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Número 375 Febrero 23, 2014

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CORREO del SUR

Estancamiento diseñado deliberadamente

Joseph E. Stiglitz

N

ueva York – Poco después de que estallara la crisis financiera mundial en el año 2008, advertí sobre que a menos que se adopten políticas adecuadas, se podía asentar un malestar al estilo japonés – es decir, un crecimiento lento e ingresos casi estancados durante muchos años. Si bien los líderes a ambos lados del Atlántico afirmaron que habían aprendido las lecciones de Japón, rápidamente procedieron a repetir algunos de los mismos errores. Ahora, incluso un ex funcionario clave de Estados Unidos, el economista Larry Summers, realiza advertencias sobre el estancamiento secular. El punto básico que planteé hace media década fue que, en un sentido fundamental, la economía de EE.UU. se encontraba enferma, incluso antes de la crisis: fue sólo una burbuja de precios de los activos, creada a través de regulaciones laxas y tasas de interés bajas, la que hizo que la economía aparentara estar robusta. Debajo de la superficie, numerosos problemas supuraban: una creciente desigualdad; una insatisfecha necesidad de reforma estructural (la necesidad de un desplazamiento desde de una economía que se basa en la manufactura a una que se base en los servicios y que se adapte a las cambiantes ventajas comparativas a nivel mundial); persistentes desequilibrios a nivel mundial; y, un sistema financiero que está más en sintonía con la especulación que con la realización de inversiones que crearían puestos de trabajo,

aumentarían la productividad, y redistribuirían los superávits con el objetivo de maximizar la rentabilidad social. La respuesta a la crisis de los formuladores de políticas no abordó estos problemas; peor aún, agravó algunos de ellos y creó otros nuevos – y no sólo en EE.UU. El resultado ha sido un aumento del endeudamiento en muchos países, debido a que el colapso del PIB socavó los ingresos de los gobiernos. Además, la falta de inversión, tanto en el sector público como en el privado, ha creado una generación de jóvenes que han vivido durante años en un estado de inactividad y que se tornan cada vez más hostiles, en una etapa de sus vidas en la que ellos deberían estar perfeccionando sus destrezas y aumentando su productividad. A ambos lados del Atlántico, es probable que este año el PIB crezca mucho más rápido en comparación con el crecimiento del año 2013. No obstante, antes de que los líderes que adoptaron las políticas de austeridad descorchen botellas de champán y brinden felicitándose a sí mismos, ellos deberían examinar la posición en la que nos encontramos y deberían considerar el daño casi irreparable causado por dichas políticas. Cada desaceleración en algún momento llega a su fin. La característica que distingue a una buena política es que ella logre que la desaceleración sea más corta y menos profunda de lo que hubiese sido si dicha política no se hubiese implementado. La característica que distingue a las políticas de austeridad que muchos gobiernos adoptaron es que ellas hicieron que la desaceleración sea mucho más profunda y más larga de lo necesario, causando además consecuencias de larga duración. El PIB real per cápita (ajustado por la inflación) es más

bajo en la mayoría de los países del Atlántico del Norte en comparación a su nivel en el año 2007; en Grecia, el tamaño de la economía se ha reducido en aproximadamente un 23%. Alemania, el país europeo con mejor desempeño, ha registrado un mísero crecimiento anual promedio del 0,7 % durante los últimos seis años. La economía de EE.UU. continúa teniendo un tamaño 15%

menor al que hubiese tenido si su crecimiento hubiese continuado, aún en caso de que dicho crecimiento se hubiese mantenido en la trayectoria moderada que registraba antes de la crisis. Pero incluso estas cifras no relatan la historia completa sobre cuán mal están las cosas, debido a que el PIB no es una buena medida del éxito. Mucho más relevante es lo que está sucediendo con los ingresos de los hogares. La mediana del ingreso real en EE.UU. se encuentra por debajo del nivel en el que se encontraba en el año 1989, es decir hace un cuarto de siglo atrás; la mediana del ingreso para los trabajadores varones que trabajan a tiempo completo en la actualidad es más baja en comparación a la de se registró hace más de 40 años atrás. Algunos analistas, como por ejemplo el economista Robert Gordon, han sugerido que deberíamos adaptarnos a una nueva realidad en la que el crecimiento a largo plazo de la productividad estará muy por debajo del nivel en el que se ubicó durante el último siglo. Dado el pobrísimo historial que tienen los economistas – mismo que se refleja en lo ocurrido durante el período previo a la crisis – en cuanto a la exactitud de sus predicciones, aún en el caso de predicciones para períodos de tres años, nadie debería tener mucha confianza en una bola de cristal que realiza predicciones para las futuras décadas. No obstante, una cosa parece estar clara: a menos que las políticas de los gobiernos cambien, tenemos por delante un largo período de decepciones. Los mercados no se autocorrigen. Los problemas fundamentales subyacentes que he descrito anteriormente podrían agravarse – y muchos de ellos se están agravando. El aumento de la desigualdad debilita aún más la demanda; y, en la mayoría de los países, incluyéndose entre ellos a EE.UU., la crisis sólo ha agravado la desigualdad. Los superávits de las balanzas comerciales de los países del norte de Europa han aumentado, incluso mientras el superávit de China se ha moderado. Lo más importante es que los mercados nunca han sido muy buenos en cuanto a lograr por su propia cuenta transformaciones estructurales de forma rápida; la transición de la agricultura a la manufactura, por ejemplo, no fue de ninguna forma suave y calmada; al contrario, estuvo acompañada por una importante desarticulación social y por la Gran Depresión. Esta vez no ocurre algo distinto, pero en algunos aspectos la situación podría ser más grave: los sectores que deberían estar creciendo, reflejando las necesidades y deseos de los ciudadanos, son los sectores de servicios, como por ejemplo los sectores de salud y educación, que tradicionalmente se financian con fondos públicos, porque existen buenas razones para que se financien de esa manera. Pero, en lugar de que los gobiernos faciliten la transición, la austeridad la está inhibiendo. Un malestar general es mejor que una recesión y una recesión es mejor que una depresión. Pero las dificultades que enfrentamos ahora no son el resultado de las leyes inexorables de la economía, a las cuales nosotros simplemente nos debemos adaptar, como lo haríamos en el caso de ocurriese un desastre natural, como ser un terremoto o un tsunami. Las dificultades que enfrentamos no son ni siquiera una especie de penitencia que tenemos que pagar por los pecados cometidos en el pasado – aunque, sin duda, las políticas neoliberales que han prevalecido durante las últimas tres décadas tienen mucho que ver con los trances que actualmente enfrentamos. En cambio, nuestras dificultades actuales son el resultado de políticas erróneas. Existen alternativas. Pero no las vamos a encontrar en la complacencia autosatisfecha de las élites, cuyos ingresos y carteras de acciones una vez más se disparan al alza. Aparentemente, sólo algunas personas deberán ajustarse a un estándar de vida más bajo de forma permanente. Desafortunadamente, lo que ocurre es que dichas personas conforman la gran mayoría de la población. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.


CORREO del SUR

Ciro Murayama

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aniel Cohn-Bendit ha sido, por más de 40 años, una notable figura de la izquierda europea. Es uno de los protagonistas más recordados del Mayo del 68 francés –gracias, en parte, a la entonces inusual melena pelirroja-, y luego ha sido un iconoclasta que no cabe en los moldes típicos de la militancia y las ideologías de la propia izquierda (se ha distanciado del comunismo, del anarquismo, su perfil no es el del común socialdemócrata y, por supuesto, rehuye de los nacionalismos); amigo de figuras como André Gortz, Corlnelius Castoriadis o Stéphane Hessel, lleva las últimas tres décadas dedicado al impulso de una plataforma de lo que él llama “ecología política” más que estrictamente medioambientalista, y es un agudo diputado en el Parlamento Europeo al que llega electo en las “listas verdes” lo mismo de Francia que de Alemania. Pero Cohn-Bendit anuncia que se retira de la política europea este año, que no se presentará de nuevo como candidato a las elecciones que se celebran en la primavera del 2014. El anuncio de su retirada como parlamentario lo hace a través de un breve libro, parte autobiográfico y parte ensayo, con el provocador –cómo notítulo de ¿¡Contra los partidos políticos!? (Catarata, Madrid, 2013, 117 pp) que no es sino un lúcido alegato a favor de la democracia y la participación política.

Los que siguen son unos subrayados a ese texto. “Desde mi primera juventud, realice un acto de libertad. Dije –y esto es muy sartreano-: ‘Escojo mi vida’. Desde entonces, evoluciono en este espacio de supervivencia, Mi heimat, esta casa sin paredes, un espacio abierto y en movimiento, un manojo de relaciones afectivas e intelectuales.” (pp. 26 – 27) “He tomado siempre partido conservando una parte de indeterminación, preservando esta capacidad de distancia-

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Subrayados a Daniel Cohn-Bendit miento que nos permite elegir. La vida se organiza según tus elecciones. No hay moral superior, ideología superior. Aunque te adhieras a una ideología, no tienes por qué mostrarte, por ello, dependiente de ella.” (pp. 28 – 29) “Rechazo el determinismo histórico contenido en el marxismo. Estoy contra la dictadura del proletariado y contra la dictadura del capitalismo a partes iguales.” (p. 34) Cohn-Bendit cita a Castoriadis, a “Castor” como él le dice: “Existen individuos que pueden distanciarse con relación a su propia herencia –esto es la autonomía-. Es someter lo que se ha recibido a un examen lúcido, a un examen pensando y decirse: con esto me quedo, con esto no me quedo. Es un trabajo permanente, y este trabajo es para mí lo que define la autonomía”. (p. 49) “…el reformismo puede quebrantar la sociedad cuando es autónomo, y es lo que Gobachov ha demostrado. Sí, la gran lección de la perestroika es que el reformismo puede ser subversivo.” (p. 51) “No es otra cosa que no oponer la violencia a la violencia, pienso que no hace falta oponer al totalitarismo un contratotalitarismo.” (p. 51) “Después de todo, las democracias modernas se encarnaban en unas instituciones imaginadas y elaboradas después de los cambios revolucionarios. Yo también pensaba que la idea de democracia encerraba algo que protege a las sociedades contra ellas mismas.” (p. 52) “Un partido es como un escudo, una estructura cerrada y casi genéticamente

hermética a la sociedad. El debate político, en su seno, se limita por lo general a cuestiones de organización del partido, de reparto del poder, de estrategia y de gestión de los diferentes procesos más o menos democráticos a los cuales hay que recurrir. Y evidentemente es allí donde se sitúa el problema: un partido capta una gran parte de la energía de los militantes para solventar problemas internos.” (p. 60) “El soberanismo es un tema sin color político que barre todo el espectro político, desde la ultraizquierda a la extrema derecha.” (p. 63). “Debo hacer el siguiente balance: no hemos conseguido nuestra transformación. El problema que debemos resolver –el lugar del individuo en el colectivo y a la inversa- queda sin resolver. El paso del sujeto pensante y autónomo al colectivo pensante autónomo sigue siendo la cuestión crucial.” (p. 69). “La utopía es una manifestación fundamental del pensamiento en la medida que nos arranca de la inmediatez para lanzarnos en un proyecto que estructura el futuro. Hablo frecuentemente de este otro momento de la política, de lo que llamo la ‘utopía plausible’.” (p. 73) “Pienso que la desconfianza actual, casi generalizada, con respecto a la clase política es en parte el resultado de la tendencia de los políticos a contentarse con quimeras. Yo pretendo que haya utopías que no sean quimeras y que son necesarias para la vida política. Paradójicamente, diría que es necesaria la utopía para que los políticos

sean creíbles. Pero hace falta también que los ciudadanos sepan que sus propuestas son aceptables. Es una nueva manera de concebir y de hacer política.” (p. 74) “No porque se produzca una crítica radical de los partidos políticos hay que dejar de elogiar la democracia.” (p. 74) “Evidentemente, en los países donde el voto existe, la gente no se da cuenta de este poder, al contrario que la que vive en países donde el voto no existe.” (p. 75) “Todavía no hemos encontrado algo mejor que la democracia, a pesar de los riesgos que la hacen susceptible de desfigurarla.” (p. 76) “La democracia es un riesgo compartido entre las fuerzas políticas y los ciudadanos.” (p. 79) “Es necesario dejar de enfrentar la violencia de las fuerzas del orden a la violencia de los suburbios.” (p. 88) “¡La República ejemplar, eso no existe! Son los jacobinos, es esto rápidamente puede tomar un cariz autoritario. Sin hablar del riego de exclusión, de deshacer la cooperativa de las ideas, de las conciencias. La gran cuestión es saber si las políticas y las leyes que defiendes están al servicio del bien común o, al contrario, exageran la segregación social.” (p. 89) “Las empresas privadas dirigidas por leyes que responden a un exigente pliego de condiciones pueden perfectamente actuar al servicio del bien común.” (p. 90). “Lectura, cine, fútbol y rock and roll... tantas tentaciones contra el oscurantismo de la política.” (p. 72).


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Federico Campbell, d Ofrecemos dos textos aparecidos en tiempos y medios muy distintos para recordar a Federico Campbell. Ambos tienen en común la búsqueda de las raíces y el ser del escritor y periodista. Ambos le rinden tributo a su memoria rescatando episodios de su historia. Ojalá y al lector le ayuden a fijar la dimensión del personaje. ASR

Tijuana: amor-odio por Campbell Heriberto Yépez

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ecientemente Federico Campbell recibió un par de homenajes. Uno en DF y antes en Tijuana. Pocos conocen la difícil relación entre Campbell y Tijuana. A partir de los ochenta, la consigna de la literatura de Tijua-

na fue no migrar al centro. No hospedarse en la literatura mexicana; la apuesta: crear un micro-clima: Tijuana como Literatura Temporal Autónoma. Literatura con un cuarto propio. Campbell había escrito un libro precursor: Tijuanenses. Pero Campbell había migrado. Y aunque en el centro se le vinculaba por temática y biografía con Tijuana, una generación fronteriza rompió con su obra.

Campbell lo comprendió. Y lo sufrió. En el centro se le llamaba escritor de Tijuana y en Tijuana, escritor de la Ciudad de México. Campbell fue un puente entre la literatura mexicana— creada realmente hasta finales del siglo XIX— y la literatura de Tijuana —creciente en los setenta y quizá hoy ya finalizada—; ese puente es un cruce extraño.

Federico Campbell: Me siento un farsante co Moisés Castillo Primera de dos partes

I.

Por un trozo de papel mojado, Federico Campbell quiso ser escritor. Una mañana dee 1962 salió de su cuarto, que rentaba su profesor de derecho romano Guillermo Floris Margadant, y se dirigía rumbo a la puerta principal de la casona de San Ángel, Tlacopac. Federico iba caminando un poco cabizbajo sobre el jardín, con la mirada clavada en el suelo, y se percató que una regadera con forma de araña mojaba una hoja y el pasto verde. Con curiosidad levantó el papel húmedo y roto y empezó a leer “como a buen romántico, la vida se me fue detrás de una perra. La seguí con celo entrañable. A ella, la que tejió laberintos que no llevaron a ninguna parte…”. Se quedó estupefacto, nada turbó la placidez del momento. Se dio cuenta que era una hoja cortada de La Gaceta, la revista literaria del Fondo de Cultura Económica. Al día siguiente completó la página y el texto se titulaba “Homenaje a Otto Weininger” y lo firmaba un tal Juan José Arreola. A los 22 años de edad, Federico descubrió la literatura y el impulso de escribir. “Me di cuenta que era posible encajar palabras que te revelaban un mundo que no había percibido, te hacían ver matices, ángulos de la realidad que de otra manera no habría percibido. Me transportó a otra dimensión, eso es la literatura”. Este hecho le pareció una operación de la mente humana, de una creatividad fascinante y entonces empezó a interesarse especialmente en la narrativa. Leyó La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi; El espía que surgió del frío y El topo, de John le Carré; esta última una de las mejores novelas que ha devorado. Después llegó a sus manos Chacal, de Frederick Forsyth; y una lista interminable de títulos.

Juan-Rulfo-y-Federico-Campbell1Juan José Arreola no sólo fue importante para Federico Campbell sino para otros escritores como Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, José de la Colina, José Emilio Pacheco y Elena Poniatowska. El autor de Bestiario les enseñó que el arte podía incorporarse en la vida cotidiana y que existía el oficio de leer y escribir. Arreola era el espíritu de aquella época. Se le podía ver en la Casa del Lago organizando grupos de poesía en voz alta y juegos de ajedrez, una de sus grandes pasiones. En 1964, Federico asistió al taller literario que impartía Arreola. En esos momentos era un joven entusiasta de la Revolución Cubana, lleno de ilusiones y de ingenuidad como casi todos los veinteañeros. Arreola daba su taller los jueves en una casa ubicada en la calle Río de la Plata, en la colonia Cuauhtémoc. Las reuniones tenían la particularidad de poner énfasis al sonido de las palabras y no sólo su significado, en cuidar la cadencia de la frase: invocar a una noción musical. A escritores y poetas les ayudó a educar el oído para tener sensibilidad ante el lenguaje. Todas las tardes acudían puntuales Elsa Cross, José Agustín, Gerardo de la Torre, Jorge Arturo Ojeda, Alejandro Aura, José Carlos Becerra, Juan Tovar y otros literatos. Era un hombre muy generoso y paciente con los asistentes. “Arreola era incapaz de decirte cómo estructurar una novela porque no trabajaba con textos largos. Se movía en la frase y en el cuento breve. No estudiaba mucho el efecto de conjunto que podía tener una novela de 300 páginas. Creo que la enseñanza de la escritura sí está en el párrafo. Es lo que se necesita para saber cuando suena bien una frase”. La casa de Federico Campbell realmente es luminosa. Su sala tiene un enorme tragaluz que ilumina hasta el rincón más lejano de la estancia. Viste una camisa verde y una chamarra de piel café muy elegante. Sus ojos claros se confunden a través de sus lentes. Dice que Juan José Arreola era un hombre muy entusiasta, un niño jugando constantemente. Era un excelente

carpintero: labraba los caballos y las torres y las cajas de ajedrez; hacía mesas de ping pong, incluso tenía raquetas versión china y occidental. “Era un hombre maravilloso, un enamorado del arte y la literatura, del lenguaje y de la lengua española. Tenía un gran amor por nuestra lengua porque decía que en nuestra lengua se inventó eso que se llama novela, lo cual es cierto. La novela moderna nace con el Quijote”. Para Federico ahora hay una reivindicación del realismo y se vuelve a leer y a reeditar la obra de Balzac, Thomas Hardy, Emily Brontë, George Elliot; pero en 1964 había en México un profundo desdén por la novela del siglo XIX y se menospreciaba la trama, la anécdota, la construcción del personaje. Recuerda que los 60 no fueron tiempos propicios para que los escritores primerizos pudieran comprender la importancia de la composición literaria, el efecto de conjunto de un texto, y entonces algunos de su generación, incluido él, perdieron muchos años sin saber qué ni cómo escribir.

II.

Desde hace 10 años Federico Campbell no escribe y se siente un farsante. Dice que no escribe en gran medida por su incapacidad para concentrarse, es muy disperso. Todos los días se le van: sombra que se desliza bajo la piel del aire. Jorge Luis Borges decía sentirse a veces un poco farsante pero nunca sabremos qué tanto fue verdad. A sus 70 años de edad, el mejor narrador bajacaliforniano de su generación dice, sin falsa humildad, que es un impostor. Nunca termina de escribir lo que se propone. Nadie lo va entender, sólo él y a penas lo comprendería su sicoanalista después de 100 sesiones. Su silencio se mezcla al aire. Muchos escritores sueñan y hacen todo lo posible para alcanzar el éxito y la fama, ser el foco de atención. Algunos autores tienen en mente hacer un juego perfecto como en el béisbol, pero las crisis aparecen de vez en cuando y Federico lo sabe muy bien. Para él, el verdadero éxito es


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¿Un giro a la izquierda en Chile?

dos recuerdos Campbell vio venir la desaparición del Estado y la fragmentación de la experiencia nacional. Ser y no-ser parte de la literatura de Tijuana —bedroom music— también vaticinó que todos nosotros veríamos desaparecer esa micro-matria. Como J.M. Espinasa precisaba aquí la semana pasada, el padre es tema central en Campbell. Curiosamente, Campbell fue objeto de parricidio en Tijuana. Freud y Bloom son inexactos. El parricidio no es inevitable. Pero en memorias mezcladas con violencia, se inventan padres con tal de poder cometer asesinatos. Por tres décadas, un núcleo de la literatura de Tijuana rompió con Campbell o fingió desinterés. Nosotros alegábamos que la Tijuana de Campbell ya no existía y era necesario narrar nuestra Tijuana. No desde la memoria sino desde sus calles. Esas calles, poco después, se desvanecieron. En secreto lo leíamos y, evidentemente, deseábamos lo mismo que él: atrapar a Tijuana en un libro. O en unas páginas. Unos párrafos. Unas líneas. Un instante.

omo escritor ser feliz, estar acompañado y tener salud. “Hay una especie de autosabotaje para no triunfar. Uno de los enigmas que más me han fascinado en esta vida es el enigma de Juan Rulfo. Siempre me he preguntado por qué dejó de escribir. No se creía escritor, por eso era un hombre tan veraz, auténtico, tan lejos de las simulaciones”. Federico ya dejó atrás el lastre inútil de ser reconocido. Ahora la ventaja que tiene es que le ha bajado el espíritu de la competencia, así que él está tranquilo y escribe lo que puede. Vive feliz sin el reconocimiento ajeno, aunque aceptó por educación el homenaje que el INBA le rendirá este domingo 25 de septiembre en el Palacio de Bellas Artes por su trayectoria literaria. Como pocos escritores, admite que no es un novelista con destacada capacidad inventiva. Además, se siente frustrado porque no llegó a ser el escritor que siempre imaginó como Mario Vargas Llosa, de quien admira su disciplina. El narrador tijuanense tiene una veintena de libros publicados entre los que destacan Pretexta o El cronista enmascarado, Transpeninsular, La clave Morse, La memoria de Sciascia. Dice que con el tiempo se vuelve una costumbre no escribir: la mente está a otras cosas, sobre todo en la información. “La información es una adicción y no se puede vivir sin una dosis diaria, lo cual es una de las tantas maneras de perder el tiempo”.

III.

Algunos dicen que escribir es un psicoanálisis baratísimo. Lo cierto es que, como dice Javier Marías, sólo si el escritor trabaja en la falsa creencia de que su libro es el único libro existente en el mundo, logrará sacarlo adelante y completarlo. En el caso del traductor de Harold Pinter, David Mamet y Leonardo Sciascia, fue un proceso gradual y de constante lucha con su impaciencia. El joven Federico Campbell vivía en la azotea de un edificio ubicado en la calle de Damas, en la colonia San José

No era “Tijuana” lo que queríamos atrapar. Era lo efímero de la existencia, el cruce de caminos, la disolución de fronteras, el devenir del hombre separado y, a la vez, del hombre buscando la clave de todo encuentro. Escribir para reconocer que en tu propia vida está el Aleph. Y no encontrarlo. Cuando se le hizo el homenaje en Tijuana, yo pude ver que Campbell sintió que el momento de la reconciliación había llegado. Conmovía escucharlo esa noche. Para ese escritor, acaecía un reencuentro. Y nadie iba a recordar en voz alta el secreto de recámara: la literatura de Tijuana y Campbell habían vivido la mayor parte de su vida separados. Imposible narrar la re-unión simbólica de un escritor y una ciudad. Sólo consignaré que Campbell decidió sellar la reconciliación hablando inglés. Como Tijuana solía hacerlo en la intimidad. 1/Octubre/2011, Laberinto

Insurgentes, justo atrás del famoso teatro. Cursaba estudios de Derecho y luego Filosofía en la UNAM, y un día su amigo Fernando Macotela leyó algunas cosas escritas que tenía Federico en un cuaderno y le dijo “oye esto es bellísimo”. Sacó la máquina de escribir, copió las palabras de la libreta y de inmediato le propuso: “hay que dárselo a un señor que vive aquí abajo, es director de una revista literaria”. Ese vecino era Huberto Batis. Junto con el escritor Carlos Valdés fundaron Cuadernos del Viento (1960-1967) y fue una publicación importante para muchos escritores jóvenes. Huberto Batis publicó el poema “Recuperación de Taormina”. Fue un momento crucial para Federico, algo se le salía del pecho, un deleite extraño. “El hecho de que me publicara y viera las letras de imprenta para mí fue un impacto, un golpe brutal a mi identidad personal como escritor. Empecé a ser escritor ante a mí mismo cuando vi mi nombre por Federico Campbell, gracias a Huberto”. También por los primeros años de los 60, Federico tradujo un cuento de J. D. Salinger “Un día perfecto para el pez banana.” Lo publicó también en Cuadernos del Viento y el mismo Huberto corrigió y le puso “Un día perfecto para el pez plátano”. Es la historia de Seymeour Glass, un hermano del narrador, que acaba de regresar de la segunda guerra europea y está en un hotel de Miami. Sale a la playa y allí conversa con una niña a quien le cuenta que más allá, en el mar inacabable, vive feliz el pez banana. “Se ve la capacidad de diálogo que el personaje —a punto de romper con la realidad en una caída psicótica— tiene con la infancia, con una interlocutora niña. Después Seymour regresa a su cuarto y se descerraja un tiro en la sien”. Federico dice que cada ser humano guarda dentro de sí mismo una narración y esa narración, como dice el neurólogo inglés Oliver Sacks, es su identidad personal, es su memoria. La memoria es la persona. Borges escribió que la obra más importante de un hombre es la imagen que deja de sí mismo en la memoria de los otros. Federico Campbell: hombre bueno como un árbol. http://www.animalpolitico.com/2011/09/me-siento-un-farsante-como-escritor/#ixzz2tj0dv6RW

Gonzalo D. Martner[1] Michelle Bachelet tiene una segunda oportunidad para llevar adelante una serie de reformas que cambien la estructura social y de valores de Chile. A diferencia de lo que se veía en su primer mandato, la disposición social favorable a esos cambios se muestra más acentuada, especialmente entre los jóvenes. Con los datos del 15 de diciembre, ¿la derecha chilena se ha vuelto una «minoría sociológica»? ¿Llevará adelante Bachelet las transformaciones esperadas? La amplitud de los resultados ha generado condiciones políticas e institucionales con las que ningún otro presidente pudo contar en el Chile de la posdictadura.

L

a victoria de Michelle Bachelet el 15 de diciembre de 2013 –con 62% de los votos– sobre su oponente de la derecha chilena Evelyn Matthei fue contundente. Se trata de la más alta proporción obtenida por una can­didatura presidencial en la historia reciente de Chile y de la primera re­elección presidencial desde 1932 (con un periodo de diferencia, ya que en Chile no hay reelección sucesiva). Al mismo tiempo, se utilizó por prime­ra vez en una elección presidencial y parlamentaria el sistema de voto vo­luntario con inscripción automática, que reemplazó el voto obligatorio con inscripción voluntaria vigente desde 1990. Este venía sufriendo un fuer­te desA PÁGINA 6


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gaste por el aumento de la no inscripción de los jóvenes (en 2010, 32% de los mayores de 18 años no es­taba inscripto en los registros electo­rales) y un aumento de la abstención (que alcanzó 13% de los inscriptos en 2010). No obstante, la participación electoral disminuyó en 2013. La abs­tención alcanzó el 51% en la primera vuelta presidencial del 17 de noviem­bre y 59% el 15 de diciembre, en la se­gunda. En este marco, Bachelet obtu­vo un mayor porcentaje final que en su primera elección en 2006 (lo que se explica por el derrumbe de la de­recha), pero con menos votos (3,5 mi­llones versus 3,7 millones). Al cabo de los primeros cuatro años de gobierno de Bachelet (2006-2010), los chilenos mantenían una alta valo­ración de su persona, pero no le die­ron la mayoría a su coalición ni a su candidato para la sucesión, el ex-pre­sidente Eduardo Frei (19942000). No obstante, la han reelegido al termi­nar el periodo del centroderechista Sebastián Piñera. Cabe recordar que la tradición política chilena en mate­ria de duración del periodo presiden­cial ha variado de los cinco años con reelección (entre 1833 y 1871) a los cin­co años sin reelección –para disminuir el entonces intenso intervencionismo electoral del gobierno–, y luego a los seis años sin reelección fijados por la Constitución de 1925, mandato vi­gente hasta el golpe militar de 1973. En la Constitución pinochetista de 1980 estaba originalmente previsto que el periodo presidencial durase ocho años. Los pactos de transición de 1989 establecieron, no obstante, un primer periodo de cuatro años y luego una norma permanente de seis años. El Parlamento volvió a reducir en 2005 el mandato presidencial a cuatro años, para hacer coincidir las elecciones presidenciales y las parla­mentarias y sus periodos respectivos de ejercicio, con excepción de los se­nadores, que duran ocho años en sus cargos (el Senado se renueva cada cuatro años por mitades). No se inclu­yó el mecanismo de reelección inme­diata y se mantuvo la posibilidad de reelección una vez transcurrido un periodo presidencial completo. A la luz de los resultados, ¿fue el go­ bierno de derecha moderada de Se­bastián Piñera solo un paréntesis ex­plicable por el desgaste de 20 años de gobierno de una misma fórmula política, la Concertación de centroiz­quierda cada vez más inmoviliza­ da? ¿Está la derecha, con su 38% de los votos de 2013 (el porcentaje más bajo desde el 35% de 1993 y el 36% de 1970), distanciada de los valores y aspiraciones de la sociedad chile­na contemporánea, lo que explicaría que en solo cuatro años perdiera 1,5 millón de votos? ¿Constituye defini­tivamente una minoría sociológica? Desde la salida de la dictadura de Augusto Pinochet en 1990, la coali­ción de dos partidos conservadores ha estado dominada por una corriente vinculada al integrismo religioso y a la defensa de las políticas de los eco­nomistas de la Escuela de Chicago. Estos dirigieron la escena político-económica chilena en las décadas de 1970 y 1980 y realizaron radicales re­formas desreguladoras promercado. Más tarde esta corriente se transfor­mó, bajo la denominación de Unión Demócrata Independiente (udi), en la principal fuerza parlamentaria de la oposición a la Concertación y elabo­ ró una propuesta centrada en la ges­tión de los asuntos cotidianos, rea­cia a las reformas democráticas. El otro partido conservador, bautizado Renovación Nacional (rn), permitió la coexistencia en su seno de adhe­rentes al

CORREO del SUR régimen de Pinochet y de una nueva generación, por mucho tiempo minoritaria, que se propu­so construir una centroderecha de­mocrática. A ella se adscribió Piñera en 1989 para iniciar, como senador por Santiago, un proyecto presiden­cial que tenía pocas posibilidades de desarrollo en su corriente de origen, la Democracia Cristiana (dc), a pe­sar de sus prácticas empresariales cuestionables y su pragmatismo a la hora de desarrollar su ambición pre­ sidencial, sin ataduras con la dicta­dura militar o con posturas cultura­les ultramontanas. Se puede conjeturar que la sociedad chilena no es hoy conservadora ni comparte los valores de la derecha, y eso es lo que determinó la derro­ta, más que la gestión de Piñera en el gobierno. Este logró un crecimiento promedio de 5% del pib, creó 800.000 empleos, realizó algunas reformas so­ciales como la ampliación del subsidio posnatal y la disminución del pago de cotizaciones de salud para los ju­ bilados de menos ingresos, mientras endureció las condiciones carcelarias de los militares de más alta jerarquía condenados por violaciones a los dere­chos humanos. Pero la derecha, en me­dio de agrias disputas internas, perdió a más de

que durante esta campaña llegó a afirmar que, en caso de llegar al gobierno, «no haría nada contrario a la Biblia». Las principales preocupaciones de los ciudadanos sobre el devenir del país son las desigualdades sociales, el sis­tema educativo y el de salud, mientras que las principales preocupaciones personales son la educación de los hi­jos y la delincuencia, que Piñera había prometido disminuir drásticamente, sin obtener logros. 68% considera que Chile es un país «muy desigual». La mayoría acepta un aumento de los im­puestos para financiar una educación gratuita, reformar el sistema de salud y de previsión social y aumentar las ayudas a los más necesitados. Lo que volcó otra vez la opinión ciudadana a favor de Bachelet fueron los valo­res y aspiraciones presentes en la so­ciedad que encontraron en ella y en su coalición ampliada una mejor res­puesta, o en todo caso la más viable y seria, entre una oferta bastante va­riada (que incluyó al ex-diputado so­cialista Marco Enríquez-Ominami, que se negó a pactar con la Nueva Mayoría y obtuvo 11% de los votos, frente al 20% que consiguió cuatro años atrás). Bachelet volverá a La Moneda con

un tercio de sus votantes. En la Universidad de Santiago (con Ip­ sos), preguntamos a fines de octubre de 2013 a una muestra representati­ va de ciudadanos sobre una serie de valores sociales. Una gran mayoría (70%) opinó que hay que «reformar de manera importante» la sociedad. Los que además quieren «cambiarla to­talmente» son más (18%) que los que creen que hay que «hacerle cambios menores» o «dejarla como está» (12%). Los factores que podrían ser constitu­tivos de un mundo mejor más mencio­nados son «igualdad», «respeto por el otro», «trabajo», «seguridad» y «respe­to por los derechos humanos», ubica­dos lejos por sobre la «responsabilidad individual» o la «autoridad». Se obser­va además una opinión abrumadora­ mente mayoritaria en favor de la ges­tión pública de los servicios básicos y de la salud, las pensiones y la edu­cación y en favor de que los recursos naturales (el cobre, el litio, el agua, la energía) sean exclusivamente de pro­ piedad estatal. 33% está a favor del matrimonio igualitario y otro 31% está a favor del Acuerdo de Vida en Pare­ja, mientras solo 25% se opone a algu­na de estas fórmulas. Apenas 14% se opone a cualquier forma de aborto. En estos temas, al cabo de cuatro años de gobierno, la coalición de derecha tuvo poco que decir. Los valores que preva­lecen en la sociedad chilena no son los tradicionales del mundo conservador, precisamente los que la ex-ministra de Trabajo, Evelyn Matthei, defendió en esta elección, al punto de

más experiencia, con la más amplia coali­ ción política que conozca la historia reciente (y que va desde la dc hasta el Partido Comunista), con plena legiti­midad y con un mandato programáti­co claro, que planteó en tres elecciones sucesivas en 2013 (la primaria de la Nueva Mayoría de julio y la primera y segunda vueltas presidenciales de fin de año): lograr prioritariamente en su nuevo gobierno una nueva Constitu­ción, una reforma educacional y una reforma tributaria. Para ello, dispone de lo que no tuvo ningún gobierno desde 1990: una mayoría cercana a los 4/7 en ambas cámaras para cambiar las principa­les legislaciones, incluyendo las leyes orgánicas constitucionales suprama­yoritarias, aunque no para cambiar la Constitución o llamar a una Asam­ blea Constituyente de acuerdo con la letra de las normas vigentes. En todo caso, dispone de mayorías simples para cambios tributarios y laborales. El gran interrogante político es si se trata de una mayoría teórica o de una sus­tantiva, capaz de expresarse en votos suficientes en el Parlamento para las reformas principales. La gestión política del primer gobierno de Bachelet coincidió con la división de tres de los cuatro partidos de su coali­ ción, lo que se tradujo en la pérdida de mayoría en ambas cámaras. Segura­mente, la lección está aprendida para buscar en esta etapa una gestión polí­tica integradora, no divisiva y compro­metida con las promesas hechas a los ciudadanos. La alineación de mayo­rías parlamentarias dista

mucho, ade­más, de ser automática hoy en Chile, dada la relajación de los factores de co­hesión que emanaron de la confronta­ ción dictadura/democracia, junto con los grados crecientes de fragmenta­ción partidaria. Esto se traduce en que, a pesar de un sistema electoral fuer­temente penalizador de las minorías, las directivas partidarias no siempre obtienen disciplina de voto de sus par­lamentarios, los que a su vez pueden abandonar su partido de origen sin perder el escaño durante la legislatu­ ra. Esto fue especialmente difícil para Bachelet durante su primer gobierno, cuando, a mitad de periodo, perdió su mayoría parlamentaria por escisiones en los grupos de la dc (vinculados al senador Adolfo Zaldívar), del Partido por la Democracia (el senador Fernan­do Flores) y el Partido Socialista (el se­nador Alejandro Navarro y, más tarde, el senador Carlos Ominami). La entrega de la conducción económi­ ca a tecnócratas sin partido pero con­ trarios a reformas estructurales tal vez se corrija en este segundo gobierno con un equipo que articule a los acto­res de la producción para enfrentar los desafíos de corto plazo, que vienen de un contexto externo con dificultades, así como los desafíos de largo plazo, que incluyen la necesidad de mejorar la distribución primaria del ingreso (con reformas laborales y al empren­ dimiento) y la distribución secunda­ria (con reformas tributarias progresi­vas y programas sociales universales), además de acelerar el crecimiento usando las rentas de los recursos na­turales –que hoy se regalan a empre­sas transnacionales– para invertirlas en Chile en más economía del conoci­ miento y de la innovación. La nuevamente presidenta Bachelet quiso reconocer, en el discurso pro­ nunciado la noche de su segunda vic­toria, que ante la fuerte abstención, el sistema político necesita recuperar la confianza ciudadana, y mencionó un tema crucial: el respeto por la veraci­dad de la palabra. La política demo­crática se fue transformando en Chile en las últimas décadas en un proceso que terminó haciendo de la necesidad (salir pacíficamente del atolladero de la dictadura) una virtud (dejar de com­batir una institucionalidad antidemo­ crática, incluso en algún caso validán­dola y defendiéndola, y haciendo lo propio con el modelo económico neo­liberal y la gigantesca concentración económica a que ha dado lugar). Los ciudadanos fueron poniendo en duda la veracidad del discurso democráti­co y de su promesa primordial y fun­dacional de dejar atrás la herencia de «democracia protegida» y de Estado mínimo que tan hábilmente constru­yó en la Constitución de 1980 el grupo de civiles de ultraderecha que apoyó a la dictadura militar. Muchos ciuda­ danos terminaron dándole la espalda a la participación en democracia. To­mando el desafío, el 15 de diciembre la presidenta electa le ha propuesto al país iniciar la reversión de esta si­tuación, que refleja un escepticismo generalizado sobre las posibilidades transformadoras de la acción política, especialmente entre las jóvenes gene­raciones, a pesar de las movilizacio­ nes estudiantiles de 2011 y de la en­trada al Parlamento de cuatro de sus dirigentes más representativos. Diciembre de 2013, Lima Este artículo es copia del publicado en la revista Nueva Sociedad, no. 249, enero-febrero de 2014, ISSN: 0251-3552, <www.nuso.org>. [1] Gonzalo D. Martner: ex-presidente del Partido Socialista chileno. Es profesor de la Universidad de Santiago de Chile y director de la Fundación Chile 21.


CORREO del SUR Víctor Orozco

E

l año de 1847 fue decisivo en la guerra librada entre México y los Estados Unidos. Durante el mismo se libraron las batallas determinantes que culminaron con la rendición ante las armas norteamericanas un año después, cuando el 2 de febrero de 1848 se firmó el tratado de paz entre los dos países. Desde las vísperas de la contienda, cuando ésta se perfilaba ya cómo inevitable por la incorporación de Texas a la unión americana, cuyo territorio abarcaba según los planes expansionistas de Washington hasta el río Bravo o Grande, se puso de manifiesto que se trataría de una lucha en extremo desigual. No tanto por las diferencias en el poderío militar, puesto que las fuerzas armadas norteamericanas tendrían que invadir el extensísimo territorio mexicano y ganar en escenarios ajenos. La gran ventaja de luchar en casa, estaría del lado mexicano. A su favor, los norteamericanos tenían el número de habitantes, pues la población de los Estados Unidos se había multiplicado por diez en apenas cuatro décadas y bordeaba en los años cuarenta los 25 millones de personas mientras que la mexicana se había mantenido en 6.5 millones, casi la misma que encontró el Barón de Humboldt cuando visitó la Nueva España en 1803. Pero, no era tarea sencilla movilizar grandes masas de combatientes a través de distancias enormes, empresa que por cierto, era la primera vez en su historia que intentaba la república del Norte. Entonces, ¿Dónde radicaba la debilidad suprema de los mexicanos y dónde la fortaleza de los anglosajones, como entonces se les llamaba?. En que los primeros no habían conseguido todavía construir un Estado que pudiera diseñar una estrategia económica-militar y aplicarla, mientras que los mandos políticos del enemigo estaban unificados y carecían de rivales internos, ya sea en sus cuerpos militares o en otras fuerzas sociales. El gobierno de México, por su parte, estaba incapacitado para imponer sus decisiones al ejército y al clero, los dos factores de poder político, económico, militar y cultural dominantes hasta entonces. Cada uno de ellos obraba por su propio interés y de consuno cuando era necesario. Ninguno de los dos había asumido sino a medias el proyecto de nación inaugurado en 1821 y al cual habían atacado durante los diez años de la guerra de independencia. En enero-febrero de 1847 esta realidad se reveló con toda su crudeza y catastróficos efectos para el futuro de la república. El 27 de febrero, estallaba en las calles de la ciudad de México la guerra civil, provocada por la sublevación de tres batallones de la guardia nacional integrados por jóvenes capitalinos pertenecientes a las clases altas que habían sido eximidos de combatir en el frente y se habían quedado como guarnición de la capital. La causa de la rebelión fue el decreto expedido por el congreso el 11 de enero a iniciativa del gobierno presidido por Valentín Gómez Farías para ocupar una porción de los bienes de manos muertas pertenecientes al clero, hasta por una cantidad de quince millones de pesos, con el objeto de cubrir urgentes gastos de guerra. Resulta que se había reclutado un numeroso ejército puesto bajo el mando del general Antonio López de Santa Anna. Las tropas se encontraban estacionadas en San Luis Potosí esperando los suministros para marchar hacia Coahuila y Nuevo León donde contendrían al ejército norteamericano que había invadido el territorio desde Texas. Soldados no faltaban

Estampas históricas: Los Polkos

y su número sobrepasaba con mucho a los norteamericanos, pero...carecían los pobres reclutas de todo, principiando por los zapatos y la comida. Todos los días Santa Anna exigía los indispensables medios para sostener las tropas y acometer al enemigo, En tales circunstancias, el gobierno tomó una medida considerada extrema por la esperada reacción del poderoso cuerpo eclesiástico. Apenas fue promulgado el decreto, aquel comenzó una furiosa campaña contra el gobierno acusándolo de querer suprimir la religión católica. El tono general de las protestas está muy bien expuesto en las siguientes palabras de uno de los tantos manifiestos, prédicas, sermones, pastorales, circulados o pronunciados en la ciudad de México:

“¡Cuál será la pena de nuestros desgraciados hijos cuando al leer los anales de sus mayores, lleguen a la página manchada de nuestra época, y se encuentren con que el año de 847 había desaparecido la Religión católica de México, a los trescientos de haberse plantado!. Triste pensamiento, ¡no atormentes nuestro corazón! no lo permitirá el cielo!” De las amenazas de excomunión dirigidas tanto a funcionarios responsables de ejecutar las nuevas leyes como a los posibles adquirentes de bienes del clero, se pasó muy pronto a la acción y los llamados polkos (Una versión sobre el origen del apodo alude a la supuesta afición a bailar la polka, sin embargo, la más verosímil es porque se les asociaba al apellido del pre-

Domingo 23 de febrero de 2014

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sidente norteamericano James Polk) se rebelaron al fin bajo un plan político que sustancialmente tenía tres demandas: la destitución de Gómez Farías, el reconocimiento de Santa Anna como presidente y por supuesto, la derogación de los decretos de ocupación de bienes eclesiásticos. Uno de los efectos inmediatos de la asonada fue distraer las escasas tropas del gobierno y evitar el traslado de otras a Veracruz, puerto que a pesar de su importancia estratégica, fue dejado indefenso ante los marinos yanquis. Entre tanto, el ejército acantonado en San Luis Potosí, habían enrumbado hacia el Norte, atravesando el desierto con sus soldados descalzos y harapientos. (Aún así, estos soldados-campesinos se batieron a muerte en La Angostura, cerca de Saltillo, en una batalla que estuvo a punto de frustrar la invasión, del 22 al 23 de febrero de 1847.) En contraste, una semana después, abundarían la comida y el dinero en los cuarteles de los polkos. El daño causado por la insurrección ya estaba hecho y fue irreversible. Sin embargo, el golpe mayor a la quebrantada nación mexicana, quizá fue el sicológico. Los resentimientos abundaron, sobre todo provenientes de los escenarios bélicos, como Chihuahua y Veracruz, plazas que cayeron entre febrero y marzo. En los reproches, se expresaba la frustración provocada por las traiciones y la subordinación de los intereses nacionales a las mezquindades de los sectores hegemónicos. La sublevación militar capitalina, concluyó con el regreso de Santa Anna a la presidencia el 21 de marzo, la caída de Gómez Farías y la abrogación del consabido decreto. Un triunfo completo. Ni aún en medio de la tragedia, faltó el carácter cáustico y la ironía característicos de los mexicanos. Una satírica proclama fechada el 10 de marzo de 1847, atribuida a uno de los jefes de los polkos se burlaba de ellos mordazmente: “Me visteis en medio de las balas silbadoras, guarecido solo de una esquina y una trinchera. Llamar sereno y cariñoso a los cargadores y a los léperos, que a nuestra vanguardia hicimos marchar a jalar el asesino cañón enemigo. Ellos fueron los que se apoderaron del armón que cojimos, y los que después de la célebre festividad de armas quedaron con vida nos vitorearon cuando remuneramos su pequeña ayuda, dando un peso fuerte a cada uno. ¡Subordinados y valientes! Todos estos hechos prueban que la justicia nos asiste y que el brazo del Eterno nos auxilia. Defensores de la religión, e irresistibles y tremendos como el rayo de Dios (según dijo nuestro Boletín), nosotros triunfaremos victoriosamente, y un día tendremos la inexpresable vanagloria de marchar triunfantes por las calles de esta ciudad con nuestro uniforme de lujo y elegante porte nuestro valor impermeable, y portando en nuestro schacó y en nuestro pecho listones y cruces, escapularios y medallas, nuevos adornos con que aumentaremos la realzada belleza de nuestras importantes personas. ¡Mis súbditos! Las hermosas desde sus balcones nos contemplarán embelesadas y nos arrojarán amorosas coronas de flores inmarcesibles y olorosas. ¡Polkos! ¡Viva la religión! ¡Viva el batallón Victoria! ¡Vivan toditos los pronunciados y sus lustres jefes! ¡Muera el obstinado Farías!.” El mote quedó para la historia. Usado despectivamente ya para referirse a los traidores, ya a los inútiles o parásitos. Los polkos causaron un daño irreparable a la nación, pero al menos legaron un vocablo a la rica picaresca mexicana y un ejemplo vivo de los nefastos corolarios del fanatismo, la avaricia y el egoísmo combinados.


Alucinaciones

Fernando Bogado

V

emos con nuestra mente, eso no hay nadie que lo niegue. Recuerdos, impresiones, e incluso gustos, sabores y olores, son más potentes cuando cerramos los ojos y tratamos de evocarlos, y no tanto cuando tenemos frente nuestro el plato de sopa que odiamos o a la persona ya crecida que amábamos en nuestra primera adolescencia. La mente nos ha jugado más de una mala pasada cuando nos convence de que algo que parece real, no lo es: ¿acaso el cine no vive de persuadirnos de que hay monstruos horripilantes que nos esperan al costado de cada esquina? Pero claro, el problema no es tanto creer que son reales en el cine, o sea, tener esas visiones siniestras después de haber pagado una entrada, si no cuando la pantalla la conforman nuestros párpados cerrados o totalmente abiertos y el monstruo, el tipo siniestro, la joven belleza o el movedizo rectángulo multicolor están ahí, sí, saludándonos o flotando, corriendo o mirándonos a los ojos, y nadie más se percata de ellos. Alucinaciones, de Oliver Sacks (Londres, 1933), se propone revisar diversos casos en donde, sin caer en el delirio, algunas personas ven algo que nadie más puede

notar. Aclaremos los tantos: hablamos aquí de “alucinaciones” y no de “ilusiones”, ya que lo que tenemos en los muy diversos casos que pasará a mencionar el autor tiene que ver con la percepción de algo que no existe en el mundo exterior y no el resultado de un ejercicio imaginativo, voluntario o involuntario. La distinción le permite a Sacks abordar una serie de casos que no tienen que ver con el delirio y que dejan intacto el territorio psicoanalítico y psiquiátrico. Si bien esas alucinaciones tienen un fuerte asidero en la parte visual, pueden también afectar otros sentidos, como el del olfato o el del oído y hasta el gusto, dependiendo de la parte del cerebro o del cuerpo implicada en el suceso. El primer conjunto de casos ya establece “el grado cero” de todos los futuros fenómenos a describir: el “síndrome de Charles Bonnet” lleva el nombre de su descubridor, como muchos males neurológicos (pobre Sr. Parkinson y Sr. Alzheimer). Bonnet, un filósofo suizo del siglo XVIII, estudió las extrañas alucinaciones que afectaron a su abuelo, Charles Lullin, víctima de una ceguera progresiva. Las visiones que sufría Lullin iban creciendo en complejidad, pasando de ver un pañuelo azul que seguía los movimientos de su cada vez más deteriorada vista hasta saludar, en una per-

CORREO del SUR Director General: León García Soler

dida tarde, a los dos apuestos acompañantes de sus nietas, hombres que sólo existían en su cabeza. Pero Lullin, establece Bonnet, en ningún momento era presa de un delirio, aceptaba que lo que veía eran visiones que confundían su entendimiento y podía hacer descripciones completas y desafectadas sentimentalmente. Ahí reside el punto nodal que distingue a una alucinación de un delirio: mientras que lo primero mantiene indemne a las capacidades intelectuales del afectado, lo segundo implica un grado más de compromiso con la imagen, la cual, en muchas oportunidades, busca interactuar con el paciente. Como suelen decir, el problema no es hablar con las plantas sino que las plantas te contesten. Sacks se detiene también en las visiones de los parkinsonianos, en los extraños casos de percepción de olores cuya fuente objetiva es inexistente o los estados cuasi místicos de los momentos previos a la reacción espasmódica del epiléptico. Cada uno de esos casos recuperados propone una historia particular del descubrimiento de tal o cual afección, y de cómo ciertos sucesos sobrenaturales relatados por más de un antiguo texto pueden muy bien ser explicados recurriendo a la neurología moderna. El caso de la epilepsia es el más elocuente: el propio Hipócrates la llamaba la enfermedad “sagrada”, ya que las alucinaciones previas al ataque, ocurridas durante ese momento seudomístico llamado “aura”, pueden, en la mayoría de los casos, causar un éxtasis que más de una civilización ha considerado sobrehumano, como los sufridos por Juana de Arco, cuyas apariciones divinas pueden explicarse como un caso más de epilepsia del lóbulo temporal. Dostoievski, para movernos a un terreno más ficcional, relató en diversos trabajos (como El doble o El idiota) sus propios síntomas de afecciones neurológicas, hasta el punto que Sacks retoma la idea de que el giro moral de la prosa del escritor ruso descansa en el padecimiento de un tipo de epilepsia similar al sufrido por Santa Juana. Más de una de las enfermedades alucinatorias relatadas por Sacks forman parte medular de la historia de la literatura, provocando el cruce que el neurólogo y escritor inglés encarna. Por ejemplo, la aparición de doppelgängers, duplicados de uno mismo, pero que presentan ligeras y siniestras diferencias, pueden encontrarse en la obra de Poe o en la de Maupassant, quien, por ejemplo, padeció neurosífilis y, según algunos comentarios, podemos suponer que sufrió de heautoscopia, una variante particular de autoscopia, en donde no sólo se crea un doble de sí mismo que invita a la despersonalización (¿cuál de los dos soy, en definitiva?) sino, también, al enfrentamiento: en el caso de la heautoscopia, el doble produce horror y plantea una complicada situación en donde trata de robarse la identidad del que duplica. Ahí están William Wilson y el Horla para salir de testigos. El capítulo final, dedicado a los casos de “miembros fantasmas”, revela la preocupación principal que atraviesa el trabajo del autor de libros como Despertares (1973) o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985): ¿cuán importante es para la vida del hombre la imagen mental que de él mismo tiene? Desde el citado “síndrome de Charles Bonnet” hasta los casos de personas con miembros amputados que todavía sienten “calambres” en la mano o pierna que no está, es la propiocepción (la percepción del sí mismo) la que muchas veces se ve afectada y produce imágenes de cosas que no están, duplicaciones de no­sotros mismos o sensaciones en extremos que nos faltan. Por ejemplo, la comezón que afecta al amputado puede solucionarse engañando al cerebro con la colocación de una prótesis que complete el vacío percibido. O, en otro de los casos citados por Sacks, con el uso de la famosa “caja de espejos” de V.S. Ramachandran. Y aquí no hablamos de un entretenimiento de feria circense sino de un experimento científico sólido y bastante intrigante: una persona con un brazo amputado que siente un dolor o calambre en la parte ausente puede colocarse en la caja, la cual, mediante un espejo, duplica al miembro presente y le permite al afectado “mover” el reflejo y alivianar la molesta sensación. En Alucinaciones, Oliver Sacks logra, mediante una prosa literaria que abreva en la sencillez y crudeza del discurso médico, hacer un repaso de diferentes males neurológicos, enganchándose a la vieja tradición de la descripción de casos médicos excepcionales propia del siglo XIX (y del XX: ¿se acuerdan de House M.D.?), poniendo un poco en duda esa confianza tan propia del humano que reposa en las bondades de su desarrollado cerebro, órgano cruel que, como ciertos hermanos mayores, a veces nos tiende bromas demasiado pesada. Duda razonable.

Suplemento dominical de Director: Adolfo Sánchez Rebolledo

Diseño gráfico: Hernán Osorio


Correo Del Sur No 375