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Número 391 Junio 15, 2014

Miguel Ángel Asturias Iván Ilich al revés

Así fue el “Maracanazo”

La paradoja de Tiananmen

Italia: El PD


2 Domingo 15 de junio de 2014

CORREO del SUR

Italia: El PD, Partido Norteamericano Luciana Castellina* l resultado italiano del voto del 25 mayo no es de los que se pueden juzgar apresuradamente. Me limito a algunas consideraciones provisionales. Mientras que los corrimientos del electorado en otros países parecen bastante legibles, los nuestros son más complicados. Por muchas razones: en primer lugar, porque han entrado en escena fuerzas que antes no existían y no sólo fuerzas que hayan aumentado o disminuido. Entre éstas pondría también al Partido Democrático (PD), que ya no es la continuación de los partidos que le han precedido. Es otra cosa, nueva: ya no es un partido de izquierdas, y tampoco lo es siquiera de centroderecha. Tampoco diría que es una reencarnación de la vieja DC: también en este partido coexistían intereses y representaciones sociales muy diversas, pero cada una de ellas tenía una fuerte connotación ideológica, contaba con una cultura específica propia y dirigentes de peso histórico. También el partido renziano (de Matteo Renzi) es un arco iris social, pero sus corrientes son bastante menos claras, tienen un peso bastante menor y escasas referencias dentro de la tradición de todas las formaciones que le han precedido en estos casi 25 años. Si hubiera que buscar una semejanza,

Si hablo del Par¬tido Demócrata norteamericano es porque el nuevo partido renziano señala, sobre todo, un tránsito decisivo a la americanización de la vida política: fuerte abstención debido a que una porción larga de la población ha quedado aislada del proceso político entendido como participación activa y, por tanto, se ha desinteresado del voto, ausencia de partidos que no sean comités electorales, personalización dictada por la estructura presidencial. El hecho de que en Italia nos estemos acercando a ese modelo es resultado del largo declive de los partidos de masas, que ha golpeado también a la izquierda, y de la reducción de la competición a los shows televisivos de líderes que, todo lo más, pueden los ciudadanos escoger con una especie de twitter: “me gusta” o “no me gusta”. Es una transformación creo que bastante grave: depaupera la democracia, cuya fuerza está en primer lugar en la politización de la gente, en el protagonismo de los ciudadanos, en la construcción de su subjetividad, que es lo contrario de delegar en blanco. Es inútil, sin embargo, llorar de nostalgia, no me parece que una democracia fuerte fundada sobre grandes partidos populares pueda volver a existir, o al menos no en las formas que hemos conocido. Antes incluso de pensar en cómo reconstruir

sufridas por la sociedad (que es mediación en nombre de un proyecto estratégico entre intereses diversos, pero específicamente representados y no un revoltijo unido por opciones falsamente neutrales). Dicho esto, creo que es necesario evitar cualquier demonización de ese 40 % y pico que ha votado al PD: no son todos berlusconianos o populistas, y estoy contenta de que de las tradicionales zonas de fuerza de la vieja izquierda histórica hayan recuperado para el PD votos que habían acabado en Forza Italia o en Grillo. Porque el voto al PD ha sido para muchos un voto para rechazar lo peor, en un momento de gran sufrimiento y confusión de la sociedad italiana. No quisiera que identificáramos a todos con Renzi, son también hijos de la historia de la izquierda. Nos toca ahora a nosotros convencer de que hay muchos otros modos de rechazar lo peor: bastante más difíciles, en tiempos más prolongados, pero bien eficaces, si no, para orientar la búsqueda de una alternativa real. Y aquí llegamos a nuestro qué hacer, el de nosotros, izquierda difusa u organizada en precarios partidos nacidos de las cenizas de otros partidos. A mí la experiencia de la lista Tsipras, no obstante los muchos errores que la han acompañado, me ha parecido positiva. Lo demuestran también los datos electorales: el resultado

diría más bien que se trata del Partido Demócrata norteamericano. Que ciertamente no se atrevería a enfrentarse abiertamente con los sindicatos a los que siempre ha estado vinculado, pero incluye desde luego en sus filas – no hay más que ver la financiación que recibe – capas de lo más diverso, por censo, poder real, cultura.

la izquierda, debemos repensar el modelo de democracia, sin abandonar el campo a quién está ya resignado al pobre escenario actual: el que Renzi nos ha ofrecido, acentuando al máximo el personalismo, el pragmatismo de corto aliento, la renuncia a la construcción de un bloque social adecuado a las transformaciones profundas

ha sido superior en todas partes a la suma de los votos de Rifondazione y de SEL [Sinistra, Ecologia e Libertà], señal de que hay fuerzas disponibles que no se han desperdiciado y de que los partidos existentes deberían estar en condiciones de unirse al pro¬ceso de reconstrucción de la izquierda italiana, evitando clausurar la búsqueda

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en los respectivos recintos. Tengamos en cuenta que estas fuerzas son mucho más numerosas que los datos electorales: allí donde se ha dado a conocer (en las grandes ciudades) la existencia de la lista de Tsipras, nuestros porcentajes han sido el doble de los cosechados en la periferia a la que no ha llegado ninguna comunicación. Entre las fuerzas agregadas a la lista Tsipras están, como sabemos, muchos de esos micromovimientos casi siempre locales, que se autoorganizan, pero siguen estando fragmentados. Son una de las riquezas específicas de nuestro país, donde hay por suerte una buena dosis de iniciativa social. Esta presencia en el territorio es la base desde la que volver a empezar, entrelazando la iniciativa de los grupos con la de los partidos y comprometiendo en la lucha por objetivos específicos y en la construcción de organismos más estables en condiciones de gestionar las eventuales victorias (pienso en la cuestión del agua, por ejemplo) también a quien ha votado al PD. Un partido en el que hay tantos que están con nosotros en muchos objetivos: el ingreso garantizado, los derechos civiles, la salvaguardia del ambiente, la representación sindical,…Acompañando este trabajo sobre el territorio con análisis, una reflexión común para combatir el primitivismo de tanta protesta, el miope “basismo” también a menudo teorizado: la izquierda tiene necesidad de representar las necesidades, pero, ojalá, también de Karl Marx para ayudar a comprender cómo satisfacerlos. Sé, por larga experiencia, en qué medida es difícil, pero pienso que no deberíamos cansarnos de volver a intentarlo. Quiero decir que la cosa más grave que podría sucedernos sería limitarse a una oposición declamatoria, o peor, refugiarse en el batiburrillo del PD pensando en que podríamos desempeñar algún papel. El PCI – permitidme este recuerdo – fue durante décadas un gran partido de oposición, pero cambió Italia en lo concreto bastante más de lo que lo hicieron los socialdemócratas desde siempre en el gobierno. Porque, pese a estar en la oposición, tenía una óptica de gobierno: lo que es como decir que se esforzó por construir alternativas, sin limitarse a prote¬stas y denuncias. Pero sobre todo porque no juzgó que fuesen las elecciones la única cita y que hacer política coincidiese con conseguir diputados o concejales. ¿Es posible, sólo para empezar, consolidar la red de los comités Tsipras? ¿Es posible que Rifondazione y SEL– a quien nadie pide de inmediato disolverse en el movimiento – se esfuercen, no obstante, en trabajar junto a ellos por un proyecto más ambicioso de izquierda? ¿Es posi¬ble comenzar a crear nuevas formas de democracia que reconstruyan la relación ciudadano- instituciones? ¿Queremos, por lo menos, intentarlo? *Luciana Castellina (1929) escritora, periodista, dirigente comunista (primero en el Partido Comunista Italiano y luego en el Partido de Unidad Proletaria) y una de las fundadoras de Il Manifesto, fue diputada en el parlamento italiano y europarlamentaria entre 1979 y 1999. Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón


CORREO del SUR Agustín Cano*

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ilantro-capitalismo: cómo los ricos pueden cambiar el mundo1 se titula el libro en que Matthew Bishop y Michael Green testimonian la vocación de los grandes poderosos del planeta por contribuir a la solución de los problemas más acuciantes de la humanidad. Como los personajes de La rebelión del Atlas (la novela de Ayn Rand dedicada a exaltar al empresario capitalista, verdadero Atlas que sostiene el mundo sobre sus espaldas) los filantrocapitalistas son exitosos, multimillonarios, capaces de toda proeza y toda belleza, y libran una guerra sin cuartel contra las burocracias estatales y los lastres de las ideologías colectivistas. La educación es uno de sus objetivos principales: “En Estados Unidos, Gates quiere transformar todo el sistema de escuelas públicas financiadas por el gobierno. Su dinero ya está cambiando las cosas, y Gates está convencido de que sólo es el principio. Por ejemplo, en la ciudad de Nueva York, Gates ha proporcionado dinero para poner en marcha docenas de pequeñas escuelas, como la Bronx Lab. Una de las cuatro escuelas nuevas que comparten el antiguo campus del Evander Childs High School (de educación secundaria), en una de las zonas más pobres de Nuevas York, que fue cerrado debido a sus niveles, siempre bajos, de resultados, la Bronx Lab abrió sus puertas en 2004. Después de tres años, un extraordinario 90 por ciento de su primera promoción de alumnos iba camino a graduarse en 2008, comparado con el índice de graduación del 31 por ciento, típico de Evander Childs. Gates cree que esta clase de éxito se puede repetir en todo el sistema educativo, en Nueva York y en toda la nación”.2 Similar melodía ha comenzado a sonar en nuestro medio a casi todo lo largo del dial. Por ejemplo, en notas como: “Invertir en educación”,3 “Emulando al Jubilar nació el liceo Providencia”, “Liceo Jubilar: lo apoyaban seis empresas y hoy son casi 50” u “Otro milagro en Casavalle”. Las notas repiten una y otra vez la misma fórmula: exaltación de los logros de un liceo privado ubicado en un barrio popular, comparación de ese éxito con la crisis espantosa de los liceos públicos y conclusión sobre la necesidad de generalizar el modelo exitoso. La frecuencia de las notas evidencia una campaña mediática. Y como toda campaña mediática suele anticipar otra política, finalmente el senador Bordaberry presentó un proyecto de ley para generalizar el modelo de los liceos privados en usufructo de fondos públicos. El proyecto cuenta con adeptos en sectores del Partido Nacional, y existen ideas similares en el sector Nueva Agenda Progresista del Frente Amplio (en este caso, referidas a la educación media superior).4 La existencia de afinidades a estas propuestas en todos los partidos demuestra hasta qué punto se ha consolidado un sentido común educativo neoconservador. Y a reforzarlo ha concurrido también la figura autosuficiente del tecnócrata progresista especializado en educación. Atraído por el altisonante anuncio de un cambio “de modelo” (y vaya si lo es), el tecnócrata progresista abreva más de la teoría del capital humano que de la vasta tradición del pensamiento crítico educativo (por no mencionar su total omisión de cualquier referencia a la pedagogía nacional). Como aquel “Robin Hood al revés” de los Diablos Verdes, este “Iván Ilich al revés” arremete contra la educación pública en una cruzada más privatizadora que desescolarizadora.

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Iván Ilich al revés “En la educación se ha consolidado en sentido común conservador”, Brecha, Uruguay

Así, los problemas de la educación no tienen historia, los políticos no tienen que ver con la crisis del sistema que gobiernan (acaso su única culpa sea la falta de arrojo para torcerle el pescuezo a los sindicatos), los problemas están en la educación pública, las alternativas en la privada y la estrategia transformadora debe partir desde afuera y contra los docentes. Por lo demás, quien se opone al programa privatizador es un conservador defensor del sistema tal cual existe.5 Así servida la mesa del debate educativo, con opciones de fast food, repasemos los antecedentes de este menú, ni original ni novedoso, en los casos de Estados Unidos e Inglaterra. Kenneth Saltman afirma que el sistema de “escuelas charter” de Estados Unidos ha fracasado en sus dos promesas: el mejoramiento del rendimiento de los estudiantes y la disminución de costos, mientras que ha sido “exitoso” en el cumplimiento de otro tipo de metas: flexibilización laboral de los docentes, enriquecimiento de los administradores, intervención curricular de las grandes corporaciones y consolidación de un mercado educativo altamente lucrativo.6 Henry Giroux señala que menos del 17 por ciento de los centros subvencionados de Estados Unidos logran un desempeño superior al de los centros de la enseñanza pública, dato ocultado por una propaganda que tampoco “hace mención alguna de las trampas y la corrupción de los administradores de los centros de enseñanza, el descarte de los estudiantes con bajo rendimiento, la automatización

de la tarea docente, la negativa a aceptar estudiantes que no tienen el inglés como primera lengua o que presentan trastornos de aprendizaje”.7 Ahondando sobre los efectos nocivos del sistema de competencia en el caso inglés, Michael Apple concluye: “La correspondencia que existe entre mercados, demanda y publicación de indicadores de rendimiento significa que las escuelas buscan continuamente diversas maneras de atraer a padres ‘motivados’ que tienen niños ‘capaces’ para poder destacar su posición relativa en el sistema local de competencia. Esto representa un cambio de énfasis, sutil pero muy significativo: se promueve el rendimiento del estudiante en lugar de sus necesidades; se prioriza lo que el estudiante hace por la escuela en lugar de lo que la escuela hace por el estudiante”.8 Apple caracteriza a esta perspectiva como “modernización conservadora”, consistente en “un giro hacia lo ‘nuevo’ de los mercados, la contabilidad y la eficiencia, combinado con lo ‘viejo’ o la cultura y disciplinas tradicionales”. Es que este Iván Ilich al revés lo que destituye, en rigor, es el carácter público republicano del sistema educativo, mientras que refuerza un disciplinamiento escolarizador resignificado por discursos técnicos con centro en el rendimiento y la preocupación por la seguridad, como ha observado Pablo Martinis.9 Tal es el “cambio de modelo” que hoy se propone en Uruguay. *Docente de la Universidad de la República.

1. Bishop, M, & Green, M (2009). Barcelona, Editorial Urano. 2. Ibid, págs 14-15. 3. Títulos publicados en El Observador, 28-VIII-13, 4 y 5-IX-13 y 12-X-13. 4. Véase Carolina Porley, “La tentación del voucher”, en Brecha, 14-II-14. 5. Un buen ejemplo de esta falsa oposición vazferreiriana se encuentra en el editorial “Mujica, Vázquez y el nuevo modelo educativo”, de Adolfo Garcé, para quien apoyar el proyecto de la nap equivale a “tomar el toro por las guampas” y rechazarlo significa dejar todo como está (https://www.elobservadormas.com.uy/noticia/2014/02/19/41/mujica-vazquez-y-el-nuevo-modelo-educativo_272076/). 6. Saltman, K (2012). The Failure of Corporate School Reform: Towards a New Common School Movement. Social Policy, Education and Curriculum Research Unit. North Dartmouth: Centre for Policy Analyses /UMass Dartmouth. 7. Giroux, H (2012). La educación y la crisis del valor de lo público. Desafiando la agresión a los docentes, los estudiantes y la educación pública. Montevideo, Criatura Editora & Extensión Universitaria, pág 62. 8. Apple, M (2012). Poder, conocimiento y reforma educacional. Santa Rosa, Miño y Dávila Editores, págs 93-94. 9. Pablo Martinis (2013). “La construcción de la desigualdad educativa: un modelo para desarmar”. En: Informe del Encuentro Popular de Educación (pit-cnt, movimiento estudiantil, fucvam).


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Miguel Ángel Asturias, Premio N Hace cuarenta años, en Madrid, el 9 de junio de 1974, moría Miguel Angel Asturias. Había recibido el Premio Nobel en 1967, cuando ya era un personaje mítico, casi un Papa laico, proveniente de uno de los países más castigados del continente americano. Su obra puede ser releída como un territorio que prefiguró el renovado impulso de América latina. En esta nota habla su hijo, también llamado Miguel Angel, para empezar a reconstruir la leyenda de uno de los grandes escritores que el boom primero opacó y luego reivindicaría.

Liliana Viola

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ace 40 años, en los corredores del Hospital de La Concepción, en Madrid, se producía una escena tan setentista y cinematográfica como inverosímil para un espectador actual: comitivas de influyentes de al menos tres países montan guardia día y noche carroñando sobre los últimos instantes de un escritor latinoamericano. ¿A qué tanto despliegue? La respuesta se integra en la serie de gestos ampulosos de cuando la Guerra Fría y la ausencia de Internet –por nombrar sólo dos redes– dominaban el mundo y las fórmulas “literatura latinoamericana”, “intelectual comprometido” tenían su definición en el sentido común. Ni García Márquez, entre todos los jóvenes que por aquellos años le disputaron las riendas del boom al patriarca que está en ese hospital, que llegaron a acusarlo de mal escritor y viejo chocho mientras le enrostraban las buenas prácticas literarias e ideológicas, ninguno tuvo, cambio de siglo mediante, una muerte tan anunciada. –Yo no sabía que estaba tan grave –cuenta su hijo Miguel Angel Asturias Amado– hasta que recibo una llamada misteriosa que me dice que fuera para Madrid. Hablaban de parte de un personaje muy conocido en la farándula franquista, Maite, la dueña del restaurante del mismo nombre, muy amiga de mi padre. En el aeropuerto, siguiendo con el misterio, me esperaba un coche que me llevó directo al hospital, donde me encontré con ese espectáculo de gente opinando y con la esposa de mi padre totalmente desbordada. Fijate cómo sería la cosa que todas las noches la TV española cerraba su transmisión con la foto de mi padre y el parte médico.

Embajador de dos mundos Junio de 1974. El que agoniza es el guatemalteco Miguel Angel Asturias, el de Leyendas de Guatemala, El señor presidente, Hombres de maíz. También el autor de la trilogía bananera, súmmum de la denuncia novelada, ejercicio de “documentalismo mágico” que redactó en tiempo record y en simultáneo con la realidad. Es Guatemala, bajo la dominación de la United Fruit Company, la empresa norteamericana que se adueña de toda la tierra y de todas las almas mientras instaura un Estado (yanqui) dentro del Estado. Novelas arduas de leer pero coherentes con una narrativa originalísima por ser construida pendiente de una patria rara para todos y a la que el crítico chileno Luis Harss bien describió como “especie de tribunal de apelaciones, refugio de los humildes con sus penas anónimas”. Léaselo hoy como sujeto histórico o personaje vintage, Asturias llegó a ser Premio Lenin de la Paz otorgado por la Unión Soviética, recibido de manos de La Pasionaria en 1966; Premio Nobel de Literatura en 1967. Casi el único (la otra excepción será Neruda) que lleva en cada mano las cucardas de la lucha antiimperialista y de la burguesía mainstream. Anduvo por todo el mundo (más sencillo hacer la lista de los países y episodios históricos del siglo XX donde no figuró) acusado de célula comunista o de propagandista del establishment funcional al capitalismo. Obtuvo en consecuencia los halagos más

prestigiosos y opíparos: él mismo alimentó su voluminoso perfil de loco por las grandes comilonas y borracheras, a punto tal que competía por el título de más panzón con su editor Gonzalo Losada comparando reflejos en las vidrieras de la Richmond, y ya sesentón, escribió con otro barrigudo, Neruda, el libro de viajes Comiendo en Hungría, luego de cuya producción in situ terminaron internados. Y tuvo sus castigos: vivió la mitad de su vida en el exilio, por voluntad propia y también por la fuerza. A veces con alguna residencia oficial y otras en castillo prestado pero sin estufa. Menos el último, cumplió con lo que el poeta Alfonso Orantes nombraba como destino del guatemalteco: “encierro, destierro o entierro”. La tensión en el hospital madrileño confirma que ese hombre es más que su biografía literaria: representantes de las extremas derecha e izquierda lo sienten propio, mito muriente de alta expansión simbólica. Si los restos regresan a Guatemala, santifican la dictadura donde ya figura nada menos que Efraín Ríos Montt (el mismo que fue condenado en mayo de 2013 a 80 años de prisión por genocidio y crímenes de lesa humanidad y cuya sentencia fue anulada en el mismo mayo de 2013). Si se queda

en España acompaña a una tiranía en declive (Franco iba a morir unos meses más tarde). Argentina había sido una de sus segundas patrias, donde se quedó a vivir su hijo Miguel Angel y donde, muy a su pesar, su hijo mayor, Rodrigo, se terminó por decidir por el camino de la guerrilla cuando siendo un adolescente entró en contacto con las juventudes estudiantiles de La Plata. Buenos Aires –“la mejor ciudad europea para vivir”– le presentó a su última esposa, Blanca Mora y Araujo, en una de las célebres reuniones en la casa de Oliverio Girondo y Norah Lange; a su rescatista del alcoholismo, Simeón Falicoff, terapeuta muy particular que atendía gratis a artistas y escritores y practicaba la acupuntura entre otros métodos, impulsor de la novocaína como elixir de juventud y guía de misteriosos viajes a Rumania que estiraron a más de un autor. Falicoff quedó escrachado o inmortalizado, como se decía antes con la sorna de Sabato, que se resistía a las estéticas, en Sobre héroes y tumbas. Argentina es el país donde llega con 50 años y con una obra casi escrita, se encuentra un día con Losada, quien al día siguiente le publica El señor presidente y lo vuelve best-seller de por vida. Pero ahora no eran tiempos para


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Nobel, leyenda de Guatemala

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regresar –ni muerto– a la Argentina, donde también estaba por morir Perón. Siempre nos queda Paris Francia, la otra segunda patria que lo trata como a un autor nacional, le ofrece una tumba en Père Lachaise, ese palacio al aire libre que alberga a muertos de bronce, desde Jim Morrison y Edith Piaf hasta Molière, para distracción eterna de los turistas. Muchos, sobre todo guatemaltecos, le reprochan a Asturias el haber optado por Francia, una vida dedicada a volver literatura la verdad maya para terminar consiguiendo un status europeo. –Pero eso es un gran error. No había dejado nada escrito, la decisión fue de la familia y en particular mía –cuenta el hijo–. Tuvimos que tratar de pensar qué habría elegido él. España y Guatemala estaban bajo dictaduras y mi padre siempre había estado en contra de las dictaduras. Francia, que él la amaba, ofrecía gratis ese lugar. Sus restos fueron trasladados a París en un avión que cedió el gobierno de México, otra tierra muy importante, donde conoció a Valle Inclán y José Vasconcelos, donde mi hermano vivió exiliado. Cuando subimos al avión recuerdo que escucha-

mos la voz del presidente Echeverría, había grabado un pésame en nombre de todo el pueblo de México. ¿No tuvieron oportunidad de preguntarle qué quería él? –En cuanto entro al sanatorio me hacen pasar a una sala donde los médicos me muestran los estudios que determinaban presencia de cáncer prácticamente en todos los órganos. Pidieron mi autorización para operarlo y yo les dije que hicieran todo lo que sabían de medicina para que sufriera lo menos posible. Y así se hizo, no lo operaron. Cuando voy a verlo a su habitación, me pregunta muy asombrado qué estoy haciendo en Madrid. Yo también, asombrado pero más triste de verlo, porque había sido tan gordo, tan corpulento y ahora estaba tan flaquito, le dije que venía por mi trabajo. “Quedate entonces, que yo salgo de acá en unos días y nos vamos juntos”, me respondió contento. Siempre negó la muerte, la negó desde que tenía el diagnóstico hacía un año y nunca dejó de viajar por el mundo dando conferencias. De hecho, lo habían internado varias veces ya, y ahora estaba de paso por Madrid volviendo de Sevilla, donde había asistido a un congreso sobre Fray Bartolomé de las Casas. Negó la muerte, pero no negó a Guatemala. –Claro que no, y se puede ver en las grandes cosas que hizo, que eso está en los libros y en los estudios sobre él. Pero yo te puedo decir de los detalles. Mi padre, que podía ser atendido por los mejores médicos, nunca dejó que nadie lo tocara sin antes consultar con “su mediquillo”, como él lo llamaba. Era un amigo médico que vivía también en el exilio y en quien confiaba más que nada porque era compatriota. Y me acuerdo de un gesto en el hospital, en esos momentos de entrada y salida de médicos y enfermeras: mi papá muy dolorido pero siempre muy amable, cuando se iban saludaba poniendo el dedo pulgar entre el índice y el anular. En Guatemala ese gesto es un insulto fuerte. Se reía mucho con los pocos entendidos que estábamos ahí. Era su venganza guatemalteca. Su otro hijo, Rodrigo Asturias, en ese momento estaba combatiendo en la montaña. –Mi hermano estuvo casi 30 años en la guerra, se fue en 1971 y sin que mi padre lo supiera se despidió de él un año antes, en París. Durante un tiempo siguió creyendo que Rodrigo seguía como gerente de la editorial Siglo XXI. El era comandante guerrillero de la ORPA (Organización del Pueblo en Armas). Estaba obviamente incomunicado, así que yo no podía consultarle ni avisarle nada. [2] ¿Cómo se enteró su hermano de la muerte de su padre? –Rodrigo había adoptado el nombre de Gaspar Ilom, que es el indígena rebelde en Hombres de maíz, el liberador de Guatemala, la novela más querida por mi padre y la que más se lanza a reproducir el pensamiento del indígena. Y años después cuando mi sobrino, su hijo Santino, creció y quiso ir con su padre a la montaña, adoptó el nombre del personaje hijo de Gaspar. Nosotros siempre lo supimos, porque una vez mi hermano le mandó una carta de su puño y letra que decía “Papá: Los hombres de maíz se hicieron guerrilleros” y firmaba Gaspar Ilom. Imaginate cuán brutos eran los militares que nunca sospecharon la relación entre un comandante con ese nombre y el hijo de mi padre. Hace unos años, en el velatorio de mi hermano, se me acercó un señor muy sencillo, de la montaña, y me dijo que quería contarme algo: “El día en que su padre falleció yo me enteré por la radio y entonces pedí permiso para ver al comandante, porque yo estaba seguro de que el comandante Ilom tenía que ser el hijo de Asturias. Entré a la carpa y le dije: Comandante Gaspar, quiero comunicarle que se ha muerto Miguel Angel Asturias. El me miró, yo vi que se le llenaron los ojos de lágrimas y me dijo solamente: se puede retirar. Al rato salió, reunió a todos y nos dio órdenes como siempre”. ¿La dictadura en Guatemala aceptó pacíficamente que no lo enterraran allí? –Les expliqué que no estaban dadas las condiciones para que un gobierno que estaba asesinando al pueblo tuviese el honor de tener a Miguel Angel Asturias. Entonces me pidieron que, para que no se dijera que el gobierno le negaba volver, yo mismo transmitiera mi decisión por cadena nacional. Mi hermano, años después, me contó que escuchó por radio que iba a hablar yo y que pensó: Seguro que Miguelito lo va a traer a Guatemala. Y cuando escuchó mis palabras me dijo: “Me sentí muy unido a ti nuevamente”. Asturias tenía un lema descifrable en términos literarios, de cultura maya y también políticos: “Dentro de la

palabra todo, fuera de la palabra nada”. El camino de la violencia le parecía peligroso e inútil, seguramente también un atentado contra su espíritu de bon vivant, lo que no le quitó lo valiente. Asturias se jugó como diplomático por la causa más osada que tuvo la historia de Guatemala. Fue funcionario del gobierno de Jacobo Arbenz, ese prócer guatemalteco, precursor de todas las revoluciones sociales posibles e imposibles, el héroe que impone la reforma agraria, consigue una primavera democrática en los años ’50. Guatemala se convierte, con él, no sólo en el primer intento de revolución (sin violencia) sino en el primer país latinoamericano intervenido y bombardeado por Estados Unidos. Acusado de comunista y perseguido por la CIA, Arbenz debe abandonar su proyecto literalmente “en pelotas”, obligado a desnudarse en el aeropuerto ante los flashes de los periodistas que registraban su destierro. Asturias, despojado de su ciudadanía, vuelve a Argentina, donde se queda ocho años para salir disparado en 1962, cuando la misma noche del golpe que volteó a Frondizi, los esbirros del vice Guido ordenan arrestar a los intelectuales de izquierda. Queda en libertad, en parte por una carta pública de Sabato, donde advertía: “En el futuro no van a hablar de quién lo llevó preso a Asturias sino de que Asturias estuvo preso en Argentina”. [1] Versión reducida del original publicado en Página 12, 8 de junio de 2014. [2] Un magnifico testimonio de Rodrigo Asturias sobre su padre puede hallarse en “Los hombres de maíz se volvieron guerrilleros... (Miguel Ángel Asturias en la visión de su hijo, el comandante Gaspar Ilom) Entrevista con Rodrigo Asturias Amado, por Saúl Hurtado Heras. Ver: http:// pendientedemigracion.ucm.es/info/especulo/numero37/ asturias.html


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David Torras/ Barcelona

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ENTREVISTA

uchos años después, canturreando como tantas y tantas veces el himno de su querida patria, Obdulio Varela, elNegro Jefe, recordaría la tarde en qué descubrió el silencio. Fue el 16 de julio de 1950, en el templo de Maracaná, en uno de aquellos días que marcan la vida y el destino de los que tuvieron la suerte o la desgracia de verlo pasar más cerca o más lejos, en uno de aquellos días que quedan atrapados en el tiempo y que no vuelven a ser nunca como el día original porque ya nadie explica la historia tal como fue, porque no hay nunca una sola historia y porque, más de 60 años después, todo lo que ocurrió aquel domingo, aquel 16 de julio de 1950, en el templo de Maracaná, sigue tan vivo como entonces. Antes de jugar, Brasil ya había ganado; así que, cuando empezó a jugar la final, solo tenía que volver a ganarla. Uruguay ya la había perdido; así que cuando empezó a jugarla solo tenía que perderla otra vez. «Habiendo llegado a la final, ya hemos cumplido. Hagan lo que puedan, miren de perder con dignidad y compórtense como unos caballeros». A Obdulio le vinieron ganas de mearse encima de los dirigentes que entraron en el vestuario para darle este mensaje, ya arrodillados y vencidos, como hizo el día antes sobre un montón de diarios brasileños que lo tenían todo escrito, y a los que solo les faltó avanzar cuándo, cómo y quiénes marcarían los goles. De Brasil, claro. Fuera había 200.000 personas, pero era como si el país entero se hubiera metido en Maracaná. «Todos a la calle, que hoy somos campeones», era el titular de un diario. Y, obedientes, así estaban los 52 millones de brasileños, preparados para salir a la calle. Cuando las corbatas y los trajes desaparecieron del vestuario, se escuchó la voz de Obdulio: «No piensen en toda esta gente, no miren hacia arriba, la final se juega abajo. Los de fuera son de palo. Este partido se gana con

Así fue el Coincidiendo con la inauguración de la Copa del Mundo, El periódico de Catalunya, recuerda el capítulo más negro de la historia del futbol brasileño, la derrota conocida como el “Maracanazo”, ocurrida el 16 de julio de 1950 en la final del campeonato mundial de ese años, cuando el país amazónico comenzaba a festejar el triunfo anticipadamente, según el relato de uno de los protagonistas. El héroe de la jornada, el uruguayo Obdulio Varela, símbolo de la garra charrúa, rememora esos días. CDS los huevos en la punta de los botines». Los de fuera serán de palo, pero cómo gritan, mientras sus héroes forman para ser inmortalizados como si ya fueran campeones: Barbosa, el portero, que no sabe que le quedan 90 minutos de vida porque 90 minutos después muchos lo darán por muerto para siempre, Augusto, Juvenal, Bigode, Bauer, Danilo, Zizinho, Jair, Friaça, Ademir y Chico. Once guerreros Ya pueden gritar, sean 200.000 o 52 millones, ya pueden sonreír ante las cámaras, que la voz de Obdulio se vuelve a oír porque a él no lo ha callado nunca nadie: «Eh, vengan, que los campeones están aquí», grita a los fotógrafos, mostrándoles la estampa de los once guerreros charrúas, a punto para la batalla: Máspoli,

Gambetta, Tejera, González, Andrade, Obdulio, Pérez, Schiaffino, Ghiggia, Míguez y Morán. Cada ataque de Brasil pone al público de pie hasta que a los 81 segundos del segundo tiempo la tierra se puso a temblar. Muchos creyeron que había llegado la hora del fin del mundo. Falsa alarma. Era el gol de Friaça, el primer paso para acabar de firmar la condena y escribir la historia tal como ya estaba escrita. Entonces, en medio de aquella locura, Obdulio Varela, el Negro Jefe, fue a recoger el balón a la portería, se lo puso bajo el brazo y echó a andar hacia el árbitro, George Reader, y el linier, Arthur Ellis, dos ingleses que no entendían ni una palabra de lo que les decía, más allá de intuir que reclamaba un fuera de juego y que le importaba un pepino que Maracaná y todo Brasil lo enviaran a gritos al infierno. Obdulio rompió el encanto, su figura se hizo to-

Bernardo Axtaga: “La bonita fábula de

A

ndrea Nicastro, periodista del Corriere della Sera, entrevista sobre la monarquía española al escritor guipuzcoano Joseba Irazu Garmendia, conocido literariamente como Bernardo Atxaga, al que define como “el mayor poeta en lengua vasca”.

-¿Qué impresión tiene del debate monarquía-república? -Como todas las monarquías, también la española es fruto de un pesi-

mismo de fondo en lo que respecta al género humano. Se considera a las personas ignorantes, ingenuas, infantiles, pero también capaces de transformarse en masa y volverse peligrosas. Para controlarlas, la monarquía es un buen método. Les proporciona un esquema del tipo padre e hijo en el que refugiarse y sentirse protegidos. -Quizás eso fuera cierto en otro tiempo, ¿pero hoy? -Hablando de la Edad Media, ex-

plica Jacques Goff que el rey y la reina eran figuras míticas que nadie habría reconocido. Sin embargo, bastaba la idea para mantener el orden. Hoy es distinto. Con las nuevas tecnologías, nuestra sociedad parece que sólo sabe pensar en algo superficial. Los políticos deben ser actores de cine. Los reyes, iconos de una fábula. Algunos se lo creen, otros lo escogen cínicamente. Las élites intelectuales cultivan la apelación emocional a la irracionalidad,

pero el objeto final estriba siempre en mantener el orden. El rey se convierte en un figurante, un actor del poder. -¿Juan Carlos? ¿Felipe? -El Príncipe no ha hecho nada notable en su vida, y sin embargo lo están proponiendo como modelo: es alto, guapo, inteligente, generoso. -¿Y es un error? -No, tal vez es útil. Pero no deja de ser una fábula. Lo teorizaba Orwell. La monarquía constitucional, escri-


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Domingo 15 de junio de 2014

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“Maracanazo” davía más grande, que ya es difícil, y al poco rato, Schiaffino anotó el 1-1 y provocó un fenómeno sobrenatural: la mitad del corazón de todos los brasileños dejó de latir, la otra mitad siguió latiendo, pero ya no como el de los campeones que todavía eran, gracias a que con el sistema de liguilla del Mundial tenían bastante con el empate para llevarse el título, sino como el de los campeones que tienen miedo de no serlo. Aquellos dos pasos Cuando el reloj y los años de Obdulio se encontraron, se resolvió el enigma: entre un calvario y un milagro, el destino quiso que Uruguay resucitara. Así que, a los 33 años y en el minuto 33.30 de la segunda parte, el Negro Jefe vio cómo se escapaba una vez más por la banda Gigghia, que corrió como siempre y como nunca, dejando atrás a Bigode y a Juvenal, vio también como Barbosa, el pobre Barbosa, se engañó a sí mismo, en un gesto que reviviría hasta el último de sus días, e hizo apenas dos pasos para querer anticiparse al centro, dos pasos sobre los cuales ya no pudo volver atrás, ni entonces, cuando adivinó que Gigghia cogería un camino más corto y chutaría al primer palo; ni después, cuando, una y otra vez, cerraba los ojos pidiendo a Dios que todo fuera una pesadilla y que su vida volviera a empezar justo antes de dar aquellos dos malditos pasos. Pero este milagro

no llegó nunca, y Barbosa pagó por todos y cargó con las penas de 52 millones de brasileños. Una condena de 50 años Años después, Obdulio lo vio un día por televisión, tan viejo como él ya, pero abrumado por una tristeza infinita, y con la mirada perdida, fijada en aquel domingo, explicó sus penas, que fueron muchas y que lo acompañaron hasta el día del entierro, al cual solo asistieron 50 personas y ni un solo dirigente, y del cual un diario dio cuenta bajo un título doblemente fúnebre: «La segunda muerte de Barbosa». Antes de esta segunda muerte, ya se sintió morir muchas veces. «Un día, paseando por un mercado, una señora me señaló con el dedo y, en voz alta, le dijo al niño que llevaba de la mano: ‘Mira hijo, este señor es el que hizo llorar a todo Brasil’», explicó Barbosa, el portero negro, Barbosa, el rey a quien nunca le llegó el perdón. «En Brasil, la pena por matar alguien es de 30 años. Pronto hará 50 de aquella final y yo sigo condenado», le oyó decir Obdulio, conmovido por el terrible destino que le siguió después de hacer aquellos dos pasos, después de que la pelota se colara y que, en medio de la alegría, en medio de los abrazos, Obdulio y todos los demás sintieran lo que no habían sentido nunca y nunca más volvieron a sentir. Sí, ellos lo pudieron explicar: el silencio se escucha; ellos lo escucharon. Al cabo de

unos años, aquella escena hizo que Gigghia se pusiera una última medalla: «Solo tres personas han callado Maracaná: Frank Sinatra, el Papa y yo». Entrega a escondidas Nunca 11 minutos y medio fueron tan cortos y tan largos, nunca un silbato sonó tanto a sentencia de muerte como el de George Reader a las 16.50 horas de aquel 16 de julio de 1950. Nunca un cuento ya escrito tuvo un final tan diferente. «Si jugamos aquel partido cien veces, lo perdemos las cien», solía decir Obdulio. Pues no, se quedó en 99. Cuando Jules Rimet, el presidente de la FIFA, el hombre que daba nombre a la copa que llevaba en la mano y que ya tenía en el bolsillo de la americana un discurso felicitando el Brasil por el título, salió por el túnel de vestuarios, creyó haber aparecido en un escenario equivocado. ¿Dónde estaba la guardia de honor? ¿Dónde estaban los micrófonos? ¿Dónde estaba la banda de música? ¿Y el himno? ¿Por qué no sonaba el himno? «Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay», explicó después en sus memorias. En medio de aquella desolación, de aquel desconcierto, Obdulio se encontró frente a frente con él, y casi a escondidas y con un simple apretón de manos, le entregó el trofeo, en uno de aquellos momentos por los que vale la pena vivir. «¡Orientales, la patria o la tumba!».

la Familia Real durará todavía un rato” bió en un ensayo, secunda a las masas en su ansia de adorar a alguien y así las inmuniza contra la tentación de escoger a un tirano como modelo. -Juan Carlos salvó a la democracia española del golpe de 1981. El escritor Javier Cercas ha hablado siempre del deber de reconocimiento. -Lo puede decir Cercas; yo, no. No entiendo esta palabra: reconocimiento. ¿Debo rendirle homenaje a una vaca porque dé leche? A Juan Carlos lo había

puesto ahí Franco, era su trabajo. ¿Por qué hay que estarle agradecido? -Podría haber apoyado a los golpistas. -“Y las vacas, poner huevos”. -¿Qué podrá hacer, en cambio, Felipe VI? -Paul Valéry, hablando de literatura, dice que el contenido y la forma deben estar unidos como el cuerpo y el alma, no como el cuerpo y el traje. Creo que Felipe hará muy poco por corregir el mayor problema español, que es la creciente diferencia entre ricos y pobres. Por el con-

trario, la publicidad y los redactores de discursos darán, empero, la impresión de que hace algo. Como el cuerpo y el traje, no como el cuerpo y el alma. -¿Nacerá un movimiento republicano serio? -Podría aglutinar a las fuerzas anticapitalistas y antisistema que han surgido del voto europeo, como Izquierda unida, Equo y Podemos. Pero los independentismos vasco y catalán seguirán en suspenso, a la espera de entender qué fuerzas hay sobre el terreno. Creo que la

fábula de la realeza seguirá funcionando un poco más, por lo menos. *Bernardo Atxaga (1951), natural de Asteasu (Guipuzcoa), es el más conocido de los escritores en lengua vasca, con una amplísima obra que abarca la poesía, el cuento, la literatura infantil y juvenil, el ensayo y hasta el teatro. Su última obra publicada en castellano es Días de Nevada (Alfaguara, Madrid, 2014). Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón


La paradoja de Tiananmen Xulio Ríos* A 25 años de la masacre No poca gente ignora en China cuanto pasó en Tiananmen en junio de 1989. Y a muchos de quienes lo saben, para ser objetivos, poco o nada les importa. Por el contrario, las autoridades se cuidan mucho desde entonces de no pasar por alto dicha fecha. Así de efectivo y contradictorio puede llegar a ser el olvido. Quienes más hacen por borrar lo sucedido de la memoria colectiva, bajo ningún concepto pueden olvidarlo. Tras 25 años, la paradoja de Tiananmen reside en que si bien las causas que motivaron aquella rebelión cívica (corrupción, nepotismo, aumento de las de-sigualdades, demanda de reforma política) en la que murieron centenas de jóvenes en la céntrica plaza pequinesa siguen en gran medida vigentes, el compromiso de los actores que intervinieron en aquella tragedia es otro, bien diferente. Empezando por los estudiantes, los principales impulsores de la protesta. Hoy día, en China, los estudiantes han dejado de ser una referencia del estado de la opinión pública y de la conciencia del país, como tradicionalmente había sido desde comienzos del siglo xx. Tras los sucesos de 1989, la intensa combinación de adoctrinamiento y despolitización, milicias obligatorias que aún hoy siguen vigentes –de varias semanas de duración– para infundir disciplina, la proliferación

de controles de todo tipo, la paulatina transformación de las universidades en unidades de gestión económica por vías diversas –tanto mediante la creación de empresas propias como la controvertida “venta” de plazas a hijos de adinerados–, más una política pública de fomento de la investigación que prioriza las lealtades ideológicas e invita a la autocensura masiva, completan el círculo neutralizador. Las universidades chinas de hoy, en su inmensa mayoría, no son un centro de efervescencia intelectual como lo eran en los años 1980. Los controles sobre el profesorado se han multiplicado, y aquellos que sostienen ideas inconformistas o algún tipo de activismo son marginados. Por su parte, los estudiantes viven bajo la presión de los exámenes y con la mirada puesta en la búsqueda de un buen empleo tras la carrera, con un control estricto de sus asociaciones y reuniones a expensas de los arrebatos que imponga la agenda oficial. Parte de esa paradoja es también que la conciencia política de un sector importante de las autoridades –a la hora de invocar una reforma institucional que no pueden soslayar formalmente– sigue evocando con nostalgia la figura de Hu Yaobang, secretario general del pcch apartado en 1987 por Deng Xiaoping a causa de su mal manejo de los disturbios estudiantiles de 1986. Su muerte en 1989 fue el detonante de la protesta que arrancó en

CORREO del SUR Director General: León García Soler

sus funerales y culminó en los sucesos de junio, tras casi dos meses de asamblea permanente en la plaza de Tiananmen, que también se llevó por delante al entonces secretario general Zhao Ziyang, su efímero sustituto al frente del pcch. La memoria de Hu Yaobang es reivindicada a cada paso por los sectores más reformistas del pcch, especialmente a partir de 2005, cuando aprovechando el décimo noveno aniversario de su nacimiento varios centenares de militantes significativos honraron su figura en una ceremonia inédita. Cinco años más tarde, los artículos elogiosos del ex primer ministro Wen Jiabao, que colaboró con él en 1986, alabando su visión, su cercanía con la sociedad, su compromiso con los miles de chinos perseguidos por sus ideas en los años del maoísmo y rehabilitados por su intervención, ejemplifican aun hoy una voluntad real de cambio, de coraje y de audacia que ninguno de quienes le han sucedido en la máxima jefatura china ha podido igualar. Todos tienen bien presente que no fue sino su intención de acelerar el ritmo de los cambios lo que provocó su caída. Y se cuidan de no olvidarlo. Enemigo acérrimo del inmovilismo, Hu Yaobang fue sin duda el más ambicioso de los reformistas chinos del tiempo de la apertura iniciado en los ochenta. El actual tándem Xi Jinping-Li Keqiang, que apunta discursivamente a un reformismo

integral con la economía por bandera, no alude directamente a su memoria para enraizar sus propuestas políticas –sabiendo que ello podría provocar reacciones encontradas–, pero en el afán del dúo por poner freno a la arbitrariedad –sobre todo en la justicia– y a la corrupción podemos adivinar trazos de una influencia histórica que no cesa de crecer con el paso del tiempo. Los conflictos de intereses crecen en una China obligada a cada paso a elegir entre la profundización de la reforma, la apertura política y la supervivencia del partido, sin duda el mayor de los desafíos de su modernidad y cuya solución no parece cercana. Una reforma política sincera en China no puede ser evocada sin aludir al ideario de Hu Yaobang y por lo tanto soslayando los sucesos de Tiananmen. En buena parte de los estratos superiores del partido ajenos al monolitismo dominante, esta reminiscencia menta esperanzas fracasadas que atenazan su ímpetu y fundamentan la inevitabilidad de alumbrar un consenso reformador que preserve la estabilidad. Paradójicamente, esta obsesión impide avances radicales y deja en el aire más preguntas que respuestas. Entre ellas, si algún día el Partido Comunista Chino podrá saldar cuentas con su pasado inmediato. *Director del Observatorio de la Política China. http://brecha.com.uy/index.php/mundo/3875-la-paradoja-de-tiananmen

Suplemento dominical de Director: Adolfo Sánchez Rebolledo

Diseño gráfico: Hernán Osorio


Correo Del Sur No 391