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Los

■ Suplemento Cultural de La Jornada ■ Domingo 18 de marzo de 2012 ■ Núm. 889 ■ Directora General: Carmen Lira Saade ■ Director Fundador: Carlos Payán Velver

45 de

Cien

años de soledad L uis R afael S ánchez


bazar de asombros Cocteau en México

El pasado 6 de marzo, como no dejaron de dar cuenta los medios noticiosos de prácticamente todo el mundo, Gabriel García Márquez celebró sus primeros ochenta y cinco años de vida. La numeralia garcia­ marquiana incluye, este mismo 2012, los treinta años transcurridos desde que recibiera el Premio Nobel de Literatura, así como los cuarenta y cinco cumplidos desde la publicación de su indiscutible obra cumbre, Cien años de soledad. Este suplemento se suma a la múltiple celebración publicando el texto de otro gran narrador latinoamericano, Luis Rafael Sánchez, quien desde su natal Puerto Rico hace la evocación per­ sonalísima –y por lo mismo, profun­ damente colectiva– de su primer encuentro con el universo contenido en el mítico Macondo. El número se completa con un poema de Luis García Montero, en torno a la recien­ te ignominia cometida en contra de la justicia en su natal España, así como un ensayo de Emiliano Becerril sobre el joven e impresionante narrador nigeriano Chris Abani, autor de Masters of the Board, su ópera prima, terriblemente premoni­ toria respecto de un sangriento golpe de Estado en Nigeria.

Comentarios y opiniones: jsemanal@jornada.com.mx

Un día otoñal de 1938, en el Teatro Des Ambassa­ deurs de París, el poeta Jean Cocteau estrenó su obra Los padres terribles. El público se sorprendió ante un trabajo teatral totalmente alejado del es­ teticismo que caracterizaba los sueños teatrales y cinematográficos del autor de La sangre de un poeta. Los padres terribles mostraba con realis­ mo rayano en la crudeza un conflicto propio de la so­c iedad burguesa y de la familia patriarcal (o ma­ triarcal) autoritaria y manipuladora. Eran los tiem­ pos del auge de las teorías freudianas, la guerra estaba a las puertas, como el tigre de Giraudoux, la mentira y el engaño eran los datos esenciales de la convivencia burguesa y los valores tradicionales se tambaleaban. Por eso el poeta amante de los sím­ bolos, de las bellas palabras y de las decoraciones, escribió esta obra para su compañero sentimental, el actor Jean Marais, y enfrentó con valor y pericia de dramaturgo el difícil reto de la crítica de las cos­ tumbres. En 1948 el mismo Cocteau llevó al cine su obra y Marais, aunque ya no daba la edad del personaje, hizo un Michel que era y no era el mismo actor. La película está vivita y coleando. Se puede ver como un hecho artístico en el cual se expone una problemática perdurable. Para la gente de teatro llevar a escena Los padres terribles es una experiencia enriquecedora, tanto desde el punto de vista artístico como en su descar­ nado y compasivo humanismo. Por estas razones, Visconti la puso en escena en Roma en 1945 y la mantuvo por un año y medio en el Teatro Eliseo. En una carta que el genial director italiano dirigió a Cocteau, le dice: “Esta será la obra de la postguerra en mi país. Además de que nos permite ver el nuevo teatro verdadero, nos conmueve y nos da un tes­ timonio de esas realidades humanas que la guerra ocultó con su furia desatada y su estruendo ensor­ decedor. Gracias por hacernos escuchar de nuevo la voz humana.” En México, una actriz emblemá­ tica del estilo de su tiempo, María Tereza Montoya, hizo una Ivonne que conmovió a miles de espec­ tadores. Villaurrutia comentó: “Cocteau se asoma por el ojo de la cerradura y ve lo que sucede en una respetable casa burguesa. Desde su puesto de observación ve salir monstruos impredecibles, egoísmos, crueldades, mendacidades, pasiones desa­t adas y amores conmovedores que vencen al hastío y a la suspicacia.” José Acosta acaba de lle­ var a escena la obra señera del autor de Orfeo y de

18 de marzo de 2012 • Número 889 • Jornada Semanal

Hugo Gutiérrez Vega

La bella y la bestia en el teatro El Galeón. Asistí a la última función y debo reconocer que me gana­ ron las lágrimas (no olviden mis lectores que hay una oración para pedir el don de lágrimas). Este es el aspecto que debo resaltar. La inteligencia del director, la sinceridad y la pericia formal de los actores y las actrices, el inteligente uso de me­ dios audiovisuales, los pertinentes símbolos, como la presencia constante del agua recordándonos al liquido amniótico de las gestaciones, se conjun­ taron para crear un objeto teatral conmovedor y, para nuestra fortuna, alejado del sentimentalismo barato. La audacia de Acosta se manifiesta en la maestría con que maneja acciones simultáneas en distintos planos, olvidándose, para nuestra sorpre­ sa, de la vieja teoría del foco en la que tanto insistía mi amigo y maestro Fernando Wagner. Juan Cabello hace un Michel convincente y ado­ lorido; Raki lleva a su Georges a extremos de insi­ dia y de renunciación; la Leóni de Verónica Terán combina con maestría actoral la sensatez carte­ siana con el fracaso sentimental; Paulina Treviño es una Madeleine sensual, desvalida, temerosa y sorprendentemente llena de una audacia que a ella misma asombra. Preside, en el juego freu­ diano, la figura de la Madre Ivonne. Martha Pa­ padimitriou compone al personaje con maestría y contención. Al final, cuando nos dice algunos frag­ mentos de las cartas de Cocteau a su madre, la actriz entrega al público una muerte atenuada por el juego de sombras. En ese momento, por obra y gracia de un acertado juego escénico, el público está ya sentado al lado de los actores y forma par­ te del acontecer teatral. Esta especie de reseña es el producto de unas lágrimas como las del poema de López Velarde: “Yo no sé ni por qué quiero llorar./Será tal vez por la piedad que escondo/ tal vez por mi infinita sed de amar.” Esa tarde de un verano anticipado y to­ davía con rachas de viento frío, Cocteau, Acosta, los actores, las actrices y los artistas-técnicos nos dieron “todas las lágrimas del mar”. En fin... nos re­ descubrieron lo que decía Marx sobre el arte: “es una dimensión esencial de lo humano”.

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Portada: La fértil soledad Collage de Marga Peña

La Jornada Semanal, suplemento semanal del periódico La Jornada, editado por Demos, Desarrollo de Medios, S.A. de CV; Av. Cuauh­t émoc núm. 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Delegación Benito Juárez, México, DF, Tel. 9183 0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cui­ tláhuac núm. 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, México, DF, tel. 5355 6702, 5355 7794. Reserva al uso exclusivo del título La Jor­n ada Semanal núm. 04-2003-081318015900-107, del 13 de agosto de 2003, otorgado por la Dirección General de Reserva de Derechos de Autor, INDAUTOR/ SEP. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de esta publicación, por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. La redacción no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboración es responsabilidad de su autor. Títulos y subtítulos de la redacción.

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bitácora creación bifronte

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RicardoVenegas Neruda: No invoco tu nombre en vano

Foto: memoriachilena.cl

La polémica sobre la muerte de Pablo Neruda –¿natural, inducida?– que ha levantado polvo en los últimos meses por las declaraciones de su chofer, Manuel Araya, sobre el posible homicidio de su antiguo patrón, habla del lugar que ocupa el bardo chileno en el mundo de la poesía. La ex­ humación que ha ordenado la autoridad podría modificar la versión oficial. Se dice que padecía leu­ cemia acompañada de un cáncer de próstata, que hubo de complicarse con el derrocamiento y muerte de Salvador Allende, entrañable amigo del poeta, y a quien cedió –Neruda– la candida­ tura a la presidencia; el autor de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada murió veinti­ cuatro horas antes de salir en un avión rumbo a

México, viaje que patrocinaba el presidente Luis Echeverría al nombrarlo “invitado del gobierno mexicano”. El poeta e investigador Víctor Toledo afirmó hace unos días para El Clarín de Chile: “Hasta donde sé la enfermedad de la próstata de Neruda era controlable (…) Neruda quería y po­ día seguir luchando.” La hipótesis se basa en la inconveniencia que Neruda representaba para el régimen de Pino­ chet: “hubiera sido uno de los principales líderes, recordemos su capacidad de convocatoria, su pasión política profunda”, como el propio Toledo lo desmenuza en el completísimo volumen El águila en las venas. Neruda en México, México en Neruda ( buap , 2005), que mereció la medalla de honor presidencial de Chile en el centenario del poeta (1904-2004). Neruda en Latinoamérica es el cantor del mito. Es voz que clama por la unidad latinoamericana, es el mago de la epopeya (no necesitó ser anto­ logado para sobrevivir en su obra) tanto como el Che –que cargaba consigo un ejemplar del Canto general– de la vigente utopía de Bolívar. ¿Qué hubiera sucedido –hace casi cuarenta años– si no le hubieran suministrado la letal in­

ricardovenegas_2000@yahoo.com

yección de dipirona, si hubiera abordado el avión, si se hubiera asilado en México con el grupo que ansiosamente lo esperaba en la nave que nunca abordó? Las amistades de Neruda en México fueron más aleatorias con las artes plásticas que con los pro­ pios poetas mexicanos (la influencia arrasadora del muralismo en el Canto general no es mito), sus afectos por Siqueiros y Rivera, hombres de carác­ ter recio –y reacio–, dejan entrever que hubiera entablado, sin duda, una estrecha amistad con el veracruzano Salvador Díaz Mirón. La ideología en Neruda es otro rumbo que merece estudios pro­ fundos. Su colección de caracolas, sus afinidades con López Velarde, Alfonso Reyes, Juan José Arreo­ la y Efraín Huerta, están pendientes aún. Si la historia es lo que recordamos, el régimen pinochetista –hoy sus allegados se han apropia­ do, irónicamente, de la Fundación Neruda (su heredad al pueblo)– se caracterizó por el ajuste de cuentas, el terror y la persecución. No sería extraño encontrar evidencias de que, efectiva­ mente, fuera asesinado con la discreción que, a través de los siglos, nos ha mostrado la Iglesia con sus papas •

Monólogos compartidos Francisco Torres Córdova ftorrescordova@yahoo.com

Tam tam Hay palabras que no fueron, que no alcanzaron en el aire la fina redondez de la garganta, la ex­ tensión sinuosa y fuerte de la lengua, el borde riguroso de los dientes; que se quedaron sus­ pendidas en un hueco de ideas y labios en­ treabiertos y se disolvieron en una pausa del aliento, en la cima vital de un impulso quebrado, separado de la voz por la sorpresa, el descon­ cierto, la revelación o la violencia. En medio del ruido de palabras maltratadas, machacadas y rotas por el peso de la repetición incesante y la mentira de campañas, propagandas y discursos; en medio de los excesos verbales del consumo y las torcidas vanidades del poder, esas palabras que no fueron son al final más precisas y elo­ cuentes: son el rostro puro, el cuerpo quieto, perplejo o sereno ante lo íntimo inefable, ante lo público desnudo. Palabras sin viento ni talones para respaldar su impulso; sin eco ni cielos alum­ brados para navegarse entre los puntos cardi­

nales del lenguaje. Y sin embargo, si se miran bien –porque no se oyen– o si nos rozan la fren­ te o el dorso de las manos por azar en severas noches de insomnio o en suaves duermevelas a pleno mediodía, dejan el silencio inquieto, aler­ ta, esperando, cargado de su ausencia, de la humedad de su sentido. Será que son otra cosa, que es otra su naturaleza y otra la boca en la que suenan, tal vez la que se forma con sólo un mo­ vimiento de la mano recortado por la luz sobre una cabellera, una rodilla que se abre gozosa en la danza de los cuerpos, o el sueño de una niña de tres años, dos meses, cuatro días y una hora que inunda la habitación con el leve chasquido satisfecho de sus labios; el largo y devoto beso de dos adolescentes o, en uno de ya tantos ex­ tremos que se nos van tramando en horizonte, el dolor ciego en la lúcida mirada de un enfermo a la intemperie; lo negro en los ojos negros de una niña, otra, que no conoce el blanco de la

leche y sí la mancha amarillenta de la nada en la vasta superficie del despojo. Será que su ma­ teria nos rodea así para decirse así, como se dice el rumor de una caricia, el otro lado de un grito; como se muestra lo que es claro y evidente y lo que nos queda lejos y tanto resuena su distan­ cia que nos pasma y enmudece. Será que es ahí donde también se pierden o disuelven las pa­ labras del poema, que sólo así se cumplen hon­ damente, y entonces se puede, ocurre el aliento de la música, esa su absoluta cercanía que inau­ gura con un soplo de sonido organizado, cóm­ plice de todo lo que queda lejos de la lengua, a la orilla –o tal vez en el centro mismo– del sen­ tido y su corriente primigenia. La música que vela con rumores de semilla en las cosas vivas y en las muertas se dilata y sueña; que sabe del silencio, el más antiguo, como sabe de sí misma. Ese tam tam del corazón. Y antes, del agua. Y an­ tes, del tiempo •


18 de marzo de 2012 • Número 889 • Jornada Semanal

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entrevista con Manuela Garín Pinillos Paula Mónaco Felipe

Foto: Miguel Tovar

Tiene noventa y ocho años de edad, completa lucidez y mejor humor. Es platicadora, ríe

Cinco décadas

contra la ignorancia

a menudo y toma café como si fuera agua.

Manuela Garín Pinillos es pionera de la matemática en México y una de las dos

primeras egresadas de esa carrera. Profesora emérita de la unam (1989), fue la primera directora de la Escuela de Altos Estudios de

la Universidad de Sonora, fundó la escuela

de matemáticas en Yucatán y participó en los

cambios de programas de la sep en los años sesenta, entre otros logros. “Fue como

meterte a una selva cuando a duras penas te dieron un cuchillo”, dice, y relativiza las

dificultades: “eso nos tocó, andar abriendo caminos”. Pasó cinco décadas en aulas de

todos los niveles y se jubiló en 1992, a sus

setenta y ocho años. Tiene dos hijos, Tania

(bailarina) y Raúl (dirigente estudiantil del

‘68), seis nietos y nueve bisnietos.

-H

–¿Fue difícil como mujer cursar una carrera y que además fuera ésa?

–En medicina había dos, tres; en leyes una o dos. Eran muy pocas las mujeres pero sí podíamos estu­ diar aquí. No fue difícil. ¿Cuál era tal vez el proble­ ma? Que acababa de triunfar la Revolución mexica­ na y muy pocas estudiaban por la postguerra; hacían hasta la secundaria y luego a casarse. Si había alguna prohibición era familiar. A mis cuñadas no las deja­ ban ni asomar las narices al balcón, hasta solteras quedaron porque no las dejaban salir; no fuera a pa­ sar un general y se las robara.

–Ha dicho que nunca se sintió discriminada.

–La verdad no, pero si alguien hubiera intentado discriminarme se hubiera encontrado con una fiera. Tengo cien años y todavía no me dejo.

–¿Sus compañeros siempre la trataron bien?

–Sí. Éramos muy pocas mujeres pero nos respe­ taban. Entonces estaban Javier Barros Sierra y Na­ bor Carrillo, que después fueron rectores (de la unam ), Carlos Graef, Alberto Barajas y los demás (Jesús Reyes Heroles y Luis Echeverría, entre otros). –¿Por qué eligió ser maestra y no dedicarse a la in�� vestigación?

ay un prejuicio sobre las matemáticas, que son difíciles y aburridas. ¿Por qué?

–Los maestros son los que no saben en­ señar, hacen que los alumnos las aborrez­ can porque se las dan como reglas preestablecidas que deben aprenderse de memoria, y la matemáti­ ca es pura lógica.

–¿Por qué eligió estudiar matemáticas?

–Mi papá era ingeniero de minas en Cuba y vi­ víamos aislados, él nos enseñaba matemáticas, que siempre me parecieron cosa muy fácil. Al llegar a México estaba recién fundada la Universidad Na­ cional y se empezaron a crear carreras. Mi mamá quería que estudiara ciencias químicas y ponerme una farmacia, pero yo odiaba la idea de estar detrás de un mostrador. Me decidí por matemáticas, entra­ mos en el año cuarenta y éramos cuatro: un estadu­ nidense, Félix Recillas, Enriqueta González Baz y yo. Le decíamos al gringuito: “¡no nos vayas a dejar! Inscríbete o te apuntamos aunque no vayas”, porque si no éramos cuatro, quitaban la carrera.

–Tenía el puesto de investigadora pero me jaló siempre más ser maestra porque sentía que a los pue­ blos se les engaña fácilmente por la ignorancia. Si uno quiere que la gente se defienda tiene que tener alguna preparación y la base fundamental son las matemáticas. Pensaba: “Si sé matemáticas es mi obligación enseñar la mayor parte que pueda.”

–Alguna vez dijo que los investigadores tienen la obligación moral de dar clases.

–Sigo pensándolo, todo el mundo debe enseñar lo que sabe a los demás. Los investigadores son gente muy preparada, ¿por qué se quedan con su sabidu­ ría? Es un egoísmo tremendo.

–Fue docente durante unos cincuenta años. ¿Cómo fue esa experiencia?

–Yo era dura pero, si no, ¿cómo hubiera podido ser maestra en la Escuela de Ingeniería, que entonces era la primera mujer que daba clase? Eran puros mu­ chachos y en cuanto se aparecía una chica empeza­ ban a aullar como lobos. Les decía: “ándenle pues,

salgan tooodos a verla”, y luego tranquilos seguía­ mos la clase. Era dura, ponía reglas y se respetaban. No podía tener debilidades porque hubiera tenido que renunciar. –¿Sus alumnos la hostigaban?

–En el ‘54, una vez llego a clase y estaban inquie­ tos, hasta que un valiente me dice: “Maestra, hay un ratón”, y sabemos que las mujeres les tenemos mie­ do. Entonces le respondí: “Valiente, sácalo” y el ban­ dido agarró al ratón que tenía amarrado con un hilo, se lo subió al hombro y se paró. Me di cuenta que iba a pasármelo a diez centímetros y me dije: “Mane, te aguantas porque te aguantas.” ¡Me pasó el ratoncito y ni un músculo se me movió! Jamás me hicieron na­ da más. Yo no tuve problemas, la verdad.

–¿Para qué sirve estudiar?

–La persona que tiene preparación puede anali­ zar cualquier acontecimiento con un criterio más amplio. Desgraciadamente se ve cómo engañan a la gente, les cuentan unos cuentos chinos que digo: “có­ mo se los pueden creer”. Pues salió en la televisión y se lo creyeron. Alguien preparado se da cuenta que en la televisión dicen lo que quieren que crea pero no lo que es realmente. En los mismos periódicos –y perdónenme en La Jornada– todas las noticias vie­ nen de un informador. ¿Quién informa? Tal noticiero de tal parte. Entonces tómalo de quien viene.

–¿Aprender matemáticas ayudaría a tener una lec­ tura crítica de la realidad?

–Sí, porque son pura lógica. Si sabes hacer razo­ namientos lógicos y sacar conclusiones, cuando te dicen algo que no tiene lógica dices: “pera, pera, ba­ rájamela más despacio, ¿dónde me quisiste engañar o dónde te tropezaste y te fuiste por otro lado?” Es muy difícil que se engañe a la gente que sabe mate­ máticas.

–Y en este México de violencia y apatía, ¿de qué pue­ den servir las ciencias y la matemática en particular?

–En este México actual que es terrible, en un país desarrollado como Suecia, en el país que me ponga, el que la gente tenga una buena educación y sepa matemáticas sirve. Me acuerdo hace unos años, se decía que la política del pri era que aunque pasaran a quinto o sexto año no supieran nada porque con la ignorancia se podía gobernar mejor. Pues sí •


Despedirse de

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Roger van de Velde

C

on un margen de más o menos un día, los mé­ dicos habían calculado que, a sus ochenta y tres años, a Livinus le llegaría la hora de mo­ rirse en una semana. La gerencia del asilo había enviado un telegrama a los familiares. Y aquella tarde de octubre perma­ necían junto a la cama del anciano la hija y el yerno para despedirse discretamente de él. Un adiós va acompañado de cierto ritual. La hija soltó una cinta color rosa de la caja de cartón y sacó de ella un pastel con mucho cuidado, como si manejara algo precioso y frágil, y con una sonrisa autocomplaciente deslizó la golosina, en el papel de encaje, por la mesa frente a su padre. El viejo Livinus, en la estrecha cama de hospital inclinó un poco hacia adelante su desplumada cabeza de pájaro y examina­ ba el pastel de fiesta con una mirada turbia pero crítica. La mano derecha le temblaba como una hoja y sus labios murmuraban sobre la ofrenda. Entonces apartó el pastel con la huesuda pero sana mano izquierda, un poco de nata batida se le pegó al dedo; y él clavó la mirada amenazante, casi odio­ sa, en su hija. −Quiero un trago −dijo. La mujer apretó los labios y frunció el ceño a su esposo que estaba con la cara son­ rojada de borrego al otro lado de la cama. Verse confrontado con aquel problema imprevisto parecía aún más inútil. Un mo­ mento se le subió y bajó la manzana de Adán, pero no sabía qué hacer. −No seas tonto y come un trozo de pastel −dijo la hija. Sonó como una reprimenda, casi como una orden. Ella cambió a duras penas la cara de enfado en una sonrisa y se dispuso a meter el cuchillo en la tarta. −Quiero un trago −repitió Livinus. La mano derecha le empezó a temblar aún más fuerte sobre la sábana y por lo visto prefería morirse en el acto que tocar ese pastel. −Con un vaso de leche la tarta sabe mu­ cho mejor −insistió el yerno con cautela aunque sin convicción, pues no era tan tonto. Sin embargo, se esperaba que al menos hiciera un es­ fuerzo de su parte para superar aquel obstáculo. Pu­ so empeño. −¡Quiero un trago!−dijo Livinus por tercera vez, y en voz alta, así que todos en la sala de hospital pu­ dieron oírlo. Le salía un poco de baba de entre las muelas cariadas y estaba bastante furioso. −Me gusta mucho más un trago que el pastel −aña­ dió como un argumento simple, pero decisivo. Era cierto. Siempre había preferido el alcohol que cualquier otra cosa, y eso fue la causa de toda su mi­ seria. Años atrás, cuando recurrió al machete, tam­ bién había bebido tragos. −No lo permite el médico −dijo la mujer −. Es no­ civo para tu corazón y también para los riñones. De­ bes comportarte como dice el doctor.

cuento

Livinus

−Eso no me gusta para nada. Tienes que pedir per­ miso a la enfermera. No quería tener cargo de conciencia de que su pa­ dre muriera una semana antes de tiempo. Con todo podía suponer que la enfermera era una fortaleza inconquistable. El yerno reflexionó aún un ratito so­ bre el asunto y después se arrastró en sus suelas de caucho, como un salteador de caminos, hacia el cu­ bículo de cristal donde una enfermera flaca con gafas estaba muy atareada en llenar toda clase de botellas. Cuando el hombre enrojecido le dio a co­ nocer su temeraria intención, la enfermera lo miró como si le propusiera algo suma­ mente inmoral, e indignada movió la cabeza. El yerno regresó de mala gana a la cama, como un guerrero maltrecho al cabo de una batalla perdida. −No está permitido −dijo. Las demás palabras se quedaron atascadas en la gar­ ganta. Sus manos en la colcha eran dema­ siado grandes y tan inútiles como el resto del cuerpo. −Lo que yo había pensado −dijo la mujer en ese tono llano, pero con un leve estreme­ cimiento de triunfo disimulado. El viejo Livinus se dejó caer hacia la al­ mohada y cerró los ojos. Así permaneció un tiempo inmóvil como una figura de ce­ ra. Sólo los labios seguían musitando unas palabras cortas e incomprensibles. En el fondo ya estaba en el estadio preliminar de la descomposición. Olía a jabón verde y a humus. −Un trago −dijo en tono quejumbroso sin abrir los ojos −. Un pequeño trago antes de morirme, y no está permitido. De veras, ya quisiera estar muerto. Sin duda hablaba en serio. Otra vez había un silencio agobiador, como si ambos, en efecto, estuvieran ante un lecho de muerte. Ya no quedaba nada por decir, el testarudo anciano se había re­ tirado a una helada sala de espera donde La Muerte y el anciano, grabado de Hans Holbein El joven todas las palabras sobraban. La hija puso su mano en el brazo izquier­ do de su padre, en el que no tiritaba. Alrededor de la cama había un silencio embara­ −Regresaremos cuando estés un poco mejor −dijo. zoso, propio para la sombría evocación de un falle­ El yerno miró sus zapatos brillantes. Sabía que se cimiento deliberado. trataba de una despedida definitiva. El yerno puso una mirada asustadiza. Dio unos pasos Con dedos hábiles y rápidos la mujer puso la col­ con rumbo a su mujer y le sopló jadeando en la oreja: cha en orden y echó todavía una mirada vacilante −¿Y si fuera a comprar una botella de bolsillo? al pastel, ¿llevarlo o dejarlo?, se encogió de hombros Hay una licorería en la calle del asilo, allá se vende y se marchó a la salida de la sala donde un empleado una ginebra con un irrisorio porcentaje de alcohol. estaba esperando con papeles administrativos. El Un solo trago tal vez no le haga daño, dentro de una yerno la seguía sin hacer ruido, como un sonám­ semana de todos modos estará muerto. bulo. Al avanzar no se atrevía a ver las otras camas, El viejo espiaba la conspiración con vivo interés. donde yacían nada más hombres viejos. Le costó trabajo volver a incorporarse, guiado por Cuando desaparecieron de la vista, Livinus tomó una esperanza que enardeció de repente. el pastel de la mesa, lo examinó de cerca y escu­ La mujer se entregó un momento a sus profundas pió entre dos cerezas en medio de la tarta. Enseguida cavilaciones. Después de un conflicto interior, corto, llamó rabiosamente con una campanilla para que pero por lo visto fuerte, dijo en tono apagado de al­ le trajeran el orinal • guien que quería lavarse las manos: Volvió a mirar fija y casi provocativamente a su marido al otro lado de la cama. A juzgar por la expresión furiosa del viejo Livinus, sentía una profunda antipatía hacia el médico. Es probable que también detestara su corazón y los ri­ ñones, a su hija y al yerno, y toda la lata. Se hundía gimiendo hacia atrás en la almohada y su ira pare­ cía disolverse en una murmurante tristeza. −Quisiera estar muerto −dijo con voz latosa de niño ofendido.


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La farsa Luis García Montero

A Baltasar Garzón

Son malos tiempos para la justicia.

Son malos días para la justicia.

Vengan a ver la farsa,

Más de cinco millones de recuerdos

el decorado roto, la peluca mal puesta,

naufragan con sus nombres en la cola del paro.

palabras de cartón y pantomima.

Los vivos han perdido la memoria y los muertos no tienen donde caerse muertos.

Son malos siglos para la justicia. Son malas horas para la justicia. No existe majestad en la casa del rey. Nadie busque su voto

La política sueña

en la tribuna de los parlamentos.

una constitución en la que refugiarse. Los periódicos piden

Son malos años para la justicia.

una buena noticia que llevarse a la boca. El poeta no encuentra

Como el mar no es azul,

las palabras que quiere para decir verdad,

los barcos equivocan la cuenta de sus olas.

reparación, justicia,

Como el dinero es negro, la moneda menguante de la luna

porque son malos tiempos,

ha pagado el recibo de los trajes nocturnos.

porque los tribunales se han sentado a cenar en la mesa del rico.

Son malos meses para la justicia. Vengan aquí y observen, Se citaron el crimen y el silencio,

es el tinglado de la nueva farsa,

no descansan en paz los perseguidos,

la toga sucia y el culpable limpio.

el ladrón y el avaro se reúnen y la ley no responde a la pregunta de la bolsa o la vida.


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Jornada Semanal • Número 889 • 18 de marzo de 2012

Una canción para la noche nigeriana C

hris Abani publicó, a los dieciséis años, su primer novela, no sabía que sería una espe­ cie de profecía literaria. No sabía que la pu­ blicación de su libro sobre un golpe de Es­ tado fallido poco tiempo después coincidiría con un verdadero golpe de Estado en su país, Nigeria, cuyo nacimiento, en 1960, había sido justamente seis años antes que el del escritor. Así, sin haber podido ima­ ginárselo, su novela, Masters of the Board, fue el níti­ do reflejo previo de la realidad, e hizo que Abani se transformara invo­l untariamente en un “incitador” de dieciséis años. De tal forma que al tiempo que Abani constataba que a veces la literatura puede an­ ticiparse a la vida, veía cómo la vida no sólo también podía reaccionar ante la literatura, sino que podía hacerlo de manera reaccionaria, y fue recluido en una prisión de máxima seguridad. En ese entonces, mientras daba los primeros pasos hacia su encierro carcelario (el primero de los tres que tendría), reco­ rrió un pasillo interminable, caminó por un espacio turbio y vio que la celda del fondo, aparentemente la que le estaba destinada, dejaba salir humo entre los barrotes. No podía saber nada, excepto que tenía que seguir caminando, preguntándose qué sería de él, custodiado por guardias e interrogantes silen­ ciosas. Así, con cierta perplejidad, Abani se acercó a su destino inmediato, su celda, a través de un pasillo compuesto por la alharaca natural del presidio. Al aproximarse corroboró que la extraña nube gris efectivamente emergía de su futuro “aposento”. Entonces pensó que el mundo de la indiferencia ju­ dicial de la penitenciaría no haría nada por extin­ guir ese humo ni apagar ese extraño fuego y, teme­ roso como lo estaría cualquier adolescente al entrar en una prisión de máxima seguridad, siguió cami­ nando con resignación. Al llegar a su celda, notoriamente gris y sobrepo­ blada –aparente morada de un piromaniaco inconte­ nible pero oculto– observó que en ella había veinti­ dós reos, a pesar de estar pensada para alojar a ocho.

Emiliano Becerril Silva

Fotos: www.jamati.com

Y si actualmente Nigeria es el país más poblado de África y el quinto más poblado de los cinco continen­ tes, en ese entonces, hace veintinueve años, en esa celda, era claro cómo las dimensiones poblacionales ya comenzaban a desbordarse. El pasillo se terminó, Abani entró en su celda y descubrió que, a pesar del humo, el incendio era inexistente, y que, más bien, lo que había observado desde el pasillo era producto de la mezcla de su imaginación y el propio pasillo; aunque para él, en el fondo, eso no implicó realmen­ te la ausencia de fuego, ya que al sentir cómo los ba­ rrotes se cerraban tras él, la mirada de los demás reos, cuyos ojos encendidos lo estudiaron con la profun­ didad penetrante del pesado escrutinio tribal, ema­ naba fuego vivo. De cualquier modo no hubo tiempo para que sucediera nada más, ni nada menos, porque una vez depositado en la celda escuchó desde el fon­ do un grito impositivo, un seco “¡hey!” que generó la pausa y el silencio de todo mundo. Naturalmente Abani se congeló. Instantes después alzó sutilmen­ te la cara y vio cómo el mundanal humano se movía. “Era como si el Mar Rojo se estuviera abriendo ante mí”, cuenta el escritor. Así, una vez que las aguas de ese mar terminaron de moverse, Abani vio que en el fondo de la celda yacía un hombre sentado, fumando como un chacuaco un enorme cigarro de marihuana. Eso explicaba la existencia del humo previo, claro, pero planteaba una nueva incógnita: el extraño mo­ narca del cigarro, quien, apartándose la dimba de su boca, le preguntó sin tapujos por qué alguien de su edad estaba en una cárcel como ésa. Abani respondió que estaba ahí por haber intentado “escribir la ver­ dad”. Y el soberano del cigarro dijo algo que hasta la fecha ha marcado al escritor: Truth, my friend, is a risky business (“La verdad, amigo mío, es un negocio peligroso.”) Ese personaje era Fela Kuti, el icónico luchador social nigeriano, monumental referencia de la cultura africana que a través del género musical del afrobeat –inventado por él mismo– criticó dura­ mente a las milicias nigerianas y despertó un senti­

miento continental de unión social y musical. De tal modo que Abani, a los dieciséis años, no sólo había redactado una especie de premonición libresca sobre un golpe de Estado, sino que estaba por compartir la intimidad cotidiana con Fela Kuti. En esa celda, en las noches de soledad, Kuti tocaba un saxofón cuyo dulce e improrrogable sonido inundaba todas las paredes de la prisión y, por supuesto, las noches del joven Abani, quien tenía el infortunio de estar encar­ celado pero la “fortuna” de estarlo con Kuti. Quizás por eso no sorprenda que, hoy día, con un elefante gigante tatuado en el brazo, Abani toque el saxofón, o que sea uno de los autores más reconocidos de Ni­ geria. Abani ha sido galardonado con el Prince Claus y, en un par de ocasiones, con el Pen. Su escritura está cruzada por una innumerable cantidad de raíces: su búsqueda de la verdad ha logrado ser positiva­ mente heterogénea y ambigua, como la verdad mis­ ma. De ahí que haya que celebrar la reciente publica­ ción –de la editorial mexicana Sur Plus–de Canciones para la noche, una de las últimas obras de Abani, en la cual el escritor invoca a un ser perdido que no recuer­ da cuándo “cayó la noche”, la noche de la guerra y, por supuesto, la guerra de la noche: las pesadillas. Canciones para la noche evoca la historia de un busca­dor de minas perdidas que tuvo que violar, matar y robar para después huir, para huir de eso mismo, de la gue­ rra, de sí mismo, y para no explotar dentro de sí. El libro es la voz de un buscador de minas a quien le cercenaron las cuerdas vocales para no asustar a sus demás compañeros con los gritos de muerte, pero que, a pesar de todo, canta. Canciones para la noche es la explosión del silencio de un personaje que se encuentra en la fuga; el amanecer poético del insom­ nio. El vivo recuerdo de las imágenes injustas de la circunstancias de una noche que sólo puede ser tras­ cendida con la escritura. Canciones para la noche es un libro catártico e inevitable que arroja luz sobre el pasado. En palabras de Abani: “La luz del día llega como un óxido que corroe la noche.” •


Los

45 Cien de

G

Luis Rafael Sánchez

años de soledad

i

uardo la primera edición de Cien años de soledad como oro en paño. La compré en Madrid el mes de septiembre del mil no­ vecientos sesenta y siete. Pagué 185 pese­ tas, lo indica, a lápiz, la página siguiente a la portada –5 dólares y 25 centavos al cambio de en­ tonces, más o menos 35 pesetas por dólar. Bajo la indicación del precio se adhiere un papelito que avisa: Librería Fernando Fé. Sol, 14- Madrid. Todavía el monosílabo fe llevaba acento ortográfico. La por­ tadilla acredita el autor, el título y la firma editora, Sudamericana. La portada recoge tres motivos insoslayables de la novela. La maraña selvática que ciñe a Macondo. Un ga­ león. Tres astromelias o tres nomeolvides: sólo un botánico podrá arbitrar de cuál flor se trata. Trescien­ tas cincuentiún páginas después, el colofón avisa que Cien años de soledad se terminó de imprimir el treinta de mayo del año mil novecientos sesenta y siete, en los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argen­ tina, sa , Calle Alsina número 2049, Buenos Aires. El nombre del autor me era conocido. En junio de ’63, ya aprobados los cursos conducentes a la Maes­ tría en Artes y Ciencias de la Universidad de Nueva York, tomé unos adicionales en la Universidad de Columbia, Las novelas de Miguel de Unamuno y Nueva Narrativa Hispanoamericana. Recuerdo al pro­

verbal, cuya irrupción en un párrafo alcanza el ca­ rácter de un acontecimiento. Ya sea la factura regia de unos personajes atascados en la esperanza ilusa, ésa que la gran poeta mexicana Juana Inés de la Cruz tacha de “diuturna enfermedad” y el gran poeta puertorriqueño Pedro Flores tacha de “flor de des­ consuelo”. iii

Gabriel García Márquez. Foto: Guillermo Angulo

fesor de ambos, el paraguayo Hugo Rodríguez Alca­ lá. Sobra decir que el curso sobre Unamuno incluía su obra novelística completa. El curso dedicado a la nueva narrativa hispanoamericana, dadas las fechas en que se ofreció, incluía El coronel no tiene quien le escriba. ii El entusiasmo producido por El coronel no tiene quien le escriba, cuatro años antes, me empujó a devorar Cien años de soledad armado con un bolígrafo. Desde luego, son textos y texturas diferentes. La trama li­ neal de la primera contrasta con la trama zigzaguean­ te de la segunda. Y la nómina escasa de personajes de la primera contrasta con el nutrido registro demo­ gráfico que instituye la segunda. Aparte de que la extensión de la primera, novela apretada como un puño e hilvanada con una prosa de ecos telegráfi­ cos, se desemeja en extensión de la segunda, novela oceánica y de horizonte incircunscrito, por la que na­v egan personajes vivos, personajes muertos y per­s o­n ajes vivos en tránsito voluntarioso hacia la celestialidad, por ejemplo Remedios la bella. Pero el genio y el magisterio del autor se constatan a cada vuelta de página de ambas novelas. Ya sea una sutileza a propósito de la condición humana, tan lo­ zana que apabulla descubrirla. Ya sea una mirada, de calado hondo, a las fatigas del tiempo. Ya sea un giro

El Gabo posa con una edición de Cien años de soledad en la cabeza

A pesar de las tangencias enumeradas y las otras en­ numerables, a pesar de que El coronel no tiene quien le escriba es una gran novela de formato breve, cu­ yos escrupulosos tiento y aliento la hermanan con las prodigiosas Muerte en Venecia y El extranjero, fue Cien años de soledad la obra que consagró a Gabriel García Márquez como escritor universal. Modelo de una escritura que se afianza en la página sin el menor esfuerzo, como resultas de un empecinado con­ trol narrativo, infalible hasta en los usos de la coma y el punto, en Cien años de soledad todo se vuelve in­ auguración, novedad, génesis. En concordancia, va­ rios pasajes identifican a los Buendía, el clan pro­ tagonista de la novela, como seres primerizos. La primeridad los marca. A unos con una cruz de ceniza en la frente, a otros con una cruz de rencor en el alma, a otros con unas ganas atrabiliarias de alejarse de Macondo en busca de prosperidad, a otros con unas ganas irracionales de asentarse en Macondo por siempre. No extrañe, entonces, que Macondo, lugar donde transcurre la acción, se percibiera, enseguida, como una alegoría desgarrada del continente americano. Y que el apodo del autor, Gabo, sirviera de agua bau­ tismal a la estética literaria emanante de su obra, el gabismo. Dicha estética, que algunos prefieren lla­ mar macondismo, junta y mezcla hasta la indistin­ ción, la realidad y la fantasía, la extravagancia y el descabellamiento, los personajes carentes de la mí­ nima introspección y los personajes embarcados en la abstracción a ultranza: el clan Buendía, acoge de todo, como la botica. De la consagración se encargó la crítica especia­ lizada. Que no le regateó encomios a la saga de los Buendía, adjudicándole parentescos linajudos, has­ ta innecesarios algunos por bombásticos. La empa­ rentaron con Las mil y una noches. La emparentaron con la Biblia y su sucesión de tribus y descendencias interconectadas. La emparentaron con las cróni­ cas de Indias y con el asombro incesante del europeo ante la maravilla encontrada. De la consagración se encargó, sobre todo, la masa innúmera de leedores, de siempre entusiasmada por devorar historias no­


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La emparentaron con la Biblia y su sucesión de tribus y descendencias interconectadas. La emparentaron con las crónicas de Indias y con el asombro incesante del europeo ante la maravilla encontrada.

a los macondenses: la fiebre del insomnio, la fiebre del olvido, la fiebre del banano. v

Primera edición de Cien años de soledad, editorial Sudamericana, 1967

vedosas, historias capaces de poner a prueba sus certidumbres tercas y el arte superior del sujeto que las cuenta. iv Al fin y al cabo el cuento no es el cuento, el cuento es quien lo cuenta. Y quien lo cuenta ha de saber encap­ sularlo en un decir riguroso, hecho de voz, de ritmo y de mirada. Sobre todo de mirada. No hay gran es­ critor si no hay mirada implacable a la realidad, esa danzarina falsa de los siete velos. No hay gran escri­ tor si dicha mirada no halla la palabra capaz de re­ gistrarla.

No extrañe, entonces, que Macondo, lugar donde transcurre la acción, se percibiera, enseguida, como una alegoría desgarrada del continente americano.

También explica el éxito consagratorio de Cien años de soledad, la vertiginosa sucesión de miradas ahondadoras que recopila y la franqueza prosística que las ensarta. Una prosa en posesión de un secre­ to candente, si bien sospechándose desde la prime­ ra oración: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo lle­ vó a conocer el hielo.” Y es tal secreto candente que, a lo largo de Cien años de soledad la poesía se asume como sombra sonora de la prosa. Efecto seguido de ambas consagraciones, la pues­ ta en marcha por la crítica especializada y la puesta en marcha por los leedores comunes y corrientes, fueron la traducción de Cien años de soledad a todas las lenguas y el desatamiento de un interés febril por la escritura anterior del colombiano. Cuentos, novelas y artículos periodísticos tuvieron la segunda oportunidad sobre la Tierra, que no tuvieron las es­ tirpes condenadas a cien años de soledad. Incluso, la literatura pareció rebanarse en dos hemisferios irre­ conciliables, la hispanoamericana en particular: an­ tes de Macondo y después de Macondo. Docenas de escritores se macondizaron por una temporada lar­ ga; otros, para siempre. Como si los hubiera victimi­ zado una fiebre semejante a las varias que estragaron

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El verbo devorar me agrada a más no poder. Significa una cosa, pero sugiere otras, entre ellas el hambre que se mitiga a puro desorden, la imposibilidad de dete­ nerse a saborear y la boca llena. El verbo devorar está hecho de prisa y frenesí, razón para el favor que le apartan los amantes, luego de transformarlo en verbo imperativo y súplica dulzona: “Devórame otra vez.” Dije en el fragmento segundo que devoré Cien años de soledad armado con un bolígrafo, presto a subrayar cuantos pasajes encandilaran mi imaginación, des­ de aquel en el principio, donde se notician las conse­ cuencias trágicas del pantalón de castidad que viste Úrsula Iguarán a la hora de dormir, hasta aquel en las páginas últimas donde se noticia “la última ma­ drugada de Macondo”. Sin embargo, entre el uno y el otro se hicieron subrayables tantos pasajes, tantos fulgores creativos se continuaron revelando, que ce­ sé de subrayar. Pues la novela no tenía un tramo ajeno al hechizo, ese estado de satisfacción, con apa­ riencia de sobrenaturalidad, que suscitan muy esca­ sos amores y muy escasas obras de arte. Los admiradores de Gardel aseguran, si bien ya pasados setenta y seis años de la tragedia en Mede­ llín: “Carlitos está cantando mejor que nunca.” Los admiradores de Cien años de soledad aseguramos, he­ chizados por un fulgor narrativo acabado de hallar, pues se nos escapó en la segunda, la tercera, la cuar­ ta lectura: “Endemoniada novela, hoy está más chu­ la que ayer.” La segunda, la tercera, la cuarta lectura las hice en sucesivas ediciones, compradas en Puerto Rico, Nue­ va York, Berlín. Porque la primera, comprada en la ma­ drileña librería Fernando Fé el mes de septiembre del mil novecientos sesenta y siete, descansa en el fondo de un baúl con llave, envuelta en paño, como el oro. Más de una noche de ronda por los abismos del insom­ nio, libro el libro de la prisión que ocupa en el baúl. Entonces, revestido el corazón por una costra de egoís­ mo, avanzo a besuquear la maraña selvática, el galeón, las tres astromelias o nomeolvides y susurro, entrece­ rrando los dientes y apretándolos: “Soy tu dueño.” •


leer Las categorías de la cultura mexicana, Elsa Cecilia Frost, fce ,

México, 2010.

CULTURA NACIONAL

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de los múltiples planes revolucionarios y el movimiento cristero. Acaso el término del recorrido importe menos que el trayecto mismo. El empeño de la doctora Frost es quizá un tanto arduo y difícil de penetrar, pero en su profundidad conceptual y en su perspicacia constituye una muestra difícilmente emulable de lo que el tesón germánico logra cuando está alimentado por una pasión indefinible, oscura y sin freno: desentrañar la cultura matria o cultura de la madre •

RAÚL OLVERA MIJARES

Desde volúmenes tan señeros en la historia del siglo xx , como El perfil del hombre y la cultura en México (1934), de Samuel Ramos, o bien El laberinto de la soledad (1950), de Octavio Paz, aunque bien pudieron destacarse otras obras de Leopoldo Zea, Emilio Uranga y Jorge Cuesta, hasta todos aquellos autores que se han ocupado en delimitar la esencia y el carácter de México, oscilando entre el valor del pasado autóctono y el beneficio innegable de haber recibido la cultura occidental a través de España, pensadores de la talla de Carlos Sigüenza y Góngora, Bernardo de Balbuena, Francisco Xavier Clavijero o Alfonso Reyes, no se había realizado un esfuerzo tan sistemático y tan serio como el de Elsa Cecilia Frost del Valle, cuyo asesor sería nada más y nada menos que el profesor español exiliado en México José Gaos. A partir de un concepto de cultura fuertemente impregnado de filosofía, pasándole revista a pensadores de la talla de Spengler, Scheler, Cassirer u Ortega, la autora se embarca en una reflexión de amplio espectro, muy a la manera de los teutones, la cual abarca incluso ciertos aspectos de la sociología, la antropología cultural y la filosofía del espíritu de Hegel, con el propósito de definir los conceptos de cultura objetiva y cultura subjetiva, cultura cristiana, Occidente, para finalmente rematar en las sutiles distinciones y varios orígenes que se esconden tras términos como Hispanoamérica, Latinoamérica e Iberoamérica. Elsa Cecilia Frost se plantea si la mexicana es una cultura criolla o mestiza, de síntesis o superpuesta, heterónoma o heredada. A diferencia de Paz y Ramos, la autora no descansa su tesis principal sobre la psicología del mexicano, sino sobre conceptos de validez universal que comúnmente esgrime el filósofo al intentar comprender el huidizo ser de lo mexicano. No tanto los hitos concretos alcanzados, que son más bien escasos en este terreno lábil e inasible, sino más bien los puntos de partida son los que avalan el trabajo de esta denodada académica, hija de alemán y mexicana, alumna del Colegio Alemán en Ciudad de México, y destacada editora y traductora del Fondo de Cultura Económica. Una y otra vez la autora intenta caracterizar la cultura nacional aceptando y rechazando una serie de calificativos como sucursal, colonial, fusionada, para finalizar en una caracterización del espíritu mexicano a través del arte, en particular el muralismo en pintura y la novela y el corrido de la Revolución, dilucidando de paso el significado

Invisible estoque, Vicente Quirarte, Mantis Editores, México, 2011.

DEL AMOR CONCEDIDO Y DEL AMOR ARREBATADO RICARDO YÁÑEZ

Tres fases del amor, preludio, navegación y naufragio, presenta Vicente Quirarte en Invisible estoque, libro muy bien editado que reúne trabajos escritos durante tres décadas. Explicada por el propio poeta, la selección va de “cuando nos descubrimos espejo nimbado por una luz inédita que a su vez nos inflama y nos transforma” al instante en que “el abandonado pierde todo y debe enfrentar nuevas tormentas para regresar al mundo”, no sin antes haber experimentado el “fluir de esa energía voraz, interminable en nuestras venas: historia conocida que en la experiencia personal se vuelve única”. Y concluye el autor: “Sólo el amor concede a quien lo vive el privilegio de ser otro en otro y saberse invencible.” Mas acaso el silencio preceda al amor (y “el poema es entonces/ encender un cerillo,/ alimentar el fuego/ con la sombra...”) y sea también lo que conviene cuando la pasión se ausenta (“... no es la muerte aún./ Pero se le parece como nada.”)

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Acaso haya que aplicarse en el oficio del silencio para poder nombrar (el amor, lo que sea). De allí, imaginamos, que las palabras que sirven de pórtico al viaje amoroso propiamente dicho aludan a esa dedicación, a ese “mester”. Textos escritos con frases o líneas de inclinación non (bien que no siempre estricta, un tanto jazzeada), con predominancia del endecasílabo y el heptasílabo, fácilmente visibles en el verso, sencillamente audibles en la prosa, la propuesta guarda no sólo unidad temática sino también, en más de un sentido, formal. Veamos algo de la poesía horizontal de “Habla el centinela”: “No termina el trabajo de tu sangre: [...] en incesante juego te mantiene.” Mucho más prosaica, en el buen sentido de la palabra, pudiera parecer: “Llueve como si Dios no tuviera otra cosa que hacer...”, segmento sin duda hermoso, que leído completo permite ver que está formado por tres cláusulas heptasílabas (“Llueve como si Dios/ no tuviera otra cosa/ que hacer en el planeta”). “Habla el centinela” termina con un endecasílabo –más allá de lo técnico– perfecto: “No hay trabajo más alto que esperarte.” Reproduzcamos ahora “Habla tu espejo”, uno de los mejores pasajes de todo el libro (que incluye asimismo un “Habla tu perfume”): “Me fragmento/ porque no te soporto tan entera./ Para no ser ya más/ el primero en saber de tus mañanas./ Ni el eco de tu aliento. Ni tu nota./ Por mis venas sonrió el agua de tu día./ La boca de otra sangre,/ acerada en el riel de tu sonrisa./ En este fugaz azogue se copiaron/ pocos, pero profundos, nacimientos./ Me los llevo en mi cauda./ Los arrastro en mi quiebre luminoso./ Ardo helado, celoso, intolerante./ Cada trozo refleja tu mirada/ y la luz de otro cielo que no es mío.” Y, en desorden, tres fragmentos de su tan conocido “Elogio del vampiro”: “Inútil ocultarse del vampiro/ cuando es el corazón plaza tomada/ y lo vence un puñal de sinfonola/ o el borracho que silba/ en la noche sin nadie.” “El vampiro es tan bello/ que el azogue se niega a reflejarlo./ Si su sombra te alcanza,/ olvidarán tu nombre los espejos...” “Quisiera amar la luz, pero ya sabe/ que el amor sabe a sombra perseguida...” Ilustran el poemario trabajos de Anabel Quirarte y Jorge Ornelas •


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leer

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Kriminal tango, Álvaro Abós, Alfaguara, Argentina, 2010.

COMPADRITA Y ARRABALERA SONIA PEÑA

El género policíaco tiene amplia trayectoria en el Río de la Plata, y sus precursores y continuadores son casi tan numerosos como lo son sus lectores. Álvaro Abós, abogado, periodista y escritor, es asimismo autor de obras significativas como Eichmann en Argentina (2007) y otras no menos importantes como Al pie de la letra. Guía literaria de Buenos Aires (2000). Ha investigado y publicado varios ensayos sobre el desafortunado periplo que tuvo el mural de David Alfaro Siqueiros en aquel país sudamericano. Abós se ha ganado un sitio privilegiado en la narrativa contemporánea argentina. El inspector de Kriminal tango tiene un nombre común (Juan) y un apellido irrisorio (Muñecas). No menos significativo es el único término con el que se designa a su compañero: Magro, quien, paradójicamente, posee un envidiable cuerpo atlético. Ellos son los encargados de llevar al lector por los sitios más reconocidos y por los suburbios de una Buenos Aires que se antoja compadrita y arrabalera. Muñecas reúne varias características propias del investigador de novela negra: solitario, con un matrimonio deshecho, buen bebedor de whisky, violinista melancólico y, sobre todo, amante del tango y la milonga, afición que constituye un tributo a la música nacional argentina, a la vez que ésta es la orquesta de fondo de un enigma que se mantiene hasta el final. Destaca en esta novela el conocimiento tanguero del autor, la reconstrucción de una ciudad a la que dan ganas de recorrer “a pata” –como tambiénse dice en Argentina–, así como la configuración de protagonista y coprotagonista, pues el lector se topa con seres de carne y hueso, policías que se encuentran lejos de la inteligencia sobrenatural de un Holmes o de la suspicacia irónica de un Parodi; su modelo es Philip Marlowe, de Chandler. El asistente de Muñecas tampoco es el típico ayudante creado para exaltar la inteligencia del jefe. Ambos son conscientes de sus limitaciones y de su papel en la sociedad: dos policías de la Federal tratando de esclarecer el asesinato de un ciudadano común y silvestre, víctima de un crimen atroz: ser quemado vivo dentro de un ataúd y a plena luz del día. Una fracción de segundo, un simple error puede dejar al descubierto la vida de un hombre

que de esposo ejemplar y padre abnegado pasa a ser marido aventurero; un “honesto” profesional que de pronto se devela como administrador corrupto. El azar puede jugarle a cualquiera una mala pasada; por las dudas, no hay que anotar palabras o siglas comprometedoras en la agenda, ni cargar las llaves del sitio secreto, ni confiar en el socio perfecto. Kriminal tango es un desafío donde el narrador tiene el as en la manga y el caballo para dar jaque, porque el asesino es el menos pensado y el móvil el menos imaginable: dos componentes que exige el género para hacer de la novela una obra digna del mismo •

La nueva República. Ignacio Ramírez El Nigromante, Emilio Arellano, Planeta, México, 2012.

En 2009, el autor publicó un libro claramente antecesor de éste, titulado Ignacio Ramírez El Nigromante, memorias prohibidas, en este mismo sello editorial. Ahora abunda en y sobre la figura y el pensamiento inagotables de uno de los pensadores más ilustres –y hoy necesarísimos– que ha dado este país. Materia gris del ideario liberal en el convulso siglo xix, sin el terrible prefijo neo– que hoy lo pervierte, El Nigromante sigue siendo manantial de una claridad en teoría política que ya quisieran, aunque fuera en su teleprompter y a manera de microcápsulas, algunos candidatos a cargos de elección popular.

Historia de todas las cosas, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Trama Editorial/Ediciones de Educación y Cultura, México, 2011. Sándor Márai: el amor burgués, Lorenzo León Diez, Universidad Veracruzana, México, 2011.

La publicación de este volumen fue una de las maneras como la uv se unió a las celebraciones mundiales con motivo del ciento diez aniversario del nacimiento de este intenso, infinito e inagotable autor húngaro, que tuvieron lugar el año pasado. Precedido de un prólogo escrito por la también húngara Edith Muharay, el ensayo de León Diez explora y reflexiona en torno a la vasta obra del autor de La gaviota y Confesiones de un burgués, entre muchos otros títulos, poniendo énfasis en aspectos poco o casi nada explorados de la experiencia maraiana, como indudablemente lo es, por ejemplo, la convicción del nacido en Kassa de tener, y de modo intenso, “algo en común con México”, país en el que pensaba “a menudo [...], a veces con un sentimiento de nostalgia”. Convenientemente y con toda lógica, León Diez se pregunta aquí –y aventura una respuesta– si acaso Márai habría intuido lo mucho y apasionadamente que es leído en nuestro idioma.

Fue en 1975 cuando por primera vez se publicó esta novelarío del autor colombiano radicado en México desde finales de la década de los años setenta. Perdido el adjetivo “breve” con el que comenzaba el título, es reeditada casi cuatro décadas después de que, siendo la ópera prima garramuñesca y su autor, por lo tanto, obviamente desconocido, se hablara más en contra que a favor de algo que sostenía la cuarta de forros de aquella edición –y que se evoca en la de ésta–, auténtico beso del diablo: que la Breve historia... era “mejor” que Cien años de soledad. Ha querido el azar, poco dado a equivocarse, que la presente reedición coincida, al menos en las páginas de este suplemento, con el texto del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez que celebra los primeros cuarenta y cinco años de Macondo.

MARTÍ Y LA EMANCIPACIÓN HUMANA Textos de Salvador Arias, Ibrahim Hidalgo, Pedro Pablo Rodríguez nuestroSuárez próximoLeón número yenCarmen

próximo número

Entrevista con Sandra Cisneros

jsemanal@jornada.com.mx


Luis Alberto Navarro: de mar y amar En una coedición de la Editorial Aldus y la Secretaría de Cultura de Jalisco apareció hace unos meses el libro de Luis Alberto Navarro Segunda sed, poemas escritos entre 1980 y 1983, es decir, entre los veintidós y los veinticinco años del autor. Dice el autor que ahora y a deshora aparece el libro completo; en buena hora, diríamos. La buena poesía no envejece, o en este caso, sigue tan joven como el joven que en su momento la escribió. Segunda sed son ante todo poemas de amor y desamor. Escritos la mayoría de ellos con un vivo lirismo, de quien saborea los frutos de la tierra y siente una y otra vez el viento y las oleadas del mar, provocan en uno eso que a Bioy Casares le producía la lectura de la poesía: exaltación y reposo. Segunda sed se lee en conjunto como una sola relación y en sus páginas amar y mar se vuelven en las olas una sola altura. En el encuentro de los cuerpos Navarro siente una y otra vez al acariciar a la muchacha la suavidad y la firmeza de la piel, el sabor de los pezones al tomarlos con los labios, los muslos con los muslos, las caderas cadenciosas, la penetración, el acto del amor. En los poemas el mar y lo que rodea al mar en la costa es tema y fondo: hallamos bahías solitarias, astilleros abandonados, extensiones de playa, dársenas, embarcaciones, voces marineras, pescadores, gritos de gaviotas, incesantes peces… La naturaleza no sólo es descripción del escenario: es parte viva. Los mares que conoció Navarro de muy joven a lo largo de las costas del Pacífico desde Sinaloa a Colima se integran –viven– en los cuerpos de los amantes. La muchacha misma –dice en un verso– es “un pequeño mar”. Encontramos aquí poemas que parecen cortados desde la primera a la última línea como un traje a la medida: por ejemplo, entre otros, “El deseo”, o en el que la pareja, haciendo toda la tarde el amor ve nacer el mundo un 24 de diciembre, o la pieza final, que termina con estos versos que me devuelven de alguna manera al final del “Responso del peregrino” de Alí Chumacero, y donde el contraste entre la calma y la violencia está admirablemente logrado: “Ese que desciende en silencio/ como un sueño tranquilo/ retornará a la tormenta.” Hay versos que al robarnos la respiración parecen quedarse en la sensibilidad varios segundos, como éste, que aspira al absoluto: “Cada ola ascendiendo es la edad del hombre”; o el siguiente, que parece una pintura rubensiana, en el que se goza al ver a la mujer a la distancia: “Solo me engaño, y allá, sola te desnudas”, o un tercero, que a pesar del uso del vocativo, va enderezado a él mismo: “Quien agradece el olvido te ama/ porque serás olvidado.” En el libro se cruzan y entrecruzan los poemas de encuentros y desencuentros, de ausencias y de regresos, en suma, de amor o desamor, pero aun, cuando se hace el amor, hay fisuras sentimentales que han creado el rencor y el fastidio en la vida de pareja y las cuales son premoniciones de la pérdida, la

cual, más temprano que tarde, dejará al amante en soledad y abandono. Pero ¿quién ignora que en el amor la pareja busca la reciprocidad y uno de los dos en breve o a la larga termina siendo la víctima? Hay en el libro otros pocos poemas de asunto distinto, como el dedicado al abuelo, o aquel de una suerte de hijo pródigo que regresa a la casa y la encuentra destruida, o aquellos donde las aves tienen también rasgos característicos de los ángeles. Sin embargo, los más estremecedores y tristes son los hechos al amigo Tomás, quien se ahogó bajo la gigantesca Ola Verde de Cuyutlán, Colima, a finales de los años sesenta: “Entonces, cuando el mar tragó tu nombre y permaneció mudo –porque le quedaste grande y por eso más luminoso– una letanía de manos incendió una bengala y no hubo quién la viera./ Esa luz es dolor de un tiempo que no destruye sombras ni fechas para saber que mar a fondo sigues dando la última brazada.” Es siempre una alegría para el entendimiento y los cinco sentidos leer un bello libro de poesía; lo fue para mí leer Segunda sed •

18 de marzo de 2012 • Número 889 • Jornada Semanal

Verónica Murguía Ay, nanita ¿A qué le tenemos miedo? ¿Qué nos hace temblar? ¿Cuál es la imagen que libera la adrenalina que nos electrifica, nos tensa, nos hace abrir los ojos en medio de la noche y murmurar “fue un sueño, fue un sueño”? Hay un montón de cosas en este mundo que dan miedo. Todos tememos a la muerte, lo único seguro; a la enfermedad, variada, múltiple, misteriosa: heredada o adquirida; mortal o crónica; curable o mortífera. A la pobreza, escollo enorme en este país olvidado de Dios y recordado por el pan; a la violencia del crimen organizado y, a veces, tan desorganizado como la policía; a la judicial; a los soldados; al narco; al dolor de quienes amamos; al dolor a secas, físico o moral. Al timbre del teléfono cuando suena tarde en la noche; al de la puerta cuando no esperamos a nadie; al grito en la calle; al estruendo de los vidrios cuando se rompen; al llanto manso y casi mudo de la resignación. Los niños le temen al Coco, al vampiro, al pasado de lanza que los corretea en el recreo, a la boleta de calificaciones, al adulto. Algunos temen por la salud de su alma, otros por la de su cuenta bancaria, pero todos, hasta el más audaz, tienen algún miedo. ¿A qué le teme la derecha? Yo tengo hipótesis derivadas de libros, experiencias y de vivir en un país clasista y racista hasta el tuétano. Cuando era niña y estudiaba en un colegio católico –donde tuve excelentes maestros excepto una–, la profesora de Civismo, la no tan buena, nos inculcó una extraña mitología de su invención. “En la Unión Soviética –nos instruía–, los niños no tienen juguetes y comen los chícharos con cuchillo.” Esta última frase me dejaba babeando de asombro.“Nadie puede tener ni un poquito más que los otros –nos remachaba–: ni un bolillo, ni una maceta con un geranio, ni un pollo, ni un gato.” “Si hacen las señal de la cruz, les cortan la mano.” “El gobierno lo sabe todo.” “Los rusos son malos.” Para ilustrar las maldades de la dictadura proletaria, la maestra nos pedía la lonchera y se la daba al niño del pupitre de atrás. “Así le hacen, así”, decía, y armaba un relajo con nuestras tortas y sándwiches. En mi visionuda cabeza infantil, la urss era un lugar sombrío donde los niños colocaban los chícharos sobre el filo del cuchillo para deslizarlos hasta la boca. Un día pregunté si era así, y la maestra me lo aclaró: no los ponían encima, los partían con cuchillo, porque eran pobrísimos y a cada quien le tocaban sólo seis. En secundaria supe que la cosa en la Unión Soviética estaba difícil, pero no por lo que mi maestra nos decía. Lo más preciso que aprendí de ella era que el Partido sí lo sabía todo, horrenda característica que compartía con gobiernos de derecha, como las dictaduras latinoamericanas del momento, y el de Francisco Franco, a quien mi maestra no le oponía el más pequeño reparo. Naturalmente, los rusos se convirtieron en mis ídolos y la guerra de Vietnam consolidó mis pasiones. Comenc�� leyendo con fervor a Tolstoi, a Dostoievsky, a Gógol y a Gorki. Como era un amor atarantado, quise más a Gorki con sus héroes proletarios y puros, que a Dostoievsky, universal, eterno. Me ilusionaba ser materialista y dialéctica, pues iba en prepa. Ignoraba cuál había sido la suerte de los pobres Ossip Mandelstam, de Isaac Babel y de millones de rusos y luego chinos, muertos en nombre de los pormenores ideológicos que el Partido decidía. Cuando me enteré de algunas cosas, co-

LAS RAYAS DE LA CEBRA

Marco Antonio Campos

SEÑALES EN EL CAMINO

arte y pensamiento ........

mo la invasión de Afganistán por la urss, comencé a fumar locamente y me quedé huérfana de ideologías, porque no hubo cómo regresar. Pero sigo siendo de izquierda aunque detesto a Mao y a Stalin, porque en un país como éste no hay remedio. Desde entonces ya no hay urss y China ha logrado sumar lo peor del capitalismo con el totalitarismo. Estados Unidos ha invadido otros países y matado a cientos de miles de inocentes. Hay temibles gobiernos de derecha, casi todos en el Medio Oriente. Subsisten otras izquierdas y también Corea del Norte, el reino de los marcianos. México sigue pobre, pero ahora más violento, más frágil. Felipe Calderón se vanagloria, gasta millones de pesos en celebraciones insensatas, estelas de luz y desfiles, mientras los muertos se amontonan. El presidente del empleo tiene la dudosa distinción de mal gobernar un país donde la gente se muere, literalmente, de hambre. Me da miedo la candidata Josefina Vázquez Mota. Me recuerda a mi maestra de Civismo de la primaria, pero en mañoso •

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........ arte y pensamiento

Alonso Arreola alarreo@yahoo.com

Notas de Mali (ii de iii) Llegamos al Wasamba, pequeño bar en la periferia de Bamako a las faldas de un monte coronado por constelaciones que brillan intensamente. La ciudad regala un cielo distinto gracias a su paupérrima iluminación. Cuesta trabajo creer que se trate de la capital. Son las 9:30 pm. A ras de piso, sin reflectores, perdida la piel oscura entre las sombras, un sexteto hace prueba de sonido. Balafón, bajo, guitarra y percusiones suenan a un mismo tiempo, sin concierto alguno, ajenos a las pocas personas que ocupan la quinta parte del lugar. Decidimos sentarnos justo enfrente de ellos, sedientos de ritmos locales. Estamos en Mali, África del oeste. Los amplificadores suenan distorsionados. La guitarra supera en volumen a los demás instrumentos. Su ejecutante es un verdadero virtuoso. Llama la atención que utilice un modelo Flying v, de acrílico transparente, propio de banda metalera californiana. Incómoda como pocas, no está hecha para descansar sobre la pierna (la gran mayoría de los músicos africanos, si no está en un gran escenario, toca sentada). La explicación que suponemos para tal imagen nos parece la única: se toca la guitarra en posición de ngoni, ese primitivo y expresivo instrumento de cuerda emblemático del Sahara que debe ponerse sobre el muslo. Sobra decir que la reverberación es excesiva. Todos abusan del efecto a un punto en que deja de colorear el aire para volverse eje mismo de la tímbrica general. Y gusta. Sigue el “ruido” de los músicos por un largo rato mientras el local queda completamente abarrotado. Risas, conversaciones y gritos inundan el ambiente combinándose con esa prueba de sonido que en otros países sería inconcebible. Nos enteramos de que los intérpretes están esperando a su cantante. Se trata de Saramba Kouyaté, estrella entre los griots locales. Es miembro de una casta que le permite cantar la historia de apellidos y lugares pasada de boca en boca a través de innumerables generaciones. Su carácter de diva le permite llegar tan tarde como quiera (“ustedes tienen los relojes, nosotros el tiempo”, nos ha dicho alguien horas antes). Finalmente el grupo se decide a comenzar en plan instrumental. Es magnífico. El balafón (marimba de madera con resonancia en calabazas) solea con una soltura que impresionaría a Lionel Hampton. El bajista se compromete hipnóticamente con una línea febril, cíclica, sin vanidosas variaciones. La sección rítmica (batería, dundun y djembe) flota con una doble convicción: hay juego y libertad pero en contraste con el pulso constante de un bombo que no se detiene. Golpe tras golpe, es su estabilidad lo que permite el misterioso y complejo contraste polirrítmico que distingue a estas ternarias tierras. Es la herencia de la calabaza tocada con el puño en la siniestra y el anillo en la diestra. El primero no se detiene, el segundo brinca en patrones sincopados. Acompañada por dos mujeres más, portando un colorido m’boubou (vestido tradicional de Mali), la voluminosa Saramba Kouyaté entra entonces, lentamente, para sentarse en una mesita a un costado de los músicos con quienes prácticamente no tendrá contacto. Micrófono en mano, aguarda paciente a que otro miembro de su familia desarrolle discursos sobre ella y los presentes. A partir de ese momento cada canción dura cerca de 15 minutos. Kouyaté nos pone la piel de gallina con su canto portentoso. Narra el pasado de los presentes, se acerca a cada mesa y dialoga etérea mientras los aludidos le ofrecen regalos en efectivo (antes eran frutas, cabras; hoy es dinero).

Ni duda cabe: en nuestro lado de las cosas los músicos nos hemos hecho demasiado “profesionales”. También cobramos, pero forzamos a la música para que sea espectáculo a ultranza. Obligamos a quienes le dan vida a que se vistan, se posicionen y se mueven pensando en un espectador a quien también obligamos a comportarse “apropiadamente”. En el Wasamba sucede todo lo contrario; eso que llamaríamos “errores elementales”. Precisamente por ello la música toma forma de mujer, se encarna y camina entre nosotros, compañera verdadera, humilde, recordándonos cómo fue que empezó todo, entre risas desatentas, mucho antes de que la belleza tuviera un precio en papel moneda. En pocas horas partiremos a Segou, al Festival Sur le Niger (Festival sobre el río Níger). Allá tomaremos clases de djembe y nos despediremos de las pocas “comodidades” que ofrecen las pequeñas ciudades de Mali. Luego iremos a Mopti y Sevare, nos internaremos en el Dogón. Las cosas cambiarán, pero la música seguirá presente encabezada por el Harmattan, poderoso viento del desierto • (Continuará.)

Luis Tovar cinexcusas@yahoo.com

Guadalajara xxvii (i de iii) Minutos antes de las 14:30 horas del sábado 3 de marzo, este juntapalabras se apersonó en el Cine Foro de la Universidad de Guadalajara, ubicado en la zona centro de la homónima capital jalisciense. El propósito: ver un filme titulado Abrir puertas y ventanas (Milagros Mumenthaler, Argentina, 2011), que una semana más tarde habría de ganar el Mayahuel correspondiente a mejor película de la Sección Largometraje Iberoamericano de Ficción. Para lo anterior se había desplazado desde las instalaciones de la Expo Guadalajara –sede oficial, desde el año pasado, del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (ficg), que con ésta suma veintisiete ediciones–, ubicado a unos veinte minutos del citado Cine Foro, siempre que haya tráfico fluido. Ahí, la voz de alguien a quien literalmente era imposible verle la cara –puesto que la tenía detrás de un cristal no translúcido– le hizo saber a los presentes, es decir a una treintena de aspirantes a cineespectador incluyendo a este sumaverbos, que la película no sería exhibida ahí, sino en la Expo Guadalajara, ni más ni menos que a las 14:30 horas. Puteando, para decirlo en buen argentino, este arrimacomas calculó como mínimo cuarenta minutos el tiempo para ir y venir, ya que tenía planeado ver, ahí mismo, La demora (Rodrigo Plá, MéxicoUruguay, 2012) –que, por cierto e inexplicablemente para Unchingo, no ganó el Mayahuel correspondiente a mejor película de la Sección Largometraje Mexicano de Ficción–, seguido de Ventanas al mar (Jesús Mario Lozano, México, 2011), otro largo mexicano de ficción. Consecuentemente, y en buen mexicano, este aporreateclas se dijo a sí mismo vale madre, qué poca madre y otras expresiones florido-maternas, puesto que, como ya se dijo, había salido precisamente de la Expo Guadalajara, donde nadie se tomó la molestia de gastar siquiera una hoja de papel y cuatro pedazos de masking tape para avisar del cambio de sede, y puesto que los traslados ida-vuelta iban a tragarse prácticamente la mitad de lo que dura Abrir puertas y ventanas. Tiempo después, extinto el inicial incordio pero reemplazado por otros de corte similar, y para responderle a un su amigo que le alegaba noesparatantos y pudisteverlaluegos, este ponepuntos repuso que lo segundo sí pero lo primero no y que, sin ir más lejos, una falla tan burda en algo elemental –modificar y no avisar– provocó que, sin deberla ni temerla, el filme de marras perdiera los espectadores que en aquel momento y lugar ya tenía y que, con mayor o menor grado de molestia, se retiraron quejándose, entre otras cosas, de que ni siquiera sabían dónde ni con quién quejarse.

Lo tolerable y lo inPara infortunio del ficg, o mejor dicho para desgracia de sus dos protagonistas principales, es decir, público y filmes, anécdotas como la suprascrita –con fines de riguroso testimonio– fueron la constante en esta edición de un festival cinematográfico que no solía abundar, así de generosamente, en falencias de toda suerte. Siendo el más longevo de los que se celebran en México, siendo todavía la ventana más importante para acceder a buena parte de lo más reciente de la producción cinematográfica nacional, sean ficciones o documentales; siendo al mismo tiempo una excelente oportunidad de asomarse al cine iberoamericano, poco asiduo como bien se sabe en la cartelera comercial; siendo, en fin, una de las citas cinéfilas nacionales otrora im-

CINEXCUSAS

Jornada Semanal • Número 889 • 18 de marzo de 2012

BEMOL SOSTENIDO

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Milagros Mumenthaler

perdibles, el ficg no debería permitirse despedir tan intenso tufo a festival molero, como no dejaron definir de otro modo los innúmeros cambios, las cancelaciones, las películas atoradas en la aduana, los blu ray o devedés que se negaban a avanzar, las salas improvisadas que dejaban pasar todo el ruido exterior, lo mismo que hechos reales o supuestos, vaya uno a saber: funciones semivacías pero con boletos negados en taquilla bajo el argumento de “sala llena”, realizadores a los que se les impidió la entrada a ver su propio filme si no apoquinaban, y hasta un actor que, con o sin etilismo, cometió la burrada insuperable de echar bronca con los cadeneros de una de las muchas pachangas que irremediablemente acompañan a todo festival de cine. No que haya sido perfecto, ni mucho menos, el ficg en ediciones anteriores, y con buen ánimo hasta podría tolerarse la jamás malintencionada impericia en asuntos de logística –como programar algo a las 9 y otro algo a las 10, poniéndolo a Uno a elegir porque un largometraje no dura menos de una hora–, mas no así la inclusión de filmes que, para decirlo redondamente, nada tenían que hacer en este festival ni en ningún otro, de lo cual se hablará la semana siguiente • (Continuará.)


arte y pensamiento ....... GALERÍA

18 de marzo de 2012 • Número 889 • Jornada Semanal

Enrique Héctor González

Edmundo Valadés: leer para creer rebaba, lo cual se advierte en algunas historias que más parecen efigies que escenas reales. Y sin embargo,“provocar una sonrisa” es el fin natural de un cuento, decía Valadés, ganar el aprecio del verdadero lector, que no se entretiene nada más con la anécdota (hay asuntos atroces que no mueven a risa) sino con el entramado, con el ritmo y la forma, la estructura, la sorpresa, la silueta de una prosa que en el punto final genera en el lector esa sonrisa de admiración a la que se refería Valadés: la de la complicidad complacida. Y no obstante, asimismo, su cuento más antologado, “La muerte tiene permiso”, sorprende al final por la socarrona soltura con que el indio Sacramento revela que el presidente municipal de San Juan de las Manzanas, cuyos desmanes y vejaciones han hecho aceptar a las autoridades la petición del pueblo de hacerse justicia, ya era difunto desde el día anterior. Entre las numerosas recopilaciones de cuentos que debemos a este devoto de la brevedad narrativa –el único escritor memorable del estado más grande de la República–, El libro de la imaginación resulta quizá su obra maestra. Obra de lector perspicaz, es un volumen que agrupa 434 minicuentos, casi todos ellos espléndidos, en treinta y cinco secciones temáticas. Con su buen ojo crítico para encontrar un cuento donde aparentemente no lo había, para crearlo desde la lectura, algunas de estas microficciones son párrafos arrancados de novelas o cuentos más largos, textos donde entrevió esa pequeña isla autónoma a la que sólo le hacía falta, para escindirse, un título atinado y la extracción del minero de historias que siempre fue Valadés, un verdadero orfebre de los cuentos que no escribió, un delicado recolector que sabía espigar en los vastos campos de la prosa extensa ese núcleo central de energía narrativa que era la remota razón de su radiactividad •

Nadie mejor asociado a un género literario en particular como lo estuvo el guaymense Valadés al cuento en todas sus variedades: relato, crónica, minicuento, fábula, cuento en sí –esa novela privada de ripios. No sólo animó la revista más apreciada del género en la segunda mitad del siglo xx, titulada sencillamente El Cuento, sino que asimismo armó antologías, dirigió talleres, convenció a editores diversos para publicar con dignidad muestras ejemplares de una forma literaria que, luego de su muerte, no ha encontrado su difusor cabal, si exceptuamos el trabajo más bien teórico de Lauro Zavala. Ameno como era en su trato, terminante si por ello entendemos que daba la instrucción que creía necesaria al aspirante a escritor (tanto en sus talleres como en las páginas iniciales de la revista, donde contestaba personalmente a quienes le mandaban sus textos con el fin de aparecer en El Cuento –o acaso sólo para leer lo que Valadés opinaba de sus fallas o sus hallazgos narrativos), el escritor sonorense fue un generoso lector de historias ajenas y apenas autor de tres libros como tales: La muerte tiene permiso (1955), Las dualidades funestas (1967) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). El hecho de que escribiera tan poco habla menos de una abstinencia rulfiana que arreoliana, pues nunca estuvo al margen de la creación, de la publicación periodística, sólo que prefirió el otro lado de la ventana: leer para creer, para crear autores y lectores, para hacer parir. No era un humorista ni mucho menos. Sus cuentos revelan, más bien, cierta tensión agridulce, acaso empañada, a veces, por un lenguaje deliberadamente retórico, sobre todo en sus textos breves: era tal el prurito por dejar la prosa del tamaño exacto, que el escultor cuidó hasta la última

Felipe Garrido

daba de su voz. Ya no. Un día papá trajo a otra mujer. Ella rompió fotos, pintó las paredes, cambió los muebles, borró toda huella de mi madre. En las noches, apenas llegaba papá, yo corría a sus brazos, pero ella en seguida me decía, con una vocecita hipócrita: “Tu papá viene cansado, no le des lata.” Y me mandaba a dormir. Él no decía nada, me soltaba, no me defendía. Aquella mujer lo tenía vuelto un idiota. Luego nacieron sus hijos. Yo no podía tocar nada que fuera de ellos, no podía mirarlos. Muy pronto comencé a odiarlos. Ya crecí, ya tengo nueve años. Hoy, al salir de la escuela, no tuve ganas de llegar a la casa. Comencé a caminar por la calle. No sé a dónde ir, no sé cuánto tiempo ha pasado, no sé dónde estoy. Ya se prendieron los faroles. Yo sigo caminando. No quiero llorar porque no quiero que nadie se dé cuenta de que estoy perdida. Estoy cansada, tengo hambre, quiero morirme •

rguedea@hotmail.com

Todos en uno Yendo de camino al banco, y después de haber leído el diario de Da Vinci, pensaba en esos hombres que, como el propio Da Vinci, sabían todo de todo. Con este pensamiento llegué al banco. Como tenía tres dudas, pedí pasar con un ejecutivo. Rápidamente me señalaron a uno. Era una asiática a la que consulté sobre un depósito al extranjero. Me dijo que sí y lo hizo. Aproveché para dirimir la segunda duda, relacionada con mi hipoteca. La ejecutiva se quedó blanca y me dijo que tenía que ver a Ryan. Fui donde Ryan. Lo mismo: me la resolvió en un parpadeo. Aproveché y le pedí información sobre el seguro de mi vehículo. Ryan me pidió que fuera con Maureen. Fui donde Maureen y me aclaró todo en otro parpadeo. Había pasado un poco más de una hora cuando salí del banco. Mientras me alejaba, el pensamiento con el que había llegado volvió a aparecer. La imagen de muchas galaxias girando alrededor de la cabeza de Leonardo Da Vinci, ese hombre hecho de muchos hombres que bien habrían podido contestarme cualquier duda bancaria, fue un bálsamo que me acompañaría el resto de la tarde •

AL VUELO

Mamá murió cuando yo tenía dos años. En un tiempo me acor-

MENTIRAS TRANSPARENTES

Pesadilla

Rogelio Guedea

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Jornada Semanal • Número 889 • 18 de marzo de 2012

....... arte y pensamiento Miguel Ángel Quemain mquemain@prodigy.net.mx

Toda un hombre, polivalencia del género Toda un hombre, de Alberto Castillo, bajo la dirección de Gabriela Flores Torres, es una puesta en escena sobre el equívoco de los roles sexuales, sobre la imbecilidad positivista que todavía impera imponiendo criterios de “verdad” clasificatorios (al modo de los trastornos de la sexualidad del dsmiv) que definen a los objetos por los porcentajes que en ellos hay de elementos de difícil convivencia. Las clasificaciones de ese orden médico todavía las veíamos insinuadas en ese mundo de cera que en París alberga las grandes colecciones que refieren la anatomía propuesta en cortes definitivos, y que exhiben la carne de acuerdo con designaciones morales que recuerdan el orden tomista y agustino que tantas previsiones colocó en el cuerpo pudendo. La ley, la ciencia y la religión son los espacios donde se dirime la cuestión de la identidad de este personaje petrificado en las definiciones que han hecho de su persona, y los dolorosos descubrimientos que, gracias a la meditación

sobre sus vínculos y peripecias, aparecen poco a poco, paso a paso y golpe tras golpe. Toda un hombre es la historia de una anomalía a la que le asignaron un sexo, una educación y sólo en apariencia un deseo femenino. Fue nombrada Adele hasta que, a la salida de la adolescencia, un médico percibe, descubre, mira, tienta, explora, experimenta que entre sus piernas aparece la palabra penetrante de lo masculino con la que perturbará excitado a ese cliché de mujer que trata de extender la domesticación femenina hacia esa figura larguirucha y sin formas, de rostro acerado, que desconoce las diferencias de los sexos. El armado anecdótico relativo a la historia real en que se basa la obra no es muy necesario para entender un discurso oscurantista que pasa por científico, hasta un discurso religioso que se confunde con el jurídico fechado entre los siglos xix y xx y que sin dificultad se actualiza (lo acabamos de ver en la Asamblea Legislativa con la imbecilidad del joven simpatizante panista Juan Pablo Castro). Sepa el espectador que “en 1838, en Francia, nació uno de los casos paradigmáticos del estado intersexual”: Herculine Barbin, y que la definieron como sexo femenino, y cuando creció se enamoró de un par de mujeres; así como que “durante la pubertad, no desarrolló senos, no tenía menstruación y se afeitaba. Ya siendo adulta, se quejaba de unos intensos dolores que la llevaron a visitar a un médico”, quien, durante una auscultación, descubrió que Herculine “tenía una pequeña vagina, un cuerpo masculinizado, un pequeño pene y testículos dentro del cuerpo. Una determinación legal posterior dictó que fuera entonces un varón, por lo que cambió su nombre y apareció en varios periódicos. Finalmente, se suicidó dejando escritas sus memorias”. (Publicado en Vivir en México, 8/ xi /2010 y en Anodis, 10/

Jorge Moch tumbaburros@yahoo.com

Pifias El régimen de Calderón tiene en los medios masivos no ya solamente una vocería oficialista, sino descarada tapadera cosmética. Las críticas al régimen, salvo honrosas excepciones (Primer plano, por ejemplo, programa de análisis y discusión de la cuestión pública sin concesiones ni lambisconerías, uno de los poquísimos que valen la pena, por pertenecer a la barra de un canal indirectamente manejado por el gobierno cuando mete zapa en Canal Once, del Instituto Politécnico Nacional, bajo las administraciones panistas ha recibido fuertes ataques desde arriba) son inexistentes y la televisión abierta despliega una constante campaña en pro de la deteriorada imagen del hombrecillo. El ejemplo reciente más obvio es el papel inicial de Televisa en la pifia orquestada por el secretario de seguridad, Genaro García Luna, sostenido contra viento y marea en su puesto por Calderón, aunque siga salpicando de fango a su administración, cuando montó la segunda “aprehensión” de unos plagiarios entre los que se encontraba la mediática Florence Cassez. La televisión de inmediato se encariñó de retorcida manera con las delicadas facciones de la francesita metida en chirona, novia, se nos dijo, del líder de una banda de secuestradores y extorsionadores de particular ferocidad. Como es cosa sabida, la aprehensión de Cassez escaló a la estratósfera diplomática cuando el gobierno de Sarkozy, ese otro diminuto tartufo de derechas, convirtió caprichosamente el asunto en diferendo de cancillerías que erosionó las relaciones franco mexicanas simplemente porque le parecía inconcebible que una francesa fuese, por culpable que pudiese parecer, refundida en una cárcel mexicana. El asunto resurge porque la Suprema Corte de

Justicia pone en entredicho la pureza del proceso penal contra la francesa y el resultado es un champurrado jurídico, diplomático y mediático digno de lo más estrafalario y ridículo del melodrama nacional sólo que dirigido por García Luna en lugar de Juan Orol. Por una parte, los despachos informativos que reproducen Televisa y tv Azteca ponen el acento en la acorralada versión oficialista de defender lo indefendible mientras, por la otra, dan atisbos críticos a lo que pudo ser una de las primeras noticias sensacionales en materia de la entonces incipiente estrategia gubernamental de seguridad pública y que terminó, como ya vemos, en esta pifia vergonzante. Es de sobra conocido el triste papel del secretario de seguridad como director de escena, su desconcertante torpeza al dinamitar en su propia contra (y en contra de su jefe) un proceso que debió ser ejemplar en su cumplimentación. En realidad, y sin demérito del sufrimiento de las víctimas de las atrocidades atribuidas a Cassez y sus allegados, ya no importa mucho si Cassez sale o no: en la palestra rechina la torpeza del ejecutivo federal y la violación flagrante de los más elementales preceptos jurídicos. Por esta pifia y muchas otras (allí su riqueza inexplicable, sin duda asunto pendiente), y ante la inminente terminación del sexenio más jodido en décadas de sexenios jodidos, García Luna deberá en un futuro no muy lejano enfrentar procesos legales. Pero, ¿y la televisora que se sumó gustosa al burdo montaje explícitamente televisivo que pervirtió el asunto, no es cómplice?, ¿y la que le hizo coro de inmediato?, ¿y los ejecutivos de la empresa, el dueño, la cúpula, los directores de noticias, los productores y comentaristas que formaron parte del tinglado, aducirán inconcebible inocencia? A más de su torpeza habitual y su ductilidad ante los grandes in-

LA OTRA ESCENA

xi/2010.) No obstante, dicho conocimiento no le hace ganar

mucho desde la perspectiva simbólica donde la identidad, el género y los imaginarios simplificadores deciden qué es una mujer, le otorgan identidad a lo masculino y deciden el cuándo y cómo de sus vínculos. El conjunto actoral es el eje de la puesta: con gran desenvoltura y pleno uso de matices se conduce Pilar Cerecedo, quien realiza un juego de seducciones, posesiones, dominación y mascarada de lo femenino que coloca en espejo a Gisel Casas Almaraz quien, con una corporalidad controlada e incómoda, aparece y borda con el silencio la ausencia de lenguaje que padece un ser cuyo cuerpo está atravesado por la ambivalencia genérica y la intertextualidad que tanto fascina a los amigos del hermafroditismo, además del susto que propagan las historias que continúan con la fuerza de la preceptiva conyugal: hasta que la muerte los separe (sin tomarlo strictu sensu). La elocuencia está del lado del cura, del médico (interpretados por Xavier Rosales, preciso y diverso), de la mujer imaginaria. Son quienes poseen la palabra que está presa en ese cuerpo/cascarón de Adele/Abel que difícilmente erotiza/sexualiza su palabra mutilada por el discurso religioso y médico que lo coloca como un fenómeno aberrante. El trabajo de equipo en asesoría corporal (Pauline Rousseau), vestuario (Aldo Vázquez Yela) y música original (Rodrigo Flores) crea un efecto de realidad paralelo a las palabras. Convergencias que finalmente permiten un orden polifónico para la palabra, su surgimiento, su iluminación, su aparición. Se presenta lunes, martes y miércoles a las 20:30 horas, en el Teatro El Milagro, Milán 24, Juárez, hasta el 28 de marzo •

CABEZALCUBO tereses corporativos que tienen metida garra en el erario de este país (garra que empieza en la banca, recorre toda la industria, acogota la poca manufactura endémica de calidad y entrega los recursos energéticos nacionales a explotadores extranjeros para terminar en las televisoras que todo lo anterior omiten o aderezan) el gobierno de Calderón resultó, en su ocaso, su propio peor enemigo. Bien dice Julio Hernández en su Astillero (La Jornada, 9/ iii /2012): “Tanto peca el que simula la aprehensión como el que la transmite en vivo a sabiendas de que es falsa […] García Luna debería ser depuesto de su cargo y consignado judicialmente por las falsedades cometidas durante su oscuro reinado policíaco, pero también los conductores televisivos y las empresas mendaces deberían ser condenadas cuando menos a expresar disculpas públicas por su participación lamentable en uno más de los engaños a los que por sistema someten a sus audiencias” •


ensayo

E

l primer ciclo migratorio de mexicanos a Estados Unidos se dio durante la Revolución: alrededor de un millón de personas huyó de la violencia. La gran mayoría se estableció en los estados fronterizos, pero algunas decenas de miles, alejándose del racismo y buscando un mejor pago, tomaron el rumbo hacia Chicago. Era tal la presencia de los mexicanos en dicha ciudad, que en 1923 se inició la construcción de la iglesia Our Lady of Guadalupe con los doce mil dólares donados por el principal empleador de mexicanos: la us Steel. La Gran Depresión de 1929 marca el final de este ciclo migratorio, pues el gobierno estadunidense, ante el crecimiento desmesurado del desempleo, llevó a cabo una medida impulsada por la xenofobia: entre 1929 y 1934 fueron repatriados cerca de 400 mil mexicanos. Cabe aclarar que ningún inmigrante europeo fue devuelto a su país de origen. El segundo ciclo migratorio se abre con la puesta en marcha del Programa Bracero, firmado en 1942. Aunque el Programa fue creado para cubrir las plazas laborales en el ramo de la agricultura, en estados como Illinois y Ohio los braceros trabajaron en el tendido de durmientes y rieles. Los hombres que eran “enganchados” tenían escasa o nula escolaridad. Para los enganchadores eran más importantes unas manos callosas que una que supiera tomar la pluma para estampar su firma. Junto con dicho programa surge también la inmigración indocumentada, pues muchos de los que no eran “enganchados”, cruzaban la frontera ilegalmente; además hay que agregar a los que decidían quedarse cuando su contrato como bracero expiraba. Antes de la crisis económica de 1982, el inmigrante mexicano, por lo general, no había terminado la primaria y provenía del medio rural. Fue a partir de ese año que algunas personas con estudios medios e incluso universitarios empezaron a ver como opción de progreso el “otro lado”. No fue sino hasta la depresión económica de diciembre de 1994 cuando se popularizó la idea de que emigrar a Estados Unidos era el mejor camino para salir del atolladero económico en el que se había caído. Por eso, para el fin del milenio, era común encontrarse con jóvenes (hombres y muje-

19 de febrero de 2012 • Número 885 • Jornada Semanal 16

Ilustración de Juan Gabriel Puga

res) que habían pisado planteles universitarios trabajando como cantineros, niñeras o agentes de bienes raíces. Pese a la Operación Guardián y la Operación Escudo, establecidas con el propósito de parar el ingreso de indocumentados por California y Texas, la migración mexicana seguía in crescendo. Si bien es cierto que los atentados del 11/9 aminoraron la cifra del flujo de migrantes, lo es también que en 2003 el número de mexicanos que se estableció en Estados Unidos rebasó el medio millón, ya que en los primeros treinta meses posteriores a los atentados quienes estaban bajo sospecha eran los inmigrantes árabes. Quien le dio un giro a la mira fue el académico Samuel p . Huntington con su ensayo “El reto hispano”, publicado en 2004, donde acusaba a la cultura mexicana de ser una amenaza para el espíritu protestante y de progreso de Estados Unidos. Luego, en el terreno político, el representante federal James Sensenbrenner impulsó en 2005 leyes como la Real id Act, que prohibía a los gobiernos estatales dar licencia de manejar a los indocumentados, y la hr 4437, en la que se criminalizaba al indocumentado. Estas acciones no amedrentaron al inmigrante; por el contrario, éste tomó las calles para manifestar su indignación. En Los Ángeles, Denver, Chicago y Nueva York hubo manifestaciones donde participaron cientos de miles de personas. Las represalias del Estado no se hicieron esperar y las deportaciones y redadas se volvieron el pan de cada día de las familias inmigrantes. El 12 de diciembre de 2006

Fin de la migración mexicana Febronio Zataráin

(el día en que se celebra a la Virgen, que estuvo como estandarte en todas esas manifestaciones) se llevó a cabo en diversas plantas de la empresa procesadora de carnes Swift & Co. la redada más grande en toda la historia de Estados Unidos; en ella fueron detenidos mi 297 indocumentados. Pese a la xenofobia y las deportaciones, la cifra de medio millón de nuevos inmigrantes anuales se mantuvo en 2007. Aunque fue precisamente en el verano de 2007 cuando se empezó a gestar la causa principal por la cual la migración mexicana comenzó a bajar drásticamente: la crisis inmobiliaria que ha hundido a eu en una recesión económica comparable a la vivida durante la Gran Depresión. A esto hay que agregar que los legisladores locales de diversos estados, como Arizona, Indiana, Utah, Alabama, entre muchos otros, están impulsando leyes en las que se criminaliza al indocumentado; además, el presidente Barack Obama (pese a su promesa de realizar una reforma migratoria) ha intensificado las deportaciones a tal grado que para el 12 de septiembre de 2011 se tenían registradas durante su administración cerca de un millón 60 mil. Hay otras dos variantes que hay que considerar. La primera es que el mexicano que decide irse como indocumentado, además de adquirir una deuda de varios miles de dólares, pone en riesgo su integridad física así como su vida; recordemos que el trasiego de indocumentados lo controla de manera absoluta el crimen organizado, y que en el año fiscal 2011 (pese a que el número de migrantes que logró cruzar fue menor a cien mil) se reportaron 182 muertes en la franja fronteriza de Arizona. La segunda variante es que la situación económica de los mexicanos que emigraban a Estados Unidos en los años sesenta mejoraba de uno a diez. Esta mejoría se ha ido deteriorando a tal grado que en la actualidad es de uno a cuatro y, al parecer, se seguirá deteriorando cada vez más. El futuro no es nada alentador para el indocumentado, porque las probabilidades de una reforma migratoria en los próximos cinco años son casi nulas; y mientras ésta no se dé, el gobierno federal seguirá incrementando el número de deportaciones y los gobiernos estatales seguirán aprobando leyes antiinmigrantes que orillarán a muchos mexicanos a autodeportarse •


La Jornada Semanal