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mayo 2013, n° 77

cecilia eudave tzuyuki flores romero adriana agrelo alejandra eme vĂĄzquez

foto

cristian de lira


dos

el desprendimiento de una casa

qué sabe nadie

cecilia eudave

levo un mes desmantelando la casa paterna. Después de la muerte de mi madre quedó como el único espacio de una historia familiar tan accidentada como cualquier otra. Mis hermanos y yo, por razones que cada uno conoce y despliega para sí mismos, la destinamos a la inmovilidad, desterrada de habitantes que subieran y bajaran por la escalera, sin gente que durmiera de noche en sus habitaciones, sin tocar el piano, sin prender la fuente, sin sentarse en las macizas mecedoras mientras se contempla el jardín que ahora está lleno de bugambilias. Quizá porque podíamos decir aún: voy a la casa de mis padres, pondré esto o aquello en la casa de mis padres, necesito hacer unas diligencias para la casa de mis padres; manteniendo vivo no sólo un recuerdo sino una presencia que nadie se atrevía a cuestionar, existiendo porque nuestra manera de referirnos al espacio los mantenía con vida. Fue un paréntesis acogedor y relajante, no puedo negarlo, era como tener un lugar al cual ir y sumarnos, mis hermanos y yo, en un ser colectivo, nadie tenía mayor o menor rango de pertenencia o presencia. Reinaba ahí un sentido de igualdad, era terreno neutral, donde a pesar del dolor de la perdida, éramos cobijados equitativamente por el re-

hechizo

cuerdo. Sin embargo, los espacios de tránsito tienden a desmantelarse, la cotidianidad y su urgencia, la maldita economía y las presiones sociales nos arrancan de los pequeños paraísos infantiles o filiales obligándonos a renunciar a los sitios que nos formaron, nutrieron e hicieron lo que somos. Así, en ese vértigo por concluir un momento histórico, sí, histórico de nuestras vidas, vamos rompiendo fotografías porque ya nadie quiere custodiarlas, regalando libros de otros tiempos, jarrones y vajillas… resolviendo dónde vamos a acomodar cosas que nos duele dejar en manos de extraños que no valorarán —ni tienen por que— su peso sentimental; evidenciando que los muebles ya no caben en ningún lugar por las dimensiones de un ayer donde el espacio no era un lujo como ahora. Eso y el polvo, como una sentencia agobiante, como cenizas de un pasado muerto que uno se empeña en mantener vivo. Y salen las bolsas de plástico negras, convirtiéndonos en asesinos de nosotros mismos, rompiendo, mutilando para nutrirlas, junto a esas cajas de cartón reciclado que sepultarán en alguna bodega nuestros recuerdos, esos que aun en la mezquindad más burguesa de no poder conservar lo que hemos sido — en aras de construir un futuro con la herencia de los padres—, no queremos desaparecer. Luego está el

tzuyuki flores romero

e registró como Luisa Valdés en el libro de control y tomó la llave que le ofrecía el muchacho. Tras abrir la puerta sus ojos inspeccionaron la habitación. No se parecía a la de un motel de carretera, de esos en los que había estado con Ismael. Ni a eso llegaba. Pero no podía gastar más que lo necesario. Fue casi corriendo hacia la cama y dejó su maleta junto al buró. Se tiró con pesadez sobre la colcha deslavada. Miró las cuarteaduras en el techo y se acordó de los nudillos y las manos de Ismael. Dejó escapar un largo suspiro. Extrañaba su sonrisa abierta y sus ojos de niño. Quería dormir pero recordó que no estaba en la seguridad de su casa, ni arropada por los brazos protectores de Ismael. Aspiró el olor a humedad del cuarto, se levantó; descalza fue hacia la ventana. Fuera, la luz iba palideciendo. Vio la calle gris, desierta. Estaba en el único sitio que se le había ocurrido para ir a pensar; en su mente se intensificaba el brillo imán de los ojos de Ismael, se agolpaba su aliento como de olas… Tomó la maleta y la puso sobre la cama. Sacó una cajetilla de cigarros. Fumó asomada a la ventana, como esperando que alguien apareciera en mitad de la calle. Recorrió la habitación con la vista. Le disgustó la mancha de humedad que ocupaba más de la mitad de la pared a su derecha. Encendió otro cigarro, se sentó en la silla que estaba cerca de la ventana y cruzó las piernas. Su pie izquierdo se balanceaba con nerviosismo. Lamentó que en la maleta no hubiera guardado un barniz de uñas. Todo por salir corriendo, aunque sabía que ese tipo de escapes sirve para mejorar el estado de ánimo. Pero ese no era un viaje, se corrigió, se trataba más bien de una huída. Los viajes tienen regreso. Imaginaba la reacción de Nacho cuando notara su ausencia. Aprensivo, exagerado, hipocondríaco. Qué lástima que no pudiera verlo preocupándose ahora. Pensó que no era culpa lo que la había llevado hasta ahí. Era indispensable deshacerse del hechizo, como ella lo llamaba, evitar el desamor. Desechar la pócima antes de que se agotara. Claro, hubo detalles que cuidar. Previamente vació la cuenta que tenía en el banco, después compró una maleta y ropa nueva, dejó el coche en una pensión. La huída no podía esperar. Antes de que apareciera la vergüenza, pensó. Antes de que vinieran los reclamos de Nacho y de la familia. Antes de que le quitaran la emoción por las salidas con Ismael y el delicioso tacto de sus músculos morenos. Fue al baño y recordó la última vez. Ella estaba justamente en esa posición, en un cuarto parecido al de ahora, lavándose las manos frente a un gran espejo,

agotamiento, sacar y sacar objetos, papeles, emociones en pilas interminables que no se sabe dónde colocar o dónde consignar porque nosotros somos los únicos remitentes y destinatarios, no hay más, y debemos—como si fuera un acto de heroísmo— encontrar fuerzas y culminar la tarea del desalojo de la propia historia. No hay manera de hacer un duelo real si delego mi pasado a otro, si le encargo la triste tarea de demoler los recuerdos, los objetos personales. ¡¿Qué vamos hacer con el piano?! Estoy en ese trance y no sé si saldré completa. Algo de mí morirá: mutilada, rota, abandonada en ese desalojo, en ese vaciar una casa para dejar el cascarón que seguro será demolido para edificar otra. Esta despedida es más una sensación de desprendimiento, de fragmentación. O es un pequeño holocausto incendiario, abrumador, arrasa, me hace perder el control de las emociones y me coloca en un intersticio de espera. Y ahora ¿qué? Ya no está la casa para arroparme esta sensación de huérfana… He decidido conservar el piano, no sé en que sitio lo pondré, igual me obligo a buscar un departamento más grande donde concilie este presente abrumador con el pasado amoroso. En fin, qué sabe nadie, quizá vuelva a las lecciones de piano para no olivar eso que fui y le da sentido a lo que soy.

viendo su rostro. Él llegó por atrás, sus manos le apretaron los pechos bamboleantes mientras pegaba su cuerpo a las nalgas desnudas. La penetró sin avisarle, embistiendo con coraje, como si ella fuera a irse en cualquier momento. Salió del baño, trepó a la cama y se alzó el vestido. Sin dejar de pensar en Ismael, se quitó la pantaleta. Con los ojos cerrados imitó los movimientos que había hecho sobre él, subiendo y bajando con un mismo ritmo. Sus dedos se abrían paso dentro de la vagina. Empezó a sudar. El grosor del pene de Ismael la saciaba por completo. Pero se detuvo, igual que aquella vez. —Ahora regreso —le dijo antes de dar media vuelta para buscar el bolso sobre el tocador. El largo cabello negro le hacía cosquillas en la espalda. Al volver, Ismael seguía con el pene erecto y se había puesto una almohada sobre la cara. Ella se acercó y volvió a colocarse encima de él. A punto del orgasmo, vio en su mano el cuchillo. Recordó clavarlo vigorosamente en el pecho lampiño y en ese bulto de carne y vello que tantas veces había acariciado, que en tantas ocasiones lamió hasta el cansancio. Brincó a un lado de la cama. La sangre la seguía ávida de su piel. Lo dejó ahí, tomó el auto y manejó durante horas, no sabía cuántas. Dejó el coche abandonado y llegó como pudo al hotel. Con las lágrimas a punto de salir y un orgasmo atorado en la entrepierna. Se acomodó el vestido y abrió los ojos para evitar el llanto. Se tendió sobre la cama y respiró profundo. Un estrépito en la puerta la sobresaltó. No quiso abrir. Esperaba que los toquidos cesaran. No movió un solo músculo hasta que oyó la voz de Nacho llamándola. —Te están buscando. Abre. Podemos arreglarlo… Ella se levantó y miró hacia el exterior. La calle gris se estaba despintando.

alba tzuyuki flores romero originaria de Tlaxcala. Becaria en dos ocasiones del Fondo Estatal para la Cultura. Autora de los libros de cuento Mientras de perdías en la distancia (2003) y El llanto de la mujer sin ojos (2010), editados por el Instituto Tlaxcalteca de la Cultura. Sus textos han aparecido en medios regionales, revistas universitarias y páginas literarias. Participó en la exposición Volcanes, explosiones de poblanidad, convocada por el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla en 2010. Estudió el diplomado en Creación literaria de la Sociedad General de Escritores de México y un cuento suyo apareció en la antología El último apaga la luz, que incluye textos de los alumnos de SOGEM, Puebla. En 2011 obtuvo el Premio Estatal de Cuento Beatriz Espejo de Tlaxcala con Penumbra, libro que está por ser publicado y del que “Hechizo” forma parte.


tres

password nsayó al azar una palabra: SECRETO, quizás pensando que ella necesitaba guardar quién sabe qué documentos, fotos, videos lejos de su mirada, de su intromisión. Muchas veces le dijo apenas se conocieron, necesito conservar mi libertad, ni presiones, ni preguntas. Y así fue por mucho tiempo, pero ahora tenía la sensación de que algo viscoso se deslizaba entre ellos, un silencio pesado por las mañanas flotando como nube que anticipa tormentas y fuertes vientos. Esa nube viajaba lenta a lo largo del día y se instalaba sobre ellos amenazante. No le sorprendió que ella una mañana le dijera: voy a abrir un nuevo usuario a mi nombre, así no mezclamos archivos y cada uno organiza en un escritorio sus carpetas y su información. Al contrario, le pareció un gesto solidario y hasta ordenado y eficiente viniendo de ella que era tan caótica y poco práctica. Todo bien, hasta que intentó mirar cómo estaba organizando su escritorio y se encontró con esa línea blanca a llenar y la barrita titilante esperando que pusiera una clave para ingresar. No se atrevió a pedir explicaciones porque pondría al descubierto su curiosidad y podría pensar que la espiaba, que desconfiaba de ella, lo cual no era cierto en la superficie pero allá en el fondo oscuro de su mente podía comenzar a germinar cierto recelo. Secreto no era la palabra oculta, a ver… ¿mi nombre? No, otro nombre-hombre, intentó con amigos y compañeros de trabajo, escribió AMANTE, AMOR, sus comidas favoritas, escritores, pintores, títulos de película, su calle, nombre de parientes, objetos, uy un listado interminable tratándose de una mujer como ella, tan ecléctica y multifacética. Luego comenzó con los números, fechas de nacimiento, su aniversario, efemérides nacionales e internacionales ( a ella le gustaba recordar ciertas fechas históricas) algunas no las conocía y comenzó a googlearlas, por ejemplo la fecha exacta de la Revolución Cubana, el cumpleaños de Julio Cortázar, la Revolución Rusa, la Guerra Civil Española y así hasta agotar los hitos que para ella conformaban la historia del siglo XX, ni pensar en la Edad Media, ni el Renacimiento, no eran sus épocas predilectas. ¿Cuándo se escribió el primer manifiesto surrealista? Tampoco. Bueh, parece que agotó todo lo que su imaginación le puede ofrecer. Quizás es una abstracción, o un conjunto de letras al azar. O un código alfanúmerico que combina el número de teléfono, su DNI y las iniciales de su nombre o el mío, piensa. Olvidemos referencias a mi persona, ella no es capaz de recordarme en este ámbito en el que seguramente sólo hay espacio para su vida personal, íntima, ajena a mí. Pensar en tal desapego y desamor lo entristece. Se vengará. Hasta ahora ella accedía libremente a su escritorio, él también cambiará la clave, la antigua la compartían y era el nombre de su querida mascota, una palabra en co-

adriana agrelo

mún, un amor que ambos manifestaban con igual vehemencia. Buscó y llamó a Pirata y el gato se desperezó displicente para luego hacer ochos entre sus piernas. Se detuvo un momento esperanzado y escribió PIRATA pero no, no puede ser tan obvia si quiere ocultar algo. 8888, no. Su desesperación iba en aumento en forma proporcional a la certeza de que no la conocía enteramente como pensaba. ¿Cuántas facetas puede tener una mujer? Furiosamente tecleó la xxxxxxxxxxxxxxxxx hasta agotar la línea. A ella le gustaban los anagramas, quizás mezclando letras, las de su nombre, las propias, ¿las de sus ex? Bueno, los que ella me comentó, no es un listado tan grande por lo cual sospecho que oculta varios nombres. A la edad que nos conocimos tuvo que tener por lo menos una docena y sólo declaró media, vos sos el séptimo, cuatro más tres, te das cuenta? El número perfecto mi amor. Hipócrita. Y yo comencé a sumar y transformar en un solo digito distintos eventos y números. Todos me daban 7. Como sí la numerología fuera una ciencia anticipatoria. Qué pavada. Éramos jóvenes. Ahora él cae en una especie de ensoñación llena de recuerdos e imágenes de los primeros tiempos, los momentos compartidos en los que se mezclan habitaciones de hotel, paisajes, bares de la ciudad, y se levanta del escritorio nuevamente enamorado pero luego vuelve rápidamente olvidó cerrar pantallas, cambiar de usuario y la furia vuelve a crecer inesperada cuando recuerda que decidió cambiar la contraseña: TRAMPOSA2013, tomá, masculló entre dientes. Esa no me la olvido pensando en vos. Quisiera ver su cara cuando intente entrar con nuestro usuario habitual. Ah, como vos te independizaste con un nuevo usuario creí conveniente hacer lo mismo, no te parece? Qué me va a decir. Mutis por el foro y entrá a tu pantalla, nena. Con esa clave puta que pusiste y que no puedo aún develar o desvelar. El develamiento me desvela y devela que en algo andás, nena. Ya no sé lo que digo. De tanto intentar palabras, números, códigos, me paseé por tu vida entera, tus gustos, tus predilecciones. Y nada. Fracasé. Quizás estoy exagerando y las cosas son tan simples como ella las planteó. Organización, prolijidad, separar lo tuyo de lo mío para tener mayor libertad cada uno y sobre todo: no mezclar. Como si respetáramos los ingredientes de una receta magistral, de chef profesional. Sabores y olores se agolparon en el ambiente recordando sus comidas. Tan especiales, elaboradas, afrodisíacas. Hummm. Pobre, tuvimos que compartir la PC, porque cuando ella quiso comprarse con sus ahorros la notebook yo le dije que mejor un tv plasma y ella accedió. Y ahora la sospecho y me quejo y desconfío. Ahhhh no merezco a esta mujer. Tan desprendida, solidaria, siempre pensando en el confort de los dos y en nuestra mejor calidad de vida. Tampoco la dejé comprarse la bicicleta plegable, mejor un equipo de músi-

ca le dije, y así fue. ¿Acaso no se hace siempre lo que yo quiero? Y ahora pretendo hacerme la víctima y el marido ultrajado, cornudo y engañado por una simple contraseña, una palabra de ocho caracteres tan pequeña, inofensiva, pueril? Vamos, dejate de joder. Igual no cambio la mía, no porque tenga secretos, ni intensiones libidinosas, sino porque lo justo es justo. TRAMPOSA2013. Así se queda. Aunque ahora que me reconcilié con ella debería cambiarla, pero no todavía, cada vez que la escriba me reiré de mis sospechas y será divertido. ¿De qué te reís me dirá ella al principio? De nada, mi amor, soy feliz, nada más. Soy feliz, estamos juntos y cada uno tiene su contraseña. ¿Qué más podemos pedir, no? Cuando ella llega de trabajar lo encuentra leyendo un libro arrellenado en su sillón favorito. Qué raro que no estés navegando, qué pasó. De vez en cuando hay que disfrutar de un buen libro impreso dice y coloca su nariz entre las hojas aspirando con placer para reforzar el concepto Bueno, entonces la uso yo. Cuando ella se sienta lo mira de reojo y se sonríe. Pone su nombre de usuario y la contraseña, que para un observador externo será sólo una hilera de puntos negros pero esconde una palabra, perfumada, hiriente, clandestina escrita con la velocidad que sólo da un curso de Academias Pitman hecho en su juventud, una palabra larga y sin números. El escucha el rápido repiqueteo como un pequeño latigazo y cuenta ocho letras pero sólo mecánicamente, sin pensar, sin sospechar siquiera en la palabra ávida, de vocales cerradas y abiertas, impronunciable, invisible.

adriana agrelo (Buenos Aires, 1954).Licenciada en Letras (U.B.A.), asistió a varios talleres literarios, como los de Antonio Di Benedetto, Silvia Álvarez, Mayte Alvarado, Gloria Pampillo y Silvia Schmid. Ha coordinado varios talleres de escritura e impartido clases de literatura como docente de enseñanza para adultos. Técnica Universitaria en Gestión Cultural por la Univ. Nac. de Mar del Plata. Sus textos han sido antologados, entre otros, en los libros Desde el cuarto A (Ediciones Taller Fe de Erratas, 1986), Redes de cuentos (Grupo Editor Moriana, 2000), así como publicados en diversos sitios en Internet. En el año 2008 publicó su primer libro de poemas Como gota en el agua, Ed. El taller del poeta. Grageas II - Antología de microrrelatos - Ed. IMFC Colección Desde la gente Actualmente coordina los talleres culturales de la Biblioteca del Congreso de la Nación.


cuatro

las catorce palabras

verde y humilde

alejandra eme vázquez

in quererlo ni pensarlo así de inicio, emprendí un ocioso proyecto en Twitter. Todo comenzó cuando noté que las últimas publicaciones que había hecho estaban influidas más bien por mi lado melodramático, con el que no tengo problemas pero que suele fastidiarme pronto; de modo que verlo de repente desbordándose, inundando un espacio que se supone controlado y producto de mi intencionalidad fue motivo de reflexión intensa. De algún modo, sentí que esas palabras no me representaban, que estaba subutilizando mi propio lenguaje y encerrándome en un sótano a voluntad. Si los límites del lenguaje son los de nuestro mundo, como dijo Wittgenstein, mi mundo estaba reduciéndose peligrosamente... Así que luego de pelearme conmigo misma por no lograr la comunión mínima necesaria para sostener mi discurso ni con pinzas, decidí hacer algo en lo que encontraba el punto de acuerdo para seguir en la hermosa y disfrutable trivialidad de mi yo público. Sin pensarlo dos veces, por impulso, publiqué el siguiente mensaje: “[Proyecto: Voy a repetir estas palabras hasta que dejen de decir lo que necesito.]”. Se me ocurrió que cada vez que me dieran ganas de tuitear una cursilería o algo de lo que me pudiera arrepentir después, volvería a escribir el mismo mensaje añadiendo el número de repetición que significaba la publicación. Después de dos veces de repetir exactamente la misma cláusula, me surgió lo que yo llamo una “iluminación” (le llamo así porque puedo, por qué no, porque si no nos inventamos nuestras teorías para qué estamos en el mundo); y pensé: ¿Qué pasaría si mi vocabulario constara sólo de esas catorce palabras?, ¿por cuánto tiempo podría expresar con ellas justamente lo que deseo en un medio tan efímero, tan concreto, tan puntual como el reino de los 140 caracteres? Así se convirtió en un proyecto real: uno que podría ser absurdo para todos, si se quiere, pero que estaba lleno de significado para mí. El resultado fue, a mis ojos, sorprendente. Estuve una semana jugando con mi riguroso set y logré 35 combinaciones plenas del sentido que yo quería darles. Sinceramente, conforme fue avanzando mi proyecto me empezó a despertar un interés diferente del que originó la ocurrencia: me maravilló encontrar en ese universo tan aparentemente limitado un mundo de posibilidades, pues me di cuenta de que las capacidades combinatorias están ya en nuestro sistema y tenemos un montón de herramientas que permiten variar la intención, el ritmo, la fuerza y el alcance de lo que expresamos. De pronto, mis catorce palabras estaban diciéndolo todo: a veces juntas (“De decir a repetir que proyecto, necesito. Voy hasta lo que dejen estas palabras.”), a veces dejándose descansar mutuamente (“Dejen (dec)ir, dejen (repet)ir. Lo necesito.”); a veces

preguntando (“Dejen lo de proyecto... ¿Voy a decir que lo necesito hasta repetir? Palabras, estas.”), a veces afirmando (“De palabras a proyecto: Necesito repetir lo que dejen de decir.”); o hasta viajando para formar un poema, que publiqué en mi blog. No sentí en ningún momento que las posibilidades de mi lenguaje se redujeran por contar sólo con ese inventario, e incluso empiezo a sospechar que sucedió exactamente lo contrario. Me hice tan consciente y responsable de Las Catorce, que el ejercicio me llevó a cuestionarme sobre si hago lo mismo con cada porción de lengua que produzco en mi vida cotidiana. Porque, ¿qué sentido tiene poseer una gran amplitud de vocabulario y un gran conocimiento de las reglas lingüísticas si no hay responsabilidad sobre lo que se comunica, si no hay conciencia... si no hay memoria? Mi proyecto tuitero quedará como un divertimento personal que me permití por intuición, porque al irlo inventando me pareció que era un paso adelante en el camino por satisfacer esa necesidad creciente de lograr una coherencia interna, un discurso propio y un lenguaje que no sea cárcel, sino vehículo y estación; además, también fue liberador emprender algo, desarrollarlo y concluirlo sin más, un día cualquiera, evitando volverme esclava de mi propia ocurrencia. Y es que estoy convencida de que transitamos por este mundo para hacernos de hipótesis que luego nos dedicaremos a comprobar, con o sin intermediarios, hasta convertirlas en teorías que practicaremos y replantearemos constantemente; aprender consiste en eso, finalmente. Mis catorce palabras dejaron de ser necesarias porque sirvieron perfectamente para dejar el drama barato, crearme conflicto, darme permiso, jugar y reflexionar no sólo sobre en lenguaje sino sobre un montón de cosas. Y finalmente, ilustraron mi punto. Porque todos tenemos siempre un punto, aunque lo neguemos, lo olvidemos o lo traicionemos. No hay conclusión, sólo esto que declaro: Por un lado, qué maravilla eso de inventarnos proyectos como forma de apropiarnos, sentirnos, experimentarnos, darnos permiso y ordenar conscientemente el caos de lo que se presenta ante nuestra ventana-vida. Por otro lado, qué privilegio tener esa capacidad de producir, reproducir e interpretar mensajes con un enorme inventario siempre a nuestra disposición; y qué responsabilidad. Para mí que la máxima wittgensteiniana se refiere al lenguaje no como un mero dominio de vocabulario y técnica, sino como una cuestión de integridad; porque lo que realmente nos representa es lo que pensamos y no, lo que hacemos y no, lo que decimos y no. ¿Será, entonces, que los límites de mi mundo están en lo que genero, invento, emprendo, actualizo, abro, cierro, reintento, extiendo y deseo? Puede ser. Por lo pronto, ése es el único lenguaje en el que Creo.

Guardagujas 77  

Suplemento literario de La Jornada Aguascalientes