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abril 2014, n째 99

guardagujas.lja.mx

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SMU Central University Libraries


dos

el beso i boda había dado mucho de qué hablar, por la elegancia y la fastuosidad con que la habíamos celebrado, lo mismo que la apacible y aburrida luna de miel en París. Pero nuestra relación había terminado meses atrás, quizá años atrás de todo esto, aunque no quisimos aceptarlo, hasta que finalmente, ese día, mi esposo cerró para siempre la puerta de caoba de la India. Y todo fue. Salí detrás de él pero no para perseguirlo. En mi corazón no había nada y me preguntaba si realmente, en algún momento, lo había amado. Era dudoso, mi corazón estaba limpio de dolor y yo caminaba por la calle pensando qué camino debía de tomar ahora. La tarde era una burbuja dorada. Rosario y Sonia vivían juntas, eran mis compañeras en la oficina. Sabían todo de mí, cuál era el tono de mi relación y todo el tiempo me estaban pidiendo que la terminara ya. Fui a buscarlas, compramos unas cervezas y decidimos pasar la tarde bailando frente al gran espejo que Sonia tenía en la sala. Todo aquél mundo se me hacía ligero. En cierto modo era como estar jugando, nada de lo que hiciera parecía tener una importancia real. ¿Qué era la juventud? El departamento tenía unas amplias ventanas cubiertas por vaporosas cortinas de color melón cremoso. Las chicas tenían alfombras y ligeros muebles artesanales. Me sentía nueva y renovada en aquél lugar tan fresco. Sonia y Rosario eran ese par de chicas gordas que comían conmigo casi a diario y eran mis vecinas de cubículo en la oficina. Estaban acostumbradas a escuchar relatos sobre mis peleas con mi esposo, pero algo en esta última pelea, nos decía a las tres que ya todo había terminado. Yo estaba en casa, acostada, pensando que debíamos terminar ya, que debíamos hablar, al fin de cuentas éramos amigos, o lo habíamos sido en algún momento. Ya todo él me resultaba insoportable, sus malas y sus buenas intenciones, sus muecas, sus hábitos desde hace tiempo aprendidos de memoria. Pero igual me daba cuenta de que toda mi vida quedaría destrozada si terminaba con él. Debía buscar un trabajo donde ganara más para poder pagar mi propia casa. Tendríamos que dividirnos las cosas. Me resultaba tan pesado todo aquello. Pensaba, primero debo juntar dinero, unos meses más y luego terminaré con él. Y esa idea me hacía sentir pusilánime. ¿Le haría creer que lo amaba para luego abandonarlo cuando tuviera dinero? Me decía no, no hay que prolongar más esto. Tengo que decírselo ya. Estaba en esto cuando él llegó y dijo: –Abre las ventanas. –No puedo, me duele la garganta. –Sí, te duele la garganta porque este lugar está lleno de bacterias, te la pasas encerrada todo el tiempo, abre las ventanas. –No, cuando tú te sientes mal me pides que las cierre. – ¿Y esa ropa? – ¿Qué tiene? – ¿Por qué no la has doblado? – ¿Por qué no la doblaste tú? Yo salí a trabajar, voy llegando, tú pasaste aquí la mañana. – ¿Y porque trabajas yo voy a ser tu criado? dijo levantando la voz. –Esto no tiene remedio… quiero irme. –… ¿Estás segura? –Estoy segura. – ¿Quieres algo de mí, quieres que arreglemos algo, una pensión o así? –Quiero que te vayas. – ¿Estás segura? –Sí. Todo se dio con tanta suavidad. Él al final parecía muy calmado, casi estuvo a punto de darme un beso en la frente pero no lo hizo y, ya no había remedio.

ileana garma La casa entera me pareció oscura. Cuando las cervezas se agotaron Sonia sacó un mezcal, yo estaba borracha, sentía aquél vértigo que tanto me gustaba, aquél desequilibrio como un puñado de pétalos de cristal que bailaba en mis oídos. Tomé un vaso tras otro de aquella bebida seca, dulzona, ligeramente babosa y con un gusano al fondo. Al día siguiente, ya entrada la mañana, abrí los ojos. La cabeza me dolía sobremanera. Vi a mis amigas echadas a mi lado. No recordaba nada. Bajé de la cama, el suelo estaba helado, era invierno. Pensé en mi casa, en mi recámara de tonos rojos, tan ordenada ella, tan perfecta, con las ventanas cerradas. Me alegraba de no estar allá. Él tampoco estaría. Quise fumar pero recordé que mis amigas tenían prohibido eso en su departamento. Ahí los únicos excesos aceptados eran el alcohol y los postres. Me recosté en el sofá. Era incómodo, aquellos muebles me parecieron baratos y descuidados. Sólo quería salir y fumar. Volví a cerrar los ojos y me dormí. Cuando desperté ellas estaban en el umbral de la sala, se reían y cuchicheaban, fueron a sentarse frente a mí, con un aire serio, y Sonia dijo: –Esto no lo debes volver a hacer. – ¿Esto qué? – ¿No recuerdas?, -preguntó Rosario, abriendo mucho la boca, y cubriéndosela con la mano. Estaba a punto de reírse, pero se contuvo. – ¿Maté a alguien? –Un poema, estuviste destrozando un poema una y otra vez, dijo Sonia. –Dijiste que era Piedra de Sol. –Y marcaste Pas de bourrée una y otra y otra vez hasta caer al suelo, exhausta. –No les creo. –Sí, dijeron ambas, tomadas de la mano y muertas de la risa. –Bueno, al menos no me puse a llorar, dije levantando los hombros. –Estaba pensando –dijo Rosario, y cambió la conversación bruscamente– ¿Por qué no vamos a cabalgar? Esa idea me entusiasmó. Y respondí de inmediato. –Vamos al bosque, al paradero del bosque. No discutimos más. Desayunamos pan dulce con chocolate. Nos pusimos las chamarras y nos dirigimos a la estación, subimos al autobús, yo estaba en automático. No estaba ahí. El estómago me dolía y gracias a ese dolor permanecía por instantes en el presente. Las chicas se pusieron los audífonos y ocupamos asientos separados. Me puse los audífonos también y dejé que la música y el paisaje me adormecieran. Los árboles nos dejaban veloces, era un bosque de pinos altísimos. Era el bosque, a la puerta de la ciudad. El aire era helado y me reconfortaba, pero aquél nudo en el estómago era inevitable, era la tristeza y la vida misma me pareció que era como aquél viaje, como una sucesión de rostros y tonos veloces que se escapaban. Me asusté, pero era algo que sabía desde hacía mucho. Incluso las chicas que estaban conmigo ahora, y que eran mis amigas, –las circunstancias lo permitían–, quizá en unos meses ya no lo serían, yo cambiaría de trabajo y no las volvería a ver. Quizá incluso cambiaría de ciudad, no las volvería a ver nunca. Cerré los ojos y cuando los volví a abrir Rosario me estaba llamando. –Vamos, despierta, nos hemos pasado. Bajamos en un poblado que yo no había visto nunca. Mis amigas estaban muertas de la risa, no entendía que era aquello tan gracioso. Caminamos a la plaza principal. Para subir a la iglesia había que avanzar sobre una escalinata y frente a ella un quiosco de color aguamarina descansaba en medio de árboles. Era un pueblo ubicuo y agradable.


tres Las casitas estaban cubiertas de tejas y un puesto de chorizos nos llamó la atención. Nos acercamos pero mientras mis amigas compraban aquél olor terminó por revolverme el estómago y comencé a vomitar. El señor del puesto nos indicó el camino hacia el bosque y comenzamos nuestra marcha. Donde iniciaba el camino al bosque había un arbolito de tejocotes. Me pareció un arbolito delgado, frágil, y sus frutos estaban resecos. Aun así nos dimos a la tarea de buscar y recoger sus frutos para el camino. Me sorprendió aquella zona boscosa y oscura. De pronto era casi de noche, porque apenas y podía pasar la luz. Y todo este paisaje estaba a un par de horas de la ciudad, tan cerca de los altos edificios. Era una suerte de pequeños precipicios. Caminábamos al borde de una ladera, el camino subía y bajaba y por momentos era en verdad peligroso, y eso nos motivaba a seguir caminando. No teníamos un plan a seguir. La tierra estaba roja y húmeda, los árboles altísimos y protectores; de pronto nos sentimos eufóricas de frío y cansancio. Caminábamos rápido y sin hablar. Apenas mencionábamos cuando nos asombraba que un trozo de cielo pudiera verse tan claro o cuando nos salía al paso alguna flor, particularmente roja, o blanca. Y al final comenzamos a recoger las piñas de los pinos, las recogíamos para Sonia, porque esperaba adornar con ellas su árbol de navidad. Así estuvimos, no sé cuánto tiempo hasta que, detrás de una cortina de árboles, nos sorprendió un claro en donde había un huerto de manzanas. Todos aquellos árboles alineados y repletos de frutos rojos me maravillaron. Eran árboles idénticos, como el dibujo de un niño, aquella ternura circular me embargó la mirada. Tomamos algunas manzanas y caminamos en medio de esos arbolitos, detrás de la parcela había una cabaña de piedra y madera y salía humo de su chimenea oscura. Nos acercamos sin miedo, estábamos tan alegres, que no había nada en aquel momento que pudiera asustarnos. Aquella libertad que gozábamos ese domingo estaba llena de atrevimiento, era la libertad que sólo tiene el que sabe que está solo, que no hay nadie que lo espere, que no hay más. En un pequeño cobertizo junto a la cabaña se encontraban tres campesinos. Un señor ya bastante grande de edad, alto y de piel oscura; una mujer, o lo que quedaba de una mujer, tosca, vestida con una camisa de franela de cuadros y pantalón de mezclilla, con el cabello hecho una estopa y la piel quemada por el sol. Y un hombre maduro, quizá tendría unos cincuenta años, igual que la mujer. Era muy alto y tenía los ojos azules. Parecía fuerte y aún bastante guapo, con la piel bronceada. Tenía una camisa de cuadros azules. Me cautivó. Estaban tomando aguamiel y comiendo tortillas recalentadas. Eran largas tortillas azules, del tamaño de las manos de esos hombres. Rosario nos presentó de manera apresurada diciendo que éramos maestras rurales, no creo que se lo tragarán, pero incluso desde antes de la presentación, sabíamos que nos habían aceptado, que recibían nuestra inesperada presencia en aquél lugar apartado, con indolente alegría. Las chicas decidieron compartir el recién comprado chorizo y ellos estaban sonriendo, sonreían tanto que yo decidí mantenerme al margen. No me hacía sentir confiada tanta algarabía. Mis amigas hablaban de la ciudad, de la última gran lluvia que lo había inundado todo, de los inconvenientes de la vida moderna y de las bondades del campo, de las cuáles no sabíamos nada.

editores

J edilberto aldán J joel grijalva

Los campesinos nos hablaron de otros viajeros que habían llegado a la misma cabaña, de los hijos que tenían viviendo en la ciudad, de su trabajo, de sus rutinas, de la nada, de la maravillosa nada del bosque. Algo dijeron mis compañeras acerca de que buscábamos cabalgar, y brillaron los ojos del hombre de la camisa azul de cuadros. Sabía que aquél hombre me había estado mirando desde que llegamos, pero yo me encontraba retraída. Desde un sitio remoto escuché que dijo: – ¿Qué le ocurre a su amiga? –Nada, dijo Sonia, es un poco grosera. –Es muy tímida, dijo Rosario, pero quiere cabalgar. –Tengo una cabaña en la colina, y algunos caballos aquí, ¿quieren subir?, está solo a una hora de camino. ¿Tú quieres ir?, dijo, mirándome fijamente. –Sí –respondí, sin desviar la mirada. Las chicas se las arreglaron como pudieron para trepar a esos caballos. A mí me parecieron gigantescos. Él hombre de la camisa de cuadros me llevó hasta un caballo de color marrón. Sentí la mirada de la mujer sobre mí. ¿Era su esposa? No me pareció posible. El hombre me levantó de una pierna para que yo pudiera trepar. ‘Eres muy ligera’, me dijo, ‘¡no pesas nada!’ Todo el camino cabalgó junto a mí, me habló de los árboles, de las flores, de las lluvias que esperaban. Su plática me parecía deliciosa, pero yo permanecía en silencio. Cuando llegamos a la colina él ya me estaba hablando de lo bonita que yo era. Noté que era tardísimo, la luz ya se estaba volviendo roja pero el hombre quería que nos quedáramos a comer un asado. Las chicas me miraron con desesperación. No podíamos quedarnos más tiempo ahí. Atardecía, estábamos muy lejos de nuestro hogar, y además con un hombre desconocido. – ¿No van a quedarse a comer? –Imposible, –dije. –Su amiga es muy bonita, –dijo el hombre a mis amigas. –Debemos regresar, –dijo Rosario – es demasiado tarde, no tenemos hambre y no queremos que se nos haga de noche. –Pueden dormir acá en la cabaña. Estarán bien. Cabalgamos de regreso en silencio con paso rápido. Cuando emprendimos la caminata por los precipicios del bosque, seguimos todavía calladas, y Sonia tiró por el camino las piñas de los pinos que habíamos recogido al inicio. Sólo el canto de una paloma nos acompañaba. Estábamos agotadas y la temperatura parecía bajar a cada segundo un poco más. La noche despertó poco a poco en tonos azules. Volvimos a la placita del pueblo a esperar el autobús que nos llevaría de regreso a casa. Junto a nosotros una pareja de una jovencita y un hombre bastante mayor, se miraban embriagados, se besaron largamente. ¿Qué sería de mí sí me quedara en ese pueblo perdido, a lado de aquél campesino de camisa de cuadros azules? Un hombre que me adorara, que sólo viviera para mí, que me besara la frente todas las mañanas antes de irse a trabajar… Una suave y cansada llovizna comenzó a caer. Las chicas me llevaron a casa, me despedí de ellas en la puerta y las vi partir. Apenas doblaron la esquina comencé a caminar en dirección contraria. Buscaría un café, un café que no cerrara en toda la noche, tenía las llaves de la casa en las manos, inservibles, inservibles ya para siempre.

consejo editorial

J beto buzali J alberto chimal J luis cortés J rodolfo jm J norma pezadilla Jsofía ramírez

diseño

J sarahi cabrera


cuatro

como mike wazowski

verde y humilde

alejandra eme vázquez

ualquier seguidor de las películas de Pixar podrá recordar las escenas de Monsters, Inc. en las que “Mike Wazowski”, ese pequeño y simpático cíclope que sirve de patiño al protagonista, espera con ansia aparecer en un comercial de televisión o una portada de revista. Y sí que aparece, pero a medias: su imagen es mutilada, no es protagonista ni reconocible más que para quien ya lo conoce desde antes. Los personajes a su alrededor intuyen que ese resultado no cumple con las expectativas de alguien que esperó con tantas ansias dicho momento y la incómoda tensión, que dura algunos segundos, hace esperar que el personaje se ofenda, se deprima, en fin: que haga el berrinche que todos consideraríamos lógico, incluso justo. Pero no. Mike se ha quedado en silencio porque está embelesado con lo que ve; y mientras los otros comienzan a balbucear frases de consuelo creyéndolo decepcionado, él irrumpe de pronto en expresiones eufóricas porque su expectativa era aparecer y efectivamente, apareció: para él es un éxito, se siente una celebridad. Y darse permiso de festejarlo no lo hace menos amigo, menos perceptivo o menos entrañable, cualidades que cualquiera aprecia mucho trátese o no de un personaje de ficción. Yo nunca había reparado en la impresión que me causa esta anécdota (que ciertamente no es el eje principal de la película) hasta que me di cuenta, en la práctica, de mi concepto de fama y mis reacciones ante momentos que otros podrían considerar intrascendentes, indignos de celebración y hasta un fracaso. Mi punto es que la vida es un asunto personal, en todos los sentidos, y que si vamos a esperar que en nuestro honor se erijan estatuas, que dejemos una huella tal que celebren nuestro centenario de vida, que todos nos pongan la atención que creemos merecer (y que nunca será suficiente), el punto de apoyo será inalcanzable porque intentaremos asirnos de lo que no existe, de lo que no sabemos, de lo que no controlamos. En pocas palabras, nos vamos a amargar. Y nadie quiere amargarse a menos que tal sea su motivo elegido para sentirse importante, como estilan algunos ahora. Pobres, que no ven que el punto de apoyo real, si lo hay, está en las elecciones que hacemos: en la hermosa soledad del yo. Seguro que más de uno verá en esta perspectiva muchas cosas negativas y lo calificará de autoestima malentendida, sordera ante lo evidente (¿quién decide

qué es lo “evidente”?), conformismo, mediocridad… La lista puede extenderse al infinito, porque la idea de fama sí que suele ser un monstruo corporativizado, voraz e insaciable, experto en establecer estándares imposibles, generador de frustraciones e inconformidades en las que se nos puede pasar la vida sin disfrutarla; de modo que en ese marco se desdeña lo próximo, lo individual, la maravilla inmediata, porque siempre se está en busca de reconocimiento masivo y trascendencia. Esas patrañas insufribles. Finalmente, ¿de qué está hecho lo masivo, si es que llega? De contactos uno a uno, de particularidades que si en apariencia se juntan parecen conglomerarse, pero nunca abandonan su esencia individual. Cuando tenemos la fortuna de alcanzar un éxito, de cualquier tamaño, renunciar a su valor en función de cómo es apreciado por los demás y más aún, de cuánta gente lo conoce, es uno de las decisiones más absurdas que podemos tomar. Y ahora que la tecnología nos permite recuperar directamente las reacciones que tiene lo que hacemos o escribimos, fácilmente podemos caer en la voracidad de subestimar lo “poco” por tener los ojos puestos en un “mucho” que nunca llegará. Porque así visto, nunca es suficiente. Esta columna, que acaba de cumplir un año, se titula “Verde y humilde” por un extracto del Arte Poética de Jorge Luis Borges en el que así define al arte: “Cuentan que Ulises, harto de prodigios/ lloró de amor al contemplar su Itaca/ verde y humilde. El arte es esa Itaca/ de verde eternidad, no de promesas”. A mí el fragmento me dice muchas cosas que me gusta jugar cuando escribo, y cada vez voy entendiendo mejor que el momento de escribir es mi momento de potencialidad, de despliegue. No prodigios, no promesas. La escritura es un acto que provoca una individualidad que se completa en la lectura. Cuántas lecturas son necesarias para considerar que un texto ha sido valorado, imposible de cuantificar. Y a mí en lo personal no me interesa cuantificarlo, porque justo ahora que pensaba en esto, me enorgulleció darme cuenta que cada entrega de este espacio genera al menos un momento “uno a uno”. Nunca dejará de maravillarme la posibilidad de llegar a otros ojos y esa alegría me llena a tal grado, que no estaría mal encomendarme también al verde y humilde Mike Wazowski, patrono de los que elegimos emocionarnos siempre con los éxitos sin distinguir dimensión. Un rostro de portada no deja de serlo porque otro lo oculte tras un código de barras.

Breviario insólito de literaturas posibles

cuaderno posapocalíptico

alejandro espinoza

a única manera de contrarrestar la marea de nuestra apabullante realidad, es desafiando a lo imposible. Porque ahí donde todo es posible, nada es imposible. Por lo tanto hay que comenzar a pensar en imposibilidades posibles. Es por eso que les presento a continuación mi Lista de literaturas posibles para lo que resta del milenio: Literatura de seudociencia ficción. Literatura de posibilidades inverosímiles. Literatura personalizada. Literatura escrita en los muros de toda una ciudad. Literatura susurrada anónimamente por teléfono. Literatura escrita dos días después. Literatura genéticamente manipulada. Literatura molecular. Literatura humo de cigarrillo. Literatura comestible. Literatura que explota al finalizar la lectura. Literatura recogida por claves que se dejan en distintas partes de una ciudad que no conoces.

Literatura epistolar entre dos desconocidos... y un animal. Literatura vomitada. Literatura insertada en el ADN de un personaje anodino. Literatura basada no en relatos orales sino en las narrativas secretas de los árboles. Literatura in situ. Literatura autocensurable. Literatura vaporizada. Literatura hecha a mordidas. Literatura de lenguajes imposibles. Literatura hecha a base de suspiros. Literatura callada, quieta, estática, basada en los tiempos muertos en medio de los tiempos muertos. Literatura de tatuajes que envuelven el cuerpo de una monja. Literatura homeostática. Literatura para el ojo derecho (el ojo izquierdo estará entretenido advirtiendo publicidad spam). Literatura diminuta.

Literatura para leer en vallas que se extienden a lo largo de una carretera de más de 120 km. Literatura oculta al interior de un cuerpo. Literatura escrita a partir de los trayectos de las hormigas. Literatura fluorescente para leerse sólo en la oscuridad. Literatura gritada en una calle bulliciosa. Literatura de bolsillo. Pero para el bolsillo de una camisa. Literatura no de tiempos circulares ni de retornos o retrocesos, sino literatura de tiempos laterales. Literatura escrita con los ojos cerrados. Literatura implantada en un virus. Literatura producto de la condensación de imágenes digitales que compendien periodos específicos del siglo XX. Literatura compuesta de frases enunciadas por niños con autismo. Literatura hecha con agua. Literatura _________________.


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