Guardagujas89

Page 1

guardagujas.lja.mx

noviembre 2013, n° 89

víctor cabrera alejandro mouret agustín fest alejandra eme vázquez


dos

el legado

dos poemas

alejandro mouret

víctor cabrera Una tarde con Madame Sosostris Para Isaura Leonardo

osefina Guillén, la plañidera principal del pueblo, sabía que pronto llegaría su fin. No porque sus lágrimas se hubieran secado, por el contrario, éstas se mantenían inagotables después de décadas de uso a placer. No. Su edad ya era demasiado avanzada para dirigir los llantos de diez mujeres que formaban su ejército de llanto a pago y entre ellas, no existía alguna digna de sucederla. Hubiera querido heredar ese honor a alguna hija suya, tal y como ella lo recibió de su madre, y ésta a su vez, de su abuela, tenía un gran linaje de plañideras en su haber. Pero no era posible. A diferencia de sus lagrimales, su vientre no podría haber sido más infecundo y su descendencia nula. Al morir su esposo, siendo ella veinteañera, adoptó un riguroso luto, el más devoto hasta entonces. Y a pesar de que no pocos desearon conquistar la belleza inigualable que poseía, el recuerdo inviolable a su difunto marido, a quien dedicó todos y cada uno de sus comprados llantos, la mantuvo siempre con sus negras ropas y sus lágrimas a disposición de quien pudiera pagarlos. Ella más que nadie sabía que ese trabajo no era fácil. Vivía en carne propia el dicho: “Enero y febrero, desviejadero”; pues todavía no terminaba de llorar a un difunto, cuando tenia que caminar sobre sus lagrimas unos cuantos pasos hasta la otra tumba y continuar con la tarea, que implicaba en ocasiones además de lágrimas, uno que otro quejido, y para aquellos que pagaban la tarifa especial, un par de desmayadas al momento de ir bajando el ataúd.– ¡Ay, tan bueno que era!–, – ¡Cómo se nos fue tan joven!–, –El señor lo tenga en su santa gloria–. Eran esas, entre otras tantas, las frases que los deudos agradecen, a los curiosos sorprenden y a los metiches estimulan para que el chisme, regado como pólvora, ensalce hasta al más odiado u olvidado personaje del pueblo. Las mujeres que poco a poco se habían sumado a la legión de lagrimales fértiles que dirigía, comenzaron por admirar su virginal viudez, siempre poniéndola de ejemplo ante las mujeres que olvidaban sin pudor los preceptos de la moral que les había sido enseñada por sus padres, herencia añeja que en el pueblo aún se encontraba vigente. Luego de admirarla, al encontrar en sí mismas las virtudes necesarias para seguir su ejemplo, una a una se fueron incorporando a la labor titánica de llorar en ocasiones por horas, de tener el papel protagónico como en la comedia dramática del momento, sufrir las penas como si fueran suyas y lo mejor, recibían a cambio unas cuantas monedas en remuneración por sus servicios. No era ajeno a ninguna, que Josefina pronto cambiaría sus apariciones en funerales y velorios, para dedicarse a los rezos diarios y horarios que se acostumbran. De un tiempo hacia acá, invitaba a las muchachas (aún y cuando algunas ya se acercaban a su edad), a los ensayos de sus días por venir: hacían la oración matutina, regresaban para el Angelus y terminaban con el Rosario de las 6, seguida de su respectiva merienda de chocolate y tamales. Entre ellas secretamente comentaban (y conspiraban cual cónclave en la capilla Sixtina), quien sería la digna sucesora de su líder en cuanto decidiera retirarse. A veces con tanta indiscreción, que Josefina cayó en cuenta que sólo bastaría con juntar el dinero suficiente para mantenerse los últimos años que le quedaban de vida. Fue entonces la ocasión de que en el pueblo vecino, justo cruzando la barranca, que la muerte decidió llevarse a Don Domingo Diez, el hombre más rico del lugar, y sus deudos no repararon en gastos para realizar las mas fastuosas exequias jamás vistas. A Josefina su reputación la precedía. Fue por ello que a las 5 de la mañana de ese viernes, tocaron fuertemente la puerta de madera de su casa, pidiéndole, con un gran fajo de billetes en mano, que se subiera a la camioneta y convocara a todas las mujeres de su séquito, para que fueran a llorarle a Don Domingo, cual si fueran su madre, hermanas e hijas. Los ojos antes lagañosos, brillaron en la penumbra tomando el dinero, regresando adentro para guardar la mayor parte en un lugar seguro, vestir su mejor ajuar y comenzar el peregrinar para recoger a las muchachas. Sin chistar, todas y cada una aceptaron la convocatoria y rápidamente, las camas se enfriaron y los cuerpos se vistieron de luto, no como cualquiera, sino con sus mejores galas, pues la situación lo ameritaba, al igual que el pago. Poco después de que el gallo cantara, ya se encontraban en camino hacia el funeral más importante de sus vidas. La neblina se había apoderado del camino en el momento en que cruzaban la barranca. Iban acurrucadas unas con otras en la caja de la camioneta, con sus mantillas negras cubriéndoles las caras. Josefina iba en la cabina, mientras rezaba en silencio sus oraciones matutinas, con su rosario y libro en mano. Pensaba que con el dinero que había recibido, tal vez ésta sería la oportunidad que estaba esperando para por fin retirarse. Los brincos que daba el vehículo por lo pedregoso del camino, la temprana hora de la mañana, el frio del final de otoño que anunciaba la llegada de un gélido invierno, hicieron que Josefina cerrara un momento los ojos para descansar. Entre el sueño contenido tras un par de noches en vela a causa de los sucesos y el dolor de haber perdido a su patrón, provocaron que el chofer hiciera lo mismo por unos cuantos segundos… Ese viernes gélido, Don Domingo Diez, su chofer Crescenciano, Josefina Guillen y diez mujeres mas, fueron velados y enterrados, en presencia de cientos de personas paradas junto a las fosas que poco a poco se iban comiendo los ataúdes. Acompañados de los sollozos, llantos, gritos y desmayos, de dos pueblos que aprendieron a llorar amargamente, a falta de la última plañidera de la que se haya tenido memoria

Mas lo que quieres ver no puede ser mirado cara a cara Olga Orozco Si vienes en busca de certezas, saldrás de aquí con nuevas confusiones: ese es mi método y, te advierto, cuesta caro. Ahora que lo sabes, revuelve siete veces bien el mazo. Y, ¿sabes por qué se llama mazo? ¡Cuidado!: aquí viene tu respuesta. Pero no tengas miedo: si conoces las preguntas, en el germen del conflicto radica su remedio. Recuerda bien que no es un juego sino una alegoría: cada figura tiene la densidad de tus deseos. Corta ahora tres veces la baraja con tu muñón siniestro. No temas a la Muerte: faltan cuerdas en casa del Colgado. No es la Torre sino el Mundo quien viene de cabeza. Si ves de frente al Diablo, no ignores sus presagios. El Sol es una Estrella punzada de venablos. Jamás confundas al pobre Loco con el Enamorado: el primero no sufre. El otro está bluffeando.

Twenty Sad Songs

(Feat. Gérard de Nerval & Otis Redding) He renunciado a veinte o treinta canciones del soundtrack de mi vida a cambio de esta nausea ingobernable, metafísica, de esta angustia de dj frente a la horca. Hoy tengo un playlist menos en mi vida. Insomnio, ideas fijas, pensamientos recurrentes. ¿Les he contado ya que renuncié a veinticinco o treinta tracks que en otras circunstancias podría calificar como perfectos? Ahora escucho frenéticas tonadas de furia y de miseria, canciones en las que algo se ha roto o está a punto de romperse: Bailen todos el Twist del Desdichado: Yo soy el Tenebroso –el Viudo–, el sin consuelo… Fa-Fa-Fa-Fa-Fa-Fa-Fa-Fa-Fa Fa-Fa-Fa-Fa-Fa-Fa-Fa-Fa* Cuarenta años y veinte rolas menos. Renunciaría, sin pasión, también a lo primero. * Tararéese la tonadilla de “Sad Song” de Otis Redding.


tres

dile a tu mamá que se calle

agustín fest 1

e buscan, probablemente, para matarte. Los escuchas hablar con Doña Maru, preguntan por ti una vez, dos veces; sus pasos inquietos sobre el piso. No le creen. Abren puertas, las azotan, murmuran tu nombre, tocan madera con los nudillos. Tiemblan tus rodillas, tus manos, tus dientes. Sudas. Una parte de ti, mínima, quiere confesarse. Quiere salir del muro falso con las manos en alto y la cabeza gacha. Ya que se acabe. No quieres seguir huyendo, pero ahí estás, con las manos engarrotadas, las piernas bien quietas, no te animas. Recuerdas a Erika y sus frecuentes invitaciones a saltar por el abismo. Por una rendija de luz crees verlos: unas siluetas, cinco o seis de los ángeles, explorando cada centímetro de la habitación, cuestionando a Doña Maru, una de las pocas señoras a las que no se habían atrevido a tocar o molestar. ¿Por qué todo alrededor se hace polvo? Todo lo degeneras. No encontraste otra solución, le rogaste que te escondiera. Dijiste a Doña Maru, falsamente, que no entendías cual era el problema con los ángeles. Pueden ser muchos: te buscan por ser el profe, te buscan por ser el güerito mamón venido de la ciudad, te buscan porque ya te acusó Minerva de sobarle las nalgas. No es tu culpa, aprendiste a convencerte, es que te dejaron con el corazón roto y el sexo todavía duro, lleno, con ganas de florecer en otro vientre. En el fondo, siempre en el fondo, necesitabas saber si era posible, aunque fuera con una chamaquita. Las malditas ganas de querer y de gozar, de recuperar las risas después del buen coger. Empezaste creyendo que después del divorcio te haría bien irte al pueblito, a dar clases, a iluminar a otros con tu propia ceguera, una ruina lamentable de vida. Llamaste a tu exjefe para pedirle el favor y te consiguió las clases de tercero de la Secundaria Federal #13. Así acabaste en San Juan de Palma. ¿Cómo ibas a saber que la Palma sería tu perdición? Recuerdas. Quizá los recuerdos engañen a los ángeles, quizá sean tan abundantes que rompas el tiempo y ellos se olviden de ti, te abandonen, te dejen como un esqueleto escondido en el armario, una tumba apropiada para los pecadores y los olvidados. Esperas el camión en la terminal de Oriente. Miras a la gente, a los chavos con sus jeans rotos, sus playeras extra grandes y sus paliacates amarrados en la cabeza. Sonríes porque los envidias, especialmente a los jóvenes. Es lo que necesitas: sangre joven. Quieres educar, tal vez robarles su energía, su alegría. Ingenuo, imaginas que los chavitos te enseñarán que la vida no se acaba con un divorcio ocasionado por… Olvidas, no otra vez, ahora no. Miras a los chamaquitos, a las parejas que llevan a los niños en brazos. Fisgas los rostros angustiados de la gente que revisa sus boletos y sus horarios. Todos huyen. Sólo los jóvenes sonríen, entran, sin importarles los motivos del viaje, sencillamente lo hacen. Se atreven a enfrentar al monstruo. Tú no. Ya te cansaste. El monstruo ya te masticó, te regurgitó para alimentar a sus críos. Imaginas tu semblante como el de un héroe viejo, un veterano de guerra; tu rostro lleno de cicatrices y tu pecho enrojecido por la cercanía de las bombas. No lo eres, pero así te imaginas, así bebes el café con suavidad y lentitud, con los ojos entrecerrados y gachos, el humo se encargará de completar el disfraz de falso veterano. Revisas tus papeles una vez más: el boleto del camión, el título universitario, las cartas de referencia, el correo electrónico impreso con el programa escolar y la foto de Erika. La llevas porque deseas verla todos los días, deseas la llegada de ese momento: un día despertarás, mirarás la impresión de ella en el papel fotográfico y le dirás que lo conseguiste, sin su ayuda, sin sus gritos y los aspavientos cada vez más frecuentes de las madrugadas, y los días, y las noches. Superarás esos momentos amargos: llevarla en brazos a la cama después de la botella de vino, después de cruzar las pastillas o de cortarse los brazos. El mal recuerdo se aferra, nostalgia corrupta, no puedes hacerlo de lado: “Esto soy yo… Soy un vientre herido, fruto de un árbol marchito”. Debiste cambiar el foco en la escalera. Escuchas la voz en el altavoz. “Pasajeros del camión de las nueve con dirección a San Juan de Palma, favor de abordar el camión 103 por la puerta cuatro”. Acabas el café de un sólo trago, recoges los papeles, buscas el boleto en el bolsillo y obedeces a la voz grabada de una señorita perdida, quizá muerta desde hace quién sabe cuánto tiempo. Te diriges a la puerta en la que un hombre y una mujer de seguridad privada esperan. Habla tu exjefe justo

cuando te revisan la mochila, la chamarra. Siempre tiene tino para los peores momentos, incluso ahora que ya no trabajas para él. —¿Martín Murano?- pregunta y saluda con tu nombre completo, como es su costumbre y siempre, antes de que puedas responderle, interrumpe–. Nada más llamo para confirmar si estás en camino. Aunque no te culpo si te arrepientes, mano. —Para nada, justo ahorita estoy subiendo al camión. Los vigilantes te miran hartos, fastidiados. Pides disculpas, agarras tus cosas y subes apresurado al camión. Le pides permiso a una vieja morena, de cabello mal pintado, para que te deje pasar a tu asiento, del lado de la ventana. Son tres horas de viaje, no piensas dormir, quieres ver por la ventana, quieres admirar en su gloriosa lentitud cómo dejas al monstruo atrás. —Estás a tiempo… Me voy a mover de periódico y necesito alguien como tú, ¿sabes? No te sientas comprometido a lo de San Juan. Es un pueblucho. Con toda confianza: arrepiéntete. —Es lo que necesito. San Juan de Palma es perfecto. El silencio es largo, meditado. Conoces de sobra esos silencios. Por lo general son acompañados con un par de groserías, una carcajada, un chiste, pero tu exjefe conoce las circunstancias. —Cuando una vieja nos rompe, ni modo. Dale pues manito. Espero tener chamba para ti cuando acabes. No vayas a quedarte en ese pueblucho. Cuelga. Puedes ver el rostro de Erika, frunciendo el ceño y haciendo como que dispara a su sien, cada que escucha a tu exjefe hablando así de las mujeres: “La vieja que nos rompe”, “la vieja que nos trae arrastrando los dientes a la banqueta”. —Vete con ese misógino hijo de puta –gritaba en las últimas noches–, ándale, al fin que ni te cuesta trabajo dejarme sola, huye como siempre hijo de puta, que tu pinche chile te consiga otra. ¿Eso quieres, no? Suspiras, cierras los ojos, metes el celular al bolsillo, aprietas las manos, quieres olvidar ese rostro. Quieres olvidar el rostro de Erika pulverizado por el dolor, por aquella tragedia imparable. Tienes ganas de prender un cigarrillo pero estás en el camión. Quizá más tarde, en el baño, o quizá te acerques al chofer y le ofrezcas uno; la charla como una excusa para fumar en lugares prohibidos. Te asomas por encima del hombro para ver a la gente: una pareja joven con un niño en los brazos, un hombre robusto de sombrero y camisa cuadrada, una joven morena clara, con los audífonos puestos, mirando lacónicamente a través de la ventana, y la vieja, quien te obsequia una sonrisa breve y regresa a su lectura parsimoniosa de una revista. Ojalá pudieras olvidar ese rostro. Te acomodas en el asiento, cierras los ojos creyendo que eso ayudará, pero obtienes la visión de sus ojos inyectados en sangre, sus labios partidos y secos, su nariz chueca por el balonazo que le dieron de niña. Sientes una mano sobre la tuya. Es una mano delgada, huesuda, es como un papel viejo, una lija gastada que interrumpe los malos recuerdos. La señora toca tu mano. —¿Usted cree que el camión tarde mucho? –pregunta. Volteas a mirarla. Ella mira a otro lado, tiene los ojos abiertos, gira la cabeza, está incómoda. Tuviste que tomarte un momento. Aún tenías el rostro de Erika en la cabeza cuando interrumpió los pensamientos. La señora balbucea, no le entiendes, no quieres entenderla, te sucede lo mismo con los libros escogidos para el duelo. Pones una mano encima de la suya, necesitas hacerlo para no regresar al pasado e iniciar la cantaleta íntima del dolor, la voz de Erika rompiendo todo lo demás en el presente. —No se preocupe –susurras–. No tarda en arrancar. Sólo son tres horas y fracción. Pasarán rápido si nos ponen una película. La vieja te mira y sonríe. Se disculpa. —Mejor duermo. Discúlpeme. Hace mucho que no viajo. Es de muertos regresar a la Palma. Quieres preguntarle pero ella retiró la mano. Nunca consigues preguntar. Se pierde el contacto, la soga metafísica que apenas pudo rescatarte del recuerdo. No hay salvación, Erika sigue ahí y seguirá en todo el viaje. Ya no consigues dividirlas. A tus ojos, la vieja y Erika son una misma, un mensaje o un presagio y pierdes la esperanza. No importa adónde vayas, siempre podrás verla. La vieja Erika transmuta en un cadáver, una momia relajada y paciente; el inicio de su viaje a la tierra de los muertos. San Juan de Palma es un armario para esconder los esqueletos

Primer capítulo de la obra que obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Breve “Amado Nervo”


cuatro

el niño que pone el coco

verde y humilde

alejandra eme vázquez

ecordé que hace tiempo, en alguna conversación de ésas rizomáticas, renegué escandalosamente del peso cultural que, aunque no queramos, llevamos sobre los “hombros” las representantes del sexo femenino por el solo hecho de pertenecer a este género. Ante mi asombrado interlocutor, exploté en insultos sobre el abanico de discursos que se ha abierto por una causa que taché de cuestionable en relevancia, pertinencia y vigencia. Y es que jamás había pasado el tema de “lo femenino” por el filtro de mi pensamiento; le huía, quizá, porque me sentía agobiada y no sabía cómo entrar en esa arena sin salir herida al primer intento. Fue hasta hace muy poco, por la escritura y la vida misma, que tuve que ordenar mis razones y descubrí con asombro que no sólo tengo qué decir al respecto, sino que no es lo que hubiera pensado que querría decir. Así me encontré de pronto, dándole vueltas sobre todo al asunto de los arquetipos, de cómo vivimos en un mundo que se encarga de dictar un “deber ser” pero que al mismo tiempo no está preparado para quienes intentan llevarlo a la praxis. Pienso en los anuncios, memes virales y hasta discursos más o menos serios en los que ensalzan con propósitos románticos a las mujeres que leen, que leemos. “Leer es sexy”,”leer enamora”, “otros quieren un cuerpo bonito, yo quiero a una mujer que piense”, aseguran, e incluso llegan a ilustrar con féminas de estética Milo Manara, con lentes de pasta y un libro en las manos, en actitud sexosa. Van a decir que ya todo ofende, y quizá sí; el problema es querer disfrazar de contradiscurso un pensamiento que no le da la vuelta a nada, que termina repitiendo los patrones que dice atacar y sigue viendo a la mujer desde una perspectiva exclusivamente enfocada en el deseo masculino. ¿Qué nos importa la lista de requisitos que cada individuo se forme libremente sobre su prospecto de pareja? Cada quién, diremos: para todo hay gustos. Y si la lectura es precisamente un puente de conciliación, como toda manifestación de nuestro yo creativo pretende serlo, ¿cuál es el fin de intervenirla también con prototipos genéricos que no corresponden con la experiencia personal que se vive en su proceso? Porque sobre la lectura y el disfrute artístico también se ha construido más de un estereotipo, como si el solo hecho de tener acceso a ellos y gozarlos garantizara algo. Y en este caso, como si la fórmula [mujer+lectura] resultara siempre en “premio mayor” para un hombre que no se conforma con el otro cliché, el de la Mujer-Bella-Que-No-Piensa. Entonces pasa lo que tenía que pasar: Mujeres-Que-Leen se ven a sí mismas sexualmente atractivas según el arquetipo creado por la masculinidad y creen (como dicta el arquetipo) que su gusto por el arte y su inteligencia (entendida bajo la óptica del arquetipo) garantizará el primitivo fin de encontrar una pareja reproductiva, pero que además sea interesante y las “valore”. Y no necesariamente. Resulta también que los hombres que buscan este arquetipo pueden pensar que una mujer así les dará aquello de lo que carecen, y exigen de la relación de pareja lo que por su naturaleza está destinado al fracaso: un complemento. Y no, definitivamente. Decepcionadas, entonces, MujeresQue-Leen concluyen que lo que la masculinidad quiere es una lectora hermosa que se quede callada; cosa que tampoco es del todo cierta, porque al final hasta los berrinches de la gente

culta suelen terminar en lo que justamente deberíamos evitar: la generalización visceral. Y así nos vamos, en una sociedad que sobrealimenta estereotipos femeninos (entre otros tantos) y luego no puede lidiar con su potencial ejecución. Las mujeres de ficción que tanto disfrutamos en el arte, la publicidad y otros ámbitos no podrían sobrevivir en este mundo práctico que habitamos y que tantos crímenes de odio permite aún desde el lenguaje, el cuerpo y las ideas. Y qué hacer con este marco de masculinidad, el de todos y todas, si no podemos desprendernos de él absolutamente y si es el encargado de construir muchos de los arquetipos aceptados ya de tantas formas, que sería imposible pensar en su abolición inmediata solamente con señalarlos desde los escritorios o las mesas de debate. Tampoco pelearse con ellos a muerte me parece solución, porque si bien puede funcionar en ámbitos donde las mujeres y los hombres tenemos insertado al menos el discurso políticamente correcto, no garantiza que permee en las esferas donde realmente existe una práctica aterradora en la que los roles de género llegan a su más cruda y extrema expresión violenta. Lo que podemos desear en conjunto es que las discusiones y los acuerdos nacidos de quienes tenemos el privilegio de una voz sigan encontrando cauces, para generar el efecto mariposa que permita resolver lo más rápidamente posible los daños que ha provocado el huracán del arquetipo en las zonas marginadas. Sí que existe una deuda histórica y se nota no sólo en cifras, sino en actitudes e historias de todos los días sobre agresiones sexuales, falta de libertad y de oportunidades que muchas mujeres sufren impunemente; pero, por supuesto, desde este sitio donde hablamos y leemos nos es dado entender y tratar de solventar esa deuda con mejores armas. Podríamos empezar por evaluar qué tan damnificados resultamos nosotros mismos de esta cultura masculina, aceptar que no escapamos de una tendencia heredada al arquetipo, comprender en lo posible qué mecanismos nos disparan la cuadratura y reconocer también que a veces nos gusta el estereotipo; ni cómo culparnos, si nacimos ya sobre las bases de esta cultura. Y separar con cuidado lo que tenemos que decir para el bien común de aquello que pensamos interiormente. Al final hablamos siempre desde nuestra limitada trinchera, pero si queremos aportar quizá convenga ponernos en zapatos ajenos a pesar de los hongos potenciales y las hormas incómodas. No sé en qué vaya a derivar mi pensar sobre este asunto, que ya se enraizó en mi cabeza tan propensa a la divagación, pero me quedan claras algunas cosas: primero, que como no es posible escapar al arquetipo por lo menos está la posibilidad de no apostarle la fe entera; segundo, que si vamos a tomar la bandera de esa circunstancia no elegida pero ineludible llamada género, que sea para solucionar y no para zanjar más; y tercero, que si tenemos el privilegio de movernos en un ámbito en el que se respira distinto por el contacto con expresiones de arte y entendimiento, no sirve de nada traer acá también las etiquetas de lo que es o no “atractivo” en términos sexuales. Mujeres-Que-Leen solicitan de la manera más atenta no meterse con ellas y dejarlas ser sexis en silencio. ¿Qué, qué dije? @alejandraemeuve