja a ese tipo felino de jugador para quien no existe rival en lo que psicológicamente considera como de 'su dominio'. Viene al caso el niño Jordan que no saldría del jardín de Chapell hasta conseguir derrotar a su hermano Larry y es entonces cuando el miedo desaparece. Siendo apenas un niño adoraba a los monstruos de la zona, tipos duros como Henry Turner, Lathan Wilson, Calvin Andrews o Houston McDaniel, a quien gustaba llamar 'The Dancing Bear' por - 16 -

su dulce manejo del juego en el aire; de él heredó el gusto por la acrobacia y del resto la férrea voluntad de no dejarse ganar nunca. Siempre fue un nómada urbano, deambulando por la costa entre el Strawberry Canyon de la rebelde Berkeley, el Westdale en Bakersfield o la Venice en Los Angeles. Fue reclutado por varios Junior College donde siempre marcaba la diferencia pero jamás pisaba una sola clase. Eso nunca. Su educación pertenecía a la calle y lo más próximo a la disciplina fue su paso por la McClymonds High School, en cuyo equipo coincidió con Antonio Davis. Cuando la defensa se cerraba sobre Mitchell, a Hook le encantaba jugar con ella, penetrando y arrastrándola hacia él para liberar a Antonio. Pero lo que más le gustaba era correr para poder quedarse cuanto antes solo frente al hierro. Con Rex Walters llegó a formar un tandem explosivo comunicándose a través de alley-oops que más de una vez dieron con los cristales en el suelo. Y si quienes tenían delante eran buenos, su motivación era infinita. Cuentan que en un partido contra el All-Navy Team hizo un mate sobre David Robinson saltando dos pasos por delante del triple. Amante en concurso de los mates de longitud, los vuelos sobre gente, la espalda y el 360, nada adoraba más en pleno partido que el 'traffic jam', el mate sobre un interior abarrotado. 'Podría saltar por encima de un edificio', apostilla Jason Kidd. Cuentan las crónicas del olvido que jugando un partido de High School en el Ike Austin de San José palmeó un mate ('tip jam', rechace) a tal altura que sus ojos llegaron a sobrepasar el aro. Allí estaba su gran amigo Bernie Ward, quien con apenas doce años ya escuchaba en las calles de Richmond (Calif.) que había un chaval al otro lado de la bahía a quien no podría batir. Cuando coincidieron en la B&G de Oakland, surgió una de esas amistades puras que se mantendría de por vida. 'Fuimos como hermanos desde entonces y eso fue hace unos veinte años'. Presente en aquel milagro, Ward lo recuerda como si todavía hoy Hook 'was looking inside the rim'. Y al verdadero corazón del aro han llegado muy pocos' Añade Scoop Jackson, autor del celebrado reportaje sobre el astro en el número 71 de la SLAM, que en toda ciudad americana hay un Hook en potencia, un jugador completamente desconocido, un fuera de serie que jamás alcanzará la fama pese a poder aplastar a quien tuviera delante ('Jordan couldn't fuck with') hasta que al final fuese aplastado por sí mismo. 'One more chance', titula el recorrido biográfico de aquel trabajo, un grito a la esperanza para él - 17 -

porque en realidad las oportunidades que le brindó la vida pronto' se le agotaron. Cuando llegaron los momentos más duros, días en que Demetrius se mezclaba con la noche urbana más peligrosa nadie sabía gran cosa de él salvo que escapaba de algo que continuamente le perseguía. Era un vagabundo más. 'Fueron tiempos donde Hook tenía incluso que dormir bajo mi cama' -cuenta Payton- ['] No tuvo otra elección'. El poco dinero de que disponía lo entregaba en cualquier rincón para saciar su sed de polvo blanco. Volver con la abuela en ese estado le avergonzaba, y cuando el dinero se consumía aprisa empezó a 'robar a la gente. Casi siempre para conseguir droga y la mayoría de las veces lo hacía fuera de mí'. Se convirtió en una infatigable criatura de la noche, donde la luz del día pierde ya cualquier interés. Demetrius se precipitaba aprisa al último disparate. En las navidades del 99 debió pensar que en esas fechas todo vale, que todo se relaja y la policía también. Alentado entonces por esa mezcla navideña de indolencia y consumo, la gélida noche del 27 de diciembre decidió dar el golpe de su vida en un Blockbuster del barrio. Y actuó como siempre, con un plan desastroso, y así el guión fue muy corto: '¡Dame el dinero! ¡Rápido! ¡Dámelo!', mientras apuntaba con el revólver a la aterrorizada cajera. Eso fue cuanto dijo antes de salir corriendo y ser capturado minutos después por la policía con un ridículo botín. Aquella fue' la última oportunidad. Demetrius Mitchell fue condenado en primera instancia a diez años de prisión por atraco a mano armada, pena que al cabo sería rebajada a cinco. Actualmente pasa sus días a la sombra en la Men's Penal Colony, en el West Oakland de su estado de toda la vida, California. Agotado el primer tercio de condena se sometió a un programa de rehabilitación conocido como Konocty Correctional Facility en un centro (Lower Lake) donde la ausencia de muros pone a prueba la voluntad del recluso. Hoy corre y juega a diario y su estado de forma es tan excelente que un directivo de los Magic declaró recientemente que de estar disponible en el draft podría ser elegido, algo similar a su tocayo Sam Michell, novato a los 28. En el lento paso del tiempo entre rejas parece haber hallado la serenidad definitiva. Hechizado por las doctrinas islámicas optó por cambiar de fe y de nombre. Hoy se llama Waliy Abdur Rahim y es - 18 -

adorado por la familia convicta por los mismos motivos de siempre: corazón y espectáculo. Todos aquellos que le conocieron no ceden en alabanzas. Stan Roberts llegó a escribir en la Sports Illustrated que Hook 'es tremendamente humilde. ['] Te hace creer en todo lo que has oído sobre su enorme corazón. ['] Es imposible encontrar a alguien que no le adore. Las cosas que hizo para ellos demuestran que en realidad sus intenciones fueron siempre puras'. Bryan Burwell, de la HBO Real Sports, sostiene que 'todo el mundo siente como una especie de reverencia por él. Todos tienen algo bueno que decir: la gente que le engañó, quienes le dejaron dinero, las personas que le hicieron daño, todas. Pero todas sus historias terminan igual. He made bad decissions''. De ahí que el joven Goodenseñalara que 'era un modelo a imitar pero no fuera del campo', donde toda su habilidad para el juego se diluía en disturbio personal. Son muy pocos los elegidos para protagonizar un metraje para la gran pantalla, pero su biografía es de tal calado suburbano que este mismo año Michael Skolnick y William O'Neill se atrevieron con el documental 'HOOKED (enganchado, colgado): THE LEGEND of DHM. Portrait of a legendary playground basketball player from Oakland', premiada en los festivales minoritarios de San Francisco Black, Chicago Black y Temecula. En su realización colaboran quienes mejor le conocieron, con mención especial a Gary Payton, Jason Kidd y de todos, el que peor lo pasó durante el rodaje y recuerdo de algunas escenas vividas, Brian Shaw. Allí se mezclan sus proezas grabadas y sus memorias ocultas' en primera persona. Se cuenta que sus brotha's del penal apuestan con él para perder sólo por verle de nuevo volar sobre ellos, y que la esporádica llegada de algún alto cargo en coche significa una oportunidad para que Hook toque el cielo desde el patio central. Es una leyenda allá donde esté. Y si todo marcha bien, el año que viene será libre de nuevo. Hook, please, don't fuck up no more!

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JOE HAMMOND________________________________________ G Vázquez sigue profundizando en el género de la crónica negra del basket del asfalto, cuna de leyendas y mitos alternativos desconocidos para el gran público. Y de entre ellos destacó con luz propia Joe Hammond, protagonista de un duelo insólito con el mismísimo Julius Erving que simbolizó como ningún otro el enfrentamiento de dos baloncestos antagónicos, el oficial y el underground

Hace tiempo que el esplendor de Beverly Seabrook se esfumó. Su voz ronca y un envejecimiento ingrato sugieren la intensidad de un pasado tenebroso, de una vida al límite, pero la profundidad de su mirada y la coherencia de sus curvas delatan que hubo un tiempo en que ningún joven entre la 106 y la 124 del viciado Harlem pudo resistirse a su belleza de ébano. Han pasado más de veinte años y nadie pregunta ya por su pasado. Pero este mismo año alguien llamó inesperadamente a su puerta. Vincent Mallozzi, periodista nativo de la zona y autor de 'Dioses del Asfalto', requería de ella algún documento o fotografía que acreditase que Beverly fue en efecto una de las musas predilectas de Joe Hammond, nuestro siguiente protagonista y una de las tres leyendas más asombrosas que hayan dado jamás las calles de una urbe americana, puede que el mito más grande todavía vivo con permiso y a la par de Julius Erving. Ambos fueron profesionales, sí, pero uno del baloncesto profesional y el otro del alternativo y del delito a muy generosa escala. Mallozzi, autor en 1994 del único monográfico sobre Hammond ('Street Moves'), trató esta vez de ampliarlo a petición de la SLAM sin tener ni idea de la sorpresa que le aguardaba al conocer a Beverly. Ella trabaja hoy para la comunidad como canguro infantil y todavía se le enciende el rostro cuando recuerda los días de su esplendor, nostalgia de una juventud perdida en que sucumbía a ese femenino arrebato por seducir al más canalla, peligroso y temido de toda la tribu urbana. Y ese no era otro que Joe. 'Mira 'cuenta animada al rescatar del baúl un viejo álbum de fotos oculto durante años-, aquí esta él con Harthorne Wingo (compañero de Hammond en los Jets

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de Allentown de la desaparecida EBA, miembro de la plantilla neoyorquina campeona del 73 y posterior toxicómano profundo). Y este otro es Herman Knowings (el 'Helicóptero', el más asombroso volador que haya dado nunca la Gran Manzana fallecido en 1980 al mando de un volante que devoraba arriesgadamente la noche). Y fíjate, este es nada menos que Earl Manigault. Dios, Joe le idolatraba como a ningún otro. Jugaban juntos horas y horas en el parque Mount Morris de la 124. Por aquel entonces llamaban a Joe 'Dirty Hand' porque cuando ya no había luz y era imposible seguir, las palmas de sus manos eran del mismo color que su piel, negra como el alquitrán'. Seducido por una irresistible curiosidad, Vincent depreda con los ojos aquel misterioso tesoro hasta agotar cada punto de su imaginación, momento que aprovecha ella para seguir: 'Recuerdo que 'The Goat' le advertía que no siguiera su camino, que era demasiado bueno para acabar como él, que fichara por algún equipo de verdad, que ganaría así mucho dinero. Pero a Joe le gustaba hacer las cosas a su manera. Y yo acabé haciendo lo que él quería. Era la reina de sus chicas y él era el rey de la calle. No había ningún jugador como él, ninguno, y todos le trataban como a un rey de verdad'. El álbum continuaba revelando imágenes maravillosas por las que pujaría carísimo cualquier coleccionista. A cada página una nueva joya y más y más talentos prematuramente apagados por la droga, el delito o el 'no se supo más de él'. El loco 'Fly' Williams y el salvaje 'Terminator' Matthias aparecían después junto a Hammond en un torneo de LaGuardia en la 116 cuyo parque Memorial House preside una placa dorada donde aparecen nombres como Kevin Williams, Walter Berry, el difunto Malik Sealy y Chris Mullin. Nombrar a Joe Hammond en cualquier ghetto neoyorquino, más allá incluso del anillo urbano de Harlem, es resucitar el recuerdo todavía vivo de un dios negro de los setenta que asombró a las multitudes que le vieron jugar en plenitud. Dueño de un baloncesto extrañamente superior, diferente, arrogante y preciso, no hubo en aquella época ningún otro jugador marginal por el que se ocuparan franquicias profesionales con tanta insistencia que sobre él. Lo que otros habrían soñado fue algo que Hammond rechazó hasta la saciedad.

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Y este fue sin duda el ingrediente más destacado en el vago perfil de su leyenda, ser un aborigen hasta el final. Un final que sólo llegaría con la edad y los tremendos abusos, por el deterioro físico producido por una profunda adicción a cualquier cosa que le dejara postrado días enteros en el sillón de cualquier apartamento de camellos, los peores que quepa imaginar, incluidos él y su tío Willie, ocho años mayor y con quien Joe malvive hoy en un pequeño apartamento al este de Harlem, en la calle 114 de Lexington, frente a una inmensa colmena de viviendas de bajo coste. Willie fue su primer camello y después su primer cliente. 'Mi tío y yo hicimos muchas porquerías juntos, pero es un buen tipo. Hoy en día es la única persona que tengo', señala Hammond a sus 51 años, con la voz completamente quebrada y un rostro endurecido que asusta. Joe cuenta con poca compañía más, la de sus dos grandes amigos criados a su lado, Mike Kookoo y Mingo Mason. 'Venían a jugar cuando eran niños. Yo solía velar por ellos y ahora son ellos los que velan por mí'. Que un día fuese Hammond nada menos que Rey y hoy nada más que grava de la calle viene a consolidar el habitual devenir de tantos y tantos ejemplos que se quedaron en nada, siendo su caso mucho más destacado por subrayar cada episodio de un máximo que tan sólo le distancia de Manigault o Knowings por la mayor atención de un ángel de la guarda del que otros mitos hoy fallecidos simplemente carecieron. 'Aquellos fueron días de gloria, pero yo arrastraba siempre muchísima mierda conmigo y pensé que debería ser así para siempre. Y aquí estoy, muchos años después, vendiendo maletas, botas y cintas de video en la calle para poder sobrevivir. Dejé escapar mi oportunidad, tío, y ahora que lo pienso siento que tenía un nudillo por cabeza'. Hay quienes venden su alma al diablo por un momento de gloria. Magic Johnson declaró que no le importaba morir mañana tras disfrutar de una existencia inimaginable. Puede que en Hammond encontremos un caso similar de certeza sobre errores cometidos, sí, pero de difícil arrepentimiento consciente. Los efectos secundarios, irreversibles en muchos casos, continúan velados en la memoria de quienes han protagonizado alguna vez episodios como el que se relata a continuación. En toda competición en el mundo (NBA, NCAA, ACB, Lega, JJ OO, etc) cabe la eterna discusión sobre el mejor partido en el curso histórico de cada una de ellas. Es difícil el acuerdo pero - 22 -

curiosamente sí parece haberlo en el vastísimo universo del playground americano y conviene culpar directamente a Joe Hammond. Los viejos del lugar jamás podrán olvidar aquella tarde inigualable en la Rucker de 1970, cuando los Milbank Pros de Hammond dieron en la final contra los Westsiders de Julius Erving. Resulta curioso comprobar cómo la coherencia de las rivalidades se prodiga precisamente en la oposición de los protagonistas: igual que los Lakers de Johnson fueron todo lo remotos posible a los Celtics de Bird, así Milbank y The Westsiders eran el día y la noche en el baloncesto suburbano.

_____________ Milbank era pura sangre de Harlem, una insuperable comunión debrothas' del vecindario, auténticos fenómenos nativos del pavimento duro como 'Pee Wee' Kirkland, Eric Cobb, Joe Thomas, Jake Ford y por encima de todos Joe Hammond. Westsiders era un milagro construido seriamente por Peter Vecsey, un sueño de llevar al cemento una orgía de talento universitario (más próxima inmediatamente después a la ABA que a la NBA) como Charlie Scott, Billy Paultz, Mike Riordan, Brian Taylor y para colmoJulius Erving. La inminencia de aquel combate fue la más proclamada en la historia de la NYC y por ese mismo motivo la mayor parte de los guettos al este y oeste de Harlem quedaron esa tarde desiertos para acudir a la 155 de la octava avenida. Jamás se sabrá con exactitud cuántas almas peregrinaron a aquel acto religioso pero las crónicas señalan que la jornada de la policía blanca fue especialmente dura aquel día. Quienes no pudieron acceder al interior del vallado subieron a las cornisas de la vieja escuela y ocuparon la azotea; los árboles sufrieron como nunca e incluso los chicos se turnaron por parejas para subirse a hombros. Se dieron más robos de coches de lo habitual y casualmente la mayoría fueron encontrados por los aledaños del parque, algunos inservibles al quedar aplastados por el peso de la multitud. Dicen además que en el verano de Harlem, el pobre pavimento no devuelve el calor al aire y tan sólo los indígenas pueden soportarlo' hacinados. Por todo ello el corazón más profundo de Nueva York era aquel día negro, venal y racialmente negro. Pero alguien faltaba allí. Con el partido a punto de empezar y como de costumbre nadie sabía dónde demonios estaba Hammond. - 23 -

Milbank prolongó con triquiñuelas el inicio del choque 'calentando' demasiado y como los árbitros, especialmente el veterano Lee Jones (varias veces asistido después con toallas mojadas), intuyeron rápidamente el truco dejaron bien claro que el partido se jugaría con o sin él. Y así la multitud empezó a repetir a coro: 'We want Joe! We want Joe!', y finalmente, con un retraso infame, el carnaval se desató' sin Hammond. La primera parte fue cruel para Milbank y los Westsiders dominaron cuanto y como quisieron. Sin rival a su medida y motivado por la muchedumbre Julius se recreó en sus acciones como nunca. La ventaja alcanzó muy pronto el doble dígito y así los aficionados, que querían pelea de verdad, reforzaron con más insistencia sus cánticos al sospechar que por la maldita cabeza de Hammond se quedarían sin el duelo más esperado (Dr J y él eran los dioses del momento), un duelo que muy probablemente nunca volvería a repetirse. Mike Kookoo, de ocho años de edad cuando su padre le llevó allí, recuerda emocionado la reacción de la gente: 'La multitud empezó a golpear el suelo con los pies, a patalear como loca y parecía de verdad un terremoto en pleno corazón de Nueva York'. De repente ocurrió algo en algún punto fuera del parque que incorporó en dominó a todos y les distrajo maquinalmente de la escena. Como contagiados por la gran promesa el revuelo fue de tal calibre que a punto estuvo de detener incluso el partido. Y es que Hammond, seguramente a posta, impulsado por su arrogancia de poder y ruego, se presentó de pronto' ¡en una limusina! Y antes de que pudiera poner los pies en el suelo una verdadera horda de gente abordó el enorme vehículo: chiquillos suplicando un autógrafo del héroe local, amigos y clientes obligados a saludarle, mujeres que perdían cualquier dignidad por hacer blanco de su atención e incluso varios reporteros de baja reseña (contactos del Vecsey del Daily News) mendigando una razón a su ausencia. Con la policía nerviosa por controlar el vasto perímetro de aquel circo, Hammond parecía una estrella de cine que llegaba allí para estrenar su película, una película de tan sólo 24 minutos. En mitad del descanso el desorden alcanzó tal grado que tras despojarse Joe de su ropa de calle en el banquillo se levantó al tendido y brazos arriba replicó a gritos 'I'm here' I'm here!'. Aquel afro de bigote fino, remota sonrisa y aspecto amenazante, portaba una sucia venda en su muslo izquierdo y las zapatillas más viejas que quepa imaginar, - 24 -

lejos de las Chuck Taylor y White Converse que el resto guardaba para sus mejores galas. Hacía calor pero Joe' sudaba demasiado. Su sola llegada trastornó las evoluciones de los Westsiders porque Vecsey, como inquieto pese a la escandalosa ventaja de su equipo, situó a su segundo mejor anotador, Charlie Scott, como perro de presa de Hammond. Y al primer ataque el balón, poderosamente imantado, fue a parar a las manos de Joe que para calentar aprisa arrojó una suspensión que terminó dentro. Cuando seguidamente los Westsiders pusieron el balón en juego, Kirkland, el triple de jugador con Hammond a su lado, robó el balón y por detrás de la espalda envió un fantástico pase al mito para machacar de forma tan salvaje que a punto estuvo el aro de besar el suelo. Y la multitud se volvió loca, las gradas se levantaron y algunos cayeron hacia delante con una momentánea invasión de la pista. Los Westsiders estaban como ausentes, aplastados por un hechizo fulminante; todos' salvo uno para quien todo aquello era su mejor caldo de cultivo. Era el turno de Dr J, que tras las dos traiciones apresó con fuerza el balón de manos de Taylor en la alta bombilla, penetró decidido a canasta y embriagó al cielo una de sus gráciles bandejas para dejar claro que allí estaba él. Y un grito sordo martilleó entonces el corazón de Harlem y todos los presentes pudieron oírlo: Take that! I'm here, man, I'm here too. Don't forget it! Durante un lapso divino los dos dioses se batieron en un duelo solitario pero los Westsiders veían cómo gradualmente se esfumaba su ventaja y pasaron a reforzar como nunca la voluntad en defensa situando desesperadamente a Erving como marcador de Hammond. Esta circunstancia gloriosa elevó el acto a su momento cumbre y así lo sentencia Mallozzi en su impagable monográfico: ''and sending the crowd into the outer limits of hysteria'. Asimismo el entonces niño Kookoo recuerda que 'hubo unos instantes en que parecía que le iba a detener pero en cuanto Joe tuvo la ocasión de hacer suyo el balón, Doc no pudo hacer nada por pararle, nada'. Y así fue hasta el punto de que puede considerarse aquella segunda mitad la actuación más memorable de un solo jugador en la historia no sólo de la Rucker sino de cualquier otra competición en la calle. Todo el inmenso talento de Hammond quedó poseído entonces por aquella especie de vudú anotando como quiso a cada balón que tocaba y tan sólo una mayor sofisticación de la escena le separó de iguales embrujos sufridos por Bird, Jordan o Thomas en - 25 -

la NBA (no más de cinco en suma). No se equivocan quienes le sitúan incluso por encima de ellos pues Hammond alcanzó la milagrosa cifra de 50 puntos en aquella segunda mitad que le otorgó el MVP del torneo. Pero los 39 de Julius Erving y la eterna lógica de este deporte justo inclinó la victoria para los Westsiders después de' ¡dos prórrogas! y la urgente presencia de los responsables de la escuela para improvisar el alumbrado luego de caer la mágica noche sobre el paraíso. Después de aquello Hammond se ganó una corona muy especial en el folklore profundo de las tribus neoyorquinas. Casi un cuarto de siglo después, aquel partido continúa siendo recordado como el mejor y más legendario en la historia de Harlem.

Después de aquel día la Rucker quedó consagrada definitivamente como el santuario más genuino del Baloncesto negro en el mundo, una cima de la que sólo podía devenir una lenta decadencia como la historia demostraría después. La fama de Hammond creció como la espuma (mucho más que la de Manigault) ganándose para siempre el apelativo de 'Destroyer' por su ensañamiento en destrozar al defensor que tuviera delante. Al poco su colega Wingo se enroló en los Jets de Allentown y consiguió convencerle para seguir sus pasos. Fue un bonito propósito de alejar en lo posible a Joe de sus peores vicios con la excusa de llenar ratos libres, extender su sadismo sobre víctimas 'arregladas' y por qué no, hacerlo además bajo techo cuando el frío y el agua anegaran la ciudad. En los peores momentos de la infeliz Eastern Basketball Association -así llamada entre 1970 (EPBL) y 1978 (CBA)- se llegó a no cobrar por jugar e incluso podían bastar cinco hombres por bando para empezar el partido y resistir así la competición en torno a un baloncesto de escaparate barato, un curioso mercadillo ambulante donde la ociosidad de algunos ojeadores podía encontrar nido. Y en los graderíos de colegio donde jugaban los Jets, habitualmente vacíos, empezaron a prodigar las frías carpetas - 26 -

y murmullos de desconocidos muy serios. Esto a Hammond le traía sin cuidado. Enterado de que cierta élite profesional acudiría la siguiente noche a verle' no se presentaba. Y de tan frecuentes las burlas muchos se cansaron de perseguirle y llegaron incluso a enviar a sus franquicias informes falsos sin haberle visto realmente jugar. Hammond era incapaz de encajar en ningún equipo de ninguna clase (los Milbank de la Rucker no eran más que sus brothas...) porque le repugnaba la disciplina y sobre todo la ley y el dinero blancos. El All Star de la Eastern League agrupaba a los mejores jugadores de las pequeñas ligas del Atlántico y Hammond fue invitado a participar en la edición del 71 dejando boquiabiertos a todos por la insultante superioridad mostrada en apenas unos minutos de juego, los suficientes antes de largarse a vender. Con apenas 20 años y habiéndose ganado un lugar mayúsculo en la pequeña liga, jamás se le rindió un solo honor por una mera cuestión de forma, de igual naturaleza política que los últimos despidos del Rodman profesional; algo insólito cuando elevó a los Jets al trono de la década (campeones en 1968, 1970, 1972, 1975 y 1976) en torno a Wingo, Eddie Mast, Ken Wilburn, Dennis Bell y posteriormente Aulcie Perry, Major Jones y Greg Jackson. Desde 1928 ningún jugador como Hammond había pisado la liga comercial pese a joyas como Love, Criss, Arizin, Heyman o Ramsey, pero ni siquiera el 50 aniversario se mostró indulgente con su fama, la peor que pueda imaginarse. Sin embargo sí hubo una mirada persistente sobre él que llegó a acudir de incógnito a la 155 de la octava avenida para verle en acción. Los Lakers, trisubcampeones de la NBA por aquel entonces y humillados pese a Chamberlain en abril del 71 por los Bucks de Robertson y Abdul Jabbar, buscaban un tercer hombre de recambio al intocable trío de perímetro West-Baylor-Goodrich, incapaz de detener el chorro de carreras de un Greg Smith desatado en aquella serie. El culpable de la obsesión por Hammond, de 1.93, fue Bill Sharman, fichado aquel verano para sustituir a Mullaney en la dirección amarilla. Sharman venía de ganar la ABA con Utah tras otros dos años con Los Angeles en la liga pobre, donde había visto de todo y no le asustaba lo más mínimo un negro más por incorregible que fuese. Y así convenció al propietario Jack Kent Cooke de que Hammond era su hombre, la pieza que añadir a la mejor plantilla de la historia angelina hasta entonces. - 27 -

The Destroyer fue elegido por los Lakers vía Hardship Draft, una selección alternativa de jugadores que no habían cursado o terminado los estudios, o como en el caso de Hammond, que no habían conocido colegio alguno. Aun a riesgo de equivocarse apostaron fuerte por él, muy fuerte, ofreciéndole el doble que a cualquier novato (salvo Cleamons) fuera de primera ronda: 50 mil dólares, un coche y una casa en Los Ángeles, un lujo que supuestamente no podría despreciar. Pero Hammond no contestó. Simplemente siguió con su vida como si nada hasta que arrancando la nueva temporada los Lakers jugaron en el Madison y Sharman retuvo a su equipo un día entero en NYC para tratar de dar de una maldita vez con él. Algo que sólo un superviviente de la jungla ABA podría hacer. 'Eso era algo que no había ocurrido nunca 'señala Vecsey-, pero el colosal talento de Hammond era un motivo muy especial. Incomprensiblemente a Joe le tuvo sin cuidado el interés nada menos que de los Lakers porque simplemente ganaba mucho más dinero en las calles'. Esta es la gran verdad en Joe Hammond. La gran mayoría de leyendas truncadas respondieron siempre al vago perfil de la delincuencia menor, buscándose la vida por una miserable dosis (The Goat no hacía más que pequeños servicios de entrega rápida) o dando en una mala noche que les condujera a la sombra, pero en el caso de Hammond hablamos de uno de los narcos más importantes del este de Harlem en los años setenta. Joe, su tío Wilie y varios secuaces formaban una banda que controlaba una vasta zona de manzanas entre la 95 y la 155 y que abastecía a millares de clientes. Desde que viera la luz nuestro hombre no conoció otra vida y de no ser por la experiencia de su tío se hubiera guardado incluso de llevar un revólver en el calzón durante los partidos, algo que todo el mundo conocía. Al poco, Joe relevó a su tío como cabecilla por mera selección natural. Cuando tío Willie quiso evitarlo era demasiado tarde. Y es que llegada la noche el desfile de gente que durante horas entraba al apartamento se dirigía con fervor a él y muchos le dedicaban grandes elogios sobre tal o cual jugada, tal o cual partido, que ciertos o no tan sólo buscaban un grado más de generosidad en las entregas. Pero que Joe se enrollase dependía en realidad de la calidez del limbo donde estuviera aquella noche. Y - 28 -

todos sabían que de no verle andaría dentro con jovencitas o simplemente no estaría presentable para nada. ¿Cómo concebir entonces una relación de Hammond con el baloncesto profesional? Ese era un matrimonio remoto. Así lo cuenta él mismo: 'Aquellos tipos debían pensar que le estaban ofreciendo el mundo a un miserable negro del guetto pero yo no necesitaba para nada su dinero. Vendía droga y jugaba a los dados en la calle desde que tenía diez años. Con quince tenía una cuenta secreta de mi padre en el banco de unos 50 mil dólares y cuando los Lakers me hicieron la oferta tenía unos 200 mil pavos en mi apartamento. Yo ganaba miles de dólares vendiendo heroína, cocaína, 'crack' y marihuana. 'Para qué necesitaba los 50 mil dólares de los Lakers? Lo único que hice fue decirles que yo merecía lo mismo que sus jugadores porque en realidad era mucho mejor que la mayoría de ellos, pero rechazaron pagarme más. Ellos no podían entender cómo un pordiosero podría estar regateándoles así y por supuesto tampoco yo les dije por qué'.

Sharman y los Lakers salieron despavoridos en cuanto comprendieron dónde se habían metido. Por desgracia aquello previno a otros muchos de contratarle y el futuro de Hammond murió para siempre allí mismo, en su jaula de asfalto. Joe vivía muy bien, movía mucha pasta, gozaba de cuantas mujeres y droga quisiera, era respetado, jugaba como los dioses donde más adoraba hacerlo pero su fortaleza de Harlem, donde el horizonte no se ve, era todo cuanto conocía en vida. Así, cuando la noche del 7 de mayo de 1972 la ABC emitía a escala nacional la celebración angelina del título NBA, un negro cualquiera al otro lado del país ahogaba penosamente su inconsciencia sobre una cama' con la única compañía de un revólver cargado. Esta fue realmente la intolerable miseria de uno de los mejores jugadores de baloncesto de todos los tiempos. Curiosamente todavía hubo alguien que se atrevió con el rey del hampa. Lou Carnesseca, por entonces en los Nets de la ABA (7073) confió en que uniéndole a Julius Erving amansaría - 29 -

definitivamente a la fiera. Pero no tuvo nada que hacer. Hammond mandó también al carajo al equipo que recogería el trono neoyorquino en la liga pobre. 'Joe tenía unas habilidades asombrosas'recuerda Lou-, todas ellas adquiridas en el juego de la calle y estoy seguro que hubiera tenido un futuro increíble. En cierto modo fue precursor de Magic y los tipos parecidos. Me atreví a ofrecerle un contrato abierto de tres años para jugar con nosotros pero él lo rechazó'. No hay diferencia entre una y otra oferta. Las razones siempre fueron las mismas y Hammond nunca las escondió: ¿La gente todavía me pregunta cómo demonios rechacé jugar con tipos como Chamberlain o West, pero por aquel entonces era dueño de un nightclub, dos apartamentos y un piso. Oye, 'de veras quieres saber la pasta que tenía? Pero tío, si tenía dos coches de lujo y ni siquiera podía conducirlos''. Sabiendo esto, concluye uno rápidamente que aquella limusina que condujo a Joe al cielo de la Rucker en 1970 no fue más que otra de sus escenas, uno más de sus desesperados intentos por escapar a la pobreza para la que forzosamente había nacido. Que conociese a Doctor J tampoco cambiaría las cosas. Razón por la que Vecsey añade que 'Joe era un fuera de serie que fácilmente podría haber sido profesional, pero cayó en el error imperdonable de no seguir el camino de Julius'. Así es. Hammond haría de la calle su fortaleza como rey de la selva sin sospechar para nada que no pasaría mucho tiempo antes de que su reino se desmoronase del todo. Terminando los años setenta The Destroyer trasladó el sentido de su apodo sobre sí mismo. Relevado por las nuevas hordas delictivas no tardó mucho en quedarse completamente solo. Para evitarlo recurrió al dinero para rodearse de gente con quien despilfarrar a mansalva pero en cuanto el botín se agotó' se encontró en el pozo la nada. Ya no vendía nada y cuando después trató de recuperar el negocio consumía demasiado para sacar algo en limpio. Para colmo la cruzada antidroga de la era Reagan le cogió por sorpresa. Las cosas habían cambiado aprisa y así en 1984 fue acusado de narcotráfico, pasando un auténtico calvario por distintas prisiones durante toda la década. Cuando finalmente quedó en libertad su fortuna, como toda su vida pasada, se había esfumado al completo.

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Cuenta Mallozzi en aquella joya del 94 que en mitad de la entrevista, Hammond suplicó que le prestara dos dólares, tan sólo dos dólares y con eso' bastaba para continuar. Seguramente ni siquiera fuesen para él sino para la cena de su tío. Pasar más de la mitad de sus 60 años entre las cloacas más duras del Harlem profundo ha marcado el desolador aspecto del tío Willie. Una voz completamente destrozada le delata como un gángster de otra época. Hoy pasa sus días hurgando entre los contenedores mientras Joe trata de hacer algunos pavos que llevar a casa vendiendo cosas que nadie quiere. 'Mi sobrino tuvo una oportunidad pero es difícil acertar cuando tenías a cientos de tipos cada noche frente a ti y una tía colgada de cada brazo para gastarlo todo. Maldita sea, cuando recuerdo el grandioso jugador que era, de veras que todavía me emociono. Si le ocurría algo bueno, como que le llamaran los Lakers o los Nets, ocurría que algo malo le pasaba también. Siempre estuvo en medio de direcciones opuestas'. Hoy en día Hammond está libre de pecado. Todavía acude regularmente al Addicts Rehabilitation Center porque allí le quieren simplemente como Joe, y entretanto, visita a su hermana Joy o frecuenta el Wagner Projects, un centro de acogida donde su musa de juventud, Beverly Seabrook, cuida de sus cuatro hijos (de tres madres distintas) y otros tantos nietos. 'Me hace olvidar las cosas malas que todavía me apetece hacer. Me mantiene alejado de los peligros que siempre me acecharon en la calle'. Y cuando deambula por la Pleasant Avenue con esa vieja mochila donde cabe toda su vida, a menudo le detienen algunos padres de familia que le presentan a sus chicos diciendo: 'Mira, hijo, este es Joe The Destroyer, un día anotó 50 puntos sobre Dr J'. Y Joe se limita a esbozar una ligera sonrisa agradecido por los elogios de los chicos, que habitualmente le recuerdan que por lo que cuentan sus mayores Joe fue el más grande, sin poder evitar a la vez caer decepcionados al ver el terrible aspecto de ese viejo pordiosero al que la diosa fortuna abandonó cruelmente a su suerte. ¿Toda la gente habla de mi pasado. A veces tengo la impresión de que los que hablan de mí lo hacen como si hubiera muerto o algo parecido'. Sintiéndose así como un zombie errante, Joe mueve la cabeza contrariado y añade que 'no es esa la forma en - 31 -

que quiero que me recuerden'. Con todo, termina por reconocer que de no haber sido así las cosas atrás y de no ser así hoy, no sería Joe Hammond. 'Imagino que esa es también la madera de la que están hechas las leyendas, 'no?'. Así es, Joe, porque en realidad fuisteis tú y otros tantos niggers negados para la gloria, la verdadera inspiración de aquel grito de guerra obra del mítico Gil Scott-Heron que incesantemente repetía a golpe de funk 'Yeah, baby' THE REVOLUTION WILL NOT BE TELEVISED'.

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RAYMOND LEWIS______________________________________ El verano del 65 fue especialmente caluroso en la costa oeste. No se bajaba de los 35 grados hasta bien entrada la noche, ni tampoco era raro que a eso de las tres de la tarde el manto de aire sobre el pavimento superase los 50. Y eso alteraba los nervios a cualquiera. Precisamente a esa hora, a esa maldita hora de un viernes 13 de agosto en el angelino distrito de Watts, un agente de la policía blanca arrancaba de cuajo de una baja ventana el tablón de madera que el padre de familia había colocado para proteger a sus hijos de lo que estaba pasando afuera. Los niños rompieron a llorar pero tuvieron suerte: no iba con su familia... de milagro. Con el tablero en la mano, el policía sacó del bolsillo un rotulador y a trazo grueso, con una caligrafía de tosca formación, escribió apurado: 'GIRE A LA IZQUIERDA O SERÁ DISPARADO'. Acto seguido improvisó el cartel como barrera en mitad de la calle 115 (ver fotografía). Al otro lado del barrio, en la 120, y en las alas este y oeste más y más patrullas de policía convirtieron Watts en la peor ratonera imaginable. No se podía entrar ni salir de allí. Unos días atrás y fruto de la desesperación, la barriada había irrumpido en el caos y la anarquía. A la primera horda de detenciones sucedió el estado de sitio y aquel fatídico día se abrió la veda. Todo valía. Los disturbios duraron seis días y se saldaron con 32 muertos, casi todos negros. Esa fue la cruda realidad que apenas sirvió para nada. No se puede entender la América de segunda mitad de siglo sin recordar aquel terrible polvorín que mostró al pueblo americano de una vez para siempre la corrupción y miseria en que la sociedad blanca había sumido a la comunidad negra en algunos puntos del país, especialmente en las grandes urbes de las que tanto orgullo exhibía América. No. Esta vez no habrá mates increíbles ni glorias de un solo día. Tan sólo una historia desoladora, puede que una de las más terribles con el Baloncesto como telón de fondo. Bien lejos del 'American Way of Life' pero bien dentro de aquella jaula en pleno corazón de Los Angeles malvivía un chiquillo de 12 años llamado Raymond Lewis. Aquel niño quedó marcado para siempre por el recuerdo de aquella terrible experiencia. Las palizas y cuerpos negros desnudos contra la pared, los disparos, la sangre, los cadáveres friéndose sobre el asfalto, el estruendo de las porras golpeando las puertas en mitad de la noche, su hermano mayor apretándole fuerte bajo el camastro... Es difícil imaginar las - 33 -

consecuencias de un impacto tan atroz sobre un alma tan tierna. A nosotros sólo nos cabe revelar una: un ansia inconcebible por salir de allí cuanto antes y llevarse consigo a la familia. Valiéndose de una analogía cinematográfica, Watts era una réplica exacta de la Ciudade de Deus brasileña y donde el perverso Ze Pequenho hubiera venido representado por nuestro anterior hombre, Joe Hammond, el correcto Buscapé y su sueño de salir de las favelas por medio de la Fotografía vio reflejo en Raymond Lewis en nombre del Baloncesto. No hacía falta demasiado. Un neumático de camión colgando de dos cuerdas junto a una pared en plena calle bastaba para improvisar su primera relación sexual con este juego. Sabiendo que el pequeño venía fuerte su hermano mayor (como Larry Jordan hizo con el pequeño Mike) se encargó de torturarle a base de interminables 'one on one' con el único fin de explotar su inmenso talento como trampolín para la familia. Y Ray se hartó tanto de perder aquellos centavos con él que una vez consiguió derrotarle se convenció de que nunca ya podría perder... con nadie. Justo antes de entrar en el instituto, Ray alcanzó para siempre su metro ochenta y cinco. Pero no era como los demás. Era mucho más rápido e inteligente, mucho más vivo y feroz, dotado de un asombroso talento que sorprendía pudiera haber nacido en aquella miserable celda urbana. Todos lo sabían. Y en aquella solitaria lucha contra el mundo se había granjeado un carácter de hierro. Era el líder natural de una de las muchas cuadrillas del ghetto y se ganó un respeto enorme sin poner una mano encima a nadie, sin una estúpida arma que portar. La suya era el balón y su campo de batalla the court. Así que con apenas 15 años se había convertido en un dios dentro de su comunidad. Eran los mayores quienes empezaron a persuadir a su padre que había que sacar de allí al chico porque era demasiado bueno. 'Ningún tío que haya jugado a esto fue tan bueno como Raymond. Cuando le veías con el balón parecía como si él midiera nueve pies y el resto tan sólo dos', señala Dwight Slaughter, su mejor amigo en vida y caído posteriormente con él. 'Toda la comunidad éramos una familia pero Ray era ese tipo de tío al que si no le besabas constantemente el culo no podías formar parte de su círculo más cercano. Y uno lo hacía porque realmente le idolatrabas. (...) En realidad su talento le granjeó una gran autoridad. Fue un demonio de tío'. Raymond era excluyente, salvajemente elitista; si no eras bueno, si no eras - 34 -

competencia digna para él, no jugaría contigo. 'Creciendo en Watts, notabas la presión de ganar y ser realmente alguien; era la única forma de hacerse respetar o más allá, tener una posibilidad de salir del guetto'. En la más alta cima de aquella presión se encontraba el joven Lewis, convencido de que su rendimiento sería el único billete posible de salida. Juntos fueron compañeros en la Verbum Dei de la calle 110, allá donde como no podía ser de otro modo la fauna era pobre y potencialmente peligrosa. Aquella escuela católica muy próxima a Central Avenue agrupaba entre negros y latinos a unos trescientos chicos entre noveno y duodécimo grado. Aunque pequeño, la presencia de Raymond convirtió a aquel colegio en el deportivamente más poderoso de la zona en los últimos treinta años. Al segundo año Verbum ganó el primero de siete campeonatos consecutivos de la CIF Southern Section. Como junior y senior fue nombrado jugador del año. Fue ese el motivo de que ojeadores de bajo rango comenzaran a pulular por la zona. Cuentan que hubo partidos en que no falló ni un solo tiro y entrenamientos en que apostaba con sus compañeros bombas sin fallo desde 25, 30 y 35 pies. Y eso que su fuerte era el manejo de balón. Era literalmente imposible quitárselo de las manos. Jim Harrick, entonces técnico de la Morningside High School, contó a un periodista del LA Times que no había visto nada igual en su vida con una sentencia elocuente: 'Raymond Lewis is All-World. No, make that All-Universe'. Al término de su periplo escolar dio comienzo su carrera por tratar de hacer las cosas de la peor forma posible. Y sin querer arrastró a su gran amigo Dwight, nombrado aquel último año All-American. 'Yo podría haber ido a la universidad que hubiese querido. Pero Ray me habló de ir juntos donde él decidiera y yo lo hice aunque mi madre me suplicara que no. La verdad, tenía una gran influencia sobre mí'. De aquella remota cosecha del 71 el Top en los Prospects venía coronado por las figuras de Les Cason ('the next Lew Alcindor', como rezaba una reseña de la Sports Illustrated) y Raymond Lewis, de quien Jerry Tarkanian llegó a declarar sin haber pisado aún ninguna universidad lo siguiente: "You can take the five best defensive players in the NBA and they couldn´t stop this kid". Tarkanian, entonces en Long Beach State, fue el primer mecenas simbólico que tuvo Lewis, el hombre que con mayor empeño trató de hacerse con sus servicios, el primero de los varios entrenadores que - 35 -

llegaron a pisar la pobre casa de los Lewis. El Wooden de UCLA, mucho más elitista, envió allí a varios emisores pero Raymond mandaría a todos al garete por una miserable razón de cuatro ruedas que relataremos en la próxima entrega.

La entrega anterior fue el prolegómeno a una historia desoladora. Terminamos en el preciso instante en que Lewis, en la primavera del 71, abandona para siempre el instituto. Todo lo ocurrido con él a partir de ese momento conviene cogerlo con pinzas y hay que hilar verdaderamente fino para establecer una razón aparente a una secuencia de errores, aun a día de hoy, difícilmente entendibles. De hecho, tres décadas después la historia de Raymond Lewis continúa sumida en una serie de sombras de un alcance deportivo muy paralelo a lo que a la política supuso el caso Kennedy. Universidades, franquicias NBA, altos cargos deportivos del país' mucha gente caería arrastrada por la verdad si algún día se aclarase todo lo sucedido, cosa ya del todo improbable. Este es el motivo por el que su caso se ha silenciado con fuerza hasta caer sepultado en el más profundo olvido. Hammond eligió el narcotráfico antes de ser rechazado, al igual que Manigault lo sería después, pero el caso de Lewis resulta escandalosamente especial. Multitud de diálogos ocultos en los despachos apenas si duraban entonces unos pocos segundos: -A nigger of a guetto? -Yeah, he's good, really good. -No, no' -Why? -No more problems, man. Let him for the ABA. Los grandes jugadores fueron siempre elegidos por las distintas universidades; el resto tuvo que aguardar al oportuno hueco de una de ellas. Pues bien, en el caso que nos aborda deberíamos abrir una tercera categoría: la de Raymond Lewis. De entrada no vale acusar a su entorno (como tantísimos casos) para ninguna de sus decisiones. Raymond actuaba solo, demasiado solo. Así por mera dejadez no contempla ni el prospecto de la prestigiosa USC y antes de que haga lo propio con la poderosa UCLA (inmersa en la más gloriosa dinastía universitaria de todos los tiempos), sucede algo - 36 -

imprevisto que a Raymond le tiene sin cuidado. John Wooden rechaza rotundamente su nombre. Y lo hace a sabiendas de que en la lista de sus ojeadores el chico aparecía en primer lugar por delante de Les Cason. La razón será estrictamente académica. La máxima del viejo era implacable: si no eras muy bueno en clase darías problemas para trabajar a sus órdenes. Y a decir verdad la hoja académica de Lewis no era en absoluto agradable. Daba lo mismo. La distancia entre Raymond y UCLA era más grande que todo el ancho del país. 'Qué quedaba entonces? Quedaba para empezar quien más cuidado puso en su frágil figura: Jerry Tarkanian y su golosaLong Beach State. Tarkanian ya se había acercado varias veces al domicilio de los Lewis y aquel verano parecía existir un acuerdo tácito entre el chico y Long Beach. Pero de pronto el pacto fue más allá de las palabras y puede que aquel asunto se le escapara de las manos al propio Tarkanian. Porque no había razones muy claras para que de repente un chico del guetto apareciese por las instalaciones de la Universidad conduciendo alegremente un ¿1973 GTX' negro valorado en varios miles de dólares. Nadie se hizo demasiadas preguntas. Pero la cosa no terminó ahí. Gracias a aquel coche Raymond escapó unos cuantos kilómetros más allá. 'Destino? El campus de Los Angeles State, dirigida por el ambicioso Bob Miller. Tampoco nadie supo muy bien cómo en apenas dos semanas Raymond cambiaría de coche. Ahora conducía un lujoso 'Corvette Stingray' rojo. De cómo fue aquello posible es algo que probablemente nunca se sabrá. Que el lector concluya con facilidad la maniobra porque lo único claro de aquel grotesco episodio es que la familia Lewis lejos andaba de permitirse lujo alguno. 'Qué fue lo que ocurrió? Nos apoyamos dando un oportuno salto en el tiempo. A orden de la revista SLAM el periodistaPaul Feinberg trató de dar en 1995 con el difícil paradero de Lewis (sepultado en el olvido) para la elaboración de un reportaje sobre su figura que se pretendía definitivo. Titulado 'The Phantom (ya veremos por qué): The best that never was', Raymond hizo estas sorprendentes declaraciones:'No fui a Long Beach por dinero. No te voy a mentir. Yo adoraba a Tarkanian, fue un hombre muy especial para mí. Vino antes que nadie a por mí para incluirme en sus planes. La verdad es que me dolió rechazarle pero la idea del dinero era la que ganaba por encima de todas porque lo único que yo quería era salir de allí (de la miseria del guetto de Watts) cuanto antes y creí que hacía lo mejor'. Siendo apenas un niño - 37 -

Lewis entró así en un juego peligroso que le convirtió en presa fácil de las tretas del poder, algo que terminaría pagando después mucho más caro de lo que podía imaginar. Es curioso cómo entonces, en 1995, habiendo pasado tantos años y perdido cualquier esperanza, aún mantuvo la férrea compostura de no dar ni un solo nombre, ni una sola acusación concreta. 'La razón por la que digo todo esto es porque yo sé cómo los college hacen millones de dólares pero sin pagar a los chicos ni un solo centavo. Y yo sólo pedí hacer una excepción conmigo'. Aquel jovencísimo Raymond ignoraba a tal punto el modo en que se manejaban instituciones y personas muy ajenas a su vida anterior que a lo peor pensó que entraba ya en un mercadillo de subastas donde él se sabía la pieza mayor. Y nadie le dijo nada: tan sólo' le compraron. Y Raymond, en el colmo de la ingenuidad, sólo añadió una condición al coche: la presencia de su gran amigo Dwight Slaughter. No jugaría sin él. De ese modo tan lamentable (traicionando al hombre que más cuidado puso en él) terminaron los dos jugando en la LA State de Bob Miller para el curso del 72. Hay ocasiones en que los números hablan solos tan a las claras que con un dato basta: siendo freshman lidera la tabla de anotadores de todo el país con 39 puntos de media. Era tal su ansiedad por acabar pronto el college y ser profesional que nunca negó el hecho de que su paso universitario le resultó un doloroso trámite para llegar donde verdaderamente pretendía: la NBA. Antes de terminar una temporada conjuntamente mediocre (el college era un sparring) endosó a UC Santa Bárbara la friolera de 73 puntos. Al año siguiente terminaría con 34 segundo en la tabla de anotadores tras otro loco del playground ('Fly' Williams de Austin Peay), cosa que ocurrió por un imprevisto partido de suspensión por, cómo no, motivos disciplinarios. Bob Miller le venía pequeño, el equipo también, el college, la NCAA entera' había que salir de allí cuanto antes. Aquella segunda campaña estuvo marcada por dos encuentros y los dos curiosamente contra la Long Beach de Tarkanian. En el primero el equipo de Lewis perdió sin excusas pero en el segundo, celebrado en el gimnasio de Long Beach, Raymond se tomó el partido como una mezcla de revancha deportiva y demostración personal ante quien había confiado tanto en él. Tarkanian intentó todo para detenerle: le colgó como marcador a uno de los mejores defensores del país, Glenn MacDonald (héroe en la 3ª prórroga de aquel quinto de las '76 NBA Finals en el Boston Garden), logrando prolongar la agonía hasta una doble prórroga. - 38 -

Pero no hubo nada que hacer. Tarkanian perdió aquel choque y la estrella de Los Ángeles anotaría 53 puntos. El viejo, que siempre se comportó como un padre con sus chicos, no estaba dolido sino todo lo contrario. Al término del partido declaró que se alegraba muchísimo por Raymond porque parecía que las cosas le estaban saliendo bien. Y Lewis se tomó tan en serio aquella actuación, una más, y aquellas palabras de ánimo, que se juró no volver a pisar una pista universitaria tras dos años de íntimo dolor. Queda claro que Raymond Lewis sólo fue a la Universidad como forma de prepararse para los 'pros'. Era el momento de largarse. Dice Feinberg en su reportaje que es difícil saber dónde termina la vida y dónde empieza la leyenda de Raymond Lewis. Es posible, pero si hubiéramos de disipar dudas ante un momento concreto, urge escoger aquellos últimos días de la primavera del 73, cuando Raymond, solo como siempre, se declaró elegible en el 'hardship draft' (igual que hizo Hammond), una lista de 'malditos' que por sí sola ya presuponía un segundo plato para las franquicias NBA. El equipo de Philadelphia venía de arrastrarse en la peor temporada de todos los tiempos (9-73). La primera y última elección de primera ronda recaería sobre ellos. Por una mera cuestión académica, por un rango primario de prestigio, los Sixers dieron aquel número 1 a Doug Collins, all-american en Illinois State y anotador de los puntos 49 y 50 en la dolorosa final olímpica de Munich. Vaya por delante la excelente trayectoria universitaria de Collins (29.1) pero igualmente cabe destacar aquella velada mentalidad que trataba aún de premiar de algún modo a los sufridores de aquella final olímpica y sobre todo, la ignorancia real sobre el potencial deportivo, estrictamente deportivo, de Raymond Lewis, el mejor jugador de largo de aquel draft del 73 y apurando, uno de los diez mejores jugadores del mundo entonces. Así que Philadelphia escogió a Collins como número 1 cerrando Lewis la primera ronda como número 18. Con todo, ningún 'hardship' había alcanzado jamás una elección tan alta. Quedaron por detrás nombres como D'Antoni, McGinnis, Caldwell Jones, Larry Kenon o el mismísimo Cosic pero daba igual. A Raymond no le gustó nada ser segundo plato de alguien sobre quien se consideraba muchísimo mejor jugador. Aun así, había cumplido su sueño' 'o no?

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1973: la peor Philadelphia de la historia consumó así su doble opción en primera ronda con una primerísima elección para Doug Collins y una última (18ª) para Raymond Lewis. No había entonces en el mundo más de cinco personas (con Tarkanian y Bob Miller a la cabeza) que verdaderamente supiesen que se había colado en aquel draft (vía 'hardship') el mejor anotador puro de menos de 1.90 que hubiera dado el baloncesto americano jamás. Pero Raymond no entendió muy bien aquella elección. Cuando más satisfecho debiera haberse sentido al ver cumplido su sueño de alcanzar la NBA, fue gradualmente corroído de rabia por haber sido elegido no ya después de Collins sino de otros tantos 17 jugadores. Así fue a firmar el contrato sin sonreír a aquellos tipos extraños; unos secos saludos de manos, la firma y sin mediar mayores tratos se largó de allí. Cuando cayó la noche Raymond, de apenas 20 años, se encontraba encerrado en un pequeño motel de Philadelphia, a miles de kilómetros de su único hogar, el guetto de Watts. En la dolorosa soledad de aquellas horas empezó a sentirse humillado por aquella elección que veía como una injusta limosna. A la mañana siguiente y sin haber logrado conciliar el sueño corrió a las oficinas de los Sixers y, visiblemente alterado, exigió renegociar de modo fulminante su contrato. Los allí presentes se vieron sorprendidos por la extraña actuación de aquel chico, al que desconocían por completo. Cabe imaginar la desagradable escena de aquella mañana. Un buen número de agentes le habían estado merodeando desde sus últimas glorias de instituto pero a Raymond no le gustaba ni un pelo aquella gente, blancos de corbata y maletín que, sintió, le trataban con sucia arrogancia. Por eso Lewis nunca tuvo representante. Él se representaba a sí mismo y sin entrar a valorar sus formas, siempre se pudo puede apreciar su profunda ignorancia ante los modos de conducta útiles en la ciudad. Ni el fondo ni la forma gustaron en absoluto a los altos cargos de la franquicia, a cuyos oídos llegó aquel episodio de forma seguramente sucia e impersonal. Así Philadelphia hizo oídos sordos a la petición de Lewis pero en un primer momento actuaron con cautela, prolongando la negativa diplomáticamente para mantener por encima de todo las apariencias. El encargado de tomar cartas en el asunto fue Donald DeJardin, el - 40 -

entonces mánager general del equipo. Cuando Feinberg realizó en 1995 aquel monográfico para la SLAM no fue fácil hacer hablar a DeJardin, un tanto molesto por un incómodo asunto sepultado en el olvido. ¿Pasé mucho tiempo al teléfono con su padre, muchas explicaciones, un posible acuerdo y' tampoco. Otra vez a empezar. Lo único que querían era un mejor contrato para Ray'. Sin querer tratar directamente con el arriesgado atrevimiento del joven, los directivos sixers recurrieron al viejo Lewis para hacer entrar en razón a Raymond pero fue casi peor: 'Eh, oigan, si mi hijo pide un nuevo contrato sus razones tiene. Ustedes no saben lo bueno que es'. 'Pero qué hacían astutos oficinistas de ciudad hablando por teléfono con un veterano hombre del guetto tan sólo diestro en la supervivencia de su familia en la jungla? Eso fue lo que debieron pensar los cuellos blancos de Philadelphia porque verdaderamente estaban alucinados. En esa delicada situación dejaron correr los días hasta que dio comienzo el 'Sixer Rookie Camp'de verano. También elegidos, McGuinnis y Caldwell Jones continuaron en la ABA pero un variopinto grueso formado por Collins, Bristow, Minniefield, Royals, Freeman, Catchings, Wright y un largo etcétera fue el primer entorno profesional que rodeó a Raymond Lewis. Y como era de esperar Raymond literalmente se salió en aquellos primeros choques. El viejo Lewis tenía razón: nadie sabía lo increíblemente bueno que era su hijo y tampoco nadie pudo imaginar que enseguida aquel campus se convertiría en una especie de lucha fratricida entre Doug Collins y él. Lo que estaba ocurriendo con el número 1 del draft era de algún modo humillante. Y esta situación empezó a molestar a Collins. Después de endosar Lewis nada menos que 52 puntos al equipo rookie de los Lakers en una demostración de lo que era capaz rescatamos oportunamente una brevísima reseña de la Sports Illustrated de entonces que rezaba así: 'Collins wasn't as impressive than Raymond Lewis, on the other hand... was in a class by himself'. Sin embargo, la aparente conformidad del nuevo entrenador Gene Shue (llegado tras el despido de Rubin y Loughery por el desastre del año anterior) con su discípulo Collins no corría paralela con la de Lewis, con quien parecía mostrarse muy prudente, como receloso. Y la intensidad del duelo entre ambos llegó a ser tan escandalosa que el propio Shue hubo de detener en más de una ocasión algún entrenamiento. Raymond era tan visceral que asumió aquellas sesiones como una 'vendetta' personal que - 41 -

demostrase que era mucho mejor que todos y especialmente que el 'blanco número 1'; así que exigió otra vez renegociar su contrato en base a su valor real. Phila se negó en redondo y esta vez sin tapujos. Y Raymond, loco de ira, comenzó a ausentarse de los entrenamientos apareciendo y desapareciendo a su gusto, consiguiendo únicamente dos cosas: una, colmar la paciencia de los Sixers y dos, granjearse el sobrenombre que le acompañaría siempre, 'The Phantom'. La franquicia no aguantó más y tomó una decisión fulminante: suspenderle de empleo y sueldo durante todo el año. La combinación de factores fue la peor posible para Raymond. Philadelphia venía muy quemada de la temporada anterior, Gene Shue venía a poner orden y todo aquello pudo no ser más que una demostración de autoridad ante todos y en especial, ante un nigger de un guetto del otro lado del país. Esa fue la terrible encrucijada en que se vio aquel joven que sólo exigía justicia' a su modo. Ser rechazado le dejó tan abatido que lo dejó todo y volvió al guetto de Los Ángeles, a su casa, donde se encerró profundamente deprimido. No podía creer que todo su talento no sirviera para nada. Pero lo peor estaba aún por venir. Ante la desaparición de Raymond, los Sixers decidieron suspenderle definitivamente por cada uno de los tres años que su contrato le garantizaba. Al comenzar la temporada del 74 a punto estuvo de ser incluido en la plantilla de los Stars de la ABA justo antes de un partido ante los Nets de Erving, pero esta maniobra llegó a oídos de los dirigentes de Philadelphia, que amenazaron con llevarles a pleito porque legalmente Lewis aún pertenecía a su disciplina. No jugaría, pues, ni con los Sixers ni con ninguna otra franquicia profesional. Su destierro era absoluto. En 1975 Pat Williams sucedió a DeJardin como mánager general en Philadelphia. Williams era hombre de política más relajada y abierta (llegaron Dawkins del instituto y Free como junior) y trató de rescatar a Raymond del olvido para darle una oportunidad. Pero el odio había entrado ya en las venas de 'Phantom' dos años después de su castigo, durante los que mantuvo a pleno pulmón su forma donde se había cuajado como jugador, en los aledaños de las Watts Towers. Tenía muy claro que no aceptaría otra vez ninguna limosna contractual. 'Quise dar un nuevo arranque a su carrera animándole a integrarse en el equipo, pero creo que Ray había perdido ya todo el enfoque de su caso porque cada día que - 42 -

estuvimos juntos fue un constante litigio de nuevo'. Y Philadelphia se negó definitivamente a darle ningún tipo de cobijo deportivo. Sin haber plena constancia de ello cabe la posibilidad de que el período posterior a aquella tercera negativa y especialmente a la muerte de la ABA (como alternativa para él) en 1976, estuvo marcado por una fortísima depresión que llevó a Raymond a hundirse en el abuso de las drogas. Con todo nunca dejaría de jugar, solo que en lugar de buscar esa competencia que nunca tuvo pasó a enseñar baloncesto a los nuevos chicos que iba alumbrando el guetto de Watts. Y así fue hasta que una minúscula reseña en una Sports Illustrated de 1978 firmada por Bruce McDermott venía a informar de algo extraño, extrañísimo, que era cierto. DeJardin y Gene Shue habían tomado aquel verano las riendas de unos Clippers a la deriva y pretendían rescatar a Raymond Lewis para su proyecto de la campaña 78-79. Shue le incluyó en el campus de verano. La competencia en su puesto era dura, durísima. Nada menos que W.B. Free (qué grandiosa pareja habrían formado juntos), Randy Smith (MVP del All Star aquel año), Freeman Williams (sobre quien anota Raymond en la fotografía) y Brian Taylor. 'The Phantom' sorprendió en tal grado a quienes le vieron jugar que comenzaron a preguntar de dónde había salido aquel desconocido que era' tan superior al resto. Raymond tuvo cuatro actuaciones por encima de los 50 puntos y en dos de ellas consiguió ganar el partido con dos bocinazos ¡desde el medio campo! DeJardin le volvió a ofrecer un contrato y lo hizo por el mínimo, como a cualquier agente libre sin ninguna experiencia en la Liga. Por enésima vez Raymond consideró aquello un insulto y en cuanto exigió una legítima renegociación, un escueto papel en la recepción del hotel de San Diego le venía a decir que no querían volver a verle por allí. Sus oportunidades' se habían acabado. A partir de ese momento y sin ninguna certeza documental cabe la seria posibilidad de que Raymond Lewis encabezase por derecho propio una Lista Negra que, con él como único nombre, se extendió como un virus por todos los círculos deportivos del país. Ese sería el gran secreto y la terrible maldición que caería sobre él. Su final, mucho más atroz de lo que cabe imaginar, tendrá lugar en la próxima entrega.

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Aquella de San Diego en 1978 fue su última oportunidad. Unos años después, cuando ya no había nada que hacer, Raymond Lewis se juraría no volver a renegociar nunca ningún contrato. Pero ya era demasiado tarde. Ningún equipo de ninguna liga contaría con sus servicios. Su figura dejó simplemente de existir. Ya incluso antes, durante los largos intervalos entre uno y otro portazo (19731975-1978) nadie, absolutamente nadie, llamó a su puerta. Y que uno de los mejores jugadores de ataque del mundo (a criterio del autor el mejor anotador puro de menos de 1.90 de todos los tiempos) se quedara sin equipo en la plenitud de su vida deportiva y no pisara ni NBA ni ABA ni CBA no puede entenderse sin asociar su caso a algún tipo de circunstancia extradeportiva, lo que algunos, pocos, muy pocos autores se atrevieron e ello, dieron en llamar 'Black List'. Las Black Lists son como los Men in Black: nadie puede asegurar su existencia pese a que la realidad haya demostrado en multitud de ocasiones que, en efecto, existen. Jim Garrison, el fiscal que dedicó su vida a investigar la trama JFK (todavía vivo) declaró en su biografía haber sido objeto presencial de sus advertencias una remota noche en la ciudad. Y muchos de quienes engrosaran la implacable lógica de la Lista Negra morirían en circunstancias nunca aclaradas. Las Listas Negras siempre existieron en todos los ámbitos de la esfera social. En todos. Su esencia reside en eliminar estorbos en secreto, sin dejar constancia en ningún rincón. ¿Cómo pueden funcionar entonces en el ámbito deportivo? De mil maneras distintas: los corrillos privados y mentideros telefónicos se mantienen vivos en todo momento. Igual que nadie quiso hacerse cargo de Rodman a su despido en Dallas (la propia NBA presionó en la retaguardia al saber el incontrolable streptease que se les venía encima), nadie quiso afrontar el fichaje de Raymond Lewis, un hombre que según la lógica de la Lista había sido capaz de poner en jaque a franquicias sin haber disputado un solo minuto de juego, y yendo más allá, que podía 'largar' sobre cómo un par de universidades le habían, literalmente, comprado. Demos la palabra de nuevo a Paul Feinberg, reacio a conclusiones - 44 -

en su monográfico de 1995 y no tanto en su oportunísima reedición de 2003: ¿'Existía realmente esa lista? Tengo mis dudas pero donde no me cabe ni una sola es que en efecto Ray Lewis fue vetado. Fue vetado por todos aquellos tipos con quienes se encontró y no hicieron justicia deportiva a su rendimiento, por todos aquellos entrenadores que le explotaron sabiendo que no le iban a ayudar lo más mínimo, por un equipo que le prohibió renegociar simplemente su contrato cuando el chico apenas contaba 19 años y ninguna formación real. Por todos aquellos que sabiendo que venía de un ghetto remoto actuaron de forma sucia y arrogante con él. Lewis sí tiene parte de responsabilidad en lo que le pasó'' pero no toda. Raymond fue una cabeza de turno bien fácil y con el paso de los años asumió que formaba parte de algún tipo de silencioso boicot que le privaría de ser incluido jamás en ninguna liga profesional. Nunca tendría una oportunidad. Entendió que salir de su casa era hacerlo al mundo de los blancos, un mundo hostil donde el 'blanco' más fácil' era él. Por eso buscaría luego refugio de nuevo en el seno del útero familiar, del que tantas ganas tenía de salir desde la infancia y del que, en realidad, nunca salió. Pero curiosamente, silenciado su caso, sí se apuntaron cronistas a reseñar algún oscuro episodio de difícil confirmación. Como que a punto de fichar por los Stars y sabiendo la franquicia que no podía hacerlo por el posible litigio con Philadelphia, se le llegara a acusar de fumar marihuana (e incluso cocaína) esperando su debut ante los Nets en el hotel de Utah. Entrando los años ochenta es cierto que Raymond se hundió en el peor período de su vida porque estando en plenitud de facultades no había ni una sola puerta abierta para él. Y aquí es donde probablemente buscó refugio en las drogas, especialmente el alcohol, la más mencionada de todas, algo que nunca se sabrá con exactitud. De hecho, mediados los noventa y con más de 40 años tan sólo había añadido a su cuerpo 12 onzas de peso desde su etapa de Instituto, algo equivalente al Bruce Lee profesional. Cuando el propio Feinberg, tras un durísimo itinerario, consiguió dar con ¿The Phantom' allá en el vecindario del que nunca debió salir, comprobó cómo la sonrisa era una reacción que había desaparecido de su rostro. Y en el momento de presentarse, ante el pesado silencio de Raymond, Feinberg le indicó que había escrito algo sobre él, algo grande a lo que estaba dando forma y se publicaría en su revista. Ray aguardó unos segundos con la mirada - 45 -

fija sobre el periodista y después movió la cabeza como incrédulo: 'No, shit, you' you really wrote that?'. Ése era Raymond Lewis, el niño estancado en su vida anterior a los disturbios del 65, una joya deportiva tan sumamente marginada del mundo de las luces que al saber que alguien estaba escribiendo aquello no pudo evitar' emocionarse. Un rato después y sentados en la puerta de casa Raymond se desahogó como si estuviera solo: 'Te juro que desde muy joven pensé que todo lo que tocaba se convertía en oro. A los ocho, doce, trece y catorce años corría mucho más rápido que los demás y también, sí, también tiraba desde mucho más lejos que ellos'. Dice Feinberg que Ray (increíblemente ingenuo) mencionaba constantemente a Dios y que por encima de todo, estaba seguro que todo lo que le había pasado era algo que tenía que pasar y lo agradecía porque ese era el deseo divino. Destilaba una gran sensación de paz pero seguía sin entender qué había hecho de malo para no alcanzar nunca el profesionalismo. Su amigo Dwight Slaughter también estaba con ellos. Dwight, de quién hablamos en las primeras entregas, dejó de ser jugador por sí mismo para convertirse por su amistad con Raymond en otro maldito. Los tres dieron después un paseo por el ghetto y Feinberg no pudo evitar relatar después en su artículo cómo algunos padres se detenían y le decían a sus chicos: 'Mira, hijo, ese tipo es el mejor jugador de baloncesto que he visto en mi vida'. Hace ya unos años Alex Carnevale escribió en el Daily Herald que mientras hablaba con un anciano en un parque de Santa Mónica sobre Basketball le habló de alguien que: '' rain, shine, crippled or blind, he'll beat you every time'. Por indicios posteriores Carnevale supo que el viejo se refería a 'The Phantom'. Otro periodista, Eric Thomas, reflejó en la Sportstalk que Lewis 'was simply the greatest basketball player on the face of the planet'. Durante una sesión fotográfica queSports Illustrated preparó al término de los ochenta sobre leyendas del asfalto ocurrió algo que define bien su personalidad. Querían capturar a cada uno en su hábitat y mientras los fotógrafos preparaban su propio equipo, Raymond les indicó que entretanto saldría a echar unos tiros a la pista más cercana. Salió en zapatillas de casa botando un balón y cuando los fotógrafos fueron al rato en su busca' no le encontraron. Pasaron los años y Raymond no hizo nada. Sin dinero y sin trabajo continuó malviviendo en las mismas lamentables condiciones en que se había criado, durmiendo en el mismo camastro bajo el que - 46 -

su hermano le apretase fuerte para protegerle de los golpes de la policía cuando Ray contaba doce años. Terminando los años noventa los Lewis recibieron una dura noticia: Raymond había contraído una gravísima infección en su pierna derecha y para salvarla era necesario amputar. Ray se negó a perder la pierna porque no podría seguir jugando, lo único que le ataba a la vida. Pero los médicos informaron a su madre de que si no le cortaban la pierna terminaría muriendo. Tardó mucho en dejarse intervenir. Tardó demasiado. El domingo 11 de febrero del año 2001 todos los ojos estaban puestos en las poderosas estrellas de la NBA. Se disputaba su gran fiesta del All Star Game. A muchos kilómetros de aquel resplandor que nunca pudo acariciar y sobre el viejo camastro de siempre, la dura vida de 'The Phantom' llegaba a su fin a los 48 años de edad. Murió solo, rodeado de los suyos y en el más terrible anonimato (tan sólo la SLAM digital se hizo eco en las necrológicas deportivas de fin de año). Unas horas antes, en la tarde del sábado, Raymond había jugado su último partido. Y lo hizo contra quien había sido su maestro, su hermano, que por una vez, una sola, fingió defenderle. Sin apenas poder moverse Ray conseguiría anotar desde el mismo sitio cada una de las quince veces que su hermano le cedió noblemente el balón y después... las muletas, los diez dólares y las seis cervezas. Es irónico que The Phantom naciera en Los Ángeles. Nadie se ha hecho allí eco en forma de película de su miserable vida. Y es que quizá, de haberla, se vendría abajo ese mito que dice que todos los sueños de Hollywood... tienen final feliz. Si después de la muerte cupiera la posibilidad de pedirlo todo, de hacer realidad aquello que en vida no fue, quien escribe estas líneas no dudaría un segundo en pedir media pista de Playground y dar un balón a The Goat... y The Phantom. Seguro que ahora mismo están jugando ahí arriba y sólo los ángeles saben... quién es mejor.

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FLY WILLIAMS______________________________________ En 1989 y sobre una idea original de Woody Allen aparece una película titulada 'Historias de Nueva York' vertebrada en tres mediometrajes: Allen, Coppola, Scorsese; el mejor de los tres, dirigido por este último, exhibía crudamente la incomprensión de un artista (Nick Nolte) ante (según palabras del crítico Javier Castro) 'la imperiosa necesidad de expresarse, la pasión arrebatada con que se puede coger un pincel y machacarlo contra el lienzo, la necesidad de escapar del mundo que le rodea refugiándose en una paleta de colores, el aislamiento que impone la creación artística'. Entre arrebato y arrebato, Nolte desahogaba sus impulsos con una canasta y un balón en una inmensa buhardilla a modo de estudio. El Baloncesto aparecía así como un velado trasfondo cuando en realidad se le estaba sacralizando como otra forma salvaje de expresión artística. El único trasfondo válido era pues Nueva York pero... 'tres historias tan sólo? Eso era demasiado poco. De modo que a raíz de aquel filme Michael W. Robbins dedicó toda una década a recopilar historias reales con Brooklyn como único escenario. Terminada la tarea aparecía al inicio de 2002 una obra de casi 500 páginas (y un espléndido álbum fotográfico) titulada 'BROOKLYN: A State of Mind - 125 Original Stories from America's Most Colorful City'. Norman Mailer, Mel Brooks, Jackie Robinson, John Gotti, Spike Lee... decenas de personajes de la más variada fauna componían el brillante cuadro final. Demasiadas historias como para pasar por alto el Basketball, una realidad que como la sangre fluye por una de las arterias profundas de la Gran Manzana. Dentro de aquel volumen, el redactor del Daily News Roger Rubin comenzaba así su relato de dos páginas: 'Si tan sólo importara el talento desnudo, puede que Fly Williams haya sido el más grande jugador de Baloncesto nunca visto'. Puede que Rubin exagerase para glorificar a su hombre y enganchar aprisa al lector pero sería después mucho más fiel en su desarrollo, describiendo con acierto a su protagonista como 'la personificación de Brooklyn, creatividad y expresión, inteligencia y movimiento, bravuconería y condiciones físicas para triunfar de verdad', toda una alegoría deportiva sobre aquel - 48 -

personaje en la cinta de Scorsese. El título de la historia era 'Of hoop dreams dashed'. Y no pasaban ni tres párrafos cuando Rubin justificaba el fracaso de Williams al demostrar en su vida 'how erratic a personality he was'. Y tenía razón. Más allá de su condición técnica, James 'Fly' Williams figura a día de hoy como uno de los personajes más grotescos que ha dado la historia del Baloncesto, protagonista de escenas más propias de un sainete de ficción que de una mínima cordura. El histriónico caso de Dennis Rodman no es ni mucho menos único en su especie; hubo grandes precursores en los años setenta y sobre todos ellos quizá, la figura que abordamos ahora en la serie: James 'Fly' Williams. De entrada no está nada claro el origen de su sobrenombre. Una de las explicaciones de mayor peso le atribuye 'Fly' como 'mosca que revolotea y está en todos los sitios casi a la vez'; otra se lo aplica como mero 'insecto de color negro' por su escuálido físico de extremidades muy largas, e incluso 'Fly' como sustantivación de un verbo que eternamente correrá asociado a los voladores de este deporte ('Let it flow', susurraba al saxo Grover Washington Jr. a Julius Erving). Sin embargo, puede que el verdadero origen del apodo resida en un singular apócope del adjetivo 'FLamboYant'(vistoso, extravagante, resplandeciente), como el propio Williams adoraba definirse. 'I was flamboyant, yeeahh; it was the style. Clyde (Walt Frazier) had Clyde, and I was Fly. I was Fly before Curtis Mayfield was Super Fly' (todo ello con una dicción que arrastraba los ecos). El error en la pronunciación de un viejo profesor de escuela convirtió a Manigault ('mani-gout') en 'The Goat'; en el caso de Williams la voluptuosa pronunciación 'nigger' de 'flamboyant' ('flay-imboyant') pudo granjearle definitivamente ese mote que hacía además justicia a todas las cualidades anteriores. Y así cuando apenas era un niño James Williams dejó de serlo para convertirse para siempre en Fly Williams. Nacido el 18 de febrero de 1953 en la miseria del barrio de Brownsville, al este de Brooklyn, el pequeño Fly asumiría desde muy temprana edad que su existencia tan sólo tendría sentido en el marasmo de la calle, al aire libre. Y aprendió aprisa a manejarse en la ley de la jungla acompañando a los muchachos mayores en sus peligrosas correrías. Una de las ventanas de casa daba de bruces con el '66 Park', lo que le condenó a ser otro hijo de los aros, y allí fue testigo de excepción de fauna como Hammond, Knowings o Manigault y compañero de World B. Free o Vinnie Johnson. Cuando - 49 -

le llegó el turno por edad, allá por los 15 o 16 años, no hubo nada ni nadie que evitaran hacerle destacar. 'El sí que fue una leyenda 'cuenta Free- dotada de un supertalento. Estuviera como estuviera siempre acababa anotando un chorro de puntos'. Nacido una manzana más allá, Ronnie Jones fue amigo suyo desde la infancia y compañero después en el instituto: 'Desde muy pronto todos supimos lo bueno que era, sí, pero es que de repente creció muy rápido. Recuerdo que medía 5'9'' y en menos de un año se puso en 6'3'' o 6'4''. Igual que creció en estatura lo hizo también como jugador. Era mejor cada día'. Roger Rubin acertaba al comenzar su relato en nombre del talento a secas. Puede que de todas las figuras de la serie, esta sea la de mayor grado de expresionismo desnudo y ya veremos cómo enseguida el universo entre los dos aros se le quedó pequeño. Así Rick Telander, autor de la auténtica Biblia del asfalto, 'Heaven is a Playground', escribió: 'En realidad puedo decir que tenía todos los movimientos de Jordan antes de Jordan. Era como si anotara por desahogo, como si le fuera la vida en ello. Una vez le pregunté a Vinnie Johnson, vecino suyo, si me lo parecía a mí solamente o es que de verdad aquel chico era tan extraordinariamente bueno. Y me dijo que sí, que era mucho más que bueno'. Fly alcanzó pronto su metro noventa y seis. Físicamente recordaba muchísimo al Roger Brown que hacía estragos en los Pacers de la ABA, a Charlie Scott, y más actualmente, a los primeros Pippen y McGrady por su figura estilizada de extremidades finas y largas. Amante de las acrobacias en el aire su talento para el juego en solitario parecía inagotable. Llegó a ser All-American en la dura Madison High School cuando consiguió promediar unos asombrosos 28.2 y 21 rebotes por partido. Pero aquel amor hacia el baloncesto era por contra un rotundo rechazo a la docencia. Como indica Rubin 'ni estaba preparado para los estudios ni nunca pudo obtener una graduación digna'. Y en palabras del propio Williams: 'A mí me encantaba perseguir a las chicas y la verdad, casi nunca iba a clase'. Así tuvo que terminar el instituto en una escuela especial, la Glenn Springs Academy bajo el mando de Rodney Parker, un maestro que Telander inmortalizó en su libro por su milagrosa facultad de enmendar rotos y colarles como fuese en alguna universidad. Durante aquel año Fly se fue hasta los 33.9 y el equipo de la escuela registró un 33-2 a su favor. Pasó entonces a convertirse en diana de varios college, pero como suele ocurrir, los más prestigiosos renegaron siempre de la mala fama y Fly la tenía - 50 -

toda ella en su contra. Al término del instituto es momento de rescatar la sufrida figura de Leonard Hamilton (años después técnico universitario en Oklahoma St. y Miami además de los Wizards), quien en 1972 debutaba como asistente en la pequeña Austin Peay (en Clarksville, Tennessee). Hamilton había recibido la orden de su técnico Lake Kelly de conseguir reclutarle evitando que Fly recalara en Marquette, Houston o UCLA. Adentrarse en el corazón negro de la urbe era algo que cualquier blanco de aquella universidad iba a eludir y por esa razón enviaron al joven Hamilton, novato de raza negra. 'Aquel era mi primer año fuera del colegio 'cuenta Hamilton- y no tenía por ello ningún crédito especial así que puse todo mi empeño en cumplir el objetivo. La verdad, yo no sabía gran cosa de los chicos de New York pero había oído hablar varias veces de él y decidí adentrarme en la ciudad y buscarle hasta dar con él. Cuando llegué al domicilio era muy tarde y pensé que por lo menos le encontraría... pero me equivocaba'. Como de costumbre, el chico no estaba en casa y casi mejor que Annie, la madre de Fly, le hiciera pasar porque no eran horas ni lugar para que un desconocido con traje merodease por allí. Hamilton se esforzó con las habituales triquiñuelas de los hombres de college ('Verá, traigo un futuro para su hijo...') y fue invitado por ello a una cena ligera y después, ya entrada la noche, a aguardar al joven en una escuálida silla en la salita de casa. Los Williams se acostaron después y Hamilton pasó una de las noches más difíciles de su vida. Ya de madrugada y completamente solo no hacía otra cosa que mirar nervioso el reloj... y a través de una ventana que inesperadamente le devolvió más de una escena inquietante. Cuando finalmente el chico regresó a casa se encontró a un hombre completamente dormido en una silla de la que a punto estaba de caer. Eran las siete de la mañana... Pero todo salió a pedir de boca después. 'Hablamos y a él no le pareció mala idea. Terminamos llevándonos muy bien'. Alrededor del mediodía llegaron a un acuerdo. Así que a partir de ese momento Fly Williams jugaría con los Govs de la pequeñísima Austin Peay, donde nadie ha conseguido todavía igualar su legado. Lo abordaremos en la próxima entrega, en la que haremos mayor hincapié en sus escenas de calle y playground (esperpento sin parangón) en la etapa que perfilaría definitivamente su verdadera leyenda.

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Al caer cualquier tarde de verano en Nueva York los rascacielos de la Avenue regalan una agradable sombra al Foster Park, en el mismísimo corazón de Brooklyn. Allí se apiñaba el gentío buena parte de los setenta para contemplar el plato fuerte de cada jornada, que solía comenzar entre las siete y las ocho, cuando el calor aflojaba. Aunque en realidad la sagrada hora, además del sol, la marcaba la presencia de los más fuertes, los mejores, los que limpiaban la pista de chiquillos para dar paso a los hombres. Pura selección natural. Pero aquella tarde el carnaval arrancó sin una de sus joyas. Lloyd 'The World' Free, Phil 'The Thrill' Sellers, Vinnie 'The Bronx Bull' Johnson y Ronnie Jones entre otros, aguantaban el tirón como podían contra aquellos tipos de la 98 (hoy esencialmente portorriqueña). De pronto, cuando la muchedumbre alcanzó su mayor número se escuchó el rechinar de unos neumáticos sobre el asfalto. Parecían venir de Lots, la avenida principal desde la que una de sus calles se colaba hasta el parque, la zona prohibida. Era un Rolls a toda velocidad. Todos lo pudieron ver. El enorme coche, de un dorado que dañaba la vista, derrapó en un brusco giro y fue a detenerse cruzado en mitad de la calle, fuera del vallado del parque. Del vehículo salió aprisa una curiosa figura ataviada con un larguísimo abrigo de visón, un gran sombrero de gaucho blanco y unas gafas de sol que le cubrían la mitad del rostro. No podía ser otro. Era Fly, el más loco de todo Brooklyn (puede que testigo años atrás de la misma escena de Hammond que relatamos en la quinta entrega e igualmente erotizado por un rocambolesco estilo de vestir que había hecho célebre a otro mito allí, Pee Wee Kirkland). En cuanto fue reconocido, toda aquella gente acostumbrada a sus locuras rompió a gritar, reír y aplaudir. No se veía a menudo un coche como aquel. Fly les brindó un poquito de pasarela por la banda y con toda la tranquilidad del mundo pasó luego a quitarse el abrigo, bajo el que tan sólo calzaba camiseta, calzón y unas viejas Taylor de tela negra. Y sin mediar palabra entró después a escena. (La anécdota aparece relatada con leves diferencias en diversas - 52 -

fuentes; Anthony McCarron, autor de un monográfico sobre Fly Williams en 1998 aparecido en SLAM, la resume muy brevemente para el especial de esa revista en 2003 que comenzaba así: ¿Everyone knew when Fly from the 'Ville arrived at a pickup game in Brooklyn. How could you miss him?' . El Baloncesto en las calles de Nueva York ha dado decenas de miles de jugadores anónimos. Puede que el criterio más acertado para separarlos de las Leyendas sea ése que apunta veladamente McCarron: que nadie quería perdérselos cuando iban a jugar). Sudando Fly de lo lindo y con su equipo ya por delante, no se había llegado al descanso cuando una patrulla de policía en coche cruzó despacio el anillo que rodeaba el parque. Al poco se detuvo. El gigantesco Rolls Royce hacía casi de muro en plena vía. Uno de los agentes salió del coche y merodeó lentamente el Rolls con cara de pocos amigos. Se escucharon entonces los primeros gritos de auxilio al brotha': 'The car, Fly, the car!', y Fly siguió jugando como si nada. Pero los tipos de la 98, honradamente, hicieron un amago de parar puede que para evitar que la cosa fuese a mayores y el partido al garete. Cuando uno de los policías preguntó a gritos de quién demonios era aquella pieza, Fly presumió con un golpe en el pecho señalando (con cierto tono burlón): -Mine, agent, mine, of course. -Park it! 'repuso el policía en seco. Cuentan que pavoneándose, Fly acudió bajo canasta donde había dejado el abrigo, cogió las llaves de un bolsillo y se las arrojó al policía diciendo: 'You park it!' con toda la naturalidad del mundo. Cuando toda aquella muchedumbre, como en un partido de tenis, dirigió en silencio la mirada al policía (que había atrapado las llaves a vuelo), éste debió sentirse tan abrumado por aquella irreverencia en plena selva negra que sin mediar palabra terminó aparcando él mismo el coche. Un chico recogió de manos del policía las llaves y acto seguido la patrulla se largó. Como si nada hubiera pasado el carnaval continuó hasta que, como siempre, tan sólo la falta de luz sentenció su final. Fly Williams era todo él una personalidad extraña (en el fondo otro solitario con la muchedumbre por castigo). Aceptó la oferta de Austin Peay como probablemente hubiese aceptado la de cualquier otro emisario negro que se hubiese acercado a su casa, con la salvedad de que Austin era lo suficientemente pequeña para - 53 -

saciar su hambre de protagonismo. Williams es una leyenda del asfalto pero no lo es menos en Austin Peay aún a día de hoy, tres décadas después. 'Cuando fui allí por primera vez tenían mi nombre en lo más alto'. Y no era para menos. Como freshman en el 73 registró 29.5, la quinta mejor marca de todo el país (anotó 51 puntos en dos ocasiones) e ingresó por primera vez a la pequeña AP en el NCAA Tournament. 'Llenaba los pabellones 'cuenta Leonard Hamilton-. Reconozco que es de largo el mejor jugador que he reclutado en mi vida. Jugaba duro y podía dominar todo un partido él solito. Teníamos un pequeño trofeo que dábamos al jugador que más responsabilidad tuviera en la pista. Los dos años que estuvo con nosotros se lo dimos a él'. Inspiró así el cántico más legendario que se haya escuchado nunca en el Duke's Cameron Indoor Stadium, el pequeño pabellón de AP:'Fly is open, Fly is open, let's go Peay', y en los coches de Clarksville (Tennessee) aparecían pintadas con 'Fly with the Govs'. Él solo revolucionó aquel minúsculo college. 'Para AP llegó a ser un hito que multiplicó la venta de entradas hasta lo desconocido allí', añadía en su relato Roger Rubin. Aquello ya era más que suficiente pero Austin llegó a derrotar a Jacksonville con 26 puntos de Fly antes de caer en la prórroga de las Regional Semifinals contra Kentucky por 100 a 106. Como sophomore Fly alcanzaría los 27.5 por noche y pasó a creerse el mismo dios que era en las calles de Brooklyn. Pero aquel segundo año perdió incluso la titularidad por un grave problema que venía arrastrando con su entrenador Lake Kelly. Así lo cuenta Rubin: 'Él y su técnico discutieron fuertemente hasta el punto de que Kelly terminó enviando al banquillo a Fly. La temporada terminó con muchas desavenencias y con una suspensión para el soph'. Y Fly se largó anunciando su marcha a los pros. En 54 partidos en dos años había sumado 1541 puntos a un increíble promedio de 28.5. Pero al igual que en otros casos de la serie toda su habilidad para el juego era remota a su disciplina y así Rubin sentenciaba que 'todas sus habilidades para autovenderse se diluían en su torpeza para elegir una dirección definida. Daba tremendos dolores de cabeza a sus entrenadores'. Y Hamilton, uno de sus primeros orientadores, tenía claro que Fly 'debería haber aguantado uno o dos años más. Lo hubiera notado muchísimo porque habría madurado algo más', cosa que ni remotamente sucedió. ¿El destino? Uno a su medida, allá donde podía dar rienda suelta a sus delirios de auténtico chiquillo, la libertina ABA y un equipo que - 54 -

parecía querer reclutar fieras incorregibles, los Spirits de St Louis de 1975.

Febrero de 1975. El Checkerdome de St. Louis era un magnífico pabellón diseñado para que unas 18 mil personas disfrutaran del Baloncesto, pero habitualmente no más de dos mil quinientas frecuentaban los inmensos graderíos. Y la visita de Virginia tampoco invertiría la situación. Para colmo el partido se rompió enseguida y los debutantes Spirits, veinte puntos arriba (y muchas derrotas también), pasaban por ser además uno de los equipos menos disciplinados de toda la ABA. Así las cosas, transcurría anodinamente el cuarto período cuando Fly Williams capturó otro fallo de los Squires y decidió subir a locas el balón hasta traspasar el medio campo, momento en que se pegó literalmente a su compañeroFred Lewis para entregarle en mano el balón. Acto seguido Fly corrió al banquillo. Allí al fondo reposaba uno de los botes de agua. Cogió uno de ellos, lo vació parcialmente en un vaso y pasó después a saciar su inesperada sed. Una vez lo apuró se incorporó a filas como si nada. Incluso los Squires se quedaron mirando en mitad del ataque. Todo fue tan rápido que nadie, ni su técnico Bob McKinnon, ni sus compañeros ni los árbitros, tuvieron tiempo de reaccionar. 'Qué hacer... ante algo así? No pasó nada. El partido continuó y St. Louis se llevó la victoria por 123 a 111. Pero aquel disparate es recordado todavía en algunas viejas reseñas sobre Fly Williams. Por muchas razones ajenas al artículo aquellos Spirits representan un caso único en la historia del baloncesto americano. Puede que en ningún otro equipo profesional se diera jamás semejante colección de jugadores, diremos, 'difíciles'. Resumiendo, Marvin Barnes (escandaloso) y Gus Gerard (reservado hasta parecer mudo) llegaron a hacer de la cocaína un aditivo tan natural en los entrenamientos como puedan ser hoy las bebidas isotónicas; el violento carácter de Mo Lucaspodía estallar en cualquier momento; Donnie Adams, por alguna extraña razón (semejante a la de Calvin Natt en los Nuggets del 89) se había estancado estéticamente en los primeros sesenta (recomendable verle en los - 55 -

Playoffs del 76 con Buffalo; su grado de 'frikismo' no tenía parangón). Y para colmo, St. Louis había recibido de Denver vía draft a Fly Williams, un travieso chiquillo de veinte años que entendía esto del Baloncesto desde un punto de vista extremadamente lúdico: 'jugar... por Jugar'. Es muy poco probable que de haber recalado en una sólida franquicia NBA, Fly hubiese madurado algo pero igualmente cierto es que de haber ocurrido, su inmenso talento podría haberle 'salvado' y unos cuantos años de experiencia, moderado su carácter haciendo simplemente carrera allí. Sin embargo, las cosas ocurrieron de forma inversa. Fue a dar en la ABA con un grupo de personajes que poco podrían estimular una conducta correcta. Terminando la temporada Williams perdió varios dientes en un entrenamiento. En la pelea estuvieron también implicados Gerard y Barnes (hiperestimulados al feroz modo de Brisker años atrás). El cuerpo directivo se mostró solidario con él y le ofreció pagar toda la recomposición de su dentadura. Pero Fly se negó. Quería que le dejaran en paz alegando que no sería el mismo con una dentadura nueva. Si así habían salido las cosas, pensaba, era algo con lo que tendría que cargar... felizmente. Más tarde se supo que el origen de su negativa residía únicamente en un infantil pánico a las agujas y los médicos. Por nada del mundo se sometería a ninguna intervención, igual que su compañero Barnes se negaba a volar en avión. Con estas premisas la temporada regular de los Spirits resultó desastrosa. El 32-52 final les habría dejado fuera de la postemporada en cualquier otra liga. Pero la ABA andaba escasa ya en equipos y su récord negativo les convertía, nada menos, que en terceros de la Este. Así se colaron en los Playoffs, donde les aguardaban los vigentes campeones, los Nets de Julius Erving. Pues aquella eliminatoria continúa hoy siendo considerada como una de las más misteriosas y sorprendentes proezas de toda la década. Con un baloncesto mayúsculo, desconocido en la Regular, los desastrosos Spirits consiguieron derrotar a Nueva York por 4 victorias a 1. Así lo explica Arthur Hundhausen, autor de la más célebre y completa antología virtual sobre la liga pobre: 'It was one of the most astounding upsets in the history of professional basketball, considering the following facts: (1) the Nets had finished 26 games ahead of the Spirits in the regular season; (2) the Nets had won all eleven regular season games against the Spirits; and (3) the Nets had Julius Erving'. Aquella proeza - 56 -

sólo puede explicarse por el inmenso talento que atesoraba aquella colección de jugadores que, a poco de disciplina, podía resultar imbatible. Y tan sólo los Colonels, a la postre campeones, pudieron eliminarles finalmente. La temporada de Fly, como podría esperarse, estuvo marcada por la indolencia, la inmadurez y una irregularidad escandalosa. 'En realidad nunca sabías lo que el novato Fly Williams podía hacer en la pista 'añade Hundhausen. Favorito de los espectadores de St. Louis promedió 9.4 puntos y 2 asistencias, pero algunas noches estaba verdaderamente caliente y otras sencillamente horroroso'. Paralelamente señalaAnthony McCarron, autor de su monográfico en la SLAM del '98, que 'quizá por su inmadurez, Fly era ese tipo de jugador que una noche podía anotar 25 puntos en una sola parte y la siguiente hacer 2 de 11. Era más bien conocido por sus payasadas y por su sobrenombre de la camiseta ('FLY') que como jugador de baloncesto'. Es curioso hasta qué punto Williams podía incomodar más que ningún otro jugador pues al igual que le ocurrió con Lake Kelly en su bienio universitario, el técnico McKinnon, o mejor, su sucesor para la nueva temporada Rod Thorn (actual vicepresidente operativo de la NBA) decidió prescindir de sus servicios, conservando sin embargo a Gerard, Adams y Barnes. Aquel verano del 75 varios equipos NBA mostraron cierto interés por él pero finalmente nadie le hizo una oferta en serio. Prevaleció una especie de efecto dominó: le precedía muy mala fama y al comprobar las franquicias la falta de competencia para llevárselo, nadie se hizo cargo. Fly Williams jugaría así tan sólo un año como profesional. ¿'Que por qué no fui fichado al final? Por actitud 'reconocía él mismo-. Uno necesitaba una actitud seria, disciplina para ajustarse a un equipo en la NBA y yo no la tenía. Lo reconozco. Yo era un cabeza loca'. Fly merodeó después la CBA, la Eastern League e incluso Israel (nadie lo recuerda por allí). Sin embargo, es casi de agradecer para el grosor de esta serie su destierro profesional para que regresara por fin a su hábitat natural, las calles de Nueva York. Como dolido por todo lo ocurrido, regresó con más fuerza que nunca y en un Dappar Dan Classic estival anotó nada menos que 63 puntos sobre Moses Malone. Quería estar en todos los sitios a la vez y pegarse con los mejores nombres. Comenzó a deambular por cualquier sitio donde pudiera presentarse un reto. 'Yo siempre iba donde estaba la acción. Y no temía a nadie'. Ese era su - 57 -

estado natural. Así acudió a la Phila's Baker League para tratar de enfrentarse a 'The Black Jesus', Earl Monroe, un auténtico dios de la zona. Su gran amigo Ronald Jones relata lo que ocurrió entonces: 'No paraba de reírse y vacilar al personal, desafiando continuamente a 'The Pearl'. Pero Fly estaba mejor que nunca. Anotó nada menos que treinta puntos en la primera parte'. Monroe era un buen tipo, difícilmente irritable, pero no podía permitir que aquel niñato le estuviera ninguneando de ese modo, así que se tomó el duelo como algo personal poniendo toda la carne en el asador, incluso a una dosis mayor que el último tercio de su carrera como profesional, donde no alcanzaría ya la veintena por noche. El rostro de Monroe apareció extrañamente desencajado al reanudarse el choque. Su concentración extrema le hizo enchufar sobre Fly (en un marcaje mutuo) la friolera de 40 puntos en la segunda mitad. 'No recuerdo haber anotado ni una sola canasta en aquella segunda parte', se lamentaba Williams. Ninguno de los dos olvidaría aquel singular duelo y así, muchos años después, Monroe declaraba sobre Fly que 'tenía todo lo necesario para haber sido alguien muy grande. Y de hecho lo fue pero siempre a su manera. Hizo cosas mal en mitad del camino'. Puede que la única razón por la que Williams no cayese antes en el abismo al que inevitablemente se aproximaba fue la honrada y constante cercanía de su mejor amigo, Ronnie Jones. 'Creo que si no llegó donde tenía que haber llegado fue por una simple razón de indisciplina. Siempre tuvo problemas con cualquier cosa que le sonara a autoridad, empezando por los entrenadores. Y luego él estaba envuelto en la vida de la calle, demasiada calle'. Tanta como contaremos en la siguiente y última entrega sobre Williams, propia del cine negro de bajo presupuesto.

Poco baloncesto recoge esta cuarta y última entrega de Fly Williams, la más desoladora por cuanto en los últimos setenta ya se perfilaba el desastre. No tanto por la frustración de su figura deportiva como por la caída de su existencia, otra más, a los abismos. Parece que toda Leyenda del Playground esté condenada a portar en sí misma una importante carga autodestructiva. Fly Williams, uno de los pioneros de la rebeldía estética de este juego, - 58 -

caería pronto en el peor de los olvidos, lo que suele actuar como estímulo para acelerar el proceso de destrucción en espíritus más bien frágiles como era el suyo. 'En parte una estrella y en parte un carácter insólito', decía Anthony McCarron en aquel monográfico publicado en SLAM en 1998 ('FLY ON THE REBOUND - An update on a basketball legend'), el mejor de cuantos se hayan escrito sobre Fly hasta ahora. El Boletín Interno de la Universidad de Austin Peay lo publicó íntegramente aquel año para que pudiera ser leído por todos los alumnos. Aquella entrevista no fue más que un prolongado y sereno paseo al azar entre ambos que arrancó en la New Lots Avenue, al este profundo de Nueva York. McCarron advirtió enseguida con qué tipo de personaje se las vería. Fly hablaba por los codos, animado por ese ingenuo narcisismo propio de las Leyendas del asfalto todavía vivas. Habló del juego y de sus proezas, repitiendo hasta la saciedad lo bueno que era, el más grande de todo Brookyn, decía, conocido y admirado por todos. 'All city, baby, all city, yeeeahh'. Pero omitimos la parte relatada en las tres entregas anteriores para dar el obligado salto cronológico en la entrevista y situarnos en el punto que nos interesa, el de su decadencia deportiva y rápida precipitación a los infiernos. 1982 es el año en que Fly acude a una de tantas fiestas nocturnas por los aledaños de Brownsville. Y aquella noche pasó lo que más que temprano que tarde tenía que pasar, su primera y atropellada experiencia con las drogas. 'Solíamos buscar cosas nuevas, nuevas sensaciones, y claro... las drogas. Ya entonces vivía un absoluto desorden'. Fly lo pasó muy bien aquella noche, demasiado bien. A partir de aquel momento ya no habría freno para él porque anímica y mentalmente no encontraba razones para detenerse.'Fueron momentos salvajes. Incluso hay muchas cosas que no recuerdo. Cuando tienes la cabeza fuera de su sitio lo más normal es que no seas consciente de lo mucho que haces. Sí, es una parte de mi vida que no me gustaría haber vivido en absoluto'. Todo aquel desenfreno no se detuvo hasta 1988, momento donde acarició la muerte por segunda vez cuando llegó a pesar apenas 48 kilos con una estatura de 1.96 (una desproporción mucho más grave que los raquíticos 79 kilos de Manute Bol en 1985). Pero aquella artificial anorexia vino precedida del peor intervalo en la vida de Fly Williams, cuando curiosamente se convirtió en una increíble celebridad al este de Brooklyn, casi de la de un modelo a imitar.

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Nacido igualmente en la suburbia de Brownsville, un jovencito de apenas quince años llamadoMike Tyson, que dos años atrás fuera ya detenido por robar una cartera antes de ser expulsado de la secundaria de Catskill, decidió por sí mismo ir en busca de aquella leyenda de la que tanto se hablaba. Contra la satisfacción que producía en algunos el mero consumo de grandes rumores, Tyson quería dar vida a la leyenda en carne y hueso. Había oído tantas cosas sobre él, su atrevido estilo de vida, la forma en que ninguneaba a sus oponentes, que el joven Tyson se sintió ingenuamente atraído por su figura. Cuando por fin dio con su domicilio llamó a la puerta. Fly dormitaba la 'modorra' a pleno mediodía en algún rincón de la casa tras una noche de espanto. Pero el joven, como era de esperar, no se dio por vencido y aporreó fuerte la puerta. Le habían jurado que Fly estaba dentro. Mucho rato después, Fly se incorporó pesadamente y tambaleándose acudió hasta la ventana, desde la que después de escuchar las súplicas del chico por conocerle, le despachó de mala manera seguramente avergonzado por no poder pronunciar ni palabra. Es posible que pese a verle, Tyson cayera profundamente decepcionado al contemplar aquel delirante espectro del que poco menos que un dios le habían hecho intuir que era. Es curioso. Pero como auténtica celebridad suburbana que dispone de todos los lujos de la calle, el caso de Fly recuerda muchísimo al de Joe Hammond en algunos aspectos y especialmente en uno. 'Muchas veces no tenía que pagar por ello. Había tanta gente que me conocía y yo era tan popular... Toda aquella gente estaba presente incluso en los partidos que yo jugaba. Me doy cuenta que casi toda la droga que consumí no tuve que comprarla. La tenía a mi disposición y en cualquier momento me la ofrecían'. Pero como suele ocurrir, al paulatino adiós del esplendor, el entorno fue paralelamente esfumándose. Y así llegó el momento en que Fly tuvo que vender e incluso pedir dinero para poder saciar su adicción. 'Aquellos fueron los peores momentos. Vender claro que vendí. Hice todo tipo de cosas para poder sobrevivir. (...) Ya no vivía en ningún sitio'. Puede que la diferencia entre un amigo y un conocido resida en que los segundos acuden a uno en los buenos momentos al ser llamados mientras que los primeros lo hacen en los malos sin que nadie se lo pida. Pues si damos validez a la idea, Fly se quedó solamente acompañado de su gran amigo Ronald Jones, al que Fly, cierto es, no le hizo demasiado caso. 'Su nombre llegó ser sinónimo de droga, vandalismo y problemas graves 'se lamentaba Jones- 60 -

. Ocurrió años después de su relación profesional con el baloncesto, momento que tenía que haber aprovechado para elegir un camino. Yo fui su amigo y estuve a su lado. Pero de poco parecía servirle. Conocí a gente muy peligrosa y yo sabía que Fly no era como ellos. Él era básicamente una buena persona, lo puedo asegurar, pero terminó haciendo lo mismo que ellos. Estaba justo en ese punto donde sabes que algo va a pasar y no va a ser nada bueno', y eso que Fly, gracias a los programas de atención a zonas y sectores sociales desfavorecidos, había conseguido un pequeño empleo en el hospital de Coney Island. Pero de nada sirvió. Al término de un partido de exhibición en 1987, mientras era felicitado por los presentes, Fly mantuvo una discusión muy fuerte con un tipo que nadie conocía por allí (un aduanero según se supo más tarde). Una jugosa cantidad de dinero parecía ser el motivo. Pocos días después alguien llegó a su casa y sin mediar palabra le disparó a bocajarro. Fly Williams llegó a estar clínicamente muerto. 'Qué rápido se empapó toda mi ropa de sangre. Estuve muerto. Te lo aseguro. Mi corazón se detuvo pero me devolvieron a la vida 'relata el propio Fly sin perder nunca el humor-. Después de recibir el disparo pude ver una luz brillante y una especie de fuego por debajo de mí... y una lengua alcanzaba mi pierna. En serio te lo digo. El sacerdote que vino a darme la unción en el hospital me dijo después que había visto el infierno'. Fue un auténtico milagro. La fragmentación de la bala, que había entrado por su costado izquierdo, le afectó a un riñón, un pulmón y parte del estómago. Fly fue acusado después de amenazas, intento de robo y posesión ilícita de armas. ¿Había más gente envuelta en todo aquello porque en el juicio aparecieron un montón de tipos que me acusaron de haber tratado de robar al hombre que me disparó. Y que él se había defendido con un revólver al sacarle yo un cuchillo. 'Una pistola contra un cuchillo? 'Yo, que por entonces trabajaba en el hospital de Coney...? Aquello no tenía ningún sentido, pero no me hicieron caso'. Fly fue finalmente condenado y pasó catorce meses en la legendaria Attica y otras dos prisiones más. Curiosamente no le vino mal y mejoró bastante su vida anímica allá adentro. Organizó torneos movilizando a un buen número de brothas' que le conocían. Muchos presidiarios llegaron a pedirle autógrafos. Pero Fly era incorregible. Años después de salir, regresó otras dos temporadas a chirona entre 1993 y 1995, cuando - 61 -

tras una redada fue acusado de hallarse en posesión de una considerable cantidad de cocaína. Sin embargo, aquella sería su última larga visita a las rejas, tiempo suficiente para cumplir pena y quedar además limpio de adicciones según examen oficial de la propia prisión. 'He had completed the drug program', sentenciaba su informe final. Hoy día mucha gente al este de Nueva York se acuerda perfectamente de él. Pero nadie le ha visto más y todos aseguran, por el modo de vida que llevó siempre, que muy probablemente Fly murió hace tiempo. Pero no es así. Actualmente aprovecha su experiencia pasada para que otros no caigan en sus mismos errores. ¿Trato de enseñar a los chicos que el mal camino no es el camino. Hablo constantemente con las comunidades. Me cargo yo mismo las cosas malas que me pasaron y trato de dar todo lo bueno que aprendí de ello y muchas veces, sí, les cuento mi vida porque quizá aprendan algo de todo ello'. En el gimnasio de una Junior HS integrada en el programa Home Improvement y delante de unos cincuenta chicos que nada sabían sobre él, Fly se mostraba sincero: 'Fui muy buen jugador en mi época, 'sabéis? Pero no podemos confiarlo todo al Baloncesto'. Acto seguido dirigió su dedo a uno de los chicos diciéndole: 'Hey, put your heart and soul in the classroom, baby'. Parece increíble que después de todo lo ocurrido, Fly se mantenga intacto. ¿El 18 de febrero(decía terminando el año 98) cumpliré 45 años. Guau... 'y he llegado hasta aquí? La verdad, nadie lo diría'. Una vez terminada aquella maravillosa entrevista y habiendo dejado ya lejos la inmensa Lots, McCarron se atrevió a poner en cuestión su grado de popularidad en Brooklyn... tantos años después. La casualidad quiso que en aquel preciso instante cruzaran una de las avenidas bajas de Brownsville, por donde el metro emergía a la superficie en un tramo alto. Fly aguardó en silencio unos instantes y agarró después a McCarron de la chaqueta espetándole: -'¡Eh, rápido, mira ahí arriba!' En el vagón número tres del metro se podía distinguir fugaz pero claramente una vieja pintada a modo de grafitti que decía: ¿FLY FROM THE VILLE'. McCarron se quedó anonadado y no pudo evitar imaginar que aquellas noches de locura y desenfreno en sus lejanos setenta habían dado para mucho. 'Cuántas cosas más se - 62 -

escondían para siempre en el recuerdo de aquel grotesco artista anónimo? 'Fui un pionero, amigo. Nací demasiado pronto'.

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“JUMPIN” JACKIE JACKSON____________________________ Uno de los momentos estelares del llamado Black History Monthdel pasado año (un mes de celebraciones por todo el país en nombre de la población negra), tuvo lugar el domingo 9 de febrero cuando históricos de los Harlem Globetrotters se dieron cita en elMadison Square Garden para rendir homenaje a un legendario nativo de la ciudad, todavía vivo, llamado 'Jumpin' Jackie Jackson. La breve y elocuente reseña del prospecto rezaba tal que así:'Jackson was known for his gravity-defying dunks and is considered by many to be one of the highest jumpers of all time' . Ahí es nada. Jackson, ya mayor y muy flaco pero vitalista y efervescente como un Sammy Davis Jr. que subiera a escena (eso es lo que parecía), no reparó en aspavientos frenéticos de alegría y agradecimiento a los allí presentes. Sin embargo, entre tanto aplauso muchos jóvenes demasiado jóvenes no podían evitar preguntarse:'Who is this old man?' . Es curioso. Cualquier buen aficionado al que se pidiera elaborar una lista de los diez voladores más asombrosos que ha dado el Baloncesto mundial (todos mal que pese afroamericanos) agruparía pronto nombres más bien célebres, profesionales NBA en su mayoría. Pero en rigor no es así. El Baloncesto como carnaval de los aros (no como deporte de competición), abundó siempre en anónimos prodigios que se sirvieron de una sola parte del juego como íntima alternativa. Fueron solidarios: poseían una facultad atlética sobrehumana, muchas veces tan sólo eso, y trataron de exprimirla al máximo. Había algo en el Baloncesto que les daba rienda suelta como feriantes. Esa era la ecuación: Baloncesto como Feria. La pena es que su circo escapara al gran público. Escuchar los nombres de Herman Knowings, Earl Manigault, Phil Sellers, Eric Cobb, Demetrius Mitchell, Ronnie Fields, Michael Wilson o Jackie Jackson invita mayoritariamente al silencio porque poco o nada se sabe de ellos. Cuando en realidad estamos hablando de los más grandes, los mejores, y rigurosamente hablando, no más de cinco NBA tendrían acceso a esa supuesta lista ideal. De toda ella destacaría una figura, pionero de esa divina porción del juego que vive lejos del suelo:Jackie Jackson, una figura hoy en día de culto y tan injustamente olvidada como escasa - 64 -

documentación arrastró a la actualidad. Entre 1950 y 1970 dos escolares destacaron muy por encima del resto en el estado de Nueva York: uno, el Lew Alcindor de la Power Memorial y anteriormente, Jackie Jackson en la Boys High. Nacido en Carolina del Norte pero criado en Brooklyn, otro más, Jackson condujo a su equipo al título estatal a finales de los cincuenta antes de recalar en Virginia Union. Jugando de pívot con sus escasos 195 centímetros fue nombrado 'Freshman Player of the Year' por la Central Intercollegiate Athletic Association (la CIAA). Y es que en 1961 lideró la tabla de reboteadores en la NAIA con un increíble registro de 24.7 por partido, cuando aquel mismo año jugadores como Jerry Lucas, Nate Thurmond y Jeff Cohen, los mejores de todo el país en la disciplina, no habían logrado alcanzar la veintena en la poderosa NCAA. Saltando ciego a por el balón, que era como Jackie entendía el rebote, no había nadie como él. Su salto, se decía, era infinito y no le importaba en absoluto la caída: sólo el despegue y alcanzar el cielo cada vez. No en vano el periodista Bonsu Thompson lo definió como 'uno de los jugadores más temerarios de la historia'. La famosa proeza de la moneda en el canto superior del tablero no es obra de Manigault como a menudo se cree. The Goat heredó la apuesta de su maestro Jackson, al que se le atribuye, entre otras muchas hazañas, el mayor 'Long Jump Dunk' no registrado: dos o tres palmos por detrás de la línea de tiros libres con varios compañeros bajo el aro para proteger su reentrada a la atmósfera. No pocos periodistas veteranos acentuaron sus proezas casi a hurtadillas pero quizá ninguno con tal énfasis y reiteración como el prestigioso Frank Deford, cuyas constantes reseñas en multitud de artículos venían a rendirle justo tributo. Destacamos la aparecida el 4 de mayo de 1987 enSports Illustrated ('LAST ROUNDS FOR THE DOCTOR'), un monográfico dedicado a la despedida entonces de otro mito, Julius Erving: 'When Erving was a child on Long Island(Jackson era diez años mayor que Dr J y tres que Manigault), Jumpin Jackie Jackson was already a playground legend, able, the breathless tales went, to rocket so high that he could take a quarter off the top of the backboard and make a change on the way down'. Calculamos en su momento el vertical de Manigault en unos asombrosos 131 centímetros. Jackson, de inapreciable menor batida vertical que The Goat y superior a él en carrera, oscilaría seguramente entre los 122 y 130 centímetros de pies al aire. Curiosamente alguien le precedió en el sobrenombre: aunque en rigor fue Paul Arizin el padre de la suspensión formal, - 65 -

Joe Fulks fue apodado 'Jumpin' por arrojar sus lanzamientos con pequeños saltos que pasarían hoy por minúsculos. Es posible que a Jackson incluso aquel apodo le quedara pequeño y quizá ensayos futuros del tipo 'Helicopter' (Knowings) o 'The Elevator Man' (Cobb) hubiesen sido más apropiados. Su trayectoria oficial la resumía a la perfección el periodista David Llorens (Mundo Deportivo) en un artículo homenaje a Jackson aparecido en 2002: 'Elegido por los Philadelphia Warriors de Chamberlain en el draft de 1962, nunca llegó a la NBA porque prefirió los Harlem Globetrotters. Cuando regresó a EE.UU. tras su primera gira fue reclutado por el ejército y el basket le salvó de ir a Vietnam. En su primer partido con el equipo de la Armada el entrenador no se decidió a sacarle hasta que perdían de 20. Los siguientes 25 puntos del partido los monopolizó él y ganaron de cinco. Vivió como mimado elemento propagandístico durante tres años hasta que en 1966 regresó a los Trotters, desestimando una oferta de los Bulls. En 1978, tras 15 años en el equipo, le jubilaron'. Unos párrafos atrás Llorens aseguraba que según Jackson, 'matadores como Vince Carter o el propio Jordan no le llegan a la suela del zapato y jura que desde que entró en la Universidad no hay un solo partido en el que no haya hecho al menos un mate'. Los Globies nunca respondieron a las cinco posiciones clásicas del juego, y esta alegre anarquía alcanzó su cenit en su Edad de Oro, vertebrada en tres muy simples: • The Showmen: más atentos al público que a los propios aros, a los que daban permanentemente la espalda. Goose Tatum y Meadowlark Lemon ('The Clown Prince') eran los reyes. • The Floormen: los dueños del balón al que protegían del rival deslizándose libremente por el suelo. Marques Haynes y el loco de los tiros lejanos Curly Neal cumplían a la perfección ese rol. • The Cornermen: los encargados de culminar las acciones rápidas o de alto vuelo. Wilt Chamberlain y sobre todo Jackie Jackson fueron más contundentes que nadie.

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El verano del 62 tuvo lugar en la Rucker uno de los mejores partidos que se recuerdan. El pasado año NBA.COM ponía a disposición de los aficionados a otro dios del asfalto, Connie Hawkins, presente y compañero de Jackson entonces. Respondiendo a las preguntas Hawkins no pudo evitar rescatar esta historia: 'El equipo donde yo jugaba era todo él de Brooklyn. Una vez jugamos por fin un partido contra Wilt Chamberlain'. Las tres figuras principales de aquel equipo, leyendas todas de la llamada 'Streetball Old School', eran además de Connie 'The Hawk' Hawkins, Ed 'Czar' Simmons y 'Jumpin' Jackie Jackson. Por el equipo de Wilt era difícil destacar a alguien que no fuera él, pero es de subrayar la presencia de Cal Ramsey y Tom Sanders. El partido, como toda final allí, se disputó a cara de perro. 'Wilt empezó a abusar pronto de suspensiones muy cortas y como siempre imposibles de taponar. Dejamos que se confiara e incluso provocar que el balón fuera a él de todas todas' por una razón. Jackson no era su marcador y como Wilt acostumbraba a lanzar sin prestar mucha atención a la posibilidad de ser taponado, el equipo de Hawkins recurrió a concentrar el balón en él para que en el momento de tirar, apareciese por su retaguardia el único jugador capaz de llegar allá arriba. 'Lo pusimos en práctica y ocurrió exactamente tal y como lo habíamos planeado. Fue una sola vez, sí, pero mereció la pena. En el momento de recibir Wilt trató otra vez de lanzar con toda la comodidad del mundo'. Pero Wilt no cayó en la cuenta de que Jackson, que se llegó a tomar la prueba como si fuese a batir el récord del mundo, tenía espacio suficiente para una brutal carrerilla de despegue. El timing, las ganas, el destino... coincidieron felizmente por un instante divino: la suspensión de Wilt dio con el balón en la parte más alta del tablero, donde las manos de Jackson, ambas, consiguieron atrapar salvajemente el balón. 'And the crowd went crazy'. Terminaba Hawkins recordando que la ira de Chamberlain tras la humillación y otros dos tapones más, provocó que tras un tiempo muerto el gigante consiguiera ejecutar doce mates consecutivos (se acabaron las suspensiones) y llevarse finalmente el partido. Pero en la calle, la importancia de la victoria siempre fue menor que los instantes divinos, los momentos legendarios que podían durar como aquel, un solo segundo. Bonsu Thompson no pudo olvidar la proeza de aquel instante en su breve reseña a Jackson en el especial de la SLAM del año pasado. Su comentario era desafiante pero cierto: ¿How many players do you know that have blocked Wilt Chamberlain? How 'bout more than once? How about more - 67 -

than once in one game? Jumpin' Jack did it all'. Se suele afirmar que algunos artistas se adelantan a su tiempo. Y suele hacerse cuando ya ha llegado ese momento. En el caso de Jumpin Jack, un genio del aire que tuvo el valor de presentir y afirmar lo nuevo antes que nadie, ese momento futuro aĂşn no ha llegado.

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JULIUS ERVING_______________________________________ El fabuloso especial que SLAM publicó el pasado verano (STREETBALL: For the Love of the Game), no podía prescindir en ningún caso de Peter Vecsey, una de las personalidades más influyentes en la Edad de Oro de la Rucker. En páginas interiores aparecía un reportaje que parafraseando la biblia de Telander llevaba por título 'Heaven was a Playground' y tenía a Vecsey como protagonista principal de un monólogo recogido por Lang Whitaker, quien subtitulaba: 'Peter Vecsey saw the whole thing': Peter Vecsey lo vio todo. Es de recibo entonces atender su opinión. A principios de los setenta Vecsey era un joven y audaz reportero que arrancaba su carrera en el New York Daily News como cronista de los Nets. Amante del Baloncesto y las relaciones sociales, Vecsey no dejaría pasar la ocasión de formar un equipo en la Rucker y vivirla desde dentro durante más de una década. Así la entrevista era toda ella una sola respuesta, una entera crónica en primera persona que iniciaba de modo íntimo y sincero: 'Sin duda alguna aquellos fueron los mejores días de mi vida'. Todo comenzó en los últimos días de la primavera de 1971. Pese a ser muy joven aún, Vecsey conocía los círculos de interés y se movía muy bien entre ellos. Su primera presa, la más difícil, fue el entonces propietario de los Nets, Roy Boe, al que terminó convenciendo para esponsorizar el equipo. Boe era hombre de basket y cedió desinteresadamente los 500 dólares necesarios (buena cifra en 1971) sin contraprestación publicitaria. Vecsey comenzó la casa por el tejado porque inmediatamente después dedicó todos sus esfuerzos a encontrar jugadores. El primero un amigo suyo, Dave Brownville, con quien había compartido pachangas en Hofstra años atrás. Brownville era íntimo amigo de Julius Erving y le persuadió de la idea. El Doctor conocía ligeramente a Vecsey tras una entrevista realizada años atrás como estrella de Massachusetts. El 6 de abril Virginia Squires había comprado los derechos de Julius como agente libre tras su año junior y él consideró una buena opción prepararse para los pros en aquella liga de verano que tan bien conocía. Todo se consumó en pocos días merced al infatigable y frenético proyecto de Vecsey, quien tiraría después de un magnífico contacto, Butch Parcell, nativo de Harlem y muy popular allí. Parcell sería su asistente y - 69 -

Brownville inscribió al equipo en la Rucker después de un par de semanas de recolecta de jugadores, todos del ala oeste de Manhattan. Así el nombre de aquel equipo sería el de los WESTSIDERS. Además de Brownville y Dr J, formarían escuadra: Billy Paultz - pívot de los Nets ('LA ABA (XVII): Los mejores (V)'). Joe DePre - base de los Nets Ollie Taylor - escolta de los Nets (uno de los más grandes voladores anónimos de la década) Manny Leaks - alero de los Chaparrals Mike Riordan - alero de los Nets Charlie Scott - escolta de los Squires El equipo estaba listo y buena parte del grupo se conocía muy bien, demasiado bien, tanto que ni el propio Vecsey podía haber imaginado lo que en realidad iba a dar de sí aquel primer boceto, un conjunto perfectamente profesional. El verano del 71 fue el verano de Julius Erving, el verdadero comienzo de su Leyenda. Hubiese transformado el juego en la competición que hubiera pisado pero una divina solidaridad con los ingredientes de aquella época le hicieron despuntar allí, en la Rucker, su líquido elemento. El completo perfil de su figura reflejaba a la perfección el más bello estilismo del asfalto: libertad, espectáculo, talento, estética y orgía de juego. Como jugador en bruto su grado de libertad fue mayor allí incluso que en la propia ABA y ni remotamente comparable a su carrera NBA. 'At Rucker, Doc didn't have any restraints', subrayaba Vecsey, a lo que añadía la primera impresión que le ganó al hacerse con él: 'Julius había abandonado la UMass tras su año junior. Así que su preparación en ligas de verano previo a su paso a profesionales lo realizó con nosotros. Venía de promediar más de 20 puntos y 20 rebotes, algo al alcance de muy pocos en el college. Pero todavía era universitario. Y venía de una competición donde no se podía machacar. Sabíamos que era bueno pero ignorábamos todo lo bueno que era en realidad'. La jornada de debut de los Westsiders llovía generosamente, pero parecía no hacerlo para Julius, que no se cansó de machacar a placer como si necesitara de aquel torneo para dar rienda suelta a sus impulsos más básicos, a su entero perfil de dibujo animado. ¿La primera vez que Doc cogió el balón, penetró y - 70 -

machacó (por encima de Sid Catlett y Marvin Roberts, ambos de Brooklyn y en unos 2.05) recuerdo haber agarrado a Butch para gritarle: What the fuck was that? (...) No terminamos de creer muy bien lo que estábamos viendo'. Tras cuatro partidos con ellos, Vecsey quedó tan asombrado de Julius que llamó al propietario de los Squires, Earl Foreman, convencido de que no tenían ni idea de quién era Doc en realidad. 'Simplemente le dije: Oye, 'de veras sabes lo que realmente tienes?'. Después de aquella llamada tantoJohnny Kerr, GM de Virginia, como su técnico Al Bianchi, no abandonarían la Rucker hasta su último día de competición. El legado de Doctor J en la Rucker es uno de los tesoros desgraciadamente mejor guardados en la historia del Baloncesto. Todas y cada una de sus acciones fueron allá adentro un despilfarro impagable de imaginación, improvisación y talento que convirtió el microuniverso del Holcombe Rucker Park en un muestrario potencialmente similar al que ofreció Michael Jordan como depositario de audiencias universales en los primeros noventa. 'When someone mentions the name Rucker Park to me 'reconocía el propio Erving- it reminds me of a time in my life when I felt a very special type of freedom as a basketball player'. Algo que Vecsey extendía como testigo principal a todo aquel experimento, el más grande anarcobaloncesto que se haya dado nunca: 'En la Rucker no teníamos ninguna restricción y jugábamos mayormente para el público. No sólo me refiero a los mates; me refiero a todo lo que hacíamos'. Y más concretamente reconoce que algunas acciones históricas que ha dado la NBA fueron allí divinas pioneras. Como por ejemplo el célebre aro pasado de Julius en las Finales de 1980 contra los Lakers, algo que según Vecsey, Doc acostumbraba en la Rucker. 'He would do that five, six times a game, all from different angles. He would just go up in the air and just start hanging, then switch hands, then switch legs in midair. Guys would be swarming on him, hitting him. Every dance down court was an adventure. It was unbelievable'. Qué difícil resultaba anotar en aquellos aros duros, no retráctiles, donde los puntos provenían las más de las veces en cortos tablazos de los jugadores interiores (la Final del 70 se fraguó entre hierros escandalosamente inclinados). Las bandejas altas, el balón al aire, el finger-roll o toque de dedos representaban un complejo recreo al alcance tan sólo de los más finos estilistas (pobladores de esta serie), y de entre todos ellos... 'nobody like Julius Erving'. - 71 -

En cuatro años con ellos, los Westsiders lograron los títulos de 1971 y 1973 convirtiéndose en uno de los equipos más legendarios en la historia del Torneo. Al cabo, Vecsey concentró los esfuerzos en su carrera profesional. 'Era difícil conseguir buenos jugadores así que finalmente lo dejamos'. Sin embargo, el apodado 'The Viper' por la facilidad en el manejo social de importantes personalidades, regresó en los primeros ochenta picado por el gusanillo y la inesperada presencia de un nuevo sponsor: la firma de calzado deportivo PONY, nombre final del equipo. El nuevo conjunto recogió interesantes college del entorno aderezados por talibanes del asfalto. Aquel reportaje de SLAM venía encabezado por una maravillosa instantánea a doble página donde aparecían todos los integrantes de aquel verano de 1982. Junto a Vecsey como entrenador, su asistente Butch Parcell, el veteranísimo Cal Ramsey y el resto de jugadores:Louis Orr, Pat Cummings, Sam Worthen, Clyde Bradshaw y Bobby Willis entre ellos. Tras lograr nuevamente otros dos títulos el equipo se dispersó al adiós de Vecsey y para muchos, la edad de oro de la Rucker llegó a su fin. En lo que a Vecsey se refiere, su balance fue legendario: cuatro títulos de seis posibles es el mejor recuerdo del hoy día influyente columnista del New York Post. 'Ahora, de vez en cuando, regreso allí para ver jugar a mi hijo', sin poder evitar la dolorosa nostalgia de una era que ya pasó y nunca volverá.

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PEE WEE KIRKLAND___________________________________ Con una solidaridad pasmosa, más propia de un thriller de bajo presupuesto, se empeñó el destino en reunir en la misma ciudad (Nueva York), en el mismo sector urbano (Harlem), en el mismo vecindario (en torno a la 124), en la misma cuadrilla y en el mismo equipo (Milbank Pros), a Joe Hammond y Richard Kirkland, la pareja de grandes talentos más genuina y peligrosa que haya dado nunca la Streetball en los Estados Unidos. Ya dedicamos a Hammond las entregas IV, V, VI y VII y sobrevolamos entonces a nuestro protagonista de hoy. Cuando la realidad se empeña en superar a la ficción, resulta difícil imaginar un guión (ni la serie 'SHAFT' lo habría planteado mejor) donde agrupar a una cuadrilla de secuaces semejante a la formada por Hammond, Kirkland, Manigault, Cobb, Knowings, Fly, Matthias, Thomas, Ford... y otros anónimos niggers de un microuniverso tan desfavorecido como aquel. Unos murieron pronto, otros pudrirían parte de su juventud a la sombra y casi ninguno pudo eludir en alguna noche perdida el rencor de algún disparo. En los primeros setenta, muchos años antes que Jordan y Pippen mostraran al mundo NBA que un dos contra cinco era posible en términos ofensivos, Hammond y Kirkland ya lo habían demostrado en el baloncesto de asfalto, en una época donde las finales de la Rucker (1970 y 1971 en especial) seguramente habrían rivalizado en calidad con las profesionales de la ABA y la NBA. Sólo que en el caso de esta pareja nunca se pudo dirimir rigurosamente quién era el mejor. En 1968, cuando formando pareja Kirkland con Bobby Dandridge, Norfolk State alcanzó el título de la CIAA, Sports Illustrated escribió sobre él: 'Kirkland is the fastest man in college basketball and probably the fastest player in basketball ever'. Años después Tiny Archibald, el rival que el destino elegiría para Kirkland igual que Hammond hizo con Dr J, subrayaría: 'He was the best all-around player to come off the playground. (...) Pee Wee was for real. He was as flashy as anyone, but he could control a game and he never lost sight of the big picture or the point of basketball putting the ball in the basket and winning games'. Compañero suyo en Norfolk y reverendo hoy de la zona, Bernard Branch, consciente de la odisea que tocó padecer años después a Kirkland, señalaba: 'He was a very agile player and I use to wonder how he dressed so well. All that does not matter now because I am so happy to - 73 -

know God has a definite purpose in his life'. Walt Frazierreconoció haber caído erotizado al fino estilismo de Kirkland: largos abrigos, hombreras generosas, amplios sombreros de medio lado, colores chillones, cuellos de pico, campanas al suelo, el afro intacto, elegancia al uso o 'prodigious style' como subrayaba la SLAM especial del pasado verano añadiendo: ''many players tried to copy his game because he had the substance', la 'substancia' de la rebeldía prevalente en la Golden Era. Hablando del juego como tal, nadie como Bob McAdoo resume mejor sus modos cuando sentenció que 'Kirkland was running Showtime twenty years before the Lakers knew what it was'. Y es que hablamos de uno de los más grandes jugadores anónimos de todos los tiempos, de un anotador compulsivo, un increíble dominador del balón que descubrió al mundo del baloncesto el 'crossoverdribble'como gesto técnico, igual que Maravich hizo con el 'behind-the-back-dribble' o Monroe con el'shake-and-bake', pulsiones íntimas que sólo el paso del tiempo terminaría disociando de la pura galería. Pioneros. Esa es la expresión adecuada. Los impulsos de libertad derramados en todas las esferas de la vida en la primera mitad de los años setenta tuvieron en la sangre neoyorquina a sus figuras más representativas. El mismo Kirkland declaraba recientemente en nombre de un estado, de una ciudad y de un modo de entender el Baloncesto que Nueva York es aún hoy un santuario único en el mundo: 'We need players that already possesse in their minds the ability to create'. Así nativos como Cousy, Archibald, Mark Jackson ('It's poetry, something that should be bottled and shipped all around the country'), Kenny Anderson, Stephon o el mismo Kirklandfueron en cada época el fiel reflejo de ese impulso que convierte a las calles de la NYC en una cantera inagotable de talento libre. 'This is New York, the Big Apple city so nice we named it twice'. Estrella en Norfolk State donde terminó como máximo anotador del país en 1968, ni siquiera la presencia de un prestigioso entrenador como Ernie Fears (147-31 entre 1962 y 1969) le granjeó crédito suficiente para eludir la mala fama de ciertas joyas procedente de la suburbia neoyorquina. Y así, fruto de la recelosa óptica oficial, cayó en el draft de 1969 hasta la 13ª ronda y una humillante 172ª posición a manos de Chicago Bulls. La franquicia, sorprendida por sus actuaciones en los primeros trainings del campus, le ofreció un contrato de un año por 40 mil dólares (10 mil menos que los Lakers - 74 -

a Hammond), pero Kirkland no podía aceptar nada que no le situara donde su talento real merecía: un puesto en el cinco titular, igual respeto al de sus parejosWeiss, Sloan, Haskins y Walker, y un trato justo por parte de Dick Motta, el técnico con quien para colmo mantuvo la discusión definitiva. Tras el incidente Kirkland abandonó el rookie campaduciendo la misma razón que Hammond en L.A. dos años después: 'Gano más dinero en la calle que el que nunca me podáis ofrecer aquí'. Y así regresó Pee Wee a su Harlem natal, donde no era uno más sino uno de los más grandes, un verdadero dios de la zona. Explicar quién era en términos generales Pee Wee Kirkland es superar el universo entre los aros. Como indicamos en la sexta entrega de la serie, un personaje de calado similar al de Joe 'The Destroyer' Hammond: 'La gran mayoría de leyendas truncadas respondieron siempre al vago perfil de la delincuencia menor, buscándose la vida por una miserable dosis ('The Goat' no hacía más que pequeños servicios de entrega rápida) o dando en una mala noche que les condujera a la sombra, pero en el caso de Hammond hablamos de uno de los narcos más importantes del este de Harlem en los años setenta. Joe, su tío Willie, y varios secuaces (donde Kirkland aparece en una especie de triunvirato) formaban una banda que controlaba una vasta zona de manzanas entre la 95 y la 155 y que abastecía a millares de clientes'. Hay para colmo más certeza en Kirkland que en Hammond de que portaba un revólver en cada partido (su bolsa en el suelo estaba férreamente protegida) y terminaron pillándole antes que a nadie. La mala suerte se cebó con él y en 1971, días después que Red Holzman le invitase a una prueba con los Knicks que le habría dado paso definitivo a profesionales, fue arrestado por un chivatazo. Durante el interrogatorio Kirkland no diría una sola palabra, no acusaría a nadie. Mientras Hammond se quedaba así con todo aquel pequeño imperio, Kirkland sería condenado a 15 años de prisión acusado de narcotráfico, tenencia ilícita de armas, evasión fiscal y obstrucción a la justicia. El lugar poco importaba pero sus pasos dieron finalmente en la Penitenciaría Federal de Lewisburg. 'Me tuve que adaptar y lo hice. Eso es algo que siendo joven puedes hacer. Harto y aburrido de comprobar día a día la rutina de la pobreza y el fracaso, terminas convenciéndote de que la vida criminal, en muchos sentidos, merece la pena. Pero mirando hacia atrás compruebas que no, que jamás puede - 75 -

merecer la pena. Si alguna decisión me ha llevado cuarenta años corregir, es precisamente ésa', declaraba recientemente en una amplia entrevista al New York Sports Express ('PWK: Fundamentalist', by Dave Hollander). Kirkland concentró los primeros años de su pena en las dos canastas del patio de la prisión hasta el punto de acabar formando allí un solidísimo equipo de presidiarios. Astuto y decidido, resolvió negociar con la Dirección del Penal el acceso del equipo a la Anthracite Basketball League, un circuito semiprofesional de contrastada calidad que enfrentaba a equipos de prisioneros procedentes de distintas cárceles del país, al más puro estilo de 'La Gran Evasión'. Su tarea infatigable dio finalmente resultado. Hay que concebir que alguien que había liderado la anotación de la Rucker en 1970 y 1971 tendría muchos boletos para mostrarse muy superior al resto; pero nadie podía imaginar que una especie de Chamberlain cercano a los dos metros tendría una especie de encarnación penal. En la temporada de 1972 Richard 'Pee Wee' Kirkland promedió un sobrenatural registro de 70 puntos por partido y a la excepcional visita a la prisión de un equipo lituano el resultado final habla a las claras: 228 a 47. Su vendetta anónima al mundo quedaría reflejada en su anotación individual aquel día: 135 puntos. Poco después de la debacle americana en Munich el verano de aquel año 72, Kirkland señalaba en tono jocoso: 'Hey, si alguien necesita derrotar a los rusos que me llamen'. Y en la entrevista del Express se reafirmaba muy seriamente: 'Sin duda. A mí y a un montón de fellas de la calle porque esos eran los grandes jugadores, los que no gozaban de una sola oportunidad'. Cuando por fin terminó condena, once interminables años después, Knowings había muerto, Manigault atravesaba sus peores días, y Hammond y Fly ahogaban su vida entre rejas. Volvió a pisar en solitario el Hemingway Park en Norfolk, su escenario de glorias pasadas, y ninguno de los rostros le eran ya conocidos. Su generación se había diluido como el humo. El mundo había cambiado y esta vez, con la juventud perdida, se vería igualmente obligado a adaptarse. Y lo hizo a las mil maravillas, como muy pocos lo han conseguido. Se comprometió férreamente con la comunidad: terminó los estudios hasta cumplir el Doctorado, realizó después un prestigioso Master y creó el 'Ambassador' y el 'School of Skillz', programas ambos para la escolarización de niños de zonas desfavorecidas, que encontraron rápido patrocinio por parte de Nike y el gobernador George Pataki. Los programas fueron acogidos a nivel nacional y hoy en día, quién lo diría, Richard - 76 -

Kirkland es un prestigioso conferenciante que ha escrito con asiduidad en Sports Illustrated, Financial Times y varias publicaciones de corte religioso, además de compartir mesa con el prestigioso Peter Jennings en su World News Tonight. El 27 de febrero del año 2001 en un lujoso hotel de Raleigh, el North Hilton, Kirkland abría la conferencia tal que así: 'The purpose in my life now is allow young people to see the worst nightmare in looking at my past experience and a better future in the choices I have made since living prison with two felonies' like going to get a Master's Degree and pursuing a Doctorate Degree'. Se suele decir que la gente no cambia nunca: pues he aquí un ejemplo extraordinario.

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EARL MANIGAULT_____________________________________ Toda Edad de Oro en una competición no sólo tiene lugar por la presencia de los mejores. Sino por la automática atracción que ejercieron sobre el resto. La excelencia o superioridad de ciertas figuras, hoy legendarias, produjeron un impulso de adhesión que se extendía desde el juego a los ojos, de los protagonistas a los espectadores. De entre todos los genuinos hijos de la calle destacará eternamente una figura casi por encima de todas: Earl 'The Goat' Manigault. Las hazañas de aquel extraño fenómeno fueron admitidas en su lugar y época como algo sobrenatural y con seguridad lo seguirían siendo hoy en día. Rara vez ocurre pero en el curso de la historia surgen prodigios que parecen a salvo de las inexorables leyes de la evolución, de su ritmo lento y gradual, como si dieran un salto a la era que les tocó vivir. La frecuencia de zancada en Jesse Owens o Michael Johnson, o la excelencia dinámica enNadia Comaneci o Greg Louganis materializan esos saltos sin que el presente logre aún igualarlos. Con Manigault puede ocurrir que su vuelo vertical siga siendo el más asombroso de todos los tiempos. Sólo que el mundo no pudo verlo. El tiempo no ha hecho más que engrandecer su leyenda, hasta hacerla a menudo caer en la exageración por el encono en mantener viva la llama de su legado a través de sus testigos. Y de quienes no lo fueron. Para algunos, como Abdul-Jabbar, fue el mejor. Pero incluso de serlo cabría preguntarse en qué. Y conviene aquí el gran matiz: Manigault vivió de una sola actividad: el circo, su sentido más genuino, el más fabuloso quizá nunca visto entre dos aros. Pero el circo de principio a fin. Como si obedeciendo a una profunda exigencia de su organismo se entregara apasionadamente al ejercicio de una sola actividad espontánea. “The Goat was only 6-1, but like 'Jumpin' Jackie Jackson before him and 'Jumpin' Artie Green after, he made his name in the air”, acertaba en describirle el periodista Russ Bengtson. El aire. No el suelo. Se ignora si realmente fue el jugador que más horas de calle entregó al baloncesto. Pero difícilmente hubo algún otro anónimo del asfalto cuyo baloncesto resultara más sensacional. Su biografía, en cambio, fue una tragedia. Y hasta en su grado abría también brecha con otros muchos hijos de la miseria.

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Vino al mundo el verano del 44 en Charleston (Carolina del Sur) como el último de nueve hermanos en una familia abandonada al infortunio. Con apenas cinco años su madre, Mary Manigault, emigra al corazón neoyorquino del West Side, en la calle 99, donde se hacina toda una comunidad negra que no disfrutaba de mejores condiciones que los Manigault. O tal vez sí. Porque una triste chabola de madera será el cobijo a la familia durante años, un improvisado refugio sin apenas higiene en medio de la jungla. La madre estará ausente cada jornada metiendo horas a destajo en una lavandería por un puñado de pavos para poder alimentar a sus hijos, que gradualmente van desapareciendo absorbidos por el abismo de las calles. Las primeras páginas en la vida del pequeño Earl trascurren en un marasmo inhabitable de drogas, violencia y crimen. Donde contempla en infantil silencio las luchas fratricidas entre bandas rivales y muchos de sus vecinos van cayendo como moscas. Otro escenario, también de lucha pero distinta, le marcará muy pronto: la Rucker, nacida en 1946 en tributo a Holcombe Rucker. Allí asiste con ocho años, en 1962, a uno de los partidos más legendarios en el todavía joven curso del torneo: el duelo entre Wilt Chamberlain y Connie Hawkins. Y sin embargo no es ninguno de ellos quien más le impresiona. Lo hará Jackie Jackson en cada uno de sus vuelos, que la gente parece celebrar más que ninguna otra cosa. Y aquéllo fue lo que Earl absorberá con más fuerza. Los saltos, lo que era posible hacer con ellos, la creación improvisada de acrobacias en pleno vuelo. Y sobre todo cuando al cabo supo que por alguna extraña razón saltaba muchísimo más que el resto. Incluso más que jugadores que le doblaban en edad. Con 13 años y midiendo 1.65 ya era capaz de hacer algo más que tocar el aro. Se ganaba el asombro de sus compañeros en el instituto Benjamin Franklin al poder machacar libros y balón simultáneamente. En la Public Athletic League se hizo una estrella promediando 24 puntos y 11 rebotes. Allí además comienza a jugar con algo más de orden, madurando incluso su juego de ataque. Allí es donde recibe su bautizo. La pésima pronunciación de su apellido por parte de un maestro ('many-goat') le granjeará el sobrenombre que le acompañará para siempre ('The Goat', 'La Cabra'). Pero al mismo tiempo que era capaz de anotar 57 puntos en un partido y establecer la mejor marca en un Junior HS neoyorquino, inicia sus primeros escarceos con la droga, que prácticamente había visto desde que abriera los - 79 -

ojos. Por eso no le escandaliza. Y la marihuana será el primer motivo de su expulsión de la escuela. Sin embargo consigue el diploma de estudios en el instituto Laurindburg de Carolina del Norte, donde a los 17 años continúa siendo una mezcla de jugador, feriante y amigo de la droga blanda. Pese a todo, su fama como gran jugador (allí promedia en un año los 31 puntos y 13 rebotes) se extiende como la pólvora y representantes de hasta un centenar de universidades le cortejan ofreciéndole becas un total de 75 para su ingreso como estudiantes. Indiana, Duke y North Carolina estaban entre ellas. Pero Manigault, en toda su humana ingenuidad, intuyendo que el peso de lo académico le superaba, elige la minúscula Johnson C. University por acoger únicamente a estudiantes de raza negra. Allí descubre por primera vez la rudeza de un entrenador,Bill McCullough, con quien cruzará una relación imposible que dura tan sólo seis meses. Transcurrido ese período escapa para regresar definitivamente a Harlem, al 'guetto', su líquido elemento. En adelante y sin estudios toda su existencia girará en torno al baloncesto, allá donde entiende que su indigencia podía ser combatida, como la única forma de ganarse la vida. Para ello disputaba todos los partidos posibles, incansablemente, llegando a apurar jornadas de hasta 20 horas sin descanso. Cientos, miles de partidos anónimos que hacían de innumerables rincones en Harlem y el Upper West un carnaval interminable de aros que nunca se deshacen. Es allí, a finales de los años sesenta, donde la fama de Manigault alcanza su máximo esplendor. Sus acciones no tenían parangón y es seguido por multitudes para verle jugar. En uno de aquellos partidos un jovencito de Roosevelt llamado Julius Erving le abordó de pura admiración para decirle: “Dios, es verdad todo lo que había oído sobre ti”.

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Nada esclarece mejor el legado de Manigault que su constante voluntad y tremendo poder para despegarse del suelo como, tal vez, ningún otro jugador jamás. El natural uso de las piernas y una asombrosa ligereza actuaban de resortes vigorosos para dispararse - 80 -

hacia el cielo de un solo golpe, como una combustión espontánea. Era, como recogía el New Yorker en palabras de Bill Bradley, “the best description of a basketball played in NYC streets during the sixties and seventies”. Como si Manigault personalizara como nadie la era más relevante en el baloncesto neoyorquino al aire libre. Una ciudad y una era, de cronología muy precisa, que descubren el baloncesto de saltos como nunca antes. Hasta entonces el espacio entre el aro y el suelo era una simple proporción de estaturas: si uno era Russell o Chamberlain la lógica justificaba sus embates a capón. De ahí que ejemplos como Baylor y Cazzie Russellsorprendiesen tanto en la NBA cuando en la Rucker de entre 1965 y 1975 ya anidaban las primeras grandes aves: Jackie Jackson, Connie Hawkins, Earl Manigault, Herman Knowings, Julius Erving y anónimos como Ollie Taylor, Phil Sellers o Artie Green. De entre todos ellos despuntará Manigault como un rey. El primero de sus grandes números, por el que más será conocido, era el Double Dunk, un gesto de sobradísima galería al tendido. Russ Bengtson lo resumía someramente en SLAM: “Many claim to have witnessed the 'double dunk', where Manigault dunked the ball, caught it in mid-air with the other hand, and dunked it again”. Lo más sorprendente es que era capaz de hacerlo en pleno juego. En 'The City Game' el cronista Pete Axthelm describía la hazaña en estos términos: “Occasionally he would drive past a few defenders, dunk the ball with one hand, catch it with the other and raise it and stuff it through the hoop a second time before returning to earth”. Se trata de una de las maravillas más colosales de la creación en el aire y que la película biográfica Rebound no acertaba a recoger en exactitud. El 'double dunk' no consistía en colgarse del aro un cuerpo muerto para prorrogar pesadamente la maniobra de llevar el balón a un segundo mate. Sino de un prodigioso doble gesto detonado en un mismo salto. Una suspensión suficiente para machacar el balón dos veces con distinta mano. Manigault solía realizarlo bien desde la frontal con una batida a dos piernas o de una segunda forma, mucho más dilatada, que descrita insinúa algo nunca repetido. Una escapada fugaz de la defensa desde el ala derecha del ataque le permitía tomar la suficiente velocidad para despegar desde las letras con su pie izquierdo (desde igual punto que Dr J en su aro pasado de 1980), dar la espalda al tablero, matar aprisa el balón con su mano izquierda, recogerlo con su derecha y levantarla para ejecutar un segundo mate dejando atrás el aro y cayendo en las letras - 81 -

opuestas. 'Two dunks in one'. Una obra de arte que sofisticó magistralmente a cada nuevo ensayo hasta realizarlo a la endiablada velocidad de un dibujo animado, como una recreación virtual de hoy en día. Durante el concurso de mates de 1984 Larry Nance elaboró con dos balones una réplica cercana a la fisonomía del 'double dunk'. Pero no más. Manigault lo hacía con un solo balón en una suspensión salvaje, de tal grado en ocasiones que más de una vez empleó como un acto reflejo su mano izquierda, la del primer mate, para evitar golpear el aro con la cabeza. La dimensión de algo así para una estatura de 1.85 resulta de difícil comprensión. La sobrehumana condición de un prodigio semejante condujo a Barry Beckham a titular toda una biografía con un simbólico y elocuente 'Double Dunk'. Manigault combatía la pobreza a través de números circenses pagados en la calle a miseria. La necesidad de dinero motivaba que muchas de sus hazañas vinieran precedidas por mezquinas apuestas que debía ganar para poder alimentarse. Así funcionaba la feria y en eso se convirtió su vida. Y no eran muchos los que ofrecían recompensa ni la recompensa era tal. Una moneda de 25 centavos, un simple quarter, solía ser la limosna más habitual. Y es aquí donde la leyenda adquiere su carácter más profundo. Que los chiquillos, escalando por los soportes, dejaran la moneda sobre el canto del tablero. Que los vítores estimularan al protagonista. Y que acto seguido, atrapando el balón en su mano izquierda para dejar libre la otra, batiera aquellos imposibles cuatro pies y medio -en torno a los 132 de vertical- para alcanzar su presa antes de machacar el balón en caída libre. El joven Manigault, que años atrás lo viera hacer a Jackie Jackson (cap. XVI), daba a la acción un volumen mucho mayor recreándose con ambas manos a modo de tomahawk en plena caída. Y el árbol de metal quedaba temblando. Como temblaría el hierro y casi el suelo la tarde de un partido en que fue capaz de saltar sobre dos jugadores de mayor estatura (Val Reed y Vaughn Harper) desde un palmo por delante del tiro libre para rematar el balón a dos manos. “And the crowd... went crazy”. Lo que años después se conocería como '360' era llamado entonces 'Around the World', principalmente, porque Manigault era capaz de añadir medio giro más al cuerpo culminando el mate de espaldas. A causa de una pésima alimentación y un carácter apenas formado - 82 -

Manigault acabó siendo pronto presa fácil de los sucedáneos que proporcionaba la calle. Y por su precio, de los peores.“Cuando abandoné el colegio me incliné a la heroína con facilidad”. En 1969 fue encarcelado por posesión de heroína. Tuvo suerte y evitó cinco años de condena. Pero en Green Haven pasó los primeros 16 meses a la sombra. Su regreso a la Rucker, entonces en el cruce de la 129 con la Séptima, fue todo un acontecimiento que agrupará cada sagrada jornada a miles de seguidores procedentes de todos los rincones de la ciudad. Era la Edad de Oro en todo su esplendor donde alternativamente se entremezclan Alcindor, Hawkins, Monroe, Archibald, Erving y un etcétera irrepetible. Manigault formará equipo en el mítico Urban League y, ocasionalmente, el quinteto formado por The Goat, Joe Lewis, Joe Hammond, Pee Wee Kirkland y Herman Knowings, fue sin duda el más genuino y bizarro de cuantos haya dado la profunda historia de la suburbia norteamericana. Junto a ellos Manigault sería protagonista de una de sus más memorables hazañas. Arrancando el partido, una voz proveniente del público le ofreció 60 dólares si conseguía 20 mates de espaldas en pleno juego. 60 dólares era mucho dinero. 'The Goat' aceptó la apuesta y logró repetir la acción hasta 36 veces, todas ellas de manera consecutiva. Las crónicas insisten en su erotismo por el mate sobre jugadores mucho más altos que él, a quienes gustaba de pasar literalmente por encima. El milagro de Carter en Sydney era algo que Manigault frecuentaba con misteriosa facilidad. “Podía saltar por encima de jugadores ocho pulgadas más altos que él sin tener que driblarles”, escribía Axthelm mientras Gene Williams, cofundador junto a Holcombe Rucker del torneo más célebre en asfalto, añadía que “la capacidad de salto para un hombre de su altura era algo asombroso, increíble”. En unas acciones de pura galería, mejor cuanto más suicida, Manigault era capaz de aprovechar su salto y encaramarse a lo alto del aro hasta cubrirlo con su pecho y aguantar allí detenido. “He used his 52-plus-inch vertical to do things on the playground that no one had seen before, anywhere”. El tiempo parecía detenerse cuando 'The Goat' conquistaba sus cimas, allá donde nadie había llegado. Pero al mismo tiempo empezó a poner igual empeño en destrozar su vida.

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Entrados los años setenta Manigault se convirtió en un profundo adicto a la heroína que precisaba cada día en torno a 100 dólares para calmar la sed de sus venas. Como indicaba Brian Lindstrom: “Instead of an NBA All-Star, he became a junkie and a convict”. Sin hogar ni familia reconocida (muchos de sus hermanos habían muerto) buscaba desesperadamente pernoctar en cualquier sucio nido a la buena voluntad a cambio de servicios de entrega rápida. Mientras, colegas como Kirkland o Hammond se hacían de oro sin ensuciarse demasiado las manos. Gracias a ellos Manigault conseguía con frecuencia porquería que de otro modo no podía pagar. Al tener que hacerlo empezó a robar deslizándose hacia las zonas pudientes de Manhattan donde poder birlar algún abrigo de visón. Su salud inicia entonces un deterioro imparable. En el transcurso de un partido sufre dos desmayos fulminantes, casi consecutivos, y el calor del público comienza a enfriar. Los aplausos y vítores desaparecen. Hasta él habían llegado los devaneos de Hammond y Kirkland con equipos de la NBA como Lakers y Bulls. Manigault no podía decir lo mismo. Pero la publicación en aquel entonces de un libro emblemático, The City Game, de Pete Axthelm, impresiona sobremanera a un hombre, el propietario de los Utah Stars de la ABA Bill Daniels, que busca confirmar a través de un testigo,Peter Vecsey, si todo aquello que leía de Manigault era cierto. Lo era. Y Daniels ofrece una prueba a 'The Goat' al salir de la cárcel. Juega con ellos la mitad de la pretemporada. Y en vísperas de un partido de exhibición ante los Bucks le dicen adiós. Para entonces Daniels tenía cumplida información sobre aquel hombre, a sus ojos, un negro más de la calle, con su lastre inagotable de problemas. Fueron unos pocos días en Utah. Suficientes para que los Globetrotters, que habían tardado demasiado en hacerlo, ofrezcan a Earl la oportunidad de unirse a ellos. Pero a él, entonces, le había caído encima la depresión y los rechaza. Así regresa otra vez al nido, donde malvive pero aguanta a través del baloncesto en 'Goat Park', entre la 98 y Amsterdam. Renace. Pero el paso de los años y una vida miserable le inclinan nuevamente al lado oscuro. La heroína llama una vez más a su - 84 -

puerta. Y cree ser un hombre indestructible porque el baloncesto se lo dice. Así hasta que en 1977 funda su propio torneo, 'The Goat Tournament Basketball Competition', que enloquece los alrededores de la 98. Pero la primera jornada ni llega a jugarse. La noche anterior Manigault se verá envuelto en el intento de robo a mano armada de 6 millones de dólares. La policía detiene en el Bronx aquella chapuza y Manigault vuelve a despedirse de la libertad. Dos años más entre barrotes en la prisión neoyorquina de Ossining, donde se juró no volver a probar nunca más droga alguna. Tal vez era ya demasiado tarde. Muy devaluado físicamente después de años de adicción (haciendo honor a su sobrenombre su rostro había envejecido como una Cabra Negra) huye de Harlem, de la infernal tentación donde tantas veces había caído con sus dos hijos pequeños. Y lo hace a Charleston, Carolina del Sur. No tenía esposa reconocida. “Yo no quería que mis hijos fuesen lo que estaba siendo su padre”. En aquel estado sureño busca remontar su vida. Conoce por primera vez lo que es el trabajo honrado, duro. Levanta casas, pinta fachadas, sega céspedes. Lo que los señoritos blancos dispensaran. Sin embargo, por una irresistible añoranza y hasta la culpa de haber abandonado su torneo, no tarda en regresar a Nueva York, al sucio hogar de las calles, donde jamás volverá a ser lo que fue. Manigault se sumerge de nuevo en la indigencia, agravada por graves problemas de corazón. Sólo que para entonces, había aprendido lo bastante de la vida para decidir enseñar a los demás cómo no destrozar la esperanza. Así comienza a entregar su tiempo a programas de rehabilitación para jóvenes drogadictos. Cada vez con más dificultad. Siente dolores muy fuertes en el pecho a causa de larga relación con el alcohol, la heroína, la coca y el humo. En 1987 será intervenido en una operación cardíaca a vida o muerte que cubren algunos viejos amigos. Tenía el cuerpo destrozado. Salva la vida y se atreve a intentar su vuelta a una pista de juego. Comprueba que apenas puede moverse, que tiene dificultad para levantar los brazos y que en pocos minutos alcanza el ahogo. Para entonces era difícil entender su lenguaje. Su garganta había perdido tanta fuerza que apenas podía levantar la voz. Viendo en lo que se había convertido decidió encomendarse, ya por completo, al espíritu.'Redemption', coincidían en subrayar - 85 -

numerosos autores. Tal vez avistaba la cercanía de la muerte y antes de que ésta llegara pretendía dejar en vida lo que hasta entonces no pudo. Su único propósito era ayudar. Fundó varias ligas para jóvenes y tras años de batalla con autoridades del distrito, consiguió sacar adelante un proyecto subvencionado, el 'Supportive Children's Advocacy Network', que protegía a la infancia más desfavorecida. Sus logros redoblaban su fuerza para seguir adelante. Incluso entrados los años noventa logró hacerse con un puesto en el banquillo de la Wadleigh High School con excelente resultado (“a divine unofficial coach”, firmaba el Augusta Chronicle). Brian Lindstrom, autor de un documental sobre su vida, resumía así aquel período de luz: “Earl used his status as playground basketball legend to reach Harlem youth with his pro-education and antidrug message”. Inesperadabamente el dinero llamó a su puerta en 1991, cuando recibe unos diez mil dólares en concepto de derechos, en propiedad de una productora, la HBO, que pretendía llevar al cine su vida. El guión corre a cargo de Alan Sawyer y llevará por título 'Harlem's Angel'. Pero no será hasta 1996 cuando un incipiente director, Eriq La Salle, le rinda tributo en una película inicialmente diseñada para televisión: 'REBOUND: The Legend of Earl Manigault', protagonizada por Don Cheadle y un par de pesos pesados de la comunidad afroamericana comoJames Earl Jones y Forest Whitaker. Aquel mes de noviembre del 96 Earl Manigault sería el principal invitado al estreno de una película, la de su propia vida. Era la primera vez que acudía a una sala de cine. Al término de la sesión y en compañía de miembros de la productora, acertó a pronunciar unas emocionadas palabras que por encima de todo desnudaban un corazón pobre de vida pero lleno de humana intención: “Lo siento. Defraudé a miles de personas pero no soy nada falso. Hubo un tiempo en que di a la gente lo que quería que les diera. La película está ahí para que las generaciones de jóvenes no tengan que pasar nunca por el calvario que ha sido mi vida”. La vida, por fin, parecía sonreírle. Pero la sonrisa duró poco. Ni año y medio después todo se truncaba. Un sábado de mayo, en torno al mediodía, el corazón de Manigault dejaba de latir. Tenía 53 - 86 -

años. Poco antes de su muerte había sido objeto de una breve entrevista en el New York Times. “All this stuff you call NBA basketball and 'Showtime'? Well, we were the ones who brought in the noise and brought in the funk”. Preguntado por Michael Jordan, Manigault fue sincero una vez más: “En todo Michael Jordan hay un Manigault oculto que puede despertar si algo falla. No se puede hacer todo bien. Alguien puede caerse. Pues bien, ése fui yo”. Escribía Pete Axthelm en 'The City Game' que Manigault “impresionaba a rivales y espectadores por igual. Fue el rey de su generación y un ídolo para las venideras”. El cofundador de la Rucker Gene Williams añadió que “era un jugador extraordinario y gracias a los que le vimos jugar es y será siempre una leyenda para toda generación”. Algo donde coincidía Alex Williams, citado en la obra de Nelson George 'Basketball&Blackmen' y enfrentado a Manigault en varias ocasiones: “Los que éramos niños entonces mitificaremos eternamente a aquel maravilloso loco de la 98”. “LESSON FROM THE GOAT”, “A FALLEN KING”, “GOODBYE TO THE GOAT”, rezaban algunos titulares y pintadas a su muerte. El regalo más grande que el destino le tenía reservado, terminaba Russ Bengtson en SLAM, era convertirse en eterno. “The courts on 99th and Amsterdam on New York's Upper West Side were renamed Goat Park. It's the least we could have done”. Personal: "Si existiera una máquina del tiempo y pudiera viajar una sola vez, no dudaría en eludir los lugares comunes de la gran Historia para recalar un verano en alguno de aquellos parques testigos, situarme en el mejor sitio posible entre la muchedumbre oscura y ver a Dios jugando a su deporte. Creo que después de haber contemplado a Manigault el baloncesto no podría ofrecerme nada más. Porque no puede haberlo. Descanse en paz la mayor leyenda que vieron nunca las calles. En verdad las almas vuelan".

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PETER VECSEY_____________________________________ Sumemos esta entrega a la XVII y tendremos casi al completo el repaso en primera persona de Peter Vecsey publicado en el especial de SLAM: 'STREETBALL: For the Love of the Game'. Aquel monólogo fue recogido por el periodista Lang Whitaker en el reportaje 'Heaven was a Playground'. Vecsey, una de las personalidades más influyentes en la 'Rucker Golden Era', alternó entre 1971 y 1982 los cargos de jugador, entrenador, asistente y mánager de los Westsiders y el Pony Team, dos formaciones legendarias que obtuvieron cuatro títulos de la Rucker. La segunda parte de aquella entrevista de una sola respuesta era un trazo grueso de algunos de sus mejores y más singulares recuerdos. Así el trabajo fue subtitulado: 'Peter Vecsey saw the whole thing' (Peter Vecsey lo vio todo), como él mismo confesó a Whitaker al comenzar la entrevista. Alternando su tarea de cronista de los Nets para el Daily News, Vecsey cubría ocasionalmente a la universidad de Massachussets, siendo testigo de los primeros coletazos en la carrera de Doctor J, sobre el que nunca escatimó el menor elogio: 'Por encima del 'showtime' que desplegaba Julius en cada partido, nosotros sabíamos que aquello era pura competitividad para ganar'. Como integrantes ambos de los Westsiders, juntos ganaron con autoridad la Rucker de 1971 y 1973. Preguntado por las distintas leyendas de aquella época, el periodista subrayaba siempre la diferencia entre la eficacia técnica (Hammond, Kirkland, Archibald) y la galería al tendido (Jackson, Manigault, Knowings), pero en Julius Erving ambas cosas parecían extrañamente coincidir. No era circo, 'era tremendamente competitivo', decía el periodista, exaltado cada vez que hablaba del Doctor, insistiendo en que toda su carrera en la ABA y NBA no hacía justicia a su increíble legado en la calle. 'We just did not believe what we saw. (...) And you know, everybody swears they saw Julius do his stuff in the ABA and the NBA, but he never, ever did the stuff he did in the Rucker'. El hecho de no encontrar ninguna restricción procedente del banquillo ('At Rucker, Doc didn't have any restraints') unido a las salvajes pulsiones de su edad, le convirtieron en el favorito del público hasta el punto, cuenta el analista Scoop Jackson, que 'el crimen en Harlem desaparecía cada vez que él llegaba allí'. Conviene también destacar algo donde parece coincidir la gran mayoría de testigos entonces: que todo jugador ignoraba realmente - 88 -

su valor hasta enfrentarse a Julius Erving. 'He left'continúa- a lot of MUTHAFUCKAS open on the operating table'. De ahí que aquellos duelos legendarios vaciaran literalmente de diez a quince manzanas en torno a la 155. 'Thousands'insistía Jackson-, all there to see him do that thang he did that couldn't no one else do. Doc became the one player all others in NYC were judged against'. Además de un abundante tesoro de información, aquel número de SLAM era un delicioso álbum fotográfico que si sabe degustarse oportunamente (una cálida melodía a su lectura), puede resultar emocionante. La instantánea que acompaña a este artículo, uno de cuyos cargadísimos bordes elegimos para ilustrar la primera entrega, corresponde a la Rucker del 71, allá donde los campeones vistieron camiseta de mangas. En el reportaje de Whitaker al que hacemos referencia, aparecía un jovencísimo Vecsey posando junto a Julius y Billy Paultz como estrellas de los Westsiders en otra sagrada edición, la de 1973. A lo largo de esta serie hemos insistido en el tremendo desahogo que para muchos negros supuso como escenario vital el Baloncesto en el corazón de la NYC. Pero para mejor entender el calado real de aquel Julius Erving, nada más acertado que la dedicatoria de Scoop Jackson en una breve reseña de aquel mismo número: 'In the '70s, he singled-handedly turned Rucker Park into his own personal playground'. Puede que Red Auerbach, una de las figuras más soberbias que ha dado el baloncesto americano, no se perdonara nunca no haberle fichado en su momento. Y así se lo hizo ver públicamente, algo rarísimo en Auerbach, a su última presencia en el Boston Garden en 1987:'Thanks for being so great!'. No cabe duda que aquellos que le vieron jugar como adolescente, en estado puro, pueden considerarse verdaderamente privilegiados, estén vivos o muertos. Es probable que al espectador europeo que vea la película 'White men can't jump' (Ron Shelton, 1992) le cargue la excesiva verborrea de los jugadores. No paraban un solo instante de hablar y soltarse perlas directamente a la cara. Pero se trata de una recreación de la pura realidad. Algo donde parecen coincidir la Old y la New School es en el Trash Talking, el lenguaje basura, todo un ritual allá adentro. Nunca hubo silencio en la calle. 'There was a whole lot of trash talking. Charlie Scott and Pee Wee Kirkland got into it big time'. Las lenguas desatadas fueron siempre la música del carnaval de los aros, desde los protagonistas de pista que por su calidad podían elevar el desafío a la propia multitud allí - 89 -

congregada. Ni una sola acción quedaba huérfana de toda una retahíla de aclamaciones y aplausos, y se premiaban igual los aciertos de canasta que los puramente defensivos. 'Good defense, baby, good defense!'. Fueron muchos los blancos que siendo pura minoría, tuvieron que soportar los calores de la raza negra exaltada. Bastaba que Cowens, ganada la posición, levantase un instante su mano y Tiny Archibald, cerebral y paciente, le aguantara con un simple 'Wait! Wait!' para que la grada replicara con malicia: 'White! White!'. Y la risa general se desataba sin control. Otro aspecto curioso: figuras como Fly Williams, Joe Hammond o Marvin Barnes fueron célebres por flirtear con mujeres o pretender vivir por encima de sus posibilidades. Eran espléndidos, derrochones, y las historias de cochazos, visones, alhajas y demás parafernalia les acompañaron siempre. Uno de los más llamativos era Charlie Scott, quien adoraba fardar de elegancia al uso. Cuenta Vecsey que apareció una tarde al volante de un espléndido Cadillac DC (Del Caballero): '...the fanciest Cadillac going. It was a convertible, and he'd park it near the hydrant, and nobody would bother with it because it was Charlie Scott's ride'. Como solía ocurrir, un enorme grupo de chiquillos abordó el coche a su llegada, sorprendiendo a la hermosa mujer que hacía las de acompañante. Entre la ingenuidad y la acertada malicia de los niños de la calle, tuvo lugar entonces este escueto diálogo del que todos fueron testigos: -Charlie, how much did that thing cost? -Twenty thousand dollars 'cuando su contrato con Virginia no superaba los treinta mil. (And everybody goes:) -Twenty grand, wow! (And one kid goes:) -Shit, Charlie, you could have bought a HELICOPTER for that! 'Le puso a Charlie en su sitio', terminaba Vecsey, sin duda protagonista de algunas de las mejores escenas que la Rucker ha legado a la historia del anónimo asfalto. Las tres anteriores entregas de la serie estuvieron dedicadas a Manigault. A juicio de Vecsey, y aquí se mostró siempre especialmente cuidadoso, se trataba de un prodigio asombroso, pero en ningún caso del mejor jugador de su época. 'Era bueno, naturalmente que lo era, pero no estoy seguro que fuera el - 90 -

mejor. Pee Wee Kirkland era grande. Joe Hammond era grande. Pee Wee era un anotador puro. Podía tirar después de dribbling (virtud por la que fue glorificado entonces el Gail Goodrich de los Lakers), crearse sus propios tiros y soltar porquería por la boca todo el rato. Pee Wee podía jugar. Podía ser profesional, perfectamente podía serlo, pero simplemente vendía droga. A decir verdad, creo que Pee Wee y Hammond eran los únicos que podían haber salido de allí. Conseguí para Manigault una prueba con los Stars de Utah pero no era lo suficientemente bueno. El propietario (Bill Daniels) le adoraba, pero después del segundo día lo tuvo claro. Querían ayudarle a salir de allí, enviarle de nuevo a la escuela, pero no pudieron hacerlo'. Una lástima, según el propio Vecsey, para quien haber visto a Manigault de profesional sería primero uno de los milagros más grandes en la historia del Baloncesto y segundo, haber evitado seguramente toda su desgracia posterior. Una vez recordado el semblante de Julius Erving, Charlie Scott, Pee Wee Kirkland, Joe Hammond y Manigault, abordaremos en la siguiente entrega al pequeño grupo de jugadores que, a juicio de Peter Vecsey, fueron los mejores en la Edad de Oro de la Rucker.

Muchos fueron los jugadores que vio Vecsey en aquellos años dorados de la Rucker, pero muy pocos los que calaron hondo en su recuerdo. En la entrega anterior mencionamos en su nombre a Julius Erving, Pee Wee Kirkland o Joe Hammond, abordados igualmente durante la serie. Para dar término a la entrevista, Vecsey añadiría varios nombres más a su lista ideal, conformada por los jugadores que por diversos motivos, mejor y más profunda impresión le causaron entonces. Hablamos por ello de auténticas leyendas. El primero de todos ellos era Tiny Archibald, uno de los estandartes de la Rucker en la década de los setenta, a la que no faltaría un solo verano a excepción del 77 cuando su tendón de Aquiles le dejó fuera de la NBA toda la temporada. En la calle, Archibald se dedicó a 'jugar' en el más puro sentido de la palabra: experimentar, probarse y probar a los demás jugando en y con ellos. Como prueba, cuenta Vecsey que había partidos donde no - 91 -

tiraba una sola vez a canasta y no importaba en absoluto: 'He was so good it was ridiculous'. El mismoJulius Erving recordaba a Tiny en estos grandiosos términos: 'I'll never forget watching Tiny go off there. He was incredible to watch, scoring at will and passing for 30 assists when he wanted to. Rucker was a little man's game and Tiny was the best little man up there'. El Archibald del asfalto, donde se permitió incluso algún mate, era una réplica mucho más libertaria del profesional NBA bajo un denominador común: la seguridad en el manejo de los partidos y lo que los americanos denominan 'heart', puro corazón; adoraba penetrar para el pase definitivo o en su caso, resolver en las bandejas más creativas para un base de entonces. Toda aquella intensidad le hacía además incansable, acudiendo a medianoche a un gimnasio situado en su Bronx natal: 'It was called the Bronx Garden'. Alguien le preguntó una vez qué haría si, como a menudo ocurría, le sorprendiera una bronca allá adentro: 'We'll just turn off the lights. Then we'll fight', respondió desafiante el mejor jugador de menos de 1.90 que ha dado la NYC, con permiso blanco de Cousy y atendiendo al devenir de Steph. Otra de sus más elegantes menciones fue dedicada a Walter Szczerbiak, cuyos porcentajes fueron registrados en la ABA como los mejores de su historia pero no así en la Rucker, donde se fiaba todo a los ojos. Vecsey, como apoderado suyo en la calle, nunca vio un tirador igual (puede que a excepción de una réplica llamada Jack Ryan), así que al veterano público español no extrañarán en absoluto sus palabras mientras hacía recuento sobre lo mejor de lo mejor que pudo ver allí: 'Wally's father. Tremendous player. (...) What you see in Wally is Walter. Wally's better, but Walt was right there. Exact same game. Walt was the best shooter in the park I'd ever seen. He averaged 31 the year we had him, and Julius averaged 30. I always felt Walt was the one guy that should have made it in the NBA'. El mismo Walter reconocía modestamente su eclosión de juego previo paso a los pros: 'Al terminar mi etapa universitaria, mis esfuerzos en los 'playgrounds', los campus de verano, y mi estancia en la Universidad de George Washington dieron sus frutos, ya que adquirí un nivel de juego que me sirvió para que las dos ligas se interesaran por mi. Fui drafteado en el número 65 de la NBA por los Phoenix Suns de Connie Hawkins y en el número 28 por los Dallas Chaparrals de la ABA'. Pero la mala fortuna y un variopinto cruce de circunstancias se cebarían luego con él, terminando en los desastrosos Condors como marcador en los - 92 -

entrenos del psicópata John Brisker. Convencido por Victor de la Serna (Vicente Salaner, entonces allí), Walter viajó a España donde su brillante trayectoria le haría finalmente justicia. 'So whatever 'terminaba Vecsey-, his son makes the money'. Por el contrario 'Sam Worthen made it', se refería el periodista al contrato firmado como novato por Worthen con Chicago en 1980 un año antes que Utah lo despidiera tras apenas cinco partidos con ellos. Y es que siempre hubo jugadores que cumplían en la calle pero no pudieron hacerlo como profesionales (Fly, Worthen, Berry) y el caso contrario: grandes profesionales que no terminaron de encontrar su sitio en los torneos de asfalto. Así ocurró con Bob Love, miembro inolvidable del brillante quinteto de Chicago mediados los setenta (Van Lier, Sloan, Walker, Love, Thurmond) y que sin embargo no vio reflejado su nivel en la Rucker, como más propensa al brillo de los 'pequeños' (Wingo no le miraba demasiado). 'He could shoot, but he wasn't really a playground player'. Pero hablábamos de Sam Worthen, el hombre estrella en su Pony Team de los primeros ochenta y sobre el que Vecsey ejerció una clara vocación de mecenazgo. 'A 6'6'' Magic, the way he dribbled'. Silencioso precursor de los grandes dribladores de hoy, seguramente habría encontrado su sitio en una ABA ya desaparecida cuando venía de ser All-American en Marquette. 'Worthen would traverse the city, saving his biggest impacts for the biggest stages in New York', coincidía con Vecsey el periodista Ben Osborne al sugerir que Worthen fue solidario con su vida deportiva en su líquido elemento, la calle. 'His true calling was in the parks'. Cuando Isiah Thomas era universitario en Indiana, cuenta Vecsey, estudiaba videos de tres jugadores, de sus ritmos y forma de botar. Uno era Oscar Robertson, otro Pete Maravich y el tercero Sam Worthen. Uno de los mayores elogios se lo dedicaba uno de los ojeadores de Memphis hasta el año pasado, Scott Adubato, presente en la Rucker de los primerísimos ochenta: 'Sam was a ball-handling wizard, a taller, flashier Mark Jackson, and he was very exciting to watch. Outside shooting was always the knock on him, but he could dominate a game with his ability to create'. Apuntalaba Vecsey la reseña subrayando que ante todo Worthen 'fue un adelantado a su tiempo'. Como también lo fue Fly Williams (XII-XV), a juicio de Vecsey y por talento, una réplica demasiado libre de Julius Erving. 'He was one of the best players I've seen. Flamboyant, but a great shooter, - 93 -

great leaper, great passer. There wasn't anything he couldn't do'. Ya comentamos que Fly parecía afectado por una suerte de infantilismo (del tipo Rodman) que le hizo perder ocasión no sólo de ser buen profesional, sino simplemente de serlo. Indisciplinado como pocos y convencido que merecía más de 17 minutos por noche, la pésima relación con su entrenador Bob McKinnon en su año con los Spirits de 1975, lo devolvieron a la calle como quien huye de la escuela. 'Unfortunatley, there wasn't anything he couldn't do off the court, either'. Fly fue un producto puro de su tiempo: mentalmente joven y libertino, aquellos años están plagados de escuetos aleros de fino músculo y ligereza de movimientos al aire (Roger Brown, Darnell Hillman, George Gervin, Charlie Scott), pero puede que ninguno atesorara el inmenso talento de una figura como Fly Williams, históricamente echada a perder más allá de las calles. Concluyendo su repaso, Peter Vecsey sobrevolaba sin tapujos el perfil delincuente de Pee Wee Kirkland, a quien dedicamos la entrega XVIII. Ningún blanco se manejó mejor que Vecsey en aquel mundo negro y sin embargo nunca dejó de reconocer que sentía auténtico miedo por Kirkland, como dijimos, uno de los camellos de mayor peso en todo Harlem. Su mochila y la de Hammond eran intocables y mejor que no tuvieran que abrirse nunca. 'I never talked to Pee Wee. He had a gun under the bench in his bag. I wasn't going to fuck with him'. Muchos años más tarde Vecsey regresó a Harlem con motivo de un torneo benéfico y homenaje a ciertas leyendas tribales. Chamberlain, Manigault y Archibald se sentaron junto a él. Entretanto alguien se acercó para decirle que Kirkland estaba allí... y quería verlo. 'Oh, fuck 'contaba-. I knew he was OK and he was teaching and stuff, but still, it was something like out a movie. But when Pee Wee called, I went. It was like an audience with the Pope'. Kirkland y Hammond habían salido de la cárcel y cómo no, allí estaban juntos entonces. Vecsey callaba nervioso pero la pareja rompió pronto el hielo tomando Hammond la palabra; la vida le había roto la voz: 'Cuando veas a Julius, dile de nuestra parte lo mucho que le apreciamos por lo que hizo por nosotros. Si no hubiera sido por él no nos habríamos conocido'. Ambos prestaron calurosamente su mano al periodista y le agradecieron lo mucho que había hecho por un torneo donde ambos habían pasado los mejores años de su vida. Así de emotivamente terminaba aquella entrevista a Peter Vecsey y así comenzó: 'It was the best days of my life'. Y de cualquier otro al que el destino le hubiese situado en aquel paraíso. - 94 -

cONNEY HAWKINS_____________________________________ Con cierta lógica selectiva hemos ido exceptuando a quienes tuvieron una oportunidad profesional que no dejaron escapar. Aquí los grandes textos apuntaron al otro lado, el de los que no la tuvieron o no la supieron aprovechar. Con todo, no se puede evitar la mención de algunos grandes híbridos, anfibios del asfalto y el parqué, colosales figuras del calibre de Tiny Archibald, Julius Erving o el extraordinario caso que nos regala ahora dos nuevos episodios,Connie Hawkins, cuyo enorme infortunio (pese a sus años de profesional) le sitúa más cómodo entre el inmortal grupo de leyendas condenadas que entre la inmaculada élite de las 'NBA Stars', diga lo que diga la Historia oficial posterior, como inclinada a resarcir con él un daño que nunca podrá reparar. Nosotros lo hacemos dedicándole el último gran texto porque hablamos en todo caso del gran pionero para muchos del ayer llamado 'Playground' y hoy 'Streetball', una leyenda que el tiempo favorece y cuyo sobrenombre no podía ser otro que 'The Hawk'. El periodista Alan Paul, integrante de aquel fabuloso trabajo para SLAM, abría así su particular reseña: 'Connie Hawkins is the father of us all. ['] He was the precursor to Doc, Michael Jordan and all we hold dear'. Decía en otro lugar su prestigioso colega Frank Deford que el Baloncesto moderno dio comienzo con Elgin Baylor, y por muchas razones vamos a añadir nosotros a Connie Hawkins escogiendo una en particular: Baylor y Oscar Robertson anticiparon las dos primeras posiciones del juego, de acuerdo, pero Hawkins, en el mismo momento de definiciones herméticas, cumpliría un papel similar con las otras tres. Ese pequeño helenco de tres hombres, de juego imprudente e insobornable, representó el comienzo de una nueva era en el Baloncesto profesional, pero 'El Halcón' ya había iniciado la Revolución en un planeta virgen, el coraz��n de la urbe, auténtico yacimiento de talentos a partir de su legado. Nos sobran, pues, razones para incluirle con letras de oro por aquí. Cornelius Lucius Hawkins no vino al mundo para triunfar en la calle. Lo hizo para ser miembro de pleno derecho de los 50 mejores jugadores que el Baloncesto americano haya dado en cualquiera de sus épocas. Sin embargo su vida profesional fue muy amarga y desgraciada, y a la larga la calle le resultaría como a tantos otros su - 95 -

más cálida madriguera, un hogar donde nadie le hizo el menor daño, cosa que sí ocurrió en terreno oficial y su ingenuo carácter nunca terminó de entender. Nació en el Brooklyn más profundo el verano del 42, un lugar donde no era extraño que un chico como él ya fumara marihuana con trece años. Y como la yerba seca mucho la boca y los bolsillos también, podía uno encontrarlo a los catorce bebiendo vino barato a diario en cualquier rincón. Iniciado antes que otros no se echó a perder, pero con apenas dieciseis años, como sophomorede la Boys HS, su aspecto era desolador: un larguirucho de 1.90 cuyo peso rondaba los 63 kilos (ni tres por encima de Earl Boykins). Sobrevivió gracias al hallazgo personal de un sentido sobre el que gravitar, el Baloncesto, y ya como junior promedió dobles figuras manteniendo todo el año invicto al instituto en la Public School Athletic Championship, cosa que el New York Post reconoció haciéndole hueco en el equipo ideal de la ciudad. Con 18 años su cuerpo entró en razón: 1.99 y 88 kilos como motores de un talento asombroso. Siendo senior registró más de 25 puntos por choque alcanzando los 60 en una ocasión y así la Boys finalizó imbatida durante otro año más antes que Connie pasara a engrosar los más altos prospectos universitarios de la nación. Comida, dinero, abonos de temporada y viajes fueron las más de las cosas que algunos de los 250 college le llegaron personalmente a ofrecer. Como vimos con Raymond Lewis, ciertos ¿men in black' universitarios no repararon en flirtear clandestinamente con jóvenes que no podían o no sabían negarse. Pero mucho más reprobable pudo resultar la actitud del entrenador de KentuckyAdolph Rupp días antes que Hawkins se decantara por Iowa. Con ocasión de toparse con un periodista neoyorquino le preguntó: 'Oye, y este Connie Hawkins' 'es blanco o es negro?'. Ignorando si la decisión fue o no inmediata, cuenta Ron Flatter (ESPN Classic, More on C.H., nov. 19, 2003) que 'cuando le dijo que Hawkins era negro, Rupp perdió todo el interés'. En la universidad de Iowa, Hawkins tan sólo tuvo tiempo de humillar en pretemporada a la estrella del equipo, Don Nelson, justo antes de abatirse sobre él una terrible traición que le hace único entre las historias de esta serie. Tan pobre era en realidad que no disponía del dinero suficiente para abonar las tasas y gastos estrictamente universitarios, unos 200 dólares. El joven pidió prestado el dinero a Jack Molinas. Y aquí conviene detenerse: ¿quién demonios era este tipo? Vamos a tratar de resumir uno de los asuntos más espinosos que quepa imaginar por dos razones: es necesario y - 96 -

merece la pena al lector. En noviembre del 54 una decena de academias universitarias firmaron un acuerdo para formalizar el nacimiento de una liga deportiva cerrada, elitista y de exclusiva raza blanca (a definición del periodista Paul Zingg, 'the last bastion of ´pure´ collegiate athletics"). La ironía del destino quiso que poco después uno de sus miembros, un alumno aventajado de Columbia, se viera envuelto en el mayor escándalo de apuestas y juego sucio en la historia del baloncesto americano. Ese era Jack Molinas, apodado 'The Spaniard' (el hispano), blanco puro nativo del Bronx multirracial. De entre los equipos que le tantearon en 1953, previo paso a la NBA, fue finalmente Fort Wayne quien se lo acabó llevando (y eso que Red Auerbach apostó duro por él). Lo primero que hizo Molinas, excelente alero, fue pedir al propietario Fred Zollner un contrato de diez mil dólares por su primer año, mucho más que ningún otro novato jamás. Tras el acuerdo, su trayectoria profesional concluiría 29 partidos después, el 7 de enero del 54 contra Syracuse, porque al día siguiente el comisionado Maurice Podoloff le acusaría formalmente de haber apostado dinero al menos en diez partidos en los que jugó. Una vez probado Molinas fue expulsado de la NBA, pero su compulsiva ludopatía seguiría adelante, esta vez en la jugosa liga universitaria por la que tan bien se movía gracias a sus frenéticos contactos. De 1957 a 1961 viajó de campus a campus tentando a los mejores jugadores con prostitutas y dinero; todo un mercenario del 'scouting' que añadió a su curriculum el boxeo y las carreras de caballos (los que debían perder detenían ferozmente su final de carrera por los electrodos que él mismo había colocado). Cuenta Ted Mann ('REVISITING JACK MOLINAS: The Spaniard's Fix', Ivy Athletics, sep 16, 2002) que podía ganar más de 50 mil dólares a la semana apostando y ofreciendo los mejores a los más reputados college ('He had no fewer than twenty-seven collegiate programs in the bag'). En su excelente biografía sobre Molinas ('THE WIZARD OF ODDS: How Jack Molinas almost destroyed the game of basketball'), Charley Rosen afirmaba que aquel enamorado del juego (de azar y dinero)'adoraba simultanear tantas partidas secretas como partidos en público'. Luego de infinidad de avatares más (que darían para otra jugosa serie) y quince años de prisión, Molinas fue asesinado de un disparo en la cabeza en 1975.

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Pues bien, este fue el tipo con quien tuvo la desgracia de toparse Connie Hawkins, quien prometió devolverle los 200 dólares en cuanto pudiera, cosa que adelantó su hermano Fred unos meses más tarde. Sin embargo Molinas tuvo aún el descaro de acusar a Connie Hawkins no sólo de no devolverle el préstamo sino de haberlo hecho por el expreso deseo del jugador de apostar en partidos de la liga universitaria. El escándalo dio lugar a una investigación donde quedó probada la participación de Molinas, efectivamente, en un tremendo lío de apuestas donde aparecieron envueltas 12 universidades y 22 jugadores, uno de los cuales era ese chico de apenas 19 años que ni siquiera había jugado un solo segundo como tal. Ya en la cárcel Jack Molinas, de vida y nombre como sacados de una película de secuaces, negaría haberle dejado ningún dinero. El juicio confirmó también dos cosas: la declaración limpia de Hawkins y su inapelable inocencia. Pero los sucesos posteriores se empeñaron en demostrar que ambas sirvieron de poco. El jugador se declaró elegible en el draft de 1964. Uno a uno fueron pasando dolorosamente los equipos hasta que la lotería dio por finalizada. El nombre de Connie Hawkins, como si estuviera maldito, no sonaría en toda la noche. Nadie lo eligió. La NBA se apresuró a señalar que todo se trataba de una casual coincidencia (Flatter: ''and that each team decided unilaterally it didn't want him') pero parecía claro que alguien estaba vetado allí, algo que no se confirmó hasta pasados los drafts de 1965 y 1966, donde volvería a ocurrir exactamente lo mismo. 'After the latter draft, the NBA Board of Governors voted to bar him'. Vetado. La liga había ignorado arbitrariamente la sentencia favorable al jugador pasando a hacer públicamente oficial su exclusión. Hawkins siguió adelante y la justicia, amparada en la ley anti-trust, le daría finalmente la razón luego de interminables sesiones y vistas que dieron término en 1969, casi una década después de pedir un puñado de dólares a la persona equivocada. El jugador fue indemnizado con sucesivos pagos que superaron con creces el millón de dólares. 'Hawkins was to receive a $600,000 annuity starting at 45 and $250,000 in cash (half at once and the other half paid out over five years)'. Pero el daño ya estaba hecho y parecía irreparable. Para mejor entender lo que ocurrió con él a partir de 1960, durante los años de tortura y veto, era inevitable relatar lo sucedido, una terrible maldición que marcó para siempre la desgraciada carrera de Connie Hawkins y que, como apuntamos al inicio, le hace acreedor - 98 -

de otra razón de peso para incluirle aquí por ser éste refugio ideal de legendarios condenados y caídos. Veremos su trayectoria, lo que verdaderamente importa, en la próxima entrega. Pero había que abrir esta puerta para poder pasar al otro lado.

Mientras su vida personal se veía azotada por todo aquel infierno judicial, proscrito de los dos pasos lógicos a seguir (NCAA y NBA), mientras agachaba avergonzado la cabeza ante las cámaras cada vez que aparecía en rueda de prensa junto a su abogado, Connie Hawkins trató de salir adelante con lo único que sabía hacer, seguir jugando allá donde fuera refugiándose cada verano en el corazón de la urbe. Demasiado joven para derrumbarse y renunciar, siempre habría hueco para enrolarse en ligas menores. Así en 1961 fue acogido por la American Basketball League (precursora del triple) donde jugaría para los Rens de Pittsburgh, muy próximos a su Brooklyn natal. Su impacto allí fue inmediato siendo nombrado aquel año jugador más valioso con promedios superiores a 27 puntos y 13 rebotes (su único partido de Playoff registró 41 puntos en una serie de 14 de 23 y 13 de 14 libres más 17 rebotes). Consciente que la ABL le sabía a poco, decidió seguir jugando por mero respeto a su primer contrato firmado, como si fuera algo sagrado. Pero aquella pequeña liga quebró en diciembre y Hawkins, dieciseis partidos después de su segunda campaña, se quedaría otra vez a las puertas de algo que no terminaba de llegar. Por fortuna su exilio duró poco. Los Globetrotters, siempre atentos al juego libertino del asfalto neoyorquino, habían seguido los progresos de aquel chico cuya mano derecha hacía con el balón lo que le daba la gana. Y hubo algo más: el fundador de los Globs, Abe Saperstein, había sido propietario de los Chicago Majors en la ABL y conocía perfectamente tanto el portentoso juego de Hawkins como su difícil situación legal. Así que terminando 1963 llegaron fácilmente a un acuerdo. No debe olvidarse que más que visitar la Rucker, Hawkins había dado ya al torneo sus primeros días de gloria. Allí tuvo lugar el verano anterior la primera gran colisión histórica de colosos (abordada en el cap. XVI) como duelo directo entre el civilizado profesional, Wilt Chamberlain, y el nativo salvaje Connie Hawkins. - 99 -

El cronista Alan Paul destacaba así el primer gran hito del Rucker Park: 'He teamed with Ed 'Czar' Simmons and Jackie Jackson for one of the great playground squads of all time, and they played a legendary game against a Wilt Chamberlain squad at Rucker Park in the summer of '62'. Los cuatro años posteriores al acuerdo, hasta 1967, Hawkins compartió la colorida camiseta de Harlem con legendarios indómitos de la talla de Hubert Ausbie, Meadowlark Lemon, Curly Neal, Pablo Robertson, Woody Sauldsberry (mejor novato de la NBA en 1958) o su fiel compañero de batalla Jackie Jackson. Aquellos cuatro años resultaron una cálida y fraternal diversión por la compañía y libertad de juego, pero no es menos cierto que Hawkins sufría auténtico dolor por la falta de la verdadera competición, la chispa de cualquier profesional de los aros. Algo que igualmente compartía con su pequeño compañero Pablo Robertson, al que se enfrentó ferozmente en el Rucker All Star de 1967 formando pareja el halcón con el férreo Willis Reed. Aquellos veranos en la Rucker demostraron que Hawkins ansiaba batirse el cobre en las trincheras de cualquier liga que le permitiera simplemente competir. Y así en 1967 otra carambola personal se cruzó felizmente en su camino. La ABA daría comienzo terminado el verano y la casualidad y el dinero quisieron que Gabe Rubin, el antiguo propietario de los Pittsburgh Rens para los que Hawkins había jugado en la ABL, ingresara en la nueva liga con otro equipo de la misma ciudad, los Pipers. 'The Hawk' fue la primera opción para el millonario, que trató de amarrarle ofreciéndole un contrato de dos años y 45 mil dólares el 2 de febrero de aquel año 67, mientras Connie aún volaba para los Globs. El jugador, cuando el proyecto de la nueva ABA parecía todavía un sueño, firmó el papel a ciegas. La ABA nunca disfrutó de un contrato serio de Televisión pero los primeros paladares presentes en los graderíos degustaron con infinita sorpresa y placer aquel juego evocador que no se había visto hasta entonces en ninguna otra liga. Hawkins coincidiría allí con viejos amigos de la calle como el sensacional alero y primera elección histórica de los Pacers Roger Brown, rescatado para el Baloncesto cuando metía horas a destajo en una planta de montaje de la General Motors. Entre semejante colección de talento que siempre acompañó a la ABA, Hawkins fue allí coronado rey desde el primer instante. Alternando asombrosamente las tres posiciones altas (F - PF - C) terminó aquel primer año como máximo anotador, - 100 -

jugador más valioso (26.8 - 13.5) y lo que es más importante, cumplió con quienes habían confiado en él otorgando el primer título de la ABA a la ciudad de Pittsburgh con un quinteto inolvidable formado por Charlie Williams, Chico Vaughn, Art Heyman, Connie Hawkins y Tom Washington. El verano siguiente los Pipers cambiaron de sede y se marcharon a Minnesota. Hawkins superó aquel año los treinta de promedio, repitió All Star y cinco ideal, y el 27 de noviembre, hipermotivado ante el equipo de su ciudad natal, los Nets de New York, anotaría 57 inagotables puntos. Pero terminada la temporada no aguantó más. Pasó a ofrecerse a equipos de la NBA donde a toda costa quería recalar. La gran liga lo tenía vetado de por vida y el jugador se vio obligado a llevar a los tribunales a la mismísima NBA. El juicio, público, interminable, doloroso, le fue finalmente favorable por el derecho a trabajar libremente que sin una sentencia en su contra le asistía. Y así el 20 de junio de 1969 firmó con Phoenix Suns como el más libre agente de toda la década. 'Free at last, free at last', parafraseaba Paul a Luther King. En la NBA Hawkins sería una estrella del mayor calibre imaginable. 'Cualquiera que pensara que Hawkins era ese tipo de jugador procedente de las ligas menores se equivocaba', recordaba Ron Flatter. Recorrer sus siete años allí es obra mayor y honradamente ajena a la serie, pero a modo de ejemplo detengámonos en uno bien sincero. El halcón vivió como novato el segundo año de la franquicia de Arizona. Con él debutaron en Playoffs ante los poderosos Lakers de la tripleta West, Baylor y Chamberlain. Con la primera ventaja amarilla Mullaney situó la segunda noche como interiores a Baylor, Happy Hairston y Chamberlain. Pero aquella estratagema de poco sirvió. Haciendo del Forum su Rucker natal, aquel domingo 29 de marzo del 70 el halcón volaría sobre todos ellos sumando 34 puntos, 20 rebotes y 6 asistencias para liderar el empate en la serie por 114 a 101. Los Suns llegarían a adelantarse por 3 a 1 pero finalmente caerían con toda lógica frente a los subcampeones. Cada vez que el entonces técnico Jerry Colangelo ha tenido ocasión no se cansó de repetir: "That was the greatest individual performance I´ve ever seen in my life". Los Suns retirarían su número en 1976, en cuanto supieron que Hawkins colgaba la camiseta para siempre. Para quienes le vieron volar en Harlem, ser testigos después de su resplandor en la NBA, en Televisión, fue algo emocionante (por lo - 101 -

que otros muchos no consiguieron) pero aquellas siete temporadas (Phoenix, Los Angeles, Atlanta) estuvieron también marcadas por el camino descendente a que sus castigadas rodillas le habían condenado tiempo atrás. Su juego iría perdiendo gradualmente incandescencia pero jamás elegancia y nadie pasó por alto aquel despliegue futurista, una inagotable variedad de movimientos en ataque que incluía el tierno arte del mate y una facilidad pasmosa para dirigir el balón al aro con una sola mano (sus tiros como amarillo en 1975 eran ya todos pura diestra). Como meras aproximaciones anteriores, además del mencionado Baylor, Dr J aún estaba naciendo y el Gus Johnson de los Bullets era infinitamente menos delicado. Su talento y distinción, el uso del aire, el solidario paso por los Globs y aquellas manos poderosas que coqueteaban a gusto con el balón, dieron como resultado el más atractivo juego individual de toda la época en cualquier competición. Pese a la desgracia abatida sobre él, nunca perdió su fino sentido del humor, otro ingrediente por el que era muy célebre entre sus compañeros. Jugando para Phoenix cayó una vez al suelo lesionado. O eso parecía. Su trainerJoe Proski corrió rápidamente a atenderlo y al llegar junto a él, Hawkins le confesó: 'No te preocupes, no es nada, Joe, sólo deseo regalarte unos instantes de televisión'. Impresionó a todos allá donde estuvo pero puede que nunca al nivel que lo hizo en una Calle que lo vio joven y libre. Kareem AbdulJabbar lo incluyó al retirarse como uno de los quince mejores rivales que había tenido nunca. Y a menudo Julius Erving recordaba que su primera y más alta inspiración fue aquel esbelto estilo con que Hawkins se desenvolvía libremente al jugar. Ese erótico mimetismo y compartir ambos las manos más grandes que el Baloncesto haya dado, los uniría para siempre pese a estar separados por una brevísima generación. La NBA nunca podrá perdonarse haberle cerrado la puerta en todo su esplendor y acogido nueve interminables años después de lo debido. Por ello terminaba Alan Paul su reseña culpando a un inquisidor ausente:'Don't look for him in NBA record books. ['] The NBA never saw the vintage Connie, but trust us: No one ever soared higher than the Hawk'. No es de extrañar que su líquido elemento, el único donde encontró libertad y diversión, fue tanto su Rucker natal como sus parques de juventud de la NYC y Pittsburgh, a los que regresaría una vez retirado como maestrounderground de las generaciones más jóvenes.

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Talento, Baloncesto, desgracia y calle a partes iguales. Cuatro razones que pese a sus años de profesional convierten su lugar aquí en algo felizmente inevitable. Quizá no resulten tan anecdóticas las tres coincidencias que solidarizaron para siempre su figura: el sobrenombre tomado de su apellido, sus años de Globetrotter (como condenado a trotar mundo) y el 42 de su dorsal, un sencillo homenaje al dolor que su madre debió sentir al alumbrarle aquel ya lejano verano. En 1994 los Globs le brindaron en Phoenix una merecida ceremonia de tributo dos años después de que el Hall of Fame se apresurara a incluirle con letras de oro en su selecta colección de piedras preciosas.

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BILLY “THE KID” HARRIS_______________________________ Jackson, Manigault, Knowings, Erving, Taylor, Green, Sellers, Mitchell, Fields' Cuántos y qué grandes voladores anónimos dieron las calles americanas el último tercio de siglo. En general se complica hablar de alguna figura urbana que no haya fraguado buena parte de su leyenda allá arriba, como si fuera el aire un terreno de obligado brillo para toda estatura y condición: un 5'11' como Darin 'Munchy' Mason machacaba sobradamente gracias a un salvaje vertical de 43 pulgadas. Abrimos ahora los dos últimos episodios con el vuelo como eje central, pero urge aclarar en el protagonista de hoy que su perfil rebasa con creces la categoría de mero volador. Hay, pues, que entender la fotografía 'en la profunda K-Town de 1974- como un fabuloso pretexto para abordar al último grande de la serie. Durante toda la década de los setenta, las calles de Chicago tuvieron el privilegio de contemplar las evoluciones de un atleta extraordinario y casi igual jugador, a cuyo destino le pesarían demasiado dos infortunios: ni era de Nueva York ni probablemente hubo nunca un bocazas como él. Su nombre: Billy Harris, una figura desaforadamente convencida de sus condiciones y la hostilidad del Baloncesto profesional hacia él. Un ejemplo: las palabras destacadas por Scoop Jackson en SLAM cuando Harris superaba ya los cincuenta: 'Entre los 16 y los 30 años, me los habría f' a todos'. Pero no a cualquiera, no. Literalmente: '(Michael, Doc, Larry, Big O, Magic, any of 'em. You gotta shoot this muthafucka in the hole to win). Les habría dejado 22 de ventaja en partidos de 24 y' hazme caso, no me habrían ganado nunca, nunca'. Chulo era un rato, la verdad, pero por citar un solo ejemplo, Fly Williams hizo y dijo cosas mucho peores. Sin embargo la NYC siempre fue mucho más centro de atención que cualquier otro rincón del país (que se lo digan a Raymond Lewis) y, a iguales condiciones, los nativos de la Gran Manzana parecían estar condecorados de antemano. Como indicaba el periodista Shawn Parker, 'some of the most intriguing stories are about players relatively unknown outside of Harlem (outside of NYC)'. Llamarse Billy facilitaba muchísimo el apodo de 'The Kid' ('Da Kid', que dirían hoy), pero es que a Harris el sobrenombre le vino al pelo - 104 -

porque en realidad nunca dejó de ser un auténtico niño. Siempre se comportó con la misma infantil ingenuidad como si los años no obraran mentalmente en él. Ya crecido, lo que en el deporte se considera como un 'atleta' 'destacó igualmente en Fútbol y Atletismo- bien podría en él considerarse más allá de la pista como un auténtico 'semental' por su pletórica generosidad con el sexo femenino. Jackson lo resumía al detalle: 'Michael Jordan de día, Don Juan de noche'. El capítulo 12 de las divertidísimas '100 Historias del Basket' a cargo de Julián Felipo y Jordi Román y publicadas en esta misma página, sobrevolaba con mucha ironía su figura bajo el título 'Hubo un Michael Jordan antes de Michael Jordan'. De allí recogemos su primera ubicación biográfica: 'Harris nació en la zona sur de las viviendas Robert Taylor (el 12 de noviembre del 51) y destacó tanto en la escuela Dunbar como en la universidad de Northern Illinois'. En realidad, fue otro enorme talento más que pretendía el Baloncesto 'además de como mujercomo el único trampolín posible para salir de la miseria. Entre 1970 y 1973 Harris cuajó en Northern Illinois tres años de auténtico lujo: 1331 puntos a razón de 24.1 en su última campaña. Medía 1.90 y adoraba jugar de base 'que no era su posición naturalsólo por el protagonismo que subir la bola permitía. Como pieza netamente ofensiva, era rapidísimo y entrando en carrera con el balón en las manos ya podía olvidarse el defensor de detenerlo. Sin una técnica excesivamente depurada, la mínima posibilidad que tuviera de volar al aro la aprovechaba por unas condiciones físicas asombrosas, ahí sí de auténtico Jordan. Terminada la temporada del 73 decidió que tres años en la Universidad eran más que suficientes y voló esta vez al draft. Pese a su indiscutible calidad apenas era conocido en la escena profesional y tan sólo su Chicago natal le prestaría atención, quizá no demasiado honrosa. Cayó elegido en el número 115 de la séptima ronda, muy por detrás de un convidado de piedra como Kresimir Cosic (Lakers). Pero fue elegido y el primer paso estaba ya dado: tendría acceso al campus de verano de unos Bulls que atravesaban entonces su momento de la década. Walker, Van Lier o Sloan eran piezas intocables pero Harris contaba con todo a su favor para anticiparse al relleno de Howard Porter, Bob Weiss o Rick Adelman. Sin embargo, la triste realidad fue que 'The Kid' no dio más que problemas desde el primer momento. Pensó que ya todo estaba hecho con estar allí pero fue incapaz de dar una sola señal de disciplina táctica. Su tremenda arrogancia y continuo cacareo - 105 -

provocaron además el inmediato rechazo de todos. Y como lejos andaba el cuerpo técnico -con el severo Dick Motta a la cabeza- de romper el fino equilibrio del equipo, decidieron cortar por lo sano y enviaron a Harris de nuevo a la calle. Chicago hizo pública una nota oficial donde tachaba al jugador de 'difícil' y el resto de posibles NBA captaron enseguida el mensaje. La mala fama de Billy corrió como la espuma y ya nadie llamaría a su puerta. Pero un año después su tesón le abrió otra como hecha a su medida: el ¿Hardship Draft' de la ABA. Agotadas las demás vías oficiales, el 'hard' era el último mercadillo posible, el de los condenados al fondo e incapaces de graduación. Y así, aquel verano del 74, mientras St Louis contrataba los servicios de otro 'niño' como Fly Williams, San Diego hacía lo propio con Billy Harris. Allí coincidió con una mala bestia como Warren Jabali (La ABA (X): Estado salvaje (III)) y otras dos lamentables circunstancias: primero, Alex Groza había relevado en el banquillo a Wilt Chamberlain evitando como debutante toda revolución (el 6 de enero, con 15-23, sería reemplazado por Beryl Shipley) y segundo, la cercana quiebra de San Diego: en febrero la liga se hizo cargo de una parte de la franquicia, que sobrevivirá tan sólo 11 partidos en la siguiente campaña (3-8) antes de desaparecer. El escenario para Harris era desolador: 31-53, cola del Oeste y apenas dos mil espectadores por velada. Nadie le dio una oportunidad real. Apenas 16 minutos por noche apuraron ocho puntos de media que no iban a ningún lado. Y la única vez que lo dejaron jugar, el 1 de abril frente a San Antonio, The Kid se marcó 28 puntos en una exhibición de vuelos y mates que con toda justicia le habrían abierto hueco en el concurso del año siguiente (si no en el mismísimo All Star). Pero no hubo nada que hacer. Harris naufragó con toda la franquicia. No renovó y pasó a deambular sin alegrías por liguillas y torneos de verano 'allí se ganó toda su fama- hasta desaparecer finalmente en el marasmo urbano de su ciudad donde sólo rivales y vecinos supieron de él. La incomprensión de que fue objeto unida a su singular personalidad desembocaron en que a la mínima declaración posterior no disimulara en absoluto su resentimiento hacia todo lo que sonara a oficial. 'Nací en una sociedad que no me pagaba por lo que yo sabía hacer. Nací para jugar a Basket. Fui una leyenda'. De hecho siempre estuvo convencido: 'Yo podría haber sido el primer Michael Jordan de la historia'. Con todo, calificar a Harris como mero volador sería faltar a su verdadero legado, el de - 106 -

una especie de anónimo David Thompson que no entendía la utilidad de los entrenadores. De bravucones y vocingleros estuvieron siempre repletas las calles, pero su insólito espíritu combativo, la depredadora competencia, el cara a cara, mucho antes que sus chiquilladas, fueron sus primeros y genuinos rasgos distintivos. Lástima que no topase en la NYC con Hammond o Kirkland porque cuesta creer, caso de duelo, que alguno de ellos hubiera salido con vida. Todas sus declaraciones posteriores, y es aquí donde hay que incidir, revelaron una dura crítica a lo que él consideraba una excesiva tolerancia económica en el profesionalismo, la principal diferencia entre el Basket de cemento y el Basket de fino parqué, entre la pasión desnuda del juego en la calle y el vil metal que lo ensucia en el más alto nivel. Harris contaba que en sus tiempos de gloria, la vida transcurría de forma sencilla: los días batallando bajo los aros y las noches charlando sobre la batalla. Así el Baloncesto era un maravilloso pretexto para la vida, para combatir su miseria y ser incluso un insomne' feliz. Esa firme convicción la terminó condensando Harris en una sentencia lapidaria: 'The game is to be told, not sold'. Desde Kirkland a Vecsey, muchos han tratado de poner de manifiesto esa radical diferencia entre el profesionalismo y la calle, pero quizá vengan al caso como nunca las palabras de Greg Tanneren la mejor página británica dedicada al asfalto (streetball.co.uk). Su hermano Stuart Tanner encabeza el pequeño grupo de streetballers ingleses que no pasó por alto aquel especial de SLAM. Previa publicación del número, su responsable Russ Bengtson recibió una llamada de Greg pidiendo un pequeño hueco para ellos y así nombres como Luol Deng, Niel Fingleton, Ryan Cadogan, Germayne Forbes y el legendario Marvin Olactan dejaron al menos su firma. Para proclamar con fuerza la idea, Tanner encontró en Billy 'The Kid' a su modelo ideal de jugador, y quizá sea esta breve reseña el mejor homenaje a su figura: 'Those who saw him play were affected by what he did on court, they saw a player who came to play. A player who wouldn't back down from anyone, a player who would not lose and who never had a bad game. A player who would talk the talk and then out do even what he though he could do. A player that was looking for that perfect game and came so close far too often'. Ese era en realidad 'The Kid', y en cualquier serie que se precie, aun mucho más reducida que ésta, será siempre obligada su presencia entre los más grandes.

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Desde su regreso definitivo a la calle mediados los setenta, Harris estuvo completamente perdido para el mundo del Baloncesto. Pocos, muy pocos, sabrían en lo sucesivo de él. En el año 2001, la universidad de Northern Illinois celebraba el centenario de su programa académico de Baloncesto, y pusieron en marcha una serie de partidos entre los mejores jugadores que habían pasado por allí (The N.O. Men's Basketball Centennial Alumni Games). No fue tarea fácil dar con el paradero de Billy pero finalmente se consiguió. La tarde del sábado 17 de febrero 'The Kid' formó parte de un combinado de jugadores donde, por pasado, él y Andre Williams gozaban del mejor renombre. El partido fue disputadísimo y se llegó a los últimos segundos con empate a 65. Tras una serie de rechaces el balón fue a parar a las manos de Harris, quien sin apenas pensarlo, como en sus mejores tiempos, soltó una dificilísima suspensión que besó la red en el mismo instante en que sonaba la bocina. El protocolo habitual en este tipo de partidos reparte los minutos escrupulosamente y nadie estuvo en pista demasiado tiempo. Pero 'The Kid', como para que nadie olvidara su apodo pese a los 49 años que lo contemplaban, no se esfumaría de allí sin dejar su sello en forma de 24 puntos, el máximo, mostrando una forma física fuera de toda lógica y una clase que, como suele decirse, nunca se pierde. O lo que es lo mismo, genio y figura hasta'

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HERMAN “HELICOPTER” KNOWINGS_____________________ Herman Knowings aparece en todas y cada una de las reseñas genéricas sobre la mitomanía histórica del Playground. En todas. Pero más allá de adornar su nombre a los Manigault, Hammond y Kirkland, apenas se cuenta algo más de él. Se le suele despachar con una escena reiterada y cada vez más escueta que viene a decir:'Una vez le señalaron tres segundos' mientras estaba en el aire'. Y con eso basta. En realidad, hay una explicación para todo esto. Knowings no estuvo nunca afectado por ningún tipo de secretismo 'como Ray Lewis- sino por el hecho de ser un 'tapado'. Compartir batallas con los tres más grandes que haya dado el asfalto neoyorquino y carecer de una técnica que le hiciese un jugador completo rebajarían para siempre el grueso de su figura. En aquel entonces era difícil brillar por el mero juego sucio y defensivo 'como Richie 'The Animal' Adams años después-, y es ahí y sólo ahí donde verdaderamente cabe encuadrar a Herman Knowings, un armario humano de 1.93, un auténtico mandinga urbano, una especie natural de Ben Wallace: musculoso y enconado como nadie, su ingenuidad técnica le hacía saltar constantemente a todos los balones, a todos los tiros, a todos los rebotes, a toda acción en juego. Él, simplemente, no sabía jugar en el suelo. De ahí que su sobrenombre, uno de los más recordados y a juicio de un sondeo reciente de ESPN, uno de los veinte mejores que haya dado el Baloncesto americano, fuera 'The Helicopter'(que a su muerte recogería el Edgar Jones profesional). Pese a sus carencias, conviene subrayar que Knowings participó en todas y cada una de las grandes proezas que dio la Rucker en los últimos sesenta y toda la década siguiente. Mucha de la gloria apuntada al legendario trío fue posible gracias a la presencia y trabajo atrás de Herman Knowings, un buen tipo nacido en y para la calle (el 11 de junio del 42) a quien compañeros y amigos llegaron a adorar como un talismán. En la jungla nunca estuvo de más hacerse amigo del más fuerte y así Knowings, como Scoop Jackson recuerda, 'became the most famous player in Harlem not named Manigault'. Tan fiel compañero era que igualmente compartió con aquellos tres cada una de sus miserias: él no traficaba pero sí consumía, y cabe señalar que donde en aquellos podía valer una dosis, en un físico portentoso como el suyo, cabía - 109 -

el doble. Así pues, un perfil tan singular estaba condenado a fraguar su propia leyenda, sólo que en su caso las gestas fueron de otro color, más primitivo y sincero, más bestia y tribal, y por ello pueden ser revisadas hoy como auténticas joyas del deporte bizarro. World. B. Free, otra joya de la época, marcaba así la diferencia entre la elegancia, la sutileza, y la pura brutalidad: 'When Julius Erving dunks' he dunks. When Darryl Dawkins makes it, he 'DAAANKS''. Herman Knowings pertenecía genéticamente a este segundo grupo, si es que vale incluir a Knowings en algún grupo común. Y quizá por este motivo el cronista Clay Latimer lo retrató a secas como 'a cultlike figure', una figura de auténtico culto de la que realmente, todo hay que decirlo, muy poco se sabe. Volviendo a la intriga de los 3 segundos, la más celebrada en su biografía deportiva, cabe preguntarse si no se trata de una genuina leyenda nacida del imaginario urbano, cuando las más asombrosas suspensiones oficialmente registradas 'las de Dominique Wilkinsalcanzaron como mucho el 1.7 apurando incluso el ligero enganchón al hierro o el azaroso contacto con algún jugador que acolchara parcialmente la caída. Parece entonces imposible lograrlo sin algún tipo de 'efecto especial', un milagro de precisión similar al de Beamon en México. Y lo encontramos, para decepción de muchos, en la excesiva prisa del árbitro por señalar algo seguramente falso. Toda leyenda puede hinchar a capricho un suceso real pero en ningún caso mentir y, los 'Tres Segundos de Knowings', efectivamente, se produjeron. En una edición dominical del Rocky Mountain News, Clay Latimer recogía así lo ocurrido: 'He went for a ball fake in the lane, and as the opponent waited for him to return to the asphalt, Herman treaded air, witnessed swear, until the referee whistled the opponent for a 3-second violation'. Y casi en los mismos términos coincidía otro cronista, Eddie Oliver, en HoopsUsa: 'He went for a ball fake in the lane, and as the man waited for him to come down, witnessed swear he treaded air until the ref' called threeseconds'. El árbitro entendió que cuando Knowings capturó la bola en línea de fondo llevaba demasiado tiempo allí, lo que unido después a una suspensión seguramente colosal 'tuvo que serlo porque aquella escena fue la que le dio fama eterna- terminó de provocar la anécdota, en todo caso, legendaria. Milagro o broma arbitral, no hay que olvidar que lo más asombroso en 'The Copter' no era tanto su ansia por no pisar el suelo como el gran número de ocasiones donde no parecía importarle cómo, - 110 -

cuándo o sobre quién caer (era mucho más temerario que Jackie Jackson), y sobre todo, el llamado Hang Time, el tiempo de suspensión en el aire ('He can levitate', destacabaTheworldebon.com). Cada vez que Knowings saltaba lo hacía a lo bestia y algunas de sus batidas fueron las más salvajes 'por poco sofisticadas- de una época, como hemos podido comprobar en la serie, de pura pornografía aérea. Scoop Jackson escribía: 'He could jump outta any gym, climb tall project buildings in a single bound' y Vincent Mallozzi aseguraba que le llamaban''The Helicopter' because he could rise above everyone else on the court', vamos, que, como Manigault, frecuentaba a menudo el prodigio de Carter sobre Weiss en Sydney. Para Mallozzi el auténtico 'Half Man, Half Amazing', sobrenombre del actual AND1 Anthony Heyward, era en realidad Herman Knowings, el tercer hombre tras 'Jumpin' y 'The Goat' en realizar la hazaña tótem de la época: 'Fly to your money!'. En 1970 los hermanos King, Albert y Bernard, de 10 y 13 años, lo pudieron comprobar por sí mismos. 'Cuando estaba en noveno grado 'contaba el mayor- vi con mis propios ojos cómo atrapaba un dólar de lo alto del tablero para ganar una apuesta'. Como a cualquier otro niño, hechizado entonces en mitad de'the crowd', ver aquello era tatuar su recuerdo en la memoria. 'And I was a complete shock'. Así es como funcionaron siempre las leyendas del Playground, por auténtica y sincera tradición oral. Eddie Oliver añadía otro episodio de la Rucker con Knowings como protagonista, enfrentado esta vez a un equipo de profesionales liderados por Willis Reed. Scoop Jackson incluía la misma historia en su reseña del especial de SLAM en boca de otro testigo de excepción, Bob McCullough, compañero de Reed y sufrido rival de Knowings aquella tarde. ¿I'm not going to mention names, but there was one play where the Rucker Pros brought the ball down, and Copter blocked a shot. Whap! The guy passed the ball to a teammate, who tried to shoot. Whap! Blocked again. The next guy passed the ball to a third Pro. Whap! Get the picture?'. Knowings consiguió tres taponazos seguidos sobre tres profesionales distintos en una misma jugada. En la NBA sólo Manute Bol alcanzó una proeza similar en 1992 al taponar cinco veces un mismo ataque de Orlando, así que 'cómo no iba a adorar aquel público, entregado siempre a 'los miserables', los suyos, a aquella bestia parda? A lo largo de la serie hemos venido contando que los primeros - 111 -

refinamientos en el arte del mate ('The Dunk') vieron la luz en el corazón del asfalto neoyorquino. Y no se debe olvidar que algo similar ocurrió con 'The Block'. Ambas acciones provocaban espontáneamente el júbilo de todos porque algo inflamable llevaban dentro: la pulsión venal y el espectáculo. Era tal el número de tapones y su relevancia en el juego que la propia NBA decidió incorporarlos a su Estadística en 1973. Y si Manigault, por aquel entonces, pudo ser el más grande matador, Knowings deslumbraría como el más salvaje taponador. Una tarde (la escena la relataba para Yesbasket.ch el miembro del Rucker HOF Tom Lockhart, Bucks draft '76, Univ. Manhattan), H.K. formaba pareja con Dave Bing para enfrentarse en un dos para dos contra Lenny Wilkens y Wilt Chamberlain. El duelo se disputaba a 15 canastas y se llegó al término con empate a 14. Con la bola en su poder, Lenny y Wilt salieron al perímetro para rifarse un simple 'pick&roll'. Wilt quedó libre y recibió el balón adentro para el mate. Pero tan fácil lo debió de ver que, sin fintar, llevó el balón arriba en el preciso instante en que Knowings, en pleno vuelo, se comía literalmente el aro con sus dos brazos (''and covered the rim with his arms'). Y como ahí era donde la fuerza bruta del Helicóptero alcanzaba su punto álgido, consiguió arrebatar salvajemente el balón a Chamberlain con las dos manos. Allí donde otros hubieran corrido serio peligro de quebrar su antebrazo, Knowings era un muro infranqueable, otro hierro intermedio. 'Wilt was so shocked he dropped the ball and Helicopter grabbed it'. Bing anotaría en la siguiente jugada (por aquel entonces el unísono grito de 'bing' era sinónimo de canasta como años después lo sería el de 'magic' en los barrios de Michigan)' 'and his team ended up winning'. Una parte infinitesimal en la trayectoria de Bill Russell y Lew Alcindor vendría dada por ser los únicos capaces de provocar una intimidación real sobre Wilt Chamberlain en forma de tapón. Pues bien, parece ser que hubo además un tercer hombre del que nunca se dijo gran cosa. La mayoría de las fuentes apuntan a que Knowings llegó a mantener con la droga ese tipo de adicción donde la vida cotidiana no parece quedar afectada, como quien come cuatro o cinco veces al día. Es difícil pensar otra cosa cuando su más íntima camarilla, más que adicta, era la droga misma en Harlem. Entrados los setenta, Hammond y Kirkland controlaban el monopolio de todo aquel sector urbano y Manigault se deshacía en su profunda adicción. Nada confirma que Knowings fuera camello pero superada la treintena consiguió honradamente lo que otros ni hubiesen - 112 -

soñado: reunió el dinero suficiente para crear su propia empresa de alquiler de vehículos ('He owned a cab company in NYC', S. Jackson). Nunca dejó de jugar porque la droga parecía no hacer mella en su cuerpo 'alternó varios años con los Globetrotters- pero seguramente sí en su cabeza. Todo parecía ir sobre ruedas cuando aquel fatídico sábado noche (el 12 de abril de 1980), sin ningún destino prudente, la fiebre de la velocidad ''Too Fast, Too Furious'alcanzó una temperatura de alto riesgo pese a que fue otro coche, según fuentes policiales, quien dio primero. ('The cab he was in was hit by another car', Oliver; 'While driving one of his cabs, an oncoming car hit him, killing him on the spot', Jackson;). Herman Knowings, el superhombre, falleció en el acto, y como no podía ser de otro modo, en un accidente. 'El 'Helicóptero' aterrizó a la temprana edad de 37 años', terminaba Jackson. Ese mismo periodista lamentaba la desgracia, otra muerte más, culpando casi directamente -como hizo Alan Paul con Connie Hawkins- al otro Baloncesto, una situación de la que no se vio libre la gran mayoría de integrantes de la Old School. 'Algunos creen que si el poder le hubiese dado a Knowings una sola oportunidad 'la burocracia blanca que rechazaba dar oportunidades a los negros nativos del corazón urbano- nunca habría ido en ese coche porque nunca habría tenido que crear una empresa para tener que ganar dinero', para poder sobrevivir. Probablemente. Como casi con toda seguridad ni él ni Manigault ni Hammond ni Kirkland, ni tantos otros, porque haber sido profesionales les habría alejado forzosamente de un peligroso estilo de vida muy difícil de esquivar cuando no has conocido otra cosa. Ni ellos ni Raymond Lewis, abandonado a su miseria en la chabola de un guetto angelino donde agonizó sin una pierna hasta la muerte. De otro modo las cosas, esta serie no habría sido posible. Un periodista preguntó una vez a Knowings cuál era la razón por la que siempre estaba saltando, y él, con la misma ingenuidad de siempre, respondió: 'Well, it's fun to fly'. Imaginamos que debe andar divirtiéndose de lo lindo en el mejor escenario posible, el cielo.

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LLOYD DANIELS_______________________________________ Esta serie viene dedicada a glosar, entre miles, las figuras más eminentes en el baloncesto urbano americano durante un período de tiempo muy definido que el purismo acordó en llamar 'The Old School'. Parece entonces difícil que, atendiendo a la cronología de la serie, alguien que hace apenas dos años continuara fraguando su leyenda en juego, pudiese formar parte de un grupo de jugadores que se observa hoy, por su distancia en el tiempo, como una reliquia de museo. Sin embargo, encontramos en este nuevo caso tal milimétrica solidaridad con cada uno de los ingredientes que forjaron a las grandes leyendas, que se hace del todo imprescindible su presencia. Más aún, Lloyd Daniels, nuestro hombre final, representa a juicio del autor el último mito de la Old School, quien pone punto y final a una era, toda una leyenda viviente -en el más puro sentido de la expresión- al sobrevivir milagrosamente a la muerte y a su propia vida, la peor imaginable. Abordamos pues, con él, la última gran historia de la serie. Seguramente sin nadie desearlo, Lloyd vino al mundo un 4 de septiembre de 1967 siendo un bebé redondo, más bien feo y completamente calvo. Su padre le vio un tremendo parecido con el hijo de Popeye y lo bautizó con el sobrenombre que no le abandonaría jamás: 'Swee'[t] Pea'. Como si hubiese venido maldito, a los pocos días de nacer, su madre contrajo un fuerte cáncer en el útero que en menos de tres años podría con ella. El padre de Lloyd, sólo y en la miseria, no pudo soportarlo y se refugió violentamente en el alcohol hasta acabar esfumándose para siempre. El bebé se quedó sin padres y empezó a repartirse malamente entre los abuelos paternos, que vivían en Hollis (Queens) y los maternos, en Brownsville (Brooklyn, allí donde malvivían tipos como Fly Williams o Mike Tyson). A los pocos años la vida del niño, que parecía suponer una carga, transcurría casi día y noche en plena calle, donde creció rodeado por un marasmo de droga, violencia y peligros miles. Fue escolarizado pero de poco sirvió. El pequeño Lloyd padecía una dyslexia no diagnosticada que impedía su aprendizaje elemental de las palabras, la comprensión normal del lenguaje oral y escrito. Nada le invitaba a recluirse en clase y a los 7 años encontró su único consuelo en el Baloncesto, al que dedicaría todo su tiempo (la más prematura iniciación de la serie) hasta que llegaba la noche y se veía obligado a deambular - 114 -

por la ciudad en busca de comida o un simple cobijo. Recorría a pie el trayecto entre Hollis y Brownsville a diario, deteniéndose en cada rincón donde ardiesen los aros. Y así fue como llegó a ser conocido, entre tanto ghetto, en un área considerable y, debido a su corta edad, su escaso cuerpo y sus continuos retos sin abrir la boca (entraba mudo a escena como exigiendo su turno), adorado por todos. No era más que un niño. Su abuela de Hollis, incapaz de ningún mando sobre él, hizo todo lo posible por que volviera a la escuela. Pero en octavo grado, donde tan sólo acudió en dos años a 94 de las obligatorias 364 clases, se detuvo en seco. Parecía imposible hacer algo con él que no fuera retarse continuamente sobre cemento con jugadores que 'esto fue clave- eran mucho mayores que él. Con 14 años formaba parte sin problema de las mejores escuadras de la urbe. En 1985, con 17 años, consiguió enrolarse en uno de los múltiples campus de verano neoyorquinos, donde fue visto por primera vez por Howie Garfinkel, scout, entrenador de HS y uno de los pesos pesados del prestigioso Five Star B-ball Camp (actualmente colabora en los Nets de L. Frank), vertebrado en 131 pruebas de alto nivel. A tal grado deslumbró Daniels a todos los presentes que Garfinkel declaró a la prensa: "He´s the best Junior alive, dead, or yet unborn', siendo coronado además como Most Outstanding Player. Su forma de jugar era increíblemente madura para su edad y especialmente en un sentido: la proyección de juego. Hacía jugadas, según contaba Garfinkel, que no se habían visto nunca para un 2.02 tan joven. Intuía cualquier desmarque viendo el pase antes que nadie. Tenía un tiro de larga distancia increíblemente seguro y controlaba a su gusto el ritmo de juego, el tempo de todo un partido. Y parece haber para ello una explicación oculta: el cerebro del disléxico, como atrofiado para el lenguaje, actúa en cambio de modo predominantemente visual, procesa de un modo multidimensional; los disléxicos son intuitivos, altamente creativos y su mejor herramienta son las manos (Muhammad Ali lo era). La extraña combinación en su caso era así cercana al genio. Garfinkel consiguió su ingreso en el instituto Andrew Jackson de Queens, donde por fin tuvo la oportunidad de completar una temporada normal. Sus números lo dicen todo: 31.2 puntos, 12.3 rebotes y 10.3 asistencias. Al descubrirlo, Jerry Tarkanian aseguró que era el mejor jugador de HS que había visto nunca ('He can do evertything better than anyone'). La prensa nacional se deshizo en elogios. Según se decía, Daniels poseía un - 115 -

sentido místico para el juego 'which was made even more amazing by his lack of fundamental coaching and basic instruction'. Años más tarde sería definido como 'the next Magic, the first Pippen and a miniature Kareem', siendo la más incisiva de las analogías la que le acercaba a Magic Johnson por su tamaño y extraordinaria visión del juego; de hecho, algunos dirían ver al mismo jugador 'with a jump shot'. Ben Osborne escribiría en SLAM: 'A 6'7'' point forward with some of the best passing skills of all time, Lloyd was a joy to watch 'and not just for the flashiness some of his passes inherently posessed'. En suma, una joya en bruto de un calado deportivo fulminante muy similar al de LeBron James al inicio de siglo (por desgracia Benji Wilson ni siquiera pudo disfrutar su momento en los primeros ochenta debido a su prematura muerte). Sin embargo, parece ser que los disléxicos poseen también una rara habilidad para distraerse de todo en todo momento y, transcurrido ese año, Lloyd, autista innato para la lógica social, se precipitó de cabeza a la mala vida, como si echase profundamente algo de menos (''gang and drug lifestyle'). La gente que había pretendido tutelarlo, tan pronto como comprobó el lamentable estado donde dio Lloyd en pocos meses, desapareció de su vida y su vida quedó fuera de todo control. Pero alguien no perdería de vista sus pasos: Jerry Tarkanian. El 'zorro' hizo todo lo posible para convencerlo de que el Baloncesto debía ser su vida ('Basket or nothing') y el verano de 1987 consiguió reclutarlo para el Al Mount San Antonio JuCo, donde en dos partidos de minutaje muy repartido registró 35 puntos, 24 rebotes y 9 asistencias. Tarkanian quedó contento y pretendió a toda costa su graduación, hacer de él un Runnin' Rebel, unirlo al grupo de Larry Johnson, Greg Anthony y Stacey Augmon y dorar con ellos toda una época para la UNLV. Y así llegaron ambos a un acuerdo firme para los siguientes cuatro años. Todo parecía rodar. Tarkanian programó siete días de visita al campus para un primer acercamiento, quedando Lloyd libre el fin de semana para disfrutar a su gusto de la ciudad que nunca duerme, Las Vegas. Y, en efecto, Daniels no quiso dormir. El mismo sábado a la noche el joven fue arrestado en unas circunstancias muy extrañas. Cabe la posibilidad de que a alguien estuviera 'molestando' el rápido éxito del neoyorquino, porque no es habitual que las cámaras de TV accedan a una redada antes casi de que ésta se produzca. Quien 'sugirió' su seguimiento obtuvo un - 116 -

éxito rotundo porque Daniels fue cazado in fraganti comprando una considerable cantidad de 'crack' a la persona equivocada. 'Daniels was caught on tape during the 11 o´clock news buying crack from an undercover cop', firmaban las crónicas al día siguiente de que el jugador, como ocurriese cuatro años después en Nápoles con Maradona, apareciera en los informativos nocturnos durante una operación policial televisada y difícilmente entendible sin previo conocimiento de su presencia en la ciudad. Y así Daniels terminó siendo una presa demasiado tierna y previsible. De repente, toda su esperanza de alcanzar el sueño de la 'Division One' llegó allí mismo a su fin (al menos el astro argentino dejaba atrás una brillante carrera). El joven eludió la cárcel pero en cambio su destino estaría ya marcado de por vida. Sin ningún sitio adonde ir buscó refugio en la CBA firmando su primer contrato profesional con los Topeka Sizzlers antes de terminar el año, como queriendo huir del mundo, en la remota Nueva Zelanda. Volver aprisa a su país y hacerlo además en verano era rescatar cuanto antes su particular 'Drug Paradise'. Reforzó su dieta diaria con toda posible receta adictiva cuyo plato fuerte era ahora la cocaína. Y tales fueron las mezclas y tantas sus noches de imprudencia que llegó el momento de encontrarse mal, muy mal, demasiado mal. Cuando el happy summertime llegaba a su fin, en ese período en que tienes equipo o te quedas en blanco, Lloyd se vio tan desesperado añorando el Baloncesto que pidió ayuda expresa para poder rehabilitarse en cualquier programa antidroga. Ingresó en la clínica californiana Van Nuys, un centro para casos especiales que vería pasar alternativamente otras almas heridas como David Thompson, Dwayne Washington, Quintin Dailey o Roy Tarpley. Pero de poco sirvió aquel intento. 'My life, my life, is played out like a jheri curl, I´m ready to die'' 'acertaba Notorious B.I.G. con la situación de tantos y tantos niggas' de las tribus urbanas, uno de los cuales, Swee' Pea, se precipitaba como en la canción hacia un fatal desenlace, algo que tardaría demasiado poco en llegar.

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La desintoxicación en la clínica resultó un rotundo fracaso. Quien acude a la cura debe hacerlo convencido de que limpiarse por completo exige un gran esfuerzo y voluntad. Y Lloyd no puso ni lo uno ni lo otro. Antes de tiempo regresó a lo profundo de su ciudad, deambulando entre las calles de Hollis y el este de Brooklyn, y ya nunca de día. Fueron meses donde el joven se dejó arrastrar a una absoluta y suicida 'gang&drug life', marcada por el consumo masivo de crack, un sucedáneo de la cocaína 600 veces más letal (de cada fallecido por sobredosis de coca en 1989, quince morían por crack) y, por supuesto, mucho más barato (ingentes cantidades de bicarbonato adulteran la pasta base). Dice la enseñanza popular que quien juega con fuego se termina quemando y LSD no sería una excepción. El episodio más negro de su vida estaba a punto de producirse. La madrugada del miércoles 10 de mayo de 1989 Lloyd Daniels tomaba parte en una de tantas correrías nocturnas celebradas en un infame local de Brownsville. Rodeado de la peor calaña imaginable las horas pasaban aprisa y, entrada la noche, cuando el abuso del crack impide sonreír y el corazón late desbocado, se desató una fuerte discusión allí dentro. Uno de los camellos le reclamó en seco una deuda de diez dólares que Lloyd rechazó en el acto. Lejos de calmarse el asunto, los ánimos se calentaron hasta que, con las primeras luces del jueves y el ambiente en su punto más tenso, Daniels decidió largarse. Lo hizo solo, como siempre, y esta vez en dirección a la casa de su abuela Julia, en Hollis (Queens). Pero al llegar, lo estaban esperando (camello, secuaces y coche formaron siempre un erótico trío urbano). La discusión continuó allí mismo pero duró poco. Uno de los tipos sacó su pistola y disparó a bocajarro tres balazos sobre el pecho de Lloyd, que quedó tendido en el suelo agonizando. La escena debió ser similar a la de Álex en 'La naranja mecánica', cogido a traición por un miembro de su propia banda, sólo que en vez de botellazo a la cara, el cuerpo de Lloyd recibió una triple descarga mortal, pero como en la película, todos salieron de allí pitando mientras la víctima se retorcía sola frente a la puerta de una casa ajena. En una breve monografía sobre Daniels publicada en la PLAY italiana el 22 de octubre de 2001, el periodista Giovanni Carnesi sugería el origen de aquella bronca: ''in linea con la - 118 -

condotta della sua vita, Lloyd continuò a dire all'interlocutore che i soldi erano giusti e che non mancava niente (la polizia sostenne che Daniels avrebbe dato due banconote da 1 dollaro ciascuno invece di due da 5 dollari e che il drug-dealer sarebbe tornato per vendicarsi)'. Parece ser que la última dosis de Daniels en el local fue pagada por éste con un fajillo apuñado de dos billetes que, de mano a mano, el camello se guardó despreocupado. Al rato el camello se echó la mano al bolsillo enojándose al comprobar que Daniels le había engañado con dos billetes de un dólar en lugar de los dos de cinco debidos. Ocho miserables dólares costaba, pues, la vida de Lloyd aquella fatídica noche. Un ajuste de poca monta. Fue su abuela quien dio el aviso a la ambulancia, que voló hacia el hospital. Al llegar, los médicos le daban ya por muerto (¿The doctors had a grim outlook, saying death was the next logical step because of the severity of the wounds'). Pero milagrosamente Daniels consiguió aferrarse a la vida. A riesgo de perderla, una de las balas quedaría en adelante alojada en su hombro 'la intervención era de un riesgo inasumible. Lloyd logró sobrevivir a una muerte segura pero lamentablemente fue otra vez noticia nacional y en diciembre de 1990 encabezó título y portada de un polémico libro (Swee' Pea and Other Playground Legends: Tales of Drugs, Violence and Basketball) a cargo de John Valenti (New York Newsday) y Ron Naclerio (HS coach). Lo ocurrido con Daniels y la obra como relato social desataron una fuerte controversia en importantes sectores de la sociedad. Una durísima editorial del Library Journal arremetía entonces contra el deporte universitario y el sistema educativo americano, a los que consideraba gravemente enfermos: 'It's not just a sports tale, but an indictment of our public education system, the big money game of major college basketball, and society itself. How is it possible that Daniels, a dyslexic young man who reads on a third grade level, could graduate from a public high school and then be admitted to a four-year state university?' (William O. Scheeren, Hempfield Area Sr. HS, 1990). A juicio de muchos, Lloyd no era más que otro guiñapo de un drama mucho mayor, un drama silencioso, un drama gigantesco. Conviene atender un instante a la difícil situación que atravesaba entonces un importante sector de la sociedad americana, el de las clases más desfavorecidas. Droga, violencia y crimen van inexorablemente unidos a alguna carencia elemental y los días del Lloyd adolescente eran mucho peores que sus . El profesor - 119 -

Escohotado lo explica: 'El endurecimiento de las penas no sólo produjo un descenso brusco en la edad de los usuarios, con altos índices de adictos juveniles, sino un vertiginoso incremento en el número de traficantes infantiles; en Washington, Detroit, Nueva York, Los Ángeles y otras grandes ciudades norteamericanas, las medidas penales que Reagan y Bush proponen van a multiplicar por cuatro y hasta por ocho el número de camellos con menos de 16 años'. Las declaraciones oficiales omiten que muchos adolescentes lo hacían 'para ayudar a familias castigadas por la pobreza', así como tampoco mencionan que 'el nivel de desempleo para muchachos negros y chicanos se elevó con Reagan y Bush hasta casi el 50%; que el salario mínimo, ajustado al nivel de inflación, alcanzó el nivel más bajo desde 1955; que el número de jornaleros misérrimos pasó de 3 a 17 millones entre 1979 y 1989; que las becas y ayudas escolares se redujeron en un 20%, mientras el precio de la educación se doblaba; y que, en general, el presupuesto para programas de formación y empleo 'básico para jóvenes desfavorecidos- fue congelado o suprimido' (Hª Elemental de las Drogas, Anag., 2003). Un desolador panorama que multiplicó hasta el infinito los posibles daños sobre alguien que ya nació pobre y quedó huérfano siendo un bebé. Cuando mucho tiempo después Lloyd salió del hospital su vida estaba a cero. Había tocado fondo y todo brillo anterior había oscurecido. Tuvo suerte de existir un hombre llamado John Lucas, una figura comprometida con los marginados y caídos del mundo de los aros (él había sido el mejor ejemplo). Lucas entrenaba los veranos a los Miami Tropics de la USBL, una familia de toxicómanos animados a la rehabilitación con el Baloncesto como mejor excusa. Aquel grupo de personas, entre ellas Ken Bannister, Roy Tarpley, Richard Dumas, Sheldon Owens o Dwayne Washington, recibió al joven con los brazos abiertos. El técnico lo estaba bordando: sendos títulos de liga en 1992 y 1993 (36-9 en total) facilitaba las cosas a todos. Tras haber visto la muerte de cara, Lloyd cambió por completo su visión de la vida y gracias a la tutela de Lucas se alejó en lo posible de su vida anterior. Su primer año (92) fue incluido en el segundo cinco ideal de la liga jugando en Long Island Surf. El verano siguiente lo haría con los Tropics para estar más cerca de su padre espiritual. A tal punto concentró sus esfuerzos otra vez en el juego que varios informes de la USBL (a cargo del propio Lucas) y la - 120 -

Global Basketball Association confirmaron que estaba limpio del todo y sugirieron su posible acceso a algún training camp profesional. Y entonces sobrevino el milagro, que relatamos en la próxima y última entrega sobre Lloyd Daniels.

En 1992 San Antonio cayó a las primeras de cambio a manos de Phoenix (3-0). El varapalo obligó a la directiva texana a un drástico cambio de rumbo, situando como técnico jefe a Jerry Tarkanian, veterano debutante en la arena profesional. Este hombre parecía condenado a ser el ángel de la guarda de Daniels, ofreciéndole por segunda vez la oportunidad de su vida: previo paso por el campus de verano jugaría en la NBA con San Antonio Spurs. Después de tantos y tan terribles avatares, el neoyorquino por fin podía ser profesional. En los primeros 20 partidos Lloyd formó parte de una tímida rotación pero el 9-11 inicial puso rápido fin al periplo profesional de Tarkanian. 'Su sustituto? Nada menos que John Lucas. La suerte para Lloyd venía de cara. El técnico demostró al llegar su terapéutico manejo del grupo, creó muy buen ambiente y arriesgó una táctica de rotación valiente (12 jugadores superarían los 500 minutos). Hasta la llegada de J.R. Reid al equipo, Daniels alternó con Vinny Del Negro el rol de sexto hombre al quinteto formado por Johnson, Elliott, Ellis, Carr y Robinson. Y Lloyd cumplió con creces. Integración, correctos porcentajes y aplomo en pista fueron sus credenciales culminando su debut como sexto anotador del equipo (9.1). Durante toda la temporada la rotación fuerte de Lucas no olvidó a un jugador cuyo pasado despertó rápido la admiración y el cariño de los seguidores del HemisFair. A muchos kilómetros de allí, en lo profundo de la Gran Manzana, quienes habían compartido con él horas de calle y tropelía, no le quitarían ojo sintiendo además un orgullo especial. Lloyd estaba allí. El 55-27 de la Regular convalidó finalmente la apuesta.

Lloyd Daniels era un jugador físicamente extraño: calvo, frente huidiza, carente de músculo, vello, hombros y labios, ojos achinados y fina nariz europea, su piel era tan clara que parecía un - 121 -

negro albino. Ligeramente braquicéfalo 'cabeza ahuevada como Payton, Cassell o Thierry Henry- y de anatomía romboide 'menguando a partir de las caderas- llegaron a apodarle 'Alien Nation' por su tremendo parecido con el alienígena principal de la serie de TV. Semejante ejemplar merecía al menos una reseña, cosa que no se produjo hasta desaparecer Lloyd de la escena. Tom Scoccase atrevió en el City Paper (8 dic. 99) aludiendo además a su eterno problema disléxico: 'Daniels is pigeon-toed and thin, unmuscled, with a narrow face. He tends to talk in an amalgam of jock phrases and recovery-speak'. Tampoco su apariencia técnica era muy común: herencia de su pasado playmaker, su bote era corto y bajo para una estatura generosa, inclinando hacia delante el cuerpo en dos partes como un aspa: piernas y espalda permanecían rígidas. Para quienes no le habían visto jugar pero conocían su pasado, Daniels era como una exótica pieza de feria, una rareza. La gente parecía transigir su fealdad por un pasado anémico y violento, y sobre todo, por la famosa bala alojada en el hombro, el morboso motivo de su primera, y casi única, popularidad. Y es que muchos se preguntaron entonces cómo podía jugar en la NBA alguien afectado por un parásito de metal.

En lo que al Daniels jugador respecta, mucho habían cambiado las cosas. Contrariamente al desparpajo y la osadía que presidieron la actitud de otras leyendas urbanas, el Lloyd Daniels profesional era un jugador técnicamente tímido, de muy escaso recorrido, reprimido de cuantas virtudes le habían dado fama como prematuro genio urbano. Lucas no le prestó nunca la dirección de juego porque ya no lo era. Y tampoco él parecía desearlo cuando apenas retenía el balón, como urgiéndole el pase elemental y corto al compañero más cercano para no provocar pérdidas ni desorden alguno al encaje general. Básicamente se había convertido en un escolta muy alto, todo exterior, cuya mayor virtud era la seguridad de enchufar el tiro una vez la jugada había sido cocinada por todos en elaborados estáticos. En suma, una velada represión de lo que representase en otro lugar y tiempo que recuerda muchísimo al caso Kukoc: de soberano a vasallo, de eje a tornillo, de sobresaliente a común. Incluso el juego de Lloyd, de tempo muy lento y cerebral, era más propio de la sangre europea que del playground americano (de la primera rotación tan sólo Antoine Carr perdió menos balones). Ya no era en ningún caso el Lloyd adolescente, y fuera por voluntad propia o por mera táctica, tendría que asumir su nuevo papel y, por - 122 -

desgracia, una merma física evidente (parecía moverse con sumo cuidado). Al año siguiente su presencia perdió peso y terminó por aceptar que ser profesional costaba un precio muy alto. Todo esto explica que Lloyd no se sintiera del todo a gusto.

Así que transcurrido ese tiempo pudo equivocarse. Tan seguro se vio ya como profesional que se ofreció al mercado para conocer su valor real, cosa que no gustó demasiado en el despacho texano. Nadie superó la oferta de los Spurs y tras decidir la directiva el despido del técnico, su sustituto Bob Hill haría lo mismo con Lloyd. A partir de ese momento su itinerario perdió cualquier sentido constructivo. Lucas acabó en Philadelphia llevándose consigo a Daniels, que a mitad de temporada emigró a los Lakers. Tras el verano del 95 vendría a Europa, a la Scavolini, y sin ser ni mucho menos un anotador cerró el año con 24 por partido. Pero a toda costa quería regresar a la NBA y sendos contratos cortos en la 9697 le brindaron 22 partidos con Sacto y New Jersey. Al año siguiente irrumpe en Toronto, donde disputa tan sólo seis partidos 'de nada sirvieron sus 21 puntos en uno de ellos- antes de firmar con Atlanta, con los que ni siquiera llegará a debutar perdiendo además su derecho a pensión pese a bastarle un solo contrato más para lograrlo. Y es que por muchos años que pasaran, Lloyd seguía ignorando cierta lógica en el juego social que, mal que pese, permite progresar o echar raíces en algún sitio. Así lo aclaró años atrás una editorial de la Publishers Weekly: 'Coaches and colleagues tried to discipline him, yet Daniels emerges as a man whose skill is exceeded by his laziness and arrogance, a player who cuts practice, blaming poor performance on injuries or on teammates, but never on himself'. El final de la 97-98 lo repartió entre el Galatasaray turco y la CBA (Idaho). Al inicio de la siguiente emigrará a Puerto Rico (Cangrejeros de Santurce), retorna a la CBA (Idaho y Sioux Falls) y termina el año en el AEK de Atenas. Vuelve a su país y Herb Brown lo rescata para sus Baltimore Bay Runners de la IBL, donde coincide con el pequeñísimo Shawnta Rogers (1.62), que encabeza aquel año la liga en puntos, asistencias y robos. Daniels ya no era la estrella en ningún sitio y aún le deparaba el destino una ironía mayor.

En febrero del año 2000 regresa con 32 años a la IBL de manos - 123 -

de Trenton debutando en elThomas&Mack Center de Nevada Las Vegas, precisamente el lugar donde 13 años atrás lo tuvo todo a su favor para la más prometedora carrera imaginable antes de ser detenido. Así lo señalaba Steve Carp ('Lloyd Daniels: ALIVE AND WELL') en la Review Journal del 15 de febrero:'But life has a funny, if not ironic' Lloyd Daniels, a survivor in the game of life, finally got to play at the place that was supposed to be 'his house''. No, su casa nunca sería Nevada Las Vegas sino L.V. Silver Bandits, más irónicamente aún, 'Los Bandidos de Plata 'ni siquiera de oro- de Las Vegas'. Ni tampoco recibiría el pabellón aquel lunes las 18 mil almas habituales para ver a la UNLV, sino apenas unas 300 y por un motivo, como apuntaba Carp, más bien poco deportivo. 'And those who were there may have shown up out of morbid curiosity'. Pero al menos recibió una fuerte ovación al salir, logrando 22 puntos y la victoria de su equipo por 109 a 113. En Trenton aguantaría nada menos que año y medio. Transcurrido el verano renovó liga, ahora la USBL, jugando para Long Island Surf antes de terminar su rocambolesca carrera, al término de la 2002, en la remota Venezuela. Así terminó todo. En suma, un triste deambular por 20 equipos y 7 países distintos en apenas 10 años. 'I got to see a lot of beautiful places', decía Lloyd a modo de triste epitafio.

Su nombre quedaría inexorablemente unido a la bala 'todos sabían de ella pero nada de su origen- y al de Jerry Tarkanian, sobre el que la Liga Universitaria había abierto en abril del 87 una investigación por flagrantes irregularidades en el reclutamiento del jugador ('Violation of NCAA rules in UNLV recruitment of Lloyd Daniels', titulaba el expediente en noviembre del 91). El proceso duró cinco años y terminó por puro desgaste con la carrera del técnico cuando hizo pública su renuncia en marzo del 92. Una vez más se repetía la historia; bastaba que una Leyenda del Playground acariciase el terreno oficial para quedar maldita. Y esta es la lectura más importante que puede hacerse del caso Lloyd Daniels más allá del rápido vistazo público que lo contemplaba como otro genio urbano apagado y convertido en parche reciclable en equipos de quinta fila. Sobra añadir que muchos detractores de la calle se subieron con gusto al carro de su fracaso.

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Hoy día Daniels es un hombre feliz. Feliz de estar vivo y feliz de poder disfrutar de una familia de la que le privaron al nacer. Está casado y tiene 3 hijos: Aubrey (11), Shaina (9) y Lloyd Jr. (5). Habita una bonita casona en Colt's Neck (New Jersey) y aunque reconoce ser feliz por las cosas que no se pueden comprar, tampoco se priva de su Mercedes y su Lexus. Dedica ahora su tiempo a evangelizar su comunidad, entrenar a chavales desfavorecidos y de vez en cuando se anima a participar en algún torneo estival. 'When you get older, you change. The main thing is you have responsibilities to others. I have a wife and three kids to support. I got people to look after now. Before, I was just looking after Lloyd Daniels'. Por lo recurrente, parece ser ésta la feliz condena de las leyendas que sobrevivieron a la muerte, de aquellos que una vez fueron grandes y hoy' lo siguen siendo.

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GRANDES PEQUEÑOS_________________________________ Llegados al último tramo de la serie y cumplida la promesa de monografiar a los más grandes, relajamos un tanto la profundidad documental para acelerar la presencia de otros nombres que también dejaron su particular huella en otros tantos rincones de las Asphalt Jungles, entre las que destaca, como siempre, la New York City, yacimiento inagotable de toda fauna posible pero especialmente de una, la de los grandes pequeños. El encantador racimo de los“explosive guards” fue sin duda el más abundante de cuantos tipos de jugador derramaron las calles a lo largo y ancho de todo el país. La lógica es demográficamente sencilla: las estaturas altas son menos comunes que el amor por el Baloncesto, mucho más socializado. Tyronne Bogues, Spud Webb o Earl Boykins comparten juntos el éxito de la supervivencia en un mundo de gigantes. La escena profesional les dio cobijo. Pero… cuántos se quedaron en el camino. En la última entrega mencionamos a Pablo Robertson, célebre en la NYC de los sesenta por concentrar la atención de la multitud al dominar partidos sin anotar un solo punto. “Pablo’s thing was defense and passing –recordaba Pee Wee Kirkland. Lots of people couldn’t get the ball over the line on him because he would hound you to death”. Aquel frenético base de apenas 1.68 era un producto puro de la Gran Manzana: extrovertido y descarado, resuelto y rapidísimo, su formidable manejo del balón y del juego anticipaba tanto el porvenir de su posición como su feliz condena al circo globetrotter. Graduado en un pequeño instituto del Bronx (De Witt Clinton), Robertson eligió la universidad de Loyola, en Chicago, donde haría historia en 1963 en un partido contra Wisconsin. El base titular John Egan fue expulsado por faltas y al salir del banquillo Robertson, quedaría en pista el primer quinteto completamente formado por jugadores negros en la historia de la NCAA (Div. 1). Loyola ganaría aquel año el campeonato universitario. La guerra de Vietnam se interpuso luego en su camino y al regresar buscó de nuevo refugio en la calle, que lo vio brillar en la Rucker del 67 jugando frente a Willis Reed y su compañero en los Globs, Connie Hawkins. La fama que le negó el profesionalismo se la daría después la Televisión al protagonizar sus Harlem Globetrotters la exitosa serie del mismo nombre –hoy puro cultoemitida entre 1970 y 1971. - 126 -

Del profundo Harlem recogería también aquel equipo una réplica de apenas 1.80 cuyo apellido real lo decía todo: Frank “Shake&Bake” Streety (Callejero). En el baloncesto moderno hay undribbling preciso, artimaña de los grandes manejadores (Monroe, Thomas, Hardaway) denominado “Shake&Bake” (rapidísimo cambio de ritmo y dirección recortando inesperadamente el bote) cuyo origen se remonta a aquel pequeño acróbata graduado en Murray State. El periodista Russ Bengtson lo recordaba como un auténtico “killer on the asphalt” capaz de hacer mates monstruosos con una estatura ridícula. Pee Wee Kirkland siempre insistió que en ningún caso“se puede hablar de los grandes de aquel entonces sin mencionar a ‘Shake&Bake’”. Años después, en los primeros ochenta, surgiría otro auténtico detonador que no llegaba al 1.75. Se llamaba James ‘Pookie’ Wilson y en un partido de instituto, poco antes de elegir la pequeña John Jay, anotaría nada menos que 100 de los 102 puntos de su equipo. “In ’83 he was named College Division Player of the Year by the NY Metropolitan Writer’s Association”, indicaba el cronista Bobbito García, añadiendo que era absolutamente “imparable con el balón en las manos”. En la Rucker del 85, donde estuvo a punto de alcanzar los 70 puntos de Hammond una tarde, lideró el torneo en anotación (34.6) y pase fulminando con 42 puntos a Kevin Williams (tercer base de los Cavs) en un partido tras el que Arnold ‘A-Train’ Bernard, compañero entonces de Rod Strickland, lo definiría como el mejor jugador que había visto en su vida, algo lógico para quien tuvo el privilegio de ver, en un torneo concentrado de día y noche, cinco partidos de Pookie cuya anotación sucesiva fue de 55, 49, 41, 56 y 43. Un aluvión de 244 puntos en varias horas a razón de 48.8 cada choque. “Pookie stayed at another level. The rest of us were only allowed to visit”. Años más tarde, ya en los noventa, las calles de Houston fueron testigo de una proeza similar en nombre de Lawrence ‘Doc’ Castle. En un torneo ‘Pro-Am’ (Proffesionals-Amateurs) de verano consiguió enchufar 102 triples en cuatro partidos consecutivos (“Make. Not take, made”, destacaba Stu Worth en SLAM) a más de 25 de promedio y sumando en uno de ellos la friolera de 91 puntos. “Cuando estoy caliente me encuentro en mi propio mundo. No puedo pensar en nada ni en nadie, y cuando eso ocurre no me veo perdido –se intuye a nivel existencial-(I don’t - 127 -

see me missing)”. Al menos Castle disfrutó del anillo triple como no pudieron hacerlo otros tantos pequeños del pasado. Los primeros 60 dieron en el sur de California otro explosivo base de nombre James Allen, apodado ‘Arkansas Red’ porque su juego se ponía, por momentos, al “rojo” en los parques y la universidad de Arkansas-Pine Bluff. En un partido contra la poderosa Grambling de Willis Reed, Allen condujo a su equipo a la victoria tras doble prórroga anotando 60 puntos. Muchos años después declaró que, de haber existido el triple entonces, habría promediado 100 puntos por partido. No en vano en la calle lo llamaban “Radar” debido a la lejanísima cobertura de sus tiros a canasta, algo perfectamente válido para Pete Maravich, del que ignoramos su incremento anotador de haber gozado del triple. Más tiro: en la entrega XXIII recordamos a Walter Szczerbiak como el mejor tirador en la historia de la Rucker a juicio de Peter Vecsey. Pero hubo una réplica suya casi exacta, físico incluido (con el libre añadido de Manolo Flores), llamada Jack Ryan, apodado ‘Black Jack’ e incluso ‘Water’ por la obstinada limpieza con que parecían entrar siempre sus tiros, para Chris Mullin, los mejores que haya dado nunca un jugador que no haya pisado la NBA. El verano de 1990, cuando Ryan contaba 27 años, fue ofrecido por Peter Vecsey en el campus de los Nets, pero la fuerte presencia de Blaylock, Theus y Derrick Gervin y una inoportuna molestia en la rodilla, lo dejaron fuera de juego en el último instante. Como senior promedió en el instituto 26 puntos llegando a los 44 en una ocasión. Pero la verdadera cuestión en Ryan no era tanto el aluvión de puntos como la forma de producirse. Bobbito García, compañero suyo entonces, lo explica mejor: “La primera vez que jugué con él hizo 17 de 17 en tiros de campo, y todos fueron tiros lejanos, justo antes de fallar el último donde el partido se decidía, y eso que estaba libre de marca”. Para los llamados tiradores, se quiera o no, tendrá siempre mayor valor el último acierto que los primeros muchos errores. Con todo, subraya García, “Ryan is a legend at East 5th St. Park in Brooklyn”. También las calles del West Side de Chicago fueron célebres por alumbrar figuras de enorme interés. El analista Scoop Jackson subraya la K-Town como “one of the most renowned basketball territories in the world”. Jugadores como Isiah Thomas, Mark Aguirre, Terry Cummings, Sonny Parker, Billy Harris, J.J. Anderson, Hersey Hawkins, Eddie Johnson, Glenn Rivers, Michael Finley, Lamarr Mondane, Michael Harmon, Nick Anderson, - 128 -

Marcus Liberty o Ronnie Fields, son allí, en distinto grado, auténticas joyas del recuerdo y, a menudo, este es el grupo más mencionado en torno a la ciudad. Pero a juicio de Jackson conviene rescatar otro nombre injustamente olvidado: Eddie Hugues, un base explosivo (“He may have been the best of anyone west of Madison and State Street”) que no levantaba del suelo más de 1.78, apuraba los 62 kilos (“con ladrillos en los bolsillos”) y un salto vertical en torno al metro.“Pregúntale a Isiah Thomas cuántos partidos por encima de los 40 puntos le hizo en la década de los ochenta a él y otros muchos en los ‘Pro-Am’ de verano jugados en la universidad de Chicago State”. Por eso Jackson no perdonaba: “His legacy: too often forgotten”. Más sepultado aún el nombre de Arthur Sivels, apodado “The Original Magician”, nativo también de Chicago y célebre por la elegancia en el manejo de balón y sobre todo, por su mal genio. Ordenó a su madre decir a quienes preguntasen por él que no estaba en casa y cuando inesperadamente abrió él mismo la puerta a un feliz representante de los Globs, le soltó un puñetazo que lo dejó K.O. en el suelo. Su compañero de mil batallas Sonny Parker lo recordaba como una increíble mezcla de “Earl Monroe, Leon Hilliard y Marques Haynes” añadiendo que“podía driblar el balón por detrás de la espalda a mayor velocidad que muchos jugadores por delante”. En un remoto prospecto publicado en la página theworldebon.com, donde lo calificaban como “marvelous”, se hacía referencia a su principal artimaña técnica en los siguientes términos: “a master of the ball, performing sleight-of-hand wizardry before your eyes”. En fin, cuánta magia perdida en el olvido.

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PHILADELPHIA________________________________________ Situémonos en una espléndida tarde de verano de 1966 en Harlem. Poco después de las seis, cuando ya no cabía un alfiler en el parque y alrededores de la 129, llegaron dos autobuses repletos de fans que venían de Philadelphia y que nada más bajar coreaban en grito: “Where’s Jesus?” “Black Jesus!” “Where’s Jesus?” “We want to see him!” Los nativos de Harlem no entendían nada de lo que decían aquellos tipos ni tampoco las inscripciones en las camisetas y muchas otras pintadas en los rostros y en decenas de carteles que destacaban por encima de aquella marabunta de “black heads”. Todas rezaban lo mismo: “BLACK JESUS”. Al poco de formarse las dos escuadras en duelo, la una de Harlem la otra de Philadelphia, un joven negro ataviado con una camiseta rota, unos cortos ridículos, una zapatilla baja de color blanco y otra alta de color negro, hizo acto de presencia en la pista con una serenidad majestuosa que contrastaba muchísimo con la locura que su aparición terminó desatando. Todo aquel jaleo delataba su identidad: aquel extraño debía de ser el famoso Black Jesus. “I supposed to be some kind of star. I’d never heard of him”. El partido comenzó y el tipo concentró aprisa la atención de todos los presentes. Su forma de jugar no era normal (recordemos: año 1966). A ojos de los presentes semejaba una danza nativa de otra tribu no muy lejana: “He started spinning with the ball –a herky-jerky, stopand-go challenge in his own defensive end”. Aquel tipo parecía bailar con el balón, mover los pies en direcciones absurdas y dar al defensor la espalda y la cara sin sentido aparente. Uno de los bases del equipo local, un tanto mosqueado por lo que ya parecía un vacile, fue a por él con más saña que honrada defensa cuando “…we didn’t believe it as we saw it, this motherfucker with his own cheering section jumped into the air, did a 360 and, while he was spinning fired an overhand, full-court, topspin pass that bounced at the top of the key and, rising, caught his man in stride on the dead run for an easy lay-up”. Con eso bastó. En aquel preciso instante todo el público, fuera de - 130 -

donde fuese, hizo piña en torno al extranjero. “Black Jesus! I saw him! I saw him!”. Ya no cabía ninguna duda de que aquel tipo, por alguna extraña razón, parecía de verdad un Maestro. “Black Jesus. Turns out he was… Earl Monroe”. En esos grandilocuentes términos relataba la escena Kareem Abdul-Jabbar, integrante entonces del equipo local, en la primera de sus biografías (GIANT STEPS, Peter Knobler, Bantam, 1983). Y es que no es posible elaborar ninguna antología del Playground sin hacer referencia aEarl ‘The Pearl’ Monroe, el jugador más importante y legendario que han dado las calles dePhiladelphia a lo largo de su historia. Excluimos su monográfico de la serie porque el brillo de su biografía deportiva excede con creces ese oscuro universo marginal del asfalto que hemos ido retratando en cada entrega. Entre tanta miseria y fracaso, el suyo es un resplandor inmaculado, un caso único además en alternar a pleno pulmón el profesionalismo y la calle, la NBA y laPhilly’s Baker League, hermana de la Rucker neoyorquina en la cercana Philadelphia. En los años setenta aquel torneo sólo llegó a tener sentido por la presencia de Monroe y fue tal la adoración hacia él por parte de las comunidades negras más desfavorecidas de la ciudad que llegó a ser conocido por todos como el Jesucristo Negro y tratado como tal. Y en verdad que lo parecía incluso físicamente: negro delgado de gesto sereno, afro moderado, barba solidaria y una dentadura a cada nueva y sincera sonrisa más encantadora y cordial. De ahí que para reforzar la devoción de la urbe negra hacia algunos dioses del asfalto, el documental elaborado por la NBA con motivo de su 50 aniversario, escogiera a Monroe como figura principal de aquella edad dorada, poniendo voz a la sucesión de imágenes – maravillosas- nada menos que Spike Lee, un devoto racial del carnaval urbano de los aros. Bastaba echar un vistazo a las gradas del pabellón en la Baker League, dominadas por reacciones extáticas a cada acción del Cristo negro, para comprobarlo. A decir verdad, la comunión entre Monroe y sus feligreses alcanzó momentos emocionales nunca repetidos. Probablemente no se pueda entender mejor la docencia técnica que para muchos supuso jugar en las calles como en el caso de Monroe. Y eso que el basket no fue lo primero. Lo primero fue curiosamente el fútbol (soccer), al que dedicó buena parte de su infancia, y lo siguiente cazarle el baloncesto a los 14 años con un brutal estirón hasta el 1.90. Un vistazo a su increíble progresión anotadora en Winston Salem hasta conducir a los Rams al título de - 131 -

la División habla por sí sola:7.1 - 23.2 - 29.8 – 41.5. Sin parangón en la historia del Baloncesto universitario ni en la libre escolarización del juego que en la práctica fue la calle. Tampoco se puede comprender la biografía del astro sin atender a la mayor y más fantástica de sus virtudes: la creación individual de juego, la ampliación estética de movimientos improvisados en un yacimiento inagotable y completamente nuevo. Jugando, Monroe se deslizaba suavemente por la pista con tal elegancia que parecía ralentizar el tiempo a su gusto. En aquel especial de la SLAM, Russ Bengtson abreviaba demasiado el motivo por el que en el instituto lo refiriesen como “Thomas Edison”. El prospecto biográfico en el Hall of Fame lo ampliaba diciendo: “His high school teammates at John Bartram HS called him ‘Thomas Edison’ because of the many moves he invented while playing hour upon hour on the roughand-tumble Philadelphia playgrounds”. Y más adelante sigue: “Monroe podía orquestar todo un baile en una pista de juego”. ¿Cómo? “… twisting, spinning, faking, double-pumping and spin-dribbling moves”. Un racimo desatado de impulsos reflejos en el manejo de balón, una respuesta deportiva del colorido libertario que dominaba la época, como una pulsión artística más o auténtico art nouveau de origen suburbano. Bengtson, sin embargo, sí apunta el origen del sobrenombre ‘Black Jesus’ “because he always performing miracles”. En el perfil de Monroe son numerosas las referencias religiosas, como si fuera un sacerdote de aquel estilo de vida (el Baloncesto como vía de escape o paraíso acá) cuya liturgia del juego proporcionaba trascendencia a sus seguidores. “His trickly game was born from the streets. (…) Earl Monroe was the Truth”. A todo ello contribuyó también su semblante humilde y cordial, pese a declarar una vez al Philadelphia Bulletin que no creía que pudiera ser detenido por nadie. “El secreto reside en que yo nunca sé qué es lo que voy a hacer con el balón, y si yo no lo sé, estoy seguro de que quien me defienda tampoco”. Su propio compañero en los Bullets, Ray Scott, vino a arropar esa creencia al afirmar que ni siquiera “Dios podría echar un one-on-one contra él”. En la serie de entrevistas que realizó la NBA en 1996 al Top 50 Monroe se definió de forma breve y sencilla: “I had to develop flukey-duke shots, what we call la-la, hesitating in the air as long as possible before shooting”. Muchos aseguraron, entre ellos Spencer Haywood, que Monroe volvía loco a sus defensores porque nunca repetía una sola acción. No era técnicamente previsible. - 132 -

Al llegar a la NBA fue apodado “The Pearl” porque de tan rara y única su figura, parecía una auténtica “perla negra”. Como ni siquiera el profesionalismo modificó un ápice su estilo de juego (“…but never, ever lost that playground edge”, Bengtson) su compañero en los Knicks, el senador Bill Bradley, declaró su asombro al New York Post calificándole como “the ultimate playground player”. La libertad de la calle era algo que llevaba en las venas y como nada ni nadie se interpusieron en su camino – como en tantos otros casos- el Baloncesto lo condujo a su debido lugar. Junto a Julius Erving he aquí a otro rey anfibio del asfalto y el parqué más brillante. Puede que ningunas palabras lo definan mejor que aquellas Abdul-Jabbar le dedica en su primera biografía: un jugador, decía, “with the bizarre sense of style played some basketball I had never seen”. Buena parte del baloncesto moderno debe muchísimo a aquella joya del libertarismo técnico y estético llamada Earl Monroe. Con Philadelphia como escenario tampoco podemos pasar por alto dos figuras sumamente olvidadas:

Lewis Lloyd ‘Black Magic’ fue una máquina anotadora que dominó las calles de Philadelphia en los últimos setenta. “Todo él era suave, de juego muy fluido. Era imparable porque podía anotar de muchas maneras distintas”, decía uno de sus mejores rivales, Gene Banks. “Tenía un gran ‘finger roll’ y una suspensión hermosa, y siempre buscaba la posibilidad de hacer el mate sobre ti. En defensa, simplemente, te aburría”. En Iowa Drake University promedió 28 puntos y 12 rebotes entre 1979 y 1981 y fue nombrado dos veces Missouri Valley Conference Player of the Year. Pero daba igual: la calle estaba maldita y cayó hasta el número 76 de la 4ª ronda Golden State. Después de seis sólidos años (81-87) en la NBA –promedió 16.9 en las Finales de 1986- fue castigado dos campañas por incumplir la normativa antidroga. Se largó a la USBL donde promedió con los Phila Aces 30.8 antes de cumplir simbólicamente con su regreso a la NBA (21 partidos con Phila y Houston en la 89-90) para demostrar que estaba rehabilitado. Hoy día, a sus 45 años, aún se le puede ver en las calles de la West Philly disputando dignamente torneos de verano.

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Gene Banks También imprescindible en la Philadelphia de los años setenta. “Mi juego era en una palabra: completo. Podía hacer de todo: driblar, rebotear, volar, tirar, defender, pasar y ayudar a mis compañeros a ser mejores”. Formó pareja con Eggy Tillman y Darryl ‘City Lights’ Warrick para liderar a la West Philly HS a tres títulos consecutivos de la ciudad entre 1975 y 1977. Ese último año fueron campeones de toda la nación. Aquel trío se hizo mítico en la ciudad y el verano del 77 dominaron a su gusto la Sonny Hill y la Philly’s Baker League, con permiso precisamente de Monroe. En 1978 el excelente rendimiento de Banks y Gminski condujo a Duke a disputar la final de la NCAA contra la poderosa Kentucky. Por encima de su perfil técnico, Banks destacó siempre por ser un tipo generoso y como nunca fue la estrella ni en San Antonio (81-85) ni en Chicago (85-87), cuando Jordan anotó el punto número 63 en el Boston Garden el 20 de abril del 86, celebró en el banquillo la gesta como ningún otro compañero porque ya veterano se recordaba a sí mismo en sus lejanos años de calle.

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LOS ÚLTIMOS NOMBRES DESTACADOS__________________ Ron ‘Terminator’ MATTHIAS. New York Después de Joe Hammond y muy cercano a su tipología física, Ron Matthias fue posiblemente el segundo mejor anotador que diera nunca la NYC. De hecho fue apodado como él: ‘The Destroyer’, antes de referirlo como ‘Terminator’ e incluso como ‘Term’ (plazo) por su tamaño. Matthias era un auténtico depredador de la anotación individual. Siendo adolescente, en los primeros ochenta, registró nada menos que 107 puntos en un Upward Fund Game. La hazaña alcanza proporciones bíblicas al realizarla en tan sólo ¡32 minutos de juego! Así lo perfilaba el exjugador y cronista Bobbito García:“Terminator was a grimy moniker that described exactly how he manipulated defenders, or even whole defenses”. No había defensa posible para alguien del que, según se dice, atacaba ciego. En el Palm Beach JuCo de Florida lideró la nación al promediar un año 36 puntos por partido registrando en uno de ellos 68. En un partido de la Rucker entró tras el descanso cuando su equipo perdía de 30 ante un combinado en el que había cuatro pros, entre ellos, el holandés Rik Smits y el marcador Sean ‘Kid’ Couch. Matthias enchufó 44 en la segunda mitad cebándose especialmente con el gigante de 2.21. “Ron took off –recordaba Couch- from the dotted and boofed it on Rik and our forward – who was 6’9’’!”. Su equipo terminaría perdiendo el choque por dos puntos. En un partido de la Nickelodeon Pro League anotó 63 puntos prácticamente sin fallo, aunque lo hizo, según apunta cierta fuente oculta testigo aquella tarde: “…while sippin' on beverages hidden in a brown paper bag during time-outs and half time”. Seguramente algún tipo de estimulante disuelto en líquido que, al ser bebido, levantaría menos sospecha que la cruda inhalación. Pese a todo, ‘Terminator’ no tuvo problema en alternar los noventa entre torneos de verano (el EBC) y ligas menores. De 1991 a 1997 jugaría en la USBL anotando más de 2500 puntos una sola temporada y dos años después, en 1999, recalaría en la pequeña Eastern Basketball Alliance jugando para Harrisburg.

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Walter ‘The Truth’ BERRY. New York “Walter Berry won New York City and state titles at Franklin High School, a national AAU crown with Riverside Church and a JuCo championship at San Jacinto JC. St. John’s went 62-9 in his two seasons. That’s success –and it was no different on the playgrounds”. Esta elocuente reseña de Alan Paul en SLAM define a la perfección los lujosos años de juventud de un jugador único que también fue nombrado en 1986 Player of the Year al promediar en St. John’s más de 23 puntos y más de 11 rebotes con un sensacional 60 por ciento de acierto. Era tal su estrella entonces que Ron Rutledge, asistente de Lou Carnesseca en St. John’s, señaló que buena parte de los jugadores de la ciudad querían jugar junto a él porque “sabían que a su lado ganarían seguro. Podía anotar, rebotear y taponar. No temía a nadie. Era un tipo que no parecía gran cosa, pero a la hora de jugar… Walter was there. The bigger the game, the better he played”. Después de cuatro equipos en tres años como profesional NBA (1986-89) dilató una larga carrera en Europa. En todo ese tiempo nunca dejó de ser, para muchos, una irritante incógnita: su calidad y talento quedaban fuera de toda duda pero su aparente indolencia y autismo natural (es difícil creer que alguien no vea las marchas en un Mercedes europeo y queme el motor en un trayecto inferior a 40 km exclusivamente con la primera) lo hacían errar por la pista como ignorante de toda premisa colectiva, de toda mentalidad de equipo. Toda jugada terminaba en cuanto Berry recibía el balón. Tan difícil era verlo pasar como sudar. “His unorthodox shot was downright ugly”. Más que feo, que decía Alan Paul, su tiro era muy singular: uno de los rarísimos casos de disidencia técnica en la común mecánica de lanzamiento zurdo (contra el habitual ‘frontal de impulso’, Berry utilizaba el ‘arrastre’ nacido tras su hombro izquierdo). “And the streets never forgot him”. Y es cierto. Nunca brilló tanto como en sus primeros años de calle, cuando era un jugador estadísticamente total. Y curiosamente sin despeinarse, como siempre.

Harthorne ‘Wingy’ WINGO. New York Zurdo y escuálida pieza rápida de 2.03, Wingo era uno de esos gregarios de banquillo que por alguna razón la grada escoge entre sus favoritos. “Wing-Go! Wing-Go!”, coreaba el Madison entre 1972 y 1976 a sus ardientes entradas a pista. Previo paso por los

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Harlem Wizards, grupo alternativo escindido de los Globs, ‘Wingy’, una especie de Mobley de la época, alcanzó el sueño de jugar en la NBA y ganar además un anillo en su año de novato. Reprimido con toda lógica por el orden táctico de Holzman, Wingo aprovechaba la Rucker como desahogo libre de juego chupando quizá demasiado. Puede que el motivo de que su compañero Bob Love, poste bajo y una de las estrellas de Chicago entonces, no triunfase en la Rucker residía en no recibir el balón un número adecuado de veces. “El verdadero legado de Wingo está en el Rucker Park, donde no se veía acosado por ninguna expectativa. Quizá fue aquel el único lugar donde su juego era más importante que su nombre”, recordaba el periodista Lang Whitaker.

Alvin ‘Bo’ Dukes DET Muchos pensaban que Dukes era el secreto mejor guardado de Detroit. Nadie le conocía ni sabía nada de él. Dicen que aparecía de improviso en torneos y campus de verano, surgiendo de la nada, en silencio, como un espectro callejero y solitario. Zurdo de pura vena, era muy difícil verlo utilizar su mano derecha para algo que no fuera despistar a su par, especialmente en la mayor de sus virtudes, el pase fulminante, el pase último y decisivo, el pase-canasta. No es de extrañar que el analista Scoop Jackson le dedicase esta perla: “Poseía una imaginación superior, una visión que lo convierte en el más grande –read it once more, greatest!pasador que he visto en mi vida”. Dukes llegó a ser all-american en Lousiana (Xavier Univ.) antes de jugar para los Globs. Al cabo emigraría a Suecia para siempre, cosa que irritó muchísimo a Jackson:“Lamentable. Un verdadero horror. América dejó marchar al original Rafer Alston”.

Gerald ‘Dancing Doogie’ Thomas. NYC Otro hijo más de la Benjamin Franklin HS, la mala reputación lo persiguió desde que en 1979 abandonara el equipo antes de arrancar la temporada. La decisión truncó la continuidad de un trío irrepetible a formar con Gary Springer y Richie Adams (cap. II). Otro grandioso mago olvidado, Gerald Thomas llegó a ser apodado ‘Casper’ por el legendario fundador y announcer (Gumby) de un torneo hoy desaparecido, el de las King Towers. Pero fue finalmente Duke Tango, actual speaker del estival Entertainment Basketball Classic, quien acuñó el más célebre de ‘Dancing Doogie’. A ojos del exballer Bobbyto García la leyenda de Thomas creció “no por sus - 137 -

puntos sino por la manera en que se producían. Doog era un artista y además… el mejor tirador a tabla que he visto nunca”. Ya veremos cómo se denomina a esta acción del juego en una futura entrega dedicada exclusivamente al lenguaje de la calle. Podría parecer grande el número de jugadores incluidos en la serie. Pero en realidad hemos recordado a muy pocos, tan sólo a los más grandes, aquellas figuras cuyo legado rebasa por muchas razones el habitual anonimato de las calles. Muchos se nos quedan en el camino. Si fuéramos solidarios con la abundante demografía que dio la calle en el país que vio nacer el Baloncesto, estaríamos hablando de una historiografía cinco o seis veces mayor que la que arrastra la propia NBA. Por ello incluimos seguidamente otra pequeña selección, un abanico de 33 nombres a caballo entre la Old y la New School. Prueba de esa distancia cronológica, los dos primeros: Cal Ramsey, ya presente en la NYC de los cincuenta (asistente de Vecsey en el Pony Team campeón de la Rucker en 1982), y Stephon Marbury, cuyo legado alcanza a penetrar ya la década de los noventa. A su derecha, la ciudad o el estado donde derramaron el grueso más importante de su trayectoria urbana. El lector que lo desee tiene aquí una ingente tarea de búsqueda y rastreo para saciar su curiosidad: Calvin Ramsey (New York) Stephon ‘The Handler’ Marbury (New York) Albert King (New York) (hermano de Bernard) Harry Davis (N. Carolina) (hermano de Walter y padre de Hubert) Robert ‘Master Rob’ Hockett (New York) Joe Washington (New York) Mark Jackson (New York) Kenny Anderson (New York) World B. Free (New York) Greg Jackson (New York) Bernard Harding (New York) Conrad ‘McNasty’ McRae (New York) Phil ‘The Thrill’ Sellers (New York) Ronnie Black (New York) Rolando Blackman (New York) Steve Burt Sr. (New York) Curtis Redding (New York) Seth ‘Up North’ Marshall (New York) ‘Jumpin’ Artie Green (New York) Les ‘Pee Wee’ Cason (New Jersey) - 138 -

John Shumate (New Jersey) (Fotografía que encabeza el artículo) Bryant ‘Sad Eye’ Watson (Philadelphia) John Staggers (Los Angeles) Dwayne Polee (Los Angeles) Freeman Williams (Los Angeles) Dwayne ‘Legend’ Rogers (Texas) Willie Bland (Louisiana) Bernard ‘Tee’ Title (Atlanta) Allen ‘Skip’ Wise (Baltimore) Willie Jones (Washington D.C.) Louis ‘One and Only’ Williams (Missouri) Booker T. ‘May-Son’ Washington (Alabama) William Moody (Florida)

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Proezas_____________________________________________ Es difícil pensar que en las incalculables horas de juego derramado a lo largo y ancho del país durante décadas no haya ocurrido prácticamente cualquier cosa imaginable. Si a ello le unimos la desaforada venalidad del baloncesto urbano, libre de la correosa táctica, y el afán de los muchachos por trascender haciendo algo grande, damos en un gigantesco drama que ha recogido algunos de los episodios más increíbles en la historia de nuestro deporte, una historia felizmente alternativa a la oficial. De ahí que donde mejor haya funcionado siempre la vieja tradición oral sea en algunos de estos casos. Son las llamadas leyendas urbanas, muchas documentadas y otras no. Nosotros contamos algunas, muy pocas, tal y como aparecen reflejadas en algunos párrafos perdidos de la diversa y a veces remota bibliografía del Playground. Hace unos años Andre Williams (St Mary) rompió un tablero en mil pedazos en un parque de Long Island. Durante días los chiquillos del lugar anduvieron recogiendo los pedazos hasta que la pista quedó completamente limpia. Cuando Andre regresó otra tarde a aquel parque, todos aquellos chiquillos se le echaron literalmente encima suplicando que les firmara un autográfo en cada pedazo. Más de uno consiguió vender después sus piezas. En el pequeño pabellón de la Truman High School, en pleno pulmón del Bronx, Mike Allen rompió otro tablero. Pero fue tal la fuerza del destrozo que el pedazo más grande alcanzó a tocar el techo, algún otro incrustado y lo que no cayó al suelo quedó esparcido en lo alto de las vigas de soporte. Puede que lo más sorprendente es que midiera 1.87, aunque a veces el pequeño matador, como queriendo prolongar una acción poco frecuente y en la que pone la vida, enganche un violento zarpazo final que termine por destrozarlo todo. Se trata en ambos casos de tableros de cristal que soportan directamente el aro, algo hoy día superado, pero en los parques al aire libre se dieron a menudo casos de roturas de tablero de aluminio (sin estallido de cristales) o, en inviernos especialmente crudos, cascar el aro ya herido por el mismo frío. A veces sin que nadie lo tocara en mitad de un partido.

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El poderosísimo interior de Syracuse Conrad "Mc Nasty" McRae, en un partido celebrado en 1994 (NYC vs Windy City All Stars) anotó 24 de sus 30 puntos en mates. Cuentan que machacaba con tal fuerza que nadie se atrevía a interponer su brazo a riesgo de perderlo. Pívot titular en aquel McDonalds Game del 89 que lo enfrentó sin ningún pudor a Shaquille O’Neal, fue definido por el analista Paul Hewson como "a 6'10" paint monster truly earned his reputation on the blacktop". En un partido maldito de la SoCal Summer Pro League del año 2000 cayó al suelo fulminado tras una carrera. Inesperadamente su corazón le había traicionado. Desde entonces se disputa cada año en su Brooklyn natal un pequeño torneo para jóvenes que recuerda su figura, de sobra conocida a este lado del Atlántico. Otro aspecto del juego propio de la calle, una de las muchas forma de humillar al rival al margen de la anotación o la defensa, ha sido siempre el arte del dribbling. Para muchos el manejo del balón, más allá de domesticarlo, era todo un estilo de vida, una verdadera adicción ("Érase una vez un hombre a un balón pegado"), lo que ha dado en multitud de ocasiones prodigios dignos del recuerdo urbano. Cuando a los 38 años ya era el entrenador de la Bishop Loughlin High School, el felino Ted Gustus continuaba adorando disputar torneos de verano, en especial el I.S. EIGHT al no haber límite de edad. Gustus era uno de esos jugadores que de tantos años de práctica había convertido su mayor virtud –el cross over- en una magistral mecánica ciega muy difícil de defender. En uno de tantos partidos pudo excederse en la humillación rival, que adoraba, hasta el momento de máximo gozo personal, en que dejó tirado en el suelo tras canasta a su destrozado par sólo porque éste había reclamado a sus compañeros la oportunidad de marcarle. Lo que Gustus no imaginaba era que su señora esposa invadiera la pista en socorro del humillado."Are you alright?", justo antes de abroncar sin el menor pudor a su marido: "Ted, help him up!". Las risas de los presentes provocaron su bochorno y a partir de ese día Gustus tuvo sumo cuidado de ocultar a su esposa la hora y lugar de sus partidos, como el marido que encubre alguna correría nocturna. En otro partido celebrado en Brooklyn, el rapidísimo Seth "Up North" Marshall corrió botando al ala derecha sin demasiado sentido al haber un solo defensor aguardando bajo su aro. Éste acudió ráudo a marcarle, momento que aprovechó Marshall para ejectuar un cambio de ritmo y dirección a tal velocidad que su par acabó estampándose brutalmente contra su propio banquillo para - 141 -

regocijo de los presentes. Otro loco del balón, Bone Collector, figura de la New School, exhibió en un partido celebrado en Gun Hill (Bronx) tal habilidad de dribbling que en un solo ataque terminó cruzando el balón entre las piernas de los cinco miembros del equipo rival. Las historias se multiplican en toda dirección. Ningún aspecto del juego escapó nunca a la proeza. El verano de 2002 el portorriqueño Ray Diaz, apodado "X-Ray", anotó siete triples seguidos completamente cojo por una rodilla en mal estado. Unos años atrás, en un partido de la Golden Hoops, se atribuye a Jerry Stackhouse una acción en pleno vuelo digna del más puro playground: llegó a besar el balón en el aire culminando un alley oop. El verano del 92 otro jugador conocido, el pequeño Eric Barkley, anotó 30 puntos en un partido de la EBC en la 155 de Queens cuando contaba ¡14 años de edad! Siete años atrás, en el Centennial Park de Roosevelt, Nueva York, Curtis "Smooth" Hammond, como tocado por una varita mágica, consiguió acertar consecutivamente 13 bombas entre los 7 y los 9 metros de longitud. Y eso que nadie había pintado aún la línea del triple. Más prodigios: en el durísimo Bronx, lugar que ha visto algunas de las acciones más implacables que quepa imaginar, Harry "Major" Dinkins colocó un tapón tan salvaje que envió el balón fuera del perímetro del parque. En la NBA acciones puntuales lograron algo semejante con la bola viva en el aire (Kemp sobre Drexler, Wilkins a Bannister), pero nunca nadie hizo algo parecido sobre un jugador que tuviera el balón atrapado a dos manos en mitad del mate, como parece ser consiguió Dinkins. Al otro lado del país, en Oakland, se disputan multitud de torneos de verano que rivalizan en calidad con los de Nueva York. El juego es allí diferente y se cuida más el tiro de perímetro. Raro es no encontrar jugadores que puedan lanzar de cualquier posición en cualquier momento. El equipo de New City perdía por 8 puntos a falta de 10 segundos con el balón en su poder a saque de fondo. El pase rápido fue a las manos de Terrance Gaines que de inmediato anotó un triple. El posterior saque de canasta fue robado por Micheal Parks que prácticamente a ciegas enchufó otro triple. La tercera acción fue similar sólo que esta vez el triple de Poncho Joseph besó la red cuando el árbitro quemaba el silbato. GAME OVER! y atropello inmediato de la escena por el público presente, que en todo lugar y toda época asistió a los partidos invadido por el mismo deseo de ver algo grande. Ese particular estado y una desaforada idolatría hacia algunos mitos - 142 -

resumen el perfil psicológico de todo espectador del Playground. Nada explica mejor esa veneración que la siguiente anécdota, mucho más frecuente de lo que pueda parecer y referida en este caso al excéntrico Fly Williams (caps. XII-XV). Como era habitual en él, Fly llegó tarde al partido. Se presentó en el descanso con su balón y su mochila. Siempre trataba de que se jugara con su balón. Y así ocurrió entonces. La segunda parte fue una auténtica exhibición personal alcanzando los 42 puntos a pocos minutos del término, momento en que el árbitro le señaló una falta que no le gustó nada. Enojado Fly cogió su balón y se largó de allí. El público hizo lo mismo y el parque quedó desierto. No era una señal de protesta. Nunca lo fue en esos casos. La realidad era que si faltaba el motivo por el que la gente abarrotaba cualquier parque, no encontraban ningún motivo para continuar allí. Perdido el agente socializador, el rebaño se dispersaba.

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TRASH TALK__________________________________________ “La riqueza de Nueva York reside en el caprichoso abanico de experiencias que determinan su vida cotidiana. Y si las otras ciudades son sustantivos, Nueva York… es un verbo” (John Fitzerald Kennedy). Numerosos autores coinciden en que la energía humana fluye en Nueva York como en ningún otro rincón del planeta. El ardor de esta dinámica, como intuyera Kennedy, ha sido transferido al Lenguaje, una de las realidades más vivas y cambiantes del universo suburbano en la ciudad más variopinta del mundo. La verdad es que el lenguaje suburbano existió desde siempre pero el paso de los años, el crisol cultural y su constante asedio al inglés (las voces slang), el advenimiento de la cultura rap y su derivado hip hop (lejana herencia del hipster), el mix hispano (la 3ª lengua en NY después del inglés y el español es el spanglish, una suerte de castellano salpicado de anglicismos -dos millones de hispanos, un cuarta parte de la población, lo hablan en forma de chicanomexicoide o nuyorican portorro), la desidia vocal de la calle, la infinita repetición de iguales términos y la constante recreación de otros nuevos, provocaron en suma no una vaporización del lenguaje en sentido orwelliano sino la recreación de uno nuevo que, con el Baloncesto como eje, desembocaría en un feliz matrimonio entre la “gangsta’ culture” y el“hoops lexicon”, un masivo “Streenglish” con una identidad feroz y muy definida. A ello se suma que durante el último tercio de siglo la llamada cultura gangsta’ se niggeriza (e hispaniza) definitivamente. Lejos quedan los duros años de la Ley Seca, hasta cuya feliz derogación en 1933 lo gangsta’ pertenecía a tres colonias en cruda rivalidad: la judía, la irlandesa y la italiana. Tras la II Guerra Mundial y la progresiva criminalización del mundo negro -la colonia más numerosa- logangsta’ adquirirá un sentido tan oscuro y marginal como la piel de sus vocales, dando como resultado que lo nigga’ y lo gangsta’ se hermanen en una misma sangre lingüística, tan emancipada del inglés americano como lo pueda ser éste del británico. Nueva York no es La Mara mexicana (en la frontera con Guatemala), uno de los suburbios más peligrosos del planeta, - 144 -

donde la inteligencia se ha detenido y el vocabulario cotidiano toca fondo en una vomitona de apenas 80 palabras. Pero entre la 95 y la 160 de Harlem, donde cohabitan hoy –difícilmente- el afro y el hispano, el nigga’ y el spaniard, el lenguaje ha sufrido una serie de mutaciones de tal calibre que incluso podemos hablar de dialectos por grupo de manzanas o su equivalente el guetto. Aquí no nos interesa tanto el spanglish (“¿Quién es el puto bato loco que no regala su vida por los bróders de la cliqua 13?”) como el lenguaje alternativo de los Hoop Junkies, macerado en torno al BBall y de una naturaleza marcada por la fuerza fonética de la pura vena callejera. Un sinfín de apócopes lo recortan a la vez que lo definen: ‘cuz’ por ‘because’, ‘u’ por ‘you’, ‘r’ por ‘are’, ‘tha’ o ‘da’ por ‘the’, ‘naw’ por ‘now’, ‘b’ por ‘be’, ‘mite’ por ‘might’, ‘sum’ por ‘summer’, ‘nigga’ por ‘nigger’, ‘broda’ por ‘brother’, ‘ppl’ por ‘people’ o ‘peeps’ por ‘peoples’ son sólo una pequeña muestra. Veamos a continuación algunos de los vocablos y expresiones estrella de esta terminología del Basket urbano: • Dish, como nombre o verbo: un pase fulminante, una asistencia inesperada. • Drain, como verbo: equivalente al “swish” profesional, un acierto limpio. • Hop, referido como nombre (casi como gracia) al salto en acción, sea en tapón, tiro o mate; en la calle apenas se utiliza el “Jump” sino “Hop”, “Talk to God”, “Air time”, “Bound” o “Rise”. • J, recorta drásticamente el ‘jump shot’, el tiro en suspensión. • Kicks, desde los últimos ochenta palabra tótem: las zapatillas son allí objeto de adoración y en última instancia de status. • The Yard, así llamaban en las calles de Alabama al espacio entre los aros, a la escena (“On the yard”) habitualmente conocida por “The court”. Más metafóricamente algunos, entre ellos Isiah Thomas, lo han llamado simplemente “Heaven”. • Rain: salvo su uso como verbo equivale al ‘on fire’ ante un jugador – incluso un equipo- que está caliente.

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• Rock: apócope definitivo de lo que alguien libremente denominó “Rock&Ball”. A secas designa lo que en el mundo se conoce por ‘Basketball’, el juego sin más (“Hey, dish the rock, baby!”, grita el genuino streetballer en cuanto el ambiente huele a duelo). • Stroke: forma verbal que expresa aciertos reiterados de tiro. • Bank's open: expresión habitual para los tiros a tabla. Si el acierto es reiterado y proviene de suspensiones medias y largas, algún compañero si no el mismo autor gritará: “Bank’s open, baby!”. • Break ankles para el cruce de balón bajo las piernas; pura expresión de la ley de la jungla al atender siempre más al efecto humillante que al motivo técnico: ‘crossover dribble’. • Your world: usado habitualmente para subrayar a un compañero que su defensor es presa fácil (“Take it to the rack, it’s your world”). El siguiente paso es incluir estos pequeños trucos de forma natural en el rico juego de la comunicación. Reproducimos las frases en inglés porque su traducción puede resultar engañosa: en muchos casos no hay una versión literal al castellano, pertenecen a otra cultura muy distinta de la europea y de algún modo se conserva así toda su fuerza primaria. Y lo mismo puede aplicarse a todos aquellos párrafos de la serie en versión original porque, a juicio del autor, dejarlos intactos era no disfrazar artificialmente las declaraciones o escritos tal y como se produjeron. La lista recopilada es superior a las 200 frases y términos pero recogemos aquí tan sólo aquellas expresiones de mayor uso, originalidad, fuerza y reconocimiento tribal. Escogemos una lista elaborada hace unos años por uno de los mayores expertos en Trash Talk, Jackie MacMullan (Inside the NBA), publicada entonces por Sports Illustrated bajo el título Hoop Talk. “Forget about embarrassing yourself. Your ignorance of hoops vernacular – advertía al lector- may keep you from seeing the ball ever again”. A destacar la eterna pulsión humillante que subyace a cada palabra, transferencia inmediata de la pura acción del juego. En este tono desafiante solía calentar a público y rivales un genuino de la West 4th, Seth ‘Up North’ Marshall:“When this is over, they’ll be gone, and I’ma stay here. Me and you, you and your man, me and my man, we’ll play for that paper. Put your money up! Put your money up! This is my park, I own this park right now! I’m - 146 -

runnin’ this shit here!” (Scoop Jackson, SLAM #30). Veamos algunas perlas cuya mutación léxica y fondo semántico no tienen desperdicio: En juego -Después de colocar un tapón: “The question is why? Why would you try and shoot on me?” -Ídem: “Didin't you see the sign to the hoop. It says ‘No Entry’” -Ídem: “Get outa my house!!” -Después de errar el rival un gesto técnico: “Someone call the doctor cuz that move was sick!!!” -Después de un crossover: “I believe your ankles need an Xray!!!” -Después de robar un balón: “Someone call the cops, there's been a theft of a B-Ball!!!” -Después de flaquear la defensa rival: “D is the fourth letter of the alphabet. A B C then D, you might wanna start using some of it!!!” -Después de un airball: “Aaaaaiiiiiiirrrrrrrrr Jordan!!!” -Después de canasta limpia (un swish): “Nothin but the bottom of the net!” -Ídem: “Now thats the sound i like” -“Call 9111 . . . i'm on fire!!!” (número del servicio de Bomberos) -“My moves aren't the speed of light . . . my moves are faster” -“Your game's like moldy swiss cheese, full of holes!!!” -“My moves are rated R cuz of tha violence it causes on your anklez!!!” -“Forget about the circus, i'm the greatest show on earth!!!” -“I'm da 8th wonder of the world!!!” -“If i let u score will u go home??” -“Class is naw in session!” -“My game and your mom, they're both phat!!” -“Look up greatest in the dictionary and you'll see a pic of my game!” -“R u planning to make a house wit all dose bricks???” -“Stop shooting! the backboard has feelings too!!!” -“I drop so many bombs u thought it was pearl harbor all over again!!” -“I don't get paid enough to waste my time with peeps like u!!!” -“When u shoot the only thing da ball is gonna hit is my hand!!!” - 147 -

-“The more you shoot the more embarrassment you're causing yourself” -“You have 2 choices . . . step off the court or get your ass embarrassed” -“Don't laugh . . . your next” -“I don need a mic . . . my game speaks for itself” -“Take a ticket . . . I'm serving everyone” -“When u shoot your team starts to pray!!!” -“Here's a present for u . . . a book on how to NOT airball!!!!” -“You're so slow that if you went any slower time would stop” -“U tripped so bad, u made a hole in the floor” -“U need to start taking viagra to get ur game harder” -“I'm like time. . .i can't be stopped!!!” -“They call me the Bus driver cuz i bring kids to skool!!!” -“Go to church and pray u don't have to guard me!!!” -“I believe in recycling . . . i' gonna use u over and over!!!” -“I saw a picture of your game on a milk carton!!!” -“Oh! Oh! Sorry! Did I stand on your game?” -“Oh sorry! the tennis courts are across tha road!” -“R you playin tha same game I am?” -“Naw im not a pro....Im better” -“Im like a ghost wen u guard me, i disappear” -“U can dream all u wanna but u never b like me” -“Go to a place where they sell video games and buy yo self a sum game, u mite need it” -“If u didnt shoot bricks there would be alot less ppl in the hospital” -“No, dont shoot!! U can put an eye out wit that thing!!” Me llaman… -“They call me 100% cuz i never miss a shot” -“They call me Two face cuz I play good offense and defense” -“They call me Captain Hook cuz i can put in any hook shot” -“They call me Steel cuz I can't be penetrated and i can ‘steal’” -“They call me The terrorist cuz I do shocking things” -“They call me 007 license to kill cuz i'm always killin peeps on the court” -“They call me frost bite cuz I freez all the playaz on the court” -“They call me Houdini cuz my moves aren't real, their magic” -“They call me ET cuz my moves are from out of this world” -“They call me The Electric Chair cuz i leave the D in shock”

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Genéricas - Enseñanzas -"The secret is there’s no secret" -"If u don't want to get dirty then don't play" -"It's simple, i make everyone around me better." -"Moves and skillz are no use if u don't use 'em" -"Play ball til u can't play no more" -"Do what u can but don't do what u can't" -"Basketball is one sport, streetball is at another level" -"Failure is not an option" -"In basketball it is quantity not quality" -"You don't play against your opponents, you play against the game of streetball" -"A champion is afraid of losing. Everyone else is afraid of winning" -"Don't do more than you can do, but don't do less either." -"Good, better, best. Never let it rest. Until your good is better and your better is best" -"If you think small things don't matter, think of the last game you lost by one point" -"The Harder you work the harder you are to lose" -"It's not the hours you put in, it's what you put in the hours" -"First master the fundamentals, then master the game" -"Everyone wants to win, but not everyone is willing to prepare to win" A ojos del mundo europeo estos arrojos verbales pueden resultar excesivos. Y seguramente lo sean. Pero no hay que olvidar que la voz en grito forma parte del desafío del juego, otra mutación de la ley de la calle, la de la selección natural de los más fuertes que, a través del Baloncesto, canaliza el instinto asesino y le da, pese a todo, una forma mucho más noble de entender el conflicto que es y será en toda época y suburbio la mera supervivencia. Juego y Lenguaje adoptan así una sola forma, otro juego más de la vida.

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GUIA PARA EL VIAJERO________________________________ A decir verdad, buena parte de esta serie se concentra en un reducido espacio geográfico –para un país tan grande- dominado por una raza, la negra. Es bien conocido el éxodo de los afroamericanos a las ciudades del norte una vez abolida la esclavitud en 1860. Pero el mayor movimiento migratorio se produjo en los posteriores años 20, cuando grandes masas de población negra hacen de Nueva York, y más concretamente de Harlem, su nuevo hogar, creciendo en pocos años de 83 mil a 204 mil almas. Esta urgente llegada, como era lógico, no se dio en las mejores condiciones y en medio de esta masificación nació en 1926 Holcombe Rucker, una figura que dedicó su corta existencia a mejorar en lo posible la vida de aquella colmena humana. Rucker creció en Manhattan y fue uno de los alumnos del instituto madre de tantas figuras del Playground, el Benjamin Franklin HS. Entre 1948 y 1964 abrió numerosos locales a pie de calle donde cualquier vecino, especialmente los recién llegados, podía solicitar ayudas o simple información para obtenerlas. Cuando el Baloncesto profesional y universitario era un terreno vetado a los negros, Rucker fundó en 1947 un pequeño torneo que con el tiempo se convertiría en el más célebre de la ciudad, la Rucker League. Su lema era sencillo: “Each one, teach one”, y pretendía armonizar la educación de los jóvenes con el recreo de que disfrutaban los blancos en muy distintas condiciones académicas. Él mismo se encargó de enseñar los fundamentos a los muchachos, ayudarles en sus deberes escolares e incluso contactar gradualmente con universidades y pequeñas ligas, llegando a conseguir más de 700 becas de estudios para ellos. En 1962, mientras continuaba su propia formación en el NYC College, impartía clases de inglés en un pequeño instituto de la calle 139. Entretanto el torneo aumentaba la participación y calidad, y la progresiva presencia de jugadores como Chamberlain, Reed o Alcindor actuó de reclamo no sólo de espectadores sino de futuras presencias profesionales, por aquel entonces, mucho más comprometidas con los primeros valores que alumbraron el torneo. Así la Rucker se convirtió en aquella década en toda una institución que, pocos años después, en pleno esplendor, será lugar de peregrinación para infinidad de negros que veían en el Baloncesto, más que su salvación, una Religión de su difícil existencia suburbana. De hecho, la decadencia del torneo

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coincidirá en los primeros ochenta con la reticente participación de profesionales y su recelo a posibles lesiones (y humillaciones) dado el formidable nivel de exigencia de aquella pequeña liga que, a ojos de los presentes, tenía mayor valor que la propia NBA, que era percibida entonces a caballo entre “el gran sueño” y un escenario de señoritos. La Rucker, en cambio, nunca prostituirá sus “amateur roots”. En un principio el torneo se disputaba en el Colonel Charles Young Playground, situado inmediatamente al norte de la 155 y flanqueado por el Frederick Douglas Boulevard y el Harlem River Side. El 23 de febrero del 56 aquella improvisada pista original fue oficialmente investida como parque. En 1965 Holcombe Rucker falleció a la edad de 38 años traicionado por un prematuro cáncer y nueve años después, en 1974 y bajo la administración del alcalde Lindsay, el parque será renombrado como Holcombe Rucker Park a justa gloria del fundador. En 1980 Greg Marius fundó un torneo alternativo en el parque Mount Morris de la calle 120 y lo llamó “The Entertainers” por la masiva afluencia de raperos que armonizaban con el espíritu urbano el torneo. Tres años después se trasladaron a la 139 y tras dos veranos, en 1985, recalaron en el Holcombe Rucker Park cuya liga madre, la Rucker, pasaría a llamarse en adelante“Entertainment Basketball Classic”, la EBC, disputada hoy en la 155 de la octava avenida. En 1993, obligado moralmente con lo que ya era un auténtico patrimonio de la ciudad, el presidente del área de Manhattan, Ruth Messinger, financió la reforma del parque con 423.000 dólares dentro de una serie de programas sociales impulsados por la administración Clinton (el Neighborhood Park Improvement Program). La intención era conceder el mayor grado de oficialidad al torneo y revitalizarlo con todo tipo de nuevos servicios. “The resulting facility contains play equipment, swings, safety surfacing, a spray shower, a flagpole with yardarm, a comfort station, four handball courts, seal animal art, and a baseball diamond” (History of WaHI, NYC Dept. of Parks&Recreation, marzo 2001). Desde entonces los partidos se adentran felizmente iluminados en las tórridas noches del verano neoyorquino tanto en el EBC (del que es dueño y señor el brillante relaciones Fat Joe) como en el Each One Teach One Tournament, que incluyen torneos para niños, highschoolers, universitarios y pros. Películas como Above the Rim, On Hallowed Ground o White men can’t jump reflejan la diversa realidad de ese particular Streetball, todavía hoy el más importante y genuino de todo el planeta. - 151 -

Al margen del esqueleto social, retrato de toda la serie, nada como el clima para entender la B-Ball Fever al aire libre. Entre junio y agosto los días en Nueva York son largos y soleados, siendo julio el mes de más horas de sol. En invierno los días se acortan pero brilla el sol a menudo y en otoño suele llover menos que en primavera. La densidad de parques y canastas allá adentro no tiene parangón en el mundo. El curioso que se atreva a la aventura no será un turista: será un viajero. Y como tal, sabrá responder a su libre improvisación. Pero en ningún caso debería eludir algunos consejos previos. Es de suponer que nadie querrá verse en la inquietante encrucijada en que dio Bruce Willis en el Bronx en la tercera entrega de La Jungla. Los Brownstones (edificios colmena de Harlem de color rojizo y material barato con porche de escalerillas stoop y sótano foso) son territorio exclusivo de negros que como en el mismísimo corazón del África no han visto ‘blancos’ ni quieren verlos por allí. Harlem, el Bronx y una parte de Brooklyn no son territorios demasiado aconsejables para el viajero debutante que camine solo mirando a todos lados por pura ingenuidad turística. Rincones como el Lower East Side, Chinatown, el Midtown al oeste de Broadway (excepto la plaza del Lincoln Center) y la zona del Uptown (por encima de la 82) pueden ser zonas no demasiado seguras. Todo parque allí, cuanto menos desierto mejor. Y es que haya basket o no, siguen siendo el hogar preferido del tráfico de drogas y demás sombras del crimen. En todo caso, sería injusto detenerse en esta excepción. Puede que ninguna ciudad en el mundo esté mejor diseñada que Nueva York para hacer disfrutar al viajero del más puro Playground. La Rucker no es más que la NBA del asfalto, pero hay otras muchas Ruckers que poder encontrar. Mediado el mes de agosto tiene lugar la HARLEM WEEK y el Baloncesto en verano se dispara por toda la ciudad. Sólo hay que encontrarlo, por ejemplo, entre la 116 y la 155. Para llegar hasta allí, nada mejor que el metro. El viajero puede tomar los trenes locales 1 y 9 que van de la 7ª Avenida de Broadway a la calle 116 de St. Columbia University. También los autobuses M4, M5, M11 y M104 hacen un recorrido paralelo. Las líneas A, B, C y D de metro llegan hasta la 125 de Harlem así como los buses M1, M2, M7, M101 y M102. Es habitual además que los hoteles cercanos dispongan de rutas guiadas en autobús, deteniéndose el interesado donde le plazca y regresar después por libre.

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Ahora bien, ¿dónde detenerse? ¿Dónde encontrar Baloncesto de Playground? Vamos con algunos puntos calientes: • El área de RIVERSIDE PARK: en especial las calles 76, 84, 96 y 110. • Un determinado borde de CENTRAL PARK: justo encima del Great Lawn. • El ASPHALT GREEN: yendo por la York Avenue, las calles 91 y 92. Antes de llegar muchos preguntan: “Who’s got winners?”, haciéndose entender aprisa por los indígenas, que sabrán perfectamente dónde se encuentran los Hoop Junkies. • La CALLE 96 en el cruce entre la First Avenue y la Franklin D. Roosevelt. • Los PARQUES DE LA 37 en Second Avenue. • La WEST 4TH STREET en Sixth Avenue, allí donde rodó Nike aquellos primeros anuncios de Jordan. • En el WEST SIDE HIGHWAY, la calle 24 y la West Street. Esa área comprende seis parques de puro Playground y la llaman BASKETBALL CITY. Para el fanático espectador se hará incluso difícil caminar por allí porque cualquiera de las pistas donde discurra la escena obliga a detenerse. Allí está abierta de lunes a viernes en horario de 9 a 15 una oficina que informa de horarios y calendario de los torneos. Muy cerca de allí, en Chelsea Piers, está el Field House, un complejo de pabellones abiertos en verano donde se diputan multitud de liguillas. • Las oficinas de la YMCA (www.ymcanyc.org) para torneos que ellos mismos organizan por lo general bajo techo y en ocasiones nocturnos. Las principales son tres: la West Side YMCA (calle 63 del Oeste de Central Park), la Vanderbilt YMCA (la calle 47 entre la Segunda y la Tercera Avenidas) y la Harlem YMCA (calle 135 del Oeste). Las entradas suelen costar entre 10 y 20 dólares con abonos asequibles para seguir cada torneo. • Y por último, dos oficinas de panorama mayor en lo que a la ciudad se refiere. Una la NEW YORK CITY PARKS&RECREATION DEPARTMENT, situada en el Arsenal Building en el cruce entre la calle 64 y la Quinta Avenida, y dos, la HACKERS, HITTERS&HOOPS de la

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calle 18 del West Side. Un grupo de viajeros puede reservar en la primera oficina una pista de juego previa obtención de pase más datos personales a razón de 50 dólares la hora y con un mínimo de una semana de antelación. En este caso, el viajero tendrá la suerte de protagonizar su propio Playground en el mismísimo corazón de Nueva York. Hay pistas privadas al aire libre durante las 24 horas del día. ¿Se comprende ahora la sutil diferencia entre el turista y el viajero? El Playground pertenece sin ninguna duda al atrevido y fascinante universo íntimo del viajero. En cambio, el turista accederá sin mayores traumas, en una de las muchas rutas guiadas, a cualquier Stadium de la poderosa NBA. Incluso encontrará casos, como en Toronto, donde si el grupo es pequeño tendrá la ocasión de probar suerte con algún balón a pie de pista. Al turista le interesará más anotar en el Madison o el Staples. En cambio el viajero podrá verse satisfecho con unos instantes de contemplación del más genuino Playground. Quizá porque sabe que es una experiencia que no puede vivir en ningún otro lugar del mundo. Recomendaciones del autor: el mejor Streetball se disputa en la EBC de la 155 (mediados de junio a mediados de agosto), donde tendrá que pelear a muerte su lugar en la barrera, y es que hablamos del Playground más poblado del planeta. Allá podrá ver seguramente algún NBA Playerpero donde más profesionales se dejan caer es en The Greater New York Pro-Am Summer League, disputada entre mediados de junio y principios de agosto en el Riverside State Park de la 145 de Riverside Drive. “Pure Basketball, baby, pure B-Ball to see...”. FUENTES: - NEW YORK CITY DEPARTMENT OF PARKS AND RECREATION(www.newyork.citysearch.com – www.nycgovparks.org. - EYEWITNESS TRAVEL GUIDE, New York, Dorling Kindersey Limited, London, 2001. - GUÍA TOTAL, Nueva York, Grupo Anaya, S.A., Madrid, 2002. - Una COMPLETA GUÍA en la red de torneos estivales en Nueva York:http://www.nysol.com/hoops2.html

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EPILOGO_____________________________________________ Sigilosamente llegamos al final de una serie que no ha pretendido más que una vaga aproximación a la realidad urbana del Baloncesto en su país natal. Pero qué lejos nos queda la diana. El historiador puede tratar de formar un fondo común de información sobre experiencias pero difícilmente sobre las experiencias mismas. Y el Baloncesto en la calle, lejos del que seduce al espectador en la pantalla, es la parte de este juego más férreamente atada a la vida. En esta última entrega vamos a ver cómo y por qué. Pese a lo que pudiera parecer, apenas hemos logrado retratar el durísimo escenario vital donde discurre la serie. De Jackson a Daniels, de Hawkins a Marbury, pasando por el resto de mitos y sus miles de contemporáneos convecinos, buena parte de ellos fallecidos, en ese abanico histórico de unos cuarenta años y geografía solidaria con el tamaño de la urbe (New York, Los Angeles, Detroit, Chicago, Philadelphia), se comparten indistintamente unas condiciones de vida lamentables, de hacinamiento en suburbios miserables donde laten el crimen, la violencia y los procesos inflacionarios favorecidos por administraciones tan desastrosas como las de Nixon, Reagan o Bush (cap. XXIX) que excluyen a la creciente suburbia negra de la hegemónica sociedad blanca, la confinan en el círculo de la pobreza y la terminan criminalizando. En pleno ecuador de ese período “la violencia había ido en aumento. Ya no quedaba reducida a los ghettos negros metropolitanos como Watts (cap. VIII) y Harlem, sino que recorría el país con toda la furia de una guerra a gran escala y dejaba tras de sí una desolación a la altura de las imágenes procedentes de Vietnam”. El dirigente negro John Lewis declaró entonces: “El Gobierno cae en una contradicción cuando dice al oprimido pueblo negro que no actúe con violencia en las calles mientras lleva a cabo una terrible matanza en Vietnam y la financia con un dinero que debería gastar en arreglar las cosas en este país” (Mindfield, Gordon Thomas, Ed. B, ’01, p. 363). Incluso en el reciente 1991 la raza negra aún constituye “una generación encarcelada. 1 de cada 4 negros entre los 20 y 29 años está en la cárcel o en libertad provisional, por 1 de cada 35 blancos. En NY hay más varones negros procesados por el sistema de justicia criminal que - 155 -

matriculados en universidades. (...) Como víctimas, el homicidio es la causa más frecuente de muerte entre negros de 15 a 24 años. (...) Los negros también sufren de muerte prematura. (...) Los estereotipos de la sociedad blanca son un recuerdo amargo del irrealizable sueño de armonía racial” (Latidos de Fin de Siglo, L.R. Marcos, Espasa, ’96, pp. 156157). El color de la piel divide a la sociedad en dos partes que viven ensimismadas, sólo que únicamente a una le cerrarán el paso. Urge entender que éste y sólo éste ha sido siempre el caldo de cultivo para el genuino Streetball(utilizamos ya el término actual acuñado por una campaña de Adidas a mediados de los 90) como sucedáneo de la existencia en unas condiciones que no permitían ampliar el horizonte más allá de la diaria puesta de sol. No basta con decir que el Baloncesto llegó a ser para muchos un modo de vida. Hay que ir más lejos. El Baloncesto en la calle fue dotado de un sentido de trascendencia sólo atribuible al fenómeno religioso que anida en toda cultura. Cuando Telander titula su obra“Heaven is a Playground” acierta a sincerar la realidad. Desploma a ras de suelo el sueño americano para dar a los desdichados su propio cielo en forma de Playground porque así venía siendo en aquellos pedazos de jungla: “Basketball as Heaven”, el Baloncesto como Paraíso... ¡aquí y ahora! Si alguna vez el Baloncesto ha desvelado su más hondo Misterio al practicante no ha sido en la NBA ni en ninguna otra competición donde el artificio reglado, monetario y elitista termina por gravarlo de mil modos distintos. No. El Misterio del Baloncesto se ha revelado desnudo en el corazón de la calle porque sólo allí puede inflamarse el Baloncesto espontáneo como pulsión vital. Esos mitos de la serie más los incontables anónimos de toda época, al verse liberados de toda traba oficial y dedicar la mayor parte de sus horas de vida a ello, encendidos por el afán de trascender en la única escena donde podían hacerlo, obtuvieron la percepción del juego en función de su intensidad y profundidad de significado, de relaciones dentro de un sistema tribal, su única sociedad en vida. En unas condiciones tan crudamente particulares, el Baloncesto proporciona la dulce evasión en un perpetuo presente en continuo cambio donde agitar el torbellino de emociones y apetitos, remotamente satisfechos fuera de allí. “Todavía no se ha podido describir el cúmulo de sensaciones que te invaden dentro de esas cuatro líneas” (Isiah Thomas). Esta visión sacramental del juego convierte el Baloncesto en una experiencia visionaria de altísimo significado - 156 -

al arrancar de cuajo al protagonista de una realidad deficiente. El juego torna así en el único vehículo posible para alcanzar la gloria, el infinito valor y la plenitud de sentido de la existencia desnuda, del acontecimiento tal cual es, al margen de todo lo demás. Y si la razón de la experiencia importa menos que la experiencia misma, hablamos entonces del Baloncesto como trance porque nada de lo que encierra se acerca al trabajo o la monotonía. Allá adentro, el Juego se advierte a sí mismo no condicionado y del mismo natural que lo divino. Así no es de extrañar que en la calle no hubiera nunca discreta reserva sobre el uso de drogas, la mayoría de ellas vacíos estimulantes que hacían más feroz la experiencia y la demarcaban aún más de la realidad cotidiana. “And when it’s over, it’s over... -filosofaba con razón Phil Jackson- until tomorrow”, donde todo volvía a empezar. Para entender mejor esto y el entero espíritu de la serie, escogemos como corolario una selección de declaraciones y recuerdos sin más hilo común que la experiencia íntima y personal en el más profundo Playground: FRED WATSON (uno de tantos anónimos que en los primeros ochenta, siendo adolescente, acudía a pie hasta los aledaños del Madison para poder ver en persona a su ídolo, Bernard King, cuando entrar al templo era un sueño inalcanzable para aquellos chiquillos de Harlem) “De niño me levantaba los domingos muy temprano y corría a los parques de la West 4th para ver jugar a los héroes locales. Más tarde, cuando llegó mi oportunidad, recuerdo haber sido incapaz de defender a Kenny Anderson en el Lost Batallion Hall de Queens. (...) A lo largo de los años he visto muchísimos cambios, desde las viejas Chuck Taylor y calzones cortos a los largos y los tatuajes. Pero algo ha permanecido intacto con el paso del tiempo: people’s love of the game”. GREG MARIUS (fundador del Entertainer’s Basketball Classic) “Cuando había Baloncesto, no había camellos ni drogas. El crimen desaparecía. Todos nos entregábamos entonces al rito sagrado”. PETER VECSEY (nunca disimuló su añoranza por lo que él entiende como un esplendor perdido; caps. XII y XIII) - 157 -

“Toda aquella danza en mitad de la escena era una aventura increíble. Aquella atmósfera era grandiosa. Sin duda alguna aquellos fueron los mejores días de mi vida. Ahora es diferente. Sí, también competitividad, pero veo que quien caza la bola hace su número de 20 segundos él solito. Y eso es todo. Pero en aquel entonces veías realmente mover el balón. Si un jugador quería hacer su número, lo hacía rápidamente. No era todo tanto dribbling. Pero ahora... todo es dribbling”. Algo que resume a la perfección la preciosa escena del veterano técnico Al Pacino en Any Given Sunday (1999) cuando advertía a sus pupilos: “...or we will die... as individuals”. La crítica de Vecsey parte de la pérdida de la raíz del juego como agente socializador, aquella que provocaba una cordial solidaridad grupal que, según él, ha terminado laminando la fuerte cultura individualista procedente de la NBA. RAFER ALSTON (pese a su juventud, el principal culpable del fenómeno universal AND1 tampoco es ajeno a la nostalgia) “Era mucho mejor cuando sólo había Baloncesto, cuando los muchachos jugaban sin camiseta, a pecho descubierto, cuando nadie conocía a nadie y cualquier tarde llegaba a Harlem una panda de Queens dispuesta a retarte... a muerte”. PEE WEE KIRKLAND (cap. XVIII) “Recuerdo un partido en Philadelphia que un jugador al que llamaban ‘The Rabbit’ me dijo sentirse muy sorprendido por la expresión de mi rostro al jugar. Me dijo: ‘Cuando vas hacia canasta parece que te vaya la vida en ello’. People wanted to see that... y no nos pagaba nadie”. MARK JACKSON (base nativo de Brooklyn) “These guys are living their dreams on the playgrounds. That’s what B-Ball is all about. It’s poetry”. SHAWN PARKER (realizador del documental ‘On Hallowed Grounds: Streetball Champions of Rucker Park’) “On the streets respect and pride can be earned on the Basketball court. For many, it is a way to stand above the - 158 -

crowd and make a name for themselves. Basketball legends are treated like Gods. A patch of asphalt called Rucker Park is the place to make it happen”. “...the purity of streetball with all of its dancing, showboating, shucking and jiving, is a swish”. ANDRE BRAUGHTER (narrador del documental de Parker) “A streetball legend is like a ‘Wild West gunslinger’. Every time he steps on the court someone is looking to take him down”. SHANE ‘NAPPY’ DRISDOM (pívot neoyorquino presente en los primeros años de la EBC) “As far as basketball, in terms of the Ruckers, the NBA ain’t got nothing on us accept money and that comes and goes. But the glory of the Ruckers last forever”. FLY WILLIAMS (grupo musical americano de nombre homenaje a la leyenda neoyorquina que vimos en los caps. XII-XV y cuyo motivo explican en su web) “There’s a well documented love-triangle between Funk, Jazz and Basketball: each characterized by unpredictability, freedom expression and a dose of rebellion”. SKEE-LO (autor de una de las mejores piezas de rap melódico de la pasada década -‘I wanna baller’ (1996) y finalmente ‘I wish’-, su letra venía a desnudar las pasiones comunes a todo joven a quien el destino privó de las virtudes del héroe urbano) “I wish I was little bit taller, I wish I was a baller. (…) I wish I was like six-foot-nine (…) Her boyfriend's tall and he plays ball So how am I gonna compete with that - 159 -

'Cause when it comes to playing basketball I'm always last to be picked And in some cases never picked at all (…) I wish I was a little bit taller... I wish I was a baller... I wish I was a little bit taller y'all I wish I was a baller Hey, I wish I had my way 'Cause everyday would be a Friday You could even speed on the highway I would play ghetto games Name my kids ghetto names (…) I wish, I wish, I wish...”. Mientras el Baloncesto y la Urbe continúen poblando este mundo, nuevos nombres seguirán aportando luz a la oscura historiografía de la calle. Pero en todo caso hablaremos ya de situaciones distintas y muy lejanas a las cavernas de las que hemos extraído la serie. De hecho, la terminología oficial divide ya a esta nueva hornada de talentos y les da el sencillo título de NEW SCHOOL, algunos de cuyos nombres ofrecemos al lector que haya conseguido llegar hasta aquí: Rafer ‘Skip to my Lou’ Alston - NYC Stephon ‘The Handler’ Marbury - NYC Junie ‘GE’ Sanders - NYC Anthony ‘Half Man Half Amazing’ Heyward - NYC Ed ‘Booger’ Smith - NYC Shane ‘The Dribbling Machine’ Woney - NYC Tim ‘Headache’ Gittens - NYC Tyron ‘Alimoe&The Black Widow’ Evans - NYC Adrian ‘Whole Lotta Game’ Walton - NYC Malloy ‘Future’ Nesmith - NYC John ‘High Octane’ Harvey - NYC Mike ‘Smooth’ Campbell - NYC Rashawn McCormack - NYC - 160 -

Sebastian Telfair - NYC Lonnie ‘Prime Objetive’ Harrell - NYC/Wash. D.C. Nakeia Miller - NYC/Connecticut Larry ‘Bone Collector’ Williams - NYC/Tyler (Texas)/Pasadena (Calif.) Curt ‘Trouble’ Smith - Wash. D.C. Jerome ‘Pooh’ Allen - Phila Aaron ‘AO’ Owens - Phila Waliyy ‘Main Event’ Dixon - New Jersey Antoine ‘Flash’ Howard - Chicago Phillip ‘Hot Sauce’ Champion - Atlanta Robert ‘50’ Martin - Atlanta Robin ‘Syk wit it’ Kennedy - Southern Calif. Zack ‘Chesnuts’ Fray - Southern Calif. Erron ‘E Money’ Maxey - Southern Calif. Jimmie ‘Snap’ Hunter - Memphis

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Pero una cosa habrá en común a todos ellos. En todo lugar y toda época, una ley no escrita regirá siempre los destinos del Baloncesto urbano de más alto nivel:

“IF YOU CAN PLAY HERE... YOU CAN PLAY ANYWHERE”

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LEYENDAS DEL PLAYGROUND