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diciembre 2013, n° 91

El ocĂŠano lleno de bolas de boliche J.D. Salinger


dos

el taller de salinger (y holden) josé luis justes amador Los últimos días de noviembre la noticia corrió por toda la red. Alguien había subido en algún sitio tres cuentos inéditos de Salinger. La leyenda, porque casi todo lo relacionado con el autor de El Guardián entre el centeno es legendario, continuaba afirmando que habían sido extraídos de un libro comprado en eBay. Deadcaulfields.com, la página más completa en lo que refiere a Salinger los catalogaba dentro de la categoría de no publicados. “El océano lleno de bolas de boliche”, una historia triste y desesperanzada como todas las salingerianas, no es, ni mucho menos, uno de los grandes cuentos de su autor, pero resulta, a cambio, un interesante acercamiento a lo que podría llamarse el taller de Salinger. Como en varios de sus cuentos, “Hapworth 16, 1924” por ejemplo, hay una carta; como en otros, “El hombre que ríe” el más logrado, hay una historia dentro de una historia. Con el primero coincide es que es una carta mandada desde un campamento y escrita por un niño de inteligencia y sensibilidad superior a su edad. Con el segundo en que el cuento narrado dentro del cuento se extiende hasta más allá de sí mismo. En lo estilístico, este cuento, comprado por revistas pero nunca publicado por deprimente, adolece todavía de infinidad de repeticiones, sobre todo en verbos como “dijo” o frases enteras, que parecen más fallos que recursos. La adjetivación y, sobre todo las expresiones cotidianas (como el insistente “and all” de la única novela de su autor), parecen, en comparación con sus grandes obras, intentos, probatinas, acercamientos a una habilidad que encontraría su punto de inflexión apenas unos años después. PD: Y es en “El océano lleno de bolas de boliche” donde aparece por primera vez, apenas de refilón, uno de los personajes más carismáticos de la literatura del siglo XX, Holden Caulfield, el inmortal guardián entre el centeno

el océano lleno de bolas de boliche

j. d. salinger

us zapatos se torcían. Mi madre solía decirle a mi padre que le estaba comprando a Kenneth zapatos demasiado grandes para él o que, por favor, consultara con alguien si eran sus pies los deformes. Pero yo pienso que sus zapatos se torcían porque él estaba siempre parándose en el pasto, adelantando sus treinta y cinco o treinta y seis kilos para mirar de cerca las cosas, para darle vueltas a las cosas en sus manos. Hasta que se le torcían los mocasines. Tenía un pelo rojo cobre y lacio, heredado de mi madre, peinado con raya a la derecha y peinado sin mojar. Nunca llevaba sombrero y lo podías identificar a distancia. Una tarde en el club a punto de comenzar un juego de golf con Helen Beebers, al introducir la aguja y la pelota en el suelo duro de invierno y a punto de golpear la bola, sentí que si me volteaba vería a Kenneth. Con esa confianza me volteé. A unos cincuenta metros, detrás de la barda, estaba sentado en su bicicleta, mirándonos. Ese era el pelo rojo que tenía. Usaba un guante de primera base zurdo. En la parte de los dedos del guante copiaba versos en tinta china. Decía que le gustaba leerlos cuando no estaba bateando o cuando no pasaba nada en el campo. A los once años ya había leído toda la poesía que teníamos en la casa. Los que más le gustaban eran Blake y Keats y también algo de Coleridge, pero hasta hace un año no supe –y solía leer con regularidad su guante– una última anotación que con tanto cuidado había hecho. Cuando todavía estaba en Fort Dix me llegó una carta de mi hermano Holden, que en aquel entonces no estaba en el ejército, diciendo que había estado curioseando por el garaje y que había encontrado el guante de Kenneth. Holden decía que en el pulgar del guante había una frase que él no había visto y copiaba los versos. Eran de Browning: “Odiaría que la muerte me cegara y que atenta me llevara al más allá gateando”. No eran unos versos para reírse citados por un muchacho con un grave problema de corazón. Estaba loco por el baseball. Cuando no estaba jugando y cuando yo no estaba lanzándole pelotas, se pegaba horas lanzando una pelota al techo de garaje y cachándola cuando caía. Se sabía los porcentajes de bateo y de campo de cada uno de los jugadores de las grandes ligas. Pero nunca fue a ningún juego conmigo. Había ido sólo una vez conmigo, cuando tenía como ocho años, y había visto a Lou Gehrig ser eliminado por strikes dos veces. Dijo que ya no quería ver a alguien tan bueno ser eliminado por strikes. “Voy a volver a la literatura otra vez. Esto no lo puedo mantener bajo control”. Le importaban por igual la prosa, principalmente ficción, y la poesía. Solía llegar a mi habitación a cualquier hora del día y agarraba uno de mis libros de la estantería y se iba a su habitación o al porche. Pocas veces me preocupé por lo que leía. En esos días yo estaba intentando escribir. Un trabajo duro. Un trabajo en el que dejarse el alma. Pero de vez en cuando me preocupaba. Una vez lo vi salir con Suave es la noche de F. Scott Fitzgerald y otra vez me preguntó que de qué iba El viaje inocente de Richard Hughes. Se lo dije y lo leyó pero lo único que me dijo, cuando le pregunté más tarde, fue que el terremoto estaba bien y también el tipo de color al principio. Otro día tomó de mi habitación y se leyó Otra vuelta de tuerca de Henry James. Cuando lo terminó, no le habló a nadie en la casa durante una semana. *** Estoy bien. Puedo recordar cada detalle de ese sábado de junio sucio y truculento. Mis padres estaban en el teatro de verano cantando la primera matinée de You Can’t Take It With You. En las producciones veraniegas los dos eran unos actores llenos de pasión y entregadísimos y mis hermanos más pequeños y yo raramente íbamos a verlos. Mi madre estaba especialmente pobre en las producciones de verano. Viéndola, incluso en una noche fría, Kenneth solía deslizarse en su asiento hasta que casi acababa en el suelo. Ese sábado yo había estado trabajando en mi habitación toda la mañana, allí había tomado mi almuerzo, y no fue hasta la tarde

que bajé las escaleras. A las tres y media salí al porche y el aire de Cape Cod me mareó como si fuera algo demasiado curado. Pero en un minuto me pareció un buen día. El sol calentaba todo el jardín. Busqué a Kenneth con la mirada y los vi sentado en la silla de bejuco rota, leyendo, sentado sobre sus pies como si estos sostuvieran todo su peso. Estaba leyendo con la boca abierta y no me escuchó llegar por el porche y sentarme en la valla frente a la silla. Golpeé su silla con la punta de mi zapato. “Deja de leer, Mac” dije. “Deja ese libro. Diviérteme”. Estaba leyendo Fiesta de Hemingway. Dejó el libro cuando le hablé, descubriendo mi estado de ánimo, y me miró sonriendo. Era un caballero, un caballero de doce años, un caballero toda su vida. “Me sentía sólo ahí arriba”, le dije. “Elegí una mala profesión. Si alguna vez escribo una novela creó que me uniré a un coro o algo así para poder ir a las reuniones entre capítulo y capítulo”. Me preguntó lo que yo ya sabía que me iba a preguntar. “Vincent, ¿de qué va tu nuevo cuento?” “Escucha Kenneth. Es impresionante. En serio. De verdad”, le dije tratando de convencernos a ambos. “Se titula ‘El jugador de boliche’. Es sobre un tipo al que su esposa no le deja escuchar las peleas o los partidos de hockey por la radio en la noche. Ningún deporte. Demasiado ruidoso. Una mujer horrible. Ni siquiera le deja al tipo leer historias de vaqueros. Malas para su mente. Le tira a la basura todas las revistas de historias de vaqueros”. Yo miraba su cara como escritor. “Cada miércoles por la noche es la noche en que este tipo se va a jugar boliche. Después de cenar cada miércoles por la noche saca su bola de boliche especial de un estante del armario, la pone en una bolsa redonda de lienzo especial, le da las buenas noches a su mujer y se sale. Así durante ocho años. Al final se muere. Cada lunes en la noche su esposa va al cementerio, pone gladiolos en su tumba. Un día va el miércoles en lugar del lunes y ve violetas frescas en la tumba. No se puede imaginar quién las ha puesto ahí. Le pregunta al anciano cuidador y este le dice “Oh, la misma mujer que viene cada miércoles. Su esposa, supongo”. “¿Su esposa?”, grita la mujer. “Yo soy su esposa”. Pero el viejo cuidador está demasiado sordo y no le interesa demasiado. La mujer regresa a casa. Ya en la noche sus vecinos oyen un sonido de vidrio rompiéndose pero continúan oyendo el hockey en la radio. En la mañana, yendo a la oficina, el vecino ve un cristal roto en la casa de al lado y una bola de boliche, cubierta de rocío, brillando en el jardín delantero”. “¿Te gusta?” No había apartado sus ojos de mi rostro mientras le contaba la historia. “Ay, Vincent”, dijo. “Ay, Dios”. “¿Qué pasa? Es una historia jodidamente buena”. “Sé que acabarás por escribirla decentemente. Pero, por Dios, Vincent”. Y le dije “Este es el último cuento que te leo, Caulfield. ¿Qué pasa con esta historia? Es una obra maestra. Estoy escribiendo una obra maestra detrás de otra. Nunca he leído tantas obras maestra de un solo hombre”. Él sabía que yo estaba bromeando pero sólo me sonrió a medias porque sabía que yo estaba alicaído. Yo no quería medias sonrisas. “¿Qué pasa con la historia?” le dije. “Asqueroso cabeza de zanahoria”. “Quizá puede que haya ocurrido, Vincent. Pero no sabes si ocurrió, ¿verdad? Quiero decir, te la inventaste, ¿no?” “Claro que me la invente. Pero ese tipo de cosas pasan, Kenneth”. “Sí, Vincent, te creo. En serio, te creo”, dijo Kenneth. “Pero si te estás inventando las cosas porque no te inventas cosas que sean buenas”. ¿Lo ves? Lo que quiero decir es que te inventes cosas que sean buenas. Las cosas buenas pasan. Todo el rato. ¡Vincent! Podías estar escribiendo sobre cosas buenas. Quiero decir sobre tipos buenos y todo eso. ¡Vincent!”. Me miraba con los ojos brillantes, sí, brillantes. Los ojos del muchacho podían brillar. “Kenneth”, le dije aunque sabía que yo estaba perdido. “Ese tipo de la bola de boliche es un buen tipo. No hay nada de malo en él. Es su esposa la que no es una buena tipa”. “Claro, lo sé, pero… ¡Vincent! Te estás tomando la venganza


tres por él. ¿Quieres vengarte por él? Me explico, Vincent. Él está bien. Déjala a ella en paz. A la señora, digo. Ella no sabe lo que está haciendo. Todo eso de la radio y de las historias de vaqueros”, dijo Kenneth. “Déjala en paz, ¿va Vincent? ¿Va?” No le dije nada. “No hagas que tire esa cosa por la ventana. La bola de boliche. ¿Va Vincent? ¿Va?” Asentí con la cabeza. “De acuerdo”, le dije. Me levanté y fui a la cocina y me bebí una botella de ginger ale. Me había noqueado. Siempre me noqueaba. Subí las escaleras y rompí la historia. Bajé y me senté otra vez en la valla del porche y lo observé leyendo. Me miró de un modo abrupto. “Vamos hasta Lassiter para comer almejas”, dijo. “Va. ¿Te vas a poner un abrigo o algo así?”. Sólo llevaba una playera de rayas y estaba quemado de ese modo en que sólo los pelirrojos se queman. “No, estoy bien”. Se puso de pie, dejó el libro en el asiento de la silla. “Vámonos. Ya”, dijo. *** Bajándome las mangas, lo seguí por el jardín, me detuve en el borde y lo vi mientras sacaba mi coche del garaje. Cuando lo enfiló hacia la calle, me acerqué. Se movió a la derecha mientras yo entraba al asiento del conductor y empezaba a bajar la ventanilla que estaba todavía levantada desde mi cita con Helen Beebers la noche anterior. A ella no le gustaba que se le volara el pelo. Después Kenneth apretó un botón en el tablero y el techo de tela, ayudado con un golpecito de mi mano, comenzó su función, cayendo, al final, detrás del asiento. Salí del camino del garaje hasta Caruck Boulevard y de Caruck pase a Ocean. Eran como once kilómetros por Ocean hasta Lassiter. Los primeros kilómetros no teníamos nada que decirnos. El sol estaba terrible. Ponía en evidencia mis manos pastosas, llenas de tinta y con las uñas de los dedos mordidas. Pero se quedaba y remoloneaba hermoso en el pelo anaranjado de Kenneth y eso parecía justo. Le dije “alcance ese compartimento, doctor. Encontrará un paquete de cigarrillos y un billete de cincuenta dólares. Estoy planeando mandar a Lassiter a la universidad. Pásame un cigarrillo”. Me pasó los cigarrillos diciendo “Vincent tienes que casarte con Helen. En serio. Se va a volver loca de tanto esperar. No es inteligente ni nada parecido pero eso es bueno. No vas a tener mucho que discutir con ella. Y no le vas a herir los sentimientos cuando seas sarcástico. La he estado observando. Ella nunca sabe de lo que estás hablando. Y eso, chico, es bueno. Y tiene unas piernas tremendas”. “¿Por qué, doctor?” “No. En serio, Vincent. Tienes que casarte con ella. Jugué damas con ella una vez. ¿Sabes lo que hace con sus damas?” “¿Qué hace con sus damas?” “Las mantuvo ahí en las últimas casillas para que no pudiera comérmelas.  No quería usarlas para nada. Chico, eso sí que es una buena chica, ¡Vincent! ¿Y te acuerdas de la vez que hice de caddie para ella? ¿Sabes lo que hace?” “Usa mis tees. Nunca usa sus propios tees”. “¿Te acuerdas del quinto hoyo? ¿Ese del árbol enorme justo antes de que entres al green? Me pidió que jugara yo la pelota sobre el árbol. Dijo que ella nunca había podido pasarla por encima. Chico, esa es la clase de mujer con la que te quieres casar, Vincent. No vas a dejar que se te escape”. “No la voy a dejar”. Era como si estuviera hablando con un hombre que me doblara la edad. “Lo vas a hacer si dejas que tus cuentos te maten. No te preocupes tanto por ellos. Serás bueno. Serás tremendo”. Seguimos nuestro camino, conmigo muy feliz. “Vincent”. “¿Qué?” “Cuando miras en esa cuna en la que han puesto a Phoebe, ¿no enloqueces por ella? ¿No sientes como si fueras ella?” “Sí”, dije, escuchándolo a él, sabiendo lo que quería decir. “Sí”.

“¿No enloqueces también por Holden?” “Claro. Un buen compa”. “No seas tan reticente”, dijo Kenneth. “Está bien”. “Dile a todo el mundo cuando amas a alguien y cuánto”, dijo Kenneth. “Está bien”. “Conduce más rápido, Vincent”, dijo “písale a esta cosa”. Le di al coche a todo lo que podía y lo puse casi a ciento veinte. “Allavamoschicos” dijo Kenneth. *** En par de minutos estábamos en Lassiter. Era una hora de poca gente y sólo había un carro, un sedán De Soto, en el estacionamiento. Estaba encerrado y caliente pero no opresivo y nos sentíamos bien. Nos sentamos en una mesa externa, en el porche cubierto. Al otro extremo un hombre gordo y delgado con un polo amarillo estaba comiendo ostras crudas. Tenía el periódico apoyado en el salero. Parecía solo y parecía ser el dueño del caliente y enorme sedan que se horneaba en el estacionamiento. Mientras movía la silla hacia atrás, intentando ver el bar de Lassiter a través del pasillo lleno de moscas, el gordo habló. “Eh, Rojo, ¿dónde conseguiste este pelo rojo?” Kenneth se volteó para mirar al hombre y dijo: “Un tipo me lo dio en la calle”. Eso casi acaba con el tipo. El tipo era calvo como una pera. “Un tipo me lo dio en la calle, ¿no?”, dijo. “¿Crees que me podría arreglar a mí?” “Claro” dijo Kenneth. “Tienes que darle una tarjeta azul. Del año pasado. No quiere las de este año”. Eso casi acaba con el tipo. “Darle una tarjeta azul, ¿no?” preguntó tembloroso. “Sí. Del año pasado”, le dijo Kenneth. El gordo se encogió de hombros mientras volvía a su periódico y se la paso mirando a cada rato a nuestra mesa como si hubiera puesto su silla ahí. Cuando comenzaba a levantarme, Lassiter apareció en la esquina de su bar y me vio ahí sentado. Levanto sus espesas pestañas a modo de saludo y se acercó. Era un tipo peligroso. Le había visto, ya muy de madrugada, romper una botella de cerveza de cuarto y, agarrándola por lo que quedaba de cuello, salir al aire salino y oscuro buscando a un hombre del que simplemente sospechaba que robaba las tapas del radiador en el garaje. Y entonces, viniendo por el pasillo, no pudo esperar a preguntarle “¿Te trajiste al pelirrojo ese inteligente de tu hermanito contigo?”. Él no puedo ver a Kenneth hasta que salió al porche. Asentí con la cabeza. “Bien”, le dijo a Kenneth, “¿Cómo te va, chico? No te visto mucho por aquí este verano”.  “Estuve aquí la semana pasada. ¿Cómo le va, señor Lassiter? ¿Ha golpeado a alguien últimamente?”. Lassiter se atraganto con la boca abierta. “¿Qué va a ser, chico? ¿Almejas? ¿Con mucha mantequilla?”. Entendiendo nuestro movimiento de cabeza, se dirigió a la cocina pero se paró a preguntar: “¿Dónde está su hermano? ¿El loquito?” “Holden”, le di su nombre. “Está en el campamento de verano, aprendiendo a valerse por sí mismo”. “¿De verdad?” dijo Lassiter interesado. “No está loco”, le dijo Kenneth a Lassiter. “¿No está loco?” dijo Lassiter. “Si no está loco, ¿entonces qué está?”. Kenneth se puso de pie. Su cara era casi del color de su pelo. “Vámonos ya de aquí”. Me dijo Kenneth. “Vámonos”. “Aguanta un minuto, chico”, dijo Lassiter rápidamente. “Escúchame. Estaba bromeando. No está loco. No quise decir eso. Pero es del tipo que se comporta extraño. Sé buen chico. Yo no dije que estuviera loco. Sé un buen chico. Déjame que les traiga unas buenas almejas”. Con los puños apretados Kenneth me miró pero yo no le hice ni un solo gesto, dejándole la decisión a él. Se sentó. “Madura”, le dijo a Lassiter. “No vayas llamado a la gente cosas que no son”. “No seas duro con el Rojo, Lassiter”, le dijo el gordo des-

de su mesa. Lassiter no le hizo caso. Así de duro era. “Voy a traer unas almejas perfectas, chico”, le dijo a Kenneth. “Por supuesto, señor Lassiter”. Lassiter se tropezó en el único escalón que llevaba hasta el pasillo. Cuando nos fuimos le dije a Lassiter que las almejas habían estado increíbles, pero se quedó dudando hasta que Kenneth le palmeó la espalda. Cuando regresamos al coche y Kenneth bajó la tapa de la guantera para poner un pie en el hueco. Conduje unos cuantos kilómetros hasta Reechman Point porque sentía que ahí era donde ambos queríamos estar. Detuve el carro en el lugar de siempre y fuimos saltando de piedra en piedra hasta lo que Holden llamaba “la roca del sabio”. Era un promontorio grande y plano que estaba a una carrerita y un salto del océano. Kenneth abría la marcha manteniendo en equilibrio con los brazos abiertos como un funambulista. Mis piernas eran más largas y podía pasar de piedra en piedra con las manos en los bolsillos. Y además llevaba más años que él haciendo ese mismo camino. Los dos nos sentamos en la roca del sabio. El océano estaba en calma y tenía buen color pero había algo que no me gustaba. Casi en el mismo instante en que me di cuenta de que algo no me gustaba el sol se oculto tras una nube. Kenneth me dijo algo. “¿Qué?”, le pregunté. “Se me había olvidado decirte. Me llegó una carta de Holden hoy. Te la voy a leer”. Sacó un sobre del bolsillo de sus pantalones cortos. Yo miraba el océano y escuchaba. “Atento al principio, al encabezado” dijo Kenneth y comenzó a leer la carta que sigue. Campamento Goodrest para niños repelentes Viernes

Querido Kenneth: Este lugar apesta. Nunca había visto tantas ratas. Tienes que hacer cosas con piel e irte de caminata. Tienen un concurso entre los rojos y los blancos. Se supone que yo soy blanco. Yo no soy un maldito blanco. Llegaré a casa pronto y me lo pasaré bien contigo y con Vincent y comeremos almejas. Aquí comen huevos que están casi podridos y ni siquiera meten la leche en la hielera después de beber. Todo el mundo tiene que cantar una canción en el comedor. Hay un tal señor Grover que piensa que es un cantante genial e intentó que yo cantara con él ayer por la noche. Podría si no fuera porque me cae mal. Te sonríe pero todo el tiempo se porta mal en cuanto puede. Tengo los dieciocho dólares que me dio mamá y probablemente llegue a casa el sábado o el domingo si este hombre se va al pueblo para que yo pueda tomar el tren. Me han condenado al ostracismo porque no canté en el comedor con el señor Grover. Ninguna de esas ratas me puede hablar. Una es un muchacho bastante simpático de Tenesee [sic] y es casi tan mayor como Vincent. Cómo está Vincent. Dile que lo extraño. Pregúntale si ha leído la carta a los Corintios. Está en la Biblia y es muy buena y bonita y el sastre Web me ha leído partes. Nadar apesta porque aquí no hay olas, ni siquiera chiquitas. Lo bueno es que sin olas nunca te asustas o te volteas. Simplemente nadas hasta una canoa con un compañero. Mi compañero es Charles Masters. Es una rata y canta en el comedor todo el tiempo. Está en el equipo blanco y es el capitán. Él y el señor Grover son dos de las mayores ratas que he conocido nunca. También la señora Grover. Ella intenta ser como tu madre y sonríe todo el rato pero también es mala como el señor Grover. Cierran con llave la panera para que nadie pueda hacerse sándwiches en la noche y corrieron a Jim y cada vez que llegas tienes que dar cinco o diez centavos y los padres de Robby Wilcock no le dieron dinero. Estaré en casa casi seguro el domingo. De verdad que te extraño Kenneth y a Vincent y a Phoebe. De qué color tiene el pelo Phoebe. Apuesto a que rojo. Tu hermano Holden Caulfield.


cuatro

Kenneth volvió a poner la carta y el sobre en su bolsillo. Agarró un guijarro pulido y rojizo y lo miraba, dándole vueltas y vueltas, como si tuviera la esperanza de que no hubiera ningún fallo en su simetría. Y después diciéndoselo más al guijarro que mí dijo: “No puede comprometerse”. Me miró amargamente. “Sólo es un niñito envejecido y no puede comprometerse. Si no le gusta el señor Grover no puede cantar en el comedor aunque sepa que si canta todos lo van a dejar en paz. ¿Qué le va a pasar, Vincent?”. “Supongo que tendrá que aprender a hacer compromisos”, dije pero no me lo creí y Kenneth lo sabía. “¿Sabes?”, dijo. “Si me fuera a morir o algo así, ¿Sabes lo que haría?” No espero a que yo dijera nada. “Me quedaría por aquí”, dijo. “Me quedaría un rato para lo que hiciera falta”. Su rostro estaba triunfante, del modo ese en que el rostro de Kenneth se ponía triunfante, sin sugerir que había ganado o superado a alguien. El océano estaba horrible. Estaba lleno de bolas de boliche. Kenneth se puso de pie en la roca del sabio y pareció feliz por algo. Por como se puso de pie podría decirse que tenía ganas de nadar. Yo no quería que nadara entre todas esas bolas de boliche. Se quito los zapatos y los calcetines. “Vamos, metámonos al agua”, dijo. “¿Con los shorts?” le pregunté. “Tendrás frío de regreso. Ya se está poniendo el sol”. “Tengo otros debajo del asiento del carro. Va. Vamos”. “Te van a dar calambres. Por las almejas”. “Sólo me comí tres”. “No, no”, comencé a detenerlo. Se estaba sacando la playera y no me escuchaba. “¿Qué?”, me dijo una vez que volví a ver su cara. “Nada. No te estés mucho tiempo”. “¿No vas a entrar?”

“No. No me traje gorro de baño”. Pensó que era divertido y me dio una palmada. “Ah. Venga, Vincent”. “Adelántate. No soporto el océano hoy. Está lleno de bolas de boliche”. No me escuchó. Se lanzó a correr hacia la zona plana de la playa. Yo quería agarrarlo y traerlo de vuelta y alejarnos conduciendo lo más rápido posible. Cuando terminó de juguetear en el agua salió por sí mismo sin que yo fuera capaz de decirle nada. Salió y pasó la parte menos profunda del agua, la espumeante. Incluso pasó corriendo la parte plana donde se quedan las huellas sin que yo fuera capaz de decirle nada salvo que tenía la cabeza baja. Después, cuando apenas estaba llegando a la parte blanda de la playa, el océano le tiro la última bola de boliche. Grité su nombre con todas mis fuerzas y corrí como loco hasta el lugar. Sin ni siquiera mirarlo lo levanté, lo cargué y corrí con toda la fuerza de mis piernas hasta el coche. Lo puse en el asiento y conduje un par de kilómetros con el freno puesto. Después le di a todo lo que daba. *** Vi a Holden sentado en el porche antes de que el me viera a mí. Tenía una maleta junto a la silla y se estaba rascando la nariz hasta que nos vio. Cuando nos vio, gritó el nombre de Kenneth. “Dile a Mary que llame al doctor”. Le dije sin aliento. “El número está en la cosa esa junto al teléfono. En lápiz rojo”. Holden gritó el nombre de Kenneth otra vez. Acercó la mano y le quitó, casi golpeándolo, arena de la nariz a Kenneth. “Rápido, Holden. Maldita sea”, le dije, pasando con Kenneth a su lado. Sentí que Holden corría por toda la casa hasta la cocina con Mary.

Unos minutos después, antes incluso de que llegara el doctor, mi padre y mi madre llegaron hasta el garaje. Gweer, que hacía los papeles de joven en el espectáculo, estaba con ellos. Le hice señas a mi madre desde la ventana de la habitación de Kenneth y se echó a correr como una niña hacia la casa. Hablé con ella un minuto en la habitación y después bajé las escaleras, cruzándome con mi padre. Después, cuando el doctor y mi madre y mi padre estaban en la planta de arriba, Holden y yo esperábamos en el porche. Gweer, el de los papeles juveniles, también se había quedado por alguna razón. Al fin, me dijo con calma, “Supongo que me tengo que ir”. “Sí”, le dije en general. No quería actores revoloteando por ahí. “Si hay algo…” “Vete a casa, ¿sí amigo?”, dijo Holden. Gweer le sonrió con tristeza y comenzó a marcharse. Parece que no le gustaba su salida. También, después de la conversación con Mary, la doncella, tenía curiosidad. “¿Qué es? ¿El corazón? Sólo es un niño, ¿no?” “Sí”. “Vete a casa. ¿Sí?” Después me sentí con ganas de reír. Le dije a Holden que el océano estaba lleno de bolas de boliche y el niño asintió con la cabeza y dijo “Claro, Vincent” como si supiera de lo que estaba hablando. Murió a diez para las ocho esa noche. Quizá dejar esto por escrito haga que se aleje. Ha estado en Italia con Holden y en Francia, Bélgica, Luxemburgo y parte de Alemania conmigo. Ya no puedo soportarlo. No debería haberse quedado para lo que hiciera falta

Traducción: José Luis Justes Amador

antonio

verde y humilde

alejandra eme vázquez

es voy a contar un secreto: los abuelos tienen nombre. Uno cree que han sido siempre la sonrisa lista y los ojos atentos para otros, nosotros, pero no. Se llaman y, sobre todo, se han llamado. Son sus vidas las nuestras en algún punto y si seguimos el hilo de su tiempo, encontraremos esa humanidad chispeante de los que han vivido. Lo sé, son los abuelos y abuelos los queremos, mas no por ello son menos caminantes que cualquiera. Antonio vivió ochenta y nueve años, un mes y 10 días. Nos hizo falta tiempo y lo sabemos, pero todos repiten que fue una larga vida y más vale creerlo. Nunca lo vi enfermo sino hasta el final de sus días, cuando ya no reconocía los rostros cuyos nombres esculpió; porque él nos bautizaba con sus propias reglas. Si eras Claudia te llamaba “Cuadín”; si Carlos, “Charloto”; si Martha, “Martín”, entre tantos otros... A mi hermana le gritaba invariablemente: “¡Oye, Ji!”, y a mí me nombraba “Aletana” en recuerdo de mis primeros logros al hablar. Los nombres de Antonio, mi abuelo. (Quiero dejar de pronunciarte mío, al menos en estas palabras. Doy una breve tregua a la posesión: no eres “mi” abuelo ahora, eres Antonio. Antonio, repito. Simplemente. E intento verte allá, en el lugar donde yo no existo, pensando en ir a la escuela o en cortejar a María –ella, la tampoco mía—, trabajando sobre espejos, viajando. Me es difícil verte en función de ti mismo, tanto poseemos a los que amamos, pero poco a poco te voy haciendo tuyo. Quizá me lleve más de un intento.) Los trenes, Pancho Villa, Agustín Lara, la marimba, leer. Y re-leer: era Antonio un lector ávido y fue sin duda fuente de contagio entre sus cercanos, incluida yo. Cuando le pregunté, poco antes de irse, por qué fue siempre ateo, respondió: “Porque a mí de chico nadie me dijo en qué creer, y luego me gustó leer”. Así se las gastaba. Sorprendió también contando un sueño, ya en la agonía: estaba con sus hermanos que regresaban a ser niños, con su madre que volvía al origen, era carpintero. Los abuelos sueñan, ahí otro secreto.

Lo que dejó Antonio sí tiene qué ver con la cadena que inició con sus hijos y sigue por dos generaciones más, hasta ahora. Tiene receptores directos de su legado, si lo vemos de esa forma: he ahí el sentido de familia. Ahora que dejemos ir sus cenizas en el bosque de Querétaro, en medio del ambiente revolucionario que él adoraría, el concepto de estirpe unirá a personas que quizá de otro modo no andaríamos juntas por ahí. Pero Antonio es nuestra misión común: le queremos saber libre y contento incluso ahora, a lo mejor porque ésa es nuestra forma de libertad y alegría compartida. La muerte que se anuncia en el otro amado es una fuerza inexplicable, un arrebato. Cuando supimos que Antonio era vulnerable y que su cirio personal corría peligro, un pequeño gran mundo se cimbró. Las palabras dejaron de ser suficientes, quisimos atesorarle, ávidos; sobrevino la pérdida irremediable y se nos desplomó adentro una torre, destinados como estamos a darnos plena cuenta de algunos significados cuando ya no tenemos acceso a sus significantes. Era inevitable que Antonio dejara en otros, nosotros, un vacío. Su risa inteligente, su conversación, su escucha, su presencia constante y su cariño no pasaron en vano por las vidas de quienes le quisimos. Pero en su propia jurisdicción, no fue nunca un vacío: vivió, y qué vida, haciendo camino para sí y para los que iban detrás. Llenó los nombres que había que llenar, jugó el papel que había que jugar, pero fue él. Ante todo, Antonio. No hacía falta más ni hay por qué adjetivarlo. Prometí a su cuerpo escribirle, y hay algo de urgencia en la promesa hecha ante un ataúd. Antonio devino pretérito el 23 de julio y en mi devenir presente le doy estas palabras, que no son todas pero son. Me gusta pensar que la dimensión de lo escrito se despliega cuando se dedica a otro, así que imagino a Antonio tomando por la esquina esta página hipotética y haciendo con ella música. Porque él era músico y es tantas otras cosas, que termino entendiendo no como un acto de posesión, sino de orgullo, llamarle mi abuelo. No dejar de llamarme Aletana. Pertenecerle yo a él, cantarle yo a él, mientras siga mi voz @alejandraemeuve

Guardagujas 91  

Suplemento literario de La Jornada Aguascalientes

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