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■ Suplemento Cultural de La Jornada ■ Domingo 23 de septiembre de 2012 ■ Núm. 916 ■ Directora General: Carmen Lira Saade ■ Director Fundador: Carlos Payán Velver

El Piazzolla universo E sther A ndradi

C havela V argas en la Residencia de Estudiantes • El spanglish y la Real Academia • Entrevista con V íctor T oledo


bazar de asombros Ramón López Velarde revisitado (i de ii)

Dos décadas han pasado desde la muerte física de Astor Piazzo­ la, el célebre y mítico bando­ neonista nacido en Mar del Plata, de origen italiano y criado en Nueva York, y duran­ te todos estos años han seguido resonando en todo el mundo, con fuerza que no mengua, las notas con las que Piazzola supo fusionar a la perfección la libertad del jazz, la hondura del tango y la riqueza infinita de sus adorados Bach, Bartok, Stravinsky y muchos más. Esther Andradi evoca la figura y la trayectoria del enorme Astor en la semblanza que ofrecemos a nuestros lectores. Completan el número una evocación que Marco Antonio Campos hace de la recientemente fallecida Chavela Vargas, una entrevista con el poeta, traductor y filólogo mexicano Víctor Toledo, así como un breve ensayo de Ilan Stavans sobre el spanglish y la Real Academia de la Lengua.

Comentarios y opiniones: jsemanal@jornada.com.mx

Fue breve el periplo vital de Ramón López Velarde. Partió de Jérez para pasar por Aguascalientes, Za­ catecas, San Luis Potosí y llegó a la ciudad capital de “la suave patria”. En su seno se extinguió cuando apenas se acercaba a los treinta y tres años. “No se ha visto/ poeta de tan firme cristiandad./ Murió a los treinta y tres años de Cristo/ y en poético olor de santidad”, decía nuestro vanguardista total, José Juan Tablada, en el poema-retablo que dedicó a la memoria de López Velarde, el padre soltero de la moderna poesía mexicana. En los años que pasó en el Seminario de Aguas­ calientes se acercó a los clásicos grecolatinos y se inició en la lectura de los autores del Siglo de Oro de España. Ya estudiante de Derecho en San Luis Poto­ sí lo deslumbraron los simbolistas franceses, espe­ cialmente Baudelaire (“entonces era yo seminarista sin Baudelai­ re, sin rima y sin olfato”, dice en uno de esos poemas en los que acostumbraba hacer burla de sí mismo), y leyó con cuidado a Othón (sabemos que admiraba su “Idilio salvaje”), Nervo, Gutié­ rrez Nájera, Lugones, Laforgue, Francis Jammes y Darío. La antología publicada por el gobierno del df, contiene poemas representativos de las distintas etapas de la obra de López Velar­ de, y viene a sumarse a dos es­ fuerzos editoriales que buscaron difundir masivamente la poesía de nuestro padre soltero. Me re­ fiero a la antología publicada en los cincuenta, en los Cuadernos de la Secretaría de Educación Pú­ blica, y a la que apareció en el número 49 de la colección Mate­ rial de Lectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. Intentaré en este breve prólo­ go comunicarles mi experiencia como lector de la poesía de Ló­

23 de septiembre de 2012 • Número 916 • Jornada Semanal

Hugo Gutiérrez Vega

pez Velarde. No pretendo asestarles verdades ina­p e­ lables o convertirme, como lo han afirmado al­ gunos académicos de ánimo prusiano, en dueño absoluto de la “interpretación y glosa” de la obra del poeta jerezano. En primer lugar, pienso que la poesía tiene tantas interpretaciones como lectores que en ella se aden­ tren, y está muy lejos de mi ánimo la pretensión de figurar como un especialista en los terrenos de una obra que admiro sin restricciones y leo constante­ mente. Su relectura me entrega algo nuevo, me obli­ ga a rectificar sensaciones anteriores, me hunde en la perplejidad y me levanta gracias al asombro pro­ ducido por la íntima esencia lírica de todas y cada una de sus palabras. Por otra parte y, para mayor abundamiento, sabemos que el poema habla por sí solo. Por eso el término “inter­ pretación” no tiene mucho senti­ do. Recuerdo una respuesta dada por García Lorca en una lectu­ ra de su “Poeta en Nueva York”. Ante la pregunta así formulada: “¿Qué quiso decir en este poe­ ma?”, Federico, educada, pero tajantemente, contestó “lo que dije”. Un comentarista como el que en este momento los abru­ ma con sus quisicosas (Unamuno dixit), debe limitarse a dar un tes­ timonio, tanto de su experiencia de lector de los poemas antolo­g a­ dos, como de su entusiasmo re­n o­ vado en cada lectura. Los hechos de que camine ya los cortos pa­ sos de la compasivamente llama­ da “plenitud adulta” y de que sea oriundo de la misma región cul­ tural de López Velarde, tal vez agreguen algunos aspectos curio­ sos, y eventualmente útiles, a estas observaciones. (Continuará.) jornadasem@jornada.com.mx

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Portada: Las alas del fuelle

Ilustración de Gabriela Podestá

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Chavela Vargas

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Marco Antonio Campos

en la Residencia

A Marcela Rodríguez

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nvitado por Víctor Sandoval, entonces ministro de Asuntos Culturales de México en España, per­ manecí entre abril y junio de 1993 en la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid, donde residieron alguna vez, entre muchos, una parvada de jóvenes llamados Luis Buñuel, Federico García Lorca, Salvador Dalí, Pepín Bello, o asiduos, como Rafael Alberti y Jorge Guillén… Gracias a las nego­ ciaciones de Sandoval con el Ministerio de Cultura Español, pude dar conferencias sobre poesía y lite­ ratura mexicanas en universidades e institutos de Madrid, Barcelona y Santiago. Debe haber sido en mayo cuando la conocí y em­ pecé a tratarla. Me la presentó mi querida amiga de los años de primera juventud Marcela Rodríguez, quien traía orgullosamente el cd de su primera ópe­ ra, el cual me lo regalaba, me lo pedía prestado, me lo devolvía, me lo volvía a quitar… Marcela acom­ pañaba a Chavela como una de los dos guitarristas; el otro era un gordo bonachón y simpático, fan del futbol, quien, si mal no recuerdo, se llamaba Óscar Ramos. En aquel 1993, Chavela cantaba en un pe­ queño teatro madrileño en donde cabrían unas no­ venta o cien personas. No eran en su regreso aún las multitudes. Desgarrándose, dejaba el alma y el cuerpo en cada canción. Había ciertos tonos que no alcanzaba, y entonces hablaba como si siguiera can­ tando, y parecía que seguía cantando. El movimien­ to ondulante de sus brazos y de los músculos facia­ les concordaba perfectamente con la voz. Vetada Chavela en México por muchos años, la había contratado, o si se quiere mejor, descongela­ do, no una compañía de espectáculos ni una disque­ ra, sino un librero español (Manuel Arroyo). Al principio, Chavela desconfiaba mucho de él: “Me ha ido tan mal con los representantes que me volví desconfiada. La mula no era arisca, la hicieron.” Cuando le pregunté sobre esto a Marcela, le quitó toda importancia: “Claro que no. Arroyo ha actua­ do todo el tiempo de buena fe.” Y era cierto. A sus setenta y cuatro años fue el principio de la segunda vida musical para Chavela. La muerte reciente de Chavela me hizo recordar las semanas compartidas en la Residencia: sus re­ cuerdos maliciosos del Acapulco de oro de los años cincuenta con las estrellas hollywoodenses (Ava Gardner, Elizabeth Taylor, Rock Hudson); su enorme cariño por José Alfredo Jiménez como ami­ go, a quien admiraba como a nadie por las letras de sus canciones y por la facilidad con que las hacía; sus guarapetas fenomenales en las que aseguraba haberse acabado, o casi, las reservas de la casa Sau­ za; sus reticencias con Pedro Infante (“era muy mu­ jeriego”, decía desdeñosa, sí, Chavela ¿y qué más?: “era muy mujeriego”, repetía. De cuerpo menudo, de color de piel moreno fuer­ te, cabello blanco, me asombraba su eléctrica vi­ talidad. Conversábamos sobre todo en el comedor

de Estudiantes después de los desayunos. Digresiva, a veces des­ hilvanada, tenía en su conversación momentos má­ gicos. Encantado ante sus historias, hicimos una entrevista, que salió pocos meses después en el su­ plemento de la revista Siempre! Cuando la vuelvo a leer no dejo de divertirme o conmoverme con las historias. Hay una en especial que me toca. Quizá valga la pena reproducirla con las palabras de la propia Chavela: “Voy a contarle –me dijo‒ una his­ toria rara y triste. Estaba cantando en México en un centro nocturno. Un disco mío acababa de salir y estaba de moda: La negra María. De Colombia lle­ gó una familia a México. Habían dejado en su país a una hija muy enferma que iba a cumplir quince años. La niña andaba vuelta loca con la canción. Los padres habían enviado una serie de análisis de la niña a Houston y su siguiente escala era allá. La pa­ reja fue al cabaret donde yo cantaba, y estando allí, llegó un achichincle con un sobre. Eran los resulta­ dos de Houston. Lo abrieron y leyeron el diagnós­ tico: leucemia. Salieron del cabaret como locos y se fueron al hotel. Telefoneó el padre a Colombia y habló con la niña y la niña le dijo que sólo pedía que Chavela Vargas fuera a su casa y le cantara ‘La Ne­ gra María’. Los padres se comunicaron conmigo y me preguntaron si podía estar en los quince años de la niña. Ya no tenía ningún sentido ir a Houston. Podrá imaginarse cómo me sentí. Casualmente a los dos días me telefonearon de Colombia para invitar­ me a trabajar. Me comuniqué al hotel con el padre de la niña para informárselo. La primera noche en Colombia fui a su casa y le hablé a la niña y la besé y jugué con ella. Me pidió que le cantara ‘La Negra

María’. Todo mundo salió del cuarto y me quedé allí con Rojitas, el guitarrista, pero ni yo podía cantar ni él podía tocar. Se me atoró la canción en la gar­ ganta. La niña me insistía que cantara esa parte de: ‘Ya nunca, Negra María, tendrás quince años.’ Me despedí de la familia y llegué a Medellín y luego a Cali. Estando allí, el 31 de diciembre recibí un telegrama que la niña dictó antes de morir: ‘Me voy al cielo. Te voy a hablar de allá.’” Desde antes de su arribo a Madrid, Chavela era un mito, y cuando llegó empezaron a visitarla figu­ ras españolas, como Almodóvar (quizá el que más), Joaquín Sabina y María Dolores Pradera, pero un mes más tarde era tal la romería en torno de ella que era imposible una plática. Poco antes de mi vuelta a fines de junio –ella se quedaría, creo, aún un mes‒ la veía tan contenta que cuando la saludaba le decía Doña Felicidad; era del todo otra a la que llegó; en una entrevista que le hizo por esos días para las páginas culturales de La Jornada un exalumno, el reportero Gerardo Jiménez, Chavela me citó diciendo que estaba tan contenta que yo le decía Doña Felicidad. Hace unos ocho o diez años me la topé de casua­ lidad frente al restaurante del hotel María Cristi­ na. Iba rodeada de un corro de jóvenes. Sonreía. No dejaba de sonreír. Dudé en acercarme. ‒Chavela –le dije‒, soy Marco Antonio Campos. Nos vimos a menudo en la Residencia de Estudian­ tes de Madrid en 1993. Te hice una entrevista. Se me quedó viendo unos instantes a la cara co­ mo diciendo: “¿Quién será éste?” Siguió caminando y se alejó. Seguía sonriendo •


4 entrevista con Víctor Toledo

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Ricardo Venegas

El retorno

del mito

Foto: edicionespenpress.com

Poesía Joven en 1983, la Medalla Presidencial de Chile Pablo Neruda en 2004. Becario en poesía y traducción de poemas del ruso. Doctor en Filología Rusa (Universidad Lomonosov de Moscú) e investigador del Doctorado en Literatura Iberoamericana ( buap ). Es autor, entre otros libros, de La zorra azul ( unam ), Abla o nadA ( buap ). El águila en las venas: Neruda en México, México en Neruda// Poética de la Sincronicidad. La lengua de Adán y Eva ( buap ). La Mariposa en la estrella, recuento de poetas rusos (Educación y Cultura).

-E

res un poeta que abreva en diversas tradiciones y en tu obra registras ese caminar, ¿es este un signo de tu generación?

‒Una de mis mayores influencias es la cien­ cia. La física, la biología, la botánica, la sincro­ nicidad, los estudios de las lenguas y su origen (el diidxazá, za­p oteco, mi lengua materna, y el ruso), la antropología, la etnomicología. Estas visiones del mundo se co­rresponden y tejen para mí. Inicialmente la poesía china. La japonesa: cosmovisión zen, ani­ mista y taoís­ta. Posteriormente la poesía rusa, de com­ promiso social natural, filosófica, dramática y apa­ sionada. Identifico la cultura del jade china con la mexicana, único simbolismo, fabulosa coin­ci­dencia, la poesía filosófica prehispánica tiene corresponden­ cias con la oriental. Nuestra poesía, mitología, códi­ ces y libros sagrados me abrieron analogías funda­ mentales sobre el ser y el tiempo, la principal reflexión existencial con Hölderlin y Heidegger, Jung, Rilke, Char, Seferis… Mi excelente generación también abreva en otras tradiciones pero, en general, más co­ munes a todos, como el pop, el rock, los Beats (su orientalismo), la poesía (y literatura) en inglés (de esta lengua se vertió, para la mayoría, la diversidad),

portugués y francés. Coin­c ido en esto y la lectura de Huidobro, Vallejo, Ne­r uda, Borges, Paz, Celan, el realismo mágico, la gran novela europea… La poesía griega, italiana. Desde los cincuenta, con el desarro­ llo editorial de la tra­d ucción se disparó este arco iris y sus flechas de imaginación incendiaria. Hoy vivi­ mos una crisis que hay que superar, La era del vacío, de Lipovetsky: a mayor cantidad de información menor calidad. Mayor dificultad para encontrar y absorber lo útil y trascendente (Baudrillard). Mayo­ res paradojas, más “tradiciones” y menos autentici­ dad de éstas. Menor formación y más información. –Hay poetas que manejan el mito en su obra y tú eres uno de ellos, ¿qué lugar ocupa esta poesía en Mé­ xico?

‒Varios poetas de mi generación han olvidado trabajar, por lo menos conscientemente, en su des­ pliegue y fundamento de sentido, nuestro mito (que asimilaron creativamente, digamos, Paz, Bo­n ifaz Nuño, Le Clézio) y el universal, o lo abordaron desde la sátira o la ironía. Siendo la mitología me­x icana, su poética, profética y simbología, una de las más gran­ des y ricas del mundo. A Octavio Paz le interesaba más la eternidad circular del mito que el instante li­ neal de la historia (estudioso de ésta comprende me­ jor el mensaje sincrónico y diacrónico mítico), dejó lecciones sobre éste, su renacimiento constante des­ de su esencia y el poder oracular de sus símbolos, pero no todos retomaron este diálogo. Lévi-Strauss, Frazer, Eliade, Otto, Vico, el Popol Vuh, los textos sa­ grados, etcétera, son fundamentales. El mito opone una cosmovisión al caos, une lo sagrado y lo terreno, establece un diálogo vital, una comprensión profun­

El mito es la semilla de la vida. Gracias a la poesía colgamos nuestro nido en el abismo. Mito, poe­sía y sincronicidad se unen a través del símbolo.

Víctor Toledo recibió el Premio Nacional de

da existencial, una hoguera fuente y un consuelo (entusiasma, espiritualiza), le da el sentido a la vida (sin el cual no es posible) y a la muerte: nos envuelve con la luz dorada del renacimiento, y el principia esperanza. El mito se renueva his­t ó­r i­c a­m ente por la poesía, conservando su esencial mensaje, su inson­ dable profundidad intemporal y universal, su senci­ llez-complejidad, su creatividad interpretativa (así los textos sagrados y la poesía), el poder curativo sobre la neurosis del vacío y la destrucción masiva e individualista. Así la gran poesía. El mito es poesía, la poesía verdadera: mítica, es el viaje sagrado: el gran sentido del mundo clásico unido a la fertilidad, directa o indirectamente, está en los grandes poetas griegos del siglo xx y en Pound, Eliot, Borges, Neru­ da, Paz… El mito es la semilla de la vida. Gracias a la poesía colgamos nuestro nido en el abismo. Mito, poe­ sía y sincronicidad se unen a través del símbolo. –¿Cómo ha influido tu trabajo de traducción en el oficio de la poesía?

‒Aprender y aprehender (agarrar en el sentido de Whitehead) una lengua es poseer de manera más completa su tradición y cosmovisión, su realidad y verdad (Lévi-Strauss decía que si una lengua muere, muere una parte insustituible de la visión del mundo y el universo). Los límites del lenguaje son los del pensamiento (Wittgenstein). Al traducir comprendes más profundamente al poeta que trasladas, su cul­ tura y pensamiento y su influencia es mayor. Con Brosd­k y me bañé en su perspectiva inversa trascen­ dente, el metafísico diálogo con su historia univer­ sal (contrapunto del Oriente y el Occidente), con Pushkin y Mandelstam, del coloquio entre los mitos eslavos y griegos, de la esencialidad eterna que te proporciona la dimensión mítica, la esperanza de fundar una nueva patria clásica. Así escuchas el ritmo que es la lengua única de cada lengua y el mayor mis­ terio de todas las lenguas en tanto reflejo particular del ritmo del universo, la eternidad y la historia. Can­ to insondable de una sirena de belleza irrepetible que sin embargo intentas bañar en otras aguas, pues todo tiene correspondencia con lo otro. La traducción es el encuentro con el origen de la Lengua y del Mundo. Es vestir, cubrirme con la piel del alma y el espíritu del poeta con el mayor rigor, con una capa invisible. Como el sacerdote en la piedra de los sacrificios y su víctima ofrendada (su corazón: flor lingüística y cul­ tural) al dios solar. Autosacrificio. Invocación y provocación a la sincronicidad de ritmo y sentido en las dos lenguas unidas de la serpiente •


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ensayo

Jornada Semanal • Número 916 • 23 de septiembre de 2012

Elspanglish

Ilan Stavans

y laRAE

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uego de muchísimo tiempo de ignorar el spanglish (son incon­ tables las ocasiones en que su lí­ der máximo, Víctor García de la Concha, anunció públicamente que “no existe”), la Real Academia Es­ pañola de la Lengua ( rae ), desde su sede en Madrid, ha incluido la pala­ bra spanglish en su diccionario. Como su principal defensor (no por nada me llaman The Cheech and Chong Professor of Spanglish at Amherst College), la inclusión debería llenar­ me de júbilo. En efecto, estamos ante un mo­ mento histórico. La primera pala­ bra americana que, de forma ofi­ cial, viajó de regreso a la Península Ibérica después del arribo de Co­ lón en 1492 fue canoa, que An­ tonio de Nebrija insertó en la edi­ ción de 1496 de su Gramática de la lengua castellana. Canoa, pues, es testimonio que las colonias no son sumisas, que terminan re­ configurando las entrañas del imperio que las dominó. Aun­ que esta no es la primera vez que una palabra en spanglish entra en el diccionario de la rae , sí es la más significativa: ahora que García de la Concha felizmen­ te ha sido reubicado por el go­ Ilustración de David Navascués bierno español (tiene a su man­ do la dirección del evangelizador Instituto Cervantes), la Academia se ha animado a reconocer lo que el resto de nosotros ya sabía: que el spanglish es una realidad, necia e incómoda para algunos, pero realidad al fin y al cabo. Sin embargo, no es alegría lo que siento sino frustración. Desafortu­ nadamente, la definición que la rae decidió insertar en su diccionario es ridícula: “Modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados

Unidos, en la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gra­ maticales del español y del inglés.” ¿Deformándolos? ¿En qué siglo vive la Academia? ¿El dieciocho, cuando se fundó; el veintiuno, en el que vivi­ mos? A estas alturas del conocimiento lingüístico, describir el contacto diná­ mico entre dos lenguas como una deformación es rechazar la base misma del desarrollo verbal. Toda lengua viva está en constante movimiento. Ese movimiento implica la reinvención constante de estrategias. Únicamente las lenguas muertas pueden ser consideradas puras porque la pureza no existe en los códigos que se actualizan a dia­ rio para estar al día en términos tecnológicos, científicos, de pu­ blicidad y cultura. ¿No es el español americano una deformación del español pe­ ninsular? Sí, pero describirlo así es negar su autenticidad. A más de quinientos años de la conquis­ ta de América, la ecuación se ha invertido, al menos si usamos el ámbito demográfico como fuerza censora. Somos más de cuatrocien­ tos millones de hispanoparlantes en este continente. Las posibilida­ des del español entre nosotros son múltiples. El número de habitantes de España no llega a los cincuenta millones. ¿Quién está al mando? La lengua es de quien la usa, no de quien la legisla. Algo similar ocurre con el spanglish. En vez de ser una deformación, su textura es evidencia del surgi­ miento de una nueva manera de con­ cebir al universo. Es cierto que esa concepción deviene del inglés y el español pero la mezcolanza, la yuxta­ posición no es ni de uno ni de otro. Tampoco es una deformación sino, más bien, una posibilidad nueva. El mismo español, en la época de Gonzalo de Ber­ ceo, en el siglo xiii , era un menjunje que conllevó a la gestación de lo que hoy es la tercera lengua más importante del mundo (después del mandarín y el inglés). La palabra “deformación” si­ gue denunciando una actitud colonialista. Ya es hora de que España se libre de sus propios fantasmas. Sí, el spanglish, como realidad, merece ser registrada en el diccionario de la rae . No, este vehículo de comunicación –útil, hermoso y duradero– no es un monstruo •


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Momentos estelares Ricardo Bada

Esperando a Godot. Foto: Inigolai

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A Helena Cortés Gabaudan

Érase una vez un irlandés anguloso y pelirrojo lla­ mado Samuel Beckett que paseaba con un amigo es­ pañol por el Museo del Prado, y llegaron en su deam­ bular delante del Goya que se titula La familia de Carlos iv . Absorto quedó el irlandés ante aquella es­ tampa egregia, y luego de un gran rato le preguntó a su amigo: –¿Cómo se titula este cuadro? Y su amigo, viejo republicano, impávido, le res­ pondió: –“Esperando a Godoy”. Sin saberlo, acababa de disparar la puesta en mar­ cha del teatro del absurdo. ii

A Ángeles Mastretta

Acabada que fue la coyunda, el joven Heráclito ten­ dióse boca arriba en la pradera ribereña y gozó absor­ to la infinitud del cielo: su compañera ronroneaba despatarrada en el paraíso, y hasta diríase que ronca­ ba tenuemente. Pero no, pues aquello que ronquido tenue parecía, como muy pronto advirtió el joven He­ ráclito, era el zumbido de una avispa imantada por la glucosa del semen que aún impregnaba su a la sa­ zón exhausto miembro. Alarmado, el joven Heráclito púsose en pie sin decir oxte ni moxte y precipitóse al río que cerca de aquel prado discurría. Mientras enjuaga­ ba sus partes pudendas en las aguas cristalinas, una iluminación lo hizo detenerse y exclamar: –¡Todo fluye! Después de lo cual extrajo una conclusión genial: –Nunca te lavarás los huevos dos veces en el mis­ mo río. Y este fue el instante inaugural de la filosofía he­ lénica. iii

A Susana Sisman

Era un asmático de buen ver, alrededor de los treinta años, aquel día en que aceptó, de no muy buena gana, la invitación de un amigo a degustar en su compañía una cazuela de mejillones belgas, cerca de Châtelet. La cerveza trapense fue el señuelo inconfesable que lo decidió. Cuando le pusieron delante el cóncavo recipiente de blanca loza donde al calor del fuego se habían en­

treabierto los mejillones, aspiró con deleite la fragan­ cia que despedían y se le escapó una sola palabra... –¡Mamá! ...que musitó con los ojos cerrados. Acababa de recuperar su infancia. Pero ¿cómo diablos formularlo literariamente sin caer en la escatología? Por dicha, se acordó de las tazas de té y las empalagosas magdalenas. –¿Qué sucede, Marcel?– inquirió el amigo, des­ lumbrado por su rostro que resplandecía. –Nada... –le dijo–, sólo que estaba a la búsque­ da del tiempo perdido, y me parece que lo he recu­ perado.

Sin que se hubiese dado cuenta, la mujer estaba a sus espaldas, envuelta en una manta de Zamora y leyen­ do por encima de su hombro. Recostándose en él su­ surrole al oído: – ¡Qué requetemalo eres, Paquillo, hideputa!... ¿Ansí págasme los polvos que llevamos echados? Consideró brevemente don Francisco los pros y los contras, hecho lo cual procedió a tachar y cam­ biar siete palabras de las ya escritas, amén de una sola letra en la última palabra del segundo verso. Al final le quedó uno de sus mejores sonetos. Y la mujer supo cómo agradecérselo.

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A Ana María Mesa

Después de haber dejado plantada su semilla en el vientre de la divina Cleopatra, el general romano Julio César llegó el 1° de agosto del año 706 ab urbe condita a la vista de la ciudad de Zela, en el Asia Me­ nor. De lo más alto de una colina, y oteando unos cultivos que encuadraban el campo de batalla don­ de al día siguiente mediría sus fuerzas con las de Farnaces, rey del Ponto, su alma devota del dios Ba­ co le hizo exclamar sucesivamente, atropelladamen­ te, gozosamente: –Vides! Vino! Vivat! El escribano de la expedición movió la cabeza con desagrado mientras su ceño se fruncía pensando en el impacto de aquellos tres bisílabos entre los aus­ teros senadores a orillas del Tíber. Y puesto que los hados propiciaron a Julio César una victoria rápida y contundente, su probo secretario rescribió para la Historia: Veni, vidi, vici. v

In memoriam Gonzalo Rojas

Enarboló la bien cortada pluma de gallo, mojola en el tintero y dirigió una vez más la mirada, por encima de sus quevedos, hacia la mujer adormilada que ya­ cía desnuda en el catre de la cámara vecina. Luego, a la luz de la palmatoria que sobre la mesa reposaba, comenzó a escribir: Miré las tetas de la amada mía, si un tiempo prietas hoy desmoronadas, en la carrera de la edad ajadas por quien caduca ya su lozanía...

A mi Ronrón

y a su espeso azabache

En la taberna del puerto de Yolco, el piloto Tifis se inclinó bajando la voz y haciendo que el corro de sus amigos agachara las cabezas en círculo alrededor de las más que mediadas cráteras de un retsina genero­ so, todos todo oídos a lo que Tifis parecía querer con­ fidenciarles. –Largo tiempo he estado ausente esta vez, y mis andanzas me han llevado del lado de la Cólquida. Y habéis de saber, amigos míos, que he hecho allí un descubrimiento a mi juicio notable. Alzando levemente la cabeza, para asegurarse de que sólo sus compinches le escuchaban, susurró luego: –Las mujeres de la Cólquida tienen el coño de la color del trigo. Un nooooooooo de incredulidad suma recorrió el círculo de cabezas que se alzó unísono, movido por el estupor. Pero Tifis les convenció con un me­ choncillo que le había permitido llevarse una hetai­ ra de un puerto de la Cólquida. Visto y olido que lo hubieron todos, y certificada su indudable prove­ niencia, tomó Jasón la palabra y dijo querer apres­ tarse a una expedición de la que no volvieran sin haber catado tan exquisito manjar de los dioses. Objetó Heracles que los sacerdotes y los ancianos iban a arrugar el ceño considerando inmoral el ob­ jeto del viaje. Pero Jasón, que era todo carisma, no le dejó resquicio a la duda: –¿Es que no cuenta entre nosotros la presencia del querido Orfeo? Confiad en él, y ya veréis cómo nos inventa alguna hazaña que recordarán los siglos. Y este, y no otro, es el verdadero origen de la le­ yenda del vellocino de oro •


Agustín Escobar Ledesma

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os belfos de las mulas resoplan ruidosamente debido al esfuerzo de subir el monte con so­ brepeso; los perros que nos acompañan ja­ dean ruidosa e incesantemente a pesar de que sólo llevamos quince minutos cuesta arriba. A las cinco de la mañana tomamos un camino de herra­ dura flanqueado de piedras blancas de figuras capri­ chosas que, para nuestra suerte, es iluminado por la tenue luz de la luna que se asoma entre los claros del bosque de robles. Mis manos palpan la áspera, sudorosa y tibia piel del cuadrúpedo en el que voy montado. La comitiva está integrada por dos mulas, dos cá­ nidos y cuatro personas, una de ellas es Patricio, el joven guía taciturno que enronquece la voz: ¡mula!, al mismo tiempo que chasquea los labios; Patricio se dirige con mayor frecuencia a los equinos que a quie­ nes queremos arribar al Sótano del Barro antes de la siete de la mañana para ver salir las guacamayas que ahí anidan. Desde un día antes los tres turistas llegamos al Eco Albergue de Santa María de los Cocos, una ranchería situada en las montañas de la Sierra Gorda en don­ de confluyen los estados de Querétaro, Guanajuato y San Luis Potosí. De Santa María de los Cocos al Sótano del Barro, en total son 8 km de ida y vuelta que se recorren en cuatro horas; los más pesados son los primeros por ir cuesta arriba. A las siete de la mañana, cuando en el horizonte se ha extraviado la luna y se adivina un sol naranja y tierno, mulas, perros, visitantes y guía nos apos­ tamos al borde del Sótano del Barro, de cuyo fondo primero ascienden los graznidos de las guacamayas que tienen su lugar de anidación en las paredes de más de 455 metros de altura; minutos después, den­ tro del barranco se perfilan lejanas figuras de algunos pares del Ara militaris ‒Patricio, el guía, nos dice que son alrededor de noventa pares de guacamayas, aves que, al perder a su pareja ya no vuelven a buscar a otra; que suben en espiral de dos en dos, emitiendo fuertes y ruidosos graznidos; media hora después las aves de hermoso plumaje verde, coronadas con plu­ mas rojas en la cabeza y azules en las alas, desapa­ recen bajo la luz del nuevo día dispersándose entre la vegetación.

dejar la carretera Federal 69. Cocos, como los lugareños conocen este lugar, tiene algunas casitas de cemento edifica­ das con los dólares de los migrantes y en cuyas techumbres tienen antenas de platos azu­ les de la televisión por satélite; la arquitectura tradicional es de chozas de varas de carrizo enjarra­ das con lodo.

El albergue Nabor Arriaga Moreno es el administrador del Al­ bergue Eco-turístico de Santa María de los Cocos que, como tal, tiene veintitrés años funcionando. Un grupo de ejidatarios está asociado para los ser­ vicios que presta el albergue, entre los que se en­ cuentran guías, caballos, hospedaje y alimen­t ación. Una de las socias del albergue es la señora Martha Patricia Ruiz Corzo, fundadora y directora de la

para sacarles oro. En agradecimiento los gringos le regalaban a la gente dulces y galletas que jamás habían probado en la vida, también les llevaban medicamen­ tos y ropa. Doña Adriana menciona que la gente de Cocos apreciaba mucho a los grin­ gos y que una vez que las auto­ridades llegaron a Cocos para encarcelarlos por, supuestamente, en­v enenar el agua, todos los defendieron y no se los pudieron llevar. Goyo, el gringo, quedó muy agradecido con la gente de Cocos y les decía que el Sótano era muy rico, muy rico.

El retorno

El Sótano

del Ara militaris

Reserva de la biosfera El Sótano del Barro está ubicado en Santa María de los Cocos, municipio de Arroyo Seco, Querétaro, y pertenece a la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda, creada por decreto presidencial en 1977, cuya super­ ficie es de 383 mil 567 hectáreas que abarcan los mu­ nicipios de Landa de Matamoros, Pinal de Amoles, Arroyo Seco y Jalpan de Serra. El Sótano se encuentra a una altura de mil 860 msnm y tiene una profundi­ dad de 455 metros. De acuerdo con una investigación realizada por biólogos de la Universidad Autónoma de Querétaro, en el fondo de este sitio se encuentran 144 especies de plantas, 104 de animales (54 insectos, 23 ácaros, 12 arácnidos, 3 especies de anfibios, 4 rep­ tiles, 6 aves y 2 especies de mamíferos).

Santa María de los Cocos Santa María de los Cocos está situada a 50 kilómetros de Jalpan de Serra, corazón de la Sierra Gorda que­ retana, siendo 23 kilómetros de terracería de Puerto de Ayutla a Santa María de los Cocos, después de

Reserva de la Biosfera (quien ha recibido diversos reconocimientos internacionales por su lucha a fa­ vor de la ecología y a quien, en contraste, sus críti­ cos identifican como una cacique ambientalista), por lo que los dividendos del albergue se reparten entre los ejidatarios y ella.

El veneno de los gringos Adriana González Vázquez es la encargada de la co­ cina del Eco Albergue de Santa María de los Cocos y recuerda que, a principios de la década de los seten­ ta del siglo pasado, cuando ella tenía diez años de edad, su hermano Ramón llevó a dos gringos para que conocieran el Sótano, uno de ellos se llamaba Goyo y del otro no recuerda el nombre; esos gringos fueron los primeros que se metieron al Sótano. Tam­ bién recuerda que la gente decía que los dos hombres sacaban en unas mochilas piedras que luego hervían

A las ocho de la mañana, después de permanecer una hora al borde del precipicio del Sótano del Ba­ rro admirando al Ara militaris, emprendemos el regreso, ahora cuesta abajo. Patricio, el joven guía, enronquece la voz para arrear a los equinos: ¡mu­ la! El camino de herradura es diferente bajo la luz del sol que minuto a minuto intensifica el calor serrano. La comitiva de cuatro personas, dos mu­ las y dos perros está incompleta porque uno de éstos no resistió la caminata y regresó antes de lle­ gar al Sótano. En cuanto arribamos al Eco Albergue, la señora Adriana González nos pasa al comedor. Después del banquete para recuperar las energías perdidas, nos encaminamos a nuestras sagradas habitaciones en las que dormimos como benditos durante cuatro horas seguidas •


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El

o s r e v i n u

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a l l o z z Pia

Esther Andradi

unque h oy puede parecer imposible, hubo una época donde el mundo del tango se dividía entre enemigos y partidarios de la música de Piazzolla. El tango era para bailar, la “típica” era la reina de las orquestas, decían los de­ tractores, pero aunque los músicos se esmerasen en los escenarios, el tango se desvanecía. Sólo la poesía de los tangos antiguos y la sabiduría de esas letras interesaban a los jóvenes de los sesenta. Hasta que irrumpió un tipo loco, bien piantao, como se dice en lunfardo, un mago que sacó de su bandoneón todo lo que tenía encerrado: era tango con Bach y un plus de jazz. Se llamaba Astor Piazzolla.


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Ilustraciones de Gabriela Podestá

Nacido en 1911 en la ciudad de Mar del Plata, de una familia de origen italiano, Piazzolla se crió en Nue­ va York, a donde su padre emigró en los años trein­ ta en busca de trabajo. Todas las tardes los sonidos de Bach irrumpían en el patio trasero del edificio donde vivía. Astor estaba deslumbrado. Tenía doce años. Entonces Vicente, su padre, fue a tocarle la puerta al músico. El tipo se llamaba Bela Wilda, era un pianista húngaro, discípulo de Rachmaninov y a cambio de unos dólares y espaguetis una vez por semana, le dio clases de música. Nueva York tam­ bién era el deseo del jazz. “Las orquestas de Duke Ellington y de Fletcher Henderson... Por las noches, con un compañero íbamos a Harlem, hasta la puer­ ta del Cotton Club, a escuchar a Cab Calloway. Por supuesto, lo escuchábamos desde la calle, porque éramos dos ‘enanos’ y no nos dejaban entrar.” Nueva York es la calle, donde tiene fama de ca­ morrero, y desde luego el tango. “Esa música triste, llena de nostalgia, que mi padre ponía en la victrola y a través de la cual conocí a Julio De Caro, a Pedro Maffia, a Carlos Gardel.” Cuando tenía trece años el destino lo llevó a co­ nocer a Gardel, un golpe de suerte para este hereje, según los monjes del tango tradicional. ¿Una pre­ monición? La historia me la contó en los setenta Dia­ na Piazzola, la hija de Astor, en su paso por Lima, rumbo al exilio, y su padre la resume así: Un día, mi padre lee en el diario que llega Gardel a Nueva York para filmar una película. Mi padre, que además de escuchar religiosamente los discos de Gar­ del tenía el hobby de hacer tallas en madera, se pasó dos noches sin dormir haciendo una escultura de un gaucho tocando la guitarra. Le escribió al pie: “Al gran cantante argentino Carlos Gardel, Vicente Piazzolla.” Averiguó en qué hotel se alojaba Gardel y me dijo: “To­ má, llevásela y decíle que se venga a comer unos ra­ violes. Ah, y no te olvides de decirle que tocás el ban­ doneón.” Hay que tener en cuenta una cosa: cuando Gardel llegó a los Estados Unidos, en Nueva York de­ bía de haber algo así como ocho argentinos y tres uru­ guayos. Llega Gardel a ese lugar y, de pronto, se encuentra con un chico como yo, que le habla en español, le ofre­

Así fue que Astor se transformó en The Argentine Boy Wonder of the Bandoneon, hasta que la familia retornó a Argentina.

De Gardel a Troilo De regreso en Mar del Plata, escuchó por radio al sexteto de Elvino Vardaro, que tenía una forma es­ pecial y diferente de interpretar el tango. Fue un deslumbramiento similar al que tuvo con el Bach de Bela Wilda. Su pasión por esta forma del tango lo impulsó a viajar a Buenos Aires y hacer su camino. Tenía sólo diecisiete años. El joven Piazzolla comenzó tocando para la or­ questa de un cabaret y, cuando salía de ahí, se iba a escuchar al bandoneonista Aníbal Troilo, a quien admiraba hasta la devoción.

Participó en diferentes orquestas, fundó una propia, la disolvió, compuso para piano y generó un escándalo al incorporar dos bandoneones en una orquesta sinfónica.

Bach, Gardel y más allá

ce un regalo de un admirador argentino y, para colmo, le dice que sabe tocar el bandoneón. Gardel casi se des­ maya. Me pidió que fuera al día siguiente con el ban­ doneón. Yo apenas chapurreaba algunas cositas por­ que en ese entonces, a pesar de que mi padre me había comprado el bandoneón para que tocara como Pe­ dro Maffia e incluso me mandaba a estudiar música, yo prefería el jazz y soñaba con tener una armónica y hacer tip tap. De todos modos, mi escasa destreza con el instrumento le bastó a Gardel para incluirme en la película que había ido a rodar a los Estados Unidos: El día que me quieras, donde además de tocar, yo hacía el papel de vendedor de diarios.”

De tanto ir a escucharlo, sabía el repertorio de Troilo y su orquesta de memoria y me había obsesionado con algunos de sus músicos, especialmente con el pianis­ ta Orlando Goñi y el violinista Hugo Baralis, de quien me hice amigo. Una noche llego al Germinal y Baralis me recibe con cara de velorio. “¿Qué pasa?”, le pregunté. “Justo hoy, un viernes, se enfermó el Toto. El Gordo (se refiere a Troilo) está furioso y tiene razón: perdemos de tocar todo un fin de semana.” Era mi oportunidad: el Toto Rodríguez, uno de los bandoneones, estaba fuera de combate. Con la irresponsabilidad de la ado­ lescencia, le pedí a Baralis que le dijera a Troilo que yo podía tocar. Baralis me miró como si yo me hubiera vuelto loco: “¿Lo decís en serio?” “Por supuesto que lo digo en serio. Sé todo el repertorio de memoria.” “Es imposible”, me dijo riéndose, “sos demasiado joven­ cito para esto.” Seguí insistiendo hasta que Baralis, con un poco de miedo, fue a hablarle a Troilo. El Gordo me miró, entre divertido y asombrado; me preguntó si me tenía tanta fe como para tocar allí mismo. Le dije que sí, que sabía música clásica y conocía sus tangos como para tocarlos con los ojos cerrados. Troilo hizo una seña con la cabeza, me acercaron un bandoneón, subí al escenario de un salto y, a una indicación suya, comencé a tocar. Me tenía tanta confianza que toqué todos los tangos como a quien le piden el arroz con leche. Cuando terminé, Troilo se quedó un momento en silencio, después se acercó hasta mí y lo único que dijo fue: “Ese traje no va, pibe. Conseguite uno azul que debutás esta noche.”

Era el año 1939 y con el mismo desparpajo, Piazzolla se las arregló para entrevistar al pianista Arthur Rubinstein, que estaba en Buenos Aires para dar una serie de recitales: Le llevé un concierto para piano que yo había escri­ to. Él, muy amablemente, se puso a tocarlo al piano. Cuando terminó, me dijo con simpatía: “¿Le gusta la música?” “Sí, maestro.” “¿Por qué no estudia, enton­ ces?” Tenía absoluta razón. Sin perder tiempo, co­ mencé a estudiar con Alberto Ginastera. Yo quería estudiar con Juan José Castro, pero él no podía ense­ ñarme y me recomendó a Ginastera, que en ese mo­ mento era también bastante joven, al punto que yo fui el primer alumno que tuvo en su vida. Con él estudié frenéticamente entre 1939 y 1945; es decir, más o me­ nos el tiempo que estuve en la orquesta de Troilo. De modo que el Gordo era mi chanchito de la India. Cada cosa nueva de armonía, de contrapunto, de instru­ mentación que aprendía con Ginastera la probaba en la orquesta. Y el Gordo me detenía, me preguntaba si estaba loco o quería que los músicos me asesinaran al sigue

F


ensayo

Ché Bandoneón A mediados de los años cuarenta Piazzolla aban­ donó la orquesta de Troilo y comenzó una década de experimentación buscando su estilo. Participó en diferentes or­ questas, fundó una propia, la disol­ vió, compuso para piano y generó un escándalo al incorporar dos ban­ doneones en una orquesta sinfóni­ ca. En 1954 ganó un premio del go­ bierno francés para estudiar en París con Nadia Boulanger, consi­ derada en aquellos tiempos como la mejor pedagoga que había en el mundo de la música. Vicente, el Nonino del tango que inmortalizó Piazzolla, le regaló el primer bandoneón de su vida cuan­ do Astor tenía ocho años. Había cos­ tado 19 dólares. Pero al pequeño Astor le gustaba más el piano, y más aún, soñaba con una armónica. El bandoneón de Piazzolla se turnaba el ropero o el público según el mo­ mento, y hay que decir que más de una vez quiso confinarlo definiti­ vamente al armario. Fue un amor de esos intermitentes, pero eterno, aunque, como suele pasar en la vi­ da, no fue él quien se dio cuenta, sino la Boulanger, quien se lo reve­ ló: “Astor, sus obras eruditas están bien escritas pero aquí está el ver­ dadero Piazzolla, no lo abandone nunca.” Y Astor Piazzolla se rindió a los pies de ese fuelle que le expresaba la vida entera, lo que él quería hacer. Cuando fui a París, dos cosas me abrieron literalmente la cabeza: una, estudiar con la Boulanger, haber en­ contrado en ella la confirmación de un camino a seguir; la otra, escuchar a Gerry Mulligan y su grupo: esto me volvió comple­ tamente loco, no sólo por los excelentes arreglos de Mulligan y por la forma en que tocaban todos, sino también, y fundamentalmente, porque percibí la fe­ licidad que había en ese escenario. No era como las orquestas de tango que yo estaba acostumbrado a escuchar y que parecían un cortejo fúnebre, una reu­ nión de amargados. Aquí la cosa era una fiesta, una diversión: tocaba el saxo, sonaba la batería, se la pa­ saba al trombón... y eran felices. Porque allí había

arreglos, había un director, pero también margen pa­ ra la improvisación, para el goce y el lucimiento de cada uno de los músicos. Me dije que eso era lo que quería para el tango. Y efectivamente, cuando volví a Buenos Aires, formé el primer octeto (1955) que fue, entonces sí, una verdadera revolución. Allí empleé todo lo que había aprendido con Ginastera y la Bou­ langer y algunos fraseos y procedimientos instrumen­ tales que eran más característicos del jazz. Introduje un concepto absolutamente novedoso para el tango: el swing. Y, fundamentalmente, la idea del contra­ punto: tocar en el octeto era como cantar en un coro;

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cada uno tenía su parte que dialogaba con las partes de los otros; cada uno podía disfrutar de lo que toca­ ba, podía lucirse y divertirse con la música que hacía. Y eso es fundamental, porque si la música carece de diversión no sirve para nada. Por supuesto, allí esta­ ba todo lo que había aprendido en mis clases, sobre todo Stravinsky, Bartok, Ravel y Prokofiev; pero tam­ bién estaba la veta más agresiva y cortada del tango de Pugliese, el refinamiento de un Troilo y de un Al­ fredo Gobbi que, hacia fines de los ’40, era para mí el tanguero más interesante.

Adiós Nonino Volvió a Nueva York en 1958 a tra­ bajar como arreglista pero no tuvo éxito con su fusión de tango-jazz. Y sin embargo, fue en la ciudad de su infancia donde compuso la mejor pieza que según el mismo Astor es­ cribió en su vida: “Adiós Nonino.” En Astor, la novela biográfica es­ crita por su hija Diana, Piazzolla evoca esa estadía: Me sentía deprimido, triste. Lo único que quería era volver a Buenos Aires, escuchar a Pugliese, tomar café con mis amigos. Fueron años de pesadilla, a lo que se sumó una noticia que me derrum­ bó definitivamente: la muerte de Noni­ no, mi padre. En el trayecto a casa miraba los barrios por los que íbamos pasan­ do, los subterráneos, la calle Cuarenta y Dos, la calle Once, el Central Park. Todos los recuerdos se me vinieron de golpe a la cabeza y en todos estaba mi padre. Cuando entré en mi departamento de la calle Noventa y Dos, me senté en un si­ llón y me quedé un rato así, como en el aire....

Piazzolla fue categórico: “El número uno es ‛Adiós Nonino’. Me propuse mil veces hacer uno superior y no pude.”

final de un ensayo; decía que lo que yo proponía no se podía bailar. De todos modos, Troilo me quería, llegué a ser su primer bandoneón y, durante los dos últimos años que estuve con él –1943 y 1944– hacía casi todos los arreglos. Claro que era una lucha cons­ tante: de mil notas que escribía, el Gordo me borraba seiscientas.

23 de septiembre de 2012 • Número 916 • Jornada Semanal

Ese día del año 1959, en cuarenta y cinco minutos, compuso “Adiós No­ nino.” En 1990, entrevistado por Natalio Gorin para el libro A manera de memorias, Piazzolla fue categóri­ co: “El número uno es ‛Adiós Noni­ no’. Me propuse mil veces hacer uno superior y no pude.” Regresó a Buenos Aires poco des­ pués y formó su mítico quinteto. Pasaría mucho tiempo más para que su música conquistase definitivamente Nue­ va York. En 1987 Piazzolla grabó con la Orquesta de St. Luke’s, dirigida por Lalo Schifrin, el Concierto para bandoneón y tres tangos para bandoneón y orquesta. Se presentó en el Central Park frente a un público masivo. La ciudad donde había soñado con una armónica, donde lo deslumbró Bach sonando en un patio, donde escuchó jazz la ñata contra el vidrio, lo aplaudía. Hace veinticinco años. Parece como si fuera hoy •


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leer

Jornada Semanal • Número 916 • 23 de septiembre de 2012

La emperatriz Carlota de México, Norbert Frýd, traducción de Gloria Céjka, Instituto de Cultura de Morelos, México, 2012.

LA BELLA, LA BESTIA Y OTROS CUENTOS ALEJANDRA ATALA

El autor checo Norbert Frýd (1913-1976), a través de su polifónica pluma, como en un cuento para niños, nos guía, no sólo a la intimidad de la vida de la princesa Carlota de Bélgica, antes bien, a todo el tarimaje o entramado político y social, en Europa y en México y en Estados Unidos, que la rodeaba con brazos, de tan afectuosos, harto estrechos ‒poco más que su corsé‒, que a fuerza de tanto “amor” la fueron asfixiando. Frýd toma de la mano a la admirable y contristada Carlota y luego la deja a solas, mientras nos habla de su bien amado Ferdinando Max, o de su cuñado Francisco José, o del laureado Juárez, o de Lincoln o de Napoleón iii , por decir poco; porque de árboles genealógicos tan vastos y pródigos en el regadero de títulos más allá del Atlántico y los que por des-

Obra completa, Julio Torri, fce ,

México, 2011.

¿TODO TORRI EN UN SOLO VOLUMEN? RAÚL OLVERA MIJARES

Dispersa en publicaciones periódicas de la época, rescatada en forma póstuma entre sus papeles personales y correspondencia de años con diversos hombres de letras, sumada a la labor como prologuista, antólogo y autor de breves y sentenciosos tratados, la obra integral de Julio Torri jamás se había recogido en un solo tomo y es aún dudoso si la reciente Obra completa, en edición de Serge i . Zaïtzeff, contenga no sólo los posibles y deseables hallazgos, acariciado y febril sueño de quienes bucean en archivos, sino incluso la totalidad del cuerpo de la obra aparecida hasta la fecha. De manera sorprendente, el primer libro de Torri publicado por el Fondo de Cultura Económica, La literatura española (1952), quedó excluido de esta edición (de seguro por tratarse de una obra ele-

ventura nos tocan, no queda corto; muy al contrario. La sapiencia de Frýd es la narradora, que ya juega como un rapaz y no sólo nos habla de las acciones, sino que habla en primera persona desde los líricos y políticos disertos, de varios, estos personajes que fueron tejiendo la historia del mundo. Ocurren las páginas y, aunque en momentos no veamos a la emperatriz, sabemos que está ahí, en sus habitaciones propias, haciendo lo conveniente en un ser humano criado para amar a través del gobierno: instruyéndose, reflexionando, ponderando el camino a su tan necesario tanque de oxígeno, la vida, su vida, amoratada por un cuerpo mirado con tan escasa indulgencia. Al parecer, toda historia de nobles, llámense reyes, príncipes o emperadores, es digna de un cuento, preguntémosle a Charles Perrault (16281703), con “La bella y la bestia”, a Jacob y Wilhelm Grimm (1785- 1863 y 1786- 1859, repectivamente), con su “Blanca Nieves”, o al mismísimo Hans Christian Andersen (1805 -1875) con “El nuevo traje del rey”, sólo por citar a unos pocos de los muchos inspirados en la tradición monárquica. Por eso es inevitable que al tomar este libro, no obstando que adolece de ilustraciones, colorines, viñetas, la mente niña se abra a sus pasados arcanos en la curiosidad insobornable de querer saber cómo vive una reina, princesa o, en este caso, emperatriz. Y, efectivamente, uno abre el libro y en-

tra en un cuento para niños, pero al decir cuento para niños podría decirse que es para aquellos, como los infantes, que se atreven a ahondar en un corazón de carne y no en el modulado en piedra que van procurando los años o la civilización, como el de la bestia que es una cultura social aterrorizada por el amor, por el dolor que provoca el amor en sí mismo y porque sí, porque es violento y con él, por la locura –no del otro, sino de la propia– porque es tan alto y tan profundo que se entra en un estado de terror inconmensurable. Decía r . m . Rilke: “Todo ángel es terrible” y horrible es lo que provoca en la mirada de quien se arriesga a mirarlo de cerca •

mental o bien de carácter erudito, ya que el misterioso opúsculo de Torri permite una u otra lectura e incluso ambas). La segunda exclusión la constituyen los Epistolarios ( unam , 1995), de los cuales sólo se recogen las cartas a Alfonso Reyes, dejando en la orfandad el resto de la correspondencia con Pedro Enríquez Ureña, José Vasconcelos, Rafael Cabrera, Xavier Villaurrutia y otros escritores de México, América Latina y España. Más comprensible resulta la primera exclusión que la segunda, debido a un hecho en sí mismo accidental aunque de importancia singular. Zaïtzeff cuidó, anotó, recopiló y desempolvó la mayor parte del epistolario, mientras que La literatura española, editada en vida de Julio Torri, no estuvo ciertamente a su cuidado. Esto viene a colación porque de sus cuatro intervenciones, que serían El arte de Julio Torri (Oasis, 1983, Premio Villaurrutia), los prólogos a Diálogo de los libros ( fce , 1980) y El ladrón de ataúdes ( fce , 1984), con la adición de una bibliografía que promete ser exhaustiva, consideraciones teóricas donde se consumen alrededor de 150 páginas, sin contar con las elementales notas a pie de página por parte del editor con las que pretende explicar quiénes fueron Beethoven y Goethe, Quevedo y Góngora, Casanova y Le Corbusier, vienen a hacer del libro, no sólo un homenaje al gran literato saltillense, sino al emérito profesor de la Universidad de Calgary. O más bien la pregunta

sería, cuando se revisa el trabajo con lupa, ¿la labor de quién resulta menos empañada? La única reserva que permanece es si deben ser eruditos extranjeros los que se ocupen de editar a los mejores autores de México. Torri ha sido objeto de artículos, ensayos y monografías por parte de Alfonso Reyes, Antonio Castro Leal, Andrés Henestrosa, José Luis Martínez, Ramón Xirau, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Marco Antonio Campos, Gabriel Zaid, Guillermo Sheridan y Luis Ignacio Helguera. Se esperaría de este académico, nacido en Versalles de padres rusos y formado en el Canadá anglófono, un prurito singular en materia de edición, cuidando el cuerpo del texto, cerciorándose de que estuviera libre de erratas, lo que, por desgracia, está lejos de ser el caso, incluso en francés •

BRADBURY POR SIEMPRE Textos de Guzmán Wolffer y M.A. Campos

próximo número

Borges se copia

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Prolegómenos (i de ii) ¿Qué es eso? Es un “Estudio preliminar, introductorio y simplificado” (Abbagnano). En este sentido, precisamente, la palabra es adecuada al texto de Jacques Stephen Alexis titulado Prolegómenos a un manifiesto del realismo maravilloso de los haitianos, presentado en 1956 en el Primer Congreso Internacional de Escritores y Artistas Negros, realizado en París, en La Sorbona. A estas alturas de nuestra occidental civilización, una reunión de escritores y artistas negros puede parecer absurda, automarginadora e intolerante; sin embargo, en aquellos años el racismo y el apartheid eran cosa cotidiana en Europa, América y la propia África. Todavía no cuajaba en Estados Unidos la organización de Malcolm x y tampoco era evidente la beligerancia de los Panteras Negras y de otras organizaciones defensoras de los derechos de los negros. Es obvio que a los negros se les llamaba negros y no, eufemísticamente, afroamericanos. En síntesis, este Primer Congreso Internacional tenía una fuerte carga política, social, ideológica, además de estética. De ahí la importancia, me parece, de estos Prolegómenos…, de Stephen Alexis. La sola mención de “realismo maravilloso” remite de inmediato a “lo real maravilloso” de Carpentier, que años antes (1949) había publicado El reino de este mundo, con un prólogo, dicen los investigadores –mi edición no lo trae– en el que exponía sus ideas sobre lo real-maravilloso. Esta novela fue consecuencia de una visita que Carpentier realizara en 1943 a la isla caribeña, coincidiendo ahí con Wifredo Lam, Aimé Cesaire y André Breton. El surrealismo estaba en su apogeo y se consideraba una corriente verdaderamente revolucionaria. Alexis, militante desde los dieciséis años del Partido Comunista, fundado dos años antes por Jacques Roumain, mostró siempre una actividad disidente contra los gobiernos de su país que obedecían como títeres a los estadunidenses, sin impor tarles que el grueso de la población estuviera en la miseria y muerta de hambre. En los Prolegómenos…, que perfectamente podrían haberse denominado Manifiesto, Alexis realiza en su primera parte un análisis de la situación mundial y de su país, del azote del capitalismo y el imperialismo que repercuten negativamente en las expresiones artísticas y han dado pie a una respuesta en la que “todas las razas, todos los pueblos, todas las patrias se lanzan impetuosamente a la conquista de un estándar de vida por fin humano”. En seguida hace una síntesis de la historia de Haití y comienza a analizar la cultura local, haciendo a un lado la idea, en su momento tan común, de que ahí sólo había negros afrancesados. Rescata la cultura de los pueblos indígenas (los taino-Chemés) que se encontraban ahí a la llegada de los españoles, a la que se añade lo que traen los españoles y posteriormente los negros, a lo que se suma la lengua francesa cuando fueron colonia de Francia; sin embargo, hace la distinción de que el francés como tal se redujo a las capas aristocratizantes, en tanto que el pueblo inventó y utilizaba el creole. Jacques Stephen Alexis, en el recuento mencionado, apunta que “la cultura haitiana se dibujó progresivamente a partir del aporte decisivo africano, hasta el día de la independencia, el 1° de enero de 1804, en que la nación haitiana y su cultura en formación iban a proseguir un desarrollo autónomo.” Esta tendencia fue reforzada decisivamente por los negros bozales, llamados creoles por haber nacido ya en la isla. Sus aportaciones fueron desde la lengua hasta

la música y las leyendas de tradición oral; “su originalidad y riqueza fueron cada vez más grandes –escribe Alexis– y todo aquello que se aportaba, se fusionaba bien, puesto que, excepto la impronta francesa y occidental, todas las demás contribuciones reflejaban sociedades con un similar estadio de desarrollo histórico”. Esta propuesta, me parece, es interesante para un estudio más detenido de la cultura, sobre todo en países o naciones que fueron víctimas de colonización, pues, como él mismo escribe:“Las culturas de todos los pueblos son hermanas de distinta edad, pero hermanas.” Por estas y otras líneas citadas, es evidente la mentalidad marxista de Alexis, lo cual, a su vez, implica que comulgaba con la filosofía materialista. De ahí surge una inquietud, creo, natural, si consideramos que en la cultura haitiana están muy presentes el vudú, y los zombies. ¿Los niega Alexis en estos Prolegómenos…? ¿Los desprecia? ¿Qué plantea este notable narrador haitiano al respecto? Tendremos que dejarlo para la próxima columna • (Continuará.)

23 de septiembre de 2012 • Número 916 • Jornada Semanal

Ana García Bergua Nieve Nunca he estado en la nieve. Por eso me fascinó Decir la nieve (Siruela), de la escritora madrileña Menchu Gutiérrez, que es una caminata, más que un ensayo, por parajes blanqueados. En él, la autora nos muestra distintas transfiguraciones de esta materia que es agua pero no lo es; su esplendor u oscuridad duran tan sólo un tiempo. La nieve es una materia transitoria y por ello es también una especie de milagro o de pesadilla que en la contemplación se transforma en materia poética pura, esencial y mudable. Así, a lo largo de la lectura de Decir la nieve, no sabemos si nos hemos movido a lo largo de un paisaje nevado, o si algo se ha ido moviendo adentro de nosotros. Menchú Gutiérrez acude a autores de la literatura universal que en su obra han incluido la nieve. La primera estación de este periplo es la magia de la nieve, que “borra una realidad e instaura otra”, modificando nuestra percepción de las cosas. Así, la leyenda de Abderramán iii , donde el paisaje se llena de flores de azahar simulando la nieve, así como El castillo de Yodo de Inoué Yasushi, dan pie para hablar de ella como paisaje para la contemplación y la elevación, o como la conciencia de lo efímero, tal como expresan los textos de Basho y Kawabata. Asimismo, dentro de la transformación se encuentra la visión de la nieve como un tejido o la nieve que blanquea las telas y les transmite su pureza. “La nieve se convierte en el espejo de quien la contempla: es lo que tú eres o lo que desearías ser, despierta a la imaginación y hace que el escritor torturado pueda ver sobre ella un ángel negro.” La contemplación lleva al tema del espejo; la nieve puede simbolizar el odio y la desunión como la estalactita y la estalagmita de la novela El cortejo nupcial helado en la nieve de Ismaíl Kadaré. O el blanco de la tela que recibe a un bebé y el blanco del sudario que nos despide del mundo. O la oposición entre el cuento de Kawabata titulado “Nieve” y “El albergue” de Maupassant, donde estar encerrado en medio de la nieve constituye un milagro o una pesadilla. “Si el canto gregoriano parece la respiración de la música, los cop o s de nieve parecen la respiración del silencio; un silencio vivo, entregado a la tarea de borrar los sonidos”. Igual que la espera, el vacío, el recogimiento, se pueden considerar acciones y no muestras de simple receptividad pasiva, el silencio de la nieve es algo que se produce, que se crea. Músicos como Morton Feldman o John Cage hablan en este apartado de la necesidad espiritual de construir el verdadero sonido y el verdadero silencio. El verdadero silencio, similar al que se crea con la nieve, es el que permite escuchar el sonido de los cascabeles de los trineos que viaja por el paisaje nevado de las obras de Tolstoi y de Rilke. Un silencio que puede “producir la más armónica de las melodías o ensordecer nuestra razón tiene también el poder de quemar o de apagar el fuego. Fuego y nieve. Calor junto a frío.” Para algunos autores, el manto de la nieve representa un cobijo cálido que guarda y protege a la naturaleza, anticipando el júbilo de los brotes en la primavera; para otros, esto mismo representa la sepultura. A ello se suman, por supuesto, el significado de la nieve que se derrite con el calor y con el fuego, y la que convive con la hoguera de modo vital, así como la fantasía de la con-

PASO A RETIRARME

Orlando Ortiz

PROSA-ISMOS

arte y pensamiento ........

servación de la nieve como una metáfora de la detención del tiempo. En un inquietante fragmento de la obra de Menchu Gutiérrez, la nieve, al derretirse en el cuerpo, participa en el acto amoroso. La nieve sucia es una puerta de salida de Decir la nieve: la nieve manchada de sangre, de lodo, y sus expresiones móviles y opuestas. El ejemplo del hombre que orina en la nieve del cuento de Kawabata y goza con la visión del vapor que se desprende al horadarla es uno de los ejemplos más bellos y perturbadores a los que recurre la autora. Este libro incluye algunas imágenes que refuerzan la experiencia sensorial. Una de ellas sería la de los copos de nieve, tesoro microscópico que la nieve guarda en su seno. La foto de Robert Walser muerto en medio del paisaje nevado es una de las citas más elocuentes: la paz de la muerte en la nieve, que acoge en su calor al fallecido y a la vez conserva el cuerpo. Decir la nieve es un viaje delicado por la contemplación y las emociones que la nieve suscita, a las que la literatura ha respondido de tantas maneras que Menchu Gutiérrez urde en su trama flexible, cálida y helada a la vez •

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........ arte y pensamiento

Alonso Arreola alarreo@yahoo.com

Londres, the funkiest city Jehová Cubiertas las paredes con terciopelo rojo y sometido a la luz de diez enormes candelabros que proyectan arañas en la raída alfombra, The Grand es un foro envidiable plantado en esos suburbios de Londres que ningún turista, ni siquiera durante las Olimpiadas, visitaría. Emblema del Clapham, su estilo victoriano regala una magnífica intimidad en la que cómodamente deambulan y beben unas 600 personas. El boleto de hoy ha costado 30 libras y la pinta de cerveza otras cuatro. Unos 800 pesos en total. Estamos en una de las mesas del segundo nivel, junto a la barra, esperando el mejor momento para saltar a la pista. A nuestro lado una mujer corpulenta comienza a hablar sobre su pasado como productora de conciertos; sobre la promesa de cuidar a su madre que le hiciera a su padre desaparecido. Es muy extraña. Dice ser amiga de Armando Manzanero y Luis Miguel. Ambas referencias nos acalambran. Afortunadamente, The Fantastics toma el escenario. Sexteto bien educado en las formas del funk, luego de tres piezas no logra prender a la audiencia que espera la aparición de Larry Graham & Graham Central Station, uno de los pocos conjuntos que verdaderamente dominan el género (su líder fue bajista de Sly and the Family Stone y Prince). Interrumpiendo el flujo de lo que pasa sobre el tinglado, la mujer en cuestión habla sobre su amistad con Graham, pues según ella ambos son testigos de Jehová. Señala al frente y me dice que adora la forma como Larry toca el saxofón. Desconcertados, la corregimos: este es el grupo abridor. Ahogada en un silencio incómodo, vuelve a la carga argumentando que no pudo reconocerlo a la distancia. Está loca. Aparece entonces la cantante de los Fantastics con una falda diminuta. Es una diosa. Ante nuestra reacción, la compañera de mesa nos dice que no soporta a quienes prefieren enseñar las piernas que la voz. Cansados, con una sinceridad impulsiva, le decimos que nosotros sí, que por ello nos acercaremos al escenario. Muchos hacen lo mismo. La banda cobra un segundo aire. Los aplausos suben de tono. Transcurren cinco temas más, pero es demasiado tarde. Los abridores se despiden sabiendo que no habrá encore. Al fondo ya se adivinan los sombreros de pachuco que hemos venido a ver. Jóvenes, ancianos, mujeres maduras, músicos de diversas edades, todos se concentran al frente del proscenio. Lo que sigue será inolvidable. Dos tecladistas, un guitarrista, un baterista y una corista surgen vestidos de gala. Comienza un ritmo poderoso, imperturbable. Se anuncia la llegada del dios del bajo que, caminando entre la gente, completamente vestido de blanco y con un sombrero tocado con plumas multicolores, baila ejecutando una línea demoledora que penetra hasta la médula. Estamos poseídos. “Londres es la ciudad más funky, no hay otra ciudad como Londres”, canta repetitivamente Graham. La gente lo sigue. Las cosas se desatan de sus nombres y al borde de nosotros mismos volvemos a un estado primitivo.“Stevie Wonder es un gran amigo”, dice. “Por ello voy a tocarles ‘Higher Ground’”. Sí, esa pieza que hicieran famosa los Red Hot Chili Peppers pero que en manos de la Graham Central Station regresa a sus dimensiones originales. Noche indescriptible, tributos a Hendrix y The Family Stone cruzan el aire como en un sueño. Suena también “Moves Like Jagger”, original de Maroon 5 que al principio desconcierta y luego reclama una ovación merecida.

“Rise Up es nuestro nuevo disco. Díganle a todos sus amigos que allí hay tres temas con Prince y con otros músicos maravillosos como Raphael Saadiq”, exclama Larry antes de quedarse solo con el baterista para demostrarnos por qué es uno de los pioneros del bajo moderno, al que cambió para siempre cuando se le ocurrió golpear y jalar sus cuerdas. Así lo dicen los libros de historia, así lo sentimos en el estómago atestiguando lo que pasa cuando el barrio y la teoría se reúnen en un hombre como éste. Es grandioso. Lo mismo piensa James, un tecladista que ha venido con su ex novia (quiere recuperarla, me confiesa). Se tuvieron que separar porque la economía de los músicos tampoco da para vivir en estas tierras. Aún así, no se perdería este concierto por nada. Lo entendemos. Lo celebramos. Portando una sonrisa estúpida, tras el concier to volvemos a la zona de Mayfair donde los fans de Lady Gaga se agolpan para verla llegar al hotel Rochester. Rodeados por autos Mercedes, b m w , Lamborghinis, Porsches y Rolls Royce con placas árabes, sopesamos los contrastes de Londres en esta época. Es media noche. Ha terminado el desfile con los atletas olímpicos y Andy Murray triunfa en el Abierto de Estados Unidos. La felicidad flota en el aire. Hombres con falda escocesa cantan desde el Hyde Park. Larry Graham tiene razón, al menos por hoy London is the funkiest city. Quién sabe mañana •

Luis Tovar cinexcusas@yahoo.com

Los documentales otros (i de iii) Inevitablemente, a este ponepuntos van quedándosele en el tintero las palabras que habría querido decir acerca de una enorme cantidad –siempre creciente– de filmes cuya fortuna no ha sido necesariamente grata en términos de difusión, para no mencionar los todavía más inclementes de exhibición. A lo anterior debe añadirse que, no obstante el nuevo lugar común que con mayor fuerza se lee y escucha en estos tiempos –“el documental es el género cinematográfico que goza de mayor salud en México”–; y no obstante que, más allá del cliché, la nuez de dicho common place es rigurosamente cierta, la verdad monda y lironda es que, en materia de difusión, análisis, exhibición y crítica –nomás para empezar–, los largometrajes documentales no disfrutan, ni de lejos, de la suerte que suele dispensársele al más cutre de los largos de ficción, mexicanos o de los otros. Cabe aclarar –por si Unoqueotro tuviese ganas de alegar que hay docus mexicanos bien tratados y exhibidos–, que no se habla aquí de cierta calaña docufílmica reciente, inocultable y tristemente concebida para la consecución de cometidos metacinematográficos más bien orientados al golpeteo político faccioso, al blanqueamiento de los sepulcros propios, a la “crítica” hipócritaesquizofrénica contra el corrupto y mendaz de enfrente –paja en el ojo ajeno en 35mm o en hd –, así como al ensalzamiento de valores y cualidades manipulados a conveniencia para, todo entre gigantescas comillas,“dejar atrás nuestras diferencias y ponernos a trabajar por el bien de México”, nacionalísima expresión contemporánea con la que se actualiza un dictum siempre renovado: el patrioterismo suele ser el último recurso del bribón… Aquí no se habla, pues, de la boñiga documental ya venida o por venir; ni de la que no pasa ni De panzazo ni de la Hecha en México, sino de ese otro trabajo docufílmico colectivo del que prácticamente nunca dan cuenta medios de comunicación electrónicos, impresos y virtuales, por más que ese otro trabajo documental sea, precisamente, lo único que vuelve cierta –con las reservas del caso– la aseveración optimista, el juicio favorable y la obtención de reconocimientos internacionales más abundante para nuestra cinematografía actual. (Uno se pregunta, por cierto, cuántos documentales conocerán, aunque sea de oídas, esos funcionarios que, hoy como ayer, a final de sexenio se cubren de autoelogios porque “al cine mexicano se le dio un apoyo sin precedentes”, en virtud de lo cual, según ellos,“nuestro cine bla bla bla…”) Las líneas que siguen abordarán, así sea brevemente por obligadas razones de espacio, algunos de esos documentales otros.

Radiografía de tres perfiles Su título puede ser desconcertante de entrada, pero el contenido de Cuates de Australia (2011) no lo es, y bien pronto quedan claras varias cuestiones; entre otras, que el nombre del filme corresponde al de la comunidad que se retrata, y que el retratista –Everardo González– se confirma como uno de los documentalistas, no nada más mexicanos, más sólidos, capaces y poseedores de la rara avis que surge de combinar a partes iguales tesón, talento y conciencia social. Los guayabazos no son inopinados, y quien conozca el trabajo previo de este documentalista puede dar fe del sobresaliente nivel que tienen, por sólo mencionar dos, Los ladrones viejos (2008) y El cielo abierto (2011).

CINEXCUSAS

Jornada Semanal • Número 916 • 23 de septiembre de 2012

BEMOL SOSTENIDO

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En estos Cuates de Australia, González hace caber en cien minutos una suerte de radiografía de tres perfiles: uno ecológico, en torno a la escasez crónica del agua en el norte de la República, problema que sólo una mentalidad pacata, egoísta a ultranza y cortoplacista puede suponer menor, local o irrelevante. Otro perfil, de tintes sociopolíticos, es el referente al desinterés y abandono seculares que los habitantes de aquellas tierras yermas han sufrido y siguen sufriendo, no solamente por parte de quienes, en virtud de sus responsabilidades oficiales, deberían brindar ya que no soluciones al menos apoyo a sus “representados”, sino también por parte de todos aquellos a quienes no les toca vivir en carne propia el riesgo real de ver sus vidas extintas a causa de carencias que uno creería propias del siglo xviii o más atrás. El tercer perfil, por último, es el antropológico que plasma la entereza, la reciedumbre y el arraigo admirables de un pueblo –dicha esta palabra tanto en sentido lato como en el metafórico– que sabe de dónde es y qué cosa le pertenece, sin importar cuántas ocasiones hasta la naturaleza y no solamente otros humanos quieran ponerlos a prueba • (Continuará.)


arte y pensamiento ....... LA JORNADA VIRTUAL

Naief Yehya naief.yehya@gmail.com

Septiembre 11 de 2001: once años de incertidumbre y guerra (i de ii) El mito de la seguridad A once años de los ataques del 11 de septiembre en contra del wtc y el Pentágono, el polvo y la bruma de la confusión no parecen haberse disipado. Por un lado, el gobierno y un grupo de expertos e intelectuales promueven y defienden la versión oficial según la cual un puñado de saudis pobremente preparados para volar aviones lograron burlar a la cia, fbi, nsa y Mossad, por mencionar sólo cuatro de por lo menos otras dieciséis agencias de espionaje e inteligencia (a pesar de que algunas de ellas fueron contactadas por agentes e infiltrados) y, en un golpe maestro de suerte y habilidad digna de un thriller de Bourne, Salt o Misión imposible, estrellaron tres de cuatro aviones contra blancos en Nueva York y Washington. Este escandaloso fracaso de los mecanismos elementales de seguridad (cuatro aviones secuestrados al mismo tiempo sin contratiempos) puso en evidencia que la muy pregonada protección del espacio aéreo nacional provista por la North American Aerospace Defense Command (norad) no era más que un mito diseñado para disuadir a soviéticos ingenuos. Sólo imaginemos qué hubiera sucedido si en algún momento se hubiera materializado la pesadilla de la Guerra fría que consistía en una lluvia de gigantescos misiles supersónicos en contra de las principales ciudades estadunidenses. La población no hubiera tenido tiempo ni de meterse al refugio antinuclear de su sótano.

Viajeros sospechosos Si hemos de aceptar que la más alta tecnología de vigilancia, rastreo y prevención, así como décadas de trabajo de preparación para responder a cualquier ataque no sirvieron

A LÁPIZ

23 de septiembre de 2012 • Número 916 • Jornada Semanal

de nada ante la velocidad y contundencia de un ataque con aviones de pasajeros, sorprende sobremanera que el 12 de naief.yehya@gmail.com septiembre de 2001 nadie haya perdido su empleo, nadie haya sido reprendido por su ineficiencia y nadie haya reconocido que semejante despilfarro era el mayor fraude militar de la historia. En lugar de eso, y de apresurarse a reestructurar los sistemas de defensa aéreos, las autoridades lanzaron docenas de programas y estrategias destinadas a intimidar a la población, acosarla y escudriñarla. Se invirtieron millones de dólares en equipo para inspeccionar el equipaje y el cuerpo de los viajeros, como si el problema radicara en la privacía del individuo y no en las instituciones que a un costo infernalmente alto supuestamente se dedicaban a protegerlo. El gobierno de Bush de hecho se mostró reacio a lanzar una investigación, y no fue sino hasta que la presión de las familias de las víctimas se volvió incontenible que se formó la tristemente célebre Comisión 9-11, en la cual no había expertos en terrorismo, ingeniería o aeronáutica, pero sí había políticos.

De conspiraciones a conspiraciones A las pocas horas del ataque circulaban incontables teorías conspiratorias, desde quienes aseguraban que se trataba de una demolición controlada hasta el canard racista con resonacia de los Protocolos de los sabios de Sión, que pregonaba que los judíos e israelíes no se habían presentado a trabajar ese día. Si bien en eu la versión oficial ha sido en gran medida aceptada sin cuestionamientos, en el mundo domina aún ahora la idea de que el ataque fue provocado por los mismos neocones en el gobierno, con la intención de que una catástrofe de magnitud comparable a la de Pearl Harbor tuviera el poder de catalizar a la opinión pública y pudiera ser utilizada para reorganizar la política intervencionista con una actitud más agresiva, especial-

mente en Medio Oriente (como proponían los dogmas del Project for the New American Century, al que pertenecía numerosos neocones). Abundan las aparentes evidencias de esta estrategia; sin embargo, hoy estamos tan lejos como hace once años de cualquier prueba contundente. El movimiento 9/11 Truther o de buscadores de la verdad del 9-11 se ha diversificado enormemente. Algunos luchan por que el gobierno se responsabilice por el tratamiento, seguros de salud y pensiones para los miles de rescatistas, bomberos, policías y trabajadores que se expusieron al polvo y humo tóxico de las ruinas y ahora padecen –o han fallecido por su causa– una inmensa variedad de cánceres y devastadoras enfermedades respiratorias. La agencia de protección ambiental fue cómplice de esta tragedia subsecuente al no prevenir a este personal sobre el inmenso riesgo que corrían. Tampoco nadie ha sido encarcelado, o por lo menos cuestionado, sobre esta gravísima negligencia. Otros más creen en teorías un tanto exóticas, como el uso de compuestos termita para destruir las columnas de acero y derribar los edificios.

Curiosas evidencias Para el undécimo aniversario, una cadena televisiva transmitió un replay de la cobertura que le dio nbc a los ataques. A la distancia llama la atención que el veterano presentador de noticias Tom Brokaw repetía incesantemente que los terroristas habían declarado la guerra a eu . Se trataba de una figura retórica (no hay guerras entre individuos o pandillas y Estados nacionales), pero se convirtió en el dogma de la Guerra contra el Terror de Bush. También es interesante notar que desde las 9:00 am se repetía que el único grupo capaz de un ataque semejante era el de Osama bin Laden. Esto se confirmó casi mágicamente pocas horas después cuando, supuestamente, antes de que se desplomaran los edificios, un peatón encontró, a una cuadra del wtc, el pasaporte intacto de uno de los secuestradores del vuelo 11: Satam al Suqami (un nombre que parece mandado a hacer por Hollywood) • (Continuará.)

Enrique López Aguilar alapiz2000@gmail.com

Magisterios A Hugo Gutiérrez Vega, académico mexicano

de la Lengua Española

En su libro Lecciones de los maestros, George Steiner recordó algo que ya había sido dicho por Borges: la condición oral de figuras de la Antigüedad como Buda, Sócrates y Jesús, así como de un analfabetismo que no prohijaba libros donde dejar constancia de sus propias ideas y argumentaciones. Steiner señaló, además, la necesidad de algún discípulo que funja como ese libro no escrito para conservar y discutir la obra del maestro, como en el caso de Platón. Posteriormente, cuando lectura y escritura se volvieron preeminentes, ha ocurrido que el discípulo escribiera una sabrosa biografía en la que ambas personalidades se confunden, como en el caso de Boswell y el doctor Samuel Johnson; o en el que rescatara incontables pormenores que construyen un retrato cotidiano y espiritual del maestro, como Eckermann hizo con Gœthe. Uno de los más altos homenajes al magisterio distante (en el tiempo y el espacio) pero cercano (por la huella dejada en el espíritu de quien se reconoce como discípulo) es el que Dante ofrece a Virgilio en la Commedia i, vv. 85-87: Tu se’ lo mio maestro e ’l mio autore;/ tu se’ solo colui da cu’ io tolsi/ lo bello stilo che m’ha fatto onore (“Eres tú mi maestro, tú mi autor;/ eres tú solo aquel del que he tomado/ el bello estilo que me diera honor”, en la traducción española de Ángel Crespo). Hay muchas coincidencias buscadas por Dante en relación con Virgilio: la creencia en un imperio, la confianza en una lengua literaria (el latín y el toscano, a punto de convertirse en piedra de toque del italiano), la percep-

ción de construir una obra literaria relevante, la descripción del ultramundo (debe recordarse que, en la Eneida, el protagonista desciende al Hades, de manera semejante a como lo hicieron Orfeo y Odiseo en la tradición griega). El caso de Dante ilustra el de los maestros y discípulos “alejados”, impedimento que no es una resta en relación con quienes son cercanos y presenciales, ni excluye las discusiones entre ambos. Ahí está Glinka en San Petersburgo, después de 1830, reverenciando a Beethoven durante su primera audición de la Novena sinfonía; ahí está Debussy en París, a finales del siglo xix, oscilando entre la admiración y el detestamiento por Beethoven. La multiplicación de los ejemplos construiría una página pintoresca llena de nombres ilustres: las obras impresas y la permanencia de una tradición hacen posible los consensos y disensos entre maestros y discípulos, pero es notorio que me he referido a una condición de relativa igualdad entre unos y otros, a la perspicacia que requieren los segundos para sutilizar la enseñanza de los primeros. ¿Qué ocurre cuando el discipulado es lerdo? Está el caso de los apóstoles y Jesús. Los Evangelios no dejan ver nada que alentara el optimismo del maestro: doce personas

borrosas, perplejas ante los dichos y las acciones de su paciente y analfabeto guía, no dejan suponer la fundación de una Iglesia. Este fenómeno ocurre luego de Pentecostés (ya muerto el maestro), cuando el Espíritu interviene para regalar dones (llamas, carismas) a unos pastores y pescadores más bien cobardes e ignorantes. De la misma manera en que un gran maestro es un garbanzo de a libra, también lo es un gran discípulo: la búsqueda de uno y otro recuerda a Diógenes tratando de hallar hombres justos con una lámpara bajo la luz del día. Al final, el discípulo tiende a convertirse en interlocutor y crítico de su maestro, no necesariamente en su continuador. Así deben entenderse las palabras de Witold Gombrowicz cuando dejó Buenos Aires para volver a Europa, hacia 1964: “¡Maten a Borges!”; es decir, no pretendió alentar la eliminación física de un escritor, sino la inteligencia para asimilarlo y superarlo literariamente, en el sentido hegeliano de la palabra. Un buen discípulo reconoce el valor de un buen maestro (y al revés, cuando hay cercanía entre uno y otro). Los maestros pueden aparecer en los años del parvulario (a veces, los padres desarrollan magisterios, según el testimonio de Yourcenar) y algunos amigos, colegas y cónyuges ejercen esa función; algunos son personas cercanas y otros, lejanas, pero entrañables por su sabiduría; pueblan los desiertos cotidianos y, no obstante la separación, la distancia o la muerte, persisten con una incesante guía que alumbra los momentos de mayor soledad e incertidumbre con su obra, sus palabras o su ejemplo. Felices quienes hemos gozado de esos magisterios en el momento en que enfrentamos el vértigo de enseñar y proseguir, así sea en los hijos •

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La xiii Bienal de Arquitectura de Venecia (i de ii) Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar la xiii Bienal de Arquitectura de Venecia, evento de gran prestigio internacional que convoca a los arquitectos más destacados del orbe a presentar proyectos multivariados en torno a la temática elegida por el director invitado, el arquitecto inglés David Chipperfield, quien propuso una reflexión sobre “el espacio común”, lo que da como título Common Ground a esta magna exhibición integrada por sesenta y seis proyectos realizados por arquitectos, fotógrafos, artistas, críticos y académicos. Esta es la primera vez que visito una Bienal de Arquitectura y no lograba imaginar de qué manera se presentarían los proyectos. Fue una grata sorpresa presenciar algunas muestras realmente espectaculares, en las que el despliegue tecnológico y museográfico dejan al visitante anonadado, como fue el caso del pabellón ruso, cuyo proyecto titulado i-city fue uno de los más celebrados y se llevó una mención especial del jurado. Se trataba de un pabellón totalmente adaptado con tecnología de punta a través de la cual el visitante recorría virtualmente el proyecto Skolkovo (www.s.k.ru/en), una impactante “ciudad del futuro” que está siendo diseñada en ese país por los mejores arquitectos del mundo. La tónica de la Bienal de Arquitectura es la misma que la de arte: los diferentes países presentan sus propuestas en los pabellones ubicados en los famosos Giardini y en el Arsenale, así como en sedes alternativas en diferentes sitios de la ciudad. Anteriormente, la participación de México se llevaba a cabo en recintos rentados para la ocasión, pero la mayoría de las veces fueron lugares de difícil acceso y no siempre contaban con las óptimas condiciones para la exhibición. A partir de este año, México tendrá su sede en la iglesia de San Lorenzo, que se encuentra a corta distancia de la Plaza de San Marcos, gracias a un convenio con el Comune de Venecia, mediante el cual nuestro país recibe en comodato por nueve años este edificio a cambio de la financiación para su restauración y convertirlo en un espacio

....... arte y pensamiento Germaine Gómez Haro

de exhibición. A partir de 2014, esta será nuestra sede en las dos bienales, así como también se utilizará para organizar otros eventos culturales que podrían ser de danza, teatro, cine o música. La iglesia de San Lorenzo, cuya fundación original se remonta al siglo iii, posee una sobria fachada de tabique que contrasta con su majestuoso interior barroco. Una particularidad del edificio es su planta cuadrada dividida en el centro por el coro, una tipología muy poco común en edificios de esta naturaleza. Formó parte de un convento de monjas benedictinas con cuyo coro se dice que Vivaldi ensayaba sus arias. Asimismo, la leyenda cuenta que posiblemente ahí se encuentran los restos de Marco Polo, anécdota poco certera pues hay numerosos sitios en la región que difunden la misma historia. Lo cierto es que el edificio es soberbio y una vez terminados los trabajos de rescate, será un espléndido escenario –así como un gran reto– para que el inba presente diversos proyectos culturales y México tenga una presencia permanente en Venecia. Y digo reto, porque es un edificio de grandes proporciones en el que se tiene que tomar en cuenta que cualquier exposición que se plantee tendrá que ir acorde a un criterio museográfico ambicioso, para sacar el mayor provecho del

Jorge Moch

ARTES VISUALES espacio, y que las obras que se vayan a mostrar luzcan en el marco de esas grandiosas proporciones. La participación de México en esta Bienal estuvo a cargo del curador Miquel Adriá, director de la prestigiada revista de arquitectura Arquine, quien desarrolló una propuesta interesante y muy acorde con el tema del “espacio común”. Adriá presentó trece proyectos de renombrados arquitectos de diversas generaciones y estilos que han llevado a cabo intervenciones recientes en el patrimonio arquitectónico mexicano –algunos todavía en construcción– con propuestas que albergan centros culturales, lo cual se enlaza directamente con el proyecto del rescate de la iglesia de San Lorenzo. Los participantes son : Teodoro González de León (ampliación del Museo Rufino Tamayo), Felipe Leal y Daniel Escotto (Plaza de la República en el Monumento a la Revolución), Alejandro Sánchez (Centro de las Artes de San Luis Potosí), Tatiana Bilbao (Jardín Botánico de Culiacán), Enrique Norten (Museo Amparo en Puebla), Despacho Legorreta (Museo Laberinto de las Ciencias y las Artes en San Luis Potosí), Frida Escobedo ( Tallera Siqueiros en Cuernavaca), Mauricio Rocha y Gabriela Carrillo (Centro Cultural San Pablo en Oaxaca), Alberto Kalach (Galería Kurimanzutto), Fernanda Canales y Saidee Springall (Centro Cultural Elena Garro), Jose Castillo, Saidee Springall y Javier Sánchez (Centro Cultural de España), Michel Rojkind y Javier Sánchez (Cineteca Nacional), y probablemente el proyecto más ambicioso del sexenio, que es la Ciudad de los Libros y la Imagen en la antigua Ciudadela, cuyo plan maestro está a cargo de Alejandro Sánchez y Bernardo Gómez Pimienta, y en la creación de las diferentes bibliotecas de fondos personales de escritores participan Alejandro Sánchez, Jose Castillo y Saidee Springall, Javier Sánchez y Aisha Ballesteros, Mauricio Rocha y Gabriela Carrillo, José Vigil y Jorge Calvillo, Isaac Broid y Tatiana Bilbao • (Continuará.)

CABEZALCUBO

tumbaburros@yahoo.com Twitter: @JorgeMoch

Testimonio provisorio del apóstata frustrado (ii de iii) Con albricias para nuestro Hugo querido,

que ha llegado a enriquecer la Academia Mexicana de la Lengua

Empecé a dudar de mis angustiosas certezas católicas, de la sangrante sinceridad del crucificado en cuanta parroquia visitaba, cuando cierta noche de verano en que jugaba con mis primos en el atrio de una iglesia mientras los adultos lloraban a un tío gachupín recién muerto, la viuda, la severa tía de mi madre en cuya casona se hacían las misas navideñas de la parte rica de la familia que oficiaban prelados altaneros, intentó obligarme a besar el anillo en la mano del “señor obispo”. Yo miré con incredulidad la mano que me ofrecía la sotana y miré lo que ésta albergaba. Vi un gordo enorme y calvo al que le sudaban los cachetes y me miraba con displicencia. A mí, que era un mocoso al que todo causaba náusea, me dio muchísimo asco pensar cuántas trompas embarraban de saliva aquella mano de gordo, así que me negué diciendo con toda insolencia que si yo ni a mi padre le besaba la mano, mucho menos a ese señor. Que el gordo sudoroso me pareció nauseabundo me lo callé, porque yo era insolente pero no estúpido. Tenía siete años, y ante la indignación del gordo y el eco iracundo de la tía, llamando a mi madre para que me metiera al redil, tomaron forma las palabras de mi abuelo paterno y masón, quien cuando me sorprendía rezando me decía (lo regañaba mi abuela, que esas no eran cuestiones para niños, le decía, pero él de todos modos soltaba aquello que a mí me sacaba el aire):“No reces pendejadas, hijo; mejor cuando crezcas sé

un hombre de bien.” ¿Cómo, si siempre nos han dicho que para ser bueno se requiere la cercanía de Dios, se puede ser recto, honesto, cabal, sin derramar amor por el capo celestial? ¿No decían los curas de la escuela, los de la Iglesia del Cristo, o los de Santa Rita, a la que íbamos a oír misa los sábados en la noche, que no querer a Dios era un pecado terrible, rasgo de maldad, de vicio, y perdición tortuosa? ¿Cómo mi abuelo había llegado a viejo, a tener esa hermosa casa de ladrillos, esos perros felicísimos, ese montón de amigos y parientes que llegaban a las comidas dominicales, estando lejos de Dios y de la Virgen? ¿Por qué, si yo había leído el pasaje terrible de Abraham a punto de descuartizar a su hijo, el de la zarza ardiente, los de las plagas bíblicas, no me rostizaba en vida como la madre Trini, la monja de las Reparadoras que nos adoctrinó para la comunión, apercibía lo que habría de suceder a los pecadores o a quienes los solaparan? Entonces entendí que Dios, de existir, tendría cosas mucho más importantes que atender –digamos en esos años la guerra de Vietnam, la estupidez sin fin de Luis Echeverría, las puterías de María Schneider y Marlon Brando– que el escepticismo de un mocoso que vivía en Veracruz y alimentaba en el plexo la sierpe de la rebeldía. Y así, mi abuelo paterno, Andrés Luis Moch Pitiot, me hizo el inmenso regalo, el mejor de sus obsequios o herencias posibles: me enseñó a dudar. Dudé, pero dudé con miedo, porque años de catecismo y educación confesional vaticinaban el infinito castigo al incrédulo: que Dios no admite tibios, que dice que los perdona y luego los condena a pagar sus pecados, emparrillados en brasero eterno. Así aprendí o me atreví a sospechar del dogma llenecito de remordimientos, angustiado,

tragando penosamente la pelota de plomo del miedo que durante algún tiempo, por andar razonando blasfemias, dio en instalárseme abajito del duodeno: que Dios es un loco veleidoso, un fronterizo inconsecuente, casi un subnormal con alma de policía judicial o líder sindical mexicano, o la última expresión de la inmadurez emocional y con pésima tolerancia a la frustración, una como mezquindad de espíritu o una absoluta ausencia de templanza, más propia de politicastros e históricos dictadorcetes por aquello de “el que no está conmigo está contra mí”. Así cuál tolerancia, cuál amor al prójimo con todo y sus distingos, vaya. Después de años de discusiones, diálogos y evidencias, mis padres se han distanciado del credo y yo puedo decir que desde una epifanía racional que experimenté hace como veinte años, soy feliz y sanamente ateo. Tuve y tengo buenos amigos en las filas de la curería, pero no permito que intenten siquiera devolverme al rebaño, si lo que he querido por décadas es salirme. Pero no saltar la tranca, sino obligar al clero a abrirla para salir con dignidad volitiva. La Iglesia católica en México adolece de la humildad necesaria para aceptar que aun quienes fuimos bautizados –sin pedírsenos opinión cuando recién nacidos– rechazamos lo que hoy representa o falsamente predica • (Continuará.)


in memoriam

23 de septiembre de 2012 • Número 916 • Jornada Semanal

Alfred Schmidt Stefan Gandler

A

lfred Schmidt, hijo de un mecánico, estudió inicialmente filología y literatura clásica e inglesa en la Universidad Goethe de Frankfurt/ Main. La figura de Max Horkheimer, a cuyas clases de filosofía asistió, tuvo un gran impacto sobre él, lo que impulsó su dedicación a la filosofía a lo largo de su vida de ochenta y un años (nació en Berlín el 19 de mayo de 1931 y murió en Frankfurt/Main el pasado 28 de agosto). Estudió filosofía, con especial interés en Schopenhauer, Marx, el marxismo occidental, Goethe, así como la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, cuyos autores Horkheimer y Adorno eran sus maestros; él se convirtió en su asistente. Schmidt llegó a ser el mejor conocedor –por lo menos en la academia alemana– de la historia del materialismo filosófico, y uno de los mayores maestros de la historia de la filosofía en general. Su tesis de doctorado –El concepto de naturaleza en Marx, publicado en español por Siglo xxi Editores de España en 1976, de reciente reimpresión– es uno de los primeros estudios extensos realizados con una perspectiva no dogmática en el siglo xx sobre la obra de Karl Marx. El libro fue traducido a dieciocho idiomas y sigue siendo una de las obras más importantes del marxismo crítico y no dogmático. Fue editor de las obras completas de Max Horkheimer, cuya cátedra de Filosofía social obtuvo en la Universidad Goethe de Frankfurt en el año 1972, donde fue promovido a profesor emérito en 1999, y en la cual impartió clases de filosofía hasta su muerte. Al final de su última clase, el 12 de julio del presente año, Schmidt expresó antes de despedirse de los estudiantes por las vacaciones: “Hasta que la muerte no acontece, no es asunto de nuestra incumbencia; una vez que la muerte aconteció, de nuevo ya no es asunto nuestro. Esta era, sea como fuera, la determinación de Epicúreo, referente a un tema muy serio.”

En español se publicaron, además, sus siguientes obras: Feuerbach o la sensualidad emancipada (Madrid, Taurus, 1975), así como Historia y estructura. Crítica del estructuralismo marxista (Madrid, A. Corazón, 1973). A pesar de haberse dedicado a muchas otras t e m á t i c a s y a u t o re s , c o m o S c h o p e n h a u e r, Goethe, Feuerbach, Teoría crítica, Filosofía de la religión, etcétera, Schmidt nunca renunció a la crítica radical de la falsedad del actual sistema socioeconómico e impulsó varias reediciones de su tesis de doctorado sobre Marx, para cuya traducción al francés en 1994, en la prestigiosa editorial Presses Universitaires de France, escribió un extenso nuevo prólogo con el título Para un marxismo ecológico. Su muerte deja el mundo más pobre en pensadores que no se detienen –en su crítica a esta destructiva forma socioeconómica– ante cómodos tabúes políticos y modas intelectuales •

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La Jornada Semanal  

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