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Número 369 Enero 12, 2014

Estados Unidos: el desempleo por las nubes El gran malestar continúa Estampas del Cono Sur Sobre las “culpas” del TLCAN La vejez, momento de la vida


CORREO del SUR

2 Domingo 12 de enero de 2014

Amy Goodman

A

my Goodman y Denis Moynihan // ¿De verdad deseamos comenzar el nuevo año retirando el seguro por desempleo a más de un millón de estadounidenses que perdieron su trabajo? El acuerdo presupuestario aprobado por ambos partidos en el Congreso y promulgado por el Presidente Barack Obama en la última semana del año protege el gasto militar pero promete empujar a quienes se encuentran en la situación más desesperada de nuestra economía a pasar aún por más dificultades financieras, obligando así a cientos de miles de familias a vivir por debajo de la línea de pobreza. La actual tasa de desempleo prolongado en Estados Unidos es la más alta que se haya registrado desde la Segunda Guerra Mundial, mientras que el porcentaje de personas que perciben prestaciones por desempleo se encuentra en su punto más bajo en la historia. Al mismo tiempo, los banqueros de Wall Street no paran de descorchar botellas, para celebrar un año excepcional para la bolsa de valores. Mientras que los agentes de bolsa esperan sus gratificaciones de fin de año, muchos desempleados más irán a hacer fila para recibir asistencia social. “Se trata, para nuestra economía, de una decisión equivocada en el momento equivocado”. Estas son palabras de Imara Jones, que trabajó para la Casa Blanca en el área de comercio internacional durante el gobierno de Clinton y actualmente escribe sobre justicia económica para el sitio Colorlines.com. “El seguro de desempleo es en realidad un estímulo para la economía, a la que, de hecho, le aporta mucho. Por cada dólar que se entrega a alguien por seguro de desempleo se genera un dólar y sesenta centavos en actividad

Estados Unidos: el desempleo por las nubes económica”. La gente que vive económicamente al límite gasta lo que tiene para sobrevivir, pero quienes se encuentran en los estratos más altos de la sociedad, el 1% de más arriba, puede tomar sus ganancias y guardarlas o ponerlas en una cuenta en el exterior. Históricamente, el programa de seguro de desempleo otorgaba a los trabajadores que pierden su empleo por motivos ajenos a su responsabilidad 26 semanas de pago en reemplazo del salario. La extensión de los beneficios promulgada por el Presidente George W. Bush prolongó el período de tiempo a 99 semanas. En promedio, los subsidios ascienden a sólo 300 dólares por semana. Según el periódico The Washington Post, la búsqueda de empleo lleva en promedio unas 35 semanas, por lo que las 26 semanas que se otorgan en la actualidad generarán una carga adicional de stress a familias que se encuentran ya en dificultades. El Congreso podría renovar la extensión del subsidio por desempleo. El Senador demócrata de Rhode Island Jack Reed y el

Senador republicano de Nevada Dean Heller presentaron un proyecto de ley por el que se mantendría la extensión de las prestaciones durante tres meses más. En un comunicado de prensa, Heller expresó: “Brindar una red de seguridad a quienes lo necesitan es una de las funciones más importantes del gobierno federal. La tasa de desempleo de Nevada se mantiene entre las más altas del país, por lo que muchas personas y muchas familias de mi estado no saben cómo van a hacer ahora para satisfacer sus necesidades básicas”. A pesar de que esta propuesta proviene de legisladores de los dos principales partidos, se espera que los republicanos la bloqueen cuando se someta a votación de procedimiento alrededor del 6 de enero, salvo que se logre convencer a otros cinco senadores republicanos de que la apoyen. Aunque el proyecto fuera aprobado por el Senado, debería luego enfrentarse a la Cámara de Representantes, la cual se encuentra bajo control de los republicanos, que en general se muestran hostiles a este tipo de extensión.

En el otro extremo de la economía, se espera que una reunión de fin de año de la bolsa de valores defina las inmensas gratificaciones que se prepara a entregar Wall Street a sus ejecutivos. Según trascendió, las compañías más grandes de Wall Street destinaron más de 91.000 millones de dólares a los pagos extras de fin de año. En respuesta, un grupo activista llamado The Other 98% (El otro 98 %) lanzó una petición en la que llama a los empleados del Chase Bank, el Citigroup, Wells Fargo, Goldman Sachs, Morgan Stanley y Bank of America a donar sus gratificaciones de fin de año a los diez millones de estadounidenses desplazados por la crisis inmobiliaria. Alexis Goldstein trabajó durante años en Wall Street y actualmente es la directora de comunicaciones del grupo The Other 98% (El otro 98 %). Durante un programa de Democracy Now! nos dijo: “Proponemos que se destinen 60.000 millones de dólares del dinero de Wall Street para financiar por dos años algo llamado Fondo Fiduciario Nacional de Vivienda. Se trata de un programa que fue

creado por George Bush en el año 2008. Es un programa que, de obtener una financiación de 30.000 millones de dólares por diez años, podría poner fin a la situación de calle en Estados Unidos”. Goldstein señala que las gratificaciones se financian básicamente con fondos públicos, dado que los bancos de Wall Street obtienen fondos de la Reserva Federal a tasas de interés muy bajas. Según dijo además, estos bancos pueden permitirse otorgar gratificaciones gigantescas porque, en sus palabras, “continúan cometiendo delitos muy rentables. Este año se llegó a un acuerdo millonario con JP Morgan. Fue un acuerdo por 13.000 millones de dólares, a consecuencia de hipotecas fraudulentas que vendieron durante la crisis inmobiliaria, hipotecas muy sospechosas presentadas de manera engañosa. Los inversores perdieron 26.000 millones de dólares en eso. Por lo que 13.000 millones suena como un gran acuerdo, pero en realidad es sólo una parte del dinero que perdió esa gente”. Goldstein mencionó también un acuerdo de 300 millones de dólares por manipulación de tarifas de electricidad en California. El problema de la desigualdad ingresó al debate nacional gracias al activismo del movimiento Occupy Wall Street. Su fría realidad económica comenzó a azotar esta semana a más hogares estadounidenses tras el vencimiento de las prestaciones por desempleo. El Congreso puede y debería renovarlas. Que lo haga depende de que haya gente que haga oír su voz. Democracy Noe. 4 enero de 2014 © 2014 Amy Goodman Texto en inglés traducido por Fernanda Gerpe. Edición: María Eva Blotta y Democracy Now! en español, spanish@democracynow.org.


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El gran malestar continúa

Joseph E. Stiglitz

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ueva York. Escribir el resumen de cada uno de los años transcurridos durante el medio decenio que comenzó a partir de la erupción de la crisis financiera mundial en 2008 ha resultado –y sigue resultando– deprimente. Sí, nos libramos de una Gran Depresión II, pero sólo para acabar en un gran malestar, con ingresos apenas en aumento para una gran proporción de los ciudadanos de las economías avanzadas. En 2014 podemos esperar más de lo mismo. En los Estados Unidos, ha continuado la disminución, al parecer inexorable, de la media de los ingresos; en el caso de los trabajadores masculinos, han bajado hasta niveles inferiores a los alcanzados hace más de 40 años. En 2013, ha acabado la doble recesión de Europa, pero nadie puede afirmar responsablemente que tras ella haya habido una recuperación. Más del 50 por ciento de los jóvenes de España y Grecia siguen desempleados. Según el Fondo Monetario Internacional, España seguirá padeciendo en los años futuros un desempleo superior al 25 por ciento. El auténtico peligro para Europa es el de que se instale una sensación de complacencia. Durante el transcurso de este año, hemos podido notar que en la zona del euro se aminoraba el ritmo de las reformas institucionales decisivas. Por ejemplo, la unión monetaria requiere una unión bancaria real –incluida no sólo una supervisión común, sino también el seguro común de depósitos y un mecanismo común de resolución– y unos eurobonos –o algún medio similar para la mutualización– de la deuda. La zona del euro no está más próxima a adoptar esa medida que hace un año.

También hemos notado un compromiso renovado con las políticas de austeridad que provocaron la doble recesión de Europa. El continuo estancamiento de Europa ya es grave, pero sigue existiendo un riesgo importante de otra crisis en otro país más de la zona del euro, si no el próximo año, en un futuro no demasiado lejano. La situación es sólo ligeramente mejor en los Estados Unidos, donde una divisoria económica en aumento –con mayor desigualdad que en ningún otro país avanzado– ha ido acompañada de una profunda polarización política. Hemos de esperar que los lunáticos del Partido Republicano que forzaron un cierre del

gobierno y llevaron al país al borde de la suspensión de pagos decidan no repetir semejante hazaña. Pero, aun cuando lo hagan, la probable contracción que causará la siguiente ronda de austeridad, que ya ha costado entre uno y dos puntos porcentuales del crecimiento del PIB en 2013, significa que éste seguirá siendo anémico, apenas suficiente con miras a crear puestos de trabajo para quienes entran por primera vez en el mercado laboral. Un dinámico Silicon Valley en el que reina la elusión fiscal y un sector próspero de los hidrocarburos no son suficientes para compensar el peso de la austeridad. Así, pues, si bien puede haber alguna reducción de las compras de activos a largo plazo por la Reserva Federal (la llamada relajación cuantitativa o RC), hasta 2015, como muy pronto, no se espera una modificación de los bajísimos tipos de interés. No sería sensato poner fin ahora a los tipos de interés bajos, aunque es probable que la RC haya beneficiado sólo ligeramente a la economía de los EE.UU. y puede haber aumentado los riesgos en el extranjero. Los temblores en los mercados financieros mundiales por los debates habidos en 2013 sobre la eliminación progresiva de la RC han puesto de relieve el grado de interdependencia de la economía mundial. Así como la introducción de la RC impulsó la apreciación de la divisa, el anuncio de su posible fin desencadenó la depreciación. Lo bueno fue que la mayoría de los países en ascenso fuertes habían acumulado grandes reservas de divisas y tenían unas economías lo bastante sólidas para resistir el golpe. Aun así, la desaceleración del crecimiento en las economías en ascenso fue decepcionante... tanto más cuanto que es probable que continúe a lo largo de 2014. Cada uno de los países produjo su propio relato: por ejemplo, se atribuyó la contracción de la India a los problemas políticos en Nueva Delhi y a la preocupación del banco central por la estabilidad de los precios (aunque apenas había razones para creer que un aumento de los tipos de interés pudiera influir en gran medida en el precio de las cebollas y los demás artículos subyacentes a la inflación india). Los disturbios sociales en el Brasil re-

velaron con claridad que, pese a los notables avances logrados en la reducción de la pobreza y la desigualdad en el último decenio, al país le queda aún mucho por hacer para lograr una prosperidad ampliamente compartida. Al mismo tiempo, la ola de protestas reveló la influencia política en aumento de la clase media en desarrollo del país. La desaceleración del crecimiento de China tuvo repercusiones importantes en los precios de los productos básicos y, por tanto, en los exportadores de ellos en todo el mundo, pero hay que ponerla en perspectiva: incluso su menor tasa de crecimiento es la envidia del resto del mundo y sus medidas para hacer más sostenible su crecimiento, aunque en un nivel algo menor, serán a largo plazo beneficiosas para ella y para el mundo. Como en años anteriores, el problema fundamental que ha perseguido a la economía mundial en 2013 ha seguido siendo una falta de demanda agregada. Eso no significa, naturalmente, que deje de haber necesidades reales... de infraestructuras, por poner un solo ejemplo, o, más ampliamente, de reequipamiento de todas las economías para afrontar las amenazas del cambio climático, pero no parece que el sistema financiero privado del mundo pueda reciclar los superávits planetarios con miras a satisfacer dichas necesidades y la ideología prevaleciente nos impide pensar en la posibilidad de que se adopten disposiciones substitutivas. Tenemos una economía mundial de mercado que no funciona. Tenemos necesidades no atendidas y recursos infrautilizados. El sistema no está produciendo beneficios para grandes segmentos de nuestras sociedades y la perspectiva de mejoras importantes en 2014 –o en un futuro previsible– no parece realista. No parece que el sistema político tenga capacidad para introducir, en los niveles nacional y mundial, las reformas que podrían crear perspectivas para un futuro mejor. Tal vez la economía mundial obtenga unos resultados un poco mejores en 2014 que en 2013 o tal vez no. Vistos en el marco más amplio de la continuación del gran malestar, se llegará a considerar los dos años como una época de oportunidades perdidas. http://www.josephstiglitz.com/


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Estampas del Co

Víctor Orozco Cuando veas las barbas de tu vecino cortar...” uenos Aires está indignada y exasperada. Una ola de calor sorprendió a sus habitantes y les puso de manifiesto que muy pocas cosas de las empresas proveedoras de electricidad funcionaban: infraestructura obsoleta, producción insuficiente, subsidios oficiales malversados. (A contrapelo, las multimillonarias utilidades de los dueños marchan viento en popa). Todo se traduce en un hecho simple y llano: cientos de miles de residentes asándose en edificios sin luz, sin elevadores y sin agua. Ancianos o impedidos atrapados en sus departamentos como hornos. Hombres y mujeres bajan para ponerse de acuerdo con los vecinos de su cuadra y organizar piquetes que cortan las calles y avenidas como única forma de protestar. Se forman kilométricas colas de automóviles desviados de su curso, porque apenas sortean una barricada, aparece otra diez o quince manzanas adelante. Una anciana nos cuenta con angustia en el vestíbulo del hotel: tengo aquí ocho días y no sé para cuánto me alcance más, pero no puedo regresar a mi casa. Otra llora ante las cámaras porque su perra se le murió de calor y sed. Una profesionista nos informa cómo en los años noventa se privatizó la electricidad, bajo los convincentes argumentos de que bajarían las tarifas, se terminarían las corruptelas y se modernizarían instalaciones. Hoy la sola palabra “privatización” causa escalofríos a los argentinos, a la vista de los resultados: aumentaron los precios, hay desabasto y un modesto intento de recuperar el control de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, la antigua empresa petrolera nacional, tiene en jaque a las finanzas públicas, pues la trasnacional Repsol, que ofreció el oro y el moro cuando se le vendió de ganga, reclama 48 mil millones de dólares por indemnización, a pesar de que incumplió su oferta de invertir en la infraestructura y tecnología de la industria. Por eso, varios interlocutores me dicen convencidos, que los mexicanos caminamos al revés y otro más gráficamente afirma que nos estamos ahorcando solos. Pienso en ello y me asaltan las interrogantes: ¿Por qué en México los resultados de la reforma energética deberían ser otros?. ¿Hay algo que distinga la política instrumentada hace veinte años por Menem de la actual ejecutada por Peña Nieto?. ¿Será que los barones del capital sacrificarán sus dividendos para beneficiar a los consumidores o proteger los recursos naturales?

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¿De dónde las naciones y las patrias? A Europa se le concibe ahora como una vecindad, con un patio común y muchos residentes habitando departamentos con grados distintos de confort, mobiliario o equipamiento. Los vecinos pueden visitarse sin mayores restricciones y a veces hacer en la casa ajena lo que les está prohibido en la propia, como casarse con una persona del

mismo sexo o suspender un embarazo no deseado. Las fronteras desde luego no han desaparecido, ni es probable que se esfumen en tiempos próximos o lejanos. Esta especie de condominio ha sido la resulta de siglos, durante los cuales, los pueblos europeos se desangraron en ciclos de guerras interminables. Quizá resurjan estas carnicerías, pero hasta hoy han encontrado remedios para impedirlas, al menos en gran escala. Asocio esta reflexión con las fronteras latinoamericanas, formado en una hilera para tramitar el cruce de Chile hacia la Argentina, cerca del paso llamado Cristo

Redentor ubicado en la espina de los Andes. Un oficial chileno recibe el pasaporte, lo sella y se lo pasa al argentino sentado unos centímetros enseguida, en la misma caseta, pero con diferente ventanilla, donde uno recoge el documento con la nueva autorización. Luego, en unas mesas chaparras los agentes aduanales argentinos revisan todo el equipaje. Se entretienen con una señora que ha batallado desde Santiago con una gran pantalla, a quien interrogan sobre la factura y el precio. Una hora después, ya estamos de nuevo en el micro, como le dicen los argentinos o bus, como le llaman los chilenos. Bajamos por

la pendiente oriental de la cordillera, larga y suave, a diferencia de los pronunciados “caracoles” del oeste. Todas las naciones latinoamericanas se parecen. A donde uno vaya encuentra historias similares. Entre las que guardan mayores semejanzas se encuentran las del Cono Sur. Chile y Argentina en especial, reconocen por origen la misma rama del viejo tronco iberoamericano. El general José de San Martín es héroe-fundador de ambas naciones. Hábitos, modismos, actitudes comunes resaltan de inmediato a los ojos de un observador. Sin embargo, varias veces han estado estos pueblos a


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ono Sur

punto de irse a la guerra, conducidos por oligarcas, dictadores y militares buscadores de glorias. También, desde luego, de riquezas y privilegios. ¿Seremos los latinoamericanos capaces algún día de borrar los pasos fronterizos para constituir la Patria Grande a la que se refería Martí? ¿Podremos sacudirnos a los parásitos, nacionales y extranjeros que usufructúan el trabajo y los recursos de nuestras naciones, manteniéndolas separadas?. Mis ligas con Chile Caminamos por los hermosos campos de la Universidad de Concepción y busco una

placa conmemorativa de la cual tengo una vaga noticia. Por fin estamos frente a ella. Así dice: “Homenaje de la comunidad penquista a los estudiantes de la Universidad de Concepción víctimas de la dictadura militar 1973-1990”. Luego está un verso de Pablo Neruda: “Aunque los pasos toquen mil años este sitio/no borrarán la sangre de los que aquí cayeron/Y no se extinguirá la hora en que caísteis,/aunque miles de voces crucen este silencio/La lluvia empapará las piedras de la plaza/pero no apagará vuestros nombres de fuego”. Enseguida, agrupados en las escuelas o facultades a las que pertenecieron se enlistan sesenta y seis nombres. Más adelante otra leyenda: “Hay que sacarse la rabia del cuerpo, arrancársela del pellejo y de los huesos, hay que transformarla en arma de victoria, en lanza inclemente contra la mentira, en adarga humana frente a la injusticia”. Suscriben el homenaje la Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción y la Agrupación Nacional de Estudiantes Sancionados. Al igual que la generación anterior fue marcada por la derrota republicana en España y el ascenso del fascismo, la nuestra resintió profundamente la caída del gobierno de la Unidad Popular en Chile. El gobierno de Salvador Allende había concitado esperanzas gigantescas en la posibilidad de alcanzar la justicia social y la igualdad por la vía pacífica. Hacia 1973 y 74, los universitarios mexicanos admirábamos la resistencia y los actos de heroísmo de los chilenos, en especial los de Concepción. Y nos producían una gran congoja los informes sobre nuevos caídos. Por aquella época, me iniciaba en escribir editoriales para la prensa diaria en el periódico Norte de la ciudad de Chihuahua, que dirigía Don Luis Fuentes Saucedo. El 12 de septiembre de 1973, un día después del golpe de estado, publiqué el artículo “Salvador Allende Asesinado”, en el cual expresaba una firme confianza en que los fascistas no pasarían, haciendo eco de la consigna de La Pasionaria en Madrid. Recuerdo bien la circunstancia porque lo escribí en una celda de la Penitenciaria de Chihuahua, donde estaba preso a causa de mi participación en el movimiento universitario y popular de ese tiempo. Un par de años después, nació mi segundo hijo y yo estudiaba una maestría en la UNAM. En alguno de los seminarios fui compañero de Isabel Allende hija del presidente chileno. Con el niño en los brazos un día le dije: “Mira, te presento a este hombre que se llama Salvador en honor a tu padre”. Editábamos entonces El Martillo y escribía en Punto Crítico, publicaciones donde se incluían con frecuencia textos sobre el debate en torno a la vía chilena al socialismo y a las formas de lucha contra las dictaduras. Son algunas de las razones por las cuales buscaba la placa en la Universidad de Concepción y también el monumento a Salvador Allende frente al Palacio de la Moneda, donde se suicidó, sin claudicar.

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Sobre las “culpas” del TLCAN Antonio Gazol Sánchez

Quizá por esa curiosa atracción que ejercen las efemérides, a los veinte años de haber entrado en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte están empezando a proliferar notas, comentarios, análisis de todo tipo relacionados con el acontecimiento. Estas líneas obedecen a esa (llamémosle) tradición. ¿Un Tratado aislado? ara algunos, el TLCAN es la causa, el origen de (todos) los males que aquejan a la economía mexicana y la solución de estos ha de pasar por la desaparición de este instrumento (si bien no faltan los que se limitan a sugerir, sin precisar, la conveniencia de “renegociarlo”); otros, en cambio, lo consideran un éxito que ha permitido a México estar en los primeros lugares de la jerarquía de las potencias exportadoras mundiales con todo lo que ello implica de modernidad y capacidad competitiva. Muchos de los que se alinean en esta última corriente suelen afirmar que si los éxitos no han

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alcanzado los niveles supuestos veinte años atrás, se debe a que el ejercicio del Tratado no ha sido acompañado por otras decisiones de política en diversos ámbitos de la economía. Estas apreciaciones, las que le cargan todas las culpas o las que le atribuyen importantes logros, coinciden en dos aspectos: primero, en la visión maniquea de la política económica y, segundo, en la tendencia a concebir al TLCAN como un fenómeno aislado, desprovisto de contexto, lo que conduce, a su vez, a entender y explicar la economía mexicana en térmiA PÁGINAS 6 Y 7


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Sobre las “culpas” del... DE PÁGINA 5

nos sumamente simples: una, antes del TLCAN y otra, después del TLCAN. Daría la impresión de que antes del TLCAN, los problemas, en caso que existiesen, tenían solución o estaban en vías de encontrarla, pero después del TLCAN todo se ha descompuesto (precisamente a causa del Tratado). En esta visión, repito, maniquea, el campo mexicano era próspero y no se importaban alimentos, la industria funcionaba de manera aceptable, el desempleo y la informalidad estaban bajo control, solo algunos (los amargados que nunca faltan) se quejaban de la desigualdad y la injusticia sociales, y el estado general de la macroeconomía era garante de un mejor futuro; después del TLCAN, todo ha cambiado…, y para mal: al Tratado (solo al Tratado) obedecen el mal desempeño de la economía, la no autosuficiencia alimentaria, el menor ritmo en la expansión industrial, las grandes masas de desempleados, subempleados e informales, la profundización de las desigualdades (que ya no solo perciben esos amargados sempiternos) y que el estado de las grandes cuentas económicas se hubiere convertido en el principal centro de ocupación y preocupación de los responsables de la política económica. Y, por supuesto, no necesariamente es así. El Tratado no puede verse ni evaluarse como un fenómeno aislado, sino que debe ubicársele en el marco de una política económica orientada por la retracción del Estado, por el privilegio del mercado, por la desregulación y la privatización y, en especial, por la apertura ante el exterior; en una palabra el Tratado forma parte de una política económica derivada de una concepción de la sociedad y de la economía identificada como neoliberalismo. Pero éste, el neoliberalismo, no nació, en el caso mexicano, con el TLCAN; había iniciado, al menos, diez años antes cuando los hacedores de la política económica no pudieron (o no supieron o no quisieron) encontrar alternativas al esquema de sustitución de importaciones con proteccionismo y fuerte intervencionismo estatal que tan buenos resultados (con grandes y graves expresiones de injusticia y desigualdad social, sin duda) había registrado al cabo de treinta años de funcionamiento. Esta política empezó a mostrar sus primeros síntomas de agotamiento a finales de los 60 (el Movimiento del 68, así con mayúscula, fue un claro signo de ello); durante la década del 70 y el principio de los 80 se intentaron cambios, pero fueron insuficientes o inadecuados, y hacia la segunda mitad de esta última década el terreno estaba abonado para el gran cambio, que, en rigor, significó un salto hacia al vacío. Un buen ejemplo de este cambio de concepciones está constituido por el proceso seguido para el ingreso de México al GATT: en 1979 y 1980, en el entorno de una política de “racionalización del proteccionismo”, se suscitó un gran debate nacional en medios políticos, académicos, profesionales, sociales, empresariales sobre la adhesión a este acuerdo, al cabo del cual se decidió no aceptar la invitación que le había sido formulada al gobierno de México. En contraste, cuando en 1986, después de dos años de intensa y acelerada apertura comercial frente al exterior, se produjo (a petición de México) el acceso de nuestro país al GATT las manifestaciones en contra fueron limitadas y sin fuerza: ¡en poco menos de seis años habían cambiado la percepción de la sociedad y, sobre todo, la orientación de las au-

toridades! Es necesario tener presente que México no abrió su economía por haber ingresado al GATT, sino que ingresó a éste porque ya había abierto, o estaba abriendo, su economía. Baste recordar que México se comprometió, al ingresar al GATT, a mantener un tope arancelario máximo del 50 por ciento, cuando ya el promedio de los impuestos a la importación realmente aplicados por las autoridades era inferior al 25 por ciento. Conocer, pues, esta relación de causalidad es de gran importancia para entender lo que vendría después. Es historia ampliamente conocida que la iniciativa para suscribir el TLCAN surgió del gobierno mexicano y que su origen se halla en la percepción del ex presidente Salinas (así lo relata en sus Memorias), en ocasión de un viaje por Europa previo al Foro Económico Mundial de Davos de 1990, en el sentido de que de sus conversaciones con algunos líderes europeos derivó la convicción de que los cambios de política económica y de política internacional emprendidos por la administración anterior, continuados y reforzados por la suya propia, solo serían verdaderamente “valorados” por el mundo si México “formalizaba” sus relaciones con Estados Unidos. Es decir, los cambios ya habían iniciado, ya eran parte de la vida económica de México, ya eran la premisa de la que partían todas las acciones gubernamentales y en la que se sustentaban las decisiones del sector privado,…, y todo había empezado a mediados de los 80. No constituye ningún secreto la anécdota sobre la pretensión de los negociadores mexicanos del TLCAN que durante el proceso plantearon, sin éxito, que Canadá y Estados Unidos otorgaran concesiones arancelarias en pago, o compensación, a la apertura que México ya había realizado, en pleno ejercicio de su soberanía, durante los años anteriores. Consecuentemente, en todo caso podría admitirse que el TLCAN contribuye a institucionalizar, no a inaugurar, una orientación de la política económica, pero hasta ahí. Lo que debería evaluarse, por tanto, son esa orientación y esa política, y sus resultados. Así la evaluación es muy simple porque basta con comparar las tasas de crecimiento de la economía al cabo de los treinta años transcurridos entre 1982 y 2012 con las registradas entre 1952 y 1982. La diferencia es abismal en contra

de la nueva orientación y de la nueva política que, insisto, son anteriores al Tratado al que ahora se culpa de todos los males: entre 1952 y 1982 la economía mexicana creció a una tasa media anual de 6.2 por ciento; entre 1982 y 2012 creció a una tasa media anual de 2.4 por ciento. ¿No es una evaluación suficiente de los resultados de toda una política? (Es posible que en el colmo de la falta de sentido crítico haya quien sostenga que entre 1994 y 2013 la tasa de crecimiento medio anual fue de ¡2.8! por ciento, cuatro décimas de punto menos mala que la de los treinta años completos). Exportaciones e inversión extranjera, ¿dos éxitos? De otra parte, los panegiristas acríticos del TLCAN, que parecen olvidarse de los datos anteriores, sostienen que su éxito se pone de manifiesto por el aumento de las exportaciones y el mayor flujo de inversiones extranjeras directas que eran, dicen, sus objetivos (¿únicos?). Sí, en efecto, las exportaciones mexicanas han crecido de manera notable (se han multiplicado por 7 durante la vigencia del Tratado), pero ocurre que México es posible que sea de los pocos países (si es que no es el único) en el que un aumento de las ventas al exterior ha corrido paralelo con menores ritmos de crecimiento económico: cuando “todo se hacía mal” y las exportaciones eran reducidas, México crecía; cuando “todo se hace bien” y las exportaciones son mayores, México se estanca y registra un desempeño mediocre. Y ello ocurre con el TLCAN

y a pesar del TLCAN, porque la expansión de las exportaciones no es atribuible a éste, sino a la reconfiguración de las cadenas productivas en el ámbito mundial que, para el caso de México, se refleja en una perversa combinación de dos factores igualmente perversos: los bajos salarios y el elevado contenido importado de las exportaciones (se estima en cerca del 80 por ciento), lo que hace que el sector exportador no esté vinculado con el resto de la economía mexicana y, en la menos mala de las hipótesis, solo hubiere propiciado la creación de enclaves regionales que mantienen una limitada, casi nula, relación con el funcionamiento de los demás agentes económicos. No es válido el argumento, en apoyo a la tesis sobre el éxito del Tratado, sobre el mayor nivel de los salarios pagados por las empresas exportadoras, porque la comparación no debe hacerse respecto del nivel salarial interno, sino en relación con el prevaleciente en los países a los que se exporta, puesto que de otra manera lo que se está sosteniendo es que si México pretende mantenerse como importante nación exportadora debe cuidar, como objetivo de política económica, que sus salarios no crezcan; ¿de eso se trata?, ¿de esa manera se alcanza la codiciada competitividad?, ¿así se entiende el camino al desarrollo?. Al cabo de veinte años, y desde antes, se ha diluido el efecto dinamizador de las exportaciones al mercado estadounidense que pudo haber tenido el Tratado, y otros países, sin tratado y sin vecindad, han des-


CORREO del SUR plazado a México como proveedor, lo que no solo pone en evidencia, de nuevo, al sector privado mexicano, sino también, y principalmente, al gobierno que no ha hecho nada al respecto. Finalmente, durante estos veinte años, no ha cambiado en lo sustancial la composición de las exportaciones mexicanas. Descontadas las de petróleo, las exportaciones de manufacturas se concentran en las provenientes de la industria maquiladora y de la industria automovilística (ambas establecidas en México desde los años 60). Las de la industria maquiladora porque la obligación de ésta es exportar (con o sin tratado), y las de la industria automovilística porque son producto del mandato impuesto a las armadoras por el gobierno mexicano (cuando “hacía todo mal”) y no se deben ni a la expresión de las fuerzas del mercado ni al Tratado. En cuanto al crecimiento registrado en la inversión extranjera directa llegada al país y que se atribuye al Tratado pueden ser pertinentes dos reflexiones: la primera, que ese celebrado incremento en el flujo (se ha multiplicado por diez), obedece, como en el caso de las exportaciones, a la ya mencionada reconfiguración espacial de las cadenas productivas que se une a la vecindad entre Estados Unidos y México lo que, con o sin Tratado, hace de éste un destino atractivo para las grandes multinacionales; y la segunda reflexión consiste en que no estorbaría investigar cuánto de esa nueva inversión extranjera se ha limitado a adquirir empresas preexistentes, es decir, centros generadores de empleo que ya funcionaban y, en consecuencia, en poco contribuye la creciente corriente de inversión a la creación de nuevas fuentes de trabajo. Pero, es necesario insistir, que ello suceda en los espacios aparentemente exitosos (exportaciones e inversiones extranjeras) no es responsabilidad del TLCAN sino de la política económica de la que forma parte y de las circunstancias en las que se desenvuelve la economía internacional. ¿Objetivos cumplidos? Desde una perspectiva muy limitada podría decirse que de los seis objetivos del TLCAN señalados en el artículo 102, cinco se han cumplido, o se están cumpliendo razonablemente, en términos generales (eliminación de obstáculos al comercio, promoción de condiciones de competencia leal, aumento en las oportunidades de inversión, creación de procedimientos para la administración del Tratado y la solución de controversias, y protección de los derechos de propiedad intelectual), en

tanto que el sexto no ha registrado avance alguno (“establecer lineamientos para la ulterior cooperación trilateral, regional y multilateral encaminada a ampliar y mejorar los beneficios de este Tratado”), salvo el intento, afortunadamente frustrado de crear la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN). Sí, en efecto, se ha construido la zona de libre comercio prevista en el artículo 101 y eso era lo que en rigor se proponía el Tratado. Nada más. No obstante este balance, que alguien podría calificar como favorable, el resultado del TLCAN deja a deber si se le juzga a partir de los propósitos expresados en el preámbulo del mismo. Sí, se ha creado “un mercado más extenso para los bienes y servicios de los tres socios”; es posible que se hubieren reducido las distorsiones al comercio; se han establecido reglas claras; ha surgido un marco comercial predecible; se han desarrollado los derechos y las obligaciones de las partes en el marco del GATT. Hasta ahí. Pero desde la perspectiva mexicana, lo alcanzado en otros de los propósitos es lamentablemente pobre: no se ha contribuido al “desarrollo armónico del comercio mundial”; no se ha fortalecido la capacidad competitiva de las empresas mexicanas en los mercados mundiales (sin apoyarse, como se dijo, en los bajos salarios y en la desintegración de las cadenas productivas locales); no se ha alentado la innovación y la creatividad; no se han creado nuevas oportunidades de empleo ni han mejorado las condiciones laborales; no se ha preservado la capacidad para salvaguardar el bienestar público; no se ha promovido de manera importante y significativa el desarrollo sostenible; no ha aumentado la protección o el fortalecimiento del derecho de los trabajadores. Todo ello aparece, expreso, en el preámbulo del Tratado. Seis deficiencias graves Que el Tratado no tenga mayor responsabilidad respecto de los efectos y defectos anteriores, no significa que este instrumento no hubiere tenido consecuencias negativas, y graves, para México. Sin pretender ser exhaustivo, al menos pueden distinguirse seis de estas consecuencias. Como se ha insistido a lo largo de los años, el principal defecto del TLCAN consiste en que no reconoce la evidente asimetría entre las partes y, en consecuencia, no prevé mecanismo alguno para reducirla o, al menos, no acrecentarla. Ello ha traído como consecuencia que se cumpla una vez más la vieja sentencia que sostie-

ne que la igualdad entre desiguales acentúa la desigualdad. (No deja de llamar la atención que los otros tres tratados de libre comercio de México con países desarrollados –Unión Europea, AELC y Japón-, aun con limitaciones y de manera insuficiente, sí tomen en cuenta las diferencias de manera explícita) En segundo término, el Tratado es responsable de no poder utilizar la capacidad de compra del sector público como herramienta de política industrial (Capítulo X, en especial el artículo 1003), si bien (¿si mal?) el Comité de Importaciones del Sector Público, creado en 1959 en el seno de Bancomext, había desaparecido, por consideraciones de orden burocrático, a mediados de los 80. Ese impedimento sí es una de las más graves consecuencias del TLCAN, toda vez que el Estado renuncia a uno de los más poderosos y eficaces instrumentos de política industrial, que, además, sí que es utilizado por muchos países desarrollados. No deja de sorprender la poca, o nula, atención que los críticos del Tratado han prestado a esta severa deficiencia. Una tercera consecuencia adversa está constituida por el impedimento expreso a condicionar la inversión extranjera directa a cumplir con ciertos criterios de desempeño (Artículo 1106). Como en el caso anterior, tiene que ver con la ausencia de política industrial. (Esta ausencia, por cierto, tampoco es mandato explícito del Tratado, pero el caso es que México ya no puede echar mano de una herramienta que, bien utilizada, puede ser, y ha sido en el pasado anterior a los 80, de gran utilidad). Una cuarta consecuencia negativa es que el Tratado ha contribuido “con gran eficacia” a elevar (o a mantener, como mínimo) la concentración de las exportaciones mexicanas en un solo mercado lo que aumenta la dependencia (de todo tipo) respecto de un solo país; en lugar de diversificar el riesgo, éste se concentra; la posterior proliferación de tratados poco o nada ha servido para evitarlo o corregirlo. La quinta consecuencia negativa es que el Tratado contribuyó de manera determinante en el deterioro de la relación económica de México con América del Sur. México, al suscribir el TLCAN, violó el artículo 44 del Tratado de Montevideo de 1980 sobre la aplicación de la cláusula de nación más favorecida; una extraña cuanto barroca interpretación del artículo ha permitido a México seguir formando parte de ALADI (Asociación Latinoamericana de Integración), interpretación a la que posteriormente se acogieron otros países, como

Domingo 12 de enero de 2014

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Chile o Colombia, para firmar tratados de libre comercio con Estados Unidos; pero el daño estaba hecho. La sexta consecuencia negativa está contenida en el anexo 702.3 y ha pasado inexplicablemente inadvertida para todos los críticos y adversarios del TLCAN (especialmente entre campesinos, en particular los grupos indígenas, productores de café). Se refiere a la prohibición expresa para México y Canadá de formar parte de algún acuerdo intergubernamental en materia de café. Esta prohibición, por cierto, no alcanza a Estados Unidos. En síntesis, estas seis consecuencias negativas ya serían suficientes para descalificar al Tratado: no hace diferencia entre las Partes; impide utilizar la capacidad de compra del sector público; no puede haber política selectiva en materia de inversiones extranjeras; premia la concentración de riesgo; alejamiento de América Latina, y provoca que México no tenga posibilidad de participar en foros para la defensa de los precios del café. Pueden constituir, asimismo, el eje articulador de una real renegociación del Tratado. ¿Y el futuro? Qué se sepa, México es el único de los tres países del TLCAN que no ha realizado (al menos que sean públicos) análisis de prospectiva sobre el futuro del TLCAN; de alguna manera han trascendido trabajos sobre el tema en el Senado de Estados Unidos y en el Parlamento de Canadá, pero nada de México. En Estados Unidos y en Canadá ya se ha explorado la posibilidad de convertir la actual zona de libre comercio en una unión aduanera,…, ¿y México?. Salvo aquella frívola ocurrencia –que no ideadel TLCAN-plus no ha habido nada más. Como quiera que sea, el TLCAN, para bien o para mal, ya ha dado de sí todo lo que tenía que dar; es un instrumento agotado que en algún momento se intentó actualizar con la ASPAN (lo que hubiese resultado peor, por la informalidad en la que estaba concebida y se quería poner en práctica), pero ésta se extinguió, sin pena ni gloria, en la Reunión Trilateral de 2009 en Guadalajara. Lo importante, ahora, es ver al futuro. Los 3 000 kilómetros de frontera continuarán ahí, y la intensa relación de todo orden con Estados Unidos, también; por tanto, las preguntas a contestar son si esa relación ¿será gobernada por la inercia?, ¿por las fuerzas del mercado?, ¿por quién?, ¿cómo?, ¿hacia dónde?...., o ¿no será gobernada? Ciudad Universitaria, enero de 2014


La vejez, momento de la vida Inés Hayes En su reciente libro Según pasan los años, la vejez como un momento de la vida, la bióloga argentina Susana Sommer analiza qué clase de momento en la vida es la vejez. A lo largo de su libro, editado por Capital Intelectual, Sommer explica cómo se desarrolla el proceso del envejecimiento, pero no sólo desde un punto de vista biológico sino también social, económico y cultural, también compara en que se parece y en que difiere en hombres y mujeres. Para la autora envejecer no es un proceso individual sino que implica la responsabilidad de toda la sociedad civil y política. En Según pasan los años, usted plantea que “la probabilidad de llegar a los 100 años era 100 veces menor que en la actualidad”, la pregunta es: ¿Cómo se puede explicar el enigma de la Longevidad? El llamado “enigma de la longevidad” se refiere al aumento de la esperanza de vida y al atraso del envejecimiento. Además de alcanzar edades avanzadas, la gente logra llegar a una edad mayor con una mejor salud. Podemos suponer que la mayoría de nuestros contemporáneos vivirán más años que sus padres o abuelos. Pero, a continuación sufren un deterioro vertiginoso que significaría que no se modificó el envejecimiento: simplemente se pospuso. ¿Cuáles son, a grandes rasgos, las teorías más novedosas en torno a la generación del envejecimiento? Creo que lo más novedoso son las teorías evolutivas del envejecimiento que tratan de explicar por qué los seres vivos se debilitan con la edad y finalmente mueren. Sin embargo no hay acuerdo sobre las dis-

tintas respuestas, es decir, el origen evolutivo de la senescencia sigue siendo un problema no resuelto de la biología. Haldane y Medawar en 1952, hablaban de la teoría de acumulación de mutaciones. Enunciaron una teoría que expresaba que la selección natural, que favorece o desfavorece genes útiles o dañinos respectivamente, pierde influencia pasado el período reproductivo y como resultado de esa acumulación de mutaciones se produciría el envejecimiento. En 1957 Williams propone la teoría pleiotrópica antagonista, que sugiere que ciertos genes que pueden ser ventajosos en los primeros períodos de la vida, podrían resultar gravosos en etapas ulteriores. Esto implicaría la existencia de genes, que promoverían un aumento de la fertilidad en la juventud, y que contribuirían al envejecimiento en una etapa posterior de la vida. Un ejemplo de este tipo de efecto en el reino animal es lo que sucede en la fecundación de la abeja reina, donde después del vuelo nupcial y fertilización de la reina, consumada su función reproductiva el zángano muere dado que se desprende su aparato genital. En 2004, Atwood formula la teoría del ciclo de las células reproductoras donde propone que las hormonas que regulan la reproducción, promueven el crecimiento y el desarrollo en las etapas tempranas de la vida para alcanzar la reproducción. Estos niveles de hormona disminuyen lentamente en los varones y en forma abrupta en las mujeres, lo que conocemos como menopausia. Según estos autores la desregulación hormonal promueve la senescencia y podría explicar el envejecimiento de

CORREO del SUR Director General: León García Soler

los organismos con reproducción sexual. Hoy en día, con los avances científicos y médicos, la prolongación de la vida llega a límites antes desconocidos, pero se corre el riesgo de extender la vida sin garantizar condiciones dignas, ¿En qué estado está ese debate en la medicina mundial? Cuando la medicina geriátrica alarga la vida sin mejorar la calidad de la misma, realiza intervenciones que no producen beneficios significativos a los pacientes, se comienza a hablar de futilidad médica, es decir, realizar intervenciones médicas que no serán útiles ni efectivas. Aunque no podemos saber ni controlar si nuestra decadencia será mental o física podemos pensar si queremos que nos mantengan vivos a cualquier precio. No podemos modificar cuando vamos a morir, pero sí podemos pensar en decidir cómo preferimos hacerlo. Sin desmerecer los logros de la medicina, podemos opinar cuántas pruebas y estudios aceptaremos, qué técnicas consentiremos, podemos disponer mediante decisiones anticipadas o un testamento vital cuáles son los tratamientos que consideramos agresivos, inútiles o dolorosos. La prolongación de la vida de una persona que sufre puede parecer más una agresión que una bendición, como señala el Talmud : “No está bien evitar la muerte cuando es inevitable”. En los países más desarrollados el envejecimiento de la población es cada vez más acelerado, desde su visión y conocimiento, ¿cómo deberían los Estados y las Políticas Públicas atender esta cuestión? Esta etapa presenta enormes desafíos, en especial garantizar la sostenibilidad de las jubilaciones y pensiones, así como

asegurar que sistemas de salud sobrecargados se hagan cargo de un mayor número de personas que han aportado a lo largo de su vida para gozar de una vejez sin problemas. Una agenda para la vejez no puede ser reducida a temas de salud y jubilaciones, es un desafío que implica integración social, derechos y bienestar. Lo que está en juego, es la creación de nuevas instituciones sociales capaces de dar cuenta de los cambios y transformaciones del siglo XXI e involucra acciones a nivel nacional e internacional que se ocupen de la salud y el bienestar en la vejez asegurándoles a las personas mayores acceso a la atención preventiva y curativa en salud además del acceso a viviendas acogedoras en entornos adecuados. También debe tenerse en cuenta que cada vez son más los años de vida después de la jubilación lo que implica la creación de programas de inserción social sin distinciones de clase o género para un grupo cada vez más grande de la sociedad. Informes de organismos internacionales como la UNFPA (United Nations Population Fund) o el World Economic Forum, que menciono en un apéndice al final del libro, llaman la atención acerca de la velocidad del cambio y recomiendan incorporar temas de envejecimiento y estrategias de reducción de la pobreza dentro los temas de los planes de desarrollo de cada país. Señalan que la prevalencia del abuso, negligencia y violencia contra las personas de más edad son más mayores de las estimadas y plantean la necesidad de una legislación que proteja los derechos humanos.Tomado de: http://www.sinpermiso. info/textos/index.php?id=6572

Suplemento dominical de Director: Adolfo Sánchez Rebolledo

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Correo Del Sur No 369