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CRÍTICA / VIAJES La Jornada Aguascalientes / Aguascalientes, México. JULIO 2018 / Año 9 No. 145

Jorge Alfonso Chávez Gallo1

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n el breve texto1 titulado Estancias2, el pensador alemán Martin Heidegger describe su primer viaje a Grecia. Al inicio lo entusiasmaba la posibilidad de presenciar algo de lo que nutrió y dio carácter al pensamiento de los antiguos filósofos griegos y a la cultura de la antigua Grecia en general. Creía que iba a vislumbrar, entre aquellas ruinas y en los paisajes que sus ojos ansiaban contemplar, las raíces, los fundamentos del pensamiento occidental, eso mismo que toda su vida había buscado en los fragmentos de Parménides y de Heráclito, en los escritos de Platón y de Aristóteles. Al emprender ese viaje, Heidegger pensaba encontrarse con ese pasado que palpitaba en él mismo, que había resucitado en su propio pensamiento mediante años de estudio (¿y no es eso lo que todo lector acurado hace?). El encuentro que buscaba, sin embargo, resulta frustrado en un principio. No es hasta la etapa final del viaje, ante el paisaje de la pequeña isla sagrada de Delos, que el encuentro se da, que Heidegger al fin se encuentra en Grecia, que se presenta ante él lo que hace a Grecia, que él mismo logra estar presente ahí. El obstáculo con el que al inicio Heidegger se topa es, en resumidas cuentas, la artificiosa farfolla del turismo: recorridos, rutas, museos, hoteles, guías, multitudes... Quienes van en calidad de turistas bajan del crucero, siguen a un guía que repite con negligencia las explicaciones memorizadas, tan desgastadas y superfluas como los propios recorridos; luego se toman fotografías, comen en un hotel comida para turistas y regresan al barco a comentar cuánto se han divertido. «Por todas partes gente fotografiando. Arrojan su memoria en la imagen técnicamente elaborada. Renuncian, sin darse cuenta, a la fiesta desconocida del pensar» (2008, p. 53), escribe el pensador. Así, lo que esas personas experimentan ahí no tiene relación alguna con lo más grande que ha acontecido en ese lugar, que es precisamente lo que hace a Grecia, por lo que bien podían haberse divertido lo mismo en cualquier otro lugar, esto es, aun pisando ese suelo, no estuvieron propiamente nunca ahí. Fueron a Grecia sin experimentarla, que es tanto como beber café sin cafeína y que no sabe más que a azúcar. Más aún, así como daba igual que estuvieran ahí o en cualquier otro lado, también daba igual que

La lectura y los viajes JORGE ALFONSO CHÁVEZ GALLO Marrakarma o la trascendencia de la propina en vacaciones CHRISTIAN ACERO Reflexiones de un viaje a Egipto FABIÁN GARCÍA HUERTA

o con prejuicios, o simplemente en un momento en el que, por lo que fuere, no se encuentra bien dispuesto a encontrarse con el autor. Pero si las condiciones se dan, entonces ese encuentro cambia al lector, acaso su vida entera habrá de verse reconfigurada. Y aunque una ciudad, un lugar, no tiene un autor como lo tiene un libro, igual ha de leerse, ya por el mero hecho de que ahí se piensa de manera distitna a esa a la que uno está habituado. Sin embargo, el turista moderno típico es un contemplador pasivo, no busca, no se inmiscuye en esa forma de vida que le es ajena y, sobre todo, no se interroga a sí mismo: posa ante la cámara fotográfica para contemplar luego su imagen en escenarios diferentes. En su ensimismamiento carece de sí, se pierde en el otro anónimo de la multitud que desfila por asépticos hoteles y museos. No importa donde esté, porque sería el mismo fantasma en otro lado. El de Heidegger es un caso extremo, pero quien viaje ha de llevar cierta cultura, si es que quiere leer algo del lugar al que va. También en este caso hay que aprender a leer.

3 Entrevista compilada en Conversaciones, publicada por TusQuets editores.

1 Correo electrónico para contacto con el autor: jachagallo@ gmail.com 2 Aufenhalte, en el original, publicado en nuestro idioma por la editorial Pre-Textos y traducido por Isidoro Reguera.

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Mujeres afuera de la Mezquita Koutoubia.

y los viajes

CONTENIDO:

Mezquita de Kashba Marrakech.

La lectura

fueran ellos los que bajaban del crucero y hacían los mismos recorridos, o que fuera cualquier otro. Al estar como turistas se presentaban como otro cualquiera y no cada uno como sí mismo: sus experiencias eran también las de cualquiera (y eso al grado incluso de que un artefacto, como la cámara fotográfica, era capaz de guardarlas). En suma, no se dio el encuentro con Grecia, no se presentó ante ellos lo propio del lugar, ni ellos mismos estuvieron presentes porque, parafraseando a Heidegger, renunciaron inadvertidamente a la fiesta del pensar. Pues bien, ocurre con los viajes lo mismo que con los libros. Viajar no es a fin de cuentas más que otra forma de leer, y en este caso también hay que ser un lector acurado, si el viaje ha de ser provechoso, fecundo, y no meramente anecdótico (reducido a unas cuantas fotografías y algún souvenir). El papel del lector no es pasivo, sino que el sentido de un texto no se presenta si el lector no lo alimenta con su pensamiento, esto es, con sus preguntas e inquietudes, con la contemplación de otras posibilidades, con el recurso de sus memorias y de sus particulares experiencias, y con el aliento de sus emociones y de su fantasía. El encuentro con el pensamiento del autor no se da si el lector no piensa por sí mismo. Pero en ese encuentro el lector no sólo descubre a otro, sino que también se erige a sí mismo, explora nuevos territorios de su propio ser. En ese sentido, la lectura es provechosa, y en ese mismo sentido puede serlo también un viaje: «un libro que deja a su lector igual que antes de leerlo es un libro fallido», dice Cioran en una entrevista que le hizo Fernando Savater3. Pero claro, el lector como tal también puede fallar: aun cuando el libro guarde valiosos tesoros, puede leer con descuido


Marrakarma o la trascendencia de la propina en vacaciones Christian Acero1

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or fin vacaciones, ¡maletas a bordo! Corre el verano de 2001, ayeres en donde no existían los smartphones con sus accesibles cámaras digitales. Inimaginable poder grabar con el celular tomas en slow motion o time-lapses del sol ocultándose en el horizonte. La fotografía entonces era cosa de verdaderos apasionados y en la cajuela de la Suburban de la familia Luengas había 100 kilogramos de equipaje, repartido en cuatro grandes maletas y un case de seguridad donde había poco más de 10 kilos de equipo fotográfico perteneciente a Alicia, la hija menor, consistente en muchos rollos de 35 mm., 3 cámaras réflex con telefotos y gran-angulares, algunas cámaras instantáneas desechables y una Polaroid con 17 cartuchos de película. Elvis, con su pequeña y peluda cara de Shitsu, llora desde su jaulita apenas depositada en la recepción del hotel boutique para mascotas. Alicia, sentada en el asiento trasero de la Suburban, llora también: -nos veremos en dos semanas, bebé...-. –Su atención por favor, pasajeros con destino a Madrid, favor de comenzar a abordar por la puerta 233... 9:10 p.m. Ya instalados en sus asientos de primera clase, Alicia, 19 años, enciende la luz y saca de su bolso de viaje On the Road de Jack Kerouac. Los pasajeros de clase turista abordan poco a poco y se acomodan. Lili, de 17, saca del suyo una revista Vogue. Mastica un chicle. Se queda dormida rápidamente. 9:20 p.m. El avión despega. Mamá y papá se persignan, ipso facto, don Joaquín ordena Veuve Clicquot para tomarse los dos dramamines que le garantizarían un vuelo placentero. Se coloca luego el antifaz y en menos de 10 minutos ronca plácidamente. La señora Liliana se coloca tapones de caucho amarillo en los oídos y extrae de su bolso un rosario con olor a rosas de castilla para luego acurrucarse y comenzar a orar en silencio hasta caer dormida. 13 horas más tarde, hacía un día caluroso en el aeropuerto de Barajas, donde el vuelo 145 aterrizó sin complicaciones. Las cuatro horas de escala con destino a Marrakech se disolvieron pronto en el duty free, donde las 3 mujeres no pudieron resistirse al 30% off de Louis Vuitton. Más tarde don Joaquín lamentaría esa escala, ante la considerable diferencia de precios de la impecable piratería de la Medina de Jamaa el Fna. Para muchos de nosotros, Marrakech suena quizás a un destino demasiado exótico para unas vacaciones de verano. Y tal vez estamos en lo correcto. No es que los Luengas fuesen malinches o grandes aventureros, sino que Don Joaquín se había desempeñado en distintos cargos políticos y, por supuesto, México, la Unión Europea, Sudamérica y gran parte de Asia eran terrenos ya conocidos por esta familia. Las principales ciudades de Estados Unidos resultaban aburridas, puesto que eran sitios para ir de compras un fin de semana cualquiera. Don Joaquín, villamelón del cine, encontró que sería divertido explorar la puerta de África ya que había dado nombre a una de sus películas favoritas de todos los tiempos: Casablanca. Desde el cielo relativamente despejado de julio, los pasajeros del vuelo 126 de RyanAir vieron 1 Correo electrónico: aceroch@gmail.com.

debajo la bella Granada y el turquesa refrescante del Mediterráneo que parecía incitarlos a arrojarse en un clavado. Eso u ordenar un Aperol spritz. Una estupenda idea considerando que en los países musulmanes conseguir licor es casi ilícito. Apenas 20 minutos más tarde, el ocre desierto del norte de África le daba la bienvenida a la familia, dejando ver aquí y allá dispersas manchas oscuras que al descenso se fueron volviendo escasas palmeras y formaciones rocosas. La también ocre ciudad apareció no muy lejos, dividida en grandes guetos amurallados que encerraban los laberínticos pasajes en los que más tarde nuestros personajes se perderían para ser rescatados y llevados a las afueras por algún local en turbante a cambio de unos dírhams. A las afueras de la ciudad, se fueron viendo preciosas manchas azules que eran grandes albercas en edificaciones fuera de los guetos. Y si el arribo a Madrid fue caluroso, el arribo a Marrakech fue un descender en un horno de bollos que hizo a nuestros héroes salir corriendo del Menara AirPort al Radisson Blu Marrakech, base de las exóticas vacaciones en el desierto africano y donde los Luengas fueron recibidos con el típico As Salaam Alaikum y el Royal Tea, servido en vasitos de cristal. Tras un ágil check-in, fueron conducidos por Gustave, el Conciérge, directamente a sus respectivas habitaciones, una para los señores y otra para las hijas. Al llegar a ellas y tras una breve explicación de las amenidades, acordaron verse con Gustave en el lobby una hora más tarde. El joven bell boy, vestido de rojo, depositó con cuidado los grandes equipajes, primero en la habitación de Alicia y Lili y luego en la de los señores que extendieron al joven un billete de un dólar como propina. Por el gesto del chico podía advertirse que un dólar era poco más que insultante para el hombrecito. Mamá percibió el detalle y sacó de su monedero un billete de $50 pesos mexicanos. El joven lo recibió con la mano derecha y se quedó mirando con la misma expresión inconforme. Mécsican… dinero... –dijo la señora Liliana. El joven salió sin cambiar su expresión ni dar las gracias. Mamá y papá no eran malas personas, pero lejos estaban de ser espléndidos. Como todo buen adinerado, ellos cuidaban hasta el último centavo y aunado a esto, estaban acostumbrados a viajar por países del primer mundo, donde los salarios son mejores y las propinas realmente no se acostumbran. Considerando que Marruecos había sido territorio francés, papá y mamá concluyeron que no debían verse demasiado generosos con sus gratitudes monetarias. Luego de una merecida ducha, los miembros de la familia se encontraron en el lobby. Papá cambió algunos dólares por dírhams y Gustave inició enseguida un recorrido por el lujoso hotel, sudando en el interior de su elegante tuxedo. Con su peculiar mezcla de español, francés e inglés, mostró a la familia los regios jardines, les dio a conocer algunos de los pormenores de la ciudad, los horarios y variedades de los diferentes restaurantes y les ofrecía toda clase de tours y paseos al desierto. Desafortunadamente para Gustave, los Luengas ya tenían todo el itinerario planeado y la primera escala sería el cuadro principal de la ciudad, la famosa Medina Jamaa el Fna, cuyo intenso olor a excremento de

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caballos, camellos, cobras y monos iba cediendo su intensidad con el ocaso. Don Joaquín, la señora Liliana, Lili y Alicia fueron dejados por el taxi en la avenida principal. Cruzaron la calle para aprovechar la luz preciosa del sol en picada, y rodearon y observaron de cerca la mezquita Koutoubia. La hija mayor estaba maravillada por las texturas del antiguo edificio, contrastando con las negras burkas de las mujeres sentadas en la escalinata de la puerta principal, así que empuñó su Nikon y comenzó a tirar algunas fotos en las que, a la hora de ser reveladas, cada una de las mujeres objetivo se tapaba la cara o fruncía el seño o hacía alguna seña obscena. Tras el fracaso fotográfico, cruzaron la avenida y tras una pequeña arboleda se encontraron en medio de la explanada principal de la Medina, donde un sinnúmero de encantadores de cobras y otras serpientes tocaban sus flautas y percusiones. Embelesado por la música exótica y los reptiles en movimiento, Don Joaquín apenas advirtió un brusco movimiento en su trasero. Enfurecido volteó para descubrir a un babuino disfrazado de dandy, con un saquito y un sombrerito, robándole la billetera. Trató de quitársela, pero el babuino corrió junto a su amo, que lo tenía encadenado del cuello. Trepó hasta su hombro y el hombre pretendió reprenderlo en árabe, arrebatándole la billetera para devolvérsela a don Joaquín, no sin extender la mano derecha, esperando el pago por su acto heroico. Papá extrajo de la billetera algunos dírhams y se los dio de mala gana. Los cuatro miembros de la familia tenían ojos grandes y pestañudos, tez blanca y el cabello castaño claro. Where from? -Preguntó el hombre. El babuino saltó de su hombro al hombro de don Joaquín. México –Respondió la sonriente señora Liliana, mientras el hombre los invitaba con señas a aproximarse. Hacía en el aire movimientos como si tomara una foto. Alicia comprendió el mensaje y dejó la cámara preparada en modo automático y se la dio. El árabe encuadró y comenzó con los dedos la cuenta regresiva desde 3: Say TIQUILA. La familia se abrazaba y sonreía. Al llegar a uno y disparar el obturador, el babuino, posado sobre el hombro de don Joaquín, aproximó la cabeza a la de Lili e introdujo su áspera lengua en su oído. En la foto ya revelada la hermana menor hacía un inenarrable gesto de asco.   Continuaron adentrándose en aquella explanada y dejaron atrás el sector de animales amaestrados para cruzar a través de los aromas grasientos de una sección de fritangas locales. Luego vinieron un sin fin de productos cosméticos. Mamá compró aceite de argán y kehel en todas sus posibles presentaciones. Alicia se dio vuelo tomando fotos de los coloridos barriles llenos de especias y flores para cosméticos y esencias. Los fascinantes aromas de las perfumerías y boticas locales atrajeron a los Luengas hacia una tienda donde un simpático joven con bata de médico que se hacía llamar Dr. House les obsequió a cada uno un saquito con alguna molienda de hierbas y minerales “para limpiar las fosas nasales del polvo del desierto”. Tenía un aroma delicioso de carbón de eucalipto. Comenzaba a oscurecer y había que llegar hasta el siguiente objetivo: la Kasbah. Alicia no podía dejar de pensar en The Clash. Mamá no podía despegar de su nariz el sachet de flores y minerales. Papá insistía en que quizás no era buena idea olfatear esa cosa, no fuera a contener algún narcótico. Llegaron al final de la Medina y a la derecha, vieron solo un largo callejón lleno de puestos de ropa y zapatos de Gucci, Prada, Fendi y Burberry, si bien idénticos, todos apócrifos. Tras un fluido regateo, don Joaquín llevó billeteras Mont Blanc de imitación para sus parientes. El callejón de pronto se bifurcó


estragos estomacales experimentando sabores callejeros, preferían sentarse cómodamente en un restaurante. Y así terminaron en la terraza del Taj´in Darma, donde paladearon el tayín de cordero con dátiles, mientras a lo lejos el sol se ocultaba. Después de la cena, tres músicos se acercaron a ellos y comenzaron a tocar. Una mujer toda cubierta con finas sedas apareció contoneando las caderas al compás de los exóticos ritmos de la darbuka y el cordófono. Ante los ojos estupefactos de la familia, la mujer fue revelando su cuerpo rollizo, removiendo uno a uno los velos que eran siete. Papá explicó a sus hijas que la obesidad era un signo de belleza en aquellas tierras. Cuando finalizaron su espectáculo, la mujer acercó a la familia un sombrero para que depositaran una propina. Don Joaquín depositó apenas unas monedas de dírhams y mamá añadió un billete de $20 pesos mexicanos pensando que era un lindo detalle dejar dinero extranjero. El tercer día, ya con burkas y atuendos de safari, partieron desde muy temprano con rumbo a Fez, atravesando el desierto de Merzouga en una travesía de 4 días. Las fotos en los camellos con las dunas de fondo eran espectaculares. En la Kasbah Ait Ben Haddou, Don Joaquín quedó maravillado al descubrir que ahí se habían filmado muchas películas, entre ellas Lawrence de Arabia. Luego de dormir bajo las estrellas y anhelar un retrete, regresaron a Marrakech donde pasaron la noche para destinarse a la mañana siguiente a Chefchaouen, donde caminando sus azules calles, sus pecados quedaron expiados. Ahí, ante tanta paz y religiosidad, don Joaquín consideró oportuno adquirir un pequeño Corán de bolsillo, así que se aproximó a una mujer que tenía cientos de ejemplares en un tendido sobre el suelo. trató de tomar uno de ellos con la mano izquierda, ya que en la derecha sostenía un puro. En el acto la mujer se levantó y le dio un manotazo. El libro sagrado cayó sobre la manta y la mujer recogió enfurecida toda su mercancía y se fue no sin antes escupir el suelo frente a don Joaquín, que contemplaba la escena sin entender si había sido la mano

izquierda o el puro lo que la había ofendido. Tres días y cientos de fotos más tarde volvieron nuevamente a Marrakech, donde tomarían un vuelo con destino a Casablanca, última parada de aquella primera y última visita por Marruecos. Dejaron las habitaciones sin dejar propina para las camaristas, se despidieron cordialmente de Gustave y nuevamente otorgaron todo un dólar al fuerte bell boy vestido de rojo que acarreó misteriosamente sonriente su pesado equipaje hasta el taxi que los transportaría de regreso al Menara Airport. Al salir del país, el equipaje de la familia tenía un excedente de 25 kilogramos. Luego de 3 días en Madrid, la familia voló de regreso a México. Camino del aeropuerto recogieron a Elvis y volvieron a casa y a la normalidad. Al día siguiente, Alicia vació las cámaras y llevó a la tienda de fotografía 11 rollos de película que tardarían una semana en ser revelados. Transcurridos 7 días, la ansiosa familia por fin se reunió después de la cena para ver las memorias de las alocadas vacaciones en el África musulmana. Viendo las fotos hicieron un recuento de sus aventuras. Rieron a carcajadas al ver la foto del babuino travieso de la Medina y se sintieron felices de estar en México, en su hogar, donde se es tan libre, absolutamente cualquier cosa se puede conseguir y la propina tiene un valor del 10%. De pronto una foto desencajó la cara de Alicia, que era quien las iba sacando del sobre para verlas y luego pasarlas a los demás: era un close up de sus bragas haciendo de antifaz sobre el rostro de un hombre. La siguiente foto era un full shot del mismo hombre acostado en la cama, con la bata de papá, fumando sus puros. Los cuatro miembros fueron quedando más y más atónitos, al ir descubriendo nada menos que al bell boy del Radisson Blu, haciendo de las suyas con todas sus pertenencias. En la foto final del rollo, el chico posaba parado en el lavamanos haciendo pipí en los cepillos dentales de don Joaquín y la señora Liliana. Un precio quizá muy alto por una propina miserable y cosa que hizo que en adelante, en cada país que visitaban, los Luengas consultaran el valor de la propina local, llevando un apartado especial para ello.

Jardin Majorelle, hogar de Yves Saint Laurent.

en nuevos callejones más pequeños, atestados de gente comprando y de gente vendiendo todo tipo de mercancías. Aquello se volvía un insufrible Tepito musulmán, donde los vendedores tenían la misma vehemencia al ofrecer sus productos, solo que en árabe. De cuando en cuando había que sortear toda clase de peligros, desde motocicletas o bicicletas a gran velocidad hasta personajes corriendo con carretillas llenas de fayuca. 9:00 p.m. Luego de un tétrico sector de puestos donde se vendía toda clase de artículos dentales de segunda mano, los luengas llegaron a la Kasbah para contemplar maravillados el fenómeno de la hora más importante de oración de los musulmanes: Una voz envolvente en árabe brotaba desde los altoparlantes de la mezquita, como cantando, a lo que el pueblo arrodillado respondía también cantando en árabe ininteligibles palabras que durante largos minutos erizaron las pieles de la familia entera. A la derecha de la mezquita vieron por fin una calle donde transitaban autos. Fotos más tarde estaban ya tomando un taxi con destino al hotel. Al llegar ordenaron room service y cayeron rendidos. Había sido un exhaustivo primer día del viaje. Día dos. 9:00 a.m. Destino: el Palacio de la Bahía. Ya acicalados, los miembros de la familia dejaron el hotel y fueron nuevamente llevados a la entrada de la Medina. Camino del palacio, el olor delicioso de café recién molido atrajo a los Luengas a una terraza donde solo hombres estaban sentados, leyendo el periódico y fumando en silencio. Los cuatro miembros estuvieron de acuerdo en hacer una escala por un espresso. Por aquello de las dudas, don Joaquín preguntó al mesero en francés si era posible que las mujeres se sentaran a la mesa. El mesero asintió y pronto los personajes bebían alegremente el delicioso arábico africano. Lili llevaba una blusa sin hombros y una falda dos dedos arriba de la rodilla. Sus piernas cruzadas no tardaron en atraer a un sujeto barbado en turbante, con los ojos desorbitados de ira, profiriendo enfurecidos gritos de su boca y salpicando la mesa de saliva. Los de la mesa no entendían palabra, pero el mensaje era claro: al musulmán radical no le agradaba nada ver la lozana piel de Lili al aire libre. Papá se levantó de golpe y se colocó frente al tipo, pero ello no impidió que continuara despotricando contra la hija menor. Uno de los meseros que observaba la acción desde lejos tuvo que llegar para interrumpir la disputa y correr al hombre, que se marchó escupiendo en el suelo polvoriento. Perturbados, los Luengas dejaron el café y se internaron en el gueto hasta que llegaron al palacio, cuyos techos, remates y arquerías estaban colmados de hermosos detalles de minúsculas flores pintadas a mano. Era un inmenso laberinto con 150 habitaciones absolutamente desoladas, fuentes vacías en patios y jardines y ni un velo de las concubinas de Abu Bou Ahmed, el negro que llegara a ser Visir y que llevara al palacio de la Bahía a su máximo esplendor. Ni una huella de la opulencia que albergara aquel lujoso recinto, consagrado a la belleza. Lo mismo en las tumbas Saadíes: solo ecos de susurros de los turistas habitaban la última morada de sultanes y visires. Era apenas mediodía y la familia ya estaba camino al Jardin Majorelle, morada marroquí del diseñador Yves Saint Laurent, ubicado lejos del centro, precisamente en la calle que llevaba su nombre. La arquitectura, variedad de colores, texturas y plantas y el pequeño museo Berber en su interior, hicieron que los demás percances del día fuesen pronto olvidados por los mexicanos, que quedaron maravillados ante la espectacular colección de joyas del citado francés. Cuando los Luengas iban de vacaciones, adoptaban el modus operandi de los gringos para comer: cenaban a media tarde. Luego de muchos

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Reflexiones

de un viaje a Egipto Fabián García Huerta1

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in duda el viajar es una de las experiencias más enriquecedoras que se pueden experimentar, el encontrarse en lugares lejanos o simplemente en un ambiente distinto nos hace reflexionar sobre nuestra propia manera de pensar y de comportarnos. De aquí que desde la antigüedad las crónicas y relatos de viajes constituyeran los temas favoritos no solo de intelectuales sino de otros sectores de la población, que a pesar del analfabetismo gustaban de escuchar las historias de estos relatos contadas por otros y maravillarse con los grabados e ilustraciones que poco a poco fueron acompañando a estos libros desde la llegada de la imprenta. A través de estos libros los lectores se maravillaban con las descripciones de tierras lejanas y misteriosas, se enteraban de los usos y costumbres de otros pueblos, sus lenguas y sus excéntricas tradiciones que a los ojos de los viajeros resultaban dignos de mención. Uno de estos lugares exóticos y misteriosos que siempre han maravillado a los viajeros de todos los tiempos sin duda es Egipto, su historia que se remonta a los orígenes de la civilización y la magnificencia de sus construcciones hicieron que incluso los griegos se sintieran atraídos a esas tierras y a lo enigmático de su cultura. Sin duda un ejemplo de ello lo constituyen los colosos de Memnón, ubicados en las cercanías de Luxor cerca de Medinat Abu, ellos fueron llamados así por los griegos y representan al faraón Amenofis III y en la base de ellas están grabados los nombres de innumerables viajeros griegos y de otras naciones que quisieron inmortalizar su testimonio de haber logrado escuchar a los colosos cantar, ya que las esculturas estaban hechas de tal manera que al amanecer al pasar el viento por el interior de ellas producía un sonido similar a un canto. Lamentablemente sufrieron daños y su canto no se volvió a escuchar, pero siguieron siendo un destino fijo para los viajeros del siglo XIX que apoyados por el dibujo y la litografía recrearon los lugares que pudieron vi1 Correo electrónico: kalte6@yahoo.fr

La Jornada Aguascalientes PÉNDULO 21 Publicación mensual Julio 2018 Año 9, No. 145

sitar y los reconstruyeron ya no solo con las palabras sino apoyados con la tinta y la acuarela. Los daños y el abandono en los que encontraron estos monumentos se debió a la historia misma de Egipto, conquistado por los griegos de Alejandro Magno, cayó posteriormente en manos de los romanos y parte de la población se convertiría entre los primeros siglos de nuestra era al cristianismo, persiguiendo los cultos anteriores y destruyendo los templos, hacia el 639 cayó bajo la expansión del islam y esto llevo al abandono definitivo de muchos templos que poco a poco desaparecieron bajo las arenas del desierto. Es a partir del siglo XIX y en particular desde las campañas napoleónicas en Egipto que los europeos redescubrieron sus monumentos quedándose fascinados ante las pirámides de Giza y la esfinge con su silencio pétreo que de alguna manera representaba ese hermetismo que encerraba esos extraños símbolos que posteriormente serían descifrados por Champollion a partir de la llamada Piedra Roseta. Desde entonces se pudo conocer más de esta civilización y dar un sentido a esas imágenes que llenan los muros de los templos, las tumbas y los sarcófagos, pues el arte egipcio va acompañado siempre de la palabra y del himno a los dioses. El Valle de los Reyes, no muy lejos de dónde se localizan los colosos, es un ejemplo de ello, en él se localizan 63 tumbas identificadas, aunque faltan otras por explorar. En su interior se observan una y otra vez repetidos en los muros las descripciones del viaje del alma del difunto por el inframundo, las palabras mágicas que deberá de pronunciar ante cada uno de los dioses y los hechizos para derrotar a los enemigos que buscaran cerrarle el paso y atacarle. Probablemente sea el hecho de haber encontrado en las misiones arqueológicas un gran número de monumentos funerarios lo que nos ha hecho ver a los egipcios como una civilización enfocada en la muerte y las ceremonias funerarias. La evolución de estos monumentos fúnebres parte de las mastabas, especie de pequeñas construcciones

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EDITOR Enrique Luján Salazar DISEÑO Genaro Ruiz Flores González

COMITÉ EDITORIAL Ignacio Ruelas Olvera Lucía Carolina Muñiz Leal Cynthia Ramírez Félix Walkiria Torres Soto Verónica Muñoz C.

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con una capilla y una tumba subterránea, a las que se suceden las pirámides escalonadas como la de Saqqara y que finalmente llegan a su máxima expresión con las pirámides de Giza, Meidoum, Dashur o Lahun, pues para ellos era importante que el faraón contara con un monumento funerario digno de su poderío terrenal. Sin embargo, las guerras y el desierto no nos permitieron conocer muchos otros aspectos de la vida cotidiana a los que solo podemos acceder mediante los modelos en barro, cuyos originales se encuentran en las mayores colecciones de arte egipcio como son las del Cairo, la de Turín en Italia y la de Louvre en Francia. Es difícil en la actualidad imaginar el Egipto faraónico sin esas grandes extensiones de desierto y sus tormentas de arena, sin embargo al parecer no siempre fue así. No muy lejos de Egipto, en Argelia, se encuentra el sitio con la mayor cantidad de pinturas rupestres que se conoce, Tassili, en ellas se observan elefantes, jirafas, antílopes y la vida de grupos de cazadores, agricultores y de la llegada de pueblos con espada, ahora el desierto se extiende por todo el norte de África. En la actualidad Egipto es un país de mayoría musulmana, aunque existe una minoría de cristianos coptos, cuya economía se basa fuertemente en el turismo, por lo que en todo Egipto es constante la reproducción de los monumentos, abundando los comercios con réplicas y hojas de papiro en los que escriben el nombre del turista en árabe, pero sobre todo la elaboración de las figuras de los faraones, (sobresaliendo la máscara funeraria de Tutankamón), esculturas que como las de Abu Simbel han contemplado el auge y la decadencia de varias civilizaciones. En lo personal, esta experiencia me llevó a enfrentarme a un mundo culturalmente bastante diverso y con un ritmo de vida que era completamente diferente al del mexicano: el paisaje, generalmente desértico, salvo por las riveras del Nilo; los egipcios que por la religión musulmana tienen prohibido beber alcohol por lo que solo hay cafés en dónde se fuma tabaco de sabores en pipas y se bebe té, y los lugares de convivencia social, monopolizados por los hombres, sobre todo en los pueblos pequeños. El estar en esos lugares me hizo conocer un país con una mentalidad diversa pero de una riqueza cultural e histórica que está presente en sus monumentos antiguos, en sus costumbres y en su comida y, a la vez, me hizo reflexionar como México tiene igualmente un enorme patrimonio cultural y que muchas veces no apreciamos ni lo conocemos del todo.

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Suplemento de La Jornada Aguascalientes

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