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arte y pensamiento ........

12 de mayo de 2013 • Número 949 • Jornada Semanal

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Francisco Torres Córdova

Ricardo Venegas Felipe Garrido

El domingo pasado hubo en la ciudad una procesión solemne, bajo un cielo de nubes sucias y gordas que casi podían tocarse. Incensaban la custodia semina‑ ristas hermosos, vestidos de gala, con una banda azul que les llegaba al borde de la sotana. Niños fragantes, delicados y rubios como ángeles tapizaban con flores las calles por donde pasaría el Santísimo. Mujeres que se dejaban caer mantillas para disimularse los rostros y hombres de negro riguroso que no alzaban los ojos para mirarlas. Viejas desdentadas como brujas. Cu‑ ras sudorosos y ventrudos como sapos. Algún penitente, con las espaldas desnudas y flageladas. Y por encima las campanas que no cesaban, que repicaban una y otra vez, como si quisieran volvernos sordos. Finalmente te vi en aquel grupo de jovencitas turbadoras, más hermosas cuanto más enlutadas. Sus labios eran de sangre viva, rasgados como una herida; verlos me hacía daño. Los cirios que llevaban los había encendido el demonio •

Rogelio Guedea rguedea@hotmail.com

AL VUELO El corazón y la izquierda Lo supe el otro día por mera casualidad, mientras buscaba qué hacer para remediar la artrosis que afecta al dedo gordo de mi pie derecho. Llega uno a ciertas verdades por vías insospechadas, como llega uno al amor o a la muerte, que siempre fragua a nuestras espaldas. Nadie me lo dijo, yo mismo lo leí: la mitad derecha del corazón abastece la circulación menor del cuerpo, mientras que la izquierda se encarga de la mayor. Entonces pensé: ¿es más comunista el corazón que capitalista? ¿Predo‑ mina en él su espíritu social? No podemos, eso sí, matar al capitalis‑ mo. Tal vez a sus próceres, pero no al ser utilitarista que, en mayor o menor medida, nos habita a todos. Porque si muriera el capitalismo, moriría una parte de nuestro corazón, el que abastece la circula‑ ción menor del cuerpo. Que no muera, mejor. Tal vez, considerando esto, debemos reactivar más la vocación humanista de nuestros sistemas políticos, económicos, etcétera, considerando la función tan noble que lleva a cabo el miocardio en nuestro cuerpo, que, dicho sea de paso, podría represen‑ tar un país, un continente, un planeta o nuestra propia casa •

Indran Amirthanayagam, el poeta

I

ndran Amirthanayagam (Sri Lanka/México/ eu, 1960) es un poeta de distancias, ha recorrido países y culturas y conoce el arte de la contemplación. Amén de figurar en infinidad de antologías de todo el mundo, Indran ha sa‑ bido merodear el poema desde el destino que le ha to‑ cado vivir, como Eduardo Espina lo menciona en el pró‑ logo de la edición bilingüe de La pelota del pulpo (Apogeo, 2013), su poemario más reciente: “Según esta‑ dísticas recientes (si no existen habrá que imaginarlas), las posibilidades de que un nativo de Sri Lanka, cuyas lenguas maternas fueron el inglés y el tamil, escriba poe‑ sía en español son menores que ganar la lotería o morir en un accidente de aviación. O ser aplastado por un piano que cae de un décimo piso. El caso de Indran Amir‑ thanayagam, ia , o I Am (lo dice él) es, por lo tanto, tan extraño como un dragón o un unicornio.” En este volumen, el poeta busca respuestas dantescas en el tema futbolístico; el poema “Séptimo mañana, Mundial. 17 de junio, 2010” lo consigna: “¿Acompañarán a los jugadores en sus primeras/ caminatas por los círculos más remotos/ del Infierno? No me dejes escribir más,/ mi Dios, tal vez los Elefantes de la Costa/ de Marfil están a punto de lanzarse en estampida.” Afortunadamente no sólo queda en sus poemas el mero registro del suceso, como en muchos cronistas; In‑ dran nos recuerda al más antiguo Píndaro, que lega un testimonio (gracias al canto que perdura) en aquella oda olímpica donde dibuja al tirano Hierón de Siracusa por su triunfo en la justa ecuestre del 467 aC con su feroz rocinante Ferenico,“portador de la victoria”. El bardo también llega a la nostalgia, el momento en el que se estuvo a punto de ser feliz y algo suspendió la dicha: “en Sudáfrica, muy lejos de la orilla/ natal que exis‑ te, sabes, de un país que se llamó Ceilán/ donde el soccer no importaba tanto pero sí otros deportes/ como la ca‑ cería de demonios. Ay, poeta ¿no sabes cómo descan‑ sar?/ Hasta en un poema de futbol llega tu maldita gue‑ rra, chau.” Un poeta que escribe en cuatro idiomas y que ha to‑ mado por patria el mundo suele escuchar el canto de las lenguas. La poesía que cruza la fronteras le dicta al oído sus intermitencias. iii Jornadas Internacionales de

Arte y Literatura

En el marco de las jornadas que impulsa el poeta y editor Alejandro Campos Oliver –del 13 al 18 de mayo– con dis‑ tintas sedes ( df , Cuautla, Villa de Ayala y Cuernavaca), y con la participación de Argentina, Brasil, Colombia, Perú y México, se presenta el volumen Con-versatorias, entre‑ vistas a poetas de la generación de los cincuenta (inba / Conaculta/sep/Sría. de Cultura de Morelos, Ediciones Eter‑ nos Malabares, 2013), con la participación de Kenia Cano, Gustavo Martínez, Alejandro Campos, el compilador y Alan Saint Martin. La cita es el 16 de mayo a las 15:30 ho‑ ras en el auditorio del Instituto de Ciencias de la Educa‑ ción, Campus Chamilpa de la uaem •

MONÓLOGOS COMPARTIDOS

Procesión

BITÁCORA BIFRONTE

MENTIRAS TRANSPARENTES

ftorrescordova@gmail.com

Hacerse a la distancia Para Alonso Arreola, viajero a Mali y otros lares

S

i la casa deja afuera la infinita espiral de la intem‑ perie, sus rigores y peligros, a su vez y a su modo la intemperie, que es espacio puro y desatado, curti‑ do por el tiempo y labrado por las gubias del vacío, desde siempre intriga al hombre y lo incita a los asombros inherentes al camino, lo convoca a la vasta lejanía inalcanzable, a que pise sus arcillas y pulse sus fríos, claridades y neblinas. Cuando el cuerpo se hace a la distancia, expone la frente y concentra la mirada en el trayecto, en el próximo horizonte, paso a paso en la memoria la casa se hace orilla y el via‑ jero se hace centro que se mueve. A ritmo del cora‑ zón en los talones, avanza y descubre en la difusa inmensidad sutiles senderos que lo llevan, en el cie‑ lo rutas para el mar, en colinas y llanuras los rumbos tallados por las lluvias y los vientos, las crestas y hon‑ duras del fuego en las montañas, y tal vez una escri‑ tura antigua y fugaz en las arenas del desierto. A sus ojos todo es relieve y derrotero, todo es dirección, señal y flujo. Sus pasos desnudos, pues el viaje lo des‑ calza poco a poco, serán para encontrase ahí donde nunca se esperaba, para oírse ahí donde era mudo, para tocar el calor de su ignorancia. Porque la distan‑ cia devuelve la mirada, el viaje que de veras pasa por lo otro, por lo ajeno que así se nos acerca y nos alcan‑ za, pasa entonces también y sobre todo por ese pri‑ mer desconocido que somos cada uno. En la intem‑ perie afloran los rasgos que tenemos de extranjero, el que llevamos dentro y nos indaga, el que no reco‑ nocemos afuera en el espejo. Más allá de la tosca eficiencia del traslado moderno entre altas y profun‑ das ciudades cimentadas, en su doble movimiento –el del cuerpo que fatiga y suda los caminos y el del alma que los traza en un mapa y los medita– el viaje fragua y renueva en la memoria el impulso primitivo hacia lo ignoto y a la vez madura las semillas del re‑ torno, que es su irrevocable y último horizonte; tie‑ ne sentido porque tiene uno o mil regresos. Por eso el nómada, incesante viajero, nunca se extravía: en cada cima o meseta está de vuelta, en cada pausa en el camino engendra la partida, y a Nadie –ese delirio luminoso que surgió de los labios de un ciego trashumante–, constantemente el viaje le recuerda el cuño de su nombre, apenas unas notas en el aire que revelan las huellas de su origen. Así, en la distan‑ cia interminable, el viaje tiende puentes, hace de las voces, manos y miradas que se encuentran acaso el espacio más genuino y antiguo del arraigo: “De un gesto eres nativo, y para que contase tu vida en una tierra tenías ya que hacerte huérfano. Así toda parti‑ da ha sido siempre un retorno en esta vastedad en que por todas partes florecen las semillas de los ges‑ tos. Venimos siempre al mundo de la mano de un ser que no ha acabado nunca de volverse tierra, que si‑ gue de viaje, que con ese contacto nos sube hacia su semejanza. Tu casa es ese sitio revocable y punzante donde late tu mano en otra mano, y el hombre sólo arraiga en una tierra cuando la transitan los caminos” (Cuaderno del nómada, Tomás Segovia.) •

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