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julio 2013, n° 82

dalila mata norberto de la torre agustĂ­n fest alejandro espinoza


dos Indemnidad

Fusión

Duermo en la espiral del árbol que no puedo ver.

Hay entidades que incitan ser tocadas como la piel clítoris glande pleura o las falanges de la mano

Segunda infancia

Se necesita tocar lo cristalino crear formas que den espuma o color

Los grillos previenen la muerte al escribir este suicidio de media página

Un árbol puede abrirse la manzana vaporiza.

Las dudas regresan son un cuervo referimos una plegaria

Miasma

La intención de poblar ciudades con gusanos y águilas hace posible un tiempo donde los amuletos no provocan miedo sólo libros papel incierto No somos armonía de vanguardias socializar mutila poros el sonido del mar parece borrar nuestra mirada Incertidumbre Los ancianos propagan su olor a caramelo.

Absurdos La llave que tengo conserva tejido del corazón y del cerebro es el acceso para recuperar al Yo los colores todo el alfabeto y la letra de siempre D. Hija de Sócrates Utiliza muletas blusa de flores y pantalón color café Dio nombre a mis dedos Dedo Betabel Dedo Zanahoria Dedo Jengibre Dedo Rábano Dedo Papa Dijo El jengibre sanará tu trigémino y cuando el odio aparezca dejarás de leer Ahora vendo polvo de libros para las tardes de ocio. Equimosis Nombrar asimetrías es un absoluto No se toca Lunar de mis huesos espérame.

poemas

dalila mata

La magnolia perfuma aldehídos en mi cuerpo. Cocodrilo Te entrego las escaras de mis pies el amor-atamiento de mis uñas la roncha sin motivo con sus costras el tobillo de siempre la inflamación de siempre mi espalda mi piel dolor que aún protesta mis arrugas en rojo mi vejez emocional Te entrego mi angustia El temor a morir a tu muerte la parálisis que cambia mi cuello rígido el esternón Mis lágrimas que como engrudo pegaron la piel de mis párpados Te entrego tus olvidos la indiferencia la voz manos pies dormidos que lastimaste los tres momentos de mi casi muerte cada papel falso las manchas de corrector alteración en los datos tu destiempo tu palabrería las faltas a mi feminidad Te entrego el orden y limpieza excesiva la violencia Rechazo cada herida cada lugar donde te escondías No quiero las sobras de un amor enfermo Te entrego tu oligodendroglioma tus recetas el tiempo sin resonancia la doble traición cada cosa descompuesta cada mueble que rompiste Te entrego tu control la fragmentación la distancia del mundo todo lo que me negué a vivir Llévate también el corazón de seis milímetros atrapado está en mi seno izquierdo.

dalila mata

San Luis Potosí, S.L.P. Licenciada en letras por la Benemérita Normal del Estado. Participó en talleres literarios con los maestros David Ojeda y Olimpia Badillo. Actualmente es Profesora en el sistema estatal de educación y en algunas escuelas particulares, es promotora de lectura.


tres

saltapatrás

norberto de la torre

§ Ándale, me dijo, el dueño de la tienda: es el momento para desarmar tiranos, darle cristiana sepultura a tanto rifle, pelar con cuidado la cebolla del miedo.

§ Cínico Los días de asueto, el día de los maestros por ejemplo, es bueno practicar un ejercicio como cortar monedas con un cuchillo de agua, morder el frágil tobillo de un banquero, perseguir una bicicleta como si fuera una amante huidiza. Los perros lo acostumbran, desde luego.

Pero cómo no, le dije, partiendo una bota militar en cinco gajos. Saqué varias monedas de la bolsa y pagué con ellas una botella de agua para ver si me saco el premio del amor que oculta la etiqueta.

§ §

A la manera de viejos gambusinos espero la palabra en la bifurcación del agua, en la ciega explosión de la sinapsis.

No se te olvide rezar al Dios de los ateos, por si acaso.

Hay hormigas aquí, media docena de manzanas verdes y una caja de galletas rancias.

El universo también anda, big bang más o big bang menos, con una enorme piedra en el zapato

Se pudre un discurso en el frutero, otro en el plato, y un par interjecciones en la mesa: fermenta el jugo dulzón de su sintaxis §

§

En mayo. Cualquier cosa: una caja de semillas rotas. La sombra de un gato a la deriva. La noticia de una mujer que se cortó la yugular con un poema. Siete gotas de lluvia para la buena suerte…

Siempre tuve la tentación de ver con claridad la esencia del poema, pero una piedra en el ojo me lo impide, un meteorito de treinta toneladas. Algún día lo sabré, te lo aseguro, encontraré por fin la raza del poema y escribiré un saltapatrás de antología.

Me explico: deseo inventar el octavo pecado capital sólo para ver al amor convertido en una naranja bergamota…

§

En mayo, sí, a la derecha de la sílaba secreta. § Poema Zen ¿Cuál será la esencia más probable de la piedra; la cifra de un pájaro en la amígdala; la relación de una flor de papel con la muchacha? Si no puedes responder a estas preguntas intenta malabares con los bolos del amor en alguna bocacalle, o nada más aléjate, con un par de zapatos en la testa.

Ocurre que amanecen las esquirlas de un poema entre las olas –Dios sabrá escoger, reza la cita– los demás se hundirán en las fauces oscuras del abismo. Un vendedor ofrece collares de palabras en la playa – ¿Valdrá la pena?– El gato muestra un dije de agua con orgullo, pero sólo tiene una marca de sal sobre su pecho. Mientras tanto camino confiado sobre arena, porque sé que un corazón de azúcar, compartido, es eficaz remedio contra la quemadura cruel de la medusa.


cuatro

Sobre esas realidades que dejaron de existir hace mucho tiempo en la imaginación, pero que surgen en la realidad

con el debido humo

la habitación de humo

agustín fest

na vez, entré a mi clase de las seis de la mañana de Introducción al Derecho y mientras me limpiaba las lagañas y me convencía de que ya estaba despierto (ya que para entonces no apreciaba el café tanto como ahora), entró el Pony intempestivamente a dar su clase. Él si había tomado café, supongo, porque no paraba de saludar, de hablar y de tratar de despertarnos. Le llamábamos Pony por chaparrito, así de originales, y quizás por esos rasgos equinos achatados que tenía: una nariz aplastada y los ojos hundidos. Además era un profesor relativamente joven a lo acostumbrado entre las huestes maristas, su edad rondaba entre los 25 y los 27 años. El Pony siempre iba vestido de trajes hechos a la medida, no se quitaba el saco, ni la corbata. Se tomaba en serio dar la clase, lamentablemente para él, muy divertido para nosotros. Ya bien enterado de la grilla, en alguna clase nos dijo su nombre completo y nos explicó que ese era su nombre para cualquier cuestión legal, si queríamos alguna vez demandarlo, Pony no serviría de nada y luego pasó a señalar a algunos de nosotros, nombrarnos por nuestros apodos seguido de nuestros nombres, para para ejemplificar su punto. Su pequeña venganza se convirtió en una feria. La clase de las seis, con la que comienzo este relato, abrió con una explicación del “deber ser”. No fui un alumno muy dedicado al derecho, no estoy seguro si el “deber ser” se trata de una figura legal o uno de sus tantos terminajos incomprensibles y que requieren una traducción al español sencillo. Deformé la construcción y ese día la convertí en otra cosa. A fuerza de repetición se me pegó: El “deber ser”. Cacofónico pero simple y reflexionándolo un poco, es una construcción que me susurra todos los días. El “deber ser” es como una oportunidad bondadosa y sencilla para olvidarse de los caprichos y las ambiciones; lo que dictan las leyes, como un manual parco para la vida: esposo, hijo, padre, hermano en sus aspectos más sencillos de obligaciones y deberes. No se trata de lo que deseo, de mis impulsos o de someterme a los impulsos de alguien más. No soy más de lo que debo. Es como una red de seguridad. Puedes vivir cómodamente una vida de desencantos y mediocridad hasta la muerte. La ley lo aceptará siempre que hayas tachado los pequeños logros en la libreta: Pagaste tus impuestos, le diste el nombre al hijo, cumpliste las obligaciones nupciales, conseguiste un hogar para tu gente (quizás no el que hubieras querido, pero ahí está) entre un montón de cositas más. La ley es la vida correctamente hecha, haces los logros más básicos de un videojuego. Me pasa, por ejemplo, que cuando siento la amenaza de una ambición formidable, pienso en el “deber ser” y cuántas de esas cosas ya hice, o que otras cosas puedo ignorar, y entonces la ambición se ve más gris, menos necesaria. La ambición se convierte en una molestia, un nido de moscas que nació de un día para otro en una oficina, supuestamente aislada de los parásitos, y qué provoca un placer perverso tomarse el día para perseguirlas con un matamoscas, irlas matando una a una. Verso de Nervo: “Siento que un Dios anida en mí”, hablé de eso en el coloquio de escritores en Tepic. La ambición, el deseo, la iluminación, la ruptura de la humanidad es un dios (¿Qué Dios anida en mí, el de los gusanos, el de las moscas o el de los pájaros?). El “deber ser” es la humanidad, es lo que nos permite la sanidad entre miles, cientos de miles, de personas que caminamos sin apenas vernos el uno al otro. Es lo que nos permite compararnos con otros, darnos palmaditas en la espalda o la crítica mal hecha y cruel. Cuando estaba chavo, y me apropié por primera vez de aquella construcción, se me hizo fácil hacer una lista propia de lo que podría ser y ese podría, convertirlo en el deber; Hice una especie de manifiesto personal para que mi vida no fuera tan común, tan rutinaria, tan pobremente condenada al exilio de lo sano y de lo inerte. Por supuesto, es obvio, todos los chavos piensan igual, tienen ídolos en la espera de convertirse en esos ídolos y no se dan cuenta que cuando lleguen ahí, no sabrán después a quien rezarle. También fui inmortal y miraba pájaros en todas partes, ahora que soy gente y que sé que puedo morir, el tiempo me ha regalado la oportunidad de preguntarme un montón de cosas, de dudar no sólo de mis ambiciones sino también de mis deberes. Hay días que no sólo me la paso matando moscas, sino que las vigilo fornicar en pleno vuelo y espero, pacientemente, a que nazcan dentro de ésta oficina aislada, quizás se conviertan en pájaros

editores

edilberto aldán J joel grijalva

cuaderno posapocalíptico

alejandro espinoza

e aquí un dilema, aunque no sé si se de carácter ético: me gusta imaginar nombres de países ficticios, menos a la manera de Italo Calvino y más a la manera de aldea mencionada en Gargantúa y Pantagruel. Imagino a estos pueblos y su gente, en diferentes circunstancias sociales, políticas, morales, sentimentales. Casi a ninguna le ha ido bien en estas historias; la mayoría desaparece unos dos minutos después que despierte por las mañanas. En días recientes, se desató un golpe de estado en Egipto. Tras una serie constante de revueltas, protestas y caos extendido en todo el país, las Fuerzas Armadas depusieron del presidente Mohammed Mursi. Ha habido enfrentamientos en distintas ciudades, entre ellas, Marsa Matruh (en el noroeste) y Minia (en el sur), y desafortunadamente, también ha habido algunos muertos. Hoy en día, por cierto, la presencia de las noticias sobre catástrofes y revueltas mundiales está en directa proporción con el número de muertes que se hayan registrado. Pero esto no es lo que me ocupa. Lo que me ocupa son Marsa y Minia. Yo imaginé a dos pueblos con esos nombres. Al despertar por la mañana y leer la noticia de estos conflictos, comencé un ejercicio de recuperación de la memoria para recordar exactamente qué sucedió en las historias que inventé para estas dos ciudades que, pues, en efecto, sí existen. En una de ellas, si mal no recuerdo es Marsa, se había desatado una revuelta similar a la que ocurre en estos momentos. Solo que en este caso, se trataba de una acción de protesta que los personajes de una historia realizaron para desatar la revolución. Lo explicaré brevemente. Marsa, en mi imaginación, era una isla. Dicha isla fue creada por un grupo de niños que decidieron automutilarse para llamar la atención de sus padres, ya que todos los adultos en el país de donde provenían prestaban más atención a los niños con capacidades diferentes. Se cortaron piernas, se quitaron ojos, perpetraron accidentes que los dejaron en silla de ruedas para siempre. Algunos ingirieron tóxicos que les dañaron ciertas funciones cerebrales. Una vez que se expandieron en números, se autoexiliaron todos en la isla de Marsa, donde fundaron un pueblo. En un momento de la historia, había imaginado a un fotógrafo, a la Spencer Tunick, que fotografió a los miles y miles de niños, colocados en distintos lugares de la isla, en grupos o individuales, inmóviles, como estatuas de arena. En cuanto a Minia, esta es una historia de difícil recuperación. Sé que en dicha ciudad imaginada se desata una revolución, sé que tuvo que ver con amores y rivalidades, sé que la guerra que se desató tuvo no solo tintes románticos sino un conraste enorme de sadismo y tortura (a los pobladores atrapados por las fuerzas armadas les cortaban las manos y les implantaban un chip que interrumpía sus circuitos neuronales y los sustituía por la imagen de una isla llamada Marsa, de modo que, de ahí en adelante, la realidad percibida era un screen saver permanente), pero al momento de configurar en mi mente las terribles historias que desató mi imaginación en torno a estos lugares, que coincidentementre resultaron ser reales, tuve que detenerme. Más que nada, porque no sé en qué medida estoy siendo justo e injusto con quién, si con la ficción o con la realidad. ¿A quién debo ser fiel, a los caprichos de una imaginación que crea basándome en relaciones con la realidad a la vez sensibles y distantes? ¿Es justo imaginar ciudades que sí existen? ¿Cómo me hace quedar a mí, en mi manera de configurar nombres de ciudades por su cualidad “exótica”, qué me dice de mi relación con lugares lejanos? ¿Estoy siendo injusto con una ciudad que en estos momentos se encuentra en una situación terrible, si la imaginé en el pasado como una ciudad que vive momentos terribles en la ficción? Mientras peleo con este dilema, allá, en Minia y en Marsa Matruh, y en Egipto, el mundo se desmorona, y acá, aquí, en mi imaginación, los hechos imaginados se disuelven conforme la primera taza de café del día corre como motorcito encendido por todo mi cuerpo

consejo editorial

beto buzali J alberto chimal J luis cortés J rodolfo jm J norma pezadilla Jsofía ramírez J jorge terrones

diseño

sarahi cabrera

Guardagujas 82  

suplemento literario de La Jornada Aguascalientes

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