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guardagujas.lja.mx

febrero 2014, n° 94

foto

gerardo gonzĂĄlez


dos

primeras veces

cuaderno posapocalíptico alejandro espinoza

odos aspiramos a tener epifanías. Queremos vernos al espejo y descubrir esa puerta, esa llave, esa presencia que nos permite convertir el vacío y la soledad en sentido. Vivimos de la posibilidad de que la experiencia pase de lo banal a lo sublime, hemos repetido ese juego de vertiginosas sensaciones desde hace más de dos siglos, y creo que por eso estamos como estamos, en este mundo en ruinas, rodeados de harapos (lingüísticos, políticos, económicos, sentimentales, poéticos), en medio de un resquebrajamiento en el que todos estamos fascinados y tristes a la vez. Somos un niño que lleva doscientos años jugando el mismo videojuego las 24 horas al día. Con una sonrisa en la cara. Luego también: no hay epifanía más enigmática, más deseada, más imposible/posible que regresar al pasado. Desde que la vida cotidiana se volvió una cuestión de mediciones, ritos, ritmos, movimientos y memoria, hemos estado obsesionados con la posibilidad de viajar en el tiempo. De regresar al pasado con una supuesta sabiduría jactanciosa, semidioses de visita en un espacio cuyo destino circunstancial ni siquiera nos perteneció. Sin embargo, no es por nada que la palabra más recurrente en La máquina del tiempo de H.G. Wells, no sólo sea “tiempo” sino también “cambio”: hasta el más diminuto suceso, sea experimentado en el pasado a partir de un viaje desde el presente, o sea vivido en un presente cada vez más perpetuo, contiene una partícula de misterio. Misterio que, como siempre, queremos detener (incluso hay un pasaje en la novela donde el autor alude al uso de una “Kodak, para capturar un instante del Bajo Mundo, para poder contemplarlo con más claridad”), para inspeccionar sus aristas. Para olerlo. Para asegurarnos de que existió, que no fue un espejismo. La historia es la manifestación más clara de dichos espejismos. Y lo que más me mortifica de todas las propuestas que surgen cada vez que se piensa en una máquina del tiempo (regresar al tiempo para cambiarlo es el modus operandi más común), es que jamás pensamos en el conocimiento sensible que los sucesos históricos nos pueden dejar. Cierto, no hay sucesos históricos concretos, sé que estoy pecando de determinismo histórico, porque reconozco que la realidad es un continuum al que le atribuimos algunas escenificaciones (La toma de la Bastilla, Los Beatles en el Show de Ed Sullivan, el día en que naciste) como si éstas tuvieran un significado a priori, o como si nos sirvieran de escaparate para comprendernos en el mundo. Pamplinas. Yo creo que si realmente queremos usar una máquina del tiempo, si realmente queremos saber cómo opera la historia, debemos buscar la manera de ser espectadores en la semilla, el germen, el instante que detona un cambio. Me refiero a las “primeras veces”. Endre Harsányi, el famoso microhistoriador esloveno, en su libro Historia Social de los trastoques, sostiene que la clave unificadora de toda la maquinaria de la historia se encuentra en esa transición que va de la banalidad a la epifanía. Es un momento, un instante, una “primera vez” sin posibilidad de retorno, ahí donde las cosas dejarán de ser igual (aunque esto es relativo, claro) y cuyas repercusiones se diseminan en el tiempo y el espacio. Sin embargo, Harsányi niega rotundamente que se trate de un accidente o una arbitrariedad. Dice que hay un orden mágico detrás de un incidente transformador. Por ejemplo: tan sólo unos cuantos días después de su matrimonio con la bellísima Joséphine de Beauharnais, Napoleón Bonaparte tomó el mando del Ejército francés en Italia, al que lideró exitosamente en la invasión de dicho país. Antes de partir, arengó a sus tropas con estas palabras: “Soldados: estáis mal vestidos y mal alimentados. El gobierno os debe mucho. Grandes provincias y ciudades serán vuestras. Allí hallaréis gloria y riqueza”. Este pequeño instante fue uno de los detonadores para que se sellara el cabal liderazgo de esta figura de la historia. La pregunta que se hace Harsányi es, “¿Qué situaciones banales lo llevaron a construir ese breve discurso de aliento a sus tropas? ¿Fue acaso una noche de sexo explosivo con su esposa, o fue una noche en vela –después del sexo—en la que salió de sus aposentos y se encontró en medio de la oscuridad con un sirviente que lo incitó a construir esa proclama?” Jamás lo sabremos, pero detrás de todas las especulaciones habidas y por haber, hay una certeza: algo, un suceso repentino, producto

de una conjunción de factores (desafortunadamente, Harsányi los declara como “mágicos”; por otro lado, algunos filósofos los denominan “accidentales”), detonaron en la mente de Napoleón esas palabras. Después de ese breve discurso de aliento, el mundo a su alrededor se transformó para convertirlo en la figura histórica que hoy recordamos. Mucho, o nada en realidad, puede hacerse con esta información, con esta experiencia afectiva de estar en medio del instante en que por primera vez sucede algo cuyas repercusiones son definitivas, devastadoras, reveladoras. Pero me gusta pensar en esos instantes. En esas primeras veces. Recientemente, en un cuadernillo que me encontré en la calle, alguien comenzó a escribir una lista de primeras veces. “Dicha lista puede ser interminable”, me dije a mí mismo, así que decidí pulirla, reorganizarla. La versión que ustedes leerán no es, claro, la versión definitiva. Comenzaré con el evento más sentencioso: el instante en que el universo se originó, ahí donde nada fue todo y donde las formas que comenzó a asumir la realidad se tornaron por siempre dudosas. De ahí en adelante, es un sucedáneo de accidentes que, si bien pecaré de determinismo histórico, definen una suerte de línea de incidentes originados para cambiar. La primera vez que se imaginó, en algún lugar del mundo, esa prenda de vestir mejor conocida como camiseta. La primera vez que corrió por la mente de Hitler la posibilidad de convertirse en líder. La primera vez, la primerísima vez, en que un hombre o una mujer sintieron atracción por una persona de su mismo sexo. La primera vez que se pateó una pelota. La primera vez que una persona susurró un chisme a otra. La primera vez en la humanidad que se engendró un estereotipo, no basado en la extrañeza del pueblo enemigo (lo puedo entender de prácticamente todas las civilizaciones antiguas), sino basado en la denostación de determinados atributos culturales. La primera vez que alguien sintió culpa por algo. La primera vez que alguien dijo “salud” después de escuchar un estornudo. La primera vez que un ser humano golpeó a otro, y la primera sensación que esto ocasionó en ambas partes. La primera vez que una persona sintió el impulso por acariciar a otro ser humano, con ternura, con cariño, con ese sentimiento asexuado de angustia amorosa por el prójimo. La primera vez que un ser humano pudo ver una cana en su cabello. La primera vez que un ser humano no logró explicar la belleza contemplada. La primera vez que se confeccionó, en un vocabulario que ahora nos elude, un insulto. La primera vez que se estableció una conexión entre los sonidos armónicos (producidos por la naturaleza o por las extremidades de seres humanos o de animales) y las emociones entrañables. Como posible corolario del anterior, la primera vez que un mexicano soltó uno de esos alaridos de criollo doliente al escuchar una canción ranchera. El primer bostezo. El primer dibujo de un desnudo que mostrara la línea del dorso. La primera vez que un ser humano fue testigo de su propio reflejo. La primera vez que un hombre toma de la cintura a una mujer, suscitando toda una serie de conexiones genealógicas que pueden ir desde el patriarcado hasta el machismo fulminante. El primer foco encendido en una plaza pública. La primera manifestación de inconformidad por parte de un grupo de subordinados, cualesquiera que haya sido su circunstancia, inconformidad que nació del sentirse un ser explotado. La primera vez que se vieron tus padres a los ojos. La primera vez que el ser humano probó la carne de un animal. La primera lluvia. El primer rayo de sol dirigido a los ojos cerrados de un ser humano dormido. La primera vez que dos personas se abrazaron. El primer sollozo, no derivado del miedo sino del quebranto emocional. La primera vez que alguien renunció, que alguien dijo “no”, que alguien dijo “basta”. Porque ya basta. No podemos seguir así


tres

el lector es un animal solitario

agustín fest

a lectura debe ser uno de los vicios más crueles porque es el paraíso de gente solitaria. Mientras uno se sienta a leer, y muere lento, en silencio, interpretando letras, otra vida pasa a nuestro alrededor. Quizás alguien nos verá mientras pasamos los ojos de un lado a otro, como un par de roedores inquietos, y se preguntará por qué hemos escogido el suicidio. Quizás nosotros dejaremos el libro a un lado, apartando cuidadosamente la página con el pulgar, y saldremos de ese otro lugar para admirar la pobreza —porque justo en ese momento nos parece así de pobre— de la realidad. Ese castigo ya lo conocemos bien los que leemos. Así como conocemos el castigo de cerrar el libro, sí, ese libro y digerir esa primera impresión. Un engaño que tal vez no se repita y estaremos buscando, persiguiendo, como animales feroces e impíos. Hay lecturas que jamás se volverán a repetir y el único consuelo es meditarlas, rememorarlas, y así no sólo recuperar las primeras sensaciones, sino también un fragmento de la persona que leyó ese libro, el que pudo oler ese espejismo y vivió, entre sueños, en aquel oasis. El tiempo se ha ido, siempre se va. Hay otro castigo más, uno que cada vez es más común entre nosotros los lectores y es libro que leemos, libro que posiblemente sólo nosotros hayamos leído. No creo mentir cuando pienso en la lectura como un paraíso solitario. Mis libros no son los mismos que los tuyos y aunque se pavonea el orgullo del egoísta y el celoso, regodeándose en una falsa exclusividad, también surge una tristeza inexplicable porque mis libros no son los tuyos. Miento. Tal vez pueda explicar aquella tristeza: no hemos viajado a los mismos lugares y aún si ocurre el accidente feliz de que lo hiciéramos, no vimos las mismas cosas, no podemos hablar igual de ellas. Algunos conocerán aspectos de la vida del autor, por ejemplo, y encontraran esas similitudes a veces ciertas, a veces irrisorias. Otros tantos encontrarán que sus lecturas anteriores coincidieron con el libro y pueden hacer esas conexiones que pertenecen a un mundo académico, estructurado. También existe la posibilidad de que las conexiones son ilusorias, y aún si tuviéramos al autor a la mano para preguntarle, quizás este lo niegue con vehemencia, por hacernos buscar, olisquear más y un lector obsesivo, como un depredador, regresará a la obra, morderá las páginas o las subrayará con las garras. Y obviamente queda

esa molesta vida que tiene cada persona, sus experiencias arruinan (y sí, también iluminan) el libro y cada cabeza, los dos ojos, puestos sobre una lectura provocan que ciertos mensajes resalten más, resalten distinto, oigan otras veces o recompongan aquello que el autor, hablo de los más arrogantes, crean que estaba configurado para ser de un sólo modo. Sí, quizás algunos se enamorarán de esa otra persona que leyó lo mismo, y además fomentan la sabrosa ilusión de qué se comparten lo que el otro no pudo ver. ¿Y después de ese único accidente, serían capaces de leer lo mismo que el otro y repetir asiduamente esa experiencia? ¿O quizás buscarán que el otro lea lo mismo que ustedes, con esperanza de que se repita ese momento de felicidad? No hay nada más chocante que imponerle a los otros una lectura. Es cierto aquello de que si quieres que otros compartan algo contigo, mejor guárdalo celosamente, en vez de promoverlo como mal enseñan en ciertas escuelas a unos pobres chamaquitos que desean ser mercadólogos. Y digo que es chocante porque he descubierto que ya me avergüenza hacerlo. En ese momento me siento como un niño que no juega los mismos juegos. Ahora sólo me reservo ese placer, con frecuencia estéril, para ciertos momentos y, aún después de romper la prudencia, siempre tengo la esperanza de que algo suceda. Prendo un cigarrillo, no importa tanto, después de todo me entrego y devoro las lecturas pendientes. Después de los azares estoy en un punto en mi vida donde puedo tener una biblioteca casera. Entre los que tenemos mi esposa y yo, hace unas semanas, a principios de año, juntamos la feliz cantidad de mil libros. Recuerdo, con descuido, a Zaid y su introducción a Los demasiados libros. Entre más libros compramos ella y yo, nos separamos más, y se vuelve más peligroso el camino de encontrarnos, de reconocer nuestras voces, esos chistes personales que forjamos gracias a los libros. Y sin embargo, me descubro oyendo cuando ella me cuenta alguna historia y en alguna parte anoto: quizás ya no necesite leerlo, quizás puedo dejarlo para después, para otra día, otro año o, si mi abuela tenía razón, para la resurrección. ¿Ella hará lo mismo conmigo? ¿Compartir es narrar con accidentes y descuidos el libro del otro? Nuestras lecturas son una cuerda. Hacemos un nudo para asirnos y reencontrarnos cuando leemos el mismo libro de los mil libros de nuestra biblioteca. Somos animales que devoran, sí, pero quizás no es un vicio tan solitario como pensaba en un principio.

cercanos y ajenos

sofía ramírez

ace algunos años, en un aeropuerto, mientras me trasladaba de una sala a otra, a lo lejos vi a alguien conocido, cercano, seguro un amigo por la familiaridad que me provocaba: me alegré de verlo, en un país ajeno, en una vida ajena, y supuse que era el inicio, el umbral del regreso a casa. Conforme me fui acercando, con la sonrisa dispuesta y a punto de soltar el grito de sorpresa, cara a cara ante el sujeto, tuve una sacudida de memoria: el tipo era Jorge Valdano, aquel futbolista argentino que hacía de cronista en los programas especiales realizados en cada mundial. Me contuve y ni un “buenas tardes”, “con permiso” o “disculpe usted” conseguí articular; sentí el calor en mi cuerpo, la temperatura en mi rostro y me alejé. La impresión de Valdano fue de tal desconcierto que su mirada me siguió unos instantes. Yo, a fin de cuentas, “ni lo conocía”. Mentira, sí lo conocía: durante un mes, supongo, “se instalaba” en la sala de mi casa para comentar, junto con otros, los juegos de la jornada de cada día del Mundial de Futbol. Sí, lo conocía, lo veía diario por televisión. Entiendo, pues, por qué existen personas cercanas y ajenas a la vez, figuras públicas que nos las apropiamos por rutina, costumbre y, mejor aún, por cariño. Ésos personajes llegan a ser “objetos de nuestro afecto” porque precisamente nos afectan, nos conmueven, nos provocan. Que no nos asombre llorar por José Emilio Pacheco ni por Juan Gelman. Más allá de mis encuentros personales con cada uno de estos escritores: que si en Ciudad de México o Morelia, que si aquí en Aguascalientes o Zacatecas; más allá de haber cruzado una o dos palabras, quizá una larga conversación en una cena; más allá de acercarme para pedir su firma en un ejemplar de alguno de sus libros; más allá de escucharlos en la informalidad, conversaciones sobre pequeños instantes de su gran vida y más allá de las anécdotas compartidas por los amigos comunes, más allá, justo más allá está su obra. Yo no puedo concebir la historia de mi vida sin Las batallas en el desierto, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Morirás lejos, Irás y no volverás; sin Incompletamente, Valer la pena, Si dulcemente ni Carta a mi madre. La literatura es experiencia. No puedo presumir de que Pacheco y Gelman me conocieran, pero tampoco es importante: para mí siempre fue suficiente la cercanía literaria, esa intimidad que da la lectura, el diálogo que se establece en la complicidad poética. Si en alguna ocasión crucé un par de palabras con José Emilio y Juan, lo que revolotea en mi memoria es una cegadora emoción y el recuerdo del cariño torpemente demostrado. Escuchar a Gelman, escuchar a Pacheco; saberlos cerca, al alcance de la pluma o la sonrisa; observarlos, escrutarlos, establecer una conversación por medio de la poesía, saber que es a mí a quien se dirigen, reconocer que nadie, salvo Juan Gelman y José Emilio Pacheco, puede expresarlo mejor. Luego, regresar a la intimidad donde uno lector se hace uno poeta, coautor de la experiencia, el sentido último de la creación: el diálogo con la obra. Llorar la ausencia, llorar la pérdida. Cada uno tiene su propia manera de vivir el duelo. En medio de la tristeza se fortalece en mí la fortuna de leer a Gelman y a Pacheco, de haber estado presente, como muchos mas no como todos, en conferencias o lecturas de poesía donde eran los protagonistas, entonces un trozo de felicidad me ayuda a sobrevivir mi duelo


cuatro

el tic-tac del cocodrilo

a propósito de manda fuego, antología de alberto chimal

erika mergruen

veces las palabras desconciertan. En nuestro idioma, el cuento tradicional y el cuento literario comparten un término, por lo que no es raro confundirlos. He leído ejemplos de ambos géneros y nunca podré decir que uno es mejor que otro. Más bien, en conjunto, son origen y evolución. Podemos recurrir a antologías, autores y recopilaciones para trazar los caminos de estos géneros. Sin duda, la palabra escrita logra congelar sucesos, no sólo reales sino también aquellos que habitan en la imaginación. Lo que escribimos, inventamos y edificamos logra, de alguna manera, congelar el tiempo. Los escritores crean cápsulas donde aguardan sensaciones, instintos, definiciones y esencias. Bien mirado, la palabra escrita es como una máquina del tiempo con la cual los viajes se antojan casi infinitos. Dicen que el cuento es un animal en peligro de extinción. No lo creo puesto que el tiempo no cesa, y por ello, el cuento no puede desaparecer. No mientras el hombre tenga la necesidad innata de narrar, de contar o, etimológicamente hablando, de contabilizar sus días. El cuento no va a desaparecer, no mientras el hombre sea mortal y busque inmortalizar las cosas nimias y las grandes hazañas. No hay duda, el conocimiento, el pensamiento y la imaginación siempre tendrán un nicho seguro en el cuento, literario o no. Me gusta creer que el cuento tradicional es como un gnomon siempre capaz de indicar el paso del sol y de anunciar la proximidad de la noche. E igual que el gnomon, el cuento tradicional es el marcador primigenio de lo cotidiano. Nos basta para augurar el cambio de estación y nos es suficiente para hacer lo necesario en cuanto a cubrir nuestras necesidades básicas literarias. Pero no hay menosprecio en esto, pues en él se gesta el tic-tac de los mitos y las leyendas, esos ingredientes esenciales para el desarrollo del cuento literario. Este último refleja la búsqueda por perfeccionar el mecanismo que mide todos los tiempos posibles. Es un género que, a través de su historia, paulatinamente, ha logrado atrapar las horas, los minutos, los segundos y todavía más. Imagino al cuentista como un relojero buscador del artilugio perfecto. Las palabras, el ritmo, la forma y la cadencia son sus engranajes, resortes, péndulos y cuadrantes. El relojero sabe que el tic-tac será distinto según la disposición de los

componentes. Por ello, en la literatura, existen cuentos como grandes campanadas de iglesia, punzantes como alarma electrónica, lacónicos como la piedra, cálidos como el sol, rastreros como la arena y refrescantes como una clepsidra. Los hay de metal, siempre despertadores, y de madera, como la de aquel títere mentiroso. No hay duda, existen los cuentos cucú, cuentos de cuerda, de pulsera, de bolsillo y con leontina. Creo que la trayectoria de un cuentista puede ser comparada con la de un relojero. Ambos comparten la odisea en la búsqueda de la precisión, para atrapar el tiempo y regalar a otros la referencia que da sentido a los días. Podríamos imaginar su lugar de trabajo: una habitación como la del Maestro Hora, de Ende, o bien una sala futurista donde los relojes indican el huso horario de todas las ciudades del mundo o hasta el ático de una casona victoriana que custodia los relojes de pie de los abuelos de todos. El cuentista, en su hacer, logra no sólo duplicar los artilugios estudiados sino que, con la comprensión de cada una de las piezas, crea los propios. Pero algunos cuentistas logran todavía más. Son relojeros exploradores, como Alberto Chimal. Imagino que él —o acaso Horacio Kustos— logró viajar a una tierra lejana en busca de un reloj diferente, único. Y lo logró: cuenta la leyenda que lo extrajo de la panza del cocodrilo de cierta historia. Entonces con las piezas nuevas de ese artilugio que yo uso como metáfora de la imaginación, logró crear otros espacios, otros tiempos; lo dicho, construyó otra clase de cuentos. Se dice que el tiempo no es uno, que hay una percepción objetiva y otra subjetiva. Las definiciones van desde San Agustín pasando por Isaac Newton hasta Einstein, y siguen, sin detenerse. El tiempo no es tangible, no tiene olor o sabor, no sale por las mañanas, no titila en el cielo. Y sin embargo, es, aquí está. La palabra escrita es una de las vías para materializarlo, de muchas y asombrosas maneras. Esta antología, Manda fuego, es sólo un muestrario de las formas del tiempo. Es una selección personal. En una edición impecable, hermosa, Alberto Chimal resume años de trabajo. Es una muestra, es el primer tic-tac para guiar nuestras manecillas a la obra de este autor. Cierto, estos cuentos son relojes inauditos. A cada lectura le corresponde una cantidad de

editores

J edilberto aldán J joel grijalva

minutos, en este plano, pero permite al lector vivir regido por un tiempo distinto. Lo que se siente y se piensa, no cabe en un minuto real. Creo que los cuentos de Chimal nos permiten ser Horacio Kustos: por un momento somos los exploradores, somos los relojeros, somos los testigos del tic-tac del cocodrilo. Podemos abrir el libro para sólo disfrutar la historia, para cerrar los ojos ante el miedo o para rascarse la frente cuando no entendemos. Pero también podemos abrir este libro y tratar de descifrar el mecanismo de sus artilugios y así admirar el diseño de esos pequeños engranajes que llamamos letras. Sólo algunos libros nos ofrecen muchas lecturas como tiempos existentes. Creo que es necesario y urgente continuar con la tradición del cuento literario y del tradicional. Se deben inventar nuevos relojes, porque los nuestros tienen algo mal. Lo afirmo porque así lo dijo el Maestro Hora en la obra de Michael Ende. Aquí su explicación acerca de los relojes, cito: “sólo son reproducciones imperfectas de algo que todo hombre lleva en su pecho. Porque al igual que tienen ojos para ver la luz, oídos para oír los sonidos, tienen un corazón para percibir, con él, el tiempo. Y todo el tiempo que no se percibe con el corazón está tan perdido como los colores del arcoíris para un ciego o el canto de un pájaro para un sordo. Pero por desgracia, hay corazones ciegos y sordos que no perciben nada, a pesar de latir”. Ahora ustedes imaginarán que el tic-tac dentro de la barriga de aquel cocodrilo no provenía de un reloj sino de su corazón, o acaso de un segundo corazón que robó a un desconocido. O bien razonarán, científicos, que el reloj inaudito en verdad era un artilugio vital producto de una clonación. Como sea. Lo cierto es que el cuento tradicional y el literario latirán por mucho tiempo. Creo que su tic-tac sincroniza de otras formas al tic-tac de nuestro propio corazón, alegóricamente hablando y no. Cierto, la lectura puede ser un refugio, pero creo que ante todo es la posibilidad de conocer otros territorios y otras medidas de tiempo que de alguna forma repercuten en este espacio. Manda fuego es el reloj, el corazón, el territorio y el tiempo de un autor. Supongo que los cuentistas por venir podrán aprender del mecanismo chimalesco y crear nuevos tiempos para los lectores venideros. Y hasta aquí este tic-tac

consejo editorial

J beto buzali J alberto chimal J luis cortés J rodolfo jm J norma pezadilla Jsofía ramírez

diseño

J sarahi cabrera


Guardagujas 94