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elma correa norma yamillé cuéllar javier moro hernández miguel ángel lozano

foto

gerardo gonzález

enero 2013, n° 69


dos ediodía. La luz del sol se cuela por las persianas cerradas, insistente, esforzada, como corresponde a la estrella más grande del sistema planetario. Desnudos. Los cuerpos se rozan apenas, uno junto al otro. Ella podría ser perfecta de no ser por esas caderas un poco huesudas. Los senos caen discretos en su pecho blanco y liso. El orificio de su ombligo juega a esconderse en su barriga cuando se le quiere tocar. Una pelusa breve recubre un pubis casi infantil revelando los pliegues que resguardan su carne más blanda. Los pies de geisha, diminutos, curva los dedos de manera intermitente. Las orejas asoman un poco dramáticas, haciéndose lugar entre los mechones de cabello junto a sus pómulos. Posee uno de esos cuerpos elásticos que lo mismo se enredan entre tus piernas que bailan un arabesco. Definitivamente el tipo de cuerpo que cualquiera querría tener debajo una tarde de marzo, una tarde calurosa, un poco húmeda y eléctrica, a punto de arrojar una llovizna suave que lo refresque todo de una vez. Cuando se conocieron ella salía con un tipo dedicado a los bienes raíces, algo de un despacho en las instalaciones de la constructora más grande de la ciu-

criaturas graciosas dad. Coches elegantes, cenas con empresarios, tarjetas de crédito doradas. El sueño de cualquier joven espabilada. El de los bienes raíces acostumbraba invitar amigas a sus encuentros sexuales. Al principio no le molestó, incluso se divertía, pero con el correr de los meses se descubrió más preocupada por obtener atención que placer. Más preocupada por su apariencia en relación con la chica de turno que por él. Se aburría fingiendo que meter los dedos en otra vagina mientras ellas chupaban el pene de su amante la excitaba. A menudo estaba reseca y cansada cuando tocaba su turno de penetración, y pasaba las mañanas siguientes maldiciendo el escozor entre sus piernas. Cuando se conocieron él volvía de una estancia académica en el extranjero. No hablaba demasiado del tema porque tuvo que regresar con anticipación perdiendo todos los créditos de sus materias cuando uno de sus profesores lo descubrió en su recámara matrimonial, enseñando la correcta pronunciación de la equis en la palabra México a su esposa mientras la montaba con la fruición de los veintitantos años. Esos paisitos europeos donde los ciudadanos son llamados súbditos pueden llegar a tener extrañas y medievales costumbres.

vía dolorosa Y oí el número: 144,000 sellados de todas las tribus de los hijos de Israel Apocalipsis 7:4 a llamaré Silvia. Después de enamorarse de un tal Leonardo se enteró de que él no era precisamente una buena persona. Que sus recursos financieros no provenían de ocho horas diarias de trabajo. Y en vez de maletín y laptop sólo sabía portar cuernos de chivo. Pero ésa es otra historia. Lo que estoy contando es que la mañana del 21 de diciembre del 2012 ella parecía a punto de explotar. Todas las personas parecían estar a punto de explotar, pero a causa de otras cosas que, si me dan tiempo, les explicaré. Silvia se escapó de Leonardo al enterarse de su embarazo y vivía en un hotelucho en el centro de la ciudad. Cualquier ciudad. La mañana del 21 de diciembre ella amaneció con las contracciones. Se metió al cuarto de baño y en el piso de la regadera pujó, lloró, gritó, sangró, mordió un trapo para apoyar su dolor y al fin su bebé salió al mundo a las nueve de la noche. Un mundo en el que debía permanecer escondido. El niño se llamaría Jonás. Su madre cortó el cordón

elma correa

Sus padres no lo vieron con la misma gracia que a él le hacía y lo obligaron a tomar un puesto de medio tiempo en la empresa familiar, una farmacia. Ahí, con acceso libre a la mayoría de los medicamentos que usados con imaginación, pueden tener una función recreativa, atendió a una joven que buscaba Dalacín. Ella se sonrojó. Se enamoraron. Se juraron amor eterno y vivieron felices el tiempo justo: dos años, ocho meses y cuatro días. Ella lo supo una noche, mientras trataba de conciliar el sueño junto a un hombre que se había vuelto apagado y posesivo, que vomitaba sus frustraciones por una vida que no podía solventar en cada frase, cuando hablaba, y que al parecer ya había agotado su dotación de gestos de ternura. La relación se mecanizó poco a poco. Así son esos amores. La rutina los envolvió con la discreción suficiente como para creer, cada vez que la descubrían, que serían capaces de dominarla. Ya la habitación no los llamaba a ese amasijo de pieles y gemidos, sino a la cadencia del sopor, a otros calores. Ella lo asumió sin lamentarse, pero le hubiera gustado que él también lo admitiera. En cambio, él ignoraba o fingía ignorar todo lo concerniente al tema y la obligaba a sonreír con los

amigos, a portarse mimosa y atenta, incluso a hablar de hijos y otros planes que ambos sabían irrealizables. Hasta el fin del mundo, repetía tomándole las manos cuando había algo de público. Por unos segundos, ella convertía la mueca de sus labios en una verdadera sonrisa, que a veces, tocaba los bordes de la ilusión. Entonces será hasta 2012. Y todos reían. Están acostados. Afuera, en el cénit, Helios deposita su corona hirviente sobre los mortales. Criaturas graciosas. Desesperadas. Ella podría ser perfecta si no fuera por esos huesos prominentes en la cadera. Muchas veces, cuando hacían el amor, él prefería sentarla sobre su regazo, de espaldas, porque esa postura la mantenía relajada y el doblez en su cintura cubría de carne tersa la inquietud de su pelvis. Los dedos de sus pies se enroscan como pequeñas orugas, futuras crisálidas de las que no emergerán mariposas. La sangre ha sido drenada con tanta lentitud que casi es imposible notar que agoniza. A su lado, él lleva una bolsa plástica sobre la cabeza. Toca un instante la mano femenina, abierta en canal por la muñeca. Él aspira con dificultad el último rastro de oxígeno. Lo siguiente es esperar la anoxia, la congestión cerebral. Juntos. Hasta el fin del mundo.

norma yamillé cuéllar

umbilical para después envolver al recién nacido en una camiseta. Cosa extraña que Jonás tuviera una especie de cicatriz en la frente. Silvia ya no podía seguir en ese cuarto apestoso, así que caminó por las calles. Había compras de pánico por todas partes. Ella vio una iglesia: ningún lugar podría ser más seguro. Y muchas personas pensaron igual que ella. Bueno, unas cincuenta. Cosa extraña que el sacerdote tuviera una especie de cicatriz en la frente. Al igual que algunos católicos dentro de la iglesia. Silvia tomó un espejo de su bolso, pero no encontró marcas en su frente. La iglesia sería el último lugar donde la buscarían los colegas de su esposo, ahí donde se juraron amor eterno cuando todo iba bien. Justo eso pensaba cuando vio en la entrada de la iglesia a uno de ellos, con un 666 brillando en su frente. Estaba armado. Lo único que se le ocurrió a Silvia fue: — ¡Auxilio! –gritó, apuntando hacia la puerta– mírenlo, ¡trae el número de la bestia! La gente lo miró y corrió despavorida hacia el altar, viéndose los números que ellos mismos tenían: alguien tenía en la frente un 1,200, otro un 547, alguien más un 68.

Pero ese hombre con pistola tenía un 666, y los que tenían otros números no podían vérselo a sí mismos con la ayuda de espejos, agua o cualquier otro reflejante… era un caos. Porque el sacerdote también tenía un 666, y Jonás tenía un 144,000 brillante, y todos se preguntaban unos a otros qué número brillaba en sus cabezas. El hombre armado se acercó al sacerdote, ambos en estado de pánico, y se arrodillaron en el altar, buscando el perdón, pero éste ya quedaba demasiado lejos. Las personas salieron de la iglesia y sembraron el pánico en las calles, hablando de números, espejos, salvación y rechinar de dientes. Silvia aprovechó la desesperación para salir del templo y caminó hacia el negocio más cercano: un table dance. Ahí se escondería para proteger a Jonás. No sabía si traía algún número, pero no importaba si convertía en un 666 ahí dentro, con tal de proteger el 144,000 de su bebé. El table dance era un mundo aparte: ahí a nadie le importaba un 666, es más, todos traían el número. Los hombres ahí dentro sólo querían disfrutar de sus últimos momentos sobre la Tierra. Cuando había huracanes nunca se quedaba sin energía, había comida y alcohol suficiente más o menos para toda la eternidad.

Silvia se quedó en una mesa fingiendo interés en las mujeres que bailaban, cuando recordó que por estar cuidando a su hijo aún no lo había alimentado. Entonces comenzó a amamantarlo. Las miradas masculinas se dirigieron a ella. Decenas de hombres la miraban con deleite, olvidando a las bailarinas que se contoneaban al ritmo de The Doors. This is the end / beautiful friend / this is the end / my only friend, the end / of our elaborate plans, the end / of everything that stands, the end / no safety or surprise, the end / I’ll never look into your eyes... again… Silvia no tenía dinero, pero los hombres le invitaron varias cervezas para que se mantuviera ahí, así, con los senos al aire. Algunos señores pagaron a bailarinas para que les chuparan la verga en su mesa, mientras miraban a Silvia. En el table todos fueron muriendo como en efecto dominó, mostrando un intermitente 666 en el rostro. Sólo quedaron Jonás y su madre, quien lo arrullaba tarareando la canción de The Doors, repitiéndose una y otra vez, porque el DJ también quedó en el piso. El mundo tal y como lo conocemos pudo funcionar sólo con 144,000 personas, así lo hizo durante un tiempo. Sin nosotros.


tres

la mujer que destruyó el mundo javier moro hernández

Camila la había dejado de ver meses atrás, después de una noche de alcohol que había terminado conmigo huyendo de su casa a las tres de la mañana, jurando no volverla a ver jamás. Pero ahí estaba yo sentado una vez más con ella en un bar, repitiendo mis errores, cuando a mi celular llego el mensaje de Astrid: “Hola, estoy en la ciudad con mi amiga española. ¿Qué haces? ¿Nos vemos?” Debí haberle contestado a Astrid que sí, que nos veíamos en el centro, que la alcanzaba en un rato más y debí haberme despedido de Camila, decirle que nos veíamos otro día. Tal vez así el final de la historia hubiera sido distinto. Pero no lo hice. Camila volvió a vencer mi voluntad con unas cervezas y unas sonrisas que prometían muchas más cosas y yo soy débil y ella una mujer convincente. Habíamos salido juntos varias veces hasta el día en que me preguntó sí yo sabía dónde comprar marihuana. Le dije que sí, pero no en ese momento. — ¿Y coca? –Preguntó ella. Le dije que sí y le pregunté que sí la quería en ese momento. Ella iba concentrada manejando su Pointer gris, y me contestó que sí, que no le molestaría comprar un poco de coca en ese momento. Empezamos a consumir coca tres o cuatro veces por semana. La comprábamos y nos encerrábamos en su departamento. Solo salíamos al Oxxo a comprar cervezas o cualquier cosa que tuviera alcohol. Fue una espiral que nos consumió en un par de meses. La noche en que huí de ella, la coca ya se había terminado y solo estábamos tratando de matar la ansiedad con alcohol. Ella se levantó de la cama y puso un disco de música francesa que a mí me deprimía. Solo traía una tanga rosa y una playera blanca. Intenté abrazarla y regresarla a la cama, junto a mí, pero fallé y caí de bruces al suelo, rompiendo los lentes. Ella me volteó a ver y se empezó

a reír con su risa sarcástica, agresiva, que me dolió más que la caída. Me levanté encabronado, furioso y le empecé a gritar, a decirle que yo me largaba de ahí en ese momento. Me vestí gritándole que nunca le importaba nada de lo que a mí me pasaba y ella no hizo nada por detenerme, lo que me enfureció aún más. Tomé mis cosas y le pedí que me abriera la puerta del edificio. Bajamos cuatro pisos pero a la mitad del camino me di cuenta de que estaba más borracho de lo que pensaba y que salir así a la calle en ese estado no era buena idea. Ella fue inflexible: Vete de una vez, me grito y me cerró la puerta. Salí a la calle a enfrentarme con esa soledad que sólo se siente a las tres de la mañana con diez pesos en la bolsa y una borrachera que no te alegra los huesos. Empecé a caminar, adolorido, enojado, frustrado. Me fui a casa de mis padres y a la mañana siguiente amanecí con una cruda terrible. Pensé que no la iba a ver nunca más. Unos meses después me la encontré en el chat mientras revisaba mi correo: Quería que nos viéramos y me contó que estaba viviendo con su hermana, hacía yoga, andaba en bici y ya no se metía coca. No tenía muchas ganas de verla, pero quedamos de vernos afuera del metro Allende a las cinco de la tarde. Llegue antes y me senté a leer un libro en el andén mientras la esperaba. Ahí me encontré con un profe de la escuela, que iba con su familia a comer y que me preguntó qué hacía ahí. Le contesté que estaba esperando a una amiga. A las cinco y media decidí que era buen momento para irme de ahí. Tenía el pretexto perfecto: “Te estuve esperando, pero nunca llegaste.” Podía decirle. Sin embargo un par de semanas después me la volví a encontrar en el chat y volvió a insistirme en que nos viéramos. Me dijo que el sábado le quedaba bien después de sus clases de yoga, a las once de la mañana. Pensé que es-

taba bien, que no corría ningún riesgo al vernos a esa hora: era imposible que quisiera ir por una cerveza o que me pidiera comprarle un churro. Le dije que sí y el sábado siguiente estaba yo afuera de su clase de yoga. Ella salió y se despidió de sus compañeros: rucos, con cara de iluminados, que me observaron con curiosidad. Nos fuimos a desayunar a un lugar vegetariano que estaba a un par de cuadras, pero cuando llegamos ahí me dijo que no traía dinero, que no estaba trabajando. La observé por un instante, en silencio, ella reviró diciéndome que me acordará de todas las veces que ella pagó la coca y el alcohol. Le dije que estaba bien, que yo pagaba el desayuno. Después me soltó un largo discurso sobre la necesidad de la confianza entre las personas, del “equilibrio” espiritual, de que la gente hiciera cosas para equilibrar el karma: comer bien, tomar mucha agua, no comer carne, no beber, no drogarse. Por lo menos no con cocaína: la motita estaba bien, concluyó. Le dije que sí a todo, quería salir de ahí, terminar como amigos, estrecharle la mano y decirle que me hablará cuándo quisiera. Pero ella seguía hablando sobre la confianza necesaria entre dos personas. Al terminar le dije que había estado rica la comida, que muchas gracias por sus palabras, que me daba gusto verla bien, que esperaba que siguiera así, pero que me tenía que ir, tenía cosas que hacer. Me contestó que había esperado que siguiéramos platicando; ¿por qué no vamos a Coyoacán a tomarnos una cerveza? Me preguntó. Observé mi reloj y le dije que estaba bien. Nos fuimos a una cervecería pequeña del centro de Coyoacán y cuando estaba allá me llego el mensaje de Astrid. Pensé en irme, en contestarle que la alcanzaba en el Salón Corona. Pero no supe cómo decirle a Camila que ya me quería ir. Y no me fui. Me quede con una chica que estaba medio loca y que votaba por el PAN.

Me quede con ella y seguimos bebiendo: Una, dos, tres cervezas de barril, que después de un rato me hicieron verla de diferente manera. Pensé que ahí estaba ella, conmigo, soltándome toda esa retahíla de buenos deseos, todo ese discurso sobre la confianza y la necesidad de no hacerle daño a la gente, ni a tu cuerpo y me di cuenta de que todo eso me lo decía a mí, me di cuenta de que lo que ella quería era regresar conmigo, lo que ella quería era tenerme confianza, estar conmigo de una manera diferente y que ya no nos drogáramos. Pensé que el yoga y la falta de coca la habían transformado: todos tenemos derecho a cambiar, pensé, mientras me tomaba la quinta cerveza y le veía las piernas. Seguimos bebiendo y después de unas cervezas más le dije que ya me quería ir. — ¿A dónde? –Me preguntó ella. — A un lugar más tranquilo. — ¿A un hotel? –Preguntó con una sonrisa pícara en sus labios. En ese momento me di cuenta de que a esa mujer no la quería, no, pero me hacía hervir la sangre. Pague la cuenta y salimos de la cervecería. Todavía era temprano y el sol brillaba. Tomamos un taxi y le pedimos que nos llevara al metro Villa de Cortés. Entramos a un hotel un poco más caro que los demás y le dije que yo pagaba, que no se preocupará. Cuando pedimos una habitación, me di cuenta que el reloj de recepción daba las cinco de la tarde. — ¿Por cuánto tiempo señor? –Me preguntó muy formalmente el recepcionista. — Toda la noche. –Respondí sin voltearla a ver. La habitación estaba en el tercer piso y tenía vista a Tlalpan. Lo último que vi fue un sol de color sangre y un cielo gris fúnebre. La noche parecía adelantarse unas horas, pero yo no le di importancia. Cerré las cortinas y me di la vuelta para encontrarme con la mujer que me iba a destruir la vida. Estaba desnuda sobre la cama.

esía Chilango-Andaluz 2008, 2009, 2010. Es promotor cultural, poeta y periodista cultural. Participa en el programa de radio por Internet Tripulación Nocturna (ww.radioefimera.com) y es miembro de la PLACA (Plataforma de Artistas Chilango-Andaluces). Textos suyos han aparecido en revistas como Tierra Adentro, Parteaguas, Dónde Ir y en periódicos como La Jornada de Aguascalientes, El Imparcial de Oaxaca y El Financiero. Piensa que el fin del mundo lo debería agarrar en Holbox, una playa del caribe mexicano, con un mojito en la mano y escuchando a The Cure.

Monterrey, 1977. Obra suya ha aparecido en las revistas Oficio, La Rocka, Común, Posdata, Barca de Palabras, El Presente, Parteaguas, Tierra Adentro, Playboy, Los Perros del Alba, así como en www.axxon. com.ar, www.ficticia.com y otros. En el año 2011 el Fondo Editorial Tierra Adentro publicó su primera novela Historias del Séptimo Sello. El fin del mundo le gustaría recibirlo mientras escucha “You take a mortal man, And put him in control, Watch him become a god, Watch peoples heads a’roll, A’roll... Just like the Pied Piper Led rats through the streets We

norma yamille cuéllar

dance like marionettes, Swaying to the Symphony... Of Destruction”, de Megadeth y mirando Londres desde una de las cápsulas del London Eye.

tripulación elma correa

Mexicali, Baja California. Su trabajo ha sido incluido en Breve colección de relato porno, Cuadernos del periodismo Gonzo y Lados B. Donde quiera que le pille el final del mundo, estaría escuchado Common People, de Pulp, “a todo volumen, haciendo justo lo que dice Jarvis: “dance and drink and screw, because there´s nothing else to do”.

javier moro hernández

Ciudad de México, 1976. Ha sido incluido en las antologías Palabras Malditas, Cupido Internauta, 40 Barcos de Guerra, Somos Poetas y qué? y en las Antologías del Recital de Po-

miguel ángel lozano

Mexicali, 1982. Es maestro en estudios socioculturales por parte de la Universidad Autónoma de Baja California. Aparte de estudiar a la tecnología desde un punto de vista cultural, tiene afición por la literatura, la fotografía y la música. Ha publicado textos literarios en las revistas Aquilón, Magín, en el diario La Voz de la Frontera y fue antologado en el libro Ni desierto, ni maquila, ni frontera. Actualmente vive en Ensenada.


cuatro

anuncio clasificado

miguel ángel lozano (badbit)

Los días de buscar trabajo en el anuncio clasificado por culpa de la crisis fueron todos grises y deprimentes. Agradecí cualquier anuncio que me sacara de la rutina. Como el último día de mi búsqueda, cuando encontré uno divertido en la sección “Varios”, donde van a parar los mensajes más raros y absurdos. Debido al aburrimiento y la desesperación leía las columnas de principio a fin. En parte por que no tenía algo mejor qué hacer, pero también para no dejar pasar ninguna oportunidad. Uno nunca sabe. El anuncio decía: “Deseo cambiar traje de novia, ajuar y otros accesorios, por pistola en buen uso”. Confieso que de entrada el aviso me arrancó una sonrisa: Alivió mi desempleo al comprobar que hay gente que la está pasando mucho peor que yo. Claro, eso pensé en aquel momento. Ahora no sé si reír al respecto, todavía tengo mis serias dudas. Ustedes dirán. Tenía una pistola vieja que fue de mi abuelo. Él la tenía bien cuidadita en el rancho. Vino a parar a mis manos. Estuvo arrinconada aquí en la casa durante años, no podía afirmar que estuviera en buen estado. Sobrevivió varias caídas, mudanzas y una inundación hace diez años. Perdí muchas cosas importantes a lo largo de mi vida pero la pistola siempre estuvo ahí, sin servirme de nada. Sólo entró en escena el día en que mi exesposa me amenazó con ella en uno de nuestros muchos pleitos. Me apuntó a la cara con mano temblorosa y me gritó que la tenía cargada. Puras mentiras, por supuesto. La abofeteé cuando me di cuenta de su engaño, le arrebaté el arma y si me disculpan hasta ahí dejaré la historia. Volviendo al anuncio. Pensé que podría intercambiar la inútil y posiblemente inservible pistola con la anun-

ciante. Mi abuelo hizo una compra muy buena, era muy exigente con las cosas que usaba y esta pistola no sería la excepción. El acabado era finísimo y elegante, parecía indestructible. No sé mucho de armas, pero estoy seguro de que ya no las fabrican así. Pero ¿qué haría yo con un vestido de novia? Venderlo, supongo. Sobrevivir otro rato. Quizá querría contratarme para asesinar al novio que la dejó plantada en el altar. Esa podría ser una entrada extra de dinero. En el peor de los casos tendría una buena historia qué contar. Desde un teléfono público llamé al número del anuncio. Contestó una mujer sombría. Me dio una dirección particular para que hiciéramos el intercambio, me preguntó el calibre del arma y me pidió que lo mantuviera en secreto. ¡Como si no supiera! Vivimos en un país donde los únicos autorizados para poseer armas son los criminales y el gobierno. Llegué a la hora acordada en mi lastimero automóvil. Era una casita de madera con muchas plantas. Cuando se abrió la puerta miré a una mujer de aspecto fúnebre, vestida con tonos oscuros, el cabello desordenado y sin maquillaje. De nueva cuenta, su demacrado aspecto me reconfortó por dentro. Vi que no estaba tan jodido, pero contuve una sonrisa para no arruinar el trato. Yo llevaba la pistola descargada e inservible escondida en mi chamarra. Me pasó a su sala como si me pasara a un velorio. El piso de madera rechinaba ocasionalmente con mis pisada. En una especie de maniquí sin extremidades ni cabeza el vestido lucía como nuevo. Como en escaparate de boutique, con el velo y toda la cosa. —Supongo que querrá saber qué me propongo -dijo ella de golpe. —No lo había pensado –mentí-, pero si gusta compartirlo, tengo tiempo.

No tenía mucho qué hacer, así que me senté en uno de los sillones de la sala y me puse cómodo para escuchar. Contó una historia genérica y predecible, sin sorpresas: Tuvo un novio. Se amaban. su noviazgo duró años, eran la pareja perfecta. Él era el amor de su vida, todo mundo decía que eran el uno para el otro. Planearon su boda. Sus vidas estaban resueltas. El novio desapareció repentinamente dejándola plantada en el altar el día de la boda. El momento más humillante de su vida, bla, bla, bla. Con un esfuerzo sobrehumano contuve un bostezo mientras me lo narraba. —Pero me vengaré, sé que lo haré -masculló de manera telenovelera-. No importa lo que cueste o cuanto tarde hasta que la deuda quede saldada. Aquí es donde entra el arma, ¿entiende? Asentí con la cabeza. —¿Puedo verla? -preguntó. Se la mostré y la examinó entre sus manos¿Funciona? —¡Claro que sí! –mentí- Está como nueva. —Disculpe la indiscreción -me dijo mientras la acariciaba- ¿qué piensa hacer con un vestido de novia? —Voy a casarme en unos meses -mentí de nuevo-. Pensé que no sería de la talla de mi novia, pero ahora que lo veo creo que le queda perfecto. —Ah... -exclamó. El vestido era mucho más bonito de lo que imaginé, el intercambio fue una verdadera ganga. El diseño era elegante, los adornos brillantes y reflejaban la luz que entraba por las ventanas de manera espectacular. Era blanquísimo. La que lo vistiera se vería impresionante. Cuando me casé con mi exesposa batallamos para encontrar un vestido que se ajustara a nuestro bolsillo. Los precios estaban por la estratósfera. Nos conformarnos con un modesto vestido sin muchos adornos, muy dife-

rente al que tenía enfrente. Obtendría una muy buena ganancia. Me felicité internamente por mi intercambio. El problema era llevármelo sin maltratarlo. La cajuela de mi auto estaba sucia y llena de porquerías inservibles, ni pensarlo. El asiento trasero estaba limpio, pero quizá no hubiera suficiente espacio. Creo que estaba tan desconfiado en esta transacción que nunca me puse a pensar que en realidad se concretaría. ¡No hice ningún plan para llevarme el vestido de vuelta! —Su novia debe estar muy feliz -me dijo la mujer, sacándome de mis pensamientos. —Muchísimo, no puede esperar -repliqué sin prestar demasiada atención. El vestido me hipnotizó. Abrí la boca para pedir sugerencias a la dueña, ella debió traerlo a su casa de alguna u otra forma. Quizá lo movió varias veces y podría darme consejos, quién sabe. Al verla, me apuntaba a la cabeza con la pistola. Me quedé todavía más embobado, sin entender la escena. Ya no pude contener una pequeña sonrisa. Recordé la ridícula escena de mi exesposa haciendo exactamente lo mismo. Pero la mujer que tenía enfrente era todavía más patética: Con su peinado alborotado, mirada depresiva, ojeras pronunciadas y mano temblorosa. Sospecho que me embobé tanto examinando el vestido y pensando en el transporte que no noté que cargó una bala en la cámara. Un hecho que debió ser inofensivo, después de tanto tiempo sin uso es natural que no funcionara o le explotara en la mano. Digo esto por que la sombría mujer endureció la mirada cuando me vio sonreír y apuntando en línea recta hacia mi frente jaló el gatillo. Sucedió algo de lo más curioso: La pistola funcionó perfectamente. Mientras me desplomaba al suelo tuve un pensamiento feliz, ya no tendría que buscar trabajo nunca más.


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