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Número 362 Noviembre 24, 2013

La igualdad: aún vigente / ¿Qué es el populismo? / El tifón Haiyan y la Cumbre de la ONU / Contengan la respiración / Poniatowska ganó el Premio Cervantes / Todo se transforma


2 Domingo 24 de noviembre de 2013

CORREO del SUR

La igualdad: aún vigente Francisco G utiérrez Sanín En tiempos de escepticismo ante el sueño de la equidad, tres libros retoman el tema de manera optimista y viable. Durante años, el pesimismo igualitario ha tenido un amplio predominio en los debates de opinión, y sobre todo entre la tecnocracia y los análisis de políticas públicas. El pesimismo igualitario consiste básicamente en tres proposiciones. Primero, las iniciativas en pro de la equidad son simplemente inviables en un mundo globalizado. Una cláusula auxiliar es la siguiente: allí donde eventualmente se implementan son insostenibles. Segundo, incluso de ser posibles y de poderse desarrollar en un horizonte temporal relativamente amplio, tienen efectos contraproducentes. Generan estatismo, derroche y corrupción. Tercero, supóngase que son más o menos benéficas y que se pueden llevar a cabo. Aun así, resultan en esencia irrelevantes. Terminaremos convergiendo en el mismo sitio, y desde que la sociedad sea eficiente –esto es, alcance su nivel de uso óptimo de los recursos– lo demás no importa demasiado.

Vicenç Navarro*

H

oy podemos encontrar el término “populismo” con gran frecuencia en los discursos políticos y en la narrativa mediática. En general, se utiliza para definir aquellos movimientos que son percibidos como una amenaza para los establishments financieros, económicos, políticos y mediáticos del país. Bajo tal rúbrica aparece una enorme variedad de movimientos pertenecientes a múltiples sensibilidades políticas. Así, se ha identificado como populismo al partido de ultraderecha fundado por Le Pen en Francia, al movimiento de Beppe Grillo, de izquierda liberal, en Italia, al movimiento 15-M en España, de clara orientación progresista, lo mismo que ocurre con el movimien-

Hace un lustro parecía que estos tres círculos concéntricos habían asfixiado hasta la muerte la agenda igualitaria. Incluso quienes se indignaban contra el neoliberalismo tenían poco para ofrecer como alternativa. No entendían la lógica del discurso económico desde la que se formuló, principal pero no únicamente, el pesimismo igualitario, y se limitaban a denunciarlo desde una comprensión vaga, atropellada y estridente. De hecho, su principal conclusión –la globalización significa automáticamente la muerte de la equidad– casaba a la perfección con la argumentación pesimista. La única alternativa era una catástrofe salvadora, sobre cuyas ruinas se pudiera construir un mundo nuevo. Como suele suceder en períodos de transición, las nuevas ideas tuvieron que apoyarse no tanto en grandes inspiraciones o sistemas, sino en nuevas experiencias. Primero, contra lo prescrito dogmáticamente por el pesimismo igualitario, numerosos países empezaron a impulsar políticas de gran aliento en pro de la igualdad y simultáneamente experimentaron un vigoroso crecimiento económico. También en contravía de la idea, imbuida de más pathos que reflexión pero dotada de una elegante melancolía –y por consiguiente tan popular en Colombia–, según la cual en América Latina nunca pasa nada, el grueso de esos procesos está teniendo lugar aquí (de las maneras más variadas, que van de Brasil a Bolivia). Segundo, en algunos sitios la agenda más agresivamente reformista se adelantó

en paralelo con otra aperturista. Estos ejemplos rompen los lugares comunes a izquierda y a derecha, y por eso no tienen mucha prensa, pero constituyen atractivos laboratorios para pensar adónde podríamos ir. El que más me gusta es el de Bengal Occidental –un Estado de la India, con más habitantes que Colombia–, gobernado durante treinta años por un partido comunista que impulsó simultáneamente una reforma agraria a gran escala –entre otras medidas– y una globalización económica sin precedentes, todo esto acompañado de un crecimiento económico espectacular (más del 10% anual del PIB; cuando nosotros alcanzamos el 4% los empresarios hacen fiesta). Tercero, finalmente llegó el día del rendimiento de cuentas de la hubris neoliberal. La crisis económica de finales de la década pasada –de la que no salimos, de la que no se ve muy claramente cómo vamos a salir– generó violentas fracturas sociales, y una masiva pérdida de riqueza. Casualmente, los países ricos peor librados fueron los que habían acumulado de manera más inconsciente desigualdades extremas. Corea del Sur aguantó mejor la tormenta que Gran Bretaña (obvio, esto es una regularidad observable, no una relación de causalidad; pero igual creo que no es accidental). Por lo tanto, contra el pesimismo igualitario: sí es posible implementar grandes políticas en pro de la equidad, ellas a veces son compatibles con la globalización, y los costos de la inequidad extrema pueden ser mucho mayores –y peores– que los que se le atribuyen al curso de acción nivelador. No por casualidad entonces, en los últimos dos o tres años, han salido numerosas publicaciones argumentando a favor de las orientaciones igualitarias, e incluso imaginando (con base en la experiencia concreta) cuáles pueden ser y cómo se pueden llevar a cabo. De estas destaco tres, porque contienen análisis de gran factura pero se dejan leer como una novela policial, y porque no han merecido comentario alguno en nuestros medios culturales. La primera es The

Spirit Level, obra escrita por dos especialistas británicos en salud pública (Richard Wilkinson y Kate Pickett), que muestra de manera bastante contundente cómo las inequidades más allá de cierto umbral deterioran el nivel de vida de todo el mundo, desde sus víctimas hasta sus beneficiarios. Así, pues, la equidad importa. La segunda es de Joe Stiglitz, The Price of Inequality, que muestra cómo la desigualdad extrema se ha construido sobre ineficiencias brutales, captura política de rentas y distorsiones de la democracia: hemos hecho el tránsito, arguye Stiglitz, del principio de “un ciudadano, un voto” al principio de “un dólar, un voto”. Así, pues, la desigualdad extrema es prohibitivamente costosa. La tercera, The New Economics of Inequality and Redistribution (Sam Bowles), muestra que hay todo un menú de políticas redistributivas altamente eficientes, y por otro lado que un costo claro con el que tienen que cargar todas las sociedades caracterizadas por la desigualdad extrema es construir un enorme aparato de seguridad, que consume recursos insaciablemente y genera sus propias dinámicas de exclusión y de violencia. A propósito, muestra de manera contundente que muchas de las economías más equitativas del mundo son también las más abiertas. Así, pues, la redistribución es posible y necesaria en un mundo global. Este es un libro más técnico, pero sus dos primeros capítulos son claros, poderosos y accesibles. Los cuatro autores tienen en común que no construyen sus argumentaciones desde una perspectiva defensiva y sentimental. Están mirando hacia adelante, y apoyándose en sofisticadas técnicas y en lustros de investigación. Stiglitz ganó el Nobel por sus trabajos sobre asimetría informacional; Bowles es una de las figuras mundiales en estudios desde la economía sobre altruismo y equidad; Wilkinson y Pickett son renombrados salubristas públicos. Los cuatro ofrecen herramientas poderosas para desarrollar nuestra imaginación reformista, algo que necesitamos desesperadamente los colombianos.

to Occupy Wall Street en EEUU, al que se le define también como populista. Y este término también se utiliza para definir a los movimientos fascistas que están apareciendo en Europa, al Tea Party, al movimiento pro Berlusconi, y un largo etcétera. Puesto que tal denominación abarca a un grupo tan variado, que incluye sensibilidades no solo diferentes sino incluso contrarias y opuestas, parecería que el contenido no es el determinante que justifica esta definición. Podría serlo, pues el estilo de estos movimientos que son percibidos como irracionales, altamente emotivos y amenazantes al orden. Su carácter teóricamente contestatario con el sistema dominante parecería ser una característica común de estos movimientos. Pero esta característica tampoco parece ser suficiente para catalo-

gar a un movimiento como populista. Después de todo, hay partidos políticos que se presentan como revolucionarios (bien de derechas, bien de izquierdas) en un intento de cambiar profundamente las sociedades donde existen, y en cambio, no se los define como populistas. En ocasiones se han considerado populistas movimientos como el peronismo, que movilizan a grandes sectores de la población alrededor de un personaje carismático que se percibe como el portavoz de demandas populares, y que se transmiten de las bases al líder carismático, directamente sin canalización de partidos políticos. Pero bajo esta definición, al movimiento de derechos civiles de EEUU liderado por Martin Luther King también podría habérsele definido como populista

y pocos lo han considerado como tal. Entonces, hagamos la pregunta de nuevo, ¿qué es un movimiento populista? Y la respuesta la encontrará, no en el sujeto definido —es decir, en el movimiento llamado populista—, sino en el definidor, es decir, en la persona que define al movimiento como populista. Este término es, ni más ni menos, que un insulto que tiene como objetivo expresar desaprobación con dicho movimiento. Y puesto que hay un número creciente de movimientos que son del desagrado de los establishments citados anteriormente, el número de movimientos populistas ha crecido exponencialmente. Así de claro. *Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University


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l tifón Haiyan, una tormenta de dimensiones históricas, ha devastado a la población de Filipinas, mayoritariamente empobrecida. Miles de personas han muerto, cientos de miles permanecen aisladas, sin alimentos ni agua. En total, millones de personas han sido afectadas en todo el país. La lucha por la supervivencia compite con la urgencia por enterrar a los muertos, asistir a los heridos y el temor a sufrir los embates de las tormentas tropicales que pueden suceder al tifón. Al mismo tiempo, del otro lado del mundo, miles de negociadores, científicos, políticos y periodistas están reunidos en la Conferencia anual sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas, que este año tiene lugar en Varsovia, Polonia. Los fuertes vientos que azotaron Filipinas esta semana exigen vientos de cambio en la respuesta mundial al calentamiento global. Durante la sesión inaugural de la 19ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP 19) que está teniendo lugar en Varsovia, un valiente negociador acaparó la atención de todos los presentes al exigir que se tomen medidas para combatir el cambio climático. “Lo que mi país está atravesando como consecuencia de los eventos climáticos extremos es una locura. La crisis climática es una locura. Sr. Presidente, podemos detener esta locura aquí mismo, en Varsovia”, afirmó Naderev “Yeb” Saño, representante de Filipinas, el país recientemente devastado por el tifón, cuando la cumbre dio inicio. Este no fue su primer llamamiento a un organismo de la ONU. El año pasado, en ocasión de la cumbre sobre cambio climático realizada en Doha, Qatar, y poco después de que el tifón Bopha dejara un saldo de 1.100 muertos en Filipinas, Saño imploró a los negociadores reunidos allí, mientras intentaba contener el llanto: “El resultado de nuestro trabajo no debe tratarse de lo que quieren nuestros líderes políticos, sino de lo que exigen los 7.000 millones de habitantes del mundo. Les pido a todos: por favor, no más demoras, no más excusas. Por favor, hagan que Doha sea recordado como el lugar donde hallamos la voluntad política para cambiar las cosas”. Pero Doha no cambió las cosas. Uno tras otro, los informes confirman lo que establece la ciencia: el catastrófico cambio climático se está acelerando. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), una asociación integrada por más de 1.800 científicos que lidera la investigación sobre el cambio climático a nivel mundial y que compartió el Premio Nobel de la Paz con el ex Vicepresidente estadounidense Al Gore en 2007, acaba de publicar su quinto informe de evaluación. El IPCC informa, cada vez con mayor certeza, que el clima está cambiando y que este fenómeno es provocado por la actividad humana. Jeff Masters es meteorólogo y fundador del sitio web Weather Underground. A diferencia de la mayoría de meteorólogos de la televisión estadounidense, que no suelen vincular los eventos climáticos extremos con el cambio climático, Masters realiza esta conexión en forma habitual. Afirmó en el programa de noticias “Democracy Now!”: “La ocurrencia de este tipo de tormentas fuertes de categoría 5 ha aumentado. Y, cuando ocurren, una mayor proporción de ellas ocurre con una intensidad extremadamente alta”. Masters y el IPCC señalan que un evento climático aislado no puede atribuirse directamente al cambio climático, pero la frecuencia y la intensidad de las tormentas aumentarán. Mientras que la ciencia es fría y debe someterse a revisión, la realidad en los lugares afectados por estos eventos climáticos es cruda y mortal. El tifón Haiyan (que en Filipinas se denomina Yolanda) es tan solo el ejemplo más reciente. El huracán Sandy azotó hace un año los estados de Nueva Jersey y Nueva York, y provocó la paralización de una de las ciudades más grandes del planeta. Es demasiado prematuro calificar de fracaso a la cumbre sobre cambio climático de la ONU en Varsovia. Hay negociadores honestos reunidos en Polonia, además de activistas, tanto dentro del Estadio Nacional, donde tiene lugar la conferencia, como fuera, en las calles. Los activistas de Greenpeace están llamando la atención acerca de la fuerte dependencia de Polonia de las plantas de energía a carbón. Una de sus acciones consistió en proyectar el siguiente mensaje sobre las grandes chimeneas de humo: “el cambio climático comienza aquí”. Al mismo tiempo, otros 28 activistas de Greenpeace podrían ser condenados a siete años de prisión en Rusia por manifestarse contra la primera plataforma de exploración petrolera en el Ártico. Los dos periodistas que cubrieron la

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El tifón Haiyan y la Cumbre sobre Cambio Climático de la ONU

protesta afrontan los mismos cargos. Muchos consideran que Varsovia es solo un paso previo de cara a la cumbre sobre cambio climático que tendrá lugar en París en 2015 y, por lo tanto, reconocen que no es posible adoptar medidas urgentes. Pero, ¿por qué? En la cumbre sobre clima de 2011 realizada en Durban, Sudáfrica, una representante de la delegación de jóvenes se dirigió al plenario de cierre y expresó su frustración con el lento avance de las negociaciones. Anjali Appadurai sostuvo: “Han estado negociando desde que nací. En todo este tiempo, no cumplieron con ninguno de los compromisos asumidos. La ciencia nos dice que tenemos un plazo máximo de cinco años para evitar el cambio climático irreversible. Ustedes dicen ‘dennos diez’. La mayor traición a la responsabilidad de su generación con respecto a la nuestra es que denominen a esta meta como “ambición”. La “ambición” ha sido descartada por considerarla radical, o políticamente imposible. Pensar a largo plazo no es algo radical. Lo que es radical es cambiar por completo el clima del planeta, comprometer el futuro de mi generación y condenar a millones de personas a morir a causa del cambio climático. Lo radical es descartar el hecho de que un cambio es posible”. El principal negociador de Filipinas, Yeb Saño, seguirá luchando, tanto por su familia, gran parte de la cual fue afectada directamente por el tifón Haiyan, como por el

proceso de negociación. Culminó su intervención en la sesión inaugural de la Cumbre de Varsovia con un anuncio: “Sr. Presidente, digo esto con total sinceridad, en solidaridad con mis compatriotas que están luchando para obtener alimentos en mi país, y con mi hermano que no ha tenido alimentos durante los últimos tres días. Iniciaré una huelga de hambre voluntaria por el clima. Esto significa que dejaré de comer voluntariamente durante esta Cumbre hasta que haya un resultado real en vista. Se le han dado muchos nombres a este proceso, se ha dicho que es una farsa, que es una reunión anual sin sentido que implica una gran huella de carbono para viajeros frecuentes. Muchas veces se la ha calificado de diferentes maneras, y eso duele. Sin embargo, podemos demostrar que se equivocan. Sr. Presidente, mi delegación lo apela en forma respetuosa a que lidere este proceso y permita que Polonia, Varsovia, sea recordada por siempre como el lugar donde realmente tuvimos la voluntad de poner fin a esta locura. Si este es nuestro imperativo aquí en Varsovia, puede confiar en mi delegación. Sr. Presidente. Creo que aún podemos lograrlo”. Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna. © 2013 Amy Goodman.Traducido por Mercedes Camps. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org


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Contengan la Juan Gabriel Vásquez

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uchos años pasaron, tras su publicación, para que El gran Gatsby se convierta en el clásico que es ahora. Las razones y consecuencias de esa valoración tardía laten en las mismas páginas de la novela. “Quiero algo nuevo” declaró Francis Scott Fitzgerald en 1922: “algo extraordinario y bello y simple e intrincadamente diseñado”. El gran Gatsby, la obra maestra que publicó tres años después, fue todo eso; fue, también, el germen de inagotables decepciones para su autor. “De todas las reseñas, aun las más entusiastas”, le escribió Fitzgerald a Edmund Wilson, “no hubo una sola que supiera mínimamente de qué iba el libro”. Hoy sabemos (o sé yo, en todo caso, y me permitiré aquí presentar mi argumento) que se trata de una de las grandes novelas del siglo XX en Estados Unidos, un momento y un lugar que no carecen de grandes novelas. La historia extraordinaria y bella y simple e intrincadamente diseñada de aquel impostor advenedizo llamado Jay Gatsby, de su auge y caída, de su dinero y de las formas de obtenerlo y sobre todo de las razones que lo llevaron a la riqueza y a la impostura, es un logro artístico tan importante como el de cualquiera de sus compañeras de generación. Y es una generación de fábula, un verdadero dream team literario, pues

El gran Gatsby se publicó en el mismo año que tres novelas con las cuales pocos quisieran medirse:Manhattan Transfer de John Dos Passos, The Making of Americans de Gertrude Stein y Una tragedia americana de Theodore Dreiser. Al año siguiente se publicarían Fiesta, de un tal Ernest Hemingway, y La paga del soldado, de un tal William Faulkner. En medio de aquella camada de prodigios, El gran Gatsby se distingue por el hecho triste de que pocos se dieron cuenta de su naturaleza prodigiosa, y por el segundo hecho triste de haber sumido a su autor en una incertidumbre y una melancolía que lo acompañarían hasta su prematura muerte. Fitzgerald es la cifra del éxito temprano y de la temprana decadencia. Se había retirado de una agencia de publicidad en 1919, decidido a terminar una novela y a casarse con la mujer de sus sueños, una jovencita sureña que lo rechazó por considerarlo poco confiable o por creerlo incapaz de darle la vida que merecía. Cuando la novela fue aceptada, Zelda Sayre cambió de opinión. Fitzgerald recordaría esos años en Early Success, una crónica sincera y a la vez despiadada sobre la ambición literaria y las predecibles, pero siempre sorprendentes, satisfacciones del éxito. “En los mismos tres días”, escribe allí Fitzgerald, “me casé y la imprenta comenzó a sacar ejemplares de A este lado del paraíso igual que se sacan

extras en las películas”. Lo siguiente fue la borrachera del dinero y la fama y también de los problemas que ello puede traer para un escritor. Early Success está llena de esas iluminaciones. Primera iluminación: “Demasiado a menudo la gente elogiaba tus cosas por las razones equivocadas, o las elogiaban personas cuya aversión habría sido un elogio”. Segunda iluminación: “La compensación por un éxito muy temprano es la convicción de que la vida es un asunto romántico”. Tercera iluminación: “No parecía haber mayor duda sobre lo que ocurriría. Estados Unidos entraba en la juerga más grande y chabacana de la historia, y habría mucho que contar al respecto. Aquel boom dorado estaba en el aire: sus generosidades espléndidas, sus escandalosas corrupciones y la tortuosa agonía de los Estados Unidos en la Prohibición”. El gran Gatsby es justamente eso: la crónica de aquella juerga chabacana, contada a través de un destino que no es nada salvo romántico. La novela habla de dinero, y uno podría alegar que el dinero es el personaje principal, pero lo maravilloso es la variedad de maneras en que Fitzgerald logra que el dinero hable: que hable de gentes distintas, que hable de una civilización, que hable (y resuma) un momento histórico y social. Es un lugar común decir que El gran Gatsby es la novela que condensa la Era del Jazz, y lo seguimos repitiendo en

parte porque fue Fitzgerald quien inventó el (afortunado) cliché. Pero su grandeza literaria, hay que aclarar siempre, solo puede ser explicada por la destreza con que convirtió las “generosidades espléndidas” y las “escandalosas corrupciones” en uno de los más conmovedores amores fallidos de la literatura. El gran Gatsby es esa historia y ese momento, sí, pero es sobre todo una prosa de una eufonía que duele (sí, extraordinaria y bella) y una arquitectura cuyo virtuosismo insolente no notamos por estar metidos en la anécdota (sí, simple e intrincadamente diseñada). Sus escenas son tan seductoras, tan vívidas, tan inmediatas y tan intensas, que ningún lector se da cuenta de las astucias técnicas que contiene, ni del inmenso trabajo que hay detrás de su enrevesada cronología. Para explicarlo diré simplemente que en las grandes novelas las astucias técnicas nunca son solamente eso: son, al mismo tiempo, personajes memorables, párrafos bellísimos o escenas inolvidables. Es por eso que, si bien Jay Gatsby es el tema de la novela, el personaje principal no es él, sino Nick Carraway. Nick Carraway: cuya voz narra la historia como la va descubriendo, cuyas reacciones forman la delicada estructura moral de la novela, cuya distancia con respecto a los hechos que cuenta constituye el verdadero hallazgo de Fitzgerald y es fuente

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respiración

A propósito de El gran Gatsby) de inagotables placeres para nosotros, sus lectores. Toda gran novela contiene, entre líneas, su propia poética. En el capítulo II, Nick está en un piso alto de Nueva York. “Arriba, sobre la ciudad, nuestra línea de ventanas amarillas debía de aportar su ración de secretos humanos al observador casual de las calles penumbrosas, y yo también fui ese observador que miraba curiosamente hacia arriba. Estuve dentro y fuera, simultáneamente encantado y repelido por la inagotable variedad de la vida”. Nick Carraway tiene con la historia de Jay Gatsby la misma relación de aquel observador imaginario con las ventanas de Manhattan, y esa relación ambigua, interesada y a la vez incómoda, desapegada pero a la vez atenta, es lo que nos hechiza. Atenta, digo, porque una de las virtudes de esta novela es el ojo de Fitzgerald, o, deberíamos decir, de Nick Carraway. Cuando Nick describe o presenta a alguien, demuestra una mirada tan penetrante como la del mejor Chéjov o el Joyce deDublineses. La escena en que Nick conoce a Gatsby y describe su sonrisa, o aquella otra en que se dice de una mujer que lleva todas sus ropas como si fueran ropa deportiva, o aquella en que

Gatsby revalúa cada una de sus posesiones de acuerdo a la respuesta que provoquen en los ojos de la mujer que ama... El gran Gatsby está llena de descubrimientos o manifestaciones semejantes. Pero el más intenso de ellos sucede al final del capítulo VI, cuando Nick, hablando inocentemente de Daisy, dice que no se puede repetir el pasado. Es una frase cualquiera, casi un lugar común, pero Gatsby reacciona con incredulidad: “¿Que no se puede repetir el pasado? ¡Pero por supuesto que sí!”. El gran Gatsby es, entre otras cosas, el relato de ese esfuerzo por recuperar el pasado, un pasado perdido, y el esfuerzo es trágico porque comprendemos –comprenderá el lector– que en cierto modo Gatsby nunca fue su dueño, nunca lo tuvo realmente. A su manera (extraordinaria y bella y simple e intrincadamente diseñada), El gran Gatsby llevó el arte de la novela a nuevos lugares, y es una lástima que pocos se hayan dado cuenta de ello, o que solo los “revolucionarios” más evidentes o chocantes –Faulkner, Woolf, Joyce– reciban el crédito. Yo quiero vindicar El gran Gatsby con esta carta sin fecha que le escribió Fitzgerald a su hija cuando ella se iba metiendo lenta-

mente en el mundo de la escritura literaria. Es una de las más lúcidas reflexiones que he leído jamás sobre el estilo, y sé que me acompañará siempre. Escribe Fitzgerald: Lo que quiero decir es que lo que has sentido y pensado inventará un nuevo estilo por sí solo, de manera que cuando la gente habla de estilo siempre lo hace con algo de sorpresa por la novedad, creyendo que es solo estilo a lo que se refieren, pero en realidad están hablando del intento por expresar una nueva idea con una fuerza tal que tendrá la originalidad del pensamiento. Es un asunto terriblemente solitario, y, como sabes, nunca quise que te metieras en él, pero si te vas a meter en él, quiero que te metas en él sabiendo el tipo de cosas que a mí me tomó años aprender. O tal vez podamos remitirnos a esta frase, perdida en otra carta y que tiene el lugar de un mandamiento o una epifanía: “Toda buena escritura”, dice Fitzgerald, “es nadar bajo el agua y contener la respiración”. Quizás lo mismo sea cierto para toda buena lectura. Contengan ahora la respiración, y bienvenidos al agua. El Malpensante, N° 140, abril de 2013


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Elena Poniatowska ganó el Premio Cervantes 20 DE NOVIEMBRE DE 2013 Elena Poniatowska es la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes en los 38 años de existencia del galardón. Antes de ella lo recibieron las españolas María Zambrano y Ana María Matute y la cubana, Dulce María Loynaz. Escribo porque es mi manera de estar sobre la tierra, de justificar mi presencia”, declaró a EFE la escritora y periodista Elena Poniatowska, quien acaba de ganar el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispanas. Fue por su “brillante trayectoria” y su dedicación “ejemplar” al periodismo, siempre desde un “firme compromiso con la historia contemporánea” que

el jurado entregó el reconocimiento a la mexi-

cana, quien recibirá formalmente el premio el próximo 23 de abril. El escritor mexicano José Emilio Pacheco, destacó que la concesión de este Premio a Poniatowska, demuestra la “buena literatura” que tiene México. “Es una gran sorpresa. Me da mucho gusto porque en México es poco apreciada la literatura mexicana”, dijo. Además agregó que el talento de Poniatowska “logró sacar a las mujeres de las secciones ‘femeninas’ a las que eran confinadas por las publicaciones de entonces y las llevó a las primeras planas”, y sostuvo que “si el arte, según Picasso, es una mentira que sirve para decir la verdad, muchos libros de Elena Poniatowska son ficciones que nos permiten entender las más hirientes realidades mexicanas”. El escritor nicaragüense Sergio Ramírez, expresó su satisfacción por la decisión del jurado y destacó que “es una escritora de una gran tradición en las letras mexicanas, como cronista fue una de las pioneras, una de las que más se acerca a la narración popular y mejora la mezcla con la antropología, con una visión muy profunda del habla popular mexicana”. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Conaculta, resaltó “su labor política en defensa de los derechos humanos”, y Elena Ramírez, directora de la editorial Seix Barral, se refirió a la mexicana como “una periodista de raza y una mujer con un carisma excepcional”.


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Elena Poniatowska, la “princesa roja” C aroline B ojarski Nacida en 1932 en París, Elena Poniatowska viene de una familia cuyos orígenes son múltiples. Su madre, Dolores Amor era hija de una familia porfiriana, exiliada tras la revolución, que se casó en París con el heredero de la corona polaca, Jean Evremont Poniatowski Sperry. Nacen Elena y su hermana Sofia y viven en Francia hasta 1941 cuando emigran con su madre a México, huyendo de la segunda guerra mundial. Su padre las seguirá más tarde. En México Elena aprende a hablar español con su nana Magdalena Castillo. En 1949, a los diecisiete años, es enviada a Estados Unidos a un convento de monjas. De regreso, en 1952, decide dedicarse a su primera vocación que hoy en día sigue ejerciendo : el periodismo. Trabaja para el periódico Excelsior entrevistando a los grandes artistas mejicanos con atrevimiento, y luego para Novedades. En 1955, nace su hijo Emmanuel y publica su primera novela Lilus Kikus, un libro de cuentos que gira entorno a la figura de una niña, Lilus. Juan Rulfo dice en la contraportada de la edición Era que “todo en este libro es mágico y está lleno de olas de mar o de amor como tornasol que sólo se encuentra, tan sólo en los ojos de los niños.” En 1965 viaja a Polonia con su madre y envía a Novedades una serie de artículos sobre la justicia social y el absurdo de la vida. Este viaje marca un cambio en su manera de ver la vida y lo retranscribe en sus textos. Publica un libro titulado Todo empezó el domingo, ilustrado por su compañero de la época, Alberto Beltrán, en el que propone un retrato atípico y personal de la ciudad de México. En 1969 recibe el Premio Mazatlán de Literatura por su libro Hasta no verte, Jesús mío, traducido al francés en 1980 por Michel Sarre y publicado en Ediciones Gallimard (1). Este libro forma parte de su serie de obras que no pueden clasificarse en un sólo género. La crítica Marie Cordoba (2) subraya que en sus tres libros Hasta no verte, Jesús mío (1969), Querido Diego, Quiela te abraza(1978) y Tinísima (1993), se observa una deconstrucción del género ligada al proceso de destrucción y reconstrucción identitaria del que son el objeto las tres mujeres protagonistas. Los tres libros pertenecen a tres géneros distintos y establecidos por la crítica literaria : la novela testimonio, la novela epistolar y la novela pura. Sin embargo se puede observar –incluso en sus otros libros catalogados de ensayo como lo veremos luego– que Elena Poniatowska reinventa la narración para crear un nuevo género, despistando al lector al jugar con vaivenes entre realidad y ficción. En Hasta no verte, Jesús mío, reconstituye la historia oral de Josefina Bórquez a quien entrevistó todos los miércoles entre 1963 y 1964. Se sobrentiende la realidad de dicho encuentro porque Elena no precisa al lector la naturaleza del texto en un prólogo, y cambia el nombre de los personajes como si se tratara de una ficción : llama a Josefina Jesusa Palancares. Conserva este juego incluso fuera de la novela porque utiliza el nombre de Jesusa en entrevistas y en el epitafo. No quiso que este libro fuera denominado biografía porque no se trataba de una recopilación stricto sensu de toda la vida de Josefina Bórquez. En Querido Diego, Quiela te abraza mezcla otra vez elementos verosímiles con elementos

ficticios. Se inspiró del libro de Bertram Wolfe The fabulos life of Diego Rivera (3) para inventar cartas (mezclándolas con verdaderas cartas) de Angelina Beloff a su amor perdido Diego Rivera. El efecto es la autenticidad. El lector tiene la impresión de descubrir en directo la historia de esta mujer que lamenta la huída del que ama y que en ningún momento le contesta a sus cartas. En Tinísima, se detiene en la figura de Tina Modotti. En este libro, que parece corresponder a una novela tradicional, se añade un elemento recurrente en los libros de Elena Poniatowska : la fotografía. En efecto, como lo hará en sus libros La noche de Tlatelolco (1971) o Nada, nadie, las voces del temblor (1988), introduce fotografías para acentuar la veracidad de su propósito. Introduce otros elementos de naturaleza periodística como una lista de personas y de archivos consultados, extractos de periódicos y cartas reales de Tina Modotti. Por otra parte hay, elementos formales que relacionan la obra con el género novelesco como un título ambiguo o diálogos y monólogos interiores. Pero para Marie Cordoba esta decontrucción genérica va más allá del lenguaje y traduce un afán por desmontar las normas tradicionales y patriarcales impuestas. Las tres mujeres que la escritora presenta renacen en un momento dado de su vida para efectuar un cambio profundo y afirmar su identidad femenina autónoma. Las tres perdieron un ser querido y el luto definió su identidad. En 1968, un año antes de ganar el premio Mazatlán, escribe un libro-ensayo sobre un acontecimiento de alcance mundial : la masacre de estudiantes y civiles en la Plaza de las Tres Culturas llamada “Noche de Tlatelolco”. En esta época una mobilización estudiantil muy fuerte tenía lugar en el país para oponerse al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. La masacre coincidió con la apertura de los Juegos Olímpicos en México. El gobierno de Ordaz utilizó el ejército para acabar de una vez por todas con este movimiento de masa. Esta noche, los estudiantes reunieron cerca de diez mil personas a quienes hablaban desde el balcón del edificio Chihuahua cuando los cinco mil soldados surgieron, desde fuera con un helicóptero y con tanques o desde dentro, disfrazados de civiles y armados hasta los dientes. Lo que Elena Poniatowska nos propone en La noche de Tlatelolco es una recopilación de testimonios, de voces, sobre este momento trágico de

la historia mexicana. Meticulosamente, reunió fotos, extractos de periódicos, cifras y testimonios para formar lo que Nathanial Gardner (4) llama un “fotoensayo”. En su estudio, Nathanial Gardner insiste sobre la importancia de las fotografías, diciendo que nunca habían sido estudiadas de manera específica. Cita a un fotohistoriador para explicar la presencia de la fotografías : « Él [Mraz] describe el ensayo fotográfico como algo cuyo origen antecede las fotografías, y considera que el ensayo fotográfico explora una idea que existía antes de realizar la composición fotográfica. Mraz explica que un ensayo puede formarse de montaje o basarse en algo “vivo” ; no obstante, la clave del ensayo son las ideas de la persona que las organiza que son lo más relevante con respeto a esta forma de comunicación. » En cuanto a la complementariedad de las fotos con el ensayo, Gardner añade que « al analizar las fotos más a fondo, se pueden percibir los diferentes ambientes que tienen : el júbilo de los estudiantes al participar en las marchas, el roce de los dos bandos y los conflictos iniciales que provocaron contiendas, el miedo y el pánico durante las riñas y la masacre, el no comprender la magnitud de los acontecimientos en los que están participando. » En su libro Nada, nadie, las voces del temblor, utiliza la misma técnica pero adaptada al terrible terremoto que sacudió la ciudad de México los 19 y 20 de septiembre de 1985. Podemos leer testimonios que revelan la violencia del terremoto desde diferentes puntos de vista, como el de un hombre encerrado en su habitación : “De pronto se me ocurre que debería yo de estar desenrrollando la película de mi vida, pensando en las personas que quiero. Nada de eso. Una profunda ansiedad egoísta. Como anestesiado por la intensidad del cataclismo.” (5) En 2001 recibe el premio Alfaguara por su novela La piel del cielo. En este libro se mezclan los temas de la astronomía y del feminismo a través de los personajes de Lorenzo y Florencia, respectivamente hijo y madre. Florencia desafía las obligaciones impuestas a una mujer siendo una persona libre que goza de una autonomía financiera y que reivindica el sexo no solamente como una manera de procrear. Trata también temas como la homosexualidad, el anticonformismo o el mundo rural. Elena Poniatowska propone una reevalución del sujeto femeni-

no y una reconstrucción de su tradición. Silviana Serafín (6), en su artículo titulado « La piel del cielo : destructuración del arquetipo femenino patriarcal », subraya que Elena Poniatowska « analiza la situación de la mujer, para reconstruir la identidad femenina cuya fuerza inconformista, cruza la proverbial sumisión de las mujeres mejicanas, transformadas en el eje de la familia y la entera sociedad. » Con respecto a su escritura declara que es « una escritura totalizadora que implica el entero sistema indivisual y colectivo, poniéndolo todo el tela de juicio : la sociedad cristiana, el inmobilismo y la credulidad de los mejicanos. » Siguiendo con la escritura comprometida, Poniatowska publicó en 2005 la novela El tren pasa primero con el que ganó el Premio de la Novela Alfaguara. La historia se desarrolla entorno a la figura de Trinidad Pineda Chiñas, inspirada en la figura de Demetrio Vallejo, que dirigió la huelga de los ferrocarrileros en 1958. Se ve la huelga desde dentro, la manera con la que los huelguistas vivieron el hecho de no trabajar y de quedarse sentados jornadas enteras, a la espera. Trinidad sabe para qué luchar, está consciente de guiar a los demás para que juntos defiendan sus intereses. Todos luchan en contra de lo que llaman el “charrismo”, es decir la mala costumbre del Estado de comprar los líderes del sindicalismo. La novela se estructura en tres partes que corresponden a la lucha de los ferrocarrileros, el encarcelamiento del líder y su liberación. La última novela publicada de Elena Poniatowska se llama Leonora, y pone en escena a Leonora Carrington, una pintora y novelista surrealista, amiga de la escritora. El libro no es una biografía. Tal como lo hizo con Josefina Bórquez o Tina Modotti, Elena Poniatowska nos ofrece un retrato semi ficcional, creado a partir de cuentos de la Carrington, de las entrevistas que le hizo y de diálogos inventados. Con este libro Elena Poniatowska ganó el Premio Biblioteca Seix Barral en marzo de 2011, unos meses antes de la muerte de Leonora Carrington. Elena Poniatowska no mira hacia atrás, declara ser más que nada una periodista y tener todavía muchos libros por escribir (quiere dedicar un libro a cada uno de sus nietos, Leonora siendo el primero). Sus libros son al mismo tiempo una lucha feroz contra la injusticia y una creación literaria única. Notas 1 - Poniatowska, Elena, Vie de Jesusa, trad. Michel Sarre, Gallimard, 1980 2 - Cordoba Marie, “Trois femmes genre et biographie chez Elena Poniatowska”,Critique, 2009/3 n°742, p.201-214. 3 - Wolfe, Bertram, La fabuleuse vie de Diego de Rivera, trad. Régine Cavallaro, Séguier, Paris, 1994, 337p. 4 - Gardner, Nathanial, «“...Porque era un tema prohibido...”», Amerika, 2 | 2010, mis en ligne le 22 juin 2012, consulté le 17 mars 2012, URL : http://amerika.revues.org/1186 5 - Poniatowska, Elena, Nada, nadie, las voces del temblor, Era, México, 1988, p14. 6 -Serafín, Silviana, « La piel del cielo : destructuración del arquetipo femenino patriarcal », Universidad de Udine, 2008 h t t p : //c l e . e n s - l y o n . f r/e s p a g n o l / e l e n a - p o n i atow s k a - l a - p r i n ce s a - ro ja--150692.kjsp


LOU REED (1942-2013)

Todo se transforma María José Santacreu ara algunos, la muerte de Lou Reed puede ser la de otra estrella de rock que paga cara una vida de excesos. Sin embargo, su influencia, no solamente en la música popular sino en la cultura occidental contemporánea, es mucho más importante de lo que muchos están dispuestos a reconocer. Hay gente que uno no sabe de dónde sale. Es interesante pensar cómo en pleno auge del flower power surge en Nueva York un grupo como The Velvet Underground. Es interesante pensar, además, cómo el sonido peculiar de la Velvet se unió a los experimentos –que ahora llamaríamos “multimedia”– de Andy Warhol, y cómo a la postre los primeros son responsables de lo más creativo de la música posterior

casa. Nada en el hogar de los Reed presagiaba al problemático Lou y nadie entendió nunca muy bien qué le pasaba, de dónde salía esa rabia contra sus padres que años más tarde lo llevó a asegurarle a su novia Shelley que eran unos asesinos. Lo cierto es que si cuando se habla de Bob Dylan nadie osa obviar el accidente en motocicleta, cuando se habla de Lou Reed nadie pasa por alto los electroshocks que el psiquiatra le prescribió como remedio a sus flirteos homosexuales y sus violentos cambios de humor. A lo largo de su vida adulta a Reed se le repitió muchas veces que no tenía personalidad. Lo que quería decir es que tenía varias. Y que fueron los electroshocks los que terminaron con cualquier sentimiento de compasión que pudiera haber tenido y lo dotaron de esa personalidad fragmentada: “De Lou #3 a

y el segundo de todo lo que estuvo mal en el arte que hasta ahora lo reclama como precursor. Es interesante, pensar, además cómo los beatniks pudieron inspirar bandas tan disímiles como The Grateful Dead y Jefferson Airplane, por un lado, y la Velvet Underground por otro. Si quisiéramos explicarlo rápidamente podríamos reducirlo a las drogas que unos y otros eligieron tomar. Si quisiéramos explicarlo mejor, deberíamos hablar de Lou Reed. Lewis Alan Reed nació en un hogar de clase media en Broo­klyn. Su padre Sidney George Reed (nacido Rabinowitz) era contador. Su madre, Toby Futterman Reed, una ex reina de belleza devenida ama de

Lou #8: ¡hola!. Te despiertas en la mañana y dices ‘Me pregunto cuál de ellos estará hoy aquí’. Cuando lo sabes, lo sacas fuera y quince minutos después vuelve otro. Es por ello que cuando no tengo nadie con quién hablar, puedo escuchar a un par de ellos hablando entre sí en mi cabeza. Puedo hablar conmigo mismo”.* Los primeros cuentos que Reed escribió hablaban de violencia intrafamiliar e incesto; sus canciones no iban mejor: llevaban títulos como “You’ll Never, Never Love Me” (Nunca, nunca me amarás) o “Kill your Sons” (Asesina a tus hijos). Reed afirmaba ser un producto del rechazo que sentía por su familia, aunque

P

CORREO del SUR Director General: León García Soler

más bien fue el resultado de una explosiva mezcla de filosofía existencialista, literatura beat, la poesía de Delmore Schwartz y el free jazz, y de haberse encontrado fortuitamente con un músico de la talla de John Cale y con los gestos provocadores, cínicos y vanguardistas del entorno de Andy Warhol. Respecto a sus influencias musicales, Lou se reconocía un gran fan de Ornette Coleman, Cecil Taylor y Archie Shepp. “También James Brown, los grupos de doo-wop y el rockabilly. Ponlo todo junto y me tendrás a mí.” Sin embargo, no es fácil trazar una relación directa entre Reed y sus precursores. Algo pasó en medio y ese algo fue John Cale y La Monte Young y las calles de Nueva York, su trabajo en Pickwick Records y una capacidad constante de inventarse y reinventarse, de tomar todas esas personalidades que lo habitaban y vaciarse. “En la cultura, la cuestión de la ascendencia resulta espuria. Toda nueva manifestación cultural reescribe el pasado, convierte a los antiguos malditos en nuevos héroes y a los viejos héroes en individuos que jamás debieron haber nacido. Nuevos actores limpian el pasado para los antepasados, pues la ascendencia es legitimidad y la novedad es duda, aunque en todas las épocas emergen del pasado actores olvidados, no como ancestros, sino como amigos íntimos”, escribía Greil Marcus en Rastros de carmín mientras intentaba unir a los Sex Pistols con la Internacional Letrista y Dadá. Cuando Reed conoció a Cale, ya había escrito dos de las canciones más oscuras que daría el rock: “Heroin” y “I’m Waiting for the Man”. Se las tocó a Cale en una guitarra acústica pero Cale no estaba interesado en nada que tuviera que ver con el folk. Odiaba a Joan Baez y a Dylan, pero Reed insistió: “las palabras y la música eran tan explícitas y devastadoras. (…) Lou tenía esas canciones que tenían que ver con el asesinato de la reputación. Él se identificaba fuertemente con los personajes que retrataba. Era actuación de método hecha canción”. Reed creaba esos personajes con los que se identificaba, pero que no eran él, porque él no sabía quién era, o cuál de todos era. Eran pura actuación y pura literatura que surgían desde la nada más profunda. “Después que terminas de leer a Kierkegaard sientes que algo horrible te ha pasado –el miedo y la nada. Es de allí que provengo”, había dicho alguna vez. La carrera de la Velvet Underground fue artísticamente brillante y humana y comercialmente patética. La banda nunca logró el reconocimiento que merecía y tras pelearse con Nico, echar sucesivamente a Warhol y a Cale, enemistarse con Sterling Morrison, elegir al manager más malintencionado de la historia y hacer todo lo posible por arruinar sus propias canciones mezclándolas de manera tan egocéntrica como estúpida, Reed dejó la banda y vol-

vió a la casa de sus padres asesinos. Pero ese no fue sino un nuevo, difícil comienzo y a nadie le sorprendió que, un tiempo después, su primer álbum solista, titulado simplemente Lou Reed, fuera otro fracaso. Reed parecía saber perfectamente lo que estaba haciendo mal, pero, al igual que con la Velvet, parecía incapaz de cambiarlo. Sin embargo, como en los tiempos de Warhol, la androginia y los brillos vinieron a rescatarlo, esta vez bajo la forma de David Bowie. “Escribir canciones es como escribir obras de teatro en las cuales eres el protagonista. Escribes para ti las mejores líneas posibles. Y eres el director. Son obras cortas. Y puedes hacer muchos personajes diferentes. Es divertido. Escribo a través de los ojos de otros. Siempre estoy mirando a las personas sobre las que sé que voy a escribir una canción. Y me vuelvo ellos. Es por ello que cuando no estoy haciendo eso estoy vacío. No tengo una personalidad propia. Simplemente tomo la personalidad de otras personas. En serio, si estoy con una persona que tiene un gesto típicamente suyo y estoy con esa persona por más de una hora, también yo empiezo a hacerlo. Y si verdaderamente me gusta, lo conservo hasta que aparezca otra persona que tenga otra cosa. Pero yo no tengo nada propio.” Entonces apareció Transformer, la absoluta metamorfosis de Reed. Su carrera subsiguiente tendrá sus muy altos y muy bajos. Cada disco una nueva encarnación, mejor o peor que la anterior, que escuchamos cuidadosamente o que tragamos con dificultad. Para quienes nacimos en esta parte del planeta, adonde muchas veces la música llegó con la flecha del tiempo cambiada, los discos de la Velvet ayudaron a poner la casa en orden y las cosas en su lugar. Teníamos todo un universo todavía por descubrir, infinitas bandas que Reed, Cale, Morrison y Tucker habían profetizado en 1967 con el disco The Velvet Underground & Nico. A Lou Reed pudimos verlo finalmente en Montevideo el 11 de noviembre de 2000 con una mezcla de reverencia y, por momentos, franco aburrimiento, pero en todo momento supimos que aquella era una noche inolvidable. “La gente debería morir por la música. La gente muere por cualquier otra cosa, de modo que ¿por qué no por la música? Morir por ella ¿no es hermoso? ¿No morirías por algo hermoso? A lo mejor debo morir. Al fin y al cabo, todos los grandes cantantes de blues murieron. Pero la vida está mejorando ahora. No quiero morir. ¿O sí?” n *Las citas para esta nota, salvo que se explicite lo contrario en el texto, fueron extraídas de Transformer. The Lou Reed Story, de Victor Bokris, y de Please, Kill Me. The Uncensored Oral History of Punk, de Legs McNeil y Gillian McCain. http://brecha.com.uy/i

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Correo Del Sur No 362