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Tolstói

■ Suplemento Cultural de La Jornada ■ Domingo 4 de agosto de 2013 ■ Núm. 961 ■ Directora General: Carmen Lira Saade ■ Director Fundador: Carlos Payán Velver

Traducir a

A ncira , F ernández , G hidini , G onzález , M ilincic y Z órina

J osé L uis M artínez : el trato con escritores Ensayo de M arco A ntonio C ampos sobre J orge H umberto C hávez


bazar

Hugo Gutiérrez Vega

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NIKOS ENGÓNOPOULOS: SURREALISMO Y TRADICIÓN

al inagotable Lev Tolstói visto desde la perspectiva de la traducción de su obra a otras lenguas, se debe todo a la generosidad de la maestra Selma Ancira, guía del seminario de traducción al que pertenecen los autores-traductores aquí convocados: Joaquín Fernández, traductor literario; es suya la versión en español de El reino de Dios está en vosotros, de Lev Tolstói. Maria Candida Ghidini, profesora de la Facultad de Letras en la Universidad de Parma y traductora de Dostoievski, Tolstói, Vladímir Voinovich y Grigori Oster. Alejandro González, traductor de Chéjov, Bulgákov, Dostoievski, Turguéniev y Gógol. Ljubinka Milincic, periodista y traductora de Nabókov, Solzhenitsyn, Evtushenko y Shentalinski, y finalmente Irina Zórina, traductora, miembro de la Unión de Escritores de Rusia. Publicamos también un ensayo de Adolfo Castañón sobre José Luis Martínez, y un texto sobre Jorge Humberto Chávez, Premio de Poesía Aguascalientes 2013.

Comentarios y opiniones: jsemanal@jornada.com.mx

de asombros

El presente número, dedicado

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esde hace varios años nuestro suplemento y, en particular, el poeta y traduc­ tor Francisco Torres Córdo­ va, han venido analizando distintos aspectos de la ri­ quísima poesía griega con­ temporánea. Las traduc­ ciones de Torres Córdova pueden reunirse ya en un li­ bro antológico. Tiene mu­ chos lectores y varias insti­ tuciones, exceptuando la embajada griega en nuestro país, siguen con interés sus traducciones y sus comenta­ rios. Yo quisiera poner mi granito de arena en esta ta­ rea de recuperación y de divulgación de una poesía li­ gada en algunos aspectos al resto de la poesía europea, pero diferente y dueña de una originalidad que provie­ ne de los momentos iniciales de la poesía occidental. Hoy quiero hablarles de Nikos Engonópoulos, poe­ ta nacido en 1910 y muerto en 1985. Fue, en todos sen­ tidos, un francotirador. En sus primero libros, No hablen al chofer y Los clavicordios del silencio, muestra la in­ fluencia del surrealismo, pero sobre todo una fuerte originalidad. Esto se hace más patente en “El poema al que le falta alegría, dedicado a una mujer maravillosa dorada de pasión y calma.” Así habla el poeta: Ven déjate caer en mis brazos y otórgame –pues así lo quieres– la tristeza de tu verde mirada la profunda amargura de tus labios rojos la noche de misterios entretejida en tu cabello largo la ceniza de tu espléndido cuerpo

Embirikos es sin duda el principal representante del surrealismo griego, pero Engonópoulos aporta una visión que asume la influencia de Kavafis, considerán­ dola como fundamental para el desarrollo de la poesía moderna. En un ensayo –no olvidemos que Grecia ha producido grandes ensayistas y críticos literarios– , En­ gonópoulos afirma que la poesía griega se divide en dos: antes y después de Constantino Kavafis. El poeta de Alejandría, amante de las tradiciones helenísticas, realizó la ruptura formal que era absolutamente nece­ saria para que la tradición continuase y dejase de ser una lápida para convertirse en un capitel. La moderni­ dad griega, por esta razón, no reniega de sus raíces populares. Los poetas actuales mantienen firmes los lazos que los unen con la primera poesía demótica. En el poema de Engonópoulos “La joven Laura” están pre­ sentes la tradición y la ruptura. Su forma se aleja de la hermosa pero inimitable y, por ende, periclitada retó­ rica de Palamás o de Sikelianós y, dentro de su origina­

lidad, se mueven las presencias kavafianas y los vientos encontrados y vivificantes del mundo helenístico: Ven no te pongas así somos griegos tú eres –¡que maravilla!– una joven griega cuando duermo las flores de tus axilas vienen y me acarician todo el cuerpo

Aquí, juntos el poeta y el pintor revelan los colores del Mediterráneo en los rasgos de una mujer joven rodea­ da por el paisaje del mar, las islas y el sol constante del Dodecaneso. Engonópoulos, en su poesía amorosa, utiliza to­ dos los emblemas de la realidad histórica griega, des­ de los clás­i cos, pasando por los bizantinos, hasta llegar a los del mundo moderno en el que estas pre­ sencias se agitan detrás de cualquier poema, de cual­ quier canción: con mano firme conduzco el navío hacia las islas donde vuelan a montones los huesos y cráneos de los muertos en la arena rubia del litoral

En la fiel traducción de Torres Córdova, el poeta-pintor culmina, de manera clamorosa, sus amores de carne, hueso y espíritu: Ves aquella tumba ahí abriremos la puerta y entraremos: ahí habré de abrazarte y así abrazados para siempre nos perderemos en los cristales polícromos del Juicio Final

Por último quiero mencionar el poema que Engonó­ poulos escribe sobre el libertador Simón Bolívar. Pensando en la lucha por la independencia del pue­ blo griego y recordando, entre otras, la figura de Lord Byron, el poeta griego interpreta magistralmen­ te algunos momentos estelares del pensamiento de Simón Bolívar. Este poema puede iluminar a los es­ tudiosos del programa, la vida, la muerte y la heren­ cia del libertador • jornadasem@jornada.com.mx

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Portada: Lev Nikoláyevich Tolstói descalzo (detalle), óleo de Ilya Repin, 1901 Collage de Marga Peña

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ensayo

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Marco Antonio Campos

Jorge Humberto Chávez: Foto: María Meléndrez Parada/ archivo La Jornada

C

on un libro cuyo título es casi imposible de aprender, pero que puede leerse aislada­ mente como un bello poema triste: Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto, el poeta juarense Jorge Humberto Chávez ganó el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes. El libro se publicó en una coedición Fondo de Cultura Económica, Conacul­ ta e Instituto Cultural de Aguascalientes. Dividido el libro en cuatro partes, la más gra­ bable es la primera. Los poemas son desoladamen­ te dramáticos. Por fortuna no es un chorreadero de sangre, sino en el curso de las páginas jhch hace ver puntual y terriblemente cómo van siendo aba­ tidos en Ciudad Juárez jóvenes, mujeres, niños o “los que nada tenían que ver”, hasta que dejamos de oír el silencio de los inocentes. Es decir, uno se va enterando que caen primero los del otro lado de la ciudad, luego los del barrio contiguo, luego el amigo, luego el hermano...” Se mata en la calle, en las escuelas, en las casas, en una tienda, en un cen­ tro comercial, en un bar, en un restaurante, en la carretera. El alma de los moradores se va perdien­ do y se va perdiendo el alma de la ciudad. Juárez se despuebla, los juarenses se desplazan por el país y ya no vale la pena regresar porque no hay río ni llanto… Las balas parecen ser la diaria gran reali­ dad y parecen zumbar siempre a centímetros de sus moradores. Todos se vigilan. El amigo y el enemi­ go. Se respira el delirio de persecución. Es como si de continuo cada uno estuviera viendo en el coche por el espejo retrovisor para ver si no viene alguien en nuestra cacería. Para citar a Jorge Humberto, es como si los vecinos de la calle Rayón juarense, en representación de buena parte del norte de país, jugaran “lotería a la luz del arbotante cantando los nombres de El Diablo y La Muerte anuncian­ do los años que vendrán”. Hanna Arendt trataba de explicar los actos del diligente burócrata nazi Adolf Eichmann en Viena durante la Segunda Guerra Mundial y le parecían la viva representación de la banalidad del mal; en Juárez, en tantos estados de la República, es el gus­ to y la gratuidad de la extrema inclemencia. Re­ cuerdo hace cosa de año y medio en Monterrey: una mujer policía de tránsito de a pie estaba parada en una esquina. Pasó un coche desde donde le dispa­

raron. Murió. Por nada. Porque estaba allí. Porque a uno que iba en el coche le cayó mal o simplemen­ te estaba practicando al blanco o porque creyó que era un acto más de la diaria estrategia del terror. Para que haya habido en México decenas de miles de muertos y desaparecidos, en una u otra medida, o en gran medida, es porque han estado coludidos crimen organizado, policía y políticos; sin ese trío íntimamente hermanado no existiría el México detalladamente herido que nos legaron desde los años setenta los gobiernos priístas, pe­ ro sobre todo los gobiernos de Fox y Calderón, claro, con la parte que le toca al Ejército. Si Cal­ derón imaginó un país –me digo– lo vio ante todo en lo que tanto ayudó en convertirlo: una gigan­ tesca morgue. Jorge Humberto Chávez es un hombre de fron­ tera. En el Juárez de antes era casi un recreo ir de compras o a pasear. Fui a Juárez al menos quince veces por cosa de veinte años; era la ciudad del nor­ te que visité donde había en especial los mejores anfitriones, entre los que destacaron, el poeta En­ rique Cortazar y el propio Jorge Humberto. Antes lo más natural era pasar, aun con un mero permiso, a El Paso, Texas. Lo insólito o paradójico: convi­ ven y convivirán Ciudad Juárez, que llegó a ser la ciudad más peligrosa del mundo (y aún está entre las pri­m eras), y El Paso, la cual es la primera o se­ gunda más segura de Estados Unidos. El Paso y Juárez se volvió una doble frontera escindida, Juá­ rez a su vez se escindió entre lo que era y lo que es y se escindió el corazón de la gente buena de sus habitantes. Los libros de poemas de Chávez no se entienden sin esa doble mirada: el norte de México y el sur de Estados Unidos.

Las balas parecen ser la diaria gran realidad y parecen zumbar siempre a centímetros de sus moradores. Todos se vigilan. El amigo y el enemigo. Se respira el delirio de persecución.

a David Ojeda y Laura Elena González

Road poet Manriquianamente, al mismo tiempo, hay en poemas del libro la nostalgia por ese Juárez de la infancia, y la nostalgia, por ejemplo, por ese padre que de pronto surge en imágenes fugaces: su vida en Denver, la deportación, el día de su muerte, los regalos que daría a los hijos… Una vida que el autor trata de explicársela y de comprenderla. Como tra­ ta de recordar y escribir páginas de ternura a la madre, a la pareja, a las hijas, al hermano. En otras partes del libro, al igual que Eduardo Lizalde, uno de sus maestros, Jorge Humberto an­ heló unir en su vida poesía, vino, amistades, mu­ jeres, o si se quiere, anheló escribir bien poesía para hablar de vino, amistades y mujeres. Temas que desde los griegos Anacreonte y Alceo unieron y llevaron a sus primeras perfecciones en occiden­ te. No en balde uno de los libros de Chávez más divulgados tenga como centro irradiador un antro: Bar Papillon. Asimismo hay varios notables poe­ mas que son vivos homenajes a varios de sus gran­ des poetas dilectos: un recuerdo pletórico de go­ rriones para William Carlos Williams, la visita ritual a la tumba de Apollinaire en el cementerio parisiense de Pére-Lachaise, un brindis lleno de afecto póstumo por Antonio Cisneros y dos poemas al pequeñísimo y misterioso pájaro de Amherst, Emily Dickinson, sobre la cual Francisco Hernán­ dez publicó hace un año un triste y angustioso libro y de quien Alejandra Pizarnik dijo en una pieza lírica de primera juventud que su nombre la espera “del otro lado de la noche”. No quisiera terminar el texto sin recordar sus espléndidos road poems; Jorge Humberto parece haber nacido subido en un coche y pegado al vo­ lante. ¿No dijo él en un verso: “Mi afán de vivir está en el automóvil que llevo a la autopista?” Sus poemas están poblados de carreteras con centena­ res de kilómetros, de calles de ciudades de México y Estados Unidos, de llanuras desérticas, “del alti­ plano al mar y del mar a la montaña”, de noches solitarias y estrelladas... Se puede hablar, como escribe Jorge Humberto Chávez, de que ya no vale la pena ir al río Bravo porque ya no hay río ni llanto, pero también de las muchas cosas que no niegan al mundo y por las que no se reniega del mundo. O al menos de las que él no niega ni menos reniega. Por ejemplo, claro, la poesía que abre ventanas, el deleitoso vino, las fie­ les amistades, la tibieza de la mujer •


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José Luis

Martínez: Adolfo Castañón

E

l nombre de José Luis Martínez está asociado íntimamente al de las letras mexicanas e hispa­ noamericanas. Intimidad es una palabra con­ veniente para evocar la relación personal que don José Luis tuvo con las letras y con sus autores, el comercio cercano y privado, vivido y a la par con­ creto y objetivo que sostuvo con el ámbito de la cul­ tura escrita. El libro que saludan estas líneas (El tra­ to con escritores y otros estudios. México, Secretaría de Cultura-Gobierno de Jalisco) es una antología per­ sonal que el autor cosechó con la sabiduría y el juicio de un hombre que, nacido en 1918, contaba en 1991 la edad de ochenta y tres años. En la fotografía de la portada tomada por esos años por Paulina Lavista, se puede advertir la mirada inteligente, dispuesta al examen y al diagnóstico de un hombre vestido con elegancia que tiene además una sombra pensativa, aunque no ensimismada sino atenta. La pose de la fotografía de José Luis Martínez se parece a la que tiene Salvador Novo en una foto anónima que se en­ cuentra en el inah y que fue tomada en 1950 (se re­ produce en el libro Mi querido Salvador Novo), y tam­ bién a la del dibujo a lápiz que hizo José Moreno Villa de Xavier Villaurrutia, donde éste y Martínez tienen exactamente la misma posición. Don José Luis Martínez murió en Ciudad de Mé­ xico en marzo de 2007, un año antes de cumplir no­ venta años. Quienes estuvimos cerca de él tenemos la deuda de ponderar su legado, su herencia o heren­ cias. La reedición de esta antología personal prepa­ rada por él mismo puede ser un buen momento para iniciar la tarea. ¿Cómo aproximarse en esta palabra acendrada y esencial que ha buscado llamar la atención no tanto sobre sí misma sino sobre la cultura, la civilización, la ciudad literaria de la que proviene y en la que se inscribe? ¿De dónde viene José Luis Martínez, cómo expli­ cárselo y darle un sentido a su quehacer transparen­ te y eficiente? José Luis, don José Luis ‒recordémoslo‒ nació en 1918 ‒un año después de promulgada la Constitu­ ción de 1917, a la que podía ver como hermana ape­ nas mayor‒ en un pueblo, Atoyac de Álvarez: “Vengo de gente pueblerina del sur de Jalisco, y niño aún pasé a Zapotlán para iniciar mi instrucción.” Ahí, en Zapotlán, en Ciudad Guzmán, tuvo como compañero en la escuela de párvulos al escritor Juan José Arreola, quien hacia los diez años ganó presti­ gio entre sus compañeros por “la organización de una enrevesada liturgia idolátrica que se ejercía durante los recreos y que llegó a absorber la atención de la escuela. La deidad se llamaba y era una vieja babucha que, como monstruosa proyección de lo que aprendíamos en clase, tenía laboriosos ritos, un sumo sacerdote, sacrificios humanos, esclavos y feroces luchas con tribus hostiles escenificadas en los que

antes fueron pesebres y caballerizas del caserón de pueblo que alojaba la escuela. Los enemigos debie­ ron vencer nuestro clan abusivo o los maestros acaso determinaron parar aquel juego que comenzaba a ser peligroso. Borrose el rito, el tiempo y los azares po­ líticos dispersaron a nuestras familias y yo perdí la vista a Arreola por muchos años hasta que, ya en es­ ta ciudad de México, lo recobré fiel de nuevo a aque­ lla capacidad suya de organizar minuciosas fábulas y de convertirse él mismo en fuente de mitos, hecho el cuentista impecable de Varia invención y de Confa­ bulario que ustedes conocen”. Decía al principio de estas líneas que el de José Luis Martínez es un nombre que está asociado ínti­ mamente al de las letras mexicanas. Intimidad y sen­ cillez, cordialidad y actitud llana pero por ello mismo tanto más fervorosa, son las virtudes con las que yo caracterizaría a una familia de escritores mexicanos que, desde mi punto de vista, nos ayudan a compren­ der mejor la silueta intelectual del parsimonioso Jo­ sé Luis Martínez: me refiero al mencionado Arreola, a Juan Rulfo, a Antonio Alatorre, a Luis González, Alí Chumacero, narradores unos, filólogo el otro, his­ toriador el tercero, poeta el cuarto, todos escritores apegados al conocimiento de la lengua y de lo nativo y local en los que se resuelve y practica la obediencia a la sentencia délfica: “Conócete a ti mismo”… Esta urgencia de sabiduría hacia sí, este apremio por apurar hasta el fondo el conocimiento de las pro­ pias raíces personales, familiares, culturales, lite­ rarias es una de las fuerzas motrices que llevaron a José Luis Martínez a hacerse amigo desde muy joven del ya mencionado Alí Chumacero, de Jorge Gonzá­ lez Durán, de Leopoldo Zea, y, luego a hacerse adop­ tar, por tres amigos mayores ‒tres tutores o padres intelectuales que serían decisivos en su vocación: Alfonso Reyes, Enrique Díez-Canedo y Enrique Gon­ zález Martínez. La urgencia alcanza en el caso de Martínez la con­ dición a la par personal y civil de una vocación, de un llamado y una deuda que en cierto sentido raya en lo religioso: la religión de los genios lugareños, que lo hermana directamente con la tradición clásica. No extrañará entonces que el título de su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua fuera De la naturaleza y carácter de la literatura mexicana (lo suyo era “la religión de la patria”) pronunciado el 22 de abril de 1960 a los cuarenta y dos años de edad, para ocupar la silla iii , recién dejada por Antonio Me­ diz Bolio. La materia y el título del discurso expresan la vo­ luntad apasionada y fervorosa de encontrar un sen­ tido y un destino a “La literatura del México inde­ pendiente”. El título del discurso de Martínez hace eco a un texto escrito a principios del siglo xx por el peruano José de la Riva Agüero: Carácter de la litera­ tura del Perú independiente (1905), e inscribe de lleno

a Martínez en el árbol genealógico de los escritores americanos como Jorge Luis Borges, Ricardo Güiral­ des, en Argentina, o de la Riva en Perú, que buscaban afirmar con sus letras criollas la necesidad para la cultura americana de consolidar y alimentar el cono­ cimiento de sus propias letras: consolidar en las le­ tras a América como continente y desde luego como contenido. El criollismo es evocado así por José Luis Martínez a propósito de López Velarde… El título de su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua sitúa a Martínez también en el tren intelec­ tual de un Pedro Henríquez Ureña, quien había exa­ minado desde 1910 el carácter mexicano del muy clásico y muy castizo, muy criollo y mexicano avant la lettre Juan Ruiz de Alarcón, y que, algunos años más tarde, escribiría Seis ensayos en busca de nuestra expresión a cuya luz cabe y debe leerse la obra del propio Martínez. Al escribir ese discurso, don José Luis Martínez venía de haber estudiado apasionada­ mente durante los pasados lustros las letras de los escritores mexicanos del siglo xix : de Lizardi a Ra­ mírez, de Altamirano a Sierra y a Gutiérrez Nájera, de Prieto a Payno e Inclán, sin dejar de lado, desde luego, ni las letras y hablas indígenas y los criollos del siglo xvii, época por la cual su interés iría crecien­ do a lo largo de los años a partir de su estudio sobre Nezahualcóyotl, ni como dejan constancia sus Pri­ micias las letras del mundo de las que era un gustoso devorador. De ese gusto e inteligencia laboriosa es prenda su libro sobre Hernán Cortés, obra ineludible y ejemplo ético de probidad intelectual. Las letras mexicanas sólo podían fascinar a un jo­ ven y luego a un hombre como José Luis Martínez quien, no contento con haber nacido en México de padres mexicanos, quiso apropiarse desde muy jo­ ven la cultura del solar donde había nacido para transformarse en un mexicano electivo, un ciudadano militante, dueño y señor de su propia ciudadanía y de sus raíces nacionales y continentales. Por si eso fuera poco, don José Luis Martínez Ro­ dríguez sería un hombre afortunado y al que las es­ trellas ‒nuevas y viejas‒ le sonreirían desde joven: no sólo fue inteligente y guapo (hay una simpática


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El trato con escritores y otros estudios foto de Martínez practicando esquí acuático en Aca­ pulco), tenía el don de hacer de sus amigos, amigos íntimos. Fue además feliz padre de un primogéni­ to, luego diplomático, que se llamaría como él y que tuvo de Amalia Hernández, una de las mujeres más hermosas y de más carácter de aquel México, luego, al separarse, contrajo nupcias con una dama –es de­ cir, una mujer ennoblecida por el buen gusto– prove­ niente de Europa Central, Lydia Baracs, con quien tuvo estos dos hijos Rodrigo y Andrea Guadalupe, ambos historiadores. La fortuna de José Luis Martínez no se reduce a la felicidad familiar o incluso a la riqueza material: su fortuna, su envidiable fortuna fue algo que ya no es casi de este mundo: si por un lado llegó a conocer a las personas y a las letras de México, América y el mundo como muy pocos llegan a hacerlo, y llegó a ser amigo de los mejores ‒llamáranse Octavio Paz, Alfonso Re­ yes, Enrique Díez-Canedo, Agustín Yáñez, Salvador Elizondo o Max Aub en sus personas y en sus obras‒ también tuvo la posibilidad singularísima de estar en lugares decisivos, en momentos decisivos ‒como la Academia Mexicana de la Lengua y la de la Historia o el Fondo de Cultura Económica‒ para poder difundir

No contento con haber nacido en México de pa dres mexicanos, quiso apropi arse desde muy joven la cultu ra del solar donde había nacido para transformar se en un mexicano electivo .

y materializar desde ahí, dando cuerpo y forma, catá­ logo y silla a las letras de su pasión. La fortuna de José Luis Martínez es la rara y feliz del que atina con la pluma y con la pala, del que sabe coleccionar libros y revistas y luego, por añadidura providencial, tiene la posibilidad de editarlos, difun­ dirlos y multiplicarlos. Por eso su admirable biblio­ teca ‒que ya ha sido salvada dos veces en el ámbito de la “Ciudadela de los libros”. Conserva entre sus estantes una como irradiación impalpable pero in­ negable: los libros ahí alojados son, en muchos ca­ sos ‒como por ejemplo en el de las revistas literarias mexicanas modernas‒ no sólo colecciones de ejem­ plares de algo-que-ya-pasó, sino reuniones de volú­ menes que volvieron a pasar, siguen-pasando y qui­ zá volverán a hacerlo. Este olfato único para organizar constelaciones librescas y artísticas armadas para regresar, para re­ petirse y reeditarse ha inducido a Gabriel Zaid a lla­ marlo “curador de las letras mexicanas”, y quizás sea una de las razones que hicieron de él no sólo un escri­ tor y un lector ‒relector‒ ejemplares, sino un hombre ejemplar y decisivo por esta virtud inteligente, afor­ tunada y feliz de haber sabido poner en comunicación y circulación los dos pisos de la casa de las ideas. En Martínez, la disputa de la traición de los cléri­ gos que puso en circulación el francés Julien Benda para desactivar a los escritores doctrinarios de uno u otro bando en Europa, no tiene mayor sentido, co­ mo no lo tuvo en el caso de Alfonso Reyes o de José Ortega y Gasset. Al igual que en su maestro y amigo Jaime Torres Bodet ‒de quien fue secretario particu­ lar en 1943 y durante tres años, a la edad de veinti­

Fotos: Conaculta

cinco años, como lo había sido el propio Torres Bodet muy joven de José Vasconcelos‒, cuyo escritorio he­ redó, en Martínez el escritor y el funcionario sabían darse a respetar mutuamente, sin perder de vista que ambos trabajaban para un ser superior: el lector, el hombre de la lectura y de la relectura que los domi­ na a ambos desde ese lugar envidiable que es el de la contemplación, tanto más envidiable cuanto que es la del escritor que sabe hacer. [Para honrar y agradecer esa lección, me he dado en los últimos años a edi­ tar la segunda parte de la correspondencia cruzada por Reyes y hu (1914-1946) que don José Luis inició y que no pudo concluir después de haber hecho la primera. No ha sido un mal aprendizaje, otro entre muchos que le debo.] Ese saber leer y escribir, re-leer y re-escribir para mejor hacer es la lección más perdurable de este hombre que supo cómo volver más habitable el mun­ do con sus obras. Gracias, José Luis Martínez por habernos dado es­ ta lección de un mundo habitable, por habernos dado esta casa cuyas llaves guardan tus libros buenos. El trato con los escritores y otros estudios es uno de ellos.

E l trato con los escritores y otros estudios está divi­ dido en diez capítulos y cabe ser leído como una his­ toria mínima de la cultura en México y, parcialmen­ te, en Hispanoamérica. De los diez capítulos, que en rigor se derraman y prosperan en catálogos y anto­ logías, quizá uno de los más fascinantes sea el que dedica a “El libro en Hispanoamérica”. En el cur­ so de apretadas cincuenta páginas, logra concentrar cuatro siglos de historia del libro, de las bibliotecas, de los bibliófilos y libreros en un espacio que permi­ te que la prolífica información presentada pueda ser legible, útil, pertinente. Aquí está, haciendo acto de presencia y, por así decir, dando la cara: at face value, el historiador de la cultura que ‒a semejanza de un Pedro Henríquez Ureña‒logra establecer un equili­ brio entre amplitud del horizonte y puntillismo de­ tallista sin ceder un ápice en esa economía de la ex­ posición al buen gusto. El gusto, el buen gusto es uno de los rasgos que el escritor José de la Colina ha sabi­ do subrayar en la obra y la escritura de este raro, dó­ rico mexicano: José Luis Martínez. Si uno es de donde ha pasado sus años de juventud, su bachillerato y primeros años de carrera, habría que decir que Martínez es de aquella Guadalajara y de aquel México de fines de los años treinta en los cua­ les compartió con sus hermanos electivos Alí Chu­ macero y Jorge González Durán la fiebre y el fervor literarios y el placer de fundar la revista Tierra Nueva. En aquellos años José Luis Martínez se fogueó como lector pertinaz, fraguó su gusto, cristalizó su volun­ tad de saber disciplinado y diligente, galvanizó su criterio intelectual hasta hacer rendir el fruto de una vasta y legible obra de crítica, historia, erudición en la cual hay desde luego algunos rincones íntimos como ese Memorial escrito a la muerte de su esposa Lydia Baracs, Recuerdo de Lupita, 1996, y la joya hecha de letras en que supo acendrar (hacer diamantinas) las cenizas de su biblioteca; Bibliofilia, 2004 •

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ensayo

E

ntre los múltiples aspectos que colocan a Tolstói en un lugar especial dentro de la literatura rusa del siglo xix cabe mencionar no sólo aquellos que lo diferen­ cian “positivamente” de la pléyade de escritores de su época, es decir, los recursos de los que se valía en su creación artística, sino también aquellos otros que, a des­ pecho de su tradición literaria, están casi ausentes en sus obras. Buen ejemplo de ello es el caso de los apellidos car­ gados semánticamente: cuando el apellido de un perso­ naje denota bien sus rasgos psicológicos o físicos, bien su actitud hacia los demás, bien su destino, bien la relación del autor con él (paródica, irónica, evocativa). La lengua española aún no tiene, como la inglesa o la rusa, una palabra afianzada para referirse a este fenómeno. En inglés existe charactonym cuando el personaje es litera­ rio, y aptronym cuando la persona es real. Permitámonos entonces valernos de una versión castellanizada del con­ cepto: caractónimo. Si ya en las representaciones populares rusas podían encontrarse caractónimos, es a partir de mediados del siglo xviii , con dramaturgos como Lukin y Fonvizin, que el re­ curso entra de lleno en la literatura. Desde entonces fue utilizado inagotablemente por autores de la talla de Gri­ boyédov, Gógol, Ostrovski, Dostoievski, Saltykóv-Shche­ drín, Chéjov, Bulgákov, etcétera. Algunos ejemplos clási­ cos: el apellido Raskólnikov proviene de la palabra raskol, que significa “escisión”, “cisma”; quien haya leído Crimen y castigo entreverá su carga simbólica. El doctor de Cora­ zón de perro, que transforma a un perro en hombre, lleva el sugestivo apellido Preobrazhensky, que deriva de preo­ brazhenie, “transfiguración”. Los caractónimos son uno de los recursos expresivos por excelencia de las letras rusas. No obstante, brillan por su ausencia en la narra­ tiva tolstoiana. Con excepción de algún que otro cuento, no encon­ tramos caractónimos en sus obras. Se ha discutido sobre el origen de algunos de los ape­

Tolstói en 1848, a los veinte años y en 1910, año de su muerte

Los

nombres en

Tolstói

Alejandro Ariel González

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llidos de sus personajes. Así, por ejemplo, el carácter ce­ rebral y juicioso del esposo de Anna Karénina estaría reflejado en su apellido: Karenin viene del griego karenon, “cabeza”, palabra que Tolstói, que leía griego, encontró en Homero. Sin embargo, la alusión es muy críptica y sólo para entendidos; el común de los lectores no traza esa ge­ nealogía. ¿Cómo explicar esta ausencia de caractónimos en Tols­ tói? Quien mejor lo ha hecho es Borís Eichenbaum en su libro Lev Tolstói: los años setenta (1940): “En toda la litera­ tura vinculada a Gógol y la escuela natural, el hombre es representado como tipo social o psicológico; se le atribu­ yen rasgos definidos que se ponen de manifiesto en cada acto, en cada palabra, incluso en su apellido [...] En Tolstói ocurre algo absolutamente distinto: sus hombres no son tipos y ni siquiera del todo caracteres; ‘fluyen’ y cambian, son presentados como individuos con características hu­ manas que entran fácilmente en contacto. Por eso el rasgo típico de los personajes de Tolstói no son los apellidos [...] sino los nombres [...] Lo característico en Tolstói son las designaciones familiares, domésticas de sus protagonistas: el lector los conoce íntimamente, los siente en mayor o me­ nor medida parecidos a él. El principio tolstoiano de inti­ midad y ‘fluidez’, que distingue claramente su realismo psicológico del realismo de otros escritores, se remonta a Pushkin, como desarrollo y maduración de su método.” Así, pues, el uso o no de ciertos recursos expresivos encie­ rra una concepción del hombre, del arte, de la representación artística. A dicha concep­ ción puede llegarse a través de esquemas teóricos es­ téticos y filo­sóficos; más apasionante y rica –en hallazgos y perpleji­ dades‒ es la vía de la lectura lenta, atenta y privilegiada (a través de la filigrana del texto) que abre la traducción •


Ljubinka Milincic

Los

Pastel en Yásnaia Poliana, circa 1905

serbios

E

León y Sofía Tolstói con ocho de sus trece hijos, 1907

todas las vías llevaran a Serbia, faltaba poco para que el mismo gigante de Yásnaia Poliana encontrara allí su hogar. Insatisfecho con su vida en su famosa finca, Tolstói, a una edad avanzada, empieza a buscar un lugar para alejarse de su entorno. Al final eligió No­ vi Sad, gracias a su médico personal, el eslovaco Du­ san Makovicki. Su sobrina Olga estuvo casada con el eslovaco Milos Krno, quien vivía en Novi Sad. Milos visitó Yásnaia Poliana en 1907 y (según un manuscri­ to del famoso publicista de Novi Sad, Trivo Militar, titulado “Preparación para la llegada de León Tolstói a Novi Sad”) es allí donde nace la idea del trasla­ do del conde. El gran escritor ha expresado a Krno su deseo de visitar países y pueblos eslavos. Krno le propuso visitar Eslovaquia y también ser su invita­ do en Novi Sad por el camino hacia los Balcanes. Tolstói aceptó la invitación y prometió ir con Mako­ vicki. Krno volvió a casa enormemente feliz y em­ pezó a preparase para la llegada del escritor, en se­ creto. La intensa correspondencia entre Krno y Tolstói, Makovicki y Krno, en la que se preparaba el plan para el viaje del escritor, duró tres años. Mien­ tras tanto, Dusan Makovicki visitó varias veces a sus familiares en Novi Sad. Para que nadie se enterara del destino final del escritor, al mismo tiempo prepa­ raron casas en Bulgaria, Eslovaquia y el Cáucaso en las que el famoso escritor supuestamente podía reti­

Tolstói

n la vida de Tolstói todo andaba trastocado: los personajes de sus novelas vivían en Serbia, y él se preparaba para dejar Yásnaia Poliana sin que nadie lo supiera y mudarse a la ciudad ser­ bia de Novi Sad. Tras la muerte de Anna Karénina, el conde Vrons­ ki viajó con un grupo de voluntarios rusos a luchar en Serbia. Y eso, no sólo en la imaginación del escritor ‒Tolstói utilizó como prototipo para el personaje de Vronski a Nikolái Nikoláievich Raievsky, nieto del conocido general Nikolái Raievsky (cuyo nombre lleva), un héroe de la Guerra Patria de 1812 (contra Napoleón), a quien Tolstói describió en su gran obra La guerra y la paz. Nikolái Raievsky llegó a Serbia y allí, tras sólo 15 días, el 1º de septiembre del 1876, falleció cerca de la pequeña ciudad de Aleksinac. Con los más altos honores militares, su cuerpo fue tras­ ladado a la finca familiar, al pueblo Razumovska en Ucrania, y fue enterrado en la tumba de la familia Raievsky. En la misa de cuerpo presente, en la Cate­ dral de Belgrado, estuvieron Ana, la madre del coro­ nel, y el rey serbio –Milan. En el sitio en el que falleció el coronel Raievsky en 1903, se construyó la iglesia de la Santísima Trinidad. Una alameda de tilos traí­ dos de la finca de la familia Raievsky en el pueblo Razumovska conduce hasta la entrada del templo. El historiador ruso y miembro de La Academia de Cien­ cias de Rusia, Andréi Shemiakin, investigó el destino de Raievsky y publicó un libro sobre él. Otro personaje de la obra de Tolstói fue llevado por el viento de la revolución a Serbia – la condesa Praskovia Sergeievna Uvarova, nacida como Shcher­ batova, expresidenta de la Sociedad Arqueológica de Moscú, prototipo de la Kiti Scherbatskaya de Anna Karénina, fue enterrada en Belgrado. Y como si

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Novi Sad se convertiría en el hogar de ocho miembros de su familia que tuvieron que dejar Rusia a raíz de la revolución.

rarse, pero, aparentemente, el objetivo era Novi Sad (eso lo confirman los testimonios de Zivko Márkovic, guardados en su libro: Novi Sad en el cruce del siglo pa­ sado y el presente). En la finca familiar de los Krno, en la calle Safarikova 35, construyeron una casa de tres habitaciones para el famoso escritor y la llamaron “La casa rusa”. Es allí donde tenía que haber pasado algún tiempo el gigante de Yásnaia Poliana, rodeado de sus amigos y los admiradores de su obra. Pero Tolstói nunca llegó a Novi Sad. Llegó sólo un telegrama de Dusan Makovicki en el que avisaba a la gente de Novi Sad que el gran escritor había muerto en Astápovo... Así, a diferencia de Vronski, el personaje, Tolstói nunca vio Serbia. Pero a principios de los años veinte del siglo xx , Novi Sad se convertiría en el hogar de ocho miembros de su familia que tuvieron que dejar Rusia a raíz de la revolución. Tres nietos – Ilia, Vladí­ mir y Vera se convertirán en los primeros “Tolstói ser­ bios”. Todos los Tolstói que hoy en día viven en Rusia son descendientes de los “Tolstói serbios”, y, como dicen, Rusia es su país natal y Serbia su patria •


en su pro L a idea de acercarme a los diarios de Lev Tolstói se remonta a mis años de estudiante en la fa­ cultad de filología de la Universidad Estatal de Moscú. En los seminarios de literatura, fui descubriendo poco a poco a un Tolstói apasio­ nante. Impredecible. Un día lo veía en medio de una batalla en Crimea y al siguiente segando el heno con los campesinos. Otro día me enteraba de que había apren­ dido el oficio de zapatero y poco después de que estaba estudiando griego para leer a Homero. Me sorprendían sus minuciosos exámenes de conciencia y, también, que hubiese perdido su hacienda por deudas de juego. Tols­ tói se revelaba una y otra vez como una personalidad llena de contradicciones, desmesurada y seductora. Ahí, en la Universidad, me enteré que había llevado un diario a lo largo de más de sesenta años y también de que había escrito miles de cartas a cientos de des­ tinatarios. Mucho tiempo después pude, por fin, gra­ cias a una serie de felices coincidencias, entregarme a los diarios y a la correspondencia de Tolstói. Para mí era un reto reducir a cuatro los cuarenta y cinco volúmenes que de prosa íntima existen de Tols­ tói. Un reto y una aventura que se perfilaba extraor­ dinaria. Una y otra vez me preguntaba: ¿qué debía conservar de aquellos miles de páginas?¿Qué me había quedado de la lectura de aquellos escritos que, aunque reservados, son parte de la obra de Tolstói? Y la respuesta era: un retrato espléndido del escritor. Un retrato en movimiento, que va cambian­ do, que se va modificando con los años… Un auto­ rretrato de una fidelidad sorprendente. Las distintas entradas del diario y las cartas, to­ das, se me figuraban las teselas de un inmenso mosaico en el que poco a poco va emergiendo un Lev Tolstói de cuerpo entero.

Tolstói

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Ilya Repin, León Tolstói en el bosque,1891

REFLEXIONES DE UN TRAD Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella

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l reino de Dios está en vosotros, obra funda­ mental para comprender el pensamiento religioso de Tolstói fue, durante muchos años, censurada en Rusia. En este libro Tolstói ataca duramente a la Iglesia y al Estado, dos instituciones que, en su opinión, han perjudicado enormemente a la humanidad y a la comprensión cristiana de la vida porque se fundamentan en el empleo de la violencia. Tolstói nos muestra cómo la Iglesia ha perver­ tido las enseñanzas de Jesús y ha hecho posible conciliar dos conceptos totalmente incompati­ bles: violencia y religión. La tarea de la Iglesia ha consistido en mantener a los hombres engañados, en ocultar el verdadero mensaje de Jesús ‒que se puede resumir en el Sermón de la Montaña‒, en hipnotizar al pueblo e idiotizarlo, y en alentar el paganismo más burdo en forma de adoración de los ídolos.

Tolstói sitúa el inicio de la perversión y corrupción de la Iglesia en el momento en que ésta se unió al poder estatal (siglo iv ), ya que a partir entonces la Iglesia se movió por unos intereses puramente te­ rrenales que nada tenían que ver con Dios. El escritor ruso considera que nuestra vida es una pura contradicción, porque nos hacemos llamar cris­ tianos, pero obligamos a la juventud a servir en el ejército, a luchar en unas guerras que sólo responden a unos intereses de ciertas personas que se encuen­ tran en el poder. El servicio militar obligatorio es anticristiano y antinatural, y los cristianos tendrían que revelarse pacíficamente y negarse a ser cómpli­ ces de toda esta maquinaria bélica. El Estado ‒aún si admitimos que en un tiempo fue necesario para agrupar a los individuos en comuni­ dades y así defenderlos de otros enemigos‒ actual­ mente ha dejado de tener sentido. Para lo único que sirve es para, mediante la violencia, oprimir a la po­

blación, mantener un orden social que beneficia a unos pocos (gobernantes, terratenientes, comercian­ tes, clero…) en detrimento de una inmensa mayoría (obreros, campesinos, pobres…). Tolstói afirma sobre el Estado: “Ni la banda de malhechores más despia­ dada y aterradora es tan terrible como el Estado.” Tolstói cree firmemente que hay que abolir este orden social, pero nunca mediante la violencia ‒tal y como pretenden los revolucionarios y anarquis­ tas‒, sino mediante el establecimiento del reino de Dios en la Tierra. Tolstói llama a la desobediencia civil, a la insumi­ sión ante a un Estado que nos pide, para su propio beneficio, unos sacrificios imposibles (que reprima­ mos o matemos a nuestros hermanos) contravinien­ do la ley de Dios. Existen, por un lado, las leyes esta­ tales, hechas por los hombres, que son temporales, cambiantes y arbitrarias; y existe, por el otro, la ley divina del amor, que es eterna, inmutable. El cristia­


osa íntima

sistema y además es muy poco. Soy intemperan­ te, indeciso, inconstante, estúpidamente vanidoso y arrebatado, como toda la gente sin carácter. No soy valiente. Soy negligente en la vida y tan perezoso que la ociosidad se ha convertido para mí casi en una cos­ tumbre insuperable. Soy inteligente, pero mi inteli­ gencia todavía no ha sido nunca puesta a prueba de forma seria. No tengo una inteligencia práctica, ni una inteligencia social, ni tengo inteligencia para los negocios. Soy honrado, es decir, amo el bien y he cul­ tivado en mí la costumbre de amarlo; y cuando me desvío del bien, me siento descontento conmigo, y vuelvo a él con gusto; pero hay cosas que amo más que el bien: la gloria. Soy tan ambicioso y este senti­ miento ha sido tan poco satisfecho, que con frecuen­ cia temo que si tuviera que elegir entre la gloria y la virtud elegiría la primera. Sí, no soy modesto; por eso soy orgulloso por dentro, y vergonzoso y tímido por fuera.” Cito sólo un fragmento de la larga epopeya que Tolstói hace de sí mismo ese día. Treinta años más tarde, cuando ya era el recono­ cido autor de La guerra y la paz y Anna Karénina entre

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Selma Ancira

Y así, me puse a elegir las piezas del rompeca­ bezas que darían forma a ese retrato en miniatura, intentando no alejarme del original y tomando siempre en cuenta al lector al que iba dirigido. Por­ que mi objetivo principal era que los lectores en lengua española pudieran acercarse a la controver­ tida figura de Tolstói no sólo a través de sus novelas, sino acompañándolo en sus andares, que pudieran conocerlo mejor y, por tanto, comprenderlo mejor. Que tuvieran la posibilidad de rastrear qué ocurrió entre el Tolstói joven que se deleitaba con el espec­ táculo de la guerra y el Tolstói maduro, apóstol de la no-violencia. Entre el cazador apasionado que se jactaba de haber matado faisanes, osos y perdices y el vegetariano convencido. Que pudieran seguir sus pasos por el sendero que lo llevó a la excomunión y acompañarlo en sus disquisiciones, sus reflexiones, sus mil y una pasiones… La imagen que Tolstói va esbozando de sí mismo en su prosa íntima se compone de elementos de dos tipos: por un lado, los autorretratos explícitos y, por el otro, apuntes muy breves, trazos, que van desve­ lando rasgos de su carácter y de su personalidad. Y así, “la vida exterior” y “la vida interior” del autor de La felicidad conyugal se van entrelazando como si de un aria para dos voces se tratara. El autorretrato en las cartas y en los diarios co­ mienza muy pronto, cuando Tolstói tiene apenas diecinueve años. El 7 de julio de 1854, por ejemplo, leemos la descripción que de sí mismo hace en su diario: “Soy feo, torpe, desaseado y desprovisto de educación mundana. Soy irritable, aburrido para los otros, inmodesto, intolerante y tímido como un niño. Soy casi un ignorante. Lo que sé lo he aprendido a duras penas, de manera intermitente, sin ilación, sin

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Tolstói era impredecible. Sí, lo era. Y también era fascinante y desmesurado y contradictorio.

muchas otras obras, el 3 de mayo de 1884, anota en su diario: “Me siento triste. Soy un ser insignificante, lamentable, inútil y todavía pendiente de mí mismo. Sólo una cosa es buena, que quiero morir.” La mayor parte de las veces, sin embargo, no aña­ de sino una pincelada: “no cambiar continuamen­ te la conversación del francés al ruso ni del ruso al francés”, por ejemplo, o: “Hace cuatro días que no he probado ni el azúcar ni el pan blanco y me sien­ to muy bien.” Este tipo de anotaciones y otras, como: “Me he vuelto un apicultor apasionado”, o: “¿Sabe que du­ rante mi última estancia en Moscú me puse a apren­ der escultura?” van afinando, retocando y enrique­ ciendo la figura de Tolstói. Sus lecturas, sus viajes, las relaciones con quie­ nes lo rodeaban, su escritura, su muy peculiar mane­ ra de entender la religión, su constante preocu­ pación por la pedagogía reflejan una búsqueda constante. En los Diarios y la Correspondencia del apóstol de Yásnaia Poliana, la vida cotidiana se en­ trelaza con la literatura. Dije al principio que Tolstói era impredecible. Sí, lo era. Y también era fascinante y desmesurado y con­ tradictorio. Estudiaba hebreo, y cosía zapatos, y segaba el heno, y montaba a caballo, y daba clases a los niños campesinos, y abominaba de Beethoven y de sus propias novelas, y lloraba de alegría al ver amanecer, y luchaba con sus demonios, y leía y co­ mentaba sus lecturas, y viajaba, y escribía, y como un peregrino recorría Rusia a pie, pero sobre todo pen­ saba y se observaba y buscaba siempre la conciencia en un constante ejercicio de la verdad. Así, disonan­ te en su armonía, es el retrato que Tolstói hace de sí mismo en su prosa íntima •

DUCTOR DE TOLSTÓI no sólo puede someterse a esta ley divina, y no debe infringirla en ninguna circunstancia, aunque con ello desobedezca las leyes estatales. La traducción al español de esta obra fue publi­ cada en 2010 en España y Latinoamérica por la edito­ rial Kairós, coincidiendo con el centenario de la muerte del escritor. Se incluyó al final del libro la interesantísima co­ rrespondencia que mantuvieron Tolstói y Gandhi, quien quedó muy impresionado por el contenido de esta obra, especialmente por la cuestión de la “no resistencia al mal con la violencia”, que después apli­ caría exitosamente en su lucha contra los ingleses. Gandhi escribió: “El reino de Dios está en vosotros me abrumó. Me marcó para siempre. Comprender su pensamiento independiente, su profunda moralidad y la veracidad de este testimonio, hizo que todos los libros que antes me había dado Mr. Coates me resul­ taran insignificantes.” •

Tolstói escribiendo el 7 de noviembre de 1910, trece días antes de morir


ensayo

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Una familia

internacional Selma Ancira. Foto: Luis H.González/ archivo La Jornada

Irina Zórina

Selma Ancira, además de traducir, organiza anualmente un seminario internacional de tra­ ductores de literatura rusa en Yásnaia Poliana, tierra nativa de Lev Tolstói. Los traductores, al igual que los escritores, son seres solitarios. Siempre sentados al escritorio, con la vista puesta en sus computadoras o sus papeles, rodeados de libros y diccionarios. ¡Y cuánta falta les hace de vez en cuando hablar de los problemas de su ofi­ cio, oír reflexionar a sus colegas, recibir una pa­ labra de apoyo! De ahí la idea de reunir una vez al año a estos “caballitos” en tierras de Tolstói. Allá, a Yásnaia Poliana, llegan anualmen­ te, provenientes de todo el mundo, los tra­

ductores de los clásicos rusos. De Tolstói, sobre todo, pero también de sus contemporá­ neos, Dostoievski, Turguéniev, Chéjov… así como de los grandes autores que vinieron después: Pasternak, Mandelstam, Tsvietáie­ va, Grossman… Las puertas del seminario están abiertas a nuevos autores y a nuevos traductores. Yo tuve la suerte de participar el año pasado en el vii encuentro. Me sorprendió y me cautivó la atmósfera de amistad y respeto que impera en el seminario. A lo largo de mi vida he parti­ cipado en un sinnúmero de encuentros acadé­ micos y literarios en Rusia y fuera de las fron­ teras de Rusia, y nunca, en ningún lado, me

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Allá, a Yásnaia Poliana, llegan anualmente, provenientes de todo el mundo, los traductores de los clásicos rusos. De Tolstói, sobre todo, pero también de sus contemporáneos.

mediados de los setenta del pasado siglo xx, llegó a Moscú una casi ado­ lescente asustada llamada Selma An­ cira. Ni hablaba ni leía en ruso, pero venía deseosa de adentrarse en los caminos de la gran literatura rusa. Quería entender a Dos­ toievski y a Tolstói, a Pushkin y a Pasternak… ¿De dónde le venía a aquella jovencita mexicana esa pasión por lo ruso? Pienso que ante todo debemos ir a los orígenes. Su padre, el extraordinario actor Carlos Ancira, fue desde siempre un ad­ mirador de los creadores rusos y durante veintisiete años representó en los más diversos escenarios mexicanos uno de los relatos verdaderamente emblemáticos de Nikolái Gógol: El diario de un loco. Fue An­ cira quien descubrió a los espectadores de México y otros países latinoamericanos a ese escritor ruso. Recuerdo que en 1986, ya enfermo, viajó a Moscú para visitar la tumba de Gógol. Ahí, en el Cementerio de Novodiévichi, Carlos lloró sin ocultar sus lágrimas. Y ahora es su hija, Selma, quien conti­ núa la labor iniciada por su padre: la de llevar la gran literatura rusa al mundo hispano­ parlante. A eso ha dedicado su vida. Selma Ancira ocupa un lugar especial en el inmenso mundo multilingüe de los traductores, “los caballos de posta de la civilización”, como solía llamarlos Alexandr Pushkin. Porque son los traductores quienes crean la literatura uni­ versal. Ancira, merecidamente, ha recibido diversos premios, como el Nacional de Traduc­ ción en España, la medalla Pushkin, por parte de Rusia y el Tomás Segovia en su país natal, México. Pero, ¿qué hay detrás de estos y otros galardones? Un trabajo inmenso, una pasión verdadera y, finalmente, talento.

había topado con un ambiente co­ mo el que se ha creado entre los traductores en casa del gran profeta de Yásnaia Poliana. El encuentro transcurre en un espíritu de amistad, afecto, comprensión y amor digno del autor de Resurrección. En realidad, ahora es ya como una gran familia plurilingüe unida por la lengua rusa, la cultura rusa, y esa “benevolencia uni­ versal” de la que tanto escribieran Pushkin y Dostoievski. Y el mérito es de Selma Ancira, una mujer frágil pero llena de energía, con un carácter fuerte y talento para ver lo que es her­ moso y llevarlo a su lector •


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leer

Jornada Semanal • Número 961 • 4 de agosto de 2013

Muss. El Gran Imbécil, Curzio Malaparte, Sexto Piso, España, 2013.

MUSSOLINI COMO VÍCTIMA CUAUHTÉMOC ARISTA No me gustó Muss. El Gran Imbécil, de Curzio Malaparte, pero celebro su publicación en español. Es un reto, pero un lector tiene que crecer también hacia el lado oscuro de la conciencia para encontrar un aspecto de su humanidad que no es fácil asumir, y menos formular claramente para cumplir con sus tareas éticas. Es una de las reacciones que provoca el ensayo histórico y autobiográfico de Malaparte sobre Mussolini, a quien acusa, no sin admiración, de organizar a las fuerzas más oscuras de Italia, de suprimir las discutibles ventajas de una dictadura al ponerla al servicio del culto a su p ro p i a p e r s o n a y d e n o corresponder a la dimensión heroica que trató de inventarse. Muss es lo que resta del capo fascista después de demostrar que nunca fue un gran jefe y en cambio se convirtió en la caricatura de Hitler, pese a que éste empezó siendo su imitador. “Te he odiado cuanto un hombre puede odiar a otro hombre, pobre Muss. Pero cuando tus esbirros te pusieron las manos encima también a ti, cuando tu rey te entregó a los esbirros en su casa […], cuando te colgaron por los pies, escuálido cadáver, delante de la gasolinera, y todos tus siervos vinieron a cubrirte de escupitajos, yo sólo dije: ‘Pobre Muss’.” Convencido de que Mussolini encarna muchos, si no todos, los defectos y las cualidades del pueblo italiano, Malaparte observa con repugnancia al asesino del dictador. No le encuentra siquiera la trágica grandeza de los verdugos de reyes, sólo la mezquindad del ladrón. Adivina la pobreza de su botín: unas monedas, cierto reloj de plata al que le atribuye un valor simbólico exagerado, sólo para resaltar su infame destino. En el “Apéndice a Muss. Un fragmento inédito de Mamma Marcia”, retoma el asesinato y la vejación del cadáver de Mussolini, después de explicar la ambivalente abreviatura que aprendió de su madre, una admiradora del Duce. Por eso sacraliza la mirada muerta, único resto de una grandeza que él se atreve a ensalzar, aunque sea por contraste con la vil multitud de los que el día anterior lo adoraban. Relata que al presenciar desde un jeep cómo la gente cubría de heces el cadáver de Mussolini, dejó de importarle que éste hubiera hundido a Italia en la

miseria y la derrota, porque al menos esa turba asesina las merecía. Malaparte no toma partido por la masa desengañada. En su violenta sátira “El Gran Imbécil” reprocha que éste “creía de verdad que los italianos se habían convertido en lo que él quería, en tantos conejos heroicos, en tantos siervos obligadísimos, en tantos bufones a su merced, y no se daba cuenta de que todo era una estafa, una de las habituales estafas que le hacen los italianos a quien les manda, a quien alza la voz en público, a quien se cree un Gran Hombre”. No me gustan los libros como éste, porque en cualquier época existen Libia, Egipto, Afganistán, igual que México e Italia, que dos veces recayó en la tiranía mediática de Berlusconi: entradas a un infierno moral en que ninguna luz abre el paisaje y acaba por perderse hasta el suelo. Pero no leerlos implica que ya estamos en el fondo • Las sendas perdidas de Octavio Paz, Evodio Escalante, Ediciones Sin nombre/uam Iztapalapa, México, 2013.

PAZ Y SU INTEMPORALIDAD RICARDO GUZMÁN WOLFFER

Hacer un análisis, por superficial que sea, de la obra de un autor como Octavio Paz, reconocido y polémico, con seguidores fieles y detractores rabiosos, es un reto del que no es fácil salir bien librado. Escalante lo hace sobradamente al intercalar apreciaciones de mucho fondo con algunas anécdotas que, para quienes gustamos de la poesía y paladeamos el producto final del proceso editorial, el libro, resultan disfrutables. Menos publicitada la obra de Paz por la lectura escolar de El laberinto de la soledad, sin duda hay mucho de dónde elegir para aproximarse a este autor, del que sobran los comentarios por su relación con los medios televisivos, ante la calidad y la amplitud de sus ensayos y poesía. De ahí que Escalante se limite a ciertas obras del Premio Nobel de Literatura: El arco y la lira, Poesía en movimiento, Piedra del sol y otras. Suele olvidarse la relación de Paz con el surrealismo, pero Escalante la retoma con precisión. En los textos de revisión literaria se hace a un lado la parte editorial, el proceso para que un libro tenga cierto contenido. Los intercambios epistolares entre Paz y José Emilio Pacheco son documentados para establecer cómo, detrás de un libro de poesía, hay intenciones conceptuales de apreciación literaria: para Paz era necesario que los autores antologados en Poesía en movimiento fueran quienes hubieran contribuido a “la mutación de la poesía mexicana”, en tanto que Alí Chumacero y Pacheco proponían una visión historicista. En ese interesante proceso edito-

rial, Evodio Escalante rescata la opinión de Paz sobre autores que ahora se antojan indispensables en cualquier antología poética y muestran al maestro Pacheco en su faceta de editor implacable. Más allá de la anécdota para los seguidores de alguno de estos autores, la inserción de esta “historia secreta” lleva al autor a replantearse la visión de Paz sobre escritores importantes, como Alfonso Reyes, para sacar sus propias conclusiones. El autor retoma y aclara la relación entre Paz y Pablo Neruda para establecer los desencuentros que Neruda dejó bien establecidos. El bisturí de Escalante expone las influencias literarias de Paz (Neruda, Eliot, Reyes, Gorostiza, entre otros). Para los llanos lectores de la poesía, hay mucho de disfrutable en los textos de ahí derivados. Escalante nos recuerda que en la vasta obra de Paz puede haber susurros ajenos, pero implícitamente establece la necesidad de no dejar a un lado esa pluma fuerte que admite resignificaciones al paso del tiempo: en Libertad bajo palabra, Paz profetizaba la violencia: “Patria de sangre,/única tierra que conozco y me conoce,/única patria en la que creo,/única puerta al infinito.” Sin duda, uno de los méritos inocultables de este texto que debe ser leído con calma, para apreciar la mirada del autor y degustar las historias incluidas, es el de obligarnos a releer parte de la obra de ese referente de la literatura mexicana •

F e de erratas En el Bazar de Asombros del núm. 959 (21/ VII/13), se afirma que la novela Los Cristeros & Los Bragados, de j . Guadalupe de Anda, fue publicada por Porrúa, cuando debe decir que fue publicada por Miguel Ángel Porrúa. Ofrecemos una disculpa a la editorial y a nuestros lectores.

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APUNTES sobre un Ibsen desconocido sía e o p y ia c n e id is d , d a d li a u x e omos Víctor Grovas Hajj

próximo número

Jaime Gil de Biedma: h

jsemanal@jornada.com.mx


arte y pensamiento ........

Francisco Torres Córdova

Ricardo Venegas Felipe Garrido

Para r. l. v. Mira qué lunota, dice Lucía desde la ventana que está frente al anuncio de la farmacia y luego se para en la puerta; yo hago que no la oigo; abro más los ojos, como si por nada del mundo pudiera dejar de ver lo que pasa en la tele, y ni se me ocurre pararme, porque cuando la luna está así no quiero verla. A mi hermana le da risa que me asuste. Ya es hora que llegue mamá. Lucía va cambiando de color con las luces del anuncio. ¡Cállate!, le grito porque clarito le veo en los ojos lo que va a decirme, Se me hace que le gustas... y se ríe como siempre, abriendo de más la boca. Abajo se oye la puerta, pasos en la escalera, y yo me tapo las orejas pero, mientras mamá abre el depa donde ahora vivimos las dos solas, alcanzo a oír a Lucía, tu boca ha de oler a sudario y a hierba machacada –con su voz desgarrada–, en una turbia fecha de cierzo gemebundo –los jirones de su voz–, en que ronde la luna porque robarte quiera... –su voz de aparecida •

Rogelio Guedea rguedea@hotmail.com

AL VUELO Árbol adentro La respuesta a todas nuestras preguntas la tenemos a veces pegada en la frente y no hay forma de que nos demos cuenta. Más que meter mis narices en un libro, me asomo por la ventana, y ahí está. Ayer que subía la colina me recargué en un árbol de la empinada. Un árbol de ésos a los que uno no tiene nada que enseñarles de la vida porque ya lo han vivido todo, sin tenerse que mudar a ningún otro país o isla. Cuando bajé la vista me topé con una raíz enorme que se enroscaba como una culebra. Pensé que para sostener ese tronco altísimo y esa innumerable cantidad de ramas esas raíces tendrían que estar asidas hondamente a la tierra, de forma que entre más alta la copa más hondas sus raíces. Lo mismo sucede con el hombre, pensé casi sin querer pensarlo. Entre más grande sea la grandeza de un hombre (y perdonen la redundancia) más profundo debe ser su espíritu, de otra manera quedaría también muerto a la vera del camino a la menor preocupación. Nada mejor, pensaba mientras volvía a subir la colina, que crecer hacia adentro, largamente hacia adentro, con ese nudo de virtudes enroscadas como culebras alrededor del alma •

El Estado y su política en tela de juicio

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NADIE LES ES AJENO el lugar que la delincuencia en México ha ganado; tampoco las fallidas estrategias para revertir sus efectos. Hay propuestas que van desde la legalización de la mariguana, hasta su industrialización (Fox dixit), pero es evidente que los ciudadanos son quienes han pagado –y seguirán pagando– el precio de la política impuesta por el gobierno de Estados Unidos de América, la cual resulta miope, y por ello irreal. Política criminal del Estado Mexicano sobre drogas y narcotráfico (Porrúa, 2012), del doctor Miguel Ángel Martínez (actualmente director de Reinserción Social en el Estado de Oaxaca), propone diversos elementos para conformar una política sobre drogas y narcotráfico. México se encuentra en una encrucijada violenta que ha dejado decenas de miles de muertos para recuperar los espacios públicos. Hoy las organizaciones delictivas los ocupan a través del poder económico que han acumulado durante décadas. Con sencillez y claridad, el autor plantea un análisis histórico-legal para entender la funcionalidad de la ley penal sustantiva y adjetiva, un estudio del narcotráfico desde una perspectiva natural de su existencia, haciendo escala en los distintos dogmas y prejuicios que lo conforman; describe las consecuencias de la política criminal del gobierno de México en contra del narcotráfico y, por último, establece los ejes de una política social cuyo objetivo sea disminuir el problema del narcotráfico y sus consecuencias. Como advierte Rocato Bablot en el prólogo de la edición:“El libro aporta y nos nutre de nuevas ideas y metodologías, nos permite tener nuevas herramientas para enfrentar y encaminar las respuestas por soluciones de fondo, un problema que ha trastocado al país, que ha roto su tejido social. Ante el fracaso gubernamental ahí están las experiencias muy distintas de países como Holanda, Portugal, Colombia y Puerto Rico. Las premisas del autor no son de complacencia.” El volumen ahonda en los diversos componentes que originan el narcotráfico: factores sociales, políticos y económicos (desintegración social, ignorancia sustentada, pobreza, corrupción, intereses extranjeros, entre otros) y subraya la ausencia del desarrollo de la ciencia política de drogas, imprescindible para definir, desde otro ángulo, acciones preventivas y reales. El repaso histórico que realiza el autor –desde principios del siglo xx hasta la última reforma penal– aporta datos interesantes que aclaran la evolución de la penalización de las drogas, de tal suerte que nos permite descubrir los comienzos del conocido refresco de cola que contenía verdaderas dosis de cocaína entre sus ingredientes, hasta los casos más recientes en los que se aplica la ley penal. En este renglón, tanto el espacio como el tiempo arrojan datos que muestran un panorama a partir del cual es posible abordar el presente y el futuro. Nunca antes se vieron tantas manifestaciones sociales ni tanto miedo a decir lo que se piensa. El país atraviesa un momento clave para definir su rumbo. Si la colombianización nos alcanza, se demostrará que son otros los que gobiernan •

MONÓLOGOS COMPARTIDOS

Asómate

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BITÁCORA BIFRONTE

MENTIRAS TRANSPARENTES

4 de agosto de 2013 • Número 961 • Jornada Semanal

Una brevísima pausa

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PENAS UNOS MINUTOS ANTES había caído un fuerte aguacero, pero cedió de pronto y dejó la noche y las calles brillantes y frías. Un hombre y una mujer caminan ensimismados y ateridos. Él va y ella viene sobre la misma acera. Ella sostiene con las manos una bufanda oscura alrededor de su cuello y da pasos ágiles entre los pequeños charcos. Lleva zapatos bajos, mallas, falda y blusa negras, chamarra de mezclilla, el pelo abundante y revuelto. Él lleva un paraguas ya cerrado en la mano derecha y un portafolio en la izquierda, un saco de pana gruesa, camisa blanca sin corbata y avanza con cierta prisa también atendiendo a sus pasos y al agua que todavía corre en riachuelos. Varios metros adelante se interpone entre ellos un charco muy grande que sólo puede evitarse por la estrecha orilla que sobresale de la banqueta o rodeando por el arroyo de la calle. Casi al mismo tiempo llegan al charco y sólo entonces se dan cuenta de su mutua presencia. Él se detiene y le cede el paso. Sobre las puntas de los pies ella cruza por la orilla de la banqueta. Al pasar junto a él levanta la vista y le sonríe agradeciendo la cortesía. Brilla un poco su pelo mojado. Él la mira, inclina un poco la cabeza y también deja una leve sonrisa. Hay una intensa y brevísima pausa. Luego se alejan. Nada más ocurre entre ellos. Nada, o precisamente todo eso: la fugaz cercanía de los cuerpos en la impredecible distancia, un doble perfil que destella su impulso y acento, el contorno tibio de la estatura y el talle, el reflejo sutil de un aroma. La trivialidad que arrastra el encuentro no lo disuelve y la sólida pausa entre ambas figuras se desdobla de pronto en una duración de otro orden, en un tiempo que se abre a la infinita espiral de lo posible, que da resonancia a lo mínimo en la abundante sordera; sustancia y relieve a lo nimio en la gran desmesura. En medio del ruido de tantas cosas burdas, necias y romas que ocurren, a la orilla de un estanque de múltiple lluvia algo hace camino en el alma, toca el pensamiento y lo llama.“En el punto en que la molécula del alma se vuelve otra vez molécula de materia, además de ti mismo nadie más puede presentarse”, dice Odysseas Elytis. Y es esa presencia hacia adentro y afuera a la que aspira el poema: “Que todos los derivados de la sonoridad secreta que realiza la escritura encuentren su analogía en el nivel de las relaciones humanas. De tal modo que incluso la unión de las palabras, aproximaciones de la adivinación, encuentre proporcionalmente su aplicación en tus actos y vínculos más allá de la racionalización, si se puede decir eso. La mano desconocida que estrecha tu mano. La oscuridad a la que le pones un astro. Los niños que cantan salmos y la iglesia, al final, aparece. Todo junto y cada uno por separado” (“Avante despacio”.) Al cruzarse en la calle indiferente y anónima, en el espacio de esa brevísima pausa se traman entonces las fibras de quizás un recuerdo: él se la llevó a ella en una mirada y ella a él en una sonrisa. No es poca cosa •

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Jornada Semanal • Número 961 • 4 de agosto de 2013

........ arte y pensamiento Miguel Ángel Quemain

El paracaídas estético de Gabriela Ochoa

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ABRIELA OCHOA HA MULTIPLICADO sobre el escenario las formas femeninas que pueblan el paisaje mental de una mujer que narra, es narrada, escrita y disuelta en un mismo acontecer escénico. No está necesariamente dividida ni rota, pero lo que sobrevive bajo la mirada creadora del dramaturgo es una mujer inasible, hecha fundamentalmente de palabras. Fragmentarias, sincopadas, imágenes y parlamentos que las sostienen son modelos para armar de una interioridad que se convirtió en un rompecabezas de piezas inexactas, un acertijo de solución que ya no satisface y en cuyo gesto inacabado reside todo su encanto, aunque atemoricen sus asociaciones, su atención flotante y sus interpretaciones que se quieren psicoanalíticas y que parecen provenir de un diván que finalmente es derrotado por una bañera, la butaca de un avión y una especie de pajarera/mirador desde donde explota la dominatrix/terapeuta con su látigo de cuestionamientos. Gabriela Ochoa ha dispuesto un mundo flotante para dotar al texto de una extraordinaria sonoridad y de un andamiaje que nos presenta la ilusión de la plasticidad, de una arquitectura recortada contra las sombras del fondo, suspendida a punto de una caída libre y sin paracaídas. Saber que este elenco es una compañía, Conejillos de Indias, que sabe crecer en conjunto, permite valorar el trabajo de dirección y el actoral de manera distinta a como se aprecia en compañías que se unen momentáneamente para realizar un espectáculo que, una vez concluido, deja que sus integrantes se vayan por donde llegaron sin voltear la vista y dejando muy poco. Sin embargo, presentar una compañía estable conduce a recorrer los pasos de montajes anteriores e ine-

vitablemente trazar escalas que comparan materiales equidistantes con soluciones que en un momento fascinaron, sorprendieron y otras que se encontraron fáciles o monótonas. Siempre se compite contra sí mismo en el gusto del espectador. Es muy interesante el atrevimiento de Gabriela Ochoa de incursionar –parece que la intención es paródica– en el lenguaje psicoanalítico, pero hay que decir que no sólo a ella, sino a la gran mayoría de los dramaturgos que se atreven a explorar ese mundo, los devoran los lugares comunes. Quieren parodiar una práctica que tal vez conocen como pacientes, pero cuyo estudio ignoran y les impide profundizar, por lo que algunas elaboraciones resultan contradictorias e inacabadas conceptualmente. Los personajes de este rompecabezas: Gabriela Betancourt instalada en una metáfora/tina que le ha sacado escamas, se sumerge en el territorio de la decepción amorosa (“¿Sabe lo que sucede cuando se tiene el corazón agusanado, podrido, exprimido como un trapo seco?”). Pilar Cerecero, la terapeuta freudiana (sic), consumista pendiente del horóscopo y aficionada a la lectura de cartas. Romina Coccio, la azafata prendida a la compulsión de una sexualidad que vence al insomnio, a la gravedad, y que carece de expectativas (“Todos los compañeros practicamos el sexo de altura… sin gravedad. Y sin gravedad significa que aquí nadie sale lastimado.”) Marco Norzagaray interpreta un hombre llorón, al sensible que, sin ser gay, es un contrapunto de ese griterío, sollozo y protesta femenina, ambivalentes frente a su propia condición. El trabajo de equipo está al servicio de una imaginación escénica original y de gran eficacia visual y discursiva, por su capacidad de establecer metáforas a partir de unos objetos que tienen gran densidad simbólica en poderosa

LA OTRA ESCENA quemainmx@gmail.com

simbiosis con sus ejecutantes: el asiento del avión, la silla de la analista, la tina, la suspensión aérea que se alimenta de un vestuario que juega a mostrarnos hasta el cansancio los calzones (metáforas de la intimidad exhibida) de sus personajes: la psicoanalista y la compulsiva aeromoza. La compañía logró que su obra se programara en el Teatro Sergio Magaña (le falta una promoción que contemple su entorno, como hizo El Milagro, por ejemplo) en una cortísima temporada que apenas sirve para afinar el meticuloso trabajo escénico de esta puesta en escena. Si como proyecto no tuvo el apoyo institucional (aunque sí el de Miguel Romero en la producción ejecutiva), ahora con el trabajo más difícil concluido podría contar con el empuje y circular en otros foros, para estimular el esfuerzo de estabilidad teatral que sostiene un equipo de actores de gran rigor y calidad, que cuenta con un dramaturgo/director capaz de elaborar propuestas que surgen al modo de un laboratorio de investigación •

BEMOL SOSTENIDO @LabAlonso

Alonso Arreola Aguafuertes porteñas Primera. Beethoven en los Andes Estamos borrachos. El avión hace de las suyas cruzando la bellísima cordillera. Cinturones de seguridad y a bailar por los aires. Una película tras otra y nada nos aburre lo suficiente como para dejarnos dormidos. Lo peor del catálogo hollywoodense. De pronto, algo distinto llama nuestra atención. En la pequeña pantalla, una foto peculiar: dos violinistas, un chelista y una violista. Nos acercamos y los reconocemos: Cristopher Walken, Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener y Mark Ivanir. Se llama A Late

Quartet. La dirige Yaron Zilberman. Es de 2012. Nos gusta. Tal como pasa con las piezas de Beethoven que lo inspiran, teje sabiamente un contrapunto a distintas voces. No hay falsa pirotecnia. No hay explosiones innecesarias. Hay, por el contrario, un virtuosismo contenido que refleja con precisión el poder de las corrientes submarinas, del drama que la anima desde el fondo. Se puede destacar la magnífica coreografía manual, la mímica de los histriones. Créalo la lectora, el lector, se requieren muchas horas de entrenamiento para sustentar escenas cuyo guión se basa, verbigracia, en la precisión de un vibrato sobre el diapasón. Hablamos de una sutileza mecánica que a un concertista real le toma su vida controlar, y a un compositor una noche en el cielo o el infierno para decidir. Vale la pena buscarla.

Segunda. Baires de locura Estamos saliendo de la clínica. Nos pusimos mal tras esa mortífera escala de diez horas en Lima. No se nos malinterprete. Amamos Perú, sin embargo no ensayaremos su comida en un buen tiempo. El gastro ha dictado la peor dieta para un visitante de Buenos Aires: nada de carne, vino, empanadas, pastas o pizzas. Caminamos deprimidos por Barrio Norte. Nos perdemos. Llegamos así, por accidente, al Museo del Libro. Adentro, una exposición dedicada al gran Roberto Arlt y sus Siete Locos: Locópolis

Tercera. Los dinosaurios En la televisión transmiten la conferencia de Charly García desde el Teatro Colón. Se lo han prestado para el espectáculo Líneas Paralelas (Artificio imposible). Estará acompañado por su banda The Prostitution y por la Teran’s Hypnofon Orchestra, a finales de septiembre. Más de se-

Javier Malosetti

senta músicos en escena. Pero se le ve mal. Se le escucha mal. Se le entiende mal. Cuesta trabajo imaginar que de este afectado ser haya salido tanta y tan buena música. Veremos lo que pasa. Nos despabilamos. Salimos a la noche. En Palermo Hollywood el club de jazz Boris presenta el segundo set de la noche con Javier Malosetti, conocido por su trabajo, precisamente, con el flaco Spinetta y también en solitario. El bajista se sube confiado. En su primera tanda ha sido un éxito. Brinda con la nueva audiencia. Se le ve un poco ebrio. Lo confirma con una introducción errática. Alguien grita desde el fondo: “¿Pero qué tal esos whiskys?” Hecatombe: el músico detiene a su banda, insulta y amenaza al comensal. Lo molerá a golpes al final del recital, dice. Confirma algo que sospechábamos hace tiempo: si eres parte de la élite del rock and roll argentino, muchos tolerarán tus tonterías. Buen músico, Malosetti. Pero medio plomo, como dirían los porteños. Medio anticuado y repetitivo. Abandonamos la partida a la mitad. Acá es pleno invierno y el viento corta.

Cuarta. Hablan los músicos Todos lo confirman. Hoy no se puede vivir de músico en Buenos Aires. “Ningún local nos trata bien”, dicen. “Te cobran por tocar. Estamos diez años atrasados”, aseguran.“Si no vienes de Estados Unidos la gente no te va a escuchar”, se quejan.“Estamos cansados de arrear amigos y familiares a nuestros shows, pues es imposible generar público en una ciudad cuyos medios están cerrados por completo para la escena local”, advierten. Todo ello nos recuerda al México de hace no pocos, no muchos años. No hay duda. En tierra azteca hemos avanzado. Vamos aprendiendo a respetar más la sustancia de nuestro hacer, a rascarnos con nuestras propias uñas. Será porque nos sabemos desgobernados. Aunque claro, aquí y en cualquier sitio sigue siendo muy complicado vivir de músico. En fin. Buen día del Sol. Buena semana •


arte y pensamiento ........

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Jorge Moch

Verónica Murguía

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N LA EDAD MEDIA las familias nobles ponían en sus escudos las divisas que los distinguían. Estas divisas eran lemas, códigos de conducta recogidos en un puñado de palabras. La escritora argentina Leila Guerrero cita éste, de la familia Finch Hatton, en un ensayo que se titula "Me gusta ser mujer (pero odio a las histéricas)": Je reponderay. Yo responderé. ¿A qué? A todo. A lo que me pase, a lo que me digan, a lo que me hagan. Yo. Responderé. A mí ese lema no me queda porque generalmente respondo bobadas. Pero igual que Leila Guerrero, suelo pensar mucho en los lemas. Un tiempo pensé en ellos porque quería tatuarme mi lema en el brazo. Primero pensé en algo religioso, pero carezco del fervor necesario. Luego quise ponerme unos versos de la "Oda a la vida retirada" de Fray Luis de León: "vivir quiero conmigo/ gozar quiero del bien que debo al cielo…" Abandoné la idea porque no incluye a mi marido y es, ni modo, un lema que muy poco tiene qué ver conmigo. Soy más gregaria de lo que creo y mis etapas de soledad suelen interrumpirse por la mejor de las compañías. Así que ni responder, ni vivir a solas. ¿Entonces? Aquel año pasé días repasando los lemas más conocidos de la Edad Media. En esos siglos había de todo: soberbios (Lucent in tenebris, la luz en la oscuridad); sabios ( Cervus lacessitus leo, el ciervo arrinconado puede convertirse en león); ultra religiosos (Deus vult, Dios lo quiere); misteriosos (Noli me tangere, no me toques); patriotas (Patriae fidus, fiel a la patria); románticos (A te pro te, de ti para ti) y perturbadores (Deus pascit corvos, Dios da de comer a los cuervos). Casi todos venían de la tradición latina, como el horaciano Carpe diem, que significa "vive el momento" o el hermosísimo Navigare necesse; vivere non necesse, lema de la Liga Hanseática y que dice"navegar es necesario; vivir no es necesario". Según Plutarco, estas palabras fueron pronunciadas por Pompeyo en un discurso dirigido a unos marineros que se negaban a subir al barco porque se aproximaba una tempestad. Suena un

poco raro, pues las posibilidades tecnológicas del siglo i no daban para barcos que navegaran solos, pero es bello y eso basta. La Liga que adoptó el lema fue una asociación de comerciantes marítimos del norte de Europa que en el siglo xiv lograron el apoyo de algunos príncipes para defenderse y proteger ciertos puertos de la piratería. También hubo lemas horrendos, como el del bandido alemán Werner de Urslingen, con el que me tropecé mientras leía un libro sobre la Peste Negra. Este bandido traía una moneda colgada al cuello en la que se leía: "Enemigo de Dios y de toda la piedad" Esto, en una época en la que el ateísmo como lo conocemos ahora no existía, es un acto de rebelión inconcebible. Era un reto al poder más absoluto, trascendente, sobrenatural. Pero Urslingen había visto la guerra, la peste, el engaño. Quizás no temía porque conjeturaba que ya conocía el infierno. Yo seguí en la búsqueda de mi lema, que por supuesto, no tendría que ver con el de Urslingen. ¿Qué tal el anuncio cartográfico hic svnt dracones,"aquí hay dragones"? Amo a los dragones y tatuarme algo así en el brazo anunciaría a todo el mundo que traigo bestias míticas en las venas. Pero me pareció poco humilde. Luego recordé el lema que el fabuloso Montaigne mandó pintar en las vigas de su estudio: Que sais je? "¿Yo qué sé?" Todavía menos humilde, porque si Montaigne no sabía, yo menos. Confieso que en esta búsqueda empeñé años. Ahora ya es tarde para tatuajes y todavía no encuentro mi divisa. Y la busco. Qué ociosa, pero así es. Ya no para tatuármela, quizás para mi lápida, o por lo menos, mis ex libris. Esta inútil ocupación me ha hecho reparar en que hay lemas compartidos. No sé si el lector lo recuerde, pero México fue nombrado Semper fidelis, "el siempre fiel", por Juan Pablo ii. Vaya y pase. Lo malo es que Semper fidelis también es el lema de los marines y me parece contradictorio que un montón de chicas que, arrobadas, cantaron canciones de Roberto Carlos al Papa, tengan el mismo lema que un grupo de tipos horribles que matan al prójimo porque ese es el trabajo que les dio la gana desempeñar en la vida. Aunque para lemas compartidos, éste que compartimos, creo, como cien millones de mexicanos; lo traemos tatuado en el alma y nos resuena en la cabeza al considerar a nuestra clase política:"Piensa mal y acertarás." •

Ciclotimia globalizada Hormigas pugnando por llegar a la

cúspide, y arriba lo que hay es mierda Juan Cruz Ruiz, Ojalá octubre

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A NO ENTIENDO LO que pasa hoy con la televisión, que es como extrapolar lo que le pasa a la humanidad que se piensa moderna pero sigue siendo, en no poco, medieval. Trivial sustituye trascendente, emergente, peculiar: lo banal engulle todo como discurso unívoco pero disfrazado hábilmente de polisemia. Quedan las redes sociales, que se han vuelto peligrosas desde la perspectiva de más de un marrano encorbatado en su ministerio religioso o político, en su despacho del cen-

tésimo piso, allá en la estratosférica torre donde suele habitar el señor. Casas productoras o sociedades científicas, dedicadas a la divulgación de las artes y el conocimiento y las muchas culturas en que se disgrega nuestra especie han terminado convertidas precisamente en antítesis de cultura, ciencia y artes por cuya preexistencia nacieron, por oposición a la estulticia, pues, que hoy las traga. Porque ganó la eficiencia neoliberal, el punto decimal, el concepto de margen de ganancia y perdió la búsqueda de verdad y conocimiento, a los que simplemente se les engrapó una etiqueta de precio. Mi abuelo, hombre sabio e inquieto, coleccionó durante muchos de sus ochenta y cuatro años, uno a uno, todos los fascículos que publicó la National Geographic Society desde diciembre de 1958 hasta noviembre de 1984. Yo fui ávido lector de esos asomos al mundo, que lo mismo deslumbraban con estupendos reportajes sobre Yellowstone o Alaska que sobre rituales en Bali o nuestras vapuleadas y saqueadas urbes prehispánicas. La obviedad evolutiva de los medios convirtió aquella magnífica revista en un canal de televisión donde, si bien todavía ocasionalmente podemos disfrutar documentales sobre culturas o criaturas que no vamos a tener cerca nunca, la estupidez, el racismo, el velado desprecio estadunidense por sus muchos patios traseros en el mundo han sentado sus reales. El ejemplo más claro es esa deleznable producción, Busted abroad, donde pobrecillos anglosajones aparecen como víctimas de un siniestro sistema carcelario tercermundista donde cayeron, porque son ingenuos y alguien, con har ta marmaja de por medio, claro, los engatusó para que transportaran droga o se metieran hasta el colodrillo en un charco de mierda del que algunos no van a salir nunca; en los hechos un programa como ése solamente busca exaltar el nacionalismo ramplón de las potencias, que no soportan que sus ciudadanos sean tratados, cuando cometen un crimen, como cualquier hijo de vecino. Otro ejemplo es la usualmente respetada bbc, emisora cultural y documen-

tal inglesa, famosa por la calidad de sus programas, ahora sumergida en una vorágine de programas diseñados para exaltar y defender una pandilla de vividores que existen porque se ciñen una corona. Desde una parturienta que desquicia a Occidente entero hasta los pormenores de la vida de una reina que en realidad, como todos los reyes y sus reinas (ingleses, españoles, de belleza o carnaval) no son más que, perdóneseme el ruin exabrupto, elegantes huevones con ínfulas de padrote nacional. O internacional, en el caso de la Commonwealth. O allí la degradación sin descanso de Discovery Channel, que alguna vez no muy lejana fue sinónimo de televisión documental y hoy, mientras abunda en soberanas estupideces sobre ovnis, monstruos misteriosos o apariciones de fantasmas, se ve rebasado por estupendos programas en cadenas comerciales, como Vice, en hbo , la serie que produce el periodista estadunidense Bill Maher y está dando ejemplo de periodismo de investigación. Porque como dice el también periodista autor del epígrafe con que empieza esta columna, el español Juan Cruz, que de crisis mucho sabe, el periodismo televisivo ha sido asaltado por una caterva de atorrantes que privilegian lo inmediato, lo hueco, lo bobo: “Contra lo que se borra conspira la vanidad, petimetres que se agarran a la barra de la fama o del dinero o de la falsedad o de la ruindad o de la mezquindad o de la nada y alzan su cabeza apolillada como pavos que se pavonean sobre una lata de Coca Cola para decir cuatro cosas como si bostezaran, y regresan al regazo de su estupidez como si hubieran firmado una obra maestra y la mostraran con la arrogancia de los que se sienten caballo y son serpiente.” Sí, Juan. Coincido también cuando zanjas la inteligencia arremansada y espetas, impaciente poeta: “Oh, veo tanta arrogancia, tanta importancia instalada en las mejillas sonrosadas de la gloria que no sirve para nada, es tan alto el sol y tan pequeña la mano que lo quiere tocar.” Amén •

CABEZALCUBO

Piensa mal y acertarás

LAS RAYAS DE LA CEBRA

tumbaburros@yahoo.com Twitter: @JorgeMoch


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........ arte y pensamiento

Roberto Gutiérrez

Luis Tovar

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ARECE SER QUE LAS protestas en Brasil contra las preferencias en el gasto gubernamental para realizar el Mundial de futbol en 2014 y las Olimpiadas en 2016, han logrado más que los avisos de retraimientos por parte de los gobiernos locales de Río y Sao Paulo para aumentar las tarifas de transporte, que fueron la mecha que encendiera la llama del descontento social. Hoy día, la expectativa de calificadoras financieras, inversionistas y empresas trasnacionales con inversiones en Río de Janeiro, ha caído drásticamente en sus pronósticos y planes de inversión para los siguientes años. La calificadora Moody’s prevé una disminución en el crecimiento económico brasileño para 2014, además de pronosticar una disminución en su calificación como país apropiado para recibir créditos, lo cual será causa de una disminución del flujo de

inversionistas que Brasil había atraído constantemente con el boom económico de la década pasada, que lo habría ubicado como la sexta economía más grande del mundo. Moody’s le otorgó la calificación Baa2 (moderado riesgo de crédito) a finales de 2011, pero tras las protestas ha publicado en su portal que Brasil ya no es aquella promesa de buenas ganancias, como se había puesto de moda durante el mandato de Lula. A nivel político, Brasil está improvisando para mantener su estatus regional y minimizar el impacto que el descontento popular proyecta a sus vecinos cercanos. La presidenta Dilma Rousseff ha manifestado su inconformidad (de manera moderada) por la negativa que Francia, España y Portugal dieron a la aeronave en la que se dirigía el presidente de Bolivia para sobrevolar el espacio aéreo, y posteriormente para aterrizar por combustible e inspección técnica; algo que los mandatarios latinoamericanos han calificado desde una falta al derecho internacional, hasta una vejación contra el pueblo boliviano. En una reunión reciente, Rousseff envió a un representante oficial a apoyar diplomáticamente al gobierno de Bolivia. Empero, hacia el interior el descontento social no ha podido sosegarse del todo,

ni con la búsqueda del pacto nacional de Rousseff, ni con el apoyo moral de Lula. La pregunta ahora es: ¿de verdad seguirá siendo Brasil el recién posicionado “hermano mayor” de Latinoamérica? Recuérdese que ese título informal fue ostentado por México durante muchas décadas del siglo apenas pasado, pues los países latinos votaban generalmente alineados en el bloque donde participara México en los distintos foros de Naciones Unidas. El Brasil que levantó la mano para reclamar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la onu y que se atrevió a desafiar las amenazas que Estados Unidos mantiene contra los países que planifican programas nucleares, incluso con fines pacíficos, hoy día está cayendo en un estancamiento que tiene raíces en la política interna. Aprovechando la coyuntura, con todo y sus problemas internos México podría empujar hacia adelante en la arena internacional; sería la oportunidad para volver a ser referente internacional de toma de decisiones y recuperarse como líder en Latinoamérica. La nueva cuestión que surge es saber si el Estado mexicano es capaz de dejar de mirar tanto hacia el norte y abrir un panorama más amplio en el alcance de su política exterior hacia el sur y otros países •

Wroclaw xiii (i de ii)

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RÓSWAF SERÍA LA PRONUNCIACIÓN aproximada del nombre que da título a estas líneas, y corresponde a una ciudad mediana en tamaño y enorme en belleza, ubicada al suroeste de Polonia. En ella, por octava ocasión, tuvo lugar el Festival Internacional de Cine Nuevos Horizontes –las cinco primeras ediciones fueron realizadas en otra sede, antes de que la empresa de telecomunicaciones T-Mobile se convirtiera en su principal auspiciador–, con cuyo director, el también productor cinematográfico Roman Gutek, pudo conversar este juntapalabras. Entre lo mucho que Gutek pormenorizó destacan algunos aspectos que estaría bueno copiar, tal cual, con el fin de mejorar en estos rumbos nuestros en materia educativa, festivalera y de exhibición: en opinión de Gutek, Bróswaf merecía más que sólo un buen festival internacional de cine, por lo que la Asociación Nuevos Horizontes trabajó para transformar un viejo ticas con muchos festivales en todo el multiplex en una casa de cine de arte –el mundo: una sección principal en compecine Nuevos Horizontes, con tres pisos tencia, en este caso internacional; otra de salas y tres salas en cada piso–, en la de cortometrajes polacos; otra denomicual naturalmente tiene sede el festival, nada Panorama –fuera de competencia, pero mucho más que eso: además de or- internacional, contemporánea– y varias ganizar otro evento, denominado Festi- más, así como proyecciones especiales, val de Cine Americano, ahí tienen lugar entre las que destacó la exhibición gralecturas y exhibición de cine polaco para tuita, al aire libre, de la copia restaurada, unos cuatrocientos estudiantes convo- remasterizada digitalmente y hecha en cados por la Academia Polaca de Cine, alta resolución, de Pan Tadeusz, filme mientras una cifra similar ha tomado silente de 1928 dirigido por Ryszard Orclases de historia mundial de la cinema- dynski, que es un clásico fundamental tografía, a los que se suman unos seis- no sólo para la cinematografía polaca cientos estudiantes matriculados en los –su tema es la historia épica del héroe cursos regulares de Nuevos Horizon- nacional Adam Mickiewicz–, sino para tes de Educación Fílmica, más la exhibi- el cine mundial. ción de clásicos animados polacos para niños en etapa preescolar. No es todo: es aquí, también, donde se exhibe la transmisión directa de la Metropolitan Opera, se organizan conciertos y performances, y naturalmente se cuenta con una librería especializada. En sus primeros diez meses de existencia, todas las salas dedicadas al cine de arte, todo el t i e m p o, e s t e a t í p i c o multiplex ha recibido un total de 315 mil espectadores, es decir, más de mil diarios. Entre otras lecturas, esto tiene la siguiente: existen mecanismos y estrategias de Nuevos Horizontes distribución y exhibición que, sin perder de vista el flanco Dicen por ahí que la personalidad económico, hacen sustentable una em- está en los detalles –y en este caso tampresa así –Nuevos Horizontes es iniciati- bién la maravilla, cabe añadir. Pequeños va privada– y, más importante aún, es pero importantes, he aquí algunos: para mentira que solamente los megabo- entrar a una función no sólo se puede drios costosísimos/choteadísimos/reci- sino es preciso, vía online, sacar boleto cladísimos, hollywoodenses o no, meten previamente al arribo al cine –hay taquipúblico a las salas, ya sea en Polonia, en llas, pero dicen “último minuto” y, sólo si México o donde sea. hay suerte, uno encuentra boleto por(Paréntesis al respecto: en Polonia que las salas se llenan–, al recinto se existen apoyos a la cinematografía muy entra sólo si el boleto o el gafete es recosimilares a los establecidos en México, nocido por escáner en el sistema del fesadministrados por el Imcine, con la dife- tival, lo que impide duplicaciones u obrencia fundamental de que, allá, el apoyo tención de entradas luego inutilizadas, está condicionado a que la producción y no puede uno acceder con comida ni postulante tenga al menos una carta de tampoco tarde: empezada la función, las intención de una compañía distribui- puertas se cierran y a uno nunca le toca dora. Conocido que es nuestro cuello de ver los primeros diez minutos salpicados botella, vale la pena darle una repensada de siluetas. al asunto.) No cabe esperar menos de un país con tan fuerte tradición cinematográfica como Polonia, de cuyo cine actual, El todo y los detalles En materia de contenido y formato, el así sea mínimamente, se hablará aquí Nuevos Horizontes comparte caracterís- más adelante • (Continuará.)

CINEXCUSAS

Brasil y México: fin de un sueño e improbable comienzo de otro

GALERÍA

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ensayo

4 de agosto de 2013 • Número 961 • Jornada Semanal

Ilustración de Agustín Comotto / www.agustincomotto.com

Nosotros los rusos, toda gente de bien, nutrimos una verdadera pasión por estos problemas que se quedan sin solución. a . p . Chéjov, Del amor

L

a muerte de Iván Ilich (1886) narra la historia de cómo un funcionario normal, con una vida agradable y comme il faut, enfrenta el horror de una grave enfermedad y del fin inminente. Tolstói había concebido el cuento como “la descripción de la muerte simple de un hombre simple hecha por él mismo”. Inicialmente, entonces, la obra habría tenido que tomar la forma de un diario de un moribundo y este proyecto se mantiene invariado hasta las últimas fases del trabajo, cuando la primera persona cede el paso a la narración objetiva y a una estructuración más compleja que prevé el episodio-marco de la visita a la cámara ardiente de Iván por parte de sus colegas y, sobre todo, del narrador-testigo Pyotr Ivanovich. Sin embargo, la idea de conducir todo el cuento en la perspectiva del moribundo, quien habría tenido que escribir su diario sólo en los breves intervalos del dolor, se había tornado difícil de realizar por inverosímil. Tolstói se encontraba en las mismas condiciones de Dostoievski enfrentándose a la La mite (1876). En el prefacio de este cuento, Dostoievski habla explícitamente de esta dificultad, refiriéndose a Le Dernier Jour dʼun Condamné, de Victor Hugo, cuya inverosimilitud (el hecho de que un condenado registre sus pensamientos ya estando en la guillotina) es, finalmente, la manera con la cual el arte llega a expresar la verdad más profunda (istina), aun en detrimento de una adecuación fiel a la realidad. Dostoievski concluye dejando entender que la última palabra, la palabra liminar, la palabra en el umbral de la muerte, es necesariamente fantástica, pero no es por esto menos “verdadera” que el discurso realista. Al final, Tolstói parece renunciar a la última palabra y, entonces, a la forma del diario. Gradualmente elige la del cuento objetivo de una vida simple y “placentera” que no es capaz de comprender el horror de su propia condición.

En un primer momento, la vida del protagonista habría tenido que ser reconstruida por el amigo Iván Petrovich, al cual la viuda encargaba las improbables memorias escritas por Iván Ilich durante la enfermedad, y luego, con un paso ulterior hacia la narración objetiva, Tolstói elimina todo narrador y hace el cuento más esencial, borrando algunos acontecimientos de la vida del protagonista. A medida que la elaboración progresa, Tolstói avanza seguro hacia una apertura cada vez mayor de la historia que se vuelve progresivamente más ejemplar y menos caracterizada: en la tercera redacción, del febrero de 1886, él elimina, por ejemplo, muchos detalles concretos, desaparecen los precisos topónimos moscovitas, las marcas y los lugares notorios de Moscú, como la pastelería Alʼbert que se transforma simplemente en una “pastelería cara” o los nombres de los periódicos que pierden su caracterización unívoca (Golos, que significa La voz, un famoso diario de área reformista, es sustituido por el más genérico Vedomosti, Las Noticias). Finalmente, sólo en la redacción final el escritor modifica el orden cronológico de la narración, invirtiéndolo bruscamente y haciéndolo, en

Narrar el umbral: La muerte de Iván Ilich de Lev Tolstói

Maria Candida Ghidini

seguida, extrañamente circular: la linealidad del movimiento vida-enfermedad-muerte del plano inicial, se sustituye con el exordio improviso que turba la banal rutina de la oficina del procurador Iván Yegorovich Shebek: “¡Señores! ¡Iván Ilich ha muerto!”, para después volver con un flashback a la biografía del protagonista, a su enfermedad y, por fin, a la muerte. Tolstói forja el tiempo del cuento a partir de la intuición que ilumina a Iván Ilich una hora antes del fin: el vuelco completo del punto de vista y de la manera usual de avanzar, un vuelco que es descrito con la enésima metáfora ferroviaria. “De pronto sintió que algo le golpeaba en el pecho y el costado, haciéndole aún más difícil respirar; fue cayendo por el agujero y allá, en el fondo, había una luz. Lo que le ocurría era lo que suele ocurrir en un vagón de ferrocarril cuando piensa uno que va hacia atrás y en realidad va hacia delante, y de pronto se da cuenta de la verdadera dirección.”. 1 Este movimiento al revés, esta brusca inversión, desenmascara “el engaño que cubre tanto la vida como la muerte”. Ella remite a un círculo, al ciclo nacimiento-vida-muerte del que Iván Ilich toma conciencia sólo de manera gradual y después de inenarrables sufrimientos físicos, pero sobre todo espirituales. 2 Inicialmente, la parábola de la vida, que desde el punto luminoso del nacimiento corre precipitadamente hacia la tiniebla del final, se le presenta bajo el semblante del vuelo velocísimo de una piedra que le aprieta el pecho. En seguida, después de la inversión, es decir después de la concientización acerca de la mentira en la que había vivido, este vuelo lineal vuelve hacia atrás y cierra el círculo, porque la luz de que estaba teñido el inicio, el nacimiento, comienza a prenderse, se ilumina, incluso ahora, “al final del hoyo”. Movimiento lineal del cuento de la vida de Iván Ilich en el interior del flashback, inversión con el incipit que arranca del momento de la muerte, final que cierra el círculo con la muerte como momento de luz a la par del nacimiento (“y en vez de la muerte, estaba la luz”): Tolstói forja el ritmo mismo de la narración de modo que reproduzca el ciclo de la vida de la cual quiere hablar. Sigilo casi accesorio de la verdad de la que se hace insignia, la forma vive armoniosa de su contenido, inclusive en el Tolstói tardío, con todas sus dudas acerca del arte • Notas: 1. l . n . Tolstói, pss , vol. xxvi , p. 105. Como bien saben los lectores de Anna Karénina, en Tolstói el motivo de la ferrovía está obsesivamente ligado a la muerte, no sólo a nivel de la trama y de cada episodio, sino también como repertorio continuo de metáforas. Por ejemplo, la crucial escena de la muerte del hermano de Levin, Nikolai, es descrita en una escuálida recámara de hotel con una atmósfera “ferroviaria”. 2. “El doctor había dicho que sus sufrimientos físicos eran terribles y era cierto. Pero la cosa más horrenda eran sus sufrimientos morales y en ellos consistía su más grande tormento.” Traducción de Fabrizio Lorusso

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