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octubre 2013, n째 86


dos

hacienda de san josé de guadalupe

marco antonio campos

Repito que vine de varias infancias para llegar aquí Pero no veo sembradíos: San José de Guadalupe es sólo tierra de agostadero para vacas héticas Juan Carlos, Sofía, María y yo pisamos el hierbazal El abuelo José Álvarez Tostado se me aparece enfrente con el sombrero mal puesto, el pantalón algo caído y la cara rugosa de vacaciones mías de 1961 “La tierra hace y deshace al hombre”, dice con una voz áspera de fumar a diario íntegras dos cajetillas de cigarros Casinos Atisbo un hormigueo afanoso de peones en la labor Paseo en la huerta chica entre los árboles frutales Abuelo José y primo José desmorían de angustia por cosas del campo, pero el campo a menudo no los quería, porque la lluvia no quería al campo Pero hoy no veo la gran barda, ni peones en el quehacer, ni la huerta chica donde caían de los árboles perones e higos, granadas y guayabas grandes y jugosos como los que más no hubo ¿Dónde quedó la noria y el caballo que me daba la vuelta? ¿Dónde pastan los caballos que el abuelo criaba? ¿Dónde rumian las vacas, cuya leche, gracias a la venta al menudeo, alimentó a la familia? ¿Adónde iremos si ya no, si ya cerca no? Deambulamos por las ruinas de lo que fue el casco: una capilla sin Cristo ni parábolas, cuartos destechados, paredes decrépitas, una pequeña escalera de la que uno brinca para subir al árbol y caer a una tierra en la que miro en una clara mirada todo el año mío de 1961 Con madre, en Ciudad de México, nunca hablábamos de la hacienda, tal vez porque hablábamos poco o no era tema de interés de un par que no se habla Madre, si viviera, sería hoy la bisabuela de mi madre, una adolescente con notoriedad de bella que habitó en la casa de Cinco de Febrero 74, barrio de El Encino, y católicamente se cubría ante el Cristo Negro A caballo se aproxima un hombre Es el mayordomo Cordialmente pregunta qué hacemos por aquí “-Desde 1932 al término de los sesenta –le digo-, perteneció la hacienda al abuelo José, y a su muerte la heredaron los hijos, que la vendieron para tomar su parte -No conocí a don José Tostado, pero me dicen que tenía un carácter de los mil demonios - La familia, amigo, tenía más espinas que una cactácea. -Como yo quería saber de dónde venían… -Venían de allá, de Los Altos de Jalisco, donde nacen los recuerdos de principios del siglo XIX para seguir llevándose en el aire recuerdos por todos los años y uno más del siglo XX.…” Pero el mayordomo no habla, no oye, no lo veo Sofía sube la escalera de la capilla, habla con los pájaros, y aparece de pronto donde se irguió el molino Al pie de un mezquite añoso María conversa con la Virgen María, quien vestida de rojo, toca un violín verde Juan Carlos me señala nopales belicosos y plantas ariscas que rebrotan en los entresijos de las paredes de adobe Repito que vine de varias infancias para llegar aquí Pero ni las ruinas ni la tierra dicen lo que hubo una vez en aquella cara mía del 1961 En este instante no hay más azul que el cielo aguascalentense No hay nada más azul que el cielo aguascalentense Y mi abuelo sube al caballo y se aleja allá, por aquel rumbo, por aquel, aquel que lleva a los lejanos cerros… Aguascalientes, 2012


tres

las mujeres de truman

maira colín

ucho se ha hablado de los hombres en la vida de Capote: desde su obsesión con Proust y el deseo de crear una obra que superara a En busca del tiempo perdido hasta la turbulenta relación con Jack Dunphy, el amor de su vida, los biógrafos se han encargado de darnos sendos detalles de las relaciones que el escritor tuvo con aquellos que pertenecían a su mismo sexo. Ahora bien, hay que reconocer que si hay alguien que tuvo una vida privada a disposición de cualquier lector, ese fue él. A veces pareciera como si la homosexualidad de este autor hubiera sido la única característica definitoria de su obra. Si bien es cierto que entre los seres más influyentes de su vida destacan nombres como el de Faulkner, Newton Arvi o Andy Warhol, la verdad es que las mujeres que lo acompañaron durante sus sesenta años de vida jugaron un papel fundamental en su psique, en su entorno y en cómo concibió su literatura. Cuando la mayoría escucha Capote, lo primero que cobra sentido en la memoria es A sangre fría, y con esa obra aparece Harper Lee, la amiga del escritor, quien acompañó e impulso la creación de lo que se convertiría en una de las obras que cambió la narrativa contemporánea. Estos dos personajes se conocieron desde pequeños y los libros de ambos estuvieron altamente influenciados por la colisión que se generó a partir de que cada uno apareció en la vida del otro. Hay una creencia generalizada de que Dill, el infante fuereño de Mississipi en la novela de Lee, Matar un ruiseñor, está directamente basado en el Capote niño. Pero mucho antes, con solo diez años, Capote escribió una historia (Vacaciones de navidad) donde aparecía el personaje de la señora Busybody, quien era la calca de Frances Lee, la madre de Harper. Truman detestaba a la mujer y la caricaturizó en un texto que llegó a ganar un concurso local de historias escritas por niños, y que fue publicado en el periódico de la localidad. El escritor tuvo que vivir su infancia en Monroeville, Alabama -y por ello conocer a Harper– debido a que su madre, Lilly lo mandó ahí después de separarse de su padre, un estafador menor, que tiempo después vería la manera de aprovecharse de la fama que su hijo obtuvo en las décadas siguientes. Por supuesto, Lilly jugó un papel fundamental en la vida de Capote: primero con su ausencia, con su eterno deseo por escapar de los pequeños poblados sureños y de esa vida que ella consideraba mediocre (de ahí el cambio de nombre a Nina). Nina huyó de su pasado como también lo hizo Capote, como lo hace la hermosa e inolvidable Holly Golightly de Desayuno en Tiffany´s, ese personaje en el que se conjuntan Marilyn Monroe, Jackie Kennedy, la Princesa Lee Radziwill. Las satiriza a todas pero también se burla de su madre, de sí mismo. Quizá la otra gran aportación de Nina fue Joseph Capote, comerciante de origen cubano con quien ella se casó y de quien Truman adoptó el apellido. El tiempo que el creador de Música para camaleones vivió con la pareja, él y su madre tuvieron arduas peleas debido al alcoholismo de ella y a la progresiva aceptación de la homosexualidad de él. En 1952, Joseph Capote se fue a la ruina en sus negocios y Nina se suicidó en 1955. Un par de décadas después sería Capote el que terminaría con su vida debido una sobredosis. En su estancia en Alabama forjó un estrecho lazo con dos mujeres que pertenecían a su familia: primero con Nanny Rumbley Faulk, una prima mucho más grande que él. El personaje de la señorita Sook Faulk de El visitante del día de Acción de Gracias y de Un recuerdo navideño sirvió para describir la relación que tenían: “La persona a quien habla soy yo. Tengo siete años; ella, sesenta y pico. Somos primos,

muy distantes, y hemos vivido juntos... bueno, desde que yo puedo recordar. Viven en la casa otras personas, parientes, y aunque tienen poder sobre nosotros y con frecuencia nos hacen llorar, en general no advertimos mucho su existencia”. La otra persona que definió su infancia fue Marie Rudisill, hermana menor de su madre, quien era presentadora de televisión y se había hecho famosa por Ask the fruitcake lady, un segmento de The Tonight Show de la NBC. Ella ayudó a criar a Capote por temporadas. Marie fue autora de ocho libros, entre los que destaca Fruitcake: Memories of Truman Capote & Sook (Sook es como él la apodaba), The Southern Haunting of Truman Capote y Truman Capote: The Story of His Bizarre and Exotic Boyhood by an Aunt Who Helped Raise Him. Sobrevivió a su célebre sobrino y murió en 2006 a los 95 años. La relación que Capote tuvo con las mujeres no se detuvo en las que conoció íntimamente. Sus primeras lectoras fueron esas miles de mujeres que compraban las revistas de corte femenino y que encontraron en sus letras una voz nueva que reflejaba, de alguna forma, sus propias vidas. “Miriam”, su primer éxito como cuentista, fue publicado en la revista femenina Mademoiselle por recomendación de Rita Smith, hermana de Carson McCullers, quien era asistente editorial de la publicación. Por ese relato ganó un Premio O Henry por First Published Story. Capote siguió publicando en Harper´s Bazaar y Mademoiselle. A los 24 años dio a conocer una novela marcadamente autobiográfica: Otras voces, otros ámbitos. El éxito de este libro y de sus colaboraciones en distintos medios escritos lo inscribieron en la élite neoyorquina. Truman, ese niño escuálido, conquistó a todo Manhattan con el poder de su pluma. Amigo y aparente bufón del jet set, el autor sureño encontró en Bárbara Babe Cushing, socialité, editora de Vogue y la mujer más refinada de su medio, una confidente, una mecenas. De entre aquel amasijo de seres que Capote siempre admiró y, al mismo tiempo despreció, escogió a la mujer más emblemática de ese mundo, a la más superficial, a la más bella. Mrs. William S. Paley, como Babe se hacia llamar, no solo fue cercana a Truman, sino que se convirtió en la fiel representante de los “cisnes” (que era como el escritor apodaba a las glamurosas mujeres de la alta sociedad neoyorkina). Aquella amistad habría podido durar hasta la muerte de ella en 1978 sino hubiera sido porque los secretos de su amiga y de todas las “cisnes” fueron puestos al descubierto con una cínica y maravillosa mirada en los adelantos de Plegarias atendidas, libro que nunca llegó a concluirse y que fue publicado de manera póstuma. Hasta para justificar la celebración de su vida y del rotundo éxito de A sangre fría, el escritor planeó el baile Blanco y Negro -celebrado en el hotel Plaza de Nueva York– como una reunión social dedicada a Katherine Graham, directora y dueña de The Washington Post, y una de las mujeres más influyentes del mundo editorial de ese entonces. Honrar a una mujer para honrarse a sí mismo. Dolly, Miriam, Violet y la mayoría de los personajes femeninos en la narrativa de Capote funcionan como un espejo invertido en el que el escritor es capaz de vaciar sus filias y sus fobias; de mostrar las más insulsas de las debilidades pero también la más grande lucidez creativa. La fuerza de lo femenino fue captada de manera fidedigna por las letras de Truman: ese impulso que lo toma todo, que es capaz de crear la vida pero, también, de destruirla. En sus últimos años, aquel chico tímido que se crió en ese sur estadounidense que ha sido semillero de varios de los mejores escritores del mundo, se refugió en la casa de su fiel y última amiga, Joanne Carson, para morir bajo su cobijo, suplicándole, después de una serie de sobredosis con fármacos y alcohol, que no lo llevara al hospital: “Si te importo, no hagas nada. Déjame ir”. Y ella así lo hizo


cuatro

a pasos de la cima

édgar omar avilés

l primer monte de importancia que escalé fue el Solecito, en Perú. Entonces tenía diecinueve años. Pensaba que al llegar a la cima encontraría lo que buscaba. Lo que encontré fue la necesidad de escalar uno más alto. De eso han pasado doce años y unos treinta montes. En los últimos diez montes he logrado que marcas de galletas dietéticas o de bebidas energizantes me patrocinen. El resto del tiempo soy maestro en una secundaria. No recuerdo cómo me nació el deseo de escalar. Nunca escalo un monte más bajo que el anterior. Cada monte sólo es ensayo para el siguiente. Creo que en unos doce o trece llegaré al Éverest. En la cima de él está lo que busco. Ahorita llevamos casi tres cuartas partes del Yakarta. La cima parece un diamante que lanza brillos furiosos. —Más bien parece un cono de helado… —me dice Daniel. Entonces descubro que lo que estaba pensando también lo decía en voz alta. —O una teta —le respondo. —Demasiado picuda y fría... —me dice, negando con la cabeza—. Sería algo así como un pecho malvado. —Prefiero pensar que es una de las tetas de Deyanira… —Esas las tienes aquí, a unos metros. ¿Para qué escalar? —No metan a mis pechos en sus conversaciones… — dice con fastidio Deyanira, que está a unos metros de nosotros. Somos cinco, todos amarrados a una misma cuerda que nos une desde Mariano hasta mí, que en esta escalada voy a la cabeza. . —¿Sabes? —reanuda Daniel—, una psicóloga llamada Mélanie Klein aseguraba que antes de los seis meses el bebé adjudica todo lo bueno, su alimentación, el calor, la protección… a un pecho, y al otro pecho todo lo malo: el frío, el dolor, la sensación de hambre... Exactamente todo lo que en este instante sentimos. —La otra vez vi cuando Deyanira se ponía el sujetador. Ninguno me pareció malvado… Daniel fue mi vecino desde niño y mi amigo desde la adolescencia. Un gran tipo. Durante la escuela secundaria nos la pasamos compitiendo por Brenda, una chica que terminó casada con un judicial. En segundo grado, mientras nos agarrábamos a golpes, Daniel me dio un beso en la boca y me dijo que le gustaba. Le contesté con un golpe. Él se puso a llorar, pero no por el golpe. Dada nuestra rivalidad, esperaba que le dijera a todo el mundo que él era maricón. Nunca se lo dije a nadie, ni cuando logró hacerse novio de Brenda. Después estudió psicología y a la mitad de la carrera, cuando tenía veinte o veintiún años, salió del clóset. Me ayudó en más de una ocasión a cambiar alguna llanta del carro y en incontables veces me dio consejos de cómo ligar mujeres. Me ha acompañado a más de la mitad de mis escaladas. Y nunca entendí cómo no le podían gustar las tetas. La escalada transcurre entre pisadas cada vez más dolorosas. Como la cima se aproxima, el ascenso resulta más empinado. Te-

nemos que tener cuidado de vida o muerte en cada paso. Ciertamente si uno resbala, es muy probable que los otros cuatro ayuden a salvarlo, pero también es posible que desbarranque a los demás, sobre todo en el momento de la sujeción de las cuerdas a un nuevo punto firme, tarea de la cual yo soy el encargado. —En doce o trece montes llegaré al Éverest… —En la cima de allí tampoco encontrarás nada. —De seguro tú escalas para dejar de ser maricón, ¿no? —No digas estupideces… Lo hago para sentir que Dios existe… Aquí, en cualquier momento, podríamos morir… Siento la furia de Dios… —También te puedes resbalar en la regadera y desnucarte. —Cuando alguien sabe el autentico motivo de por qué arriesga su vida deja de tener sentido arriesgarla y se vuelve un pusilánime… Pero me gusta pensar que busco a Dios… Nada más esperanzador que su existencia. Tener a un tipo a quien por un lado puedes vomitarle todos los errores del mundo y por otro lado puedes pedirle protección… —Eso es como lo que me decías del pecho bueno y el pecho malo... —Sí y no... Más bien es lo que descubre el bebé luego de los seis meses de edad: que los dos pechos pertenecen a un mismo ser. Y entonces siente culpa por haber mordido y orinado al pecho malo. Pero yo aún no cumplo seis meses. Creo que soy un feto. —¿Cómo se puede ser psicólogo y ser gay? —Dicen que Freud tenía fantasías homosexuales con un amigo… Saber que la muerte existe no te hace inmortal. —Pero con la manipulación del ADN quizás algún día se logre. Bueno, seguro dirás que, evitando la muerte, la extinción de la humanidad se aceleraría por sobrepoblación… o algo por el estilo... Así que mejor te digo que si te funciona ser marica, pues perfecto, ¿no?... Además, en la regadera nunca te desnucarás porque siempre andas recogiendo los jabones que se les caen a los otros, pero... —pero como no responde a mis ataques, volteo hacia él, molesto por su indiferencia. Entonces veo que metros atrás, a unos centímetros de que la cuerda se tense, yace el cuerpo de Daniel. Deyanira tiene un gesto de terror pausado en el rostro. Luego de que toma un poco de aire, me explica que ella vio cómo una piedra que caía desde la cima pegó en la frente de Daniel. Mi amigo murió al instante, a un segundo de responderme. Tras deliberarlo, decidimos continuar con la escalda y dejar el cuerpo cubierto con nieve. De regreso lo cargaremos para entregarlo a su madre. Mientras lloro su muerte, me vienen a la mente los pechos de mi nana, el recuerdo es tan claro como una película. La forma, la textura, el olor, el calor, el sabor de cada uno. Mientras cubro su cuerpo con nieve, en vez de pensar en Daniel, pienso en la vieja que me cuidó desde mi nacimiento hasta los tres años. La sensación es extrañísima y me siento tan infeliz, porque ahora que lo necesito no tengo amigo psicólogo que me ayude a resolver este misterio

édgar omar avilés

Premio Nacional de Cuento de Bellas Artes San Luis Potosí 2008 y Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2011. Este cuento pertenece a Embrujadero (Secretaría de Cultura de Michoacán, Premio Michoacán de Cuento Xavier Vargas Pardo 2010).

editores

edilberto aldán J joel grijalva

consejo editorial

beto buzali J alberto chimal J luis cortés J rodolfo jm J norma pezadilla Jsofía ramírez J jorge terrones

diseño

sarahi cabrera


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