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■ Suplemento Cultural de La Jornada ■ Domingo 16 de junio de 2013 ■ Núm. 954 ■ Directora General: Carmen Lira Saade ■ Director Fundador: Carlos Payán Velver

Rayuela

50 años de

R icardo B ada , X abier F. C oronado y A ntonio V alle S ilvestre R evueltas , músico iconoclasta T eodorovici : reír de hastío


bazar de asombros DE MIGRANTES, CHERIFES Y CONCILIACIONES (I de II)

Desde mediados de 1963, cuando Rayuela fue publicada por primera vez, hubo quien quiso regatearle valor y permanencia literarios, argumentando la poca ortodoxia formal de la novela. Medio siglo después, esa crítica luce pequeña y desteñida frente a las generaciones lectoras que han hecho –y siguen haciendo– de la Maga y Oliveira sus alter ego estéticos, éticos e incluso emocionales. Tan vigente como en sus inicios, la obra maestra de Julio Cortázar sigue hablándole, a quien sepa escuchar, de la búsqueda vital, el (posible) sentido último de la existencia, el amor, el encuentro y los desencuentros. Con sus ensayos, Ricardo Bada, Xabier f . Coronado y Antonio Valle aportan un capítulo más a la memoria de ese libro que

Dentro del terrible cuadro de injusticias, locuras morales, violencias, xenofobias y racismos de to­ das las layas y colores, hay algunos momentos bri­ llantes en los que el humanismo se impone sobre la brutalidad. Uno de esos momentos es el de la crea­ ción y formación del melting pot. La Estatua de la Libertad, que concentraba el mensaje de la revolu­ ción francesa sintetizado en tres palabras: “liber­ tad, igualdad, fraternidad”, recibía a los miles de perseguidos o de necesitados pertenecientes a un sinnúmero de lenguas y de culturas. Eran recibidos con impaciente cortesía y así se abrían las puer­ tas de un país lleno de oportunidades para quienes estuvieran dispuestos a trabajar y respetar las nor­ mas legales. Muy pronto se adaptaban a su nueva realidad, pero la mayoría conservaba los rasgos esenciales de su primera cosmovisión. Algunos gru­ pos crearon y fomentaron el aislamiento de los ghettos y otros cuidaron con esmero sus rasgos ex­ clusivos, sobre todo los relacionados con las cos­ tumbres familiares y con los aspectos folclóricos. Otro momento dorado de humanismo en las rela­ ciones internacionales lo protagonizó el México que fue el primero en reconocer a la Unión Sovié­ tica, el único que defendió en la Liga de las Nacio­ nes a la Etiopía invadida por el fascismo, y el alia­ do fiel, hasta el último momento, de la República Española asediada por los espadones locales y por el nazifascismo. En esos momentos, México reci­ bió a más de 40 mil refugiados españoles y a 30 mil judíos europeos. Gilberto Bosques, diplomático mexicano acreditado ante el gobierno títere de Vi­ chy, por órdenes del presidente Cárdenas, arries­ gando la vida y perseguido por la Gestapo, logró

“es, a su modo, muchos libros”. Publicamos además una entrevista con Julio Estrada, quien habla sobre Silvestre Revueltas, así como un artículo sobre Lucian Teodorovici.

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Hugo Gutiérrez Vega salvar a más de 30 mil refugiados que México aco­ gió con los brazos abiertos. Por muchos años mi país recibió a los perseguidos de América Latina; chilenos, guatemaltecos, argentinos, brasileños, en fin... a todos los que tuvieron que exiliarse para salvar la vida que peligraba en sus países goberna­ dos por gorilas marciales. El melting pot es un recuerdo histórico y Méxi­ co ha dejado de ser la casa de los perseguidos del mundo. Ahora priva en Estados Unidos la menta­ lidad antiinmigrante y en México se desarrolla una pavorosa labor de contención de los latinoame­ ricanos que, a bordo de la Bestia (el tren terrible) recorren nuestro territorio con la esperanza de lle­ gar a la tierra de las oportunidades. Pero pasaron ya los tiempos de la generosidad y de la valentía y se instaló la época del racismo, del menosprecio puritano (un antropólogo cultural espontáneo, el Piporro, expresaba este fenómeno en un corrido de ilegales: “Al pasar por Minnesota y por Cleveland Ohio/ yo noté mucha falta de estimación,/ quesque dicen que es descreminación”). Pasó el new deal, paso la Alianza para el Progreso y, sobre esos es­ fuerzos fraternales, se impusieron el odio racial y el temor puritano de los Arpaio y compañía. Pero, en fin, a pesar de todas estas vicisitudes, vive y trabaja en Estados Unidos una comunidad compuesta por varios millones de migrantes. Esto significa que tanto el país que recibe como los paí­ ses que se ven obligados a expulsar por razones de pobreza o, más bien dicho, por falta de oportu­ nidades, a un importante número de sus nacionales, deben diseñar políticas en materia de educación y de cultura para atender a las comunidades que han perdido algunos de los rasgos esenciales de su vi­ sión del mundo y que encuentran grandes dificul­ tades para integrarse a una cultura que, en muchos sentidos, los rechaza y margina. Tenemos aquí poco espacio, y por eso me limitaré a señalar algu­ nos temas que, a mi entender, pueden contribuir a la salvaguardia de los valores (los verdaderos) na­ tivos y a su conciliación con los que caracterizan a la cultura de su nueva realidad. (Continuará.)

Comentarios y opiniones: jsemanal@jornada.com.mx

jornadasem@jornada.com.mx Eulalio González Piporro

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Portada: Salto al vacío

Ilustración de Gabriela Podestá

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Norma Ávila Jiménez

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urante un concierto de la última tempora­ da de la ofunam , como si siguieran una co­ reografía, los ejecutantes de los chelos y las violas movían el torso hacia el frente y hacia atrás, siguiendo el ritmo de la Suite de Jazz número 2, de Dimitri Shostakovich. Estaban bailando ante un público que quería hacer lo mismo, pero se conformaba con mover una mano (con un dedo le­ vantado), el pie o la cabeza como un péndulo. La conjugación de la música, la danza sobre los asien­ tos y el recuerdo de algunas imágenes de Ojos bien cerrados (la citada pieza es parte del soundtrack de esa película), generaron una atmósfera de éxta­ sis. Sólo faltaba ver colores mientras se escuchaba la música para llegar al clímax. Tal vez alguno de los asistentes o de los instrumentistas pudo hacerlo, si es que genéticamente es sinésteta. ¿Y qué es la sinestesia? Es la condición neuroló­ gica que confiere al sujeto que la padece ‒o la goza‒, el poder de evocar sensaciones en otro órgano de los sentidos distinto del que fue originalmente es­ timulado, por ejemplo, que al escuchar un sonido perciba un color o un sabor, puntualizan los neuró­ logos Horacio Sentíes Madrid y Bruno Estañol, en la revista Letras Libres de julio de 2007. En su ensayo El enigma de la sinestesia, aseguran que una de cada 25 mil personas tiene ese “trastorno” y el cincuenta por ciento de los sinéstetas, con los sonidos agudos ve colores brillantes y con los graves, oscuros. La psicóloga María Lara Bella Molina y el profe­ sor Emilio Gómez, ambos de la Universidad de Gra­ nada, en su texto “¿Qué es la sinestesia?”, enfatizan que los resultados de los experimentos realizados por Daphne Maurer, en la Universidad de McMas­ ter en Canadá, demuestran que los bebés, hasta los tres o cuatro meses, confunden la visión con el oído o el tacto con el gusto. Los neonatos pueden expe­ rimentar gustativamente la voz de la madre. Esto indica que al nacer los centros que procesan los sen­ tidos pueden estar conectados, y durante el creci­ miento se especializan ante un determinado es­ tímulo. Tal vez los sinéstetas no perdieron algunas de esas conexiones u ocurrió un fallo en el proce­ so de “poda”, aseguran. La historia está iluminada por personajes con es­ ta condición neurológica que han proyectado su gran memoria visual, imaginación y coeficien­ te intelectual alto, en el papel pautado, el lienzo o el desarrollo de teorías. Llama la atención Isaac Newton, que en 1669 se manifestó a favor de una división “musical” del espectro de la luz blanca (que al descomponerse da lugar al arco iris), asegura John Gage en su libro Color y cultura. En sus conferencias dictadas en Cambridge, Newton destacó la afinidad entre el púrpura y el rojo con las notas extremas de la octa­ va, y en el Libro iii de Óptica, sugirió que las armo­ nías del sonido y del color podían relacionarse por ser ambas fenómenos vibratorios. Entre los músicos destacados hay varios sinés­ tetas. Franz Liszt, cuando era Kapellmeister en Vie­ na, sorprendió a los instrumentistas al decirles: “Un poco más azul por favor, este tono lo requiere”, o “un profundo violeta, no tan rosa”, apuntan Sentíes y Estañol. Lo mismo sucedió con Olivier Messiaen quien durante un ensayo pidió a los intérpretes to­ car más “hacia el amarillo”.

Un ejemplo más es el del compositor ruso Alexander Scriabin, quien tenía la convicción de que cuando un color se observa con el sonido co­ rrespondiente, se crea un “poderoso resonador psi­ cológico”. Ese planteamiento lo llevó a escribir junto a los pentagramas de la partitura de Prometeo, las luces que iluminarían el foro: con el do, se vería el rojo; el amarillo acompañaría a la nota re; al sonar mi se observaría el azul cielo y durante el tono fa, el

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el holandés continuamente comparaba las notas sonoras con el amarillo, el azul o el verde y ocre oscuros. Eso frustró a Van Gogh, quien llegó a es­ cribir a Theo: “… y luego mi pincel pasa por mis dedos como un arco lo haría sobre un violín”. Un sinésteta declarado fue Kandinsky. Lo des­ cubrió durante la presentación de la ópera Lohengrin, en Moscú. Hajo Düchting, en su libro Kandinsky, cita las palabras de este artista ruso conmovido

color de la música

Foto: ©Caramel Christy, Música en la calle

rojo profundo, entre otros sonido-colores. Esta inter­ pretación se llevó a cabo en 1915, en Nueva York y Rimington fue el encargado de ejecutar el órgano que emitía los colores, los cuales se proyectaron en una pantalla de varias capas de gasa ubicada arriba de la orquesta. Esta partitura “exigía dos proyec­ ciones simultáneas de luz, una para seguir a la or­ questa sonido por sonido y otra para subrayar la tonalidad general de las partes de la sinfonía”, ex­ plica John Gage. Un crítico describió que “se veía la luz de un tono expuesta sobre las gasas traseras y la luz de un tono diferente, en las delanteras, ha­ ciéndose visible aquélla sobre ésta”. ¡Uuuf!, debió haber sido como ver una aurora boreal sobrepuesta a un atardecer naranja-amarillo, o a un cuadro de Wassily Kandinsky cobrar vida. Entrando en el terreno de los pintores, cabe su­ brayar que Van Gogh tomó clases de piano en 1885, pero su maestro rápido lo rechazó. Aseguraba que

ante la pléyade de sonidos estructurada por Wag­ ner: “Podía ver todos aquellos colores en mi mente, desfilaban ante mis ojos. Salvajes, maravillosas lí­ neas que se dibujaban ante mí.” Ese concierto fue la piedra angular para desarrollar sus creaciones pic­ tóricas y sus teorías artísticas. A varios de sus lienzos los tituló Improvisaciones y Composiciones, en los cuales quiso hacer “reso­ nar” y “vibrar” a los colores, haciendo alusión a tópicos de la música. Además, se interesó por el arte escénico en un momento en que ya era posible desplegar luces de colores en el escenario. En 1909 estrenó sus óperas El sonido amarillo, El sonido verde y Blanco y negro. Esperemos que los artistas del siglo xxi que tengan la condición aludida –como la pianista francesa Hélene Grimaud‒, la gocen (hay quien la sufre) y ofrezcan obras que exploten en color y sonido •


voz interrogada entrevista con Julio Estrada Jaimeduardo García En el aula, cuando Julio Estrada imparte clase, parece un chamán rodeado de jóvenes aprendices, se agrupan en torno a él y su fuego creativo porque los incita a descubrir los secretos de los sonidos, a desarrollar el pensamiento musical a través de la memoria (aunque el documental de Aurélie Semichon, Murmullos de Julio Estrada, nos entera de que Juan Rulfo decía del músico: “el locote de Estrada”); para el profesor de la Escuela Nacional de Música de la unam “la melodía es lo más cercano a la imaginación”. Es un artista poliédrico, pues además de ser docente, creador y teórico, también ha tomado sendas paralelas, como la investigación, la cual ha vertido en su más reciente libro Canto roto. Silvestre Revueltas.

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MEMORIA QUEBRADA

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n Canto Roto ( fce ), Julio Estrada (Ciudad de México, 1943) aborda la obra musical de Silves­ tre Revueltas, su relación con Julián Carrillo, Manuel m . Ponce, Carlos Chávez; datos biográ­ ficos, la familia Revueltas, las primeras creaciones y su obra política. Cuando habla de Revueltas (violi­ nista, compositor y director de orquesta, considera­ do uno de los más influyentes representantes de la corriente nacionalista), Estrada se apasiona, fija la mirada en un punto, como hipnotizado, para en­ contrar las palabras exactas: “Siento una identifica­ ción profunda con el personaje y el ser humano. Re­ vueltas rescata una comunidad destruida por la Conquista y la expresa a través de la creación. Ese es el Revueltas que me interesa, y la posición que ocupó en la sociedad mexicana cuando comenzó a dividir­ se en dos ámbitos: quienes se alían al poder y quienes luchan al lado de la sociedad. Una diferencia que en su época fue establecida por Carlos Chávez y Silves­ tre Revueltas, antípodas en lo social y lo musical.” El doctor en musicología por la Universidad de Estrasburgo, Francia, fundamenta que el título Canto roto es consecuencia de la memoria quebrada de una sociedad que perdió sus raíces prehispánicas con la Conquista y la Colonia. Dice que es el canto roto de las sociedades que se dispersaron desde el siglo xix y dejaron vestigios musicales en quioscos, plazas y cantinas.

El autor de Velia: creo en lo que creo asegura que Revueltas reconoce la obra de Manuel m . Ponce. “Éste sigue una tendencia, la continuación de la música del Virreinato hasta nuestros días. Revuel­ tas toma esa faceta de la música española y la lleva a una vertiente más moderna. Ahí hay una afinidad interesante no explorada: cómo Ponce y Revuel­ tas se comunican a través de lo mestizo y lo espa­ ñol”, agrega. Al referirse a la relación con Carlos Chávez, sos­ tiene que hubo un diálogo que se resquebrajó cuan­ do Revueltas tuvo más éxito. “El origen del conflicto y la ruptura es la película Redes (dirigida por Emilio Gómez Muriel y Fred Zinnemann en 1934), porque Chávez quiso asignarse como funcionario la música de la cinta, pero se la encargan a Revueltas. Chávez nunca vuelve a dirigir música de Revueltas, la envi­ dia que le tuvo fue un secreto a voces.” El músico escribe un nuevo capítulo para Canto roto, el séptimo, “La interpretación impura de Re­ vueltas”, porque intenta evidenciar que es una mú­ sica y un creador que viven en permanente destrozo. “Eso le da más sentido a su obra, pues refleja lo que buscaba Revueltas en la música, como cuando hacía una disonancia y un polirritmo, no son estructuras las que elabora sino que rompe el canto mismo. Me parece fundamental transmitir eso a los nuevos in­ térpretes de Revueltas.”

Silvestre Revueltas:

músico iconoclasta “En Revueltas es el canto que se desgarra para insultar a Trotsky o hacer una crítica política. Es canto roto el Sensemayá, en el que yace la necesidad de destruir a la culebra. Es canto roto en toda la mú­ sica en la cual está reflejado el universo íntimo y do­ liente de Revueltas.” El autor de Murmullos del páramo explica qué le cautivó de la obra de Revueltas: “El carácter ico­ noclasta de su música; además de ser un hombre de carne y hueso, como cuando fue capaz de presen­ tarse en un estado desastroso como director del Conservatorio. Asimiló muy bien el México provin­ ciano, el cual se ha ido perdiendo. Sin embargo, nos lo reinventa a cada nueva audición, nos muestra que los músicos desafinan y no se ensamblan (como en Ocho por radio). Eso perdura y no es un defecto. Un europeo lo consideraría mal armado, el mexica­ no entiende que así somos, parte de una historia de desamparos.” Julio Estrada abre más los ojos y acompaña con las manos su enfático comentario: “Me fascina Revueltas porque es lo más mexicano que se pueda encontrar. Es el mejor músico de México en toda su historia; captó a la sociedad postrevolucionaria y lo manifestó con una visión crítica, irónica, humorística y desastrosa.”

NUEVAS GENERACIONES Estrada opina que la música mexicana contemporá­ nea y la reflexión más avanzada se gestan en los nú­ cleos universitarios. Un ejemplo es el Laboratorio de Creación Musical, Lacremus (del cual es creador), de la Escuela Nacional de Música de la unam . “La forma­ ción abarca desde el propedéutico hasta el doctorado. Hay un grupo de estudios que aborda el desarrollo del pensamiento creativo a través de la percepción de la memoria y la imaginación; se analizan los procesos constructivos para entender mejor ese territorio, en vez de un adiestramiento académico.” Dice que este concepto no existe ni en Estados Unidos ni en Europa. “Internacionalmente se reco­ noce esa formación como una nueva escuela mexica­ na. Esto para mí es un orgullo, tener alumnos como Víctor Adán, Germán Romero, Mauricio García Ala­ torre, Nicolás Jaramillo, Luis Morales, que están des­ tacando, o jóvenes que estudian en Lacremus, como Eduardo García Ramírez o Eduardo Aguilar, son distintas generaciones que conforman una corriente de pensamiento y creación.” Julio Estrada, que estudió con Iannis Xenakis, György Ligeti, Olivier Messiaen, Nadia Boulanger y Karlheinz Stockhausen, sostiene que “crear música nueva no es un gesto de modernidad sino producto de la investigación, de generar nuevas bases teóricas y nuevas tecnologías” •


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Teodorovici : reír de hastío

Lucian Dan Teodorovici, foto tomada de: semnebune.ro (bajo licencia Creative Commons)

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ntre los autores contemporáneos rumanos so­ bresale Lucian Dan Teodorovici (1975) para quienes gustan del humor y la introspección. Con amplio quehacer literario y editorial, su novela Casta de suicidas lleva al divertimento más mexicano, dicen en el resto del mundo: el relativo a la muerte y sus muchas formas de llegar. Las aventuras de los buscadores de la muerte son narradas por un hombre de mediana edad que inicia todos sus días con la peculiar actividad de pararse en el alféizar de una de las ventanas de su departa­ mento, precisamente por estar en un quinto piso. El personaje central busca que, al estar en las alturas, pueda llegar “el impulso suicida” en el lugar y el mo­ mento adecuados. Cada tanto los vecinos o los pea­ tones se afanan en convencerlo de regresar a su de­ partamento, con los más diversos argumentos: unos aceptan ser engañados por su esposa, otros filosofan y todos se suponen salvadores de ese aparente des­ equilibrado: luego de conocer sus antecedentes, el lector supone con suficiente certeza que la autoin­ molación es fingida. A partir de esa supuesta pulsión mortuoria, es­ cudriñamos la interioridad del involuntario humo­ rista, quien lo mismo nos narra la forma despiadada en que su padre lo marcó al hacerlo sentirse un men­ tiroso fallido, como las divagaciones filosóficas que le brotan a la menor provocación. Pronto adverti­ mos que, más que una real afinidad por la muerte, lo que quiere es quitarse el mortal aburrimiento que tiene por no trabajar y, aparentemente, no requerir ingresos para subsistir: “¿Acaso el aburrimiento con­ duce a la locura?”, se pregunta mientras busca cómo trascender en un mundo que apenas se entera de su existencia. Pero no es el único supuesto suicida. Uno de sus escasos amigos también busca inmo­ larse: tiene relaciones sexuales pagadas con las mu­ jeres más pedestres, bajo el discutible argumento de que en algún momento se contagiará de una enfer­ medad mortal. Además, argumenta estar realizando un acto artístico y que como el arte “está dedicado a la divinidad”, está legitimado para seguir con la cabalgata sexual. Luego de una serie de enferme­ dades venéreas, muchas con el mismo gonococo, decide cambiar el método, especialmente porque está sin trabajo y los ahorros no le dan para seguir con el sexo pagado. Y entonces intentará suicidarse

bebiendo 10 litros de whisky. Bueno, falta que junte los 10 litros. Parte de la eficacia humorística de este autor ru­ mano es concientizar al personaje de su propia sim­ pleza y cómo sus cortas miras lo llevan a la risa más básica; la de saberse impedido para una mayor com­ prensión de su realidad: “Hay momentos en la vida de una persona, panoli donde las haya, en los que pa­l adea como un ignorante su estupidez, que consi­ dera terriblemente graciosa. Es más, hasta se pone a presumir de ella y a exhibirla ante los demás como si fuera un comodín realmente excepcional.” Pero es en esa demoledora conciencia, la de saberse tonto pero infelizmente vivo, donde sabemos que la muer­ te no habrá de llegar mientras la risa nos conmocione para agitar el cuerpo y renovarlo en cada aspiración. En esta peculiar parodia, Teodorovici nos plantea que el mundo mantiene una lógica interna que no puede ser desdeñada: como la complementariedad que existe entre él y el alféizar: él sólo podrá existir mientras siga en contacto con ese marco desde don­ de el mundo cobra sentido (como receptáculo del inexistente brinco) y, con claro escepticismo, argu­ menta la espera del impulso para saltar a la muerte, pero, más que por la caída y la colisión mortal, pre­ cisamente por no estar unido al filo de la ventana. El humor deriva de suponerse parte de la construcción y morir al desligarse del inmueble. De ahí su ridicu­ lez asumida, pues si lograra recibir el impulso de lanzarse al vacío “sería glorioso”; sería ir en contra de la cotidianeidad basada en salir a la ventana a con­ templar el paso del tiempo, suponiendo que podría saltar, cuando en su yo interno sabe que no lo hará. Y, explica, es donde las apariencias no sólo engañan, sino que condenan, especialmente a quien es expues­ to y se sabe malinterpretado. En medio de las peripecias que sorprenden al sui­ cida falso, no puede faltar la divagación de Dios y la muerte. Narra sus dificultades al integrarse con los Testigos de Jehová y cómo éstos “habían inventado un Dios radicalmente opuesto al temible Dios al que yo me había acostumbrado: un Dios que, en la prác­ tica castigaba un único pecado, el de no formar parte de los queridos creyentes que engrosaban las filas de los Testigos de Jehová”. Vive en el descontrol de sa­ berse imposibilitado para tener una comprensión cabal de Dios, bajo cualquier religión, pero termina

Pronto advertimos que, más que una real afinidad por la muerte, lo que quiere es quitarse el mortal aburrimiento que tiene por no trabajar.

Ricardo Guzmán Wolffer

por darse cuenta de que, con Dios o sin Dios, la vida está a la mano, sólo basta tener la intención de hacer algo, lo que sea, para que el intento en sí sea una re­ compensa: se reprocha sus años de frustración sexual cuando comprende que, así como la vecina de mayor edad con quien ha sostenido una relación que sólo valora cuando ella se suicida por amor, hay muchas otras mujeres dispuestas a hacerle caso y sólo basta­ rá que él haga un primer movimiento. Aunque ha dejado la posibilidad de tener una vi­ da en la fe, la que sea, el personaje supone que Dios “nos obsequió con el libre albedrío y acabó disfru­ tando de un montón de gags”. Para Lucian, el Dios verdadero es el espectador que se divierte con las ocurrencias de sus criaturas. Los hombres vivi­ mos en la lupa de La Divinidad que paladea la broma que la vida misma es, pero que Le regocija. Y si no, nos manda “al diablo”. Vivimos en el humor ofrendado a la intemporali­ dad, aunque los hombres no percibamos la broma; en algún lugar Dios se estará riendo de nosotros. Y en esta peculiar visión que justifica toda existencia, la vida y sus sinsabores cobran sentido. Un autor donde los malabares verbales y las si­ tuaciones desternillantes no esconden una paródica apreciación filosófica que, sin embargo, puede con­ fortarnos en varios niveles existenciales •


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Jornada Semanal • Número 954 • 16 de junio de 2013

Todas las rayuelas Antonio Valle

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ncontraría en el estudio del caos a Rayuela? Después de veinticinco años volví a buscar las historias de Oliveira con la Maga y el Club de la Serpiente. No había luz eléctrica y la reso­ lana que se filtraba por el cubo no era suficiente ni para hallar a un elefante. Trataba de arreglármelas con unos fósforos para iluminar las penumbras em­ polvadas. Tal vez Rayuela nunca había estado en este magma anárquico que abandoné décadas atrás. Mi psicoanalista dice que el estudio es una pro­ yección del estado de mi mente. Volví a sentir aquella penumbra pegajosa. Cuando murió Cortázar, mis amigos se fueron a vivir a Europa. Yo me quedé del lado de acá , como Traveler, buscando un bote de basura para olvidar las “cosas” que teníamos enton­ ces. Pero entró la hidra postmoderna al mundo y to­ do se pudrió; hasta el país se convirtió en un campo de batalla. Comencé a pensar que las palabras eran cosas que podían descomponerse a gran velocidad, y de Rayuela, ni sus luces. Salí del estudio del caos apretando mis amarillen­ tas tarjetitas. Quería saber qué diablos había escrito en 1985, después que el terremoto terminó con la ciu­ dad y la dejó en ruinas y con algunos amigos en la luna. Mientras leo las transcripciones de Rayuela voy pensando cuánto he querido a Julio. Sin embar­ go, no puedo definir el tiempo en que comencé a ol­ vidarlo todo. Excepto la tarde que leí la noticia de su muerte en un periódico. Cuando me levanté de la banqueta no sabía dónde estaba. Pronto comenzaron a pasar los años hasta que, un día, una de sus fans más entusiastas me dijo entre pucheros: “Oliveira, la Ma­ ga y todos los demás se han esfumado.”

¿Cuántas maneras existen de leer rayuela? Por

lo menos una por lector. Me gustaría que Julio leyera esta versión de mi Rayuela. Otra rayuelita mal escrita por un miembro del club de admiradores de Oliveira. Menos mal, han ido desapareciendo; porque a me­ diados de los setenta surgían toda clase de Oliveiras. No faltaban Magas ni Talitas ni gemelos divinos es­ tilo Traveler. Entonces la guerra sucia estaba en su apogeo; pero por lo menos se leía a Julio con cariño. Cortázar había escrito algunos de los cuentos más logrados en nuestra América Latina. Sus mundos fantásticos reventaban el sentido lineal del tiempo. Rayuela es el desarrollo exponencial del complejo pensamiento de Cortázar. Muchos críticos de ayer –y de hoy– no alcanzan a entender por qué exige que sus lectores “elaboren” su propio modelo para armar. Mientras avanzo con mis tarjetitas amarillas, me doy cuenta de que Rayuela vuelve a fluir en mi in­ consciente. Hace algunos años, otro intelectual cre­ tino me dijo que Rayuela era una “fallida novelita”. El espíritu experimental había muerto. En su lugar, una crítica académica disfrazada de erudita funda­ mentaba sus argumentos en las reseñas que hacían algunos “iletratis mercadólogos”. El postmodernis­ mo impuso algunas boberías (un hedonismo muy vulgar que supuestamente favorecía un fortaleci­ miento del yo) y la “hiperrealidad” competitiva, exi­

gente, calculadora y violenta, completó aquello. Evidentemente, ambas tendencias “transhistóricas” encontraban (y siguen encontrando) en Rayuela a un adversario formidable. Por supuesto, Oliveira va en sentido contrario. Se niega a triunfar en un equipo que basa su “optimismo” en la enajenación exis­ tencial que produce una competencia atroz, donde lo importante ya ni siquiera es ganar sino hacer pe­ dazos al hermano. “Ya para entonces me había dado cuenta que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo”, frase que tenía sobre mi cabecera, al lado de un viejo retrato de Cortázar. Durante años me acompañó en las aventuras más brillantes de la noche. Los detractores dicen: si Rayuela puede leerse de tantas formas se debe a que es una historia fallida. No, lo que falla es la imaginación y la capacidad lú­ dica de esos críticos. Los temas de la novela son la búsqueda del ser o del yo; temas nodales en la histo­ ria, no sólo de la literatura, sino del hombre. El viaje, que forma parte del campo de co­ nocimiento interior. Dice Borges, en su pró­ logo para el I Ching: “Quien se aleja de su casa ya ha vuelto”. Metáfora del recorrido y el conocimiento profundo del ser. En este sentido, Oliveira debe ser considerado un héroe arquetípico. En cuanto al tema del amor, se trata de una de las historias más creativas y conmovedoras jamás escritas. No estoy muy seguro, pero tengo la impre­ sión que algunas formas novedosas de relación entre los nuevos jóvenes tiene que ver con la trama amorosa de Rayuela, especialmente aquella que se refiere a los temas de autenticidad y libertad. A veces pienso que yo mismo soy un personaje creado por Cortázar. Sé que buena parte de mis complicaciones me­ tafísicas se presentaron después de aquellas primeras lecturas de Rayuela. A los dieciséis años no tenía ni la cultura ni la capacidad intelectual y ontológica para entender lo que buscaba Oliveira. El principal problema que enfrenta el protagonista es que su mente es un desastre. Horacio Oliveira tendría que hacer un estudio de su propio caos pa­ ra comenzar a ordenarlo y procesarlo. Pero lo que adora Oliveira es el desma­ dre. De hecho, las metodologías em­ pleadas por el “metafísico belga franco argentino” tienden a provocar incer­ tidumbre y situaciones donde la al­ ternancia de vacío y saturación viven­ cial es llevada al máximo. En su afán de dar con “la totalidad”, el persona­ je se somete a experiencias “límite”. En algunos momentos se mencio­ nan algunas alternativas terapéuti­ cas. Por ejemplo, superficialmente se habla de Jung y el psicoanálisis.

Sin embargo, Oliveira intenta aliviar su fragmenta­ ción psicológica sobre todo mediante “tips” y razo­ namientos fundamentados en algunas culturas orien­ tales. Se mencionan el Tao te King, el Baghavad Gita, El libro tibetano de los muertos y el Tarot, entre otros, y es impresionante el despliegue que los personajes ha­ cen en materia de arte, literatura y filosofía. Nuestro personaje vuelve a Buenos Aires dejando atrás un par de amores muertos: Pola, que muere de cán­ cer en el seno (el seno malo del que habla el psicoa­ nálisis), y la Maga, quien posiblemente, como la sui­ cida de Hamlet, termina en el Sena, en el Río de la Plata o en alguno de los ríos metafísicos.

LO QUE ME GUSTARÍA SER A MÍ En el estudio del caos encuentro a los autores que Cortázar pone a jugar en la novela: Artaud, Baude­ laire, Faulkner, Goethe, San Agustín, Dylan Tho­ mas... Todos están ahí, excepto el libro que busco.

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Rayuela

Rayuela desapareció del mapa no sólo porque es un libro rebelde, sino porque quienes le hacen el vacío o la denigran, en realidad le temen.

Miró, Mondrian, Paul Klee, Rem­ brandt, Picasso, Bessie Smith, Satie, a todos los descubrí cuando leí Rayuela a los dieciséis. Rayuela: monu­ mental fresco “desconstruido” por la música, la pintura y el lenguaje. La influencia de esta historia se in­ troduce en algunas habitaciones de hotel, donde las parejas ponen en práctica las descripciones que Cortá­ zar hace de “el cíclope”, o de textos eróticos como “yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”. Ahora que encontré las transcripcio­ nes y mis paráfrasis, he vuelto a sentir una alegría casi salvaje al escribir estas reflexiones. Vuelvo a confiar en mi in­ tuición. Rayuela desapareció del mapa no sólo porque es un libro rebelde, sino porque quienes le hacen el vacío o la de­ nigran, en realidad le temen; son incapa­ ces de aguantar su intensidad. Sin em­ bargo, los comprendo: es difícil seguir a un personaje tan complejo y radical como Oliveira. Por supuesto, hay trozos de esa historia que todavía no entiendo y que me gustaría descifrar. Para mí, Rayuela sigue siendo un reto. Por ejemplo, el padre, ¿dón­ de está el padre? ¿No es lo que en el fondo busca Oliveira? Fugazmente “entreve­ mos” al padre borracho y violento de la Maga. ¿Hay otros? Cuando murió Cortázar yo me vine aba­ jo. Veintiséis años después, con estas líneas estoy terminado de elaborar mi duelo. Me apoyo en las noches “vomitadas de música y tabaco”, cuando “mi vida era una penosa

estupidez”. Aquellos años, cuando nuestras mejores frases habían salido de sus páginas, de las escenas de París puestas en la colonia Roma mexicana. Por todos lados encontraba textos con el estilo de Oliveira. Lo verdaderamente complicado era co­n ocer a alguien, no que pensara, sino que sintiera como el personaje de la Maga. Yo conocí a una chica como ella, que se esfumó. Creo que para hacerme de una verdadera Maga tendría que reunir a varias Lucías. Con una sola mujer es imposible. Las descripciones del amor y el sexo, lo mismo que algunos cuadros armados con lámparas y peceras, con gatos y golondrinas, con clochards y amaneceres, son una de­licia. “Era el tiempo en que nos emborrachábamos de metáforas y analo­ gías.” Creo que dejé de leer a Cortázar porque ya no podía escribir una idea sin que sintiera su pulso en mi mano. Sin embargo, tenía que volver a mi Rayuela personal si quería salir de ella. “¿Qué es un abso­ luto, Horacio?” Encender las velas y atravesar la luz negra, la noche oscura del alma, experimentar de nuevo la muerte narcisista en mis verbos, la suficien­ cia, la altanería, el maltrato al maestro, la armadura del espíritu, el afán de competencia, el rencor y la mentira, todo aquello que jamás haría Cortázar; “me obstino en la inaudita idea de que el hombre ha sido creado para otra cosa”. El dolor que le causan la mi­ seria humana y el mundo: “Aquí todo le duele, hasta las aspirinas le duelen.” ¿Qué sería de todos aquellos escritores aprendices de Oliveira? “Dónde están mis amigos, no los veo.” Ahora deben tener docenas de corbatas y esclerosis. Antes solíamos perdernos por las calles para encontrar “estrellas y pedazos de eter­ nidad, poemas como soles”. Cuando lo dionisíaco era una constante, lengua sagrada que, a través de la poesía, buscaba el fin de las palabras o quedarse cie­ go; bloqueo de los dos sentidos racionales por exce­ lencia –“te haría tanto bien quedarte un poco ciego”, dijo la Maga. Eso sí, dejar abierto el oído órfico, por­ que “la acústica es una ciencia sorprendente”, dijo

Ilustración de Moscarey/ Flickr (bajo licencia Creative Commons)

Gregorovius. “Esta casa es como la oreja de Dioni­ sos”. El proceso de maduración que no acaba de cua­ jar: “No somos adultos, Lucía. Es un mérito, pero se paga caro.” Las pulsiones de muerte, el resentimien­ to contra la estupidez y la barbarie: “yo pienso a ve­ ces en matarme”; “porque a los cuarenta años se em­ pieza a usar el retrovisor con insistencia. Jano es de golpe cualquiera de no­s otros.” “En el fondo París es una metáfora”; “todos viven enamorados en París”. ¿Qué buscaban los artistas de entonces en París? La luz de la ciudad; aunque a Oliveira “empezaron a fallarle los fósforos uno tras otro”. Al final, Gregoro­ vius define de este modo a Oliveira: “Ahora está he­ cho un verdadero bruto.” El extraño héroe simple­ mente comienza a ser: Siempre que biene el tiempo fresco, o sea al medio del otonio, a mí me da la loca de pensar ideas de tipo esén­ trico y esótico, como ser por egenplo que me gustaría venirme golondrina para agarrar y volar a los paíx adonde haiga calor, o de ser hormiga para meterme bien adentro de una cueva y comer los productos guar­ dados en el verano . Lo que me gustaría ser a mí sino fuera lo que soy, de César Bruto

El personaje está listo para vivir plenamente en la poesía. Sin embargo, el absurdo y el ansia de totali­ dad lo llevan de regreso a América, donde termina de enloquecer. Como Roland Barthes antes de morir, Oliveira mencionó la posibilidad de un nuevo orden, pero ya “todo estaba felizmente liquidado”. Cerré el estudio del caos. No encontré el libro, pe­ ro era lo de menos. Hacía treinta años que lo que bus­ caba y “lo tenía en el bolsillo”. Traveler se había que­ dado en Buenos Aires abrazando a Talita. Nadie supo decirme cuál de los dos gemelos era el alter ego. ¿Le gustaría tocarse el alma en el Club de la Ser­ piente? Tal vez descubra, como yo, lo que le gustaría ser si no fuera lo que es •


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Jornada Semanal • Número 954 • 16 de junio de 2013

Rayuela: ste año se cumple medio siglo de la publicación de tres novelas impares, cada una en su idio­ ma y en su género: The Spy Who Came in from the Cold, de John Le Carré, Opiniones de un clown, de Heinrich Böll, y Rayuela. Es de esta última de la que quiero platicar acá, y sobre todo de su ges­ tación, para lo cual disponemos de unos testi­ monios precisos y preciosos, la corresponden­ cia de Julio Cortázar, en la magna edición en cinco tomos (Alfaguara, Buenos Aires 2012) preparada con un esmero pulquérrimo por la viuda del autor, Au­ rora Bernárdez, y Carles Álvarez Garriga. Debo decir, eso sí, antes de continuar, que nunca en mi vida me he sentido tan feliz escribiendo un artículo, porque para pergeñarlo he contado con la colaboración de nada menos que el Gran Cronopio en persona (ya sé, Julio, ha sido una colaboración involuntaria, che, pero igual te la agradezco, y ade­ más, qué querés, rastrearte las huellas durante cinco años, no me digás que eso no es laburo, viejo...) Y entremos en harina. La primera referencia escri­ ta sobre Rayuela aparece en una carta a su amigo Jean Barnabé, el 17/xii/58: “Quiero escribir otra [novela], más ambiciosa, que será, me temo, bastante ilegible; quiero decir que no será lo que suele entenderse por novela, sino una especie de resumen de muchos de­ seos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos. Pero todavía no veo con suficiente precisión el punto de ataque, el momento de arranque; siempre es lo más difícil, al menos para mí.” Y medio año después, el 27/ vi /59, al mismo amigo: “Lo que estoy escribiendo ahora será (si lo termino alguna vez) algo así como una antino­ vela, la tentativa de romper los moldes en que se pe­ trifica ese género [...] Las herramientas con las que he escrito mis cuentos ya no me sirven para esto que qui­ siera hacer antes de morirme.” [sic, ¡en 1959!] A lo que añade: “Y por eso –es justo que usted lo sepa des­ de ahora–, muchos lectores que aprecian mis cuentos habrán de llevarse una amarga desilusión si alguna vez termino y publico esto en que estoy metido.” A Eduardo Jonquière desde “Buenos (cum grano salis) Aires, 4/xii /1959” le habla de “seguir adelante una novela” en el Río Belgrano, buque mixto de pa­ saje y carga con el que regresará a Europa. Y a su agente estadunidense Paul Blackburn, 27/iii /1960,

al final de una carta bastante larga: “Seguiría escri­ biéndote tonterías toda la noche. Pero tengo que se­ guir con una novela que creo que me va a salir bien... algún día.” Una vez más a Barnabé, con fecha 30/ v /60: “Es­ cribo mucho, pero revuelto. No sé lo que va a salir de una larga aventura a la que creo aludí en alguna otra carta. No es una novela, pero sí un relato muy largo que en definitiva terminará siendo la crónica de una locura. Lo he empezado por varias partes a la vez, y soy a la vez lector y autor de lo que va saliendo. [...] La cosa es terriblemente complicada, porque me ocu­ rre escribir dos veces un mismo episodio, en un caso con ciertos personajes, y en otro con personajes di­ ferentes, o los mismos pero cambiados por circuns­ tancias correspondientes a un tercer episodio. Pien­ so dejar los dos relatos de esos episodios, porque cada vez me convenzo más de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchí­ simas cosas. Esto, que cualquier buen novelista sabe, ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Co­ llins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio ‘vistoʼ por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos, porque no cambio de testigo, sino que le hago repe­ tir el episodio... y sale distinto. [...] Como el lector se aburriría si tuviera que leer dos veces seguidas un mismo relato, en el que los cambios serían siempre pocos con relación al total, he fabricado una serie de procedimientos más o menos astutos, que sería un poco largo contarle ahora. Baste decirle que el libro ocurre mitad en b . a . y mitad en París, [...] pero que con frecuencia los episodios se cumplen en un no man’s land que la sensibilidad del lector deberá situar, si puede. En realidad me propongo empezar por el final, y mandar al lector a que busque en dife­ rentes partes del libro, como en la guía del teléfono,

N o es u n a n o v el a, p er o sí u n re la to m u y la rg o q u e en d ef in it iv a te rm in ar á si en d o la cr ó n ic a d e u n a lo cu ra .

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Ricardo Bada

primer med mediante un sistema de remisiones que será la tor­ tura del pobre imprentero... si semejante libro en­ cuentra editor, cosa que dudo.” El 19/ viii /60 le escribe a Francisco Porrúa, editor de Sudamericana, Buenos Aires: “Un día le pediré que lea lo que estoy haciendo ahora, y que es impo­ sible de explicar por carta, aparte de que yo mismo no lo entiendo. Ignoro cómo y cuándo lo terminaré; hay cerca de cuatrocientas páginas, que abarcan pe­ dazos del fin, del principio y del medio del libro, pero que quizás desaparezcan frente a la presión de otras cuatrocientas o seiscientas que tendré que es­ cribir entre este año y el que viene. El resultado será una especie de almanaque, no encuentro mejor pa­ labra (a menos que ‘baúl de turco... ’). Una narración hecha desde múltiples ángulos, con un lenguaje a veces tan brutal que a mí mismo me rechaza la relec­ tura y dudo de que me atreva a mostrarlo a alguien, y otras veces tan puro, tan poco literario... Qué sé yo lo que va a salir. Hay una sola cosa cierta, y es que ya no sé escribir cuentos” [sic, en 1960, cuando aún no había escrito, ni quizás pensado escribir, los cuaren­ ta y cinco que componen Todos los fuegos el fuego, Octaedro, Alguien que anda por ahí, Queremos tanto a Glenda y Deshoras]. Diez meses más tarde, 22/ v /61, de nuevo a Po­ rrúa: “Aproveché Viena para terminar la primera versión de La rayuela [sic], y al volver de mis vacacio­ nes la trabajaré a fondo para que esté lista, si es posi­ ble, antes de fin de año. Lo que usted me diga de ella será muy importante para mí; ojalá encuentre la ma­ nera de hacerla copiar a máquina para mandarle un texto en noviembre o diciembre. Prepárese, son unas 700 páginas. Pero creo que ahí adentro hay tanta ma­ teria explosiva que tal vez no se haga tan largo leerla. De ilusiones así va uno viviendo.” Y al mismo Porrúa con fecha 14/viii /61: “¿La rayuela? Pero si estoy ape­ nas en la casilla tres, y a cada rato tiro la piedrita afuera. No habrá libro hasta fin de año, pero entonces sí se lo mandaré y veremos. (No me la imagino a la Sudamericana publicando eso. Se van a decepcionar terriblemente, este Cortá­ zar que iba-tan-bien...) Ter­ miné la obra gruesa del li­ bro, y lo estoy poniendo en orden, es decir, que lo estoy desordenando de acuerdo con unas leyes especiales cuya eficacia se verá luego, cuando tenga el coraje de releer de un tirón las 600 páginas.” El 27/ix/1961 le anuncia a Blackburn, desde Viena y en inglés, que la semana anterior había termina­ do La rayuela: “Es, creo humildemente, una cosa muy bella”; y el 8/x/1961, desde París y asimismo en in­ glés, seguramente en respuesta a una pregunta de Blackburn: “La rayuela es una novela, Sr. Agente. De unas 650 páginas.” Sólo que ocho meses después de­ be confesarle tácitamente al mismo corresponsal que el libro todavía no estaba pronto: “Casi he terminado Rayuela, la larga novela de la que te he hablado varias veces. Como es una especie de libro infinito (en el sen­ tido de que uno puede seguir y seguir añadiendo partes nuevas hasta morir) pienso que es mejor sepa­ rarme brutalmente de él. Lo leeré una vez más y en­


Junto con esta carta te mando una página con el orden de las remisiones que determinan la forma en que hay que leer Rayuela. Por supuesto, verás que al pie de ca­ da capítulo figura la indicación correspondiente, pero el problema es el siguiente: si un lector distraído se confunde y emboca un número equivocado, se produ­ ce de inmediato una de dos: a) un lío padre y la pérdi­ da de todo sentido del libro; b) un hueco o salto en el orden de lectura que a lo mejor beneficia al libro. Por

Ilustraciones de Gabriela Podestá

dio siglo

viaré el condenado artefacto a mi editor. Si te interesa saber lo que pienso de este libro, te diré con mi habi­ tual modestia que será una especie de bomba atómica en el escenario de la literatura latinoamericana.” Pero sólo cuatro fechas más tarde, 19/ v /1962, le comunica a Porrúa después de regresar a Europa en barco, desde Buenos Aires: “En los 28 días de mara­ villoso mar azul rematé Rayuela. [...] La relectura de Rayuela y las largas charlas en el camarote con Auro­ ra, primera y única lectora del mamotreto, me con­ firman en lo que te dije allá; de ninguna manera hay que relegar este libro a segundo término. Final del juego [la 2ª edición, que en 1964 aparecería con nueve relatos más que la de 1956] puede esperar perfecta­ mente bien otro año. Ojalá Urgoiti acepte este punto de vista (suponiendo que, después de leer el libro, te sumes a mi parecer).” Y al cabo de un par de días, 25/ v /1962, a su amigo Eduardo Hugo Castagnino: “En estos días mandaré al editor mi última novela, que les va a sacar canas verdes por lo larga y por otras cosas. Pero creo que la publicarán lo mismo.” La fecha definitiva del envío del manuscrito es el 30/ v /1962, amén de estas letras para Porrúa:

andaré m s a í d a, os a novel “En est m i t l ú r mi al edito a sacar canas va que les ...” verdes

supuesto, yo prefiero que se lea de acuerdo al or­ den sugerido, y por eso, una vez que conozcas el libro, te pido que me digas lo siguiente: ¿no sería conve­ niente incorporar esa página con la enumeración com­ pleta, al final de la novela? Realmente no sé si vale o no la pena. Te la mando suelta, porque prefiero que vos me aconsejes y, en caso afirmativo, la agregues a los originales. [...] Del libro en sí no te digo nada. Dejé­ moslo hablar a él, y si salió mudo, paciencia. Pero ne­ cesito tu crítica, y sé que será como sos vos.

Meses antes, a Emma Susana Speratti Piñero, su ami­ ga en México, pero nacida en Buenos Aires (“la Negra de Flores”, la llamaba Cortázar, por lo morocha y por su barrio porteño), le había escrito con fecha 27/x/1961: “Mi próxima novela le probará, si su bon­ dad la induce a leerla, que me hacía falta el puente de Los premios para pisar tierra firme en este nuevo territorio en el que creo que me voy a quedar para siempre.” Y puesto que he mencionado a México, interesan­ te para los lectores de La Jornada Semanal es aquello que le explica el 2/ vii /1962 a Joaquín Díez-Canedo, director a la sazón del ilustre sello Joaquín Mortiz: “Hace dos días envié a la editorial Sudamericana los originales de mi última novela, y estoy a la espera de su decisión. Huelga decirle que si por algún motivo esa novela no fuese aceptada por Sudamericana (pienso sobre todo en la situación política y moral de mi país en estos tiempos, que gravita pesadamente sobre los editores), nada podría serme más grato que ofrecérsela a usted.” Dicho de otro modo, si en Su­ damericana hubiesen rechazado Rayuela, segura­ mente la primera edición se habría publicado en México. Pero en esos momentos, quien dirigía el co­ tarro en la editorial argentina era Porrúa, y su olfato era infalible: lo demostró con la novela de Cortázar y, cuatro años después, con Cien años de soledad. Para terminar, citaré lo que dice al respecto Carles Álvarez Garriga, uno de los dos editores de la corres­ pondencia: “Me gustaría apuntar que lo maravilloso de Rayuela es que, al acabar su escritura (y las últimas semanas escribía día y noche, sólo Aurora lo rescata­ ba un momento de su encierro para que se tomara un platito de sopa), ni el propio autor estaba muy se­ guro de lo que había hecho. Recordemos que cuando manda el mamotreto al editor en vísperas de su pri­ mer viaje a Cuba, o sea en vísperas de lo que después llamará su “camino de Damasco”, el libro sólo tenía un lector. Lo cuenta en una carta.” Es en esa carta ya citada, a Porrúa, del 30/v /1962, que concluye diciendo: “El libro sólo tiene un lector: Aurora. Por consejo suyo, traduje al español largos pasajes que en un principio había decidido dejar en inglés y en francés. Su impresión del libro puedo quizá resumírtela si te digo que se echó a llorar al llegar al final. Es cierto que según Mark Twain un general del ejército norteamericano se echó también a llorar el día en que él le mostró el plano de unas fortificaciones que acababa de dibujar. Pero, modes­ tia aparte, me parece que ese llanto (el de Aurora) quería decir otra cosa.” Y tanto que lo quería decir •

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leer El hijo de Míster Playa. Una semblanza de Roberto Bolaño, Mónica Maristain, Almadía, México, 2012.

16 de junio de 2013 • Número 954 • Jornada Semanal

Con-versatorias. Entrevistas a poetas mexicanos nacidos en los 50, Ricardo Venegas (coordinador), Ediciones Eternos Malabares/inba-sep-Conaculta/Secretaría de Cultura de Morelos, México, 2013.

POETAS QUE ENTREVISTAN A POETAS JAIR CORTÉS Como suele suceder, al autor de Los detectives salvajes la fama total y absoluta, esa que con o sin motivos puede llevar a las personas a cotas de leyenda, le llegó demasiado tarde, es decir, una vez que estuvo muerto, en su caso tan joven que se impone el adjetivo “prematuramente”. Podría hacerse un registro, al menos hemerográfico, donde se demos‑ trara que a partir de su ausencia física ha corrido mucha más tinta de la que antes había corrido, para contar, explicar, ponderar, y en ciertos casos hasta pontificar acerca de lo que Bolaño fue o dejó de ser, litera‑ riamente hablando. También, inevi‑ tablemente, se le ha convertido en eso que algunos llaman “autor de culto”, de nuevo con motivos o sin ellos. En medio de esa abundancia, esta semblanza de Bolaño que hace la “periodista de verdad” –como la define Isaki Lacuesta– Maristain tiene un par de peculiaridades, una circunstancial y otra producto del buen olfato de la autora: ella fue quien obtuviera de Bolaño la última entrevista, y para la elaboración de la sem‑ blanza bolañiana se acercó a “las personas que pudieron disfrutar largas charlas” con el chileno, a fin de convertir el libro en “una puerta a la vida íntima, los minutos difíciles y las mañanas felices del novelista” del cigarro constante. Decidirá el lector en qué medida las presentes páginas aportan a la construc‑ ción del mito, si acaso lo hacen pero, por el contrario, a favor de su desconstrucción vía el retrato de la persona-persona, más allá del escritor, o si paradójicamente abunda en los dos sentidos.

Albricias Felicitamos a

Norma Ávila y al equipo de Canal 22 por el reconocimiento que la Deutsche Welle les otorgara con motivo de las cápsulas televisivas 13 Baktún.

rias… exponen, por medio de amenas entrevistas, sus ideas acerca de la poesía, sus motivaciones, incluso sus dudas. Con-versatorias… es un testimonio, un manifiesto o quizá un conjunto de poéticas que, al publicarse en un mismo volumen, nos revelan gran parte de las raíces, tronco, ramas, hojas y frutos del enorme árbol de la poesía mexicana bajo cuya sombra leemos y existimos • México 2012: la reforma educativa, Gilberto Guevara Niebla (coordinador), Editorial Cal y Arena, México 2012.

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a obra de un poeta parecería circunscribirse a su poesía, sin embargo, más allá, en la periferia de su obra, muchas veces encontramos que también en ciertas entrevistas un autor revela algunos misterios, mecanismos ocultos que son esenciales para comprender un poema, un libro, una actitud frente a la vida. Con-versatorias. Entrevistas a poetas mexicanos nacidos en los 50, coordinado por el poeta, editor y crítico mexicano Ricardo Venegas (publicada por Ediciones Eternos Malabares en coedición con el inba , la sep y el Conaculta, y con el apoyo del programa Proyectos de Inversión en la Producción de Obras Literarias Nacionales) es un libro en el que poetas (nacidos en la década de los años setenta) entrevistan a poetas (nacidos en los cincuenta). Más que un examen de una generación a otra, el libro plantea un diálogo basado en la curiosidad y en el deseo inagotable de saber bajo qué circunstancias y preceptivas escriben los poetas entrevistados. Hugo Gutiérrez Vega, en su profundo prólogo, advierte: “Es conveniente interrogar a los jóvenes creadores de poesía sobre las r a z o n e s d e s u q u e h a c e r, l o s rasgos principales de su generación; la función de la poesía en el corpus general de la literatura y su relación con los lectores.” Con-versatorias… reúne a más de una treintena de poetas cuya aportación a la poesía mexicana es de gran valor y trascendencia: Efraín Bartolomé (entrevistado por j . d . Victoria), Eduardo Hurtado (Patricia Real Santacruz), Maricruz Patiño y Aglae Margalli (Leticia Luna), Alberto Blanco y Eduardo Langagne (Claudia Posadas), Mario Calderón, Víctor Manuel Cárdenas, Eduardo Casar, Josu Landa, Verónica Volkow, Javier Sicilia, Francisco Torres Córdova, Juan Domingo Argüelles, Tedi López Mills (Ricardo Venegas), José Ángel Leyva (Armando Alonso y Ricardo Venegas), Adolfo Castañón (Eduardo Estala Rojas), Luis Cortés Bargalló y Víctor Toledo (Jair Cortés), Pura López Colomé (Kenia Cano), Ramón Bolívar (Jeremías Marquines), Ricardo Castillo (Luis Vicente de Aguinaga), Vicente Quirarte y Jorge Esquinca (Ricardo Ariza), Enrique López Aguilar (Leticia Romero Chumacero), Fabio Morábito (Enzia Verduchi), Arnulfo Vigil y José Javier Villarreal (Armando Alanís Pulido), Víctor Hugo Piña Williams (Ramón Peralta), Francisco Segovia (Itzel a . Sosa) y Lina Zerón (Alejandro Campos Oliver). Rogelio Guedea dice atinadamente sobre este libro que “el lector no tendrá más remedio que convertirse en un interlocutor activo y en un espectador silencioso, porque así como en estas conversaciones se nos insta al diálogo, así también se nos persuade a la reflexión”. Todos los poetas incluidos en Con-versato-

LA EDUCACIÓN COMO CONCEPTO A CAMBIAR RICARDO GUZMÁN WOLFFER

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arte de la utilidad del ensayo, especialmente cuando se trata de una modificación legislativa como la llamada Reforma educativa, es advertir los muchos puntos que deben ser tocados por los legisladores. Sólo para ver cómo, una vez más, la realidad objetiva no se modifica por decreto. Nueve ensayos sobre el tema educativo y un “debate” (no hay réplica), dan material para advertir que esas leyes que se supone que habrán de cambiar para bien la educación, dejan de tocar muchos temas. En los ensayos sobre un problema tan complejo suelen darse los extremos: o el autor rellena el libro de cifras y el ejercicio es más un informe de estadísticas que terminan por decir poco, o el autor se va al extremo filosófico de la educación. Los autores de esta recopilación plantean temas concretos y señalan los campos donde debe darse la investigación, lo cual resulta más útil: apenas es la puerta para el inicio del trabajo de campo y, sobre todo, para el trabajo político, pues, como se ha visto con las “manifestaciones” de grupos “magisteriales”, la aplicación de las leyes no es cosa fácil y falta ver si se logra. Y conste que no han comenzado los despidos masivos de los profesores que se nieguen a ser evaluados sin amparo de por medio, o que obtengan las calificaciones reprobatorias que muchos saben que tendrán y por eso prefieren oponerse al examen y a la evaluación que no son controlados por ellos mismos, con el pretexto de la “experiencia educativa”. Mientras la evaluación magisterial no se realice por un organismo independiente en todo sentido y con capacidad legal para sancionar a quienes no cumplen con el conocimiento mínimo para dar clases, estamos hablando de una reforma de papel. Como el mayor número de afectados son escolares adolescentes o niños, poco se habla de los millones de adultos que se quedaron con la primaria o que son analfabetos. En el discurso político parecen no existir. Antes de hablar sobre cómo será la educación pública, habría que ver las condiciones en que viven los miles de niños que deben abandonar la educación primaria o secundaria por problemas económicos. La necesidad de que los estudiantes puedan y quieran seguir estudiando se enarbola, pero la deserción está ahí: la educación no está aislada de presupuestos para todo lo demás. Además, los contenidos educativos son

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Jornada Semanal • Número 954 • 16 de junio de 2013

tan amplios que terminan por repetirse: también deben revisarse. ¿Y la educación universitaria? Se critica a las universidades privadas de mala calidad, pero ante el aumento de demanda es necesario que exista una oferta. Después de la Universidad Autónoma Metropolitana, en lo público, y el Tecnológico de Monterrey en lo privado, no se han creado universidades con capacidad para los miles de aspirantes que cada año hacen lo imposible para tener un lugar donde estudiar. Un libro útil para comprender la complejidad del tema • Sueño ligero. Memoria de la vida cotidiana, Hugo José Suárez, Editorial Gente Común, Bolivia, 2012.

LA PATRIA ES ASUNTO PERSONAL ANTONIO SORIA

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l lindo nombre de la casa editora de este volumen hace un agradable contrasentido con la naturaleza del propio libro, cuando se le coteja desde estos pagos: para empezar, por lo inusual de recibir aquí, en México, una publicación boliviana y, en esa misma línea, por lo poco común que es aproximar la atención a las letras de un autor nacido en Bolivia –¿o algún improbable lector tiene, ahora mismo, en la punta de la lengua el nombre de un par de autores nacidos en Bolivia, como sí tiene los de más de dos argentinos, colombianos o chilenos, por poner el caso? En abundancia de atipicidades, he aquí la mirada de un boliviano que, avecindado en México desde hace algunos años, lo ha vivido, lo muestra y se/nos lo explica de un modo naturalmente imposible para quienes somos aborígenes de estas tierras: con los ojos que serían equivalentes al de quien, habiendo llegado sin mirar a un lugar que desconoce, alza los párpados y, poco a poco, casi a tientas la mirada, siente el impulso de una amable obligación: la de compartir lo que le gusta, aquello que le maravilla, eso otro que le provoca curiosidad, admiración, sorpresa, y entretanto nace y se aclimata la estadía, va también y lentamente aprendiendo a mirar con el asombro, sí, pero combinándolo con la pertenencia, con esa forma de hacerse parte de, que algunos, como Julio Cortázar, han llamado derecho de ciudad. Con ese derecho, ganado a plenitud, Hugo José Suárez habla de México y, al ser las suyas estampas impregnadas con un tono declaradamente personal, vale precisar que es entonces de su México que las líneas versan. Cronista desde el privilegio de la excepción, si cabe la especie de oxímoron, Suárez se reconoce “propio y ajeno”, como por cierto se titula el texto que clausura el volumen. Antes de eso, el autor verifica un itinerario marcado por ocho estaciones: "Azares", "Nostalgias", "Buenas compañías", "Angustias paternales", "Tránsitos", "Miradas", "Ausencias" y, al final, el ya referido “Propio y ajeno” como parada única en "Para cerrar un itinerario". Sociólogo de profesión –se desempeña como investigador en el iis de la unam –, Suárez aplica esa forma de mirar o, mejor dicho, la combina con la del transeúnte y ciudadano que es como todos pero que, al mismo tiempo, hace algo que por cierto no hacen todos: reflexiona

en torno a lo mirado, hace el apunte del detalle, se detiene ya un pequeño instante, ya un rato más largo, en las aristas de la realidad de a pie, esa que va de los andenes del Metro a alguna librería, y de ahí a un parque infantil de diversiones, y de ahí a la escuela, o bien revisita una Bolivia que no estará físicamente todo el tiempo, pero en la mente del autor no hace vacío ni un minuto. Esas son las tres constantes que determinan el Sueño ligero del sociólogo que escribe aquí, o del escritor que sociologiza: la mirada –que no en balde la fotografía es otro de sus fuertes, y a ella le dedica un apartado entero–, la extranjería que no lo es del todo porque va dejando de serlo cada vez, y Bolivia con su carga de nostalgia, de experiencia y de vivencias primeras que luego han de conformarle al autor los derroteros vitales, de profesión, de preferencias y de gustos, de sentimientos inclusive. El ojo primero, luego la palabra, pero ambos guiados por el afecto, diríase, al conocimiento; por el deseo de aprehender un entorno cotidiano que, bien se ve que Suárez bien lo sabe, a final de cuentas es la verdadera patria, la personal e intransferible, esa que nada más uno, que la vive, es capaz de describir •

En orden alfabético, los convocados son Vivian Abenshushan, Nicolás Alvarado, Tiosha Bojórquez, Carmen Boullosa, Hernán Bravo Varela, Ana Clavel, Luis Humberto Crosthwaite, José María Espinasa, Guillermo Fadanelli, Alicia García Bergua, Eduardo de Gortari, Gabriela Jáuregui, Laia Jufresa, Tedi López Mills, Brenda Lozano, Valeria Luiselli, Antonio Malpica, Rafael Mondragón, Laura Emilia Pacheco, Brenda Ríos, Cristina Rivera Garza, Alberto Ruy Sánchez, Daniel Saldaña París, Guillermo Samperio, Jaime Alfonso Sandoval, Álvaro Uribe y Naief Yehya. Lo primero que sucede, irremediablemente, es echar de menos un nombre, luego otro, y otro más; lo que sucede a continuación es recusar el uso del artículo “los” en el título de la obra, como si los “elegidos” en efecto lo fuesen, pero con mayúscula. No ayuda la explicación de los editores, cuando afirman que “la única consigna para elegirlos fue que amaran al cine casi como a la literatura”, pues hay tantos otros escritores que cubren dicho requisito, que la lista de ausencias inexplicables, entonces, rebasaría con mucho la de los veintiocho aquí seleccionados. Empero, y felizmen‑ te, aquella parcialidad no va en menoscabo del interés que, más unos que otros como resulta natural, despiertan los textos reunidos, también naturalmente debido a las películas que abordan: entre varias otras, El gran Lebowski, Sunset Boulevard, La mujer en llamas, Ben-Hur y Amarcord, India Song, Cantando bajo la lluvia, Sacrificio, El Santo contra las mujeres vampiro, 2001, Odisea del espacio y Blade Runner.

¡Despierta ya!, Jaime Velasco Estrada, Siglo xxi Editores/unam/ El Colegio de Sinaloa, México, 2012. Este es el volumen ganador del noveno Premio Internacional de Narrativa Siglo xxi, y su autor es un muy joven ensayista, narrador y aún estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas. Aunque hil‑ vanadas sobre todo desde el rigor narrativo cuentístico, las once piezas que componen esta obra son híbridos genéricos en los que se ponen de manifiesto al menos dos aspectos: el primero, la feliz imposibilidad o renunciamiento contemporáneo a transitar por fuerza caminos narrativos supuesta‑ mente “puros”, canónicos o consagrados como únicos posibles, a la hora de narrar; el segundo, la capacidad notable de Velasco Estrada para instaurar en sus páginas un mundo personalísimo en tanto autor –es decir, incluyendo su espectro temático y sus herramientas escriturales para desarrollar cada tema y cada historia–, del cual conoce todos los resortes, pulsiones, conflictos y posibles soluciones.

LOS REDENTORES NEOLIBERALES Gustavo Ogarrio

Función privada. Los escritores y sus películas, Georgina Hernández Samaniego (coordinadora), Cineteca Nacional, México, 2013.

In memoriam

Enrique Lizalde Actor y sindicalista independiente 1937-2013

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Intelectuales públicos y Telectuales Rafael Barajas

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16 de junio de 2013 • Número 954 • Jornada Semanal

Naief Yehya

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Gaspar Aguilera Díaz: adelantado, trovador y viajero (ii de v)

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ASPAR AGUILERA DÍAZ, VIAJERO incansable que ha fatigado incontables geografías, remotas y cercanas; trovador que ha hecho del viaje una vocación para entender los misterios del cuerpo y las sustancias femeninas; hombre de extraordinaria sensibilidad que gusta del jazz y la pintura; Gaspar, pues, hombre de amigos (y amigas) que produce el frecuente espectáculo de encontrarlo rodeado de gente que lo quiere en restaurantes, cantinas y en la calle, en Ciudad de México, Morelia, Praga, Viena, la Conchinchina y los Mares del Sur, merece ser reconocido por el mucho bien que le hace a la cultura mexicana contar con un escritor como él.

Quisiera recordar una compilación suya, Los ritos del obseso. Poesía 19851998, reunión (y selección) que procede de tres libros anteriores: Los ritos del obseso, Tu piel vuelve a mi boca y Diario de Praga, a los que ha agregado Imperfección del mundo (1994-1998). Es significativo que Gaspar haya dejado fuera del libro sus cuatro primeros poemarios, que representan lo que podría considerarse una primera época. La elección de los que, cronológicamente, fueron sus siguientes tres libros de poemas, más uno nuevo, apuntó al afianzamiento de lo que ahora es la obra más madura del poeta, cosa que se percibe en el carácter unitario del volumen y en los muchos lazos que fluyen entre cada serie de textos: temas, obsesiones y rituales de una voz fascinada por trasmutar la experiencia del mundo en un dorado fulgor a través de la alquimia poética. Quien conozca Tu piel vuelve a mi boca estará de acuerdo en que se trata de un conjunto poético en el que su autor se concentró, apoyado en el discurso amoroso, en los temas del viaje, la ciudad y sus personajes. Por dicha razón, los poemas de este libro se dedicaron a recrear de manera sabrosa una experiencia de viaje en el este de Europa, la cual, de alguna manera, se continuó en Diario de Praga. Prueba de dicha continuidad es la cercanía existente entre poemas como “La muchacha de la calle Lenin”, de Tu piel vuelve a mi boca, con “Descripción de Sylvie”, de Diario de Praga. El primero de ellos sintetiza una de las obsesiones más importantes de Gaspar Aguilera: la fusión entre el viaje a través de una ciudad y el que se realiza sobre un cuerpo femenino, lo cual da unidad a casi toda su obra, pues el viaje poético es el que engarza e incluye a los otros dos. Para un lector de Gaspar Aguilera, resulta llamativo el hecho de encontrarse en sus libros con abundantes referencias a diversas ciudades europeas y america-

nas, pero muy pocas o ninguna a Morelia o a cualquier otra de México. La observación no deja de ser pueril si se repara en una tentativa del poeta que no siempre parece obviarse en sus textos: la de buscar y, tal vez, encontrar una ciudad arquetípica a través de todas las ciudades. Si es válida la poética urbana de Aguilera Díaz, en tanto que desprecia los rasgos pintoresquistas de un espacio para privilegiar los más hondos –los invisibles para el ojo del turista–, es más clara su actitud de no poetizar lo diferencial y turístico para tratar, en cambio, de encontrar los valores esenciales de una ciudad, sea ésta europea o mexicana. En tal sentido, puede aplicarse un juego cortazariano a las obsesiones de Aguilera: todas las ciudades son la ciudad, aquélla que tiene muchos nombres pero contiene una sola esencia, no siempre asible, y que se va dejando poseer a través de sus muchos accidentes en el espacio, ya sea que se llamen Praga o Viena, Morelia o La Habana. Creo percibir las mismas búsquedas, obsesiones, preocupaciones y encuentros de Gaspar Aguilera, tanto en Morelia como en Praga, al margen de que no se explicite el lugar de origen: algo hay de Morelia en Praga y algo de Viena se traslada a Morelia, junto con el escritor. Aparte, los poemas siempre se concentran en diversas percepciones de una ciudad visitada que contiene a las demás ciudades, desde el punto de vista de un viajero que es siempre el mismo, pero distinto, lo cual extrema la idea heraclitiana de que nunca se baña uno en el mismo río: el bañista tampoco es el mismo al día siguiente. En este punto del viaje, al locutor poético y a la ciudad visitada les ocurre algo parecido: son siempre otros, son siempre los mismos: Gaspar Aguilera también se llama Lot, Gauguin, Odiseo, Simbad, Leónidas y Juan de Mandevilla; Morelia está en Praga, París, Verona, Venecia… y al revés • (Continuará.)

A LÁPIZ

Enrique López Aguilar

La radicalización y eliminación de un enemigo público: Anuar Awlaki (ii y última) De propagandista a terrorista Las agencias de inteligencia estadunidenses reconocen que la correspondencia que mantuvo Anuar Awlaki –el clérigo estadunidense autoexiliado en Yemen, el país de sus ancestros–, con Nidal Hasan, un psiquiatra del ejército estadunidense de origen palestino y nacido en Virginia (dieciocho correos electrónicos entre diciembre de 2008 y junio de 2009), consistía en consultas religiosas, morales y personales a las que Awlaki respondía cautelosa y parcamente, como si se trata-

ra de un fan obsesivo. El fbi revisó esa correspondencia y determinó que era congruente con el trabajo de investigación sobre las emociones de los musulmanes en las fuerzas armadas estadunidenses. Sin embargo, todo cambió cuando el 5 de noviembre de 2009 Hasan asesinó a trece soldados e hirió a veintinueve más en la base militar de Fort Hood, Texas. Awlaki escribió en su blog: “Nidal Hasan es un héroe. Un hombre de conciencia que no podía soportar vivir la contradicción de ser musulmán y servir en un ejército que lucha contra su gente.” A pesar de ser incendiaria y de que acaso se puede considerar ruin, esta declaración era una forma de expresión protegida por la Constitución, pero puso a Awlaki en la mira para ser eliminado.

El terrorista de los calzones explosivos

E l 2 4 d e d i c i e m b re s i g u i e nte, u n ataque de drones en contra de una presunta reunión de Al Qaeda en la Península Arábiga tenía entre sus objetivos eliminar a Awlaki. Inicialmente se informó que había sido asesinado, pero tiempo después se anunció que seguía vivo. Jeremy Scahill cuenta, en su libro Dirty Wars, que el propio presidente de Yemen, Ali Abdullah Saleh, llamó al padre de Awlak i, Nasser, para anunciarle la muerte de su hijo (pero extrañamente lo hizo dos veces: una el 20 y otra el 24 de diciembre, porque seguramente esa era la información que recibió de la cia ). Treinta personas murieron en esos ataques, dos de ellos agentes de Al Qaeda. Si lo hubieran matado en ese incidente habrían podido declarar que sólo era daño colateral. Al día siguiente, Omar Faruk Abdulmutallab, un joven nigeriano de veintitrés años proveniente de una de las familias más ricas de África, intentó sin éxito activar los explosivos plásticos que llevaba ocultos en la ropa interior, en un vuelo de Ámsterdam a Detroit. Abdulmutallab había radicalizado su fervor religioso y había viajado a Yemen para aprender árabe y unirse al yihad. Awlaki lo reconoció como uno de sus seguidores y aplaudió su intento de atentado, pero no estaba involucrado en el plan: no emitió fatwa alguna para validarlo ni lo ayudó en los aspectos técni-

co, monetario o logístico. De todos modos, el fbi concluyó, después de interrogar a Abdulmutallab, que Awlaki estaba implicado (tal y como reportó The New York Times el 10 de mayo 2013, en su artículo de primera plana).

El papeleo Este fue el pretexto que necesitaba el gobierno de Obama para preparar los argumentos que justificaran el asesinato extrajudicial de un estadunidense. Los abogados del Departamento de Justicia elaboraron un documento de más de sesenta páginas para explicar que asesinar a Awlaki era legítimo, pues era una amenaza para el país y colaboraba con Al Qaeda, lo cual autorizaba tanto al Pentágono como a la cia para eliminarlo. Este tipo de justificaciones le preocupaban mucho a Obama, ya que había criticado a George Bush por ignorar al Congreso y actuar de forma “ilegal y anticonstitucional”, y no quería que la historia lo juzgara de la misma manera.

El golpe mortal El gobierno estadunidense contaba con la complicidad del presidente Saleh para llevar a cabo ataques con drones sobre el territorio yemenita a condición de que el hecho no fuera reconocido ante los medios, pero en mayo de 2012 un drone disparó un misil que accidentalmente asesinó a un gobernador adjunto de una provincia, y entonces el presidente Saleh suspendió su colaboración con eu . La cia y las fuerzas especiales del ejército rastrearon a Awlaki con ayuda de informantes e infiltrados. Tras varios intentos fallidos, el 30 de septiembre una flotilla de drones finamente lo ubicó en un convoy en Jawf, al norte del país, dispararon y lo mataron junto con otro estadunidense, Samir Kahn, responsable de la publicación en línea pro Al Qaeda, Inspire. el remate

El 14 de octubre, otro drone disparó un misil contra un restaurante al aire libre en Shabwa, al sureste de Yemen. En el ataque murió una docena de personas, incluido Abdulrahman Awlaki, un adolescente de dieciséis años nacido en Denver e hijo de Anuar, quien nunca cometió o inspiró acto terrorista alguno •

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JORNADA VIRTUAL

arte y pensamiento ........


Jornada Semanal • Número 954 • 16 de junio de 2013

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Germaine Gómez Haro

Alonso Arreola @LabAlonso

germaine@pegaso.net

Matthias Grünewald revisitado A Sergio

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N DÍAS PASADOS TUVE la oportunidad de realizar un viaje ex profeso para visitar una de las obras más impactantes del arte de todos los tiempos: el Altar de Isenheim, obra maestra de Matthias Grünewald que se encuentra en el Museo de Interlinden en Colmar, encantadora ciudad en la región de Alsacia, Francia. Desde su creación, el Retablo de Grünewald ha cautivado por su capacidad de encender las emociones más profundas y contradictorias, amén de su imponente calidad estética. En esta obra resumiría

yo lo que, desde mi sentir, significa la fuerza de lo sublime. El Altar de Isenheim fue comisionado hacia 1512 para la iglesia del convento de la orden de los Antoninos ubicada en el poblado del mismo nombre, situado al sur de Colmar. Dos de los artistas alemanes más reconocidos del momento recibieron el encargo: Grünewald realizó las nueve pinturas que integran el retablo y que se abren a manera de puer tas en tres secciones para albergar en su interior un panel con la efigie de San Antonio esculpida por Nicolás de Haguenau. La pieza abierta alcanza los 770 × 590 cm. Tradicionalmente, Isenheim fue un sitio de peregrinación para las víctimas de una terrorífica enfermedad de esa época conocida como ergotismo, o fuego de San Antón o fiebre de San Antón, provocada por un hongo que contaminaba algunos cereales y cuya ingestión derivaba en una necrosis de los tejidos y, casi inevitablemente, en la muerte. El convento de los Antoninos de Isenheim fue un hospital donde los monjes atendían a estos enfermos y se convirtió en un centro de peregrinación para visitar su altar, el cual, desde su concepción, causó revuelo entre propios y extraños. En el siglo xix el monasterio fue clausurado y la pieza se trasladó al Convento de los Dominicos de Colmar, convertido en el Museo de Interlinden, donde permanece hasta la fecha. Dos de estas nueve pinturas son las que han provocado mayor conmoción desde sus orígenes: La crucifixión y La tentación de San Antonio. ¿Qué poseen estas dos imágenes que las hacen tan excepcionales? Lo que atrapa la atención en la primera es su insólita fuerza dramática, poco común para la época, en tanto que en la segunda un torbellino de imágenes fantásticas la emparenta con el Bosco más delirante. El Cristo en la cruz de Grünewald simboliza el dolor humano llevado a sus últimas consecuencias a través de una imagen literalmente descarnada que se podría describir como “expresionista” avant la lettre. Hay que tomar en cuenta que a principios del siglo x vi el arte europeo era Décor, Abel Abdessemed Arriba: Calavera con espinas, Sergio Hernández

todavía hierático y, hasta cierto punto, preciosista. En esta obra aparece por primera vez un Cristo que simboliza el summum del sufrimiento y la violencia, representado por un cadáver deformado por las marcas de la flagelación y las espinas, y cuya tez mortecina evoca la putrefacción –se ha planteado que el autor hizo alusión con ello al terrible padecimiento de los enfermos de ergotismo. Su rostro desencajado y sus manos y pies crispados y con las uñas azules, muestran la más cruda huella del dolor. Nunca antes se había pintado algo semejante y hoy en día, cinco siglos más tarde, el espectador sensible sigue experimentando una brutal conmoción ante esta hermosa y desgarradora imagen, valga la contradicción. Son muchos los artistas modernos y contemporáneos que han sido marcados por la huella de Grünewald. En sus Conversaciones con Picasso, el fotógrafo Brassai escribe que el pintor español le confesó haber encontrado su fuerza creadora a partir del retablo de Isenheim, que parafraseó en 1930 en su Crucifixión y que lo llevaría años más tarde al poderoso Guernica. Otto Dix realizó su desolador Tríptico de la guerra entre 1929 y 1932, y Francis Bacon lo retoma en tres estudios para figuras en la base de una Crucifixión (1944). Los surrealistas también abrevaron en esta fuente, sobre todo en la escena de La tentación de San Antonio, parafraseada por Max Ernst y Dalí. Recientemente, el joven y polémico artista de origen angelino, Adel Abdessemed, realizó una serie de figuras de Cristo construidas con alambre de púas que se presentó a un costado del portentoso retablo en Colmar, desatando una gran polémica, y nuestro artista oaxaqueño, Sergio Hernández, ha convertido su propia versión de la imagen doliente del Cristo de Isenheim en una figura icónica en su creación. Grünewald fue y sigue siendo más moderno y audaz que muchos contemporáneos que intentan serlo. Su Crucifixión atrae, repele y cautiva. Bien lo dijo Breton: “La Belleza será convulsiva o no será” •

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ARLOS AVILÉZ NOS PARECE un tipo notable. Pese a los numerosos encuentros que el rock and roll nos ha brindado (el tapatío es miembro de La Cuca), hemos conversado poco, así que el lector no verá un texto forzado por la amistad, sino el sincero comentario al que impulsa su nuevo disco/libro/dvd, atinadamente nombrado Si el infierno existiera (firmado así: Aviléz & Extraños). Como sucedió con el primer cuento que le conocimos, Una historia como cualquier otra, el objeto que hoy nos ocupa también fue editado por Elena Santibáñez y su editorial Rhythm & Books, proyecto abocado a publicar a músicos-escritores (Jaime López, Armando Vega-Gil, Pascual Reyes, Chema Arreola, Señor González y tantos más). Capricho de altos vuelos, este bello cuerpo de papel, video y música, cuenta las variopintas influencias que su autor tiene y aborda disciplinadamente. “Si pudiera escribir como Tomás Méndez o como José Alfredo, por ahí iría”, explica en el dvd . Y sí, le creemos. Lo suyo viene del rock, pero no es rock. Es sustancia extraída de la banda sonora que lo rodeó desde niño (mucha mexicana), y de lo que llegaría con los años al lado de la propia Cuca, pero también con participaciones en obras de Jaramar, Los Bomberos y Jaime López. A ello se añade, suponemos, lo que conjuntos como los Texas Tornados, Flaco Jiménez y Los Lobos han aportado a su educación sentimental. El álbum consta de quince piezas, todas compuestas por Aviléz, salvo una hecha en colaboración con Óscar Sánchez, guitarrista y miembro de los Extraños, combo en donde cohabita con el baterista Daniel Kitroser y muchos otros invitados. Producidas por Armando Chong en su Máquina Sónica de Guadalajara, todas tienen características tímbricas diversas, producto de una atención detallada en la que cambian los efectos de voz, las dotaciones, los planos de mezcla y, siempre, el riesgo para torcer lo que no debe existir inmaculado. Sobre el propio Chong podríamos decir varias cosas. Guitarrista experimental, tiene una conciencia en la que caben ocurrencias musicales, pero también literarias y plásticas. Es miembro del trío La High y uno de los más ocupados ingenieros de la capital jalisciense. “Tocar fondo”, pieza inaugural, establece el ánimo de un disco orgiástico en el que hay rock, bolero, ranchero, danzón, americana (blues, country, bluegrass) y hasta funk. “Dedos rotos” avanza dejando atrás la frontera, entrando a la urbe. “No me digas”, encomiable en su ambiente y bajeo, podría ser un lejano apunte a Rockdrigo González. Pieza cantinera, sucia,“Si el infierno existiera” dice:“Si el filo del cuchillo te besara los labios, si el carmín de tu boca sangrara como llanto, no estaría tan perdido entre calles y antros, tan tirado al olvido, tan muriendo por ti. Si el infierno existiera...” Por su lado, “Recuento” combina arpegios y melodías

progresivas con fraseos de crooner y paisajes jazzísticos. La más atípica. “Tres días” coquetea con Stevie Wonder para que Aviléz despliegue uno de los muchos bajistas que sabe ser. Todos, eso sí, ejercen el buen gusto sin rayar en el despilfarro. “Para otra ocasión” tiene el cariz urbano de plumas como la de Jaime López. Claro, no sería lo mismo sin el talento de Christian Jiménez en el teclado.“Dulces dagas”, una de nuestras favoritas, es una suerte de road song que pisa el desierto sin pudor. Luce el banjo de Lalo Melgar. “Piel de serpiente”, otra de las más certeras, nos hace pensar en Texas, pese a su raíz costeña. “Palabras de buró”, con sutiles aires brasileños, homenajea a la poesía. Contraste frente a “La rifa del tigre”, corte arraigado en el rock-blues. “Tu asesino” destaca líricamente. Gran solo de trompeta en “La despedida”, hermana distante del clásico “Un viejo amor”. “Delirio” retorna al rock y, como pasa con la concluyente “Esa rabia” y otras acariciadas por el fraseo de saxofones, nos hace recordar al monumental trío estadunidense Morphine. Por otra parte, con diversas referencias iconográficas y poéticas, lo que hallamos en las páginas del libro (porosas, marfiladas), además de las letras y datos de producción, es una selección de dibujos y escritos que reflejan el espíritu despierto con que Carlos Aviléz vive sus días, traspasando la superficie de lo que le rodea. Para lograr su cometido parece fundamental el ojo de César Caballero, diseñador editorial. Asimismo, filmado, editado y concebido por Ray Cebada, el dvd muestra espacios de Guadalajara en donde Aviléz fluye. Cantinas, foros, parques y calles subrayan aquello que las entrevistas apuntan, mientras que videoclips, ensayos, sesiones de grabación y testimonios completan lo que pudiera quedar pendiente. En resumen, la obra del compositor, escritor y dibujante tapatío es un fruto que se siente bien en la mano, en el ojo y en el tímpano. Habiéndolo dicho, lectora, lector, pongámonos ontológicos: váyase a este infierno… si es que existe. Buen domingo •

BEMOL SOSTENIDO

El infierno de Carlos Aviléz

ARTES VISUALES

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Jorge Moch

Ana García Bergua

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N CASA VIVIMOS NOSOTROS dos, mi hija, el gato y el señor del banco. Todos tenemos una habitación, aunque el señor del banco no la necesita. Con nuestro tiempo le basta para extenderse y repantigarse en nuestras vidas, especialmente a la hora de desayunar, comer, trabajar y dormir. Muchas veces, la verdad, he sentido la tentación de ponerle sitio en la mesa. Lo merece, si la mitad de la comida la pasamos tratando de no hablar con él. Se llama de muchas maneras y recita sus nombres como en la primaria: mi nombre es Teporingo Ordóñez y hablo del Banco Santander, por ejemplo. Interrumpir nuestra vida le da siempre gusto: ¿con quién tengo el gusto?, pregunta. Yo también le doy muchos nombres, según el humor. Bru-

nilda Corcuera. Bien, señorita Corcuera, en este momento le estamos ofreciendo lo que es la tarjeta super goldenplatino megaplús. Otro día soy la señorita Ukelele Quiroga. Bien señorita Quiroga, en lo que es este momento le queremos proponer lo que viene siendo un seguro para lo que es su vida. Lo que más me impresiona es aquello de “bien, señorita”. Casi puedo ver al señor del banco acomodarse en el lugar fantasma que le he puesto en nuestra mesa, extender sus papeles, disponerse a sacar tajada. Muchas veces se transforma en señorita también y nunca dice sí, sino así es. ¿Me quiere usted ofrecer una tarjeta? Así es, señorita Ukelele. Mientras comemos la ensalada nos informa que su llamada está siendo grabada para efectos de calidad de servicio. ¿Querrá un poco de vinagre el señor del banco o le basta con la calidad del servicio? Detesta que uno se niegue a sus ofrecimientos: ¿alguna razón por la cual no desea usted la tarjeta Megambrela Hossana Plus? Si la contrata, le enviamos una ambulancia en el momento en que la necesite. Ahora mismo necesito una ambulancia para que se lleve la voz del señor del banco, persistente como dolor de muelas, voz que cambia de voz y de banco y no cesa hasta llegar al postre. Cuando el señor del banco se retira momentáneamente, llega a nuestro hogar la señorita del premio. En casa vivimos nosotros, mi hija, el gato y la señorita del premio. También le da gusto interrumpirnos: ¿con quién tengo el gusto? Gusto de Todos los Diablos, le digo. Muy bien, señorita Gusto, su nombre resultó seleccionado para participar en el sorteo y la llamada está siendo grabada y etcétera. Quizá la señorita del premio quiera sentarse en la sala a ver la televisión, pensamos, ¿no se le antojará una quesadilla? En cambio, la señorita del premio nos propone ir a buscar unos boletos para un viaje a la Conchinchina Maya con todo pagado y un acompañan-

te, a Tugurio número 8, colonia Inframundo. Ahora no, señorita del premio, yo no concursé en nada, estoy viendo una película que ya no pude ver por escuchar sus insinuaciones y cuidarme de sus trampas. ¿Preferiría usted, quizá, que cambiara de canal?, ¿quiere un sope? Comprendo, señorita Gusto, responde la señorita del premio, pero va a perder la oportunidad de hacer un viaje con todo pagado. Mi vida es un rosario de oportunidades perdidas. Cómo me encantaría poder mandar a dormir a la señorita del premio. Es tan inmaterial que a lo mejor cabe en la canasta del gato, ¿querrá acomodarse entre la almohada y la cola? Así es, contesta. Por épocas recibimos al señor de la deuda ajena. En casa vivimos nosotros, mi hija, el gato y el señor de la deuda ajena. ¿Usted es la señora Xóchitl Kleingarten? Está equivocado, contestamos pensando que no debimos haber contestado. Estoy en piyama, espero que al señor de la deuda ajena no le importe, pero como llama a deshoras... ¿Conoce usted a la señora Kleingarten? Ay de mí si la conociera. Mire, señorita Gusto, la señora Kleingarten tiene una deuda con Gangster y Hnos., y si no cubre lo que viene siendo su deuda en lo que son diez minutos nos veremos obligados a. Aquí nos abotonamos bien el piyama porque da frío escuchar las cosas que se verán obligados a. No conozco a la señora Kleingarten. No me cree; es muy descreído el señor de la deuda ajena. Si llegara a conocer a la señora Kleingarten, ¿le pediría que se comunicara conmigo? Esculapio Larrañaga. Y da el número. La llamada está siendo grabada por el espíritu de Al Capone para efectos de calidad en el servicio. ¿Anotó el número señorita Gusto? Sí, señor. ¿No gusta un Valium, un Bloody Mary?, ¿ya hizo sus gárgaras? Aquí estábamos pensando en lo que es irnos a la cama. Y luego dicen que los fantasmas no existen; la verdad son plaga •

Fe de erratas y algunas bifurcaciones

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E DE ERRATAS PRIMERO: En el Cabezalcubo de hace una semana hay un párrafo en que, en lugar de leerse “Guatemala”, en las dos ocasiones que aparece la palabra, debí poner “Nicaragua” y “Centroamérica” respectivamente. Huelga señalar que el rebuzno –puesto que de vulgar burrada se trata– fue solamente mío. Pronto llegaron a mi buzón los mensajes de atentísimos lectores que señalaban el yerro, cosa que es de mucho agradecer y remachar. Reojeando el cochino asunto de la tergiversación informativa en que suelen incurrir los emporios privados que conforman Televisa y tv Azteca, di a entender que el encarnizamiento de un insultante y pésimo sketch cómico (en el canal Bandamax, para mayor

detalle, propiedad del conglomerado Televisa) que se burlaba de los hermanos chapines tenía que ver con el turbio asunto de las camionetas de Televisa incautadas en Nicaragua, en ruta hacia Costa Rica durante presuntos trasiegos de cocaína y dinero y a saber qué otras porquerías. Pero parece que los entretelones del desprecio de Televisa, que luego quiso hacer perdidizo el segmento de video donde sus empleados hacían escarnio por consigna contra el pueblo guatemalteco, son de origen mucho menos policíaco y más rastrero, y se podrían remontar a las declaraciones de un cantante chapín, que fue por años huésped favorito del imperio mediático Azcárraga, Ricardo Arjona, quien en agosto del año pasado decidió que sus presentaciones en México, durante una gira promocional de uno de sus discos, no serían en uno de los escenarios que controla Televisa a través de su filial Ocesa –o sea, casi todos los escenarios disponibles para espectáculos en México– lo que desató el furibundo veto de la empresa para el cantautor guatemalteco y, de paso, la fabricación forzada y mal hecha de un estereotipo corriente e insultante que pretendía caricaturizar a nuestros dignos vecinos del sur. O quizá ni siquiera eso y el incordio se originó en la lisa y llana estupidez de guionistas, productores y elenco. Así de pinche la cosa. Bifurcaciones después: asnadas mías aparte, el asunto de fondo sigue siendo cómo los emporios mediáticos en México hacen y deshacen, imponen legislaciones a modo, presidentuchos a los que les gobiernan los hilos o vetos que son flagrante delito de discriminación y pretenden eliminar, por las tácticas que resulten necesarias, cualquier asomo de competencia televisiva, como aquella reciente e infeliz ocasión en que cierto empresario farmacéutico osó intentar abrir una tercera opción de televisión masiva y fue constantemente denostado en noticieros y programas de opinión teledi-

rigida o, como hemos visto recientemente, el paradójico cierre de filas para que ni otro poderoso multimillonario de la cúpula de beneficiados de las privatizaciones salinistas, como es Carlos Slim, pueda abrir brecha en el monolítico duopolio. Al final, entre tantos asuntos, escándalos y dobleces, lo que hay de fondo es la pepita negra de la corrupción. La corrupción que se ejerce como presupuesto de propaganda oficial en los medios, la que se manifiesta cuando las campañas presidenciales las dirime una televisora; la corrupción que se acrisola cuando una concesión del espectro radioeléctrico propiedad de la nación truca en monedita de cambio, divisa, premio o castigo con que regular el apuntalamiento mediático de un partido o un candidato, aunque ese candidato sea pillo redomado, o en su caro defecto, para sancionar las críticas que el medio se atreva a endosarle al gobierno, precisamente, por corrupto. Allí sigue, en carne viva, el descarado despojo de Canal 40 durante la despresidencia de Vicente, el mariguanero. Creer en la apertura en los medios en México, en el aseo de ese maridaje inmoral entre poder y televisión, en que la separación de poderes redimensione a los poderes fácticos, tan perniciosos y mezquinos (o retardatarios, en el caso del clero) son cosas por demás deseables y quizá urgentes en términos de progreso social, aunque caigan en territorio de cándidos. Pero como sentencia, juiciosa, Esperanza Ortega en su columna Las cosas como son (Las razones de Cándido), el martes 4 de junio en el diario El Norte de Castilla, aterrizada en mi mesa por la amabilidad de Ricardo Bada: “La candidez es la única respuesta crítica a la falsa verdad que infecta las conciencias. No, no me refiero a que creamos vivir en el mejor de los mundos, sino a que neguemos otra evidencia igual de simple y mucho más dañina: que este mundo infecto sea inevitablemente el único posible” •

CABEZALCUBO

Desinvitados

PASO A RETIRARME

tumbaburros@yahoo. Twitter:@JorgeMoch


Jornada Semanal • Número 954 • 16 de junio de 2013

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Juan Domingo Argüelles

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ADA NUEVO LIBRO DE Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) constituye el aporte de unas páginas más a ese gran libro de la vida que ha venido escribiendo desde que en 1977 publicara Maneras de estar solo, con el que obtuvo el Premio Adonáis. A este hermoso libro inaugural le siguieron Páginas de un diario (1981), Elegías (1984), Autorretratos (1989), La vida (1996), La certeza (2005, con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica Española), Oír la luz (2008), Sueño del origen (2011) y, más recientemente, Antes del nombre (2013). Llegará a la decena de libros cuando ello tenga que ocurrir, porque Eloy Sánchez Rosillo sabe que la poesía no tiene ninguna prisa pero tampoco ninguna pausa: el poeta escribe –siempre– y lo que viene después, el libro, es el fruto que madura a su tiempo y llega, en su momento, a los ojos del lector. Sánchez Rosillo representa una de las voces más auténticas y profundas de la actual poesía española, y Antes del nombre (Barcelona, Tusquets, 2013) reafirma una vocación irrenunciable que los lectores le agradecemos. El poema con el que abre (y abrimos) el libro, y que le da título a este poemario, nos dice desde el principio de qué va la cosa: “Desperté y habitaba/ la estancia inacabable de la luz;/ supe del todo y siempre,/ y era yo nadie y nada y cada uno/ antes del nombre, el traje, la mirada./ Pronto llegó el instante/ prime-

ro, y otro, y otro, y se apagó/ de golpe el sitio aquel del que ahora apenas/ tengo tan sólo unas migajas pobres./ Y fui el que Eloy se llama, el que esto escribe,/ alguien con su tristeza y su alegría,/ su sol, su lluvia, su ansia, sus papeles.” La poesía de Eloy Sánchez Rosillo es una poesía de la experiencia y de la gratitud: vivir y agradecer, cantar para celebrar la existencia. Sánchez Rosillo reivindica la poesía plena en la que se unen intensidad e inteligencia: una poesía de la emoción, pero también de la reflexión sobre la vida. Toda la gran poesía, a lo largo del tiempo, ha sido esto, y lo sigue siendo. Cada uno de los poemas de Sánchez Rosillo (en sus nueve libros) es de algún

modo un autorretrato: el autorretrato de un instante, incluso cuando retrata a otros. Lo que nos queda siempre de su poesía es esa mirada personal, íntima, sobre las cosas y la gente, sobre el ámbito entrañable que habla de cielos, pájaros, nubes, árboles y todas las maravillas que le salen al paso al que vive y agradece la vida. Pero igual la vida es breve (“el pálido resplandor de una vela de sebo”, diría el clásico) por muy longeva que sea, y hay que mirar también (y nombrar) ese otro momento, el envés de hoja, y Eloy Sánchez Rosillo lo hace de manera prodigiosa en su poema “Mucho después de mí”. Escribe: “Escucho hablar a extraños en mi casa/ y me asombra, al entrar, que todo esté cambiado./ Los muebles son distintos, las paredes/ tienen otro color. Me llegan risas/ de niños y palabras de mayores/ desde el salón del fondo, en el que observo/ entreabier ta la puer ta y del que sale/ tanta luz al pasillo. ¿Qué sucede?/ Pahora en la estancia –intranquilo, confuso–/ y en ella veo a unas gentes confiadas/ a las que no conozco (aunque tal vez hay alguien/ entre en los que su ámbito respiran/ que en algún rasgo se asemeja a mí)./ Nadie se ha percatado de mi presencia, nadie/ mira mis ojos ni me dice nada./ Siguen ahí, en sus cosas: sonríen, charlan, juegan./ Y yo vuelvo la espalda silencioso. Camino/ conforme hasta la puerta de la casa./ Abro despacio. Y salgo.” Sánchez Rosillo ha recuperado en España a los lectores de poesía que a veces ciertos autores hueros hacen que se pierdan o a los cuales ahuyentan del modo más eficaz con lo ilegible. El autor de La vida (un libro que lleva más de diez ediciones) le hace ver al lector, como dijera j . l . García Martín, que “un poema de verdad es una experiencia que nos cambia la vida, que nos hace mirar el mundo de otra manera”. Y ésta tendría que ser la aspiración de todo libro y de todo poeta. En 2012, en su fina colección El Pájaro Solitario, la Editorial Pre-Textos, de Valencia, publicó una breve antología alada de Sánchez Rosillo: En el árbol del tiempo. En sus páginas, el poeta murciano reúne treinta y tres de sus poemas habitados por mirlos, golondrinas, jilgueros y otros pájaros del cielo. Y hace muy poco ha llegado a mis manos Haber vivido: Leganés a Eloy Sánchez Rosillo (Ayuntamiento de Leganés, 2013), un sentido homenaje, bien merecido, que estudiantes de educación secundaria y amigos del poeta le rinden, con creación diversa: fotografía, dibujo, poesía, ensayo y testimonio •

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JORNADA DE POESÍA

Eloy Sánchez Rosillo, antes del nombre

Luis Tovar Prevalecer

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ESDE LA PERSPECTIVA DE un par de personas que, a bordo de un jeep, viajan en una carretera lineal y solitaria, la toma panorámica muestra un objeto, incandescente y enorme, precipitándose desde lo muy alto, a toda velocidad y en picada. El objeto se estrella contra el asfalto, a pocos metros de donde el jeep se ha detenido; los pasajeros descienden, extrañamente poco alarmados por un acontecimiento asaz atípico como el que acaban de presenciar, caminan los pocos pasos que los separaban del objeto siniestrado y, como resulta que el objeto no cayó solo sino que alguien lo hizo caer, y ese alguien está ahí y resulta que no llegó a pie sino volando tras del objeto derribado, sostienen más o menos este

diálogo, aquí citado de memoria: El Derecho divino sobrehumano chofer del jeep, ya revelado como mi- Llegado del cielo, como bien se sabe, litar debido a su obvia vestimenta, in- Kal-El/Clark Kent/Superman encarna, quiere: “¿Sabes cuántos millones de como lo evidencia el triple nombre, dólares cuesta el drone que acabas de una trinidad que se vuelve santísima hacer pedazos?” Sin dejar de sonreír, el a golpe de moral kentuckiana y de interpelado responde que lo sabe, pe- actos buenos –salvadores de vidas y ro que no permitirá a nadie averiguar sobrehumanos, se sobreentiende–, “dónde guarda la capa”, es decir, dónde apresuradamente llamados milagros está su refugio. Tras intercambiar un por algún personaje al principio de par de frases más bien intrascenden- la cinta. Por lo demás, ahí está el pates, algo bravuconas, el coronel o capi- dre adoptivo –un José bíblico clarísitán o general, a quien acompaña una mo–, ahí la madre que, como la de mujer igualmente militar, se sincera: Jesucristo, es la única que vuelve a “Seré claro: ¿cómo sabemos que un día aparecer más tarde en escena y, a lo no te pondrás en contra de los Estados largo del pietaje, salpicados como Unidos?” El interpelado de la capa da quien no quiere la cosa, los iconos: la como argumento que “creció en Kan- repetición hasta el hartazgo de que sas”, que no puede haber nada “más “han transcurrido treinta y tres años” americano” y que, en última instancia, desde que Superman llegó a la Tierra; para yugular los resquemores del mí- un joven Clark dudoso en cuanto a su lite o de cualquiera que abrigue dudas “misión”, consultando en la iglesia al similares, todo es “una cuestión de fe”. cura de su pueblo, y la cámara encuaDe tal modo cierra El hombre de drándolo con un Cristo al fondo, y acero (Zack Snyder, eu , 2013), es decir, luego otro; después, en el espacio el más reciente ejercicio simultáneo exterior –el cielo, pues–, y tras hablar de saqueo y aprovechamiento de eso con el Padre/Jor-El, muerto hace ya que algunos desavisados irreflexivos un rato pero en magnífico holograma, gustan denominar “franquicia”, en este Superman desciende con los bracicaso la llamada Superman. Saqueo tos en cruz para que no haya dudas desde el flanco del cómic vuelto pe- de quién y para qué está con-descenlícula y luego revisitado una vez tras diendo a ser parte de la raza humana: otra y otra, ad nauseam. Aprovecha- es dios y viene a salvarnos. Punto. miento desde luego que en térmiNo es nueva, por cierto, esta asonos económicos –las franquicias dejan, ciación mesiánica y grosera de Sucomo bien lo saben McDonalds y de- perman con Jesucristo; ya se había más–, pero sobre todo desde perspec- practicado en el saqueo anterior. Lo tivas que, sin ser enfáticas en su arista que destaca es la combinación terrimercachifle, colocan el acento en cier- ble de puerilidad y cinismo: en estrictos intereses que, por lo demás, no ta lógica, si dios existe, se llama Supueden estar, como de hecho lo han perman y trabaja para el gobierno estado siempre, sino conectados con estadunidense. Todo contado como el deseo de obtener ganancias. para justificar algo así como un diviO de ganar, en términos más am- no destino manifiesto: el de prevaleplios o de plano absolutos, por lo argu- cer sobre los otros. mentalmente planteado en este nueAh, y como en las guerras transmivo plato de sopa fría cinematográfica: tidas por televisión o como dicen quiepara ahorrarse la obviedad, dígase de nes los usan que funciona un drone, inmediato lo sabido: Superman siem- aunque sean devastados kilómetros y pre gana, por más trabajo que según kilómetros cuadrados de terreno, sopueda costarle, y por más que la pe- bre todo urbano, no hay salpicadero lícula casi entera consista en ver si es hemático ni miembros destazados ni que sucede lo que Todomundo sa- cosas feas. Muchísima destrucción vibe que no sucederá: que Superman deojueguera, pero usted no verá una pierda. El asunto aquí, la miga, es el sola gota de sangre en El hombre de cómo y el porqué. acero. Garantizado •

CINEXCUSAS

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ensayo

Es deseable que, en la masa de lectores, vaya condensándose el grupo de aquellas personas que no se satisfacen con leer, sino que buscan su goce espiritual más puro en el releer. Luis a . Santullano

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ocas novelas contemporáneas mantienen el impacto y la fortaleza que parece tener Rayuela al cumplir cincuenta años de su publicación. La novela más difundida de Julio Cortázar (1914-1984) fue publicada en el lejano verano de 1963, época que fue preámbulo de cambios determinantes, sobre todo para la literatura latinoamericana. Después de medio siglo, el laberíntico texto de Rayuela resurge del ligero aletargamiento de los años gracias a la oleada de notas de actualidad que se abrazan en felicitación unánime por su cincuenta cumpleaños. Si trascendemos esa corriente generalizada y, después del tiempo transcurrido, releemos la novela, la primera pregunta que surge es acerca de su vigencia tanto a nivel literario como existencial. No cabe duda que Rayuela fue un texto innovador que contribuyó a la transformación de la narrativa en español. Cortázar, desde una ubicación y un planteamiento híbrido de autor euro-americano, encontró la fórmula en una simbiosis efectiva que se consolidó, durante las décadas siguientes, a través de un exilio literario que escapaba de las dictaduras americanas rumbo a Europa. Muchos de esos escritores buscaron las huellas de Oliveira y de la Maga en las calles de la rive gauche, una referencia indispensable. Quizás el ambiente del París actual y de la Europa presente se asemeja, salvadas las distancias, al de aquellos años previos al estallido del ’68, cuando no sólo la juventud, sino casi toda una sociedad, reclamaba algo diferente. Las consecuencias de las guerras, que habían destruido la vida cotidiana europea durante dos tercios de siglo, habían hecho mella en m u c h o s individuos. Algunos tomaron conciencia de que la opresión surgía al consentir la repetición de modelos sociales impuestos; entonces unieron fuerzas para intentar un cambio…, otros optaron por una lucha individual que casi siempre los arrojaba a callejones introspectivos oscuros y sin salida. Las voces que nos hablan en Rayuela están en esa búsqueda colectiva o individual por encontrar un sentido a la existencia. Los miembros del Club de la Serpiente, cada uno desde su posición personal, participan en el juego de Rayuela, desde Oliveira o Morelli hasta la Maga, que es el contrapunto anhelado para fluir en el vértigo del instinto y liberarse del estancamiento de la razón. Así reflexiona Horacio ante la evidencia de la dualidad personificada en su complemento femenino: “Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando

16 de junio de 2013 • Número 954 • Jornada Semanal

alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada.” Si releer Rayuela contesta la pregunta inicial sobre su vigencia, también puede aclarar otras cuestiones trascendentales que siguen sin respuesta en nuestra mente. En sus páginas están las cicatrices de heridas abiertas en la lucha por superar la angustia vital que nos invade. Si nos decidimos a releer sus páginas, el autor nos obliga a tomar una decisión, la misma que hay que enfrentar siempre que abrimos este libro: elegir entre una lectura parcial, que abarca la Ilustración de Juan Gabriel Puga

Releer Rayuela Xabier F. Coronado

mitad del texto; o total, con los capítulos prescindibles que el propio escritor nos da licencia de no leer ‒como ya proponía Pérez de Ayala a sus lectores en varias novelas. Hay quienes abren las páginas de Rayuela y toman la decisión de la lectura integral, algunos eligen la opción lineal y otros, a pesar de que no concluyen ningún camino propuesto, realizan su propia lectura. Porque Rayuela es una novela esférica de plurales lecturas, un planeta de espejos que refleja ideales literarios y filosóficos, un experimento que se puede i n t e r p re t a r d e s d e d i v e r s a s p e r s p e c t i v a s : “…pretendía hacer de su libro una bola de cristal donde el micro y el macrocosmos se unieran en una visión aniquilante”. Para seguir hablando de Rayuela es indispensable realizar el ejercicio de la relectura en cualquiera de sus posibilidades. Debemos atrevernos a releer las páginas que Cortázar nos deja escritas en este fragmentado libro, o a leerlas por primera vez. Rayuela es un texto difícil porque no es literatura de consumo sino filosofía literaria en su estado más sincero, un clásico en temas existenciales que requiere, además de voluntad, oficio e inquietud, toda la atención en cada página. Rayuela es un camino ascendente desde lo terrenal, un juego de búsqueda a saltos, a través de 155 capítulos que se convierten en modelos para armar la estructura que lleva al objetivo final: alcanzar el cielo; “…un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil”. Cortázar plantea su versión del juego: una búsqueda de la visión de casilla en casilla, de París a Buenos Aires detrás de la Maga, de Horacio, de Morelli… Una senda personal, un mapa donde se marca la ruta que explora un nuevo modelo de literatura. La genialidad del autor está en dejarnos las fichas del juego para obtener nuestro propio modelo. En la opción integral, entre los capítulos 34 y 35, hay una secuencia que Cortázar nos propone leer [87, 105, 96, 94, 91, 82, 99] y que sugerimos releer. Este intervalo de fuga es una muestra de lo que se puede encontrar en la novela: un grupo de personas que sobrevive en un marco urbano, que divaga o debate sobre la vida y el sentido final de la literatura, individuos que desde sus propias peculiaridades muestran las diferentes vertientes de la historia. Rayuela es un viaje circular, hacia fuera y hacia dentro, de forma y fondo, de lenguaje y realidad. Un texto articulado que se retuerce en espiral movido por corrientes vitales de energía. Para terminar, sólo resta decir que Cortázar, como Morelli, “no se complicaba la vida por gusto, y además su libro es una provocación desvergonzada como todas las cosas que valen la pena” •

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