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CRÍTICA/ÉTICA Y POLÍTICA La Aguascalientes, 4820 LaJornada JornadaAguascalientes/ Aguascalientes/ Aguascalientes,México Mé xicoFEBRERO OCTUBRE2012/ 2010/Año Añ3o No. 2 N o.

Apuntes de ética y política

Raquel Mercado Salas

Los viejos de allí arriba debieran marcharse; yo desearía para mi residencia el paraje donde hay los tilos

aquellos pocos árboles que no son los míos me desbaratan la posesión del mundo.

Allí, para explayar la vista a lo lejos en todo el contorno,

quisiera construir tablados de una rama a otra;

quisiera abrir a la mirada un vasto campo para ver todo cuanto hice,

y abarcar con una sola ojeada la obra maestra del ingenio humano... Johann Wolfgang Goethe, Fausto

Fausto. Harry Clarke

H CONTENIDO

Apuntes de ética y política Raquel Mercado Salas

El descuido de la ética en política Óscar Diego Bautista

Los rostros de la democracia Walkiria Torres Soto

ace ya bastantes siglos, veinticuatro para ser exactos, el cómico Aristófanes inauguró la crítica a las visiones ideales de Estado contraponiéndolas con los detalles aparentemente insignificantes de la alteridad cotidiana: el sexo, el hambre y la risa. Recordemos, para comenzar con nuestra meditación, el argumento esencial de La asamblea de las mujeres donde sin pronunciar a su contemporáneo Platón, hace gala de las preguntas más inocentes, pero también las más demoledoras para la República. En breve lo resumimos: un día las mujeres deciden apoderarse del gobierno, emborrachando a sus maridos una noche antes de la votación más importante en el ágora, toman su lugar disfrazándose de hombres y declaran que el gobierno debería ser traspasado a mano de las mujeres. A partir de ahí, las leyes decretadas estaban encaminadas a la vida comunitaria, deshaciéndose de varios vicios sociales como el robo (el cual dejaba de ser necesario en un lugar donde todo pertenece a todos). El detalle que no estaba previsto (oh, ciego Platón) era el de la belleza como propiedad privada. Ya que ningún hombre se podía negar ante ninguna mujer y viceversa, los mancebos fuertes y jóvenes así como las bellas damiselas, serían asediados para conseguir sus favores. Pero la ley comunitaria lo preveía todo (aquí entra el cómico en pleno) pues todo aquel que buscara los favores de los agraciados, debía darle la parte proporcional a tres menos favorecidos y más viejos, teniendo siempre la prefe-

rencia el o la más fea o anciano. No terminamos de contar, sino recomendamos leer, los diálogos del joven que es asediado por tres ancianas antes de intentar penetrar en la habitación de una joven mujer dispuesta a una noche de delicias. El cómico, entre la risa y el sexo que iguala a todos los seres humanos, encontró una clave esencial para pensar el núcleo de toda ética y toda política: que la alteridad no es unitaria como la identidad. Es decir, que el principio que hace a los hombres y mujeres iguales en derechos y obligaciones se centra en un prototipo para ejercerse, o desde el cual determinar e interpretar la ley, aún con toda la flexibilidad posible. Sin embargo, la alteridad es tan diversa como cada una de las circunstancias de los individuos. Justamente en lo anterior radica el problema tanto del Ethos, como del Polites, ambos se encuentran en la esfera de la alteridad y la identidad. Pero, ¿qué es el ethos? Ante todo es casa, en el sentido griego, no es la morada (moris) latina. Y la diferencia es que la casa de los primeros abarca más que una ley humana, una ley de la Physis, a la cuál no domina el hombre; en cambio, la latina es entendida como civitas, es decir, una postura de hombres públicos de la ciudad, por lo tanto, de la cultura o de la intervención del hombre en la naturaleza. Las dos son complementarias en tanto que nos ofrecen distintos panoramas del ejercicio público y privado en relación con una idea de alteridad más completa. Ante

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todo esto, se puede observar cómo la romanización del mundo griego deriva, entre otras cosas, en una visión distinta en cuanto a lo que compete la ética, haciendo evidente la figura protagonista del hombre público. Justamente por ello la alteridad es el punto de toque entre los distintos horizontes culturales, sean griegos, romanos y del mundo contemporáneo, pues sigue siendo cierto que cuando ésta se anula, se anula la capacidad de habitar un mundo con los otros y por lo tanto, no se puede vivir con la convicción de que la libertad de cada uno de los individuos esté garantizada. ¿Existe la ética y la política sin diálogo?, ¿sin pluralidad? y ¿sin los otros? Definitivamente no, y es justamente ese el ejercicio, cotidiano y de conquista de la diferencia pública a la que no debemos renunciar. Frente a todo Platón, es decir, frente a todo proyecto de Estado, debemos escuchar a los Aristófanes que anden por ahí, preguntando cómo será eso posible para la diversidad vital del día a día. Ser gobernados por la verdad absoluta, sin fisuras y resguardada de toda contaminación con lo dinámico, es aceptar la dominación tiránica de una sola versión de la realidad. Esa dominación que se resume en la novela del desarrollo, el Fausto de Goethe, con el asesinato de los ancianos para dominar sus tierras, representa finalmente que nuestro imperativo categórico es: actuar de tal manera que la alteridad esté garantizada para poder ser nosotros mismos.


El descuido de la ética en política Óscar Diego Bautista

No se enseña ética para saber qué es la virtud, sino para ser virtuosos. Aristóteles

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n la práctica política contemporánea la disciplina ética ha perdido su relevancia. ¿Quién forma a los gobernantes en ética pública? ¿Quién se preocupa por transmitirles valores? ¿Será acaso que esta preocupación tan importante de antaño ha dejado de existir? El descuido de la ética en la formación de gobernantes ha generado por un lado que aquellos que ocupan cargos públicos, cuando carecen de principios éticos, desvíen los fines originales de la política al encontrarse demasiado obsesionados por sus intereses personales y partidistas. A su vez, el olvido de la ética en los gobernados ha generado su corrupción moral. Ambas situaciones se reflejan a su vez en la dinámica social.1 Dado que vivimos inmersos desde hace tiempo en una cultura basada en principios de independencia, individualidad y propiedad, se torna cada vez más difícil respetar y practicar principios y valores colectivos como la solidaridad, la cooperación o la generosidad. Por el contrario, resurge “la ley de la selva” donde impera el más fuerte y “el hombre se convierte en un lobo para el hombre” como decía Hobbes. Se reavivan confusiones respecto a si una situación es correcta o no, incluso existe cierto

La idea de rescatar y fomentar la ética en gobernantes y gobernados es importante, pero se pondrá mayor énfasis en los gobernantes y funcionarios públicos

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rechazo a las normas éticas ya que éstas son menos atractivas o estimulantes que los principios individuales. El disfrute individual del dinero y los bienes materiales sin duda atrae mucho más que el goce colectivo de los mismos. Pensar en uno mismo y no en los otros es la característica del individuo moderno. Una sociedad sin recursos éticos genera una transformación en la conducta de sus miembros basada en antivalores. Lo que es antiético e inmoral, al extenderse en su práctica diaria, se torna normal e incluso es visto positivamente. La inmoralidad atrae actos inmorales. La gravedad de restar importancia a los valores éticos radica en el hecho que las personas que durante su infancia y juventud viven al margen de estos principios difícilmente los aceptaran una vez alcanzada la madurez. A esto hay que añadir que existen corrientes de pensamiento que fomentan, precisamente, actitudes antiéticas para gobernar.2 Bajo este contexto es fácil entender el estado de devaluación en que se encuentra la política. Ninguna disciplina está tan desacreditada como la política. Muchos individuos que han participado en ella sin tener ni formación ni experiencia, han contribuido a su deterioro. Se ha corrompido tanto que ha caído en situaciones grotescas hasta el punto de convertirse en una especie de pasarela en la que individuos, sin respeto por la investidura pública que se les ha conferido, desfilan de manera indebida. A pesar de ser la ética una disciplina tan importante en la vida política, algunos gobernantes muestran una falta de interés por ésta e incluso cierta aversión. Algunas causas por las que se rechaza la ética son: porque existen intereses económicos bien definidos o una ambición por la riqueza; porque Nicolás Maquiavelo dejó escuela y un legado de elementos “poco éticos” para gobernar aunque, eso sí, muy atractivos para conservar el poder.

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existen compromisos o intereses de grupo; porque se practica la corrupción; porque quienes ocupan los cargos no son políticos de vocación o porque se anhela el poder a costa de lo que sea. Cuando un individuo carece de ética y ejerce el poder no mide el alcance de sus actos y puede cometer acciones irracionales o bestiales.3 “No hay que ser águila para saber hasta qué extremos de perversidad y bajeza puede llegar el hombre; basta pensar que la crueldad, el desamor y la tortura son creaciones humanas, inventadas por inteligencias fracasadas”4. Cuando individuos sin ética ocupan cargos públicos corrompen el poder al hacer un uso indebido de éste: Se tiene presente y es principio reiterado con trivialidad, que el poder corrompe al hombre y el poder absoluto lo corrompe absolutamente. En cambio se olvida o no se repara en la proporción en que el hombre corrompe al poder, en que el poder es corrompido por el hombre que lo ejerce, con temibles consecuencias para quienes lo sufren y para aquellos que lo ejercen.

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Es el hombre sin principios rectos quien altera la profesión política, abusa del poder de manera ilimitada y al hacerlo así se convierte en la peor de las bestias. En palabras del sabio Plutarco: “El hombre es la más cruel de todas las fieras, cuando a las pasiones se une el poder.”6 Por el descuido de la ética en la política el ser En el libro Política de Aristóteles, califica de bestialidades aquellos actos perversos o irracionales que realizan personas en el poder. 4 José Antonio Marina, Ética para Náufragos, Editorial Anagrama, Barcelona, 1995, p. 201. 5 Patricio Marcos, Cartas Mexicanas, Editorial Nueva Imagen, México, 1985, p. 117. 6 Plutarco, Vidas paralelas, Editorial Porrúa, México, 1982, p. 331. 3


humano ha dejado de ser el animal político que definieron los griegos. La sociedad política es ahora una creación contractual y representativa, necesaria por la complejidad que ha ido adquiriendo la agrupación de individuos, pero en rara ocasión vemos reflejada en esta actividad la voluntad y espíritu de servicio que en principio implica la ética pública. Por el contrario cada vez más se busca satisfacer el propio interés en perjuicio del interés general.7 Históricamente la ética ha sido una reflexión de la que deriva un comportamiento que complementa a la política para alcanzar su objetivo de ver por la pluralidad de intereses de los gobernados. La combinación ético-política es indispensable para la recuperación de la confianza de los ciudadanos, porque si bien la política delibera sobre lo que es mejor o peor para la sociedad corresponde a la ética moderar los deseos de los políticos y funcionarios preocupándose por el bien general. La política implica deliberación permanente sobre los deberes para la vida pública por lo que tiene una esencia ética irrenunciable. Así ética y política se mueven dentro de una misma dimensión. La política no puede operar acertadamente sin la ética. Son los ojos de un mismo rostro. De ahí que al faltar uno, la visión se torna incompleta, se impide ver el horizonte, generando que el cuerpo político tropiece y pierda la credibilidad ciudadana. Ante la situación de turbulencia por la que atraviesan algunos gobiernos de distintos países del mundo al verse sumergidos en escándalos de corrupción se hace necesario el rescate de los valores éticos en política y en la administración pública. Por lo arriba señalado, es de suma importancia dignificar la política y rescatar su verdadero sentido. Hoy en día, en el pensamiento general, la política suele ir acompañada de una connotación negativa resultado de fondos que se desvían, metas que no se alcanzan, promesas que no se cumplen, ayudas económicas que se desvanecen y por tanto aumenta la desconfianza. No obstante, conviene no olvidar que el verdadero sentido y significado de la política es positivo. En palabras de Vaclav Havel: La política es un sector de actividades humanas que El tema de la ética ha estado presente en la historia del pensamiento político: Diógenes, Sócrates, Platón, Aristóteles, Plutarco, Séneca, Cicerón, Confucio, San Agustín, Santo Tomas, Kant, Spinoza, Gracián, Bertrand Russell, Hegel, Hobbes, Rousseau, Weber. Entre los contemporáneos están: John Rawls, Alasdair Mc Intyre, Hans Kung, Meter Ulrico, Warren R. Copeland, J. Philip Wogaman, Karl Otto Apel, Jürgen Habermas. Entre los autores españoles, es importante destacar a Fernando Savater, Victoria Camps, Adela Cortina, Javier Muguerza, José Luis Aranguren, Jesús González Pérez, Manuel Villoria o Jaime Rodríguez Arana. 7

plantea mayores exigencias al sentimiento moral, a la capacidad de entender el alma de los otros, al sentido de la medida y de la humildad. Es una dedicación para personas que no se dejan engañar... Todos los que afirman que la política es un asunto sucio mienten. La política es sencillamente un trabajo que requiere personas especialmente puras, porque resulta muy fácil caer en la trampa. Una mente poco perspicaz ni siquiera se dará cuenta. Por tanto, tienen que ser especialmente vigilantes los que se dediquen a la política, personas sensibles al doble sentido de la auto confirmación existencial que de ella se desprende.

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La vida pública plantea exigencias de comportamiento ético porque implica conocer y entender el alma humana. La ética en la vida pública es un producto de primera necesidad, “sin ella no funcionarían las grandes instituciones del mundo moderno y posmoderno, es decir, el Estado, la economía y la empresas, las actividades profesionales y del “tercer sector” o “sector social”.9 Las actividades de las instituciones públicas tienen una dimensión ética en tanto que afectan a las personas y sirven al desarrollo humano. Existe en el personal del servicio público un potencial inmenso que es el saber que se está sirviendo a una causa de sentido colectivo. Dicho potencial enfatizado mediante una adecuada política de personal acompañada del fortalecimiento de valores éticos es indispensable para recuperar la confianza en las instituciones.10 Es importante saber, si se quiere recuperar la confianza en las instituciones, cuales son las causas por las que ésta se ha perdido. En general, hay desconfianza porque se pierde la credibilidad. Cuando se miente, se promete y no se cumple, cuando existen necesidades que nunca son satisfechas el ciudadano deja de confiar. Ante las situaciones de Vaclav Havel, citado por Jaime Rodríguez-Arana, Principios de ética pública, Montecorvo, Madrid, 1993, p. 100. 8

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Adela Cortina, op. cit., p. 98.

Es ya bien conocido por la sabiduría popular el dicho según el cual “la virtud tiene en sí su propia recompensa”, lo cual significa que obrar bien tiene un valor intrínseco, que la buena actuación produce por sí misma un beneficio a quien la realiza (Cortina, 1998, 97) 10

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incertidumbre, no bastan las reglas y las recetas miopes, las solas técnicas son insuficientes, es necesaria una ética pública que cuente con el atractivo suficiente como para motivar a actuar según un principio de justicia y de solidaridad universal. “La confianza entre las instituciones y las personas no se logra multiplicando los controles, sino reforzando los hábitos y las convicciones. Esta tarea es la que compete a una ética de la administración pública; la de generar convicciones, forjar hábitos, desde los valores y las metas que justifican su existencia”.11 La ética aplicada a la función pública implica servicio a la ciudadanía, es además un importante mecanismo de control de la arbitrariedad en el uso del poder público, un elemento clave para la creación y el mantenimiento de la confianza en la administración y sus instituciones al elevar la calidad de la administración pública mediante la conducta honesta, eficiente, objetiva e íntegra de los funcionarios en la gestión de los asuntos públicos. En tanto no se logre un cambio verdadero y profundo en el pensamiento no se podrá recuperar la confianza en el servicio público. 11

Adela Cortina, op. cit., p. 160.


Los rostros de la democracia Walkiria Torres Soto

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n la actualidad, la democracia es el sistema de gobierno asumido por la mayoría de los países del orbe, a ese respecto, tendremos que pensar cuál es el papel de un sistema democrático que presupone la participación de todos en la vida pública. Pues bien, la política, entendida como práctica democrática, sería la apertura de lo incierto en detrimento de cualquier argumento que se postule como verdadero. Ningún sujeto, partido o perspectiva puede adjudicarse la verdad absoluta sino que la verdad asiste a todos. La democracia es el horizonte donde todos estamos facultados para participar, opinar, disentir sobre las ideas o acciones que configuren el porvenir de la vida colectiva. Entonces por qué insistimos en practicar una vida democrática más cercana a la confrontación, al disenso y la discordia con los otros. Para agudizar nuestro análisis sobre la precariedad del ejercicio democrático es necesario esclarecer su sentido y significado; comencemos por distinguir entre la democracia como un ideal de una asociación política y como sistema de gobierno1. Democracia como ideal de una asociación política es el “poder del pueblo”, lo que significa que todos los miembros de la sociedad tienen el poder de decidir y participar directamente sobre los asuntos públicos. Si todos tienen el poder entonces no existe el dominio, ni la exclusión, la democracia tendría que ser la libertad de todos. Por lo tanto, su realización admite grados, es un ideal al que se encaminan los miembros de dicha asociación. En cambio democracia como sistema de gobierno es un conjunto de reglas e instituciones que nos llevan a legitimar un sistema de poder a través de una serie de procedimientos que constan de elecciones, representación popular, división de poderes, decisiones por mayoría, etcétera. No es el proyecto de una asociación política sino un sistema que ha olvidado el sueño utópico del poder del pueblo. A su vez, en Cfr. Luis Villoro, “Alternativas de la democracia” en El poder y el valor. Fundamentos de una ética política, FCE, México, 2006, p. 333 – 358. 1

las sociedades contemporáneas, ante la diversidad de grupos sociales y divergencias de opiniones, será difícil establecer cual es el mandato del pueblo. En realidad el ejercicio democrático se transforma en un escenario donde los distintos grupos compiten por hacer prevalecer su interpretación del bien general. Así democracia se transforma en un procedimiento estandarizado para decidir quien gobernará para el pueblo, su característica esencial es la competencia regulada a través de las elecciones. La democracia como ideal de una asociación política o como sistema atiende a diferentes intereses. Mientras que el primero es conforme al valor porque busca alcanzar la libertad e igualdad de todos los miembros de la asociación; el segundo, se conforma con un argumento pragmático, es un modo de proceder, instituciones y prácticas existentes para regular la competencia entre distintos grupos que pretenden alcanzar o preservar el poder. Sin embargo, si reducimos la democracia a este segundo significado carece de una justificación moral. No existiría diferencia entre un sistema democrático o una dictadura o cualquier otro sistema político. El significado pleno de democracia, como el poder de todos implica preferir una sociedad que tenga entre sus fines la libertad y busque eliminar la exclusión. Por lo que, es necesario revisar las deficiencias de nuestra democracia como sistema de gobierno, involucrarse en las instituciones y conocer los mecanismos para la participación ciudadana. Ante la imposibilidad de ejercer una democracia directa dentro del entramo del sistema de gobierno. Es necesario revindicar la participación comprometida y democrática dentro de los espacios en los que se vive, se trabaja o estudia. Hace falta restituir el tejido social generando comunidades dialógicas. El pueblo está formado por múltiples comunidades, barrios, colonias, municipios, etnias, sindicatos, gremios, organizaciones sociales, etc. donde si es posible practicar la democracia directa y asistida por el diálogo. La democracia tendría que ser el espacio en el que no se impone la propia voluntad sino el espacio discursivo donde se

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exponen nuestras razones, se resiste a cualquier imposición y se asume que el otro, el que piensa diferente, no es un competidor a quien se debe derrotar, pues la diversidad enriquece y renueva. Ante el desacuerdo se privilegia la negociación y el consenso. Para devolverle a los ciudadanos la capacidad de participar activamente en las decisiones que afectan sus vidas se requiere de la idealización, del sentido utópico de democracia, pero sobre todo de la praxis, de un cambio de actitud, dejar la indiferencia e involucrarnos en el diálogo con los otros y conformar acciones conjuntas que fortalezcan y mejoren nuestros contextos inmediatos de vida.

La Jornada Aguascalientes PÉNDULO 21 Publicación Quincenal Febrero 2012. Año 3, No. 48 EDITOR Enrique Luján Salazar DISEÑO Claudia Macías Guerra COMITÉ EDITORIAL Ignacio Ruelas Olvera José de Lira Bautista Raquel Mercado Salas Ramón López Rodríguez COLABORACIONES Walkiria Torres Soto Óscar Diego Bautista


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