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cuatro

a pasos de la cima

édgar omar avilés

l primer monte de importancia que escalé fue el Solecito, en Perú. Entonces tenía diecinueve años. Pensaba que al llegar a la cima encontraría lo que buscaba. Lo que encontré fue la necesidad de escalar uno más alto. De eso han pasado doce años y unos treinta montes. En los últimos diez montes he logrado que marcas de galletas dietéticas o de bebidas energizantes me patrocinen. El resto del tiempo soy maestro en una secundaria. No recuerdo cómo me nació el deseo de escalar. Nunca escalo un monte más bajo que el anterior. Cada monte sólo es ensayo para el siguiente. Creo que en unos doce o trece llegaré al Éverest. En la cima de él está lo que busco. Ahorita llevamos casi tres cuartas partes del Yakarta. La cima parece un diamante que lanza brillos furiosos. —Más bien parece un cono de helado… —me dice Daniel. Entonces descubro que lo que estaba pensando también lo decía en voz alta. —O una teta —le respondo. —Demasiado picuda y fría... —me dice, negando con la cabeza—. Sería algo así como un pecho malvado. —Prefiero pensar que es una de las tetas de Deyanira… —Esas las tienes aquí, a unos metros. ¿Para qué escalar? —No metan a mis pechos en sus conversaciones… — dice con fastidio Deyanira, que está a unos metros de nosotros. Somos cinco, todos amarrados a una misma cuerda que nos une desde Mariano hasta mí, que en esta escalada voy a la cabeza. . —¿Sabes? —reanuda Daniel—, una psicóloga llamada Mélanie Klein aseguraba que antes de los seis meses el bebé adjudica todo lo bueno, su alimentación, el calor, la protección… a un pecho, y al otro pecho todo lo malo: el frío, el dolor, la sensación de hambre... Exactamente todo lo que en este instante sentimos. —La otra vez vi cuando Deyanira se ponía el sujetador. Ninguno me pareció malvado… Daniel fue mi vecino desde niño y mi amigo desde la adolescencia. Un gran tipo. Durante la escuela secundaria nos la pasamos compitiendo por Brenda, una chica que terminó casada con un judicial. En segundo grado, mientras nos agarrábamos a golpes, Daniel me dio un beso en la boca y me dijo que le gustaba. Le contesté con un golpe. Él se puso a llorar, pero no por el golpe. Dada nuestra rivalidad, esperaba que le dijera a todo el mundo que él era maricón. Nunca se lo dije a nadie, ni cuando logró hacerse novio de Brenda. Después estudió psicología y a la mitad de la carrera, cuando tenía veinte o veintiún años, salió del clóset. Me ayudó en más de una ocasión a cambiar alguna llanta del carro y en incontables veces me dio consejos de cómo ligar mujeres. Me ha acompañado a más de la mitad de mis escaladas. Y nunca entendí cómo no le podían gustar las tetas. La escalada transcurre entre pisadas cada vez más dolorosas. Como la cima se aproxima, el ascenso resulta más empinado. Te-

nemos que tener cuidado de vida o muerte en cada paso. Ciertamente si uno resbala, es muy probable que los otros cuatro ayuden a salvarlo, pero también es posible que desbarranque a los demás, sobre todo en el momento de la sujeción de las cuerdas a un nuevo punto firme, tarea de la cual yo soy el encargado. —En doce o trece montes llegaré al Éverest… —En la cima de allí tampoco encontrarás nada. —De seguro tú escalas para dejar de ser maricón, ¿no? —No digas estupideces… Lo hago para sentir que Dios existe… Aquí, en cualquier momento, podríamos morir… Siento la furia de Dios… —También te puedes resbalar en la regadera y desnucarte. —Cuando alguien sabe el autentico motivo de por qué arriesga su vida deja de tener sentido arriesgarla y se vuelve un pusilánime… Pero me gusta pensar que busco a Dios… Nada más esperanzador que su existencia. Tener a un tipo a quien por un lado puedes vomitarle todos los errores del mundo y por otro lado puedes pedirle protección… —Eso es como lo que me decías del pecho bueno y el pecho malo... —Sí y no... Más bien es lo que descubre el bebé luego de los seis meses de edad: que los dos pechos pertenecen a un mismo ser. Y entonces siente culpa por haber mordido y orinado al pecho malo. Pero yo aún no cumplo seis meses. Creo que soy un feto. —¿Cómo se puede ser psicólogo y ser gay? —Dicen que Freud tenía fantasías homosexuales con un amigo… Saber que la muerte existe no te hace inmortal. —Pero con la manipulación del ADN quizás algún día se logre. Bueno, seguro dirás que, evitando la muerte, la extinción de la humanidad se aceleraría por sobrepoblación… o algo por el estilo... Así que mejor te digo que si te funciona ser marica, pues perfecto, ¿no?... Además, en la regadera nunca te desnucarás porque siempre andas recogiendo los jabones que se les caen a los otros, pero... —pero como no responde a mis ataques, volteo hacia él, molesto por su indiferencia. Entonces veo que metros atrás, a unos centímetros de que la cuerda se tense, yace el cuerpo de Daniel. Deyanira tiene un gesto de terror pausado en el rostro. Luego de que toma un poco de aire, me explica que ella vio cómo una piedra que caía desde la cima pegó en la frente de Daniel. Mi amigo murió al instante, a un segundo de responderme. Tras deliberarlo, decidimos continuar con la escalda y dejar el cuerpo cubierto con nieve. De regreso lo cargaremos para entregarlo a su madre. Mientras lloro su muerte, me vienen a la mente los pechos de mi nana, el recuerdo es tan claro como una película. La forma, la textura, el olor, el calor, el sabor de cada uno. Mientras cubro su cuerpo con nieve, en vez de pensar en Daniel, pienso en la vieja que me cuidó desde mi nacimiento hasta los tres años. La sensación es extrañísima y me siento tan infeliz, porque ahora que lo necesito no tengo amigo psicólogo que me ayude a resolver este misterio

édgar omar avilés

Premio Nacional de Cuento de Bellas Artes San Luis Potosí 2008 y Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2011. Este cuento pertenece a Embrujadero (Secretaría de Cultura de Michoacán, Premio Michoacán de Cuento Xavier Vargas Pardo 2010).

editores

edilberto aldán J joel grijalva

consejo editorial

beto buzali J alberto chimal J luis cortés J rodolfo jm J norma pezadilla Jsofía ramírez J jorge terrones

diseño

sarahi cabrera


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