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CRÍTICA/O'GORMAN Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA La Jornada Jornada Aguascalientes/ Aguascalientes/Aguascalientes Aguascalientes, México OCTUBRE2010/ 2011/ Añ Año No. 38 La , Mé xico OCTUBRE o 23 N o. 20

“12 de octubre” en perspectiva de O’Gorman Ignacio Ruelas Olvera

invención de América. En el fondo de su reflexión están los cuestionamientos: ¿cómo se desvela la cultura occidental?, ¿cómo entenderla?, ¿cuál era y cómo hacer su didáctica?, ¿cuál es la pedagogía histórica que explica el descubrimiento de América?

CONTENIDO “12 de octubre” en perspectiva de O’Gorman Ignacio Ruelas Olvera

O’Gorman y la crisis de la historiografía tradicional Ramón López Rodríguez Jorge Terrones

La monstruosidad de lo Otro Raquel Mercado Salas

Recuerdo de Edmundo O'Gorman Alberto Dallal

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ctubre está en las efemérides nacionales como un trofeo genial: Descubrimiento de América, 12 de octubre de 1942. Lo firma Cristóbal Colón. La historia lo afirma: Colón la descubrió. Con esta idea sembrada por nuestros viejos libros de historia crecemos y hasta llegamos a creer que sabemos historia, como si nos fuera familiar, ¡ah sí fue Colón!, nos sabemos la narrativa: el navegante… la Niña, la Pinta, la Santa María, del Puerto de Palos hasta nosotros. Pero ¿cuál es el significado del acontecimiento? A principios de los años noventa, siglo pasado, asistí a una conferencia sobre el redescubrimiento de América en el Auditorio del Centro Cultural JM Romo. De la propia voz O’Gorman pude entender las preguntas que se formuló para atender su libro La

O’Gorman hace una suerte de imágenes con las que confronta los hilvanes de la historia y, sin más, América aparece descubierta como magia. Su preocupación central fue una cuestión ontológica en la que no aparece el territorio en su calidad topográfica, más bien planteó la reflexión histórica de América para aclarar la fuente. Centró su pensamiento en las interpretaciones de la razón histórica, es decir, explicar el origen de la idea de que América había sido descubierta. Del concepto la conquista filosófica de América surgió un árbol de frutos: Fundamentos de la historia de América, 1942; Crisis y porvenir de la ciencia histórica, 1947; La idea del descubrimiento de América, Historia de esa interpretación y crítica de sus fundamentos, 1951; La invención de América, El universalismo de la cultura de Occidente, 1958. Edmundo O’Gorman revisa la idea de conquista para sustituirla por invención, una avenida explicativa de la significación de América como ente histórico para la cultura occidental. La razón es simple, no hay creación pues ello representaría una suerte de producción desde la nada; o algo así como decir, la creación de una institución no se puede crear pues no hay razones gené-

ticas, las instituciones se inventan. Así invención fue una manera de presentar un proceso de construcción significativa dentro de la cultura. El quid no es mostrar o explicar, cómo se descubre la física de la territorialidad. Más bien su desiderátum es motivar y fundamentar la idea de la interpretación ontológica: el ser de América. Para llegar al honor de la tipografía tardó muchos años, lo hizo posible el Fondo de Cultura Económica, La invención de América. Investigación acerca de la estructura histórica del nuevo mundo y del sentido de su devenir. Insisto, O’Gorman navega en el proceso que llevó a cargar de significado el descubrimiento de América, se atribuye a Colón el descubrimiento de un nuevo mundo, cuando éste nunca tuvo conciencia ni convencimiento de su arribo a nuevas tierras continentales. La sensatez de juicio nos dice que nuca supo a dónde llegó realmente, supuso, según los historiadores, que llegó a Asia tomando la ruta del poniente. A quienes llega el dato y la información de nuevas tierras, es esencial cuestionar ¿cómo entendieron ese horizonte de occidente, ignorado por todos los autorizados en la ciencia y teología del momento?; ¿cómo organizaron la imagen de ese mundo?, recordemos que Américo Vespucio a principios del siglo XVI publica: Quator Americi Vesputti navigationes, obra en la que narra cómo Colón había arribado a un mundus novus. O’Gorman baja a los túneles y entresijos de cómo el continente se llegó a convertir en una entidad histórica, cómo

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se adecuó a los paradigmas que explicaban el mundo de ese momento. Por ello invita a repensar en el interés de lo que se conmemora, sobre todo si es de naturaleza histórica, para dar otras perspectivas e inhabilitar las seducciones de hacer bronces y mega historias que martillan como verdaderos e infalibles los sobreentendidos que la historia oficial ha ido creando. Cuestionar los supuestos absolutos en clave dialéctica. La lección, hoy que la vida colectiva se ha vuelto farragosa, consiste en cuestionar para comprender las cosas desde perspectivas sin límites de la imaginación, construir los consensos desde un colectivo crítico. Re-pensar la historia, ahoraya-no, sin prejuicios ni pasiones irracionales. Esencialmente el uso adecuado de la voz merced a la razón pública, sobre todo replantear el uso de las palabras. ¿Cómo está constituida nuestra razón histórica?, ¿cuáles son las razones para dotarle de credibilidad? Para entender y hablar de los hechos históricos requerimos actualizar e inventar los acontecimientos. El pensamiento no es la palabra de la palabra. La palabra es un bien de dominio público. Tengo la certeza de que todas las interpretaciones pasan por la palabra. De ahí la importancia del haber intelectual. No hay acción humana que no haya pasado por la palabra, requiere razón crítica suficiente. Don Edmundo, ¡gracias por su sensatez!


O’Gorman y la crisis de la historiografía tradicional Ramón López Rodríguez

El hombre no tiene naturaleza, sino que tiene… historia. José Ortega y Gasset

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na de las mentes más perspicaces y agudas en la filosofía de la historia y la historiografía latinoamericanas es, sin duda, la de Edmundo O’Gorman. Su larga trayectoria académica como filósofo e historiador, le mantuvo siempre en la búsqueda incansable de una forma genuina de hacer historia, diametralmente opuesta a lo que él llamaba la “historiografía tradicional”, que había causado el quebranto metodológico de la ciencia histórica contemporánea. En una postura similar se encontraba el filósofo de la historia inglés R. G. Collingwood, cuando denunciaba —esto en los epilegómenos de su clásica obra Idea de la historia, que el propio O´Gorman tradujo al español— la crisis de la ciencia histórica de carácter positivista y su proyecto de hacer del vestigio histórico la puerta de acceso privilegiado a los acontecimientos tal y como sucedieron, asociando a este tipo de historia con una imagen dolorosa: historia de “tijeras y engrudo”. En sintonía con el pensamiento de Collingwood, O’Gorman también preservó la sospecha sobre las supuestas bondades de una historia científicamente diseñada, que se ufana de la imparcialidad y objetividad en los juicios de sus observadores, de la selección incontrovertible de los testimonios que recopila, de la aplicación de sus modelos explicativos retomados de las ciencias de la naturaleza, de la postulación de probables leyes históricas, entre otros desatinos. Su profesión de fe lo condujo por un derrotero muy distinto, mismo que el historiador Álvaro Matute describe como historicista, vitalista, idealista y relativista, y que le exigía creer que no había un pasado en sí, sino sólo la conciencia de un sujeto presente formándose ideas sobre el pasado. Matute señala que “O´Gorman gustaba de repetir que no se trataba del pasado sino de nuestro pasado, por consiguiente, conocerlo significaba conocernos y si lo hacíamos con autenticidad,

ese conocimiento resultaba catártico”.1 La ausencia de catarsis es uno de los grandes cuestionamientos que O’Gorman hace a la historiografía naturalista decimonónica, nacida de los afanes positivistas del historiador prusiano Leopold von Ranke, que terminó provocando el distanciamiento entre el hecho histórico y su recuperación, sobre todo por la compulsión cientificista de considerar el pasado como algo estático, ajeno a las necesidades explicativas del presente, en otras palabras, muerto. O’Gorman creía firmemente que la historiografía científica había querido acallar la pluralidad de voces inherentes a la constitución misma del pasado —muchas de ellas contradictorias entre sí, siendo la obligación de la historiografía sacarlas a la luz—, implantando el yugo de la univocidad teórica, mediante la sujeción del acontecimiento histórico al principio lógico de no contradicción, cuya enunciación más común decreta que una cosa no puede ser ella, y algo distinto a ella, en el mismo espacio y en el mismo tiempo. O’Gorman demuestra su desdén ante la sumisión de la ciencia histórica naturalista al principio anterior, afirmando lo siguiente: “La contradicción existe; no puede ignorarse simplemente como si no existiese. (…) Pero como, por otra parte, el historiógrafo debe mostrar <<lo que verdaderamente ocurrió>>, deberá demostrar que en realidad esas contradicciones son errores (…), y el error no es lo verdadero, las contradicciones en la historia sólo pertenecen al pasado en cuanto errores, o lo que es lo mismo, no le pertenecen verdaderamente”.2 Mediante este ilegítimo mecanismo de encubrir el hecho histórico, por naturaleza contradictorio, con una vestimenta 1

Matute, Álvaro, “La historia como catarsis”, en Revista de la Universidad, nueva época, núm. 33, noviembre de 2006, p. 13.

2

O’Gorman, Edmundo, Crisis y porvenir de la ciencia histórica, UNAM, México, 2006, pp. 68 y 69.

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teórica que le aniquila toda contradicción, alegando que ésta no es sino una incorrecta formulación de las proposiciones en las que el hecho se expresa, el pasado, como depósito de experiencia y de catarsis, queda completamente anulado. Así, la explicitación de <<lo que verdaderamente ocurrió>> devora a la explicación problemática (existencial, podríamos decir) de lo acontecido, y hace perder a la conciencia su oportunidad para reconectarse con un pasado que aún está vivo y que le es vitalmente necesario conocer. La crisis de los fundamentos en la historiografía tradicional se manifiesta, de manera palpable, en su incapacidad para dar respuesta solvente a preguntas que, para O’Gorman, resultan paradigmáticas: ¿Qué fue en sí el Descubrimiento de América? ¿América era un ente, cuya aparición en el escenario de la historia de Europa, implicó que se le descubriera? Si algún dato de lo que se asume como “descubrimiento” fuera invalidado por un testimonio o un vestigio contradictorio con el discurso generalmente aceptado, ¿cambiaría significativamente lo que se entiende como el “Descubrimiento de América” o sería consignado como un mero error? La complejidad de las cuestiones rebasan los alcances de una ciencia histórica que se desliga de las perspectivas y quiere privilegiar lo objetivo sobre lo subjetivo. Aquí nuestro historiador, haciendo una muy particular lectura sobre la crisis de los fundamentos de las ciencias descrita por Heidegger, nos anima a superar las formas impersonales y cosificadas de encontrarnos con el pasado y abrazar una historicidad viviente, colmada de aprendizajes posibles, pues sólo a través de ella se puede captar en todo su esplendor “el ser de la existencia humana”. A su manera y bajo sus términos, O’Gorman nos invita a sustituir la historiografía en declive con una genuina ciencia histórica que aprehenda sentidos y arroje significados, y que él inaugura con un curioso neologismo: la historiología.


La monstruosidad de lo Otro Raquel Mercado Salas

Se habla con gran desenfado, un poco por todas partes, del arte maya, del arte tarasco, etcétera; pero no existe, que yo sepa, ningún estudio en el que se trate de precisar el sentido de tales designaciones, debiéndose empezar a mi parecer, por considerarlas como expresiones de algo en sí problemático. Edmundo O´Gorman, El arte o de la monstruosidad

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uponemos que estando en el mundo y teniendo la capacidad para experimentar una serie de objetos y acontecimientos podríamos ser competentes para encontrarles un sentido independientemente de nuestra conformación cultural. Quizás con algunos nos sea más fácil y con otros tengamos que esforzarnos más. Lo anterior no es sino una suposición tranquilizadora para seguir con nuestro camino. Sin embargo, existen experiencias a las cuales no podemos responder ni siquiera analógicamente, esas experiencias trastornan los referentes con los que contamos porque no hay manera de traducirlas. Basta con poner un ejemplo que, O´Gorman magistralmente ha dejado para la posteridad: la Coatlicue al lado de Atenea. No en un sentido de comparación cualitativa sino en el de la referencia. Por un lado la contaminación de las formas y por otro la forma inmaculada de lo humano. Del horizonte clásico nos dice:

ejemplo, no tienen nada caótico o desequilibrado. La parte hombre y la parte animal no han sido violadas, son naturalezas bien definidas, sin contaminación de lo no humano. Si nos colocamos frente a la estatuaria griega no corremos riesgo de lo monstruoso. Es decir

aparecen los fragmentos humanos, esa piedra monumental que ha sobrevivido a las conquistas y al olvido nos hace experimentar lo Otro, anulando las categorías de belleza clásica occidental:

de lo Otro. Lo primero que arrebata al espíritu con el ímpe-

Por otro lado, la Coatlicue, esa experiencia para la que no tenemos de referente ni la propia figura humana, la mujer serpiente en donde no se adivina en dónde comienzan las serpientes y dónde

tu de lo inevitable es su portentosa monstruosidad […] No es posible respirar el mismo aire del monstruo que tras la rigidez de la piedra, oculta en su aislamiento, el impenetrable secreto de su vergonzosa naturaleza2.

La fluidez del mundo ha quedado retratada con la Coatlicue, no los objetos del mundo. Las fuerzas que parecen atravesar en todas direcciones crean esa deformación de lo monstruoso. En este sentido habrá que entender que es un acercamiento a la boca mítica del mundo, al trasfondo de violencia o arrebato de lo desconocido que aparece para hacernos ver su rostro inefable. O´Gorman no se queda solamente en enunciar la incapacidad de enfrentarnos a lo Otro a través de la Coatlicue sino que se trata de intentar una aproximación al fenómeno artístico valiéndonos de lo monstruoso3. No a la manera de Kant, en donde lo monstruoso es una degeneración de lo sublime, no, aquí nos referimos a lo terrible en sí mismo. Andar con las vísceras de fuera, con nuestros jugos gastrointestinales en ebullición a los ojos de los demás. ¿Quién soportaría ver su corazón agitado latir una y otra vez sin descanso? Al parecer los antiguos mexicanos tenían una vocación artística en donde lo humano no se impone a las fuerzas de la naturaleza sino que en una constante polémica acontecen los dos. Después de todo, si el hombre contemporáneo es capaz de ver a través del arte su trasfondo mitológico, podría acercarse a los misterios que rodean muchos de los objetos artísticos que aún esperan herméticos, a ser convocados, por nuestro asombro y temor de estar en un mundo que muy probablemente no nos pertenece.

Ese diminuto paisaje antiguo, poblado de estatuas de ojos vacíos nos tiraniza, porque a ninguno como a él es tan adecuado el dictado de lo perfecto. Pero a la idea de lo perfecto va aparejado el angustioso sentimiento de la soledad. Para mí, la soledad es el rasgo más impresionante de las más bellas estatuas griegas1.

Esa soledad no se refiere a la estatua olvidada o visitada, a la capacidad de la obra de preguntarse por el sentido de sí misma sino a la idea de perfección que la acompaña. Esa figura humana es la negación de la violencia de la naturaleza. Es una expresión radical del orden que la naturaleza en términos de lo humano. Lo mismo Poseidón, Zeus, Venus, Apolo, todos los dones de la naturaleza que ellos mismos representan a través de sus atributos están contenidos en ese límite, humano y racional. Aún más, para O´Gorman los monstruos griegos son falsos monstruos: un minotauro o un centauro por 1 O´Gorman, Edmundo, El arte o de la monstruosidad, Ed. Planeta-

2 Ibidem, p. 86. 3 Idem.

CONACULTA, México, 2002, p. 80.

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Recuerdo de Edmundo O’Gorman Primera parte

Alberto Dallal

brillantez de la historia del pueblo mexicano, han asumido la actitud crítica (con las pruebas históricas en la mano) para exponer los impulsos y la dinámica del conglomerado.

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i en 1906, cuando nace Edmundo O’Gorman, se hubiera sabido que un siglo más tarde, en México, la difusión de la cultura, la información política y periodística y las relaciones comerciales internacionales iban a estar en manos de dos empresas monopólicas de televisión; si se hubiera adivinado que la educación básica del pueblo mexicano iba a tener que negociarse con gobiernos y líderes corruptos; si se hubiera entendido que la universidad pública nacional y algunos centros de investigación iban a ser el mejor bastión —tal vez el único auténtico y justo— del conocimiento histórico en el país, probablemente la Revolución Mexicana se habría adelantado o tal vez, insisto: probablemente, Edmundo O’Gorman habría acelerado su entrada en sus estudios de Derecho y de Historia y duplicado su consistente obra erudita y de divulgación. Sin embargo, O’Gorman se inició en la participación intelectual de la nación en un periodo en que se expandían y profundizaban las buenas relaciones de los gobiernos posrevolucionarios con la preparación y la entrada en materia de profesionales e intelectuales de toda índole. Estas buenas relaciones perduraron todavía después de 1968, año en que son las clases medias ilustradas las que ponen en evidencia y critican abiertamente las trabas a la democracia y al pleno desarrollo de las instituciones, ya evidentes a causa del partido único. Y es a partir de este movimiento que comienzan a aflorar con plenitud las virtudes de aquellos historiadores que, sin erradicar la

Somos una nación que resuma historia, un país donde la historia salta a la vista en cualquier momento, en cualquier sitio: surgen en pleno siglo XXI inesperadas estelas prehispánicas en los estados y en la ciudad de México; acuden emblemáticos escudos decimonónicos al zócalo; o se hacen nuevas referencias a nuestros varios imperios, a nuestras iglesias convertidas en museos y escuelas, o a las obras de arte nacionalista que no dejan de subir de precio y aprecio públicos en los mercados de todo el mundo. Somos el único país que institucionaliza, por tradición, a nuestros levantados en armas. ¿Cómo iba Edmundo O’Gorman a cerrar sus intereses de observación e investigación históricas ante tan evidente y abigarrado mundo? ¿Y cómo podíamos dejar de reconocer sus sesudos, sustanciosos análisis a un siglo de su nacimiento? La historia es, antes que nada, registro. Si la historia hubiera llegado a su fin, como un empresario convertido en ideólogo afirmó tan campante, estaríamos todavía ocupados en registrar cómo fue ese final de la historia: estaríamos buscando los hechos y los documentos de ese final tan poco evidente. La historia es registro e interpretación y una nueva, eterna, ininterrumpida pero cabal narración de los hechos. Pero hay métodos, reglas y condiciones para alcanzar y exponer estos registros y estas interpretaciones, y en estas tres fases del hacer histórico Edmundo O’Gorman se desenvolvió destacadamente. Paradigmáticamente. Y agregó dos cualidades más: las de convertirse en lúcido intelectual y en extraordinario maestro. Nada de lo de anterior “se dio por añadidura”.

de los acontecimientos, rebasar el acopio de datos y conducirlos hasta los niveles fehacientes de la especificidad: es decir, aportar, aducir todo aquello que se halla “al pie del cañón”, en la inmediatez de la realidad. Defender la honestidad intelectual, como O’Gorman lo hizo particularmente bien en su estudio previo a la Historia natural y moral de las Indias, de Joseph de Acosta, o durante su famosa polémica con Octavio Paz. Discernir sobre lo inmediato con la instrumentación y el rasero que implica el conocimiento mediato también es otra de las actividades básicas del intelectual. Y cuando el historiador acumula tantos conocimientos y vías y derechos hacia la interpretación, surgen libros como México: el trauma de su historia, obra que todo asesor de presidentes, si no es todavía una especie extinguida en los tiempos que corren, debería leer. O que cualquier gobernador, diputado o senador mexicano debieran tener como lectura obligada. Se las recomiendo a estos participantes de la historia mexicana porque posee, además de una prosa fluida, una gran claridad en las ideas, ideas que sitúan y hacen luz y desembocan en el retrato o’gormaniano de la realidad mexicana. El intelectual, pues, aporta ideas fundamentales para echar a andar la realidad, o criticarla, o prepararla para el cambio. Y en acotación de ello me remito también a un texto aleccionador: El arte o de la monstruosidad, de 1940, en el que les propone a los nuevos críticos e historiadores del arte observar y analizar las obras mexicanas con ojos nuevos. La historia la llevaba O’Gorman, como puede apreciarse, a flor de piel: la llevaba por dentro y, sí, afloraba a cada instante, a veces inesperadamente, como ocurre diariamente en nuestro país. Su disposición al diálogo, a la polémica, a la reflexión profunda (la única válida en torno a la historia y a la política) le permitieron participar cabalmente en los acontecimientos. Y, además, surgía con talento, con ingenio y con sentido del humor, como en aquella ocasión en que una dama coleccionista de piezas aztecas lo invitó, dijo ella, a “ver sus piedras prehispánicas”; don Edmundo le contestó circunspecto: “En rigor, señora, todas las piedras son prehispánicas”.

Además de la vocación, el historiador debe sentirse atraído por el esclarecimiento y la crítica de los hechos inmediatos y así convertirse en intelectual: participar en la crítica

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La Jornada Aguascalientes PÉNDULO 21 Publicación Quincenal Octubre 2011 Año 3, No. 38 EDITOR Enrique Luján Salazar DISEÑO Claudia Macías Guerra

COMITÉ EDITORIAL José de Lira Bautista Ignacio Ruelas Olvera Raquel Mercado Salas Ramón López Rodríguez COLABORACIONES Alberto Dallal

Pendulo21#38  

Pendulo21 número 38

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