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Número 380 Marzo 30, 2014

Octavio Paz

La verdad y la impunidad / Vaporosos golpes suaves / Adolfo Suárez y la transición española / Nuestro hombre en La Habana


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La verdad y la impunidad Eric Nepomuceno

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n vísperas de los cincuenta años del golpe cívico-militar que derrumbó al gobierno de Joao “Jango” Goulart e instauró una dictadura de 21 años, hay un poco de todo en Brasil. Están los nostálgicos, están los que no olvidan aquellos tiempos maléficos y están los indiferentes que consideran que revolver el pasado es algo prescindible. Esos son la mayoría, dueña de un silencio tan revelador del pavor crónico de los brasileños frente a un pasado infame. Y están los pocos –poquísimos– agentes del terrorismo de Estado que, por alguna razón, decidieron contar parte de lo que saben. De esa forma, la verdad empieza, de a poquito, a salir a la superficie. Lo hace al amparo de una ley esdrújula e infame de autoamnistía decretada por los militares en el comienzo del ocaso de la dictadura y que ha sido ratificada de forma tan sorprendente como abyectamente cobarde por el Supremo Tribunal Federal hace cuatro años. De esos poquísimos que ahora hablan, uno – el coronel retirado del ejército Paulo Malhaes– lo hace con tranquilidad asombrosa. Tiene razón: la amnistía lo protege a la hora de contar cómo arrancaba los dientes y los dedos de los asesinados, para impedir que los cuerpos fuesen reconocidos. Describe con meticulosidad de jardinero cómo les abría el vientre a los cadáveres que serían luego tirados a algún río, y la precisión empleada a la hora de meterlos en bolsas de arpillera, calculando el peso exacto de las piedras para que flotaran a media agua, sin asomar. Admite plácidamente su participación en sesiones de tortura y en asesinatos. Dice que no lleva la cuenta de a cuántos mató. Cuando es preguntado sobre violencia sexual contra presas políticas, pasa de largo. “Si hubo ca-

sos de abuso, habrán sido uno o dos”, concede. Hay decenas y decenas de relatos de mujeres que fueron presas y abusadas. Malhaes aclara que por él, ninguna: “Una mujer subversiva, para mí, es un hombre. Han sido presas algunas mujeres lindas, pero no me atraían. Yo las consideraba y considero un enemigo”. Dice todo eso a la Comisión Nacional de la Verdad instaurada por Dilma Rousseff, ella misma una ex presa política que pasó por todo tipo de torturas. Es de los únicos, en vísperas del aniversario, que asumen lo cometido. Otros, como el coronel también retirado Alberto Brilhante Ustra, notorio por la forma descontrolada en que torturaba a los detenidos, especialmente a las mujeres, se dan el lujo de hacer bromas prepotentes cuando son convocados a testimoniar ante la Comisión de la Verdad. Impresiona la resistencia mineral de militares retirados en siquiera admitir que lo ocurrido en 1964 fue un golpe de Estado. Aseguran que jamás hubo dictadura: hubo una revolución, que luego se transformó en un régimen fuerte. A lo sumo, autoritario. Pero dictadura, no. Quizá también por esa razón Dilma Rousseff haya prohibido expresamente que se haga cualquier tipo de celebración de la fecha en instalaciones militares. La determinación de la presidenta no alcanza a los militares retirados, que tienen sus propios clubes –así los llaman: clubes– para celebrar la infamia. Para los militares, inclusive para los que no habían nacido, lo que ocurrió el 31 de marzo de 1964 fue una revolución para impedir que se instalase un régimen comunista en Brasil. Es mentira, y todos lo saben. Hay algo muy aclarador, muy simbólico. En verdad, el golpe ocurrió el 1º de abril. Los golpistas hicieron retroceder el calendario 24 horas porque en Brasil el 1º de abril es el día de los tontos. El día de la mentira.


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Vaporosos golpes suaves José Natanson*

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i en su acepción tradicional el golpe de Estado definía la toma del poder a través de medios extrainstitucionales, la realidad latinoamericana actual, con situaciones de conflicto político y crisis institucional en países como Honduras, Paraguay, Ecuador, Bolivia y Venezuela, es más resbalosa y sólo puede ser capturada mediante un cuidadoso diagnóstico caso por caso. En Honduras, dos de los tres poderes del Estado –el Parlamento y la Corte Suprema– resistían la intención de Manuel Zelaya de reformar la Constitución, hasta que, sin recurrir a los canales institucionales adecuados, por ejemplo iniciando un proceso de juicio político, lo detuvieron de madrugada en calzoncillos y lo obligaron a exiliarse. El actor decisivo de esta película fueron los militares, que lideraron todo el operativo y se ocuparon de proteger al gobierno transitorio que condujo el país hasta las siguientes elecciones. En Paraguay, el Congreso desplazó del poder a Fernando Lugo en un trámite exprés que lo privó de cualquier posibilidad razonable de defensa, y designó en su remplazo al vice, elegido en la misma boleta y a la vez cabeza de la conspiración. Ambos casos, que implicaron una ruptura clara del hilo constitucional, son obviamente distintos del amotinamiento de un sector de la policía ecuatoriana en reclamo de mejoras salariales en 2011, de la crisis de los prefectos de 2012 en Argentina o de los episodios recientes en Venezuela, todos los cuales fueron calificados por un sector u otro de los respectivos gobiernos como intentos de golpe de Estado. Detengámonos un momento en la Venezuela de estos días, que es un buen ejemplo de la complejidad de este tipo de situaciones. Allí una serie de protestas estudiantiles en demanda de seguridad derivó en una seguidilla de hechos de violencia. Contribuyeron al desastre el renovado protagonismo de los sectores más radicales de la oposición, que habían quedado relegados tras el ascenso de Henrique Capriles pero que volvieron a adquirir fuerza luego del amplio triunfo chavista en las elecciones municipales del año pasado. En Venezuela,

cada vez que el gobierno parece invencible se fortalece la oposición más intransigente, partidaria de desplazar al oficialismo por cualquier medio. Pero la situación sería incomprensible si no se considerara también la reacción represiva del gobierno, que utilizó a la policía para evitar manifestaciones, que alentó a sus seguidores a desarmar las barricadas por la fuerza (“apagar la candela”, en palabras de Maduro) y que hasta mantiene detenido a un dirigente opositor (que, por otra parte, había formulado declaraciones claramente sediciosas). En una

estabilización, del simple golpe de Estado. Y también resulta complicado identificar la frontera precisa que divide la obligación del gobierno de garantizar el orden en las calles, lo que incluye el uso proporcionado de la fuerza y la detención, con todas las garantías, de eventuales sediciosos, de la represión antidemocrática y la persecución ilegal a los opositores. Esta dificultad se acentúa por dos cuestiones. La primera es que las situaciones a las que nos referimos rara vez cuentan con un actor protagónico. El éxito del hit inter-

sociedad que ostenta índices de criminalidad centroamericanos, grupos armados violentos operan con autonomía tanto del lado oficialista como del opositor, y no es sencillo determinar quién disparó primero en cada caso. Todo esto en el contexto de un modelo que combina una evidente legitimidad popular con no menos evidentes signos de deterioro económico y, en menor medida, social (54 por ciento de inflación y 1,2 de crecimiento el año pasado). Volviendo al planteo más general, digamos que resulta difícil determinar la línea exacta que separa el ejercicio democrático de la oposición, que incluye por supuesto el derecho a manifestarse en las calles y organizarse en las redes sociales y los medios de comunicación, todas cosas que han sido confundidas con intentos de des-

pretativo de Carta Abierta [en Argentina], el famoso “clima destituyente”, radicaba justamente en que no hablaba de los militares o la cia, sino de un vaporoso clima, que no era exactamente golpista sino sutilmente destituyente [de los gobiernos kirchneristas]. Más tarde, Horacio González se refería a los golpes sin rostro, sin líderes y “sin programa más que el descrédito sistemático del gobierno”. Desde la vereda de enfrente, Henrique Capriles responde a las acusaciones del chavismo con el siguiente argumento: “Los civiles no dan golpes de Estado, los dan los militares”. La pregunta que une ambos planteos podría formularse en estos términos: ¿hasta dónde un golpe sin sujeto es realmente un golpe? La segunda dificultad analítica refiere al carácter ambiguo del tipo de gobierno

Adolfo Suárez y la transición española Toño Fraguas

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stá muy de moda, sobre todo entre determinada izquierda, criticar la Transición de los años setenta, relativizar su importancia, subrayar sus carencias o el pasado franquista de algunos de sus actores. Esto sucede porque se ve aquel periodo con los ojos del presente. No hace falta demasiado esfuerzo mental para darse cuenta de que la Transición impulsada por Adolfo Suárez fue un enorme avance democrático respecto al régimen anterior. Quien lo ponga en duda simplemente desconoce cómo funcionaba y en qué estado se encontraba el país en aquella época, qué tipo de equilibrios era necesario conseguir y qué tipo de amenazas era necesario conjurar. Pero la democracia que trajo la Transición, si bien era mucha comparada con la dictadura franquista, es

insuficiente comparada con lo que en la actualidad debería reclamar la mayoría social. No existe hoy un Adolfo Suárez, un estadista que piense en las futuras generaciones y no en las próximas elecciones, un líder que atienda a esa mayoría social. El legado de Adolfo Suárez, más allá de las leyes o los cambios materiales, fue sobre todo una actitud. Una actitud que pivotaba sobre cuatro pilares: Control ciudadano del futuro del país, necesidad de convivencia en paz de todas las opciones políticas, respeto del político a los compromisos adquiridos y a la palabra dada y, por último, prioridad del interés general por encima del interés personal o partidista. Este legado, esta actitud, murió en la política española mucho antes que el propio Suárez. (Fragmento del artículo “Adolfo Suárez y la moda actual de criticar la transición”, La Marea, marzo, 2013)

que se ha consolidado en algunos países latinoamericanos, que por supuesto no puede ser descrito como autoritario, pero que indudablemente incluye un debilitamiento del componente republicano, y en menor medida también del componente liberal, propio de cualquier democracia. A ello se suma, en Venezuela, la muy novedosa eliminación del freno más importante que históricamente encontraron las democracias presidencialistas para prevenir las tentaciones autoritarias: el límite temporal al ejercicio del poder por la misma persona (Venezuela es el único país sudamericano con reelección indefinida). Se trata de un límite crucial: los mandatos largos generan efectos nocivos en el oficialismo, pues el control del aparato estatal implica siempre un desequilibrio a su favor que luego se hace muy difícil de romper, como demuestra la experiencia de algunas provincias argentinas feudalizadas cuyos gobernadores se imponen con porcentajes soviéticos de votos. Pero la reelección indefinida afecta también a la oposición, que puede convencerse, con o sin motivos, de que nunca le llegará el turno, lo que a su vez lleva a que se agote su necesaria “paciencia democrática” y aumenten las chances de las derivas autoritarias, como sucede en Venezuela. Por eso la alternancia es buena en sí misma. Desde un punto de vista más histórico, señalemos que las situaciones de conflicto político y tensión institucional están en el germen de muchos de los gobiernos del giro a la izquierda latinoamericano, cuyo origen es menos diáfano de lo que habitualmente se admite. Pensemos si no en Ecuador, donde el ascenso de Rafael Correa estuvo precedido por la destitución de ¡tres presidentes!, todos ellos elegidos de manera perfectamente democrática. Correa no tuvo ninguna responsabilidad en estos sucesos, pero no puede decirse lo mismo por ejemplo de Evo Morales, cuyo camino al poder, que también incluyó la renuncia anticipada de dos presidentes surgidos de elecciones, fue resultado de una mezcla de acción institucional (triunfos electorales, gestión municipal en las alcaldías del Chapare, construcción parlamentaria de alianzas) con métodos extrainstitucionales (bloqueos, barricadas, puebladas). En algunos países, los golpes duros se combinan con golpes suaves: es el caso de Venezuela, que sufrió dos intentos del primer tipo (el que hizo Chávez en 1991 y el que le hicieron en 2002) y una cantidad difícil de estimar del segundo. Finalicemos con un comentario de estilo. La complejidad de las situaciones actuales se confirma por la dificultad para encontrar fórmulas adecuadas para definirlas. Recurrimos entonces a curiosas expresiones adjetivadas y hasta autocontradictorias, como “golpe parlamentario”, “golpe institucional” o “golpe suave”. Quizá deberíamos revisarlas, porque ¿puede ser “parlamentario” un golpe de Estado? ¿Puede ser “institucional”? ¿Acaso un “golpe suave” no es lo mismo que una caricia? Ocurre que, aunque la secta de los semiólogos insista con que las palabras pueden crear realidad, lo que oscuramente definen como función performativa de la lengua, lo cierto es que en general el lenguaje corre detrás de los acontecimientos y que muchas veces, como ahora, demora en alcanzarlos. *Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur


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Pasado en claro (FRAGMENTO) Casa grande, encallada en un tiempo azolvado. La plaza, los árboles enormes donde anidaba el sol, la iglesia enana -su torre les llegaba a las rodillas pero su doble lengua de metal a los difuntos despertaba. Bajo la arcada, en garbas militares, las cañas, lanzas verdes, carabinas de azúcar; en el portal, el tendejón magenta: frescor de agua en penumbra, ancestrales petates, luz trenzada, y sobre el zinc del mostrador, diminutos planetas desprendidos del árbol meridiano, los tejocotes y las mandarinas, amarillos montones de dulzura. Giran los años en la plaza, rueda de Santa Catalina, y no se mueven. Mis palabras, al hablar de la casa, se agrietan. Cuartos y cuartos, habitados sólo por sus fantasmas, sólo por el rencor de los mayores habitados. Familias, criaderos de alacranes: como a los perros dan con la pitanza vidrio molido, nos alimentan con sus odios y la ambición dudosa de ser alguien. También me dieron pan, me dieron tiempo, claros en los recodos de los días, remansos para estar solo conmigo. Niño entre adultos taciturnos y sus terribles niñerías, niño por los pasillos de altas puertas, habitaciones con retratos,

crepusculares cofradías de los ausentes, niño sobreviviente de los espejos sin memoria y su pueblo de viento: el tiempo y sus encarnaciones resuelto en simulacros de reflejos. En mi casa los muertos eran más que los vivos. Mi madre, niña de mil años, madre del mundo, huérfana de mí, abnegada, feroz, obtusa, providente, jilguera, perra, hormiga, jabalina, carta de amor con faltas de lenguaje, mi madre: pan que yo cortaba con su propio cuchillo cada día. Los fresnos me enseñaron, bajo la lluvia, la paciencia, a cantar cara al viento vehemente. Virgen somnílocua, una tía me enseñó a ver con los ojos cerrados, ver hacia dentro y a través del muro. Mi abuelo a sonreír en la caída y a repetir en los desastres: al hecho, pecho. (Esto que digo es tierra sobre tu nombre derramada: blanda te sea.) Del vómito a la sed, atado al potro del alcohol, mi padre iba y venía entre las llamas. Por los durmientes y los rieles de una estación de moscas y de polvo una tarde juntamos sus pedazos. Yo nunca pude hablar con él. Lo encuentro ahora en sueños, esa borrosa patria de los muertos. Hablamos siempre de otras cosas. Mientras la casa se desmoronaba yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza entre escombros anónimos. De Pasado en claro, 1975.

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Octavio Paz Lozano. (México D.F., 31 de marzo de 1914 - Coyoacán, México, 19 de abril de 1998). Poeta y ensayista mexicano. Premio Nobel de Literatura en 1990. A los diecisiete años publica sus primeros poemas en la revista Barandal (1931). Posteriormente dirige las revistas Taller (1939) e Hijo pródigo (1943). En un viaje a España contacta con intelectuales de la república española y con Pablo Neruda, contactos que le influencian fuertemente en su poética. Después de publicar Luna Silvestre (1933) y el poemario dedicado a la guerra civil española¡No pasarán! (1936), edita Raíz del hombre(1937), Bajo tu clara sombra (1937), Entre la piedra y la flor (1941) y A la orilla del mundo (1942). En 1944, con una beca Guggenheim, pasa un año en Estados Unidos. En 1945 entra en el Servicio Exterior Mexicano y es enviado a París. Durante este periodo se aleja del marxismo al entrar en contacto con los poetas surrealistas y otros intelectuales europeos e hipanoamericanos. Llegando a la década de 1950 publica cuatro libros fundamentales: Libertad bajo palabra (1949), El laberinto de la soledad (1950), retrato de la sociedad mexicana, ¿Águila o sol? (1951), libro de prosa de influencia surrealista, y El arco y la lira (1956). Su obra, extensa y variada, se completa con numerosos poemarios y libros ensayísticos, entre los cuales cabe citar Cuadrivio (1965), Ladera este (1968), Toponemas (1969), Discos visuales (1969), El signo y el garabato(1973), Mono gramático (1974), Pasado en claro (1975), Sombras de obras(1983) y La llama doble (1993). En 1981 es galardonado con el Premio Cervantes. En 1999 aparecen, póstumamente, Figuras y figuraciones y Memorias y palabras, epistolario entre Octavio Paz y Pere Gimferrer entre los años 1966 y 1997.


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Nuestro hombre

Eduardo Crespo Segunda parte Algunos amigos se asombraron cuando les conté que te entrevistaría en La Habana. “¿Cómo? ¿Padura vive en Cuba?” Imagino una respuesta posible: “¿Por qué no?”. –Claro. Entonces pregunto por qué sí. –Vivo en La Habana, primero que todo porque soy de La Habana. Segundo, porque soy un escritor cubano y para escribir yo necesito oír esos gallos que cantan allá atrás, el sonido de... ustedes les llaman “colectivo”. Las “guaguas” les llamamos nosotros. Pasan por frente a mi casa. El negro que está en la esquina y grita algo. El blanco que está en la otra y trata de venderme una cosa. Mis vecinos de enfrente, que fabrican dulces y me preguntan dónde se puede conseguir azúcar porque se les acabó el azúcar y el negocio va mal. Esa vida cotidiana es un mundo. Pertenezco a una cultura que afortunadamente es muy fuerte, con un signo distintivo muy preciso. Soy un amante absoluto del béisbol. Entiendo el fútbol y lo puedo disfrutar, pero puedo darte una conferencia de béisbol de la cual tú no entenderías absolutamente nada. Yo lo sé todo. Y lo practiqué mucho. ¿Eras bueno? –Regular. Una vez le preguntaron a Dulce María Loynaz, la poeta, por qué ella vivía en Cuba y su respuesta yo me la he apropiado también: “Porque yo llegué primero”. Y mi familia llegó primero. Por parte de mi padre, en mi familia por lo menos seis generaciones han vivido aquí, en este barrio donde yo nací. ¿De dónde venían, Leonardo? –De España. El apellido es de origen vasco. Posiblemente estuvieron viviendo en Sevilla hacía ya algunos siglos. No sabemos si vinieron de Sevilla o de Canaria. Mi abuelo parecía un canario. Pero ni sabemos dónde está el primer Padura cubano. Y eso me da un sentido de pertenencia muy fuerte. Además, yo necesito escribir sobre Cuba. Incluso si mis novelas se desarrollan una parte en Moscú o en México, cuando asesinan a Trotsky o ahora en Holanda con un judío sefardí y con Rembrandt, todas parten y llegan a Cuba, y todas tienen que ver con la problemática y la condición cubana. Mencionaste el asesinato de Trotsky. ¿Cuántas traducciones lleva El hombre que amaba a los perros? –Debe andar por los 12 o 15 idiomas. En total hay novelas traducidas a 20 idiomas, incluyendo las de Mario Conde. Ya ahora voy pronto a Alemania a presentar la traducción alemana, después voy a Francia, que también ya sale, es decir que este año ya sale en 4 o 5 países. ¿Hay algún elemento común en el modo en que se acercan los lectores a esa novela? –Las razones que puede tener para leer esa novela alguien que vive fuera de Cuba pueden ser muy variadas. Y todas son muy importantes para mí. Pero a mí me interesa especialmente la relación que establecieron los lectores cubanos con ella. Pasó algo muy curioso. El libro se publica en el año 2009 en España y en

Cuba a finales del 2010 y principios del 2011. En ese período de un año y medio mucha gente en Cuba consiguió la edición española, mexicana o argentina de la novela, de Tusquets, que tiene casa en los tres países. La edición española costaba 22 euros, que es lo que gana un médico en Cuba en un mes. Y hubo muchas personas en Cuba que les pidieron a amigos o a familiares que les mandaran la novela. Ya habían leído algún fragmento. Yo había hecho alguna lectura pública y la gente empezó a interesarse en la novela. Y llegó una cantidad bastante notable de ejemplares. No te voy a hablar de cientos de miles, pero puede haber andado por más de mil ejemplares. Aquí en Cuba los libros se reproducen. Si en Argentina tú compras un libro, lo lees tú, lo lee tu esposa y lo pones en tu biblioteca. En Cuba, cuando es un libro que les interesa a las personas, tiene 20, 25, 30 lecturas. Después se editó una edición pequeña, 3000, 4000 ejemplares, se vendió inmediatamente, hasta que se volvió a reeditar y también se volvió a vender. En los primeros lectores la reacción, para mí, casi que fue la más deseada de todas. Me agradecían que yo hubiera escrito ese libro, porque con esa novela habían aprendido no solamente una historia que ellos desconocían porque no habían tenido acceso a ella, sino porque habían conocido una historia que los concernía a ellos y ellos mismos no sabían hasta qué punto los había involucrado. Tenían una relación de gratitud con el libro. ¿En Europa pasó lo mismo? –El hombre que amaba a los perros refleja un mundo de relaciones muy amplio, que tiene que ver con la vida de muchas personas a través de lo que fue la utopía en el siglo XX, o el fracaso de la utopía en el siglo XX. Está la Guerra Civil Española, está todo el ideario socialista, está la vida de artistas importantes del siglo XX, y la relación del socialismo, el poder y el arte. Está Cuba, que fue una referencia para mucha gente en Latinoamérica. Cada uno se acercó desde un punto diferente. El lugar de Europa donde tuvo más éxito de público, de crítica y de premios fue Francia, aunque en España se vendió más. ¿Por qué en Francia? –Porque es una historia que para los franceses, como está relacionada con la Segunda Guerra Mundial, tiene que ver con la historia de los frentes populares, con su propia credibilidad con respecto a lo que fue y lo que no fue. Encontraron un código, una lectura que les hablaba también de sus propias referencias históricas. ¿Y en Rusia? –No, en Rusia no se ha traducido. Hay dos o tres editoriales que han hablado con mis agentes, pero todavía no se ha publicado en Rusia, lo cual me hace sospechar que, otra vez, me acerqué bastante a la verdad. La situación que se vive hoy en Rusia es bastante ortodoxa con respecto a un pasado que ellos quisieran que no hubiera ocurrido o quisieran que no se hubiera develado de la forma en que se develó, que es la forma en que yo lo trabajo en El hombre que amaba los perros. O tal vez tenga que ver con la vuelta o la búsqueda de la centralidad del Estado

Con libros como El hombre que amaba a los perros, la saga de policiales de Mario Conde y ahora Herejes, Leonardo Padura se ha convertido en uno de los más destacados escritores latinoamericanos, actualmente muy leído tanto en países de habla hispana como en Europa. En Herejes, el libre albedrío y la búsqueda de la libertad son los ejes conceptuales de la trama, que arranca en Holanda bajo la figura señera de Rembrandt y su pintura pero, como siempre sucede con Padura, todos los caminos conducen a Cuba, donde el escritor reside a pesar de que muchos crean que no. Fue precisamente en su casa de La Habana, a unos cuarenta minutos del centro, donde Padura ofreció esta entrevista en la que recorre los orígenes de sus libros, la historia de la comunidad judía cubana, su relación personal con la Revolución y además explica por qué necesita vivir y escribir en Cuba.

ruso y el imperio. Un fenómeno anterior a la revolución rusa y por lo menos en parte un fenómeno que no desapareció en el período soviético. –Recuerda que los rusos siguen siendo rusos. Sí, por eso. Eran rusos antes de la revolución rusa, eso quiero decir también. Leonardo, antes hablaste de tu necesidad de escribir en Cuba. Una vez, en Buenos Aires, me hablaste incluso de tu participación en la guerra de Angola. –He sido testigo de lo que se vivió en cada década. Participé en muchas de ellas y sufrí en carne propia algunas, como la de Angola. Yo fui a Angola como periodista, afortunadamente, no fui como militar; de todas maneras, desde el día que llegué me dieron un fusil AK47. Lo dormí al lado mío en la cama. No tengo nada que ver con las armas. Cada vez que abro una cuchilla me corto un dedo. Y te podrás imaginar que dormir con un fusil y un bolso de cargadores al lado es una relación con otra realidad que para mí fue muy dura. Conocí la miseria extrema en Angola. No la conocía. Vi personas que sacaban de la basura de la basura, es decir, ya la basura reciclada por otras personas, para comer.

Fue una conmoción muy fuerte. Además, me obligó a estar un año fuera de mi casa, lejos de mi mujer, de mis perros, en un medio bastante hostil. Y en mi vida pasé por todos los experimentos educacionales, laborales... Imagínate, yo empecé a estudiar en la universidad. Quería estudiar periodismo. No pude porque ese año la carrera estaba cerrada. Quise estudiar historia del arte y me dijeron que también estaba cerrada. Terminé estudiando filología. Empecé estudiando en una escuela que se llamaba Escuela de Artes y Letras, que pertenecía a la Facultad de Humanidades y terminé graduándome de filólogo en la Facultad de Filología. Todo eso en el plazo de 5 años. Es decir que soy como uno de los perros de Pavlov que ha pasado por todos los experimentos posibles. Y haber vivido en Cuba todos estos años, por supuesto que me da derecho a tener opiniones sobre Cuba. ¿Qué estás leyendo desde que terminaste Herejes? –Ultimamente me ha pasado algo muy sintomático y es que hay un grupo de personas que se creen que yo soy un maestro y me tratan como tal y me piden consejo


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en La Habana o me piden que escriba una notita para publicar en la contraportada de sus libros. Me he leído tres libros seguidos que tienen que ver con esa función. No es fácil. Ultimamente también me compré un ereader y me estoy dando el gusto leyendo una serie de novelas que vienen del norte de Europa, escandinavas, irlandesas. No las había leído y en algunos casos están bas-

encuentro en ellas la respiración, la atmósfera que estoy buscando para mis libros. ¿Qué leías durante la escritura de El hombre que amaba a los perros y Herejes? –Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa. Es una novela que a mí me ayuda mucho a entender cómo se puede armar un libro. Las estrategias narrativas que se pueden utilizar en un libro. Me lo sé

tante bien. Las leo en español. He leído a Jo Nesbo, leí a Asa Larsson. El islandés que se llama Arnaldur Indridason es el que más me ha gustado. ¿Lo que más leés son novelas? –Cuando no estoy escribiendo novelas, lo que más leo son novelas. Cuando estoy escribiendo novelas, muchas veces leo más ensayo y dejo la lectura de novelas para la noche. Generalmente, son novelas que ya he leído y que vuelvo a leer porque

de memoria, pero lo sigo leyendo. La manipulación del lector es una cuestión muy importante en la literatura. Y engañarlo, también, un poquito. En literatura se puede. –Es parte del juego. Tú entras en una novela y sabes que estás entrando en el territorio de la ficción. Si fuera un historiador, yo no podría jugar contigo. No deberías, por lo menos. –Las cartas deben estar volteadas,

pero en una novela las cartas están tapadas, y en el acto de ir levantando cartas se crea una complicidad entre el escritor y el lector que es parte del disfrute estético, justamente. ¿Sos un gran contador en la vida cotidiana? –No, no soy un gran hablador, no soy un gran conversador, y cada vez menos porque tengo poco tiempo para hacerlo. Dedico más tiempo a la lectura, a ver cine y series de televisión de calidad que se están haciendo en estos momentos. El otro día hablaba por teléfono con Alejandro González Iñárritu, un director de cine que lo sabe todo del cine, y Alejandro me decía: “Leonardo, el problema es que yo creo que en estos momentos la dieta de dramatismo más importante que se está manejando en el audiovisual se está utilizando en las series de televisión serias”. Tiene razón. Vi recientemente la segunda temporada de una serie suecodanesa que se llama El puente, The bridge, Bron en sueco o danés. Ahí aprendí cómo se dice en sueco o en danés, no lo sé, “¡la hostia!”. No lo puedo repetir aquí porque se van a ofender (risas). ¿Los suecos y los daneses? –O los argentinos cuando lo oigan porque debe tener unas palabrotas terribles. Terminé de ver el final de Breaking Bad que me parece una serie extraordinaria. Y de todas, mi preferida sigue siendo The Wire. Más allá de las series, andás por Escandinavia y el norte de Europa con Rembrandt. –Pura casualidad. Me compré el ereader en septiembre en España y una amiga me cargó ahí muchas novelas. Soy muy cosmopolita, como te dije. Muy occidental en mi formación cultural. Puedo disfrutar perfectamente a un escritor chino o a Murakami. Por cierto, Murakami me parece que es tramposo en su literatura, no de la forma en que lo puede ser Vargas Llosa, con habilidad y recursos literarios, sino con falta de habilidad y pocos recursos literarios, que es la peor manera de ser tramposo. Murakami es un escritor supervalorado. De todos modos, el mundo hispánico, mediterráneo, europeo, y cuando digo hispánico también incluyo a la América latina, Hispanoamérica, en general, es mi mundo fundamental de referencia.

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¿Cuál era tu mundo mientras estudiabas filología? –Muy latinoamericano. Estudié entre 1975 y 1980, el momento en el que todavía el efecto del boom estaba retumbando con cada novela de García Márquez, de Vargas Llosa o de Cortázar. Cuando salió Palinuro de México, de Fernando del Paso, recuerdo que fue una conmoción para mí. Leíamos fundamentalmente autores latinoamericanos, y estábamos muy cerca. En aquella época comenzaron los festivales de cine de La Habana. Es un momento creo que glorioso del cine brasileño y argentino. Es la época de La historia oficial, de Ultimos días de la víctima, con Federico Luppi, sobre la base de una novela de José Pablo Feinmann, es decir que había de todo en el cine argentino. Y estábamos muy en la onda latinoamericana. También es la época en que nos permiten descubrir la salsa. La salsa en Cuba estuvo marginada porque se consideraba que era un robo a la música cubana, cuando no es para nada cierto, es una ampliación de las sonoridades y las potencialidades de la música cubana en su fusión con otras músicas de su contexto, de su contexto caribeño. Músicas dominicanas, puertorriqueñas, latinas de Nueva York, panameñas. Y es una época en que también redescubrimos la salsa y yo me hago absolutamente fanático de Rubén Blades y de Willie Colón. Y del béisbol, decías. ¿Qué relación tiene el béisbol con el cubano? Van 55 años de Revolución y algunos menos de bloqueo y son fanáticos del mismo deporte que los norteamericanos. –Hay una razón histórica. El béisbol entra en Cuba desde los Estados Unidos en la mitad del siglo XIX y es adoptado por los cubanos como un elemento de modernidad y de antiespañolismo. Fue una forma de oponerse al atraso español con algo que venía de los países desarrollados del norte. Y a partir de ahí empieza a tener una relación muy dinámica con la sociedad cubana, entra a formar parte de la cultura cubana por muchas razones. Tengo escrito un ensayo difícil de sintetizar. Pero hay un elemento que es muy importante y es que empieza a ser practicado por los jóvenes burgueses que estudiaban en los Estados Unidos y regresaban a Cuba. Pero de esos jóvenes burgueses pasa a la clase media. Y de la clase media, inmediatamente, cuando pasa a las clases populares, se produce un fenómeno que es muy importante. Para jugar béisbol se necesitan 18. En esa época, 20. Inmediatamente tuvieron que empezar a buscar jugadores y, cuando se acababan los blancos, había que jugar con los negros. Por eso el béisbol fue un elemento importantísimo en la integración étnica cubana a través de una manifestación deportiva y cultural. Leonardo, veo que se asoma tu mujer con gesto de avisar algo. ¿Quiere decir que terminamos porque llegó el barbero? –Y toca dos veces. Aquí el cartero toca una. El barbero toca dos. El barbero toca dos veces. Fotos Interior: Guido Ignacio Fontán ©2000-2014 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados


El diálogo como legado

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dolfo Suárez recibió un mandato del Rey: llegar a una democracia plena. Y lo cumplió. No partía de una posición ventajosa, sino de un régimen político dictatorial agónico pero todavía peligroso. Contaba con gran oposición en las fuerzas conservadoras, con el desdén de la izquierda, y operaba además en una coyuntura de profunda crisis económica. Pero, contra todo pronóstico, echando mano de las herramientas del diálogo, la ductilidad y el coraje político, pilotó una transición que cambió España y se convirtió en modelo para otros países. Suárez, presidente del Gobierno español en los trascendentales años comprendidos entre 1976 y 1981, ha muerto un decenio largo después de serle diagnosticada, en el 2003, una enfermedad neurológica degenerativa que, primero, le apartó de la escena pública y, después, erosionó su capacidad de relación hasta anularla. El abogado que fue secretario general del Movimiento en el último ejecutivo de Arias Navarro, tras la muerte de Franco, fue designado por el Rey en 1976 presidente del Gobierno con el objetivo de gestionar la transición hacia la Constitución de 1978 y la restauración de la democracia en España. Su audacia y su determinación le ayudaron a salvar no pocos obstáculos y a llevar la nave a buen puerto. Pero en 1981, pocas semanas antes del intento de golpe de Estado de los Armada, Milans del Bosch y Tejero, dimitió, por causas que no han sido aún suficientemente aclaradas. Sus intentos de volver al gobierno, tras la debacle de la Unión de Centro Democrático (UCD), con la fundación del Centro Democrático y Social (CDS), fueron su canto del cisne. El rey Juan Carlos eligió a Suárez para presidir el gobierno entre una terna en la que figuraban Manuel Fraga Iribarne y José María de Areilza. El pasado falangista del político abulense proyectaba sombras sobre la esperanza de democracia

que sentía la mayoría del pueblo español. La necesidad de desmontar la estructura del franquismo pareció por un momento enterrarse con la designación real de aquel julio de 1976. Sin embargo, Adolfo Suárez sorprendió a todos. Mientras reunía a su alrededor a falangistas reformistas como él, a democristianos, a socialdemócratas y a liberales para fundar la Unión de Centro Democrático (UCD), lograba con el apoyo de su mentor, Torcuato Fernández Miranda, entonces presidente de las Cortes, lo que se conoció como “el harakiri” de las Cortes franquistas o “la voladura controlada del régimen franquista”. En cuatro meses de gobierno, Suárez consiguió la aprobación de la ley de Reforma Política. Una vez aprobada la vía reformista y con el apoyo del líder comunista Santiago Carrillo, del secretario general del PSOE Felipe González, del líder conservador Manuel Fraga Iribarne y de los nacionalistas catalanes y vascos, fue tejiendo la estructura que culminaría con la aprobación en

CORREO del SUR Director General: León García Soler

diciembre de 1978 de la Constitución española. El camino no fue fácil. Por diversos motivos: el poder del franquismo resistente, las reticencias de amplios sectores del ejército, de la policía y del estamento judicial a las reformas y la presencia en la calle de matones del régimen dictatorial se unían a las protestas callejeras por el ascenso del paro debido a la crisis del petróleo de 1973 -cuyos efectos llegaron a España con retraso, pero con mucha virulencia-, así como a la crisis militar por la legalización del Partido Comunista durante la Semana Santa de 1977, o al rechazo del sector más conservador a la aprobación del divorcio o la reforma fiscal. Todo eso fue deteriorando la figura de Suárez. A pesar de ganar las elecciones generales de 1977 y 1979, la UCD perdió las municipales en casi toda España, lo que abrió profundas desavenencias en el seno del partido. Una moción de censura de Felipe González, aun siendo superada por Suárez, puso de manifiesto la debilidad de su liderazgo, hasta que, por sorpresa, presentó su dimisión en enero de 1981. “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”, dijo de forma enigmática en su renuncia, acaso el error más notorio de una destacada trayectoria política. Adolfo Suárez ya es historia. Su contribución a la transformación de España, que en poco tiempo pasó de régimen dictatorial a democracia, ha sido singular e insustituible, y se materializó además venciendo una adversidad generalizada. Su talante, hecho de diálogo, de coraje, de ductilidad, nos brinda un legado ejemplar, que en su día produjo frutos espléndidos y que hoy, en un momento histórico que requiere también de importantes ajustes, se echa mucho en falta. Editorial de La Vanguardia. Leer más: http://www.lavanguardia.com/opinion/editorial/20140324/54403998121/el-dialogo-como-legado.html#ixzz2xDPeEhaG

Suplemento dominical de Director: Adolfo Sánchez Rebolledo

Diseño gráfico: Hernán Osorio

Correo Del Sur No 380  

Correo del Sur, suplemento dominical de La Jornada Morelos.

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