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■ Suplemento Cultural de La Jornada ■ Domingo 11 de marzo de 2012 ■ Núm. 888 ■ Directora General: Carmen Lira Saade ■ Director Fundador: Carlos Payán Velver

Conmemorando a

Mafalda R icardo B ada y A ntonio S oria

P istorius y el sprint vital • T omóchic o la victoria de la realidad • El A telier B ramsen , museo vivo


bazar de asombros El dragon franquista

Pocos personajes de ficción merecen tan claramente un adjetivo como “entrañable” y ser considerados iconos –palabra ésta bastante abaratada en los tiempos recientes–, como el que hace cuarenta y ocho años (no cincuenta como pretenden algunos despistados) surgió de la pluma de Quino, el caricaturista argentino que obtuvo celebridad internacional precisamente gracias a Mafalda, personaje de alcances legendarios. Si de Gardel suele decirse que “cada día canta mejor”, de la pequeña bonaerense podemos afirmar que “cada día piensa mejor”, a juzgar por su capacidad para seguir siendo interlocutora de una generación tras otra, mucho tiempo después de haber nacido y muchos años después de que su autor cesara de dibujarla. Los textos de Ricardo Bada y Antonio Soria incluidos en este número celebran el aniversario de la icónica, entrañable y siempre vigente Mafalda. Publicamos además un ensayo de Ignacio Padilla sobre el Tomóchic de Heriberto Frías, un poema de José Pascual Buxó, así como un artículo de Norma Ávila sobre Oscar Pistorius, atleta australiano de alto rendimiento amputado en ambas piernas. Comentarios y opiniones: jsemanal@jornada.com.mx

El gran dramaturgo ruso Yevgeni Schwartz escribió, en los años terribles de la segunda guerra mundial, una trilogía de obras de enorme valor teatral y moral: El dragón, Sombra y El rey desnudo. Mí compañera Lu­ cinda y yo tradujimos del italiano y del inglés El dragón. La excelente obra de Schwartz fue estrenada en México por Xavier Rojas y, unos años más tarde, fue respuesta por los animosos alumnos de la academia que lleva el nombre de Andrés Soler, uno de nuestros actores más talentosos y solventes. La historia de El dragón es muy sencilla: domina­ ba una comarca un dragón de tres cabezas. Tenía tan­ tos años en el poder que la gente estaba ya acostum­ brada y lo vitoreaba en sus escasas y bien planeadas apariciones. El alcalde y su pícaro hijo eran sus testa­ ferros y voceros. Todos los años el dragón recibía el obsequio de una hermosa doncella. A cambio de esa ofrenda, el monstruo protegía a los ciudadanos y man­ tenía la paz. El año en el que se le iba a entregar a Elsa, la hija del anciano bibliotecario, llega a la ciudad un caballero andante, Lancelote. El gato, personaje fun­ damental de la trama, informó al caballero sobre lo que iba a suceder y le dio todos los datos históri­ cos pertinentes. Lancelote, héroe profesional, de­ cidió combatir al dragón y así lo anuncia. El viejo “lagartijón” estaba fuera de forma pero no se atrevió a reconocerlo y aceptó el desafío de mala gana. Todo el pueblo se reunió en la plaza principal para ver la batalla. El dragón hizo sus maniobras de vuelo y Lancelote, armado con la poderosa espada que le habían forjado los herreros de la región, sentado en la alfombra voladora que le habían obsequiado los tejedores y llevando en las manos el sombrero que tenía el poder de hacerlo invisible, se lanzó a la lucha. El hijo del alcalde, con la credibilidad de un locutor de Televisa, narró las incidencias del combate. Pron­ to fueron cayendo, con gran estruendo, las tres cabe­ zas del dragón y el pueblo vitoreó a Lancelote, pero éste no apareció para recibir los aplausos. Estaba muy mal herido y tuvo que irse a la cueva mágica para cu­ rarse de sus heridas. El alcalde y su hijo (Schwartz nos advierte que el alcalde sufría frecuentes ataques de cleptomanía) se hicieron pasar oficialmente como los vencedores del dragón y se nombraron caudillos de la revolución triunfante. Pasó el tiempo y el día en que se celebraba en el palacio uno de los frecuentes banquetes a los que asistían los contlapaches, los ali­ cuijes, los paniaguados, los turiferarios y los guaruras de los impostores, se escucharon en el pasillo del pa­ lacio los pasos decididos de Lancelote.

11 de marzo de 2012 • Número 888 • Jornada Semanal

Hugo Gutiérrez Vega El alcalde y su junior se llenaron de miedo y cayeron de rodillas ante el héroe para pedir perdón. El caballe­ ro los encarceló, se nombró un consejo de gobierno y Lancelote fue aclamado por el pueblo. El orador del acto de homenaje fue el viejo bibliotecario, quien agra­ deció al paladín haberlos librado del dragón. El reflexi­ vo caballero andante le contestó: “Yo maté físicamen­ te al monstruo, pero no se ha ido. Está vivo en las almas deformes, temerosas y corruptas del pueblo que gober­ nó y pervirtió durante tantos años. Se necesitan muchos años más para que el dragón muera de verdad.” En la España actual está pasando algo parecido a lo descrito teatralmente por Schwartz: el franquismo no ha desaparecido. Está vivo en las almas deformes de una buena parte de la población que sufrió los ri­ gores de una dictadura astutamente perversa, pues se cubrió con el manto de una religiosidad manipula­ da por la jerarquía eclesiástica (los sacerdotes pro­ gresistas eran perseguidos con saña especial) y por los poderes fácticos que gritaban consignas contra los rojos y los masones (la conspiración judeo masóni­ ca decía el dragón peninsular). Recuerdo la fotografía del cardenal arzobispo de Toledo bendiciendo las ar­ mas de los espadones sublevados contra el gobierno legítimo y me hundo en la perplejidad y en la náusea. Ahora estas almas deformes en las que habita el dragón (gobernantes recién electos y miembros de la judicatura) se han lanzado contra el juez Garzón y han demostrado, al condenarlo por haber intentado hacer justicia con los muchos crímenes de la dictadura del dragón rociado de agua bendita, que el monstruo sigue vivo en sus almas dañadas. Hubo en España una inte­ ligente transición a la democracia y todo indicaba que el pasado autoritario estaba ya superado. No fue así, pues el dragón fascista está vivito y coleando. El pueblo vota por los conservadores, los socialis­ tas, en buena medida, se han olvidado de sus prin­ cipios, Izquierda Unida tiene un limitado poder de convocatoria y el dragón sigue volando dentro de las almas que deformó y marcó por muchos años. Así es, todo suena a desesperanza, pero (y este pero ha sido clave de muchos cambios en la historia española) la Plaza del Sol y otras muchas plazas españolas están llenas de indignados resueltos a derrotar, primero en sus almas y después en las estructuras sociales, al dra­ gón. No olvidemos que Schwartz veía en Lancelote la personificación de la humanidad socialista. jornadasem@jornada.com.mx

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Portada: Debo estar creciendo, tengo la cabeza más lejos del ombligo Collage de Marga Peña

La Jornada Semanal, suplemento semanal del periódico La Jornada, editado por Demos, Desarrollo de Medios, S.A. de CV; Av. Cuauh­t émoc núm. 1236, colonia Santa Cruz Atoyac, CP 03310, Delegación Benito Juárez, México, DF, Tel. 9183 0300. Impreso por Imprenta de Medios, SA de CV, Av. Cui­ tláhuac núm. 3353, colonia Ampliación Cosmopolita, Azcapotzalco, México, DF, tel. 5355 6702, 5355 7794. Reserva al uso exclusivo del título La Jor­n ada Semanal núm. 04-2003-081318015900-107, del 13 de agosto de 2003, otorgado por la Dirección General de Reserva de Derechos de Autor, INDAUTOR/ SEP. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de esta publicación, por cualquier medio, sin permiso expreso de los editores. La redacción no responde por originales no solicitados ni sostiene correspondencia al respecto. Toda colaboración es responsabilidad de su autor. Títulos y subtítulos de la redacción.

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Roland Topor, Max sisters

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A

rca de Noé, legendario galeón, nave in­ dómita, el Atelier des lithographies Clot, Bramsen et Georges ha lindado en álgidos momentos su transfiguración en barco fantasma. Por fortuna, la mano férrea del capitán Peter Bramsen al timón mantuvo firme la embarca­ ción de este danés errante durante más de treinta años, antes de que pasase el timón, sin necesidad de motines a bordo, a su hijo Christian. Nada más lejos de esta nave, a pesar de la triste desaparición

Vilma Fuentes

de Palo, el Gitano Señorito, nombres más reales que los de pila de la tripulación de Peter. A cada quien toca adivinar quién corresponde a cada apodo: Gi­ ronella, Alechinsky, Soriano, Carmen Parra, Topor, Coronel, Huftier, Toledo, Olivier, Matta, Mi­chaux,Van Velde, Jorn, Ting, Dietman, Segui, Voss, Wyckaert y tantos otros artistas emanados de ese crisol. Sau­ ra, con su vieja sabiduría, agrega: “profetizamos el saber calcinado del futuro”. Abordé por vez primera ese galeón un verano de 1975. Había conocido los hornos negros y temibles de la imprenta rugiente de un viejo diario de Méxi­ co. Debía pasar por una escalinata sudorosa de ho­ llín para acceder al infierno de las rotativas, donde nacían los papeles calientes de noticias envejecidas al aparecer: dura labor la del periodismo. Las temi­ bles imprentas de Peter, sobre todo la legendaria

te de Antonio Canova. Me fui instalando en ese taller donde encontré una familia. Imaginaria y por eso más real: la familia que nos escoge y uno escoge. La convivialidad reina en la nave bajo las mira­ das implacables del cocodrilo errante, que repta entre vidriera y máquinas, y del comandante. No hay alcurnias entre pintores. Ni diferencias entre artistas y artesanos. Ay del intruso que creyere en privilegios: se vería arrastrado hasta la puerta por Nemo si no se expulsase antes él solo. Sin florile­ gios, se admiran las litografías al salir del horno. Se observan los trazos de los otros, nadie se copia. Christian Bramsen empuña, ahora, el timón del velero modernizado con computadoras, internet, sistemas de impresión digital. Se utiliza por vez primera una aleación técnica entre la impre­ sión digital y la litografía. La Colección Zig/Zag,

Atelier Bramsen, Alberto Gironella, Edna

museo vivo

Peter Bramsen y Pierre Alechinsky trabajando en el Atelier...

de muchos marinos de la vieja tripulación, que un barco fantasma, por más que, a semejanza del ho­ landés, Peter provenga de las brumas fantasmagó­ ricas del norte europeo. Pero, Dinamarca, ¿no es el sur del norte? Quizás esta pertenencia al Sur haya facilitado el encuentro con tantos pintores mexica­ nos desembarcados ahí: Toledo, Coronel, Gironella, Parra, Soriano, Cuevas, Rojo, en la época del capi­ tán Nemo, como Saura nombró a Peter en un texto impreso en las máquinas humeantes del taller. Antonio Saura, marino de este velero, pintor de talento y escritor, por momentos, de genio, descri­ bió la vida en esta nave en la gloriosa era de Nemo, con la precisión que sólo tiene la metáfora: “No to­ dos los días se nutre a la tripulación con carne sala­ da. El ventrudo velero de los sueños de fuga, sali­ tre y viento fuerte, mentalmente encerrado en el os­c ilante y en apariencia frágil hangar de cristal donde la rueda de la imprenta evoca, ligera, la rue­ da del timón, es ahora impulsado por las frágiles mariposas de papel coloreado bajo los consejos del gigante barbudo.” En ese acuario submarino, Sau­ ra bautiza con nombres legendarios a los tripulan­ tes, casi todos hoy desparecidos: El Calamar Gi­ gante, el misterioso Oriente-Express, el Holandés Errante, el Corsario Negro, el Sauriano con la Pata

máquina transportada, en 1968, del muelle de Cher­ che-midi al misterioso puerto de la Vieille du Tem­ ple, parecen dragones rugientes que escupen, glo­ riosos, bellos papeles que van adquiriendo sus vivos colores y desafían al tiempo. Cuando Gironella me invitó a abordar ese bar­ co, no pude imaginar que me esperaba un viaje que aún no termina. Con escalas, cierto, pero donde se vive la inminencia de la muerte cuando la nave se des­ liza en las cimas de las murallas de agua levantadas por la tempestad o atraviesa el tifón cuyo ojo ofrece el espejismo de la calma chicha, cuando no se lucha contra piratas sanguinarios y pulpos gigantes. Alberto me presentó con Bramsen, “amo a bordo después de Dios”, y me abandonó a mi suerte en el taller. Peter me adoptó y Soriano emprendió, no sé por qué, mi educación parisiense. Me provocó di­ ciéndome que los mexicanos no somos exportables y me enseñó a reír de mí con bromas donde se burla­ ba de él para empezar. Toledo, tan silencioso, habló durante una eterna noche en vela en casa de Peter, con Bellefroid y conmigo, de Rulfo: su sombra pare­ cía soplarle las voces de otros fantasmas. Carmen Parra, generosa, me propuso escribir un poema, el único que, obligada por ella, he escrito, para un ál­ bum de tres litografías suyas de la Paulina Bonapar­

libros-objeto en forma de acordeón, utiliza el sis­ tema numérico para imprimir la obra de artistas como Erró, Alechine, Klasen, Nicolas Topor, Pari­ sicilia, lo cual permite un precio accesible de edi­ ciones limitadas y firmadas por el autor. El ritual método de la litografía sigue fascinando a artistas y público. Gao, Premio Nobel de Litera­ tura, decidió vivir esta experiencia. Un ensayo so­ bre la piedra, que no estaba destinado a tirarse, fue el resultado de un acto de magia del escritor chino: L’autre rire, círculo de luz, su hondura imanta con vértigo hacia el abismo donde aparece un hombre. Manuella Ferré, española, ha realizado una serie de litos de una fuerza sorprendente. Morgana, consi­ dera a Christian y Nicolás un ejemplo del dédéisth­ mo, pinta sexos femeninos que desacraliza con humor. Guillermo Arizta enciende velas sin mecha. Jenz, Jacob y Rasmus, “tres personas con un solo ego”, según Christian, dibujan en una sola piedra. El jazzista Humair pinta notas musicales. El dédéisthmo de Nicolas Topor ha encontrado su lugar en este atelier que termina de imprimir sus textos e ilustraciones de dos ediciones: Clandestines y L’étrange voyage de Mr. Muppin. Degas, Renoir y Cézanne siguen vagando en un taller que fue el suyo el siglo antepasado •


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Tomóchic

o la victoria de la realidad

Ignacio Padilla

Heriberto Frías

Q

uiere un lugar común de la crítica que, en materia de narrativa latinoamericana, la novela de la Revolución mexicana lo sea to­ do, o casi todo. Sin ella, en efecto, arduo se­ ría entender las obras de Juan Rulfo, Carlos Fuentes o Jorge Ibargüengoitia, que la continúan y defenes­ tran la tradición narrativa revolucionaria. Tampoco comprenderíamos la llamada novela de la dictadura, que tantos y tan notables frutos dio en la década de los setenta. Más cerca todavía, el eco de aquella épica guerrera que inauguró la ambigüedad se reaviva con péñola de sangre en la reciente novela de la violencia, en la que participan tanto los novelistas colombianos como los narradores del norte mexicano con sus ban­ doleros, sus satrapías y sus sicarios. Tomóchic, del queretano Heriberto Frías, no es es­ trictamente una novela de la Revolución, pero la anuncia revolucionariamente. Tampoco es una no­ vela de dictadores ni de dictaduras, pero se adelan­ ta con bríos a las obras de Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier y Augusto Roa Bastos. En sus pági­ nas penan ya los fantasmas de la crónica-ficción de Martín Luis Guzmán, los tumultos de sangre de Ma­ riano Azuela, la desolada y ríspida subversión re­ ligiosa que inundaría el Canudos de Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo. En un siglo que para nosotros comenzó con el al­ zamiento zapatista, y que se afianzó con la masacre de Acteal y con la conciencia al fin generalizada del olvido del indio y del mestizo mexicano aindiado, Tomóchic exige ser releído. Ya en su prólogo a la edi­ ción celebratoria de 2006, Antonio Saborit señala­ ba que en nuestro tiempo la novela de Frías había per­d i­d o los signos de admiración al adquirir la in­ so­­­p or­t able levedad del documento histórico. El comentario me parece atinado, si bien requiere una

coda: sin matices, Tomóchic es ante todo una novela de la violencia, y en cuanto tal trasciende hoy las limitaciones del testimonio y aun de la novela his­t órica. Si acaso, es un texto intrahistórico, en el más tols­ toiano sentido de la palabra. La intención del autor, cualquiera que haya sido, es hoy rebasada por la in­ tencionalidad del texto: distanciado del periodismo registral y denunciante que habría marcado el tex­ to cuando se publicó por entregas en El Demócrata, el libro ahora excede la frontera de la obligación del recuerdo y sirve más al reconocimiento de las mise­ rias siempre presentes de la condición humana. Tomóchic, aseguró cierta vez el editor Clausell, pretendía seguir con el modelo de La debacle, de Emile Zola, quien por entonces se había convertido en paladín del naturalismo y de la literatura realis­ ta puesta al servicio de la justicia social. Hoy, La de­ bacle es considerada una obra menor del gran francés, acaso porque sacrificó demasiado la ética a la estéti­ ca. Su Germinal, en cambio, florece y se mantiene an­ te la vigencia de la barbarie en las minas del mundo entero, particularmente en las de los países menos desarrollados, que asisten cotidianamente a aconte­ cimientos como los de Pasta de Conchos, que parecen escritos todavía por Zola. Aun contra el propósito declarado por el propio autor, me parece que To­ móchic está más cerca de Germinal que de La debacle: su protagonista es, como Ethiene, un testigo a pesar suyo, un pretendido cronista que pretexta retratar hechos brutales para contarnos su entrada en la con­ ciencia, o la entrada de una sociedad en la conciencia, o la entrada de cualquiera en la conciencia. La guerra y la injusticia son también para Miguel una brutal educación sentimental, como lo sería para Occiden­ te la Gran guerra. Lo que importa en el relato del jo­ ven soldado no es sólo ni principalmente el hecho bélico; lo que importa es su transformación y la del punto de vista del escritor, una sensibilidad que a su vez se encuentra en el vórtice de una civilización que asimismo se transforma. Miguel, antes que muchos personajes enormes de la novela del siglo xx , al fin se atreve a abandonar el romanticismo para introducir­ nos en un mundo ambiguo, sin héroes ni villanos, un mundo fieramente humano. En este sentido, Frías echa raíces en una literatura remota espacial y temporalmente, y al mismo tiempo se adelanta al desencanto de la segunda década del siglo xx . Miembro lúcido de una época y un statu quo que se aproxima a la debacle, Frías tiene la visión de los escritores del Finis Austriae, con la singularidad de que él, a diferencia de Roth y Musil, no tuvo que vivir el cataclismo de su siglo para poder contarlo. Tomóchic se hermana asimismo con la literatura an­

tibélica de Remarque y de Owen, pero Frías y su gue­ rra son anteriores, suficientes para que, en pleno porfiriato, el poeta-soldado ponga el dedo en la llaga de una visión herderiana de la guerra que por enton­ ces comenzaba a diluirse merced a acontecimientos como el Tomóchic. Escribe Frías: “¡Ah! ¿Con que ésa era la guerra? Necia, ciega, formidable, vergonzosa, eri­zada de mezquindades, de detalles atroces, incon­ cebiblemente trágica ... Y ¿quién tenía la culpa de aquella catástrofe? ¿Para quién las posibilidades tre­ mendas de la derrota?... ¡Un puñado de bárbaros y estúpidos hijos de las rocas de Chihuahua desbara­ tando una hermosa brigada del ejército nacional...!” Hoy, después de Broch y de Levi, esas palabras nos parecen familiares, pero en su momento debieron ser una anticipación escandalosa. Frías se atrevió con su crítica de la guerra y de los heroísmos románticos y maniqueos como nadie lo había hecho antes en nues­


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¡Qué darían por ser tan sólo un árbol! José Pascual Buxó

José Guadalupe Posada, Los sucesos de Tomóchic, 1892

tra lengua, y como sólo lo habían hecho los rusos para la literatura universal. Sus reflexiones están más cerca de los monólogos de Pierre Bezuchov y Andrei Volkonsky, de Guerra y paz, que de los Episodios na­ cionales, de Galdós. Hay en Miguel un relente indis­ cutible de la narrativa de Lermontov, y quizá un tan­ to más de la narrativa breve de Pushkin: arrojados en la periferia de un imperio a punto de automatizar­ se, confrontados con una tribu tan agreste como he­ roica, los soldados-poetas del Cáucaso van sobre la espalda del soldado-poeta en Chihuahua. Lejos de todo, confrontados con la fatiga y el hambre, estos soldaditos que tanta ternura provocarán luego en José Revueltas, estos muchachos que luchan en una campaña en la que no creen, descubren el amor, la esencia de la vida, las paradojas de la existencia donde van “en la tiniebla y el frío, despejado por ig­ notos derrumbaderos ásperos, escurriéndose, re­ botando por entre erizadas y retorcidas gargantas negras, trotando, galopando a veces entre los pedre­ gales invisibles, sin haber dormido, famélico, sedien­ to, temiendo ser fulminado de súbito por el trueno de una descarga enemiga”. Cierto, Frías es siempre, ante todo, un periodista, y como tal, se ve con frecuencia traicionado por las muletillas de su oficio. Lucha en la propia novela por alcanzar la objetividad naturalista de sus modelos, pero lo traiciona, por fortuna, su espíritu literario, ése que le permite hablar de “un hielo de muerto, un lúgubre horror tenebroso [que] congelaba la sangre, apretaba el corazón, adoloría el vientre vacío y po­ blaba de pesadillas rojas el cerebro anémico”. En buena medida, los alzados de Tomóchic son nuestros cátaros. Su rebelión no es sólo social, como acaso habrían querido decirnos el autor y el editor. Es una rebelión religiosa, cultural, social, política. En el cósmico desencuentro de Tomóchic, no sólo están la guerra y la injusticia, sino las paradojas del sincre­ tismo que bien supo destacar Rulfo, y que aún se destacan en la santería del narcotráfico. La Santa de Cabora y el San José de Tomóchic –acaso también el ogresco Bernardo y esa trágica Andrómeda que es Julia– tienen en su descarnada humanidad la tras­ cendencia de todos los hombres: el padre devorador, el santón victimizado, la princesa cautiva. En este mundo, la realidad termina por devorarlo todo, in­ cluido el idealismo del protagonista. Frías parece decirnos que la realidad nos ha vencido: en la moder­ nidad, las quijotadas están destinadas a terminar así: arrasado el utopismo por la cruda realidad, muerta ya “la poesía solemne de la guerra”, sangrante en un páramo o en un roquedal donde los hombres riñen como “se disputan los perros y cerdos por un cadáver en la siniestra soledad tenebrosa de Tomóchic” •

¡Qué darían por ser tan sólo un árbol, una erguida dulzura

donde cantara el viento,

un río vertical, un estallido en los ojos de Dios o una piedra

de corazón sombrío y de miel íntima, fortalezas

donde labios de sal, de lluvia viva, resbalaran en tanta mansedubre!

Darían todo, eso que fue su vida, ese montón inerte de palabras

que alguna vez se dicen con dulzura. Un árbol o una piedra,

una corteza firme a las heridas o heridas como manos, dulce niebla.

De Memoria de la poesía, Difusión Cultural unam


El abecedario Ricardo Bada

a de Ajedrez Mafalda juega con Felipe al ajedrez y a cada movida agarran la tortuga con la mano. La mamá le pregun­ ta a gritos a Mafalda si se llevó la cinta métrica del costurero, y ella mira a la tortuga junto a la cinta mé­ trica y se resigna: “Sonamos, una vez que nos había­ mos acostumbrado a jugar con reloj, tenemos que desarmarlo.” B de Beatles Viñeta única: Felipe, Miguelito y Susanita están le­ yendo en el cuarto de Mafalda, mientras ella agita en el aire la carátula del lp de los Beatles que gira en el tocadiscos. En la carátula a los Beatles les han cor­ tado el pelo... que está a medio camino del suelo. Y Mafalda grita “¿Quién fue el gracioso?”, mirando de reojo a Manolito, que les da la espalda y mira para fuera haciéndose el loco. c de Cine Susanita se pregunta por qué los adultos se la pasan diciendo y haciendo cosas que uno no entiende. Ma­ falda le pregunta si ella entiende la peli cuando llega al cine y ya la están dando. Susanita: “No.” Mafalda: “Con los adultos ocurre lo mismo. ¿Cómo vamos a entenderlos? ¡Si cuando nosotros llegamos, ellos es­ taban todos empezados!” ch de Chuip La temprana libido de Guille. Están Felipe y Mafalda leyendo revistas y Guille hojeándolas y sorbiendo del chupete, un “Chuip chuip chuip” que de repente se convierte en “ chuip chuip chuip ”. Felipe interroga a Mafalda con la mirada y ella le contesta lapidaria: “Brigitte Bardot.” d de Dios Mafalda lee en casa que “todos somos iguales a los ojos de Dios”, mira a lo alto y se pregunta: “¿Y qué oculista lo atiend...? digo... no... esteeee... nada... [una nueva mirada aprensiva a lo alto y concluye:] ¡Qué se va a enojar! ¡¡Si nos tiene una paciencia!!” e de Esperanto Un transeúnte ”normal” viendo a un melenudo: “Es­ to es el acabose.” Mafalda: “No exagere, sólo es el continuose del empezose de ustedes.” Amén de ello

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Mafalda

no menos de cuatro neologismos (problemólogos, solucionólogos, sanseacabarse y horripirmosísimo) y uno de Manolito: superfluosidades. Además de lo que hablan los personajes extraterrestres en los sue­ ños de Mafalda, algo así como un sefardí macarróni­ co: “¿Sapisti ka uñi bestiaplaneteartefakte posavi in luneta suprafizie?”

k de Kuarenta y cinko minuten Camino de la escuela Felipe imagina a la maestra con uniforme de las ss y gritándole: “¡¡Aaaah!! ¡¡Gu­ ten Morgen, Felipen!! ¡¡Kuarenta y cinko minuten tarrrrde!! ¿Hein?” mientras él se acerca a ella rapa­ do y vistiendo uniforme de preso en campo de con­ centración y le entrega un papel diciendo: “¡Ja, se­ ñoriten, pero ich traigo der justifikativen von meine mama.” Luego, ya en la escuela, Felipe entra en la clase y le entrega el papel a la maestra y ella le aca­ ricia el pelo mientras lee la disculpa de su madre, y le dice: “Bien, ve a sentarte, querido”, y Felipe ca­ mina a su pupitre exhalando un suspiro de alivio y ruborizado, bajo las miradas interrogativas del “malevaje extrañao” que, como en el tango, lo mira sin comprender.

f de Felipe Mafalda le lee la frase “Es más digno morir de pie que vivir de rodillas” y él se pregunta ruborizado si será muy deshonroso subsistir sentado. g de Guille Mafalda pone un par de cubitos de hielo en un vaso y después de llevárselo a Guille, que “lee” sentado en el suelo, se aleja diciendo: “Chupete on the rocks, ¡lo que hay que aguantarle!” h de Honestidad Mafalda le confiesa a su Diario Íntimo que se portó muy mal con su mamá, que es muy buena pero ella la hace rabiar, y que la culpa es suya y sólo suya. Des­ pués de pensarlo en silencio durante una viñeta, aña­ de: “La Dirección de este Diario Íntimo aclara que sólo se limita a publicar estas notas, sin compartir por eso el criterio de su autora.” i de Iglesia Mafalda y Susanita ven pasar a unas monjas y Susa­ nita reflexiona que qué pobres las monjas, y que ella, en vez de vivir para la religión, prefiere vivir pa­ ra un marido, aunque luego se dice: “Claro que a Dios nunca se le va a ocurrir salirte con que su mamá co­ cina mejor.” j de Japoneses Felipe le cuenta a Mafalda que vio por la tele una peli de guerra y cuando ella le pregunta qué guerra y él contesta que la última, una con japoneses, Mafal­ da le replica que ésa no es la última. Miguelito vio la misma peli y está convencido de que eran chinos y no japoneses, porque lo primero que te encajaban era un balazo y no una grabadora.

l de Libertad Libertad le explica a Mafalda que su mamá traduce y lo que gana es para la comida, porque lo que gana el papá es para pagar el alquiler, y añade que ahora tradujo un libro de un tal Yanpol Belmon... no, Yanpol ¿Sastre?... Mafalda le sugiere si no será Sartre, y Li­ bertad: “¡Ése! El último pollo que comimos lo es­ cribió él.” ll de Llanto Susanita proclama que quiere tener muchos vesti­ dos, Mafalda que mucha cultura. “¿Te llevan presa si vas por la calle sin cultura?”, pregunta Susanita. “No”, responde Mafalda desconcertada. “Prueba a hacerlo sin ir vestida” argumenta victoriosa Susa­ nita. Y en la última viñeta, mientras Susanita llora sin consuelo, Mafalda se aleja diciéndose más bien apenada: “Es muy triste tener que pegarle a alguien que tiene razón.” m de Muriel La historieta mil 611, de una sola viñeta, recuerda las mejores secuencias fotográficas cinéticas de Muy­ bridge: En ella vemos a Muriel (el amor platónico de Felipe) sentada a la derecha, leyendo en un banco de un par­ que, y Felipe aparece avanzando hacia ella desde el


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Jornada Semanal • Número 888 • 11 de marzo de 2012

fondo, detrás del árbol a la izquierda: primero andan­ do normal, luego la ve y echa a correr alegre y decidi­ do, pero a las cuatro zancadas disminuye la marcha y se va como difuminando hasta que queda frente a ella (que no lo ve porque sigue leyendo y tiene la cara lige­ ramente vuelta hacia la derecha), Felipe es ya todo un rubor y se aleja cabizbajísimo hacia el primer plano de la izquierda “¡no sin volverse hasta cinco veces!” y fi­ nalmente se sienta desolado en el césped que rodea el tronco del árbol. Una obra de arte.

vio de la prima casada con el flaco que anduvo antes con la herm...”, y sigue la retahíla de su chisme, para un Dios es­ tupefacto cuyos Divinos Ojos se le salen de las Órbitas.

n de Nervo-calm Mafalda pide Nervo-calm en la farmacia y el botica­ rio le pregunta si es para ella y ella contesta que no, que es para su padre, quien no supo decirle qué dia­ blos es el erotismo. En casa, Mafalda le entrega el paquete a la mamá y dice que faltan 20 gotas que se tomó el farmacéutico.

q de Quino La maestra dicta un problema donde un hacendado posee una estancia de 50 hectáreas de ancho por 60 de largo. Y mejor que Quino no lo hubiera hecho. Según Mafalda es una bestialidad del grado 17 en la escala de Manolito (que sólo alcanza hasta el 10), y Susanita se burla diciéndole: “Dale, Quinito, ¿cuántos litros tiene una legua?”, mientras Libertad se solidariza con él y alega que como las hectáreas se usan en el campo, el pobre Quino quiso hacer su pro­ pia reforma agraria: “Sería un pionero estúpido, pe­ ro un pionero.”

ñ de Ñoñerías El papá se pone de rodillas para estar a la altura de Guille, y le habla diciéndole esas ñoñerías que él cree que constituyen el lenguaje infantil, y al cabo de tres viñetas Guille le pregunta a la italiana, mudamente, mirándolo fijo a los ojos y con un gesto inequívoco

r de Regreso de las vacaciones... ...y el padre se alegra gritando a voz en cuello que uno vuelve del veraneo sintiéndose otro, pero Ma­ falda recoge del suelo el correo acumulado y le dice: “Mirá vos, y estos ingenuos han seguido mandando facturas al que eras antes.” s de Sopa Mafalda: “Si él dijera que es buena, acá dirían que es mala y la prohibi­ rían. ¡¿Por qué ese cretino de Fidel Castro no dice que la sopa es buena?!”

de la mano, juntando las yemas de los dedos y mo­ viendo de arriba abajo la higa así formada [= “Ma che cosa stai dicendo, stupido?”] o de Ombligo Al papá de Mafalda siempre se le van los ojos detrás de las chicas atractivas, sobre todo cuando están en la playa, pero también en Buenos Aires. Esta vez se cruza en la calle con una joven de las primeras que debieron salir a la calle luciendo la pancita al aire, y luego, al llegar a casa se encuentra en el ascensor con una vecina que le da recuerdos para los suyos. Des­ pués, cenando, pero con la mente en otro lugar, le dice a su gente: “Recién en el ombligo me encontré con la señora de arriba, me dio ombligos para us­ tedes.” p de Padrenuestro Historieta mil 892: En la primera viñeta una señora que reza: “El pan nuestro de cada día dánosle hoy”; en la segunda Dios que escucha, atento; en la tercera un señor que reza: “Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deu­d o­ res”; en la cuarta Dios que escucha, atento; en la quin­t a Susanita que reza: “Y no nos dejes caer en la ten­t ación más líbranos del mal no nos vayas a me­ ter en líos como el que tiene la gordita de la panadería que vino a enterarse de que su novio es también no­

t de Tratar Mafalda y Miguelito discuten leyen­ do si una noticia en el diario se trata de alguien que nunca juega al ajedrez con las negras. Mafalda arguye que no, que es una noticia policial, y acu­ den a preguntarle a la madre, que tiene visita: “Mamá, ¿qué es un tra­ tante de blancas?” Cuando vuelven a sus cuarteles de invierno tras haber hecho que la mamá y la visita se atraganten y espurreen el café por el susto que se llevan, Mafalda dice: “¿Viste cómo el ajedrez no tie­ ne nada que ver?” u de unicef Comisionada por Unicef, Mafalda presenta la Decla­ ración con los diez Derechos Fundamentales de los Niños, y concluye con una severa admonición a la esfera del mundo: “Y estos derechos... a respetar­ los ¿eh? ¡No vaya a pasar como con los diez man­d a­ mientos!” v de Victory Guille grita “¡Dije no me voy a bañad y no me voy a bañad!”, y en la siguiente viñeta sale arrastrado por la madre camino del baño... pero le hace a Mafalda con los dedos el signo de la v .

w de Web (= red = telaraña en este caso) Miguelito saca con un palito a una araña de su red y luego deja el palito en el suelo y corre a esconderse detrás de un árbol mientras la araña [no lo dice Qui­ no, pero sabemos que se llama Clotilde] regresa a su red. Y Miguelito le grita desde allí: “¡Pero a que en mi lugar no tendrías el coraje de afrontar el pape­ lón de que sos un cobarde!” [Sólo que eso, en reali­ dad, nos lo está diciendo a nosotros, los lectores de la historieta]. x como las incógnitas en Matemáticas Hablando de las incógnitas irresueltas en la saga de Mafalda (¿por qué Mafalda nunca muestra los dien­ tes, ni siquiera cuando auspició la campaña de salud dental; por qué nunca aparecieron en las historietas sus abuelos; por qué tampoco aparece nunca Men­ doza, la ciudad natal de Quino?), el humorista Mi­ guel Rep se pregunta asimismo: ¿Cómo sería “el cuadrito después?” Un ejemplo. ¿Qué harían los papás de Guille luego de que éste los viera abraza­ dos, y gritase “Eta e mi mujed”? Pensando en ello, recordemos el diálogo entre Mafalda y su madre en la tira mil 232: –”Pero... ¿por qué tengo que hacerlo? – ¡¡Porque te lo ordeno yo, que soy tu madre!! – Si es cuestión de títulos, yo soy tu hija! ¡Y nos graduamos el mismo día! ¿o no?” La mamá, conviene subrayarlo, no contesta. ¡Aaaaah! Tomando en cuenta lo que son y cómo son los padres de Mafalda, aventuro la posibilidad de que no lo hizo... porque pudiera ser que Mafalda fuese una niña adoptada. Tarea les dejo a los mafaldólogos. y de Yogur A una clienta que viene a reclamar, Manolito le expli­ ca que ese tarro de yogur no está vencido en abril de 65: “Es un documento histórico de cuando debuta­ mos en el diario El Mundo.” z de Zapatos (con la suela agujereada) Felipe ve muy pensativa a Mafalda, le pregunta qué le pasa y ella contesta que tiene un agujero en la suela de los zapatos, pero no pueden reparárselos porque se atrasó el pago del sueldo al padre; Felipe pregunta si se lo atrasan muchas veces, Mafalda responde que hay meses que sí; Felipe quiere saber si no tiene su papá nada de plata, y Mafalda dice que justo para la cuota del auto; y Felipe que si no tiene ella otro par de zapatos, y Mafalda que dice sí, pero son los de salir y no quiere arruinarlos; y Felipe: “¿Te puedo ayudar de alguna manera?”, y Mafalda: “Yéndote al cuerno con tu reportaje a la clase media.” •


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Izquierda: 29 de septiembre de 1964. La tira Mafalda comienza a publicarse (dos veces por semana) en la revista Primera Plana. Aparecen como personajes Mafalda y su papá Derecha: Joaquín Salvador Lavado (Quino) en 2009, inagurando una escultura de Mafalda, a pocos metros del edificio donde vivía en el barrio de San Telmo, Buenos Aires; donde se inspiró para ambientar la historieta

L

Antonio Soria

a década de los años sesenta del siglo pasa­ una ventaja comparativa nada despreciable, consis­ do fue testigo, entre muchos otros, del es­ tente en venir incluida como una sección más de un plendor de la variante caricaturística cono­ diario y, por lo tanto, no implicar un desembolso eco­ cida como tira cómica, misma que formaba nómico aparte ni tampoco una búsqueda específica parte –y en algunos, pocos rotativos actuales aún lo para su consumo. Es decir que, si bien el cómic –el hace– de innumerables diarios impresos en todo el tebeo en España, o “los cuentos”, como se les llegó a mundo. Ya se tratara del hiperconocido Snoopy, o de conocer en aquel México de dólares a doce cincuenta sus imitadores tipo Garfield, específicamente creados viejos pesos cada uno– tenía una más que demostra­ para contar una suerte de microcuento de tono có­ da popularidad, verificable en tirajes que hoy se an­ mico, autosuficiente en términos dramáticos, o de tojan fantásticos o fantasiosos, en todo caso envidia­ series-personajes como Fantomas, Mandrake el Ma­ bles; y si bien dicha popularidad no estaba de ningún go, Tarzán de los Monos o El Fantasma, entre muchos modo amenazada por la facilidad y la virtual gratui­ otros, que a diferencia de aquéllos consistían en una dad de la tira cómica en los periódicos, esta última serie de “capítulos” pertenecientes a un continuum formaba parte de algo que, sin regateos, debe ser narrativo –el cual, por otro lado, parecía nunca lle­ considerado como una tradición –se insiste, hoy casi gar a su conclusión–, uno de los comunes denomina­ extinguida–: la de abrir el diario y saber que, en cier­ dores de las tiras era, desde luego aparte de las di­ ta página, habrían de hallarse los personajes de Ca­ mensiones más bien reducidas dentro de las cuales cahuatitos, o séase Peanuts, o séase Snoopy, o cualquier debían ser solucionados, su procedencia de nacio­ otro de los ya referidos. nalidad: hablando en particular de las tiras ase­ Pero dicha tradición, son menester el énfasis y la quibles en el México de los años sesenta, los setenta insistencia, solía implicar que el desaprensivo lector y los ochenta, dicha procedencia era preponderan­ iría a toparse con una tira casi omnímodamente made te­m ente estadunidense. A los arriba mencionados se sumaban –y aquí los nombres con los que eran rebau­ tizados variaba de país en país, al menos latinoamericano– Lorenzo y Pepita, Maldades de dos pilluelos –o El Capitán y los Cebollitas, según–, Edu­ cando a papá, Serapio –es decir Bugs Bunny–, El Ratón Mickey, Calvin y Hobbes, Olafo el Amargado, Trucutú, más un etcétera nutrido que excede a la memoria. Mientras el avasallamiento en la categoría contigua de cultura po­ pular, es decir en el cómic, era prácti­ camente total a consecuencia de los jamás abandonados –y muy pronto saqueados y vueltos a saquear por En1995 se inauguró la Plaza Mafalda, barrio de Colegiales; ciudad de Buenos Aires el cine– Supermán, Batman, El sor­ prendente Hombre Araña y demás “superhéroes”, pe­ in usa , víctima o beneficiaria, según cada caso, de ro también a causa de una constelación con menos traducciones buenas y malas de sus regularmente suerte a la hora de la evocación, como Archie, La Pe­ escuetos parlamentos; pero sobre todo iría a encon­ queña Lulú, Periquita, Sal y Pimienta, El Pato Donald, trarse, cómo si no, con el flashazo dibujado de un Gasparín el Fantasma Amigable, Riqui Ricón, El Pájaro estilo de vida, unas preocupaciones, un carácter, una Loco… mientras esa aplanadora de cuadernillos ta­ idiosincrasia intensamente sajones-clasemediamaño media carta engrapados medraba a sus anchas analfabeta funcional, como puede verificarse con en los puestos de revistas –acompañados, con diver­ facilidad en la hemeroteca: por citar sólo un ejemplo sas debilidades y/o fortalezas, siempre entre varios prototípico, ahí está Lorenzo, el de Pepita, un em­ otros por ejercicios locales como El Payo; Susy, His­ pleado de oficina cuyas mayores o exclusivas preo­ torias del Corazón; Lágrimas, Risas y Amor; Capulini­ cupaciones son conseguir un aumento de sueldo ta, Kalimán, Rarotonga, así como el notable por atípico de su cejijunto jefe, cenar sabroso todos los días, así y desabrochado Chanoc–, la tira cómica contaba con como flojonear a gusto los fines de semana.

Maf

Casi medio siglo de

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Una excepción con (Ma)falda Es en ese contexto donde surge, por más de un con­ cepto volviéndose inmediata excepción, la argentina Mafalda. De nuevo circunscribiendo el tema al ámbi­ to espaciotemporal del México de hace unas cuatro décadas y media, poco más o menos, debe decirse que Mafalda llegó a este país integrándose a las pá­ ginas del hoy extinto diario Novedades, y debe tam­ bién decirse que en principio no causó –y nada pare­ cía sugerir que lo haría entonces ni después– mayor revuelo ni celebridad notable. Lo relevante, desde luego, era su procedencia: por fin una tira cómica que no era gringa, que es tanto como decir por fin la presencia de un personaje –me­ jor dicho, y como todo mundo sabe, un grupo nume­ roso de ellos– nacido, desplegado, puesto a “vivir”, originalmente en un contexto bastante más afín al nuestro de lo que jamás podrían ser el aséptico su­ burbio de Charly Brown, el chabacanísimo Riverda­ le de Archie, ni mucho menos la Metrópolis de Clark Kent o la Gotham City de Bruce Waine. Oriunda de Buenos Aires y nacida, periodística­ mente hablando, en 1962 o 1964 (hay un malenten­ dido sobre este tema) , Mafalda se erigió –de seguro sin el concurso de su voluntad y quién sabe si tam­ bién en ausencia de la de Quino, su igualmente cé­ lebre autor– en excepción, como es evidente por lo


falda

dicho hasta este punto, pero también en partea­ guas, y no sólo en el primer ámbito de su naturale­ za, es decir el correspondiente a ser una tira cómica, parte de un diario, cuyo cometido básico e ineludi­ ble consiste en “entretener”, atendiendo en todo caso a las infinitas interpretaciones que el vocablo entrecomillado convoca. La condición excepcional de Mafalda en tanto ele­ mento de una tradición, que la antecedía con mucho y que por eso mismo la determinaba, pero a la que llegó a contradecir con el simple hecho de ser lo que era: no estadunidense, para empezar, y no mori­ gerante, para acabar; dichas excepcionalidad y es­ píritu contradictorio, pues, quizá expliquen, así sea en parte al menos, el salto trascendental –o cualita­ tivo, si se le tiene repeluz al otro término— que muy pronto y sin lugar a dudas dio hasta hacerse de un sitio propio en el imaginario colectivo, lo cual se hizo asaz evidente en su traslado, poco más adelante tan definitivo como definitorio, de las páginas papel re­ volución del diario a las hojas bond del librillo-reco­ pilación que para muchísimos lectores son, y no sin paradoja, el único soporte en el que han accedido a las tiras de Mafalda. Volviendo a los tiempos idos, pero fundacionales en este tema, del primer boom mafaldesco mexicano, es preciso mencionar la multiplicación gráfica de la

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que se hizo objeto a la galería entera de los personajes mafaldeanos: los finales de los años setenta y prác­ ticamente todos los ochenta, con sus pósters –afiches, carteles–, sus llaveros, sus estampas y pegotitos, sus separadores de libros, bolsas y bolsos de todos ta­ maños, playeras… convirtieron a Felipe, Susanita, Manolito, Miguelito, Guille y Libertad, pero sobre todo a la propia Mafalda, en iconos verdaderamen­ te dignos de ser considerados como tales, en tanto fueron útiles para dar testimonio lo mismo de una estética que de una ética que, por decirlo en esos tér­ minos, del espíritu de una generación que hablaba y pensaba como Mafalda et al., que escuchaba lo mismo que ella, que vivía en un departamento muy similar al habitado por ella; que se preocupaba, en fin, por asuntos afines o idénticos a los de ella. Más de una vez asignándoles palabras que en rea­ lidad Quino jamás les puso en la boca –se habla aquí de nuevo de esa eclosión icónica que multiplicó la melena negra y abundante y la boca amplísima de la porteñita quinesca–, estos personajes-niños aca­ baron siendo emblemas generacionales, en particu­ lar de quienes, por esas épocas, contaban grosso modo entre los diez y los veinte años de edad.

asiente, discrepa, celebra o se queja? Y no sólo eso, pues debe añadirse la ya referida ubicación cronoló­ gica precisa y, por lo tanto, de/limitada, y a esas dos condicionantes súmese una clara voluntad de loca­ lía, lo mismo geográfica que cultural que social: se trata de Argentina o, para ser tan específico como el propio Quino, de Buenos Aires –puntuado apenas con las bien conocidas tiras-secuencias correspon­ dientes a las vacaciones de Mafalda y su familia, sea a la playa o a las montañas–; y no por cierto de la mí­tica urbe en su totalidad sino, cabe deducir, de alguno de sus innúmeros barrios, obvio es apuntarlo, aquel La piba de todas partes donde transcurre la cotidianidad mafaldesca. Mas no paran ahí las condiciones de crasa especi­ Al autor de estas líneas le consta: tener treinta o más ficidad quinesco-mafaldeanas, ya que deben incor­ años de edad no es condición sine qua non para no porarse –y puede que ubicándolas mejor a la cabeza solamente conocer, sino también gustar de Mafalda, de todas las anteriores– varias otras cuya naturale­ o lo que es lo mismo, para que ella pueda todavía za es innegablemente ideológica y cultural: Mafalda comunicarle algo –mucho en realidad– a generacio­ es clase media-media; también es, como el Feo Bra­ nes tan benjaminas como las nacidas en la década de domín, “católica y sentimental”; es anticomunista –o los años noventa del siglo pasado y que hoy no tienen por lo menos antiMao y antiFidel–; es buena argen­ siquiera veinte. Más claro: un personaje de caricatu­ tina que se pone su cinta albiceleste en la cabeza en ra que está cumpliendo cuarenta y ocho años de vida, las fechas patrias… Pero Mafalda es, igual y naturalmente, todo aquello que más encomian sus bien­ querientes: crítica, pacifista, demócrata, solidaria, buena amiga de sus amigos, feminista avant la lettre, amorosísima hi­ ja y hermana, beatlemaniaca y, en fin, dueña de una personalidad clara, bien definida y mejor defendida. Acompañada principalmente del ava­ ro codicioso –Manolito–, del atribulado laborioso –Felipe–, del ingenuo buenazo –Miguelito–, de la cursi esnob –Susani­ ta–, de la radical minorista –Libertad–, del aprendiz avezado –Guille–, eso sí, todos ellos en última instancia poseedo­ res de un humanismo que, dado el caso, es antepuesto a sus defectos-cualidades particulares, Mafalda es, con ellos y por Imagen de Mafalda con leyendas de apoyo a la democracia durante la celebración su propia cuenta, actor y testigo, prota­ del nuevo mandato de la presidenta Cristina Fernández, en la Plaza de Mayo gonista y narradora de su propia historia; es, para decirlo en una sola idea, conciencia actuan­ concebido a partir de la inmediatez intrínseca de la te o actor consciente, en términos absolutos, de su prensa diaria y por lo tanto signado por la amenaza tiempo y su circunstancia, dibujados-dialogados por de un potencial desleimiento progresivo, ha dialo­ Quino con la minuciosidad y la profundidad indis­ gado al menos con las tres generaciones más recien­ pensables, como bien se sabe, para que una historia tes y, en algo que pareciera juego de espejos respecto –en este caso una larga serie– de vocación claramen­ de la forma en que comenzó su camino –en México al te local acabe convertida en una suerte de paradigma menos–, nada parece sugerir que dejará de dialogar. de alcance universal. ¿Cómo se explica la vigencia de un discurso así de Debe ser por eso que, casi medio siglo después, claramente inserto –como sin lugar a dudas es el que Mafalda sigue pugnando con las mismas fuerzas por Quino despliega en las tiras mafaldeanas– en una la paz mundial, la proscripción de las armas nuclea­ época concreta, de la cual versa, sobre la cual borda, res y la abolición de la sopa • en torno a la cual reflexiona, en función de la cual


leer Ciudades, Ramón Xirau, fce ,

México, 2011.

BRÚJULA PARA EL VIAJE

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una revelación al lector novel, no familiarizado con otras facetas del quehacer escriturario del autor, sin extrañar al poeta sutilísimo ni al pensador más afortunado de otros escritos, sino quedarse con este “cronista de las cosas fútiles”, un título por cierto que Octavio Paz –gran amigo de Xirau– atribuyera a un auténtico estilista de la lengua, Fernando Pessoa. Hay quien pueda ver igualmente en estas páginas un Baedecker o moderna guía Lonely Planet, brújula imprescindible para el viaje •

RAÚL OLVERA MIJARES

Las ciudades, ese concepto que en las letras evoca de manera casi irremediable el nombre de Italo Calvino, no las suyas también ciudades antiguas aunque todas ellas enclavadas en una geografía imaginaria, sino otras ciudades de su patria, Italia, dan título a un breve y no por ello menos ambicioso opúsculo desprendido de la pluma de Ramón Xirau, filósofo y poeta. En ese preciso orden, concediendo la preeminencia a la trabazón interna del discurso y no al revestimiento de la expresión, el autor publicó sus notas de viaje en 1969, originalmente en la casa editora propiedad de Alberto Dallal, realizadas mediante el apoyo declarado de una beca Guggenheim. Florencia, Siena, Amalfi, Capri, Venecia y Verona son las ciudades que en poco más de un centenar de páginas recuerda Xirau en virtud de sus ilustres pensadores y artistas, unas veces y, otras, mediante la descripción pormenorizada y llena de figuras del lenguaje con relación al ambiente y las memorias que suscitaron en él aquellos lugares. Al abordar Florencia, la primera estación del recorrido, Xirau no puede evitar caer en una larga digresión acerca de Maquiavelo, a quien incluso cita en versión libre y propia, al igual que a Platón, Plotino y Marsilio Ficino. Por un momento el lector tiene la impresión de hallarse ante la valiosa y elemental Introducción a la historia de la filosofía (1964) que el profesor Xirau pergeñara años antes. El empeño en dar con la expresión más justa y más tersa viene a compensar el engolosinamiento con los conceptos. No habría que olvidar que Xirau es destacado poeta en su lengua madre, el catalán, y prosista bastante discreto en castellano. El valor primordial de la obrita consiste precisamente en el estilo. No deja de sorprender, por consiguiente, toparse en el mismo capítulo inicial con erratas en toscano. Anda por la cuarta edición este libro (la original ya mencionada, otra de la unam en 1985, otra de El Colegio Nacional en 1990, y la presente) y sigue ostentando estas y otras peculiaridades como redundancias, repeticiones y esos dilatados pasajes donde en versión propia se citan autores editados en un más que didáctico recuadro. El volumen aparece exornado con una serie de grabados en una tipografía ejemplar, la propia de la colección Centzontle, la cual abarca desde autores consagrados hasta otros escasamente conocidos, con un carácter misceláneo que oscila entre la prosa, el verso, la crónica y el ensayo, con obras intachables y otras menos dignas de encomio. La lectura de Ciudades puede deparar toda

El poder de la música Metafísica y delirio. El Canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, Evodio Escalante, Ediciones Sin Nombre, México, 2011.

ESCALANDO CUESTAS ENRIQUE HÉCTOR GONZÁLEZ

No es un libro de divulgación, porque difícilmente una obra de esa ralea adquiere la apariencia de estudio serio (whatever that means) acerca de la poesía de nadie, y menos a propósito de Jorge Cuesta. No se trata de un trabajo estrictamente académico, tampoco, porque textos de ese jaez jamás escalan los muros de los claustros universitarios con el fin de alcanzar al gran público –para beneficio de ambas partes. El que encabeza esta nota es, más bien, un libro híbrido donde claridad y slang de investigador, soltura y aparato crítico conviven en contenciosa contigüidad. No estamos, pues, frente a una lectura filosófica del poeta de Contemporáneos, si por ello se entiende la aplicación inflexible de un determinado método al texto creativo o el estudio del célebre canto a la luz de lo que de él percibe un pensador. Pero sí, en todo caso, ante un trabajo empeñado en desentrañar el sentido de uno de los poemas

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más intrincados de nuestra modernidad a partir del irracionalismo objetivo de Nietzsche, a quien el propio Cuesta leyó con denuedo. ¿Lo consigue? Desafortunadamente sí: Escalante no es el primero en atisbar el asunto desde esa perspectiva, pero ha proferido una lectura provechosa; el infortunio consiste en que el traje es tan perfecto que el cuerpo en que se ensarta, esto es, el poema en sí, corre entonces el riesgo de desaparecer. ¿Tendría razón Villaurrutia cuando afirmaba que “todo poeta que se respete debe tener un filósofo de cabecera”? Entiendo que no, que la archisabida noción de Heidegger acerca de que poesía y filosofía dicen lo mismo, por distintos medios, es a medias eficaz. Tal atrocidad equivaldría a suponer que sólo la lectura de Nietzsche faculta un cabal acercamiento a la poesía de Cuesta. Y en esto reside el quid de la lectura de Evodio: desde las notas preliminares de su ensayo sentencia que “para disfrutar de un producto artístico se precisa entenderlo”. He aquí un presupuesto peligroso, por decir lo menos. Si fuera cierto que “sin intelección no puede haber fruición”, como categóricamente afirma Escalante, habría que destituir del canon a Góngora, fulminar a Gerardo Deniz, hacer papilla del Finnegans Wake y, por lo menos, deshabitar las vanguardias y postvanguardias y desaconsejar la pintura abstracta y la música experimental, mientras no las entendamos. No, no creo que “la verdad del goce” resida “sin dilación alguna, en la verdad de la comprensión”, como se desboca diciendo el ensayista. Más bien, resulta mejor amueblado el texto, cuando mucho, o más cómodamente alfombrado el poema, si se puede decir así, cuando “media” una plausible asimilación de lo que dice; pero –por cierto– nada mejor para, más que penetrar, sentirse penetrado por un poema (un lector de poesía, en efecto –con y sin Cortázar–, es el lado hembra de la ecuación literaria) que permitirle más irracionalidad que objetividad a nuestra intuición ya que, después de todo, y visto como el ser que es, un poema, como una persona, no necesita ser entendido para ser amado entrañablemente. Prueba de ello, para no ir más lejos, es el propio crítico, que declara en la nota inicial haber gustado de estos versos sin haberlos comprendido. En fin, se sabe que no está mal ni de más entender un poema. La sospecha reside en una pregunta: ¿Se habrá entendido de verdad? Y aun en otra: dicha comprensión, ¿reporta un placer mayor o sólo un placer de otro tipo? El encefalograma al que Escalante somete el “Canto a un dios mineral”, por cierto, no altera la infinita, saludable, maravillosa ininteligibilidad del texto. Arroja, eso sí, una piedra al canto (si se vale la tautología) más hermético escrito por los poetas de Contemporáneos, tiro que no necesita dar en el blanco para evidenciar la lucidez de las treinta y siete liras que lo componen. No en balde lo escribió el autor más inteligente del “grupo sin grupo” (pero con harta grupa, si se permite la sinuosa alusión), el ensayista determinante de “El clasicismo mexicano”, el mejor lector de Nietzsche entre los poetas nacionales anteriores y posteriores a él. El crítico espiga, penetra, descifra mineralmente el texto, pero aguza sus herramientas con


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leer

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tan celosa probidad que necesariamente excluye cierta bibliografía (pienso en los trabajos de Frank Dauster, Merlin Forster, Edgard Mullen, Guillermo Sheridan y los propios poetas de Contemporáneos) que hubiera podido ayudarlo a elucidar con mayor alcance el enigma del poema, donde tan apretadamente configuró el autor los lúcidos desvaríos de su pensamiento con la madeja inextricable de su vida personal. El mayor mérito de Escalante, Sísifo moderno, consiste, según me parece, en haber subido la enorme piedra que significa este canto sin arribar a la cima, es cierto, pero también sin dejar que rodara Cuesta abajo •

Xopancuicatl cantos de lluvias, cantos de verano, Miguel Figueroa Saavedra, Universidad Veracruzana, México, 2011.

CANTOS DE LLUVIAS Y DE VERANO HERLINDA FLORES BADILLO

Este es un libro que nos lleva a conocer nuestras raíces profundas. Figueroa Saavedra, doctor en antropología social, compila doce piezas de la poética antigua náhuatl. La importancia del libro

no reside en la antologación de las piezas, sino en el profundo estudio que el autor realiza sobre cada canto. Desde la introducción del libro se nos explican concepciones de la tradición náhuatl que, para un lector poco conocedor y de orientación occidental, resultarán de gran importancia para poder leer la obra de lo que fue y es ese otro México: el México profundo, como lo denominó Bonfil Batalla. La introducción permite al lector reconocer la estilística de esos poemas, discute la métrica y la musicalidad observada en ellos. Andrés Hasler, en la presentación del libro, reconoce que en “Mesoamérica los xopancuicatl son el equivalente a la Ilíada griega que dio soporte a la mitología, a la historia y –sobre todo– a la identidad de los Griegos”.Para Hasler, los cantos de verano proveyeron de esplendor “a los dioses aztecas, a las grandes hazañas bélicas y a los más destacados jefes militares y estadistas que cohesionaron la identidad de cada una de las comunidades nahuas en el altiplano de México. Los conceptos que Saavedra expone son reconocidos por un experto en el campo, pero también por un lector poco conocedor de la estilística náhuatl. Lo que sorprende, en primer lugar, es la sencillez con la que Saavedra muestra significaciones como el difrasismo y, en segundo plano, las anotaciones que realiza sobre traducciones y deducciones hechas por algunos otros autores a esos doce poemas. Para él, las traducciones y las explicaciones de esos autores son acertadas, a veces, pero resultan poco convincentes bajo la lupa de un experto antropólogo conocedor del náhuatl antiguo. Saavedra manifiesta que el mismo título de esta obra, Xopancuicatl, es un difrasismo que al ser explicado en castellano, pierde todo el sentido que posee en su origen. In xochitl, in cuicatl son las dos frases que se unen para formar un solo concepto: la flor, el canto; Saavedra menciona que “podría traducirse como ‛canto poético’, ‛canto cortesano’, o ‛canto lírico’, pero todas estas se quedan cortas para comprender el amplio sentido del ‛canto de flores’ o ‛canto florido’“. En este valioso compendio se comenta que estos poemas no fueron hechos para su lectura tranquila o para ser recitados sin acompañamiento musical o representación coreográfica. Esta obra es una aportación al campo del estudio de los poemas náhuatl antiguos, pero sobre todo es la base para cualquier crítico literario de las obras de los escritores actuales de los pueblos originarios de México. En ella podemos entender por qué y cómo se han transculturado sus obras •

LOS 45 DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD Luis Rafael Sánchez

Migajas, Miguel Ángel Nogueda Ramos, Miguel Ángel Porrúa, México, 2011.

Cada uno de los primeros doce –en total son trece– capítulos de los que esta novela se compone, abre con títulos que funcionan a manera de grata invitación: así “Encontrará el amor a la vuelta de la esquina”, que es el capítulo iii; “Sólo necesita un buen empujón para empezar a ganar dinero”, que es el vi; o bien “El mayor placer en la vida es hacer lo que otros dicen que no se puede hacer”, el x. Ingenioso, Nogueda toma como punto de partida ese tipo de frasecillas-consejas populares-refranes-premoniciones que todos, alguna vez, hemos extraído de una “galleta de la suerte” en un restaurante de comida china, para dar estructura a una historia que entremezcla, empata, distingue, acepta, rechaza y reordena conceptos como destino, fatalidad, azar y otros aledaños.

próximo número

Fin de la migración mexicana

Una canción para la noche nigeriana

jsemanal@jornada.com.mx


Cuestión de género No es mi intención discurrir y reflexionar sobre eso que desde hace unos años denominan cuestiones de género, cuando su propósito es abordar la confrontación existente entre –según ellos– hombres y mujeres. Mi inquietud es más modesta y prosaica. No va más allá de lo literario. Quienes por una razón u otra debemos ubicarnos frente a un grupo de estudiantes ávidos de averiguar los misterios de la literatura –para pasar la materia, aunque sea de panzazo– o jóvenes empeñados en averiguar los secretos de la creación literaria para aplicarlos en la elaboración de sus textos; repito, quienes pasamos por esos trances, sabemos que una constante es la exigencia de definiciones, conceptos, reglas o “características” que faciliten la identificación del objeto de estudio. De unos años a la fecha la idea de géneros literarios ha sido cuestionada por académicos de alto nivel, por lo tanto, a un estudiante común y corriente esos temas no han llegado ni le quita el sueño. Es más fácil saber que hay géneros, mismos que responden a características definidas y específicas. De ahí que en numerosas ocasiones, y tal vez por ser también más fácil hacerlo, cuando se me pregunta qué diferencia hay entre un cuento y una novela, doy una explicación preceptista que, por así decirlo, elaboro con base en planteamientos académicos. Pero al salir del salón y sentarme a escribir me olvido de las ataduras académicas. O mejor dicho, las ignoro, o en ocasiones, para divertirme, me pongo a confrontar las diversas definiciones que existen al respecto y soslayo en el salón de clases porque considero que presentárselas a los alumnos o talleristas los haría pelotas. Y la confusión es lo peor que puede haber si lo que uno busca es que avancen, ya sea en el ejercicio de la lectura o la escritura de textos. Siempre es bueno, cuando se empieza, tener un horizonte.Ya más adelante ellos mismos sentirán la necesidad de cuestionar, de poner en tela de juicio, de sentir que lo “aprendido” les queda corto, que las reglas y características asfixian su creatividad... en fin, los obligará a investigar por su cuenta si la tierra es plana o si hay otros horizontes. Reduzcamos el tema a las diferencias entre cuento y novela. Por lo general se define al primero como una “narración breve en prosa”. La definición es tan amplia, tan general, que cabrían en ella muchas otras cosas, no solamente el cuento. A partir de ahí encontramos una multitud de definiciones, algunas de ellas tan complejas y ambiguas como la primera. Los extremos se tocan. Los estudios más avanzados y recientes sobre este género hacen hincapié en las diferencias estructurales definitivas y definitorias, al grado de que es un pecado confundir el cuento con la novela o cualquier otro tipo de relato. Sin embargo hay dos ideas sobre el cuento que siempre me han llamado poderosamente la atención, pues fueron emitidas por dos autoridades en el género: Azorín y Horacio Quiroga. La primera está en “La estética del cuento” que escribió Azorín en una edición de sus cuentos que publicó Afrodisio Aguado editores en 1956. La otra aparece en el tan denigrado “Decálogo del perfecto cuentista” de Quiroga. Lo de tan denigrado es porque recordemos que lo han descalificado desde Silvina Bullrich hasta Julio Cortázar, pasando por otros muchos autores. Cortázar, si mal no recuerdo, califica de válido sólo uno de estos “mandamientos”. Azorín escribió: “todo verdadero cuento se puede convertir en novela, puesto que, en realidad, es un embrión

de novela”. Esa afirmación haría respingar a muchos, pues en la academia y entre algunos cuentistas, se subraya que el cuento nada tiene que ver con la novela, y como ejemplo ponen el caso de Maupassant, de quien aseguran que como cuentista era genial pero como novelista era pésimo. (Al respecto, el mismo Maupassant, en el prólogo a su novela Pedro y Juan escribió: (el crítico) que osa aún escribir: esto es una novela y aquello no lo es, me parece dotado de una especie de perspicacia que se aproxima sobremanera a la ineptitud”.) La otra idea, la de Quiroga, es: “Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.” La última parte de este enunciado nunca la he comprendido. Por eso, cuando tengo la fortuna de hallarme frente a un grupo de talleristas excelentes, y me hacen la pregunta de qué diferencia hay entre una novela y un cuento, les respondo que se olviden de eso, que lo importante es escribir un buen texto, eficaz de cabo a rabo, sin preguntarse a qué género pertenece •

11 de marzo de 2012 • Número 888 • Jornada Semanal

Ana García Bergua La familia de Godofredo Olivares Todos tenemos un álbum de familia o varios, guardados en algún ropero o en un cajón especial. Perdido o atesorado, el álbum de familia ve la luz en momentos especiales, durante una Navidad por ejemplo, cuando los hijos o los nietos demuestran curiosidad por conocer las historias que circulan en su sangre. Aparece así, entre risas, la foto de la abuela vestida de china poblana, o aquella que le tomaron a un tío en el Ajusco donde parece estar parado en una mano gigantesca. Foto tras foto, cada imagen es como una especie de portada o acertijo del que brotan, ante un público asombrado en una tarde de lluvia, toda clase de historias y dudas morbosas: ¿de verdad el abuelo tenía otra novia?, ¿y de veras la tía Ricarda era un señor? Y en realidad son pocas las historias que no sufren cambios paulatinos e incluso radicales a lo largo del tiempo, según qué miembro de la familia explica la foto, pues todos tienen su versión personalísima y distinta de ciertos hechos. Además, la memoria es frágil y tramposa: arregla las cosas para redondear el cuento y, si es necesario, se aleja de las verdades aburridas para darles un colorcillo inusitado. En realidad, si lo pensamos bien, todos los álbumes de familia son libros de cuentos, muchas veces de cuentos distintos cada vez que se los contempla. Esta es la premisa del libro Re/cuentos familiares (Ficticia, 2012), de Godofredo Olivares, un álbum de retratos familiares abierto a la fabulación, quizá lejanamente inspirado en Marcel Shwob, y al mismo tiempo lo suficientemente entrañable como para suscitar equívocos y jugar con nuestra suspicacia: ese tío Felisberto, por ejemplo, pianista de cine, ¿no se parece al gran Felisberto Hernández, el autor de Las hortensias? ¿Y aquel otro que fue el lado de sombra de Juan Rulfo que aunque no escribió escuchó también los susurros? Y aquella tía que aparece en la escalerilla del avión de British Airways en el que llegan Los Beatles, ¿es adoptiva? Porque está claro que no sólo uno escoge qué historias quiere contar cuando le toca ser el intérprete del árbol familiar, sino que, en cierto modo, uno puede también escoger a su familia, y en eso se aprecia el gusto de , pariente de excéntricos entrañables, mujeres hechiceras o solteronas, grandes maniáticos, escritores o personajes deseados de fotografías. Hilos fantásticos se entreveran en lo que se asemejaría a la remembranza costumbrista de unos parientes: así, la abuela Ifigenia desaparece entre las nubes; entre el humo del tabaco de unos parientes galos se conoce la inquietante tradición de que al nacer un niño de la familia se planta un árbol con cuya madera se construirá el ataúd que lo resguarde cuando muera. Su hermano, por otra parte, pierde el pelo de todo el cuerpo a causa de la química maligna de una novia despechada. En esta especie de selección exquisita y juguetona de parientes se amarran de manera sorpresiva hechos de la vida real, como las fotos de desnudos multitudinarios de Spencer Tunick, o historias lánguidas, como la del abuelo Bernardino que viaja distancias larguísimas para arrepentirse e ir de regreso; el viaje es en realidad el trayecto, pero el pobre nieto que lo acompaña no lo puede ver así. En estos Re/cuentos familiares no hay tragedias; algunos misterios se tratan con gozosa curiosidad y otros quedan para el lector: ¿quién es, por ejemplo, la abuela Carmen, tan citada a la hora de aclarar quién era Ifigenia la nubosa, o Ángel el que era igualito a Cary Grant y Próspero el acumulador de libros? Varios de ellos usan a la muerte de utilería: además del cuento de los árbo-

PASO A RETIRARME

Orlando Ortiz

PROSA-ISMOS

arte y pensamiento ........

les, tenemos un tío abuelo que dedica su vida al obituario y que se llama Ramón, en homenaje a Gómez de la Serna, otra tía que pule y da esplendor a su propio catafalco a lo largo de su vida. Su comadre Miranda, cuenta, fue capaz de quedarse encerrada en un ataúd y eso que sufría de claustrofobia, sólo para comprarlo a precio de ganga. En este libro la muerte es una grieta para fantasear, al igual que los viajes, los libros, los devoradores ojos de tigre de la madrina, los dientes del tío Ángel, igualito a Cary Grant, la tacañería o el amor que provoca desdichas o despierta anónimas grandezas. Leyéndolo me doy cuenta de que los álbumes de fotos son como el libro de cuentos que uno de los tíos reales o imaginarios de este narrador que vive en Guadalajara lee a sus sobrinos, un gran libro que en realidad contiene páginas vacías para que uno las invente •

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Alonso Arreola alarreo@yahoo.com

Notas de Mali (i de iii) Iniciamos nuestro viaje a Mali pisando París. Asunto: un par de vacunas y el trámite de la visa en el consulado del país africano. Esperando pacientemente a que el responsable de ventanilla regrese de un muy largo almuerzo, el sonido de la lengua bambara empieza a rebotar en el oído. Numerosas articulaciones oclusivas y fricativas; pausas esporádicas; arrebato e interrupción entre animados interlocutores. Mucho ritmo. Eso: ritmo. Algo que comprobaremos días después, tomando cerveza en el Camello Durmiente, hostal a la vera del río Níger en Bamako, cuando entre varios personajes locales trabamos plática con Tina, percusionista eslovaca que estudia djembe en el Instituto Cultural de Mali. Gracias a ella conoceremos a dos grandes maestros. Madu toca el djembe mientras Lamin lo acompaña con el songba (hermano intermedio entre el más grave dundun y el más agudo kinkini), tambor largo con doble parche golpeado por un hueso curvo. Se nos pide repetir un patrón simple en el que se emplean tres tipos de contacto: bajo (con la palma al centro del cuero), tonique (con la palma fuera del perímetro y los dedos en la orilla) y clique (como el anterior pero causando un rebote que provoca armónicos). A pocos metros de distancia, en pleno jardín del instituto, una mujer yace recostada sobre el pasto amarillento. Se ve enferma. Su hijo, que apenas camina, la rodea jugando. El olor de carne quemada y heces también nos acompaña. Los restos de fogatas y cabras que nos circundan parecen no alterar el curso de la tarde. Comenzamos a comprender este lado de las cosas. A diferencia de mucha música europea y americana, la de África apuesta por los tresillos, las síncopas y las dislocaciones acentuales. Allí donde nosotros pensamos que vive el tiempo fuerte de un ritmo, los malienses escuchan un contratiempo débil; allí donde sentimos que empieza la vuelta, ellos la van terminando. Con un solo tambor, como aprendemos hoy, la complicación no es tanto mecánica como sensorial. Las manos duelen y el centro de gravedad se mueve. Sudamos por el calor, pero también por la hipnótica frustración de un acto que pone a prueba nuestros años estudiando músicas aparentemente más complejas. Sólo a ratos sentimos que participamos del flujo y el maestro sonríe regalándonos su complicidad. Se trata, efectivamente, de comprender e imitar con una elevada conciencia sobre el pulso principal de la música llevado por el pie, pero sobre todo se trata de sentir y dejarse ir. Una rara combinación entre “teoría” y naturalidad. Luego de que logramos tocar el primer ritmo con alguna solvencia, pasamos a otro más difícil. De vuelta a las repeticiones entre los bocinazos de las –literalmente– miles de motocicletas chinas que a corta distancia cruzan el Puente de los Mártires despidiendo una nube de gas que se combina con la arena traída por los vientos del norte. El niño sigue rodeando a su madre. Madu y Lamin le gritan a alguien para que traiga té. Pasamos a una nueva combinación de patrones impulsada por extrañas anacrusas. Han transcurrido casi dos horas. Entre un ejercicio y otro nos hemos de-

tenido para fumar, pues resulta inconcebible que un hombre de estas tierras esté sin un cigarro en la mano (no las mujeres, pues la mayoría de las que fuman al sur del Níger son prostitutas, según se nos ha explicado). La lección termina cuando Tina, la eslovaca, llega para tomar su clase. Nos enteramos entonces de que por la noche habrá un concierto en el Wasamba, un bar para gente de Bamako en el que se presentará Saramba Kouyaté, contante griot que este año será parte del Festival Sur le Niger, al que nos trasladaremos en dos días. Nos dicen que es muy distinto escucharla en la intimidad. Queda acordada nuestra cita nocturna, cuando todo cambia en este sitio donde la consigna es sobrevivir un día más hasta que llegue la noche y, con ella, sus cantos. Aquí las cosas tienen sentido viendo al pasado, a la historia de los apellidos y las familias notables que en voz de los elegidos vuelven a darle vida a un presente que no se ocupa del futuro. Gente amable y sonriente, la de Mali no relaciona la basura ni su forma de conducir, talar árboles o contaminar con la buena educación. Es consecuencia inevitable de lo cotidiano y nada más. No guarda conexión con el porvenir. Para la gran mayoría no existen ligas entre la desaparición de árboles y la veloz desertificación que amenaza la vida del Níger, frágil vena en la que diariamente se vierten desechos tóxicos. Pero esa es otra historia. Hay que alistarse. Lo que pasará en la noche será intenso, conmovedor • (Continuará.)

Luis Tovar cinexcusas@yahoo.com

Algunos (de)pendientes (II y última) La dependencia del discurso Pocas naciones hay como ésta llamada México, tan dadas a la improvisación, a la innecesaria y en el fondo siempre simulada reinvención –cada seis años, al arribo de un tlatoani más– y, en paralelo, al olvido nocivo de viejas problemáticas, antiguos errores y soslayamientos varios, así como al escamoteo culposo de las taras propias y el tramposo enmascaramiento de las mismas. Por alguna (sin)razón diríase atávica y, para que la generalidad suprascrita toque tierra en la materia específica de estas líneas, dicha tendencia a resolver las cosas siempre alvapor/sobrelasrodillas/alcuartoparalasdoce, suele beneficiarse de la fertilidad que es ley en el anchísimo campo del desconocimiento puntual de ciertos cómos y ciertos porqués, sin los cuales se está condenado a llevar a cuestas al menos tres imposibilidades, pesadas como grilletes: la imposibilidad de entender, la imposibilidad de explicar y, finalmente, la imposibilidad de transformar. Póngase por caso el recurrente, irresuelto, gordiano y –sólo en apariencia– irresoluble problema de la exhibición de cine mexicano. Para el desaprensivo Lugarcomún, la cosa es bien sencilla: el cine mexicano no se exhibe porque, según esto,“nadie” o “casi nadie” quiere o se interesa en verlo –con un “casi” proveniente de Liliput–, y su triste condición al respecto viene a ser culpa suya y sólo suya, porque, de nuevo según Lugarcomún, ha sido incapaz de despertar el interés, la curiosidad y ni siquiera el morbo del público, en función de todo lo cual ha sido incapaz de “conectar” con éste, como sí lo ha hecho el cine producido en otras latitudes. Innumerables veces se ha hablado aquí de las varias causas de que se reincida en la anterior falacia, pero convendría, ahora, enfocarse en una de ellas: la que tiene que ver con el mencionado des-

CINEXCUSAS

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BEMOL SOSTENIDO

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conocimiento de los cómos y los porqués, sin los cuales resulta imposible entender/explicar que las cosas sean como son, para luego estar en posibilidades de transformarlas.

A quién le toca qué La sensatez mínima exigible impide imaginar que cada uno de los 190 millones de cineespectadores anuales promedio en México, tendrá tiempo y ganas de allegarse la documentación necesaria para desentrañar las causas por las cuales nueve de cada diez filmes que le son ofrecidos no son mexicanos. Pero si ese cineespectador promedio claramente no está obligado a tanta especialización, en esa misma medida y en sentido inversamente proporcional, tal obligación recae –por la simple fuerza del oficio que afirma estar ejerciendo– en aquello conocido como “prensa especializada”. Empero, la realidad verificable en el día-a-día del periodismo sobre cine –impreso, radiado, televisado, blogueado, feisbuqueado y tuiteado– hace suponer que a una mayoría aplastante de quienes lo ejercen le da por creer que, para hablar pública y mediáticamente sobre cine, basta y sobra con haber ido al cine a ver cine, dicho así para que se aprecie mejor la redundancia tautológica del uroboro. En otras palabras, puede constatarse que, para el grueso de quienes cotidianamente viven el privilegio de que su voz y su pluma sean atendidas por un público, pareciera que no hace ninguna falta tener –o incrementar, si alguno se tenía– sus conocimientos, ya no se diga teóricos e históricos, sino cuando menos estadísticos, para discurrir, entre muchos otros temas y variantes, en torno a la presencia,

o mejor dicho a la ausencia casi perfecta del cine mexicano en las pantallas comerciales mexicanas. Expresado en forma de preguntas el asunto luce cuan triste es: ¿cómo podría cambiar la percepción que de tal problemática tienen esos 190 millones de cineespectadores, si aquellos responsables de hacerla visible y comprensible tampoco la entienden y hasta parece que la desconocen, a pesar de que su oficio los obliga a carecer de tal inopia? ¿Cómo, si además de desconocerla –como no sea en los términos dictados por el renunciamiento a la lectura investigativo-reflexiva, sumado a la pseudoagrafía tan propios de Lugarcomún–, además de distorsionarla con dichos y comentarios sin más sustento que el “yo creo que…”, tampoco dan muestra de querer abandonar la comodidad patética que dicha ignorancia les concede? ¿Cómo si, reactivos a más no poder, son felices limitándose a regurgitar aquello de lo que sus pares están hablando, todos al unísono? ¿Cómo, en fin, si el discurso colectivo sobre cine en México, y salvo naturales excepciones, se apoya casi de manera preponderante sobre los pilares fofos de algo demasiado cercano al analfabetismo funcional? •


arte y pensamiento ....... LA JORNADA VIRTUAL

11 de marzo de 2012 • Número 888 • Jornada Semanal

Naief Yehya naief.yehya@gmail.com

La debacle de la quema de Coranes Mentes, corazones y beisbol Una de las grandes frustraciones de eu como potencia colonial es que, después de invadir y ocupar Haití, desde el 28 de julio de 1915 hasta el 1 de agosto de 1934, los nativos nunca fueron capaces de aficionarse al beisbol. Lawrence Pezzullo, el enviado especial estadunidense en Haití escribió: “Me sigue sorprendiendo que es el único lugar en el Caribe donde no se juega beisbol. En todos los demás lugares dejamos algo. En Haití no dejamos nada.” La conquista de las mentes y los corazones haitianos fue en gran medida un fracaso. Resulta difícil sorprenderse, ya que la invasión tuvo por motivo “proteger intereses estadunidenses y extranjeros” y reemplazar una constitución que prohibía a los extranjeros ser dueños de tierras. En esa ocasión, como en todas las guerras de agresión colonialistas, el pretexto oficial fue civilizar, restablecer la ley y el orden en una nación en caos. Entre aquella aventura y la ocupación de Afganistán del 7 de octubre de 2001, eu ha tratado de conquistar mentes y corazones por el mundo con resultados variados. Así, desde la segunda guerra mundial hasta la guerra contra el terror, pasando por las guerras de Corea, Vietnam, Grenada, Serbia y tantas otras más, el ejército estadunidense ha tenido tiempo y oportunidades suficientes para aprender a conquistar la voluntad de los pueblos invadidos. Sin embargo, parecería que cada nueva guerra es una oportunidad para explorar niveles desconocidos del oprobio y la humillación colectiva.

Fahrenheit 451: edición Afganistán El último capítulo de la cadena de torpezas morales, insultos culturales y atropellos a la decencia cometidos por las

A LÁPIZ

fuerzas de ocupación contra los afganos fue la reciente quema de Coranes en la base militar de Bagram. Un camión cargado con materiales religiosos llegó a un tiradero de basura. Tres personas con uniforme militar estadunidense (durante semanas el Pentágono insistió en que se trataba de tropas de la otan o quizás de mercenarios), una mujer (¿para enfatizar la provocación?) y dos hombres, comenzaron a echar al fuego bolsas con materiales impresos. Por lo menos cuatro trabajadores afganos los vieron y trataron de detenerlos y rescatar los ejemplares del Corán. La justificación del ejército fue que estos Coranes provenían de prisiones donde aparentemente habían sido usados para pasar mensajes entre reos. Este fiasco llega menos de un mes después del estrepitoso escándalo del video de cuatro soldados estadunidenses orinando sobre cadáveres de supuestos insurgentes afganos. La primera reacción de los altos mandos del ejército fue que darían entrenamiento a sus tropas sobre cómo manejar los libros del Corán. Uno se pregunta si también habría que darles cursos para enseñarles lugares apropiados para orinar.

De humillación en humillación La quema de Coranes desató una oleada de ataques en contra de las fuerzas de ocupación y numerosas manifestaciones sangrientas que han costado por lo menos treinta vidas afganas, así como cuatro estadunidenses: dos oficiales que fueron ejecutados en el Ministerio del Interior, uno de los edificios más seguros del país, y otros dos soldados. Los medios estadunidenses se preguntan: ¿cómo puede ser que después de invertir tanto y durante tantos años, los ingratos afganos los traten así? Si quisieran recordar, verían que eu invadió Afganistán en represalia contra el gobierno talibán por haber permitido operar en su territorio a Osama bin

Laden y su red Al Qaeda, quienes fueron responsables de los ataques del 11 de septiembre de 2001, que a su vez supuestamente fueron represalias por las humillaciones sufridas por los musulmanes a manos estadunidenses. ¿Responderá esto a la pregunta de los medios estadunidenses?

La debacle anunciada Es prácticamente imposible defender cualquier quema de libros, pero también es muy difícil comprender la pasión desenfrenada que provoca la fantasía religiosa que sostiene que un producto editorial está imbuido de un poder sobrenatural. Es inaceptable la incitación al asesinato o cualquier otro acto de locura criminal iluminada bajo pretexto de la quema de un libro. Sin embargo, es muy fácil entender que una invasión nunca es una misión de buena voluntad, y que diez años y cuatro meses de ocupación de Afganistán no han modernizado al país, no han resuelto los necesidades más básicas de la población ni han pacificado a las facciones políticas en disputa, como tampoco han creado oportunidades o han mejorado el entendimiento entre culturas; no han pavimentado la más elemental estabilidad para “proteger los intereses estadunidenses y extranjeros”, ni han establecido al beisbol como deporte nacional. Pero sería erróneo decir que Estados Unidos no ha dejado nada en Afganistán o en Irak; lo que ha quedado son cementerios repletos de víctimas de las armas de la “otan ”, así como de las condiciones provocadas por esta infame y absurda guerra •

Enrique López Aguilar alapiz@hotmail.com

Fastidio preelectoral De nuevo los días, las vísperas ominosas donde el dinero de los contribuyentes se vuelve contra ellos convertido en basura multiplicada por la radio, la televisión, los espacios cinematográficos, los espams telefónicos, los pegotes en paredes, las pintas en bardas, los letreros de plástico, los llamados “espectaculares”, el volanteo, las encuestas y entrevistas que, con la venia del ife, no dejan en paz a nadie. El cometido: persuadir a la resignada ciudadanía de que no es posible carecer de credencial de elector, de que no es posible renunciar al derecho de votar, de que hay que votar por Fulano o Perengano, por el Partido x o el Partido y, como si no hubiéramos visto ya el desfile de corruptelas, mapacherías, fraudes y compadrazgos pintados de tricolor, de blanco y azul, de amarillo, de verde y de todas las gamas cromáticas imaginables. Antes del escepticismo: Uno escucha la antes invulnerada Radio Universidad en el coche; son las 6 de la mañana. De pronto, una voz cavernosa no exenta de estulticia repite: “te lo dije” y, claro, lo que viene es el regaño para quienes no han cambiado su credencial de elector. Cambio a Opus, donde fatalmente se escucha: “en este país ya no hay soluciones”. Nuevo cambio a Radio Universidad, a cualquier estación y, como si se tratara de un proyecto ideado para imbecilizar a la gente entre las 6:15 y las 6:30, todas las estaciones que Uno escucha con agrado repiten y barajan (porque también repiten el mismo anuncio con tres minutos de diferencia) la misma retahíla propagandística. Uno apaga la radio con la esperanza de que en diez minutos más volverá la música, o los comentarios sensatos de alguien sensato. Tira la mirada por la ventanilla en busca

de algo que rescate el tedio de la hora. Desde las azoteas de los edificios varias sonrisas babosas de personas que parecen la mar de confiables y amistosas tienden manos y miradas para persuadirnos de que ellos no son los mismos que ayer nomás, en los periódicos, aparecían echando mierda sobre todos sus contrincantes, sospechosos de trampas y alianzas nunca confesadas con tal de llegar a la jefatura delegacional, a la diputación, a la senaduría, a la Grande. “ Yo prometo acabar con el Mal”, “conmigo tendrán trabajo”, “soy respetuoso de las leyes”, “tengo las manos limpias”, “yo sí sé”. Y todos esos graznidos silenciosos desde los “espectaculares” hacen suponer que cada promesa se cumplirá de manera inversamente proporcional en cuanto la persona de la fotografía alcance la silla (siempre hay una) y Uno ve al candidato acudiendo a sólo dos de cada doscientas sesiones de su trabajo en cualquiera de las Cámaras. Sigue un alto. Ha regresado la música en la radio. La pared de la esquina está pintada de blanco y sobre ella hay un

lema de campaña que ya se ha leído en los “espectaculares” que repiten lo cacareado en los anuncios radiofónicos y televisivos que se sintetizan en volantes recibidos en la calle. Cada poste de luz se encuentra tapizado con papeles que no anuncian peleas de box sino campañas políticas. De lado a lado de la calle, como si papel picado de las ferias y las fiestas, cruzan plásticos impresos atados en las alturas con las mismas sonrisas de los mismos personajes que ya se han visto en los “espectaculares”, en los volantes, en la tele y cuyas voces aburren en la radio. Uno no ha llegado ni a la mitad de su recorrido y ya le da urticaria la cantidad de basura propagandística que lo rodea y lo cubre, sin tregua. No faltará la “suerte” de que alguna empresa encuestadora telefonee a casa para conocer la autorizada opinión de Uno en torno a cuestion arios sesgados, o irrumpan grabaciones que llaman a toda hora para, ¿por qué no?, conocer de viva voz y en el teléfono de la sala las grandes ideas con que cada candidato –que sólo aspira al poder y a no quedar fuera del presupuesto– pretende convencernos de que él es el preciso, quien luchará personalmente por ti cuando sea delegado, diputado, senador, presidente. Hoy por mí, mañana por ti: vota y mandaré pavimentar tu calle. Nada que hacer. En temporada preelectoral (que ya es todo el tiempo transcurrido entre elección y elección) mejor apagar la radio y la tele, atender el identificador de llamadas telefónicas, no mirar la propaganda ni la publicidad en las calles y conservar las ideas personales hasta la llegada de las elecciones. Al cabo de tanto dispendio Uno votará, pero sobrevendrán nuevos fraudes, “haiga sido como haiga sido”. Y falta la campaña postelectoral, donde el ife se felicitará a sí mismo por su enorme labor altruista •

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Germaine Gómez Haro Los cuerpos-árbol de Sandra Pani Conocí el trabajo de Sandra Pani en 1993, en una de sus primeras exposiciones titulada Subsistir, en el Museo del Chopo. En esa ocasión llamó mi atención el hecho de que una pintora tan joven centrara su creación en el oficio de la pintura-pintura, cuando la mayor parte de los artistas de su generación mostraba una actitud de rechazo ante las artes “tradicionales” y el neoconceptualismo dominaba la escena del fin del siglo xx. Sandra Pani ha sido fiel a la pintura y al dibujo como medios idóneos para plasmar sus obsesiones que, desde sus inicios, han estado ligadas al estudio de la anatomía humana y el mundo vegetal. Recuerdo que en esa exposición Sandra presentaba unos cuerpos de volúmenes sólidos que evocaban el universo telúrico de las diosas primigenias relacionadas con la fertilidad. Esa recia corporeidad que la artista imprimió a sus figuras tempranas con el tiempo se fue desvaneciendo sigilosamente, hasta dar lugar a siluetas y formas evanescentes que apenas se vislumbran entre las delicadas capas de pintura que cubren sus lienzos en los que predominan las tonalidades blanquecinas. Sandra ha alcanzado un lenguaje casi minimalista que le permite moverse libremente entre la figuración y la abstracción, y sus cuerpos simbólicos trasminan un poder numinoso que atrae y seduce. Actualmente se presenta en la galería Andrea Pozzo de la Universidad Iberoamericana

(campus Santa Fe) la exposición De ser árbol que reúne una serie de treinta y seis dibujos sobre papel de gran formato (300×110 cm) iniciada en 2007, parte de la cual se mostró en el pasado Festival Cervantino. Esta galería universitaria es un espacio majestuoso que dio pie a una museografía espectacular, en la que los dibujos se presentan suspendidos del plafón y distribuidos a lo largo y ancho del recinto, incitando al espectador a hacer un recorrido entre las piezas como si se tratara de un bosque arbolado. Y la analogía no es gratuita: el tema de esta serie de dibujos es la interrelación y correspondencia simbólicas entre la figura humana y los árboles, un diálogo plástico, conceptual y filosófico que apasiona a la autora, y que la ha llevado por los vericuetos de la investigación en temas de anatomía y botánica, tomando como inspiración el trabajo del ilustre naturalista sueco del siglo xviii , Carlos Linneo, autor del compendio titulado Systema naturae. Así lo plantea la pintora: “Esta serie de dibujos fue emergiendo de una profunda experiencia personal de la interrelación entre mi mundo interno y el mundo externo, entre lo simbólico y lo concreto. La experiencia de las similitudes –en la esencia– entre lo que experimentamos como cuerpo y árbol, a nivel concreto, y la realidad psíquica de ‘cuerpo– y ‘árbol–, a nivel de su representación simbólica, fue la semilla que dio fruto a esta colección de dibujos.” Se presenta también un video muy interesante en el que se registra el proceso de realización de estas piezas, en el que vemos a la autora recostada sobre la superficie de un papel de 3 m de largo, esbozando libremente su silueta con lápiz o carboncillo a manera de huella simbólica que marca el punto de partida en la ejecución del dibujo. Quizás el trazo inicial de su propia figura le permita percibir los limites de su yo para unir la percepción de su cuerpo al universo en la creación de estos árboles-cuerpo

Cuerpo–4

ARTES VISUALES representados en un sinfín de variaciones. La creación de esta serie de dibujos se complementa con la partitura realizada ex profeso y en íntima colaboración con el músico Mario Lavista, su compañero desde hace once años, quien se aventuró a desarrollar esta sutilísima música atmosférica que ofrece una correspondencia directa con la obra plástica en cuanto a su expresión de recogimiento y ensimismamiento. En meses pasados Pani participó en un proyecto en el Centro de las Artes de San Agustín Etla (casa) con bordadoras indígenas de Oaxaca en la elaboración de unos lienzos de algodón teñidos con tintes naturales, en los que las artesanas “tradujeron” los dibujos a lápiz de la pintora en finísimas puntadas bordadas siguiendo su tradición milenaria. Estas piezas se exhibieron en la exposición arte / sano entre artistas 2.0 en el Museo de Arte Popular. También está realizando una serie de dibujos pequeños que dialogan con objetos encontrados en la naturaleza, como semillas, nidos o ramas, contenidos en cajas de acrílico que conforman un políptico, y este trabajo se muestra actualmente en el recién inaugurado Museo de la Cancillería (República del Salvador 47, Centro Histórico). La aparente fragilidad de sus obras no es más que el reflejo de su búsqueda ontológica: la evanescencia para alcanzar la esencia • De–4

Jorge Moch

CABEZALCUBO

tumbaburros@yahoo.com

Ausencias La televisión mexicana se concibe universal y cosmopolita, pero adolece de graves ausencias. En términos sociales la televisión abierta del duopolio Televisa-tv Azteca propicia huecos insultantes. Ejemplo señero de esto es la ausencia de temática abiertamente homosexual. Habitan desde luego en parrilla una pléyade de estereotipos homofóbicos, escarnio insultante en forma de chistes vulgares, caricaturizaciones del varón homosexual y (en menor grado) de lesbianas, pero programas que aborden la temática homosexual de manera ecuánime o simplemente informativa son ocasionales rarezas. Salvo algunas producciones marginales y de bajo impacto, como Diálogos en confianza (Once t v ) o producciones extranjeras donde la temática lésbico gay y transgénero se trata de manera abierta –el show de Graham Norton, en la bbc , Modern family, de la cadena abc o Guau y Qué show con la Bogue, en Telehit, que es de paga–, del tema homosexual se habla poco y la mayo-

ría de las veces, mal. En alguna ocasión el asunto surge, pero como tópico “caliente”, es decir, que cocina opiniones de una resonancia tal que generan un interés mediático; un caso claro es la discusión, por cierto tan necesaria, que en diversos programas de análisis y opinión o en comentarios editoriales de espacios noticiosos ocasionó la iniciativa del gobierno del Distrito Federal de elevar al rango de derechos de dominio conyugal las sociedades de convivencia entre parejas homosexuales o su derecho a adoptar hijos. Entonces sí, el caldero, el vocerío donde brotan flamígeros dedos acusadores invariablemente ligados a la derecha palurda que dice gobernar y a su clero atrabiliario y virulento. No recuerdo intentos serios y respetuosos de llevar la temática homosexual a la televisión abierta para teleaudiencias de todas las edades; quizá el efímero lanzamiento de la serie Diseñador de ambos sexos, protagonizada por Héctor Suárez Gomís y cuyas buenas intenciones como proyecto de televisión propositiva se estrellaron en la llaneza de sus argumentos, y sobre todo en el agostamiento de unos recursos actorales y dramatúrgicos más bien escasos. Otra ausencia televisiva meritoria de reclamos –y que quizá en el territorio de la jurisprudencia debería ser competencia del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación, cuyo presidente, Ricardo Bucio, afirma que “es necesario sancionar la discriminación, ya sea por la vía administrativa o penal, debido a que los actos de exclusión no se combaten por mera convicción”, es la de nuestros pueblos originarios. ¿Cuántos conductores indígenas de programas o de noticieros hay? Nuestra Constitución establece claramente que “queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapaci-

dades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana”, es decir, todas las razones por las que millones de mexicanos son excluidos de manera cotidiana de las producciones televisivas, como no sea para someterlos a alguna clase de escrutinio con su previsible cauda de prejuicios nacidos en racismo y clasismo ancestrales. Los arquetipos físicos que la televisión, profundamente hipócrita como entidad empresarial, impone como atributos estéticos son extranjeros, ajenos a la fisonomía del común denominador indígena en México. La manera de hablar el castellano de nuestros pueblos originarios es ridiculizada en la televisión mexicana desde sus albores; la palabra “indio”, en esta sociedad nuestra de natural racista, es considerada un insulto. Y para más vergüenza, cuando las televisoras necesitan en sus producciones personajes indígenas, acuden al recurso lamentable de la suplantación cosmética. Las “heroínas” de las machacadas historias de la muchacha pobre –o indígena– que triunfa en el amor y la vida nunca han sido actrices mijes, rarámuris o tzeltales, sino criollas pequeñoburguesas que, por única vez en sus vidas, aceptan oscurecer su piel, pero no para congraciarse con los pueblos originarios tradicionalmente excluidos, sino con el rating… Contraria a cualquier retórica de utilería de las empresas del duopolio en materia de convivencia, inclusión y tolerancia, sus innobles, racistas omisiones y deliberadas exclusiones de las minorías, son una constante de discriminación flagrante que cuenta, según se ve, con la complicidad de quienes, al menos en la teoría, deberían regular sus procedimientos y transmisiones •


Pistorius y el galería sprint vital

15 de enero de 2012 • Número 884 • Jornada Semanal

Norma Ávila Jiménez

E

n los pasados Juegos Olímpicos de Beijing, el cierre entre Michael Phelps y Milorad Cavic en la prueba de los 100 metros mariposa detonó el alarido del público, al igual que los últimos 25 metros del relevo cuatro por 100 estilo libre. Ese estruendo acompañado de adrenalina muy probablemente se escuchará en Londres 2012, entre otras pruebas, en los 400 metros en pista, cuando al corredor –si logra su calificación, que es lo más seguro– se le admire competir junto con atletas convencionales. La tenacidad ha sido una de las constantes en la vida del sudafricano, quien desde los once meses fue amputado de ambas piernas debajo de las rodillas porque nació sin el peroné. Como muestra basta señalar que cuando asistía a la secundaria, con todo y las prótesis se involucró en partidos de rugby, tenis y waterpolo. Ya acompañado de las Cheetah Flex-Foot, prótesis manufacturadas especialmente para amputados que quieren correr a nivel competitivo o por divertimento, en 2004 participó por primera vez en unos Juegos Paralímpicos. Su naturaleza lo empujó, en 2007, a solicitar a la Federación Internacional de Asociaciones de Atletismo ( iaaf , por sus siglas en inglés), autorización para competir en Beijing 2008. Este organismo acababa de introducir una enmienda a la regla 144.2 ( e ), que prohíbe el uso de cualquier tecnología que dé ventaja a quien la utilice sobre otros atletas, y para evaluar si las prótesis beneficiaban a este competidor de veinticinco años, encargó a Peter Brüggemann, profesor del Instituto de Biomecánica y Ortopedia de Colonia, que realizara las mediciones correspondientes. Con base en el estudio del citado biomecánico, quien asegura que Pistorius gasta veinticinco por ciento menos oxígeno que los corredores “normales”, en enero de 2008 el consejo de la iaaf dictaminó que correr con las prótesis equivale a un menor esfuerzo corporal por el almacenamiento y retorno de la energía, y por lo tanto, le prohibió competir con los convencionales. Por supues-

to que esa decisión no apagó el entusiasmo del citado atleta; un mes después apeló la sentencia en el Tribunal de Arbitraje Deportivo (tas, por sus siglas en inglés). Apoyados en el Reporte Houston, los expertos que presentó Pistorius ante ese tribunal demostraron que utilizaba la misma cantidad de oxígeno que los atletas convencionales y demostraron que la energía supuestamente “perdida” en la zancada de los corredores “normales”, probablemente se transfiere a otra parte del cuerpo humano: a éste “no le gusta perder energía”, aseguraron. La decisión del iaaf fue revocada y para el Mundial de Atletismo 2011 celebrado en Daegu, Corea del Sur, el corredor calificó a las semifinales en los 400 metros. Entre sus sueños ahora se mezclan los sonidos del Big Ben, con el que marca la salida de los competidores durante una prueba. La historia de este atleta sin duda alguna desata polémica. Al mexicano Josué Sandoval, segundo lugar en la carrera de 400 metros en pista en los pasados Juegos Parapanamericanos, le toca competir contra Pistorius en otras justas. “Tiene ventaja al correr con dos prótesis porque no pierde el centro de gravedad. Cuando se es amputado de una sola pierna, este centro, que reside en la columna, se inclina hacia el lado de la extremidad que queda y el desgaste es mayor. Asimismo, acumula menos ácido láctico porque no tiene la parte de abajo del cuerpo.” Para Jeshua Ortiz, jefe de Medicina del Centro Nacional de Desarrollo de Talentos Deportivos y Alto Rendimiento, las prótesis de Pistorius “hacen un muelleo, se contraen y estiran, lo que le da un mayor ímpetu. Las extremidades naturales no logran hacer eso, no son un resorte.” Además, “no podemos esperar a que nuestras extremidades evolucionen más, mientras que las prótesis sí pueden mejorarse conforme avanza la tecnología.” El objetivo de las competencias es demostrar que “eres mejor que tu compañero, pero sin basarte en soportes tecnológicos o sustancias, porque se pierde el espíritu deportivo”, subraya.

Juan José Reyes, atleta convencional que nos representa en los 100 y 200 metros, puntualiza: “Si bien tiene ventajas, también tiene desventajas, como el no poder aprovechar la fuerza, la potencia y el equilibrio que los pies y las pantorrillas proporcionan. No estoy ni a favor ni en contra de que compita con los convencionales, sin embargo, considero que es un atleta excepcional dado que traspasó las fronteras de su discapacidad.” Eso es innegable. El velocista sudafricano ha mostrado tener más espíritu de lucha que muchos de los “normales”; al tas declaró que nunca se vio a sí mismo como un discapacitado. Cabe subrayar que este tribunal enfatizó, en el punto 56 de las evidencias, que el caso Pistorius debe considerarse como uno de los cambios que conlleva la vida del siglo xxi . Esto es importante, porque la institución está aceptando el peso que tiene en nuestra vida el avance tecnológico. Y eso podría desembocar, en un futuro no lejano, en discusiones que involucren al deporte, la medicina, la física, la filosofía y la antropología, entre otras áreas. En el campo del arte, Sterlac, un artista del performance, valora el uso de la tecnología para mejorar el cuerpo humano, y en su ensayo Prótesis, robots y existencia remota: estrategias postevolutivas, cuestiona la conformación del “blando y húmedo” cuerpo. Sugiere la idea de introducir microchips en el organismo y, durante sus representaciones, se coloca prótesis que parecen alargar sus brazos; proyecta lo que denomina el hombre posthumano capaz de desafiar a la fuerza de gravedad. En el terreno de la astrofísica, Stephen Hawking ha manifestado que para los futuros viajes interestelares lo ideal sería enviar máquinas que con el tiempo suplan al adn . Todavía no sabemos qué camino tomará la utilización de la tecnología en el organismo para su beneficio. Lo que sí es claro es que la mayoría apoyamos que Pistorius compita contra los atletas convencionales. Verlo correr motiva a hacer ese sprint que la vida exige •

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