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Número 349 Agosto 25, 2013

200 de Wagner y Verdi

La evolución de Paul Krugman / El Estado es el problema y los mercados la “solución” / Los grandes debates nacionales / La casa de Trotsky / Egipto ¿La argelia de hace 20 años?


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CORREO del SUR

La evolución de Paul Krugman Vicenç Navarro

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aul Krugman, uno de los economistas más conocidos dentro de la tradición keynesiana, acaba de escribir un artículo en su columna del New York Times (08.08.13), “Phony Fear Factor”, que considero de gran interés y que debería distribuirse ampliamente en España. Señala, con razón, que estamos viendo, durante estos meses, el declive y caída de dogmas económicos que han dominado el pensamiento económico hegemónico en los últimos años y que han sido responsables de la enorme crisis que estamos viviendo. Estos dogmas, según Krugman, incluyen la creencia de que “la política monetaria expansiva creará inflación”, de que “la reducción del déficit público creará ocupación” o de que “la deuda pública por encima del 90% del PIB creará un colapso”. Yo añadiría otros como que “el elevado desempleo es resultado de la rigidez del mercado de trabajo”, que “la reducción del gasto público estimulará el crecimiento económico”, que “los intereses de la deuda pública se deben al excesivo gasto público” o que “la reducción del déficit crea confianza en los mercados financieros” y muchos otros dogmas, sostenidos todavía hoy (a pesar de la enorme evidencia científica que muestra lo contrario) por los establishments financieros, económicos, políticos y mediáticos españoles. Este artículo, que, como indiqué, merecería una amplia difusión, muestra, sin embargo, otro hecho de interés que ha pasado desapercibido. Y me refiero a la propia evolución de Paul Krugman. Este indica que la primera vez que leyó a Kalecki (el economista marxista polaco) le pareció que estaba errando en su interpretación del capitalismo. La gran contribución de Kalecki, una de las mentes más claras en economía, fue la de combinar Keynes con Marx. Para entender las crisis económicas, decía Kalecki, uno tiene que leer a Keynes, pero también a Marx. Y esto me parece obvio en el contexto de la crisis actual. El problema

EUROPA

El Estado es el problema y los mercados la “solución”

Fernando Luengo*

E

ste es uno de los pilares centrales sobre los que se han edificado las políticas económicas llevadas a cabo para gestionar y salir de la crisis actual. Pero este planteamiento va mucho más allá de la consecución de determinados objetivos de déficit y deuda públicos; está relacionado con ello, pero trasciende ampliamente la coyuntura. Por supuesto, para sus defensores, seguir este principio es necesario para abordar la crítica situación que nos ha tocado vivir; debe impregnar permanentemente – en momentos de crisis, sí, pero también en periodos de auge- la actuación de los responsables políticos. ¿Cuál es el meollo de ese razonamiento? Muy simple: Se supone que la intervención del sector público es intrínsecamente ineficiente en relación a los estándares que garantiza el mercado. Partiendo de la conocida definición de la ciencia económica (que no hay manual de economía que se precie que no la incorpore) de que su objeto es asignar recursos escasos entre diferentes alternativas, el asunto queda claro: dejemos que sea el mercado quien, dado su plus de eficiencia frente al Estado, realice esa tarea de distribución de los recursos cuya dotación es limitada. Podemos escribir de nuevo el axioma de esta manera: la intervención del Estado es siempre un problema (o, siendo condescendientes, un mal menor), mientras que el mercado, por definición, porque así lo sostiene la teoría económica dominante, es, en todos los casos, la mejor opción. Poco importa que la crisis económica se haya incubado en los mercados financieros globalizados, ampliamente hegemonizados por el sector privado, en torno a los

cuales los grupos económicos y las grandes fortunas han cosechado enormes beneficios; que los intereses articulados alrededor de esos mercados se hayan aprovechado de las permisivas y sesgadas regulaciones de los bancos centrales, creando de este modo las condiciones para que los operadores privados pudieran hacer sus negocios sin apenas control público. El resultado está a la vista. El crecimiento exuberante e irracional del segmento financiero de la economía y su progresiva desregulación, la escalada de endeudamiento de bancos, promotores inmobiliarios y constructoras y la asunción de riesgos excesivos en busca de ganancias a corto plazo están en el origen de la economía de la deuda y del posterior crack financiero. Los mercados han sido, por lo tanto, ineficientes, y al mismo tiempo muy lucrativos para algunos. Tampoco importa gran cosa que una parte fundamental de la intervención de los Estados nacionales en la economía, tanto en lo que concierne a los ingresos como a los gastos públicos, haya consistido en fortalecer el proceso de acumulación capitalista. De muy diferentes maneras: promoviendo un régimen fiscal claramente favorable a los intereses del capital y permitiendo que las grandes empresas eludan sus obligaciones tributarias, ofreciendo espacios de negocio a los capitales privados en ámbitos tradicionalmente cubiertos por los servicios públicos, o invirtiendo, con los recursos de todos, en infraestructuras y capital social, utilizado y rentabilizado por la iniciativa privada. ¿Cómo encajar en ese diagnóstico culpabilizador del Estado que, antes del estallido de la crisis, las cuentas públicas estuvieran relativamente saneadas, según los

estrictos criterios establecidos en Maastricht, y que en algunos casos exhibieran incluso un superávit? Si, como sostiene la economía convencional, la virtud se encuentra en unos presupuestos equilibrados, en modo alguno cabe apelar al despilfarro público como responsable de la crisis. Pero nada de esto es relevante; el rodillo avanza, como si nada, inexorablemente: El Estado debe retirarse, quedar reducido a la mínima expresión, y el mercado debe ocupar los espacios dejados por lo público. Ya sabemos que tras esta formulación se cobijan las pretensiones de firmas que atisban nichos de negocio, bien con las privatizaciones de empresas estatales, bien con la externalización de servicios públicos. Estos últimos años ofrecen numerosos ejemplos al respecto en tres de las economías más afectadas por la crisis: España, Grecia y Portugal. Como acompañamiento y también como justificación de estos intereses, hay mucha escolástica acerca de las virtudes de los mercados. Como si en ellos impregnara la competencia perfecta, en lugar de estar dominados por un puñado de grandes corporaciones que operan en condiciones de oligopolio, con densas conexiones accionariales que generan una inextricable malla de intereses cruzados y opacos. En mi opinión, los grandes desafíos que tienen por delante las economías comunitarias, sobre todo las más débiles, necesitan de una intervención rotunda, decisiva y estratégica del Estado; justo lo contrario de lo postulado desde las tribunas neoliberales y de la orientación de las denominadas políticas de austeridad. Para la provisión de servicios públicos que detengan la creciente fractura social; para la implementación de una reforma fiscal progresiva que permita obtener recursos necesarios para sostener las


CORREO del SUR mayor de la economía hoy –tal como señalan los keynesianos- es la escasez de una demanda que estimule la economía, interpretación correcta de la causa de la Gran Recesión, casi Depresión, que estamos viviendo en la eurozona. Pero lo que Kalecki nos exigía era ir más allá y preguntarnos de dónde viene esta escasez de la demanda, y la evidencia muestra claramente que viene de la disminución de las rentas del trabajo, resultado de las políticas públicas llevadas a cabo durante el periodo neoliberal, iniciadas en la década de los años ochenta por el Presidente Reagan y la Sra. Thatcher y más tarde generalizadas a la mayoría de países capitalistas desarrollados. Esta disminución de las rentas del trabajo se impuso a la población (causando un gran daño al bienestar de las clases populares) para el gran beneficio del capital, como muestra el gran aumento de la participación en el PIB de las rentas del capital a costa de la reducción de la de las rentas del trabajo. Pues bien, la evolución de la realidad económica ha hecho también evolucionar a Krugman, de manera que en el citado artículo termina indicando que Kalecki es el que mejor podría haber explicado la crisis actual, que representa el triunfo del capital a costa del mundo del trabajo. Es lo que solía llamarse lucha de clases, término desaparecido, cuando no vetado, en los mayores medios de comunicación. Y ello a pesar de que los datos que confirman que esta supuestamente desaparecida lucha de clases continúa viva (y es central para entender lo que nos está ocurriendo) son abrumadores. Nunca antes, en el periodo democrático en España, las rentas del capital habían sido mayores a las rentas del trabajo, con un gran aumento de las tasas de beneficios de las grandes empresas, a costa del descenso salarial. Y todo ello con la ayuda de la supuesta “ciencia económica”, financiada por los grandes bancos y las grandes corporaciones (un caso claro es el de Fedea) que continúan aferradas a creencias y dogmas que han perdido toda credibilidad. Público, 22 ago 2013. (Vicenç Navarro ,Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University)

políticas públicas; para promover una profunda renovación y modernización de las capacidades productivas con criterios de sostenibilidad; para la desactivación del potencial desestabilizador de los mercados financieros; para la reversión de las reformas laborales que han entregado el poder a empresarios y patronales; para la configuración de un polo financiero público que, liberado de las servidumbres actuales (entregar recursos a los bancos privados sin contrapartida alguna en cuanto a la utilización que se hace de los mismos), haga posible sostener una política de reconstrucción del tejido productivo y social; y para abrir un proceso de reestructuración de la deuda pública que, necesariamente, supondrá que los grandes acreedores asuman una parte del coste y que, posiblemente, implicará la denuncia de otra parte como ilegítima. Reivindico sin complejos, incluso con urgencia, al Estado como actor decisivo en una estrategia de superación de la crisis, sin que ello signifique aceptar o cargar con la parálisis, la corrupción y el desprecio hacia la ciudadanía que recorre las actuales instituciones estatales y a buena parte de la clase política. Por todo ello, se impone, es una exigencia de una agenda de estas características, una amplia y profunda refundación democrática de los espacios públicos y de la política, una acción social y ciudadana que permita expresar y canalizar las demandas de la mayoría, ahora ignoradas en el contexto de una inercia con tonos crecientemente antidemocráticos. *Fernando Luengo, Profesor de Economía Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del colectivo econoNuestra.

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Los grandes debates nacionales Víctor Orozco

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propósito de la actual polémica sobre el petróleo y la energía eléctrica, vale ubicarla en el contexto de los debates históricos desplegados en el país sobre temas que marcaron una bifurcación de caminos. El primero quizá, se refirió al carácter del régimen político, puesto en el tapete desde la guerra de independencia y durante la primera mitad del siglo XIX. Las opiniones y fuerzas sociales se dividieron en torno a las opciones de república o monarquía. Durante las décadas iniciales, parecía que el proyecto monárquico se había sepultado para siempre con la caída de Agustín de Iturbide y su fusilamiento unos años después. La realidad es que nunca dejó de acariciarse por los antiguos grupos y cuerpos dominantes, (ejército, clero, grandes propietarios) ni por los gobiernos europeos. La pugna se desplegaba sobre la manera de organizar el estado, si en torno a los nuevos principios que hacían descansar los títulos de la autoridad en el pueblo o en el viejo postulado del origen divino. Sin embargo, el fondo era todavía de mayor relevancia: se trataba del futuro que tendría el naciente país: o la independencia o la subordinación, o colonia o nación. El segundo momento de este enfrentamiento, comenzó con la invasión norteamericana. El colapso militar, el desprestigio de las instituciones, la decepción moral, proporcionaron los argumentos para el renacimiento de los afanes de quienes aspiraban a la restauración colonial, bajo el reinado de algún príncipe de las casas reales del viejo continente. Derrotados los conservadores en 1860 por los constitucionalistas liberales, la idea del monarca extranjero retornó con mayor vigor al amparo del ejército francés. Se instaló así un segundo monarca en la persona de Maximiliano de Habsburgo, quien acabó enjuiciado y ejecutado por un pelotón de soldados republicanos en 1867. Casi medio siglo después del primer imperio, la derrota monárquica fue, ahora sí, definitiva. Otro gran debate se produjo sobre la libertad de conciencia. Los primeros barruntos de la gran batalla ideológica que desvelaría a las mentes más audaces y también a las que hacían gala de tradicionalismo y respeto por los dogmas los debemos a Joaquín Fernández de Lizardi, (El Pensador Mexicano) y a Vicente Rocafuerte, (ecuatoriano, primer embajador de México en Inglaterra y después presidente de su país) quienes pusieron el cascabel al gato y hablaron, primeros, de establecer la libertad de cultos. La disyuntiva era: religión única y estado confesional o libertad religiosa y estado laico. La constitución federal de 1824 estableció a la religión católica como la oficial y única permitida en el país. Así se mantuvieron los textos constitucionales que le siguieron. En la década de 1840, nuevas voces se alzaron para exponer que era contradictorio reconocer la libertad de expresión y negar la de conciencia. Fueron casi arropadas por folletos, artículos en la prensa, fulminantes amenazas de excomunión, declaraciones de altos funcionarios que postulaban el dogma intocable de la religión única en México. En ese tiempo, comenzó a formarse la segunda generación de liberales, bajo el mote de los “puros”, quienes al principio con timidez, acabaron por sostener con firmeza la libertad religiosa. Durante el congreso constituyente de 1856-57, se produjo la gran batalla ideológica terminada con una especie de empate, pues el texto constitucional expedido el 5 de febrero del segundo año fue mudo: ni estableció la libertad de cultos, ni reconoció al católico como exclusivo de los mexicanos. El asunto se dirimió en las armas. Abatida la que se consideró por el Vaticano como una gran cruzada contra los enemigos de la religión, el 4 de diciembre de 1860, el gobierno instalado en Veracruz decretó por fin la libertad de cultos en México. Después de ello, no hubo ningún proyecto que pretendiera restaurar la exclusión religiosa. La polémica había concluido. El tercer gran debate tuvo como centro a la propiedad de la tierra. México heredó de la Nueva España el latifundio, trasladado a estas tierras desde la medieval península ibérica, bajo distintos nombres y estatutos jurídicos como encomiendas, mercedes reales, mayorazgos y finalmente haciendas. Hubieron el latifundio eclesiástico y el civil. Ambos conspiraron a favor de varios efectos perniciosos: profundizaron la

desigualdad social, afianzaron las relaciones serviles e impidieron el crecimiento de la población. Ya desde la época colonial se tuvo conciencia de estos hechos pero nada se podía hacer contra una institución estructural del viejo sistema. A mediados del siglo XIX, la revolución liberal liquidó el latifundio eclesiástico después de uno de los debates más enconados de que se tiene memoria. Fueron de nuevo en el terreno de las armas donde se dirimió al final la lucha entre quienes buscaban mantener a toda costa la gran propiedad del clero y quienes aspiraban a usarla para formar una numerosa clase de rancheros propietarios. La otra rama del latifundio, el civil, quedó viva y aún se fortaleció. Las reformas no la alcanzaron por que no había fuerza para tanto y porque los grandes propietarios pronto se convirtieron también en industriales, comerciantes y banqueros. Quedó pendiente así la solución del debate. La revolución de 1910 vino a resolverlo, restituyendo ejidos a los pueblos y efectuando el reparto agrario. En otro plano y con nuevos actores, la querella se replantea en nuestros días. Otra de las grandes cuestiones que la revolución puso en acto fue ¿Qué hacer con los recursos naturales, especialmente con los petrolíferos y los mineros?. Ambos habían estado en manos de compañías extranjeras que los explotaban con escaso control o sin ninguno por el estado. El texto político de 1917 los declaró propiedad originaria de la nación y en 1938 se expropió el petróleo que andando el tiempo se transformó en la columna vertebral del aparato productivo nacional, por su enorme peso específico en la finanzas públicas y por ser componente, como generador de energía, en todas las ramas industriales. A finales del siglo XX, se produjo una gran ofensiva del gran capital internacional en diversos ámbitos: militar, político, ideológico, cultural, educativo, que se dio en llamar neoliberalismo, por cuanto se puso el acento en una de las divisas del liberalismo decimonónico, la del libre mercado. Casi todos los estados recularon en sus políticas regulatorias y en su intervención general en los procesos económicos para apoyar políticas de prestaciones sociales. El mexicano, como el argentino entre muchos otros, puso en venta las empresas que controlaba y con ellas, grandes porciones del patrimonio público, tangible como los yacimientos carboníferos o intangible como el espacio nucleoeléctrico. El petróleo por lo pronto quedó al margen en esta venta de garaje. Pero, se exprimió al máximo, hasta el límite de sus capacidades a PEMEX, la empres pública encargada de su explotación. El 97% de sus ingresos se destinaron al pago de impuestos, a su vez aplicados para financiar gasto corriente del gobierno. Se le sumaron el despilfarro y la corrupción. Todos estos factores descapitalizaron la entidad. Quienes arguyen la necesidad de llamar en auxilio al capital privado, principalmente de las empresas trasnacionales, señalan que sólo así se detendrá la caída de la producción, se modernizará la empresa y se crearán nuevos empleos. La contraparte, defensora de esta industria como motor de la economía nacional, asume que compartir la cuantiosa renta petrolera convirtiéndola en ganancias privadas, despoja al Estado mexicano de su principal instrumento para impulsar el desarrollo del país. Comparado con el monto de los ingresos de Pemex, las ofertas de inversión son mínimas y las utilidades a la larga colosales. ¿Tiene algún sentido traer de nuevo a las trasnacionales, casi por un plato de lentejas?. ¿No se encuentra la solución en el arreglo interno de las finanzas del gobierno, en invertir los ingresos de Pemex en proyectos productivos, en educación y en salud?. De esta gran disputa penden rumbos de la historia, como aconteció con las pasadas.


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CORREO del SUR

El 21 de agosto se cumplieron 73 años del asesinato de León Trotsky en su refugio de Coyoacán a manos de un pistolero enviado por Stalin. El sitio, la casa donde trabajó hasta su muerte --y hoy está su tumba-- es en la actualidad un museo singular, acaso más importante por la significación histórica de sus principal habitante y los hechos allí ocurridos que por los modestos objetos personales expuestos al visitante: el escritorio donde el líder fue atacado, sencillo mobiliario familiar, los libros, el jardín, las conejeras, el habitat de un revolucionario que esperaba la agresión sin dejar de luchar. Para mantener viva la memoria de Trostky y el repudio permamente al crimen, la casa pasó a ser el hogar de una institución consagrada a exaltar la historia y la vigencia del derecho de asilo, una de cuyas cumbres fue, justamente, la acogida que el Presidente Cárdenas le dio al hombre más perseguido de su tiempo. Para sumarme a la conmemoración, ofrezco fragmentos del texto que escribí luego de reabrise el Museo. ASR

La casa de Trotsky

Adolfo Sánchez Rebolledo [...]La vieja y nueva Casa-Museo, eslabón de una larga cadena en la trágica historia de León Trosty, es un símbolo del drama revolucionario, pero es sobre todo un

monumento para recordar la naturaleza inhumana del poder absoluto, cualesquiera que sean las justificaciones autoatribuidas para ejercerlo. La historia suele cobrarse curiosas revanchas. Y esta, la del dia 20, es una de aquellas discretas venganzas de la realidad y la razón contra el despotismo y la vanidad del poder. Stalin creyó que la muerte de su principal opositor en la inmensidad de un país lejano, donde una desconocida revolución retaba su influencia y su poder [...] el crimen era una riesgosa provocación que podía quedar sin efecto solo si la mentira repetida conseguía ejercer una influencia ciega sobre los partidarios de la Unión Soviética, asi como por los intereses de otras potencias que estaban en juego. Desde Moscú, informado por sus agentes de la ineptitud de los primeros vengadores, Stalin no cejó en su empeño hasta que halló una puerta abierta en aquella casona de Coyoacán. El asesinato valía la pena para él aun si para ello resultaba preciso sacrificar el futuro inmediato de la Internacional (Cominform) en México. No le tembló la mano hasta lograrlo. Hoy, al cabo de medio siglo, una disimbola multitud se reúne en el mismo lugar donde otros años hubo un solitario ramo de flores y el recuerdo íntimo, casi familiar de los correligionarios. El motivo es el mismo, pero no es el único. En la calle Viena ya no están sólo los trotskistas. Ni siquiera la mayoría de los presentes comparte las ideas del revolucionario ruso. Y es que hoy, signo de los cambios, otras muchas personas quieren dejar constancia de un reconocimiento esencial: México no olvida. Esa mañana, el Regente de la ciudad en Coyoacan inaugura las actividades del Instituto del derecho de asilo y las libertades públicas, a cuyo cargo quedará el cuidado, la conservación y acrecentamiento de la casa-Museo de Trostky. Signo de los tiempos:En un lugar destacado, entre los invitados, el embajador soviético cruza miradas heladas con Ernst Mandel, pero allí éstán uno junto al otro. [...]El Instituto ha sido concebido alrededor de un eje no ideológico que une a los mexicanos y a los extranjeros en México: El culto al derecho de asilo, concebido como un derecho irrenunciable del estado mexicano y de la humanidad en su conjunto, cuya salvaguarda es una empresa nacional por excelencia. Al abrir sus puertas, el nuevo centro no adquiere otro compromiso màs importante que el de preservar la memoria histórica, estudiar la signi-

ficación del asilo en México, sin desdibujar la importancia de las grandes causas nacionales e internacionales que subyacen en el recuento universal de los exilios, y la investigación de las demás libertades en México y el mundo, en especial en nuestro subcontinente latinoamericano. Contra la estrechez de pensamiento, México siempre fue país de refugio, un punto de encuentro y alivio para quienes en sus respectivos países sufrían persecución por sus posiciones políticas.[...] El mismo nacionalismo mexicano -que no juzga las causas del exilio- aprovechó en forma positiva esos puentes tendidos por los refugiados politicos en nuestro país para reafirmar su propia voluntad de identidad nacional sin exclusivismos chauvinistas. Por eso, vista en perspectiva, a medio siglo de su muerte,la figura del asilado Trostky en Mèxico se agranda con el tiempo. Pero tambien crece la figura ejemplar del general Lázaro Cárdenas que le ofreció refugio en nuestro país. Y junto a él la de todos los mexicanos que se desprendieron de prejuicios para ver detrás del ideologo revolucionario, al político o al estadísta al hombre solo en la terrible desnudez del perseguido. Hoy, a diferencia de lo que pasaba hace todavía muy poco, no solo interesan o preocupan a los historiadores los detalles trágicos del crimen y su circunstancia mexicana, sino apreciar en esos dias de Trostky en México las vicisitudes de un pensamiento que se trfansforma al contacto con nuevas realidades, evoluciona, se enriquece. Hoy preocupa indagar la condición moral de un hombre que resiste a la más feroz cacería, la cual no terminaría tampoco con su propia muerte. Con aquel asesinato, el stalinismo dejó una huella ominosa en nuestro país. No lo merecía por ningún concepto. Ni la nación, ni el Presidente Cárdenas ni tampoco los partidarios de la Unión Soviética que seguían las orientaciones de Stalin. Para fortuna nuestra, más allà de las vicisitudes de una historia que ya se habia deformado, hubo mexicanos que se rehusaron a secundar el crimen y por ello la condena de Stalin. Hoy, al volver al México que recibió a Trotsky, ante la realidad de un mundo que ha cambiado en su esencia misma, seguramente tendremos otras preguntas que hacernos y daremos con otras claves para comprender mejor de qué manera nos enriquece a nosotros mismos mantener abiertas las puertas del asilo y el respeto a las libertades públicas.


CORREO del SUR

José L. Pérez de Arteaga De Tristán e Isolda e Roncole y Leipzig. Es difícil imaginar dos lugares de nacencia más disímiles. La pobreza del campesinado de la Italia profunda y el epicentro de la cultura germana en lo que, ya a comienzos del siglo XIX, era una gran ciudad. Le Roncole es una aldea cerca de Busseto, en la provincia de Parma, incluida, todavía en aquel tiempo, entre las posesiones napoleónicas. Allí nació Giuseppe Verdi, el 10 de octubre de 1813. Enseguida, la familia se trasladó a Busseto: un pueblo bonito, centrado en sus dos iglesias y el ayuntamiento, el viejo palacio Rocca Pallavicino, casas blancas, dos grandes calles y campiña frondosa en derredor. Una sencilla biblioteca pública y un fracasado intento de balneario completan la apacible villa. Leipzig, de grandes avenidas y plúrimas bibliotecas, está dominado por dos edificios, la Thomaskirche, la Iglesia de Santo Tomás, donde Bach fuera Kantor durante 25 años, y la Gewandhaus, la sala de conciertos que da nombre a la orquesta, un conjunto ya legendario y vetusto en esos años. Allí nació Richard Wagner el 22 de mayo de 1813. Al año, la familia se trasladó a la capital de Sajonia, Dresde, de avenidas aún más magnificentes diseñadas en los tiempos de Augusto el Fuerte, con sus plazas y riberas del Elba inmortalizadas por Canaletto, y con la más antigua orquesta de Europa, la Staatskapelle. Los “años de aprendizaje” no fueron fáciles para ninguno de los dos. Sin ser un niño prodigio, Verdi mostró predisposición para la música desde la infancia y su formación fue tan rápida como sólida, y en gran medida autodidacta. Wagner, fascinado de niño por el teatro y la literatura, sólo mostró interés por la música en la adolescencia, y su formación fue lenta, trabajosa y finalmente autodidacta, pero la tardía vocación se impuso con fuerza creciente hasta obtener un bagaje técnico no menos sólido que el de su colega. Se casaron en el mismo año, 1836, Wagner con la actriz Christa Wilhemine (‘Minna’) Plannerl y Verdi con su novia desde la mocedad, Margherita Barezzi. El italiano se volcó en la vida musical de su municipio. La ópera le atraía y viajó a Milán para entregar personalmente el manuscrito de su primera ópera Oberto, Conte di San Bonifacio. Tras duras negociaciones, ayudado por su profesor Lavigna y gracias a la inesperada recomendación de la cantante Giuseppina Strepponi, La Scala presentó con éxito, en el otoño de l839, la primera de sus óperas. No era poco para un debutante.

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Reveses y reversos A Wagner, en cambio, no le sonreía la fortuna. En Würzburg no consiguió estrenar Las hadas, su primera composición escénica: ni allí ni en parte alguna, porque sólo se daría a conocer en Múnich un año después de su muerte. En Magdeburg, en 1836, logró estrenar La prohibición de amar, que se retiró de cartel tras la primera representación: Wagner quedó en bancarrota, y cuando Verdi triunfaba en Milán con Oberto, el germano malvivía en París, pasando hambre de lobo, tras transitar por Riga y Londres. Un año después, Verdi conoció su primer fracaso, el de la A PÁGINA 6

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200 de Wagner y Verdi Su música no conoció fronteras pero ellos jamás llegaron a encontrarse. Se supieron rivales y se respetaron. Wagner aspiró al arte total y construyó en Bayreuth un santuario donde cada verano se venera su música. Verdi se propuso conquistar el corazón de los hombres con sus óperas, algunas de las cuales sirvieron de himno a las aspiraciones de independencia de la Italia de la época. Aunque su arte y su genio no se prestan a comparaciones, el crítico José Luis Pérez de Arteaga extrae un diálogo de dos vidas que transcurrieron en paralelo. Con motivo del bicentenario de sus nacimientos este año, el suplemento El Cultural pidió al director Daniel Barenboim y al barítono Leo Nucci, “barítono verdiano por excelencia”e intérprete de Rigoleto, sendas notas sobre los dos grandes compositores, mismas que recogemos en esta edición del Correo del Sur.


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ópera cómica Un giorno di regno, en circunstancias personales terribles: murieron sus hijos Virgina y Romano y durante la composición falleció también su esposa. Pidió ser relevado del compromiso adquirido con La Scala, pero el intendente Merelli se negó. A los 27 años se encontraría sumido en una profunda depresión. Las atenciones del director del teatro consiguieron revivir su interés con el libreto de Nabucco. El nuevo Verdi, el que renacería junto a Giuseppina Strepponi, con la que contraería matrimonio en 1859, iba a estar volcado en un trabajo intenso, casi siempre signado por el triunfo y el reconocimiento. Con Nabucco llegaría la consagración, con 67 representaciones en La Scala en el año del estreno (1842); el coro de los esclavos, Va, pensiero, se convirtió en el segundo himno nacional, representación de las aspiraciones de independencia.

En ese mismo 42, Wagner, en la penuria más irredenta, consiguió abandonar París y volver a Dresde. “Cuando vi el Rhin, con lágrimas en los ojos, yo, pobre artista, juré fidelidad a mi patria alemana”, escribió por entonces. El éxito llegaría, por fin, con Rienzi, en octubre de ese 1842. Tras muchas obras juveniles de todos los géneros, desde la atalaya de Dresde llegaron las primeras óperas representativas -y representables en el Bayreuth posterior-: El holandés errante (1840), Tannhäuser (1845), y Lohengrin (1848). Así obtuvo el puesto de director musical de la corte de Dresde y su vida pareció estabilizarse con nuevas amistades, como la del arquitecto Gottfried Semper y el anarquista ruso Mijail Bakunin. Pero en 1848 Wagner tiró todo por la borda: la revuelta del 48, en la que participa de fusil armado, y la huida de Alemania cambiaron su vida e ideales. En 1850, en el exilio suizo, con la Muerte de Sigfrido -luego El ocaso de los dioses- comenzó literaria y musicalmente la aventura de El anillo del nibelungo. El artista (ideólogo, literato, compositor) se volcó en el titánico proceso creador, sin destino, sin teatro y sin intérpretes. La esposa, Minna Planerl, y los amigos de Weimar (Franz Liszt) y los posteriores de Zúrich (el adinerado comerciante Otto Wesendonck y su esposa Mathilde), acompañaron/apoyaron/trajinaron a un Wagner del que, paulatinamente, se fue apoderando el cansancio. El 28 de junio de 1857 Wagner abandonó al Joven Sigfrido (primer título de Siegfried), tercera ópera de la Tetralogía, al pie de un tilo, Acto II, tras el combate con Fafner, el gigante-dragón, y la decapitación de Mime, el nibelungo. Retom�� entonces Tristán e Isolda, esbozado en 1854, y completó el poema-libreto

CORREO del SUR en el verano. Trataba de escribir una obra sencilla -“la más sencilla de las concepciones musicales”-, representable sin grandes problemas, con pocos personajes, que le produjera ingresos inmediatos. Verdi se aventuró en la política, lo mismo en la vida real que en los escenarios. Durante el levantamiento de 184849 regresó a Italia por dos veces, desde París y Londres, para estar cerca de los acontecimientos. Cuando Roma fue liberada, y constituida Italia temporalmente en república, fue utilizada su música de La Battaglia di Legnano (un drama sobre la caída de Federico Barbarroja a manos de la Liga Lombarda en el siglo XII) como símbolo de la nueva situación. Posteriormente el nombre de Verdi (Evviva Verdi!) se convertiría en acróstico de una de las máximas de los italianos (Vittorio Emanuele Re d’Italia). En 1860 Italia alcanzó la independencia nacional liberándose de casi todos sus opresores extranjeros. Admirando profunda-

mente a Cavour, el principal artífice de este logro, Verdi accedió a formar parte del nuevo Parlamento. En 1874 sería elegido miembro del Senado. Inspiración geográfica El joven Wagner miró a Italia en busca de inspiración: La prohibición de amar transcurre en Palermo, Rienzi en Roma; el no-éxito casi convirtió el prefigurado ideal en desprecio... pero no dejemos en la cuneta ese “casi”. El de la primera madurez vuelve la vista -ya no dejará de hacerlo- al norte y a la propia Alemania: El holandés errante discurre por los mares escandinavos, Tannhäuser acaece en Turingia, en Eisenach -donde la leyenda ubica el Venusberg o Hörselberg- y el Wartburg, y Lohengrin nos lleva a la desembocadura del Escalda, en Bélgica. Con El anillo del nibelungo la mirada revierte directa al norte, aunque el argumento siga el curso del Rhin. Pero la interrupción de la Tetralogía, Tristán e Isolda, nos devuelve, de manera singular, a un septentrión más cercano. Vida en Venecia La partitura se completó en Venecia, entre septiembre de 1858 y julio de 1859. No hay que recurrir a especulación alguna, es el propio Wagner quien lo escribe, o mejor, se lo escribe a Mathilde Wesendonck a principios de ese septiembre del 1858: “El 29 de agosto por la tarde llegué a Venecia. En la travesía a lo largo del Gran Canal hasta la Piazzetta hallé una expresión melancólica y un ambiente severo: grandiosidad, belleza y decadencia estrechamente unidas, (...) un mundo absolutamente lejano, extingui-

do, que concuerda con mi deseo de soledad. (...) Aquí terminaré el Tristán, a pesar de todas las iras del mundo, ¡y con él me veré autorizado a regresar junto a ti, para verte, consolarte y hacerte feliz! ¡Adelante pues! ¡Héroe Tristán, heroína Isolda, ayudadme, ayudad a mi ángel! Aquí es donde debéis desangraros, aquí es donde deben sanar y cerrarse las heridas”. En las semanas siguientes, Wagner describió, con precisión y hasta minuciosidad, la honda impresión que le causara escuchar, de madrugada, insomne, el viejo, arcano canto de los gondoleros, que se entrecruzaban en la noche veneciana. A otra misiva confió el estremecimiento que le produjo, viajando en góndola, la aparición de la luna entre los canales. El artista fue claro: el Acto II, íntegro, ha surgido en y de Venecia, y la “doliente melodía” del corno inglés al inicio del Acto III ha sido esbozada en la ciudad del Adriático. En la década de los cincuenta del XIX, Verdi alcanzó la cumbre de su creación con Rigoletto, La traviata e Il trovatore. La segunda sería la ópera más popular, la más conocida de todo el teatro lírico italiano. Tanto el canto, la orquestación o la línea melódica acusan un clima de intimidad novísimo y sorprendente, junto a una descripción perfecta de los diferentes grados y matices del amor, desde el puramente frívolo al más profundo y apasionado. Pero Verdi vivió también una época de opresión y censura muy estricta, sobre todo lo que podía resultar “políticamente incorrecto”. Cuando se representó Rigoletto en Venecia tuvo que poner a un duque anónimo como personaje principal, y no (como en el original de Victor Hugo) al rey de Francia; en Roma, las brujas de Macbeth mutaron en gitanas; en Un ballo in maschera se producía el asesinato del rey Gustavo de Suecia, pero el lugar de la acción hubo de trasladarse a Boston, quedando el monarca convertido en un gobernador colonial. Aida: un canal de comunicación Desde 1860, aproximadamente, Verdi se consideró retirado de la composición. Cada una de sus óperas posteriores a esta fecha no fueron obras de encargo, sino producto de su libre decisión. Un reto particularmente apasionante fue el que le ofreció Don Carlo, sobre una adaptación de la obra teatral homónima de Schiller. Pero Verdi no quedó tan satisfecho con la obra como en otras ocasiones. Resultó demasiado larga, y tuvo que suprimir varias secciones antes de su presentación en 1867. Revisada de nuevo, fue acortada aún más, para una producción de La Scala en 1884. Por este empeño en revisar obras que a su parecer necesitaban reformas, también Macbeth, Simon Boccanegra y La forza del destino sufrieron cambios parciales. Mientras tanto escribía también obras nuevas, entre ellas Aida. Compuesta para la inauguración del Canal de Suez, en 1870, su estreno tuvo que ser pospuesto hasta el año siguiente, por no haber llegado de París los vestuarios y el decorado a causa del bloqueo alemán. Verdi se quedó lívido cuando buena parte de la crítica de la época coincidió en que Aida contenía influencias wagnerianas. La vida y la suerte de Wagner volvieron a cambiar cuando el joven Luis II accedió al trono de Baviera. El rey llamó a Múnich al compositor y en los años siguientes patrocinó los estrenos de Tristán, Los maestros cantores y La Walkiria. Se acusó a Wagner de malversar las arcas regias, pero mucho más tuvieron que ver en ello los -fascinantes- caprichos arquitectónicos del soberano. Wagner, su todavía amante Cósima Liszt (finalmente esposa en 1870) y los hijos ya habidos de la relación tuvieron que abandonar Múnich, pero el músico jamás perdió la protección de Luis II, que colaboró decisivamente en la construcción del teatro diseñado por el compositor en Bayreuth, iniciada en 1871 y culminada en 1876 con la primera representación completa de El anillo del nibelungo, y el posterior estreno de Parsifal en 1882. Wagner falleció de un ataque cardíaco en Venecia, en el Palazzo Vendramin, el 13 de febrero de 1883. Jamás se encontraron. Se sabían rivales, y se respetaban. Más Verdi a Wagner, que despreciaba en bloque la ópera italiana: “Donizetti y esa gente...”, solía decir. Sin embargo, admiraba a Bellini y Norma le impresionaba. Pero no hay una sola referencia a Verdi en sus escritos, y en alguna ocasión, ante terceros, vertió comentarios vitriólicos sobre el de Busetto. Verdi le sobrevivió 18 años, en los que estrenó Otello y Falstaff. A la muerte de Wagner, fue diáfano en su juicio: “Era grande, pero dejó mucha maldad en vida”. Aunque consideraba Tristán “una de las más grandes creaciones del espíritu humano”. Verdi quería que el arte confortara a los hombres; Wagner, que los transformara. Los dos alcanzaron su objetivo.


CORREO del SUR

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Wagner, ¿por qué escucharlo?

Daniel Barenboim

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escubrí a Wagner relativamente tarde. Debuté como pianista a los 7 años, aunque por aquel entonces toda mi educación musical giraba alrededor del piano, el repertorio instrumental y sinfónico y la música de cámara. Cuando no ensayaba o daba conciertos, acudía a recitales y compraba entradas para ver a mis orquestas y cuartetos de cuerda favoritos. Rara vez pisaba la ópera. Cuando cumplí 9 años, mi familia, judía de origen ruso, se trasladó a Israel. El teatro de ópera de allí era más bien pobre en esos días, y Wagner no suscitaba ningún interés, por lo que no tuve contacto real con su música hasta mucho más tarde, ya a punto de cumplir los veinte años. Antes de eso, me interesé mucho por el Wagner compositor a través de sus escritos teóricos sobre música y dirección. Me fascinaba la forma en que cada elemento podía ser analizado individualmente o bien como parte de una idea mayor, bien sobre el peso de la orquesta o la continuidad del sonido. De modo que mi primer contacto con sus óperas fue estrictamente musicológico, lejos de otro tipo de ideas. Debo decir que por aquel entonces no imaginaba que terminaría dirigiendo óperas ni era consciente de que todos esos escritos me ayudarían a comprender mejor lo que, años más tarde, se convertiría en vocación. Con el tiempo fui consciente de la monstruosidad de sus textos e ideas antisemitas. Es un punto inevitable e injustificable de su biografía. Y debo reconocer que si alguien me concediera el deseo de pasar veinticuatro horas con algún gran compositor del pasado, Wagner nunca sería una opción. Me encantaría compartir un día con Mozart. Sería una experiencia divertida y edificante. No así con el Wagner “persona”, que me resulta absolutamente despreciable y que, en cierto sentido, es difícil de asociar a la música que escribió el Wagner “compositor”, impregnada de otras ideas y sentimientos, como la nobleza o la generosidad. En el cruce entre el Wagner “persona” y el Wagner “compositor” se ha desarrollado durante décadas el debate en torno a la supuesta amoralidad de su música. Es posible identificar en sus óperas una terminología de inspiración antisemita pero no podemos encontrar un solo personaje judío. No hay nada ni remotamente parecido al Shylock shakespeariano de El mercader de Venecia en las diez grandes óperas de Wagner. Por supuesto que uno puede intuir en el maléfico Mime de Sigfrido o el escribano Beckmesser de Los maestros cantores de Núremberg un perfil cercano al antisemitismo, de la misma manera que se puede convertir fácilmente El holandés errante en El judío errante, pero esa asociación de ideas sólo ocurre cuando nuestra imaginación entra en contacto y en contexto con ciertas ideas. Por otro lado, hay que distinguir entre el Wagner antisemita y el uso que los nazis hicieron de algunas de sus composiciones. A lo largo de toda mi carrera, me he cruzado con no pocas personas que no pueden escuchar música de Wagner. En pleno debate sobre la idoneidad de interpretar a Wagner en Israel, una señora vino a verme a Tel Aviv y me dijo: “¿Cómo es posible que quieras dirigir esta música?”. La mujer había visto con sus propios ojos cómo se llevaban a miembros de su familia a las cámaras de gas al son de la obertura de Los maestros cantores. “¿Por qué debo escuchar esto?”, me increpó. Mi respuesta fue simple: no hay ninguna razón por la que se deba escuchar nada. No creo que debamos forzar a nadie a enfrentarse a las

Domingo 25 de agosto de 2013

óperas de Wagner. Pero el hecho de que su música haya inspirado sentimientos tan extremos, a favor y en contra, no nos exime de ciertas obligaciones cívicas. Es por eso que considero la Orquesta Diván Este-Oeste como una medicina alternativa. No tiene efectos inmediatos, pero termina funcionando.

Leo Nucci

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n mi casa se cantaban óperas de Verdi a todas horas. Su música es un recuerdo de infancia. Jamás la estudié ni la memoricé. Como en mi pueblo, Castiglione dei Pepoli, no había teatro, la primera ópera que vi fue una versión cinematográfica de Rigoletto con Mario Filippeschi. Por entonces yo tocaba el bombardino en una banda y conocía todo lo que se podía saber de ópera. Por eso para mí cantar nunca fue una carrera planificada, sino una extensión natural de la propia vida, en cuyo transcurso Verdi ha desempeñado siempre un papel fundamental. Verdi no se consideraba un compositor tanto como un hombre de teatro. Revolucionó la ópera casi inconscientemente en un intento por acercarse a la realidad de los personajes. A diferencia de Wagner y en sintonía con su tan admirado Shakespeare, aspiró a la más terrenal de las humanidades y trabajó en todo momento con las tribulaciones del alma humana en busca de la parola scenica. No hay griales ni filosofías oníricas en su música, que no está pensada para grandes orquestas y que bien puede interpretarse al piano. De hecho, se le atribuyen muchas más limitaciones musicales que al gran Wagner, aunque Stravinsky solía decir que hay más música en el cuarteto de Rigoletto que en toda la Tetralogía. No deja de resultar curioso que, en la intimidad, dos wagnerianos de pro como Herbert von Karajan y Georg Solti coincidieran en confesarme la importancia y trascendencia que, en los últimos años de sus vidas, estaban teniendo Mozart y Verdi. Verdi fue un hombre de su tiempo y adelantado a su tiempo, consciente de los problemas de la calle y sabedor de las posibilidades que tenía la ópera para cambiar el mundo. No quiso un teatro a su nombre, tampoco un festival, y toda la fortuna que acumuló en vida la repartió en su testamento entre quienes habían trabajado para él y cerca de él. Al final de sus días fundó la Casa de Reposo para Músicos pensando en los artistas que no habían tenido su misma suerte. Así era él. Tampoco tuvo el privilegio de componer el himno de Italia, pero su música fue, más que eso, el lenguaje nacional de la época. De pronto, un milanés y un siciliano empezaron a hablar el mismo idioma en un momento de nuestra historia en que muy pocos sabían leer y escribir. Nabucco no habla de la unificación italiana sino de la diáspora judía, pero no hay que hacer grandes esfuerzos para imaginar la reacción del público al escuchar Oh mia patria sì bella e perduta! Es hasta cierto punto cuestionable la calidad musical del Va,

pensiero, del coro de los esclavos, porque durante dieciséis compases todos cantan una misma nota, al unísono. ¿Falta de inspiración o, tal vez, una forma de recordarnos que el sufrimiento humano es igual para todos? Yo lo tengo claro. Espero que la celebración de los bicentenarios sirva, más allá de las comparaciones insulsas pero peligrosas entre los legados de estos dos genios, para reflexionar sobre el devenir de nuestra querida Europa. Porque mientras las naciones del norte imponen los criterios de su cultura industrial los países mediterráneos no vemos la manera de sobrevivir a nuestra cultura humanística, que está,

como exigen estos tiempos bursátiles, condenada al fracaso. ¿Es necesario recordar que, cuando Italia y España eran los países más evolucionados del mundo, el norte de Europa estaba poblado de bárbaros? ¿Llegará el momento de cuantificar la fortuna democrática, cultural y filosófica que Alemania le debe a Grecia? A mis 71 años estoy convencido de que no hay ópera más bella que La traviata ni personaje más moderno que Violetta Valéry. Llevo más de cuarenta años de profesión y aún no consigo explicar a mis alumnos cómo interpretar a Rigoletto. Quizá porque Verdi no se enseña ni se ensaya. Se vive.


Egipto

¿LA ARGELIA DE HACE 20 AÑOS? Tica Font*

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a brutalidad de la represión militar en Egipto hace pensar en la posibilidad, cada vez más cercana de que suceda algo similar a lo que sucedió en Argelia entre 1992 y 1995. En Argelia en 1992 ganó las elecciones un partido islamista, el Frente Islámico de Salvación (FIS), en aquel momento los militares argelinos dieron un golpe de estado, optando por encarcelar a los principales líderes islamistas, ganadores de las elecciones, no permitiendo que estos gobernaran. Las protestas de los islamistas, vencedores electorales, se saldaron con una fuerte represión militar. Fuera como fuera, los militares, con el beneplácito de las potencias occidentales, especialmente Francia, no iban a permitir un gobierno islamista. Esta represión comportó que muchos jóvenes optaran por la violencia y se alistaran en el Movimiento Islámico Armado, se calcula que este grupo contaba con unas 30.000 personas armadas combatiendo contra los militares y grupos paramilitares. A lo largo de la década de los 90 murieron más de 150.000 personas en Argelia. Los militares egipcios al igual que los militares argelinos controlan una buena parte de la economía del país, es por ello que la cúpula militar acepta un gobierno no

militar siempre y cuando no ponga en peligro ni sus negocios, ni su manera de llevarlos a cabo, ni su supremacía de ser los garantes y controladores del poder político en la sombra. Hace dos años, con el estallido de las primaveras árabes, aceptaron dejar el poder político, aceptaron dejar caer a Mubarak y confiaron en que el nuevo gobierno salido de las urnas no pondría en peligro sus intereses. Los Hermanos Musulmanes ganaron las elecciones con un 51% de los sufragios, pero no se mostraron dispuestos a consensuar, con las otras fuerzas políticas los cambios a llevar a cabo. Cada grupo político o social, aspira a un modelo social, pero parece ser que los Hermanos Musulmanes no están dispuestos a negociar o a pactar con el resto de grupos sociales como tiene que ser el Egipto del futuro. Ahora bien, la intransigencia política no justifica un golpe de estado ni la represión violenta, la actuación que están teniendo los militares puede comportar que la frustración entre los seguidores más radicales de los Hermanos Musulmanes se canalice en la creación de algún grupo armado nuevo o bien que tome más fuerza grupos que se mueven bajo la franquicia de Al Qaeda, uniéndose a los grupos cercanos que se mueven por el Sahara y conduzca a una guerra civil. Este seria el peor de los escenarios, un espiral continua de violencia y contraviolencia, en donde

CORREO del SUR Director General: León García Soler

las victimas mayoritarias, seria la sociedad civil Ante este escenario Obama antepone sus intereses geopolíticos a la situación que pueda provocarse en un futuro no lejano. Para Obama asegurar su paso por el estrecho de Suez, que se mantengan los acuerdos de paz Egipto – Israel y restar influencia a Arabia Saudí o Catar en la zona son prioritarios. Esta es la razón por la que 25% de la ayuda militar estadounidense tiene como destino las fuerzas armadas egipcias, en el 2012 recibieron 1.500 millones de dólares en ayuda militar, no solamente financian al ejército sino que también instruyen a los propios militares. Egipto es el principal receptor, después de Israel, de fondos bilaterales militares, pues bien Obama no ha modificado su política de apoyo militar ni ha anulado o retardado las previstas exportaciones de armas a Egipto, 20 aviones de combate F-16 o 1.200 tanques M1A1 Abrams. Para Obama y otros gobiernos occidentales o de la zona, prefieren a unos militares golpistas, prefieren no presionar antes que ver que el ejército egipcio desplaza su influencia hacia Rusia, China, Arabia Saudita o Catar. 19 ago 2013 *La autora es Directora del Instituto Catalán Internacional por la Paz y miembro del Centre Delás d’Estudis per la Pau

Suplemento dominical de Director: Adolfo Sánchez Rebolledo

Diseño gráfico: Hernán Osorio


Correo Del Sur No 349